Consecuencias


Capitulo 18


– Esta es la maleta que voy a llevar – Izuku señala a un lado del ingreso.

Katsuki carga la valija y se retira del apartamento junto a Mizuki.

El omega le ve irse. Queda completamente solo, rodeado por la cama que vino con el alquiler y unas pocas cajas que cobijan sus pertenencias. Nunca ostento grandes lujos, ni un decorado bien provisto, pero el lugar era acogedor a su manera. Su hogar, su refugio donde se guarecía cada que salía del bar. Donde su pequeñita le esperaba.

– ¿Esa son las que se quedan conmigo? – Hitoshi ingresa haciéndole sobresaltarse.

Vuelve los ojos hacia las tres últimas cajas. Ha guardado la vajilla, libros, fotografías, recuerdos que aún conserva de su madre y ropa de verano. No tiene planes de pasar con Katsuki más de una estación.

Espera que no haya necesidad de ello.

Asiente.

– Se ve más grande de lo que es – comenta el beta, observando el apartamento en tanto se acerca a él.

Izuku sonríe tenue, nostálgico.

Una vez que este con Katsuki, ya no podrá tener las noches de película junto a Mizuki y Toshi. No más cenas entre los tres, ni paseos improvisados a mitad de la noche. Hitoshi es su mejor amigo, la única persona que ha estado con él, además de su madre y su hija. Entiende que irse, no es terminar con la relación que mantienen, pero sí que el distanciamiento será inevitable.

Lo que hace que le embargue una sensación de soledad.

La misma que sentía años atrás, cuando callaba los abusos de Katsuki frente a su madre y la escuela no era más que un suplicio.

– Ven, te ayudo a bajar las escaleras – le llama saliendo del recinto– luego llevo las cajas a mi apartamento.

– Sí.

Caminan juntos hacia la escalera. Hitoshi toma uno de los brazos del omega y lo lleva sobre sus hombros, le sostiene de la cintura, vigilando que su tobillo y codo lesionados estén a salvo; así como también su cuello. El inicio es torpe, Hitoshi es más alto que él y desequilibra su cuerpo. Cada paso es un pequeño tropiezo ante sus pies descoordinados. Izuku no puede más que reír el tramo entero. Para cuando llegan al primer nivel, el calor del esfuerzo puede más que el frio, el estómago le duele de tanto reír y debe secar un par de lágrimas divertidas.

El sonido del maletero le obliga volver a la realidad.

Katsuki le mira de lado y sube al auto.

– ¡Toshi! – Mizuki estira los brazos, el beta deja de lado a Izuku y carga a la pequeña. Ella le abraza fuerte, frota sus mejillas descaradamente sobre él. Esta vez, su padre no hace ademan de detenerla. – voy a extrañarte.

– No estaremos muy lejos. – La acomoda en la silla para niños dentro del auto.

– ¿Nos visitaras? Quiero mostrarte mi habitación.

Hitoshi le sonríe, indeciso sobre cómo responder esa pregunta. Al fin y al cabo, a donde van, no es una propiedad suya.

– Ya veremos. – cierra la puerta cuando ha terminado de ponerle el cinturón.

Nuevamente queda solo junto a Izuku.

Ambos bordean el auto, hacia la puerta opuesta a Mizuki. Izuku es lento con las muletas, intentando no forzar su codo, ni presionar el tobillo; aun así, se le hace corto el tiempo que tarda en llegar.

Hitoshi le abre la puerta.

Es momento de despedirse, tal como el día en que Hitoshi se fue para Tokio. Apoya las muletas en el auto y le abraza. El instinto le llama a soltar su aroma, aunque este sea una tenue fragancia fantasmal. Tras el accidente, su aroma ha ido disminuyendo muy rápido, al punto de ahora ser muy suave, apenas perceptible para él mismo. Sin embargo, restriega lo poco que queda de su escancia sobre el beta, tal como su hija lo ha hecho minutos atrás.

Finalmente, se queda tranquilo, únicamente recostado en los brazos de su amigo.

Las manos de Hitoshi miman con delicadeza su espalda. A diferencia de Izuku, él sí vislumbra un adiós en esa despedida. Si Katsuki llegase a marcarle, lo más probable es que no permitiera que se le acerque más.

Los alfas son celosos y posesivos, Katsuki no luce como si fuera la excepción.

Ambos se sobresaltan al oír el claxon del auto.

Izuku ríe avergonzado. Por un segundo olvido que les estaban esperando.

Se separa.

Hitoshi le sostiene las manos.

– Si algo no te agrada, puedes venir aquí.

– Gracias.

Le libera e Izuku se embarca en esa nueva travesía.

La vida de Katsuki es diferente a la suya en muchos aspectos, su vivienda es solo uno. Izuku ya había notado que el edificio en el que vivía el héroe era por mucho mejor que él suyo. Un edificio moderno, de muchos niveles, en una zona acomodada. Ahora, ya dentro, era capaz de sentir esa vibra de desigualdad. Tan solo al inicio, le esperaba el asesor espejado, que le libro de las complicaciones de subir escaleras con las muletas. El recibo del apartamento era lo suficientemente grande para que los tres pudieran cambiarse de zapatos sin incomodar al otro con los codos.

La sala, aunque lucia vacía, era bastante amplia e iluminada por el ventanal que decoraba como cuadro con la vista hermosa a la ciudad.

Izuku admira cautivado todo.

Su familia nunca ha ostentado tales cosas. Su primer recuerdo es dentro de un albergue para omegas junto a su madre, luego, el apartamento minúsculo que consiguió en un viejo edificio. La casa en Hokkaido era por mucho más amplia, pero nada comparada a lo de Katsuki.

Siente pesadez en su pecho, un poco de envidia tal vez, por esa vida que él pudo tener por sus propios medios y que nunca fue capaz de si quiera intentar.

O quizás, incluso hubiera fallado en el intento.

"– Estúpido quirkless."

– Papá. – Izuku vuelve la vista hacia su hija. – Ven – con una mano atrapa la parte baja de su polera, instando a seguirle – voy a enseñarte mi habitación.

El omega avanza lento tras de ella. Sus ojos continúan inspeccionando el ambiente. El pasillo luce tan vacío como la sala, no hay fotografías, la decoración es muy escasa e incluso la iluminación es fría.

Cae en cuenta de que aquel, no es más que un lugar de paso. Donde Katsuki duerme al caer la noche, nada más. Por más bonita que pueda ser esa casa, carece del calor de hogar que la suya tenía.

– ¡Mira! – Mizuki exclama emocionada tras abrir la puerta de su habitación – Todos son míos.

A su vista queda, la habitación decorada a gusto de ella. Mizuki corre emocionada a mostrar sus juguetes con verdadero orgullo. Luce sus granadas de peluche y el cubrecama de héroes que tiene.

EL pequeño sosiego anterior se ve interrumpido por la pesadez que retorna a su pecho. Ver a su hija tan feliz con todo lo que Katsuki le puede dar, le lleva a pensar todo lo que ella podría tener de aceptar al alfa pareja. Quisiera deshacerse de esos pensamientos, tan rápido como su aroma lo ha hecho de su cuerpo, parece estar en él aun por debajo del instinto. Sin embargo, una parte suya le repite que, si es incapaz de llenar de regalos a su hija, es, justamente, culpa de ese alfa.

El sonido pesado de su maleta le distrae. Gira para ver a Katsuki dejando sus pertenencias en la habitación.

Su habitación de ahora en más.

– Voy a pedir algo de comer – es todo lo que menciona antes de esfumarse.

– ¡Yo elijo! – Mizuki va tras él con todo el júbilo que lleva dentro desde que supo que se quedarían con el héroe un tiempo.

Izuku exhala suavemente.

Coloca las muletas a un lado y toma asiento sobre la cama. Aun no se acostumbra a caminar con ellas, las axilas le quedan adoloridas, así como el trapecio tensionado. Masajea sus hombros con cuidado de no rozar la herida en su nuca.

Inhala.

Nota que no percibe la esencia de Katsuki. Eso le tranquiliza un poco más. Sin aromas, el instinto es mínimo. Se tienta a pensar que es incluso el instinto lo que está dejando atrás junto a sus glándulas, pues es esa misma característica la que les lleva a percibirlo en inicio.

Izuku ruega porque aquello se mantenga el tiempo que dure ahí. Incluso si fuera más que eso estaría bien.

Una vida sin instinto, sin celos, sin feromonas.

Lo único que llegaría a extrañar, sería el aroma adorable de su hija; todo lo demás, el cómo se desenvuelve el mundo bajo los seres que tiene esta sensible percepción, es algo que estaría dispuesto a abandonar.

Lleva las manos sobre su abdomen en reflejo.

Hitoshi menciono que existía la posibilidad de que un efecto secundario fuera la infertilidad. Izuku no ha reparado en ese tema hasta ahora. Tuvo a Mizuki antes de pensar en hijos y ya con ella en brazos, su vida se limitó a sobrevivir y salvaguardar la vida de ella. Pensarlo ahora, no es una idea que le atraiga particularmente. Tiene el recuerdo de su embarazo tatuado en la piel como una experiencia desagradable, sumido en mucha tristeza y desesperación. Imaginar al pequeño ser que era Mizuki moviéndose dentro suyo, es agobiante.

Un nuevo hijo seria revivir experiencias que ha preferido refundir en su memoria y dejarlo atrás.

Tampoco ha puesto mucho empeño en rehacer su vida, tener una pareja. Aun con la sociedad evolucionandi, son pocos los alfas dispuestas a unirse a un omega con una hija. Si este se negara a tener más hijos o incluso, fuera estéril, las posibilidades disminuyen drásticamente.

Aunque, el factor clave yace en sí mismo.

El pasado que le precede no hace más que minimizarlo como ser humano. Un omega que ha ejercido la prostitución. Un omega sucio. Los años de bullying también tienen merito ahí, llevándole a sentirse muy poca cosa. En la escuela no eran más que malos tratos hacia su persona, insultos y golpes.

¿Cuándo alguien se ha fijado en él?

No va a negar que ha notado miradas de deseo cuando trabajaba en el bar, pero aquello lejos de inflarle la autoestima, le hacían sentir más asqueroso.

Nunca ha habido un alfa o beta que se le acercara por mera voluntad propia, y pensar en él mismo dando ese primer paso, es una idea que aún le cuesta moldear en su cabeza. Incluso diría que le aterra.

Hitoshi y Kota eran la excepción. Asumía se debía al hecho que tenía bastante interiorizado la idea de que ellos no le veían como un pedazo de carne al que podían comprar o simplemente tomar. Tampoco bajo un interés amoroso del cual quisieran tomar ventaja.

– Oi, Deku – la voz de Katsuki esfuma sus cavilaciones. El alfa se apoya en el marco de la puerta – Mizuki t...

– Izuku – interrumpe. – mi nombre es Izuku, no Deku.

Katsuki se le queda viendo un instante en silencio.

– Izuku – se corrige – Mizuki te llama.

El alfa se retira.

Izuku sonríe, viendo en algo tan pequeño, todo un logro para él.

El almuerzo transcurre sin mucho. La mayor parte de la tarde se lo toma ordenando sus pertenencias mientras Mizuki no se cansa de mostrarle cada pequeño juguete o accesorios de estos.

Su hija luce feliz e Izuku, dejando atrás la envidia inicial, prefiere centrarse en esa sonrisa que trae la menor. Pensar que, si Katsuki puede proveerle de todo lo que él no, pues en buena hora. Yagi-san ya se lo había dicho antes también, no es cuestión de orgullo, sino de derechos que tiene el alfa con su hija.

Pero entonces, eso llevaría también a aceptar ciertas cosas, empezando por el registro familiar.

Como buen aficionado a los héroes, conoce el procedimiento debido. Una marca que no va a darse es uno de los requisitos para él, pero para su hija, tener el mismo apellido.

Mizuki Bakugou.

No lo ha hablado con su hija aún. Piensa que podría surgir una mentira más, algo como que Katsuki solo les está haciendo el "favor" de ayudarles. No cree que la niña lo vería como algo incomodo, de hecho, estaría bastante orgullosa de portar el apellido en la escuela.

Frunce los labios.

No sabe cuánto más pueda seguir manteniendo sus mentiras. No sabe que reacción tendrá su hija el día que se entere sobre todo ello. Ella es feliz fantaseando con Katsuki como su amigo ¿ sería lo mismo como su padre?

Es verdaderamente difícil adivinarlo.

Lo es más pensar en él admitiéndolo.

En parte, la mentira que ha creado en torno a al alfa, ha servido también como sosiego para él. Izuku por momentos puede caer ciegamente en su mentira, creer que en verdad Mizuki es hija de alguien que un momento quiso y que falleció.

Es más fácil sobrellevar su vida viviendo en su imaginación que caminando sobre la verdad.

Suspira agotado.

Su cerebro no ha hecho más que sobre analizar toda la situación que está viviendo de unos días a este. Frita su rostro, cansado de ordenar, de limpiar y de pensar. Se percata de que Mizuki no ha estado hacia un buen rato a su alrededor y sale de la habitación. En el pasillo, su olfato es guiado por el potente aroma a panqueques. A sus oídos llega la vocecilla de su hija dando indicaciones seguramente al alfa.

Izuku sonríe suave, feliz por ella. Al menos uno la está pasando bien con todo eso.

Ingresa a la cocina, desde el arco ve a Katsuki frente a la hornilla, carga a Mizuki y con la otra mano hace girar los panqueques en la sartén.

Su hija es la primera en notarlo.

– Papá – le sonríe y pide que le bajen.

Katsuki la deja en el suelo, ella corre hacia su padre.

Entiende que no puede saltar sobre él, mucho menos pedirle que la cargue, por lo que solo le abraza de las piernas y aspira hondo. Según le ha explicado él junto a Toshi, una de sus heridas a ocasionado que sus feromonas se apaguen; aun así, ella es capaz de sentirlas muy ralas. El aroma de su padre es lo más rico que ha olido en su corta vida, no hay forma que dejara de percibirlas. Una mezcla de muchas cosas que le gustan, que a veces se le dificulta explicarlo con certeza.

No es como los panqueques.

Tampoco como Kacchan.

– Hmmm – se separa de su padre ante el ultimo pensamiento. Vuelve hacia katsuki e inhala muy cerca de su camiseta – ¿Por qué no hueles?

– ¿Eh?

– No hueles a Kacchan.

Izuku inclina el rostro con cierta perspicacia.

Él no percibe el aroma de Katsuki y ha asumido que se debía a su accidente, pero que la pequeña no le sienta cuando es su hija, eso es extraño.

– Es porque ya te acostumbraste a mi olor – responde y arroja un poco de harina en la pequeña, haciéndola fingir una rabieta que termina en risas cuando se sacude sobre el alfa.

A la mañana siguiente, Katsuki sale muy temprano rumbo a la agencia. Aun lleva un poco revuelto sus pensamientos y decisiones. Le ha tomado con la guardia baja que Mizuki hiciese el comentario sobre su aroma, ya que para él mismo su aroma ha pasado desapercibido durante años. El uso de supresores como norma para héroes, ha ocasionado que sus feromonas sean de una intensidad muy baja. Rara vez en la agencia pueden percibirse entre ellos y si lo hacen, es porque ponen especial atención en el aroma en cuestión.

Nunca por simple casualidad.

Un beep retumba en su bolsillo. Katsuku toma el móvil, es un mensaje de Todoroki pidiendo verle con urgencia.

Enarca una ceja, curioso de que le escriba cuando rara vez lo hace. Menos cuando por la hora es evidente que está a nada de llegar.

Un segundo beep suena a penas a unos metros de la agencia. Esta vez es su alarma.

Todoroki puede esperar.

Apaga la alarma y se adentra a los vestidores, haciendo caso omiso al llamado de su jefe. Retira de su maletín un pequeño estuche e ingresa a un cubículo. Respira hondo, aun no se acostumbra a ello. Estarse metiendo en algo de lo que muy probablemente, no pueda salir con buenos resultado.

Exhala hondo.

Da igual, la decisión ya fue tomada y ahora menos que nunca puede darse vuelta atrás.

Abre el estuche, dentro encuentra una jeringa y una ampolleta con un líquido amarillento. Antes de que los supresores surgieran como medicamentos medianamente inofensivos con sus organismos, existían sustancias experimentales capaz de volver a un alfa u omega en un beta. La misma que se usó en All Might años atrás y que, luego de estudios, se destinó únicamente al campo de la castración química. Una sustancia controlada del cual su uso es estrictamente reservado a nivel estatal.

En betas, el efecto se limita a la disminución de la libido, una vez se retira la medicación, el organismo retorna a su función normal. En omegas y alfas el asunto era más graves. Disminuía el deseo sexual, también anulaba el celo, el instinto, las feromonas. El uso prolongado dañaba sus organismos, el retirarla solucionaba poco.

Y, sin embargo, Katsuki toma la jeringa y la inyecta tres dedos por debajo de su cadera.

No está del todo seguro de lo que hace. Si está tomando una buena decisión o es lo peor que podría haber hecho. Por lo pronto, es lo único que tiene. Vive junto a Izuku, son predestinados, ya han sido tentados por el poder de un celo. Es cuestión de tiempo de que el instinto tense los hilos para acercarles y Katsuki no va a permitirse ser tentado nuevamente.

Al menos, el fármaco está cumpliendo su función. No ha sentido más el aroma mentolado de Izuku, ahora sabe que él suyo tampoco se percibe.

En poco, no será más que un beta.

Sin poder oler feromonas, incapaz de producirlas, sin celo ni instinto. Quien sabe cómo quedara su cuerpo una vez lo deje.

Un nuevo beep suena. Nuevamente es Todoroki, pregunta su ubicación.

Katsuki termina de empujar el líquido dentro de su organismo. Duele como el demonio debajo de su musculo. Termina y vuelve a guardar todo.

Sale raudo del cubículo, preguntándose a que se debe la insistencia del bastardo mitad y mitad cuando nuevamente vibra su teléfono.

– ¡Carajo! – exclama irritado. Mas en la pantalla vislumbra un nombre muy diferente al de su jefe. Desliza el icono verde. – ¿Izuku?

Mizuki... – el omega solloza tras el auricular – ella huyó. – La pausa que le sigue, solo es el preludio al desastre – Lo sabe todo... ya lo sabe todo...

… Minutos antes...

Izuku se siente agradecido de que, al despertar, Katsuki ya no se encuentre en casa. Es como él mismo dijo, pasaba poco tiempo ahí, lo cual explica también, porque todo el decorado es tan sobrio en el apartamento.

Tampoco pretende detenerse mucho en ello, no pretende pasar ahí más de una estación y al menos, su habitación, ya tomo un poco de calidez con sus pertenencias y algunos portarretratos.

Lo cual, le lleva a caer nuevamente en el tema del registro familiar. Pues de no querer permanecer ahí, deberá someterse a la seguridad que le ofrezca el estado, que bien se traduce a vivir en un refugio. No son los mismos que él ha conocido de pequeño. Estos se encuentran en zonas alejas, un poco ocultas. Las visitas son mínimas y solo familiares, están mejores provistos de abrigo y alimento. Al igual que las instalaciones, según sabe, son más acogedoras.

Sin embargo, sigue siendo un refugio y teme que su hija sea juzgada en el futuro por venir de uno.

Presiona sus sienes, agobiado.

También está el tema de su estado y la poca fiabilidad que le da la escaza información que se tiene sobre ello. Esta mentalizado en todo lo bueno que podría traerle sus glándulas carcomidas, pero esta también la regeneración o efectos secundarios si eso no sucede.

Exhala con fuerza hasta vaciar sus pulmones.

– ¿Terminaste, amor? – pregunta viendo que ha dejado de tocar su desayuno ya un buen rato.

La pequeña solo asiente, sin despegar sus ojos del televisor.

El reloj en el televisor marca la hora en la que debería de estar llevándola a escuela. Algo que no sucederá en un tiempo, hasta que el peligro disminuya. Él tampoco retomara su empleo, pues más allá del peligro, están sus lesiones.

Toma los platos de ambos y lleva hacia la cocina, a lavarlos. Es difícil con sus muletas y el dolor que aun siente en su cuerpo, pero no quiere interrumpir a su hija pidiéndole ayuda. Al menos esas batallas sirven para que se distraiga un poco sobre lo sucedido con ellos.

Prefiere que sea así por un tiempo, que la menor no piense nada más que en sus héroes y juguetes. Que tampoco caiga en cuenta del peligro que pueden correr lejos de la seguridad de esa casa. Al menos que sus manos puedan curar con ella en calma.

Incluso, prefiere tocar el tema del cambio de apellido cuando eso suceda.

Por ahora solo dejar a su pequeña con la mente avivada de sueños y fantasías.

Es un héroe bastante conflictivo, recordemos que no es la primera vez que se ensaña con un villano que ya se ha rendido.

Oye el magazine de las mañanas. Tal parece que ya han terminado de transmitir el ataque y Mizuki no ha cambiado de canal.

Lo sé, lo sé. Pero esta vez es distinto. No es solo la saña con la que ha atacado al villano, sino el porqué.

Continúa lavando los servicios.

– ¿Y por qué ha sido?

– ¿No has visto a la niña que defendió?

Izuku detiene su labor, las orejas alertas a lo que oye.

No pueden estar hablando de él ¿o sí?

En el mundo existen muchas personas parecidas entre sí ¿Por qué justamente los relacionarían a ellos?

No tenemos permitido mostrar su fotografía, ya que es menor de edad, pero creo que todos la han logrado ver en redes.

– Insinúas algo.

– Solo resalto el gran parecido con Ground zero y la coincidencia de que estuvieran tan cerca a esa hora de la mañana.

– No – susurra pasmado – ¡Mizuki, apaga el televisor!

Toma sus muletas presuroso. La tarea se le dificulta por la torpeza que origina su nerviosismo y el dolor en su codo herido.

– ¿Dices que podría tratarse de su hija?

– Eso hablaría de un amorío con el omega del incidente ¿No?

– ¡Mizuki!

Empieza a andar con las muletas. Por el pasillo, visualiza el perfil de su hija que mira atenta el televisor.

– Yo no diría amorío.

– Explícate.

– ¡MIZUKI!

La niña no le oye, o simplemente le ignora. Izuku acelera el paso, se impulsa sin mediar en el dolor de sus lesiones.

Trae el corazón palpitándole en la garganta y la desesperación incrustándosele en las venas.

– La información que me ha llegado no habla de amor propiamente.

– Espera, estás diciendo que Ground Zer abu...

Logra apagar el televisor a tiempo. Cae de rodillas al suelo, rendido. Respira agitado y algo mareado.

Silencio.

Izuku vira los ojos sobre su hija. En su rostro inocente ve la confusión mezclada con tristeza y brotes de decepción.

– Mizu...

– ¿Kacchan es mi papá? – Pregunta sin reparos. Sus ojos parecen aun mantener unas migas de esperanza de que sus mentiras, no lo sean en verdad.

Ella quiere creer ciegamente en su padre, pero Izuku no puede continuar la farsa cuando sabe que sería en vano. Aun si sostuviera su mentira ahora, en poco la verdad terminaría por explotarles encima.

No por ello, está a gusto admitiéndolo.

Muerde su labio inferior, exhala adolorido. Sus orbes terminan por esquivar a los de su hija.

– Me mentiste – se le quiebra la voz. Izuku es incapaz de alzar la mirada – ¡Eres un mentiroso!

La pequeña sale corriendo de casa.

– ¡Mizuki, no! – se pone en pie tan rápido como puede – ¡Vuelve!

Pero para cuando sale al corredor, la niña ya no está.

El momento en Katsuki sale de la agencia, cae en cuenta de las dificultades que trae consigo perder su olfato.

Sus manos chispean frustrados.

Desesperado.

Rasca sus cabellos, inquieto.

Respira intentando calmarse y pone marcha a casa. Mizuki es tan temperamental como lo era él de niño, pero no es tonta. Ella no iría a la deriva por la calle, buscarían un lugar seguro, al lado de alguien que le brinde confianza. Piensa en All Might, pero de haber llegado ahí, él ya habría dado aviso alguno a Izuku. También le queda su escuela, incluso...

Detiene el paso.

– Sí.

Cambia de dirección.

Corre lo más rápido que puede y una vez más, cae en cuenta de las limitaciones de su cuerpo. La agitación que siente ahora, no es normal en un recorrido tan corto. Su pecho golpea el tórax furioso, sus pulmones no se oxigenan con el aire que ingresa. Los muslos le arden como si estuviera llevando sus músculos al límite, queriendo desgarrarse, y es consciente que ha mantenido entrenamientos más duros que esos.

Su físico ha entrenado por años a nivel de alfa, pero ahora su cuerpo es el de un beta con presunciones de alfa.

Aun con esa respuesta, lleva al límite su esfuerzo.

All Might fue el numero uno con esa misma medicación, él no será el primero en desmoronarse.

Toma impulso al verse tan cerca del antiguo departamento de Izuku. Si Mizuki busca a alguien en quien confié, en donde buscar consuelo, ese es el ojeroso. Sube las escaleras presuroso y el corazón le vuelve al pecho cuando ve a la niña acostada en la puerta del beta, abraza sus rodillas con el rostro hundido entre ellas.

Katsuki suelta un enorme suspiro y se toma un segundo para recuperar el aliento.

La niña ya sabe que él está ahí.

– Mizuki – mas no alza el rostro. – Mizuki – repite acercándose.

– Déjame en paz – solloza – Tú y papá... no los quiero ver.

Katsuki puede ponerse en sus zapatos un instante. Pensar que solo tuviera a su padre en el mundo y descubrir que todo ese tiempo no ha hecho más que mentirle, le haría dudar de cada palabra dicha por él.

Y no solo Izuku, él también entra al saco.

Ambos la han engañado. Le han hecho creer cosas que no son.

Pero ¿Qué era preferible? ¿Aquella mentira o la verdad?

Entiende recién, las verdaderas dificultades que ha pasado Izuku con ese tema y el porqué de su mentira. No ha sido por sacarle de su vida, no ha sido por vergüenza a lo sucedido, ha sido por proteger a Mizuki. Ella aún es pequeña para saberlo y ahora puede percibir el conflicto que tendrá en su interior. Pensar en todo lo que su padre tuvo que dejar por criarla, saber que no vino a ese mundo bajo un acto de amor, sino bajo la más abominable de las circunstancias.

Mizuki va a odiarlo, de eso no tiene dudas. Mas no sabe que tanto llegue a odiarse ella misma.

Y todo por culpa de su mala cabeza.

Respira hondo, escaso de palabras. Y es que no las hay, no existe forma de explicar aquello con maneras.

De pronto, oye pasos presurosos tras él. Voltea la vista hacia las escaleras.

– ¡Toshi! – Mizuki se pone de pie, ignorándole, le esquiva corriendo hacia el beta que acaba de llegar.

Hitoshi ha corrido a casa, lo nota en las perlas de sudor que se deslizan sobre su frente. El beta se pone en cuclillas frente a ella, seca sus lágrimas con el puño de su polera.

– Tu padre está muy preocupado, debes volver a casa con él.

– No – niega efusivamente, le abraza fuerte del cuello – yo quiero quedarme aquí, contigo.

Suspira.

Ve al alfa frente a él. Ceño fruncido mira la escena.

– Mizuki – la toma con fuerza entre sus brazos, pegándola lo más que puede contra su cuerpo, con una mano sostiene su cabeza – duérmete.

Los brazos de la menor caen inertes

– Que caraj...

– Izuku me pidió que lo hiciera. – Se pone en pie, cargando a la niña – Cuando despierte estará un poco desorientada – Se la entrega en sus brazos – Deja que Izuku se encargue.

Hitoshi regresa por donde vino. Katsuki se queda solo, con su hija dormida entre sus brazos.

Katsuki retorna a la agencia por la tarde, agobiado aun por la situación en casa y alterado por la insistencia de los mensajes de Todoroki.

Al menos, ha logrado encontrar a su hija sana y salva. La ha dejado durmiendo todavía y no ha llegado a tocar el tema con Izuku. El omega estaba muy nervioso en casa, al punto de llorar cuando ha tenido a su hija finalmente entre sus brazos.

"Debí decirle la verdad en un inicio", había dicho Izuku en un susurro para él mismo.

Como decirle que lo que debió suceder desde el inicio, fue que él no se les acercara. Nunca ser "amigos". No haberle dirigido la palabra si quiera.

Tanto dolor ahorrado hubiera tenido.

Presiona su entrecejo, exhala toda la bruma de tensión que ha vivido apenas iniciando el día.

– Bro – se gira a ver a Kirishima, que se acerca por su derecha. Llega de su ronda – Shoto te ha estado buscando toda la mañana.

– Tuve que atender unos asuntos.

Katsuki sube los escalones a la agencia, Eijiro le toma del hombro.

– Creo que ya lo sabe – murmura muy bajo y Katsuki se paraliza.

Vuelve a verle. Eijiro palmea su hombro dándole ánimos, aunque su rostro muestra preocupación. La mente de Katsuki vislumbra tantos panoramas distintos y en ninguno de ellos, encuentra una razón sólida para la insistencia de Shoto en verle, que no sea que ya lo sepa.

¿Pero cómo?

La noticia ha sido después del primer mensaje que recibió.

Fuera de la oficina de Shoto, siente por primera vez nervios. Esos que debió sentir al día siguiente de abusar de Deku y llegar a la escuela. Los que nunca estuvieron cuando sus compañeros preguntaban entre ellos por el omega. Cuando su madre no se explicaba cómo es que podrían habérselo llevado a solo meses de terminar el año escolar.

Angustia, inquietud, ansiedad. Todo se le aglomera en la boca del estómago. Presiona su garganta y acelera su respiración.

Katsuki exhala todo lo que tiene dentro. Palmea sus muslos y gira la perilla.

– ¿Cuál es el problema?

Entra disimulando la opresión.

Shoto alza la mirada, deja de lado los documentos que está leyendo. Toma su Tablet y se la extiende.

La noticia ya está en internet.

– Dime la verdad.

Katsuki no responde.

¿Cómo admitirlo sin sentir vergüenza?

– Entrégame tu licencia.

– ¿Qué? ¿Vas a suspenderme por unos chismes? – se enfrenta, esperando al menos poder ganar tiempo.

– No, voy a suspenderte por una serie de sucesos que infringen el código de los héroes –informa. Toma un folder de entre la ruma que tiene a un lado y se lo entrega – Los "chismes" agravan tu situación, pero la orden de suspensión ya venía de arriba.

Katsuki abre el folder.

– Abusaste de tu estatus frente a un villano que ya se había rendido – inicia con lo evidente. Pero entonces, debe seguir con la nueva información que ha llegado esa mañana a su despacho – Usaste tu quirk para intimidar a un civil, él reporto el caso. – comenta lo leído – lo hiciste también en una cafetería y, curiosamente, ambos sucesos guardan relación por una persona. Un omega. – hace una pausa, en lo que Katsuki pasa hoja tras hoja nervioso – La sociedad de héroes ha estado investigándote sin mencionar nada.

Silencio.

Katsuki deja el folder, los codos sobre el escritorio y su frente apoyado en las manos. La agitación vuelve, la desesperación impera. En esas hojas esta todo, desde el inicio. El momento en que ataco a Izuku en el bar que trabajaba había detonado toda una cadena de sucesos que llevaba a donde todo empezó.

Aquel día en la escuela.

Y es consciente de lo que hizo. Es consenciente que fue algo abominable, pero no está listo para afrontar las consecuencias de sus actos.

– Bakugou. – continua el Todoroki – no te suspendo por chismes, te suspendo porque en ese informe hay fundamento para hacerlo. Solo te pido que me digas la verdad.

Katsuki no puede.

Se pone en pie, rehuyéndole la mirada y entrega su licencia.

No hay más alternativas, ni escapatorias.

Cuando sale de su oficina, Ochako está de pie a unos metros suyos. Sus ojos no muestran la emoción de otros días y su gesto serio se tuerce en uno que escasas veces le han mostrado: Decepción.

Ochako no dice palabra.

Para ella, toda la situación ha hecho clic en su cabeza. Katsuki tiene su edad, Mizuki solo seis años; evidentemente catorce era una edad muy temprana para tener un hijo. Aun con eso, ella ha querido creer lo que ha visto en casa y no lo que la vida de héroe le ha enseñado.

Creer que aquello no se trataba más que de una relación adolescente fallida. Incluso luego de leer el informe del omega y saber que se había cambiado de ciudad, le había llevado a pensar que quizás, sus padres le habían separado a causa del embarazo, queriendo ocultarlo de sus conocidos por vergüenza a lo que pensarían.

Se había cegado horriblemente. Su mente no había querido creer lo obvio.

Ahora entendía porque Mizuki no sabía sobre él. Porque el omega era reticente a aceptarle.

Ochako tuerce la mirada. Viéndose como la tonta más grande por haber creído en una bondad inexistente.


Siguiente capítulo:

Pero tampoco podía juzgarle con severidad. Era su hijo y no importaba cuantos años tuviera, que tan grande fuera, cuando Masaru lo veía, no hacía más que recordar al pequeñito que se aguantaba las lágrimas cuando su madre le alzaba la voz.


Nota de la autora:

Capitulo corto y bueno... tarde como siempre xD. Es que el capítulo bíblico de Confinamiento me dejo seca

Sobre la actualización, ya podemos hacernos una idea de lo que viene para Katsuki ¿No?

¡Se vienen los abuelos!

¿Eso será algo bueno o malo?

Ya veremos...

Gracias por los comentarios!