Navidad

Eran las siete de la mañana. Anoche estuve en casa de mi hermano, que decidimos celebrar la Nochebuena allí. Mejor, porque no tenía muchas ganas de cocinar.

No estaba de ánimos porque Eric no podía ir. Llevaba casi un mes en Nevada y por culpa del mal tiempo, se tuvo que quedar unos días más. Eso me entristeció más que mosqueó, porque sabía que no era culpa suya, pero tenía la esperanza de que pudiéramos celebrar la Navidad juntos.

Me metí en la ducha. No había dormido mucho pensando en todo esto. Me venía bien porque así me despejaría un poco.

Adele seguía dormida en su cuna y hasta dentro de media hora no empezaría a llorar. Por lo menos. Solía ser muy puntual en estas cosas.

La ducha me sentó de maravilla. Me sequé y me enrollé una toalla a la cabeza, para que escurriese el agua.

Al salir del cuarto de baño, me encontré a Eric en mi cama tumbado, con una ceja levantada.

—No me gusta que te duches sin mi presencia, querida.

Puse los ojos en blanco.

—A veces me apetece hacerlo sola, ¿sabes? ——gruñí.

—Estás enfadada —sentenció.

Le miré de soslayo y me senté en el tocador. Me quité la toalla del pelo y me lo empecé a cepillar.

—Está claro que estás enfadada.

—Piensa lo que quieras.

—No lo pienso, lo sé porque te lo he visto… —dijo señalándose las sienes. Ya sabía a lo que se refería, pero preferí no contestar—. No ha sido culpa mía. Culpa al mal tiempo. ¿Qué querías que hiciera, que viniera volando desde Carolina del Norte?

Me encogí de hombros.

—Solo quería que estuvieras aquí en un día tan especial para mí. Y más cuando son las primeras Navidades de Adele…

Se me acercó por detrás y me rodeó con sus brazos por los hombros. Apoyó el mentón en mi cabeza.

—Me hubiese gustado haber estado aquí, pero en dos días estaré aquí, y seré tuyo durante tres semanas.

—No es lo mismo. Y lo sabes.

—Con suerte el año que viene no tendré que estar fuera.

Le miré de reojo desde el reflejo del espejo. Di un largo suspiro.

—Eso espero.

Me dio un beso en la coronilla.

—Claro que sí. Sé positiva, que lo necesito ahora mismo.

Le dediqué una amplia y exagerada sonrisa. Demasiado falsa.

—Así me gusta. Aunque des miedo, pero me gusta más.

Le saqué la lengua a modo de burla.

—Por cierto —comenzó a decir en tono más serio—, hay algo de lo que me gustaría comentarte.

Me giré para tenerlo frente a mí y él se sentó en la cama.

—Tú dirás…

—La verdad es que hace días que llevo meditándolo mucho, porque yo no sé cómo va a acabar esto.

—¿Debo preocuparme?

—Depende. Como podrás comprobar, yo no puedo protegerte si la Reina sale de su escondite y te ataca en mitad de la calle. No al menos como debería hacerlo de forma normal. Tampoco sé si saldré vivo de todo esto. No es que quiera ser negativo, pero todo puede pasar. Y no quiero que estés indefensa si ella fuese a por ti.

—¿Y qué tienes pensado? Ya me has puesto vigilancia…

—Sí, pero es una vigilancia… solo nocturna. No dispongo de nadie de confianza para protegerte por el día…

—Tengo a Alcide. O a cualquiera de su manada.

—Lo sé, pero él tiene ya sus propios problemas. Me preocupa que no sepas actuar… como es debido.

—¿A qué te refieres?

—A que siempre hay que protegerte de un modo u otro. Había pensado… que, bueno, no sé, podrías aprender a defenderte por ti misma.

—¿Defenderme? Bueno, que yo sepa, hasta ahora no me ha ido tan mal, ¿no crees?

—Sí, pero creo que solo ha sido pura suerte. Aquí estamos hablando de que la maldita Reina de las narices tiene a gente que está muy entrenada. Lo que no quiero es que te ataquen y no te sepas defender.

—¿Me estás insinuando que quieres que aprenda defensa personal? ¿Es eso?

—Sí. ¿Es mucho pedir? ¿Te parece una locura?

A decir verdad, sí que parecía un poco locura. Pero teniendo en cuenta de que ahora tenía una niña a la que cuidar y proteger, aprender a defenderme no está tan mal pensado.

—No, no es tan loco como parece. ¿Pero cómo lo haría? Tampoco quiero llamar la atención con esto, ni tener que darle explicaciones a nadie. Ya sabes que esto es un pueblo muy pequeño y aquí todo el mundo habla…

—Sí, ya lo sé, pero yo podría ser tu entrenador. Podríamos usar el sótano como gimnasio.

Tras pensármelo varios segundos, asentí con la cabeza.

—De acuerdo. Aunque tendré que deshacerme de unas cuantas cosas…

—Yo me encargo de lo demás en cuanto regrese a Luisiana.

Me levanté para ponerme algo de ropa, pero Eric se me adelantó, me abrazó por detrás y comenzó a besarme en el cuello. Tenía ganas de jugar, eso estaba claro. Me quitó la toalla que llevaba aún puesta y comenzó a besarme lentamente. Me empujó hacia él. Le rodeé el cuello con mis brazos.

Y Adele comenzó a llorar.

Las siete y media. Hora de despertarse.

Enero

—No pierdas de vista a tu contrincante, Sookie… —me dijo seriamente Eric, tras entregarme una espada de madera; clavó su mirada en la mía, desafiante—. Si algo debes saber muy bien, es lo que tu enemigo va a hacer. Tienes que poner todos tus sentidos en alerta, y tú tienes uno extra, por lo que vas con dos pasos de ventaja hacia tu rival.

Miré aquella espada de madera con cierta reticencia.

—¿Tenía que ser de madera? No sé si…

—Para los entrenamientos es lo mejor. Y más si eres nueva en esto…

Me encogí de hombros.

—Apenas he usado una, así que…

—Lo importante es saber usarla, cariño. No importa su tamaño o cuánto pese, si no sabes usarla, perderás el combate mucho más rápido.

—¿Pero por qué una espada y no una pistola o un rifle?

—He de enseñarte a usar cualquier arma, amor mío. Debes entrenarte como una verdadera guerrera, y por ello, tienes que aprender a usar hasta una espada o una daga.

—¿Vas a entrenarme como a una vikinga o qué?

—Ya viste cómo era mi hermana de buena con la espada. Y porque no la viste con la daga. Era aún mejor. Mi otra hermana era mejor con el arco.

—¿Voy a aprender tiro con arco?

—Así es, cariño. Todas las disciplinas posibles, querida.

—Está bien. Pero no sé si podré con todo…

—Vas a poder, porque eres fuerte y valiente. Te he visto hacer cosas increíbles y sé que puedes hacerlo. Lo único que debes hacer es confiar en ti. Y en tu instinto.

Me erguí y di un largo suspiro.

—Está bien.

—Lo primero que debes hacer, es abrir tu mente. Centrarte en tu enemigo —puso dos dedos en sus ojos y luego me señaló con ellos a los míos—, leer cada movimiento, cada paso, cada pensamiento que vaya a dar. Esa es tu ventaja, Sookie. No lo olvides nunca.

Asentí.

Hizo una floritura con la espada, dio un giro y me quitó la espada sin que me diera apenas cuenta.

—Has sido muy lenta, Sook.

—Y tú muy rápido.

—Y eso que ahora me puedes leer la mente.

Meneé la cabeza. No podía dejar que me distrajera nada. Tomé aire por la nariz y lo saqué por la boca. Afirmé con la cabeza con el rostro serio en Eric.

—Está bien. Empecemos de nuevo.

—Así me gusta…

Febrero

—Feliz San Comercial, mi amor —murmuró Eric sonriente, mientras chocaba su copa llena de esa bebida de sangre sintética espumosa que estaba tan de moda últimamente contra la mía.

—Feliz San Valentín a ti también —le respondí devolviéndole la misma sonrisa.

Bebimos de nuestra copa.

—¿Y qué tal por Nueva York? —inquirí comiendo un trozo de mi carne asada. Era un poco penoso haber preparado aquella cena solo para mí, pero esa era la desventaja de tener un novio vampiro, que él cenaba poca cosa.

—Bien. No había nada por allí. Pero… sí que había una tienda que sé que a ti te gusta mucho, por lo que…

Sabía de qué tienda hablaba. Sacó del bolsillo interno de su chaqueta una cajita cuadrada y la puso encima de la mesa. La cogí y la abrí. Era un colgante de oro de una manzana con un diamante en medio. Le miré con una ceja arqueada. No entendía nada.

—Es como una de las manzanas de la eterna juventud de la diosa Idhun. Y me recordó a ti.

Le sonreí.

—Muchas gracias. Aunque yo no tengo nada para ti. No sabía que iba a haber regalos…

—Mi mejor regalo eres tú.

Se levantó y me abrochó el colgante. La verdad es que era precioso. Y las manzanas me gustan.

—Es precioso.

—No más que tú.

Me tomó de una mano y me la besó con delicadeza.

—¿Sabes que cuando quieres puedes ser tan cursi como Bill, mi amado Eric?

Se echó a reír.

—No. No hay nadie que le supere. —Imitó un escalofrío y puso una mueca divertida—. Espero que no me haya poseído el espíritu cursi de Bill. Por favor, que no sea así.

—Idiota.

—Y a mucha honra.

Marzo

El bar estaba casi vacío y estábamos a punto de cerrar. El último cliente se acababa de marchar y le pedí a Terry que se marchara ya, que ya cerraba yo. Tan solo quedamos Oliver y yo, pero porque necesitaba que sacara unas cuantas cajas de cerveza para reponerlas. No tardaría mucho en hacerlo. Solía ser rápido.

Para ser sincera, me ponía un poco tensa cuando estaba cerca de él. No sabía nunca qué decir y él tampoco. Menos mal que en lo único que se le pasaba por la mente era su hermana y sus sobrinos. Lástima que todo aquello fuese de mal en peor. Por desgracia, me tuve que enterar así de que su hermana había empeorado y no le quedaba mucho. Intenté que se marchara, pero él insistió.

Vi entrar por la puerta a Hoyt. No traía buena cara.

—Hoyt, hoy no trabajaba Holly… —le comuniqué mientras colocaba un par de botellas de cerveza en la nevera.

—Lo sé —contestó distraído. Ni siquiera levantó la mirada para hablarme—. Tan solo he venido a por un par de tragos y luego me marcho.

—De acuerdo, pero… —dejé el trapo con el que estaba limpiando las botellas en la encimera y me acerqué a él—, ¿estás bien? No traes buena cara…

Levantó levemente la mirada, para clavarla de nuevo en la barra y sentarse lentamente en uno de los taburetes.

Hoyt meneó la cabeza.

—No me apetece hablar de ello…

Creía saber de qué iba el asunto. Recordé de repente que Jason me comentó que había quedado con él para hablar un rato y tomar algo. Me daba en la nariz que le había contado todo.

Al fin.

«Soy un pelele, un idiota… Veinte años de amistad tirados a la basura».

Bingo.

En el almacén tenía una botella de whisky escocés de quince años. Sam la solía guardar para ocasiones especiales y sabía que este era uno de ellos.

Cogí un vaso y le serví un trago. Se lo ofrecí.

—Sé que no debería entrometerme, pero conozco a mi hermano desde siempre y sé que esto no lo ha hecho adrede. Es idiota, sí, pero te quiere y jamás haría nada que te hiciera daño. Si tanto yo como su esposa le hemos perdonado, creo que tarde o temprano tú también lo harás. Tómate tu tiempo.

Me miró con mucha tristeza en los ojos. Hacía años que no le veía así, desde aquella vez en el instituto que una chica le dio calabazas y le llamó cabezón. Se tomó de un trago el whisky.

—Ya veremos.

Pensé que en cualquier momento se echaría a llorar.

—Gracias por el whisky. Estaba muy bueno.

Y se marchó por donde vino.

Abril

—Vamos, Sookie… —resopló Amelia en mi quedada semanal con ella—. Me parece que estás exagerando mucho.

—Lo sé, es muy posible, pero ando preocupada, eso es todo.

Mi preocupación era que tenía un retraso de dos meses. Y soy muy puntual. No era normal en mí aquel retraso tan grande.

—¿Te has hecho alguna prueba?

—Sí. Unas cinco veces.

—¿Y?

—Negativo en todas.

Amelia puso los ojos en blanco.

—Lo dicho, una exagerada.

Di un largo suspiro.

—Lo sé, pero es que hay tantas y tantas cosas que en ese libro no pone que ya me pongo paranoica.

—Sí, pero… ¡Phoenix, baja ahora mismo de ese árbol! ¡El columpio está a tres metros más a tu derecha! —sacudió la cabeza y le señaló al niño dónde tenía que dirigirse, aunque este no obedeció mucho—. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Mira, sé que es confuso, pero no hace milagros. Eric no deja de ser un vampiro con o sin hechizo… ¡Te he dicho que te bajes del árbol ahora mismo o nos vamos para casa!

Finalmente, el pequeño hizo caso a su madre con un mohín en la boca.

—Es que últimamente no paro de soñar en que tenemos tres hijos… todos rubios y muy guapos. Como salidos de un anuncio de esos de televisión…

Amelia se echó a reír.

—Oh, cariño. Tal vez eso sea posible, pero no del método tradicional. Siempre podéis adoptar o la inseminación…

Resoplé. Miré a Adele, que observaba cómo Phoenix escalaba de nuevo por el árbol que su madre le había prohibido.

—Podría, pero por el momento no quiero aumentar la familia. Suficiente tengo con una…

—¿Lo has hablado con Eric?

—¿Sobre qué? ¿Lo de los niños o lo de mi no embarazo?

—Sobre todo.

—Sí. Con eso de que me puede leer la mente, no es que le pueda ocultar nada…

—¿Y qué opina?

—Que debe ser estrés y nervios por todo lo que estoy pasando estos últimos meses…

—¿Ves? Por una vez estamos de acuerdo en algo.

—Aunque no hemos hablado nunca de lo de los niños. Y por el momento, mejor así.

Amelia miró a su hijo, que parecía hacer lo que le daba la gana.

—Sí. Mejor así.

Mayo

—¿Hoyt sigue sin hablarte?

Jason se encogió de hombros. Habíamos quedado para comer y se estaba comiendo sus macarrones con queso con cierta desgana. Parecía deprimido.

—Ya no sé qué hacer para que me hable. He hecho de todo. Hasta le compré unas llantas nuevas por su cumpleaños, pero me las devolvió. Creo que debería rendirme y aceptar mi vida sin él…

—¿Le echas mucho de menos?

Mi hermano asintió con tristeza.

—No me va a perdonar en la vida.

—Dale tiempo. Ya se le pasará. No creo que esté toda la vida enfadado contigo por esto. No lo fuerces más. Ya se dará cuenta cuando te eche de menos…

—Eso espero.

—Bueno, ¿y qué tal vas con Michele? —inquirí, intentando cambiarle de tema.

—Pues mejor que nunca. —Hasta la cara le cambió cuando dijo esto.

—Me alegro mucho.

—Lo único que es un poco agridulce por lo de Hoyt, pero ella lo entiende y me apoya…

—Pues eso es lo que importa. Ahora mismo os necesitáis más que nunca.

—Por cierto, la semana que viene los padres de Michele quieren irse el fin de semana de camping y nos han invitado.

—Me parece genial la idea.

—Sí, bueno… —me miró algo preocupado—. La cosa es que se nos ocurrió que podríamos llevarnos a Adele con nosotros y así podrías estar a solas con tu vampiro cuando regrese de su estancia en No-Sé-Dónde…

Me quedé sin saber qué decirle…

—Me lo tengo que pensar. No sé si será buena idea con todo lo que está pasando dejar que Adele se vaya de viaje…

—Estaré muy pendiente de ella y no la perderé de vista…

—No es que no confíe en ti, es que no confío en nadie que se le pueda acercar.

—Está bien. Al menos dime que te lo pensarás…

—Sí, pero no prometo nada.

Junio

Era de madrugada y me levanté para abrir la ventana. El verano estaba a la vuelta de la esquina y ya era casi imposible pegar ojo por el calor.

Regresé a la cama y, al apoyar la pierna derecha, sentí como un punzante dolor me recorría por la rodilla.

Grité de dolor y pude escuchar cómo Adele comenzó a llorar asustada. Me levanté y caminé cómo pude hasta su habitación para calmarla. No entendía aquel dolor tan fuerte. Apenas podía mover la pierna.

Conseguí calmarla y se durmió de nuevo en seguida.

Volví a la cama con la intención de conectar con Eric. Algo me daba que no andaba bien la cosa por allí y que mi dolor de pierna era por él.

Cerré los ojos y conecté con él lo más rápido que el dolor me permitía.

Al abrirlos, me encontré con Eric tirado en el suelo y una parte de su pierna derecha estaba mutilada en el suelo.

—¿Está aquí? —le dijo al oído Pam. Eric asintió.

Pam se quitó la chaqueta y la sostuvo en el aire. Eric ya me comentó que le contó lo de nuestras conexiones. Me puse la chaqueta para que supiera dónde me encontraba.

—Hemos tenido un percance con uno de la Reina. Eric está ahora mismo fuera de combate, por lo que tendremos que mandarlo para casa. Karin le sustituirá sin problema. Ya he avisado a los del Consejo y me han dado luz verde para la sustitución. La parte mala es que estará de baja unos dos meses, puede que menos si le suministramos sangre mía y de Karin. Te mandaré bolsas con nuestra sangre para que se las vayas dando a diario. ¿Puedes alojarlo en tu casa, Sookie?

Asentí mirando a Eric y él le devolvió el gesto para que supiera mi respuesta.

—Pues se marchará en el primer avión. Tan solo te deseo mucha suerte.

—¿Por qué? —pregunté, olvidándome que no me podía escuchar.

—Porque Eric es el peor paciente del mundo —respondió Pam, sabiendo que lo iba a preguntar.

Eric soltó una carcajada sarcástica.

Lo que me faltaba. No tenía suficiente con un niño en casa, que ahora tendría dos.

Estupendo.