X

Me despedí de Klaus tras comentarle la breve conversación que tuve con Åke. Entendió sus condiciones y le dije que le informaría de todo lo que me dijera en cuanto saliera del hotel.

No estaba muy lejos, por lo que en unos quince minutos me encontraba entrando por la puerta del hotel. Miré de reojo a la recepcionista y pasé de largo. Tenía un mal recuerdo de la última con la que traté y tampoco me apetecía interactuar con ninguna por el momento. Además, tendría que decir a dónde iba y tal vez Åke quisiera tener un poco de intimidad al respecto. Aunque no hiciésemos nada, ya se sabe cómo son las malas lenguas.

Tuve la suerte de no encontrarme a nadie mientras subía por el ascensor. Tan solo coincidí con una camarera de piso que iba a limpiar una habitación que acababan de dejar, pero iba con la música a todo volumen, por lo que no se percató mucho de mi presencia.

Busqué la habitación 811 y cuando la encontré, llamé a la puerta con los nudillos. Pareciese como si estuviera esperando detrás de la puerta porque abrió en cuestión de dos segundos. Iba vestido con una bata de seda azul oscuro y unos pantalones de pijama, también de seda, de color morado. Iba descalzo. Me invitó que me sentara donde quisiera.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó con voz calmada; era como si le tranquilizaba la idea de que yo estuviera ahí—. Yo no tomo alcohol, pero si quieres algo del mini bar…

—No, gracias —contesté, negando con la cabeza mientras me acomodaba en el sofá que había en mitad de aquella especie de salón.

—¿Y un té? Me estoy haciendo uno moruno…

Me encogí de hombros y finalmente asentí. Nunca le he dicho que no a una buena taza de té y menos con el frío que hacía afuera. Me gustaba la naturalidad con la que servía las tazas y echaba el agua hirviendo en ellas. Era como si llevara toda la vida haciendo eso. El olor mentolado me inundó agradablemente las fosas nasales en cuando me pasó mi humeante taza.

—¿Azúcar?

—No.

Me sonrió.

—A mí tampoco me gusta endulzar el té.

Le di un sorbo y lo dejé en la mesita que tenía justo a mi lado. Él se sentó en el otro extremo del sofá.

—Lamento haberte recibido con estas pintas —comentó, dejando su taza en otra mesita más cercana a él y colocándose bien la bata de seda azul—, pero estaba haciendo yoga cuando recibí tu llamada. Y no has tardado nada en llegar…

—Estaba en el apartamento de mi amigo Klaus, a unos quince minutos de aquí en coche.

Él asintió con la cabeza, pensativo, como queriendo ordenar todo lo que tenía que decirme. Yo esperé pacientemente, sin querer ni pretender agobiarle. Pensaba cosas sueltas, muchas sin sentido y otras en un idioma que desconocía, supuse que era sueco. En la mesa donde estaba su taza había una cajita roja que la cogió y me la ofreció.

—Mi verdadero nombre es Björn Nyström y soy de Uppsala, una ciudad situada cerca de Estocolmo. —Me hizo una señal con la mano para que abriera la cajita; dentro, encontré algunas fotos, una de ellas de él de niño con una niña a su lado y otra con lo que me parecieron sus padres—. Mis padres murieron cuando yo tenía doce años en un accidente de coche. Tengo una hermana pequeña, siete años menor —cogí otra foto de ambos, esta vez un poco más actual—, llamada Emilie Nyström. Ella tenía cinco años cuando nuestros padres murieron y me hice cargo de ella hasta que la adoptaron unos meses después. Por suerte para mí, sus padres adoptivos vivían cerca de la casa de acogida donde estábamos y solía ir a visitarla todos los fines de semana, a cambio de que no me metiese en problemas.

—¿Por qué no os adoptaron a los dos?

—Porque yo no quise. Esa pareja quería solo niños pequeños y mi hermana no era exactamente lo que pedían, pero se conformaron porque era muy buena y no les iba a crear problema. Y ella se merecía estar en un lugar mejor que aquella casa de acogida. Yo me pude adaptar pero sabía que ella lo estaba pasando mal.

—¿Sigues teniendo contacto con ella?

—Sí. Hablamos casi a diario.

No entendía por qué me estaba contando todo aquello, pero esperaba que en algún momento me explicase todo. Sobre todo porque él sabía que yo no había ido hasta allá para que me contase su vida.

—Parece buena chica —dije al coger una foto de la chica bastante reciente—. ¿Qué edad tiene ahora?

—Diecisiete. Se gradúa este año en el instituto y quiere ser veterinaria.

—Es muy guapa. Os parecéis mucho.

Seguí cogiendo más fotos personales de mi anfitrión, en donde se le veía jugando con su hermana y algunas con un perro. Se la enseñé a lo lejos.

—Es Yorkie. El año pasado lo atropelló un coche y le dejó una pata mal, pero se está recuperando lentamente.

—¿Se pondrá bien?

—Sí, pero mi hermana está muy pendiente de él y ya no lo pasea por el mismo lugar del atropello…

Asentí. Se notaba que era una chica muy noble por las fotos.

Dejé las fotos en la caja y la cerré. Creo que él debió de captar la indirecta.

—Cambié mi nombre para que ella tuviera más privacidad. Utilizo mi apellido materno, y Åke se llamaba el oso de peluche que le regalé a mi hermana cuando cumplió los tres años y ella solía llamarme así porque yo "también era su osito" —Se echó a reír; no entendí el chiste, pero igualmente continuó—: Nunca suelo hablar de ella públicamente para protegerla y ella me agradece lo que hago por ella. Es muy tímida y detesta la idea de tener cientos de cámaras detrás de ella, como me pasa a mí.

—Hiciste bien. Es muy especial para ti, ¿no es así?

—Es lo más importante que tengo ahora mismo. Y se va a mudar a Canadá para poder estar más cerca de mí.

—¿Y sus padres adoptivos qué opinan?

Le dio un sorbo a su taza y la dejó en su sitio de vuelta.

—Su padre está enfermo. Cáncer. Van a irse unos meses a Houston, por lo que el que ella esté cerca de mí es lo mejor para todos. Ahora me haré responsable de mi hermana más que nunca.

—Supongo que eso es maravilloso para ti, ¿no?

—Sí. Lamento lo de su padre, pero… —se encogió de hombros—, ella es mi hermana y es la que más me importa.

Yo tomé otro sorbo. Estaba un poco más frío que antes. Di un largo suspiro, porque no quería ser impertinente y decirle que me contara qué es lo que sabe de mí.

—Sé lo que estás pensando —soltó, mirándome tímidamente—. Pero necesito contarlo todo desde el principio.

Asentí.

—Cuando cumplí dieciséis, llegó una chica nueva a mi casa de acogida. Su padre estaba en la cárcel y nadie se podía hacer cargo de ella hasta cumplir con la mayoría de edad. Yo me hice muy amigo de ella, puesto que se la veía incómoda tener que vivir en un lugar que no era su hogar. Yo conseguí que ella se sintiera como en casa. —Cogió la caja y rebuscó entre las fotos, hasta dar con una que me pasó—. Se llamaba Audrey. Nos acabamos enamorando. Era algo inevitable, puesto que en cuanto la vi, supe que íbamos a ser algo más que amigos. —Su tono de voz era bastante melancólico y me estaba sonando demasiado la historia—. Y un día… —carraspeó, algo nervioso, irguiéndose en su lado del sofá—, tuvimos un pequeño percance: ella se quedó embarazada. Yo tenía diecisiete años y estaba había hecho algunos trabajos como modelo para una revista de moda. —Me miró con recelo antes de continuar—: sé lo que estás pensando, porque es lo que todo el mundo hace. Fue una estupidez pensar que aquello saldría bien, pero tenía dinero ahorrado y queríamos seguir adelante con todo. Mi madre de acogida nos dio un largo y tendido sermón con respecto a esto, empezando por lo irresponsables que habíamos sido por no usar protección, pero ella ya era mayor de edad, por lo que podía decidir por sí sola. Teníamos el apartamento de su padre, que podíamos usarlo mientras él estuviera en la cárcel. Ella trabajaba de camarera de pisos en un hotel y yo seguía con mi carrera de modelo y me estaban ofreciendo papeles en anuncios y series de televisión. Lo teníamos todo muy bien pensado, todo muy bien planeado. Estábamos ahorrando mucho para que no nos faltara de nada. Ahora lo pienso y sé que todo aquello fue una locura, pero éramos jóvenes y no lo pensamos bien. Solo éramos dos críos enamorados que iba a formar una familia en poco tiempo.

»Sin embargo… —tragó saliva, dando un largo suspiro—, las cosas no salieron como queríamos. Tuvo un embarazo bastante complicado, en donde tuvo que pedir la baja maternal en el cuarto mes de embarazo. Mi madre de acogida me prohibió dejar los estudios, por lo que me hacía cargo de ella todo lo que podía. Le hacía de comer y de cenar y me podía quedar con ella al menos. Hasta que un día Audrey comenzó a encontrarse mal y se desmayó. Llamé a una ambulancia porque no recobraba el conocimiento. Me asusté. Nadie sabe lo que me temblaba en cuerpo ese día. No me dejaron irme con ella puesto que yo era menor de edad, aunque fuese el padre del hijo que esperaba. Estuvo varios días en Cuidados Intensivos, pero nadie me quería decir nada en concreto. La cosa no pintaba nada bien y los médicos no sabían cómo decirme que ella no iba a sobrevivir.

—¿Y el bebé?

—Tampoco.

Di un respingo y bebí un largo trago a mi taza. Se me estaba encogiendo el alma solo escuchar el relato.

—Los médicos me explicaron que, de haber sobrevivido, hubiese tenido muchos problemas de salud y me pasaría la vida entre hospitales.

—Entonces, por más doloroso que resulte, creo que era lo mejor.

—Supongo que sí. —Hizo una larga pausa para meditar en lo siguiente que debía contarme, mientras terminaba de tomarse lo que le quedaba de su té moruno; yo hice lo mismo con el mío, que estaba lo suficientemente tibio como para terminármelo casi del tirón—. Siempre me he sentido culpable de lo que le pasó a Audrey y a nuestro hijo. Siempre me dije que aquello ocurrió porque fui un irresponsable, porque no la cuidé lo suficiente como para haber impedido que quedase embarazada. Por no haber dejado que abortara…

—Åke… —dije con voz tranquilizadora—, no te martirices por ello. Por lo que me cuentas, ella también quería tenerlo, ¿no? Ella tomó la decisión de seguir adelante.

—Sí, fue idea suya, pero Agatha, nuestra madre de acogida, nos sugirió que lo mejor sería no tenerlo porque podría salir mal.

—¿Y vosotros qué ibais a saber? —protesté, aunque con un tono más bajo para no asustarlo.

—Lo sé, pero igualmente, es algo que me lleva atormentando desde entonces y que me repito una vez y otra vez sin parar.

Me acerqué a él. Le cogí de la mano con suavidad. Era suave y cálida, algo que jamás podría decir de su versión de mi realidad.

—Åke, no te hagas esto. No fue culpa de nadie y mucho menos tuya.

Me miró con tristeza en los ojos y me sonrió. Me recordó a Eric a pesar de ser tan distintos. Supongo que una parte de él sí que es exacta a Eric.

—Estuve varios días en donde no escuchaba ni prestaba atención a nada ni nadie —continuó relatando—. Todo me daba igual y no tenía ni la menor idea de lo que hacía. Tan solo quería estar ebrio el máximo tiempo posible para intentar aliviar el dolor que sentía en mi pecho. Era tan profundo que no había manera de que se me pasara. Sentía… —gesticuló mucho con las manos, haciendo énfasis en algunas palabras—, sentía como si un gran agujero me hubiese arrancado las entrañas y yo no las iba a sentir más en la vida. Así que un día, después de tomar innumerables copas, decidí dar un largo paseo hasta un puente que había cerca de donde me encontraba. Era uno muy oscuro, por lo que lo que pretendía hacer pasaría desapercibido.

Le apreté la mano, porque pude percibir su dolor y quería transmitirle todo mi ánimo.

—¿Qué fue lo que te detuvo?

—No fue qué, sino quién.

Fruncí el ceño sin comprender.

—Pensé que estabas en un lugar donde no se veía nada.

—Así es. Pero vi una luz bastante fugaz, y de repente alguien se posó delante de mí, me tocó el hombro y me dijo con voz suave: «tu hora aún no ha llegado, Björn. Vas a ser alguien importante y vas a hacer cosas increíbles». —Dio un largo suspiro y miró su taza vacía; estaba pensando en rellenarla, pero lo descartó porque eso implicaría tener que soltarme, y no quería eso ya que le gustaba el tacto de mi mano contra la suya—. No sé qué cosas increíbles habré hecho, la verdad, pero me dejó perplejo y confuso.

—Yo también me hubiese quedado igual, si hubiese estado en tu lugar.

—Fue a partir de aquella noche cuando empecé a tener unos sueños de lo más extraños.

—¿Sueños extraños?

—Sí. Comencé a soñar con alguien. No le veía el rostro puesto que en mis sueños, yo era él. Pero veía todo lo que hacía, escuchaba todo lo que decía, pensaba… sentía lo que él sentía. Hasta que el reflejo de un espejo me reveló que ese alguien era yo mismo, pero con una vida extraña, en donde yo me alimentaba con sangre y tenía una pareja humana con un don especial y único. —Me miró con ternura y me apartó un mechón que me caía de la frente. Él lo sabía. Sabía lo que yo era—. Una preciosa muchacha con un fuerte carácter y que no se deja derrotar tan fácilmente.

—¿Qué es lo que veías exactamente?

—Había más vampiros, como Bill o Pam, pero cuando empecé a tener esos sueños, estaba enfrentándose con uno del que ni el mismísimo Eric podía derrotar: Ocella.

Di un respingo. Habían pasado más de cuatro años desde aquello. Por lo menos.

—Esto fue antes de… —comencé a decir.

—…antes del hechizo de Amelia, sí —terminó Åke.

—Se parece en la parte de los sueños, que luego resulta no ser sueños. Pensé que tal vez…

—Yo también, pero yo no puedo volar ni leer mentes, ni tampoco meterme en la de Eric ni él en la mía. Es más, él ni siquiera sabe de mi presencia.

Nos quedamos en silencio durante unos segundos antes de continuar:

—¿Crees que esa persona, o ser, o lo que sea, con la que te encontraste en aquel puente, te pudo haber hecho esto?

—No lo creo. Lo sé.

—¿Cómo es que lo sabes?

—Porque cuando me tocó pude sentir que algo dentro de mí había cambiado. Ya no era el mismo ni lo iba a volver a ser.

—¿Y cuándo te diste cuenta de esto?

—No lo sé. Supongo que cuando comencé a planear crear una serie con todo lo que supuestamente soñaba. Aún no me había percatado de nada, pero quise aprovechar todo lo que veía y pensaba que lo que debía hacer era eso, una serie de televisión sobre la vida de un vampiro milenario.

—¿Y cómo conseguiste que te la aceptaran?

—Realmente, no lo sé aún. Mandé muchos e-mails a productoras, me mudé a Los Ángeles para poder hacerlo personalmente, fui rechazado en por lo menos media docena de productoras, en casi todas me dijeron que el tema vampírico estaba muy quemado y que no querían arriesgarse al fracaso. Así que bueno, después de leer y releer lo que tenía escrito, le hice una reescritura más interesante en donde, en vez de contar su historia desde la actualidad, quise hacerlo desde el comienzo de todo, desde que él era humano. Él y yo tenemos muchas cosas en común, estamos conectados de alguna manera, con una historia muy similar, por lo que quise empezar por ahí. De algún modo, homenajeaba a mi amada Audrey.

—Sin embargo, yo no aparezco en ningún capítulo.

—No. Nunca pretendí que salieras.

—¿Por qué?

—Verás… fue cuando me di cuenta de que todo lo que soñaba era más que sueños. Me percaté de que Eric existía de verdad porque yo así lo sentía. Aunque él no es consciente de mi existencia. Y supe que Sookie Stackhouse existía de verdad, incluso en mi mundo. Supe que estaba teniendo una mirada a otra realidad cuando te busqué en Internet. Encontré a una Sookie Stackhouse, con tu mismo rostro, tu misma sonrisa, tu misma mirada… pero supe ahí que no eras tú. Viajé desde Los Ángeles hasta Bon Temps para conocer a Sookie Stackhouse. Y la vi. Estuve en su pastelería recién inaugurada de hacía tan solo unos pocos meses y pude interactuar con ella unas pocas palabras de cortesía. Pero no eras tú. Lo supe. Y fue ahí donde me di cuenta de que mis sueños eran de otra realidad. Porque la Sookie que yo veía tenía un restaurante y ella era repostera. Además, no era igual que tú.

—¿A qué te refieres?

Él sonrió con la misma ternura que lo haría Eric de tenerlo enfrente de mí, pero con sus ojos pícaros.

—Porque tú desprendes un brillo en la mirada que ella no tiene.

Me quedé sin palabras. No me esperaba esa respuesta.

—¿Y de qué hablasteis?

—De pasteles y dulces internacionales, sobre todo. No fue durante mucho rato, pero tampoco tenía interés en seguir con la conversación. No fue muy interesante.

Respiré hondo. No sabía cómo hacerle esta pregunta sin parecer desesperada. Me removí en mi sitio, con su mano sujeta aún a la mía.

—¿Le puedes ver en… ya sabes, directo?

—¿Te refieres a que si veo lo que hace en este momento?

—Sí.

—Solo si estoy dormido o… —hizo un gesto como de concentración—, si hago yoga.

—¿Quieres decir que…?

El corazón me latía a mil por hora. Él podría sacarme de dudas, de todas las que tenía en este momento.

—Así es, estaba viendo lo que estaba haciendo antes de que llegaras.

Finalmente, me dejé de llevar y le miré fijamente.

—¿Le has visto? ¿Ahora?

Åke. asintió. Bajó la mirada, como si no quisiera decirme algo. Yo llevaba mi mano aún con la suya. Podría indagar en su mente con mucha facilidad, pero no quería. Tal vez lo que viera fuese demasiado personal para él, independientemente de lo que sabía sobre Eric.

—Él está bien. Ha regresado esta noche a casa.

—¿Cómo que ha regresado a casa? ¿Dónde ha estado?

—Los del Consejo Vampírico le han tenido todos estos días retenido. A Pam y Bill también, pero a ellos les dejaron marcharse la noche siguiente. Eric ha tenido que rendir cuentas por temas legales con los vampiros por matar a una humana.

—¿Cuál ha sido la sentencia?

—Está libre de todos los cargos gracias a su abogado.

—¿Cataliades?

—Sí. Si no hubiese sido por él… no hubiese tenido posibilidades de que le liberasen pronto.

Respiré aliviada. Eric nunca daba una puntada sin hilo, por lo que tener a Cataliades de su parte como abogado no debe de ser casualidad.

—No sabes cuánto me alegro de escucharlo. ¿Y Bill? Cuando me desvanecí estaba malherido…

—Chiara consiguió sacarle la bala ultravioleta y se recuperó en seguida.

—Me dejas más tranquila, de verdad. Y me alegro de que hayas querido compartir conmigo todo esto… Es muy importante para mí. ¿Sabes que Eric ha contactado con Amelia o…?

No me contestó. Se puso tenso y de repente me soltó bruscamente la mano y se puso de pie. Comenzó a dar vueltas por la habitación, mirándome de vez en cuando con cierta culpabilidad en la mirada y el rostro.

—¿Qué ocurre? ¿Sabes algo que no sabes cómo contarme? ¿Es grave? Por favor, Åke., no me dejes así…

Se pasó los dedos por su corto cabello, despeinándolo por la zona de atrás. Estaba hasta más guapo con el cabello así. Tomó una gran bocanada de aire antes de soltar:

—Sookie… —cerró los ojos fuertemente—, creo que estás aquí por mi culpa.

Levanté una ceja sin comprender nada. No era la respuesta que me esperaba precisamente.

—¿Qué?

—Creo que tengo algún tipo de poder que ha hecho que estés aquí…

—Será mejor que te expliques, porque no me entra en la cabeza nada de lo que me estás contando.

—Verás… —se quedó pensativo unos segundos, hasta dar con las palabras adecuadas—, hace un mes aproximadamente, yo estaba cansado de verte entrenar para enfrentarte a esa Reina. No me malinterpretes, me gusta la idea de que te entrenes para defenderte, pero no me gustaba la idea de que te pasara nada. A fin de cuentas, esa mujer llevaba años preparándose para mataros a todos en un chasquido y casi sin pestañear.

—Pues bien que la destrozamos…

—Lo sé, pero no quita que me dejara preocupado. No sabes lo mal que lo pasaba pensando en que te pudiera pasar mal. Tal vez porque Eric me transmitía todo ese miedo e inseguridades…

—Espera un segundo, ¿Eric tenía miedo de que me pasara algo?

—Mucho. Muchísimo. Le aterraba la idea de que te pasara algo, sobre todo por su culpa. Por eso te sugirió que te entrenaras, por si acaso él no pudiera hacerlo si caía y no podía protegerte.

—Entiendo. Pero no sé qué tiene que ver esto con estar yo aquí, en este mundo.

—El asunto está en que, justo al día siguiente, uno de los productores me comentó que íbamos a rodar en Luisiana, ya que alguien, un auténtico mindundi que apenas llevaba un par de meses trabajando para nosotros, le había convencido por no sé qué de su abuela con alzheimer. Y al principio no le di importancia, pero empecé a dársela cuando me dijeron que nos alojaríamos en Shreveport. Ahí fue cuando empecé a creerme que algo estaba pasando. Teníamos pensado empezar a rodar el día dos de enero, por lo que muchos llegamos en plenas Navidades, casi todos en Año Nuevo, porque quisieron pasar la Nochevieja con la familia. Sin embargo, yo me vine tres días antes porque mi hermana quería estar con sus padres, más por las razones que te dije antes. Así que, como ya pasé la Nochebuena con ella, como todos los años, me cogí un vuelo a Luisiana. Lo cogí de noche, porque es mi momento favorito para volar. Es mucho más tranquilo y me estresa mucho menos. Me quedé dormido porque había tenido un día bastante pesado, ajetreado por planear cosas que hacer en cuanto llegara. Y os vi a todos. Os vi luchando con ella. Y no pude más que desear que estuvieras aquí para que no tuvieras que pasar por todo eso. Cuando esa loca disparó a Bill, casi me da un vuelco, porque no lo vi bien y pensé que te había dado a ti. Tal vez fue cosa de Eric, pero la angustia estuvo ahí de repente. Y deseé con todas mis fuerzas que no estuvieras ahí, poder sacarte de ese lugar maldito. Y justo, justo en ese instante, cuando tenía el corazón a punto de salirse por la boca, te desvaneciste.

Me quedé sin saber qué decir. Realmente me había quedado sin palabras. Me inundé por un instante de sus pensamientos, algo confusos, pero nítidos. Tenía un mejunje de sentimientos hacia lo que había ocurrido aquella noche que necesitaba un descanso. Ambos lo necesitábamos.

—¿Cómo estás tan seguro de que fuiste tú?

—No lo estoy. Solo es una sensación. No creo en las casualidades, eso es todo.

—Yo tampoco. Pero no eres un ser mágico. No has hecho nada paranormal ni nada que pueda ser inexplicable en todo este tiempo, ¿no es así?

—No que yo recuerde.

—Entonces… —tragué saliva, procurando ser lo más delicada posible—, me temo que no has sido tú quien me ha traído hasta tu mundo, Åke.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tú no tienes ese poder. Es mucho más probable que quien te diera ese don de ver todo lo que hace Eric me haya llevado hasta aquí.

—Todo puede ser.

—¿Recuerdas al menos cómo era?

Åke. negó lentamente con la cabeza, intentando recordar sin mucho éxito.

—Iba muy borracho esa noche. De hecho, más extraño fue que me despertara en mi cuarto sin saber cómo había llegado hasta ahí, pero… No le di más importancia porque mi estado de embriaguez estaba muy alto. Solo recuerdo que, cuando me desperté de madrugada, ni siquiera sentía haber bebido una sola gota de alcohol.

—¿Y la necesidad de seguir tomando?

Negó una vez más con la cabeza.

—No he vuelto a probar nada. Es como si de algún modo me hubiese curado de aquella adicción que se estaba volviendo cada vez más grave.

—¿Temes volver a caer si bebes aunque sea un poco?

—Sinceramente, no pienso nunca en eso, así que no lo sé. Pero tampoco tengo interés en saberlo. Estoy bien así.

—Me alegra escuchar eso. Los vicios no llegan a ninguna parte.

Me levanté de mi asiento y me puse el abrigo. Era la hora de marcharse. Llevaba demasiado tiempo allí y seguramente Sam ya estaría preguntándose dónde me habría metido. Cogí el móvil y, efectivamente, tenía un mensaje de él.

Sam: ¿Cuánto te queda? Jason y yo queremos ir al parque que hay en el centro con los niños. ¿Te vienes?

Sookie : Sí. Voy en seguida.

Sam : Aquí te esperamos. Te quiero.

Me quedé pensando en qué responder. O en si debía hacerlo. Pero mejor no levantar sospechas por el momento.

Sookie : Yo también.

Me despedí de Åke.

—Espera —me detuvo antes de abrir la puerta—. Hay algo que deberías saber…

—¿El qué? ¿Sobre Eric?

Estuvo tarareando mentalmente una canción. Era consciente de que era muy importante y no quería que me adelantase. Me estaba asustando.

—Sí. Aunque yo no debería contártelo. —Meneó la cabeza, cambiando de opinión—. No, mejor que te lo diga él. Es lo mejor. Y más justo.

—Åke, si tienes que decirme algo, por favor, dímelo ahora. No puedo estar así hasta que regrese. ¿Le ha pasado algo malo?

—No. Él está bien. Es solo que… —carraspeó y se rascó la nuca—, no seas muy dura con él cuando te lo cuente. Él no tenía opción.

Fruncí el ceño sin entender nada.

—¿Es por lo de Sabrina?

Respiró hondo. Tragó saliva.

—No. No tiene nada que ver. Más bien es…

Mi teléfono comenzó a sonar. Era Klaus. Tuve que cogerlo por si era importante.

—Mañana hablamos, ¿de acuerdo?

Cerré la puerta tras de mí con la incógnita rondando mi cabeza. Klaus me llamaba para decirme que Sam le había llamado para que le llevara no sé qué cosa y tenía que pasar por su casa para ir juntos. Al parecer, también quería que fuese al parque con los niños. En fin. No me quedó más remedio que hacerlo.


A medio camino hacia la casa de mi hermano —qué pocas ganas tenía, pero qué otra cosa podía hacer, y por suerte venía Klaus, mi salvación—, vi un coche parado en la cuneta de la carretera. Me paré para ver si el conductor, que estaba revisando el humeante motor, necesitaba que le echara un cable. Para mi sorpresa, se trataba de Hoyt, el mejor amigo de mi hermano. Me alegró mucho verlo y le sonreí mientras bajaba la ventanilla para hablar con él.

—Buenas noches, Hoyt —le dije con la mejor de mis sonrisas; él estaba hablando por teléfono, probablemente con la grúa, y colgó nada más verme.

—Buenas noches, Sookie —contestó con su habitual sonrisa.

—¿Necesitas ayuda?

—No, no es necesario. Solo lo puedo arreglar en el taller. Estaba viendo si podía hacerle un apaño, pero va a ser difícil porque necesito algunas herramientas que aquí no tengo. Mi colega de la grúa viene hacia aquí. No te preocupes. Muchas gracias, Sookie.

—De acuerdo. Ya sabes que si necesitas algo, lo que sea, sabes dónde estoy.

Se me quedó mirando de manera sospechosamente tierna. Iba a subir la ventanilla para retomar el camino, pero de repente le escuché:

«Lo que necesito es que regreses conmigo en vez de con el sinvergüenza impresentable que tienes por esposo».

Una ligera imagen en su mente, casi ínfima, donde se veía a Sam debajo de una mujer totalmente desnuda en el despacho del bar, me hizo comprobar que Hoyt fue testigo de aquella infidelidad. Pero lo que más me llamó la atención de ese pensamiento fue lo de «regresar con él». Le sonreí torpemente y reanudé la marcha.

Miré de soslayo a Klaus, que permanecía en el asiento del copiloto con cara de saber qué había escuchado de Hoyt.

Fijé la mirada en la carretera.

—Es muy probable que me olvidara de contarte algo sobre Hoyt y tú…

Respiré hondo.

—¿En serio? No me digas…


NDA: Buenas, gente hermosa que me lee (aunque sea en las sombras). Madre mía, empiezo a mal acostumbrarme a actualizar una vez o dos al mes. Porque eso de una vez al año no hace daño… como que no, jajaja He estado estos días que no he parado de hacer cosas y no veas. Se me ha ido esto demasiado. Quería hacerlo a principios de mes, y mira a qué estamos ya… Eso sí, hoy es un día feliz (a pesar de que no lo he tenido precisamente así, peeeero bueno), por lo que hoy debía actualizar sí o sí.

Yo no tengo la menor idea de si se ha entendido toda la explicación que se da o no, pero bueno, así se va a quedar por el momento xD

Voy a explicar lo del chiste con el nombre de Åke (porque no se lo escogí al azar): Björn, en sueco (y demás idiomas nórdicos) significa oso. De ahí el juego de palabras. XDD Sí, los nórdicos son muy raros poniendo nombres. Cierto actor sueco lleva por nombre el de otro animal. Y me hace mucha gracia esto xD

AGRADECIMIENTOS:

- Cari1973: No suelo conocer a mucha gente que cumpla años antes que yo, por lo que me has dejado loca con eso jajaja tu hermano y tú cumplís algo seguido. xD (Y yo no suelo tener resaca ni salir en Nochevieja, así que… no me tientes :P)

Si vieras a tus seres queridos en otra versión de ellos y encima peor aún, creo que también te quedabas con los que tienes, aunque sean un desastre xD

De la Sookie 2.0 se sabrá en el siguiente capítulo. En este no me cuadraba mucho, por lo que mejor la dejo para el próximo. :P Que conste que la idea que planteas ya la tuve y, al igual que tú, la descarté por el mismo motivo xD Tranquila, que Sookie ya hablará con él. Por muchas cosas.

Extiéndete todo lo que quieras. Me gustan los comentarios largos. Y más si son de lectoras habituales. Muchas gracias por el tuyo. Un abrazo. :)

- Perfecta999: Thank you very much, honey. :3

- ciasteczko : Yes, Åke is the key to Sookie's return. Thanks for all and your comment. :)

- Herzgy: Gracias. :) No, mi abuela no leía mis fanfics, solo mis cuentos de pequeña. Escribía en cuadernos que me compraba mi madre porque se lo pedía y mi abuela me los "robaba" para leerlos. Si leyera esta historia se muere la pobre jajaja

Åke no padece ninguna enfermedad mental, solo sufrió algo "paranormal". Pero como me gusta dejar con la intriga a todo el mundo, se sabrá qué pasó ahí más adelante (parece mi frase preferida jajaja). Sabía que le iba a llamar porque era obvio, ya que él sabía que le había leído la mente por conocer el don de Sookie. Era de esperar y estaba seguro de que ella le llamaría.

Últimamente actualizo desde el móvil porque mi Internet no siempre me funciona bien y no quiero que me falle justo al querer actualizar. Tal vez por eso las alertas no te hayan llegado correctamente, porque se ven distinto.

Muchas gracias por comentar. Siempre me alegra leer tus comentarios. Hazlo cuando sea, no importa si es al siguiente o en un mes. Un saludo. :)


Y eso es todo. Muchas gracias por leer y espero no teneros hechos un lío. Aunque en parte esa es mi intención. :P Esto es un puzzle que, poco a poco, estoy consiguiendo completar.

Un saludo a todos y hasta el próximo capítulo. :)

~Miss Lefroy~


22/02/2022