Volvió a la Academia un poco más reconciliado con la vida. Era consciente de que Sirius y Malfoy le observaban en casa los últimos días, intentando entender qué había cambiado para que él hubiera decidido ser más amable e incluso bajar a hacer las comidas con ellos.

Las clases de tercer año eran más duras. Había más prácticas sobre el terreno en lugar de clases teóricas, así que todos agradecieron un poco cuando en noviembre apareció un aviso de que tendrían dos días seguidos de seminario... de Pociones.

A Harry no le hacía tan feliz. Se habían visto un par de veces más en el club y era consciente de que cada vez que volvía a casa, tras una noche muy movida, lo que quería en realidad era volver a despertar en casa de Severus.

Al pasar por el pasillo del despacho de Sirius, escuchó los gritos. Unos metros más allá, Malfoy estaba apoyado en la pared con los brazos cruzados y cara de querer entrar a gritar también.

— ¡No es un niño!

— ¿Quién me dice que no te has aprovechado de un momento de debilidad? Draco está solo, está buscando otro padre.

Un golpe en la mesa hizo que los dos chicos dieran un bote en el pasillo.

— ¿Y tú qué has hecho para que no se sintiera solo? Eres su padrino, Snape, y te dio igual que no tuviera un lugar al que acudir cuando la Academia cerró.

— Maldición, Black, yo estaba en Estados Unidos, ¿qué querías que hiciera?

— Quiero que te vayas a dar tu clase y nos dejes en paz de una puta vez, lo que pase entre Draco y yo solo nos atañe a nosotros.

La puerta se abrió con violencia y Severus salió caminando a largas zancadas furiosas. No vio a Harry, pero sí a su ahijado, al que cogió del codo y alejó de allí antes de que pudiera reaccionar.

Harry golpeó con los nudillos y entró sin esperar respuesta. Sirius tenía los codos apoyados en la mesa y la cara entre las manos, que levantó para ver a su ahijado sentarse en la silla. Con un suspiro, abrió el cajón y sacó un cigarrillo, lo encendió y respiró como si fuera paz concentrada.

— Lo de Malfoy va en serio.

Su padrino le miró, sin entender.

— Dice que has dejado de beber. En cualquier otro momento, después de una discusión así estarías sirviéndote un whisky.

— No bebo en horario de trabajo. No bebía —se corrigió a sí mismo con una mueca—, no he probado una gota de alcohol desde Pascua.

El muchacho se echó hacia atrás en la silla, cruzando los brazos y con los ojos verdes un poco brillantes, entonces Sirius entendió.

— ¿Crees que no lo hice por ti y sí lo he hecho por él?

— ¿Es así? —respondió con voz neutra.

— No. Lo he dejado por mí.

— Pero él ha sabido ayudarte y yo no —le contestó pesaroso.

Sirius dio un largo suspiro. Apagó el cigarrillo y se levantó, dando la vuelta a la mesa hasta quedar ante su ahijado.

— No era tu deber, Harry. Y lo siento, he sido muy mal padre y entiendo que a estas alturas las cosas entre nosotros no puedan arreglarse. Te he fallado.

— ¿Entonces va en serio? —preguntó Harry al cabo de un minuto de analizar el rostro contrito de su padrino.

— ¿Va a ser un problema en casa? No quiero que sigas pensando que no es tu casa porque Draco viva ahí también.

— No lo será —afirmó con seguridad.

Recibió un abrazo tentativo y un vistazo a lo que sus gafas ocultaban.

— ¿Tienes un ojo morado?

El chico se revolvió incómodo, tocándose el morado con la punta del dedo.

— Ron —masculló.

— ¿Por su hermana?

— Porque estoy hasta los cojones de que me llame pervertido.

Los agudos ojos grises le miraron, a la espera de una explicación.

— Le confesé a Ginny que me pone ver a otras parejas haciéndolo —confesó, rojo como una amapola—. ¿Crees que lo soy?

Sirius soltó una gran carcajada. Un sonido que hacía tiempo que no escuchaba, y a continuación le sonrió cómplice.

— ¿Y me preguntas a mí? Aún hay noches que me cuesta dormir. Pero cachorro —le dijo en tono juguetón—, las cosas que Draco consigue que pruebe... me ha devuelto años de vida, te lo aseguro.

==0==

La luna llena de enero se acercaba, Harry estaba a la expectativa de la lechuza para citarle que enviaba Bill cada mes. Sentado ante su escritorio en la habitación en la academia, reflexionaba acerca de las navidades. Había sido extraño no acudir a casa de los Weasley, pero al menos las había pasado en casa, con un padrino que se mantenía sobrio y un Malfoy menos tocapelotas. El único que se había mostrado ceñudo al principio había sido Snape cuando acudió a cenar en Nochebuena.

Harry se había descubierto a sí mismo observando los pequeños detalles en los gestos de su antiguo profesor, el aire paternal alrededor de Malfoy, la hostilidad hacia Sirius que había acabado por relajar tras dos horas de cena y charla. Lo cierto es que le entendía, él había tardado mucho más en asumir que la pareja no era algo loco, un capricho. Solo había que convivir un poco con ellos para ver cómo Draco cuidaba de Sirius y como Sirius veneraba el suelo que pisaba su pareja.

La lechuza de Bill tocó con el pico en la ventana. Tomó el mensaje y la dejó marchar. Dos noches después. Sintió un pequeño escalofrío y se descubrió a sí mismo sonriendo. Había ido en otras ocasiones al club en esos meses, incluso compartido con la pareja que había visto el primer día dos veces, pero no era lo mismo. La dinámica con Bill, Fleur y Severus era diferente. Severus era diferente.

Esas palabras volvieron a su mente dos días después. Bill acababa de correrse y esta vez fue Harry el que se acercó a limpiar a Severus. El profesor soltó un pequeño gemido cuando sintió el paño húmedo acariciando sus testículos, limpiando los fluidos que brotaban de su ano. Harry lo limpió con mimo, tratando de ignorar los gemidos de la pareja en la otra parte de la cama.

No pudo evitar acariciar la piel del final de la espalda del hombre, llevando despacio las puntas de los dedos hacia la depresión entre sus glúteos. Severus volvió a gemir y echó el trasero hacia atrás, buscando más caricias. Eso no había ocurrido hasta entonces, Harrry había sido acariciado, chupado, penetrado con los dedos e incluso habia follado con Fleur, pero no había llegado hasta ese punto con Snape. Se movió para ir a buscar su cara.

— Severus, ¿tú quieres que yo...? ¿Estás seguro? sabes que no lo he hecho nunca y...

Fue silenciado con un beso, un beso furioso que, unido a la mano de Severus acariciando con propiedad su pene, hizo que se excitara todo lo rápido que puede hacerlo un chaval de veintipocos años. Tras el beso, el hombre se movió, se puso boca arriba y tomó el mismo una almohada para ponerla bajo sus caderas.

Harry se movió despacio, sin dejar de mirar su cara. Severus abrió las piernas, invitador. Cuando entró en él, las palabras aparecieron en su mente. Era diferente, se sentía diferente estar con él. Se movió despacio, disfrutando de los cambios en la cara de Snape y de sus quejidos roncos. Tomó una de sus piernas y la sujetó con su antebrazo para llegar más profundo y supo que había dado en la próstata cuando los quejidos pasaron a ser gemidos más seguidos.

— Ahh, Harry, sí, ahí.

Redobló esfuerzos, sintiendo como una gota de sudor caía por su sien. Dios, iba a atesorar en su mente ese momento, esos sonidos, olores, el tacto de su piel. Estremecido, se agachó para llegar hasta él y poder besarlo. Severus abrió los ojos y le devolvió el beso mientras le acariciaba la cara, mucho más tierno y menos sucio que lo que hacía con el resto de su cuerpo.

Cuando volvió a incorporarse, los ojos oscuros le siguieron y una mano de largos dedos se estiró hacia él. Entrelazó sus dedos y siguió mirándole a los ojos hasta que un orgasmo los arrasó como un tsunami, dejándolo tumbado y jadeante sobre Severus.

Horas después, cuando Bill y Fleur ya comenzaron a vestirse para volver a casa, Harry remoloneó. Se despidió de ellos mientras acababa de atarse las botas, muy consciente de la presencia de Severus sentado junto a él en el sofá.

—¿Qué ocurre, Harry?

Hizo el doble nudo a su bota derecha y se incorporó. Decidido, estiró la mano y acarició el mentón del hombre antes de besarle con suavidad.

— Quiero más —le dijo, apartándose un poco para poder ver mejor la expresión de su cara.

— Sabes como va, lo que pasa en el club, se queda en el club —le reprendió sin acritud.

Harry movió la cabeza negativamente, frustrado.

— Quiero esto —insistió, volviendo a acariciarle—. No me refiero solo al sexo. Las risas, la complicidad. ¿Por qué tiene que quedarse aquí dentro?

— Podría ser tu padre —se excusó Severus, distanciándose.

— Por suerte no lo eres, o lo que acabamos de hacer sería delito en varios países.

— Hablo en serio.

— Yo también.

— No tengo relaciones fuera del club, Harry.

— ¿Con nadie? —preguntó incrédulo.

— No, nunca.

— ¿Por qué?

— No lo sé, ya me he acostumbrado a vivir así, a mi edad y con todo lo que viajo... es mejor así.

— Severus, tienes la misma edad que mi padrino.

— Y ambos estábamos haciendo escándalo por esa relación hace nada.

Se puso de pie y tomó el jersey para ponérselo. Después, tomó el abrigo y se dirigió a la puerta.

— Harry —le llamó Severus a su espalda—. Seguiré aquí, una vez al mes.

— Gracias, pero no. Cuídate Severus.

Y se marchó, cerrando la puerta con cuidado tras él, demostrando una madurez que le hizo sentirse orgulloso de sí mismo.

==0==

En el mismo momento que salió del club aquel día, tomó la decisión de no volver. Y se atuvo a ella el resto del curso. A cambio, decidió centrarse en sus estudios, tratando de recuperar el entusiasmo por la carrera de auror que había tenido al acabar la guerra.

Trabajó duro, estudió y participó con dedicación en cada práctica sobre el terreno, pero aún así no pudo ponerse al nivel de Malfoy, que resultó ser el primero de la promoción.

El día de la graduación se le hizo duro. Desde el lugar reservado a los cadetes oteó el público. Allí estaban los Weasley, incluidos Bill y Fleur, pero él sabía que habían ido por Ron, estaban lejos de perdonarle. Sentado junto a Fleur estaba Severus, que miró con enorme orgullo a Malfoy cuando subió a buscar su distinción como primero de su clase. El mismo gesto de orgullo traicionaba a Sirius, sentado entre el profesorado. Nadie estaba allí por él, y ese pensamiento le producía un hueco a la altura del estómago.

El hueco seguía ahí una semana después cuando salieron las listas de destinos. Era el quinto en poder elegir, y firmó sin dudar un destino lejos de Londres, al que debía incorporarse en cuatro días. Volvió a casa, sintiéndose un poco más ligero, y se dirigió directo a su habitación a hacer el equipaje. Estaba concentrado seleccionando libros cuando sintió la presencia de Draco mirándolo desde el marco de la puerta.

— ¿Le has dicho a Sirius que te vas? —le preguntó el rubio, señalando las dos cajas que había llenado ya.

— No quiero pelear, Malfoy —respondió, sin girarse a mirarle.

— No pretendo pelear, solo quiero saber si le has dicho a tu padrino que te vas a marchar de su casa.

— Ahora es tu casa también. Vosotros necesitáis vuestro espacio y yo empezar a plantearme mi vida.

Escuchó con claridad un suspiro a su espalda y los pasos de Draco moviéndose hasta situarse de frente a él, apoyado en su escritorio.

— Te agradezco eso, pero así no. Habla con Sirius, Harry. Ya has perdido muchas cosas, y créeme que sé lo que es verte solo en el mundo.

— ¿Y tu padrino? —no pudo evitar preguntar—. ¿No pensaste nunca en irte con él?

Los ojos grises se desviaron un momento a la ventana, como si necesitara concentrarse para responder.

— Severus... vive encerrado en sí mismo. No dudo de que me quiera, pero está más tiempo de viaje que en su casa. No es un buen candidato como pareja, Harry, los sabes ¿no?

Harry lo miró espantado y Draco se encogió de hombros.

— Te he visto mirarlo, conozco los síntomas porque eran los míos con Sirius.

— Pero tú lo conseguiste.

— La diferencia es que Sirius necesitaba ser querido, yo solo llegué en el momento exacto.

— Eso no es cierto, y lo sabes. No eres una tabla salvadora, él realmente te quiere.

Draco hizo un gesto con la mano, indicando que no quería darle más vueltas al tema.

— ¿Dónde vas a ir? —le preguntó al cabo de un rato de mirarle recoger cosas.

— Me han dado destino cerca de Aberdeen.

Las cejas rubias se elevaron de sorpresa.

— ¿Cómo puede ser? No estabas tan mal posicionado.

— Lo elegí. Necesito un cambio de aires, Malfoy. Aquí no me ata nada, yo...

— Eso no es cierto —le contradijo una voz ronca desde la puerta.

Harry cerró los ojos con fuerza, maldiciendo por no haber cerrado la maldita puerta desde el principio. Se giró y encaró a su padrino.

— Sirius, yo... pensaba hablar contigo. Después de firmar el contrato sentí que necesitaba empezar a empaquetar. Te juro que no...

Sirius le interrumpió abrazándole. Se dejó abrazar, sintiéndose amado por primera vez en mucho tiempo por el único padre que había tenido.

— Lo entiendo —le dijo al oído, sin dejar de abrazarlo—, necesitas volar. Solo recuerda que nosotros estamos aquí, está siempre será tu casa. Prométemelo, cachorro.

— Te lo prometo, Pads. Sirius. Papá —murmuró murmuró al final, con la voz rota y la cara escondida en su cuello.

==0==

Harry se hace mayor y toma el control de su vida, ¿a que ahora nos cae mejor que al comienzo de la historia? Ya llegamos al final, mañana doble capítulo y nos despedimos de ellos.

¡Hasta mañana!