Boddam resultó ser un pueblo costero al norte de Aberdeen, más fresco en verano que Londres, terriblemente húmedo conforme se acercaba el invierno. Se trataba de una guarnición pequeña, un escuadrón de diez aurores. El trabajo era relajado, las familias mágicas estaban dispersas a lo largo de más de 50 kilómetros de costa y lo que más atendían eran peleas de bar o disputas por límites de tierras y cosas similares.

A Harry lo que más le gustaba de su nuevo destino era la paz. La gente apenas era consciente de que él era famoso. Eran personas que iban a lo suyo, amables pero distantes. ¿Se sentía solo? Pues a ratos sí, aunque la relación con sus compañeros era buena, la mayoría eran casados y recibía al menos una invitación a la semana para comer o cenar.

La otra cosa que le gustaba muchísimo era el mar. No había tenido nunca la posibilidad de disfrutar de un paseo por la playa o de leer sentado en una roca. Estaba desarrollando una gran afición a las novelas muggles de misterio, que compraba de segunda mano a un librero del pueblo. Y escribía cartas, a Sirius, a Bill y a Severus, pero esas no las enviaba.

Una tarde de primeros de marzo salió a caminar por la playa. Llevaba tres días lloviendo y el cuerpo le pedía aire libre y sol, aunque fueran los tímidos rayos que asomaban entre nubes oscuras. Era el único loco desocupado que se atrevía a acercarse a la playa a las cuatro de la tarde, con otra tormenta en el horizonte. O eso creía él, hasta que vio una figura alta venir de frente.

Tardó un par de minutos en tenerlo lo suficientemente cerca para que el corazón le diera un vuelco al reconocer la melena oscura y la nariz prominente. Y los ojos, esos ojos oscuros que se arrugaban por los bordes y que en ese momento le miraban muy concentrados.

— Hola, Severus —fue todo lo que atinó a decir.

— Harry —saludó, inclinando la cabeza—. Diría que es una sorpresa, pero es obvio que he salido en tu busca.

— ¿Y cómo me has encontrado? —preguntó, echando a andar hacia el pueblo.

— Draco me dijo que habías pedido esta guarnición. Fui a preguntar allí y un tipo bastante amable me dijo que estabas loco y te habías ido a pasear por la playa.

No pudo evitar reírse, a pesar del hormiguero que tenía en ese momento en el estómago.

— ¿Qué haces aquí? ha pasado un año —inquirió al final ante el silencio de su acompañante.

— He aceptado un trabajo en Aberdeen.

— ¿Un seminario? —interrogó mirándolo de reojo, a su lado Severus caminaba con las manos enlazadas en la espalda.

— Un contrato para curso completo.

Siguió caminando en silencio, con los labios apretados y las manos en los bolsillos del impermeable, evitando la tentación de tocarle de ninguna manera.

— ¿Me explicas, Severus? va a comenzar a llover, el tiempo de paseo se acaba.

Snape se quedó quieto, haciendo que Harry se detuviera también.

— Te echamos de menos.

— ¿Quienes?

— Bill, Fleur y yo.

Harry levantó una ceja a lo Black, mostrando que no se lo tragaba.

— De acuerdo —suspiró Severus—. Yo te echo de menos.

— ¿En el club? seguro que hay por allí más de un voluntario para ser vuestro cuarto en la cama —atacó con dureza.

— Joder, Harry. —Severus se pasó la mano impaciente por el pelo— Eso no es justo, no había un cuarto antes y no lo va a haber después si no eres tú, porque eras tú.

Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer. Harry miró a su alrededor, solo playa y más playa, así que cogió a Severus de la mano y se desapareció.

Cuando se aparecieron en la sala de la pequeña casa de Harry ya se veía una cortina de lluvia a través de las ventanas.

— Voy a hacer un té —masculló, desapareciendo en la pequeña cocina.

Al salir con la bandeja se encontró a Severus con una foto en la mano. Era de las últimas navidades, Sirius, Draco y él junto a un árbol de Navidad.

— No viniste en Nochebuena.

El profesor dejó de nuevo la foto sobre la repisa de la chimenea y se sentó en el sillón junto al fuego mientras miraba a Harry servir el té hasta que se sentó en el otro sillón y le miró por encima de la taza.

— Draco esperaba que vinieras.

— ¿Y tú?

Harry dejó la taza sobre el platito con brusquedad.

— Te voy a preguntar por tercera vez: ¿qué quieres, Severus?

— Una oportunidad.

— ¿Por eso te mudas a Aberdeen?

— Es una buena escuela, realmente es una oportunidad laboral...

El auror volvió a levantar la ceja.

— Mierda, Harry. —Dejó la taza en la mesa y se frotó la frente con la punta de sus largos dedos— Sí, por eso me instalo en Aberdeen, es imposible tener una relación cambiando de ciudad cada tres días.

— ¿Vamos a tener una relación? es interesante.

— Soy demasiado mayor para tanto juego —masculló, levantándose y caminando hasta Harry.

Lo tomó de la pechera del jersey y lo levantó del sillón para besarle. Harry no se quejó, al contrario, se pegó a él y le pasó los brazos tras el cuello.

— Estoy libre esta noche —murmuró sobre sus labios, entre beso y beso—. ¿Te quedas a cenar?

Severus sonrió, una verdadera sonrisa de las que hacían que se le arrugaran los ojos.

— Incluso a desayunar si quieres. Sigo haciendo buen café.

Harry soltó una risotada y lo volvió a besar.

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Ya sé que ha sido cortito, Harry no se esfuerza mucho por rechazarle, chico listo. Hay un epílogo, que nos da la oportunidad de ver juntos a los cuatro protagonistas y despedirnos. ¡Nos vemos allí ahora!