CAPÍTULO 1
Solo.
Desde hace más de seis años que despertaba solo en aquella casa en medio de los suburbios de Southfields. Una bonita casa de dos niveles de paredes verde oliva y blanco y techo con tejas oscuras que realmente no se destacaba de entre las demás. Era grande, fría y vacía, tal como su jardín, su cama y hasta su vida. Snape despertó tarde ese sábado 09 de enero, la alarma no había logrado despertarle, pero eso no importaba, hoy no debía ir a trabajar.
Se quedó quieto mirando el techo de la habitación, en medio de la cama queen size repleta de almohadones que no usaba, pero que aún así estaban ahí. Hoy cumplía 42 años. Cuarenta y dos años de existencia, cuarenta y dos años en este planeta, cuarenta y dos años… 42 era un número importante, pensó. Era el número químico del Molibdeno, el número mágico en la informática, un número semiperfecto en las matemáticas y el número más querido en la cultura popular—solo bastaba con preguntarle a cualquier fanático de Dr. Who o X files—.
Hoy era de esos días que no provocaba levantarse de la cama. Tal vez así lo haría, después de todo no tenía nada que hacer y era su cumpleaños, podía hacer lo que él quisiera. Vería televisión todo el día, pediría comida a domicilio, se sentaría en el baño estirando su brazo cada tanto para que la señal del Wi-Fi llegara a su teléfono; tal vez daría una vuelta a la calle si es que al clima no se le ocurría nevar y luego volvería a dormir hasta mañana. Era un buen plan o al menos lo era para él, excepto por un detalle pequeño, pequeñito, pero muy importante…
Hoy era su cumpleaños y, al igual que todos los años, los Malfoy vendrían a recogerlo para llevarlo a su fiesta. En realidad, no era una fiesta —había dejado de serlo desde hace muchísimo tiempo—, era más parecido a una reunión íntima en la casa de ellos, teniendo como invitados a sus amigos del colegio y universidad quienes, por obra y gracia del destino, pertenecían al mismo círculo de amigos que los Malfoy.
Había conocido a Lucius Malfoy en el colegio —fue su prefecto además de único verdadero amigo— y habían compartido dormitorio en la universidad, aunque él fuera un par de años mayor que Snape. Lucius era un aristócrata en todo sentido de la palabra, pertenecía a una de las familias de nobles más antiguas de todo Reino Unido. En sus años mozos y hasta ahora, seguía siendo muy popular entre las altas esferas sociales, sobre todo entre las mujeres. Era un hombre alto de finos modales, voz fuerte, porte altivo y dueño de unos ojos grises que miraban con desprecio a cualquiera que fuera diferente a él. Asimismo, debía resaltar su impresionante cabellera rubia platinada que cuidaba con mucha devoción. La familia Malfoy se dedicaba en la actualidad a los negocios, eran dueños de dos líneas aéreas internacionales y muchas otras actividades comerciales, así como también eran representantes activos en la política de su país.
Narcissa Malfoy, su esposa, era una hija de la nobleza, en su sangre, siempre pura, corría la herencia de antiguos reyes o al menos eso era lo que esta decía con orgullo cada vez que le preguntaran. La rubia platinada, a la que decía Cissy de cariño, no era heredera a la corona británica, mucho menos una princesa o duquesa, era una pariente lejana, tal vez prima tercera o algo así, pero le daba suficiente status como para ser invitada a las fiestas de la Royal Family y portar el título de lady. Además de eso, era la accionista mayoritaria y actual dueña de una de las cadenas de hoteles más importantes de Europa, The Heir.
Severus pensaba que a veces eran irritantes, pero eran buenos amigos —sus mejores amigos— a pesar de todas las diferencias que pudieran existir entre ellos, le habían demostrado su lealtad en todo momento, no importaba que pertenecieran a mundos completamente opuestos. Tan fuerte era su amistad que hasta decidieron nombrarlo padrino de su único hijo, su ahijado Draco, un niño copia exacta de los dos a quien quería como si fuera un hijo propio. Y era por esa misma amistad que sabía perfectamente que no importaría cuanto se negaran, esos dos testarudos rubios lo iban a llevar a celebrar, aunque fuera a rastras.
Especialmente ahora que estaba solo.
Siempre habían sido respetuosos con las celebraciones respecto a su amargado amigo y habían respetado sus deseos de pasar desapercibido y lejos de ellas, pero desde que había terminado su relación con su esposa y ambos se divorciaron, los Malfoy no entendían lo que era "dejarlo solo" por más que se lo explicaran con manzanas. El Dr. Sharpe, el psicólogo que los aristócratas habían contratado para ayudar a Snape a superar el divorcio, le decía que debía aceptarlo pues no lo hacían con malas intenciones, pero realmente era muy difícil.
Se estiró como un gato y luego se levantó al sentir como el estómago le quemaba. Fue al baño a lavarse la cara y quitarse las lagañas. Su rostro recién despierto lo recibió en el espejo del baño. No se sentía más viejo, se veía igual que ayer y el día anterior. Su piel seguía siendo pálida y algo seca, el cabello lo tenía igual de graso —debía cambiar de shampoo con urgencia y darse un corte— y se dio cuenta de que no podía presentarse al mundo con esa incipiente barba. Bah, pensó, lo arreglaría después, ahora tenía hambre. Bajó las escaleras de la casa y se dirigió a la cocina. No había ni un solo ruido salvo los de sus pies descalzos chocando contra el suelo.
Este lugar es tan silencioso que podría morir y nadie se daría cuenta hasta cinco días después.
Encendió el televisor, la radio, la cafetera y la cocina, encendió todo lo que hiciera ruido para crear la falsa ilusión de que al menos alguien además de él estaba en la casa. Sacó sus implementos de cocina y se dispuso a preparar un apetitoso desayuno… para uno. Una sola taza, un solo plato, un solo par de cubiertos.
… Lo había intentado, sí que lo había intentado. Trató de volver a conquistarla, pasar tiempo con ella, había aceptado las terapias y cualquier otra absurda idea para poder salvar su insalvable matrimonio, pero ya no compartían la cama, mucho menos la alcoba. Ella se fue y luego de un año entre batallas legales por los bienes adquiridos durante el matrimonio, por fin pudo firmar ese divorcio y decirle adiós para siempre… o eso creía. Sin embargo, la herida aún estaba abierta, había fracasado, había perdido frente a un ingeniero americano que sí podía hacerla feliz.
En fin, no quería pensar en eso. Habían pasado como tres años desde que firmó ese papel y no deseaba arruinar su perfecta mañana. No había mucho que ver en la televisión, todavía seguían pasando los especiales de Navidad y Año Nuevo. En las noticias tampoco había nada nuevo. Los huevos revueltos se cocinaban en la sartén y la cafetera se iba llenando poco a poco de aquella mágica esencia oscura que le daba las fuerzas para aguantar todo lo que estaba por venir.
El resto del día pasó relativamente tranquilo. Afuera hacía frío, pero la calefacción era de gran ayuda. Estuvo recostado en su cama poniéndose al día con una serie olvidada y cuando faltaban dos horas para que sus "secuestradores" llegaran, decidió alistarse. Se dio un relajante baño, lavó su cabello con, y cito, "shampoo natural con aceite de coco" que Lucius le había recomendado con fervor. Buscó una camisa limpia, pantalones y zapatos y esperó con paciencia en la sala a la vez que mataba el tiempo mirando su celular.
El sonido de un auto aparcándose frente a su casa llamó su atención y el timbre sonó a los segundos. Se dirigió a la puerta y tomó un poco de aire antes de iniciar con el espectáculo.
—Buenas noches, my dear —la pudiente rubia atravesó la puerta contoneando las caderas y fue directo a saludarlo con un discreto beso en la mejilla—. Feliz cumpleaños. Espero que no estés pensando en ir con esos zapatos —añadió examinándolo sin disimulo de arriba abajo.
—¿Qué tienen de malo?
—Por dónde empiezo —se dijo para sí misma mientras subía las escaleras rumbo a la habitación del pelinegro. Ni siquiera se molestó en pedir permiso, pero él estaba tan acostumbrado a las acciones de Narcissa por lo que sabía que sería una pérdida de tiempo razonar con ella.
—Feliz cumpleaños, viejo amigo.
Se giró para recibir a Lucius Malfoy quien traía en sus manos una caja envuelta con papel verde.
—Algo me dice que no la veremos dentro de un buen rato mientras decide —bromeó dándole un par de palmadas en la espalda e invitándolo a entrar—. Dejalo sobre la mesa. No debiste molestarte en traerlo, me lo pudiste dar allá.
—Es de Draco —le respondió—. Fuimos a recogerlo de la residencia universitaria. Te envía saludos, lamenta no poder venir.
—Es joven, debe tener mejores cosas que hacer que sentarse en una mesa con cuarenta y cincuentones —dijo mirando el regalo—. No debió molestarse.
—Ábrelo —le pidió, aunque más sonara como si lo estuviera exigiendo—. Draco mencionó algo sobre último modelo y que lo había pedido especialmente, también mencionó sobre la resolución y no sé qué cosas más. El punto es que estaba emocionado cuando me lo dio así que quiero ver de qué se trata.
Desde muy pequeño, Draco sabía cuál era su lugar en el mundo y todo el peso que conllevaba ser un Malfoy, por lo que los momentos que compartía con Severus eran muy valiosos para él, eran los únicos momentos donde podía comportarse como un niño normal, lejos de todo el lujo y malcriadeces que le consentían sus padres. Snape siempre había estado para él, incluso cuando sus padres lo llamaban de improviso, completamente desesperados pues la rabieta de su niño de siete años ya estaba fuera de control. Snape era el cable a tierra de ese joven, así como la única persona que sabía que detrás de esa fachada de niño mimado y antipático, existía un enorme corazón lleno de bondad que no le gustaba mostrar. No era de extrañarse que le tuviera tanto afecto.
—¡Es un microscopio! —dijo al ver las letras negritas de la caja luego de romper el papel de regalo. En la caja se mostraba la imagen de un microscopio portátil con especificaciones detalladas en uno de los lados—. Wow, este modelo apenas ha salido al mercado… Puedo ampliar las imágenes por USB y viene con un estuche para transportarlo… Es increíble, en serio, no sé qué decir.
—Solo tú puedes emocionarte por un microscopio —se burló dejándose caer sobre el sillón mirando con disimulado interés como Snape revisaba su nuevo juguete—. ¿Por qué no puedes ser normal y emocionarte con otra cosa? ¿Te caíste de chiquito o algo así?
—Al menos no soy de los que hacen escándalos en las tiendas naturistas por no encontrar el shampoo con extracto de almendras para un cabello suave y sedoso— respondió sabiéndose ganador por lanzar ese dardo.
—Eso fue… un golpe bajo, muy bajo —exclamó fingiendo indignación—. Nunca vas a olvidarlo, ¿verdad?
—Hasta que me muera.
—Listo, vámonos —canturreó la rubia bajando las escaleras haciendo resonar sus negros tacones. Lanzó una mirada de fastidio tanto a su amigo como a su esposo y le entregó los nuevos zapatos a Snape—. Te los pones en el auto, vamos tarde.
El trayecto a la mansión Malfoy fue relativamente rápido, Lucius y Narcissa hablaban y hablaban acaparando toda la conversación que no sabría decir quién de los dos era el que movía la boca más rápido. Hablaban de tantos temas que pronto perdió el interés en la conversación y se dedicó a ver por la ventana de la pequeña limusina que los transportaba. Sus aristócratas amigos vivían al otro lado de la ciudad, en la zona de los Hampstead, en una residencia llamada Malfoy House, que contaba con cuatro niveles, piscina, jardines inmensos y pues, un sinfín de otros lujos que no se veían todos los días.
Narcissa comentaba encantada todo lo que tenían planeado. Deliciosa comida, buena música, mucho alcohol y juegos para pasar la noche. No se oía mal, al menos era mucho mejor que su idea de pasarla tomando chocolate y haciendo zapping. Asimismo, le comentó que el resto de invitados ya había llegado, solo faltaba él y podrían comenzar.
—Buenas noches a todos —saludó al entrar al salón donde pasaban la mayor parte del día, un cómodo ambiente lleno de muebles caros y cuadros de ancestros Malfoy.
—¡Por fin! —gritó con desánimo Bellatrix Lestrange, la hermana mayor de Narcissa, una mujer de cabellos negros a quien solo podía describir como "peligrosa" —. ¡Muero de hambre! Tardaron una eternidad.
—Yo también estoy feliz de verte, Bella —le saludó dejando que ella le diera un falso beso en la mejilla.
—Feliz cumpleaños —respondió casi en un susurro.
—¡FELIZ CUMPLEAÑOS, SEVERUS!
—Ven aquí, dejame darte un abrazo.
—Feliz cumpleaños, te tenía preparada una sorpresota, pero Cissy dice que no permite desnudos en su casa.
Frente a ellos se encontraba su particular círculo de amigos, personas pudientes que habían compartido casa en el colegio o en la universidad y que seguía sin explicarse como, después de tantos años, seguían siendo sus amigos, incluso a pesar de las diferencias sociales o que, en su debido momento, los padres de estos no les agradaba Snape.
La ya mencionada Bellatrix se encontraba ahí, sentada sobre las piernas de su esposo, Rodolphus Lestrange, un hombre de rizos oscuros y mirada ladina. Ambos eran dueños de uno de los clubes más exclusivos del Reino Unido y del cual, el resto era socio. En múltiples ocasiones, Lucius y él solían ir a jugar tenis ahí. A su lado se encontraban los hermanos Carrow, Amycus y Alecto, quienes eran dueños de los edificios más altos de la zona financiera de Londres. Más allá, estaban Zabini y Nott conversando con las respectivas parejas de cada uno. Zabini era un ítalo-británico que estudió con ellos como estudiante de intercambio y era uno de los mejores productores de vinos en el país. Nott se dedicaba al mundo de la moda y era accionista de las casas Burberry y Pretty Green. Rabastan apareció de la nada, él era el hermano menor de Rodolphus y era el dueño de un exclusivo pub en el centro. Por último, se encontraban Crabbe y Goyle, los segundones de Malfoy para cualquier cosa que al rubio se le antojase. Realmente no estaba muy seguro de lo que hacían, uno trabajaba en inversiones y el otro, en un estudio de abogados.
Charlaron un rato, como una antesala a los temas que tocarían durante la cena, y luego pasaron al comedor en cuanto los mayordomos de la casa anunciaron el clásico "la cena está servida". El comedor de los Malfoy era mejor conocida como la habitación de la chimenea pues tenía a la más impresionante en toda la casa. La mesa de madera tenía un mantel inmaculadamente blanco y estaba repleta de tanta comida que dudaba que pudieran terminársela.
La cena era algo digno de destacarse. El gusto secreto y culposo de Snape era la cocina, le gustaba cocinar, aunque no tuviera nadie quien probara sus platillos. Disfrutaba de ver y leer recetas, comprar los ingredientes, usar sus manos para añadir las diversas especias y esperar pacientemente a que estuvieran listas. Asimismo, sentía un increíble placer visual al momento de servir los platos, era un fiel creyente que el arte de los chefs se lucía al momento de decorar los platos, variando las diferentes gamas de texturas y colores antes de presentarlo. Los cocineros de Malfoy House no eran la excepción, ellos se lucieron con cada detalle puesto en la mesa del comedor, desde la elección del mantel hasta la presentación de los platos. Incluso en el momento que sirvieron el champán fue todo un espectáculo.
—Gracias —dijo cuando uno de los empleados sirvió su copa—. Se ve maravilloso, felicitaciones.
—Obvio que se ve maravilloso. Tenía que ser perfecto —respondió Lucius cargado de ese tono de autosuficiencia que conocía tan bien—, después de todo, es una fiesta para mi mejor amigo.
—La comida se ve deliciosa, me muero por probarlo.
—No podemos comer aún —exclamó Amycus deteniendo a quienes ya estaban por llevar sus tenedores a la boca—. El cumpleañero no ha dado su discurso aún.
—Sí, tiene razón. Di algo, Snape —apoyó su hermana.
Maldito Amycus y sus ideas.
No era bueno hablando en público. Mejor dicho, no era bueno improvisando en público. No es que tuviera miedo, podía hablar frente a un auditorio entero sin sentirse intimidado… muy intimidado, pero era porque él preparaba lo que iba a decir. Esto era muy diferente, se estaba dirigiendo a personas que conocía de casi toda la vida y que sabía perfectamente lo pesados que podían llegar a ser.
—¡Que hable! ¡Que hable! ¡Que hable!
—Ya, ya —cedió. Se dio un poco de valor con un sorbo de champán y procedió a improvisar algo—. Eh… primero que nada, gracias, Narcissa y Lucius, por este… este lindo detalle, es una reunión muy bonita, como siempre. Agradezco desde el fondo de mi ser que todos hayan venido a celebrar conmigo, que se tomaran la molestia… Eh… espero que pasemos un buen momento y… gracias.
—Ya se asustó —bromeó Alecto causando la risa del resto—. Ya, aplaudan antes de que se emocione y llore.
Snape puso los ojos en blanco y se tomó el resto del contenido de su copa mientras sus amigos le aplaudían y los que estaban a sus flancos le daban palmaditas en la espalda en señal de apoyo.
—¡Un brindis! —anunció Zabini levantándose de su asiento con la copa de champán en su mano. Su italiano amigo le sonrió y continuó su improvisado discurso— Por el hombre más inteligente de esta habitación, pero que, al mismo tiempo, es lo suficientemente tonto como para dejar que un grupo de mocosos le hagan memes —el comentario generó las risas de los presentes quienes levantaron sus copas también— Draco ya me mostró la foto —añadió—. Feliz cumpleaños, Severus. ¡Salud!
¡Salud! ¡Salud!
Mientras disfrutaba de la comida, no pudo evitar darle un vistazo —con mucho disimulo— a la mesa y a las personas con las que la compartía. Lucius y Narcissa eran la pareja que todos los ciudadanos querían ser después de William y Kate. Eran un matrimonio exitoso y aparentemente perfecto, ambos eran pudientes y hermosos. Bellatrix y Rodolphus, por otro lado, eran muy diferentes entre ellos, realmente nadie sabía el porqué se habían casado, pocas veces se ponían de acuerdo y ambos habían sido infieles en múltiples ocasiones; sin embargo, seguían casados y era una especie de matrimonio altamente funcional. Eran tan buenos en la cama como en los negocios y en más de una ocasión, había visto a su amigo sufrir en silencio cuando ambos peleaban. En el fondo, Snape sabía que ellos dos se necesitaban mutuamente para sobrevivir.
Se giró a ver a Amycus Carrow, quien vivía el otoño de su segundo matrimonio, aunque, por lo bien que conocía a su amigo, sabría que habría un tercero o hasta un cuarto. Al hombre parecía no afectar en lo más mínimo, mientras no fuese un escándalo legal. A veces deseaba ser como él y no permitir que sus malas experiencias afectaran su vida. Alecto era muy diferente, su poca agraciada amiga vivía devota al amor que pudiera recibir de su actual esposo quien siempre estaba muy ocupado viajando, pero quien también era lo suficientemente inteligente para mantener en secreto algún romance si es que lo tuviese, pues con Amycus vigilándolo tan de cerca, no se atrevería a dañarla. Muy pocas veces habían coincidido en la misma reunión, pero fueron suficientes para que Snape supiera que no le agradaba en lo absoluto.
Más allá estaba Zabini quien besaba la mano de su hermosa esposa, una mujer de gran fortuna quien había enviudado dos veces por muy sorprendete que sonara. Siempre pensó que ellos eran los únicos auténticos en esa mesa, se querían mucho y no se avergonzaban de mostrarlo. Zabini se llevaba muy bien con los hijos de ella y viceversa. Eran la prueba irrefutable del éxito de las familias ensambladas. A su derecha se encontraba su amigo Nott quien —después de criar solo a su único hijo luego de la repentina muerte de su primera esposa— por fin era igual de feliz que el anterior. Ahora vivía un lindo romance con su prometida japonesa y todo anunciaba que pronto tendría que repetir la incómoda experiencia de ir solo a una boda … solo que esta vez sería en Japón y probablemente sería forzado a bailar con chicas que no hablaban su idioma.
Rabastan era felizmente soltero y le encantaba presumir de eso, aunque todos sabían que su cama nunca estaba vacía. Hasta Crabbe y Goyle eran más afortunados que él, ambos eran buenos esposos y padres decentes de sus respectivas esposas e hijos. ¡¿Cómo era posible que esos segundones sin carácter hubiesen logrado lo que él no?!
Todos tenían algo en común: bueno o malo, no se sentían tan miserablemente solos… ¿Podía considerarse egoísta si quisiera tener para él tan solo un poco de eso que sus amigos sí tenían?
"Sabes, nunca me cayó bien, era muy odiosa. Estás mucho mejor sin ella", fueron las palabras que más escuchó luego de firmar los papeles del divorcio hace tres años. Desde Lucius y Narcissa hasta el mismo director del colegio donde enseñaba, el profesor Dumbledore; absolutamente todos sus allegados le habían dicho lo mismo una y otra vez. "A partir de ahora, todo mejorará, ¡ya lo verás!". Pues lo que sea que tuviera que ver, se estaba demorando mucho.
Era evidente que no solo las cosas habían cambiado dentro de su casa después del divorcio. De la noche a la mañana, salir con sus amigos era diferente. Todos estaban casados u acompañados, ¿y él? Él ya no. Nadie quería admitirlo, pero Snape era consciente de las múltiples ocasiones de las que había sido excluido por ser "actividades en pareja".
A veces el correo de su ex esposa solía llegar a su puerta a pesar de que ella ya no vivía ahí desde hace años, parecía que cometían esas equivocaciones con el correo a propósito, tan solo para recordarle su fracaso. Incluso la casa de al lado había sido ocupada recientemente por un joven matrimonio al cual solía ver al otro lado del jardín, recordándole aquellos lejanos días cuando llegó por primera vez a su actual residencia, casi tan feliz como ellos. El Dr. Sharpe le había asegurado que lo que sentía solo era temporal, que solo necesitaba tiempo para sanar y esos sentimientos de incomodidad, tristeza y soledad desaparecerían… pero nunca le dijo cuándo y mucho menos cómo esa tristeza y miedo al fracaso terminarían quitándole el rumbo a su vida.
—Espero que todos guarden espacio para el postre —dijo Lucius interrumpiendo sus pensamientos—. Preparé un pastel con cuatro tipos diferentes de chocolates belgas de altísima calidad, melocotón, naranja y whisky. Está delicioso —añadió cargando sus palabras con orgullo.
—Con "preparé", se refiere a que lo mandó a preparar especialmente con el chef del hotel de Cissy. —explicó Bellatrix picando la comida de su plato, lanzando esas miradas tan típicas de ella, cargadas de burla y arrogancia.
—Te sorprendería, Bella —se defendió—. El chef Hermé dice que estoy mejorando.
—Sí, Lucius, te creemos —se burló Rodolphus—. Solo paga la cuenta de la clínica cuando todos estemos internados por intoxicación.
—Lucius ha encontrado un pasatiempo —le dijo en voz baja Narcissa a Severus quien estaba a su lado—. El chef Hermé intentó arreglarlo, dice que hizo su mejor esfuerzo, pero… solo cómete el pastel, aunque sepa mal, por favor —rogó—. Te lo compensaré con otro cuando quieras.
—Tan mal no puede estar —le respondió en casi un susurro.
Con el tintinear de una campanita por parte de Lucius, sus empleados atravesaron las puertas junto con un carrito de metal que transportaba el tan mencionado pastel. Este estaba adornado con suma precisión con diez velas en toda la circunferencia. Los empleados acercaron el pastel a la mesa mientras coreaban a viva voz la tan conocida canción de cumpleaños a la cual se les unió el resto de invitados haciendo uso de sus desafinadas voces y las cámaras de sus carísimos celulares.
Severus le regaló una sonrisa extraña y tal vez algo forzada a sus invitados, pero ellos no lo tomaron a mal, conocían muy bien a Snape como para saber que él no era de esas personas que le gustara sonreír. Miró la cobertura del pastel, se veía delicioso, nada de lo que hubiese esperado por las advertencias de Narcissa, se moría por probarlo. El fuego de las velitas bailaba sobre estas tratando de hipnotizarlo. Agradeció que solo hubiese diez y no cuarenta y dos, supuso que Narcissa intervino pues conocía tan bien al rubio que sabía que, si hubiese sido por él, habría puesto más velas de las necesarias.
¡Feliz cumpleaaaañooos, querido Snapeeee! ¡Feliz cumpleaños a tiiii!
—Pide un deseo, Severus —le susurró la Malfoy para luego dirigirse a su empleado—. Dobby, toma la foto.
¿Un deseo? Esas cosas no existían. Nunca entendió porque pedían eso cuando la gente cumplía años. Cuando era niño, su mamá solía decirle lo mismo, pero ninguno de los deseos que pedía se hizo realidad: su padre jamás se fue de la casa y su madre nunca quiso huir lejos de él, aunque tampoco era lo suficientemente valiente para hacerlo. Sin embargo, aquí se encontraba, frente a un pastel y a punto de pedir un deseo. No quería ser un aguafiestas, así que se acercó a las velas para pedir su deseo.
Quisiera un cambio, un buen cambio. Algo que le dé sentido a mi vida, algo que me apasione.
Por un nanosegundo, su cerebro buscó el rostro de la bailarina castaña de entre su memoria. Finalmente, sopló las velitas.
—¡Bravo! —aplaudieron.
—Oficialmente, eres un año más viejo, abuelito —le dijo Lucius abrazándolo.
—No me digas, anciano —Lucius lo dejó de lado y procedió a cortar con orgullo un pedazo de su pastel para cada uno de los invitados.
—¿Qué sucede, Snape? —le preguntó el Sr. Lestrange al notarlo ausente durante la repartición del postre—. Te ves más deprimente de lo usual, ¿acaso es por qué envejeces?
—Querido cuñado, ¿qué no te das cuenta de que nuestro querido Snape acaba de recordar su miserable existencia? —respondió Bellatrix llevándose un trozo a la boca y haciendo un gesto extraño.
—¡Cissy! —le recriminó su hermana fulminándola con la mirada—. ¡Por favor!
—No te preocupes, Narcissa. Por cierto, Bella, no tuve la oportunidad de felicitarte por tu nueva cirugía —se defendió Snape—, aunque me gustaba más tu rostro antes. ¿Esta es la número cuatro o cinco? Dejame decir que no te ves mayor de 50, aunque si mal no recuerdo, tus últimos cuatro pasteles de cumpleaños seguían diciendo que tenías 44.
Llevó la cuchara con un pedacito de pastel a su boca para celebrar su golpe contra la morena. No sabía sí era porque Lucius era un buen pastelero o porque se sentía ganador, pero ese pastel sabía a victoria.
Los ojos oscuros de la Sra. Lestrange relampaguearon contra él. Si las miradas mataran, él estaría enterrado tres metros bajo tierra. Ella movió el contenido de su copa antes de llevársela a la boca y vaciar su contenido en su garganta. No apartó su mirada de la del profesor por ningún segundo.
—Por cierto, Snape, tengo curiosidad. ¿Alguna amiguita nueva por ahí? Porque ya ha pasado un tiempo desde la última vez que nos dijiste que tuviste una cita. Dime, ¿sigues teniendo sexo?
—¡BELLATRIX!
La mesa quedó en un silencio incómodo. Narcissa tenía una expresión de horror tatuado en su rostro, su mano —aún sujetando el cuchillo para pasteles— le temblaba por la furia contenida y su garganta le ardía debido al repentino grito. Lucius se veía enojado, no era para menos. La cara de Rodolphus era una auténtica obra de arte, era la reencarnación de la vergüenza debido al vehemente comportamiento de su esposa. Rabastan guardó cualquier comentario que tuviera que decir, sabía que ese no era el momento. Los Carrow, Crabbe y Goyle deseaban que la tierra se los tragase y los escupiese en cualquier lugar que estuviera lo suficientemente lejos de la radiación tóxica que expedía Bellatrix en esos momentos. Zabini y Nott, ellos tenían la mirada fija en sus platos, pretendiendo que no pasaba nada. Ni que decir de sus respectivas parejas, ellas sabían perfectamente que no tenían voz en esa mesa.
Snape estaba perplejo. La única forma que podía responder a eso era portando su máscara de frialdad, su mecanismo de defensa más efectivo perfeccionado con el paso de tantos años. No iba a huir, no le iba a dar el gusto… por más dolorosas que esas palabras hubiesen sido.
—¡Es hora de regalos! —cantó Narcissa para acabar con ese circo. Todos se sorprendieron de su repentino cambio de ánimo, pero no dijeron nada, coincidían con ella por completo. Sacó una caja finamente envuelta por papel plateado y un listón verde —. Abre el mío primero. Es el más grande porque soy la que más te quiere.
Los regalos fueron variados. Cissy le entregó un nuevo set de herramientas de química, le venía bien, se le había caído uno de sus matraces la semana pasada. Lucius le regaló una taza con la cara de un mini Einstein diciendo "El tiempo es relativo, yo nunca llego tarde" y, aunque era una broma un tanto divertida, descubrió que venía junto con dos boletos de avión. Otros dos boletos en blanco para usarlos para cualquier vuelo a cualquier destino en cualquier momento. Era su típico regalo, los recibía todos los años, pero nunca había usado ninguno. Se preguntó cuántas millas de viajero podría tener a su nombre, aunque él no hubiese puesto un solo pie en ningún aeropuerto en mucho tiempo.
Los siguientes regalos no estaban tan mal, al menos era mejores que en los otros años. Amycus Carrow le regaló un libro del grosor de la Biblia; su hermana, Alecto, un bolígrafo de plata en un estuche que se veía y hasta olía costoso y, para no recibir comentarios despectivos sobre la pequeñez del regalo, sacó una bolsa de Hackett London de atrás de su asiento. Rabastan le traía una botella de vino, una que supo que abrirían antes de que él se fuera. Rodolphus tenía el mismo gusto para los regalos que su hermano, pues este le dio una botella de whisky la cual no pensaba compartir con nadie. Zabini aportó con otro vino y Nott le dio un libro de plantas y su uso en medicina —algo le decía que había sido idea de su novia—. Crabbe le regaló un nuevo IPad y Goyle, un reloj… otro más.
—¿Qué es esto? —dijo al ver el regalo que Bellatrix le había entregado. Tomó el pequeño objeto con sus dedos y lo examinó. Era negro, tenía una boquilla del mismo color y lo que parecía ser un pequeño contenedor de cristal en la parte inmediatamente debajo de la boquilla. Asimismo, tenía un botón con bordes anaranjados—. Parece un silbato… para perros.
—Es un vapeador —exclamó como si fuese lo más obvio—. Así como el mío. Se usa así, mira, acercate —Le dio una calada al cigarrillo electrónico que había tenido escondido durante toda la cena y luego dejó escapar todo el vapor blanco frente a su cara, envolviendo en una nube blanca con olor a menta.
—Bella, no seas maleducada —pidió su hermana lanzándole esa misma mirada que usaba para flagelar a sus empleados en el hotel cuando las cosas no salían como ella quería, esa mirada que, en otro contexto, significaba "despido". Después de aquella advertencia, Bellatrix mantuvo su lengua venenosa controlada lo más que pudo. Aunque también lo atribuyó a la conversación privada que las hermanas compartieron al otro lado de la casa, donde sabían que nadie podría escuchar como la rubia reprendía a la mayor luego de que esta última le hubiese dado con anticipación su palabra de comportarse.
El resto de la reunión estuvo mejor. El pastel no sabía mal por lo que Lucius esperó y aceptó todos los cumplidos que su pastel pudiese recibir —aunque la mayoría solo fuese parafraseo—. Narcissa, como toda buena anfitriona, se dedicó a complacer a sus invitados, sobre todo al cumpleañero. Se retiraron a la sala donde las risas, juegos y conversaciones absurdas no faltaron, así como tampoco faltó el buen vino. Hablaron un poco de todo: trabajo, hijos, moda, deporte, política, actualidades y hasta chismes de las celebridades, incluso Snape se animó a aportar su granito de arena en esas conversaciones. Todos evitaron el tema que empezaba con S de sexo o los que incluían la P de pareja y, sobre todo, nunca, por ninguna circunstancia, dijeron la palabra que iniciaba con D de divorcio. Ni siquiera la Lestrange volvió a intentarlo.
A medida que la noche avanzaba, la reunión iba decayendo. Poco a poco las conversaciones se volvieron repetitivas y ni siquiera quería participar en ello. Aburrido, se excusó con ir al baño para poder salir al jardín a tomar aire fresco, aunque se muriera de frío sin su abrigo.
Los jardines de la familia Malfoy eran hermosos, pero verlos durante la noche era como ver una pintura en un museo. La luz azul de la luna bañaba los arbustos recién cortados y salpicados por la nieve mientras que los blancos pavos reales de Lucius paseaban majestuosos entre ellos. No se atrevía a acercárseles, esos pavos y él no se llevaban tan bien como quería pensar. Caminó por el sendero despejado, no iba a permitir que sus zapatos se mojaran por la escasa nieve y luego ser cuestionado por ello. Sus brazos estaban cruzados sobre su pecho, ayudándolo a protegerse del frío de la noche.
¿Sería muy maleducado decirle a Lucius que ya quería irse?, pensó, ¿o debería mantenerse callado y aceptar la habitación que sabía le ofrecería una vez pasada las doce? Estaba aburrido y ya no quería estar ahí. Ya no podía seguir presionando la pantalla de su móvil pretendiendo que enviaba mensajes, después de hacer ese truco tantas veces, ya nadie le creía. Tampoco sabía de qué hablar o con quién hablar y ni siquiera podía salir de la residencia a tomar el autobús porque estaba seguro que ni siquiera pasaba un autobús por ahí. Tal vez podría pedir un taxi, pero no quería ni imaginarse cuanto le costaría desde la zona más interna de los Hampstead hasta los suburbios de Southfields.
Siguió su trayecto hasta llegar a la parte más famosa de la mansión. Bendecido con una preciosa vista al laberinto de los jardines, se encontraba el salón de baile Malfoy. El salón de baile Malfoy era inmenso, tenía una pared entera de ventanales y un candelabro de cristal que colgaba en medio del techo decorado con rosadas nubes pintadas a mano e iluminadas por el sol. El piso siempre estaba tan brillante que podía ver su reflejo y, debido a las tantas veces que estudios habían ido a filmar a la casa, era el mejor lugar para grabar las escenas de baile en películas de época.
No es por presumir, solía decir Cissy, pero aquí grabaron algunas escenas de Orgullo y Prejuicio.
Se imaginó participando en alguna. Nunca quiso ser actor ni nada parecido, pero desde hace alrededor de dos años y algo, tenía un pequeño deseo, como un antojo, y era bailar un vals dentro del salón de baile de su mejor amigo. No precisamente vestido como un adinerado lord inglés del siglo XIX, por supuesto.
Con total confianza, como si de su casa se tratase, Snape abrió las puertas francesas que unían el salón con el jardín e ingresó con sumo cuidado de no hacer ruido alguno, no quería alarmar a algún empleado y mucho menos a los dueños de casa. El salón era majestuoso, no se podía apreciar los finos acabados a causa de la oscuridad, pero eso no quitaba el toque mágico que le otorgaba la luz de la luna al atravesar los ventanales. Caminó despacio hasta el centro del salón, justo debajo de la araña de cristal.
Miró a un lado y luego al otro para asegurarse que nadie se apareciera por ahí, no necesitaba que alguno de sus "amigos" lo estuviera vigilando, mucho menos tener una maliciosa Bellatrix Lestrange filmándolo con la cámara de su teléfono para luego ser publicado y etiquetado en redes sociales por siempre y para siempre. Por suerte no había nadie y eso le brindaba tranquilidad.
Se acomodó en la posición inicial —o lo que en su infinita ignorancia creía que era la posición inicial— e imaginando a su pareja, empezó a bailar a lo largo y ancho del salón, deslizándose despacio pues quería lucir igual de elegantes que los bailarines profesionales, aunque en el fondo era por el simple temor a resbalar. En su mente, una delicada pieza de vals resonaba por el salón.
Estiraba su cuello y trataba de enderezar al máximo su espalda, pero la posición no era cómoda. Trastabilló un par de veces, pero se sentía bien, le gustaba, les gustaba mucho. Su compañera imaginaria le sonreía y se dejaba llevar por él, bailando como para un público que solo existía en su cabeza. Dieron vueltas y vueltas sobre sí mismos, una pausa y luego, una vuelta más y una más y una más… hasta que su cabeza dio vueltas también y terminó cayendo sobre el suelo de madera recién pulido.
¡Qué vergüenzaaa!
—¡Snape! —gritó alguien desde el interior de la casa.
Mierda, eso dolió.
—¡Ya voy!
¡GRACIAS POR LEER! :3
ESPERO QUE SIGAN APOYANDO ESTA HISTORIA, ACTUALIZARÉ PRONTO, ESPERO. ¿ALGUNA VEZ HAN TENIDO UNA CENA INCÓMODA? ME INSPIRÉ EN HECHOS DE LA VIDA REAL (PARECE CHISTE, PERO ES ANÉCDOTA XD).
OTRA VEZ, ESTOS PERSONAJES NO SON MÍOS, SON DE LA AUTORÍA DE JK ROWLING, PERO ESTA HISTORIA QUE ESTÁS LEYENDO AHORA SÍ ES MÍA.
CREO QUE ACTUALIZARÉ CADA 4 DÍAS, ESO ESTÁ PENDIENTE, IGUAL TRATARÉ DE HACERLO SEGUIDO.
P.D: AQUÍ ME IMAGINO A UN SNAPE COMO MÁS PARECIDO A ALAN RICKMAN DE JOVEN, CUANDO TENÍA SU PELITO CASTAÑO —OBVIO AQUÍ ES NEGRO—, PRACTICAMENTE CUANDO ESTABA EN SUS INICIOS COMO ACTOR. ES QUE SE ME HACE RARO VERLO CON LEVITA Y PELO LARGO EN EL MUNDO MUGGLE.
