CAPÍTULO 2

Severus Snape trabajaba como docente en uno de los internados más renombrados del país, un colegio autónomo en la capital londinense, el cual contaba con múltiples convenios con diferentes universidades dentro del Reino Unido e incluso con otros programas de intercambio de la Unión Europea. Hogwarts, este colegio de alto rendimiento, albergaba entre sus paredes a generaciones y generaciones de importantes figuras británicas en todos los campos, desde deportes y artes hasta ciencias y política. Los alumnos podían acceder a becas dependiendo de su situación económica, así como un dormitorio —en el caso de que no vivieran en la capital— dentro de la estructura gótica que simulaba a un museo o un pequeño castillo.

Incluso el mismo Snape había hecho uso de esas becas cuando él era apenas un inocente estudiante de once años. Los padres de Snape no contaban con el dinero suficiente para pagar la escuela y el muchacho ya se había resignado a ir al colegio cerca de su casa. Sin embargo, la necesidad de escapar de los problemas dentro de su hogar, hizo que un muy joven Severus Snape estudiara día y noche para poder ingresar al internado en el cual su madre y la familia de su madre también habían estudiado. Dio el examen de ingreso y calificó con uno de los puntajes más altos por lo que el colegio lo admitió con una beca y un dormitorio compartido.

Hogwarts se volvió su sinónimo de salvación, de una vida mejor.

Siete años después —repletos de una serie de altibajos, bullying y crisis de autoestima—, egresó del internado con numerosas recomendaciones para las universidades, pero con muy pocas firmas en su anuario, salvo las de sus profesores. Postuló a una de las universidades dentro de los convenios, estudió Ciencias Naturales donde destacó inmediatamente en Química y Física, pero muy pronto, conoció la belleza de la biología y se enamoró de ella, así como también de una hermosa chica con la que compartía dicha clase.

El resto ya era historia.

El profesor llegó temprano el lunes siguiente a su cumpleaños y marcó su entrada en la sala de maestros. Era raro, pensó, pues a esa hora solía ver a sus compañeros desayunando o tomando café, incluso, era usual encontrarse al director, Albus Dumbledore, hablando con otros docentes o leyendo el periódico. Sin embargo, ese día no había nadie cerca, tampoco se encontró con alguna señal de vida durante el trayecto a su salón de clases.

El laboratorio de Química se encontraba en el sótano del internado y se caracterizaba por tener una temperatura un tanto fría. Las ventanas de los pasillos y el laboratorio estaban ubicadas cerca del techo por lo que la mayor parte de la iluminación era brindada por fluorescentes blancos. Cuando estos se apagaban, el sótano era un lugar oscuro y algo tétrico, de ahí que esa zona fue bautizada por los alumnos como "las mazmorras" del castillo. Todo el sótano junto con su despacho eran sus dominios, controlaba todo lo que pasaba y gobernaba con mano de hierro por lo que pronto se ganó el apodo de "Murciélago de las mazmorras". Sin embargo, ese día específicamente, sería el primero de muchos en los cuales dejaría de tener el control.

Al abrir la puerta del salón, sintió que le iba a dar un ataque al corazón debido al susto que le dieron a continuación.

—¡FELIZ CUMPLEAÑOS, PROFESOR SNAPE!

El flash de alguna cámara, el sonido de millones de fotos tomadas por diversos celulares, las serpentinas cayéndole sobre el rostro y los gritos de júbilo de los "invasores" fue una combinación sumamente peligrosa para el pobre profesor de Química quien se tambaleaba junto a la puerta tratando de entender qué demonios estaba pasando. Su querido laboratorio estaba decorado con serpentinas verdes y plateadas, había tres pasteles sobre su escritorio junto con vasos y platos de plástico. Más allá, entre el mar de alumnos —parecía que venían de todos los grados—, estaban sus colegas docentes encabezados por el mismísimo director Dumbledore, un hombre de largo cabello cano, barba y un impresionate gusto por la moda, quien le sonreía con una mirada de triunfo.

Dumbledore…, pensó enojado. ¡Él era el causante de todo esto! ¡Era él quien destruyó su amado laboratorio!

—¡Sonría, profesor! ¡Es para el periódico escolar! —Un alumno se le acercó con cámara en mano y le tomó una foto desprevenido. Otro flash más y se quedaría ciego para siempre—. ¡Gracias!

—Venga, tenemos pastel —dijo otro de sus alumnos haciéndole señas para que entrara.

—Le compramos chocolate porque no sabíamos que le gustaba —añadió Timothée Clarke, el prefecto de la clase de 6to año.

—Cincuenta años, ¿no profe? —se burló alguno.

—Oh, profesor Snape —dijo Dumbledore con una sonrisa en el rostro. Se abrió paso entre los alumnos y se acercó para darle un gran abrazo que Snape rogaba se acabara rápido—. Qué bueno que ya llegó. Vamos, nunca es temprano para comer pastel —añadió.

El pobre profesor de Química a duras penas se había recuperado de la fiesta del sábado como para intentar poner resistencia en esta. De haber sido una caricatura, hubiéramos visto a un arisco murciélago de las mazmorras siendo arrastrado por el amable director de brillantes ojos azules y otro de sus colegas. Lo instalaron detrás de su escritorio con vista directa a los millones de ojos de alumnos de diferentes edades, quienes lo miraban expectantes a que sonriera agradecido de su repentina muestra de afecto.

—¡Muy bien! ¡Todos, su atención! —dijo Timothée algo nervioso tratando de captar la atención de sus compañeros, los demás profesores decidieron ayudarlo—. Tal y como lo ensayamos. Uno, dos, tres… ¡Cumpleaños feliz!

Mientras cantaban se preguntó por qué hacían esto. Sus alumnos lo odiaban, eso estaba claro. No se sentía mal, él sabía claramente lo hijo de puta que podía llegar a ser con ellos, pero se decía que lo hacía por su bien, los estaba preparando para el mundo. ¡Les estaba formando carácter!... o eso era lo que intentaba. Eso sí, algo estaba claro, ellos no lo querían y él tampoco los quería a ellos y así vivían en paz dentro del castillo… pero esto era demasiado.

—¡Pida un deseo, profesor!

—¡Soplé las velas!

—Severus, hijo —Albus se paró a su lado sin perder la sonrisa y rodeó sus hombros con su brazo para acercarlo más a él—, sopla las velas y sonríe —murmuró aún forzando la sonrisa—. Ellos se han esforzado mucho para tener todo listo esta mañana.

¡¿Por qué?! ¿Por qué todos se esmeraban en molestar su miserable existencia? Él solo quería trabajar y dar los… ¡LOS EXÁMENES! Su mente hizo conjeturas y ató cabos sueltos. ¡Claro! ¡¿Cómo había podido ser tan idiota?! Hoy tenía que darles un examen programado a los alumnos de 6to año y al parecer, a ellos no se les ocurrió mejor idea para evadirlo que invitar a todo el colegio a celebrar su cumpleaños.

—Las velas se están derritiendo.

Dumbledore le dio un codazo y Snape reaccionó al instante soplando las velas de mala gana. ¿Hubo aplausos? Sí. ¿Hubo fotos? Sí. ¿Hubo una foto de Snape siendo forzado a sonreír junto a todos sus colegas y a los prefectos? También. Sin embargo, la pregunta más importante es la siguiente: ¿Hubo algún meme? Obvio que sí, hubo cientos y cientos, las que más abundaban eran las fotos de Snape con cara de estar a punto de desmayarse junto a la puerta.

—¿Por qué no nos dijiste que había sido tu cumpleaños? —dijo la profesora Hooch, la maestra de gimnasia quien comía un trozo de pastel—. Te hubiese comprado algo.

—Que lindo que los niños hicieran algo así, fue un lindo detalle —comentó la profesora Sprout, la profesora de P.S.H.E —Educación personal, social y de la salud, la asignatura que te ayudaba a hacer amigos y ser un buen compañero— y del taller de jardinería, quien estaba encantada de toda esa fiestecita.

—Sonríe, Snape, esto es una fiesta —pidió Flitwick, un profesor más bajo que él quien dictaba el curso de Literatura, así como del taller de Esgrima y el coro de la escuela.

—No me digas —respondió apenas abriendo la boca.

Dumbledore lo iba a pagar. Él siempre defendía a esos mocosos malcriados y les permitía hacer lo que ellos quisieran, sobre todo si eran acciones que podía afectar sus nervios. Estaba la vez que casi incendian el laboratorio y no permitió que los castigaran porque "los accidentes ocurrían" o la vez que en lugar de suspender a los alumnos que habían metido a un perro callejero a los dormitorios, los recompensó con puntos y caramelos de limón por "sus buenas intenciones". No sé sorprendían que lo eligieran como el mejor director de Hogwarts hasta ahora, ¿quién no quiere a alguien que le consciente todo?

—¿Se divierten? —Y hablando del rey del Roma— ¿Cómo está mi profesor de Química favorito?

—Matame —susurró lo suficientemente alto como para que su interlocutor lo escuchara.

—No seas aguafiestas, Severus, tus alumnos se esforzaron mucho. El joven Clarke y la clase de 6to año organizaron todo —el director sonrió y chocó su vaso contra el del profesor simulando un brindis—. Me pareció un lindo detalle, no todos los días celebramos un cumpleaños de un maestro… aunque esta vez sea con un par de días de retraso. Esos niños deben quererte mucho.

—Sí, claro —dijo tomándose el contenido de su vaso—. ¿También te dijeron que hoy teníamos un examen que vengo anunciando desde que regresamos de las vacaciones?

—¿Qué? ¡¿En serio?! —fingió sorpresa. Snape enarcó una ceja y se le quedó mirando con arrogancia como esperando algo más, a lo que el director solo atinó a decir—. Bueno, eso explica porque no lo hicieron el viernes y esperaron hasta hoy… También explicaría porque es la primera vez que te hacen una fiesta.

—Sí —dijo exasperado—, eso lo explica todo, ¿no?

—Lo hicieron con buenas intenciones, Severus. No te enojes con ellos, por favor.

—Es muy tarde —afirmó levantando un poco la voz—, ya estoy enojado, por si no te has dado cuenta.

—Severus, no puedes andar por la vida con cara de constipado molestándote por todo lo que hacen las personas —eso sonaba a un reto, ¿acaso quería apostar a que no podía?—. Mira este salón, ha quedado muy bien decorado y se tomaron la molestia de preparar no uno, sino tres pasteles. En el fondo te quieren… sobre todo esa niña de quinto que dice que eres su… ¿Cómo dijo? Algo con azúcar… ¿sugar?

Snape escupió lo que estaba bebiendo y con eso la conversación terminó.

—¿Terminaste? —preguntó y Snape se sintió como imbécil. ¡Casi se ahogaba! —Te sientes mejor? —asintió tratando de recuperar el aire. El agua se le había metido a la nariz—. Perfecto, ahora sonríe —le exigió.

Y antes de que pudiera decir si quiera algo, Dumbledore había llamado al joven estudiante encargado de la cámara y le pidió que sacara una foto de ellos solos, con los prefectos, los otros profesores, los alumnos y con todo aquel que estuviera dispuesto a tomarse una fotografía.

La foto de un Snape sin tener la menor idea de lo que estaba pasando rodeado de un sonriente director Dumbledore encabezaba la portada del periódico escolar de la edición de esa semana. Por respeto —y amenaza—, el alumno encargado de escribir el artículo había omitido su edad, pero no había sido igual de respetuoso como para omitir todos los memes que se habían creado en base a la pequeña fiesta organizada en el laboratorio.

Comparte este Snape cumpleañero de la suerte para que cancelen los exámenes.

Durante la siguiente semana, no hubo ni un solo día en que no encontrara a diversos alumnos riéndose a viva voz de las imágenes que se compartían por celular. No tenía idea de cuantos teléfonos había confiscado, tenía un cajón lleno de estos. Si el objetivo de Dumbledore fue humillarlo, lo había logrado. En fin, no había nada que hacer contra eso, tal vez esa era la venganza de sus alumnos por ser tan patán con ellos, pero… ¡¿Qué no podían hacer otra cosa?! Aun así, un par de imágenes burlescas y adolescentes hormonados no iban a arruinar sus planes. Tomó el examen de igual manera y se encargó de que fuera más difícil de lo que ya lo era. Calificó esas pruebas con mucho gusto, trazando enormes "T" con tinta roja.

Pronto llegaron a la última semana de enero y el clima iba cambiando poco a poco, tornándose más frío y con eso, las ganas de quedarse en cama aumentaban. En esos instantes se encontraba en el comedor de la escuela, una amplia habitación con cuatro largas mesas, la "estación" —una sección que conectaba a las cocinas y donde se podía recoger la comida con bandejas— y, por último, la zona de los maestros, donde estos podían comer en mesas un poco más personales y lejos del bullicio de sus alumnos. Hoy era mitad de semana, pero sentía que seguía siendo lunes, era un día muy ocupado entre clases, corregir trabajos y preparar las asesorías de la tarde. Se llevó un pedazo de carne a la boca y se relajó. La comida sabía muy bien. Tal vez no todo estaba tan mal, al menos podría disfrutar de un almuerzo tranquilo… o eso esperaba hasta que…

—Provecho, Snape —el profesor Lupin de Biología se acercó a él junto con su bandeja repleta de comida y se sentó frente a él como a veces solía hacer en sus fallidos intentos de entablar una buena relación de colegas. Lupin tenía su edad, habían estudiado juntos cuando eran niños y seguía siendo igual de delgado y amable tal y como lo fue en sus años mozos—. Día pesado, ¿no? Ya estoy rogando que sea viernes y descansar. ¿Y tú? ¿Esperando con ansias el fin de semana?

Luego de sus primeros fracasos por ingresar al Museo de Historia Natural de Londres, postuló al colegio como profesor de Biología; sin embargo, el puesto no fue suyo, solo lo aceptaron como docente de Química. Sin otra opción, aceptó el puesto y seguía en el desde hace 10 años y, a pesar de que siempre mandaba su solicitud para enseñar Biología, el director —y su ex profesor de Física— le había dejado en claro que lo máximo que podía ofrecerle, además de su puesto actual, era dar asesorías de Física para los alumnos de la selección del colegio. Tampoco era que tuviera la opción de hacerse de rogar, por más que lo había vuelto a intentar, no había sido aceptado en otros trabajos que el considerara "digno de él".

Y ahora su tan añorado puesto de maestro biólogo lo tenía el hombre sentado frente a él, el amado profesor Remus "yo no rompo un plato" Lupin, quien para sus alumnos era el mejor profesor del colegio, el más amable, el más lindo, el más inteligente, el mejor consejero, el más divertido, y, para Snape, el más insufrible compañero de trabajo.

—No tienes idea de cuanto —le respondió, mirándolo fijamente esperando ponerlo lo suficientemente incómodo como para que reconsiderara la idea de comer con él.

—Leí el pronóstico del tiempo, dicen hará buen clima para salir. ¿Algo especial para el finde? —preguntó el castaño con curiosidad regalándole una sonrisa. Snape no pudo evitar notar aquellas crecientes canas grises que le empezaban a salir cerca de las orejas dándole un aire "atractivo" según las alumnas de los últimos años.

"El profe Lupin madura como el buen vino, se pone mejor con los años", escuchó alguna vez por los pasillos.

—… Sí —respondió luego de pensarlo un poco—. Iré con unos amigos a jugar tenis. Son miembros de un club y, como tú dices, hará buen tiempo—. Snape no era de los que hicieran algo los fines de semana, ¡mucho menos deporte! Se la pasaba durmiendo, leyendo o viendo televisión. A veces iba con los Malfoy, pero muy en muy raras ocasiones. Sin embargo, dado que era claro que su colega sí tenía planes, decidió mentirle para poder quitárselo de encima—. Algo me dice que quieres que te pregunte cuáles son tus planes para este fin de semana.

—Bueno, debo admitir que sí —respondió sin poder ocultar su sonrisa—. Mi hijo Teddy tiene su ceremonia de cambio de cinturón en karate este domingo. Pasa al color anaranjado.

Severus no tenía la menor idea de a qué se estaba refiriendo. Nunca había practicado ese tipo de deportes en su vida. A lo mucho había estado en el equipo de remo en la universidad, pero luego lo abandonó. No era bueno con los deportes de coordinación manos y piernas en general. Con el tiempo y las múltiples invitaciones de Lucius a jugar tenis o squash, había mejorado un poco, pero seguía siendo un oponente fácil de vencer. Remus notó que Snape estaba perdido en cuanto karate se tratase por lo que el profesor de Química se ganó una instructiva e innecesaria charla sobre el cambio del cinturón amarillo punta anaranjada al cinturón anaranjado completo.

—¿Qué no tiene cuatro? —preguntó confundido.

Teddy Lupin era el único hijo de su colega con su esposa, la relativamente famosa detective de Scotland Yard, Nymphadora Tonks. Remus era el profesor más querido por lo que, en cuanto la noticia del primer embarazo de su esposa se hizo conocida en el colegio, todos los alumnos estuvieron pendientes ante cualquier noticia del primogénito Lupin. Nunca hubo un niño tan deseado como el pequeño Edward Lupin, incluso, organizaron un baby shower dentro del colegio con la colaboración de todos los profesores y alumnos. Ya ni recordaba que le regaló, supuso que tal vez fue un paquete de pañales extra grande.

—Seis, tiene seis —respondió como si fuese lo más obvio del mundo.

—Sí, claro, lo siento —hizo una pausa—. De seguro tú y Tonks deben estar muy orgullosos. No se consigue un cinturón anaranjado todos los días.

—Creo que ella es la que está más orgullosa, fue su idea que Teddy aprendiera eso —no le sorprendía, ella era una detective que enfrentaba constantemente el peligro, era normal que quisiera darle las herramientas a su "cachorro" para que pueda defenderse—. Yo quería que fuera algo más… tranquilo —dijo con una risita nerviosa. ¡Ay no!, pensó el profesor de Química, aquí iba otra vez a hablar de su hijo—. No me gusta la violencia ni las peleas, yo sugerí que aprendiera natación o yoga infantil, pero le gusta el karate… Todas las competencias son una tortura para mí, se me hace un nudo en la garganta cada vez que parece que va a recibir un golpe.

—Seguro que sí.

—Sí —volvieron a quedarse en silencio durante un rato, mientras ambos seguían comiendo. Snape estaba esperanzado de que el castaño no volviera a hablarle, pero se equivocó, el señor Lupin tenía mucho que decir—. Teddy me pidió que llevara a Borf a la ceremonia, así que el viernes le toca baño, lo cual es espantoso porque cada vez que termino, lo primero que quiere hacer es volver a ensuciarse.

En la base de datos del pelinegro no tenía registro alguno de un tal "Borf". Tal vez lo habría escuchado en algún momento, pero no le pareció lo suficientemente importante como para prestarle atención.

—¿Borf?

—Mi primer hijo —Lupin sacó su teléfono de su bolsillo y se dedicó a buscar algo.

¡¿Lupin tenía otro hijo?! ¿Qué no su pequeño Teddy era su primogénito? Snape estaba muy confundido ahora, su cerebro trabajaba a mil y, lastimablemente, hizo cortocircuito—. ¿Qué?

El profesor de Biología encontró lo que estaba buscando así que le ofreció su celular para que entendiera a que se refería. Severus lo tomó con algo de recelo y descubrió una foto familiar. En la imagen se podía apreciar claramente a una muy sonriente familia Lupin posando para la cámara en un cálido día del verano. Remus llevaba el cabello despeinado, lentes de sol y ropa de verano, dejando ver sus piernas con sandalias. Uno de sus brazos rodeaba a su esposa quien, a su vez, abrazaba al hijo de ambos quien en esa foto debería tener unos cuatro años o tal vez menos. El brazo libre de su colega se posaba sobre el lomo gris de un perro que se asemejaba demasiado a un lobo. Era de gran tamaño, tenía grandes ojos oscuros, el pelaje gris con una mancha blanca en el rostro que le daba un aire amigable.

—Borf es mi perro, prácticamente es como si fuese mi primer hijo —ya iba a empezar con sus sentimentalismos, pensó. Algo fundamental que debían saber sobre Remus Lupin era su enorme amor a todo lo que estuviera vivo, sobre todo si se trataba de perros. Era un dog-lover, de esos que son voluntarios en refugios y siempre están ofreciendo algún cachorro en adopción—. Lo tengo desde hace años, mucho antes de conocer a Dora.

—Ah, ¿sí? Qué bien —respondió aburrido devolviéndole el teléfono.

—Sí —¿Qué más quería seguir hablando? ¿Qué no se daba cuenta de que realmente no quería hablar de su perfecta vida? ¿Qué más señales tenía que darle? ¡Era obvio que no entendía de indirectas! —. Ese perro hizo un cambio en mí que… que realmente pensé que jamás pasaría —¿Acaso dijo… "cambio"? —. Siento que ese perro me salvo la vida, literal y metafóricamente. Si no fuera por él, yo no tendría nada de lo que tengo ahora.

Cambio. ¡Había dicho "cambio"! Lo escuchó claramente. Había estado pensando exactamente en esa palabra desde que sopló las velas de su cumpleaños en la casa de los Malfoy. Incluso en sueños se le presentaba en forma de una nueva versión de él, más confiado y viviendo nuevas experiencias.

—¿A qué te refieres?

—Pues, yo era un voluntario de una asociación que rescata perritos de la calle. En ese entonces no tenía un empleo y vivía en la casa de un amigo. Un día, llegó un perro, un cachorro, muy débil y realmente pensamos que no iba a sobrevivir, pero ese amiguito era un luchador y se recuperó de forma milagrosa —dijo moviendo las manos para enfatizar cada etapa de su relato—. Cuando sus ojitos me vieron por primera vez supe que tenía que adoptarlo. Para eso debía darle un hogar apropiado, así que me esforcé mucho para conseguir al menos un trabajo estable mientras encontraba un lugar propio. Me aceptaron como candidato y me llevé a Borf a vivir conmigo y mi amigo hasta que encontráramos nuestro propio hogar. Tener a Borf de cachorro me hizo ser responsable porque ya no era solo yo, también estaba él. Me hacía mucha compañía y me hizo salir de una etapa difícil de mi vida —hizo una pausa larga como si estuviera recordando aquellos duros momentos que nadie conocía y probablemente jamás conocerían de la vida del castaño—. Todo mejoró desde entonces. Incluso si no fuera por Borf, yo no estaría casado ni trabajaría aquí.

—¡¿Qué?! —exclamó sin poder salir de su asombro ante tales declaraciones. Un perro no podía cambiarle la vida, así como así… ¿o sí? — ¿A qué te refieres con estar casado y trabajar aquí?

—Sí, te sorprenderías. Había pasado como un año y medio, más o menos. Estaba paseando a Borf por un parque, como usualmente lo hago, cuando una linda chica en bicicleta pasó por nuestro lado y se distrajo viéndolo —dejó escapar una risilla al recordar ese momento—. Traté de advertirle que frenara, pero la bicicleta terminó en el lago junto con ella. Obviamente la ayudé a salir, la acompañé a su casa por si necesitaba ayuda y fue así como empezamos a salir. Siempre llevábamos a Borf al parque y poco a poco empezaron a ser citas… citas de verdad —añadió—. Ella aún era una estudiante en la academia de Scotland Yard y yo solía ir a recogerla cuando salía de clases. Su mentor y actual jefe es el capitán Moody.

—¿El del ojo raro? —preguntó.

El capitán Alastor Moody era conocido por ser el director del área de investigación de Scotland Yard, era casi como un héroe en Inglaterra, siempre le tocaban los casos más difíciles como el del triple homicidio del 2005. La mayoría lo conocía por ese apodo debido a que usaba un ojo de cristal azul eléctrico, asimismo, era un personaje muy popular dentro de la prensa británica debido a sus siempre fuertes declaraciones y representaciones en caricaturas, las cuales eran similar a un bulldog con uniforme.

—En realidad, le dicen "Ojoloco" —corrigió—. Es un buen amigo y pues, siempre me dijo que tenía que tratar a Dora como si fuese una reina o me las iba a ver con él, pero eso ya lo sabía, obviamente —añadió provocando la risa de Snape, el solo pensar en el tímido Lupin siendo amenazado por el capitán le generaba algo parecido a la felicidad—. Lo que no sabía era que Moody era amigo íntimo de Dumbledore y me recomendó para el puesto de profesor y aquí estoy ocho años después. ¡¿No es maravilloso?!

¡Así que era por eso que nunca tuvo el puesto!… ¡Por un perro! ¡Por una buena red de contactos y un perro!... No podía creerlo, un cuadrúpedo doméstico fue lo que se interpuso entre él y ese trabajo. Si hubiese podido controlar el metal, los cubiertos de la mesa ya se hubiesen doblado hasta quedar inservibles— Sin duda…

—Oye, deberías tener un perro, en serio. ¡Te cambian la vida!

Sí y Remus Lupin era el testimonio satisfecho de ello. Él quería un cambio, era cierto, pero no era mocoso al que pudieras venderle una fantasía como esa. En la vida real, esas cosas no pasaban y aunque así fuera, todo era cuestión de una probabilidad en un universo entero de ellas.

—Aún soy miembro del albergue y siempre tenemos perritos en adop…

—Lupin —le interrumpió ya harto de la plática—. Seguro que es interesante, pero tengo clases. Gracias por la comida.

Se levantó dejando a su colega con las palabras en la boca y caminó rumbo a su despacho para encerrarse con sus libros hasta que llegara la hora de dar clases. Hoy trabajaba hasta las cuatro y cuarto entre clases normales y asesorías en Física. Usualmente las clases de la tarde eran más tranquilas que las de la mañana, aunque tenía que ingeniárselas con el café para que ni él o sus estudiantes se quedaran dormidos, a pesar de que ellos sabían claramente que les esperaba un castigo si se atrevían a cerrar los ojos para "descansar la vista".

Entonces, recapitulando, el móvil acelera constantemente 6 m/s2 en un terreno plano que cuya longitud "d" es…

Agradeció internamente cuando sonó la campana que anunciaba el final de la jornada. Marcó su salida en la sala de maestros y caminó lo más rápido que le permitían sus piernas en dirección a la salida pues no quería encontrarse ni con sus colegas ni sus alumnos y mucho menos con el director Dumbledore quien cada vez que le dirigía la palabra le provocaba un fuerte dolor de cabeza con sus extrañas conversaciones que —estaba completamente seguro— inventaba con el único objetivo de molestarlo. Salió por el estacionamiento donde un sonriente Remus Lupin le despidió desde lejos pues estaba subiendo al auto en el cual su esposa venía a recogerlo como todos los días.

En el fondo pensaba que eran lindos y admitía, solo para sí mismo, que sentía algo de celos. Eran un matrimonio joven —joven porque llevaban seis años casados, no por la edad, al menos no por la de su colega— con vidas tranquilas y un hijo a quien mimar, algo que él nunca pudo tener.

Caminó hasta la estación de tren que estaba a tres cuadras del colegio. Estuvo un rato vagando en ella pues no quería subir aún, en realidad, quería hacer tiempo para no llegar demasiado temprano a su destino. Viajó de pie entre 30 a 35 minutos hasta Earl's Court pues el tren estaba lleno. Su reloj marcaba las casi las 17:00 horas,

Al bajar del tren, se detuvo para entrar a los baños, donde se lavaría la cara, arreglaría su cabello lo mejor que pudiese y luego procedería a hacer lo mismo con su traje. Quería verse presentable, lo más posible, después de todo, se dirigía a una cita… o algo parecido. La única alegría de su vida consistía en esa pseudo cita inventada por él a la que asistiría en cuanto pusiera un pie fuera del metro.

Dos días a la semana, Snape saldría de la estación y subiría a Earl's Court Road. Caminaría hasta una pintoresca cafetería unos negocios más abajo y pediría un café y un croissant y se sentaría afuera, exactamente en la tercera de las mesitas instaladas en la calle, aquella mesita que tenía una vista directa hacia la ventana del segundo piso de McGonagall's Studio. Comería despacio, disfrutando cada bocado, mientras esperaba que los alumnos de ese turno estuvieran lo suficientemente cerca al cristal para poder ver como danzaban. Y, también, esperaría pacientemente a que una atractiva bailarina castaña se aproximase a los ventanales.

Ella se apoyaría sobre el cristal y miraría a la calle, vería a las personas caminar apresuradas en dirección a la estación y sumergirse en sus entrañas para regresar a sus hogares a descansar. Sus delicados dedos dibujarían círculos invisibles sobre el cristal y este se empañaría por el calor que emanaba de ella. Sus ojos tristes vagarían por los edificios iluminados al otro lado de la calle y se detendrían justo en la dirección de donde se encontraba Snape; sin embargo, no lo miraría, claro que no. Ella miraría justo arriba, al firmamento, esperando encontrar alguna estrella entre el nublado y oscuro cielo londinense.

Snape disfrutaba de ir a los museos, le gustaba sentarse y mirar fijamente alguna estatua o pintura durante horas. Siempre trataba de empatizar con el artista, tratando de averiguar cuál era la emoción que había sentido para lograr crear esas hermosas y trágicas obras de arte. Pues, la bailarina castaña era su nueva obra de arte favorita. No entendía cómo alguien tan joven podía tener una mirada tan triste, como si algo dentro de ella estuviera roto y no le permitía sonreír.

A veces se preguntaba si realmente era la misma bailarina con la que bailó un tango esa mañana hace tres años en la estación de Southfields.

Alguien llamaría a su nombre, de seguro, porque se daría la vuelta y regresaría junto a sus alumnos, desapareciendo así de su visión por completo. Snape sonreiría, sintiendo una cálida sensación en su pecho, una muy parecida al abrazo de un ser querido. Terminaría su café, dejaría una propina al camarero que siempre le tenía reservada esa mesa y luego, se uniría a todos esos desconocidos en la estación en el tren de regreso a casa. Caminaría seis calles más abajo hasta el 71 de Trentham Street y abriría la puerta negra de la casa color oliva con blanco para encontrar un hogar vacío, frío y vacío.

Haría lo normal, prepararía una cena para uno mientras escuchaba sin prestar mucha atención al canal de National Geographic en la televisión de la estancia. La tetera herviría indicando que ya podría preparar un té calmante para poder dormir y luego buscaría algo decente que ver en la televisión HD que alguno de sus amigos le habría regalado por su trigésimo séptimo cumpleaños. Finalmente volvería a caer en su gusto culposo de ver películas románticas de los 90's mientras comía sentado en su sofá, preguntándose por qué los finales felices existían solo en esas películas.

Mientras se lavaba los dientes en el baño, recordaría a la bailarina castaña y ese baile que compartieron hace tanto. Sonreiría sin darse cuenta y se pondría el pijama para descansar, después de todo, tenía que repetir lo mismo al día siguiente y el siguiente y el siguiente a ese.

¿Acaso estaba destinado a eso? ¿A repetir todo igual hasta que se jubilara? ¿Y luego qué? No tenía planes a largo plazo, ninguno. Tal vez de joven sí, cuando aún era un universitario con ganas de comerse el mundo, pero, ya tenía 42, ya no era joven como antes. ¿Qué había pasado con esos planes? ¿A dónde se fueron?

Le dio vuelta a esos pensamientos durante un rato hasta que no supo en qué momento se quedó dormido.


HOLIIII! ¿CÓMO ESTÁN? ESPERO QUE BIEN Y A SALVOS EN CASITA :D

MUCHAS GRACIAS POR LEER, ESPERO PODER LEERLOS EN LOS REVIEWS, SABER QUE OPINAN Y ME AYUDARÍAN MUCHO A CONTINUAR CON ESTE PROYECTO.

QUÉDENSE EN CASA Y ESTÉN A SALVO. BESITOS! :3