CAPÍTULO 3
Draco Malfoy era de esas personas que habían tenido de todo cuando fueron niños. De esos que tenían el último juguete que anunciaban en la televisión o que tenían tanta ropa como para usar un conjunto diferente cada día. Era un hijito de papi, consentido y malcriado por su madre y perteneciente a una élite demasiado cerrada entre las clases altas del país europeo. Por lo que no era de sorprenderse de lo presumido que podía ser cada vez que tenía algo nuevo entre sus manos.
—Le acabo de cambiar el color —dijo mirándolo rápidamente antes de volver a centrar su mirada en la autopista—. Lo compró en azul, ¿puedes creerlo? —exclamó con lo que parecía ser un tono de indignación—. No se veía mal, papá tiene buen gusto, pero no iba a conducir un auto con ese tono de azul. Así que me dije: No, Draco, no lo vas a permitir. Entonces lo mandé al taller y ¡voilà!
Pues sí, el Mercedes en el que iba le gustaba mucho más en negro que en azul, era más clásico y elegante. Si antes parecía de esos carros que se miran, pero no se tocan, ahora lo era mucho más— ¿Tu papá sabe que le cambiaste el color?
—No, pero ya se enterará en cuanto lo vea —respondió usando la palanca de cambios y entrando a una avenida principal dentro de la ciudad universitaria de Oxford —. Ahora, dime, ¿qué hacías aquí? ¿Fuiste a la universidad?
—Adivinaste —respondió.
Oxford era el alma máter de Snape. Como ya se había mencionado, el profesor había ingresado gracias a un beneficioso convenio que tenía Hogwarts con la casi milenaria universidad inglesa. Oxford contaba con grandes departamentos en ciencias, especialmente en Física y Química que eran las facultades de interés del pelinegro.
—¿Qué hacías aquí? —Draco también estudiaba en Oxford al igual que lo hizo su padre y su abuelo. La diferencia era que Lucius estudió en la escuela de Negocios y Draco, en la de Economía—. Me hubieses avisado, hubiésemos almorzado juntos.
—No hubiésemos podido —respondió—. Vine a reunirme con un colega, era mi compañero de clases en Biología Química y es profesor en la facultad. Quería que me ayudara con un estudio en el que estoy trabajando. Él y otros dos compañeros estamos en eso —explicó. Dio algunos detalles más, usando mucha terminología para explicar con exactitud de qué trataba el nuevo proyecto, pero dudaba que Draco hubiese entendido por completo debido a la cara de confusión que puso—. En fin, gracias por recogerme.
—Ni lo digas, igual tenía que regresar a Londres y es mejor viajar en compañía —el auto atravesó las calles de la ciudad universitaria cuyos edificios eran tan variados y ricos a la vista. Tomaron la Headington Road y continuaron de largo siendo rodeados por los múltiples árboles plantados a lo largo de la calle y algunos autobuses rojos—. Oye.
Si su madre estuviera aquí, pensó Snape, le jalaría las orejas al rubio por atreverse a hablarle de esa manera a sus mayores, pero él ya estaba acostumbrado—. Dime.
—Lamento no haber ido a tu cumpleaños —dijo algo apenado—, ¿recibiste mi regalo? ¿te gustó? Lo compré en cuanto salió al mercado, lo mejor de lo mejor, solo para ti.
—Sí, está genial, muchas gracias —le respondió dedicándole una pequeña sonrisa de lado que Draco respondió antes de regresar la mirada a la carretera—. Y no te preocupes por lo del cumpleaños, no te perdiste nada. Eres joven, tienes mejores cosas que hacer que quedarte a escuchar las quejas de gente mayor, además, no te hubiese perdonado que no "estudiaras" esa noche, tal y como me dijo tu madre.
Snape conocía a Draco como la palma de su mano, prácticamente podría decir que lo había criado por lo que podía decir con total seguridad que Draco no estaba estudiando para un examen como les había dicho a sus padres. En cuanto sus padres abandonaron el lugar, él habría salido de fiesta con sus amigos en algún pub cerca de la residencia universitaria.
—Lamento lo de la tía Bella. A veces no sé qué tiene en la cabeza, te pido disculpas —Draco jamás pedía disculpas a nadie ni por nada, la gente solía asumirlas con sus intentos de compensarlo, pero siempre había sido humilde con su padrino, la única persona a la que le pedía disculpas luego de su madre.
—No eres responsable de los comportamientos de tu tía. Además, Narcissa lo controló muy bien… más o menos. Realmente no quiero recordarlo, Draco.
—Ok, ok, perfecto, no hablaremos más de eso —el rubio tocó la pantalla de la consola del auto para poner música—. Cambiemos de tema y quiero que seas sincero.
—¿Acaso estoy en problemas? —dijo sarcástico.
—Espero que no. Dime, ¿qué tal te pareció el pastel de papá? ¿Tuviste que tomar alguna pastilla luego de probarlo? —Draco sonrió burlón.
—¿Tan mal hornea? —el profesor no pudo aguantar la risa, esta era una situación demasiada extraña para un Malfoy, en especial porque se trataba de su mejor amigo. Aprovechando su ausencia, no perdería ni una sola oportunidad para burlarse— El pastel que hizo en honor a mi cumpleaños no estaba mal.
—¡Eso fue porque el Chef Hermé intentó arreglarlo! —gritó exaltado— Mamá probó la masa del pastel antes de que entrara al horno. Tuvo que pedirle al chef un pastel de emergencia que estuviera lo suficiente bueno para ser comido, pero lo suficientemente corriente como para que los invitados creyeran que lo hizo papá —Snape apenas podía creer lo que escuchaba, era demasiado estúpido y divertido como para creerlo—. Luego, mandó a traer el pastel de la cocina del hotel hasta la casa en tiempo récord. Mientras dejaban que reposara, mamá sacó a papá de la casa diciéndole que algo pasaba con los pavos reales, los mayordomos metieron al chef y al pastel a la casa, cambiaron los pasteles —dijo todo eso tan rápido que cuando terminó, tomó una gran bocanada de aire—. Probé el verdadero pastel … ¡Era incomible!
—Ja… Jaja… ¡JAJAJAJA! —Soltó una risita que evolucionó en una sonora carcajada a la que Draco se unió al cabo de unos segundos. El auto dobló a la derecha y siguió hasta la calle que desembocaba en la salida de Oxford—. ¡Qué tonto! Pero fue un lindo detalle, en serio, adoré el pastel.
—No le digas a mamá que te lo conté. Se supone que eso no pasó. ¡Mucho menos a mi padre, por favor!
Solo Narcissa sería capaz de hacer todo eso por la reputación de su esposo.
—No te preocupes. Seré una tumba —
Finalmente llegaron a la autopista A40 que los llevaría de regreso a Londres. Un gran letrero con letras blancas ponía "Londres 56.0 millas". De ahora en adelante se alejarían de la ciudad universitaria y sus alrededores para atravesar la Reserva Nacional Aston Rowant y el parque Colne Valley —enormes hectáreas de terrenos fértiles protegidos cubiertos de árboles y vida silvestre—, hasta llegar a la capital. A Snape le gustaba ese trayecto, no toleraba el tráfico ni el ruido que producía y ahí, los autos podían correr libremente.
—¿Por qué no puede actuar como un adulto normal? —exclamó acelerando un poco más—. La mayoría de personas que sufre una crisis de mediana edad se les da por comprar una motocicleta o tener un romance con una chica 20 años menor, tal vez un tatuaje o viajar al Caribe, pero ¡¿repostería?!
—¿Qué tiene de malo? —Snape disfrutaba de las artes culinarias de vez en cuando, no era el mejor debía admitirlo, pero sabía hacer uno o dos postres decentes. ¿Tan raro era que le gustara la cocina? —No le veo nada de malo.
—¡Qué no es normal en él! —contestó casi gritando. Sus grises ojos se fijaron rápidamente en el velocímetro antes de desviarlos para ver a su padrino—. Lo entendería si alguna vez hubiese horneado algo, pero papá ni siquiera sabe encender la cocina, lo único que usa es el microondas. ¡Y ahora quiere abrir una pastelería en el corazón de Londres! ¡Y quiere ser el chef!
—Espera, ¿qué?
—Lo que oyes —se quejó con arrogancia—. Está pensando en invertir en un negocio de pasteles. Pensamos que se trataba de una idea de comprar acciones de una cadena de postres o algo así, pero ¡no! —exclamó quitando las manos del volante para enfatizar la idea— ¡QUIERE ABRIR SU PROPIA PASTELERÍA!
—¡Draco! ¡Manos en el volante! —gritó nervioso. El rubio se dio cuenta y volvió a concentrarse en el camino.
—Lo entendería si supiera algo sobre dirigir una cocina, si hubiese acabado el curso de repostería o si al menos sus postres no salieron tan secos, pero… —dejó escapar un suspiro de derrota, Snape tomó eso como una señal para brindarle su apoyo poniendo una mano sobre su hombro—. Dime que tú no te pondrás así cuando llegues a los 50, ¡prométemelo! ¡Promete que no llevarás tus crisis a lo extremo!
—Draco…
—¡Ya tienes 42! Estás a nada de la base 5.
—Gracias, Draco, gracias —le interrumpió cargado de sarcasmo, poniendo los ojos en blanco.
—No quiero tener que ir a tu boda con una chica a la que yo podría ligar en un pub. Prometeme que, si tú tienes una crisis de la mediana edad, harás cosas normales, te comprarás una motocicleta o te irás de viaje, no hagas nada extraño. No podría vivir esto dos veces.
—Draco —ese niño sabía cómo manipularlo, lo hizo cuando era apenas un mocoso que ni siquiera hablaba bien y lo seguía haciendo ahora que era un joven adulto, no podría decirle que no—… ¡Está bien! ¡Tú ganas! Cuando tenga mi crisis, haré cosas normales. Me iré a Cuba o a Puerto Rico, tendré un romance con una hermosa guía de turistas caribeña y pasaré mis días en la playa pescando para comer y bebiendo ron, viviendo completamente a base de mis ahorros de toda la vida y, dentro de tres meses, regresaré para quedarme a vivir en el sofá de tus padres para siempre, ¿te parece?
—Gracias —dijo victorioso volviendo su atención a la autopista—, y no te preocupes por el sofá, tenemos demasiados cuartos de invitados.
El motor del auto ronroneó y aprovechando que la pista estaba prácticamente vacía, Draco aceleraba cada vez más.
—Creo que llegaremos en menos de lo pensado —anunció pisándole al acelerador—. Oye, estuve pensando. Ya que no pudimos celebrar juntos, qué te parece si paso esta noche en tu casa.
—No lo sé —bromeó el pelinegro—, tus padres no me avisaron que necesitaban niñera esta noche.
—Venga, me refiero a tener una noche como cuando era niño, tú y yo viendo películas y desvelándonos contando historias de terror. Me han recomendado una película en Netflix, dicen que está buena, es con una actriz que me gusta y tiene muy buenas calificaciones. Oye, si puedes, cocinas panqueques… no, no, mejor, pedimos una pizza, papitas y compramos un par de cervezas, ¿qué dices?
—Eso no es comida de verdad, Draco.
—¡Pero te gusta! Además, tengo flojera de cocinar, ¡vamos! La pasaremos bien…
La vida puede cambiar en una milésima de segundo, solo era cuestión de probabilidades y eso Snape, como hombre de ciencias, lo tenía muy en claro. Podía ser que, por pequeños imprevistos, todo su entorno pudiese cambiar, como, por ejemplo, que algo dentro del motor del auto funcionara mal, tal vez un problema con los frenos, tal vez Draco estuvo demasiado distraído como para verlo o, incluso, puede que algún carro se saliera del carril y los golpeara, pero no tenía por qué ser tan trágico, podía ser algo menos dramático. Tal vez como que algo o alguien se les atravesara en medio de la autopista. Para fortuna de ambos, el profesor contaba con una muy buena visión y estuvo lo suficientemente atento como para ver la clara silueta que se atravesó en su camino.
—¡DRACO, FRENA!
Por primera vez en su vida, Snape podía decir que había sentido su cerebro pues podía jurar que sintió claramente como este chocaba contra el interior de su cráneo debido a la fuerza de inercia que el cinturón de seguridad ejerció contra su cuerpo. ¡Bendito quien sea el que haya inventado el cinturón de seguridad! El auto de su ahijado había frenado con tal violencia que estaba aliviado de no haber atravesado el parabrisas. Su cabeza le dolía, en serio que dolía. Su corazón latía con tal fuerza que tenía miedo de que se le saliera del pecho.
Eso estuvo cerca, demasiado.
Se giró a ver a Draco. El rubio estaba tan igual o peor que él, sus manos temblorosas todavía seguían sobre el volante y se aferraban a él como si su vida dependiera de ello. El cabello, ahora despeinado y encrespado, le caía sobre los ojos. Su espalda estaba prácticamente pegada al asiento y su pecho subía y bajaba debido a sus jadeos. Snape estaba preocupado de que sus grises ojos se salieran de sus cuencas pues no quitaba su mirada asustada del camino libre frente a él. En cierta forma, le recordó a un gato encrespado.
—¿Qué… mierda…?
—¡LO MATÉ! —gritó temblando— ¡Ay, dios mío, maté a alguien!
—Tranquilizate, Draco, tranquilo —le dijo quitándose el cinturón para acercarse a él y hacerlo entrar en razón—. No sentí que golpeáramos contra algo.
—¡Que no lo sintieras no significa que no lo haya matado! —gritó.
—¡Calmate! —Snape gritó en respuesta. Uso esa voz potente que reservaba para sus alumnos bulliciosos. Al parecer, no solo era efectiva dentro del colegio pues Draco se calmó al instante, aunque esa expresión de angustia seguía marcada en su pálido rostro—. Ahora, vamos a bajar. Si heriste a alguien, seremos responsables y llamaremos a urgencias o lo llevamos al hospital más cercano. El seguro debería encargarse de esto… espero —abrió la puerta y bajó del vehículo.
—Mi padre me matará si se entera de esto —dijo el peliplata para sí mismo imitando las acciones de su padrino.
Bajaron lentamente del auto, esperando encontrar algo espantoso frente a ellos —tal vez como sangre o algo parecido—, pero no había nada. Rodearon el vehículo, revisaron el camino y nada. No había nadie alrededor de ellos, solo la invernal madre naturaleza en todo su esplendor. Severus podía jurar que había visto algo, él no estaba loco, no habría hecho frenar bruscamente el carro de no ser porque iba a pasar algo.
—No… puede… ser —exclamó Draco palabra por palabra mientras revisaba bajo de su carro.
Snape ya podía imaginarse el daño psicológico que el Dr. Sharpe, el psicólogo de la familia, tendría que arreglar después de que Lucius tuviera que pagar los daños físicos de la persona que estuviera debajo del lujoso coche. Draco se estiró por el pavimento sin importarle ensuciarse la ropa tratando de alcanzar algo.
—¿Qué sucede? —preguntó sin entender que pasaba.
—Perdón por asustarte, amiguito, ven aquí.
—¿Ah? ¿A quién le hablas?
Draco se reincorporó dándole la espalda al mayor. Entre sus brazos cargaba algo, algo pequeño, sucio y peludo. Severus no podía creer lo que estaba viendo, ninguno de los dos podía creerlo. El silencio de la naturaleza se vio interrumpido por un par de risas nerviosas y aliviadas al descubrir que no habían atropellado a nadie, mucho menos, matado. Ni siquiera se trataba de un alguien, era un algo.
—¿Esta criatura causó tanto alboroto? —preguntó acercándose a acariciar al pequeño cachorro de pelaje crema—. ¿Qué hace aquí?
—No lo sé —respondió el menor revisando al perro con cuidado de no lastimarlo. Snape decidió revisar el lugar por su cuenta—, pero no parece herido. Creo que solo lo asustamos, ¿no es así, pequeñín? Igual, creo que sería buena idea que lo revise un profesional—el animalito tembló contra el cuerpo del Malfoy—. Mira, tiene una soga en el cuello… Oh, está rota. ¿Crees que escapó de alguna casa por aquí cerca?
Snape revisó alrededor del bosque que rodeaba la autopista. Encontró lo que venía a ser el otro extremo de la cuerda atada al cuello del perro, estaba sujeta a una estaca clavada en la tierra. El cánido debió romperla de tanto tirar de ella.
—Lo dudo —respondió mostrándole a la distancia el pedazo de soga rota—. Creo que fue abandonado aquí.
—Odio que hagan eso, la gente es una mierda —Draco apretó más al cachorro contra su cuerpo y lo meció como si se tratara de un bebé—. Solo un idiota abandonaría a este lindo amiguito. ¿No es así, amiguito? Tu ex dueño era un idiota.
—Será mejor que nos vayamos, estamos a mitad de la nada y me estoy congelando —Snape subió al auto y Draco lo imitó subiendo al perro y dejándolo sobre las piernas del profesor—. ¿Qué estás haciendo?
—No pienso dejarlo abandonado aquí, ¡morirá de frío! —respondió enérgico— Irá con nosotros —se puso el cinturón de seguridad y encendió el auto.
—No puedes llevarte a un perro a casa —Snape tomó el cuerpo peludo y sucio del cachorro y lo dejó en los asientos traseros sin importarle mucho la reacción del anima quien temblaba de frío— ¿Qué dirán tus padres? A tu madre no le gustara nada eso, ya te dijo que no llevaras más mascotas a casa.
Durante su niñez, Draco era un gran curioso de la vida animal debido a que Snape solía sentarlo durante horas frente al televisor viendo Animal Planet. Así que, en múltiples ocasiones, el niño Malfoy había metido en su mansión a palomas, ardillas, conejos, ovejas, pollos, ratones, perros, gatos y otros animales. A pesar de que sus padres le habían advertido de que ya tenía muchas mascotas —Lucius ya criaba pavos reales albinos y Narcissa tenía caballos—, Draco siempre encontraba la forma de meter animales en su casa —y sus padres encontraban siempre alguna forma de mandarlos lejos—. Un día, cuando era un adolescente, le dio el susto de su vida en el momento que decidió le presentó a Nagini, su serpiente mascota, una entonces pequeña pitón real.
"¡Draco!", había gritado en medio del comedor cuando encontró a la serpiente sobre su asiento, "¡Apártate! ¡Puede ser peligrosa!"
"No, padrino", dijo el muchacho tomándola entre sus manos, "Son tímidas. Mira, cuando se asusta, se hace bolita".
Ahora la no tan pequeña Nagini vivía en la habitación de Draco en Malfoy House siendo alimentada por los mayordomos, quienes seguían peleándose entre ellos para no tener que hacerlo. Realmente era inofensiva, pero eso no quitaba el hecho de que Narcissa sintiera desfallecer cada vez que se escapaba de su terrario. Era por esa y muchas otras razones por la cual los esposos Malfoy le tenían estrictamente prohibido traer cualquier otro tipo de animal a su casa.
—Ya tomé mi decisión, no me iré sin él —continuaron su camino de regreso a Londres, con un decidido Draco Malfoy al volante y un confundido Severus Snape mirando a un perro que temblaba más que una maraca—. O me aceptan o tendrán que echarme con todo y perro.
"No dudo que lo hagan", pensó mientras el vehículo avanzaba por la carretera, perdiéndose entre los árboles.
El cerebro de Snape era como una biblioteca muy bien organizada con un avanzado software de búsqueda que relacionaba la información nueva con la ya conocida, por lo que, durante los minutos que el profesor de Química se quedó con el cuadrúpedo a solas en el auto de su ahijado, su cerebro aprovechó para recopilar toda la información que tenía acerca de los perros.
El canis lupus familiaris, comúnmente llamado "perro", pertenece a la familia de los cánidos y es pariente directo de los lobos. Son animales muy inteligentes, se adaptan fácilmente a las necesidades de sus amos humanos como lo pueden ser el pastoreo, la caza, rescate o simplemente la compañía. Según la ciencia, los perros comparten muchas características similares a los humanos, desde enfermedades como el alzheimer o el cáncer, hasta las dietas. Era por eso y tal vez muchas otras razones —como su adiestrabilidad, su gusto por el juego y su capacidad de integrarse en hogares y situaciones sociales humanas— que estos animales habían escalado a lo más alto de la pirámide social humana. Dejando lo científico de un lado, perros como Balto, Scooby-Doo y Pluto se habían ganado el cariño del público infantil y adulto… incluso él disfrutó de algún capítulo del perro detective.
El pequeño perro ladró y siguió temblando aún sobre el asiento trasero del auto. ¿Qué ese pequeñín no sabía hacer otra cosa además de temblar? Parece una maraca, pensó.
Algo dentro de él le decía que esto no estaba bien. Primero que nada, los Malfoy no los iban a ayudar, ellos ya no querían tener más relaciones con animales. Segundo, y más importante, ninguno de los dos tenía ni la menor idea de cómo cuidar de un perro. Las mascotas que Draco recogía de niño no solían quedarse por más de una semana en su casa y Snape jamás había tenido una.
Apenas sí podían con ellos mismos y un perro significaba responsabilidad además de atención. Era como criar un hijo… solo que no hablaba ni usaba ropa.
—¿Tienes un nombre? —preguntó aburrido.
El perrito bostezó, sacando su rosada lengua y cerrando sus ojos heterocromáticos, uno de un celeste tan claro que podías confundir con blanco y el otro, miel. Era un perro muy tierno, debía admitir, a pesar de que su pelaje crema estuviera completamente estropeado por la suciedad. Se preguntó si era hembra o macho, pero no estaba interesado en averiguarlo en ese momento. El cachorro olfateó los asientos y luego levantó la pata trasera. Ya tenía respuesta a su pregunta: macho.
—Creo que por ahora solo te llamaré Sucio… tal vez Meón —dijo ignorando el hecho de que ya no solo olía a perro mojado, sino que también a orina—. Draco se volverá loco cuando se dé cuenta de lo que le hiciste a su auto nuevo —le advirtió, pero al can pareció no importarle en lo más mínimo.
El sonido del auto desbloqueándose captó la atención de ambos. Draco se aproximaba hacia ellos empujando el carrito con sus compras. ¡¿Acaso había comprado el supermercado entero?!, dijo para sí mismo. Guardó las compras en la maletera y luego se subió.
—Listo —se puso el cinturón y encendió el carro para salir del parking y dirigirse a la casa de su padrino—. Tenemos todo para pasar la noche. Compré cerveza y piqueos, la pizza la pedimos después.
—Demoraste casi una hora, ¿Qué no solo ibas a comprar eso y la comida para el perro?
—¡Y lo hice! —exclamó—. Compré una bolsa entera de comida para perro. No sabía cuál le gustaría así que compré tres de diferentes marcas y sabores, alguna deberá gustarle, y compré para cachorros, dice que tiene vitaminas para que crezca grande y fuerte. También un tazón para la comida, otro para el agua. Quería comprar esos que vienen con dispensador, pero no venden de esos aquí, ¡qué pésimo servicio! —exclamó indignado mientras salían del estacionamiento—. Compré una camita, de esas afelpadas, para que duerma bien. Iba a comprarle un juguete, pero no sabía cuál le gustaría, así que le compré diez. ¿Crees que exageré?
—No, que va… —dígase con sarcasmo.
—No te pongas celoso —se burló—. Te compré algo para ti también —sacó un pequeño llavero del bolsillo de su chaqueta, era una pequeña versión cabezona de Batman—. Me recordó a ti, es tenebroso, amargado y a veces asusta a los niños, igual que tú.
No le pareció chistoso.
— ¿Qué es eso que huele tan mal? —el rubio olfateó curioso.
No quieres saberlo.
¡NO EN MI BAÑO, DRACO! ¡NO SABES DÓNDE HA ESTADO ESE ANIMAL! ¡HAZLO EN EL PATIO!
¡PERO HACE FRÍO AFUERA!
¡ENTONCES LLÉVALO AL BAÑO DE INVITADOS!
Snape estaba de pie, recostado en el marco de la puerta del baño de invitados. Draco estaba dentro, arrodillado frente a la tina-ducha, midiendo el agua con el codo para asegurarse de que no estuviera ni demasiado fría ni caliente para poder darle un necesario baño al pequeño perrito, el cual temblaba en el suelo.
—Esa cosa no se va a quedar a dormir aquí.
—No es una cosa, es un ser vivo que solo quiere un baño calientito —Draco tomó al pequeño y lo metió dentro del agua. Uso la manguera para mojarlo de pies a cabeza, asegurándose de quitar todos los objetos extraños que estuvieran dentro de su pelaje—. ¿Puedo usar el shampoo que te dio papá? Es un bebé aún y creo que el normal es muy fuerte.
—No sé para qué me preguntas si ya lo estás usando —respondió poniendo los ojos en blanco y cambiando su peso al otro pie—. Quiero que limpies todo luego de esto.
—No te preocupes, lo haré. Oye, necesitaremos una toalla limpia, ¿me prestas una?
—Ese animal no se quedará aquí. O te lo llevas a tu casa o le consigues un dueño, pero no pienso tenerlo aquí —respondió antes de irse a buscar una toalla vieja para prácticamente "regalársela" al perro.
Al acabar el baño, Draco se pasó unos diez minutos secando el pelaje del cuadrúpedo. Era un cambio radical a cuando lo encontraron en la carretera. Su pelaje crema sin ninguna mancha era abundante y algo esponjoso, parecía un peluche de felpa. Ahora su colita se movía, constante y rápido. Tenía un rostro tierno, ojos grandes, nariz negra y húmeda. También era algo torpe, pensó. Caminaba de lado y en múltiples ocasiones lo había visto caerse. ¿Era por eso que lo habían abandonado? Probablemente. A las personas no les gustaban las cosas defectuosas, aunque era una pena, él solo era un pequeño cachorro.
—¿Hablaste con tus padres? —preguntó luego de que Draco colgara la llamada. El profesor y el cachorro estaban en la cocina, mirándose el uno al otro sin motivo alguno mientras Snape sacaba platos y cuencos para la comida que habían comprado. El rubio había levantado la voz durante toda la llamada, al parecer, no había logrado llegar a un acuerdo con sus pudientes progenitores.
—Me dijeron que, si traía al perro, me echarían con él y con Nagini. Supongo que es un no.
—No quiero decir te lo dije, pero… te lo dije.
—Callate —dijo ayudando a su padrino a llevar los platos, la comida y las bebidas a la sala, distribuirlos sobre la mesita de café y disponerse a cenar y ver cualquier cosa en la tv.
—¡No subas esa cosa al sillón! —exclamó irritado.
—¡Ya está limpio! No va a pasar nada y, por última vez, no es una cosa—Snape no dijo nada, era una batalla perdida. Tomó el control y le subió el volumen al aparato para al menos tratar de opacar la voz de su ahijado quien en ese momento le estaba haciendo mimos al pequeño y hablándole como si se tratara de un bebé—. Creo que deberíamos ponerle un nombre.
—Draco —respondió con seriedad—, si le pones un nombre te encariñarás de él y luego no querrás dejarlo ir. Sabes que no se permiten animales en la residencia, tus padres no quieren más animales en casa y si decides irte, recuerda que ellos pueden cortarte la tarjeta cuando se les dé la gana.
—Podría quedarse aquí —sugirió—. ¿Qué dices, amiguito? ¿Quieres quedarte aquí con el tío Snape? ¡Sí, sí quieres! —el cachorro entre las manos de Draco ladraba y ladraba después de cada frase que decía el rubio. Su colita se movía con desesperación, creía que estaban jugando.
—Ya te dije que no como unas quinientas veces, Draco. Esa cosa no se quedará aquí —respondió enojado.
—Pero ¡¿Por qué?! —gritó exasperado, el cachorro ladró y se revolvió entre sus manos al percibir el cambio de ánimo de Malfoy—. Tienes mucho espacio y los medios para mantenerlo. Tienes un patio que no usas donde él puede correr, te deje una provisión de comida para perro y juguetes.
—¡Moja mis pisos! —argumentó—. Desde que llegó solo ha demostrado que sabe defecar. No quiero que arruine mi alfombra.
—Es algo instintivo en él, es como que te dijera que no respires.
—Hace mucho ruido —volvió a argumentar.
—Está practicando su ladrido. ¡Es un bebé aún! No debe tener más de dos meses. ¡No es su culpa ser un bebé!
Se quedaron la siguiente hora en silencio porque simplemente ninguno de los dos quería pelear más por culpa de aquella bola de pelos crema. Snape comía la pizza y tomaba en silencio, cien por ciento concentrado en la película trasmitida por la televisión. Debes en cuando su mirada se desviaba al suelo, donde el cachorro estaba masticando un juguete de soga. Draco, por otro lado, comía los piqueos con enojo. Estaba resentido con su padrino por su decisión y cada tanto le lanzaba intensas miradas esperando que él dijera algo o que, por lo mínimo, se dignara a mirarlo, pero el profesor ni se inmutaba.
—Es blanco… ¿podemos ponerle Albo? —dijo el muchacho rompiendo el silencio incómodo producido en la sala—. No, no, no. Suena raro —ya no le prestaba atención a la película, tal vez nunca lo había hecho. Ahora solo se dedicaba a jugar con el can y la soga de juguete—. ¡Le ponemos Scooby! No, es muy pequeño. ¿Fido? No, muy común. ¿Bobby?
—No, así se llama mi vecino —le respondió sin prestarle atención.
—¿Qué tal algo griego? ¿Cerbero? No, no tienes tres cabezas —Draco se deslizó lejos del sillón y se sentó en el suelo para tener más cercanía con el sin nombre—. ¿Apolo? Eres lindo, sí, pero no haces música ni controlas el sol —el cachorro no tenía idea de lo que estaban hablando, estaba más concentrado en lamerle las manos al rubio—. ¿Qué tal Zeus?
—¡Tendrás que castrarlo inmediatamente si le pones ese nombre! —Snape no pudo terminar la frase sin soltar una carcajada.
Se está poniendo de mejor humor, pensó el universitario, tal vez aún pueda hacerlo cambiar de opinión.
—Ya sé, estamos en la casa de un científico. Hay que ponerle el nombre de uno —Tomó al cachorro entre sus manos una vez más y lo cargó en lo alto, como examinándolo—. ¿Qué tal Newton?
—¿Qué ha hecho para ganarse ese nombre? —Para ese punto, Snape ya había perdido total interés en la película, encontraba más entretenido ver a su ahijado perder su tiempo tratando de hacer que el perro le agradara y así cambiar de idea respecto a la adopción. Este mocoso cree que nací ayer o qué—. ¿Acaso ha descubierto la gravedad? ¿Acaso ha postulado las leyes del movimiento?
—¿Cómo se llama este señor? El que hablaba de las especies—dijo para sí mismo sabiendo que eso exasperaría a su interlocutor—Ah, sí. Llamémoslo Darwin. Tiene cara de llamarse Darwin.
—Ni en tus sueños.
—¿Qué sugieres tú, entonces?
Niño listo. Estaba obligándole a que él mismo le pusiera el nombre. Le acababa de hacer un jaque.
—¿Acaso quieres que me encariñe de él, Draco? Porque dejame avisarte que no funcionará —el rubio quiso soltar una maldición, pero no lo hizo, está no era su casa y conocía el carácter del profesor. En su lugar, imitó esa misma cara neutral que su padrino solía llevar.
—Solo ponle un nombre, ¿quieres? No podemos decirle "ese perro" todo el tiempo.
Snape puso los ojos en blanco y luego le dio una mirada escrutinosa al cachorro que no tenía ni la menor idea de lo que estaba pasando. Ante los ojos de Snape, solo podía tener un nombre y estaba seguro que no le agradaría a su ahijado pues sonaba como una burla. Sin embargo, tanta fue la insistencia del menor que decidió pensar y pensar un nombre decente para el animal.
—¿Qué te parece… Lamarck?
—¿Lamarck? —soltó Draco mirando a Snape y luego al cachorro crema, repitió la acción un par de veces—. Sí he escuchado el nombre, era algo de la evolución.
—¡Ay, alguien que me dé paciencia! Es el fundador del Lamarckismo—Draco seguía confundido—. La teoría del uso y desuso… el ejemplo de la jirafa. ¿Cómo es que terminaste el colegio?
Draco hizo caso omiso a sus palabras y se dirigió al cachorro en sus manos, meciéndolo de arriba a abajo—. ¿Oíste eso, amiguito? Ya tienes un nombre y es Lamarck. ¿Te gusta tu nombre? —ladrido— ¿Te gusta tu nombre? —otro ladrido—. Sí te gusta, sí te gusta.
—No puedo soportar esto más —Snape se levantó del sillón, hastiado de Draco y su forma infantil de hablarle a ese perro—. Me iré a dormir. Lava los platos y no dejes que ese perro vuelva a mojar mis pisos —Snape comió un último snack y se dirigió a las escaleras dejando a Draco sentado en el suelo, cargando al perro—. Buenas noches.
—¿Quiere decir que puede quedarse? —gritó el menor antes de perder de vista al profesor.
—¡No! —gritó en respuesta.
—No te preocupes, Lamarck, te quedarás a vivir aquí quiera o no —le susurró en su oído. Lamarck ladró y procedió a lamer el rostro del rubio.
Con tantas cosas en la cabeza, Snape casi había olvidado que hoy era martes y era de esos días que tenía su "cita" imaginaria con la bailarina de Earl's Court. Iba saliendo de la estación mientras pensaba en todo lo que le esperaba en casa. De seguro, Draco estaría en su cocina buscando algo para comer y apostaba que esa bola de pelos estaría curioseando la casa buscando un nuevo lugar donde hacer pipí. Esa mañana había descubierto que la única habilidad de ese animal era ir al baño.
¡DRACOOOO! ¡SACA A ESTE PERRO DE AQUÍÍÍÍ!
Había gritado esa mañana mientras bajaba las escaleras. Un soñoliento y desorientado Malfoy llegó corriendo hasta él casi resbalando en el intento. Le dio el regaño de su vida diciéndole que no iba a tolerar que una bola de pelos hiciera sus necesidades en todo su hogar y que, por su culpa, ahora debía cambiarse los zapatos. Draco se encargó de esconder a Lamarck en el cuarto de invitados hasta que el profesor se retiró a trabajar, dejarlo con el cachorro estando él enojado no parecía ser una opción.
Estaba ansioso por dárselo a Lupin y que este se encargara. Dejaría de ser su problema y no lo volvería a ver por su casa nunca más.
En fin, por fin llegó a su destino, la cafetería frente al estudio de baile de la profesora McGonagall. Hoy hacía algo de frío a pesar de que acababan de entrar en febrero. Eso le hizo recordar que no faltaba casi nada para San Valetín. Ya podía imaginarse la tontería de celebración que haría Dumbledore para conmemorar ese día. ¡Tenía que dejar de pensar! Solo recordaría todos los problemas que se le venían y le provocaría jaquecas.
Snape se sentó en su usual mesita afuera de la cafetería en Earl's Court Road y espero a que el camarero le trajera el menú, aunque no era necesario, siempre pedía lo mismo. Si hacía cuenta atrás, habría comido cientos y cientos de croissants a lo largo de los casi tres años que iba frecuentando la cafetería. ¡Esos eran muchos croissants!
Deberías ir con Lucius a jugar tenis más seguido, Severus, es un buen ejercicio, le había dicho recientemente Narcissa Malfoy, aunque ya lo había dicho en múltiples ocasiones. ¡Le estaba lanzando indirectas para que hiciera ejercicio desde hace un año entero!
Él no estaba gordo, se dijo enérgicamente. Siempre había sido delgado… bueno, sí, no era tan delgado como cuando era un adolescente, época en la cual era muy similar a una escoba con peluca, pero tampoco era que estuviera gordo ahora. Sí, estaba fuera de forma y probablemente tenía un ligerísimo sobre peso que descubrió cuando el pantalón le apretaba más de lo normal.
La balanza mentía, obvio.
—Aquí tiene su café, Sr. Snape —le dijo el mesero poniendo la taza frente a él y luego, el postre— y su croissant. Por cierto, aquí tiene otro, es cortesía de la casa.
—Gracias… —mierda, llevas conociéndolo desde hace más de un año, no puedes olvidar su nombre, se dijo. Rápido, mira su delantal, mira su delantal—… Jerry. —El camarero le dedicó una extraña sonrisa y se retiró. ¿Cómo era que podía recordar nombres científicos en latín y nomenclaturas complicadas, pero no un nombre de cuatro letras?
En fin, lo compensaría con la propina. Le dio un mordisco a uno de los croissants, este estaba delicioso como siempre. Podía sentir el dulce sabor del chocolate derritiéndose en su boca. El café estaba algo caliente lo cual le venía perfecto con ese clima. Comió tranquilo mientras revisaba su celular. De vez en cuando levantaba la mirada esperando que la bailarina castaña se apareciera como siempre detrás del ventanal; sin embargo, parecía que ese día ella no se asomaría.
Las puertas azules se abrieron de repente y de ellas, surgió una figura mediana y esbelta. La garganta de Snape se cerró al instante provocando que se ahogara con el café debido al creciente pánico que lo invadía.
¡Era ella! ¡Era la bailarina!
Estaba al otro lado de la calle, dándole la espalda, ignorando por completo su presencia lo cual era sumamente bueno para el profesor dadas las circunstancias. No quería que lo viera haciendo el ridículo mientras tomaba grandes bocanadas de aire entrecortadas por la incesante tos.
¡Comportate, Severus!
Ocultando su rostro en el menú de la cafetería, le dio un vistazo a la muchacha. Ella vestía sus ropas de baile: unos leotardos negros que dibujaban a la perfección sus bien torneadas piernas, las cuales eran bonitas y, evidentemente, trabajadas por las incontables horas que se las pasaba bailando. Llevaba zapatos de tacón bajo, igual a la vez que bailaron en el metro. Una camiseta roja de tirantes que dejaban ver sus hombros, parte de sus omóplatos y sus brazos delgados. Su cabello castaño estaba atado en una coleta alta que caía en ondas sobre su hombro, dejando apreciar su delicado y esbelto cuello.
Es hermosa.
Ella traía entre sus manos algunos papeles, papeles de colores. Se paró frente a la pared adyacente a las puertas azules y empezó a empapelar la superficie. ¿Qué estaría pegando?, pensó. Sonrió al verla pararse de puntitas cada vez que hacía presión sobre las hojas para que quedaran bien pegadas. Eventualmente, se puso de perfil permitiendo a Snape tener una fugaz visión de su nariz pequeña, sus labios carnosos y sus pestañas. Era la primera vez que tenía una mejor visión de ella en mucho tiempo. Llegó a la conclusión de que no había cambiado mucho en esos tres años. La bailarina admiró su trabajo y luego volvió a internarse en el edificio, desapareciendo del campo de visión del profesor.
El murciélago de las mazmorras esperó unos prudentes cinco minutos sentado, esperando que la castaña no volvería a salir. Dejó unos billetes sobre la mesita y corrió al otro lado de la calle, sin preocuparse de ser arrollado por algún vehículo. De inmediato, sus preguntas sobre el contenido de esos papeles de colores se disiparon. ¡Eran afiches!
MCGONAGALL'S DANCE STUDIO
Comunicamos que, a partir del mes de marzo, el estudio contará con ¡NUEVOS HORARIOS PRIMAVERA-VERANO! Para los alumnos de la clase de ballroom dance y ballet. Asimismo, para los alumnos de la clase de ballroom, se les brindará toda la ayuda posible si desean inscribirse en las competencias de verano.
McGonagall's ofrece cursos para todos los géneros, edades y niveles, dictados por profesores especializados y con años de experiencia en el mundo del baile. Nuestros talleres:
Ballroom – Salsa & Bachata – Ballet – Urbano – Hip Hop – Contemporánea – Danza árabe
Inicia esta aventura a través del mundo de la danza, exprésate y mejora tu confianza de la mano de profesionales. Para los interesados, la clase de prueba es completamente GRATIS.
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Inicio de clases de ballroom: Primer martes de marzo.
Inicio de clases de ballet: Primer lunes de marzo.
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Atentamente,
MCGONAGALL'S STUDIO
En el mismo afiche estaban los logos de las redes sociales que tenían, así como el nombre de su página web. En los otros afiches se hablaba un poco de cada taller que la academia ofrecía, aunque era notorio que las clases de Ballroom eran las que querían destacar a toda costa. Había uno muy informativo sobre la importancia y los beneficios del baile —Buen ejercicio, mejora la salud, mejora la confianza, ayuda a desenvolverse y hacer amigos—. Si fuese cualquier persona pasando por ahí sin nada que hacer, probablemente se detendría a leerlos pues eran afiches precisos y atractivos a la vista.
Nuevos horarios y nuevos cupos para aprender a bailar. Repitió esa frase en su mente durante un rato, aún de pie inmóvil frente a la pared. ¿Acaso lo estaba considerando? Puede ser. Si los nuevos horarios no estaban tan lejos de su horario de salida del trabajo, tal vez podría ir a curiosear… ¡¿Pero qué estaba diciendo?! ¡Él no bailaba! No le gustaba bailar y tampoco era bueno, ni siquiera cuando era joven lo era, mucho menos ahora que estaba más viejo y el único ejercicio que hacía era caminar de su casa a la estación y de la estación a casa.
Pero… quería hacerlo. No sabía el porqué, pero quería intentarlo. Quería intentarlo desde hace tres años, pero nunca se había atrevido.
Tampoco se iba a atrever ahora.
La puerta abriéndose violentamente lo hizo brincar del susto. No se lo había esperado, ¿acaso ella había regresado? Se giró para ver quién era el autor del susto y para su sorpresa no era una sola persona, eran varias. Un grupo de al menos unas seis adolescentes delgadas salieron del edificio cargando con sus bolsas de gimnasio y abrigadas hasta el cuello con sus abrigos y casacas.
No debían ser mayores que sus alumnas de 5to año. A juzgar por sus moños apretados y la complexión de sus cuerpos, suponía que debían ser estudiantes de ballet. Ellas reían escandalosas alertando a todos los transeúntes. Cuando pasaron al lado del profesor, ellas se detuvieron asustadas, mirándolo como si fuesen ratones blancos de laboratorio. Se quedaron así por unos cuantos incómodos segundos, Snape se sintió sumamente juzgado así que les dedicó de esas miradas reservadas a sus alumnos en los pasillos. Las niñas siguieron su camino lejos del hombre y, solo cuando estuvieron lo suficientemente lejos, se atrevieron a reírse en voz alta.
Sí, ese lugar no era para él. Desencajaba entre toda esa gente joven.
Aun así, memorizó la dirección de la página web de la academia antes de retirarse a las entrañas de la estación de metro. Era hora de volver a casa.
—Quiero que resuelvan los ejercicios de las páginas 128 hasta la 132, para mañana —Los alumnos de cuarto año soltaron un sonoro bufido en señal de desacuerdo ante la tarea dejada—. Ya pueden irse.
El laboratorio se vació lentamente, los pasos de sus alumnos resonaban entre los pasillos adyacentes, haciendo eco mientras se dispersaban en dirección a sus siguientes clases, a sus dormitorios o al comedor. Snape se quedó un rato en el salón vacío ya que se tomaba su tiempo acomodando sus papeles y demás libros.
Su teléfono vibró y la pantalla se iluminó por un momento. Una nueva notificación había llegado. Youtube: McGonagall's Dance Studio ha subido un nuevo video. Miró la hora, técnicamente no tenía clases a continuación por lo que no estaba trabajando, además, no había nadie ahora. Un poco dudoso de lo que haría, desbloqueó el teléfono y picó sobre la notificación para que la app le mostrara el nuevo vídeo de la escuela de baile.
No recordaba el momento en que le dio al botón de suscripción, pero antes de que se diera cuenta, ya había visto diez videos de demostraciones y se la había escapado un like en algún video. El nuevo video trataba sobre una coreografía del último hit de una popular cantante de pop. La coreografía no duraba más de 20 segundos, pero eran ejecutadas por diversos grupos de 3 bailarines en múltiples ocasiones.
Debía admitirlo, eran impresionantes. No era su estilo, pero podría verlos todo el día.
Estaba por salir de la aplicación cuando una cabellera desordenada y castaña apareció en la pantalla. Pausó el video de inmediato. ¡Era ella! Una mini versión de ella, lo suficiente para estar en su pantalla. Ella estaba ubicada en el lado izquierdo de la pista de baile, justo detrás del estudiante principal. Los tres bailarines estaban arrodillados sobre el piso de madera, rodeados por un número de alumnos de diferentes edades.
Estaba sorprendido, pues no hubiese esperado que ella bailara ese género, así que por curiosidad le dio al play y observó la misma coreografía de 20 segundos. Era buena, aunque era un aspecto totalmente diferente a lo que esperaba y ya entendía porque la habían ubicado atrás, el bailarín de adelante era mucho mejor.
El sonido de risas afuera del salón lo hicieron apagar el teléfono y esconderlo en su bolsillo a toda velocidad. Sus oscuros ojos miraron en dirección a la puerta y vio a un par de alumnas de tercero salir corriendo, prácticamente, fugándose de cualquier regaño que él pudiera darles. A lo lejos, escuchó como sus chillonas voces cantaban a viva voz el coro de la canción de la coreografía. ¡Insoportables niños! ¿Qué no conocían lo que era la privacidad?
Molesto, se dirigió a la cafetería donde había quedado en reunirse con el profesor Lupin. Por fin se le hacía útil que el castaño fuese un dog-lover, estaba seguro que estaría más de feliz de ayudarlo a deshacerse de Lamarck. ¡Tal vez hasta lo adoptaría! Solo había pasado una semana, pero ya no aguantaba tener a Draco y a esa bola de pelos blanca corriendo por su casa causando destrozos.
Al llegar al comedor, Snape ordenó su comida a uno de los trabajadores y fue en busca de Remus, quien se encontraba sentado en una de las mesas de la zona de profesores. El sonriente profesor de Biología levantó la mano en modo de saludo al verlo y señaló la silla frente a él para indicarle que le había guardado un lugar. Snape mantuvo su cara neutral mientras atravesaba el comedor, aunque en el fondo estuviera muriéndose de vergüenza por el comportamiento infantil de su colega.
—Hola, Snape. ¿Qué tal tus clases?
—Bien. Ya acabé por hoy, luego de esto me voy a casa.
—Quien como tú —suspiró el profesor, estirándose todo lo que podía como si fuese un gato delgado—, yo aún tengo clases hasta las 16:00h. En realidad, salgo una hora antes, pero unos alumnos querían que les diera una asesoría de una clase que no entendieron, así que la repetiremos.
Sí, sin duda el profesor más paciente que conocía.
—Cierto, querías hablar —dijo antes de darle la oportunidad al pelinegro de sugerir el tema, lo cual agradecía internamente. —. ¿Qué sucede, Severus?
—Tengo un pequeño problema y me temo que eres el único que conozco que puede ayudarme.
—¿Pasó algo malo? ¿En qué te puedo ayudar? —preguntó haciendo un gesto de preocupación.
—No, no. No pasó nada malo, solo tengo un inconveniente con una cosa en casa. Verás, ¿recuerdas cuando me dijiste que pertenecías a una organización que rescataba animales? —el castaño asintió—. Pues, tengo un perro…
—¡¿Tienes un perro?! —exclamó casi gritando, el rostro del hombre era una obra de arte que podría ser bautizada con el título de "felicidad"—. ¿Por qué no lo dijiste antes? Yo te puedo ayudar con todo lo que quieras. Cuidarlos no es una tarea fácil, pero una vez que les agarras cariño, todo es más fácil. ¿Cómo se llama?
Esto no estaba saliendo como esperaba.
—Lamarck.
—Recuerdo que te encanta la biología —comentó—. Es un nombre muy inteligente para el perro de un científico. ¿Cuál es su edad? ¿Ya es adulto o cachorro? ¿Lo has llevado al veterinario? Oh, Severus, estoy tan feliz por ti y no te preocupes, si necesitas orientación sobre los cuidados que requieren, yo te puedo ayudar...
—¡Lupin! —lo detuvo— No es eso exactamente lo que te quería pedir.
—¿Entonces?
—Quiero dar en adopción al perro. Pensé que tú podrías ayudarme llevando al cachorro al refugio y ver sí podía quedarse ahí hasta que alguien lo adoptara.
—Severus, el refugio es para animales rescatados —dijo el hombre consternado.
—¡Es un perro rescatado! Hace una semana, mi ahijado y yo estábamos viajando de Oxford a Londres. En el camino, nos detuvimos porque creímos que habíamos arrollado algo, pero solo resultó que se trataba de un cachorro abandonado en la carretera que atraviesa el bosque. Fue una suerte que nos detuviéramos antes de que le pasáramos por encima. Lo recogimos y desde hace una semana se queda en mi casa por insistencia de mi ahijado. Está sano, o eso creo, es que no deja de temblar —el profesor le tendió su celular con una foto del perro crema en pantalla y se la pasó a Remus—. Mira, ninguno de los dos puede quedarse con él, mi ahijado vive en una residencia universitaria y yo no puedo, no tengo tiempo para tener una mascota. Pensé que podrías ayudarme.
Lupin se mantuvo callado durante toda la historia, evaluando cada palabra que le contaba su colega. Había analizado la foto que le fue entregada y Snape notó una mirada de ternura.
—Claro que estaría encantado de ayudarte, lo mejor para el pequeño Lamarck, pero últimamente es cada vez más difícil encontrarle un buen hogar a los perros que ya tienen rescatados, nadie puede garantizarte que podrán encontrarle un hogar a este, aunque sea un cachorro —respondió luego de un rato—. El objetivo del refugio es buscarle un hogar adecuado lo antes posible porque tenemos muchos perritos y a veces no nos damos abasto. Creo que tú podrías ser un buen dueño.
—Lupin, yo no quiero un perro, no tengo tiempo para un perro —recibió su teléfono de vuelta y lo guardó—. No sé absolutamente nada sobre cuidar a un perro, nunca he tenido una mascota en mi vida —añadió.
—Pues, esta podría ser una buena oportunidad, ¿no? —le dijo casi suplicante—. Los perros son grandes amigos y brindan buena compañía. Son fáciles de adiestrar, si te tomas tu tiempo, realmente es una inversión a largo plazo. Pueden cambiarte la…
—La vida, sí, lo sé, sí me lo has dicho —el profesor de Química dejó escapar un largo suspiro de cansancio y luego prosiguió—. Mira, no puedo hacerlo. En realidad, solo iba a dejar al perro con mi ahijado y que fuera su problema, pero él se niega a darlo en adopción porque quiere quedarse con él. No sé qué hacer, es muy caprichoso.
Lupin volvió a intentar convencerlo de quedarse con Lamarck, ya hasta le recordaba a Draco, pero Snape no dio su brazo a torcer. Ya no podía aguantar todos los ladridos nocturnos y las gracias encontradas en los pasillos de su casa.
—Está bien, te ayudo.
—Muchas gracias, gracias, gracias —le respondió casi con desesperación.
—No me agradezcas aún —le advirtió—. Antes de que califiqué para la adopción, primero debemos ver que esté sano, darle todas las vacunas, aplicar una desparasitación, etc, etc. Si no está sano, tendrá muchos problemas para que sea adoptado, por lo que se quedará en el refugio indefinidamente hasta que este apto o, en todo caso, tendríamos que buscar a un dueño responsable que se comprometa a darle los cuidados requeridos para tratar su hipotética enfermedad.
—Lo entiendo —dijo entusiasmado—. Compramos como tres bolsas de comida para perro, una cama y juguetes. Con todo gusto los donaré a tu refugio. —añadió esperando que eso lo terminara de convencer.
—Te daré el número y la dirección de la clínica veterinaria a la cual estamos asociados. Puedes llevar a tu perro ahí. Di que vas de parte mía, te ayudarán y te explicarán todo lo que necesites saber —el castaño sacó su teléfono y tecleó un mensaje. Al cabo de unos segundos, el celular de Snape estaba vibrando por un mensaje entrante—. Está abierto casi todos los días, ¿crees que puedas ir hoy? Mientras más pronto pasé el examen, más pronto podré hablar con los encargados de la adopción. Debemos aprovechar que aún es un cachorro, a ellos los adoptan más rápido.
—Por supuesto que sí, no tengo ningún problema en ir esta tarde, estoy libre. Solo iré a casa, tomare al perro y luego un taxi.
—Perfecto. Llamaré a mi contacto en la clínica para que te reciba —Lupin le sonrió y luego añadió—. Sigo creyendo que serías un gran dueño, recuerda que siempre puedes cambiar de opinión.
Sí, eso no iba a pasar, se dijo para sus adentros.
HOLA QUERIDOS LECTORES, ¿COMO ESTÁN? ¿ALARGARON SU CUARENTENA?
GRACIAS POR LEER, ESPERO QUE LES ESTÉ GUSTANDO. ME ESTOY TOMANDO MUCHO TIEMPO EN INVESTIGAR PARA ASEGURARME DE QUE TODO LO QUE MENCIONE SOBRE LONDRES SEA VERDADERA, ADEMÁS DE OTRAS COSAS. ESTE FIC SIGNIFICA MUCHO, ASÍ QUE ESPERO SU APOYO, ME ENCANTARÍA SABER QUE OPINAN. :3
MIS CLASES VIRTUALES —PORQUE NO PIENSO PERDER EL SEMESTRE POR CULPA DE UN VIRUS— EMPIEZAN PRONTO ASÍ QUE TRATARÉ DE SEGUIR ACTUALIZANDO CADA 4 DÍAS.
CUÍDENSE MUCHO Y QUÉDENSE EN SUS CASAS, POR FAVOR.
BESOS!
