CAPÍTULO 4
Snape estuvo de pie frente a la veterinaria durante unos minutos mientras trataba de mantener al cachorro quieto entre sus brazos. El edificio era grande, de unas tres plantas, de ladrillos color crema y tenía un gran cartel azul que ponía "SCAMANDER'S VETS, CLÍNICAS VETERINARIAS Y REFUGIOS". En la fachada del edificio, había un ventanal gigante junto a la puerta que dejaba ver una pequeña zona ambientada con juguetes para las mascotas, inmediatamente al lado de la sala de espera.
El cachorro no dejaba de moverse y mordía juguetonamente la mano del profesor, tratando de soltarse, al parecer pensaba que estaban jugando. El lugar tenía buena pinta, la suficiente como para hacer entrar a Snape lo más rápido que sus pies le permitieron antes de que el perro se soltara y cayera al suelo de madera de la veterinaria. La puerta emitió un sonido que indicaba su entrada.
Adentro, en la sala de espera y recepción, hacía una temperatura agradable. Había una máquina de café, un dispensador de agua y una máquina expendedora de premios para mascotas. Las sillas se veían cómodas y eran giratorias, la decoración consistía en murales de colores con siluetas de diversos animales, así como unas fotografías del equipo que trabajaba ahí. Destacaba una en especial que decía "Nuestro fundador"; en la que mostraba a un hombre delgado, sonriente y con apariencia tímida cargando un gato en sus brazos, una cacatúa en su hombro y un reptil en su cabeza.
—Un momento, por favor —dijo una voz amable que se escuchó por una puerta detrás del mostrador. Severus aprovechó esos segundos para tratar de atrapar a su perro.
Ojalá Draco hubiese venido conmigo, a él no le pasaría esto.
Tomó al perro antes de que hiciera algún destrozo que tuviera que pagar y lo levantó muy en contra de su voluntad. Al hacerlo, quedó de frente a un cuadro de razas de perro. Se preguntó que raza sería Lamarck, aunque lo más probable es que fuera un mestizo.
—Te pareces a un… —no pudo terminar la frase, el sonido de pisadas lo distrajo.
Cuando se giró, un hombre alto y demasiado grande se estaba instalando detrás del mostrador. Tenía el cabello y la barba algo despeinados y estos cubrían su rostro, su cara era bonachona y grande. Llevaba una bata blanca y grande. Sus manos, que saludaban al cachorro con emoción, estaban arañadas y también eran grandes. ¡TODO ÉL ERA GRANDE! Estaba seguro que media cerca de dos metros, tal vez un poco más. Apretó con fuerza al perrito junto a su pecho y tomó valor para no dejarse intimidar.
—Hola, buenas tardes, bienvenido a Scamander's. Soy el Dr. Rubeus Hagrid, ¿en qué puedo ayudarlo?
—Buenas tardes... Soy Snape… yo... —su voz se cortó de repente, ya ni siquiera recordaba para que había ido al lugar. Solo podía pensar en aquella mutación de la genética que había provocado aquella proporción tan descomunal a ese gigante sonriente—. Un colega me recomendó venir aquí, se llama Lupin, Re...
—¡Oh, genial! Es usted el amigo del profesor Lupin, nos avisó que vendría —exclamó entusiasmado haciendo saltar a Snape y al perro al mismo tiempo—. No se preocupe, Sr. Snape, su perrito está en las mejores manos si me permite decirlo y, por ser su primera vez y ser amigo de Remus, le daremos un descuento a usted y su amiguito.
—Sí, Lupin mencionó algo así…
Snape recordó las múltiples clases que había tomado de anatomía cuando estaba en el colegio y en la universidad, trató de pensar cuales serían las posibles causas para su desorden de crecimiento. ¿Sería algo hereditario? ¿Alguna mutación? ¿Tal vez un problema hormonal?
— Si desea puede dejar a su perrito en la zona de juegos, creo que no está cómodo en esa posición —dijo el gigante al darse cuenta de que el cachorro seguía mordiendo a Snape. Este no dijo nada y llevó al perro a dicha zona donde, inmediatamente, empezó a jugar con las cosas que encontró —. Me decía...
—... Sí, eh, sí —¿Acaso eres un niñato, Severus Snape?, le regañó una voz en su interior, ¡reacciona! —. Yo... yo vengo por el perro. Lo rescaté en la carretera hace unos días y quería...—
–¡Oh, maravilloso! —exclamó mientras dejaba el mostrador y se acercaba hacia la mascota. Snape pudo tener una mejor visión del veterinario. Sin duda era enorme, era como ver al gigante de los cuentos de hadas en persona. A veces la genética era tan caprichosa, pensó—. Hola, amiguito, ¿cómo estás? ¿Quieres ir a mi consultorio? ¡Sí, sí quieres! —tomó al perro con facilidad, este ni siquiera lo mordió y le pidió a Snape que lo acompañara a adentro.
El consultorio era un lugar muy blanco, muy limpio y muy grande. Severus pudo escuchar ladridos, maullidos, chillidos y cualquier otra clase de onomatopeya, pero no veía a ni un solo animal en ese cuarto. Tal vez estaban en los otros. Supuso que deberían ser los otros pacientes.
—¿Tiene nombre?
—Sí... Snape, Severus Snape —respondió mientras seguía dándole un vistazo al consultorio. El Dr. Hagrid soltó una carcajada a la vez que dejaba al cachorro sobre la mesa. Lamarck ladró juguetonamente, esperando recuperar la atención de Snape.
— No usted, Sr. Snape, hablaba del perro. Por favor, tome asiento —ofreció.
Eres un estúpido, Snape. Obvio que era por el can.
—Oh... sí, por supuesto —continuó con seriedad como si no le importara. Estaba ocultando el hecho de que estaba completamente avergonzado—. Se llama Lamarck.
—Es un cachorro muy tierno —acarició su cabeza con cuidado. Snape se sentó en silencio, dejaría que el veterinario hiciera su trabajo—. El profesor Lupin me comentó por teléfono que su cachorro temblaba mucho. ¿Lo encontró así?
—Sí, pensábamos que temblaba del susto, es que casi lo arrollamos —explicó—, luego pensamos que podría ser frío así que lo llevamos a casa y le dimos un baño tibio. Mi hogar tiene calefacción y no ha salido de ahí desde entonces. Sin embargo, no deja de temblar. ¡También tiene mucha energía! Siempre está corriendo y tropezando con las cosas, pensé que podría tener algún problema con sus patas o algo.
—Revisemos a este amiguito, averiguaremos que tiene —respondió el hombre de gran tamaño—. ¡LIZ! —gritó asustando tanto a Snape como a Lamarck.
Al cabo de unos segundos, la cabeza de una mujer se apareció por la puerta del consultorio. Era una mujer de unos treinta años, tal vez. Su piel era oscura como la canela, tenía el cabello voluminoso y rizado, una diadema verde lo apartaba de su rostro el cual era adornado por enormes lentes circulares grises. Su bata blanca cubría su uniforme de veterinario que tenía el patrón de patitas de perro. Entre sus manos, había un roedor, un hámster.
—Sr. Snape, ella es la doctora Tuttle —presentó. Ambos intercambiaron un breve saludo—. Liz, ¿puedes preparar las cosas para tomar una prueba de sangre? Quiero hacer un descarte de posibles enfermedades. Prepara todo para hacer un descarte de Shaker.
—Sí, de inmediato —Y así como de rápido apareció, así de rápido se fue.
—¿Shaker? —preguntó ignorante de lo que sea que fuera esa enfermedad. Miró al pobre Lamarck, quien yacía curioseando por la mesa, esperando que el doctor se dignara a empezar la revisión— ¿Qué es eso?
—El síndrome de Shaker, Sr. Snape, es una enfermedad neurológica que se presenta en los perros jóvenes. Los cachorros tienen predisposición a ella —el Dr. Hagrid tomó un termómetro rectal y levantó la colita del perro para ponérselo. Snape cerró los ojos ante el pequeño chillido que emitió el can—. Los perros pequeños y de menor tamaño también tienen predisposición a ella. Aunque puede que sea una falsa alarma y solo sea ansiedad, quiero descartar todo —Quitó el termómetro y lo midió, anotando el resultado en una libreta.
¡¿Podría ser que por eso lo hubieran abandonado? ¿Por tener ese síndrome?
—La temperatura está bien, es normal. Ahora, vamos a pesarte, Lamarck. ¿Sabe qué edad tiene, Sr. Snape? —El veterinario lo llevó a una báscula donde dejó al cachorro. Este olfateaba todo a su alrededor, las balanzas eran algo nuevo para él.
—No lo sé, lo encontramos, pero creo que aún es un cachorro.
—Tienes 7 kilos, amiguito —dijo, volviendo a ponerlo en la mesa—. Bueno, por el peso y dado el hecho de que parece un Samoyedo, creo que debe tener entre unos dos o tres meses. Es un bebé aún. Mira aquí, pequeño —sacó una linterna de su bolsillo y la puso en dirección a sus ojos—. Es ciego de un ojo. No percibe profundidad y no se altera ante la luz.
—¿Ciego? —¡¿Podría ser que ese fuera el motivo por el cual lo abandonaron? ¿Por ser ciego?
—Sí, no ve por el ojo azul, pero ve perfectamente por el otro. Tiene que cuidarlo muchísimo, no queremos que se quede completamente ciego. Con respecto a las patas —el hombre sujetó una de sus patas delanteras y empezó a palpar en busca en alguna fractura —no siento lesión, sus huesos están intactos.
—Pero camina raro de esa, apoya la parte delantera.
—Puede que sea de nacimiento. Igual, pediré unos rayos X —luego de terminar esa declaración, la Dra. Liz Tuttle apareció de nuevo en la habitación, portando en sus manos una bandeja con jeringas la cual depositó sobre la mesa—. Gracias, Liz. Ahora voy a tomar una muestra de sangre para descartar hipoglucemia. ¿Podrías llevarte a Lamarck para la tomografía? Y, por favor, también quiero los rayos X de su pata izquierda, la delantera.
—Claro —respondió. Hagrid sujetó al cachorro del cuello para inmovilizarlo y, de una de sus extremidades, extrajo sangre con la jeringa. Una vez finalizado el proceso, lo dejó en manos de su colega—. Vamos, pequeño. Eres un lindo perrito, sí lo eres.
Snape seguía sentado en silencio, tratando de procesar la nueva información obtenida. Si Lamarck tenía alguna de esas enfermedades sería mucho más difícil encontrarle un hogar, sin contar el hecho de que era medio ciego. Ese pobre animal no se merecía eso, ya lo habían abandonado una vez, ahora iba a ser abandonado en un refugio hasta nuevo aviso. Tal vez Draco y Lupin tenía razón, era su responsabilidad salvaguardar la integridad de Lamarck y asegurarse de que tuviera un buen hogar donde crecer.
—El profesor Lupin mencionó algo sobre que quería información sobre el refugio —dijo Hagrid mientras revisaba por su microscopio la muestra de sangre recogida.
—Pensaba darlo en adopción —respondió en voz baja, como si estuviera avergonzado.
—Oh —dejó escapar un suspiro de desilusión que esperaba que Snape no notara, pero falló rotundamente—, pensé que se lo quedaría, como lo había rescatado y se nota tan preocupado en la salud de Lamarck. Creo que podría ser un buen amo —esa última oración fue dicha con tal sinceridad que el Dr. Hagrid dejó lo que estaba haciendo por un momento para girarse a verlo.
—No tengo idea de cómo cuidar un perro, jamás he tenido uno —se sinceró.
Severus siempre quiso una mascota cuando era un niño pequeño que vivía en las afueras de Londres, en una pequeña ciudad de camino a Crawley, hacia el sur. En su infancia, solía encontrar a pequeñas crías de gatitos abandonados cerca del río que cruzaba la ciudad industrial. Solía llevarlos a escondidas a su casa donde los alimentaría y cuidaría hasta que su amada, pero temerosa madre, Eileen, se enterara de la existencia de aquellas criaturas y, después de explicarle por enésima vez que no podían permitirse una mascota, encontraría la forma de deshacerse de ellos. Sí, le había dolido, pero nunca la llegada de un animal a su casa le había dolido tanto como la vez que trajo a un perro callejero. El pobre can si nombre no tuvo la suerte de ser descubierto por su madre, en su lugar, fue el hombre que se suponía era su padre. Tobías Snape no era un hombre de buen carácter, mucho menos paciente o comprensivo para con los deseos de su único hijo. El perro solo necesitó poner una pata dentro de la casa para que el padre de Snape —quien desafortunadamente había llegado temprano del trabajo ese día— le propinara una patada. Una batalla se desató en la sala de la pequeña casa de ladrillos, el perro había mordido a Tobías y este último, le propinó otro golpe, esta vez en la cabeza. Ese día, Snape entendió por fin el significado de la palabra "muerte" la cual, hasta entonces, había sido prohibida para él.
Esa fue la última vez que intentó tener una mascota.
—No sé como cuidarlo, ni siquiera sé como hacer que pare de llorar por las noches cuando mi ahijado no está en casa —Draco no podía seguir quedándose en su casa todos los días, no era de las personas madrugadoras y era un largo camino hasta Oxford. Por lo que, durante las noches que no estaba, Lamarck se la pasaba llorando porque no había nadie que lo acompañara a dormir—. No estoy mucho en casa, tampoco soy una persona atlética y este perro tiene demasiada energía y requiere de muchísima atención. Se equivoca al decir que podría ser un buen dueño.
—Muy pocas veces me equivoco cuando elijo a un potencial dueño, Sr. Snape —Aquellas palabras calaron hondo en él—. ¡Aquí está! ¡Justo como pensaba! —Se apartó del microscopio y proyectó el lente en una pantalla para que Snape pudiera ver.
—¿Qué cosa tiene, doctor?
—Tiene hipoglucemia, una caída anormal de sus niveles de glucosa. No es una enfermedad en sí, es una consecuencia de alguna. Puede que sea hereditaria o que tal vez Lamarck sea un perro diabético. La hipoglucemia genera temblores y su exceso de energía. Nada que un tratamiento a base de glucosa no solucione —Snape se sintió más tranquilo, había solución para lo que sea que tenía el pequeño—; sin embargo, quisiera hacerle algunos exámenes más para descartar cualquier cosa.
—Ya terminé la tomografía —la Dra. Tuttle volvió a entrar en el consultorio, cargando a Lamarck entre sus brazos. El perro se removía entre estos tratando de alcanzar el rostro de la veterinaria para lamerlo—. Su cerebro se ve muy bien, totalmente perfecto. Tampoco encontré alguna anormalidad en su pata. Sr. Snape, su cachorro tiene demasiada vida. ¡Tranquilo, amiguito!
Lamarck fue depositado en la mesa donde estuvo ladrando y ladrando para llamar la atención de su actual dueño. El pelinegro se acercó a él para acariciar su cabeza. Al instante, Lamarck lamió sus manos y movió la cola con desesperación. Estaba ansioso por volver a ser cargado.
—Es un alivio que solo tenga esto. Se puede controlar, solo necesitará mucho cuidado, pero crecerá como un perro normal —Snape se apartó, pues el doctor se acercó de nuevo a la mesa para tratar al perro—. Le pondré un par de inyecciones, lo desparasitaremos y le pondré una solución de glucosa para que se le quiten los temblores. Liz —llamó mientras sacaba la medicina y las jeringas—, el Sr. Snape quiere dar a Lamarck en adopción, ¿podrías ayudarle con los papeles?
—Por supuesto, venga conmigo, Sr. Snape.
Snape siguió a la Dr. Tuttle en silencio hacia la parte trasera de la clínica mientras ella explicaba cada aspecto de la clínica, desde el segundo piso donde tenían dos salas de operaciones y jaulas donde las mascotas convalecientes se recuperaban después del post-operatorio hasta la parte trasera del primer piso donde tenían a los animales rescatados que distribuirían a los refugios Scamander's en cuanto estos estuvieran sanos y fuera de peligro.
Ambos entraron a una enorme habitación con espaciosas jaulas. Aunque él lugar era colorido y había juguetes, seguía viéndose apagado y triste —Esta semana hemos recibido varios animales: Tres gatos, un búho y dos perros, uno fue salvado de la perrera y el otro fue atropellado, se está recuperando. El primero será llevado este fin de semana al refugio principal donde lo rehabilitarán —explicó—, es muy violento. Mordió al Dr. Hagrid cuando llegó. Será un largo camino hasta la adopción —había un rastro de pena en su voz.
Al pasar por las jaulas, Snape pudo ver a los mencionados. Los tres gatos estaban en una jaula grande jugando entre ellos y el búho dormía sobre una rama en otro espacio. Luego, pasó por donde los dos perros. El primero tenía rastros de cicatrices ya curadas y en cuanto lo vio, soltó un potente ladrido que casi hizo saltar al profesor. El otro perro, cinco jaulas más lejos, estaba echado y encogido sobre sí mismo. Tenía una pata vendada y dormía sobre lo que parecía un cómodo almohadón morado.
—Por aquí —le dijo desde un escritorio, la doctora estaba ocupada imprimiendo algo del aparato—. Como usted lo está ingresando al registro, necesito que especifique las circunstancias en las qué fue encontrado y su firma en la línea punteada. Nosotros nos encargamos de la ficha médica.
Le entregó el papel y un lapicero. Snape leyó a detalle el documento en sus manos, tomándose su tiempo, reconsiderando sus opciones. ¿Lamarck se iba a ir con esos animales abandonados a su suerte?
—Dra. Tuttle, ¿qué pasará luego de que Lamarck llegué al refugio? —preguntó dudoso de firmar. La verdad era que desde que llegó a la veterinaria, cada minuto dudaba más de su decisión final.
—Eso no es nuestra área, Sr. Snape, nosotros solos nos encargamos de la salud de los animales mientras estén aquí hasta que lleguen a las capacitadas manos de nuestros colegas en el refugio. Ellos se encargarán de lo que pase con Lamarck desde que deje esta clínica en adelante, lo lamento —respondió—, pero… tienen mucha experiencia, son personas dedicadas al cuidado de los animalitos, él estará bien.
—Ya sé que estará bien —Snape tomó el lapicero y empezó a escribir los detalles del encuentro de Lamarck en la carretera—. Me refiero a que si lo adoptarán pronto.
—No sabría decirle—El hombre terminó de escribir los últimos detalles y no quedaba nada más que poner la firma—, pero le diré algo, es difícil conseguir dueños para perros especiales, puede que las probabilidades de Lamarck sean mayores por lo que aún es un cachorro, pero es parte de nuestra política decirles a los adoptantes todas las condiciones que tiene el animal al que van a adoptar.
—Entiendo.
Caminando de regreso al consultorio del Dr. Hagrid, Snape intentó recordar las pocas veces en las que había ayudado a alguien. Tal vez de niño habría ayudado a alguna persona mayor a cruzar la calle, estaban las incontables veces en las que había ayudado a su madre a cocinar y a hacer el mercado, probablemente podría considerar las ocasiones en las que había ayudado a algún colega o compañero de estudios y, sin duda, estaban las numerosas veces en las que había ayudado a los Malfoy con los caprichos de su hijo. Sin embargo, no podía recordar ninguna vez en la que su ayuda lo hubiese hecho sentir como un verdadero héroe.
… Hasta ahora.
El Dr. Hagrid había sido muy amable en regalarles una correa roja con arnés ideal para cachorros. Sus manos inmovilizaban al energético can mientras aseguraba el arnés alrededor de su cuerpo peludo. Luego de las vacunas respectivas y las muestras recogidas, Lamarck estaba listo para ir de regreso a su nuevo hogar, la casa Snape en Southfields.
Ahora, Snape era un héroe y el orgulloso y oficial dueño de Lamarck, el samoyedo mestizo. Al final había firmado un papel, pero era un papel de adopción certificado por Scamander's veterinarias, donde lo hacía oficialmente responsable de la vida y seguridad del perro blanco.
—Eso será todo —dijo el veterinario entregándole el perro—. Muchas felicitaciones, Sr. Snape.
—Muchas gracias por todo —respondió dejando a Lamarck junto a sus pies—. Vendré la próxima semana por las medicinas.
—Es un placer ayudarlo Sr. Snape —Lamarck ladró en el suelo, esperando por atención— y a ti también, Lamarck.
—Cuidate mucho, Lamarck —agregó la Dra. Tuttle desde el umbral de la puerta, sosteniendo otra vez al hámster de hace rato—, y usted también, Sr. Snape. Nos vemos la próxima semana.
Draco había sido el más feliz con la noticia de que Lamarck se quedaba. Cuando el cachorro volvió a entrar por la puerta, prácticamente se abalanzó sobre su padrino gritando "Gracias". Al instante, encargó un collar con inscripción de plata como regalo de bienvenida, así como también, pañoletas, más juguetes, una cama cómoda y —de no ser porque Snape lo detuvo— casi convertía su pequeña habitación de huéspedes en el cuarto de Lamarck.
De la noche a la mañana, Snape se había convertido en padre de un bebé peludo.
—Que bueno que por fin seguiste mi consejo y me diste un sobrino —le dijo Lucius en una tarde de los primeros días de febrero, sentados en el patio trasero donde el sol calentaba un poco—, aunque tengo que decirte que tu "hijo" no se parece mucho a ti.
—Sí —añadió Narcissa quien aún traía sus ropas de montar después de su pequeño paseo, el cual había sido interrumpido por la visita de su amigo pelinegro—, es demasiado lindo y tierno para decir que es tuyo… Me habías asustado —rio llevándose el vaso de refresco a los labios—, en serio pensé que era un niño. ¿Y ahora qué hago con los regalos que compré?
Draco les había informado a sus padres que su querido padrino acababa de convertirse en padre luego de la adopción, aunque había omitido por completo que el nuevo integrante de la familia Snape era el mismo perro que habían rescatado, el pequeño samoyedo llamado Lamarck. Narcissa se había desmayado al teléfono en cuanto se enteró y la pareja había bombardeado el teléfono del profesor exigiendo explicaciones y avisando que, si él no llevaba al niño a su casa, ellos irían a verlo.
Grande fue la sorpresa de los Malfoy cuando vieron que el nuevo "hijo" de Severus Snape venía en una transportadora. Al instante, Narcissa ocultó la bolsa de regalo tras su espalda, la misma que contenía un par de zapatillas nuevas. ¡Nunca se había sentido tan estúpida!
—Jamás te hubiese imaginado con un perro, Severus. Espero que Draco no te obligara a tenerlo —la elegante mujer miraba al perro jugando con su hijo y su serpiente sobre el césped frente al laberinto—. En serio es muy tierno, pero no soy una persona de perros.
—Draco mencionó que el perro era ciego —Lucius también miraba en dirección a su hijo quien ahora estaba jugando a la pelota con Lamarck—, no lo parece, aunque camina raro.
—No es ciego —aclaró—, al menos no por completo, ve de un solo ojo y camina raro porque tiene un problema genético en una pata, la delantera izquierda. El Dr. Hagrid dijo que era de nacimiento, pero que, con vitaminas, buena alimentación, ejercicio y manteniendo sus niveles de glucosa estables, él viviría una larga vida. Después de todo, no se da cuenta de que está lisiado, él es muy feliz.
—¡SALAZAR, NO! ¡DEJALO EN PAZ!
El grito de Draco rompió la paz y quietud que se vivía en Malfoy House. Al girarse, los tres adultos vieron como Draco corría tras el pavo real albino de Lucius, Salazar, el cual perseguía a Lamarck a toda velocidad, tratando de picotear el cuerpo del peludo perro. Lamarck, por su parte, corría en zigzag y con torpeza en dirección a Snape mientras lloraba en voz alta. El profesor de Química se levantó a toda velocidad a salvar su pobre perro, pero en cuanto lo tuvo entre sus brazos, se convirtió en la nueva víctima de Salazar, quien no agradaba de Snape.
—¡Lucius! ¡Aleja a tu pavo de mi perro! —Snape se encerró dentro de la casa esperando a que al pavo se le pase el enojo.
—Aleja a tu perro de mi pavo —replicó el rubio casi ahogándose de la risa.
—Algo me dice, Snape —comentó Narcissa burlona—, que necesitarás estar en forma para cuidar a este perrito, lleva 20 minutos aquí y casi muere dos veces —se giró a ver a su marido y le confesó lo siguiente—. Creo que nuestras vidas empezarán a ser más divertidas, Lamarck sí que sabe meterse en problemas.
Tal vez este era el cambio que tanto había pedido.
En el transcurso del mes, la vida tranquila y aburrida de Severus Snape cambió radicalmente. Para empezar, estaba el hecho de que ya no dormía solo. Lamarck era un cachorro tan sociable que se deprimía cuando se encontraba sin compañía, por lo que las noches podían ser muy largas. Al darse cuenta de que por más cómoda que fuera la cama para perros, este seguiría llorando mientras Snape no le permitiera dormir en su habitación, la cama del cachorro paso de la cocina al dormitorio principal. Y, aún así, Lamarck seguía insistiendo todas las noches en dormir en la cama del profesor, a su lado sobre una almohada.
Debía despertarse temprano durante las mañanas para preparar las medicinas que debería tomar el perro durante el día. El Dr. Hagrid le envió unos correos con la dieta balanceada que debería consumir el can, así como también, la relación de medicamentos y sus horarios. Incluso su teléfono había sufrido cambios, en primer lugar, su galería empezaba a colmarse de fotos del cachorro, y segundo, Lupin se convirtió en un contacto frecuente pues necesitaba todos los consejos posibles para no morir en su intento de "paternidad", pues el perro tenía muchísima energía. Pronto, el patio trasero se volvió demasiado pequeño para él a medida que crecía —lo cual era rápido y constante—, Severus se vio obligado a cambiar sus horarios de asesoría por las tardes para poder llegar temprano a casa y poder ponerle la correa al perro lloroso y salir a pasear por lo suburbios.
Narcissa tenía razón, necesitaba ponerse en forma, solo salían a caminar por media hora, pero él llegaba arrastrándose completamente exhausto. En cambio, Lamarck en pocas ocasiones se cansaba, realmente era como tener un niño pequeño en casa, ni siquiera Draco había sido tan activo y demandante como lo era Lamarck.
Fue en una de esas tantas salidas cuando ocurrió su primer encuentro en años.
Ya le habían dado la vuelta completa a uno de los tantos parques en Southfields una tarde cuando Snape recordó que había estado tan ocupado esos días que ni siquiera había tenido tiempo de hacer compras para la cena de esa noche. No le gustaba comprar comida pues prefería hacerla él mismo.
—¿Qué opinas, Lamarck? ¿Crees que aguantemos caminar un par de calles más? —el pequeño cachorro se le quedó mirando, moviendo su rizada cola y sacando la lengua. Sus ojos heterocromáticos lo miraban con devoción, aunque tal vez solo debería decir "ojo" —¿Sí? Vamos entonces, vamos a comprar. ¿Qué quieres comer esta noche? ¿Se te antoja comer pollo? Papá te cocinará pollo.
Los dos personajes caminaron por las calles en busca de alguna tienda de abarrotes por el camino, no quería tener que entrar a un supermercado y luego tener problemas porque "no aceptan perros". Durante el trayecto, Lamarck solía o adelantarse mucho y tirar de la correa con todas sus fuerzas o distraerse con algo o alguien haciendo que Snape tuviera que esperar hasta que el cachorro perdiera el interés.
Finalmente llegaron a una tienda a unas cuadras de la estación de Southfields. Era de esas pequeñas tiendas que vendían de todo. Afuera, había una barra de metal con un letrero que tenía escrito "Parking" junto a la silueta de un perro. Sonrió de lado al verlo, justo lo que necesitaba en esos momentos.
—¿Crees poder quedarte aquí sin causar problemas? —le preguntó sin esperar una respuesta. Sus ágiles dedos ataron el extremo de la correa en la barra, se aseguró que estuviera bien sujetada y luego se agachó al nivel del cachorro—. No tardo, ¿de acuerdo? No te metas en problemas, por favor —Lamarck ladró y lamió sus manos mientras movía su colita como un loco. Otra vez creía que estaban jugando. El profesor soltó un suspiro, ese perro era todo un caso perdido.
Le dio una última mirada al cachorro quien no dejaba de saludarlo con su cola. Puso los ojos en blanco y entró en el negocio. Realmente no demoró mucho, tomó todo lo que iba a comprar en una canasta, luego hizo la cola que no sobrepasaba las cinco personas. Llevaba lo necesario para hacer una cena ligera, pero deliciosa esa noche. Tal vez podría hacer algo con los espárragos que sabía aún estaban en el refrigerador.
—Son 25.89 y aquí está su cambio.
Agradeció y caminó hasta la salida; sin embargo, algo lo detuvo a salir de la tienda. Por la ventana, se veía la calle, exactamente al lugar donde había dejado a Lamarck atado. Alguien estaba de cuclillas a su lado, acariciándolo y jugando con él.
Como era el universo de travieso que le ponía esas sorpresas en la vida. Dígase destino o coincidencia, pero en el mar de probabilidades que era que un extraño se acercara a jugar con su perro, tenía que ser precisamente la bailarina castaña de Earl's Court quien estuviera afuera de la tienda, haciendo jugar a Lamarck con sus llaves.
Era ella, ¡era ella! No estaba alucinando, reconocería esa cabellera castaña donde fuera.
—¿Quién es un buen chico? ¡Tú eres un buen chico! —la chica tenía las manos enguantadas y, aun así, se había quitado los guantes, exponiéndose al frío, solo para tocar su pelaje limpio y darle los mimos que él se negaba a darle a veces— ¿Quién es mi buen chico? ¡Tú eres mi buen chico!
Lamarck era un buen chico, Lamarck era el buen chico.
Se apartó de la puerta pues estaba bloqueando el paso y se colocó al lado de la ventana, usando las latas de atún y frijoles como escondite para pasar desapercibido desde afuera, aunque lo más probable es que estuviera haciendo un espectáculo para los clientes y el cajero.
—Oh, eres una ternurita, te comería a besos —Lamarck lamía con desesperación sus manos como si fuese un hombre sediento encontrando un oasis en medio del desierto. Nunca lo había visto dar tanto amor con tal devoción—. Oh, eres un galán. Lo siento, cariño, no puedo aceptar así nada más. No soy una chica fácil, primero deberás invitarme un café—Lamarck ladró y se paró sobre sus patas traseras pidiendo más atención.
En ese momento, oculto entre las latas de atún y frijoles, Severus Snape se dio cuenta de que esta podía ser su oportunidad de hablarle. Este era el momento que tanto había soñado y evitado a la vez. Siempre había fantaseado con el día en que tendría el suficiente valor para dirigirle la palabra, quería que fuera en una situación casual, no tenía que ser una conversación larga y profunda. No importaba si tan solo se decían "hola", de todas formas, sería memorable. Solo quería hablarle. Podía salir ahora, decirle que era el dueño de perro que acariciaba, tal vez cumplir ese sueño.
— Hmm ¿Lamark? ¿Cómo el científico? Así que eres un perro intelectual, ¿eh? —¡Ella sabía quién era Lamarck! ¡El verdadero Lamarck! ¿Acaso esa era una señal? —No puedo llevarte conmigo, pequeñín —lamentó la castaña—. Tú ya tienes un dueño y se pondrá muy triste si no te encuentra aquí….
¿Quieres llevártelo?, dijo una voz en su cabeza, ¡Te lo regalo! Ya hasta tiene vacunas. Llevate todo, pero no te vayas todavía, aún no te he dirigido la palabra.
—Además, mi edificio no permite mascotas.
Por más que lo intentaba, sus piernas estaban clavadas al suelo, no podía moverse. ¡Estaba paralizado!
—Debo irme, amiguito, tengo que seguir repartiendo estos volantes —No se había dado cuenta hasta ese momento de que ella tenía volantes sujetos contra su pecho—. Se supone que ya debería haber acabado, pero no voy ni por la mitad. ¿Podrías hacerme un favor? Espero no incomodarte, pero espero que puedas darle esto a tu dueño.
La joven tomó uno de sus folletos y lo enrolló para deslizarlo entre el pelaje blanco y el collar verde de Lamarck, justo por encima de su cuello. El perrito se rascó un par de veces con su pata, algo incómodo, pero no pudo alcanzar el papel, para suerte de la castaña.
— Espero que no le moleste a tu dueño. Cuídate, ¿sí? Bye-bye, amiguito —la joven acarició por última vez la cabeza del perro y se reincorporó para seguir su camino.
Solo cuando pensó que ella estaba lo suficientemente lejos para no verlo, se atrevió a salir de la tienda a toda velocidad. Se giró en la dirección que ella había tomado y pudo verla alejándose, dándole la espalda en todo momento. Su cabello suelto saltaba con cada paso que daba, simulando el movimiento de las aguas de una cascada. Llevaba unos shorts negros, medias negras y botas altas que le protegían las piernas. Su suéter rojo era demasiado grande para ella por lo que le cubría la parte superior del cuerpo por completo. Su bufanda amarilla estaba oculta por su cabello, pero podía ver los extremos colgando de un lado. La perdió de vista en cuanto atravesó a un grupo de turistas en dirección a la calle que llevaba a la estación.
Hubiese sido un lindo encuentro si se hubiese atrevido a salir de la tienda.
Al verlo, el perro pareció volver a la vida pues empezó a saltar sobre sus dos patas traseras en cuanto lo vio. Retiró el folleto del collar de su perro y luego, miró al susodicho, este le devolvió la mirada con sus enormes y llorosos ojos marrones como diciendo "¿Qué hice ahora?"
—¿Qué es lo que ve en ti, pequeño pulgoso? —preguntó sin esperar una respuesta. Si el perro se atrevía a responderle, saldría corriendo despavorido— No eres muy listo, eres llorón y aún no sabes ir al baño por tu cuenta. ¿Qué tienes tú que no tenga yo?
Lamarck se sentó y bostezó, obviamente sin entender que esas palabras no lo estaban halagando. Sonrió de lado y volvió sus ojos negros al folleto en su mano izquierda. Era, en su mayoría, de color morado con tonos guinda, vino y letras amarillas. Había la silueta de una pareja bailando vals frente a una estrella.
CLASES DE BALLROOM DANCE (Nuevas vacantes)
Nuevo horario: 18:00h – 20:00h
Instructor: Prof. McGonagall
Lugar: McGonagall's Dance Studio – Cruce de Earl's Court Road y la segunda de Barkston Gardens
Primera clase de prueba completamente ¡GRATIS!
Inicio: 1er martes de marzo.
—Primer martes —susurró para sí mismo. El ir a tomar clases en la academia se le pasó por su mente por enésima vez esa semana. Ya había recibido tantas notificaciones del canal de YouTube de la academia, sus nuevos horarios le permitían llegar a tiempo a la clase de baile de salón y desde que Lamarck había llegado a su vida, se había visto en la obligación de encontrar la forma de mantenerse en forma para aguantar los paseos en el parque. Ya habían pasado tantos cambios en tan poco tiempo que un cambio más no haría diferencia, ¿verdad? —¿Qué te parece, Lamarck? ¿Papá debería ir e intentar ponerse en forma bailando?
Ignorando los comentarios de su amo, el samoyedo olfateó la pared cercana antes de levantar la pata trasera y dejar un recordatorio para que otros perros supiera que él estuvo ahí.
— Sí, sin duda un galán —el sarcasmo era palpable en cada palabra que soltaba—. Vámonos antes de que el dueño de la tienda nos quiera matar. Tengo que enseñarte modales, ¿crees que exista alguna escuela para perros?
Finalmente, marzo llegó junto con el cambio notable de estación.
Cuando la alarma de Snape sonó ese día, un recordatorio en la pantalla del celular ponía "Hoy: Inicio clase baile". Según la página web, McGonagall's iniciaba su nuevo taller de ballroom dance hoy en la tarde. Lo había considerado toda la última semana de febrero, buscando mil y un razones para no ir, pero no encontró ninguna que estuviera justificada. No era un cobarde, no sería un cobarde. Él iría esa clase y le sacaría todo el provecho a ello, lo tenía decidido.
Además, era gratis.
Lamarck entró corriendo a la habitación a toda velocidad, estampando su cabeza contra uno de sus muebles. Snape no pudo evitar reírse, no era la primera vez que Lamarck hacía una de sus grandes entradas matutinas. Tal vez debería comprarle un casco, pensó, tantos golpes en la cabeza no debían ser buenos para el perro.
—Ven aquí —llamó. Lamarck ladró en respuesta y saltó para subirse a la cama de su amo, cayéndose en el primer intento. Saludó con un lamido su rostro y movió la cola como diciendo "¡Buenos días!" —. Buenos días a ti también. ¿Dormiste bien, amiguito? —el del pelaje crema ladró y se recostó sobre él exigiendo cariño por medio de sus ojos brillosos—. Sí, yo también… Vamos, hay que levantarnos. Papá debe ir a trabajar.
Severus se preparó para iniciar el día. Una ducha rápida, un cambio de vestuario apropiado y un desayuno nutritivo era todo lo que necesitaba antes de irse a trabajar, Lamarck lo acompañó en todo el proceso. Mientras terminaba su café, su perro se acercó con algo en el hocico. Lo había traído consigo toda la mañana, desde que había tomado la ducha hasta ahora. No era su correa roja ni algún juguete. Era otra cosa.
—¿Qué quieres? —le tendió la mano para que Lamarck se acercara—. Venga, ¿acaso quieres comer? ¿Quieres que te saque pasear? ¿Quieres enseñarme algo?
Dejó el objeto en el suelo, era el folleto de la academia de baile parcialmente mojado.
Lamarck ladró un par de veces antes de pararse en sus patas traseras y empezar a menearse de un lado a otro de forma tambaleante y apresurada, como si estuviera bailando. Lamarck movía una pata blanca y luego la otra, sus otras dos patas delanteras estaban pegadas a su pecho.
Ese debía ser el nuevo truco que Draco tanto quería enseñarle.
—¿Acaso estás tratando de decirle algo a papá? —Lamarck avanzó hasta su pierna derecha y se apoyó sobre ella, acercando su cabeza a su mano en busca de afecto—. Sí, ya entendí. Lo he estado planeando desde hace un mes, tengo que ir, ¿verdad?
El perro volvió a ladrar en respuesta.
—No puedo evadirlo, ¿o sí? —obtuvo una aguda respuesta—. ¿Estás seguro que es una buena idea ir? Puedo quedarme en casa contigo esta tarde, podemos ir al parque. ¿Quieres ir al parque? —El perro se apartó y se sentó inclinando la cabeza como diciendo "¡No! Ve, enfrenta tus miedos, amo" —. ¡Está bien! Iré, pero si no me gusta y hago el ridículo, tú tendrás toda la culpa.
El profesor siguió con su rutina previa antes de abandonar su casa, esta vez, hasta la noche. —¿Seguro que puedes quedarte solo todo el día? ¿No quieres que…? —Lamarck ladró y ladró con fuerza, ni siquiera le permitió acariciarlo para despedirse, parecía que al perro le urgía que abandonara la casa de inmediato cuando antes lloraba con solo no verlo en la misma habitación—. De acuerdo, de acuerdo, ya me voy. Hasta la noche y no rompas nada.
Tomó el tren como siempre. Llegó a Hogwarts, dio todas sus clases programadas para la mañana, evitó a toda costa a Dumbledore o a Lupin durante el día, almorzó solo casi ni tocando bocado debido a la angustia y luego, fue a su despacho esperando encontrar un poco de valor antes de salir del colegio en dirección a Earl's Court.
Llegó temprano, muchísimo más temprano de lo que decía el anuncio. Las clases de principiantes iniciaban a las seis en punto y apenas eran las cinco. Había caminado dos veces el trayecto de Earl's Court Road hasta el parque Bramhan Gardens, lo cual eran unas cuatro largas cuadras. Durante esos minutos, tuvo la posibilidad de reflexionar, de pensar en todos los pros y los contras y la verdad, era que había más pro que contras. Incluso podía escuchar la voz de Narcissa Malfoy diciéndole cuantas calorías perdería en cada sesión de baile. Por otro lado, podía escuchar la risa de Lucius y Draco cuando se enteraran que pasaría sus tardes aprendiendo a bailar vals.
¡¿Por qué demonios esto era tan difícil?
Miró la pantalla de su teléfono por enésima vez, vio el mensaje que había escrito en notas la noche anterior, aquel mensaje que decía "¡Enfréntalo! ¡Solo es un baile!", un mensaje preparado exclusivamente para darse valor. Lamarck era un cachorro casi ciego y había aprendido a bailar en un mes, ¿por qué no él? No era tan difícil. Miró de nuevo la pantalla, faltaba un cuarto de hora para las seis. Sentado en una de las sillas de la cafetería que frecuentaba, vio como las puertas azules del estudio se abrían y, del interior del edificio, emergían los alumnos del anterior turno, conversando entre ellos, de diferentes edades y en parejas, todos viéndose hermosos y garbos, cual cisnes.
Bueno, era momento de ir al matadero-
Snape estuvo de pie frente a las puertas azules del estudio de baile durante casi diez minutos más. En su mente se repetía una y otra vez que solo estaba leyendo los afiches de la pared para estar seguro de que no se equivocaba con la fecha y la hora, pero en realidad, solo estaba haciendo tiempo porque en el fondo, aún tenía miedo. Miedo de tomar una decisión equivocada y hacer el ridículo.
Si no sale bien, siempre puedes huir, dijo una voz en su cabeza… pero él no era un cobarde.
"¡¿Cómo te atreves?! ¿Sabes que es lo que más odio de ti, Severus? Que nunca quieres hacer nada nuevo porque tienes miedo a equivocarte. ¡Eres un cobarde! Pues déjame decirte una cosa, mi amor, ¡la vida es una serie de riesgos y errores!".
Sacudió su cabeza para alejar los recuerdos no deseados. No iba a permitir que un fantasma del pasado le dijera que era un cobarde, él era Severus Snape y se había enfrentado a peores cosas a lo largo de su vida. Una simple clase de baile no iba a humillarlo.
Abrió las puertas azules de par en par y entró en el edificio como un relámpago. La recepción era una pequeña habitación con muchas fotografías enmarcadas de bailarines ejecutando alguna coreografía. Había algunos diplomas y los certificados y permisos que todo negocio requería para operar. No había nadie, estaba vacío, aunque escuchaba música en los pisos superiores. Llamó por alguien esperando que algún trabajador se apareciera por las escaleras o el pasillo, pero no hubo respuesta. Dio un vistazo rápido alrededor antes de decidirse por subir las escaleras en busca de la música.
En el segundo piso, la música era más fuerte y clara, provenía de los únicos dos salones de baile de ese piso. En el pasillo, al lado de la escalera, había un pequeño pizarrón donde estaban escritos los horarios y el salón donde se dictaría tal clase. En el salón uno se daría la clase de baile contemporáneo mientras que, en el dos, la de baile moderno. Parecían que ya estaban en clases pues escuchaba las indicaciones de los instructores.
"5, 6, 7, 8. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8"
Se asomó a uno de los salones por curiosidad. En el interior, estaba un copioso grupo de bailarines entre los 15 y 30 años. Al frente, mirando en dirección a los espejos que decoraban el salón, estaba la instructora de baile, una mujer alta de cabello rojizo que indicaba con voz fuerte y clara cada paso que debían dar.
"¡Más alto! Abran más las piernas cuando toquen el piso. Es uno y dos, tres y cuatro. Jane, sigues confundiendo izquierda con derecha".
Podía jurar que, si intentaba hacer, aunque sea uno de esos movimientos, terminaría con un calambre en la pierna, una lesión en la rodilla y problemas para agacharse. ¡Qué suerte que esa no era su clase! Volvió sobre sus pasos y subió al tercer piso donde había dos salones más. Al igual que en el anterior, también había un pizarrón con los horarios. Hoy se dictarían dos clases de baile de salón en el salón 3. El salón 4 ya había sido ocupado más temprano, por una clase de salsa.
Severus miró la hora en su reloj. La primera clase ya había terminado y la segunda, la que estaba indicada en los anuncios, estaba por iniciar. Se dirigió al salón 3 el cual estaba señalado con un enorme cartel. No se atrevió a asomarse pues adentro escuchó voces.
—Le pediré a Hermione que les envié el video esta noche. Quiero que evalúen sus errores, sobre todo tú, Rachel, el desliz final sigue siendo tu problema, se ve muy brusco —escuchó de la voz de una mujer.
—Sí, profesora.
—Profesor McGonagall, ¿está segura que estaremos listos para el Royal Albert?
La clase de la profesora McGonagall, ¡esa era la suya! Bueno, ya estaba ahí, estaba a tiempo, no le quedaba más opción que entrar y ver qué pasaba. Tomó aire como si tomara valor y caminó hasta la entrada del salón 3.
Snape quedó de pie frente a una enorme habitación adornada con espejos en las paredes y brillante madera pulida en el piso. Estaba muy bien iluminado y poseía grandes ventanales a la calle los cuales daban la ilusión de mayor espacio. El estudio contaba con un par de sillones en el área de descanso, un armario de cristal con trofeos y medallas, y fotografías a color y en blanco y negro que adornaban las paredes desnudas de ladrillo, todas retrataban a bailarines de ballroom dance en medio de sus performances, todos ataviados de traje de gala.
La habitación no estaba vacía, sentado en uno de los sillones y tal vez con la misma expresión de confusión que él, se encontraban un joven de unos veintipocos años de cabello oscuro y rasgos varoniles que hacían gran contraste ante su mirada de cachorro y postura nerviosa, era obvio que el muchacho no tenía ni la menor idea de qué estaba haciendo en ese lugar.
Al igual que él.
Al otro lado de la habitación había una mujer mayor, tal vez de unos 65 años o más que usaba zapatos de baile, un vestido suelto verde oscuro que le favorecía su figura de bailarina retirada y el cabello negro en un apretado moño. Tenía una mirada severa, como la de un halcón, y fácilmente podrías asociarla con la figura de una exigente directora de colegio. Por alguna razón, le inspiraba confianza a Snape. Ella estaba hablando con 3 personas de rostros colorados por el ejercicio, que cargaban sus respectivas mochilas. Al parecer, eran los alumnos del anterior turno que todavía estaban recibiendo las últimas indicaciones.
Ella debía ser la profesora McGonagall.
—Buenas tardes, permiso, por favor. —dijo una voz soñadora detrás de él. Se hizo a un lado dejando pasar a una muchacha joven y a un hombre maduro, ambos con mochilas de gimnasia que combinaban. Ambos recién llegados caminaron hasta los sillones cerca al joven nervioso.
La chica debía tener tal vez la edad que el primer muchacho. Era joven, bonita y de gigantes ojos azules soñadores. Su cabello era rubio y lo llevaba sujeto en dos trenzas gruesas que partían de la parte frontal de su cráneo. Vestía unos leotardos negros apegados a sus piernas y una camiseta celeste holgada con el dibujo de un conejo blanco y zanahorias.
El hombre que la acompañaba era mayor, mucho mayor, tal vez tendría su edad pues podría ser su contemporáneo; sin embargo, se conservaba muy bien, era brutalmente atractivo a la vista. Llevaba el cabello largo y negro semi atado en una pequeña coleta, una camiseta negra sin mangas que dejaba apreciar su tonificado y trabajado cuerpo, cubría sus brazos tatuados con una camisa abierta y remangada, portaba unos pantalones holgados de yoga y zapatillas. Su rostro estaba colorado, era obvio que acababa de hacer ejercicio. Una sonrisa pícara y de lado se dibujaba mientras hablaba con la rubia.
Por alguna razón, su rostro se le hacía muy familiar.
—¿Va a quedarse parado ahí o entrará a bailar?
De pronto todas las miradas se posaron en él. Al otro lado del salón, la profesora McGonagall le dirigió la palabra pues no le gustaban los mirones dentro de sus clases. Aunque estas eran incómodas, Severus no se dejó intimidar y entró en el estudio sentándose en el único asiento disponible, al lado del joven nervioso. Se sentó ahí, en silencio, sabiendo que el muchacho lo estaba mirando.
¿Acaso tenía algo en la cara o qué?
—Hola —dijo el joven después de un rato. Al igual que él, no llevaba la ropa adecuada para esta actividad, parecía que recién había salido del trabajo—, soy Neville, un placer.
—Severus Snape, mucho gusto —respondió con firmeza dándole la mano. Neville la acepto de inmediato, aunque había una mueca de inseguridad después de escucharlo responder a su saludo, tal vez debido a que le había respondido con voz de profesor, esa que reservaba solo para castigar a los niñatos hormonados.
—¿Primera vez? —en esta ocasión, la voz de su interlocutor sonaba algo nerviosa. Snape tan solo optó por asentir con la cabeza.
—Carne fresca —dijo el otro pelinegro, el mayor, en tono burlón mientras se encontraba sentado sobre el piso, cambiándose las zapatillas por zapatos más formales—. ¿Qué los trae por aquí, nuevos talentos? Espero que para la próxima traigan zapatos más apropiados, el baile es un deporte serio.
Su rostro se le hacía curiosamente demasiado familiar, como sí lo hubiese visto en múltiples ocasiones antes de este momento. Había algo en esa mirada burlona que lo hacía destacar entre el salón. Tal vez solo era su imaginación paranoica.
—No los asustes, Sirius —interrumpió la chica rubia lanzándole una toalla blanca a la cara. Tenía una voz algo chillona y tierna. La jovencita se levantó de donde estaba y caminó en dirección a ellos con una auténtica sonrisa plasmada en su rostro—. Hola, soy Luna, encantada. Ese de allá es Sirius, solo ignórenlo —aprovechando que ella no podía verlo, el hombre sacó la lengua en un infantil gesto—. No los había visto por aquí antes, ¿verdad?
—La verdad es que no, lo recordaría —respondió el joven a su lado, tendiéndole una mano amistosa—. Hola, soy Neville, un placer conocerlos —Neville sonaba animado al presentarse a los extraños. Ellos respondieron con igual entusiasmo.
—Severus Snape —se presentó el maestro de Química de forma seca. Sirius lo miró extrañado, como si notara que él realmente no quería estar ahí, en cambio Luna le respondió con un enérgico apretón de manos—. ¿Y el resto de los alumnos? —preguntó esperando cambiar de tema pronto.
—Somos todos —su contemporáneo se levantó y caminó por lo ancho del salón dando largas zancadas a modo de estiramiento—. Luna y yo somos los únicos alumnos estables de la profesora McGonagall. Llevamos viniendo sin falta como por casi dos años.
—Sí, lo cual es una lástima —Luna sacó sus zapatos de baile de su mochila y procedió a ponérselos—. La clase de la profesora no tiene tantos alumnos como las clases de baile urbano o salsa de las tardes. Sirius y yo venimos a todas las clases, a veces se nos unen otros alumnos que o vienen una o dos veces por semana, que rara vez vienen o que simplemente vienen a una clase y luego no los volvemos a ver.
—El baile de salón no es para todos, pero es mejor, así tenemos todo el salón para nosotros —Sirius se detuvo frente una de las barras que estaban en medio del salón y las usó como apoyo para estirar sus piernas—. ¡Ya estoy estirando, profesora! Empezamos cuando quiera.
—Sirius Black, ¡¿qué clase de estiramiento es ese?! —dijo tratando de contener su risa. Sirius estaba haciendo lo que sea que estuviera haciendo, menos estirar—. Deja de hacer eso, lastimarás tus músculos.
—Profesora, ya es la hora, ¿iniciamos ya?
La mujer mayor miró el reloj de pared colgado frente a ella. El reloj indicaba las 18:05. Sus ojos verdes barrieron a toda velocidad el salón por completo y se detuvo en la puerta, esperando que alguien entrara en cualquier momento; sin embargo, nadie, además de ellos, había atravesado la puerta. Snape era una persona sumamente observadora, años de práctica le podían confirmar que en los ojos severos de la profesora McGonagall había un rastro de decepción que ocultaba muy bien.
—Creo que iniciaremos más tarde hoy, esperemos diez minutos más. Además, hay que esperar a que Hermione y Harry vengan.
—De acuerdo.
¿Hermione y Harry? ¿Serían otros alumnos de la profesora? No esperaba que hicieran la clase solo con dos alumnos, bueno, cuatro. Curioso, intentó preguntar —¿Quiénes…?
—¿Eres Sirius Black? ¿El Famoso Sirius Black? —interrumpió Neville en voz alta, sin poder contener su emoción al encontrarse frente a una celebridad como Sirius Black en una clase de baile de un estudio promedio.
—El mismo que viste y calza, mi asombrado amigo—Le contestó sonriendo de lado, regodeándose en su autosuficiencia.
Por eso se le hacía tan conocido, era Black, el soltero codiciado de Inglaterra.
Si el príncipe Harry era el royal más deseado y escandaloso de la familia real, Sirius Black era el único soltero accesible y de sangre noble que podría comparársele. Tenía el premio por encabezar primeras planas en los tabloides ingleses, así como el récord de mayores corazones rotos. Al ser el único heredero vivo de la noble y ancestral —y siempre pura— Casa Black, era un hombre con mucho poder adquisitivo y la comidilla favorita de los paparazzis británicos dado que, a pesar de su edad madura, seguía comportándose como un adolescente rebelde. ¿Cómo era posible, entonces, qué estuviera aquí?
—Wow… Se ve diferente en persona —dijo avergonzado. Su comentario hizo reír a Luna—. Digo, se ve muy bien en persona y en televisión y en las revistas, pero es raro verlo sin los lentes negros y su mano frente… a… la… la cámara.
—Sí, ellos no saben captar mi mejor ángulo.
—¿Podría… una foto?
—Claro, pero no la publiques, no ahora.
Snape puso los ojos en blanco. Sí, ese era el Sirius que recordaba haber conocido en su primer año en Hogwarts. Nunca fueron amigos, habían estudiado juntos apenas cuatro meses, pero le hizo la vida imposible a su yo de once años. Por razones que nunca logró averiguar, Sirius Black había cambiado de colegio y nunca más lo había vuelto a ver, pero había dejado el camino hecho para que otros alumnos siguieran sus pasos contra él.
Sirius parecía ni recordarlo. Mejor para él, ya era un adulto, no debía caer en rencores de la niñez.
—Usted, el recién llegado —la profesora McGonagall llamó desde el otro lado de la habitación, sentada en un taburete alto frente a los espejos. Snape se giró para ver a Neville, creyendo que se lo decía al joven, pero era obvio que se dirigía a él—, ¿firmó la ficha de inscripción?
—No me han entregado nada —respondió rápidamente.
—Por favor, acérquese a ese escritorio, ahora le daré una —indicó y Snape obedeció.
Justo en el momento que Snape se acercaba a dicho escritorio, entraron por la puerta dos jóvenes más, tal vez otros dos alumnos, pero en cuanto los nuevos recién llegados pusieron un pie en el salón, el profesor reconoció a uno de ellos al instante.
Era la bailarina.
Era ella.
HOLA! ¿QUÉ TAL? ¿CÓMO ESTÁN?
SÉ QUE NO ACTUALICÉ LA VEZ PASADA, MIS CLASES VIRTUALES NO ME LO PERMITIERON, ME HAN TENIDO MUY OCUPADA CON LAS TAREAS, PERO YA ESTÁ LISTO ESTE CAP, ASÍ QUE ESPERO QUE LO HAYAN DISFRUTADO.
TODO LO QUE PUSE SOBRE LOS PERROS ES REAL, YA LO AVERIGÜÉ, PERO ACLARO QUE NO SOY VETERINARIA NI EXPERTA EN BIOLOGÍA O ANIMALES, ASÍ QUE, AL MENOS PARA ESTE FIC, SOLO CREÁNLO, PERO SIEMPRE RECOMIENDO AVERIGUAR POR SU CUENTA SI SIENTEN CURIOSIDAD.
ESPERO QUE ESTÉN TODOS BIEN Y A SALVO EN CASA, YA ES MAYO Y SEGUIMOS ENCERRADOS, ¿BIENVENIDOS A LA FASE 3 DE LA CUARENTENA?
CUÍDENSE MUCHO, ESPERO LEERLOS PRONTO :3
BESOS!
