CAPÍTULO 5

¡Era ella!

Era la muchacha que siempre veía apoyada en el alfeizar de los ventanales, la joven de ojos tristes. Llevaba el cabello castaño sujetado por su alta coleta, un conjunto vino tinto y negro que se apegaba a su cuerpo, resaltando su esbelta y delicada figura y, al igual que su acompañante, tenía el rostro colorado, como si también vinieran de hacer ejercicio.

—Buenas tardes, profesora —saludó el joven ojiverde de cabellos negros. Tenía una toalla colgada sobre su cuello y sus zapatos de baile en una de sus manos. Era bajito, pensó el profesor al verlo caminar por el salón al encuentro de la profesora de baile, tampoco era más bajo que la castaña, pero sí era bajito para la persona varón promedio.

—Buenas tardes, profesora perdone la demora —explicó ella siguiendo los pasos de su acompañante—, tuvimos que quedarnos a cerrar el salón de abajo. Roxanne dijo que tenía que irse temprano.

— No te preocupes, querida —le respondió correspondiendo al beso que la castaña depositó en la mejilla de la mayor—. ¿Podrías darle una ficha de las fichas de inscripción al caballero de allá, por favor?

La menor se giró en su dirección. Sus ojos miel se encontraron con los oscuros de él y durante lo que le pareció una eternidad, se quedaron mirándose el uno al otro. Snape notó que sus labios eran rosados y carnosos, sus incisivos seguían siendo ligeramente más grandes de lo normal y su nariz, pequeña y bonita. Sabía que era bonita, pero era la primera vez que pensaba que ella era hermosa. Por más que lo intentara, Snape no podía apartar la mirada ni siquiera para parpadear, estaba hipnotizado ante su piel joven y tersa, y su cabello largo que se rizaba por la humedad.

La bailarina asintió al mandado. Dejó sus cosas cerca a los sillones y se dirigió rápidamente hacia el escritorio moviendo las caderas rítmicamente al caminar. Era claro que no lo hacía a propósito, su forma de caminar era así, pero, maldita sea, no pudo resistirse a la tentación de mirar. No iba a usar la típica excusa de "Soy un hombre, eso hacemos, mirar" porque le pareció estúpido querer justificarlo con eso. Al menos, intentó disimular mientras la seguía hasta el mueble.

La joven desapareció detrás del escritorio y reapareció al instante con un folder rojo con hojas dentro, sacó una de ellas y la deslizó hacia él junto con un bolígrafo—Por favor, rellene estos datos y necesito su firma aquí y aquí.

Su voz era muy… demasiado… diferente a lo que imaginaba o a lo que creía recordar. Había perdido la calidez, la dulzura e incluso, aquel pequeño toque de misterio que lo había impresionado esa vez hace tres años. Ahora era monótona y apagada, ni siquiera se había tomado la molestia de mirarlo. Se notaba incómoda —muy incómoda— y algo fría.

De seguro le molestó que la mirara fijamente como si fuera un idiota… a cualquiera le molestaría.

—Las clases de principiantes son tres veces por semana —explicó—: los martes, jueves y sábados desde las 18:00 hasta las 20:00, es media hora de calentamiento y una hora y media de práctica. Le pediremos que traiga una muda de ropa, zapatos más cómodos para bailar, de preferencia formales, no zapatillas, y, si desea, puede traer una botella de agua o puede tomar una de aquí, son gratis —Sus ojos miel estaban concentrados en medir mentalmente el largo del escritorio en lugar de mirarlo a él, Snape rellenó el documento, pero no le pasó desapercibido su frialdad—. Creo que ya lo sabe, pero la primera sesión es gratis, es una clase de muestra. Las siguientes clases puede pagarlas por mes o por sesión, depende de la frecuencia con la que decida venir.

—Tal vez venga a todas las sesiones —respondió dejando ver una pequeña sonrisa de lado.

No sabía porque dijo eso, pero consiguió captar la atención de la castaña quien, por fin, levantó la cabeza y lo miró sorprendida. La bailarina enarcó una ceja como cuestionando la veracidad de cada palabra que dijo, pero no se atrevió a responder por el momento. Snape firmó la última línea punteada y lo deslizó hacia ella, rozando su mano izquierda por accidente. Ella tomó la ficha firmada, revisó que todo estuviera en orden y le puso unos sellos antes de archivarla en la vieja carpeta de color rojo.

—Eso dicen todos, Sr. Snape —sus ojos color miel resplandecían con desconfianza disimulada hacia su persona, como si pudiera leer su mente y saber todas las dudas que tenía respecto a la actividad a la cual se acababa de inscribir, como si conociera sus verdaderos deseos e intenciones las cuales no eran tomar clases de baile de salón—, lo dicen siempre, cada vez que firman la ficha de registro al igual que usted, pero luego de la primera clases, nunca los volvemos a ver por aquí. Raras, muy raras, son las ocasiones en las que vienen de forma constante.

Abruptamente, cerró la carpeta roja con fuerza, asustando así al profesor de Química. Ella le dirigió una última mirada antes de escapar hacia donde estaban Sirius, Luna y el chico ojiverde, su zona segura. Mientras regresaba a su asiento junto a Neville, el mayor escuchó la risa de Sirius junto con un "Deja de asustar a los nuevos, Mione".

Mione… ¿Eso era un nombre?

—Profesora McGonagall —llamó "Mione", cambiando la tonalidad de su voz al instante. Ahora era calidad y cantarina—, ya son las 18:12, ¿iniciamos ya?

La veterana bailarina volvió a mirar la entrada de su salón. Seguía vacía, nadie, además de los dos recién llegados, había atravesado esa puerta. Esta vez, ni siquiera se tomó el interés de ocultar su decepción, una mirada de fastidio se marcó en sus ojos verdes— Esperemos 10 minutos más e iniciamos. Harry, prepara todo, por favor.

—Yo te ayudó, Harry.

Los siguientes diez minutos, Severus Snape notó muchas cosas en aquel salón de baile.

La primera era la profesora McGonagall. En su juventud, Minerva McGonagall debió ser una mujer de infinita belleza. La página web de la academia la describía como una de las representantes más grandes del ballroom dance en los años 70's y 80's. Había ganado premios y su trayectoria era impecable. Si bien era idéntica a la foto que la página presumía, no se parecía mucho a lo que había imaginado. Durante los diez minutos que se pasó esperando, la vio acercarse dos veces a uno de sus armarios a tomar el contenido de una petaca plateada. Sin embargo, aunque sumida en la decepción y la seriedad, nunca perdió ese aire de elegancia de toda bailarina.

Lo segundo que descubrió era que Neville Longbottom hablaba demasiado cuando estaba nervioso. El muchacho se la pasó hablando durante diez minutos, narrando sus peripecias para llegar a tiempo desde su trabajo al otro lado de la ciudad. Había visto el anuncio de clases por internet y siempre había querido intentarlo. Snape lo encontró algo irritante.

Lo tercero que notó fue que, durante los siguientes diez minutos, nadie más ingreso al salón.

—Bien, creo que, evidentemente, podemos iniciar.

Los otros alumnos también tenían la misma mirada que la profesora portaba en esos momentos; sin embargo, la más decepcionada parecía ser la bailarina. McGonagall dio un par de palmadas para llamar la atención de todos, pidiendo con gestos que se levantaran de sus asientos y se pararan en el centro del salón. Fue un alivio para Snape porque ya no podría seguir sentado ahí por más tiempo.

Mione y su amigo ojiverde se pararon cada uno a un lado de la elegante dama y le sonreían Sirius y a Luna. ¿Qué no el tal Harry debería estar entre ellos? ¿Acaso también trabajaba ahí? Si así era, dejaban de ser cinco alumnos y volvían a ser cuatro.

—Buenas tardes a todos, gracias por venir y perdonen la demora —suspiró. En su voz, había una pizca de decepción, decepción que trataba de ocultar como si realmente no le importara—. Creo que no hay necesidad de hacer presentaciones, per, por si acaso, el señor de ahí es el señor Neville Longbottom —Neville levantó una mano tímida en forma de saludo— y el que está a su lado es el Sr. Snape —el mencionado no creyó necesario levantar la mano—. Chicos, ellos son Sirius y Luna y estos dos son mis asistentes.

El pelinegro y la castaña repitieron el gesto de Neville y dieron un rápido saludo con la mano.

—Él es Harry y ella, Hermione. Harry nos está apoyando con las clases, él viene todos los sábados y casi siempre los jueves, hoy está haciendo una excepción por ser la primera clase, a veces también enseña en la clase de baile urbano del piso de abajo —El pelinegro conocido como Harry volvió levantó una mano en señal de saludo, Snape pensó que era muy bajito—. En cambio, nuestra querida Hermione sí está con nosotros todas las clases —la castaña dejo entre ver una tímida sonrisa mientras se sonrojaba—. Al igual que yo es muy exigente y sus alumnas lo tienen muy en claro.

Hermione… Hermione… ¡Mione!

Hermione, con que ese era el nombre: Hermione. Era un nombre poco común, nunca antes lo había escuchado salvo en libros. Jamás había conocido a alguien llamada así. Descubrió que le gustaba. Era algo difícil de pronunciar; sin embargo, era suave en su boca, como una caricia. Al mismo, pensó que era un nombre inteligente, un nombre que podía tatuarse en la mente. Hermione era el único nombre que ella podría tener, era perfecto para ella. Su desconocida por fin tenía nombre, ese era Hermione y pensaba que era hermoso.

Era satisfactorio dejar de llamarla "la bailarina".

—Cualquier duda que tengan pueden preguntarnos a cualquiera de los tres. Aclarado esto, ¿les parece si empezamos?

La clase inició exactamente a las 18h30 con una pequeña, pero muy informativa introducción al mundo del baile del salón y a lo que verían ese día. Fue educativa, sin duda.

Cuando uno piensa en el baile de salón, probablemente se imagina a una pareja muy bien ataviada ejecutando un clásico vals. Hasta hace tres años tuvo conocimiento de que el seductor tango formaba parte del ballroom dance. Snape aprendió que existía una amplia gama de bailes, así como varias categorías además de los clásicos vals y tango. Las dos categorías más importantes eran el baile estándar y el latino. La categoría estándar estaba conformada por el vals, el vienés, el tango, el foxtrot y el quickstep. Cabe resaltar que además del vals —al cual, asimiló, a veces le decían vals inglés—, existía el vals vienés el cual era muy diferente al tradicional vals. Y si su cerebro se había confundido con todos esos nombres, definitivamente explotó en cuando escuchó los nombres de los bailes latinos: Chachachá, Rumba, Samba, Paso Doble, Jive y muchísimos otros más que entraban en subcategorías que no podía ni recordar.

Asimismo, la profesora y sus dos asistentes les enseñaron las posturas apropiados para calentar y estirar sin hacerse daño, aunque era claro que los únicos que necesitaban ayuda eran Neville y él pues Luna y Sirius estiraban con una facilidad envidiable. Sirius y Luna se apoyaban en las barras junto a los espejos y espiraban las piernas todo lo que podían o se deslizaban a través de todo lo largo del suelo de madera, con pasos gráciles, moviendo sus brazos de forma sincronizada bajo la atenta mirada de la Miss Granger —como había descubierto que se apellidaba la castaña—.

Neville y Snape estaban confinados a la estricta vigilancia de halcón de la profesora McGonagall y Harry. La profesora había dispuesto marcas en el suelo con números para que ellos pudieran pisar en orden y reproducir los pasos. Incluso, les había entregado un bastón largo a cada uno para que los pusieran entre sus brazos y, de esa forma, mejorar su postura. Cada tanto, los ojiverdes se les acercaban a corregirles o a volver a enseñar el movimiento, aunque por el momento, lo único que tenían que hacer era trazar un cuadrado con sus pies en un ritmo lento, no mayor de diez segundos.

Una vez terminado el calentamiento, aprendió unas posturas básicas para lo que enseñarían ese día, vals: cómo debía poner los pies, cómo debía erguirse, que tanto podía inclinarse, y la forma correcta de cómo sostener a su pareja, lo cual práctico un par de veces con la profesora McGonagall y millones de veces con el bastón de práctica.

—Sirius —dijo la profesora después de un rato—, tú con Luna, ya saben que hacer, quiero que practiquen su desliz.

—Sí, profesora. ¡Vamos, Loony! —exclamó tomándola del brazo y tirando de ella entusiasmado.

—Harry, por favor, vigílalos. Neville, —el muchacho nuevo se sobresaltó—, tú conmigo y Hermione, querida —la castaña dejó lo que estaba haciendo para prestar atención a su mayor—, ¿te puedes encargar del Sr. Snape?

El corazón de Snape empezó a latir más fuerte. Tal vez era por el ejercicio o porque estaba por sufrir una taquicardia, pero, en el fondo, sabía que era porque tendría de compañera a Miss Granger. Se giró para verla y la encontró mirándolo fijamente muy sorprendida, apartó su mirada color miel al instante en que se vio descubierta por él. Aún así, Hermione asintió con seguridad y llevó al profesor Snape a un extremo del salón con espacio suficiente para moverse sin chocar con las otras parejas.

¿Era mal momento para que sus manos le sudaran?

Severus se sentía nervioso —demasiado nervioso— algo sumamente inusual para él ya que era una persona que jamás dudaba ni les temía a los retos. ¡Él desayunaba retos! Siempre los enfrentaba y vencía; sin embargo, bailar un fragmento de vals con la bailarina castaña era algo tan… ¡no podía creerlo! Hasta hace menos de una hora y algo, Hermione era simplemente una figura lejana a la cual solo podía mirar como si fuera una estatua en un museo y, ahora, resulta que tenían que bailar juntos.

Aunque esta vez, sin ser unos completos desconocidos.

—Relájese, Sr. Snape —pidió en voz baja, pero firme, captando su atención. Snape volvió de sus pensamientos y la encontró de pie frente a él, estirándose todo lo que podía para parecer más alta de lo que era—, para bailar necesita respirar… de hecho, para seguir viviendo necesita respirar.

—Lo siento — ¡¿POR QUÉ TE ESTÁS DISCULPANDO?! ¡REACCIONA, SNAPE! ¡DI ALGO! —. ¿Eh…? No sé qué… no sé qué hacer.

—Ya me di cuenta —Miss Granger sonrió cabizbaja, casi como si no hubiese pasado, y luego se recompuso para mostrarle su faceta seria de profesional—. ¿Alguna vez ha bailado antes, Sr. Snape? —preguntó con voz fuerte y clara.

—Sí —Hermione abrió los ojos como plato ante su respuesta. Severus sintió como si un balde agua fría le hubiese caído encima. Su voz, grave y suave, había emitido un chillido estruendoso, un chillido abominable, un chillido de niño asustado. ¿Acaso había desafinado? Esto no podía salir peor. Se aclaró la garganta y continuó—… Digo, no… quiero decir, hace muchísimos años.

—Levanté los brazos a primera posición, así—indicó haciendo la posición que Severus debía imitar—. Ahora, doblamos ligeramente las rodillas… dije doblar, no sentarse.

Hermione caminaba en círculos alrededor de él como si fuera un ave de rapiña esperando que su presa cometiera el mínimo error para bajar y "atacar". Parecía que no sabía hacer nada bien: O sus brazos estaban muy altos o su espalda no estaba lo suficientemente erguida o sus piernas no aguantaban el peso o se inclinaba demasiado o cualquier otro error que los críticos ojos de Hermione se tomaban el tiempo de indicar. Perdió la percepción del tiempo mientras la chica le indicaba una y otra y otra vez como debía trazar el mismo cuadrado con cada paso que daba.

—No pensé que el vals fuera tan difícil —dijo después de un rato, cuando la castaña le dio tiempo para descansar la posición pues sus rodillas de hombre de mediana edad estaban quejándose con todas sus fuerzas—. Se supone que es un baile fácil, todos los hacen, solo son cuatro pasos.

—Ese es el mayor error que creen todos, Sr. Snape —dijo con suma hostilidad, como si la hubiese insultado por accidente—, que el baile de salón es fácil. El vals es uno de los bailes más complejos que existe si quieres hacerlo con la elegancia que requiere —Con un gesto de su mano, le indicó que reanudarían la práctica—. Sí, todos "pueden" hacerlo, pero cuando lo hacen, lo hacen tan mal pues, al igual que muchos —esta última palabra dijo mirándolo directamente—, creen en esas burdas ideas de que el vals es "fácil". Son pocos los que pueden hacerlo de forma correcta.

Hermione puso sus manos sobre él y, sujetando con firmeza, posicionó sus extremidades de la forma correcta —Ahora, demuéstreme que aprendió algo el día de hoy, Sr. Snape. Usted guía.

La bailarina se colocó frente a él y se metió entre sus brazos abiertos, uniéndose a él en la primera posición. El corazón de Snape, que hasta entonces estaba calmo, volvió a latir con fuerza y sus pulmones se inundaron del ligero perfume de Hermione. Severus enumeró mentalmente cada uno de los pasos: palma de la mano derecha detrás de los omoplatos, mano izquierda entrelazada con la de su compañera, doblar ligeramente las rodillas, piernas separadas e inclinación del cuerpo unos cuantos grados hacía atrás.

—¿Listo? —Snape asintió aparentando seguridad—. Recuerde, primero el pie izquierdo —Snape movió su pie izquierdo y Hermione lo siguió. De pronto, empezó a trazar un cuadrado bajo sus pies, tal y como había estado practicando la última hora.

Un, dos, tres, un, dos, tres, un, dos, tres. Pie izquierdo, pie derecho y de nuevo izquierdo. Un, dos, tres, un, dos, tres, repetía mentalmente. Hermione le seguía los pasos, estirando el cuello tanto como podía y mirando al punto opuesto de lo que Snape miraba. A medida que iban dibujando el cuadrado, la castaña empezó a inclinarse de un lado, para dar la ilusión de estar flotando tal y como él había visto la primera vez que la vio bailar.

Eso fue demasiado para él.

—Basta, basta —detuvo ella apartándose de él—. Me sigues pisando.

—Lo siento, Miss Granger —dijo preocupado—, espero no haberle hecho daño, no fue mi intención.

—No, no se preocupe —Mantuvo su equilibrio y levantó uno de sus pies para sobarlos intentando calmar el dolor—. Lo estaba haciendo bien… pero no puede ir por ahí pisando los pies de sus compañeros.

—Lo siento.

—Vaya a sentarse, Sr. Snape, descanse… Creo que todos debemos descansar.

Durante el descanso previo al final de la clase, Snape se mantuvo sentado en el sillón donde estuvo sentado al llegar. Acercó su botella de agua a sus labios, vertiendo el contenido refrescante por su garganta. La joven Luna había sido la única lo suficientemente amable para entregarle la botella como un intento de intercambio de palabras, pero al poco tiempo, volvió a su lugar al lado de Sirius, su contemporáneo, y ahora Neville a quien parecían haber adoptado bajo su protección y compañía.

Estiró sus piernas todo lo que podía, le dolían. Su cuello emitió un sonido al doblarlo a un lado. Estaba cansado, muy cansado y también, muy frustrado. La clase había sido buena, pero no era lo que esperaba. No es que fuera el método de enseñanza, la profesora McGonagall era exigente, pero excelente enseñando. Sus compañeros —se refería específicamente a Sirius— no lo habían molestado salvo en pequeñas ocasiones. Toda su frustración y cansancio recaía en la hostilidad que Miss Granger le había mostrado. Le dolía su frialdad, a pesar de no tener ni una relación con él, nunca hubiese esperado esa indiferencia.

Ella no fue exactamente lo que esperaba, tal vez al fin y al cabo había sido un error venir.

—Hicieron un gran trabajo hoy, caballeros.

La profesora McGonagall se levantó de su asiento y se dirigió hacia ellos con pasos elegantes como la bailarina que era. Dio unos cuantos aplausos, un tanto teatrales para el gusto de Severus, pero con estos trataba de demostrar su respeto hacia el esfuerzo de ambos pelinegros. Neville se sonrojó de inmediato, al parecer no estaba acostumbrado a esos halagos. En cambio, Snape, él no se creía ninguna de esas palabras, conocía sus capacidades y luego de tantos pisotones, estaba demás decir que era pésimo.

—Espero tenerlos aquí en la siguiente sesión, que se comprometan con esta institución y nuestros profesores. Para motivarlos en este viaje por la danza, quiero que vean una pequeña demostración de lo que pueden llegar a alcanzar con tiempo y mucha práctica.

¿A qué se refería?, se preguntó el profesor.

—Hermione, Harry —llamó la profesora, captando la atención de sus jóvenes asistentes—, si no les molesta, por favor, un vienés.

Harry respondió al llamado de la profesora, pero Hermione se mantuvo en silencio, mirando a Snape de reojo. La castaña asintió y fue llevada por Harry hacia el centro del salón, parándose uno frente a otro en la posición inicial del vals. Severus sintió que su corazón latía más y más fuerte, estaba a punto de presenciar el mismo acontecimiento que cambió su vida hace tres años.

Iba a ver un vals.

La profesora McGonagall presionó un botón del control remoto que tenía en sus manos y una suave melodía empezó a sonar por los parlantes. Harry tomó a la castaña por los omoplatos y ella apoyó su mano sobre su hombro, sin soltar sus manos, ambos se empezaron a deslizar sobre la superficie, como si flotaran entre las nubes. Sus pasos eran largos y delicados, el sonido constante y rítmico de sus zapatos chocando contra el piso era hipnótico. Hermione daba vueltas junto al pelinegro, Severus pensó que se veían como los muñecos de una pequeña caja musical.

Dieron una vuelta, pero no la completaron, en su lugar, Harry sostuvo a Hermione frente a Snape y Neville y, de esta forma, la castaña pudo reclinarse y hacer una pose de vals. Snape sintió que su respiración se cortaba cuando la castaña volvió a mirarlo tal y como lo había hecho hace tres años, esos mismos ojos miel que decían "Mirame solo a mí" seguían ahí.

Ni siquiera se dio cuenta de que estaba reteniendo el aire, ni siquiera se dio cuenta de que la canción había acabado, solo podía pensar en esos ojos que, si antes había pensado eran hermosos, ahora encontraba penetrantes. Casi como un reflejo, empezó a aplaudir con tal efusividad, que los aplausos de Neville, Luna y Sirius fueron opacados por los suyos. Hermione desvió la mirada, avergonzada, y trató de ocultarse con disimulo detrás de Harry.

—Muchas gracias, chicos, por esa excelente demostración —dijo McGonagall con orgullo, luego, se giró y se dirigió a sus alumnos—. Espero que esto quede en sus mentes como expectativa de lo que espero lograr en esta clase: alcanzar la perfección. Para ustedes —miró a Luna y a Sirius—, quiero que sea un recordatorio y para ustedes, los nuevos —esta vez miró a Snape y a Neville—, una motivación, sobre todo para el Sr. Snape, a quién lo he visto muy atento todo el performance.

Snape apartó la mirada de inmediato, avergonzado también. ¿Acaso había sido tan obvio? Esperaba no haberle causado un mal momento a la castaña, ya era suficiente con lo sucedido al comienzo de la clase. La profesa dio unas últimas indicaciones y luego dijo las palabras que tanto deseaba escuchar: "Eso es todo por hoy, pueden retirarse. Nos vemos el jueves".

Severus se tomó su tiempo mientras recogía sus escasas pertenencias, no quería ser el primer en salir y parecer desesperado por abandonar el lugar. Pudo escuchar a lo lejos la risa de Sirius Black, burlona y jocosa —Parece que tienes un nuevo admirador, Mione.

—Cállate, Sirius —respondió algo irritada.

—Tranquila, leona, luego de hoy, dudo que lo volvamos a ver.

—Ya déjala, Sirius —intervino el joven ojiverde tomando su mochila—. Esta frustrada porque esperaba más alumnos hoy.

—Tal vez la próxima clase nos vaya mejor —Luna dijo con su voz soñadora y actitud optimista mientras salía del salón seguida de Snape y Neville—. Esperamos verlos la próxima clase, chicos.

—Por supuesto —Neville respondió con rápidez, cargando esas dos palabras con determinación.

—Sí, buenas noches —respondió luego de pensárselo unos segundos.

Siguió su camino y bajó las escaleras. Sus pies le dolían ardían cada vez que pisaba los escalones, ahora ya entendía porque la petición de zapatos especiales, sus zapatos de profesor le habían fallado por completo. Al llegar al final de las escaleras, se dio cuenta de que Narcissa tenía toda la razón, él se encontraba fuera de forma. Con cada pasó que había dado, las piernas le temblaban y vacilaban a la hora de sostenerlo. Sería demasiado vergonzoso si se cayera en ese mismo instante. Caminó hasta las puertas y abrió una de ellas.

—¿Vendrá el jueves? —dijo una voz tras él. Tenía la esperanza de que fuera la voz de la bailarina llamada Hermione, pero no lo era. Al girarse, solo vio al Sr. Longbottom parado a mitad de la escalera— Yo vendré, me pareció divertido, creo que la profesora enseña bien.

—Sí, eh… lo voy a pensar.

Justo al terminar esas palabras, el grupito de baile dirigidos por Hermione apareció por la escalera. Nunca supo si habrían escuchado su conversación, solo que pasaron al lado de ellos, riendo como supuso siempre solían hacerlo. Snape aún sostenía la puerta abierta y la siguió sosteniendo para que la castaña saliera del edificio. Sus ojos miel se encontraron con los de él y Snape, en un acto de reflejo, le dedicó una pequeñísima sonrisa de lado.

—Gracias —susurró casi inaudible.

El profesor de Química no tuvo la oportunidad de responder, el resto de la clase de la profesora McGonagall salió tras ella, llevándosela lejos entre bromas y risas. Neville también se retiró, diciendo le un corto "Hasta el jueves" y yéndose calle arriba.

Snape cruzó la calle para dirigirse a la estación Earl's Court. Se detuvo un minuto para ver a la ventana del segundo piso del estudio de baile, el ventanal donde Hermione —se sentía raro dejar de llamarla "la bailarina triste" — solía apoyarse a mirar la calle. Algo dentro de él le dijo que las cosas ya no volverían a ser como antes, ya no tendría que admirarla desde una silla en el café de siempre, ahora podría hacerlo desde la pista de baile.

En silencio, Snape se dirigió a la estación, buscando su tarjeta azul del metro entre sus bolsillos.


Snape estaba desanimado al día siguiente y eso se reflejaba en sus clases.

Las clases del profesor Snape solían ser silenciosas, disciplinadas y controladas. El profesor solía sentarse detrás de su escritorio con sus libros y dictaba la clase en voz alta. Escribía las fórmulas y ejemplos necesarios en la pizarra y luego se paseaba entre los pupitres en busca de alumnos vagos que solo venían a calentar los asientos. Sin embargo, hoy el profesor era quien estaba callado en lugar de los alumnos. El profesor tan solo estaba sentado, mirando sin realmente mirar a la puerta cerrada, como si solo esperara que la campara sonara para que entrara el otro grupo y seguir en la misma posición.

La promoción de sexto año solía era famosa por ser uno de los grupos más relajados y burlones de Hogwarts, siempre poniendo el toque diversión a cualquier evento deportivo dentro de las paredes del "castillo", incluso habían ganado el concurso al "salón más unido" en alguna ocasión, aunque claro también había como "el salón más desastroso" y con mucho orgullo. Sin embargo, durante la clase doble de Química, no hubo ningún incidente con ellos. Es más, ¡ni siquiera se atrevían a hablar! Era tan extraño para ellos ver que su odioso profesor de Química no les tomaba ni el mínimo interés. De por sí, a Snape nunca le importaba lo que hacía sus alumnos, pero solía tener una fuerte presencia cuando estaba dictando clases, pero ahora, ni siquiera parecía que estuviera ahí.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente, había dicho algún alumno en broma esperando que el profesor reaccionara, pero no logró ni siquiera un parpadeo.

—Snape está como raro, hoy —dijo algún alumno en los asientos de atrás

—Eso te iba a decir, parece que estuviera en un viaje astral o algo así.

—Dejo tarea para hoy y ni siquiera nos ha preguntado —se les unió otro—. Mejor para mí, que ni se acuerde que hay tarea, no la hice, me olvidé.

—Creo que se quedó dormido con los ojos abiertos, aunque ni siquiera parece que respirara.

—¡¿Y SI SE MURIÓ?! —gritó una alumna haciendo que toda la clase volteara a callarla.

—¡Cállate, Karen!

A pesar de todo el alboroto causado, el profesor Snape ni se inmutó.

Dicen que cada cabeza es un mundo, pues el mundo de Snape estaba a mitad de una crisis total. Como si un huracán acabara de pasar, arruinando por completo sus construcciones, como si una desafinada nota lo hubiera sacado de su pentagrama, como si una extraña pandemia hubiese atacado a su población. Y este peligrosa "crisis" tenía un causante al cual podía identificar con nombre y apellido, el huracán Miss Hermione Granger había pasado brutalmente, azotándolo con su indiferencia.

No entendía el porqué la bailarina lo había tratado así. ¿Acaso siempre era así? Cuando se vieron por primera vez hace tres años, parecía una persona cálida, una persona a quién querrías tener como amigo, pero ahora, tres años después, parecía una de esas personas a las que prefieres evitar hablar en cualquier reunión. Eso le pasaba por haber idealizado durante tres años un recuerdo, un simple recuerdo que ni siquiera duraba más de tres minutos. Se sentía decepcionado por completo y eso ni siquiera los mimos de Lamarck podían animarlo.

—¡Tim!... ¡Tim!... ¡Timothée!

—¡¿Qué?! —respondió el prefecto de la clase ante el constante llamado de sus compañeros.

—Hablale a Snape, dile algo —le pidieron—. Ya me aburrí, dile que ya acabamos los ejercicios.

— Dile algo, lo que sea. Está muy raro, creo que deberíamos llevarlo donde Madame Pomfrey.

—Falan 30 minutos, no lo molesten —pidió Timothée exasperado. Como delegado de la clase, era de los pocos alumnos que tenían permitido interrumpir al profesor en sus actividades y, por lo tanto, la única esperanza de los alumnos de sexto—. Además, yo no quiero hablarle.

—¡Anda! ¡Para esto estás!

—¡Anda, Timmy!

—¡Dile algo!

—Revisa si sigue con vida.

—Ya, ya, ya, ¡ya voy!

¿Qué le había hecho a esa chica para que lo tratara de esa manera? ¿Acaso ella lo había reconocido? Tal vez sabía que él solía sentarse en la cafetería de al frente para verla o tal vez había sido su constante mirada sobre ella lo que había desatado aquella molestia hacia su persona. No quiso ofenderla, en el caso de que haberlo hecho, solo quería acercársele y ahora, por culpa de estas nuevas emociones, se encontraba inscrito en una clase a la que no sabía si quería asistir, con un grupo de personajes poco convencionales y con una instructora de baile que parecía odiarlo. Sin mencionar que estaba desenfocándose de sus actividades.

¡No te pagan por calentar el asiento, Severus!

—¿Profesor Snape? —dijo el prefecto Clarke, de pie frente a su escritorio, con su libro en sus manos—. ¿Profesor Snape? ¿Está bien?

El profesor pareció despertar de su trance. Sus oscuros y confundidos ojos dejaron de ver la puerta y se enfocaron en la figura sorprendida de su alumno quien no se daba cuenta aún que estaba conteniendo la respiración. La mirada del profesor reflejaba disgusto al haber sido interrumpido.

—¿Qué quieres, Clarke? —respondió con ese típico tono susurrante tan propio de él.

—Eh… —el joven se giró a ver a sus compañeros sin tener muy en claro que hacer, pero siguiendo adelante—. Eh… Yo quería preguntarle por este ejercicio, señor. No lo comprendo bien. Este, el número 8 —y sin vacilar, rápidamente le entregó su libro para cubrir su mentira—. ¿Cómo halló este valor? Me faltan datos.

El resto de la jornada académica no fue muy diferente. Los alumnos, en lugar de aprender sobre formulas moleculares, gases y disoluciones, aprendieron a como identificar a un adulto de mediana edad a mitad de una crisis, algo realmente incomodo de ver de acuerdo a ellos.

Al llegar a casa las cosas no habían cambiado mucho. Salió a pasear con el samoyedo mestizo como venía haciendo desde hace un mes y luego se dedicó a leer para tratar de despejar su mente. Por alguna razón y sin darse cuenta, durante esas horas de la tarde y hasta altas horas de la noche, acompañó su soledad con música de vals y la suave respiración del perro dormido junto a sus piernas.

La siguiente clase no fue mejor que la primera. Snape había llegado puntual y, al igual que la primera vez, Neville se encontraba sentado en uno de los sillones de descanso mientras esperaba a los otros alumnos de su turno. El pelinegro se veía feliz de ver a su mayor, se alegraba de no ser el único. Snape se fue a sentar junto a él como acto de inercia, pues no sabía dónde más ubicarse, el salón aún seguía ocupado por algunos alumnos de la clase anterior, la mayoría era incluso menores que la misma Luna.

—Es bueno verlo aquí, Sr. Snape —comentó Neville quien ahora sí estaba con ropa apropiada para bailar—, pensé que sería el único nuevo hoy, aunque espero que lleguen más alumnos.

—Que el cielo lo escuche, Sr. Longbottom —la profesora ojiverde alzó la voz ante el comentario de Neville—. ¡Qué el cielo lo escuche!

Sirius y Luna llegaron al cabo de un rato, ambos sosteniendo cascos de motocicletas bajo sus brazos. A los minutos, Harry y Hermione atravesaron la puerta del salón. La bailarina se quedó mirando tanto a Neville y a Snape con evidente sorpresa, como si realmente no esperara verlos ahí. Snape levantó la mano tímidamente en un gesto de saludo que la joven castaña no respondió.

La segunda clase fue tan intensa o tal vez más que la primera. Sin embargo, esta vez el salón estaba más lleno. Había dos parejas nuevas, dos pares de adolescentes no mayores de 17 años. Hermione se dedicaba exclusivamente a su enseñanza y parecía que se conocían de tiempo pues trabajan excelente bajo su dirección. Estas parejas, por lo que tenía entendido, estaban tomando clases extras ya que estaban próximos a participar en un importante concurso regional de ballroom y necesitaban toda la práctica posible.

Mientras tanto, al otro lado del salón, Harry y McGonagall se encargaban de la enseñanza de Snape y los otros. El cuarentón pelinegro no podía concentrarse mucho en los ejercicios pues estaba más ocupado mirando como las dos parejas bailaban entre ellos lo que, había escuchado, era rumba. Ellos, a su corta edad, eran excelentes. Podías notar la preparación detrás de cada paso que daban.

La rumba, el baile lento de la pasión, había escuchado decir de la boca de Miss Granger cuando había reemplazado a uno de los bailarines varones para mostrarle como tomar a su pareja. Debes tomarla con delicadeza, el punto de este baile es exhibir a tu pareja, es ella la que debe resaltar.

—¡Señor Snape! No tengo idea de lo que usted está bailando, pero ese no es el tempo —la profesora McGonagall llamó su atención por cuarta vez en lo que iban de la clase—. Creo que será mejor que descansemos un rato. A ver si puede encontrar su pie derecho, parece que solo tiene izquierdos.

Snape tomó esto como una tregua entre la exigente profesora y él, por lo que no perdió tiempo y fue a tomar asiento en uno de los sillones. Colocó una botella de agua fresca —que había tomado del minibar del salón— sobre su frente y su cuello para refrescarse un poco antes de tomar su contenido. Estaba cansado, más mental que físicamente lo cual no tenía sentido pues llevaba una hora entera bailando. Tal vez era porque su mente no dejaba de pensar en qué es lo que había hecho mal para ganarse ese odio injustificado por parte de la joven instructora de baile. Miss Granger seguía trabajando con sus propios alumnos, cada tanto solía voltear en su dirección esperando atraparlo mirándola, pero Snape era mucho más rápido que ella y sabía disimular.

—No era lo que esperabas, ¿verdad?

Sirius Black se dejó caer sobre el asiento libre a su lado izquierdo. El millonario se sentó en una posición cómoda, casi desparramándose sobre el mueble, con una botella de agua a medio tomar en su mano. Snape enarcó una ceja y lo miró de reojo.

—¿Me hablas a mí? —preguntó confundido.

—¿Quién te crees? ¿De Niro? —respondió cargado de ingenio y una sonrisa burlona— Claro que te hablo a ti. Es tan solo tu segundo día aquí y parece que hubieses regresado de la guerra. Adivino, ¿no era lo que esperabas?

Snape se giró a verlo por primera vez en lo que iba del día. La mirada de Black era tal y como la recordaba cuando era niño, llena de vida y audaz. Su sonrisa de lado, tan típica de él, lo irritaba a niveles que nunca antes alguien había logrado irritarle, era como si Sirius supiera algo que él no y se moría por presumir y regodearse frente a él.

¿Acaso se estaba refiriendo a Hermione? Bueno, en parte, era verdad, la castaña había resultado ser una "desilusión", por así decirlo, puesto que no era en nada parecido a lo que él imaginaba. ¿Acaso era tan obvio para que todos se dieran cuenta?

—No realmente —respondió quedito.

—Si te sirve de algo, no creo que lo hagas mal —¿Qué? ¿A qué se refería?—. De hecho, no creo que ni tu ni Neville lo haga mal. Solo es su segunda clase, no tienes porque perder la esperanza tan rápido. Toda nueva disciplina lleva su tiempo, no te volverás un experto de la noche a la mañana.

Ah, era eso. Sintió alivio de que solo se refiriera a su nulo talento para el baile.

—Ya lo sé, sé que todo lleva tiempo, sobre todo algo tan complicado como el ballroom. Es solo que… no lo sé, me siento ridículo aquí —respondió dejando de mirarlo y volviendo su atención a su botella de agua—. Todos son jóvenes. Mira a esas parejas de allá, la más mayor debe tener 16 a lo mucho. Es más, si no estuvieras aquí, ya me hubiese ido, sería el más viejo aquí.

—La edad es solo un número, todo está de como te sientas. Mirame a mí, 42 años y mañana iré a saltar en paracaídas solo porque quiero. Tal vez seas el más viejo aquí en edad, pero no tienes que serlo en pensamiento.

Snape pensó que también se sentiría joven si tuviera ese físico atractivo, tanto dinero y posiblemente todo lo que Sirius tenía y él no.

—Por supuesto.

—No, no, no —ambos pelinegros se giraron para ver a la castaña regañando a los adolescentes a su cargo—. Lo estás haciendo mal, le sacaras el brazo si la haces girar así —Luna se acercó a ellos, sentándose al otro lado de Severus, con una caja rosada entre sus manos de la cual, sacaba galletas. Ahora, los tres alumnos miraban a Miss Granger impartiendo su conocimiento—. Cuando hagas esta vuelta, recuerda terminar mirando a la derecha, a la mesa de jurados, ellos tienen que verlos.

—¿Siempre es así? —preguntó el de ojos oscuros — ¿Tan… intensa?

—A veces, pero ahora se está luciendo —respondió Luna—. Le gusta ser exigente con los juniors, siempre creen que están listos, pero la profesora McGonagall siempre dice que faltan pulir pasos. Usualmente es tierna y tiene mucha paciencia para enseñar, no sé porque hoy está así.

—Tal vez sea por algo que la esté molestando —añadió Sirius sin tomarle importancia, aunque Snape había notado como lo había mirado de reojo para ver su reacción ante su comentario—… algo nuevo.

—Tal vez sea yo —pensó para sí mismo… ¡en voz alta! Lo que causó que sus dos acompañantes pusieran sus intensas y sorprendidas miradas sobre él. ¡Maldita sea! ¡Él y su bocota! —. Me refiero a que creo que ella podría estar así a causa mía. No sabía si era así con todos los alumnos nuevos o si era sólo conmigo. Al Sr. Longbottom…

—Neville —aclaró Luna. El mencionado estaba al otro lado del salón, practicando con la profesora McGonagall los nuevos pasos de baile aprendidos.

—… Neville —retomó—, a él no le ha dicho nada, pero parece que la tuviera jurada contra mí y ahora que me dicen eso, solo me hace confirmar lo que ya pensaba. ¿Acaso hice algo malo?

—No, no, no —Luna intervino con rápidez, negando con la cabeza tantas veces que pensó que se le zafaría—, bueno… tal vez sí, pero solo un poquito.

—¿Qué?

—Lo que la pequeña Luna quiere decir —Sirius hizo acto de presencia, estirándose aburrido a lo ancho del sillón— es que Hermione no te quiere cerca de ella ni del estudio porque cree que eres un mirón.

—¿Un mirón? —preguntó confundido—. No comprendo.

—Ni a McGonagall ni a Hermione les gusta los mirones —continuó—. La mayoría de los alumnos varones que asisten a las primeras clases solo vienen a verla a ella, no a bailar. A Hermione le incomoda mucho, pero más que eso, le molesta que le hagan eso a la profesora McGonagall, ella tiene mucha ilusión cada vez que ve alumnos nuevos entrar por su puerta, pero oculta su decepción cada vez que descubre que solo vienen a hacerle perder el tiempo.

Snape no dijo nada, podía comprender perfectamente el enojo de Miss Granger, él también estaría molesto si le hicieran perder el tiempo de esa forma, viéndole la cara de tonto.

—Es por eso que Hermione tiene mucho cuidado con los nuevos. Sabe detectar a mirón a kilómetros y creo que ella te ha confundido con uno.

—Eso explica muchas cosas —se dijo más para sí mismo que para los otros dos.

—No te preocupes, Snape, debo confesar que incluso yo alguna vez lo hice, pero luego de un tiempo, le perdí el interés; sin embargo, me terminó gustando esto del baile y me quedé. Hermione es una buena chica y ama lo que hace, solo no la ofendas tratando de tomarle el pelo, no tiene ninguno de tonta.

—Se le pasará pronto, ya verás —consoló la rubia—, solo tienes que pasar su periodo de aprobación y hasta se volverá tu amiga.

Amiga, pensó— Pero a Neville hasta le sonríe.

—Neville viene a bailar —agregó Sirius mirando hacia en dirección al menor— eso es obvio —ahora Neville se encontraba en el piso, había vuelto a enredarse con sus propios pies, provocando la desesperación de la profesora McGonagall—. Sí, viene a aprender, por eso a Hermione le cae tan bien.

—¡Sirius! ¡Ven! —llamó Harry desde la puerta del salón—. Kreacher está en el teléfono de abajo, dice que no contestas el tuyo, y seguirá insistiendo hasta que contestes.

—Ay, ese odioso mayordomo —lamentó antes de levantarse y saliendo del salón con toda la paciencia del mundo, demorándose todo lo que quería.

Snape se quedó solo con Luna, quien no dejaba de mirarlo con esos enormes ojos grises. El pelinegro volvió a sentirse incomodo ante la intensa, aunque inocente mirada de la rubia quien lo miraba como fascinada. Luna no distaba mucho de la edad de sus alumnos más grandes, en realidad, aún se veía como alumna de colegio, por lo que tuvo la suficiente confianza para dirigirle la palabra.

—¿Pasa algo, Lovegood? —la escena vista desde otra perspectiva pudo ser considerada hasta graciosa. Una pequeña mujercita mirando fijamente a un hombre adulto, incomodándolo a propósito— ¿Soy o me parezco?

—Espero que solo se parezca, Sr. Snape.

—¿A qué te refieres?

—A que solo se parezca a un mirón, Sr. Snape —respondió sonriéndole, aunque estás no era de sus auténticas y cálidas sonrisas—. Me decepcionaría mucho, usted no parece de esos tipos.

Luna no era de las personas que asustaban, pero ahora Snape estaba aterrado. Ella sabía que él era de esos mirones de los que tanto hablaban, sabía que solo estaba aquí para ver a Hermione bailar, para ver si podría tener, aunque sea la más mínima posibilidad de acercársele y tener, aunque sea una conversación decente. Ella sabía que estaba así de cerca de abandonar y no volver a aparecerse de ese estudio debido a su desilusión.

—Puedo asegurarle que no lo soy, Miss Lovegood.

—Eso espero, Sr. Snape —enfatizó acercándose más y más a él, abriendo si era posible más los ojos y bajando el tono cantarín de su voz por uno más susurrante—. No quiero que tome a mal esto, señor, porque lo he estado observando y realmente creo que usted quiere aprender, pero esta academia de baile significa todo para nosotros. Es el negocio de la profesora McGonagall, ella vive de esto y nos duele ver como no la toman en serio y solo vienen a hacerle perder tiempo. Hermione ha pasado por mucho estos últimos años, no es justo que solo vengan a acosarla. A nosotros nos importan mucho, son nuestras amigas, la profesora McGonagall nos ha ayudado a todos de formas que jamás podrá imaginar, señor. Así que… realmente espero que, si no tiene ganas de aprender, no se sienta ofendido si Hermione no lo quiere aquí.

—En fin, ¿quiere una galleta? —ofreció pasándole la caja con postres que un confundido Snape supo rechazar con amabilidad.

—¡Luna! ¡Sr. Snape! —llamó la profesora McGonagall desde el otro lado del salón— Dejen de descansar, es hora de prácticar.

—¡Ya vamos! —respondió la rubia volviendo a su voz cantarina de siempre. Lo tomó de su brazo y lo arrastró energética donde la profesora se encontraba.

Esta de más decir que Snape terminó muerto después de la clase. Tuvo que pedir un taxi y arrastrarse escaleras arriba después de dar de comer a Lamarck y sacarlo al patio por última vez. Realmente le urgía ponerse en forma si queria seguir llevando a Lamarck al parque... y comer los postres que Lucius le había regalado no ayudaban mucho.

Finalmente, se quedo dormido en el sofá de la sala, con un brownie a medio comer en un plato y a Lamarck dormido sobre sus piernas. No quería recordar, pero la ultima vez que se había quedado dormido así, fue el día en que por fin firmó los papeles del su tormentoso divorcio.


El primer sábado de marzo, Snape no sabía por qué demonios estaba parado frente a la academia de McGonagall, mirando al edificio sin atreverse ni siquiera a abrir las puertas azules.

Había despertado tarde, con Lamarck durmiendo sobre él. Había estado en pijama hasta el mediodía sin ánimos de hacer nada. Por cuestiones de padre responsable, había salido a caminar con Lamarck durante media hora, dándole dos vueltas a un parque cercano y luego, yendo a comer en un pequeño restaurante con mesas afuera para los dueños con mascotas. Regresó a casa y pasó una hora echado en su cama sin saber que hacer.

Cuando el reloj marcó las cinco en punto, Lamarck saltó sobre él, ladrando y gruñendo, aclamando por su atención, como si quisiera decirle algo. Sin poder creerlo, el can le estaba pidiéndole, a su perruna forma, que saliera de la casa porque llegaría tarde a su clase de baile. El samoyedo era inteligente, sin duda, en su hocico llevaba uno de los zapatos negros de Snape, los mismo que usaba para ir a clases.

Era por eso que se encontraba ahí, vestido con ropa de dar clases y la mirada cansada.

Dejó escapar el aire caliente contenido en sus pulmones por medio de un suspiro, un cansado y largo suspiro. Estiró su cuello de derecha a izquierda provocando que sonara con cada movimiento. Relajó los hombros moviéndolos en circulo hacía atrás y colocó sus manos grandes sobre las puertas azules.

¿Debería entrar?

—¿Sr. Snape?

Severus dio un ligero sobresalto y se giró para encontrar a Hermione Granger parada a su lado, mirándole con sus enormes ojos miel. Su corazón latía con fuerza contra su pecho casi cortándole la respiración.

—Ah, Miss Granger, es usted —respondió él recuperando la compostura, tratando de simular que todo estaba bien—. Me asustó… No es que usted asusté —agregó rápidamente—, es solo que no esperaba encontrarla… aquí… ahora.

—Oh, lo siento —parecía haberla avergonzado pues sus mejillas se tiñeron de carmín—. No era mi intención asustarlo, lo siento.

—No se preocupe —esto era incómodo y era difícil deducir a quien le afectaba más. Si bien Hermione trataba de ocultar su vergüenza y hacía un gran esfuerzo en ello, el rostro de Snape era una estatua de mármol sin expresiones comparado con el de ella, aunque por dentro, estaba gritando "¡Que alguien me saque de esta situación incómoda, por favor!".

—Voy a entrar —dijo después de un silencio sumamente largo y haciendo un ademán de acercarse a la puerta el cual Snape entendió como una forma indirecta de pedirle que se apartara para dejarle el camino libre—. ¿Se nos unirá hoy?

—Yo… aún lo estoy pensando —respondió casi inaudible.

—Hmm… —ella hizo ese extraño sonido a la vez que enarcaba una ceja, como sí con eso dijera todo lo que pensaba y no quería decir, todo aquello que ya le habían comentado Black y Lovegood la clase pasada—. No se preocupe, no sería la primera persona que solo viene por un par de clases. Además, el baile del salón no es para todos —su voz era un misterio para él pues estaba cargada de algo muy similar al enojo junto con una pizca de decepción, pero al mismo tiempo, su lenguaje corporal le indicaba que estaba satisfecha, como si sus palabras fueran falsas—. Que pase una buena noche, Sr. Snape, y, por favor, no interrumpa el paso. Algunos sí quieren aprender.

¡Así que sí eso era! Las advertencias de Luna fueron ciertas todo este tiempo.

Hermione creía que era uno más de los tantos hombres que venían a verla bailar, molestándola en el proceso; de esos que se inscribían a una clase que jamás volverían a asistir, de esos que ilusionaban a la pobre profesora McGonagall con la idea de que aún existían interesados en la danza que ella tanto amaba.

Ella creía que era uno de ellos.

Snape no tuvo tiempo de decir algo para defenderse, la castaña ya le había cerrado las puertas azules en la cara y subía a toda velocidad las escaleras hacia los niveles superiores. La pudo observar perfectamente a través del cristal de la puerta, pisaba con fuerza cada escalón en un infantil intento de aplacar su enojo.

Tal vez tenía razón y sí era una de esas personas, después de todo, ni siquiera sabía el porqué estaba haciendo esto, desde un inicio solo había querido entrar a las clases para verla de cerca. No necesitaba más cambios, había tenido muchos este mes con la llegada de Lamarck como para complicarse más la vida con clases de un baile que jamás bailaría y tratando de impresionar a una bailarina cuya única reacción que le generaba era la antipatía. No tenía sentido intentarlo, lo mejor era alejarse antes de que le afectara más de lo que ya lo estaba haciendo. Giró sobre sí mismo y caminó derrotado de regreso a la estación de Earl's Court, volvería a su casa. Tal vez se detendría en una tienda a comprar helado o algo dulce, tal vez compraría ingredientes para preparar una cena demasiado deliciosa para una sola persona.

… o tal vez no.

Decidido, abrió empujó las puertas azules, subió las escaleras hasta el tercer piso y, tomando una pausa para respirar y prepararse mentalmente, abrió la puerta del salón donde los presentes Sirius Black, Luna Lovegood y Neville Longbottom se giraron sorprendidos de verle. El profesor saludó a todos en general y se dirigió al sofá cercano a los otros estudiantes para cambiarse los zapatos. Harry y Hermione estaban sentados cerca al estéreo haciendo un par de estiramientos, los dos instructores miraron de reojo al recién llegado trantando de ocultar el asombro de verlo ahí, sobre todo porque Hermione ya había anunciado que el pelinegro ya se había dado por vencido.

—Parece que te equivocaste —le dijo Harry en tono burlón.

—Es porque me lo encontré abajo —respondió ella sin dirigirle la mirada—. No le doy más de cuatro clases, luego no veremos ni su sombra.

—Quien sabe, Herms —Harry notó que el profesor de Química se mostraba dispuesto a iniciar una conversación amistosa con sus semejantes—, tal vez nos equivocamos y espero que sea así, por el bien de esta academia.

—Muy bien, caballeros —dijo la profesora McGonagall entrando en el salón captando la atención de todos los presentes, sobre todo la de los nuevos miembros—, me alegro de seguir viendo sus rostros, espero seguir haciéndolo. Hermione, Harry, ¿listos?

Los jóvenes instructores asintieron y se colocaron en sus respectivas posiciones al lado de la veterana bailarina, esperando atentamente las próximas instrucciones.

—¿Y ustedes? ¿Listos para calentar? —esta vez sí dirigió a sus alumnos.

—Yo nací listo, Minnie —respondió Sirius estirándose como un gato. El aristócrata portaba como único objeto elegante sus zapatos pues el resto de su ropa parecía ser de yoga —o de vago—, su cabello largo estaba atado en un desordenado moño que Luna acaba de hacer. La profesora McGonagall le lanzó una mirada dura luego de su respuesta—… digo, profesora McGonagall… perdón.

—No le haga caso, profesora —pidió Luna quien usaba unos leotardos amarillos ese día y las mismas dos trenzas que portaba el día que la conoció—, ese moño le está cortando la circulación a su cerebro.

—Ya me di cuenta, querida.

Ahora, la mujer de ojos verdes puso toda su atención en Neville y Snape. Neville a diferencia del académico, portaba ropa holgada de gimnasio y un par de zapatos de baile evidentemente nuevos. La profesora lo examinó de pies a cabeza y vislumbró una pequeña sonrisa que desapareció fugazmente— Es bueno verlo, Sr. Longbottom, espero que muestre un buen desempeño a lo largo de las clases, algo me dice que hay un gran bailarín escondido dentro de usted.

—¿En serio? —preguntó incrédulo. Luna y Sirius lo codearon a modo de respuesta.

—Eso espero y espero que esos zapatos nuevos no terminen lastimándole los pies.

Severus inmediatamente tomó eso como una señal para mirar sus zapatos y compararlos con los nuevos de Longbottom. Los suyos ya estaban viejos, no sé veían mal, estaban perfectamente lustrados, pero eso no ocultaba que estuvieran gastados; sin embargo, eran sus zapatos formales más cómodos. Aún portaba sus ropas del trabajo pues solo había traído una camiseta y una toalla en su maletín.

—Es bueno saber que no soy la más formal en esta sala —comentó la profesora dirigiéndose a él—. ¿Listo, Sr. Snape?

Severus la miró y luego miró a la castaña sin poder evitarlo. Ambos se observaron fijamente por una fracción de segundo antes de que Snape respondiera aún sin apartar la mirada.

—Completamente.

—Perfecto —la profesora tomó el control del estéreo y puso la música para iniciar con la clase—. Ahora deje de mirar a la Srta. Granger, le aseguro que ella no va a desaparecer.

Mierda, ¿por qué tenía que sabotearse a sí mismo y ponerse en evidencia?

Escuchó la risa de Sirius a lo lejos. Harry no podía fingir que no había escuchado eso y trataba de aguantar la risa para que su amiga no le propinara un pisotón debido a su cercanía. Ella estaba tan avergonzada como él. Sus ojos se encontraron y a Severus le pareció que ella lo estaba retando con la mirada, como si le retara a ver qué tan dispuesto estaba a aprender, aprender de verdad.

—Muy bien, todo el mundo, ¿qué están esperando? ¡A calentar! ¡Ya!


YA FUE CHIC S, LAS CLASES VIRTUALES ME VENCIERON. ¡YA ESTOY HARTA!

EN FIN, PERDONEN LA DEMORA DE LA ACTUALIZACIÓN, HAGO LO MEJOR QUE PUEDO, PERO YA NI SIQUIERA TENGO TIEMPO T-T EXTRAÑO LOS DÍAS DONDE NO TENÍA CLASES Y DISFRUTABA DE NO HACER NADA TODO EL DÍA.

ESPERO LEERLOS PRONTO, ¡BESITOS! CUÍDENSE, SOBRE TODO AHORA QUE VAN A RETIRAR LA CUARENTENA DE ALGUNOS PAÍSES, SIGAN QUEDÁNDOSE EN SUS CASAS, POR FAVOR.