CAPÍTULO 6

Luego de que Severus Snape pasara la cuarta clase, las cosas en McGonagall's Studio parecieron calmarse. En la quinta, Sirius y Luna lo empezaron a incluir dentro del grupo y, en la sexta, Hermione por fin dejó de mirarlo de esa forma tan fría. El ambiente dentro del salón de baile dejó de ser tenso e incómodo, ahora era entretenido y, aunque Snape lo negara mil veces, le empezaban a agradar sus compañeros de clases. Se divertía con las ocurrencias de Sirius y Harry, Neville le resultaba menos irritante y Luna… Luna seguía siendo ella.

La profesora McGonagall solía felicitarle en algunas ocasiones su progreso —al menos ya no pisaba a sus compañeros… no tanto— e incluso Hermione se permitía dedicarle una pequeña y tímida sonrisa antes de volver a sus asuntos. Se sentía bien ser aceptado, sobre todo por ella, aunque claro, le gustaría intercambiar más palabras que los simples "Hola" y "Adiós".

En fin, el buen humor de Snape no solo se reflejaba en aquella academia de Earl's Court Road, también en el laboratorio del sótano de Hogwarts. Los alumnos no entendían que le había pasado a su temido profesor porque, de la noche a la mañana, empezó a dejar menos tarea de lo usual.

—Y para mañana… solo hagan la página 378, los diez ejercicios, nada más. Nos vemos mañana.

—Profesor, ¿solo 10 ejercicios?

—Sí —los alumnos se quedaron en sus asientos, desconfiados. Tantos cambios no eran normales en su profesor. A inicios del mes, estaba tan triste y ausente como ellos en épocas de exámenes y, ahora, casi a finales de marzo, parecía que le acabaran de decir que había ganado la lotería o algo así. ¡No era normal! ¡Asustaba! —. Ahora váyanse de aquí antes de que cambie de opinión.

Bueno, tal vez no había cambiado tanto… al menos para ellos, porque para los Malfoy, para ellos él era otra historia.

Snape, acompañado de Lamarck, seguía frecuentando a los Malfoy durante los fines de semana y solía almorzar con ellos a mitad de semana en el Heir, donde siempre comía gratis por más que insistiera en pagar. Draco solía llegar de Oxford exclusivamente para jugar con el samoyedo en los hermosos jardines de Malfoy House. El universitario se había encargado la difícil tarea de enseñarle trucos.

En una de las tantas tardes de domingo que compartían juntos en la cocina —la cual se había convertido en el nuevo lugar de reuniones desde que Lucius decidió practicar sus habilidades pasteleras—, los esposos Malfoy y él platicaban junto a unas tazas de té mientras Draco se encontraba mimando a Lamarck en la sala de estar. Los dos amigos charlaban animadamente y, aunque su intención no era excluir a la Sra. Malfoy, esta estaba muy callada, mirando fijamente al profesor con los ojos entrecerrados como si analizara los arreglos finales de algún evento en su hotel.

—¿Qué sucede? ¿Soy o me parezco? —le preguntó el afectado luego de un rato pues ya no podía soportar por más tiempo esa mirada.

—Hay algo diferente en ti, Severus Snape —la rubia pudiente se acercó más a él, como si fuese un gato preparándose a saltar sobre su presa. Snape se alejó sin moverse de su asiento, conocía lo suficiente a su amiga como para saber que, si más intentaba evadirla, más ella se empeñaría en quedarse a su lado— y pienso averiguarlo.

—Cissy, déjalo en paz. Es el mismo Snape de ayer, de hoy y de siempre —le dijo su esposo, vertiendo la mezcla de pasteles en dos contenedores redondos de metal—. Él es como… como las matemáticas, no cambiará nunca.

—Eso es lo más inteligente que te he escuchado decir en toda tu vida, Lucius —comentó burlón el pelinegro—. Incluso más que tu discurso de...

—¡YA SÉ! —gritó de repente, levantándose de la mesa, tan feliz como si acabara de descubrir la cura para el cáncer o el secreto mejor guardado de las altas esferas sociales inglesas. Severus y Lucius se quedaron mirándola en silencio, preguntándose de que hablaba o si por fin Narcissa Malfoy había enloquecido—. ¡Adelgazaste!

—¿Qué?

—Amor, ¿a qué te…?

—¡Adelgazaste, Severus! Bajaste de peso y creíste que no lo iba a notar —continuó, volviendo a tomar su asiento, recuperando la compostura—. Tampoco es un gran cambio, pero es perceptible. Tu cuello, se ve más esbelto y la forma en como caminas… ¿estás haciendo marcha o baile?

—Ahora que lo pienso, sí, estás caminando raro —le comentó el esposo en tono burlón, probando un poco de mezcla del pastel—. Nah, no sabe mal.

—Yo no camino raro —enfatizó cada palabra cargado de enojo—. Camino como cualquier otra persona. He estado paseando a Lamarck casi a diario, era obvio que bajaría de peso… eventualmente.

—Pero ya no das zancadas, ahora es como si te deslizaras. ¿Seguro que no estás haciendo marcha? Es una buena actividad, muy completa, ayuda mucho a las rodillas. Creo que hasta es un deporte.

—Y si no es marcha… Severus —intervino el aspirante a pastelero—, voy a empezar a creer que no te conozco como pienso que te conozco… y dejaré de compartir las duchas del club contigo.

—¿Saben qué? No estoy de humor para esto —el hombre se levantó y salió de la cocina sin escuchar los reclamos de sus amigos que le pedían que no se molestara por una simple broma—. Iré a ver a mi perro, ya vuelvo y espero que para cuando lo haga, dejen de decir estupideces.

Después de revisar que los niños estuvieran bien —por niños se refería al veinteañero de Draco y al crecido Lamarck—, fue al baño para refrescarse el rostro. Las burlas de las personas que consideraba sus amigos seguían resonando en su cabeza. Él no caminaba raro, caminaba igual que siempre había caminado. Tampoco se veía más delgado, se veía igual que siempre, su reflejo no le iba a mentir. Él seguía siendo el mismo Severus Snape de siempre.

Volvió sobre sus pasos hasta la cocina, pero no se atrevió a entrar. La mención de su nombre en la conversación privada que tenían los dueños de la casa lo hizo detenerse. Apoyado en la pared que daba a la cocina, Snape se quedó en silencio escuchando sin ser visto. ¿De qué estaban hablando a sus espaldas?

—No debiste decirle eso, Lucius, sabes que a Severus no le gustan ese tipo de bromas. ¿Y qué si está haciendo ejercicio? Es saludable, no es bueno para él estar encerrado en su casa todo el día. Si no quiere hacer ejercicio contigo es porque tal vez prefiere que "alguien" no lo moleste.

—Me preocupa, eso es todo. Primero decide adoptar a un perro, luego deja de quejarse de su trabajo, ahora empieza a hacer ejercicio y hasta el cabello se le ve más arreglado. ¡No es común en él! ¡Algo le está pasando! Desde que ese perro llegó, ha cambiado.

—¡A mí me agrada Lamarck! Tal vez solo quiere hacer algo nuevo, Lucius, déjalo tranquilo. Además, necesita hacer ejercicio para bajar las calorías de tantos postres que lo obligas a comer.

—Bueno… creo que tienes razón. Aunque… ¿Marcha? ¿En serio? ¿Qué no podía escoger una actividad más ridícula?

—Lucius, por favor, no empieces.

—Bueno, al menos no hace algo tonto como… no sé… baile, por ejemplo.

¿Tonto? ¿Algo tonto como el baile? ¿Qué tan terrible sería que él hiciera baile?

—Oye, ¡yo hago baile! —le recriminó Narcissa—. Es una buena actividad. Se lo sugerí un par de veces. Dudo que me haya hecho caso, pero no digas que es tonto.

—Pero tú eres tú, Narcissa. Con Snape es diferente. Escucha, lo conozco de toda la vida y ese hombre es más tieso que una tabla… Oye, podría ser bueno en natación, flotaría muy bien.

—Ese fue un pobre intento de chiste, Lucius. Dejalo en paz, si quiere hacer algo nuevo que lo intente. Desde su divorcio, se ha encerrado en esa aburrida y mediocre vida que lleva y me enferma ver como se la pasa, triste y herido, entre ese colegio y el consultorio del Dr. Sharpe. Maldito sea el momento en que decidió contraer nupcias con esa perra.

¿En serio eso era lo que sus amigos opinaban de él?

Su vida no era tan mala, era su vida y así le gustaba, no tenían porqué opinar de ella… mucho menos de sus decisiones, gustos o su pasado. Sabía que los Malfoy eran así, les gustaba hablar de las personas a sus espaldas, pero en el fondo, Snape esperaba no ser uno de ellos. Entendió que había cosas que no podía contarles a pesar de la confianza que se tenían y una de esas cosas eran sus clases de ballroom en McGonagall's Studio.

Haciendo uso de su típica máscara de frialdad e indiferencia, entró en la cocina para convivir con sus viejos "amigos" de toda la vida.


—Oye, Snivellus —llamó Sirius durante el receso de diez minutos de la clase de baile.

Snape puso los ojos en blanco y contó hasta diez, luego hasta veinte y por último hasta cien. No soportaba a Black, no soportaba a Black y ¡no soportaba a Black! Desde que se convirtió en "miembro" de ese peculiar grupo, Sirius se había tomado todas las libertades para bromear a costa del académico. Que si su nariz, que si su cabello, que si su carácter y de una de esas bromas —las cuales todos pensaban eran graciosas—, nació el apodo de "Snivellus".

Ni siquiera en el colegio me había puesto apodos y, ahora que somos adultos, recién se le ocurre…

—¡Snape! ¡Hazme caso!

—¿Qué quieres, Black? —respondió de mala gana— Tuve un día largo, estoy cansado y me duelen las piernas, más vale que lo que tengas que decir valga la pena.

—Todo lo que yo tenga que decir vale la pena, Snape —su contemporáneo respondió ofendido—. Pregúntales a mis seguidores en Instagram. Por cierto, ¿me sigues en Instagram? Si no lo haces, hazlo —Snape no mostró ninguna expresión distinguible ante el comentario, solo iba a ignorarlo… como siempre—. ¿Qué estaba diciendo?

—Ibas a invitarlo a ir con nosotros al Rivoli —recordó Luna haciendo acto de presencia, la rubia se encontraba estirando sus piernas, apoyándose sobre una barra cerca de los sillones—. ¡Neville! Tú también estás cordialmente invitado. Todos iremos el sábado a bailar, ¿quieren venir? ¡Será divertido! Es noche de Jacky, bailaremos hasta las doce, todos los géneros del ballroom. ¡Vamos! ¡Por favoooor!

Harry se acercó a ellos pasándose las manos por el siempre despeinado cabello. Se acomodó los lentes redondos sobre el puente de la nariz y se dejó caer en el asiento al lado de Sirius— Iremos todos, incluso la profesora McGonagall, ¿no es así, profesora? —la mencionada, quien estaba de pie junto a su armario de cristal, disimulando tomar de su petaca, asintió entusiasmada con la cabeza— y Hermione también irá, nunca se pierde una noche de Jacky, ¿no, Mione? ¿Herms? ¡Hermione!

Todos se giraron a ver a la castaña quien estaba escondida detrás del escritorio con el celular en las manos, tecleando furiosamente sobre la pantalla. Sus ojos color miel leían a velocidad los mensajes entrantes y casi podían ver como los engranajes de su cabeza trabajaban a toda velocidad tratando de formular las mejores respuestas para su acalorada conversación virtual. Harry volvió a llamar a su amiga, esta vez casi gritando— ¡Tierra llamando a Hermione! —y solo así ella fue capaz de levantar la cabeza, completamente confundida, y participar en la conversación que estaba ocurriendo frente a ella.

—¿Qué?

—Estábamos hablando de nuestra salida. Ya sabes, es el primer sábado del mes, ¿Jacky? ¿la fiesta? ¿el Rivoli? —le recordó como si fuese lo más obvio del mundo. Tal vez para ellos lo era, pero los dos nuevos alumnos estaban totalmente perdidos—, siempre irás con nosotros, ¿verdad?

—¡Sí! Sí, sí, sí, ya sabes que siempre voy —la voz de la castaña sonaba seria, como fastidiada de que la hubiesen interrumpido—. Profesora, tengo que hacer una llamada, ¿me disculpa?

—Adelante, anda.

La castaña se levantó de su asiento de un salto, corrió a tomar su abrigo y salió del salón como un rayo. Al parecer esa llamada debía ser muy importante para que alguien saliera a esa velocidad. Snape solo esperaba que no tuviera un accidente al bajar las escaleras.

—¿Y ahora que Torposoplo le picó? —comentó Luna luego de que la castaña desapareció. Ahora todos se giraron a ver a la rubia totalmente confundidos ante sus palabras.

—¿Torpo… qué?

—¡Torposoplo! —repitió sorprendida de que sus compañeros ignoraran su significado—. Los bichitos que se comen las plantas y les pican a las personas para que se pongan gruñoncitos así como Herms. ¡No me miren así! ¡Sí existen! Habitan en las plantas, ¿no, Neville? Tú eres botánico.

—Eh… —el pobre muchacho no tenía ni idea de que responder, pero no quería hacer sentir mal a "la pequeña" Luna así que le siguió el juego—. Sí… sí creo que… creo que se comen narcisos.

—¿Qué? ¡No! Comen lavanda.

—Podríamos escucharlos toda la noche y no entenderíamos nada —susurró Harry para sus adentros—. Entonces, ¿qué dice, Sr. Snape? ¿Vendrá con nosotros?

Snape se detuvo un momento a pensarlo. No tenía nada planeado para el sábado, los Malfoy no los había invitado a nada y su única opción era quedarse en casa a ver televisión y jugar con Lamarck. No era de salir, menos con personas que conocía apenas un mes, aunque los encontraba agradables… excepto a Sirius.

Además, Miss Granger irá… si no se mata en las escaleras, claro.

—¿Y bien?

—Sí, probablemente vaya. Revisaré mi agenda —respondió haciéndose el importante.

—Snape… No nos engañas —susurró Sirius inclinándose a su lado—, pero tú sigue creyendo eso.

—¡Listo, déjense de ocio! Vamos, a ensayar —La profesora McGonagall llamó a sus estudiantes dando palmadas en el aire como señal para que todos regresaran a sus posiciones. Los presentes, alborotados por ellos, corrieron a ponerse en sus respectivos lugares.

Justo en el momento en que la bailarina mayor empezó a aplaudir, sucedieron los dos hechos más remarcables de la noche: la primera, una extraña Hermione Granger hizo su aparición, como un torbellino de cabello enmarañado y castaño. Tenía la nariz roja y andaba cabizbaja como esperando no ser notada. Y, segundo, un nervioso Neville Longbottom, debido al constante apresuro por parte de su maestra, no logró cerrar por completo la tapa de su bebida energizante. Así que, cuando ambos cuerpos colisionaron en medio del alboroto causado, la botella se abrió manchando el abrigo color caqui de Hermione.

La joven bailarina se quedó de pie, en su lugar, boquiabierta y con los ojos casi saliéndose de sus cuencas. Ahogó un grito y sus manos fueron inmediatamente hacia su prenda. Con torpeza se quitó el abrigo antes de que se mojara más.

—Hermione… l-lo siento—se excusó Neville acercándose a ella para ayudarla—, lo siento mucho.

—No, no te preocupes —Hermione se acercó hacia el escritorio, seguida por Neville, en busca de algo con que secar su abrigo—. Lo lavaré.

—Hermione, en serio, en serio, lo siento, te pagaré la tint…—

—¡No! —lo interrumpió—. Está bien, Neville, los accidentes pasan… Está bien… Iré a lavar esto, continúen sin mí, por favor.

Miss Granger volvió a disculparse y salió del salón con su abrigo en manos. El profesor de Química estuvo preocupado la siguiente media hora pues no volvieron a verla hasta el final de la clase. Con un último estiramiento y aplausos de felicitación para celebrar sus avances, los alumnos de McGonagall's Studio eran libres de por fin irse a casa a cenar y tomar un merecido descanso. Snape rechazó la oferta de Black de ir a comer algo con Harry, Luna y Neville. Tenía que llegar a casa a darle de comer a su hijo cuadrúpedo.

Severus tomó su usual camino hacia la estación de Earl's Court. Pensó en comprar comida antes pues tenía hambre, pero se iba a enfriar hasta que llegara a su casa, sería mejor luego. Cedió su turno a una señora embarazada antes de pasar las mini puertas del torniquete de seguridad. Se subió a la escalera mecánica y descendió a las plataformas. La estación estaba muy tranquila a pesar de que aún era relativamente temprano, no había mucha gente, apenas si había filas.

Llegar a casa sería solo cuestión de esperar el tren.

Caminó hasta la plataforma de trasbordo de la línea District la cual, para su sorpresa, estaba vacía a excepción de una sola persona, parada detrás de la línea, cubriéndose el rostro con ambas manos, casi convulsionando en llanto. Su cabello castaño y revoltoso ocultaba su rostro de los mirones y su esbelto cuerpo estaba cubierto por un largo abrigo color caqui con una enorme mancha anaranjada a un lado.

Vaya que sí la vida da sorpresas, ¿cuáles eran las probabilidades de que la única persona en esa fila fuera ella?

—¿Miss Granger?

Hermione levantó la cabeza buscando, asustada, a la persona que la acababa de llamar. Su miedo pasó a ser vergüenza en cuanto descubrió que dicha persona era Severus. Ella estaba llorando, sus ojos irritados y su nariz roja eran la prueba de ese delito. Al instante, la bailarina se limpió el resto de las lágrimas con el dorso de sus manos, con fuerza, como si quisiera arrancarse la tristeza en el proceso.

Ambos se quedaron de pie en la plataforma mirándose el uno al otro, en completo silencio. Snape no sabía muy bien qué tenía que hacer. ¿Qué procedía ahora? Hace muchos años que no se encontraba frente a una mujer que lloraba. Ella inhaló con fuerza y se paró erguida, tratando de mostrarse segura ante su figura.

—Señor Snape… ¿Qué está haciendo aquí?

—Me iba a casa, tengo que tomar el tren —Hermione frunció el ceño en una expresión que no sabría decir si era de confusión u otra cosa.

—Si, claro, lo siento —respondió jadeante. Casi podía escuchar el autoregaño de la castaña, podía escucharla gritando: "Eres una tonta, Hermione, obvio que viene a tomar el tren. ¿A qué más vendría una persona a la estación del metro? ¡Deja de molestar a todos con tu patético llanto"

—Está llorando —no era pregunta por lo que ella lo miró angustiada.

Snape terminó la distancia que los separaba y, de un bolsillo de su abrigo, sacó un pañuelo inmaculadamente blanco, el cual le ofreció sin decir absolutamente nada. Los ojos color miel de Miss Granger se abrieron sorprendidos ante aquel amable gesto y, con timidez, lo tomó.

—¿Un pañuelo? No pensé que todavía existieran los caballeros —respondió limpiándose las mejillas.

— ¿Se encuentra bien, Miss Granger? ¿Alguien le hizo algo? —cuestionó preocupado por ella. Hermione forzó una sonrisa triste y siguió limpiándose las lágrimas, negando con la cabeza en reiteradas ocasiones— No puedo ayudarla si no sé qué pasó. Miss Granger… ¿qué sucedió?

—Es solo que… —su labio inferior tembló, como anticipo de que volvería a romper en llanto; sin embargo, tomó aire y continuó—, es… es solo una tontería, Sr. Snape, no me tome en serio. Es por mi abrigo… le dije que era una tontería.

—No creo que esas lágrimas sean causadas por una tontería como un simple abrigo —respondió mirando la mancha anaranjada sobre la tela clara.

Unas constantes vibraciones interrumpieron sus palabras. En los bolsillos del abrigo de Miss Granger, su teléfono vibraba y emitía el sonido de una campanilla, el mismo sonido que indicaba la llegada de un mensaje nuevo. Hermione lo ignoró por completo, como si no existiera. Quien quiera que le estuviera bombardeando el teléfono tenía la urgencia de que ella contestara sus mensajes— No me conoce, Sr. Snape —la chica jugó con el pañuelo entre sus manos y continuó—. Es por mi abrigo… era mi favorito.

— Sé de manchas, solo aplique vinagre blanco y enjuague muy bien. —el mayor miró las manos de la joven bailarina y como esta seguía jugando con su pañuelo. Al cabo de un rato, volvió a llevárselo al rostro para quitarse los rastros de haber llorado.

—Gracias por el consejo.

Ambos se quedaron de pie, volviéndose hacia el frente de la plataforma, esperando pacientemente que su tren se dignara en aparecerse. Hermione estaba más tranquila y, aunque Snape se moría por averiguar que era aquello que le aquejaba a la bailarina, se iba a conformar con el agradable silencio que tenían entre ellos ya que era la primera vez donde no se sentía incómodo con ella.

—Oiga, Sr. Snape… —habló de repente—. Yo, yo no me he portado muy bien con usted. He sido muy grosera y realmente estoy avergonzada de mi comportamiento. No puedo justificarlo, lo juzgué mal sin conocerlo y sin darle la oportunidad de convivir con nosotros. Desde el fondo de mi corazón, lo…

—No sé preocupe, Miss Granger —la interrumpió levantando la mano tal y como lo hacía en clases como señal para que la otra persona se detuviera—. Miss Lovegood y Black fueron lo suficientemente… oportunos… para explicarme todo el asunto —sus mejillas se pintaron de carmín, estaba avergonzada. Sus amigos habían hablado de más—. Entiendo perfectamente su molestia. No tiene nada de que disculparse. No tiene idea de cuanto lamento que usted y la profesora McGonagall sufran por ello…

—Oh… —sus carnosos labios formaron una pequeña "o". Snape pensó que se veía tierna avergonzada—, gracias, digo, por favor, usted no se disculpe, yo estoy tratando de hacerlo y no me ayuda que usted quiera disculparse por pedirle disculpas a mis disculpas.

—¿Qué? —rio— Miss Granger, eso fue un trabalenguas.

Hermione soltó una risa nerviosa que resonó por la plataforma vacía y Snape se le unió. Era la primera vez que reían juntos, reír de verdad. También se percató que era la primera vez que se encontraban solos, completamente solos. Snape notó que, a diferencia de él que solía reír suavemente en un intento de ocultar su risa, a Hermione no le importaba reírse con total libertad, casi sin importarle que alguien pudiera oírla. Su rostro se puso como un tomate y tuvo que tomar una gran bocanada de aire o se desmayaría—. Lo siento… ¿Es esta su línea? ¿También va a Wimbledon?

—Casi, me bajo unas estaciones antes, en Southfields.

—Yo en Wimbledon Parks —¿Acaso ella vivía en Wimbledon? Sería la explicación más lógica para que una chica sola estuviera yendo en esa dirección a esas horas en días laborales. Quedaba relativamente cerca de su casa. ¿Significaba que ellos iban a regresar a casa juntos? Bueno, no juntos ¡juntos!, pero iban a compartir medio camino juntos. No lo arruines, Severus, por favor, no lo arruines. Nunca hubiese pensado que algo así le pasaría, Hermione Granger y él yendo en el mismo tren rumbo a casa. ¡Oh, por Galileo! Se sentía como un adolescente—. ¿Por qué se demora tanto el tren?

—¿Tiene hambre? —Snape no sabía porque dijo eso, no podía controlar su boca, solo dijo, para su mala suerte, en voz alta lo que pensó en ese momento— Creo que… creo que hay un restaurante de comida china a una cuadra de aquí. Hace tiempo que no como eso y…

—Sr. Snape — le interrumpió de forma seria y algo irritada. En ese momento, como caído del cielo, el tren de la línea District apareció en la plataforma, deteniéndose lentamente frente a ellos—, no quiero parecer grosera, usted me agrada, pero prefiero mantener una relación profesional con mis estudiantes, puede que, hasta amical, pero creo que aún no nos conocemos lo suficiente para eso.

La cagaste, Snape, tú y tu maldita bocota.

El tren finalmente se detuvo y la castaña se adelantó hacia las puertas, las cuales se abrieron en par en par luego de un pitido. La joven entró en el transporte que no estaba muy lleno y se quedó mirando a su alumno, esperando que él la imitara, pero Snape no se movió de la plataforma.

Su pobre experiencia con las mujeres le había enseñado un par de cosas. Si una mujer te hablaba con ese tono de voz, te rechaza y hace ademanes de querer irse, lo mejor es que te apartes hasta que se le acabe el enojo. El tan valioso consejo lo había aprendido de su incondicional Lucius Malfoy pues el millonario sabía guardar distancia cuando su mujer estaba enojada. Tal vez fue el mejor consejo que pudo darle, lástima que no lo siguió cuando fue necesario.

"Lárgate, Severus, lárgate, déjame sola, gritó la mujer mientras tomaba su bolso. Snape puso sus manos sobre este, intentando detenerla, pero sus gritos y forcejeos le indicaron que era mejor apartarse. El profesor intentó tomar su mano en un intento de calmarla, pero ella la apartó como si su solo contacto le quemara. Sus ojos azules lo miraron con odio, odio que jamás pensó ver en su matrimonio. Me voy, no lo soporto más, ¡No te soportó más!"

Debiste quedarte callado, Snape.

—Muchas gracias por el pañuelo, se lo devolveré… No, mejor le compraré otro —la voz de la menor lo trajo de vuelta a la realidad. Las puertas del tren seguían abiertas, como esperando a por él.

—No es necesario, Miss Granger —susurró.

—Le compraré otro —repitió—, se lo prometo. Buenas noches. —las puertas del tren se cerraron, separándola de él tan metafórica como literalmente. Snape se quedó de pie mirando como el tren se iba con ella. Otra vez, ese tan conocido sentimiento de tristeza lo invadió de repente, aunque este era diferente.

… este dolía menos.


El sábado, Snape preparó una pequeña mochila con una camisa y pantalones limpios, una toalla y desodorante. Había pasado toda la mañana con Lamarck en el parque, jugando a la pelota y tomando el fresco bajo el sol. ¡Cómo adoraba el cambio de estación! y a Lamarck también parecía agradarle. Con alrededor de 5 meses, el pequeño Samoyedo había crecido mucho y cada vez estaba más lleno de energía.

Con la glucosa controlada y su pata izquierda en mejor estado, Lamarck ni siquiera parecía haber estado enfermo alguna vez. Su ojo azul aún seguía cubierto por la niebla de la ceguera, pero el perro parecía no notarlo, él era feliz y Severus se encargaría de que él siguiera siendo feliz. Por eso lo había compensado con todo un día de juegos y diversión, porque esa noche, papá no estaría en casa.

—Lamarck, no, por favor, no llores —pidió poniéndose a su nivel, acariciando el abundante pelaje blanco de su mascota—. No será mucho tiempo, solo un par de horas más de lo normal —El engreído can no paró su llanto, en cambio, siguió llorando con más fuerza, sabiendo que faltaban pocos minutos para que su amo saliera por esa puerta como venía haciendo este último mes.

No debí decir lo de las horas extras, no debí decir eso.

—¿Vas a extrañar a papá? No, claro que no. Tu primo Draco vendrá —el perro dejó de llorar en cuanto escuchó el nombre de su ahijado—. Ah, ahí sí no lloras, ¿eh? Voy a empezar a creer que quieres más a Draco que a mí.

El profesor se levantó y el perro lo siguió como una sombra. Había llamado a Draco el día anterior para preguntarle si pasaría el fin de semana con sus padres y, para su buena suerte, así lo haría. Por una "buena propina" —la cual realmente no tenía nada de buena—, Draco haría de niñero de Lamarck por esa tarde-noche. Le daría sus medicinas, la comida y se encargaría de sacarlo antes de que fuera la hora de dormir.

—Lo malo de contratar a tu primito, es que es un chismoso y andará de curioso hasta que mi respuesta lo convenza —se aseguró una vez más que su bebedero estuviera lleno y luego procedió a tomar la mochila—. Creo que empezaré a buscar a una niñera de verdad, me sale más caro pagarle a Draco para que cierre la boca ante sus padres que pagarle a alguien que no conozco.

Tomó sus llaves y le dio un último abrazo a Lamarck antes de abrir la puerta.

—Vuelvo en la noche, tarde, así que quiero llegar y encontrarte dormido, ¿de acuerdo? Draco llegará como a las seis. Ya me voy. Adiós, Lamarck.

La puerta se cerró y Lamarck se quedó un buen rato sentado tras ella, esperando que su amo abriera la puerta de nuevo. Al cabo de unos diez minutos, se aburrió de tanto esperar y fue a buscar cualquier otra cosa con la cual entretenerse hasta que Draco llegara.

Mientras tanto, Snape estaba corriendo para llegar a la estación de Southfields para ponerse en marcha hasta Earl's Court. Pasó su tarjeta Oyster por el sensor de la entrada y caminó hasta el andén de la línea District. El viaje no duró mucho, logró tomar un tren medio vacío por lo que pudo sentarse. Pensó en cómo pasaría su perro esa noche, solía dejarlo mucho más tiempo solo cuando trabajaba, pero este era un fin de semana de noche, Lamarck estaba acostumbrado a tenerlo en casa durante las noches y dormir con él. Adoraba a Draco y probablemente no le confiaría a Lamarck a nadie que no fuera él, pero eso no podía evitar que sintiera esa presión en su pecho por dejarlo solo.

¡¿Acaso así se sentía la paternidad?!

Al llegar a la academia, coincidió con la llegada de Luna y Sirius quienes estaban saliendo de un carro negro que parecía costoso. Casi todas las clases, la rubia y el millonario habían llegado juntos. No es que fuera un experto, pero conocía el tipo de escándalos en los que se metía Sirius así que no podía evitar preguntarse si este estaba saliendo con la menor. Eso sería demasiado escandaloso para la pobre sociedad aristócrata británica la cual solía ponerse de cabeza con cada nueva ocurrencia del pelinegro. La diferencia era muchísima.

Pero si usaba ese mismo razonamiento, dijo la parte irracional de su académico cerebro, Luna no debía distar mucho en edad a Miss Granger, a lo muchos dos años, por lo que, si salieran juntos, sería igual o menos escandaloso que la supuesta relación de Sirius y Luna. Sumado a lo anterior, un factor importante en esa ecuación era el hecho de que Snape no era un personaje ni famoso ni importante ni perteneciente a esa élite tan crítica.

¿Qué clase de pensamientos tienes, Snape? ¡Deja de decir tonterías!, le grito su parte racional.

—¡Snape! —gritó su contemporáneo al verlo cruzar la calle. Luna se giró a verlo y empezó a dar saltitos levantando ambos brazos para captar la atención del profesor, quien se estaba muriendo de vergüenza. Forzó una sonrisa todo el camino hasta llegar a ellos—. ¿Listo para esta noche?

—¡Será divertido! —apoyó Luna. Snape le abrió la puerta a la chica para pasar al edificio lo cual ella agradeció y Sirius también, dejando último al profesor. Snape puso los ojos en blanco y, mordiéndose la lengua, los siguió escaleras arriba— Siempre vamos a este tipo de lugares. Como llevaremos a la profesora McGonagall y es la primera vez para ti y para Neville… —

—Tu primera vez —bromeó Sirius—. Tranquilo, no dolerá.

—…, como decía —retomó la rubia abriendo la puerta de su salón—, iremos a un lugar más tranquilo, al Rivoli, porque hoy es noche de Jacky. Te gustará, te presentaremos a la comunidad del ballroom y, no te preocupes, es para todos los niveles. ¡Buenas tardes, profesora McGonagall!

—¿Está lista para bailar conmigo, Minnie? —gritó Sirius tirando su mochila por cualquier lado. La profesora le lanzó una de esas miradas que era dedicadas exclusivamente al pelinegro cuando se atrevía a hablarle de ese modo—… quiero decir, profesora McGonagall.

—Creo que al que debería preguntarle eso es al Sr. Snape, Sirius —respondió la profesora—. ¿Qué me dice, Sr. Snape, se encuentra listo para bailar en público?

Snape no pudo responder y no se debía a que realmente no tuviera palabras para esa pregunta, fue porque, primero, Hermione y Harry acompañados de Neville acababan de entrar en el salón y, segundo, porque Sirius Black. el playboy filántropo británico, decidió que sería mejor responder en su lugar.

—¡Claro que está listo, profesora! —el hombre se paró a su lado y rodeó sus hombros con sus brazos, como si fuese amigos de toda la vida— Dice que bailará con todos, en especial con usted y con Mione.

¡TRAGAME TIERRA!

—¿Qué opinas, Hermione? Creo que el Sr. Snape se siente lo suficientemente preparado como para pedirnos un baile.

Snape se giró a ver la reacción de Hermione. Ella miró primero a su jefa y luego, al profesor de Química. Enarcó una de sus perfectas cejas castañas, entrecerrando sus ojos en el proceso, y dibujó una sonrisa de lado, la misma sonrisa que él le había dedicado en clases anteriores cuando ella le estaba explicando los pasos del Jive. Snape lo tomó como una broma amical.

—… Veamos si puede seguirme el ritmo, Sr. Snape.

No respondas, no respondas, no respondas, gritó internamente.

La clase pasó muy rápido. Por alguna razón, parecía que alguien hubiese adelantado el reloj o le hubiese restado minutos al tiempo, pues dieron las ocho en punto cuando Neville y Snape estaban a la mitad de su paso de rock —un, dos, triple step; un, dos, triple step—. La alarma del celular de Sirius Black empezó a sonar estruendosamente, indicando de que ya era hora de fiesta. El inesperado ruido provocó que, por enésima vez, Neville volviera a caerse, jalando a Snape con él en el proceso.

—¡Ya, profesora! ¡Póngase guapa que nos vamos de fiesta!

—Ni siquiera voy a responderte, Black —dijo la profesora poniéndose de pie y apagando el estéreo—, supongo que es suficiente Jive por hoy. Vayan a cambiarse, nos vemos abajo. Harry, ¿podrías cerrar por mí?

—Claro, profesora.

No tardaron mucho en arreglarse para salir, pero ese breve momento en el baño de varones hizo que la poca autoestima de Snape desapareciera. Mientras se lavaba la cara, Snape se dio cuenta de que Sirius Black realmente no tenía ningún problema con pasearse de aquí para allá con escasa ropa, sobre todo si se trataba de presumir su atlético y tatuado cuerpo. Aunque Harry parecía no tomarle importancia —es más, parecía acostumbrado—, Neville y el profesor se le quedaron mirando y podría jurar que ambos pensaban en cómo rayos alguien de su edad podía verse mejor que uno de veinte y pocos años.

Podía escuchar la voz de Lucius diciéndole: Ya no hay excusa, viejo amigo, te estás echando a perder.

Abajo, seguía estacionada frente al edificio la pequeña limusina negra que había visto al llegar. Un hombre mayor de mediano tamaño, con claros signos de estar envejeciendo y cara de pocos amigos bajó del carro y les abrió una de las puertas esperando a que todos los alumnos salieran del edificio. Snape no se dejó intimidar ante las palabras que el mayordomo murmuraba para sí mismo, pero, por otro lado, Neville se aseguro de poner a al profesor de Química entre ellos como barrera de protección.

La profesora McGongall fue la primera en salir seguida de sus dos jóvenes aprendices. Minerva se veía exactamente igual, la única diferencia destacable podría ser que se veía más fresca y, en lugar de falda, usaba pantalones. Luna dejó de lado las mallas por un lindo vestido blanco de flores amarillas y el cabello semirrecogido. Se veía adorable o al menos esa era la única palabra con la que Snape podría describirla. La verdadera sorpresa la dio Miss Granger. Hermione cambió los cómodos zapatos de baile por unos tacones negros de mediano tamaño y su falda y camiseta blanca por un vestido acampanado color rojo. Su cabello caía en rizos sobre sus hombros y una diadema negra lo mantenía alejado de su rostro.

Hermosa, simplemente hermosa.

—¡Vámonos! —llamó Sirius desde adentro del auto—. Antes de que algún estúpido paparazzi se acerque con su cámara —Las desventajas de ser famoso, supuso. Todos entraron como locos al vehículo, los único que se quedaron afuera fueron McGonagall, Snape y Hermione. La profesora por obvias razones, Hermione para ayudar a la profesora a subirse —aunque esta no necesitara ayuda— y Snape para ayudar a Hermione a subir, aunque ella tampoco necesitara ayuda—. A Crofton Park, ya sabes donde —pidió sin prestarle el menor interés a su empleado, aunque luego, a petición de Harry, lo presentó ante los nuevos integrantes del grupo—. Chicos, Kreacher; Kreacher, los chicos. No hagan caso a lo que sea que haya dicho, está senil y me odia.

El trayecto hasta la dichosa fiesta fue divertido y ameno… al menos para el resto. Harry conversaba con Sirius, hablando de cosas que el profesor realmente no entendía. Luna le mostraba videos e imágenes graciosas a Neville en su celular y cada tanto a Hermione. La castaña, por su parte, hablaba con McGonagall de lo que parecía ser trabajo. Snape se sintió como en una de esas tantas reuniones con sus pudientes amigos: desencajaba por completo en ese rompecabezas y la única opción que tenía para no parecer patético era fingir que mensajeaba con alguien por teléfono.

[20:27] Draco: *ha enviado una foto*

[20:27] Draco: Ya estamos cenando. ¿A qué hora llegas?

[20:43] Tú: Temprano, no creo aguantar mucho.

[20:43] Tú: Que Lamarck vaya a la cama a las 10, más tardar a las 11.

[20:44] Tú: Quiero llegar y encontrarlo durmiendo, Draco. Es en serio.

—Oye, Severus —levantó la cabeza cuando Luna llamó su atención— Mira esto —le puso el teléfono en la cara y Snape tuvo que apartarlo para poder ver mejor. Era el video gracioso que, si bien había hecho reír a casi a todos en el vehículo, Snape no lograba comprenderlo. Se vio obligado a soltar una pequeña sonrisa forzada que no convenció a nadie.

[20:47] Draco: Deja a Lamarck divertirse, la noche es joven.

[20:47] Draco: Disfruta tu noche, anciano.

[20:47] Draco: No regreses hasta mañana.

Hermione era como una supercomputadora, en menos de lo que podía chasquear los dedos, ella se encontraba explicándole a Snape, con lujo de detalles, todo lo que sabía sobre el lugar a donde irían. El Rivoli Ballroom era un edificio con fachada estilo Art Deco. Según lo que le había explicado Hermione en el auto, era uno de los primeros salones de baile y el único completamente intacto de los años 50 que quedaba en la capital británica, además de que contaba con toda la indumentaria vintage de la época. Ampliamente famoso por sus noches de baile Jive, también había sido locación de numerosas películas.

Al entrar, quedó impresionado ante la decoración lujosa y, en su mayoría, rojiza. El interior era agradable, había un pequeño bar y todo, pero lo que realmente les importaba, era llegar al salón principal. Este era enorme, dorado y rojo escarlata, con decoración oriental, mesitas redondas con sillas alrededor de la pista de madera y con muchísimas personas bailando al ritmo de la música que el DJ —quien estaba ubicado al otro lado del salón— les ponía. Las luces eran suaves, pero se intensificaban al llegar a la pista, permitiendo así a los danzantes poder verse y evitar chocar contra otras parejas.

—Hola, hola, hola, ¿la estamos pasando bien? —dijo la DJ por el micrófono, recibiendo los aplausos del público—. ¡Claro que sí! Esta noche la pasan con Jacky, así que quiero que todos tomen a su pareja y vayan a la pista. ¡Qué mejor que algo latino para empezar bien esta noche!

—Sr. Black, ¿la misma de siempre? —dijo el asistente al verlo entrar.

—No, venimos con más gente, una con tres sillas más —Los sentaron al inicio del salón, en una mesa lo suficientemente grande para ocho personas —Vamos a cenar aquí —avisó el millonario para todos en general—, así que pidan lo que quieran, pago yo. Ah, pero eso sí, cuiden lo que Minnie vaya a tomar, ya sabemos lo que pasa cuando el whisky se le sube a la cabeza.

—Como se atreve a difamarme, Sr. Black, me ofende —le siguió el juego.

—Nada, yo la he visto —se burló, provocando la risa de todos, incluso una pequeña por parte de Snape—. Ahora, señoritas, caballeros, iré a saludar a Jacky y a ver sí la convenzo de que ponga una canción lenta para bailar con mi querida profesora McGonagall —acentuó la palabra profesora y luego desapareció entre la multitud para hacer solo Dios sabe qué.

—Aún no tengo hambre —informó Luna—. ¿Bailamos la siguiente canción, Neville?

—Eh… sí, sí —respondió ruborizándose—, por supuesto.

—¡Vamos! —Luna tomó la mano de Neville y lo llevó corriendo a la pista con la emoción de una niña pequeña.

—Parece que iniciamos con buen pie. Creo que ha este paso, Luna nos devolverá al Sr. Longbottom en pedazos —bromeó McGonagall—. ¿y tú, Harry? ¿No bailas?

—Sí, Harry, ¿y Ginny? —cuestionó Hermione, apoyando el rostro entre sus manos.

—¿No recuerdas? Salió hoy en la mañana hacia a Cambridge.

—¿Qué no salía mañana? Perdona, han pasado muchas cosas esta semana que no tengo la cabeza donde debería estar —respondió dejando escapar un suspiro cansado y recostándose sobre la mesa, extendiendo sus brazos a todo lo que podía por lo largo hasta llegar a la altura de las de Snape, rozándolas por accidente—. Lo siento.

¿Acaso eran esas cosas las que habían provocado el llanto de la castañita?

—Sabes, mi niña —le dijo la mujer escocesa—, si algo he aprendido en esta vida es que no hay nada que un buen baile no solucione. Harry, saca a Mione a bailar, vayan, diviértanse.

—¿Segura, profesora? —preguntó la castaña reincorporándose, mirando sorprendida a su mentora y a su nuevo alumno—. ¿Estará bien aquí con el Sr. Snape? Sr. Snape, le advierto que cuando esta sabia mujer empieza a hablar, no hay quien le pare. Por favor, cuando llegue el camarero, no la deje sola con la botella.

—Ay, por favor, Granger, ¿tú también? —Al profesor de Química le pareció graciosa la situación— Anda, ya, ve a bailar. Prefiero quedarme aquí con la agradable y callada compañía del Sr. Snape, en lugar de la de Sirius y sus alocados pasos de baile.

—Adelante, Miss Granger —habló Snape por primera vez en toda la noche. La joven bailarina volvió a dedicarle esas sonrisas de lado tan similares a las suyas hasta que, finalmente, se convirtió en una sonrisa verdadera. La sonrisa más deslumbrante y sincera que había visto en años. Una vez más, notó esos incisivos ligeramente más grandes de lo normal, les pareció tiernos—. Bonitos dientes, bonita sonrisa.

¿Lo dije o lo pensé?

Minerva McGonagall dejó escapar una sonora risa confirmando que Snape había pensado en voz alta— Gracias por el cumplido, Sr. Snape. ¡Vamos, Harry, amo esta canción! —Hermione tomó la mano del pelinegro de ojos de esmeralda y ambos amigos corrieron a la pista de baile para no perderse la canción.

Snape y McGonagall se quedaron en la mesa en un silencio agradable, mirando a la gente bailando felices y desinhibidos. Sus ojos oscuros encontraron el vestido llamativo de Luna Lovegood casi al instante. La rubia tenía tomado a Neville de las manos y le hacía repetir el mismo paso de rock que habían estado ensayando horas antes. Longbottom se veía feliz, aunque nervioso, como si temiera hacer el ridículo. Más al lado encontró a un animado Sirius Black bailando con una joven rubia de vestido azul más joven que él. El sonriente hombre la hacía girar sobre su mismo eje antes de detenerla, tomarla de la cintura y el brazo y empezar a dar saltitos a lo largo de la pista, perdiéndose de nuevo entre la multitud.

Por último, encontró a Hermione y a Harry bailando juntos. A diferencia de Luna y Neville o Sirius y su siguiente pareja —otra mujer joven, esta vez, de vestido verde— o de la mayoría de parejas dentro del Rivoli, Hermione Granger y Harry Potter bailaban con una elegancia que los hacía destacar entre todos. Este era un baile rápido así que los dos pares de pies saltaban con gracia sobre el suelo de madera, el mayor estaba impresionado de la velocidad con la que sus pies realizaban aquellos pasos sin enredarse ni caer. Harry sujetó a Hermione con fuerza de la mano, manteniendo el agarre firme para que ella pudiera desenvolverse, posar, y volver a girar hasta acercarse a su amigo, repitiendo el mismo paso solo que al revés.

—¡Conozco ese paso! —exclamó luego de ver a una pareja joven frente a ellos— Es Jive, ¿verdad? Creo que era latino.

—Perfecto, Sr. Snape —respondió la profesora a su lado, sirviéndose una copa. ¿En qué momento el camarero había traído esa botella? —. Efectivamente, el Jive pertenece a la categoría de Latin Ballroom. Me alegra saber que está aprendiendo. Como ya ve, el paso básico del Jive usted ya lo domina, solo debe aumentar la velocidad y doblar un poco más las rodillas al momento de que su pie toca el suelo y sonreír. La sonrisa, Sr. Snape, es sumamente importante cuando se baila —la profesora se giró un minuto para enfatizar la importancia de sus palabras—, es vuestra carta de presentación para el jurado.

—¿Jurado?

—¡El público! Todos los espectadores son jueces y qué mejor forma de ganarte su simpatía que con una sonrisa.

Tal vez eso explicaba porque siempre veía a Hermione y a sus otros alumnos, los más avanzados, sonreír cuando bailaban, como si sus vidas dependieran del simple hecho de mostrar sus dientes. De hecho, era la sonrisa de Hermione Granger lo que más recordaba de ese día hace tres años cuando la conoció en la estación de Southfields. Snape visualizó una imagen mental de sí mismo y se concentró en su sonrisa… No ganaría ningún concurso con esa sonrisa.

—¿Se divierte?

—Sí, es… agradable. Realmente me imaginaba otra cosa. Algo más… elegante —No era que el lugar estuviera mal, era muy bonito, le agradaban mucho las lámparas chinas que colgaban del techo. El ambiente que se vivía también era de su agrado, es más, si no fuera por el retraso de la comida, probablemente no encontraría nada que odiara del Rivoli— ¿La DJ es mujer?

—Oh, ella es Jacky. Su especialidad es latin ballroom. Es muy famosa en el mundo del baile de salón, ¿sabe? El primer sábado de cada vez, ella toca aquí, en el Rivoli, hasta las doce. Luego, la fiesta se acaba y quedan dos opciones: o te vas a casa o la continúas en otro lugar, pero me temo que yo elegiré la primera —la profesora le pasó una copa—. ¡Salud!

—Creo que somos dos. ¡Salud!

A medida que pasaba el tiempo, la comida iba llegando poco a poco, los bailes iban pasando y con ellos, se preguntaba si a los danzantes no les dolerían los pies. Sirius había sacado a bailar a la profesora una vez y la pobre dama terminó más muerta que viva. Lo mismo podía decir él cuando Luna lo sacó a bailar un mambo y un jive. Sin embargo, lo que más le impresionaba era la cantidad exagerada de mujeres menores de 30 años que habían bailado con Sirius, todas lindas y de tontas sonrisas—. Ya perdí la cuenta de cuantas mujeres han pasado por las manos de Black desde que él empezó a bailar.

—Oh, ni lo intente, Sr. Snape, solo es una pérdida de tiempo —le respondió la profesora—. El problema es que siempre que empieza a bailar con alguien, termina en peleas porque cuando baila con una mujer, baila con diez más. Ya te puedes imaginar lo ofendidas que pueden terminar algunas, teniendo en cuenta que mientras baila, coquetea.

—Creí que solo bailaría con la Srta. Lovegood. Se ven muy unidos —desde que habían llegado, Sirius apenas había bailado dos canciones con la rubia. Tal vez pensó mal.

—¿Sirius y Luna? Sí, son muy unidos, pero no de la forma en que cree. Sí, Sirius suele salir con jovencitas, pero Luna, ella está prohibida para él. Se lo dejamos claro desde el primer día que se conocieron, pero no negaré que ambos tienen una química increíble en la pista de baile. Veo mucho potencial de ellos como pareja de baile, me encantaría que participaran en algún concurso… —no podía imaginarse a Black en un concurso, estaba más acostumbrado a verlo en los tabloides que en las secciones de sociales y galas—. A veces me da lástima, las chicas son su perdición, en cuanto descubren que es Sirius Black, pues… es difícil.

¿Difícil? ¿Difícil para Sirius Black? Hasta sus alumnas en Hogwarts estaban encaprichadas con Black y tenían 14 años, ¿cómo es que a ese hombre se le hacía difícil conseguir pareja? ¿Acaso le estaba tomando el pelo? Si Sirius no podía conseguir una pareja estable, pues entonces Snape era un caso sin esperanza alguna.

—Él siempre insiste en bailar con jovencitas que no pasan los veinticinco y, a pesar de que no suelen rechazarlo, no hay una conexión. La conexión, la química que tienes con tu pareja, es la clave para un buen performance. El talento es solo un 20%, la práctica, el 70% y el interés, el resto, y la conexión con tu compañero es la cereza del pastel. Puedes notar a kilómetros si una pareja no se lleva bien con solo verlas bailar y eso, es lo que puede definir todo.

Las palabras de la veterana bailarina eran muy parecidas a las palabras que el Dr. Sharpe, su psicólogo, le dijo alguna vez en terapia luego del divorcio. No importaba cuanto amor podría haber en una pareja, este solo era el 20% de la relación. Si no había respeto, confianza y compresión entre los miembros, por más amor que se profesaran, probablemente no estaban destinados a estar juntos. Se necesitaba más que una conexión basada en el amor para que un matrimonio funcionara.

Se preguntó cuando fue la última vez que bailó con su ex. Recordaba algunos bailes durante su época universitaria, cuando salían los fines de semana a algún pub cerca de Oxford. Recordaba los bailes cuando eran invitados a eventos organizados por sus amigos —también recordaba las numerosas súplicas de su ex mujer informando que ya quería irse porque no soportaba a los Malfoy—, asimismo, recordaba con nostalgia su primer baile como esposos el día de su boda… ¿En qué momento dejaron de tener esa conexión? ¿Qué fue lo que pasó para que todo terminara de esa forma tan cruel? Todavía era algo que no podía descifrar.

Era cierto que se había equivocado, que los dos se habían equivocado en la ecuación de su matrimonio. Hubo amor, al inicio. Hubo confianza, él siempre tuvo confianza en ella y viceversa pues siempre le tomaba la palabra. ¿Comprensión? Tal vez hizo falta más de eso por parte de él que de ella, tal vez no les tomó el interés necesario a los asuntos de ella. ¿Respeto? Pues… no hubo respeto cuando ella decidió engañarlo.

—Supongo que tiene razón, es como resolver un problema matemático. Necesitas todos los datos, puede que halles el resto en el proceso, pero si falta algo… jamás podrás resolver esa ecuación —respondió claramente, aunque su voz parecía un susurro. Tenía que alejar esos pensamientos tristes y concentrarse en el ahora—. ¿Y qué hay de usted?

—¿De mí?

—Sí —siguió. La profesora inclinó un poco su cabeza como tratando de entender su pregunta—. Supongo que usted sí pudo encontrar a la pareja perfecta. He visto todos los premios que tiene a su nombre, son muchísimos. Debió tener una buena pareja.

—Claro que sí, Sr. Snape —la profesora movió el contenido de su copa y esbozó una pequeña sonrisa—. Dougal McGregor, mi pareja, era un increíble bailarín, le debo muchos premios y reconocimientos… Así como también le debo a mi pareja fuera de la pista... Gracias a él, encontré a mi pareja perfecta hace tantos años —se llevó la copa a los labios y le dio un sorbo—. Su nombre era Elphistone Urquart. Bailamos juntos durante casi 30 años.

—Wow… Eso es… muchísimo tiempo —demasiado tiempo diría él—. Me alegro por usted, no cualquiera llega a tantos años.

—Él era un funcionario inglés de alto rango y yo, una bailarina escocesa, ¿se imagina el escándalo en ese entonces? Nos conocimos cuando bailé con Dougal en un evento para el Parlamento. Eran conocidos, amigos de amigos, y pues, él quedó prendado de mí —al hablar de su pasado, la profesora McGonagall parecía rejuvenecer, como si le quitaran todos los años de encima y volviera a aquellos lejanos días de gloria—. Era un hombre tan inteligente, creo que ese era su mayor atractivo, siempre sabía qué decir y era brillante. Tenía bonitos ojos y una sonrisa…

La mujer mayor se mordió el labio inferior desviando la mirada hacia la pista de baile con aire inocente. ¡Era una niña de nuevo! A lo lejos, Jacky había cambiado la canción, ahora era, según su pobre conocimiento, un animado mambo y Luna se encontraba bailando con Harry, Neville con Hermione y Sirius con una morena de vestido rojo.

—Sabe, usted me recuerda a él —Snape se giró casi al instante para verla. Sus ojos verdes lo miraban con cierta nostalgia—. Ambos son unos pésimos bailarines, lo peor de lo peor —los dos docentes rieron, Snape por fin reía en lo que iba de la velada—, no tiene ni idea de cuantos años me tomó que Elphinstone bailara al menos un vals decente, pero con el tiempo y la práctica, aprendió hasta bailar mambo y eso es mucho para alguien que se caía hasta caminando. No dejó de practicar ni un solo día. Era un hombre tan persistente, sabe, cuando algo se le metía en la cabeza, no se detenía hasta lograrlo. Creo que esa también era una de las cosas que me gustaba de él —sus mejillas se colorearon—. De hecho, fue así como nos casamos. Luego de tanto insistir e insistir, finalmente le dije que sí. Me propuso matrimonio como cuatro veces y siempre le decía que no. No puedo creer que no me mandara al diablo después de la segunda.

—Debió quererla mucho.

—Lo hizo, sí que lo hizo —la profesora tomó su copa e hizo un brindis imaginario antes de acabársela. Snape no dijo nada, iba a respetar sus memorias— Elphinstone murió hace diez años y 9 meses. Una picadura de una planta venenosa acabó con nuestros años felices… Sostuve su mano hasta el final, hasta que nuestra canción terminara… —su voz se fue apagando hasta finalmente desaparecer—… hasta que los aplausos terminaron.

—Lo lamento.

—… Fue una etapa difícil.

La escocesa se quedó en silencio durante unos segundos, mojándose los labios antes de continuar. Parecía que estaba batallando internamente contra sus recuerdos y emociones guardadas. Podía comprender lo doloroso que podía ser para ella recordar aquellos tiempos tan lejanos y, se arrepentía de haber preguntado, haciéndola pasar un mal rato. No obstante, retomó la conversación sin que su voz vacilara.

—Luego de su muerte, tomé la decisión de abrir el estudio —McGonagall apartó su mirada de los oscuros ojos de Snape y la paseó por la pista de baile—. Necesitaba mantener mi mente ocupada y, sabe, fue la mejor decisión que pude tomar. El estudio me dio la oportunidad de conocer a tantas maravillosas personas, tantos alumnos llenos de talento que necesitaban de mi guía —Los ojos verdes de la profesora se detuvieron al encontrar la cabellera castaña de Hermione entre la multitud, Snape percibió como su mirada era ensombrecida por algún recuerdo triste y, se atrevía a decir que doloroso—. Esta academia y sus estudiantes se volvieron todo para mí y el ballroom, mi salvación, y estoy segura que para muchos ahí también.

Snape se quedó mirando con tristeza el perfil de la veterana bailarina junto a él. Se le era tan difícil imaginar como una persona podía continuar viviendo después de haber perdido de forma tan dolorosa a un ser amado con quien compartió su vida durante casi 30 años. ¡¿Cómo era posible?! ¡¿Cómo esa mujer junto a él podía seguir viviendo después de haber pasado por algo así?! Él hace apenas tres años que había dado por terminado su divorcio con una mujer a la que había llegado a odiar y todavía no podía superarlo. Por un momento, se sintió avergonzado, avergonzado de autocompadecerse por lo que era una tontería comparado a lo que la escocesa había sufrido. Tal vez no habían vivido historias de amor semejantes, pero ambos compartían el mismo mecanismo de defensa.

Ambos ocultaban el dolor de la pérdida bajo la severidad y el trabajo.

La canción terminó y los aplausos del público no se hicieron esperar, todos estaban listos para una siguiente ronda. La profesora suspiró encantada cuando escuchó las primeras notas de la siguiente canción—. ¡A Elphistone le encantaba esa canción!

El pelinegro se armó de valor y se paró delante de ella, extendiendo su mano en un gesto galante y lleno de seguridad.

—Bueno, puede que no sea tan buen bailarín como el Sr. Urquart, pero ¿me concede este baile, profesora McGonagall?

—Qué caballero, Sr. Snape —rió Minerva, aceptando con gusto su mano—. Espero que pueda seguirme el paso, le advierto que bailar esta canción es mi especialidad.

Al ritmo de lo que Snape identificó como un bolero, la profesora McGonagall guío al pelinegro durante el baile, riéndose ante la torpeza de los pasos de su nuevo aprendiz. Lo que ambos bailarines no notaron, fue la constante mirada de Miss Granger sobre ellos. La castaña —quien bailaba en esos instantes con un hombre desconocido— miraba sobre sus hombros a la pareja, sonriendo feliz ante aquella escena.

Después de todo, creo que sí juzgué mal al Sr. Snape.

—Sr. Snape, ¿puedo hacerle una pregunta? —dijo la profesora mientras se mecía con el profesor al compás de la canción.

—Dígame.

—¿Se animará a pedirle un baile a Miss Granger esta noche?


HOLI! HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO DE HOY, ACTUALIZACIÓN SIGUIENTE… HASTA LA SIGUIENTE SEMANA O HASTA NUEVO AVISO, DEPENDE CUAL SEA PRIMERO, EN TODO CASO, LO MÁS CONVENIENTE.

ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO Y COMO DATO SIN IMPORTANCIA, PERO QUE IGUAL LO DIRÉ, ES QUE EL SALÓN RIVOLI ES UNO DE LOS FAMOSOS EN UK PORQUE USAN SUS LOCACIONES PARA FILMAR PELÍCULAS, POR EJEMPLO, SI SE ACUERDAN DE LA ESCENA DE AVENGERS: AGE OF ULTRON CUANDO EL CAPI TIENE UN FLASHBACK/ALUCINACIÓN Y SE VE ASÍ MISMO EN UN SALÓN DE BAILE DESPUES DE GANAR LA GUERRA? YA, ESE SALÓN ES EL RIVOLI. FIN DEL DATO SIN IMPORTANCIA.

NOS LEEMOS! CUIDENSE, BYE-BYE!