CAPÍTULO 7
—Quieto… Quieto —El único ojo bueno del samoyedo se enfocaba en la galleta sabor a cordero que su amo sostenía sobre sus narices. Su lengua rosada salía de su boca y su ojo celeste brillaba ciego bajo la luz del día—, no te muevas.
Hoy era miércoles, el único día donde solo trabajaba media jornada por lo que podía tomarse el resto del día libre. Usualmente solía almorzar en el Heir con Narcissa o en un restaurante cercano a la empresa Malfoy con Lucius. Sin embargo, hoy no tenía ganas de eso. Prefería pasar una tarde tranquila en su casa, comiendo alguna receta preparada por sus propias manos, al aire libre en la pequeña mesita de su jardín trasero, en compañía de su samoyedo de 6 meses.
—Ahora, da una vuelta… una vuelta, Lamarck, por favor —el perro inclinó la cabeza a un lado y luego ladró. No tenía caso. Ese perro parecía compensar su falta de cerebro con su tamaño— ¡Vamos, Lamarck! Con Draco sí quieres hacer tus truquitos, pero llevo diez minutos intentando y no quieres hacer nada más que comer.
¡Guau!
—Vamos… Rueda, rueda por mí… rueda y te doy una galleta —ante la palabra mágica, Lamarck se recostó sobre el césped y dio una vuelta, se volvió a sentar y luego se paró en dos patas, pidiendo por el premio—. No haces nada por mí, pero sí por la galleta, ¿verdad? Se nota que me quieres mucho —le dijo con sarcasmo, soltando la galleta sobre el perro el cual la atrapó en el aire, devorándola al instante.
Lamarck ladró un par de veces y dio tres vueltas más, esperando más galletas por parte de su amo, pero este solo puso los ojos en blanco y volvió sobre sus pasos para sentarse en la pequeña escalera de 3 peldaños que conectaba la puerta trasera de su cocina con el jardín. Lamarck se le acercó con su pelota amarilla en la boca, esperando que su amo jugara con él.
—No, ya no quiero —el perro se acercó aún más, lamiendo sus manos y luego su rostro como en señal de disculpas—. No creas que todos esos besos y mimos van a funcionar conmigo, yo no soy Draco —sin embargo, Lamarck no era de esos que se rendían fácilmente ante el rechazo y, luego de tanto insistir, logró colarse entre los brazos de Snape quien, después de unos minutos, cedió en darle un abrazo, acariciando su pelaje blanco y suave. Tomó su cabeza con ambas manos y depositó un suave beso sobre la cabeza del can—. No puedo enojarme contigo, ¿verdad? Trae esa pelota, ven.
Podía pasarse la vida así, pensó de repente. Sentado bajo el fresco de mitades de abril, con sus pantalones de chándal grises, una camiseta blanca y sus pies descalzos, sin nada que hacer, en compañía de Lamarck mientras escuchaba sus canciones favoritas desde el altavoz de su celular. No podía pedirle nada más a la vida. Por primera vez en muchísimo tiempo, se sentía en paz tanto consigo mismo como con el mundo.
¿Era normal sentirse así? Porque le gustaba y no quería cambiarlo por nada.
El sonido de una campanilla interrumpió los suaves sonidos del jazz que armonizaban su idílico ambiente. Estos provenían de su teléfono y era el aviso de un nuevo mensaje. Se dispuso a ignorarlo, no iba a dejar que su perfecto día se viera afectado por mensajes de Dios sabe quién, pero al primer mensaje siguió un segundo, un tercero y otro y otro más hasta que ya no le quedó opción que responder.
[Los mensajes en este grupo ahora están protegidos con cifrado de extremo a extremo. Toca para más información]
[+07748322931 creó el grupo EQUIPO BALLROOM]
[+07748322931 te añadió]
[+07748322931 añadió a +07738444512]
[+07799843433 cambió el nombre del grupo a PARTY HARD]
[+07748322931 cambió el nombre del grupo a EQUIPO BALLROOM]
[+07799843433 cambió el nombre del grupo a EQUIPO JUERGAS DE SÁBADO]
[+07748322931 cambió el nombre del grupo a SIRIUS, DEJA DE CAMBIAR EL NOMBRE]
[+07799843433 cambió el nombre del grupo a SIRIUS BLACK Y SU PANDILLA]
[+07799843433 cambió la descripción del grupo. Toca para verla]
Snape estaba confundido. ¿Qué estaba pasando? ¿De quiénes eran esos números? Bueno, obviamente uno de ellos era Black quien, como siempre, le gustaba destacarse entre los demás, pero, ¿por qué estaban incluyéndolo en un grupo? ¿cómo rayos consiguieron su número? Snape regresó la vista hacia su brillante pantalla y vio las letras verdes que decían *+07748322931 está escribiendo...*
+07748322931: Hola, chic s! Les recuerdo que este grupo lo mandó a crear la profesora McGonagall para que siempre les avise si hay algún cambio de horario, evento y/o para enviarles los futuros videos de entrenamiento para que puedan revisar su progreso. Además, así podrán avisar con anticipación si tienen algún contratiempo o si van a faltar para que no los estemos esperando ni nos preocupemos.
Sirius, deja de cambiar el nombre, por favor. Muchas gracias.
+07799843433: ESTE GRUPO SE CREO PARA COORDINAR LAS SALIDAS, LAS FIESTAS Y SEGUIRLAS HASTA LAS ÚLTIMAS CONSECUENCIAS!
O hasta que el alcohol se acabe.
*Ha enviado un sticker*
+07748322931: Sirius, deja de escribir tonterías, los estás asustando.
+07799843433: :c
+07748322931: Neville, Sr. Snape, bienvenidos al grupo. Saqué sus números de las fichas de inscripción. Espero que se sientan bienvenidos, les juro que este es un grupo normal, no estamos locos, solo Sirius. Por cierto, este es mi número y cualquier pregunta la hacen por aquí o por interno :D
Por cierto, soy Hermione lol
Era Miss Granger.
¡Miss Granger le estaba escribiendo!
Bueno, Miss Granger, Black y probablemente el resto de sus compañeros de clase… peor era nada, se dijo.
Ingresó a la información del grupo y descubrió que estaba en lo correcto. Había seis números incluido el suyo. Las pequeñas fotos circulares al lado de los números desconocidos le indicaban quienes eran. Había de todos los tipos: fotos improvisadas, fotos de sesiones, fotos con filtro, incluso fotos algo tontas, los cinco miembros tenían una foto con su rostro que al menos los ayudaba a identificarlos… excepto él, Snape tenía la foto que venía por defecto en la app, la de la silueta gris clara de una personita en un fondo gris oscuro.
Tal vez era hora de conseguir una buena foto.
Sus ojos viajaron por cada foto que encontró. Le gustaba la de Luna, era ella con una cámara profesional, eran esas fotos improvisadas tomadas frente al espejo, pero le gustaba la gama de colores pasteles. La de Neville era él con una bata blanca y una planta a su lado, era obvio que se había esforzado en salir bien. La de Potter, él con uniforme de Scotland Yard —¡Vaya sorpresa! Jamás hubiese imaginado que Harry Potter estaba estudiando en la academia de policías—. Incluso la de Sirius le gustaba, era él tomando sol en la piscina —literalmente era de esas fotos "así como que no me doy cuenta" —. Por último, llegó el turno de la foto de Miss Granger.
La foto de Miss Granger era en blanco y negro, ella se apoyaba contra una pared en una pose dramática y las sombras alrededor de ella le otorgaban un efecto muy artístico. Ocultaba parcialmente su rostro con una de sus manos, dándole un aire misterioso. Parecía una modelo, de esas que salen en los anuncios de perfumes caros. El fotógrafo había hecho un excelente trabajo, la foto era prácticamente perfecta. Hermione se veía tan lejana y distante, casi inalcanzable. Sus ojos no miraban en ningún momento a la cámara, estos miraban al suelo, casi con un aire triste, como perdido en lo desconocido. Por un momento, le hizo recordar a esa misma muchacha que solía ver asomándose por el ventanal durante las tardes en Earl's Court Road, cuando aún no se conocían. A un lado de su número, había una pequeña palabra: "Mione" junto al icono de un libro cerrado.
+07799843433: Chicos, repórtense!
Tenemos que coordinar la siguiente salida.
+07738444512: Hola, soy Neville, agréguenme, por fa.
+07789968342: Listoooo! Ya te tengo guardado
+0772324899: Después de abril, por fa! :c
Ya saben que tengo examen la siguiente semana.
El teniente Park nos tiene locos con la prueba de rendimiento, tengo que concentrarme.
+07799843433: F
Snape, reportate!
Mierda. ¿Qué debía poner? No quería hablar con ellos, no sabía que escribir.
+07748322931: Sirius, no lo molestes, debe estar trabajando.
Algunas personas tenemos que trabajar.
No como otras que no quiero decir su nombre.
+07799843433: Le quitas lo divertido a la vida.
Oye, Snivellus, responde
Tú: Miss Granger, tiene razón, Black.
Algunos tenemos que trabajar.
Qué mentiroso, se dijo, estaba escribiendo eso mientras se tomaba una cerveza y disfrutaba del aire fresco.
+07748322931: Te lo dije
*Ha enviado un sticker*
¿Ahora qué? ¿Tenía que responder a eso? Bueno, supuso que sí, ella lo había defendido… en cierta forma. Decidió responder por medio de un Emoji con el dedo pulgar levantado. Por alguna razón que ni él pudo explicarse, se tomó la detallada tarea de agregar a cada uno de los miembros del grupo. Pronto, su agenda se extendió con cinco contactos más: "Luna Lovegood", "Potter BD", Longbottom BD", "Estúpido Black" y al final solo quedaba ingresar el número de su instructora. ¿Cómo debía guardarla? ¿Hermione Granger? ¿Miss Granger? ¿Granger BD? ¿Simplemente "Hermione"? Al final optó por ponerle como siempre la llamaba. Regresó al chat para ver si alguien había respondido.
Miss Granger: :D
Sonrió para sí mismo, como si pudiera corresponder a la sonrisa virtual que Miss Granger acababa de enviarle. Una sensación extraña revoloteaba en su pecho, era algo extrañamente parecido a la felicidad.
Potter BD: Envíen stickers, por fa, se borraron los míos
Estúpido Black: F
Era momento de silenciar el teléfono, se dijo, al menos por un rato.
Inconscientemente, sostuvo su celular junto a su pecho, cerca de su corazón, mientras el aparato aún seguía vibrando bajo su tacto. Una tímida sonrisa, muy íntima y auténtica, se dibujó en sus finos labios. Se sentía como un adolescente de nuevo, un tímido y tonto adolescente que por fin había conseguido el número de la chica que le gustaba…
¿La chica que le gustaba? No, no, no, no, a él no le gustaba Miss Granger, solo le parecía agradable y linda… tal vez, atractiva. Sí, le parecía agradable y atractiva, pero del mismo modo en que Julia Roberts o Sandra Bullock le parecían agradables y atractivas, eso no significaba que gustara de ellas… mucho. Definitivamente, no le gustaba Miss Granger, solo le agradaba pasar tiempo con ella entre clases y la admiraba por la forma en como bailaba y vivía de ello, vivía haciendo lo que más le gustaba: bailar. No cualquiera podía vivir a base de su pasión y eso era digno de admirarse. Entonces, aclarado ese punto, ¿por qué seguía sintiendo como su corazón latía a toda velocidad por el solo hecho de tenerla entre sus contactos? ¿Por qué estaba nervioso? ¿Por qué podía sentir como la sangre subía hasta su rostro y le coloreaba las mejillas?
Tal vez no era que estuviera enamorado, se dijo. Ya era un adulto, la vida le había enseñado —a golpes— mucho desde que había dejado atrás su patética etapa de adolescencia. Después un matrimonio destruido por la infidelidad y la rutina, dos intentos fallidos de citas y evitar el romance durante tres años seguidos, podía decir con total seguridad que el amor no era algo que se encontraba a la vuelta de la esquina. Amar a una persona significaba mucho más que considerarla "agradable y atractiva", no podía simplemente decir que estaba enamorado de Miss Granger cuando, en realidad, no sabía absolutamente nada de ella además de que le gustaba bailar y trabajaba en una academia de danza. No sabía su edad, su color favorito, cómo le gustaba el desayuno, sus sueños y metas. No la conocía en lo absoluto.
Además, estaba el hecho de que tenía edad para ser su hija… si hubiese tenido una hija.
No estaba enamorado, simplemente estaba encaprichado, tenía un flechazo, Miss Granger era, a lo mucho, su amor platónico… ¿Cómo le decían sus alumnos? Ah, sí, ella era su crush. Lo que sea que fueran sus sentimientos hacia Miss Granger eran muy similares a las emociones que se despertaban al enamorarse de un actor o un cantante famoso, jamás pasaría, pero se sentía bien pensar que sí.
Levantó la mirada del suelo y encontró a Lamarck aún en el patio, sentado con su pelota amarilla en el hocico, mirándolo con sus ojos brillantes como si quisiera preguntarle algo. Snape recuperó la compostura y guardó inmediatamente el celular en uno de los bolsillos de su pantalón. Sus enormes ojos heterocromáticos lo miraban con intensidad. ¿Acaso se estaba volviendo loco o era que Lamarck sabía algo que él no?
—¿Y tú qué tanto me ves? ¿Soy o me parezco? —el can inclinó la cabeza y Snape lo tomó como una señal para continuar— No estoy enamorado, ¿de acuerdo? Solo es una ilusión, ¿ok? Ya estoy lo suficientemente grandecito como para diferenciar ambas cosas. Ahora, entra a casa.
A Snape le aburrían las reuniones de docente, esas reuniones mensuales donde se la pasaba sentado en la sala de maestros, mirando hacia la ventana, aparentemente ignorando todo y a todos, aunque, en realidad, estaba atento a cada una de las palabras del director y a los informes de sus colegas. Tal vez el término "aburrir" se quedaba corto, Snape odiaba las reuniones de docentes, pero por sobre todas cosas que pudiera obligarle a hacer ese colegio, odiaba las reuniones de padres.
Una vez cada mes y medio, los padres eran citados al colegio para una reunión de dos horas, en la cual los tutores de cada año —Hogwarts tenía a un tutor por cada salón, generalmente los alumnos los llamaban "jefes de casa" aunque los profesores todavía desconocían el porqué— hacían una presentación dirigida a los padres para informar sobre el progreso de sus hijos en clase, notificar notas y conductas, discutir actividades, entre otras cosas más. Era una tarea pesada y justo por esa misma razón, Snape había evitado a toda costa ser tutor desde que empezó a enseñar en Hogwarts.
… No tenía nada que ver que sus alumnos nunca lo elegían como tutor.
Sin embargo, no siempre podía escaparse de las tan temidas reuniones de padres, parecía ser que eran obligatorias para todo profesor por lo menos una vez en su vida. La experiencia como expositor en reuniones de padre se limitaban a tres ocasiones y las tres… digamos que no fueron las mejores. Al parecer a los padres no les gustaba escuchar decir que sus hijos eran unos traviesos, tontos, desorganizados e incompetentes alumnos… tampoco parecían sentir agrado hacia él, de hecho, las tres reuniones de dos horas que tuvo se parecían más a conferencias de cinco horas.
—Entonces, repasemos lo anterior —anunció Dumbledore casi al final de la reunión—. Esta semana, a partir del miércoles, empezamos las reuniones de padres. Desde la semana pasada vengo anunciando esto así que espero que los tutores de cada aula tengan preparados sus informes. Repasemos la lista una vez más: el miércoles por la tarde es turno de cuarto y quinto. Lupin, Filius ¿están listos?
—Ya tengo todo preparado, Dumbledore —anunció el profesor Flitwick con su voz chillona —, espero que esos padres estén preparados. Este mes, los de quinto año han estado demasiado flojos con los trabajos de exposición.
—Dímelo a mí —le siguió Remus— mis chicos de cuarto no saben hacer nada más que contar los días que faltan para las vacaciones.
—De acuerdo, continuemos. El jueves es turno de primer, segundo y tercer año. Pomona, Aurora, Séptima, ¿qué hay de ustedes?
Las mujeres asintieron a la vez, pero fue Pomona Sprout, la profesora de P.S.H.E, la única quien levantó la mano —director Dumbledore, recuerde que ya…
—Sí, sí, mi querida profesora Sprout, sí lo recuerdo. Lo veremos al final, ¿de acuerdo? —su interlocutora asintió— Eso nos deja el viernes para sexto y séptimo año. Profesor Binns, madame Hooch, ¿preparados?
—Yo nací lista, director —afirmó enérgica la profesora de deportes. Binns, en cambio, solo se limitó a asentir entre sueños. Nadie le iba a decir nada, ya estaba senil… muy senil.
A diferencia de la gran mayoría de sus colegas, a Snape no le importaba en lo absoluto lo que los padres de familia pensaran de él. Ni, aunque se lo exigieran, se pasaría una semana entera preparando su presentación para personas que le prestaban menos atención que sus propios alumnos. Él no iba a preparar palabras para describir a cada alumno de su clase y mucho menos iba a interesarse si aprobaban el año o no. Sus exámenes eran fáciles… para él. Prácticamente eran todos los problemas del libro, los resolvían con él en clase, no cambiaba ni un solo dato y aun así ellos no aprobaban. No era su culpa que sus alumnos fueran unos incompetentes a quienes no les gustaba estudiar, así como tampoco era su culpa que sus padres no le creyeran.
—Bien. La profesora Sprout me informó ayer que el día jueves ella no podrá liderar la reunión de padres de primer año por motivos mayores, así que buscaremos un reemplazo. Para ello, Pomona dejó la presentación y los informes preparados, el reemplazo solo tendrá que leerlos. A estas alturas del año escolar, todos ustedes ya conocen al salón de primer año.
Por supuesto que los conocía, conocía a cada uno de esos mocosos que casi destruyen el autobús en su primer y último viaje escolar. El peor viaje de toda su vida.
—Prácticamente todo está listo para la reunión —dijo Sprout elevando la voz—, así que espero que alguno pueda ayudarme.
—Claro que lo hay, Pomona —interrumpió el director sonriendo. Snape conocía esa sonrisa, esa sonrisa significaba problemas… ¡para él! —. Hablé con Severus esta mañana, dijo que estaba encantado de tomar tu lugar.
¿Qué él qué?
—Ah… —Snape era un maestro para ocultar sus emociones, casi nunca podías sorprenderlo; sin embargo, la mirada que le estaba dedicando al sonriente director en ese momento decía todo lo que su rostro callaba—… ¿Cuándo yo…?
—¡Gracias, Severus! —exclamó la profesora abrazándolo con todas sus fuerzas, totalmente agradecida— No pensé que querrías ofrecerte, pero muchas gracias por preocuparte. Te mandaré todo el material a tu correo esta tarde, gracias.
Snape, incómodo, dio un par de palmaditas sobre el hombro de la profesora esperando que ella por fin terminara su demostración de afecto. Hablaría con Dumbledore luego, esto era algo que no iba a permitir. No es como que pudiera disponer de su tiempo a como se le diera su regalada gana, él tenía cosas que hacer… ¡Tenía su clase en McGonagall's Studio!
—Entonces, ya saben, estos últimos tres días de clases, se quedarán hasta tarde los tutores … y Snape. Creo que eso es todo, pueden volver a sus actividades.
Snape espero pacientemente a que todos sus colegas se retiraran, incluso tuvo que ahorrarse la pequeña plática que Dumbledore se animó a tener con el profesor Binns quien hablaba con la velocidad de un caracol. Cuando por fin el salón de profesores se vació, el pelinegro se "ofreció" a acompañar al director a su despacho.
—No recuerdo en ningún momento haberme ofrecido —empezó el cuarentón caminando al lado de su superior—. ¿No te pareció importante preguntarme en primer lugar si quería liderar la reunión?
—Ya está anotado en la agenda, hijo, ya no puedo hacer nada —respondió levantando las manos como si fuese inocente del problema en que lo estaba metiendo—. Tú estás a cargo de primer año. ¡Vamos! No será tan difícil, solo prepara algo corto.
—¿No has pensado que tal vez tenga cosas importantes que hacer el jueves? —su voz estaba cargado de indignación— Tengo una vida fuera de este colegio.
Casi llegando al despacho de Dumbledore, el hombre ojiazul se detuvo abruptamente y se giró para ver al profesor de Química. Dumbledore sonrió, otra vez esa sonrisa peligrosa que había puesto hace un rato. Se cruzó de brazos y preguntó:
—¿Qué tienes que hacer que sea más importante que ayudar a tu colega y a tus alumnos?
Sí, Snape, ¿qué era eso tan importante que tenías que hacer como para no cumplir con tus obligaciones para con la escuela que te vio crecer? La respuesta era simple: sus clases de baile de salón por la tarde en la academia de la profesora McGonagall. Tenía ensayo el jueves, como siempre, y no quería perdérselo… No era que fueran a hacer algo relativamente importante, pero no quería perdérselo.
Además, Miss Granger iba a estar ahí… y Black y Lovegood y Longbottom.
Pero no podía decirle a Dumbledore que iba a faltar por una clase de ballroom porque le daría una razón más para burlarse de él y hacerle la vida imposible el resto de años que aún siguiera enseñando en Hogwarts. Snape conocía muy bien la mirada de Albus Dumbledore, sabía perfectamente cuando el mayor sabía algo que los otros no y estaba poniendo esa mirada justo ahora.
Mierda… Bueno, ni modo.
—Está bien, está bien. Prepararé algo —refunfuñó dándose por vencido.
Dumbledore 116 – Snape 0
—Me alegro que quieras ayudar a tus compañeros, hijo, es muy amable de tu parte. Ahora si me disculpas, tengo una reunión con el comité de padres de familia en media hora, quisiera prepararme.
Snape regresó a su guarida en las mazmorras, dando zancadas, aún enojado. No quería presidir una reunión de padres de familia, tenía mejores cosas que hacer con su tiempo —como avanzar en su más reciente investigación o practicar aquel paso de vals que aún no dominaba— en lugar de perderlo con padres que eran incluso igual de incompetentes que sus propios alumnos. ¿Cómo sus alumnos no iban a ser así si sus padres los seguían tratando como bebés? A veces pensaba que no eran culpa de ellos haber nacido así, todo era cuestión de herencia genética.
Se mantuvo de pie frente a la maquina dispensadora que estaba en el sótano, tratando de decidir que iba a comprar. No más dulces, se dijo, suficiente tenía con la tarta Victoria que Lucius le había enviado y que aún no acababa. Tal vez algo salado.
Tendría que avisarle a la profesora McGonagall que faltaría. No le gustaba la idea de faltar, estos casi tres meses se había acostumbrado tanto a esa rutina de ir y venir de Earl's Court a Southfields en las noches que se le hacía raro no hacerlo. Sacó su teléfono, resignado a escribir al grupo de Ballroom —también conocido como "SIRIUS Y SU PANDILLA" — para notificar su futura ausencia cuando se topó con el chat que tenía con Remus Lupin.
¡Eso era! ¡Ahí estaba su solución!
Lupin había nacido para ser docente, sería casi imposible que le dijera que no. Sus días no coincidían así que fácilmente podría hacerse cargo de la reunión de primer año. Además, los padres adoraban a Remus, estarían más a gusto teniendo al castaño como líder de la reunión en lugar de él. Animado, Snape caminó hasta llegar al despacho del profesor de Biología.
—Lupin… Lupin… Lu—dijo abriendo la puerta, después de tocar un par de veces. Asomó su cabeza a la habitación y se topó con una escena que no se veía todos los días.
Adentro, Remus Lupin se encontraba cargando a un animal enorme, casi tan grande como un niño, era peludo, gris y tenía cuatro patas. ¡Era un lobo! O al menos eso parecía a simple vista. ¿Cómo Lupin podía cargar a un perro tan grande? Era todo un misterio. Al otro lado, sentada detrás del escritorio, se encontraba una mujer joven con rostro puntiagudo y cabello rosado, corto y algo desordenado. Ella reía a viva voz, cerrando los ojos con fuerza. Por último, sentado sobre el escritorio, se encontraba un pequeño niño copia exacta de la mujer con la única diferencia en el color de cabello pues el de él era de un castaño claro.
La familia Lupin estaba en Hogwarts.
—Hola, Snape —saludó enérgica la mujer. Se limpió las lágrimas de sus enormes ojos ambarinos y por fin calló su risa —. Saluda, Teddy, es el amigo de papá —el pequeño giró la cabeza en su dirección y saludó tímidamente con su mano.
—Hola, Tonks —respondió Snape desde donde se encontraba—. ¿Cómo estás?
—Bien, ocupada con el trabajo y Teddy —Nymphadora Tonks se levantó de su asiento y se acercó a él. Llevaba un pantalón de vestir a cuadros y una blusa blanca impecable. Su gafete de Scotland Yard estaba colgado con una pinza a un lado de su cadera. La detective le abrió la puerta, lo recibió con un beso en la mejilla y lo invitó a pasar—. ¿Cómo estás tú?
—Bien, justo acabo de salir de una reunión… —
—Oh, Remus me comentó de eso —ambos se giraron para ver al pobre profesor Lupin tambaleándose ante el peso que su can ejercía sobre él— ¡Remus, ya bájalo! Te vas a caer —Lupin bajó al perro justo a tiempo pues sus brazos cedieron al peso. Teddy Lupin no hacía nada más que reírse—. Ah, Borf siempre es así cada vez que lo ve, no puede evitar no saltar a sus brazos.
—Snape, él es Borf, es nuestro Tamaskan, del que tanto te hablé —presentó el profesor—. Es lindo, ¿verdad? —el otro profesor asintió. Teddy Luppin se bajó del escritorio y corrió hasta los brazos vacíos de su padre para tomar el lugar del perro gris— ¿Qué te trae por aquí? ¿Te puedo ayudar en algo?
—Bueno, caballeros, antes de que hablen de sus cosas académicas, será mejor que me vaya, tengo que trabajar, me esperan en la delegación —la detective tomó su bolso y le dio un sonoro beso a su hijo, indicándole que se portara bien mientras no estaba—. Nos vemos en la casa, mi amor. Te dejo el auto, tomaré un taxi.
—Espera, vamos, yo te embarco —anunció mientras la ayudaba a ponerse su abrigo color camello—. Snape, ¿podrías cuidar a Teddy un momento? No me demoro —Severus no se pudo negar, aunque quiso. La mujer le indicó a su perro que cuidara a su hijo y luego se despidió de él.
—Fue un placer verlo, Snape.
—De igual forma, Sra. Lupin. Siga protegiéndonos.
El matrimonio Lupin abandonó el despacho para irse con rumbo al estacionamiento. Snape se quedó de pie, sin tener la menor idea de qué hacer o decir. Detrás del escritorio, el pequeño niño Lupin seguía sentado en la silla, acariciando la cabeza del perro lobo como si se tratara de un peluche. Snape miró al niño, luego al perro y de nuevo al niño, ¿qué se supone que debía hacer? ¿qué procedía? Él había recibido uno que otro taller para tratar con alumnos de once a más, pero Teddy Lupin tenía 4… ¡6 años!
Teddy Lupin dejó lo que estaba haciendo y se giró para ver al hombre alto y delgado que estaba en el despacho de su papá. Sus grandes ojos brillantes eran idénticos a los de su mamá, eran del color del Whisky. En todos los años que llevaba conociendo a Nymphadora Tonks, nunca supo de qué color eran realmente sus ojos: un día eran verdes, al otro parecían grises, en los interiores eran color marrón, pero en el exterior parecían azules; y al parecer le había pasado esa bella genética a su único hijo pues podía jurar que hace tan solo un momento, sus ojos eran de color verde.
Tal vez era por el efecto de la luz.
—Él es Borf, es mi mejor amigo —dijo abrazando al perro—, no le gustan los baños. A mí tampoco —Snape soltó una risita y se le acercó a acariciarlo. Su pelaje era suave, no tanto como el de Lamarck, pero agradable al tacto. En su collar, brillaba su placa dorada, resaltando de entre su oscuro pelaje. Snape se preguntó si algún día Lamarck crecería hasta alcanzar ese tamaño. Su perro era aún un cachorro, tenía apenas 6 meses, pero era grande y, según el Dr. Hagrid, el samoyedo seguiría creciendo sano y fuerte.
—Yo también tengo un perro. Se llama Lamarck.
—¿Lamarck podría ser amigo de Borf?
—No veo por qué no.
El pequeño Teddy Lupin era un niño muy sociable que hablaba hasta por los codos. En el tiempo que estuvo encerrado con él, este le platicó de sus clases de karate, de su abuela, de su colección de carritos, de su perro, de cuanto le gustaban los sándwiches con mermelada y de cuanto quería ser detective como su mamá para poder "capturar a los malos".
—Gracias por cuidarlo —dijo el padre al regresar. Llegó jadeante lo que le indicó que había corrido todo el trayecto de regreso—. Se supone que lo estoy cuidando hoy. Dora está trabajando en un caso importante y eso la tiene muy ocupada, ya casi ni a veo en todo el día, y mi suegra no pudo cuidarlo esta tarde, tiene una cita con el médico, así que Teddy pasará todo el día conmigo… Bueno, conmigo y con Borf… supongo que será así el resto de la semana, ¿no es así, amigo?
—Papi, ¿puedo dibujar en tu escritorio?
—Claro, te daré lápices y papel —el castaño llevó a su hijo a su escritorio y le alcanzó todo lo que necesitaba para hacer una obra de arte—. Sabes, es difícil cuidar a este pequeño, tiene mucha energía.
—Papi, luego iremos al cine, ¿verdad?
—Sí, hijo, primero dejaremos a Borf en casa —Sí que era demandante, pensó Severus—. En fin, ¿qué era lo que necesitabas Snape? —preguntó. Sus ojos se notaban cansados, como si toda su energía se hubiese consumido desde el café que compartieron temprano por la mañana.
No podía simplemente decirle que quería que él tomara su lugar en la reunión de padres, Remus Lupin tenía cosas más importantes por hacer que liderar otra reunión, como cuidar a su hijo pequeño. El niño necesitaba de él más de lo que Snape lo necesitaba. Lupin estaba cansado, tenía clases, una reunión que preparar, un hijo que cuidar; quedaba completamente descartado de sus opciones. Además, él era un adulto y, con ello, venía la responsabilidad de afrontar sus problemas. Era a él a quien le habían encargado esa tarea, no a Remus. ¡Debía ser responsable!
—Nada, es solo que escuché que Tonks y tu hijo estaban aquí y pensé en pasar a saludar.
—Oh, que amable —sonrió su colega, creyendo las palabras de su nuevo "amigo"—. ¿Listo para la reunión de padres?
—Sí, sí… será… extraordinaria —¡Sería extraordinariamente insoportable! Pero, en fin, nadie le mandó a ser profesor—. Bueno, ya debo irme. Tengo que preparar unas cosas, que pasen un buen día.
—Sr. Snape —interrumpió el hijo de Remus antes de que pudiera irse —¿Pueden tener Lamarck y Borf una cita de juegos? —Snape lo miró confundido. ¿Qué demonios era eso?
—Es una reunión para que nuestros perros jueguen. Hacemos eso con los niños y a veces con los perros. ¿Te gustaría? Puede ser el fin de semana en el parque, podemos almorzar juntos.
—¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favoooor! —el niño arrastró la última sílaba de la palabra y lo observó con sus suplicantes ojos, ahora verdes. ¿Acaso estaba tratando de manipularlo? No iba a funcionar con él, ¡no iba a funcionar con él!
—Bueno… supongo que sí.
Snape no sabía en lo que estaba a punto de meterse.
El fin de semana, Snape se encontraba en la sala de su casa, sentado en su sillón, acomodando la pañoleta verde en el cuello de su samoyedo. Había pasado toda la mañana cepillando el pelaje de Lamarck, quería que se viera presentable, asimismo, constantemente le advertía —más bien, le rogaba— que se comportara. No quería tener problemas con su colega porque su perro se había emocionado de más con sus "demostraciones de afecto".
A un lado, una cesta de picnic descansaba sobre la mesita de café. A pesar de que Lupin insistió que no era necesario que llevara algo, Snape se sentía en la obligación de hacerlo. Esperaba que les gustara, especialmente para el joven Teddy Lupin. Sabía de primera mano que los niños pequeños podían ser caprichosos a la hora de comer. Había preparado una comida sencilla, pero deliciosa, la misma receta que su madre solía prepararle de niño cuando iban de picnic al parque a la vuelta de su casa.
Nunca en su vida, ni en sus más descabellados sueños, se hubiese imaginado ir de día de campo con la familia Lupin con el único objetivo de que sus perros tuvieran una cita de juego. Quería reír, en serio, esto era tan extraño para él que le causaba mucha gracia. Sostuvo la cabeza de su perro entre sus manos; este parecía feliz de que su dueño lo mimara. Era increíble como había cambiado todo desde que esa criaturita temblorosa y casi ciega había llegado a su vida. ¿Quién lo diría? En menos de cuatro meses ya era padre, aprendía baile de salón y hasta iría de día de campo con su mayor "enemigo" y su familia.
—Eres una caja de sorpresas, ¿verdad?
En cuanto menos se lo imagino, ya se encontraba en el asiento trasero de la minivan de la familia Lupin. Lamarck parecía llevarse bien con Borf, ambos estaban sentados en la parte trasera del vehículo, los esposos Lupin estaban al frente con Tonks al volante y Snape y Teddy estaban en el medio, sentados en silencio sin quitarse los ojos de encima. Snape se sentía como un niño pequeño… el mismo niño pequeño que tenía problemas para hacer amigos y por eso siempre era tan silencioso.
—Lamarck ha crecido mucho desde que lo adoptaste, Snape. ¿Sigues yendo donde Hagrid?
—Sí, a él le encanta, es raro, jamás pensé que un perro se emocionaría por ir al veterinario.
Lamarck era un caso extraño. En todos los programas de National Geographic o Animal Planet —ahora ambos seres que habitaban Southfields eran adictos a ver programas de animales antes de dormir, sobre todo los que trataban de perros—, los canes que eran llevados a las clínicas veterinarias usualmente tenían miedo de entrar al consultorio, pero Lamarck era todo lo contrario. Cada vez que decía la palabra "veterinario", salía corriendo en busca de su correa roja, como si ya estuviera preparado para ir.
—Es el efecto Hagrid —comentó Tonks, mirándolo sonriente por el retrovisor antes de regresar la vista a la calle—. Ese hombre hace magia con los animales, todos los aman y él los ama a todos. Lo he visto cuidar de todo, desde iguanas hasta pavos reales… una vez incluso un caimán, ¿quién rayos tiene un caimán de mascota? —¿el Dr. Hagrid abrazando un caimán? Eso era algo que tenía que ver—. En fin, Borf se vuelve loco cada vez que vamos a su control, ¿no es así, Borf?
Atrás, junto a Lamarck, el tamaskán Borf ladró en respuesta, como si realmente entendiera las palabras de su dueña. Snape se preguntó si algún día tendría una conexión así con el samoyedo, Lamarck y él se llevaban bien, pero el exceso de energía que su can tenía lo agotaba constantemente y a veces lo irritaba.
—Señor Snape —el pequeño Teddy Lupin le llamó, dejando de prestarle atención a su IPad como lo había estado haciendo desde que subió al auto.
—Dime.
—Usted también es tan inteligente que mi papá, ¿verdad? —Los brillantes ojos claros de Teddy Lupin le indicaban que el niño era demasiado inocente como para comprender la magnitud de su pregunta.
—Podría decir que hasta superior —respondió el profesor de Química, provocando tanto la risa de la detective al volante como el de su copiloto.
—Entonces usted sabe muchas cosas, ¿verdad? —Snape asintió. Algo le decía que estaba entrando en terreno desconocido— ¿Usted sabe de dónde vienen los bebés?
Mierda… ¡Mierda, mierda, mierda!
—Eh… Ah… —de pronto, su garganta se había secado, apenas si podía respirar. Levantó la vista en busca de ayuda, Lupin y Tonks lo miraban con pánico a través del retrovisor, como rogándole que no dijera nada que pudiera desencadenar peores preguntas o un futuro trauma infantil.
Nunca pensó que un niño de seis años pudiera causarle tanto miedo. Si abría la puerta del auto y saltaba en ese instante, ¿sobreviviría? Era la única forma que se le ocurría de escapar de esa situación tan incómoda.
—Pues, verás… Cuando el óvulo de la mamá y el esper… El cuerpo humano… Cuando un hombre y una mujer se quieren mucho, mucho, mucho, ellos se… ellos se…
—¡De Paris! —gritó Lupin con todas sus fuerzas.
—¡De plantas! —gritó Tonks al mismo tiempo que su esposo.
Remus miró a Tonks, Tonks miró a Remus y luego ambos miraron a Snape. Los tres adultos estaban acorralados por un niño de seis años. Una de las detectives más importantes de Scotland Yard y dos profesores con postgrados en Ciencias Naturales estaban en jaque mate por él, un mocoso que apenas le llegaba a la cintura.
—Los bebés vienen de plantas…—habló Remus, pensando muy bien sus palabras antes de continuar— que son cultivadas en París.
—Entonces mamá y papá deben comprar una y el bebé que viene adentro es una sorpresa —continuó la detective—, como… como los huevos de pascua, no sabes lo que hay adentro, pero son deliciosos.
—¡SÍ! —gritó el niño levantando los brazos en señal de emoción. Snape volvió a mirar al retrovisor y pudo ver las expresiones de alivio de los señores Lupin. La mano del castaño descendió hasta tomar la de su esposa y luego llevársela a la boca para besar sus nudillos como si quisiera decirle que ahora todo volvía a estar bajo control.
Ya recordaba porqué no había tenido hijos, quería ahorrarse las "charlas".
Londres era una de las ciudades más verdes del mundo y eso se notaba en la gran cantidad de bonitos parques con los que cuenta. La familia Lupin optó por pasar una tarde de diversión en uno muy especial, el Regent's Park. Era un parque grande, tal vez no el más grande de Londres, pero sí uno de los más bonitos. Popular sin duda, el Zoo de Londres y los Queen Mary's Rose Gardens eran las dos atracciones más grandes de toda esa área verde. Contaba con incontables especies de plantas, pequeñas criaturillas silvestres y una laguna artificial. Un paraíso para las familias durante los días de primavera.
Snape había ido en una o dos ocasiones, aunque nunca tuvo la oportunidad de recorrerlo como hubiese querido. Por el contrario, la familia Lupin parecía muy acostumbrada a ese lugar, como si lo conocieran de toda la vida. En cuanto atravesaron las puertas de ingreso del parque, el pequeño Teddy Lupin se tomó la noble tarea de "guiar" a los adultos hacia "su lugar secreto para días de campo".
Snape caminaba al lado de los esposos Lupin, sujetando la correa del samoyedo con firmeza pues temía que tantas nuevas experiencias provocaran otro de sus tan conocidos ataques de energía desbordante. No quería encontrarse en la vergonzosa situación de salir corriendo tras él… por enésima vez. Cada tanto miraba hacia adelante, hacia el pequeño de seis años. La pequeña copia de Nymphadora Tonks caminaba con paso firme al lado de su fiel tamaskán gris.
Era sorprendente como un pequeño niño podía controlar a un animal igual o más grande que él. Sujetando la correa de Borf, ambos guiaban al pequeño grupo. Se notaba quien era el adulto entre ellos dos, aunque se suponía que el humano debía sujetar la correa del perro, era Borf quien realmente estaba sujetando al pequeño Teddy. Cada vez que el pequeño de cabello castaño trataba de alejarse por alguna distracción, Borf tiraba de la correa con su hocico para regresarlo al camino.
¡Esa sí que era una niñera eficiente!
Caminaron hasta llegar al Primrose Hill, una colina grande al norte del parque con una vista maravillosa hacia el centro de la ciudad. En dos ocasiones tuvieron que y todas fueron por su culpa ¡Por Galileo! ¡Sus piernas estaban matándolo! Tenía que hacer más ejercicio, subir esa colina iba a ser su fin. Necesitaba… oxígeno.
Al llegar a la cima, pusieron la manta de a cuadros rojos al lado de un árbol para que les brindara protección y se prepararon para almorzar. La Sra. Lupin había preparado una cesta grande llena de deliciosos platillos y junto con la cesta de Snape, tenían comida suficiente hasta para invitar. Durante el almuerzo, Tonks los entretuvo con historias fascinantes de su nuevo caso en Scotland Yard. La detective era intrépida; en sus cortos 29 años había vivido más que Snape y Lupin juntos.
—Entonces, hace dos días, los peritos encontraron unas huellas dactilares en un estuche dentro de la camioneta quemada. La enviamos al laboratorio para que la analicen. Yo creo, fervientemente, de que pertenece a nuestra víctima.
—¿Cómo puedes comer tan tranquila mientras hablas de secuestros y camionetas quemadas? —interrumpió su esposo mirándola angustiado— Ese pobre muchacho debió estar tan asustado y su asesino anda suelto, ¿Cómo puedes estar tan tranquila?
—Es mi trabajo, Remus.
—Sr. Snape —interrumpió el pequeño en una ocasión mientras tomaba jugo de una cajita— ¿es verdad que usted es un murciégalo? Mi papá dice que todos le dicen murcié…—
—¡Teddy! —gritó el profesor. Snape frunció el ceño sin saber si estar enojado con el mocoso o con el padre. La detective no supo que hacer más que reír ante esa situación—. Teddy, amor, ¿por qué no juegas con Lamarck? ¿Sí? ¡Borf! Vigílalo.
El pequeño se fue refunfuñando junto con los dos perros a jugar por la colina. Lupin, por su parte, tenía el rostro colorado y las palabras de disculpas salían atropelladas de su boca —Lamento esto, en serio, Severus, lo siento. Fue mi culpa, debió escucharme.
—No te preocupes —respondió secamente.
Siguieron con su conversación, esta vez sin los comentarios del pequeño Teddy. Cada tanto, Snape se giraba para ver a su perro y, por supuesto, al niño. Nunca había sido padre, pero casi de forma instintiva, solía revisar si el pequeño se encontraba bien. Teddy corría de aquí por allá perseguido por ambos perros, cada tanto desaparecía de su visión y volvía a parecer luego de un par de minutos, riendo de esa forma tan infantil.
—No lo entiendo. Teddy no es mi hijo, pero cada vez que desaparece siento que algo malo ha pasado —comentó luego de un rato—. ¿Qué no se dan cuenta?
—Oh, no te preocupes —calmó la madre. Usó su dedo índice para señalar a su ojo derecho, el cual parecía ser azul el día de hoy—. Este ojo está entrenado para revisarlo cada tanto. Sé donde está mi cachorro en todo momento.
—Además, está con Borf —agregó Remus como si eso solucionara todo.
—Borf fue un perro policía, fue mi pareja durante cinco años en el servicio. Fue un gran compañero, sabía perseguir, guiar; era perro de rescate, detector de bombas y drogas, era uno de los mejores, pero luego de que una bala lo rozara, decidimos que era más seguro tenerlo en casa, así que se retiró con honores.
—Wow, nunca pensé que fuera todo eso y, como bono, también es una niñera eficiente.
—¿Bromeas? No le confiaría mi cachorro a nadie más que a mi mamá o a Borf.
—Lo entrenaron en esa escuela de perros que te comenté, la de Scotland Yard. Deberías inscribir a Lamarck ahí si tiene problemas de conducta, obviamente no tiene que servir si no quieres.
Dudaba que Lamarck pudiera ser un perro policía. Él era un miedoso, le tenía miedo a las películas de terror en la televisión, se asustaba con el sonido de la aspiradora y no podía dormir solo. No podía imaginarse a su perro persiguiendo criminales ni nada parecido. Además, no dejaría que a su perro le rozara una bala o algo peor como una bomba. Tal vez solo debía aprender un par de modales, eso es todo.
—Oh, casi lo olvido, Snape, lamento tanto que Teddy te pusiera en una situación tan incómoda, Snape —dijo Tonks mientras se comía una manzana—. Las cosas han sido más o menos así desde hace una semana.
—¿Puedo preguntar por qué?
—Pues… —Tonks era joven, tenía casi 30, pero era joven, por lo que había momentos como ese en donde su niña interior salía a flote y sus mejillas se tornaban rosadas, inclinaba su cabeza como una niña que había hecho una travesura y una sonrisilla nerviosa se asomaba por sus labios maquillados—. Hemos estado tratando de explicarle a Teddy algunas cosas.
—Severus, Tonks está embarazada —Remus tomó la mano de su esposa y la besó con delicadeza antes de girarse para ver a su colega, con una sonrisa radiante—, estamos esperando.
Esperando…
Eran una pareja joven —más o menos—, era obvio que no se quedarían con un solo hijo. Ella era hermosa, llena de vida y estaba seguro que, al igual que su esposo, era una increíble madre. El bebé que crecía dentro de la detective tenía mucha suerte de tener a padres tan maravillosos como los esposos Lupin. Estaba feliz por ellos y agradecía en el fondo que le hubiesen contado esa buena nueva.
—Vaya… no, no sé qué decir. ¡Felicitaciones, Tonks! Bueno, a los dos —dijo atropelladamente—. Debes cuidarte mucho a partir de ahora, nada de secuestros o persecuciones, por tu bien y por el de ese bebé.
—¡Eso mismo le digo yo! —le siguió Remus, haciéndola reír—, ¿Ya ves? Hasta Snape tiene más sentido común que tú.
Snape se quedó en silencio después de eso. Más allá, podía ver como Lamarck corría alegre y libre sobre el césped, siendo perseguido por los hijos humano y perruno de la familia Lupin. El niño reía, sus piernas jóvenes y fuertes corrían casi a la misma velocidad que su mascota. Su cabello castaño brillaba bajo el sol de primavera. A su lado, Remus rodeaba con sus brazos a Tonks, quien estaba recostada sobre su pecho, en una posición donde estaba, a la vez, lo suficientemente levantada para poder vigilar a su hijo. La mano de su colega reposaba sobre el vientre aún plano de la detective. Sus anillos de casados brillaban en sus dedos anulares, burlándose de él con su deslumbrante resplandor.
Hace mucho tiempo, alguna vez, en el pasado, él y su ex habían hablado sobre tener hijos. No se habían casado muy jóvenes, a decir verdad, ambos tenían casi 30 cuando se dieron el sí y, si bien no eran viejos para tener hijos, el reloj biológico de su ex esposa avanzaba con cada año de matrimonio y la presión que ella sufría por tener hijos por parte de sus padres y amigas, se reflejaba en su vida privada.
Tal vez fue lo mejor que pudo pasar. Él no creía poder ser un buen padre y, en el fondo, tal vez no quería serlo. No había tenido el mejor ejemplo, ¿qué puedes aprender de golpes e insultos? Tobías fue un padre ausente en todos los sentidos. Literalmente hubiese sido mejor padre si no lo hubiese conocido… Además, si hubiese tenido hijos, de seguro ni siquiera los podría ver, ellos deberían estar con su madre en algún lugar de Estados Unidos y él se quedaría más solo de lo que ya estaba.
—Creo que Lamarck ya se cansó —anunció Tonks sacando a Snape de sus pensamientos—. Creo que todos nuestros bebés ya están cansados.
Snape se giró para ver a su perro de blanco pelaje caminar jadeante hacia él, con la lengua afuera y la cola baja, totalmente exhausto. Detrás de él, le seguía Borf cargando en su espalda a un cansado Teddy Lupin quien cabeceaba de sueño. Ese perro gris jamás dejaría de sorprender al profesor: rastreador, policía, detector y niñero, necesitaba uno de esos. Tal vez, la escuela para perros que tanto comentaba Lupin no era tan mala idea después de todo.
Mientras el fiel Borf dejaba al niño de seis años en los brazos de su madre, Lamarck se acercaba a él casi arrastrándose. Qué gran diferencia, pensó. Era la primera vez que lo veía tan cansado, parecía ser que el único capaz de gastarle toda su energía de dinamo era un pequeño niño de seis años que apenas podía pronunciar bien la palabra "murciélago". El can llegó hasta su amo y se dejó caer sobre él, apoyando su hocico sobre sus piernas pidiendo que lo acaricie tal y como lo hacía antes de dormir.
—De haber sabido que esta era la solución para que se te acabara la batería, te hubiese organizado una cita de juegos con Teddy Lupin desde hace meses —murmuró cerca de su oído. Sus dedos largos se perdieron entre el sedoso pelaje blanco del perro y sus respiraciones se acompasaron poco a poco.
Volviendo a apoyarse contra el árbol, Severus inclinó su cabeza a un lado, dejando que sus manos siguieran jugando con el pelaje del perro. En esa postura, podía ver como la familia de Remus vivía una situación parecida a la de él. Tonks tenía entre sus brazos a su hijo y lo mecía junto a su pecho, mirándole con la ternura que solo una madre tenía en su mirada. A su lado, su esposo descansaba su barbilla sobre el hombro de ella y, en sus rodillas, el perro lobo Borf descansaba en silencio, siendo mimado por la mano izquierda de su amo, la que llevaba el reluciente anillo dorado de matrimonio.
Snape sonrió y guardó esa imagen en su memoria. Era muy bonita y, aunque no lo involucraba en lo absoluto, de cierta manera, le traía tanta paz. Era como ver una de esas imágenes que venían con los marcos de fotos, todos sonrientes y felices bajo el sol de primavera.
¿Así se sentiría tener una familia feliz? ¿La esposa, el hijo y el perro? Tal vez no lo sabría nunca, pero si la felicidad tenía una representación gráfica, esperaba que fuera parecida, aunque sea un poco, a los miembros de la familia Lupin sentados en el parque un domingo por la tarde.
El último domingo de abril, Snape se levantó temprano. Preparó un desayuno nutritivo para Lamarck y él, así como también, sus medicinas. Hoy sería un día atareado, tenían el control mensual de Lamarck con el Dr. Hagrid, le pondrían las vacunas necesarias para que su glucosa estuviera controlada y aprovecharían para cortarle el pelo el cual ya había crecido mucho. Luego, como recompensa por ser valiente a los pinchazos de las vacunas, Snape había prometido llevarlo a un parque cercano a Wimbledon, el parque favorito de Lamarck.
—Ahora les presento al nuevo y mejorado Lamarck Snape —dijo la Dra. Tuttle al salir de la zona de consultorios. A su lado, lo acompañaba el samoyedo recién bañado y peinado.
—¿Se portó bien? —preguntó el pelinegro tomando la correa del can quien, al parecer, estaba feliz de verlo y lo demostraba dando vueltas y vueltas alrededor de él, enredándolo con la correa— A este cachorro no le gustan los baños.
—Como un ángel, Sr. Snape.
—Lamarck se ve muy bien, Sr. Snape —anunció el Dr. Hagrid saliendo detrás de la Dra. Tuttle con su historial clínico en la mano—. Su nivel de azúcar está bien, ya le pusimos a tercera vacuna y solo quedarían dos. Su pata izquierda parece que jamás estuvo lesionada y su ojo ciego se ve bien, sano e hidratado. ¡Felicitaciones! ¡Tiene un cachorro muy sano!
Snape inclinó la cabeza para ver a su perro sentado junto a él. Lamarck estaba a salvo, fuera de todo peligro. No podía creer que ese era el mismo perro tembloroso y asustado que había encontrado a inicios de febrero, era increíble pensar lo que la buena comida, el cuidado médico requerido y un poco de amor podían hacer en un ser vivo. Lamarck levantó la cabeza y lo miró con su ojo bueno, Snape nunca había visto tanto amor en una mirada como la que Lamarck le estaba dando, lo miraba con tanta devoción que lo hizo sonreír.
—Aquí está su tarjeta, ya está actualizada y le enviaré una lista actualizada de sus medicinas. Seguiremos con el tratamiento de insulina, hay que tener mucho cuidado con eso y cambiaremos las pastillas por un par de gotas, solo debe tomar dos cada dos días hasta que se acaben. Tiene buen peso, pero debe hacer más actividad física, por lo mismo que está en desarrollo.
—Entendido. Supongo que tenemos que ir más seguido al parque.
—¿Oíste, amigo? Irás al parque —intervino la doctora, provocando los ladridos felices del can—. ¡Tu premio! Casi lo olvido, iré a buscarlo.
Scamander's Vet tenía una costumbre para con todos sus clientes, después de cada sesión, solían regalarle un juguete o accesorio al paciente. En el caso de Lamarck, ya le habían regalado dos pelotas, un peluche y una pañoleta amarilla. Esta vez, se trataba de una cuerda de colores, perfecta para morder.
—Espero que ahora muerdas eso en lugar de mis zapatos —Ya había perdido tres buenos pares de zapatos por culpa de ese perro—. Bueno, muchas gracias, debo llevar este niño al parque. Nos vemos el próximo mes.
—¡Adiós, Lamarck! ¡Adiós, Sr. Snape! —dijeron al unísono los veterinarios mientras Snape y su perro salían por la puerta.
Tomaron un taxi hasta un parque entre los límites de Wimbledon y Southfields. De todos los parques a los que habían ido, ese era su favorito. Era enorme, con senderos para ciclistas y corredores, juegos para niños y para perros e incluso pequeños puestos que vendían bebidas y comida. Realmente era un parque hermoso y perfecto para jugar a la pelota si eras un perro con exceso de energía.
En cuanto llegaron a su destino, Lamarck quiso salir corriendo a perseguir ardillas y rodar por el césped, pero fue detenido por la correa. Snape llevó a su perro a un lugar más apartado y lo soltó. Sacó la pelota amarilla que había llevado para jugar y la lanzó lejos solo para ver como el can salía corriendo a toda velocidad tras ella. Hoy pasarían un día de juego asombroso.
Y la llamada de Lucius Malfoy no lo iba a arruinar.
Su mejor amigo parecía pensar que él no tenía nada que hacer con su vida porque llevaba una semana insistiendo en que lo acompañara a uno de esos eventos para gente pudiente a los cuales él odiaba asistir. Ya le había dicho que "no" no solo una vez, sino diez, pero él seguía insistiendo como si no estuviera ocupado con una empresa que tenía que dirigir.
—No puedo, estoy con Lamarck en el parque —respondió. Levantó su mirada para revisar donde estaba su perro, el samoyedo ya había atrapado la pelota otra vez y venía corriendo a toda velocidad en su encuentro—. Le prometí que hoy jugaríamos en el parque. Debiste verlo, se portó excelente cuando estuvimos en el veterinario esta mañana y eso que hoy le pusieron tres vacunas.
—Puedes venir con Lamarck, ya lo sabes, aquí lo cuidarán muy bien. ¡Vamos! No quiero ir solo.
—Irás con Narcissa.
—¡PERO NO ES LO MISMO! —Gritó en la línea, provocando que Snape alejara el aparato de su oreja. El perro blanco llegó a sus pies y dejó la pelota amarilla en el suelo. Casi automáticamente, Snape la recogió y volvió a lanzarla con todas sus fuerzas, repitiendo el juego otra vez. A Lamarck parecía no fastidiarle, al contrario, le gustaba—. Me aburro en la ceremonia, solo quiero ir al after party.
—Ya sabes que no me siento cómodo en esos eventos, no conozco a nadie, ni siquiera entiendo la exposición y en la fiesta solo estoy sentado hasta que ustedes quieran irse. No iré, Lucius, no importa cuantas veces insistas.
—¡No seas traidor! Eres mi compañero de armas, no puedes abandonarme así —Reclamó. Snape puso los ojos en blanco, ¿por qué siempre tenía que hacer esos berrinches de niño mimado? Ah, sí, porque había sido hijo único y siempre le habían dado de todo. En eso le recordaba bastante a Draco—. ¿Qué es más importante que acompañarme al desfile?
—Cualquier cosa es mejor que acompañarte a ese desfile. ¿No recuerdas la última vez? Me dejaron en la mesa mientras ustedes iban a comprar y comprar. Lo siento, Lucius, consigue a alguien más. ¿Una exposición de arte? Voy. ¿Un partido de tenis o futbol? También voy. ¿Una conferencia? Si quieres voy, pero no pienso ir a otro desfile de moda.
Lamarck volvió y dejó la pelota a sus pies, esperando pacientemente que su amo terminara con el aparato que hacía tanto ruido. Lo notaba tenso y no sabía el porqué, estaba en el parque, el lugar más feliz del mundo —o al menos en el mundo del samoyedo—, no era momento de estar enojado, ¡era momento de jugar! Ladró una, dos y tres veces, esperando llamar su atención otra vez.
—Espera, espera —interrumpió su plática el profesor—. ¿Qué quieres, amigo? ¿Otra vez? Está bien, esta vez será más lejos. No, Lucius, no te hablo a ti, le hablo al perro.
Tomó la pelota por enésima vez y la lanzó, aunque, contrario a lo que había anunciado, su adolorido brazo no pudo lanzarlo tan lejos como quiso. En su lugar, no solo aplicó demasiada fuerza en el lanzamiento del juguete, convirtiéndolo en un proyectil amarillo el cual era perseguido por Lamarck, sino que también la pelota formó una parábola demasiado curva haciendo casi imposible determinar con precisión en dónde iba a caer.
Estaba por volver a su llamada pues Lucius seguía hablando al otro lado de la línea cuando, por el rabillo del ojo, vio como la pelota-proyectil caía directo en la cabeza de una corredora, provocando que se detuviera abruptamente. Snape abrió los ojos todo lo que pudo, sorprendido de lo que acababa de hacer y, para empeorar las cosas, su perro —el cual iba a toda la velocidad que sus cuatro patas le permitían— saltaba sobre la corredora para atrapar la pelota, tirándola al suelo en el proceso.
—¡Te llamo luego! ¡Lamarck, no! —gritó apartando el móvil de su oreja y corriendo cuesta abajo hacia la accidentada mujer y el despistado perro.
Mientras tanto, en uno de los senderos para corredores, una joven estaba sentada en el suelo tocándose la cabeza, inspeccionando no estar herida debido al golpe. A su alrededor, un perro blanco y demasiado enérgico, saltaba con una pelota amarilla en su hocico. ¿Acaso era eso lo que le había caído en la cabeza? Bueno, eso y el perro. Le dolía, en serio le dolía. El perro dejó su pelota en el suelo y se acercó a ella, olfateándola con su nariz húmeda, provocándole cosquillas sobre su piel expuesta. El can, tal vez consciente de lo qué había hecho, empezó a llorar sobre ella, arrepentido de haberla "lastimado" y a lamer con su rosada lengua sus manos, sus brazos y, por último, su rostro.
—¡Oye! ¡Está bien, amiguito! —le respondió tratando de apartarlo con ambas manos, pero el perro tenía fuerza y estaba empeñado a lamerle sus supuestas heridas— Oh, tranquilo, no llores, no fue tu culpa. Jajaja me haces cosquillas. ¡Ya! ¡Por favor! —tomó su rostro de peluche con ambas manos y lo obligó a mirarla a sus ojos color miel—. Está bien, pequeño.
—Miss Granger.
Todavía con la sonrisa es su rostro, Hermione se giró a ver quién era la persona que la estaba llamando. De pie, a un lado de ella sosteniendo una correa roja en sus manos y jadeando después de la corta carrera, se encontraba el dueño del perro quien no era otro que nada más y nada menos que su más nuevo alumno de ballroom, el Sr. Snape.
El mundo es un pañuelo, ¿verdad?
—¿Sr. Snape? —respondió anonadada— ¡Qué sorpresa! No esperaba verlo hoy.
—Ni yo a usted, a decir verdad —Snape se veía angustiado y al mismo tiempo avergonzado—. Lamento mucho esto, lo siento, no quise golpearla con la pelota y menos que mi perro le cayera encima, perdóneme, fue mi culpa —Snape se inclinó hasta quedar a su altura. A un lado, se encontraban los audífonos anaranjados de la castaña que todavía seguían reproduciendo música con tanta fuerza que le sorprendía que la bailarina no se quedara sorda—. Tome, creo que aún funcionan. Lo siento mucho.
—Oh, no, no… tranquilo, no se preocupe —la castaña no sabía que decir, todo estaba pasando demasiado rápido. No sabía a quién mirar, si a Snape preocupado pidiéndole disculpas o al perro blanco y sus intentos de curar su "herida" con sus lamidos.
—Déjeme ayudarla. Lamarck, quítate, ya no la molestes —le dijo a su mascota, apartándolo con una pierna pues sus manos estaban ocupadas sujetando las manos de la castaña.
Hermione intentó levantarse, pero al haber caído sobre su pierna doblada, la hizo tambalearse al momento de intentar pararse. La bailarina soltó un quejido que preocupó aún más al pelinegro. ¡Genial! A este paso solo la terminaría matando de tantos golpes que ella venía recibiendo por su culpa.
—¿Se encuentra bien? ¿Le duele algo? —Snape apoyó una de sus manos en la espalda de la joven y con la otra, sujetó su mano con firmeza.
—Mi cabeza y mi pierna, pero estoy bien —a pesar de eso, Hermione cojeaba. Snape vio una banca cercana a ellos así que decidió llevarla hacia allá, usando un método del que luego se arrepentiría.
Pidiéndole a Hermione que no se moviera, dobló las rodillas y acomodó sus manos alrededor de su cuerpo, anunciándole que iba a cargarla hasta la banca. Ella protestó, le dijo que no era necesario y que podía hacerlo sola, pero el temido profesor de Hogwarts estaba empeñado en cargarla para que no se hiciera más daño. Solo cuando ella estuvo entre sus brazos, sujetándose de su cuello con pánico y tal vez algo incómoda, Snape se dio cuenta de lo que estaba pasando. ¡Él la estaba cargando al estilo novia a mitad de un parque! Y sin mencionar lo distractora que podía ser la ropa deportiva de Hermione, la cual consistía en un conjunto negro y rojo que dejaba expuesto su vientre plano, pues su casaca estaba abierta de par en par.
En fin, no había tiempo para distracciones, debía llevar a Miss Granger a un lugar donde pudiera revisar su cabeza. Sus débiles piernas de bailarín en formación hicieron su máximo esfuerzo en cada paso que daba hacia la banca. Rogó en silencio que no le fallaran ahora, no quería dejarla caer y empeorar las cosas, pero quien parecía no estar informado de sus deseos era su propio perro.
Lamarck, quien hasta entonces había estado dando vueltas alrededor de la pareja, se apoyó sobre sus patas traseras y empujó a Snape por la espalda en un intento de alcanzar a la desconocida entre los brazos de su dueño. La fuerza que las patas del perro ejercían tras él, provocaron que Snape cayera sobre Hermione en el suelo. ¿Era mucho pedir que la tierra lo tragara para ahorrarse las disculpas correspondientes?
Oficialmente, esto no podía empeorar.
—Tranquilo, deja… lo hago yo.
Hermione tomó la toalla rosada que envolvía la bolsa de hielo y la sujetó sobre su cabeza, justo en el lugar donde la pelota la había golpeado hace un momento. Luego de que esos dos se levantaran del suelo, caminaron muertos de vergüenza hasta la banca. Snape se ofreció rápidamente a buscarle algo para calmar su dolor de cabeza así que se dirigió a uno de los pequeños puestos de bebidas, preguntando si podían regalarle algo de hielo. Finalmente regresó a ella y envolvió la bolsa de hielo con su toalla rosada que ahora hacía la función de compresa.
—Lamento que mi perro la haya golpeado. Es muy torpe, lo siento, debo enseñarle modales.
—Oh no se preocupe, Sr. Snape —respondió, sonriéndole con las mejillas sonrojadas—. Jamás hubiese pensado que usted era padre.
—¿Padre?
—Su perro —aclaró. ¡Ah, claro! El perro… —. Es hermoso, ¿no es así, bebé? ¡Eres hermoso! —en el corto tiempo que Snape estuvo sentado junto a la castaña, descubrió que ella olvidaba su dolor cada vez que Lamarck se le acercaba para darle cariño. La joven en múltiples ocasiones había esparcido besos sobre su peludo rostro y el can los había correspondido—. ¿Lamarck? —murmuró luego de leer el nombre escrito en su collar—… Un minuto… ¿Qué no te conozco?
¡No entres en pánico, Severus!, gritó su mente.
—No lo creo, nunca sale de la casa solo —respondió tratando de sonar neutral lo cual era su especialidad, no por nada tenía tantos años de práctica lidiando con los comentarios mordaces de la Sra. Lestrange.
—Tal vez solo fue mi imaginación. Es un buen nombre, ¿sabe? Lamarck fue un científico muy inteligente. Lo aprendí en la escuela, cuando estudiaba biología —¿Qué no había nada que esta mujer no hiciera bien? Era bonita, era amable y era inteligente.
—¿Cómo se siente?
—Ya no duele tanto, el hielo ayudó, muchas gracias, Sr. Snape.
Se quedaron un rato sentados ahí, rodeados de los agradables sonidos de las aves y de la mirada tierna del samoyedo a sus pies. Hermione hablaba más que el propio Snape, parecía que tenía una urgente necesidad de llenar los silencios entre ellos dos. Severus se sentía cómodo dejándola hablar, él no sabría que decirle además de disculpas otra vez.
—Déjeme pedirle un taxi —pidió levantándose—. Por favor, insisto, fue mi culpa que usted este así, es lo menos que puedo hacer por usted —A pesar de que la castaña se negó, Snape se dirigió a la calle, esperando que algún automóvil se detuviera. La bailarina y el perro lo alcanzaron en un rato. Un taxi negro se detuvo ante ellos.
—No era necesario, Sr. Snape, aun así, muchas gracias —el profesor de Química se apresuró en abrir la puerta del vehículo y le tendió su mano a la bailarina para que subiera—. Todo un caballero como siempre.
Hermione aceptó la mano que le ofrecía y subió al auto. Sus mejillas se sonrojaron aún más si es que eso era posible y su auténtica sonrisa no pudo mantenerse oculta por más tiempo. Snape, avergonzado, le correspondió la sonrisa mientras cerraba la puerta. El profesor se adelantó hasta la ventanilla del chófer y le ofreció un par de billetes esperando que fuera suficiente. Hermione protestó por tercera vez desde la parte trasera, pero el profesor estaba empeñado en pagar.
—Muchas gracias otra vez, Sr. Snape —Hermione se asomó por la ventana del auto y le tendió la mano como un gesto de agradecimiento. Snape no dudó en tomarla entre las suyas—, le pagaré el taxi en la clase del martes.
—No hay problema, Miss Granger. Como ya le dije, es lo mínimo que puedo hacer después de que, por mi culpa, casi sufre un accidente.
—Gracias una vez más. Adiós —ella se despidió meciendo su mano y Snape correspondió el gesto.
—Adiós.
—Adiós.
Snape se apartó y el taxi inició su recorrido lentamente. No podía quitar esa pequeña y tonta sonrisa de su rostro. No podía creer que las cosas habían terminado así de bien, realmente no esperaba haber tenido un encuentro tan bonito ese día y todo por culpa de…
¡¿Dónde estaba Lamarck?!
El pánico se apoderó rápidamente de su cuerpo. Miró a todos lados a su alrededor esperando encontrarlo sentado por ahí, pero no había rastros del samoyedo blanco por ningún lado. El único rastro de que Lamarck había estado con él era su correa roja que aún sujetaba en su mano. Sin embargo, no tuvo tiempo de empezar a gritar el nombre del perro, pues el sonido de un auto deteniéndose abruptamente lo distrajo.
El mismo taxi negro que llevaba a Hermione estaba retrocediendo de regreso a él. La mano de la bailarina se agitaba fuera de la ventana y, a un lado, estaba la cabeza peluda y contenta de su cachorro. ¡Misterio resuelto!
Perro loco, pensó.
La puerta del auto se abrió y una divertidísima Hermione Granger abrazaba al samoyedo, repartiendo besos en todo lo largo y ancho de su rostro blanco. Lamarck, por su parte, no podía estar más contento ni aunque tuviera dos colas o todas las croquetas de perro del mundo, el can estaba fascinado con la castaña y no dejaba de lamerle el rostro.
—Tenemos un polizonte —anunció la muchacha en cuanto pudo apartar al animal con sus manos— y, aunque me muera por llevarlo conmigo, te lo regreso. Anda, Lamarck, ve con tu papá.
—Ven aquí, perro tonto —Lamarck bajó las orejas en cuando Snape se le acercó para ponerle la correa y bajarlo del coche—. Perdónalo, aún tengo que enseñarle modales.
—No te preocupes, fue divertido. Gracias por los besos, Lamarck —el perro respondió con un ladrido y trató de volver a subir al auto, pero luego de numerosos intentos, Snape logró controlarlo y mantenerlo sentado a su lado—. Bueno, ya me voy. ¡Adiós! Ahora sí, señor, continúe. ¡Adiós! ¡Qué tengan buen día!
Solo cuando el vehículo negro desapareció de su vista, Snape se giró a ver a su perro sentado a su lado. Lamarck aún tenía las orejas caídas y su cola había dejado de moverse, ahora estaba llorando y aullando con la esperanza de que Hermione volviera. Snape puso los ojos en blanco y caminó hasta el parque, hasta la banca donde habían estado sentados hace un rato.
—Ya deja de aullar, ella no puede oírte —le recriminó sentándose—. ¿En qué estabas pensando? Se supone que eres mi perro, debes estar conmigo, tu trabajo es hacerme compañía, pero en cuanto pasa una chica bonita sales corriendo detrás de ella. Ni Judas fue tan traicionero —Lamarck inclinó la cabeza y se metió entre sus piernas, apoyando su hocico en una de ellas como pidiendo consuelo por su reciente "abandono" —. No, no, no, suficiente tengo conmigo y mis problemas amorosos como para tener que aguantar los tuyos. Yo la vi primero, soy yo quien debería estar así, no tú.
El perro volvió a aullar con todas sus fuerzas y frotó con fuerza su cabeza contra las piernas del profesor. ¡¿Qué no se daba cuenta de que estaba sufriendo?! Lo acababan de abandonar. Snape pasó sus grandes manos por su cabeza. Tenía que enseñarle modales a su perro, no podía hacerle eso cada vez que se encontrara con un desconocido por la calle.
— Eso te pasa por andar de cariñoso y ponerte a lamer desconocidas… aunque, aquí entre nos, está muy bonita, ¿verdad?
¡Guau!
HOLA CHIQUIS!
YO SÉ QUE ME HE DEMORADO Y HABÍAMOS QUEDADO QUE ACTUALIZARÍA CADA SEMANA, PERO MIS PROFES PARECEN NO ENTENDER QUE TENGO OTRAS COSAS QUE HACER, ASÍ QUE TODOS LOS DÍAS ME DEJAN TAREA, TENGO EXAMENES, QUIZ Y PRÁCTICAS Y ES ESTRESANTE, NO TIENEN IDEA (ODIO INGLÉS!) EXTRAÑO MIS DÍAS DE VAGACIONES. DE HECHO ACABO DE TERMINAR UN EXAMEN JUSTO AHORA QUE ESTOY ACTUALIZANDO :c
EN FIN, PARA COMPENSARLO, LES DEJO UN CAPITULO DE CASI 22 PÁGINAS, NO ESTOY SEGURA. MUCHAS ME HAN PREGUNTADO QUE CUANDO VAN A BAILAR JUNTOS. YA, RAZA, VAMOS A HONRAR EL TÍTULO DE ESTE FIC, EN EL PRÓXIMO CAPITULO VAN A BAILAR JUNTOS, PERO BAILAR DE VERDAD! NADA DE ENSAYOS! SE VIENE EL VERDADERO BAILE, BIENVENIDO A LAS LIGAS MAYORES, SNAPE!
POR CIERTO, UNA MARAVILLOSA PERSONA, EYDREN, ME HIZO UNOS FANARTS/PORTADAS MUY BONITAS Y SE LO AGRADEZCO, NUNCA NADIE ME HABÍA HECHO ALGO TAN BONITO PARA MIS FICS, TIENES MI ETERNO AGRADECIMIENTO. LES AGRADEZCO DE TODO CORAZÓN QUE ME APOYEN, SUS REVIEWS ALEGRAN MI DÍA. MUCHAS GRACIAS POR LEER, CUÍDENSE MUCHO Y MANTÉNGANSE A SALVO. SIGUIENTE ACTUALIZACIÓN: HASTA QUE TERMINE DE ESCRIBIRLA.
P.D: SIEMPRE PENSÉ QUE TONKS TENDRÍA EL CABELLO DE COLOR ROSE GOLD SI VIVIERA EN EL MUNDO MUGGLE.
