NOTA: ESTE CAPÍTULO LO ESCRIBÍ CON CANCIONES, ASI QUE, EN EL CASO DE QUE QUISIERAN ESCUCHAR, LA LISTA DE CANCIONES ESTÁ EN ORDEN AL FINAL. CUANDO ENCUENTREN UN "( )" CON UN NÚMERO DENTRO ES CUANDO INICIA LA CANCIÓN. DISFRUTEN.


CAPÍTULO 9

Las personas que no conocían a Lucius Malfoy podrían pensar que era un hombre muy atareado y puede que lo fuera, por momentos. Como cabeza de una de las familias más importantes en todo el Reino Unido, dueño totalitario de dos cadenas de aerolíneas internacionales, activo participante de la política conservadora del Parlamento inglés y posiblemente dueño de… todo, era imposible no pensar que era un hombre ocupado; no obstante, la realidad era muy diferente a lo que aparentaba y eso lo sabía Severus Snape de primera mano.

—¿No estoy viendo el clásico por esto? —preguntó el aristócrata aburrido mientras apoyaba su barbilla sobre su mano, sentado en uno de los sillones oscuros de la habitación de Snape.

El rubio platinado ya tenía todo el día planeado. Hoy era el clásico partido de fútbol entre los equipos de Gryffindor y Slytherin —no había que ser un genio para saber a cuál apoyaban ambos adultos—y había reservado un palco privado dentro del estadio para ellos dos. La mejor vista de lo que sucedía en el campo sin la molestia constante de los otros fanáticos. Slytherin se enfrentaba a Gryffindor en territorio enemigo, quería ver como su equipo humillaba a los leones en su propio estadio y con su propio balón.

Pero Snape tenía otros planes.

—¿Ya terminas? Me aburro —comentó fastidiado, ahogando un bostezo. Snape aún seguía en el baño de su habitación, terminando de abotonarse la camisa—. ¿Qué es eso tan importante que tienes que hacer para que te preocupes tanto por tu imagen? Snape, te conozco de toda la vida y nunca te importó, ¿por qué ahora? —Lucius tenía una mente sagaz para los negocios, pero algo lenta para otras cosas, por lo que demoró para formular su siguiente enunciado—. Por favor dime que no es una mujer. Snape, ¡¿se trata de una mujer?!

—¡No! —gritó— Ya te dije que es una conferencia importante y que quiero verme bien, me reuniré con importantes colegas para discutir el proyecto del que te hablé —el profesor abrió la puerta y salió para que pudiera verlo de pies a cabeza—. ¿Y bien? ¿Qué tal?

Portaba una camisa celeste, un saco color azul marino abierto de par en par, el pantalón a juego y una corbata roja a medio ajustar. Para "complementar" el traje, sus pies estaban cubiertos por sus pantuflas negras para días de relajo en casa. Lamarck, quien estaba echado sobre la cama en silencio, levantó la cabeza para ver mejor a su amo y, luego, la volvió a bajar, escondiéndola entre sus patas. No era una reacción muy alentadora. Se giró en dirección a su amigo aristócrata y esperó pacientemente su opinión.

Lucius reaccionó peor que el perro y ni siquiera se tomó la molestia de disimularlo. La mueca en la cara del Slytherin era de desagrado total, como si algo apestara a su lado. Su nariz estaba arrugada, su ceja derecha levantada y sus labios entreabiertos hacían ese gesto de desagrado que tantas veces había visto a lo largo de su vida. No lo aprobaba, no lo aprobaba para nada.

—¿Recuerdas que te dije que el anterior traje era horrible? —el profesor asintió. Su traje de a cuadros no era su mejor conjunto. Lucius se lo quitó en cuanto lo vio, amenazó con quemarlo si intentaba devolverlo al armario— Este es peor —dio su veredicto después de unos segundos. Se acomodó en su asiento y cruzó su pierna izquierda sobre la derecha, apoyando el tobillo sobre su rodilla—. Quítatelo, quítatelo ya, te queda espantoso.

—¿Sabes? Si hubiese querido que alguien viniera a bajarme la autoestima, hubiese llamado a tu cuñada —se defendió. No podía verse tan mal, ¿o sí? Tal vez el azul no era su color, pero tampoco era para que le dijera que se veía espantoso.

—Sabes, creo que deberías ir con la primera opción que me mostraste. Con ese parecías profesor de colegio —Snape puso los ojos en blanco. ¿Acaso su amigo no escuchaba lo que decía? —, pero al menos te quedaba bien. Con esto… no pueden verme contigo, arruinarás mi imagen.

—Según tú, ¿por qué es tan malo?

—Por dónde empiezo —exclamó casi para sí mismo—. En primer lugar, ni siquiera es de tu talla, los hombros son muy grandes y no están donde deberían estar, es muy largo en los brazos y, las costuras, no me hagas hablar de ellas. Dos, el color no te favorece, ese tono de azul no es el tuyo y tres, la corbata es horrible, ¿quién te dio esa cosa horrorosa? De seguro fue Valerie. Perdóname, Snape, pero tu ex tenía un gusto horrible.

Valerie… no habían mencionado su nombre en voz alta en tanto tiempo. Ya ni siquiera se escuchaba familiar. ¿Cómo un nombre que había pronunciado durante más de quince años de pronto podía parecer tan ajeno a él? Ahora, cada vez que lo escuchaba o pronunciaba, sentía un sabor extraño en la boca, demasiado agridulce.

—Sí, ya lo sé. Mientras estaba buscando unas cosas ayer, encontré esos horribles cuadros que compró, ¿recuerdas? El de los conejos —Ahora era el turno de Lucius para poner los ojos en blanco. Por supuesto que recordaba los cuadros de los conejos. Horribles, en mayúscula, pésimo gusto. ¿Qué habría pasado por la mente de esa mujer cuando decidió gastar dinero en esas monstruosidades? Eso era algo que hasta el día de hoy no tenía respuesta—. Pensé que me había desecho de ellos.

—Pues, podemos quemarlos junto con esa corbata y el horrible traje a cuadros. No creo que ni siquiera en la caridad los quieran —El hombre se estiró en su asiento antes de levantarse de un brinco y dirigirse con paso firme al armario del profesor— ¡Vamos! Debe haber algo aquí que sirva.

El rubio platinado pasó sus manos entre prenda y prenda, buscando algo que fuera "digno" de ser portado. Snape no tenía mucha ropa, al menos no mucha ropa formal. La mayoría eran camisas que usaba en el trabajo, cuyas gamas de colores se limitaba a los blancos y azules. Algunos pares de pantalones de vestir oscuros y el resto, ropa cómoda para estar en casa, tal vez un par de jeans, poleras viejas y camisetas de colores sólidos con casi nulos estampados—. ¡¿Es que tú no tienes ropa o qué?!

—Ya déjalo, Lucius, creo que iré con lo primero que me puse —dijo quitándose el saco, dejándose caer sobre su cama a un lado de su perro. Estaba cansado, esto de escoger ropa era más difícil de lo que pensaba. No tenía idea de cómo hacían las mujeres escogiendo sus atuendos, tal vez ahora comprendía por qué siempre demoraban tanto —. ¿Y si voy con mi traje negro? El que uso para los funerales.

El rubio hizo caso omiso y siguió buscando, aunque Snape sabía que en el fondo se estaba retorciendo ante el comentario tan desatinado. Snape sonrió con discreción, le gustaba hacerlo enojar. Lucius anotó mentalmente su nueva actividad de la semana: debía llevar a su amigo de compras inmediatamente, necesitaba renovar por completo su guardarropa. Estaba seguro que incluso tenía ropa que ni siquiera le quedaba. Snape cerró los ojos y abrazó a su perro, esperando que su amigo se cansara y se diera por vencido, pero para su mala suerte, parecía que el hombre había encontrado lo que tanto buscaba pues gritó: ¡Bingo! Aquí hay algo que puede funcionar.

Snape se reincorporó sobre sus codos para ver lo que el aristócrata tenía entre sus manos. Era la funda protectora de un traje de gala. Snape negó con su cabeza repetidas veces, como pidiéndole que no sacara el traje—. ¿Por qué no empezamos por este? —Dejó la funda tendida sobre la cama y empezó a bajar el cierre para sacar su contenido— Me hiciste perder tanto tiem…—de la nada se detuvo, sorprendido, y dejó escapar un sonoro "No puede ser". Snape quería creer que solo estaba siendo dramático, como siempre, pero no era necesario ver el contenido de la funda para saber cuál era el causante de tanto espectáculo—. ¿Todavía lo tienes?

—Claro que sí, es lo más caro que alguna vez he usado —respondió sin ánimos de mirarlo, volviendo a la posición en la que estaba con Lamarck.

Lucius sacó el traje de gala de su funda protectora y lo dejó sobre la cama. De pronto, mientras contemplaba el traje, todo el ánimo en el ambiente había cambiado. Ahora era sumamente incómodo y tenso. El traje que Severus Snape usó el día de su boda se veía igual de perfecto que en el día que lo compró hace 13 años. La fina tela negra, la costosa camisa blanca con corbatín de igual color, el pañuelo, el chaleco, todo lucía tal y como ese día de verano tan lejano, lo único que le faltaba era el ramillete blanco que estaba en la solapa del frac.

—Yo te lo regalé… Fue mi regalo como padrino —dijo para sí mismo en voz baja.

—Creo que iré con el primero. ¿Tú que dices, Lamarck? ¿Crees que papá impresionará con su traje de profesor?

—Deshazte de él —respondió el hombre, guardando el traje de nuevo en su funda protectora, con enojo, sin importarle arrugarlo—. Es de mala suerte tenerlo.

—No puedo. Está en muy buen estado y sería un desperdicio…—

—Es un desperdicio ahora, ni siquiera lo usarás —exclamó elevando un poco la voz. A veces pensaba que estar tantos años con Narcissa hacían que Lucius adquiriera algunos hábitos de ella, como el melodrama y su excesiva preocupación hacia su persona—. Me lo voy a llevar. De seguro a alguien le será útil algún día.

—Lucius, por favor, no…—

—Cambiate —ordenó, tomando el traje entre sus manos y saliendo decidido de la habitación. Desde el pasillo, gritó—, iremos a la ciudad, llamaré a mi sastre, te conseguiré un traje a la medida… mejor que sean tres. Necesitas con urgencia ropa y unos zapatos apropiados si quieres impresionar a esos cerebritos colegas tuyos. Tal vez un corte de pelo, también. Si te piensas dejar la barba, por favor, al menos debes cuidar de ella. ¡Rápido! Esperaré en el auto.

Snape se giró a ver a su perro quien, al igual que él, estaba demasiado confundido con lo que acababa de pasar—. No lo tomes en serio, tu tío Lucius puede ser un poco melodramático, Lamarck, es porque ya está viejo… Creo que está entrando en la menopausia.


Severus se observó en el espejo de su cuarto por quinta vez. Lucius tenía razón, no había nada como un traje a la medida. La costosa tela de lana, suave y sin arrugas, se apegaba a su cuerpo; las líneas de las costuras se encontraban justo donde debían estar, estilizando su figura, haciéndolo parecer más delgado, incluso el corte del pantalón era exacto. ¡El color, oh, el color! Sin duda el negro era su color. Los botones le encantaban, el sastre de Lucius tenía razón cuando le dijo que los botones no solo eran un simple accesorio, daban equilibrio al conjunto. La camisa blanca, planchada e inmaculada, contrastaba con su traje, era agradable al tacto y no le incomodaba en el cuello. La corbata, ¡oh, la corbata! Era la indicada, mucho mejor que la anterior. Ni siquiera sabía que existía el color bermejo, pero desde ahora, solo usaría ese. Y, para finalizar su nuevo outfit, los zapatos nuevos, negros y relucientes.

Se sentía bien con la imagen que el espejo le devolvía. No se había sentido tan bien consigo mismo desde hace mucho tiempo, usualmente evitaba mirarse porque no le gustaba lo que veía, pero esta vez, esta vez hasta él mismo se daría un halago. Se atrevía a decir que hasta se veía atractivo.

Todo ese esfuerzo invertido en la tarde del día anterior había valido la pena. Literalmente, Lucius lo había arrastrado por toda la ciudad buscando algo adecuado para él. Había pasado por las manos de un barbero especialista que no solo le había cortado el cabello, sino que había dado un "tratamiento hidratador" a su nueva barba. Ni siquiera sabía que eso existía. Luego, fueron a la sastrería preferida de Lucius donde docenas de pares de ojos lo juzgaron con escrutinio, midiendo y probando trajes, tratándolo como un muñeco de trapo con alfileres y pinzas. Mientras que su rubio amigo daba órdenes sobre qué tipo de trajes querían comprar, Snape solo miraba como la cifra de números en la cuenta iba en aumento, esta salida no iba a ser barata. Lucius soltaba el dinero de forma tan fácil, pero constantemente le repetía que no viera esto como un gasto, sino como una inversión.

Al final, tuvo que darle la razón. Ahora, frente al espejo, podía escuchar sus palabras resonando por su cabeza. "No debemos vestirnos para impresionar, sino para sentirnos bien con nosotros mismos… aunque claro, no está mal presumir un poco de vez en cuando".

—¿Qué tal? ¿Te gusta? —preguntó el profesor a su samoyedo, quien yacía recostado a lo largo de la cama, disfrutando de la comodidad del colchón. Este parecía no prestarle atención, estaba más ocupado destrozando un pato de peluche que en ver a su amo— ¿Crees que me veo gordo?

¡Guau!

—Gracias, eso ayuda bastante —el perro levantó la cabeza y la inclinó a un lado. ¿Se estaba perdiendo de algo? ¿Por qué su humano se había bañado, perfumado y arreglado tanto? —. Bien, creo que es hora de dejarte la cena. ¿Podrás quedarte tanto tiempo solo? Esta vez no tendrás a Draco para malcriarte.

Por ningún motivo llamaría a Draco esta vez. Se había librado de él durante la salida al Rivoli pues comentó lo de una reunión de la universidad, pero esta vez, con tanto alboroto por verse bien, Draco no se iba a creer sus mentiras. El mocoso rubio tenía los genes de su madre y a ninguno se les escapaba un detalle, sobre todo si ese detalle incluía usar colonia.

Bajó las escaleras con Lamarck siguiéndolo de cerca. El pobre perro estaba muy confundido. ¿Iban de paseo? Esa no era la ropa de paseo, además, era demasiado temprano como para cenar. ¿Acaso había algo que él no sabía? El profesor llenó el dispensador de comida hasta el tope y programó el aparato, cambió el contenido del plato de agua de Lamarck y luego fue a sentarse en la sala. El reloj marcaba diez para las seis. Le había mandado su ubicación a Hermione, ella debería llegar en cualquier momento. El can dio un par de pasos hasta él y se subió en el mueble a su lado, apoyando la cabeza sobre su muslo.

—No me mires con esos ojos. Ya te dije que tengo que irme —su ojo oscuro lo miraba lagrimoso, estaba tratando de chantajearlo para que no lo dejara solo—. Te prometo traerte las sobras, ¿sí? Sabes que papá te quiere, pero dudo que permitan perros… además, yo soy el acompañante de Miss Granger, no tú.

A pesar de que llevaban poco tiempo juntos, Snape conocía tan bien a su perro que sabía que esa mirada triste y brillosa era una señal de amenaza. Iba a llorar para que se quedara con él. Lamarck estaba acostumbrado a estar solo durante la mañana, casi nunca tenía problemas cuando se iba a trabajar, pero nunca pasaba una noche solo —No te atrevas. Ya estás grande, tienes como 7 meses, esos son… como 10 años humanos. A esa edad ya hasta sabía cocinar y tú ni puedes ir al baño solo.

Su teléfono vibró sobre la mesita de café. Había recibido un nuevo mensaje: "Estoy afuera".

Bueno, esa era su señal.

Se despidió de Lamarck con un beso en la cabeza, repitiéndole por enésima vez que se comportara y no destruyera sus zapatos mientras no estaba. El can se quedó recostado sobre el mueble, mirándolo con ojos tristes desde ahí, esperando que se arrepintiera en el último segundo. El profesor tomó su abrigo del perchero, llenó sus pulmones con aire y abrió la puerta para encontrar a Hermione Granger saludándolo desde la ventanilla del conductor de un automóvil negro estacionado frente a su casa, al otro lado de la calle.

Si tan solo Lamarck fuera consciente de que se iba con ella, lo más probable era que hasta quisiera acompañarlo.

Snape correspondió el gesto, tomó sus llaves y cerró la puerta, no quería sorpresas al regresar. Caminó con paso firme hasta el vehículo, el cual se veía espacioso, y esperó a que Hermione desbloqueara la puerta del copiloto para sentarse junto a ella.

Estaba nervioso, las manos le sudaban. ¡Pero qué mala impresión!

—Buenas noches, Sr. Snape —saludó ella de forma amistosa, mostrándole una de esas bonitas sonrisas tan propias de ella. Enarcó una ceja y le hizo un cumplido—, qué elegante se ve esta noche. Me gusta el nuevo corte, le queda bien.

—Buenas noches, Miss Granger —saludó, tendiéndole la mano pues no se atrevía a darle un beso en la mejilla. Todavía no llegaban a ese nivel de confianza—. No, por favor, la elegante aquí es usted. Se ve radiante.

Y era verdad.

Snape había tenido el privilegio de ver a Hermione en múltiples estilos: Estaban sus usuales ropas de trabajo las cuales se adaptaban perfectamente a su cuerpo, resaltando su figura de bailarina; la había visto en ropa casual cuando se la encontró en la calle aquella vez cuando Lamarck aún era pequeño. Había tenido el placer de verla en ropa de fiesta cuando fueron a bailar al Rivolli y recientemente, casi se le salen los ojos al verla en ropa de deporte cada vez que iban a correr al parque, pero ahora, el profesor de Química podía afirmar con total seguridad que la versión más bonita de Miss Hermione Granger era la versión vestido de gala.

La bailarina llevaba el cabello recogido en un elegante peinado similar a un moño, pero en una versión muchísimo más sofisticada. Se parecía mucho a los peinados que Narcissa solía hacerse cuando trabajaba en su hotel. French Twist, recordó. Llevaba joyas muy discretas, un par de pendientes y un collar dorado muy fino en su largo y esbelto cuello. Lo más resaltante era su vestido rojo el cual no podía apreciar por completo debido al peludo abrigo blanco que la cubría —por alguna razón, le recordaba al pelaje de Lamarck—. Sus labios eran rojos, uno muy discreto, y su maquillaje casi al natural: pestañas negras y rizadas, ligeros colores sobre los ojos y las mejillas.

Le gustaba, le gustaba mucho.

—Se ve como toda une femme fatale.

—Por favor, no exagere, hará que me avergüence —respondió, la sangre subió hasta sus mejillas, ruborizándola, dándole un aire inocente.

—Es la verdad, Miss Granger. Sé reconocer a una mujer bonita cuando la veo y le diré una cosa, en mucho tiempo no había visto a alguien tan radiante como usted —se esforzó por regalarle su mejor sonrisa y volvió la vista al frente—. ¿Nos vamos?

—Sí, sí. Es al otro lado de la ciudad, cruzando el Támesis, frente al Bloomsbury Square. ¿Ha estado ahí? Es bonito, no recuerdo mucho, ha pasado demasiado desde la última vez que fui, pero es muy bonito, en serio.

—Le tomaré la palabra —el auto se puso en marcha, abriéndose paso entre las, por ahora, fluidas calles londinenses—. Miss Granger, ¿qué es lo que debo esperar del evento? Nunca he estado en una gala de baile de salón. Lo más cercano ha sido… pues, una boda.

—Pues, no es nada parecido a una boda, si eso aclara sus dudas —se burló—. Es todo un protocolo. Habrá un discurso, un brindis, supongo que los campeones invitados harán una demostración. Luego, una cena, otro discurso que explicará la temporada de competencia y luego bailamos. Eso es todo —al ver la mirada algo angustiada de su alumno novato, Hermione se giró hacia él un momento, aprovechando a luz roja de un semáforo—. No se preocupe, Sr. Snape, solo no se separe de mí y todo estará bien. Nos divertiremos, se lo prometo.


Pues, Hermione se quedó corta cuando dijo que el Bloomsbury Ballroom era bonito.

Situado en el mediano parque de Bloomsbury Square, al norte de West End, el Bloomsbury Ballroom era un salón de recepción enorme, de por sí, el edificio entero era enorme. La fachada era blanca, estilo clásico, con altos ventanales por todas partes. El interior era agradable, decorado finamente con mármol blanco sin llegar a verse demasiado ostentoso. Su estilo predominante era el opulento Art Deco, simétricas figuras geométricas en todos lados en colores sobrios e iluminada por luces blancas. Asimismo, tal vez lo más resaltante eran sus ventanas, había cientos y cientos de ellas, haciendo que el espacio se viera mucho más grande de lo que ya era. Contrastaba totalmente con otros salones de recepción en los que había estado, por ejemplo, existía una diferencia abismal entre el Bloomsbury y el salón principal del Heir; no obstante, no significaba que no le gustara, al contrario, le encantaba.

Después de aparcar el carro a un lado del edificio, Snape se apresuró en bajar rápidamente para abrirle la puerta a Miss Granger quien aceptó el gesto encantada. Su brazo envuelto en el abrigo de peluche rodeó el suyo y ambos caminaron hasta la entrada, subieron las escaleras e hicieron la fila para dejar sus abrigos en el armario colectivo de la recepción.

—¿Me permite? —Después de quitarse su abrigo, el profesor se ofreció a tomar el propio de la castaña —. En serio, es un hermoso abrigo.

—Está inspirado en Lamarck, Sr. Snape —rio, dándole la espalda, quitándose la prenda con delicadeza—. Gracias, todo un caballero, como siempre.

Por más que ya se hubiese hecho la idea de lo hermosa que Miss Granger se veía esa noche, nada lo hubiese preparado para lo que encontró debajo del abrigo. El vestido rojo de Hermione era más impresionante de lo que esperaba. Enteramente de rojo escarlata, el vestido tenía el cuello redondo y permitía ver sus clavículas las cuales, a su punto de vista, encontraba sensuales. Tenía pliegues en la parte superior y delicado encaje en las mangas cortas. La tela se amoldaba a su torso y marcaba su cintura. Al llegar a las caderas se abría como una campana de delicada y vaporosa seda roja hasta la altura de las pantorrillas, dándole el efecto de estar flotando cada vez se movía. Era simple, discreto, pero no le quitaba lo sublime.

—¿Recuerda cuando le dije que estaba radiante? —ella asintió, tomándolo del brazo con una mano mientras se dirigían al salón, con la otra, sostenía su pequeño bolso de mano color crema— Pues, me quedé corto. Parece una princesa.

—No exagere, Sr. Snape, por favor, no juegue conmigo.

—¡Lo digo en serio! —exclamó— Que bueno que decidí usar una corbata roja en lugar de una azul. Hubiese arruinado su atuendo y eso no me lo perdonaría nunca.

Gracias, Lucius, gracias, gracias, ¡gracias! Su amigo lo había salvado de una grande. Como el experto en moda que era, lo obligó a aprender su regla de oro respecto a corbatas: los trajes negros combinan con cualquier color, pero si no sabes qué color usar, elige rojo oscuro para resaltar. Por supuesto, para ese consejo no podía faltar el respectivo comentario hiriente: "No uses negro pues te confundirán con un mozo".

—Mejor vamos, tengo el número de nuestra mesa. Debo advertirle, no se asombre cuando entremos. No quiero que se asuste y salga corriendo y me deje sola.

El salón estaba lleno. Mesas redondas de manteles blancos para ocho personas, muchos floreros, un escenario mediano donde se había instalado una pequeña orquesta, así como un podio para discursos con las iniciales BDC; la pista de madera pulida, cinco ventanales en cada pared y, por supuesto, los cientos de invitados. A groso modo, debería haber por lo menos unas 300 personas ahí. Todos envueltos en elegantes trajes de gala. La mayoría de los hombres iban de esmoquin, similares a los del evento en el Royal Albert, de largas colas y corbatines blancos. Las mujeres estaban radiantes, como ninfas envueltas en sedas y encajes de colores, circulando ágiles de aquí por allá. Aunque, a diferencia de Hermione, estas se habían vestido para impresionar. La castaña pasaba desapercibida al lado de tan exóticas damas.

—¡Miss Granger! —ambos se giraron para ver al Sr. Poe acercándose a ellos con un traje incluso más refinado que el de la competencia— Tan puntual como siempre. Déjeme decirle que se ve radiante. Buenas noches, señor.

—Sr. Poe, es un placer verlo —saludó la joven, Snape solo asintió con la cabeza—. Siete en punto, tal como se lo prometí.

—Venga conmigo, su mesa es la número siete. Estará cerca de la pista de baile, pensé que le gustaría una buena vista de la acción. Aquí están sus programas, disfruten la gala, tengo a otros invitados que atender. Que tengan una buena velada.

El Sr. Poe siempre sería un misterio para él, no entendía como una persona podía vivir tan ocupada como una hormiga y mantener la compostura inglesa que tanto estereotipaban en televisión. De hecho, si lo pensaba mejor, el mismo Sr. Poe parecía sacado de un programa de televisión. La mesa número siete estaba a medio llenar, sus nombres estaban escritos en pequeñas tarjetas sobre los platos.

"Miss Hermione Granger; McGonagall's Studio". "Acompañante: McGonagall's Studio"

—Estos deben ser nuestros. ¿Me permite? —Snape retiró la silla y le hizo espacio a la señorita para que se sentara. Las personas con las que compartían la mesa los saludaron e intentaron entablar una conversación amistosa a la cual Hermione respondió con total seguridad, dejando un poco al profesor de lado.

Sin embargo, Snape prefería eso, realmente no entendía mucho de lo que estaban hablando a su alrededor. Eran demasiados nombres desconocidos, pasos extraños, competencias que jamás había escuchado en su vida. Estaba mejor donde estaba, sentado y con la boca cerrada. Aprovechó la oportunidad para dar un mejor vistazo al lugar. En el escenario, la pequeña banda tocaba una melodía suave, pegadiza de escuchar. Más allá, encontraba unas mesas que flanqueaban la pista de baile. Mucha gente estaba rodeándolas y no le permitía ver quienes estaban sentadas, pero asumió que debían ser personalidades importantes. Tal vez las celebridades dentro del mundo del baile de salón.

—Ella, la rubia de vestido blanco y pendientes azules, es Katusha Demidova, la bailarina rusa —le dijo en voz baja, señalando con disimulo a una mujer alta, de brillante sonrisa, que sostenía una copa de champagne junto a un grupo de bailarines al otro lado del salón—. Es la campeona mundial de Ballroom Profesional de la WDC, la World Dance Council, y de muchos Open en diferentes países. El hombre que está a su lado, a la derecha, es su pareja, Arunas Bizokas. Empezaron a bailar en el 2007 y, desde el 2009, se llevan el título mundial en la categoría Estándar todos los años, ya van por el séptimo. Ella es tan talentosa. Escuché que participarán en el Open de este año. La vi bailar en la final del 2013 en Blackpool, fue… asombroso.

Cuando Hermione se aburrió de su conversación con sus compañeros de mesa, encontró más interesante buscar con la mirada a bailarines conocidos y dar a su acompañante una breve descripción de su trayectoria y eso era lo que venía haciendo desde ya hace varios minutos.

—El hombre que está sentado en la mesa dos, el de cabello rubio, el que conversa con el hombre de traje azul, es el gran Donnie Burns —Snape apartó la mirada de la hermosa mujer rusa y buscó a toda velocidad al tal Sr. Burns. Era un hombre de gran sonrisa, en la mitad de sus 50 y de apariencia amable—. Es el mayor tesoro de Escocia. Es especialista en baile latino, creeme cuando te digo que ese hombre podría incendiar el piso con sus pasos de baile. Él y su pareja, Gaynor Faiweather, fueron campeones mundiales de latin durante 14 años y medalla de oro del Campeonato Profesional Internacional de Ballroom Latinoamericano durante 11 años. Debería haberlo visto antes, sale en la tele, era jurado de Dancing with the Stars.

—Wow, es impresionante —admitió dejando de ver al bailarín escoces y volviendo su atención a su acompañante—. Realmente parece conocer a todos aquí, creo que me ha hablado de cada persona en esta sala —Y no era una exageración. Hermione parecía saber la trayectoria profesional de cada bailarín que cruzaba por sus ojos miel. Sus medallas, trofeos, las parejas, sus logros, técnica, Miss Granger era como una enciclopedia de baile de salón, tenía una impresionante memoria. Le recordaba un poco a él—. Yo solo sé que bailan bien.

—Más que eso, Sr. Snape, ellos inspiran…. Cuando empecé a bailar, solía ver sus videos, sus competiciones, me inspiraban tanto… Gracias a ellos, descubrí lo que realmente quería hacer —realmente, pudo sentir cada emoción que sus palabras cargaban.

Miss Granger volvió su mirada a las mesas, esperando encontrar a alguien más de quién hablar. Su sonrisa no había desaparecido. Se veía hermosa, pensó Snape. No necesitaba del elegante peinado, ni los pequeños pendientes, mucho menos el fino collar. Su sonrisa, su tan sola sonrisa de incisivos grandes, era la única joya que necesitaba portar. Esas pequeñas perlas blancas que…

—Oh, no puede ser… —susurró ahogando un gritito, de esos que soltaban sus alumnas cada vez que hablaban de actores o cantantes famosos en los pasillos de Hogwarts.

—¿Qué? —Snape, incrédulo, giró su cabeza por todos lados, tratando de ubicar a la nueva celebridad que Miss Granger había encontrado— ¿Quién? ¿Qué pasa?

—¡Es Diego Caplan! —exclamó en voz alta, señalando sin importarle que alguien la observara.

Finalmente lo encontró. Según él, el hombre que estaba caminando, cruzando el salón con paso garbo, era el hombre por el cual Miss Granger estaba causando tanto alboroto. Tenía la piel bronceada por el sol, el cabello oscuro y peinado hacia atrás. Era alto, atlético, tenía el porte de un torero. En su rostro, se dibujaba una sonrisa perfecta, burlona y contagiosa, probablemente dedicada a las personas que lo rodeaban.

—Y ¿se supone que yo debería saber quién es el tal Caplan?

—Pues, sí —Snape se giró de regreso a la mesa y encontró a una señora dirigiéndole la palabra. Era una de las últimas invitadas en sentarse con ellos. Era una mujer en sus cuarenta, de oscuros cabellos y vestido morado—. Diego Caplan es uno de los mejores bailarines de estos últimos años.

—Diego Caplan es el actual campeón de baile de salón latino —informó la castaña, sin apartar su vista del Sr. Caplan—. Ha sido campeón profesional en Blackpool dos veces. Ha ganado el Open Internacional de España en cinco ocasiones. No esperábamos menos de él, viene de una familia de artistas.

—Exactamente. Bravo, Miss Granger, me sorprende que esté tan bien informada —respondió la mujer de vestido morado—. Diego Caplan es el nieto británico de uno de los mejores bailarines que ha engendrado España, su abuelo era Gonzalo "El Torero" Caplan.

—A él le dicen "El Matador", cuando lo veas bailar, sabrás el porqué. Es uno de los mejores representantes de nuestro país. Es más, me atrevería a decir que, si Diego fuese escocés, sería una versión joven de Donnie… Estoy tan sorprendida, solo lo vi una vez en mi vida, en Blackpool, era uno de los jurados… No pensé que vendría. ¿Sabe si participará esta temporada?

—Creo que sí. Ha ganado el título de Campeón Mundial de Ballroom Latino cinco años seguidos en Estados Unidos, escuché que lo vetaron y no podrá participar en América este año, así que supongo que intentará participar en nuestra temporada —la mujer respondió casi sin cuidado, mientras seguía con la mirada al campeón anglo-español—. Es una sorpresa verla aquí, Miss Granger. Nunca tuve la dicha de conocerla en Blackpool. Soy Katharina Kaminski, Oro en el Open del 2004, 2005 y 2006. Creo que no hemos tenido el placer.

—Me temo que no maestra Kaminski, pero es un honor conocerla. Por supuesto que sé quién es, el Open del 2005 fue, en mi opinión, uno de los mejores…

"Damas y caballeros — empezó un hombre de rizados cabellos rubios que había subido al escenario, cortando la música de la pequeña orquesta—, si me permiten su atención, por favor, muchas gracias. Queremos iniciar nuestra ceremonia de inauguración de la temporada de Ballroom Dance inglesa. Estamos muy agradecidos con todos ustedes por asistir, así como también, muy honrados de tener en nuestro evento a figuras tan emblemáticas y queridas para nosotros. Bienvenidos una vez más al país y les deseamos suerte esta temporada. Este año está reñido".

El discurso de apertura fue largo, sobre todo para Snape. El profesor de Química —quien durante tantos años se había quejado de las galas y fiestas "aburridas" a las que los Malfoy lo invitaban— había cambiado las galas de caridad y las pasarelas de moda por las fiestas de ballroom. Prácticamente lo mismo, pero con baile y vestidos elegantes… bueno, en realidad, sí era lo mismo. En ninguna de las dos, ni conocía a las personas importantes, ni entendía los chistes, ni entendía de lo que estaban hablando, pero al menos no se estaba aburriendo. Se entretenía observando los decorados y a la gran variedad de personas dentro del salón, podía jurar que había bailarines de todas las nacionalidades. Brindaron tres veces antes de que, por fin, el señor de cabellos rubios terminara su discurso.

—En fin, gracias por su atención. Ahora, diviértanse, socialicen, desempolven viejas amistades y, sobre todo, ¡bailen! —con dicha exclamación, el hombre rubio terminó su discurso, ganándose el aplauso de su público, incluso el del profesor—. Gracias, gracias. Para abrir la temporada de los Open británicos, damas y caballeros, invitamos para el baile de honor a los campeones internacionales de baile latino, Celia Bonet y Diego "El Matador" Caplan.

—¡Bravo! ¡Bravo! —gritó Hermione, levantándose de su asiento para aplaudir, así como muchos otros más. A partir de ese momento, todo pareció descontrolarse: No solo Hermione estaba emocionada como una niña en un parque de diversiones, sus colegas danzantes también. Algunos se levantaban para ver mejor; otros, los más atrevidos, dejaban sus mesas para acercarse al borde de la pista, formando grupitos que flanqueaban el escenario.

Con celulares en mano, Hermione y otros invitados más grababan la entrada triunfal del Sr. Caplan y la Srta. Bonet. Los galantes bailarines entraron a paso seductor, el hombre sacando el pecho como un gallo y la mujer, meneando las caderas con las piernas estiradas a todo lo que podía. Caplan hizo girar a Bonet para que todos pudieran admirar su vestido de gaza, espalda descubierta, cubierto por lentejuelas y larga cola de dobleces. Estaban disfrutando toda la atención y los aplausos. Se posicionaron a un lado de la pista y, cuando estuvieron listos, le dieron una señal al maestro de ceremonias.

—Damas y caballeros, el género que le dio su nombre, la categoría es… ¡Paso doble! (1)

De la nada, el sonido de las trompetas inundó la habitación. Sus ojos rápidamente se posaron en los bailarines. Ellos, quienes en un principio estaban inclinados sobre sí mismos, mirando al suelo, empezaron a erguirse lentamente, siguiendo el compás de la música. Cuando llegó el primer sonido fuerte de trompetas, ellos posaron. Pronto, a las trompetas se les unió el sonido de castañuelas y una guitarra. Snape reconoció la música de los toreros de inmediato. Los bailarines caminaron lentamente, doblando las rodillas, con los brazos levantados, una mano en el pecho y la otra, libre a un lado.

—No pierda ningún detalle, Sr. Snape, esto vale cada segundo —le comentó Granger mirando atentamente, sin dejar de grabar.

Diego la jaló con fuerza hacia él, provocando que la cola del vestido de Celia flotara, causando más impresión al público expectante. El hombre la empujó lejos de él, ella se alejó, corriendo con sus esculturales y fuertes piernas, rodeándolo como si fuese… como si fuese un toro. Ambos volvieron a acercarse, lento, siguiendo el ritmo. Diego parecía un torero a punto de enfrentar a una bestia, una bestia de piernas largas. La tomó con ambas manos y la hizo girar, rodeándolo, estirando sus brazos y mostrándola al mundo. Al siguiente resonar de trompetas, él la tomó de la nuca y la empujó hasta el suelo, levantando el brazo que le quedaba libre y ella, soportando el efecto de la gravedad. Los invitados aplaudieron y no hicieron esperar sus vítores. Cuando las trompetas volvieron a sonar, esta vez con más fuerza, Celia tomó un extremo de su falda y no la soltó, por el contrario, aún sujetando la tela, tomó la mano de su pareja, mientras que este ponía su mano libre sobre sus omóplatos, y ambos empezaron a deslizarse a paso rápido a todo lo largo de la pista, girando con fuerza, jugando entre ellos. Diego pasaba sus manos por su cintura, por su cuello, la hacía girar y detenerse con fuerza, la arrastraba hacia él y luego la alejaba. Cada paso que ejecutaba, lo hacía con fuerza, mucha fuerza y pasión.

—¡Olé! —gritaban cada vez que Celia se acercaba hacia él, lograba zafarse de su agarre con intensidad y volvía a alejarse, escapando de su toque, su falda volando tras ella— ¡Olé! —era tan asombroso verlo que, pronto, él mismo se unió a los gritos— ¡Olé!

Cada vez que la música se hacía más calma, volvían a tomarse de las manos y se deslizaban por la pista. En una ocasión, pasaron cerca de él y Miss Granger, pero fue tan rápido que Snape sintió como el aire rosaba su piel, así como la falda de Celia. Miss Granger no podía más, estaba seguro que su video estaría plagado de sus ovaciones hacia los campeones. Cuando finalmente terminaron de dar vueltas, la empujó al piso, cayendo delicadamente sobre sus piernas, su pecho subiendo y bajando por la respiración agitada. La pareja fue ovacionada en aplausos y, justo cuando Snape pensó que ya habían terminado, Celia volvió a levantarse, siendo tomada por la nuca, otra vez, por la mano de Diego. Ella caminaba hacia él, haciendo que este retrocediera. Dieron unas vueltas más, ella levantando las piernas en cada giro y finalmente, él la sostuvo por debajo de la espalda, quedando suspendida contra la gravedad con la cabeza colgando, mirando al cielo.

La canción terminó con un último remate y luego, silencio. Silencio que fue roto por los aplausos, gritos y ovaciones de pie.

—¡Bravo! ¡Bravo! —esta vez, fueron los mismos gritos de Snape los cuales opacaron los de Miss Granger.

—Le dije que valía cada segundo.

—Fue increíble, totalmente. Creo que puedo arrancarme los ojos porque no hay nada más digno de ver que eso.

—¿Ya entendió por qué le dicen el Matador? Baila a morir, como si estuviera a punto de enfrentarse a un toro. Todas sus parejas terminan casi muertas cuando acaba la canción. Mira a la pobre Celia —los dos pares de ojos, claros y oscuros, buscaron a la talentosa Celia Bonet quien respiraba agitada, sujetada de la mano de Diego, saludando a su público—. Disimula muy bien el cansancio, ¿verdad?

—Sin duda. Creo que quiero aprender Pasodoble. ¿Podemos intentarlo la siguiente clase? —la muchacha comenzó a reír sin importarle si alguien la escuchaba, tomando aire cada tanto.

"Damas y caballeros, pasaremos a servir la cena, pero para los que ya no puedan seguir esperando, redoble de tambores, por favor, gracias… ¡La pista de baile está abierta!—todos celebraron, incluso algunas parejas se levantaron, ignorando a los camareros que poco a poco iban llenando con comida las mesas—. Ya saben cómo funciona, tomen a su pareja y prepárense".

—¿A qué se refiere? —preguntó el profesor después de un rato, cuando la primera ronda de bailarines empezó a sacarle brillo a la pista con sus pasos. Un camarero se acercó junto con su compañero y empezaron a repartir las entradas—. ¿También hay protocolo para el baile?

—¿Qué? ¡No! —exclamó con su sonrisa contagiosa en el rostro, mientras se hacía un lado para que el mozo le sirviera la comida—. No, no. Bueno, no exactamente. Es… es como… como un juego. Verá, las reglas son simples. Todos somos bailarines aquí, así que poner solo música y bailar como si fuese una discoteca no es tan divertido. En estos eventos, tratamos de impresionar a nuestra competencia, es como una vista previa de lo que nos espera más adelante cuando nos reencontremos durante la temporada de competencia. Así que elegimos a alguien, puede ser nuestra pareja o no, y vamos a la pista, esperamos a que se llene, no más de 16 por ronda, y esperamos a que la orquesta elija un género, puede ser él que sea y, durante dos minutos, bailaremos lo que ellos toquen, no importa el ritmo, la categoría o el estilo al que pertenezcas —la siguiente ronda de parejas reemplazó a la anterior y Snape pudo comprobar las palabras de Miss Granger, ellos se estaban preparando para lo que sea que la orquesta quisiera tocar—. Veamos si aprendió algo. Escuche con atención el sonido de las baquetas cuando marquen el ritmo al iniciar la canción.

Snape escuchó con atención. 1… 2… 3… y la orquesta empezó a tocar — Es un ritmo lento. ¿Es del estándar? —Miss Granger asintió, llevándose el tenedor a la boca con un trozo de verdura en él—. ¡Es vals! El inglés, el normal.

—Bravo, Sr. Snape, se ganó una estrellita dorada —comentó burlona, él solo atinó a poner los ojos en blanco—. Así es como sabremos qué tipo de canción nos tocará y no nos tomarán desprevenidos. Tómelo como un consejo para cuando bailemos esta noche.

¿Bailar? ¡Demonios! Casi lo había olvidado por completo. Era su acompañante, era obvio que tenía que bailar con ella, después de todo estaban en una fiesta y en una fiesta se debía bailar. ¿Cómo se le pudo olvidar? Su ansiedad se manifestó con un temblor constante e involuntario en su pierna derecha. ¡Iba a bailar con Miss Granger! ¡Iba a bailar con Miss Granger con cientos de bailarines profesionales mirándolos! Estaba demasiado nervioso. Una cosa era bailar entre amigos en el pequeño estudio de la profesora McGonagall y otra muy diferente, bailar en ese salón, junto a quince parejas más de bailarines campeones de opens y syllabus y cualquier otra competencia que existiera. Él no era el mejor bailando, no quería quedar en ridículo y avergonzarse ante el resto y, lo más importante, no quería avergonzar a Miss Granger con sus patéticos pasos. Se moriría si volvía a pisarle un pie a la castaña.

De pronto, a pesar de que la cena se veía tan apetitosa, un nudo se instaló en la boca de su estómago, quitándole el hambre que sentía hace unos cuantos minutos. ¿Cómo podía pensar en comer cuando estaba por bailar con Miss Granger en frente de 300 profesionales del baile de salón? Esto hubiese sido más fácil si al menos dominara el double step.

—Buenas noches —una voz amable y algo grave apareció detrás de ellos, los presentes se giraron para ver al campeón Diego Caplan junto a ellos, con su brillante sonrisa perfecta—. ¿Qué tal? Buenas noches, espero no estar interrumpiendo su cena.

—Para nada, Sr. Caplan, ¿se está divirtiendo?

—Totalmente, maestra Kaminski —respondió sonriendo. Hermione estaba temblando en su asiento, el tenedor casi se resbala de sus manos en cuanto el campeón se acercó a su silla y se apoyó en el respaldar. Snape pensaba que la pobre muchacha se desmayaría si no soltaba ese grito que retenía en su garganta—. Miss Granger, es un placer verla de nuevo. Me pareció haberla visto cuando bailaba con Celia, así que quise venir a saludar.

—Recuerda quien soy… —susurró su pensamiento provocando que la sonrisa del anglo-español se ensanchara—, digo, Sr. Caplan… fue un gusto verlo bailar, a usted y a la Srta. Bonet.

—Gracias —le tomó la mano y se la llevó a sus labios, besando el dorso de esta—. Por supuesto que recuerdo quien es usted. El Blackpool del 2013 es imposible de olvidar. ¿Cómo se encuentra ahora? ¿Cómo está esa pierna? Espero que mucho mejor.

—Ya sanó, gracias—respondió sonrojándose y bajando la voz, como si estuviera avergonzada. ¿A qué se refería? Tal vez se estaba perdiendo de algún detalle.

—Me alegro, Miss Granger. ¿Piensa competir esta temporada? —preguntó enérgico— Sería un buen año para su regreso. Hace unos minutos me encontré con su pareja, eh, el Sr. Weasley, ¿verdad?

—Eh… no, Sr. Caplan, ya no somos pareja. Tuvimos nuestras diferencias —el campeón, sorprendido y un poco avergonzado, trató de disculparse por su intromisión a lo cual Hermione le suplicó que no se disculpara, que todo estaba bien—. Creo que ahora hace dúo con Lavender Brown. ¿Ellos están aquí? —la angustia se palpaba en cada una de sus palabras, como si quisiera que le dijera que no.

—Bueno, vi al Sr. Weasley hace unos minutos, pero no conozco a la Srta. Brown, lo siento —Hermione se revolvió incómoda en su asiento, tratando de disimularlo—. En fin, solo vine a ver cómo estaba y a preguntarle si quisiera bailar conmigo la siguiente ronda, aunque… creo que está ocupada y no quiero interrumpir su cena…—

—No, no, no, no es ningún problema. Por supuesto que quiero bailar —respondió atropelladamente, apartando su plato para reforzar su punto—. Sería todo un honor para mí bailar con usted la siguiente ronda —Hermione sacó su teléfono de su bolso y mientras lo programaba, le preguntó al campeón si antes de bailar podrían tomarse una foto para recordar ese momento a lo cual él aceptó gustoso—. ¿Podría, por favor, Sr. Snape? —ella le entregó el teléfono y el profesor tomó la foto—. Por favor, espéreme aquí, disfrute la cena, volveré en un rato.

La joven se levantó y se fue del brazo del campeón Caplan, mezclándose entre los demás bailarines de la siguiente ronda. Snape miró con atención el proceder de ambos. Cuando todos estuvieron listos, las baquetas que marcaban el tiempo, dieron 3 golpes rápidos y seguidos.

Bueno, al menos no debía preocuparse por bailar en un rato. Aún tenía tiempo para reunir valor.

No obstante, Miss Granger había abandonado la mesa dejándolo con más dudas que hambre. Si bien le comentó que había visto a Caplan una sola vez en su vida, no hubiese esperado que su impresión de ella durara tanto como para recordarla. Aunque, él no podía decir nada, la primera vez que la vio lo impactó de tal forma que, durante tres años, se la pasó buscándola por Earl's Court casi religiosamente cada dos días… aunque, eso fue porque la había visto bailar, ¡incluso bailaron juntos! —aunque ella parecía ni recordarlo—, pero estaba seguro que Diego Caplan jamás había visto bailar a Miss Granger, mucho menos bailado con ella, de otra forma ella no estaría tan emocionada al punto de casi desfallecer. Y, a todo eso, ¿a qué se refería con su pierna? ¿Acaso Miss Granger había sufrido un accidente para que su pierna tuviera que sanarse?

Por otro lado, ¿su ex pareja? ¿Estaban hablando del ámbito sentimental? Snape asumió que lo más lógico era a que se refirieran a lo competitivo, después de todo, este era un deporte de parejas. ¿Eso quería decir que Miss Granger competía? No había mencionado nada de eso, sabía que la castaña era una excelente bailarina y parecía tener mucha experiencia con respecto a los Syllabus, pero no hubiese esperado que compitiera como profesional en las ligas donde solo las estrellas del mundo del baile podían participar. Asimismo, ¿por qué había dejado de competir? ¿por qué se puso tan incómoda cuando mencionaron al desconocido Sr. Weasley? Debía haber una razón y puede que fuese el hecho de que ya no fueran un dúo.

No iba a esperar por respuestas porque, en primer lugar, no tenía derecho a preguntar por la vida privada de Miss Granger y, segundo, porque no sabría cómo empezar, así que tomó su teléfono y googleó. "Weasley and Lavender Brown ballroom dance England", "Lavender Brown", "Ronald Weasley", "Hermione Granger and Ronald Weasley Ballroom Dance England". El buscador arrojó muchos resultados, pero pocos hablaban sobre el tema que buscaba; sin embargo, había fotos, eso ayudaba.

Gracias San Google, patrono de la información.

Ronald Weasley era un bailarín de 22 años nacido en Devon, Inglaterra. Empezó a competir desde los 14 años con Miss Granger y pronto, ambos ascendieron en la pirámide de bailarines, ganando varios syllabus juniors and youth así como otras competencias amateur. Se ganó el apodo de "King Weasley" cuando un grupo de fanáticos cantaron a viva voz una porra que decía "A Weasley vamos a coronar" en las eliminatorias de un Syllabus del 2011. La imagen de referencia era una fotografía tomada del 2010, cuando ambos debían tener 16 años. Él era un adolescente alto y pelirrojo enfundado en un traje de gala. Ahora parecía bailar con la Srta. Lavender Brown, una bailarina rubia de York, con la cual había ganado el plata el año pasado en una competencia internacional.

De Miss Granger no había ninguna noticia reciente.

Snape levantó la cabeza, buscando alguna cabellera pelirroja masculina, esperando encontrar al Sr. Weasley, pero no encontró nada. Tal vez estaba al otro lado del salón, demasiado lejos para poder localizarlo. En fin, no se pondría a buscar problemas donde no lo llamaban, si algo había aprendido en sus 42 años en la Tierra, era mantener sus narices fuera de lo que no le importaba.

—Ah… —Hermione se dejó caer bruscamente sobre su asiento, levantando una mano para despedir al campeón bailarín a lo lejos—… Ah —la joven castaña estaba exhausta, sus piernas a penas si podían mantenerla de pie, era por eso que se había dejado caer sobre la silla, perdiendo toda la elegancia en el proceso.

—¿Y bien? ¿Se divirtió? —preguntó enarcando una ceja.

—Sin duda… le hace honor a su apodo… Qué bueno que solo sean dos minutos de baile, moriría si fuesen más —tomó un poco de agua de su copa y trató de reincorporarse—. Valió la pena, esto es algo que nunca olvidaré.

Comieron un poco mientras la cena aún estaba caliente. Se estaba divirtiendo hasta ahora. Le gustaba la música, le gustó la poca comida que pudo probar y, especialmente, le gustaba la compañía de Miss Granger. Intercambiaban comentarios sobre los trajes y bailes o a veces simplemente disfrutaban de la música que la orquesta tocaba. Este era el mundo al cual Miss Granger pertenecía y le encantaba. Sin embargo, había una cosa que lo inquietaba un poco. Cada tanto, la muchacha miraba sobre su hombro, como si buscara algo, pero al no encontrarlo, volvía a su conversación.

—Sabe, creo que la siguiente ronda será interesante, están cambiando a los músicos. Mire, trajeron bongós y bombos, significa que subirán el nivel del latino —La pista volvió a llenarse, pero esta vez, alguien captó su atención. En el lado izquierdo, había un muchacho alto, pecoso, elegante y pelirrojo. Era una zanahoria con traje de gala y corbatín blanco. Tomaba de la mano a una jovencita de alta coleta rubia y negro vestido corto con flecos blancos. Ambos estaban preparados para bailar. Él de pie, gallardo y ella, sensual. Ronald Weasley y Lavender Brown. Otro toque de baquetas, está vez, sobre lo que parecía ser una campana hueca. Un, dos, un, dos. — Samba —susurró Miss Granger (2).

De inmediato, las parejas se soltaron y empezaron a bailar una frente a la otra, haciendo sensuales movimientos de caderas y círculos pequeños con sus brazos. El pelirrojo hizo girar a su compañera, levantando el brazo libre y llevándola a lo largo de la pista, caminando de lado, sin dejar de mover las caderas en círculos perfectos. Hermione enmudeció. De la nada, ver bailar al pelirrojo y a la rubia se convirtió en lo único que ambos podían hacer. Eran buenos, sabían cómo captar la atención del público con sus intensos movimientos. Snape pensó que tenían las caderas unidas de nacimiento, no se separaban por ningún motivo.

Weasley apegó a la muchacha a su cuerpo y la hizo dar vueltas, ella retorciéndose contra su pecho. No solo movían sus caderas, también los hombros. Daban giros cortados mientras caminaban, ella moviendo la cabeza con su impactante sonrisa, asegurándose de que todos la miraran. En un momento, se detuvieron y, mientras era sujetada de ambas manos, Lavender empezó a descender, doblando sus rodillas mientras se mecía de un lado al otro en semicírculos, sus tacones deslizándose suavemente sobre el piso de madera y los flecos de su vestido bailando con cada giro.

El pelirrojo sabía cómo presumir a su pareja. Durante los pasos rápidos, propios del baile, pasaba sus manos por el cuerpo de la rubia, haciendo grandes círculos sobre su cabeza. Snape conocía ese paso, lo había visto incontables veces durante el concurso del Royal Albert. Ahora la tomaría de la cintura y ambos caminarían rápido en círculo, moviendo sus caderas en el proceso. No entendía como dos personas podían bailar tan rápido. Los dos minutos acabaron pronto y ambos bailarines terminaron con los brazos extendidos hacia el público, posando con sus grandes sonrisas de campeones.

—Son buenos —susurró el profesor, sin poder dejar de ver las piernas de la señorita Brown. ¿Cómo podía seguir de pie después de todos esos pasos tan rápidos?

—No son tan buenos—refutó la castaña, aplaudiendo de mala gana y volviendo a mirar a su plato a medio comer—. Son Ronald Weasley y Lavender Brown, campeones de plata del Open Internacional Profesional de Stoke-on-Trent del año pasado.

—Lo sé.

—¿Qué? —preguntó sorprendida, levantando la cabeza.

—Digo… —¡Mierda! ¡Mierda! Rápido, piensa— Escuché sobre el muchacho pelirrojo cuando usted bailaba con Caplan. No sabía que los conocía.

—Creame, conozco a Ronald Weasley como la palma de mi mano. Tiene mucho talento, pero nada de disciplina. No es más que un holgazán presumido —Miss Granger tomó su tenedor y pinchó la carne fría con fuerza, casi como si quisiera romper el plato—. La aplicada de esa dupla es Brown. Mire sus pasos y el movimiento de sus brazos, eso no se logra solo con talento, debes practicar y practicar y practicar. Ha mejorado mucho desde la última vez que los vi.

El ambiente festivo del salón decayó un poco o al menos lo hizo en su mesa. El estado de ánimo de la castaña se ensombreció, parecía que no quería hablar más sobre el Sr. Weasley o la Srta. Brown, ni siquiera quiso mencionar que fueron pareja alguna vez. Al parecer, Weasley era una palabra innombrable dentro de su vocabulario, tanto como para poner un ceño fruncido en el pequeño rostro de la castaña. No quería verla así, estaban pasando un buen rato y, hasta ahora, se había divertido tanto gracias a ella. Tal vez podía ser el héroe y arreglar la velada. Hasta ahora no habían bailado, tal vez era momento para intentarlo.

—Miss Granger… —

Y antes de que pudiera decir algo, la joven se levantó, meciendo la falda de su vestido escarlata. Sus puños estaban cerrados y su ceño fruncido. Había hecho contacto visual con el pelirrojo, ambos mirándose fijamente, ella con la ira desbordando de sus ojos y él, con evidente sorpresa en su rostro. Era obvio que no esperaba verla ahí. La castaña le dio un último vistazo y se dio la vuelta, colocándose frente al pelinegro.

—¿Bailamos, Sr. Snape? —ella le tendió su mano y él la aceptó gustoso.

Parece que ya no podría ser el héroe.

Hermione lo llevó a la pista de baile, alejándolo de la mesa y del pelirrojo quien, al ver que ella estaba en su compañía, decidió regresar sobre sus pasos. Hermione miraba sobre su hombro cada tanto, como asegurándose de que Weasley no intentara acercarse a ellos. Encontraron un lugarcito en los flancos de la pista. Hermione, tal como si estuviera en clases, ayudó al profesor a poner los brazos y las piernas en los lugares indicados para la posición inicial. Snape estaba algo avergonzado, los estaban mirando.

—Relájese un poco, será divertido —comentó la mujer frente a él, tratando de distraerlo un poco —. Sabe, me cansé de esperar.

—¿Qué?

—Esperaba que usted me invitara a bailar, pero parece que fui yo quien tuvo que tomar la iniciativa.

Severus olvidó por completo su preocupación por las miradas indiscretas del público y volvió toda su atención a Hermione, quien le regalaba una pequeña sonrisa de labios cerrados— Bueno… yo… —empezó nervioso—. No soy bueno invitando a mujeres a bailar, ¿sabe?

—No me diga.

—¡En serio! —exclamó, dejándose contagiar por esa pequeña sonrisa que ahora dejaba mostrar sus incisivos ligeramente grandes— Sabe, la infancia marca mucho a un niño. La primera vez que fui a un baile, un baile de verdad, fue cuando tenía siete años. La familia de mi mamá había organizado una fiesta para la familia y un par de amigos cercanos, un pequeño cotillón, aunque creo que ya no lo llaman así. En fin, era mi primer baile y tenía mucho miedo. Recuerdo que mi mamá me dijo: "¿Por qué no sacas a bailar a tu prima o a su amiga?". Ya se puede imaginar, un niño pequeño demasiado tímido para hablar, yendo con las piernas temblando a preguntarle a un par de niñas si querían bailar. Ambas me dieron un rotundo no. Desde entonces es más fácil que una mujer me invite a mí que yo a ella.

—Oh, pobre bebé —rio la castaña. Snape contó a las parejas en la pista, había diez sin incluirlos—. Bueno, déjeme decirle que, mientras este conmigo, no le faltará una pareja de baile. Tal vez en la próxima ronda, sea usted quien me invite a bailar. Le voy avisando de antemano que mi respuesta será sí.

—¿Cuándo inicia la canción? Creo que se me durmieron los brazos —Todo el rato que estuvieron hablando, Snape mantuvo su mano sobre el omóplato izquierdo de Miss Granger y sus manos estaban entrelazadas. No era que le molestara, por supuesto, pero veía como las otras parejas estaban igual que ellas, estáticas en su lugar, aguardando a que la música empezara.

—No coma ansias, Sr. Snape. Cuando esto empiece, no puede echarse para atrás. Espero que me haga sentir orgullosa, tantos meses en la academia deberían rendir sus frutos. No me haga quedar mal —y exactamente en el momento en que Hermione cerró la boca, el tan conocido sonido de las baquetas se escuchó claramente.

1,2… 3,4. ¡Ritmo latino! Trompetas y bongos. (3)

—¡Chachachá! —exclamó Hermione, soltándose de sus brazos, quedándose solamente tomados de una mano. Los demás bailarines hicieron lo mismo, pero, a diferencia de Hermione y Snape, la mayoría solo se soltaban y bailaban por su cuenta, coordinando sus pasos con una simple miradas.

¡Espera! ¡Espera! Esto es demasiado rápido, gritó su subconsciente. Ni siquiera había empezado con los ritmos propiamente latinos, lo más parecido que habían practicado era el Jive. ¡Esto no estaba en su base de datos! Pero ya no podía echarse para atrás, Miss Granger tenía sus esperanzas en él.

—Tranquilo, no se asuste —le pidió sonriendo. Snape no sabía qué hacer, estaba paralizado en medio de una pista llena de talentosos bailarines que movían las caderas y los pies a velocidad—. Sr. Snape, concéntrese en mi voz, solo somos usted y yo en mi clase —la castaña lo tomó de una mano, tirando de él mientras ella retrocedía, un largo paso a la vez—. El chachachá inicia suave, vamos cuatro pasos hacia adelante y luego un giro, ¿de acuerdo? Justo así… uno, dos… tres y cuatro.

Snape siguió sus indicaciones, dando un paso a la vez. Probablemente bailaban un ritmo diferente, mucho más lento, pero lo estaban intentando. Cuando dio el cuarto paso, Hermione puso una mano en su pecho para detenerlo e hizo un gesto con su dedo índice para indicarle que era hora de dar un giro —Muy bien. Ahora, repitamos el paso, pero hacia el otro lado. Está vez, haga círculos con sus brazos, así como yo —Snape repitió el paso. Uno, dos, tres y cuatro, haciendo círculos grandes con sus brazos, pasando sus manos por encima de su cabeza, tal y como lo hacía Miss Granger, aunque… Snape todavía tenía las caderas tan tiesas como una tabla.

—Estoy bailando, Miss Granger —informó, dibujando una pequeña sonrisa. Al sonido de las trompetas se le unió la voz del coro de la orquesta, cantando palabras que le resultaban exóticas.

—Sí, Sr. Snape está bailando. Ahora, el siguiente paso —Hermione estiró su brazo para crear distancia entre ellos y se giró, lentamente, mirando al público. Snape la imitó—. Ahora, este paso es de lado, así que miramos para allá. Sígame con atención, no se preocupe por el resto. Uno, dos, chachachá… tres y cuatro, chachachá. De nuevo, uno, dos, chachachá… tres y cuatro, chachachá —El paso que ella describía era más complicado. Si bien el movimiento circular de los brazos era el mismo, ahora tenía que cruzar los pies y lanzar las piernas para atrás. Hermione exageraba un poco el paso, todo para indicarle que debía mover su cadera si quería hacerlo correctamente. ¡Incluso tenía que levantar las rodillas! —Eso es Sr. Snape. Suavecito. Ahora, repitamos. I like it, I like it, I like it like that. Un… dos… cha-cha-chá. I like it, I like it, ¡I like it like that!

Snape no podía creerlo. Primero, estaba cantando la canción en su cabeza, como siguiendo el ritmo de los pasos y, segundo, estaba bailando chachachá. Estaba "bailando" algo que, en teoría, podría denominar chachachá. Entonces, los dos minutos acabaron. Ni siquiera les dio tiempo de realizar una pose o algo, sin embargo, se había divertido tanto que hasta olvidó las miradas de los colegas bailarines de Miss Granger.

—Muy bien, Sr. Snape —la joven aplaudió, al igual que el resto de los bailarines en la pista—. Ahora la reverencia.

Casi como si fuese un juego, Snape decidió imitarla en su sutil saludo. Alrededor, los otros invitados aplaudían. Tal vez los aplausos no iban exactamente a él, pero se sentía bien parecer ser el centro de tales halagos. Algunos campeones se quedaron en la pista, como esperando a que volviera llenarse para volver a bailar, así que Snape, ahora con una fuerte dosis de confianza corriendo por sus venas, le extendió una mano a Hermione y preguntó.

—¿Bailamos, Miss Granger?

—Por supuesto, Sr. Snape. (4)

El siguiente baile fue mejor que el primero. Este era un poco más pausado y más sensual, era un tango. El suave y constante subir y bajar del sonido del acordeón lo atrapó por completo, así como los brazos de la castaña, quien no dejaba de revolotear como mariposa alrededor de él, enredando sus piernas entre las suyas. Esto le recordaba tanto a ese día tres años atrás en la estación de Southfields, como si los pasos dados se hubiesen quedado tatuados en su piel y con cada variación de la música, su recuerdo revivía.

—El tango es un baile intenso, pero de pasos delicados —le indicaba al oído. Hermione lo abrazaba por la espalda, pasando las manos por su pecho y él, quitándolas con fuerza controlada tal y como ella ordenaba—. Los giros y los deslices deben ser con las rodillas dobladas como el vals, así que no des un paso hasta que tus pies estén bien asentados sobre el suelo —Hermione tomó las manos de su pareja y las colocó sobre ella, prácticamente guiando al hombre en lugar de que él la guiara a ella. En medio de uno de los tantos deslices básicos que realizaban, Hermione se vio obligada a jalarlo hacia ella, evitando golpear a otra pareja en la pista. Asimismo, tuvo que gritar una disculpa—. Bienvenido a las ligas mayores, Sr. Snape. No solo se concentre en mí, debe estar atento a su alrededor.

Continuaron con su danza, ella levantando las piernas hacia el cielo cada vez que tenía oportunidad, moviendo sus brazos con delicadeza, pasando sus manos por el rostro de Snape, tomándolo como si fuese a cortar el espacio que los separaba. Eventualmente, esos dos minutos pasaron mucho más rápido que el anterior baile y, pronto, la canción terminó, dejándolos cerca uno del otro, casi abrazándolos— Es difícil mirar a otro lado cuando usted tiene sujetada mi cara.

Ella sonrió, arrugando su nariz, apartándose de él mientras se unía al aplauso de los demás.

Entusiasmado, Snape volvió a pedirle otra ronda a la castaña, pero no contaba con que otra persona ya tenía esa idea en mente. Llamando a la joven, una zanahoria en esmoquin elegante se acercó hacia ellos, dejando de lado a su pareja rubia. Ron Weasley caminaba galante, sonrisa en el rostro y confianza desbordante. Los ojos color miel de Miss Granger se abrieron a todo lo que podían y se dio la vuelta, interponiendo el cuerpo de Snape entre ellos dos.

Parecía que hubiese visto un fantasma.

Lamentablemente, Snape podía hacer poco o nada ante tal situación. El Sr. Weasley terminó alcanzándolos, saludándolos con la misma sonrisa que portaba cuando bailaba— Hermione… que-qué sorpresa verte aquí —empezó, acercándose a ella sin saber muy bien cómo. No se atrevió a abrazar, así que le tendió la mano, obligando a la castaña a responder el gesto—. Te ves muy bien. ¿Cuánto ha pasado? ¿Dos años?

—Algo así… ¿Compites este año con Lavender?

—Sí, eh, hemos practicado mucho —respondió incómodo—. Queremos el oro este año —se giró hacia el mayor, notando por fin su presencia y se presentó con un fuerte apretón de mano—. Ronald Weasley, y ¿usted es?

—Uno de los representantes de la academia McGonagall, el Sr. Snape —comentó la castaña tan rápido que ni siquiera le dio la oportunidad al profesor de abrir la boca—. Viene en remplazo de la profesora McGonagall, solo por esta noche.

—Ya veo, pues es un placer —Snape asintió. Estaba sobrando en la conversación y eso también lo ponía incomodo—. Hermione, ¿crees que podamos hablar? Podríamos hacerlo en la siguiente ronda, si te parece.

—No creo que sea una buena idea, Ronald, le prometí al Sr. Snape bailar con él.

—No creo que le moleste, ¿verdad, Sr. Snape?

—Ah… —¿Qué debía decir? Era obvio que Hermione no quería, pero él tampoco sabía qué hacer. Este no era su elemento, estaba en un mundo desconocido y no se atrevía a dar pasos en falsos. No sabría qué hacer si esta pequeña discusión terminaba en un altercado mayor.

—Hermione, por favor —insistió el joven Weasley, aún con la mano extendida en su dirección—, por los viejos tiempos. No dejarás colgado a un viejo amigo.

—… —la mirada de desconfianza en los ojos de Miss Granger no desaparecía. Giró su cabeza en dirección a su acompañante, esperando algo por parte de él, pero, para su desgracia, Snape no supo cómo reaccionar—. Solo una canción. Sr. Snape, por favor, espéreme en la mesa. Le prometo que bailaremos juntos la siguiente.

—Diviértase, la espero —susurró. La muchacha caminó con el pelirrojo hacia el centro de la pista, sin mostrar ni el más mínimo indicio de querer tocarlo. Snape regresó a su mesa y se sentó cansado, pero sin perder de vista a la expareja.

Una vez ubicados, el campeón Weasley tomó a Miss Granger de la mano derecha y colocó la izquierda por debajo de su omóplato. Ambos se acomodaron en la postura inicial y sonrieron, bueno, al menos Ron sonrió, Hermione forzó algo parecido a una. El resto de parejas los imitaron y, cuando todos estuvieron preparados, la orquesta empezó a tocar. Era un ritmo rápido, constante sonidos de redobles de tambores y trompetas, era quickstep. (5)

Casi como si estuviesen programados, todos los campeones empezaron a bailar, dando pequeños saltitos cortos mientras se deslizaban a lo largo de la pista, tratando de no chocar los unos contra otros. Ronald Weasley dirigía el baile, guiaba con magistralidad a Miss Granger, cuidando los deslices y los pasos dobles. Él sonreía a todo lo que podía y, a diferencia de él, evitaba chocar con los otros atletas.

—¿Usted es la nueva pareja de Miss Granger? —Snape se giró y encontró a la Sra. Kaminski hablándole directamente.

No era fácil tomar desprevenido al pelinegro, pero la bailarina de vestido morado lo había logrado. Trató de calmar los latidos de su corazón pues no iba a ponerse en evidencia en frente de desconocidos. ¿En serio parecían pareja? Se sentía halagado, ya quisiera salir con alguien tan bonita como Miss Granger, pero la realidad era diferente. No le había dado indicios de que lo fueran, aunque tal vez el último tango pudo afirmar lo contrario… aunque ellos eran bailarines, estaban acostumbrados a ver esas cosas. Además, estaba el factor edad, era demasiado mayor para ser su pareja. Si Miss Granger saliera con alguien, esta persona obviamente sería mucho más joven que él. Tal vez la mujer de morado solo quería tomarle el pelo.

—¿Competirán este año?

Ah, ese tipo de pareja. Ups… su error.

—No, madame, solo la estoy acompañando esta noche —respondió en tono monótono.

—Ya veo —la mujer se notaba algo decepcionada por su respuesta—. Dígame, ¿sabe si Miss Granger participará este año en algún Open? Estamos ansiosos de volver a tenerla. Seré jueza en el Open Rising Stars en el Windsor Hall esta temporada, espero verla ahí.

—Disculpe, madame, no tengo idea, Miss Granger no me ha comentado nada —contestó sin saber si lo que estaba haciendo estaba bien o no. No quería meter en problemas a Miss Granger, pero tampoco quería ser descortés. Está era la segunda vez en toda la noche en qué preguntaban si la castaña volvería a competir. ¿Por qué tanto interés en que volvería a competir?

—Creo que sería una buena competencia para regresar. Un descanso de tres años es más que suficiente para alguien tan joven, en especial sí quiere seguir siendo una profesional. Es preferible que regrese a competir pronto, su nombre dejará de ser conocido poco a poco.

¿Competir? ¿Miss Granger competía profesionalmente? Notable sorpresa. En el corto tiempo que llevaba asistiendo a McGonagall's Studio, jamás se había detenido a pensar si Miss Granger era una bailarina profesional. Era talentosa, de eso no había duda, pero pensaba que, al igual que Potter, solo enseñaba porque era su trabajo como asistente. Su improvisada investigación en internet le indicaba que tenía experiencia de primera mano en los syllabus, pero no leyó nada sobre algún Open.

—¿Miss Granger es alguien famosa? —preguntó curioso.

—Hermione Granger —exclamó la mujer—, el cisne de Cambrigde, una joven promesa del baile, toda una estrella naciente. Se hizo famosa en el Blackpool del 2013, era la primera vez en mucho tiempo que una pareja amateur llegaba a una competencia profesional, saltándose casi por completo diferentes Opens importantes. Blackpool es el sueño de todo bailarín profesional y Miss Granger junto al Sr. Weasley llegaron a ahí en un chasquido. Todos estaban tan impresionados, incluyéndome. Déjeme decirle que Miss Granger tiene una técnica muy buena para la categoría estándar. Mire sus brazos —sugirió señalando a la pareja que aún bailaba cerca al escenario—. Su técnica llamó la atención de los críticos y jurados, tiene elementos del ballet. Escuché por ahí que ella hacía ballet de pequeña, supongo que combinaría lo que aprendió con el ballroom. Fue una lástima que todo terminara ese año, hubiese tenido un gran futuro.

—¿Terminara? —inquirió interesado—¿Qué pasó?

—¿No le ha comentado nada? —los ojos pintados de la mujer se abrieron sorprendidos, como si realmente no pudiera creer que su interlocutor no sabía absolutamente nada, a pesar de que él fuera el acompañante de la mencionada— Se nota que usted no pertenece aquí, se ha perdido de mucho. Miss Granger sufrió un terrible accidente en la final de Blackpool hace tres años, desde entonces, nadie ha vuelto a saber de ella. Me sorprendí cuando la vi en la mesa y, vaya sorpresa, ahora es la aprendiz de Minerva McGonagall. Conozco a Minnie desde hace años, Miss Granger está en buenas manos, pero es necesario que regrese. Los años pasan y nosotros no nos hacemos más jóvenes.

—Dígamelo a mí —No era un secreto que él envejecía cada día y conocía perfectamente eso de "volver al ruedo antes de que se hiciera más viejo", tanto en lo profesional como en lo sentimental. Sin embargo, Granger tenía una ventaja sobre él, ella era joven y talentosa, podría volver a ser esa estrella naciente que tanto comentaban si tan solo lo quisiera—. Gracias por la información, madame.

En cuanto la canción terminó, Hermione ni siquiera se tomó la molestia de hacer una reverencia. Se apartó abruptamente del pelirrojo y regresó a la sección de mesas con evidente irá plasmada en su rostro. Sea lo que sea que hubiese pasado entre ellos durante esos dos minutos era mucho más de lo que la castaña podía soportar. El alto pelirrojo, al intentar alcanzarla, trató de volver a tomarle la mano, pero ella se volvió a soltar con brusquedad, llamando la atención de los demás invitados. Luego de eso, el Sr. Weasley dejó de insistir y optó por volver a donde pertenecía, junto a la rubia bailarina delgada al otro lado del salón.

Hermione, conteniendo lágrimas de enojo, pasó de largo por la mesa número siete sin siquiera hacer contacto con Snape, quien intentó captar su atención llamándola en repetidas ocasiones. Pasó de largo, apurando el paso, esquivando las mesas y las sillas hasta finalmente salir del salón de baile, perdiéndose de la vista de los invitados y su mal disimulado murmullo.

¿Acaso ella acababa de abandonarlo?

El profesor se giró hacia sus silenciosos compañeros de mesa, los mismos que no podían parar de hablar segundos atrás. Ellos intercambiaban miradas y comentarios en voz baja, convirtiendo al acompañante de Miss Granger en su centro de atención.

Snape iba a entrar en pánico. ¿Qué debía hacer? No quería quedarse solo ahí, no conocía a nadie y todos en la mesa lo estaban mirando. Tampoco podía quedarse sin hacer nada, Miss Granger había salido corriendo demasiado afectada como para fijarse por donde iba, podía pasarle algo y sería su culpa por no detenerla. ¡No iba a cargar con eso en su conciencia!

Tomó el bolso de mano que Granger había olvidado y se disculpó con los invitados que compartían su mesa, no pensaba dar explicaciones, pero tampoco quería quedar como un completo descortés. Como si nada hubiese pasado, se levantó imponente y caminó dando zancadas todo el trayecto en dirección a la salida del Bloomsbury. Snape, quien hasta entonces se había sentido invisible en el salón, ahora se sentía como si fuese un cartel de luces fosforescentes.

¿Es qué el resto no tenía nada más que ver? ¡Estaban bailando por allá! Eso era mucho más interesante que él.

—Se fue por allá —escuchó decir a la encargada del guardarropa de la recepción cuando él pasó por ahí—. Pidió su abrigo y se fue. Tal vez logre alcanzarla —ella le tendió el suyo y Snape agradeció en voz alta, siguiendo su camino.

Agitado, llegó a las puertas del enorme edificio y buscó por todos lados a Miss Granger. No era tarea difícil encontrarla, solo debía encontrar una mancha roja corriendo sin dirección determinada. En un abrir y cerrar de ojos, la encontró en la esquina, cruzando la calle. Había tenido que rodear toda la cuadra debido a los carros estacionados.

—¡Miss Granger! —gritó, esperando que ella se girara a mirarlo, pero ni siquiera le prestó atención. Estaba más ocupada tratando de llegar al otro lado sin que algún auto la atropellara en el intento. Supuso que debía ser difícil ver con los ojos cubiertos de lágrimas— ¡Miss Granger! ¡Miss Granger!

—¡Déjeme en paz! —respondió. Caminó, evidentemente enojada, a través del parque. La falda de su vestido se movía con cada paso, dando un efecto de olas en un mar carmesí. Mientras la seguía, cada tanto podía ver que, a causa de su ira contenida, pisaba mal, provocando que sus pies se doblaran debido a los tacones bajos.

—¡Hermione! —gritó por última vez, en esta ocasión, con el mismo tono de voz que empleaba en el colegio, cuando patrullaba los pasillos. Era extraño, era la primera vez que la llamaba por su nombre en voz alta. ¡Vaya circunstancia! Nunca pensó que la primera vez sería gritándolo a todo pulmón, vestido de gala, en medio de un parque en la noche. Aunque pareció tener un efecto mágico pues, en cuanto el nombre de la muchacha salió de sus labios, la castaña finalmente se detuvo, quedándose estática en su lugar, como esperando que el profesor la alcanzara.

Snape retomó impulsos y caminó hasta llegar a la altura de la bailarina. La joven temblaba, quería creer que era debido a la carrera o por el fresco de la noche, pero Snape no tenía que ser un genio para saber que estaba reprimiendo las ganas de llorar otra vez, conocía muy bien esa expresión como para detectarla en cualquier rostro que viera.

—Venga, Miss Granger, vamos a sentarnos.

Snape puso una de sus manos en los hombros de la bailarina y juntos caminaron en silencio hasta encontrar alguna banca vacía donde poder sentarse. El mayor aún tenía el bolso blanco en sus manos y Hermione abrazaba con ambas manos su abrigo blanco como si buscara consuelo.

Una vez sentados, entre el suave ruido de las hojas meciéndose por el viento y la luz del alumbrado público, Snape notó como Hermione apretaba sus labios hasta convertirlos en una delgada línea, imitando al gesto de la profesora McGonagall cuando esta estaba enojada. Sin embargo, esto no era de enojo, estaba reprimiendo otras emociones.

—Menuda fiesta —suspiró sin saber qué decir.

—… Lo siento —respondió ella quedito—. No debí salir corriendo así, lo dejé solo en un lugar donde no conoce a nadie y con todos mirando… es solo que… yo… yo no podía estar ahí.

—No se preocupe, Miss Granger. No es que me importe lo que ocurra allá adentro, yo solo vine como su acompañante… Aunque recuerdo que usted me dijo que no quería que saliera huyendo y la dejara sola, creo que fue usted quien no cumplió esa parte del trato.

—Lo siento.

—¿Me dirá que pasó ahí? —la joven volvió su mirada a sus zapatos bajos y abrazó con más fuerza su abrigo, ocultando parte de su rostro entre la tela blanca y peluda— Creo que me merezco una explicación, después de todo, soy yo su invitado —otra vez, silencio. El profesor ya había pasado por esto alguna vez, cuando Draco era solo un niño pequeño haciendo un berrinche, se negaba a hablar con nadie sobre lo que le molestaba, al igual que Miss Granger lo estaba haciendo ahora—. Está bien, no me diga nada. Sin embargo, como el adulto aquí, creo que debería regañarle por algunas cosas.

—¿Qué? —rompió su silencio, incrédula.

—Lo que escuchó. En primer lugar, se fue sin decir nada, fue de muy mala educación. Segundo, me dejó solo, me parece una falta de respeto, soy su acompañante y mi deber es quedarme con usted, pero no puedo hacerlo si se la pasará huyendo, corriendo a lo loco como una gallina. Tercero, cruzó la calle sin mirar a ambos lados antes, pudieron haberla atropellado — Hermione levantó una ceja como si no pudiera creer que en serio la estuviera regañando como una niña pequeña— y, cuarto, el más imperdonable de todos, permitió que alguien le hiciera llorar —se giró hacia ella y la tomó del mentón, para que no pudiera evadir sus oscuros ojos—. Nadie puede hacerla sentir mal sin su consentimiento, Miss Granger, mucho menos llorar.

En esa posición, sentados el uno junto al otro, ella abrazando su abrigo y él tomándola del mentón, Hermione encontró la oportunidad para soltar libremente sus lágrimas, sin temor a ser juzgada. Estas corrían libremente, perdiéndose al llegar a su boca, la cual temblaba. Snape retiró su mano, dándole su espacio y buscó su pañuelo en el bolsillo interno del saco. Agradecía haber crecido con esa costumbre, últimamente la encontraba muy útil. No espero que Miss Granger le respondiera de inmediato, necesitaba tiempo para organizar sus ideas, conocía muy bien lo difícil que podría ser abrirse a una persona, no la quería presionar. En su lugar, limpió con el pañuelo sus lágrimas que poco a poco se estaban mezclando con el rímel.

—Yo quería que esto saliera bien, en serio quería que saliera bien —dijo hipando—. He evitado estos eventos durante tres años, me esforcé tanto para estar relajada y todo estaba saliendo tan bien, hasta que ese estúpido de Ronald Weasley se apareció y tuvo que arruinarlo todo… Le dije a McGonagall que no estaba lista para esto.

—¿El Sr. Weasley hizo algo para molestarla?

—"¿Qué no hizo?", eso debería preguntar —ella se apartó, tomando el pañuelo con sus manos y limpiándose por su cuenta—. Éramos pareja antes. Empezamos a bailar juntos desde que teníamos doce. Éramos buenos, o eso decían nuestros maestros. Nos preparamos dos años y empezamos a competir. Todo el tiempo, todo era ensayo, tras ensayo, tras ensayo, queríamos ganar, siempre queríamos ganar. Por ende, pasamos mucho tiempo juntos, tal vez demasiado—la joven tomó aire y esperó a ser interrumpida, como si de verdad quisiera que le pidiera que se detuviera, pero al no obtener respuesta, continuó—. Hay una regla, ¿sabe? Solo-una-maldita-regla. No convertir a tu pareja de baile en tu pareja sentimental. Somos atletas trabajando duro para representar un país, no un par de adolescentes jugando a Romeo y Julieta.

—No podía exigirse más, usted era solo una niña —le comentó, tomándola de la mano, para que comprendiera que la entendía—. Sé lo que es pasar tanto tiempo con una persona, a veces, simplemente es imposible evitar que los sentimientos nazcan.

—Bailamos juntos durante siete años, fuimos pareja durante tres. Tenía 16 y era mi primer novio, estaba muy feliz cuando me pidió ser su pareja de verdad y… yo estaba muy ilusionada —otra vez sus ojos brillaron acuosos—. Cada vez nos esforzábamos más. Ya no queríamos estar en el Syllabus, la liga nos quedaba chica, nuestro nuevo objetivo como equipo y pareja se volvió el Open. Duplicamos los esfuerzos, triplicamos los ensayos. Nos fuimos formando un lugar, la primera pareja novata en ganar cuatro Opens internacionales en un año… y de pronto, llegó Blackpool y con ello, lo que era el inicio del fin de nuestra relación —tomó una pausa y se giró para darle una sonrisa rota—. Ella estaba muy hermosa, ¿verdad? Con su largo cabello rubio y esas piernas.

—No entiendo.

—Lavender —señaló como si fuese lo más obvio—. Conocimos a Lavender un año antes de Blackpool, en una competencia nacional, era la representante de Bristol. Fue en una gala previa al evento, así como esta. Bailaba tan mal que pensé que nunca sería competencia, realmente no había nada de qué preocuparme… claro, nunca consideré que ella buscaba algo más que el trofeo —la joven sonrió, recordando aquel día tan lejano. Rememorando la fiesta en donde su ex novio no le quitaba los ojos a la chica de, entonces, rizado cabello—. Salieron durante un año mientras estábamos juntos ¡A mis espaldas! Durante los días se la pasaba entrenando conmigo y durante las noches él... ¿Cómo pudo hacerme eso? ¡¿Cómo pudo?! Me lastimó, me lastimó mucho. Yo…

Para ese punto, había dejado de lado la tristeza y ahora estaba hablando con enojo, irá contenida de quién sabe cuánto tiempo. Era su despecho quien hablaba por ella, sin dejarla pensar claramente, solo lanzando quejas y malos deseos a la pareja Weasley-Brown, esperando que, algún día, sufrieran tanto como ella sufrió y seguía sufriendo. No estaba bien, era inmaduro e inapropiado, pero la comprendía, nadie mejor que él para comprender esa maraña de emociones dentro de su cabeza.

Cuando descubrió que Valerie lo engañaba con un americano, Snape no se lo tomó nada bien —bueno, nunca nadie se toma bien eso—. Estaba tan enojado que sabía que, si estaban en la misma habitación por más de un segundo, terminaría pasando una desgracia de la cual ambos se lamentarían más adelante. La primera etapa fue la ira. Gritó, reclamó, lloró, golpeó paredes, rogó, se humilló y la humilló de todas las formas que se le ocurrió. Estaba tan herido por aquella traición que no podía pensar sus palabras y, la gota que derramó el vaso, fue cuando Valerie se fue de la casa para huir a refugiarse en los brazos de un ingeniero americano un par de años menor que ella. Eso dio paso a la segunda y tercera etapa, negación y tristeza. La buscó, dijo que la perdonaría, pidió su perdón, se dijo que solo era una fase, todas las parejas pelean, aún podían arreglarlo.

"NO QUIERES MANDAR A LA MIERDA DIEZ AÑOS JUNTOS, VALERIE… ¡Por favor!"

"¡SÍ QUIERO! Ya estoy cansada, ¡estoy cansada de todo! Me cansé de esa casa, me cansé de esa vida y me cansé de ti. ¡Mírate! No eres más que un simple profesor sin ninguna pasión en la vida"

Una infidelidad no era algo fácil de olvidar, sobre todo si habías confiado tanto en esa persona, cuando tenían sueños y planes, cuando estaba tan dentro de tu ser que sentías tanta angustia cuando no la veías cerca. No importaba si eran solo tres años o una década, se sentía como si doliera toda la vida— La comprendo perfectamente —suspiró—. Nada de lo que yo diga podrá aliviarlo, es un largo camino hasta lograr pasar la página, pero le diré algo. No ganas nada aferrándote al pasado, preguntándote todos los días: "¿Qué hiciste mal? ¿Por qué? ¿Por qué no pudo decírtelo?". Solo hace que duela más —apretó la mano de ella en un gesto de solidaridad y ambos se quedaron en un agradable silencio con los ojos cerrados, sin más ruido que la lejana música del salón de baile tras ellos.

—¿Tiene hambre, Miss Granger? —preguntó de repente, un rato después, tratando de llevar la conversación en otra dirección. ¿Qué mejor forma de distraer que con comida?

—¿Qué? —le respondió con la voz ronca. Hermione abrió los ojos y se giró, buscándolo con sus enormes ojos color miel, sin tener la menor idea de lo que hablaban.

—Que si tiene hambre —repitió como si fuese lo más obvio—. Yo sí tengo hambre, me temo que no pude disfrutar de la cena de esta noche como hubiese querido. La comida estaba muy fría —Hermione le regaló una sonrisilla nerviosa, de esas que ponía cuando estaba avergonzada—. Creo que vi un chippy abierto cuando veníamos para aquí. ¿Le parece si vamos?

Confundida, pero interesada, Hermione lo tomó del brazo y se dejó guiar por el profesor rumbo a una calle adyacente al parque, donde se suponía debería estar el dichoso restaurante de comida rápida. Caminaban despacio, sus zapatos elegantes resonando en cada paso. No hablaron en todo el trayecto, ambos necesitaban pensar un poco en los recientes acontecimientos. Por la mente de la castaña, flotaban diversos recuerdos, unos más tristes que otros. Este era el evento que rompía con tres años de ausencia en su carrera, así como el primer evento donde representaba al estudio de su mentora y lo había echado a perder, no solo para ella, sino que también para el pobre Sr. Snape, quien no tenía porqué soportar sus berrinches.

Para su fortuna, el restaurante estaba abierto. Todos los miraban y soltaban algunos murmullos— Creo que estamos demasiado elegantes para comer fish and chips, Sr. Snape —comentó en voz baja. El profesor le pidió sentarse mientras ordenaba para llevar. No quería quedarse en un lugar donde ambos estarían incómodos, le sugirió que podrían comer en el parque o en el auto.

El adolescente encargado de las entregas le tendió dos conos de papel periódico con la comida adentro, así como dos cervezas personales. Debía estar dando todo un espectáculo para los demás clientes: él, vestido de elegante traje nuevo, cargando dos pedidos de fish and chips junto a una muchachita en vestido rojo y abrigo peludo, aguardando por llenar sus estómagos. Regresaron riendo como un par de tontos hasta el parque, con sus respectivas cenas en mano. Hermione le comentó que alguien les había tomado una foto, dijo que esperaba que no la subieran a Facebook, pero que estaba segura que sus deseos no serían cumplidos.

—Jamás pensé que terminaría así —comentó Miss Granger, una vez que ya estuvieron sentados de nuevo en el parque frente a Bloomsbury Salon. Sus zapatos estaban a un lado de la banca, la joven mecía sus pies adelante y atrás mientras que el profesor, en calcetines, los estiraba a todo lo que podían, moviendo sus dedos entumecidos por tanto bailar —incluso sus pequeños huesos habían crujido—. Snape comentó que le dolían los pies por los zapatos nuevos, así que hicieron un acuerdo entre ellos y, dejando la vergüenza de lado, ambos se quitaron los zapatos, disfrutando del aire nocturno y del contacto con la fría acera.

—¿Así cómo?

—Pues así —exclamó extendiendo los brazos, abriéndolos para enfatizar la escena en la que se encontraban—, sentada de noche en un parque, en traje de gala y descalza, comiendo fish and chips y tomando cerveza con mi alumno, luego de haber salido corriendo de un evento repleto de campeones del ballroom.

—Bueno, siempre puede ser peor —le recordó.

—¿Ah sí? ¿Como? —ella enarcó una ceja, llevándose una papa a la boca.

—Podría estar sentada a mitad del parque, completamente sola, comiendo fish and chips ytomando cerveza, vestida en traje de gala y descalza.

—Tienes razón, que esté aquí conmigo lo hace menos patético.

—¿Gracias? —le respondió, ahora siendo él quien enarcaba la ceja—. Es pésima para los cumplidos, Miss Granger, en serio.

La expresión en el rostro de la joven había cambiado, su ceño fruncido había desaparecido y ahora volvía a ser la misma Hermione Granger que encontró al inicio de la noche. La Hermione de ojos brillantes y sonrisa pequeña. Tomó otro sorbo de su cerveza y le dio un mordisco al pescado frito de su improvisada cena.

—¡Hmmm! Esto es delicioso —murmuró cubriéndose la boca con una mano para no parecer maleducada—. Hace mucho tiempo que no comía uno de estos. Qué raro, ¿no? Prácticamente hay un restaurante de esto en… cualquier parte.

—¿Sabe? Hubo un tiempo en el que era adicto a esta cosa —Snape sonrió avergonzado de contar su terrible secreto mientras miraba lo que quedaba de su comida. ¿Por qué demonios había dicho eso? Tomó otra papa y se la llevó a la boca, — y era terrible porque solía llamar al chippy más cercano para pedir una y otra vez.

—Es que son tan deliciosas —volvió a murmurar la castaña, ocultando su boca llena—. Es como si el pescado y las papas te tomaran de la mano y te dijeran "Tranquilo, todo va a estar bien, comeme".

—Tal vez era exactamente por eso que las comía todo el tiempo —admitió quedito. Lo que acababa de compartir fue demasiado personal; sin embargo, no se arrepentía de compartirlo con ella. ¡Por favor! Estaban comiendo descalzos, este era un nivel de confianza que no había experimentado en mucho tiempo—. Te hacen sentir que, al menos, hay algo bueno en tu vida.

—¿Hay algo que quiera compartir con la clase, Sr. Snape?

Alguna vez, en su vida, Snape había leído alguna revista de psicología en el consultorio del Dr. Sharpe. En ella, un estudio de una universidad estadounidense mencionaba que era casi imposible ocultar secretos o mentirle a la persona que te gusta. Fue una lástima que Snape no llegara a esa parte del artículo, si no, hubiese estado preparado para cerrar la boca de inmediato. Ahora se encontraba ahí, sin más remedio que responderle a su interlocutora.

—Cuando… cuando me divorcié, bueno, siempre estaba demasiado cansado para cocinar… así que, solía comprar comida la mayor parte del tiempo. No te lo recomiendo, no es nada sano, en especial cuando el único ejercicio que haces es caminar de tu casa a la estación y de la estación a tu casa.

—No sabía que era divorciado, aunque creo que lo suponía —Su declaración llamó su atención. ¿Era tan obvio?

—¿Ah sí? ¿Cómo llegó a esa conclusión, Sherlock? —ella sonrió, encogiéndose de hombros, con aire inocente.

—Me gusta observar —respondió apartando la mirada, volviendo a su comida—. Primero pensé que eras de esos solteros empedernidos como Sirius, de esos que no quieren sentar cabeza nunca y andan de clase en clase intentado conquistar mujeres jóvenes —Snape rio. Tal vez Hermione era ciega, ella sería la única persona en todo el planeta que tendría el descaro de compararlo con Sirius—, pero no lo parecías, ni de cerca... Luego pensé: ¿Por qué un hombre de mediana edad viene a una clase de ballroom, un baile hecho para parejas, completamente solo? Esperaba que alguien lo acompañara en el trascurso de los meses, pero nadie nunca llegó de su brazo —algo envalentonada por su nueva se cercanía, lanzó el siguiente comentario—. O es que es siempre estuvo soltero o es que está divorciado.

—Voy a brindar por su "don" de deducción, Miss Granger —levantó su botella y la chocó con la de ella, provocando su risa—. Sí… fue hace como tres años —No sabía si estaba listo para hablar de eso, siempre evitaba el tema a toda costa, ni siquiera se había abierto con Lucius y, si éramos honestos, ni siquiera le era completamente sincero al Dr. Sharpe, pero por alguna razón, pensaba que Hermione podría comprenderlo, después de todo, había pasado por algo parecido. Ella sabía de primera mano lo doloroso que podía ser que tu pareja te engañara con alguien mucho más atractiva que tú—, aunque llevábamos tiempo separados. Fue extraño, ¿sabe? De la noche a la mañana, descubrí que ya no me amaba.

—Lo siento —Dijo con voz suave, esperando poder brindarle el mismo apoyo que él le brindó.

—Bueno, puede que no fuese de la noche a la mañana —admitió—. Debí ver las señales, fueron tan obvias, estuvieron ahí todo el tiempo. Los sentimientos no pueden cambiar de un día a otro, esto no es física pura, el cambio aquí lleva tiempo —humedeció sus labios tomando una pausa y continuó—, pero creo que estaba demasiado inmerso en mí mismo que nunca lo noté… Me gusta pensar que ambos fallamos. Tal vez más ella que yo o tal vez yo que ella, no lo sé, pero es un consuelo.

—No quiero sonar atrevida, pero ¿podría preguntar qué pasó? —su voz era casi un susurro, como si tuviera miedo de estar echando sal a la herida. Sus cejas castañas se curvaron hacia arriba, angustiada—. Esta bien si no quiere responder.

¿Estaba listo para esto? Habían pasado tres años, tres largos años en los cuales Valerie fue un fantasma en su vida, una puerta a la cual había echado llave y jamás intentó abrir otra vez. La terapia había ayudado, el hecho de que sus amigos evitaran mencionarla también, pero, desde su cumpleaños, parecía que su figura volvía para atormentarlo. No quería hablar mal de ella, fue su esposa y fue importante en su vida, pero Valerie había hecho cosas que, al igual que Miss Granger, le costaba demasiado perdonar y olvidar. Volvió a mirar a la castaña, a esos enormes ojos miel. Tal vez… tal vez podría hablar un poco.

—En nuestro séptimo año de casados, ella tuvo que viajar a Boston por trabajo. Habíamos planeado ir juntos, pero algo se presentó y no pude. Creo… creo que ese fue el más grande error que pude cometer en esos diez años de casados. Conoció a un hombre allá, un ingeniero americano unos tres años menor que ella quien resultó ser su colega, creo que se llamaba… ¿Carson? ¿Carlton? Algo con Car. Estuvieron enviándose mensajes y luego lo trasladaron a trabajar a Londres. Tal vez mi entonces esposa olvidó contarle que estaba casada —Snape dejó de lado las sobras de su cena, como que de pronto ya no tenía hambre—. Fui muy estúpido para no darme cuenta o tal vez ella era muy buena mintiendo. Sabes, estaba muy rara, ya casi ni hablábamos. Pensé que la terapia de parejas sería buena, me la habían recomendado antes… Y bueno, fue en una de esas sesiones cuando todo salió a la luz.

—Lo lamento, en serio, lo lamento. Se nota que la amaba.

—En fin... Granger, no me gusta hablar de esto. Es difícil, creo que… creo que al igual que usted, aún me cuesta trabajo cerrar ese capítulo. Parece que tres años no es suficiente para algunos —sonrió con tristeza. No quería seguir hablando de ella, no quería sonar como un ex esposo despechado, no quería hablar mal de su ex mujer. Fue feliz durante el tiempo que estuvieron juntos, pero Valerie fue y posiblemente seguía siendo una mujer complicada, demasiado complicada como para intentar develar el misterio y caos que fueron sus últimos años de matrimonio. Hermione no tenía palabras para consolarle, ni siquiera podía consolarse a ella misma—. Mis amigos la odian —admitió divertido, tratando de no sentirse tan incómodo—. En más de una ocasión los escuché llamarla "perra". Ya les dije que no lo hicieran, pero parece que ellos están incluso más ofendidos que yo.

—Lo entiendo —comentó, acercándose más a él, arrugando su nariz al sonreír—. Luego de Lavender, Harry dejó de hablarle a Ron, los tres éramos mejores amigos, ¿sabe? Fue difícil. Le dije que no tomara bandos, pero, bueno... A veces se ven, pero él dice que ya no es lo mismo. Ginny, Ginny jamás le va a perdonar lo de Lavender y eso que es su hermana... No sé en qué momento todo se fue a la mierda.

—Ya somos dos… Vaya imagen, ¿verdad? Dos estúpidos con el corazón roto.

Inesperadamente, Hermione dejó de lado su comida también y completó el espacio entre ellos, apoyando su cabeza sobre su hombro, cerrando sus ojos, permitiendo al profesor ver sus rizadas pestañas. Él se quedó quieto, sin atreverse a mover ni un músculo. Sus respiraciones se acompasaron poco a poco, volviéndose una sola bajo el alumbrado público. El aire fresco de la noche erizaba la piel de las piernas de la joven y a él, lo despeinaba. Se quedaron en esa posición un rato, mirando a la gente cerrar sus negocios, los autos pasar iluminándolos con sus luces amarillas y la lejana música de un vals haciéndoles compañía. Tenían tanto que decir, tanto que compartir, tanto de qué lamentarse, pero ninguno era capaz de encontrar las palabras apropiadas para sacar todo eso que cargaban en el corazón y la cabeza, así que el silencio estaba bien por ahora.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Por supuesto.

—¿Cuándo deja de doler?

—… Me he preguntado eso desde hace tantos años —le respondió luego de pensar un poco—. Parece que nunca. No lo sé, en mi experiencia, con el tiempo duele menos. Tal vez solo no ha pasado lo suficiente.

—Tal vez tenga razón —respondió conformándose.

—¿Qué edad tiene, Miss Granger? —preguntó de imprevisto, confundiéndola.

—22, cumpliré 23 en septiembre —¿Para qué quería saber su edad?

—22, ¿eh? Esos son… —cerró un ojo como si simulara hacer complicados cálculos—… son casi 20 años de diferencia. Muy bien, le voy a dar un consejo que le ahorrara esos 20 años de experiencia, así que escúcheme con atención —ella se reincorporó y lo miró expectante, abriendo ligeramente los labios y a todo lo que podía los ojos, casi parodiando los gestos que haría Luna—. No puedo creer que diré esto, es tan hipócrita de mi parte, pero usted necesita saberlo.

—¿Qué?

—… No es bueno que te quedes atrapada con una sola persona. Eres joven y tienes un futuro por delante. Ya quisiera yo volver a tener 22 años. Conocerás más cosas, conocerás más países, conocerás más personas y, eventualmente, volverás a enamorarte. No cargues con ese odio, no obtendrás nada de ello. Vivimos en un planeta de, no sé, 7 mil millones de habitantes, es matemáticamente imposible que solo te enamores de una persona en toda tu vida.

Los ojos de Hermione brillaron por el reflejo de la luz y asintió tímidamente. Una sensación cálida se instaló en el corazón de ambos, como una tibia manta en un día de invierno.

—Vamos ya, está empezando a hacer frío.


—Muchas gracias por acompañarme. Sé que fui una molestia toda la noche y… —

—No digas eso, no lo fuiste —la interrumpió. Ambos estaban calentitos en el auto, estacionados frente a la casa de Snape. Habían llegado a Southfields más rápido de lo esperado.

—Claro que sí. Te aburrí con mis problemas amorosos.

—Yo también —exclamó—. Al menos me divertí bailando.

—Yo también. Es un buen bailarín, Severus.

—¿Ya dejé de ser el Sr. Snape? —preguntó inclinando la cabeza y fingiendo seriedad.

—Lo siento, es solo que… creo que hemos dicho tanto esta noche que ya puedo tutearlo, ¿verdad? —respondió avergonzada—. Eres un buen bailarín, Severus.

—Tengo una buena maestra —¿Ahora qué? Esto se había vuelto extraño. Tal vez ya habían pasado demasiado tiempo juntos para una sola noche

— Ok… creo que es mejor que me vaya, ya es tarde —comentó desbloqueando la puerta, una invitación formal para pedirle que se bajara del vehículo.

—Sí, sí, yo… Buenas noches,Herm... Miss Granger —le tendió la mano y luego bajó del auto. Hermione se quedó en silencio, mirándolo caminar hasta su casa. Justo cuando estaba por abrir la puerta, escuchó el sonido del claxon y se giró a ver qué pasaba

ー¡Snape! —gritó, sacando el auto del lugar donde había aparcado para continuar su caminoー Hermione está bien. ¡Buenas noches!—se despidió con una mano y siguió de largo, perdiéndose en las calles de aquellos suburbios.

—Buenas noches, Hermione.


LAS CANCIONES NO DEBERÍAN DURAR MUCHO, SON SOLO DOS MINUTOS. LAS PRIMERAS SON LAS VERSIONES ORIGINALES Y LAS SEGUNDAS SON LAS VERSIONES DE COMPETENCIA. LA VERDAD ES QUE SON CASI LAS MISMAS.

(1) España Cañi Pascual Marquina Narro/ Pasodoble versión – John Altman

(2) Magalenha Normal version/ Ballroom version – Sergio Mendez

(3) I like it (like that) Pete Rodriguez /Chachachá version

(4) Libertango Astor Piazzolla

(5) It don't mean a thing Tonny Bennett & Lady Gaga / Quickstep version - Dj Ice

ESPERO QUE LES GUSTE, ME ESFORCÉ MUCHO, REALMENTE NO ESPERÉ QUE ME QUEDARA TAN LARGO. DECIDÍ QUE SIEMPRE NO QUIERO DIVIDIR EL CAPÍTULO EN DOS PARTES, ASÍ QUE ESTE ES OTRO. BUENO, NO TENGO MUCHO QUE DECIR, ESTA SEMANA HA SIDO ESTRESANTE, ASÍ QUE AL MENOS ME QUITO UN PESO DE ENCIMA AL PUBLICAR ESTO. DIGANME QUE LES PARECIÓ, MUCHAS GRACIAS POR APOYARME! QUÉ TENGAN UNA BONITA SEMANA, BESOS, CHIQUIS!