CAPÍTULO 11

La temporada de calor empezó a mitad de junio. Inglaterra no era un país cálido, ni siquiera en verano, pero había días en los cuales el calor era tan insoportable que Snape se veía obligado a dormir descalzo, con la ventana abierta y la habitación previamente refrescada por un ventilador. Incluso, Lamarck ya no quería dormir junto a él. El perro blanco prefería dormir en el patio, donde al menos corría aire fresco. La famosa ola de calor europea había llegado a las islas británicas. Tal vez era tiempo de otro corte de pelo para ambos, especialmente para el perro. Su hermoso y suave pelaje resultaba tan molesto durante esos días, que Hermione solía comentar que, durante sus paseos, era indispensable detenerse cada tanto para que el perro se hidratara.

En Earl's Court, la profesora mandó a traer un ventilador azul que hacía ruido cada vez que giraba a la derecha y lo dispuso en una esquina del salón de baile. Del mismo modo, ordenó abrir todos los ventanales durante las horas de clases, a pesar de que ello provocaba que el ruido de la calle entrara al salón. Sin embargo, se agradecía la inteligente decisión, era una misión imposible bailar en un ambiente donde no corría ni una mísera corriente de aire.

Aún quedaban al menos una semana y algo para que el año escolar por fin terminara y el colegio hiciera la ceremonia de despedida —la cual consistía en llevar a los alumnos a la estación King's Cross para desearles un buen viaje en su regreso a sus respectivas ciudades natales—, pero para llegar a eso, Snape todavía tenía que pasar por los exámenes finales, terminar los talleres de física de la selección del colegio, terminar de calificar proyectos y trabajos finales —los tan conocidos "salvavidas" —y preparar el examen sustitutorio —o suplicatorio— en el caso de que los alumnos no pasaran su examen final lo cual, casi siempre, terminaba pasando. A todo eso, se le sumaba sus constantes videollamadas con el resto de su equipo de trabajo que, a veces, duraban toda la tarde. Así que, entre el trabajo y las clases de ballroom, estaba infinitamente agradecido de que Hermione lo ayudara con sus responsabilidades como padre de un cachorro de samoyedo mestizo y muy hiperactivo.

Lamarck parecía disfrutar al máximo de su nueva cuidadora y era fácil monitorearlo durante el día, Hermione actualizaba sus estados e instastories casi religiosamente con videos de ella jugando con el perro ya sea en su patio, en el parque e, inclusive, en la veterinaria pues la castaña tuvo la iniciativa de llevarlo a cortar su pelaje en cuanto notó lo incómodo que el perro se sentía.

No obstante, el perro no era el único que disfrutaba de este cambio, Hermione pareció renacer ahora que tenía al susodicho can como compañía. Era como ver una rosa florecer: su cabello castaño volvía a tener ese brillo sano, su piel retomó el color propio de una persona que recibe su dosis diaria de vitamina D, incluso la notaba más parlanchina de lo usual cada vez que les tocaba bailar juntos en clase. Llegaba aproximadamente entre las 10 y 10:30 y luego pasaba dos horas con el perro hasta el mediodía, para asegurarse de que tuviera su segunda comida del día. A veces ella misma compraba algo y almorzaba en la casa de Snape, dejando todo limpio con el fin de que ni siquiera se notara que estuvo ahí.

Aunque, la única prueba de que la castaña estuvo en esa casa recaía en la "misteriosa" aparición de nuevos juguetes en el baúl de Lamarck. Peluches, pelotas, sogas, huesos de plástico, juguetes sonoros, entre otros más. Incluso apareció un par de zapatos, muchas tallas menores que los de él. No tenía que ser un genio para saber que ese par viejo de calzados pertenecían a Miss Granger y pronto, era casi imposible no encontrar al perro sin el par izquierdo en su hocico.

Snape se pasaba los días en Hogwarts con sus alumnos o encerrado en su estudio, en la primera planta de su casa, pero los días que podía darse un tiempo, iba directo a Earl's Court donde lo esperaban con ansias. Era extraño para él saber que, en algún lugar, un grupo de "desconocidos" realmente lo estaba esperando y querían pasar esas siguiente dos horas con él. En tan solo cuatro meses, sentía más cercanía con ese reducido grupo de bailarines que con su grupo de amigos de toda la vida. No quería admitirlo, pero los extrañaba, incluso extrañaba las conversaciones sin sentido de la joven Lovegood la cual era la primera en alegrarse cada vez que lo veía cruzar la puerta.

—Todos conmigo, atentos. Iniciamos siempre con pierna izquierda. Cinco, seis, siete, ocho. Izquierda, dos, tres y cuatro. Izquierda, dos, tres y cuatro. El pie de atrás en media punta, Sirius. Uno, dos, tres, piso. Uno, dos, tres, piso. Neville, esos brazos están muy flojos, ponle ganas.

Minerva solía estar muy aletargada por el calor en el aula, así que solía sentarse junto al ventilador, mirando atentamente a sus alumnos mientras que Hermione era la encargada de hacer todo el trabajo físico frente al espejo para que los alumnos, tras ella, pudieran imitarla. Las ventajas de ser la jefa. Aunque a la castaña parecía no molestarle, es más, parecía divertirle.

—Luna, estás marcando el tiempo con la pierna derecha, corrige eso —decía cada tanto, cuando todos creían que ya se había dormido por el calor, pero estaban completamente errados—. Sr. Snape… usted lo está haciendo bien, siga así.

A pesar de casi no estar asistiendo, Snape se esforzaba por no dejar la práctica, no quería echar a perder todo el avance que había logrado durante esos meses por lo que, durante los intermedios que se tomaba para descansar la mente y estirar las piernas, solía adoptar poses propias del baile de salón a modo de ejercicio. En múltiples ocasiones, Hermione lo había encontrado practicando por los pasillos del primer piso de su casa. La castaña solía ocultarse detrás de algún mueble y contenía la respiración para que él no notara su presencia. Le inspiraba orgullo y hasta ternura. Durante las clases, lo dejaba claro y en cuestión de un par de sesiones más, Snape se volvió su alumno predilecto.

Pero mientras que por una parte todo iba bien; en Hogwarts, las cosas no estaban tan tranquilas.

—Chicos, por favor —pidió por enésima vez—. Ya se acaba el año, esfuércense. No quiero trabajar en vacaciones.

El grupito de cuarto año lo miraba atentamente desde sus asientos en el laboratorio de química. ¡Había dicho por favor! ¡Esto iba en serio! Cada año, días previos a la última evaluación del ciclo escolar, los tutores de cada salón se veían en la obligación de darles una "charla motivacional" a los alumnos, que ellos creían, repetirían el año. A pesar de que Snape, como ya se sabe, no era tutor de ningún salón, en esta ocasión cumpliría ese papel en reemplazo de Lupin. El profesor de Biología había tenido una emergencia familiar por lo que se vio en obligación de irse corriendo, dejando a sus alumnos en las "capacitadas" manos del profesor de Química.

"No me demoro, en serio, hazme este favor, ¿sí? Gracias" dijo el castaño sin dar oportunidad de responder y luego salió corriendo con dirección desconocida. Ahora Snape se encontraba ahí, de pie, frente a nueve alumnos, tratando de no sonar desesperado.

—El profesor Lupin es demasiado amable para decírselos, pero ustedes forman parte del peor grupo y están así de cerca de repetir el año —continuó, enfatizando con sus manos su punto—. Piensen en sus pobres padres, ellos trabajan todos los días para que ustedes estén aquí estudiando, no perdiendo el tiempo ni malgastando el dinero de esta forma —si ya estaban en un silencio incómodo, este evolucionó a uno sepulcral al grado que ni siquiera parecían estar respirando. Incluso pudo ver por el rabillo del ojo a una alumna aguantándose el llanto, demasiado afectada en la consciencia por sus palabras—. Si no quieren estudiar, díganselo y eviten que sigan gastando su dinero. Ustedes están pagando por su educación, se les explica una, dos, tres, las veces que sean necesarias para que les quede claro, pero mucho de ustedes ni siquiera van a clases y si lo hacen, están pensando en otras cosas. Ni siquiera preguntan por las tareas. Afuera, hay muchos niños que quieren estar aquí en su lugar —esa fue la frase detonante para que la jovencita por fin soltara sus lágrimas—. Solo les queda dos días para el examen y luego se subirán a ese tren y adiós. Así que, por favor, póngale ganas, chicos.

Sus alumnos estaban sentados cabizbajos, mirando las superficies lisas de sus carpetas. Alguno que otro se enjugaba las lágrimas. Sabía que sus palabras habían tocado hondo dentro de ellos, pero tal vez no del modo en que él esperaba. Sin embargo, ellos necesitaban eso, una buena sacudida y algo de mano firme… o al menos eso creía.

—Ya pueden irse. Estudien y suerte con su examen, la van a necesitar —en cuanto cerró la boca, el salón se vació. Los alumnos tomaron sus cosas y huyeron de ahí, lo más seguro que al baño para limpiarse los rostros.

Había salido bien.

—¿Por qué Jane está llorando en el baño? —preguntó la profesora Vector a quien se encontró cuando salía del salón— Me la encontré hace un momento y está llorando como una Magdalena. ¿Qué no estaba en tu salón? ¿Sabes que le pasó?

Tal vez no tan bien.

—Ni idea.


Snape iba sentado en uno de los asientos traseros de los vehículos propios del colegio. Desde que habían salido del estacionamiento de Hogwarts, Snape se la pasó con los brazos cruzados y el ceño fruncido, protestando en silencio como todos los años. Sus otros colegas, acostumbrados a sus rabietas infantiles como siempre, lo ignoraban magistralmente, prefiriendo ocuparse en sus propios asuntos o participar en su charla casual. Atrás de ellos, en otros vehículos, los numerosos alumnos que volverían a sus ciudades natales los seguían de cerca, haciendo un alboroto propio de su edad, secundados por los respectivos prefectos que viajaban con ellos.

El destino era King's Cross, una de las estaciones de ferrocarriles más importantes de la capital, donde, desde 1950, Hogwarts tenía un convenio con la estación para que dos días al año, la estación pusiera a disposición del colegio cuatro trenes para transportar a sus alumnos a las diferentes partes de Gran Bretaña. Los famosos Expresos Hogwarts. Considerate afortunado si podías viajar en alguno de esos trenes, pues era un evento que solo ocurría dos veces al año.

Al llegar a su destino, los profesores y el personal de la estación ayudaron a los alumnos a transportar sus baúles por la estación, hasta llegar a la mitad de las plataformas 9 y 10 donde se despedirían y luego cada uno tomaría el tren que les correspondiera. Ahí, los esperaban otro grupo de alumnos, los que vivían en Londres, con carteles de despedidas hechos a mano para sus amigos.

A Dumbledore le encantaba el día de la despedida, le gustaba ver como sus estudiantes cultivaban ese espíritu de compañerismo y se juraban escribirse todos los días —incluso los alumnos de sexto año estaban ahí, despidiendo a la promoción quienes, a su vez, se juraban no perder contacto y reencontrarse seguido—; sin embargo, él no era el único al que le gustaba ese día.

—LO AMAMOS PROFESOR LUPIN —gritaron algunos alumnos de último año sosteniendo cartulinas de colores con unos pintorescos collages de fotos donde le protagonista era nada más y nada menos que el castaño.

—¡Algún día me casaré con usted, profe! —gritó alguien en medio del bullicio.

—Usted siempre será mi crush —gritó otro.

El pobre profesor estaba tratando de ocultar lo avergonzado que se sentía, pero sus orejas ya se habían puesto rojas y seguirían así durante toda la sesión de fotos que sus alumnos exigían. Más allá, estaba la profesora Sprout, abrazando a su pequeño grupo de primer año, los cuales andaban como pequeños pollitos, juntos y piando con sus agudas voces. La profesora les deseaba un buen viaje, que se cuidaran y que no hablaran con extraños durante el trayecto, casi tan preocupada como si fuera su madre.

—Estoy muy orgulloso de ti. Sé que ha sido un año difícil, pero lo lograste, Andrews, ya te graduaste —decía Flitwitck a una de sus alumnas, la cual estaba llorando frente a él debido a todos los sentimientos encontrados—. Has sido mi mejor alumna y estoy orgulloso de haber sido tu maestro. Te deseo mucha suerte en Cambridge, sé que serás una gran abogada. Espero verte llegar muy lejos.

—Gracias, profesor —la jovencita saltó hacia él y lo abrazó por última vez—. No le voy a fallar.

Al fondo, podía ver a Vector y Sinistra, ayudando a los alumnos más pequeños a ubicarse en la plataforma y asegurándose de que tuvieran todos sus equipajes y boletos a la mano. Incluso madame Pince, la bibliotecaria estaba ahí, intercambiando algunas palabras con los alumnos que más frecuentaban su sala de estudio.

—¿Ya te despediste, Severus? —no necesitaba voltear para saber que Dumbledore estaba a su lado, sonriente como siempre, despidiéndose con la mano de un grupo que se dirigí al andén número 10.

—Desde que salimos del castillo —respondió monótono—. ¿Ya me puedo ir?

—No hasta que el último alumno suba a su tren, ya conoces las reglas —otro grupito de alumnos paso frente a ellos y al menos un valiente se acercó a despedirse del director con un firme apretón de manos y, por ende, del profesor Snape también—. Deberías aprovechar en despedirte de los de séptimo año, es la última vez que los verás.

—Estoy bien aquí.

—Vamos, hijo, no seas grosero. Mira que lindos se ven despidiéndose del profesor Lupin.

Ya lo sabía, no necesitaba verlo.

—Profesor Snape —ambos adultos inclinaron sus cabezas para encontrar a un par de alumnos de primer año, temblando juntos, demasiado asustados como para pronunciar alguna palabra. Snape los conocía, bueno, conocía a todos sus alumnos en general, pero sobre todo a ese par: eran Rulos y Gafas. Eran los únicos dos que habían sacado un sobresaliente en sus exámenes de Química. Aún no sabía quién había copiado de quién—, director Dumbledore.

—Hola, James. Hola Marcus —respondió el mayor al ver que Snape no pensaba contestar—. ¿Ya están listos para regresar a casa?

—Sí, director Dumbledore —los alumnos se quedaron de pie frente a ellos, codeándose el uno al otro para ver quien hablaba primero.

—¿Hay algo que quieran decir, jóvenes?

—Eh, sí, eh —empezó Marcus, el más alto de los dos—, James quería decirle algo al profesor.

—¿Qué? ¿Yo? —le respondió el otro, nervioso—. Eh, sí, eh… Los dos, Marcus y yo, queríamos agradecerle al profesor Snape por su apoyo este año.

—Y por no desaprobarnos, sobre todo cuando casi destruimos el autobús escolar.

—Sí, eso también —finalizó. Oh, cierto, el desastroso viaje al Museo de Historia Natural. Fue una lástima que el seguro no cubría el autobús—. Así que queríamos desearle que pase unas buenas vacaciones y a usted también, director Dumbledore.

—Gracias, James. Gracias, Marcus —respondió el hombre de cabello cano—. Espero que ustedes dos también pasen unas buenas vacaciones en Liverpool, ¿verdad? —ellos asintieron— Que tengan un buen viaje, muchachos. Tomen —sacó de sus bolsillos un par de caramelos de limón y le dio dos a cada uno—, aunque creo que podrán comprar más dulces en el carrito.

Albus Dumbledore se giró para ver a su docente y los dos niños lo imitaron, los tres esperando por una respuesta por parte del pelinegro. Por su parte, Snape estaba estático sin saber que decir detrás de su tan conocida máscara de indiferencia. Era la primera vez en todos esos años trabajando como profesor en los que algún alumno había ido a despedirse de él voluntariamente. ¿Qué debía decirles? ¡Ni siquiera recordaba sus nombres! Para él, James era "Rulos" y Marcus, "Gafas".

—Gracias —soltó luego de un rato—. Que tengan buen viaje, jóvenes. No destruyan el tren.

Al menos les arrancó un par de risitas.

—Bueno, se hace tarde. Gracias, director Dumbledore. Gracias, profesor Snape. ¡Adiós!

—¡Sí, adiós!

Los niños salieron corriendo rumbo al andén ocho, empujando sus carritos donde transportaban su equipaje. Ambos profesores se quedaron mirándolos hasta que desaparecieron. El ojiceleste tenía una sonrisa mal disimulada en su rostro y lo observaba a través de sus gafas de media luna. Snape conocía esa mirada, él quería decirle algo e iba a explotar si no lo hacía —¿Qué?

—¿Viste eso?

—¿Ver qué?

—Por fin los alumnos vienen a ti. ¡Es un gran logro, Severus! —exclamó enérgico—. Significa que te estiman mucho.

—Ay, sí, claro. Y el próximo año me nombrarán su tutor —respondió con sarcasmo—. Tampoco exageres. ¿Cómo sé que no fuiste tú quien les pidió eso?

—Por favor, Severus, no empecemos —Dumbledore puso los ojos en blanco y le dio la espalda, alejándose por la plataforma—. No quiero pelear, no hoy.

—Yo sí, de hecho, me encantaría —siguió, el director se dio por vencido y decidió irse de regreso al autobús—. No me ignore, puedo seguir todo el día y lo sabe.


Aprovechando que su agenda por fin regresaba a la normalidad, Snape fue a visitar a Lucius saliendo de una reunión con su equipo de trabajo. Tomó un taxi hasta las empresas MALFOY CO. en la pequeña City de Londres, uno de los distritos financieros más importantes de todo el mundo y donde diariamente se compraban y vendían productos financieros por valores por encima de los dos billones de dólares. El edificio de MALFOY CO era una de las joyas de dicho distrito, un hermoso y alto edificio simétrico construido a base de brillante acero y doble vidrio polarizado que, por naturaleza, simulaba un espejo. Estaba relativamente cerca al 30 St. Mary Axe y destacaba fácilmente entre la elegante y algo extraña combinación de arquitectura antigua y moderna.

El interior era ostentoso, con una paleta fría predominante por grises y blancos. El vestíbulo, al igual que otras plantas del edificio, estaba decorado por cuadros Art Deco y esculturas modernas de cerámica o metal, tal vez una que otra planta. Incluso los empleados del lugar se destacaban con sus pulcros uniformes verdes y cabellos perfectamente peinados. Lucius solía decir que cada empleado lo representaba a él, por lo que era política de la empresa no lucir desarreglados, como si acabaran de bajarse del transporte público.

Les pago por trabajar aquí, lo mínimo que espero de ellos es que no espanten a mis socios con su aspecto.

Tal vez la mejor parte de todo el edificio era la vista de la oficina del dueño, en la parte más alta. ¿Por qué todos los ejecutivos tenían que estar en la cima de sus edificios? Pues la respuesta, según Snape, era por la vista panorámica que la altura les regalaba: la industrializada Londres con sus edificios modernos y antiguos, su cielo despejado y, a lo lejos, los puentes que atravesaban el Támesis.

—Me alegra que pudieras venir, ya ha pasado un tiempo desde la última vez que te vi, te desapareciste de la nada. Narcisa tenía miedo de que hubieras muerto —comentó el rubio detrás de su escritorio oscuro, dándole la espalda a la maravillosa vista.

—Estuve ocupado —respondió tomando un sorbo de líquido ambarino que su interlocutor amablemente le había ofrecido—. El año escolar terminó hace muy poco y ya sabes cómo es, fueron días terrible, pero por fin me deshice de esos mocosos, al menos hasta septiembre.

—Ya era hora. No sé cómo soportas a tantos niños —Lucius se llevó su propio vaso de Whisky a sus labios y disfrutó de su fuerte sabor—. Me volvería loco. Creo que por eso solo tuve un hijo.

—No decías lo mismo cuando Draco estudiaba en Hogwarts y yo era su profesor.

—Eso era porque necesitaba a alguien que lo vigilara mientras no estaba en casa. No sabíamos con qué clase de personas se iba a juntar.

—¿Y por eso también decidiste convertirte en el presidente del Consejo Escolar? —preguntó enarcando una ceja y sonriendo de lado, sabiéndose ganador.

—No iba a dejar que fuera exclusivamente Albus Dumbledore quien se encargara de la educación de mi hijo. No cuando está a favor de la oposición en el Parlamento. Por eso me resultaba provechoso que tú estuvieras ahí.

—Sí. Claro —le siguió la corriente.

Por más que lo quisieran negar, Snape conocía a la perfección como Narcisa y Lucius Malfoy se desvivían por su único hijo a tal punto de haber montado todo ese circo en el Consejo Escolar solo para estar pendiente que todas las actividades en la escuela fueran del agrado de su hijo. Por supuesto, que él hubiese ingresado a Hogwarts fue gracias a ellos, necesitaban a alguien de confianza que cuidara del bebé Draco… y él necesitaba un trabajo.

—En fin, cambiando de tema. ¿Cómo es eso de que ahora tienes una niñera? —¿Y cómo es que sabía eso? No se lo había dicho a nadie, excepto…—. Cuando Draco me lo dijo no podía creerlo.

Ah, claro, Draco. Tan chismoso como sus padres, ya no le volvería a contar nada.

—Es por cuestiones de horarios —explicó—. Estaba muy ocupado y Lamarck necesitaba alguien que lo sacara a pasear. Se lo iba a pedir a Draco, pero recordé que está en finales.

—Entiendo esto de que te sientas solo y quieras un perro, también entiendo todos los cuidados que conlleva debido a su estado —empezó el rubio, dándole vueltas al asunto. Conocía esa estrategia, siempre lo hacía antes de dar su "humilde opinión" cuando algo no le parecía—, pero ¿no te parece que contratar una niñera es demasiado? Estás malcriando a ese perro.

—En primer lugar, no es un perro, es mi hijo y mi dinero y yo puedo malcriarlo como se me dé la gana —empezó, acusándolo con su dedo índice, sorprendiendo a su contraparte—. En segundo lugar, ¿cómo te atreves a hablar de malcriar cuando eres tú quien suelta dinero cada vez que Draco abre la boca? Sin mencionar el auto del año que le compraste a pesar de que Narcisa había dicho claramente que no.

—No puedo argumentar contra ello, ¿verdad? —soltó en un suspiro— En mi defensa, al menos tu "hijo" no habla, así que no tienes que escuchar todo el día sus caprichos —se preguntó qué diría Draco si escuchara esto, aunque podía entender a su amigo. Ser padre de Draco Malfoy era un trabajo exigente, pero ser hijo de Lucius Malfoy también lo era—. En fin, nunca pensé que necesitarías una niñera, ya sabes. ¿Cómo así conseguiste una? ¿Pusiste un anuncio?

—Conozco a alguien que le gusta los perros y tiene tiempo libre. En realidad, fue sencillo y ha sido de mucha ayuda. Sentía que iba a morir con niños en el aula durante la mañana y un perro hiperactivo en casa por las tardes.

—Y ¿cómo es tu nuevo servicio de niñera? ¿Algún niño de tu cuadra necesita dinero y tiene mucho tiempo libre? ¿Cuánto te está cobrando?

—En realidad, no me está cobrando nada —le respondió como si no importara.

—¡¿Qué?! —exclamó abriendo sus ojos grises— ¿Por qué alguien trabajaría gratis para ti?

—Ella me está haciendo un favor —comentó, bajando un poco la voz, revolviéndose algo incómodo sobre su asiento. Se esforzaba mucho en calmar esos latidos rápidos de su corazón cada vez que tocaba un tema que de alguna forma se relacionaba con la castaña—, aunque igual le dejo dinero de emergencia por si acaso.

—¿Ella? —preguntó curioso— ¿Me estás hablando de una niña? —él conocía esa mirada ladina y ese tono de voz oscuro. Había hablado de más y ahora debía asumir las consecuencias de su error—. ¿o de una mujer?

¿Qué tal una mezcla de ambas?

— Es solo alguien que me está ayudando. A Lamarck le agrada y a ella también. Además, es solo algo temporal hasta que mi horario vuelva a la normalidad y, como ya estoy en vacaciones, ya no requiero de sus servicios.

—Sigues sin responder a mi pregunta. ¿Es linda? ¿Qué tal es de rostro? ¿Cuerpo? ¿Es soltera? Lo más importante, ¿edad?

Sí, Snape, ¿edad?

—No sé para qué te estoy contando esto. Es una conocida, una amiga, y me está haciendo un favor, es todo. No tienes por qué inventar cosas donde no hay nada. ¡No hay nada!

—Negarlo te delató —exclamó—. Mira, yo sé que has pasado por cosas difíciles estos años, pero ya ha pasado mucho tiempo y yo creo que ya es momento de empezar de nuevo, volver al ruedo, salir de cacería, dile como quieras, pero creo que ya pasó un tiempo prudente y una buena forma de retomar el juego podría ser la linda, espero, niñera de tu perro.

—No.

—¡Vamos!

—Lucius, ¿no te lavaste los oídos hoy? Te dije que no. Yo no quiero salir con nadie, no me gustan las citas, no me gustan las personas, estoy feliz con mi soltería. ¿Entendido? —dijo amenazante, levantando ligeramente la voz— Estoy feliz y tranquilo en mi casa con mis cosas: mis libros, mi televisor y mi perro y no necesito que nadie, y mucho menos una mujer, cambie eso.

—Lo dices porque estás fuera de práctica y tienes miedo, pero coquetear es como… como montar en bicicleta —exclamó enérgico, dejando su vaso vacío sobre la superficie del escritorio. Tal vez no fue una buena idea servirse un tercer trago—, no se olvida, solo debes volver a practicar. Mirame a mí, llevo 24 años casado, a nada de los 25 y, a pesar de que no lo práctico, quiero aclarar, no se me olvida. Solo necesitas tener confianza, ver a un experto en acción y tomar notas.

—No sé si Narcisa aprobaría lo que estás diciendo —Snape puso los ojos en blanco y de un solo sorbo, se acabó el alcohol de su vaso.

—Sé completamente sincero. ¿Cuándo fue la última vez que coqueteaste con una mujer? No importa si solo fue una vez, solo dime cuándo fue.

—Lucius… —susurró entre dientes, algo irritado. Su vida privada era su vida privada, no quería hablar de ello.

—Dime —¡Carajo! Ese hombre era insufrible.

—… ¿Recuerdas ese viaje un año después de que me divorcie? Cuando fuimos con Rodolphus y Nott a Liverpool. Pues… coqueteé con la mesera del restaurant donde cenamos nuestra última noche —Lucius trató de hacer un esfuerzo por recordar, pero en realidad no había nada resaltante de esa noche—. No salió bien, es todo lo que diré.

Obvio que no había salido bien. Siempre supo que el alcohol le daba valor, pero tal vez aquella única copa de vino le había dado demasiado. Envalentonado, Snape se acercó a la joven mesera tratando de darle algún halago mal ensayado. La joven, una señorita pelinegra tal vez un par de años menor que él, le había sonreído al inicio, pero al final esa sonrisa se transformó en una mueca cuando Snape se quedó en blanco, sin saber qué decir y —aceptando su derrota— regresó a su mesa por su abrigo, anunciando que se iría a dormir temprano, que "estaba muy cansado".

—Mira y aprende del experto, luego lo intentarás tú —El hombre rubio se inclinó sobre su escritorio y presionó el botón de su intercomunicador, llamando a su secretaria sin aparente motivo alguno—. ¡Emily! ¿Puedes venir y traeme un café, por favor?

De inmediato, señor —se escuchó en respuesta.

—¿Qué demonios? ¡¿Qué estás haciendo, Lucius?!

—Mira y aprende.

Emily, la secretaria de presidencia, tocó las grandes puertas de madera antes de hacer su aparición. Emily era una joven pelirroja, esbelta y de ojos grandes, cuyo uniforme verde perfectamente planchado se ceñía a su admirable figura. Conocía a Emily desde hace cuatro años, era una joven de mirada inteligente y delicadas facciones, así como de agradable voz. Siempre era amable y parecía que nada pudiese molestarle. Asimismo, en todo el tiempo que la conocía, siempre asociaba la imagen de Emily con la de un reloj, ella era la puntualidad hecha mujer. De no ser por la pelirroja, Lucius nunca podría llegar a tiempo a ningún lado.

—Permiso, señor —la joven empujó la puerta con la espalda pues, en sus manos, traía una bandeja mediana con dos tazas de café, azúcar y cucharitas. A pesar de su apariencia frágil, sabía que ella era totalmente capaz de lidiárselas con su "desalmado" jefe y sus locuras. La señorita dejó la bandeja sobre el escritorio en silencio, colocando las tazas de café respectivamente frente a cada caballero y, luego, procedió a recoger los vasos—. ¿Algo más, señor?

—No, eso es todo, Emily… ¿Esos aretes son nuevos? —cuestionó de repente, mirándola fijamente con sus profundos ojos grises y sonrisa de lado, seductora. La pelirroja, en evidente sorpresa, abrió los ojos sin saber que decir. Una delicada mano subió indirectamente hasta su oreja izquierda, tocando uno de sus pendientes.

—No, señor —susurró, tratando de mantener la compostura—. Los tengo desde hace tiempo, fueron un regalo de mi madre —Snape ocultó su sonrisa con una de sus manos. ¿No qué el experto?

—Es la primera vez que los veo.

—Es la primera vez que los uso aquí, señor —respondió levantando la bandeja, preparada para partir. Por un momento, sus ojos azules se desviaron hacia los oscuros de Snape, como si quisiera verificar que no se trataba de una broma o algo parecido. Sin embargo, no pudo obtener nada de él, Snape era una estatua, impasible e indescifrable.

—Pues, deberías usarlos más seguido, te quedan muy bien, combinan con tus ojos —A continuación, le regaló una de esas sonrisas galantes que tenía desde sus años de adolescente y le guiñó un ojo—. Un hermoso azul celeste.

—… —las mejillas de Emily enrojecieron, otorgándole el mismo color de sus labios delgados. Sus ojos se abrieron a todo lo que pudieron y parpadearon un par de veces. Por un momento, Snape pensó que Emily se parecía a uno de esos emojis del teclado de su celular—. Ah, gracias, señor. Es muy amable.

—Ya puedes irte y dile a Monraquetty que quiero ese informe para mañana a primera hora o que mejor no lo entregue nunca y vacié el escritorio… ya sabes que decirle.

—Sí, señor. Con permiso, señor.

Los dos hombres observaron atentamente a la joven secretaria tomar la bandeja e irse por donde llegó, sin decir nada, apresurando a Emily a esconderse detrás de su escritorio. Cuando la puerta por fin se cerró y unos prudentes diez segundos pasaron, asegurando de esa forma que la pelirroja estuviera lejos, Snape se giró a ver a su amigo, con el ceño fruncido y dijo:

—Eso no es coqueteo, eso se llama acoso laboral. Pobre Emily. Si yo fuera ella, renunciaría.

—¿No viste como se puso? ¡Se sonrojó! —exclamó recostándose en su cómodo asiento, satisfecho con su actuación— No pierdo mi toque. ¿Notaste lo de los ojos? Tienes que mirarla siempre a los ojos. No arriba, no abajo, por más tentador que sea, siempre a los ojos. Cuida el tono de la voz, tienes que sonar confiado, pero no como un patán. Un cumplido amable, que no sea nada rebuscado. Puede ser el cabello o algún accesorio pequeño, busca los detalles y la sonrisa, no olvides sonreír… o, en tu caso, mejor no lo hagas, por favor, no sonrías.

—Sabes, creo que dejarte solo con Narcisa durante tanto tiempo te está haciendo daño. Será mejor que me vaya —anunció levantándose—, no vaya a ser contagioso.

—No, no, no. Ahora es tu turno.

Y en menos de lo que podía chasquear los dedos, Lucius Malfoy se levantó de su silla y tomó a su amigo pelinegro del brazo, saliendo de la oficina y yendo a toda marcha por el pasillo, dejando a la confundida Emily detrás de su escritorio. Tomaron el ascensor hasta el lobby donde Lucius lo retuvo detrás de la pared, lejos del perímetro visual de las dos recepcionistas de MALFOY CO.

—¿Cuál es más bonita?

—¿Qué? No voy a ser parte de tu…—

—¿Cuál te parece más bonita? ¿Gema o Rebecca? —Snape asomó la cabeza por el pasillo, evitando ser visto. Las dos recepcionistas le daban la espalda. Ambas jóvenes eran hermosas pues eran el rostro de la empresa, las primeras personas que veías al llegar, pero a su gusto, la rubia Gema superaba por poco a Rebecca.

—Gema.

—Entonces, ahora ve y habla con ella.

La verdad era que, en todo el tiempo que ellas llevaban en la empresa, en contadas ocasiones había hablado con ellas. Además de "Buenos días/tardes", "Gracias, hasta pronto" y "¿Se encuentra el Sr. Malfoy?", Snape no había intercambiado palabras con ninguna de las dos.

—¡¿Qué?! ¡NO! ¿Qué carajos le voy a decir?

—No sé, improvisa. Anda.

El rubio lo empujó, dejándolo en evidencia frente a las jóvenes empleadas. Las señoritas levantaron silenciosas la mirada y luego la volvieron a enfocar frente a las pantallas de sus ordenadores blancos. Snape se giró y encontró al dueño del lugar todavía oculto detrás de la pared, dándole ánimos. Snape tragó saliva y avanzó unos pasos hacia la recepción. Algo le decía que esto no iba a salir bien. La joven estaba muy tranquila trabajando, él no debería estar ahí.

—Hola —dijo casi en un susurro, pero debido a que la habitación estaba en silencio y era enorme y producía eco, se escuchó más fuerte de lo que esperaba.

—Buenas tardes, Sr. Snape —respondió Gema, regalándole esa sonrisa ensayada que le daba a todo aquel que cruzaba las puertas de cristal de la entrada.

Snape se quedó en blanco, sin saber que decir. ¡¿POR QUÉ ERA TAN DÍFICIL?! Al ver que no respondía, Gema bajó la mirada y volvió a la pantalla de su computadora, ignorándolo por completo. Snape volvió a girarse, Lucius lo miraba desesperado, vocalizando la palabra "¡HABLA!".

—Hola… —La recepcionista levantó una ceja, como preguntando indirectamente que era lo que quería o en cómo podía ayudarle, pero Snape no pudo formular nada más que un simple—… Adiós.

Sus pies se dirigieron automáticamente a la salida, dio zancadas largas y en unos nanosegundos ya se encontraba afuera del edificio, huyendo calle abajo mientras que era perseguido por un burlón Lucius Malfoy, quien le decía a gritos que regresara y lo intentara de nuevo, que esta vez lo intentarían con la recepcionista del quinto piso.

—¡Snape! ¡No seas cobarde!

—¡Estás loco! ¡Déjame en paz!


Mientras más se internaban en julio y la ola de calor aumentaba, parecía que las habilidades artísticas de los alumnos de la academia McGonagall por fin empezaban a florecer. Con más de un año y medio de experiencia, Sirius y Luna dejaron de ser simples principiantes para subir de categoría a novatos. Ahora, hasta algunos alumnos de otras clases diferentes a las ellos solían asomarse por la puerta al pasar por el pasillo, curiosos de ver al heredero de la casa Black bailando rumba junto a la joven rubia de largas trenzas.

Pero Neville y Snape no se quedaban atrás. A pesar que ambos distaban mucho en alcanzar los prolijos pasos de los otros dos ya mencionados, habían hecho un deslumbrante progreso en esos pocos meses que Minerva los había tomado bajo sus alas. Ambos pelinegros habían demostrado un gran talento para la categoría estándar: Neville era un gran bailarín de vals y Minerva estaba orgullosa de decir que ese chico con apariencia nerviosa era su alumno. A su vez, había demostrado que, a pesar de su torpeza, había mucho talento para ser explotado, sobre todo en bailes más rápidos como el quickstep y el jive.

Por su parte, Snape —con todo y contratiempos— había desarrollado una gran destreza en bailes como la rumba y el foxtrot, pero lo que más impresionaba era su talento en el vals vienés. McGonagall le había comentado en una ocasión que parecía haber nacido con un talento innato para dicho baile. Sus movimientos eran limpios, suaves, elegantes, su mirar fuerte captaba la atención, había que practicar un poco más la sonrisa —tal vez mucho más que solo un poco—, pero se podía solucionar, realmente veía mucho potencial en el hombre de cuarenta y pocos años.

Cabe resaltar que el talento de ambos no se extendía a los bailes latinos, a diferencia de Luna y Sirius quienes parecían ser los reyes del chachachá.

Un día, McGonagall comunicó al inicio de la clase que quería hablar con todos ellos durante los minutos que les tocaba de receso. Durante la primera mitad de la clase, los cuatro alumnos se la pasaron suponiendo cual era ese anuncio tan importante del cual la escocesa quería hablar. Esperaban que no fuese nada malo. Su curiosidad los hizo bombardear a Hermione con preguntas, pero ella estaba tan callada como una tumba, no iban a obtener nada de ella. Era una lástima que hoy fuera martes, de lo contrario, hubiesen atacado a Harry con preguntas hasta obtener una respuesta.

—¿Y bien? ¿Qué es eso tan importante que nos quiere decir, profesora? —preguntó Sirius al instante que los diez minutos de descanso empezaron.

—No nos deje con la duda —le secundó Lovegood—, ya hemos esperado mucho, profesora.

—Sí, profesora, ni siquiera por mi café espero tanto —le espetó el millonario, estirando sus brazos desnudos y tatuados—. Venga, ¿qué es?

—Bien —la profesora hizo una pausa dramática para pensar un poco sus palabras y, después de unos segundos, procedió a dar su anuncio—. Como ya saben, esta academia está orgullosa de contribuir en la formación de niños, jóvenes y adultos bailarines, especialmente, a los que pertenecen a la especialidad del baile de salón. Desde que fundé el estudio, mi misión ha sido fomentar la participación de mis alumnos en competiciones, pero ya ha pasado regular tiempo desde la última vez que esta academia participó en alguna competencia novata. Nuestra última promoción, como ya saben, son espléndidos y, a pesar de no haber ganado el primer puesto, han demostrado lo que son capaces de hacer y lo muy lejos que van a llegar.

Al otro lado del salón, Hermione se apoyaba sobre el escritorio de registros. No era secreto para nadie que Miss Granger fue la más afectada en la final de Stoke-on-Trent. Si bien sus alumnos habían dado el máximo esfuerzo en cada categoría, no fue suficiente para levantar una medalla de oro, pero sí para una de plata. Lo único que le quedaba a los jóvenes bailarines fue aceptar su derrota, llorar y lamer sus heridas y volver a casa a seguir preparándose para los siguientes concursos que se venían en agosto. Sin embargo, eso parecía ser algo que Hermione aún le costaba aceptar. Stoke-on-Trent sería una herida que siempre estaría en el recuerdo de la joven entrenadora.

—Sin embargo, ellos ya no son unos novatos —retomó—. Escuchen, sé que dos de ustedes apenas llevan cuatro meses con nosotros, sé que Luna y Sirius les llevan más de un año de ventaja, pero creo que hay mucho potencial en los cuatro. Con más ensayos, más práctica y con mucha suerte, creo que todos estarían listos para competir pronto, por lo que… —la mujer se giró y le hizo una señal a Hermione para que se le acercara con un rollo de papel oculto en su mano— pensé en inscribirlos en el Syllabus Amateur Pre-Bronce de Escuelas de Londres —terminó emocionada, sonriendo como nunca antes lo había hecho.

Lástima que sus alumnos no mostraran la misma emoción que ella.

—Perdone mi ignorancia, profesora —interrumpió Neville, casi tan confundido como el resto—, pero ¿Qué es el Syllabus Amateur Pre-bronce de…?

—…Escuelas de Londres —completó la castaña entregándole el papel al joven. Dicho papel no era más que un afiche de regular tamaño de fondo rojo y grandes letras amarillas que anunciaba la información más básicos del evento—. Es una competencia organizada por todas las academias de ballroom a nivel de Londres. Es para los estudiantes novatos, como ustedes. Es casi igual que cualquier otro syllabus, la diferencia es que, al final, como última prueba, uno de los alumnos debe bailar con su profesor la categoría que el jurado elija, la cual siempre es secreta.

—Es un evento importante, el Syllabus de Escuelas de Londres es el debut de todo gran bailarín, cientos y cientos de nuevos talentos se presentan por primera vez ahí todos los años—añadió la veterana bailarina—. Miss Granger hizo su debut ahí.

Los presentes se giraron para prestarle atención a la joven castaña quien sonreía de lado, con los brazos cruzados, como si las declaraciones de la escocesa no fueran la gran cosa— Categoría Junior pre-bronce, primer puesto.

—Las reglas son las más básicas y los pasos no son complicados, profesionalmente hablando. La categoría sería la estándar, que ya conocen y la mayor parte de los bailes ya los hemos estado ensayando. Generalmente hay más participantes juniors y youth, no hay tantos adultos, pero los hay, así que habrá que practicar y practicar. Serían la siguiente generación de bailarines de McGonagall's Studio, sin olvidar que la segunda generación de Miss Granger.

—Es cierto, además, hay un trofeo —exclamó la castaña, uniéndose a la emoción de la profesora McGonagall—. ¿Y bien? ¿Qué dicen, chicos? ¿Quieren ser mi segunda generación y poner el nombre de la profesora McGonagall en alto?

—Yo sí —Neville fue el primero en responder, robándole las palabras a Sirius. Fue directo, preciso y enérgico, aliviando a la nerviosa profesora—. Estaría encantado, profesora y Hermione. Por supuesto que me encantaría. No sé nada de esto, pero estoy dispuesto a aprender en el menor tiempo posible.

—Yo también, profesora —secundó Luna—. Será divertido, siempre quise usar uno de esos vestidos elegantes. ¿Crees que me puedas prestar uno, Herms?

—No será necesario, Lu —intervino Sirius, uniéndose a la charla—. Yo te compraré un vestido para cada baile, tenemos que estar a juego, porque yo también me uno a esto. Ya verá, profesora, le prometo que esos novatos no serán competencia para el talento que le está hablando. Vaya haciendo espacio en su estante, considere ese trofeo suyo.

Ahora solo faltaba las ansiadas palabras de aceptación de Snape. Cinco pares de ojos de múltiples colores lo observaban atentos, con tal devoción que el profesor de Química se sentía como una deidad. Tanta atención lo agobiaba al punto de ni siquiera poder respirar. ¿Él bailando en un concurso de ballroom amateur? ¿Bailar frente al público? ¡¿Bailar frente a un jurado?! ¡¿Bailar en un traje de gala entre diferentes bailarines con seguro más experiencia que él en un salón lleno de personas mirándolo?!

—Ah…—

—¡Vamos, Snivellus! Será pan comido —animó Sirius.

—Por favor, Severus, por favor, nos vamos a divertir —siguió Luna.

—Yo lo haré si usted lo hace —finalizó Neville. A un lado, la profesora McGonagall lo miraba con sus enormes ojos verdes angustiados, como rogando en silencio que aceptara.

—¿Qué opina, Sr. Snape? —preguntó Hermione, acercándose a él con sus enormes y brillantes ojos castaños— ¿Quiere ser parte de mi segunda generación?

¿Quería? Siendo completamente honesto, ¿Realmente quería hacerlo?

No me mires con esos ojos, Granger.

—Yo… lo voy a pensar —concluyó quedito, pero fue más que suficiente para los presentes quienes tomaron la respuesta casi como si fuera un sí.

—¡IREMOS AL CONCURSO!

Gritó Sirius, genuinamente emocionado, atrapando a la pequeña Luna en un abrazo y dándole vueltas. La rubia, por su parte no podía estar más feliz, si alguien podía competir contra la sonrisa del gato de Cheshire, probablemente sería ella. En cuanto se liberó del agarre del mayor, empezó a dar saltitos infantiles por el salón, mareando a la escocesa en el proceso. Sirius buscó a su siguiente víctima quien, se suponía, sería Snape, pero el profesor fue más rápido y fue Neville quien resultó ser la victima de un fuerte abrazo que casi lo dejó sin aire.

—Esto requerirá de mucha práctica y compromiso por parte de ustedes —indicó McGonagall, alzando la voz pues la celebración era tal que ya nadie le estaba prestando atención—. No será un camino fácil, hay muchas otras academias muy buenas que…—

—¡Esto será pan comido! —la interrumpió Sirius—. Con mi talento y sus enseñanzas, nos llevaremos ese trofeo, profesora. Seremos un equipo, tendremos ensayos, reuniones de integración…

—¡Nuestro propio equipo de vestuario! —sugirió Luna, uniéndose a los planes.

—Sí, sí y los mejores trajes, vamos a impresionar a esos jueces.

—¡Y un nombre!

—Oye que gran idea. ¿Qué te parece "Equipo Dinamita"?

A estas alturas, con las últimas noticias y la emoción a flor de piel, McGonagall había dado por finalizada su clase, era imposible captar la atención de los presentes pues estaban tan entusiasmados por el concurso que no podían pensar en absolutamente nada más. Ya estaban organizando sus propias agendas, imaginando como serían sus trajes de gala y fantaseando con los "magistrales" pasos de baile que ejecutarían cuando llegara la hora de presentarse ante el jurado conocedor.

Mientras tanto, frente a los ventanales del salón, Snape trataba de tomar algo de aire fresco si es que existía un poco en medio del agónico calor de la ciudad. ¿En qué se estaba metiendo? Él no era un bailarín, no era lo suyo bailar frente a las personas. ¿Hablar en un auditorio repleto? Por supuesto, podía hacerlo hasta con los ojos cerrados. La improvisación no se le daba muy bien, pero podía hacerlo. Sin embargo, ¿bailar? Bailar no, eso era imposible.

—¿Qué sucede? —preguntó Hermione al verlo tan ajeno al jubileo— ¿No te emocionas?

—No estoy seguro de que pueda hacerlo. Yo no bailo, Hermione —le aclaró.

—Bueno… No te obligaré a hacer nada que no quieras, pero el concurso es en marzo del próximo año. Tengo un año para convertirte en un gran bailarín, pero necesito tu compromiso para esto. ¿Qué opinas? ¿Te nos unes?

Snape volvió su mirada al frente, a Earl's Court Road, a la bonita calle bajo a él y a la vista de la cafetería donde pasó tres años de su vida. No estaba seguro de esto, pero no podía decirle que no a esos ojos y a esa sonrisa tierna… al menos no por el momento.

—Lo voy a pensar.


Era casi un misterio para Severus como fue que Hermione terminó pasando más tiempo en su casa en Southfields que en su propio departamento en Wimbledon. Siguió con el mismo horario durante lo que quedaba de junio, siempre llegando después de las 10 a.m. Sin embargo, esta actividad continuó incluso en julio, después de que acabara el año escolar, cuando sus servicios ya no eran requeridos. Hermione seguía tomando el tren media hora antes de las diez y luego caminaba las seis cuadras hasta el 71 de Trentham Street solo para ponerle la correa a Lamarck e irse corriendo calle abajo, hasta llegar al parque que tanto les gustaba. En limitadas ocasiones, el profesor los había acompañado.

Snape no tuvo corazón para decirle que ya no la necesitaba puesto que no quería separar ni a la castaña del perro ni al perro de la castaña. Decidió sacarle provecho a la situación. Mientras ella lo distraía, el terminaba con sus proyectos externos al colegio, tan solo le pidió que cambiara sus horarios, para que ella pudiera descansar y él retomara poco a poco sus responsabilidades como padre. No tenía nada que ver que, mientras más tiempo Hermione pasara con el perro, más lo malcriaba.

Una de esas tantas tardes de verano, Snape salió de su estudio donde se había pasado casi la mayor parte del día encerrado, redactando un informe sobre solo él sabe qué —no tengo suficientes conocimientos en ciencias como para explicarles— y caminó un poco por los interiores de su casa, estirando las piernas, descansando de estar sentado por tanto tiempo. Al llegar a la cocina, divisó a través de la puerta abierta a Hermione y a Lamarck jugando a la pelota en el pequeño jardín.

El perro se divertía como nunca, Hermione parecía hacerlo también. La joven vestía una camiseta simple y un jumper corto, dejando la mayor parte de sus piernas al descubierto, a excepción de las pantorrillas para abajo, donde un par de calcetines blancos hacían juego con sus zapatillas. El perro iba y venía con la pelota en el hocico, siendo perseguido por la muchacha en una constante armonía de risas y trinos de aves.

El profesor de Química se apoyó en el marco de la puerta, mirando la escena frente a él con una sonrisa de lado. La luz amarilla del sol de la tarde caía sobre él, generando una agradable sensación de calor y tranquilidad. La misma luz, a su vez, le daba un toque intimo a la escena, se atrevía a decir que, hasta familiar, como si siempre hubiese sido así. Rodeó el jardín sin dejar de mirar a la castaña y abrió la manguera para regar a sus sedientos lirios. El agua refrescaba la tierra caliente, al igual que a sus manos, incluso se animó a mojar un poco su cabello y su cuello para calmar el calor. Volvió a mirar a la castaña tras de él. ¿Acaso ella no sentía calor?

—¿Quieres helado? —gritó dejando el agua correr, dirigiéndose de regreso a la casa.

—¿De qué sabor? —respondió también gritando.

—Vainilla.

—Vale.

Agradecía haber llenado su refrigeradora la última vez que fue al supermercado. Desde que la ola de calor había iniciado, en su casa no podía faltar ni hielo ni helado. Sacó dos recipientes donde se disponía a servir el postre cuando, de la nada, un grito femenino llegó del jardín. Snape dejó todo lo que estaba haciendo y salió corriendo como si el alma se la llevara el diablo. Su corazón latió aliviado cuando descubrió que no era nada grave como lo había imaginado.

Afuera, Hermione estaba combatiendo con fiereza contra Lamarck, mojándolo con la manguera. El perro trataba en vano de morder el chorro de agua, pensando que de alguna forma podría detenerlo. De cierta forma, estaba recibiendo el baño que tanto necesitaba para refrescarse. Snape suspiró aliviado, la calma volvía a reinar.

En cuanto Lamarck lo divisó, corrió hacía él, olvidando a la castaña atrás e hizo cientos de trucos esperando llamar la atención de su dueño para que se les uniera al juego. A pesar de las múltiples protestas del profesor, el perro mordió la tela de sus pantalones y tiró de estos para hacerlo avanzar al patio. Hermione, desde donde estaba, grababa el momento con la cámara de su celular, inmortalizando aquella tarde de juegos.

—No lo subas.

—Ya lo hice, te etiqueté —se mofó.

Decidido a vengarse, Snape le arrebató el teléfono y a ella no le quedó más opción que perseguirlo con la manguera, mojándole las piernas en el proceso. El samoyedo no entendía lo que pasaba, solo que perseguían a su amo, así que se dedicó a perseguir a Hermione, intentando de detenerla. Por supuesto, cambiaría de bando en cuanto Snape se hiciera con el control de la manguera y fuera Hermione la que tuviera que huir para no ser mojada de pies a cabeza, aunque, al final, cuando ambos adultos estuvieron cansados de correr, ella parecía haber recibido un baldazo de agua.

Sentados sobre la banca de madera del jardín, Hermione y Snape degustaban de su helado ya derretido mientras conversaban sobre tonterías. Lamarck yacía a un lado, tomando el sol, esperando a secarse. Snape tenía una toalla sobre la cabeza y Hermione, otra cubriéndole la espalda. Su cabello húmedo se enredaba y formaba ligeras ondas.

—Supongo que ahora será un problema regresar a casa —comentó ella, tratando de hacer algo con su cabello.

—Lamento lo de tu ropa, en realidad no esperaba que esto terminara así —se disculpó, secándose el cabello oscuro. La ropa de la castaña no solo estaba mojada. En una oportunidad se había caído y revolcado sobre el césped, por lo que ahora tenía rastros de hierba y tierra mojada—. Si quieres, puedes darte un baño y mientras, puedo poner tu ropa a la lavadora y luego a secar, aprovechando que aún hay sol.

—No estoy segura —respondió desviando la mirada, tensándose ante la proposición. Tal vez se había extralimitado—. No quiero incomodar, además, no he traído ropa como para cambiarme.

—Creo que tengo algo que puede quedarte y, si deseas, puedes quedarte en la habitación de invitados hasta que tu ropa esté seca, no creo que demore mucho. La lavadora tiene función de centrifugado.

Hermione se lo pensó durante un buen rato hasta que finalmente, decidió aceptar, con la esperanza que de entre más pronto hicieran eso, más pronto su ropa se secaría. Aunque no estaba segura si se sentiría cómoda usando la ropa de Snape. Se habían vuelto cercanos, sí, pero tampoco tanto como para usar su ropa. Aunque tampoco quería pasarse el resto del día mojada y sucia y dudaba que algún taxi quisiera llevarla cuando la viera en ese estado.

Siguió a Snape por las escaleras, cubriéndose con la toalla pues sentía como su ropa se le pegaba al cuerpo. Arriba, estaba la habitación de invitados la cual, por fortuna, contaba con su propio baño. El profesor le indicó donde podía encontrar toallas limpias y shampoo en el caso de que lo necesitara. Le dijo que volvería en unos momentos con ropa limpia y que dejara la suya sobre una silla de la habitación para lavarla. Aún sin estar segura de lo que estaba haciendo, procedió a dejar su ropa mojada sobre dicha silla y, en ropa interior, se ocultó dentro del baño y cerró con llave aprovechando que Snape todavía no regresaba.

Y mientras Hermione se daba esa ducha rápida, un Snape ya cambiado, volvió a entrar en la habitación, indicándole en voz alta que dejaría la ropa limpia sobre la cama y se llevaría la ropa sucia. Luego, de eso, cerró la puerta y se alejó de aquella habitación, poniendo una distancia respetable y necesaria entre ellos. Esperaba que lo que había encontrado le quedara bien, no usaba esas prendas hace años, pero al menos estaban limpias.

Mientras accionaba el ciclo de lavado, Snape reflexionaba un poco sobre lo pasado. ¿Qué no estaba transgrediendo esa bonita relación amical que tenía con Hermione? Su amistad no tenía mucho tiempo y había que tener en cuenta de que había florecido de forma poco convencional, pero se sentía inexplicablemente cómodo con ella, tal como estaban ahora. Con Hermione podía hablar de casi cualquier tema, ella tenía una respuesta para todo. Le gustaba su naturalidad y su corta existencia hacía que tuviera otros puntos de vista, a veces mucho más revolucionarios o simplificados que los de él. La había visto brillar durante las clases, así como caer cuando fueron juntos a aquel baile de gala. La había visto reír y también llorar. De alguna forma que no entendía, ya habían compartido más de lo que se supone dos extraños debían compartir en tan poco tiempo.

Sería un hipócrita si negaba sus tiernos afectos hacia ella, porque esos sentimientos estaban ahí. A pesar de que —después de sufrir de una infidelidad y un sangriento divorcio—, jamás pensó que volvería a sentirse así; esos sentimientos románticos alguna vez olvidados surgían cada vez que Hermione se aparecía frente a sus ojos. No iba a negarlo, él tenía un ligero —muy ligero— enamoramiento hacia su maestra, pero debía recordar un par de cosas pequeñitas, pero muy importantes.

Primero y la más importante, no solo podía limitarse a pensar en sus sentimientos, los cuales eran un conflicto para él, sino que estaba dejando de lado a Hermione. La notó muy incómoda cuando le ofreció lavar su ropa hace un momento y estaba seguro que se había excedido con su proposición, pero por cuestiones de amabilidad, ella no había dicho nada. No quería darle una mal impresión a la castaña, la apreciaba mucho y lo último que quería era que las cosas se malinterpretaran. Tal vez debía poner límites, después de todo, no debía olvidar los puntos dos y tres: Hermione era su maestra de baile, por ende, existía una relación maestro-alumno que, por respeto y ética profesional, no podía romper y a lo mucho, podría aspirar a una amistad. Por último, había una gran diferencia, una enorme diferencia de edad. Por más que le gustara o no, esa diferencia existía y los números no mentían.

20 años no eran poca cosa.

En fin, no iba a darle vueltas al asunto. Aunque quisiera, entre Hermione y él no pasaría absolutamente nada. Él tenía principios muy claros y en ninguno de ellos especificaba que pudiera salir con jovencitas que podrían ser, en el peor de los casos, sus hijas. Hermione era muy joven para él, por lo tanto, prohibida. Fin del asunto, documéntese, séllese y archívese.

—¿Y tú qué me ves? —dijo cuando encontró a Lamarck sentado a un lado de la lavadora, mirándolo fijamente con su cabeza inclinada— Por tu culpa me está pasando todo esto, yo podría estar disfrutando de mis vacaciones, solo, pero no. ¡El perro quiere niñera! No me mires con esos ojos, es la verdad, todo es tu culpa.

¡Guau!

Hermione bajó las escaleras después de media hora, descalza y con un look demasiado diferente al que estaba acostumbrado. En primer lugar, estaba la ropa. Snape era mucho más alto que ella, Hermione apenas le llegaba al hombro, por lo que no era sorprendente que su ropa prestada le quedara demasiado grande. Vestía una camiseta negra —la cual al menos parecía quedarle bien, funcionaba para ella—dentro de sus viejas bermudas beige, las cuales eran tan grandes que debía llevarlas tan arriba que el borde le llegaba a las costillas. Asimismo, sujetaba dichos pantaloncillos con una correa gruesa para que no se les callera, formando pliegues en la parte superior. ¿Cómo era posible que hasta eso le quedara tan bien?

Segundo, era la primera vez que le veía el rostro al natural, sin ninguna gota de maquillaje. Hermione, al igual que casi todas las mujeres —o eso creía él—, le gustaba arreglarse. El cabello bien peinado, dientes limpios y aunque sea un poco de maquillaje en las cejas y bálsamo en los labios, pero ahora que su perro la había mojado de pies a cabeza, además del baño que acababa de darse, Hermione había perdido todo rastro de maquillaje.

A todo eso, se le sumaba el factor tres y, tal vez, el más resaltante de todos. Desde que conoció a Hermione Granger, siempre le vio el cabello lacio, a lo mucho ondeado, pero nunca antes la había visto con esos rizos incontrolables que incluso la hacían crecer un par de centímetros. Era como ver la melena de un león castaño. Sus rizos se disparaban descontrolados de aquí por allá, cambiándole hasta el rostro. Si se la hubiese encontrado en la calle, probablemente jamás la hubiese reconocido.

—¿Qué? —preguntó la castaña al ver que Snape la miraba fijamente, sin pestañear, completamente embobado.

—Es que… Wow —exclamó pasándose las manos por el cabello—. ¿Quién eres y qué hiciste con Hermione Granger?

—Cállate —respondió mientras su sangre subía a sus mejillas.

—Es en serio, Granger. Apenas sí te reconozco —ella sonrió, mostrándole ese par de incisivos ligeramente grandes—. Tu cabello… pareces otra persona. ¿Por qué no me dijiste que eras rizada? ¿Quiere decir que siempre estuve viviendo una mentira? —formuló fingiendo indignación.

—Tal vez. Soy lacia de plancha —explicó entre risas—, mi cabello es un desastre. ¡Mira estos rizos! Son imposibles de peinar. No tienes idea de cuando dinero gasto para mantenerlo lacio. Por cierto, ¿no tendrás, de casualidad, por ahí alguna plancha que me prestes? —Snape señaló un armario por el pasillo. Hermione, evidentemente sorprendida pues no esperaba tal respuesta, se dirigió al armario buscando la dichosa plancha. Snape se tuvo que aguantar la risa hasta que ella regresó dando fuertes pisadas y sosteniendo en una mano lo que era una plancha de ropa— Muy gracioso, Sr. Snape. No me refería a ese tipo.

—No deberías plancharte el cabello —le dijo, mostrándole una sonrisa de lado. Hermione, aún con la plancha en la mano, apoyó la mayor parte de su peso sobre su pierna izquierda, como esperando escuchar sus razones para decir eso—. Me gusta tu cabello rizado, creo que se ve hasta mejor. Te cambia la cara, te agranda los ojos, hasta te hace parecer más alta.

—No digas tonterías. Ni siquiera puedo pasar mis manos sin que se enreden, parece un nido de pájaros.

Le dio otra mirada y maldijo en su cabeza. Se veía bien, no excelente, pero se veía bien, parecía que no se había esforzado, aunque en el fondo sabía que sí, era imposible hacer algo con esa ropa vieja—. Solo Hermione Granger puede hacer que mi ropa vieja de hace 20 años se vea bien.

Ella dejó el aparato sobre una de las mesitas que adornaban la casa y se acercó hacia él de forma juguetona, sujetando la camiseta negra—. Ya que estamos hablando de esto, lo que yo quiero saber es... ¿Cómo es que tienes una camiseta casi de mi talla? y ¿The Rolling Stones?

—¿Qué tiene? —preguntó centrando su atención en la camiseta el cual tenía el logo de la banda.

I can't get no… ¡Satisfaction! —canturreó parándose frente a él. Snape soltó una corta, pero auténtica carcajada—. No pensé que eras fan… En realidad, es difícil adivinar qué tipo de música escuchas… o cualquier otra cosa. Es un completo misterio para todos saber que te gusta.

—Te sorprenderías —el hombre se inclinó un poco, acomodándose en donde estaba sentado—. Fue en el Voodoo Lounge Tour del 95, fueron cinco fechas en Inglaterra y fui a tres de ellas. No te imaginarás que locura fue. Literalmente acampé con unos amigos frente al Wembley para poder entrar. Me dieron la camiseta en Brixton, creo, fue su última fecha antes de partir a España. Ya no había de mi talla, pero quería un recuerdo. Como ves, por obvias razones, jamás ha sido usada.

Snape recordaba el Voodoo Lounge tour como si fuese ayer. Aún estaba en la universidad cuando la mítica banda inglesa sacó su álbum de 1994 y, luego de ser un éxito, como casi siempre, se fue de gira por todo el mundo. En cuanto se anunció las fechas, Snape empezó a ahorrar como nunca en su vida. Consiguió diversos trabajos de medio tiempo, vendió objetos y recortó gastos innecesarios, esperando así poder juntar lo suficiente para comprar al menos una entrada para uno de los conciertos en Wembley; no obstante, gracias a que Lucius Malfoy compartía sus mismos gustos musicales, ellos y otros amigos lograron asistir a tres fechas, peleando por las entradas y acampando afuera del lugar para obtener la mejor vista posible.

—Tenía tu edad, creo, o un poco menos.

—En el 95, yo tenía un año.

Sí, ahí se notaban esos 20 años. Mientras él iba a conciertos de rock, ella aprendía a caminar.

—En fin —prosiguió él, tratando de no sentirse incómodo o demasiado afectado por el enunciado de Granger—, es la única camiseta que no he usado en años y que podía servir. Me hiciste rebuscar entre el resto de mi ropa. Hasta encontré las camisetas del siguiente tour —sonrió para sí. Hermione lo escuchaba atenta, encantada de ver ese nuevo brillo que tenía en sus oscuros ojos, un brillo que solo reservaba para cuando algo le salía bien en clases—. Bridges to Babylon, en el 97. Cinco fechas en Gran Bretaña, nunca había gastado tanto dinero. Seguimos a la banda desde su llegada a Edimburgo hasta su salida de Londres. Fue increíble.

—¿Fuiste con tu ex?

—No, no. Fui con unos amigos, para ese entonces todavía no salíamos —Hermione se dio cuenta de su error, por lo que trató de desviar el tema sin saber muy bien cómo. Felizmente, Snape fue más diestro en ello—. Toma, tus calcetines ya están secos. Aún falta un poco para el resto, espero que no te importe —ella levantó los hombros como diciendo que no le importaba. Se sentó frente a él y se dispuso a vestir sus descalzos pies. Snape intentó mirar con disimulo si había alguna cicatriz en la pierna derecha, pero no pudo ver nada—. Oye, ya van a ser las siete y pensaba preparar la cena. ¿Te quedas a cenar? Para preparar algo.

—Así que no era mentira lo del chef entusiasta, ¿eh? —se burló— ¿En serio sabes cocinar?

—Desde que era niño. Me gustaba ayudar a mi mamá en la cocina, así que aprendí rápido —contestó enarcando una ceja—. Usualmente no cocino nada difícil debido a que solo soy yo, pero esta noche podría hacer una excepción.

—¿Piensa cocinar para mí, Sr. Snape? —insinuó ahora siendo ella quien encarnaba las cejas.

—Tal vez.

—Bueno… Mi madre me enseñó que es de mala educación rechazar una comida, sobre todo si es hecha en casa. Así que está bien, señor Chef —sonrió poniéndose de pie—. ¿En qué te ayudo? Por favor que no sea nada que involucre la estufa, ellas y yo no nos llevamos muy bien que digamos.

—¿Sabes pelar papas?

—Mi especialidad.

—Entonces que sean dos. A trabajar.

Hermione trabajaba enardecidamente pelando las papas mientras que Snape cortaba con magistralidad los vegetales o preparaba la salsa que daría sabor a su cena, seleccionando la cantidad exacta de especias que debía usar. Hermione siempre pensó que cocinar era un arte, un arte el cual aún no dominaba. Al igual que Snape, la castaña había crecido con comida de casa preparada por las talentosas manos de su madre, la Sra. Granger, pero a diferencia del mayor, ella no logró adquirir los secretos de las artes culinarias de su progenitora y sus enseñanzas pronto cayeron en el olvido a medida que crecía. Así que ver a Snape cocinar en vivo frente a ella era hipnotizante.

La hipnotizaban sus habilidosos dedos, frotándose uno contra otro, esparciendo la sal sobre la comida o la forma en como se enrollaba las mangas de su camisa de diario, dándole un aire distinguido. Incluso la forma en cómo levantaba la cuchara de madera de la olla y, con un dedo, tomaba un poco para probar el sabor le parecía majestuoso. Se preguntó si él era así siempre o es que solo se estaba esforzando porque ella estaba ahí.

—Siento que todo esto es muy elaborado —comentó sentada a la mesa, apoyándose sobre sus codos.

—Al contrario, esto es una de las cosas más sencillas de hacer.

—Yo veo que estás usando el horno, la estufa y que cortas muchas cosas. Creo que lo más sofisticado que he hecho en toda mi vida fue usar el microondas.

—¿No cocinas?

—No. Mis turnos son de tarde o noche, no tiene sentido que cocine si no voy a comer en casa. Lo único que sé hacer son desayunos —respondió avergonzada—. Es la primera vez en mucho tiempo que probaré algo hecho en casa.

—Pues, esto te va a encantar…—

El celular de la castaña vibró sobre la mesa, anticipando el tan conocido sonido de su ringtone. Hermione miró la pantalla y lo dejó vibrar, ignorándolo, mientras volvía a su conversación. Snape continuó con su tarea, tratando de ignorarlo también, pero cuando el aparato volvió a sonar por segunda vez, fue inevitable que no se atreviera a preguntar: "¿No contestas?"

—Número desconocido.

Unas diez notificaciones de mensajes entrantes dejaron en claro que no se trataba de un simple número desconocido.

—¿Me disculpas? Voy a atender esto —dijo, casi como pidiendo permiso con la mirada para salir al patio trasero. Snape no tuvo ningún problema, hasta le dijo que se tomara su tiempo, parecía ser importante. Hermione salió al jardín y se perdió un rato en él.

Snape siguió cocinando, vigilando constantemente el horno para que nada se quemara, no quería quedar mal frente a su invitada. Cada tanto la observaba por la ventana de la cocina. Ella estaba sentada en la banca de madera, acariciando distraída a Lamarck con una mano mientras que, con la otra, sostenía su celular, mirando hipnotizada la pantalla. La luz azul del móvil iluminaba su rostro, dándole una apariencia angustiada.

Pobre bailarina triste de Southfields.

Volvió a sus asuntos. No debía meterse donde no le llamaban, no debía meterse donde no le llamaban, no debía meterse donde no le llamaban, se repitió en múltiples ocasiones. Debía dejarla sola, aún no llegaban a ese nivel de cercanía como para meterse en sus problemas. Ocupo su tiempo haciendo limonada y poniendo la mesa. Pronto, la comida en el horno estuvo lista y solo quedaría servir, pero su invitada aún no estaba sentada a la mesa. Algo preocupado por la actitud de la jovencita, esperó un tiempo prudente antes de salir a buscarla al notar que no tenía intenciones de entrar.

Hermione estaba tan perdida en sus pensamientos que solo se percató de su presencia cuando Lamarck se apartó de su lado para pasar a las manos tibias de su dueño, esperando que al menos este sí le prestara atención. Sus ojos castaños habían perdido el brillo de hace rato y ahora solo había unos inexpresivos fosos. Todo indicaba que algo la estaba atormentando, aunque no supiera que era. Tampoco iba a preguntar, no sentía que fuera lo indicado así que esperó en silencio e inmóvil hasta que ella estuviera lista para hablar del tema o seguir adelante y fingir que todo estaba bien. Ninguno se atrevió a mirarse por un tiempo, solo disfrutaban del fresco de la noche y los últimos trinos de las aves antes de irse a dormir.

Algo le decía que los causantes de su radical cambio de ánimo fueron aquellos mensajes o, mejor dicho, la persona que le envió dichos mensajes. Dado que ni estaba llorando ni había devuelto las llamadas ni, en peor instancia, había salido corriendo por su puerta, le indicaba que esto no se trataba de una emergencia. Snape no era un experto en relaciones sentimentales, en su vida podía contar sus experiencias con los dedos de una sola mano, pero sabía sobre corazones rotos y Hermione tenía la expresión de alguien que estaba sufriendo de mal de amores.

¿Era el tal Ronald Weasley quien le había enviado esos mensajes?

—Debes pensar que soy una estúpida —dijo después de un rato, tomándolo desprevenido, pero, por fortuna, logró ocultarlo—. Sé que no debería ponerme así frente a ti y menos en un lugar que no es mi casa, es solo que… no puedo evitarlo.

—Concuerdo —respondió esperando a que ella se girara a verlo, pero eso nunca pasó—. Si fuera tú, esperaría a estar en un lugar más seguro y más íntimo para dejarme llevar por un bajón emocional, pero no creo que seas estúpida. Creo que solo eres una persona con sentimientos algo confusos, así como todos. ¿Qué sucede?

—Es Ronald —la joven agitó ligeramente el celular, como si el pelirrojo estuviera dentro de su aparato—. Me llamó y, al ver que no contestaba, me escribió. Disque que quiere pedirme perdón por lo ocurrido y que le gustaría que hiciéramos las pases.

Snape levantó las cejas, sorprendido. No estaba seguro, pero en base a su experiencia, eso no era lo que usualmente pasaba luego de una infidelidad— Creo que eso es muy maduro de su parte. Al menos está dando la cara y reconoce su error. Tal vez no sea de mucho consuelo, pero es algo. ¿Le respondiste?

—No —la joven se mojó los labios y prosiguió, tomando aire como si tomara fuerzas—. Nunca lo hago. Lo ha estado intentando desde que nos encontramos esa noche en la gala del Bloomsbury.

—¿Por qué no? —preguntó frunciendo el ceño. Hace un tiempo, él hubiese dado lo que sea por haber escuchado un "lo siento" de la boca de Valerie, pero ahora que Hermione estaba recibiendo esa disculpa, le confundía que no la quisiera aceptar—. ¿Te dijo algo más?... No me digas que quiere volver contigo.

—¿Qué? ¡No! —exclamó frunciendo el ceño también—. No, no quiere volver conmigo y, aunque quisiera, yo… yo no sé si quiero estar con él otra vez, no después de todo lo que pasó.

—¿Entonces?

—Es que… el problema es que sigue con Lavender y que me está pidiendo disculpas porque quiere limpiar su consciencia. Se sorprendió cuando nos encontró esa noche y ahora cree que he regresado a la competencia. Dice que no quiere que las cosas sean raras entre él, Lavender y yo ahora que nos vamos a encontrar en los concursos. Pero ¿cómo quiere que lo perdone cuando me puso los cuernos delante de todos y luego me rompió la pierna?

El cerebro de Snape reprodujo de nuevo aquel terrible crack. Sabía a la perfección como se había roto la pierna, si quería, podía ver el video una y otra vez, pero escucharlo de la boca de la castaña era muy diferente. Era igual de chocante que la primera vez.

—¿Qué? ¿Cómo qué te rompió la pierna? —preguntó haciéndose el sorprendido.

—… ¿Recuerdas que te conté que fui a Blackpool y ahí conocí a Diego Caplan? —Snape asintió rápidamente. Diego Caplan era una persona muy difícil de olvidar— Pues, no te comenté que fui a ese concurso no como espectadora, sino como participante. Yo estuve en la final de Blackpool en el 2013 y, mientras bailaba, Ron y yo tuvimos un accidente y me rompí la pierna en medio de la presentación… Ahora cada vez que paso por el aeropuerto, el detector de metales empieza a sonar como loco.

Bueno, después de todo eso, era lógico que ella no quisiera perdonarlo. Si Valerie le hubiese roto una pierna, probablemente él tampoco la hubiese perdonado… aunque ella había roto su tesis. No obstante, no podía comparar una tesis con una pierna, no había punto de comparación. La joven estiró su bien formada pierna derecha y la colocó encima de las rodillas de Snape, teniendo el contacto más íntimo que habían tenido hasta el momento. Snape, sorprendido e incómodo no se atrevió a moverse, ni siquiera a respirar. Hermione se estiró y bajó su calcetín, mostrándole la parte interior de su pierna, donde había una cicatriz rojiza y de regular tamaño, la cual poco a poco iba desapareciendo, pero, aun así, era visible.

— El día anterior a la competencia, habíamos estado practicando toda la mañana y parte de la tarde —retomó su relato—. Recuerdo que incluso me salté el almuerzo porque sentía que vomitaría si comía algo. Estaba cansada, Ron estaba cansado, creo que hasta nuestro entrenador estaba cansado así que decidimos tomarnos el resto del día para relajarnos —ella volvió a cubrir su cicatriz y bajó la pierna, permitiendo al mayor volver a respirar aliviado—. Ron dijo que le daría una vuelta a la ciudad, quería comprarles unos souvenirs a sus hermanos. Me ofrecí a ir con él, pero me dijo que necesitaba estar solo, tomar aire, ya sabes, relajarse y despejar la mente un poco. Me sugirió que hiciera lo mismo y aprovechara que podía usar el spa gratis, así que eso hice. Estaba tan estresada que tenía ojeras y mi piel estaba horrible, no podía presentarme al concurso así.

Pasé el resto de la tarde ahí, en medio de sales y masajes. Para cuando salí, estaba tan relajada que me costaba caminar. Tomé el ascensor, este estaba lleno y paraba cada tanto. Recuerdo que se detuvo tres pisos antes del mío, tuve que bajarme un momento para darle paso a las personas que bajaban ahí —a medida que el relato avanzaba, Hermione hablaba más rápido, deteniéndose únicamente para tomar grandes bocanadas de aire para sus pulmones—. Fue cuestión de segundos, literalmente, solo me bastaron cinco segundos para girarme por el pasillo y ver de reojo a la cabellera pelirroja de Ron, asomándose por una puerta, en bata de baño, recibiendo servicio a la habitación en una habitación que no era suya —su ceño se frunció y su voz se hizo más fuerte, como si estuviera conteniéndose toda la rabia—. ¿Por qué estaba ahí? ¿Qué estaba haciendo? Se suponía que estaría afuera y nos encontraríamos a las 9 p.m. para cenar.

Caminé rápido hacia él antes de que cerrara la puerta. Fue imposible que no me viera, yo estaba frente a él. Lo confronté, le pregunté qué estaba haciendo ahí, por qué estaba en una habitación que no era la suya y en bata de baño —hizo un par de gestos con su mano derecha, como si quisiera tomar un objeto invisible frente a ella y estrujarlo hasta romperlo—. Debiste verle la cara, estaba roja como un tomate. Era claro que no esperaba verme ahí, no sabía qué decirme y, pues, todo se salió de control cuando escuché una voz dentro de la habitación, una voz de mujer.

Mierda, pensó.

—Ni siquiera le pedí permiso, entre en la habitación como una loca. Ron intentó detenerme, me tomó de los brazos, pero ya no tenía caso, ya había visto a Lavender Brown, en bata de baño, recostada muy cómoda sobre la cama mirando una película. Cuando me vio, se puso tan pálida como si hubiese visto un fantasma. Parecía un pez, su boca se abría y cerraba sin pronunciar palabra alguna. Por un momento, pensé que se desmayaría porque parecía no estar respirando.

— ¿Y qué pasó? ¿Qué hiciste?

—¿Qué hice? Pues, lo obvio —respondió levantando la voz, casi escupiendo el veneno que tenía adentro junto con sus palabras—. Le exigí una explicación. Ambos lo intentaron y se interrumpían mutuamente tratando de arreglar la situación. Al final, todo salió a la luz: Ron y Lavender tenían una aventura desde hace casi un año, bajo mis narices, y ambos habían quedado para pasar la tarde juntos aprovechando que yo estaría ocupada. Lavender había volado a Blackpool exclusivamente para ver a Ron en la final. Ronald solo pedía disculpas mientras que Lavender estaba callada en un rincón, tratando de parecer invisible, como si pensara que eso podría salvarla de mí. Me decía que no quiso que las cosas fueran así, pero amaba a Lavender y ella a él y yo no hacía nada más que pensar en el concurso, que ni siquiera me reconocía —su labio inferior tembló y tomó una honda respiración para calmarse—. No sabes cuánto me dolieron esas palabras. Yo estaba aguantándome las lágrimas, me sentía una completa idiota. Estaba demasiado enojada como para hablar y… y no sé qué fue lo que me molestó más: que Ron fuera capaz de hacerme eso, que me hubiesen engañado durante un año y no me hubiese dado cuenta o que me creyeran tan estúpida como para decidir encontrarse en el mismo hotel donde yo me estaba quedando.

—Es comprensible, te vieron la cara. Te traicionó de la forma más baja posible —la consoló, intentando aplacar su ira— ¿Y qué pasó después?

—… Ni siquiera lo recuerdo bien, tenía demasiadas cosas en la cabeza… Sé que lo golpeé.

—¡¿A Lavender?! —casi gritó, alarmando al pobre perro que yacía recostado sobre el césped.

–¿Qué? ¡No! —exclamó, pareciendo ofendida. Sacudió la cabeza y prosiguió— No, no, le pegué a Ronald, le di una bofetada y le grité. Si me hubiese metido con Lavender, lo más probable es que hubiese terminado en el hospital y yo, en la cárcel. No, a ella no le toqué ni un pelo en ese momento, pero ganas no me faltaron. Solo me quedó gritarle… ni siquiera recuerdo qué le grité, pero le dije de la A hasta la Z, todos los insultos que conocía y hasta los que pude inventar. Recuerdo que le dije que era una zorra y que me las iba a pagar… Tal vez por eso tiene miedo hasta ahora de encontrarse conmigo a solas —admitió ligeramente avergonzada, pero Snape dudaba que lo estuviera auténticamente.

—Qué fuerte —suspiró el profesor, pasándose las manos por su negro cabello—. Si te sirve de consuelo, tú te lo tomaste mejor que yo. Cuando conocí al hombre con el cual Valerie me engañaba, lo golpeé tan fuerte que terminó en el suelo y, después de que me devolvió el golpe, ambos terminamos en la delegación.

Hermione sonrió con tristeza, arrugando la frente. Recostó su cabeza hacia atrás, mirando al cielo y, después de unos minutos de silencio, lanzó un suspiro sonoro e hizo un ruido chistoso con sus labios, como liberando la tensión de su cuerpo.

—El entrenador llegó justo a tiempo para intervenir. Al parecer estábamos haciendo un escándalo y los huéspedes se estaban quejando. Me mandó a mi habitación, pidió que me calmara un poco y luego hablaríamos esto, entre los tres. No quería escándalos, no con todos los participantes en el hotel y a pocas horas del evento final. Fui a mi cuarto a llorar, Severus —se quebró—, lloré como nunca había llorado. Mi mejor amiga, Ginny, la hermana de Ron, llegó casi al instante. Ella estaba hospedada en un hotel cercano junto a mis padres y a los padres de Ron. Se quedó conmigo hasta que fui capaz de calmarme y contarle lo que había pasado. ¡Para qué le conté! —exclamó levantando las manos al cielo—. Fue el error más grande de la noche. Ella salió de la habitación y fue a hacerle un escándalo a Ronald y por poco le arranca el cabello a Lavender.

—¿No me estás hablando en serio? —La Srta. Weasley, a quien había visto en tan solo dos ocasiones, era una joven que parecía decidida, pero nunca pensó que era de armas tomar. Le costaba mucho imaginarse a la pelirroja y a la rubia peleando entre ellas.

—Mi papá y el Sr. Weasley, el padre de Ron, tuvieron que sacarla de la habitación. Luego mi papá trató de pegarle a Ron y el Sr. Weasley lo detuvo. La Sra. Weasley trató de calmar las cosas, pero cuando se enteró de todo, pues, empezó a gritarle a su hijo y a Lavender y luego a mi papá por intentar golpear a su hijo. En resumen y para no hacerla larga, todos nos terminamos peleando. Creo que todo el hotel se enteró lo que pasó esa noche.

La castaña adoptó una postura de derrota. Apoyó sus codos sobre sus rodillas y ocultó su rostro entre sus manos, completamente abrumada como para permitir que Snape la siguiera viendo. Lamarck, al verla en esa posición, intentó meterse entre sus brazos, creyendo que quería un abrazo.

—Nuestro entrenador nos llevó a mí y a Ron a una habitación separada para hablar, intentar arreglar las cosas, incluso le lloré… pero… —su voz se volvió a quebrar— pero Ron solo terminó conmigo. Me dijo cosas horribles, yo le dije cosas horribles. Al final, dije que me iría. Ya no me importaba la competencia, solo quería irme a casa. Nuestro entrenador nos lo prohibió, nadie se iba a ir. Ya estábamos en la final, era una falta de respeto a su trabajo, al trabajo de los jueces y al de los otros bailarines abandonar de esa forma por algo ajeno a la competencia. Él siempre fue muy estricto y dijo que era claramente nuestra culpa por habernos involucrados sentimentalmente uno con el otro. Éramos atletas trabajando, no jugando a la casita.

"¡Nadie les mandó a estar juntos! Yo se los advertí desde el primer día y aun así lo hicieron. Lo que tú hiciste, Ronald, no tiene perdón, pero nadie se irá de aquí. No es momento para pensar en ustedes. Mañana es la final y quieran o no, mañana se presentarán y bailarán. No nos hemos roto la espalda practicando todos los días para que sus hormonas lo arruinen. No sé cómo van a arreglar su mierda, pero ustedes vinieron aquí a trabajar, no a jugar a la casita".

—No dormí nada esa noche, no creo que nadie lo hiciera. A la mañana siguiente, mientras nos alistamos en los bastidores, podía escuchar como todos murmuraban a mis espaldas. Habíamos dado el espectáculo del año en el hotel. No vi a Ron en todo el día hasta que nos llamaron a la pista. Ni siquiera quería que me tocara, mucho menos mirarlo y eso se notó. Se notó tanto que nuestro entrenador nos tuvo que sacar entre baile y baile y gritarnos como nunca nos había gritado. Fue poco profesional de nuestra parte, en todo sentido y ya no nos podíamos echar para atrás —hizo una pausa para humedecerse los labios y prosiguió—. Me puso más nerviosa que el jurado sorpresa fuera Diego Caplan, aquel bailarín que tanto admiraba. Sentía que no podía más. Estaba decepcionando a todos: a Diego, a los jurados, a mi entrenador, a Ginny, a mis padres… y a mí —la joven se limpió el rostro, evitando mirar a Snape y que este la mirara a ella—. En un determinado momento, mientras estábamos bailando quickstep en los bailes de secuencia, Ron y yo empezamos a pelear otra vez y, en una de las vueltas, él tropezó y cayó sobre mi pierna. Esa caída lo fue todo. Nunca me había sentido tan pequeña e indefensa en mi vida, con tantos extraños mirándonos, sin saber que decir —sollozó quedito—. Cuando intenté levantarme y continuar, mi pierna… Hasta ahora, durante las noches, puedo escuchar ese crack.

Y yo también, pensó.

—No solo se rompió mi pierna ese día, también cualquier rastro de aprecio o afecto hacia Ron Weasley. Perdí mi orgullo, mi carrera, mi amor propio, todo el trabajo duro, todos esos años de entramiento, mis sueños, mi pierna… y a mi compañero. Lloré todo el trayecto desde que subí a la ambulancia hasta el quirófano. Creo que lloraba más por todo lo que había pasado que por el dolor. Lo perdí todo ese día… Desde entonces, tengo miedo de volver a bailar, tengo miedo de volverme a caer y lastimar y ahora lo único que sé hacer bien es esconderme donde la profesora McGonagall, en un estudio que está a nada de cerrar sus clases de ballroom por falta de alumnos —Hermione se acomodó sobre el asiento y levantó la vista hacia el cielo para retener las lágrimas que amenazaban por salir. Se sentía una estúpida, estaba haciendo un espectáculo frente a una de las pocas personas que realmente parecía admirarla—. Ni siquiera sé por qué te estoy contando todo esto, solo hago que me tengas lástima.

Al verla afectada, Lamarck se acercó a ella, subiéndose a la banca con sus patas delanteras e intentando alcanzar su rostro para consolarla, pero en ese momento la castaña no estaba de ánimos para aceptar los besos del cuadrúpedo. El corazón del profesor se encogió al verla en ese estado, sobre todo cuando hace tan poco tiempo, había sido tan feliz.

—Ven aquí —apartó al perro de su lado y abrió los brazos hacia ella, como otorgándole un refugio cálido donde esconderse, aunque sea por un tiempo. Tímida y algo vulnerable, ella correspondió su abrazo, apoyando su rostro en su hombro, dejándose llevar por el olor de la comida impregnada en la ropa del pelinegro. La mano del mayor le acarició la espalda y luego le dio un par de palmaditas, como queriendo demostrarle su apoyo—. Yo no tengo lástima, en ningún momento pienses que te compadezco.

—Severus…

—Lo digo en serio —La apretó contra él, apoyando su barbilla sobre la coronilla de su cabeza, sintiendo sus rizos bajo la piel de su cuello—. Has pasado por muchas cosas, cosas que alguien tan joven no debería pasar, pero así fue. No te voy a juzgar, yo mismo me he visto en esa situación, pero lo peor que puedes hacer ahora es autocompadecerte y quedarte estancada. Así que ya no más lágrimas. Solo te queda levantarte y continuar ¿sí? —Hermione se apartó lentamente, asintiendo sin parar —¿Qué te parece si mejor entramos? Me esforcé en cocinar y no quisiera tener que recalentar.

Hermione sorbió la nariz y asintió, limpiándose las lágrimas con la muñeca. Snape le acarició el rostro con el dorso de su mano y lo tomó con cuidado, depositando un casto beso sobre su frente fruncida. Le regaló una sonrisa forzada que ella correspondió y en un silencioso mutuo acuerdo, ambos regresaron a la casa, seguidos de cerca por el perro mestizo.

—Hmmm… —suspiró la castaña, ya más calmada, al llevarse el primer bocado y degustar el sabor delicioso de la comida de Snape. Cerró los ojos y se dejó llevar por las texturas y los olores que emanaban del plato. Se llevó una mano a su boca para cubrirse y habló—. Esto está… exquisito… demasiado delicioso.

—No exageres, es solo un platillo simple, nada…—

—¡En serio! —exclamó después de pasar la comida—. Esto sabe delicioso. No sé qué le pusiste a la salsa, pero tiene como un gustito diferente, es como salado, pero con algo más —Complacido por sus palabras, Snape empezó a comer más tranquilo, sabiendo que su comida era del agrado de su invitada—. Han pasado años desde que probé una comida hecha en casa.

—No, ¿En serio? —preguntó sin creerlo— Sé que no sabes cocinar, pero ¿Qué hay de cuando vas a la casa de tus padres?

Hermione tomó otro bocado y masticó en silencio, pensando si responder o no—. Ha pasado mucho tiempo. Es un asunto delicado. ¿Qué tal si hablamos de otra cosa? —pidió, aunque Snape lo tomó más como una súplica.

No quería incomodar a la castaña, suficiente tenía con todo lo que ya había pasado durante la tarde, no necesitaba pasar por más, por lo que buscó un tema diferente. Había tantas cosas que quería preguntarle, pero pensaba que no era apropiado en ese momento, hasta que por fin se le ocurrió algo.

—Siempre supiste que querías ser bailarina? —preguntó. Cada tanto, Lamarck se acercaba a alguno de ellos, esperando que alguno quisiera regalarle un poco de su comida a escondidas.

—Sí. Bueno, eso me decían mis padres —contestó, pasando disimuladamente un trozo de pollo a la boca del perro bajo la mesa—. Mamá me llevó a mi primera clase de ballet cuando tenía tres años. Fue en un pequeño estudio cerca al consultorio de mis padres en Cambridge. Ellos eran dentistas y solían trabajar casi toda la tarde por lo que yo pasaba la mayor parte del tiempo practicando ballet —los ojos de la castaña brillaron al hablar de su infancia dulce y sus inicios en el mundo de la danza—. Estuve ahí hasta los diez, más o menos. Era divertido. Yo era tan torpe al inicio, así que lo tomaba como un reto y me esforzaba todos los días por ser mejor.

—¿Y alguna vez tuviste una presentación o algo así? Me refiero en un teatro.

—¡Sí! Hice de una de las niñas y luego uno de los ratones en El Cascanueces cuando era pequeña y una de las hadas en Sueño de una noche de verano —respondió sonriente. Hermione podía recordar lo impresionada que estaba la primera vez que fue parte del cuerpo de baile en un teatro, por más pequeño que fuera el rol, ella se sentía importante con sus cortos ocho años—. Cuando tuve diez, me dieron el rol de Clara en un recital de invierno. Fue mi primer y último papel importante en ballet.

—¿Y por qué el último? —preguntó intrigado. Una tierna imagen se apareció por su mente, una mini Hermione Granger con tutú y diadema, haciendo de la pequeña estrella infantil que se perdía en el mundo mágico de El Cascanueces.

—Pues, al año siguiente, cuando los negocios reabrieron, fuimos a recoger mi vestuario a la lavandería —empezó a contar, dando detalles específicos como si el día que narraba tan solo hubiese ocurrido ayer—. Había muchas personas esperando, una de ellas era una hermosa mujer, alta y con apariencia de cisne. Yo estaba sentada junto a ella y, bueno, quiero aclarar que en ese entonces era muy sociable y hablaba con todo aquel que se me cruzara —admitió algo avergonzada—. Entonces yo le empecé a contar que estaba ahí por mi traje de bailarina y ella me respondió que ella también, que estaba recogiendo su vestido de baile. Le pregunté que qué bailaba y ella dijo "Ballroom".

Luego, cuando llegó su turno de recoger su ropa, me dejó acompañarla para que pudiera ver su vestido. Era el vestido más hermoso que jamás había visto. Era de delicada tela rosa, con una bonita falda. Ni siquiera me atrevía a tocarlo porque pensé que lo rompería —rio—. Debí caerle bien porque me invitó a un evento que tenía el fin de semana, a una gala. Fui con mis padres y nos sentamos cerca de la pista —realizó una pausa y cerró los ojos, como recordando—. Nunca había visto a mujeres tan hermosas y a hombres tan galantes. Todos los pasos que realizaban, los vestidos, la fuerza, las miradas… ¡las sonrisas! Todo era tan hermoso. Sentía que mi corazón se iba a salir del pecho cada vez que los veía dar una vuelta y no podía comprender cómo cambiaban tan rápido de estilo.

Snape estaba embobado con la historia y ya hasta se había olvidado de la comida, quería saber todo acerca de ese día. Lamarck seguía dando vueltas por la mesa, pero todos parecían haberse olvidado de él.

—Entonces, la bailarina de la lavandería hizo una pose de ballroom delante de nosotros. Me sonrió con sus impecables dientes y luego me guiñó un ojo. Fue ahí cuando lo supe, yo tenía que bailar ballroom. Fue como una revelación. Les dije a mis padres que quería probar otra cosa y cambie las clases de ballet por las de baile de salón con la condición de que eso no debería afectar mis notas. Luego de eso, pues, ya es historia.

—¿Cuál fue el primer baile que aprendiste? ¿Tango? —preguntó, recordando aquel día hace tanto tiempo en Southfields— Porque te he visto bailar y creo que lo haces muy bien. Me gusta esas "patadas" que haces y todo el movimiento. Perdona, no sé como se llaman los pasos.

—Gracias, pero no, no. Lo primero que aprendí a bailar fue vals vienés. Te explico… —

El resto de la cena fue una muy bien explicada clase sobre técnicas e historia de baile. Snape no comprendía mucho, pero le gustaba verla hablar con emoción, así como comer con devoción su comida. Por primera vez en mucho tiempo, no cenaba solo y eso le dejaba una sensación agradable en el pecho.

Luego de cenar, Hermione se ofreció a lavar los platos a pesar de las protestas de Snape. Decía que era lo mínimo que podía hacer esa noche por él, después de todo, no solo le había preparado una exquisita cena, sino que además había sido paciente al escucharle hablar de sus problemas. Le pidió que la esperara en el jardín y que disfrutara del fresco de la noche junto a Lamarck, ella lo alcanzaría en un momento. Una vez que terminó, Hermione fue a sentarse junto a él sobre la banca de madera, con Lamarck echado sobre las piernas de ambos, esperando que le rascaran la panza.

—¿Siempre supiste que querías ser profesor?

—Pues no. No, en lo absoluto. Verás, el plan era publicar alguna investigación importante, un estudio que impresionara a los miembros del Museo de Historia Natural y pues, no lo sé, tener un puesto entre ellos —se sonrió, recordando su sueño y lo ilusionado que estaba por ello cuando todavía era joven y tenías tantas ideas—. Tal vez luego publicar un libro de forma independiente, algo relacionado a la física o a la biología, pero… pero quería que fuera innovador. Bueno, tal vez no "innovador", pero que fuera didáctico, que pudiera llegar a todos lados y a todos los públicos, con muchos dibujos y esas cosas que llaman la atención.

—¿Y qué pasó? ¿Dónde está el libro?

—Dejé de preguntarme eso hace tanto tiempo, Granger —su sonrisa, antes auténtica y tímida, se transformó a una forzada—. Me gradué de Oxford con honores, conseguí una beca y luego me fui una temporada a Francia a estudiar un postgrado. Aprendí muchas cosas y publiqué algunos estudios con unos colegas que no fueron la gran cosa. Volví a Londres, trabajé un tiempo en un laboratorio, pero sentía que no pertenecía ahí. Luego me casé, me quedé aquí… Empecé a escribir y presentar tesis al museo, todas fueron rechazadas. Necesitaba un trabajo así que empecé a enviar mi CV a todos lados hasta que unos amigos me dijeron que necesitaban a un profesor de ciencias en Hogwarts.

—¿Entonces entraste como profesor de Química?

—Sí, pero en realidad yo quería el puesto de profesor de Biología, lo cual nunca pasó —admitió apenado. El puesto de profesor de Biología sería una herida que siempre le dolería, incluso más que ser rechazado por el museo—. Poco a poco mis responsabilidades aumentaban, así que dejé de lado la idea del libro. Tampoco había nada que me inspirara a escribir. No es fácil hallar un tema y, los que encontraba, no lo sé, terminaba perdiendo el interés pronto. Después, saqué mi doctorado, así que pensé que esta vez sí tendría una oportunidad en el museo. Otra vez nada. Finalmente lo olvidé y solo quedó como eso, un simple sueño.

—Lo siento tanto, Severus —en un gesto genuino de empatía, Hermione posó su mano sobre la de él—. Sonaba como un gran plan, ¿sabes? Yo hubiese leído tu libro encantada.

—A veces las cosas son así, pero no lo lamentes —le rogó, apretando su mano—. No soportaría que sintieras lástima por mí, Granger.

—¿Y no fue frustrante? —preguntó acercándose, demandando una respuesta inmediata— Porque… porque tú tienes no sé cuántos estudios, me dices que fuiste uno de los mejores de tu clase, tenías ideas y aspiraciones y, aun así, nada. Tanto esfuerzo por nada. ¿No fue frustrante?

—Al inicio lo fue. No entendía por qué me pasaba esto a mí, siempre tenía un plan, siempre estudiaba, me informaba, era muy aplicado, pero siempre fracasaba —en múltiples ocasiones, intentó rendirse antes de colgar la toalla por completo. De no ser por Valerie y sus palabras de aliento, probablemente hubiese renunciado desde antes. Tal vez eso fue lo único bueno que podía rescatar de su ex—. Fue una temporada donde yo tenía realmente un concepto muy pobre de mí… luego aprendí a vivir con ello y superarlo. Tal vez eso debía ser así, llámese destino, probabilidades, como quieras. Mi madre decía "Lo que desde un inicio no es para ti, ni aunque lo fuerces". Tal vez hacer ese libro no era para mí.

—A veces pienso que eso fue lo que me pasó a mí. Me pasé casi toda mi vida bailando. Literalmente desde que tengo memoria he estado en un estudio de baile. Ballet durante siete años y Ballroom durante nueve y mírame ahora. Un completo fracaso. La promesa del baile del salón se rompió una pierna y de pronto se volvió la comidilla de todos al grado de tener que esconderse en un pequeño estudio durante tres años. Tal vez eso no era para mí y era una señal.

Snape dudó un poco en lo que estaba por hacer, pero creía que era necesario. Esforzándose para que su mano no temblara, tomó a Hermione por la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos, los oscuros pozos negros de su rostro. Ella, algo asustada por su accionar, no se atrevió a decir nada, es más, le otorgó su atención por completo. Snape mojó un poco sus labios, pensando en lo que diría a continuación y, por fin, habló.

—Creo que eres muy joven para pensar así. Personalmente, pienso que podrías volver, demostrarles tu talento y callarle la boca a todos aquellos que te criticaron —soltó su barbilla con delicadeza, pero ella no dejó de observarlo—. Yo no soy la mejor persona para hablar de eso, mi conocimiento en el baile es casi el mismo que el tuyo al cocinar —le arrancó una risilla—, pero te he visto bailar, he visto como te mueves. Haces que el tiempo se detenga y eso es algo precioso y no creo que debas privar al mundo de algo tan hermoso… me atrevo a decir que hasta inspirador.

Hermione se sentía pequeñita, como un ciervo a punto de ser atropellado por un carro en la autopista. Las palabras de su interlocutor eran sinceras y aunque lo apreciaba, Hermione seguía creyendo que Snape exageraba, ella no se consideraba tan talentosa como él creía, mucho menos inspiradora.

—No lo sé… A veces me gustaría volver, pero tengo miedo. Tengo miedo de que esto no sea lo mío, de volverme a caer, de volver a decepcionar a las personas que confían en mí… de decepcionarme a mí. Ni siquiera tengo inspiración para crear una coreografía y encontrar a una nueva pareja, dado a mi historial, no es tan fácil. Llevo mucho tiempo fuera del medio. Lo único que me queda es entrenar a los chicos del estudio a ver si logramos algo.

—Sigo creyendo que no deberías rendirte —volvió a intentar—. Es algo hipócrita de mi parte decírtelo, pero no quisiera que cometieras los mismos errores que yo y que luego te arrepientas de no haber cumplido tus sueños.

Hermione se mantuvo en silencio unos minutos y luego le propuso lo siguiente— ¿Qué te parece si prometo pensarlo si tú prometes reconsiderar la idea de tu libro?

—Hermione…

—¡Por favor! Te prometo que seré la primera persona en comprarlo —rogó.

—… Lo voy a pensar.

—Recuerda que también debes pensar lo de unirte a mi segunda generación de bailarines, no puedo prescindir de mi bailarín estrella —bromeó, arrancándole una sonrisa al profesor.

Siguieron hablando de cosas sin mucha importancia. A veces sobre el trabajo, a veces sobre anécdotas; en alguna ocasión, Snape hasta le explicó una receta para hacer lasaña. Snape aprendió sobre la castaña y viceversa. Concluyeron que existía una diferencia abismal entre los dos: mientras que Hermione era intrépida, curiosa y algo insegura—propio de su tierna edad—, Snape era alguien más calmado, alguien que, a esas alturas de su vida, ya no le importaba lo que los demás pensarán de él. Sin embargo, esas diferencias se quedaban en nada cuando descubrieron que compartían los mismos gustos.

Ambos amaban leer, eran comelibros innatos; tal vez no siempre de los mismos temas, pero cada uno tenía, por su lado, una amplia biblioteca —aunque Snape tuviera los libros en físicos y Hermione, en formato pdf—. Ambos gustaban de los postres dulces y amaban el café. Ambos se incomodaban mucho en las fiestas, especialmente cuando no conocían a nadie. A ambos, en secreto, les gustaba ver el canal de debate y ambos disfrutaban de tardes de películas con palomitas y en pijama.

A medida que la conversación avanzaba, la hora también. Dieron las nueve, las diez, las once y ellos nunca se dieron cuenta. Snape la escuchaba atento, dejándose llevar por lo calmo de su voz mientras sus ojos miraban a las estrellas del cielo despejado. Su atontada mente intentó contarlas, pero se perdió en la estrella número doce. Se estaba… quedando… dormido.

La cabeza de Snape cayó para un lado, despertándolo de inmediato. El pelinegro se giró de inmediato para ver a la castaña con sus ojos oscuros y cansados. Ella le devolvió la misma mirada cansada, solo que en color miel. No necesitaron más palabras, era claro que ambos querían irse a dormir. Lamarck todavía seguía recostado sobre ellos dos y su respiración suave indicaba que ya estaba en el mundo de los sueños de Morfeo donde, al parecer, estaba persiguiendo ardillas debido a sus intermitentes patadas.

—No lo quiero despertar —susurró la joven apenada.

—Yo tampoco —un bostezo lo traicionó y rápidamente se cubrió la boca—, pero ya me estoy durmiendo —estiró un poco los brazos y las piernas, como haciendo tiempo mientras pensaba cómo quitarse al perro de encima sin despertarlo—. Se va a despertar —concluyó luego de un rato, no importaba lo cuidadoso que fueran al levantarse, el perro terminaría siempre despertando—. Mientras más rápido hagamos esto, más pronto volverá a dormir.

—Lo siento, chiquito —le susurró la chica con el corazón quebrándose en mil pedazos por despertarlo de esa forma.

Un atolondrado Lamarck tuvo que bajarse del mueble para que ellos pudieran levantarse. Hermione, igual de atolondrada, avisó que llamaría a un taxi para regresar a casa, pero era evidente que no estaba en condiciones para viajar y mucho menos tan tarde y sola.

—¿No es molestia que me quede? —bostezó.

—No, claro que no. Cambie las sábanas la semana pasada, la habitación es todo tuya.

Hermione se adelantó escaleras arriba mientras que Snape apagaba todo en la primera planta. Para cuando terminó, encontró a su perro medio dormido tratando de subir las escaleras sin mucho éxito. Al igual que a un niño pequeño, se vio en la obligación de cargarlo hasta el segundo piso, donde recobró vida y, en lugar de seguirlo a él a su dormitorio, fue al otro extremo del pasillo, rumbo a la habitación de invitados donde una muy agotada Hermione Granger estaba abriendo la puerta.

—Lamarck, ven aquí —llamó una, dos, hasta tres veces, pero en ninguno de los intentos el perro se giró a verle —. Ven, vamos a dormir, deja a Miss Granger... ah… en paz —bostezó.

Al abrirse la puerta, el perro magistralmente ignoró sus palabras y se internó en la habitación para dormir en la cama junto a la castaña. Hermione, aún de pie en el pasillo, levantó los hombros e inclinó la cabeza un poco, regalándole una pequeña sonrisa.

—Creo que me prefiere a mí.

—Ahora resulta que no solo ya no quiere que yo lo saque a pasear, sino que tampoco quiere dormir conmigo —exclamó sorprendido—. ¿Puedes creerlo? Me siento traicionado. ¿Desde cuando te quiere más a ti que a mí?

—Lo siento —pidió entre risas cansadas.

—No, soy yo quien lo siente. Él no suele ser así todo el tiempo. Déjame sacarlo de ahí para que puedas dormir bien —dio un par de pasos hacia ella, pero lo interrumpió casi al instante.

—No, no, no. Está bien, no hay problema. Me gusta tenerlo cerca.

—¿Segura que podrás dormir? —cuestionó algo avergonzado de la conducta de su mascota.

—Sí, claro que sí.

—Bueno —dio un último bostezo, señal para ya irse a la cama antes de desfallecer a mitad del pasillo—. Descansa, Granger. Si se pone pesado y no te deja dormir, mándalo a dormir al suelo o solo sácalo de la habitación. Ya sabes dónde estoy por si necesitas algo. Gracias otra vez.

—Ok. Descansa, Severus.

—Descansa. Buenas noches

A la mañana siguiente, Snape se levantó a la misma hora de siempre. Sus ojos cansados demoraron para abrirse, bostezó lentamente, estirándose a lo largo de su cama y se limpió las comisuras de sus labios resecos. Sus manos, grandes y torpes, buscaron a tientas aquel ser peludo que siempre dormía a su lado, pero al no encontrarlo, terminó de desertar por completo.

—¡Lamarck! —susurró. Su garganta estaba seca y tenía la típica voz ronca del que recién se despierta. Se mantuvo asustado hasta que su aletargada mente recordó que quién se suponía debía ser su compañía incondicional estaba durmiendo a gusto al lado de Miss Granger. Al menos no había nada de que…

¡MISS GRANGER!

¡Demonios! No había sido un sueño. Miss Granger, Hermione, la bailarina castaña de Earl's Court, la niñera de su perro y su crush estaba durmiendo en la habitación de invitados, probablemente abrazada a su perro y vestida con su ropa. Se pasó las manos por la cara, propinándose ligeros golpecitos para poder despertar.

Si volvía a dormirse, ¿todo sería un sueño?

Espero a que fuera una hora prudente para levantarse, después de todo, estaban de vacaciones. Cuando sus ojos fueron lo suficientemente capaces de mantenerse abiertos, revisó su celular como todas las mañanas. Tenía un par de mensajes, en especial uno de Miss Granger. ¿Habría pasado algo a mitad de la noche y no lo habría notado? Bueno, en su defensa, siempre tuvo el sueño pesado. Abrió el mensaje el cual consistía en una única foto de su perro apoyado en la cama, mirando a la castaña, supuso.

[01:03 a.m.] Miss Granger: En qué momento se le acaba la batería?

Pobre, Miss Granger, el tonto de Lamarck no la había dejado dormir.

Cuando dieron un cuarto para las diez, Snape se cambió de ropa y salió de su habitación con rumbo a la planta baja. Sin embargo, un par de rasguños en la puerta de la habitación de invitados lo hizo detenerse antes de bajar las escaleras. Se acercó a la puerta blanca y encontró el hocico de Lamarck haciendo sombra en la parte inferior, en el espacio entre el suelo y la superficie de madera. En cuanto lo olfateó, empezó a llorar en voz baja.

Algo asustado, Snape abrió la puerta despacio y el perro salió a toda velocidad de la habitación, perdiéndose por el pasillo y bajando al primer piso, lo más probable es que estuviera de camino al patio. Se tranquilizó al instante, Lamarck solo quería salir. Ya eran más de las diez, Lamarck tenía un horario y desde hace media hora él ya debía haber ido al baño.

Snape volvió su mirada a la cama, donde Hermione Granger seguía profundamente dormida sin ni siquiera notar su presencia. La castaña estaba estirada a lo largo y ancho de la cama, con el cabello revuelto como un arbusto seco y el rostro oculto entre la almohada y su brazo. Sonrió tiernamente viéndola dormir y cerró la puerta con cuidado de no despertarla. Se merecía un descanso después de una noche tan larga.


HOLA CHIQUIS!

LAMENTO ESTE RETRASO, ESTOY EN EXAMENES Y PUES, LO MISMO DE SIEMPRE, ADEMÁS DE QUE NO ENCONTRABA INSPIRACIÓN PARA ESTE CAPITULO Y NO SABÍA COMO TERMINARLO, PERO POR FIN PUDE ESCRIBIR ALGO QUE MÁS O MENOS ME AGRADA. ESPERO QUE LES GUSTE Y QUE EL TAMAÑO DEL CAP (SON COMO 32 PÁGINAS) LOS COMPENSÉ POR ESTOS DÍAS DE AUSENCIA. POR CIERTO, LA PARTE DEL REGAÑO DE SNAPE A SUS ALUMNOS ESTÁ INSPIRADA EN MI EXPERIENCIA EN SECUNDARIA Y LA UNIVERSIDAD, NECESITABA MATERIAL PARA ESCRIBIR. GRACIAS POR SEGUIR LEYENDO, ESPERO SEGUIRLOS LEYENDO EN LOS COMENTARIOS :3

BESITOS, LOS QUIERO MUCHO!