CAPÍTULO 12
A Narcisa Malfoy siempre le gustaron los caballos.
Este gusto era herencia de su amado padre quien también era un gran fan de los equinos y cuyos establos eran el sueño de cualquier apostador de hipódromo. Los pocos momentos felices que Narcisa recordaba con su progenitor siempre estaban vinculados a los caballos, ya sea ellos dos montando, asistiendo al hipódromo o participando en competencias de equitación y juegos de polo —en el caso del padre—.
Tal vez ese era el porqué de su obsesión hacia tales animales. De por sí, Narcisa había heredado dos hermosos purasangre y —ahora que era esposa de un hombre que podía cumplir cualquiera de sus caprichos— la rubia podía llenar sus propios establos como se le diera la gana. Aún solía ir al hipódromo de vez en cuando a apostar y, de no haber sido tan alta, estaba segura que su sueño de ser jockey profesional se hubiese cumplido. Sin embargo, al menos siempre le quedaría el consuelo de haber ganado una que otra medalla en saltos durante su adolescencia.
Usualmente le gustaba montar en los días templados, pero eran días soleados como estos, donde disfrutaba de darle rienda suelta a su caballo y corría a toda velocidad por los terrenos de Malfoy House. Con su ropa blanca de montar y el casco negro de seguridad cubriendo su larga trenza rubia, Narcisa Malfoy era una completa amazonas bajo el sol de verano. Al terminar, dejó en los establos a su equino, un purasangre negro llamado Conde, y luego regresaba a pie hasta los jardines de su hogar, donde sabía que se encontraban su esposo y su amado hijo.
Desde que Draco había regresado de Oxford triunfante, se pasaba casi todas las mañanas en la piscina de la mansión, ya sea leyendo o nadando. Hoy no era la excepción. Puntualmente, como siempre, un Draco en lentes de sol salió de la casa a las 11 a.m. y se sentó en una de las reposeras blancas junto a la piscina, acompañado de su parlante portátil negro y un buen libro. Al lado, flotando sobre la cristalina agua, yacía Lucius Malfoy, descansando un poco sus agotados brazos después de darle treinta vueltas a la piscina.
—¿Estás usando bloqueador? —interrumpió la señora de la casa al llegar donde ellos. Ambos varones levantaron la cabeza, buscándola, hasta que la divisaron entrando por el camino de piedra, con su casco negro bajo el brazo.
—Sí, mujer —respondió Lucius, nadando hasta el borde.
—Se lo decía a Draco —Narcisa se acercó a su hijo y le dio un amoroso beso en la cabeza, aspirando el aroma de su cabello sin peinar—. ¿Te pusiste bloqueador? —el joven asintió, volviendo a su lectura.
—¿Qué tal el paseo? —preguntó su esposo, saliendo de la piscina por medio de la escalinata.
—Bien, el clima está agradable y Conde se moría por salir a correr —ella caminó despacio hacia su compañero, tendiéndole una mullida toalla blanca que él aceptó gustoso, inclinándose sobre ella para besarla en los labios—. ¡Lucius, no! Me estás mojando, no —rio, apartándose de esas manos traviesas.
—Ya hice la carne asada —cuando decía "Ya hice", se refería a que había ordenado a sus cocineros preparar carne asada y probablemente eso era lo que estarían haciendo en ese preciso instante. En la mañana, Lucius se levantó con la brillante idea de hacer una carne asada para almorzar y Cissy sugirió invitar a unos amigos, como si fuese un almuerzo casual de vacaciones.
—Perfecto —respondió sonriendo con sus delgados labios rosa—. ¿Lograste invitar a Severus? Quería invitar a Bella, pero no quisiera que ella se encontrara con Snape. Mi día va muy bien como para que esos dos se junten.
—No me contesta el celular —respondió fingiendo sonar triste—. ¿Qué se cree? Estoy cocinando para él y ni siquiera me contesta.
—¿Por qué no intentas de nuevo? Si no responde, invitaré a mi hermana.
—Espero que responda —susurró Draco para sí mismo, rogando que su madre no lo escuchara.
Lucius, con la toalla sobre la espalda, se sentó en una de las sillas de sol y marcó sobre la pantalla de su teléfono el tan conocido número de su amigo de negros cabellos. Había llamado dos veces, temprano, como cerca de las 10, pero no hubo respuesta alguna por parte del profesor. "El número que usted ha marcado se encuentra apagado o fuera de línea". Ahora lo intentaba por tercera vez y esperaba que esta vez al menos le respondiera con un mensaje. Sonó una vez, sonó por segunda vez y finalmente, a la tercera, Snape respondió al otro lado de la línea.
—Snape, viejo amigo, ¿qué tal?
—Hola, Lucius. Acabo de ver tus llamadas, perdón por no responder, no tenía señal.
—¿Y eso? —Narcisa se acercó más a él, tratando de escuchar la voz de Snape por el teléfono.
—Ah… —se escuchó una pausa, como entrecortada y llena de estática—, estaba viajando. Estoy con Lamarck, salimos a pasear.
—Bueno, te llamaba porque te queríamos invitar a almorzar a la casa, estamos haciendo carne asada. ¿Vienes? Ya me confirmaron Nott, Amycus, Rabastan…—
—Me encantaría, pero no puedo —le interrumpió. Lucius frunció el ceño. Qué raro, pensó, Snape nunca le decía que no a la carne asada—. Pensábamos almorzar en el jardín.
—Sabes que puedes venir con Lamarck.
—Sí, pero hoy queríamos hacer algo diferente —¿Diferente? —. Eh, ¿te parece si lo dejamos para otro día?
—Eh, claro, claro, no hay problema —respondió extrañado. Miró a su esposa enarcando una ceja y ella le devolvió la misma mirada interrogante. ¿Hacer algo diferente? ¿Snape haciendo algo diferente? Ahora sí había motivos para preocuparse—. No olvides que nos vamos la próxima semana a la Costa Azul. Aún no es tarde para pensarlo, es una semana en Cannes.
—Sí, sí, yo te aviso —respondió apresurado, distraído. Unos ruidos extraños se escucharon al otro lado de la línea, era el sonido de risas estridentes, música y tal vez un par de groserías—. Te dejo. Hablamos más tarde, adiós.
Colgó.
Lucius estaba extrañado al igual que Narcisa. ¿Qué acababa de pasar? Primero se desaparecía durante casi toda la semana, disque muy ocupado con su investigación como para pasar tiempo con ellos, a pesar de que ya estaba de vacaciones. Luego, su aspecto físico cambiaba. Dejó su apariencia de vampiro por un ligerísimo bronceado, de alguien que al menos sale al jardín, y hasta se veía más esbelto. Y ahora andaba de misterioso en quién sabe dónde y con quién sabe quién. Para ponerle una cereza al pastel, el tan predecible Severus Snape quería hacer algo nuevo sin ningún motivo aparente.
—Bueno, supongo que mi linda cuñada siempre vendrá almorzar —murmuró formando una mueca que aspiraba a ser sonrisa, pero que solo se quedó como una mueca.
—¿No te parece que Snape ha estado muy extraño últimamente? —interrogó Narcisa, sentándose a su lado— Ya casi ni le vemos el rostro… Por cierto, ¿no sonaba como entrecortado?
—Ahora que lo dices, sí. Había mucho ruido, como risas. Ni siquiera parecía estar escuchándome.
— Dijo que no tenía señal. Que yo sepa, toda Londres tiene señal. ¿Te dijo dónde estaba?
—¿Acaso no escuchaste? —inquirió, dejando el teléfono sobre el asiento, olvidándolo por completo— No dijo nada relevante. En todo caso, se encuentra en un lugar ruidoso, con poca señal y es obvio que no está solo.
—¿Dónde crees que esté?
—Camino a Bournemouth.
Ambos adultos se giraron a ver a su hijo, quien había reemplazado el libro por el celular y ahora tecleaba veloz sobre la pantalla, aún con los lentes puestos, ignorando a los dos por completo. Draco, quien desde hace casi una hora no había pronunciado palabra, decidió acabar con su silencio al ver que sus padres se estaban rompiendo la cabeza tratando de averiguar dónde diablos estaba su padrino. Tanta charla en voz alta no le dejaba disfrutar la canción como él quería y eso no lo iba a permitir.
Narcisa enarcó una ceja y preguntó —¿Y cómo sabes eso, jovencito?
—Lo publicó en Instagram hace como 15 minutos —respondió agitando su celular en el aire.
¿Instagram? ¿Snape, su Snape, publicando en Instagram? ¿Qué?
Casi como si tuvieran un resorte incorporado, los esposos Malfoy saltaron de sus asientos y corrieron a quitarle el aparato, casi tirándolo al suelo. Irritado de tantas exigencias por parte de sus padres, Draco se vio en la obligación de mostrarles la última publicación del usuario thehalfbloodprince que no consistía en nada más que un primerísimo primer plano del rostro de su perro sacando la cabeza por la ventana de lo que parecía ser un auto. El samoyedo se veía feliz, con los ojos cerrados debido a la brisa y la lengua rosada colgando de un lado. Abajo, la foto ponía "Nuestro primer viaje juntos. Parece que a alguien le gustan las fotos #traveldog #vacaciones #roadtrip".
—¿Cómo sabes que va a Bournemouth?
—Porque la foto fue tomada hace quince minutos en Winchester, una ciudad universitaria. ¿Quién va de vacaciones a una universidad? Nadie —Draco sonaba algo fastidiado, incluso puso los ojos en blanco, siempre detrás de la seguridad de sus gafas oscuras—. Ya que mi padrino no sabe jugar al golf y dudo que quiera visitar una iglesia, lo más probable es que solo esté de paso y el único destino posible al que podría ir en esa dirección es Bournemouth, donde hay playas… donde se vacaciona.
La escena, en sí, era algo cómica o eso creía uno de los mayordomos que cuidaba desde lejos a la familia. El joven Draco tratando de explicarle la situación a sus dos padres como si estos fueran niños de kinder y tuviera que explicar todo con manzanitas. Por su parte, Lucius y Narcisa Malfoy tenían sus mentes trabajando a mil por segundo, tratando de sacar conclusiones. Era un secreto a voces que Snape odiaba la playa, era muy especial cuando de eso se trataba. No le gustaba la arena, no le gustaba el sol, no le gustaba broncearse y no le gustaba que hubiese mucha gente. Ir a la playa con Snape era una misión casi imposible, por eso cada vez que lo invitaban, procuraban llevarlo a una más privada, donde no tuviera motivos para quejarse.
… Y ahora se estaba yendo a Bournemouth, una de las playas públicas más frecuentadas del país.
—Que bueno que solo le enseñé a postear, no a ocultar su ubicación —comentó el menor.
Los Malfoy no podían estar más de acuerdo con su hijo.
Mientras tanto, en algún lugar en medio de las carreteras M3 y M27, el desaparecido profesor de Química tenía sus propias preguntas sin sentido como: "¿Qué demonios estaban haciendo Luna y Ginny Weasley?"
—Nos vamos a matar.
—¡Sujetame fuerte! ¡Me voy a caer por tu culpa!
—Luna, no te muevas. Ya, Sirius, acelera un poquito más, solo un poquito.
—Luna, si te caes, no vamos a parar el auto. ¡MÉTETE!
Snape se alegró de haber cortado la llamada en ese instante o Lucius Malfoy hubiese escuchado todos los gritos dentro de la camioneta. En el asiento del copiloto, Ginny Weasley tenía sacado medio torso por la ventanilla, tratando de sacar una buena fotografía de Luna Lovegood quien, en el primer asiento trasero, había sacado la mitad de su cuerpo por la ventana, posando con el viento golpeándole el rostro. Harry Potter y Neville Longbottom las sujetaban respectivamente, procurando que las muchachitas no fueran a caerse y matarse en ese intento de sesión de fotos.
Desde que la profesora McGonagall anunció que serían la siguiente generación de competidores de McGonagall's Studio y que la representaría en el Syllabus de Escuelas de Londres, el reducido grupo de bailarines había puesto en marcha el plan "OESED". En su afán de ponerle un nombre al grupo, se realizó una votación general sugiriendo nombres. Luna sugirió DESEO, pero al sujetar el papel al revés al momento de presentarlo, terminó diciendo otra cosa. Sin embargo, el nombre le gustó a la profesora, lo prefería sobre "Sirius y los 3 magníficos". Al final, ese fue el nombre que eligieron y el primer objetivo que fijó el grupo OESED fue la integración de sus miembros. Por supuesto, qué mejor forma de integrar a un grupo que hacer un viaje a la playa.
Y eso era precisamente lo que estaban haciendo.
Dos días antes, se habían organizado para ir a una playa cercana. A pesar de que Sirius tenía una casa en una playa privada en el norte, esta quedaba demasiado lejos para ir en auto por lo que —por votación general— optaron por ir a Bournemouth, una playa pública conformada por siete áreas al suroeste de Londres, a mitad del Canal de la Mancha. Conocida ampliamente por ser una de las playas más frecuentadas, ideal para el jubilado, Bournemouth compensaba a sus bulliciosos bañistas con uno de los microclimas más cálidos que pudieran tener las Islas Británicas, fina arena blanca y agua limpia.
Al principio, Snape se negó. el solo escuchar el nombre de Bournemouth hizo que recordara las mil y un razones por las que odiaba la playa; sin embargo, fue la emoción del grupo la que lo obligó a ceder. Ahora, dos días después, estaban recorriendo en uno de los tantos autos de Sirius —al inicio, habían decidido ir en el convertible del pelinegro, pero luego de que Lamarck intentara saltar del vehículo en marcha, la camioneta sonaba como una mejor opción— un trayecto de dos horas y algo desde la ciudad a la playa, con Lamarck en el último asiento, sano y a salvo.
—¡¿Ya tomaste la foto?! —exclamó Luna desde afuera del auto.
—Espera, una más —la cámara hizo el usual "click", guardando la imagen de la joven rubia—. Ya, ya te puedes meter —dijo haciendo lo mismo.
Las dos mujeres pusieron fin a su peligrosa hazaña y volvieron a sus respectivos asientos, poniéndose el cinturón de seguridad, permitiendo a Sirius volver a acelerar y continuar con el paso al que iban antes de la "grandiosa" idea de la rubia. Cuando Lamarck sacó su cabeza por la ventana para sentir la brisa, a Luna —quien lo había fotografiado— le gustó tanto la foto que ella misma quiso hacerse una. Así que después de cinco minutos de peleas sobre lo irresponsable que era hacer eso en un vehículo en marcha, Sirius bajó la velocidad de la camioneta, permitiendo a las dos mujeres hacer su improvisada sesión de fotos.
Tal vez por esa razón la profesora McGonagall no había querido acompañarlos en el viaje. Eso de "ya quedé con unos amigos" solo era una excusa para que la mujer mayor no tuviera que lidiar con las locuras de Luna respaldadas por Sirius. Ya podía escuchar los gritos de la escocesa en cuanto hubiese visto como la parte superior del cuerpo de Luna colgaba de la ventana de la camioneta.
Era preferible que se perdiera esto a que le diera un infarto.
—¿Por cuánto tiempo más nos ibas a esconder a este bebé? —preguntó la rubia haciéndole mimos al perro, sentada al lado de Ginny quien también lo acariciaba. Incluso Neville se encontraba embelesado con el samoyedo mestizo, no paraba de tomarle fotos con la cámara de Luna.
—Así que es por culpa de este amiguito que ya casi ni te veo el rostro, Herms —comentó la pelirroja. A pesar de que el viaje de integración era exclusivo para los miembros del grupo OESED, Ginny estaba ahí en "representación" de la profesora, pero la verdad es que se había unido de último momento, autoinvitándose a la aventura. La mencionada solo atinó a levantar los hombros como respuesta—. Te lo voy a perdonar porque es hermoso. ¿No es así, precioso? ¡Que guapo! —Lamarck moría de felicidad cada vez que Hermione le hacía cariños, pero ahora que tenía a Luna y a Ginny encima, el perro se encontraba en el séptimo cielo—. Lamento que Herms lo importune todo el día, Sr. Snape. Mi amiga siempre tuvo una debilidad por los perros.
Hermione se sonrojó y se inclinó sobre su asiento para unirse a las caricias.
—Claro que no, Srta. Weasley —respondió el profesor, con su voz suave y profunda—, al contrario, la encuentro muy agradable y útil.
Los brillantes ojos marrones de Ginevra se posaron fijamente sobre Snape y Hermione, quienes estaban sentados juntos… demasiado juntos. La castaña se sonrojaba y sonreía, intercambiando algunas palabras mientras que el Sr. Snape también le regalaba una sonrisa que no podría decir que era una sonrisa, más bien, parecía una mueca. Ginny entrecerró los ojos, sospechando. Su sentido de periodista se estaba activando.
Algo no estaba bien.
—¡Wooooo! —gritó Luna, haciéndola saltar del susto— ¡Súbele, Sirius, súbele!
La rubia empezó a ejecutar el tan clásico sonido de golpear con ambos puños dos veces sobre sus rodillas y luego un aplauso. Neville se le unió en la segunda vuelta, incluso Harry en el asiento del copiloto y Sirius al volante empezaron a hacer lo mismo solo que sobre el tablero frente a ellos.
Buddy, you're a boy, make a big noise, playing in the street, gonna be a big man someday. You got mud on your face, you big disgrace, kicking your can all over the place, singin'
—WE WILL, WE WILL ¡ROCK YOU! —corearon a todo pulmón, acompañando a la voz de Freddie en la radio. Snape no se atrevió a cantar, así como tampoco Ginny quien aún no le quitaba los ojos de encima al profesor. Hermione, al lado de Snape, lo codeaba para que su uniera al desafinado coro hasta que finalmente lo convenció. El Sr. Snape no cantaba, eso estaba claro desde el primer momento en que abrió la boca, pero no pareció importarle a la castaña.
¿Desde cuándo esos dos se llevaban tan bien?, pensó, si hace unos meses ella me dijo que no soportaba verlo en su clase.
—WE WILL, WE WILL ¡ROCK YOU!
Pronto llegaron a Bournemouth. Sirius se dirigió al lado este y aparcaron cerca a la playa Boscombe. La zona de Boscombe era popular por las variadas actividades que podían realizarse ahí: las piedras artificiales de escalar, los partidos de voleyball y tennis, las escuelas de surf, el recorrido por la costa en el pequeño Land Train o los paseos por el muelle Boscombe Pier, así como muchos otros pasatiempos. Sumado a eso, era la zona más tranquila y privada, por así decirlo, ya que ahí se encontraban los logdes, casitas de mediano tamaño para las personas que quisieran quedarse un fin de semana.
Exactamente eso había hecho Sirius, había alquilado un logde de regular tamaño por tres días y dos noches, lo cual —considerando que estaban en temporada alta— había costado un ojo de la cara para los bolsillos de simples mortales como lo eran los otros pasajeros de ese auto. Los otros insistieron en repartirse el pago del alquiler, pero luego de ver el precio, lo que ellos aportaban parecía un chiste. El Black les pidió que no se preocuparan, que "para eso estaba el dinero, para gastarlo", pero que sí tanto insistían, entre ellos podían pagar uno de los huts durante esos tres días. Los huts eran pequeños cobertizos de colores frente a la playa, equipados con todo lo necesario para pasarla bien: sillas desplegables, sombrillas, una pequeña cocina para preparar el almuerzo, tablas de surf, juguetes, un poco de todo.
A Lamarck le había fascinado el lugar.
Era la primera vez en su corta vida que el perro veía el mar. Este era obviamente más grande que la bañera de la casa o la piscina de los Malfoy. ¡Además se movía! Lamarck podría ser grande, sí, pero seguía siendo un cachorro y, sobre todo, un perro miedoso. Costó cerca de una hora hacer que el perro se acercara a la orilla y, en cuanto vio las olas acercarse a la arena, empezó a ladrarles, esperando espantarlas. Fue el hecho de que Hermione se metiera al mar lo que hizo que este superara su miedo al agua y nadara hacia ella, obligándola a regresar a la orilla, "rescatándola" del monstruo de agua que creía era el mar.
Snape veía la escena divertido desde la comodidad de su silla playera, bajo la seguridad de la sombrilla. Las sandalias lo protegían del contacto con la arena, así como una playera oscura, de los rayos del sol. Sus oscuros, ocultos tras las gafas de sol, estaban concentradas en las palabras del libro que se encontraba leyendo, a diferencia del resto, quienes disfrutaban del movimiento de las olas y el agua fría.
El mar y él no eran amigos, ni siquiera la arena y él se llevaban bien. El hecho de que estuviera en la playa no significaba que fuera a nadar. Snape se encontraba muy bien justo ahí, oculto del sol, con un buen libro en sus manos y sus canciones favoritas sonando fuerte por sus audífonos.
—¿No te nos unes? —levantó la vista para encontrarse a la joven Granger, en traje de baño, parada frente a la silla al lado de él.
Snape bajó un poco sus lentes de sol del puente de su nariz para poder ver mejor. Hermione llevaba el cabello amarrado en un desordenado moño mojado y gotas de agua salada se deslizaban por su cuerpo bronceado. Ese bikini negro le quedaba de maravilla, pensó. Le gustaba como hacía contraste con su piel y cubría las partes necesarias. Granger tenía un buen cuerpo, más caderas que pechos, notó, pero seguía siendo provocador. Demonios, ¿qué no podía verse más atractiva? La joven ni siquiera notó su mirada fija en ella, pero, aun así, decidió que lo más prudente sería volver a su libro.
—El mar no es lo mío, Granger —respondió fingiendo indiferencia—. Estoy bien aquí, viéndolos nadar bajo la seguridad de mi sombrilla.
—¿En serio has venido a la playa solo para estar sentado bajo una sombrilla? —le recriminó cubriéndose con una toalla y tomando un poco de limonada fresca. Snape asintió, enfrascándose en su lectura — ¿Entonces para que viniste? La playa es para nadar, divertirse y broncearse. ¡Vamos, anciano!
—Estoy bien aquí, muchas gracias.
Antes de que pudiera darse cuenta, Hermione le arrebató el libro de las manos, dejándolo olvidado sobre otro asiento. La joven tiró de sus brazos para levantarlo de la silla playera, pero Snape puso resistencia enterrando sus pies en la arena. Esto le sirvió de poco pues Ginny y Luna se aparecieron de repente, ayudando a su amiga a levantar al pelinegro, mientras que Sirius, Harry y Neville hacían barra desde la orilla del mar, gritándole que se levantara.
En cuanto Hermione logró quitarle la camiseta, Snape supo que no tendría más elección que acompañarlas al agua— ¡Al menos déjeme quitarme los audífonos!
Al caer la noche, los aspirantes a bailarines hicieron una fogata cerca a la playa. Comida, un par de cervezas y una guitarra acústica eran todo lo que necesitaban para pasarla bien esa noche. Neville sacaba unas hermosas y animadas melodías mientras que los demás, con una botella de Heineken en la mano, cantaban a viva voz la letra de diversas canciones.
Wooooaaaah, we're half way there… Woooaaaah, livin' on a prayer… Take my hand, we'll make it I swear
—Woaaaah! Livin' on a prayer! —gritaron todos en coro, acompañando la voz de Harry que cantaba lo mejor que podía la canción de Bon Jovi.
Estaba jugando alrededor de la fogata. Neville o Sirius, los únicos dos que sabían tocar decentemente el instrumento, le hacían compañía a uno de ellos mientras cantaba hasta que llegaran al coro y el resto se les uniera. Todos tenían que cantar por lo menos una vez, esa era la única regla.
Snape no estaba de acuerdo, él no quería cantar. Podía haberse quedado en la casa, pero Lamarck quería estar con el resto y él no quería quedarse solo en la casa. Así que ahora estaba ahí, sentado sobre un tronco de madera, dándole de comer a su perro, en medio de aspirantes a cantantes.
—Mi turno —reclamó Luna, susurrándole al oído a Neville que canción quería que tocara para ella—. Sí te la sabes, ¿no? —el joven asintió.
I remember when we broke up, the first time… Saying, "This is it, I've had enough"… 'Cause like… we hadn't seen each other in a month… When you, said you, needed space. WHAT?
—Then you come around again and say… "Baby, I miss you and I swear I'm gonna change, trust me" —la pelirroja se levantó de su asiento y, fingiendo que su botella era un micrófono, cantó a viva voz—. Remember how that lasted for a day? I say, I hate you, we break up, you call me, I love you. ¡Canta, Herms!
WE! ARE NEVER EVER, EVER GETTING BACK TOGETHER! WE ARE NEVER EVER, EVER GETTING BACK TOGETHER!
—Nuestro himno —bromeó la pelirroja, volviéndose a sentar. La castaña puso los ojos en blanco e ignoró el comentario por completo—. Mi turno. Herms, ¿me haces la segunda voz?
—Claro. ¿Cuál es?
—Ya verás, te va gustar —se inclinó sobre Sirius, quien ahora tenía la guitarra, y le susurró el nombre de la canción. El mayor asintió y esperó paciente a que le dieran la orden para iniciar—. Desde el coro, ¿ok? —la Weasley empezó a chasquear los dedos, marcando el ritmo para la guitarra y, cuando estuvo lista, entonó con su fina voz el coro de esa canción tan conocida.
My loneliness is killing me (and I)… I must confess I still believe (I still believe)… When I'm not with you I lose my mind
—Give me a sign —los demás jóvenes se les unieron, levantando una mano y meneando la cabeza con los ojos cerrados, sintiendo la canción como si realmente estuvieran en un concierto—. HIT ME, BABY, ONE MORE TIME!
Ginny Weasley cantaba bien, concluyó Snape después de escucharla en cada canción. Luna cantaba bien también, su voz era más aguda, pero le gustaba. Hermione… no lo hacía mal.
—Ya, esta es una viejita, pero muy bonita, ¿listos? —avisó Sirius, posicionando sus dedos sobre los trastes de la guitarra. Los chicos asintieron, sonriendo, ansiosos de escuchar qué canción entonaría. Sirius empezó a rasgar rápido y, procurando desafinar, cantó—. HELP! I need somebody. HELP! Not just anybody!
—¡Cállate, Sirius! —gritaron.
—Me toca —Neville reclamó la guitarra otra vez. Esta pasó de mano en mano, pasando por Harry y el profesor, hasta llegar al botánico. El joven rasgó las cuerdas tratando de encontrar la nota y, cuando estuvo listo, pidió—. Me siguen en el coro, ¿de acuerdo? Uno, dos, y un, dos, tres.
My life is brilliant. My love is pure. I saw an angel… Of that I'm sure… She smiled at me on the subway. She was with another man… But I won't lose no sleep on that… 'Cause I've got a plan.
—YOU'RE BEAUTIFUL! —gritaron el coro, levantando en alto las manos y moviéndolas lentamente de un lado al otro— YOU'RE BEAUTIFUL! YOU'RE BEAUTIFUL, IT'S TRUE!
—I saw your face… in a crowded place —se giraron a ver a Severus quien cantaba bajito con los ojos cerrados, tratando de que nadie lo escuchara—. And I don't know what to do…—Sirius les hizo una señal a todos para que vayan bajando la voz hasta que solo se escuchó la de él—. 'Cause I'll never be with you…
Snape abrió los ojos al no escuchar las voces de sus demás compañeros. ¡Lo habían dejado solo! Se reincorporó sobre su asiento y se hizo el desentendido, lo cual no sirvió de nada pues ya les había dado cuerda a esos jóvenes —y Sirius— y ahora se la pasarían fastidiando el resto de la noche.
—Con qué sí cantas, ¿eh? —exclamó Ginny sin poder ocultar su sonrisa. Era claro que se estaba divirtiendo con la situación— ¡La siguiente canción es de Snape!
—¿Qué? ¡No! —dijo, aunque sonó más como un ruego. Lamarck se metió entre sus brazos, exigiendo atención. Ahora no solo debía preocuparse por la pelirroja, sino también por el perro— Yo no canto.
—Sí cantas.
—Aquí hay de dos sopas, Snape —dijo Sirius, levantando su botella en su honor, como brindando a su salud—. O tocas la guitarra o cantas, si no, duermes en la playa esta noche.
—No estás hablando en serio, Black.
—Es muy en serio —respondió ahogando una risa—. O cantas o tocas, no hay otra opción.
—¡No nos vas a dejar durmiendo afuera!
—A Lamarck no, a ti sí —el comentario desató las risas de los otros, incluso la de Hermione quien hacía un esfuerzo para no burlarse—. Neville, pásale la guitarra.
En cuanto el menor hizo el ademán de pasarle la guitarra, Snape se negó, argumentando que no sabía tocar— No, no, yo no sé tocar —, pero tanta fue la insistencia del grupo que, al final, la única opción que podía aceptar era entonar alguna canción. No era bueno cantando, pero podía hacerlo. Digo, no puedo sonar peor que Amycus en las noches de karaoke. Se inclinó a un lado para susurrarle a Neville que canción quería que tocara. El joven asintió, no sin antes comentar "Buena elección". Sus dedos largos se extendieron por los trastes y empezó a rasgar, esperando pacientemente que el químico se le uniera. Snape tomó aire profundamente para calmarse y, cuando estuvo listo, empezó.
—Yesterday… All my troubles seemed so far away —su garganta le ardía un poco, no había calentado. Su voz era bajita, algo difícil de escuchar, parecía que cantaba más para él que para el resto. Realmente parecía no quería ser escuchado—. Now it looks as though they're here to stay… Oh, I believe… in yesterday.
—Suddenly —Snape levantó la cabeza, buscando a quien se le estaba uniendo en el coro y encontró a Hermione frente a él, casi al otro extremo de la fogata, cantando también—. I'm not half the man I used to be… There's a shadow hanging over me…
—Oh, yesterday… came suddenly —completaron ambos en armonía. Pronto, el resto se les unió, haciéndose escuchar, por fin, más fuerte que la propia guitarra.
Why she had to go. I don't know, she wouldn't say… I said something wrong. Now I long for yesterdaaaaay!
—¡Bravo! ¡Bravo!
—Oigan, salió bien. Me gustó.
Mientras se halagaban y aplaudían entre ellos, Snape no podía dejar de mirar a la castaña. Agradecía internamente que lo hubiese salvado de esa situación. No recordaba la última vez que había cantado en voz alta. Una cosa era cantar en su casa o cantar en la ducha, pero otra cosa muy diferente era cantar un solo frente al público, así fuese un público pequeño. Se hubiese muerto si hubiese tenido que cantar otro verso solo. Ya se encargaría de agradecerle más tarde.
—¡Vamos a cantar una canción para Lamarc! —anunció Sirius ahora con el control total de la guitarra— ¡Ven, Lamarck! ¡Vamos a cantar, ven!
El perro hizo fuerza para escapar de los brazos de Snape y salió corriendo en dirección a Sirius, moviendo la cola totalmente desesperado, creyendo que iban a jugar. Sirius apoyó el instrumento sobre su pierna y, mirando en dirección al perro junto a él, empezó a cantarle, improvisando una letra que ni siquiera tenía sentido.
Lamarck es el perro para mí… ¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!... Porque siempre corre por ahí ¡Guau! ¡Guau! ¡Guau! Yo quisiera verlo muy feliz… ¡Guau! ¡Guau! ¡Guau! No tengo una rima con "feliz".
—¡Todo el mundo! Es el perroooo ¡de mi amigo Snape! —gritó mientras los demás estaban demasiado ocupados riéndose sin ahogarse. Luna estaba tirada sobre la arena, sujetándose el estómago. Incluso Neville tenía lágrimas en los ojos y tomaba grandes bocanadas de aire como si fuese un pez— ¿Te gusta Lamarck? ¿Sí? ¡Sí te gusta!
Guau. Guau.
—¿Les gustó mi canción, chicos? Se llama "El perro de Snape" —El nombre solo provocó que volvieran a estallar en carcajadas cuando ya se habían calmado. Snape solo pudo poner los ojos en blanco y esconder su rostro entre sus manos—. Creo que voy a sacar mi álbum. Se llamará "Sirius Black Vol. 1". No me voy a romper la cabeza pensando el nombre.
—Sirius, tu letra es tan revolucionaria, será todo un éxito —le siguieron el juego.
—Se nota que lo pensaste.
Snape negó con la cabeza mientras llamaba a su perro, listo para irse. No iba a quedarse a ser el objeto de burlas de Black si podía evitarlo. Tenía dignidad y orgullo. Se levantó y caminó descalzo sobre la arena, dejando atrás a sus compañeros que le pedían a gritos que regresara.
—Ven, amigo, ya es hora de dormir.
*.*.*
—Hmmm… esta cosa… está deliciosa —suspiró Harry saboreando los huevos revueltos que tomaban de desayuno.
—Tiene razón, están exquisitos —siguió Neville, pasando la comida para tomar un sorbo de jugo de naranja—. Solo son huevos, pero ¿qué le pusiste, Snape? Tiene un sabor diferente, parece desayuno de hotel caro.
—Solo agregué romero —respondió tratando de ocultar su sonrisa de satisfacción con la servilleta —Nada especial.
Hace no mucho se habían sentado a la mesa y desde entonces no dejaban de resaltar el talento del pelinegro para hacer desayunos. Habían ido a comprar ingredientes para cocinar ayer por la tarde y puede que Snape se emocionara un poco en la sección de alimentos ahora que, por única oportunidad, tenía el acceso libre a la tarjeta de crédito de Sirius Black. Mientras que Harry y Ginny se encargaban de comprar bolsas de frituras y Sirius iba por cerveza para la fogata, Snape se entretenía en la sección de especias.
—Sabes, si este es el desayuno, ya quiero que llegue el almuerzo —comentó la pelirroja. Snape se giró a verla, enarcando una ceja la cual ella correspondió con el mismo gesto, sin parecer intimidada por su mirar en lo más mínimo—. Si me gusta, deberíamos nombrarte el chef oficial de todos nuestros viajes.
Jajajaja, sí, eso no iba a pasar, "amiga". No después de obligarme a cantar, pensó con sarcasmo.
—Les dije que cocinaba de maravilla —recordó orgullosa Hermione, casi tan satisfecha como el mismo Snape. A un lado de su asiento, Lamarck estaba sentado paciente, salivando por probar aquellos manjares sobre la mesa que le negaban a pesar de que el can tenía su propio plato—. Este hombre podría abrir su propio restaurante de desayunos y me levantaría temprano solo para ir a comer ahí.
—¿Y desde cuando cocina para ti, Herms? —preguntó la pelirroja curiosa, mirando en dirección a su amiga, pero su pregunta fue rotundamente ignorada.
—¿Les parece si jugamos vóleibol hoy? —Luna intervino, emocionada, mientras su mano bajaba escondida hasta el hocico de Lamarck, regalándole un trozo de jamón solo para él— Vi que hay una red más allá, cerca al muelle. Hay que ir temprano y hacemos equipo con las personas que encontremos ahí. ¿Les apetece?
—¡Sí!
Jugaron en la playa casi toda la mañana. Snape se la pasó mirándolos desde lejos ya sea bajo su sombrilla o refrescando sus pies en la orilla del mar, cuidando que Lamarck no intentara meterse más de lo permitido en el mar. A medida que pasaban las horas y el sol se posicionaba más alto en el cielo despejado, sus compañeros de viaje se cansaron de jugar con la pelota y optaron por ir a refrescarse en el mar o simplemente tenderse sobre sus toallas en la arena y adquirir un buen bronceado.
Eso era justo lo que Hermione Granger estaba haciendo. Echada bocabajo, leyendo una revista, Hermione esperaba pacientemente a que su cuerpo adquiriera el buen bronceado que tanto necesitaba. Snape, atrás, en su silla, con el mismo libro de ayer entre sus manos, tenía una buena panorámica de todo el paisaje, incluyéndola a ella. Nunca hubiese esperado que un bikini negro pudiera ser más entretenido que el paisaje marítimo.
—¿Me pones bloqueador, por favor?
Snape casi sufre de un ataque cardíaco en ese instante. Se quitó los audífonos pensando que había escuchado mal. ¿Ella había dicho lo que creía que había dicho? La joven frente a él sacudía la botella del bloqueador solar frente a él, por lo que la respuesta fue sí, ella había dicho eso.
—¿En serio? —preguntó atónito.
—Sí, por favor —su voz no parecía estar mintiendo.
Snape frunció el ceño. ¿Esto era una trampa? No estaba de humor para bromas. Si Hermione estaba jugando con él, sería mejor que parara, suficiente tenía con lo de ayer como para seguir siendo objeto de burlas. Hermione seguía con su brazo extendido, sosteniendo el frasco de bloqueador entre sus dedos.
¿En serio tenía permitido ponerle bloqueador en la espalda?
—Yo lo hago.
Sin saber de dónde había salido, Ginny Weasley le arrebató el frasco a la castaña y ella se volvió a recostar sobre su toalla, dejando que su amiga le esparciera la espesa crema blanca por su tostada espalda. Parecía que sí lo decía en serio.
Eres un idiota, Snape.
Esa noche fueron a una disco cercana, de temática playera, donde abundaban muchos jóvenes bailando sin control las canciones que el DJ tocaba. El ambiente era agradable, estaba fresco y podía ver las estrellas pues estaba al descubierto; la música era aceptable, al menos eso pensaba. Era música bailable destinada a los jóvenes, pensó, él —a diferencia de sus acompañantes— ni siquiera conocía a la mitad de los artistas que estaban cantando, incluso Sirius estaba tarareando una que otra canción.
Era obvio que ese lugar no era para él, pero no se iba a quejar, al menos no mientras estuviera sentado en la barra con acceso libre a cualquier trago que se le antojara.
Se sentaron en una mesa que tenía una buena vista del lugar. Brindaron, contaron chistes que poco a poco se tornaban más picantes y, cada tanto, cantaban a todo pulmón los coros de las canciones hasta que los pies inquietos de Hermione la obligaron a salir a bailar, seguida de los otros cuatro jóvenes. De haber sabido a donde irían, Snape se hubiese vestido mejor, solo llevaba una camisa fresca y unos pantalones cómodos a diferencia del resto quienes llevaban ropa de fiesta. Las tres señoritas estaban ataviadas con escotadas prendas y cortos shorts o faldas, delicados aretes en forma de aro y el cabello suelto, completamente al natural.
Cuando Snape vio las prendas que Miss Granger pensaba usar para ir a bailar se asustó. No entiéndase esto por el mal sentido, Hermione se veía bien —más que bien, se veía preciosa—, pero tenía miedo de que esas prendas tan cortas pudieran jugarle una mala pasada a la castaña. Obviamente cambió de parecer cuando vio a Ginevra Weasley y su cortísima falda. Estaba seguro que a quién tendría que cuidar más esa noche sería a la Srta. Weasley y no a Granger. Snape se sentía como un padre vigilando a sus tres hijas de las garras de cualquier depravado que se les acercara como lo era aquel hombre mayor que estaba bailando junto a Luna…
Ah, no, falsa alarma, solo era Sirius.
Ni siquiera se había percatado cuando fue que su contemporáneo lo abandonó para irse a bailar con el resto. No podía culparlo, ya ni siquiera estaban hablando. Él también hubiese abandonado la mesa si hubiese sabido qué hacer después, pero no era una persona de bailes… corregía, no era una persona de bailes modernos, apenas sí era capaz de bailar los de salón.
Al menos tenía la barra libre de consuelo.
Mientras esperaba a que el bartender le entregara su whisky en las rocas, Snape miraba aburrido la pista de baile, vigilando cada tanto el punto donde los chicos bailoteaban animadamente. La canción urbana que sonaba en ese momento era una serie constante de repetitivos beats al compás de sonidos electrónicos, batería y la voz plagada de autotune de algún cantante cuyo idioma no conocía. Pum, pu pum pum, pum. Pum, pu pum pum, pum. La canción retumbaba en sus oídos por culpa de los altavoces enormes del DJ, provocando que uno de sus pies siguiera el compás. Su parte favorita era cuando llegaban al coro. Si al iniciar alguna canción conocida todos cantaban, al llegar al coro se desgarraban las gargantas y levantaban a todo lo que podían sus brazos, como si estuvieran con el artista en vivo.
Ohhhh! Ohhhh!, gritaban mientras los sonidos electrónicos seguían sonando.
Snape se sonrió un poco, ya con su bebida en mano. Ver a los jóvenes bailar le hizo recordar a sus años mozos, cuando incluso él había bailado así en un lugar similar cuando vivía en Oxford. No solía salir mucho, pero cuando lo hacía, lo disfrutaba al máximo. No bailaba hasta llegar al piso como lo hacía Ginny Weasley y Harry Potter en esos momentos, pero sí saltaba mucho, como Luna. Tal vez extrañaba un poco eso, la sensación de que el tiempo se detenía mientras bailaba. No podía imaginarse a sí mismo bailando entre gente tan joven, no, él ya estaba muy viejo para eso, su tiempo de bailar en discotecas había quedado atrás hace mucho.
Pronto los perdió de vista, pues se mezclaron entre el público, formando un círculo donde sacaban a bailar personas al centro.
—¿Te cansaste? —preguntó luego de un rato, cuando un cansado Sirius Black se le unió en la barra, pidiéndole al empleado un vaso con agua, por muy increíble que parezca.
—Solo me tomo un respiro —respondió con la respiración agitada. Severus no pudo evitar reírse, le resultaba muy cómico que el gran Sirius Black, el cuarentón que aún se creía veinteañero, ya estuviera cansado después de seis canciones—. ¿No te nos unes? Has estado sentado aquí desde que llegamos.
—Demasiado lleno para mi gusto.
—Es eso o que no sabes bailar —Snape levantó su vaso y brindó en dirección al Black, inclinando su cabeza como una respuesta silenciosa a sus suposiciones—. No es tan difícil. Solo trata de imitar lo que hace el resto.
—¿Te refieres a pegarme a una chica y bailar hasta tocar el piso o moverme como un idiota con los brazos levantados? Porque no pienso hacer ninguno —Sirius puso los ojos en blanco, razonar con él era como razonar con una pared.
—Ese es tu problema, ¿sabes? —exclamó, levantando la voz para hacerse escuchar por encima de la música— Sobrepiensas todo. Te limitas a hacer cosas que se supone son "apropiadas", cosas limitadas a "nuestra edad" y no a lo que realmente quieres hacer. ¡Eso es aburrido! —Nunca había escuchado a hablar a Sirius tan en serio como en ese momento, sino fuera porque sabía que esas palabras provenían de un hombre que cada fin de semana encabezaba la sección de sociales en los tabloides, probablemente se lo hubiese tomado con mayor seriedad—. No estás disfrutando la vida. Mira este lugar, todos estamos de fiesta y tú estás aquí sentado.
—Black, yo no voy a bailar esas canciones —le respondió negando con la cabeza—. Miralos, no he bailado así cuando tenía 18, menos lo haré ahora.
Ambos se giraron a ver al grupo de bailarines en la pista. La música era más rápida, más animada, y ellos se movían acorde a esta, realizando pasos más veloces y, aparentemente, más complicados. Debía admitir que Potter sí que sabía bailar muy bien, los movimientos urbanos se le daban mucho mejor que los clásicos del ballroom. No por nada también dictaba esa clase en el estudio, recordó.
—¡¿Y eso qué más da?! —exclamó, ahora sí pidiéndole con un gesto al bartender un verdadero trago— Mirame a mí. Tengo tu edad y sigo haciendo esto porque me gusta, porque me divierte, porque me hace sentir vivo y libre. ¿Me ves preocupándome por lo que digan esos periódicos o esos idiotas estirados de mi entorno? No, ¿verdad? Es porque no me importa, son un grupo de puritanos que no saben divertirse y no pienso ser igual que ellos. Me he perdido de fiestas y bailes durante doce años, no pienso perderme de esto nunca más.
De cierta forma tenía razón. Si le hacía feliz, no veía motivo para dejar de hacerlo… ni siquiera la edad debería importar, pensó.
Quiso preguntarle por aquellos doce años de su vida que todo el país británico conocía, pero una muy alegre Hermione Granger se acercó a la barra, interrumpiéndolos. La joven tenía la cara roja de tanto bailar, supuso Snape, y cada tanto se acomodaba el cabello largo que poco a poco empezaba a rizarse por la humedad. La joven llevaba unos shorts negros que dejaban al descubierto sus torneadas y, ahora, tostadas piernas, un top a juego y una camisa blanca anudada al frente. Se veía más alta debido a sus zapatos, unas botas negras que le cubrían parte de la cicatriz.
—Hola, princesa —saludó Sirius, llamándola para que se acercara y, de esa forma, mantenerla a salvo mientras pedía su bebida—. ¿Te diviertes?
—¡Muchísimo! —exclamó sonriente— Un mojito, por favor.
—¿Cuántos mojitos vas, Hermione? —interrogó sonriéndole relajado, pero en ese tono fuerte que adquiría todo padre o profesor frente a un adolescente.
—Este es mi segundo.
—¿Estás segura?
La joven hizo una mueca mientras pensaba. Pudo ver como se mordía su labio inferior, tratando de recordar cuantos mojitos se había bebido hasta ahora.
—Creo que es el tercero.
—Amigo —llamó al bartender quien aún estaba preparando la bebida con ron—. Póngale mucho hielo al trago de la señorita… y más agua que ron, por favor —¿Sirius cuidando de los muchachos siendo por fin un adulto responsable? ¿Acaso se estaba perdiendo de algo? Hermione frunció el ceño y preguntó el porqué estaba haciendo todo eso—. Ya conoces las reglas, Hermione, al tercero, paras. Ya sabes cómo te pones.
—Pero… —
—No sabes tomar, eso no es mi culpa —la castaña lanzó su cabeza atrás, quejándose como lo hacía todo adolescente. Sirius se dirigió a Snape, recuperando su sonrisa—. ¿Puedes creer que nuestra bailarina estrella se marea con solo oler una cerveza? Por eso nunca le damos más de una y no sin comida. Tenemos que cuidarla, está chiquita —bromeó.
—¿En serio, Granger? —interrrogó enarcando una ceja y sonriéndole de lado, provocando su sonrojo inmediato— Entonces, recuérdame jamás invitarte un trago.
—¡Ya dejen de hacerme bullying!
Sí, sus quejas en tono infantil eran señales de que el alcohol se le estaba subiendo a la cabeza.
El joven detrás de la barra le tendió el mojito a la castaña la cual lo aceptó gustosa. Sus labios rosados saborearon el fresco sabor de la menta y el ácido del limón. No tenía tanto ron como los otros dos, pero ni siquiera pareció notarlo. Hermione se quedó un rato con ellos, conversando de tonterías y coreando con Sirius las canciones hasta que se terminó su bebida.
—¿Quién de ustedes va a bailar conmigo? —preguntó levantándose, con la energía renovada para volver a unirse a la diversión juvenil. Sirius se levantó para irse con ella, pero la joven no estaba dispuesta a irse sin los dos adultos—. ¡Vamos, Severus! ¡No seas aguafiestas!
—No, no, Hermione. El Sr. Snape no baila, ya me lo dejó muy en claro —Sirius no podía ocultar su sonrisa, se estaba divirtiendo viendo a Hermione tirar del brazo del profesor y a este haciéndose el difícil sobre la silla alta de la barra—. Snape no quiere hacer "cosas de jóvenes".
—¡Tonterías! ¡Vamos! No puedes rechazar un baile, Severus. Eres mi alumno, debes bailar conmigo, es una orden.
Sus palabras arrastradas provocaron en el mayor una sonora carcajada. No podía decirle que no a eso. Terminándose su segundo whisky de un sorbo, Snape dejó el vaso sobre la barra y siguió a la castaña a la pista de baile. Hermione volvió triunfante, flanqueada por aquellos dos hombres altos, agarrada de sus brazos no dispuesta a soltarlos por nada del mundo. Sirius se adaptó rápidamente al ritmo otra vez, uniéndose pronto a Harry y a una chica pelinegra en aquellos bailes de abundantes movimientos pélvicos. Ginny bailaba con Neville, dejándose llevar por el ritmo. Luna estaba haciendo lo que sea que estuviera haciendo, bailando con un desconocido que debía tener su misma edad, bajo la disimulada vigilancia del aristócrata rebelde.
Al menos no era el único que había ido a cuidarlas.
Hermione bailaba animada frente a él, moviéndose despacio, casi rozando su cuerpo. Snape sin saber muy bien lo que estaba haciendo, recordó el consejo que hace tan solo unos momentos atrás Sirius le dio y trató de imitar a la castaña en su baile; sin embargo, esto no estaba saliendo como él esperaba. Hermione parecía que tenía incorporado el arte de bailar en su ADN. Se movía bien, tenía ritmo y fluía con la música, ahora de ritmos más latinos, pero Snape a las justas podía repetir el mismo paso una y otra vez, sintiéndose un completo idiota por intentarlo.
Prefería bailar jive a esto, al menos se sabía los pasos.
—¿Recuerda cuando bailamos en Bloomsbury? —gritó acercándose a su oído, obligando a Snape a inclinarse sobre ella para escuchar. Severus se percató de lo divertido que debían verse. Ella, pequeña, bailando animadamente frente a alguien que parecía un árbol en todo sentido.
—¡Esto no se parece en nada al Bloomsbury!
—Lo sé, pero usted no sabía bailar cuando estuvimos allá y, aun así, lo hizo —le recordó mientras se seguía moviendo, meneando las caderas de un lado al otro con las rodillas ligeramente dobladas. Ella tenía razón, había estado tan nervioso en el Bloomsbury porque no sabía cómo bailar frente a tantas personas que eran leyendas del ballroom, pero, aun así, lo hizo. Todo gracias a ella—. Yo le enseñaré a bailar aquí también. Para eso estoy, soy su maestra.
Tal vez era porque le gustaba la emoción y autenticidad de Hermione o porque estaba bajo el leve efecto de dos whiskies, pero Snape no encontró argumentos para no dejarse llevar.
—La sigo.
Los pasos básicos del baile urbano, a diferencia de otros bailes, no tenían mucha ciencia. Snape descubrió que era una serie constante de dos movimientos, uno a la izquierda y otro a la derecha, que se repetían con cada beat más grave. Podía hacer eso, se dijo, no estaba muy difícil y sí sabía bailar así. Obviamente no iba a hacer los mismos pasos que Sirius o Potter, ellos dominaban un nivel superior al de él, pero estos pasos no estaban mal, se sentía cómodo.
—No hay que mover mucho los brazos, déjelos libre, así. ¡SIENTA LA MÚSICA!
Sabía que se refería a que dejara sus brazos colgando, moviéndolos por inercia de sus pasos, pero Hermione levantaba los suyos, jugando con su pelo o agitándolos al ritmo del coro, lo que le causaba confusión. Se preguntó qué diría Lucius Malfoy si pudiera verlo ahora. Lo más probable es que lo estuviera grabando con la cámara de su teléfono.
No, no, no, él seguiría con su mismo paso básico así cambiaran de ritmo o pasaran 500 canciones.
La música había cambiado, a pesar de que seguía siendo el mismo género, esta era más tranquila, más suave, hablaba de pasarla bien en la playa, una canción apropiada para dicho contexto. Hermione le dio la espalda y siguió bailando, retrocediendo hasta que su cuerpo quedó junto al de él. Sus caderas se meneaban de un lado al otro, sus pies marcaban el ritmo y sus manos llevaron a las de Snape a su cintura para que este adoptara el ritmo de ella. Snape abrió los ojos, sorprendido. ¡¿Qué estaba haciendo Miss Granger?!
No entres en pánico, no entres en pánico, no entres en pánico… ¡Mierda!
Hermione lo obligó a seguir su ritmo, moviéndose de derecha a izquierda, haciendo que él se inclinara ligeramente sobre ella debido a su altura. Su cabeza se movía como si fuese uno de esos adornos que les ponen a los tableros de los autos. Snape, al no saber muy bien que hacer, la imitó. Su cabello le hacía cosquillas en la nariz pues estaban muy cerca. Hermione sostenía sus manos con fuerza para que no escapara y se quedara a bailar con él. Se reía y coreaba la canción. Sin duda esos mojitos ya se le habían subido a la cabeza.
Escuchó la risa de Sirius a un lado, este se encontraba bailando con Luna y, al verlos juntos, decidieron imitarlos, parodiando los pasos de Snape a modo de burla. Decidió ignorarlos. Algo que también ignoró fue la mirada de arpía de Ginny Weasley quien dejó de bailar abruptamente al ver a su amiga meneando las caderas frente al profesor de Química.
¡¿Pero qué estaba haciendo?!, gritó en su mente. ¿Hermione bailando de esa forma frente a un hombre? Su Hermione, la amiga que conocía toda la vida, jamás haría algo así, siempre fue muy tímida para bailar de esa forma en las discotecas si no estaba en un grupo de amigos de su confianza por lo que le extrañaba que estuviera así. A no ser que… ¿cuánto alcohol había bebido?
La canción acabó y le siguió una melodía basada en dos sonidos electrónicos de diferentes frecuencias. Parecía que todos se sabían la canción porque Snape se vio en medio de otro grito colectivo. Luna se soltó de inmediato de Sirius y, corriendo, fue a buscar a Hermione y a Ginny para bailar juntas las tres. Snape sintió un vacío cuando ella se apartó de él de forma tan imprevista.
—¡Mi canción! ¡Mi canción! ¡Mi canción! —escuchó al grupito gritar.
Pues su canción tenía una letra incomprensible y no se refería a que no tuviera sentido, sino a que la cantante no vocalizaba bien. Sin embargo, eso no parecía ser un problema para las chicas quienes coreaban la canción, bailando una pegada a la otra, descendiendo lentamente mientras escuchaban los conocidos "¡Eh! ¡Eh! ¡Eh!" de Harry y Neville.
Snape negó con la cabeza con una pequeña sonrisa de lado. Al parecer el baile ya había terminado para él. Internamente aliviado porque se sentía ridículo, se dirigió a la barra a pedirse otro whisky mientras miraba los mensajes de su celular, tratando de matar el tiempo.
Lucius: "Qué fue?"
"Sigues vivo?"
"En algún momento me dirás a donde fuiste?"
"Soy yo o me estás ignorando, Snape?"
Ignorar.
Se pasó el resto de la salida navegando en internet o siguiéndole la conversación a alguna mujer que se aparecía casualmente a su lado. Todas mayores de treinta o al menos eso esperaba. Lucius estaría orgulloso, ya no se quedaba como estatua después de decir "Hola". No llegó a mucho, logró invitarle un trago a una, pero eso fue todo. Se negó a aceptar cualquier invitación a bailar. Apenas sí tenía la confianza para bailar con Hermione, no lo haría con una desconocida. Siguió sentado ahí, moviendo la cabeza de forma inconsciente al ritmo de la música, mirando a las personas bailar entre las luces de colores neón.
—¿Viene a vigilar a sus hijas? —preguntó el bartender cuando fue a recoger su vaso vacío.
—¿Qué?
—A sus hijas, las de allá —el hombre señaló en dirección a las jóvenes Luna Lovegood y Ginny Weasley quienes reían y bailaban, haciendo pasos extraños, unas contra otras.
¿Qué? ¿Hijas?
Snape se quedó helado, sin saber qué decir. En primer lugar, ¿cómo se atrevía? Él no era padre de nadie, mucho menos de esas niñatas descontroladas. En segundo lugar, ¿en serio daba la impresión de ser un padre vigilando a sus hijas? ¿Es qué el joven no se daba cuenta de que distaba muchas mutaciones genéticas de parecerse a Ginny o Luna? No era ni pelirrojo ni rubio como para que sospechara eso.
—Oiga, ¿qué no eran tres? —dijo de repente, limpiando un vaso, distraído.
Snape se giró de nuevo en dirección de las muchachas. Había una, dos. ¿Dónde miércoles se había metido Miss Granger? No veía su cabellera castaña por ningún lado. Se suponía que iba a cuidarla esta noche.
—La voy a matar —susurró preocupado mientras sus ojos negros buscaban por ahí y por allá.
—No se preocupe, señor, no es el primer padre que pierde a su hija aquí. Debe aparecer por… Oh, ahí está —exclamó señalando a un grupo de personas—. Sí que se está divirtiendo.
Rápidamente, sus ojos oscuros escanearon el área hasta que por fin encontró a Miss Granger. La muchacha estaba bailando lo que identificó como jive en medio de un grupo de desconocidos que la animaban con sus constantes "¡Eh! ¡Eh! ¡Eh!". Sus pies se movían rápido, algunos intentaban imitarla dentro de ese círculo, pero no podían ni siquiera , sin darse cuenta, se estaba convirtiendo en el alma de la fiesta.
Era momento de la intervención.
—Potter —Snape se acercó al joven pelinegro que estaba bailando con Ginny en esos momentos. Harry bajó la velocidad de sus pasos y acercó su cabeza a Snape, procurando escucharlo por encima de la música—. Creo que su amiga Granger ya se pasó de copas.
—¿Qué? ¿Dónde está? —el mayor señaló la dirección y ambos jóvenes fueron en busca de su amiga.
La fiesta terminó pronto para todos. Apenas eran las doce, pero el grupito liderado por Sirius Black se retiraba del local con una muy borracha Hermione Granger, una ligeramente mareada Luna Lovegood y un muy risueño Neville Longbottom.
—Yo puedo caminar sola —reclamó Hermione arrastrando las palabras.
—No, no puedes.
—Claro que sí, Snape, ¡bajame! ¡GINNY! ¡GINNY!
—Ya, Hermione, aquí estoy, cálmate —respondió la pelirroja evidentemente molesta—. Deja que Snape te lleve, te matarás si intentas subir las escaleras por tu cuenta.
Snape llevaba a Hermione sobre su hombro como si fuese un hombre de las cavernas. La joven apenas podía dar dos pasos con aquellos tacones. No entendía cómo es que pudo bailar si apenas podía caminar. Harry le había atado su chaqueta a su cintura, para que no mostrara nada más de lo debido mientras caminaban de regreso a la casa. Snape ni siquiera sentía el peso de la castaña sobre él, parecía que la hubiesen llenado con helio o algo así. Su risa descontrolada le hacía sospechar que fue gas de la risa.
—¿Por qué nos vamos tan temprano? ¡Aún no ponen mi canción!
—Claro que sí, Herms, la pusieron dos veces, te vimos bailarla —contestó Harry.
—¡Work, work, work, work!
Hermione prácticamente ladró las palabras, secundada por Luna quien era llevada de la mano por Sirius quien, a su vez, encontraba esta situación totalmente divertida hasta que vio a dos hombres acercarse con una cámara con el único objetivo de fotografiarlo a él. Sirius se cubrió la cara con una mano y con la otra, extendida, trataba de empujar la cámara lejos de él y sus amigos. Harry, enojado, les pedía que se fueran o llamaría a la policía. El gafete de prensa que colgaba de sus cuellos "justificaba" su accionar.
—Debimos traer el auto —murmuró Luna, casi trastabillando. Ella se cubría el rostro con su bolso de mano, igual que Ginny. Neville, sacudía su cabeza, tratando de poner su rostro más serio. Al menos estaba lo suficientemente sobrio como para darse cuenta de lo que pasaba.
—¿Y quién iba a manejar? ¿Tú? —respondió el aristócrata, enojado—. Todos hemos tomado. ¡YA VAYANSE!
Los paparazzi dejaron de seguirlos al llegar a la esquina, después de que Harry se les acercara y amenazara con llamar a su "íntimo amigo", el famoso comandante Moody. Era la primera vez que Snape veía algo así en su vida. Sí sabía que los paparazzi eran los depredadores naturales de Sirius Black, pero nunca esperó verlos en acción, rodeándolo con sus cámaras como hambrientos buitres a un trozo de carne. Ya podía imaginarse la deplorable imagen que publicarían los tabloides británicos. Esperaba que su rostro no se viera, ni los del resto.
Harry se veía enojado, al igual que el resto de los que estaban sobrios mientras el taxi los dejaba cerca a los logdes. No tenían idea de cómo habían entrado en el vehículo, solo que estaban muy apretados. El buen humor que hasta hace tan poco tenían se evaporó por completo, dejando un ambiente tenso e incómodo. Los invitados se quedaron en silencio en el asiento trasero mientras Sirius hacia un par de llamadas a quién, suponían, debía ser su asistente o algo así.
Entraron en la casa en silencio, donde fueron recibidos por un alegre Lamarck y su pato de peluche. El buen humor del perro pareció arreglar el malo de ellos. Ese perro debería tener un efecto terapéutico o algo, comentó el millonario. Lamarck estaba feliz de verlos a todos, pero en especial a Snape pues ni bien este cruzó la puerta, el perro saltó directo a sus brazos, pidiendo que lo carguen como si fuese un niño pequeño.
Después de vomitar un poco en el baño, tomar mucha agua y un par de besos del samoyedo en la cara, Hermione ya estaba lista para terminar la fiesta e irse a dormir.
Gracias a Dios que no era consciente de lo terrible que se veía o se moriría en ese instante.
—Bueno, muchas gracias a todos por traerme a mi habitación —comentó, ahogando un bostezo y roja por el alcohol.
Una sonrisa burlona se formó en sus labios mientras se frotaba los ojos, esparciéndose el maquillaje de un lado al otro, dando la ilusión de tener ojos de un mapache. A decir verdad, era algo divertido de ver, Harry tubo que respirar muy hondo para aguantarse la risa.
Hermione Granger ebria le parecía tierna, concluyó.
En un apto de cortesía antes de irse a dormir, la castaña quiso despedirse de todos, empezando por la persona más cerca de ella, es decir, Severus Snape.
—Descansa, Severus, gracias por todo.
A continuación, se acercó a él. El profesor, creyendo que le daría un beso en la mejilla como ya estaba acostumbrado, se inclinó para recibirlo, pero en lugar de eso, solo obtuvo a una Hermione Granger ligeramente muy borracha estampando sus labios cálidos contra los de él, robándole un beso.
Fue tibio, efímero e inesperado.
La castaña se retiró con normalidad, sonriéndole sin mostrar los dientes, una sonrisa de borracho. Los presentes no se lo podían creer. ¡¿Qué carajos acababa de pasar?!
Hermione prosiguió con su ritual de despedida como si nada hubiese pasado. Procedió a hacer lo mismo con Sirius, dándole un beso también en los labios, uno que Sirius no pudo apartar a tiempo porque, cuando estuvo a punto de hacerlo, la castaña ya se estaba alejando para darle un beso a Neville, quien sí pudo detenerla y guiar sus labios a donde se supone deberían ir, a su mejilla derecha.
—Creo que ya deberías ir a la cama, Herms —sugirió Harry, tomándola por los hombros, asegurándose de que no fuera a quedarse dormida y caer. La cabeza de Hermione seguía dando vueltas y todo le daba mucha risa. ¿Por qué de repente todos estaban poniendo caras tan graciosas? —. Chicas, ¿por qué no mejor llevan a Hermione a dormir?
—Vamos, Herms, te voy a dar un poco de agua, te sentirás mejor —riendo, Luna la tomó del brazo y la llevó con la ayuda de la pelirroja de regreso a la habitación que las tres compartían.
—¿Y luego bailamos? —preguntó arrastrando las palabras otra vez.
—Hermione, cuando estés sobria, te vas a lamentar este espectáculo —espetó la Weasley, cerrando la puerta, gritando un "Buenas noches" para los varones, todavía inmóviles en la pequeña salita.
De nuevo, ¿qué acababa de pasar? ¿Acaso Miss Granger lo había besado en los labios?
—Perdona a Hermione —Snape se giró a mirar a Harry quien parecía avergonzado por el comportamiento de su amiga—. Ella no suele tomar, es raro que lo haga. Su rutina de ejercicios no se lo permite y durante años lo tenía prohibido por culpa de su entrenador. Su resistencia no es mucha, al tercer vaso ya está completamente ebria.
—Pues hay que enseñarle a tomar pronto—comentó Sirius, frotándose los ojos y ahogando un bostezo cansado—. No puede ir por ahí bailando como animadora de eventos y dándole besos a todo el mundo.
Un par de sus dedos viajaron hacia sus labios, tratando de encontrar algún rastro de aquel beso, pero no había nada, ni siquiera la calidez que había sentido hace tan poco. ¿En serio se habían besado? ¿Eso había pasado? Bueno, era obvio que no, esto era, en primer lugar, una equivocación porque era claro que ella lo iba a besar en la mejilla, pero el alcohol dentro de ella, el factor número dos, había afectado esa decisión. No podía llamar a eso un beso propiamente dicho, no lo había sido, solo era Hermione borracha sin saber muy bien lo que hacía.
Ese beso no contaba, punto. Fin del asunto.
No obstante, el saber que ese beso no fue hecho a propósito no le quitaba esa fuerte impresión. Estaba en shock. No tanto porque hubiera sido Hermione quien lo besó —aunque sí, debía admitir, eso también lo dejaba sin palabras—, sino porque se dio cuenta de que era el primer beso que recibía en los labios después de muchísimo tiempo. Ya hasta había olvidado como estos se sentían.
¿Siempre habían sido tan cálidos o solo era su mente divagando?
—Coincido totalmente —dijo después de un rato, volviendo a adoptar su postura neutra e impasible—, esta vez fuimos nosotros, pero la siguiente ocasión podría ser diferente y ella podría lamentárselo.
—Estoy seguro que ya se lo está lamentando —bromeó Neville, también con la cara roja por el alcohol—. Bueno, yo me iré a dormir, es tarde.
—Yo también, que descansen, muchachos.
—Descansen.
—Buenas noches.
Ya en su cama, con Lamarck durmiendo a sus pies y Sirius revolviéndose como una oruga en la cama de al lado, Severus Snpe reflexionó un poco sobre su situación actual. Lejos de pensar en Hermione robándole un beso, pensó en cuando fue la última vez que besó a alguien o que, al menos, fue besado por alguien.
Su primer beso, propiamente dicho, fue de una niña en Hogwarts, cuando tenía como 13 años y estaba jugando con sus compañeros a la botella en su sala común. El pico de la botella lo había apuntado a él y la presión de los otros obligaron a ambos a besarse. No duró mucho y, siendo honestos, se parecía mucho al que acababa de recibir ahora, solo un roce de labios y ya. Fue terrible, eso sí, nada comparado al de Miss Granger, ambos estuvieron demasiado nerviosos.
El segundo beso más resaltante le pertenecía a Valerie. Su ex esposa había sido su primera y única novia. Él no era popular entre las representantes de sexo opuesto, por lo que sus oportunidades de besar fueron escasas por no decir nulas. Tal vez era con Valerie con quien había experimentado la mayor parte de su sexualidad hasta la fecha. Los encuentros casuales en unos pubs no contaban porque, en primera instancia, no fueron muchos y, segundo, esos besos fueron torpes y feroces al igual que el sexo… pero no podías esperar nada más de un universitario sin mucha experiencia.
Recordaba su primer beso como esposos el día de su boda. Fue un beso feliz. Ella estaba hermosa con su vestido blanco comprado con sus ahorros y, en serio, adoraba lo que hizo con su cabello ese día. Sonrió inconscientemente, sintiendo una sensación agridulce dentro de él. Asimismo, recordó el último beso que se dieron como pareja y no sé refería a esos besos rutinarios de buenos días o buenas noches, se refería a un beso de verdad. Si mal no recordaba, fue cuando aún estaban en terapia, tratando de salvar un matrimonio sin futuro. Solo tenía una palabra para describirlo: incómodo.
Luego de eso, por más que tuvo, por lo menos, un encuentro sexual luego del divorcio y que ella se largara para siempre del país, no hubo ni un solo beso que pudiera resaltar, mucho menos recordar. En serio, había pasado una eternidad desde la última vez que había besado.
Y ahora venía una niña borracha a robarle un beso como si esto fuese una mala broma del universo conspirando contra él.
Sin embargo, no iba a quejarse, ese tipo de besos estaban más que bienvenidos a pesar de que le dejaran el sabor a limón de los mojitos. No lo iba a considerar como uno tal cual, porque sabía que no lo era, pero no le molestaría repetir la experiencia, aunque sea una vez más.
Al despertar, Hermione Granger se quedó en su cama, cubriéndose completamente con las sábanas delgadas, con sus latidos retumbándole como un tambor dentro de la cabeza.
Un mojito, dos mojitos, hasta ahí estaba bien. Estaba bailando con Ginny y Luna y Harry y Sirius y Neville y… no, Snape no estaba ahí. Tres mojitos, cuatro mojitos, tal vez estaba más animada y desinhibida que de lo usual, pero podía manejarlo, ¿verdad? Solo era alcohol y limón, estaba bien, nada de qué preocuparse, ¿verdad?
El quinto mojito fue su perdición. Literalmente no podía recordar nada después del quinto mojito.
El sonido de la licuadora funcionando en la cocina hizo que ese horroroso dolor de cabeza aumentara. Por instinto, se cubrió la cabeza con la almohada, lo cual fue una pésima idea. Aquellos movimientos tan rápidos solo le provocaron más dolor de lo que podía soportar.
—¡CALLÉNSE! —gritó con la voz ronca de toda persona recién levantada— ¡¿No ven que me estoy muriendo?!
—Se llama resaca —le contestó Ginny, moviéndose de un lado al otro en la habitación, preparando su mochila para regresar a casa esa tarde—. Es lo que pasa cuando te emborrachas la noche anterior.
—Déjame en paz. Apaga la luz —sollozó girándose para darle la espalda—. Solo quiero dormir.
—Fueron cinco mojitos, Hermione —le recriminó desde su cama haciendo una bola con su ropa y lanzándosela en la cabeza—. Tenían mucho hielo y más agua que ron. ¡En serio tengo que enseñarte a tomar!
—¿Qué hice anoche?
—Para tu buena suerte, no mucho —respondió volviendo a sus actividades—. Bailaste, tomaste, reíste y vomitaste, lo usual. Nada de qué preocuparse… excepto porque ¡BESASTE A SNAPE!
Hermione se reincorporó sobre sus codos, con la cabeza latiéndole a mil. Su rostro era una joya, la representación humana de la confusión y el asombro. ¿Qué ella hizo qué?
—¡¿Qué?! —exclamó, agudizando la voz, sin poder creerlo.
—Y a Sirius y por poco a Neville. Tuvieron que esconder a Lamarck de ti, estabas imparable.
—Nooo —se sollozó, volviendo a esconderse bajo su almohada y sus sábanas, queriendo morir en ese instante—. ¿Qué tan malo fue?
—No fue un beso con lengua si es lo que preguntas —Ginny se giró para ocultar su sonrisa, ver a su autocontrolada amiga en esa situación era gracioso para ella—. Fueron besos de buenas noches que terminaron en la boca. Debiste verle la cara a Snape, palideció por completo —Hermione soltó un bufido y deseó estar muerta, otra vez—. Oye, esto también fue mi culpa, se suponía que iba a cuidar esa noche, lo siento.
Ginny se recostó a su lado, empujándola para tener espacio en la pequeña camita. Pasó su brazo sobre su cabeza y le acarició el cabello como solía hacer cada vez que Hermione se pasaba de copas, lo cual no era seguido, pero sí intenso. A pesar de que la pelirroja era un año menor, Ginevra se sentía como su hermana mayor, la hermana que al menos sí sabía tomar.
—¿Hay algo más que haya pasado y deba saber?
—Probablemente salgas en alguna página de The Sun —Hermione se quejó y se cubrió el rostro cansado con ambas manos—. Sabes, hubiese sido increíble si hubieses vomitado encima de los paparazzi, al menos tu borrachera habría valido la pena —ambas mujeres se miraron y luego estallaron en risas.
Oh, cómo le dolía reírse.
Unos golpes en la puerta llamaron su atención. Después de pedir permiso para entrar, la cabeza de Snape se asomó por la entrada, su cabello negro cayéndole sobre el rostro. En sus manos llevaba una de esas bandejas de madera con, lo que parecía, un delicioso desayuno. La joven pelirroja se giró a ver a su amiga, levantando las cejas, sorprendida. Hermione se mantuvo en silencio, avergonzada.
—Buenos días —su voz grave resonó en la habitación, captando la atención de las muchachitas. Snape se acercó a la cama con un vaso grande repleto de una sustancia líquida que ninguna de las dos supo que era—. Toma.
—¿Qué es eso? —Hermione se reincorporó apartando a Ginny de su lado y aceptando el vaso.
—Se dice gracias —respondió el profesor—. Ahora, tomátelo todo y no preguntes. Creeme, te ayudará, te quitará la resaca.
Como si fuese el elixir mágico de la vida, Hermione se llevó el vaso a la boca y vació el contenido casi de un sorbo. Si esa cosa de sabor amargo le iba a quitar la resaca, estaba dispuesta a tomarse diez de esas. Le regresó el vaso al profesor, sonrojada, y tuvo que contenerse el sabor ácido del vómito a punto de salir de su ser. Tal vez lo tomó muy rápido.
—¿Pudiste dormir algo? —preguntó dejando la bandeja de comida en la mesita de noche. Hmm… las tostadas recién hechas se veían crocantes y apetitosas.
—Como si estuviera en coma —respondió la pelirroja por ella.
—¿Ya tienen sus cosas listas? Salimos después del almuerzo.
—Estoy en eso —la Weasley señaló las mochilas que estaban sobre una de las camas—. ¿Ha visto a Luna? Se suponía que iba ayudarme.
—Fue con Neville y Lamarck al muelle, digo que quería tomar unas fotos o algo así.
—Sr. Snape —Ambos se giraron a ver a la castaña quien se encogía como un conejo sobre su cama, avergonzada, sin tener el valor de verlo a los ojos. En serio debía dejar de tomar, ella no servía para ello—. ¿Usted…? ¿Hice algo anoche? —cerró los ojos con fuerza esperando escuchar un regaño o algo peor de lo que ya le había contado su amiga, pero la respuesta que obtuvo fue todo lo contrario a lo que esperaba.
—No que yo recuerde —respondió como si no le importara—. Creo que tal vez vomitó un poco, pero nada más.
Hermione abrió la boca, pero luego la cerró, decidiendo que lo mejor era guardarse su comentario y hacer igual que Snape, ignorar todo lo que había pasado anoche. El profesor se disculpó con las jóvenes pues tenía que arreglar su propia maleta y desapareció de la habitación casi sin mirar a ninguna de las dos. Hermione se giró a su amiga como en busca de respuestas, pero ella solo levantó los hombros, igual de confundida que ella.
—Dicen que los caballeros no tienen memoria —comentó, tomando una de las tostadas que Snape había preparado.
—Oye, eso es mío —reclamó.
El viaje de regreso a Londres fue mucho más tranquilo que el de ida. Lamarck viajó la mitad del trayecto con la cabeza afuera de la ventana, sintiendo el aire fresco, mientras que Snape y Harry dormían atrás, haciendo la digestión. Neville iba al volante pues el pescado del almuerzo le estaba haciendo efecto a Sirius y cada tanto cabeceaba. A eso, había que sumarle la posibilidad de haber abusado un poco del vino blanco que sirvieron junto al pescado, así que sería una decisión equivocada dejarlo frente al volante. Ginny era la DJ oficial del viaje y cambiaba las canciones con su celular de forma tan aleatoria que Hermione y Luna parecían bipolares de tantos estados de ánimo que estaban experimentando.
Dejaron a Hermione primero, pues era la casa que les quedaba más cerca de entre todas las demás. Neville aparcó frente a su edificio, un bonito inmueble de cuatro pisos de ladrillos y puerta exterior de cristal. Hermione se despidió de todos con un beso en la mejilla, pero al llegar a Snape, estaba tan nerviosa que no se puso de acuerdo si besar a la derecha o a la izquierda por lo que ambos terminaron compartiendo otro beso accidental que solo les provocó risas nerviosas e incómodas. Hermione se cubrió la boca con ambas manos y maldijo en voz baja.
"Carajo".
—Lo siento, hoy estoy tan torpe —se disculpó la castaña y luego bajó del auto, mochila en mano.
Snape no dijo nada hasta que lo dejaron en su casa, la segunda a la que fueron después de dejar a Hermione. A diferencia de la castaña, él solo se despidió de todos en forma general, dejando que los besos fueran exclusivos para el samoyedo de parte de las dos féminas restantes. Ginevra no le quitó la mirada de encima hasta que el hombre cerró la puerta de su casa, desapareciendo de su visión. Ni siquiera cuando estuvo en su casa con Luna pudo quitarse a Snape de su cabeza. Tenía muchas preguntas y todas recaían en una sola, la más importante:
¿Cuál era exactamente la relación que su amiga tenía con el profesor de Southfields?
Dispuesta a encontrar respuestas, la siguiente semana, Ginny Weasley se inscribió gustosa a las clases de la profesora McGonagall, argumentando que, ahora que estaba de vacaciones, necesitaba algo en que invertir su tiempo o se volvería loca si no hacía nada. Los siguientes tres días, ella llegaba junto a la rubia puntualmente a las clases y anotaba todo lo que veía en su celular. Notó que Hermione tenía una muy buena conexión con Snape cada vez que bailaban. Esta conexión se extendía afuera de la pista de baile pues solía estar pegada a él como una lapa. Asimismo, ellos dos tenían una química para bailar que no había visto desde que su hermano bailaba con la castaña hace ya tantos años.
Aquí había algo más que una simple relación de maestra-alumna o una buena amistad.
A Ginny Weasley jamás se le escapaba nada, ni el más mínimo detalle. La menor de siete hermanos era estudiante del último año de periodismo y todos sus profesores coincidían que era una reportera intrépida, decidida y dispuesta a todo con tal de obtener las respuestas que necesitaba para completar sus artículos. Si querías una exclusiva con alguna estrella deportiva, probablemente enviarías a Ginny Weasley a conseguirla y ella tendría la nota redactada y corregida dos días después sobre tu escritorio. En una ocasión, la joven acampó frente a la sala de conferencias para entrevistar a un director técnico de un famoso equipo inglés a pesar de no tener un pase de prensa. Aun así, logró que este respondiera al menos dos de sus preguntas.
Entonces, su sentido periodístico le alertaba que algo estaba pasando entre esos dos. Muchas miraditas, sonrisitas, sonrojos y contacto físico entre los dos no era normal, no para Hermione Granger, la persona más tímida y cerrada con los hombres que conocía. Así que nadie podría culparla de sospechar de ellos durante el viaje de integración y mucho menos ahora que acababa de ver cómo se desenvolvía en su hábitat natural, esta vez, con Hermione en sus cinco sentidos.
Eso se lo dejó claro en la noche de chicas que tuvieron al acabar la semana.
Las tres mujercitas se encontraban en el departamento que compartían Luna y Ginny en Clapham, una zona ampliamente conocida por su nightlife y su población joven la cual solía reunirse en el parque Clapham Common a jugar rugby o futbol en los días cálidos de verano. Compartiendo todos los pagos mitad y mitad, las dos universitarias vivían felices e independientes en la capital inglesa, estudiando periodismo en la University of London y recibiendo las visitas de la castaña cada tanto.
—Mira, ¿recuerdas la "foto suicida"? —Luna había bautizado a su hazaña en el auto como la "foto suicida" ya que, durante todo el tiempo que tardaron en tomarla, Neville se la pasó diciendo "¡LUNA ENTRA, TE VAS A MATAR!".
—Claro, le di like —respondió la pelirroja, envuelta en su pijama de oso panda y el cabello sujetado en un moño desordenado.
—¡Mira cuantos likes tengo! —dijo tendiéndole el celular a la pelirroja quien sonrió al ver a su amiga con el rostro mirando al sol y su cabello corriendo libre al aire fresco.
Sí que se había lucido con la foto, había valido la pena el riesgo.
—Aquí está el cambio —anunció Hermione entrando por la puerta del departamento. La castaña dejó las dos cajas de pizza sobre la mesita desarmable frente al sofá, al igual que las tres cervezas sobre la mesa—. Son 3.50 para Ginny, 5.20 para ti, Luna, y el resto es mío. Le di 1.50 al chico de las pizzas. ¿Está bien?
—Sí —respondió la rubia sacando la comida. Su mascarilla blanca en el rostro le daba una apariencia de fantasma—. Pon la película, Herms, me dijeron que estaba buena.
—Espera, espera —interrumpió la Weasley quitándole de las manos el control del televisor a Hermione. La joven pelirroja vestida de panda sacudió el control frente a la Granger, ordenándole que se sentara como si pudiera controlarla con ese aparato—. No me has respondido, no creas que el delivery te iba salvar. Responde.
—¿Qué cosa, Gin? —preguntó fastidiada, dejándose caer sobre el sillón.
—¿Desde cuando eres tan cercana al Sr. Snape? —Ambos pares de ojos marrones se encontraron, luchando el uno con el otro para no dejarse intimidar. Hermione conocía a Ginevra como la palma de su mano como para saber que ella no dejaría de insistir, así como Ginny sabía que Hermione no hablaría si no sabía cómo abordarla. Luna las miraba en silencio, aburrida, ya estaba cansada del tema, habían estado así casi toda la tarde—. Cuando lo conociste me decías que te parecía demasiado extraño, que no te caía bien, que pensabas que solo era otro charlatán que iba a arruinar tus clases… ¡y ahora paseas a su perro! —exclamó levantando los brazos— Perdóname, pero necesito saber cómo pasó eso.
—No lo sé —respondió la joven, destapando una botella y llevándosela a los labios—. Lo juzgué mal, ¿de acuerdo? Snape no era nada de lo que yo pensaba —hizo una pausa y continuó—. Sí, al principio creí que era otro de esos hombres reprimidos que vienen a buscar chicas jóvenes en la clase de Roxanne en el salón de abajo, pero luego… por más "mal" que lo traté, por así decirlo, él seguía yendo y se esforzaba. Ha progresado de forma magistral, es uno de los más meticulosos en la clase, deberías verlo. Fui yo quien cometió el error de juzgarlo mal —admitió avergonzada.
—Tiene razón —intervino Luna, sacando cara por el profesor de Química—. Snape es impresionante bailando vals, en serio.
—Entonces ¿cómo explicas que ahora vayas a su casa a ser la niñera de su perro? Literal creo que pasas más tiempo con él que conmigo. ¿Es por qué él tiene un perro y yo, no?
—No metas a Lamarck en esto —defendió. Ginevra enarcó una ceja y le hizo un gesto con la mano para que continuara—... Bueno, al inicio sí. Nos encontramos por accidente en el parque donde suelo correr hace un par de meses y, desde entonces, empezamos a correr tres veces por semana… Bueno, yo corría con Lamarck y él trotaba hasta que se quedara sin aire en la tercera vuelta —Hermione se sonrió inconscientemente, todavía recordaba la vez que el pobre hombre se había excedido con el ejercicio y se vio en la obligación de pedirle un taxi para que pudiera regresar a su casa sin desmayarse en el camino—. Nos volvimos más cercanos, conversábamos en el parque y jugábamos con Lamarck. Luego, tuvo problemas de horario en junio, necesitaba ayuda con su mascota y yo me ofrecí. Sabes lo mucho que me encantan los perros y no me puedes culpar por querer estar cerca de Lamarck, ya lo viste en la playa, ¿no? Es un perro tan cariñoso y hermoso y, si te soy honesta, me siento bien junto a él.
—Lamarck es un peludito hermoso, lleno de amor —añadió Luna quien ya se había comprometido con Snape para, pronto, realizarle una sesión de fotos a su perro y hacerlo famoso en Instagram. Ginny, al enterarse de eso, se dio cuenta de que ya no podía contar con el apoyo de la rubia, ella ya estaba influenciada por el encanto del perro.
—Bien, eso lo entiendo. Yo también lo adoré, pero… Hermione —dijo con el ceño fruncido y una expresión de auténtica preocupación— ya estamos en julio, son vacaciones. Snape ya no necesita una niñera para su perro, pero sigues yendo a su casa.
—Pero ¡¿qué tiene de malo?! —exclamó irritada. Esta vez, Luna se quedó callada, comiendo su pizza en silencio. Esto no pintaba nada bien, ya podía irse olvidando de su película.
—Hermione, no lo conocemos. ¡No lo conoces! —le respondió a regañadientes— Hermione, te conozco de toda la vida, literalmente, y eres la persona más desconfiada que conozco desde lo que te pasó con Ron. Y ahora, cada vez que estás en clases, te veo rondando a su alrededor como una mariposa y vas religiosamente a la casa de alguien que te dobla la edad a… Exactamente, ¿a qué vas?
—En primer lugar, Severus no es un desconocido.
—¿Ahora es Severus? —preguntó con ese tonito que tanto le desesperaba a la castaña. Ya no estaba hablando con su amiga Ginny, la persona que estaba frente a ella era la periodista Weasley, la "cazadora" Weasley—. Ni siquiera Luna le dice Severus.
—En realidad sí —contestó la mencionada.
—¡Bien! Eso no cuenta, Luna tutea a todo el mundo —se retractó—. Mi punto es… ¿De qué hablan? ¿Qué hacen? Entendería si quisieras pasar tiempo con él si fuese alguien como Sirius que es divertido, carismático y nunca sabes que es lo que va a hacer…—
Pasar el tiempo con el aristócrata rebelde era una aventura total. Podía entrarle la locura en cualquier momento y arrastrarte con él a cualquier lugar a hacer lo que a él se le ocurriera sin ni siquiera avisarte. Recordaba la última vez que se habían quedado con él. Por alguna razón que nunca descubriría, habían terminado en Francia, tomando café por el simple capricho del pelinegro. Quitando de lado el factor sorpresa, estaba el hecho irrefutable que Sirius no aparentaba su edad, se veía demasiado bien para tener 42 años mientras que, por otro lado, Snape… digamos que no era su primera ni segunda opción. Tal vez podría ser la sexta.
—…, pero he visto a Snape en esa playa y es la persona más apática que he visto. Siempre se le notaba incómodo, como que no quisiera estar ahí y… ¡Ah! Esa mueca de fastidio a todo. ¿Cómo puedes soportarlo? Si no fuera porque le dimos alcohol, nunca se hubiese relajado en todo el viaje. Parece que solo fueses tú quien le agradara… tú y Luna.
Hermione dejó su cabeza caer lentamente hacia atrás, apoyándola contra la pared. Realmente nunca se había puesto a pensar en el tipo de relación que tenía con Snape hasta ahora. Ellos eran amigos, eso es todo, buenos amigos. Sí, su amistad se había desarrollado muy rápido y ella le había contado cosas que normalmente no le contaría a alguien a quien apenas conocía, pero… pero se sentía cómoda hablando con él. Tal vez era porque ambos habían vivido experiencias similares y podía hablar con él sin sonar como una pobre chica engañada y dejada.
—Hablamos de muchas cosas, ¿sí? Me gusta hablar con él. Snape es una persona inteligente, sabe sobre muchos temas y siempre sabe qué decir. Me gusta cuando me habla de ciencia porque me hace sentir inteligente y me gusta que me escuche, porque me hace sentir especial, como si realmente pensara que yo soy inteligente. No sé como explicarlo, pero me hace sentir cómoda… Creo que es porque no me ve como una bailarina fracasada.
—Hermione no digas eso —intervino Luna—, nadie aquí te ve como una bailarina fracasada.
—Pero lo soy y lo saben… y saben todo el drama que viví con Ron. Snape no lo sabe, no por completo, y eso… no sé. Me alivia saber que no sabe toda la historia… que, cuando me ve, me ve por lo que soy. ¿No?
Ni Ginny ni Luna dijeron nada, solo se miraron la una a la otra de forma fija, como si tuvieran la capacidad de hablar telepáticamente. Finalmente, la pelirroja cortó el silencio.
—¿Te gusta?
Fue directa, muy directa. Dio un gancho derecho al hígado y Hermione cayó por un K.O. técnico. La jugada fue limpia.
—¿Qué?
—Que si te gusta, si te aparece atractivo o algo, lo que sea —tradujo la rubia, mirándola con sus enormes ojos, apoyando la mandíbula sobre uno de los almohadones del mueble—. ¿Existe algo más?
¿Le gustaba Snape? Le agradaba, eso era algo. No es como que le gustara del verbo gustar, tampoco lo consideraba "guapo", no siguiendo los cánones de la belleza actual. Con esto no quería decir que fuera feo, porque no, no lo era. Comparado con Ronald, Snape distaba mucho de él, para empezar, tenía cara de pocos amigos y su cabello no era el mejor. Snape no era una persona guapa, eso estaba claro, pero había algo que le atraía. Tal vez era su voz, esa voz profunda y cálida, similar a un susurro, que se hacía notar por encima de todos, la misma voz que siempre tenía algo inteligente que decir, la misma voz que le hacía sentir segura. Tal vez era su altura, la hacía sentir pequeña, más de lo usual. Quizás era su típico olor fuerte a café, no es que se la pasara oliéndolo, pero podía percibir fácilmente su aroma. Puede que fueran esos ojos negros los cuales comparó, en alguna ocasión, con ónices cuando él estaba feliz o con carbón, si estaba melancólico.
O puede que fuera esa aura melancólica y misteriosa que tenía. Le intrigaba saber quién era él tanto en el presente como en el pasado. ¿Qué provocaba que una persona con tanto potencial y curiosidad por el mundo fuera tan apagada y triste? Mientras más tiempo pasaba con él, más notaba que Severus era una persona a la que solo le habían salido mal las cosas y ahora no tenía un rumbo. Se había quedado sin planes… igual que ella.
Después de que el médico le ordenara un largo descanso y un doloroso proceso de terapias para su recuperación, no sabía como volver a bailar, no profesionalmente hablando. Se había quedado sin entrenador, sin pareja y con cero posibilidades de un pronto regreso. Sus planes para ir a la universidad también se vieron truncados. No tenía cabeza para pensar en los estudios, solo iba a ser una pérdida de tiempo que la frustraría en cuestión de meses y la haría sentirse más miserable de lo que ya era. Snape conocía esa sensación. Por lo que le había confesado, él tampoco tenía planes y, los que tuvo, se vieron frustrados. Estaba tan perdido como ella, solo que él sí sabía disimularlo.
Sea lo que fuera, el Sr. Snape tenía algo que le atraía, no sabía qué era ni en qué forma le atraía, pero lo hacía. Si consideraba el hecho de que podía ser sumamente irritante en algunas ocasiones y que no sabía medir ni su sarcasmo ni sus comentarios viperinos, realmente no entendía que le veía.
Tal vez debía ser así, un misterio.
—¿Y bien? —presionaron al unísono.
—… Pues… puede que me guste su voz… y creo… creo que tiene ojos bonitos.
—Hermione… ¡te lleva 20 años!
—¿Acaso he dicho que voy a estar con él? —levantó la voz— Nuestra relación es netamente de amistad. Que le diera un beso no cuenta porque primero, fue un accidente y, segundo, había tomado de más.
—Lo que uno hace borracho es porque lo pensó sobrio —canturreó dándole un sorbo a su botella. ¡Cómo odiaba ese tonito!
—Mira, no pasará nada con el Sr. Snape, ¿de acuerdo? —la tranquilizó— Me gusta estar soltera, me gusta mi tranquilidad y estoy bien así. Severus me agrada mucho como amigo y sí, le tengo mucha confianza y no quisiera que eso se arruinara por una tontería. Además, no tengo cabeza para tener una relación en estos momentos.
No desde que Ron volvió a escribirme, pensó la castaña. Todavía no le había confesado a su amiga que su hermano la estaba buscando y no pensaba hacerlo hasta que supiera como afrontar el problema por su cuenta. No necesitaba que ella la defendiera, esto era entre Ronald y ella.
—¿Dónde escuché eso antes? —atacó la pelirroja— ¡Ah, sí! ¿Ya olvidaste a Cormac? —inquirió levantando una ceja rojiza.
—¿Qué Cormac? —preguntó frunciendo el ceño, tratando de hacer memoria.
—¡McLaggen! —exclamó como si fuese lo más obvio del mundo— ¿Cómo es posible que lo olvidaras?
Oh, cierto… A veces no puedes ocultar el pasado.
Cormac McLaggen era —y seguía siendo— una de las más grandes locuras que Hermione Granger había hecho sobria. Como más de un año después de su fatídico accidente, ya con la pierna lo suficientemente recuperada como para salir a un pub con sus amigas, Hermione conoció a Cormac, un joven muy (muy) guapo, de cabellos rubios y ojos verdes. Desde el primer momento en que se vieron, ella supo que eso iba a terminar mal, pero ya había sufrido de una pierna rota y de una infidelidad pública, ¿qué podía ser peor?
Lo descubrió un par de meses después.
No me malinterpreten, Cormac McLaggen jamás le fue infiel —no que ella supiera—, mucho menos le rompió una pierna. Todo empezó casi la misma noche que se conocieron, habían pasado una noche desenfrenada en el apartamento de soltero del rubio. Justo lo que Hermione necesitaba en ese momento, sexo sin control y sin consecuencias al día siguiente. No estaba preparada para una relación, solo quería "liberarse".
Lástima que Cormac no buscara lo mismo.
Cormac era un año mayor que ella, estaba iniciando una prometedora carrera como abogado, venía de una buena familia y era muy fanático del futbol —para colmo, del mismo equipo que ella seguía, Gryffindor—. Era atractivo, divertido y parecía que sí quería tener una relación con ella. ¡Era perfecto! Pero no era lo que Hermione buscaba en ese momento. Después de lo de Ron, ella no quería una relación ni con Cormac ni con nadie. ¡Solo quería olvidarse de los hombres por un tiempo! Sí, no iba a negar que le parecía atractivo y sí, era buen sexo, pero… pero no existía un sentimiento hacia Cormac que pasara de la simple atracción física. No le gustaban las mismas cosas, se aburría fácilmente cuando hablaban y ni siquiera le interesaba pasar tiempo con él.
Pero Cormac la llevaba del brazo, orgulloso, cuando caminaban por la calle, incluso le presentó a algunos amigos de su equipo de fútbol. Hermione no tuvo corazón para decirle que solo lo había buscado para tener algo de una noche. Fue casi inevitable que se convirtieran en algo más que simples conocidos. No tenían una relación romántica, pero podíamos decir que eran algo así como salientes, si querías decirlo en bonitos términos.
Sus padres pensaban que podía ser alguien bueno para su hija, parecía un buen chico, algo egocéntrico, pero un buen chico. Harry era terreno neutro, no estaba en contra de McLaggen —incluso solían ir juntos al estadio cada vez que Gryffindor jugaba—, pero él solía decirle que no se iba a meter, esa era decisión exclusiva de Hermione. Luna, la de mejor moral de todos, decía que una relación basada en el sexo solo terminaría con alguno de los dos lastimados y Ginny, Ginny decía que eso fue divertido las primeras semanas, pero que Cormac iba en serio y hacerle esto era un error del cual se iba a lamentar más tarde.
Hermione no estaba siendo consciente de que estaba convirtiendo a Cormac en el reemplazo de Ron, saliendo con el pobre muchacho solo por despecho y con el deseo interno de que, algún día, Ronald los viera juntos.
Después de cuatro intensos meses y medio, Hermione no pudo soportar más y le confesó al rubio que no tenía intenciones de tener una relación con él, no ahora… ni nunca. Cabe resaltar la madura actitud de Cormac: fue usado, engañado y quedó como un tonto delante de las amistades de la castaña, pero se lo tomo bien… tan bien que se fue de la ciudad y nunca volvieron a saber de él.
Eso le dejó una lección importante: No importaba lo encantadores que pudieran ser con ella, Hermione no estaría lista para una relación hasta que cerrara su ciclo y por fin superara a Ronald.
—Te juro que no habrá otro Cormac McLaggen —dijo mirándola a los ojos, pero eso no era suficiente para la pelirroja. Hermione estaba haciendo cosas fuera de lo común en el espectro de cotidianidad de Hermione Granger y no quería que esto se saliera de control y lastimara a su amiga… de nuevo.
—Júralo por tu mamá.
—¡Ginny!
—¡Júralo!
Puso los ojos en blanco y levantó la mano derecha, complaciendo a su intensa amiga. Se quedaron en silencio unos minutos, comiendo trozos de pizza y sin mirarse. Luna las observaba a ambas, esperando que alguna hablara y las sacara de ese incómodo momento, pero ninguna abrió la boca.
—¿Ahora sí ya puedo poner mi película? —interrumpió al ver que las aguas ya estaban calmas. La caja de la que comía ya iba a la mitad al igual que su botella—. ¿Por favor?
—¡Ay, no! —exclamó Ginny, estirándose como un gato—. No tengo cabeza para ver algo de suspenso ahora.
—La verdad es que yo tampoco, Looney. Lo siento —se disculpó la castaña abrazando un almohadón.
—¡Pon Shrek! —exigió la pelirroja, levantando un brazo y haciendo una voz grave, la misma voz que ponía cuando estaba bailando en la discoteca o en pleno éxtasis en un concierto.
—¡Sí, pon Shrek!
—Chicas, siempre me hacen esto —murmuró malhumorada la rubia, poniendo el nombre de la película en el buscador.
—Pero pon la dos —exigió por última vez la Weasley—, si no, no quiero nada.
Snape revisó sus notas una vez más, asegurándose de no confundir las palabras antes de dar su intervención en la reunión que sus colegas de trabajo y él habían organizado esa mañana en una de las bibliotecas del museo. Hoy revisarían el avance del proyecto del que formaban parte. Con su nuevo horario de vacaciones y su inexplicable buen humor para escribir a su favor, había avanzado lo suficiente como para ponerse a la par de sus colegas. El equipo esperaba terminar pronto, que los asesores académicos lo revisaran y, por último, la aprobación para defender frente a un jurado especializado del museo.
El intento número catorce era el bueno o eso se decía.
Hermione se ofreció a pasar la mañana con Lamarck —otra vez— mientras que él estaba en su reunión. Irían al parque al medio día y luego se reuniría para almorzar con Harry y Sirius hasta que él le avisara que ya podía dejar al perro en la casa. Se lo agradecida profundamente, así podría debatir e intercambiar ideas con total tranquilidad. Habían hecho un gran progreso, si nada salía mal, pronto estarían listos para su presentación. Su colega, después de dar una brillante acotación al proyecto, le cedió la palabra.
—Creo que si acortamos el capítulo tres nos permitirá detallar de mejor manera el capítulo cinco. De por sí esto está saliendo muy largo y, en el capítulo tres, si pueden ir a la página 34, estamos parafraseando lo mismo dos veces. Ahora, con respecto con lo que decía Lewis, nos están faltando datos, tenemos que tener listo ese balance a más tardar el próximo fin de semana si queremos presentar a mitad de agosto. Yo pienso que debemos hablar con Cooper sobre esto a ver si nos puede echar una mano.
La reunión pasaba rápida y, para su sorpresa, de forma amena. De por sí, a Snape nunca le había gustado los trabajos grupales, era un completo asocial, era ese alumno que hacía el trabajo con un compañero solo porque el profesor lo ordenaba y, cada vez que trabajaba con alguien, solo significaba un fuerte dolor de cabeza para él. Sin embargo, en esta ocasión, Snape no tenía problemas con este grupo, no desde que habían reemplazado a su ex colega John por su contemporáneo Lewis. No es que no le agradara John, pero habían descubierto que trabajaban mejor sin él.
Casi a finales del encuentro, el celular del pelinegro vibró en el bolsillo izquierdo de sus pantalones. Sacó el teléfono por debajo de la mesa para no parecer descortés. Si era Lucius no iba a responder, recordaba haberle comentado sobre su reunión, sería desconsiderado de su parte molestarlo ahora. No obstante, al ver el nombre de Miss Granger brillando sobre la pantalla, se disculpó con sus compañeros y salió de la habitación para tomar la llamada.
—¿Hermione? Hola, estoy en reunión. ¿Qué pa...? —intentó preguntar antes de ser interrumpido por una histérica castaña al otro lado de la línea.
—¡Severus! ¡Ven rápido, por favor! Es Lamarck, que no sé qué está pasando… estábamos en el parque y de la nada vino y… se peleó y… ahora yo no sé qué hacer —Hermione hablaba tan, pero tan rápido que no fue capaz de entender nada de lo que había dicho. Su voz llorosa hipaba, provocando que sus palabras fueran incomprensibles. Solo logró captar "Lamarck" y "Veterinaria", lo cual lo alarmó al instante.
—Hermione, Hermione, ¡Granger! —gritó, callándola— No puedo entenderte si hablas rápido. ¿Qué sucede? ¡Calmate! Respira y dime qué pasó. ¿Dónde está Lamarck?
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea, solo podía escuchar la respiración agitada de la castaña tratando de calmarse para poder hablar. La curiosidad por saber que demonios sucedía lo estaba matando.
—Estábamos en el parque dando una vuelta cuando nos encontramos con otro perro. Parece que no le agradó Lamarck porque empezó a tirar de la correa de su dueño para venir hacia nosotros. Lamarck se alteró y empezó a ladrar, jalándome hacia donde estaba el otro perro. La correa de este se rompió y se abalanzó sobre Lamarck. Con la otra dueña tratamos de detenerlo, pero el otro perro lo mordió—tomó aire y continuó—. Los separamos y luego ella y yo nos peleamos, era una mujer muy desagradable.
—¿Lamarck está bien? ¿Dónde están? —su voz se oía nerviosa y estaba haciendo uso de todo su autocontrol para no gritarle, exigiendo respuestas.
—Estamos en un taxi, vamos rumbo donde el Dr. Hagrid —respondió bajito—. Él está tranquilo, muy adolorido… Snape, hay mucha sangre.
—Voy para allá, nos vemos donde Hagrid, no te muevas de ahí.
—Apresúrate, por favor.
—Hermione —dijo justo antes de colgar—, cuídalo mucho.
El breve camino de regreso a la habitación se le hizo eterno, como si el tiempo se hubiese detenido y solo existieran los latidos de su corazón, retumbando con fuerza dentro de su cabeza. ¿Acaso el salón empezaba hacerse cada vez más y más grande o es que él se estaba haciendo pequeño? Al llegar a la mesa, tomó sus cosas mientras pedía disculpas por el inconveniente a sus confundidos colegas.
—Debo irme, tengo un percance familiar urgente —informó con voz monótona, pero su rostro, más pálido de lo normal, decía otra cosa—. Me informan por correo todo lo que avancen, ¿ok?
—Por supuesto —respondió Lewis, mirándolo preocupado—. ¿Quieres que te pida un taxi?
—Sí, por favor, gracias.
Todo el trayecto a la veterinaria Scamander, Snape se la pasó mirando atento la pantalla de su celular, observando como él, la pequeña bolita azul, se movía por las calles del mapa de Londres, tratando de llegar al punto rojo. Llegaría en 20 minutos, ¡20 interminables minutos! Odiaba el tráfico de Londres, lo odiaba, lo odiaba, ¡cómo lo odiaba! Su pie derecho se movía inconscientemente de arriba abajo y, por más que quería detenerlo, solo era cuestión de segundos para que este se volviera a mover. Se preguntó si podría pedirle al conductor que se apresurara, pero sería la tercera vez y el señor al volante no se veía muy amable que digamos.
No quería alterarse más de lo que ya estaba, en serio no quería, pero de solo pensar que no se encontraba con el samoyedo en esos momentos lo angustiaba más. Hermione no le brindó mucha información sobre la gravedad de la herida, por lo que su mente solo podía divagar y exagerar la magnitud de las cosas. No tenía ni idea de donde fue el mordisco, pudo ser tanto en una pata como en rostro. ¡¿Y sí le habían mordido el cuello?! Hermione había mencionado que había mucha sangre, el otro perro fácilmente pudo morderle el cuello.
Ya había salvado a Lamarck de una muerte segura cuando era apenas solo un cachorro, tenía que volver a salvarlo ahora.
Contactó a la bailarina cuando estuvo a mitad del trayecto, demandando de inmediato por el estado del perro. Ella dijo que el Dr. Hagrid lo tenía en su salita de operaciones sedado, mientras trataba de detener su sangrado. Ella, ya más calmada, se encontraba en la sala de espera de la entrada, aguardando por noticias. Asimismo, le dijo que iba a estar bien, el Dr. Hagrid dijo que no fue una mordedura profunda a pesar de estar peligrosamente cerca de una arteria en el cuello, pero que debía tratarse de inmediato para que no llegara a mayores consecuencias. También comentó con resentimiento cómo fue que ningún auto quería llevarlos al ver al perro manchado de sangre.
Sus palabras no lo ayudaron a tranquilizarse en lo absoluto.
Podía imaginarse fácilmente el hermoso pelaje de su cachorro manchado de ese espeso líquido rojizo. Podía imaginárselo, tirado sobre la mesa de operaciones mientras que el Dr. Hagrid y la Dra. Tuttle usaban aparatos médicos extraños y filosos para detener el sangrado. El familiar sabor ácido de su vómito subió por su garganta y tuvo que contenerse para que el chófer no lo obligara a bajarse del vehículo.
El sonido electrónico de la puerta de cristal al abrirse alertó a la castaña quien se levantó de inmediato de su asiento colorido y corrió a abrazar al profesor, colgándose de su cuello, completamente aliviada de verlo. La joven tenía la parte delantera de sus shorts manchadas con sangre. De no estar al tanto de los acontecimientos, Snape hubiese pensado que ella se encontraba en su periodo. La sangre solo hizo que empezara a sudar en frío.
Necesitaba sentarse… necesitaba aire… No, necesitaba verlo, ahora.
—Él estará bien —se giró a ver a Hermione sentada a su lado. Sus pequeñas manos lo rodeaban y una le acariciaba la espalda como señal de apoyo. Hermione apoyó su cabeza sobre su hombro y prosiguió—. El Dr. Hagrid es el mejor veterinario que conozco. Dijo que no era nada que no pudiera solucionar.
—¿Estaba asustado? —preguntó sujetando una de sus manos, entrelazando sus dedos.
—Estaba tranquilo cuando llegamos aquí y no opuso resistencia cuando lo metieron al consultorio… Te juro que no sé cómo pasó, estábamos caminando tranquilos y, de la nada, ese perro llegó y… Severus, lo siento tanto.
—No…—
—¡En serio, lo siento! Era mi responsabilidad cuidarlo, tú me lo confiaste. Tal vez si hubiésemos ido por otro camino, esto no hubiese pasado. Lo siento tanto —el profesor no dijo nada, solo siguió con la cabeza agachada, masajeándose las sienes con su mano libre—. Dime algo, por favor.
—Solo prométeme que estará bien —su voz fue casi como un ruego y luego, se calló.
Hermione, sin soltarle la mano, rodeó con su brazo libre al profesor y le dio un casto beso en su mejilla. Volvió a apoyar su cabeza sobre su hombro y le susurró todo lo que el pelinegro necesitaba escuchar hasta que, por fin, la Dra. Tuttle salió por el pasillo, avisando que ya habían terminado, la operación había sido un éxito y solo restaba que despertara de la anestesia.
Preguntó si podía verlo y los veterinarios no vieron razón para negarse. Lo guiaron a través del pasillo hasta las jaulas donde mantenían a los animales en recuperación. Lo encontró dormido en la segunda jaula de la derecha, sobre una camita mullida y roja. Le habían rapado parte del cuello y podía ver los puntos de la operación. Se veía tan tranquilo que no quería despertarlo.
Hagrid le abrió la puerta de la jaula para que él pudiera acercársele. Temeroso, Snape extendió una mano para acariciar su pelaje y luego se sentó en el suelo, encorvándose sobre el can dormido. El veterinario dijo que le daría espacio lo cual agradeció. Por más que le agradaba el Dr. Hagrid, ahora solo quería estar a solas con su mascota.
—Le diste un buen susto a papá, ¿sabes? —susurró sin importarle mucho si el perro podía escucharle o no. Sus dedos acariciaban su pelaje con delicadeza y ternura, prestando especial atención en su cabeza— ¿Quién te mandó a pelear? Tú no puedes pelear, perro tonto, pelear no está bien, yo no te enseñé esas cosas… Nos asustaste a todos: al Dr. Hagrid, a la Dra. Tuttle… a Hermione… a mí. No lo vuelvas a hacer, ¿de acuerdo? Tienes estrictamente prohibido morirte, ¿entendido? No te puedes morir ni darme sustos de esa forma, así como también tienes prohibido hacer tus gracias dentro de la casa… Aunque tal vez podamos cambiar la última regla si es que prometes cumplir las primeras dos… solo no lo hagas en la alfombra, ¿quieres?
La respiración del perro era calmada y, hasta cierto punto, relajante de escuchar. El pelaje demoraría en crecer o al menos eso pensaba. Podría cubrirlo con alguna de sus pañoletas y tal vez esconder los espejos de la casa para que el perro no se asustara al verse.
—Estoy aquí contigo, amigo, siempre lo voy a estar, ¿de acuerdo? —susurró cerca de su oído—. Despierta, por favor.
Sus patitas se fueron moviendo poco a poco, ya estaba despertando. Sus orejas se movían, señal de que ya era capaz de escucharlo.
—¿Quieres despertar ya? ¿Sí, amigo? Vamos a despertar. Arriba, arriba, Lamarck, tenemos que ir a casa. Arriba. Te daré de esas croquetas que tanto te gustan —su cola blanca empezó a moverse de un lado a otro.
Después de ver eso, por fin pudo respirar con tranquilidad.
Snape cargó a su perro de regreso como si fuese un bebé hasta la sala de espera y lo dejó con muchísimo cuidado junto a la castaña. Luego, se fue a firmar los formularios y pagar todo lo que se había utilizado. Sin saber de dónde había sacado la fuerza, Hermione cargó en sus brazos al samoyedo todo el camino a casa. No entendía como alguien que medía en promedio 165 cm y no pesaba más de 50 kilos podía cargar a un perro que le llegaba al pecho cuando se paraba sobre sus patas traseras. El perro estaba demasiado sedado y adolorido como para darse cuenta de la atención que estaba captando. Snape llamó a un taxi en la siguiente esquina y metieron al perro en el asiento trasero junto a la castaña mientras que él iba de copiloto. Todo el trayecto de regreso a Southfields, Snape se la pasó sosteniendo una de las patas de su mascota mientras que este estaba recostado sobre el regazo de Hermione.
Hermione abrió la puerta mientras que el profesor llevaba en sus brazos al perro. Lo dejó con sumo cuidado sobre el sillón y, luego, le dio luz verde a Hermione para buscar ropa limpia y cambiarse sus shorts manchados, hasta volvió a ofrecerse para lavar su ropa. Lamarck no pudo quedarse tranquilo sobre el mueble por mucho tiempo, cada tanto intentaba bajarse y caminar un poco sin caerse, pero la vigilancia extrema de Snape y Hermione se lo impidieron.
Mientras el profesor se encontraba en la cocina guardando la nueva tanda de medicinas que el perro tomaría a partir de ese momento, Hermione movía la mesita de café de la sala y preparaba una cama de almohadas sobre el suelo para que el perro pudiera descansar ahí, más cómodo y tranquilo. Hermione le dio muchos besos y abrazos y luego lo recostó con cuidado sobre los almohadones en el suelo. Se recostó a su lado y se quedó con él, hablándole bajito al oído, como para que el animal supiera que no estaba solo.
En la cocina, Snape estaba apoyado sobre la mesa, sosteniendo su rostro con ambas manos, masajeándose las sienes. Estaba cansado. Habían pasado tantas cosas y tantas emociones en tan pocas horas que le provocaba migraña. Sus dientes seguían castañeándole, la sensación de frio recorriéndole la espalda seguía ahí. Todavía no podía quitarse esa presión agonizante sobre su pecho, le provocaba espasmos inconscientes, necesitaba arrancárselo o no podría respirar tranquilo de nuevo. Con una mano temblorosa, se llevó una aspirina a la boca y luego se la pasó con un trago de agua. Ni siquiera el agua le sentaba bien.
El Dr. Hagrid dijo que no era nada grave, Lamarck iba a estar bien y no tendría secuelas o nada parecido, pero eso no lo calmaba. La llamada desesperada de Hermione lo había alterado tanto que todavía seguía creyendo que perdería al samoyedo en un abrir y cerrar de ojos. Nunca se había puesto a pensar que pasaría si un día despertaba y Lamarck ya no estaba con él. Tampoco era algo que quería imaginarse. No había pasado ni un año, pero sabía que, si Lamarck desaparecía de su lado, se volvería loco.
No quería quedarse solo, no de nuevo.
Tomó una bocanada profunda de aire y trató de calmarse. Sentía que en cualquier momento podría sufrir un ataque cardiaco o, peor, sentía que iba a romper en llanto. Todo iba a estar bien, se repitió varias veces. Ahora Lamarck estaba en casa, sano y salvo… más salvo que sano, pero estaba en casa, con él y así sería siempre.
Se levantó y volvió a la sala, sin esperar encontrarse tan linda escena sobre el suelo de su hogar. Hermione yacía dormida, agotada, abrazando al perro blanco mientras que este, se giraba cada tanto, buscando la posición más cómoda para dormir sin que las almohadas o cualquier otra cosa le rozara su piel sensible recién operada.
Se acercó lentamente, tratando de no hacer ningún ruido. Se inclinó y acomodó la cabeza de Hermione sobre una almohada, para que estuviera más cómoda. No pudo evitar no retirarle el cabello castaño del rostro y acomodarlo con delicadeza detrás de su oreja. La castaña, al sentir tal cosquilleo sobre su rostro, movió su mano izquierda hacia su rostro como tratando de espantar la de Snape y luego la volvió a colocar sobre Lamarck, apretándolo más a ella como si se tratara de una almohada o un peluche gigante.
Snape sonrió, era una sonrisa pequeña, de esas que reflejaban ternura.
Ella debía estar tan cansada, se imaginó. Tenía tanto que agradecerle a Hermione, pero, sobre todo, su rápido accionar para con su perro. De no haber llegado a tiempo a la veterinaria, Lamarck pudo haberse desangrado. Estaba infinitamente agradecido de su amor auténtico hacia su mascota, de no dejarlo solo cuando él más la necesitaba. Asimismo, le agradecía desde el fondo de su corazón su apoyo incondicional y sus palabras de aliento, sabía que no hubiese soportado estar solo en esa sala de espera. Contar con una persona como Hermione a su lado le brindaba una seguridad que no sentía hace mucho.
Se arrodilló sobre la alfombra para darle un beso al perro, aspirando el característico olor a medicina, y luego se recostó al lado libre de Lamarck, sujetando su pata, apoyando su cabeza sobre su brazo derecho a falta de más almohadas. Sus ojos oscuros permanecieron mirando la cabeza del perro dormido y, detrás de esta, la mitad del rostro de Hermione, envuelta entre el pelaje blanco y sus ondas castañas.
Con esa imagen en la mente, su cuerpo empezó a relajarse poco a poco, al igual que su respiración hasta que, finalmente, se dejó llevar por Morfeo al mundo de los sueños donde Lamarck y Hermione lo esperaban.
HOLA CHIQUIS!
ADIVINEN QUIEN SE DEMORÓ DE MÁS ESCRIBIENDO OTRO CAPÍTULO POR ENESIMA VEZ. ESTOY DEJANDO QUE ESTO FLUYA HASTA RETOMAR EL HILO DE LA HISTORIA Y YA QUE YO, EN LA VIDA REAL, NO TENGO VACACIONES HASTA ENERO, QUE AL MENOS LOS PERSONAJES DE ESTA HISTORIA SÍ TENGAN. SÍ, ESTE CAPÍTULO NO LO PLANEE TANTO COMO LOS ANTERIORES, PERO EL SIGUIENTE SÍ ESTÁ PLANEADO Y YO CREO QUE SÍ LES GUSTARÁ, ES SORPRESA :3 NO HAY NADA NUEVO QUE REPORTAR, YO SIGO ENCERRADA EN MI CASA, NO HE VISTO EL SOL EN 4 MESES… NO SÉ NI EN QUÉ MES VIVIMOS. ESTAMOS MARZO, NO?
EN FIN, ESPERO QUE LES GUSTARA EL CAPÍTULO, MUCHAS GRACIAS POR EL APOYO.
BESITOS, BESITOS, CHAU, CHAU!
