NO PUEDO CREER QUE (POR FIN) VOY A PONER ESTO, PERO MEJOR LO HAGO ANTES DE QUE ME SANCIONEN O ALGO ASÍ POR NO AVISAR. DESDE AHORA VOY AVISANDO QUE, SI NO LES GUSTA LEER ESE TIPO DE ESCENAS, SÁLTENSE EL FINAL. IGUAL SE VAN A REÍR, PERO YA QUE, SIEMPRE HAY ESAS PERSONAS QUE NO LES GUSTA ALGO, ASÍ QUE... ️
ADVERTENCIA: El siguiente capítulo puede contener escenas sexuales explícitas. Se recomienda discreción.
CAPÍTULO 13
Durante las vacaciones de verano, los alumnos de Hogwarts disfrutaban al máximo sus dos meses lejos del encierro del internado, olvidando por completo cualquier cosa relacionada al colegio, a los cursos y a los profesores. Aunque suene increíble, incluso había alumnos que olvidaban hasta como sujetar un bolígrafo. Parecía que todo el esfuerzo aplicado durante el ciclo escolar solo era para salvar el semestre y ya.
Ahora estaban de vacaciones, el colegio no sería su problema hasta septiembre.
Sin embargo, eso no hacía que ellos perdieran el contacto. Los que vivían cerca se reunían; los que no, por redes sociales y, por supuesto, siempre estaba el confiable chat de cada promoción.
Por ejemplo, justo en este momento, se estaba librando un feroz debate en el chat de 6to año —futuro 7mo— sobre uno de los números de la sección de sociales del periódico The Sun. Se habían formado dos bandos, la mitad a favor y la otra mitad en contra. Ya hasta habían contactado al alumno encargado de las fotos del periódico escolar pues necesitaban un ojo crítico, experto en fotografía, para dar el veredicto final de dicha imagen.
Pero antes, déjenme ponerles en contexto.
No era un secreto en el colegio que Sirius Black era el crush de muchas alumnas. El soltero codiciado británico era, por mucho, uno de los tantos temas que se hablaban en el Gran comedor. Hasta había llegado a ser tema de exposición en más de una ocasión y —si más de la mitad del salón estaba de acuerdo— bautizarían con su nombre a la futura promoción de egresantes de Hogwarts, con la esperanza de que eso llamara la atención del millonario. Si lograban contactarlo por redes sociales, tal vez hasta podría ofrecerse para ser su padrino.
Así el viaje de promoción tendría presupuesto.
Sabiendo todo esto, no era de extrañarse que dos alumnas tocasen el tema del último escándalo de Sirius Black durante su videollamada diaria. Todo había empezado con la simple especulación de quién era la joven rubia que Sirius llevaba de la mano a la salida de una conocida discoteca de una ciudad costera. El artículo del periódico no daba mucha información.
"Sirius Black: otra fiesta, otra ¿misma conquista?"
Bournemouth, Dorset: Ya empezó el verano y parece que nuestro rebelde aristócrata lo sabe. El sábado pasado, Sirius Black fue visto retirándose temprano de una conocida discoteca de Bournemouth donde decidió pasar unos días de descanso, algo completamente inusual para él, pero con el Sr. Black nunca se sabe. Al parecer, Sirius Black y compañía decidieron acabar la fiesta temprano debido a la poca resistencia de sus acompañantes, las cuales se encontraban obviamente bajo los efectos del alcohol. Un vergonzoso espectáculo protagonizó una de ellas cuando tuvo que ser cargada por uno de los guardaespaldas de Black debido a que no podía caminar […] Se sabe que Black estaba en compañía de su ahijado, el Sr. Potter quien, recordemos, no sobre pasa los 22 años al igual que el resto del grupo. ¿Es que acaso Sirius Black fue a cuidarlos a ellos o viceversa?
En fin, no es la primera vez que vemos a Black con la misma compañía, esta es la tercera ocasión que nuestras cámaras captan al aristócrata con la misteriosa jovencita rubia quien, cabe resaltar, es la más joven de todas las mujeres con la que lo hemos visto, ¿será que acaso ella es "especial"? Si es así, ¿deberíamos irnos despidiendo de aquel puesto tan codiciado junto a Black? […] Por otro lado, se abre el debate por la edad de la joven misteriosa. ¿Será que Black está buscando carne fresca?"
—No parece mayor que Harry Potter —dijo una de ellas mientras le hacía zoom a la foto, tratando de verle el rostro, pero el bolso de mano de la joven se lo impedía.
—Ya ha salido antes en otras fotos —siguió la otra a través de la pantalla de su laptop—. ¿Recuerdas esa vez donde los fotografiaron con Harry en su yate? Ella estaba ahí, te las envié… ¡Ay! Maldita, como quisiera ser ella.
—Por dos —respondió la adolescente tirando la cabeza hacía atrás—. Literal parece que solo es un par de años mayor que nosotras. ¡Señor Black! ¡Yo puedo aplicar a ese puesto! Digo, esa chica tiene una suerte de…
—¡Noooo! —exclamó la otra acercando su rostro a la pantalla de su celular para poder ver mejor la foto. En la laptop, la amiga al otro lado de la pantalla se ajustó los audífonos debido al grito que la primera había lanzado—. ¡No me jodas! ¡No puede ser!
—¿Qué pasa, loca? ¿Qué pasa? ¡Dime!
—Te voy a enviar una foto justo ahora —dijo tecleando con furia sobre la pantalla de su móvil, enviando la imagen por chat— y me vas a decir quién es la persona que está cargando a esa chica.
—A ver, espera… ¿Es su guardaespaldas?
—Pero ¿a quién se parece? ¡Mira bien! —su amiga, por más que se rompía los ojos tratando de verle bien la cara a dicho guardaespaldas, no encontraba similitud con nadie a quien conocía—. ¡Se parece a Snape!
—¿Qué hablas? Tú estás loca, ¿no? —respondió la otra frunciendo el ceño— ¡¿Cómo va a ser Snape?! No usar el cerebro ya te está afectando. En primer lugar, ¿qué haría Snape trabajando de guardaespaldas para Sirius?
—No estoy loca, en serio, mira bien. ¡Solo hay una persona en el puto mundo que se peina así y ese es Snape! —respondió abriendo los ojos como platos y cubriéndose la boca, también incapaz de creerse su descubrimiento, pero totalmente convencida de que tenía razón—. ¡Es Snape!
—¡No es Snape!
—¡Qué sí!
Lo que empezó como una tonta discusión de dos adolescentes evolucionó rápidamente a un debate presenciado por todos los alumnos del sexto año de Hogwarts. Una de ellas le había enviado la foto a otro alumno, esperando una tercera opinión. El tercero encontró parecido a Snape, por lo que la otra amiga fue a buscar apoyo de un cuarto. Dicho proceso se repitió y repitió hasta que los 30 alumnos de la promoción se vieron involucrados en dicha disputa. Timothée Clarke, el prefecto de la promoción, se vio en la obligación de ser el mediador de este asunto por medio del chat grupal.
[Nancy: No es Snape! Todos están locos
Dejen de hablar tonteras]
[Georges: No se ve bien la imagen]
[Lucas: X2
Nunca sabremos si es él, pero piensen un poco
¿Cómo es que Snape está en el mismo lugar que Sirius Black? ]
[Anne: Exacto!
Es Snape, estamos hablando de alguien que viste la misma ropa todos los días
Jamás estaría en la misma fiesta que Sirius. De hecho, me niego a creer que Snape vaya a fiestas]
[Becca: Recuerdan que cuando Draco Malfoy estudiaba aquí, Snape era amigo de sus padres?
Puede que lo conozca por ellos]
[María: Sí es Snape! Háganle zoom a la foto]
[Tim: Silencio, ya no escriban.
Ya hablé con Charles, del periódico escolar.
Ya me dio el resultado de que sí es o no es Snape]
[Nancy: Dilo yaaaaaaaa]
[Becca: Shhhhhhh]
[Tim: Y el resultado final es…
*redobles de tambor*
No es Snape
Fuente: El periódico escolar]
[Nancy: Quedaste como estúpida, Daniela]
[Daniela: Cállate :c ]
[Tim: Como les gusta hacer perder el tiempo, no?]
[Georges: F]
[Lucas: F]
[Anne: Lo siento, chicas, su Snape no es lo suficientemente cool para estar con Black]
Si bien ese comentario puso fin a la conversación, nada del mundo le quitaría de la cabeza a Daniela que el supuesto guardaespaldas de su amado Sirius Black era Snape.
¿Qué pasaría si le dijeran que los que quedaron como estúpidos eran sus compañeros de clase y no ella?
—¿Quién es mi primo favorito? ¿Quién es mi primo favorito? ¡Tú lo eres! ¡Tú lo eres!
La cola de Lamarck se agitaba contenta y su pata trasera se movía de arriba abajo en respuesta a las caricias bajo el hocico que Draco le proporcionaba en esos instantes. Como si fuese un bebé, Lamarck se recostaba sobre las piernas del rubio y le mostraba la panza peluda, pidiéndole que lo acariciara ahí. Draco Malfoy nunca complacía a nadie, no si tenían que pedírselo, pero estaba dispuesto a hacer una excepción solo por el can.
—Ya no lo mimes tanto que cuando llegamos a casa se pone insoportable.
Ahora que el trabajo ya no era excusa, Snape pasaba más días a la semana en Malfoy House en la compañía de sus amigos de toda la vida. Los cuatro se encontraban en la sala principal, disfrutando de una limonada fresca y un par de sándwiches que complementaban aquella tranquila tarde de verano.
Snape pensó en contarle a Draco sobre el accidente de su perro después de un par de días de merecido descanso pues el cachorro aún se encontraba algo adolorido. Sin embargo, las improvisadas visitas a su casa, hicieron que el menor se enterara de todo al día siguiente de la operación. Draco había ido a casa de Snape todos los días durante esa semana, casi siempre durante la tarde, para llenar de mimos al entonces "inválido" perro.
Durante una semana entera, tuvo a Hermione por la mañana y a Draco por la tarde corriendo sueltos por su casa.
Para su propia tranquilidad y paz mental, Snape tuvo que pedirle amablemente a Hermione que le diera más espacio a él y a Lamarck por unos días, que era mejor volver a encontrarse en el parque como solían hacer y ya no en la casa, al menos no con el peligro latente que representaba Draco rondando por ahí como si fuese su casa. No quería ni imaginarse las preguntas inapropiadas que el menor podría hacerle a la castaña, sobre todo cuando tenía la cabeza llena de las paranoias propias de sus padres.
—¿Cuándo le quitan los puntos? —preguntó desde la alfombra en donde se encontraba.
—Mañana —contestó después de darle un mordisco a su emparedado—. Lo reviso a diario y creo que se ve mucho mejor. Debiste verle las perforaciones, eran enormes. El Dr. Hagrid dice que no había nada de qué preocuparse, pero que fue la mejor decisión llevarlo de inmediato —y se lo agradecía profundamente a Hermione, siempre estaría en deuda con ella por su ayuda—. Está ansioso por que se lo quiten. Créeme, si pudiera alcanzar su herida se rascaría. Agradezco que no pueda doblar mucho el cuello.
—¿Puedo ir contigo?
Los tres adultos en la habitación se rieron. Narcisa mostró su perfecta dentadura e inclinó la cabeza a un lado, llena de ternura. Draco había sonado exactamente igual a cuando tenía seis años. Cada vez que Snape acababa con sus visitas en Malfoy House, el pequeño rubio de dentadura incompleta solía abrazarse a su pierna, rogándole si podía ir con él. Aquellos recuerdos saltaron de inmediato a las mentes de Lucius y Narcisa quienes, al igual que Snape, añoraban aquellos días del pasado tan distante.
—Me temo que no, ya tengo a alguien que me acompañará —se excusó tratando de sonar lo más neutral posible. No estaba seguro si era buena idea decirlo, pero no quería mentirle a su ahijado, no después de recordar aquellos tiempos.
—¿Ah, sí? ¿Y ese milagro? —comentó Narcisa, levantando una ceja rubia y sonriendo coqueta de lado— ¿Podemos saber quién es tu misterioso/misteriosa acompañante?
Snape había vivido tantos años en compañía de los Malfoy como para saber que el tono que usaba Narcisa anticipaba una tormenta a la cual esperaba sobrevivir entero.
—No.
—¡Oh! ¡Vamos!
—¿No me digas que es tu niñera? —intervino Lucius, adelantándose más hacia el borde de su asiento, expectante por alguna respuesta. Snape mantuvo su máscara de frialdad en su rostro, imperturbable como estatua, pero tantos años de amistad no eran en vano. Le costaba un poco, pero Lucius perfectamente sabía cómo leer a Snape— ¡¿NO?! ¿Es con ella?
—Maldigo el momento en que se me escapó comentarte sobre ella —susurró.
—A ver, a ver —Narcisa levantó ambas manos, tratando de callar a su esposo y a su hijo quienes, estaba segura, no iban a dejar en paz al pelinegro hasta que dijera toda la verdad del asunto—, ¿por qué nadie me comentó que tenías una niñera?
—De hecho, yo lo hice.
—Pensé que era un chiste —respondió poniendo los ojos en blanco—. Entonces es verdad… ¿Y bien? ¿Cómo es ella?
—No hablaré de… —
—A Severus le gusta —interrumpió Lucius, provocando la desesperación del Slytherin.
—Que no.
—¡Qué sí!
—Espera, ¿quieres decir que estás cambiando a tu único ahijado, el que es casi como un hijo para ti, por la niñera de tu perro? —Draco se unió al juego de su padre, aparentando estar ofendido— Gracias, es bueno saber cuánto significo para ti.
Tal vez en otras circunstancias, Narcisa habría salido valiente a defenderlo, tal y como solía hacer cuando ellos no eran más que unos simples adolescentes. En más de una ocasión, Lady Narcisa había salvado al profesor de Química de las garras de los otros miembros de su exclusivo círculo social. Recordaba una vez en especial, cuando ella aún vivía su noviazgo con Lucius durante sus años de universidad, en donde se atrevió a romper lazos con unas personas importantes para su familia solo porque estas habían tratado de forma irrespetuosa a su amigo. Sin embargo, ahora, en su casa, no pensaba, por nada del mundo, detener dicha "discusión" pues se estaba divirtiendo al máximo viendo al inseguro Snape en aprietos románticos.
—Entonces —dijo después de un rato, apoyando su espalda por completo sobre el respaldar de la silla, como una reina sobre su trono—, quiere decir que mientras nosotros hacíamos los esfuerzos inhumanos por reconstruir tu vida romántica, ¿tú, solo, por tu cuenta, estabas coqueteando con la linda niñera de tu perro?
—Parece que sí —respondió Lucius, quitándole la palabra a Snape—. Veo que no valoras nuestro esfuerzo, Snape. No fue fácil encontrar a alguien lo suficientemente adecuada.
—¿A qué se refieren? —cuestionó preocupado, reincorporándose sobre su asiento— ¿De qué están hablando?
Esto no sonaba bien, para nada.
—Díselo, cariño.
La rubia ordenó como si poco o nada le importara la reacción de Snape. Sus ojos grises lo miraban frio y sin el más mínimo interés. A veces olvidaba lo superficial que su amiga podía ser. Cuando ella adoptaba esa actitud, sabía que no podría obtener nada de ella. Snape se giró a ver a Draco, esperando por alguna explicación a lo que sea que los Malfoy hubiesen hecho a sus espaldas. El menor procuró no mirarlo por unos minutos, en su lugar, seguía rascando el estómago del perro quien ya se había quedado dormido de tantos mimos.
—¿Y bien? ¡Habla! —exigió Snape, enojado— ¿Qué demonios hicieron ahora?
—… Te… te organizamos una… una cita a ciegas —admitió quedito, rogando que no pudiera escucharlo. Conocía a su padrino enojado y no era la faceta que más le gustaba de él.
¿Qué ellos… qué?
Snape estaba boquiabierto. ..- Sus ojos oscuros iban de Draco a Narcisa, de Narcisa a Lucius y de regreso a Draco. ¿Ellos le habían organizado una cita a ciegas? Había escuchado eso, estaba completamente seguro. Aguardó un momento, esperando que a alguno de ellos le traicionara la risa y descubrir que todo eso era una broma pesada, pero esa tan ansiada risa nunca llegó.
Desafortunadamente, esto no era una broma.
—No.
—¿Qué?
—No —repitió frunciendo el ceño—. ¡No! No quiero ni una cita. No volveré a pasar por esto otra vez.
—Esta no está tan mal —argumentó la rubia, pero fue rápidamente callada por el maestro.
—Cissy… yo agradezco su interés, en serio, pero no pienso ir a otra cita a ciegas organizada por ustedes —exclamó con voz fuerte y clara, sin saber si sonaba decidido o enojado—. ¿Qué no recuerdan las otras dos? ¡Fueron un desastre!
No era la primera vez que los esposos Malfoy se metían en la vida romántica de Severus Snape. Su divorcio y su nueva soltería habían marcado la etapa que él denominaba "Invasión Malfoy a Snapelandia". Sin su completo permiso, los aristócratas habían intervenido en cada decisión que había tomado en los último tres años —tal vez incluso más antes— y, siendo sinceros, Snape no tenía ni las fuerzas ni los ánimos como para poner resistencia. Valoraba sus intenciones, sabía que lo hacían de buena voluntad, pero a veces podían pasarse de la raya… Como la dos veces anteriores que le habían organizado una cita a ciegas.
Las dos veces lo habían tomado totalmente desprevenido al igual que esta. La primera fue casi a los seis meses después de que Valerie se fuera del país, cuando ya llevaba un buen tiempo yendo a terapia. Su doctor lo había aprobado, era bueno que probara nuevas experiencias. La mujer era una conocida de ellos, de más o menos su edad. Pensaron que podría agradarle y lo hizo… pero a ella no le agradaba Snape. La siguiente opción llegó como unos dos meses después de la primera, esta vez fueron más cuidadosos con respecto a la compatibilidad. Se trató de una cita para tomar café en un ambiente controlado como lo era el restaurante del Heir.
Alerta de spoiler, no hubo una segunda cita. Snape la encontró completamente irritante.
No estaba preparado para sufrir otro ataque de ansiedad pre-cita ni revivir la incómoda experiencia de no saber que decir durante una hora antes de que alguno de los dos saliera corriendo con la autoestima por los suelos. Su salud mental era buena, pero no quería tentar a su suerte experimentando a una tercera cita a ciegas.
—Pero esta vez será diferente —dijo Lucius, esperando convencer a su amigo—. Dile lo que hiciste, Draco.
—¿Por qué yo?
—¡Hazlo!
—Bien —el rubio pus los ojos en blanco, un claro gesto de que no quería hacerlo—. Antes que nada, yo no quise hacerlo, ellos me obligaron.
—¡Draco!
—Ya voy, ya voy —tomó aire y continuó—. Te inscribí en Tinder hace una semana. Sé que me dijiste que no querías, pero pensamos que sería una buena idea. Ya estamos en vacaciones y ahora tienes tiempo libre. Escogí una buena foto y puse una descripción que fuera más o menos contigo… Tal vez, la modifiqué un poco, pero solo un poco —admitió avergonzado—. Luego empezamos la búsqueda y, si bien no había mucho de dónde escoger, había candidatas. Tampoco elegimos a cualquiera, ¿sabes? Hubo muchos filtros y, bueno, encontramos a algunas que pensamos podrían funcionar.
—Esta una mujer de 38 años, se llama Ana, soltera, tiene un hijo —explicó Lucius—. No me mires con esa cara. Tienes 42 años, fue lo mejor que encontramos. Al menos es bonita.
—No quiero, Lucius. No les pedí nada de esto. Se los agradezco, pero estoy bien así.
—Pero…—
—Ya entendimos —le cortó su esposa, terminando con el asunto. No solo era Lucius quien era capaz de leer a Severus. Con el paso del tiempo, Narcisa también se había vuelto una experta en eso, incluso más que su esposo. Fue la única de los dos que fue capaz de notar esa vena saltando de su frente, indicio de que estaban tocando terreno peligroso—. Lamento esto. Sé que te prometimos no volver a meternos desde la última vez, pero… no lo sé, creímos que esta vez podría funcionar —la rubia se inclinó sobre la mesa, estirando su mano para alcanzar la de Snape y sujetarla entre las suyas —Han pasado muchas cosas desde lo de Valerie… solo queríamos verte feliz… Ya sabes que nos preocupamos por ti y odiaría que algo te vuelva a pasar—Una sonrisa apenada se dibujó en sus labios y prosiguió—. Esperaremos a que estés listo… y esta vez es en serio. ¿Me escucharon?
—Sí, querida.
—Sí, mamá —dijeron en unísono, aceptando el fracaso de su plan.
—Solo… solo prometeme que, si algún día estás listo para, ya sabes, volver a salir con alguien… prometeme que nos lo dirás, ¿de acuerdo? —sus cejas se fruncieron en un gesto de auténtica angustia y sus manos apretaron las suyas con fuerza.
Snape se llevó una de las manos de la rubia a la boca y besó sus nudillos como aceptando su promesa. Ella solo sonrió.
—Les dije que no estaría de acuerdo —comentó Draco—. Yo se los dije, pero como siempre, ninguno de los dos me escucha.
Sus manos ataron la correa roja en el barandal de la escalera del McGonagall's Studio. Era la primera vez que Lamarck estaba ahí, su habitual curiosidad había despertado y olfateaba de aquí por allá, tratando de llegar más lejos de lo que su correa le permitía. La parte derecha de su nuca aún no tenía pelo, pero al menos la piel ya no estaba ni hinchada ni rojiza. Tenía un saludable color rosáceo el cual contrastaba con los puntos negros del hilo. A pesar de que el pañuelo verde hacía un buen esfuerzo para disimular su repentina "calvicie", Snape seguía pensando que se veía muy gracioso.
—Bien, sentado, sentado, Lamarck —Snape se puso a su altura. Sus piernas al doblarse tronaron y ambos seres se quedaron mirando, asustados—. Sí, eso pasa cuando envejeces, no te sorprendas. Algún día, muy lejano, tú pasarás por lo mismo. Ahora, siéntate. ¡Por favor! —Snape tuvo que hacer presión con la palma de su mano sobre su cadera para que por fin pudiera sentarse. El can aprovechó y lamió su cara, obligándolo a limpiarse otra vez—. Iré a buscar a Miss Granger, ¿crees poder quedarte aquí solo por un par de minutos? No quiero que te muevas, ni hagas un alboroto. Aquí hay personas trabajando, ¿entendido?
Snape se levantó y el perro se levantó con él, dispuesto a seguirlo, pero su correa tiró de él después de dar dos pasos—. ¿Qué te acabo de decir? Quieto… quieto —al ver que no podía moverse, por fin se sentó voluntariamente—. Buen chico. Ya vengo. No te metas en problemas —el profesor subió las escaleras bajo la atenta mirada del samoyedo hasta que desapareció de su vista.
Hoy era el gran día. Lo tenía apuntado en el pizarrón de la cocina con un enorme círculo rojo para no olvidarlo, incluso había puesto una alarma en su celular. Hoy por fin le quitaban los puntos a su perro. Tal y como había prometido el Dr. Hagrid, Lamarck ni siquiera iba a darse cuenta de que había sufrido de una operación. De vez en cuando le daba picazón, pero —para su alivio— sus dientes no llegaban a la zona expuesta, por lo que no podía hacerse más daño. Después de casi una semana completa, Lamarck ya estaba más que preparado para poder quitarse esos horribles puntos y, con algo de suerte, recuperar su blanco pelaje.
Por más que Draco le rogó para acompañarlos, Snape no cedió pues ya le había prometido a la castaña dejarla acompañarlos a la veterinaria. Ella había estado en todo el proceso desde el inicio, por lo que no se pensaba perder el final y —ya que no le podía decir que no a Hermione—Draco tendría que conformarse con recibir una foto de la visita al veterinario. No es que tuviera algo que ocultar, pero prefería tener a Hermione lejos del conocimiento del rubio. No confiaba en Draco para guardar el secreto de la existencia de la muchacha, no sabiendo que era un bocafloja y, en cualquier momento, podría revelar la verdad a sus padres. Era mejor que ellos siguieran creyendo que "la niñera de Lamarck" era una mujer de más o menos su edad, no una jovencita de veintipocos años.
Por nada del mundo dejaría que esos dos se encontraran… no por ahora.
El profesor se ofreció a recogerla pues así llegarían más rápido a la veterinaria. La cita era a las 12:10 p.m y Hermione tenía clases hasta las 11:45. Si salían exactamente a esa hora, lograría llegar con unos minutos de sobra. Según el horario colgado en la pared, la clase de ballet teens tenía lugar en el salón 2. Snape asomó la cabeza y encontró a un considerable grupo de niñas de entre 12 y 16 años vestidas con mallas y zapatillas de ballet, practicando bajo la guía de la castaña quien —por primera vez desde que él asistía al estudio— portaba ropas un tanto diferentes a su usual uniforme de ballroom.
Su camiseta de tirantes negros ya la conocía, pero había cambiado la delicada falda holgada por mallas negras y los zapatos de tacón bajo por las puntas rosadas de ballet. Hermione le daba la espalda y sus manos se sujetaban de una barra frente a las otras ballerinas, ejemplificando los pasos que ellas tenían que hacer. Las chicas —de diferentes tamaños y edades— estaban divididas en dos grupos. Cada una con un brazo sobre la barra de madera, subían y bajaban las piernas largas, estirando delicadamente uno de sus brazos.
—Cuiden esas puntas… Otra vez todas, grand battement y no se olviden de los brazos, por favor.
Las niñas, al mismo tiempo que levantaban el brazo derecho, levantaron la pierna derecha hacia el frente, luego la bajaban y la levantaban a un lado y, por último, repetían el paso, esta vez, levantando la pierna hacia atrás. Snape abrió los ojos sorprendido. ¿Acaso no les dolía?, pensó. Literalmente vio como sus pies llegaban a sus cabezas, era un milagro que no se dislocaran la cadera u otra cosa.
Hermione también lo estaba haciendo. Su pierna izquierda le servía de apoyo, firme como un árbol, y la derecha se levantaba con delicadeza hasta llegar a la altura de su cabeza. No quería ni imaginarse como dolería una patada de ella. Sus delgados brazos también se elevaban delicados, Snape pensaba que hasta la posición de sus dedos le parecía delicada. Identificó al instante el movimiento de los brazos al descender, era el mismo movimiento que hacía cada vez que bailaba vals. Tal vez era eso a lo que se refería la Sra. Kaminski esa noche en la gala: sin ser consciente, Hermione estaba innovando al incorporar elementos del ballet en el ballroom.
Las risas de las jovencitas cortaron el entrenamiento. Las niñas dejaron lo que estaban haciendo para llevar sus manos a sus bocas y cubrirse las sonrisas traviesas. Hermione, con el ceño fruncido y algo confundida, preguntó qué pasaba, poniendo sus brazos en forma de jarra, adoptando la misma postura que la profesora McGonagall portaba cada vez que los regañaba. Una de ellas señaló hacia él, delatándolo sin darle oportunidad de esconderse.
—Vuelvan a sus posiciones. Quiero ver esas puntas arriba, ¡ya! —recuperando la seriedad, las jóvenes volvieron a sus asuntos, pero no sin dejar de mirarlos con suma curiosidad, entretenidas por esa pequeña interrupción.
Hermione caminó hacia él, moviendo las caderas naturalmente como si fuese un gato negro. No sabía si era porque era bailarina o porque tenía puestas las zapatillas de ballet, pero sentía que, hasta cuando caminaba, flotaba. Llegó a su altura y le saludó con un beso en la mejilla el cual él respondió—. ¿Y Lamarck?
—Abajo, en la escalera.
—Genial —susurró bajito, pero feliz—. Terminó en diez minutos. Me cambió los zapatos y nos vamos, ¿te parece?
—Por supuesto.
¡Wuuuuuu!, escuchó que gritaron las ballerinas. Ellas hicieron el mismo sonido que sus alumnos hacían cada vez que escuchaban al profesor Lupin contestar las llamadas de su esposa. La joven abrió la boca, simulando estar ofendida, y se volteó hacia ellas para gritar.
—¡Vuelvan a lo suyo! —se giró a él y, cambiando de humo radicalmente, le pidió con amabilidad—. ¿Puedes esperar abajo? Ellas no me prestarán atención si sigues aquí.
—Claro, te veo abajo.
Snape regresó sobre sus pasos escaleras abajo, encontrando a Lamarck esperándolo, moviendo la cola en cuanto lo vio. Decidió esperar recostado sobre una pared blanca hasta que el sonido de música llamó su atención. En el mismo piso, al final del pasillo, Snape fue capaz de escuchar el sonido característico del género urbano, así como las indicaciones en voz alta de una voz conocida.
¿Esa era la voz de Potter?
Curioso, le hizo una seña al perro para que se volviera a sentar y salió a explorar por su cuenta. Hasta ahora nunca había recorrido esa parte del pasillo, durante las tardes no hacían clases ahí. Pero ahora estaban en horario mañana, supuso que era normal que ese salón se usara. Afuera de este, estaban sentadas un grupo de madres vigilando a sus hijos por medio de una bonita pared de cristal. Las mujeres dejaron de hablar por un instante cuando lo vieron acercarse. Alguna lo saludó con la cabeza, sin apartar sus miradas suspicaces, y —como si nada pasara— volvieron a su charla habitual.
Había olvidado lo extrañas que podían ser las madres, sobre todos si te acercabas a sus hijos.
Sin dejarse intimidar, Snape asomó la cabeza para ver mejor el interior del salón. No era muy diferente al suyo. El piso también era de madera y tenían una pared cubierta de espejos. Adentro, divisó a Harry Potter en ropa de deporte: pantalones holgados, zapatillas y una camiseta blanca. El pelinegro estaba dictando una clase para un grupo de alrededor de 20 niños y niñas. Ellos no parecían ser mayores de ocho años, eran como pequeños ratones que imitaban descoordinadamente los movimientos del ojiverde. Miró el tablero al lado de la puerta para saber qué clase era esta.
"Hip Hop Kids", sonaba interesante.
—¡Muy bien, niños! Ahora, hacemos tres saltos, ¿de acuerdo? —dijo dando tres palmadas para recuperar la atención de los chiquillos—. Entonces, sería… paso, paso, paso, los brazos arriba, uno, dos, paso, paso, paso y salto adelante, salto atrás y otro salto adelante. ¿Les parece si lo hacemos con música?
—¡SIIIIIII!
Sin darse cuenta, Snape inclinó la cabeza ligeramente a la derecha. Le parecía… algo tierno. Si fuera un niño como ellos y lo inscribieran en una clase así, supuso que estaría muy contento, parecía divertido. Se hizo a un lado cuando vio una de las madres sacando su celular para grabar a su hijo. Dicha acción fue como un detonante para que las otras madres hicieran lo mismo, enfrascándose en una competencia de nunca acabar sobre cuál de ella era la madre más orgullosa de su hijo o cuál de esos mocosos era el mejor bailarín.
Para Snape, todos parecían exactamente igual.
Enanos ruidosos que no le sobrepasaban la cintura, descoordinados peor que él y con los cabellos alborotados y sudorosos. Un ejemplo claro era el pequeño detrás de Harry, un niño de unos seis años tal vez, cabello castaño y zapatillas rojas. Por alguna razón, se le hacía sospechosamente familiar, casi como si fuera…
¡¿Teddy Lupin?!
Se frotó los ojos con los flancos de los dedos índices y volvió a mirar. ¿Era real lo que estaba viendo? ¿El pequeño Teddy Lupin bailando en la clase de Hip Hop Kids? Sí, sus ojos no le estaban jugando una broma, ese niño castaño de seis años era el pequeño Teddy Lupin. El niño no bailaba mal, reconoció. Sí, era un poco descoordinado en brazos y piernas, como todo niño pequeño, pero baila alegre, con una sonrisa feliz en su rostro copia de Tonks. Se mezclaba con naturalidad entre los otros niños mientras que Harry animaba a todos haciendo palmas con las manos.
Vaya, pensó, de todas las personas que pensó encontrarse en ese estudio, ni en sus más alocados sueños hubiese pensado que sería el hijo de su colega. Ahora que se encontraban a la mitad del verano y los talleres para niños estaban en su apogeo, supuso que no era de extrañar que los Lupin eligieran actividades para distraer a su, por ahora, único hijo.
Un momento… ¿eso quería decir que los esposos Lupin estaban por ahí?
Se giró casi por instinto, buscando por todos lados a la cabellera rosada de la detective Tonks o la barba grisácea de Lupin. No estaban por ningún lado, al menos no que él pudiera verlos. Era algo extraño, aquellos dos padres jamás —por nada del mundo— dejarían solo a su "cachorro".
En fin, ese no era su problema. Su problema, ahora, radicaba en salir de ahí de inmediato antes de que alguno de los dos se apareciera y lo bombardearan con preguntas sobre el porqué se encontraba ahí. No estaba preparado para enfrentarse a eso, en especial, no para enfrentarse con una detective de Scotland Yard experta en interrogatorios.
Volvió sobre sus pasos, hacia la escalera y hacia Lamarck, hasta que se detuvo abruptamente cuando divisó una cabellera rosada acariciando el pelaje de su perro, el cual —cabe resaltar— estaba más que encantado de todos los mismos que la Sra. Lupin le estaba proporcionando.
Debió suponer que esa loba no andaría lejos de su cachorro por mucho tiempo. ¡Vamos! ¿Dónde estaba el otro lobo?, pensó. Mejor que ambos participaran en esa tortura. Prefería a Lupin que a Tonks, al menos el primero sabía controlar su lengua.
—¡Snape! —saludó ella, poniéndose en pie. Sus ojos oscuros viajaron inmediatamente a su vientre de embarazada el cual había crecido notablemente desde la última vez que la vio. Ahora, resaltaba de forma encantadora gracias a ese vestido de verano blanco que portaba —. Vi a Lamarck y supuse que deberías andar cerca. ¡Qué sorpresa! De todos los lugares, jamás esperé encontrarte aquí.
El hombre se acercó a ella y rápidamente fue envuelto por un efusivo abrazo. Snape se arqueó como un gato, procurando no rozar el vientre de la detective, completamente asustado por tal reacción. A veces olvidaba lo expresiva que podía ser Tonks.
—Puedo decir lo mismo. Acabo de pasar por el aula de al fondo y vi a Teddy, también supuse que tú o Lupin deberían andar cerca.
—Vaya, que deductivo, Snape. ¿No quieres considerar trabajar con nosotros en el departamento? —bromeó tratando de aligerar el ambiente para el profesor de Química, aunque no tuvo grandes resultados.
—¿Dónde está Lupin?
—En el dentista, hoy tenía cita así que traje a Teddy a su clase hoy.
—Sí, lo vi por allá, estaba bailando… Se me hizo raro verlo solo.
—Tuve que salir. Antojos —se excusó avergonzada, levantando una bolsa de plástico que, hasta el momento, no había notado. Dentro de ella, podía ver un par de paquetes de papitas y juguitos en caja que, supuso, deberían ser los causantes de su salida—. Pero no te preocupes, el instructor es el padrino de Teddy así que está a salvo.
¿Potter padrino de Teddy Lupin? Vaya sorpresa, eso era algo que tampoco vio venir.
—¡Ay! Odio estos antojos, son deliciosos y todo eso, pero ya no entro en mis pantalones. Siempre te dicen que el segundo embarazo es cosa fácil, que se pasa como jugando, pero quien quiera que dijo eso es un mentiroso. Debería encerrarlo por crímenes contra la humanidad.
—Veo que estás llevando muy bien el embarazo —respondió en su habitual tono burlón, provocándole una risilla a la detective—. Te ves muy bien, el embarazo te favorece —siempre había pensado que la gente estaba loca cada vez que decía que las mujeres tenían un brillo diferente cuando estaban encinta. Cuando Cissy estuvo en la dulce espera de Draco, apenas si notó ese brillo, pero con Tonks era todo lo contrario. Parecía que la Sra. Lupin irradiaba una luz blanca como un ángel, generando alegría y paz de solo verla—. ¿Cuánto falta?
—Según mi obstetra, debería estar aquí entre los últimos días de octubre e inicios de noviembre. Solo espero que no nazca en Halloween, le harían bullying.
—¿Y ya sabes si será niño o niña?
Perfectamente podía visualizar a un pequeño bebé castaño de ojos coloridos. El profesor de Química no pudo evitar imaginarse a otro pequeño Teddy Lupin o, tal vez, una mini copia de su compañero solo que, esta vez, en versión mujer.
—De hecho, esta semana tenemos el control para ver el sexo del bebé. Realmente quisiera que fuera una niña, para tener una parejita. Aunque la verdad, solo quiero que esté sano o sana, que nazca bien, tú sabes —añadió levantando los hombros.
—¿Y cómo se lo está tomando el niño?
—¡Ah! —exclamó poniendo los ojos en blanco y llevándose la mano libre hacia la frente, dándose un necesitado masaje. Tal vez, no debió preguntar eso— Esa es otra historia. Todos están felices por el nuevo bebé menos Teddy. Creo que aún no acepta que tendrá un hermanito.
—¿A qué te refieres? —preguntó frunciendo el ceño. ¿Problemas en el paraíso?
—Por más que ya le explicamos que dentro de mí, tengo a su futuro hermanito o hermanita, se la pasa diciendo a todos que me tragué una semilla y que ahora tengo una sandía creciendo dentro de mí —Snape no quiso parecer grosero, en serio que no, pero por más que intentó aguantarse, una sonora carcajada se escapó de su boca. Esto era lo más gracioso que le habían dicho en días—. Está más inquieto de lo usual, le gusta llamar la atención y, cuando no la obtiene, hace berrinches. Armamos la cuna la semana pasada y desde entonces, Teddy duerme en ella todas las noches.
—Esta celoso —explicó el profesor—. Es normal, a todos los niños le pasa.
—Estuve investigando sobre esto, varias amigas me recomendaron libros sobre como lidiar con esto. Parece que Teddy está en la etapa de regresión, sigue creyendo que es un bebé. La verdad es que es muy agotador —admitió en un suspiro donde dejaba escapar todo su cansancio—. Deberías ver a Remus, el pobre es un santo. Tiene una paciencia que yo desearía tener… No le digas a nadie, pero, en más de una ocasión, quise salir corriendo de mi casa —las mejillas de la madre enrojecieron, quemándole el rostro—. Pensamos que tal vez su padrino podría ayudarnos con este periodo de adaptación, por eso lo traemos tres veces a la semana a clases de baile.
—Me imagino.
—Más bien, que coincidencia encontrarte aquí. ¿Vienes a recoger a alguien? —los sentidos de Snape se pusieron en alerta. Estaba aquí por Hermione, ¿se conocían? ¿Acaso sospechaba de él? —. ¿Algún sobrino o sobrina?
—No exactamente un sobrino —respondió tranquilamente—, pero sí. Ya debería salir de clases.
Para su alivio, justo en ese momento fueron interrumpidos por los pasos del grupo de ballerinas bajando apresuradas por las escaleras, riendo nerviosas al ver al señor de hace rato parado junto a ellas. Saludaron a ambos adultos con la mano, en un repentino ataque de confianza colectiva y siguieron su camino hacia la salida, agitando sus bolsos deportivos con cada paso que daban. Tonks debió asumir que alguna de esas niñas debía ser la dichosa "sobrina" de Snape porque dijo lo siguiente.
—Creo que ya te debe estar esperando afuera. Será mejor que vuelva donde mi cachorro antes de que se de cuenta de que no estoy. No quisiera que armara un escándalo aquí —dijo despidiéndose de él con otro abrazo—. Espero que nos podamos encontrar pronto. Estoy planeando el baby shower desde ya, espero verte ahí.
—…. Sí… ahí estaré —murmuró.
—Bien, ya me voy. Adiós, Lamarck, cuidate mucho. Adiós, Snape —la pelirosa acarició al perro por última vez antes de desaparecer por el pasillo.
Snape desató al perro a toda la velocidad que sus dedos le permitían y decidió salir a la calle y esperar a la castaña ahí. No quisiera volver a encontrarse con Tonks y luego tener que dar explicaciones. A través de las puertas azules pudo ver a Hermione bajando y haciéndole gestos, como indicándole que iría al pasillo para marcar su salida. Observó paciente a la castaña a lo lejos marcando su tarjeta en el aparato hasta que la chica se giró para saludar a una de las madres.
A Tonks.
Parecía que se conocían porque se detuvo a conversar, incluso tocó su vientre grande. Bueno, pensó Snape, Teddy era uno de los alumnos de la academia de baile y era el ahijado de Potter, era imposible que no se conocieran. En fin, la charla no duró mucho, pues la castaña se despidió de ella con un beso y de Harry y Teddy con la mano a través del cristal, se dio la media vuelta y salió del edificio.
—Perdona la demora —dijo quitándole la correa y tomándolo del brazo— ¿Nos vamos?
—Vamos.
Se fueron caminando calle abajo, Hermione parloteando sin parar sobre lo distraídas que pueden ser las niñas cada vez que alguien se aparecía en su salón de clases, Snape escuchándola en silencio. En su mente, se preguntaba si Hermione también conocía a Lupin. ¿Le habría hablado de él? ¿Alguna vez lo habría mencionado? Esperaba que no. Así como no quería que los Malfoy se enteraran de sus secretas clases de ballroom, tampoco quería que Remus lo supiera.
Prefería mantenerlo en secreto por un tiempo más.
Ginny Weasley, vestida con su ropa de hacer yoga y el cabello atado en un moño alto y desordenado, estaba de pie en una esquina del salón de baile, con los brazos cruzados, apoyando su peso en una pierna mientras miraba atenta a la profesora McGonagall en su demostración de pasos básicos de tango con Sirius Black como su pareja y modelo.
A un lado, Neville y Snape tomaban notas mentales de cada paso que el pelinegro daba, aunque —por las indicaciones que la profesora daba— entendieron que debían repetir los mismos pasos solo que de forma menos exagerada. Rápidamente, Snape descubrió que el secreto del tango estaba en la forma en como doblabas las rodillas y levantabas los brazos. El único problema era la forma en cómo debía cruzar los pies.
Eso era imposible.
—Como pueden ver, la pierna izquierda cruza por sobre la… ¡Sirius! ¡Tú no tienes que levantar la pierna! —gritó la profesora soltando al pelinegro y llevándose una mano a las sienes para masajearlas.
—¡¿Por qué no?! —exclamó, aguantándose la risa— Todos los bailarines de tango hacen patadas al aire. ¡Así! —tomó a la profesora por los brazos, uno sobre su espalda y el otro sujetando su brazo contrario hacia adelante para dirigir. Obligó a la escocesa a dar pasos, avanzando, y, luego, empezó a dar patadas hacia adelante, provocando la risa de los demás—. ¡Se ve profesional! Solo me falta mi rosa en la boca.
—Es por esto que no quería enseñar este baile —se lamentó.
—Sirius, por favor —suplicó Harry, murmurando entre dientes. El mayor rodó los ojos sin perder su risa burlona.
—Lo de la rosa es una tontería que inventó la televisión —dijo Hermione, dejando su lugar en la barra junto a los espejos, donde se encontraba haciendo estiramiento de piernas—. En primer lugar, es difícil bailar esto, tener una rosa en la boca lo hace aún más difícil. Segundo, si quieres usar una rosa en la boca, hazlo, pero te advierto que no está permitido usar objetos ajenos al baile durante las competencias y, por última vez, Sirius, ¡no pateamos!
La castaña se acercó al aristócrata y, pidiéndole permiso a la profesora, ocupó su lugar como su pareja. Volviendo a la postura inicial, Sirius sujetó a Hermione junto a él apoyando la mano derecha entre sus omóplatos y sujetando la otra con la izquierda.
—Se llaman Boleos, aunque puede ser que te refieras a los Ganchos. En fin, en ambos, solo las mujeres los hacen. Atención aquí, los hombres, o sea, ustedes, mantienen los pies sobre el suelo en casi todo momento. ¿Entendido?
—¿Entonces cuando hacemos los boleos? —preguntó Luna.
—Creo que aún no estamos…—
—¡Yo quiero hacerlo! —interrumpió Sirius, todavía sin soltar a la castaña— Vamos, ya soy un avanzado. Puedo hacerlo.
—… No estarás tranquilo hasta que lo hagamos, ¿verdad? —él asintió vehemente—. Ok. Presten atención.
La profesora tomó el control del estéreo y puso una de las tantas canciones que tenían preparadas para marcar el ritmo del baile. Hermione acomodó la posición de los brazos de Sirius para mejorar su balance y, con una palmadita, le indicó que ligeramente doblara las rodillas.
—Hombres siempre inician con pierna derecha, las mujeres con la izquierda. Empezamos, uno, paso atrás para los hombres, paso adelante para las mujeres. Juntamos, dos, y rápidamente pasamos la otra pierna al lado, a la derecha. Pisamos, tres, y la pierna de apoyo la arrastramos hacia nosotros, cuatro —hasta ahí habían comprendido perfectamente. Sirius se movió ligeramente hacia la izquierda para que Hermione girara sobre su propio eje un par de grados, arrastrando una de sus piernas—. Aquí, en este giro, repetiremos todo, pero las mujeres sacan la pierna izquierda hacia atrás. Luna, presta atención porque esto es lo que vas a practicar.
La rubia abrió más los ojos, como esperando entender mejor si solo veía, pero después de repetir la posición ocho del baile y ver a Hermione hacer una de esas patadas circulares hacia atrás —Boleos, recordó—, se dijo que era imposible que le saliera igual de elegante que ella.
—Quiero que sean sinceros —dijo la profesora McGonagall luego de la demostración de Hermione—. ¿Quiénes no han comprendido los boleos?
Ginny, Neville, Snape y Luna levantaron las manos.
—Bien… ¿Cuál de ustedes aún no entendió los ocho pasos básicos? —los aprendices se miraron entre ellos, avergonzados de ser el primero en levantar la mano— Si no dominan esos, no podrán hacer ni boleos, ni sacadas, ni nada.
Neville, Snape y Ginny levantaron las manos a la vez, humillados.
—Bien —suspiró McGonagall—. Hay que arreglar eso. Luna, tú vas con Hermione para practicar el boleo. Harry, con Sirius para que le indiques la postura de los pies, sobre todo, revisa su cruce —ambos mencionados asintieron y tomaron su propio espacio a lo largo del salón—. Neville, vienes conmigo y Snape… tú con la Srta. Weasley.
Snape, quien desde el inicio de la clase se mantuvo alejado de la pelirroja, se giró para encontrarla con la misma expresión perturbada de él. No era un secreto que ambos no se llevaban tan bien como la profesora quería, así que —para llevar la fiesta en paz— cada uno bailaba por su lado, evitando contacto, pero ahora serían compañeros de clase por lo que quedaba de la hora.
Desde que la Srta. Weasley había ingresado a las clases de ballroom, Snape puso distancia entre él y ella. No es que no le cayera bien —o sea, sí, pero no—, pero Ginevra Weasley podía llegar a ser demasiado irritante. Siempre lo miraba por encima de su hombro, vigilándolo como un halcón, nunca perdiendo la oportunidad de lanzar algún comentario hacia su desempeño como bailarín. Como si ella fuera mejor que él, pensaba. Era cierto que bailaba bien otros géneros, principalmente el urbano, pero ahora estaban en su elemento, no iba a permitir que una niñata pelirroja lo intentara humillar y, mucho menos, robar la atención de Miss Granger.
Porque no era un tonto, Snape sabía que el único motivo por el cual la pelirroja estaba ahí era para vigilar qué tanto él se acercaba a su castaña amiga. Cada vez que esos dos bailaban juntos, Ginny Weasley esperaba unos minutos antes de acercarse a Hermione, argumentando que necesitaba que le explicara una vez más tal paso de baile o que ya creía que estaba lista para aprender uno nuevo.
Ninguno de los dos lo iba a admitir, pero no se llevaban bien. No se odiaban, pero tampoco se querían.
Tratando de no revelar su mal humor, Ginny le tendió la mano para volver a la posición inicial básica, siguiendo el ejemplo de la profesora McGonagall y Neville. Snape, caminó lento hacia ella, esperando retrasar el encuentro, pero cinco pasos no eran mucha distancia. Al llegar a su altura, Snape le ofreció sus manos a la pelirroja, la cual levantó las suyas, permitiéndole poner su mano derecha entre sus omóplatos y sujetar con la izquierda la suya.
—Vamos a ensayar los ocho básicos… de nuevo —anunció la profesora, llevando las manos de Neville hacia la posición correcta—. Esto tienen que aprenderlo de memoria, todas las figuras que aprenderán más adelante parten de estos movimientos, así que presten atención. Atento, Sr. Longbottom —pidió la profesora—. Empezamos. Ustedes dos, sígannos. Ya saben cómo inicia esto. Hombres pierna derecha hacia atrás, mujeres pierna izquierda hacia adelante.
—Uno, ahora movemos los pies hacia la izquierda. Señores, cuiden la posición de su pie —Tanto Neville como Snape corrigieron la dirección que la punta de sus pies indicaba. Al parecer, debía estar inclinada ligeramente a la derecha—. Dos, ahora arrastramos el pie al lado del otro. Weasley, tú vas a repetir lo mismo, solo que con los pies contrarios. Si Snape sale con la pierna izquierda, tú con la derecha.
La joven asintió y, levantando la cabeza, mirando seriamente a Snape, ambos doblaron las rodillas y empezaron la tortuosa danza. Snape retrocedió mientras que la pelirroja avanzaba. Juntaron sus pies en el paso dos y se quedaron inmóviles, esperando la siguiente indicación.
—Ahora, tres. Hombres, con la pierna derecha, cruzamos hacia la izquierda. Las mujeres, el pie izquierdo va un paso hacia atrás, cruzando la pierna derecha en diagonal. ¿Me siguen?
Esta era la parte complicada. Snape hizo exactamente lo que McGonagall indicó, al menos sabía que estaba moviendo correctamente su pierna derecha. Ginny Weasley se equivocó la primera vez, pues en lugar de cruzar hacia la derecha, cruzó a la izquierda. El consuelo era que a Neville tampoco le había salido correctamente, por lo que repitieron el movimiento.
—Ahora el número cuatro, damos otro paso hacia adelante, las piernas de apoyo del paso tres van a cruzar hacia adelante para llegar al paso cinco. En el paso cinco, vamos a juntar ambos pies, igual que el paso dos. Ginny, tú vas a doblar ligeramente el pie derecho, así, sigue la forma del mío. Caballeros, mantengan firmes esos brazos, no se relajen.
Snape imitó los mismos pasos que su compañero Neville, prestando especial atención a la punta de sus zapatos y al cruce de sus piernas, rogando no equivocarse. Ginny, por su parte, imitó a McGonagall, mirando atentamente los pies de esta y luego a los suyos, asegurándose de estar haciéndolo bien.
—Ahora, el pie derecho de la mujer va hacia atrás, a la derecha. Pie izquierdo varón. Ese es el paso seis. Vamos con el siete, el otro pie hacia adelante, a la izquierda, para los varones. Arrastramos el pie de apoyo anterior, lentamente, con gracia, y juntamos con el otro. Ocho. Listo.
Los tres aprendices repitieron la secuencia una vez más con las indicaciones de la profesora McGonagall. Había salido bien, tan bien, que estaban seguros que podrían seguir solos y ese era exactamente el ejercicio que realizarían hasta acabar la clase. Citando las palabras de la profesora, "nadie se iría de ahí hasta que dominaran los pasos de forma apropiada".
Mientras que Neville bailaba en sincronía con la profesora McGonagall con su pareja, Snape hacía lo mismo con la Srta. Weasley. La primera vez bailando solos salió bien, pero en cuanto intentaron repetir el primer éxito, todo se descontroló.
—Me estás pisando.
—¡No, era la pierna izquierda!
—Ya nos volvimos a perder.
—¡Ay! ¡Tu pie, Snape!
—Profesora, creo que debe explicarnos de nuevo los pasos. El Sr. Snape ya los olvidó.
El pelinegro respiró hondo, contando hasta cien, tratando de calmarse. Si sus alumnos eran irritantes y Sirius era un dolor de muelas, Ginny Weasley era una terrible migraña. Desde que iniciaron a bailar, no habían logrado acertar ni un solo paso de forma correcta sin demorarse la vida pensando en cuál era el siguiente movimiento. Fueron tan solo dos veces las que lograron completar los ocho básicos de forma aceptable y siempre bajo las indicaciones de la profesora.
¡Incluso había caído en su viejo hábito de pisar pies de nuevo! Aunque no se arrepentía en lo absoluto, no si se trataba del pie de Weasley.
—Suficiente —dijo la profesora algo molesta, separándolos después del intento número 24—. Se nota que ambos no están en el mismo canal.
—Es Snape, me pisa los pies y duele.
—Weasley sigue confundiendo la izquierda con la derecha, profesora.
—¡No es cierto! ¡No es mi culpa!
—No me importa quién sea el culpable —los calló—. Ginevra, ve con Harry y tú, Snape, bailarás conmigo.
Harry tomó a Ginny por la espalda y ambos, mirándose a los ojos, marrón contra verde, se desplazaron a lo largo de la pista, bailando en perfecta sincronía los ocho pasos básicos. Incluso, la pelirroja se atrevió a realizar un perfecto ocho con sus pies antes de dar un giro cortó para repetir los ocho pasos de nuevo, logrando que su performance se viera orgánico y bien ensayado.
Con esos pasos le había demostrado que ella no era una principiante, sabía lo que estaba haciendo. Tal vez quien no sabía bailar era él y no ella.
—Su turno, Sr. Snape —dijo la profesora tomándolo de la mano y llevándolo al centro de la pista.
—Suerte —susurró Hermione cuando él pasó por su lado.
Snape tomó aire y posicionó sus brazos en la espalda y mano izquierda de su maestra. Trató de calmarse, pero sus nervios lo estaban traicionando un poco. Cuando se sintió listo, dio el primer paso hacia adelante. La profesora se acomodó rápidamente a sus movimientos, tantos años de experiencia le daban la facultad de adaptarse a todos los bailarines. Uno, dos, desliz, tres, cuatro, cinco y desliz. Todo iba bien hasta ahora, tal vez bailaban más lento que la anterior pareja, pero esto no era una competencia de velocidad, ¿no?
—Seis —murmuró para sí mismo, mirando hacia sus pies para asegurarse que no se estaba equivocando—, siete y ocho. ¿Está bien, profesora?
—Sí —dijo de forma simple, en ese tono que te indicaba que no estaba decepcionada, pero tampoco estaba feliz—. Hubiese esperado algo más, así como Ginny que logró ensamblar dos secuencias a pesar de que recién va unas semanas con nosotros. Debo resaltarte que estás demorando más en los tiempos, debes seguir el ritmo del baile. Sé que es un baile lento, pero tiene su compás. Además, está la postura de la cabeza. Mis ojos están arriba —exclamó—, no en tus pies —finalizó.
Snape asintió cabizbajo, aceptando en silencio todas las indicaciones mientras que a Ginny solo le daba uno que otro consejo.
—Tenemos tiempo para trabajar en eso —indicó la profesora—. Tenemos que perfeccionar todo para el concurso. Que bueno que tenemos un año, nos espera un largo proceso.
Eso solo lo hizo sentir peor.
Al acabar la clase, se despidió de todos, rechazando la oferta de ir a cenar con ellos porque quería irse a casa temprano ya que mañana tenía reunión con sus colegas del proyecto. Aunque, en el fondo, realmente no quería compartir la mesa con Weasley, no hasta que el resentimiento se le pasara. Era infantil por guardarle rencor a una niñata, pero no podía evitarlo.
Hermione se despidió de él y del resto, avisando que estaba cansada y regresaría a casa. Neville también dijo que se iría y acompañó a Hermione hasta la estación mientras que el resto del grupo se subía al auto del pelinegro y se iban con rumbo desconocido.
Sin ánimos de cocinar, deambuló por las calles cercanas al estudio en busca de un restaurante donde cenar. Finalmente, se decidió por un restaurante de comida italiana que tenía buena pinta. Apenas si pudo disfrutar de la cena, todavía se sentía frustrado. ¡Es que él sí sabía! ¡Sabía bailar! No era justo que por culpa de su "compañera", él hubiese tenido un pobre desempeño.
No se había sentido tan frustrado por algo así desde que estuvo en la universidad y le tocaba hacer grupo con pésimos alumnos durante sus proyectos y presentaciones.
Al acabar su comida, dejó una generosa propina sobre la mesa y salió del restaurante, caminando despacio por la calle hasta la estación, sintiendo el aire fresco de una noche de verano golpeando su rostro. Pasó los torniquetes electrónicos y descendió despacio hasta su respectivo andén. No quería arriesgarse a hacer movimientos muy rápidos, después de todo, recién había comido.
Mientras caminaba, pensaba en la clase de tango de la tarde. Se sentía algo mal respecto a su pobre desempeño. El tango no era su baile favorito, pero era especial para él. Fue el primer baile que bailó con Miss Granger, fue el baile que inició toda esta loca aventura. De no haber sido por el suave sonido del acordeón ni de los sensuales movimientos de cada paso, probablemente él no se encontraría ahí. Probablemente, seguiría en su casa, encerrado en su sala mientras veía televisión, comiendo helado, sin hacer nada durante todo el verano.
Quería bailar perfectamente el tango, quería que fuera especial.
Pero no, Ginny Weasley tenía que arruinarlo con sus comentarios mordaces. Era raro que, por primera vez, Black no tuviera nada que ver en esto.
Él no era malo bailando, sabía que había mejorado mucho desde que inició en marzo. Ya no pisaba ni los pies de Hermione ni los pies de Luna, pero no entendía que había pasado esta tarde con Weasley. Tal vez era la química, se dijo, tanto McGonagall como Miss Granger le habían indicado que a veces no importaba que tan buena podía ser tu pareja, si no existía una buena química entre ellos, no serviría de nada.
Era una lástima que su oportunidad de mostrar su talento se viera perjudicada por una mala pareja.
Al llegar a la plataforma, no alcanzó a entrar en el tren, el cual se fue repleto, dejándolo completamente solo en medio del andén. Snape se paró detrás del indicador del inicio de la línea, esperando pacientemente el siguiente vehículo. Se preguntó que estaría haciendo Lamarck. Seguro que estaba comiendo las croquetas de su plato pues el dispensador estaba programado o tal vez estaba haciendo algún destrozo en el piso de arriba.
Su mente volvió a divagar hacia su clase. ¡Es qué no podía ser posible! ¡Él no bailaba mal!
Se negó a aceptarlo. Él sabía que bailaba bien, conocía casi todos los pasos enseñados de memoria. Sabía cuánto tiempo debía durar cada uno, sabía cuánta distancia debía haber entre cada pie, sabía la posición de las manos y de los dedos. ¡Por Newton! Hasta sabía cómo posicionar la cabeza para simular un roce de labios durante el baile. Solo necesitaba una oportunidad para demostrarlo.
Miró a un lado y luego al otro, revisando que la plataforma estuviera vacía. Tenía que revisarlo por su cuenta, si no, no iba a estar tranquilo y sabía que no sobreviviría hasta llegar a casa. Se paró en medio de la plataforma y dejó su mochila a un lado. Soltó un suspiro, dejando ir los nervios, y adoptó la postura base, levantando los brazos frente a él, uno mano más arriba que la otra, simulando sujetar a una pareja invisible.
Respiró profundo llenándose de confianza y dio el primer paso hacia adelante, con la pierna derecha, y luego otro. Estaba dispuesto a realizar esos ocho malditos básicos de forma impecable o morir en el intento. Dobló las rodillas y arrastró el pie izquierdo hasta él, sintiendo cada paso como si fuese el último.
Hermione, cerró con llave las puertas azules del estudio y, mirando a ambos lados antes de cruzar, caminó calle arriba hasta la estación. Miró su reloj de mano, todavía no era tan tarde. Lo bueno era que no tendría que hacer cola para tomar el tren esta vez, al menos llegaría rápido a casa o eso esperaba. Paso su Oyster Card por el sensor de entrada de la estación y tomó las escaleras que llevaban a la plataforma de la línea District.
Cuando estuvo a punto de salir de las escaleras a la plataforma, se detuvo de inmediato. Desde donde se encontraba, casi pegada a la pared, podía ver que solo había una persona en toda la plataforma. En otra ocasión, a la castaña no le hubiese importado. Se hubiese puesto los audífonos blancos en las orejas y caminaría hasta la línea, sin prestarle atención a los demás, esperando pacientemente a que su tren llegara. Sin embargo, esa única persona no era cualquiera, era Snape.
Corrección, era Severus Snape bailando… ¿tango?
Exactamente eso ocurría. Desde donde se encontraba, tenía una perfecta vista de como Snape practicaba solitario los pasos básicos de tango aprendidos en clase. Una canción misteriosa sonaba exclusivamente en su cabeza y, siguiendo el ritmo autoimpuesto, el alto pelinegro se deslizaba con gracia sobre la plataforma, cada tanto, corrigiendo la postura de sus brazos o la distancia que separaba a una pierna de la otra.
Pie derecho, pie izquierdo. Doblar, girar, pie derecho en punta. Arrastrar y repetir.
Sus ojos castaños no se apartaban de él, observándolo hipnotizada e, internamente, muy orgullosa. Sus pies se arrastraban delicadamente por encima de la superficie de cemento de la plataforma, casi como si acariciara el suelo. Su cabeza giraba cada vez que reiniciaba los ocho pasos básicos, permitiéndole admirar su perfil aguileño el cual, por primera vez, le parecía distinguido y soberbio, como el de una estatua.
Sus manos sujetaban con cuidado a una compañera imaginaria, dándole balance a sus pasos. Cada movimiento era lento, como si fuera meticulosamente planeado. Identificó esa expresión de concentración que ponía cada vez que lo veía trabajando frente al computador, Snape estaba haciendo cálculos parar saber donde debía poner el otro pie. Sus rodillas estaban ligeramente dobladas, sacaba su pierna izquierda hacia atrás y luego arrastraba la derecha, hasta volver a la posición inicial.
Le sorprendió su desempeño, no parecía ser el mismo Snape que participó en clases hasta hace un par de horas. Este sí estaba bailando. Incluso pudo ser única testigo de la hermosa sonrisa que sus labios delgados dibujaron cuando, por primera vez, terminó de hacer perfectamente los ocho pasos básicos.
Tenía una linda sonrisa, pensó.
Una risita lejana captó su atención por completo, obligándolo a detenerse y enderezarse, recuperando la compostura. Adoptó su porte serio y recogió su mochila del suelo, colgándosela en la espalda. Estaba avergonzado, si pudiera sonrojarse, lo haría. Todavía no preparado para buscar a su desconocido espía, Snape regresó sobre sus pasos hacia la marca inicial de la línea, rogando que nadie se acercara a él.
No pasa nada, no pasa nada, nadie ha visto nada, solo… no te muevas.
Hermione estuvo tentada a aplaudir, pero consideró que sería más de lo que el pobre profesor podía soportar. Ya de por si parecía que estaba por morirse de la vergüenza, no quería ser la causante de algún infarto ni nada parecido. En su lugar, decidió acercarse a él en silencio, dando largas zancadas y pisando con cuidado de no hacer ni el más mínimo ruido. Una sonrisa gatuna se dibujó en sus carnosos labios, la sonrisa de alguien quien está a punto de cometer una travesura.
—¿Nos vamos juntos? —Snape dio un brinquito cuando Hermione se apareció como un fantasma a su lado. Su mano izquierda estuvo tentada a subir hacia su pecho, buscando su corazón, pero se resistió a dejarse ver vulnerable.
—Granger… —susurró dejando escapar el aire y rodando los ojos. A estas alturas ya debería estar acostumbrado a las intromisiones inesperadas de la castaña, pero seguía siendo una sorpresa que, muchas veces, no lograba disimular—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Lo suficiente —respondió meneándose de un lado al otro, con las manos atrás de la espalda y su sonrisa de incisivos ligeramente grandes.
—Oh, que vergüenza —susurró cubriéndose el rostro con una mano, bajo la mirada divertida de la muchacha—. Al menos dame la tranquilidad de saber que no me grabaste.
—No lo hice, te lo juro.
Hermione se quedó a su lado, esperando. ¿Por qué el tren siempre tardaba tanto en llegar cuando más lo necesitaba?, se preguntó el profesor. La bailarina se mordía el labio inferior y seguía meneándose de un lado al otro, lo cual inquietaba al profesor al punto de que su pie derecho empezó a moverse como si fuese un tic nervioso. Sabía que ella quería decirle algo, la conocía lo suficiente como para saber que, cada vez que ella se mordía el labio inferior y llevaba sus brazos atrás, se estaba aguantando las ganas de preguntarle algo.
—Dímelo —dijo de forma seria luego de unos minutos—. Dilo ya antes de que me arrepienta.
—¡Eso fue asombro, Severus! —exclamó extasiada— ¿Estabas practicando? —A veces, Snape consideraba a Hermione como otra de sus alumnas, específicamente, una de primer año. Siempre haciendo preguntas obvias.
—No —su respuesta vino cargada de sarcasmo.
—¡Sí lo hacías! ¿En serio estabas practicando? —ella olvidó respetar el espacio personal y se giró para abrazarlo por la cintura— ¡Oh, Severus! Estoy tan orgullosa. ¡Por fin te lo tomas en serio! ¿Eso quiere decir que sí vas a competir con nosotros? —preguntó ilusionada, apartando su rostro de su pecho.
—Ya… suelta —murmuró removiéndose algo incómodo—. Te dije que lo iba a pensar.
—Ya ha pasado un tiempo. ¿Y bien? ¿Lo harás?
—… —Snape soltó un largo suspiro y lanzó su cabeza hacia atrás, de forma dramática. Tenía que aprender a decir que no o terminaría lamentándoselo pronto. Se masajeó el puente de la nariz con una mano y reflexionó un poco antes de dar su respuesta—… No usaré camisetas iguales.
—¿Eso es un sí?
—Implícitamente.
No debió decir eso pues activó el modo parloteo incesante en Hermione. Pudo jurar que su cara estaba roja y esta vez, no por vergüenza o timidez, sino porque hablaba tan rápido que dudaba que estuviera respirando. Le comentaba lo contenta que estaba por tenerlo como aprendiz y que estaba completamente segura que, con práctica, tendrían un buen desempeño en la competencia del próximo año. Prácticamente, le prometió llevarlo a la final.
—No quiero sonar grosero, Granger —aprovechó en decir luego de que Hermione se callara por unos minutos mientras tomaba aire—, pero ¿ya no te habías ido?
—Pues sí, pero cuando llegué a mi estación, me di cuenta que había olvidado mis llaves en el estudio. Tuve que regresar. Felizmente, Amy, la profesora del piso de abajo, no se había ido aún —respondió sacando el dichoso manojo de llaves y agitándolas frente a su rostro—. Y me alegro de haberlas olvidado, no te habría encontrado. Por cierto, ¿no deberías estar en casa con Lamarck?
—Se me antojó comida italiana y aproveché que hay un restaurante por aquí cerca. Hoy no tengo ganas de cocinar.
Siguieron conversando mientras unas cuantas personas llegaban y se formaban junto a ellos en la fila esperando el tren. Hermione le comentaba los pocos errores que había identificado de su performance en el andén y admitía estar sorprendida de el gran contraste que había en comparación a cuando bailó con Ginny. Parecían dos personas completamente diferentes.
—No me sentía cómodo bailando con la Srta. Weasley. No me lo tomes a mal, pero creo que tu amiga y yo no congeniamos.
—Ginny es así, perdonala. No sé qué tiene últimamente —mintió. Hermione sabía perfectamente que la pelirroja tenía algunos problemas de confianza para con Snape, hasta ahora lo había mantenido controlado, pero hoy se había excedido un poco—. Te pido disculpas. No pudiste practicar como hubieses querido.
—No te preocupes, Granger —el tren se apareció por fin por la plataforma, deteniéndose lentamente frente a ellos—. Ya habrá otras oportunidades.
El tren abrió las puertas automáticas lentamente y Snape esperó a que las personas que se quedaban en esta estación salieran para poder subir. Las personas detrás de la fila le siguieron, a excepción de Hermione quien se quedó de pie en la plataforma, mirando sin mirar hacia el frente, frunciendo el ceño, pensativa.
—¿Qué no vienes? —preguntó cerca de la entrada, sujetándose de una de las barras del interior del metro.
—Sal —respondió fuerte.
—¿Qué? Hermione…—el pitido de alerta de la puerta sonó, anunciando que se apartaran de los bordes y de la puerta.
—¡Rápido! ¡Ven!
Snape se libró por poco de quedarse encerrado dentro del vagón. Las personas en el tren lo miraron confundidos, pero lo ignoraron, después de todo, no era su problema. El tren anunció su siguiente parada y reanudó su camino, alejándose de la plataforma. Snape, aún con el corazón agitado por la repentina acción, apoyó sus manos sobre sus rodillas tomando aire y luego, se enderezó, igual de confundido que los otros pasajeros.
—¿Por qué? —Hermione no se tomó la molestia de contestar. En su lugar, deslizó su mano entre la de él, sujetándolo con firmeza y llevándolo lejos de la plataforma, en dirección a la salida de la estación—. ¿A dónde vamos?
—A practicar.
—¿Segura que podemos estar aquí? —dijo cerrando la puerta del salón del tercer piso.
—Claro que sí —respondió la castaña, terminando de ponerse los zapatos de baile—. Solo no enciendas la luz, no quisiera que luego llamen a la profesora por un malentendido.
La única luz que iluminaba a medias el salón era la del alumbrado público que se colaba por los ventanales del estudio. Hermione ya había pasado por una situación semejante antes, cuando se había quedado hasta tarde practicando sus pasos de baile. Los vecinos pensaban que alguien había entrado a husmear dentro del negocio y habían llamado alarmados a la policía. No quería que la experiencia se repitiera una segunda vez.
—Quítate la chaqueta —pidió poniéndose en pie, doblando las piernas hacia atrás a modo de calentamiento. Snape obedeció, dejando su mochila y chaqueta sobre uno de los muebles para acercarse a ella, al centro del salón—. Vamos a practicar… esta vez, vamos a hacerlo bien, ¿te parece? Sin Ginny, sin Sirius, sin McGonagall, sin nadie. Solo tú y yo. Todo el salón para nosotros, ¿crees sentirte más cómodo ahora?
—No lo sé —bromeó, tratando de sentirse menos incómodo debido a la soledad del lugar y a la presencia de la castaña junto a él, pero la verdad era que estaba algo intimidado—. No hay fantasmas ni nada parecido aquí, ¿verdad?
—Quién sabe —le contestó.
La lección inició casi igual que todas las anteriores. Hermione estaba de pie, a un lado de él, adoptando la misma postura que Snape tuvo mientras bailaba sobre el andén, con los brazos al frente, sosteniendo a una pareja imaginaría. Severus la imitaba como si se tratara de un espejo, siguiendo sus pasos al ritmo de la suave música que provenía del estéreo.
Uno al lado del otro, parecía que ambos estuviesen conectados por lazos irrompibles. Si Hermione retrocedía, él retrocedía con ella. Si ella avanzaba, él avanzaba con ella. Ambos bailando con una pareja imaginaria, Hermione le volvió a enseñar los ocho pasos básicos del tango, prestando especial atención a las sacadas.
Cuando lo consideró listo, ella tomó el lugar de esa pareja imaginaria, intentando incrementar la confianza de Snape quien, temeroso, sus manos le temblaban cada vez que tenían que descender a la cintura de la bailarina. Intentaron replicar los ocho pasos básicos, esperando que Snape tuviera más confianza que en la tarde, pero si bien Severus los hacía perfectos, al acabarlos no sabía como continuar. Snape necesitaba de las indicaciones de Hermione para seguir bailando.
Luego de dos, tres, cuatro intentos, Hermione descubrió el problema: Seveurs pensaba demasiado antes de actuar. Se tomaba su tiempo calculando cada paso, trataba de anticipar los movimientos de su pareja, planificaba como sería el desarrollo todo el baile, volviéndose loco si algo no salía como esperaba. No se tomaba el tiempo de disfrutarlo, mucho menos, de sentir la pasión propia del tango.
Hermione se apartó de él y lo dejó en medio del salón. Mientras reiniciaba la playlist del estéreo, le indicaba que es lo que ella quería que hicieran, explicándole su plan. No más cálculos, no más revisión de la teoría, no más planeaciones. ¡Tenía que dejarse llevar! ¡Tenía que sentirlo! ¡TENÍA QUE VIVIRLO!
—No digas nada y no pienses —vocalizó suave mientras lo rodeaba seductoramente, pasando una mano por encima de sus hombros a medida que avanzaba. Se posicionó delante de él, tomando su mano derecha, levantándola lentamente— y no te muevas a menos que sientas que debas hacerlo.
Cuando ambas manos estuvieron a la altura de sus cabezas, Hermione la dejó ir, abriendo por completo su palma al lado de la cabeza de Snape. Este la imitó. Sus rostros estaban peligrosamente cerca, ambos podían sentir la respiración del otro sobre sus pieles. Lentamente, ambas manos bajaron. Hermione pasó sus dedos por la nuca de Snape, provocándole un cosquilleó que reprimió. Usó estos para girar su cabeza a un lado, haciéndolo voltear lejos de ella, hacia los ventanales. Su mano descendió por su espalda, hasta llegar por debajo de su brazo. La mano de él rodeó su esbelto cuerpo hasta llegar a su respectivo lugar, sus omóplatos.
La música hizo eco en la habitación solitaria.
La otra mano de la joven subió hasta la curvatura de la cintura de su pareja, tomándolo desprevenido, enderezando su postura al instante. Snape se sintió como una línea serpenteante, podía sentirse más alto, su espalda no recta, pero sí erguida, incluso podía sentir la curvatura de su trasero pues tenía las rodillas ligeramente dobladas. El brazo izquierdo de Snape colgaba libre a un lado y, a pesar de que sabía que debería tomar la mano de Hermione, se sentía bien teniéndola sobre su cintura.
Sin poder evitarlo, giró su cabeza para encontrarse con la castaña, sintiendo la cercanía de sus labios frente a él. Ella soltó un suspiro y se inclinó ligeramente hacia adelante, sacando la pierna izquierda hacia atrás mientras que él daba un paso con la derecha hacia adelante. Dieron dos pasos más, Hermione retrocediendo y él avanzando, empujándola despacio por sobre el suelo. Su pierna de apoyo se arrastraba y él plantaba firmemente su pie entre las piernas de ella.
Hermione se movió hacia adelante, chocando contra él, perdiendo el ritmo. Se apartó, sacudiendo sus brazos y piernas, abandonado a Snape en la misma posición. Sus ojos miel lo observaron, como indicándole que se preparara para iniciar de nuevo. Cuando ambos estuvieron listos, ella se dirigió hacia él con paso seguro, llegando a su altura con el cuello ampliamente estirado.
Esta vez, Hermione sujetó a Snape por ambos antebrazos, elevándolos firmes. Snape se sujetó de ella, volviéndola a imitar. Ambos se miraron a los ojos, como si no existiera nada más en el mundo que ellos dos. Esta vez, más confiado, Snape fue quien dio el primer paso, avanzando hacia adelante, haciéndola retroceder, todavía con los brazos al nivel de los hombros. Uno, dos, tres pasos. Snape levantó los pies en cada uno y luego arrastró el pie de apoyo con delicadeza. Hermione retrocedía, moviendo sensualmente las caderas con cada paso que el mayor daba. Recordó el movimiento que Sirius había hecho horas antes. Giró a un lado, haciendo que Hermione se moviera sobre su mismo eje para cambiar la dirección del desplazamiento.
"No te muevas a menos que sientas que debas hacerlo".
Sintiendo que debía hacerlo. Snape hizo girar a Hermione sobre su mismo eje, provocando que su cabello se agitara con el movimiento, bailando en el aire. Para detener ese giro sobre una pierna, Hermione llevó rápidamente su mano a la nuca de Snape y él, la tomó firmemente con una mano de la cintura, atrayéndola a su pecho. Hermione elevó su pierna derecha por encima del muslo de Snape, dejando la izquierda como apoyo sobre el suelo. Hermione se reclinó sobre él, respirando sobre la piel de su cuello.
Snape tragó saliva y respiró profundo, sintiendo un cosquilleo por su cuerpo por el aliento cálido de Hermione sobre su piel. Ella se siguió sujetando de su cuello, pasando sus manos sensualmente por su espalda y su brazo. Volvió a poner los dos pies en el suelo y, luego de dar un giro con sacada hacia la derecha, dieron varias vueltas mirándose de lado, manteniendo la cabeza elevada hasta que Hermione optó por separarse de él.
Otra vez se habían confundido de pasos.
Volvieron a juntarse, uno frente al otro. Hermione tomó sus manos y los guío de nuevo a la posición indicada. Al levantar la cabeza, su nariz rozó contra la de él, sorprendiéndola un poco, pero sin hacerla retroceder. Por primera vez, ella no se sonrojó ante ese inesperado contacto. A una implícita señal, ambos se deslizaron de lado a lo largo del salón, llevando un pie al lado y deslizando el otro despacio, siempre con las rodillas inclinadas. Al hacer eso, la castaña aprovechó las pausas de las sacadas para realizar dos boleos hacia atrás, dando círculos con sus piernas dobladas.
Snape se concentró todo lo que pudo en cuanto llegaron a las vueltas. Sus oscuros orbes se fijaron únicamente en los mieles de la menor y no se apartaron de ellos mientras daban vueltas rápidas. Estaba demasiado concentrado en ellos que no parecía marearse con los giros. Su brazo izquierdo colgaba libre a un lado y su mano derecha empujaba la espalda de la castaña contra su pecho, teniéndola tan cerca que ella tuvo que inclinar ligeramente la cabeza a un lado para que sus labios no chocaran contra los de su alumno.
Al detenerse, Hermione quedó de espaldas a él y, aprovechando la posición, se deslizó hasta llegar al piso de madera, doblando la pierna izquierda y estirando la derecha por la extensión del suelo. Sus dos brazos fueron hacia atrás, abrazándose a las piernas largas del profesor, el cual yacía inmóvil en la misma posición, respirando agitando. Como si pudiera leer los pensamientos de Hermione, Snape deslizó sus manos abiertas por los hombros de la castaña, sujetándola de las axilas y subiéndola lentamente, rozando su cuerpo con su espalda hasta que estuvo en pie.
La mano izquierda de Snape sujetó el antebrazo izquierdo de Hermione y su otra mano se posicionó por debajo de su pecho derecho. El cuerpo de la castaña ahora estaba acorralado contra el suyo, incluso pudo sentir la curvatura de su trasero redondo apegado contra sus pantalones. Ante tal contacto, Hermione llevó su mano libre a la mano que Snape tenía en su torso, entrelazando los dedos, como si quisiera controlar ese contacto.
Su pecho subía y bajaba con velocidad. Se sentía algo intimidada por aquella intimidad. La confianza de Snape había crecido tanto que ya no le parecía importar que tan cerca se encontraban el uno del otro. Ahora él respiraba cerca de su oído, obligándola a soltar un suspiró que más sonó como un gemido. En la misma posición, dieron medio giro y otro, y otro.
A medida que las canciones pasaban y más practicaban, Snape perdió toda la vergüenza que alguna vez tuvo frente a la castaña. Sus pasos eran más rápidos e intensos, desbordantes de pasión. Una pasión completamente nueva para Hermione, una pasión que la deslumbrada y que la ahogaba con cada paso, con cada mirada y con cada roce de sus dedos. Snape avanzaba con seguridad, alto y gallardo, deslizando sus piernas entre las de ella, mirándola con sus oscuros ojos, tan profundos como un océano en la noche.
Con cada paso, prácticamente Hermione tenía que apresurarse en retroceder o sentiría la pelvis de él chocando contra la suya. Sujetándola de la mano izquierda, su derecha sobre su cintura la hacía girar de derecha a izquierda y de izquierda a derecha con rapidez. Los pies de Hermione procuraban no enredarse sobre sí mismos. La estaba haciendo sufrir, burlándose de ella con sus movimientos.
¿En qué momento ella se había convertido en la alumna?
Su nariz grande rozó la suya despacio, mezclando sus respiraciones. Hermione cerró los ojos, ansiando que se inclinara ligeramente sobre ella y rozara sus labios, pero Snape giró su cabeza, poniéndola de lado. Hermione se relamió los labios y se soltó, girándose para pegarse a su espalda. Snape volvió a colocar su mano sobre su torso, acercándola aún más, y Hermione elevó su brazo izquierdo hacia atrás para acariciar la cabeza y rostro de su pareja. En esa posición, se deslizaron de lado, arrastrando los pies despacio.
En un momento, mientras daban giros, Snape tiró de ella hacia él, tomándola tan por sorpresa que Hermione apenas pudo poner sus brazos como apoyo contra su pecho, teniendo ese tan ansiado contacto de labios por simple accidente. Ambos se apartaron, fingiendo que tal "beso" nunca ocurrió y siguieron bailando. Hermione dobló su espalda hacía atrás, procurando que Snape la sostuviera para no caer. Repitieron el paso otra vez, esta vez, Snape se inclinó un poco sobre ella, pasando sus dedos de forma delicada por su cuello y apartándolos cuando llegó a su clavícula.
Practicaron los giros. Snape estiraba los brazos haciendo que Hermione se desenrollara a lo largo de estos, dando vuelta tras vuelta y, cuando se estiraban al máximo, regresaba sobre sus pasos, envolviéndose en sus brazos. La velocidad aumentó y en uno de esos giros, ocurrió lo inesperado, algo que le indicó a Hermione que Snape era el mejor bailarín con el que había tenido el honor de bailar hasta ahora.
Cuando Hermione regresaba a los brazos de Snape, girando, el profesor la tomó por la espalda y por las piernas, cargándola con tal facilidad que le hizo recordar su primer encuentro en el parque. Para no caerse, ella se aferró a su cuello, encogiéndose sobre sí misma para que Snape pudiera girar sobre sí mismo, sujetándola en el aire. Hermione soltó un sonoro gemido cuando se detuvo y la dejó sobre el suelo, apoyando su frente contra la de ella con los ojos cerrados, sujetando su mano contra la suya.
Hermione usó su pierna derecha como enganche de la suya, una mano sujetándose de su camisa y la otra, aún entrelazada con la de él. Ambos jadeaban, sudando por la actividad. Apoyados el uno del otro, Hermione esperó hasta recuperar el aliento, deslizando su mano del agarre de Severus para poder apartarse un poco.
—Siéntase vivo —jadeó, mirándolo indefensa a los ojos—. Siéntase vivo… siempre.
Sin dejar de mirarse, Hermione descendió su pierna con lentitud, apoyándola sobre la de Snape. Su mano, la cual todavía sujetaba dicha pierna, acarició sobre la tela de sus mallas, dejándola ir hasta que, finalmente, ambos pies estuvieron sobre el suelo de madera. El brazo que rodeaba detrás de su cuello se fue resbalando poco a poco hasta quedarse sobre el hombro izquierdo del pelinegro y la mano que se sostenía de su camisa aflojó su agarre para subir a su hombro derecho.
Snape sentía como su corazón latía rápido, pensaba que podría escapar de su pecho en cualquier momento. Podía sentir la respiración de la bailarina golpeando contra su piel cálida, haciéndole las cosquillas que jamás pensó volver a sentir. Las pupilas negras de Hermione estaban dilatadas, haciéndose más grandes y brillantes y, en su rostro, se dibujó una exquisita expresión de anhelo que nunca antes había visto y que jamás esperó ver. Sus manos, que hasta entonces se mantuvieron colgando libres a sus lados, subieron temblorosas hacia el rostro de la muchacha, tomándolo con tal delicadeza que Snape temía romperlo si presionaba más de lo debido.
—Granger —soltó en un suspiro, cargado de un manojo de emociones que ni siquiera él comprendía.
Recordando los pasos de baile que aprendió cuando apenas era solo una niña que estudiaba ballet en Cambridge, Hermione se paró de puntitas, sosteniendo la postura todo el tiempo que pudo, y estampó sus labios contra los delgados y fríos de Severus, derribando sus últimas defensas.
Sorprendido por el accionar de Hermione, no tuvo la fuerza de voluntad para rechazar el beso y solo se dejó llevar, embriagado por el aroma que desprendía el cabello de la joven y el ligero sudor que cubría su cuerpo.
Este beso era completamente diferente al anterior, pensó. En primer lugar, este beso no estaba bajo los efectos de cinco mojitos ni tenía sabor a limón. Sabía a… ¡A fresas! Era el sabor del lipstick que la castaña usaba para que no se le agrietaran los labios. Segundo, este beso no era un efímero roce de labios que ni siquiera parecía existir, este beso era una serie constante de caricias de cálidos labios los cuales, traviesos, jugaban sobre los suyos como pidiendo permiso para continuar con su danza incesante.
Él no era nadie para negarse a ello.
Hermione rodeó con sus brazos el cuello de Snape y se mantuvo de puntillas, apoyándose en él todo el tiempo que sus piernas le permitieron para no romper el beso. Una de las manos del mayor abandonó el pequeño rostro y descendió hasta su cintura, atrayéndola posesivamente hacia él. El contrapeso que ella ejercía sobre Snape al jalar de este, hizo que el profesor diera unos pasos involuntarios hacia ella, obligándola a retroceder hasta chocar contra una de las paredes de ladrillo en medio de dos de los ventanales.
Su lengua, pequeña y traviesa, lamió su labio inferior, pidiéndole permiso para entrar y profundizar más el beso, si es que eso era posible. Snape apoyó una mano sobre la pared para recuperar el equilibrio y, con la otra, tomó la barbilla de Hermione, para que esta no bajara el rostro. Su respiración caliente sobre la sensible piel de su rostro le gustaba, le gustaba mucho.
En un determinado momento, por más que no quisieran hacerlo, ambos se vieron obligados a romper el beso para tomar aire. Hermione puso los dos pies firmes sobre el suelo de madera otra vez. La parte interior de sus rodillas se quejaron en cuanto dejó de estirarse, sobre todo la pierna izquierda, la cual tuvo que estirar disimuladamente para calmar el dolor.
No se escuchaba nada en la habitación excepto por sus jadeos, ambos pares de pulmones luchando por encontrar oxígeno que, por alguna extraña razón, parecía escasear. El pecho de Hermione subía y bajaba, volviéndolo loco. Los oscuros ojos de Snape la observaban casi sin parpadear. La mano que sostenía su barbilla subió hasta su boca y el pulgar le acarició el labio inferior, hinchado por la presión de sus besos. Su otra mano libre fue directamente a su cintura, subiendo por su espalda hasta sus omóplatos, provocándole una corriente eléctrica por toda su columna vertebral. No lo entendía, su mano había estado ahí todo ese tiempo, pero era la primera vez que sentía eso.
Hermione ya no podía pensar con claridad, tenía la mente nublada por el deseo. Estaba hipnotizada, se sentía pequeñita e indefensa y, al mismo tiempo, excitada y poderosa. Sabía que ese magnético hombre podía hacer lo que a él se le antojara con ella y, aun así, ella no tenía miedo de a lo que se enfrentaba, todo lo contrario, estaba ansiosa y hasta le daba curiosidad ver qué tan lejos podían llegar.
No hubo necesidad de decir palabra alguna, ni siquiera un quejido, sus ojos lo decían todo. Snape acomodó un mechón rebelde detrás de su oreja y, luego, ella apoyó su mejilla sobre la palma de su mano, cerrando los ojos ante el contacto de su piel contra su mejilla. Sin darse cuenta, ambos estaban fijando un mutuo acuerdo. Implícitamente, estaban pactando lo que sabían que iba a pasar a continuación.
Hermione Granger prácticamente arrastró a Snape a lo largo de Earl's Court Road, de la estación y de la plataforma. En ningún momento se atrevió a soltarle la mano, no lo iba a dejar escapar, no a estas alturas. Snape solo se dejó llevar, aturdido por la determinación de la bella hada frente a él. Sonriendo de lado por no saber que más hacer.
Casi como caído del cielo, el tren de las 10:50 de la línea District llegó por primera vez a la plataforma a la par que ellos. Como niños pequeños haciendo una travesura, se subieron riendo, perturbando la paz y monotonía de su típico vagón. Avanzaron entre las pocas personas que había, cambiando de vagón una y otra vez.
—¿Qué estás haciendo? —Snape protestó sin saber qué es lo que Hermione quería hacer hasta que lo descubrió. Se estaban dirigiendo a los vagones VIP, donde la castaña sabía que —con algo de suerte— nadie se atrevería a molestarlos ahí.
Efectivamente, el vagón estaba vacío.
—No podemos estar aquí —se quejó.
—Nadie lo está usando.
Hermione volvió a besarlo, abalanzándose sobre él en el confort de sus asientos junto a la ventana. Snape recorría con sus manos grandes las piernas de la castaña, posicionándolas por encima de las suyas, acariciando de esta forma sus muslos. Cada tanto, una de sus manos subía a su cabeza, sujetándola por la nuca para profundizar, convirtiendo los besos torpes a unos más apasionantes y demandantes.
¡Qué bueno que el tren fuera por túneles!, pensó, así nadie podría verlos por afuera.
Las siguientes paradas fueron un suplicio para la ansiosa pareja. Podían sentir como la adrenalina corría por sus venas y sus corazones latiendo a toda velocidad cada vez que el tren se detenía, nerviosos de que algún pasajero los descubriera infraganti. Rogaban mentalmente que nadie, absolutamente nadie, atravesara las puertas del vagón vacío.
Necesitaban ese vagón completamente para ellos dos, solo por esta vez.
Una vez que las puertas de cerraban, volvían a lo suyo. El profesor podía sentir como su otra cabeza empezaba a despertar y, por primera vez en toda su vida, rogaba que no lo hiciera por completo, no quería ir caminando hasta su casa con una erección en los pantalones. Sin embargo, las manos juguetonas de la bailarina sobre su bragueta no ayudaban en lo absoluto, mucho menos ahora que Hermione decidió que solo necesitaban un asiento para los dos.
En otras circunstancias, Snape hubiese mantenido la compostura, no era aficionado de las demostraciones de afecto en lugares público, mucho menos en el transporte, pero… necesitaba esto. Lo necesitaba con desesperación.
Bajaron en Southfields, pues era la estación más cercana, y salieron de esta a toda velocidad —puede que Snape tuviera algunas dificultades técnicas para ello, sobre todo para subir las escaleras—. De camino a la casa del mayor, se detuvieron frente a una de esas farmacias que están abiertas hasta altas horas de la noche. Estaban cachondos y excitados, sí, pero no eran estúpidos. No solo estaba el riesgo latente de engendrar a alguien por su calentura esa noche, también estaba el hecho irrefutable de que Snape no sabía absolutamente nada de la vida sexual de Hermione, así como ella tampoco sabía nada de la suya. Sin duda, prefería lidiar con la señorita farmacéutica que con un bebé o una ETS.
Hermione esperó paciente afuera del negocio, asomando su cabeza sonrojada de vez en cuando como pidiéndole que se apresurara. La farmacéutica, aunque acostumbrada a la venta de preservativos, abrió sus ojos —evidentemente sorprendida— cuando divisó a Hermione afuera del local. No obstante, se mantuvo callada.
¿No es muy joven para estar con alguien como él? Sí, sí lo era, pensó.
Las seis cuadras hasta el 71 de Threntham Street nunca fueron tan largas como hasta ese momento. En cada esquina, Hermione le robaba un beso en el cuello o Snape rozaba con una mano "accidentalmente" su trasero. Cada vez que se aparecía algún peatón en la misma acera trataban de mantenerse tranquilos, aguantándose las risas por la travesura que estaban cometiendo. Tal vez, si no estuviera tan excitado, Snape se hubiese tomado la molestia de guardar las apariencias frente a sus vecinos, pero, a estas alturas, poco o nada le importaba lo que pudieran pensar o decir de él.
Al llegar a la casa, Snape intentó abrir la puerta con torpeza. ¡Maldita sea! Justo ahora no podía insertar la llave en la ranura. Debió verse como un torpe pues Hermione le arrebató las llaves y abrió la puerta por su cuenta. Los golpeteos contra la madera alertaron a Lamarck quien llegó corriendo emocionado a recibirlos. Sin embargo, ambos adultos estaban más ocupados en otras actividades que en corresponder los saludos alegres del can.
Lamarck, no dispuesto a rendirse tan fácilmente, los siguió escaleras arriba, ladrando por la atención de alguno de ellos. No estuvieron en casa casi toda la tarde, esperaba —por lo menos— unas palmaditas en la cabeza o algo. Se internó en la alcoba principal junto con ellos, esquivando zapatos voladores.
¡Ni siquiera le habían servido la cena y esos dos ya estaban subiendo a dormir!
Snape empujó a Hermione a la cama y ella lo arrastró consigo. Al ver eso, el noble Lamarck debió pensar que su amo estaba atacando a su querida amiga castaña pues la oía hacer ruidos extraños, como quejidos de un animal herido.
¿Ella estaba pidiendo ayuda?
No había tiempo para esperar por una respuesta, era momento de actuar. El perro ladró frente a la cama, una y otra vez, yendo y viniendo como un loco antes de apoyar sus patas delanteras sobre el colchón.
—Lamarck, vete —pidió el profesor, con sus labios contra el cuello de su amante, haciendo un gesto con su mano para que el perro se fuera, volviendo su atención a los labios de la castaña.
El perro se subió a la cama y, todavía creyendo que su niñera estaba en peligro, empujó con su cabeza a Snape, tratando de apartarla de ella. Snape, frustrado, tuvo que reincorporarse sobre la cama y usar sus manos para calmar al peludo animal blanco.
—¡Lamarck! —gritó. Su libido bajó radicalmente cuando el perro lamió su rostro.
—No puedo hacerlo si él me está viendo —se quejó la joven, reincorporándose para apartar al perro.
—Yo me encargo —Snape dejó a la ansiosa mujer sobre su cama y tomó al perro de su collar verde, sacándolo de la habitación—. Ven aquí, amigo, vamos.
Snape bajó con el perro hasta la cocina y trató de regresar a la habitación, pero el perro lo seguía como una sombra— No, por favor, Lamarck, siéntate, siéntate —rogó mientras que, con su mano, trataba de empujar al perro sobre el suelo para que esté se sentara. Sin embargo, ahora Lamarck pensaba que estaban jugando. El can estaba a nada de ir corriendo al armario para buscar su pelota amarilla dentro de su baúl de juguetes— ¿Quieres comida? ¿Sí? —el profesor se estiró sobre el suelo para alcanzarle el plato de metal al perro, esperando distraerlo con las croquetas, pero no logró nada.
¡¿POR QUÉ AHORA?!
—Escuchame —dijo fuerte y claro, poniéndose a nivel del animal en el suelo, sujetando su cabeza con ambas manos. El perro levantó el hocico y lo miró a los ojos. Su ojo ciego brillaba en la oscuridad—. Esta es la oportunidad más grande de mi vida. No lo entiendes porque aún eres un niño, pero no tienes idea de cuanto he esperado este momento —enfatizó enérgico—. Estoy desesperado. Así que, por favor, te lo ruego, quédate aquí. ¿Quieres?
Lamarck le dio una lamida a su cara e inclinó la cabeza a la derecha. Snape lo tomó como un sí inmediato, pero —por precaución— cerró la puerta de la cocina esperando retrasar a Lamarck antes de que lo volviera a seguir por las escaleras. ¿Es que ese perro no podía ser más inoportuno? Por su culpa tuvo que ir al baño de invitados a lavarse las manos, quitándose el olor de comida de perro y la libido también.
¿Por qué a él? ¿Por qué ahora?
Al llegar a su habitación, Snape cerró la puerta con llave, asegurándose que no volverían a ser molestados por lo que quedaba de la noche. Se giró, recostándose sobre esta, para encontrarse a una excitada Hermione Granger arrodillada sobre su cama, sin ningún rastro de sus pantalones, solo con su camiseta de tirantes caídos, su sujetador y sus bragas, exponiendo la piel suave de sus piernas desnudas bajo la luz tenue que entraba por la ventana.
La bailarina se sentó, llevando sus piernas hacia adelante para que el profesor tuviera una mejor visión de ellas. Lanzó su cabello revuelto hacia atrás, sus rizos castaños caían sobre su rostro y se pegaban a su cuello sudoroso, dándole una apariencia muy sensual. Como bonus, sus pechos aún atrapados en su sujetador, subían y bajaban con cada respiración agitada. Snape sintió su miembro volver a crecer contra sus pantalones.
Hermione levantó una mano y le indicó que se acercara con su dedo índice, mientras una sonrisa coqueta adornaba sus labios rosados. Los pies del mayor marcharon automáticamente hacia ella mientras sus manos se ocupaban de quitarse su cinturón con rapidez.
Hermione lo recibió con los brazos abiertos, al igual que las piernas. Su boca volvió a atacar a la suya, presionando sus carnosos labios contra los de él, besándolo demandante, besándolo con pasión. La misma pasión con la que habían bailado hace una hora y con la misma pasión con la que, sabía, harían el amor.
Las manos del pelinegro viajaron nuevamente hasta los rizos castaños, enredándose en ellos mientras que las de ella iban directo a su espalda, recorriéndola en toda su extensión por sobre la tela de la camisa, abriendo los botones para poder quitarle toda esa ropa de encima. Snape le facilitó la tarea quitándosela por su cuenta y lanzándola lejos, sin importarle donde cayera. Luego, se sentó sobre la cama y sentó a Hermione sobre él.
—Oh, Severus —gritó temblando cuando uno de sus dedos largos bajó hasta su entrepierna y empezó a jugar por encima de la prenda íntima, provocando que ella se retorciera encima de él, lanzando su cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello—. Sí, sí... se siente bien ahí.
Envalentonado por los gemidos y palabras de su amante, Snape se atrevió a sujetar a la castaña de la cintura con una mano y, con la otra, usó tres de sus dedos para apartar sus bragas y su índice para recorrer sus labios exteriores, danzando sobre ellos, jugando con su humedad, antes de ir en búsqueda de su clítoris.
Hermione gritó en cuanto sintió el dedo del mayor moviéndose en círculos despacio sobre su botón de placer. Snape rogó que sus paredes fueran lo suficientemente gruesas para que sus vecinos no pudieran escucharla.
Desesperada, la castaña se quitó la camiseta, quedándose únicamente con su ropa interior. Snape aprovechó la oportunidad para lamer por encima del sujetador de la muchacha, arrancándole gemidos cada vez más eróticos. Hermione, abrazada a él, se frotaba enérgica contra su entrepierna, ansiosa por tenerlo dentro.
Cuando sintió la prenda demasiado húmeda, Snape se la quitó. Agradeció mentalmente que se tratara de un sujetador deportivo y no uno normal pues estaba seguro de que nunca hubiese logrado desabrocharlo. Esas cosas eran prácticamente insufribles. Hermione aprovechó dicho momento para abrirle el pantalón y bajar la cremallera de estos, encontrándose con otro obstáculo: sus boxers.
¡¿Por qué tenía tanta ropa?! ¡Maldición!
No era la primera vez que Snape veía el pecho de una mujer, pero ella no era cualquier mujer. Era Miss Granger, era Hermione. Estaba viendo el pecho de Hermione y, aunque no fuera un experto, él pensaba que eran hermosos. Eran pequeños, pegados a su cuerpo debido a tantos años de deporte, y sus pezones erectos tenían un bonito color. Al instante, rodeó con ambos brazos la espalda de la castaña y la acercó a él todo lo que pudo para empezar a lamer y mordisquear sus pechos, arrancándole suspiros eróticos.
—¡Ah! ¡Ah! —gimió ante cada contacto de su boca caliente.
—¿Te gusta así? ¿Sí?
—¡Sí! —gritó. Hermione logró atrapar el miembro de Snape entre sus dedos, moviéndolo de arriba abajo, volviéndolo loco. Ahora era él quien ahogaba los gemidos contra su garganta, cerrando los ojos, dejándose llevar ante el tacto mágico de la bailarina sobre él— ¿Te gusta así?
¿Acaso se estaba burlando de él?
Harta de tanto juego previo, Hermione le susurraba al oído que ya estaba lista, mordisqueando su lóbulo. Algo inseguro pues aún no se sentía totalmente preparado para la acción, Snape se apartó de ella y se puso en pie para quitarse el pantalón y los boxers, mientras que Hermione se aseguraba de tener el condón listo a la mano.
—¿Ya? ¿Ya? —preguntaba mientras él trataba de ponerse el preservativo— ¡Apresúrate!
—¡No puedo hacerlo si me apresuran! —exclamó ocupado en sus asuntos.
—Lo siento.
Cuando ya estuvo listo, Snape pudo jurar que vio a la castaña dar un brinquito sobre la cama, dejándose caer sobre ella, lista para continuar. Se detuvo un minuto para apreciarla mejor. Verla sobre sus sábanas, con sus mejillas encendidas y sus labios entreabiertos era una imagen que quería guardar para siempre en su memoria.
Por fin estaba pasando. ¿Esto era real? Realmente… no era algo que hubiese esperado. Sí, había fantaseado más de una vez con Miss Granger, pero no era su objetivo tenerla en su cama, pero ahora ella estaba ahí, dispuesta. Sus caricias se sentían reales, sus besos se sentían reales, sus gemidos se sentían reales. Esto estaba pasando.
Con la torpeza y la prisa de un adolescente, Severus se posicionó en la entrada de la bailarina y, pidiendo permiso para entrar—lo cual despertó ternura dentro de Hermione—, se hundió fácilmente en su humedad, llenándola por completo. Hermione tembló mientras él la penetraba, cerrando los ojos, dejándose llevar por el placer que le proporcionaba.
Había olvidado lo increíble que se podía sentir el sexo. Hermione era cálida, húmeda, placentera. No sabía si era porque le faltaba práctica o que ella era muy estrecha, pero le costaba moverse. Hermione era la que más se movía de ellos dos, casi con desesperación, gimiendo en voz alta, sin pudor.
Podía sentirlo, la gloria divina del orgasmo estaba cerca.
… Tal vez, demasiado cerca.
Mierda. No, no, no, ¡no!
De pronto, todo acabó. Tanto ella como él se detuvieron abruptamente, sorprendidos, sin palabras. Había acabado. Había acabado tan rápido y ni siquiera tuvo el tiempo suficiente para gozarlo.
¿Y ahora qué?
YA! YA NO HAY MÁS! XD
HOLA CHIQUIS,
UNA VEZ PROMETÍ PONER MÁS QUÍMICA ENTRE ELLOS DOS, PUES AHORA LES PUSE QUIMÍCA, FÍSICA Y BIOLOGÍA, ESPERO QUE ESO BASTE xD. ANTES DE QUE ME MATEN POR ESO, SOLO QUIERO DECIR QUE NO OLVIDEN QUE ESTE FIC ES COMEDIA, CASI TODO LO QUE ESCRIBO ES COMEDIA Y ESTE ES EL PRIMER LEMON QUE ESCRIBO, ASÍ QUE… NO ESPEREN MUCHO, ESTOY EXPERIMENTANDO CON ESTO. PROMETO QUE LO COMPENSARÉ EN EL SIGUIENTE CAPITULO, EN SERIO! IGUAL, NO ES COMO QUE ESAS COSAS NO PASARAN EN LA VIDA REAL Y ESTE ES UN AU SIN MAGIA, ASÍ QUE, YO CREO QUE SÍ —TAMPOCO ES QUE SEPA—, O SEA, RECUERDEN QUE SNAPE TIENE 40 Y ALGOS, ME IMAGINO QUE ESAS COSAS PASAN.
INTENTÉ DESCRIBIR LO MEJOR POSIBLE LA ESCENA DEL BAILE DE LA PELÍCULA EN LA CUAL BASÉ ESTE FIC, SHALL WE DANCE? (2004). SI NO LA HAN VISTO, VÉANLA, ADORO LA PELÍCULA —NO ES IGUAL A MI FIC, SE LOS PROMETO, SOLO TOMÉ PRESTADAS ALGUNAS PARTES— Y LA ESCENA DEL BAILE ESTÁ EN YOUTUBE SO, PUEDEN BUSCARLA.
POR CIERTO, PERDONEN LA DEMORA DEL CAPITULO, HE ESTADO BAJO MUCHA PRESIÓN ESTAS SEMANAS Y REALMENTE HA SIDO FRUSTRANTE, ESPERO QUE MI FRUSTRACIÓN NO SE NOTÉ EN EL CAP XD EN FIN, NOS LEEMOS PRONTO, ESPERO.
