Capítulo 15

Lo ideal hubiese sido que, al final del día, ese par hubiese hablado sobre el tema. Es más, me encantaría decir que se tomaron el tiempo necesario para hablar de ello, me gustaría decir que expresaron sus sentimientos y verdaderas intenciones; que Snape le dijo a Hermione que él iba en serio, que estaba dispuesto a abrir su corazón de nuevo, aunque no supiera muy bien cómo; que Hermione escuchó atenta cada una de sus palabras, que expresó todo lo que esperaba de esta relación tan poco convencional, que estaba dispuesta a hacer las paces con Ronald y superar su anterior relación al igual que su terrible pasado. Pero por sobre todas las cosas, me gustaría decir que ambos estaban dispuestos a intentarlo una vez más, esperando que, esta vez, ninguno de los dos saliera lastimado.

Pero nada de eso pasó.

Severus intentó abordar el tema en dos ocasiones durante los siguientes días, pero Hermione lograba evadirlo con la misma magistralidad con la que bailaba el vals. Después del segundo intento, Snape pensó que era mejor no tentar a su suerte con un tercero, por lo que el tema quedó zanjado ahí. Ambos asumieron que todo estaba bien y procuraron que sus encuentros sexuales —porque hubo muchos (¡muchos!) más después de aquella noche de martes— no afectaran en lo más mínimo aquella rutina que crearon juntos desde junio.

Hermione seguía yendo a la casa de Snape durante las mañanas cuando no trabajaba, ambos seguían saliendo a correr al parque acompañados por Lamarck y su energía desbordante y ambos seguían disfrutando de las tardes noches juntos, sobre todo ahora que compartían una nueva actividad favorita: coger.

Las dos clases siguientes procuraron actuar con total naturalidad, como si —de nuevo— nada hubiese pasado. Hermione seguía siendo la asistente principal de la profesora McGonagall y Snape, uno más de los alumnos del segundo turno de la tarde.

O al menos ellos creían que así eran.

Probablemente, Hermione nunca sabría que, durante los siguientes días, antes de cada clase o antes de regresar a casa, Snape se pasaba por la tienda de regalos del metro y se quedaba un buen rato de pie frente a esta, preguntándose internamente si debería comprar un regalo para la castaña. ¿Qué tal unas flores? ¿Un globo? Tal vez sea mejor unos chocolates. ¿Le gustarían los peluches? No era bueno dando regalos, nunca lo había sido. Las ocasiones en las que estuvo tentado a comprar algo se arrepintió al último minuto y continuaba su camino, saliendo de la estación y cruzando la calle en dirección al estudio o internándose en la estación para regresar a Southfields.

Probablemente, Snape nunca sabría que Hermione solía encerrarse en el baño del estudio aproximadamente diez minutos en intervalos de 40 minutos. Se sentaba sobre el toilet, sufriendo un ataque de pánico al darse cuenta de que, todos los martes, jueves y sábados, de seis a ocho p.m., tendría a Snape en su ambiente de trabajo, junto a su jefa, su colega y sus otros alumnos. Podría ser fácil ocultar su nerviosismo ante Harry, Luna, Sirius, Neville, hasta McGonagall no resultaba ser un problema, pero sabía que a Ginny no podría engañarla ni aunque tomara un curso profesional de actuación junto a Meryl Streep.

Ya nada volvería a ser normal en clases, aceptó finalmente.

Habían transgredido… No, ella… ella había trasgredido esa finísima línea de respeto profesora-alumno y, después de aquel tango, sabía que no podría volver a bailar junto a él sin sentir como sus piernas flaqueaban y su interior se humedecía. Tampoco podría aguantarse su lujuria pues, ni bien terminaban el horario de clases, Hermione salía corriendo del estudio arrastrando a Snape rumbo a la casa del mayor.

Sí, sin duda esta situación la estaba afectando más de lo que esperaba.

A quienes tampoco les pasó desapercibido este cambio de comportamiento radical fueron a Minerva McGonagall y a Ginevra Weasley.

Por un lado, la primera había estado suficientes años sobre la Tierra como para saber que su joven aprendiz estaba angustiada por algo. Se le notaba por la forma en cómo bailaba, la forma en cómo enseñaba, la forma en cómo practicaba y porque nadie —nadie que no sufra de problemas al estómago— se pasaba la mitad de su jornada laboral en el baño. Algo preocupada por la salud y estabilidad mental de la castaña, la escocesa se le acercó el primer sábado de agosto, justo antes de cerrar el estudio para irse a bailar al Rivoli como ya tenían costumbre. Su objetivo era charlar un poco, esperando obtener algunas respuestas —hasta le prometió dejar de insistirle en preparar su "gran" regreso a las competencias profesionales—, pero solo obtuvo un:

"Son solo los nervios por esta temporada, profesora. Los ensayos con los chicos del primer grupo son intensos y pronto volverán a competir en septiembre, así que estoy algo ansiosa. Solo ignóreme, por favor".

Por otro lado, Ginny Weasley necesitaba más que esas mediocres excusas para creerle.

La "Cazadora" Weasley no dejaba escapar detalle alguno de lo que pasaba en el salón de baile, no desde que se había propuesto a sí misma averiguar qué tipo de relación mantenía su amiga con el profesor de Química. Ginny Weasley conocía los riesgos de mantener una relación con la Hermione Granger post Ronald Weasley, post fractura y post rehabilitación. Fue la testigo de primera fila de los múltiples intentos de su amiga por continuar con su vida, así como también de sus extraordinarios fracasos, por lo que se aseguraría de mantenerla alejada de cualquier problema que afectara su reciente estabilidad emocional.

Aunque eso incluyera hacerle la vida "imposible" al pelinegro.

Ver bailar a esos dos juntos en el salón de clases era una cosa y ver a esos dos bailar juntos en medio del ambiente festivo y vintage del Rivoli era otra completamente diferente. La primera vez que Snape estuvo en dicho salón, se habría pasado sentado casi toda la noche de no haber sido por la profesora McGonagall quien, amablemente, lo invitó a bailar tres canciones, pero ahora… ahora las cosas habían dado un giro de 180° grados.

—¡Amo esta canción! —la joven castaña se levantó en cuanto DJ Jacky puso una de esas tantas canciones antiguas, pero animadas de jive —¿Bailamos? —Sin darle una oportunidad para contestar, la castaña tomó a Snape de la mano y lo arrastró hasta la pista de baile, donde se mezclaron fácilmente entre el resto bailarines.

Desde la mesa que Sirius había reservado, Minerva McGonagall y Ginny Weasley observaban la pista de baile repleta. Mientras que la primera miraba con una sonrisa nostálgica cómo los jóvenes danzantes se mezclaban en coordinados giros, la segunda recorría la pista con los ojos café buscando una cabellera castaña. McGonagall disfrutaba de ver a Luna y Neville bailar juntos, de Sirius coqueteando mientras bailaba con su pareja de turno, de la conversación divertida de Harry Potter sentado a su lado, pero Ginny se perdía de todo eso por intentar vigilar a su amiga la cual, al parecer, no necesitaba ser vigilada.

Finalmente la encontró bailando al otro lado del salón, tomada de las manos con Snape, acercándose y alejándose sin soltarse, sincronizando sus pies con el mayor para realizar complejos pasos al ritmo del jive. Parecía que no había necesidad de hablarse, solo bastaban sus miradas y sus sonrisas para coordinar cual sería el siguiente movimiento.

Y era que esos dos tenían algo que poquísimas parejas tenían.

"Química", había dicho la profesora McGonagall mientras se llevaba su vaso de whisky a sus labios delgados. Ginevra Weasley siempre fue mala en clase de Química en la escuela. En muchas ocasiones logró pasar el curso casi rozando el límite aceptable. Sin embargo, esto no se trataba de elementos de la tabla periódica, ni de reacciones ni de enlaces covalentes ni nada parecido. Esto era baile puro y no necesitaba ser una veterana bailarina escocesa experta en la categoría estándar para saber que Hermione Granger tenía una "química" muy especial con Severus Snape.

La pelirroja solo había visto ese típico de conexión entre parejas de baile una sola vez en su corta vida de 21 años: cuando tenía 15 años y vio a su hermano mayor Ron bailar con Hermione en la final del National United Kingdom Championship 2010. Durante los años que ellos bailaron juntos, la joven pelirroja había asistido a la mayor parte de los ensayos de su hermano en compañía de su madre.

Había conocido a Hermione un año después de que Ronald empezara a practicar ballroom. Su maestro los había asignado juntos luego de una serie de pruebas entre los otros alumnos. Ron y Hermione resultaron ser una de las parejas más resaltantes de aquel estudio, habían conectado casi de inmediato. Solo bastó con que se tomaran de las manos y sonara una sola canción para que todo cambiara dentro del salón de baile. Sin saberlo, la pequeña Ginny Weasley estaba frente a la futura pareja campeona nacional de ballroom youth categoría estándar.

Lo que vio a lo largo de esos años de entrenamiento era nada comparado a lo que tuvo el honor de presenciar en la final del Campeonato Nacional del 2010. Era como si no existieran más competidores, era como si ni siquiera existieran los jueces. Hermione Granger y Ronald Weasley solo necesitaron de sus ojos para saber lo que el otro haría a continuación, como si pudieran leerse las mentes, como si supieran que tenían la victoria asegurada en el bolsillo desde el primer momento en que pisaron la pista de baile.

Por supuesto, luego pasó lo de Lavender y con ello, perdió la oportunidad de tener a Hermione como futura cuñada. Obviamente ella había tomado su bando y se había ido con la castaña desde el primer momento. No fue la única, los Sres. Weasley también sacaron cara por la pobre muchacha engañada y durante dos años, Lavender tenía prohibido poner un pie en la casa en presencia de la Sra. Weasley. Los otros cinco hermanos mayores si bien no tomaron bandos, no apoyaban por completo la relación de Ronald con Lavender pues conocían a Hermione desde que esta era una niña y sentían que estaban traicionándola.

Si bien, con el paso de los años, a la pelirroja familia no le quedó de otra que aceptar la nueva relación del último de sus hijos varones, Ginny aún tenía conflictos internos al ver a Lavender en la misma habitación que ella, pues era difícil ver a la rubia ocupando el lugar que, durante años, su mejor amiga ocupaba. Asimismo, era difícil ver como su hermano había superado el accidente y remontado su carrera, encontrando una nueva pareja, un nuevo entrenador, un nuevo patrocinador y nuevos concursos en los cuales participar mientras que Hermione seguía estancada en el mismo lugar donde se encontraba hace tres años, ya casi cuatro.

Desde el accidente de Blackpool y su ruptura con Ron, Hermione Granger no había vuelto a ser la misma adolescente soñadora, inocente y tímida que conoció hace tantos años. Ella había cambiado radicalmente su forma de ser, se había cerrado como una almeja y aquella joven con tantas ganas de vivir y comerse el mundo de un bocado desapareció de la noche a la mañana, dejando un simple cascarón vacío.

Hasta la relación entre ellas había cambiado.

Seguían siendo muy íntimas amigas, pero las conversaciones ya no eran las mismas, habían perdido esa complicidad de hermanas que alguna vez tuvieron. Hermione ya no le contaba todo, ahora hacía cosas a sus espaldas, era rebelde, fácil de perder durante sus salidas a los pubs y se volvió pan de cada día encontrar a hombres saliendo de su departamento cada fin de semana.

Fue por eso que le extrañaba tanto que Snape hubiese despertado esa llama de vitalidad dentro de la castaña… y al mismo tiempo, le preocupaba.

¿Qué pasaba si Snape quería ser algo más que su amigo? ¿Qué pasaría si el mayor estaba buscando algo más que una simple aventura con una jovencita? ¿Qué tal si Hermione solo estaba confundida por el buen trato que le brindaba el Sr. Snape? ¿Qué pasaría si el profesor era solo una diversión más para ella y su no tan nuevo hábito de acostarse con desconocidos?

Hasta ahora no había pasado nada —no que ella supiera—, pero notaba la forma en cómo se miraban, cómo se tocaban, cómo bailaban. Hermione pasaba más tiempo de lo habitual en la casa del profesor y las miradas pícaras, llenas de complicidad, era algo que no podía ignorar.

Realmente era muy angustiante no tener respuestas para esas preguntas.

—Se ven muy bien juntos —comentó la profesora McGonagall cuando vio a la pareja adueñarse de la pista en la siguiente canción. La falda negra de Hermione parecía flotar con cada giro y los pasos galantes de Snape habían mejorado tanto en estos últimos meses que parecía ser otro más de los bailarines de la pista—. Serán asombrosos en el concurso.

—¿Qué? —preguntó la pelirroja—. Perdone, estaba algo distraída. ¿Qué decía?

—Hablaba con Harry sobre el Syllabus de Escuelas de Londres —recordó la escocesa, con una sonrisa en sus finos labios—. Creo que ya debemos empezar a armar a las parejas para cada baile, así tener un plan personalizado para cada uno. Estuve pensando que Sirius sería perfecto para el Paso Doble; Neville podría ser nuestra mejor arma en Jive y Snape, Snape es perfecto para el Vals vienés. Hay una categoría donde un alumno baila con el profesor y es una parte de la evaluación del jurado. Quiero que Snape sea ese alumno y que Hermione nos represente.

—¿En serio, profesora? —preguntó Harry, sus ojos verdes brillaron al escuchar la idea—. ¿Cree que esté lista?

—¿Snape? Pues, tenemos hasta marzo para preparar a Snape, bueno, en realidad hasta diciembre, pero tenemos mucho tiempo para pulir por comple…—

—Me refería a Hermione, profesora —aclaró el pelinegro, dejando su bebida sobre la mesa—. ¿Cree que Hermione esté lista para volver a los escenarios? Digo, ha pasado mucho tiempo y, desde que llegó a Londres, se ha rehusado a volver a bailar de manera profesional.

El trío en la mesa buscó con la mirada a la mencionada. Hermione bailaba con una gran sonrisa ganadora pintada en su rostro sonrojado. Sus ojos estaban cerrados mientras daba vueltas y vueltas. Sus brazos gráciles subían y bajaban con cada movimiento mientras su talle era sujetado con delicadeza por las manos grandes de su pareja. Sea lo que sea que Minerva McGonagall estuviera viendo de ella, los otros dos no podían apreciarlo, pero ese factor era lo que la veterana bailarina necesitaba para decir:

—Por supuesto que sí. Ya está lista.


Desde que se habían acostado, Snape casi no se había apartado del lado de Hermione por ningún motivo. Si Lamarck era el perro faldero del profesor, el profesor se convirtió en el perro faldero de la bailarina y, prácticamente, lo tenía comiendo de su mano… aunque fuese Snape el que preparaba la comida que Hermione comía cada día, pero ustedes entienden lo que quiero decir.

Hermione no solo se había colado en su vida y en su cama, sino también bajo su piel.

Era extraño para él volver a compartir gran parte de su tiempo con otra persona. Era como volver a sus años universitarios, donde no era más que un joven de veintipocos años: nervioso, inseguro y sin la menor idea de cómo interactuar con las mujeres. Y era que Hermione lo hacía sentir joven de nuevo, como si le compartiera parte de su vitalidad en cada beso, caricia y palabra. Y, aunque la había notado algo extraña cuando estaban en público, le encantaba esta nueva sensación.

Ella le encantaba.

Había olvidado lo que era sentirse enamorado. Ser joven y sentir ese flechazo cuando tu persona especial aparecía frente a tus ojos. No podía creer que él estaba viviendo algo así. Nunca le habían dolido las mejillas por tanto sonreír, pero no podía evitarlo. Cada vez que Hermione hacía su aparición frente a él, era como si el mundo entero se iluminara y su corazón latía fuerte contra su pecho. Por alguna razón extraña que no entendía, todo tenía más color, todo era más brillante, la comida sabía mejor, hasta el sol se sentía diferente contra su piel.

Era peor que un adolescente, pensó.

Sin embargo, pasar mucho tiempo junto a alguien —aunque fuese solo una semana o menos— podía cansar a cualquiera, por lo que el domingo —el día siguiente al baile en el Rivoli—, ambos adultos decidieron tomarse el día entero para ellos. Cada uno por su lado, harían las actividades que solían hacer en su vida cotidiana y luego, se encontrarían en la noche para cenar.

Con el plan establecido, Snape partió junto a sus amigos al club Lestrange para pasar toda la mañana con ellos jugando tenis y Hermione se encontraría con Ginny y Luna más tarde para pasar toda la tarde juntas en el spa que solían frecuentar. De esa forma, evitaban dejar a Lamarck solo por mucho tiempo, sobre todo ahora que el can se había acostumbrado a la presencia de sus dos "padres".

—¡¿Para eso juegas?! —gritó Lucius irritado cuando la pelota amarilla rozó su raqueta, cayendo dentro de su terreno y, por ende, otorgándole un punto al equipo contrario— ¡Muévete!

—¡Era tuya! —le respondió el pelinegro, también gritando. Sus piernas le dolían debido a la actividad y debía entrecerrar los ojos pues el sol alumbraba con fuerza desde el cielo.

—¡Tú estabas más cerca!

—¡Sí! —gritó la dueña del club, festejando el reciente punto hecho para su equipo— ¿Quién le está pateando el trasero a quién, querido cuñado?

—Oh, no te confíes, Bella —respondió el rubio jugando con la raqueta entre sus manos, al otro lado de la cancha—. Solo les estamos dando una ligera ventaja.

—Existe una enorme diferencia entre dar una ligera ventaja y regalarnos todo el partido —respondió burlona mientras hacía rebotar la pelota amarilla contra las cuerdas de su raqueta.

—¡DEJEN DE HABLAR! —gritó Draco desde la sombra al lado de la cancha— ¡ENVEJECEMOS MIENTRAS USTEDES JUEGAN!

Snape se encontraba en el club de Bellatrix y Rodolphus Lestrange pues había acordado pasar todo el día —o al menos la mayor parte de este— con la familia Malfoy en compañía de Nott padre e hijo y, por supuesto, los dueños del club. En ese momento, las hermanas estaban disputando un partido contra Lucius y Snape, mientras que Rodolphus y el Sr. Nott tomaban una limonada junto a los hijos de estos. Draco estaba al lado de Theodore Nott, su "primo", el cual estaba demasiado ocupado actualizando sus redes sociales como para prestar atención a lo que sus "tíos" estaban haciendo. Sin embargo, Draco había decidido que llevaba suficiente tiempo esperando su turno como para soportar los patéticos intentos de su padre para intimidar el equipo conformado por su madre y su tía.

Bellatrix lanzó la pelota al cielo y luego golpeó con la raqueta, sacando y, de esa forma, iniciando una siguiente ronda. Un golpe de revés por parte de Snape, una respuesta por parte de Narcisa, golpe tras golpe trataban de defender su extremo de la cancha, pero no pasó mucho para que ambas hermanas salieran victoriosas de dicho partido, agitando sus raquetas, burlándose de los dos amigos.

—Gracias por la ligera ventaja, cariño —se burló su esposa, agitando su falda blanca al pasar al lado de él.

—Espera la revancha, cielo —respondió el otro, acentuando la palabra "cielo" con un toque de sarcasmo.

—Uy, yo cambiaría de pareja antes de pedir una revancha —comentó la pelinegra mayor, sonriendo de lado mientras se acercaba a ellos, tomando a Snape del brazo con total confianza como si fuesen los mejores amigos de toda la vida—. No te lo tomes personal, querido Severus, pero debemos practicar ese revés… a menos que quieras volver a morder mi polvo.

—Muy graciosa —respondió con desdén.

—¡La cancha es toda suya, muchachos! —gritó Narcisa tomando el otro brazo libre del profesor y así, ambas hermanas se lo llevaron lejos de ahí, en dirección al lugar de descanso junto a la sombra y a la limonada fresca.

—¡Ya era hora! —respondieron los jóvenes en unísono.

Ya sentados bajo la sombra de la sombrilla, con vasos de limonada fresca en las manos y el aire fresco golpeando sus rostros, los cuatro adultos se dedicaron a conversar cada uno por su lado. Las hermanas hablaban de moda o chismes de conocidos de su círculo social, mientras que Mafoy y Snape se concentraban en el partido que sus contemporáneos y los menores disputaban.

A Theodore Nott siempre le había gustado el tenis, un gusto heredado de su padre, por lo que era entretenido ver a ambos castaños disputándose la victoria de un juego. Rodolphus tenía una buena izquierda, debía admitir, aunque prefería verlo practicando esgrima, deporte que le trajo grandes victorias en sus años de universidad. Draco, por el contrario, era un vehemente fanático del futbol, deporte en el cual destacaba mucho más que en el tenis. Sin embargo, el Slytherin era bueno con la raqueta.

Talento heredado de su madre, pensaba Snape de manera seguida.

—¿Cuándo era tu exposición? —preguntó distraído el aristócrata, sin apartar los ojos de la pelota amarilla.

—A mitad de mes. El 19.

—Cae viernes, ¿no? —el pelinegro asintió—. Creo que sí tendremos tiempo para llevarte a celebrar cuando te aprueben el proyecto antes de que nos vayamos.

—¿Irse? ¿A dónde van? —el profesor se giró para ver su amigo jugando con su bebida.

—¿Lo olvidaste? Es agosto. Es el viaje anual a casa de mis padres.

—Oh, cierto —respondió el profesor frunciendo el ceño, recordando al fin—. ¿Ya es esa época del año?

Cada mitad de agosto, la familia Malfoy dejaba la urbanizada Londres para viajar al norte, rumbo a la ciudad histórica de York donde se encontraba la casa ancestral de los Malfoy, actual residencia del anciano Abraxas Malfoy, patriarca de la casa Malfoy y, por supuesto, padre de Lucius Malfoy. Cada mitad de agosto, los tres hijos de Abraxas: Lucius, Septimus y Roxanne tenían la sagrada obligación de reunir a la familia entera para el cumpleaños del abuelo Malfoy. Septimus llegaba desde Alemania con su esposa, sus dos hijos, su nuera y la nueva adquisición de la familia, el primer bisnieto Malfoy; Roxanne viajaba desde Bristol junto con su esposo y su ya no tan pequeña niña y Lucius dejaba las industrias en Londres para llevar a Narcisa y a su único heredero, Draco, a pasar tiempo de calidad con Abraxas.

Antes solían ir más veces al año: en Navidad, la Semana Santa y Pascuas, el cumpleaños de Abraxas y el cumpleaños de la Sra. Lystra Malfoy, pero desde que esta falleció hace cinco años, la familia se reunía en contadas ocasiones o, al menos, Lucius y su familia lo hacían. Ellos solo asistían una vez al año: a mitad de agosto para el cumpleaños de Abraxas. Este año, el patriarca cumpliría 81 años y era la presentación oficial del primer bisnieto, el pequeño Hans Malfoy, por lo que asistir a esa reunión familiar era cuestión de vida o muerte para cualquiera que llevara el apellido Malfoy.

—Sí —suspiró aburrido el rubio—. Ya estamos organizando todo para partir el 20 en la madrugada. Mis hermanos me escribieron, ellos estarán en York el 17 para pasar más días con papá. Yo aún tengo la excusa de ser día laboral para llegar después.

—¿Sigues sin querer ir? —interrogó alzando una ceja.

—Como todos los años.

No era un secreto para nadie que Lucius no congeniaba con su padre. Siempre fueron como el agua y el aceite y el único motivo para que el rubio pasara más tiempo en York era Lystra Malfoy, su frívola, pero muy querida madre. No obstante, desde que la elegante mujer rubia murió, Lucius decidió alejarse por completo de esa casa y de su padre.

—Es tu padre, Lucius —le recordó el pelinegro, soltando un suspiro—, debes ir. Es tu obligación como hijo.

—Ya lo sé —respondió irritado, olvidándose del partido por completo, aunque al menos tenía la certeza de que el equipo de su hijo iba ganando—. Pero ya conoces a papá… Él es… es una persona complicada.

Complicada era una palabra elegante para decir "imposible".

—Como todos los padres.

—Eso me recuerda —comentó el rubio cambiando de tema—. ¿Cómo está Eileen? ¿Has hablado con ella?

Eileen Snape, de soltera Prince, era la madre de Severus y, hasta donde sabía, la única de sus progenitores que aún seguía con vida. A sus 72 años, Eileen Snape ya llevaba cerca de seis años viviendo en una casa de retiro lejos de Londres, bajo el cuidado de las enfermeras del lugar. Era un asilo muy tranquilo y bonito, grande y repleto de actividades para mantener entretenida a todos sus adultos mayores, entre ellos, la madre de Snape. Le gustaba mucho el lugar, principalmente, que tuvieran tantas actividades para mantener su mente estimulada, tal y como lo recomendaba el doctor.

—Sí, siempre la llamo todos los domingos. Ella está bien. La llamaré hoy por la tarde.

—¿Cómo va con su memoria? ¿Sigue creyendo que tienes 18?

Alzheimer: denominada Demencia Senil de Tipo Alzheimer (DSTA) es una enfermedad neurodegenerativa que se manifiesta como un deterioro cognitivo acompañado de trastornos conductuales. Se caracteriza por una pérdida de la memoria inmediata y de otras capacidades mentales. La enfermedad de Alzheimer es la forma más común de demencia, es incurable y terminal, y aparece con mayor frecuencia en personas mayores de 65 años de edad,aunque también en raros casos puede desarrollarse a partir de los 40 años.

Cuando le dijeron que su madre sufría de esta enfermedad fue como un balde de agua fría. Cuando fue diagnosticada, Eileen ya llevaba un par de años viviendo en el asilo pues no se sentía cómodo con la idea de tener a su madre en aquella casa de su infancia donde, hasta entonces, seguía viviendo. Valerie nunca estuvo de acuerdo con la idea de tener a su suegra bajo su mismo techo por lo que la casa de retiro fue la mejor opción. Dentro del asilo, la calidad de vida de la mujer pelinegra había mejorado mucho, pero eso no cambiaba el hecho de que hubiese desarrollado tal enfermedad, la cual fue descubierta en uno de sus tantos chequeos mensuales, cuando la pacifica Eileen Snape reaccionó de forma violenta con su enfermera de turno.

—La enfermera dice que sigue olvidando dónde está y que a veces pregunta por Tobías, pero fuera de eso, ella está bien.

La relación madre e hijo que Snape tenía con Eileen no era la mejor de todas. No me malinterpreten, Snape amaba a su madre y estaba dispuesto a darle todo lo mejor, pero en el fondo, había un resentimiento oculto hacia ella del cual nunca había hablado. Un resentimiento que se remontaba a sus tiernos años de infancia, cuando ambos eran víctima de la violencia familiar que Tobías ejercía sobre ellos. Un resentimiento que creció con el paso de los años al ver que ella no estaba dispuesta a dejar a Tobías. No importó cuantas veces le rogó, no importó cuantas veces llamó a la policía, no importó cuantas veces amenazó con irse de casa para no volver si ella no se huía con él, Eileen no estaba dispuesta a abandonar a su esposo.

La solución llegó el día en que Tobías desapareció para no volver jamás. No sabían que había pasado con él, pero para ser honestos, a Snape no le importaba en lo más mínimo. Sin embargo, ese no era el caso para Eileen y la pobre mujer se quedó en aquella casa en la ciudad industrial de Cokeworth esperando a un hombre que nunca regresó.

Por supuesto, Snape no podía dejar viviendo a su amada, pero terca madre en esa casa.

Nada le costaba tenerla viviendo bajo su mismo techo, había espacio de sobra, pero decidió que lo mejor para su progenitora, para su salud emocional y para su matrimonio, era que ella viviera en la casa de retiro y él, en Londres. Escogió el mejor lugar que pudo pagar y Eileen vivía cómodamente ahí desde entonces. Por supuesto, él la visitaba una o dos veces al mes —con suerte, tres— y siempre realizaban una video llamada todos los fines de semana.

—Me alegro. Oye, ¿vendrá para tu presentación? Podríamos ir todos a cenar para celebrar.

—¿En serio? ¡Qué gran idea! Se lo comentaré hoy en la tarde.

—¡¿CÓMO SE TE PUDO ESCAPAR LA PELOTA?! —escucharon gritar desde la cancha al Sr. Nott, acción que los hizo regresar la atención inmediatamente al partido. El castaño estaba gritándole a Rodolphus, quien tenía la cara colorada por la actividad física— ¡MUEVETE!

Al acabar este partido, el equipo de los primos Draco y Theodore se enfrentaron al equipo de sus tías Bella y Cissy mientras que los cuatro hombres adultos estaban sentados en las bancas, apostando entre ellos y preguntándose internamente cómo es que fueron derrotaron. Al final de la jornada deportiva, Narcisa Malfoy y Bellatrix Lestrange se coronaron como las nuevas reinas del tenis de los domingos y su reinado duraría hasta el próximo encuentro.

En las duchas, Snape se dejó relajar bajo el agua fría. Su cabeza se sentía pesada sobre su cuello y los músculos de las piernas le dolían al igual que los de los brazos, pero —por alguna razón—le dolían más las caderas y los músculos de la espalda, sobre todo los que estaban en medio de sus omóplatos. El agua de la ducha era mágica, fue cuestión de unos minutos para que el dolor disminuyera lo suficiente como para continuar con su día.

Estaba agradecido por estos minutos de relajo, su cuerpo se lo pedía a gritos. Después de tantos días de intenso "ejercicio", necesitaba un descanso. No se estaba quejando, claro que no, no podía quejarse por hacer el amor, sobre todo cuando era con una persona tan maravillosa como Hermione, pero tantos días y tantas rondas podían cansar hasta al más experto semental. Se sentía agotado y no entendía cómo es que la castaña tenía fuerzas para continuar. Hermione era insaciable. Se sentía… seco. No sabía si eso era biológica y anatómicamente posible, pero se sentía seco. Ya no podía más, necesitaba una pausa.

El problema era que no sabía cómo decirle que no a ella.

—¿Hablas en serio, Lucius? —escuchó reír a Rodolphus en los vestidores, cuando todos se estaban cambiando de ropa— ¿Una pastelería?

—No, no, una cadena de pastelerías —corrigió el rubio, secándose el cabello con una de las toallas blancas que proporcionaba el club. Estaba de pie junto a los casilleros grises solo con los shorts marrones y las sandalias de baño—. Pienso abrir mi propia marca de pasteles.

—¡Estás loco! —respondió Nott quien se encontraba sentado, poniéndose sus zapatos, con la toalla enrollada sobre su cuello— ¿Quién se supone que se hará cargo de eso? ¿Draco?

—A mí no me metan —respondió desde lejos el menor quien tenía el oído lo suficientemente desarrollado para escucharlos—. Es su idea, no la mía. Yo no quiero dirigir una pastelería.

—¿Y quién será el maestro pastelero que pondrá tu negocio en el mapa, tío? —preguntó Theodore, uniéndose.

—Obvio yo.

No está de más decir que su declaración causó la risa colectiva de todos los presentes.

—Me hiciste el día —respondió el Sr. Lestrange secándose las lágrimas—. ¡Ay! ¡Mi estómago! Jajajaja. ¿Escuchaste eso, Snape? ¡Lucius quiere ser el chef!

Snape se sonrió, parcialmente escondido por la puerta de su casillero mientras guardaba sus cosas en su bolso deportivo. Trató de disimular su sonrisa delante de su amigo rubio para no molestarlo. Sin embargo, pareció no funcionar pues el mayor ya tenía ese ceño fruncido característico de él. Estaba ofendido, sumamente ofendido. Estuvo tentando a decir algo para defender la nueva ambición del Malfoy, pero él le ganó la palabra.

—¿Qué es eso?

El rubio señaló hacía él o, mejor dicho, a su espalda pálida. Los otros cuatro hombres se giraron para ver a dónde el rubio señalaba y, al notar el objeto de su atención, abrieron sus bocas en una enorme "O" y se miraron entre ellos, con los ojos brillantes por la diversión, como si fuesen un grupo de adolescentes de quince años.

—¿Qué? —preguntó Snape confundido—. ¿Qué pasa?

—… Tienes un arañazo —susurró el Sr. Nott sin poder creerlo.

—¡TIENES UN ARAÑAZO! —gritó Rodolphus, sin lograr ocultar su sonrisa y su sorpresa— ¡Un arañazo de mujer!

—¡Buena, campeón! —Nott se levantó y se acercó a él. Peleando en el proceso, logró ponerlo de espaldas a todos para poder "admirar" su nuevo trofeo de guerra. Snape nunca se había sentido tan humillado… bueno sí, pero ese no era el caso ahora—. ¡Vaya! Qué chica tan salvaje. ¿No te duele?

—Así que por eso estabas haciendo ejercicio, no creas que no me di cuenta, Romeo —se burló su rubio amigo.

Draco y Theodore miraban desde lejos, a diferencia de sus padres, completamente horrorizados.

"El tío Snape había tenido sexo".

—Quiero preguntar "¿Con quién?" —comentó Lucius sonriendo de lado, se estaba divirtiendo como nunca con esta situación, era más que obvio—, pero creo que ya sé la respuesta.

Con el ceño fruncido, Snape se soltó del agarre de Nott y se giró con su camiseta en las manos, dispuesto a ocultar su cetrina piel—. No te voy a…—

—Fue con tu linda niñera, ¿cierto? —le interrumpió emocionado. Sus ojos grises resplandecían, como si se tratase de un niño pequeño al que le habían prometido ir a Disneyland.

—¿Qué niñera? —preguntó Nott, curioso—. ¿Te estás tirando a la niñera de tu perro?

¡A veces ese hombre era imposible!

—Buena, semental —comentó Rodolphus, riendo—. Nos la tenías bien escondida.

Snape soltó un suspiro, cerrando los ojos. Se llevó una mano al puente de su nariz para masajearlo, haciendo grandes esfuerzos por ignorar al grupo de idiotas que tenía como amigos. Buscó ayuda en Draco, pero parecía estar a punto de sufrir un ataque cardiaco a causa de la "emocionante" noticia que su padre acaba de descubrir.

—Sí, fue ella—respondió de malhumor, poniéndose la camiseta—, pero…—

—¡Yo sabía que te gustaba! —interrumpió Lucius por segunda vez—. Esto es una buena noticia, Severus. ¡Dejaste de ser virgen de nuevo! —exclamó en voz tan alta que Snape se abalanzo hacia él, tratando de cubrir con sus manos la boca del rubio por temor a que el resto de usuarios en el club los escucharan. Ya tenía suficiente con esos tres cuarentones como para sumar desconocidos—. Esto hay que festejarlo.

—¿No sabes decir otra cosa que no sean tonterías? —preguntó alejándose—. Por eso no te cuento nada.

—No me puedes no contar nada ahora —le exigió Lucius sentándose en la banca de madera en medio de los casilleros, ahora con la toalla colgando enrollada detrás de su cuello—. ¿Cómo estuvo?

—¿Qué le hiciste? —se le unió Nott, sentándose al lado de Malfoy.

—¿Cómo es ella? —finalizó Rodolphus, también sentándose—. ¿Alta? ¿Pequeña? ¿Rubia? ¿Pelirroja? ¿Castaña? ¿Qué tal sus…—

—¡Cállense! —exclamó sin poder creer que le estuvieran preguntando ese tipo de cosas—. ¡No voy a contar mi intimidad!

—¡¿Cómo que no?! —gritaron los tres adultos bajo la atenta mirada avergonzada de sus hijos.

—No nos puedes dejar así —reclamó Lucius—. He esperado que me dijeras esto desde que me contaste de tu niñera. ¡¿Sabes cuánto tiempo he esperado?! ¡Te estás tirando a una jovencita! Literalmente esto es lo más emocionante que ha pasado en los últimos tres años, estoy viviendo esto a través de ti, ¡necesito detalles!

—¿Qué tan joven? —interrogó el dueño del club—. ¿20? ¿30?

—No sé, no me quiere decir.

—¡No me digas que tiene 20! —dijo el Sr. Nott, sorprendido.

—¡Hola! —gritó Theodore—. Soy tu hijo, Theo, que tiene 22 años, igual que tu sobrino, Draco, quien también tiene 22 años. Solo para recuerdes que esta niñera podría tener la edad de tu hijo y tu sobrino.

—Lo quiere decir que tiene edad para ser su sobrina —complementó Draco.

—¡O su hija!

—Cállense los dos —pidió Rodolphus—. Recuerden que su próxima tía apenas es seis años mayor que ustedes.

¿Cómo olvidar a la adorable y muy (muy) joven nueva conquista de Rabastan Lestrange?, Nótese el sarcasmo.

—¿Y bien? ¿Dirás algo? —cuestionó el rubio, levantando una ceja— ¿Cómo estuvo?

¿Que cómo estuvo? No había palabras para describirlo.

Estar con Hermione era cómo estar en el paraíso. Sus caricias eran suaves como plumas; sus suspiros, cálidos contra su piel; sus gemidos, música para sus oídos y sus besos, sublimes. Lo mejor de todo era cuando ella se corría. Oh, esa hermosa expresión post-orgasmisca dibujada en su pequeño rostro el cual ocultaba sobre su pecho, acurrucándose contra él. No había palabras para describirla.

—Fue… fue… indescriptible —respondió desviando la mirada, avergonzado.

—… ¡¿Qué rayos significa eso?! —preguntó Rodolphus, rompiendo sus recuerdos—. ¿Estuvo bueno sí o no?

—Saben, no sé por qué me molesto contándoles esto—contestó incómodo, tomando sus cosas y dirigiéndose a la salida dejando atrás las protestas de sus amigos—. Yo me voy a almorzar, los veo afuera.

—¡Snape, vuelve! ¡Nos debes detalles!

—¡TODOS LOS DETALLES SUCIOS!


Ginny amaba los domingos, Luna amaba los domingos y Hermione amaba los domingos, sobre todo cuando era domingo de spa. Una vez al mes, ese trío de señoritas se tomaba un día entero para el cuidado de su cuerpo. Primero directo al spa en donde ya eran clientas habituales y luego, a comer algo dulce en una pequeña cafetería unas calles más abajo.

Después de haber salido de la cámara de vapor de la sauna, las jovencitas estaban en la sala de masaje bajo el cuidado de las manos expertas de los trabajadores: dos mujeres y un varón. La habitación era espaciosa y de colores verdes y azules claros que creaban una atmosfera relajante. La música de fondo también ayudaba, relajantes sonidos de agua corriendo inundaban sus oídos. Incluso el aroma del lugar las relajaba, las velas aromáticas e inciensos las drogaban con su suave olor.

Hermione dejó escapar un quejido con vibrato cuando la primera mujer empezó a masajear sus pantorrillas, dando mágicos círculos con sus dedos pulgares. Se sentía tan bien, tantas horas bailando podían generar nudos en esa zona de su cuerpo. Cuando la mujer dejó de masajear con los pulgares, empezó a dar rápidos golpecitos sobre sus piernas con el flanco exterior de las manos.

¡Eso se sentía aún mejor!

Luna se estaba quedando dormida gracias a los dedos de su respectiva masajista sobre su cuero cabelludo. Ambas manos se abrían y cerraban sobre su cabeza, despeinándola por completo, pero llevándola a un estado de relajación que ni todo el yoga y meditación que hacía lograban. Sentía la cabeza tan ligera que creía que en cualquier momento la perdería. Podía escuchar el sonido que generaban los dedos de la mujer en fricción contra su cabeza y sus rubios cabellos, era sumamente relajante.

—Debajo del cuello, Antón —dijo Ginny, su voz resonando por la habitación—. Ahí es donde se acumula mi tensión —los dedos gruesos de Antón abandonaron la cintura de la pelirroja para subir hacia la zona que ella le indicaba, dando círculos suaves sobre su piel la cual estaba cubierta por una fina película de aceite—. Sí, de eso hablaba. Gracias, Antón.

Ser periodista no era tarea fácil —aunque realmente no lo fuera, aún faltaba el título—, hacer largas filas en conferencias y esperar el mejor momento para acorralar a tu entrevistado por una exclusiva era la parte divertida. Lo duro venía al momento de redactar el escrito. Ginevra Weasley podía pasarse horas frente al ordenador y solo haber escrito medio párrafo. No era fácil, debía revisar la estructura, la intención, conectores, errores de dedos, entre millones de cosas, eso sin mencionar el contenido de su texto. A veces podía tenerlo casi terminado, pero si no le gustaba, borraba todo y empezaba de nuevo. Al pasar más tiempo frente a su laptop que caminando, no era una sorpresa que la joven pelirroja desarrollara fuertes dolores de cuello y espalda. Antón era la única persona en el mundo que podía recomponerle la espalda en un abrir y cerrar de ojos.

—Ahora les dejaremos las toallas calientes durante diez minutos, ¿les parece? —dijo el joven masajista en voz alta, captando la atención de sus clientes después de 30 minutos de sesión—. Volvemos en diez, disfruten.

Los tres profesionales se fueron, dejando a Ginny, a Luna y a Hermione completamente solas, bajo el efecto relajante de los aceites naturales y las toallas calientes en sus cuellos y espalda baja. La música relajante les daba sueño, estaban seguras que no podrían salir caminando del spa, Hermione ni siquiera sentía las piernas. Una mejor idea era quedarse a dormir ahí.

Hermione, bajo los efectos del masaje mágico, olvidó por un momento sus problemas de corazón con Snape hasta que estos volvieron a atacarla una vez más, recordándole que no debía relajarse mucho.

¿Cuánto había pasado desde la primera vez que durmieron juntos? Martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo. Seis días, seis días donde pasaba angustiada las tardes, pero dormía como un bebé entre los brazos de Severus después de una buena comida y sesiones cortas, pero intensas de sexo. Dos días donde pensó que se iba a morir teniendo a Snape en el mismo lugar donde trabajaba, rodeados por su jefa y sus demás alumnos y tres días donde hacía su vida normal, como si nada sucediera, gozando de los privilegios que conllevaba amanecer en la cama del profesor.

Sexo + desayuno + paseo + besos + sexo + conversación interesante + comida + sexo.

Ya lo había hecho antes, con Cormac, se había acostumbrado a los placeres de la buena vida "en pareja" durante un mes entero hasta que lo encontró molesto. Al inicio no le había importado lo que Cormac pudo haber sentido hasta que su problema se le salió de las manos, pero ahora, esto era diferente. Se sentía culpable de sentirse tan bien, pero de no haber hablado de esa situación con Snape.

Ella no quería una relación en ese momento, lo tenía claro… o al menos eso creía ella.

Verán, con la presión por parte de la profesora McGonagall por volver a competir, con la temporada de baile en todo su apogeo, con la insistente Ginny Weasley rondando siempre cerca y con el reciente regreso de Ronald Weasley a su vida, Hermione no tenía cabeza ni mucho menos ánimos de lidiar con los conflictos amorosos de su corazón y algo similar había sido durante los últimos dos años. No contaremos el año inmediatamente después de su fractura de pierna pues ya tenía suficiente con estar llorando a causa de la rehabilitación y del luto de su ruptura.

Sin embargo, ella no sabía si Snape pensaba igual que ella, solo estaba asumiendo que sí.

Una analogía —aunque tal vez algo tonta y bizarra— era suponer que si ella, que había sido engañada y lastimada, no quería tener una relación; Snape —quien también había pasado por lo mismo y fue mucho más cruel en su caso— tampoco querría una relación. No obstante, el comportamiento del mayor no era como ella esperaba. Severus no había cambiado en gran medida su buen trato hacia ella, pero sí parecía haberlo intensificado un poco. Era tierno dentro y fuera de la cama, estaba más dispuesto a hablar y hasta descubrió que era algo juguetón.

El que Snape estuviese tomando esto como un compromiso más serio la asustaba.

Mientras tanto, Luna y Ginny seguía en su trance zen a un lado de la castaña. El cuerpo de la pelirroja se sentía flotar en una nube suave de algodón. Las manos de Antón fueron mágicas, mágicas en todo el sentido de la palabra. No recordaba la última vez que su cuello se sintió tan suelto. Tantos días sentada frente a una laptop durante horas no era sano para nadie, agradecía totalmente este masaje.

—¿Chicas? —la voz de Hermione rompió el ambiente dominado por la relajante música zen. Probablemente, en otras circunstancias, Ginny hubiese respondido de inmediato pues el tono de voz que la castaña usaba no auguraba nada bueno, pero el masaje la había relajado tanto que estaba a nada de quedarse dormida— Necesito decirles algo.

Sea lo que sea que Hermione tuviera que decir podía esperar. Hoy era día de spa… estaba… en… modo zen.

—Dime, Mione —respondió Luna, ahogando un bostezo. La rubia también estaba a nada de irse con Morfeo al mundo de los sueños, sus ojos grises estaban cerrados y su respiración era lenta, la de alguien que está por dormirse.

—… —Hermione no estaba segura que fuera un buen momento para decirlo, estaba segura que moriría si no se lo decía a alguien y ya había reunido todo el valor para hacerlo. Esto era ahora o nunca—… Me acosté con Snape.

Crack

Su cuello… el estrés… la espalda… otra vez, estaba tensa.

Ella no estaba loca, había escuchado perfectamente lo que la bailarina había dicho, pero aun así, necesitaba volver a oírlo de sus labios— ¡¿QUÉ?!

—…¡Me acosté con Snape!

—¡HERMIONE, LO JURASTE POR TU MAMÁ! —Gritó la pelirroja usando sus brazos para apoyarse sobre la camilla de masaje y levantar la cabeza. La toalla caliente se deslizó por su espalda debido a sus movimientos.

—¡Ya lo sé! —gritó angustiada en respuesta, imitando la acción de su amiga, también apoyándose con los codos— ¡Lo sé! No tienes por qué recordármelo.

—¡Te pasaste, Hermione! ¡Ahora sí te pasaste! —Luna, aún acostada en medio de las dos, podía ver como la vena de la frente de su roomie estaba a punto de saltar de su frente—. ¿Hace cuánto paso esto?

—… Hace casi una semana y…—

—…¡¿UNA SEMANA?! —volvió a gritar, tirando al tacho todo el trabajo que Antón había hecho durante esa sesión de masaje— Una semana… ¡Una semana! Y no me dijiste nada… Hermione, yo… ¡Ahhh!

La pelirroja dejó escapar un gritillo desesperado y se dejó caer sobre la camilla, esperando ahogarse si mantenía su rostro presionado contra la superficie amueblada el tiempo suficiente. Las dos jóvenes restantes miraban, todavía apoyadas sobre sus codos, a su pelirroja amiga sufriendo una crisis de estrés, tal vez algo exagerada, por un problema que no era suyo. Hermione, angustiada y, al mismo tiempo, fastidiada, no entendía el reaccionar de la pelirroja hasta que recordó que el gran problema con Ginevra Weasley era que nunca podías contarle un problema pues siempre se lo tomaba personal.

—¿Y cómo estuvo?

La delgada voz de Luna resonó en la habitación, captando la atención de ambas, rompiendo la tensión entre ellas. Los ojos miel de Hermione se desviaron hacia la rubia quien la miraba acostada en su camilla, el rostro contra la superficie oscura acolchada, observándola con sus enormes ojos grises. Hermione frunció el entrecejo, algo confundida.

—¿Qué?

—Que cómo estuvo —repitió su pregunta como si fuese lo más obvio—. Por favor, Hermione, ¿crees que no me di cuenta? Estaba esperando que alguno de los dos lo dijera —dijo con su voz soñadora de siempre.

—¿Tú lo sabías? —la pelirroja levantó la cabeza y esperó una respuesta— ¿Cómo?

—Para ser periodista a veces eres muy ciega. Son tan obvios —respondió levantando los hombros, sin darle la importancia debida a sus palabras. Hermione no entendía cómo era posible que Ginny no lo hubiese descubierto, pero Luna sí—. Entrelazan sus dedos cuando se toman de las manos, se abrazan durante los giros y Snape la mira a los ojos como si no existiera nadie más que ella. Son tan obvios.

Ambas mujeres estaban boquiabiertas ante el descubrimiento "obvio" de la rubia.

—Eso y que los vi besándose en el baño —Bueno, eso lo explicaba todo, pensó Hermione—. No me mires así, Mione. Si no querías que nadie lo supiera, pudieron haber elegido otro lugar.

—¿Qué tanto viste? —preguntó casi al instante, avergonzada.

—Lo suficiente para sacar mis conclusiones —respondió la rubia de forma suave, casi en un susurro, revoloteando sus pestañas rubias. Luna se acomodó sobre la camilla para escuchar toda la historia completa. Cruzó sus brazos bajo su barbilla como si se tratase de una almohada y apoyó la cabeza esperando a que Hermione continuara—. ¿Cómo estuvo?

Las mejillas de la castaña se sonrojaron al instante. Ni siquiera el silencio de la habitación podía ser un consuelo para ella, al contario, parecía obligarle a hablar, como si no existiera otra opción. No era como si fuera la primera vez que fueran a hablar de esos temas, pero esta vez se trataba de alguien a quien conocían.

¿Qué tan correcto era hablar de las intimidades del profesor Snape y su desempeño en la cama?

—Fue… Fue bueno —respondió bajito, rogando por no ser oída. Su rostro estaba tan rojo como el cabello de Ginny e incluso podía sentir como le quemaba.

Ginny levantó una ceja y cuestionó— ¿Solo bueno?

—Sí… digo, no… Estuvo bien.

—¿Bien? —preguntó Luna, curiosa y divertida—. Eso es peor que bueno.

—Bueno, tal vez más que bien —respondió cubriéndose el rostro con ambas manos—. Al principio… fuimos algo lento, pero luego… luego fue, ah, fue intenso.

—¿Qué tan intenso? —volvió a preguntar la rubia, sus ojos grises brillaban frente a ella, mientras que la pelirroja, atrás, tenía una expresión extraña en el rostro. Su cabeza estaba trabajando a mil por segundo intentando imaginar al Sr. Snape desnudo, pero era algo que, sinceramente, no quería hacer porque le resultaba muy chocante pensar en la vida sexual de Snape.

—¡¿Y tú para qué quieres saber?! —exclamó Hermione, elevando la voz.

—¡Ya pues, Hermione! —rogó Luna, aguantándose la risa en cada palabra— Ya empezaste, debes contar todo el chisme completo.

—¡Luna! —gritaron ambas mujeres al unísono, sorprendidas de las palabras de la menor quien, a diferencia de ellas, no estaba sonrojada ni en lo más mínimo.

—¿Qué? ¡Tú también quieres saber, Ginny, no te hagas! —bueno sí, quería saber, pero no tenía la valentía para preguntar. Para su suerte, Luna sí— ¿Qué te hizo? O, conociéndote, la pregunta debería ser: ¿Qué le hiciste?

A estas alturas, Hermione estaba del color de la camiseta de su equipo de futbol favorito, Gryffindor, un rojo escarlata intenso. Sus mejillas le quemaban y tuvo que morderse la lengua y cruzar las piernas para alejar los pensamientos de Snape haciéndole el amor sobre el sillón de su habitación esa mañana.

Hermione no sabía de donde había sacado tanta energía el profesor. Severus no bromeó cuando dijo que le compensaría su primera actuación pues, desde que habían despertado juntos el miércoles, el mayor le venía dando como a un cajón el cual no cerraba. Tal vez eran esos seis años de abstinencia haciendo efecto o tal vez eran las incontables veces que Hermione lo tentaba bailando para él sobre sus piernas, sea lo que fuera el causante de tal energía, no se iba a quejar… aunque tampoco lo iba a estar compartiendo en voz alta.

No por completo.

—Le gusta… le gusta jalar el cabello —admitió cubriéndose el rostro.

No era broma, Snape tenía un extraño fetiche con tirar del cabello. No es que le doliera, él sabía muy bien lo que estaba haciendo, siempre era delicado y sabía de dónde jalar, pero ya en más de una ocasión la había tomado por sorpresa con su accionar.

—Y tan tranquilo que parecía —comentó la rubia procurando no ahogarse con su risa—. ¿Algo más que quieras compartir con nosotras? Ya sabes… Hmm… Ya sabes.

—¿Qué? —preguntó Hermione, temerosa de que le respondiera.

Ginny no sabía si Luna era muy valiente o simplemente muy inocente como para hacer ese tipo de preguntas tan íntimas sin esperar consecuencia alguna, pero sí sabía que la rubia tenía un límite y ya lo había alcanzado. Decir aquella palabra era demasiado fuerte para Luna… pero no para ella.

—No te hagas la inocente, Hermione, ya no te queda —la pelirroja agitó su larga coleta tras su espalda y soltó un bufido—. Te hemos hecho esta pregunta tantas veces que hasta me parece innecesario hacerlo.

—Esto se acaba aquí, chicas —comentó sentándose sobre la camilla, dispuesta a levantarse e irse—. No les voy a hablar del miembro de Snape.

—¡Ay, por favor! —gritó Ginevra, sentándose también— Hace exactamente un año hablabas de los miembros de desconocidos con tanta naturalidad como si hablaras del clima y ahora que sí tenemos interés en saber de este, te callas.

—¡Está bien! —gritó— ¡Sí! ¡Es un buen tamaño! ¡¿Contentas?! ¡Es un buen tamaño y da placer!

Las tres mujeres se quedaron en silencio luego del grito que pegó Hermione. No sabían si podían escuchar su conversación afuera, pero esperaban que no. Ginny se inclinó para recoger la toalla que se había caído y Hermione se apretó la cinta de la bata para buscar sus sandalias.

Luna, en silencio e inmóvil, miró a un lado y luego al otro, ignorando la tensión que existía entre las dos amigas. No sabía en qué momento aquel ambiente relajante y sumamente divertido para ella se había transformado en uno tan tenso por lo que decidió terminar ese escándalo en ese mismo instante.

—¿Por qué estamos hablando del pene de Snape? —preguntó de forma inocente, reincorporándose sobre la camilla y cruzando las piernas en posición de loto.

Hermione y Ginny levantaron sus cabezas para prestarle atención a la menor. Por más que quisieran seguir enojadas, la pregunta les resultaba tan graciosa que no pudieron evitar vislumbrar unas pequeñas sonrisas.

—No lo sé —respondió Hermione.

—Esto se volvió extraño —declaró Ginny, aguantándose las ganas nerviosas de reír.

—Demasiado —concordó Luna—. Yo quería saber cómo era en la cama. Si era tierno y esas cosas. ¿Creyeron que quería saber cuánto le medía? —cuestionó ofendida, frunciendo el ceño— ¡Son unas pervertidas!

Esto era… vergonzoso.

Las tres mujercitas se quedaron en silencio, mirándose unas a otras con los labios apretados con fuerza, hasta que ya no pudieron controlarse por más tiempo. Sus descontroladas carcajadas inundaron la habitación, provocando que dieran grandes bocanadas buscando aire y que sus estómagos dolieran por la fuerza con la que reían.

Más tarde, luego de que la sesión de masaje concluyera, Hermione, Luna y Ginny se encontraban en los vestidores del spa, arreglándose y recogiendo sus cosas, listas para irse a comer a la pequeña cafetería que siempre frecuentaban.

Tal vez por un par de malteadas o tal vez un helado, pensó la castaña.

Sin embargo, antes de irse, Ginny estaba decidida a poner los puntos sobre las íes y aclarar aquel embrollo en el que su amiga se estaba metiendo. Fue por eso que le pidió a Luna que las dejara unos minutos a solas mientras ella pagaba en recepción. La rubia miró a Hermione antes de irse y le sonrió como deseándole suerte frente a lo que sea que Ginny estuviera pensando.

—Las veré afuera —y con eso, desapareció por la puerta.

Las dos mujeres se quedaron de pie a mitad del vestidor, ambas de brazos cruzados. Hermione apoyándose contra los lockers y Ginevra, frente a ella, frunciendo el ceño. La última vez que Ginny había encarado a Hermione de forma seria fue en vísperas de Año Nuevo, luego de una discusión por una de las tantas aventuras de una noche que tuvo la rebelde bailarina. Ginny le hizo prometer que su propósito de Año Nuevo sería no más aventuras con hombres desconocidos y lo había cumplido a pie de la letra… hasta ahora.

—Tenemos que hablar de esto, Hermione —empezó la joven periodista, usando el tono de una madre que regaña a su hija—. Esto no puede seguir así.

—¡¿Por qué te jode tanto que me haya acostado con Severus?! —exclamó enojada, cerrando su locker de un portazo.

—¿Por qué? Porque te conozco, Hermione —contestó frunciendo el ceño—, o al menos creo conocerte. Estos años has sido una completa locura. ¿Es que acaso no te das cuenta? ¡Trato de protegerte!

—¿De quién? ¿De Snape?

—De ti, estúpida, ¡DE TI! —elevó su voz— Eres un peligro para ti misma, Hermione. ¿Qué no te das cuenta? ¡No estás bien! Esta conducta tan autodestructiva te está cambiando por completo. ¡Ya no te reconozco!

—Yo no he cambiado, Ginny, no seas una histérica —respondió apenas moviendo la boca, apretando los dientes con fuerza.

—Claro que has cambiado. Tú eras un ser tan lleno de vida, con tanto talento, tan responsable, con ganas de estudiar, de crecer, de ser mejor cada día, pero desde que llegaste a Londres, no haces nada más que salir a bailar y a beber a las discotecas como una loca y saltar de cama en cama con cualquier desconocido que te invite un trago. ¡No estás bien!... Ya ni siquiera le hablas a tus padres.

—No los metas en esto, Ginny.

—Yo no soy madre, pero sí soy hija —le recriminó, señalándola con su dedo índice— y no le haría esto a la mía. Tu madre me sigue escribiendo solo para preguntarme si estás bien. ¿Qué te cuesta responderle de vez en cuando?

—No veo que tienen que ver mis padres con que me haya acostado con Severus.

—A lo que voy es que has cambiado. Antes les llamabas todas las noches y ahora qué… ¿una vez cada dos meses? —Hermione se quedó en silencio, buscando argumentos en su mente para poder defenderse de los "ataques" de la pelirroja, pero en el fondo sabía que no encontraría ninguno porque todo lo que Ginny decía era verdad. Se estaba comportando como una mala hija—. Te recibimos en Londres porque dijiste que querías seguir bailando, que querías superar el accidente y necesitabas alejarte de Ron. ¡Qué tenías un plan!

—¡Tengo un plan! —exclamó.

—¡Un plan que nunca has puesto en marcha! ¡Un plan que lleva en pausa casi tres años! Porque no me puedes negar que no importa cuántas veces te hayamos conseguido una audición, no importa cuántas veces McGonagall haya preparado tu "gran" regreso, no importa cuántas veces digas "Está es la buena", nunca haces nada. Te la pasas escondiéndote en ese estudio todo el día y perdiéndote en los pubs los fines de semana solo porque no quieres enfrentar la realidad.

—¿Cuál realidad?

—Que no has superado ni a Ronald ni el accidente—Hermione dirigió sus ojos miel a los cafés de Ginny y ambas se quedaron en una guerra de miradas la cual no estaban dispuestas a perder. Su respiración estaba agitada y su ceño fruncido como nunca antes lo había estado—. ¿De verdad me crees tan estúpida como para no darme cuenta que haces esto por despecho? Estás enojada por lo que pasó, yo también lo estaría, pero no puedes lastimar a las personas por eso y no puedes seguir lastimándote a ti. ¡¿Acaso quieres contraer SIDA o sífilis?!

—Me cuido. No necesito que me lo recuerdes, soy responsable. ¡Severus y yo somos responsables! Además, no veo por qué de pronto esta repentina preocupación tuya por quien está en mi cama o no. ¡ANTES NO DECÍAS NADA!

—¡PORQUE ERAN DESCONOCIDOS! —elevó la voz, haciendo saltar a la joven— Porque las posibilidades de que los volvieras a ver eran casi nulas hasta que apareció Cormac McLaggen y todos nosotros nos vimos arrastrado a tu enorme y ridículo círculo de mentiras porque tenías miedo de establecer una relación formal.

—Así no fue…—intentó interrumpir, pero Ginny no se lo permitió.

—Porque tienes miedo de volverte a enamorar y por eso no sales por más de una semana con la misma persona, porque en cuanto alguien se acerca a ti dispuesto a algo más, como Cormac, juegas con ellos sin importarte cómo se sientan, como si de alguna forma eso fuera a aliviar todo el daño que mi hermano te hizo, como si esto te fuera a ser feliz… porque esto llegó muy lejos cuando te metiste con un hombre ¡casado!

—¡MALDICIÓN! ¡¿QUÉ QUIERES DE MÍ?!

—¡QUÉ HABLES CONMIGO, CARAJO!

Afuera, Luna sonreía a la encargada de la recepción, tratando de entablar una buena conversación con ella para que no escuchara las voces elevadas que venían del vestidor —¿Habrá alguna promoción por estos días?

—No. —respondió de forma seca y distraída la trabajadora, agudizando su audición para lograr captar algo de la pelea.

—Ya sabes que así no fueron las cosas —susurró Hermione cabizbaja, haciendo grandes esfuerzos para no llorar. Aquel incidente fue su punto de quiebre. Lo que le hizo a Cormac era nada comparado con lo que hizo esa noche cuando estuvo con tres tragos de más corriendo por su torrente sanguíneo—. Ya sabes que no fue mi intención.

—Lo sé y por eso te hice prometerme que ibas a cambiar —Ginny se acercó a ella, como si se acercara a un conejo asustado a punto de escapar al más mínimo movimiento. Ella intentó tomar su mano, pero Hermione se alejó—. Me prometiste que ya no más hombres desconocidos, ya no más Cormacs McLaggens ni nada parecido. Lo estabas haciendo tan bien, ocho meses sin metidas de patas… y ahora me doy con la sorpresa de que te tiraste a Snape. ¿Cómo es que esto pasó?

Hermione se quedó en silencio reflexionando qué es lo que diría a continuación. Snape no tenía la culpa de nada, él había sido bueno y tierno, siempre dispuesto a darle la razón y obedecer a sus caprichos. Ginny tenía razón, ella era peligrosa para todos… y para ella misma.

—… No lo sé —susurró luego de un rato—. Estábamos bailando tango y yo… yo me dejé llevar. Yo… Ginny, yo necesitaba esto… En serio lo intenté, créeme que lo intenté… Severus nunca me obligó a nada, él no tiene la culpa de esto. Fui yo quién lo buscó, fui yo quién lo besó y fui yo quien insistió e insistió porque necesitaba esto… lo necesitaba.

—¿Y has hablado de esto con Snape? —preguntó cruzándose de brazos— ¿Ya le has dicho que no vas en serio?

—… No.

—¿Al menos sabe que no quieres nada más que sexo? Hermione, ¿te has tomado la molestia de decirle algo?

No hubo necesidad de responder, Ginny lo intuía.

—Deberías decírselo —aunque era un consejo, sonaba más como una orden por parte de la pelirroja—. ¿No has pensado que, tal vez, Snape no esté buscando una aventura de una semana? Hermione, Snape es un hombre de cuarenta y tantos años, a esa edad ya no quieres solo sexo, a esa edad quieres tener una pareja que te ame, te haga compañía y te dé seguridad.

—Ginny, no creo que a Severus le importé… él… él me entiende, él ha pasado lo mismo que yo… él debe entenderlo.

—Hermione, no porque haya pasado lo mismo que tú significa que actuará igual. Estás asumiendo, todo esto se basa en un supuesto… ¿No te has preguntado cómo se siente?

No, no se había tomado el tiempo para preguntarse cómo se sentía Snape respecto a todo esto, ni siquiera habían hablado del asunto. Era la mujer más estúpida del mundo si no se daba cuenta de que Snape se estaba enamorando de ella, pero una parte de ella todavía se resistía a aceptarla porque tenía miedo a volver a enamorarse, volver a apostar por una relación que no iba a funcionar y terminaría lastimándola.

—No quiero hacerle daño —susurró llevando la mirada al techo para retener sus lágrimas.

— Yo lo sé, Herms, yo lo sé —el tono de Ginny había cambiado a uno más cálido y reconfortante—. Es por eso que debes aclarar las cosas ahora antes de que Snape empiece a hacerse ilusiones y tengamos a otro Cormac McLaggen corriendo detrás de ti. Recuerda que esta vez no puedes hacerlo desaparecer como por arte de magia. El Sr. Snape tiene una vida establecida aquí y, por sobre todas las cosas, es alumno de McGonagall, tienen planes para él dentro del estudio y no querrás quitarle un estudiante a McGonagall, no ahora que está tan ilusionada con el concurso.

Tenía razón, no podía hacerle eso a Snape ni a la profesora McGonagall, no después de todo lo que le habían ayudado.

—Hablaré con él, lo prometo —cedió luego de unos minutos

—Es lo mejor, ya verás—dijo pasando su brazo alrededor de su cuerpo y llevándose a su amiga lejos de los vestuarios—. Vamos, Luna ya lleva mucho tiempo esperando afuera. Yo invito la primera ronda de malteadas… siempre que no pasen de cinco libras cada una.

—Me parece correcto —respondió la joven con una sonrisa triste en su rostro, siguiéndole el paso, rodeando con su brazo la cintura de la pelirroja—. Además, no tienes por qué preocuparte. Severus definitivamente no es como Cormac. Él no es de esos que se ilusionan rápido.

¿Verdad?


—¿Cómo estás? —preguntó en voz alta, sosteniendo el IPad frente a él, tratando de enfocar su mejor ángulo para que la persona que lo veía a través de la cámara del aparato pudiera reconocer su rostro—. ¿Recibiste mis flores?

—¿Cuáles flores?

—Los girasoles —contestó vocalizando fuerte y claro y señalando con el índice al fondo de la pantalla de su interlocutor—. Los veo allá, al fondo, junto a tu cama.

Se refiere a estas, Sra. Snape —dijo una voz fuera de la pantalla. La mujer canosa al otro lado de la pantalla se giró, buscando con la mirada a la voz. Una enfermera de cabellos blancos apareció en escena, se dirigió al velador al lado de la cama y levantó con ambas manos el florero con girasoles para que la Sra. Snape pudiera verlo—. Sí, las recibió, Sr. Snape, llegaron el viernes por la mañana —comentó en voz alta la joven, volviendo a dejar el florero en su lugar.

—Gracias, Chiara. ¿Cómo está? —preguntó Snape por cortesía.

La mujer joven sonrió y respondió con un: "Bien, señor. Muchas gracias", y luego se retiró de la pantalla, dejando a la canosa mujer sola.

—¿Qué tal tu semana, mamá? ¿Hoy hubo bingo? —la mujer pareció iluminarse al escuchar la última palabra pues sus ojos oscuros, similares a los del profesor de Química, brillaron de alegría, como si fuese una niña inocente.

—Sí, sí —respondió casi gritando, esperando que su hijo pudiera escucharlo a través de la pantalla y de los kilómetros que lo separaban. Snape tuvo que quitarse uno de los audífonos blancos del oído para no quedarse sordo—. ¡Gané uno! Gané y grité "¡BINGO!".

—¿Y qué ganaste, mamá?

—Un pie de manzana —contestó sonriendo. Snape le correspondió el gesto.

Lamarck se acercó a él, demandando atención. Snape tuvo que hacer un esfuerzo para que el perro entrara en el espacio entre sus brazos sin soltar la tableta. Ahora, Eileen Prince tenía en su pantalla un primerísimo primer plano del hocico del Samoyedo el cual olfateaba la pantalla del IPad de Snape. La mujer frunció el entrecejo y, señalando a su pantalla con su índice, le decía a su enfermera que un monstruo blanco había aparecido en el aparato.

—¿Qué es eso, Severus?

—Es mi perro, mamá, es Lamarck —explicó.

—¡¿Qué?! —gritó acercando su oído a la pantalla. Ahora solo podía ver la oreja izquierda de Eileen envuelta en su cabello blanco.

—¡Mi perro! ¡Lamarck! ¡Es tu nieto! —bromeó.

—¡¿Acaso yo soy perro para tener un nieto perro?!

El comentario le causó risa, la suficiente como para olvidar que esta era la décimo cuarta o quinta vez que le presentaba a Lamarck. El Alzheimer no es una enfermedad fácil de llevar para una persona y, sobre todo, para sus parientes más cercanos. Es doloroso ver como la memoria de un ser amado se deteriora con el paso de los días hasta llegar al punto en que te olvidan casi por completo. El doctor dijo que debían estimular su mente de forma constante y que se prepararan para cambios de humor violentos. Ese no era el caso de Eileen por ahora, pero Snape sabía que, eventualmente, llegarían a ese punto.

Solo rogaba que no fuera pronto.

—¿Cómo está Valerie? —preguntó después de un rato, cuando Snape calmó su risa.

Sí, y que también debía acostumbrarse a ese tipo de preguntas porque, a veces, Eileen vivía en el presente y, otras veces, en el pasado.

—Ella… ella está bien, mamá —respondió cerrando los ojos, sin darle importancia.

—Qué bueno.

—¿Recuerdas nuestra salida juntos para la siguiente semana? —preguntó cambiando de tema. La mujer asintió—. ¿Te parece si la posponemos para el 19? Pensaba llevarte a comer a ese restaurante que tanto te gusta para celebrar mi presentación de proyecto.

—¿Qué proyecto? —preguntó angustiada, asustada de este repentino cambio de planes.

—Ese proyecto para el Museo, mamá, del que te estuve hablando —la mujer hizo una pausa, frunciendo el entrecejo tal y cómo el solía hacer, un claro gesto de que estaba intentando recordar. Finalmente, ella asintió—. El 19 tengo la presentación y quiero celebrar contigo cuando me den luz verde para publicarlo. ¿Recuerdas a Lucius Malfoy?

—Oh, sí, sí —sus ojos oscuros brillaron a través de la pantalla—. El joven Malfoy. ¿Sigue usando el cabello largo?

—No, mamá, ya no —Eileen Snape recordaba al adolecente Malfoy, no al hombre adulto en el cual se había convertido—. Te decía que Lucius y su familia nos invitarán a cenar y luego tú te quedarás en mi casa el fin de semana. Quiero presentarte a alguien. ¿Te gusta la idea?

—Claro que sí, hijo —respondió con una sonrisa—. ¿A quién me vas a presentar?

—… A alguien muy especial, mamá.

Al pensar en Hermione, inmediatamente sus mejillas se sintieron calientes. Pensar en la castaña lo hacía sentir como un adolescente otra vez. No se lo había pedido aún, pero quería que ella estuviera con él en su presentación de proyecto. No esperaba que cenara con ellos la misma noche porque no estaba seguro si se sentiría cómoda rodeada de los Malfoy, pero esperaba que estuviera dispuesta a comer un postre con su madre y él al día siguiente.

Siguieron hablando un rato más hasta que, finalmente, llegó la hora de cortar la llamada.

—Entonces nos veremos la próxima de la próxima semana, mamá, ¿de acuerdo? —la mujer asintió, despidiéndose con una mano—. Te quiero, mamá.

—Y yo a ti, hijo.

—Pásame con la enfermera Lobosca, por favor. Quiero coordinar todo para el 19.

—De acuerdo, hijo. ¡Te amo!

El IPad pasó de las manos arrugadas de la mujer mayor hacia las jóvenes y humectadas manos de Chiara Lobosca, la enfermera encargada del cuidado de Eileen Snape en la casa de retiro. Chiara era una joven de unos 30 y algo, muy amable y tierna, de bonitos ojos azules y cabellos blancos. Desde el primer momento en que Eileen puso un pie en ese lugar, ella conectó con Chiara pues se llevaban muy bien y Snape agradecía profundamente que alguien con tanta vocación como la enfermera Lobosca cuidara de su madre.

—¿Cómo se encuentra mi madre, Chiara?

—Hay días buenos y días malos, Sr. Snape —respondió al otro lado de la pantalla—. Físicamente, está muy bien o al menos eso muestran los resultados de su chequeo mensual. Le enviamos un correo con una copia de los resultados, ¿lo recibió?

—Sí, sí —por supuesto que había revisado el correo, todo parecía en orden—. Y, ¿cómo va con la memoria?

—Como le digo, hay días buenos y días malos. Esta semana solo tuvimos un problema el miércoles que se asustó porque no sabía dónde estaba, pero luego la sentamos y le explicamos todo. Ella se encuentra muy bien aquí. El jueves estuvo en la piscina, se divirtió mucho.

—Qué bueno. Quería coordinar contigo el cambio de visita para una semana después de lo usual y esperaba que pudiera quedarse conmigo el fin de semana en mi casa. Obviamente, tenemos una habitación preparada para ti para que puedas quedarte.

—Claro, Sr. Snape. Solo sería cuestión de que rellenara los formularios correspondientes que le enviaré por correo más tarde…

Y de esa forma, Snape planeó en los siguientes minutos con la enfermera Lobosca lo que sería un fin de semana perfecto para él, para su madre y para Hermione.


Esa misma noche, Hermione fue a la casa del profesor tal y como había hecho toda esa semana. Llegó justo a tiempo para colarse en la cocina y tener una vista en primera fila de Snape cocinando lasaña para dos. Le gustaba la forma en cómo picaba magistralmente los ingredientes tales como la carne, las cebollas, zanahorias y tomates en pequeños cuadraditos; la forma en cómo tomaba la sal y la esparcía con gracia sobre la olla; la forma en como usaba la cuchara de madera para revolver el contenido el cual soltaba un olor agradable que inundaba la habitación. Adoraba la forma meticulosa en la que preparaba la fuente de porcelana blanca antes de meterla al horno. Le gustaba como usaba una cuchara de metal para esparcir la masa base de la lasaña, cómo acomodaba la carne, la forma en como rallaba el queso. Era como ver un programa de cocina, aunque a ella no fuera fanática de estos.

Pero por sobre todas las cosas, amaba la forma en cómo agregaba la primera persona del plural a los verbos de todas sus oraciones.

"Huele bien lo que cocinamos".

"Unos veinte minutos y comemos".

"¿Quieres que veamos una película después?"

"Creo que hoy tuvimos un buen día".

No obstante, al mismo tiempo, de cierta forma, le preocupaba —hasta podía decir que le angustiaba— que hiciera ello.

Al principio de la semana, Hermione casi ni lo había notado. Tal vez porque no le había prestado suficiente atención o porque no era algo por lo que debía preocuparse, pero a medida que pasaban los días y más cerca estaban el uno del otro, Hermione notó que Snape la incluía en sus planes. Nunca solía incluirla, no sin antes preguntarle primero, pero ahora, era como si asumiera que harían todo juntos.

"No tienes por qué preocuparte. Severus definitivamente no es como Cormac. Él no es de esos que se ilusionan rápido".

Tal vez se había equivocado. Tal vez Severus Snape sí se estaba ilusionando de verdad con ella… ¡Pero eso no podía pasar! Porque… porque lo hablaron… bueno, jamás lo hablaron, pero… pero Snape sabía que esto no era una relación de verdad… ¿cierto?

Tal vez solo estaba siendo paranoica y no había nada de qué preocuparse.

Comer con Snape, además ser sumamente delicioso gastronómicamente hablando, era una experiencia rica en conocimiento. No había necesidad de encender la televisión, ni encender la radio para escuchar música, solo bastaba con la presencia de su voz profunda y clara para encantar el ambiente y dejarla deslumbrada por el conocimiento que salía de su boca. ¿Cómo era posible que una persona pudiera saber tanto sobre tantos temas? A sus ojos, el pelinegro parecía ser Wikipedia con piernas.

Sin embargo, no siempre sabía todas las respuestas y eso podía ser muy divertido.

—Espera, espera… ¿En serio me estás diciendo que Esquilo, e-el dramaturgo griego, el escritor de la Orestíada, murió por culpa de una tortuga? —preguntó enarcando una ceja y jugando con su tenedor vacío.

—¡En serio! Hay muchas fuentes, ah, muchos autores que afirman eso —respondió la castaña, en el mismo tono de voz, divertida por la expresión de incredulidad del profesor.

—¿Me estás tratando de decir que, de todas las posibles causas de muerte que pueden existir en el mundo, tenía que ser la más rara de todas la que lo matara? ¿Cuál es la probabilidad de que un águila lance una tortuga contra tu cabeza después de confundirla con una roca? ¡Una en un millón! —exclamó levantando las manos y abriendo los ojos, exaltado por la conversación— No, miento… ¡Es una de mil billones!

—¡Pero pasó! —rio— Tal vez solo tuvo muy mala suerte o tal vez fue el destino.

—La suerte no existe, Hermione —prosiguió con una sonrisa en los labios mientras negaba despacio con la cabeza—. Tampoco el destino, incluso si estamos hablando de los griegos y sus oráculos. Todo lo que vemos y sabemos de este mundo se basa en números y probabilidades. Hay teorías complejas que explican los efectos de cualquier acción sobre los posibles eventos que pueden ocurrir en un determinado tiempo —concluyó, desbordando orgulloso su sabiduría racional de científico.

—¡Le quitas lo divertido a la vida!

Snape sonrió de lado, negando con la cabeza, divertido—. En fin, cambiemos de tema. Oye, nunca me comentaste, ¿cómo te fue con las chicas?

Hermione se llevó el tenedor a la boca y fijó la vista en el plato a medio terminar. Pensó un poco sus palabras antes de tragar y poner una sonrisa en sus labios— Bien, fue… relajante.

Luego de cenar, Hermione se ofreció a hacer lo único que sabía hacer bien en la cocina: lavar los platos. No entendía cómo es que, a pesar de solo ser dos personas (y un perro) en la mesa, había tantos platos y cubiertos, hasta parecía que estos se multiplicaban. Tal vez era otro de esos grandes misterios de la vida sin resolver.

Mientras Snape guardaba las sobras de la cena en el refrigerador para luego sacar a Lamarck al patio por última vez en el día, Hermione aprovechó su contacto con el agua jabonosa para reflexionar un poco sobre su situación actual.

¿Cuál era la probabilidad de que Snape se estuviera enamorando de ella? No era una en millón. La forma en cómo la miraba, la forma en cómo la acariciaba, la forma en cómo cocinaba para ella, la forma en cómo le hablaba y la forma en cómo le hacía el amor eran pruebas irrefutables de qué Snape sentía algo fuerte hacia ella. Algo que prefería no darle un nombre. Aunque quería pretender que no sabía exactamente que era, en el fondo, Hermione tenía miedo de admitir que lo que Snape sentía por ella era amor.

¿Estaba lista para amar? ¿Estaba lista para ser amada?

Acostada en el sillón de la sala frente al televisor encendido, abrazando al perro peludo sobre ella y, a la vez, siendo rodeada por los brazos fuertes del hombre mayor detrás de ella, la respuesta a su pregunta llegó como una revelación divina.

La respuesta era no. No estaba lista para ello, no aún.

Severus no era una persona romántica ni melosa, jamás se había considerado como tal y probablemente, jamás lo haría. Durante sus años de noviazgo con Valerie, ella siempre había comentado su "falta" de cercanía hacia ella. En comparación con sus otras parejas o las parejas de sus amigas, Snape no era de esas personas que les gustaba besar y abrazar en público. No obstante, cuando estaban solos, ya sea en la intimidad del dormitorio o en cualquier otra habitación, a Snape le gustaba abrazar por la espalda y acercar a su pareja a su pecho, rodeándola con ambos brazos para asegurarse de que jamás pudiera escapar.

Tal vez era la necesidad de tener a alguien siempre a su lado o tal vez era que simplemente esa postura lo tranquilizaba, pero Snape siempre había creído que los abrazos por la espalda eran los mejores abrazos que alguien podía hacer. Cuando ya era un hombre casado, solía dormir abrazado a su esposa y siempre se acercaba a Valerie de esa forma cada vez que se encontraba preparando la cena en la cocina o trabajando en su pequeño estudio.

De pronto, un día, esos abrazos desaparecieron, como si nunca hubiesen existido.

Hermione bostezó profundo, cubriendo su boca con la palma de su mano. Todavía seguía algo cansada después del masaje y, ahora que estaba con el estómago lleno y con los brazos cálidos de Severus rodeándola, su cuerpo le estaba demandando un merecido sueño reparador para completar su, hasta ahora, "perfecto" día.

—¿Vamos a dormir? —murmuró el mayor contra su hombro, respirando contra su piel tibia. Una corriente eléctrica recorrió su columna. Había olvidado lo bien que se sentía acurrucarse contra alguien en el sillón—. Te estás durmiendo en mis brazos.

—No es cierto —murmuró arrastrando las palabras, cansada.

—¿Vamos a dormir? ¿Sí?

A Hermione siempre le había gustado que le hablaran así: bajito, junto a su oído, abrazándola por la espalda. Se sentía amada y cómoda. Ron solía hacer eso cuando estaban juntos. Al ser más alto, siempre apoyaba su peso sobre sus hombros y la hacía reír al simular que caería sobre ella. Se removió algo incomoda por la dirección que estaban tomando sus pensamientos.

No iba a pensar en eso, no iba a pensar en eso.

—Ok.

El profesor apagó el televisor y ella, las luces. Lamarck se puso en pie y los siguió escaleras arriba, moviendo la cola. Esta vez no le impidieron entrar, de hecho, él fue el primero en ingresar al dormitorio. En su hocico llevaba su peluche de pato y no lo soltó ni cuando saltó sobre la cama para dormir a los pies de esta.

—Supongo que seremos tres esta noche —comentó la castaña, sonriendo tontamente, con los ojos húmedos por sus bostezos.

—Eso parece —respondió acercándose a su armario. La joven se sentó sobre la cama, hundiéndose en ella, quitándose los zapatos con sus mismos pies. Mientras tanto, Snape habría su armario y buscaba entre sus ropas una bolsa blanca de tiendas departamentales. Lo había comprado ayer y se moría por dárselo a la castaña. Dejó el objeto sobre la cama bajo la atenta mirada de la chica la cual enarcó una ceja al ver el objeto.

—¿Y eso?

—Es un regalo. Lo vi y pensé en ti.

Oh, eso había sonado demasiado cursi, pensó avergonzado.

—Aww, que lindo —murmuró ella abriendo la bolsa para mirar su contenido, sonriéndole con esa linda dentadura de incisivos grandes—. ¿Ya empezamos con los regalos? Yo no te compre nada. ¿Debería comprarte algo?

—No es necesario —respondió sentándose al otro lado de la cama, observando ansioso.

Hermione abrió la boca y sus labios dibujaron una pequeña "o" en cuanto descubrió el contenido de la bolsa. Sus ojos se desviaron su atención del regalo para mirar a Snape, anonadada. Sacó las dos prendas completamente blancas para verlas mejor, extendiéndolas sobre la cama. Eran suaves al contacto de su mano y, sorprendentemente, le había atinado a su talla.

—¿Te gusta? —preguntó al ver que ella no decía nada. En su voz, podía escuchar un rastro muy bien disimulado de preocupación.

—Es un pijama —contestó en voz baja, sin mirarlo.

—Me pareció apropiado ya que te vas a quedar a dormir aquí conmigo. Así no tendrás que usar mi ropa, a no ser que tú quieras claro —trató de bromear para cambiar el humor de la joven, pero no logró mucho—. ¿No te gusta el color? Aún tengo el recibo, puedo cambiarlo.

—No, no —añadió rápidamente, tranquilizándolo—. Es perfecto.

—Pensé que el blanco era un buen color. Digo, es un color neutro, combina con todo —Hermione forzó una sonrisa que para Snape fue lo suficientemente sincera como para ser correspondida—. También estuve pensando que puedo hacerte espacio en un cajón por si quieres traer algo de ropa y…—

—¡Me iré a cambiar! —anunció en voz alta, cortándolo de inmediato.

La castaña tomó la ropa con ambas manos y dio zancadas hasta el baño donde se encerró, dejando a un confundido Snape en la cama. El profesor estaba tan confundido como el mismo perro que yacía recostado a su lado.

¿Acaso fue algo que dije?, pensó.

—Tal vez no le gustó el color —dijo para sí. Lamarck inclinó la cabeza a un lado, como asintiendo a su enunciado.

Adentro del baño, Hermione estaba recostada contra la puerta con los ojos cerrados, sosteniendo con fuerza el pijama contra su pecho, tratando de que el aire llegara a sus pulmones. Otra vez sentía esa horrible sensación de culpa ahogándola por completo.

¿"Ya que te vas a quedar a dormir aquí conmigo"? ¿"Puedo hacerte espacio en un cajón"?

"Hermione, Snape es un hombre de cuarenta y tantos años, a esa edad ya no quieres solo sexo, a esa edad quieres tener una pareja que te ame, te haga compañía y te dé seguridad".

Tal vez sí se había equivocado, tal vez Snape sí se estaba haciendo ilusiones sobre una futura relación sentimental de la cual ella ni siquiera estaba segura si quería o no. Ginny tenía razón, como siempre la tenía. Esto se estaba saliendo de control, pero no era culpa de Snape, él solo estaba siendo honesto y tierno con ella. Todo lo que le estaba pasando, absolutamente todo era su culpa por no poner las cosas en claro desde el inicio.

El pijama le quedaba bien. Snape tenía buen ojo para comprar ropa. Se arregló el cabello en una trenza como haciendo tiempo antes de volver a la habitación. No quería salir, no quería salir y encontrárselo, no sabría que decirle y no tenía ánimos de fingir que todo estaba bien. Decidió lavarse los dientes, procurando demorarse.

Tal vez no estaba pasando nada. Solo le había comprado un pijama, no era nada de qué preocuparse. Había peores cosas, pudo ser como Cormac y comprarle una joya o algo más caro y eso sí habría sido algo más serio.

Eso es, no pasaba nada…

Al abrir el armario donde Snape guardaba la pasta de dientes, Hermione sintió que el suelo debajo de sus pies había desaparecido, como si un balde de agua helada le hubiese caído encima. Sus ojos miel se abrieron como si fuese un búho al observar un cepillo de dientes morado al lado del verde de Snape dentro del vaso de plástico.

A su punto de vista, el cepillo morado, completamente nuevo, recién salido del empaque, se hizo más y más grande hasta ocupar toda la habitación. El pecho se le había cerrado y sus pulmones estaban luchando por conseguir algo de oxígeno. El cepillo de dientes se hizo enorme, aplastándola, asfixiándola, matándola.

—Hermione —Snape golpeó dos veces sobre la puerta, trayendo a Hermione de regreso a la realidad. No había nada en el baño, el cepillo de dientes seguía dentro del vaso dentro del armario—. ¿Estás bien? ¿Te quedó el pijama?

—… eh… ¡Sí! ¡Sí! Es… perfecto —contestó en cuanto fue capaz de emitir algún sonido.

La joven cerró el armario con fuerza, ignorando el cepillo y luego procedió a lavarse el rostro con agua fría, esperando que eso la calmara. Si pensaba que la joya cara era algo serio, el cepillo de dientes morado de plástico comprado en una farmacia cualquiera era muchísimo peor, porque ese objeto, ese minúsculo y, aparentemente, insignificante gesto significaba demasiado.

Por accidente, puede que hubiese creado otro Cormac.

A la hora de acostarse, Snape se acercó a ella y besó su mejilla, rodeándola con sus brazos para mantenerla cerca de él. Hermione inclinó su cabeza y también lo besó, acercando sus labios carnosos a los delgados de él en un cálido beso. Sin embargo, se apartó cuando sintió que una de las manos del profesor subía por su torso para descansar sobre su pecho izquierdo, apretándolo suavemente.

Hoy, por primera vez en cinco días, no estaba de humor para tener sexo.

—Estoy cansada. Hoy no, ¿te parece?

Snape se separó de ella, sorprendido. Era como si no pudiera creer las palabras que salían de su boca, pero no pareció molesto, al contrario, parecía… ¿aliviado?

—Sí, yo también estoy cansado —respondió al salir de su sorpresa—. Me duele el cuerpo, sobre todo las piernas. Hoy corrí mucho.

—Me imagino… Creo que será mejor descansar.

—Tienes razón —el profesor deslizó una de sus manos por su cintura y la apegó a él, encontrando la posición más cómoda para dormir—. Descansa, duerme bien.

—Tú también. Descansa —contestó, acomodándose en su pecho.

Una de sus manos subió hasta su cabeza y acarició uno de sus rizos rebeldes que se escapaban de su trenza desordenada. Sus labios viajaron a su frente y le dedicó un último beso antes de dar por terminado el día.

—Te amo.

Hermione abrió los ojos como platos, con el corazón latiéndole a mil. Otra vez… podía sentirlo… le faltaba… oxígeno.

Lo dijo. Lo había dicho. ¿Qué debía hacer? ¿Responderle? ¡¿Qué carajos debía decirle?!

"Hermione, Snape es un hombre de cuarenta y tantos años, a esa edad ya no quieres solo sexo, a esa edad quieres tener una pareja que te ame, te haga compañía y te dé seguridad".

—Gracias —respondió la castaña sin saber por qué demonios había dicho eso. Snape la miró con sus oscuros ojos como esperando algo más, pero ella solo atinó a decir—. Descansa— y se giró para darle la espalda y dar por finalizado el día.

¡¿POR QUÉ DEMONIOS DIJISTE ESO?!

En la oscuridad de la habitación, Hermione aún seguía despierta cuando el reloj dio la una. Abrazando una almohada, miraba las sombras variadas que formaban las siluetas de los muebles, dejando que su imaginación tomara control de ella. Detrás de ella, Severus dormía pacíficamente, apoyando el rostro contra su hombro y rodeando su cintura con sus brazos, pegado a su cuerpo como si fuese una lapa.

Esta iba a ser una noche muy larga.


El ser humano es una criatura de cambios. En realidad, todo lo que nos rodea, esté vivo o no, es una serie constante de cambios. Ni la casa verde oliva en Southfields es la misma que era el mismo día de su construcción, ni tú eres la misma persona que eras hace 10 años. Ya sea por causa del destino, la naturaleza, la física, el azar, una fuerza misteriosa o un plan divino, todo cambia. Si no existieran los cambios, la existencia sería muy aburrida, ¿verdad?

Y es que el ser humano es una criatura muy compleja. A veces puede ser fuerte y, aparentemente, invencible. Otras veces, cambia por completo, transformándose en un ser tan vulnerable que te preguntas cómo demonios es que sigue vivo.

Grandes acontecimientos involucran grandes cambios. A veces para bien, a veces para mal. Creo que podemos considerar el fin de una relación de muchos años como uno de esos grandes acontecimientos.

No, no solo el fin de una relación de muchos años. Lo correcto sería decir "el fin de una relación de muchos años a causa de una infidelidad cometida por tu pareja".

Y es que, si algo aprendí, es que existen varios tipos de personas después de una ruptura.

Algunas se hacen una completa mierda como lo fue el caso de Severus Snape.

Existen personas que creen que no están destinadas a amar. Al igual que al pelinegro, probablemente la vida no fue fácil para ellos. Diversas situaciones a lo largo de esta les han demostrado una y otra vez que no importa cuánto amor tengas para dar, no importa cuánto te esfuerces, no importa cuánto busques, jamás recibirás esa misma cantidad de amor de regreso. Al final, terminas aceptando y creyendo eso:

Tú no mereces amor. Tú no eres digno de recibir amor.

Lo peor viene cuando encuentras a ese alguien que crees que es tu ser especial. La mayoría se conforma con la primera persona que les muestre algo de afecto y crees que está bien, por fin obtuviste lo que querías, ¿no? Ya tienes amor. No importa que a veces sea frío, no importa que a veces te duela, no importa que a veces te haga sentir inseguro, ya tienes amor, ¿verdad? Te convences a ti mismo que te mereces este amor y que es el único tipo de amor que recibirás en toda tu vida y eso está bien.

Siempre está bien.

Idealizas de sobremanera a esta persona y, sin darte cuenta, la conviertes en el centro de todo tu universo. Por lógica, quieres pasar el resto de tu vida con ella.

Empiezas a planear.

El noviazgo, la convivencia, el trabajo perfecto, la casa propia —sí, esa que tiene un jardín bonito y vecinos amables—, la pedida de mano perfecta, la boda de ensueño, hijos planeados, la mascota, cientos de fiestas de cumpleaños, los millones de recitales en la escuela, todas esas Navidades juntos, los viajes en familia al campo, la graduación de tus hijos, llevar a tu hija al altar, jugar con tus nietos, envejecer juntos.

Y de pronto, descubres que nada de eso pasará porque esa persona especial ya no te ama.

Todo cambia y el amor no es ajeno a ello. A veces, se vuelve resistente a los daños como los diamantes. A veces es como el vino y mejora con los años, pero a veces se desvanece con el paso del tiempo, sobre todo cuando no lo sabes cuidar.

Y es que a veces decimos "para siempre", pero no todos los "para siempre" son para siempre.

Eso lo descubrió cuando la entonces Sra. Valerie Snape levantó la voz a mitad de la sesión de terapia de parejas que "decidieron" tomar luego de que Snape notara a su esposa más distante de lo usual. Luego de eso, con lágrimas en los ojos, Valerie le confesó toda la verdad: había un tercero en sus vidas.

Al principio, no pudo creerlo porque no quería creerlo. Sin embargo, terminaría por confirmarlo cuando encontró a su esposa besándose con su amante americano en un concurrido café una tarde de otoño. Pudo haberse acercado, pudo haberle gritado, pudo armar un escándalo, pudo haber golpeado a su rival, pero si lo hacía, sería aceptar que esto estaba pasando. Era aceptar que todo estaba acabado.

Y él no quería eso.

Dentro de su hogar, al menos tenía la suficiente seguridad para enfrentarla y preguntar el porqué. Necesitaba desesperadamente saber por qué. Intentó controlar toda esa ira reprimida dentro de su orgullo herido y, fingiendo calma, pidió explicaciones, pero las respuestas que obtuvo solo le hizo confirmar sus peores miedos.

Él era el culpable de todo eso.

Él no se merecía su amor.

Ante la amenaza de desaparecer por completo de su vida, rogó por una segunda oportunidad, imploró su compasión y lloró para no quedarse solo. Él podía cambiar. Él podía ser un mejor esposo, un mejor amante, un mejor compañero. La necesitaba, la necesitaba con desesperación. No quería a nadie más que a ella.

"Por favor, Valerie. No eches a la basura todos estos años juntos… Por favor"

Pero nada de eso haría cambiar a Valerie de parecer. La decisión estaba tomada. Fue lindo mientras duró, pero después de casi ocho años de matrimonio y siete de noviazgo, tuvo suficiente como para saber que nunca sería plenamente feliz al lado de Snape. Con lágrimas en los ojos, pero determinada a irse, Valerie dejó el anillo de oro sobre la repisa de la cocina y se fue.

¿Qué haces cuando la persona que más amas en el mundo desaparece de tu vida de un día al otro? Pierdes el completo rumbo. Un divorcio es cómo perder a un ser amado pues es la muerte de tu matrimonio y, como a toda muerte, le sigue un duelo.

La primera etapa de este "duelo" fue la negación. Snape se encontró a sí mismo negando todo lo que pasaba y todos los días trataba de convencerse de que Valerie iba a volver. Ella aún no se había llevado sus cosas, su ropa seguía en el armario al igual que sus libros, joyas, maquillaje y otras pertenencias. Además, no había que olvidar que seguían casados, ella tenía que volver.

"Solo es una etapa" le dijo una vez a Lucius mientras que el aristócrata contactaba a sus espaldas a un abogado experto en divorcios, "Ella va a volver y todo se solucionará. Lo arreglaremos y volveremos a ser esa pareja feliz que éramos".

Me temo que eso nunca pasó.

La segunda etapa es la ira. Todo ese enojo reprimido a causa de aquella traición, todas las mentiras dichas a la cara, todos los esfuerzos en vano por salvar algo insalvable y toda esa frustración por planes y sueños rotos pueden causar que uno descubra partes de uno mismo que jamás pensó conocer. En múltiples ocasiones, Snape quiso tener a esa Judas delante de él y desatar su rabia contra ella. Y no solo a Valerie, sino también a su amante, aquel hombre que sí era "digno" de su amor.

Y, de hecho, lo hizo. En un determinado momento de esta historia, Severus golpeó tan fuerte al ingeniero americano que ambos terminaron en la carceleta de Scotland Yard. Bueno, él pasó más tiempo ahí. Al extranjero tuvieron que derivarlo a un hospital porque la nariz no dejaba de sangrarle.

A la ira, le siguió la negociación. Literalmente fue una negociación. El divorcio no se hizo esperar y en pocos meses, Snape se encontraba en una sala de juntas acompañado de su abogado. Llegar a un acuerdo para firmar los papeles fue más difícil de lo que pensó. Negociar los acuerdos entre dos personas heridas no era tarea fácil, mucho menos cuando tu ex pide la mayor parte de los bienes mancomunados durante el matrimonio y tu abogado es tu amigo Goyle quien, a su vez, es conocido por ser una fiera salvaje dentro de la corte. Goyle tenía un registro impecable tras haber defendido exitosamente a viejos millonarios durante sus divorcios y jamás daba su brazo a torcer.

Fue un sangriento divorcio que duraría casi un año entero.

La fase cuatro es la peor de todas y la que por más tiempo se prolonga: la depresión.

Dos cosas muy distintas son saber que te vas a divorciar y estar divorciado. Cuando Severus Snape puso su firma en la parte final del acta de divorcio y leyó el documento ya sellado y procesado, su mundo se vino abajo por completo. Oficialmente todo se había acabado, ya no había nada que lo conectara a Valerie nunca más. Verla salir triunfante del despacho de abogados fue doloroso para él, pero mucho más doloroso fue verla abrazar a su nueva pareja en recepción.

No solo la había perdido, había fracasado otra vez en la vida.

Snape pasaba gran parte del día encerrado en su habitación, viendo fotografías viejas de los supuestos álbumes familiares que nunca fueron rellenaron, comiendo montones de fish & chips y helado, procurando que las sábanas de la cama ocultaran su tristeza o, en su defecto, lo ahogaran para no tener que seguir viviendo con ese dolor. A pesar de que los Malfoy jamás lo abandonaron en ningún momento del proceso, la única compañía que Snape quería era la del sonido del estéreo tocando canciones tristes para sentirse aún más miserable.

Y es que la depresión nunca llega sola.

Su primera Navidad fue lo peor del mundo. Ni siquiera sabía cómo demonios sobrevivió al Año Nuevo, mucho menos a su cumpleaños. De la nada, absolutamente todo se sentía diferente. Por más que sus amigos le dijeran que estaba mejor sin ella, él no lo creía así. Si se suponía que estaba mejor sin ella, ¿por qué se sentía como una completa mierda? ¿Por qué le dolía entrar a las habitaciones de la casa que jamás serían usadas? ¿Por qué no soportaba estar en su casa, el lugar que se suponía era su hogar? ¿Por qué le costaba tanto salir de la cama? ¿Por qué se sentía como el imbécil más grande del puto mundo?

"Los hombres no lloran".

Por más que intentaba seguir esas "enseñanzas" de su infancia, en más de una ocasión se había quedado dormido después de haberse pasado gran parte de la noche llorando en silencio bajo la almohada, con el corazón roto y el pecho apretado por el dolor.

Necesitaba a Valerie.

La necesitaba, la necesitaba, la necesitaba, la necesitaba, la necesitaba.

Todo cambió cuando, un día, fue a visitar a su madre y la vio a los ojos. Fue como verse en un espejo. Dejando de lado el asombroso parecido físico madre e hijo, Snape encontró a un alma rota, triste, sin amor y sin tener la menor idea de quién era, independientemente de que el Alzhéimer ya estaba presente en la vida de la Sra. Snape.

Severus descubrió dos cosas ese día. La primera era que Eileen era nadie sin Tobías Snape —o al menos eso era lo que ella misma se había convencido— y que él era nadie sin Valerie. Se había convertido en una copia exacta de su madre: solo, triste, roto y sin tener la menor idea de quién era.

Y él no quería eso para su vida.

Lo segundo de lo que se dio cuenta era de que necesitaba ayuda de manera urgente, así que la pidió, aunque fuera difícil al principio. La terapia ayudó mucho esos años, pudo apreciar las cosas desde otra perspectiva y, eventualmente, volvió a encaminar su vida. Se concentró en su trabajo, en sus proyectos, en sus amistades, en su madre, en cosas que lo mantuvieran distraído y, sobre todo, alejado de los malos pensamientos. Pronto, encontró actividades que le brindaban pequeños destellos de felicidad a su vida como lo era trabajar en su proyecto personal de publicación de estudios. Trabajó en esa autoestima dañada y, finalmente, pudo verse en el espejo otra vez y decir que le gustaba lo que veía en el reflejo.

Fue un largo proceso, con recaídas duras, pero que pudo superar. Sin darse cuenta, llegó a la etapa de la aceptación. Un día se despertó y notó que algo había cambiado dentro de él. Por alguna razón que no podía descifrar, ya no dolía más, ya no sentía esa sensación de abandono, ya no sentía ganas de llorar, ya no necesitaba más terapia, ya no necesitaba hablar de ello…

Ya no necesitaba a Valerie.

La había superado.

No se había muerto sin ella.

Él seguía vivo, él seguía ahí.

Pero él ya no seguía siendo él.

El ser humano cambia y Snape había cambiado tras su divorcio. Se dio cuenta de que no necesitaba de una pareja para seguir viviendo y que su matrimonio estaba roto incluso antes de haber iniciado. Asimismo, reconoció sus propios fallos dentro de este. Llegó a la fase de la reconciliación y, a su manera, Snape terminó reconciliándose consigo mismo y perdonando a Valerie. Hizo las paces a su modo, en privado y en silencio. Se quedó con los bueno recuerdos de los años compartidos, valoró el tiempo juntos, abrazó su recuerdo a modo de despedida y finalmente lo dejó ir.

De esa forma, le dijo adiós a Valerie para siempre.

Ahora estaba en la etapa de aprendizaje. Debía recoger lo que aprendió de toda esta experiencia y crecer, intentando ser mejor persona y sentar una base segura para una nueva relación si es que la vida le daba una segunda oportunidad. Para su buena suerte, parecía que sus plegarias fueron escuchadas pues la abrupta entrada de Hermione Granger a su existencia parecían ser la segunda oportunidad que había esperado.

O eso esperaba.

Sin embargo, como dije, existen varios tipos de personas después de una ruptura pues no todos reaccionamos de esa forma.

A otros les da igual.

Y otros... otros deciden que no volverán a ser lastimados nunca más como lo fue el caso de Hermione.

Hermione no solo había sufrido el desengaño de su entonces amado Ron Weasley, a eso se le sumaron cosas peores. Para empezar, estaba su pierna derecha la cual ahora tenía una barra de metal que no debería estar ahí en primer lugar. A pesar de que tuvo a sus padres durante todo el proceso de rehabilitación, nunca se había sentido tan sola en todo ese año. Fue doloroso, difícil y, por mucho tiempo, pensó que no volvería a caminar con normalidad, mucho menos bailar.

Luego, estaba la pausa indefinida a su carrera y la pérdida de su mentor. Lo perdió todo luego de salir del quirófano: su entrenador, su estudio, su título, su pareja, su patrocinador, todo. Ahora solo le quedaban recuerdos tristes, viejas medallas y vestidos empolvados en el armario que nunca volvería a usar.

Y tercero, pero no menos importante, la humillación pública.

Si bien todo el hotel se enteró de la infidelidad de Ron hacia ella la noche previa a la final, todo el mundo del ballroom se enteró de su fractura y caída durante la final del Blackpool del 2013. Para colmo, un video subido desde un teléfono a YouTube mantendría el recuerdo vivo para la posteridad. Fue como tocar el cielo y luego caer a toda velocidad, sin paracaídas ni red de seguridad, estrellándose con fuerza contra el suelo y contra una realidad innegable y que jamás podría cambiar.

De la noche a la mañana, ella dejó de ser Hermione Granger, "el Cisne de Cambridge", para ser Hermione "la Lisiada" Granger.

Hermione "Patética" Granger.

Hermione "la cornuda y dejada" Granger.

Enojada con mundo, optó por alejarse de todo pues creí que sería lo mejor para ella. Debía dejar Cambridge, la casa de sus padres, sus recuerdos y viajar a la capital donde, esperaba, retomar su carrera bajo la dirección de una nueva mentora, Minerva McGonagall, quien amablemente le tendió una mano cuando más lo necesitó. Ya en Londres y con la pierna lo suficientemente recuperada para caminar, McGonagall se encargó de que estuviera apta para volver a las pistas de baile.

Pero si bien su cuerpo ya estaba en condiciones óptimas para bailar, su cerebro y su corazón, no.

Recién llegada a Londres, Hermione no tenía muchos lugares a donde ir por lo que pasó un periodo de mudanzas indefinidos hasta llegar donde Harry y Sirius. La antigua y ancestral casa Black era maravillosa, no le costó nada adaptarse a los lujos y comodidad. Sirius Black parecía feliz con su mansión de soltería y su ritmo de vida desenfrenado: Juegos, fiestas, deportes extremos, salidas espontáneas, mujeres y viajes. No podía pedirle más a la vida.

Desesperada por sentirse bien otra vez, Hermione terminaría por imitarlo, creyendo erróneamente que eso la haría feliz.

Pero ella no era Sirius Black.

Sabiendo que ni Harry ni Ginny lo aprobarían, Hermione necesitaba un lugar donde llevar a cabo su nuevo y desenfrenado estilo de vida por lo que se mudó una tercera vez a un mini departamento en Wimbledon que poco a poco fue decorando hasta volverlo un lugar habitable. Una vez con la libertad en sus manos, Hermione se descontroló por completo.

Stalkear a Ronald por las mañanas, enseñar en el estudio por las tardes y buscar a alguien que pueda llenar ese vacío en su corazón y cama por las noches no era el mejor plan, de hecho, no estaba ni cerca de lo que había planeado cuando decidió mudarse a Londres, pero la hacía sentir bien. Se sentía deseada y venerada por el sexo opuesto y si Ron la desechaba como un trapo viejo, pues había cientos de hombres que morían por tenerla en su cama.

La Mojigata Granger se había ido para no volver jamás.

¿Qué diría Ronald si pudiera verla ahora? ¿Seguiría considerándola una estúpida a quién podía engañar por más de un año con su rival? No, ¿verdad? Porque ya no era esa. Ahora era deseada, ahora era anhelada por otros. Oh, si pudiera verla ahora, vería de todo lo que se había perdido.

¿Verdad?

Fin de semana tras fin de semana, esperaba con tantas ansias los viernes y sábados para salir en rumbo al pub más cercano, apagar el cerebro y perderse un rato. No importaba que no volviera a ver a esos hombres, que lo más seguro era que los desechara como trapos sucios cada semana, que siguiera escondida dentro del estudio sin estar ni lo más cerca de volver a bailar profesionalmente, no importaba que el sexo fuera vacío y le formara mala fama. Ya nada importaba.

Nada.

Hasta que apareció Cormac.

Cormac vio algo que ninguno de los otros hombres vio en Hermione: potencial. Dijo que quería conocerla, quería intentarlo. Al principio, pensó "¿Por qué no?", hasta podía ser divertido, pero cuando todo dejó de ser un juego y se tornó más serio, Hermione entró en pánico. Él era bueno, no lo dudaba, pero no era lo que ella buscaba, no tenían nada en común, no era lo que ella quería, no era… él no era… no era Ron.

Y, aun así, él la amaba y se había tomado en serio esa pseudo-relación.

¿Qué pasaba si de pronto le pedía conocer a sus padres? ¿Qué pasaba si él le presentaba a los suyos? ¿Qué pasaba si pedía formalmente ser su novio? ¿Qué pasaba si volvía a ilusionarse?... ¿Qué pasaba si la volvían a engañar? Cormac era un joven sumamente guapo y amable, atractivo al sexo femenino, no era sorpresa que las mujeres se giraran a mirarlo por la calle.

Pero más que una infidelidad, ella tenía otro miedo mucho peor.

¡¿Qué pasaba si Cormac se daba cuenta de que ella no valía nada?!

¿Cómo puedes esperar que alguien te quiera si ni siquiera tú te quieres? ¿Cómo puedes esperar que alguien te valore si tú ni siquiera te valoras? Cormac era demasiado bueno y no merecía estar con alguien como ella. Merecía a alguien que lo amara con honestidad y ella no podía hacerlo porque no lo amaba. Después de acostumbrarse a ese estilo de vida desenfrenada y vacía, no podía sentir amor.

Ya no.

Y ahora, después de mantenerse lejos de los hombres por más de ocho meses, se encontraba al lado de Snape, abrazados en su cama, viviendo una fantasía de una semana en donde todo aparentaba estar bien.

—Te amo —susurró a su oído y esa aparente calma se vino abajo.

Quería a Severus, lo estimaba mucho y le tenía mucho aprecio. Lo valoraba como amigo y como consejero, pero no estaba segura de sí su afecto llegaba al grado de poder llamarlo "amor". Tuvieron un comienzo difícil, pero con el paso de los meses, aprendió que tenían mucho en común, incluso compartían el mismo pasado trágico. Snape era tan bueno con ella y la hacía sentir especial. Era como si fuese la única persona en el mundo que no la veía como ella era en realidad: un completo fracaso que no tenía futuro ni arreglo.

No dudaba de su amor por ella, pero si del suyo hacia él.

Si bien sí sentía una atracción hacia aquella figura masculina solitaria, nunca esperó acostarse con él. Se lo había prometido a sí misma. Snape era su amigo, un amigo muy querido, y no lo quería perder con sus metidas de pata. Sin embargo, ese maldito tango sacó a la superficie sus oscuros deseos reprimidos y terminó recayendo. No se había dado cuenta del daño que había hecho hasta la mañana siguiente, cuando despertó. En otra circunstancia, simplemente se hubiese vestido, agradecido por la noche y se hubiese marchado en silencio prometiéndose no volver a buscarlo.

Pero no podía alejarse de Snape como si nada, no después de tanto tiempo juntos. Nunca había pasado tanto tiempo con una persona como lo estaba haciendo con Snape, no de esa forma tan íntima.

"Te amo".

Esto no era una simple aventura de una noche.

Ella no le iba a hacer lo mismo que le hizo a Cormac, ella no le iba a hacer eso, no a él.


HOLA, CHIQUIS!

SI LLEGASTE AQUÍ, GRACIAS POR HABER LEÍDO, EN SERIO. MUCHAS GRACIAS POR EL APOYO Y POR TODOS LOS COMENTARIOS LINDOS QUE ME HAN DEJADO. LOS AMO CON TODO EL CORAZÓN.

QUISE CAMBIAR UN POCO EL ENFOQUE DE ESTE FIC, NO TANTO, PERO SÍ COMO QUE PROFUNDIZARLO MÁS PARA AL LADO DE HERMIONE, PORQUE HASTA AHORA HEMOS ESTADO SIGUIENDO A SNAPE Y NO TANTO A ELLA. RESPECTO A GINNY Y HERMIONE Y CÓMO SE ESTÁ LLEVANDO EL TEMA DE LA "RELACIÓN" ENTRE SNAPE Y GRANGER, POR SI NO SE ENTENDIÓ, EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO COMO QUE DETALLARÉ MÁS ESO.

SÉ QUE FUE UN CAMBIO DE MOOD COMO QUE ALGO BRUSCO, NO ESTOY MUY SEGURA, PARA MÍ ES COMPLETAMENTE NUEVO ESCRIBIR ALGO QUE NO SEA NETAMENTE COMEDIA, ESTOY SALIENDO DE MI ZONA DE CONFORT, PERO ERA ALGO QUE QUERÍA HACER, ENTONCES COMO QUE ESTOY EXPERIMENTANDO.PERDONEN LA MEDIOCRIDAD.

GRACIAS POR LEER :3