CAPÍTULO 16
Esto no podía estar pasando, simplemente era imposible que estuviera pasando. Se negaba a creerlo, simplemente era una locura. Incluso si pudiera viajar al pasado y anticiparse a sí mismalos siguientes acontecimientos, probablemente ella pensaría que se trataba de una broma.
Todo estaba bien, todo estaba bien, todo estaba bien.
—¡Voy a matarte, Ronald Weasley!
—¡Ginevra, no te metas! ¡Esto no es contigo!
El Sr. Weasley sujetó con firmeza a la joven pelirroja quién había entrado en la habitación de hotel a toda velocidad, dispuesta a abalanzarse contra su hermano y darle la paliza de su vida. Por fortuna, su padre era lo suficientemente fuerte y alto como para detenerla. Ginny lanzaba patadas a diestra y siniestra, intentando alcanzarlo y fallando en el intento. Al fondo de la habitación, recostada sobre el marco de la puerta del baño, una asustada Lavender Brown en bata de baño se escondía del odio de la última Weasley.
—¡No creas que me olvidé de ti! ¡Maldita zorra! —gritó la pelirroja, enojando más a su hermano— ¡Ven aquí! ¡Sal y pelea como una mujer! ¡Puta!
—¡Hey! ¡No te voy a permitir que…—
—¡Cállate, Ronald! —gritó el Sr. Weasley, también enojado— Por favor, solo… ¡Cállate! —el adolescente pelirrojo se tuvo que morder la lengua ante la expresión de enojo de su progenitor. El Sr. Arthur Weasley era de esas personas que jamás, por nada del mundo, se enojaban. Todo quien lo conociera podría jurar que el patriarca Weasley era un rollito de canela espolvoreado de azúcar. Sus hijos lo habrían visto enojado, a lo mucho, solo en dos ocasiones durante toda su vida, por lo que esa mirada fuerte y el ceño fruncido del mayor fueron suficientes para mantener a Ronald callado—. Y tú —habló dirigiéndose a su menor hija, dándole una sacudida violenta para que se calmara—, vete de aquí. Este no es tu asunto.
—¿Qué? —preguntó incrédula, pero ni siquiera le alcanzó el tiempo para recibir una respuesta pues el entrenador oficial de la pareja Weasley-Granger empujó a la adolescente pelirroja hacia el pasillo y luego cerró la puerta de la habitación, dejándola gritar improperios detrás de la puerta.
En la habitación solo quedaron Weasley padre frente a Weasley hijo, el entrenador Barnes en medio de estos dos, Lavender Brown, llorando escondida en el baño y Hermione Granger de pie cerca a la pared junto a su padre, el Sr. Granger, quien, en esos momentos, apoyaba una mano en el hombro de su única hija en señal de apoyo. Los ojos castaños del Sr. Granger centellaban con furia, una furia reprimida hacia Ronald Weasley por hacer llorar a su pequeña. El solo hecho de escuchar el hipar de su hija provocaba que apretara sus puños con más fuerza, intentando reprimir sus ansias de terminar lo que Ginny Weasley quería hacer: darle a Ronald Weasley la paliza de su vida.
—Hermione, ven aquí, vamos a hablar —pidió el entrenador, haciendo una señal con su mano para que se acercara. La joven se encogió sobre sí, aferrándose a su padre como si su vida dependiera de ella—. Por favor, necesitamos hacer esto.
—Yo no tengo nada que hablar con él —respondió fuerte y claro. Su garganta le ardía de tanto llorar a viva voz y su cabeza estaba matándola, estaba muy mareada.
—Granger, ven aquí —repitió el entrenador Barnes, esta vez, engrosando el tono de su voz. Hermione lo observó desafiante a los ojos azules fríos, esperando parecer lo suficientemente fuerte como para hacerse respetar—. ¡Que vengas aquí, ahora!
—No le voy a permitir que le hable así a mi hija, Barnes —respondió el Sr. Granger, sujetando a Hermione para que no se moviera de la seguridad de su lado—. No tienes que ir a ningún lado, princesa.
—Sr. Granger, tal vez no se está dando cuenta, pero trato de arreglar esta absurda situación —lo interrumpió irritado—. Mientras estemos en este hotel, estos dos mocosos son mi responsabilidad. Su hija tiene 19 años, está lo suficientemente grandecita como para afrontar problemas de adultos. De hecho, ambos lo están, así que traigan sus perezosos traseros aquí —los dos padres intercambiaron un par de miradas incrédulas, totalmente sorprendidos por la actitud del severo profesor—. ¡AHORA!
Ambos adolescentes saltaron en cuanto el profesor pegó ese grito y se separaron de sus respectivos padres para pararse frente a Barnes. Ninguno se atrevió a levantar la mirada, era suficiente con ver la linda alfombra de la habitación. Sabían que su maestro era temperamental —demasiado temperamental—, en más de una ocasión habían recibido gritos mucho peores que esos, pero nunca se habían sentido tan mal como ahora. Los dos padres murmuraron frases negativas hacia la persona del maestro Barnes quien decidió ignorarlos por completo.
—¿Y bien? —el hombre frente a ellos se cruzó de brazos, con el entrecejo y boca fruncidos y la cabeza clava brillando por la luz blanca de la habitación—. ¿Quién me dará una explicación? ¿Ronald?
—¿Qué no es obvio? Ese malnacido engañó a mi…—
—Tom —interrumpió el Sr. Weasley —, no apruebo lo que Ronald hizo, pero tampoco voy a permitir que…—
—¡BASTA LOS DOS! —gritó el ojiazul, haciendo saltar a los presentes en la habitación, incluso a la rubia Lavender Brown que aún estaba encerrada en el baño. Barnes caminó hasta la puerta y la abrió de un tirón. La Sra. Weasley, la Sra. Granger, Ginevra Weasley y el personal del hotel casi cayeron de bruces en la habitación. Todos estaban espiando detrás de la puerta, violando la privacidad de la pareja Weasley-Granger.
Bueno, de la ex pareja Weasley-Granger.
—¡Salgan todos!
—¿Qué?
—Lo que oyeron —repitió el maestro—. Ustedes dos —señaló a Hermione y a Ronald quienes hicieron el ademán de salir—, no se muevan de ahí. El resto se va. ¡Ahora!
Hermione nunca sabría cómo fue que el maestro Barnes lo logró, pero hasta Lavender Brown fue capaz de salir de la habitación bajo la protección forzada del Sr. Weasley pues era un riesgo tener a la rubia en el mismo pasillo en el que se encontraban Ginny Weasley y la Sra. Granger. Así que, mientras los otros se estaban matando entre ellos allá afuera, en la habitación, Hermione, Ron y el maestro Barnes permanecieron en silencio, esperando que alguno de los bailarines rompiera el silencio primero.
—Bien, Ronald, ¿qué tienes que decir a tu favor? —pidió otra vez el profesor— y tú, Hermione, deja de llorar, ya no tienes 11 años.
—Lo siento —pidió el pelirrojo, girándose a la castaña para darle las merecidas disculpas, pero Hermione se mantuvo inmóvil mirando hacia la alfombra, concentrada en calmar su llanto—. Hermione, perdóname, lo siento tanto.
—Cállate —murmuró la joven apretando tan fuerte los dientes que pensó que podrían romperse—. ¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a pedirme perdón después de esto? ¿Crees que todo se solucionará con un "lo siento"?
—Claro que no —respondió intentando tocar su hombro con su mano, pero la joven le dio un manotazo tan fuerte que el golpe resonó por la habitación. El entrenador tuvo que intervenir o Hermione se abalanzaría sobre el pelirrojo para descargar su ira—. Estoy tratando de arreglar las cosas. Sé que te hice daño, mucho daño y no te merecías esto. Fui un idiota. No quería que esto terminara de esta forma, te lo juro.
—¡No creo en tus mentiras, Ronald Weasley! —el gritó salió descontrolado de su boca, raspando su garganta en el proceso— ¡¿CÓMO PUDISTE?! ¡¿CÓMO PUDISTE?!
—¡Escúchame! —gritó, cortándola en el acto— Yo no quería que esto pasará, te lo juro, pero pasó. Conocí a Lavender y nos enamoramos. Traté de que estos sentimientos no crecieran porque no quería hacerte daño, pero pasó, no sé cómo, pero pasó. Me enamoré de Lavender.
Si Ron ya había puesto una estaca en su corazón, con aquel enunciado, terminó de clavarla. Nunca pensó que el amor podría doler, pero el amor que sentía por Ron y el amor que este sentía por Lavender la estaban asfixiando. Todo su mundo se vino abajo cuando Ron siguió con su explicación. ¡¿Un año?! ¿Cómo pudo estar tan ciega para no darse cuenta de que su novio la estuvo engañando durante un año entero? ¿Cuántas mentiras puedes escuchar durante todo un año? Debieron ser muchas y muy buenas porque ella jamás las descubrió.
—¿Por qué? —atinó a preguntar cuando Ron terminó de resumir todo lo que había vivido con Lavender desde que se conocieron—. Quiero saber por qué —la joven levantó el rostro con los ojos rojos, pero secos. Estaba en shock—. No lo entiendo, estábamos tan bien…—
—Hermione, nosotros no estamos bien —contradijo incrédulo, mirándola fijamente, pasando una de sus manos por su cabello. Barnes se mantenía inmóvil frente a ellos, escuchado con atención—. Pero, claro, ¿cómo se supone que te darías cuenta de ello si te pasas todos los días practicando? Todos los malditos días son lo mismo para ti: entrenar, entrenar, entrenar y entrenar. ¡Ya estoy harto! Desde que llegamos a la liga profesional, solo piensas en bailar. Me aburro contigo, Hermione, siempre es lo mismo todos los días. Ya ni siquiera puedo hablar contigo porque en todo lo que sabes pensar es en este maldito concurso —gritó haciendo brincar a la castaña y a su maestro—. Quería algo nuevo y Lavender me lo dio. Lavender es divertida, me divierto con ella, no se enoja y parece interesada en lo que le hablo, así sea una completa tontería.
—¡Eso no te da derecho a engañarme! —reclamó— Si querías cortarme, debiste decirlo.
—¿Para qué? Ni siquiera me escuchas. Hablar contigo es hablar con una pared. ¡Una pared obsesionada con el baile!
Hermione, ya no pudiendo aguantar, se abalanzó sobre el pelirrojo con los puños cerrados y propino golpes sobre su espalda y pecho—. ¡Eres… un… desgraciado! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! Y ya vas a ver cuándo me encuentre con esa zorra, le voy a arrancar todos los pelos de su cabeza de trapeador.
—¡Estás loca, Hermione, loca! —gritó el adolescente cubriéndose con los brazos de los golpes de Hermione.
—¡Basta los dos! —gritó Barnes interviniendo al fin. El maestro calvo tomó a la bailarina por la cintura y la arrastró lejos de Ronald. Hermione se retorcía entre sus brazos, lanzando manotazos, tratando de alcanzar el pelirrojo— ¡Ya es suficiente! Por el amor de Dios, compórtense como adultos —Ron se quedó de pie, mirando con odio a la castaña quien también lo miraba con el mismo sentimiento—. ¿Te vas a calmar, Hermione?
—Sí. —murmuró sin apartar la mirada.
—¿Te vas a callar, Ronald?
—Si ella se mantiene…—
—¡¿TE VAS A CALLAR?!
—Sí, señor.
—Bien —el maestro soltó a Hermione quien, recuperando la compostura, se apartó de él, quedándose al otro lado de la habitación con los brazos cruzados—. Ya es suficiente de ustedes dos, ya estoy harto. Nunca, en mis 20 años de carrera, me he encontrado en una situación tan vergonzosa como esta. ¿Qué se supone que les diré a los encargados del hotel? ¿Qué les voy a decir a los demás representantes de la academia? ¡¿Acaso están locos?! Ustedes son atletas representando a una institución y a su país, no pueden permitirse este deplorable comportamiento mientras están trabajando —recriminó el profesor elevando la voz—. Acaban de hacer el ridículo en público. Acaban de avergonzarnos a los tres en frente del personal de este hotel, los jueces del concurso y de los otros bailarines, su competencia. ¿Qué creen que pasará mañana? ¿Qué creen que dirán los jueces? Será un milagro que no nos descalifiquen por mal comportamiento.
—Que hagan lo que quieran, yo no pienso competir —respondió el pelirrojo, frunciendo el ceño y arrugando la nariz por el enojo.
—Y yo no pienso bailar con este traidor —murmuró Granger desde su posición—. Prefiero cortarme las manos y romperme ambas piernas antes de volver a bailar contigo. ¡Yo me voy!
—¡SILENCIO! —gritó Barnes. La vena de su cuello saltaba con cada palabra que pronunciaba— ¡Nadie les mandó a estar juntos! Yo se los advertí desde el primer día y, aun así, lo hicieron. Lo que tú hiciste, Ronald, no tiene perdón, pero nadie se irá de aquí. No es momento para pensar en ustedes. Mañana es la final y quieran o no, mañana se presentarán y bailarán. No nos hemos roto la espalda practicando todos los días para que sus hormonas lo arruinen. No sé cómo van a arreglar su mierda, pero ustedes vinieron aquí a trabajar, no a jugar a la casita.
Ambos bajaron la cabeza, reconociendo que el maestro tenía razón. Desobedecieron sus advertencias en su debido momento.
—Si ustedes cruzan esa puerta no solo le están faltan el respeto a este deporte que les ha dado tanto. Les están faltando el respeto a su academia, a sus profesores, a su competencia, a los demás bailarines de este hotel, a los jueces de este concurso, a sus patrocinadores, a sus padres y a mí. Así que mañana estarán los dos presentables en el Empress Salon, listos para competir. ¿Quedó claro? No importa que pierdan o ganen, ya no importa. Esto es cuestión de honor y principios, nosotros no dejamos las cosas a medio terminar.
Cabizbajos, la castaña y el pelirrojo asintieron sin decir ni una sola palabra.
—Ahora, Hermione, vete a tu habitación, necesitas descansar —el profesor abrió la puerta, revelando a todos los curiosos apoyados en las paredes del pasillo del hotel— y no quiero más comentarios sobre este asunto. ¿Entendido?
—Sí, señor. Buenas noches, señor.
Hermione asintió y caminó despacio hacia la salida, atravesando la puerta y siguiendo por el pasillo bajo la atenta mirada de sus padres, los padres de Ronald, Ginny y cualquier otro curioso que no tenía nada mejor que hacer que espiar.
—No te muevas, Ronald, tú y yo tenemos que hablar seriamente —alcanzó a escuchar antes de que la puerta se cerrara tras ella.
La castaña siguió caminando sin mirar a nadie. Probablemente sus pies estuvieran moviéndose por cuestión de inercia pues no estaba segura como llegó al ascensor ni cómo llego a su habitación. Ya no quería pensar, necesitaba dormir.
Dormir profundamente y no despertar.
El maestro Barnes daba vueltas de aquí a allá como león enjaulado frente a las puertas dobles de la zona de vestidores del Winter Gardens Blackpool. Su cabeza calva brillaba bajo las luces del pasillo y la cola de su elegante frac negro ondeaba con cada paso. Llevaba los brazos atrás de la espalda y sus dedos entrelazados jugaban con nerviosismo. Cada tanto, giraba la cabeza en dirección a las puertas esperando ver a Hermione Granger salir a través de estas, pero solo se encontraba con alguna que otra bailarina de la competencia. Su mente, usualmente serena y fría, ahora estaba hecha un completo desastre.
¿Cómo carajos se iban a presentar después de que una bomba como esa le hubiese explotado en la cara a su aprendiz?
Hermione se había negado rotundamente a bailar, incluso estuvo a punto de abandonar la ciudad a tres horas de la final. No tenía ni la menor idea de cómo hicieron para detenerla, pero, a la mala, lograron arrastrarla de regreso al Winter Gardens para que se vistiera y maquillara para la competencia. Ahora, ella se encontraba con su madre y amiga en la fase de maquillaje y peinado mientras que los Sres. Weasley le estaban haciendo el favor de mantener a Ronald Weasley quieto en el foyer afuera del Empress Salon.
Esos dos no se habían visto en todo el día. No tenía idea de cómo reaccionaría la castaña en cuanto se reencontraran afuera del Empress Salon, mucho menos cómo reaccionaría cuando estuvieran bailando frente a los jueces en un par de minutos. Esto pintaba mal, demasiado mal. Podía irse despidiéndose del trofeo desde ahora porque, por más profesional que fuesen, dudaba que el "cisne de Cambridge" pudiera controlar sus emociones.
—¡Por fin! —exclamó cuando la vio salir de los vestuarios, pero su alivio desapareció en cuanto sus ojos se encontraron con los de ella.
Al instante, se congeló.
Los cálidos ojos miel de Hermione, usualmente tan llenos de vida, estaban tan fríos como el Ártico y tan vacíos como los de un soldado al regresar de la guerra. Algo dentro de ella había cambiado y, aunque tuviera puesto ese hermoso vestido azul y aquel maquillaje dramático, Hermione parecía una muerta en vida, se veía pálida y sumamente cansada, como si no hubiese dormido en días.
Las consecuencias de llorar toda la noche, pensó de inmediato.
—¿Segura que quieres hacer esto, cariño? —preguntó su madre quien la tomaba del brazo como para evitar que se cayera. Atrás, la pelirroja amiga de Granger sostenía en silencio el neceser con todo el maquillaje que utilizaron para darle algo de color a esa pobre muchacha— Siempre podemos irnos si eso quieres. Nadie te puede obligar a nada.
—¿Estás lista? —preguntó el profesor de pie frente a ella, estirando su mano para que la tomara.
Hermione inhaló y dejó que sus pulmones se llenaran de oxígeno, retuvo la respiración un par de segundos y luego dejó escapar todo el aire junto con sus nervios. Con delicadeza, sacudió su brazo para que su madre la soltara y tomó la mano de su maestro quien, asintiendo con la cabeza, la guió por el ancho corredor azul y crema, demasiado apresurados por llegar que no pudieron apreciar la hermosa visión del nocturno cielo estrellado que les regalaba el techo de cristal del Floral Hall. Esquivando a otros participantes, no tardaron mucho en llegar al pequeño foyer crema afuera del Empress Salon.
El foyer no era muy grande, sí, pero por primera vez en toda su vida, el maestro Barnes lo sentía demasiado pequeño para él. No lo comprendía, el número de personas no excedía la capacidad, el número de participantes era el mismo de siempre y dudaba que la presencia de algunos padres aumentara significativamente en la cantidad de asistentes dentro del foyer, pero sentía que había tantas personas que fácilmente podría asfixiarse entre ellos.
—Maestro Barnes —escuchó que lo llamaron. El mayor y su alumna buscaron entre la multitud al dueño de aquella voz hasta que lo encontraron al lado de Ronald Weasley, ataviado con su traje, el cabello pelirrojo peinado hacia atrás con demasiado gel y su respectivo número pegado sobre su espalda.
—Sr. Poe —saludó el maestro al hombre alto de traje elegante y lentes frente a ellos.
—Qué bueno que ya están aquí —suspiró aliviado, como si le hubiesen quitado un enorme peso de encima—. ¿Ya está aquí su…? Oh, ya encontró a Miss Granger. Bien, necesito que ambos participantes firmen aquí para confirmar su asistencia.
El Sr. Poe les tendió un portapapeles negro donde encontraron varias hojas con nombres enumerados. Hermione lo recibió sin hacer ni el más mínimo ruido y buscó su nombre entre los tantos otros nombres de su competencia. Al encontrarlo, firmó con furia sobre la línea punteada y luego, casi lanzándola, se la entregó a Ron quien, al recibir el objeto con tanta fuerza sobre su pecho, se quedó sin aire.
Seguía furiosa, esto no auguraba nada bueno, pensó el pelirrojo mientras depositaba su respectiva firma al lado de la de su ex.
Hermione no necesitaba que le dieran permiso para irse, mucho menos que le indicaran en dónde debía formarse, se conocía el protocolo de ingreso a revés y al derecho y, aunque esta fuese su primera vez en Blackpool y todos los bailarines que la rodeaban eran reconocidos profesionales, no se sentía para nada nerviosa ni cohibida de estar ahí.
Sus zapatos de tacón bajo resonaron ahogados sobre la alfombra hasta llegar a su respectivo lugar en la fila, el número 17. Siguió mirando hacia el suelo, batallando internamente contra esos horribles pensamientos que seguían corriendo dentro de su cabeza. Necesitaba vaciar su mente con urgencia antes de entrar en el salón. No necesitaba que nada la distrajera. Mientras más rápido terminara eso, más rápido regresaría a casa, a Cambridge.
Y más rápido estaría lejos de Ronald.
—Muy bien, muchachos —la voz de su maestro la sacó de sus pensamientos. Ahora, Ronald estaba al lado de ella en la fila, acomodándose la pajarita del traje. Su cabello rojo, acomodado por el gel, brillaba por la luz blanca del techo. El hombre calvo se veía algo nervioso y se notaba que estaba planificando sus siguientes palabras dentro de su cabeza—, hoy es nuestro gran día… Yo sé que esto no es fácil para ninguno de los dos y sé que los estoy obligando a algo que no quieren, en especial a ti, Hermione, pero creo que han llegado muy lejos por sus propios méritos y soy un fiel creyente de que lo que empieza, se debe terminar.
Ron escuchaba atento, mirando a Barnes a los ojos. Hermione seguía mirando a la alfombra, siguiendo el patrón de rombos negros y blancos.
—Estoy muy orgulloso de ustedes. Sé lo mucho que han trabajado desde el día uno y fueron esa disciplina y perseverancia las que los han convertido en los bailarines que son hoy y las que los han traído hasta aquí. No cualquiera llega a Blackpool. Acaban de llegar a la final del más grande concurso nacional e internacional. Son la mejor pareja con la que me he encontrado en estos últimos años y ha sido un completo deleite verlos crecer cada día, en cada entrenamiento y en cada concurso. Sé que, pase lo que pase el día de hoy o lo que pase en el futuro, yo siempre voy a estar orgulloso de decir que son mis alumnos. Hermione, Ronald, quiero que sepan que estoy muy orgulloso de haber sido su maestro.
Las palabras del maestro Barnes no solo eran un discurso motivacional pre concurso, también era uno de despedida. El maestro Barnes llevaba suficientes años en este negocio como para saber cuándo era apropiado abandonar el barco antes de que este se hundiera y él acababa de tomar uno de los botes salvavidas.
—¡BAILARINES! —gritó uno de los organizadores del evento—. ¡Prepárense! ¡Entran en cinco!
—Muy bien, los dejaré prepararse… Rómpanse una pierna, muchachos, buena suerte.
El maestro desapareció tras las puertas que flanqueaban la entrada principal al Empress Salon. Hermione supuso que estaría ubicado en el primer piso, donde los competidores, maestros y otras personalidades importantes se encontraban. Vio de reojo pasar a su madre y a Ginny por el foyer, ellas le saludaron con la mano y desaparecieron detrás de otra puerta, con destino al segundo nivel, donde se sentaba el público.
La castaña jugó con la falda de su vestido azul, meneándola de un lado a otro. Su pierna izquierda temblaba y su ojo derecho no dejaba de saltar. Estaba muy ansiosa y no podía quedarse quieta pues no podía controlar su cuerpo. Quería que esta pesadilla acabara de una buena vez, se enfermaría si debía pasar un segundo más al lado de ese traidor. No sabía cómo soportaría las siguientes tres horas que duraba el evento.
—Hermione… —la llamó Ron, mas ella hizo caso omiso a sus palabras, simulando no escuchar—. Hermione, por favor… Quisiera hablar contigo sobre esto, por favor —Ron estiró su mano para tocar su brazo envuelto en la fina seda blanca del guante, pero Hermione se apartó violentamente, haciendo girar asustados a la pareja delante de ellos.
¿Cómo se suponía que iban a bailar si ni siquiera soportaba su tacto?
—Hermione… lo siento, en serio, lo siento mucho. No te voy a pedir que me perdones ahora, pero al menos, ¿podrías decirme algo, por favor? Estamos a nada de bailar frente a más de 1500 personas, un jurado muy severo, rodeados de profesionales que llevan años en este deporte y yo estoy muy nervioso —Hermione se mantuvo con la cabeza abajo, mirando sus zapatos y apretando los dientes con tanta fuerza que, por un segundo, rechinaron—. Por favor, dime algo… lo que sea.
—Por favor, concursantes —llamó el Sr. Poe, despejando con el solo sonido de su voz el revoltoso foyer—. Formen una línea frente a la puerta. En unos segundos, las puertas se abrirán y anunciarán sus nombres. Cuando mencionen sus números, entrarán en el salón, saludarán mientras los presentan y tomarán su respectivo lugar en la pista tal y cómo practicaron en los ensayos. ¿Quedó claro?
—Camina —susurró tan bajo que Ron pensó que solo lo imaginó.
Ambos se posicionaron entre la pareja número 16 y la 18, listos para ser llamados en cuanto se abrieran las puertas. Al otro lado, dentro del salón, podían escuchar la voz del maestro de ceremonias, así como también los murmullos y aplausos de los asistentes al evento.
"¡Denle una calurosa bienvenida a la pareja número uno!"
Nervioso, inquieto y tal vez casi igual de asustado como lo estuvo durante su primer concurso, Ron Weasley se giró para ver a Hermione quien seguía inmóvil en su lugar, mirando al suelo. Era inútil intentar razonar con ella, así que solo le quedó aceptarlo y continuar. Tal como dijo su maestro, debían terminar lo que empezaron juntos.
—Hermione, quiero que sepas que fue un honor competir contigo. Siempre me arrepentiré de que las cosas terminaran así. Espero que, algún día, me puedas perdonar… Mucha suerte.
El segundo en abandonar oficialmente el barco. Ahora solo quedaba ella, la nueva capitana y única tripulante de este navío destinado a naufragar.
"¡La pareja número 14!"
Hermione cerró los ojos y volvió a tomar aire, preparándose mental y físicamente para lo que vendría a continuación. Realizó tres círculos hacia atrás con sus hombros para relajar la espalda; giró su cuello en círculos de izquierda a derecha y de derecha a izquierda antes de estirarlo lo más que podía; apretó los glúteos y el vientre, enderezó la espalda y relajó los hombros y brazos para que estos se vieran delicados. Sin dejar de apretar el abdomen, levantó la cabeza. Se sintió alta, delicada, elegante y confiada.
Por último, sonrió.
Para cualquier persona que estuviera acostumbrada a este tipo de eventos, encontrar sonrisas falsas era algo sumamente natural, era como si, a medida que ibas ganando más experiencia, más rápido aprendias a dibujar una auténtica sonrisa ganadora en tu rostro a pesar de que, por dentro, estuvieras muriendo de miedo. Pues, esa noche, Ron Weasley descubrió que Hermione había dominado el arte de sonreír mucho mejor de lo que él podría hacerlo en toda su vida.
Aquella sonrisa de incisivos grandes deslumbraba como si se tratasen de pequeñas perlas de un collar costoso. Sus ojos miel, aquellos ojos miel que alguna vez amó, brillaban llenos de vida, completamente opuestos a lo que eran hace un par de segundos, un par de ojos muertos. Fue un cambio tan radical que descolocó por completo al pelirrojo quien no pudo escuchar como el maestro de ceremonias anunciaba su número.
"¡La pareja número 17! Denle la bienvenida al Sr. Ronald Weasley y a la Srta. Hermione Granger"
Hermione tomó la mano de su pareja y ambos atravesaron las puertas del salón con gallardía, siendo recibidos por un público entusiasta. Ron sonreía, incómodo; Hermione, radiante. Ambos bailarines se deslizaron con elegancia hacia al frente de la mesa principal donde saludaron al jurado de esa noche y, luego, avanzaron hacia alcanzar su respectivo lugar a la derecha de la pista.
"Damas y caballeros, bailarines, distinguido jurado... ¡Qué inicie la competencia!"
"¡Vals!"
Arriba, en los balcones, Ginny Weasley estaba sentada junto a sus padres en el balcón izquierdo del salón, mirando atenta a la pareja número 17 y aplaudiendo con cada giro que realizaban. A su lado, el Sr. Weasley sostenía en alto su teléfono, grabando el evento para recordarlo en la posteridad. La Sra. Weasley observaba atenta la pista, pero de vez en cuando, dejaba de ver a su pelirrojo hijo para buscar entre los asientos a los padres de la joven castaña.
"¡Tango!"
Al otro lado del salón, en el balcón derecho, los Sres. Granger estaban ubicados en una zona estratégica la cual les permitía tener la mejor vista de la pista y, por ende, de su hija, pero lo suficientemente alejados de los altavoces para no quedarse sordos por la música en vivo. Por un lado, la Sra. Granger tenía una hermosa sonrisa en el rostro y su corazón latía feliz de ver a su hija cumpliendo sus sueños, bailando en medio de tantos profesionales. Por otro, el Sr. Granger observaba de brazos cruzados hacia la pista de baile, prestando mucha atención a cualquier interacción entre ellos dos. No le agradaba para nada la idea de que Hermione estuviera compitiendo en ese momento, mucho menos que tuviera que bailar con esa comadreja infiel.
"¡Vals vienés!"
—Lo hace muy bien, ¿verdad, Tom? —comentó la Sra. Granger cuando cambiaron de categoría—. El Vienés es su especialidad. Sé que no es su mejor momento, pero sigue siendo grandiosa.
—Ella siempre es y será grandiosa —defendió orgulloso, observando a su hija deslizarse con elegancia mientras daba giros tomada de la mano con el pelirrojo—. Es Weasley quien me preocupa.
—¿Qué te preocupa? —preguntó, aplaudiendo.
—Que algo suceda —le comentó la Sra. Weasley a su esposo, captando la atención tanto de este como la de su hija—. Tengo un presentimiento extraño, aquí en el pecho. Siento que algo malo va a pasar.
—No digas eso, Molly —respondió el Sr. Weasley, algo consternado por las palabras de su mujer—. Suficiente tenemos con lo que pasó ayer como para soportar otra desgracia.
—Es solo una competencia de baile de salón, mamá. Lo peor que podría pasar es que no ganen, eso es todo.
"¡Foxtrot!"
Hasta ahora todo había salido muy bien. Ron y Hermione estuvieron bien en sus solos, no deslumbrantes como el maestro Barnes hubiese querido, pero no se atrevía a exigir más. De por sí ya estaba agradecido con el de arriba de que no estuvieran peleando a mitad del concurso, aunque eso se debía a que, al finalizar cada baile durante la primera fase, él tuvo que sacarlos de la pista y llevarlos al pasillo posterior donde tuvo que hablarles fuerte para que reaccionaran e hicieran sus diferencias a un lado.
En fin, ya estaban en los bailes de secuencia y todo iba en orden, un par de bailes más y podrían decirle adiós a todo. El hombre suspiró aliviado desde su asiento al lado de uno de los anotadores. Puede que sus alumnos no destacaran dentro de la competencia, pero al menos habían dado la cara. Esperaba que los tres salieran bien parados de este evento, de esa forma, podrían tomar sus propios caminos y continuar con sus respectivas vidas.
Por supuesto, no contó con un pequeñísimo factor el cual haría que todo se fuera al diablo.
"¡La última categoría de la noche, damas y caballeros! Y, luego de esto, los jueces determinarán al ganador del oro, plata y bronce del Blackpool 2013... y el último baile es... ¡Quickstep!"
Hermione tomó la mano izquierda de Ron y este puso su otra mano sobre sus omóplatos, preparados para brincar en cuando la música sonará cuando de pronto escucharon un grito desde el balcón central.
—¡Tú puedes, Won-Won!
Solo bastó ese grito para que la concentración de Hermione se fuera por la borda. Probablemente, en otra circunstancia, ella jamás hubiese escuchado el grito pues este se opacó por el murmullo de los demás asistentes. Sin embargo, ella lo escuchó fuerte y claro, como si la misma Lavender hubiese gritado en su oído.
—¿"Won-Won"? —susurró para sí, pero estaba tan cerca que Ron también pudo escucharla—. Nosotros nunca usamos apodos.
El pelirrojo estaba en blanco como una hoja de papel. Jamás hubiese visto venir el grito de Lavender, mucho menos en la última etapa de concurso. Agradecía su apoyo, pero, por primera vez desde que estaban juntos, prefería que no hubiese asistido al evento.
—Hermione...—
—No digas nada —murmuró enojada, borrando esa sonrisa falsa al instante—. No me toques.
—Pero, pero... ¡¿y el concurso?!
—¡No me toques!
Sin embargo, Ron no pudo cumplir con los deseos de su ex pues la orquesta en vivo empezó a tocar y la música del quickstep los envolvió rápidamente, así como las otras parejas, girando alrededor de ellos. Por instinto, el pelirrojo tomó a Hermione del omóplato y dirigió el baile, llevándola de derecha a izquierda por todo el borde de la pista, asegurándose de que ella no se apartara de él por más que lo intentara.
Esta tarea no fue para nada sencilla pues Hermione no colaboraba en lo absoluto.
—Jamás me permitiste darte un apodo porque pensabas que era ridículo.
—Hermione, este no es el mejor momento para hablar de esto.
—¿Qué hace ella aquí? ¿Tú la invitaste?
—Hermione, por favor, no ahora.
—¡Mi familia está aquí! ¡Nuestros amigos están aquí! ¿No te bastó el hotel y quieres humillarme aquí también?
—Hermione, por favor.
La castaña retrocedía dando brinquitos por cada paso que Ronald daba hacia ella, ambos seguían deslizándose entre las parejas, bailando por inercia o, lo más apropiado sería decir, chocando por inercia.
El maestro Barnes, desde su asiento en el primer nivel, se pasaba las manos por la calva cabeza cada vez que los veía demasiado cerca a las otras parejas que, inevitablemente, los cerraban al punto de chocar contra ellas. Ni los jueces ni los anotadores pasaron por alto eso y cada dos por tres se encontraban apuntando cosas dentro de sus respectivas tablillas.
Esto era un completo desastre.
Esto era el fin.
—¡¿Cómo pudiste?! —preguntó la castaña rompiendo en llanto— ¡¿POR QUÉ?!
—¡LO SIENTO!
Hermione plantó ambas piernas con firmeza sobre el suelo, deteniéndose abruptamente y deteniendo a Ronald quien, a causa del movimiento brusco de la inercia, se abalanzó sobre ella, arrastrándola con él hacia el suelo de madera donde ambos cayeron, inmóviles y sin poder creer lo que estaba pasando.
El grito ahogado del público no se hizo esperar.
—¡Ay! —se quejó la castaña cuando Ron intentó levantarse, segundos después de salir del shock. Su rostro estaba tan rojo como su, ahora, despeinado cabello, sus ojos estaban tan abiertos que pensó que se le saldrían de sus cuencas y su pecho subía y bajaba, agitado—… Mi pierna… me duele.
Su pierna izquierda estaba completamente estirada al frente, pero la derecha estaba doblada hacia atrás. Ron había caído sobre Hermione quien, a su vez, había caído sobre su pierna derecha.
—Tranquila, tranquila. Vamos a levantarnos —el pelirrojo levantó una mano para indicar que estaban bien. Los demás asistentes al evento aplaudieron dándoles ánimos para continuar—. Déjame ayudarte.
—No me toques —susurró moviéndose a duras penas, con un dolor punzante en su pierna.
—Vamos. Hay que levantarnos. Vamos.
Ya en pie, Ron le tendió la mano para levantarla. Hermione apoyó la pierna izquierda, asentándola bien para pararse. Apenas si podía mover la pierna derecha, tenía que usar todas sus fuerzas para arrastrarla hasta poder doblarla lo suficiente como para ponerse de pie. Le dolía demasiado. Aquella lentitud alertó a los anotadores y otros bailarines quienes uno a uno se fueron acercando con cautela, dispuestos a ayudar en caso de ser necesario.
A la cuenta de tres, usó toda su fuerza de voluntad para levantarse, pero en cuanto su pie tocó el suelo, ella volvió a caer, esta vez, gritando a todo pulmón.
¡CRACK!
—¡Tranquila, mi vida! Todo va a estar bien. Estamos contigo.
—¡MAMÁ! ¡ME DUELE MUCHO! ¡MAMÁ!
—Mírame, mi vida, respira, respira. Debes calmarte, cariño.
La Sra. Granger sostenía con su mano izquierda la mano de su hija y, con la derecha, le acariciaba la cabeza, mirándola a los ojos llorosos. Ambas mujeres estaban llorando, pero era la menor la que parecía que se iba a desmayar de tanto llorar. Su maquillaje dramático se había corrido a causa de las lágrimas, su cabello era un completo desastre y su vestido estaba hecho jirones ya que los paramédicos tuvieron que apartarlo para inmovilizar su pierna fracturada.
—Ya no falta mucho, cariño —intentó tranquilizar el Sr. Granger—. El hospital está a cinco minutos.
La cabeza le dolía de tanto llorar. Estaba agotada, cansada, humillada y solo quería irse a casa. La pierna la estaba matando. No se atrevía ni a verla, podía sentirla hinchada y pesada sobre la camilla. El paramédico la hizo gritar cuando la tocó por primera vez al intentar inmovilizarla, pero no importaron sus gritos, ellos cumplieron con su trabajo.
Con toda sinceridad, Hermione Granger no tenía ni la menor idea de cómo fue que la metieron dentro de la ambulancia, ni siquiera sabía cómo fue que la había sacado de la pista de baile. Recordaba su pierna crujir y a los demás competidores abalanzarse sobre ella para ayudarla mientras ella gritaba de dolor. Recordaba haber sujetado una mano, no recordaba de quien, y también una voz profunda y de acento extranjero mientras era subida a la camilla de los paramédicos. Mientras era retirada del evento, estaba segura que vio el rostro de su héroe Diego Caplan, completamente horrorizado.
También el rostro del maestro Barnes. Hermione jamás olvidaría su expresión, era de genuina culpa.
—Permiso, por favor —dijo uno de los paramédicos en cuanto la ambulancia aparcó y las puertas traseras se abrieron—. No se mueva, Hermione.
Bajaron la camilla y los paramédicos la empujaron a través del área de emergencias del hospital, informando en voz alta toda su información personal y estado a los médicos de turno. Sus padres corrían a su lado, tratando de seguirles el paso. Debían estar dando todo un espectáculo. Dos adultos bien vestidos corriendo desesperados detrás de una camilla empujada por médicos en la cual transportaban a una adolescente en un enorme vestido azul de fantasía quien lloraba desgarradoramente por su pierna rota.
—El quirófano 3 está libre, llévenla allá —ordenó la doctora que tomó el caso—. Localiza al Dr. Gonzales, dile que lo necesitamos en el quirófano 3.
—Sí, doctora.
—Prepárenla para operar.
—¡¿OPERAR?! —gritó Hermione, completamente aterrada—. No… NO, NO, NO, NO.
—Hermione, cálmese, por favor —pidió la médica en tono neutro, acostumbrada a este tipo de conductas por parte de sus pacientes.
—¡¿ME VAN A QUITAR MI PIERNA?! —ni siquiera dejó a los profesionales contestar pues empezó a gritar entre lágrimas otra vez— ¡Papá! ¡No dejes que me quiten mi pierna, por favor!
—Princesa, nadie te va a quitar tu pierna —le respondió acariciando su cabeza.
—Sres. Granger, necesito que se queden aquí —dijo una enfermera apartándolos de Hermione.
—Pero…—
—Hasta aquí.
—¡MAMÁ! ¡PAPÁ! —llamó asustada mientras se alejaba de ellos.
—Todo va a estar bien, princesa. Todo va a estar bien.
—Tu mamá y tu papá se quedarán en la sala de espera, Hermione. Ahora te dejaré con las enfermeras. Te veré en el quirófano.
Las enfermeras se llevaron a Hermione a solo ellas sabían dónde, aunque lo más probable es que la llevaran a una habitación a parte para prepararla para la operación. Todo el proceso, la castaña se lo pasó llorando a viva voz, como si le hubiesen arrancado un pedazo de ella. Las enfermeras, mientras cortaban su vestido azul para ponerle la bata, pensaron que solo se trataba del miedo de la muchacha lo que hacía que exagerara su dolor, pero tal vez, la realidad era muy diferente, pues Hermione podía jurar que sí le habían arrancado algo.
Le habían arrancado el corazón.
Le habían arrebatado sus sueños.
Sí, le dolía terriblemente la pierna la cual, estaba segura, nunca volvería a ser la de antes, pero le dolía mucho más el corazón. Nunca creyó que una persona fuera capaz de morir por un corazón roto, pero estaba segura que, tal vez, ella podría ser una de las primeras. Se sentía usada, engañada, humillada y muy traicionada. Ambos, Lavender y Ronald, se habían encargado de clavar una puñalada profunda en su espalda y, para colmo, el pelirrojo aún tenía las agallas para pedirle perdón como si esa simple palabra pudiera arreglar todo el dolor causado ayer y hoy.
¡Era un año entero de mentiras! Lo siento, Ron, pero un simple perdón no lo iba a arreglar.
¿Qué hizo mal? ¿Qué daño le había hecho ella para que Ron le hiciera eso? Ella siempre quiso lo mejor para los dos, había estado junto con él en los mejores momentos y también en los peores. Se conocían desde que eran unos niños, ella iba a cenar a casa de sus padres e incluso pasaron Navidades juntos. Pudo decirle la verdad desde el inicio, pudo ahorrarle todo el sufrimiento y ser sincera con ella por un minuto.
Pero no.
—Cirugía a cargo de la Dra. Johnson. Residente de turno, Dr. Gonzales. Paciente, Hermione Granger, 19 años. Lesión: Fractura de la diáfisis del peroné derecho.
No, no, estaba mal, estaba todo mal. No debían operarle de la pierna, debían operarle el corazón. Necesitaba que se lo terminaran de arrancar por completo.
—Muy bien, linda —le dijo uno de los miembros del equipo médico. Se asomó a su lado con el cabello cubierto por una gorra azul y su mascarilla verde—. Quiero que aspires esto y cuentes del diez al uno. ¿Puedes hacerlo?
Ella movió la cabeza asintiendo y el médico le colocó una mascarilla de plástico por la cual salía un gas frío que impactaba directamente a sus vías respiratorias. Era muy frío, igual que el quirófano.
—¿Hermione?
—Diez… nueve… ocho… sie…—
—Con cuidado, Tom —pidió la Sra. Granger mientras sostenía la puerta trasera del auto para que esta no se cerrara—. Agárrate fuerte, mi vida.
—Muy bien, princesa, con cuidado. Jane, acerca la silla de ruedas, por favor.
Hermione fue depositada con suma delicadeza por su padre sobre dicho aparato. Los Granger jamás pensaron en invertir en una, pero dadas las circunstancias, se vieron en la obligación de sacar ahorros para adquirir una. El Sr. Granger cerró la puerta del auto y luego acompañó a su esposa e hija por el camino a la entrada de la casa. Con cuidado, subieron el único escalón frente a la puerta, provocando que la castaña soltara un pequeño quejido cuando la silla realizó un movimiento brusco.
—Sabes, nunca me gustó este escalón —comentó Tom esperando hacer reír a su pequeña—. Tal vez deberíamos mandarlo a quitar.
—Está bien, papá, no dolió mucho.
Al abrir la puerta, lo primero que vio Hermione fue un bonito cartel de bienvenida hecho a mano en la pared junto a las escaleras. Su madre siempre fue buena para las manualidades, algo le decía que fue idea de ella.
El pequeño gesto la hizo sonreír.
—Vamos a cenar lo que tú quieras comer, ¿sí, mi vida? Y voy a preparar todas tus comidas favoritas. Tienes que comer bien.
—Te instalamos unas barras en el baño —le comentó su padre llegando a las escaleras donde acomodó la silla de ruedas a un lado—. Así será más fácil para ti.
—Gracias.
—Pon tus manos en mi cuello, Herms, y agárrate fuerte.
El Sr. Granger dobló sus rodillas y pasó sus manos por debajo de las piernas y espalda de su hija para levantarla y transportarla con cuidado por las escaleras hasta llegar al segundo piso, donde se encontraba la alcoba de la bailarina. El dentista procuró no hacer movimientos bruscos y tuvo que subir de lado, apoyado en la pared, para evitar que la pierna enyesada de su única hija chocara contra las paredes color melocotón. La Sra. Granger los seguía de cerca, vigilando que la pierna estuviera lo suficientemente en alto. Su corazón se encogía cada vez que veía a su hija, la veía tan frágil y triste.
La habitación de Hermione estaba limpia y olía a flores frescas. Sus padres se habían encargado de limpiar, ambientar y decorar todo para su retorno. Había un bonito arregló floral sobre su escritorio, así como un extraño objeto similar a un palo largo con unas pinzas.
—Llevé tu barra al garaje para que haya más espacio aquí y te compré esto —dijo la mujer al notar que su hija no apartaba sus ojos miel del objeto—. Lo vi en un infomercial. Es para alcanzar objetos, para que no te tengas que mover.
—Lo estuve probando, es muy bueno.
—Gracias, mamá.
Hermione fue depositada en su cama donde la esperaba sus cientos de almohadones y peluches coloridos. La Sra. Granger acomodó dos almohadas mullidas debajo de la pierna enyesada y luego un almohadón grande detrás de su espalda.
La bailarina nunca se había sentido tan mimada por sus padres desde que era una niña, pero, francamente, estos cuidados especiales no se comparaban en nada cuando era niña. Estos eran cautelosos, como si sus padres estuvieran manipulando una bomba depresiva la cual podría explotar en cualquier momento. No habían hablado del accidente desde que despertó de la cirugía, mucho menos habían mencionado a Ronald ni al maestro Barnes. Prácticamente, la tenían aislada de todo.
"Por su propio bien".
Sus padres se sentaron cada uno a su lado y la abrazaron un par de minutos. Su mamá le dio un beso en la frente y pegó su cabeza a la de ella, en silencio, brindándole un cálido abrazo familiar lleno de amor. Hermione sabía que ellos querían decirle algo, desesperadamente querían decir algo, pero no sabían cómo y mucho menos qué.
—¿Qué quieres hacer ahora, princesa? —preguntó el Sr. Granger luego de un rato con una gran sonrisa de perfectos dientes dibujada en su rostro.
—… Creo que quiero dormir un poco… estoy algo cansada.
—Oh… sí, por supuesto, ha sido un viaje muy largo y has pasado por mucho estos días—respondió levantándose de la cama, acomodando por última vez el almohadón de su hija—. Bueno, te dejamos descansar.
—Grita si necesitas algo, ¿sí, cariño?
—De acuerdo, mamá.
La Sra. Granger depositó un beso sobre la frente de su hija y le dedicó una última mirada antes de tomar la mano de su esposo y abandonar la habitación con tristes sonrisas en sus labios. Hermione esperó hasta que cerraran a puerta para poder soltar todo el aire que no se había dado cuenta que estaba reteniendo hasta ese momento.
Sus ojos miel viajaron hacia su pierna enyesada.
Ya no dolía cómo antes, pero daría lo que fuera para que le volvieran a dar, aunque sea, un poquito de morfina para tener el cuerpo adormecido.
Un somnífero no le vendría mal ahora, pensó.
—No te atrevas a decirle nada fuera de lugar. ¿Quedó claro, Sirius?
—¿Cuando he dicho algo fuera de lugar?
—Sirius, esta vez va en serio. Nada de bromas sobre metidas de pata.
—Y, por favor, no vuelvas a decir "Cuando le dije que se rompiera una pierna, no lo decía en serio".
—Está bien, está bien, no digo nada.
Hermione apartó la mirada de su libro cuando escuchó tres golpecitos detrás de la puerta de su habitación. Esta se abrió y la cabeza de la Sra. Granger se asomó curiosa. Sus ojos verdes brillaban detrás de sus gafas y una hermosa sonrisa de dientes perfectos se dibujó en su cara.
—Hermione, cielo, tienes visitas —anunció con su voz cantarina cargada de felicidad, la misma felicidad que esperaba contagiar a su hija cada vez que le dirigía la palabra—. Pasen, muchachos.
—Gracias, Sra. Granger.
—Gracias.
—Gracias, Jane.
Ginny Weasley, Harry Potter y Sirius Black entraron en la ordenada alcoba. Este último tenía las manos ocupadas pues sujetaba un enorme arreglo de coloridas flores amarillas y un pequeño peluche de oso celeste dentro de estas. Hermione sonrió ligeramente al verlos. Complacida con el panorama, la Sra. Granger cerró la puerta y los dejó solos.
Los visitantes rodearon la cama de la Granger, acercándose con cuidado a ella para brindarle un cálido abrazo y un beso en la mejilla cada uno. El pie enyesado de la bailarina descansaba cómodamente encima de dos almohadones estampados, completamente a salvo de cualquier posible daño.
—Te traje flores, son tulipanes —empezó Sirius, levantando en alto el arreglo floral—. Pensé que te gustarían.
—Son hermosas, Sirius, muchas gracias, no debiste molestarte.
—Te ves muy bien, Herms —dijo Harry, arrastrando la silla del escritorio y sentándose al lado izquierdo de la cama—. ¿Cómo te sientes?
—Bien, algo adolorida, pero mucho mejor que antes.
—¿Dónde pongo esto? —la interrumpieron.
—Ponlo encima del escritorio, junto a las otras —indicó, señalando con su índice hacia el pequeño escritorio de madera donde no solo descansaba una laptop blanca, sino que, además, un hermoso arreglo de rosas. Había, por lo menos, media centena de brillantes rosas rojas de pétalos abiertos colocadas con suma delicadeza dentro de una caja negra con un elegante listón rojo.
Sirius asintió y dejó su regalo junto a las rosas. A diferencia del suyo, el otro presente tenía tarjeta y el curioso Sirius Black no pudo resistirse a leer el nombre de la persona con tan buen gusto. Sin que lo notaran, sus dedos largos se deslizaron sobre las rosas hasta tomar la pequeña tarjeta que ponía:
—"Mejórate pronto, campeona. Con amor, Viktor" —dijo en voz alta, llamando la atención de los tres jóvenes.
—¿Viktor Krum? —preguntó Ginny en tono curioso y con los ojos brillando de la emoción mientras se sentaba sobre el lado derecho de la cama. El nuevo pensó sobre la cama hizo que Hermione se moviera a un lado, causando dolor en su pierna— ¿Estuvo aquí?
—No, no —respondió casi al instante, negando efusivamente con la cabeza—. Me las envió hace dos días. Estábamos en una videollamada cuando sonó el timbre de la entrada y un mensajero me trajo las flores. Fue muy amable de su parte.
—¿Quién es el tal Viktor Krum? —preguntó divertido Sirius mientras husmeaba entre los cajones del escritorio, en busca de quien sabe qué— ¿Algún admirador secreto, pequeña Mione?
—No exactamente —respondió sonrojada—. Es un amigo… y mi competencia.
Viktor Krum era el aquel entonces campeón búlgaro de ballroom sequence categoría estándar. Se habían cruzado ocasionalmente durante las competencias cuando Hermione y Ron empezaron a frecuentar las altas esferas de bailarines profesionales. Durante esa semana en Blackpool, habían congeniado bien y se convirtieron en buenos amigos. Parte de ello, probablemente se debía a que, por cuestiones de edad, no competían en la misma categoría y no existía el factor de competitividad entre ellos.
—Me alegra que sigan en contacto —comentó Harry, estirando su mano para sujetar la de su amiga—. Te hace bien hablar con amigos.
—Y por eso estamos aquí —Ginny se inclinó para abrazarla y depositar un casto beso en su mejilla—. Te extrañamos mucho. Todo es tan extraño desde... ya sabes.
—Ni me lo digas —susurró la castaña desviando sus ojos miel a su pierna enyesada. Sus amigos miraron también en esa dirección—. Todavía sigo sin creer que tengo esto en la pierna. A veces solo quiero arrancarlo y ya.
Harry le dedicó una mirada preocupada a la pelirroja la cual ella correspondió al percatarse hacia donde se dirigía esta conversación.
—Dices eso porque tienes un feo y aburrido yeso, Mione —dijo Sirius, acercándose a la cama con marcadores de colores en sus manos. Hermione enarcó una ceja al descubrir el motivo por el cual estuvo husmeando entre sus cosas—, pero para tu suerte, eso lo puedo arreglar.
—Ten cuidado –advirtió el ojiverde cuando el aristócrata se arrodilló frente a la cama y se dispuso a colorear parte del yeso—. La operaron hace poco, todavía le duele.
—Sé lo que hago, Harry —respondió rodando los ojos—. Grita si te duele, Hermione.
Ginny imitó el gesto, reconsiderando seriamente si fue una buena idea haber dejado que Sirius los acompañara.
— A veces creo que esto es una horrible pesadilla —confesó la castaña dejando a un lado de la cama el libro que, hasta entonces, estuvo descansando abierto sobre su regazo—. Desearía poder despertar.
—Esto ya pasará. Eres fuerte y decidida, saldrás de esto muy pronto —la animó la pelirroja—. ¿Cuándo inicias la terapia?
—En una semana según el doctor, dice que debo completar el mes. Dijo que tengo buen estado físico y que parecía recuperarme bien. Van a revisar cómo está evolucionando mi pierna y, si todo está bien, me darán la orden para iniciar con la terapia. Aunque también me dijo que no me hiciera ilusiones y que lo más probable es que tuviera unos dos meses más con este yeso.
—Quien sabe y puede ocurrir un milagro —trató de animar la pelirroja.
—Estuve investigando un poco sobre ello —Harry buscó su celular en el bolsillo de sus pantalones y tecleó rápidamente sobre la pantalla.
—¿Tú investigando? —bromeó la castaña— ¡Vaya milagro!
—Es bueno saber que no perdiste tu sentido del humor, Hermione —comentó el mayor de todos cerrando el marcador rojo y tomando uno verde—. Es una buena señal.
—¿Qué tanto haces ahí abajo?
—Oh, Hermione, linda, no te haré nada malo, lo prometo—respondió de forma coqueta, guiñando un ojo, provocando que Hermione se removiera avergonzada sobre su cama— a no ser que tú quieras.
Ginny le lanzó una de las tantas almohadas de la cama directo al rostro y, con ello, por fin pudo silenciar al pervertido millonario.
—Mira, en esta página dice que existen cientos de tipos de terapias. Te harán muchos masajes y tal vez algo de electroterapia. Hablé con un amigo que tengo en la facultad de Medicina. Dice que es un largo proceso para la recuperación total, tal vez años antes de que vuelvas a caminar con normalidad, pero me recomendó que… —
—¿Realmente crees que volveré a caminar? —le interrumpió con apenas un hilito de voz.
—¡Por supuesto que sí! —exclamó Harry apretando su mano con fuerza— ¡Eso no lo dudes jamás! Solo necesitas tiempo, Herms, tiempo y seguir al pie de la letra todo lo que te diga el doctor: hacer tus ejercicios, comer sano, no esforzarte demasiado y te prometo que pronto estarás caminando de aquí y allá otra vez.
El muchacho de brillantes ojos verdes le sonrió, una hermosa sonrisa que podría derretir cualquier corazón, y luego se llevó su mano a sus labios para dejar un cálido beso, como si sellara dicha promesa. Hermione trató de corresponder la sonrisa, pero apenas pudo curvar sus carnosos labios en una que buscaba ser auténtica.
—¿Y bailar? ¿Crees que volveré a bailar?
—Pues... —inició el joven, nervioso, pero, por fortuna, Ginny Weasley estaba ahí para salvarlo.
—Claro que sí, Hermione... Solo tienes que darle tiempo. Un paso a la vez, ¿sí? Ahora tienes que concentrarte en volver a ponerte de pie, luego en caminar, después correr y, ya al final, bailar. ¿Entendido?
Hermione asintió, aceptando esa respuesta ya que no le quedaba más opción. En el fondo, la castaña sabía que sus amigos tenían demasiado miedo como para responder. ¿Qué pasaba si se equivocaban? ¿Y, si al final de todo, ella no era capaz de volver a bailar otra vez? Tantos años de entrenamiento completamente desperdiciados.
Para cambiar de tema y, con ello, el ambiente tenso de la habitación, Ginny puso su bolso negro sobre sus piernas y buscó algo dentro de este bajo la atenta mirada de su amiga.
—Mamá y papá te envían saludos y muchos abrazos —dijo sonriendo—. Mamá te hizo una tarta de calabaza, así como te gusta. La dejé abajo con tu mamá, dice que la servirá más tarde. Papá te envía un fuerte abrazo y un libro de mándalas para colorear.
Del oscuro bolso, sacó un libro de mediano tamaño y grosor cuya portada decía "500 mándalas de animales para colorear". Hermione lo aceptó con un gentil "gracias" y lo empezó a hojear, descubriendo creativas imágenes de elefantes, mariposas y peces koi en blanco. En la primera hoja había una bonita dedicatoria firmada por el puño y letra del Sr. Weasley.
—Horas y horas de diversión —añadió sarcástica, volviendo a meter su mano dentro del bolso—. Bill tiene mejor gusto y te envía una gift card de Amazon con 50 dólares para que los gastes en lo que tú quieras —le tendió la tarjeta negra con el logotipo de la empresa electrónica. Hermione la aceptó gustosa—. Charlie te envía esto desde Rumania. Sabe que te gusta leer y dice que este libro lo mantuvo entretenido cuando se fracturó el brazo y tuvo que estar encerrado en casa durante meses.
Ginny sacó un libro grande, algo gastado, de color rojo y gruesa portada decorada por elegantes líneas doradas. En el centro, había una ilustración de dos personas. Los protagonistas, supuso Hermione mientras recibía el ejemplar.
—Estoy segura que ser mordido por un lobo no se puede comparar a una fractura por baile —comentó soltando una risilla mientras sus manos acariciaban la cubierta de cuero—. "Viajes con los vampiros". No pensé que le gustara la fantasía, mucho menos leer a Lockhart.
—Dice que al principio no le interesó, pero fue un regalo de mamá, a ella le encanta, y, ya que no tenía nada más que hacer, le dio una oportunidad. Dice que conforme iba leyendo, se volvió más interesante hasta que no pudo soltarlo... ¡Oh! Casi lo olvido, los gemelos te mandaron dulces y chucherías de su tienda de bromas.
—Estuve revisando, tienen cosas muy buenas —comentó Harry mientras sacaba detrás de él una bolsa secreta de color anaranjado brillante con la marca de la tienda de bromas de los gemelos, "Sortilegios Weasley", impreso al frente en bonitas letras moradas—. Incluso te enviaron un kit para hacer magia. Quien sabe y tal vez te conviertas en una bruja.
—"Para mayores de cinco años" —leyó las pequeñas letras atrás de la caja de kit de magia de la que tanto hablaba el pelinegro—. Al menos soy lo suficientemente mayor para usarlo.
—Y bueno, eso es todo. Percy te manda saludos y una serie de recomendaciones para mejorarte, pero creo que solo te daría sueño. Percy es un experto en hacer dormir a todos cada vez que dice algo, así sea por escrito —el comentario hizo reír a más de uno en la habitación, sobre todo el aristócrata de cabellos largos el cual, si bien estaba ocupado garabateando en la pierna de Hermione, estaba lo suficientemente atento a la conversación—. En fin, todos te desean lo mejor y esperan que te recuperes muy pronto.
Era algo extraño recibir tantos saludos de los Weasley. Hasta hace un par de semanas ellos eran prácticamente familia y ahora, ahora no había ningún tipo de relación con ellos más que por su amiga Ginny. Era raro seguir recibiendo la comida de la Sra. Weasley ahora que ya no sería su suegra, era mucho más raro que el Sr. Weasley siguiera diciéndole "hija" cuando, en realidad, no lo era y nunca lo fue. Era raro que los hermanos de Ginny la siguieran tratando como una más del clan cuando ya no lo era.
Todo era tan extraño ahora.
—Y... eh... ¿Sabes... sabes algo de... Ronald? —preguntó paseando sus dedos sobre la cubierta del libro de Charlie.
Ginny hizo una pausa antes de volver a dirigirse a su amiga, como si el simple comentario le hubiese absorbido toda la buena energía— No. Se fue de la casa y ya no le hablo —confesó en voz baja. Hermione supuso que también debía ser doloroso para ella, después de todo, Ronald seguía siendo su hermano—. Harry sigue en contacto, creo. ¿Te sigue hablando?
Las dos féminas se giraron a ver al pelinegro. De reojo y muy bien disimulado, Sirius también.
—A veces me habla —respondió cabizbajo ajustándose los lentes sobre la nariz—. Ahora está viviendo en un departamento al norte de Bristol.
No necesitaba decir en palabras lo que era más que obvio. Ron tenía un buen motivo para dejar su casa y mudarse a Bristol: Lavender era la representante de esa ciudad y, por ende, vivía ahí.
Hermione apretó con fuerza los puños, sus nudillos se tornaran completamente blancos.
Estaba enojada, pero no lo demostraría… No frente a sus amigos.
—¿Qué estás haciendo, Sirius? —preguntó Harry de repente— Has estado callado desde que llegamos aquí y me desespera verte pintando sin saber qué es.
—Ginny me dijo que no dijera nada —replicó, usando el marcador rojo para darle los últimos detalles a su trabajo artístico—. Además, no puedo hacer mi garabato si estoy hablando, necesito concentrarme.
—¿Qué le hiciste a mi yeso?
—Prepárate para deslumbrarte. Solo falta mi firma y podrás verlo.
Con el marcador, puso su firma para sellar su "obra de arte" y, por supuesto, no podía faltar la foto correspondiente que no tardó ni un minuto en subir a redes sociales. Los teléfonos de los muchachos sonaron casi al instante al recibir la notificación del nuevo post en la cuenta de Instagram de Sirius Black. En ella, se podía ver un bonito dibujo de una bailarina de vals con un elegante vestido rojo y cabello castaño. El dibujo estaba hecho a trazos rápidos y en diagonal, no había líneas definidas ni ningún elemento en el rostro que indicara que se trataba de Hermione, pero no había que ser un genio para saber que sí. Al lado, en letras verdes, Sirius había colocado una bonita frase.
"La felicidad puede estar incluso en un oscuro momento, sólo no olviden encender la luz".
—No puedo.
—Sí puedes.
—Me duele. ¿Podemos tomar un descanso? —preguntó jadeando la joven castaña.
—Hermione, tomamos un descanso hace un par de minutos —reclamó su terapeuta quien sostenía su pierna lesionada, ya sin yeso—. Tienes que continuar.
—Pon de tu parte, mi vida —pidió su madre quien estaba sentada a un lado de la habitación, mirando atenta cada ejercicio.
Sentada sobre una camilla acolchonada de la sala de rehabilitación del hospital, Hermione estaba bajo el cuidado de su terapeuta quien había colocado una almohada algo dura debajo de su rodilla y, con sus manos, sostenía su pie derecho con delicadeza para que este no se golpeara con la parte superior de la camilla. Estaba algo cansada y muy fastidiada. Odiaba la terapia, era tan torpe en cada ejercicio que, si esto se tratase de ballroom, su ex maestro ya le habría gritado por su torpeza.
—Bien, linda, concéntrate. Levanta la pierna y contrae el músculo. Eso es. Contemos. Uno, dos, tres, cuatro y cinco. Suelta, suelta.
Le habían retirado el yeso hace un mes y medio y, desde hace entonces, venía asistiendo religiosamente a cada sesión de terapia, siempre acompañada de su madre, la Sra. Granger, quien se había tomado unas "vacaciones indefinidas" de su clínica dental para quedarse en casa cuidando a su hija. A Hermione no le agradaba la idea pues no quería que su madre se viera limitada por culpa de ella y sus quejas matutinas, pero por más que le insistió que podía valerse por su cuenta, la Sra. Granger no la abandonó ni por un segundo.
Parte de Hermione estaba agradecida por eso pues, siendo honestos, no hubiese logrado hacer mucho ella por su cuenta, pero otra parte de ella solo quería pasar los días encerrada en su alcoba completamente sola.
—Vamos, otra vez. Levanta. ¡Eso es! Ahora, contrae el músculo. Uno, dos, tres, cuatro y cinco.
Al principio, Hermione estuvo aliviada cuando el doctor le informó que ya podían quitarle el yeso. Había demorado más de lo previsto, pero, afortunadamente, no sobrepasaron los dos meses. No hubiese sobrevivido un día más. A veces, durante las noches, sentía un desesperado deseo por arrancarse el yeso y ver su lastimada pierna. Su papá solía despertarse en la madrugada para acostarse a su lado y calmarla. Aquella práctica le había costado horas de sueño al pobre dentista quien, de vez en cuando, solía quedarse dormido en su consultorio.
Era por ello que los tres miembros de la familia estaban totalmente agradecidos por la orden del doctor.
Se asustó un poco cuando trajeron la pequeña sierra eléctrica para quitarle el yeso, pero en cuanto vio su pierna libre de esa armadura blanca, se sintió aliviada, como si hubiese renacido. Casi como si le hubiesen dado un regalo, Hermione se pasaba las tardes acariciando su pierna, besando sus dedos y luego traspasando dicho beso al lugar donde se encontraba su cicatriz. Según ella, su pierna izquierda se veía más gorda que la derecha.
Ahora era amorfa.
—Bien, ahora vamos con los masajes, ¿de acuerdo? Recuéstate boca abajo —le indicó el terapeuta y Hermione obedeció al instante.
Los masajes, la parte que más amaba de la terapia.
Acostada boca abajo, usando una almohada para apoyarse, la pierna derecha de Hermione recibía todas las atenciones que necesitaba de las milagrosas manos de su fisioterapeuta mientras que ella revisaba sus redes sociales en su celular, distrayéndose un rato, olvidándose por completo del dolor que le causaba su cicatriz.
No había mucho que ver: los mismos estados de las personas que seguía, las mismas fotos de destinos exóticos a los que nunca iría, los mismos platos repletos de comida colorida, las mismas fotos de sus amigos en outfits que aparentaban ser casuales, pero que todo el mundo sabía que se habrían demorado más de una hora en elegir cada una de las prendas.
En fin, lo mismo de siempre hasta que encontró algo que paralizó su mundo. Se trataba de un video donde la etiquetaban a ella y a Ron junto con el hashtag propio del evento del Blackpool de ese año.
Tragedia en Blackpool 2013
Video grabado por un asistente al Concurso internacional de Ballroom Dance de Blackpool 2013 muestra el terrible accidente que sufrió la dupla Weasley-Granger durante la última ronda de la final de este evento deportivo. La agraviada, la bailarina novata Hermione Granger, fue retirada del evento y llevada al hospital más cercano debido a una posible fractura en la pierna derecha. La pareja fue automáticamente descalificada. Es la primera vez, en muchos años, que el icónico Empress Salón se ve marcado por una tragedia.
Sin dudarlo ni un segundo, Hermione presionó el botón de reproducción para descubrir de que se trataba todo eso. ¿Cómo es que esto era siquiera posible?
"¿Qué pasó?"
"Se cayó una pareja. Creo que es la 17"
"Es una pena, eran mi favorita.
"Los van a descalificar"
"Sin duda"
El video iniciaba con los comentarios del público desde sus asientos en el palco central. La cámara del celular que estaba grabando el momento hizo zoom tratando de enfocarla a ella y a Ron. Hermione le subió el volumen al video.
"Igual no iban a ganar, estuvieron desastrosos"
"Eran demasiado novatos para esto"
"Sobre todo ella. Ella es la que se está chocando con todo el mundo"
¿En serio eso era lo que su público pensaba de ella? ¿"Desastrosa"? ¿Desastrosa ella?
"¡Arriba, Won-Won!"
Oh, por supuesto, ahí estaba Lavender.
"Oye, ¿por qué no se levantan?"
"Creo que la chica se ha lastimado"
La cámara volvió a acercarse. Ahora había un tumulto alrededor de ellos, cientos de elegantes bailarines envueltos en fracs negros y sedas de colores dispuestos a ayudarles. El maestro de ceremonias trataba de calmarlos a todos cuando, de pronto, ella se levantó y volvió a caer al piso.
Crack.
CRACK.
¡CRACK!
"AAAAHHHHHH"
"¡Oh, shit, oh, shit, oh, shit!"
"¡Que alguien la ayude! ¡Llamen a una ambulancia!"
"¡Damas y caballeros, vuelvan a sus asientos, por favor!"
¡AAAAAHHHHHHHHHH!
—No, no, no, no, no, ¡Nooo! –exclamó en repetidas ocasiones apartando su celular de su vista, cubriéndose la boca con su mano libre para no seguir haciendo un escándalo— ¡NO! ¡NO!
—¿Qué pasó, Hermione? ¿Apreté muy fuerte?
—Mi vida, ¿qué pasa? ¿qué sucede? —su madre corrió hacia ella, inclinándose a su lado para estar a su nivel— Hermione, dime algo, no me asustes.
—¡Lo subieron mamá! ¡Lo subieron!
—¡¿Qué subieron?! No entiendo de que estás hablando.
Si su objetivo era pasar desapercibidas en la terapia había fallado magistralmente pues el griterío que Hermione estaba haciendo era un completo espectáculo para los otros pacientes de rehabilitación. La dramática castaña siendo consolada por su madre en medio de un mar de lágrimas ocasionado por el crujido de su pierna rota resonando por su cabeza era algo que nadie podía ignorar. El fisioterapeuta se apartó de la camilla, asustado y confundido. Decidió darles espacio por lo que movió un biombo cercano frente a ellas.
Ambas mujeres necesitaban algo de privacidad, principalmente su paciente.
—Hermione, no puedo entenderte si sigues llorando. Respira y dime que pasa —ordenó con voz fuerte, haciendo reaccionar a su hija.
—Alguien subió el video de mi accidente, mamá —sollozó abrazándola, ocultando su rostro en su blusa celeste la cual olía a su perfume—. Mira los comentarios… ¿Por qué son tan crueles, mamá? ¿Por qué? ¿Por qué?
Jane Granger, alarmada por dichas palabras, no espero ni un minuto para descubrir qué había causado el malestar de su hija. Los comentarios debajo del vídeo se dividían en dos bandos: los que lamentaban la tragedia de su pobre hija y los haters.
Cabe decir que había más comentarios del último grupo.
—Oh, mi vida… Lo siento tanto.
—No es justo… ¿Por qué solo a mí? ¿Por qué?
—Estoy muy preocupada por ella, Tom —le comentó Jane Granger a su marido mientras él la ayudaba a lavar los platos de la cena—. Come como pajarito y casi no quiere ni hablar.
—Yo también, Jannie, pero ¿qué más podemos hacer? —respondió el castaño pasándole uno de los platos limpios para que ella lo secara y guardara— Estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos. Estamos siguiendo todas las indicaciones del doctor, la estamos llevando a todas sus terapias, estamos haciendo lo mejor que podemos para animarla. Hermione tiene que poner de su parte, también.
—Ya lo sé, Tom, es solo que me enferma verla así —suspiró exhausta.
El Sr. Granger cerró la llave del agua y se secó las manos con uno de los manteles que tenía al lado. Llevó su mano fría a la barbilla de su esposa y la tomó con delicadeza para que lo mirara a los ojos. Jane se veía agotada, muy agotada, y su hermoso rostro estaba surcado por nuevas líneas de expresión en su frente, arrugas nuevas que formó la preocupación y angustia por su hija. Él se acercó a ella y besó su frente con delicadeza, tranquilizándola con su simple tacto.
—Creo que necesita tomar más aire fresco.
—Creo que ambas necesitan tomar más aire fresco —le corrigió. La Sra. Granger mostró una pequeña sonrisa—. Jane, lo que Hermione necesita es dejar ese maldito aparato por un momento y concentrarse en su rehabilitación. Ya dejó la silla de ruedas, ahora debe poner de su parte para desplazarse con las muletas.
—Pero ¿qué más va hacer? —reclamó—. No puede salir de casa sin mi ayuda. Ya se ha leído cada libro y revista que hay aquí. Pasamos las tardes viendo películas. Hermione no tiene amigos en Cambridge, todos están en Londres. Su único medio de comunicación es su celular.
—Tal vez podrían salir a pasear al parque por las tardes, de paso que practica con las muletas. Le vendría bien estirar las piernas.
—Muy gracioso —respondió negando con la cabeza—. El doctor dijo que no se sobreesforzara —la madre se apartó de su esposo, soltando un suspiro, y este le siguió de cerca—. Creo que deberíamos encontrarle algo que hacer. Mientras más rápido se olvide de ese accidente y de Ronal Weasley, más pronto mejorará.
—Por favor, no menciones a Weasley en esta casa —le dijo cambiando drásticamente el tono de su voz. El Sr. Granger no podía verlo ni en pintura, mucho menos escuchar de él—. Pero coincido contigo. Es momento de olvidar esta tontería del baile. Fue divertido mientras duró, pero Hermione necesita apartarse de ello o jamás mejorará. El fin de semana vamos a llevar todos esos vestidos al ático, no le ayudará verlos todos los días en su armario.
—¿No te parece que es muy pronto, Tom? —preguntó preocupada mientras ambos se dirigían a la sala—. Creo que tenemos que hablarlo con ella.
—Hermione está en la etapa de negación. Está obsesionada con ese maldito concurso. Ella necesita olvidar todo lo que le recuerde a eso. Ya no quiero verla llorando por esos comentarios que le dejan en redes.
—Hablaremos de esto luego, Tom.
Esa noche —igual que muchas otras noches—, la familia Granger se sentó en el sofá frente al televisor a ver uno de los tantos programas concurso que tenía para ofrecerles la televisora ingleses. Mientras que Jane Granger escuchaba encantada como el participante cantaba frente a los jurados, Tom y Hermione Granger miraban aburridos la pantalla, esperando que el tiempo acabara para que le dijeran que "no" al niño de buena, mas no magnifica voz.
En la cabeza del Sr. Granger, este se encontraba trazando cada detalle de su plan para alejar a su "pequeña" princesa de aquel mundo que, si bien le había regalado tantas alegrías en el pasado, ahora solo la lastimaba. Tal vez no le gustaría al principio, pero era lo mejor para ella, lo mejor para todos. Tenía 19 años, aún era una niña, no sabía lo que quería. Necesitaba de su guía y apoyo en este momento.
Mientras tanto, Hermione Granger, inmóvil, miraba de reojo a su padre al lado de su madre. Algo le decía que se traía algo entre manos y, aunque no sabía qué exactamente, la respuesta llegaría un par de días después de la cena, cuando el Sr. Granger no la dejó abandonar la mesa luego de comer.
—Hermione, quédate sentada, por favor —dijo en cuanto vio como la jovencita tomaba sus muletas dispuesta a levantarse e irse a su alcoba—. Necesito hablar contigo seriamente sobre algo.
—¿Hice algo malo? —preguntó frunciendo el ceño, cautelosa. No le gustaba cuando su padre usaba ese tono tan serio, nunca auguraba nada bueno… para ella—. ¿Qué sucede?
—Quería hablar contigo sobre algo que me parece muy importante para ti.
—¿Qué es, papá?
Ambas mujeres Granger se quedaron sentadas en silencio en la mesa, mirando atentas al Sr. Granger, preguntándose que se traía entre manos. Este sacó detrás de su espalda lo que parecía ser un folleto beige con una fotografía de un antiguo castillo inglés y un escudo rojo con leones dorados que ella conocía muy bien.
—Estuve pensando… Hermione, tienes 19 años y eres muy brillante. Estoy orgulloso de decir que eres una de las personas más inteligentes que conozco y no lo digo porque seas mi hija y ya. En serio, eres muy brillante y tus notas del colegio lo demostraron —el hombre deslizó el folleto por la mesa hacia su hija la cual lo tomó con delicadeza, abriéndolo para revisar el contenido—. Creo que, con algo de preparación, podrías estar lista para aplicar el próximo año a la universidad… a Cambridge.
Hermione sostuvo el folleto frente a ella y lo observó detenidamente. Sus delicados dedos acariciaron la figura de los cuatro leones dorados en cada espacio libre entre la cruz blanca del escudo escarlata. La universidad de Cambridge era el corazón y eje principal de su ciudad natal. La universidad pública de Cambridge era la segunda universidad más antigua de habla inglesa y contaba con varias instituciones y más de cien departamentos académicos organizados en seis escuelas.
Hace mucho, mucho antes de que considerara convertirse en una bailarina profesional y solo bailaba por hobby, el sueño de Hermione —y el de sus padres— era ir a Cambrigde y estudiar Odontología para que fuera una dentista más y heredara el negocio familiar, la pequeña clínica odontológica en el centro. Sonaba como un buen plan en ese entonces, hasta que la pequeña ex bailarina de ballet conoció el mundo del ballroom el cual cambiaría por completo su rumbo en la vida.
—No sé si estoy lista para eso, papá —respondió en voz baja—. No quiero ir a la universidad en muletas.
—No ahora, mi vida —le aclaró su mamá, obviamente al tanto del plan de su esposo—. Sería luego de que te recuperes y puedas desplazarte por tu cuenta. Con tu padre, estuvimos considerando mucho esta opción. Hermione —su madre cambio el tono de su voz a uno más serio—, cumplirás 20 dentro de poco… me… nos gustaría y estaríamos más tranquilos si consideraras la opción de ir a la universidad. Podrías estudiar y prepararte todo el tiempo que dure tu rehabilitación hasta que te sientas en buenas condiciones para ir y aplicar.
—Hable con un asesor académico y me dio su número, para que puedas contactarlo ante cualquier consulta. Anotó su número atrás —efectivamente, cuando Hermione volteó el folleto beige encontró toda la información de contacto del asesor escrita con tinta azul—. Podrías retomar esa idea de estudiar odontología.
—O lo que tú quieras, mi vida —agregó rápidamente la Sra. Granger—. Una vez me dijiste que te gustaría ser médico.
—O podrías probar con Leyes —comentó su padre con una sonrisa en el rostro—. Siempre se te dio bien el debate y te gusta leer y defender tus ideas. Podrías ser como tu prima y defender a las personas. Puedes ser lo que tú quieras ser, princesa.
Hermione miro a ambos padres y luego volvió su mirada al folleto. Había información general sobre las diferentes carreras que ofrecía la universidad, así como las instituciones asociadas, los diversos programas y las becas que podían ofrecer. Volvió a mirar a sus padres, ellos se veían ilusionados con la idea.
Pero ella no.
—Pero… ¿Qué hay de mi carrera en el baile? —preguntó en voz baja, ligeramente decepcionada— ¿Ya no continuaré?
Los señores Granger se miraron a la vez, castaño y verde reencontrándose. La Sra. Granger se mordió el labio inferior y tomó la palabra.
—Hermione, mi vida… Eh…—
—Lo que tu mamá quiere decir, princesa —intervino su padre—, es que creo que es necesario que tomes una pausa de esto. Estás muy lesionada y, como el doctor indicó, hay un largo camino a la recuperación total. Creo que podrías aprovechar este tiempo y estudiar, tener una carrera. ¿No te parece un buen plan? Te tendríamos en casa, volveríamos a la rutina de antes, aprovecharías por completo todo tu potencial y estarías a salvo… con nosotros. ¿Te gusta la idea?
—Sí, claro que sí, pero…—
—Mi vida, nadie te está impidiendo que bailes, puedes tomarlo como… como… ¡Como un hobby! Eventualmente, volverías a bailar y tendrías una carrera que te mantendrá segura —comentó enérgica, entusiasmada por la idea.
Hermione no estaba muy segura de que decir— Pero ya no sería una bailarina profesional.
El señor Granger tomó la mano de su esposa y tomo la palabra esta vez.
—Hermione… creo que es momento de ver el panorama completo. Para que vuelvas a bailar falta mucho tiempo y ya no tienes un maestro.
Ninguno de sus dos padres quería decirlo, pero ambos habían perdido la fe por completo en su cortísima carrera como bailarina profesional, pero, ¿quién podría culparlos? Hermione tenía una pierna rota, su pareja de baile la había abandonado y se había llevado a su patrocinador en el proceso, su maestro dejó de contestar el teléfono lo que quería decir que también había renunciado y, aunque quisiera, sabía que no valía la pena ni acercarse a su antiguo estudio pues había sido destruida en redes. Eso sin mencionar las noticias publicadas de la propia página del evento.
Era peor que un mal chiste.
—Mi vida, no tienes que decidir ahora —su madre soltó la mano de su esposo y las deslizó hasta las de su triste hija, sosteniendo su mano derecha con delicadeza—. Es solo una idea, no hay nada definido aún. Recuerda que solo queremos lo mejor para ti.
—Quiero que lo pienses, ¿de acuerdo? —su papá también extendió su mano hacia ella y sujetó su mano libre— Tienes mucho tiempo para pensarlo. ¿Lo harás?
La castaña miró a sus padres y tragó hondo. No estaba convencida por completo de esto. Es decir, le había dedicado toda su vida al baile, no sabía hacer otra cosa. No se veía a sí misma como una doctora o una abogada, mucho menos una dentista. Ella pertenecía a las competencias, no había otra opción.
—Lo haré.
¡Feliz cumpleaños a ti! ¡Feliz cumpleaños a ti! ¡Feliz cumpleaños, pequeña Hermione! ¡Feliz cumpleaños a ti!
Con una sonrisa, Hermione se inclinó sobre su pastel para soplar las velitas de su pastel de cumpleaños. En cuanto se apagaron, sus invitados festejaron sus nuevos veinte años oficiales.
—¡Mordida! ¡Mordida! ¡Mordida! —gritó Sirius casi con la mano extendida, listo para estampar la cabeza de la castaña en cuanto ella se inclinará a morder el pastel, pero la fría mirada del Sr. Granger lo hizo desistir de su "fantástica" idea—. Pero que aguafiestas.
—Bien, ¿quién quiere pastel? —anunció la Sra. Granger sosteniendo en alto un cuchillo para pasteles y un plato blanco de pequeño tamaño.
Era 19 de septiembre, el cumpleaños número 20 de Hermione Jean Granger y sus padres estaban dispuestos a hacerle una bonita fiesta sorpresa para cambiar el ánimo de su única hija. Habían invitado a sus amigos a su casa en Cambridge y, con mucho esfuerzo, lograron mantenerla lo suficientemente distraída entre terapia y terapia como para planear todo.
Hasta ahora era un cumpleaños muy tranquilo. Tuvieron un delicioso almuerzo, comían pastel y, dentro de poco, abrirían los regalos. Sin embargo, la familia Granger ignoraría un gran hecho que todos los invitados sí conocerían dentro de unos minutos. Y, ¿cómo no? Si después de todo, casi el 50% de personas en la casa pertenecían al clan Weasley.
Bill Weasley y su francesa esposa, Fleur, estaban ahí. Charlie Weasley también, junto a los gemelos Fred y George. Ginny Weasley por supuesto que estaba ahí. Cinco Weasley bajo el techo de la familia Granger, nadie podía explicarse cómo es que el ambiente no era tenso. En fin, los señores Granger estaban agradecidos por la presencia de ellos pues no les guardaban rencor. No era su culpa que su hermano fuese un idiota.
Desde que el grupo partió en dirección a casa de Hermione, todos se pusieron de acuerdo para, por nada del mundo, no comentar absolutamente nada relaciona al baile ni al accidente ni a Ronald o Lavender. Esas palabras estarían prohibidas durante lo que quedara del día. Al llegar, los Weasley trataron de actuar con naturalidad, pero ¿cómo actúas con naturalidad frente a los padres de tu ex cuñada cuando tu hermano le había roto a propósito el corazón y la pierna sin querer?
—Muchas gracias por venir —comentó la Sra. Granger en privado a Bill y Fleur Weasley quienes le ayudaba a acomodar los platos en la cocina—. Mi Hermione ha estado muy triste estos últimos meses. Creo que esto la animado un poco.
—Paga nosotros es un placeg, Madame Grangér —respondió la rubia con una sonrisa.
—Queremos mucho a Hermione, Sra. Granger. Es muy especial, la conocemos desde que era niña, es casi como de la familia. No nos perderíamos su cumpleaños por nada del mundo, mucho menos ahora que están pasando por una situación tan delicada como lo es su rehabilitación —agregó Bill, apoyando su mano sobre el hombro de la castaña madre—. Yo… yo no tuve la oportunidad de pedirle disculpas en nombre de mi familia en su debido momento y quiero que sepa que lamentamos mucho el comportamiento de mi hermano.
—Lo sé, William, pero no eres tú quien debe disculparse ni soy yo a quien deben pedir disculpas —comentó inclinando la cabeza.
—Bien —interrumpió Fleur notando el ambiente tenso—. Eh… Je pense que Hermione se ve mucho mejog que antes. Creo que la rehabilitación le hace mucho bien. Se ve feliz.
—Eso creo —comentó Jane mirando desde la cocina a su hija quien conversaba con su pelirroja amiga—. Volvamos a la mesa, estaremos más cómodos ahí
—¿Te saludó Viktor? —preguntó la pelirroja, acercándose a ella, con los ojos marrones brillándoles.
—Sí. Mira, hizo una publicación en su Instagram —respondió mostrándole dicho post en su la pantalla de su celular. La cuenta del bailarín húngaro mostraba una foto en blanco y negro de Hermione y él en el backstage de uno de los eventos de baile y, debajo, el chico había escrito un largo mensaje de cumpleaños para la castaña—. Es tierno.
—Eso veo —comentó, leyendo el mensaje. La joven estaba a punto de decir algo más, cuando vio cómo, al otro lado de la sala, su hermano mayor le hacía gestos para que se acercara a él. Algo en la cara de Charlie Weasley le decía que no se trataba de nada bueno —. Oye, voy al baño un momento. Ya vengo.
—Ok.
Ginny caminó con disimulo por el living de los Granger y tomó a su hermano del brazo para hablar a escondidas en un pasillo lejos de la reunión. La pelirroja preguntó que sucedía, pero su hermano solo atinó a mostrarle la pantalla de su propio celular. La joven le arrebató el móvil y lo acercó hacia su rostro para poder mejor de qué se trataba.
—Lo voy a matar —susurró mientras veía la foto que su hermano Ron había reposteado en redes sociales.
Bill sacó su teléfono del bolsillo de su celular cuando este vibró en su bolsillo. Fleur miraba atenta, apoyando su cabeza en el hombre de su esposo, cómo este desbloqueaba su teléfono para ver la publicación de su hermano en la pantalla de su móvil. Sin embargo, al ver de qué se trataba, la rubia abrió sus ojos azules completamente sorprendida y luego se giró a ver a su esposo quien estaba igual de nervioso que ella.
En la foto, reposteada del Instagram de la propia Lavender Brown, se podía admirar a la nueva pareja en la estación de trenes junto a dos maletas, bajo un enorme letrero de Eurostar que anunciaba la ruta del viaje: "Londres – París". Ambos se veían sonrientes en la primera foto y, en la segunda, se los podía verse a ambos besándose frente a la cámara, Ron sujetándola de la cintura y Lavender sosteniendo un ramo de rosas rojas.
—No puedo creer que la llevará a París —susurró Ginny regresándole el teléfono a su hermano—. Ron siempre le prometió a Herms que irían a París juntos algún día.
—No podemos permitir que Hermione vea esto —dijo Charlie mirando de reojo a la castaña por el pasillo—. No creo que Herms haya superado a Ron. Fue su primer amor y romper con él la dejó muy vulnerable. Siempre ha sido muy sensible y lo sabes. Si ella llega a ver esta foto, se muere.
Bill miró a su esposa preocupada y luego volvió su mirada al frente de la mesa, donde la joven castaña se encontraba revisando su celular con una sonrisa— ¿Crees que ya sepa?
—Non, creo que no —respondió la rubia, levantando la cabeza con disimulo para tratar de ver la pantalla del móvil de la castaña—, pego no debegía ponerse mal pog las fotos. Creo que ya lo superó, n'est-ce pas?
—No lo sé, pero sería mejor que no lo vea por ahora —susurró.
—Solo no hay que dejar que vea esa foto —indicó Charlie—. Ve a allá y quítale el teléfono ahora o se nos arruina la fiesta.
—Sí, sí, ya voy.
La joven se puso en marcha en dirección a su amiga, pero en cuanto llegó a ella, Hermione ya había borrado la bonita sonrisa que dejó en sus labios y la había reemplazado por una triste expresión mientras se excusaba con ella porque "necesitaba usar el baño". Antes de que la castaña abandonara la mesa, la pelirroja observó de reojo la pantalla de su móvil antes de que esta se apagara. Esta demás decir que Ginny la siguió escaleras arriba donde la Hermione se encerró en su habitación durante unos minutos.
—Creo que ya es muy tagde —susurró Fleur.
"¡Oh, shit, oh, shit, oh, shit!"
"¡Que alguien la ayude! ¡Llamen a una ambulancia!"
"¡Damas y caballeros, vuelvan a sus asientos, por favor!"
¡AAAAAHHHHHHHHHH!
Hermione cerró con furia la pantalla de su laptop, provocando que el sonido al cerrarse hiciera eco en el pequeño cuarto de baño del segundo piso de su casa. La laptop se apagó luego de unos segundos, silenciando de esa forma los comentarios de los espectadores y sus desgarradores gritos de dolor durante la final en Blackpool. Dejó escapar un suspiro y se llevó ambas manos a las sienes para masajearlas, esperando acabar con su dolor de cabeza.
Crack.
Sacudió su cabeza para alejar ese horrible sonido que hasta ahora no la dejaba tranquila. Daría lo que fuera por tener una noche tranquila y poder dormir en paz sin tener que escuchar ese horrible "crack" dentro de su cabeza.
Se sentía furiosa.
Se sentía humillada.
Se sentía traicionada.
Se sentía tan decepcionada de sí misma.
Crack.
Hermione Granger sentía un enredado manojo de emociones que no podía describir. Era muy complicado para ella determinar cómo se sentía pues no podía separar emociones de otras. Su cabeza era y seguía siendo un completo caos, se sentía una completa fracasada e inútil.
Más fracasada que inútil.
O tal vez ambos por igual.
Sentada sobre el asiento del toilet, con la pierna embotada apoyada sobre un banquito, Hermione se limpió las lágrimas causadas por ver cinco veces el mismo video de su accidente. Apoyó sus codos sobre sus rodillas y se agarró la cabeza la cual le pesaba demasiado. Se sentía tan dolida y enojada con quien quiera que haya subido ese maldito video, con su entrenador por obligarla a participar en ese maldito concurso y, por supuesto, con los causantes de sus desgracias: Ron y Lavender.
Necesitaba aire fresco y tal vez un vaso de agua.
¡¿Cómo se atrevieron a postear esa foto?!
Mientras ella estaba sufriendo con las terapias físicas, esos dos estaban de lo mejor disfrutando de cine, viajes, comida en restaurantes y la vida en pareja que, hasta hace tan poco, ella tenía. ¡¿Cómo se atrevió a llevarla a París?! Se suponía que ese sería su lugar especial. Era como si fuese premeditado, parecía que solo lo hacían para burlarse de su sufrimiento. No era justo. ¡No era justo! Ron le quitó todo. Lavender le quitó todo: su carrera, sus sueños, su oportunidad, su pareja, su pierna y todos sus planes a corto plazo.
No era justo.
Molesta, despechada, pero sumamente decidida y envalentonada, Hermione tomó el aparato negro que había dejado sobre lavabo y lo encendió, escuchando el zumbido eléctrico proveniente de este. Tomó aire y cerró los ojos antes de pasárselo por la cabeza.
Mechón tras mechón de cabello castaño y rizado fueron cayendo al suelo de cerámica del baño. Casi como si fuese en automático, su mano dirigía la rasuradora eléctrica por encima de su cuero cabelludo y, sin importarle en lo más mínimo perder todo ese cabello, Hermione rapaba su cabeza mientras sus lágrimas caían por sus mejillas. Tardó más de lo esperado, su brazo ya estaba cansado a la mitad del cráneo, pero necesitaba acabar esto pues era sumamente liberador.
Nunca se había sentido tan bien como hasta ese momento.
Al acabar, no se atrevió a mirar el suelo bajo de ella pues no quería ver su cabello castaño sobre el suelo. Tomó su laptop y su bastón y cojeó hasta su habitación. Ya adentro, con mucho dolor, dobló las rodillas para volver a subir a su cama. Acomodó la pierna sobre sus almohadas y se apoyó sobre la cabecera de madera de su cama, poniendo su almohadón morado tras ella.
Ahora sentía frío en la cabeza.
No se atrevió a mirarse en el espejo ni por un segundo, no quería verse, tenía miedo de lo que podría encontrar, pero no se arrepentía… Bueno, tal vez lo haría más tarde, cuando se le pasara la valentía. Tomó su laptop blanca y la puso sobre sus piernas para buscar algo que ver en YouTube o Netflix. Necesitaba distraerse un rato y olvidar la locura que acababa de hacer. Ya podía escuchar la voz angustiada de su madre cuando la encontrara calva.
Entonces, como una aparición, llegó su boleto de salvación: un correo de un desconocido.
De: Miverva McGonagall
Asunto: Propuesta de tutela
Estimada Miss Granger,
En primer lugar, quisiera presentarle mis cordiales saludos. Le escribe la profesora Minerva McGonagall del McGonagall's Dance Studio ubicado en Londres. Espero que se acuerde de mí, nos conocimos en la final de Blackpool del año pasado. Asimismo, espero que se encuentre en mejor estado de salud y se recupere pronto. La rehabilitación es un largo y muy duro proceso, lo sé por experiencia. Mi mejor consejo para usted es ser fuerte y seguir al pie de la letra todas las indicaciones de su médico para una pronta recuperación, comer saludable y, por nada del mundo, dejar las terapias.
En fin, me permito dirigirme a usted con el fin de proponerle lo siguiente: ser su nueva mentora después de que se recupere por completo. Hace un par de semanas escuché la triste noticia que su actual mentor, el maestro Barnes, decidió tomar un camino distinto al suyo y al del Sr. Weasley. No tengo conocimiento si ya encontró un reemplazo, pero estaría muy honrada de ser su nueva mentora en el caso de que así lo desee. Por supuesto, no le cobraría por ello, veo mucho potencial en usted que me encantaría trabajar, pero para ello necesito que usted viaje a Londres. Además de ser mi discípula, puedo ofrecerle un trabajo dentro del estudio como mi nueva profesora de Ballroom.
Lo que usted está pasando no se lo deseo a nadie. Puede ser muy difícil y sumamente doloroso, pero, por favor, no deje que esta terrible experiencia la aleje de este hermoso deporte. Creo que todos mis colegas estarán de acuerdo conmigo cuando digo que usted, Miss Granger, no es una típica bailarina. Lo que yo vi durante los días de competencia en Blackpool fue algo indescriptible, una energía que no había visto en mucho tiempo y creo que, con la debida guía, usted llegará a ser una estrella. No deje que esto la derrumbe. Sea fuerte, Miss Granger.
Espero su respuesta.
Mis mejores deseos,
Minerva McGonagall
Hermione releyó el correo tres veces más. ¿Esto era real? Si estaba soñando, rogaba que nadie la despertara. Algo dentro de ella despertó, algo en el pecho que funcionaba como un bálsamo haciéndola sentir mejor, como si fuese un abrazo reconfortante. Quien quiera que sea la profesora McGonagall debía ser un ángel enviada para salvarla. Al instante, empezó a investigar. Googleó el nombre de la profesora y de la academia, revisando cada página que podía encontrar.
¡Esto era real! ¡Estaba pasando!
Si la profesora era sincera y le tomaba la palabra, lo único que tendría que hacer Hermione es mejorar por completo su pierna y luego viajar a Londres para continuar con su carrera de bailarina. Sería un proceso difícil, su pierna no estaba en las mejores condiciones aún y no podía dejar el bastón. Apenas sí podía caminar, dudaba que pudiera bailar. Además, aún estaba el tema de cómo llegar a Londres. Sabía que sus padres se negarían dado que no conocían a McGonagall, ni siquiera ella tampoco la conocía. Sin embargo, la oportunidad estaba ahí.
Le estaban dando otra oportunidad, no podía desperdiciarla, así como así.
—¡Hermione! ¡Ya volví! —gritó su madre desde el piso de abajo, cerrando la puerta de la entrada.
Oh, ya volvió del mercado.
Volvió a mirar el correo. No conocía a la profesora, pero ella debía tener una buena razón para tomarse la molestia de escribirle. Tal vez, ella sí creía en su talento, ¿verdad? Tal vez aún tenía una oportunidad de demostrar que era una buena bailarina.
—Mira lo que te compré —dijo su madre entrando en su habitación sin tocar, sorprendiendo a la castaña—. Lo vi y pensé que… —los ojos de la Sra. Granger se abrieron como platos en cuanto vio la cabeza calva de su única hija, su boca se abría y cerraba como si se tratase de un pez fuera del agua y luego, gritó.
¡AAAHHHHHHH!
—Oye, no se ve mal, en serio —comentó Ginny al otro lado de la pantalla de la laptop de Hermione.
Sentada sobre su tapete en medio de su habitación, Hermione sujetaba una banda morada la cual tenía sujeta con ambas manos contra su pie derecho, estirando tanto la pierna como la banda a todo lo que podía. La castaña ya se conocía los ejercicios de la terapia al revés y al derecho y, desde que había recibido el correo de la profesora McGonagall, había encontrado la motivación que necesitaba para realizar los ejercicios todos los días, con la esperanza de estar lista muy pronto para ir a estudiar con la profesora en Londres.
Ahora se encontraba a mitad de una videollamada con la pelirroja por medio de su laptop blanca la cual yacía sobre el suelo al lado de ella. La llamada la tomó por sorpresa dado que se encontraba realizando sus ejercicios. Al contestar, Ginny casi se cae de la silla cuando la vio dado que, hasta entonces, solo habían tenido comunicación por mensajes.
—Pues, eso no opina mamá —respondió la castaña mientras sujetaba con firmeza la banda y luego doblaba un poco la pierna para luego volver a estirarla—. Debiste verla cuando me vio por primera vez, gritó como nunca había gritado en su vida. Por poco y pensé que se desmayaría.
—¿Y qué hay de tu papá? ¿Qué te dijo cuándo te vio pelona?
—Pues... cree que ya enloquecí.
El Sr. Granger no se lo tomó nada bien. Después de reprender a su hija y dramatizar un poco, a la Sra. Granger se le pasó la sorpresa —aunque había momentos donde le costaba reconocer a su hija sin su revoltosa cabellera castaña—, pero el Sr. Granger todavía seguía sin salir del shock que era ver a una Hermione Granger calva cojeando por su casa. En cuanto la vio durante la cena, al hombre se le cayeron los cubiertos y no podía apartar sus enormes ojos castaños de ella. Enmudeció por completo y su boca apenas podía mantenerse cerrada. A pesar de que al principio le pareció muy divertido, Hermione tenía miedo de haber terminado con la poca cordura que le quedaba a su pobre padre.
—Bueno, yo creo que te queda muy bien. Siempre dije que tenías un bonito rostro y que tu cabello no dejaba apreciarlo. Tú, tranquila, Herms, el pelo crece. Oye, cuando te crezca el cabello de nuevo, hazte otro peinado. Podrías intentar cambiar de color tal vez o de estilo. Así te verías menos mojigata —Hermione dejó lo que estaba haciendo cuando escuchó aquella última palabra. Ginny se tapó la boca con ambas manos cuando se dio cuenta de su error y trató de arreglarlo—. No mojigata, o sea, esa no era la palabra que quería usar. Me refería a que ya no uses ese peinado de libro que siempre usas... ¡Ay, Herms, lo siento! No te quería decir mojigata. Ya sabes que a veces digo cosas sin pensar.
—Ya, Ginny, está bien. Ya entendí —respondió frunciendo el ceño, volviendo a sus ejercicios.
Ginny intentó enmendar su error cambiando de tema, rogando que su amiga no la odiara— ¿Y cómo te sientes ahora? Digo, ese fue un gran cambio. Tenías mucho cabello. ¿Cómo te sientes?
—Creo que mejor. No sé cómo explicarlo. Me siento más liviana, más relajada, como si me hubiesen quitado un peso de encima —respondió doblando su talón y luego volviéndolo a estirar, tal y como solía hacer durante sus años bailando ballet—. Fue muy liberador, incluso más que llorar... aunque, no te rías, ahora siento frío en mi cabeza.
—Jajajajajaja. Le diré a mamá que te deja un gorro para abrigar tu cabeza, jajajajaja... Oye, ¿te volvió a escribir esa profesora de la que me hablaste?
—Sí —respondió animada—. Estuve intercambiando algunos correos con la profesora McGonagall. Dice que estará feliz de recibirme en su estudio en Londres en cuando me sienta mejor haya terminado con la terapia. Es por eso que me estoy esforzando, hago los ejercicios todos los días y ya hasta estoy intentando caminar sin las muletas.
—¿Y cómo vas?
—Aún duele un poco, pero creo que estoy progresando mucho o al menos eso dice mi fisioterapeuta.
—Me alegra oír eso, pero tampoco te exijas demasiado. La rehabilitación lleva su tiempo y no debes forzarla.
—Ya lo sé —respondió la joven sin ponerle mucho interés a las palabras de su amiga. Tal vez era porque no estaba viviendo su situación, pero Hermione necesitaba con desesperación recuperar su movilidad para viajar a Londres y recuperar su carrera cuanto antes—. Gin, estuve pensando. Cuando vaya a Londres, necesitaré un lugar para quedarme. ¿Crees que podrías recibirme allá cuando viaje?
—Sabes que sí, Herms. No tienes que preguntármelo. Oye, ¿ya le contaste a tus padres lo de la propuesta?
–Pues... —Hermione había mantenido el asunto completamente en secreto. Confiaba en sus padres, pero sabía que ellos desaprobarían por completo la propuesta de la profesora McGonagall así como también sabía que descartarían por completo su plan de recuperarse por completo y viajar a Londres para ser entrenada por una profesora que no había visto nunca en su vida. Ellos ya tenían un plan para ella y ese plan de llamaba Universidad Cambridge— hasta ahora, solo tú lo sabes, pero se los diré pronto, lo prometo. Lo haré cuando empiece a caminar por mi cuenta, sin ayuda de las muletas. Quiero demostrarle que puedo sola.
—Sigo siendo de la idea de que deberías decirles la verdad.
—¿Para qué, Ginny? Ya sabes cómo son. Desde Blackpool, hablar de baile está prohibido en esta casa. Además, ellos están demasiado absortos con la idea de que vaya a Cambrigde a estudiar odontología. Ya han pasado por mucho. Se los diré cuando estén más tranquilos y hayan superado lo del cabello.
—Bueno, son tus padres, los conoces mejor que yo, pero te sugiero que no esperes mucho. Ellos podrían hacerse muchas ilusiones. Recuerde que solo quieren lo mejor para ti.
—Ya lo sé... es solo que... no lo sé, a veces siento que me asfixian.
—¡No me pueden prohibir bailar! –gritó la castaña golpeando la superficie de la mesa con ambas manos— No pueden hacerlo. El baile es mi vida, yo nací para hacer esto, no sé hacer otra cosa. Sin el baile, yo no soy nada.
—Pues tendrás que buscar otra cosa, Hermione, porque no pienso volver a dejar que pongas tu salud en riesgo por algo que no vale la pena. ¿Qué ya no tuviste suficiente? Porque tu madre y yo sí. Ya estamos cansados de las terapias, tus desprecios y tu mal humor. Todo este desastre lo ocasionó ese maldito concurso y, por el bien de esta familia, ya no habrá más de esos. Se acabó el baile.
–¡Papá, por favor! ¡Esto no es justo! —gritó la joven aspirando hondo para contener sus lágrimas— No me hagas elegir.
Llegó el día en donde el Sr. Granger sacó a flote el, hasta entonces, olvidado tema del destino universitario de su hija. Emocionado, comenzó su discurso con lo importante que era ir a la universidad y seguir con su educación. Lo orgulloso que estarían él y su madre de que su hija también asistiera a su alma máter y que la iban a apoyar no importara que carrera eligiera, aunque si le informaron que se sentirían más tranquilos si escogía una que tuviera más demanda dentro del mercado laboral actual, solo para asegurar su futuro a largo plazo.
Ya se pueden imaginar la sorpresa y el disgusto que se llevaron cuando la castaña les anunció que la única carrera que escogería sería la de bailarina profesional de ballroom y que no pensaba ir a Cambridge.
–Mamá, dile algo, por favor —rogó desesperada a su progenitora, buscando la ayuda la cual no encontró.
—Lo siento, Hermione, pero tu padre tiene razón —contesto Jane con el sueño fruncido, apoyando a su marido—. Ya hemos tenido suficiente de eso. Piensa un poco en nosotros. Sé que esto es difícil para ti, pero también nosotros. Fue difícil cada día ver cómo no querías levantarte de la cama y verte sufrir por no poder caminar. No sabes cuánto nos dolió todo lo que te ocasionó ese concurso.
—Queremos lo mejor para ti, Hermione, y lo mejor es que vayas a la universidad a estudiar y formarte un futuro.
—Te apoyaremos al cien por ciento en cualquier carrera que elijas, ya sea medicina, letras, humanidades, ciencias, lo que tú quieras.
Hermione se levantó de la mesa, apoyándose con sus manos— Yo no quiero estudiar ni medicina ni letras ni nada. Quiero mi carrera de vuelta. ¡Quiero bailar! ¡¿Por qué no pueden entenderlo?!
—Hermione, ya está decidido. O estudias o trabajas, pero mientras vivas bajo nuestro techo, no volverás a bailar a no ser que sea por simple hobbie.
—Hermione, es momento de que lo aceptes —pidió su madre— sé que esto es duro, me duele a mí también, pero ya es momento de aceptar que esto del ballroom se acabó. Fue divertido mientras duró y siempre tendrás esa experiencia, pero es momento de dejarlo ir.
—¡ESCUCHENME, POR FAVOR! —ante tal exclamación, Thomas Granger levantó la mano para interrumpir a su esposa y cederle la palabra a su hija— Tengo un plan, ¿ok? Tengo un plan. Según el doctor, mi pierna se encuentra mucho mejor, yo también me siento mucho mejor. Me estoy esforzando todos los días en la terapia y ya han visto los resultados, ya no necesito tanto las muletas como antes. Estoy progresando. Si logro mejorar antes de que acabe el año, podré viajar a Londres en enero y empezar a entrenar en el estudio de baile.
—Espera, espera, Hermione, ¿de qué estás hablando?
—¿Estudio? ¿De qué estudio? Hija, ni siquiera tienes un maestro, ¿cómo piensas formar parte de un estudio?
—Sí, mamá. Me contacté con un estudio de baile en Londres. La maestra McGonagall, profesora y fundadora del estudio, me conoció en Blackpool, dijo que estuvo impresionada por mi trayectoria, independientemente de lo que pasó en la final. Se enteró que me quede sin maestro por lo que me ofreció esta oportunidad. Quiere ser mi maestra y prepararme para regresar a las pistas en cuanto esté en condiciones óptimas para bailar. ¡¿No es maravilloso?!
Los señores no sabían que decir, la noticia los había sacado por completo de sí. Jamás hubiesen esperado que la desesperación de su hija por volver a ese mundo de bailes y concursos la obligará a hacer planes a sus espaldas. Y, aunque admiraban la dedicación e ímpetu de su la castaña, no estaban maravillados con la idea.
—Espera, espera —contestó su madre desde su asiento, analizando la información que su hija acababa de revelar—. ¿Quieres decir que todo este tiempo, mientras creíamos que estabas pensando en nuestra propuesta, tú estabas haciendo tus propios planes para irte de la casa a buscar a una desconocida?
—Mamá, no. No es así, yo les iba a contar todo en cuanto tuviera algo concreto.
—¿Algo concreto? —respondió su padre— ¿Lo que quiere decir que esa propuesta de la tal maestra no es algo que esté definido, entonces? ¿Estás haciendo un plan basado en una promesa de una persona que no conoces, Hermione?
—No, no. La profesora McGonagall ya me confirmó que puede recibirme en su academia. Me evaluará para ver cómo estoy físicamente y diseñaremos un plan de entrenamiento que no me perjudique. Ella tiene contactos, podría volver a competir.
—¡Ay! ¡Esta niña no entiende! —exclamó la Sra. Gramger sosteniendo su cabeza con ambas manos.
—Supongamos que es cierto —respondió su padre—. ¿Quién te va a recibir en Londres? ¿Dónde te vas a quedar? Hermione, nosotros no podemos pagar una casa en Londres. No hay dinero.
—Ginny me dijo que podía recibirme sin ningún problema es su departamento y Harry dijo lo mismo. Dice que hay mucho espacio en la casa de Sirius y que él estaría encantado de tenerme ahí.
—¿Y qué me dices de tu rehabilitación?
—Mamá, hay hospitales en Londres.
—Bien, señorita, y ¿cómo piensas financiar todo esto? —cuestionó su padre mirándola a los ojos— Me permito recordarte que ya no tienes patrocinadores. ¿De dónde piensas sacar ese dinero? Porque yo no voy ni pienso pagar nada. ¿Cómo vas a pagarle a la profesora esa? Tampoco quiero que vivas de arrimada de casa en casa. ¿Cómo vas a hacer?
La joven se mordió el labio inferior. Ella había dado por sentado que tendría el respaldo económico de su familia— Tengo ahorros.
—¡Ja! —río su madre— ¿Y cuánto piensas que te duraran esos ahorros? ¿Qué harás cuando el dinero se acabe, Hermione?
—Pues... pues... Puedo usar el dinero para la universidad —susurró sabiendo que acababa de firmar su sentencia de muerte.
—¡¿Estas locas, hija?! —exclamó su madre mirándola asustada— Ese dinero se ahorró para darte un futuro. Abrimos esa cuenta desde el día que naciste, ¿en serio crees que vamos a gastarla en algo que no te hará bien?
—Mamá, bailar es mi vida, no sé hacer otra cosa.
—Pues, hija, lo siento mucho, pero ese dinero solo se tocará cuando vayas a la universidad. ¿No lo entiendes? Ese dinero es tu salvavidas. No lo puedes desperdiciar así y no lo voy a permitir tampoco —exclamó el Sr. Granger poniéndose en pie—. Así que no sé cómo harás financiar todo eso. Tendrás que trabajar porque no voy a pagar no un solo centavo más para ver cómo te sigues hundiendo en algo que no tiene futuro.
—Pero, papá...—
—No, Hermione, es mi última palabra. Ya estoy cansado de esto. Mientras vivas bajo mi techo, no hay más baile. Espero que haya quedado claro.
Ambas mujeres se quedaron en silencio aún en la mesa, escuchando como Tom Granger subía las escaleras enojado y se encerraba en la habitación que compartía con su esposa. Hermione, profundamente herida, levantó la mirada para encontrar el ceño fruncido de su madre. Si bien no estaba enojada, mostraba algo mucho peor.
Decepción.
—Mamá...—
—Estoy cansada, Hermione. Me iré a la cama —anunció levantándose con lentitud y dirigiéndose a las escaleras—. ¿Necesitas ayuda para subir?
—No.
—Bien. Apaga las luces antes de subir.
—¡Luna, ya volví! —gritó Ginny al entrar a su pequeño departamento en Londres—. ¡Ven! ¡Te quiero presentar a alguien!
Los pies descalzos de la rubia corrieron desde su cuarto a la pequeña sala de estar. Su cabello largo estaba trenzado de forma descuidada y portaba sus ropas de ejercicio, unas mallas coloridas y una camiseta de tirantes oscura que resaltaba la piel blanquecina y pecosa de sus hombros. La joven de brillantes y enormes ojos grises asomó la cabeza hacia el living donde encontró a su pelirroja roomie y su querida invitada. Ginny se había pasado toda la semana hablando de ella y, junto con su ayuda, había acomodado su pieza para hacer espacio para las pertenencias de su nueva huésped.
—¡Hola! —saludó animada la rubia parándose frente a las dos recién llegadas.
—Luna, ella es Hermione Granger, la amiga de la que tanto te hablé —Hermione levantó una mano tímida e hizo un gesto en forma de saludo—. Herms, ella es mi roomie, Luna Lovegood. Es mi compañera de clase en la universidad.
—¡Es un placer un conocerte! —dijo la joven con su soñadora voz. Sin pensarlo dos veces, la rubia se abalanzó hacia ella para envolverla en un fuerte abrazo. Hermione se quedó petrificada debido a la gran muestra de afecto de la, hasta ahora, desconocida Luna—. Oh, eres mucho más bonita de lo que Ginny dijo —comentó cuando se apartaron—. Me gusta tu cabello. Es un corte muy bonito, resalta tu rostro.
—Eh… gracias —comentó la castaña algo incómoda debido a la situación, pero solo era por la sorpresa inicial.
—¿Esas son todas tus cajas? —preguntó la joven, señalando a las cinco cajas que estaban detrás de ella, así como las dos maletas grandes.
—Eh, sí.
—Qué bueno que el portero estaba abajo —comentó la pelirroja dejando una caja mediana sobre uno de los muebles—. Harry y yo no habríamos podido subir todo nosotros solos.
—¿Dónde está Harry? Pensé que las traería.
—Lo hizo, pero tuvo que regresar de inmediato a su academia. Oye, ¿por qué no contestabas el teléfono?
—Lo siento, estaba a mitad del Adho Mukha Svanasana, no alcanzaba el teléfono —comentó levantando los hombros. Hermione la miró cómo si no tuviera idea de lo que hablaba y la verdad era que no tenía idea de lo que la rubia hablaba.
—Luna hace yoga —susurró la pelirroja al pasar por su lado cuando levantaba otra caja—. Ahora, tú, Herms, debes sentarte aquí y poner esa pierna en alto, ya estuviste moviéndote mucho por un solo día. Luna y yo llevaremos tus cosas a mi habitación.
—Siéntete como en tu casa, Hermione —la rubia le sonrió e imitó a su compañera de carrera tomando una de las cajas para llevarla la habitación—. Nuestro refrigerador es tu refrigerador.
Al quedarse sola en la salita, a Hermione no le quedó otra opción que seguir las indicaciones de su anfitriona y recostarse sobre el sofá turquesa de la sala. Necesitaba poner la pierna en alto por unos minutos, su doctor le dijo que no le exigiera demasiado, pero una mudanza desde Cambrigde a Londres era más de lo que podía soportar por un día.
Sacó su celular del bolsillo de su pantalón y lo sostuvo en su mano durante un par de minutos, meditando si debía llamar a su madre para informarle que ya estaba donde Ginny.
Su salida de casa no fue fácil. Dejó a su madre llorando cuando subió al taxi con sus maletas. Ni ella ni su padre estaban de acuerdo con esta loca idea de abandonar todo en Cambridge e irse a vivir a lo desconocidos en una ciudad tan grande como Londres. Su plan de vivir junto a sus amigas con la promesa de una profesora que no conocían de tomarla como su aprendiz no era lo que ellos querían para su única hija, pero por más protestas y trabas que pusieron en su camino, no la pudieron detener.
Le dolió la pelea, pero estaba seguro que más les había dolido a ellos, después de todo, había descargado su ira contra sus inocentes padres sin que estos fueran los verdaderos culpables de su mal humor. Pero ellos jamás entenderían lo que estaba sintiendo en esos momentos y, por más que quisiera, no encontraba las palabras para explicarles.
[Tú: Ya llegué a casa de Ginny.
Ya estoy adentro, me estoy instalando]
[Mamá: Que bueno hija, le avisaré a tu papá.
¿Llegaste bien? ¿Harry te recogió? ¿Ya estás descansando?
Recuerda poner ese pie en alto y tomar tu pastilla de la tarde.
Te quiero mucho, mi vida]
[Tú: Yo también, mamá.
Te llamo más tarde. Besos]
Ahora solo quedaba contactar con la profesora McGonagall para que acordaran su primera reunión y evaluara su situación con su pierna. Adentro de sus cajas, en alguna de ellas, debía estar su última evaluación de su médico fisioterapeuta y…
—Oh, cierto, tengo que encontrar un nuevo terapeuta —suspiró cerrando los ojos, agotada.
—Bueno, este debe ser el lugar. ¡Se ve bien! —comentó Luna revisando la dirección una vez más en la pantalla de su celular—. Aquí nos bajamos, señor.
Hoy era la primera vez que asistiría a su nuevo lugar de "trabajo", la academia McGonagall's Dance Studio ubicada en Earl's Road, casi al frente de la estación de metro. La profesora había sido muy precisa con las indicaciones, cosa que agradecía ya que Hermione era nueva en la ciudad y, con una pierna en recuperación, no era fácil para ella movilizarse por la ciudad, mucho menos usar el caótico metro. Ginny se encontraba fuera de la ciudad por ese día y Harry estaba demasiado ocupado con sus clases en la academia de Scotland Yard como para llevarla. De Sirius, no había rastro alguno, lo más probable es que estuviera fuera del país o quién sabe dónde. Así que, a falta de guías, Luna se ofreció a ayudarla.
—Baja con cuidado, Herms.
La rubia abrió la puerta trasera del taxi en el cual viajaban y le tendió la mano a la joven castaña para ayudarla. Hermione asentó la pierna izquierda primero y luego, apoyándose de Luna, apoyó su embotada pierna derecha. Luna le pidió un momento al taxista para bajar las muletas de su nueva amiga, mientras ella esperaba apoyada en la pared al lado de las puertas dobles azules.
Hermione se había opuesto rotundamente a llevar las muletas pues no quería que McGonagall creyera que aún no estaba lista, pero Luna insistió. Algo dentro de ella le decía que iban a ser útiles más adelante.
—Sabes, Luna, tengo un buen presentimiento sobre esto —le dijo la castaña al momento de abrir las puertas del estudio—. Solo espero no equivocarme.
—Te irá fantástico —le comentó Luna con su voz soñadora, ambas acercandose a las escaleras—. Además, Ginny me dijo que eras virgo, así que deje ágatas amarillas por toda la casa. Se supone que dan suerte.
Al ver las escaleras un tanto empinadas, Hermione dejó escapar un suspiro agotado y miró abrumada todos los escalones. Iba ser un largo camino hasta arriba. En ese momento, el ascensor el departamento de Ginny hubiese sido de mucha ayuda.
—Para la próxima, hay que traer una de esas, necesitaré toda la suerte posible para subir hasta allá.
—Yo te ayudo. Oye, ¿qué hago con tus muletas? ¿Las subo después?
—No, no, déjalas abajo. No quiero McGonagall las vea antes de tiempo.
El camino a arriba no fue fácil. Hermione nunca pensó que unos escalones pudieran doler tanto, pero cuando al fin llegaron al segundo piso, se sintió realizada. Ambas mujercitas se quedaron de pie afuera del salón 3 donde se estaba llevando a cabo una clase de ballroom dirigida por la profesora McGonagall en persona. Podían escuchar la elegante música del vals y el sonido de los pies de los cuatro bailarines deslizándose a lo largo de la pista de baile. Curiosas, Hermione y Luna asomaron sus cabezas por la puerta, siendo rápidamente detectadas por la profesora.
—Tomen asiento, por favor —les dijo la profesora haciendo un par de señas para que ambas jóvenes pasaran al salón—. Chicas, ¿podrían esperar, por favor? Faltan 10 minutos —la castaña asintió y, sujetada de la rubia, cojeó hasta unos muebles en la zona de descanso. Todo el recorrido, ella caminó erguida, procurando disimular su cojera delante de la maestra—. Muy bien. Sigan, muchachos. Alexandre, eleva más el cuello, por favor. Jennifer, sonríe, se supone que disfrutas esto.
Ya sentadas, Luna observaba deslumbrada como los cuatro bailarines realizaban coordinados y delicados movimientos. Con los cuellos y la espalda completamente rectos, los rostros inclinados y relajados, grandes sonrisas y miradas intensas, los cuatro alumnos se deslizaban a lo largo y ancho del salón, girando y girando sin marearse.
—Son asombrosos —susurró Luna, hipnotizada por la vista—. ¿Tú hacías esto?
—Sí… era divertido —comentó en voz baja, mirando a las piernas de sus colegas bailarines y luego la propia—. Era como flotar entre las nubes.
—¿Y eras tan buena como ellos?
Hermione suspiró algo melancólica y luego de pensarlo un poco, respondió— Eso creía.
Luna, incapaz de quedarse quieta, paseó por la parte de atrás del estudio, revisando las fotografías enmarcadas de bailarines en medio de sus performances y los trofeos que la profesora exhibía en una bonita vitrina de cristal. La mayoría de estos eran de hace muchos años, todos a nombre de la profesora. Los más recientes databan de hace cinco años.
—Hermione, mira —susurró señalando una de las fotos.
Hermione giró el rostro hacia donde Luna señalaba. Se trataba de una foto grande de la profesora McGonagall junto con su compañero, en blanco y negro, de tal vez unos 30 años atrás. En la foto, ambos bailarines posaban con grandes sonrisas sujetando dos de las medallas que otorgaban en los Open de Blackpool.
La misma medalla que ella aspiraba ganar en mayo y que nunca obtuvo.
Al acabar la sesión y luego de despedir a los alumnos, los cuales eran mucho mayores que la castaña, la profesora McGonagall se acercó a ambas muchachas. La profesora Minerva McGonagall era una mujer alta, de cabellos negros con finos mechones grises. Tenía el rostro delgado y una severa mirada de ojos verdes. Su cuello, cubierto por un cuello de tortuga, era alto y aparentaba ser delgado. Era delgada, sus manos delicadas y largas y caminaba con la gracia de una distinguida mujer. Llevaba el cabello en un apretado moño hacia atrás y unos lentes de montura negra que le enmarcaban el rostro.
—Miss Granger —saludó ella tendiéndole la mano. Tenía un marcado acento escocés lo cual realzaba su voz—, es un placer conocerla en persona.
—Es un gusto conocerla a usted también, profesora —Hermione correspondió el educado apretón de mano, poniéndose de pie casi al instante, ocultando su gesto de dolor por levantarse tan rápido. La profesora desvió sus ojos verdes en dirección a la rubia la cual seguía curioseando por su salón de clases—. Ella es Luna, es una amiga y me está acompañando por hoy. No le molesta, ¿verdad?
—Por supuesto que no. Me alegra que alguien le guste la decoración —la escocesa sonrió y volvió su atención a la castaña.
—Muchas gracias por la oportunidad, ha sido un completo salvavidas.
—Me alegra oír esto. Permítame decirle, Miss Granger, que estoy muy emocionada por esto. He seguido su carrera de cerca por mucho tiempo. Usted y su compañero fueron impresionantes. Nunca vi un par de novatos tan suertudos. Lamento como terminó todo en Blackpool, pero déjeme decirle que se ve mucho mejor de lo que esperaba.
¿Suertudos? ¡No fue suerte, fueron años de entrenamiento!
—Gracias profesora. Yo, me he permitido investigarla y sé que estoy en las mejores manos. Prometo dar mi mejor esfuerzo. En serio quiero regresar.
—Eso espero. ¿Tuvo un buen viaje desde Cambrigde?
—Sí, señora. Llegué hace unos tres días.
Unos agotadores tres días.
—Perfecto. Es tiempo suficiente para descansar, en mi opinión —Hermione asintió—. Bien, póngase cómoda. Vamos a ver cómo está esa pierna —concluyó animada
—¿Estás segura que estarás bien aquí? —le preguntó la pelirroja abrazando a su amiga, ambas sentadas en la cama de dos plazas del primer piso de la mansión Black.
—Claro que lo estará —comentó la voz burlona de Sirius cuando este entró cargando una caja grande la cual depositó en el suelo de la habitación junto con las otras—. Aquí no le faltará absolutamente nada: mayordomo a tiempo completo, servicio de tres comidas al día incluido aperitivos y postres, una enfermera personal, una piscina para su rehabilitación y una pantalla de 52 pulgadas en su habitación. ¿Qué más podría pedir? —preguntó de forma retórica, animado, volviendo sobre sus pasos para salir de la habitación—. Además, si algo le falta, se lo compro.
Ginny esperó a que el aristócrata abandonara la habitación para rodar los ojos, negando con la cabeza. A veces, Sirius podía ser extremadamente arrogante, pero por nada del mundo perdía ese encanto burlón que tanto lo caracterizaba.
—Voy a estar bien, Gin, te lo prometo —le tranquilizó la castaña.
—Estaría más tranquila si te quedarás con nosotras, Hermione.
Después de vivir aproximadamente tres meses dentro del pequeño departamento de Ginny y Luna, Hermione —con mucha pena en el corazón— tuvo que informarles que no podía seguir viviendo con ellas.
El lugar era agradable, muy bonito y perfecto para ser un hogar digno para dos adolescentes, no para tres. Apenas si había espacio, no podía incomodar a su pobre amiga invadiendo su espacio personal dentro de su habitación y, por el bien de su espalda y su pierna, ya no podía seguir durmiendo en el sofá cama turquesa de la sala. A pesar de que la comida era buena, ya estaba cansada de comer solo frutas y verduras. Podía cocinar, pero ni siquiera a ella le gustaba lo que preparaba.
La rutina dentro del departamentito tampoco era fácil. Ginny y Luna se despertaban en la mañana para ir a su universidad y no le gustaba interrumpir su proceso de alistarse, sobre todo porque solo había un baño. Sin embargo, ella también tenía que ir donde McGonagall y a la maestra no le gustaba para nada la impuntualidad. Durante las tardes, cuando ella quería descansar en el sofá-cama, a veces interrumpía las sesiones de yoga de Luna o incomodaba a los invitados de Ginny cuando tenían que hacer trabajos en grupo. Realmente se sentía fuera del lugar dentro del departamento y, a pesar de sus intentos por adaptarla a su pequeño mundo, Hermione estaba decidida a salir de ahí para mayor comodidad de las tres.
Sirius fue el primero en abrirle las puertas de su casa cuando comentó la idea de mudarse otra vez. Hermione había hablado con Harry al respecto, el pelinegro comentó la idea a su padrino y Sirius, encantando, puso todo a marcha para la mudanza de la Granger. El número 12 de Grimmauld Place era la ancestral casa de los Black y quedaba en una zona muy exclusiva de la capital inglesa. Lo que en sus años de gloria era una casa lúgubre y de estilo victoriano, estaba remodelada en una arquitectura más moderna y geométrica, con muchas habitaciones libres que Hermione podría ocupar si así lo deseaba.
Y así fue.
—Te prometo que estaré bien. Tendré que despertar mucho más temprano para llegar a tiempo al estudio, pero voy a estar bien.
—Está bien.
—Oye, ¿siempre irás a apoyarnos con la promoción del estudio en las estaciones del metro? —preguntó apretando su mano— Nos vendría bien alguien que sabe de comunicaciones.
—No, lo siento —se disculpó—. Dile a la profesora que lo siento. Hay una entrevista importante y mi profesor me consiguió un pase de prensa para que le acompañe junto con otro alumno, pero Sirius y Luna te podrán acompañar.
—Eso espero —dijo la joven—. A la profesora le vendrá bien cualquier promoción posible. Parece que olvidó comentar que su estudio no le va tan bien como pensaba.
—Todo irá bien. Tengo mucha fe en esta idea —la joven volvió a abrazarla. Sus pulseras de metal sonaron cuando paso sus manos alrededor de su espalda—. Bien, debo irme. Diviértete redecorando tu cuarto nuevo.
Hermione volvió a quedarse sola en la cómoda cama de su nueva, amplia y muy bien amoblada habitación. Subió su pierna sobre el colchón y se quitó tanto la bota ortopédica como las medias largas. Su cicatriz se veía mejor, aún podía notarse algo roja en comparación al resto de su piel, pero estaba muchísimo mejor que antes. Dobló los talones, llevando la punta de sus dedos al cielo y, luego, la bajó todo lo que pudo hasta volver a sentir hincones en la parte interna de la pierna.
—¿Tienes hambre, pequeña Mione? —preguntó Sirius apareciendo apoyado en el marco de su puerta— Le diré a Kreacher que prepare algo.
—Muy bien, chicos, ahora nos toca Southfields —anunció Alexandre, el encargado de la actividad—. Ya saben, bajamos en la siguiente.
Los miembros del staff de McGonagall's Dance Studio se encontraban en medio de una cruzada por las venas de la capital inglesa. La forma más rápida de movilizarse por Londres y las ciudades cercanas era el metro, el cual estaba muy bien organizado en 16 líneas con cientos de estaciones en cada una de ellas. Era por eso que el metro era el lugar ideal si querían buscar multitudes pues sus estaciones eran usadas casi a diario durante todo el día por millones de usuarios.
Algo que la profesora olvidó mencionar cuando Hermione decidió aceptar su propuesta era que su estudio no era lo que llamaríamos un lugar "popular" entre los jóvenes. Por alguna razón que no lograba entender, el McGonagall's Studio tenía muy pocos alumnos en la clase de ballroom lo cual era totalmente atípico para un estudio de baile cuya principal especialidad era el baile de salón. Para no cerrar, la profesora se vio obligada a abrir otras especialidades dentro de su negocio como lo eran el ballet, la salsa y el baile urbano, así como también contratar profesores especializados en ello. La mujer se las había ingeniado muy bien esos últimos años y si bien había mantenido su negocio a flote con las clases extra, seguía teniendo muy pocos alumnos —por no decir ninguno— en las clases ballroom.
Simplemente no lo entendía. La profesora Minerva McGonagall fue una de las mejores bailarinas en su tiempo y era muy buena enseñando, había pasado muy poco tiempo con ella, pero sabía que era muy buena pedagoga. Además, estaba el hecho de todas las medallas y trofeos viejos que conservaba en esa vitrina de cristal como viejos recuerdos de sus años de gloria. No solo fue una increíble bailarina, también había formado increíbles bailarines, por lo que no se explicaba cómo es que sus clases estuvieran tan vacías.
—Bajen, muchachos —dijo Alexandre, haciendo que el equipo de diez, incluyéndola a ella, bajaran del vagón—. Roxy, ayuda a Oliver con el parlante por favor.
La idea de promocionar el curso de ballroom de la academia de esta forma fue idea de Alexandre, uno de los primeros bailarines que la profesora había formado casi desde la fundación del estudio. Alexandre era quien traía los pocos alumnos que tenía el curso y siempre recomendaba el estudio cada vez que podía, pero eso no era suficiente. Sirius, quien solía llevarla y, por ende, acompañar durante toda la sesión de entrenamiento con McGonagall, se había ofrecido en promocionar el estudio a través de sus redes sociales.
—Piénselo, profesora —dijo una de esas tantas tardes donde se quedaba en "silencio" mientras ambas mujeres ensayaban, antes de convertirse en alumno de la institución—. Sirius Black, el último de la antigua y ancestral casa Black y dueño mayoritario de la firma Black, promocionando los estudios McGonagall para todos aquellos que quieran aprender ballroom, ¿no sería fantástico?
Y sí, sonaba fantástico, pero no era lo más "apropiado" para el negocio de McGonagall.
—Sr. Black, me temo que sería algo... "inapropiado" para mí negocio dado que usted no es una figura conocida dentro del mundo del ballroom y, aunque agradezco su ayuda, me gustaría hacer esto a la forma tradicional —le respondió con voz segura—, pero si no logro nada, estoy dispuesta a pagarle por sus servicios.
—¿Pagarme? Claro que no, lo haría con gusto —la profesora enarcó una ceja en su dirección, lo que hizo que Sirius agregara—, pero si usted insiste...
La profesora no quería ser el proyecto de caridad de nadie, mucho menos de Sirius Black. Sin embargo, eso no impidió que lo acogiera como uno de sus alumnos después de unos meses.
—Creo que este es un buen lugar, chicos. Rápido, instalémonos aquí —el grupo se encontraba a mitad de una de las plataformas, cerca de las paredes. Los usuarios del metro pasaban a sus lados sin prestarles ni la más mínima atención. Todos estaban demasiado ocupados tratando de tomar su respectivo tren para llegar pronto a sus destinos—. Oliver, es tu turno de ir a vigilar al guardia. Que no se...—
— Acerque demasiado, ya lo sé. Vigila tu celular, estaré reportando.
Hermione observó en silencio como Oliver, otro de los chicos del staff, se marchaba con rumbo desconocido, buscando al primer guardia que encontrara para tenerlo vigilado y advertir a sus colegas por si este se aproximaba a su perímetro.
¿Ya mencioné que hacer este tipo de actividades está prohibido dentro del metro?
—Bien, Hermione, ¿estás lista? —le preguntó el joven. Alexandre era más alto y como ocho años mayor que ella, pero Hermione sentía que se llevaban por más tiempo. Era tan maduro.
Madurez... algo que a ella le faltaba.
—No estoy segura. Ya estoy cansada. Me duele apoyar la pierna, no creo que lo haga bien.
—Tonterías, lo harás excelente, Hermione —motivó el bailarín—. Yo voy a estar contigo y tú guiarás, ¿de acuerdo? A tu ritmo. Evitaremos los bailes rápidos, solo vals y tango. Oh, y trata de cambiar el peso de tu cuerpo a la otra pierna. Empezaremos con la izquierda, para que no tengas que apoyar la otra. ¿Podrás con eso?
—… Eso creo —respondió en voz baja.
—Bien, chicos. Prepárense, empezamos en tres minutos —anunció Alexandre, cumpliendo su rol de líder—. Vengan todos. Eso es. Las manos al centro —el pequeño staff colocó sus manos al frente, unas sobre otras—. ¡Por la profesora McGonagall y por el estudio!
—¡Por McGonagall y el estudio!
En menos de lo que esperaba, Alexandre ya se encontraba hablando en voz alta, captando la atención de los usuarios del metro con sus elegantes y animadas palabras. Alexandre era el favorito de McGonagall y ya entendía el porqué. Desde que iniciaron con la actividad, hace como tres horas atrás, el rubio no había mostrado ni un signo de cansancio, Realmente estaba muy admirada de su devoción hacia McGonagall.
—Déjenme presentarles a los cuatro bailarines estrellas de la academia de baile de Madame McGonagall. Por favor, un fuerte aplauso para ellos.
Alexandre dejó el micrófono a cargo de uno de sus compañeros y caminó hacia Hermione quien yacía esperando recostada sobre una de las paredes de ladrillo. La castaña sacudió ligeramente su pierna derecha, como si tratara de despertarla de su largo letargo. Dejó escapar un suspiro para relajarse y se visualizó a sí misma bailando, tal y cómo siempre solía hacer antes de cualquier competencia.
—¿Lista?
—Lista.
La castaña apretó el abdomen e irguió su espalda y cuello, adoptando la postura adecuada para bailar vals. Alexandre estiró su mano y ella la aceptó delicadamente, caminando hacia el centro del semicírculo que la multitud curiosa había formado. Su pierna le dolía, había estado bailando toda la mañana, pero estaba segura que podía una vez más, solo una vez más. Alexandre colocó su mano sobre su omóplato y Hermione lo tomó del hombro, llevando el peso de su cuerpo a su pierna izquierda para evitar usar la otra. A la señal del mayor, la música suave de un vals vienés envolvió por completo toda la estación de Southfields, captando la atención de más curiosos.
Un, dos, tres. Un, dos, tres.
Con suma lentitud, Hermione y Alexandre se deslizaban al lado de la otra pareja que los acompañaba en la performance. Alexandre la sujetaba con delicadeza y se aseguraba de que Hermione no tuviera que apoyar mucho la pierna derecha sobre el suelo de piedra de la estación. Mientras daban giros, ella lograba ver borrosas siluetas a su alrededor, decenas de pares de ojos que no podía ver con claridad, pero que sabía que la estaban observando.
Ese día era extraño, era la primera vez que bailaba frente al público otra vez.
Dudaba que estuviera bailando bien. Procuraba imitar los mismos movimientos que hacían Alexandre y los otros chicos, pero era en vano. No podía apoyar aún la pierna en su totalidad y, en serio, estaba haciendo su máximo esfuerzo para no contraer su sonrisa en una mueca de dolor. Se preguntó si se notarían sus errores pues ella los notaba.
Era un desastre.
El baile acabó con una inclinación por parte de ellos dos, realizando aquellas poses de vals tan típicas y que un novato podría hacer en cuestión de semanas, pero que a ella costaba tanto. Al escuchar que la música acababa suspiró aliviada y ensanchó su sonrisa, agradecida con el público frente a ella por, al menos, aplaudirle.
—¡Bravo! ¡Bravo!
—Muchas gracias por su atención, damas y caballeros. Esta fue… —
—¿Lista para el siguiente baile, Herms? —preguntó su compañero en voz baja a su lado.
—Eso creo… Si me dice que no, busco a otro, ¿verdad?
—Por supuesto. Buena suerte.
—… Desde la lejana Argentina, con ustedes, ¡el tango!
Hermione reprimió un quejido cuando caminó hacia la primera fila del público. Sus ojos miel buscaron rápidamente a alguien que pareciera tener predisposición a bailar, lo cual no era fácil ya que la mayoría evitaba verla a los ojos, temerosos de ser el elegido. Recordaba que alguien estuvo aplaudiendo y vitoreándola durante el baile por lo que, en cuanto localizó aquella voz entre el público, se aproximó ahí.
—¿Bailamos? —preguntó simulando seguridad, estirando su mano para tomar las de él. Se trataba de un hombre alto, de cabellos oscuros y cara que, si bien parecía de pocos amigos, ahora se encontraba anonadada frente a ella. El hombre apenas si parecía reaccionar a sus palabras, lo único que hizo fue apretar un portafolio de cuero que llevaba en una de sus manos—. Puede dejar su maletín junto al altavoz —ella señaló el aparato, esperando que el hombre reaccionara.
No le había dicho que no aún, eso era bueno.
—No puedo, lo siento.
Bueno, tal vez habló muy rápido.
—Solo serán dos minutos, lo prometo —insistió algo nerviosa ante su negativa. Esta era la cuarta persona que le decía que "no" en el día. ¿Acaso estaba haciendo algo mal?
—No sé bailar —se excusó con torpeza—. Soy pésimo, en serio, no quiero estorbarte.
Bueno, al menos era la primera en darle una respuesta. Los otros tres solo se habían negado y luego apartado con brusquedad de ella.
—¡Tonterías! —se rio aliviada. La castaña tiró de él y lo llevó al centro de la pista. Su desconocido ni siquiera puso resistencia— Esta es la oportunidad para aprender, entonces —confiada, le quitó su maletín y se lo pasó a uno de sus colegas del staff—. Te lo devolveré en un santiamén, te lo juro.
—Le tomaré la palabra, todo mi futuro está en ese maletín.
—Entonces, terminemos con esto rápido.
Hermione ubicó a su respectivo voluntario entre las otras tres parejas, las cuales ya estaban preparadas en la respectiva posición inicial del tango. Estaba algo nerviosa, esperaba que su pierna resistiera el baile. Explicándole como debía proceder, el hombre pelinegro llevó una de sus manos a su cintura, sobresaltándola. Ya debería estar acostumbrada, los otros voluntarios de las otras estaciones habían hecho lo mismo, pero ella no estaba habituada a tales errores.
—No, no —le corrigió como a los otros—. No en la cintura. Aquí, bajo mi brazo, por los omóplatos —el hombre se veía avergonzado, podría decir que asustado. Esperaba que no fuera así, no quería quedarse sin pareja de baile a último minuto—. Habrá momentos donde quitaré mi mano, pero, por nada del mundo, usted quite su otra mano de mi espalda.
—¿Qué más debo hacer? —preguntó inseguro.
Era la primera persona que le preguntaba eso. Hermione levantó la mirada y lo miró a los ojos oscuros encontrando reflejados su propio miedo.
—…Solo déjese llevar —respondió en voz baja—, yo me haré cargo de todo.
Solo dos minutos, Hermione, puedes aguantar dos minutos.
En cuanto el acordeón inicial de la canción resonó en la estación, Hermione arrancó con aquel ligero balanceo de un lado al otro, usando la pierna izquierda como el pie de base para todo el baile. Dicha pierna rozaba con los pantalones del señor, provocando fricción entre ellos. Contó hasta cinco y dio el primer paso con la derecha e, inmediatamente el segundo para volverse apoyar en la izquierda. Repitió dicho movimiento cuatro veces, avanzando entre las otras parejas, quienes se atrevían a ejecutar pasos mucho más rápidos que los de ella.
Un minuto y treinta, tú puedes, Herms, tú puedes.
Queriendo imitar a sus colegas, Hermione realizó un semigiro, rápido y brusco, apoyado lo cual provocó una punzada aguda en su pierna derecha la cual, para no tener que apoyarla sobre el suelo, optó por apoyarla sobre la pierna de su compañero, aprovechando su cercanía para ocultar su rostro y su mueca de dolor cerca de su hombro. El voluntario se quedó tieso como una tabla todo el tiempo que tuvo su pierna cerca de su cadera y solo se relajó cuando la deslizó lejos de él.
Un minuto, aguanta.
Hermione aprovechó la posición de tabla de su compañero para usarlo como apoyo. En lugar de seguir moviéndose a través de la pista, decidió jugar con los boleos y los enganches, usando aquellas distracciones para poder darle un breve descanso a su pierna derecha. Cuando escuchó el acordeón final, supo que lo había logrado, había sobrevivido a un baile más.
Ahora solo quedaban seis estaciones más.
—Inclínate hacia la derecha y sostenme —susurró cerca de su oído, enganchando su pierna derecha a sus caderas. Necesitaba descansar. En cuanto el desconocido, evidentemente nervioso, se inclinó hacia adelante, sujetándola con fuerza con sus manos… tal vez, con demasiada fuerza. Eso no le importó, solo quería mantener la pierna lejos del suelo.
Su corazón volvió a latir en cuanto la canción y el baile acabó.
—Un fuerte aplauso, por favor, para nuestros bailarines voluntarios, lo hicieron muy bien…—Hermione agradeció y se apartó para ir a por el maletín y, de paso, tomar uno de los folletos de la academia—. Esperamos contar con su apoyo.
—Gracias por bailar conmigo, señor —la joven le tendió el maletín y el folleto al alto pelinegro quien aceptó feliz de recuperar sus pertenencias. Le brillaban los ojos negros. Parecía feliz de haber bailado con ella. Complacida por, al menos, haber hecho algo bien esa mañana, le sonrió—. Esperamos contar con su apoyo.
Hermione le dedicó una última mirada al hombre y le dio la espalda para regresar con los otros. El pequeño grupo se estaba moviendo rápido. La mitad ayudaba a repartir folletos y la otra mitad recogía las cosas pues ya habían recibido la alerta de Oliver.
Los guardias de la estación ya sabían que estaban ahí.
Vivir con Sirius y Harry era fantástico. Literalmente tenía todo lo que quería a su disposición las 24 horas del día. Gozaba de los beneficios de tener un terapeuta a domicilio y realizar terapia en la piscina cuando ella quisiera. Asimismo, se acostumbró a los lujos que le regalaba la mansión Black. En serio, ¿quién tiene su propio cine en su casa? ¿Quién necesita una sala de música con demasiados de instrumentos para una sola persona? ¿Quién tiene un sauna y un jacuzzi en su propia casa? ¿Por qué rayos necesitas un tobogán a mitad de la sala?
Pero no iba a quejarse, le divertía mucho.
Sin embargo, vivir en la casa Black tenía un par de desventajas. La más importante era que quedaba demasiado lejos del estudio de McGonagall y siempre tenía que salir con mucha anticipación para llegar a la hora. Agradecía tener a Kreacher a su disposición para llevarla en auto a donde ella necesitara ya que no pasaban autobuses por aquella zona. El mayordomo de Sirius no era el mejor acompañante, era muy gruñón y parecía odiarla, pero al menos hacía lo que le pedían.
Otra cosa que no le gustaba de Grimmauld Place era lo vacía que era.
El lugar era demasiado grande para solo tres personas. Harry estaba en la academia de Scotland Yard casi todo el día entrenando para ser un detective y resolver muchos crímenes. Sirius siempre estaba haciendo algo, ya sea deportes, viajes a lugares exóticos, en clases de lo que sea que quisiera, gastando dinero a lo loco o simplemente perdiendo el tiempo jugando videojuegos dentro de la mansión. Muchas veces, el dueño de casa ni siquiera volvía a su hogar durante las noches y se perdía durante días en solo Dios sabía dónde. Harry parecía acostumbrado a ello, él no se preocupaba si su padrino desaparecía durante una semana, decía que lo más probable es que estuviera en las playas francesas del Mediterráneo o escalando montañas en Escocia.
Realmente era una aventura vivir con él.
Sin embargo, lo que más le impresionaba del mayor era su resistencia para salir de fiesta en fiesta. Ella no era fan de eso, solía aburrirse rápidamente si no conocía a nadie . Ese no era el caso de Sirius Black quien fácilmente se convertía en el centro de atención y alma de la fiesta, es más, parecía gustarle serlo. Un día, cuando solo se encontraban ellos desayunando en el amplio comedor, Hermione se atrevió a preguntarle cómo era que podía acostumbrarse a esa vida llena de excesos y diversión.
—Supongo que es porque me hace feliz —respondió mientras le daba un largo sorbo a su taza de café.
No sabía a qué hora había llegado el billonario a casa, solo sabía que había aparecido en la sección de espectáculos del noticiero de la mañana. El hombre tenía una terrible resaca que, de no tener el físico que tenía, probablemente hubiese tenido al mayor postrado en cama convaleciente. Sirius, aún en pijama y bata de dormir, tenía el rostro cansado y con ojeras, el cabello negro despeinado y el estómago rugiendo por alimento. Así que, mientras Hermione almorzaba; él, desayunaba.
—¿Feliz?
—Sí… bueno, no es su secreto que no pude gozar mi juventud —respondió el hombre llevándose un poco ensalada de fruta fresca a la boca—. Cuando entré a Azkaban tenía como 21 años, cuando salí tenía casi 34 y, créeme, los siguientes tres años también fueron una pérdida de tiempo, ni siquiera podía salir a la calle. Perdí casi 15 años de mi vida que me hubiesen encantado pasarlos viajando y haciendo lo que más me gusta hacer.
Sirius Black no solo era famoso por ser uno de los solteros más codiciados del Reino Unido o por ser el único heredero de la fortuna Black. Sirius Black se hizo famoso cuando lo metieron a la cárcel por "fraude fiscal". Malas decisiones de la juventud, la muerte de su único hermano, su ascenso a la gerencia de empresas que no supo manejar y, sobre todo, una junta directiva que no quería tenerlo como CEO hizo que Sirius Black pasara 12 años en Azkaban cumpliendo una condena que no pudo evadir. A pesar de que él no era el responsable del delito, los documentados estaban a su nombre.
Una perfecta estrategia para sacar al Black del camino.
—No pienso perder ni un minuto más. Voy a hacer lo que yo quiera hacer y nadie puede decirme nada. Es mi dinero, es mi vida, es mi libertad. Yo decido lo que quiero hacer.
—Pero, ¿no te molesta lo que digan los periódicos de ti? Acabas de salir en televisión.
—La verdad, es que no, Hermione. A estas alturas de mi vida, poco o nada me importa lo que puedan decir. Ya me han destruido antes. Tal vez eras muy pequeña para recordarlo, pero me destrozaron en televisión nacional. La prensa no dejaba de decir mentiras sobre mí. Los comentarios de la opinión pública eran... la gente me quería matar —comentó rodando los ojos—, pero eso me hizo más fuerte. ¿En serio crees que dos personas criticando en un programa de espectáculos matutinos sobre lo que hice anoche me importa?
—Es obvio que no.
—Aprendí a la mala a ignorar todos los comentarios sobre mí. Ellos no saben por lo que tuve que pasar, ellos no estuvieron ahí, ellos no saben todo lo que hubo atrás de mi caída.
Al igual que sus ex seguidores no sabían lo que hubo detrás de su propia caída.
—¿Te gusta tu vida ahora, Sirius? ¿Te sientes feliz con todo esto?
—Me encanta —respondió con una sonrisa de lado y los ojos oscuros brillando—. Por supuesto que soy feliz, muy feliz. Mírame, tengo todo lo que quiero, salgo cuando quiero, voy a donde quiero, duermo cuando quiero, duermo con quien quiero y no tengo que darle explicaciones a nadie. Es más, les agrado a todos, todos quisieran tener mi vida. ¿Has visto a cuantas personas me siguen en redes? Me envían regalos, me etiquetan. Prácticamente me hicieron famoso. Ahora cada vez que un programa de espectáculos menciona mi nombre gano una libra.
Hermione dejó escapar una pequeña risilla— ¿Y no te parece algo solitario? Digo, no tienes a nadie aquí además de Harry y pues, ahora a mí. Nunca te he visto traer mujeres a casa.
—¿Cómo qué no? Si subes, creo que hay alguien en mi…—
—No, no —le interrumpió la Granger, sonrojada. ¿Había alguien más en la casa? —. Me refiero a que, desde que te conozco, nunca te he visto tener una relación con alguien. No algo que sea serio, solo salidas casuales. ¿No quisieras tener una pareja?
—La verdad es que no. Me gusta mi vida tal y como es. No tengo que preocuparme por nadie más que por mí y, bueno, ahora Harry.
—¿No es solitario?
—No la considero solitaria. Para mí, es segura. Cuando eres alguien como yo, todos quiere estar cerca para cinco minutos de fama y ver qué pueden obtener de mí. Cuando es algo de una noche, me aseguro que nadie pueda lastimarme.
Aquellas palabras se quedaron rondando por la cabeza de la castaña incluso después de que Sirius Black abandonara la mesa cuando su nueva "invitada" bajo las escaleras de su casa con sus zapatos de tacón en la mano y preguntando por él. Sirius era una caja de sorpresas, ya lo sabía, pero no podía evitar sorprenderse. Sin embargo, a pesar de que ella no aprobaba por completo esa conducta, el "consejo" que Sirius, sin querer, le había brindado seguía molestándola.
"No pienso perder ni un minuto más. Voy a hacer lo que yo quiera hacer y nadie puede decirme nada. Es mi dinero, es mi vida, es mi libertad. Yo decido lo que quiero hacer".
Tal vez eso era justo lo que Hermione necesitaba. Libertad, independencia, encontrar un lugar propio dónde rehacer su vida por completo.
—¿Independizarte? —preguntó Harry una noche cuando ambos se encontraban en la sala de cine jugando videojuegos—. Hermione, esta es la tercera vez que te independizas.
Hermione lo consideró durante el siguiente mes y medio y pensó que, lo mejor para ella, sería conseguir su propio hogar. Consiguió un empleo de medio tiempo que no interfiriera con sus clases con McGonagall y, cuando tuvo ahorrado algo decente, emprendió la búsqueda de algún departamento. Encontró uno pequeño de dos piezas el cual estaba lo suficientemente cerca de una estación de metro para poder llegar a sus trabajos a tiempo. El lugar se veía bien y, si se esforzaba, podía pagarlo. Sin embargo, necesitaba cubrir la cuota inicial por lo que le pidió un préstamo a Sirius Black el cual cubriría la otra mitad que le faltaba del pago.
—No lo entiendo. ¿No te gustar aquí? —preguntó Sirius a un lado de ellos—. Sabes que puedes remodelar tu habitación si gustas, ¿verdad?
—No me malinterpreten, chicos —comentó ella en voz baja—. Me gusta aquí y me gusta vivir con ustedes, pero creo que es bueno para mí ser más responsable de mí misma. No puedo seguir viviendo de casa en casa. Cuando me fui de la mía, les dije a mis padres que sería independiente y responsable. Creo que es momento de cumplirlo, ¿no les parece?
Ambos pelinegros se miraron confusos. No entendían el inesperado interés de Hermione en querer mudarse de nuevo y tener "independencia". Es decir, la pobre chica aún era una convaleciente y todo estaba pasando demasiado rápido, pero no pusieron traba a sus deseos.
—Te juro que te lo pagaré. Sé que voy a demorar, pero…—
—Pequeña Mione —le interrumpió Sirius poniendo un dedo sobre sus labios—, si es lo que necesitas, yo estaré contento de regalártelo.
—No, Sirius —respondió con firmeza, sujetando el cheque a su nombre que tanto necesitaba—. Quiero pagarlo, es parte de crecer, ¿no? Ser responsable —el hombre enarcó una ceja y entrecerró los ojos, no muy seguro de lo que estaba haciendo—. Prometo que estaré bien.
Durante los siguientes meses que Hermione trabajó al lado de la profesora McGonagall, ella dio el 200% de ella. Si pensaba que el maestro Barnes era severo y su método era intenso, McGonagall lo superaba con creces. Si bien ella tenía mucha más paciencia que Barnes y su trato para con ella era más dócil, la profesora sabía muy bien su negocio y buscaba los ejercicios precisos para su mantenerla en forma sin afectar en su recuperación.
Tal vez era todo el tiempo que estuvo postrada en cama sin moverse, tal vez era el miedo constante a volver a lastimarse o tal vez era que estaban empleando un método diferente al usual, pero Hermione sentía que era una niña de once años otra vez en su primera clase de ballroom: asustada, insegura y sin la menor idea de qué hacer.
La profesora McGonagall jamás la hacía trabajar demasiado pues la idea era mejorar, no empeorar. Así que, cuando se encontraban en los descansos, se dedicaba a enseñarle las teorías del baile: sus orígenes, principales exponentes de cada baile, las diferentes categorías, estilos y escuelas y anécdotas que no podría encontrar así de fácil en ningún otro lugar. La profesora McGonagall era una mujer de mundo, había viajado mucho para formarse como la bailarina experta que era, aprendiendo a bailar de primera mano junto a bailarines nativos de España, Argentina, Cuba, Austria y muchos otros lugares a los que Hermione solo podía aspirar a ir en sus más profundos sueños. Hermione realmente se sentía muy afortunada de tener a McGonagall como su maestra y, aunque no estuviera ni cerca de estar en el camino a volver a las grandes ligas, al menos estaba en camino a volver a ser la bailarina de antes.
Todo parecía ir bien para la joven bailarina. Nueva casa, nueva ciudad, nueva maestra, nueva vida o, al menos, eso era lo que Harry Potter y Ginny Weasley asumían.
Muchos cambios habían ocurrido este último año para la joven ex representante de Cambridge, pero el más importante de todos —además de su pierna fracturada— era la adquisición de su reciente independencia.
Durante toda su vida, Hermione vivió siempre bajo la tutela de sus padres y sus maestros. Todas sus decisiones, ya sean las materias que estudiaba en la escuela, sus pasatiempos dentro de casa, la organización de su habitación o sus coreografías y trajes para sus solos fueron decididas o influenciadas por sus padres o sus maestros. Hasta el mismo Ron había tomado varias decisiones por ella en su debido momento y sus amigos no se quedaban atrás, podía contar con los dedos las veces en las que Ginny o Harry habían influenciado drásticamente en sus decisiones.
Pero ahora, sola, dentro de su propio departamento y en una nueva ciudad, ella podía tomar todas las decisiones que ella quisiera sin tener que preocuparse por lo que dirían de ella. Sus padres estaban demasiado lejos como para reclamarle algo, McGonagall no era de esas maestras que la tenía encerrada en el estudio casi las 24 horas del día ensayando y ni Harry, ni Ginny ni nadie podían decirle algo respecto a lo que hacía dentro de su apartamento dado que no era casa de ninguno de ellos, sino suya. A pesar de que tenía que ingeniárselas para llegar a fin de mes, siempre era puntual con los pagos, tanto como para el casero como para el Black.
Hermione estaba gozando algo que nunca pensó que obtendría: libertad. No obstante, con la libertad llegó el libre albedrío y puede que la, hasta entonces, tímida y mojigata Hermione Granger no estuviera preparada para ello.
Durante los siguientes dos años en la capital británica, Hermione desarrolló un nuevo pasatiempo del cual sus amigos no se enterarían hasta muchísimos meses después, cuando ya era prácticamente imposible ocultarlo. Algunas personas coleccionan estampillas, otros postales, algunos souvenirs de viajes y otros autógrafos, pero Hermione coleccionaba hombres. Mejor dicho, encuentros casuales de índole sexual con hombres.
No sabía ni cómo ni dónde empezó, pero sí cuando. Fue durante alguna de sus salidas con sus amigos a pubs cercanos o a pequeñas discotecas. Ginny Weasley pensó que era buena idea para Hermione salir a divertirse de vez en cuando. Ella trabajaba muy duro en el estudio tratando de reponerse y ya se sentía mucho mejor de la pierna como para poder estar en sitios más concurridos por lo que de vez en cuando, salían en grupo los fines de semana.
Al principio, ella odiaba esas salidas. Nunca se divertía. Ginny tenía a Harry para bailar, Luna era de esas personas que no tenía problemas para bailar con cualquiera y, aunque Harry y Sirius —las contadas ocasiones en las que los acompañaba— solían sacarla a bailar de forma seguida, Hermione pasaba la mayor parte del tiempo sentada frente a la barra bebiendo coloridos cócteles de fruta sin alcohol. A veces se aventuraba y pedía un Martini, pero fuera de eso no hacía gran cosa. Siempre se sentía fuera de lugar y ni las luces ni la animada música podían hacerle cambiar de opinión. Ella no pertenecía a ese mundo.
Ron tenía razón, era una mojigata, aburrida y altamente predecible.
Todo cambió el día que notó que su presencia en las barras no era ignorada por los miembros del sexo opuesto. Ese día, mientras sus amigos bailaban, un hombre con aires de galán se le acercó invitándole cualquier trago que ella quisiese. Aunque no sucedió nada, la pareja habló toda la noche, intercambiando risas y cosas sin sentido. Al final, cuando llegó la hora de irse, Hermione nunca pudo darle su número pues Harry fue en su búsqueda y terminó sacando la de ahí antes de lo planeado. El camino de regreso a casa, Ginny, divertida por la situación, comentaba lo bien que parecía haberla pasando ligando con el chico de la barra.
Sin proponérselo, Hermione Granger estuvo coqueteándole toda la noche.
Esa noche no pudo dormir, su mente estaba ocupada jugando con sus recuerdos y sus emociones.
"Me aburro contigo, Hermione, siempre es lo mismo todos los días. Quería algo nuevo".
"No creo que Herms haya superado a Ron. Fue su primer amor y romper con él la dejó muy vulnerable. Siempre ha sido muy sensible y lo sabes".
"Así te verías menos mojigata".
Sin embargo, esa noche ella había coqueteado con alguien que no era Ron y todo había salido de maravilla. Se había sentido tan bien con aquel extraño y no tenía nada que ver con que si le gustara o no. Lo que le gustaba era la situación, le gustaba verse a sí misma siendo atractiva e interesante para el sexo puesto, saber que habría otros chicos — además de Ronald Weasley— que sí tenían interés en ella.
¿Quién era la aburrida ahora?
"Por supuesto que soy feliz, muy feliz. Mírame, tengo todo lo que quiero, salgo cuando quiero, voy a donde quiero, duermo cuando quiero, duermo con quien quiero y no tengo que darle explicaciones a nadie. Es más, les agrado a todos, todos quisieran tener mi vida"
" Cuando es algo de una noche, me aseguro que nadie pueda lastimarme".
Tal vez Sirius tenía razón. Tal vez ella también quería tener su vida y ser feliz, aunque esa vida incluyese clubs nocturnos y hombres desconocidos. Tal vez debía probar aquel estilo de vida y ver cómo le iba. Después de todo, ya no tenía nada que perder.
Esperó la siguiente salida ansiosa. Después de dos semanas de entrenamiento continuo, llegó el día en donde fueron a bailar a un club de salsa. Hermione bailó un poco con sus amigos, pero en cuanto sintió la necesidad de sentarse a descansar, se fue a ocupar un lugar en la barra y esperar a ver si tenía suerte. No solía considerarse bonita, mucho menos guapa, pero se había arreglado mucho esa noche. Debía reconocer que sí se veía atractiva.
No pasó mucho para que alguien se acercara, un joven tal vez dos o tres años mayor que ella que usó la misma excusa que el primer chico: invitarle una bebida. Tensa por lo que pasaría a continuación, charlaron, rieron y, cuando Hermione no supo que más a hacer, lo invitó a bailar. Bailaron juntos, sus cuerpos rozándose de forma coordinada al ritmo de la canción. Para cuando acabo la noche, no solo había dado su número de teléfono, sino que se encontró besando al joven. Era un beso torpe dado que su única experiencia besando era con Ron, pero ya estaba lo suficientemente envalentonada por dos Martinis como para echarse para atrás. Sin embargo, cuando ya aspiraba a convertirse en otra cosa, Hermione dio por terminada la noche, volviendo a la seguridad de su grupo de amigos.
Así fueron la siguientes tres salidas. Hermione se arreglaba, se ponía su mejor ropa, alisaba su revoltoso cabello y salía a bailar y a beber con hombres que no volvería a ver nunca más en su vida por lo que no representan ningún peligro ni para ella ni para su corazón. Se sentía bien poder controlar eso y también se sentía bien volverse objeto de deseo de alguien al menos por un par de horas.
No fue capaz de esperar a una nueva invitación por lo que, en cuanto obtuvo la oportunidad, corrió hasta el pub más cercano a repetir su estrategia. Esta vez, con un par de tragos encima y valentía recorriendo su sangre, decidió que quería algo más esa noche.
El sexo fue brutal.
Para alguien que no tenía mucha experiencia en las artes amatorias y que siempre lo había hecho en una cama, hacerlo con alguien que no conocía en el asiento trasero de un auto a mitad de un estacionamiento, de noche y con el temor latente de ser descubiertos fue completamente brutal. Eso sin mencionar que su amante era alguien que tenía demasiada prisa por acabar por lo que era rápido e intenso. Fue asombroso. Nunca se había sentido tan deseada, tan libre, tan... tan... tan bien consigo misma.
Ya no podían decir que era aburrida, acababa de acostarse con un desconocido. Ya no podían decir que era mojigata, acababa de hacerlo en un auto. Ya no podían decir que era predecible, acababa de hacerlo con un desconocido en un auto.
Esa fue la primera de muchas "escapes" de fin de semana que Hermione tendría durante el siguiente año. De lunes a viernes se la pasaba en el segundo piso de McGonagall's Studio, trabajando arduamente en la recuperación total de su pierna y llegado el viernes, salía ya sea sola o acompañada a buscar diversión de una noche. Con cada salida, Hermione iba ganando más experiencia. Aprendió a leer a los hombres, ellos eran como un libro abierto para ella. Aprendió cómo captar su atención de forma correcta, aprendió a identificar cuando demostraban interés hacia ella y cuando no, sabía cuál de ellos estaba dispuesto a algo más y cual no y aprendió a identificar a aquellos que no venían solos pues no quería problemas con otras mujeres.
Para Hermione, esto se volvió tanto un deporte como un escape. Era como estar en un restaurante y tener la carta del menú a su disposición. Podía ir descartando los que menos le gustaba y quedarse con lo mejor. Poco a poco fue diseñando su propio tipo de hombre ideal y buscaba personas que se le parecieran físicamente. La mayoría eran altos, muchos más altos que ellas, y prefería que fueran de todo tipo excepto pelirrojos. Mientras más alejada estuviera del cabello rojo, más tranquila estaría.
Mientras más salía, más experiencia ganaba y pronto descubrió lo que a ella le gustaba hacer y que le hicieran en la cama. Una mujer bonita atraía, pero una mujer con iniciativa parecía enloquecer a sus amantes. Nunca pensó hacerlo en diferentes lugares o en diversas posiciones, pero no se arrepentía pues, al final de su "jornada", obtenía lo que quería.
Sentirse deseada.
Sentirse especial.
Sentirse inalcanzable para el sexo opuesto.
Y lo mejor de todo, no había consecuencias al día siguiente.
O eso era lo que creía y quería creer hasta que conoció a un joven rubio en un tranquilo pub al norte de la ciudad.
—Hola —saludó el joven. Era atractivo, alto, de bonita sonrisa. Tenía un buen rostro de marcada facciones y piel bronceada por el sol. El cuerpo, atlético, seguro hacia deporte.
–Hola.
— Te vi aquí sola y pensé que tal...—
—¿Podrías invitarme un trago? —completó ella, mirándolo de reojo, simulando desinterés.
—Me leíste el pensamiento —La castaña sonrió de lado y asintió lentamente con la cabeza, dándole a entender que aceptaría su invitación—. Cormac McLaggen.
—Hermione Granger.
Al despertar, Hermione apenas si podía abrir los ojos. Le dolía mucho el cuello, había dormido en una pésima posición. Se giró sobre sí misma, acomodándose lo mejor que podía sobre la cama. Todo su cuerpo le pesaba: sus brazos, sus piernas, su cabeza, incluso sus parpados. La cabeza le dolía tanto que sentía que cada latido era un martillazo contra su cráneo. Si no fuera porque recordaba todo lo que hizo anoche, podría jurar que estuvo en medio de un campo de batalla al lado de los cañones, escuchando cada estallido hasta quedarse sorda. Al estirarse un poco sobre el colchón —el cual cabe mencionar era sumamente duro—, su cuello hizo un crujido y luego dolió.
Oh, sí que fue una mala noche.
Abrió los ojos lentamente, dejando que sus ojos se acostumbraran a la poca iluminación de la habitación de motel. No debía abusar de los tragos, su resistencia era poca, ya lo sabía, pero ella seguía pidiendo gin tonics como si fuesen agua. ¿Cuántos fueron? ¿Tres? ¿Cuatro? Lo más probable es que hubiesen sido cuatro. Con cinco, ella ni siquiera recordaría cómo llegó ahí. Sin embargo, todo estaba tan claro en su memoria.
Giró la cabeza a la derecha, esperando encontrar a su acompañante acostado a su lado.
Efectivamente, el desconocido estaba ahí.
¿Cuál era el nombre? ¿Daniel? ¿Dante? ¿Danilo? ¿Danny? ¿Dan? ¡Ay! Algo con Dan.
Dan, como le diría hasta que recodara su nombre, era un hombre castaño de unos treinta y pocos años que había conocido en un club la noche anterior, en vísperas del Año Nuevo. Era alto, atractivo a su punto de vista —aunque ya llevaba un gin tonic corriéndole por las venas— y muy divertido. El hombre se le acercó mientras ella estaba bailando en la pista, se le unió en sus movimientos, pegándose a ella por la espalda y, entre canción y canción, trago y trago, terminaron besándose de forma apasionada cerca de los baños.
No sabía cómo ni cuando —bueno, sí, sí lo sabía— terminaron en aquella habitación de hotel, pero sí sabía todo lo que hicieron sobre esa cama y la puerta. Si lo tuviera que calificar, le daría un merecido seis, tal vez un medio punto extra por la creatividad, pero no llegaba a ser un siete. Estuvo bueno, el último polvo del año fue aceptable.
Sus ojos miel vagaron por el rostro del joven durmiente. Su cabello era lacio y despeinado; su cara, pecosa; tenía el cuerpo bronceado como el de una persona que hace deporte en el parque todos los días; sus brazos eran peludos; sus manos, grandes y, en el dedo anular, tenía una bonita marca pálida en la piel, como de una persona que se ha bronceado con un anillo puesto.
Un anillo de casado.
La sola idea de que el hombre que estaba durmiendo a su lado podía estar casado la hizo despertar por completo. No le vio ningún anillo anoche, pero, por supuesto, eso no significaba que no estuviera casado. Debió ser más responsable y observar cualquier señal, aunque, en su defensa, el lugar estaba muy oscuro como para notar esa marca. Además, aunque hubiese preguntado, el tan Dan jamás le hubiese dicho la verdad.
Tal vez no es nada y solo es de esas personas que les gusta usar anillos.
No lo sabría nunca.
Se sentó sobre la cama y se estiró un poco, sus huesos sonaron con cada movimiento. Oh, última vez que dormía en un motel. Cubriéndose con las sábanas, llevó ambas piernas al suelo, asentándolas firmes para levantarse. Debía buscar su ropa y sus cosas, vestirse, lavarse la cara y salir de ahí lo más pronto posible. Por experiencia, sabía lo incomodo que podían ser las conversaciones al día siguiente y no tenía ni las fuerzas ni el humor como para conversar con el señor desconocido.
Arrastrando las sábanas, Hermione se paseó por la alcoba, recogiendo su ropa arrugada del suelo y rogando internamente que su bolso de mano estuviera ahí. No podía perder otro y menos este, era su favorito y adentro tenía su celular y sus llaves. Sería sumamente vergonzoso llegar a su edificio y tener que pedirle ayuda a su casero porque "volvió a perder la llave" y no quería llamar a Ginny para que le dé su copia de emergencia porque sería abrirle la puerta para que haga todas las preguntas que ya conocía de memoria.
Se puso la ropa interior y su vestido. Ahora, ¿dónde rayos estaban sus zapatos?
—Buenos días —saludó una voz ronca detrás de ella.
Hermione abrió los ojos, sorprendida, y se giró para encontrarse al tan Dan recostado sobre la cama recién despertando de su placentera noche de sueño. El hombre ahogó un bostezo y se estiró sobre la cama con una sonrisa boba plasmada en el rostro.
—Buenos días.
—¿Dormiste bien?
—Sí —respondió de forma seca, volviendo a su tarea.
¡Demonios! ¿Qué te costaba seguir durmiendo, Dan? Ahora tendré que hablarte.
—Oye… Eh, no sé cómo decirte esto, pero… —dijo la castaña completamente avergonzada, llevándose una mano atrás de la nuca— p-podrías recordarme tu nombre… por favor.
—Qué bueno que preguntas —rio su interlocutor—, porque tampoco recuerdo el tuyo. Soy Dante.
Sabía que era algo con Dan.
—¡Dante! Claro —suspiró aliviada. Sus ojos volvieron al suelo y vislumbro debajo de la cama la punta de uno de sus tacones. Se arrodilló agradecida de encontrar al menos uno, ahora faltaba el otro.
—¿Y… tú eres?
—Eh… —no quería volver a verlo, en serio, por lo que no se sintió mal cuando le mintió—. Jean. Un placer.
—Jean… lindo nombre. Jean, ¿crees que puedas pasarme mis pantalones? Están allá —pidió señalando el otro extremo de la habitación. ¿Cómo es que habían terminado ahí?
Oh, ya recordaba.
—Claro.
Hermione se levantó del suelo y caminó hasta llegar al lugar donde los pantalones estaban tirados. Sus pies descalzos resonaban sobre la superficie fría de la habitación. Al levantar la prenda, encontró su amado bolso de mano. Dejó escapar otro suspiro de alivio pues creía que ya lo había perdido. Volvió sobre sus pasos y le entregó la prenda a Dante mientras que ella revisaba el contenido de su bolso para verificar que nada le hacía falta.
Celular... llaves… identificación… tarjeta… dinero… sí, todo parecía en orden.
—De casualidad, ¿no has visto mi billetera?
—Hmm… no. Creo que la sacaste ayer para pagar la habitación, no recuerdo muy bien. Te ayudo a buscarla, de paso que busco mi otro zapato.
Mientras el hombre se estaba poniendo los pantalones, Hermione se dedicó a buscar por el resto de la habitación algún rastro de su zapato o de la billetera perdida. No le tomó mucho tiempo encontrar el objeto perdido de Dante, la billetera se había caído al lado de la mesita de noche y se encontraba abierta dejando ver un preservativo dentro de esta. Algo le decía que el tal Dante estaba dispuesto a acostarse con alguien esa noche, ya fuese con ella o con otra persona.
Pero lo que le llamó más la atención no fue el preservativo ni los billetes. Lo que llamó su atención por completo fue el carnet de identifican cuidadosamente guardado detrás de un plástico transparente. Se quedó helada al leer las pequeñas letras negra que estaban a un lado de "Estado Civil".
Casado.
Mierda.
Hermione sintió una sustancia acida subir por desde su estómago hacia su boca, irritando toda su faringe y garganta. Le lanzó la billetera y salió corriendo al baño donde vomitó todo su autodesprecio, vergüenza, malas decisiones y alcohol dentro del toilet. Vomitar nunca se había sentido tan liberador como hasta entonces.
Casado. Casado. Casado. Casado. Casado. Casado. Casado. ¡Casado!
Maldición.
Se sentía tan mal, se sentía tan sucia, se sentía cómo una cualquiera. Detrás de esa noche, detrás del sexo y el alcohol, detrás de Dante, en algún lugar, existía una esposa que debió estarse preguntando toda la noche dónde estaba su esposo. Jamás sabría si ella había sido la primera o si hubo otras infidelidades, pero sabía que estaba lastimando a otra persona.
¿Qué tan mal debía estar tu relación para que engañes a tu esposa tres días después de la cena de Navidad?
Y ella era parte de ese cruel engaño.
¿Cómo pudo hacer eso? Ella también estuvo del otro lado, ella también había sido traicionada, también había recibido ese puñal por la espalda, sabía lo que se sentía. Sentada en el suelo del baño, aferrándose a la loza fría del toilet, Hermione pensó con remordimiento en la pobre señora esposa de Dante. Debía estar preparando el desayuno para sus niños los cuales debían estar sentados a la mesa en medio de coloridas decoraciones navideñas. ¿Cómo pudo formar parte de esto?
Esto llegó demasiado lejos, Hermione, se dijo.
Estiró su brazo para tirar de la cadena y se levantó apoyando con fuera sus pies descalzos. Estaba muy mareada después de haber vaciado por completo el estómago. A un lado del lavabo encontró el otro par de su zapato. Ahora sí ya estaba lista para irse de ahí.
—Bien—dijo nerviosa cuando salió del baño y tuvo que, obligatoriamente, pasar al lado de la cama—, fue divertido. Pasé una… buena noche.
—Yo también. Oye, ¿podrías darme tu…—
—No —lo interrumpió al instante tomando su bolso—. Verás, yo… quiero que esto sea de una sola noche, en serio, no tengo la intención de volver a verte.
—Eh… ¿Puedo preguntar por qué? —respondió casi ofendido.
—No salgo con hombres casados —ella abrió la puerta y prosiguió casi al instante para no darle una oportunidad de defenderse—. Esto fue un error. Lo mejor será dejarlo aquí, lo pasamos bien, fue divertido, pero eso será todo. Buena suerte con tu vida, tu matrimonio, divorcio, no lo sé, pero te deseo mucha suerte y un feliz Año Nuevo. Hasta nunca.
Y con esas palabras, dejó al confundido Dante sentado al pie de la cama del motel sin tener la menor idea de qué había pasado.
Sin embargo, no pudo dejar su culpa en ese motel y cargó con ella durante los pocos días que quedaban de diciembre. No pasó mucho tiempo para que Hermione, luego de tomar un poco más de ponche durante la fiesta de Año Nuevo en la mansión Black, le confesara entre lágrimas a Ginevra Weasley su accionar y cómo aquella culpa la estaba pudriendo por dentro desde que leyó la palabra "casado" en la identificación del tal Dante.
—Me siento una completa mierda, Ginny. Ahora sí la cagué por completo —se lamentó hipando. Su maquillaje oscuro se le había corrido de los ojos y ahora daba la imagen de un mapache castaño—. Me doy asco.
—Bueno, espero con esto hayas aprendido la lección, Herms —dijo la pelirroja frotando su mano sobre la espalda de la castaña sentada a su lado—. Creo que ahora solo te queda aceptar tus errores y cambiar… para bien.
—Quiero cambiar, Gin. Necesito ponerle orden a mi vida.
Ginny apretó su mano y le levantó el mentón a la castaña para que la viera a los ojos.
—Sabes, es Año Nuevo. Tómalo como una segunda oportunidad, Herms. Un borrón y cuenta nueva. A partir de mañana, harás lo que viniste a hacer aquí a Londres, ¿de acuerdo? Vas a retomar tu rutina de ejercicios, asistirás a tus últimas consultas con el doctor, le vas a cumplir a McGonagall todo lo que le prometiste y no más fiestas sin nosotras ni nada de irse con desconocidos, ¿de acuerdo?
Ella asintió.
—Y, sobre todo, no más hombres… al menos no por un tiempo. ¿Quedó claro?
—Completamente, Ginny, ya estoy cansada de todo esto.
Luego de esa conversación, Hermione se encontró a sí misma cerrando los ojos justo cuando el reloj marcaba las doce de la noche, el inicio de un nuevo año. Se repitió en la cabeza que este sería su año, que iba a hacer las cosas bien esta vez, que volvería a bailar y que, sobre todo, no volvería a meter la pata.
O eso esperaba.
"Te amo"
Aquella voz grave, como un susurro adormilado, aún resonaba dentro su cabeza, especialmente durante las noches, cuando el insomnio no la dejaba dormir. Podía escuchar ese susurro al lado de su oído, podía sentir su cálido aliento contra su piel y sus manos grandes abrazándola contra su cuerpo, brindándole el afecto y seguridad que no sentía desde hace años.
"Soy una mala persona".
En la oscuridad de su sala, acurrucada en su sillón, abrazando una mullida almohada y ocultando su rostro tras sus enredados rizos castaños, Hermione Granger miraba casi fijamente la pantalla de su televisor. El aparato proyectaba una película en esos precisos momentos, los planos y secuencias iban cambiando a medida que esta se reproducía, los actores decían sus diálogos y salían o entraban en escenas y el suave sonido de la música de fondo era el único indicio de que alguien estaba dentro del departamento.
Y solo bastaba ese indicio para que Ginny Weasley siguiera tocando a su puerta, a pesar de que ya llevaba más de cinco minutos afuera.
"Soy un ser humano despreciable".
Ese día, Hermione había despertado en su cama, en su habitación, en su departamento, en su edificio. Solo bastó una simple excusa para que Snape cediera a su decisión de abandonar su casa luego de aquella noche en la que el mayor le confesó sus verdaderos sentimientos. Aunque, para ser honestos, el pelinegro no hizo protesta alguna, es más, parecía algo aliviado.
—Tengo que levantarme temprano para trabajar con Lila, Johnny, Emy y Alex, estamos a nada del siguiente Open entonces, necesito concentrarme un poco y, no me estoy quejando, pero creo que me estoy malacostumbrando a esta rutina —le dijo con una sonrisa traviesa mientras estaban descansando sobre el césped verde del parque al que frecuentaban.
—Sí, sí, por supuesto —respondió casi de inmediato. Lamarck llegó corriendo, moviendo su cola y dejó la pelota amarilla a su lado para que la volvieran a lanzar—. Debes extrañar tu casa, también.
—A decir verdad, sí. Creo que necesitamos recuperar nuestros espacios.
Tras esa última oración, Hermione tenía mucho que decir, pero Snape no sabía que debía leer entre líneas. A pesar de que se sentía terriblemente mal por mentirle a su amante de turno, todo rastro de duda y culpa fueron reemplazados por pánico en cuanto Snape le comentó lo siguiente:
—Oye, ¿recuerdas el proyecto en el que estuve trabajando? —ella asintió— Mi presentación es el 19… quiero que estés ahí. Es importante para mí y me gustaría que me acompañaras en eso —él tomó su mano que, por primera vez desde que se conocían, estaba más caliente que la mano de la castaña la cual estaba casi congelada—. Mi madre estará ahí. Tenía planeado ir a cenar con unos amigos y ella luego, me gustaría que fueras.
—Severus…— respondió apenas con un hilo de voz. Su corazón latía con fuerza contra su pecho y estaba segura que se le había bajado la presión.
—No tienes que aceptar, sé que es muy formal y podrías sentirte algo incómoda —Hermione suspiró aliviada, pero aquel alivio no le duraría mucho—, así que pensé que tal vez podamos tomarnos un postre al día siguiente. Me gustaría que conocieras a mi madre. Ya se lo comenté.
Hermione no supo cómo decirle que no en ese momento.
Tal como predijo la única hija del clan Weasley, Hermione salió corriendo en cuanto aquella "relación" amenazó con convertirse en algo serio. Desde el día siguiente a ese "te amo", Hermione huyó directo a la seguridad de su apartamento donde se había pasado los siguientes tres días encerradas, saliendo exclusivamente a cumplir sus horas de trabajo en la academia de McGonagall y regresando a ocultarse bajo sus sábanas, sintiéndose una completa cobarde.
¿Qué se supone que debo decirle ahora? ¿Qué siempre no? Se ve tan ilusionado, ¿cómo le voy a decir que no?
Llevaba tres días sin dormir tranquila, llevaba tres días sin comer de forma decente, llevaba tres días sin… sin poder ir al baño a causa de la angustia y del estrés. No importaba cuantos tés calmantes de hierbas tomara, no importaba cuanto yoga practicara, nada podía calmarla. Incluso sentía una horrible presión sobre el pecho que no la dejaba respirar, justo encima de la zona del corazón.
Culpa.
—¡Hermione! ¡Ya sé que estás adentro! ¡Abre la puerta! —exclamó Ginny en la entrada. Su puño golpeaba sobre la superficie de madera blanca y su otra mano libre sujetaba con fuerza una bolsa de comida—. ¡Ya déjame entrar!
Necesitaba terminar con esa tortura de una buena vez. No podía seguir viviendo así y no podía seguir engañando a Severus. Él era una persona tan noble y buena y no dudaba de sus respetables intenciones, pero Ginny tenía razón. A diferencia de ella, él no estaba buscando un acostón de máximo una semana y ya, él quería una relación seria. Quería la seguridad que brinda tener una pareja, quería una persona con la cual hablar, pasar el tiempo juntos, vivir nuevas experiencias. Él quería el paquete completo y ella no estaba preparada emocionalmente para algo así.
¡Maldición! ¡Quería presentarle a su madre! ¡¿Cómo demonios no se iba a asustar?!
—Hermione, ya me estás asustando —la voz de Ginny dejó de sonar enojada, ahora sonaba preocupada y al borde de entrar en pánico—. Herms, esto ya no es gracioso. ¡Abre la puerta, por favor!
"Soy una malagradecida y una mala amiga"
Esto iba a dolerle más a él que a ella y lo sabía, pero no podía simplemente fingir que lo amaba y que podía tener una relación estable. Había muchas que no había cerrado, asuntos abiertos que aún le dolían y, sin duda, todavía seguía atrapada en su pasado. Cada tanto, seguía despertando a mitad de la noche, empacada de sudor y aterrada, escapando de los recuerdos de aquella fatídica noche cuando su carrera como bailarina terminó para siempre. Había mucho que Hermione no pudo superar, había muchas heridas abiertas que olvidó cerrar y Snape no se merecía una relación con alguien que estuviera tan roto como lo estaba ella.
¿Qué pasaría cuando descubriera todo su pasado? La iba a creer una zorra… Una puta. No la volvería a tomar en serio después de eso.
—¡Hermione! ¡¿Estás bien?! —preguntó Ginny, esta vez, gritando—. Si no abres la puerta a la cuenta de tres, iré a buscar al casero. Hablo en serio… Uno… Dos…
—No necesitas hacer tanto escándalo —respondió la castaña abriendo la puerta apenas dejando un espacio para que se viera su cabeza, envuelta por su manta celeste—. ¿Qué quieres?
—Por Dios, Hermione —suspiró aliviada la pelirroja, llevándose su mano libre a las sienes—, pensé que algo te había pasado. ¿Por qué no abrías la puerta? Ni siquiera has respondido mis mensajes
—Porque no quiero hablar con nadie —respondió con la voz ronca, evidentemente cansada—. Estoy cansada, Ginny, solo quiero ir a dormir.
La pelirroja la miró fijamente entrecerrando los ojos, dudosa de sus palabras—. ¿Estás viendo "Up"? —preguntó al escuchar el sonido del televisor detrás de su amiga.
—No.
"Perro malo, perro malo… Ahora, aunque quieras ayudarme o no, voy a llegar a Cataratas del Paraíso".
—¿No que "no"? —respondió frunciendo el ceño—. Hermione, tú solo ves esa película cuando quieres llorar. Mírame a los ojos. ¿Has estado llorando?
—No —respondió sin mirarla pues sabría que detectaría sus ojos rojos e hinchados.
—No, no —remedó sin creerle—. Déjame pasar.
—No.
—Déjame pasar —Hermione no pudo poner resistencia pues la pelirroja fue mucho más rápida y se coló por la puerta hacia el interior del mini departamento de la Granger. Al entrar, ella se tapó la nariz con su mano libre y avanzó hasta llegar a su sofá. Hermione cerró la puerta y maldijo en silencio a su amiga por ser tan metiche—. Oh, por Dios, Hermione. Este lugar huele a muerto. ¿Desde cuándo no limpias? —la joven caminó a la cocina y abrió la ventana para que el aire empezara a circular dentro del lugar. Hermione no estuvo en su hogar por casi una semana y esos tres días ni siquiera tuvo fuerzas como para limpiar—. Huele a humedad. ¿Por qué todo está tan oscuro? Enciende la luz, al menos.
—¿Qué quieres, Gin? ¿No ves que quiero estar sola?
— No contestas mis mensajes. Vine a ver qué te pasaba. Pensé que estabas con Snape, pero el casero me dijo que no te vio bajar desde ayer. ¿Qué sucede?
—Ay, Gin —se lamentó dejándose caer sobre su sofá esperando morirse—. Ya la cagué. Volví a meter la pata y ahora solo quiero morirme para no tener que ver a Severus a la cara.
—¿Qué sucede, Herms? —preguntó angustiada, sentándose a su lado, acariciando su cabeza y sus cabellos— ¿Qué te hizo Snape?
—"Qué le hice a Snape", querrás decir —murmuró contra el asiento—. O, mejor dicho, "Qué le voy a hacer".
—No me asustes, Hermione, ¿de qué hablas?
Hermione levantó la cabeza del asiento y reptó sobre el mueble para recostarla sobre las piernas de su amiga. Necesitaba un abrazo ahora. Necesitaba que alguien le dijera que no era una mala persona por lastimar a tantas otras.
—Voy a terminarle —anunció—. Yo no puedo con esto, Ginny, se salió de control. Es como tener a otro Cormac detrás de mí… Solo que este es mil veces más intenso. ¡DIJO LA PALABRA CON "A"!
—¡¿QUÉ?! —Exclamó, abriendo los ojos tanto como su boca, sin poder creerlo— Eso fue rápido. ¿Te dijo "te amo"? —la castaña asintió— ¿Y qué le dijiste?
—¡No lo sé! Creo que dije "Gracias"-
—¡Tú sí que te pasas, Hermione! ¿Cómo le vas a decir eso? Estás mal.
—¡Ya lo sé! ¡No tienes por qué decírmelo! —se lamentó sintiéndose una idiota— Ahora quiere presentarme a su mamá… Estoy muerta.
Hermione se giró para quedar boca arriba y ver a su amiga. La pelirroja se veía casi igual de angustiada que ella, pero en el fondo, la castaña sabía que su amiga estaba más angustiada por el profesor de Química que por ella. De hecho, incluso ella estaba más preocupada por el profesor que por ella misma.
—Le voy a romper el corazón —susurró.
—Sí. Esto no será lindo —respondió la pelirroja—. Te dije que no le dieras alas. Yo te lo dije.
—¿Quieres hacerme sentir peor o qué?
—Lo siento, es solo que… Te lo dije, Hermione, te lo dije desde el principio —la castaña se cubrió el rostro con ambas manos y dejó escapar un suspiro frustrado—. Pero… pero también es culpa de Snape, se ilusionó muy rápido. O sea, no debes decir esas cosas, así como así. Es muy fuerte.
—¡Exacto! —exclamó la castaña— Yo… yo nunca le di a entender que… Yo… Ay, yo no quiero hacerle daño, Gin. Severus es una buena persona y ha sido muy comprensivo conmigo.
—Sin mencionar que es el alumno de McGonagall.
—También
Ambas mujeres se quedaron en silencio una sobre otra, reflexionando sobre cuál sería la mejor opción para sacar a la castaña de aquella situación tan enredada. Por más que pensaban, en todos los casos siempre resultaba igual: Snape salía lastimado de esto.
—Es lo mejor, Herms —dijo la pelirroja—. No puedes seguir jugando con los sentimientos de ese pobre hombre.
—Ya lo sé… pero… ¿cómo se lo digo?
HOLIIII CHIQUIS!
NO ME HE MUERTO, NO AÚN, ASÍ QUE LES PIDO PERDÓN POR LA DEMORA DE ESTE CAPÍTULO. SON COMO 70 PÁGINAS, NUNCA HABÍA ESCRITO ALGO TAN LARGO POR LO QUE PIDO DISCULPAS, NO PENSÉ QUE SERÍA TAN LARGO. QUERÍA RESUMIR LA VIDA DE HERMIONE DESDE QUE OCURRIÓ EL ACCIDENTE HASTA AHORA PARA TENER UNA MEJOR PERSPECTIVA DE ELLA. A PARTIR DEL SIGUIENTE CAPÍTULO, VOLVEMOS A LA PROGRAMACIÓN HABITUAL. ESPERO QUE LES GUSTE Y PUES, SIEMPRE ES CON MUCHO CARIÑO. GRACIAS POR EL APOYO Y PROMETO NO VOLVER A DESAPARECERME TANTO TIEMPO… O TRATARÉ.
ESPERO LEERLES PRONTO. BESITOS!
