CAPÍTULO 17
—Ahora, por favor, tomen a su pareja y colóquense en los lugares que previamente establecimos —indicó la profesora McGonagall de pie frente a sus alumnos del segundo turno de la tarde. Sus ojos verdes de gato brillaban detrás de sus gafas oscuras y llevaba una genuina sonrisa en sus delgados labios. Su figura, alta y esbelta, parecía flotar frente a ellos, especialmente, sus manos. Estas trazaban suaves movimientos en el aire a medida que daba su explicación—. Vamos, rápido, por favor.
Los alumnos se movieron apresurados buscando pareja para realizar los ejercicios de la clase. Ginny fue corriendo a tomar la mano del millonario Black quien, en cuanto tomó su mano, fue arrastrado a toda velocidad al centro del salón. Severus se giró en dirección a Hermione quien estaba de pie junto a la escocesa. En cuanto los ojos miel hicieron contacto con los negros de Snape, el profesor levantó ambas cejas en un gesto que, implícitamente, preguntaba: "¿Bailamos?".
Sin embargo, Hermione, gritando internamente, le regaló una sonrisa forzada y fue en dirección a Neville para guiarlo al centro del salón, ganándole la pareja a Luna Lovegood quien se quedó de pie confundida y sin saber qué hacer.
Bueno, ya que no hay opción, pensó el pelinegro mientras se acercaba a la rubia.
—¿Bailamos? —Severus extendió su mano hacia ella y Luna no dudó ni un segundo en tomarla.
—Claro que sí —respondió sonriendo tanto que sus ojos grises se cerraron.
Una vez ya en sus respectivos lugares, McGonagall les ordenó realizar la posición inicial mientras ella caminaba a través de ellos, recopilando la información ya vista en anteriores clases.
—¿Qué es el Foxtrot? —preguntó pasando al lado de Ginny y Sirius.
—Es un baile estadounidense parecido al vals, aunque el ritmo es diferente —respondió Ginny al instante—. Era… 34 en lugar de 44.
—Oh, y significa "Trote del zorro" —añadió Sirius, orgulloso de su "indispensable" aporte.
—Muy bien —respondió la profesora pasando al lado de ellos hacia la pareja de Severus y Luna. Sus piernas daban largos pasos que abrían la larga falda holgada la cual formaba finas líneas ondulantes a medida que caminaba—. ¿Pueden decirme en qué consiste la secuencia 34?
—En una figura de cuatro… eh… cuatro, cuatro —respondió Luna con su voz cantarina, pero, de inmediato, se transformó en una titubeante al olvidar la palabra—, cuatro, cuatro, cuatro…
—Conteos —susurró Snape.
—¡Sí! —exclamó aliviada, agitando sus largas trenzas rubias— Cuatro conteos en el ritmo: Lento, rápido, rápido. Lento, rápido, rápido —la joven, animada, marcó el ritmo con las palmas de sus manos, tal y como lo hizo la profesora en clase para ejemplificar sus palabras.
—Son dos pasos por cada lento y uno por cada rápido —cerró la idea Snape—, por lo que, al final, si bien se puede apreciar la diferencia en el ritmo con respecto al vals, continúan siendo 4 pasos.
La joven rubia levantó su mano en el aire esperando que el químico chocara los cinco lo cual hizo, luego de un par de segundos. Hermione los miraba desde lejos. En comparación a Luna quien usaba leotardos celestes y zapatillas, Severus se veía como todo un experto vestido con una camisa negra y pantalones formales. Le sorprendía lo mucho que había aprendido en estos meses.
—Perfecto, Sr. Snape. Excelente, Luna —la profesora siguió avanzando en dirección a Neville y a Hermione. Mientras que el primero estaba algo nervioso a las preguntas, la castaña se encontraba distraída mirando a la pareja anterior—. ¿Cómo es el desplazamiento en el foxtrot y cuáles son las principales figuras? Mencionen cinco, por lo menos, estuve explicando eso en las anteriores clases.
—El desplazamiento básico es como un caballo de ajedrez, en "L" —explicó Neville, confiado—. Se avanza en lento, uno y dos, y se avanza al costado en rápido, uno, dos —la profesora asintió y le hizo un gesto para que continuara—. Con respecto a las figuras, están: los tres pasos, el paso de pluma, el giro natural —trató de enumerar Neville, pero después de la tercera figura, ya no pudo mencionar otra más—, el… eh… ¿Hermione? —llamó en voz baja— Ayuda.
Pero Hermione no estaba ahí, al menos no de forma consciente. Su mente se encontraba en un lugar completamente distante al salón de baile de Earl's Court Road. Hermione estaba reescribiendo el discurso que le diría a Snape para acabar su "relación" en cuanto acabara la clase. No tuvo mucho tiempo para preparar algo en concreto para decirle a Snape y ahora solo le quedaba una hora y algo para hacerlo. No quería que sonara muy elaborado, como si las palabras fueran premeditadas —aunque lo fueran—, pero tampoco quería decirle tonterías hirientes pues, de por sí, ya se sentía terrible por haber estado ignorando al pobre Severus todo el día.
No quería herirlo más.
—Hermione —llamó la profesora, captando la atención inmediata de la castaña la cual se giró a verla confundida—. ¿Figuras del Foxtrot?
—Ah, eh, los tres pasos, el paso de pluma, el giro natural, el inverso, el tejido natural, el básico, el Telemark cerrado, abierto, flotante; el Impetus abierto y el cerrado y…—
—Creo que son suficientes, Miss Granger, gracias —la cortó al notar que la joven estaba nombrando a toda velocidad, cual robot, pasos tras pasos los cuales ni siquiera había enseñado en clase—. Bien, por último, quiero que me respondan por qué estamos aprendiendo foxtrot.
—Porque es uno de los cinco bailes de la categoría estándar —Sirius contestó al instante—, la categoría que bailaremos en el Syllabus de Escuelas, el cual, vamos a ganar, obviamente.
—Perfecto, Sirius. Entonces, creo que ya estamos listos para empezar con los pasos. Lo haremos primero contando y luego con la música, ¿de acuerdo? —los alumnos asintieron—. Muy bien. Posición inicial, levanten la cabeza, aprieten el abdomen. Eso es, no se olviden de sonreír, sonrisas grandes, sonrisas de ganadores. ¡Muy bien! Y… Empezamos.
Uno… Dos… Tres, cuatro. Uno… Dos… Tres, cuatro. Uno… Dos… Tres, cuatro.
Las primeras dos parejas se desplazaban con cada orden de la profesora McGonagall, atentos a cada indicación, siguiendo el conteo en sus mentes, mientras que la pareja conformada por Hermione y Neville llevaba su propio ritmo pues Hermione, ya habituada a este baile después de tantos años practicándolo, dirigía a Neville sin tener que esforzarse en lo más mínimo, repitiendo la figura de "L" que su pareja había mencionado anteriormente.
"No eres tú, soy yo".
No puedes decirle eso, es muy cliché, pensó mientras sus pies repetían una y otra vez el mismo paso. No podía decirle eso, aunque fuera completamente cierto. Nunca una frase había aplicado tan bien en su caso como esa. Sin embargo, no sería correcto usarla. Snape merecía una mejor explicación que esa.
No quería una relación, no otra vez. Suficiente tuvo con Ronald como para sufrir por otro más. Ella no servía para tener pareja y Cormac McLaggen fue la prueba de ello. Él, al igual que Snape, estuvo dispuesto a ser su pareja con todo lo que implicaba dicha palabra: citas, salidas casuales, presentaciones formales a sus familiares y amigos, apoyar sus metas y aspiraciones, crecer juntos, pero, por supuesto, ella le dijo que no, que solo buscaba algo de una noche y con esas palabras, rompió su corazón al punto de que McLaggen tuvo que desaparecer del mapa de su vida para siempre.
Estaba seguro que Snape sería igual. Él también ofrecía el paquete completo para ser el novio ideal: citas, salidas casuales, tardes jugando con Lamarck, viajes en carretera, sesiones de fotos borrosas cada vez que ella se lo pidiera, almuerzos y cenas deliciosas con comida casera hecha por él, noches de sexo intensas y, lo que no podía faltar, presentaciones formales a los amigos y familiares. Al parecer, en la mente del profesor, ellos ya estaban listos para esa última fase.
"Me gustaría que conocieras a mi madre. Ya se lo comenté".
Si no estaba psicológicamente lista para una relación, mucho menos lo estaba para conocer a la Sra. Snape. En primer, ¿qué le iba a decir? ¿"Hola, soy Hermione Granger, no tengo ninguna relación sentimental seria con su hijo, solo me acuesto con él, es un placer"? ¡No podía decirle eso! Solo conseguiría que la odiara en los primeros cinco minutos y, suponiendo que sobreviviera a dicha introducción, ¿qué pasaría cuando la Sra. Snape notara que tenía edad para ser su nieta? Lo cual sería al instante. ¿"Hola, soy Hermione Granger, tengo 20 años menos que su hijo, soy su maestra de baile y niñera de su perro, también tengo edad para ser su nieta, encantada de conocerla"?
No importaba que dijera que sí o que dijera que no, todos los resultados eran exactamente los mismos. Sí decía que no, le rompería el corazón y si decía que sí, le abriría una puerta a su desestabilidad emocional y, más adelante, a una ruptura mucho más dolorosa.
Esta farsa de relación no tenía sentido y mucho menos futuro.
¡Esto era una locura!
Neville se detuvo abruptamente, dejando a Hermione bailando sola quien, al no estar prestando atención a los eventos que ocurrían a su alrededor, terminó chocando contra el cuerpo de su compañero, captando aún más la atención de los otros estudiantes. McGonagall la observaba con sus ojos gatunos desde una esquina, su frente fruncida en un gesto de severidad ante la falta de profesionalismo de su joven aprendiz.
—¿Hermione, estás bien? —preguntó Neville, preocupado. La instructora estuvo distraída todo el baile—. ¿Te sientes mal?
—Miss Granger —llamó la profesora. La castaña soltó a su alumno y sacudió su cabeza, volviendo a la realidad—. Creo que sería bueno que saliera a tomar algo de aire fresco—no era una invitación, Hermione conocía ese tono de voz. Era una orden—, por favor.
—Pero, ¿y Neville?
—El Sr. Longbottom bailará conmigo. Estaremos bien —comentó sonriéndole con todos los dientes, pero su sonrisa auténtica había desaparecido, ya no le brillaban los ojos ni se le formaban líneas de expresión al lado de estos. Era una sonrisa de concurso: bonita y falsa—. Por favor, vaya al baño, refrésquese el rostro y tome algo de agua. Debe ser el calor lo que la tiene tan distraída hoy.
Hermione giró la cabeza hacia las otras dos parejas. Luna y Sirius la miraban extrañados, sin tener la menor idea de lo que pasaba. Los ojos oscuros de Severus la miraban preocupado, como si quisiera acercarse a preguntar qué pasaba y Ginny, la expresión de Ginny era una joya. La joven pelirroja tenía los ojos abiertos y los labios apretados, sus cejas se levantaban de forma constante, como si quisiera decirle algo, como si quisiera decir:
"¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?!"
—Sí, profesora.
La profesora tomó el lugar de la castaña y esta última caminó hasta la puerta a paso veloz, queriendo huir lo más pronto posible. ¿Qué acababa de pasar? Estaba tan distraída que ni siquiera sabía que estuvieron haciendo. Solo rogaba no haber estado hablando en voz alta consigo misma porque no sabría qué explicación darle a McGonagall. Hermione caminó hasta el baño del segundo piso donde había una ventana al lado de los lavabos en la cual podría tomar todo el aire que necesitaba desde ahí.
Necesitaba acabar con esa tortura de una buena vez, pero… ¿cómo?
Muy bien, Hermione, toma nota. Este es el plan. Primero, llevarás a Snape a un lugar privado, donde no haya nadie que a) los pueda interrumpir y b) que esté de chismoso observando. Segundo, vamos a decirle todo lo bueno que es, que es una maravillosa persona, que estás muy honrada de que decidiera compartir sus sentimientos contigo y que lo consideras un muy querido amigo…, mejor no uses la palabra "amigo". Tercero, le dices que siempre no y cuarto, consigue un boleto a América del Sur y huye a los Andes peruanos, te cambias de nombre y vives el resto de tus días como una pastorcita llamada María.
—Las ovejas —suspiró dejando escapar la escasa energía que le quedaba—. Genial, ya enloquecí. Esto es inútil, no puedo hacerlo, no puedo hacerle esto —la joven se cubrió el rostro con ambas manos y se las restregó de arriba abajo—. Vamos, Hermione, puedes hacerlo.
La castaña se acercó al lavabo y se mojó el rostro. El agua fresca pareció despertarla y calmar su terrible dolor de cabeza. Sin embargo, no pudo disfrutar aquel momento de alivio pues al instante la puerta del baño de mujeres se abrió y una jadeante Ginny Weasley apareció detrás de ella, cerrando la puerta con su pie.
—¿Qué te pasó? —preguntó acercándose.
—¿Qué haces acá? —preguntó en respuesta— ¿Cómo le hiciste para salir de la clase?
—Dije que iba al baño, duh —Hermione cerró los ojos y volvió a mojarse la cara, ignorando el comentario de la pelirroja—. ¿Qué te pasó? ¿Estás cómo zombie hoy? ¿Acaso ya le terminaste a Snape?
—¿Qué? ¡No! —exclamó sacando una toalla de papel y secándose con furia— Aún no le he dicho nada, quiero encontrar el momento adecuando. He estado ignorándolo todo el día.
—¿Ya sabes qué le dirás?
—Aún no. Estoy trabajando en ello, es por eso que estoy tan distraída, no sé qué carajos decirle. No quiero ser cruel, de por sí es cruel lo que le estoy haciendo como para empeorar aún más las cosas —la pelirroja dibujó una línea con sus labios y asintió con firmeza—. ¿Algún consejo?
—Sé rápida y directa, no alargues las cosas, pero tampoco te lances con todo, recuerda que él está ilusionado. Escoge bien tus palabras, por favor, y siempre míralo a los ojos, que te vea segura. Creo que Snape es una persona madura, no creo que te haga problemas y no parece ser de los que rueguen —supuso algo insegura—, en todo caso, si necesitas ayuda, yo podría…
—No, Ginny —le interrumpió—. Yo me metí en esto y yo tengo que salir sola.
—Ok… ¿Ya sabes cuándo se lo dirás?
—Pensaba hacerlo luego de clases, aún no sé dónde, pero tiene que ser antes de llegar a su casa. Me sentiría demasiado incómoda si lo hiciera ahí —respondió mirando hacia el piso de loseta blanca—. Creo que lo haré en la estación.
—Es lo mejor. Solo… solo no te vayas en el mismo tren que él cuando le termines. Sería súper incómodo —Hermione asintió—. Vámonos, McGonagall debe estar preguntándose por ti.
Ambas señoritas salieron del baño todavía comentando sobre su peliagudo asunto cuando, a mitad de las escaleras hacia el tercer piso, se toparon con la alta y delgada figura del profesor de Química quien las miraba extrañado tras su típico ceño fruncido. Hermione se congeló al instante, como si sus piernas fuesen las raíces de un árbol y, por más intentos de Ginny para moverla, ella no pudo continuar.
—Severus… —susurró la joven sin darse cuenta.
—Miss Granger —respondió el hombre, desconfiado—. La profesora me mandó a buscarla, pregunta por qué se demora tanto.
—Eh… Ah… —los labios carnosos de la castaña se abrían y cerraban, apenas emitiendo algún sonido completamente ininteligible. Snape frunció aún más el ceño y luego levantó una ceja—. Eh… Yo…—
—Herms tiene problemas de chica —intervino la pelirroja al instante, salvándola de esa incómoda situación. La joven se apoyó sobre los hombros de su amiga y le sonrió al profesor—. Está con su periodo.
—Gin —murmuró molesta, frunciendo el ceño en su dirección.
Snape, sin saber muy bien qué decir, se hizo a un lado y les hizo un gesto a ambas mujeres para que continuaran su camino escaleras arriba. Hermione recorrió todo el camino de regreso sujeta del brazo de su amiga, siendo escoltada por Snape. Sus mejillas le ardían por la vergüenza y le seguirían ardiendo el resto de la clase, solo esperaba que el resto no lo notara, porque era obvio que Severus sí.
Al acabar la sesión, McGonagall les concedió diez minutos libres para que realizaran estiramientos y se relajaran antes de partir rumbo a casa. Ginny hablaba junto a su amiga, ambas refugiadas detrás de la seguridad que brindaba el mostrador de madera donde guardaban todos los registros y demás. Severus, desde la zona de descanso, las observaba entrecerrando sus ojos negros.
Algo le pasaba a su castaña, pero ella no quería decírselo y eso lo frustraba en demasía.
Hermione, por otro lado, le daba la espalda al pelinegro y miraba en dirección a Ginny quien no solo tenía a la castaña dentro de su rango visual, sino que también a Snape. Hermione estaba ensayando en voz baja que es lo que le diría a Snape una vez que todos abandonaran el edificio, pero estaba tan nerviosa que cada tanto le preguntaba a la Weasley si es que el profesor la seguía mirando a lo cual la pelirroja asentía con sumo disimulo.
—¿Me sigue mirando?
—Te estoy diciendo que sí —respondió entre dientes—. Ay, Herms, creo que ya se lo ve venir. ¿Y si ya lo sabe?
—No digas tonterías, claro que no —Hermione se mordió el labio inferior y sacudió la cabeza, nerviosa, esperando despejar su mente. En cuanto hizo aquel movimiento, las vértebras de su cuello sonaron en un fuerte "crack", alertando a ambas jóvenes—… ¡Ay!
—Uy, tú sí que estás tensa, Hermione —la bailarina sintió desfallecer cuando dos manos desconocidas masajearon sus hombros, pero, al voltearse, su corazón volvió a latir con normalidad cuando descubrió que solo se trataba de Luna quien, con sus pequeñas manos, trataba de liberar la tensión del cuerpo de su amiga—. Ven, vamos a estirar. Vamos a liberar toda esa tensión acumulada en tu espalda.
No supieron en qué momento toda la clase de vio involucrada en una improvisada sesión de yoga y meditación, pero ahora Hermione y Ginny se encontraban con las manos y piernas en el suelo, estirándose como si fuesen un perro, dejando que sus cabezas colgaran entre sus brazos. Si bien se sentían ridículas, más ridículos se sentían Neville y Snape quienes —a pedido de la rubia— estaban procurando mantener el equilibrio sobre la pierna derecha mientras que la izquierda la apoyaban sobre el tobillo derecho.
—Postura de árbol —había dicho Luna emocionada— y ustedes, chicas, la del perro boca abajo. Vamos a liberar todas estas tensiones y vamos a alinear nuestros chakras. No olvidemos respirar por la nariz y apretar el abdomen. Sientan el aire entrar a sus pulmones y vacíen la mente.
Todos protestaron ante la idea, claro que sí, excepto Sirius quien, en cuanto dijeron la palabra "yoga" y "meditar" en la misma oración, se acostó sobre el suelo de madera, abriendo sus brazos y sus piernas y cantó el tan conocido mantra. La profesora McGonagall, sumamente divertida con la idea de ver a sus alumnos realizando posturas raras con los ojos cerrados, les dijo que debían hacerlo y que, si lo hacían mal, repetirían ese ejercicio la siguiente clase hasta que lo realizaran de forma correcta.
—Recuerda, dile la verdad —susurró Ginny lo más bajo que pudo. Sus brazos le temblaban tanto que dudaba poder mantener la postura por más tiempo antes de caer de bruces contra el suelo. La parte interior de sus rodillas se estiraba todo lo que podían, provocando un ligero temblor que sus débiles piernas no podría soportar—. Sé que asusta, pero es lo mejor.
—Voy a intentar —Hermione no sabía por cual sufría más, si por el sentimiento de culpa en su pecho o si por la parte interior de sus rodillas donde claramente sentía el estiramiento de sus músculos y tendones—. Me merezco esto por ser una idiota.
—Para qué te digo que no, si sí —sus brazos cedieron y Ginny dejó caer sus rodillas sobre el suelo con un golpe seco el cual recorrió por completo su cuerpo, descolocándola por un minuto—. Ya no puedo más, estoy cansada.
—Repitan conmigo —interrumpió Luna cuando tuvo a todos de pie frente a ella, rectos como una tabla y con las palmas de las manos una contra otra frente al pecho— ¡Ommmm!
¡OOOMMMMMMM!
Ya afuera, Kreacher, el mayordomo, los esperaba con la limosina encendida listos para llevar a todos a sus respectivas viviendas. Sin embargo, tanto Snape como Hermione optaron por tomar el metro a lo cual ninguno de los otros se opuso. Hermione le dedicó una última mirada a su pelirroja amiga antes de que esta subiera al auto y desapareciera por Earl's Court Road junto a los demás. Hermione se hubiese quedado de pie sobre la acera, completamente inmóvil, de no ser porque el profesor de Química la tomó de la mano y murmuró un suave "¿Vamos?" con su aterciopelada voz.
Hermione se dejó llevar por el mayor, sus pies de movían casi de forma automática, no entendía cómo es que no había tropezado al subir a la siguiente acera, mucho menos cómo fue que no se cayó cuando bajaron por las escaleras rumbo a la plataforma. Snape tenía sus dedos entrelazados a los de ella y los apretaba de forma constante. Su pulgar acariciaba el dorso de su mano, provocando cosquilleo que recorrían todo su brazo hasta llegar a su columna y bajar por ella.
Ya en la plataforma de la línea District, Hermione y Snape se formaron para hacer la fila y abordar el siguiente tren. La plataforma estaba llena, hoy era un día laboral después de todo. Obviamente su conversación no podía ser aquí, tendría que esperar hasta la siguiente parada. Esperaba que la estación de Southfields no estuviera llena pues no quería acompañarlo hasta su casa para terminarle ahí.
Sería incómodo.
—¿Sucede algo? —preguntó sacándole de sus pensamientos.
—¿Ah? ¿Qué?
—Has estado muy distraída en la clase hoy. Ni siquiera hemos hablado —comentó con cierto aire de preocupación en su rostro—¿Sucede algo? Sabes que puedes decirme lo que sea.
Hermione tomó aire, asustada. Su cuerpo temblaba, pero no era por frío, era por nervios. Se acababa de abrir una puerta, esta era su oportunidad, solo no debía desaprovecharla.
—Severus —¡Oh! Sus labios y garganta estaban terriblemente secas. Haría lo que fuera por un vaso de agua—, necesito hablar contigo sobre algo muy delicado.
El tan conocido ruido del tren entrando a la plataforma llamó la atención de todos los usuarios del metro, incluidos ellos. La fila procedió a avanzar en dirección al embarque, dando pequeños pasos cual grupo de pingüinos.
—Claro, ¿qué sucede?
—Yo... —las puertas se abrieron y uno a uno las personas entraron en el vagón, Snape le cedió el pasó a la castaña y ambos se acomodaron en un par de asientos dobles— Creo que debemos hablar de esto en un lugar más privado, Severus.
—Me estás asustando, Hermione —susurró a su lado, frunciendo el ceño—. ¿Qué sucede?
—Te lo diré todo en un lugar más privado, lo prometo. No puedo decírtelo ahora, no aquí.
Hermione le sujetó ambas manos y lo miró directo a los ojos. Severus se vio hipnotizado con aquellos orbes color miel que, brillantes, lo reflejaban cual espejo. El mayor asintió y se llevó ambas manos a sus finos labios para besarlas.
Mientras el tren avanzaba bajo los túneles de camino al sur y el vagón se mecía con suavidad, Severus Snape miraba pensativo hacia al frente, rompiéndose la cabeza para tratar de adivinar qué era eso tan urgente que Hermione tenía que decirle.
Daría lo que fuera por saber leer mentes, pensó.
A su vez, Hermione se concentraba en su respiración. Sus piernas se movían de arriba abajo al ritmo de su corazón, rápidas y erráticas. Soltó las manos del mayor y las restregó sobre sus muslos, procurando limpiar la sudoración de estas.
¿Por qué decir la verdad era tan difícil?, pensó.
"Próxima parada: Estación Southfields".
Al bajar del vagón, Snape caminó dando sus típicas zancadas gracias a sus piernas largas, recorriendo el habitual camino hasta las escaleras cuando notó que su conversación no era correspondida por Hermione quien no se encontraba detrás de él tal y cómo había creído. Giró sobre sus talones y la encontró en la plataforma, de pie junto una de las bancas al aire libre que tenía esta estación. Snape levantó las manos e hizo un gesto con la cabeza como preguntándole qué pasaba. Hermione respondió llamándolo con una mano. Ella no parecía estar dispuesta a moverse de ahí por lo que, desconfiado, el pelinegro volvió sobre sus pasos hasta llegar a su altura.
—¿Qué pasa?
—Quiero hablar contigo ahora —respondió mirándolo a los ojos, seria.
—Pensé que querías hablar en un lugar privado —respondió arrugando su entrecejo—. Podemos hablar en la casa.
—Prefiero hacerlo aquí —la joven tomó con timidez con su mano y no la soltó—. ¿Podemos hablar allá, por favor? —la joven señaló hacia la última banca de la plataforma, una zona no tan iluminada y completamente vacía.
—No vas a asesinarme y a vender mis órganos, ¿verdad, Granger? —respondió retrocediendo un paso— Porque esto es… muy perturbador.
A pesar de que su pobre intento de chiste le pareció divertido, Hermione no mostró ni el más mínimo signo de estarse divirtiendo. El ambiente se tornó tan tenso e incómodo que ningún chiste, por más bueno que este fuera, lograría aliviarlo. Resignado, Severus la siguió en silencio hasta llegar a aquella banca.
Esto no pintaba nada bien. Sus niveles de ansiedad estaban aumentando en razones desproporcionadas. Le perturbaba la expresión de Hermione. Sabía que lo qué sea que tuviera que decírsele se trataba de algo muy delicado, algo que no estaba seguro si quería escuchar. Sus manos estaban sudando frías y estaba seguro que su ojo no tardaría en empezar a saltar. Hermione colocó ambas manos sobre sus hombros y lo obligó a sentarse para luego ser ella quien se sentara a su lado, amparados por la oscuridad de la estación.
—¿Qué sucede, Hermione? —cuestionó con seriedad, su voz grave y alerta haciendo eco en la estación—. Me estás asustando. Dime ya que pasa.
Hermione humedeció sus labios, apretándolos uno contra otra con tal intensidad que la carnosa piel se tornó blanca por falta de circulación. Había pensado en sus palabras durante todo el día, tenía un plan establecido y sabía que se mantendría firme en su decisión, que no titubearía, pero esto seguía siendo difícil. Al solo ser aventuras de una noche, ella jamás había tenido que cortar con una persona, a excepción de Cormac. Incluso con él fue más fácil dado que no existían sentimientos reales hacia su persona.
Sin embargo, con Severus existía una amistad que valoraba. Le tenía cariño y mucho respeto, por lo que hacer esto no era algo que disfrutara como sí lo hizo en las anteriores ocasiones.
—Severus —Hermione dirigió sus ojos miel a los oscuros de su pareja de turno, pero en cuanto hicieron contacto, toda su fuerza de voluntad cayó—. ¡Ay! No sé cómo decirte esto. Es… Lo que te quiero decir es muy delicado, Severus. Quiero que lo tomes con calma, por favor, y te pido que me entiendas.
Severus tragó hondo y la observó ligeramente horrorizado. Hermione, nerviosa, pensó que ya había adivinado de qué se trataba y esa no era la reacción que estaba esperando.
Aunque, para ser sincera, tampoco sabía qué esperar.
—¿Estás…? No me digas que estas embarazada —dijo de repente, descolocándola por completo—. Porque siempre hemos usado protección y tu amiga Ginny dijo que estás en tu periodo y…—
—¡¿Qué?! ¡No! —exclamó casi gritando, captando la atención de los pasajeros que descendían del tren que acababa de llegar a la estación hace apenas unos segundos—. No, no, no, no. Nada de eso.
—¡Ah, qué alivio! —suspiró llevándose una mano al pecho y relajando los músculos de su cuerpo al instante— Porque no sabría qué decirte… quiero decir… ¿Un bebé ahora? No.
—Sí, sí… yo… no, gracias —la joven apoyó sus codos sobre sus rodillas y se inclinó hacia adelante, dejando que su cabeza colgara entre sus brazos. Esto no estaba saliendo bien—. No… Severus, lo que yo quería decirte era que… Severus, esto no está funcionando.
El profesor frunció el ceño y se inclinó ligeramente hacia ella— ¿Qué no está funcionando?
—Esto… nosotros, esta… esta relación, Severus. Ni siquiera sé si deba usar la palabra "relación" porque no lo es. Esto no está funcionando para mí, lo siento —Muy bien, aquí iba, lo iba a decir. Respiró hondo y se preparó para lo que venía a continuación—. No eres tú, soy yo… ¡Maldición! No quiero decirte eso, en serio, créeme que te mereces una mejor explicación y estuve intentando encontrarla todo el maldito día, pero, creo que, bajo estas circunstancias, es la que mejor describe esta situación… Esto sonaba mejor en mi mente, créeme… Perdóname, merecías más.
El mayor se tomó un par de minutos para analizar las palabras de su joven amante, eternos minutos que fueron la agonía de Hermione. Era verdad que habían forjado esta "relación" bajo un ritmo muy acelerado, para nada prudente y no lo iba a negar, pero… pero él creía que todo estaba bien, es decir, no le había dado motivos para que ella lo rechazara así, al menos no que él supiera.
Había dado lo mejor de sí.
—No lo entiendo —respondió lentamente, vocalizando fuerte y claro cada sílaba—. ¿Hice algo mal? Porque… porque si hice algo para molestarte yo quiero pedirte perdón.
—No, Severus, esto no es…—
—Es que, realmente, no logró entenderlo, Hermione —exclamó tomando sus manos entre las suyas, aferrándose a ellas—. Sé que… sé que esto va muy rápido y… y comprendo que te hayas asustado. Yo tampoco esperaba verme involucrado en una relación contigo, pero me gustas y, en el fondo, creo que sí la quería. Te amo, Hermione. Yo… yo necesito saber qué hice mal —las manos del profesor acariciando las suyas con delicadeza. Estaban tan cerca que Hermione se atrevía a decir que podía ver los engranajes de su cabeza funcionando a todo lo que daban para encontrar una explicación—. ¿Esto es por el sexo?
—¿Qué? —respondió no muy segura de haber escuchado correctamente.
—¿Es por el sexo? ¡¿Es por esa primera vez?! —su tono de voz mutó de la confusión al enojo— ¿Es por eso? Dijiste que estaba bien y creo que te lo compensé. No escuché que te quejaras.
—¡No! ¡Esto no es por el sexo, Snape! —gritó retirando sus manos con violencia. Estaba malinterpretando las cosas. Esto no tenía nada que ver. Ella quería otra cosa— El problema nunca fue el sexo. ¡Esto es por mí! —exclamó fuerte, mirándolo a los ojos desafiante y segura de sí— Severus, no te amo.
Aquellas palabras habían salido con tal naturalidad que hasta Hermione estaba sorprendida. No quiso decir eso, no quiso ser tan cruel ni decir algo tan hiriente de esa forma tan cruda. Sabía lo que era un rechazo, sabía lo que se sentía que tu "pareja" te dijera que no te amaba. Realmente no quiso decir eso, pero las palabras ya habían escapado de su boca.
El daño ya está hecho.
Severus se giró al frente, mirando hacia la plataforma donde, justo ahora, acababa de arribar el siguiente tren. Las palabras de Hermione seguían resonando por su cabeza, haciéndose escuchar sobre los pitidos de las puertas abriéndose.
"Severus, no te amo".
"No te amo".
No lo entendía, simplemente no lograba comprenderlo. ¿Por qué? Si no lo amaba, ¿por qué demonios ella estuvo tanto tiempo con él? ¿Por qué permitió que sus encuentros se volvieran tan íntimos? ¿Por qué lo besó? ¿Por qué se acostó con él? ¿Por qué siguió durmiendo en su cama durante casi una semana? No podía entenderlo. ¿Era una broma? ¿Acaso solo estaba jugando? Bueno, sí, era obvio que había jugado con él y con sus sentimientos. Se sintió sucio, usado y desechado. Algo dentro de él se rompió. Era como tener algo invisible apretando su pecho, similar a lo que sintió cuando Valerie le confesó su infidelidad, pero al mismo… al mismo era muy diferente.
Este dolía más.
—¿Por qué? —susurró con la voz apagada, pero fue suficientemente alto como para ser escuchado por su interlocutora—¿Por qué te acostaste conmigo si no me amabas? ¿Por qué seguías durmiendo conmigo si se supone que la primera vez no debía pasar?
Sus reclamos estaban cargados de dolor. Lo había herido, lo había herido profundamente.
—No lo sé —susurró. Por más estúpido que sonara, porque sabía que era la explicación más estúpida que alguien podía dar, era la pura verdad. No sabía por qué hizo eso. Supuso que fue por necesidad. Necesitaba algo de cariño y él era la persona más cercana.
Severus frunció el ceño, enojado y exaltado ante lo que escuchaba— Esto es increíble. ¿Acaso soy una broma para ti, Hermione Granger? ¿Qué significa ese "no lo sé"? Te estoy haciendo una pregunta clara: ¿por qué demonios te acostaste conmigo?
—¡No lo sé! ¡Fue un accidente! —gritó.
—No, no, no, Hermione. Entiendo que la primera vez fuese un accidente —le interrumpió levantando un dedo, como si estuviera regañando a uno de sus alumnos—, pero estuvimos tirando por casi una semana entera. Eso no fue un accidente. Lo que tú hiciste fue a propósito, yo jamás te obligué a nada ¡Tú jugaste conmigo! —su dedo recaía sobre ella de forma acusadora, torturándola—. Si no significó nada para ti, ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué seguiste con ese maldito juego durante una semana?
—Es complicado.
—¡Por un demonio! —gritó poniéndose en pie, asustándola— Si querías tener solo sexo pudiste decírmelo. ¿Para qué crear una complicas mentiras y excusas? ¿Para qué fingir? ¿Por qué no podías ser sincera y ya? Yo entiendo lo que es la abstinencia, créeme que lo sé, pudiste decírmelo. Hubiese aceptado, pero no me habría hecho ilusiones contigo —Severus se pasó las manos de forma desesperada por el cabello y su voz se iba haciendo más y más fuerte a medida que le reprochaba su accionar—. Te deje entrar en mi vida, te deje dormir en mi cama… ¡Por Dios! ¡Hasta quise presentarte a mi madre!
—¡Me asusté! —gritó poniéndose de pie—. Todo iba demasiado rápido. Cuando desperté la mañana siguiente no sabía qué hacer. No quería lastimarte y deje que todo siguiera su curso… y… y de la noche a la mañana, quisiste presentarme a tu familia.
—¿Tienes idea de lo importante que eso era para mí? —se giró bruscamente para mirarla. Hermione retrocedió unos pasos hasta chocar contra la banca y volver a sentarse sobre esta— Jugaste conmigo. ¡Con mis sentimientos! Lo que hiciste fue cruel y egoísta… Yo jamás te hubiese hecho algo así y te consta.
Aquel último reclamó vino cargado de veneno pues Hermione lo sintió quemarle la piel.
La llegada de un tren a la plataforma les otorgó la pausa que necesitaban. Ninguno de los dos quería hacer un espectáculo frente a los demás usuarios del metro. Severus dio vueltas como león enjaulado a lo largo de la plataforma mientras Hermione seguía sentada cabizbaja en la banca. Esto había salido mal en todos los aspectos, era un completo desastre. Severus tenía razón, había jugado con él. Se merecía todo ese odio y más.
No debió haberlo besado para empezar. Le gustaba lo que tenían, le gustaba esa amistad, le gustaba esos pequeños momentos de confianza en donde podía sentirse ella otra vez. No debió arruinarlo arrastrándolo hacia sus problemas. ¿Por qué siempre tenía que arruinar todo? ¿Por qué todo tenía que irle tan mal? En esos momentos, solo deseo no haber abandonado su patética vida en Cambrigde, así jamás se hubiesen conocido y ella jamás lo hubiese lastimado.
Cuando las puertas se cerraron y el tren partió, Hermione se dispuso a hablar de nuevo.
—Yo no quise lastimarte, yo no quise que las cosas terminaran así. No imaginé que esta amistad se transformara en algo más. No pensé que me llegaras a gustar —confesó captando la atención de su interlocutor. Sus mejillas estaban rojas por vergüenza y le ardían—, porque me gustas, Severus, me gustas mucho —los ojos negros parecieron brillar esperanzados por un segundo, pero rápidamente se apagaron cuando la castaña decidió continuar—... pero no estoy segura que sea amor. Eres una buena persona, no has hecho nada malo. Eres inteligente, tierno, eres un gran amigo, un gran cocinero y sé que serás un gran bailarín. Yo creo que te mereces a alguien que quiera tener una relación, alguien que quiera amarte, alguien que pueda darte la seguridad que no tendrás conmigo.
—¿Qué te hace pensar que no puedes darme eso? — se acercó lentamente, procurando parecer más alto de lo que ya era para, de esa forma, parecer más fuerte y ocultar su debilidad— Hermione, te conozco, he visto esa mirada antes. Hay algo que no me estás contando —la joven procuró volver a mirar al piso, al techo, a los lados, a cualquier otra parte menos a los ojos fríos de Snape—. Creo que estoy en todo derecho a pedirte una explicación y, esta vez, no voy a aceptar un "no lo sé" como respuesta, porque ya eres una adulta de 22 años. A esta edad ya puedes formular una respuesta coherente.
Snape tenía razón. Ya no era una adolescente de 19 años cuyos problemas podía ignorar escondiéndose tras la espalda de su padre mientras este los afrontaba en su lugar. Ahora tenía 22 y ya no estaban ni papá ni mamá en los cuales refugiarse. Tuvo la suficiente "madurez" para irse de casa y mudarse a Londres sin un plan B; tuvo la suficiente "madurez" para meterse con todos esos hombres a pesar de que existía un alto riesgo de contraer una ETS o un bebé no deseado y tuvo suficiente "madurez" para jugar con los sentimientos de su alumno.
¿Dónde estaba esa madurez que necesitaba para darle una respuesta apropiada?
No estaba, no había, no existía, al igual que tampoco existía una respuesta coherente para lo que había hecho. No podía decirle toda la verdad, no podía decirle que acostarse con cualquiera se había convertido en una costumbre, un escape que —de alguna u otra forma— necesitaba para mantener su vida equilibrada y sentirse mejor con ella misma. No podía decirle que, así como él le estaba pidiendo explicaciones, ya hubo alguien más que hizo lo mismo. No podía decirle que esto lo hacía por venganza contra alguien que ni siquiera sabía era lo que ella estaba haciendo con su vida y que mucho menos le interesaba. No podía hablarle sobre Ron. No podía decirle todas las inseguridades y heridas que él dejó en ella. Ronald era un asunto delicado y sería muy infantil echarle la culpa a alguien que no veía hace más de tres años.
Muy madura, Hermione, se reprendió.
—... Porque... porque yo no quiero una relación —confesó temblando—. Yo solo quería que alguien me notara y que... yo… yo solo no quería sentirme como mi antiguo yo.
A pesar de que estaba tratando de ser honesta, Snape no pudo creerle.
—Eso ni siquiera tiene sentido —Severus volvió a apartarse. Una ligera brisa golpeó el rostro de la castaña cuando Snape se movió apresurado lejos de ella—. Ni siquiera puedo llamarla excusa. No quieres una relación, pero sí te quieres acostar con alguien durante una semana y hacer planes para un futuro juntos.
—¡Tú eras quien estaba haciendo planes! ¡No yo!
—¡Pero pudiste decir que no querías ser parte de ellos! —gritó en respuesta— Pudiste hablar, Hermione. ¿Creías que no lo iba a entender? Lo habría entendido. Somos adultos, resolvemos las cosas hablando, no inventando elaboradas mentiras. Hubiese dado lo que fuera porque me hablaras, porque dejarás a un lado el sexo y te hubieses sentado a hablar conmigo... Y, y ¿qué carajos es eso de "tu antiguo yo"? ¿Esto es por tu ex? ¿Todo este drama es por él?
Hermione agachó la cabeza y evitó decir palabra alguna. No tenía caso, no se iba a salvar esta vez. No tenía palabras para defenderse. Su silencio fue todo lo que Severus necesitó para continuar con sus reclamos.
—Y pensé que era yo quien tenía traumas con su ex —añadió de forma sarcástica. Si quería clavar puñaladas, esta fue el que más profundo clavó y, hasta ahora, el que más le dolió—. Es que... no puedo comprenderte. Nada de lo que estás diciendo tiene sentido para mí, créeme que estoy esforzando por entenderte, pero todo lo que dices es tan infantil... pero ¿qué estoy diciendo? ¿Cómo no va a ser infantil si estoy hablando con una chica de 22 años?
No sabía cómo tomar eso. Si bien Severus estaba hablando con el hígado debido al enojo, no estaba diciendo nada que no fuera verdad. Durante esos años fue inmadura, egoísta, irresponsable y entre muchas otras cosas más. Fue una tonta al pesar que ocho meses podría corregirlo. Sabía que sería cuestión de semanas volver a caer. Pensó que podria lograrlo, realmente lo creyó. Siempre iba a fracasar, no importara cuanto intentara resistirse.
Y esto era prueba de ello.
—¿Qué estás buscando, Hermione? —inquirió buscándola con la mirada.
Ahora era la castaña quien se encontraba confundida. Levantó la cabeza, indefensa y sin la menor idea de qué decir— No entiendo.
—Hermione, te conozco o, al menos, creía conocerte. Sé que tú no eres una persona que hagas las cosas sin pensar antes. Debe haber una explicación para este comportamiento. Sea lo que sea que quieras conseguir, espero lo encuentres. Si lo que querías hacer era que me decepcionará de ti, pues ya lo lograste.
¿Decepcionar?
Aquella palabra aplastó su corazón. Las lágrimas se amontonaron en sus ojos y Hermione tuvo que respirar a consciencia para poder controlarse. Le dolió. Le dolió mucho. Supuso que se lo merecía. Ella también lo había lastimado.
—No me odies —suplicó bajando la mirada, sintiéndose la peor persona del mundo, esperando en silencio que el profesor descargara su furia contra ella con palabras aún más dolorosas pues se lo merecía.
Sin embargo, eso no pasó.
—No podría odiarte, aunque quisiera, Hermione. Créeme que quiero, pero no puedo. No me nace ese sentimiento hacia ti —la voz del hombre era un susurro agotado, profundamente desilusionado—… Supongo que es mejor que esto termine. No voy a obligarte a hacer algo que no quieres. No es lo mejor ni para ti ni para mí.
Sus ojos miel buscaron los de él, pero Snape apartó la mirada, apartándose de su lado al mismo tiempo para caminar algunos pasos lejos de ella a través de la plataforma. Llevaba las manos dentro de los bolsillos de su pantalón y una sonrisa falsa en el rostro, intentado demostrar que no le afectaba en lo más mínimo y, de no ser por su comportamiento hasta hace un par de minutos, Hermione lo hubiese creído.
—Supongo que este es el fin de todo —suspiró.
—¿El fin? —Hermione reaccionó asustada ante esas palabras. ¿Cómo que "el fin de todo"? Pues, sí, si se referían exclusivamente a esa pseudo relacion e ambos tenían pues sí, era el fin. Sin embargo, algo en el peso de las palabras del profesor le indicaban que había algo más escondidas en dichas palabras, algo más grande— ¿A qué te refieres con el fin?
—El fin —repitió extrañado—. El fin de todo. El fin de los paseos a Lamarck, el fin de dormir en mi cama, el fin de comer en mi casa, el fin de las clases de ballroom. Ya sabes, el fin —no le gustaba el tono de voz que estaba usando, era como si le estuviera hablando a un niño— ¿Acaso no fui obvio?
Solo fue cuando pasó aquel punto sin retorno que Hermione se percató de lo que había hecho. Le acababa de quitar un alumno a su mentora, acababa de quitarle un alumno a la mujer que le dio una segunda oportunidad y la recibió con los brazos abiertos, depositando sus esperanzas en ella, acababa de quitarle un alumno a la academia de Minerva McGonagall.
Iban a matarla si lo descubrían, pero prefería eso a cargar con la culpa que le esperaba.
—Pero... pero ¿qué hay de McGonagall? ¿Qué hay del concurso? —preguntó contrayendo las cejas en una expresión de angustia— ¿Ya no estarás con los demás? ¿Qué hay de los chicos? ¿Qué del estudio?
—Bueno, eso es obvio. Ya no habrá más clases ni concursos para mí, Granger.
Siempre había sido Miss Granger o Hermione, pero nunca solo Granger a secas.
—Pero... pero... McGonagall está muy emocionada por el concurso y...—
—Granger, yo... —el hombre hizo una pausa y se pasó las manos por el oscuro cabello, evidentemente frustrado con ella y consigo mismo. Literalmente lo vio vocalizar "Maldita sea" mientras se agarraba la cabeza— yo no puedo... simplemente, no puedo seguir dentro de la academia. Tú enseñas ahí. ¿Crees que no será difícil para mí verte tres veces por semana durante dos horas seguidas y pretender que nada de esto ocurrió? —Al verlo a los ojos, notó el dolor y la desesperación en ellos por lo que no volvió a replicar— Ese lugar es... es muy especial para mí. Se volvió un salvavidas y tengo muchos recuerdos ahí, recuerdos que no... que no quiero dañar. Es por eso que será mejor que me aleje por un tiempo.
Evitando verlo a los ojos, Hermione se animó a preguntar— ¿Qué le diré a McGonagall?
Severus jugó con las mangas de su camisa, revisando la resistencia de sus botones mientras meditaba un poco. Se tenía que morder la lengua para no decírsele a Hermione lo que pensaba, pues sabía que esas palabras estarían cargadas de veneno y no quería herirla a pesar de que ella lo había herido a él. Con todo derecho podía decirle que le valía, que ella se hiciera cargo pues era su culpa, ella había provocado esto… pero si algo aprendió en terapia, era que cualquier relación siempre estaba formada por dos partes.
Él era el adulto aquí. Él también debía ser responsable.
Fuera de lo que había pasado con Hermione, él sabía que había hecho un trato con la profesora. Él, la igual que los otros, se había comprometido de una u otra forma a ser partícipe de su preciado concurso entre escuelas. Eran un equipo. La profesora McGonagall no tenía la culpa de las metidas de patas y problemas de cama entre él y su aprendiz, pero, al mismo tiempo, no pensaba poner en riesgo la poca dignidad que le quedaba yendo a una clase donde se vería obligada a bailar con la persona que había rechazado su afecto de aquella forma tan fría. Así sonara egoísta, él no podía seguir asistiendo a las clases, no por un tiempo al menos.
—Necesito tiempo, Miss Granger —respondió después de un rato, cuando su mente logró crear un plan el cual ni tenía sentido ni valía la pena, pero que, por lo menos, le hacía sentirse capaz de tener el control de algo—. Yo… yo volveré algún día, cuando me sienta listo. Necesito alejarme de ti, Granger. Necesito poner distancia entre tú y yo para superar esto lo más pronto posible —a Hermione le dolieron en cierto punto esas palabras, pero lo veía totalmente justificado. Después de todo, eso es lo que ella estuvo haciendo todo este tiempo: poner distancia—. Dile a la profesora que me fui de viaje fuera del país, que recién volveré para el reinicio de las clases en septiembre.
—¿Te irás? —preguntó sorprendida por aquella decisión tan drástica.
—Tal vez, no lo sé —respondió en voz baja—. Necesito pensarlo. Volveré en septiembre, supongo, cuando obtenga mi nuevo horario. No lo sé.
—¿Y si no vuelves? —cuestionó. Una expresión de angustia se dibujó en su rostro. Sus ojos miel lo observaban con suplica y culpa.
Mucha culpa.
—Ahora no puedo darte una respuesta, es… es complicado.
Una sensación amarga se formó en su boca y una corriente fría recorrió la espalda de Hermione cuando Severus Snape se atrevió a emplear la misma palabra que ella usó para dar una explicación.
—Entiendo —susurró.
Ambos se mantuvieron en silencio. El siguiente tren entró en la estación Southfields y, lentamente, se detuvo frente al andén. Ninguno de los dos notó cuando sus puertas se abrieron y los pasajeros descendieron rumbo a la salida de la estación. Con un pitido, el tren cerró sus puertas y siguió su camino.
—No vuelvas a buscarme, por favor —exigió con seriedad, tomando a Hermione por sorpresa. Aunque no detectó odio en su voz, si había un palpable resentimiento. Su corazón se apretó contra su caja torácica, latiendo rápido e indefenso—. No te lo tomes a mal, Granger, pero prefiero evitar todo contacto contigo. Llevaré a Lamarck al parque durante las tardes, cambiaré los días… tal vez de parque —sintió otra punzada sobre su corazón cuando el perro blanco vino a sus pensamientos. Supuso que se trataba de un adiós hasta nuevo aviso. Le hubiese gustado despedirse—. Te voy a pedir también que tampoco me escribas, ni vayas a mi casa ni nada… por favor.
—¿Ya no quieres ser mi amigo? —se atrevió a preguntar con la voz dolida. Oh, por Dios, se sentía tan mal consigo misma. Todo esto era su culpa.
—No, Granger, yo no quiero ser tu amigo —respondió sin apartar la mirada, sonando fuerte y seguro—. Quiero ser más, pero debo acostumbrarme a la idea. No te voy a obligar a nada ni tampoco quiero hacerte sentir culpable, pero yo necesito esto. Necesito alejarme para apagar estos sentimientos que tengo hacia ti. Tenía muchas ilusiones y… necesito tiempo.
—¿Las cosas volverán a ser como antes algún día? ¿Crees volveremos a ser amigos?
—… Sí, supongo que sí —soltó en un suspiro—. Realmente me agradas. Es extraño, pocas personas me agradan e, inesperadamente, tú eres una de ellas —estaba siendo sincero, podía percibirlo en sus ojos y en su voz, pero también percibía el daño causado tras esas palabras—, pero no creo que las cosas vuelvan a ser como antes.
Hermione asintió lentamente. Dentro de su pecho, crecía una serie de sentimientos muy confusos e imposibles de explicar. Era una mezcla entre el alivio, el dolor, la culpa, la vergüenza y muchas otras emociones que no había experimentado en mucho tiempo. No quería que las cosas hubiesen terminado de esa forma, pero ya no podía hacer nada para arreglarlo. Una vez más, ella lo echó a perder todo.
Otro tren entró en la estación, tocando con fuerza la bocina al momento de detenerse en la plataforma— El tren ya llegó —comentó girándose para ver como las puertas se abrían después del tercer pitido de la alarma y no más de cinco pasajeros bajaban al andén—. Debo irme.
—Adiós, Miss Granger —la despidió al instante, con voz fría.
—Adiós.
Hermione corrió al tren y se acomodó frente a la puerta, sujetándose de una de las barras metálicas clavadas al piso. Ambos se quedaron mirando fijamente hasta que el tan conocido pitido se detuvo y las puertas de esta se cerraron, apartándolos en todo sentido. Con una ligera sacudida, el tren reanudó su camino hacia el sur, alejándose poco a poco de la plataforma de la línea District hasta finalmente desaparecer como sus predecesores lo hicieron. Aun cuando ya no había rastros de este, el profesor se quedó mirando el andén, como si esperara que surgiera de las sombras en cualquier momento.
Eso no iba a pasar, se dijo, no iba a regresar.
Aceptando la derrota en silencio, Snape giró sobre sus talones, sosteniendo con fuerza su mochila colgando en su espalda y caminó despacio hasta la salida de la plataforma, deteniéndose únicamente para patear un cubo de basura que estorbaba su camino. Miró la basura esparcida frente a él. Así se sentía en esos momentos, como algo que podía ser totalmente desechable.
Fue demasiado bueno para ser verdad.
Arriba, en la sala de juntas del piso número 17 del edificio de Malfoy Co., Severus Snape y Lucius Malfoy perdían el tiempo encerrados en la espaciosa y rectangular sala de fríos colores y diseños geométricos. La pared principal tenía un enorme ventanal, similar a la de la oficina de Lucius, y daba una panorámica hacia los otros edificios de la calle lateral a la empresa. Había algunos cuadros, pinturas abstractas de monocroma composición, y una que otra planta para crear balance en el entorno. La mesa de madera oscura era lo más impresionante pues era larga y ocupaba la mayor parte del espacio. Diseñada para 22 personas exactamente, aquella mesa tenía mucha historia. Vio ir y venir a cientos de socios, fue ocupada por personas de diferentes nacionalidades y fue testigo de multiples acuerdos para incrementar las ganancias Malfoy.
Pero nada de eso importaba, ahora solo tenía una misión: ser la cama de Severus Snape.
El día siguiente a su "ruptura" con Hermione, Snape no quería pasar el resto de la tarde solo en casa pues la ausencia de personas provocaba que su mente le diera más vueltas de las necesarias a su problema actual, cosa que era lo último que quería hacer. Para su buena suerte, tenía amigos —amigos que eran un completo dolor en el trasero y demasiado interesados en su vida amorosa, pero amigos, al fin y al cabo— por lo que no dudó ni un segundo para tomar un taxi directo a las oficinas Malfoy Co. en la pequeña City de Londres.
[Tú: ¿Estás en la oficina?]
[Lucius: Sabes que sí 😑
Por? Vienes?]
[Tú: Ya estoy en el taxi😒]
[Lucius: Estoy con Draco. Te esperamos]
Adoraba a su ahijado, pero él necesitaba hablar con su amigo a solas por lo que llevó su arma secreta.
[Tú: Estoy con Lamarck. Diles que me dejen subir ]
Sabía que en Malfoy Co. no se aceptaban animales, pero ¿qué tal si el animal era llevado por el hijo del dueño del edificio y jefe de todo aquel dentro de la empresa? Sabía que Draco no se resistiría a llevar a Lamarck a dar una vuelta por la ciudad ya que no podía interrumpir la tranquilidad del ambiente laboral de la empresa. Aquel paseo le daría el tiempo necesario y la privacidad que él necesitaba para contarle a su mejor —y único— amigo todo lo que lo estaba agobiando porque ya no podía seguir hablando con el perro respecto al tema. Le urgía hablar con un humano y, sobre todo, le urgía obtener una respuesta clara, no un ladrido.
En cuanto el menor abandonó el edificio, Lucius y Snape se encerraron en la sala de juntas con la excusa de que "nadie los molestaría ahí adentro", pero la realidad era una muy distinta. Lucius necesitaba estirar las piernas y, aunque su oficina era espaciosa, prefería otro escenario.
El rubio colocó su peso sobre las plantas de sus pies, sintiendo el suelo debajo de estos. Movió la cadera ligeramente hacia la izquierda, sacándola ligeramente de su eje central. Relajó los hombros y soltó aire, concentrándose lo mejor que podía. Sus ojos grises estaban fijos en el pequeño vaso descartable sobre el suelo, el cual yacía inmóvil, esperando que la pequeña pelota de golf que estaba a los pies del aristócrata entrara en el improvisado hoyo.
El hombre dejó escapar el aire de sus pulmones y, con un ligero movimiento del palo de golf, golpeó con suficiente fuerza la pelotita blanca para que esta rodara de forma recta hacia llegar al vaso descartable y pasar justo al lado, casi rozando con el material, fallando el tiro.
—Vaya suerte —exclamó desganado al ver que la pelota se unía a las otras diez que había fallado.
—Eso mismo digo —murmuró sin ánimos el pelinegro tendido sobre la mesa de madera oscura, mirando el ventilador del techo el cual giraba más lento que su propia respiración—. Vaya suerte que tengo, ¿eh? Justo cuando creo que estoy listo para empezar de nuevo, la chica que me gusta me rechaza por su ex... No sé si esto pueda empeorar.
—Claro que sí —respondió el rubio sacando otra pelota blanca de una caja sobre la mesa y la colocó sobre el suelo—. Pudo decirte que te quiere solo como amigo. Oh, espera, eso fue exactamente lo que dijo, ¿verdad? —añadió con ironía, volviendo a golpear con el palo.
—Me han clavado peores puñales, Lucius. Sé más creativo —el hombre cerró los ojos y dejó escapar un suspiro cansado—. No lo entiendo. ¿Cómo es posible que me pueda ir tan mal en el amor? Es que… no tengo una explicación para esto. Es como si estuviera maldito —sus manos viajaron directo a su rostro y se las restregó contra su piel—. Estoy segura que mamá debió hacer enojar a una bruja o algo parecido, porque solo eso explicaría por qué nos ha ido tan mal a los dos en el amor. Ella con una basura como lo fue Tobías y yo con una… con… con Valerie.
—Tal vez tus abuelos hicieron algo. ¿Tenían un matrimonio feliz?
—Apenas sí conocí a mis abuelos, no tengo idea —recordaba las contadas ocasiones en las que había visitado a sus abuelos junto a su madre. No sabría decir si vivían un matrimonio feliz, ambos eran muy serios y las visitas no eran las mejores. La incomodidad de su madre era evidente y la tensión en el ambiente, palpable. Era por ello que no duraban más de media hora—. Hmm… no sirvo para esto, Lucius.
—Severus, no debes…—
—¡No! Hablo en serio, ya estoy harto —exclamó, elevando tanto las manos como la voz—. No lo entiendo. Hice exactamente todo lo opuesto que con Valerie ¡y salió peor! Ella siempre me reprochó ser parco y seco. Esta vez fui cariñoso, le presté atención, me interesé en sus cosas, traté de ser gracioso, cociné y, aun así, me mandó a volar. En fin, con Valerie duré más de 15 años juntos contando los años de noviazgo, pero con ella ni siquiera una semana propiamente dicha. ¡Soy patético! ¡Soy un fracasado y un patético!
—Vamos, no está tan mal —el rubio dejó caer el palo de golf y se acercó a la mesa, sentándose sobre ella—. Tal vez no es que hayas hecho las cosas mal. Yo creo que ella desde un inicio no tenía intención alguna de tener algo serio contigo. Digo, sí, la asustaste cuando le dijiste "te amo", eso fue muy rápido y no me hagas mencionar a tu madre en esto —el hombre se recostó sobre la mesa y su cabeza quedó a un lado de la de Snape—, pero al menos tú tuviste la intención de formar algo serio, intentaste hablar con ella sobre ello, pero ella era la que te evadía. Simplemente creo que nunca tuvo la intención de formar una relación, solo buscaba a alguien para bajarse la calentura.
—Me siento usado —respondió en voz baja. Fue un completo idiota. Dejó que sus sentimientos lo cegaran de la tan evidente realidad. Estaba más que claro que Hermione jamás tuvo ni la más mínima intención de formar algo con él. Lo supo desde el día uno, cuando le sirvió el desayuno la mañana siguiente a su primer encuentro. Ella estaba tan rara, su rostro no era capaz de mentir ni ocultar lo incómoda que estaba de estar ahí, en su hogar, junto a él. Sin embargo, algo dentro de él quería creer que tal vez, solo tal vez, podía tener una oportunidad con alguien tan maravillosa como lo era aquella bailarina de ballroom—. Me siento patético y usado. Me siento un completo idiota que es patético y fue usado.
—Estás siendo dramático.
—¡Déjame autocompadecerme en paz! —replicó—. Soy idiota por pensar que alguien como ella iba a estar con alguien como yo. Es que ella era tan… tan linda.
—Ay, por favor, ni que estuviera tan buena —dijo poniendo los ojos en blanco.
—¡En serio, Lucius! ¡En serio! Es una de las mujeres más bonitas que he visto en mi vida —elevó sus manos al cielo y abrió los ojos. Estaba hablando en serio, muy en serio—. Tiene unos ojos miel, grandes y brillantes, de esos que tienen pestañas rizadas. Su carita es pequeña, su nariz, pecosa y sus labios, carnosos. Me gustan sus incisivos, son algo grandes, pero le quedan bien. Es menuda, bronceada, tiene un muy bonito cuerpo y sus piernas son… —cerró los ojos momentáneamente al recordar ese par de piernas largas y fuertes las cuales se apoyaban en sus pies para hacer aquellos elegantes giros al momento de bailar—. Su cabello es bonito, tiene elegantes ondas castañas… Bueno, sí, resultaron ser de mentira porque en realidad es rizada, se plancha el cabello, pero creo que me gusta más su pelo al natural… Ahora que lo pienso mejor, se parece en algo a Britanny Murphy.
—Eso explica mucho, siempre te gustó Britanny Murphy. —le recordó su amigo, soltando una pequeña carcajada, burlándose de la situación. Durante los fines de los 90's e inicios de los 2000's, Severus Snape desarrolló un "ligero" enamoramiento hacia dicha actriz, algo que causaba la burla de su aristócrata amigo quien era el único que conocía su "terrible" secreto —Por eso te gusta tu niñera. Te enamoraste del clon pobre y castaño de tu ex crush.
—¡Cállate! —Snape lanzó un manotazo arriba, esperando darle al rubio, pero solo falló—. No, no me enamoré de su físico. Sí, es bonita, pero… hay algo más… Me gusta cómo le brillan los ojos. Me gusta verla dar giros sobre sí misma. Me gusta su risa, es muy despreocupada y bulliciosa. Me gusta que siempre sepa qué decir en una conversación, es muy lista. Me gusta que quiera tanto a Lamarck.
—No puede ser —exclamó el rubio arrastrándose por la mesa para estar más cerca de él—. Estás enamorado de verdad.
—Pues sí —reconoció molesto por sentirse así—. ¿Qué no soy humano? ¿Acaso no merezco algo de amor?
—Estás viendo demasiadas películas, viejo. Deja de ser dramático, me estás avergonzando —el rubio dirigió sus ojos grises al techo y se fijó en el ventilador el cual seguía moviéndose demasiado lento para su gusto. Tal vez era momento de remodelar—. Escucha, yo sé que esto del amor no es fácil para ti, así que te felicito por ello. Saliste de tu zona de confort y te arriesgaste. Sí, solo te usaron como un par de zapatos viejos, pero al menos demostraste de que ya estás listo para volver a abrir el corazón y, pues, intentar algo.
Tal vez su tonto amigo no era tan tonto como pensaba. Sí, Hermione lo usó como un par de zapatos viejos, pero tampoco fue como que lo lastimara profundamente. Tal como ella dijo, no tenían una relación exactamente, no tenían algo al que ponerle un nombre. Tal vez era así como debían ser las cosas, solo debía aceptarlo tal como alguna vez aconsejó el psicólogo. Al menos algo bueno había salido de eso, pensó, y era que, desde que conoció a Hermione —conocer de verdad—, no había pensado tanto en Valerie como antes.
Tal vez Lucius tenía razón y ya estaba listo para volver a abrir el corazón. Solo necesitaba a la persona indicada.
—Además, tú eres el que salió ganando de esta situación —Severus giró su cabeza y enarcó una ceja en dirección del aristócrata. Una forma sencilla, pero efectiva de pedirle que se explicara—. Te acostaste con una jovencita y no te pidió nada a cambio, ¿qué más quieres? Una semana de sexo intenso con una veinteañera. La fantasía sexual de muchos.
—No la mía —respondió frunciendo el ceño—, podrá ser la de muchos, pero no es mi caso. Quería algo serio… Además, ¿cómo es eso de que no me pidió nada a cambio?
—Solo piénsalo, ¿sí? Usa esa cabezota y piensa por un minuto. ¿Quién no te dice que esa señorita copia barata de Britanny Murphy no era una simple interesada cazafortunas?
Snape parpadeó un par de veces. Retiraba por completo aquel comentario de que Lucius no era tan tonto como pensaba… era peor.
—Eso es una…—
—No me interrumpas —ordenó con firmeza—. Severus, no seas ciego, ¿sí? Solo te usó para el sexo y no lo niegues, me dijiste que ni siquiera han tenido una cita de verdad, solo sexo —Aunque le doliera aceptarlo, Lucius tenía razón. Hermione nunca había mostrado el menor interés de, por lo menos, tener una cita con él, por más indirectas que le hubiese mandado—. Es mejor que se mantenga lejos de ti. Conozco a las de su tipo.
—¿"Su tipo"? ¿De qué demonios estás hablando, Malfoy?
Lucius se estiró cual gato y bostezó, tratando de eliminar la pereza de su cuerpo. Se giró sobre la mesa, sin importarle arrugar su costoso traje y quedó boca abajo, apoyándose sobre sus codos para mantener medio cuerpo erguido.
—Su tipo, ya sabes —repitió como si fuese lo más obvio—. Mira, no tengo mucha experiencia saliendo con menores.
—Narcisa es un año menor que tú.
—Me refiero a veinte años menor —exclamó al instante—, pero por lo que me cuentas, tu amada niñera parece una de esas tantas cazafortunas que enamoran y se meten a la cama de tipos como tú y como yo a cambio de algo de dinero, ropa y viajes.
Severus se reincorporó de inmediato sobre la mesa, ofendido de las suposiciones de su amigo. Sus ropas hicieron ruido al friccionarse contra la superficie, alertando al rubio.
—Creo que eres tú quien está viendo demasiadas películas —respondió mirándolo con sus fríos ojos negros—. ¿De dónde sacaste esa idea tan estúpida? ¿Cazafortunas? ¿Acaso no piensas lo que dices?
—Oh, vamos, Severus. No es como si fuese la primera vez que te toparas con una. ¿Qué no recuerdas a la esposa de mi amigo Daniel? —Snape frunció el ceño. No, ningún Daniel en su base de datos—. ¿La novia de mi amigo Steve? —levantó los hombros— Ya, está bien, sin ir muy lejos, está la nueva "novia" de Rabastan.
Bueno, a ella sí la recordaba. Es decir, ¿cómo no olvidarla? Nunca había visto una sonrisa tan falsa y unos pechos tan operados. Habían conocido a la joven —muy joven— Miranda en una pequeña reunión formal en donde la muy joven señorita había llegado en un vestido tan entallado que se sorprendía que pudiera sentarse sin que este se rompiera. Asimismo, recordaba aquel espectacular —y muy carísimo— collar de diamantes que decoraba su delgado y esbelto cuello.
—¿Qué tiene que ver Miranda en todo esto?
—Que no llevan ni tres meses juntos y Rabastan ya le compró un departamento en Chelsea. ¿Sabes cuánto es el precio inmobiliario de una casa en Chelsea? —Snape abrió los ojos, sorprendido. Esa chica sí que no perdía tiempo—. No sé qué magia tiene entre las piernas, pero sí sé lo que tiene en la cabeza. Es astuta, muy astuta e inteligente… pero no más que yo.
—¿Qué tienes que ver tú en todo esto ahora?
—¿Quién crees que le aconsejó no sacar el departamento a su nombre?
Lucius levantó las cejas, contento por demostrar su superioridad mental ante una joven de 28 años que su amigo usaba como diversión. Sin embargo, Snape no entendía a qué venía todo esto en su conversación sobre su patética y nula vida amorosa— ¿Y esto que tiene que ver conmigo?
—A lo que voy es que creo que tu nuevo amor podría ser una de esas chicas que solo buscan dinero y ya. Piénsalo, uno no gana mucho como niñera de perros, nunca te ha dado una cita verdadera, te ha usado y salió corriendo en cuanto trataste de volver esto en algo serio. O tu querida niñera está mal de la cabeza o simplemente quiere dinero. He visto esto tantas veces, Severus. Solo están contigo hasta que aparezca alguien que le pueda ofrecer más.
Lo que Lucius decía no tenía sentido alguno para él… pero Severus estaba pensando como él, el hombre de mediana edad de clase media que trabajaba como un profesor y que lo más costoso que tenía era una casa de dos pisos en un accesible suburbio al sur de Londres. Sin embargo, Lucius pensaba como lo que él era: un aristócrata con un exorbitante patrimonio a su nombre y cuyo círculo social estaba plagado de personas interesadas que solo buscaban casarse con alguien que pudiera mantenerlos. Tal vez, si él perteneciera a ese círculo cerrado podría entenderlo, pero la realidad era muy diferente.
—No, a ver, eso no es así —la defendió—. En primer lugar, ¿qué dinero? Soy un profesor de internado, no tengo dinero. En segundo lugar, ¿no crees que alguien como Rabastan o como tú serían un mejor objetivo que un simple maestro de escuela? Ese tipo de chicas abundan en tu círculo, no en el mío.
—Tal vez no sea tan ambiciosa como Miranda, pero…—
—¡No! —le cortó sentándose por completo sobre la superficie de madera—. No, no, no. Ella no es así, ella jamás…—
—Sé honesto y respóndeme: ¿Alguna vez te ha hablado de algo personal sobre ella? ¿Algo que genuinamente le importe? Tú has compartido mucho, lo dijiste, pero ¿qué hay de ella? ¿Alguna vez hizo algo especial por ti? ¿Alguna vez se abrió contigo? Y no me refiero a las piernas.
Severus se mantuvo en silencio unos minutos, analizando las preguntas de su amigo rubio quien no le quitaba los ojos de encima desde la posición en la cual se encontraba.
¿Cuándo Hermione había hecho algo por él? Podría decir que desde el día uno, el verdadero día uno, antes de conocerse verdaderamente. Si ella no hubiese estado en aquella estación de metro hace más de tres años, él no hubiese encontrado cierto consuelo durante aquella durísima etapa post divorcio, no hubiese encontrado aquella inspiración que necesitaba para cambiar su aburrida vida y, sin duda, no hubiese logrado sobrevivir tanto tiempo aquellas tardes frías en donde iba y venía del colegio a su casa en metro.
Sin embargo, la pregunta era si ella, alguna vez, a consciencia, hizo algo especial por él. Por más que buscara y buscara dentro de aquellos recuerdos tan íntimos, no encontraba nada. Hermione nunca había hecho algo especial por él. Sí, lo ayudó con Lamarck, pero Snape le pagaba, lo mínimo, pero le pagaba. Quería considerar con todas sus fuerzas las veces en las cual ella lo hizo sentir especial, como si realmente valiera la pena que él estuviera ahí, aprendiendo a bailar, pero estaba seguro que eso formaba parte de su trabajo.
Por más que buscaba, no había nada.
¿Alguna vez le había contado algo personal? Pues, a eso sí podía responder. Ella le había contado su accidente en Blackpool y se había mostrado dispuesta a hablar de su relación con su ex, Ronald Weasley cuando compartieron aquel pescado con papas la noche de la gala. Nunca la vio tan triste y afectada como la vez que le habló de su ruptura y todavía seguía sintiendo escalofríos cuando recordaba aquel "crack" de su pierna quebrándose en medio de aquel lujoso salón. Estaba la vez en la que hablaron de sus inicios en el mundo de la danza, pero fuera de esas veces, no existían conversaciones profundas de índole personal entre ellos dos que él pudiera clasificar como válidas.
—Ella ha pasado por cosas difíciles y ha tenido el valor para decírmelas. Para ser tan joven, ha tenido unos últimos años muy difíciles y yo creo que…—
—¡Ay, por favor! Esa es su táctica. Se hacen las víctimas, les gusta que les tengan lastima y ¡zaz! Te sacan un departamento, una rinoplastia y un tour todo pagado a Europa.
Snape bajó los pies de la mesa y estiró las piernas, pensando cuales serían las siguientes palabras. Sus puños estaban apretados con fuerza, sus nudillos blanqueándose a medida que los apretaba. Se levantó y caminó hacia el amplio ventanal, mirando la gente y autos pasar.
— Sabes, he tenido suficientes tonterías para una tarde, ¿de acuerdo? Hermione no es la fría y calculadora cazafortunas que describes. Ella no es de esas personas que se acuestan con cuanto hombre se le ponga en frente solo por dinero ni va por ahí lastimando los sentimientos de los demás sin pensar en las consecuencias. Tú estás malinterpretando las cosas. Mi Hermione es una buena chica, de buenos principios y padres decentes, con muchos sueños y aspiraciones, como yo cuando tenía su edad. Solo tuvo mala suerte en la vida, ¿sí? Un novio imbécil que la engañó con su rival durante un año y le rompió la pierna en el proceso. Al igual que yo, fue engañada con crueldad y entiendo por lo que está pasando, no es fácil volver a empezar después de ser traicionado de esa forma. Lo comprendo mejor que nadie. Te sientes una mierda y crees que no podrás volver a confiar en nadie más porque, en el fondo, sientes que no lo mereces y, aunque no lo parezca, no la odio. Sí, sigo creyendo que es una mocosa infantil y con muchos temas por resolver, pero no la culpo, tiene 22 años. ¿Acaso no recuerdas cómo era yo a esa edad? Era un desastre —el rubio asintió, dándole la razón—. No estoy molesto ni triste ni nada parecido, solo algo decepcionado. No puedo odiarla, aunque quisiera, porque la quiero y mucho. Es por eso que, por respeto a ella y hacia mí, te voy a pedir encarecidamente, que nunca, nunca más, vuelvas a decirle de esa forma en mi presencia.
Luego de aquel discurso, Lucius se mantuvo callado, reflexionando un poco acerca de lo que el pelinegro acababa de decir. Ya había tenido esta conversación antes tanto con él como con su esposa: no debía meterse. Apreciaba a Severus y sabía que, si esa chica era importante para él, sería mejor ahorrarse sus comentarios fuera del lugar, al menos por hoy. Se reincorporó sobre sí y deslizó para bajar de la mesa, quedándose a la altura de su interlocutor. Apoyó su mano sobre su hombro y se le unió a observar aquella urbana panorámica.
—Sabes… te respeto y es justo por eso que no te diré nada más sobre ella —Severus asintió suavemente, aún sin apartar la mirada de la calle—. Cambiando de tema… ¿En serio se llama Hermione? Porque es el nombre más inusual que he escuchado en años.
—Oh, por Darwin —suspiró apartándose de inmediato, arrepentido de su error—. No, no empieces con eso, ni siquiera te atrevas.
—¿Qué cosa?
—Te conozco, Lucius. La vas a buscar y no, no quiero que hagas eso.
—¡Vamos! —exclamó siguiéndole juguetón— Casi nunca me hablas de ella y de no ser porque me acabas de decir que tiene un aire a Britanny Murphy jamás sabría cómo es. No sería muy difícil ubicarla, digo, ¿Cuántas mujeres existen en Londres que tengan como veintipocos años y se llamen Hermione? Es un círculo muy cerrado, la encontraría en un chasquido si quisiera.
—Ni se te ocurra, Lucius —se giró apuntándole con su dedo índice de forma acusadora—. Si me entero que lo hiciste, te juro que… —el hombre respiró profundamente y se calmó—. No me hagas hablar.
Afuera de la sala de juntas del piso número 17 del edificio de Malfoy Co., apoyado contra las paredes laterales a las puertas dobles de la sala, Draco Malfoy estaba sentado junto a una alta maceta, apoyándose contra la pared y con las piernas estiradas hacia adelante, donde un tranquilo Lamarck estaba echado, mirándolo con su brillante ojo marrón y su ciego ojo azul. Se mantenía silencio, procurando agudizar su oído para escuchar la conversación que se escurría por la pequeña ranura de las puertas entreabiertas que, hasta ahora, ni su padre ni su padrino habían notado.
Sus manos acariciaban con delicadeza del animal sobre sus piernas, relajándolo tanto al punto de estar quedándose dormido sobre él. Habían dado un largo paseo y habían regresado hace muy poco porque el pobre perro ya estaba cansado. No le habían dicho absolutamente nada al pasar por el vestíbulo con el perro blanco caminando junto a él y estaba seguro que nadie se atrevería a hacerlo, a no ser que ya no quisiera trabajar ahí. Al bajar del ascensor y dirigirse a la oficina de su padre, Emily, la secretaria de gerencia, le dijo que su padre y su padrino se encontraban en la sala de juntas, lugar al que se dirigió de inmediato.
Al llegar, escuchó voces apagadas al otro lado de la puerta. La conversación se escuchaba seria y la voz de su padrino era firme y decidida por lo que optó por empujar ligeramente la puerta y sentarse a un lado en silencio, escuchando todo lo que esos dos adultos tuvieran que decir sobre la vida privada de su querido padrino.
"Interesante… Con que Hermione, ¿eh?", se dijo así mismo sin dejar de acariciar la cabeza del can.
—¿Sabes qué? —preguntó retóricamente, girando ligeramente el rostro para ver a su amigo— No dejaré que esto me afecte. No dejaré que el rechazo de una niñata inmadura me afecte en lo más mínimo.
—¡Así se habla!
—Sí, es que... a ver, si sobreviví a la ruptura de un matrimonio de diez años, sumado a 7 años de noviazgo; obviamente puedo sobrevivir a, ¿qué? ¿Menos de una semana de relación? —preguntó de forma irónica, levantando los hombros como restándole importancia a aquellas oraciones— Voy a estar bien.
—Exacto, solo fueron un par de días. No es como que hubieses estado enamorado de ella por años.
Jajajajaja sí, no es como que hubiese tenido un ligero enamoramiento platónico hacia la bailarina de Earl's Court desde el primer momento en que la vi en aquella estación hace tres años y tampoco era como que me hubiese pasado los últimos tres años espiándola desde una cafetería frente a su lugar de trabajo.
Obvio que no.
—Exacto. Yo respeto su decisión... Me parece una decisión infantil, estúpida y muy tóxica basada en el daño que le hizo el patán de su ex hace como tres años y más, pero respeto su decisión.
—La peor decisión del mundo, pero, como tú dices, ¿qué se puede esperar de una mocosa inmadura?
—Exacto. Además, no es como que fuera la primera vez que me rechazan. Digo, ¿recuerdas cómo era en el colegio? Nunca me enviaron una tarjeta por San Valentín, mi cita del baile de invierno me dejó en cuanto empezó la fiesta, mi única novia fue mi esposa, la cual me dejó por...—
—Ok, ok, entendí el punto —le cortó el aristócrata alejándose de él mientras negaba con la cabeza—. Cállate, te estás hundiendo más. Sabes, te propongo una idea fantástica para olvidarte de tu linda Hermione —el rubio se sentó a la cabecera de la larga mesa—. ¡Côte d'Azur! Quedan tres semanas y algo antes de que regreses a Hogwarts. Vamos a Francia. Estaremos en la playa, podemos viajar en yate hasta Montecarlo, apostamos algo, incluso te dejaré navegar.
—Aunque suene como una idea tentadora, ¿ya olvidaste que la próxima de la próxima semana es la visita anual a la casa de tu padre? —cuestionó provocando que el mayor soltara un sonoro quejido de disgusto.
—¡Oh, demonios! —exclamó dejando caer su cabeza hacia atrás—. A veces olvido que ese anciano sigue vivo.
—Yo digo que olvidemos al abuelo y vayamos a apostar —opinó Draco, haciendo su entrada triunfal abriendo de par en par las puertas de la sala de juntas, casi matando a los adultos de un susto por la tan inesperada acción. Lamarck venía tras él, moviendo la cola con cada paso—. Las reuniones familiares siempre son aburridas y tú, padrino, necesitas diversión.
—¿Ya ves? Hasta mi hijo se da cuenta. Yo digo que vayamos a Montecarlo, apostemos, perdamos algo de dinero y luego lo recuperamos. Hasta podríamos conseguirte una novia. ¿Te gustan las monegascas?
—¿Acaso soy el único adulto aquí? Ya quisiera ver la reacción de Cissy cuando escuche esto.
—¿Qué? ¿Crees que no lo haré solo porque Cissy no le gusta que apueste? ¿Crees que le tengo miedo? —su tono de voz se hizo más grave y apoyó ambas manos sobre la mesa. Snape y Draco enarcaron cada uno una ceja, cuestionando al rubio— No le digan que dije eso de ella... por favor.
—Papá a veces olvida que le tiene miedo a mamá.
—No lo culpo, yo también le tengo miedo a tu mamá —comentó burlón tomando la correa de su can.
—Hablando de eso —Draco sacó su celular y lo agitó en el aire—. Mamá me escribió, dice que por qué no contestas el teléfono. Te ha estado llamando y siempre la manda al buzón. Créeme, ese tono cortante indica que no está feliz. Dice que está a dos minutos de aquí.
Snape nunca pensó que su amigo fuera mitad camaleón pues en cuanto escuchó que su esposa estaba a nada de llegar a su oficina, su piel y hasta su cabello palidecieron en un abrir y cerrar de ojos.
El resto de la tarde fue más calmada en comparación a la conversación ocurrida dentro de la oficina. Mientras el grupo iba directo al restaurante del primer piso del hotel Heir para cenar, Snape le rogó fervientemente a su amigo que, por nada del mundo, le comentara esto a su esposa, mucho menos que el nombre de Hermione llegara a sus oídos. Le urgía mantener a la chica escondida todo el tiempo posible y a la rubia lejos de ella antes de que la asustara más de lo que él la había asustado.
Era una lástima que desconociera por completo que su ahijado ya tenía un nombre y ahora solo le faltaba un apellido para hallarla en redes sociales.
Al acabar la cena —la cual estuvo deliciosa, por cierto—, los Malfoy dejaron al profesor y a su perro en casa donde ambos se relajarían un rato antes de irse a la cama. Snape se encontraba en la cocina, revisando en la parte inferior del congelador por algún pote de helado y una cuchara. Lamarck yacía apoyado sobre sus dos patas traseras, mirando por la ventana de la sala con dirección a la calle.
Desde que llegaron a la silenciosa residencia verde oliva en Southfields, el samoyedo recorría como loco la casa, con su peluche de pato en el hocico y entrando en cada habitación a la que tenía acceso, llorando en voz baja por algo.
O alguien.
Al principio no lo había notado, estuvo demasiado ocupado guardando objetos, limpiando la cocina y sacando la basura como para hacerlo, pero Lamarck se había pasado olfateando cada rincón buscando a la castaña para que lo mimara en el sofá como lo estuvo haciendo cada noche durante esa semana. Ya como si fuese una costumbre o un ritual de años, Lamarck corría a su baúl y sacaba algún juguete que le gustara, regresaba a la sala para dejar el juguete a los pies de Hermione y ambos jugaban un rato en la alfombra hasta que se aburrieran y los tres terminarán acurrucados en el sillón viendo cualquier tontería en la televisión antes de prepararse para ir a dormir.
Ahora Severus Snape, con un pote de helado recién abierto y una cuchara en la mano, miraba desde la puerta de la cocina a su perro observar atento por la ventana por alguna señal de vida de Hermione Granger, esperando que ella regresara antes de la hora de dormir. El verlo en ese estado provocó una sensación agridulce en su boca que esperaba que el helado pudiera quitar. No era la primera vez que hacia eso. Desde que Hermione decidió regresar a su propia casa a dormir hace tres días, el perro había mostrado un ligero cambio de ánimo, pero ahora este había incrementado conforme pasaban los días y no veía a su niñera. Le partía el corazón verlo así.
—¿Qué sucede, amigo? —preguntó acercándose, haciendo el helado y la cuchara a un lado. Llegó a su altura y extendió una mano para acariciar detrás de su oreja y, con la otra, corrió la cortina para tener una mejor vista de la calle. Afuera estaba oscuro y solo podías ver las sombras de los árboles provocadas por la luz del alumbrado público— ¿Qué quieres, muchacho?
El perro ladró y caminó fuera de la sala, hacia la puerta, asegurándose de ser seguido por su amo. Al llegar a esta, rascó con una pata la superficie de madera negra, esperando que fuera suficiente para dar su mensaje.
—¿Quieres salir? ¿Quieres ir al baño? ¿Eso quieres? Vamos al patio, entonces. Vamos —pidió golpeando sus muslos con ambas manos.
Lamarck se sentó sobre el suelo, rascando la puerta ahora con ambas patas y luego procedió a lanzar un aullido lastimero. El mismo aullido que lanzó aquel primer día en el parque mientras Hermione dejaba el parque en un taxi, aquel día donde el perro conoció a la chica formalmente.
—Oh, amigo, ven aquí —el hombre se sentó, lentamente sobre el suelo y abrió los brazos para que Lamarck viniera a refugiarse en ellos como ya estaba acostumbrado—. Solo seremos tú y yo por un tiempo, amigo. Me temo que Hermione no vendrá hoy. Ni hoy ni mañana... al menos no hasta dentro de nuevo aviso —susurró a su oído, acariciando su cabeza mientras él movía la cola cerca del suelo—. Digamos que papá confundió las cosas y lo echó a perder. Sé que no te gusta, pero papá necesita algo de tiempo para estar solo, ¿de acuerdo? Al menos hasta que encuentre la forma de arreglar todo para todos —el profesor acunó el rostro de su mascota entre sus manos y lo sostuvo frente al suyo para que el can lo mirara a los ojos—. Sé que la extrañas, yo también la extraño, pero lo mejor es tomar distancia ahora. ¿Crees poder hacerle ese favor a papi? ¿Crees que podamos olvidar a Hermione al menos por un par de semanas? ¿Te parece bien?
El cachorro inclinó su cabeza hacia la derecha como queriendo decirle algo, aunque Snape no supiera qué. Finalmente se acercó a lamer el rostro de su amo, olfateando juguetón su cabello.
—Lo tomaré como un sí. Verás que estaremos bien. Tengo un plan, solo para los dos. Mañana iremos a un lugar muy especial, ¿de acuerdo? —Snape se puso de pie de inmediato y volvió a la sala para sentarse en el sofá frente a su televisor, junto a su perro, su helado y cuchara a la mano—. Entonces, ¿qué vemos hoy? ¿Programa de canto? ¿Noticieros? ¿El canal de vida salvaje? ¿Documentales? ¿O prefieres ver esa película de superhéroes que recomendó Draco?
Guau.
—Sí, yo también.
Al llegar la hora de acostarse, Snape reflexionó más calmado sobre su conversación con la joven Granger. Lucius tenía razón, había dado un gran paso, no fue fácil, no era bueno en las relaciones, pero había dado ese paso y se había probado a sí mismo de que ya estaba listo para empezar de nuevo. Tal vez no era Hermione la persona indicada, pero sabía que estaba listo. Se prometió a sí mismo que, por su salud mental, cumpliría su palabra. Se apartaría de Hermione y la academia McGonagall hasta que su enamoramiento disminuyera lo suficiente como para no sentirse incómodo cerca de ella y, cuando estuviera listo, volvería a bailar y tal vez, volvería a ser amigo de Hermione. Iba a concentrarse en el hoy, en el ahora. Aún tenía cosas que hacer, tenía un proyecto que presentar y un perro que dependía de él, tenía buenos amigos que lo querían y que buscaban la forma de hacerlo feliz, aunque fueran un completo dolor de cabeza. Tenía muchas cosas buenas dentro de su vida, cosas que lo mantenían con los pies sobre la tierra.
No iba permitir que una decepción amorosa lo volviera a afectar.
No otra vez.
Lamarck amaba los espacios abiertos, repletos de vegetación, de sonidos curiosos y de olores agradables. Le gustaba corre libremente por ellos, ya sea en los jardines de Mafoy House, percibiendo el agradable olor de la hierba recién cortada o en el parque, sintiendo la hierba alta acariciando su pelaje blanco, pero hoy estaban en un lugar diferente. Estos jardines, repletos de flores y olores, eran como un paraíso desconocido para el cachorro de Samoyedo y este estaba dispuesto a descubrirlo de norte a sur y de este a oeste.
Sin embargo, había algo que lo impedía y eso era la correa roja que su dueño sostenía con firmeza con su mano derecha.
La Residencia de Saint Oswald para Adultos Mayores contaba con hermosos jardines con flores amarillas y blancas que generaban una sensación de tranquilidad para sus muchos residentes. Había un par de árboles y muchos bebederos para aves, bancas para tomar el fresco durante las tardes y mesas redondas para que los adultos mayores pudieran realizar sus actividades de manualidades en horas de mañana. También contaban con una piscina para los ejercicios acuáticos, pero esta se encontraba al otro lado de la institución.
Fue justo ahí donde Severus Snape encontró a su madre sentada al borde de la piscina, remojando sus piernas en el agua temperada de la alberca. Snape llegó justo antes de la hora del almuerzo acompañado de su perro. La enfermera Lobosca lo recibió completamente sorprendida pues ella juraba que no se verían hasta la semana siguiente.
—Quería sorprenderla —explicó mientras ambos caminaban por los pasillos de la residencia la cual tenía un peculiar olor a flores, medicamentos y jabón.
—Y lo hará. Ella estará tan feliz en cuanto lo vea.
Al abrir las puertas francesas que daban directo a la zona de la piscina, a Severus no le costó ni un minuto encontrar la grisácea cabellera de su progenitora en medio de los otros abuelos residentes. Vigilada por los otros enfermeros, Eileen Snape se encontraba pataleando el agua de forma distraída. Su lacio cabello cortado en capas estaba más corto en comparación de la última vez que la vio y se meneaba conforme ella movía su cabeza.
—Sra. Snape —llamó Chiara acercándose a ella. La abuela levantó la cabeza al reconocer su apellido y sonrió tiernamente al reconocer a la enfermera—. Tiene visita, alguien muy especial ha venido a verla. Vamos, apóyese en mí. Vamos a secarle esos pies.
Con la ayuda del profesor, la enfermera Chiara Lobosca llevó a la Sra. Snape hacia su habitación dentro de las instalaciones del asilo Saint Oswald. Cada habitación era idéntica a la otra, aunque era fácil ubicarse debido a los nombres grabados en pequeñas placas de metal sobre las puertas blancas. A diferencia de algunas habitaciones que tenían uno que otro mueble colorido, alguna radio o fotografías que la familia había hecho llegar a sus abuelos, la habitación de la Sra. Eileen Snape solo se diferenciaba por aquel enorme arreglo de girasoles frescos, los cuales se exhibían sobre la mesita de noche junto a su cama, como un regalo que su hijo hacía llegar religiosamente cada semana por medio de encargos.
Adentro, sentada sobre su cama, Snape trataba de entablar una conversación con su mamá, pero ella se mantenía callada, mirando fijamente a su enfermera quien, a sus pies, le cambiaba los calcetines y los zapatos. Los ojos oscuros de su madre la observaban con devoción, paseándose por la corta cabellera blanquecina de la enfermera, deteniéndose en sus delicadas y suaves manos que, con magistralidad, abrochaban las hebillas de sus zapatos y en aquellos ojos celestes, los cuales combinaban a la perfección con el pequeño colgante de plata decorado por una piedra celeste en medio que adornaba su cuello, contrastando con su uniforme gris.
Snape pensó que cualquiera que viera a Chiara Lobosca y Eileen Snape juntas podría fácilmente confundirlas con una abuela y su nieta.
—Hoy no está muy parlanchina —le comentó mientras la llevaban al comedor para que recibiera su programado y balanceado almuerzo—. Hoy es de esos días donde no recuerda mucho.
—¿Tú quién eres? —preguntó girándose para ver al "extraño" que le sujetaba la mano.
— Él es el Sr. Severus Snape, Eileen, él es su hijo —le indicó Chiara, señalando al profesor. La canosa mujer levantó la mirada para verle a los ojos. Snape sonrió, nervioso y con la esperanza de ser reconocido. La mujer solo le devolvió la sonrisa y volvió a girarse hacia su enfermera, sin decir ni una palabra—. Tal vez esté mejor después del almuerzo, Sr. Snape, no se preocupe. ¿Desea alimentarla?
—Me encantaría.
El comedor era amplio, con muchas mesas redondas de ocho asientos cada una donde, cómodamente, podían ubicarse los residentes del asilo ya sea solos o con sus respectivos enfermeros en caso de necesitarlos. Durante el almuerzo, Severus se sentó a la derecha de su madre quien, con una servilleta gruesa sobre su blusa floreada, abría la boca cada vez que su hijo llevaba la cuchara con puré de papas a su boca. A pesar de que el ambiente era agradable, fresco y con tranquila música de fondo proveniente de alguna parte, el lugar era demasiado tranquilo para su gusto. Al echar un vistazo por las otras mesas, vio que su madre no era la única que necesitaba ayuda. Si bien la mayoría de los abuelos podían comer por su cuenta y se mostraban abiertos a conversar con sus compañeros de mesas, había varios enfermeros que, al igual que él, debían ayudar a sus pacientes a comer.
A medida que Eileen comía, la mujer mayor se mostró más abierta a entablar una conversación con su hijo, aunque a veces olvidara su nombre o que, incluso, era su hijo. La mujer le contaba aquella historia de su adolescencia, cuando vivía con sus padres, los abuelos Prince, en el norte del país. Le contaba de sus tardes en el río, donde jugaba a chapotear los pies en el agua y lo deliciosa que eran las uvas frías en las tardes de verano en el campo. Severus ya conocía esas historias de memoria, por supuesto que sí, las había escuchado tantas veces que podía predecir cuál sería exactamente la siguiente palabra que saldría de la boca de su madre. Sin embargo, prefería que siguiera hablando, le gustaba ver como sus ojos brillaban al describir aquellos pasajes que ahora solo existían en lo profundo de su mente, protegidos de desaparecer por completo.
—¿Quieres comer tu pudin? —preguntó acercándole el plato con dicho postre.
—Yo le preparaba pudin de chocolate a mi hijo, ¿sabes? —le comentó mientras ella misma, por iniciativa propia, tomaba una cuchara pequeña y la hundía sobre el postre antes de llevárselo a la boca— A Severus le gustaba mucho. Siempre pedía pudín de chocolate después del almuerzo… Deberías conocer a mi hijo. Es algo tímido, no tiene muchos amigos y nunca fue el mejor en deportes, tampoco es tan conversador como tú, pero te agradaría.
Snape sonrió de forma nostálgica, acariciando con el dorso de su mano la mejilla izquierda de su madre— Seguro que sí. Suena como un buen tipo, algo tonto, pero un buen tipo.
Al acabar el almuerzo, la enfermera Lobosca les recomendó que tomaran el fresco en los jardines, después de todo, hacía buen clima, a Eileen le gustaba escuchar el sonido de las hojas crujir en lo alto de los árboles y era lo más recomendable tener a Lamarck lejos de los otros abuelos. Ahora, los dos se encontraban sentados en una de las bancas, en medio de los bebederos de aves, árboles, las flores amarillas y blancas y con Lamarck sentado a un lado, sostenido fuertemente por la correa para que no fuera a curiosear por ahí… como siempre.
—Es un lindo perro —comentaba ella mientras sus arrugadas manos acariciaban la cabeza del can—, un muy lindo perro. ¿Cómo se llama?
—Lamarck, mamá, se llama Lamarck —el perro ladró y meneó la cola ante la mención de su nombre. Severus se relamió los labios y, lleno de incertidumbre, llevó sus manos a las de su madre para sostenerlas entre las suyas—. Mamá… ¿recuerdas quién soy?
—… —la mujer entrecerró los ojos y se acercó a él. El corazón del profesor latía con fuerza, esperando una respuesta que no doliera—. Sí. Eres Severus, mi hijo —respondió con firmeza sonriéndole con la cabeza inclinada a la derecha, llevando una de sus manos para acariciar la mejilla de su hijo.
Severus suspiró aliviado, imitando la acción de su madre y acariciando la mejilla de ella.
—¿Recuerdas que la próxima semana es mi exposición, mamá? ¿Lo recuerdas?
—Ah, sí, eso creo. ¿Exposición de qué?
—Un proyecto en el que estuve trabajando durante unos meses. Es de trabajo, mamá. Es muy importante para mí y me gustaría que estés ahí. ¿Recuerdas que acordamos que me acompañarías y luego te quedarías el fin de semana en mi casa?
—¿Iré a tu casa? —el hombre asintió— No lo sé, no quiero ver a Valerie. Nos matará de hambre con sus alimentos envasados del supermercado —Snape no pudo evitar soltar una ligera risa. Recordaba claramente las peleas indirectas desatadas dentro de su casa cada vez que Eileen llegaba a almorzar dado que toda la comida que se preparaba o era comprada en un restaurante o recalentada del supermercado o cocinada por él los fines de semana. Valerie no era y nunca fue una persona que se llevara bien con la cocina—. Hablando de ella, ¿cómo está?
Severus se acomodó sobre la banca de madera y pensó cómo responder esta pregunta que tantas veces su madre le había hecho— Mamá… Valerie y yo nos divorciamos hace casi cuatro años. Ella… ella está viviendo en Estados Unidos con su nueva pareja… creo que en Miami. No estoy seguro.
—Oh, hijo… —la madre se acercó un poco más a él y lo abrazó, acariciando su espalda durante un par de segundos—. Lo siento. ¿Por qué no me dijiste? —preguntó frunciendo el ceño.
—… —se moría por decirle que ya lo había hecho, que llevaba haciéndolo durante los últimos tres años, casi cuatro, pero pensaba que no tenía caso, después de todo, lo más probable es que lo volviera a olvidar al día siguiente—. No quería preocuparte.
—Tonterías, hijo —la mujer se apartó y negó con la cabeza—. En fin, tú estás mejor sin ella. Valerie nunca me gustó, te dije que no era la chica adecuada para ti.
Sentado a mitad del jardín del asilo, Snape recordó el pasado. Cuando el joven universitario Severus Snape le confesó a su madre que estaba enamorado de una joven Valerie, la mujer estuvo feliz por él. Durante los primeros años de su relación, Eileen Snape se había mostrado encantada con la muchacha y hasta solía decir que era "adorable", pero a medida que pasaban los años y el noviazgo entre Severus y Valerie se consolidaba, Eileen dejó de mirar con buenos ojos esa relación.
La gota que derramó el vaso fue cuando, presionado por su ex esposa quien, a su vez, estaba presionada por su familia y amistades, le exigió a Severus que le diera un anillo y que pidiera su mano en matrimonio. Cuando Severus fue a casa de su madre el día previo a la "inesperada" pedida de mano y le mostró el mejor anillo que seis meses de sueldo podían pagar, Severus esperó una felicitación, algunas lágrimas, tal vez un par de consejos sobre cómo llevar un matrimonio o qué esperar de ahora en adelante, pero lo único que consiguió fue una fuerte petición que el pelinegro no estaba dispuesto a aceptar.
"No te cases".
Severus no lo entendió la primera vez que le planteó aquel pedido, es más, la creyó loca y se enojó con ella. ¿Cómo podía pedirle algo así? Sabía lo importante que era Valerie en su vida y lo mucho que la amaba; sin embargo, Eileen Snape seguía pidiéndole que no se casara cada vez que iba a su casa en La Hilandera para cumplir con sus visitas semanales. Snape siempre hizo caso omiso a aquellas peticiones, pero el día previo a la boda, Eileen se sentó a su lado en la mesa de la desgastada cocina, tomó sus manos entre las suyas y lo observó a los ojos.
— "No te cases… por favor".
—"Pero ¿Qué pasa, mamá? ¿Por qué, cada vez que te hablo de mi boda, solo me pides que no me case? Pensé que estarías feliz por mí, por Vale, porque por fin encontré la felicidad y el amor y todo eso que alguna vez me dijiste que querías para mí, porque por fin encontré a alguien a quién quiero y que me quiere. ¡¿Por qué no puedes ser feliz por mí?!"
—"No te cases… te lo ruego".
—"¡¿Por qué?! ¡¿Por qué no quieres que me case con Valerie?!"
—"Porque no quiero que sufras como yo sufrí, porque no quiero que pases lo mismo que yo".
—Pero, pero, pero ¿De qué estás hablando, mamá? ¿Te estás escuchando? Yo no voy a ser como el hijo de puta de Tobías, yo no voy a hacer sufrir a mi esposa, yo no voy a golpearla ni hacerla sentir una basura, yo no criaré a mis hijos en medio de un hogar destruido donde todo es una mierda y solo quieres escapar… pero… pero qué puedes saber tú si tu matrimonio fue un infierno. ¿Con qué derecho te atreves a decir que mi matrimonio fracasará cuando el tuyo era una completa mierda?"
—"…No te cases… por favor, Severus, no te cases"
—"¿Sabes qué? Ya estoy harto de esto. Me casaré mañana, quieras o no… Si quieres, vas. No te voy a obligar a nada. Adiós, mamá".
Hicieron falta más de 10 años y un divorcio de por medio para que Severus Snape se animara a, por primera vez en mucho tiempo, preguntarle por qué le había suplicado esa noche que no se casara. Solo ahí, a mitad de jardín, con el sonido de los pájaros y el perro a sus pies, Severus se armó de valor frente a su madre enferma de Alzheimer para preguntarle por eso.
—Sé que tal vez ni siquiera lo recuerdes, ni siquiera sé si esto vale la pena, pero necesito saberlo —le susurró mirándole a los oscuros ojos—. ¿Por qué nunca quisiste que me casara con Valerie, mamá?
Eileen Snape humedeció sus labios con la punta de su lengua y tragó profundo, aumentando la agonía en su hijo por cada minuto que pasaba. Snape necesitaba respuestas, necesitaba saber por qué. Sabía que su madre no era una bruja ni nada parecido, pero era la única que le dijo desde el inicio que ese matrimonio fracasaría y tuvo razón.
Necesitaba saber cómo lo supo.
—¿Tú quién eres?
La cabeza de Snape cayó hacia adelante, dejando escapar un suspiro agotado. No debió esperanzarse mucho, Eileen nunca le daba las respuestas que necesitaba porque, aunque pareciera que te estaba escuchando, solo Dios sabía por dónde se estaría paseando esa cabecita loca y olvidadiza.
No la culpaba, pero le frustraba.
—... Un amigo —respondió en voz baja, acariciando su mano con su pulgar.
Severus revisó su reloj. Lo mejor sería irse ya.
—Mi esposo no me dejaba tener amigos —susurró despacio mirando a sus pies, captando la atención de su hijo al instante. ¿Se refería a Tobías? Bueno, sí, obvio que se refería a él—. A veces hablaba a escondidas con los vecinos, cuando él no estaba. Solía trabajar hasta muy tarde en la fábrica.
Tobías Snape trabajaba en una fábrica de enlatados en Cokeworth, cerca de la ciudad de Crawley, al sur del país. Cokeworth siempre estaba sucia, las casas estaban cubiertas por los residuos de hollín de las chimeneas de las fábricas, las cuales funcionaban a base de carbón, y el pequeño río que atravesaba la ciudad olía a orina y a residuos de las fábricas. Su padre no tenía mucha educación y, durante esos años, los únicos trabajos a los que podía aplicar era como minero o como obrero. Dado que se trataba de una ciudad industrial, no le quedó de otra que la segunda opción. Empezaban temprano, con el primer pitido de alerta proveniente de la fábrica, y terminaban tarde, cuando ya era oscuro. A pesar de que Tobías no estaba la mayor parte del día, Severus siempre supuso que Eileen le tendría tanto miedo que, a pesar de que sabía que nadie la veía, ella no se atrevía ni acercarse a la cerca a la casa de su vecina. La mujer pasaba los días encerrada en casa, saliendo casi exclusivamente para hacer las compras o para llevar a su hijo al colegio cuando aún era muy pequeño.
Severus no se sorprendió de que su madre aún recordara esos días. Podía recordar su adolescencia, ¿por qué no podría recordar su juventud? Sin embargo, le extrañaba que Tobías aún estuviera presente dentro de sus pensamientos. Eileen casi nunca hablaba de él, la enfermera Lobosca era testigo de ello. Chiara era los ojos y oídos de Snape dentro del asilo Saint Oswald y vigilaba a su madre como un halcón. En pocas ocasiones, el nombre "Tobías" y cualquier referencia a este habían salido de la boca de la pobre Sra. Snape y eso lo tranquilizaba de alguna forma. Era mejor fingir que su padre jamás había existido a tener a su madre preocupada por su "desaparición".
—¿Pu-puedo… puedo hacerte una pregunta, Eileen? —los ojos negros de Severus buscaron los oscuros de ella, los cuales miraban perdidos hacia adelante, a las pequeñas flores amarillas y blancas. La mujer asintió levemente con la cabeza—. ¿Sigues pensando en Tobías?
—… A veces —susurró—. A veces me preguntó dónde está, me pregunto si está bien, me pregunto si está comiendo —la mujer dejó escapar un suspiro y se giró hacia él, observándolo triste y rota—… Me pregunto si piensa en mí.
Snape bajó la cabeza y apretó tanto los puños como sus labios delgados. Tal vez era que él era una persona un tanto rencorosa, tal vez era porque había traumas que nunca sacó a la luz o tal vez era porque, por más vueltas que le daba al asunto, por más veces que se pusiera en el lugar de su madre, no encontraba una razón que justificara que una madre prefiriera a su pareja sobre a su único hijo y lo dejara crecer dentro de una casa llena de abusos y carencias.
—Mamá… ¿Por qué te quedaste? ¿Por qué nunca quisiste huir conmigo? —Eileen apenas se movía, no apartaba la mirada del suelo, como si no escuchara ninguna de las palabras de su hijo o si realmente solo lo estaba ignorando. Severus levantó la mano y tomó su barbilla para girar su cara y obligarla a mirarlo—. Es que… no lo entiendo. No te gustaba vivir ahí, esa casa era un infierno. Tobías estaba loco. Nos dejaba encerrados y nos mataba de hambre. Me golpeaba, te golpeaba, pero siempre lo defendías. Trabajé muy duro para salir de ahí, para tener una vida en la cual me sintiera feliz… quería que te fueras conmigo, pero… pero siempre me rechazabas —Snape tomó aire, necesitaba parar antes de quebrarse. Dejó escapar su frustración en un suspiro y prosiguió—. ¿Por qué? Necesito saber por qué.
Con los ojos oscuros brillando, pero con la sonrisa triste, Eileen Snape se atrevió a responder con su cálida voz— Porque lo amaba… porque él me amaba. Tu padre no siempre fue así, solo estábamos pasando por un mal momento. Todas las parejas lo pasan.
No, no era cierto. Él sabía que era un mal momento, él había pasado por uno y, por eso, podía asegurar que la relación que tenían sus padres no era un simple "mal momento". Un mal momento no dura décadas, un mal momento no te termina lastimando ni enviando a un hospital, un mal momento no separa familias de esa forma. Lo que sus padres tenían fue algo enfermizo, tóxico, sumamente peligroso y que marcó su vida más de lo que él había pensado.
—Mamá… Estos últimos tres años he estado en terapia… la dejé a finales del año pasado… He logrado entender aspectos de mi vida que eran un completo misterio para mí y… y me ayudó a darme cuenta de otras cosas… y… y creo que puedo decirte con fundamentos que la relación que tú… que tú tenías con Tobías no era amor.
La mujer levantó la cabeza y lo miró a los ojos, dolida.
—Entendí que el amor debe ser recíproco… que no está bien solo dar. El verdadero amor no te lastima, ni te limita, ni te hace sentir menos —su voz era baja, como un susurro, pero Eileen podía escucharlo fuerte y claro en sus oídos. Snape humedecía sus labios constantemente, buscando las palabras adecuadas, las mismas que alguna vez escuchó en terapia—. Aprendí que necesitas amarte a ti mismo para poder amar, para… para saber qué tipo de amor es el que quieres recibir —el hombre la tomó de las manos y las llevó a sus labios, depositando un casto beso sobre ellas—. Mírame y piensa un minuto, ¿sí? ¿Realmente crees que ese era el amor que tú merecías?
En esa banca, ya no estaban el Severus Snape y la Sra. Eileen Snape de ahora. En esa banca, se encontraban el pequeño Severus Snape de 10 años y la adulta Eileen Snape de 40 años, reviviendo aquel último año juntos antes de que él dejara la inseguridad de la calle La Hilandera y viajara al norte rumbo a Londres, a la seguridad que Hogwarts le ofrecía. La seguridad que jamás encontraría en la casa de su infancia.
Eileen entrecerró los ojos y se mantuvo en silencio, analizando la pregunta que su hijo acababa de plantearle. Le tomó un par de minutos rebuscar entre recuerdos rotos e incompletos para darle una respuesta.
—… ¿Él…él no me amaba? —cuestionó con los ojos llorosos, pero con la voz firme.
Snape suspiró. Era preguntar lo obvio, pero ver a su madre luchando por no quebrarse le causaba cierto dolor.
—No, mamá. Lo siento.
Eileen Snape volvió la mirada al frente, tomando aire profundamente. Severus notó que estaba aguantándose las lágrimas. Su estado de ánimo cambió de repente. De lo alegre y calmada que estaba, su rostro reflejó aflicción, dolor y una profunda tristeza. Incluso esa ligera sonrisa desapareció. Verla así, de perfil y mirando a la nada, le hizo recordar cuando era un niño y la veía vigilar por la ventana, esperando que Tobías llegara de la fábrica durante la noche.
Por más que quisiera conmoverse, no podía. No podía sentir ni lástima ni culpa por "revelar" a su madre una verdad innegable. No es como que no lo hubiese hecho antes. Lo hizo constantemente cuando aún era adolescente e iba a casa a visitarla durante las vacaciones; lo hizo cuando era un joven universitario y le decía que se mudara con él a Oxford donde alquilarían un pequeño departamento, lejos de Tobías; lo hizo cuando obtuvo su primer trabajo como profesional y podía pagar algo mejor para ellos dos. Pero a pesar de todo, Eileen nunca pudo aceptar que su esposo no la amaba, ni siquiera cuando Tobías abandonó la casa y desapareció de sus vidas para siempre.
—Vamos, mamá. Debemos entrar —el hombre se levantó de su asiento y le tendió la mano a la mujer canosa para regresar a los interiores del asilo. Una triste Eileen tomó su mano y lo siguió en silencio.
No se iba a sentir culpable por decir la verdad, después de todo, lo más probable es que ella olvidaría esa conversación mañana en la mañana.
Así como las otras veces.
—¿Qué sucedió? —preguntó la enfermera Lobosca cuando la visita acabó y lo acompañó a la salida. Su voz tenía cierto toque de preocupación, pero su rostro lozano lo ocultaba con maestría— Su madre decidió tomar una pequeña siesta hoy. Debieron hablar mucho.
—Sí, Chiara —respondió de forma seca, sin prestarle mucha atención.
—¿Todo bien, Sr. Snape? —cuestionó observándolo fijamente con sus enormes ojos azules.
—… Todo bien, Chiara.
Al llegar a la salida, solo tuvo que levantar el brazo para llamar a un taxi, el cual se aparcó a la entrada del asilo. Severus abrió la puerta y le indicó al perro que entrara. Luego, se giró para ver a la enfermera de blancos cabellos a los ojos.
—Gracias por cuidarla. Las espero la próxima semana. Cualquier inconveniente, no dudes en llamar, ¿sí?
—Por supuesto, Sr. Snape. Que tenga buen viaje.
Snape subió al auto y, después de indicar la ruta, solo pudo ver la silueta blanquecina de la enfermera Lobosca haciéndose más y más pequeña a medida que el taxi avanzaba.
Era domingo y el sol resplandecía arriba en el cielo. Era un bonito día: cielo azul y despejado, el sol amarillo brillante y cálido, el viento fresco movía ligeramente las verdes hojas de los árboles y los suburbios londinenses se llenaban de agradables sonidos: personas caminando y hablando en voz alta, niños jugando entre ellos, la música del puesto de helados, la voz del instructor que animaba a su pequeño grupo a estirar antes de seguir con su rutina de ejercicios, el sonido del agua corriendo de las fuentes. Sonidos muy diferentes a los tormentosos de la ciudad.
Era un día ideal para ir al parque.
—¡Atrápala! —grito Draco cuando golpeó la pelota amarilla de Lamarck con el bate de cricket. Solo bastó un par de milésimas de segundos para que el perro blanco saliera corriendo tras la pelota en dirección desconocida.
Obviamente incapaz de dejar a su padrino solo después de escuchar la conversación entre él y su padre, a Draco Malfoy no se le ocurrió mejor idea que pasar todo el día con él. Llegó justo a la hora del desayuno con su bate de madera de cricket y su pesada pelota roja listo para pasar toda una mañana de juegos con Snape en el parque mientras llevaban a Lamarck a su paseo dominical. A Snape no parecía agradable la idea en cuanto lo vio ingresar a su casa ya vestido con sus ropas veraniegas anunciándole que tenía planeado pasar todo el día con él, pero no tuvo que rogar mucho para que el mayor aceptara su presencia.
A veces, Draco pensaba que su padrino sí anhelaba la compañía de alguien, quien fuese, solo que era muy orgulloso para pedirla.
—¿Cuánto crees que demorará? —preguntó el menor acercándose al pelinegro quien estaba frente a él y le entregó el bate— Toma.
—Ya no debe... ¡Oh! ¡Ahí viene! —la pequeña silueta blanca del can fue aumentando de tamaño a medida que el perro se acercaba con la pelota amarilla en su hocico. Snape dobló sus rodillas y se colocó a nivel del can para acariciarle la cabeza mientras trataba de quitarle la pelota de la boca— Suelta, vamos, suelta.
No obstante, por más fuerza que hizo el profesor para arrebatarle la pelota, el perro no estaba dispuesto a soltarla y se removía incómodo entre los brazos de su dueño intentando escapar. Ni siquiera Draco logró quitarle la pelota pues el perro huía juguetón de él, esperando que el rubio platinado lo alcanzara.
—¿Qué tiene hoy? —preguntó el joven jadeante cuando ambos se sentaron sobre una de las bancas de madera a descansar—. Desde que llegamos ha estado raro. No quiere darnos la pelota hasta que empezamos a ignorarlo. ¿Le pasó algo?
Por supuesto que le pasó algo, pensó Snape. Ese perro estaba tan acostumbrado a la presencia de Hermione en el parque que estaba haciendo todo eso en forma de protesta por la ausencia de la castaña, esperando que ella apareciera milagrosamente por detrás de ellos para, solo entonces, devolver la pelota.
Pero, obviamente, Draco no tenía que saber eso.
—Es un perro loco, ¿qué esperabas? —susurró el pelinegro llevando su botella de agua a su boca con la mano temblorosa por el reciente ejercicio— Se pone así cada vez que hay compañía. Le gustan llamar la atención.
Draco se tomó unos segundos para tomar aire mientras sus ojos grises observaban al paisaje verde frente a él. En medio de las margaritas blancas del parque, yacía Lamarck escondido, mirándolos atento aún con la pelota amarilla en el hocico cual niño pequeño que hace un berrinche, pero que vigila "disimuladamente" a sus padres para ver si siguen ahí.
—¿Le hace lo mismo a su niñera... —preguntó girando a verlo, esperando una respuesta la cual Severus no esperaba— o con ella es un ángel?
La boca de Severus se secó en cuanto hizo referencia a Hermione. No esperaba pensar en ella hoy.
—No, creo que no. Ella siempre dice que es un buen chico. Casi nunca le causa problemas.
—Me imagino —el rubio se enderezó sobre su asiento y lanzó su cabeza hacia atrás, despreocupado—. Oye, y ¿cuándo la conoceré? Siempre escucho que hablan de ella, pero ni siquiera sé su nombre.
—Y tampoco lo sabrás —respondió de inmediato—. No es necesario, la despedí.
—¡¿La despediste?! —preguntó fingiendo asombro. Gracias clases de teatro, por fin sirvieron para algo, pensó— ¿Por? ¿Qué pasó?
—Bueno, no —se corrigió frunciendo el ceño—. Ella... ella está tomando unas vacaciones por un tiempo indefinido. Eh, no la necesito hasta el regreso a clases y, pues, aún tengo que armar mi horario para el próximo año escolar. Si se complica mucho, la volveré a contratar.
—Oh —respondió frunciendo sus labios en una delgada línea y asintiendo con la cabeza. Las gotas de sudor provenientes de su cabello se deslizaban por los costados de sus orejas —. ¿Y la sigues viendo? Dijiste que salían... Bueno, tal vez más que eso —respondió codeándole con aire burlón.
Snape se removió incómodo, sintiendo como la sangre corría hacia sus mejillas las cuales de por sí ya le quemaban por el ejercicio. Oh, cierto, hizo el ridículo alardeando de que tenía sexo con una jovencita delante de sus amigos... y de los hijos de estos, sus sobrinos. ¡Qué estúpido! Solo hizo el ridículo frente a ellos. Ahora, su "nuevo ligue" le había dejado de hablar y tenía a sus amigos preguntando por ella.
"Bravo, Snape, eres brillante", le reprendió su consciencia.
—¿Quieres un helado? —preguntó de la nada, escaneando rápidamente a su alrededor para ver si había algún puesto visible por ahí cerca— Creo que hay una heladería a unas cuadras. Es buena.
Draco enarcó la ceja derecha, un gesto heredado de su madre. Era su forma elegante e implícita de preguntar qué pasaba. Snape llevó sus meñiques a sus labios y silbó para llamar a Lamarck, anunciando que ya era hora de irse.
Esta demás decir que Lamarck no se levantó del campo de margaritas.
—¿Sucede algo, padrino? —el menor llevó una mano hacia el hombro del maestro y prosiguió— ¿Está todo bien?
Snape conocía a Draco desde el día uno, incluso mucho antes pues recordaba claramente la foto de la ecografía que le mostró una embarazada Narcisa Malfoy hace más de 22 años. Draco no solo era su ahijado, era el hijo que nunca tuvo y que nunca tendría. Su vínculo era tan fuerte que incluso se atrevía a decir que le tenía más confianza al joven que a sus padres, incluso cuando a veces fuera un chismoso irremediable. Draco sabía cuándo era necesario guardar un secreto, sobre todo si se trataba de uno suyo. El rubio conocía tan bien a su padrino que no se atrevería a echar a perder aquel vínculo que los conectaba y que le daba el privilegio de ser su confidente cuando el mayor requería de uno.
No obstante, por más que Snape confiará en Draco, habían cosas que no podía contarle. Simplemente no lo entendería.
—No pasa nada. Solo estoy algo cansado. Sabes, mi presentación es...—
—El viernes, ¿verdad? —su interlocutor asintió— ¿Ya tienes todo preparado para el gran día?
—Sí. Mi grupo y yo nos reuniremos el miércoles para ensayar los últimos detalles y estaremos listos para el viernes. En realidad, estoy algo emocionado —confesó poniendo sentimientos en sus palabras para, solo así, convencer al rubio de cambiar de tema—. Ya he hecho esto antes y, bueno, sí, siempre está bien, pero nunca es resaltante, diferente, impresionante, pero... pero tengo el presentimiento de que esto saldrá bien.
—Así será. Oh, cierto, mamá me dijo que te preguntara si ya sabías qué tipo de comida quieres comer o si ya tienes un restaurante en mente para la cena del viernes, para hacer reservaciones.
—Sí, pensaba en comida italiana, pero fui a visitar a mamá ayer y está haciendo dieta ahora, así que tal vez comida china, es más ligera. Además, hace ya un tiempo que no como eso.
Más tarde ese mismo día, ya en casa, Severus y Draco se encontraban en el estudio del profesor donde el mayor se encontraba practicando las palabras de su presentación frente a su ahijado quien, cada dos por tres, le hacía señas con las manos para que dejara de correr con las palabras.
"Está bien que exista un tiempo límite para cada expositor, pero tampoco tienes que hablar tan rápido. Te olvidas de respirar", le indicó el menor luego del primer intento. Para el rubio era fácil decirlo, él no era quien estaba poniendo todas sus esperanzas de un mejor trabajo y futuro en esa presentación.
—Y aquí acabo, luego le cedo la palabra a mi colega. ¿Qué opinas?
—Hmm... creo que puedes cambiar esta palabra por "ejemplar", para que no repitas mucho la otra.
—... Creo que sí... sí, espera, lo voy a anotar.
Mientras el profesor se encontraba tecleando en su laptop, editando por tercera vez su discurso y Draco terminándose su helado, ninguno de los dos notó que el celular de Severus vibraba a un lado del escritorio, recibiendo una llamada que no pudo contestar. Sin embargo, sí notaron cuando el teléfono del living sonó pues el sonido fue tan alto que resonó por toda la casa. Un descalzo Draco Malfoy salió corriendo a trompicones para alcanzar a tomar la llamada antes de que colgaran. No llegó a tiempo, pero sí se quedó lo suficiente para alcanzar la siguiente llamada, la cual ocurrió un par de minutos después.
—¡Draco! ¿Quién es? —preguntó desde su estudio, mas no recibió respuesta alguna— ¿Draco?
Preocupado por el silencio, Severus caminó fuera del estudio para unírsele en la sala. Con el auricular pegado al oído, Draco fruncía el ceño mientras interrogaba por la identidad de su interlocutor.
—¿Quién es? —localizó cuando estuvo frente a él.
—Es una chica, dice que quiere hablar contigo urgente.
¿Hermione?, pensó mientras tomaba el teléfono y se llevaba el auricular al oído. Una parte de él anhelaba que fuera la castaña pues, desde el jueves, no volvió a tener noticias de ella.
Pero otra parte no quería que fuera ella, porque tenía miedo de esa llamada y que lo que sea que la castaña tuviera que decirle solo lo afectaría más de lo que ya estaba y él necesitaba concentrarse.
—Sr. Snape —escuchó por la otra línea.
—¿Chiara? —respondió confundido— ¿Sucede algo?
—Sí, Sr. Snape, su mamá... espere un momento... —la enfermera hablaba entrecortado, como si estuviera yendo y viniendo, alejándose del altavoz del teléfono—. Sra. Snape, un momento, por favor... sí, Sr. Snape, su madre quiere hablar con usted. Está aquí a mi lado, ella... —
Snape escucho un forcejeo al otro lado de la línea. Frunció el ceño sin entender que pasaba. ¿Su mamá tenía problemas? Draco, mientras tanto, le hacía señas como pidiendo una explicación, pero Snape no tuvo oportunidad de dársela porque la voz de su madre a través del auricular lo detuvo.
—¿Aló? ¿Severus? —escuchó tan fuerte que se vio obligado a alejar el teléfono de su oreja o se quedaría sordo— ¿Hijo?
—¿Mamá? Hola, ¿qué… qué pasa? ¿Sucede algo? —preguntó frunciendo el ceño. Al frente, Draco lo miraba con las manos levantadas, frunciendo el ceño y con los labios entreabiertos en un gesto de fastidio— Mamá, cálmate, por favor, no puedo entenderte nada.
—Porque pasó mucho tiempo —fue la única frase que pudo rescatar de la avalancha de palabras que salieron de la boca de su madre.
El pelinegro le hizo un gesto con la mano libre a su ahijado para que lo dejara solo y, a regañadientes, obedeció— Mamá, ¿de qué rayos hablas?
—Me preguntaste que por qué no quería que te casaras.
Severus Snape se sentó sobre el sofá, sorprendido de que la mujer recordara la charla de ayer. Lo que el profesor de Química no sabía era que, en la soledad de su habitación, Eileen tenía su diario abierto a un lado, justo en la página donde tenía encerrado en un círculo un recordatorio que esperaba no olvidar.
—Fue porque llevabas mucho tiempo con ella, demasiado tiempo —su voz se escuchaba apagada al otro lado de la línea, pero, por alguna razón, Severus podía jurar que estaba en uno de sus ya no tan usuales momentos de lucidez—. No quería que cometieras el mismo error que yo, Severus. Valerie fue tu única novia y llevaban demasiado tiempo juntos, casi ocho años. Te casaste por compromiso a ella y a su familia. Te casaste más por compromiso y no tanto porque tú querías. No querías fallarle a Valerie y no querías arriesgarte a perderla ni entrar en lo desconocido otra vez. No tuviste otras parejas, nunca pudiste experimentar un corazón roto, nunca conociste a otras mujeres, nunca probaste algo diferente… como yo —la mujer habló tan rápido que tuvo que hacer una pausa para hacer una sonora exhalación y retomar fuerzas—. Yo no tuve ninguna experiencia antes de tu padre… Nunca fui la hija más bonita, nunca fui la más inteligente, ni la más carismática, ni la talentosa… yo nunca fui nada de nada. Papá siempre solía decir que era una pérdida de tiempo buscarme un esposo, que sería imposible salir de esa casa como una mujer casada. Pensé que era un milagro que alguien se fijara en mí y me aferré a él. Fue fácil concertar un matrimonio, ¿quién no querría casarse con una hija de un Prince?
Su voz, dolida, rápida y temblorosa, hacia grandes esfuerzos para terminar sus oraciones, como si tuviera miedo que, de pronto, olvidara de lo que estaba hablando, como si corriera una carrera contra reloj la cual no podía perder.
—Nunca experimenté otro tipo de amor y me daba mucho miedo perderlo. Nadie más iba a amarme… Elegí lo que ya conocía, así eso me costara perder mi apellido, mi casa, mi herencia y mi familia. Lo dejé todo porque pensé que ese era mi único amor verdadero y me tomó décadas darme cuenta de mi error… pero ya no tenía nada a qué volver, ya no quedaba nada para mí a excepción de lo que tenía ahora —escuchó un quejido ahogado, como el de una persona que trata de reprimir su llanto apretando los labios y sorbiendo por la nariz—. No quería que pasaras lo mismo que yo. Necesitabas experimentar, que te rompieran el corazón, volverte a levantar, empezar de nuevo… pero no a una edad tan avanzada y con el riesgo de perder todo lo que has construido durante esos años, porque… porque ya no sabes cómo volver a empezar.
—Mamá…—intentó responder, pero la voz se le quebró pues su garganta estaba seca.
—Hay muchas cosas que quisiera cambiar, pero jamás cambiaría el hecho de conocer a tu padre porque, de no ser por él, jamás te hubiese tenido y no hubiese descubierto que existe otro tipo de amor, el más bonito que existe —Severus podía sentir su sonrisa temblorosa a través del auricular y su corazón se encogió dentro de su pecho—. Lamento haberte hecho crecer en un hogar roto. Lamento haberlo arruinado. En serio, lo siento hijo, pero por sobre todas las cosas, lamento haberte hecho tanto daño. No fui la madre que yo quería ser para ti.
—Mamá, no, tú… tú no... —
—Es peligroso comprometerse con una persona por tanto tiempo siendo tan joven. Es un cuento de hadas el que te casarás con tu primer amor. Debes crecer, debes conocer gente, experimentar, amar, que te rompan el corazón, levantarse, volver a intentar. Si vuelven a encontrarse en el futuro, ambos tendrán la experiencia que les faltaba en el pasado. Me hubiese gustado que tú tuvieras esa experiencia antes de casarte. Sin embargo, viviste un buen matrimonio el tiempo que duró… al menos lo hiciste mejor que yo y eso me tranquiliza. Sé que algún día estarás listo para empezar de nuevo… solo no mires atrás y no tengas miedo al futuro, ¿de acuerdo?
—Mamá… —
—Mereces ser feliz, mereces amor. Me tomó mucho tiempo darme cuenta, espero que a ti no.
A Severus se le formó un nudo en la garganta. Hace mucho tiempo hubiese dado lo que fuera por haber escuchado algo así de la boca de su madre, tal vez antes hubiese estado preparado, pero ahora… ahora las emociones lo abrumaban y no lo dejaban pensar con claridad. Había mucho que quería decir, había mucho que tenía que contarle, mucho que agradecerle, pero no sabía por dónde iniciar. Sus palabras se quedaban atoradas en su garganta, impidiéndole soltar si quiera un quejido.
Todo esto estaba pasando tan rápido y lo sobrepasaba.
—Mamá…—logró decir con la voz quebrada, pero de nuevo, se detuvo.
Esta vez, no fue porque no encontrara las palabras precisas o porque su garganta estuviera seca y ardiera. Esta vez fue porque, al otro lado de la línea, escuchó un quejido ahogado, como una inhalación a medio terminar y luego un golpe seco, como un saco de papas cayendo sobre el suelo. El auricular cayó también. Snape escuchó el golpe de este contra una madera y, luego, por un par de milésimas de segundo, completo silencio.
—¿Mamá? —preguntó preocupado, removiéndose sobre su sofá— ¿Mamá? ¿Sigues ahí?
Severus se mantuvo callado, agudizando el oído para escuchar que era lo que estaba pasando dentro de la habitación. Escuchaba un par de pasos apresurados haciéndose más y más cercanos, además de muchos gritos entre los cuales fue capaz de reconocer la voz de la enfermera Lobosca, dando órdenes que no podía comprender. Entre tanto griterío, escuchó otro quejido, doloroso, angustiante y ahogado.
—¿Aló? ¿Mamá? ¡¿Mamá?!
HOLA CHIQUIS!
ESTO FUE EL CAPÍTULO DE LA SEMANA. PIDO PERDÓN POR LA "CONVERSACIÓN" ENTRE HERMIONE Y SNAPE, ESPERABA MÁS. NUNCA HE SIDO BUENA PARA ESCRIBIR CONVERSACIONES, SIEMPRE ME VOY POR LAS RAMAS Y NO SÉ COMO ESTRUCTURARLAS, ASÍ QUE HICE LO MEJOR QUE PUDE. NO QUEDÓ COMO QUERÍA, PERO A NADA. CON RESPECTO AL TEMA DEL ALZHEIMER DE EILEEN, NO PRETENDO SABER CÓMO ES QUE AFECTA ESTA ENFERMEDAD. ESTO SE BASA EN MI EXPERIENCIA CON MIS ABUELOS Y SU ENFERMEDAD. NO SÉ SI TODAS LAS PERSONAS ACTÚAN ASÍ. MI CONOCIMIENTO SE LIMITA A MI EXPERIENCIA. DE TODAS FORMAS, ME TOME LICENCIA CREATIVA PARA LA CONVENIENCIA DE ESTA TRAMA.
MUCHAS GRACIAS POR EL APOYO A ESTE FIC, REALMENTE NUNCA ESPERÉ QUE FUESE LEÍDO Y ME SIENTO FELIZ DE QUE LES GUSTE. ME DIVIERTE MUCHO ESCRIBIR PARA USTEDES. ESPERO QUE LES GUSTARA, EN EL PRÓXIMO CAPITULO SE VIENE LO SERIO Y TRATARÉ DE ARREGLARLO LO MÁS PRONTO POSIBLE. YA INICIÓ LA UNIVERSIDAD PRONTO ASÍ QUE… SE ACTUALIZARÁ EN CUANTO SE PUEDA.
ESPERO LEERLES PRONTO! GRACIAS Y MUCHOS BESOS VIRTUALES!
