CAPITULO 18
El primer contacto que Draco Malfoy tuvo alguna vez con la muerte fue cuando uno de los empleados de la casa murió y no lo volvió a ver nunca más. Aunque nunca fue a su funeral, para el niño de cinco años fue extraño no encontrarse con el antiguo jardinero, incluso extrañaba sus regaños por jugar sobre los rosales recién plantados o por chapotear dentro de las fuentes. Mamá tuvo que explicarle por qué el Sr. Mendez ya no iba a trabajar. Esa fue la primera vez que escuchó las palabras "persona" y "muerte" dentro de una misma oración.
—Si han sido buenas personas, van al cielo —fue la respuesta corta y simple de Narcisa, sin saber que aquella elección de palabras desataría una avalancha de preguntas demasiado complejas como para que un niño de cinco años lograra comprenderlas.
Al final de la conversación, el pequeño Draco Malfoy se quedaría con la idea de que, al morir, las personas buenas van al cielo y las personas malas, a "un lugar oscuro y feo". No obstante, la explicación de su madre no fue suficiente porque, ese mismo día, Draco le preguntaría a su padre sobre a dónde iban los animales cuando morían.
—¿Mi pollito también se fue al cielo? —le preguntó el niño sentado sobre sus piernas.
Lucius y Narcisa acordaron decir que "sí", pues eso era preferible a confesarle que se lo habían comido.
A medida que iba creciendo, Draco se preguntaba por qué sus padres iban a "reuniones" vestidos de negro de pies a cabeza cada vez que alguno de sus conocidos moría. Él solía quedarse en Southfields, en la casa de su padrino y su tía Valerie, todo el tiempo que durara dicha "reunión". Recordaba claramente a su tía encerraba en su estudio, trabajando en lo que sea que estuviera trabajando, y a su padrino sentado junto él en la sala, frente al televisor, viendo una película y disfrutando de un delicioso helado de chocolate.
—¿Por qué mueren las personas? —preguntó mientras se llevaba una cucharada de helado a la boca.
—Porque es parte del ciclo natural de la vida, Draco —explicó de inmediato el profesor, imitando la acción—. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Es el ciclo sin fin.
—¿Cómo en el Rey León? —interrogó con los ojos brillando de emoción.
—Eh… Sí, supongo que es una forma de verlo —respondió parco, frunciendo el ceño, confundido, pero sin atreverse a replicar ante un mocoso que apenas le llegaba a la altura del estómago.
Cuando fue más grande para asimilar lo que significaba la muerte y lo doloroso que podía ser para los familiares, Draco empezó a acompañar a sus padres a los funerales en señal de respeto a la familia en luto. Realmente no le gustaban. Le resultaba incomodo estar en un ambiente tan triste, con personas de miradas perdida, vestidos iguales y de negro, cual secta, y soltando queditos sollozos lastimeros frente a un cajón cerrado, rodeado por coronas de lirios blancos.
Tal vez le resultaban incómodos porque no comprendía lo que era perder a un ser querido hasta que llegó el funeral de su propia abuela. Nunca había sentido aquella opresión en su pecho al ver a un ataúd. Nunca se había sentido tan extraño y perdido entre su propia familia. Nunca había visto a su padre tan destrozado y solo supo que todo eso era real cuando entró a los sanitarios y se encontró a su abuelo llorando en silencio frente al lavabo.
La única palabra que podía describir ese momento era: "Impactante".
Desde entonces, Draco había evitado los funerales a toda costa. Sin embargo, no podía evitar asistir al funeral de quien en vida fue Eileen Snape pues, a pesar de no haberla conocido, sentía que era su obligación estar ahí y apoyar a su querido padrino en aquellos momentos tan delicados para él.
Volvió corriendo a la sala después de escuchar los gritos del profesor de Química. Al encontrarlo, el hombre luchaba por obtener una respuesta de su interlocutor al otro lado de la línea. Severus Snape era una persona muy calmada, rara vez se dejaba llevar por el pánico pues era un experto en controlar sus emociones y ocultarlas detrás de esa careta de impasibilidad, pero, ahora, el pelinegro se encontraba fuera de sí, completamente alterado y sin saber cómo reaccionar. Draco batalló para entenderle al menos una frase, pero no lo pensó dos veces cuando el hombre dijo que debía ir de inmediato a la Residencia Saint Oswald para Adultos Mayores.
Ambos se metieron en el auto y partieron a toda marcha hacia el oeste de la ciudad. Entre calles y avenidas, Severus logró contactarse con la institución por medio de una llamada, en la cual le informaron que habían trasladado a su madre a un hospital cercano. Draco se vio obligado a cambiar la ruta de improvisto y acelerar para calmar la desesperación de Snape. Inmersos en el tráfico de un domingo por la tarde, tardaron poco menos de treinta minutos en llegar a urgencias. Snape hizo la maratón de su vida desde el estacionamiento. Saltó del auto y corrió los 100 metros planos hasta la recepción de urgencias donde, jadeante y desesperado, exigió información sobre el paradero de su madre.
"Derrame cerebral y contusión en la cabeza por caída".
Esa fue toda la información que pudo obtener sobre el diagnóstico que pudieron brindarle antes de mandarlo directamente a sala de espera. Ya ahí, se encontró sobre unas sillas azules a la enfermera Lobosca siendo reconfortada por uno de sus colegas del asilo. Al verlos llegar, ambos enfermeros se pusieron de pie de un brinco, nerviosos ante la sola presencia del alterado profesor.
—Estaba hablando con usted cuando parece que tuvo un derrame cerebral y cayó al suelo —explicó la enfermera con la voz temblorosa—. Creemos que se golpeó en la caída. Llamamos a emergencias. Ahora le están haciendo unos exámenes para detectar donde está ubicado el derrame y luego la pasarán a quirófano para drenar la sangre.
—Otros de nuestros residentes también han sufrido derrames, Sr. Snape —comentó el otro enfermero—. Usualmente necesitan mucha terapia luego de la operación, pero suelen estar bien.
Draco decidió llamar a sus padres mientras esperaban. Tanto Lucius como Narcisa mostraron su preocupación —puede que más su madre que su padre— y dijeron que estaban en camino. Como buen ahijado, el rubio se encargó de tranquilizar a Snape lo mejor que pudo. Consultó varias páginas web donde los resultados parecían ser positivos para aquellos que sufrían de derrames.
Eileen iba a estar bien.
O al menos eso creyeron hasta que el corazón de Eileen se detuvo dos horas después de salir del quirófano, luego de que los doctores repararan exitosamente las dos aneurismas en su cabeza.
No lo entendían. No había explicación alguna. Habían hecho todo de forma correcta: cada procedimiento, cada movimiento, todo fue meticulosamente bien hecho. Sin embargo, no fue suficiente y Eileen jamás pudo salir de UCI. El cerebro estaba bien —considerando los estándares de "bien" para un cerebro con Alzheimer en etapa intermedia—, el problema radicaba en el corazón de la mujer. Simplemente había dejado de latir, como si alguien hubiese apagado el interruptor y ya. Completamente anormal, dijo el doctor dado que, en el historial médico de la mujer, no se hacía ninguna mención de problemas cardiacos y, según sus últimos chequeos médicos, el corazón de Eileen era tan saludable como el de una persona joven. No obstante, esa fue la causa de muerte de la Sra. Snape.
Snape pensó que estaban jugando con él. La felicidad que experimentó después de que el doctor anunciara el éxito de la operación fue totalmente efímero pues, en un abrir y cerrar de ojos, Snape fue llevado a la morgue a reconocer el cadáver. Ni siquiera pudo firmar los papeles correctamente, sus manos le temblaban. Lucius tuvo que hacerse cargo de todo por un momento pues Severus se encontraba en shock y solo servía para sentarse inmóvil mientras que Narcisa y Draco lo consolaban.
Todo pasó tan rápido que ninguno de los cuatro entendía en qué momento pasaron de la sala de espera del hospital al pequeño salón donde se organizaba el funeral de la difunta Eileen Snape.
Narcisa era experta en organizar eventos, todo tipo de eventos. Sabía elegir el lugar a la perfección, siempre hacía los cálculos correctos para que los asistentes estuvieran en un espacio amplio y cómodo. Sin embargo, jamás esperó que hubiese más espacio que asistentes.
El salón rectangular donde se realizaba el evento no era muy grande. Fácilmente, cabrían 50 personas en dos grupos de 25, acomodadas en dos columnas de cinco asientos en cada fila, y todavía quedaba espacio para el féretro, las ocho coronas funerarias que adornaban el lugar y la mesa donde servían el café. No había muchos invitados. Estaban ellos, los Lestrange, los Nott, los Carrow, Zabinni, Crabbe, Goyle y sus respectivas esposas, la enfermera Lobosca, cinco abuelos del asilo junto a sus enfermeros y, para finalizar, uno de los representantes de la Residencia Saint Oswald.
Apenas sí llenaban una columna entera.
—Pensé que vendría su familia —susurró a su esposo la rubia mientras miraba el salón a través de sus oscuros lentes—. ¿Ves a alguien?
—No. Severus me comentó que su mamá y su familia estuvieron peleados por muchos años. Creo que perdieron todo tipo de contacto. Ni siquiera está seguro si sus tíos siguen vivos o no.
—Hmmm.
Sus ojos viajaron hacia la joven peliblanca que lloraba en la primera fila siendo consolada por su colega. Luego viajaron hacia la segunda fila donde el grupo de ancianos amigos de Eileen conversaban en "susurros" que todos podían escuchar. Después, viajaron hacia la otra columna donde su hermana estaba conversando con los hermanos Carrow. La morena parecía haber llegado a un desfile de modas pues hasta portaba un velo negro en su sombrero negro el cual combinaba a la perfección con su vestido negro y tacones negros. Sin duda era la mejor vestida del lugar, pensó. Parecía que se había preparado exclusivamente para competir contra Miranda, Alecto y las esposas de sus demás amigos.
—Le dijiste a tu hermana que se comporte, ¿verdad? —susurró al notar hacia dónde miraba su esposa.
—Sí. ¿Le dijiste a Rodolphus que controle a mi hermana?
—Obvio que sí.
Los Malfoy se encargaron de realizar un bonito funeral para la madre de su amigo pues este de por sí se encontraba demasiado ocupado firmando papeles y yendo de institución en institución para declarar a su madre oficialmente muerta ante la ley y la sociedad. Era imposible encargarse de todo él solo. Estuvieron dudosos de a quién invitar, no conocían a la familia de Snape pues jamás hablaba de ellos, pero al menos tenían a sus amigos para llenar, aunque sea, un tercio del salón.
—Deberías hablar con él —susurró la rubia a su oído, sin apartar la mirada gris y angustiada del profesor el cual les daba la espalda, de pie junto al ataúd de madera oscura, absortó en su propio mundo—. Lleva en la misma posición desde hace media hora.
—¿Y qué le digo? —respondió quedito, temeroso de que sus susurros pudieran escucharse en medio de tanto silencio. Ambos rubios vieron al profesor llevarse la mano al rostro y luego limpiarse la piel debajo de los ojos en silencio— Nada de lo que le diga logrará animarlo. Estamos hablando de su mamá. No es un tema fácil.
—Bueno, eres su mejor amigo. Tienes que apoyarlo —Narcisa se quitó los lentes para ver a su esposo a los ojos y suplicarle con la mirada para que acompañara al profesor en su dolor—. Por favor.
—… Está bien… Espera aquí.
El rubio se acomodó las ropas negras y dio unos pasos algo inseguros a través del pasillo que formaban las sillas de metal gris. Lucius pensó que, aunque era pequeño, el lugar se veía demasiado grande a causa de la poca asistencia. Procuró no mirar a ninguno de los presentes en las primeras filas, no estaba preparado mentalmente para más charlas sobre lo ocurrido. Finalmente, llegó al lado de Snape quien seguía inmóvil como estatua frente al ataúd de su madre.
Se paró a su lado, cruzando las manos una sobre otra detrás de la espalda, observando el mismo punto que su amigo observaba. Los arreglos florales eran bonitos. Muchos lirios y rosas blancas entre el mar verde de tallos y hojas. Las coronas fúnebres hacían buen contraste frente a las paredes beige y el féretro negro. Por supuesto, de nada servía ese detalle ahora, ¿verdad? Esto era un funeral, ya nada importaba. Desvió su mirada a la derecha, esperando que su amigo notara su presencia, pero Snape no dijo nada, prefiriendo mil veces ignorarlo y quedarse escondido detrás de la seguridad de sus lentes oscuros a quebrarse intentando articular palabra alguna.
—Fue un buen servicio —inició Lucius, esperando romper aquel silencio autoimpuesto por Snape. Humedeció sus labios con su lengua y buscó algo más que decir. Los ojos inmóviles de una foto en blanco y negro de Eileen frente a él le dio una idea—. Ella se ve muy hermosa, Severus.
El pecho del menor subía y bajaba de forma calmada con cada respiración, pero Lucius pudo percibir sus formidables esfuerzos para no llorar. Él había pasado por algo similar hace unos cuantos años, cuando su madre falleció a causa de una insuficiencia respiratoria… aunque obviamente esto no se parecía en nada a esto. Él tuvo mucho tiempo para asimilar la inminente muerte de su madre y la Sra. Malfoy se fue en paz rodeaba de sus enfermeras a las cuales adoraba, de su esposo al cual soportaba y de sus hijos a los cuales veía tres veces al año.
Pero la muerte de Eileen Snape fue completamente súbita.
No podía ni imaginarse lo que el pobre hombre debía estar sintiendo en esos momentos, lo más probable era que su cabeza estuviera hecha un completo caos. Snape nunca fue emocionalmente inteligente, le costaba expresar sus emociones y, si bien él amaba a su madre con locura, su relación con ella no fue la mejor de todas. Lucius fue testigo de las múltiples veces en las que Severus huyó de casa y de sus problemas con su padre solo porque Eileen siempre escogía a su esposo por sobre su único hijo.
Se preguntó si habrían logrado arreglar sus asuntos.
—No llamé a mi mamá por su cumpleaños —comentó el pelinegro con la voz ronca, más para él que para Lucius. El mayor se quedó callado a su lado, aguardando a que su interlocutor continuara—. Lo olvidé por completo. ¿Qué clase de hijo olvida el cumpleaños de su piopia madre? Estuve todo el día libre y no cogí el maldito teléfono hasta que ya era muy tarde. Le llamé al día siguiente, temprano. Creí que no se daría cuenta, la enfermera me dijo que ni siquiera se percató que era su cumpleaños hasta que llegó la hora del almuerzo... pero… pero algo, aquí, me dice que estuvo sentada junto al teléfono todo el día —su mano se quedó un minuto más sobre su corazón y luego se dejó caer despacio a un lado—. Nunca me reclamó… creo que hubiese preferido que lo hiciera.
—Severus…—
—Debí llamarla más… Debí visitarla más veces… Debí dejarla comer ese postre la última vez que la llevé a almorzar a su restaurante favorito. Pensé que sería buena idea seguir la dieta del doctor, pero de haber sabido que esa sería la última vez… —no pudo terminar su oración pues su voz se quebró y optó por mantenerse callado hasta ser lo suficientemente capaz de pronunciar alguna palabra coherente de nuevo.
Su cuerpo temblaba ligeramente.
—Oye, no sabías que esto iba a pasar —consoló poniendo una mano sobre su hombro—. No había forma de saberlo. Tú mismo escuchaste a los doctores. Esto es completamente anormal… Tal vez, tal vez fue un fallo que los doctores no pudieron detectar. Podríamos abrir un juicio por negligencia…—
Snape negó con la cabeza con fervor. El hombre no estaba dispuesto a exponer más a su mamá de lo que ya había estado. No quiso autopsias ni otros exámenes post mortem. No quería que nadie la viera así. Desnuda, azul, fría y muerta.
—Le dije a los encargados que pasen el café dentro de unos minutos —el profesor asintió sin apartar la mirada de la fotografía de su madre. Fue un lindo gesto por parte de Narcisa. Él no era bueno eligiendo fotografías. Valerie siempre fue la que escogía las que decoraban su sala de estar—. ¿Quieres algo? ¿Agua? ¿Sentarte? Llevas de pie desde que acabó la ceremonia.
—Estoy bien así… ¿Lucius?
—Dime.
—¿Crees que ella tuvo miedo? Porque… porque fue tan repentino —Severus apartó la mirada y buscó los ojos grises de su amigo. Los lentes oscuros le brindaban la protección que necesitaba—. Yo no creo en los fantasmas ni esas cosas, pero… ¿crees que ella sepa que murió? La anestesia la mantuvo dormida todo ese tiempo. Tal vez ni siquiera sabe que murió.
—Morir dormido es una de las muertes más bonitas, Severus —intentó reconfortar—. Estaba en paz.
Mientras la enfermera Lobosca seguía llorando en silencio y los abuelos del asilo se acercaban uno por uno para darle el respectivo pésame al profesor y comentar algún halago hacia su madre, dos personas se asomaron por la entrada del salón. Ambas mujeres portaban sobrios vestidos negros con sombreros a juego. La menor entró mostrándose insegura, asomando la cabeza, dudosa de que este fuese su destino. Sus ojos castaños escanearon todo el interior del salón, pasando por los asientos a medio llenar, los invitados que le daban la espalda y el ataúd adornado con lirios blancos. Al contrario de la primera, la mayor entró segura de sí, dando pasos firmes, asegurándose de provocar eco con sus zapatos negros de tacón bajo como si quisiera que todos notaran su presencia.
Su arrugada mano derecha se apoyaba con fuerza sobre su bastón de madera oscura y, con el brazo libre, se sostenía de la otra mujer, mucho más alta y menor que ella. No tardaron en captar las miradas de los otros presentes, en especial de Draco Malfoy y sus primos quienes se preguntaba: "¿Quién rayos eran ellas?".
Por supuesto, Draco no fue el único en sentir curiosidad por las recién llegadas, Narcisa Malfoy y Bellatrix Lestrange también. Ambas mujeres las siguieron con las miradas, en silencio, ambas enarcando las cejas a medida que ellas avanzaban. Antes de que pudieran llegar a la altura de Snape y de su esposo, la rubia se levantó de un salto y —como quien no quiere la cosa— interrumpió su paso para preguntar por sus identidades.
Sus ojos grises se abrieron de par en par al escuchar la fría respuesta de la mujer mayor. Resignada, se hizo a un lado y les dejó el camino libre hasta los dos hombres detrás de ella. La mujer mayor se aclaró la garganta y tanto Severus como Lucius se giraron.
—¿Tía Margaret? —preguntó el pelinegro con voz rasposa y sin ocultar su sorpresa.
La mismísima Margaret Prince se encontraba frente a ellos. Apenas sí pudo reconocerla. De no ser por aquel lunar cerca de su ojo izquierdo y la mirada de un ave de presa, Severus habría pensado que se trataba de otro residente del asilo Saint Oswald. Habían pasado muchos, muchos años desde que vio a la hermana de su madre por última vez. Su piel de mujer adulta cambió por una de mujer mayor, con arrugas sobre la frente, en los laterales de sus labios, bajo los ojos y, sobre todo, en el cuello. Su cabello negro había desaparecido, ahora era gris casi llegando al blanco. Severus pensó que se había encogido. La mujer que alguna vez fue una altiva dama, ahora solo era una encorvada abuelita que hacía su mayor esfuerzo para seguir viéndose imponente; sin embargo, solo era una imagen borrosa de lo que algún día fue: la hija de en medio del Sr. Prince.
¡¿Sigues viva?!, pensó.
—Severus —su voz, si bien era un susurro, se hizo escuchar fuerte, demostrando que no era la frágil abuelita que parecía ser—. Es bueno verte.
—¿Qué…? Tú…—
—No me perdería el funeral de mi propia hermana —le interrumpió observándolo con sus fríos ojos negros—. Esperaba que fueras tú quien me informara.
—No sabía cómo contactarte —respondió secamente. Lucius se removió incomodo al sentir como tanto la voz como la actitud de su amigo cambiaba. Severus se estaba poniendo su armadura, aquella mascara de frialdad e indiferencia—. ¿Cómo fue que…—
—Leí el periódico —extendió su mano temblorosa frente al cuerpo de su acompañante quien, silenciosa, sacó una página doblada del periódico de hoy del bolsillo de su abrigo. La mujer la tomó y la desdobló frente a ella, entrecerrando sus ojos tras las gafas de gruesos lentes, y leyó su contenido—. "La Residencia Saint Oswald para Adultos Mayores lamenta informar el fallecimiento de quien en vida fue la Sra. Eileen Rose Snape. La Sra. Snape nació el 28 de abril de 1944 en Bradford. Se casó con Tobías Snape en 1971 e hizo su hogar en Crawley donde vivió la mayor parte de su vida hasta retirarse a vivir a la Residencia Saint Oswald en Londres. Falleció en Londres, el día 14 de agosto de 2016 a los setenta y dos años de edad. Su hijo, Severus Tobías Snape ruega a sus amistades que encomienden su alma a Dios y asistan a la ceremonia por su eterno descanso que tendrá lugar hoy, lunes, día 15, a las quince y treinta horas, en el salón 3 de Saint Clements, Londres".
Oh, cierto, el obituario, pensó el profesor. No recordaba haber escrito un obituario, tampoco mandarlo a escribir, pero ya estaba confirmado que alguien sí pensó en ello. Lo más probable era que uno de los representantes del asilo lo hubiese hecho por él. Después de todo, era un protocolo que él olvidó.
—Esperaba algo más —continuó doblando la hoja y entregándosela a su acompañante—. Tal vez un "amada madre" o algo similar.
Ambos Prince se quedaron uno frente al otro, mirándose desafiantes en silencio. Snape tras la seguridad de sus lentes oscuros y la mujer tras la severidad de su mirada. Margaret Prince era la hermana del medio de los cinco hijos que tuvo el matrimonio Prince. Era tres años mayor que su madre y la única tía biológica que conoció. Lucius se removió incomodo otra vez. Sus ojos grises viajaron a la acompañante de la dama, quien, con sus pulcras uñas, arañaba la parte interior de la palma de su mano libre mientras que sus ojos castaños vagaban sobre la foto de la fallecida.
—Veo que recibieron nuestras flores —comentó la acompañante, rompiendo su silencio por primera vez desde que hizo su aparición. Ella era de estatura promedio, de cabello lacio y negro, piel pálida y ligeramente parecida a la tía Margaret, sobre todo en la forma del rostro. Debía tener la edad de Severus más o menos—. Tenía miedo de que no llegaran a tiempo.
—Oh, ¿las rosas blancas sin nombre eran de ustedes? —preguntó Lucius al ver que Snape no iba a responder. Trató de fingir sorpresa en cada palabra— Fueron un… elegante detalle. No tenían tarjeta, pensamos que era cortesía del salón.
—No, llamamos a una florería antes de partir. Como no recibí respuesta, pensé que no habían llegado.
—Se agradece el detalle —el rubio volvió a posar su mirada sobre el pelinegro quien seguía igual de inmóvil como una estatua. Él no iba a hablar—. Eh… No nos hemos presentado. Soy Lucius Malfoy, amigo de la familia. ¿Y ustedes son…?
—Soy Rebecca Hoffman —la mujer extendió su mano en dirección al rubio quien la apretó con firmeza—. Ella es mi madre, Margaret Hoffman —la anciana mujer también extendió su mano, pero en lugar de aceptar un apretón, Lucius tuvo que inclinarse sobre ella para depositar un beso sobre la huesuda mano, algo que jamás esperó hacer.
—Parece que alguien olvidó cómo presentar a la familia —comentó la Sra. Hoffman, sin apartar la mirada de Snape.
—Debió ser un viaje largo. ¿Desean café?
—Por supuesto.
Sin hacerse esperar, el rubio se ofreció a traer café y la prima del profesor, a su vez, se ofreció su ayuda, ambos liberándose así de aquella incómoda situación.
—No reconocí a Rebecca —confesó el profesor apartando la mirada y haciéndose a un lado, ya cansado de esa tonta pelea de miradas—. Ha cambiado mucho… Se parece a ti de joven.
—Ha pasado mucho tiempo. ¿Cuándo fue la última vez que se vieron?
—Dirás la única —corrigió de mala gana—. Creo que yo tenía 12; ella, 15. Fue donde los Prince… Aniversario de bodas.
—Ah, cierto —suspiró. Recordaba el aniversario de bodas número 50 de sus padres. Toda la familia fue, incluso los que ya no consideraban familia —¿Puedo ver que mi hermana? —preguntó de forma neutral. El profesor pensaba que sabía leer a las personas, pero el rostro de su tía era un libro escrito en braille o en jeroglíficos que jamás lograría descifrar.
Al escuchar esas palabras puso los ojos en blanco, aprovechando que ella no podía verlo por culpa de los lentes oscuros. ¡Esto era increíble!
— Tuviste 30 años para verla. Tres décadas para verla... ¡viva! —reclamó, escupiendo su propio veneno—. ¿Por qué ahora? ¿Por qué esperar hasta que estuviera muerta? ¡¿Para qué tomarse la molestia de hacer un viaje tan largo y retomar el contacto solo para ver un cadáver el cual jamás tuviste el interés en visitar estos últimos 30 años?!
Las palabras de Snape iban tomando intensidad cada vez más hasta que finalmente fueron lo suficientemente fuertes para captar la atención de las personas más cercanos a ellos. Rebecca Hoffman levantó la cabeza desde donde se encontraba, al lado la mesa de café junto con Lucius. Algo dentro de ella le decía que no debieron haber venido.
—Baja la voz —pidió Margaret—. No se gritan en los funerales.
—No estoy gritando.
Nunca le agradó Margaret Prince —bueno, Hoffman— y jamás le agradaría. Severus nunca conoció a la familia de su madre en su totalidad. No tenía ningún recuerdo de niño jugando con sus primos o con sus abuelos, tampoco de Navidades con la familia. Para resumirlo, ni siquiera supo que tenía más familia hasta cuando cumplió los nueve años y, por primera vez en su corta vida, su mamá le presentó a sus abuelos, los Sres. Prince. Habían recibido una carta que solo Eileen, que en paz descanse, conocía el motivo por el cual los invitaban a pasar unos días con ellos. Aprovechando que Tobías estaba de viaje por asuntos de trabajo, ambos hicieron un viaje en tren hasta Bradford donde se quedaron tres días en la casa de los Prince.
Sus abuelos eran totalmente opuestos a lo que Snape hubiese esperado. ¿No se supone que los abuelos deben ser tiernos y darte galletas? Pues, los Prince no eran así. No lo fueron ni con su hija ni con él, su nieto. En fin, pensó que la cosa no era tan mala, es decir, al menos sabía que tenía más familia en el mundo además de su madre y Tobías. No eran lo que esperaba, pero eran familia... hasta que Margaret Hoffman hizo su aparición.
Margaret era exactamente igual que ahora, solo que versión joven. Sin tantas arrugas, canas ni bolsas debajo de los ojos. Tenía largas trenzas negras que envolvían su cabeza en una corona, una mirada fuerte y oscura como el padre, la piel cetrina de la madre y un lunar ligeramente notorio en el pómulo izquierdo. No era mejor que sus padres, pero al menos hablaba con ambos y no fingía ignorar su existencia. Un punto en contra de Margaret —dentro de los tantos que encontró— fue que ella era muy imprudente y no pensaba antes de hablar pues parecía no darse cuenta de la facilidad con la cual soltaba comentarios hirientes hacia su hermana. Un punto a favor de Margaret fue que, de los 4 hermanos de su madre, ella era la única tía que conocía hasta la fecha. Los otros no siquiera se habían tomado la molestia de presentarse.
—¿Quién es esa chica que llora como si estuviera en un fune... —decidió callarse antes de terminar la frase obvia. Sí, algunas costumbres no se pierden, Margaret sigue hablando sin pensar antes, pensó— ¿Es tu hija?
Snape se giró a ver hacia donde su tía tenía fijada su vista: Chiara Lobosca, sentada en primera fila, siendo consolada por su colega.
—Es su enfermera.
—Parece su hija —comentó volviendo a mirarlo—. Al menos se comporta como debería comportarse una hija y llora la muerte de su madre... No puedo creer que mandaras a mi pobre hermana a un asilo.
—Si solo has venido a pelear, te voy a pedir, con todo respeto, que te retires.
Narcisa Malfoy y Bellatrix Lestrange cuchicheaban sentadas en la cuarta fila, mirando atentamente lo que pasaba entre Severus Snape y su pariente. Ambas parecieron alarmarse cuando Snape apretó el puño ante la vista de todos.
—Son extraños los funerales, ¿no? —comentó la pelinegro, captando la atención de su hermana— La única "fiesta" donde descubres que tienes más familia de la que pensabas.
—Funerales —suspiró Cissy—, los verdaderos "reencuentros familiares".
—¿Me dejarás verla? –insistió.
No, no quería. Estaban hablando de su pobre madre, aquel miembro de la familia que desterraron e ignoraron por décadas. No quería que la vieran. Sin embargo, tampoco quería hacer un escándalo —no aquí, no ahora— ni quería pelear contra una anciana, por lo que se hizo a un lado y le dejó el camino libre hasta el féretro donde se encontraba Eileen Snape.
La mujer mayor caminó hasta ella, ligeramente encorvada y apoyándose en su bastón. Al llegar a su altura, extendió su arrugada mano hasta tocar la superficie de madera den cajón, acariciándola con suma delicadeza mientras se tomaba su tiempo para levantar la vista y ver el rostro inmóvil de su hermana. Snape la observó en silencio, juzgándola y creyéndola una hipócrita por tal comportamiento.
Leer los obituarios era algo habitual en Margaret Hoffman. Hay un momento en la vida en el cual llegas a cierta edad y descubres que tus amigos empiezan a aparecer en los periódicos.
Obviamente no de la forma en la que esperabas.
Estaba a punto de pasar la página cuando el apellido Snape saltó a su precaria vista. De inmediato leyó el obituario que puso el Residencia Saint Oswald y, al acabar de leerlo, ni siquiera podía hablar a causa de las lágrimas. Su hija, preocupada, se acercó a ella, exigiendo saber que pasaba, pero Margaret estaba tan afectada que solo pudo señalar el respectivo obituario y seguir llorando. En cuanto se recuperó, usó todas sus fuerzas para levantarse e ir a su habitación a cambiarse, diciéndole a su hija que iría a Londres así ella quisiera acompañarle o no. Casi 5 horas más tarde, ya se encontraban en los alrededores de la capital inglesa.
Los ojos oscuros se encontraron con el rostro dormido de su hermana. Ella se veía pacífica, tranquila, bonita. El maquillaje fúnebre le daba color a su piel, le habían arreglado al cabello en ligeras ondas y un collar de pequeñas perlas blancas descansaba encima de la blusa celeste bebé. Realmente solo parecía que se había ido a dormir.
Nunca la vio más hermosa, pensó.
—Hola, tú —susurró para ellas dos—. Recuerdo que te dije que el celeste no era tu color, pero este tono te queda bien… muy bien, a decir verdad —sus dedos acariciaron los lirios blancos que decoraban la superficie del ataúd—. Siempre pensé que sería Tobías quien acabaría contigo. Parece que me equivoqué.
Quitando de lado aquella apariencia soberbia y su incontrolable boca, Margaret Hoffman no era tan mala como aparentaba ser. De todos los secretos que Eileen se llevó a la tumba, uno de los mejores guardados fue el de no informar que la única persona que la ayudó después de haber huido de Bradford fue su hermana Margaret. Durante los primeros seis años, la Hoffman enviaba una carta una vez al mes con las suficientes libras para sobrevivir hasta la siguiente misiva. Si bien siguió la regla que instauró su padre de no volver a dirigirle la palabra a Eileen, ella no pudo dejarla a su suerte.
Menos si estaba en compañía de Tobías Snape.
¿Quién habría adivinado que ese "encantador" hombre de treinta años se convertiría en un abusador de la peor calaña?
Una embarazada Margaret enfrentó a su hermana en la estación de tren el día que esta huyó con su no tan joven enamorado. Le rogó que no se fuera e intentó razonar con ella. ¿Qué futuro le iba a esperar al lado de un hombre que no tenía oficio ni beneficio? ¿Qué iba a ser de ella sin estudios? ¿Iba a adaptarse a su nueva vida? ¿De verdad quería abandonar todo para tener nada? Recordaba a su adolescente hermano menor, Hamish, abrazándola mientras le rogaba que no se fuera. Él no quería quedarse solo en la casa de sus padres y juró que nunca la perdonaría si se iba.
Sin embargo, nada de eso sirvió. Eileen se fue llorando del brazo de Tobías y sin mirar atrás. Solo pudieron ver la falda celeste de su vestido desaparecer cuando subió al vagón.
Desde entonces, odiaba el celeste.
—Hace dos semanas fui a río. ¿Recuerdas el río? —susurró con una sonrisa rota— Solíamos jugar ahí en verano hasta que nos dolían las piernas de tanto correr.
— Así que… ¿Son de Bradford? —comentó Lucius, tratando de hacer conversación con Rebecca.
—Sí, todos. Ahora, solo tres de los cinco hermanos viven ahí. Nosotros vivimos en una propiedad cerca a la casa de mis abuelos que, ahora, es la casa de mi tía. Tío Hamish vive en Liverpool por trabajo y mis otros hermanos están en Manchester.
—Que bien —respondió sin prestar mucha atención en sus palabras pues, siendo honestos, no le importaba si la mujer vivía en Manchester, Bradford, el Ártico o en la Luna, solo había una cosa que quería saber—. No quiero parecer entrometido ni nada parecido —empezó. Sus palabras salían susurrantes y claras de sus labios—, pero Severus jamás me dijo que tenía una prima. Recuerdo que me dijo que su madre y sus tíos no tenían las… las mejores relaciones, por así decirlo. Pensábamos invitarlos, pero no teníamos ninguna forma de contactarlos.
—Oh, bueno —dijo ella cambiando su peso hacia otra pierna—. Mamá nunca habla de eso. Durante mucho tiempo, creí que solo tenía tres tíos. Luego, conocí a tía Eileen y pues, me explicaron un poco lo que había pasado. Mis primos mayores si la recuerdan. Me temo que yo no pude convivir con ella —se oía sincera y, a decir verdad, su voz era agradable de escuchar, muy diferente a la de su madre—. A mis abuelos no les gustaba que la mencionáramos, de hecho, evitaban hablar de ella. Parece que hubo una pelea muy fuerte hace muchos años y quitaron a Eileen del árbol familiar. Mis primos dicen que fue porque se casó con alguien a quien el abuelo odiaba.
Y sí que tenía motivos para odiarlo, pensó Lucius, era el hombre que golpeaba a su hija.
—Debió ser una fuerte discusión porque el abuelo no quiso que le notificaran su muerte. Digamos que mi abuelo era muy… radical… tal vez demasiado.
Severus Snape decidió sentarse un rato en la primera fila. Sus piernas le dolían demasiado. Si antes se sentía ligero como pluma, ahora sentía que sus huesos estaban compuestos por plomo. No sabía que estaba haciendo, ni siquiera sabía cuál era la verdadera razón por la que tía Margaret estaba ahí. Jamás escribió, jamás llamó, al menos no que él supiera. Había muchas cosas que no sabía sobre el pasado de su mamá y el de su familia. Antes le hubiese encantado saber qué fue exactamente lo que pasó, pero ahora no era el momento. Ahora solo quería que esto acabara, quería que su mamá descansara en paz, quería dormir un rato.
Quería que este día acabara.
—Siempre fuiste muy terca —susurró la anciana Prince—. Debí llevarte conmigo cuando pude —Esa fue la última vez que se vieron. Eileen tenía un ojo morado y un pequeño niño de tres años entre sus brazos. Margaret amenazó con denunciar a Tobías, pero la Sra. Snape se lo impidió y la corrió de su casa. Ese fue su adiós definitivo hasta nuevo aviso, cerca de 9 años más tarde—. Lamento haberte abandonado, Eileen… Lo siento.
—Sabes que no puede escucharte, ¿verdad? —interrogó acercándose a ella— ¿Acaso tratas de limpiar tu consciencia?
—¿Siempre tienes que ser tan agresivo con tus comentarios? —preguntó, volviendo a la normalidad, aclarándose la garganta y sacudiendo la cabeza, tratando de alejar esos recuerdos llenos de nostalgia— Me temo que eso lo heredaste de tu madre. Siempre sabía exactamente qué decir, pero era demasiado cobarde para dar su opinión en voz alta. Al menos tú te haces escuchar… supongo que eso lo sacaste de ese holgazán.
Punto para ella.
—¿Podrías, por favor, no hacer mención alguna de él? —pidió entre dientes— No quiero que este día sea peor de lo que ya es. Por si no te has dado cuenta, es un momento delicado, perdí a mi madre.
—Y yo a mi hermana.
Sobrino y tía se encontraron en otro concurso de miradas para descubrir cuál de los dos pares de ojos negros era más fuerte. Severus no odiaba a Margaret. El problema siempre fue entre su madre y ella, él no pintaba nada en esa historia; sin embargo, le incomodaba mucho que ella estuviera ahí.
Ah, nunca esperó encontrarse en esa situación.
—Ya se vence la hora —anunció—. Voy a agradecer la asistencia y luego la llevaré al crematorio… Si deseas, puedes quedarte a escuchar. Si no, creo que hay un paradero de taxis en la esquina.
La mujer le dedicó una última mirada antes de darse la vuelta y dirigirse hacia el asiento que su sobrino ocupó hace tan solo un momento. Snape se detuvo a un lado de la fotografía de su madre, dándole un breve vistazo, esperando que ese par de ojos negros idénticos a los suyos pudieran darle la fuerza que necesitaba para lo que venía a continuación.
La multitud, al notar que se estaba preparando mentalmente para dar su discurso, optó por sentarse en sus respectivos lugares.
—Hola a todos —empezó con la voz seca. Tuvo que aclararse la garganta dos veces para hacerse escuchar. Se sentía como un niño de once años otra vez, específicamente cuando ingresó a Hogwarts y tuvo que presentarse ante toda su clase. Tenía miedo—. Eh, hola. Hmm… Gracias a todos por venir y acompañarme en este momento tan… desafortunado. Sé que a mamá le habría gustado verlos a todos —¿por qué dije eso? — Ehm, sé que esto fue inesperado, totalmente inesperado, yo sigo en shock, así que les agradezco por tomarse el tiempo de venir. Mamá siempre fue una mujer muy fuerte… también era muy graciosa cuando quería serlo. Le gustaba cocinar mucho, hacía exquisiteces dignas de reyes —pestañeó varias veces. No quería llorar—. Quiero agradecer a mis amigos, Lucius y Narcisa, por ayudarme con todo esto —los rubios asintieron, apenados—. Sin ellos yo… yo me habría vuelto loco. No tuve tiempo de organizar nada, así que, muchas gracias. También quiero agradecer a la enfermera Lobosca por cuidar a mi madre todos estos años —la joven peliblanca asintió, regalándole una sonrisa triste— y, por supuesto, a la residencia Saint Oswald por acoger a mamá. Sé que hizo buenos amigos ahí y vivió feliz con ustedes… Eh… Bien, eh, muchas gracias por todo, gracias por venir. Creo que aún podremos estar aquí unos cinco minutos más antes de que vengan los encargados así que, si quieren tomar café, pueden acercarse a la mesa —ya no sabía ni qué estaba diciendo—. Gracias.
No hubo aplausos, hubiese sido una falta de respeto, pero Severus pensó que había salido bien. No fue exactamente lo que quiso decir, pero salió bien.
Al cumplirse la hora, Snape despidió a todos los asistentes en la puerta, agradeciendo a cada uno de ellos por asistir y recibiendo, una vez más, las respectivas condolencias. Incluso Bellatrix tuvo unas bonitas palabras para él y se mostró sincera, cosa que le sorprendió un momento. Al llegar el turno de Rebecca y tía Margaret, Snape presintió que esta sería la última vez que las vería y, esta vez, sí era de manera definitiva.
—Cuídate mucho —le dijo ella en el momento de decir adiós—. Creo que mi hermana crío a un buen hijo... Me habría gustado conocerte mejor.
—… Que tengan buen viaje.
Snape viajó dentro del coche fúnebre hasta la agencia donde harían la cremación Eileen. Los Malfoy lo seguían de cerca en su propio vehículo. Pasó todo el camino pensando si realmente estaba listo para ello. Sabía que, en esta ocasión, no contaría con el apoyo de los rubios pues solo podía entrar una persona a la cámara crematoria. Ni siquiera sabía si estaba listo para despojarse del cuerpo sin vida de su madre y permitir que lo metieran a un horno para arder hasta quedar solo cenizas. Nunca le preguntó a su madre qué quería que hiciera con su cuerpo luego de su muerte, así que hizo lo que él habría querido que hicieran en el suyo. Si bien era consciente que su madre ya no estaba en ese cuerpo, de cierta forma, le parecía cruel quemarla. Se le revolvía el estómago de solo pensarlo.
Le hubiese gustado un entierro, pero era una lástima que no pudiera permitírselo.
—Estaremos esperándote aquí mismo —le comunicó Narcisa dándole un fuerte abrazo antes de que desapareciera tras las puertas.
Severus entró en una habitación gris y fría donde había un enorme horno de metal oscuro incrustado en la pared de ladrillos. Había una cinta transportadora frente a la pequeña puerta de horno. Era lo suficientemente larga para contener a una persona acostada. El trabajador encargado de la cremación lo llevó hasta el otro lado de la habitación donde se encontraba el ataúd ya abierto y le indicó que retirara toda la joyería por precaución. Asimismo, le leyó fríamente las condiciones de la cremación.
—Su madre no tiene marcapasos, ¿verdad? —Snape negó mientras sus manos temblorosas terminaban de quitar el collar de perlas y las guardaba en el bolsillo de su saco—. Bien. Usted no es una persona sensible, ¿verdad? Porque este proceso es duro para algunos —él negó con la cabeza, ahora quitando los aretes—. Son dos horas, ¿está seguro? Bueno, sí eso quiere. Puede salir en cualquier momento.
—¿Podría darme unos minutos para despedirme, por favor?
El encargado, acostumbrado a estas peticiones, solo sé alejó, prefiriendo ocupar su tiempo en preparar todo para la cremación que en perderlo con otro cliente más.
Severus se detuvo al lado del cajón. Se quitó los lentes pues quería ver bien a su madre por última vez. Guardó cada detalle de su rostro en su memoria: cada línea de expresión, cada cabello, cada arruga, cada pestaña. Todo. Algo se formaba dentro de su garganta y subía hasta su cabeza. Otra vez esa sensación de ahogo, de querer llorar con todas sus fuerzas. Parpadeó varias veces, intentando contenerse, pero ya no podía aguantar más. Su respiración se agitaba y su cuerpo tembló involuntariamente.
No podía hacerlo.
—Solo somos tú y yo —susurró extendiendo su mano libre para tomar las frías y tiesas de ella, las cuales descansaban sobre su estómago de forma delicada—, como antes... como siempre. ¿Recuerdas cuando solíamos quedarnos en la casa y horneábamos galletas? Eran simples y no tenían mucho decorado, pero era buenas... muy buenas. Era algo especial. ¿Recuerdas la primera vez que fuimos al cine? Vimos los Cazafantasmas y tú tenías miedo. Fuimos en la función de la tarde y me compraste palomitas —los ojos se le llenaron de lágrimas y tuvo que apretar fuertemente los labios y respirar profundo para no quebrarse—. Ese año no fue tan malo, ¿verdad? Pudimos ver tres películas.
Apretó la mano bajo la suya. Estaba helada. No había experimentado este tipo de frío antes. Supuso que esto era a lo que llamaban "frío sepulcral".
—Perdóname por irme, mamá —sollozó—. Perdóname por dejarte sola en esa casa. Yo... yo no debí. No debí abandonarte... Perdóname por todas esas veces que no volví a casa. Perdóname por las veces en que te llame cobarde, no lo decía en serio —un quejido lastimero se escapó de sus labios y tuvo que volver a apretarlos para no ponerse a llorar a viva voz—. Perdóname por no haberte defendido mejor... Lo intenté, en serio que lo intenté.
Un par de lágrimas, pesadas y gruesas, cayeron por sus mejillas hasta sus labios, mojándolos.
—Por favor, despierta... No te vayas. Prometo que esta vez haré las cosas bien, ¿sí? Voy a obedecer. No me iré de casa, me voy a quedar contigo. Por favor... No me dejes... yo… yo no quiero quedarme solo —sus labios temblaron—. No quiero estar solo.
Se inclinó ligeramente sobre el ataúd abierto y acercó su rostro hacia la frente de su madre. Ella dormía pacífica, ignorante de todo lo que pasaba. Al inclinarse, sintió como los fluidos de su llanto llenaban su rostro, acumulándose principalmente en su ganchuda nariz. Sus apretados labios seguían temblando y ya hasta había empezado a hipar. Quería llorar libremente. Tomó aire y plantó un tierno beso sobre su frente, diciéndole, de esa forma, adiós para siempre.
—Te amo, mamá... Ya te puedes ir... Voy a estar bien... Siempre estoy bien.
—Sr. Snape —llamó el encargado. Snape se limpió rápidamente el rostro con una mano y luego se llevó los lentes a los ojos, ocultándolos lo mejor que podía—. Ya es hora.
Sentado lejos del horno, el profesor observó en silencio como la puerta de metal se abría y la banda transportadora empujaba el ataúd hacia las brasas anaranjadas y amarillas. Finalmente, la puerta se cerró y ese fue el fin.
Ya estaba hecho.
Se había ido.
¿Sabían que un horno crematorio alcanza una temperatura de hasta 1150 °C? A esa temperatura, y dado que somos casi un 70% agua, los órganos y otros tejidos blandos se evaporan. La mayoría de los huesos se calcinan, aunque, por supuesto, siempre quedan restos... como el cráneo. El cráneo es uno de los huesos más densos que tiene el cuerpo humano por lo que, incluso después de dos horas de constante exposición a altas temperaturas, este no desaparece. En este tipo de casos, todo crematorio cuenta con una máquina pulverizadora, la cual se encarga de pulverizar los fragmentos de hueso hasta convertirlos en cenizas. Sin embargo, los cráneos siguen siendo muy grandes para pasar por un pulverizador tradicional. Es por ello que existe otra máquina que se encarga de destruir el cráneo a golpes.
¡Bam! ¡Bam! ¡Bam! ¡Crack!
Snape se cubrió los oídos y lloró en silencio mientras escuchaba los sonidos del pulverizador, destrozando el cráneo de su mamá. Cuando el encargado dijo que sería un proceso duro, nunca pensó qué tanto. Mantenía los labios delgados apretados tan fuerte que le dolían. No tanto como su pecho, pero dolían. Era como revivir aquellos horribles años de su infancia, donde solía esconderse en su habitación, bajo la cama, escuchando los gritos y golpes en el piso de abajo mientras hacía su mayor esfuerzo para no llorar y no hacer ningún ruido.
Al finalizar el proceso, le entregaron una urna de mármol blanco, muy pesada y sellada, en la cual se encontraban las cenizas de su madre. Snape necesitaba sujetarla con ambas manos pues pesaba más de lo que hubiese imaginado. Puede que fuese porque un cuerpo humano, combinado con un ataúd, deja muchas cenizas o puede que fuese la misma urna la que pesara más que las propias cenizas. Como último detalle, sobre la tapa, había una placa oscura con el nombre de su madre escrito en relieve arriba de su fecha de nacimiento y defunción.
Acarició con delicadeza la inscripción y suspiró, agotado.
—¿Cómo estás? —preguntó Draco en cuanto lo vio salir. Snape sabía que su pregunta iba mucho más allá de lo que había pasado estas últimas dos horas. Su pregunta tenía mucho más peso de lo que creía.
Pero no estaba listo para responder.
Ya con las cenizas de su madre a su lado, la siguiente parada era la Residencia Saint Oswald para Adultos Mayores. Antes de que partieran rumbo al crematorio, Chiara Lobosca le informó al profesor que lo esperaría en la residencia ya que tenía que guardar las pertenencias de la difunta. Severus no estaba agotado tanto mental como físicamente, había sido un día demasiado largo para cualquiera. En su mente solo había una cosa: terminar la lista de pendientes de hoy, y eso acabaría solo cuando tuviera las pertenencias de su madre seguras en su casa.
Sus dedos largos y delgados acariciaban la superficie fría de la urna. Se sentía agradable al tacto y pesada sobre sus muslos. Sus dedos bailaron sobre las hendiduras que formaban el nombre de su madre. Pensó que las letras se sentían elegantes.
¿Las letras podían sentirse elegantes? Ya estaba pensando en disparates.
Al entrar en el asilo, varios de los enfermeros, el personal y otros residentes que no asistieron al funeral le dieron el correspondiente pésame. Los Malfoy esperaron afuera de la oficina del director de la residencia mientras el profesor se encargaba de poner su firma en todos los documentos que necesitaba la casa hogar para poder quitar el nombre del Eileen Snape de su lista de residentes, incluyendo la pequeña placa de identificación sobre su puerta.
Chiara los esperaba en la habitación de su madre.
La habitación no era muy grande, era lo justa y precisa para una sola persona, pero ahora se veía inmensa. Las paredes estaban desnudas pues habían retirado las fotografías y los dibujos de acuarelas. El jarrón con girasoles ya no estaba. Tampoco encontró el colorido edredón sobre la cama ni la lámpara antigua sobre la mesita de noche. Incluso los libros al lado del ropero desaparecieron. Ahora no era más que una habitación vacía de muebles fríos y paredes color melón.
Al pie de la cama, había cuatro cajas marrones con tapa, de esas que te dan para guardar los objetos de tu escritorio cuando te despiden. Tres medianas y una grande. Al lado de estas, una maleta grande color verde oscuro con ruedas. Chiara estaba de pie, mirando por la ventana hacia el jardín. En cuanto sintió la presencia de Snape y sus acompañantes se giró, limpiándose el rostro con las manos rápidamente. Sus ojos azules estaban rojos e hinchados, contrastando contra su piel y cabellos blancos.
La pobre enfermera había llorado más que el propio Snape. Eso se notaba. No la podía culpar, la joven parecía ser su propia nieta y había pasado sus últimos años junto a ella. Si bien solo tenían una relación de enfermera-paciente, era imposible que no se hubiese encariñado. Habían pasado juntas los 365 días durante casi siete años. Eso era mucho más tiempo de lo que él había pasado con su madre. Ellas habían formado lazos, habían creado recuerdos que de seguro eran hermosos. Estaba seguro que ella debió ser el rostro que más recordaba.
No podía evitar sentir celos de Chiara, pero al mismo tiempo, sentía un enorme agradecimiento hacia su persona.
—Eso es todo lo que había en la habitación —dijo la joven señalando las cajas—. Su ropa está en la maleta. En las cajas están sus libros, perfumes, libros y objetos más pequeños. Le pedí al personal que llevara los muebles más grandes a la entrada. Ya están embalados
—Gracias, Chiara —susurró el hombre con la voz ronca.
—Bien… eh, Cissy, ¿puedes rodar la maleta? —se encargó el rubio, señalando a su familia que objetos debían llevarse—. Draco, tú llévate esas dos cajas y yo me llevo la grande. ¿Severus? —el profesor se giró— ¿Te parece bien si tú llevas la que falta? —asintió—. Bien, eh… los dejamos solos. Te esperamos afuera en el auto… Vámonos.
Los dos esperaron hasta quedarse solos. A pesar de que a Chiara nunca le gustaron los silencios, este no era incomodo, era un silencio reconfortante. Los ojos azules de la joven enfermera se encontraron con los lentes oscuros de las gafas de Snape. Desde que había salido del crematorio, no se las había quitado. A comparación de Chiara, no quería que nadie le viera con los ojos hinchados.
—Lamento mucho lo que pasó, Sr. Snape —empezó la joven—. Eileen era una mujer maravillosa. Era tierna y muy tranquila… A veces era algo complicada —dijo vislumbrando una sonrisa nostálgica la cual despareció tan rápido como llegó—. Solía frustrarse rápido cuando las cosas no salían como ella quería. Nunca era paciente cuando hacíamos manualidades, pero… era todo un personaje.
—Gracias, Chiara… significa mucho para mí —El hombre caminó hasta la cama y dobló las rodillas para agacharse y tomar la última caja. Pesaba. No tanto como para que fuera imposible no cargarla, pero pesaba y sus brazos de por sí ya estaban algo cansados, aunque no sabía si era por sostener la urna o porque no había dormido en casi 18 horas. Se detuvo frente a la joven y prosiguió—. Te agradezco la ayuda todos estos años. No hubiese podido solo. Sé que… que los hijos deben cuidar de sus padres, pero… era complicado tenerla en casa. La residencia fue de mucha ayuda. Siempre fueron buenos con nosotros. Creo que a ella también le gustaba el lugar y, sobre todo, le agradabas mucho —sus manos temblaron al igual que su voz—. La hiciste muy feliz.
Tanto Chiara Lobosca como Severus Snape pegaron un brinco cuando la caja se resbaló de las manos del profesor y cayó en el suelo, abriéndose y vaciando parte de su contenido sobre el piso de moqueta. Severus se miró las manos, están temblaban un tanto erráticas, tal y como solía hacer Lamarck cuando era un pequeño cachorro. Su cabeza le dolía, le pesaba, se sentía mareado. Chiara se arrodilló para recoger las cosas y, por inercia, el profesor la imitó.
—Sé que esto no tiene sentido, dado las circunstancias, pero no le he preguntado hasta ahora —con sus manos puso la caja bocarriba y guardó un libro—. ¿Cómo se encuentra? ¿Está bien?
Ni siquiera él sabía cómo se encontraba. Era difícil describirlo, no podía poner sus emociones en palabras porque no sabía que era exactamente lo que sentía. Tristeza, dolor, odio, miedo, angustia, enojo, frustración, incredulidad, sorpresa, desconsuelo. Había realmente un poco de todo dentro de su ser, pero de lo que sí estaba seguro era que sentía una profunda pena.
—Creo que estaré bien —susurró tomando un estuche plano de terciopelo negro. Al abrirlo, encontró los pendientes de esmeralda de su madre. Era fina joyería de plata con preciosas esmeraldas colgando de ellas. Eran simples, pero elegantes. Joyas de la familia, recordaba. Las guardó de nuevo dentro de la caja y tomó otro de los objetos caídos—. No te he preguntado cómo estás tú. No pude hablar contigo en el funeral.
La ojiazul suspiró, levantando la mirada al techo y sonriendo resignada.
—Ya se puede imaginar —dijo negando con la cabeza—. Soy un desastre. Sé que nuestra relación es profesional, quiero decir, era su enfermera y ella mi paciente geriátrico. Eventualmente, esto tenía que pasar, ¿sabe? Es algo que sabes que va a pasar cuando aceptas el trabajo, te lo enseñan en la escuela de medicina… es solo que... —pestañeó con rapidez para evitar llorar de nuevo—. Le tenía mucho cariño a la señora Eileen. No es mi primer paciente, pero es con quien he trabajado por más tiempo —Snape puso la tapa de nuevo sobre la caja y ambos se levantaron—. Lo lamento, Sr. Snape. Esto es mi culpa. Yo debía estar pendiente de ella, era mi trabajo mantenerla sana.
—No, Chiara, no es tu culpa —consoló.
—Yo debí estar ahí con ella, yo debía estar ahí para evitar la caída… Debí revisar mejor su historial médico o… yo debía estar ahí.
—Chiara —el profesor dejó la caja sobre la cama y volvió hacia ella—. No es tu culpa, ¿de acuerdo? Hiciste lo mejor que pudiste y le diste la mejor calidad de vida posible. En todo caso, yo soy quien debía estar ahí, yo era su hijo. Era mi responsabilidad.
—Ella en serio lo quería mucho. Usted era muy especial para ella. Sé que en estos dos últimos años no estuvo muy presente cuando hablaban, pero ella siempre se acordaba de usted… a su forma. Yo sé que no me compete, es su privacidad, pero ella llevaba un diario. Ya no escribía mucho, solo cuando lo recordaba, pero sé que escribía sobre usted —Snape sintió como algo dentro de su corazón se apretaba, como si fueran dos manos que lo estuvieran ahorcando.
Ella se acordaba de él, pensó.
—Ella lo amaba mucho, Sr. Snape, realmente lo amaba.
Tal vez era que estaba muy sensible por los recientes acontecimientos, tal vez era porque aún no había llorado con total libertad o tal vez era porque siempre quiso escuchar esas palabras de alguien. Sea como sea, Severus sintió como su garganta se cerraba y las lágrimas amenazaban con escaparse de sus ojos negros. Tomó aire con fuerza y se contuvo lo mejor que pudo. No iba a romperse, no mientras hubiese alguien cerca.
—¿Qué pasará contigo ahora?
—Me asignarán un nuevo paciente. Me darán una semana para descansar y recuperarme y volveré aquí. Este cuarto volverá a ser ocupado y supongo que todo seguirá igual. Como siempre.
—Como siempre —suspiró. Sus ojos le ardían. Estaba cansado—. Te haré llegar tu ultimo cheque.
—¡¿Qué?! —exclamó horrorizada— No, no, Sr. Snape, no puedo aceptarlo. No completé el mes. No quiero su cheque.
Severus entendía. Seguro, si él estuviese en la misma situación, tampoco aceptaría, pero no podía olvidar el hecho de que, de la noche a la mañana, ella se había quedado sin trabajo— Quisiera compensarte las molestias de alguna forma.
—No es necesario, no fue ninguna molestia —respondió seria—. Fue un honor.
El profesor asintió y se dio la vuelta para ir por la caja; sin embargo, no fue para llevársela, sino para sacar algo de ella.
—Quiero que tengas esto —le tendió el estuche de terciopelo negro donde estaban los pendientes de su madre—. Estoy seguro que ella querría que los tuvieras.
—¡Ay! —ella extendió la mano, empujando el estuche de regreso a él— Sr. Snape, esto es demasiado, no puedo aceptarlo. Prefiero el cheque —bromeó, esperando no ofenderlo—. Esto es… Eran las que ella se ponía los fines de semana cada vez que usted venía —hizo una pausa, como recordando aquellas veces donde la señora Eileen, emocionada, sacaba de su armario su estuche para ponerse aquellos pendientes tan especiales—. No puedo aceptarlo.
—Me harías un favor —confesó—. Por obvias razones jamás lo usaré y no tengo hijas que vayan a usarlos. El solo pensar que estarán guardados en algún rincón de mi casa empolvándose, me angustia. Estoy seguro que tú podrás darle un buen uso al menos.
Por más que la enfermera Lobosca se rehusó repetidas veces, Snape estaba decidido a dejarle los pendientes de su madre en agradecimiento a tantos años de servicio. Ambos le echaron una última mirada a la habitación antes de salir de ella. En esa semana, se haría el cambio de pintura, decorado y placa sobre la puerta.
Un nuevo comienzo.
—Fue un placer trabajar con ustedes, Sr. Snape —dijo Chiara tendiéndole la mano ya afuera de la residencia. El auto ya estaba encendido y listo para irse, solo faltaba que el profesor Snape subiera—. Cuídese mucho, por favor.
—Igualmente, Chiara, muchas gracias por todo y cuídate mucho. Haré llegar mi recomendación al director. Adiós.
La joven se quedó en la acera despidiéndolo a medida que el auto desaparecía por la calle. Puede que esa fuese la última vez que vería a Chiara Lobosca.
El viaje a casa de Snape fue silencioso, tenso y sumamente incómodo. Snape mantenía apoyada la cabeza contra el cristal polarizado del auto. Lucius iba al volante con Narcisa de copiloto y Draco atrás, haciéndole compañía a su padrino, aunque realmente no la necesitara. Los ojos grises de los rubios se desviaban cada minuto hacia la figura triste e inmóvil en el auto. Draco se moría por extender su mano y apoyarla sobre el hombro del pelinegro, pero sabía que este rechazaría su contacto al instante por lo que desistió de hacerlo.
Narcisa, al frente, lo observaba angustiada por medio del espejo retrovisor, buscando el más mínimo indicio de una lágrima, un sollozo reprimido, un temblor de labios o un suspiro desesperanzador, pero no hubo nada. Snape ni siquiera parecía estar con ellos en ese momento. Si no fuera por el subir y bajar de su respiración, habría jurado que estaban viajando con un cadáver. Preocupada, desvió la mirada hacia su esposo quien conducía concentrado.
La cabeza de la familia Malfoy se guardaba sus preocupaciones para sí mismo. Desde que anunciaron la hora de la muerte, su amigo no había pegado el ojo. Se pasó la noche en vela y corrió toda la mañana de aquí para allá para tener todo listo para el funeral y el crematorio. No entendía cómo el profesor aún podía mantenerse de pie, mucho menos entendía cómo es que sus ojos no se cerraban cansados.
Sin duda, era más fácil que una persona naciera a que muriera.
Demasiado papeleo.
Snape ni siquiera notó cuando llegaron a casa. Sus pensamientos eran un secreto guardado bajo siete llaves para la familia Malfoy. Durante todo el trayecto se la pasó mirando al vacío a través de la ventana. Los autos pasaban cerca de él, pero ni siquiera los notaba. Las personas transitaban junto al auto en cada semáforo, pero tampoco los notó. Aferrado a las cenizas de Eileen, observaba como el mundo continuaba con su vida como si nada pasara, como todo seguía su propio camino. Nada se detuvo.
Solo él.
Y el corazón de su madre.
Lucius aparcó el auto frente a la casa. Las luces de emergencia hicieron su típico sonido de "tik tak", rompiendo el silencio dentro del vehículo hasta que Lucius apagó el motor. Solo cuando el auto dejó de sacudirse, Snape dejó aquel palacio mental, volviendo a realidad como si despertara de un sueño. Sus ojos negros viajaron hacia el frente, encontrándose a cada integrante de la familia Malfoy observándolo con suma preocupación. Snape se aclaró la garganta y humedeció un poco los labios antes de decir palabra alguna.
—Gracias por traerme… Gracias por todo hoy. No tengo palabras para agradecerles su ayuda.
—Lo que sea por ti, Severus —comentó la mujer rubia, extendiendo su mano hacia la parte trasera del auto esperando que el profesor la tomara, pero no lo hizo. En su lugar, solo dejó que reposara un rato en su pierna.
—… Bien, eh, gracias y… supongo que nos vemos luego —casi como si lo hubiesen ensayado, los tres pares de ojos grises se encontraron por una milésima de segundo y con ello, fue como si se dijeran todo. Severus intentó abrir la puerta; sin embargo, esta seguía cerrada—. ¿Podrías abrir la puerta?
—Por supuesto —la voz de Narcisa era firme, de aquella que usaba cuando trabajaba. Esto no auguraba nada bueno. Su esposo presionó el botón que tenía un candado abierto sobre la pantalla del panel del auto, pero solo se abrieron dos puertas: la de él y la de Draco. La mujer seguía mirando al frente, impasible y lejana—. Bajen muchachos, ya saben qué hacer.
—Ropa —respondió Lucius mientras bajaba del auto.
—Lamarck —le siguió Draco antes de también bajar del auto y cerrar la puerta.
—Pero, ¿qué? —el profesor estaba confundido. Se reincorporó al instante sobre su asiento y forcejeó su puerta esperando que esta se abriera, pero seguía bloqueada— ¡Narcisa, abre la puerta! ¡Déjame salir! —el profesor, sosteniendo la pesada urna junto a su cuerpo, se deslizó por el asiento esperando salir por el otro lado, pero el elegante índice de la aristócrata fue más rápido y solo bastó un toque de su huella dactilar sobre la pantalla para que todas las puertas del auto volvieran a cerrarse—. Déjame en paz, por favor.
—Severus…—
—¡¿Por qué no puedes meterte en tus asuntos y dejarme en paz por un minuto?! —gritó aferrándose a la urna, con la voz ronca y dolosa— Yo no te hago nada, jamás te molesto. Tienes todo lo que alguien podría desear, ocúpate de tus malditos asuntos. ¿Qué no tienes una tarjeta que gastar o alguna reunión a la cual asistir? ¿Por qué carajos no se compran una vida y dejan de meterse en la mía? Yo no les pedí ayuda, yo no les pedí que estuvieran aquí —la mujer se mantuvo callada, con la vista al frente, escuchando como Snape desgarraba su garganta seca con cada palabra llena de veneno y dolor— ¡Déjenme en paz! ¡Quiero estar solo!... Por favor.
Snape se quebró después de aquel "Por favor". Narcisa no necesitaba girarse para saber que el hombre estaba llorando, su sola respiración revelaba su estado. Fuerte, entrecortada, lastimera y con constantes intervalos en los cuales se veía obligado a respirar por la boca debido a su nariz tapada. Lady Narcisa Malfoy jamás habría aceptado ser tratada de aquella forma por absolutamente nadie. Jamás habría permitido que ni su hermana, ni su esposo, ni sus amigos, ni nadie le hablara de esa forma. Sin embargo, no se atrevió a decirle nada al profesor. Por el contario, se mantuvo completamente erguida, como toda dama de alta sociedad; su mirada al frente, fría e imperturbable, aunque, por dentro, su corazón estuviera siendo apretado por una corona de espinas, una espina por cada palabra hiriente que salía de la boca de su amigo.
Por más que doliera, no lo iba a culpar. Sabía que no era él quien estaba hablando, sino su dolor, su cansancio, su frustración y su impotencia. Snape nunca supo lidiar con sus emociones, esta era la única forma que le habían enseñado y la única que conocía para liberar todo ese dolor dentro de él.
Era su mecanismo de defensa.
—¿Terminaste? —el hombre sorbió por la nariz y asintió agitando la cabeza. Esta le dolía con cada sacudida— Puedes decirme todo lo que quieras, puedes insultarme o ignorarme, pero no harás que me aparte de ti, Severus —la mujer se desbrochó el cinturón de seguridad y se giró en su asiento para poder acercarse al profesor en el asiento posterior—, porque eres mi amigo y te quiero y, por eso, no te voy a dejar solo… no ahora.
Su delicada mano se estiró hasta tocar la mano izquierda del profesor, la que descansaba sobre la tapa de la urna de mármol. Sus ojos grises buscaron los llorosos de él. No podía ni imaginarse el gran esfuerzo que estaba haciendo su amigo para no quebrarse frente a ella. Ella le regaló una sonrisa triste, de esas que cuestan hacer, y él intentó corresponderla, sin mucho éxito.
—Yo sé que esto es muy duro para ti, Severus, sé lo mucho que amabas a tu mamá, pero no pienso dejarte solo ahora. No en un momento tan delicado como este —su voz se oía sincera y la expresión de angustia en su angular rostro, también—. Severus, te conozco desde hace 20 años y puedo decirte con total seguridad que sé exactamente cómo actuarás si te quedas aquí solo.
Snape siempre tuvo problemas para lidiar con sus emociones. Siempre fue una persona muy cerrada y solía reprimirlos muy dentro de él, pero, como todo en la vida, hasta él tenía un límite. Recordaba como si fuese ayer el periodo depresivo que vivió su amigo después del divorcio. Él era un completo desastre. Dejó de dormir, dejó de salir de casa, dejó de bañarse, dejó de hablar, incluso dejó de comer durante un tiempo para luego empezar con una serie de malos hábitos alimenticios que incluían mucho helado y fish and chips. Severus estaba cansado todo el tiempo y esa era su excusa para todo: demasiado cansado para salir de la cama, demasiado cansado para preparar un almuerzo decente, demasiado cansado para visitar a sus amigos, demasiado cansado para absolutamente todo.
Le rompió el corazón ver al Snape depresivo y no quería volverlo a ver nunca más.
—Ya ha pasado antes y no quiero… no, no puedo permitir que eso vuelva pasar, Severus. Eres mi amigo y no te voy a dejar solo. Vendrás a casa con nosotros y te quedaras el tiempo que sea necesario. Nosotros te cuidaremos… yo te voy a cuidar.
Aunque le molestara, en el fondo, Snape estaba agradecido.
El sonido de un par de ladridos llamó su atención. Draco y Lucius se aparecieron frente al auto. El padre llevaba una pequeña maleta con, lo que supuso, debía contener ropa y otros objetos personales. El hijo llevaba una pequeña mochila en la espalda y, sosteniendo fuertemente la correa roja, dirigía al perro blanco. El peluche de pato colgaba de su hocico.
—Bien, creo que es todo —anunció Lucius una vez ya en el auto.
—¿Sus medicinas? —interrumpió el hombre en voz baja— ¿Dónde están?
—Aquí —Draco levantó la pequeña mochila—. Aquí está todo: medicina, premios, correa, juguetes.
—¿Qué hay de la comida? —preguntó mientras el perro se inclinaba a su lado, olfateándolo con su nariz húmeda.
—Todo lo que falte podemos comprarlo después —Lucius encendió el vehículo y este se sacudió suavemente—. Vámonos ya. Ha sido un día muy largo.
Viajaron en silencio hasta Malfoy House, siendo interrumpidos únicamente por la voz casual del presentador de la radio. El volumen era bajo, así que no molestaba en lo absoluto. Severus tenía la urna con cenizas apoyada sobre sus piernas, sujetada por la mano derecha. Con la izquierda, acariciaba la cabeza de su perro quien no tuvo problema en acomodarse a lo largo del asiento, descansando sobre las piernas del profesor y del universitario. Snape pensó que, ahora, podría estar en la comodidad de su habitación, durmiendo. Sin embargo, se encontraba adormilado en un vehículo en marcha, con el trasero adolorido de tanto tiempo estar sentado y sus piernas dormidas por falta de circulación.
Llegaron de noche.
La cena ya estaba predispuesta en la mesa del comedor, cortesía del equipo de mayordomos y mucamas de Malfoy House. Los cuatro se sentaron a la mesa, incluso dejaron que el perro los acompañara. La comida estaba en su punto y se veía deliciosa; sin embargo, Snape apenas sí probó bocado. Picó algo del arroz, cortó un solo trozo de carne y humedeció su garganta con la bebida de su vaso, pero eso fue todo. Los otros comensales no se atrevieron a decir nada, pero la Sra. Malfoy no estaba de acuerdo con que el profesor dejara el plato intacto. Snape agradeció la comida y pidió permiso para retirarse a dormir. Según él, estaba muy cansado.
Esta vez, le creyeron.
Severus subió las escaleras seguido de cerca por Lamarck quien caminaba cabizbajo junto a él, compartiendo el peso del dolor de su amo. No había necesidad de que alguno de ellos le indicara su habitación pues no era la primera vez que el profesor se quedaba a dormir en la mansión. Sus manos sujetaban la urna junto a su cuerpo y, desde que llegaron, no se atrevían a soltarla. Dentro de la alcoba, la cual era amplia y callada, ya se encontraban sus pertenencias sobre la cama.
Dejó la urna sobre la mesita de noche, sintiendo un sabor amargo en la boca. La contempló en silencio unos minutos y luego, entró al baño y se quedó un buen rato ahí.
Necesitaba privacidad. Además, el sonido del agua lograba calmarlo.
—Ahora, no, Lamarck —pidió cuando se sentó sobre la cama para sacarse los zapatos negros. El perro se encontraba a sus pies y trataba de meterse entre el agujero de sus piernas dobladas, como si quisiera jugar—. Papá está cansado, por favor.
Apenas si logró desabrocharse el pantalón antes de caer rendido sobre la suave superficie acolchonada de su cama. Su cuerpo y cerebro le estaba exigiendo descanso. No tuvo tiempo ni de ponerse a pensar en lo ocurrido pues ni bien puso la cabeza en la almohada, se quedó dormido. Lamarck intentó mover su mano con su cabeza, pero el hombre dormía como un tronco.
Hoy no habría juegos ni tele ni cariñitos antes de dormir.
El perro caminó hasta la puerta y se apoyó en la pared con las patas delanteras. Presionó su nariz contra el interruptor y apagó la luz. Tomó el peluche que yacía olvidado en el suelo y se subió a la cama del profesor. Este se revolvió entre las sábanas hasta encontrar al perro y abrazarlo como si fuese su propio peluche peludo, grande y tibio. Finalmente, como si fuese otro día más, ambos se quedaron dormidos uno junto al otro.
Las cenizas seguían descansando sobre la mesita de noche.
Severus pasó casi todo el día durmiendo.
Debía estar muy cansado pues desde que su cabeza tocó la almohada la noche del lunes, durmió de largo hasta la tarde del martes. Con la ropa oscura del funeral y con el pantalón a medio abrochar, Severus Snape dormía como un tronco en una cama que no era suya, en una casa que no era la suya, pero rodeado de una familia que, si bien tampoco era la suya, ahora era la única familia que le quedaba. No despertó cuando el samoyedo blanco se removió incomodo entre sus brazos, ya despierto y urgido de encontrar un árbol pronto. No despertó cuando el perro rascaba la puerta, listo para salir al patio e iniciar el día. No despertó cuando el estómago empezó a rugirle por el hambre pues aquellas migajas de la cena de anoche no lograron aplacar su hambre. Y no despertó ni cuando Draco abrió la puerta de la habitación para liberar al perro, el cual salió corriendo en dirección desconocida en cuanto vio su camino libre de obstáculos.
La vida dentro de Malfoy House siguió su curso tal y como siempre.
En la mañana, el Sr. Malfoy se levantó temprano para salir a correr. Siempre daba una vuelta completa alrededor de la casa antes bañarse. La Sra. Malfoy bajaba puntualmente a las 8:30 a.m., su bata de seda verde y vaporosa parecía flotar con cada uno de sus pasos mientras bajaba las escaleras. Lucius se le unía al poco tiempo, ya vestido para irse a trabajar. Draco, al estar de vacaciones, solía despertar tarde, pero en esta ocasión, decidió acompañar a sus padres en el desayuno, esperando encontrar a su padrino ahí; sin embargo, el nunca bajó.
A las 9 a.m., los esposos salieron de Malfoy House a sus respectivos lugares de trabajo, no sin antes advertirle encarecidamente a su único hijo que, y cito, "no molestara a Snape". A las 9:15, su curiosidad no pudo más y tocó la puerta del profesor, pero este no le respondió. Solo podía escuchar los arañazos de Lamarck contra la puerta, los cuales opacaban los ronquidos del maestro. Al abrir, solo encontró al profesor durmiendo sobre la cama como si estuviera en coma.
No se atrevió a despertarlo.
Recordando que el perro debía ser medicado, Draco optó que lo mejor sería a tener a Lamarck junto a él todo el día y eso fue exactamente lo que pasó. Medicinas, desayuno, paseo en el jardín, nadar en la piscina, tarde de juegos, más comida, el perro pasó una buena tarde en compañía de su "primo". Almorzaron afuera, en el jardín, bajo el sol cálido de mitad del verano. Draco esperaba comer junto a Snape, pero este no salía de la habitación aún.
Cerca de las 15:30 de la tarde, Snape despertó. Su cuerpo le dolía. Sus brazos y piernas se sentían como plomo y no tenía ánimos de absolutamente nada. Le tomó cerca de media hora levantarse de la cama pues, cuando vio la pantalla del celular a medio morir, eran las cuatro y algo. Su boca estaba seca, su rostro mojado y tieso, el cabello grasoso y los ojos hinchados.
Había estado llorando en sueños… otra vez. No recordaba la última vez que… Bueno, sí recordaba.
No le tomó mucho tiempo a Draco descubrir que su padrino por fin había despertado. Llamó a su mamá para avisarle que por fin estaba en pie y siguió sus indicaciones: darle algo de comer a su pobre y, de seguro, hambriento estómago. A los pocos minutos, su papá le envió un mensaje avisando que ya estaba de camino a la mansión. No pensaba dejar a su hijo lidiar solo con un Snape altamente sensible pues podía ser sumamente terco y cerrado. Tantos años de amistad le habían otorgado la experiencia que a su hijo le faltaba.
—¿Comió algo? —preguntó al llegar a casa. Draco estaba en la sala de estar, mirando televisión con el perro descansando en su regazo.
—Dobby preparó algo, pero no lo quiso comer —dijo, levantándose, yendo a recibir a su padre—. Bajó un rato para ver a Lamarck. Apenas sí habló, pero sí tomó mucha agua.
—Yo me encargo. Dile a Dobby que caliente la comida de nuevo.
Lucius pensó mucho en lo que le diría a su amigo mientras subía las escaleras y caminaba rumbo a su habitación. No quería ser intrusivo. Sabía que él no se encontraba bien y debía estar muy sensible al respecto, pero tampoco quería dejarlo morirse de hambre. Tocó dos veces, esperando una respuesta, pero no hubo ninguna. Abrió la puerta y encontró a Severus dándole la espalda, acostado en la cama. Su respiración, a pesar de ser lenta y calmada, le indicaba que no estaba durmiendo, por lo que no vio impedimento para entrar y sentarse a su lado.
—¿Cómo te sientes? —Severus mantuvo los ojos cerrados, fingiendo dormir— Sí que has dormido. Son casi las 6… Vamos, ya es hora de levantarse —dijo moviéndolo ligeramente. Snape levantó una de sus manos y simuló espantarlo, pero no obtuvo ningún resultado—. Vamos. Draco me dijo que no has comido nada y ya sabes que debes comer… No me harás traer a Narcisa hasta aquí, ¿verdad? —bromeó, pero Snape no estaba de ánimo para bromas—. Ya sé, le diré a Dobby que caliente la comida y te la traiga aquí, ¿te parece? Mientras esperamos, deberías darte un baño.
—No quiero.
—¿Cómo qué "no"? Sí quieres. Vamos, arriba —el hombre le dio una ligera palmadita con la mano y se levantó de la cama, dirigiéndose al baño—. Te hará bien tomar un baño, te va a aliviar… ¿Dónde demonios están las toallas? ¿Por qué nunca encuentro toallas cuando lo necesito? —al salir del baño, encontró a Snape intentando reincorporarse sobre la cama, pero se le notaba débil—. Voy por toallas y shampoo, ¿sí? Ya vengo.
Esta escena se repetiría los siguientes dos días. Snape despertaría en la tarde. Se saltaría el desayuno y el almuerzo. Esperaría que Lucius llegara y lo obligara a comer, luego pasaría un tiempo con Lamarck en el jardín hasta que fuera una hora prudente para volver a meterse en la cama y pasarse la noche en vela hasta las 05:00 a.m. donde, por fin, sus ojos volverían a cerrarse. Realmente odiaba no lograr dormir de noche. Su mente se ponía a pensar en cosas tristes y dolorosas, cosas en las que realmente no quería pensar, pero no podía evitarlo. Era como si esos pensamientos estuvieran plantados en lo profundo de su cabeza y no era como si pudiera simplemente ocultarlos bajo la alfombra.
Dormir era la única manera de evitarlos.
Esos dos días no pasó nada resaltante a excepción de una llamada al teléfono del profesor, el cual se encontraba cargando en la sala de estar, en donde se encontraba la familia Malfoy, viendo televisión mientras que el profesor estaba afuera, en el jardín, recibiendo su necesaria dosis de vitamina D y aire fresco. No querían contestar, pero sabían que Snape no respondería ni aunque le pasaran el teléfono.
—Sí, él aún no se encuentra disponible en este momento, pero le diré que se comunique en cuanto pueda —explicó el aristócrata al interlocutor—. Sí, yo prometo que él estará ahí sin falta. ¿Podría decirme exactamente a qué hora debe estar en el museo? Ajá… ajá… perfecto. Sí, no se preocupe… Ajá, yo le haré saber. Muchas gracias. Buenas tardes.
El rubio colgó el móvil bajo la atenta mirada de su esposa e hijo.
—¿Y bien?
—Era su colega de ese trabajo que estuvo haciendo estos meses —explicó. Cissy cerró los ojos soltando un abrumador suspiro y Draco se llevó las manos a la cabeza—. Dice que tenía que reunirse ayer con ellos, pero no logró contactarse. Tuve que explicarles todo. Me preguntó si siempre estaría con ellos en la presentación de mañana. Tuve que decirle que sí, él estuvo trabajando mucho en eso.
— ¡¿Cómo pudimos olvidarlo por completo?! —exclamó la Malfoy.
—Por si no lo notaste, han pasado demasiadas cosas en tan pocos días —respondió Draco rodando los ojos—. ¿Creen que sea buena idea que vaya? Digo, apenas sí nos ha dirigido la palabra estos tres días. ¿Cómo se supone que va a defender una tesis si ni siquiera logra articular más de una oración?
—Pues, tendrá que —respondió su padre—. Todos aquí sabemos lo importante que es esa presentación para él. Es parte de un equipo de trabajo y no puede dejarlos botados —no había que olvidar que Lucius era el CEO de una empresa por lo que conocía muy bien las palabras "responsabilidad" y "equipo" —. Además, le hará bien concentrarse en otra cosa. No puede pasarse todo el día en cama.
—No estoy segura de esto, Lucius —intervino Narcisa—. No quiero exponerlo ante tanta gente.
—¿Entonces qué hacemos? —Draco se acomodó en el mueble, levantando un poco la voz para hacerse notar— Tampoco puede perderse esto. Somos testigos de lo mucho que se ha esforzado estos meses para sacar ese proyecto adelante. Significa mucho para él.
Al final, decidieron dejar que el profesor eligiera. Durante la cena, los Malfoy sacaron el tema del proyecto durante la conversación. Lucius repitió casi exactamente todo lo que escuchó por teléfono, incluidas las condolencias de su respectivo colega. A Snape pareció darle absolutamente igual, ni siquiera le molestó que hubiesen contestado su celular. Dijo que se comunicaría con su colega, aunque no sonara muy convencido. Luego, agradeció la comida y se retiró a su habitación.
—No entendí… ¿irá o no? —preguntó Draco una vez que el profesor desapareció del comedor.
—Ni idea.
El viernes, durante horas de la tarde, con traje y zapatos tomados del armario de Lucius y sosteniendo el portafolio de cuero que Draco tuvo que recoger temprano esa mañana, Severus se encontraba junto a sus colegas en medio de la sala de conferencias del museo, el lugar donde los esperaba el jurado, los miembros del museo y los espectadores, todos listos y ansiosos de escuchar su propuesta de tesis.
Al verlo llegar, bañado y bien peinado —obra y gracia de Narcisa Malfoy y sus mágicas cremas hidratantes—, sus colegas pensaron que todo estaba bien con Snape. Sí, tenía el estado de ánimo bajo, comprensible completamente pues no perder a un padre nunca es fácil, mucho menos en situaciones tan inesperadas como esas, pero el profesor parecía estar lo suficientemente bien para exponer su parte. Aun así, Lewis, su colega y el co-líder del proyecto, decidió acercarse a él en privado antes de ingresar al salón.
—Caray, Severus. Mis más sentidas condolencias. Me preocupé cuando no respondías el teléfono. ¿Por qué no avisaste? De haber sabido que esto había pasado, hubiese ido a verte.
—Todo pasó muy rápido, Lewis —respondió de forma apagada—. Yo todavía estoy en shock. Siento que es una pesaadilla.
—Entiendo… Sabes, no hay problema si no quieres hablar hoy —parecía que estuviera seleccionando sus palabras con pinzas, como si tuviera miedo de una mala reacción por parte del químico—. Puedo decirle a Betty que complemente o si quieres yo digo algo de tu parte.
—No, no —le interrumpió. Se había preparado para esto. No sé sentía listo, pero él, junto a Lewis, eran las cabezas del proyecto. Era su responsabilidad exponer—. Puedo hacerlo… Solo necesito mis notas.
—Por supuesto, no hay problema… Bueno, vamos.
Una elegantísima Narcisa, un bien vestido Lucius y un Draco en shorts y zapatillas estaban sentados en la tercera fila de asientos del salón de conferencia, mirando atentos y dando ánimos al profesor quien, cada dos por tres, giraba su cabeza, buscando apoyo en sus amigos. Los Malfoy, a pesar de que no iban a hablar ni a exponer nada, estaban más nerviosos que el propio Snape. Rogaban porque todo saliera bien.
—Se le ve calmado —comentó Narcisa—. Creo que todo saldrá bien.
"[…] Ahora, les cedo la palabra a las cabezas de este proyecto. El Dr. Lewis Hadwing y el Dr. Severus Snape. El Dr. Hadwing es egresado de la Universidad de King's College y ha sido líder en 16 proyectos los cuales incluyen[…]"
Severus y su colega caminaron hasta la mesa de conferencia al lado del atril en donde hablaba el presentador. Tanto los Malfoy como el resto de los invitados a la exposición aplaudieron. En una mesa cercana a la pared, se encontraba el resto del equipo de trabajo de Severus, dos mujeres y tres varones, los cuales aplaudían orgullosos. El profesor se veía seguro de sí, al menos eso aparentaba. Narcisa pensó que el traje le quedaba bien, se veía muy profesional. Lucius le había impreso sus notas —bueno, fue Draco bajo las órdenes de su padre— y Draco estuvo repasando en el auto con él toda la presentación. Tenían mucha fe de que esto saldría bien.
—¿Qué haces? —susurró su hijo al ver que su mamá sacaba su teléfono.
—Una foto —respondió como si fuese lo más obvio—. Quería contratar un fotógrafo y tener unas buenas fotos para promocionar su Instagram, pero dado las circunstancias, al menos quiero tener una de recuerdo.
El primero en hablar fue Severus. Pelinegro se posicionó detrás del atril y esperó a que se proyectaran las diapositivas de su proyecto. Empezó saludando a todos, agradeciendo la oportunidad y presentando a los miembros de su equipo. Su voz era clara y agradable de escuchar. Luego dio la introducción la cual ninguno de los Malfoy pareció entender por más que se esforzaran, pero el resto de los presentes sí. Tal vez debieron informarse un poco mejor sobre conceptos de física y últimos descubrimientos en el campo para entender lo que su amigo estaba hablando. Cuando pasaron al cuerpo de la exposición y empezaron a citar a autores, los Malfoy decidieron dejar de prestar atención y, en su lugar, se concentraron en las imágenes que se proyectaban las cuales Narcisa y Draco encontraron "sumamente fascinantes" aunque no tuvieran ni la menor idea de qué eran.
—Me gustan como se ven los números —dijo ella en repetidas ocasiones.
Por otro lado, Severus se encontraba tranquilo mientras hablaba. Me atrevo a decir que hasta ligeramente confiado. Sí, debía admitir que estaba leyendo sus notas más de lo que le gustaría y tal vez era algo evidente, pero no le importaba. Sabía de lo que estaba hablando, es decir, había trabajado en ello casi todo lo que iba del año, pero eso no quería decir que no necesitara de apoyo. Desde que habían salido desde la casa, no había pensado en ningún momento en su mamá o, al menos, no en detalle. Necesitaba vaciar su mente y concentrarse en esto pues había otras seis personas que dependían de él. Trató de no hacer contacto visual con el jurado y enfocarse exclusivamente en el público frente a él.
Necesitaba estar concentrado.
Encontró el sedoso cabello platinado de Cissy en la tercera fila. Llevaba un bonito broche azul en la cabeza y su cabello caía hacia un lado. Ella le sonreía desde donde se encontraba, tranquilizándolo de cierta forma. Estaba rodeada por su esposo y por su hijo, ambos igual de sonrientes en cuanto lograron hacer contacto visual. Snape sonrió disimuladamente continuando con su presentación. Aquellas sonrisas le produjeron una agradable sensación en el pecho, una cálida y reconfortante.
Lástima que no durara mucho.
A pesar de que el asiento al lado de Draco estaba ocupado, fue inevitable no pensar que ese sería el asiento que habría ocupado su madre si ella estuviera ahí. Le hubiese gustado verla ahí. Probablemente no sabría de que estaría hablando o tal vez se habría quedado dormida, pero le hubiese gustado verla ahí. La única vez que estuvo presente en alguna de sus exposiciones fue cuando defendió su tesis para egresar de Oxford.
Le hubiese gustado que asistiera a más de una.
—¿Dr. Snape? —preguntó uno de los jurados, trayéndolo de nuevo a la realidad, al aquí y al ahora, al salón de conferencias del museo en donde se suponía estaba defendiendo su tesis. Snape se giró a ver a Lewis quien parecía estar teniendo un ataque de pánico ahí mismo, incluso podía leer sus labios rogándole que continuara. Luego se giró a ver a los miembros de su equipo quienes estaban casi igual de asustados que el propio Lewis. Sus ojos viajaron hacia la mesa del jurado. El grupo de cinco personas lo miraba fijamente entre confundidos y exasperados. Por último, buscó a los Malfoy entre los asientos. Ellos lo miraban incrédulos, inmersos en su propia sorpresa—. ¿Se encuentra bien, Dr. Snape? ¿Sucede algo?
¿Sucede algo? ¡Sí! ¡Sí sucedía algo! Sucedía que tenía tantas cosas en la cabeza que ya no recordaba de qué estaba hablando.
—No, solo… Discúlpenme —el hombre uso una mano para apoyarse en el atril y llevó la otra al puente de su nariz donde masajeó ligeramente para luego pasar a frotar sus sienes con el índice y él pulgar—. Un pequeño mareo. No sé preocupen… eh… —levantó la cabeza en dirección a Lewis quien se encontraba a nada de levantarse de su asiento para hacerle el relevo, parecía que solo estaba esperando su permiso. Tal vez, Lewis tenía razón y debía cederle su parte por el momento—. A continuación, mi colega, el Dr. Hadwing, les explicará la siguiente parte del estudio. Muchas gracias por su atención.
Los Malfoy siguieron todo el camino que realizó el profesor desde que bajó del atril hasta que se sentó de nuevo a la mesa. El hombre se abanicó con una hoja de papel y suspiró. Parecía avergonzado y sumamente desubicado, como si no supiera donde se encontraba. Sus manos se estiraron hacia la jarra de agua frente a él y se sirvió un vaso lleno. Lucius contuvo la respiración mientras la jarra llenaba el vaso con agua pues temía que sus temblorosas manos las dejaran caer. Draco estaba rogando al cielo que el profesor se detuviera y no desbordara el vaso. Incluso Narcisa incrustaba sus uñas con fuerza en el interior de sus manos mientras el profesor se bebía el contenido del vaso, suplicando que no se atragantara.
Los tres suspiraron aliviados, relajándose sobre sus asientos cuando la situación estuvo totalmente controlada por el Dr. Hadwing y su habilidad en la oratoria. Severus seguía en la mesa, sano y a salvo; Hadwing hablaba y hablaba detrás del atril, el resto del equipo asentían complacidos y el jurado parecía haber olvidado el pequeño "accidente" con Snape.
—Eso salió bien —comentó Narcisa. Ambos rubios se giraron a verla, enarcando una ceja y sin decir palabra—, ¿no?
El domingo fue un día más tranquilo. Snape estuvo de mejores ánimos y si bien aún tenía problemas para salir de la cama, al menos había aceptado almorzar y cenar con ellos ese día. Había recibido una llamada importante en la mañana de su colega Lewis. Habían aprobado el proyecto y les había gustado tanto que la revista científica New Scientist sacaría un artículo sobre su proyecto en su edición semanal la cual salía mañana.
Nunca esperó que eso pasara. Sí, luego de la presentación y de que el jurado hiciera sus respectivas preguntas, un pequeño grupo de académicos y de representantes de algunas asociaciones científicas como les hicieron sus propias preguntas. No recordaba que los de New Scientist hubiesen estado ahí. Para ser honestos, no recordaba ni cuales fueron las preguntas, estuvo muy distraído ese día. Ni siquiera recordaba si los Malfoy lo habían llevado a cenar tal y como habían prometido hace semanas.
Lewis se escuchaba feliz y sabía que el resto del equipo también debía estarlo. Habían alcanzado su objetivo, tantas tardes y noches de sacrificio invirtiendo tiempo y esfuerzos en redactar, calcular e investigar por fin habían rendido sus frutos. Él también debería sentirse feliz, ¡iban a ser reconocidos!
Sin embargo, no tenía ánimos de celebrar pues no se encontraba feliz. Sentía que él sobraba en ese proyecto. No podía creer que se había quedado congelado frente a un jurado de prestigiosos académicos. No podía creer que tuviera que recurrir a su colega para escapar de esa terrible situación. Lewis estuvo brillante en la presentación, había salvado al equipo de su vergonzosa metida de pata. Se sentía un completo fracasado, un inútil y realmente muy poco profesional.
Se sentía como un novato recién egresado otra vez, sin tener idea de qué hacer con su vida y atemorizado del futuro.
Necesitaba dejar de pensar en su mamá. No le estaba haciendo nada bien. Morir era parte del ciclo de la vida, estaba bien. Los hijos entierran a sus padres. Lo que estaba pasando era perfectamente normal. No tenía por qué maximizar las cosas tal y como lo estaba haciendo.
Sin embargo, no podía evitarlo.
Aquella tarde de domingo, decidió sentarse afuera, en medio de los jardines, mientras anochezca. Dándole la espalda a la mansión, tenía frente a ellos una vista casi completa de los jardines Malfoy, incluyendo el laberinto de setos verdes y altos. Las aves cantaban sus últimos trinos y volaban hacia los árboles como preparándose para dormir y podía escuchar a lo lejos el graznar de Salazar, el pavo real albino. Sus pies descalzos sentían el césped agradable debajo de él haciéndole cosquillas. Lamarck jugaba con su cuerda bicolor, haciendo un espectáculo para "levantar" el ánimo de su amo.
Solo quería estar en su cama.
—Hola.
Una voz suave lo sacó de sus pensamientos y a los pocos segundos tuvo a Narcisa Malfoy sentada a su lado. Llevaba una camiseta que parecía fresca dentro de un pantalón capri color camello. Su cabello rubio estaba atado en una coleta alta y no llevaba maquillaje. Le hacía recordar a sus épocas de estudiante, cuando la conoció. Ella le sonrió en cuanto sus ojos se encontraron. Él solo pudo darle una pequeña sonrisa de labios apretados y mirada triste.
—No te molesta si te acompaño, ¿verdad?
No respondió, pero no hacía falta. Sabía de antemano que se quedaría.
—Ese perro sí que tiene energía —comentó mirando como Lamarck seguía con su demostración de fuerza, intentando destruir su soga con sus dientes y patas—. Ayer decidió que sería buena idea molestar a Salazar. El pobre corrió alrededor de toda la mansión mientras que ese tonto pavo lo perseguía —dijo entre risas, recordando cómo el perro lloraba asustado, corriendo a campo traviesa en dirección a los jardines—. Los jardineros tuvieron que salvarlo. Literalmente entró a la casa siendo cargado por César. Fue muy divertido.
—¿No lo lastimó?
—Un par de piquetes que ya nos encargamos de curar. No te preocupes. Llamamos al veterinario de Salazar, él nos dijo qué hacer —la rubia apoyó su espalda sobre el respaldar de la banca y observó la vista que tanto tranquilizaba al profesor—. Precioso, ¿verdad? Ya quiero que sea octubre. Todo se vuelve tan colorido. Rojos intensos, cálidos anaranjados, suaves amarillos y sobrios marrones.
—Pensé que no te gustaba el rojo.
—No en ropa, no es mi color, pero no significa que no sepa apreciarlo en la naturaleza —No podía imaginarse a ella misma usando ropa de color rojo... a excepción de un vestido ceñido, pero eso sería todo—. Draco me dijo las buenas nuevas. ¡Felicitaciones! No todos los días sale tu nombre en una revista. Le dije a Dobby que comprara todos los ejemplares que pudiera encontrar.
—No es necesario —comentó avergonzado—. Con una es suficiente.
—¿Como que no? Fue una fantástica exposición. El jurado debía estar loco si no le gustaba tu proyecto... Sabes, pienso enmarcar una de ellas. ¿Qué te parece? Creo que sería un buen detalle—a Snape parecía no interesarle seguir hablando de la revista y su artículo pues volvió a quedarse en silencio durante un par de minutos en los cuales ella tampoco supo qué decir—. ¿Cómo estás?
¿Por qué todos se empeñaban en seguir preguntando por cómo estaba? ¿Qué no entendían que ni siquiera él mismo sabía cómo estaba? Ya estaba harto de todo eso. Él no estaba enfermo como para que le preguntaran por su estado cada maldito minuto. Ya sea Draco, Lucius, Narcisa, Lewis o quien sea, ya estaba harto de que todos le preguntaran lo mismo. Ellos querían hacerlo sentir especial, pero solo lograban que se sintiera como un inválido.
Él estaba bien, ¿entendido? ¡Bien!
—... mejor —suspiró luego de calmarse un poco. Tampoco quería ser grosero con ella, no era su culpa que él estuviera de mal humor—. Gracias por dejar que me quede.
—Ni lo menciones. Nos encanta tenerte aquí —ambos volvieron la vista al frente, mirando al sol desaparecer poco a poco—. ¿Pensaste sobre qué quieres hacer con las cenizas de tu madre?
—No. La verdad es que ni siquiera había pensado en ello —respondió después de unos segundos—. Nunca dejó instrucciones ni conversamos de ello... Supongo que se quedaran ahí adentro para siempre o, al menos, hasta que decida qué hacer con ellas.
Ambos volvieron a quedarse en silencio después de ello.
¡¿Por qué era tan difícil hablar con Severus Snape?!, pensó Narcisa.
Si Snape fuese otra persona o tuviera una vida diferente, el tema de la muerte de su madre no la angustiaría tanto. Si el profesor tuviera más familia, una pareja o hijos en los cuales apoyarse o si al menos contará con una firme estabilidad mental y emocional, ella no estaría todos los días detrás de él como una madre primeriza cuyo hijo pequeño está aprendiendo a caminar y no quiere verlo caer.
Lástima que la realidad fuera muy diferente.
Hace tan solo 6 días, le profesor descubrió que aún tenía familia por algún lado, pero ella no los consideraría familia como tal. Solo dos se habían dignado a presentarse frente a él y estaba segura que solo fue porque era la última oportunidad para limpiar sus consciencias dado que tuvieron 30 años para perdonar y olvidar, no olvidar e ignorar. Además, estaba más que claro que Severus no consideraba ni a su tía Margaret ni a cualquier otro Prince como su familia. Se atrevía a apostar que ni siquiera él mismo se consideraba un Prince.
Tampoco tenía una familia cercana ahora.
Valerie y Severus jamás tuvieron hijos. Fue extraño, a decir verdad, pues llevaban muchos años casados, sin mencionar los largos años de noviazgo. No eran una pareja joven —al menos no tan joven, tenían casi 30 cuando se casaron—, lo lógico era que quisieran tener hijos uno o dos años después de casarse. Sin embargo, nunca tuvo ningún sobrino por parte del profesor, exceptuando a Lamarck aunque no estaba segura si debía contarlo como tal. Sabía por boca de la misma Valerie que ella sí quería tener niños. Tal vez era aquel instinto maternal que tarde o temprano florece en una mujer o tal vez era porque ella conocía la capacidad de su cuerpo y a su útero no le quedaban muchos años de fertilidad, pero al cuarto año de matrimonio, Severus le confesó a Lucius que su esposa estaba desesperada por tener un bebé. No entendían cuál era el miedo del profesor por tener un hijo, es decir, no era algo que él no hubiera hablado con Valerie en el pasado y, sí, habían considerado tener niños, pero por alguna razón que ellos desconocían, el matrimonio Snape jamás tuvo descendientes.
Tal vez ese también fuera uno de los causantes para que Valerie se fuera.
Ya no había esposa en la cual apoyarse y no había ningún hijo por el cual seguir luchando día tras día. La única familia de Snape era su madre y ahora que ya no estaba. Snape se había quedado completamente solo en el mundo. Mentiría si dijera que sabía qué era lo que el profesor estaba sintiendo. Ella jamás estuvo sola. Mientras crecía tuvo a sus hermanas junto con ella, siempre fue popular en la escuela, mucho más en la universidad y tenía muchos amigos —verdaderos y falsos amigos, pero tenía amigos—, pero Severus no tuvo esa misma suerte. Su amigo era una persona solitaria y de pocas palabras. Socializar no era su fuerte.
Literalmente, ellos eran lo más cercano que él tenía a una familia.
—Sabes… Ella está en un lugar mejor —comentó—. Está en el cielo. Está descansando en paz.
—Sabes que soy agnóstico. No creo en esas cosas —respondió de forma seca—. Ella no está en el cielo. Mamá se convirtió en cenizas y ahora están en una caja en mi habitación… Es simple física. La materia no se crea ni se destruye, solo se transforma
En serio sí que era difícil consolar a alguien así.
—¿Por qué es tan difícil hablar contigo? —suspiró para sí misma, agotada, sin darse cuenta del peso de sus palabras.
— Lo siento. No quiero ser así, es solo que… no lo sé —Snape volvió su mirada al frente y bajó la cabeza—. Yo… ya no quiero sentirme así, pero hay algo aquí adentro, algo que no sé qué es y me asusta. Es como si tuviera algo atorado en la garganta y no me dejara respirar —hizo una pausa y se humedeció los labios bajo la atenta mirada gris de Cissy—. Creo que… creo que son palabras.
—¿Palabras?
—Hay mucho que no le dije a mamá… Siempre me lo guardé porque no tenía el valor para preguntárselo… Creo que solo no estaba listo para escuchar una respuesta —se reincorporó sobre la banca y respiró hondo, llenando sus pulmones de aire. Sus fosas nasales se agrandaron momentáneamente—. Ella dijo muchas cosas cuando hablamos por teléfono esa última vez. Me dejó más preguntas que respuestas. Por las noches, no puedo dormir. Siempre tengo esas preguntas en la cabeza y me imagino escenarios que no van a pasar. Es casi inevitable que me ponga a pensar en ello… Estoy muy confundido.
Nunca le pedí perdón y nunca le dije que la perdonaba, pensó.
El cambio de ánimo del profesor fue muy palpable en el ambiento, tanto así que el propio Lamarck dejó la soga abandonada sobre el césped y trotó hasta él para frotar su cabeza contra sus rodillas, esperando que el profesor posara sus manos sobre su cabeza para que lo acariciara. El profesor tomó ambos lados de la cabeza del animal y se inclinó hacia adelante, besando su peluda cabeza.
Al menos tenía a Lamarck para tranquilizarlo, pensó la rubia.
—Sabes que puedes decirme lo que tú quieres. Cuentas conmigo, no diré nada, solo escucharé —le alentó mientras estiraba su mano para acariciar el lomo de Lamarck. Snape negó con la cabeza, encerrándose de nuevo dentro de su propio dolor—. Está bien… ¿Te gustaría que te agende una cita con el Dr. Sharpe?
Snape hizo una pausa, apoyando su mentón sobre la cabeza del perro. Pensó en aquella temporada en terapia junto al Dr. Sharpe. Probablemente hubiese dicho que no de inmediato, pero el Dr. Sharpe fue tan bueno con él y le había ayudado en gran medida a descubrir y entender muchos aspectos dentro de su propia vida que él desconocía. Ser su paciente fue una experiencia enriquecedora y reconfortante en un momento donde necesitaba consuelo. Tal vez no era mala idea volver a terapia, pero no era el tiempo indicado para ello. No aún, al menos.
—No me siento preparado para ir con el Dr. Sharpe… Tal vez más adelante.
—Está bien —respondió de forma suave, resignada a que eso era todo lo que ella podía hacer por él—. Solo… solo recuerda que siempre estaremos contigo, ¿de acuerdo? Para lo que sea —él asintió y volvió a su silencio. Narcisa suspiró y se puso en pie con un único enérgico movimiento—. Voy a revisar que sirvan la cena, ¿ok? Entras y te lavas las manos.
—Ok.
Ella se alejó hasta desaparecer dentro de su enorme mansión. Snape se quedó un rato más afuera, disfrutando del reconfortante silencio del jardín y la calidez de la respiración de su perro contra la piel de su rostro.
—Ya te dije que algo se presentó... ¿Qué? ¡No! No es como que pueda solo irme y ya... Ya te dije que es un percance, nada que deba preocuparte, pero que... Sí, pues para que no se convierta en algo "grave", tengo que quedarme en Londres... Sí, ya sé que papá estará furioso...
Narcisa Malfoy se encontraba en su habitación preparándose para ir a la cama. Mientras se quitaba el impecable vestido verde con falda tubo, Lucius se encontraba sentado en la cama a medio desvestir, hablando por teléfono con uno de sus hermanos.
El tema: El porqué no se encontraba ya en York
La razón: No podía decirla, así que se estaba inventando una serie de complicadas excusas para salvarse de esa situación.
Con todo lo que había pasado en la semana, los Malfoy estuvieron demasiado ocupados trabajando y cuidando de Snape como para pensar en su viaje anual a la casa de Abraxas Malfoy en la histórica ciudad de York. Lucius recordaba haber avisado que llegaría uno o dos días tarde, pero se suponía que él ya debería estar allá. Debieron irse el sábado, pero ya era lunes y ellos seguían en Malfoy House.
— No, es que no entiendo. Yo soy el que jamás faltan, te consta que no he faltado ni un solo año. Solo les estoy pidiendo un poco de compresión... Ajá... No... Eres imposible, Rox.
Narcisa dejó el vestido dentro de la ropa sucia y caminó en ropa interior hasta su cama sobre la cual se encontraba su ropa de dormir perfectamente doblada. En otras circunstancias más calmadas, Lucius no le hubiese quitado los ojos mientras se desvestía, incluso se hubiese ofrecido a ayudarla a desbrochar su sujetador negro, pero ahora el hombre la había ignorado por completo. Estaba demasiado ocupado lidiando con sus asuntos familiares como para prestarle atención a su semidesnuda esposa.
Hoy había sido un día tenso, muy tenso, y parecía no acabar.
Ninguno de los dos fue a trabajar pues querían estar ahí para cuando Severus leyera el artículo, aunque para eso, claro, primero debía despertar. Esperaban que eso lograra animarle un poco. Por órdenes de sus patrones, Dobby se encargó de traer algunas copias de New Scientist a Malfoy House y, en cuanto el mayordomo atravesó las puertas, los tres rubios dejaron su desayuno a un lado y se abalanzaron sobre él tratando de obtener su propia copia.
Los ojos grises de Draco escaneaban a toda velocidad página tras página, buscando que el nombre del proyecto y el de su padrino o el de su padrino y el de su proyecto saltaran a su vista. Lo que viniera primero, en todo caso, lo más conveniente.
—¡La 37! ¡La 37! Está en la página 37 —exclamó enérgico, haciendo que sus dos padres se dirigieran con torpeza a dicha página.
Entre las páginas37 y 38, el artículo sobre la investigación científica de Snape se dejaba leer con absoluta claridad. Con un sobrio fondo color azul, bonitas letras blancas y una que otra foto del evento, el artículo describía de forma muy clara de qué trataba exactamente el proyecto, resumía la exposición del viernes y hacía un pequeño comentario sobre el líder y su magnífico equipo los cuales acababan de hacer una virtuosa contribución al campo de la física. Sin embargo, lo que hasta hace poco era completa euforia se transformó en confusión en cuanto terminaron de leer el contenido.
—Esto… esto debe ser un error —susurró Draco, incrédulo de lo que había leído.
No era que hubiesen hecho una crítica aplastante contra el proyecto de su padrino, al contrario, destacaban la importancia del trabajo. No era que hubiesen descrito mal el proyecto, al contrario, ellos habían comprendido mejor leyéndolo que escuchándolo. No era que hubieran hablado mal de Snape, al contrario, lo habían omitido casi por completo del escrito. A excepción de la mención de su nombre en la descripción de la foto grupal que acompañaba el artículo, habían omitido por completo el nombre del profesor, haciéndolo pasar por uno más de los integrantes del equipo del Dr. Hadwing.
—No lo entiendo —susurró el aristócrata cerrando la revista y dejándola a un lado sobre la mesa. Algo dentro de él crecía y se llamaba decepción.
—Pues, obviamente hubo un error de imprenta aquí —respondió enojada la mujer. Al instante, se levantó con la revista en mano y abandonó el comedor. Antes de desapareciera, lograron ver como marcaba un número en su celular, desesperada porque la otra línea contestara—. Hola, Charles, necesito que me comuniques con…—
No necesitaban preguntar qué es lo que su esposa iba a hacer. Era más que obvio que atormentaría a su pobre asistente Charles hasta que este lo contactara con la cabeza editorial de New Scientist.
— ¿Qué dirá mi padrino cuando vea esto? —preguntó su hijo dejando la revista a un lado.
Lucius tomó ambas copias y se las entregó a Dobby quien, hasta el momento, se había mantenido en silencio en un rincón del comedor, observando atento al drama vivido por los Malfoy— Escóndelas, por favor, que no las encuentre —le susurró. El mayordomo asintió y desapareció al instante.
—¿Y ahora? ¿Qué le vamos a decir?
—Nada, cálmate —el rubio tomó su taza de café y le dio un buen sorbo. Necesitaba cafeína… y tal vez una aspirina—. Puede que ni siquiera recuerde lo de la revista. Solo ruega que despierte tarde.
Severus despertó ligeramente más temprano ese día, una hora antes del mediodía. Era temprano considerando que antes solía levantarse de la cama casi tres horas después del almuerzo. Los tres Malfoy sabían que era porque, aunque quisiera disimularlo, tenía muchas ganas de leer el dichoso artículo que su colega había mencionado.
Al bajar al comedor, no encontró a ninguno de ellos. Tampoco los encontró cuando buscó en la sala de estar ni en los jardines. ¿Acaso todos habían desaparecido mientras dormía? A excepción del personal de la casa, de Lamarck y Salazar, el pavo real, no encontró a nadie en la mansión. Solo rogaba que Draco se hubiese llevado a su serpiente mascota. Su corazón no resistiría si volvía a encontrársela retozando debajo de su cama. Optó por almorzar en su habitación ya que no había nadie que le hiciese compañía más que el perro.
Casi al instante después de que Dobby se llevara su plato, le entró una llamada a su celular.
—Aló, Lewis, ¿Qué tal? —preguntó al contestar— No, aún no lo he leído, pero dime, ¿qué sucede?
Severus no salió de su habitación después de la llamada, ni siquiera cuando los Malfoy regresaron a casa después de que padre e hijo lograran detener a la Sra. Malfoy de ir a hacer un escándalo en la oficina del editor general de la revista New Scientist. Mientras que los rubios pensaban aliviados que habían logrado proteger a su amigo del peligro que representaba la omisión de su nombre en el artículo, Severus reflexionaba en su cama sobre el hecho.
¿Cómo se suponía que debería sentirse después de que Lewis le informara que los redactores decidieron omitir su nombre del artículo porque la revista no lo consideraba lo suficientemente relevante en la comunidad científica como para mencionarlo? ¿Cómo debería reaccionar al hecho de que se encontraba eclipsado por la sombra de su amigo, el reconocido Dr. Hadwing, a pesar de que ambos hubiesen trabajado por igual? ¿Cómo debería sentirse después de que le negaran otra vez esos aplausos que tanto se merecía y necesitaba?
—Hmmm —murmuró el rubio contra la piel desnuda del hombro de su mujer, quien se encontraba sentada frente a su tocador cepillando su larga cabellera—. Necesito vacaciones. Unas largas y merecidas vacaciones, Cissy.
—Somos dos, amor —la rubia llevó su mano libre hacia atrás para tocar la cabeza de su esposo y dejó el cepillo plateado a un lado—. Han sido unos días muy largos, nos merecemos un descanso. Mira, hasta se me está cayendo el cabello —exclamó agotada al notar las finas hebras doradas que se quedaron atrapadas en el cepillo.
—Tendré una esposa calva —bromeó, recibiendo un fuerte codazo muy bien merecido—. Tranquila, nena.
—¿Que te dijo Roxanne? ¿Ya te reclamó por no estar en la casa de tu padre?
—No puedo creer que mi hermana pequeña me reclame como si tuviera el derecho —respondió alejándose y terminando de desvestirse para ponerse el pijama, malhumorado y refunfuñando—. No he faltado ningún maldito año, tampoco pienso faltar a este. Tal vez no lleguemos a la fecha indicada, pero eso no significa que no visitaré a papá este año. Solo les estoy pidiendo algo de comprensión y el suficiente tiempo para asegurarme de que Severus no intentará matarse después de que dejemos la ciudad.
—Cállate, Lucius, no digas esas cosas.
—Sabes cómo es, Cissy —respondió mientras veía a su esposa quitar las sábanas para meterse en la cama—. Desde que Valerie se fue, tiende a... ya sabes, "exagerar" algunas emociones.
—Yo no diría que está exagerando, Lucius —defendió—. Creo que solo no sabe lidiar con ellas. Tú mejor que nadie sabe por todo lo que ha tenido que pasar. Ha tenido demasiados conflictos con su madre durante toda su vida y es más que un hecho que no es el mejor manejando sus emociones —el aristócrata tuvo que darle la razón mientras también se metía en la cama al lado de su mujer—. Además, recuerda lo que dijo el Dr. Sharpe. Severus es propenso a la depresión.
—Ya lo sé y es exactamente eso lo que me preocupa. No me siento tranquilo dejándolo solo. Al menos aquí está seguro porque lo mantenemos vigilado, pero sé que, si se quedara solo en Southfields, él estaría pegado a la cama y muriendo de inanición.
En el fondo sabía que, aunque su esposo estuviera exagerando un poquito, tenía razón. Severus era una persona que, si bien podía estar triste, era altamente funcional hasta cierto punto, mas cuando llegaba a ese punto de quiebre, literalmente podía dejarse morir si es que no había nadie cerca para auxiliarlo. El miedo de Lucius estaba totalmente justificado. Solo ellos sabían todo lo que había tenido que pasar el pobre para salir de ese hoyo en el que se encontraba hace tres años como para dejarlo volver a hundirse.
Es que no entendía cómo era que alguien podía tener tan mala suerte. Tal vez Severus sí tenía razón y estaba maldito después de todo, pensó Lucius.
—Sé en lo qué estás pensando —comentó acurrucándose junto él para que la rodeara con su brazo—. Si quieres yo me quedo aquí con Snape para que Draco y tú puedan ir.
—¿Qué? ¿Ir a dónde?
—Donde tu papá —sus delicadas manos reptaron por su cuerpo hasta apoyarse en su pecho—. Sé lo importante que es la reunión anual de Abraxas y sé que te harán la vida imposible hasta que vayas. Al igual que tú, no me siento cómoda con la idea de dejar a Snape solo. Si yo me quedo, ustedes podrían ir, estar ahí unos días, convivir con tu familia y luego volver. Así estarás más tranquilo mientras estás allá y Draco podrá ver a su abuelo.
—¿No quieres ir con nosotros? —preguntó enarcando una ceja.
—¿Qué? ¡No! —era cierto que no siempre disfrutaba de las reuniones familiares en la casa de su suegro, pero le gustaba ir y convivir con la familia. Una vez al año no hacía daño—. Lo decía para que no te perdieras el cumpleaños de tu papá.
—... Me preguntarían por qué no fuiste. Ya sabes cómo son. Es todo o nada —la familia de Lucius solía ser un tantito rencorosa en algunos aspectos, sobre todo si se trataba de algo tan importante como el cumpleaños del patriarca. Todavía recordaba la vez que el esposo de su hermana se lo perdió por un viaje de negocios que tuvo que hacer unos días antes. Hasta la fecha seguían recordando su ausencia y Abraxas nunca perdía la oportunidad de mencionarlo, sobre todo si era frente a él y a su hija—. Comenzarían a hablar tonterías de ti y no quiero eso —Narcisa le sonrió al escuchar esas palabras tan tiernas. Lucius inclinó su cabeza hacia ella y depositó un casto beso en sus labios el cual ella correspondió—. Además, necesito a mi segundo oficial a mi lado cuando me enfrente al monstruo malhumorado que es mi papá. No me puedes dejar ir solo, me volvería loco.
—Irías con Draco.
—Con mayor razón —exclamó con una sonrisa tonta en el rostro—. Cuando hay problemas, solo sabe meter más la pata.
—Entonces... ¿cómo haremos? No podemos dejarlo solo porque sabemos hasta dónde es capaz de llegar y no podemos llevarlo con nosotros porque no. Tampoco podemos mandar a alguien que lo vigile porque no va a querer, a las justas nos aguanta a nosotros y no podemos imponerle nada.
Lucius miró al techo y se quedó en silencio, reflexionando sobre su gran dilema. Su brazo derecho rodeaba a su esposa y la atraía a él, manteniéndola segura a su lado. Narcisa lo observaba expectante. Lo que sea que su esposo decidiera, ella lo iba a apoyar.
—Creo que... creo que ese es un tema que podemos resolver mañana, ¿no te parece? Estoy muy cansado como para pensar.
Ella soltó un suspiro mientras dibujaba una pequeña sonrisa en sus finos labios rosados.
—Tienes razón, ya hemos hecho mucho hoy. Descansa, amor —murmuró contra su pecho, depositando un cariñoso beso antes de acomodarse para dormir —. Apaga la luz.
Con dos palmadas fuertes, Lucius Malfoy hizo que las luces se apagarán automáticamente.
Algo con lo que no contaban los Malfoy era que su problema se solucionaría dos días después, tal y como si fuese un milagro.
El día anterior, Severus se pasó todo el día en cama, ni siquiera bajó a comer ninguna de las tres comidas como antes. Esto preocupó en demasía a los Malfoy quienes pensaban que el profesor ya se estaba recomponiendo. Esa acción provocó que sus ideas se desmoronaran casi por completo.
Sin duda, vivir con el Severus Snape depresivo era como vivir con un fantasma, una atormentada alma en pena.
Esa noche no pudo dormir. Había dormido casi todo el día y el insomnio lo atacaba de nuevo. Desesperado por querer aplacar el dolor de su cuerpo provocado por no mover sus articulaciones, se levantó de la cama a duras penas y decidió dar un paseo por la planta baja de la mansión, recorriendo en silencio los pasillos oscuros alumbrados por la blanca luz de la linterna de su móvil.
Sus piernas le dolían, la falta de movimiento tenía sus consecuencias. Poco a poco su cuerpo se atrofiaba. Sabía que era su culpa. Él no estaba lisiado, no tenía ningún malestar y no estaba enfermo. Nada le impedía levantarse de la cama. Sin embargo, no lo hacía porque "estaba muy cansado". Ya no quería sentirse así, como una pobre víctima, un pobre inválido que necesita de otros para seguir viviendo, como un muñeco de trapo que necesitaba de un titiritero para poder andar.
Completamente inútil y desechable.
Lo peor era esa voz en su cabeza que le recordaba que era tan inútil que ni siquiera podía cuidarse a sí mismo y que por eso era completamente abandonable. Daría lo que fuera para callarla. Quería levantarse, volver a ser, seguir con su vida, hacer otras cosas, volver al parque con Lamarck, correr hasta que le dolieran las piernas, cocinar comida deliciosa, tomar el metro y tomar un café en la pequeña cafetería de Earl's Court.
"Quiero volver a ser yo".
Los ojos grises y fríos de Abraxas Malfoy le provocaron un susto de muerte. Se apoyó en la pared y llevó su mano al pecho, procurando calmar su corazón el cual latía como loco. Con la linterna, alumbró el rostro serio del patriarca Malfoy. Este lo miraba desde su cuadro en la pared del pasillo. Serio, frío, soberbio y superior. ¿Lucius seguía conservando el retrato de su padre? Pues, sí, era obvio que sí, era su padre. Severus siempre alabó el trabajo del artista pues había plasmado a la perfección la esencia de Abraxas Malfoy sobre el lienzo. Si no fuera consciente de que Abraxas se encontraba en York junto a sus otros hijos, habría jurado que estaba ahí con él a la mitad del pasillo a las 03:00 a.m.
Eso le hizo recordar que Lucius debía estar allá desde el sábado. Su pobre amigo había planeado con mucha anticipación ese viaje y, por su culpa, tuvo que quedarse en casa para cuidarlo porque el inútil Severus Snape no podía cuidarse a sí mismo. Se sintió mal. Se sintió como una carga. No quería hacerle eso a Lucius, él era su mejor amigo y la única persona que siempre estuvo con él. Prácticamente le compartía a su propia familia para que él no se sintiera tan solo, pero era consciente de que también lo estaba limitando. Sabía que el rubio, al igual que él, no tenía la mejor relación con su padre, pero al menos tenía familia y, ahora que había perdido a Eileen, era consciente de la importancia de pasar tiempo con ellos.
—¿No deberían estar ya en York? —preguntó esa mañana a la hora del desayuno.
Fue la primera vez en días que Severus bajaba temprano para acompañarlos a desayunar. El hombre se veía de mejor semblante. Se había bañado y peinado, aún tenía el cabello negro algo húmedo y, si bien se le podía notar aquellas oscuras ojeras, su piel cetrina se veía más lozana, por así decirlo, como la de una persona que ha descansado bien durante la noche. Los Malfoy no pudieron simplemente ignorar el cambio. Estaban felices por él, pero a la vez, algo preocupados.
—Le dije a Rox que iríamos en octubre —dijo picando sus huevos revueltos con un tenedor—. Draco tiene los parciales ese mes y le darán una semana de descanso. Aprovecharemos e iremos entonces.
—Y ¿por qué esperar? Si no me equivoco, el cumpleaños de tu padre es en dos días. Él querrá verte.
—Solo lo hace para recordarnos que sigue vivo, Snape.
—Creo que sería buena idea de que compartieras ese día con tu padre. Por algo los está invitando.
Narcisa estuvo tentada a contestar. Le había tomado por sorpresa el repentino interés de su amigo, pero su mente ya tenía formulada una respuesta apropiada para no hacerlo sentir mal. Sin embargo, su esposo fue más rápido que ella.
—Severus… No quiero ir. No quiero dejarte solo. No voy a disfrutar la fiesta si sé que te vas a quedar aquí solo.
—Yo voy a estar —respondió confiado, incluso su voz sonaba mucho mejor que los primeros días—. Ya me siento mejor —el rubio enarcó una ceja, sin poder creerle ni una palabra—. Lo digo en serio. Me siento con mejores ánimos. Creo que ya ha pasado un buen tiempo y me siento preparado para volver a casa. Extraño mi hogar, extraño dormir en mi cama, extraño ir al parque con Lamarck.
Los tres rubios se miraron en silencio en la mesa. No estaba seguros qué creer. Por un lado, Severus se escuchaba mucho mejor como si, por fin, hubiese terminado de recomponerse. Su aspecto se veía mucho más saludable, su voz se oía mejor, incluso se había acabado todo el contenido de su plato. Realmente parecía volver a ser el mismo Severus Snape de antes. Por otro lado, sabían que Snape era un experto mentiroso. Lucius estaba seguro que, si no fuera un científico, su amigo pudo ser perfectamente un gran actor pues era un maestro al momento de fingir. No estaban seguros en qué creer. Snape se oía sincero, pero ese era el secreto de una gran mentira: oírse sincero.
Qué bueno que Snape siempre sabía qué decir ante esas circunstancias.
—He pensado un poco y creo que quiero una cita con el Dr. Sharpe —comentó agachando un poco la cabeza, avergonzado.
Narcisa abrió los ojos sorprendida, pero feliz al escuchar que su amigo tenía la propia iniciativa de buscar ayuda profesional— ¡¿En serio?! ¡Oh, Severus! ¡Qué bien! ¿Quieres que te agende una cita?
—Sí, pero no está semana. Quiero tomarme unos días para prepararme mentalmente para el proceso. Quiero volver a la terapia y sé que es un proceso donde necesito estar completamente seguro de que eso quiero —respondió girándose a verla. Sus oscuros ojos brillaban honestos—. Que se a partir de la próxima semana.
Eso fue todo lo que la rubia necesitó para convencerse a sí misma que su amigo iba a estar bien. Aquella carga sobre sus hombros desapareció por completo, haciéndola sentir aliviada y más ligera. Tal vez era porque eso era exactamente lo que ella quería escuchar con tanta desesperación.
Tal vez porque eso era lo que todos ansiaban escuchar con tanta desesperación.
Los aristócratas hicieron maletas al igual que Snape. Luego de eso, pasaron una agradable tarde en la piscina, como despidiendo el verano. Por primera vez en mucho tiempo, escucharon al profesor reír cuando este se encontraba nadando junto a Draco y Lamarck. En el agua, Snape parecía un pez. Sí, al principio le había costado moverse por el agua pues su cuerpo estaba demasiado atrofiado por tantos días de inmovilidad, pero no le tomo mucho tiempo soltarse. Por último, cenaron afuera, en el jardín, entre lámparas amarillas iluminando el ambiente nocturno y agradable música de fondo. Todos coincidieron que fue un buen día y se fueron a dormir cansados, listos para viajar a sus respectivos destinos al día siguiente.
Partieron después del desayuno. Eran cuatro horas en auto hasta York, pero no había tiempo para ello por lo que tomarían el tren y harían el camino en la mitad de tiempo si es que tenían algo de suerte. Antes de llegar a la estación de King's Cross, pasaron por Southfields para dejar a Severus y a Lamarck en casa. Snape se despidió de Cissy y Draco, no sin antes recibir efusivos abrazos por parte de la Sra. Malfoy y constantes advertencias de "por favor, llámame cualquier cosa" del menor.
Lucius bajó del auto para ayudarle con su maleta y la urna.
—¿Seguro que vas a estar bien?
—Que sí, Lucius, que sí —respondió una vez más mientras sujetaba con fuerza la correa de Lamarck con una mano y, con la otra, trataba de abrir la puerta de su casa—. Voy a estar bien y ustedes deben irse o perderán el tren.
—Sabes que pudiste quedarte en la casa. No te iba a faltar nada y Dobby te atendería bien.
—Ya lo sé, pero no me siento cómodo quedándome solo en un espacio tan grande. Además, necesito volver. Ya me imagino como debe estar el lugar —respondió abriendo la puerta y percibiendo el olor a humedad y a guardado casi al instante—. Me entretendré limpiando.
—Está bien.
Ambos entraron en la casa. Snape soltó al instante la correa del perro y dejó la maleta sobre el suelo. Lucius hizo lo mismo con la urna de ceniza de Eileen, dejándolas segura sobre la mesita de café. Luego de eso, el profesor acompañó a su amigo a la puerta como despidiéndolo. Lucius le tendió la mano, esperando que el profesor le respondiera para envolverlo en un abrazo sincero.
— Por favor, come, ¿sí? No te quedes en cama todo el día.
—Lo haré.
—Y contéstame las llamadas. Te estaré llamando.
—Solo estarás fuera cuatro días. No me voy a morir, no soy un mocoso.
—Pero a veces te comportas como uno —bromeó—. Ya sabes que puedes llamarnos a la hora a cualquier hora por cualquier cosa. No importa la hora, solo llama, ¿sí? Estaré disponible.
Snape se apartó del rubio y lo observó. Notaba sinceridad y preocupación tanto en sus ojos como en su voz por más que este intentara ocultarlo. El profesor asintió con una pequeña sonrisa que parecía más una mueca y Lucius se dio por satisfecho.
—Y tú —señaló al perro que lo miraba atento, sentado en la entrada—, tú estás a cargo. Cuida a tu amo. No dejes que coma porquerías —el perro ladró y movió su cola peluda.
Snape rodó los ojos mientras lo veía alejarse de regreso al auto— ¡Buen viaje!
Ambos residentes de Southfields despidieron el auto conducido por el mayordomo al partir calle arriba y lo siguieron observando hasta que finalmente desapareció.
Severus se prometió a sí mismo que iba a estar bien.
Se miró al espejo cuando subió a su cuarto y le dijo a su reflejo en voz alta que iba a estar bien. Pidió comida mientras desempacaba su maleta y luego se paseó por toda su casa abriendo cada ventana que encontró para que el interior se ventilara después de tantos días de encierro. Comió en la sala junto al perro. No quería ni entrar a la cocina, los platos y cubiertos aún seguían en el lavabo pues había salido tan rápido de la casa que olvidó por completo limpiar lo que había comido con Draco ese domingo. Incluso habían moscas de la basura que no sacó. No quería ni imaginarse como debía estar ese refrigerador por dentro.
Pasó el resto del día limpiando la cocina. Lavó cada plato que encontró fuera de su lugar, barrió y trapeó el suelo, sacudió el polvo, vació por completo el refrigerador y descartó cualquier fruta o alimento ya vencido, acomodó su colección de tazas de café, limpió la cocina, el horno y el microondas y, por último, sacó la basura al contenedor de afuera. Para cuando se hizo de noche, ya estaba cansado.
Tal vez no todo estaba tan mal. Tal vez sí podía estar bien y cuidar de sí mismo después de todo. Al ver la cocina brillando de limpio se sintió bien. Como si hubiese puesto en orden toda su vida con el simple hecho de limpiar su cocina.
Tal vez no era tan inútil como pensaba.
Ahora solo quedaba una cosa que hacer: encontrar un lugar apropiado en donde guardar la urna con cenizas de su madre.
Dejó escapar un suspiro mientras miraba la urna de mármol frente a él. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? No es normal pensar en qué parte de tu casa colocarás las cenizas de tu madre muerta. Sin duda no era algo que quisiera tener en su habitación. No era que tuviera miedo, pero no se sentía tranquilo durmiendo con algo así sobre su mesita de noche. Tampoco quería tenerla en la sala. Era la habitación donde pasaba más tiempo y no estaba en las condiciones como para verla todo el tiempo. Sin duda no podía estar en la cocina, no era un lugar apropiado para tener a su madre. Lo irónico era que Eileen solía pasar la mayor parte de su tiempo en la cocina cuando él era un niño. Tampoco quería tenerla encerrada en un armario empolvándose el resto de su existencia. No creía en los fantasmas, pero no iba a tentar a la suerte y despertar la ira del espíritu de su madre.
Al igual que él, ella solía ser muy rencorosa.
Finalmente decidió guardarla en el segundo estante de su biblioteca en su estudio. Era un ambiente fresco, callado, muy bien iluminado y estaría resguardada por Byron y Wilde. Por supuesto, tuvo que reacomodar algunos libros para crear espacio, pero al final estuvo satisfecho con su resultado.
Al irse a la cama, aún seguía de buen humor. Había cambiado las sábanas, se había bañado y puesto un pijama limpio. Tenía a Lamarck a su lado, acurrucado sobre él mientras su cola se movía lentamente de un lado a otro, atento a las palabras que su amo le decía en voz alta. Se sentía bien consigo mismo. Era como si hubiese salido del fondo de esa oscura laguna y, por fin, sus pulmones volvían a respirar aire puro, llenándose de esa agradable sensación de sentirse vivo. Parecía que finalmente la tormenta había acabado y ahora solo flotaba entre las olas de un mar infinito y calmo, escuchando los sonidos del agua moverse a su alrededor.
Sí, su primer día solo había salido muy bien.
La tarde del día siguiente, se encontraba en el estudio junto con las cajas de las pertenencias de Eileen. Estaba aburrido en casa y no tenía ánimos ni de salir ni leer ni ver televisión. Desde ayer le estuvo molestando la idea de que dichas cajas estuvieran a mitad de su sala junto a su maleta, por lo que se dio la tarea de encontrarles un lugar apropiado. Pensó que el armario sería un buen lugar provisional hasta que encontrara uno apropiado, pero eran demasiadas cosas para un armario tan pequeño.
Optó por ponerlas en el cuarto de visitantes.
Concentrado en su tarea, subió una por una por las escaleras hasta poner la última dentro de la habitación. Cuando terminó, se dio cuenta de que no había entrado en el cuarto de visitas desde hace mucho tiempo. Miró la cama perfectamente hecha. Un rostro castaño de rizos rebeldes y ojos color miel se coló entre sus pensamientos.
Hermione fue la última persona en dormir ahí.
Y es que con todo lo que había pasado estas dos semanas, Severus olvidó por completo la existencia de Hermione Granger. Recordaba haber leído un par de mensajes el sábado en el grupo de SIRIUS Y SU PANDILLA. Él avisó que no podría asistir ese día porque tenía un compromiso importante. Eso había calmado cualquier pregunta su sobre su asistencia, pero luego de eso, no había vuelto a revisar si tenía mensajes ni en el grupo de ballroom ni en ningún otro chat.
Se había desconectado por completo: la mayor parte de la primera semana su teléfono se la pasó sin batería y ahora ni siquiera quería conectarlo a internet. No quería estar en contacto con nadie.
Sin embargo, se preguntó qué sería de la Granger.
Decidió ignorar el rumbo al cual se dirigían sus pensamientos y centrarse en otra cosa. Seguía resentido con Hermione y no tenía la fortaleza mental para pensar en ella. No iba a molestarse en perder su tiempo pensando en una joven inmadura. Buscó dentro de él por si aún sentía algo hacia ella, algo que no fuera resentimiento.
No encontró nada.
Tal vez era porque le habían pasado cosas mucho peores en tan poco tiempo que cualquier dolor que pudo causar Hermione se veía opacado por el resto. En fin, no iba a profundizar en temas que no valían la pena por ahora. Mejor bajaba y hacía una lista de todo lo que faltaba comprar para rellenar su vacío refrigerador.
"Yo sé que no me compete, es su privacidad, pero ella llevaba un diario. Ya no escribía mucho, solo cuando lo recordaba, pero sé que escribía sobre usted".
La voz de Chiara Lobosca resonó dentro de su cabeza y se detuvo antes de cerrar la puerta de la habitación de huéspedes por completo. Mamá llevaba un diario. ¿Estaría dentro de alguna de las cajas? Abrió la puerta otra vez y se acercó hasta ellas, revisando con mucha precaución. La encontró dentro de la tercera caja. Era una libreta anillada de color negro con bordes dorados. Era un libro viejo, la cubierta se veía gastada y los bordes se encontraban maltratados. Tenía un buen grosor, pero sus hojas se veían gastadas y un tanto amarillentas, de por lo menos más de diez años.
"Sé que escribía sobre usted".
Estuvo sumamente tentado a abrirlo ahí mismo, sentado en el suelo entre cajas abiertas y revueltas, pero algo lo detuvo. ¿Realmente quería leer lo que su madre escribió de él? En primer lugar, ¿debía leerlo? Era el diario de su madre, los diarios eran privados. Estaría faltándole el respeto a su memoria si lo hacía. Sin embargo, quería hacerlo, quería leerlo, quería saber sobre qué escribía, qué era lo que pensaba y, sobre todo, quería saber qué habría escrito sobre él.
Algo que no te dicen sobre la depresión es que no importa cuánto intentes salir, no importa cuánto te concentres en "pensar positivo", no importa cuántas veces tratas de mantenerte productivo o cuantas veces reordenes tu habitación creyendo ingenuamente que eso pondrá orden a tu catastrófica existencia, tarde o temprano regresa.
A veces más temprano que tarde.
Salir de una crisis no es fácil. Lo que sí es fácil es recaer. Eso sí es muy fácil, solo necesitas un detonante poderoso para que todo lo que has estado intentando reconstruir se vuelva desmoronar. Pues, leer el diario de Eileen Snape fue el detonante que Severus necesitaba para volver a sumergirse dentro de ese mar caótico que eran sus emociones.
El profesor gastó casi tres horas tratando de reunir el valor necesario para leer el diario y, cuando comenzó, no pudo soltarlo hasta que el reloj marcó las dos de la madrugada y cerró el libro ya finalizado. Se arrepintió por completo de haber leído cada palabra de sus páginas. Fue la peor decisión que había tomado esa semana porque no le gustó para nada lo que leyó.
Era una recopilación de experiencias y pensamientos de una lastimada Eileen Prince durante sus últimos años previos a su mudanza a la Residencia Saint Oswald. Sus palabras reflejaban el desconsuelo que provocaba la completa soledad y la desesperanza al saber que ninguno de los dos hombres de su vida iba a regresar a casa con ella. Siempre se concentró en su propio dolor causado por esos años vividos en La Hilandera, pero nunca se detuvo a pensar ni un poquito en el propio dolor y soledad que su mamá debió vivir. La primera parte de la libreta era sumamente desesperanzadora, tanto que absorbió las pocas esperanzas y buen ánimo que Snape había recuperado.
La segunda parte del texto eran pensamientos de su vida en Saint Oswald. Hablaba mucho de Chiara, de sus amigos en el asilo y de lo mucho que extrañaba salir al mundo exterior a pesar de que el lugar era bonito. Al mismo tiempo, había pensamientos generales sobre él: su modo parco de ser, su relación con Valerie, suposiciones de su vida y lo mucho que añoraba aquellas épocas donde era un niño y podía tenerlo escondido detrás de su falda, siempre junto a ella. Había muchas reflexiones sobre el pasado, como si también añorara volver a esos días. Hablaba en condicional. "Si tan solo…". Hablaba de todo lo que volvería hacer para que, esta vez, los tres pudieran tener aquella vida familiar que nunca pudieron disfrutar. Lo descolocó encontrar cartas de amor jamás enviadas dirigidas al nombre de Tobías. Sí, a pesar de que Eileen era consciente de todo el daño que su esposo le provocó, las cartas eran una prueba clara de que lo siguió amando hasta el último minuto.
La tercera y última parte del diario era una obra de arte dedicada a su enfermedad y no era que escribiera sobre cómo se sentía respecto a eso; el simple trazo que formaba cada letra de cada palabra era la propia obra de arte. A medida que avanzaban las páginas, la letra de Eileen se volvía más grande, irregular, tosca y aforma, incluso había algunas mal deletreadas. La pobre mujer se estaba olvidando de cómo escribir. Si comparabas las primeras páginas del diario con las últimas, podías notar los estragos de la enfermedad y el daño que le había causado a la bonita caligrafía de su madre. El corazón se le encogió al pasar sus dedos por encima de las letras. Ella fue quien le enseñó a escribir la palabra "abrumar" y ahora era ella quien había olvidado si se escribía con b o con v.
Sintió mucha pena, dolor y tristeza, pero nada se comparó a cuando llegó al final del cuaderno y encontró un recordatorio encerrado con furia alrededor de un círculo rojo, resaltando la importancia de aquel mensaje:
"Llamar Severus. Decir por qué no casarse".
Pasó las siguientes horas en su habitación, reflexionando sobre el contenido del diario.
Había mucho que quería preguntarle, había muchas respuestas que nunca obtendría y, por sobre todo, era consciente de que jamás pudo darle ese consuelo que tanto necesitaba. Tal vez su mamá era más fuerte de lo que pensaba, pues ella siguió en pie a pesar de estar más rota que él. Nunca sería ni una parte de lo fuerte que fue ella. Severus se sentía como un edificio viejo y en ruinas a causa de catástrofes y el mismo tiempo. Quería repararse así mismo, pero era de esos edificios de esos que no tienen solución más que derrumbarse y volver a construir.
Solo cuando el reloj marcó las seis de la mañana, sus ojos estuvieron demasiado cansados como para seguir abiertos y después de pasar de largo otra noche más, por fin su mente estuvo preparada para callar esos pensamientos y dejarlo dormir en paz hasta nuevo aviso.
El ringtone más la vibración de su teléfono lo despertó.
Apenas sí podía moverse sin que sus articulaciones se quejaran por el dolor. Sus extremidades parecían de plomo y no alcanzó a contestar la llamada. Tampoco era como si quisiera contestar. Ni siquiera sabía en dónde estaba. Oh, era su habitación. Sorbió fuerte y estiró el brazo para buscar su celular. En la pantalla estaba el nombre de Lucius junto con el número "2" a un lado. Dos llamadas perdidas en cinco minutos.
Una tercera justo ahora.
—¿Por qué carajos no contestas? —escuchó al otro lado. Su voz se escuchaba irritada y sabía que estaba haciendo esa mueca de enojo, aunque no pudiera verla—. Me tenías preocupado.
—¿Qué hora es? —preguntó con la voz ronca.
—Son las 11 —¿11? Seis, siete, ocho, nueve, diez, once… ¿Solo había dormido seis horas? No, ¿o sí? No sabía, su cerebro seguía apagado—. ¿Otra vez te has quedado despierto toda la noche?
—No —murmuró malhumorado—. Solo… —bostezó— necesitaba dormir un poco. Me acosté tarde… Estaba —otro bostezó— limpiando.
Lucius se mantuvo en silencio al otro lado de la línea y Severus supo que estaba frunciendo el ceño.
—Bueno, voy a creerte. ¿Cómo estás?
—Con sueño. ¿Qué tal tú?
—Estamos preparando todo para la fiesta. Es hoy.
—No te oyes muy animado.
—Pasar tiempo con mi papá no es muy animado —el comentario le divirtió—. En fin, Cissy estuvo molestando para saber cómo estabas. Probablemente te llame en la tarde. Contesta.
—De acuerdo, de acuerdo. ¿Me dejas volver a dormir?
—¡No! ¡Arriba! ¡Saca tu trasero plano de la cama y muévete! Necesitas moverte —exclamó enérgico—. Ve, da una vuelta a tu jardín al menos. Come algo, desayuna o, bueno, almuerza.
—Ya, ya —el hombre volvió a bostezar—. Disfruta la fiesta.
—¡Contesta cuando te lla…—
—Adiós.
Cortó la llamada. Él ya sabía que estaba vivo, no necesitan seguir hablando. Volvería a dormir; sin embargo, recordó que tenía que darle su medicina al can por lo que, con torpeza, se dirigió a la cocina donde encontró al perro comiendo de su dispensador. Lamarck se veía feliz de verlo. Le dio la medicina, tomó mucha agua y buscó algo para comer, pero como había vaciado el refrigerador, lo único que tenía a la mano era un poco de cereal simple y frio. Volvió a su cama, estuvo jugando con su celular hasta que el aparato se quedó sin batería. Lo puso a cargar y se volvió a quedar dormido justo antes de que esos pensamientos pesimistas volvieran a atacarlo.
La mejor forma de bloquearlos, era dormir.
Los ladridos de Lamarck lo despertaron. El perro estaba ladrando en su oído mientras saltaba de un lado a otro en su habitación. Por más que le gritaba al perro que se callara, este no le hacía caso. El teléfono en la mesita de noche empezó a sonar, intensificando los ladridos del perro.
Había olvidado que Lamarck le tenía fobia al sonido del teléfono.
Enojado lo desconectó de un tirón y lo guardó con todo y cable dentro del cajón de la mesita, esperando que eso calmara al ruidoso animal, pero no pasó. Abajo, se seguía escuchando el mismo sonido. Desesperado por aplacar el ruido que destrozaba su sensible cabeza, bajó las escaleras descalzo y en pijama para contestar el teléfono de la sala.
—¡¿QUÉ?! —gritó.
—Hola, buenas tardes —respondió irritada la Sra. Malfoy—. He llamado tres veces a tu celular y las tres veces me dice que está fuera de servicio o apagado. He llamado a este teléfono dos veces y las dos veces me mandó a la casilla de voz. Creo que soy yo la que debería estar enojada.
Narcisa, suspiró llevándose la mano a las sienes. Esa mujer era un verdadero dolor en el trasero. Levantó la mirada en busca del reloj de la casa. Eran casi las cinco de la tarde.
—¿Qué quieres, Cissy?
—¿Por qué no contestas las llamadas?
—No eres mi mamá. No puedes controlarme como si fuese un mocoso de 5 años.
—¡Hicimos un trato, Severus Snape! —exclamó— Nosotros te íbamos a dejar quedarte en tu casa siempre y cuando contestaras las llamadas para saber que estabas bien. ¿Qué sucede? ¿Por qué no contestas?
Puso los ojos en blanco, cansado de la situación. No iba a responder, no le iba a contar el porqué, no tenía que darle explicaciones a nadie. Era un asunto muy privado que solo le competía a él. No necesitaba que los Malfoy siguieran metiéndose en su vida. Agradecía sus buenas intenciones, pero ese no era el modo, no quería que siguieran tratándolo como un niño. Él era un adulto, un adulto que no se iba a morir por quedarse solo en su casa.
—Adiós, Cissy.
—Severus, espera, no me hagas mandar a Do…—
Tiró del cable del teléfono y este se desconectó, cortando la llamada al instante. Fue a la cocina y se sirvió algo de agua, esperando que eso lograra calmarlo un poco, pero tanta era su cólera que terminó apretando tanto el vaso hasta que este se rompió en su mano, haciéndolo sangrar. Maldición. Lavó la herida con agua y, con sumo cuidado, retiró un pedazo de vidrio de la palma de su mano.
Genial, ahora tendría que curarse. Esto literalmente no podía ponerse peor
Saco el botiquín del pequeño armario y se mordió el labio cuando aplicó alcohol sobre la herida. Le quemaba, pero el dolor lo hacía sentir bien de cierta forma. Procedía a venderla y luego volvió sobre sus pasos escaleras arriba, seguido por el perro el cual todavía se encontraba ladrando, perforando su cabeza con tanto ruido.
—¡Ya! ¡Cállate, Lamarck, cállate! —gritó metiéndose en la cama—. ¡Estoy cansado! Quiero dormir y tus malditos ladridos no me dejan. ¿Quieres salir? Pues ¡vete! la puerta está abierta, quédate abajo, quédate en el baño, en la cocina, donde quieras, no me importa ¡solo cállate!
El perro detuvo sus ladridos de inmediato y se quedó sentado en la entrada de la puerta de su habitación abierta, mirándolo fijamente con su ojo oscuro brillando. No sabía si los perros tenían expresiones, pero se le notaba triste.
Genial, ahora acababa de gritarle a su perro.
—… Lo siento, no quise gritarte —se levantó y se acercó a él. El perro se tiró al piso y apoyó su hocico entre sus patas, rehusandose a ser tocado por él—. Oye, amigo, lo siento. En serio, no quise gritarte —se puso a su nivel, también recostándose sobre el suelo y acercando su rostro a su cabeza, frotándola contra su pelaje—. Por favor, no me odies. Suficiente tengo con odiarme a mí mismo. Lo lamento, ¿sí? Perdón. Sé que no he estado del mejor ánimo estos días. Papá está pasando por un mal momento ahora y requiere descansar y no puede hacerlo si no hay silencio… La verdad es que no tengo derecho a tratarte así, ni a ti, ni a Cissy ni a nadie. Soy un idiota, ¿verdad? —el perro giró su cabeza y retrocedió, alejándose de él.
Severus se sintió solo, muy solo.
—Me lo merezco. Me he comportado muy mal con todos… Es solo que… no lo sé, no me siento yo mismo ahora. Es como si me hubiese ido muy lejos y hubiese olvidado quien soy. Cuando me veo al espejo, no me encuentro… Quisiera simplemente acabar con esta sensación, pero ni siquiera sé qué tengo. Cissy tiene razón, soy un desastre con esto de las emociones… A veces, a veces creo que tengo algo atorado aquí —señaló su pecho—, y quiero llorar, pero no puedo. He intentado llorar estas dos semanas y no puedo… Solo quiero que acabe, Lamarck, solo quiero volver a sentirme yo mismo.
Se quedó arrodillado sobre el piso, mirando hacia abajo. Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas, pero por más que intentaba llorar, no podía. Había algo que lo impedía y no sabía qué era. Las patas del perro hicieron ruido al friccionarse contra la madera hasta llegar a él. Escondió su hocico en el espacio entre su hombro y su cuello y empezó a llorar en su oído. Las manos temblorosas de Severus subieron hasta rodearlo en un fuerte abrazo el cual lograba consolarlo y tranquilizarlo, como si su solo contacto pudiera alejar aquellos malos pensamientos de su cabeza.
—¿Te quedarías conmigo, amigo? ¿Sí?
Lamarck lamió su rostro hasta que tuvo que apartarlo para poder levantarse. Ambos se acostaron en la cama, el perro durmiendo a su izquierda mientras el profesor lo abrazaba, dejándose arropar por su suave pelaje blanco, volviendo a su mundo de sueños al cual se había convertido adicto.
¡Snape!... ¡Snape!... ¡SEVERUS SNAPE!
Al abrir los ojos, todo estaba oscuro. Había anochecido y él se había pasado casi todo el día durmiendo. Sintió sus mejillas mojadas y los ojos le ardían. Pasó saliva para humedecer su garganta, se restregó las manos contra el rostro y se giró sobre la cama.
Qué curioso, podría jurar que alguien estuvo gritando su nombre en sus sueños.
No encontró a Lamarck por ningún lado, pero no le sorprendió. El pobre cachorro seguro quería estirar las patas un rato.
¿Qué hora era?
Se estiró para buscar su celular y encenderlo. En cuanto la pantalla se iluminó y tuvo señal, el móvil empezó a vibrar y notificó ocho llamadas perdidas de los Malfoy: cinco de Narcisa, dos de Lucius y una de Draco.
¡Ay! Esto era su culpa, ¡nadie lo obligó a hacerse amigo de Lucius en el colegio!
Su pantalla marcaba un cuarto para las 10 de la noche. No estaba seguro que dormir tanto fuese saludable para una persona, pero no le importaba. Deslizó su dedo por la pantalla y decidió encender el WiFi para distraerse un rato antes de levantarse para estirar las piernas. En cuanto estuvo conectado a internet, el celular volvió a vibrar anunciando cerca de 50 mensajes entrantes. Al igual que las llamadas, la mayoría eran de Narcisa y algunos otros de Draco y Lucius. Sin embargo, hubo un chat que robó su atención por completo.
Seis mensajes nuevos del chat de Miss Granger.
Frunció el ceño, confundido y los revisó.
[Miss Granger: Hola, Severus. Estaba por Southfields y pensé pasar a saludar, quiero saber cómo está Lamarck. Lo extraño mucho
¿Te gustaría cenar conmigo? Yo invito
¿Estás en tu casa?
Oye, estoy abajo, abre
Severus, abre, por favor
Hace frío afuera, abre]
Se reincorporó en la cama, confundido. ¿Ella estaba abajo?
—¡SEVERUS SNAPE! ¡ABRE LA PUERTA!
Se alertó al escuchar unos gritos femeninos afuera de su casa, seguido de un par de golpes en su puerta. Era Hermione. Ella sí estaba abajo.
Con torpeza, se levantó de la cama y, descalzó, bajó las escaleras. encontró a Lamarck ladrándole a la puerta, rascando desesperado la superficie de madera negra mientras movía la cola, entusiasmado de solo oler su esencia.
—Atrás, amigo —pidió apartándolo con una pierna. Se apoyó contra la puerta y agudizó su oído, esperando escucharla detrás de la puerta.
—¡Sé que estás adentro! Puedo oírte.
—¿Qué quieres? —preguntó al otro lado, nervioso.
—Quiero verte —respondió—. Abre la puerta, por favor… Está lloviendo.
Suspiró.
Abrirle era lo correcto y, con mucho pesar, lo hizo. Afuera estaba lloviendo, el patio delantero y la calle estaban completamente mojados. Estaba oscuro, hacía frío y el alumbrado público dejaba ver el agua caer antes de que tocara la tierra. Hermione Granger estaba de pie frente a él, nerviosa y asustada como si fuese una pequeña nutria con las manitas levantadas sobre el pecho, de esas que veía en el canal de Animal Planet. Parecía segura al principio, pero en cuanto sus ojos miel se encontraron con los profundos y vacíos pozos negros que eran sus ojos, demostró cuan asustada se encontraba.
—¡Oh, por Dios! —exclamó llevándose la mano libre a la boca y observándolo con una auténtica mirada de angustia y desconsuelo— ¿Yo te hice esto? ¿Estás así por lo que te dije?
No sabía si era porque acababa de despertar y su cerebro aún estaba apagado y no funcionaba para nada, pero estaba seguro que le pareció escuchar que Hermione creía que ella era la causante de su malestar y tristeza.
—¿Qué? —fue lo único que atinó a decir. La pregunta había escapado como un graznido seco y doloroso de su garganta. Estaba perplejo. No entendía su motivo para estar aquí, despertarlo con tanto ruido y sacarlo de su cama como si fuese una emergencia. Tampoco entendía por qué ahora, por qué necesitaba llegar casi a las 10 de la noche, un domingo, cuando perfectamente recordaba haberle dicho que necesitaba alejarse de ella hasta nuevo aviso. Y, lo más importante, no entendía por qué ella creía que era el causante de sus problemas. Él tenía más vida fuera de las clases de ballroom en Earl's Court. Es más, ni siquiera había pensado en ella casi dos semanas. Se sintió ofendido por tal pensamiento—. Hermione, mi vida no gira en torno a ti.
La castaña se quedó de pie frente a él en silencio, obviamente sintiéndose mal por las palabras hirientes del profesor. El sonido de la lluvia golpeando contra el suelo, árboles y el techo de la casa evitaba que se quedaran en absoluto silencio.
Snape la observó de pies a cabeza. Llevaba una polera rosada demasiado grande para ella, la cual cubría su cabeza casi por completo. Su cabello, entre seco y mojado, se rizaba frente a su rostro, ocultando parte de este. Su ropa estaba ligeramente mojada por la repentina lluvia y, en su opinión, parecía un pequeño león rosado y empapado.
Encontró sus ojos miel observándolo heridos. Ella tampoco parecía estar bien. Era como si hubiese pasado su propio infierno personal. Por supuesto, estaba seguro que no era tan terrible como el suyo, pero no podía evitar simpatizar, aunque sea un poco, con ella.
La imagen de la bailarina triste mirando por la ventana en Earl's Court volvió a su mente como un recuerdo agridulce.
—No es un buen momento —respondió tratando de no sonar tan agresivo esta vez. El solo hecho de intentarlo era agotador—. Te voy a pedir que te vayas, por favor.
Hermione apenas sí pudo mostrar sorpresa por su rápida despedida pues Snape se hizo a un lado para cerrarle la puerta en el rostro. Sin embargo, antes de que la puerta se cerrara completamente, el pie izquierdo de la castaña se interpuso entre la superficie de madera negra y el marco. La joven reprimió un quejido al sentir como su pie era comprimido por ambas superficies. Asustado, el profesor volvió a abrir la puerta, frunciendo el ceño, entre enojado y confundido.
—¡Granger! ¿Qué demo…—
—Traje comida —respondió en voz baja, levantando una bolsa frente a él y rogándole con la mirada que la dejara entrar, tal y como solía hacer Lamarck cada vez que pedía un premio.
Severus enarcó una ceja. Esto debía ser una broma, ¿verdad?— ¿Crees que me voy a vender por comida?
—Está rico —comentó.
Estaba a nada de volver a cerrarle la puerta, esta vez no le iba a importar si le aplastaba el pie o no, pero un horroroso, sonoro, vergonzoso y hambriento rugido proveniente de su estómago lo detuvo. No había comido en todo el día y tenía hambre.
Mucha hambre.
—¿Qué es?
—Fish and chips.
Algo dentro de su corazón se estrujó. Eso fue lo mismo que él le compró en la gala del Bloomsbury.
En silencio, abrió la puerta y movió la cabeza, como informandole que tenía su permiso para entrar. Hermione agradeció en voz baja y entró casi corriendo hasta quedarse de pie en la sala de estar. Toda la casa estaba en penumbras y, para ser honestos, era algo aterrador. De no ser porque estaba con Lamarck a un lado, la joven bailarina habría imaginado que estaba en uno de esos capítulos de series detectivescas y ella estaba a punto de convertirse en la víctima de un terrible crimen cometido por alguien que le doblaba no solo la edad, sino la talla.
Snape encendió el interruptor y la sala se iluminó, aplacando sus miedos. Sus ojos miel viajaron por toda la casa. Se veía tan fría y, a pesar de que estaba ordenada a la vista, la sentía completamente diferente a las otras veces en las que estuvo ahí.
Como si hubiese una mala energía dentro.
—¿Qué quieres, Hermione? —fue directo al punto, como siempre. Hermione bajó la mirada, avergonzada. Eso lo exasperaba en demasía— ¿En serio has venido hasta aquí solo para hacerme perder el tiempo? Mira, hoy no es un buen día, realmente no tengo ganas ni fuerzas para lidiar contigo.
—Quería ver cómo estabas —murmuró quedito—. No has contestado mis mensajes. Tampoco los del grupo de la academia. Sabía que ibas a desaparecer, pero no pensé que de esa forma —levantó la mirada y lo observó a los ojos, poniendo distancia a través de la mesita de café—. Estaba preocupada.
¿Preocupada? ¿Ella estaba preocupada por él?
—Vaya, esto es nuevo —pensó en voz alta—. Lo último que supe fue que solo era un juguete sexual.
—No vine a pelear, Snape —se defendió frunciendo el ceño—. Vine a arreglar las cosas. No quiero que estemos peleados. Eres mi amigo y te quiero.
Había olvidado lo doloroso que podía ser la palabra "amigo". Sin embargo, por alguna razón ya no le dolía como esa noche en la estación. Es más, comparado con sus reales problemas, sufrir por algo como el rechazo de una bailarina de 22 años que parecía no tener ni la más mínima idea de qué hacer con su vida le parecía insignificante y ridículo, aunque ese no era el caso de la castaña, obviamente. Si no, no estaría ahí.
—¿Qué te pasó en la mano? —cuestionó señalando su mano vendada. Snape observó su mano y luego la ocultó tras su espalda. ¡Demonios! Había dormido tanto que hasta había olvidado su accidente con el vaso—. ¿Estás bien?
¿Bien? ¿Estaba bien?
Su cabeza le daba vueltas. Estaba demasiado cansado como para pensar en una respuesta.
—¿Vamos a comer o qué?
Ambos se sentaron en silencio en la pequeña mesa de la cocina. Snape no movió ni un dedo. La joven fue la que se encargó de servir la comida para ambos en completo silencio. Con un tenedor y un cuchillo colocó el pescado frito sobre el plato y luego vació las papas para entregárselo a Snape. Hizo lo mismo con lo propio. Por más que lo intentaba, sus ojos no podían apartarse de la mano vendada del profesor. Se preguntaba cómo fue que ocurrió.
El pescado no estaba tan caliente como le hubiese gustado, pero las papas sabían bien. Adoraba comer papas fritas, eran todo lo bueno de ese mundo. Fue inevitable no recordar aquella época donde su dieta se basaba casi completamente en fish and chips porque comer aquellas deliciosas papas era lo único que podía mejorar su día, aunque sea tan solo un poquito.
Hermione tiene razón, pensó, "está rico".
Probablemente era porque había pasado mucho tiempo desde la última vez que había comido un poco o tal vez porque compartirlo con alguien más hacía que el sabor mejorara drásticamente. Dedujo que era porque comer fish and chips era algo demasiado intimo para él.
Volviendo al hilo inicial de sus pensamientos, fue inevitable que Valerie no flotara hacia sus recuerdos como si fuese un fantasma. Ella era la causante de que se volviera un adicto al pescado y papas después de todo. Se preguntó qué sería de ella. Se preguntó si había logrado adaptarse a su nueva vida en Norteamérica, se preguntó si siempre se había vuelto a casar, se preguntó si seguía con el americano ese, pero por sobre todas las cosas, se preguntó si era feliz.
Aquella conocida sensación de dolor y nostalgia volvió a apoderarse de él, abrazándolo.
No paso mucho tiempo para que recordara aquellas peleas que yacían tan lejos, perdidas entre la bruma del tiempo y su memoria. Se habían dicho demasiadas palabras hirientes durante sus últimos años de matrimonio. Estaba seguro que nunca podría terminar de contarlas todas, cada una fue más hiriente que la anterior. Estaba avergonzado por su comportamiento hacia ella. No debía olvidar que ella fue la mujer a la que juró amar por el resto de su vida. Había muchas que se arrepentía de haber dicho y su consciencia no le dejaría simplemente ignorar y pretender que nunca dijo eso. Sin embargo, aquella culpa se convertía en decepción cuando recordaba todas las veces que la propia Valerie le hizo desplantes frente a sus amigos. Era una persona de mucho carácter y respondió con fuego y veneno a todos sus comentarios hirientes.
"No eres más que un patético científico fracasado que tiene un doctorado inservible y que es tan estúpido como para creer que hará algo importante con su vida y cumplirá su tonto sueño de publicar un libro que nadie leerá, pero lo único que veo es un frustrado profesor que se pasa sus días enseñando química a mocosos de 11 años para poder vivir y que es tan inseguro de sí mismo que no es capaz ni de elegir su propia ropa sin ayuda".
Le había dolido. Le había dolido mucho, pero la verdad duele, ¿no? No había ni una sola mentira en sus palabras. Había sido honesta, brutalmente honesta. El tiempo terminó dándole la razón. Al final del día, eso era lo que era él: un científico fracaso al cual rechazaban una y otra vez y que no tenía más opción que enseñar química a un grupo de mocosos que lo único que sabían hacer era crear memes con su rostro y mandarlos por mensajes. No era importante. No iba a cambiar el mundo con sus ideas. No iba a escribir ese estúpido libro. No iba a ser aceptado jamás por el grupo de investigación del museo, ni siquiera podía ser reconocido en un pequeño artículo de una revista semanal. El mundo científico necesitaba de personas como el Dr. Hadwing y sus brillantes aportes, no de Severus Snape y sus patéticas inseguridades.
"Completamente desechable"
Sí, la mejor decisión en su vida fue divorciarse. Estaba más que claro que no eran capaces de vivir uno junto al otro. Inevitablemente, ese pensamiento lo llevó de inmediato a las palabras de su madre y su última conversación tanto física como por teléfono.
"No te cases… por favor".
Tal vez no debió casarse con Valerie después de todo. Debió hacerle caso. Eileen le había suplicado con tanta vehemencia que debió tomar sus propias precauciones. No debió creerla una loca ni enojarse con ella por no querer ir a su boda ni debió obligarla a ir por medio de un efectivo chantaje emocional. No debió abandonarla en esa horrible casucha en La Hilandera mientras él hacía su vida en Londres, lejos de ella y negando su origen. En primer lugar, ni siquiera debió haber ido a Hogwarts, debió quedarse con ella y protegerla de Tobías.
"Nunca experimenté otro tipo de amor y me daba mucho miedo perderlo".
Sintió rabia recorriendo por sus venas. Contra él, contra su madre, contra su padre.
Sintió rabia contra Tobías por ser un maldito hijo de puta con ellos todos esos años, por golpearlos, por encerrarlos, por humillarlos. Sintió rabia por todas las veces en las que lo golpeaba y tiraba del cabello como si fuese un muñeco de trapo. Sintió rabia por todas esas veces donde, escondido en su habitación, lo escuchaba golpear y gritar a su mamá para luego terminar escuchando sus gemidos vulgares mientras abusaba de ella dentro del dormitorio. Sintió la sangre hervir cuando recordó aquellas noches donde se iba a la cama con el estómago, ardiendo debido al hambre. Sintió rabia al recordar todas las veces en las que hizo de médico y tuvo que cuidar de las heridas y moretones de su indefensa madre.
Sintió rabia contra él por haber sido demasiado débil para no poder hacerle frente a Tobías y detenerlo. Sintió rabia por no haberlo golpeado. Sintió rabia por ser demasiado pequeño para defenderse a sí mismo y a su madre. Sintió rabia por las veces en las que, avergonzado, tenía que cerrar la puerta de su casa para que los vecinos no vieran las condiciones en las que vivían. Sintió rabia por esas Navidades arruinadas por sus borracheras interminables.
Sintió rabia contra su propia madre por no defenderlo, por dejar que Tobías lo golpeara. Sintió rabia contra ella por conformarse con esa horrible vida. Sintió rabia contra ella por no luchar, por no defenderse a sí misma, por dejarse golpear y humillar de tal manera. Sintió rabia porque no quiso huir con él todas esas veces en las que tuvo oportunidad de hacerlo. Sintió rabia porque no fue lo suficientemente valiente para dejarlo. Sintió rabia contra ella por defender a Tobías todo el tiempo. Sintió rabia porque siempre eligió a Tobías por sobre él, su único hijo. Sintió rabia al recordar que no luchó por él.
No, no. Sintió dolor al recordar que no luchó por él. Sintió dolor al saber que siempre elegiría a Tobías por sobre él. Sintió dolor al saber que sus últimas conversaciones, tanto en persona como por teléfono, solo se trataron de su amor no correspondido hacia Tobías Snape y sintió una profunda pena al darse cuenta que prefirió morirse que vivir con el corazón roto a causa de un amor no correspondido.
Su corazón, su pecho, su cabeza, todo su ser era un completo caos. Ya no se encontraba en la mesa de su cocina, ahora se encontraba en cocina de su casa en La Hilandera. Sentado frente a su madre a la mesa, el niño de siete años la observaba molesto mientras ella se llevaba la cuchara de sopa con las manos temblorosas a la boca. Su cabello negro caía sobre su ojo, ocultando lo morado e hinchado que se encontraba. Anoche le propinó una buena paliza, fue un milagro que estuviera sentada junto a él al día siguiente. Severus era muy pequeño para comprender muchas cosas, pero sí algo sabía era golpear era "malo" y que no debías dejar que nadie te golpeara.
—Te hice una pregunta, Severus. ¿Al menos podrías contestar?
No, el que tenía preguntas era él. Quería saber porque lo obligaba a vivir en un infierno como ese. Quería saber qué era lo que veía en su padre. Quería saber por qué no luchó. Quería saber porque no se protegía y por qué no lo protegía a él. Quería saber porque no lo amaba. Quería saber porque su vida era una mierda.
—¿Por qué? —susurró en respuesta con la voz temblorosa y los ojos húmedos de sus lágrimas contenidas— ¡¿Por qué?!
Ambas manos golpearon la mesa de la cocina, provocando que Hermione saltara debido a tal acción tan inesperada. Su corazón latía muy rápido debido al susto y tuvo que tomarse un minuto para calmarse.
—¡Mierda, Severus! ¡Me asustaste! dijo llevándose una mano al pecho. Sin embargo, al notar que el profesor ni siquiera se había dado cuenta de que ella estaba ahí se preocupó— ¿Severus? ¿Estás bien?
No estaba bien. No estaba bien. No estaba bien. Ya estaba cansado de fingir que estaba bien, ya estaba cansado de decirse a sí mismo que iba a estar bien. ¡No! ¡No estaba bien! ¿Contentos? Lo admitía, no estaba bien.
Estaba herido.
Estaba roto.
Negó con la cabeza dejando que sus lágrimas por fin corrieran libremente por su rostro. Su pecho subía y bajaba, sacudiéndose con violencia con cada respiración. Sus labios delgados temblaban y se curvaron en una mueca de tristeza mientras se permitía llorar como si fuese un niño pequeño otra vez y tenía permitido llorar en voz alta. Era como si hubiese roto la represa que contenía aquel río que era sus emociones y este se hubiese desbordado con total violencia, liberando todo ese dolor que llevaba guardado tanto tiempo. Era como si el magma solidificado se hubiese roto y el volcán hubiese hecho erupción después de días y días de humear. No tenía ni que hacer esfuerzo, las lágrimas se le escapaban de los ojos. Su cabeza se sintió más ligera a medida que seguía llorando, incluso podía sentir como su nariz empezaba a secretar ese líquido espeso, combinación entre moco y lágrimas, impidiéndole respirar tal y como le gustaría.
—Severus, ¿qué pasa? —Hermione arrastró su silla y se acercó a él de inmediato, tomándolo por los hombros, asustada de verlo quebrarse de esa forma delante de ella—. ¡Severus!
—No estoy bien, no estoy bien —sollozó negando con la cabeza.
Le costaba hablar, le costaba respirar. Sus fosas nasales ya estaban rapadas y tenía que tomar grandes bocanadas de aire para seguir llorando sin desmayarse en el intento. Se sacudía constantemente entre las manos de Hermione quien lo observaba sin saber qué hacer.
—Severus, ¿qué pasó? ¿Qué sucedió? Por favor, dime algo.
Necesitaba decirlo, necesitaba aceptarlo, solo así podría cerrar esa puerta, solo así ambos podrían descansar en paz por fin. Solo así él podría dar por terminado ese periodo se luto lleno de dolor y confusión.
—Mamá se murió, Hermione, se murió —contestó mirándola a los ojos mientras los suyos dejaban caer dos gruesas lágrimas por sus mejillas delgadas.
Los ojos de la castaña se abrieron incrédula ante lo que escuchaban. Su mente estaba atando cabos sueltos a mil por hora hasta que finalmente pudo procesar aquella nueva información. Ya conocía cual era el detonante para tan crudo comportamiento.
—Oh, Severus... lo siento tanto.
Conmovida ante tal confesión, se abalanzó para abrazarlo, envolviendo en sus brazos cálidos. Al instante, el profesor correspondió el gesto, apretándola junto a él y escondiendo su rostro sobre su hombro delgado para llorar libremente, apoyándose en alguien, buscando por algo de consuelo. Hermione acarició su espalda y se meció de un lado al otro con él mientras se mantenía en silencio junto a él, escuchando sus sollozos llenos de dolor.
Por fin había terminado de desmoronarse por completo.
Por fin era libre.
Al abrir los ojos, se encontraba en su cama. La luz suave de una mañana post lluvia se colaba por las persianas de su ventana. Sentía las mejillas secas y tiesas debido a las lágrimas que nunca limpió y que se secaron sobre su piel. La cabeza le dolía, propio de haber estado llorando durante quien sabe cuánto tiempo. Apenas podía abrir los ojos, de seguro estaban hinchados. Humedeció sus labios y se movió ligeramente sobre el colchón.
Encontró a Lamarck a su lado, durmiendo tranquilo a su izquierda. Su pelaje blanco le hacía cosquillas. Al parecer, el pobre perro hizo las de un peluche toda la noche pues se había quedado dormido abrazándolo como si se tratase de uno. No parecía incomodarle, el cachorro seguía durmiendo como si nada pasara.
Sentía un peculiar sabor en su boca, sabor a… a… a fish and chips.
Hermione surgió en sus pensamientos. ¿Realmente estuvo ahí anoche? No recordaba nada. Sabía que había puesto la mesa para cenar con él, pero no recordaba nada más. Lo que pasó después de aquel abrazo estaba completamente borroso en su memoria como si fuese cubierto por un fino velo blanco. Tal vez ni siquiera real y solo fue un producto de su mente cansada.
¿Todo había sido un sueño?
Seguía en su habitación, seguía en su cama, aún tenía puesto su pijama. Lamarck aún seguía ahí, la puerta seguía semiabierta, las luces todavía estaban apagadas y el teléfono desconectado. Todo parecía estar tal y como lo dejó antes de quedarse dormido. Se estiró a todo lo anchó de la cama y bostezó frotando su ojo derecho con el dorso de su mano.
Sí, lo más probable es que solo hubiese sido un sueño.
Giró la cabeza hacia la izquierda, para ver a Lamarck durmiendo a su lado. El pobre perro se había quedado a su lado a pesar de que tuvo la puerta abierta todo el tiempo. El pasillo estaba iluminado por la luz natural de la mañana… o de la tarde. Se preguntó qué hora era en realidad.
Los vellos de su espalda se erizaron cuando escuchó el sonido del agua yéndose por el tubo después de que alguien tirara de la cadena del toilet. Luego de eso, escuchó el sonido de la llave del lavabo abrirse.
Alguien estaba en su casa.
Asustado, se reincorporó sobre la cama despertando al perro debido a la torpe de sus actos. La puerta del pasillo se abrió y las pisadas de un par de pies descalzos resonaron por el suelo de madera. Los pasos se hicieron más y más fuerte a medida que se acercaban a su habitación y una distraída Hermione pasó frente a su puerta sin siquiera notar que ya se encontraba despierto pues se estaba demasiado ocupada tecleando sobre la pantalla de su celular como para notarlo.
No fue un sueño.
HOLA CHIQUIS!
PRIMERO QUE NADA, EN ESTE CAPÍTULO QUERÍA TRATAR EL TEMA DE LA DEPRESIÓN DE MI SNAPE, DE ESTE FIC, PORQUE SIENTO QUE NUNCA LO PROFUNDICÉ. TRATÉ DE HACERLO LO MEJOR POSIBLE, NO SABÍA EXACTAMENTE COMO DESCRIBIRLO. HE TRATADO DE INVESTIGAR, ESCUCHAR ALGUNOS TESTIMONIOS Y TAMBIÉN BASARLO UN POCO EN LO QUE HABRÉ SENTIDO ALGUNA VEZ, PERO NO SOY ALGUIEN QUE SEPA COMO NARRAR UNA SITUACIÓN ASÍ. ES POR ESO QUE QUIERO ACLARAR QUE ESTE TEMA DE LA DEPRESIÓN LO HAGO CON MUCHO RESPETO, LA SALUD MENTAL IMPORTA MUCHO Y SI HE EXAGERADO EN ALGUNAS PARTES, PIDO LAS RESPECTIVAS DISCULPAS DEL CASO.
UNA VEZ MÁS, LAMENTÓ LA DEMORA DE LA ACTUALIZACIÓN. LA SEMANA PASADA EMPEZÓ MI SIGUIENTE CICLO DE LA UNIVERSIDAD Y ESTE CICLO SÍ QUIERE JALAR (REPROBAR) GENTE. SOLO VOY UNA SEMANA Y SIENTO QUE YA PASARON TRES MESES. NI SIQUIERA TENGO IDEA DE LO QUE ESTOY ESTUDIANDO Y LITERAL MI HORARIO DURA TODA LA TARDE POR LO QUE SOLO PUEDO ESCRIBIR DURANTE LA NOCHE POR MI CELULAR. ASÍ QUE, SI LO VEN MEDIOCRE Y SIN SENTIDO, REPETITIVO O CUALQUIER COSA MÁS, ES PORQUE LO ESCRIBÍ A LAS 3 AM.
YA NO PROMETO INTENTAR ACTUALIZAR LO MÁS PRONTO, SERÁ CUANDO SE PUEDA PORQUE ESTE CICLO SÍ ESTÁ FEO, CON F MAYÚSCULA.
GRACIAS POR EL APOYO! NOS LEEMOS PRONTO (SI ES QUE NO MUERO POR EL ESTRÉS)
