CAPÍTULO 19
Plie, relevé. Plie, relevé. Plie, relevé.
Hermione mantenía apretado el abdomen, haciendo fuerza en casi todos los músculos debajo de este, incluyendo los muslos y glúteos. Su pecho subía y bajaba llenándose de aire a medida que descendía con las rodillas dobladas, pero manteniendo totalmente recta la espalda, como si tuviera un palo atravesado en la columna el cual le impedía encorvarse siquiera un poco. Su cuello estaba estirado al máximo, como cuando estaba en medio de una performance. Mientras se levantaba y estiraba ambas rodillas, podía verse los músculos de su cuello, tensándose para mantenerse erguido; sin embargo, sus hombros estaban relajados, lo que le permitía elevar sus brazos hacia al cielo con la gracia de un cisne.
Sus tobillos se doblaron todo lo que pudieron, manteniendo sus pies en puntas sobre el suelo de madera para levantarse y hacerse más alta. Casi al instante, volvió a sentarlos sobre la superficie y procedió a repetir el mismo movimiento de doblar las rodillas y elevarse sobre las puntas. Aunque la reiterada acción se viera fácil, solo bastaba con observar la cara de concentración de la bailarina para descartar aquel pensamiento. Ella estaba haciendo tanta fuerza apretando su abdomen que hasta le costaba respirar con naturalidad.
Plie, relevé. Plie, relevé. Plie, relevé.
A pesar de su intensa formación en dicha danza, Hermione Granger ya no se consideraba una bailarina de ballet como tal. Había dejado ese mundo atrás hacía ya muchos años. No obstante, ese no era impedimento para seguir practicando de vez en cuando. Aún conservaba uno o dos tutús que, sorprendentemente, todavía le quedaban; además, tenía sus propias puntas y barra de ejercicios en casa por lo que no existía razón alguna para no hacerlo.
Ya no era tan buena como antes, pero seguía gustándole.
Ubicándose en primera posición, empezó a relajar los tobillos, dibujando pequeños círculos de izquierda a derecha, manteniendo la punta de sus pies sobre el suelo de madera. Sus pies, ese par de horribles y maltratados pies. Desde que tenía memoria siempre se había avergonzado de sus pies y no era para menos. ¡Eran horribles! Dedos largos, huesudos y sin forma, la piel con callos y lastimada por las heridas; las uñas, pequeñas y mal formadas; el empeine, demasiado alto y el arco, demasiado hundido. El dejar el ballet durante años logró que la piel de sus pies mejorara de manera considerable, pero eso no quitaba que tuviera unos pies muy feos.
Ese es el precio del arte, recordó mientras caminaba al centro del salón vacío para ubicarse en quinta posición, un pie adelante y otro pie atrás, asegurándose de que ambos talones chocaran entre ellos. Esas fueron las sabias palabras de su profesora de ballet el día que se le cayó una uña. Estaban a mitad de una clase y, de la nada, una de sus compañeras le dijo que había sangre en una de sus puntas. Al quitarse las zapatillas, estas se desprendieron junto con una de sus uñas. La sangre, roja y brillante, la asustó por completo. Contrario a ella, todas sus compañeras y profesora estaban contentas pues era un gran "progreso" tener callos y todo un "triunfo" que se te cayera una uña. El cambiar las puntas por los tacones bajo del ballroom fue completo alivio, pero por más cremas hidratantes que usara, no podía deshacerse de ese tono rojizo y huesudo que tenía en el borde del pie, justo debajo de ambos dedos pulgares. Eran los huesos que formaban sus metatarsos, la parte del pie que usaba de apoyo para pararse de puntas y la que sabía era la parte más dura de sus pies.
Ahora, pas de chat.
Al igual que el ballroom, el ballet no era un baile para cualquiera, mucho menos si tu umbral de dolor era el mínimo. Tal vez era exactamente por eso que Hermione continuaba practicando ballet cada vez que pasaba por una mala situación. Era la única forma que tenía para olvidar sus problemas por un momento y concentrarse en algo más, algo como el dolor físico. Algunas personas hacían ejercicio para alejarse de sus problemas, otros se concentraban en el trabajo, algunos pintaban o jugaban videojuegos, estaban los que se iban de fiesta o simplemente escuchaban música; pues, Hermione hacía ballet, específicamente, cualquier movimiento que involucrara pararse de puntas pues eran los que más le dolían.
Quinta posición, passé con la derecha, demi-plie, salto, passé con la izquierda.
Pero ¿Qué era aquello que tenía tan angustiada a la castaña que la obligaba a practicar ballet cada minuto libre que tenía desde el viernes pasado? ¿Cuál era ese problema que Hermione buscaba evadir con tanta devoción que no le importaba que sus horribles pies volvieran a sangrar con cada entrenamiento? Pues, ese problema tenía un nombre y un apellido. También un perro, una casa en Southfield y un puesto como profesor en un famoso internado inglés. Y era que, desde que había dejado a Severus Snape en la estación de metro, Hermione no logró quitarse esa sensación de culpa dentro de su ser. Pensó que si ponía las cartas sobre la mesa y le decía a Severus que no quería nada serio, sus problemas se acabarían, pero ahora ya no estaba tan segura de ello.
No habían hablado desde el jueves. Iba a respetar los deseos del profesor y mantenerse alejada de él hasta que fuera el momento apropiado. Esperaba que su enamoramiento se le pasara pronto pues lo extrañaba. No había pasado mucho, apenas seis días, pero extrañaba a Severus. Extrañaba mensajearle, salir juntos a correr al parque, hablar con él, verlo cocinar, jugar y hacer tonterías de las cuales él se avergonzaría luego. En resumen, extrañaba pasar tiempo con su amigo Snape, pero tampoco iba a ser egoísta y torturarlo con su presencia. No quería que la odiara, lo último que quería era cortar todos los lazos con él, pero, a la vez, entendía que la distancia podría curar cualquier herida que Severus tuviera a causa de ella.
La distancia era lo mejor para él y, sobre todo, para ella.
Dejó escapar un silbido cuando su pie derecho tocó el suelo, recibiendo todo el peso de su cuerpo en sus metatarsos. Ya no podía usar su pierna derecha como punto de apoyo, por lo que se vio obligada a coordinar los movimientos usando la izquierda como eje central. Era como bailar siendo un espejo: todo al inverso. Frunció el ceño cuando su metatarso derecho volvió a tocar el suelo después del salto. Dolió un poco, nada que no pudiera soportar, podría decir que era hasta agradable; sin embargo, se trataba de su pierna derecha, la que estaba lesionada. No importaba que hubieran pasado casi 4 años y que ya estuviera totalmente recuperada y sin riesgo alguno de volverse a romper, todavía tenía miedo de apoyarla. El miedo y el dolor era algo que estuvieron muy presentes esos últimos años. El dolor era algo que ya conocía muy bien, era bailarina, era normal vivir con dolor.
Si no duele, no sirve, ¿verdad?
Sin embargo, el miedo, eso era algo completamente nuevo en su vida. Desde que salió del quirófano y se vio la pierna rodeada de metales que el impedían moverse, Hermione conoció lo que era el verdadero miedo: miedo a no volver a caminar, miedo a no volver a bailar, miedo a jamás volver a competir, miedo a ser una bailarina fracasada por el resto de su vida, miedo a lo que sería su futuro y miedo a un sinfín de cosas más, entre ellas, a volver a abrir su lastimado corazón.
Quinta posición, passé con la derecha, demi-plie, salto, passé con la izquierda. Quinta, passé, demi-plie, salto, passé, demi-plie, tendú con la izquierda. Repite más rápido.
Romperse la pierna había dolido y mucho, pero la traición de Ronald Weasley le había dolido como nunca antes algo le había dolido. Aquella relación que tanto anheló tener y que empezó siendo un hermoso día en el parque de diversiones, terminó como un desastroso paseo en montaña rusa donde acabó vomitando en el bote de basura al bajar, después de haberse tragado cientos de insectos en el recorrido. Sin duda, la peor forma de acabar una relación tan bonita.
¿Bonita? Sí... sí... ¿sí? Bueno sí, fue bonita, no digamos que fue miel sobre hojuelas, o sea, tuvieron sus malos momentos, pero no podía decir que su relación con Ron fue algo horrible.
Sin embargo, ahora que lo pensaba un poco mejor, se daba cuenta de que fue una tonta al creer que su relación florecería hasta llegar a un posible matrimonio en el futuro, tal y como había idealizado desde que tuvo 13 años. Es más, no entendía cómo fue que su relación duró tanto tiempo. No eran compatibles en lo absoluto. Sí, tenían química, pero no era como que pudieran mantenerse sin pelear por mucho tiempo. Peleaban por absolutamente todo: porque si la miró mal, porque si no quería acompañarla a sus competencias de debate en el colegio, que si ella no quería ir a sus partidos de futbol, que si ella pasaba demasiado tiempo en el estudio practicando, que si él era demasiado irresponsable para todo, que si ella le gustaba presumir demasiado su inteligencia, que si él tenía los modales de un cavernícola. No le sorprendía que su relación hubiese terminado, le sorprendía que hubiese terminado por culpa de una infidelidad.
Brazos en tercera posición, el derecho pasa a segunda y tours.
Aunque tuvieran química dentro de la pista, sabía que ya no eran esa pareja que fueron en épocas pasadas. Su maestro siempre les recordaba que la única cosa que los mantenía unidos era su mutua ambición. Barnes solía decir que Hermione era demasiado perfeccionista y que Ron no era capaz de seguir instrucciones. Realmente eran como el agua y el aceite cuando se trataban de realizar trabajos en equipo, pero de alguna forma, su competitividad y su obsesión por obtener siempre el primer lugar superaba cualquier dificultad que se les atravesara. Nada podía detenerlos cuando se trazaban un objetivo. En muchas ocasiones, ganar era tan fácil que solo se concentraban en disfrutar de los aplausos al momento de recibir las medallas de oro. Tal vez no estaban hechos el uno para el otro, pero nadie podría atreverse a decir que no fueron la mejor pareja de baile que ese estudio pudo tener.
En fin, eso era el pasado y era mejor que se quedara ahí para siempre.
Mientras daba los giros y giros de los tours, se arriesgaba cada vez más a estirar las piernas y los brazos, especialmente estos últimos, realizando amplios movimientos como si sus brazos fueran un par de las fuertes que aleteaban antes de alzar el vuelo. Casi por inercia, en lugar de mantenerse en primera posición, sus brazos se elevaron a la misma altura de sus hombros y su espalda, hasta entonces totalmente recta, se inclinó hacia atrás, adoptando la postura propia del vals. Se preguntó qué tan bien se vería si, en lugar de mantener ambos brazos estirados a los lados cada vez que se abría luego de completar una serie de giros o pivotes, elevaba su brazo libre a cuarta posición para luego bajar a bras y volver a segunda, como si fuese un suave aleteo.
Dejó que ambas plantas de sus pies se mantuvieran lo más cerca posible del suelo y cambió sus tours por giros más lentos, propios del ballroom. Sus brazos se movían con gracia, amoldándose a la figura de su compañero imaginario. Su espalda estaba ligeramente arqueada y su cuello, estirado. Dio las seis vueltas rápidas de los pivotes y terminó aleteando sus brazos de arriba abajo en ambos lados, manteniéndose de puntas durante unos segundos antes de acabar con una reverencia propia del ballet clásico, combinando de manera exquisita ambos bailes.
Sí que fue toda una sensación en su momento, recordó nostálgica mientras se levantaba.
Pocos novatos llamaban la atención tal y como lo hizo ella. Muchos tenían buenas técnicas, barridos limpios, giros impresionantes o un buen físico, pero pocos tenían la pasión y la innovación que poseía Hermione. El entrenador Barnes había pasado un año entero tratando de quitarle aquellas técnicas ajenas al ballroom, pero después de bailar durante casi siete años ballet, era casi imposible olvidarlas. En su primera competencia estuvo muy nerviosa pues pensaba que el jurado le quitaría puntos por realizar ese tipo de movimientos y, si bien no tuvieron una alta calificación, un miembro del jurado se le acercó para felicitarla por la delicadeza al bailar vals y rumba.
Aquel comentario le dio la confianza que necesitaba para continuar bailando de esa forma hasta desarrollar un estilo propio. Hizo que Barnes se tragara sus palabras cuando comenzaron a destacar entre la competencia debido a su "innovadora" técnica. Pronto, se volvieron una pareja infaltable en cada syllabus regional y, cuando entraron a las ligas mayores y fueron a las nacionales, Hermione no podía sentirse más satisfecha consigo misma. En el camino, encontró a competidores que admiraban su talento y otros que envidiaban sus triunfos, pero nada de eso importaba, estaba en lo alto de un pedestal y todos estaban fascinados por ello. Ella solo quería impresionar al jurado y mantenerse como lo que era:
"La bailarina más brillante de su generación".
Todavía tenía enmarcada aquella publicación de la revista Dancing Times, la revista de baile más antigua del Reino Unido, aquella que ayudó a fundar la Royal Academy of Dance, la Camargo Society y el British Dance Council. ¡No estaba saliendo en cualquier revista! ¡ERA DANCING TIME! Aunque solo fuera un pequeñísimo artículo —el cual parecía más un comentario— en la sección de Dance Today, le generaba una total satisfacción que no podía describir. Estaba orgullosa de sí misma, realmente estaba muy orgullosa, pero aquello no duraría mucho. Ya no le bastaba con salir en un pequeñísimo artículo de una prestigiosa revista, ya no bastaba con ganar el primero puesto en las Nacionales, ya no bastaban los Syllabus. Ella quería más. Quería los Opens, quería las portadas, quería el oro.
Quería ir a Blackpool.
Y fue exactamente esa desmedida ambición lo que echó todo a perder.
No.
No fue su ambición.
Fue ella quien lo echó todo a perder.
Literalmente todo lo echó a perder. Demasiadas horas ensayando acabaron con sus escasos ratos libres y la oportunidad para estudiar para el examen de admisión a Cambrigde, el cual siempre pospuso. También acabaron encerrándola en una rutina tan estricta que eran contadas las horas en las cuales Hermione no se encontraba bailando. Recordaba con total claridad las noches en las que tuvo que mantener sus pies bajo agua caliente para calmar el dolor provocado por las ampollas. Por supuesto, esas no fueron las únicas cosas que echó a perder, no debía olvidar su relación. Ron tenía razón, ella estuvo tan obsesionada con ser la mejor que lo descuidó por completo.
¡CRACK!
Se dejó caer suavemente sobre la superficie de madera y estiró ambas piernas frente a ella, sacudiéndolas para calmar sus músculos adoloridos. Sus delicadas manos pasearon a lo largo de sus piernas, tocando las puntas de sus dedos y regresando hasta dejar su espalda recta otra vez. Cada vez que acariciaba su pierna derecha, solía fruncir el ceño en un gesto de auténtico gran pesar. Le dolía recordar aquellos momentos que, ahora, solo vivían en su memoria y en los videos caseros que su padre grabó. No solo malgastó años de su vida, también de las de sus padres. Ahora ni siquiera podía mirarlos a la cara. ¿Cómo podría hacerlo después de haber descargado su frustración contra ellos y tratarlos de una forma tan irrespetuosa?
Desató las cintas de las zapatillas de ballet y, con sumo cuidado, las retiró, estirando todo lo que podía sus entumecidos dedos. La sangre volvió a circular con naturalidad, tornándolos de un rojizo intenso.
Se sentía bien.
—¡Hola, Hermione! —saludó Emy al entrar en la habitación.
—¡Buenos días, Hermione! —le secundó Lila, entrando detrás de su amiga.
—¡Hola! —dijo Alex, entrando a toda carrera seguido de Johnny.
—¡Hola, Miss Granger!
La llegada de sus jóvenes alumnos la sacó brutalmente de sus recuerdos y se giró para ver a sus recién llegados, entrando en fila uno tras otro con sus mochilas, botellas de agua y zapatos de baile en la mano. Habían acordado practicar hoy. La siguiente competencia iniciaba en septiembre y no les quedaba mucho tiempo.
—Buenos días, muchachos. ¿Listos para ensayar la coreo de los solos?
El golpe contra la manopla de boxeo la hizo retroceder con violencia. Aquel puñetazo había sacudido todo su ser, provocando que se tambaleara hasta caer sentada sobre el suelo de la pequeña cancha de basketball de Grimmauld Place. Ambas manos, encerradas en sus respectivas manoplas rojas, apenas si le sirvieron de apoyo cuando su trasero tocó el suelo.
—¡Oh, lo siento! —exclamó Harry preocupado, apresurándose en quitarse los guantes de boxeo para ayudarla—. ¿Estás bien, Herms? ¿Te lastimaste?
—No, no, estoy bien —rio sacudiendo la cabeza—. Ese golpe estuvo mejor que los anteriores. Pobre del criminal al que tengas que golpear en el futuro, le vas a quitar el aire.
—Ven, te ayudo.
Harry Potter, sudoroso y jadeante por el ejercicio, le extendió una mano amiga que la castaña no dudó en aceptar en cuanto sus propias manos se vieron libres de las manoplas. Sujetándose fuerte, usó ese impulso para ponerse en pie. Su mano izquierda viajó hasta su adolorido trasero y frotó con cuidado.
Sí que fue una caída fea, pensó.
—¿Segura que estás bien? —preguntó entrecerrando los ojos, frunciendo el ceño con fuerza. Sus lentes circulares se encontraban guardados en su estuche por lo que, sin ellos, Harry no era nada más que un topo ciego, expuesto a un día soleado, que apenas sí podía identificar lo que tuviera a medio metro de él. Hermione asintió—. Oye, gracias una vez más por venir ayudarme con mi entrenamiento.
—No te preocupes. Sabes que haría lo que sea por ti —respondió sonriéndole. Su rostro bronceado se encontraba rojo y caliente, su cabello castaño se le estaba empezando a rizar en los márgenes de su rostro y se pegaba a su piel debido al sudor—. ¿Qué tal si tomamos un descanso?
—Justo estaba por decirte eso.
Ambos caminaron hasta una de las bancas del jardín, oculta de los rayos del sol gracias a la protección de una sombrilla blanca. Kreacher, el mayordomo en jefe, les había dejado bebidas frías y toallas con olor a limón a libre disposición en el caso de que los necesitaran, algo que realmente agradecían pues les vendría bien cualquiera cosa para limpiarse el sudor de sus cuerpos. Harry sacó sus gafas del estuche que descansaba sobre la mesa y la nitidez se reveló ante sus ojos. Ya no veía a una Hermione difuminada, ahora era una Hermione completamente visible con el rostro rojo cual tomate.
—Pensé que Sirius estaría aquí ayudándote con el entrenamiento —comentó mientras llevaba la botella de agua fría a su boca con su mano temblorosa.
Sirius era un gran fanático del deporte y no lo decía porque era una persona que, literalmente, era incapaz de quedarse quieto por más de cinco minutos sin entrar en un ataque de ansiedad. Es decir, ¿quién, en su vida, necesitaba una cancha de basketball en su patio trasero, un gimnasio completamente equipado en el primer piso y una piscina con medidas de piscina olímpica en su casa?
Desde que Sirius había regresado a Grimmauld Place después de 12 años en Azkaban, el millonario había empleado cada minuto de su tiempo en mantenerse ocupado en, literalmente, lo que fuera. Clases de aviación, clases de paracaidismo, maratones diurnas, senderismo y camping, clases de batería y guitarra, clases de canto, clases de español y chino —cabe resaltar que solo lo hizo por el puro capricho de pedir su comida en el respectivo idioma de los restaurantes que frecuentaba—, clases de boxeo y otras artes marciales, clases de baile, de tenis y muchas otras actividades que dejó sin concluir. Otro gran problema de Sirius Black era que pocas veces finalizaba algún proyecto y tanto Harry como Hermione conocían muy bien eso.
Sin embargo, entrenar con Harry en artes marciales y defensa personal era una de sus pocas actividades que no abandonaba. Generalmente, hacía las de personal training ahora que el muchacho estaba en la academia de Scotland Yard y la buena condición física y combate cuerpo a cuerpo eran requisitos indispensables para el trabajo en el campo, lugar donde se encontraba la verdadera acción. No instante, desde que llegó, no encontró señal alguna de que el mayor estuviera en casa.
—Fue con Luna al médico. Necesitaba que alguien la acompañara a su chequeo mensual, ya sabes —el muchacho hizo un gesto con todo su cuerpo, metiendo el abdomen todo lo que podía y succionando el interior de sus mejillas para adoptar la imagen de una persona extremadamente delgada.
Luna siempre había sido delgada, incluso antes de conocerla —según lo que le comentaron Harry y Ginny—; sin embargo, existía una diferencia entre ser delgada y ser esquelética. Ginny les contó una vez que Luna tuvo que abandonar sus estudios después del primer semestre debido a que perdió tanto peso que tuvo que seguir "un tratamiento especial". Problemas que arrastraba desde casa, la presión de mudarse a una nueva ciudad donde no conocía nadie y sumado al hecho de que no tenía amigos en el campus lograron desequilibrar por completo la salud de la pequeña rubia, por lo que su padre se vio obligado a retirarla del siguiente semestre académico. Fue gracias a la ayuda de amigos como Ginny, Harry y Sirius que Luna logró recuperarse hasta lograr retomar sus estudios en la gran ciudad.
Sirius, al tener tanto tiempo libre y nadie con quien compartirlo, tomó a la joven aspirante a periodista bajo sus alas y la convirtió en la hija que nunca tuvo. Harry y Luna, sin quererlo, se convirtieron en algo así como hermanos debido a la figura paterna que ambos veían en Sirius Black. Xenophilus Lovegood, el verdadero padre de Luna, se quedó más tranquilo dejando a su hija en una ciudad donde, ahora, sabía que estaría segura y acompañada de buenas personas. Desde entonces, ambos Lovegood le tenían un gran aprecio al Sr. Black.
—Creo que mencionaron que irían donde el sastre saliendo de la consulta —añadió el joven tomando de su propia botella de agua.
—¿Sastre?
—Ya sabes, fueron a recoger los vestidos de Tonks —respondió como si fuese lo más obvio del mundo.
—Oh, cierto —recordó cerrando los ojos, sintiéndose algo tonta por haberlo olvidado—. Entonces, ¿irán directamente donde los Lupin? ¿Nos verán allá? —preguntó secándose el cuello con una toalla.
—¡Obvio! No podríamos iniciar sin ellos, Luna es la fotógrafa.
Como regalo por el nuevo bebé, Luna se había ofrecido a realizarles una sesión de fotos del embarazo con la temática que ellos quisieran para armar un bonito álbum familiar. A Tonks le fascinó la idea desde el primer momento y, junto a Luna y Ginny, planearon todos los detalles de su sesión de fotos.
"Siempre quise ser modelo, pero querían a alguien "delicada" en las fotos", había comentado en broma la detective, recordando una anécdota de sus días de academia, cuando participó en las fotos del anuario, pero no apareció en ninguna de ellas en la edición final.
El más emocionado no era ni Remus, ni Teddy, mucho menos Tonks. Quien estaba maravillado con la idea era Sirius quien, a su vez, estaba dispuesto a donar el presupuesto que ellos quisieran para realizar la sesión de fotos más perfecta que el dinero pudiera pagar. Lo más probable es que ya se encontraran donde el sastre recogiendo el vestido blanco y de fantasía para la mujer embarazada. Hermione solía pensar que Sirius era la verdadera madre de ese bebé dado que estaba más pendiente de los controles prenatales y cualquier capricho que pudiera tener la embarazada Tonks que, valga la redundancia, la propia Tonks.
—¿Crees que Teddy se comporte? —preguntó entre divertida y nerviosa.
No era un secreto para nadie que Teddy Lupin no estaba muy feliz con la idea de tener una hermanita robándose la atención de sus dos amados padres, mucho menos invadiendo su tiempo con su abuela o su padrino Harry y, sin duda, su pequeña mente de seis años no concebía la idea de un extraño robándole la protección de Borf, el tamaskán gris. Mientras más pasaban las semanas y Remus y Tonks se preparaban para la llegada de la nueva bebé, más crecía el recelo de Teddy. Comprensible hasta cierto punto, tenía seis años y, hasta el momento, era hijo único, además del único sobrino pequeño en su círculo familiar.
Por suerte para los Lupin, contaban con la ayuda incondicional de Harry Potter y sus amigos.
—Claro que sí —dijo el joven ojiverde— o, al menos, intentaré que se comporte.
—Ni me lo digas. No me imagino lo que los pobres Remus y Tonks deben estar pasando ahora.
—Sabes, yo hubiese dado lo que fuera por tener un hermano, crecer solo no es divertido —el tono de su voz cambió ligeramente, apenas fue perceptible; sin embargo, era algo que Hermione no podía ignorar—, pero supongo que tampoco deber ser fácil para Teddy.
No había necesidad de preguntar el porqué del repentino cambio de ánimo en el pelinegro, Hermione Granger lo sabía muy bien.
Harry creció con sus tíos en la pequeña Little Whinging, en las afueras de Surrey, al suroeste de Londres. Sus padres murieron en un accidente de tránsito cuando era muy pequeño y Sirius, por obvias razones, no pudo hacerse cargo de él, por lo que sus parientes más cercanos eran sus tíos, el señor y la señora Dursley. Por lo que le comentaba, los Dursley no eran unas personas muy agradables —por así decirlo— y su primo, Dudley Dursley, no era la excepción. A Harry le hubiese encantado crecer con un compañero de juegos de su misma edad, pasar las tardes de verano jugando en el parque a la vuelta de la casa, disfrutar de paseos al zoológico con la familia, entre otras cosas más, pero Dudley no era el mejor compañero de juegos ni los Dursley la mejor familia.
Todo eso cambió cuando entró al mismo colegio donde estudiaba Ronald Weasley. Automaticamente congeniaron en casi todo. Ambos tenían los mismos gustos musicales, apoyaban al mismo equipo de futbol, estaban en el mismo salón y eran malos en los mismos cursos. Lo más impresionante era que la familia de Ron, los Weasley, parecían encantados de tenerlo cerca. En muchísimas ocasiones, Harry ni siquiera pasaba las vacaciones con los Dursley, prefería quedarse con los Weasley en lugar de volver a Surrey con sus tíos. Ronald se convirtió en el hermano que Harry siempre quiso tener y Harry se convirtió en el octavo hijo que la familia Weasley tanto necesitaba.
Con Hermione uniéndose al grupo, Harry formó su propia familia donde, a pesar de no existir ningún tipo de vínculo sanguíneo, sentía que los conocía de toda la vida y esperaba que esa amistad durara para siempre.
Sin embargo, alrededor de 11 años después, la historia había dado un giro de 180 grados.
La ruptura de Ron y Hermione no solo los había afectado a ellos, el daño colateral cayó directo sobre Harry. Se vio sumergido en una encrucijada. El camino, que hasta entonces había sido completamente recto, se dividió en dos y no sabía cuál de los dos era el mejor. No tuvo tiempo para decidir, sus dos amigos se estaban "divorciando" y él, cual niño pequeño, debía decidir con cual padre quedarse. Optó por seguir a la lastimada y herida Hermione a donde sea que ella fuera. No lamentaba su decisión, Hermione lo necesitaba más que nunca y estaba demasiado enojado con Ron como para hablarle en ese momento. Sin embargo, ahora que ya había pasado el tiempo y las cosas se habían enfriado, Harry se daba cuenta de que extrañaba a Ron más de lo que pensaba.
Quería a su hermano de regreso.
—¿Has hablado con Ronald? —preguntó la castaña de manera distraída, como si no le importara, pero no lograba engañar a nadie, ni siquiera a sí misma.
—Esta semana no, pero me dijo que estaba pensando en venir para el baby shower de la bebé Lupin.
—Hmmm…
—Vendrá sin Lavender, obviamente. Estarán los Weasley ahí, no creo que ellos permitan que ella se aparezca, digo, no le haría eso a Remus ni a Tonks… ¿verdad?
Hermione no sabía que responder. Se suponía que Ron no debía serle infiel y, aun así, lo hizo.
—Me comentó que ha intentado contactarse contigo —añadió en voz baja, incómodo.
Siempre era incómodo hablar de Ron con Hermione y viceversa. Harry siempre decía todo con filtro pues no quería que ninguno de sus amigos malinterpretara sus palabras y empeoraran la, ya de por sí, tensa situación. No le gustaba jugar a la lechuza mensajera ni empezar con el circulo vicioso del "Hermione dice que te diga" y "Ron dice que te diga".
—Sí, lo hizo… No le he respondido.
—Algo así me comentó —Hermione jugó con sus dedos y Harry se acomodó los lentes, rogando que algo pasara para obligarlos a cambiar el tema, pero en esta oportunidad, no había nadie que fuera a su rescate—. Me dijo que se están preparando para las nacionales y que pensó que te encontraría ahí, ya que se encontraron en la gala. Piensa que sería bueno para ambos arreglar las cosas por si se vuelven a encontrar.
Hermione giró su rostro y sus ojos miel se encontraron directamente con las esmeraldas de su amigo. La noticia la había golpeado incluso más fuerte que el puñetazo de Harry de hace unos minutos. ¿Las nacionales? ¿Ronald Weasley y Lavender Brown se estaban preparando para competir en las nacionales? No pensó que… Pero, ¡qué tonta! Por supuesto que irían a las nacionales, ambos eran buenos bailarines. Era estúpido pensar que desperdiciarían su talento como lo estaba haciendo ella. Ahora, Ron y Lavender irían a los nacionales buscando el oro en la categoría Adulto I, tal y como él y ella hicieron alguna vez cuando compitieron en la categoría Youth a sus cortos 16 años.
—¿No has considerado… eh… intentar hablar con él? —preguntó alejándola de sus pensamientos—. Ya sabes, tratar de arreglar las cosas.
—No lo sé… Lo he pensado muchas veces, pero… no lo sé.
—Herms —el chico extendió su brazo por sobre la mesa, tratando de alcanzar a su amiga—, te digo esto con todo respeto y sin el ánimo de ofender, pero creo que ya es tiempo de perdonar —Hermione abrió los ojos, sorprendida—. Hermione, sé que Ron te lastimó mucho y sé que sigues enojada. Yo también lo estaría, lo que te hizo… sé lo duró que fue para ti —hizo una pausa para humedecer los labios, usando esa excusa para meditar en sus siguientes palabras—. Pero… yo extraño a mi familia.
La joven veía sinceridad en sus ojos. Nunca se había puesto a pensar en cómo esto afectaba a Harry, después de todo, él era quien tenía que dividirse entre los dos y hacer las de mediador.
—Los extraño, Hermione, los extraño a los dos —el pelinegro estiró sus manos para tomar las de ella y las sujetó con fuerza—. Extraño nuestras tardes recorriendo la ciudad, pretendiendo que éramos unos turistas; extraño cuando íbamos los tres al estadio para ver jugar a Gryffindor contra Slytherin; extraño las fiestas en la casa de los Weasley y las Navidades en Grimmauld Place, todos juntos, abriendo regalos en la mesa del comedor; extraño nuestros viajes de mitad de año, cantando a viva voz hasta quedarnos afónicos; extraño tenerlos a ambos en mi cumpleaños, pero, por sobre todas las cosas, extraño a las viejas versiones de nosotros.
Y no era el único, ella también extrañaba su antigua vida. Era como si hubiese pasado una eternidad desde esa noche en Blackpool.
—¿Y qué quieres qué haga? —suspiró cansada— Cada vez que intentó responder su mensaje… me entra una rabia —murmuró entre dientes apretando los dientes—. Me da rabia pensar que él se burló de mí, que me traicionó. Me da rabia pensar que tuvo el descaro de humillarme frente a todos en ese hotel, sabiendo lo importante que era ese día para mí. Me da rabia saber que decidió invitar a Lavender sabiendo que yo estaría ahí, que mi familia estaría ahí… No le importé ni en lo más mínimo —respondió con la voz quebrada, pero negándose a soltar más lágrimas por su culpa—. Me da rabia todos esos días, postrada en cama, recibiendo las humillaciones y el olvido de las personas que alguna vez me apoyaron… No es justo que yo me quede aquí mientras ellos van a las nacionales. Es como si me presumieran su felicidad en la cara y, Harry, yo… yo no puedo.
—Hermione, ya te he dicho esto tantas veces —suspiró apretando más sus manos—. Tienes que dejarlo ir, Herms, debes soltarlo. Solo así podrás seguir adelante y ser feliz.
—Para ti es fácil decirlo. ¡A ti no te rompieron la pierna! —exclamó irritada, soltándose con brusquedad—. Dime, si Ginny, Dios no lo quiera, te engañara y te rompiera la pierna y te quitara tus oportunidades de convertirte en detective, ¡¿la perdonarías?!
Harry negó con la cabeza e hizo una pausa. Ginny y él llevaban poco tiempo saliendo, pero todo parecía indicar que tenían una relación altamente funcional a pesar de que ambos estuvieran ocupados en sus propios asuntos. Sabía que su amiga no decía eso porque le deseara el mal a su noviazgo, sabía que lo hacía porque estaba herida y su única forma de defenderse era atacar.
El largo silencio de Harry la hizo sentir culpable, pero al mismo tiempo, un poco mejor. Eso le asustaba, ella no era así.
—Sí —respondió con firmeza después de unos minutos de analizarlo—. Me costaría, no te lo niego, y mucho. Mi único plan a largo plazo es ser un detective como lo fue papá, pero amo a Ginny y, aunque de aquí a unos años o unos meses terminemos, me gustaría que ella fuera feliz. No me haría bien, ni a mí ni a ella, guardar tanto resentimiento. Si quieres seguir adelante, es necesario que aprendas a soltar aquello que te impide avanzar, Herms.
¿Soltar?
Un verbo, seis letras, una palabra tan pequeña, pero, al mismo tiempo, tan grande.
—Solo… solo prométeme que lo vas a intentar —pidió mirándola a los ojos. Estaba hablando en serio, muy en serio. Hermione estuvo a punto de replicar, pero la detuvo— y no pienses que es por Ron o por mí o por quien sea… Has esto por ti misma, Hermione. Necesitas seguir adelante, necesitas retomar tu carrera, necesitas recuperar tu sueño. Necesitas soltar y empezar de nuevo.
Resignada, solo le quedó asentir.
—¿Crees que demoren mucho donde el sastre? —dijo cambiando radicalmente de tema. Ya no quería ni hablar ni pensar en Ron y Lavender y Harry respetaría esa decisión— Digo, solo irán a recoger un par de vestidos. Tal vez podamos alcanzarlos allá y almorzar juntos antes de ir donde los Lupin.
—Pues, creo que mencionaron algo sobre ver las telas para los trajes para la competencia.
—¡Pero falta mucho para marzo! —exclamó cambiando de ánimos.
—Ya sabes lo emocionados que están esos dos con lo del concurso —rio, negando con la cabeza—. Escuché a Sirius diciéndole a su asistente que contacte con un diseñador, que quiere "creaciones únicas" para cada uno de nosotros —resaltó la frase con un gesto de hacer comillas con los dedos índice y anular de cada mano—. Irán a ver las telas con un proveedor.
—Ni siquiera saben las reglas de vestuario y ya quieren empezar a diseñarlos —suspiró divertida—. Tendré que pedirle a la profesora McGonagall que les hable de los reglamentos antes de que esto se salga de control. ¿Sabes que pueden descalificarlos antes de tiempo si la falda es un centímetro más larga del promedio? Créeme, lo último que quieres en una competencia es resbalar por culpa de tu falda, te lo digo por experiencia.
Ambos rieron, olvidándose por completo del asunto de Ron.
—¿En serio crees que tengan una oportunidad? —preguntó el pelinegro mientras se reclinaba sobre la silla, cerrando los ojos y disfrutando del fresco.
Hermione no estaba muy segura. Confiaba en la capacidad de sus alumnos y sabía que tenían una buena base, pero no estaba segura de qué tan bien se desenvolverían en una pista de baile verdadera. Ya no estarían en la seguridad del estudio, estarían compitiendo con otras diez parejas a su alrededor, cada una dando lo mejor de sí mismas para llevarse el trofeo a su respectiva academia.
—Creo que sí o, al menos, eso creo —respondió levantando los hombros—. No somos los mejores, pero tampoco los peores. Por ejemplo, tenemos a Luna quien, tú sabes, es muy buena.
—En eso te doy la razón. Digo, ¿has visto sus saltos? Parece un conejito de caricatura —rio.
Luna Lovegood llevaba casi dos años enteros bailando ballroom junto con Sirius. Ambos se habían inscrito a las clases por puro capricho del mayor cuando este se encontraba en una de sus tantas "crisis de aburrimiento". Durante el tiempo que Hermione aún le costaba movilizarse por su cuenta, ese par estuvo frecuentando el estudio para ayudarla. Sin embargo, terminó gustándoles tanto que, sin dudarlo, se unieron a las clases para no romper con esa rutina. Luna había demostrado facilidad para aprender algunos bailes, entre ellos, el jive. Aquella danza era una de sus favoritas y, con paciencia y mucha práctica, aprendió a dominarla. El jive se convirtió en su fuerte.
—El jive ya lo tenemos resuelto. El quickstep también, son parecidos, no tendrá problemas. Lo que preocupada es que, como es la única bailarina mujer que tenemos, ella tendrá que bailar todas las coreografías de todos los géneros. No lo sé —suspiró—, tengo miedo que se cansé rápido. Si se cansa después de la tercera canción, no va a sobrevivir al latino.
Y no era la única que tenía ese miedo; McGonagall, también.
—¿Y qué hay de Sirius? ¿Qué opinas de él? Es el más emocionado —reconoció Harry con una sonrisa—. Ni siquiera han terminado de inscribirse por completo, pero él cree que ya ganó.
—Estoy segura que él nació creyendo eso —se burló—. Por Sirius, pues, no tengo inconvenientes. Él baila lo que yo le ponga. Me encanta que se adapte tan bien —exclamó sin poder creerlo—. El problema es que tiene tanta energía que baila con demasiada fuerza. Literal, a veces… a veces siento que se desborda —y no era que exagerara, Sirius tenía tanta energía que se desbordaba al bailar. Sabía lo que era ser su pareja de baile y no era más que una serie constante jalones y empujones si se trataba de bailes cerrados, como el vals. Sus movimientos eran muy rápidos y algo bruscos a la vez. Tanto McGonagall como ella pensaba que eso no era algo que los jurados quisieran ver—. Creo que él va para los bailes rápidos. Ya sabes, ritmos latinos. Estuve pensando en algo como Samba, Paso Doble… creo que el Tango también sería una buena opción, si logramos bajarle las revoluciones.
—¿Y Neville? No olvides a Neville.
—Que no se me olvida —rio, estirándose. Cerró uno de sus ojos y llevó su mano a su mentón, colocando su índice sobre su nariz, adoptando una pose pensante— Hmmm… Creo que Neville tiene más facilidad para los bailes lentos.
—Es bueno con el vals. Lo he visto ensayando hasta en la calle —comentó divertido.
—Cierto —siempre recordarían aquella noche cuando todos se estaba retirando para irse a sus casas y encontraron a Luna y a Neville bailando en la acera, interrumpiendo el paso de algunas personas—. Creo que sería perfecto en el vals inglés y tal vez, el vienés. Creo que puede hacer ambos. Asimismo, es el más joven de los chicos por lo que creo que podría tener más facilidad para el jive y el quickstep porque son muchos saltos y dudo que Sirius o Snape aguanten mucho.
—Oh cierto —el rostro del ojiverde se iluminó y se inclinó sobre su asiento, acomodándose para seguir con su conversación—. ¿y Snape? Casi me olvido de Snape. De hecho, ¿qué hay de Snape? Ya no sabemos nada de él, se desapareció por completo.
Hermione no se había atrevido a hablar de Snape en voz alta desde lo ocurrido en la estación. Lo último que supieron de él fue que tenía "un asunto importante de trabajo" y que por eso "no podría ir a la clase del sábado". Había escrito eso en el chat de SIRIUS Y SU PANDILLA y esa fue su última intervención hasta la fecha. Todos le desearon suerte en lo que sea que tuviera que hacer, pero Hermione, a diferencia del resto, no se atrevió a enviar nada a excepción de un pequeño emoji de un dedo pulgar levantado en señal de apoyo. Los días pasaron y, cuando llegó el martes, el chat se llenó de mensajes exigiendo que Snape se manifestara frente a ellos, pero ni siquiera aparecía el "en línea" debajo de su nombre.
—Oh, me comentó que se iría de viaje o algo así. Dijo algo sobre una propuesta de trabajo importante en el extranjero —inventó cuando le preguntaron si sabía algo del profesor ya que ella era "muy cercana" a él. Aquella mentira salió de manera tan improvisada que le sorprendía que le hubiesen creído ciegamente.
En fin, fue más que suficiente para convencer a sus amigos y a la profesora de que todo estaba bajo control por lo menos unas tres clases, pero eso no quitaba temor constante de que el profesor hubiese decidido "abandonar el barco" en secreto, dejándolos a todos botados antes del concurso. La más preocupada respecto a ello era la profesora McGonagall quien, después de haber hablado con el comité encargado del concurso, no podía permitirse perder un alumno antes de tiempo. El solo pensar en la alta probabilidad de que la profesora ya hubiese perdido otro alumno por su culpa provocaba que se le revolviera el estómago.
—No me ha escrito. Seguro sigue de viaje —respondió sin mirarlo.
—Qué extraño, ¿no? Se fue sin despedirse. Al menos, debió avisar —Harry se volvió a reclinar sobre la silla, dándole un sorbo a su botella de agua—. La profesora McGonagall me comentó que cree que es muy probable que ya no lo volvamos a ver.
—¡¿Disculpa?! —exclamó confundida— Explícate.
—Bueno, me comentó la clase pasada, durante el descanso, que cree que Snape ya no volverá a aparecerse más por el estudio —la castaña lo observó horrorizada—. Herms, la profesora McGonagall ya ha lidiado con esto antes. Snape no sería el primer alumno que usa la táctica de desaparecer sin previo aviso para deshacerse de nosotros —le recordó.
En los pocos años que tenían Harry y Hermione como parte del staff de trabajadores de McGonagall's Dance Studio, habían visto ir y venir a varios alumnos de las clases de ballroom. Muchos de ellos, como ya se sabe, solo asistían a la clase de muestra gratis y luego no volvían nunca más. Otros se quedaban por una o dos clases y luego, adiós. Pocos, como Snape, se quedaban durante un tiempo más prolongado, pero al final terminaban renunciando, muchas veces, sin avisar. Durante estos meses, McGonagall pensó que el profesor Snape sería diferente y que, tal vez, sería un fiel alumno, pero el hecho de que desapareciera de la nada y sin avisar solo aumentaba sus sospechas de que, tal vez, estuvo equivocada.
¡Ay no!, pensó la castaña, esto es lo último que me faltaba.
—No lo sé. Bueno, tal vez ya se cansó —comentó encogiéndose de hombros—. Digo, parece un hombre ocupado, seguro tiene mejores cosas que hacer que participar en un concurso de baile de salón. Aunque admito que me hubiese gustado que le avisara a la profesora McGonagall. Creo que es lo mínimo que se merecía, por respeto.
—Sí... —suspiró la joven, angustiada—, por respeto.
No quería que la profesora McGonagall tuviera una mala percepción de Severus, esa jamás fue su intención. Sin embargo, ahora su mentora pensaba que Snape era uno más de esos alumnos desconsiderados que tanto aborrecía. Esto se había salido de control y todo era su culpa. Aunque era probable que la profesora tuviera razón y Snape jamás volviera a aparecerse por el estudio, no podía permitir que ella se quedara con esa mala impresión. Debía confesarle la verdad, debía confesar que ella era la culpable de la desaparición de Snape y la pérdida de uno de sus cuatro alumnos, aunque eso significara que se enojara con ella.
Era lo correcto.
—Harry —llamó, todavía dudando sobre lo que estaba a punto de hacer—, tengo que confesarte algo.
La voz de Hermione se escuchaba tan seria que Harry también se vio afectado por su repentino cambio de humor— ¿Qué sucede?
—... —la bailarina se humedeció los labios y, cerrando los ojos, confesó todo—. Yo soy la culpable de que Snape se fuera.
Harry, sin tener la menor idea de lo que su amiga quería decir, parpadeó un par de veces— No entiendo, ¿cómo es eso de que tú eres la culpable? ¿Podrías ser más clara, por favor?
—Snape se fue por mi culpa, Harry —respondió frunciendo el ceño, angustiada y hablando tan rápido que sus palabras salían atropelladamente de su boca—. Yo… le hice algo horrible y se enojó conmigo. Dijo que no quería volver a verme, que era muy difícil para él y que era mejor que nos mantuviéramos alejados durante un tiempo, al menos hasta que él se sintiera preparado para volver la normalidad —sus ojos lagrimearon ligeramente—. Cortó toda conexión conmigo. Ni siquiera quiere venir a las clases de McGonagall porque no quiere verme… Tuve que inventar toda esta mentira del viaje de trabajo porque no me atrevo a decirle a la profesora que todo esto es mi culpa.
Su nariz estaba roja ahora y sus ojos le ardían.
—Pero ¿Qué le hiciste, Hermione? —preguntó no muy seguro de querer escuchar la respuesta. Ella agachó la cabeza y se mantuvo callada, apretando fuertemente los labios. Estaba avergonzada—. Oh, por Dios… —susurró sabiendo lo que ese silencio significaba—. ¡Hermione! ¡¿Qué hiciste?!
Hermione ya no pudo guardarse el "secreto" y terminó confesando absolutamente todo lo que había pasado desde aquella noche en el estudio, cuando ambos cruzaron esa línea profesora-alumno y bailaron aquel tango prohibido, entregándose a la pasión del movimiento, de sus cuerpos y de sus almas. Le contó de la semana entera donde permitió que el profesor se hiciera ilusiones de una posible futura relación entre ellos. Le contó de sus planes para con ella, incluyendo los de presentarles a sus amigos más cercanos y a su madre en una cena formal. Le contó de aquel "te amo" que murmuró soñoliento en su oído cuando aún dormían juntos en su cama. Asimismo, le contó sobre como estuvo evitándolo durante dos días sin darle mayores explicaciones y, por último, le contó de su desastrosa conversación en la estación de Southfields.
Ahora, Harry tenía más detalles de todo lo ocurrido con Snape que la misma Ginny Weasley.
Al acabar de contar toda la historia, Hermione tenía lágrimas en los ojos. Harry sabía que eran lágrimas de culpabilidad. Su amiga se sentía culpable de todo lo que le había hecho al profesor y, ahora, se le sumaba el hecho de la mala impresión que tenía la profesora McGonagall de Snape sin que él fuera el verdadero culpable por ello. El aspirante a detective estaba muy al tanto del problema de autocontrol que la bailarina venía arrastrando desde su accidente y, al igual que Ginny, creía que ya le había puesto un fin a todo eso, pero se daba cuenta de lo equivocado que estuvo.
—Ahora me odia —sollozó—. Yo no quise hacerle daño, Harry, no quise que se ilusionara. Debí detener eso desde el inicio, debí decirle que no quería nada serio… Ahora, por mi culpa, no solo perdí a un amigo, también hice que la profesora McGonagall perdiera un estudiante.
La joven se inclinó sobre sí misma, apoyando sus codos sobre sus rodillas y escondiendo el rostro entre sus manos. Harry aún seguía atónito por lo que había escuchado, tenía mucho que procesar.
—Yo… no sé… no sé qué decirte, Hermione —respondió mirando al frente sin mirar realmente—. Es algo chocante saber que tuviste sexo con Snape —el chico parpadeó y luego se giró a ella—. Es… es muy viejo para ti. ¡Podría ser tu papá!
—No necesito que me lo recuerdes.
—Realmente, no esperaba algo así de ti o, bueno, sí, no lo sé. Estos años tú has… ya sabes… eh… no quiero decirlo porque suena muy fuerte y no quiero ofenderte.
—Gracias —susurró aún con el rostro oculto.
—Hermione… Perdóname, pero… pero lo que hiciste estuvo mal. Acabas de hacerle lo mismo que le hiciste a Cormac McLaggen, solo que en menos tiempo —el chico se pasó las manos por el despeinado cabello negro y soltó un suspiro frustrado—. Es verdad que no conozco a Snape tan bien como tú, apenas hablamos, pero creo que es un buen sujeto… algo parco y, bueno, no es muy agradable a veces, pero creo que es un buen sujeto y creo que no se merecía eso. En realidad, nadie se merece eso.
—Me asusté, ¿de acuerdo? ¡Me asusté! —exclamó levantando el rostro—. Todo fue demasiado rápido. Digo, sí, quería tener sexo, pero cuando dijo que me amaba y que quería presentarme a su madre, me asusté.
—Pero, ¡¿por qué no lo detuviste en el primer momento, Hermione?! Tampoco era tan difícil.
—No lo sé… creo que es porque me gustaba que me hiciera sentir especial —respondió haciendo un puchero con los labios, tal como si fuese una niña pequeña—. Me gustaba que me mimara. Snape es muy consentidor, ¿sabes? Hace ricos desayunos. Deberías probar sus comidas, son muy buenas. También es detallista y es tierno. Una vez me dio flores y, no sé, nadie me había dado flores en… ¡en años! ¡Oh!, y da cálidos abrazos, le gusta hacer cucharita en la cama antes de dormir y sus manos son mágicas, en serio, la otra vez me hizo…—
—Herms, Herms, Herms, no necesito una imagen mental de Snape haciendo... haciéndote… no quiero eso en mi mente, ¿quedó claro? —la interrumpió con brusquedad— Es raro y perturbador.
—Lo siento, Harry, perdón, se me pasó —suspiró masajeándose el cuello—. El punto es que me gustaba como me hacía sentir.
—¿Y él te gusta?
Sus ojos miel se encontraron con los verdes de Harry y luego se fijaron en el suelo, reflexionando en la pregunta. El joven la miró frunciendo el ceño y esperó pacientemente por una respuesta.
—Sí… o sea, sí, me gusta, pero solo es eso. Me gusta de gustar, es como que… ay, no sé cómo explicarte, Harry —ahora era su turno de pasarse las manos por el cabello—. O sea, me parece atractivo. ¿Sí? Severus me atrae mucho —Harry enarcó una ceja, dudoso de sus palabras. "Snape" y "atractivo" no eran dos palabras que él pondría juntas en una misma oración—. ¡En serio! Tiene algo, no sé… Físicamente no es un galán, ¿ok? Lo reconozco, he visto mejores —exclamó tratando de ocultar su sonrojo—, pero Severus es atractivo. Me gusta ese aire misterioso y melancólico que tiene, me gusta su voz fuerte y gruesa, pero que parece un susurro a la vez... hmmm… Me gusta mucho su actitud de hombre intelectual y, no sé, creo… que tiene una espalda bonita —murmuró lo último, esperando no ser escuchada.
Tuvo que llevarse ambas manos a las mejillas pues estás le ardían. La verdad era que Snape no solo tenía una "espalda bonita", también existían otras partes de su cuerpo que la bailarina encontraba atractivas: como su trasero, por ejemplo. No era como que hubiera mucho para tocar, pero había y le gustaba. Sacudió la cabeza tratando de alejar esa imagen mental de sus pensamientos.
—Me gusta que sea delicado conmigo, que siempre sepa qué decir o aconsejar. Siempre tiene palabras bonitas para mí y me hace sentir especial —continuó, sonriendo con tristeza—. Me gusta que crea en mi talento, incluso si yo no creo en mí misma. Me gusta que crea que soy maravillosa. Es como si realmente no se diera cuenta de que soy un completo desastre —otra vez esa horrible sensación agridulce en su boca—. Me gusta que me escuche, incluso cuando sé que, a veces, no tiene ni la menor idea de lo que estoy hablando, Me gusta que sea apasionado en todo lo que hace, aunque él diga que no es así… Me gustan nuestros paseos en el parque con Lamarck porque, de alguna forma, cuando estamos juntos, los tres, me siento como… como en mi hogar.
Harry se levantó de su silla y se arrodilló frente a ella, estirando una mano para levantar el mentón de su amiga, intentando que ella dejara de ver el piso. Vio dolor en sus ojos, pero también sinceridad. Se le notaba auténticamente arrepentida y muy dolida. Nunca antes la vio así antes, al menos no con los otros hombres de su vida. Ni siquiera Cormac McLaggen logró conmoverla tanto como lo hizo Snape.
—¿Lo amas?
—No lo sé —respondió quedito—. Solo sé que lo quiero y lo extraño, pero tampoco quiero que se ilusione conmigo. No estoy segura de poder ser la pareja que él se merece. No me siento lista para ello. Snape es un hombre maduro y estable que está buscando a alguien con quien pueda compartir parte de su vida y yo… yo no me siento suficiente para él. He hecho cosas de las que me arrepiento y, él tiene razón, sigo siendo muy infantil a veces —lo miró a los ojos, lagrimeando—. Tengo miedo de que, cuando sepa todo lo que hice, cuando sepa que no es el primero a quien le hice esto, me crea una… —ni siquiera pudo terminar la frase, tuvo que morderse la lengua porque decir la palabra sería como aceptar que eso era lo que ella era—. Yo no soy suficiente para él… para él ni para nadie.
—Hermione, no, no, no digas eso —el joven la rodeó con sus brazos y la atrapó en un cálido abrazo mientras acariciaba su espalda. Hermione se aferró a él cerrando los ojos y respirando con fuerza, buscando calmarse para no llorar—. Tú eres una chica increíble y cualquiera debería sentirse honrado de tener tu afecto. Sé que para ti no es fácil, pero tienes que mejorar ese concepto tan bajo de ti. Eres asombrosa, muy inteligente y divertida y una buena chica ¿ok?
Ella asintió, sorbiendo por la nariz.
—Mira, nadie te va a obligar a estar con alguien si no quieres hacerlo, pero debes ser responsable y arreglar las cosas… Wow, no puedo creer que sea yo quien te esté dando ese consejo. Usualmente, es al revés —bromeó lo que hizo a la joven sonreír ligeramente—. Creo que debes asumir lo qué hiciste, solo así podrás estar en paz contigo misma. Debes decirle a la profesora McGonagall la verdad, aunque se enoje y luego pedirle a Snape unas disculpas sinceras y explicarle todo —la miró a los ojos y repitió la última palabra—. Todo. Todo lo que me acabas de contar debes decírselo. Todo desde Ronald hasta él, debe saberlo. Sé sincera, ábrele tu corazón, así como él te abrió el suyo. Si vuelve a hablarte o no, será decisión de él, pero al menos tendrás la consciencia tranquila.
Hermione se enderezó sobre el asiento y se limpió los ojos y acomodó el cabello, asintiendo a toda velocidad. Se sentía de nuevo como una niña de once años, llorando en los baños del colegio porque no era suficientemente buena para obtener un "sobresaliente" en una de sus clases.
—Hazlo por ti, Mione, ¿sí? Necesitas quitarte esa culpa. ¿Lo prometes? ¿Me prometes que serás responsable?
—Lo prometo, Harry. Lo voy a intentar.
La música que provenía del pequeño parlante conectado a su celular inundaba por completo su pequeño departamento en Wimbledon. El sonido del piano era el ideal para practicar un baile tan delicado como lo era el ballet. Sujetándose de la barra móvil instalada a mitad de su sala, Hermione realizaba constantes relevés. Apoyaba las plantas de los pies por completo sobre el suelo y luego se levantaba, apoyándose en sus metatarsos para bajar de nuevo. Alternando entre un pie y el otro, la castaña hacía sus últimos estiramientos antes de dar por finalizada su sesión diaria de entrenamiento.
Llámalo, dijo una vocecita en su mente, la misma que evitaba desde hace ya varios días. Lo prometiste. Por favor, llámalo.
Hermione sacudió su cabeza con fuerza tratando de sacar esos pensamientos de su cabeza.
Ya te dije que lo voy a llamar… pero no ahora.
A pesar de que le había prometido a Harry que iba a arreglar esa situación, aún podía escuchar las palabras dolidas de Snape haciendo eco en su cabeza. Severus fue muy claro con sus deseos, no quería verla en ese momento y, por eso, lo mejor era no molestarlo. Además, tenía mucho miedo como para tomar el teléfono y llamarlo. No estaba segura de lo que debía decirle, ni siquiera estaba segura si lo correcto era solo llamarlo. Lo más apropiado sería que ella fuera a su casa e intentara hacer las paces, pero tampoco estaba segura si era bienvenida en Southfields ahora.
No quería complicar más las cosas y esa era la excusa perfecta para procrastinar el asunto por un tiempo.
Mientras estaba sentada sobre su tapete acolchonado, estirándose todo lo que podía hacia adelante, con las piernas estiradas y los músculos contraídos, escuchó vibrar su teléfono, interrumpiendo momentáneamente la reproducción de la canción en el parlante. Relajó sus piernas y gateó sobre el suave tapete azul hasta alcanzar el aparato.
"Cuatro nuevos mensajes".
Su corazón le latió con fuerza contra su pecho. En el fondo, albergaba la esperanza de que alguno de esos cuatro mensajes fuera de Snape. No tenía noticias de él desde hace ya dos semanas y, en verdad, anhelaba con desesperación alguna señal de él, aunque fuese insignificante. No importaba que fuera, solo quería saber que se encontraba bien. Había algo en su pecho que la molestaba desde hace casi más de una semana, una sensación muy particular que solo surgía cuando pensaba en el profesor.
Culpa, solía decirse para calmarse, pero, en el fondo, sabía que se trataba de algo más, algo que no sabría describir.
Algo decepcionada, descubrió que no eran más que mensajes del grupo de la clase de ballroom.
"Como si, después de todo lo que pasó, él fuese a escribirte, Hermione. No seas tonta", se dijo.
Sin embargo, no todo estaba perdido. Tal vez uno de ellos podía ser de Snape, se consoló desbloqueando el móvil. Después de todo, estaban a nada de iniciar el año escolar; si Severus se había ido de viaje —tal y como había insinuado esa noche en la estación—, lo más probable era que ya estuviera de regreso.
[Sirius: *Foto* Tú, Hermione ]
[Harry: Jamás olvidaré ese día xD]
[Sirius: "Hermione, princesa, sé amable con nuestras visitas"
JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA]
Sirius acababa de enviar un meme de un pequeño perro chihuahua sonriendo de forma perturbadora con una descripción que decía:
"Mi mamá: Ofrécele algo a la visita"
"Yo: ¿Quieres bailar?"
Dejó escapar una risilla mientras contestaba el mensaje. Esos dos jamás se olvidarían de aquel día tan vergonzoso hace ya tantos años. Fue cuando celebraba sus 15 años en una pequeña reunión privada en su casa debido a que era un día de semana. Harry y Sirius estaban sentados en la sala junto con los otros invitados cuando escucharon como la Sra. Sra. Granger le reclamaba a Hermione sobre "¡¿Por qué nadie está comiendo?!". La Sra. Granger había comprado aperitivos deliciosos —muy saludables para los dientes, sea dicho de paso— y los había dispuesto en fuentes de cristal de diversos tamaños, pero no estaban teniendo el éxito que ella esperaba. Hermione asintió mientras se paraba frente a sus propios invitados sin estar muy segura de cómo ofrecerle los bocadillos de su madre. Se dirigió a Sirius —quien, estaba segura, jamás le rechazaría algo—, pero, en lugar de ofrecerle comida o alguna bebida, se puso nerviosa y solo se le ocurrió ofrecerle bailar para intentar animar el ambiente algo decaído.
Cabe decir que, solo cuando todos empezaron a bailar, la fiesta se convirtió en un rotundo éxito.
[Tú: *Foto*
Tú, Sirius, ayer]
Hermione atacó fuego con fuego y envió un meme con la cara de Leonardo DiCaprio en la película de Django que ponía:
"Cuando te tropezaste, pero lograste que parezca parte de la coreografía".
Su imagen fue correspondida con risas virtuales y algunos otros comentarios. Con una sonrisa de satisfacción, dio por terminada su intervención en el grupo. Dejaría que siguieran bombardeando su celular con mensajes mientras ella tomaba una ducha para relajarse y quitarse el sudor del cuerpo. Puso música, sacó una toalla limpia y se relajó bajo el agua fresca de la regadera, procurando masajear las zonas adoloridas de su cuerpo, enfocándose principalmente en la zona de sus pies.
El agua cayendo directamente sobre su cabeza le ayudaba a olvidar su problema con Snape. Había intentado escribirle desde que habló con Harry, incluso tenía un borrador de lo que quería decirle en sus notas del teléfono, pero todavía no estaba convencida de enviarlo. Algo dentro de ella, probablemente sus miedos, le advertían que mejor esperar un poco más, por si acaso el profesor se animaba a aparecerse por la academia de nuevo, pero no había señales de que eso pasara pronto.
Al salir de la ducha, caminó envuelta en su toalla por su habitación, vistiéndose con sus ropas de vaga, aquellas ropas que no permitía que nadie viera por estar demasiado usadas, pero que tampoco estaba dispuesta a desechar puesto que eran demasiado cómodas. Se puso sus bragas más cómodas, esas que le daba vergüenza usar para salir del edificio, y dejó el sujetador de lado pues no lo consideraba necesario. Se puso una camiseta blanca y holgada y unos shorts rojos. Buscó sus pantuflas y salió de su habitación hacia la sala.
Su estómago rugió.
Con la toalla húmeda colgada en el cuello y todavía secándose el rizado cabello castaño, Hermione se desplazó hasta la cocina donde se detuvo frente a su pequeño refrigerador en busca de algo que comer. No había mucho de donde escoger, ya se le había acabado casi todo, ni siquiera le quedaban vegetales frescos. Era triste ver el interior. Solo había tres huevos, dos limones verdes duros y uno partido a la mitad completamente seco. También había una caja de leche más o menos llena, mantequilla al fondo y varias botellas de agua fría. Encontró un recipiente con las sobras de la cena de ayer, pero no quería comer eso, ya ni siquiera se veía comestible.
Su estómago volvió a rugir. Tenía hambre, mucha hambre. Apenas había comido en el almuerzo y no había probado bocado durante toda la tarde. Sacó el envase y vació el contenido en la bolsa de basura que debía sacar más tarde, cuando anocheciera por completo. Buscó en la despensa, esperando encontrar algo decente que picar, pero no había nada apetecible, ni siquiera cereal. Solo encontró un paquete de galletas saladas que no quiso comer. Esto le daba hasta vergüenza. Otra vez olvidó comprar comida para la semana.
—Debemos ir al mercado, Herms, o moriremos de inanición —se dijo.
Bueno, tal vez era momento de usar el confiable servicio de delivery de los restaurantes cercanos a su casa.
Resignada, aceptó que su pequeña cocina no era el lugar indicado para encontrar comida. Se dio la vuelta y zigzagueó hasta su pequeña salita donde se dejó caer sobre el sofá para encender su laptop blanca que yacía olvidada en la mesita de cristal al lado del mueble. Recordaba tener dinero en la tarjeta de crédito, podría pedir delivery de algo y tener una cena decente.
¿Italiana? No, ya comí de esa hace tres días. ¿Mediterránea? No, muy cara. ¿China? No, quería algo grasoso. ¿Hindi? Muy picante. ¿Mexicana? No, ya había quedado con sus amigos para comer eso la próxima semana.
—¡¿Por qué es tan difícil pedir comida?! —exclamó lanzando su cabeza hacia atrás, evidentemente ofuscada.
Decidió que optaría por la vieja confiable, la comida rápida. No era muy fanática de ella, comer pizzas, hamburguesas y pollo frito era delicioso, pero comerlos de forma constante aburría tarde o temprano. Durante su primer mes viviendo completamente sola, su única fuente de alimento fueron las pizzas, pero terminó hartándose a la semana.
—Debes aprender a cocinar, Hermione, te urge —se reprendió así misma mientras deslizaba el cursor del mouse por la pantalla—. Bien, ¿qué comemos esta noche? ¿Pizza? No gracias. ¿McDonald's? Ay, que rico, pero ayer comimos hamburguesas. ¿KFC? Hmmm... Puede ser.
Mientras iba explorando sus opciones, un anuncio de Fish and Chips apareció frente a ella, cubriendo casi toda la pantalla por completo. Su corazón se apretujó contra su pecho. No había comido fish and chips desde la gala del Bloomsbury, hace ya un par de meses. Snape le había comprado su último fish and chips. Aún recordaba con mucha gracia cómo fue que entraron elegantemente vestidos a la pequeña tienda y luego comieron en el parque, descalzos, compartiendo una bonita conversación bajo el hermoso cielo nocturno de la ciudad inglesa.
Escríbele, por favor, escríbele.
La joven cerró los ojos y apretó los labios uno contra el otro. Tenía que dejar de procrastinar las cosas. Su estómago rugió exigiendo comida de inmediato por lo que se vio obligada a seguir buscando su cena.
—¡5 libras más por el delivery! —exclamó con indignación cerrando la pantalla al instante— No gracias. ¿Me han visto cara de millonaria o qué?
La joven abandonó la laptop blanca sobre el sillón y volvió sobre sus pasos hasta su habitación. No iba a desperdiciar su dinero, muchos menos ahora que todavía no pagaba la renta del departamento y ya estaban a nada de llegar a septiembre. Deslizó la puerta de su armario y buscó uno de sus tantos polerones, de esos que le quedaban enormes y que, muchas veces, usaba para dormir porque eran calientitos y cómodos. Mientras sus dedos se paseaban entre su ropa, encontró varias fundas negras protectoras de trajes. Sus mejores vestidos de competencia estaban ahí, empolvándose después de pasar años en el olvido. Sacó esos pensamientos de su cabeza y siguió buscando.
Tenía mejores cosas que hacer que pensar en su pasado, como llenar su estómago vacío, por ejemplo.
Eligió uno rosado que no había usado en un tiempo. Se puso un sujetador y el polerón encima; cambió los shorts holgados por unos jeans y las pantuflas por los tenis blancos que estaban debajo de su cama. El chippy más cercano se encontraba a unas cuatro cuadras más arriba y, aunque no le gustará tanto el sabor en comparación con otros lugares, era lo que había. Sacó algo de dinero el cual guardó en su bolsillo izquierdo, dejando el derecho libre para guardar su celular. Tomo sus llaves y salió de apartamento, bajando los cuatro pisos hasta la salida.
Al abrir la puerta de cristal de la entrada sintió como la fresca brisa nocturna golpeaba su rostro cálido, provocando que sus vellos se erizaran. ¡Cómo había extrañado el frío de Londres! El cielo estaba cubierto de cargadas nubes oscuras que no le permitían divisar ni una sola estrella. Si llovía, sería el primer aguacero que tendrían en semanas. Algo le decía que lo mejor sería apresurarse por si el clima decidía jugarle una mala pasada a mitad de camino.
En el trayecto hasta el restaurante de comida rápida, Hermione pasó al lado de autos y peatones demasiado ocupados en sus asuntos como para notarla. No importaba, ella también iba demasiado sumergida en sus propios asuntos como para notarlos. Mientras avanzaba calle arriba, no podía evitar pensar en Snape. Lo extrañaba terriblemente. Tanto a él como a Lamarck. Ambos se habían convertido en seres muy importantes dentro de su vida y no verlos le afectaba demasiado. Tal vez ya era hora de seguir el consejo de Harry y hablar con Snape de una vez por todas.
Solo tenía que dejar de ser tan cobarde.
Al llegar a la tienda, tuvo que hacer fila durante unos eternos minutos pues el lugar estaba lleno. Al parecer no era la única que prefería comprar comida los domingos en lugar de pasarse el día cocinando. Mientras aguardaba su turno, tomó su celular para revisar sus mensajes. No había ninguno nuevo.
Sus ojos viajaron de inmediato al chat que tenía con Severus.
Lo tenía agendado como "Sr. Snape". No lo había cambiado desde la primera vez que lo agregó a su lista de contactos con el fin de añadirlo al grupo de WhatsApp del estudio, cuando todavía no tenían esa intimidad y no eran más que una profesora y su alumno. De cierta forma, extrañaba esos días, todo era más fácil. Sin embargo, si no hubieran desarrollado esa intimidad que poco a poco se transformó en complicidad, ella jamás hubiese conocido la maravillosa persona que se escondía detrás de la seriedad propia del profesor de Química.
Sus dedos teclearon sobre la pantalla un par de veces —muchas veces—, escribiendo un mensaje cada vez más corto que el anterior. Realmente ni siquiera sabía qué era lo que estaba tratando de escribir, todo le parecía tan estúpido que estuvo a nada de mandar todo a la mierda y cerrar la app, pero sabía que debía hacerlo, debía contactar con él. Al final aquel mensaje de casi 100 palabras escrito en borrador en "Notas" se convirtió en un pequeño texto que ponía:
[Tú: Hola, Severus. Estaba por Southfields y pensé pasar a saludar, quiero saber cómo está Lamarck. Lo extraño mucho]
Patético sin duda, Hermione.
Era una completa mentira que estuviera cerca de Southfields, tendría que tomar un autobús para estar allá, pero no importaba. Las probabilidades de que el hombre le permitiera ir a su casa eran casi nulas. Sin embargo, sí era verdad que extrañaba al cachorro de samoyedo. Extrañaba acariciar su suave pelaje y jugar con su pelota amarilla hasta el cansancio. Otra cosa que era verdad era ese "Lo extraño mucho". Ese "Lo" no iba dirigido a Lamarck, iba a dirigido a él en un tono más formal, el mismo que usaba todo el tiempo cuando recién se conocían y aún no se tenían tanta confianza.
Salió de la aplicación y esperó pacientemente un minuto. Dos, tres, cuatro, cinco. Nada. Esperó, esperó y esperó y, cuando menos se dio cuenta, ya estaba al frente de la fila y el chico del mostrador lo miraba apático, esperando que le dijera su pedido. Algo descolocada, hizo su pedido y pagó con efectivo, pero antes de recibir la boleta, se detuvo.
—¿Podría aumentarme otro pedido, por favor? Uno igual. Ya no serían uno, sino dos
—Claro —respondió volviendo a digitalizar el nuevo pedido en la caja registradora mientras gritaba a los empleados de la cocina que aumentaran la orden.
[Tú: ¿Te gustaría cenar conmigo? Yo invito]
Sabía lo especial que era el fish and chips para Snape y, si quería obtener su perdón, una buena ofrenda de paz sería aquel delicioso "platillo". No había respondido su primer mensaje y, al salir de la tienda, se dio cuenta de que tampoco había respondido el segundo. Con ambos combos de pescado y papas en una bolsa de plástico, Hermione revisó su teléfono una vez más. Eran las 20:34 según la pantalla brillante del aparato. Todavía era temprano, tal vez podría ir y darle una sorpresa.
El problema era que el profesor no le había respondido. ¿Seguiría molesto?
No sabía qué hacer. Por un lado, podía resignarse a darlo todo por perdido, irse a su casa y cenar doble —o guardar el otro plato para el desayuno de mañana, dependía que tan rápido se llenara— o podía arriesgarse, tomar el autobús hasta Southfields, intentar arreglar las cosas con Snape y acabar con esa angustia de una buena vez. Miró la bolsa de comida colgando de su mano una vez más. Era imposible que se acabara todo eso ella sola.
"¿Lo prometes? ¿Me prometes que serás responsable? "
Según Google Maps, no debía tomarle más de 30 minutos llegar hasta Southfields —si caminaba rápido, por supuesto—. Debía regresar dos calles, esperar el siguiente autobús, bajar en Wimbledon Park Road, cruzar la estación de metro de Southfields hasta Replingham Road y luego caminar seis cuadras y media hasta llegar al 71 de Trentham Street. Si quería llegar antes de que dieran las nueve, era mejor que corriera hasta el paradero pues el siguiente autobús llegaba en...
—¡4 MINUTOS! —gritó captando la atención de los otros clientes que también abandonaban la tienda—. ¡Maldita sea! —escuchó una exclamación de indignación por parte de una señora mayor tras ella. Ambas cruzaron miradas y, luego de unos incomodos y largos segundos, la mujer se apartó de ella sin dejar de mirarla— Bien, tendrá que ser el siguiente.
Refugiada bajo la seguridad del techo de la parada de autobús, Hermione mantenía la bolsa de comida cerca de su estómago, cubriéndola con ambos brazos para mantenerla lo más caliente posible. Tal y como había predicho, el clima cambió poco tiempo después de que llegó al paradero y las oscuras nubes grises comenzaron a soltar poco a poco una ligera llovizna que se convirtió en un completo aguacero. Suspiró aliviada cuando las brillantes luces amarillas delanteras del siguiente autobús iluminaron el camino mojado frente a ella, 15 minutos después de que se sentó en el paradero.
Si esto no era una señal del universo para detenerla, no sabía que era.
—Este es un mal momento para olvidarnos del paraguas —se dijo mientras subía al vehículo rojo y pasaba su tarjeta por el sensor.
—Ni lo diga, señorita —contestó el conductor, tomándola por sorpresa—, se ve que esto durará un buen rato.
Hermione esperaba que no. A diferencia de ella, él no tendría que caminar seis cuadras enteras bajo la lluvia sin paraguas. Él estaría seco y calentito dentro de su autobús.
Le gustaba mirar por la ventana mientras el vehículo rojo seguía su camino por las calles mojadas de los suburbios londinenses. Le gustaba la forma en como las gotas de lluvia brillaban cada vez que las farolas de los autos las iluminaban. Le gustaba ver cómo el agua se deslizaba lentamente por el cristal y como este se empañaba a causa de su respiración. De vez en cuando, solía dibujar amorfas figuras sobre este hasta que finalmente desaparecían.
Pensó qué le diría al profesor cuando lo tuviera frente a frente.
—Hola, Severus —empezó para sí misma, murmurando bajito frente a su reflejo difuso en la ventana—. ¡Hola, Severus!... No, así no, suena demasiado enérgico… ¿Hola? Hola. Hola, Severus. ¿Cómo estás? Ha pasado un tiempo… No, eso sonó muy estúpido.
Mientras Hermione ensayaba su improvisado discurso, los otros pasajeros junto a ella la observaban curiosos. Sí que puedes encontrarte personas muy extrañas dentro de los autobuses, pensó más de uno.
El autobús la dejó en la estación Wimbledon Park Road. Aún estaba lloviendo, no había empeorado, pero tampoco disminuido en gran medida. Se cubrió el cabello rizado con la capucha de la polera y, tomando una profunda inhalación, caminó lo más rápido que puso las seis cuadras rectas de Replingham Road. Sus piernas le temblaban mientras caminaba. El frío de Londres, incluso en épocas de verano, podía ser penetrante. Sus gastados jeans oscuros no la iban a abrigar lo suficiente. Podía irse olvidando de una cena caliente a estas alturas. Al menos, agradecía que la bolsa estuviera bien cerrada. Su polera se estaba mojando al igual que su cabello, esponjándose frente a sus ojos. La luz del alumbrado público amparaba su camino.
Más vale que Severus me perdone después de esto, pensó mientras doblaba en Trentham Street.
—Nada te costaba quedarte en casa, Hermione —se reprochó empapada.
Su corazón revoloteó cuando divisó la casa color verde oliva y tejas oscuras. Una calidad sensación se instaló en su pecho que ni siquiera la repentina lluvia podía apagar. Se detuvo frente a esta, esperando lograr ver la silueta de Severus Snape a través de la ventana, pero ni siquiera parecía que el lugar estuviera habitado pues las luces estaban apagadas y todo estaba en completo silencio. Caminó hasta la puerta, al menos para cubrirse un poco de la lluvia. Revisó su teléfono. Apenas sí eran las 21:33, era muy temprano para irse a dormir. Tocó una vez y no hubo respuesta. Tocó dos veces y nada.
[Tú: ¿Estás en tu casa?]
Miró su teléfono por unos segundos más, pero no hubo respuesta. De hecho, recién ahora se daba cuenta de que Snape ni siquiera estuvo recibiendo sus mensajes. En la esquina inferior derecha de cada mensaje solo aparecía una de los dos checks. No importaba cuantos mensajes le enviara, Snape nunca sabría que le estuvo escribiendo porque simplemente no los estaba recibiendo. Frunció el ceño extrañada.
Esto era raro.
Según lo que decía su teléfono, la casa de Severus Snape en Southfields contaba con una muy buena conexión a internet pues su celular se había conectado automáticamente al Wi-Fi de la casa incluso estando fuera de ella. Caminó hasta la ventana de la sala y, apoyándose contra el cristal, intentó ver el interior, pero todo estaba tan oscuro que apenas sí podía divisar algunas sombras de los muebles.
—¿Hola? —llamó golpeando ligeramente el cristal— ¿Severus?
Tal vez había salido a cenar o algo así.
Su corazón se encogió dentro de su pecho y dejó escapar un suspiro de frustración. Volvió sobre sus pasos algo decepcionada. Muy decepcionada. Demasiado decepcionada. Había hecho un viaje innecesario desde su casa hasta Southfields, había caminado durante casi quince minutos bajo la fría lluvia y había gastado sus últimas libras en dos combos de fish and chips que ya ni siquiera le apetecía comer porque debían de estar fríos. Sentía como las lágrimas se amontonaban en sus ojos.
Había llegado tarde, muy tarde.
Dando un último chapoteó intentando llegar a la orilla, Hermione se detuvo frente a la puerta de madera negra y tocó una última vez.
De nuevo, nada.
—Bueno, lo intentaste, Hermione. Nadie puede decir que no lo intentaste.
Pediría un taxi, ya estaba cansada de caminar bajo la lluvia. Oficialmente se quedaría sin dinero, pero ¡Hey! Al menos tenía comida la cual podía hacer durar hasta tres días si quería. Mientras buscaba la app, no podía evitar sentirse como una completa estúpida. Ella solita se había metido en este embrollo y, una vez más, había demostrado que no era lo suficientemente madura para salir por sí sola de este. Severus tuvo razón. Ella pretendía ser una adulta madura, responsable de su vida y sus decisiones, pero no era más una niña muy infantil en la gran ciudad que pretendía tener el control de todo, pero que no tenía ni la menor idea de que estaba haciendo con su vida.
Estaba a punto de presionar el botón de "Confirmar viaje" cuando algo captó su atención. Un par de ladridos tras la puerta la hicieron girar asustada. Frunció el ceño y agudizó el oído, estaba segura que había escuchado algo. Otra vez surgieron los ladridos, esta vez acompañados de un par de arañazos tras la puerta. Rápidamente, devolvió su teléfono a su bolsillo y se acercó al origen del ruido.
—¿Lamarck? —escuchó un ladrido y más rasguños tras la puerta— ¡Oh! ¡Lamarck! ¡Hola! Hola, bebé, soy yo, soy Mione.
Un aullido tras otro provocó que aquellas lágrimas de tristeza resbalaran por sus mejillas rosadas, convirtiéndose en unas de alegrías. Nunca pensó que podría extrañar tanto a algo o a alguien como había extrañado al cachorro de samoyedo. Hermione se arrodilló sobre el suelo para apoyar una mano sobre la madera. Acarició la superficie con mucho cuidado como si, de esa forma, fuera capaz de acariciar el suave pelaje blanco de Lamarck.
—Tranquilo, bebé… Lamarck, ¿Severus está en casa? ¿Tu papá está en casa?
Era algo tonto preguntarle algo como eso a un perro pues jamás obtendría una repuesta, pero no pudo evitarlo. No conocía a profundidad al profesor, pero sabía que era un "padre" responsable y él jamás de los jamases dejaría a Lamarck solo por la noche. Sabía que el pobre perro estaba acostumbrado a dormir junto a alguien y siempre se ponía nervioso si se quedaba solo durante las noches. Era por eso que, durante esa semana, Hermione había pasado las noches en Southfields, porque no podían dejar al perro solo en casa.
Si Snape hubiese salido, lo más probable es que se hubiese llevado al perro con él.
—¡¿QUIÉN ANDA AHÍ?!
Hermione pegó un brinco debido a aquel grito que vino de la nada. Se puso de pie de inmediato, mirando por todos lados, buscando la fuente de aquel ruido. La luz de una linterna le dio directo en la cara, cegándola momentáneamente. Puso su mano libre sobre su rostro y entrecerró los ojos buscando al causante de aquel "agresivo" ataque.
—Disculpe, ¡disculpe! —gritó— ¿Podría quitar la luz de mi cara? No me deja ver.
La luz de la linterna se apartó de su rostro y ahora apuntaba a otro lado. Hermione, entrecerrando los ojos, logró divisar a un hombre alto en el jardín delantero de la casa de al lado. El hombre vestía con ropas casa, un paraguas azul oscuro en la mano y, en la otra, la linterna plateada con la cual le estuvo apuntando en la cara. La puerta de su casa estaba semiabierta y, desde donde se encontraba, podía divisar a una mujer por la ventana, con el auricular del teléfono en la mano, lista para llamar a la policía en caso de ser necesario.
—Buenas noches, señorita. ¿Se le perdió algo? —gritó el hombre en respuesta.
Oh, eran los vecinos de al lado, la joven pareja de esposos.
—¿Sr. Callaway? —llamó— ¡Soy yo! ¡Hermione! ¡La niñera de Lamarck! La mascota del Sr. Snape, su vecino. Nos hemos visto un par de veces.
El Sr. y Sra. Callaway eran una pareja de esposos en sus treinta y pocos años que vivían en la casa derecha a la de Snape. Se habían cruzado en un par de ocasiones, cuando Hermione llevaba a Lamarck al parque por las mañanas. Ambos eran un par de castaños muy amables que les gustaba pasear en bicicleta por el vecindario. La sola mención de su nombre logró que el Sr. Callaway dejara escapar un suspiro de alivio y cambiara su tono de voz de intimidante a amable.
—¡Oh! Buenas noches, Hermione —saludó. El hombre giró su cabeza en dirección a su casa y llamó a su mujer—. Baja el teléfono, cariño, solo era Hermione, la niñera del perro del vecino —Hermione rodó los ojos, negando con la cabeza. Seguro el pobre Sr. Callaway debió confundirla con un ladrón o algo así. El hombre intercambió un par de palabras más con su esposa y luego volvió a dirigirse a la bailarina—. ¿Qué haces aquí, Hermione? No es el mejor momento para dar un paseo, está lloviendo a cantaros. Mírate, estás completamente empapada.
—Vine a buscar al Sr. Snape —contestó refugiándose de la lluvia bajo la cornisa de la casa—. Estuve tocando, pero parece que solo está Lamarck en casa. Tampoco me contesta el teléfono. De casualidad, Sr. Callaway, ¿sabe si el Sr. Snape se encuentra en casa?
—Pues debe ser, querida —respondió el hombre acercándose un poco—. No lo hemos visto salir desde ayer. No estuvo en casa como por dos semanas más o menos, pero llegó el viernes en compañía de su ahijado, creo. Desde entonces no ha salido, al menos no que nosotros sepamos.
—Oh —suspiró. Tal vez Severus si había cumplido su palabra y se había ido de viaje después de todo—, bueno, gracias, Sr. Callaway. Seguiré intentando y, si no, me iré a casa.
—Oh, está bien, buena suerte, querida —el hombre se despidió con la mano, pero antes de meterse en su casa, se detuvo—. ¿Quieres un paraguas?
—Sería maravilloso, muchas gracias.
[Tú: Oye, estoy abajo, abre]
Ya con paraguas en mano y luego de haberse secado un poco con una toalla que la tierna Sra. Callaway le ofreció, Hermione yacía sentada en el pórtico de la casa del profesor, esperando pacientemente a que el hombre que se dignara a abrirle la puerta. Había vuelto a insistir, pero todo parecía indicar que el profesor no estaba en casa.
Si la estaba evitando, lo hacía muy bien.
[Tú: Severus, abre, por favor]
De tanto esperar, la bailarina incluso se había puesto a charlar con el perro al otro lado de la puerta.
—¿Podrías ir a buscar a tu amo, por favor? Tengo hambre.
Guau.
[Tú: Hace frío afuera, abre]
Tal vez sí estaba evitándola después de todo, tal vez estaba tan molesto que ese viaje de dos semanas no había logrado aplacar ese sentimiento hacia ella. Tal vez ni siquiera tenía caso. Solo debía aceptarlo, esto se había acabado, había echado todo a perder como siempre y cualquier oportunidad de arreglarlo había desaparecido. Tal vez solo debía ver las señales y dejar al pobre hombre en paz de una buena vez por todas.
—Ya me voy, Lamarck, estoy cansada, empapada y tengo hambre —suspiró junto a la puerta, sintiendo el llanto del perro a través de ella—. Supongo que esto es el adiós, pequeño —escuchó otros rasguños detrás de la puerta, se oían desesperados y erráticos—. Te quiero mucho, bebé. Adiós.
La joven se acomodó la capucha y sujetó el paraguas prestado con fuerza. Lo devolvería en alguna futura ocasión, si es que lograba tener el suficiente valor para volver a aparecerse en Southfield. Se levantó y cruzó el pequeño jardín delantero hasta llegar a la calle. Era hora de volver a casa. Caminó despacio calle arriba. La lluvia había aminorado un poco y le permitía una mejor visibilidad.
Sus ojos le ardieron. Podía sentir como algo se formaba en su garganta y su pecho cerrándose a medida que caminaba. Le dolía, le dolía muchísimo. Se sentía tan tonta y patética. Quería llorar, pero las lágrimas no le salían, era como si estuvieran atrapadas dentro de ella. Sintió un par de manos gigantes apretando su corazón, comprimiéndolo hasta el punto de que este estaba por estallar de dolor. ¿Acaso eso era… acaso se le estaba rompiendo el corazón otra vez?
Corazón.
Se detuvo de golpe bajo el último farol de la calle Trentham. Las cristalinas gotas de lluvia golpeaban la tensada tela impermeable del paraguas y se deslizaban sobre esta, cayendo a un lado sobre la acera.
¿Corazón?
—¡Ay no! —exclamó abriendo los ojos como un búho, completamente aterrada.
Corrió de regreso a la casa, casi resbalando en el trayecto. Según sus vecinos, Severus no había salido de casa desde que había llegado el viernes y no lo habían visto ni asomarse al jardín desde entonces. Sabía que Snape dormía con Lamarck, él no dejaría que su perro se quedara durmiendo junto a la puerta, mucho menos llorando y rascando sobre ella toda la noche. No contestaba sus llamadas ni sus mensajes y parecía simplemente no escuchar sus golpes a su puerta. Sabía que, a diferencia de ella, él sí sería lo suficientemente maduro para abrir la puerta, no se escondería como un cobarde.
Su Snape no era un cobarde.
Eso le dejaba una sola opción posible para explicar que no le abriera la puerta: Severus había sufrido un infarto al corazón y debía encontrarse desmayado en su cocina o en su baño o donde sea.
—¡SNAPE! ¡ABRE LA PUERTA! —empezó golpeando con fuerza, alertando al pobre perro el cual empezó a ladrar a viva voz, asustado por los gritos de la castaña— ¡SEVERUS! ¡ABRE LA MALDITA PUERTA O LLAMARÉ A EMERGENCIAS! —dejó caer el paraguas a un lado y empezó a forcejear la perilla de la puerta, empujando todo lo que podía, esperando abrirla— ¡SNAPE! ¡SNAPE! ¡SEVERUS SNAPE!
Oh, por Dios, pensó con lágrimas en los ojos y las manos temblando en desesperación, debo llamar a Emergencias, debo llamar a Emergencias.
—¡SEVERUS SNAPE, ABRE LA PUERTA! —usando su celular tanto como teléfono como linterna, Hermione buscaba entre las macetas delanteras por la llave de repuesto que sabía que Severus escondía ahí. Esperaba que no la hubiera cambiado de ubicación o sino estaría completamente perdida.
—"Buenas noches, Policía, ¿cuál es su emergencia?"
—Sí, eh, buenas noches —dijo rindiéndose en su intento en buscar a la llave y volviendo a la puerta para reanudar sus golpes contra ella—. Creo que mi pareja ha sufrido un infarto.
¿Pareja? ¿Por qué dijo pareja? Bueno, fue la primera palabra que se le vino a la mente.
—"¿Puede describirme la situación, por favor? ¿Algún golpe? ¿Está consciente?"
—No lo sé, llevo tocando la puerta desde hace una media hora, creo, no, no estoy segura.
—"¿Se encuentra con su pareja en este momento?"
—Estoy afuera de la casa… No sé qué hacer.
La joven podía seguir escuchando al perro ladrar, moviéndose desesperado en su mismo lugar tras la puerta. El can se apoyó en sus patas traseras y rascó la puerta, aullando.
—"Cálmese, señorita. Enviaremos una ambulancia, deme su nombre y su dirección".
—Atrás, amigo —escuchó una voz ronca al otro lado, de esas que recién despiertan.
Era él.
Era la voz de Severus Snape.
Sintió un repentino alivio dentro de su ser.
Él estaba vivo.
—"¿Señorita?"
—Eh. Ya lo escucho adentro de la casa, señor. Creo que está bien. Disculpe las molestias —contestó avergonzada.
—Muy bien. Buenas noches.
Eso fue muy vergonzoso y sumamente innecesario.
Guardó el teléfono dentro del bolsillo de su polera y acercó su oído a la puerta fría, esperando escuchar a la persona que estaba al otro lado. Podía escuchar las pisadas erráticas de Lamarck sobre el suelo de madera y una respiración calmada un poco más arriba de su cabeza. Se dio cuenta que Severus, al igual que ella, estaba apoyado contra su puerta, tratando de escuchar al otro lado.
—¡Sé que estás adentro! —exclamó provocando que el profesor soltara un suspiro agotado y se retirara al instante— Puedo oírte.
—¿Qué quieres? —le respondió con la voz entrecortada y ronca, como si apenas pudiera vocalizar.
Hermione se humedeció los carnosos labios. Quiso tomarse un par de minutos para dar una respuesta apropiada que complaciera al profesor, pero la verdad era que no los necesitaba, tenía la respuesta más sincera en la punta de su lengua.
—Quiero verte… Abre la puerta, por favor —susurró mientras cerraba los ojos—. Está lloviendo.
Hermione se quedó esperando de pie, rogando en silencio que le abriera. Snape se tomó su tiempo y, después de casi volver a destruir sus esperanzas, por fin se dejó ver. Se le quedó mirando de arriba abajo, sorprendido de tenerla ahí, en su puerta. La castaña casi podía ver los engranajes de su cabeza trabajar a mil por segundo, tratando de hacerle entender que no estaba soñando. Tal vez era por eso que no le había contestado ninguno de sus mensajes, porque había pasado toda la tarde durmiendo.
La primera impresión después de dos semanas de separación no fue la mejor. Snape se veía sumamente cansado. Tenía el cabello despeinado y graso pegándose a su rostro, enormes bolsas oscuras debajo de sus ojos, la piel siempre cetrina estaba seca y sin vida y sus ojos, oh, esos ojos negros que alguna vez brillaron para ella no eran más que dos pozos negros vacíos que reflejaban la profunda pena que se había apoderado del alma del profesor, consumiéndolo poco a poco hasta no dejar ningún rastro del hombre apasionado que conocía. Incluso a pesar de seguir teniendo ese típico ceño fruncido en elrostro, Snape se veía tan diferente que apenas lo reconocía.
—¡Oh, por Dios! —exclamó cuando fue capaz de hablar. Su voz había salido como un graznido y tuvo que llevarse la mano libre a su boca para callarse y no incomodar al pobre hombre— ¿Yo te hice esto? ¿Estás así por lo que te dije?
Snape se veía casi tan mal como ella lo estuvo cuando fue dejada por Ron, tal vez incluso peor. Parecía que hubiese pasado por miles de cosas en esas dos eternas semanas. Nunca fue su intención hacerle eso, no esperaba que reaccionara así. No esperaba que se dejara consumir por la pena y se volviera un despojo de lo que algún día fue. Harry tenía razón, tenía que arreglar esto.
Él la miró extrañado, parpadeando un par de veces, muy confundido por sus palabras— ¿Qué? —graznó en respuesta. Su voz salió rasposa y, por su expresión, dedujo que hasta dolorosa— Hermione, mi vida no gira en torno a ti.
Eso dolió.
Sonaba ofendido, realmente muy ofendido. Se le quedó mirando en silencio, fijamente, procurando no mostrar ni la más mínima expresión. Sin duda no estaba feliz de verla, es más, se le veía demasiado confundido. Estaba claro que no esperaba encontrarse con ella hoy, ni hoy ni mañana ni nunca.
Tal vez su error fue haber venido, pensó herida.
—No es un buen momento. Te voy a pedir que te vayas, por favor —a pesar de que sabía que el profesor intentaba no sonar grosero, sus palabras le seguían hiriendo, como pequeñas dagas clavándose en su piel fría, pero más herida se sintió cuando Severus tuvo la osadía de cerrarle la puerta en la cara. Ofendida, decidió que no iba a permitir que eso pasara, no después de haber camino seis cuadras bajo la lluvia y casi meterse en problemas con la policía por una falsa llamada de emergencia. Rapidamente, deslizó su pie entre el espacio abierto de la puerta antes de que esta se cerrara y reprimió un grito cuando le aplastó el pie contra el marco de madera—¡Granger! ¿Qué demo…—
—Traje comida —lo interrumpió, enseñándole la bolsa de comida mojada, esperando que su patética excusa fuese suficiente para que no la echara a patadas del lugar. Sabía que sus ojos se veían llorosos frente a él, pero estaba haciendo su mayor esfuerzo para no llorar. No quería humillarse más.
—¿Crees que me voy a vender por comida?
—Está rico.
Él la miró enojado y, cuando estuvo a punto de volver a cerrarle la puerta, el rugido de su estómago hambriento lo detuvo por sorpresa. Al parecer, no era la única que se estaba muriendo de hambre.
—¿Qué es? —preguntó quedito, evitando mirarla por vergüenza.
—Fish and chips —respondió esperanzada.
Aquella respuesta pareció descolocarlo por un momento, pero tal y como pensaba, fue la apropiada pues Severus Snape se hizo a un lado y le indicó con la cabeza que ingresara a su casa. Hermione agradeció en voz baja, aliviada, y entró casi corriendo hasta quedarse de pie en la sala de estar. Toda la casa estaba en penumbras y, para ser honesta, le resultaba algo aterrador. De no ser porque contaba con la compañía de Lamarck a su lado, la joven bailarina habría imaginado que se encontraba en uno de esos capítulos de series detectivescas y ella estaba a punto de convertirse en la víctima de un terrible crimen cometido por alguien que le doblaba no solo la edad, sino que también la talla. Si no fuera porque confiaba plenamente en el profesor, ella hubiese aprovechado esos últimos segundos con la puerta abierta para salir corriendo.
Snape encendió el interruptor y la sala se iluminó, aplacando sus miedos. Se removió incomoda, encogiéndose en el lugar. Se encontraba muy incómoda y no era porque estuviera empapada, era porque Severus no le quitaba los ojos de encima y ella no se atrevía a devolverle la mirada. En su lugar, sus ojos miel viajaron por toda la casa. Se veía tan fría y, a pesar de que estaba ordenada a la vista, la sentía completamente diferente a las otras veces en las que estuvo ahí. Era como si algo malo hubiese pasado dentro de ella, como si una energía muy pesada se hubiese instalado dentro de la casa y la sumiera en total miseria.
—¿Qué quieres, Hermione? —fue directo al punto, como siempre. Hermione bajó la mirada, apenada. No estaba muy segura de qué decir, ya había olvidado todo lo practicado en el autobús de camino a ahí— ¿En serio has venido hasta aquí solo para hacerme perder el tiempo? Mira, hoy no es un buen día, realmente no tengo ganas ni fuerzas para lidiar contigo.
—Quería ver cómo estabas —murmuró nerviosa y suplicante—. No has contestado mis mensajes. Tampoco los del grupo de la academia. Sabía que ibas a desaparecer, pero no pensé que de esa forma —levantó la mirada y lo observó a los ojos, poniendo una prudente distancia entre ellos por medio de uno de los muebles de la casa—. Estaba preocupada.
Demasiado preocupada, sus pobres y lastimados pies eran testigo de ello.
—Vaya, esto es nuevo —le respondió de forma seca—. Lo último que supe fue que solo era un juguete sexual.
Seguía resentido, eso era obvio.
—No vine a pelear, Snape —se defendió frunciendo el ceño, procurando sonar fuerte y segura. No había sido solo un juguete sexual, él fue… diferente—. Vine a arreglar las cosas. No quiero que estemos peleados. Eres mi amigo y te quiero.
Iba a ser responsable, iba a ser responsable, iba a ser responsable, se repitió mentalmente hasta poder creérselo. El hombre la examinó con sus penetrantes ojos. No parecía estar muy convencido de sus declaraciones. Hermione se humedeció los labios, buscando sus siguientes palabras de perdón, pero sus ojos curiosos se desviaron a las manos del profesor. Una de ellas capturó por completo su atención pues estaba vendada casi por completo.
—¿Qué te pasó en la mano? —cuestionó señalándola. Snape observó su mano y luego la ocultó tras su espalda—. ¿Estás bien?
—¿Vamos a comer o qué? —la interrumpió cambiando de tema.
Bien, no quiere hablar, no insistamos, se dijo. Al menos aún no te ha echado así que todo bien por ahora.
Ambos se sentaron en silencio en la pequeña mesa de la cocina. Snape no movió ni un dedo, solo se limitó a quedarse en silencio mientras Hermione se encargaba de servir la comida recalentada en microondas para ambos. Con un tenedor y un cuchillo colocó el pescado frito sobre su plato y luego vació las papas para entregárselo a Snape. Hizo lo mismo con el propio. Por más que lo intentaba, sus ojos no podían apartarse de la mano vendada del profesor. Se preguntaba cómo fue que ocurrió pues era obvio que no se atrevería a preguntar y él no se tomaría la molestia de explicárselo.
El pescado no estaba tan delicioso como esperaba, pero las papas sabían bien. Su estómago estaba sumamente agradecido después de aquel primer bocado. Necesitaba seguir comiendo para aplacar ese fuego en la boca de su estómago. Mientras mordía un trozo del pescado, sus ojos miel miraron con disimulo hacia Snape quien, en esos momentos se estaba llevando una de las papas fritas a la boca. Estaba muy callado, más de lo normal; sin embargo, ya no tenía aquel ceño fruncido con el cual la había recibido. Se veía más calmado después de llevarse esa papa frita a la boca.
Bien… Dejémosle comer un poco más, solo para estar seguras.
Hermione se concentró en su propio plato, devorando con ansias cada una de las papas y trozos de pescado frito que había sobre este. Cerró los ojos ante el contacto de la comida con su lengua. Oh, sí que se moría de hambre. También de frío, no le gustaba estar mojada. A pesar de que su cabello estaba más seco después de que usara la toalla que la Sra. Callaway le había ofrecido hace un rato, todavía lo sentía algo mojado en la parte trasera y, adelante, se le esponjaba como si fuera una melena de león. Su polera estaba completamente empapada y sus jeans oscuros no se quedaban atrás. Tuvo que poner una toalla grande sobre la silla para no mojarla al sentarse.
A Severus pareció simplemente no importarle. Solo puso la toalla en la silla, se sentó a la mesa y esperó en silencio a que le sirvieran la comida. Desde entonces, no había vuelto a dirigirle la palabra. Ella tampoco había hecho el intento de establecer contacto pues no sabía cómo empezar. Es decir, sabía que quería decirle, pero no sabía cómo decírselo sin meter la pata y arruinar su última oportunidad.
—¿Te gusta? —preguntó después de haberse consumido más de medio plato. Severus apenas si había probado cuatro o cinco bocados después de su primera papa—. Lo compré en un chippy cerca de mi casa. No es mi favorito, a veces siento que le falta condimentar un poco, pero no sabe tan mal… Tal vez es porque tenía mucha hambre. ¿Qué opinas?
—Hmmm.
Primer intento de establecer contacto: fallido.
Hermione apretó los labios y volvió su mirada a su plato. Bueno, eso pudo salir mejor, se dijo. Se limpió la comisura de los labios con una servilleta y siguió comiendo, contando mentalmente un par de minutos antes de volver a probar suerte pues no quería incomodarlo más de lo que ya estaba.
—Sabes, este es mi primer fish and chips desde la gala en el Bloomsburry —comentó dejando el vaso de agua ya vacío frente a ella—. Me gustó el de esa vez, estuvo muy bueno. Era crocante y calientito. También tenía buen sabor… Sabes, me hubiese gustado traer algo de cerveza para ambos, pero ya no me alcanzó el dinero —comentó avergonzada, sonriendo ligeramente para sí misma—. Además, no creo que fuese buena idea. Es domingo y pues, mañana hay que trabajar y ya sabes cómo me pongo con un par de tragos encima —rio. Esperaba que autoburlarse de ella lograra sacarle una sonrisa a Snape, pero este seguía mirando hacia el frente, perdido en sus propios pensamientos—. Sabes, me divertí mucha en esa gala. No había bailado así en mucho tiempo y me alegra que fuera contigo. Tal vez podamos repetirlo, digo, pronto volveremos a competir, en septiembre, y necesitaré que alguien me acompañe a los futuros eventos.
Esta vez ni siquiera hizo ni un ruido para indicarle que le estaba escuchando. Era como hablar con una estatua, una estatua que comía papas fritas de forma automática.
—Sabes… Estas dos semanas han sido muy difíciles para mí. Los extrañé terriblemente —admitió luego de un rato.
Oh, maldición, estaba algo muy nerviosa, demasiado nerviosa para ser honestos. Quería su inhalador de regreso, necesitaba respirar. Oh, shit, se sentía otra vez como una niña pequeña antes de su primer recital de ballet, cuestionándose tras bambalinas si era lo suficientemente buena para ser un ratón bailarín. En fin, ya se encontraba ahí, esta era su oportunidad y debía tomarla. No había gastado sus últimas libras en dos cenas, ni tomado un autobús durante más de 20 minutos ni caminado bajo la lluvia hasta empaparse los tenis para nada. No había sido confundida con un ladrón ni había alborotado a la central de Emergencias ni despertado todo el vecindario de Southfield para quedarse callada a mitad de la mesa de la cocina de Severus Snape.
"¿Lo amas?"
"No lo sé. Solo sé que lo quiero y lo extraño".
Podía hacerlo. Podía ser honesta por una vez en su vida y admitir todo lo que guardaba adentro. Podía admitir que no tenía el control de nada. Podía admitir que guardaba tanto rencor dentro de su corazón que estaba consumiéndola poco a poco y no le permitía avanzar. Podía admitir que era un fracaso total. Podía admitir todos sus errores durante estos años viviendo sola en Londres, viviendo una vida irresponsable, acostándose con cuanto hombre le diera un cumplido cada vez que bailaba en un pub.
Podía admitir que necesitaba ayuda para soltar
—Te preguntarás por qué vine hasta aquí en medio de tanta lluvia y sin avisar —Lamarck se acercó ella, haciendo sonar la placa de su collar, y frotó su cabeza peluda contra su pierna, como si tratara de darle ese apoyo que tanto necesitaba.
Una gran inseguridad se apoderó de ella después de la primera oración. No era para menos, se consoló, estaba a punto de abrirle su corazón al hombre que fue dueño de sus pensamientos durante estas dos largas semanas, el causante de que sus pies sangraran durante cada tortuoso entrenamiento y la razón de su insomnio debido a la culpa que cargaba. Estaba a punto de hacerse responsable, a punto de ser completamente transparente ante a él, a punto de mostrarse vulnerable.
Solo hubiese deseado estar hablando con él y no con una pared fría y sin expresión.
—Pues, estuve pensando en lo que pasó con nosotros en la estación... Creo que todo salió mal, ¿no te parece? —no hubo respuesta, aun así, decidió que no se echaría para atrás— Mira, no te quise decir eso, ¿de acuerdo? Soy consciente de lo que te dije, ¿sí? Pero también soy consciente de mi grave error, ese no era ni el modo ni las palabras. No te di una explicación apropiada ni... simplemente no fue la forma. Sé que tampoco estuvo bien lo que hice y sé que tenías razón. Yo pude ser honesta desde un inicio, pude haberte dicho que no quería nada serio y pude ponerle un alto a todo antes de que se saliera de control y terminara lastimándote.
Hermione miró hacia otro lado, buscando el apoyo emocional en la mirada del can que, ahora, estaba apoyando su hocico sobre su muslo. Necesitaba toda la ayuda posible si quería seguir con esto.
—Escucha... Estas dos semanas fueron un infierno. No me di cuenta de lo mucho que me importas hasta que fue un hecho que ya no te tenía conmigo —y sí que lo fueron. No solo su horario de sueño o sus pies fueron víctimas de ello, ¡había bajado un kilo completo! —. Severus, quiero pedirte perdón por haberte lastimado. Yo no quise jugar con tus sentimientos, realmente no pensé que te ilusionarías conmigo de esa forma. Pensé que, bueno, como hemos pasado por algo similar y nos… nos urgía —murmuró bajito, avergonzada de recordar su "charla" sobre la abstinencia—, pensé que tener sexo sin compromiso sería un alivio para ambos, no solo para mí, pero creo que no pensamos lo mismo... Cuando empezaste a hacerme regalos, las flores, el pijama, ¡el cepillo de dientes! ¡Por Dios! —se pasó las manos por el cabello, intranquila—. Entré en pánico y cuando quisiste presentarme a tu madre y a tus amigos yo... no supe cómo parar todo.
Se humedeció los labios y elevó por unos segundos la mirada para observar a Snape quien seguía sin inmutarse ante sus palabras. Bueno, ella tampoco se hubiese inmutado, prácticamente le estaba diciendo lo mismo que le dijo en la estación. Era momento de decirle aquello que le había prometido a Harry, era momento de confesarme toda la verdad, todo el panorama completo. Solo esperaba que la impresión que tenía de ella cambiara para bien después de eso.
—He hecho cosas muy malas, Severus. Cosas de las que me arrepiento. Cada vez que las recuerdo, me entra una gran culpa y mucho miedo porque yo no soy así, yo no era así, yo... Me hace dudar si soy una buena persona, me hace dudar de mi cordura, me hace dudar de quién soy en realidad —tomó aire y prosiguió—. No eres el primero a quien le hago esto —levantó la mirada en silencio y le pareció ver como el profesor se removía sobre su asiento. Sí la estaba escuchando, pensó, aunque también estaba la posibilidad que sus ojos le jugaran una mala pasada—. Cuando... cuando llegué aquí, a Londres, tuve muchos problemas para adaptarme. Hace relativamente muy poco había terminado mi rehabilitación, venía de terminar una relación de mucho tiempo de la forma más horrible que te puedas imaginar y pues, creo que estaba muy enojada con el mundo y con todos como para darme cuenta de lo que estaba haciendo con mi vida. Cuando salía de fiesta con los chicos y tomaba más de lo debido, no era consciente al 100% de todos mis actos y, pues, es muy probable que me haya forjado cierta "reputación" en los night-clubs de Notting Hill.
Sus manos se retorcían una sobre la otra. Les estaban sudando.
—No sé muy bien cómo fue que empezó. Yo solo me paraba en la pista, empezaba a bailar y captaba la atención de todos casi al instante. Es sorprendente como es que las personas simplemente se detienen para verte bailar porque puedes hacer algo que ellos no —sonrió con nostalgia—. Era bonito, ¿sabes? No era lo mismo que bailar en una competencia profesional, pero la gente me seguía viendo y me seguía admirando. No les importaba quién era yo o si tenía una pierna rota o lo que sea... Varios chicos solían acercarse a mí para invitarme un trago y pedirme un baile y se sentía bien, ¿sabes? Era como si fuese una diosa en medio de mortales... Muchas veces, esos bailes se convirtieron en algo más y, cuando despertaba, no sabía dónde estaba ni con quien estaba.
Soltó un suspiro largo y miró hacia al techo, pestañeando tan rápido como podía. Tomó aire, se pasó las manos por el rostro y siguió.
—Hubo un chico en particular. Se llamaba Cormac, lo conocí bailando en Kensington y era muy guapo. Bueno, "es" muy guapo, no está muerto ni nada parecido. Eh, tú entiendes lo que… —se estaba tropezando con sus propias palabras. Parecía que su cerebro y su boca se hubiesen desconectado por el momento—. ¡Olvídalo! El punto es que… Cormac era igual que tú… ¡No! ¡No, no, no, no! No era igual que tú, o sea… ¡Ay no!
¡Ya cállate, Hermione! ¡Por favor!
—Lo que quiero decir es que le hice lo mismo que te hice a ti a Cormac —explicó una vez que logró ordenar sus pensamientos. Esto estaba saliendo mal en tantos sentidos que, literalmente, lo que pasara más adelante no podía ser peor—. Cormac pensaba que yo era, ya sabes, diferente. Pensaba que era especial, que tenía talento, que… que no era un completo fracaso y, bueno, empezamos a "salir" por así decirlo. Mi definición de salir era acostarme con él en cada oportunidad, pero él quería más. Quería citas de verdad, conocer a mis amigos, que yo conociera a sus amigos. Dejó… dejó de ser mi polvo de fin de semana y, no sé cómo, estuvimos en ese asunto como por tres o cuatro meses, más o menos. Y, sabes, pensé que estaba bien, él era lindo, me quería, contaba buenos chistes y solía tomar mi mano cuando caminábamos juntos… y creo que me asusté cuando me di cuenta de que podía estarme enamorando de nuevo.
Mientras más lo pensaba, más arrepentida estaba de haberle hecho algo así a Cormac McLaggen. Él merecía más, mucho más. Nunca se tomó molestia de contactarlo y pedirle perdón de la manera apropiada. Siempre cargaría con la culpa de haber lastimado a alguien tan bueno.
—Se ilusionó conmigo y yo pisoteé sus sentimientos —sus manos se deslizaron hacia la cabeza de Lamarck y procedió a acariciar el pelaje suave del animal mientras la habitación se sumergía nuevamente en un silencio incómodo. No se atrevía a girarse y mirarlo a la cara pues no tenía el valor de ver su reacción. Los ojos tristes y grandes del perro la observaban fijamente, como tratando de decirle algo alentador—. Y ahora volví a hacer lo mismo, solo que contigo.
Necesitas un baño, amigo, pensó mientras seguía acariciando el lomo del cachorro.
—Hmmm… Quiero dejar muy en claro que me gustas y mucho, tal vez, demasiado —murmuró sonrojada—, y… y que eres el hombre más tierno con quien he estado alguna vez. ¡Es increíble! ¡En serio! Nunca nadie había congeniado tan bien conmigo. ¿Tienes alguna idea de lo difícil que es encontrar a alguien que comparta los mismos gustos que los tuyos? Realmente, me tienes hechizada, Severus Snape —no pudo evitar sonreír, aunque sea un poco. Sus mejillas estaban rojas por el esfuerzo que hacía para no revelar sus dientes—. Me gustas, pero no sé si estoy lista para una relación. Para ser honesta, no estoy segura de qué es lo que quiero ahora —sabía que esa sonrisa no le iba a durar mucho—. Solo mírame. Dejé absolutamente todo en Cambrigde para venir a Londres persiguiendo un sueño estúpido que solo me ha causado problemas. Vine a Londres para demostrarle a mis padres que podía hacerlo, que no estaba acabada, que ni Ronald Weasley ni Lavender Brown me habían vencido. Vine aquí para ser la aprendiz de un estudio de ballroom que se está yendo a la ruina y que debe dar clases de hip-hop para llegar a fin de mes y no cerrar. Vine aquí para demostrarme a mí misma que todavía tenía talento, que tantos años bailando no fueron en vano... pero parece que solo vine a demostrar que sé muy bien cómo abrir las piernas —algo se instaló en el fondo de su garganta, impidiéndole hablar con naturalidad. Sentía que una enorme y oscura nube la había seguido desde la calle y ahora llovía sobre mojado—. No he logrado nada más que decepcionarme a mí misma día tras día. Ahora ni siquiera puedo volver a casa porque… porque no tengo el valor de admitir que me equivoque, no tengo el valor para ver a mi padre a los ojos y decirle que tenía razón, que siempre la tuvo… Todo se acabó.
Se llevó una mano al rostro y se limpió un par de lágrimas que se asentaron en las esquinas de sus ojos, amenazando con desbordarse por sus mejillas.
—Estoy tratando de encontrarme otra vez y, hasta ahora, lo que he encontrado no es muy alentador. Creo que mereces más que eso. Eres un buen hombre y sé que, en el futuro, puede que haya una mujer que se dé cuenta de la maravillosa persona que eres y, créeme, quiero ser ella, realmente quiero ser esa mujer, Severus. Sin embargo… sin embargo, no puedo serlo ahora —se mordió el labio inferior y giró la cabeza para encontrarse al profesor en la misma posición en la cual lo había dejado desde el inicio de la conversación. Su plato seguía intacto y continuaba mirando hacia al frente, perdido en sus pensamientos—. Te quiero, te quiero mucho y sé que si… si algún día, cuando yo solucioné todo esto, si algún día tú y yo tuviéramos la oportunidad de intentarlo, de intentarlo de verdad, yo sería la mujer más afortunada del mundo y te diría que sí, siempre te diría que sí. Sí quiero conocer a tus amigos, sí quiero ir a tus exposiciones, sí quiero conocer a tu madre, te diría que sí a todo. Solo que ahora no puedo.
Los ojos de Severus pestañearon un par de veces, brillantes ante la luz blanca de la cocina. Podía verlo haciendo enormes esfuerzos para contener sus lágrimas. Le estaba partiendo el corazón verlo así. No pudo contenerse más y dejo que sus propias lágrimas le corrieran por las tersas mejillas.
—Hablé con Harry sobre Ron… Tengo que perdonarlo y lo haré. Es difícil, pero tengo que hacerlo para poder continuar… Espero que tú también puedas perdonarme algún día. Te extraño terriblemente, todos te extrañamos. El estudio ya no es lo mismo sin ti. Es algo aburrido ahora. Digo, sí, Sirius y Harry aún me hacen reír y es inspirador ver a Luna y a Neville mejorar cada día, pero te extrañamos. Todos están emocionados por el concurso y queremos que estés con nosotros —la joven se mordió el labio inferior y luego, dudosa, deslizó una de sus manos intentando alcanzar la inmóvil mano de Snape—. Sé que te estoy pidiendo mucho, pero espero que reconsideres la idea de volver con nosotros. Nos haces mucha falta… A mí me haces mucha falta. Extraño verte casi todos los días, extraño nuestros paseos con Lamarck, extraño que bailes conmigo —la joven apretó su mano con la suya y esperó a que se dignara a mirarla—. Te extraño a ti, Severus.
Era el momento, era el momento de darlo todo, de dar su último intento para arreglar todo. Sí decía que sí, daría su mejor esfuerzo para arreglar las cosas y que todo volviera a ser como antes. Si decía que no, se haría un lado y lo dejaría en paz para siempre, pero al menos se quitaría la culpa que cargaba porque sí lo intentó.
Su momento había llegado.
—¿Crees exista la probabilidad de que puedas perdonarme?
Sus ojos miel lo observaban suplicante, brillantes y llorosos, esperando, anhelando una respuesta, aunque fuera una pequeña, solo necesitaba oírlo de sus labios. Severus respiró profundo, conteniendo sus emociones y siguió mirando hacia al frente, lleno de odio y enojo reprimido que no sabía muy bien si iba dirigido a ella o si había algo más detrás de eso. Optó por soltar su mano.
Tal vez, después de todo, no existía ni la más mínima probabilidad de que eso pasara.
—Severus, por favor, háblame —pidió agachando la cabeza, frunciendo el ceño, dolida—. Vamos, por favor, no quiero jugar a la ley de hielo, no es gracioso. No sabes todo lo que he pasado para llegar hasta aquí, al menos dime algo. Sí o no, lo que tú quieras, pero di algo.
El profesor seguía sin moverse, mirando al frente, enojado como si alguien estuviera al otro lado de la mesa. Hermione se sintió enojada también de repente. Acababa de ser totalmente sincera con él, pero este no parecía tomarla en serio. ¿Qué tan resentida podía ser una persona? ¿Acaso no se daba cuenta de que estaba auténticamente arrepentida? ¿No se daba cuenta de que la estaba lastimando con su frialdad?
—Te hice una pregunta, Severus —volvió a intentar, levantando la voz, enojada—. ¿Al menos podrías contestar?
El mayor frunció aún más el ceño, apretando los puños conforme el enojo crecía dentro de él. Sus pozos negros, antes vacíos, ahora desbordaban furia, una furia asesina que no sabía si iba dirigida a ella. Parecía el mismísimo diablo. No podría de escapar de su furia, de eso estaba segura. Asustada, apegó su espalda al respaldar de la silla y lo observó alerta, conteniendo la respiración.
Snape la asustaba, la asustaba mucho.
—¿Por qué? —susurró en respuesta con la voz temblorosa y los ojos húmedos de sus lágrimas contenidas. Hermione se le quedó mirando boquiabierta, incapaz de articular una respuesta a su inesperada pregunta— ¡¿POR QUÉ?!
Ambas manos golpearon la mesa de la cocina, provocando que Hermione saltara debido a tal acción tan inesperada. Su corazón latía muy rápido a causa del susto y tuvo que tomarse un minuto para calmarse. Eso fue totalmente inesperado, jamás hubiese esperado ver a Severus Snape perder los papeles de ese modo.
—¡Mierda, Severus! ¡Me asustaste! —gritó llevándose una mano al pecho, procurando calmar los latidos de su corazón. Sin embargo, hubo algo que llamó su atención. Los ojos de Snape no la estaban mirando, es más, parecía que no se habían dado cuenta de que ella estaba ahí. Preocupada, preguntó— ¿Severus? ¿Estás bien?
Hermione no notó que estaba conteniendo la respiración mientras miraba al profesor negar con la cabeza en repetidas ocasiones mientras pesadas y cristalinas lágrimas corrían con total libertad por su rostro. Su pecho subía y bajaba, sacudiéndose con violencia con cada respiración como si estuviera a punto de romperse. Sus labios delgados temblaban y se curvaron en una mueca de tristeza mientras se permitía llorar como si fuese un niño pequeño, hipando en voz alta, completamente destrozado ante tanto dolor.
Hermione se quedó anonadada. Jamás había visto llorar a un hombre a viva voz y mucho menos de esa manera. Sea lo que sea que tuviera Severus, estaba destrozándolo por dentro. Quiso apartar la mirada porque ya no podía seguir viendo su pecho sacudirse con tanta violencia en cada gemido lastimero, pero simplemente no podía, estaba como petrificada por la impresión.
Soy un monstruo, pensó creyéndose la culpable de todo eso.
—Severus, ¿qué pasa? —Hermione logró salir de su trance y arrastró su silla hasta él. Lo tomó por los hombros con mucha precaución, esperando que no reaccionara mal ante su tacto—. ¡Severus!
—No estoy bien, no estoy bien —sollozó negando con la cabeza.
Era obvio que le estaba costando hablar y respirar. Sus lágrimas se mezclaban con los fluidos de su nariz y tenía que tomar grandes bocanadas de aire para seguir llorando sin desmayarse en el intento. Se sacudía constantemente entre las manos de Hermione quien lo observaba sin saber qué hacer.
—Severus, ¿qué pasó? ¿Qué sucedió? —suplicó llevando una mano a su rostro—. Por favor, dime algo.
Se tomó su tiempo para poder decirlo pues apenas podía vocalizar bien. Aquel silencio era una completa agonía para ella, necesitaba saber que era lo que tenía su hombre.
—Mamá se murió, Hermione, se murió.
Los ojos de la castaña se abrieron incrédula ante lo que escuchaban. Era como si hubiesen quitado el suelo debajo de sus pies y ahora iba cayendo en caída libre hasta estrellarse. ¿Su madre estaba muerta? ¿Qué? ¿Cómo era eso posible?
—Oh, Severus —susurró conmovida, rodeándolo entre sus brazos en un fuerte abrazo. Su mente estaba atando cabos sueltos. Ella no era la causante de esa reacción. Severus estaba así por la repentina muerta de su madre, la misma madre que se negó a conocer—. Lo siento tanto.
El profesor correspondió a su gesto, apretándola junto a él y escondiendo su rostro sobre su hombro delgado para llorar libremente, apoyándose en alguien, buscando algo de consuelo. Hermione acarició su espalda y se meció de un lado al otro con él mientras se mantenía en silencio junto a él, escuchando sus sollozos llenos de dolor. No le importó que la estuviera mojando con sus lágrimas más de lo que ya estaba, ni que apoyara su peso casi por completo sobre ella, Severus la necesitaba en ese momento.
Sus manos temblorosas se aferraron a su polera semimojada, como un niño aferrándose a su madre. Ella llevó una de sus manos a su cabeza y acarició su cabello con sumo cuidado, susurrando tiernas palabras de consuelo a su oído, aunque no estaba segura si podía escucharlas o si realmente eran de ayuda.
—Lo siento tanto, Severus, realmente lo siento.
—Debí ser un mejor hijo —susurraba todavía meciéndose con ella—. Debí estar ahí con ella.
Ambos se quedaron así por un buen rato, incluso el propio Lamarck se unió a tal abrazo y apoyó su cabeza en las rodillas de su amo, esperando darle algo de apoyo al pelinegro, así como venía haciendo desde que esta tortura comenzó. Severus lloró durante quien sabe cuántos minutos, Hermione jamás lo sabría. Su mente estaba concentrada en aquellas palabras que hasta hace poco eran desconocidas para ella. No podía imaginarse el dolor que debía estar sintiendo ahora. Pensó que, si eso le pasara a ella —Dios no lo quiera—, si ella tenía la desgracia de perder a uno de sus padres, seguro sentiría morirse si es que no moría de dolor después al enterarse de la noticia.
Ahora se sentía terrible por haberse negado a conocer a la Sra. Snape. De haber sabido que sería su última oportunidad, no hubiese hecho tanto escándalo por el asunto.
Para cuando Snape se calmó, Hermione se dio cuenta de que se había quedado dormido sobre ella. El pobre debía estar cansado después de haber llorado tanto. Seguía aferrada a ella, acurrucándose contra su cuerpo en busca de consuelo. Hermione llevó ambas manos al rostro del hombre y lo apartó con cuidado de su hombro para besar su frente.
—Vamos, despierta —susurró a su oído—. Vamos, arriba, vamos a llevarte a tu habitación.
"No fue un sueño".
Los ojos oscuros del profesor se enfocaron en el plato de comida que Hermione Granger acababa de depositar frente a él y no se apartaron de este ni siquiera cuando ella se sentó a su lado, observándola expectante con sus enormes ojos miel.
Hace no mucho se había levantado —su cabello despeinado y graso era a prueba de ello—, completamente asustado al encontrar a un invasor en su casa. Vaya la sorpresa que se llevó al darse cuenta de que el "invasor" era nada más y nada menos que la mismísima Hermione Granger, la bailarina de Earl's Court, la primera en su lista de desgracias durante estas semanas de infortunios. Casi cayéndose de la cama, Snape caminó apresurado y descalzo hacia el pasillo, sorprendiendo a la castaña pues no esperaba verlo despierto tan pronto. Apenas sí habían intercambiado una que otra palabra después de aquel extraño e incómodo "buenos días". Hermione no supo cómo iniciar una conversación por lo que solo le indicó que bajara a la cocina a desayunar y luego se dio la media vuelta, huyendo escaleras abajo. Snape alcanzó a ver el fuerte sonrojo de sus mejillas antes de que desapareciera.
Estaba avergonzada, al igual que él.
Ahora, ambos se encontraban ahí, en la cocina, sentados a la mesa, ella sirviéndole el desayuno y él, sin la menor idea de lo que estaba pasando en esa mañana tan extraña.
La vida tiende a jugar bromas muy pesadas, ¿verdad?
Sobre el plato descansaban el pescado frito de ayer y un par de huevos revueltos recién hechos. A un lado, había una taza de té humeante el cual olía muy bien. Hermione lo miraba expectante, sintiéndose ansiosa por que probara su comida. Snape tomó el tenedor que tenía al lado y picó con suma precaución los huevos, esperando encontrar algún borde quemado que, por fortuna, no encontró. El pescado, a pesar de notarse caliente, parecía un poco tieso. Lo más probable era porque había pasado toda la noche en el refrigerador y Hermione solo lo había calentado menos de treinta segundos en el microondas.
—Casi no probaste bocado ayer —comentó, rompiendo ese incómodo silencio. Snape levantó la vista hacia ella y la encontró reacomodándose sobre su asiento, apegándose al respalda—. Las papas nunca saben bien al día siguiente, créeme, pero el pescado se puede comer. A mí me gusta —Snape asintió, mirando de nuevo a su plato—. Quería hacerte huevos fritos, pero la yema se me rompió así que improvisé un poco.
Snape pinchó un poco de los huevos revueltos y, después de soplar, se los llevó a la boca. Hermione contuvo la respiración, esperando una buena reacción, pero solo obtuvo a Snape frunciendo el ceño.
—¿Le pusiste sal?
Maldición, pensó.
—¡¿No tiene sal?! —preguntó preocupada— Demonios, lo siento mucho. Espera, te traeré un poco —Hermione se levantó y Snape aprovechó eso para picar con ayuda de sus dedos un pedazo del pescado frito para probar que tan bien sabía este. Le vendría bien un poco de sal también, pensó—. Aquí está.
—Gracias.
El estómago le rugió al recibir el frasco de sal. Oh, tenía mucha hambre y su estómago lo estaba torturando por ello. Condimentó su desayuno y procedió a comérselo, tomándose el tiempo para saborearlo, calmando el fuego instalado en su la boca de su estómago. Hermione sonrió aliviada mientras lo veía comer. Al menos parecía gustarle o eso creía ella.
—¿Esa es el pijama que te compré? —preguntó sin levantar la mirada, taciturno.
Hermione agachó la cabeza, mirando la dichosa prenda que tenía puesta. Era la misma prenda de dos piezas blanca que Severus le había regalado la última noche que se quedó a dormir en Southfield.
—Bueno —respondió pasándose las manos por el cabello—, después de que te quedaste dormido, no sabía si debía irme a casa y dejarte solo así que pensé que sería una buena idea quedarme a dormir en el cuarto de invitados. Mi ropa estaba empapada por la lluvia y no quería resfriarme, así que me tome la libertad de buscar el pijama entre tus cajones —explicó tan rápido que, cuando acabó, tuvo que tomar una gran bocanada de aire para recuperar el aliento—. No te molesta, ¿verdad?
—No —se llevó la taza de té a los labios y le dio un sorbo—. De todas formas, nadie va a usarlo.
—Bueno, la ropa se hizo para usarse —respondió con una sonrisa, esperando que él sonriera también, pero Snape solo la observó en silencio, enarcando una ceja—. Eh… Bueno, deje mi ropa secando en el baño. Ya está más seca que mojada, así que me cambiaré pronto. Es que adentro es afelpada, entonces como que absorbió la humedad y mis jeans…—
—Te quedaste a dormir —la interrumpió. No era una pregunta—. ¿Por qué?
Hermione no sabía que responder con exactitud. La voz de Severus sonaba tan herida como ayer, se atrevía a decir que, incluso, un poco más. Sus ojos la examinaron, penetrando dentro de su ser, congelándola en su sitio.
—No parecías estar bien —respondió frunciendo el ceño, bajando un poco la fuerza de su voz—. Estabas llorando —la joven levantó la mirada y sus ojos miel se encontraron con los negros de Snape por un par de segundos hasta que este decidió volver a refugiarse tras la seguridad de la humeante taza de té, cerrando los ojos cuando acercó la infusión a su boca.
Hermione se humedeció los labios y tragó hondo. No estaba segura de cómo abordar aquella situación. Lo que vivió ayer, lo que ambos vivieron ayer, era algo que no podía describir fácilmente. Lo único que podía afirmar con total certeza era que ese hombre cargaba con una profunda pena que un poco de té jamás podría aliviar.
—Severus, ¿estás bien? —despacio, deslizó una de sus manos por la superficie de la mesa, esperando tocar la de Snape, pero este la retiró al instante cuando descubrió sus intenciones— Severus, lo siento mucho, en serio, lo lamento… Sé que no debe ser fácil para ti. Nunca es fácil perder a alguien que quieres, mucho menos si es alguien tan importante como tu mamá… Estoy segura que debió ser una gran mujer.
—¿Cómo puedes estar tan segura si nunca la conociste? —respondió con veneno y sin tomarse la molestia en observarla. Hermione se retiró, volviendo a recostarse contra el respaldar de la silla— Nunca quisiste conocerla.
Esto no estaba saliendo como esperaba.
Hermione se mantuvo callada. No sabía exactamente qué responder ante aquella situación. Si bien no podía culparla por declinar su invitación para conocer a su madre en ese momento, no podía evitar sentir algo de remordimiento pues sabía que ya no habría futuras oportunidades para hacerlo. Probablemente, siempre se arrepentiría de no haberlo hecho cuando tuvo oportunidad. Se humedeció los labios y trago hondo. Se repitió mentalmente que Severus estaba herido y por eso le hablaba así, no tenía por qué tomarlo como un ataque personal.
—¿Cómo te sientes? —preguntó procurando alejarnos a ambos de la conversación.
Severus se removió incómodo sobre su asiento y se apoyó sobre el respaldar de su propia silla. Cerró los ojos un par de minutos, reflexionando sobre cómo se sentía realmente por dentro. Todavía era un misterio, pero esa presión que sentía en su pecho por fin había desaparecido. Sentía que le habían quitado mil kilos de encima. Tal vez llorar fue lo que tanto necesitaba para poder aliviar su dolor. Estuvo conteniendo sus lágrimas por tantos años que fue sumamente liberador cuando por fin lograron salir de sus ojos.
—Mejor —susurró con voz sedosa mientras una de sus manos viajaba al puente de su nariz para masajear dicha zona.
—Qué bueno —exclamó la joven tomando de su propia taza de té, la cual Severus todavía no había notado en la mesa—. Me imagino que el proceso no debe ser fácil en lo absoluto. Yo no sabría qué hacer si perdiera a uno de mis padres. Seguro me muero.
Pues sí. En su determinado momento, él también sintió morir.
—Es difícil —respondió sin mirarla. Lamarck hizo su aparición en la habitación y fue directo hasta su amo. Se le notaba cansado, como si hubiese pasado una mala noche, también. Su colita ni siquiera tenía las fuerzas para agitarse en lo alto como siempre lo hacía. Se acercó hasta Snape y apoyó su hocico sobre su muslo derecho, cerrando los ojos, esperando pacientemente para recibir sus caricias matutinas. Snape dibujó una pequeñísima sonrisa de lado y llevó su mano libre a la cabeza del can—, pero he recibido mucho apoyo.
—Me alivia un poco —contestó mirando la tierna escena—. Pudiste haberme avisado. Hubiese estado ahí para ti.
—Para ser sinceros, Granger, no creo que hubiese sido buena idea que estuvieras ahí. Lo hubiese sentido como una falta de respeto hacia mí y hacia mi madre.
Hermione agachó la cabeza y dio por cerrado aquel tema.
—Ayer me asustaste —admitió luego de un par de minutos—. Lloraste hasta que te quedaste dormido y, pues, por un momento temí que te fueras a desmayar o algo así.
—¿Qué fue lo qué pasó ayer, Granger? —preguntó levantando la cabeza, confundido, y mirándola a los ojos— Todo es tan borroso y la cabeza me duele demasiado como para intentar recordar.
Hermione se reincorporó sobre su asiento y frunció ligeramente el ceño. Le descolocó un poco aquella pregunta pues esperaba que Severus recordara todo. Es decir, lo que pasó ayer fue tan intenso en tantos sentidos que debería recordarlo o, al menos, eso era lo que ella suponía.
—Pues, estuve tocando afuera de tu casa durante casi 30 minutos, más o menos —comenzó, rogando internamente que el profesor recordara algo—. Te envié varios mensajes, toqué el timbre, incluso hablé con tus vecinos. Ellos me confundieron con un ladrón —el profesor alzó una ceja, ligeramente divertido ante aquella confesión, aunque no lo demostró en expresiones—. Pensé que algo te había pasado cuando me dijeron que no te vieron salir, incluso llamé a Emergencias pensando que te había dado un infarto —la expresión de sorpresa en el rostro del profesor fue un indicador para detenerse—, puede que exagerar un poco anoche.
—¿Solo un poco? —inquirió con sarcasmo. Aunque, en el fondo, le pareció algo tierno y muy propio de ella reaccionar así. Significaba que le importaba.
—Un poco mucho —sonrió—. Bueno, luego de eso me dejaste entrar, comimos un poco, hablamos... bueno, yo fui quien habló y de ahí empezaste a llorar, me contaste de tu mamá y finalmente te quedaste dormido en mis brazos.
—¡¿Tus brazos?! —En serio debía hacer memoria, no recordaba nada de eso— ¿Qué?
—Estabas llorando y te apoyaste en mí —comentó bajito, avergonzada—. Te quedaste dormido como después de 20 minutos o algo así, no estoy segura. Te desperté, te llevé a tu cama y luego te quedaste noqueado en cama hasta, pues, hasta hoy —el profesor parpadeó un par de veces e intentó recordar algo, pero solo había imágenes borrosas de su infancia proyectándose en su mente. Nada relacionado a Hermione ni a él llorando—. En serio, ¿no recuerdas nada? ¿Absolutamente nada?
La jovencita lo miraba expectante, con los ojos bien abiertos, deseosa de escuchar su respuesta. En ojos miel podía ver la más genuina esperanza la cual era tan frágil que solo dependía de su respuesta. ¡Cómo desearía lograr recordar, aunque sea solo un par de palabras de lo que le dijo ayer! Sea lo que sea que hubiese dicho anoche, parecía ser importante. Severus desvió la mirada hacia su perro, como si estuviera buscando ayuda. Lamarck lo miraba con su brillante ojo oscuro como si también estuviera aguardando por su respuesta.
—Sé que te deje pasar… estabas gritando muy fuerte —susurró desmenuzando un poco del pescado frito para dárselo al perro—. Luego… creo que tenías comida y… y nada más.
El brillo en los ojos de la castaña desapareció después de eso. Estaba decepcionada, muy decepcionada. Ella se reincorporó en la silla en silencio, se acabó el té y luego se levantó, agradeciendo en voz alta por el desayuno.
—Iré a cambiarme —anunció rodeando la mesa—. ¿Quieres que saque a pasear a Lamarck? El pobre parece desesperado por salir a estirar las patas un poco —comentó deteniéndose en el marco de la entrada a la cocina.
Lamarck levantó la cabeza la escuchar su nombre y salió corriendo a toda velocidad fuera de la habitación. Seguro a buscar su correa roja, pensó el profesor.
—Claro, me harías un gran favor —respondió y con eso cerraron el tema.
Hermione desapareció escaleras arriba y él se quedó ahí, en la cocina, tratando de recordar un poco de lo ocurrido ayer. Recordaba haber estado durmiendo casi todo el día. La herida en su mano le recordó el vaso de vidrio que rompió y eso le hizo recordar las llamadas perdidas de los Malfoy. Se sintió como una mierda por haberle gritado de esa forma a Cissy pues ella no tenía la culpa de que fuera un imbécil. Tenía que llamarla de inmediato para pedirle perdón.
La bailarina, mientras tanto, estaba encerrada en la habitación de invitados, contiendo su frustración en silencio. No podía creer que Severus no recordara absolutamente nada de lo que habían hablado. ¡Estuvo hablando por las puras! No sirvieron de nada sus disculpas, él simplemente no la escuchó, la ignoró como si fuera invisible.
—Bueno, Herms, no puedes culparlo, está pasando por un momento delicado —murmuró para sí mientras terminaba de ponerse la polera. La puerta abriéndose violentamente la asustó, haciéndola soltar sus jeans oscuros, los cuales cayeron pesados sobre el suelo de madera— ¡Oh! Lamarck… me asustaste —el perro había entrado en su habitación, portando su correa roja en el hocico—. ¿Listo para un paseo, pequeño?
Trató de acomodar su cabello en un moño desordenado, pero estaba tan rizado que, por donde lo viera, se veía horrible. Al bajar, Hermione sujetó al perro de la correa con fuerza y cogió las llaves de un pequeño recipiente de cristal donde, sabía, que el profesor las guardaba. Él estaba en la sala, con el teléfono cerca de su oído caminando de un lado al otro.
Demasiado ocupado como para despedirse, supuso.
Abrió la puerta y se vio obligada que plantarse los pies firmes en el suelo pues, en cuanto la puerta se abrió, Lamarck tiró de la correa con todas sus fuerzas, desesperado de salir a pasear por los suburbios de Southfields. La bailarina sintió como su brazo casi se desprendía de su cuerpo debido a la fuerza del can. Era como si no hubiese visto la calle en décadas.
—¡Hermione! —llamó el profesor desde donde estaba, aún con el teléfono en la mano. Hermione lo observó sin decir palabra, esperando que continuara— Gracias.
—No hay de qué.
—"¿Aló"?
—¡Cissy! —exclamó volviendo a su llamada, dejando a Hermione inmóvil en la puerta—. No, no, no, no, por favor, no cuelgues. ¿Cissy? ¡Narcisa!
¿Cissy? ¿Quién Cissy?
—Vámonos, bebé, tu papá parece muy ocupado —concluyó, cerrando la puerta.
HOLIS CHIQUIS!
NO ESTOY MUERTA! NO AÚN. EN SERIO ESTUVE TRATANDO DE ESCRIBIR LO MÁS RÁPIDO QUE PUDE ESTE CAPITULO, ES SOLO QUE YA NO TENGO TIEMPO. TENGO BASTANTE TAREA, ES MUY FRUSTRANTE NO HACER BIEN LAS COSAS Y TENER QUE REHACERLAS TODOS LOS DÍAS Y MÁS CUANDO TUS PROFESORES SE ACUERDAN DE SUBIR LOS DOCUMENTOS JUSTO EN LA MADRUGADA Y QUIEREN EL ENCARGO LISTO PARA ESE MISMO DÍA POR LA TARDE. ENTONCES ESO ME HIZO TENER CIERTOS PROBLEMAS AL MOMENTO DE ESCRIBIR. CREO QUE ME QUEDÓ DESCENTE, NO ESTOY MUY SEGURA, PERO AL MENOS YA LO TENGO LISTO. ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO, GRACIAS POR EL APOYO, POR SEGUIR AQUÍ, POR SEGUIR LEYENDO. EN SERIO, TODOS USTEDES SOY MUY ESPECIALES PARA MÍ!
CON RESPECTO AL FIC, YA PASÓ LO PEOR, CREO QUE A PARTIR DE AHORA SOLO QUEDA SUBIR, ASÍ QUE SE ACABARON LOS CAPITULOS TRISTES (ESPERO) Y SOLO QUEDA VER COMO ARREGLAN TODO PARA OBTENER LA BONITA (Y SANA) RELACIÓN SEVMIONE QUE TANTO ESPERAMOS Y QUEREMOS!
MUCHOS BESITOS VIRTUALES A TODOS Y ESPERO VOLVER A LEERLOS PRONTO.
