CAPÍTULO 20

—Sí, eh, gracias —respondió el pelinegro en voz baja, rascando suavemente su nuca, pues era un tic nervioso que surgía cada vez que se enfrentaba a cualquier situación complicada, en especial cuando se trataba de índoles personales—. Agradezco mucho la compresión.

—No tienes por qué decirlo, hijo —dijo la voz cálida al otro lado de la línea—. Puedes tomarte más tiempo si la semana se te queda corta. No tengo problemas en llamar a un suplente por unos días más si lo necesitas. Me imagino que esto no debe ser fácil para ti ahora y, bueno, volver a dar clases a adolescentes puede ser algo... puede ser muy estresante.

—Prometo que no será por mucho tiempo, solo… solo necesito esta semana para… para organizar algunas cosas—el hombre cerró los ojos y se masajeó el puente de la nariz. No solo tenía la apariencia cansada, también la voz—, por favor.

—No te preocupes por ello, Severus, entiendo perfectamente.

Ya llevaba casi 20 minutos hablando por teléfono con el director de Hogwarts, Albus Dumbledore. Era el 31 de agosto, mañana iniciaban las clases, pero Severus no se sentía en la capacidad ni física ni mental para presentarse mañana en castillo a las 9 a.m. en punto. Le parecía algo tonto la fecha de apertura del año escolar, después de todo, ¿quién inicia las clases un día jueves? Pero la tradición dictaba que cada 1ero de septiembre, todos los integrantes del cuerpo docente y alumnos debían estar en el Gran Comedor de Hogwarts pues así lo hicieron los cuatro fundadores de la institución desde el primer díaa y así venía haciéndose desde entonces.

Albus Dumbledore contestó su llamada con una voz paternal y cálida, aunque no pudo ocultar del todo su sorpresa, pues estaba claro que no esperaba recibir una llamada de su profesor de Química un día antes del inicio de clases. Sentado junto a la ventana en la sala de su propia casa, el hombre mayor escuchaba atentamente el relato del profesor Snape y lamentaba profundamente la pérdida de su madre. Conocía a Severus Snape desde que él era un nervioso chico de once años el cual atravesaba las puertas del Gran Comedor de Hogwarts. Conocía muy bien los conflictos que el hombre tenía con su madre y ya podía imaginarse el enorme golpe emocional que significaba su deceso.

—¿Seguro que estás bien? —volvió a preguntar.

Era insólito la cantidad de personas que, hasta la fecha, le habían preguntado si "se encontraba bien". La respuesta era sí, sí se encontraba bien, no excelente, pero se encontraba bien. No entendía el afán por hacerle recordar aquel doloroso suceso, pero tampoco sabía cómo pedirles que no preguntaran sin ser del todo grosero, por lo que solo asentía y desviaba la conversación hacia cualquier otro tema.

—Sí… Unos amigos han sido muy buenos conmigo.

—Los Malfoy siempre tuvieron un buen corazón, aunque no lo parecieran —podía sentirlo sonreír al otro lado de la línea. No era necesario que le preguntara cómo sabía que fueron los Malfoy quienes lo estuvieron ayudando. Con los años, Snape aprendió que su jefe era una persona sabía y sumamente observadora. Sabía que Lucius cumplía un rol tan fundamental dentro de su vida que hasta era su contacto de emergencia actual en el caso de que algo malo pasase, sabía que estaba en buenas manos con él—. Salúdalos de mi parte.

—Lo haré… Gracias una vez más.

—No hay de qué. Adiós, hijo, y cuídate mucho. Cualquier cosa, no dudes en contactarme.

—Lo haré. Gracias… Adiós.

Snape colgó el teléfono y dejó escapar un suspiro agotado. Aquella llamada había tomado más de lo que hubiese esperado. Masajeó el puente de su nariz, reflexionando un poco sobre su conversación con Dumbledore. Si bien siempre consideraría al viejo director como un anciano chismoso e insoportable, debía admitir que se sintió bien hablar con alguien que, de alguna forma, era similar a una figura paterna en su vida, por no decir la única. Albus Dumbledore no solo era su jefe y ex profesor, también era lo más parecido a un padre y a un abuelo que podría tener. Tal vez no congeniaban siempre, pero no podía negar que él era alguien de gran valor dentro de su vida.

Sus pies descalzos abandonaron la sala y lo condujeron lentamente por el pasillo del primer piso, llegando a uno de los tres baños que tenía la casa. La puerta estaba abierta en su totalidad y, en el interior, escuchaba el bullicioso y jocosa risa de Miss Granger. Se detuvo a un lado de la entrada, escuchando en silencio mientras se apoyaba en la pared pasillo.

—Vas a quedar muy guapo, chiquito, muy guapo —le decía la castaña a un mojado Lamarck. Lo había metido en la ducha-bañera para darle un merecido baño después de tantos días sin tocar el agua—. Ya estabas oliendo mal... Sí, te gusta el agua, sí te gusta. Te prometo que olerás muy rico.

Snape asomó la cabeza por la puerta. La escena en el baño era como una dulce postal de una vida tranquila y hogareña. Hermione, en cuclillas, lavaba el pelaje del perro con ambas manos, creando una masa de espuma blanca y espesa. El perro en la bañera se quedaba de pie, quieto, mientras las manos de la castaña bailaban sobre su pelaje. Ambos se veían felices. Lamarck no dejaba de mover su cola y ella, de sonreír. A un lado, se encontraba todo el desorden que habían causado: botellas de shampoo en el suelo, toallas arrugadas sobre el toilet, algunos juguetes de plástico flotando en la bañera y, por supuesto, la secadora de pelo aún en su caja, aguardando en una esquina para ser usado.

Snape sonrió ligeramente ante esto y se quedó apoyado en el marco de la puerta, mirando con atención. Lamarck ladró al verlo e hizo ademanes de querer salir de la tina para ir a su encuentro. Hermione tuvo que ponerse de pie y usar su cuerpo y su fuerza para evitar que el enorme cachorro causara una inundación que, más tarde, tendría que limpiar. La bailarina llevaba su vieja camiseta de The Rolling Stones y unos pequeños shorts de mezclilla que revelaban sus largas y trabajadas piernas bronceadas. Realmente era una muy buena vista y, a pesar de que sabía que no era correcto mirar, no podía apartar los ojos de esas piernas.

—Siéntate —pidió abrazándolo, mojándose la camiseta en el proceso—. ¡Quieto!

—Abajo, Lamarck —ordenó con voz firme y sedosa desde donde se encontraba, apoyando su peso sobre el marco de la puerta—. Sentado, amigo.

El perro inclinó la cabeza a la derecha un par de segundos y luego se sentó, jadeante. Hermione se giró para ver al profesor detrás de ella, observándola fijamente, con una suave sonrisa de lado al verla mojada casi por completo. Ella le devolvió el gesto, regresando a sus asuntos.

—No es justo. ¿Por qué a ti sí te hace caso y a mí no? —reclamó fingiendo estar ofendida— Yo lo mimo más que tú.

—A veces los niños necesitan mano firme, Granger.

—Pero él es un bebé —tomó el tubo flexible de la ducha y lo acercó al perro para iniciar con el tan esperado enjuague—. No necesita mano dura, necesita besos y abrazos.

—Los besos y abrazos no evitan que use mi cocina como baño.

Hermione dejó escapar una ruidosa carcajada que resonó en las paredes de loseta de la ducha. Lamarck agitó la cola y ladró. Sabía que hablaban de él, pero no de qué exactamente. La bailarina presionó despacio el mango de la ducha y un fuerte chorro de agua impactó contra el pelaje del can.

—Lo haces mal —el hombre dejó su lugar junto a la puerta y se acercó, arremangándose las mangas blancas de la fresca camisa de diario—. Cúbrele los ojos o le entrara shampoo. Su ojo azul es muy sensible. No puede entrarle shampoo porque se irrita y se seca, luego le duele —tomó el mango de la ducha teléfono de las manos de la bailarina y, cubriendo con su mano libre ambos ojos del can, comenzó a enjuagar toda la cabeza de Lamarck—. ¿Podrías lavar detrás de las orejas, por favor?

A pesar de que le repitió cientos de veces que no era necesario que se quedara, Hermione siguió yendo al 71 de Trentham Street por los siguientes tres días. Llegaba puntual después del desayuno y luego alistaba al samoyedo para llevarlo a su paseo matutino. Por supuesto, no dejaba al profesor atrás y, de una u otra forma, lograba hacerlo salir de su encierro para dar tres vueltas a lo largo de toda la calle. La primera vez, Severus pensó que moriría. Al haber pasado tantos días tirado en cama, sus piernas estaban fuera de forma y este pequeño ejercicio lo estaba matando al igual que lo hicieron los primeros días donde iba a correr al parque. Sin embargo, Hermione no lo dejaba regresar a su casa hasta que completara las tres vueltas.

—Es por tu bien —le decía—. Estar tanto tiempo sentado te hace daño. ¡Necesitas moverte!

En parte tenía razón. Tenía que ir despertando sus músculos poco a poco o terminaría teniendo una aburrida vida sedentaria otra vez. Ayer habían caminado hasta el supermercado más cercano y compraron diversos productos para llenar su refrigerador vacío. Lamarck iba al frente, saludando a cada persona que se detuviera para acariciarlo o hacerle gestos tiernos, y ellos dos iban atrás, cargando las pesadas bolsas con alimentos frescos.

No habían tocado ni el tema de la muerte de Eileen, ni el de su conflicto amoroso. Parecía que ninguno de los dos tenía muy en claro que decir aún. No iba a negar que a veces era incómodo, pero prefería la compañía de la bailarina que quedarse solo en casa. Al menos lo estaba obligando a comer y a salir de la cama lo cual ya era un completo triunfo. A falta de los Malfoy y sus constantes intentos de animarlo, Hermione era su mejor opción.

—¿No te parece que esto es demasiado? —preguntó cuando vio que la castaña agarraba la botella de acondicionador y la agitaba un poco antes de abrirla—. Acabas de darle un baño de burbujas con un shampoo que más caro que el mío.

—Quiero que su pelaje este sedoso.

—Lo mimas demasiado. Vas a malcriar al niño.

Hermione río ante el comentario. Era algo extraño escuchar un hombre serio y frío como Snape hablar de su perro como si fuese un niño de verdad. No obstante, lo encontraba tierno. Fácilmente podía imaginárselo siendo el amoroso padre de un niño o niña de carne y hueso; sin embargo, aquella idea también la aterraba. Prefería un millón de veces verlo con un perro que con niños.

Siguieron bañando al cachorro, turnándose para usar la ducha y sujetar al can. Hermione tomó una mullida toalla verde y empezó a secar su cuerpo, causando que el perro se removiera en su lugar, chapoteando en la bañera, creyendo que estaban jugando otra vez. Cada tanto tenían que alejarse pues el perro empezaba a sacudirse, llenando el cuarto del baño con minúsculas gotas cristalinas. Hermione reía mientras se limpiaba la humedad del rostro y Snape ya daba por arruinada su camisa de diario, ahora empapada en la zona del pecho.

Tendieron una toalla sobre el suelo de loseta y pusieron al perro ahí, alejándose rápidamente. Este volvió a sacudirse, salpicando de agua las paredes y el espejo sobre el lavabo. Hermione conectó la secadora y, apuntándola hacia él, la encendió, provocando que el ruido ensordecedor del aparato inquietara al perro.

—Tranquilo, amigo — susurraba el hombre, sujetándolo con sus grandes manos—. No seas un cobarde. Solo es aire.

Después del respectivo secado y cepillado, Lamarck salió corriendo con dirección desconocida, aunque Severus sabía perfectamente que se dirigía al patio para volver a ensuciarse. Ambos humanos lo vieron perderse por el pasillo de la casa, chocando contra los muebles y las paredes con torpeza. Snape su cubrió el rostro con una mano, sintiendo vergüenza.

Este perro es un tonto, pensó.

—Supongo que necesitará otro baño más tarde —dijo la chica apoyándose contra el marco de la puerta, sintiendo frío en su estómago debido a su ropa mojada—. Tal vez la próxima semana.

—Hmmm, tal vez… ¿No tienes frío? —preguntó señalando su vientre—. Esta mojado. Te va a doler el estómago después.

—Me cambio en un rato. Por cierto, gracias por prestarme tu ropa.

Cuando Hermione se ofreció a darle un merecido baño al perro, Severus supo que tendría que prestarle algo para evitar que se mojara y terminara oliendo a perro mojado. Pensó en darle un delantal de cocina, pero al ser de tela, no haría mucho por ella. No le quedó de otra que darle su antigua camiseta. Tendría que meterla a la lavadora de inmediato, el olor era demasiado fuerte.

—No hay de qué.

Snape se movió hacia ella, apoyándose en el otro extremo del marco. Sus piernas se tocaban, más sus cuerpos se mantenían distantes. Hermione miraba hacia sus maltratados pies descalzos. Estos se veían pequeños y rojizos en comparación a los de Snape, los cuales eran grandes y extremadamente pálidos, como si nunca hubiesen sido tocados por el sol.

—¿Qué te pasó en los pies? —preguntó al notar que ella no dejaba de mirarlos. Se removió incómoda y retrocedió todo lo que pudo, apegándose aún más contra el marco de madera, escondiendo un pie detrás del otro.

—Gajes del oficio, supongo —susurró avergonzada, sonrojándose al instante—. Es parte de ser bailarina. Una vida repleta de trajes de seda y elegantes tocados a cambio de pies sangrantes y uñas caídas. Ya sabes, lo usual.

—¿Y no te duele? Se ve doloroso.

Hermione bajó la mirada, revisando sus propios pies. Estaban hidratados, sí, pero eso no quitaba que su piel se viera maltratada y rojiza. Tenía los índices huesudos y ligeramente más largos que el promedio. Sus uñas se veían rosadas, a excepción de una. Durante su última sesión de ballet, por fin había logrado lo que tanto quería y una de sus uñas había sangrado, tornándose oscura y, hasta el momento, no recuperaba su color natural. Solo rogaba que no se le cayera, no soportaría todo el proceso de recuperación una vez más. Recordaba las épocas en las que sus pies se veían mucho peor. De cierta forma, agradecía profundamente haber dejado el ballet para siempre... bueno, al menos por un buen tiempo.

—Ya no... Antes... antes solía bailar hasta que me sangraban los pies. Creo que era lo único que lograba detenerme. Ahora... —no pudo terminar su discurso pues su garganta se secó repentinamente. Giró levemente su pierna derecha, revelando aquella blanquecina cicatriz que tanto dolor le causaba, incluso más que sus uñas caídas. Snape recorrió sus piernas con sus oscuros ojos, empezando en los muslos, bajando en las rodillas, pasando por la cicatriz y deteniéndose en aquellos lastimados pies—. Ya no los mires, son horribles.

—Déjame ver más de cerca —pidió mirándola a los ojos. Podía ver un brillo salvaje en ellos, un brillo coqueto que la invitaba a jugar.

—¡¿Qué?! —exclamó confundida— No.

—Déjame ver.

—¡Son horrendos!

—Dé-ja-me ver —vocalizó de manera juguetona, haciendo un gesto con las manos para que levantara la pierna. Hermione abrió la boca, sorprendida, sin poder creer aquellas palabras—. Arriba.

—Muy gracioso, Sr. Snape—murmuró de manera sarcástica. Los ojos de Snape la miraban juguetones y brillantes, esperando a que solo levantara la pierna. A pesar de que estaba haciendo sus mayores esfuerzos por mantenerse serio, se notaba a kilómetros que quería reírse—. No lo haré. No quiero ni puedo hacerlo.

—¡Por favor! ¡Fuiste una bailarina de ballet! Sé que puedes llevar tu pierna a la cabeza si es que lo deseas —respondió entrecerrando sus ojos, inclinándose ligeramente hacia ella, acorralándola entre el pequeño espacio de la puerta y su propio cuerpo. Luego, con voz sedosa, susurró—. Además, no es como que no te hubiese visto hacerlo antes.

La sangre corrió a toda velocidad hacia las mejillas de la jovencita. ¡Qué osadía! ¿Cómo se atrevía a recordarle aquellas indecorosas posturas sexuales que habían repetido en múltiples ocasiones y en diversos escenarios? No daría comentarios, solo diría que Snape encontró muy impresionante su flexibilidad. Sonriendo de lado y observándolo de manera desafiante, asentó con firmeza la planta de su pie izquierdo sobre el suelo y levantó en alto su pierna derecha, apoyando el pie sobre ambas manos del químico, las cuales esperaban por ella en las alturas. El profesor la tomó del tobillo con delicadeza y se puso a examinar la piel maltratada de su extremidad.

—Tienes razón. Se ven horribles —la chica puso los ojos en blanco e hizo ademanes de retirar su pierna, mas Snape la tenía bien sujeta por el tobillo—; no obstante, son suaves —acarició con delicadeza la piel lastimada de su empeine y luego, con uno de sus dedos, recorrió la curva de la planta de su pie, provocándole un cosquilleo que recorrió todo su cuerpo. Tuvo que reprimir una risa nerviosa ante su tacto—. Sabes, tengo un amigo en un laboratorio de farmacéutica. Podría conseguirte algo para mejorar ese aspecto.

—Estoy bien así. Me ayudan a recordar todo el camino hasta aquí... Me recuerdan quien soy.

Sus ojos miel se encontraron con los oscuros de Snape. Debido a la posición, se encontraban muy cerca, peligrosamente cerca. Hermione hasta era capaz de ver su reflejo en sus ojos. Snape había colocado su pie derecho sobre su hombro, lo que mantenía a Hermione abierta de piernas tanto como le era posible, inclinándose hacia él. Si no fuera porque la castaña había pasado años de entrenamiento mejorando su apertura, probablemente habría tenido que usar ambas manos para apoyarse sobre el cuerpo del profesor y no caer. Sin embargo, mantener tanto tiempo esa postura provocaba que su pierna izquierda temblará de cansancio. Sabía que estaba a nada de flaquear y caer o, tal vez, de sufrir un calambre.

—Sabes, la última vez que tuve mi pierna sobre tu hombro, estábamos haciendo otro tipo de "actividades" —comentó de forma descarada, ahora provocando un ligero y casi imperceptible sonrojo en el rostro del maestro—. Fue divertido.

—Lo recuerdo bien. Fue más que divertido —el hombre susurró con suavidad, inclinándose brevemente hacia ella. La castaña sintió su aliento cálido sobre su piel, erizándola por completo. Su ceño se fruncía ligeramente, pero no por enojo, sino de manera juguetona y esa media sonrisa de lado le indicaba que, probablemente, estaba pensando lo mismo que ella. Tuvo que cerrar los ojos pues su sola mirada le provocaba temblores en su única pierna buena, dejándola más inestable de lo que ya estaba—. Es por eso que te devuelvo tu pierna. No quiero más problemas.

Hermione apoyó su peso sobre su pierna izquierda y descendió su otro pie hasta tocar el suelo. Su entrepierna le dolía un poco debido al esfuerzo en mantener aquella incómoda postura, pero no era nada que no pudiera soportar. Se acomodó nuevamente contra el marco de la puerta, apoyando su espalda y estirando ambas piernas hacia adelante, rozando con las rodillas de Snape quien también tenías las piernas estiradas en su dirección. Jugó un rato con sus dedos, observando la tina vacía y el baño mojado. No sabía en qué momento la plática se habían desviado tanto hasta llegar a ese punto. Era urgente que buscara otro tema de conversación o las cosas podrían tornarse muy incómodas.

—¿Hablaste con tu jefe? —preguntó luego de unos minutos, girando en su dirección.

—Sí. Le expliqué la situación y me dio unos días de descanso, hasta cuando me sienta listo. Aun así, creo que empezaré el siguiente lunes. No quiero estar sin hacer nada por mucho tiempo. Necesito poner a trabajar mi mente o enloqueceré.

—¡Me parece excelente! —exclamó sonriéndole— El cerebro es un músculo y debe ejercitarse de forma constante como… como… eh, como las piernas —Hermione estaba insegura de qué decir a continuación pues, primero, aún seguía algo aturdida por su repentina interacción y, segundo, las frases de Snape siempre era tan puntuales que nunca le daban la oportunidad de continuar el hilo de sus pensamientos. Sin embargo, a pesar de que esta vez sí se mostraba dispuesto a hablar, era una lástima que ella no supiera absolutamente nada relacionado a la ciencia o la docencia. Nunca se había sentido tan ignorante como hasta ahora—. Sabes, siempre me pregunte porque inician las clases los primeros de septiembre. Es decir, este año cae jueves. ¡¿Quién inicia las clases un jueves?! Lo lógico sería esperar hasta el lunes para aprovechar toda la semana, ¿no te parece?

—Es una tradición en Hogwarts —el profesor se acomodó en su lugar, jugando con sus dedos detrás de su espalda—. Una vez iniciamos un viernes. Sentí que me estaban haciendo una broma y no fui el único. En fin, yo vivo a menos de dos horas del colegio, pero hay chicos y maestros que viajan desde muy lejos.

—Nunca me gustó iniciar las clases a mitad de semana, pero creo que era la única. A mis compañeros, les aliviaba. Se cansaban al primer día y deseaban volver a las vacaciones. Recuerdo que decían que se habían olvidado hasta de cómo sujetar el lápiz —rio—. No hubiesen soportado estudiar cinco días seguidos después de dos meses estando de vagos.

—Tus compañeros se parecen a todos mis alumnos —añadió mostrando una pequeña sonrisa—. No sabes cuantas veces he escuchado esa frase por los pasillos durante el primer día. En fin, dijeron que conseguirán un reemplazo para los primeros días y que podía reincorporarme en cuanto me sintiera listo.

Lamarck asomó la cabeza peluda por el pasillo, curioso, casi como si estuviera revisando qué era lo que esos dos estaban haciendo y por qué no habían ido en su búsqueda. Snape y Hermione se mantuvieron en silencio, regresándole la mirada al can quien, al verse descubierto, huyó de regreso a la seguridad del patio trasero.

Otra vez silencio.

No era incómodo ni nada parecido, pero sí algo pesado. Era aquel silencio que antecedía a una conversación seria, ese silencio que solo existía para alargar aquellos pensamientos que la carcomían por dentro. La joven soltó un suave suspiro, estirando sus brazos y piernas. Snape se mantenía quieto, todavía mirando por el pasillo, como esperando un tiempo prudente antes de irse.

—¿Estás preparado? —preguntó de repente.

Severus le había comentado que retomaría su terapia. Mañana sería su primera sesión y prefería tomarse libre la mañana para prepararse mentalmente antes de reencontrarse con su doctor. Hermione se había mostrado feliz por la idea y le brindó su apoyo desde el primer momento. Severus levantó ligeramente las cejas, sorprendido por la pregunta, y se acomodó sobre el marco, tensando la parte superior de su cuerpo, sobre todo los hombros. La terapia seguía siendo un tema difícil de hablar para él.

—Sí… Ya me confirmaron la cita para mañana por la tarde… Es raro, ¿sabes? Me refiero a retomarlo después de tanto tiempo —humedeció sus labios y continuó—. Deje la terapia en diciembre del año pasado, más o menos. Mi psicólogo se iba de vacaciones por fin de año y, pues, lo vi como una oportunidad para dejarlo. Sentía que ya no lo necesitaba… Creo que me equivoqué.

Al igual que la castaña se había propuesto detener su horrible hábito en Año Nuevo, Severus se prometió en Navidad dejar la terapia. Después de asistir durante casi dos años se sentía preparado para dejarla. Había progresado en el ámbito emocional a niveles extraordinarios y, si bien seguía sintiéndose incompleto, al menos se encontraba en paz. Por supuesto, no hubiese esperado que ocho meses después toda su estabilidad y paz mental hubiesen salido volando por la ventana de una forma tan brutal como había sucedió.

—Lo importante es que decidiste volver —Hermione estuvo a nada de agregar un "y espero que también decidas volver con nosotros a la academia", pero optó callarse. No lo veía conveniente en ese momento—. Sé que te irá muy bien.

La joven extendió lentamente su brazo derecho hacia adelante. Estiró su dedo meñique el cual rozó con delicadeza uno de los dedos de Severus. El profesor contuvo la respiración y se mantuvo quieto, mirando fijamente aquel dedo meñique revoloteando alrededor de su mano izquierda. Su mano se veía pequeña en comparación de la suya. Era delicada, bonita, suave, sin arrugas causadas por lo años ni asperezas en las yemas de los dedos por sujetar lápices y tizas. Había muchas cosas que quería decirle, en serio, eran tantas que podría pasarse horas y horas realizando un monólogo frente a ella y, aun así, se quedaría corto, pero no sabía ni cómo ni por dónde iniciar.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó levantando la mirada, encontrándose con la suya—. Podría acompañarte hasta el consultorio por si no quieres ir solo. Sé que es un paso muy importante y supongo que puede ser difícil. Realmente no lo sé, nunca he ido a terapia. Es decir, sí, pero era terapia física. Es totalmente diferente.

—Estaré bien —respondió estirando su meñique en su dirección, rozando con el de ella—. Una amiga vendrá llevarme.

Los Malfoy había retornado hoy. Hace unas horas había recibido la llamada de Lucius para informarle que ya se encontraban en la capital inglesa. El viaje había durado un par de días más de lo esperado debido a caprichos del propio Abraxas Malfoy quien —después de que su primogénito casi no llegara para su cumpleaños— decidió que, como castigo, deberían quedarse con él en York por unos días más. Realmente no le había comentado todos los detalles de la reunión anual de los Malfoy, estaba muy cansado por el viaje así que eso sería conversación de otro día, cuando se encontraran en persona. Por otro lado, también había llamado para informarle que su cita con el Dr. Sharpe sería mañana y Cissy se encargaría de llevarlo, así se asegurarían de que estaría ahí.

Odiaba cuando lo trataban como un niño pequeño, pero dado a su reciente comportamiento, lo aceptaría con gusto. De por sí, ya estaba demasiado agradecido de que los aristócratas le siguieran hablando. Después de cómo le había gritado a Cissy aquel domingo, no le hubiese sorprendido que cortaran relaciones, pero, por suerte, ellos seguían ahí. No se atrevería a negarles nada… por ahora.

Hermione retiró la mano al instante, como si se hubiese quemado. Snape sintió un vació cuando su meñique dejó de tocar el suyo.

—¿Una amiga? —preguntó fingiendo desinterés— Qué bueno.

—Sí, es una buena amiga —Snape se reincorporó, dejando el marco de la puerta y desplazándose al pasillo—. Siempre está ahí para levantarme, darme una sacudida y ayudarme a volver a empezar. Realmente no sé qué haría sin ella. Probablemente estaría muerto o algo así —Narcisa Malfoy siempre tendría un papel importantísimo dentro de su vida. Era la encargada de resolver su vida cada vez que él la cagaba. Ella era su roca y, de alguna manera, la hermana que no tuvo—. De hecho, las remodelaciones de esta casa, ella las hizo. Dijo que necesitaba un nuevo lugar donde empezar desde cero, pero no quería vender la casa, he trabajado mucho para conseguirla, y pues, este es el resultado.

—Tu amiga tiene buen gusto, un muy buen gusto —Hermione también abandonó el marco de la puerta y pasó hacia el pasillo. Sus pies jugaban sobre el fino piso de madera y sus manos bailaban sobre las paredes claras—. Me gusta lo que hizo con, bueno, todo, supongo… Me alegra que tengas buenos amigos.

En silencio, ambos regresaron hacia la sala. Hermione le pidió permiso para subir al cuarto de invitados para cambiarse la camiseta mojada por sus ropas normales a lo cual el profesor aceptó sin demora. Mientras él iba a revisar dónde se había metido su mascota, Hermione subía corriendo las escaleras, lista para encerrarse en el cuarto de invitados. Su camiseta gris de tirantes la esperaba sobre la cama, así como aquel kimono a rayas. Buscó una toalla, se quitó la camiseta mojada y empezó a secarse el vientre frío por el agua.

Se preguntó si la amiga de Severus era la misma mujer con la que había hablado por teléfono el otro día. Parecía ser muy importante en la vida del profesor, tal vez incluso más que su propia ex esposa. Por lo que le había contado, no solo había remodelado cada rincón de su casa, también era ella quien lo acogió en su propio hogar durante aquellas dos semanas en las que estuvo desaparecido, era ella quien lo había ayudado con todos los arreglos cuando su madre falleció y era ella quien lo llevaría a su primera cita con el psicólogo. Quien quiera que fuese su amiga —o Cissy, si es que ese era su nombre— parecía ser muy especial para él.

Mucho más especial que ella, obviamente.

No tenía razones para estar celosa, ellos no eran nada, ella no quería que ellos fueran nada. Sin embargo, la sola idea de que pudiera existir algo más entre la tal Cissy y el profesor le generaba cierto dolor en el estómago… Aunque tal vez podía ser solo una consecuencia de tener el vientre frío. Sea lo que sea, le inquietaba un poco pues era una sensación que desconocía. Hace años que no sentía celos. Es decir, profesionalmente, sí había tenido celos, en muchas ocasiones. Siempre había alguien que bailaba mucho mejor o que era más guapa o quién sabe qué otra cosa, pero no recordaba haber estado celosa por una persona por cuestiones sentimentales.

Sacudió su cabeza y alejó esos pensamientos. No debería importarle, ella no era nadie para meterse en la vida privada del profesor, después de todo, ellos no eran nada. Ni siquiera sabía si seguían siendo amigos o no. Sería mejor mantener su nariz alejado de sus asuntos. Se arregló la cabellera ondeada en una coleta alta para refrescar su cuello y bajó las escaleras ya con las zapatillas puestas. Severus la esperaba sentado en el sofá con Lamarck echado a un lado suyo, mordiendo su peluche de pato. Las manos del profesor acariciaban la cabeza del can y parecía estarle susurrando algo.

—Estuve pensando... —le interrumpió mientras tomaba su pequeña cartera marrón colgada en el perchero. Snape la observó expectante, curioso por saber cuáles serían las próximas palabras que saldrían de la boca de la joven mujer—. Si no puedo acompañarte, podría venir mañana para cuidar de Lamarck mientras no estás. Me gustaría llevarlo al parque, hace mucho tiempo que no vamos y es obvio que necesita un espacio más grande para jugar... Tal vez luego podríamos tomar el té juntos. ¿Qué te parece?

Snape enarcó una ceja e inclinó la cabeza ligeramente— ¿Qué no trabajas mañana?

—Podría tomarme un día libre —Hermione apretó la cinta de su bolso el cual ya se había cruzado sobre el pecho. Esperaba que le dijera que sí. Necesita una excusa para seguir viniendo y, así, encontrar la oportunidad de hablar con él de todo lo que, al parecer, no recordaba—. A la profesora McGonagall no le molestará y hace tiempo que no me he tomado un día libre.

—No es necesario, no quiero causarte molestias.

—Oh, no es ninguno problema. Sabes que haría lo que sea por él... y por ti —susurró lo último, sonrojándose por completo y con una sonrisa tonta en el rostro.

—Gracias, pero no es necesario, en serio.

Por un minuto, Hermione pensó que se estaba haciendo de rogar, pero en cuanto escuchó el tono fuerte de su voz y notó la expresión impasible de su rostro, se dio cuenta de que estaba hablando muy en serio. Sus ojos negros ni siquiera se atrevían a mirarla, tal vez por vergüenza, tal vez por incomodidad. Su mano derecha seguía acariciando la cabeza del cachorro quien, mordiendo su peluche, vivía feliz e ignorante de la tensión del ambiente.

—Oh… Está bien —respondió acabando con los pocos buenos ánimos que le quedaban.

—Mi ahijado vendrá mañana a cuidar de Lamarck —explicó pasando su mano libre por su cabello largo—. Él lo llevará al parque, se divertirán juntos. Luego iremos a tomar el té con su madre.

—Ya veo —de alguna forma, le dolió que le negará ese privilegio, le dolió que rechazara su ayuda, pero también lo entendía. No podía actuar como si las cosas siguieran siendo igual que antes—. ¿Seguro que sabe cómo tratar con él? Este amiguito es como una bala.

Ambos se tomaron unos segundos para apreciar al perro quien se quedó quieto en cuanto sintió ambas miradas sobre él.

—Por supuesto que sí —exclamó dibujando una ligera sonrisa en su rostro—. Verás, él fue quien rescató a Lamarck en primer lugar. Fue amor a primera vista. Sus padres no querían más animales en casa, por lo que, después de mucho rogar, acordamos que me lo quedarían para que pudieran seguirse viendo. Al final, también terminé tomándole cariño a esta bola de pelo —ambas manos viajaron hacia la cabeza peluda del can, jugando con ella—. Créeme, en cuanto se encuentra con mi ahijado, él olvida que tú y yo existimos. Estarán bien juntos.

Hermione asintió y apretó aún más su mano alrededor de la cinta de su bolso.

—Bien, creo que será mejor que me vaya.

—Gracias por venir —Snape se levantó y la acompañó a la puerta. Hermione sabía que solo lo hacía por un simple gesto de cortesía pues no era necesario, ella ya estaba junto a la puerta—. Eh… Cuídate mucho. Envíame un mensaje cuando llegues a casa para saber que llegaste bien.

—Lo haré… Severus —dijo antes de abandonar el interior del hogar del profesor, dudosa de preguntar—, ¿puedo venir otro día?

—Eh, no lo sé… No creo que sea…—

—Por favor —lo interrumpió—. Quisiera hablar contigo de algo muy importante para mí en algún momento. Quisiera…—

—Creo que es momento de que te vayas —Hermione sintió algo fuerte presionando su pecho después de esas palabras. Le habían dolido. Le seguía doliendo su rechazo. Supuso que tal vez eso fue lo mismo que él sintió cuando ella lo rechazó en el metro—. Prometo que hablaremos de eso algún día, solo… solo no ahora, por favor.

Hermione se le quedó mirando fijamente, con los ojos llenos de dolor ante el rechazo y solo le quedó asentir. Le tendió la mano en silencio y luego se dio la media vuelta, sin darle oportunidad a Snape de decirle adiós y olvidando despedirse del perro aún recostado en el sofá. Snape la vio caminar calle arriba por unos minutos antes de cerrar la puerta.


Narcisa Malfoy estacionó el auto al otro lado de la calle. El vehículo que se sacudía con ligereza se detuvo justo en el instante en el que giró la llave para apagar el motor. Aún con ambas manos en el volante, la rubia giró su cabeza hacia la derecha para encontrarse con el edificio donde el Dr. Sharpe tenía su consultorio. Ubicado en un tranquilo barrio al sur de Kensington, el consultorio del Dr. Sharpe se encontraba en el primer piso de un antiguo edificio estilo regencia de tres plantas color blanco. La fachada era minimalista, tenía dos columnas a cada lado de la puerta negra, balcones de hierro y ventanas estilo mirador. Era la típica casa de Kensington. Prácticamente, lo único que la diferenciaba al resto de casas en esa calle era el número escrito sobre la puerta.

La mujer giró su cabeza al otro lado, encontrando esta vez a su amigo pelinegro mirando fijamente hacia el edifcio. En sus ojos notó cierto rastro de tristeza combinado con miedo. No sabía que estaba pasando por su cabeza en ese momento, pero fuese lo fuese, sabía que el Dr. Sharpe era el más calificado para averiguarlo. Él podía hacer mucho más de lo que ella podría. La aristócrata deslizó su mano para tomar una de las del profesor y apretarla con suavidad, sacándolo de sus pensamientos. Snape parpadeó un par de veces antes de posar sus ojos en ella.

—Llegamos —susurró. Ella curvó sus finos labios en una pequeña sonrisa. Snape devolvió el gesto, aunque más parecía una mueca—. ¿Estás listo?

—… —las palabras no lograron salir de su garganta. No estaba asustado, pero sí algo nervioso por volver después de tanto tiempo—. ¿Seguros que pueden cuidar de Lamarck?

—Por supuesto que sí.

Ambos adultos se giraron hacia el asiento trasero del moderno auto. Recostado en la posición más cómoda que encontraba, Draco Malfoy acariciaba al perro sentado en el auto. Ni al joven ni al perro les entusiasmaba la idea de quedarse encerrados en casa mientras esperaban que Snape volviera de su terapia, por lo que insistieron en ir con ellos y aprovechar esa hora y media de sesión para caminar un poco por la ciudad y estirar las patas, en el caso del can. Ni Narcisa ni Snape encontraron razones para negarse por lo que, ahora, ambos "niños" se encontraban en el auto. Lamarck giró su cabeza hacia él y la inclinó a la derecha, como despidiéndose. Snape estiró un brazo para acariciar la cabeza de su cachorro, no queriendo separarse de él.

—Iremos a Hyde Park mientras te esperamos —tranquilizó el rubio.

—Estaremos justo aquí cuando salgas, te lo prometo —la rubia volvió a apretar su mano y sonrió.

De cierta forma, eso lo tranquilizó.

Lady Narcisa y el profesor bajaron del auto y caminaron hasta la puerta negra. Tocaron la aldaba y una mujer en blusa blanca les abrió la puerta. Era la recepcionista del doctor. Pasaron por el recibidor a una sala espaciosa, con muchas plantas, un mostrador oscuro y muchos asientos acolchonados donde otros pacientes esperaban. Había un dispensador de agua en una esquina junto a un estante con revistas de psicología y otras cosas interesantes. Mientras su acompañante hablaba con la recepcionista sobre la cita, Snape relajaba su cuello tenso. Un estruendoso "crack" salió de entre sus vertebras, indicando el nivel de estrés que tenía.

—Bien, Lisa te llevará adentro —Narcisa se le acercó y rodeó con ambos brazos, apoyando su cabeza sobre su hombro—. Tranquilo. Te esperaré afuera cuando todo esto acabe, ¿de acuerdo? —el menor asintió— Bien, nos vemos entonces.

Como si fuese una madre dejando a su hijo en el colegio, Narcisa se quedó de pie al inicio del pasillo mientras el profesor seguía a la recepcionista de impecable blusa blanca hacia el consultorio de Sharpe. La mujer abrió la puerta y Snape ingresó a una habitación amplia con dos tres sillones grandes y de apariencia cómoda. Las paredes estaban decoradas por altos libreros repletos de gruesos libros, fotografías en blanco y negro y pequeñas plantas. Asimismo, había muchos diplomas enmarcados que presumían sus títulos y conocimientos. Fue recibido por un cordial hombre de estatura promedio, cabello castaño, sonrisa perfecta y lentes rectangulares que ocultaban un par de ojos verdes pestañudos.

El Dr. Gregory Sharpe era un hombre de mediana edad, tal vez en sus cincuenta y pocos años. Era una persona que inspiraba confianza al verla, principalmente por sus ojos pues tenía una mirada suave, como la de un profesor de jardín de niños. Tenía la piel rosada, como la de una persona que no se expone mucho al sol, pero tenía buen físico, como el de una persona que pasa al menos media hora en el gimnasio. El doctor se acercó a Snape y le tendió la mano en un firme apretón de manos.

—Es bueno verte, Severus, ha pasado mucho tiempo. Gracias, Lisa, puedes retirarte —la asistente del Dr. Sharpe asintió en silencio y se retiró, cerrando la puerta tras ella. El Dr. Sharpe puso una mano tras la espalda del profesor y lo invitó a sentarse en uno de los sillones marrones que tenía frente al suyo—. Te ves bien. Veo que decidiste quitarte la barba, te queda bien.

—Gracias. Es bueno verlo también.

—Narcisa me contó lo que pasó —no le sorprendía, Narcisa no poseía la habilidad de poder guardar secretos, al menos, no SUS secretos—. Lo lamento mucho. Yo más que nadie sé lo difícil que es… que fue tu relación con tu madre —Snape asintió, mirando hacia la ventana al lado de ellos. La calle se veía tranquila, no pasaban ni autos ni personas—. ¿Cómo has llevado el proceso?

—… Ha sido difícil, no lo voy a negar… Lucius y Cissy han sido de mucha ayuda.

El hombre asintió cruzando una pierna sobre la otra y acomodándose los lentes sobre la nariz— ¿Te parece bien si empezamos?

El profesor tomó aire profundamente, dejando que sus pulmones se llenaran de aire. Su cavidad torácica se ensanchó, incluso podía sentir la piel de sus costillas estirándose. Iniciar una sesión con Sharpe siempre era complicado. No importaba que tanto el psicólogo se esforzara en hacer de este un ambiente lo más cómodo y amigable posible, siempre era difícil para Severus abrirse al inicio. Una vez que empezaba a hablar, no podía detenerse y la hora y media se pasaba volando, pero para que Severus se abriera el Dr. Sharpe tenía un largo camino que recorrer.

El profesor soltó todo el aire acumulado y asintió.

—Bien… ¿Cómo has estado?


Después de una primera sesión, el Dr. Sharpe determinó que Severus necesitaba regresar a terapia más de lo que él pensaba. Gracias a Narcisa, habían acordado tener tres sesiones a lo largo de la semana. Revisando su nuevo horario laboral —y dado que ahora tenía los martes y jueves libres—, los mejores días en los que podía acomodar sus sesiones con Sharpe eran los martes, jueves y viernes pues el psicólogo tenía ocupados los fines de semana. Así fue como estableció un nuevo horario y una nueva rutina que, esperaba, poco a poco lo introdujera a la cotidianidad otra vez.

—¡BUENOS DÍAS, PROFESOR SNAPE! —gritaron sus alumnos al verlo entrar por la puerta.

—Buenos días. Siéntense. Abran sus libros en la página 11.

Tal como lo anunció, Snape se reincorporó el cinco a Hogwarts, siendo recibido por los amicales saludos de sus colegas, en especial del profesor Lupin quien, luego de enterarse de lo ocurrido, estaba claro que no pensaba dejarlo solo entre clase y clase. Ni bien llegaba la hora del almuerzo, Lupin corría hacia él con su bandeja en mano y lo llevaba a la mesa que compartía con Flitwick y Sprout para disfrutar de un almuerzo en compañía de "amigos". Ahora tenía a Lupin corriendo tras él como perrito faldero cada vez que sonaba la campana de fin de clases para hacerle plática antes de que cada uno se retirara a su hogar.

Sus alumnos tampoco se quedaban atrás. Si los profesores se habían enterado al instante, esa banda "delincuentes juveniles" no necesitaron ni un día para averiguarlo todo pues, cuando llegó el turno de dar clases a séptimo año, tres de ellos se le acercaron y le dieron el respectivo pésame. No lo tomó mal al principio, es más, le pareció un gesto amable, pero cuando todos los alumnos empezaron a detenerlo en medio de los pasillos para darle el pésame, reconoció que aquello se había salido de control.

Snape jamás toleraría ser un espectáculo andante para las personas, mucho menos que sintieran pena por él por lo que no tardó mucho en volver a adoptar aquella armadura de profesor serio y frío que demoró tantos años en perfeccionar. Volver a la rutina, por increíble que pareciera, era lo mejor que le podía estar pasando a Severus Snape. Lograba vaciar su mente, concentrarse en sus clases, olvidar los eventos ocurridos en los últimos meses y, por sobre todo, lograba bloquear tanto a su madre como a Hermione de su mente.

Volvía a ser él y volvía a su zona de confort.

El lunes fue difícil, el martes fue más llevadero; el miércoles, se sentía como en cualquier otro día; el jueves fue un día fácil y, para el viernes, ya se sentía como si hubiese estado dictando clases por los dos últimos meses. Las siguientes dos sesiones con Sharpe fueron algo difíciles, tal y como lo había supuesto, pero reconoció que tenía muchas cosas que exteriorizar, cosas que solo el Dr. Sharpe podía escuchar. Habían iniciado con un nuevo ejercicio, una lista de todas las cosas que nunca le dijo o preguntó hacia su madre y Severus tenía que trabajar en ello. Ese día, viernes, la tocaba presentar la primera parte de dicha lista para ir trabajando cada punto. Si bien al principio no le entusiasmó la idea, por experiencia, sabía que los métodos de Sharpe eran efectivos.

Llevaría un tiempo volver a sentirse completo, pero al menos podía afirmar que se encontraba mucho mejor que antes.

Unos golpes en la puerta llamaron la atención de todos. A través de la ventanilla de la puerta, fueron capaces de ver la perfecta forma angular de un rostro de mujer de mediana edad. Su nariz respingada se arrugaba en una marcada mueca de disgusto por el simple hecho de encontrarse en ese lugar y eso podía percibirse incluso detrás de la puerta. Sin embargo, no quitaba que fuera muy hermosa, incluso para tener su edad, pensaron algunos estudiantes.

Snape se llevó ambas manos a las sienes y las masajeó por unos segundos. ¿Qué demonios hacía Narcisa Malfoy en Hogwarts? Sea lo que sea, no podía ser bueno… ¡para él! Snape se levantó de su asiento y caminó imponente hasta la puerta. Dedicó una última mirada seria a sus alumnos antes de abrir la puerta pues sabía que cualquier distracción, por más pequeña que fuese, hacía que esos brutos barbajanes aprovecharan la situación para crear un caos en su tranquilo laboratorio. No quería avergonzarse delante de Narcisa y mucho menos darles motivos a sus alumnos para empezar a molestarlo. Recién era su primera semana de clases, solo quería un año escolar tranquilo.

Dejó escapar un profundo suspiro, preparándose mentalmente para lo que sea que ella quisiera ahora.

—Vaya sorpresa —saludó en voz baja, apenas abriendo la puerta, siempre asegurándose de cubrir con su cuerpo el campo de visión de sus alumnos—. ¿Qué haces aquí? Estoy trabajando.

—Buenos días, ¿qué tal? ¿cómo estás? También me da gusto verte, querido —respondió sarcástica. Snape rodó los ojos, abriendo la puerta por completo para salir de ahí y seguir su conversación en el pasillo

"WUUUUUuuuuuuuu", escuchó como sus estudiantes gritaban detrás de él. Tuvo que cerrar los ojos con fuerza para no tener que mirar a su aristócrata amiga a los ojos pues sabía que ella se estaba divirtiendo con la situación. Odiaba cada vez que hacían eso. Si no lo hacían cada vez que la profesora Sinitra se aparecía, lo hacían cuando Madame Pince, la bibliotecaria, se cruzaba con él en los pasillos y eso lo tenía harto. Rogaba que el día de su graduación llegara pronto o enloquecería.

Me aseguraré de bajarles diez puntos a cada uno en el siguiente examen, pensó.

—Hola, Cissy —la mujer le dio un beso en cada mejilla a modo saludo y se quedó de pie frente a él, apoyando su peso en una de sus piernas. La mujer llevaba un blazer negro, perfectamente entallado a su delicada figura, una inmaculada blusa blanca sin arrugas y una falda tubo negra que dejaba ver sus piernas envueltas en sus traslucidas medias negras. El profesor reconoció al instante su uniforme de trabajo como gerente de hotel—. ¿Qué haces aquí?

—Quería sorprenderte.

—Y lo estoy, mucho, siempre me alegra verte, pero ¿qué haces aquí? Estoy trabajando —el profesor examinó el rostro maquillado de su amiga, buscando alguna señal que delatara su extraño comportamiento, pero no halló nada—. ¿Pasó algo? ¿Lucius y Draco están bien?

—Sí lo están. Draco fue a Oxford hoy y Lucius está en la oficina. Todos estamos bien.

El profesor enarcó una ceja, extrañado. Narcisa Malfoy odiaba estar en Hogwarts, no soportaba el ambiente ruidoso de las escuelas en general, mucho menos a los niños. Cuando Draco era estudiante, ella solía aparecerse por ahí exclusivamente para las reuniones de padre de familia y alguna que otra actividad deportiva o artística de la cual su hijo formaba parte. Desde que Draco había egresado, ella no tenía ningún otro motivo para aparecerse por Hogwarts, lo que le creaba la siguiente pregunta: "¿Por qué se encontraba en Hogwarts?"

—Bien, entonces, ¿qué te trae hasta aquí? ¿Qué no deberías estar en el hotel regañando a los del catering por servir mal algún platillo? —la mujer dibujó una pequeña sonrisa e inclinó la cabeza. Atrás de ellos, asomando las cabezas por la pequeña ventanilla de la puerta del salón, los alumnos de séptimo se peleaban para mirar qué estaba haciendo su profesor con la mujer de largas tiernas—. ¿Acaso ya no hay nada qué hacer en The Heir?

—Estamos ocupados, pero siempre puedo hacerme un tiempo para traerte el almuerzo.

—¿Almuerzo?

El profesor no había notado que la mujer llevaba en sus manos una lonchera de tela azul marino hasta que ella la levantó frente a él. Era de tamaño regular y Narcisa la sostenía con ambas manos por lo que, supuso, debía estar llena. Olía bien, pensó cuando la tuvo frente a su rostro. La tomó con ambas y la sujetó con fuerza pues sí estaba pesada.

—¿Una lonchera? —rio— ¿Desde cuándo me traes el almuerzo?

—¿Qué no puedo tener una buena acción para contigo? —el profesor enarcó una ceja, como esperando una mejor justificación. La rubia rodó los ojos y dejó escapar un suspiro molesto—. Prepararon Sunday Roast y sé cuánto te gusta. Decidí traerte un poco, después de todo, sobrará y luego lo tiraremos, sería un desperdició de comida.

Snape abrió los ojos sorprendido al escuchar el nombre del platillo. Sunday Roast, oh, ¡cómo le encantaba el Sunday Roast! Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había probado un poco. Era uno de sus platos favoritos pues era muy hogareño, de esos platos que se cocinan los domingos para toda la familia. Amaba el sabor del asado de carne acompañado con papas, verduras y, por supuesto, no podía olvidar el siempre obligatorio Yorkshire pudding. Era el acompañamiento perfecto para cualquier platillo. Se trataba de una masa similar al pan la cual se horneaba con forma de magdalena de bordes altos con un pequeño hueco en el centro a modo de adorno.

Se le hacía agua la boca de solo pensar que, en una hora más, por fin podría disfrutar de aquella delicia.

—Gracias, agradezco el gesto, no debiste molestarte —respondió bajando la lonchera a nivel de su cadera, sujetándola con una mano—. Alegraste mi día.

—Es un don.

—Le trajeron una lonchera —susurró uno de los alumnos detrás de la puerta, provocando euforia y risas en todo el salón por aquella simple acción. Uno de los estudiantes, el más valiente o el más idiota, sacó su celular del bolsillo y aprovechó en tomar una foto de la escena para recordarla más tarde en los chats grupales del salón—. ¡El profe y su lonchera!

—¿Y ese milagro? El profesor Snape jamás trae lonchera —comentó Daniela aún sentada en su pupitre—, él siempre pide su comida en el Gran Comedor.

—Tal vez se consiguió una novia en estas vacaciones —comentó Lucas quien estaba recostado junto a la puerta, atento a las interacciones de su maestro con la desconocida—. Está bonita la señora… demasiado bonita para Snape.

—Creo que quiere imitar al profesor Lupin. Me gusta cuando su esposa le trae su comida, son tiernos juntos —comentó Nancy, la co-delegada del salón.

—¡Déjenme ver! —pidió Timothée, el delegado de la clase, por fin sucumbiendo a la curiosidad de acercarse a la puerta para mirar— ¡Permiso, soy delegado! —el castaño apegó su rostro al vidrio para intentar identificar a la mujer del pasillo, pero su campo de visión era limitado. Primero, que solo podía mirar hacia al frente y, segundo, Snape se encargaba de cubrir el cuerpo de la desconocida con el suyo, impidiendo descubrir su identidad—. No veo nada.

—¡Qué chismoso, Tim!

—¡Mira quién habla! ¡Tú hasta le tomaste una foto! —aquello le dio una idea—. Déjame ver.

—Hoy tienes sesión con Sharpe, ¿verdad? —preguntó acomodándose un mechón detrás de su oreja, regresándolo a su debida posición dentro de su elegante recogido.

Snape cerró los ojos y negó con la cabeza—. Así que esa era la razón por la que estás aquí. Ya se me hacía muy sospechoso que viajaras al otro extremo de la ciudad solo para traerme el almuerzo cuando nunca antes lo has hecho.

—Que mal concepto tienes de mí —el profesor rodó los ojos y enarcó una ceja, como preguntando por una explicación—. Solo quería saber cómo lo estas llevando, si ya te estás adaptando a esta nueva rutina. No me has comentado nada desde el jueves pasado y Sharpe es una tumba.

—¿Sabes que existe algo llamado "confidencialidad doctor-paciente"?

—Sí, como sea.

No le extrañaba que Narcisa estuviera inquieta por saber cómo le estaba yendo. Apenas iba a terminar su primera semana, era un poco apresurado preguntar, pero así era ella, siempre quería todo de inmediato. Tal vez era por ello que sus empleados vivían bajo tanto estrés dentro de ese hotel. Severus solía pensar que, a veces, la rubia olvidaba que ellos eran amigos pues sentía que lo trataba como si fuese su segundo hijo. Siempre pendiente de todo lo que hacía, siempre asegurándose que jamás se cayera y lastimara, siempre detrás de él para asegurarse que nada ni nadie pudiese lastimarlo. Lucius era igual, pero Cissy llevaba las cosas a otro nivel por completo.

A veces podía ser molesto, muy molesto.

—En fin, solo quería saber cómo estabas.

—Estoy bien, Cissy —la mujer lo observó con esos bonitos ojos grises, esperando conmoverlo para que le dijera algo más, pero él no iba a ceder—. ¿Algo más?

—Eres un hueso duro de roer, ¿te lo han dicho? —aquello le sacó una sonrisa de medio lado al profesor—. Por cierto, ¿tienes algo que hacer el sábado? Lucius me comentó algo de que quiere ir al club a jugar tenis un rato. ¿Podrías ir con él? Lo he visto muy estresado desde que salimos de York. Ya sabes que ver a su papá siempre lo carga. Seguro te lo va a pedir más tarde, solo te estoy avisando.

—Por supuesto que sí. A mí también me vendría bien hacer algo de deporte.

¿Alguna vez te has encontrado en esa incómoda situación donde no sabes cómo terminar una conversación? Pues, algo así estaban viviendo esos dos. Por supuesto, si Snape y Narcisa estaban atrapados en una conversación sin un final cercano, los alumnos de séptimo al otro lado de la puerta se estaban divirtiendo como nunca viendo aquella escena.

—¿Se están despidiendo? —preguntó Nancy? — ¿La va a besar?

—Shhh… —dijo Georges mirando por la ventana—. No están haciendo nada, solo se están mirando.

—Pobre Madame Pince, el profe le está siendo infiel —ese comentario desató las risas de todos.

—¿Ya descubriste quien es ella, Tim?

El delegado de clase se encontraba mirando la foto tomada desde el celular de su amigo. La tenía ampliada al máximo y hacía su mejor esfuerzo para reconocer el rostro de la rubia— Oye, Simón, tu celular no sirve. Qué pésima resolución

—Trae pa' acá. No te metas con mis cosas. Claro, como tú tienes tu IPhone, te burlas del mío —el ofendido muchacho se acercó extendiendo la mano para recuperar su móvil, pero el castaño se negó—. Ya dámelo.

—Espera, estoy mirando.

—Ya admite que no sabes y ya.

—Es que siento que he visto este rostro antes. ¡Yo lo sé! Pero no recuerdo dónde.

Y sí que estaba seguro porque, en algún momento de su vida, mientras se encontraba en segundo año, el joven Timothée se había cruzado con Lady Narcisa y el Sr. Lucius Malfoy en alguna de las tantas presentaciones de teatro que el colegio ofrecía. Era el último año de Draco Malfoy, el príncipe del colegio en esa época y joven heredero, tenía un papel importante en la obra, por lo que no fue sorpresa que sus padres asistieran a ella. Por supuesto, Timothée no tenía memoria fotográfica como para recordar a alguien que había visto, a lo mucho, tres veces ese día, pero el rostro angular de la rubia era algo difícil de olvidar.

—¿Hay algo más que pueda hacer por ti? —preguntó el profesor— Hay una clase que tengo que continuar.

—No, creo que eso es todo… ¿Hay algo más que yo pueda hacer por ti? —algo en su voz le indicaba que ella estaba rogando internamente para que le dijera que sí.

—No, creo que eso es todo.

—¿Seguro?

—Seguro.

—¿En serio?

—En serio —Cissy pestañeó varias veces, sin apartar su mirada de él. Era claro que ella no iba a irse hasta que aceptara aquella ayuda que quería brindarle, pero que no necesitaba. Tal vez ese era el problema con Narcisa Malfoy, nunca podías decirle que "no" porque ella jamás se iría si no le decías que "sí"—. Ahora que lo dices, creo que hay algo que puedes hacer.

—¡Genial! ¿En qué te puedo ayudar?


Esa misma tarde, Lucius tomó la mano de su esposa y cruzó la calle junto con ella para llegar al auto que estaba estacionado frente a la casa de su amigo, el profesor Snape. Presionó el botón con figura de candado abierto de su llavero y su auto se desbloqueó, permitiéndoles subirse. Le abrió la puerta a su mujer quien, de manera elegante, se subió en el asiento del copiloto. Luego, él hizo lo mismo, tomando el timón del auto.

—Bien, ¿nos vamos?

—¡Ay, espera! —exclamó abriendo la puerta de nuevo—. Quiero ir al baño.

—¿Es en serio, mujer? ¿Hemos estado adentro y no te acordaste de ir?

—Tú espérame aquí, no me tardo.

La rubia volvió sobre sus pasos hacia la casa del profesor. Sus tacones negros resonaron sobre el piso de madera. Un curioso Lamarck corrió hacia ella, extrañado de que la amiga de su dueño hubiese regresado a casa. La mujer acarició de manera rápida la cabeza del can y fue directo a encerrarse en el baño del primer piso.

Después de tanto insistir, Snape le consiguió a la rubia algo qué hacer. Hace unos días había notado que una de sus sartenes tenía el fondo desgastado y ya no podía freír nada sin que terminara pegado sobre la superficie plana. Él tenía sesión con el Dr. Sharpe saliendo del colegio por lo que no tendría tiempo de ir al supermercado ese día, así que, sacando un par de billetes de su cartera, Snape le pidió a la rubia lo siguiente:

"Ve y cómprame una sartén de teflón de tamaño mediano. Solo una. No todo el juego. Solo necesito una. Las venden por separado. No te debes gastar más de esto. Si cuesta más, no compres, te están robando. La dejas en mi casa, sobre la mesa de la cocina. Te fijas que Lamarck tenga agua en su plato y luego cierra la puerta con llave".

Las instrucciones eran muy claras, hasta un niño podría hacerlo; sin embargo, Narcisa tuvo algunas dificultades. La última vez que había ido a un supermercado común y corriente fue hace como un año tal vez. Ella nunca iba, siempre mandaba a alguien más a que hiciera sus compras. No era algo difícil, estaba segura que podría hacerlo, pero, una vez más, otra dificultad se presentó. No tenía idea de qué era el teflón. Google no ayudaba para nada. ¡¿Cómo se suponía que iba a saber qué era el politetrafluoroetileno?! Ni siquiera estaba segura que eso fuera una palabra.

—Lucius, cariño —llamó ella a su oficina unas horas después del almuerzo, cuando las actividades dentro del hotel disminuían—. ¿Estás ocupado?

Solo bastó una llamada para que el aristócrata llevara a su esposa al supermercado más cercano y compraran un juego de sartenes de teflón completamente nuevo. El hombre no tenía tiempo para buscar marca, modelo, tamaño o color por lo que solo tomó la caja más grande y más cara que encontró y la llevó a la caja registradora. Un juego completo de ocho sartenes incluyendo dos espátulas de regalo. Según ellos, parecía un buen negocio.

Metieron la caja al auto y condujeron hasta Southfields, llegando cerca de las 16:30 y algo. La pareja entró en la casa y, tal como el profesor solicitó, dejaron la caja sobre la mesa de la cocina, revisaron que el plato de agua de Lamarck estuviera lleno y salieron tan rápido como entraron. Prácticamente, fue como si nunca hubiesen estado ahí, excepto porque sí hubo alguien que notó su presencia.

[Tú: Ya estoy llegando]

[Sr. Snape: Dejé una llave debajo de la maceta de la izquierda]

Hay una caja con premios en el gabinete de arriba]

Deja que se coma todas, creo que solo hay tres]

[Tú: Ok ]

Estaremos una hora en el parque o un poco más]

Tal vez te encuentre cuando regresa a la casa]

[Sr. Snape: Ya voy a entrar a sesión, te escribo al salir]

[Tú: Ok, suerte]

Hermione apartó la mirada de su celular y lo guardó en su pequeño bolso. La música pop a todo volumen seguía sonando por medio de sus audífonos anaranjados. Siguió caminando a paso promedio hasta doblar a Trentham Street, donde solo tendría que caminar de frente hasta llegar a la casa número 71. Había quedado con Snape para sacar a pasear al perro ese día. No pudo hacerlo en la mañana pues tenía cosas del estudio que resolver, pero aprovecharía su tarde libre para pasar un tiempo de calidad con el samoyedo en el parque que solían frecuentar. Severus se había opuesto en un principio, pero luego aceptó. No sabía el motivo por el cual cedió. Tal vez estaba viendo un buen día o tal vez era porque sabía que no estaba siendo muy responsable con su cachorro. Fuese cual fuese el motivo, estaba feliz de que al menos le permitiera volver a ver a Lamarck.

Divisó la casa del profesor desde el otro lado de la acera. Una tranquila casa color verde oliva en medio de otras casas de la misma gama de colores en un tranquilo suburbio. Pero la casa no fue lo único que encontró. Frente a la casa, en la misma acerca por la que caminaba ella, estaba estacionado un finísimo auto color blanco, de esos autos que no puedes evitar mirar porque sabes que, probablemente, nunca volverás a ver uno en tu vida; de esos que no te atreves a tocar por temor a dañarlo y tener que vender tus dos riñones y tal vez un pulmón para poder pagar. Hermione se detuvo a mitad de su recorrido, impresionada ante al vehículo.

Realmente era impresionante. Jamás hubiese esperado ver un auto así por esa zona.

Estaba a punto de dar unos pasos para acercarse al vehículo cuando notó que alguien salía de la casa del profesor. Lo primero que vio fue un par de tacones negros, altos y caros, que sostenían a un par de piernas largas envueltas en delicadas medias traslucidas negras. Siguió subiendo, encontrando una falda tubo también negra que combinaba de manera perfecta con un blazer entallado y una blusa inmaculada. Le seguía una mediana cabellera lacia y rubia, la cual se agitaba sedosa a medida que la mujer la sacudía con su mano, acomodándose el cabello.

Hermione se quedó boquiabierta mirando a la alta rubia caminar hasta el auto estacionado frente a la casa. No entendía cómo era posible que no se cayera con tales tacones. Algo dentro de ella sentía un poco de envidia de su cabello perfecto y corte costoso. Ella tenía que lacearlo todos los días si no quería parecer un nido de pájaros con piernas, pero el de la desconocida parecía recién salida del salón. Finalmente llegó al vehículo. Retiró su cabello de su hombro lanzándolo hacia atrás, como si se tratase de un comercial de shampoo. La mujer giró su rostro para ver ambos lados de la pista, asegurándose que no pasara por ahí ningún auto. Su rostro era angular y tenía una mirada fuerte, la de alguien que tenía mucho carácter. Procedió a abrir la puerta del auto y entró en él, sentándose con gracia sobre unos asientos oscuros. Lo último que alcanzó a ver fueron sus largas piernas desapareciendo detrás de la puerta, la cual cerró sin hacer ruido.

El auto arrancó con un suave ronroneó del motor y luego desapareció calle abajo, dejándola sola en la acera.

Por supuesto, la mente es traicionera y, a veces, tiende a jugar con nuestras perspectivas. Puede que el cerebro de Hermione hubiese sobreexagerado "un poquito" su primera impresión de aquella desconocida mujer. Tanta fue su sorpresa al ver a la mujer saliendo de la casa del profesor que la cabeza de Hermione maximizó aquel suceso, agregándole más dramatismo de lo que tenía en realidad.

Esto fue lo que realmente sucedió.

Cuando Narcisa salió del baño con las manos ya lavadas y el rostro fresco, un juguetón Lamarck la detuvo en la puerta. El perro tenía en sus manos su correa roja y la esperaba sentado, listo para salir a pasear con ella. La mujer se acuclilló, soportando su peso sobre sus tacones, y acarició al perro, retirando la correa de su hocico con un mano.

—Lo siento, amigo, debo irme —la mujer le sonrió tiernamente y Lamarck se abalanzó hacia ella, tratando de lamerle el rostro—. ¡No! ¡No! ¡No quiero!

Debido al precario balance que le proporcionaban sus tacones, la mujer cayó de espaldas. Continuó siendo atacada por el perro el cual se encontraba muy ocupado olfateando su cabello, enloquecido por el olor de su perfume. Adoraba a Lamarck, pero nunca se acostumbraría a los ataques de amor del cachorro. Gateó hasta lograr levantarse, trastabillando con sus tacones. Cuando se vio en el espejo ovalado a un lado de la puerta, su reflejo le reveló su cabello revuelto y su mejilla derecha brillando húmeda

—¡LAMARCK! —chilló, asustando al perro quien huyó a la cocina. La mujer volvió a mirarse en el espejo, observando con horror el desastre que el can había hecho con su cabello. Su perfecto recogido estilo French twist estaba completamente arruinado, había varios mechones que se salían por los lados, cubriendo su rostro— ¡Perro tonto!

La mujer se limpió la mejilla con fuerza y luego retiró la pinza que sujetaba su cabello, dejando que este cayera libremente. Se arreglaría en el auto. Salió de la casa y cerró la puerta, molesta. Caminó a paso veloz hasta el auto pues no quería que algún vecino la viera tan "desaliñada". Una de sus manos sacudía su cabello para que no se viera tan aplastado después de tenerlo todo el día sujetado. Subió al auto y cerró la puerta. Su esposo la observó sorprendido al ver que, desesperada, la mujer abría su pequeña bolsa de maquillaje y empezaba a retocarse la cara usando el espejo de la visera del auto.

—¿Qué te pasó? Tu cabello…—señaló el hombre encendiendo el auto.

—Ese perro —murmuró entre dientes, usando una toallita húmeda para limpiarse la mejilla—. ¡Mira como me dejó! Vamos a casa, quiero darme un baño.

—Ok —respondió conteniendo la risa, enojando aún más a su esposa quien, claramente, no estaba de humor para soportar sus burlas—. ¡Auch! ¡Ya, Narcisa! ¡Basta! ¡Con el bolso no! ¡Duele!

—¡Conduce! —exclamó bajando el bolso, volviendo a sus asuntos.

La joven se dirigió a la entrada de la casa, buscando la llave de emergencia que Snape había dejado bajo la maceta. Se preguntó quién era esa mujer y qué estaba haciendo dentro de la casa del profesor. Debía ser alguien muy pudiente o eso pensó ella. También debía reconocer que era muy bonita. No era una modelo de revista ni actriz de cine, tampoco era una femme fatale, sensual y peligrosa. Era de otro tipo belleza. Su elegancia y clase era lo más resaltante y lo que la hacía verse hermosa, como una royal más.

¿Qué hacía alguien como ella dentro de la casa de Snape? Más importante aún, ¿cómo fue que logró entrar?

Lamarck la recibió al entrar. El can estaba tan contento que saltaba en sus dos patas y corría alrededor de ella con desesperación, golpeándola con su cola peluda.

—¡Hola, hermoso! ¡Hola, bebé! —saludó arrodillándose en el suelo, poniéndose a su altura—. ¿Listo para ir de paseo conmigo? —el perro ladró, apoyando su cara en el suelo y levantando la cola— ¡¿Sí?! ¿Vamos al parque? ¡Sí! ¡Sí quieres! ¡Vamos! —el perro se abalanzó sobre ella, lamiendo su rostro a lo cual Hermione correspondió acariciando con vehemencia su lomo y cabeza—. Ya, ya, amigo. Déjame levantarme para irnos. Ve por tu correa.

Mientras el perro recuperaba su correa, Hermione fue hasta la cocina para buscar las "bolsas de emergencia" en el caso de que al samoyedo se le ocurriera dejar sus gracias en el parque y aprovechó para buscar en los gabinetes la caja de premios que Snape le había mencionado. Al entrar en la habitación, encontró una caja roja y grande en la cocina.

—Veo que Snape fue de compras —se dijo revisando con curiosidad la caja con los nuevos utensilios de cocina. Estuvo por abandonar la mesa cuando notó un trozo de papel a un lado de un grupo de billetes. Creyendo que eran para ella, Hermione tomó la tarjeta y leyó el contenido.

"No sabía que color te gustaría más ni que es "tamaño regular" para ti, así que te compramos todo un juego. Disfrútalo. Con cariño…"

—Cissy —susurró dejando la tarjeta tal y donde la encontró. Lamarck se apareció con su correa roja en el hocico y la dejó a sus pies, llamando su atención—. ¿A ti te agrada Cissy?

¡Guau!, ladró meneando la cola.

—Mejor vámonos.


La tetera comenzó a silbar con fuerza, anunciando que el agua por fin había terminado de hervirse. Severus dio un par de zancadas entrando a la cocina y apagó a estufa de inmediato. A pesar de que todavía podía disfrutarse de los rayos del sol, septiembre siempre significaba entrar a la época de frío. Nada mejor que tomarse una buena taza de té en el jardín para concluir un largo día de trabajo. Había pasado por Earl's Court en su camino de regreso a casa y había entrado en aquella cafetería que tanto solía frecuentar. Los trabajadores de la tienda se sorprendieron al verlo entrar, pero se les notaba felices de volverlo a ver. Compró su usual croissant de chocolate y recibió uno más como cortesía.

Estaba ansioso por probarlo.

Observó la hora en su reloj de pared. Ya eran un poco más de las 18:15 y aún no había rastro alguno ni de Hermione ni de Lamarck. Había llegado a casa y no encontró a ninguno de los dos en ella lo cual le pareció extraño. En cambio, lo que sí encontró era una enorme caja de sartenes nuevas y, a juzgar por el material, costosas. Dejó escapar un suspiro en cuanto vio su propio dinero sobre la mesa de la cocina. Odiaba cuando Narcisa hacía eso. ¡Él podía pagarse sus propias cosas! No necesitaba que nadie más lo hiciera por él, aunque en el fondo supiera que no hubiese podido pagar por ese juego de sartenes sin tener que reducir gastos por un par de semanas.

En fin, como decía el dicho, a caballo regalado no se le mira el diente. No se iba a quejar por el innecesario regalo, porque no tenía motivos para quejarse. En serio le gustaba sus nuevas sartenes y, como un niño con juguete nuevo, se dedicó a mirar cada uno de sus detalles para luego guardarlas en lugares apropiados. Se encargaría de darles las gracias a los dos de manera apropiada mañana por la mañana cuando se reunieran en el club.

El sonido de la puerta abriéndose lo sacó de sus pensamientos. Hermione y Lamarck ya habían llegado. El perro corrió hasta la cocina en cuanto captó su olor. Snape se puso de cuclillas y esperó en esa posición a que Lamarck entrara corriendo, derribándolo con su fuerza en un ataque de lamidas y besos con su nariz húmeda. Hermione entró al poco tiempo, observando la escena con sus brillantes ojos miel y su gran sonrisa en los labios.

—Demoraron más de lo usual —comentó aún sentado en el piso de la cocina, con Lamarck apoyándose sobre su cuerpo a modo de abrazo—. ¿Pasó algo?

Hermione, quien aún se encontraba apoyada en la entrada de la cocina, se quedó en silencio por unos segundos. Era consciente de que su "pequeño" paseo había tomado más tiempo de lo debido. Quiso alargar la salida todo el tiempo que creyó necesario para así poder encontrar al pelinegro en su casa cuando regresara a dejar al cachorro. Necesitaba hacer tiempo si quería encontrarlo y hablar con él a solas. Se quedaron jugando en el parque hasta que ambos se cansaron, pero al no parecerle suficiente, caminaron lento de regreso a Trentham Street, tomando una ruta alterna y más larga a la usual.

—Nos entretuvimos tanto jugando que no nos dimos cuenta de la hora, lo siento. ¿Te hicimos esperar mucho tiempo?

—No realmente, solo media hora.

Hermione no supo cómo tomar esa declaración.

—Eh… Pusiste la tetera —comentó señalando dicho artefacto que aún se encontraba sobre la estufa. Snape asintió en silencio mientras se levantaba, recuperando su seriedad—. ¿Vas a tomar el té?

—Sí.

Se quedaron en un silencio incómodo e innecesariamente largo. Hermione estaba esperando que la invitara a comer con él por cortesía, que dijera alguna palabra, que le dijera lo que sea, pero Snape no abrió la boca. Por su parte, el profesor, de pie en medio de la cocina, esperaba que la castaña se despidiera, se diera la media vuelta y se retirara para que lo dejara comerse sus croissants de chocolate en paz. Hermione desvió la mirada a cualquier otro lado, mordiéndose el labio inferior suavemente. No quería pedirle que la invitara a quedarse, le daba vergüenza, pero tampoco quería irse, no sin hablar con él de todo lo ocurrido.

Lamarck los miraba a ambos hasta que el ambiente fue tan tenso para él que tuvo que dejar la cocina para irse a ocultar a su pequeña casita en el patio.

—¿Puedo… puedo acompañarte? —preguntó finalmente.

—¿No tienes nada que hacer en tu casa? —Hermione abrió los ojos sorprendida. Estaba claro que no había esperado esas palabras. No había querido sonar hiriente, en serio que no, pero había ocasiones en donde no podía controlar su lengua. No debió decir eso, esas palabras solo podían sonar bien en su mente, no en el mundo real. Ahora se sentía un patán—. Lo siento. Eh… Toma asiento, el té estará listo en unos minutos.

Sin darse cuenta, ambos ya se encontraban sentados en la pequeña mesa de la cocina, cada uno con su respectiva taza de té y croissant de chocolate al frente. Hermione comía en silencio, aspirando la agradable esencia del té calientito llegando a su nariz. A su lado, Snape cerraba los ojos, enfocándose en las sensaciones que despertaba el chocolate en su lengua. Nunca pensó que algo que antes comía a diario podía ser tan delicioso después de tanto tiempo.

—Severus —llamó después de un rato, cuando ya el té estuvo frío y ambos postres desaparecieron.

—Dime.

—Necesito hablar contigo de algo.

—Hermione —Snape se removió incómodo. Sabía a lo que ella iba—, por favor…

—Es importante —la chica buscó sus ojos oscuros. El profesor vio sinceridad en los suyos—. En serio. He esperado por esto mucho tiempo. No he dejado de pensar en esto desde lo ocurrido en el metro. Me ha atormentado día y noche… Vine aquí porque quería pedirte perdón, pero tú estabas tan mal que ni siquiera me escuchaste. Por favor, te ruego que me escuches ahora.

Snape frotó sus manos contra su cara y dejó escapar un suspiro. No se iba a librar de ella tan fácilmente. Tenía que dejar de huir de sus problemas, tenía que dejar de ignorarlos y fingir que no existían. Apoyó los codos sobre la mesa y la barbilla sobre sus manos, asintiendo con la cabeza para que continuara con lo que sea que tuviera que decirle.

—Adelante.

—… Yo… eh… yo quería pedirte perdón. Sé que aún estás enoja…—

—No estoy enojado —la interrumpió observándola fijamente—. Nunca he estado enojado contigo. Al inicio, puede que estuviera algo molesto, no te voy a mentir, pero no estoy enojado. Sí estaba decepcionado y algo herido. Aunque no lo creas, el sexual casual no es lo mío —Hermione se encogió en su asiento, avergonzada—. Continua.

—En fin… yo quería pedirte perdón por la forma en cómo te trate. Debí dejarte las cosas en claro desde el primer día. No debí rechazarte de esa forma, no sin darte una explicación apropiada. Estoy muy confundida respecto hacia dónde voy o lo que quiero. También estoy confundida con el tipo de relación que tenemos.

—Ya somos dos —respondió con sarcasmo, dándole un sorbo a su taza de té—. No quieres estar conmigo de manera romántica y lo entiendo, lo entiendo perfectamente. Lo que no entiendo es por qué sigues viniendo a mi casa, por qué sigues viniendo a sacar a mi perro, por qué insiste en quedarte a dormir y por qué sigues… ¡por qué sigues actuando como si de verdad te interesara de manera sentimental! No logro entenderlo. N-No sé si es algo propio de esta generación o es que yo estoy pasado de moda, no tengo idea.

—¡Porque me gustas, Severus! ¡Me gustas mucho! Te encuentro atractivo —confeso sonrojándose, pero mostrándose firme—, sumamente atractivo. No eres mi prototipo físico de hombre, lo admito.

—¿Gracias? —comentó con sarcasmo.

—Pero te encuentro muy atractivo. Mucho más allá de lo físico, hay algo en ti que me atrae muchísimo. Si no me gustaras, simplemente nunca me hubiese acostado contigo.

—Dijiste que esa noche fue un accidente.

—¡Ya sé lo que dije! —exclamó poniendo ambas manos sobre la mesa— No fue un accidente, ni un error, ni nada de eso. Yo era consciente en todo momento de lo que estuve haciendo. Yo… Había pasado mucho tiempo desde la última vez y yo quería hacerlo.

—¿Sexo casual?

—… Sí.

Snape cerró los ojos y frotó sus ojos con sus dedos pulgar e índice— ¿En serio no te das cuenta de que cada palabra que sale de tu boca solo te hunde más?

Hermione agachó la cabeza, avergonzada. Sí, sí era consciente de que todo lo que decía era y estaba siendo usado en su contra. Se sentía como una estúpida alumna de colegio de años básicos, tratando de inventar una respuesta a una pregunta que ni siquiera había escuchado por haber estado distraída. ¿Por qué esto era tan difícil? Ella solo quería abrir a boca y decirle todo lo que pensaba, pero no podía. Era como si tuviera algo atorado en la garganta y le impidiera hablar.

—Hermione, no estoy en contra del sexo casual, solo que eso no es lo mío —explicó de manera clara, moviendo mucho las manos como si le estuviese hablando a una niña pequeña—. Yo no aconsejo hacer eso porque creo… creo que es un paso muy importante, pero es tu vida, eres joven, puedes estar con la persona que quieras. Puedes experimentar, puedes tener tantas parejas como quieras, puedes dormir con cientos de hombres…—

—¡No he dormido con cientos de hombres! —gritó, aunque una vez dentro de ella la llamaba "mentirosa".

—Bueno, como sea. A lo que voy es que tú puedes hacer lo que quieras con tu cuerpo. Eres joven, muy bonita, estoy seguro de que puedes tener sexo con quien quieras, solo no me arrastre a eso. No me gusta. Para mí fue algo muy importante y significó mucho —sus ojos se mostraban sinceros y dolidos. Hermione descubrió una nueva expresión en el rostro del mayor. En lugar de tener el ceño fruncido como siempre lo tenía, sus cejas se curvaban de una forma triste y herida. Esta era la primera vez que veía esa expresión, era la primera vez que Snape se abría genuinamente ante ella—. Me dolió que dijeras que fue un accidente. Tal vez para ti… para alguien como tú, esto es completamente normal.

—¿Alguien como yo? —preguntó confundida—. ¿A qué te refieres? ¿Cómo que "alguien como yo"?

—Hermione, eres joven. Cuando uno es joven hace muchas cosas sin esperar consecuencias o sin pensar. Muchas veces no lo toman en serio, pero para alguien como yo… —hizo una pausa y humedeció sus labios, pensando en cómo continuar—. Hermione, yo no tengo 22 años. Tengo 42 y es una realidad que no podemos negar. ¿Crees que acostarme con chicas lindas de tu edad es algo cotidiano para mí? Yo no busco una acostón y ya, adiós. Yo no soy Black. Estas cosas no me pasarían ni en mis mejores sueños… Y… y un día, simplemente llegaste a mi vida y…

Snape quiso contarle todo lo que ella significaba para él. Desde esa primera vez hace tantos años en la pequeña estación de Southfields, ambos bailando vals en medio de tanta gente, sin ni siquiera conocer sus nombres, solo dejándose llevar por la música. Quería contarle de la primera vez que la vio apoyada en la ventana del estudio en Earl's Court Road, mirando de forma triste y silencio hacia la calle. Quería contarle de todas esas tardes sentado en el café, pensando en todo lo que le diría si tan solo tuviera la valentía de acercarse y hablarle. Quiso contarle como era que, de alguna forma que no comprendía, ella había sido lo único estable en su vida durante esos últimos tres años. Quería decirle lo mucho que significó para él y lo realmente cerca que estuvo de creer que podía rehacer su vida amorosa con alguien más.

Pero no pudo.

—Me gustas. Quiero que eso quede muy en claro —Hermione tomó la palabra, buscando el valor que tanta falta le hacía—. Cuando te conocí… pensé que solo serías un alumno más, si es que te quedabas el tiempo suficiente para considerarte como un estudiante… La verdad es que nunca he tenido un alumno propio. Todos son alumnos que la profesora McGonagall me deja entrenar son solo para que haga algo con mi tiempo y me sienta útil… Creo que tú y Neville son lo más cercano a alumnos propios.

Yo… yo venía de salir de una relación muy intensa y muy difícil que aún no logro superar del todo. De hecho, trato de olvidarlo todos los días, pero es… —movió sus piernas debajo la mesa, acariciando con la rodilla izquierda la parte interior de su pierna derecha, sintiendo la elevación su cicatriz—… complicado… Cuando llegué a Londres, huyendo de todo, yo… yo empecé cierto tipo de, eh, de hábito muy poco saludable. De hecho, hice cosas muy malas, cosas de las que me arrepiento, cosas de las que, cuando me pongo a pensar con más calma, me pregunto en qué demonios estaba pensando… Yo… yo estoy pasando por una crisis existencial muy grande —Hermione se acomodó sobre la silla, jugando con sus manos de manera nerviosa. Una de sus piernas se movía de arriba debajo de forma errática, delatando su ansiedad—. Tengo 22 años, no tengo ni una carrera ni un "trabajo" estable, por así decirlo. Vivo en una ratonera de la cual no puedo pagar la renta sin tener que pedir un préstamo mensual al padrino de mi mejor amigo. No he hablado con mis padres en todo lo que va del año, no tengo ni la menor idea de qué estoy haciendo con mi vida y vine a una ciudad que no conozco para reconstruir una carrera que en realidad ya no existe y, probablemente, nunca vuelva a existir —Severus frunció el ceño, volviendo a su semblante serio al escuchar como Hermione se iba abriendo poco a poco—. Estoy tratando de encontrarme a mí misma, tratando de encontrar a mi antigua yo, pero siendo honestos, la Hermione de hace tres años ya no existe, ella sigue tirada en alguna parte de esa enorme pista de baile en Blackpool, llorando con la pierna y el corazón rotos… Llevó tres años mintiéndome y mintiéndole a todos, creyendo que volveré a los escenarios… pero la verdad es que esa aventura ya se acabó. Solo fue un sueño tonto y yo, una tonta por creer que se haría realidad.

Cuando llegaste a mi vida... cuando llegaste a mi vida, con ese aire melancólico y tímido, pero con esas ganas ocultas de querer aprender, con esa pasión por el baile que yo ya había olvidado. Tus expresiones cada vez que te salía un paso o cuando hablábamos de concursos, de técnicas, d-de… ¡de lo que sea! Yo… yo veía pasión oculta, una pasión que yo había perdido. Veía esas ansias de aprender, de mejorar y no podía evitar acordarme a mí misma. Me hacías recordar a cuando yo era una principiante en esto y me fascinaba cualquier pequeña cosa, no importara lo más insignificante que fuera… Tú eres igual. Veía mucho de mí en ti y eso fue… fue como verme como era antes —sus ojos miel brillaban ante él, lagrimeando un poco, pero no de tristeza, sino de alegría, como si por fin hubiese encontrado algo que estuvo perdido por tanto tiempo y que significaba tanto para ella—. Y luego comenzaste a acercarte a mí. Comenzaste a hablarme, tratabas de entablar conversaciones conmigo y eras tan... tan torpe, pero tierno a la vez —sonrió para sí misma, revelando aquel par de incisivos ligeramente muy grandes—. Me mirabas como si fuese lo más extraordinario del mundo y creías que era lo más extraordinario del mundo. Entraste en mi vida sin pensarlo. Tú y Lamarck entraron a mi vida de la forma más estrepitosa e inesperada y la pusieron de cabeza.

Severus pensó que era curioso y algo cursi que ella dijera eso, pues él siempre consideró que Hermione fue quien había puesto su vida de cabeza.

—Esa noche en la gala... esa noche cuando te conté mi pasado, cuando te conté quién fui alguna vez, fuiste la única persona que no me observó con lástima en mucho tiempo. Llegaste corriendo detrás de mí en tu elegante traje, me llevaste a comer fish and chips, completamente descalzos en un parque a mitad de la noche —su voz sonaba alegre, pero sin perder ese toque de melancolía. Aquel recuerdo hizo que Snape dibujara una imperceptible sonrisa, recordando aquella noche tan especial para ambos—. Secaste mis lágrimas y me escuchaste —Hermione tomó aire y se llevó una mano al rostro para limpiar sus lagrimales los cuales ya se encontraban húmedos, casi al borde de las lágrimas—. Sentí que me conocías mucho mejor de lo que yo me conozco. Sentí que me comprendías... Creo que ese fue el primer momento en el que te empecé a mirar con otros ojos. No sé qué era lo que veías en mí, de hecho, hasta ahora no lo sé.

La joven se pasó las manos por la cabeza, intentando calmar un poco sus emociones. Su cabello castaño, aún lacio, caía sobre sus hombros y sus dedos jugaban con él, intentando alisarlo aún más.

—Veías en mí lo que yo dejé de ver hace mucho tiempo. Creías en mí, en mi talento, ¡en mis sueños!... Creías que podía lograrlo... Eres la única persona que aún cree en mí —su voz se quebró para ese punto.

—Eso no es cierto —la interrumpió acomodándose sobre la silla, tensándose un poco. No quería verla así, tan vulnerable, tan joven, tan inexperta y asustada por el misterio que es la vida adulta—. McGonagall tiene fe en ti. No te tendría en su estudio si así no lo fuera. Y Potter y...—

—Ellos creen que no me doy cuenta. Harry, Ginny, Sirius, Luna, todos ellos creen que no me doy cuenta, pero la verdad es que, cada vez que obtengo una audición o digo que voy a volver a competir, en el fondo solo están esperando que les vuelva a decir que me rechazaron o que sigo poniendo excusas para aplazar mi "gran regreso" —exclamó poniendo énfasis en aquellas dos últimas palabras, como si fuese un tipo de burla—. Y, sabes qué, no los culpo. Yo los orillé a ello. Siempre dudando de mi capacidad, si soy lo suficientemente buena, si aún queda alguien que realmente quiera volver a verme competir... La profesora McGonagall no sabe que yo lo sé, pero ella habló una vez con el Sr. Poe, el encargado de los eventos de la BDC.

Aquella información despertó la curiosidad en el profesor. Recordaba vagamente al Sr. Poe, un larguirucho hombre de trajes elegantes que siempre parecía al borde de un ataque de nervios. Se inclinó un poco sobre la mesa, esperando que la joven continuara. Hermione tomó aire y siguió.

—Le pidió ayuda para encontrar a alguien dentro del rubro que quisiera ser mi pareja para empezar con el entrenamiento. Él le dijo que no conocía a nadie que estuviera interesado, que después de lo que pasó, ningún bailarín estaba dispuesto a bailar conmigo, menos aún que ahora sabían que yo tengo la "costumbre" de relacionarme con mi compañero y hacer escándalos en hoteles. Dicen que no trabajarían con alguien que no es capaz de poner límites. Así que no tengo muchas opciones por no decir que ninguna.

Pero, de la nada, un completo desconocido llega a mi vida y, a pesar de no conocer absolutamente nada de mí, empieza a motivarme, empieza a creer en mí, hace que yo vuelva a creer en mí y... fue imposible no enamorarme —ella estiró ambas manos hasta tomar una de las grandes de su interlocutor—. Me gustas, Severus Snape, me gustas y mucho... Me encanta pasar el tiempo contigo, me encanta bailar contigo, me encanta que estés en mi vida... Cuando nos besamos por primera vez esa noche, yo sentí que estaba en el cielo. No quería arruinarlo, no quería ir más allá, no quería volver a caer en mis viejos hábitos, pero no pude. Yo lo necesitaba tanto.

Pensé que no te molestaría. Tú y yo habíamos pasado mucho tiempo sin estar con alguien. Teníamos química, nos gustábamos y habíamos pasado por cosas similares. Estaría bien, no le haríamos daño a nadie... pero me equivoqué, otra vez, como siempre —ella apretó su mano por última vez antes de soltarla y llevarse las suyas a su rostro para retirarse aquellas lagrimas que contuvo por tantos días—. Cuando desperté al día siguiente, no sabía qué hacer. Acababa de transgredir una línea tan delgada e importante a la vez que no sabía qué hacer. Quería estar contigo, quería... pero tenía miedo de que cuando supieras lo que era yo, cuando supieras quien era yo, lo que estuve haciendo estos años, tú...

—¿Tenías miedo de que te fuera a juzgar?

—Sí. Tenía miedo de que fueras a creerme una cualquiera.

—¿Y no crees que esa debió ser una decisión mía? Debiste darme la oportunidad de conocerte y crear mi propia opinión. Yo no te hubiese juzgado, no soy quien para hacerlo.

Hermione agachó la cabeza y se quedó un rato en silencio pues no sabía cómo continuar. El ambiente se había tornado muy pesado, tal vez demasiado. Ni siquiera Lamarck se atrevía a aparecerse por la cocina, solo se quedaba en la puerta que daba al patio, recostado en la entrada, mirando en silencio, siempre atento por si algo pasaba, pero eso era todo.

—Pensé que podría darte una oportunidad e intentar que algo así funcionara. En serio quería hacerlo. Pero estaba tan cómoda con el tener sexo sin compromiso, sin el riesgo de formar una relación, sin el riesgo de que se tornara serio que... que sin darme cuenta volví a esa vieja y mala costumbre que te comenté. Pensé que estaría bien, no parecía molestarte. Luego, empezaste a tornarte tan... ¡tan intenso!

—¡¿Intenso?! —exclamó abriendo la boca, ofendido— ¡¿Intenso yo?! —su tono de voz se iba elevando más y más—. ¿Te atreves a llamarme intenso cuando tú fuiste la que…—

—¡Sí! —interrumpió levantó la voz, pasando ambas manos por su cabello, claramente irritada—. Empezaste con los regalos, luego me compraste un pijama, querías darme un cajón para poner mi ropa y, por Dios, ¡el cepillo de diente!

—¿Todo esto es por un maldito cepillo de dientes?

—¡Sí! Digo… ¡NO!

—Te di el maldito cepillo porque te estabas quedando a comer y a dormir. Pensé que querrías tener algo para asearte —exclamó frunciendo el ceño, incapaz de creer que estaban peleando por algo así—. Tu-tus padres son dentistas, pensé que valorabas tu higiene dental.

—¡ESE NO ES EL PUNTO! —su agudo grito hizo que el profesor se callara, asombrado de ver ese cambio brusco en la siempre tranquila bailarina— Comenzaste a tratarme como sí ya estuviéramos en una relación. Todo iba tan rápido que… ¡Me asusté! ¡Querías presentarme a tu mamá! ¡Estaba aterrada!

La mención de su madre hizo que Snape regresara su espalda al respaldar de la silla, regresando a su esquina del cuadrilátero de esta pelea absurda.

—No podía hacerlo… Había muchas cosas que me lo impedían. Cosas dentro de mi consciencia. Fue por eso que pensé que lo mejor sería cortar todo y eso hice. Obviamente fue el error más grande que hice y, créeme, he metido cometido cientos de errores, pero este fue uno de los peores —la castaña intentó relajarse sobre la silla, pero su postura se mantenía tensa, atenta a cualquier reacción del profesor—. Quise venir a intentar arreglar las cosas, pero tú estabas mal en ese momento. Quise quedarme y apoyarte porque te quiero y porque me dolía verte así.

—¿Segura que no fue por culpa? —preguntó con veneno, tratando de defenderse así mismo.

Hermione no fue capaz de defenderse porque sabía que, efectivamente, una parte de ella lo había hecho por simple culpa.

—¿Sabes lo que yo veo? Veo a una buena chica, dulce y soñadora, pero muy infantil que está atrapada en un estado constante de victimización por algo que pasó hace años y que no valora lo que tiene en este momento. Alguien que guarda mucho rencor y que no logra superar a su ex quien, evidentemente, sí pudo. Alguien lleno de inseguridades que tiene tanto miedo de continuar que no puede ver todo lo que tiene por frente a ella.

Hermione apretó los labios con fuerza y desvió la mirada, concentrándola en su taza de té ya vacía. Aquellas palabras le cayeron como agua fría, calando en sus huesos y en lo profundo de su ser. Nunca espero que su concepto de ella fuese así. ¿En serio daba esa impresión? Eso le dolió, no porque su voz fuera fría o porque estaba hiriendo su orgullo, sino porque sabía que era verdad. Tuvo que respirar profundo para no ponerse a llorar frente a él.

—Veo a alguien que tiene tan mal concepto de sí mismo que no puede ver todas las buenas cualidades que sí tiene. Veo a alguien que tiene tanto talento y que lo desperdicia de la peor forma posible porque "nadie le dará una oportunidad" —el profesor se notaba serio. Su voz sonaba fuerte y resonaba por la habitación. No parecía que le estuviera hablando directamente a ella, era más como si ella fuese una espectadora y él, el orador principal de una conferencia—. Si quieres algo, debes ir y obtenerlo. La vida adulta es dura, Hermione. No hay papá ni mamá ni maestro ni nadie que pueda conseguir las cosas por ti. Si quieres volver a bailar, si realmente quieres volver a bailar, debes buscar la forma volver a levantarte, aceptar las audiciones y volver a los pequeños papeles hasta que puedas conseguir algo mejor. Tal vez no vuelvas a los grandes concursos, a veces el plan se desvía, pero siempre puedes encontrar una alternativa… ¡Una solución! Debes dejar a lado esa actitud de víctima por algo que pasó hace ya mucho tiempo, perdonar, seguir adelante y… —

El profesor se detuvo abruptamente a mitad de su monólogo. Sus ojos oscuros estaban abiertos de par en par, grandes y desbordantes de energía. Hermione los observaba hipnotizada. Había desbordado tanta pasión mientras hablaba que hasta había olvidado que esto se trataba de un regaño hacia ella. El profesor se relajó sobre su asiento, volviendo a su antigua postura junto al respaldar de la silla. Su ceño estaba fruncido en una expresión de confusión, como si estuviera procesando todo lo que acababa de decir. ¡No le estaba regañando a ella! ¡Estaba regañándose a sí mismo! Era él quien seguía interpretando el papel de la víctima en su vida por culpa de los traumas de su infancia . Era él quien seguía culpando a todos por no darle una oportunidad para brillar en el mundo académico. Era él quien seguía luchando con el abandono de su esposa que no podía ver con claridad la maravillosa familia que había formado con los Malfoy.

—… y ser responsable… Debes ser responsable de tu vida.

Snape apoyó los codos sobre la mesa y restregó su rostro contra sus manos, dejando escapar un suspiro cansado. Cuatro sesiones de terapia con un psicólogo profesional —y muy costoso— y no había logrado abrirse ni un poco. Menos de una hora con la castaña y acababa de darse el mejor consejo de su maldita vida. Esto debía ser una broma, una maldita broma.

En retrospectiva, esto era irónico, pero muy gracioso.

—¿Qué? —preguntó la joven asustada al verlo reírse aún con el rostro escondido—. ¿Qué es tan gracioso?

—Esto —respondió levantando la cabeza y tomando aire para calmarse—. No puedo creer que sea yo quien te esté diciendo esto. Es algo hipócrita de mi parte —Snape dejó caer su peso sobre el respaldar de su silla y se llevó una mano al rostro para masajear el puente de su nariz. Hermione lo observaba en silencio, sin saber cómo escapar de la incómoda situación, aunque no tuvo que esperar mucho pues Snape se levantó de la mesa al poco tiempo—. Discúlpame necesito tomar aire — para luego salir por la puerta de la cocina en dirección al patio trasero, dejándola completamente sola.

Hermione se quedó sentada un rato más. Su cabeza le dolía un poco debido a esa conversación. No había salido como lo planeo, pero, siendo honestos, ¿cuándo fue la última vez que algo que ella había planeado había salido bien? Estiró una de sus manos para revisar la hora en su teléfono. Aunque no era muy tarde, ya estaba oscureciendo. El cambio de estación, recordó. Tal vez era mejor que se fuera, ya no tenía nada qué hacer ahí y algo le decía que Snape no la iba a invitar a cenar ni de chiste.

La joven se levantó de su asiento y se tomó la molestia de llevar la vajilla usada al lavadero. Desde donde se encontraba, podía ver las piernas largas del profesor a través de la puerta. El hombre se encontraba sentado en la pequeña banca de madera que tenía en su jardín. Lamarck estaba recostado sobre el césped a un lado de sus piernas y ambos parecían estar disfrutando del fresco de la noche. No muy segura de lo que iba a hacer, asomó la cabeza por la puerta, sintiendo como la brisa fría de la noche golpeaba su rostro.

—¡Snape! ¡Ya me voy!

Lamarck levantó su cabeza y la observó desde donde se encontraba. Snape no se tomó la molestia de responder. Se encontraba recostado sobre el mueble de madera, con la cabeza colgando hacia atrás mirando hacia el cielo. Este no estaba tan despejado como otras noches, pero podían verse algunas estrellas brillando en lo alto.

Hermione no supo qué hacer. Snape ni siquiera se había movido.

Tal vez no te escuchó, se dijo.

— Eh… Gracias por el té.

Una vez más, nada.

Hermione se acercó lo suficiente para notar que Snape tenía los ojos cerrados y la respiración calmada. ¿Acaso se había quedado dormido? ¡¿En serio se había quedado dormido tan rápido o solo no quería responderle?! Si era lo segundo, lo cual tendría más sentido, ¿cómo se atrevía a llamarla infantil si él jugaba a la ley del hielo? Hermione apoyó su peso en la pierna izquierda y puso los ojos en blanco, dejando que su cabeza cayera hacía atrás. El firmamento se veía tranquilo, solo las nubes moviéndose lentamente de un este a oeste, cubriendo parcialmente la luna.

Fue a sentarse en el otro extremo de la banca. Acomodó su cabeza en el respaldar y dejó que esta colgara libre. Su cabello ondeaba tratando de llegar al cielo, pero aún no era lo suficientemente largo para ello. El aire de la noche erizaba la piel expuesta de sus piernas, provocándole escalofríos. Podía escuchar el sonido de voces a lo lejos, lo más probable que de los vecinos. Si agudizaba su oído, podía escuchar algún auto pasando por la calle, perdiéndose entre las farolas del alumbrado público. Cerró los ojos un momento, dejándose llevar por las sensaciones que generaba la naturaleza en su cuerpo. Este era un buen lugar para dormir, pensó. Era tranquilo, silencioso, fresco, tal vez algo incómodo, pero era un buen lugar.

—¿Cuál era tu mala costumbre?

Hermione levantó la cabeza y buscó la figura del mayor. El hombre se mantenía inmóvil, todavía con los ojos cerrados. La castaña frunció el ceño, confundida. Podía jurar que había escuchado la voz clara y fuerte de Snape, pero él ni siquiera parecía haber movido los labios. Volvió a la posición de antes, dejando que su cabeza y su cabello colgaran libremente. Miró a las estrellas una última vez antes de cerrar los ojos e intentar vaciar la mente para calmar aquel terrible dolor de cabeza.

—¿No escuchaste, Granger? —Hermione abrió los ojos y giró su cabeza todavía colgando hacia atrás, encontrándose de inmediato con la del profesor quien también la estaba mirando con aquellos fríos ojos negros—. ¿Cuál era tu mala costumbre? Dijiste que tenías una que fue la causante de todo este lío. Quiero saber cuál fue.

Hermione volvió la cabeza hacia el cielo, observando las pocas estrellas que quedaban antes de ser cubiertas por alguna nube. Cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro. Esto no iba a ser fácil, pero estaba preparada para confesarle todo. Humedeció sus carnosos labios los cuales se le habían secado de repente y llenó sus pulmones con aire y valor.

Podía hacerlo. ¡Podía hacerlo!

—… Solía acostarme con diferentes hombres cada fin de semana —respondió de manera tímida, apenas inaudible. Snape no hizo ningún ruido, ni siquiera un movimiento. Ella lo tomó como una invitación para continuar—. Era como… como una obsesión. Solo pensaba en que llegara el fin de semana para ir a algún club, llevarme a alguien a casa y, ya sabes, hacer lo que tenía que hacer hasta que me cansara —aún con los ojos cerrados, Snape alzó las cejas en una expresión de sorpresa—. A veces, si me gustaba el chico, solía pasar con ellos más de una noche. Nada serio, solo sexo. Nunca permitía que durara más de una semana… Pensé que, al no haber nada sentimental involucrado, no habría consecuencias, pero sí que las hubo y hubo muchas.

—¿Puedo preguntarte cuales fueron?

Tal y cómo narró el domingo pasado, Hermione le contó absolutamente todas sus desventuras durante esos últimos años. Le contó de esas noches en los night club de Notting Hill, le contó de todas las veces en que el tiempo se detenía mientras bailaba bajo las luces oscuras de los clubs, meneando las caderas junto a hombres que, con suerte, no volvería a ver en su vida. Le contó de las risas descontroladas a mitad de la calle mientras salía con los tacones en la mano y un nuevo acompañante tomado su brazo. También le contó de sus errores, aquellos que no podían repararse, como la vez en la cual durmió con un hombre casado. Para finalizar, contó su muy breve y muy intensa relación con Cormac McLaggen, haciendo énfasis en cómo fue que ella los había lastimado a ambos de la misma manera. No tuvo filtro, no omitió ningún detalle. Contó absolutamente todo lo que era capaz de recordar, incluyendo aquellas ocasiones que se había prometido a sí misma olvidar.

Esa noche, Hermione fue lo más sincera que pudo ser.

Para cuando acabó, Severus solo pudo enderezarse sobre la banca de manera y soltar un suspiro pesado que buscaba liberar la tensión de su cuerpo. Se sentía extraño. Desde que había conocido a Hermione, por alguna razón la había idealizado. Ahora que sabía todo lo que escondía ese tierno rostro, ahora que sabía por qué era esa bailarina triste que miraba por la ventana, era como si aquella ilusión se hubiese esfumado.

Comprendió que ella estaba tan mal o incluso peor que él.

—Gracias por compartir eso —añadió cuando notó que la castaña tenía su mirada clavada sobre él, esperando con angustia algún comentario—. Fue muy… Gracias.

Lamarck se levantó y abandonó su lugar junto a Snape para pasar al lado de la muchacha, como si estuviera eligiendo un bando. Hermione estiró su mano y acarició su cabeza peluda, esperando pacientemente a que el profesor dijera algo más que solo "Gracias". No se atrevía a mirarlo, parecía que en serio le estaba costando procesarlo.

—¿En serio estuviste con un hombre casado?

—Sí… En mi defensa, no sabía que era casado.

—¿En serio le hiciste eso al Sr. McLaggen?

—Sí.

—¿Y luego me hiciste lo mismo a mí?

—Algo así.

—… Wow.

Hermione giro la cabeza lentamente, encontrando a un confuso Severus Snape.

—¿Es todo lo que tienes que decir al respecto? ¿"Wow"?

—Realmente no sé qué decir.

—¿En serio es tan malo que tenga una vida sexualmente activa? —preguntó un tanto ofendida.

—¡No! Bueno, sí, digo, ¡no! —realmente no le molestaba que ella tuviera mucha más experiencia que él respecto al sexo, es más, lo encontraba hasta atractivo. Tampoco les molestaba los hombres que estuvieron antes de él, ellos eran el pasado, Snape todavía no formaba parte de su vida en ese entonces. Sin embargo, a pesar de que sabía que Hermione era una muchacha con un "amplio recorrido", él no hubiese esperado una confesión así. Tampoco le fascinaba mucho la idea de ella en brazos de otro hombre, aunque realmente no existieran esos hombres como tal— Digo… sí, es peligroso y un tanto irresponsable… muy irresponsable. Pudiste quedar embarazada o contagiarte de algo como, no sé, ¿sífilis? ¿SIDA? No tengo idea. Algo muy desagradable sin duda.

—Siempre me cuido. Nunca lo hago sin protección y voy al ginecólogo seguido —aclaró enarcando una ceja—. No necesito una clase de educación sexual, profesor —añadió con sarcasmo.

—Lo sé… Bueno, no lo sé, como te dije, el sexo casual no es lo mío —explicó pasándose una mano por el cabello—, pero es tu cuerpo, es tu vida, yo no soy quien para decirte con quien estar o no. No estoy en contra de que experimenten, siempre que sea de manera responsable. No necesitamos más niños en este mundo, créeme… pero… creo que hacer el amor es algo muy íntimo y…—

—Yo no hacía el amor. Yo tenía sexo.

—Sí, por supuesto —Snape asintió con la cabeza, apoyando sus codos sobre sus muslos. Se quedó un rato en silencio, ordenando sus ideas—. Cuando nos acostamos… Yo hice el amor esa noche, pero tú… ¿Qué fue?

Hermione agachó la cabeza. Nunca se había puesto a pensar qué fue lo que hizo esa noche. Al principio, estaba completamente segura que fue solo sexo. Ella había ido por sexo y ya, pero luego del "accidente" y de su tierna conversación en la cama, ya no estaba tan segura.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —ella asintió— ¿Por qué haces esto? —Hermione se tensó automáticamente. No le gustaba a dónde se estaba dirigiendo esa conversación— ¿Esto es una forma de escape? ¿Es un grito de ayuda? ¿Estás tratando de lastimarte o algo así? —preguntó mirándola a los ojos. Sus ojos oscuros escudriñaban su alma, haciéndola sentir diminuta— ¿Estás tratando de vengarte de tu ex? ¿De Weasley?

Hermione se quedó en completo silencio. La respuesta era sí. En el fondo, muy, muy en el fondo, ella sabía que así era. Ella estaba haciéndose eso por culpa de Ron. Al inicio lo hizo por despecho. Estaba desesperada por llamar su atención, quería demostrarle que ella no se iba a morir sin él, que había muchos hombres haciendo fila por tomar su lugar, que no era la santurrona que él creía, que ella estaba gozando de los placeres de la buena vida ¡sin él! Pero se dio cuenta de que no importara qué hiciera, a él ya no parecía importarle. Solo estaba haciendo el ridículo.

Sin embargo, ya no pudo parar.

Tenía que admitirlo, sí le gustaba ser el centro de atención. Le gustaba tener a todos esos hombres detrás de ella, adorando la como si fuese una diosa, le gustaba ver como todos se detenían y la rodeaban para verla bailar bajo las luces de neón, le gustaba sentirse deseada y admirada. Cada vez que se perdía en medio de esas noches de fiesta, recordaba con dolor todas las palabras hirientes de Ronald Weasley, diciéndole que no era suficiente mujer para él. Tal vez no para él, pero sí para el resto.

Necesitaba saber eso, necesitaba saber que ella era suficiente para alguien.

Cuando despertaba al día siguiente, solía examinar el rostro del hombre a su lado. La mayoría eran atractivos incluso dormidos y con resaca; otros se veían mucho mejor bajo la luz oscura de un night club y unos pocos, realmente unos pocos, era mejor verlos con un par de copas encima. La mayoría solía pedir su teléfono por cuestiones de cortesía, otros solo se vestían y se iban, algunos intentaban hacerle plática y estaba segura que solo dos la invitaron a desayunar.

A excepción de Cormac, ninguno volvió a buscarla.

Pero ¿qué esperaba? ¿En serio creía que encontraría a alguien decente y de buenas intenciones en mundo night club? ¡Obvio no! Ella solo quería sexo y ya y eso era lo que tenía hasta el momento. Era mejor así, eso evitaba que volviera a exponer sus sentimientos y le volvieran a romper el corazón... y alguna otra parte del cuerpo.

Sin embargo, poco a poco el sexo ya no era suficiente.

—Sí... Estaba despechada y yo solo quería... solo quería que viera que podía ser feliz sin él, que realmente no me importaba lo que hiciera con su vida —respondió evitando hacer contacto visual—, pero la verdad era que no dejaba de stalkearlo en redes sociales solo para saber qué hacía y cómo estaba. Al final no sirvió de nada, poco o nada le importe después de que rompimos.

Luego, me dije a mí misma que era suficiente, pero aquellas imágenes que veía en redes sociales de Ron y Lavender triunfando en los concursos y vacacionando felices me daba tanta... ¡tanta rabia! Me hacían recordar todo lo que me dijo la noche de nuestra ruptura, que yo no era suficiente mujer para él, que era muy mojigata y predecible... Yo necesitaba saber que no era eso, necesitaba saber que era más que esos dos adjetivos.

—Y empezaste a hacer del sexo casual una costumbre y un mal hábito.

Hermione asintió, avergonzada. No era necesario confirmarlo. Sabía que su rostro estaba rojo por la vergüenza. Ahora que lo pensaba un poco, era la primera vez que hablaba de sus problemas con un adulto, un verdadero adulto, no sus amigos de su misma edad ni un millonario con la mente de un adolescente. McGonagall no sabía de esto, sus padres menos, se morirían si tan solo lo supieran. Snape era el primer adulto al cual podía contarle la gravedad de su situación.

—No pasó mucho para que todo se tornara aburrido —continuo—. Digo, al inicio fue divertido, todos me deseaban y yo podía satisfacer una necesidad biológica... pero luego, no sé, me cansé de todo eso. No significa que me detuviera, solo que ya no era lo mismo... Creo que lo hice porque no quería estar sola, pero tampoco quería exponer mi corazón. Ya estaba muy lastimado, no podría soportar otro fracaso más.

—¿Y fue por eso que, en lugar de jugar con tus sentimientos, jugaste con los de McLaggen?

—No, yo... no quise hacer eso. Nunca fue mi intención.

—Por lo que me dices, parece que a ese chico realmente le gustabas.

—Pero a mí no —en esa etapa de su vida, era muy probable que siguiera encaprichada con el pelirrojo—. Yo no le dije que se fijara en mí... Solo no quería estar sola.

—Eso no te dio el derecho de ilusionarlo de esa forma y jugar con sus sentimientos. Hay otras maneras de pedirle a la gente que se aleje, Granger —regañó. Quien iba a pensar que tenía tanto en común con un desconocido al que nunca había visto—. Y si no lo querías nada serio, ¿por qué no lo alejaste de un primer momento? Al menos tú me echaste a la semana, él estuvo contigo por meses.

—No lo sé —respondió. Giró la cabeza a un lado solo para encontrarse a Snaoe enarcando una ceja, mirándola con cierto aire sarcástico. Estaba claro que no podía pasarse la vida entera respondiendo con un "no sé" a cada pregunta incómoda que le hicieran. Por supuesto que había una razón, solo que era muy cobarde para aceptarla—. Creo que era porque realmente me sentía muy sola y no me gusta estar sola... también pensé que, tal vez, Cormac podría hacerme olvidar a Ron.

—Bueno, ahora todo tiene sentido, todo está claro.

—¿Ah? ¿Qué quieres decir con eso?

—Tú estabas buscando a alguien que reemplazara a Ronald Weasley en tu vida, en el mejor de los casos, que lo sacara por completo —el profesor negó con la cabeza, recostándose de nuevo contra el respaldar—. Hermione, no puedes reemplazar a una persona con otra. Primero que no tiene ningún sentido y segundo, que es egoísta.

—Ya lo sé, no tienes por qué recordármelo.

—Pues parece que sí porque no te estás dando cuenta del daño que haces y el daño que te haces —exclamó elevando un poco la voz—. ¡Mereces más que esto! Mereces sentirte bien contigo misma, no tienes que demostrarle a nada a nadie. Tú eres más que suficiente para cualquier hombre y eres más que suficiente para ti misma —extendió su dedo índice y apuntó al pecho de la castaña—. Necesitas aprender a valorarte. Necesitas ver a la maravillosa persona que yo veo en ti. No necesitas tener cientos de parejas para sentirte más mujer, no necesitas tener compañía todo el tiempo. Tienes que aprender a convivir contigo misma. Necesitas aprender a amarte a ti misma, aceptarte cómo eres, con todo y errores. Aprender a amar el tiempo que pasas contigo misma —sus ojos brillaron en la oscuridad—. Solo así aprenderás quién eres en realidad, qué te gusta A TI, qué es lo que quieres en la vida. ¡Estar sola no significa que debas sentirte sola!

Una pareja no te dará eso. No importa cuánto busques, si tú no sabes lo que quieres, nadie te lo va decir. No busques una relación solo porque no quieres estar sola o porque quieres que esa persona te ayude a cambiar. Las parejas no están para eso, Hermione. Te pueden ayudar a crecer, te pueden brindar su apoyo, pero no van a solucionar tus problemas. Eso es algo que tú tienes que hacer. No puedes depender de alguien por completo, Hermione, no debes acostumbrarte a eso. Cuando todo se termina y se van, es como que te arrancaran el alma. Es horrible. Ser dependiente del afecto que alguien te pueda dar no es sano, te lo digo por experiencia.

El hombre hizo una pausa. Llevó sus manos a su cabeza y masajeó sus sienes. Nunca hubiese esperado encontrarse en esa situación, dándole consejos de amor propio a una muchacha de 22 años. Si se lo contara a Lucius, él jamás lo creería.

—Quiero superarlo. Ya estoy cansada de que me vean como la chica dejada y sin control de su vida… pero es casi imposible, es como si se hubiese tatuado en mi piel —dejó escapar un suspiro—. Cada vez que intento seguir adelante, él se aparece en mis pensamientos. ¡Es imposible olvidarlo! ¡Siempre hay alguien hablando de é! Mi mejor amiga es su hermana y mi mejor amigo será en unos años su cuñado si su relación continua. Sus padres me siguen llamando "hija" cuando nos vemos y es prácticamente imposible que no me vinculen con él cada vez que tengo una audición o asisto a alguno de los eventos de la BDC —la joven se pasó la mano la larga cabellera. Estaba a nada de tirarse de los cabellos como si quisiera arrancárselos de un tirón—. Es agotador. Ya estoy cansada de todo esto… Y ahora él se ha propuesto a hacerme la vida imposible tratando de contactarme.

—¿Y sigues sin responderle?

—¡No sé qué decirle! —exclamó con la voz chillona—. Dice que quiere que hagamos las pases para que, en el caso de que nos encontremos más adelante en algún evento, no resulte "incómodo", pero la verdad es que siempre resulta incómodo para mí, no importa si él está o no… He pensado en aceptar hablar con él, cerrar esa historia para siempre, pero tengo miedo de lo que le diría. Creo que solo terminaríamos peleando más. Hay muchas cosas que no le dije, hay mucho que me contuve a decirle porque no estábamos solos… Nunca más nos volvimos a ver en persona, así que nunca le dije lo que sentía o pensaba de él.

—Entiendo.

Snape se quedó en silencio un rato, mirando hacia el cielo nocturno. Se encontraba reflexionando acerca de la situación de la castaña. Quería ayudarla, en serio quería ayudarla. Independientemente de que aún sintiera algo por ella, quería ayudarla porque sabía lo doloroso y tóxico que era guardar tanto rencor hacia una ex pareja. Conocía todo el proceso doloroso de reconciliación y como no perdonar podía afectar tu vida a puntos que no imaginabas. En fin, él nunca hizo cosas que atentarán contra otras personas, pero Hermione sí. Necesitaba de una guía, necesitaba que alguien la ayudara, así como lo ayudaron a él.

—Sabes… Sé exactamente lo que sientes. Cuando me divorcié, nunca tuve la oportunidad de hablar con Valerie en privado, siempre había un abogado cerca… Hay mucho que no le dije y hubo mucho que no pude perdonar en su momento, pero sí algo puedo aconsejarte es que no es sano quedarte con esto —el hombre aflojó un poco su cuello para liberar la tensión que acumulaba sobre sus hombros—. No puedes continuar si no perdonas ni haces las paces. No olvides que, en un momento, tú amaste a esa persona. Como alguien que ha pasado por una ruptura casi tan dramática como la tuya, puedo decirte que lo mejor que puedes hacer por ti es perdonar y hacer las paces. Solo así puedes estar en paz contigo mismo y continuar con tu propia vida.

Hermione lo observó fijamente. Sus ojos miel brillaban por el reflejo de la luz nocturna sobre ella.

—Pero… ¿cómo lo hago? ¿Cómo lo perdono? —susurró mirándolo dolido— ¿Cómo lo hiciste?

Snape dejó escapar un suspiro largo, pasándose las manos por el cabello oscuro. No estaba seguro como poner eso en palabras. No era un proceso fácil, le tomó mucho tiempo y mucha autoexploración, por no mencionar los dos años de terapia. Sin embargo, sí había una forma de indicarle cómo fue que cerró la historia de su vida con Valerie.

—Ay, no puedo creer que voy a hacer esto —dijo para sí mismo mientras se levantaba—. Espérame aquí.

Hermione se quedó sentada en la banca, confundida, mientras veía como el profesor desaparecía dentro de la casa. ¿A dónde iba? ¿Qué era lo que no creía que iba a hacer? Miró al perro recostado en el césped, él la miraba tan confundido como ella lo estaba. No esperó mucho pues Severus apareció al poco tiempo por la puerta, con su teléfono en la mano. Se sentó a su lado otra y, decidido, se lo entregó con la pantalla desbloqueada y brillante.

Dudosa, Hermione tomó el aparato que Snape le estaba ofreciendo y lo sostuvo firmemente con su mano derecha. Al hombre le costó un par de segundos soltar el celular pues parecía no estar muy seguro de su decisión, pero después de un rato sosteniendo el otro extremo, terminó cediéndolo.

Hermione bajó la mirada hasta la pantalla. Estaba abierta en la aplicación de Gmail, específicamente, en uno de los tantos correos que tenía el profesor en su bandeja de salida. Se trataba del contenido de una carta, una carta dirigida hacia una tal Valerie Kay.

Valerie... ¡¿La Valerie?! ¡¿Esa Valerie?!

Hermione abrió los ojos como platos, incapaz de creer que Snape le estuviera mostrando algo tan íntimo como ello. No se trataba de una carta para cualquier persona, era una carta para Valerie, su ex, aquella mujer que le fue infiel, aquella mujer que se fue dejándolo solo y herido, aquella mujer que lo hizo sufrir, aquella mujer que había destrozado tanto al profesor que, hasta la fecha, seguía presentándose de vez en cuando en sus memorias, como un fantasma que solo trae dolor y desgracias.

—¿E-Esto... esto es una carta para...—

—¿Para mi ex? Sí —la interrumpió al verla tartamudear atónita.

A pesar de que su voz y su rostro mostraban frialdad, por dentro estaba muerto de miedo. Lo que estaba haciendo era algo muy importante para él. Estaba mostrándole una parte muy dolorosa e íntima de su vida privada. Quería fingir que ya no le importaba, pero eso era mentir...

Qué bueno que siempre fue un buen mentiroso.

—Severus, esto es... —susurró en voz baja, apartando el móvil de su vista y tendiéndoselo de regreso—. No puedo. No es correcto. Esto es algo muy tuyo y...—

—Y yo quiero que lo leas.

Hermione parpadeó un par de veces. No sentía que fuera correcto. Cuando ella terminó con Ron, no quería que nadie hablara de él en su presencia y tampoco quería hablar de los detalles de su relación con nadie. Era algo tan íntimo, algo tan de ellos dos que cualquier tercero que intentara averiguar cómo fue su noviazgo automáticamente era considerado como un intruso. Ahora ella, ahí sentada a un lado de Severus, se sentía como la intrusa de la historia. El profesor se aclaró la garganta, llamando su atención. Él tampoco estaba cómodo con la idea, pero tenía un propósito, uno que, esperaba, pudiera ayudar a la castaña.

—Cuando terminé con Valerie, me sentía igual que tú... Estaba molesto, triste, confundido. ¿Tienes idea de lo difícil que es volver a levantarte cuando tienes mi edad y toda una vida hecha? —el profesor esbozó una pequeña sonrisa de lado, como si se estuviera burlando de sus propias desgracias— Pensé que jamás podría perdonarla. Valerie era mi todo, era... se suponía que era el amor de mi vida... Cuando ella se fue, no solo se llevó una buena parte de mis bienes, realmente eso era lo de menos. Cuando se fue, se llevó mis planes, mis sueños, mi amor propio, mi confianza en las personas. Todo cambió de la noche a la mañana. Ya no podía dormir por las noches, mis amigos ya no me trataban igual, siempre era el patético y triste Severus Snape al cual no sabían cómo hablarle sin sentir lástima porque su esposa lo abandonó. Ni siquiera las cosas que antes me gustaban podían animarme. Valerie me había dejado con muchas inseguridades y miedo y dolor y odio y mucho rencor —Snape tomó una pausa, una bastante larga. No se había dado cuenta de que tenía los puños cerrados, apretados bien fuerte hasta tener los nudillos blancos debido a la presión. Debía controlarse, debía alejar esos pensamientos negativos—. Me dejó muy roto, Hermione, y por mucho tiempo pensé que tendría que aprender a vivir así. Solo y triste. Luego... luego empecé a ir a terapia con el Dr. Sharpe.

Hermione dejó el celular a un lado suyo, sobre la banca, boca abajo, y escuchó atenta cada palabra que el pelinegro tenía por decir. El profesor jugó un momento con sus pulgares, inclinándose hacia adelante, adquiriendo esa misma postura que adoptaba cada vez que entraba en consulta con Sharpe.

—Después de muchas sesiones y muchos meses ahí, tuvimos un ejercicio. Iba a escribirle una carta a Valerie que contuviera todo lo que nunca pude decirle y quería decir —levantó la mirada y observó su pacífico jardín, aquel en donde alguna vez, hace muchos años, ambos solían comer durante los días soleados de domingo—. No la iba a enviar, por supuesto. Solo era para que pudiera cerrar mi ciclo. Había mucho de lo que nunca le hablé, había muchas cosas que me contuve de decirle durante el tiempo que estuvimos peleando, así como otras que no dije mientras aún estábamos enamorados. Era parte del proceso y, aunque en ese momento yo lo consideré una tontería, Sharpe me pidió hacerlo y así lo hice. Sé que sonaba estúpido, pero en ese momento ya no tenía nada que perder. Además, solo iba a ser para mí, solo yo sabría que contendría esa carta, así que empecé a escribir.

No te lo voy a negar, no fue fácil. Muchas veces ni siquiera sabía por qué estaba haciendo eso, no tenía sentido, ¡jamás la iba a enviar! Pero a medida que iba escribiendo... a medida que iba recordando todos esos años juntos y todo lo que construimos, me di cuenta que había muchas cosas buenas que Valerie me había dado... muchas más cosas buenas que malas —por fin tuvo el valor para girar el rostro y verla a los ojos. Ella lo veía con cierto toque de fascinación—. No fue un proceso fácil, escribir esa carta me tomó meses enteros. Las palabras salían solas y no se detenían. Es imposible resumir casi 18 años juntos en una sola página. Para cuando terminé, había escrito como… no sé, 30 páginas, creo, tal vez más… 30 paginas donde resumía nuestra vida juntos, mis sentimientos y todo lo que pensaba de ella... Fue catártico.

—Pero sí se la enviaste —afirmó la castaña, acercándose aún más a él—. No estaría en tu correo si no. ¿Sí se la enviaste?

Snape se tomó un par de segundos para humedecer sus labios. Como desearía un vaso de agua en esos momentos, su garganta estaba más seca que un desierto.

—Sí, se la envié. Casi como un año después, antes de dejar la terapia el año pasado. Había estado hablando con mi psicólogo sobre la carta, la fuimos desglosando poco a poco, tratando todo su contenido... A veces, eh, cuando no tenía nada que hacer, me tomaba el tiempo para editarla, para reescribirla lo mejor posible, sintetizando todo lo que creía importante... A inicios de octubre, creo, le comenté lo que estaba haciendo a Sharpe y, después de que la leyó, me dijo que para finalizar el ejercicio y cortar todos los lazos con Valerie, tenía que enviar mi versión final de la carta.

—Así que la enviaste.

—Sí, pero no fue fácil. Tarde casi dos meses en reunir el valor para enviarla —el profesor volvió a sonreírse en forma de autoburla—. Patético, ¿verdad?

—No de hecho —respondió acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja—. Al menos tú le pusiste un fin a tu historia.

—Lo hice —el hombre asintió con la cabeza lentamente, como si aún le costara aceptar el hecho de que realmente había terminado con todo eso, como si le costara creer que fue él quien cerró esa puerta con llave para siempre—. Es por eso que te lo muestro. Necesitas cerrar tu historia, Hermione.

El profesor se inclinó hacia ella, estirando un brazo en su dirección. Su mano derecha tomó la barbilla de la muchacha, obligándola a levantar el rostro y mirarlo a los ojos. En ese momento, Hermione se acordó de aquella vez en el parque frente al salón Bloomsbury, cuando él secó sus lágrimas después de su fatídico encuentro con Ron. También recordó aquella primera vez que hablaron de su accidente, pues también fue una banca. Y, por supuesto, no podía olvidar el escenario de su ruptura, una banca vacía en la silenciosa estación de Southfields.

Qué extraño, ¿verdad?, se dijo internamente, todos tus grandes momentos con él siempre fueron en una banca.

—Necesitas ponerle un fin si quieres continuar con TU propia historia. Necesitas voltear la página. Necesitas...—

—Soltar —terminó la frase por él—. Eso ya lo sé. Solo que... solo que no sé cómo.

—Puede que esto te dé una idea de cómo. No tienes que hacerlo exactamente así. Te estoy recomendando lo que a mí me ayudó, pero cada persona es distinta —su mano libre se posó sobre la suya y la apretó despacio, acariciando sus nudillos con su pulgar—. Y realmente espero que, por tu bien y por el de ese joven, logren cerrar su historia. Es momento de soltar, Hermione.

Con los ojos llorosos, Hermione se abalanzó hacia el profesor, atrapándolo en un fuerte abrazo. Sus manos se aferraban a su camisa de trabajo y su pequeño rostro se ocultaba en el espacio entre su hombro y su cuello. Snape cerró los ojos y elevó sus manos temblorosas hacia el delicado cuerpo junto a él, rodeándolo con sus brazos, correspondiendo a dicho abrazo. Enterró su cabeza en la coronilla de su castaña, aspirando la fragancia de su cabello, el cual le hacía cosquillas en la nariz.

Ella necesitaba ayuda, mucha más ayuda de la que él necesitaba.

Se quedaron un rato en esa posición. Hermione se aferraba a la ropa de Snape como si su vida dependiera de ello y el mayor acaricia su cabeza con delicadeza, cuidando que aquella melena castaña no se enredara entre sus dedos. En la calle, podía escucharse el sonido de uno que otro auto atravesando las calles y, en el jardín del vecino, el canto de un grillo. Una nube cubría parcialmente la luna en el cielo y Lamarck seguía recostado sobre el césped, mirando aburrido la escena frente a él.

Finalmente, Hermione se apartó del pelinegro, ocultando sus ojos rojizos detrás de sus pestañas rizadas. Le dolía la cabeza de tanto contener sus lágrimas. Tomó el celular que yacía olvidado en la banca y lo sujetó con delicadeza entre sus manos.

—¿Estás seguro de esto? —Hermione volvió a tender el aparato por última vez— No quiero invadir tu...—

—Muy seguro —dejó colgando el móvil en sus manos y se levantó de la banca, estirando su espalda unos minutos—. Tómate tu tiempo... Yo, yo iré a lavar los platos —anunció antes de emprender su retorno adentro—. Ven aquí, muchacho. ¡Vamos! ¡adentro!

Solo cuando Hermione se encontró completamente sola en el patio, se atrevió a desbloquear el celular el cual ni siquiera tenía contraseña. La pantalla se iluminó en la última aplicación abierta. Gmail. Ahora, frente a sus ojos, tenía la carta que Severus Snape le había escrito a su ex a modo de despedida. Sus ojos miel se deslizaron rápidamente sobre cada palabra que encontró.

"Valerie,

Antes que nada, agradezco que hayas abierto este correo. La verdad es que sería algo vergonzoso para mí si no lo hicieras. No tienes idea de todo el tiempo que he invertido escribiendo esta carta. Segundo, por favor, no presiones el botón de "cerrar", te lo pido, por favor. Quisiera que al menos te tomes la molestia de leer esta carta por completo. Es lo último que te voy a pedir en mi vida. De antemano, muchas gracias.

Quiero que esto quede muy en claro para evitar malentendidos más adelante. En esta carta yo NO te voy a pedir que regreses conmigo, NO te voy a reclamar tus errores, NO te voy a pedir que me des otra oportunidad ni yo te daré otra y NO voy a decirte que aún te amo, aunque en el fondo todavía tenga sentimientos hacia ti. Aclarado eso, creo que ahora sí puedo decirte todo lo que quiero decir.

¿Cómo estás? Espero que bien. Yo estoy bien o eso creo. La vida post-divorcio es algo extraña, ¿no lo crees? Sé que ya han pasado como 3 años desde la última vez que nos vimos y claramente tú lo superaste —muy bien, debo añadir—, pero a mí me tomó un poco más de tiempo. No es fácil volver a empezar de cero cuando tienes 41 años, casi 42. Estoy tratando de encontrar mi camino otra vez. Por ahora, el panorama se ve optimista.

Sigo viviendo en Southfields, en la misma casa. Había considerado venderla pues me era muy doloroso seguir viviendo en un lugar donde ambos vivimos muchas cosas, eran demasiados recuerdos en cada habitación. Sin embargo, Narcisa y Lucius se ofrecieron a remodelarla —Cissy hizo la mayor parte del trabajo, por no decir todo— y ahora es una casa completamente diferente, ni siquiera parece la misma casa que compramos hace 8 años. Quedó muy bien, está mucho mejor que antes. Tiene estilo, buena iluminación, es muy armónico y hasta tengo una cocina más grande. Perdóname, pero tengo que decirte que tenías un gusto horrible con los muebles. Por cierto, recuérdame, ¿por qué compramos una casa tan grande? Es demasiado grande, sobre todo ahora que me encuentro solo. A pesar de todas las nuevas remodelaciones, sigue viéndose muy fría y sin vida.

Estoy yendo a terapia. Sí, sí, ya sé lo que estarás pensando. Yo, el escéptico Severus Snape que ni siquiera considera a la psicología como una "ciencia", ¿yendo a terapia? Pues sí, estoy yendo a terapia. Llevo como dos años, más o menos, y me va muy bien. El doctor es una buena persona, algo ortodoxo y muchas veces pienso que no está cuerdo, pero sus métodos han sido efectivos y estoy satisfecho con los resultados. Ha sido un proceso largo y difícil, pero ha logrado que descubra cosas de mí que ni siquiera me imaginaba.

Entre las tantas cosas que descubrí, una de ellas fue que no le había puesto fin a nuestra relación. Sí, sé que firme un documento frente a un tribunal en el cual disolvía por completo nuestro matrimonio. Ante la ley, tú y yo ya no somos una pareja, pero ante mis ojos, ante mi perspectiva, tú y yo lo seguíamos siendo porque no le habíamos puesto un fin, no de la forma correcta. Es precisamente por eso que te escribo esta carta. Quiero ponerle un fin, al menos, para mí. Un final que no involucre abogados ni jueces, un final en donde no estemos encerrados en la sala de conciliación del tribunal. Un final ni donde tu pareja ni mis amigos estén presentes. Solos tú y yo, como en el inicio.

Sabes, cuando te conocí por primera vez en aquella clase introductoria de Química, pensé "¡Por Galileo! ¡Es bellísima!". Realmente me quedé prendado a ti como un adolescente. No tienes idea de todas las veces en las que creí que todo era un sueño. Alguien como tú jamás se iba fijar en alguien como yo. Era 20% imbécil, 30% perdedor y 50% patético. Pero aun así, lo hiciste y con ello me hiciste el hombre más feliz del planeta. Agradezco que hayas estado ahí conmigo tantos años. He pasado por cosas que, sin tu apoyo, solo hubiesen terminado acabando con mi cordura y eso es algo que siempre te voy a agradecer. Por mucho tiempo, eras algo así como mi única familia, la única persona a la que podía contarle todo, la única en la que realmente podía confiar. Eras mi roca, eras mi amante, eras mi psicóloga, eras mi amiga, eras mi familia y eras mi hogar.

Sin embargo, hay algo que es inevitable y eso es el cambio. Todo cambia, para bien o para mal, siempre hay un cambio. Nuestro amor cambió. Algo dentro de nosotros cambió. Nuestra relación se enfrió. Tal vez era que pasábamos menos tiempo juntos debido al trabajo, tal vez eran tus constantes viajes fuera del país, tal vez fue que caímos en la rutina, tal vez fue la falta de emoción en nuestras vidas, tal vez fue que ya no te prestaba atención como antes o tal vez fue una combinación de todo eso y mucho más. Sea como sea, nuestra relación cambió, aunque eso no significará que yo te amara menos o tú a mí. Soy consciente de que todavía había afecto entre los dos, tal vez ya no el mismo afecto que antes, pero lo había.

Pero eso no iba a hacer que te quedaras a mi lado, ¿verdad? No te iba a condenar a una vida conmigo si eso ya no era lo que tú querías y yo no quería vivir una vida donde sabía que ibas a ser infeliz a mi lado.

No voy a negarte que hubiese sido más fácil aceptar todo si me lo hubieses dicho desde un inicio a la cara, sin amante norteamericano ni embarazos sorpresas de por medio. Me hubiese ahorrado muchas amarguras. Pero así fueron las cosas y es algo que no podré cambiar. Me lastimaste mucho, Vale, y fue sumamente doloroso. Me heriste en lo más profundo de mi ser de la forma más baja y cruel posible. Me engañaste, traicionaste mi confianza, aplastaste mi amor, rompiste mi orgullo... ¡me rompiste! Y eso es algo que jamás podré olvidar, aunque me esfuerce día y noche por hacerlo. Durante mucho tiempo, muchísimo tiempo, yo te odié. Te odié como no había odiado a alguien en mucho tiempo. Te deseé lo peor, quería que sufrieras, quería que fueras tan infeliz y miserable como yo me sentía. No era justo. ¿Por qué de los dos yo era el único que lo había perdido todo?

Por mucho tiempo, pensé que yo era la única víctima de todo lo ocurrido, pero —después de mucha terapia—comprendí que una relación es de dos. Yo también tenía la culpa de que eso pasara. Tal vez en menor grado, pero reconozco que también fui yo quien te orilló a tomar esa decisión.

Sé que no fui el mejor esposo. Lo reconozco. Sé que no te di el lugar que merecías tener. Sé que fui frío contigo, no te daba la atención que merecías y muchas veces te fui indiferente. No te apoyaba en tus proyectos personales porque los creía tontos, no quería participar en tus nuevas actividades ni te acompañaba a los lugares que querías ir porque pensaba que eso era para "gente joven". Tampoco pasaba tanto tiempo contigo como solía hacerlo. Estaba ahí físicamente, pero no de la forma en cómo tú me necesitabas. Te abandoné, lo siento. Merecías más que eso. Dejé que nuestra relación se enfriara y caer en la rutina fue inevitable. Ahora que vivo solo, lo entiendo. Soy un tipo aburrido. Tenías razón, no me esforcé lo suficiente para darte esa vida de aventuras que te prometí, tampoco me esforcé para salir de mi zona de confort e intentar cosas nuevas. Ni siquiera recuerdo la última vez que viajamos juntos, fuera de Londres, solos tú y yo de vacaciones, como la pareja que éramos. Nos alejamos mucho uno el otro.

Por supuesto, no fui el único, tú tampoco te quedaste atrás. Supongo que fue una respuesta involuntaria hacia mi comportamiento, pero hubo muchos momentos en los cuales considero que tú me lastimaste más a mí de lo que yo te lastimé a ti. En fin, yo hacía eso de forma inconsciente, pero sé que tú lo hiciste adrede, como una forma de vengarte de mí. A veces podías ser muy cruel y creo que no me lo merecía o no lo sé, pero, ahora, de alguna entiendo por qué lo hiciste. Entiendo todo tu odio y resentimiento hacia mí, me lo merezco. Es por eso que quiero decirte que te perdono por todos esos últimos años juntos en los que me lastimaste y me hiciste sentir como una basura, pero también te quiero pedir perdón por todas esas veces en las que yo te lastime y te hice sentir como una extraña en mi vida y no como mi esposa.

Esto me lleva al golpe más bajo que me pudiste dar —por cierto, nunca te felicité por tu buena izquierda. Si algún día dejas la ingeniera, considera ser voleibolista, tienes la mano fuerte—, que fue Carl. Para ser honestos, nunca hubiese esperado que me engañaras, hubiese esperado cualquier cosa menos eso. Fue un golpe extremadamente duro. Heriste mi orgullo y mi confianza hacia ti. Es algo que, por más que trabaje en ello, no podré recuperar de todo. No sé si tener un amante era algo que ya habías planeado antes de viajar a Norteamérica o si era algo que solo surgió cuando llegaste ahí. No sé si el que yo hubiese viajado contigo hubiese hecho alguna diferencia. Ni siquiera sé si es que Carl tenía algo especial o si pudo ser cualquier otro hombre de cualquier otro lugar. Son preguntas que a veces no me dejan dormir de noche. En fin, las cosas pasaron y, para bien o para mal, ya no estás en mi vida. Solo quiero decirte que, a pesar de que la herida sigue abierta y duele, yo te perdono. Te perdono por haberme engañado de esa forma por tanto tiempo y te perdono todas las mentiras para intentar encubrirlo. Te perdono los gritos, los insultos, las peleas, las lágrimas y el hecho de que no quisieras pagar mi fianza cuando golpeé a Carl. No puedes culparme por eso, se lo merecía, debía defender mi honor.

También quiero pedirte perdón por no haber luchado por ti. A veces me pregunto qué hubiese pasado si nos hubiésemos dado una segunda oportunidad. ¿Seguiríamos siendo una pareja "feliz" o nos hubiésemos arrancado los ojos? ¿Realmente seriamos felices uno al lado del otro o siempre hubiésemos terminado separados? No lo sabremos nunca y, para ser honestos, no quiero saberlo. Estos meses me han servido para reflexionar y he llegado a la conclusión de que realmente no éramos una pareja feliz, solo un matrimonio funcional más. Es triste verlo de ese modo pues hemos compartido muchos años juntos y creo que eras la persona que mejor me conoce, pero esa es la verdad y aprendí que la verdad duele y mucho.

Espero que te alegre saber que empecé a trabajar en un proyecto personal. Estoy buscando salir de mi zona de confort, aún no sé muy bien qué voy a hacer, pero tengo un par de ideas en mente. Realmente me entusiasma un poco la idea de probar algo nuevo. Quién sabe y tal vez me termine gustando. Mi psicólogo y los Malfoy me han ayudado mucho. Cabe decir que aún es algo incómodo hablar con ellos sobre ti. Por ahora no eres su persona favorita, sobre para todo Cissy. Ella y Bella siguen creyendo que eres una… ya sabes. Prefiero no decirlo. Mamá está bien. Me sigue preguntando por ti. Ya perdí la cuenta de cuantas veces le he dicho que nos hemos divorciado. Al parecer no logra retener información nueva. Te envía saludos.

Espero que te encuentres bien. Espero que el trabajo en Miami sea bueno. Escuché que es un lugar muy caluroso. Estoy seguro que debe encantarte, siempre te quejaste del clima lluvioso y frío de Londres. ¿Cómo está tu bebé? ¿Cuántos años tiene ya? ¿Dos? Espero que fuese una niña, siempre dijiste que querías tener una niña. Sé que serás una gran madre, eres buena con los niños y era lo que siempre quisiste. Sabes, antes me preguntaba qué hubiese pasado si hubiésemos tenido hijos, me preguntaba si las cosas hubiesen sido distintas. Pero hice mis cálculos y todos mis resultados son el mismo. Estábamos destinados a divorciarnos, Vale. Solo hubiésemos entrado en una batalla legal por la custodia. ¿Mitad del año en Londres, la otra mitad en Miami? Eso no es vida.

En fin, creo que eso es todo lo que quería decir. Con esto cierro todo lo que hubo entre nosotros y por fin podré ser libre. Quiero que sepas que esta será la última vez que intentaré contactarte. A partir de este momento, yo salgo de tu vida por completo y tú sales de la mía. Si algún día, espero que muy lejano, nos volvemos a encontrar por la calle o en algún café o dónde sea, quiero que sepas que no me acercaré a ti, no te saludaré y no te dirigiré la palabra si puedo evitarlo. No quiero que lo tomes como una ofensa o algo similar, pero para mí es lo mejor. No estoy seguro de cómo reaccionaría si volviera a verte, sobre todo si te viera con una nueva familia. Espero que seas compresiva y hagas lo mismo, finge que no me viste. Solo cruzaremos miradas y me sonreirás y con eso sabré que estás bien y que eres feliz porque eso es lo más importante para mí, saber que eres feliz.

Muchas gracias por esos hermosos años juntos, muchas gracias por todo el amor que me diste, por todos los abrazos, todos los besos y todas tus palabras de aliento. Gracias por ser mi apoyo y gracias por haberme permitido formar parte de tu vida. Siempre serás alguien importante en mi historia y quiero que sepas que, a pesar de que lo nuestro no funcionó, quiero que seas feliz porque te quiero, mi cariño y aprecio hacia ti no cambiará. Eres una gran persona y buen ser humano. Me hiciste muy feliz durante muchos años y eso es algo que siempre atesoraré. Espero que encuentres lo que estás buscando y que tengas esa familia grande y feliz que no pude darte. Lo deseo desde lo más profundo de mi ser.

Te pediré un último favor, por los viejos tiempos. Prométeme que no responderás a esta carta por nada del mundo, por favor. Es mejor así. De esa forma me quedaré con la reconfortante idea de que leíste mi carta, sonreíste y recordaste buenos momentos… o puede que simplemente la descartes en cuanto la veas. Independientemente de lo que hagas, me siento más tranquilo de haberla enviado. Cuídate mucho, Valerie, y espero no volver a verte nunca más, por la salud mental de ambos. Vive una larga vida, sé feliz y no olvides que siempre te estaré agradecido por haber sido mi esposa.

Hasta nunca,

Severus Snape"

Cuando Hermione terminó de leer, tuvo una sensación reconfortante sobre su pecho, justo donde estaba ubicado el corazón. Era como el abrazo de despedida de una persona amada a la que nunca más volverías a ver. Pensó que era hermoso. Pensó que era sumamente hermoso que alguien que había sufrido tanto fuera capaz de perdonar al ser que lo había lastimado hasta al punto de romperlo. Una lágrima tímida corrió con total libertad por su mejilla rosada, deslizándose hasta sus labios.

Levantó la cabeza para mirar en dirección a la casa. La luz de la cocina seguía encendida y podía escuchar el sonido de la televisión encendida a lo lejos. De seguro Snape debía estar viendo algún programa de veterinarios junto a Lamarck en la sala. Volvió su mirada al móvil en sus manos.

"[…] quiero que sepas que, a pesar de que lo nuestro no funcionó, quiero que seas feliz porque te quiero […]"

Aquellas palabras quedaron tatuadas en la mente de la castaña. Le hubiese gustado que Ron se hubiese despedido así de ella y le hubiese gustado despedirse así de Ron pues alguna vez lo amo y quería que fuera feliz, por los viejos tiempos. Se sentía algo avergonzada en ese momento. Ronald había hecho el intento de contactarla en múltiples ocasiones y ella no se lo permitía.

Ella estaba impidiendo que él cerrara su historia con ella y ella, su historia con él.

Llevó sus manos a su rostro y las restregó con suavidad contra su piel. Necesitaba soltar. Necesitaba dejar de un lado los rencores, necesitaba aclarar las cosas con él, necesitaba escuchar sus palabras de perdón y perdonarlo para así poder ser libre. Necesitaba pedirle perdón también. No sabía si ella le había hecho daño, pero sentía la enorme necesidad de pedirle perdón de todas maneras. Necesitaba hacerse responsable, salir de esa "zona de confort", retomar las riendas de su vida, perdonar y soltar.

Necesitaba cerrar su historia con Ronald Weasley.

Hermione entró en la sala y encontró al profesor sentado en su sofá con las piernas estiradas a lo largo del mueble. Lamarck descansaba sobre ellas, con su cabeza apoyada en el pecho del hombre como si fuese una almohada. Ambos levantaron la cabeza cuando la vieron entrar. El sonido de la televisión era lo único que impedía que reinara el silencio en la habitación.

—Hola.

—Hola —Hermione humedeció sus labios y esperó a que el hombre se reincorporara sobre el sofá para continuar—. Eso fue hermoso, Severus.

—Lo sé. Es lo mejor que he escrito en mi vida. Al menos es entendible y no necesitas tener un título en ciencias para entenderlo —bromeó levantándose. Dio un par de pasos hasta llegar a su altura. Hermione tenía que elevar la cabeza hacia el cielo para poder verlo a los ojos—. ¿Y bien?

—Toma —le tendió el móvil el cual el profesor recibió al instante—. Muchas gracias por compartirlo conmigo. Te lo agradezco mucho.

—¿Ya sabes qué tienes que hacer?

—Sí —asintió con la cabeza—. Ya sé lo que tengo que hacer… No va a ser fácil.

—Nunca es fácil —respondió estirando su mano libre para acomodar un rizo rebelde detrás de su oreja—, por eso toma tanto tiempo perdonar, pero es algo que debemos hacer.

—Lo sé —Hermione dejó escapar un largo suspiro desesperanzador que sacudió todo su cuerpo—. Me tomará un tiempo y tal vez un par de crisis existenciales, pero creo que lo lograré —sus ojos miel se encontraron con los oscuros de él. Inclinó su cabeza a la derecha y apoyó su mejilla en su mano—. Muchas gracias por todo esto.

Ambos se quedaron en esa postura por unos minutos, amparados por un silencio agradable.

—¿Crees que sea posible que, luego de que yo arreglé mis asuntos y tú sanes tus heridas, tú y yo… tú y yo podamos ser amigos de nuevo? —preguntó bajito, su respiración cálida golpeando en la muñeca del profesor—. ¿Crees que puedas perdonarme?

Snape acortó aquella distancia que los separaba y tomó el rostro de la muchacha con ambas manos. Inclinó su cabeza sobre la suya y, cerrando los ojos, depositó un casto beso sobre su frente, dejando que sus labios delgados reposaran sobre su piel durante unos largos segundos. Hermione cerró sus ojos y se concentró en todas las sensaciones que Severus Snape despertaba en su cuerpo. Su respiración cálida sobre su frente, el aroma de su colonia de hombre ingresando por su nariz, el contacto de sus manos sosteniendo su cabeza, así como la textura ligeramente rasposa de sus pulgares acariciando sus mejillas.

En serio no se merecía a ese hombre.

—Por supuesto que sí —susurró separándose—. Yo te perdono, Hermione. Realmente espero que encuentres eso que estás buscando y que logres concluir tu historia para que estés en paz contigo misma.

—Espero que tú también logres estar en paz contigo mismo.

Se dieron un último abrazo y la acompañó a la puerta.

—¿Quieres que te pida un taxi?

—Creo que quiero caminar un poco, tomar aire, ya sabes —se giró y le tendió la mano—. Supongo que este es un "hasta pronto", ¿verdad?

—Así es —Snape correspondió el apretón de manos con firmeza. Algo le decía que no volverían a verse hasta nuevo aviso, pero era lo mejor para ambos. Tenían que resolver sus asuntos antes de intentar algo entre ellos—. Hasta pronto, Miss Granger.

Ella sonrió, mostrando sus incisivos grandes— Hasta pronto, Sr. Snape.


HOLIS CHIQUIIIIIS!

ADIVINEN QUIÉN ACABA DE SALIR DE SU TUMBA EXCLUSIVAMENTE PARA DEJARLES ESTE CAPÍTULO. TOMÓ MÁS TIEMPO DE LO QUE ESPERABA PORQUE SE SUPONÍA QUE IBA A ACTUALIZAR EL MARTES (INCLUSO LO TENÍA ANOTADO EN MI AGENDA), PERO PRIMERO QUE LA UNIVERSIDAD ME ESTÁ MATANDO Y SEGUNDO, QUE EL CAPÍTULO QUISO SER MÁS LARGO Y PUES SE ALARGÓ. SIN EMBARGO, ESTOY FELIZ DE QUE SE ALARGARA PORQUE ESTOY CONTENTA CON EL FINAL, ESTOY SATISFECHA. POR PRIMERA VEZ, EN MUCHO TIEMPO, POR FIN ESCRIBO ALGO CON LO QUE ESTOY SATISFECHA, AL MENOS EN UNA PARTE.

QUIERO AGRADECER PROFUNDAMENTE A TODOS Y TODAS QUE ME ESTÁN APOYANDO CON ESTA HISTORIA, NO ME MEREZCO SU APOYO XD QUE BUENO QUE ESTO NO ES UN TRABAJO PORQUE YA ME HABRÍAN DESPEDIDO POR TODOS LOS RETRASOS. ME ESTÁ TOMANDO MÁS TIEMPO DE LO QUE ESPERABA. LITERAL, EL TIEMPO QUE TENGO PARA ESCRIBIR ES MUY CORTO. O ESCRIBO EN LA MADRUGADA CUANDO TENGO INSOMIO O ESCRIBO DURANTE LAS CLASES MIENTRAS ME HABLAN EN UN IDIOMA Y PIENSO EN OTRO. POR CIERTO, SIEMPRE REVISO, PERO SI ENCUENTRAN ALGO EN OTRO IDIOMA O UN PARTE QUE NO TIENE NADA QUE VER CON LA HISTORIA, LO MÁS PROBABLE ES QUE SEA MI TAREA, USO LOS CAPITULOS PARA ANOTAR LO IMPORTANTE XD

BUENO, ESO ES TODO, VOLVERÉ AL INFIERNO Y NOS VEMOS EN UN MES XD OK NO, ESPERO QUE MENOS, PERO NO PROMETO NADA. IGUAL, NO PIENSO ABANDONAR ESTA HISTORIA, LE ESTOY PONIENDO MUCHAS GANAS. GRACIAS POR SU APOYO Y SU COMPRENSIÓN, ESPERO LEERLOS EN LOS COMENTARIOS. MUCHAS GRACIAS

BESITOS, BESITOS, CHAU, CHAU!