CAPÍTULO 22
Su reflejo en el espejo le devolvió la misma mirada fría e intensa de siempre. Una mirada llena de autocrítica y frustración. Sus ojos negros examinaron su figura desde todos los ángulos posibles, pero no importaba cómo posara frente a la superficie refractante, siempre obtendría el mismo resultado.
—Nos vemos horribles —suspiró cansado, apoyándose con ambas manos sobre el lavabo del baño. Lamarck, quien se encontraba sentado cerca de la puerta, observando de forma atenta el drama que su amo estaba viviendo, ladró un par de veces en respuesta al comentario—. Sí, lo sé. Tal vez debería hacerle caso a Lucius y cambiar de shampoo.
Su cabello era un desastre y eso era un hecho irrefutable. Su piel seguía siendo la misma piel cetrina y seca de siempre y, por alguna razón que no podía explicar, tenía ojeras bajo los ojos a pesar de haberse acostado temprano anoche. En resumen, se veía fatal. ¡Justo hoy! ¡Justo el día que más había esperado durante toda la semana! Era como si el universo y su cuerpo estuvieran conspirando contra él para hacerlo sentir inseguro el día en que finalmente se reuniría con Hermione Granger.
Llevó el peine gris a su cabeza y lo pasó entre sus finos cabellos para volver a acomodarlos una vez más. Lástima que siguiera siendo inútil. Su cabello era tan delgado que no importaba cómo se peinara, este siempre terminaría cayendo alrededor de su cara, simulando ser dos largas y uniformes cortinas color negro, las cuales provocaban que aquellas ojeras se acentuaran aún más debido a la sombra que proyectaban.
Literalmente parecía que ya no podía hacer nada más para lucir decente.
—Bien, esto es lo que hay… No es mucho, pero es lo que hay.
Salió del baño y se dirigió a su cómoda donde tomaría su colonia y aplicaría un poco sobre el cuello de su camisa verde oliva. Una vez más, su reflejo en el espejo de cuerpo entero de la habitación le devolvió la mirada. Le gustaba lo que llevaba puesto. Una camisa un poco más casual, jeans oscuros, unos zapatos decentes y su reloj. Había tardado un poco más de lo planeado en escoger, pero por fin estuvo contento con los resultados.
Se veía bien.
O al menos eso pensaba.
Observó el regalo que yacía sobre su cama perfectamente hecha. De tamaño mediano y un buen grosor, lo que parecía ser un prisma rectangular envuelto en un bonito papel regalo color mármol y atado con una delicada cinta verde descansaba dentro de una colorida bolsa. La vendedora de la tienda de libros fue muy amable en envolver su regalo por él. Siempre fue pésimo para las envolturas. Estaba algo nervioso por su elección. Su último regalo no pareció gustarle para nada. Esperaba tener mejor suerte con este.
"Por favor, no faltes", le escribió ella por mensaje hace dos días. "Tengo una gran sorpresa para todos, es muy importante para mí y me gustaría que estés ahí cuando lo anuncie".
Ese mensaje había ocupado la mayor parte de sus pensamientos por los últimos dos días. ¿Qué era aquello tan importante que Miss Granger quería anunciar ante todos sus invitados? Algo mucho más impresionante que su regalo, sin duda. Se moría por saber qué era. Solo deseaba que fuese algo bueno para ella. Si la hacía feliz, él también sería feliz.
Tomó la bolsa roja con puntos blancos y luego salió de su habitación rumbo a la primera planta, donde su ahijado, Draco Malfoy, lo esperaba aburrido en la sala, tumbado sobre su sofá, haciendo zapping frente al televisor.
—¡Alguien se bañó! —bromeó reincorporándose sobre el mueble, aún con el control en la mano. Severus rodó los ojos y siguió su camino por la sala, buscando su teléfono, billetera y llaves. Dejó la bolsa sobre uno de los muebles, anotando mentalmente no olvidar tomarla antes de salir—. ¿Te pusiste perfume?
—Siempre uso perfume —respondió incómodo, fingiendo que no le importaban los comentarios del rubio en lo absoluto.
—No es cierto —insistió estirando un brazo para llamar la atención del perro quien, de inmediato, corrió hacia él para subirse al sofá—. Nunca te he sentido el olor a perfume —el hombre guardó sus cosas dentro de sus bolsillos y luego se dirigió a la cocina para dejar comida y agua en los platos de su perro—. Tu papá no se pone perfume, ¿verdad, Lamarck? No lo hace, no lo hace. Por eso siempre huele a zapatos viejos, ¿no?
Hoy, sábado, Draco había decidido dejar el campus universitario y viajar de regreso a su natal Londres para visitar a su pequeña familia. Llegó temprano aquel día. Había pisado a fondo el acelerador y condujo por toda la ruta M40, acelerando en cada tramo recto que encontraba. No pudo llegar a tiempo para el desayuno en Malfoy House, pero por fortuna, la cocina del restaurante del Heir siempre estaba abierta para él.
Narcisa Malfoy era la mujer más contenta del mundo cada vez que recibía una visita de su amado hijo, no importara que fueran tan solo por un par de minutos o por varias horas o, incluso, días. Sin embargo, hoy no tenía tanto tiempo disponible como para pasar el resto del día con su hijo. Cissy Malfoy era una mujer muy ocupada, sobre todo ahora que tenía que revisar junto al equipo de seguridad de una reconocida actriz estadounidense que su hotel fuese "lo suficientemente seguro" para ella y para los reporteros que estarían esa tarde en su suite entrevistándola.
Tampoco podía visitar a su papá. Se aburriría como nunca dentro de la empresa y lo más probable era que el Sr. Malfoy se encontrara igual o incluso más ocupado que su propia madre. Si iba hasta MALFOY CO. solo sería para sentarse en la recepción y verle la cara a Emily, la secretaria de su padre, durante una hora entera hasta que ella, muy apenada, le anunciara que el Sr. Malfoy se encontraba demasiado ocupado por el momento y que lo vería en la noche.
Bueno, al menos tenía a su padrino y a Lamarck, pensó mientras conducía hasta Southfields. Podrían ir a comer a un restaurante y, tal vez, ir al cine más tarde o al Kensington Park para estirar las piernas un rato.
Lástima que el profesor tuviera otros planes en los que él tampoco estaba invitado.
—Oye, ¿tan importante es esa fiesta tuya como para arreglarte tanto? —preguntó aburrido, todavía decepcionado por haber hecho un viaje "tan largo" solo para pasarse la tarde entera sentado en el sofá de Snape. De haber sabido que las cosas terminarían así, se habría quedado en la residencia universitaria. No necesitaba hacer un viaje de dos horas para sentarse en un sofá a ver televisión. Eso podía hacerlo en su dormitorio—. Digo, hasta te has peinado y estás usando perfume. ¿Te arreglaste así para la cumpleañera?
Aquel tono burlón y juguetón lo alertó; sin embargo, se controló lo mejor que pudo.
—¿Qué no puedo verme bien solo porque sí? —gritó desde la cocina.
—Pues, te diría que sí si lo hicieras seguido, pero no es así, así que sí, me parece raro.
—Pues, a veces las personas queremos vernos bien y eso es todo —respondió entrando una vez más a la sala—. Draco, no dejes que Lamarck se suba a mis muebles. Está dejando caer mucho pelo y luego tengo que limpiarlo. ¡Lamarck, bájate de ahí!
Draco le hizo unas señas al perro para que este se bajara, pero el animal estaba decidido a quedarse en su lugar. Si Draco podía, ¿por qué él no? Al Malfoy no pareció importarle mucho si Lamarck obedecía o no, estaba demasiado ocupado tratando de adivinar qué era lo que contenía aquella colorida bolsa roja de puntos blancos. Se notaba pesaba. Quien quiera que fuera la cumpleañera debía ser muy importante para su padrino pues nunca antes lo había visto esforzarse tanto en la presentación de un regalo.
Ni siquiera para los regalos que solían darle a su ex tía Valerie.
El profesor se acercó al perchero al lado de la puerta principal y tomó su chaqueta de cuero marrón. Desde donde se encontraba, podía ver cómo los engranajes de la cabeza del menor se aceleraban, trabajando a todo lo que daban para descifrar… ¡lo que sea que estuviera tratando de descifrar! No tuvo que preguntar pues, en cuanto tomó la bolsa con el regalo de Hermione, Draco saltó curioso a preguntar.
—Oye, y ¿quién es la cumpleañera?
—Ya te dije, una amiga del trabajo.
Draco enarcó una ceja y no apartó su mirada de la bolsa. Ese tono de voz que acababa de usar el amigo de su padre le generaba desconfianza. Conocía a ese hombre desde el primer momento en qué llegó a este mundo y sabía había algo diferente en su voz al mencionar la palabra "amiga". Algo que se asemejaba a la duda y, tal vez, desilusión.
—Se ve que te importa mucho tu amiga —respondió haciendo énfasis en la última palabra—. La bolsa se ve pesada. ¿Qué le compraste? ¿Un perfume?
Snape puso los ojos en blanco y negó— Un libro.
—Oh, ¡le gusta leer! ¡Cómo a ti! —exclamó fingiendo sorpresa— Qué bien… y, ¿de qué tema? Si se puede saber.
—Uno que creo que le gustará.
—Eso no me dice mucho —el profesor lo ignoró rotundamente, optando por enfocar su atención por última vez a su reflejo en el espejo circular al lado de la puerta—. Y ¿qué edad cumple esta amiga tuya? ¿40?
Snape casi sintió ahogarse cuando escuchó aquel número. Su garganta se le había cerrado repentinamente. ¿Hermione con 40 años? Eso era algo imposible de imaginar por más que lo intentara. Tenía la imagen de la pequeña y joven bailarina tan nítida en su cabeza que era imposible imaginarla mayor. Ella era —y siempre sería para él— Hermione Granger, la bailarina triste de 22 años que miraba por la ventana del estudio McGonagall en Earl's Court.
¡23!, recordó su mente.
—¿Qué? —fue lo único que alcanzó a contestar.
—Que "qué edad tiene". Si es tu colega, debe tener más o menos tu edad o la del profesor Lupin. Ustedes eran de los profesores más jóvenes cuando yo estudiaba en Hogwarts. Oh, por cierto, ¿el profesor Lupin estará allá? Supongo que a él lo han invitado, siempre lo invitaban a todos lados.
—Eh… no lo sé —agregó de inmediato. Tenía que empezar a hacer una lista de todas sus mentiras, ya no podía recordar tantas como antes—. Bueno, ya se me hace tarde, ya me voy. Te deje dinero sobre la mesa para que te pidas algo de comer y ya no le des más premios a Lamarck, está engordando más de lo que debería. El Dr. Hagrid me regañó en su último control, dice que no es sano que engorde tanto. Si puedes llevarlo a pasear, te lo agradecería mucho.
—Ok, yo lo hago —respondió acariciando de manera distraída la cabeza del samoyedo—. Al menos tú sí quieres pasar la tarde conmigo, ¿no es así, amigo? ¡No como otros!
Sabía que ese comentario lo había lanzado a propósito solo para hacerlo sentir culpable, pero no tenía tiempo para lidiar con el dramatismo del menor. Tenía una fiesta a la cual asistir. Tenía una castaña a la cual felicitar —otra vez— por su cumpleaños. Tenía un regalo que entregar y una gran sorpresa que recibir. No podía llegar tarde.
Cuando ya estaba por poner un pie fuera de la casa, Lamarck escapó de las manos del rubio y corrió tras Snape, intentando que lo llevara con él como si se tratase de un niño pequeño que no quería que su mamá lo dejara solo en las puertas del colegio. El perro mordió la tela de sus jeans y tiró de él para retenerlo a lo que Snape tuvo que ponerse a su nivel y pedir ayuda a su ahijado para meter al perro de regreso a la casa.
—No puedes ir con él, Lamarck —consoló el menor sosteniéndolo del collar con firmeza—. Ya nos cambió por su nueva "amiga". Solo somos tú y yo ahora, colega.
—No le enseñes esas cosas, Draco, por favor. Ya tengo suficientes cosas con las que lidiar cuando no estás aquí, no incrementes más el fuego —el profesor le entregó la bolsa al muchacho y, haciendo uso de todas sus fuerzas, cargo al perro de regreso a casa—. Desde que Hermione ya no viene a cuidarlo, Lamarck está más reacio a quedarse solo. Cada vez que voy a trabajar o salgo de la casa sin él pasa lo mismo. No quiere quedarse solo.
—No está solo. ¡¿Qué yo no cuento?! —preguntó indignado aún con regalo en mano—. ¡¿Qué tiene todo el mundo hoy?! ¡Parece que nadie quiere pasar el día conmigo! —exclamó subiendo el volumen de su voz, totalmente enojado por cómo estaba resultando su día— Y ¿qué tiene de especial esa Hermione tuya? ¡De seguro no es más que una niña caprichosa, infantil e inmadura! ¡Yo soy mucho mejor que ella cuidando a Lamarck!
Snape se preocupó un poco debido al cambio de humor de Draco. Conocía a ese chico desde la primera ecografía, siempre sabía cuándo estaba a punto de hacer una rabieta y, debido al tono de su voz, su ceño fruncido y aquella expresión de enojo idéntica a la de Narcisa plasmada en su angular rostro, sabía que Draco estaba a nada de hacer una mega rabieta, señal inequívoca que debía salir corriendo antes de que esos dos "mocosos" explotaran.
¿Y, aun así, se atrevía a llamar a Hermione "caprichosa, infantil e inmadura"?, pensó.
"Caprichosa, infantil y madura", tres adjetivos con los cuales Lucius había calificado en más de una ocasión a Hermione. ¿Acaso Lucius había hablado de Hermione con Draco? O peor, ¡con Narcisa! Ya podía imaginarse todas las tonterías que esos dos le habrían metido al niño en la cabeza. Bueno, eso sería un tema del cual se encargaría más tarde. Tenía una fiesta a la que asistir y ya iba retrasado, pero en cuanto esta terminara, hablaría seriamente con ese jovencito sobre cuánto sabía de su castaña.
Una charla de hombre a hombre… Hombre a adolescente.
—Ya me voy. Que no salga —dijo quitándole el regalo de las manos y saliendo de la casa.
—¡Diviértete! —logró alcanzar escuchar antes de cerrar la puerta.
No le gustó el sarcasmo en la voz de Draco.
—Aquí es, señor. Temple Station. Son 17.50 —anunció el chófer del taxi estacionándose junto la acera.
El ruido de la ciudad inundaba sus oídos: sonidos de autos acelerando, frenando o tocando el claxón; asimismo, de personas caminando, corriendo o anunciando cosas en la calle. La típica Londres central, ruidosa y urbana. Estaban relativamente cerca de la zona turística, así que entendía completamente el porqué del ruido, aunque eso no significaba que le gustara.
Snape observó por la ventanilla del vehículo. Encontró un antiguo edificio frente a él. Era de una sola planta, tenía una fachada simple, pero atractiva y una enorme y curva puerta la cual contenía dos puertas dobles color jade más pequeñas que daban acceso a un animado ambiente que gritaba "fiesta" por donde se le escuchara. Al igual que todos los edificios del centro histórico, este era antiguo, beige, algo sucio por la misma contaminación de la ciudad y contaba con rectas y sobresalientes columnas rectangulares. Había macetas aún verdes en la entrada, un pizarrón con promociones sobre comida y cócteles, una bandera al lado de la puerta y, por supuesto, no podía faltar el logo del local.
—Salsa! Temple —interrumpió de forma distraída el taxista mientras terminaba de contar su pago, asegurándose que todo estuviera en orden— ¿Va a divertirse? Le informo que el verdadero movimiento es en la noche.
—¡Ah, ¿sí? —pregunto de manera aburrida mientras esperaba su cambio— No me diga.
—¡Sí! Aquí he recogido a muchas personas entre la medianoche y la una. Todas quejándose por el dolor de piernas y apenas logrando levantarse. Parece que es un buen lugar para bailar —el hombre le entregó el cambio, Snape agradeció y abrió la puerta—. Aunque es raro que este tan animado a esas horas.
Snape asintió con la cabeza y se mantuvo en silencio, al igual que el chófer quien parecía estarse tomando todo el tiempo del mundo para desbloquear las puertas. Era como si él esperara que Snape aclarara sus dudas, como si implícitamente le hubiese preguntado el porqué de tanto ambiente festivo. Por supuesto, tendría que esperar sentado pues no obtendría una respuesta, al menos, no de él. Ante tanta incomodidad, el profesor se bajó del auto con regalo en mano y cerró la puerta despacio. Estuvo a punto de dar un paso con dirección al club-restaurante cuando escuchó detrás de él.
—¡Que se divierta!
Snape giró la cabeza y encontró al taxista despidiéndose con una burlona sonrisa en su cuadrado rostro antes de continuar con su camino, perdiéndose en la infinidad de autos color negro iguales al suyo. Snape enarcó una ceja y continuó su camino.
"A veces la gente podía ser muy molesta", pensó.
En fin, olvidó aquel momento extraño en cuanto puso un pie dentro del Salsa Temple pues la música en vivo estaba tan alta que apenas sí podía escuchar sus propios pensamientos. El lugar tenía un buen tamaño, había estado en lugares mucho más grandes, pero este estaba bien. Era muy colorido, sin duda, muchos colores verdes, rojos, amarillos y azules que contrastaban con los muebles y suelos de madera pulida. También, había muchas mesas de cuatro asientos dispersas a lo largo del local, así como un par de mesas dobles con asientos acolchados junto a las paredes. La principal decoración eran las banderas. Muchas banderas coloridas adornaban las paredes del club. Snape siempre alardeó de ser un gran conocedor, pero apenas podía identificar un cuarto de ellas. Algo le indicaban que la mayoría debían ser de países latinos. En el fondo, un espacio amplio y vacío servía como pista de baile para las parejas que, animadas, se movían al ritmo de animadas canciones que tocaba la banda. Era imposible no notar la gran cantidad de gente socializando por todas partes. Encontró muy pocas personas de su edad, parecía que la edad promedio de invitados rondaba entre los 20 y 30 años.
Genial, ahora se sentía como un adolescente en una fiesta infantil.
"¡Un grito las chicas solteras!"
Snape no estaba preparado para escuchar aquellos gritos provenientes de un poco más de la mitad de las invitadas.
Sí, esto no sería una fiesta infantil.
—¿Snape?
Una soñadora voz a la derecha llamó su atención. Snape se giró y encontró a una joven muchacha rubia de mediano tamaño, corriendo hacia él, ataviada con un enterizo blanco con estampado de flores amarillas. Su cabello estaba atado en dos trenzas largas que le daban una apariencia tierna y sus ojos grises brillaban más soñadores que nunca. La joven llegó hasta él y, como si fuese una niña pequeña, lo envolvió en un cálido abrazo, rodeando con sus brazos su cintura, tomándolo completamente desprevenido.
—¡Eres tú! ¡Estás aquí!
—Hola, Lovegood —susurró él, dibujando una tímida y casi imperceptible sonrisa de lado. No lo admitiría nunca, pero sí que había extrañado las efusivas demostraciones de afecto de la joven rubia, incluso si estas lo dejaran sin aire a veces—. Ya puedes soltarme.
—Suéltalo, Luna, no sabemos dónde ha estado —intervino una voz burlona detrás de él.
Luna se apartó al instante, permitiendo a Snape girarse para encontrar a Sirius Black, Neville Longbottom, Harry Potter y la profesora McGonagall acercándose con grandes sonrisas hacia él. Neville parecía más alto, se había cortado el pelo desde la última vez que lo vio e incluso parecía más esbelto. Potter no se quedaba atrás. Sin duda, había aprovechado los últimos días del verano pues se veía más bronceado y más ligero que nunca. Obviamente, había estado entrenando. Seguía siendo delgado y pequeño, pero se notaba que su entrenamiento en la academia de Scotland Yard estaba dando frutos. Sirius estaba entre ellos dos, luciendo más galante que nunca. El cabello, la sonrisa, la mirada, la forma de caminar, todo gritaba "playboy" y "confianza".
Se dio cuenta de que, poco a poco, esos tres hombres estaban adoptando la fisionomía propia de un bailarín de ballroom amateur.
Al parecer, el entrenamiento para el concurso no se había detenido por su ausencia.
La profesora McGonagall, como siempre, desprendía seriedad y elegancia con sus felinos pasos. Llevaba una blusa color verde oscuro que combinaba a la perfección con sus ojos y el cabello en su apretado moño de siempre, aunque ahora, un par de mechones rizados enmarcaban su afilado rostro. Sus largas y delgadas piernas estaban ocultas por los holgados pantalones palazo color negro que, al principio, Snape confundió con una falda. A pesar de su fina sonrisa, la mujer escocesa lo observaba con una mirada seria y algo fuerte. Una mirada tan típica de ella que no sabía si estaba enojada o si solo es que ella era así.
—Es un gusto volver a verlo, Sr. Snape —Neville fue el primero en saludar. Extendió su mano en un firme apretón de mano y, en cuanto Snape respondió al saludo, lo envolvió en un inseguro abrazo—. ¿Cómo ha estado?
—¡Vaya, vaya! El hijo pródigo volvió —bromeó Sirius, acercándose a él con los brazos abiertos para atraparlo en un fuerte abrazo. Sí, claramente había estado entrenando, lo notaba en la fuerza de sus brazos—. Cuando Hermione dijo que vendrías, no lo creímos, pero ya estás aquí. Bienvenido de vuelta.
—Te dije que sí vendría —comentó Luna.
—Es un bueno tenerlo de regreso, Sr. Snape —Harry estiró su mano y le dio un seco apretón de mano.
—Gracias.
Los alumnos de la academia le dieron permiso a la profesora McGonagall para que pudiera acercarse al recién llegado. La mujer sonrió y, sin que nadie se lo pidiera, le dio un pequeño abrazo al pelinegro. En sus ojos, percibió una serie de emociones encontradas, como si hubiese algo que quisiera decir, pero que no sabía cómo. Snape se sintió raro con el abrazo. No era incómodo, pero sí extraño.
—Es un placer volver a verlo, Sr. Snape —dijo en cuanto se apartaron. La mujer lo tomó por ambos brazos y examinó su rostro con sus bonitos ojos verdes—. Se ve muy bien. Lo hemos extrañado mucho. Su ausencia fue notoria.
—Muchas gracias, profesora. Yo, eh, yo también —respondió algo avergonzado por dentro, pero neutral por fuera—. Cómo ve… me hace falta volver a ponerme en forma.
La profesora cerró los ojos y contuvo la risa por su comentario— Pues, yo lo veo muy bien. Algo subido de peso, pero nada que no se pueda arreglar —el profesor frunció el ceño y sonrió de lado, tomando eso como lo que era: una broma.
De la nada, aquel grupo se quedó en completo silencio. Era algo incómodo y no ayudaba el hecho de que lo miraran fijamente, como aguardando por algo. Snape revisó la mirada de cada uno de ellos hasta detenerse en los ojos grises y enormes de Luna. ¡Conocía esa mirada! Era la misma mirada que Lucius, Narcissa y Draco solían poner cada vez que le preguntaba sobre la terapia.
¡En serio odiaba esa mirada!
—Hermione nos contó todo lo que pasó —continuó la profesora, cambiando su sonrisa sincera por una apenada. Snape cerró los ojos unos segundos y apretó con fuerza las asas de la bolsa de regalo. No le sorprendía que le hubiese contado. A veces, Hermione era incapaz de guardar secretos—. Lamento su pérdida, Sr. Snape. Siempre es difícil perder un padre. ¿Cómo se encuentra? Nos hubiese avisado.
—¡Sí! —secundó Luna—. Pensábamos ir todos juntos a visitarte para subirte los ánimos, pero Herms dijo era no era la mejor idea por el momento.
—Pero se ve muy bien ahora, Sr. Snape, en serio —siguió Neville, haciendo sentir incómodo al profesor por la atención no requerida.
—Gracias, eh, a todos —Snape cambió el peso de su cuerpo a su otra pierna y trato de abrir un poco más el espacio para no sentirse acorralado, pero ellos solo parecían acercarse más y más—. Sí, fueron unos meses difíciles, pero me siento mucho mejor ahora. He tenido muy buenos amigos que han cuidado de mí. De todas maneras, muchas gracias por la preocupación.
—Nos alegra saber que se encuentra bien —la mujer le dio un par de palmaditas en su hombro y sonrió—. Y recuerde que siempre podrá contar con nosotros.
—Sí, en McGonagall's somos una familia —recordó Sirius rodeando con sus brazos los hombros de Luna y de Harry. Desde esa posición, Sirius parecía el orgulloso y cariñoso padre de dos jóvenes muchachitos de diferentes madres (y padres, obviamente).
Aquel pensamiento casi lo hizo sonreír.
—¿Cuándo volverás con nosotros? El concurso será en marzo. Ya estamos practicando los ritmos latinos para la otra categoría —anunció Luna, totalmente emocionada—. La profesora McGonagall dice que, si logramos dominar el tango y la rumba para diciembre, nos dejara hacer la audición para la categoría latina.
—Y estos muchachos bailan muy bien —Sirius revolvió el ya de por sí despeinado cabello negro de Harry con una mano y, con su brazo libre, atrajo más a Luna hacia él, haciéndola reír—. ¡Y Neville! ¡Por Dios! Deberías verlo. Yo jamás pensé que el muchacho que se caía bailando vals pudiera dar los saltos más ágiles y rápidos que he visto en el jive —Neville, al lado de McGonagall, se sonrojó ante el comentario y pasó una de sus manos por su cabello tratando de relajarse. Sus orejas se tornaron rojas al instante. La profesora lo codeó burlona, tratando de brindarle apoyo y más confianza—. Obviamente no es tan bueno como yo, pero se acerca. ¡Vamos a ganar, Snape! Tenemos la competencia en la bolsa.
—Solo falta usted, Sr. Snape —Neville por fin se armó de valor y se unió a los demás—. Sí estará con nosotros para las audiciones, ¿verdad? Somos un equipo después de todo.
—¡El equipo McGonagall! —corrigió la menor de todos.
Snape se encontró atrapado en aquella situación. Sus ex compañeros lo observaban fijamente, aguardando por su respuesta. No iba a mentir, sí había pensado en regresar a la academia un par de veces pues extrañaba pasar las tardes en un lugar donde, por dos horas, no tenía las etiquetas de "aburrido profesor" y "solterón fracasado" pegadas en su frente. Sin embargo, ya tenía su agenda organizada y, desde que había iniciado el nuevo año escolar y la terapia, no se atrevía a modificarla en lo absoluto.
No quería responder ahora porque no tenía una respuesta ni para ellos ni para él mismo.
—¿Severus?
Una voz proveniente de la izquierda robó la atención de todos. Hermione Granger se acercaba hacia ellos a paso veloz, haciendo resonar sus bajos tacones con cada paso. Llevaba un precioso vestido color rojo y de falda corta. Tenía algunos adornos que simulaban ser pétalos de rosas en la falda y los tirantes. Su cabello saltaba libre en definidos rizos sujetados por algunos prendedores de pequeñas perlas blancas y llevaba una auténtica expresión de grata sorpresa plasmada en su rostro apenas maquillado.
Estaba hermosa, sin duda, la más hermosa de aquella fiesta.
La joven, en verdad, parecía feliz de verlo ahí. Sus ojos miel brillaban con calidez, derritiendo su frío y algo lastimado corazón. El tiempo pareció disminuir su velocidad a medida que Hermione se acercaba, permitiendo admirarla por un par de segundos más. No sabía si era por culpa de sus sentimientos, su propia percepción o tal vez que el espacio-tiempo le estaba dando un regalo, pero sentía que, por unos segundos, solo existían ellos dos.
Por supuesto, aquel íntimo momento se vio interrumpido cuando Ginny Weasley apareció para tomar el brazo de su mejor amiga y unírsele en su trayecto hacia él y los otros chicos. Sumado a ello, aquel ambiente que hasta ahora parecía tranquilo estalló en una completa algarabía cuando la orquesta cambió la canción actual por una más alegre.
—Oh, mira, aquí está la cumpleañera —comentó Sirius cuando Hermione y Ginny llegaron hasta ellos—. Nos preguntábamos dónde estaban. Ya íbamos a mandar a Harry a buscarlas.
—Esta chica es muy escurridiza —bromeó Ginny sujetándose aún del brazo de Hermione—. He estado buscándola por todos lados y recién la vengo a encontrar aquí —la pelirroja desvió sus ojos hasta encontrarse con el mayor y, sonriendo, le extendió la mano en un saludo el cual Snape correspondió con la misma firmeza—. Oh, Sr. Snape. ¡Qué bueno verlo aquí! Pensamos que no vendría. Supongo que ganaste la apuesta, Herms, te debo tres libras.
—Yo también —añadió Black.
No obstante, Hermione hizo caso omiso a aquellos comentarios. Es más, parecía que ni siquiera los había escuchado. La bailarina se encontraba demasiada ocupada admirando la figura del hombre que tenía frente a ella como para notar qué pasaba a su alrededor. Sus ojos estaban casi tan abiertos como los de Luna y sus labios carnosos, entreabiertos. Parecía no poder creer que, de verdad, tenía a Snape frente a ella. El pelinegro también se le quedó mirando, algo inseguro y sin saber cómo empezar la plática. Era consciente de las personas a su alrededor, ellos también la estaban mirando de forma atenta, esperando que la joven saliera de su trance y reaccionara.
—Eh… Hola.
—¡Hola! —graznó avergonzada y algo insegura—. Sí viniste —no fue una pregunta.
—Sí… eh… Feliz cumpleaños… otra vez —antes de que hiciera el ridículo frente a Sirius Black y su pandilla de bailarines, Snape empujó la bolsa roja de puntos blancos hacia la castaña, estirando los brazos con tanta fuerza que fue un milagro que sus huesos no tronaran. Agradecía que su cabello estuviera largo pues de esa manera escondía sus orejas las cuales, de seguro, ya se encontraban rojas pues las sentía calientes—. Eh, te compré un regalo.
Hermione tomó la bolsa con ambas manos y agradeció en voz baja, algo avergonzada.
—Eh… —Hermione pareció reaccionar después de eso. Notando lo incómoda de la situación tomó a Severus del brazo con total confianza y se disculpó con los demás—. ¿Todavía no te han atendido? Qué descortés de su parte, chicos —estaba seguro que vio a Harry poner los ojos en blanco por un segundo—. Vamos, Sr. Snape. Vamos a dejar esto con los demás regalos y a conseguirle una bebida. Es barra libre así que puede pedir lo que usted quiera, aunque le aconsejo que no tomé nada fuerte, serviremos el almuerzo dentro de poco.
Y con esa elegante retirada, Hermione y Snape lograron escapar de los otros invitados, dirigiéndose a un lado apartado del club. Ginny y Harry se quedaron mirándolos hasta que se perdieron entre la multitud. Algo les decía que esos dos estarían algo "ocupados" el resto de la fiesta.
Hermione guió a Snape fuera del alcance de oídos curiosos y miradas indiscretas. Atravesaron unas cuentas mesas con sonrientes invitados y chocaron con algunos otros que estaba sacándole brillo a la pista de baile. Pronto, llegaron a una sección apartada y muy bien decorada donde había una mesa de tamaño promedio con muchos regalos encima, algunos más pequeños o más grandes que el suyo.
—Perdónalos —habló una vez que logró salir por completo de su asombro. Sus mejillas estaban rojas y apenas sí podía mirarlos a los ojos—. Les dije que vendrías, pero no me creyeron. Luego empezaron con esa tonta apuesta. No lo tomes personal, solo están jugando.
—Les dijiste lo de mi madre —no fue una pregunta.
Hermione lo observó apenada al mismo tiempo que se encogía más y más sobre sí misma. Su boca se abría y cerraba como un pez fuera del agua y no necesitaba tener telepatía para saber que su cerebro estaba tratando de idear una respuesta apropiada.
—Eh, sí, yo... eh... Lo siento, ellos preguntaron y no supe qué inventarme. Querían saber cómo estabas así que les conté todo.
Tanto él como ella abrieron los ojos ante la palabra "todo". ¿Les había contado todo? ¿Todo incluyendo su extraña relación y todo el conflicto por el que habían pasado este último mes?
—¿Todo "todo"?
—Eh, no, no, no, no todo "todo" —se corrigió al instante—. Lo necesario... Les conté lo de tu madre y que decidiste tomarte un tiempo para recuperarte. Luego lo del regreso a clases y a otras "actividades".
—Que buen eufemismo para "terapia" —comentó algo sarcástico—, pero te lo agradezco. Me ahorraste muchas explicaciones que realmente no quiero dar ahora.
—Sí, eh, qué bueno que no metí la pata esta vez, ¿verdad?
A pesar de sus grandes esfuerzos por aligerar el ambiente con una broma, la situación seguía siendo algo incómoda. Por un lado, Hermione tamborileaba los dedos sobre la bolsa de regalo y, por otro, Snape miraba a todas partes como si se tratase de ubicar la mejor ruta de escape. Esto no estaba saliendo como lo había planeado. No esperaba que su primer encuentro después de tanto tiempo fuese así de incómodo, mucho menos después de aquella charla tan íntima y tierna que compartieron a inicios de semana.
—No era necesario que me trajeras un regalo —respondió avergonzada mirando con ilusión la bolsa—, pero te agradezco el gesto.
—Te dije que te debía un regalo.
—Está pesado —sonrió abriendo la bolsa y extrayendo de ella el libro envuelto—. ¿Qué es?
—Pues, no es una bicicleta por si te lo preguntabas.
Hermione rio ante tal comentario, sonrojándose tiernamente— Qué tonto.
—No vas a abrirlo a ahora, ¿o sí? —cuestionó nervioso en cuanto vio que la castaña dejaba la bolsa sobre la mesa y tomaba con ambas manos el libro, lista para quitar la cinta verde y romper la envoltura—. ¿No prefieres esperar a cuando llegues a tu casa? Digo, creo que deberías abrir tus regalos en un lugar más…—
—¡Un libro de arquitectura! —exclamó dejando caer el elegante papel de regalo en el suelo, olvidándose por completo de las palabras del profesor. El profesor cerró los ojos y esperó la reacción de la joven. Fue una lástima que lo hiciera pues se perdió de aquel brillante par de ojos miel que escaneaban a toda velocidad las páginas de aquel libro lleno de fotografías y dibujos muy detallados de los principales edificios que podías encontrar dentro de la capital inglesa. Incluso se perdió del momento exacto en el cual Hermione acercó su rostro a las páginas del libro para aspirar el olor a nuevo—. ¡Está precioso! ¡Muchas gracias! —la joven acarició la dura portada con sus dedos, trazando el contorno del edificio The Gherkin bajo la atenta mirada del profesor quien, por fin, se había atrevido a abrir los ojos—. Nosotros hablamos de este edificio la última vez… Tal vez podamos ir juntos algún día y subir hasta el último piso. Escuché que la vista del restaurante es buena, se ve toda la ciudad o, bueno, eso dicen.
—Nunca he comido ahí, pero podríamos intentarlo —susurró mirándola a los ojos, sintiéndose expuesto—. Eh… Pensé que te gustaría. La última vez, sonabas muy curiosa sobre cómo funcionaba la estructura de los edificios y encontré este. Hay muchas fotografías, dibujos de maquetas y diagramas de cuerpo libre que explican cómo funcionan —indicó señalando las páginas—. Me pareció interesante y muy dinámico, fácil de entender… Pensé que te gustaría.
—Me encanta —susurró cerrando el libro y volviendo a meterlo en la bolsa—. Aunque me divierto más cuando eres tú quien me explica todo eso. Lo dices de una forma tan sencilla que, aunque no conozca los términos que usas, puedo entenderlo con total claridad. Tus explicaciones son tan obvias que me sorprende no haberlo pensado antes. Ahora, cada vez que paso a un lado de un edificio alto, me detengo a analizar por qué no se cae —rio, contagiando su tímida risa al profesor—. Sabes, deberías dar clases de esto. ¡Explicar cómo funciona el mundo para los curiosos! Podrías hacer videos en YouTube explicando cómo funcionan las cosas… no sé, cómo funciona el metro o la cocina —volvió a reír de manera nerviosa.
Snape sonrió de lado y negó con la cabeza—. Estoy seguro que eso no sería algo que yo explicaría y, aunque lo hiciera, no creo que muchas personas quieran saber cómo funciona la física del metro.
—Yo quiero saberlo —insistió—. No tienes que explicar exactamente cómo funciona la física del metro, puede ser cualquier cosa. Yo te escucharía—Hermione había soltado aquella última oración tan rápido que Severus no estuvo seguro de haberla escuchado, cosa que la castaña agradecía internamente pues sentía que estaba sonando patética, incluso desesperada—. ¡Oye! Estoy segura que hasta podrías explicar cualquier cosa… hasta, no sé, hasta ¡bailes! Podrías explicar cómo funciona la física del ballroom o, bueno, tú me entiendes.
Ambos se quedaron en silencio después de eso, cada uno mirando a un lado distinto del club. La joven parecía algo avergonzada al ver que Snape no pensaba responder. Tal vez debió guardarse sus pensamientos. Por su parte, Snape trataba de asimilar la idea de él haciendo clases en línea para explicar técnicas de baile. Hace apenas un par de meses había aprendido a dar dos pasos sin enredarse con sus propios pies. ¡No era la persona indicada para enseñar balllroom! Sin embargo, el pensamiento le pareció gracioso. Solo a Hermione podría ocurrírsele algo tan absurdo como eso.
—Son buenos —susurró el profesor en un intento de salvar esa torpe y atropellada conversación. Hermione abrió la boca un par de veces, intentando formular la respuesta, mas no sabía a qué se estaba refirieron el mayor—. Los bailarines, eh, ellos —señaló al escenario donde una chica y dos jóvenes estaban bailando y cantando una canción cuyo idioma desconocía—. Son buenos… Así que, ¿salsa? Jamás lo hubiese esperado.
—¡Sí! ¡Eh, sí! —exclamó girándose por completo para ver a las personas bailando frente al escenario—. Es el club de un amigo de Sirius, Julián. Es el que está bailando a la derecha de la cantante —explicó mientras señalaba a un chico delgado de cabellos negros y piel tostada que daba giros y giros al ritmo de la música—. Es el animador principal del club durante las noches. Es un increíble bailarín y eso que no lo has visto en todo su esplendor. El escenario no le ayuda mucho —Snape volvió su mirada hacia el tal Julián y compañía una vez más. Los tres adultos tenían un espacio muy limitado dentro del escenario; sin embargo, eso no evitaba que giraran como si fueran trompos—. También es el hijo del dueño, el tío Louis.
—¿Tu tío es dueño del lugar? —preguntó asombrado, volviendo su atención a ella.
—¡¿Qué?! —chilló perpleja y, negando con la cabeza, soltó una fuerte carcajada que llamó la atención de los invitados más próximos a ellos—. No, no, no. Se llama Louis, pero todos sus trabajadores le dicen "Tío Louis" y, desde que Sirius empezó a frecuentar este lugar, él también le dice así. Por consecuencia, y porque es divertido, nosotros también le decimos "tío" —explicó con voz cantarina—. Sirius se lo toma muy en serio. Le dice "tío" a Louis y "primos" a casi todos los trabajadores. Julián y él se tratan de primos.
— Ya veo.
—Sí —Hermione se tomó una pausa para aplaudir a la cantante y los bailarines antes de que empezaron con otra ronda de canciones—. Hemos estado viniendo seguido desde que los chicos se enteraron de la categoría latino del concurso. Dicen que quieren aprender ritmos latinos con verdaderos latinos.
El profesor enarcó una ceja a modo de pregunta— Pensé que competirían en categoría estándar.
—Ellos sí, pero la categoría estándar no es la única categoría que hay en el Syllabus de Escuelas de Londres —explicó cruzándose de brazos mientras observaba atenta como Luna y Sirius se abrían un lugar entre sus otros invitados para bailar al ritmo de lo que Snape supuso era salsa—. Le dije a la profesora que no podría ocultárselos por mucho tiempo.
—¿Y por qué querría ocultarlo?
—¿No lo ves? —ella señaló a la mencionada pareja. Ellos estaban bailando, sí, pero había una gran diferencia entre lo que ellos "bailaban" y lo que Julián y sus amigos bailaban—. No están listos. Si quieren entrar a un latino, los otros concursantes se los comerán vivos en cuanto inicie la primera ronda. No quiero ver cuando tengan que bailar tango y, ¡por Dios! Cuando tengan que bailar samba... los van a destruir.
A pesar de que le divertía escuchar a la pobre Miss Granger ya estresada y ansiosa de solo pensar en una supuesta competencia, la expresión de angustia en su joven rostro no le gustaba para nada. ¡Era su cumpleaños! No debería estresarse por cosas que todavía no habían pasado.
Alguien debía aprender a controlar su ansiedad, pensó.
—Bueno... ¿la salsa también es parte de la categoría latino? —preguntó buscando una forma de distraerla de sus problemas.
—No. La salsa tiene su propia competencia. Créeme, entre la salsa y el ballroom hay un universo de diferencia.
—Entonces, ¿de qué te preocupas? —Hermione se giró para verlo a los ojos— En serio, no debes preocuparte, esto es una fiesta, no una competencia. Ellos no bailarán esto, así que todo estará bien. Además, me han dicho que han mejorado mucho desde la última vez que los vi —estiró una de sus manos y la colocó sobre su delgado hombro izquierdo, sintiendo tanto la textura de la tela de su vestido como la de su piel cálida. Por un momento, sintió que millones de descargas eléctricas recorrían su columna—. McGonagall y tú son increíbles maestras, sé que encontraran la manera de tenerlos listos para la audición.
Ella sonrió de lado y llevó su mano para tomar la de Severus— Gracias. Eso me tranquiliza un poco.
—De nada —Hermione apretó ligeramente su mano, acariciando los nudillos con su pulgar—. Piénsalo un poco. Si lograste que yo, que tengo dos pies izquierdos, lograra bailar tango casi a la perfección, estoy seguro que lograrás que Longbottom y Black dominen la samba, la rumba y todos esos bailes de nombres raros.
Hermione volvió a reír, apretando aún más la mano de su interlocutor. Iba a darle toda la razón. Ella había logrado lo imposible y, en un par de horas, le había enseñado cómo bailar perfectamente un tango apasionado. Aún recordaba con orgullo cómo sus pasos torpes e inseguros se transformaban en unos firmes y seductores mientras ambos bailaban con tortuosa lentitud de un lado al otro en la oscuridad del salón en el estudio de Earl's Court. Se le ponía la piel de gallina en cuanto recordaba sus manos ásperas deslizándose por sus piernas al momento de dar los giros. Sentía una oleada de calor cada vez que, al cerrar los ojos, recordaba aquellas posturas comprometedoras donde ella apoyaba su espalda contra su pecho, sintiendo toda su "presencia" empujando contra su espalda baja. Sus piernas temblaban cada vez que recordaba aquellas manos abandonando sus omóplatos para subir a su rostro y acunarlo con delicadeza para luego descender y besarla con pasión.
Bailar tango con Severus Snape era como hacer el amor. Se atrevía a decir que hasta mejor, y aunque no pudiera admitirlo, era una experiencia que anhelaba repetir algún día.
—Sev...—
—¡Hermione!
La castaña se vio interrumpida cuando dos figuras mayores se acercaron a ella. Se trataba de una pareja de más o menos la edad de Severus. Base cuatro, castaños, de caras alargadas y pieles tostadas. El hombre era ligeramente un poco más bajo que el profesor, tenía el cabello castaño, ojos color miel, una ligera barba y lo que parecía ser un mojito en la mano. Su acompañante era una mujer delgada y de rostro simpático. Tenía el cabello corto hasta los hombros, bonitos ojos verdes, unas cuantas pecas sobre la nariz pequeña y labios carnosos similares a los de Hermione. En realidad, podía encontrar detalles propios de Hermione Granger en la anatomía de ambos por lo que no necesitó mucho tiempo para llegar a una conclusión.
—¡Mamá! ¡Papá! —respondió la joven algo sacada del lugar.
¡¿Mamá?! ¡¿Papá?!, repitió en su mente sorprendido como la misma castaña.
Casi como si su tacto le quemara, Hermione retiró su mano de la de Snape y dio un paso al costado, alejándose de un brinco.
— ¡Ahí están! —rio nerviosa, incapaz de controlar sus emociones—. Los había estado buscando.
Snape no estaba seguro qué era lo más impactante, si conocer a los padres de Hermione o descubrir que, fácilmente, pudo ser el compañero de clases de cualquiera de ellos.
—Estábamos con tu tía Lizzie —comentó la madre de pie frente a ella. Snape notó de inmediato que Hermione había heredado la forma de ojos de su madre, pero tenía el color de ojos del padre—. Buenas tardes —saludó girándose a él, mirándolo a los ojos y curvando una modesta sonrisa en esos labios carnosos—. Hermione, ¿dónde están tus modales, cariño? Preséntanos a tu invitado, por favor.
Snape era una persona muy discreta, siempre odió llamar la atención. Desafortunadamente, ahora era el centro de atención de todos los miembros de la familia Granger.
—Eh…—
Hermione se quedó en blanco en ese instante. Miraba de manera alternada a su mamá y a su papá, luego a su papá y a Snape y, por último, a Snape y a sus padres. No era tan difícil dar una respuesta, solo era una presentación; sin embargo, sus pensamientos todavía se encontraban vagando entre sus recuerdos, fantaseando con bailar con Severus Snape aquel apasionado tango una vez más. Se mordió la lengua para no decir una tontería y eso fue todo. Maldijo en su mente. Sabía que debía estar más roja que su vestido.
—Buenas tardes, soy Severus Snape, un placer.
Al ver que Hermione no daba respuesta alguna, Snape optó por tomar la iniciativa y se presentó de manera cortés a ambos padres, ofreciendo su mano firme a modo de saludo. Los ojos color miel de Hermione lo miraron con profundo alivio, dando las gracias de manera silenciosa.
—Thomas Granger, el padre de Hermione, un placer conocerlo —saludó el castaño, apretando su mano sin titubear. Snape descubrió otro dato más de Hermione con ese simple apretón. Sin duda, la bailarina había heredado la fuerza de su padre. Ambos le habían destrozado la mano sin darse cuenta.
—Jane Granger, la mamá de Herms, también es un placer, Sr. Snape —la Sra. Granger, por el contrario, tenía las manos ligeras y delicadas como una caricia. Puede que Hermione tuviera un parecido a su madre, pero estaba claro que los genes de Thomas Granger eran los dominantes—. ¿Está disfrutando de la fiesta?
—Eh, recién acabo de llegar, pero sí, se ve que estará, eh, animada.
—¡Sí! —chilló la bailarina haciendo saltar a los adultos debido a lo inesperada de la acción—. Justo ahora Severus, digo, el Sr. Snape me estaba dando mi regalo —respondió de manera abrupta señalando la bolsa roja con puntos blancos que estaba sobre la mesa—. ¡Es un libro!
—¡Oh! ¡Qué adorable! Y a ti que te encanta leer —respondió con una sonrisa que, al instante, reconoció cómo propia de Hermione—. Muchas gracias, Sr. Snape. No debió molestarse.
—Oh, no, no, no es molestia. Es lo mínimo que podía hacer. Su hija me ha ayudado muchísimo —Hermione levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Estos brillaban con calidez. Una tímida sonrisa se formó en sus labios—. Me ha cambiado la vida por completo.
Puede que el profesor no se diera cuenta de que ese comentario había escapado de sus labios, pero los señores Granger sí lo hicieron. Jane Granger frunció un poco el ceño, pero no dijo nada, solo transformó su sonrisa tierna a una falsa. Muy contrario a ella, su esposo, Thomas Granger, cambio de "modo chill" a "alerta máxima". Tal vez hubiese dejado pasar el comentario si no fuera porque la pareja frente a él se estaba mirando fijamente con ojos de cachorros. Hermione, su hija, su niñita, aquella mujercita que había cargado en brazos desde que llegó a este mundo estaba mirando a un desconocido que le doblaba la edad con una sonrisa tonta en el rostro y las mejillas ruborizadas a más no poder.
Y eso le preocupaba.
Demasiado.
—Y, ¿de dónde conoce a mi hija, Sr. Snape? —acentuó el "Sr. Snape" más de lo que debería, sonando autoritario y algo intimidante. Aquello llamó la atención de ambos interlocutores, volviendo al aquí y al ahora, alejándose de inmediato por la tranquilidad mental del Sr. Granger—. ¿Alguno de sus hijos toma clases con ella?
Hermione soltó una risa nerviosa y algo perturbadora. Sus niveles de ansiedad habían subido a escalas exorbitantes y ahora, su cuerpo reaccionaba fuera de su control. Snape tragó saliva y respondió.
— Eh, no —respondió usando más o menos el mismo tono de voz de Thomas Granger, con mucho respeto, sin dejarse intimidar, parándose erguido para parecer más alto.
—¡Le doy clases al Sr. Snape! —chilló la castaña—. Está en mi segundo grupo de las tardes, junto con Sirius, Luna y Harry. Él y Neville son los nuevos miembros y ambos son muy buenos. Tengo mucha suerte de tener alumnos que aprenden tan rápido. Neville es asombro con el vals y el jive, deberían verlo. Y, por supuesto, el Sr. Snape tiene un talento innato para el vienés y para el ta-tango.
El Sr. Granger entrecerró los ojos y no apartó su mirada de Snape. El profesor, por su parte, solo fingió ignorarlo.
—¡Oh! Entonces eres el miembro faltante del equipo McGonagall, ¿verdad? —exclamó la Sra. Granger, calmando el ambiente—. Sirius se ha pasado hablando de eso desde que llegamos a Londres. Mencionó que faltaba uno, pero jamás imaginamos que sería usted. ¡Vaya sorpresa! —Jane Granger hablaba con tanta normalidad que Snape no podía determinar si lo hacía para hacer conversación o para ocultar el cambio de ánimos de su esposo—. Todos están emocionados por el syllabus. Tu amiga, Luna, está encantada con los vestidos. Me estuvo mostrando fotos de los diseños, se ven preciosos.
¿Alguna vez han estado en medio de una conversación donde es evidente que no están hablando contigo y no puedes hablar porque no sabes qué decir y tampoco sabes cómo irte sin parecer descortés? Pues Severus Snape estaba viviendo uno de esos incómodos momentos.
—Sabe, mi Hermione siempre quiso participar en el Syllabus de Escuelas de Londres, fue su sueño durante tres años, ¿no es así, Mimi? —la castaña mujer estiró su mano y, con su índice, tocó la punta de la nariz de su hija.
—¡Mamá! —exclamó alejándose irritada.
—Siempre nos pedía que nos mudáramos a Londres para que pudiera entrar a una academia aquí y, así, poder participar. Obviamente eso no iba a pasar, pero es divertido recordar los pucheros de mi Mimi,
—¡Mamá! —volvió a exclamar, esta vez completamente roja y con una expresión de infinita vergüenza en el rostro, como si quisiera que la tierra se la tragase para siempre—. No frente a mis alumnos —murmuró entre dientes.
—Ay, pero si siempre te he dicho Mi…—
—¡Miren! —la joven salto hacia ambos padres y los alejó de Snape lo más rápido que pudo, señalando al frente, hacia el otro lado de la pista de baile—. Ya llegó Viktor. ¡Vamos a saludar! Me dijo que se moría por verte.
—Pero, ¿y el Sr. Snape? —preguntó su papá sin moverse de su lugar— Hermione, es de mala educación dejar a tus invitados solos. Ni siquiera le has ofrecido una bebida.
—El Sr. Snape puede conseguir su propia bebida. ¿No es así, Sr. Snape?
Snape no quiso responder en ese momento pues no sabía si eso se trataba de una prueba del Sr. Granger o no. Algo le decía que no le agradaba mucho al Sr. Granger. La expresión en el rostro de Hermione era un auténtico poema. Prácticamente, le estaba suplicando con los ojos que dijera que sí. Podía leer claramente sus labios diciendo "¡Por favor!".
Snape sonrió de lado y se relajó.
—Por supuesto, Mi… —la joven frunció el ceño al descubrir sus intenciones, por lo que el profesor tuvo que ahorrarse su bromita—, Miss Granger. Vayan con sus otros invitados, yo iré a buscar algo de comer a la barra.
—Pida lo que quiera, todo es gratis, pero no coma mucho porque servirán el almuerzo en…—
—Sí, papá, el Sr. Snape sabe que pedir. Nos vemos más tarde, Snape. ¡Disfruta la fiesta! —Hermione le dedicó una última mirada y luego vocalizó un silencioso "Lo siento".
Snape sonrió para sí mismo mientras veía a la bailarina batallando contra sus padres para alejarlos de él. Parecía que no era el único que tenía conflictos con los padres. La Sra. Granger parecía dulce, algo falsa, pero dulce. Por otro lado, estaba claro que el Sr. Granger era un hombre con carácter, mucho carácter. Ya podía imaginarse cómo habría sido crecer con ellos. De seguro, Miss Granger tendría muchas anécdotas que contar.
Se abrió paso por entre los demás invitados y fue directo a la barra donde se sentó en una de las bancas altas de metal y levantó una mano para ordenar algo. Esta variedad de bebidas era nueva para él, había algunas que reconocía, pero la mayoría eran completamente nuevas. Estuvo tentado a pedir el siempre confiable Cuba Libre, pero luego recordó algo.
"Siempre es bueno intentar cosas nuevo, podría gustarte", fue uno de los tantos consejos que le había dado su psicólogo durante sus primeras sesiones en terapia.
Fue uno de los mejores consejos que jamás había recibido en la vida y se había comprometido a seguirlo desde inicios de este año. Hasta ahora todo había salido bien… bueno, más o menos. Había salido de su zona de confort por completo: había adoptado un perro y ahora era "papá", había iniciado un nuevo pasatiempo y había aprendido a bailar, había hecho nuevos amigos y, ahora, estaba enredado en una aventura amorosa de la cual no tenía ni la más mínima idea si tendría éxito o no. Probar cosas nuevas era lo mejor que pudo hacer este año y no pensaba romper este nuevo hábito ahora.
—¿Cuál es la especialidad de la casa? —una muchacha de alta coleta respondió explicándole el contenido del menú de cocteles y tragos. Algunas eran unas combinaciones muy "interesantes" —. Eh, sí, deme esa, por favor. Gracias.
Mientras esperaba su pedido, una mano delgada se posó sobre su hombro, provocándole un susto que casi lo mandaba al otro mundo.
—¡Lupin!
Al darse la vuelta, encontró a su colega de Hogwarts, el profesor de Biología, Remus J. Lupin. El castaño tenía una expresión de confusión, pero también gran sonrisa plasmada en el rostro. Asimismo, tenía la cara algo roja y el cabello ligeramente despeinado lo que podría significar dos cosas: o estuvo bailando o estuvo bebido. Dado que lo notaba jadeante, optó por la primera opción.
—¿Severus? ¡Qué sorpresa! —el enérgico profesor se abalanzó hacia él y lo abrazó como si fuese un amigo o un hermano al que no había visto hace siglos. El olor que desprendía le indicó que, tal vez, pudieron ser las dos opciones—. ¿Qué haces aquí? ¿También te invitaron?
—¿No es obvio? —el profesor apartó a su colega de mala gana y lo sentó en uno de los bancos de metal a su lado—. Creo que soy yo el que debería preguntarte qué haces aquí, Lupin. Es una fiesta privada —fue cuando sacó sus propias conclusiones. Conocía al predecible y siempre bien portado profesor, él no era de los que se colaban a las fiestas. Para poder entrar, Lupin tuvo que estar necesariamente invitado—. Espera, ¿conoces a la cumpleañera?
—¿A Hermione? ¡Claro que sí! La conozco desde que era una adolescente, como de 13 o 14 años. Es la mejor amiga del ahijado de mi mejor amigo —exclamó con una sonrisa—. Mi hijo, Teddy, la adora y a veces viene a mi casa a cenar. También le consiguió trabajo al ahijado de mi amigo en la misma academia de baile donde ella trabaja y Teddy estudia ahí durante el verano, así que todos nos conocemos. Es una chica muy encantadora.
—Ya veo.
—¿Y tú qué haces aquí? ¿De dónde conoces a Hermione?
Snape aspiró hondo y contuvo el aliento por unos segundos. ¡Sí, Snape! ¿De dónde conoces a Hermione? No quería decirle la verdad y, por obvias razones, no podía inventarse una mentira como "es mi sobrina" o cualquier otro pariente porque era imposible de creer. Tampoco podía decir que era una ex alumna porque Lupin enseñaba en el mismo colegio que él. Por lógica, también sería su ex alumna. Sus primeras opciones quedaban descartas por completo. ¿Cómo le iba a decir que era el alumno de Hermione? No quería que Lupin se enterara de su nuevo pasatiempo, de hecho, no quería que ninguno de sus conocidos se enterara que tenía "otra vida", pero esta vez no tenía ni una sola mentira preparada a excepción de "la niñera de su perro". ¡¿Quién invita a su fiesta de cumpleaños al dueño del perro al que cuida?!
No podría engañar a Lupin como lo había hecho con Lucius o a Narcisa.
¿O sí?
—Su bebida, señor —llamó la mujer detrás de la barra, otorgándole cinco segundos de relajo antes de que toda su red de mentiras se cayera más rápido que él durante sus primeras sesiones de baile.
—¡Remus!
De verás que sintió su corazón detenerse cuando, al voltear, encontró a Sirius Black caminando a su encuentro y siendo acompañado por una radiante Nymphadora Lupin que, con una mano, sujetaba el brazo del millonario y, con la otra, protegía su muy crecido vientre de ocho meses. Ante la mirada atónita de su colega, Snape se abalanzó hacia la barra para tomar su bebida y darle un largo trago, esperando obtener algo de valor para enfrentar lo que se le venía a continuación.
Toda esperanza de lograr salirse con la suya salió volando por la ventana en cuanto los recién llegados estuvieron a su altura.
—¡Profesor Snape! ¡Qué sorpresa verlo aquí! —Tonks se inclinó para darle un beso en la mejilla, el cual Snape correspondió de mala gana—. Jamás lo hubiese esperado. ¿Conoce a Hermione?
—Espera, ¿conoces a Snivellus? —preguntó Sirius frunciendo el ceño, mirando confundido a ambos esposos— ¿Conocen a Snape?
Snape miró a Sirius y este le devolvió la mirada. Esto significaba el fin de su secreto, ¿verdad?
—Por supuesto —dijo Lupin, rodeando con un brazo los hombros de Snape—. Es mi colega desde hace ocho años. Ambos trabajamos en Hogwarts. Él enseña Química y dicta el taller de Física de la selección del colegio —explicó con una gran sonrisa—. También fue el profesor de Dora durante su último año, ¿no es así, mi amor?
—Sí, él era la carne fresca de colegio —rio sonrojándose casi tanto como su cabello que, ahora, era más castaño que rosado—. Tuvo suerte de librarse de mis bromas. Como yo estaba de salida, no podía estropear las cosas en mi último año o no me graduaba. Aun así, estoy segura que algunas de mis bromas aún están en su memoria, ¿no es así, Snape? Como la bomba fétida en el laboratorio o el retrete en la sala de profesores.
Snape cerró los ojos y volvió a llevarse su bebida a los labios. Por supuesto que recordaba las bromas de la ex Srta. Tonks, las recordaba como si hubiesen ocurrido ayer. En ese entonces, él era la novedad dentro del colegio pues era el nuevo profesor, por no mencionar que el más joven hasta la llegada de Lupin dos años después. En su primer año tuvo la mala suerte de ser el profesor que despediría la promoción de Nympahora Tonks. Por lo que le contaban sus experimentados colegas, la joven pelirrosa —porque en ese entonces ya se teñía el cabello— tenía muy en claro que, si quería graduarse ese año, debía reducir su número de bromas al mínimo posible o, si Dios lo permitía, a cero. La traviesa joven tenía un largo historial de castigos y advertencias que parecía ignorar, así como un récord impecable de bromas a los profesores.
Snape, como todo profesor novato, estaba decidido a hacer las cosas distintas. Él no se iba a dejar humillar por una hiperactiva mocosa de cabello rosado. Sin embargo, la Srta. Tonks no estaba dispuesta a irse sin dejar su marca personal sobre las paredes del castillo… o del laboratorio de Química… o en el suelo de la sala de profesores.
—No me habías contado lo del retrete —reclamó Lupin, haciendo un puchero.
—Hay cosas que es mejor mantener en el pasado, ¿no es así, profesor? —Snape rodó los ojos y se mantuvo en silencio, saliendo de manera abrupta de sus recuerdos— ¡Oh! ¡Y nuestros perros son amigos! —añadió—. Por cierto, ¿cómo está Lamarck? Espero que lo lleves a nuestro baby shower, Snape, ya sabes que te quiero ver ahí. A los dos los quiero ver ahí.
Demonios, había olvidado por completo la fiesta de la bebé Andrea.
—¿Y tú, tío? ¿De dónde conoces a Snape? —preguntó.
—¿Tío? ¡¿Black es tu tío?!
—Obvio. Es el primo de mi mamá.
—Y ella, mi sobrina favorita —secundó dándole un "golpecito" con el puño en su brazo izquierdo.
—Y la única sobrina que tienes —rio—. Sirius solía ir a mi casa cuando yo era pequeña. Además, es el mejor amigo de Remus —el profesor asintió con la cabeza, cerrando los ojos— y, ahora por el embarazo, prácticamente vive en nuestra casa. Está a nada de ganarse no solo el título de padrino, sino también el de madrina. Créeme, este maravilloso hombre que ves aquí tiene un talento innato para la psicoprofilaxis —rio, contagiando su alegría a los tres hombres—. No se pierde ninguna de mis sesiones. Al principio, mis amigas en el centro prenatal creían que Sirius y Remus eran la pareja y yo, la madre subrogante que los ayudaba a tener bebés.
Después de soltar tal comentario, la siempre alegre Tonks dejó escapar una sonora carcajada ante las miradas avergonzadas de su tío y de su esposo. Snape, por otra parte, se relajó un poco ya que la conversación se había desviado lo suficiente como para evitar el tema de su relación con Hermione. Sin embargo, algo le decía que no debía bajar la guardia. En cualquier momento, o los Lupin volverían a preguntar o Sirius diría la verdad.
"Esto sabe bien", pensó mientras le daba otro sorbo a su bebida.
Tal como supuso, no pasó mucho tiempo para que toda la verdad fuera revelada por boca de Sirius Black. En cuestión de un par de minutos, el millonario contó que Snape era un alumno más de las clases de la tarde de la profesora, que al principio era pésimo bailando, que ahora formaba parte del equipo McGonagall y que participaría con ellos en el concurso del próximo año.
—"Snivellus está en las clases de las tardes de McGonagall. Al principio, era pésimo bailarín, siempre se tropezaba con sus propios pies, incluso hizo caer a Minnie en un intento de aprender tango —exclamó con los ojos brillantes y mostrándose entusiasta con su relato—. Tiene suerte de que Hermione esté ahí para enseñarle cómo se hace. Sin duda, nuestra pequeña Mione puede hacer milagros. Ella la tomó bajo sus alas y en un dos por tres le enseñó a bailar vals, tango, rumba, de todo. La profesora McGonagall dice que es nuestro as más fuerte para la categoría estándar cuando vayamos al Syllabus de Escuelas de Londres".
Por supuesto, ni Remus ni su esposa hicieron esfuerzos por ocultar su sorpresa, al contrario, necesitaron que le repitieran la historia una segunda vez además de la confirmación por parte de Snape para, por fin, creer lo que Sirius les estaba contando. ¡Es que era casi imposible de creer! ¿Snape bailando? ¿Snape bailando ballroom? ¿Snape bailando ballroom en una competencia junto a Hermione, Sirius, McGonagall y los demás? Era como el inicio de un mal chiste.
Hicieron una pausa cuando Harry llegó con el pequeño Teddy Lupin en los hombros para avisarles que fueran a sentarse ya que estaban por servir el almuerzo. Los trabajadores del club unieron varias mesas, creando una única mesa tan larga como las que había en el Gran Comedor de Hogwarts y lo suficientemente útil como para albergar a todos los invitados. Los adultos se instalaron en uno de los extremos, Snape al lado de Black quien estaba al frente de Lupin quien, a su vez, se encontraba sentado a la derecha de su esposa y al lado de su hijo. El pequeño Teddy Lupin comía sentado entre ambos padres pues, a pesar de tener seis años, a veces necesitaba ayuda con los cubiertos. El grupo se encontraba lejos del centro de la mesa, justo donde Hermione Granger se encontraba almorzando con sus padres y su grupo de amigos más íntimos.
Cuando salió de su casa, su plan era pasar una agradable tarde con Hermione, almorzando a su lado y tal vez bailando una que otra canción junto a ella. En lugar de eso, la tenía a 17 sillas de distancia, muy lejos de él, por no mencionar que custodiada por sus padres. No obstante, agradecería la distancia pues no pasó mucho para que Black siguiera con su relato lleno de "detalles" de su relación con Hermione.
—Es curioso, ¿saben? —comentó jugando con su copa de vino— Al principio, Hermione no podía verlo ni en pintura. En serio, los primeros días, sin falta, le lanzaba esas miradas frías, esas que pone cada vez que se enoja, y ni me hagan hablar de cuando bailaban. ¡Ay, Snape! Tenías suerte de no estar solo en el salón con ella o jamás habrías sobrevivido.
—¿Qué le hiciste para despertar su ira? —preguntó Tonks mientras limpiaba la boca de su hijo con una servilleta— Sé que Herms es algo temperamental, pero no sé qué pudo enojarla tanto.
—Ni yo —respondió el profesor—. Yo solo entré a clases y ya me había ganado su desprecio.
—Entonces ya sabes lo que se sienten los de primer año en su primera clase contigo —bromeó Lupin ganándose un gruñido por parte de Snape.
—Ah, pero deberían ver a estos dos ahora cada vez que entran al salón de baile. Nuestra leona está tan mansa como un cachorro. Snape prácticamente la tiene comiendo de la palma de su mano —Sirius codeó a Snape quien casi se ahoga con su vino al escuchar las palabras que Black soltaba con tanta facilidad ante su colega y su ex alumna. ¡¿Acaso esto no podía ser más humillante?!—. ¿Qué fue lo que le hiciste, Snape? ¿Acaso le hiciste inhalar alguno de tus compuestos químicos? ¿Una de esas "pociones" tuyas?
—Muy gracioso, Black.
—Mami, ¿el Sr. Snape es una bruja? —preguntó el pequeño Teddy de la nada, rompiendo su silencio.
Aquella infantil pregunta hizo reír tanto a la madre como a Sirius.
—No, hijo —respondió Remus limpiándose la boca con una servilleta—. ¿Por qué preguntas eso?
—Porque las brujas hacen pociones y tío Sirius dijo que el Sr. Snape le dio de beber una poción a Mione.
No podía argumentar nada contra esa lógica. El niño sabía razonar.
—¿También usará ancas de rana y alas de murciélago cuando haga pociones en su caldero?
—No, corazón —corrigió la Sra. Lupin con la cara roja—. El profesor Snape no es una bruja. En todo caso, sería un mago.
—Tal vez no sea una bruja, pero de que está relacionado con los murciélagos, lo está —comentó Sirius llevándose la copa a los labios y guiñando un ojo en dirección al molesto profesor.
Después del almuerzo y un entusiasta brindis por parte de los Sres. Granger, los empleados del Salsa Temple desocuparon las mesas y despejaron el espacio para la pista de baile. No pasó mucho tiempo para que Julián y los demás trabajadores subieran al escenario y empezaran a tocar alegres canciones al ritmo de trombones, trompetas, güiros, timbales, congas y bongos. La animada música captó la atención de todos y fue cuestión de minutos y un par de canciones para que todos los jóvenes invitados se esparcieron por la pista de baile, intentando imitar los movimientos de Julián y compañía.
—¿Podemos llevarnos a Teddy a bailar? —preguntó Harry señalando al pequeño Teddy quien yacía en los brazos de Ginny Weasley.
—¡Por favor, mami! ¡Por favor! —rogó con ojos de cachorro.
—¡Por favor! —les secundó la pareja de jóvenes.
Tonks le lanzó una mirada a Remus quien correspondió asintiendo con la cabeza.
—No veo por qué no. Solo tengan cuidado. Estaremos aquí si necesitan algo.
—¡Siiiiii! —fue lo último que se escuchó del pequeño castaño antes de desaparecer junto a Harry Ginny e integrarse a los demás invitados en la pista de baile.
Ahora que el almuerzo había acabado, los esposos Lupin y Snape se encontraban en una de las mesas cerca de la barra, conversando distraídamente mientras observaban a los bailarines. Sirius los había abandonado hace ya mucho tiempo pues, en cuanto una bonita pelinegro se le acercó, el mayor prácticamente la arrastró al centro de la pista y, hasta el momento, no la soltaba.
Para Snape, la salsa era algo nuevo. No era como que desconociera la existencia de este género. Una vez había visto una demostración de baile en la noche de talentos de Hogwarts y, en una ocasión, logró ver parte de un flashmob en un concurrido boulevard en el centro de la ciudad. Sin embargo, no tenía ni ganas ni idea de cómo bailar de lo que los invitados de Miss Granger estaban bailando.
Bueno, lo que muchos de ellos intentaban bailar.
Existía una diferencia abismal entre la forma en cómo bailaban los trabajadores del Salsa Temple y los invitados de Hermione. Los primeros realizaban pasos un poco más complejos, eran más gráciles, siempre al compás de la música y, por supuesto, mucho más confiados, como si de verdad se sintieran cómodos bailando por el simple hecho de conocer los pasos básicos. Los segundos, en cambio, solo se divertían copiando de forma descoordinada los movimientos de los primeros y riendo en voz alta.
En resumen, unos tenían ritmo y otros, no.
Y no necesitaba intentarlo para saber que él pertenecía al segundo grupo.
—Se ve divertido —comentó la detective acariciando la mano de su esposo por encima de la mesa—. ¿Bailamos, Sr. Lupin?
—¿Estás segura, Dora? —respondió algo alarmado— Podrías cansarte con tanto movimiento, tus pies podrías hincharse o te podrías marear —el hombre dirigió sus avellanados ojos hacia el vientre de su esposa y apretó con delicadeza su mano—. No quiero que te sobreesfuerces, cariño.
—Pues, debiste pensarlo hace ocho meses antes de poner a Andy aquí dentro, ¿no te parece? —bromeó frunciendo la nariz — Anda, vamos. Esto es una fiesta, se supone que nos divirtamos y yo quiero divertirme y bailar con mi esposo.
—¿No le afectará a la bebé?
—Bueno, puede que se mueva un poco, pero de todas formas se moverá como loca durante la noche. Prefiero que, esta vez, tenga una razón para hacerlo —tanto Remus como Snape se mostraron alarmados por el comentario. Era obvio que ninguno de los dos comprendía el sentido del humor de la embarazada—. Tranquilízate, anciano, todo estará bien. Esta bebé será una gran bailarina de grande así que es mejor que aprenda desde ahora. ¡Vamos, Remus! ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!
Esa tarde, Snape confirmó que, por más que su colega lo intentara, él jamás podría decirle que "no" a su esposa.
—Está bien, pero solo un par de canciones, no quiero que te canses. Bien, con cuidado —Remus tomó del brazo a su esposa y la ayudó a levantarse. Severus miraba atento el vientre abultado de la detective. Realmente le sorprendía que pudiera moverse con ese bulto del tamaño de una sandía en medio de su vientre. Sin duda, el cuerpo femenino era una maravilla—. No te molesta que te dejemos solo, ¿verdad?
—Al contrario, ya me preguntaba cuando se irían —comentó de manera sarcástica, provocando que la Sra. Lupin sonriera y negara con la cabeza.
—El mismo murciélago de las mazmorras de siempre —respondió—. Estaremos por allá. Si Harry regresa con Teddy, le avisas, ¿ok?
Snape estuvo a punto de lanzar alguno de sus típicos comentarios fuera del lugar, pero la sonrisa de su ex alumna lo conmovió tanto que no se atrevió y tan solo asintió. Miró en silencio como la pareja lo abandonaba en la mesa y se mezclaban entre los otros danzantes, bailando a un ritmo mucho más lento y pausado que ellos.
Se detuvo a pensar un poco en Lupin y Tonks. Realmente se veían felices juntos. Eran la meta de toda pareja: ser una familia feliz, funcional, sana, con la casa bonita, los dos niños y el perro jugando en el jardín. No podía sacarse la imagen de la ex pelirrosa de la mente. Por supuesto que había visto mujeres embarazadas antes, él mismo se pasó cuidando a Narcisa Malfoy durante los nueve meses de su embarazo. Sin embargo, ver a Tonks embarazada y siendo cuidado con dedicación por su esposo despertaba en él cierto sentimiento agridulce de nostalgia.
Sin querer, sus pensamientos se desviaron hacia sus años de casado.
Hubo un tiempo en el que él y Valerie hablaron mucho sobre el tema de tener hijos. A ella le hacía mucha ilusión. A él no tanto. No era que no quisiera, sí lo quería y mucho. Quería formar su propia familia. Anhelaba ser el padre que nunca tuvo, quería cuidar de su esposa, acariciar su abultado vientre mientras dormían y, por sobre todas las cosas, quería llevar a sus hijos al parque un domingo por la tarde y jugar con ellos hasta que cayeran dormidos. Sin embargo, todas esas inseguridades y miedos dentro de su cabeza hicieron que una parte de él rogara internamente para que aquellos óvulos jamás lograsen ser fecundados.
¡Tenía miedo! ¡Mucho miedo!
Él no sabría cómo ser un padre... ¿Y si se equivoca? ¿Y si los lastimaba? ¿Y si… y si ellos terminaban avergonzándose de él o, peor, odiándolo?
Tal vez era un miedo tonto y algo irracional, pero la sola idea de fallarle a esos niños que jamás existieron le aterraba.
Ahora, a sus 42 años, se preguntaba si fue la mejor decisión. No era que se muriera por ser padre, suficiente tenía con sus alumnos y, de por sí, ya sentía que Draco era como su hijo. No obstante, una pequeña parte de él todavía anhelaba vivir esa experiencia de paternidad. Quería ser como Lupin y Tonks. Quería vivir una tranquila vida doméstica, cuidar de un ser indefenso y verlo crecer. Quería llevarlo al colegio, al médico, al parque. Quería preparar sus desayunos y loncheras. Quería sentirse indispensable dentro de su vida, su modelo a seguir, su héroe. No quería ser solo "el tío Snape" que llegaba de visita una o dos veces por semana a pasar un par de horas en Malfoy House antes de regresar a su solitaria vida en Southifelds.
Quería algo propio.
Sonrió con tristeza al darse cuenta de que lo más parecido que tenía a eso era Lamarck. Tal vez no había nacido para ser padre de un humano.
Por lo menos se había ahorrado el fastidioso proceso de cambiar pañales, pensó antes de llevarse su bebida a los labios.
Escuchó un jadeo a su lado y se giró hacia la mesa a su lado izquierdo. Encontró a la Sra. Granger sentándose en una de las sillas libres. La mujer tenía el rostro completamente rojo y unas cuantas gotas de sudor sobre la frente. Su respiración era agitaba, su pecho subía y bajaba de forma constante y una mano yacía sobre su pecho, encima de su corazón, de seguro midiendo la frecuencia de sus latidos. La mujer sintió la fuerte mirada del profesor sobre ella por lo que fue inevitable que volteara a su encuentro.
—La fiesta está animada, ¿no es así, Sr. Snape? —preguntó neutral a modo de romper el hielo.
—Sí, ya lo veo.
—Nunca antes había bailado salsa. Es decir, mi hija es bailarina y siempre nos incita a probar nuevos bailes y todo eso, pero sin duda los ritmos latinos no son lo mío —bromeó acomodándose un mechón castaño rebelde detrás de su oreja. Al sonreír, Snape encontró más similitudes con Hermione de las que pensó—. ¿Qué hay de usted, Sr. Snape? Sirius me comentó que ya están practicando los bailes latinos, ¿no es así? Chachachá, rumba, tango…
En cuanto la palabra "tango" salió de los labios carnosos de Jane Granger, Snape casi se ahogó con su whisky. ¡¿Tango?! ¡TANGO! Él y el "tango" tenían una malísima relación desde que Hermione le había enseñado cómo "bailarlo". El tango era un baile peligroso, muy peligroso ¡PARA ÉL! En fin, Hermione había salido bien parada de su "exploración de bailes", pero él se había ilusionado como un adolescente y quedó como un estúpido ante ella y sus propios amigos. Eso le pasaba por fijarse en jovencitas de la mitad de su edad. Él era el adulto ahí, no ella.
—¿Qué opina, Sr. Snape?
—¿Disculpe? —contestó volviendo a la realidad. Encontró a la Sra. Granger mirándolo atenta, con sus bonitos ojos verdes bien abiertos. Si le estuvo hablando, no la había escuchado en lo absoluto—. Perdoné, la música está muy alta, no la escuché. ¿Qué decía?
—Ah, le comentaba lo difíciles que son los ritmos latinos. ¡Son tan rápidos y sensuales! Yo simplemente no puedo —Snape le iba a dar la razón. Bailar esa categoría era cosa de valientes—. A mi Hermione tampoco le resultó fácil. Una cosa es pasar del ballet clásico al ballroom estándar y otra muy diferente, al latino. Ay, no, cuando mi Mimi se enteró que tenía que aprender a bailar samba, rumba y todos esos bailes, ¡casi se muere! Me decía "Ay, mamá, es no me sale a mí, no me querrán aceptar en las competencias". Hacia todo un drama de eso, pero le diré una cosa, mi niña tiene un talento innato para la danza. Con mucho esfuerzo y dedicación, logró dominarlos tan bien que ganó su primer nacional con 16 años, ¿puede creerlo?
A la Sra. Granger se le iluminaban los ojos cada vez que hablaba de Hermione. En serio podía sentir el amor que aquella madre profesaba por su hija saliendo por cada uno de sus poros. Se notaba que estaba muy orgullosa de ella.
—Pues le doy la razón. Miss Granger ha demostrado ser una bailarina increíble. Me atrevería a decir que la mujer —respondió sonando seguro, pero lo suficientemente formal y distante como para ocultar sus sentimientos—. Bueno, tampoco es que conozca a muchos bailarines. Para mí, todo esto es nuevo. Los bailes, los syllabus, las categorías, absolutamente todo es nuevo. La verdad es que, hasta ahora, a veces no comprendo lo que McGonagall o su hija quieren decir durante sus clases, pero ambas me han demostrado ser unas buenas profesionales que en serio aman y disfrutan lo que hacen —es cierto que McGonagall era más profesional que Hermione en muchos aspectos, pero conocía el esfuerzo que la menor ponía en cada una de sus actividades dentro de la academia. No la iba hacer quedar mal frente a sus propios padres—. Su hija es muy buena bailarina, se nota que ha nacido para esto. También es buena profesora, he visto la dedicación que le pone a las clases. No solo a las nuestras, sino también a los otros alumnos de la profesora. Miss Granger los preparara para los concursos y es un modelo a seguir para ellos. Debería estar orgullosa, ya han ganado algunas competencias... Ella me ha enseñado mucho durante estos meses y... y bueno, me atrevo a decir que ha sido una inspiración.
Jane Granger no supo cómo responder a ello por lo que solo se atrevió a esbozar una tímida sonrisa. Por dentro, se conmovió un poco por aquellas palabras dichas con tanto respeto hacia su única hija. Había pasado mucho desde la última vez que Hermione y ella habían hablado. Hablar de verdad, hablar como solían hacerlo antes. Desde que se había mudado a Londres, sentía que conocía a su hija cada vez menos. Así que tener una opinión sincera y amable de una persona de su misma edad la tranquilizaba un poco. Implícitamente, le estaba diciendo que había hecho un buen trabajo con esa niña y que ella se encontraba bien o, que al menos, aparentaba estar bien.
Por otra parte, Snape estaba a punto de entrar en pánico al no obtener una respuesta de la mamá de su maestra de baile. ¡No podía creer que en serio había dicho eso! "Me atrevo a decir que ha sido una inspiración". ¡¿Pero en qué estaba pensando?! ¿Cómo se le ocurrió decir algo así delante de ella? Agradecía haberlo dicho de forma neutral pues, si se hubiese dejado llevar por sus sentimientos, solo se habría puesto en evidencia y asustado a la pobre señora.
Ahora, si bien la Sra. Granger no sabía cómo responder a eso, el Sr. Granger sí.
Thomas Granger arrastró una silla para sentarse al lado de su esposa, mirando en dirección a Snape. En una de sus manos sostenía un vaso agua el cual entregó a su mujer, obteniendo un tímido "gracias" como respuesta.
—Bueno, si me permite interrumpir, eso no es sorpresa. Hermione siempre ha sido una niña muy dedicada en todo lo que hace, Sr. Snake.
Severus frunció el ceño. ¿Snake? ¿Acaso había escuchado mal?
—"Snape", Thomas, "Snape" —murmuró entre dientes la mujer forzando una sonrisa—. Perdónelo, de seguro escuchó mal su nombre la primera vez.
—Sí, lo siento, Sr. Snape.
—No se preocupe —gruñó el profesor entre dientes mientras se llevaba su bebida a los labios, volviendo su atención a los invitados en la pista de baile—. ¿Me decía?
—Sí, eh, le decía que no es de sorprenderse que sea una buena profesora. Mi hija siempre ha sido muy dedicada con todo lo que se propone hacer. Es algo que admiro de ella. Siempre le he dicho que si iba a hacer algo debía hacerlo bien y me da gusto que lo siga haciendo por lo que me cuenta. No solo fue una de las mejores bailarinas que tuvo este país, también era una de las mejores estudiantes de su colegio, la primera de su clase. Es muy inteligente y capaz.
—Así es, Sr. Snape. Hermione siempre sacaba las mejores calificaciones cuando estaba en la escuela. Siempre era el primer puesto al finalizar el año escolar. También era una niña muy competitiva, le gustaba participar en todo concurso que hubiese en el colegio: matemáticas, debate, deletreo, de todo. Siempre sacaba algún diploma de honor —la mujer hizo una pausa sonriendo de lado, seguro acordándose de algo del pasado—. Sí que amaba competir.
—Ya lo noté —respondió Snape dándole otro sorbo a su whisky—. A Miss Granger en serio le apasionan las competencias. Pregúntele a sus alumnos del primer turno. Ella siempre saca lo mejor de ellos para hacerlos ganar.
—Me imagino, Sr. Snape. Lástima que competir se convirtiera en su obsesión —el pelinegro frunció el ceño volviendo la atención al Sr. Granger. ¿A qué se refería con ello? La Sra. Granger se giró hacia su esposa, cambiando su expresión amable por una seria—. Mi hija siempre ha sido muy competitiva, tal vez demasiado. Tiene una obsesión con eso de "ser la mejor". Tanto así que dejó de lado los estudios para concentrarse en competir en todo syllabus y open al cual fuese invitada.
Snape frunció el ceño en su dirección. El Sr. Granger se escuchó algo decepcionado en aquella última oración y no sabía por qué. ¿Acaso se estaba perdiendo de algo? Al instante, su esposa saltó a defender a su hija.
—Thomas, eso no es del todo cierto. Hermione siempre ha sido la mejor de su clase, se graduó con honores del colegio. Sus profesores decían que sería una de las mejores profesionales de su generación.
—Pues de nada le sirve esos halagos si no tiene una carrera ni un título.
Snape dejó el vaso vacío sobre la mesa en completo silencio. Parecía que tanto Thomas como Jane Granger habían olvidado que estaban hablando de su hija con un completo extraño. No era momento de pelear sobre las decisiones de la "niña", por el contrario, deberían intentar resaltar sus logros. Eso le molestaba en demasía. De por sí, no soportaba a los padres que venían al colegio en busca de asesoramiento sobre qué carrera debería elegir su hijo al momento de egresar de Hogwarts. Muchos de ellos querían un hijo abogado o médico cuando tenían a un futuro gran deportista o un escritor en potencia en sus casas. Si no podía soportar eso de los padres de unos niños que no tenían ninguna relación con él, mucho menos podría soportarlo de los padres de alguien a quien realmente apreciaba.
—Si no me equivoco, su hija ya es una profesional, ¿no es así? —interrumpió soltando un suspiro largo y cargado. Los Sres. Granger lo observaron atentos, aparentemente sin tener idea de a qué se refería— Es una bailarina profesional, una profesional de la danza. Tal vez no tenga un título en físico ni una tesis firmada por el rector, pero es una profesional, al fin y al cabo. Ella ha pasado toda su vida estudiando y preparándose para ser lo que es ahora. Una carrera universitaria promedio lleva entre cinco o seis años, diez si vas a medicina. Si no me equivoco, Hermione lleva toda su vida estudiando danza desde los tres lo cual harían como… ¿unos 20 años, tal vez? Sí, 20 años de estudios. Eso la convierte una profesional en todo el sentido de la palabra.
—Bueno, Sr. Snape —empezó el hombre de castaños cabellos rizados—, me temo que no me refiero a ese "tipo" de profesional. Hermione planes antes de obsesionarse con esta "carrera" de bailarina. Verá, creemos que Hermione podría ser más que una simple bailarina. Es muy inteligente, fácilmente podría entrar a cualquier universidad en el país. Sabe, ella quería ser odontóloga.
—Creí que quería ser médico —lo interrumpió su esposa.
—No, eso era antes —respondió frunciendo el ceño algo confundido y, luego, añadió con cierta ilusión—. ¿Todavía quería ser médico?
—No, ya sabes que sigue empecinada con esto de ser bailar.
—¿Puedo preguntar qué tiene de malo que quiera ser bailarina? —Snape levantó la mano y llamó a uno de los meseros para que rellenara su vaso— Creo que es muy, eh, muy valiente de su parte intentar ganarse la vida por medio de su pasión. No todos podemos hacer lo que nos gusta y ganar dinero por ello. Deberían estar felices, es muy talentosa y no lo digo solo yo, también otras personas del medio.
—No nos malinterprete, Sr. Snape, por supuesto que lo estamos —contestó esta vez la Sra. Granger, sonando firme, pero aparentando amabilidad. Tal y como lo supuso, a ningún padre le gustaba que cuestionaran su posición ni trato a sus hijos—. Sin embargo, esto no era lo que teníamos en mente. Hermione empezó a bailar de pequeña tan solo para matar el tiempo, se suponía que sería una actividad que la mantendría ocupada mientras nosotros trabajábamos. Luego se volvió un hobby y eso estaba bien, ¿sabe? Toda persona necesita un pasatiempo que lo relaje, pero luego… se volvió una obsesión… prácticamente bailaba hasta que le sangraran los pies.
Aquella confesión alarmó al profesor, provocando que los músculos de su cuello se tensaran. Al instante, recordó los lastimados pies de la castaña. Rojos, arqueados y poco agradables a la vista. Ella le dijo que era por el ballet y ahora sus padres le decían que ella misma se los provocó.
Al parecer, Hermione prefería mantenerse guardadas algunas cosas.
—Sr. Snape, no piense que no quiero que Hermione baile, es todo lo contrario. Adoro verla bailar, soy su fan número uno… Como padre, siento tanta alegría cada vez que veo a mi hija bailar feliz en esos enormes salones que siento que el corazón no me cabe en el pecho. Hermione es mi orgullo, nunca me he perdido ninguna de sus presentaciones y siempre le aplaudo hasta que las manos me ardan. Usted comprende. Es esa sensación que tienes cada vez que ves a tu hijo en la actuación el colegio y te llenas de orgullo.
No. No lo comprendía porque él jamás había experimentado algo así, al menos no como padre, pero no necesitaba serlo para tener una idea de lo que el Sr. Granger intentaba describirle.
Él podía leerlo en sus ojos.
—Sin embargo, también como padre, me preocupa su futuro —continuó bajo la preocupada mirada de su esposa—. Bailar no le traerá la seguridad que una carrera sí. Hermione tiene mucho potencial y siento que lo está desperdiciando en una "carrera" momentánea, una carrera que no tiene futuro —el hombre titubeó un poco y luego continuó—. No me negué cuando quiso seguir bailando porque pensé que solo sería un hobby y me hacía feliz que fuera persistente y que cada día se esforzara para ser la mejor. Solo le pedí que no descuidara sus estudios. Ella cumplió por un tiempo, pero luego dejó todo de lado por los concursos.
—Sr. Snape, la educación de Hermione es muy importante para nosotros. La hemos enviado al mejor colegio que hemos podido pagar y ha tenido tutores particulares cuando iba mal en algún curso —añadió Jane apresurada—. Mi Hermione es muy capaz y muy inteligente. Ella estudiaba muy duro y se volvió la mejor de su clase. Así que cumplimos con nuestra parte del trato y la apoyamos con sus competencias. La llevábamos a cada concurso que la invitaban, comprábamos sus vestidos, pagábamos su academia.
—Pero luego del accidente… —el hombre se mordió la lengua para no continuar. En sus ojos miel, Snape encontró dolor, mucho dolor reprimido—. Pensamos que lo mejor sería que abandonara esto. Ella necesita seguridad, estabilidad y, por sobre todas las cosas, necesita volver a estudiar. Sr. Snape, nosotros no somos millonarios y tampoco tenemos ni edificios ni negocios grandes. Lo único que le dejaremos a Hermione serán sus estudios universitarios. Consideramos que Cambridge es su mejor opción. Es una de las mejores universidades del Reino Unido. Jane y yo estudiamos ahí.
—Es una buena opción. Tienen la mejor facultad de matemáticas de Inglaterra y una vez estuve en su biblioteca. Era una completa maravilla… Leí que habían abierto un nuevo programa de becas —los Granger asintieron entusiasmados—. Realmente es una buena opción. Tengo muchos alumnos de último año que planean estudiar allá.
—Y nosotros quisiéramos que Hermione también estudiara allá y haga algo con su vida. Lleva casi cuatro años con la misma historia de su "triunfal regreso". Ya tiene 23 años, no será joven por siempre y cada vez es más difícil que a los jóvenes les den trabajo. Si de por sí ya es difícil que un joven recién egresado de universidad consiga trabajo, imagínese como debe ser para aquellos que no han estudiado —Snape asintió lentamente. En parte, los Granger tenían razón. A menos que tuvieras influencias y conocidos en las altas esferas como su ahijado Draco y sus otros sobrinos, realmente era difícil que un alumno recién egresado consiguiera trabajo sin tener "experiencia laboral previa", pero tampoco podían obtener esa experiencia laboral si nadie los contrataba. El mundo laboral adulto no era nada fácil, mucho menos ahora que había tanta competencia en todos los campos—. Y, personalmente, no me agrada para nada la idea de que Hermione viva de la caridad de otros, en especial, del Sr. Black, no es su obligación.
—¿Caridad?
—¿En serio cree que una chica de 23 años, sin estudios y que trabaja como ayudante en una academia de baile venida a menos puede pagarse por su cuenta un departamento en Londres, una de las ciudades más caras del Reino Unido?
Snape volvió su atención a la pista de baile. Al frente, dirigiendo a los invitados, Julián y su equipo de baile les estaban enseñando a todos los pasos básicos de salsa y las alegres risas de los invitados se mezclaban con el compás de animadas canciones. Encontró a Luna bailando en compañía de Neville, siguiendo de cerca los pasos de Julián como si estuvieran en clases. Al otro lado, Ginny Weasley y Harry Potter bailaban con torpeza junto al pequeño Teddy. No pudo encontrar a los Lupin, pero supuso que estarían bien.
El Sr. Granger tenía razón. Un departamento en Londres, por más que fuera en una zona un poco más accesible como Wimbledon, seguía siendo caro. Hermione ya le había confesado que nunca podría pagar ese alquiler por su cuenta. De por sí, se las ingeniaba a diario para obtener más dinero con pequeños trabajos esporádicos además del que ya tenía en la academia. Ya no bailaba de manera profesional por lo que tampoco contaba el dinero de los patrocinadores como solía hacerlo y, sin estudios, no podría obtener un trabajo que no implicara servir mesas o acomodar almacenes en centros comerciales. Si Hermione quería seguir manteniendo la vida de "adulta independiente" que tenía hasta ahora y, a la vez, hacer felices a sus padres, o se ponía a estudiar o volvía a las competencias y recuperaba a sus patrocinadores.
No había más opciones.
Tal vez ahora podía entender porque la bailarina no quería visitar a sus padres.
—¿Qué están haciendo?
Snape levantó la cabeza cuando escuchó la tan familiar voz de la castaña frente a él. Hermione se había acercado a los tres adultos y ahora se mecía con suavidad, con las manos escondidas tras la espalda y agitando la falda de su vestido. Tenía la cara algo roja y su cabello ligeramente despeinado, como si el efecto del mousse ya se estuviera acabando. La joven dio un paso al frente y dudó antes de elegir dónde sentarse. Al final, optó por hacerlo en la mesa de sus padres.
—¿Disfrutan la fiesta?
—Sí, mi vida, está muy animada —comentó su mamá estirando su mano para alcanzar la de ella—. Justo le estaba comentando al Sr. Snape sobre los ritmos latinos... Mimi, amor, estás roja. Te pediré un vaso de agua —exclamó levantando la mano para que alguno de los empleados fuera a atenderla.
Hermione apartó la mirada de su madre y la posó en Severus. Los ojos miel se encontraron con los negros y ella enmarcó una ceja.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué tanto hablaron ustedes? Espero que no lo hayan aburrido con sus historias de endodoncias, Sr. Snape
Snape sonrió de lado y le dio un sorbo a su vaso otra vez lleno— Las encontré fascinantes, Miss Granger.
—El Sr. Snape nos contaba que estás haciendo un gran trabajo con los chicos de la academia —comentó su madre, pasándole el vaso de agua que el mesero le acababa de entregar—. ¿Por qué no nos invitas a alguno de esos eventos? Queremos conocer a tus alumnos, ¿no es verdad, Tom?
—Así es. Queremos ver qué tanto han aprendido. Una cosa es bailar y otra muy diferente, enseñar —comentó el papá tomando la mano libre de la castaña. Hermione sonrió algo avergonzada y desvió su mirada hacia cualquier otro lado, incapaz de ver a Snape sin sonrojarse—. ¿Cómo van tus clases con McGonagall? El Sr. Black dice que ya están listos para la competencia.
—Sirius tiene la mala costumbre de hablar de más, papá. Aún necesitamos ensayar. Sobre todo, el Sr. Snape quien se me ha escapado este último mes y, ahora, me toca volver a ponerlo en forma si quiere concursar en marzo —comentó de forma burlona, arrancándole una sonrisa de lado—. Todavía quiere competir con nosotros, ¿verdad, Sr. Snape?
Los tres Granger se giraron a observarlo con detenimiento, incomodándolo demasiado. ¡Pero qué fascinación tenía cada miembro de esa familia por mirarlo! ¿Qué no les habían enseñado que mirar fijamente a alguien es de mala educación?
—Consultaré mi agenda primero, Miss Granger.
—Hablando de concursos, —interrumpió la madre soltando un suspiro—, ¿cómo vas con tu regreso? ¿Qué dice McGonagall al respecto? ¿Ya te has puesto en contacto con el Sr. Poe?
Hermione sonrió incómoda, esa era la sonrisa más falsa que alguna vez le había visto. Estaba claro que le seguía incomodando hablar de su regreso a los concursos frente a otras personas, en especial, frente a sus padres. Se terminó el contenido de su vaso de agua y formuló una respuesta apropiada que logrará calmar el interrogatorio de sus padres.
—Aún estoy en eso —murmuró en voz baja—. Pero será pronto o al menos eso espero. Estuve hablando con algunas personas y estamos considerando opciones.
—Me alegro, cariño.
—Sabes, estuve hablando con mi amigo de Cambrigde, tu tío Elliot...—
—Papá, por favor.
—Pero escucha. Tu tío Elliot me estuvo comentando que la universidad abrió un nuevo...—
—Hoy no, papá. Te lo pido.
—¿Bailamos, Miss Granger?
Snape se terminó su whisky y, paso seguido, se levantó de su asiento para estirar su mano en dirección a la castaña, complementando su invitación a bailar. Hermione levantó la mirada y lo observó atónita. Para ella, Snape era lo más parecido a un salvador en ese momento porque en serio necesitaba que alguien la salvara de aquella incómoda situación. Las comisuras de sus labios temblaron y luego formaron una sonrisa completa, revelando aquel par de incisivos ligeramente grandes.
—Pensé que no querría bailar, Sr. Snape —comentó la madre—. Se la ha pasado sentado toda la fiesta. Además, recuerdo que me dijo que los ritmos latinos no eran lo suyo.
—Bueno, esto es una fiesta, ¿no? Se debe bailar —Hermione se puso de pie al instante, alisándose la falda con ambas manos antes de tomar la de Severus la cual aún seguía extendida hacia ella—. Además, creo que es momento de retomar las clases y qué mejor que con un nuevo género, ¿no les parece? —Hermione tomó a Snape del brazo y se aferró a este, acercándose lo más que podía al cuerpo de su alumno— ¿Nos vamos, Miss Granger?
—Por supuesto —respondió ella sonriendo—. Vamos, me gusta esta canción.
Hermione guio a Snape por la pista de baile hasta que estuvieron lo suficientemente lejos del alcance de sus padres. Tomó ambas manos del profesor con las suyas y empezó a moverlas en círculos, acompasándose con el ritmo de la música. Snape la imitó, dejándola jugar con sus manos e imitando el movimiento de sus pies. Uno, dos, tres y cuatro. Un, dos, tres y cuatro. Abre, cierra, abre, cierra. Estaba algo fuera de práctica, por no decir mucho, pero Hermione estaba haciendo un gran trabajo guiándolo en el baile.
Como siempre.
—Te pido perdón por mis padres.
—¿Qué?
—Mis padres, ellos… —la joven suspiró apenada. Sus cejas estaban curveadas hacia arriba, cargando su frente con preocupación— ellos pueden ser un poco, eh,…—
—No serás ni la primera ni la última que tenga conflictos con sus padres, Granger —consoló. Quiso completar la oración de la castaña, pero le pareció grosero calificar a sus padres frente a ella—. Parece que no están de acuerdo en muchas cosas. ¿Me equivoco?
—Siguen molestos porque me fui de casa sin su consentimiento —respondió evitando su mirada sobre ella—. Creo que no entienden que yo ya no los necesito. Ya soy una adulta, tengo un trabajo, tengo mi propia vida. No es la mejor, pero es mía y, sabes, funciona para mí… —la joven hizo una pausa. Snape no se atrevió a interrumpirla—. Solo soy una decepción para ellos. Desde mi accidente, ninguno de los dos quiere que siga concursando. Supongo que tienen miedo… Pero si no puedo competir, no sé qué más hacer —sus ojos miel se encontraron con los de él, suplicantes y hermosos—. Severus, bailar es todo lo que tengo, es todo lo que soy.
—Creo que ellos solo quieren ayudarte.
—¡Pues no lo hacen! —exclamó captando la atención de algunos invitados. Avergonzada, bajó la voz— No lo hacen, Severus. Dicen que me quieren, pero no me dejan hacer lo que realmente quiero. ¡Yo sé que puedo volver! O, al menos, eso creo. Solo necesito una oportunidad. No quiero pasar el resto de mi vida en un consultorio odontológico haciendo endodoncias y poniendo brackets. Yo pertenezco a las pistas baile, Snape… ¡Ni siquiera sé por qué vinieron si se la van a pasar hablando de Cambridge e insistiendo que yo estudie allá!
—Solo están preocupados por ti, como todo padre —Snape soltó una de sus manos y la llevó a su barbilla para levantar su rostro—. No tienes idea de la cantidad de padres que llegan a Hogwarts pidiendo consejo cuando sus hijos les informan que no serán abogados o ingenieros y, en su lugar, quieren estudiar en Le Cordon Bleu o en el RADA —Hermione puso una expresión triste en su rostro. Su labio inferior sobresalía de forma tierna y temblaba ligeramente—. A veces es difícil para ellos aceptar que no es su decisión. Tienen miedo de que sus hijos terminen desempleados y con los sueños rotos. Prefieren "asegurarles" un futuro económicamente más estable.
—Pero no es como que puedan "asegurarles" el éxito. ¡Es imposible! Todo depende de tu capacidad… Y creo que ellos dudan de la mía —la joven se alejó y volvió a poner distancia entre ellos, bailando demasiado lento como para seguirle el ritmo a la música—… De hecho, yo también dudo de eso y tengo miedo… En serio, lo estoy intentado. He hecho algunas llamadas y busqué a mis amigos de cuando bailaba para pedirles ayuda. La oportunidad está ahí, Severus, pero no sé si pueda volver a ser la que era antes del accidente. Tal vez ya no sea lo suficientemente buena. No era solo yo, era un equipo… ¿Qué pasa si mi nueva pareja y yo no congeniamos? ¿Qué pasa si no tenemos química y fracasamos? No quisiera arruinar su reputación tampoco. Suficiente tengo conmigo.
—Hermione, debes tener más confianza en ti misma —respondió disminuyendo la frecuencia de sus pasos hasta convertirlo en su suave balanceo de un lado a otro—. Eres la mejor bailarina de ballroom que conozco.
—Creo que soy la única bailarina de ballroom que conoces —sonrió.
—¿Qué te hace pensar eso? —respondió con aires de misterioso, jugando con la jovencita— Te recuerdo que la profesora McGonagall también fue una bailarina alguna vez. Además, yo también tengo mis contactos.
Hermione ensanchó su sonrisa y negó con la cabeza—. ¿Debería estar celosa, Sr. Snape? No se atreverá a cambiarme por otra bailarina, ¿verdad?
—Ni que estuviera loco. ¿Quién más soportaría que le pisara los pies?
Hermione soltó una risilla que, para Snape, era como música en sus oídos.
Y hablando de música, la orquesta decidió cambiar de género, dándole un descanso a la alegre salsa por una baile más lento y más sensual como lo era la rumba. El sonido de los tambores y las congas inundaron todo el interior del Salsa Temple. Las parejas danzantes cambiaron su animado baile por suaves balanceos abrazados el uno al otro. Hermione y Snape no fueron ajenos a ello y, al instante, Snape descansó sus manos sobre el cuerpo de la castaña. La mano izquierda sobre sus omoplatos y otra sobre su cintura. Hermione se apegó su cuerpo, elevándose sobre sus pequeños tacones para lograr envolver con sus brazos el cuello del mayor.
—Lo que quiero decir, Miss Granger —retomó mientras se balanceaba de un lado al otro sujetando el cuerpo de la bailarina junto a él—, es que, independientemente de la pareja que escoja, todo depende de la determinación y el compromiso que usted le ponga a esto. Si realmente quiere convertir su pasión en su profesión, debo informarle que habrá muchas caídas en el proceso. Es parte de volverse adulto, es algo que nunca te dirán ni en una universidad ni en un libro —Hermione asintió cabizbaja y apoyó su cabeza sobre el pecho del profesor, aspirando el olor de su colonia la cual encontró agradable—. Y yo sé que usted es una mujer muy capaz. Solo necesita confiar un poco más en usted misma y aprovechar esta oportunidad. ¿Entendido? Usted me dijo que empezaría a ser responsable, así que es momento de demostrarlo.
Hermione volvió a asentir, cerrando los ojos y dejándose llevar el sonido suave de la música. Entrelazó sus dedos detrás del cuello de Snape y dejó que él la meciera a su propio ritmo, sintiéndose segura mientras se refugiaba en sus brazos.
Necesitaba el apoyo de alguien y agradecía que ese alguien fuera él.
—Además, si su problema de falta de pareja persiste, creo que Black estaría encantado de incursionar en el mundo del ballroom. Realmente se ve entusiasmado con el concurso. Estoy seguro que, si le gusta la experiencia, tendrás a un alumno más que entrenar para futuras competencias. Obviamente no en la categoría junior, pero sería tu incursión en la categoría senior —la bailarina soltó una carcajada, captando la atención de los demás invitados quienes los observaban curiosos—. Y si su plan B falla, aún tiene su plan de respaldo.
—¿Plan de respaldo?
—Sí… A mí.
Hermione se detuvo casi abruptamente, retirando los brazos del cuello de Snape y observándolo atónita. Sus carnosos labios formaban una pequeña "o" que dejaba ver sus incisivos y sus ojos miel brillaban como los de un pequeño cachorro indefenso. Por último, no podía ser Hermione Granger si sus mejillas no estaban sonrojadas y, justo ahora, su cara estaba tan roja como su vestido. Esta vez no por el baile, sino por la vergüenza.
Pero Hermione no era la única avergonzada. Las orejas de Snape, ocultas por su cabello, también estaban rojas. Solo después de que terminó su oración, Severus Snape fue consciente de la magnitud de sus palabras. Ninguno fue capaz de sostener la mirada por más tiempo por lo que, de inmediato, se separaron, poniendo una prudente y sana distancia entre ellos.
"En serio, debes pensar antes de hablar, Severus Snape", se reprendió.
—¿Ya no quieres ser más profesor? —logró formular.
—Bueno, ya sabes que ser profesor no era mi plan A —respondió pasándose una mano por su cabello— y, dado que mi plan B me tiene estancado en el mismo lugar desde hace más de 10 años, tal vez considere usar el plan de respaldo.
—¿Y su plan de respaldo es convertirse en un bailarín de ballroom?
—Digamos que uno se adapta a las circunstancias —Hermione negó con la cabeza, mordiéndose de forma juguetona el labio inferior—. No contemplo la idea de ser un bailarín a mi edad, pero si las circunstancias me obligaran a ello, supongo que podría considerarlo.
La orquesta empezó otra canción, también del mismo género, pero ligeramente más rápido, muy propia del tipo de rumba que se tocaba en los eventos de ballroom. Hermione inclino su cabeza a un lado y preguntó confiada.
—Veamos si tiene madera de bailarín, Sr. Snape. ¿Puede decirme que baile es este?
—Rumba, Miss Granger.
—¿Y podría demostrarme cómo se baila?
— Por supuesto —respondió parándose completamente erguido y acortando el espacio entre ellos. De manera segura y confiada, tomó una de sus manos y la otra la posó sobre su omóplato, manteniéndola muy cerca de él, posesivamente, tal y como lo harían en la privacidad del estudio de baile en Earl's Court—. Tuve una muy buena profesora.
—Esperemos que haya prestado atención en clases.
Snape levantó soltó su mano para elevar la suya hacia el rostro de la castaña y rozarlo apenas, con delicadeza, como si tan solo quisiera delinear si silueta con sus manos. La castaña empezó con el tortuosamente lento balanceo de sus caderas, como si fuese un ocho, marcando el ritmo de los compases con cada golpe de su cadera. Snape la mantuvo cerca un par de segundos, jugando con su mano libre, haciendo movimientos largos y lentos hasta que la música cobró un poco más de intensidad y pudo apartarla de él y hacerla girar con total rapidez.
Hermione había bailado rumba millones de veces, no necesitaba ni de indicaciones ni de una coreografía detallada para bailar, tan solo se estaba dejando llevar por el ritmo que Severus imponía. Su cuerpo hacia el resto. Una mano se sujetaba con firmeza de la de Snape y la otra subía y bajaba en delicados aleteos antes de pasarse por todo su cuerpo, rozando con la tela de su vestido y subiendo por su torso hasta llegar a su cuello, exponiendo su piel a la vista de todo el mundo.
Snape la hizo girar una vez y ella complementó el movimiento con tres giros más, levantando las piernas de manera rápida una tras otra para completar los giros, provocando que su falda roja ondeara vaporosa en el aire. Su cadera chocó contra la de Snape, indicándole que habían vuelto a cerrar el espacio entre ellos y, ahora, se encontraban peligrosamente cerca. Ambos danzantes levantaron uno de sus brazos y juntaron sus manos en el aire, descendiendo lentamente hasta sus centros, sin dejar de mirarse ni un solo segundo.
"La rumba, Alex, es un baile de pasión. Sientes pasión por ella. ¡Demuéstralo!"
Podía escuchar la clara voz de Hermione retumbando por su cabeza, dictando de manera precisa todos los pasos que debía seguir para un perfecto desarrollo de su performance. Qué suerte que sí había prestado atención a todas sus clases juntos. Al instante, recordó aquellos consejos que ella les había dado a sus otros alumnos días previos al Syllabus del Albert Hall. ¡Las caderas! No debía olvidar las caderas. La rumba era un baile muy sensual que implicaba muchos movimientos circulares de caderas y créanme cuando les digo que estos no faltaron.
"La confianza debe brotar de tus poros. Debes exponerla al mundo, tú eres su marco y ella, la obra".
Sin soltar su mano, la hizo girar tres veces hasta dejarla frente a él, su espalda contra su pecho, de forma que era capaz de apoyar su barbilla sobre su cabeza, permitiéndole aspirar el aroma de su shampoo. Olía a vainilla. Sujetándose de su mano Hermione dio dos pasos hacia al frente, hasta donde el largo de ambos brazos les permitía. Cuando llegó al tope, estiró una pierna hacia adelante, levantándola casi hasta la altura de su cadera. Su peso se apoyaba en su pierna izquierda, doblada ligeramente para soportar el extremadamente lento descenso.
"Luego, la tomas entre tus brazos como si fuese a desaparecer".
En cuanto puso el otro pie en el suelo, Snape la hizo girar hacia él, atrapando sus caderas con ambas manos. Sus manos temblorosas subieron por su torso hasta apoyarse en sus costillas, haciendo vibrar a la bailarina. Logró escuchar una fuerte inhalación por parte de Hermione, como si se estuviese conteniendo para no gritar. La castaña cerró los ojos y, como si fuese un helado en un día muy caluroso, se derritió entre sus dedos, dejándose caer hacia atrás. Snape reaccionó al instante, dando un paso hacia ella y sujetándola con ambos brazos para evitar que cayera.
Tenía una autentica expresión de miedo plasmada en su cetrino rostro. ¡Eso había sido muy inesperado! Hermione solo había confiado en él y se había lanzado al vacío, confiando en que la sostendría. Su espalda se arqueó como la de un gato, sus brazos colgaban a los lados y su cabello rizado caía como cascada intentando tocar el suelo. Snape observó hipnotizado los brazos de Hermione jugar, realizando delicados movimientos antes de reincorporarse otra vez.
"Le das la vuelta, acércala hacia ti con pasión y, por último, la dejas ir".
Hermione dio una vuelta, envolviéndose en su brazo. Apoyó su mano por un segundo sobre su pecho y luego volvió a girar, desenvolviéndose hasta estirar los brazos todo lo que podían, dejándolos totalmente apartados, mas unidos por sus manos y sus miradas avergonzadas, pero felices.
Justo en ese momento la canción terminó y los invitados les aplaudieron complacidos por aquella increíble demostración. Solo cuando los aplausos aumentaron su intensidad, Snape soltó su mano, dejándola suspendida en el aire. Sus orejas le ardían y la cabeza le palpitaba. Era demasiada atención, estaba siendo el foco de las miradas y, siendo honestos, eso lo abrumaba. Lo abrumaba demasiado. Inseguro, abandonó aquella postura erguida para encogerse en sí mismo, su cabello cayendo ligeramente sobre su rostro, escondiéndolo de todo el mundo.
—Sonríe —sugirió la castaña acercándose a él y tomando su mano, sin importarle que todos pudieran verlos—. Te están aplaudiendo.
Snape levantó la cabeza y observó a los invitados rodeándolos, todos sonriendo y aplaudiendo con fuerza. Encontró a Luna y a Neville juntos, vitoreándolos. A Sirius junto a McGonagall; él silbando y ella aplaudiendo con elegancia. A los Lupin sonriéndole y mostrándole los pulgares en alto. Incluso el pequeño Teddy Lupin aplaudía sentado sobre los hombres de Potter en compañía de la Srta. Weasley. En realidad, todos les estaban aplaudiendo.
¿En serio le estaban aplaudiendo? ¿A él? No, no a él. A ella… A ellos.
—Ahora, haga una reverencia, Sr. Snape. Así.
La joven inclinó la cabeza a modo de un saludo cortés a sus invitados. Snape la imitó, inclinándose ligeramente y con algo de torpeza hacia adelante. Hermione levantó su mano aún sujetando la de Snape y volvió a hacer una reverencia, arrastrando al profesor con ella.
Desde su cómodo lugar en la mesa, los Sres. Granger miraron la escena en silencio, aplaudiendo despacio. Tal vez más por compromiso que por deseo propio.
No pasó mucho para que los invitados empezaran a dispersarse otra vez por el club; algunos acercándose a felicitar a la pareja por el espectáculo; otros, yendo directo al bar en busca de otro trago. Una de las personas que se acercó fue Ginny Weasley quien se inclinó sobre su mejor amiga y susurró algo a su oído. Debió ser algo buena pues el rostro de la castaña se iluminó al instante.
—Ya está todo listo para tu anuncio. Te esperó arriba.
¿Anuncio?
¡Cierto! ¡El anuncio sorpresa de Hermione!
Lo había olvidado por completo.
—Es verdad. Dijiste que nos tenías una sorpresa —Hermione se dio la vuelta sonriente—. ¿Qué es?
—Lo sabrás en un minuto. Debo irme —ella le dio un abrazo y susurró a su oído—. Gracias por todo.
Hermione desapareció detrás de Ginny Weasley, corriendo en dirección al pequeño escenario donde los músicos ya se habían detenido para darle espacio a la cumpleañera. Snape sonrió de lado y volvió sobre sus pasos, directo a la barra para pedirse algo de agua y buscar dónde sentarse. Él jamás se dio cuenta, pero tenía una sonrisa tonta en su rostro. Una pequeña y algo extraña sonrisa tonta.
—Su atención, por favor —la voz de Ginevra Weasley resonó por los parlantes. Ginny se encontraba hablando frente al micrófono, jugando con su largo cabello lacio—. Muchas gracias. Eh, bien, amigos, nuestra cumpleañera, Herms, tiene un anuncio muy importante para todos así que, aquí la tienen.
Hermione se acercó frunciendo el ceño hacia su amiga y sonriendo de forma confusa. Ginny se retiró levantando los hombros y sacando la lengua, corriendo lejos de ahí.
—Eh, gracias, Gin, por tan linda introducción —bromeó aligerando el ambiente—. Eh, hola a todos, gracias por venir a la fiesta, espero que lo estén disfrutando y bailen mucho. Quiero agradecer a Louis que debe estar por algún lado —de repente, un par de gritos se escucharon detrás de la barra. Se trataba de un par de trabajadores que señalaban a un hombre de mediana edad junto a ellos, de seguro el tan famoso "tío Louis" —. Gracias, Louis, por dejarnos usar tu club y también quiero agradecer a Julián y a los chicos por ayudar con la fiesta. El lugar está precioso, muchachos, y la comida estuvo fantástica. Muchas gracias.
Hermione aplaudió en dirección a los trabajadores del Salsa Temple y los demás asistentes la imitaron.
—También quiero agradecer al señor Sirius Black por ser la mente maestra detrás de todo esto. Sirius, muchas gracias, no debiste molestarte, pero te lo agradezco. ¡Ya necesitaba salir de fiesta! —su broma fue correspondida con un par de risas—. Por cierto, chicas, he visto que muchas han estado bailando con el Sr. Black. Sí, está soltero, pero no se hagan ilusiones. Este hombre es difícil de cazar.
—Me doy a desear que es diferente —escuchó el grito del mencionado por alguna parte del club, pero no pudo identificar de dónde.
Hermione negó con la cabeza y prosiguió.
—También quiero agradecerles a todos por venir. Los extrañaba a todos. Gracias a mis amigas de Cambridge que están aquí, gracias por hacer el viaje. A mis chicos de la academia, la profesora McGonagall, a mis amigos de las competencias. Gracias, Viktor, yo sé que vienes desde muy lejos, así que muchas gracias por venir. También a Padma y a Parvarti, muchas gracias, chicas. A mi familia que también están aquí. A mis primos, tíos, mamá, papá, gracias por venir. En serio, gracias a todos, significa mucho para mí. También quería agradecer a una persona especial que está aquí y que, bueno, eh… —la joven empezó a ponerse roja. Se pasó las manos por el cabello, jugando un poco con este. Su pierna derecha se sacudía de arriba abajo como un intento de calmar sus nervios— ha sido de mucha ayuda durante estos últimos meses. No voy a decir nombres, ella sabe a quién es.
Ante aquella declaración, Snape se tensó sobre su asiento. ¿Se estaba refiriendo a él? Intentó buscar la mirada de Hermione, pero ella no lo estaba mirando. Tal vez era para no levantar sospechas o tal vez por vergüenza. Sin embargo, algo dentro de él le decía a gritos que se estaba refiriendo a él.
—Esta persona ha sido un completo apoyo y una guía para mí. Me ha enseñado mucho, me ha dado increíbles consejos, me ha enseñado a ver más allá de mi nariz, ha expandido mis límites, ha cambiado mi forma de ver el mundo —humedeció sus labios y sacudió ligeramente la cabeza para quitarse los nervios—. En realidad, ha hecho mucho por mí, demasiado, y siempre le estaré agradecida. Eh, hemos tenidos nuestros altercados, pero siempre ha estado ahí para sacudirme y darme un buen consejo. En serio, lo considero un gran amigo. Un muy buen… amigo.
Por alguna razón, Snape sintió que su corazón se encogía sobre su pecho. No había nada de malo con ser su amigo, al contrario, ni él mismo podría encontrar una palabra más adecuada para describir su relación, pero sabía muy bien que eran "más que amigos".
Los amigos no hacían el amor, ¿verdad?
—Esta persona una vez me dio un consejo que creo que es el mejor consejo que me han dado en toda mi vida después de "no uses zapatos nuevos cuando bailes" —otra vez, risas—. Y fue "sé responsable". Yo sé que es un consejo muy corto y tal vez obvio, pero es más difícil de cumplir de lo que parece. La palabra "responsabilidad" abarca muchas cosas y, a veces, tenemos miedo de enfrentar esa responsabilidad, esas cosas que hemos pospuesto indefinidamente. Hablar con esa persona acerca de ese tema que tanto evitamos o empezar esa proyecto que tienes que hacer, pero que no quieres hacer porque no sabes cómo o porque no sabes si saldrá bien... "Ser responsable".
Ya no tenía dudas, Hermione estaba hablando de él.
—Es por eso que he decidido ser responsable y enfrentar mis miedos. Como ustedes sabrán, luego del accidente… luego del accidente las cosas no han sido fáciles en lo absoluto. Yo, eh, yo me he alejado del medio durante unos años y, pues, no ha sido fácil continuar con todo esto. Las personas más cercanas a mí lo saben y les agradezco su apoyo —la joven jugó con sus pulgares y luego soltó un suspiro largo—. Profesora McGonagall, usted ha sido y es un salvavidas y siempre tendrá mi eterna fidelidad y gratitud.
Snape buscó a la escocesa con la mirada y la encontró limpiándose disimuladamente una traicionera lágrima.
—Han pasado cuatro años desde el accidente, cuatro largos años con muchos altibajos, cuatro años llenos de incertidumbres y dudas. Cuatro años que me han hecho reflexionar sobre lo que quiero hacer con mi vida y mi carrera a partir de ahora.
Algo en la voz de Hermione le preocupaba. Era vacilante. Estaba dudando de lo que diría a continuación. Encontró a su familia observándola desde una mesa distante. El Sr. Granger apretaba con fuerza la mano de su esposa y ambos miraban de manera expectante a su hija, aguardando por su anuncio. En sus ojos, notó algo que solo podía denominar como "esperanza", pero ¿Esperanza de qué? ¿De qué siguiera sus deseos de ir a Cambridge? ¿De qué volviera a casa?
—Yo… Eh —la joven buscó a alguien entre el público. Su ceño se frunció mientras buscaba con desesperación y su mano apretó el micrófono con fuerza. Parecía que estaba dando sus mejores esfuerzos para no salir corriendo del escenario. No tardó en encontrarlo y asintió con la cabeza, volviendo a tomar valor. Humedeció sus labios e inhaló. Al levantar la mirada, sus ojos encontraron a Snape sentado al lado de la barra y le sonrió. El mirar a Snape tuvo un efecto calmante en ella pues, al instante, pareció recuperar aquella confianza que tenía al inicio de su discurso—. Yo he decidido retomar mi carrera de bailarina y quiero informarles que, oficialmente, ya tengo a las personas que me ayudara con mi regreso a las grandes ligas.
Se armó un murmullo en todo el club. Mientras que Hermione sonreía feliz, Snape buscó a los padres de Hermione pues no quería perderse sus reacciones.
Los Granger se mantuvieron impasibles.
—Por favor, quiero presentarles a mi maravilloso equipo. Mi entrenadora y maestra, la profesora Minerva McGonagall —Hermione señaló a la dama y sus invitados le aplaudieron. La mencionada sonrió e hizo una ligera inclinación con la cabeza a modo de agradecimiento—. Y mi pareja, el hombre que me acompañará en esta aventura. Damas y caballeros, y para los que no los conocen, quiero presentarles al campeón nacional búlgaro y mi amigo personal, Viktor Krum.
La gente de pie en la pista de baile rodeó al mencionado y le aplaudió. Hermione no estuvo ajena a la celebración pues también se unió a los aplausos. Tenía una hermosa sonrisa plasmada en su rostro, sus ojos miel brillaban mientras vocalizaba un sincero "gracias". Snape estiró el cuello para buscar al misterioso Sr. Krum entre el público, pero no pudo encontrarlo, había demasiadas personas cubriéndolo. ¿"Campeón nacional"? Sin duda, el título sonaba imponente. Sería fácil conseguir buenos patrocinadores con un campeón nacional en su equipo, por no mencionar que ella, alguna vez, también fue una campeona nacional. Era una gran oportunidad para Miss Granger, estaría en buenas manos con la profesora McGonagall y el tal Krum.
Sin embargo, una pequeña parte de su ser hubiese deseado ser él quien ocupará el lugar de Krum como su salvador. Sabía que no era lo más apropiado ni para él ni para ella. Él no era un bailarín, no sería de gran ayuda. No obstante, no podía evitar desear formar parte de ello.
—Ven aquí, Viktor, sube —llamó por medio del micrófono, extendiendo su mano en su dirección. De entre el público salió un muchacho alto y esbelto, de largas y fuertes piernas las cuales usó para subir los pocos escalones hacia el escenario y colocarse al lado de Hermione, sin molestarse en ocultar su gran y perfecta sonrisa de campeón.
Ahora que estaba junta a ella, por fin podía verlo bien.
Viktor Krum era un joven alto, tal vez una cabeza y media más alto que Hermione. Puede que también tuviera un par de años más que ella. Era delgado y esbelto, tenía el cuerpo típico de todo bailarín: espalda ancha, hombros separados y cintura estrecha. Tenía el cabello y los ojos oscuros, negros como la noche. El primero era corto en los costados y un poco más largo al frente. Los segundos eran intensos y pestañudos. Para complementar su apariencia, llevaba una pequeña barba muy bien cuidada en el rostro, el cual enmarcaba su fuerte barbilla cuadrada. Debía destacar sus cejas, estas eran negras y pobladas, lo que le proporcionaba una expresión fuerte, como la de una persona con mucho carácter. Notó que, al igual que él, también había nacido con la nariz grande y curva; sin embargo, para Krum no parecía ser un castigo pues, a diferencia de él, la nariz la daba un perfil afilado agradable a la vista. Por último, su atuendo. El muchacho vestía de negro de pies a cabeza. Llevaba un elegante, pero casual traje de ese color con camisa a juego.
A Snape le hizo recordar a un ave... a un ave de presa.
De haber sabido que podía venir de negro hubiese copiado el estilo de Krum, aunque claro, nunca le hubiese quedado tan bien como él. Krum sin duda era un hombre al cual podía calificar como "atractivo". Junto a Hermione, ambos se veían felices y atractivos, la dupla perfecta para una competencia. La joven irradiaba felicidad al verlo y no pudo evitar abrazarlo mientras daba saltitos.
Se veía muy feliz.
—Hola a todos —habló a través del micrófono por pedido de la misma Hermione. Krum tenía una voz grave y un fuerte y muy marcado acento extranjero—. Eh, muchas gracias porrr venirrr, eh, yo quierrro agra-agradecerrr Hermione invitación parrra parrrticiparrr los dos como equipo en la siguiente temporada de ballroom aquí en Inglaterra. Está será un nuevo aventurrra para los dos, yo soy muy, eh, muy... ¿Cómo se dice... —el joven se apartó del micrófono e intercambió un par de palabras con la castaña. Aquello provocó algunas risillas por parte de algunos y exclamaciones de ternura en otros—. Yo me siento honrado de acompañar a Herrr-Mi-one en su regreso a las competencias y estoy entusiasmado de am-ampliarrr mis, eh, ¿hori-horizontes? y participar dentro del deporte británico. Una vez más, gracias, Herrr-mi-one por elegirrrme y gracias, profesora McGonagall por la oportunidad. Sé que disfrutarrre trabajarrr con ustedes.
Dicho eso, el sonriente Krum devolvió el micrófono a su lugar en el soporte y luego se abalanzó sobre la castaña para darle un abrazo y un beso en la mejilla, cerrando así de manera oficial su nueva relación como pareja de baile. Los invitados aplaudieron, contentos por aquella tan buena noticia.
—Bueno, bueno —la amiga pelirroja de Hermione subió al escenario y tomó el micrófono, captando la atención de todos otra vez—. No será oficial hasta que tengan su primer baile juntos así que, todo el mundo, despejen la pista que nuestros futuros campeones nacionales 2017 tendrán su primer baile —la pelirroja, entusiasmada, empezó a aplaudir para apresurar a todos los invitados a despejar el lugar para que Krum y Hermione pudieran bailar—. Qué digo nacionales. ¡Internacionales, señores! ¡Internacionales!... Ya, no sean tímidos, bajen y vayan a bailar. Julián, pon la canción que te dije.
Viktor le ofreció su brazo a Hermione y ella lo tomó con seguridad, bajando a la pista de baile. Snape dejó su lugar en la barra y se acercó lo más que pudo para no perderse ni un solo detalles de este primer baile como pareja.
Había mucha diferencia entre los bailes que realizaba Hermione con los miembros de la academia McGonagall —o con cualquier otra persona— y el que estaba a punto de realizar con Viktor Krum. Desde la entrada, se notaba la diferencia. Ambos muchachos habían activado el modo competencia. Los dos esbeltos, con las espaldas erguidas en su totalidad, la cabeza en alto y la mirada confiada. Dieron pasos suaves, casi etereos, tomados de la mano y extendiendo sus otras manos libres en dirección a los invitados a modo de saludo. Las piernas de Krum se veían extremadamente largas debido a su forma de caminar y Hermione no se quedaba atrás, ella parecía una gimnasta preparándose para hacer su ronda de saltos. Krum la soltó para que ella girara con total libertad y luego volvió a él, lista para empezar. Krum puso su mano izquierda en su omóplato, Hermione en su brazo y luego ambos tomaron la mano libre del otro.
Alguien, de seguro uno de los trabajadores, puso una canción de suaves compases. Vals, se dijo en su mente, y la nueva pareja empezó con su presentación.
En cuanto la canción inicio, Krum dio un paso adelante y Hermione retrocedió, empezando con aquella danza que él conocía tan bien. La pareja se balanceaba con gracia, casi como si flotaran en medio de la pista. Krum se veían gallardo y sus pasos eran seguros. Hermione era tan grácil como un cisne y delicada como la porcelana más fina. Por un minuto, su baile le recordó aquella primera vez que la había visto hace casi cuatro años en la estación de Southfields, también bailando vals en medio de tantas personas.
Era como un déjà vu y le despertaba las mismas emociones que la primera vez.
Mientras bailaban, reflexionó un poco sobre la situación que acababa de presenciar. El anuncio de Hermione le había dejado un sabor agridulce en la boca. Tal vez era porque, a diferencia de los demás, él estaba viendo el panorama completo. Por un lado, sentía mucha dicha y felicidad por Hermione, se atrevía a decir que hasta orgullo. Por fin estaba tomando las riendas de su vida y arreglando sus desastres. Estaba siendo responsable. Había buscado ayuda y ahora tenía un potencial equipo para regresar a competir. Había decidido no desperdiciar más su tiempo en cosas improductivas y, por sobre todas las cosas, parecía que ya estaba preparada para hacer las paces con Ronald Weasley.
Ya había dado el paso más importante de todos y ahora solo le tocaba continuar.
Por otro lado, le preocupaba un poco la desalentadora reacción de los padres de su castaña. Estaba claro que ellos no estaban dispuestos a aceptar la decisión de su hija de ser bailarina, al menos no por momento. No podía juzgarlos, él no conocía todos los por menores de la historia y se estaba basando únicamente en una conversación de apenas unos minutos; sin embargo, parecía que esos nos no estaban dispuestos a apoyarla por más que ella ya había demostrado lo decidida que estaba a continuar con su carrera. La mirada que ambos pusieron al inicio del anuncio era una mirada que había visto muchas veces en los ojos de muchos padres durante las ceremonias de graduación de las promociones de séptimo año en Hogwarts, miradas llena de esperanza y orgullo al escuchar el gran futuro que les pronosticaban los tutores a sus alumnos, pero la mirada que pusieron luego del anuncio era de, simplemente, decepción pura.
Además, había un tercer factor que lo inquietaba un poco: Viktor Krum.
No dudaba de las capacidades de Krum. Con solo ver los primeros segundos de su baile podía afirmar con total seguridad que Krum era la pareja que Hermione necesitaba para regresar a los grandes escenarios. No podía estar más tranquilo con la elección de la castaña. Krum y ella iban a llegar lejos, muy pronto los vería con brillantes medallas de oro colgando de sus esbeltos cuellos, tan brillantes como sus sonrisas ganadoras.
Se veían perfectos juntos. De hecho, parecía que se se complementaban muy bien.
Rogó en silencio que todo resultara bien para ella, Hermione necesitaba esta oportunidad con urgencia, más ahora que nunca.
Los aplausos lo sacaron de sus pensamientos. La pareja de campeones había finalizado su performance y se encontraba posando frente a los invitados, sonrientes y elegantes como solo ellos podían ser. Snape sacudió la cabeza y se unió a los aplausos. Sus ojos negros se posaron en ella. Tan sonriente y bonita como siempre. Al notar su mirada sobre ella, Hermione se giró hacia él y levantó la mano derecha para dirigirle un tímido saludo antes de volver a su público.
Ella se veía feliz.
Muy feliz.
Y si ella era feliz, él también.
HOLA CHIQUIS! FELIZ NAVIDAD!
YO SÉ, YO SÉ, ME DESAPARECÍ CASI UN MES. ES LA MISMA EXPLICACIÓN DE SIEMPRE: LA UNIVERSIDAD, LAS CLASES, MUCHOS TEXTOS QUE TRADUCIR E INVESTIGAR, EL HECHO DE QUE MI UNIVERSIDAD ES LA ÚNICA QUE QUIERE TENER CLASES EN NAVIDAD T-T DIGO, YA ESTOY HARTA, ACABATE 2020!
EN FIN, MUCHAS GRACIAS A TODOS LOS QUE SIGUEN LEYENDO, POR SEGUIR APOYANDOME, EN SERIO SIGNFICA MUCHO. LEO LOS COMENTARIOS DE TODOS Y TRATO DE RESPONDERLES SIEMPRE PORQUE ES LO QUE ME MOTIVA A SEGUIR ESCRIBIENDO. LA VERDAD ES QUE, A ESTAS ALTURAS DEL AÑO, PENSÉ QUE YA TENDRÍA LA HISTORIA FINALIZADA, PERO CREO QUE TODAVÍA TENDREMOS ALGUNOS CAPITULOS MÁS, ASÍ QUE ESPERO SEGUIR LEYENDOLOS EL PRÓXIMO AÑO. ESTE FIC ME HA TRAÍDO MUCHAS ALEGRIAS ESTE AÑO TAN DÍFICIL Y SIGNIFICA MUCHO PARA MÍ EN SERIO ESTOY PONIENDO TODO MI ESFUERZO. ESTE CAPITULO ES MI REGALO DE NAVIDAD PARA USTEDES, ESPERO QUE LES GUSTE. IBA A SER ALGO DIFERENTE, NO IBAN A BAILAR RUMBA, PERO YA ME HABÍA CANSADO, ES LO QUE HAY. ES POCO, PERO HONESTO.
QUIERO DESEARLES UNA FELIZ NAVIDAD Y UN BUEN AÑO NUEVO, EN SERIO, UN BUEN AÑO O AL MENOS UNO DECENTE JAJAJAJA ROGUEMOS QUE SEA MEJOR QUE ESTE, QUE NO NOS INVADAN LOS EXTRATERRESTRES O QUE HAYA UNA TERCERA GUERRA MUNDIAL Y QUE SE ADELANTE EL ESTRENO DE THE MANDALORIAN PORQUE NO SOBREVIVIRÉ HASTA EL 2022 SIN VER A BABY YODA.
PASEN UNA FELIZ NAVIDAD Y UN BUEN AÑO! MUCHOS BESOS!
