ADVERTENCIA: Este capítulo puede presentar contenido no apto para todo público. Se abordan temas relacionados a la violencia doméstica y adicciones —de forma sutil, pero hay mención—, por lo que se recomienda que, si eres sensible ante este tipo de temas, saltarlo.
CAPÍTULO 23
A medida que septiembre llegaba a su fin, el clima comenzó a cambiar. Los últimos rayos del sol desaparecieron, llevándose el calor del verano y dejando ligeras ráfagas de aire frío de otoño. Con el cambio de estación, también llegaba el momento de cambiar de outfis, lo que quería decir que era hora de guardar la ropa de verano y sacar la de invierno. Era exactamente por ello que Draco Malfoy y Severus Snape se encontraban de camino a Oxford, acelerando en cada tramo recto de la M40.
Afuera hacía frío, pero el interior del auto estaba cálido ya que el rubio había encendido la calefacción. La radio reproducía los mejores éxitos del rock de los 80's y 90's y Lamarck, sentado en la parte trasera del coche, mordisqueaba su peluche de pato en silencio. Atrás, en la maletera, dos grandes maletas llenas de ropa de invierno del Malfoy descansaban junto a algunas cajas de zapatos. Adelante, en los asientos del piloto y copiloto respectivamente, Draco y Snape cantaban uno de los más grandes éxitos de Queen, agitando la cabeza de arriba abajo al ritmo del bajo de John Deacon.
Another one bites the dust...Another one bites the dust. And another one gone and another one gone. Another one bites the dust! Hey I'm gonna get you too ¡ANOTHER ONE BITES THE DUST!
El carro aceleraba a medida que la canción se hacía más y más intensa. Según Google Maps, estaban a más o menos 20 minutos de distancia de su destino. Harían el viaje en tiempo récord, tiempo de sobra para desempacar, ir a almorzar, guardar la ropa de verano en el auto y conducir de regreso a Londres para dejar a Snape y al perro. Era una suerte que Draco no tuviera clases al día siguiente, hubiese sido una tortura hacer tres viajes en un solo día.
En un intento de recompensar el "desplante" que le había hecho la semana pasada, Severus Snape se ofreció a ayudar a su ahijado con el traslado de su guardarropa a la residencia universitaria. Para ser honestos, el mayor no era de mucha ayuda ahí, literalmente solo había viajado para mirar como Draco doblaba su ropa, pero su consciencia no le dejaría descansar en paz hasta que pasara "un tiempo de calidad" con el muchacho. Era justo por ello que hoy, en su día libre, Severus había aprovechado la ausencia de trabajo para acompañar a Draco a Oxford.
Por supuesto, ningún viaje estaría completo si la compañía de su fiel amigo perruno. Pasaría tiempo de calidad tanto con el rubio como con el can y así mataría dos pájaros de un solo tiro. No tenía absolutamente nada que ver que no fuera capaz de dejar a Lamarck solo en la casa sin que este o se la pasara llorando o destrozando muebles y zapatos hasta su regreso por la tarde.
"Lamarck sufre un grave caso de mamitis", respondió cuando Draco pasó a recogerlo en la mañana. "Si lo dejamos solo, no habrá casa a la cual regresar".
—¿Qué tal si, en esta ocasión, yo invito el almuerzo? —preguntó bajando un poco el volumen de la radio.
—¡¿Y eso?! —exclamó sin apartar la mirada del camino— Por lo general, es al revés. ¿Acaso aún tienes remordimiento de consciencia por dejar solo a tu único ahijado o qué? Estas más atento de lo usual —añadió con una sonrisa de lado.
—¿Hasta cuándo seguirás con el tema? Ya dije que lo sentía.
—No creas que puedes comprarme con un poco de comida. Yo no soy papá.
—Bien, entonces paga tú.
—No, ya dijiste que me ibas a invitar —respondió al instante, soltando una tonta risa—, pero no quiero ir a McDonald's.
—Cuando eras niño me rogabas para que te llevara a McDonald's —le recordó negando con la cabeza y mirando hacia la ventana para ocultar aquella sonrisilla nostálgica que se asomaba en sus finos labios—. Querías el juguete que venía en la cajita con desesperación.
—Sí, pero ya comí hamburguesa hace unos días. Quiero otra cosa.
—Bien —suspiró. Esperaba que este almuerzo no saliera caro. Sí, tenía suficiente dinero para pagar un buen almuerzo, pero no estaba en el presupuesto de este viaje gastar demasiado en comida—. ¿Dónde sueles almorzar? Recuerdo que había un restaurante buenísimo a un par de calles de la puerta tres. Comida casera y ambiente agradable —"y económico," completó en su mente—. ¿Seguirá funcionando?
—Hmmm... La puerta tres... ¿te refieres a Paul's? Sí, cocinan bien, pero quiero otra cosa. Oye, hay un restaurante de comida tailandesa por la puerta cinco, unas calles más abajo. Se me antoja, mejor vamos a allá. Además, creo que admiten perros.
—Perfecto. Entonces vamos a ese —Snape se giró en su asiento para contemplar al perro atrás suyo—. ¿Qué opinas, amigo? ¿Quieres comer tailandesa?
¡Guau!
Hasta ahora el viaje parecía tranquilo, tal vez demasiado. No me malinterpreten, mientras más tranquilo sea un viaje por carretera —o por cualquier medio—, significa que es más seguro, al menos la mayor parte del tiempo. Sin embargo, lo que habían vivido hasta ahora solo era la calma antes de la tormenta que estaba a punto de desatarse sobre nuestros inocentes viajeros. Ninguno lo esperaba, ninguno lo quería y ninguno estuvo preparado para la serie de eventos que vendrían a continuación.
—¡AAAAHH! —gritó Draco. Fue un grito alto, repentino y cargado de dolor que hizo brincar al profesor de un susto—. ¡Carajo!
—¡¿Qué pasa?! —gritó el mencionado sujetándose con fuerza del cinturón de seguridad y mirando preocupado al muchacho a su lado. El auto se zigzagueó por un nanosegundo— ¡Draco! ¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué tienes?!
— Mi pierna —se quejó apenas con un hilo de voz pues estaba apretando los dientes con fuerza y casi conteniendo la respiración—. Me ha dado un calambre... Ah, maldita sea, duele.
Snape dejó escapar aquel suspiro atrapado en su garganta y se tranquilizó. Por un momento, pensó que casi habían atropellado un animal otra vez o algo por el estilo. Sin embargo, aquel alivio se esfumó cuando el carro zigzagueó con violencia otra vez debido al poco control que Draco tenía al volante. No solo se sujetó del cinturón de seguridad, también de la base del asiento. Su cuerpo reaccionó al instante poniéndose tenso y sudando en frío.
Su corazón empezó a acelerarse.
—Apárcate —ordenó mientras presionaba el botón de luces de emergencia. Estas empezaron a emitir su típico sonido de metrónomo—. Para el auto y estaciónate hasta que se te pase.
—Sí, sí... Ay, carajo —volvió a exclamar contrayendo su cara en una mueca de dolor.
Draco no tardó en estacionar el auto a un lado de la carretera. Su cara estaba roja debido a la fuerza que hacía para reprimir los gritos. Snape bajó al instante y abrió la puerta del conductor para auxiliarlo. Apenas si podía mover la pierna, sentía que estaba completamente hecha de piedra y, cada vez que intentaba, aunque sea un estirar un dedo, sentía que le apretaban la pantorrilla más y más.
—Lamarck, a un lado —ordenó sosteniendo al rubio con un brazo y, con el otro, sosteniendo la puerta trasera del carro—. Recuéstate aquí hasta que se te pase. Mantén la pierna estirada.
—¡ME DUELE! —exclamó sujetándose la pierna con ambas manos.
—Ya va a pasar.
—¡NECESITO UN HOSPITAL! ¡ME ESTOY MURIENDO!
Snape puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.
Desde que tenía uso de razón, Draco Malfoy siempre había sido muy dramático y algo llorón con respecto a sus dolencias. Draco era una persona con la cual tenías que tener mucha paciencia. No solo era algo asustadizo, también era muy exagerado con respecto a lesiones y enfermedades. De vez en cuando, Snape pensaba que Draco pudo haber sido un gran actor pues hacía unos dramas dignos de un Oscar. Recordaba una vez en específico cuando uno de los caballos de Narcisa lo lastimó por acercarse demasiado. No sé había roto un brazo ni nada, pero el muchacho decidió ir al colegio usando un vendaje y cabestrillo durante la siguiente semana o la vez en la que tuvo un accidente mientras jugaba futbol e insistió quedarse en la enfermería de Hogwarts a pesar de no tener nada grave. Ni siquiera la pobre Madame Pomfrey, la enfermera de Hogwarts, pudo sacarlo de ahí.
"¡Señor Malfoy! ¡Ya vayase!", solía gritarle.
No obstante, el dolor que sentía el rubio en ese momento parecía ser muy real, tanto como para hacerle soltar un par de lágrimas. Desvió la mirada de la cara roja de Draco hacia el asiento del copiloto, a donde Lamarck se había desplazado a falta de espacio. El perro inclinaba su cabeza por el espacio entre los asientos, intentando alcanzar al rubio para consolar su sufrimiento. El pecho de Draco subía y bajaba y sus manos tocaban con cuidado la pierna adolorida.
Tal vez no estaba exagerando esta vez, pensó ligeramente conmovido.
—A ver, déjame echarle un vistazo —dijo acercándose y posando sus manos sobre la pierna en cuestión—. Permíteme.
—¡NO! No toques, no toques —chilló apretando los dientes—. Me duele… Llévame al hospital.
—¡Ya, Draco! Tienes 23 años. Deja de comportarte como un niño.
Después de muchos gritos y un par de lágrimas, Draco Malfoy ya se encontraba sentado a todo lo largo del asiento trasero de su auto, tomándose el contenido de una botella de agua. No era la primera vez que el rubio sufría de calambres. Su deporte favorito era el futbol, jugaba en el equipo de la universidad. Después de cada entrenamiento o partido, a veces era normal tener calambres o cosas similares, pero nunca hubiese esperado que le agarrara uno a mitad de la carretera mientras tenías las manos sobre el volante.
Agradecía ser un hombre y no una mujer. No podría soportar los calambres de mujer embarazada.
—¿Mejor? —preguntó Snape sentado en el asiento del piloto, observando al muchacho a través del espejo retrovisor.
—Mejor… Ah… —se quejó dejando caer su cabeza hacia atrás, completamente pálido—. Qué horror… Este es el peor viaje que he tenido desde aquel viaje en yate donde me maree y no dejaba de vomitar, ¿recuerdas?
—Por supuesto. Yo sujetaba el balde.
Ambos se quedaron en silencio un rato, escuchando la música de la radio. A pesar de que no estaban en movimiento, Lamarck tenía la cabeza afuera de la ventana, dejándose relajar por el aire fresco de la carretera. Draco movió un poco la pierna, tratando de elevarla. Estaba algo entumecida y, cuando doblaba los dedos de los pies, sentía como una corriente eléctrica corriendo por su cuerpo. Odiaba los calambres, los odiaba, los odiaba, ¡los odiaba!
—Ay, no quiero conducir —se quejó reincorporándose sobre el asiento y sacando algo de su bolsillo para entregarselo—. Toma las llaves.
Snape se quedó inmóvil sobre el asiento, como si fuese un maniquí que formaba parte de una exhibición de autos. A través del espejo retrovisor podía ver la mano extendida del rubio agitando la llave a la altura de su oído. El sonido metálico de la llave golpeando contra el control del carro lo alteraba demasiado. Sus hombros estaban tensos y un escalofrío recorrió su espalda. Su corazón, hasta ahora calmo, empezó a latir con fuerza, incluso sentía que le estaba latiendo en los mismos oídos. Sus manos empezaron a sudar de una forma alarmante y un enorme hoyo se había instalado en la boca de su estómago. Por último, sintió que el aire escaseaba dentro del coche.
No quería conducir.
—¿Severus? Oye, toma, se me cansa el brazo.
—No puedo conducir —agregó al instante, saliendo de sus pensamientos.
—Ay, no seas así, por favor —se quejó haciendo un puchero—. ¿Qué no ves que estoy malherido? Hazme el favor y conduce, ya estamos a nada.
—No puedo conducir, Draco —el hombre se giró en el asiento y buscó una excusa—. No tengo licencia. La olvidé en casa. Es peligroso.
Draco puso los ojos en blanco y se inclinó hacia él.
—¿Y eso qué importa? Estás conmigo. Además, sabes conducir mejor que yo —Snape negó con la cabeza—. ¡Solo serán unas calles! Tal vez menos. ¡Por favor!
—No quiero conducir, Draco.
—¡No seas egoísta! Solo son unos minutos. Llevo conduciendo desde que salimos y también conduciré el camino de regreso. ¡Solo son unos minutos! Estoy cansado.
—¡NO QUIERO CONDUCIR!
El grito fue tan fuerte que sorprendió a los tres viajeros por igual. Lamarck lo miraba atento e inmóvil, como esperando su siguiente movimiento y, así, determinar si debía quedarse o huir. Por su parte, Draco había bajado el brazo y lo observaba confundido y preocupado a la vez. Esa no era una reacción propia de su padrino. Sí, Severus Snape era un hombre con poca paciencia, gruñón y casi nula tolerancia hacia los demás, pero él jamás le gritaría de esa forma. Severus Snape no era de los hombres que gritaban, eran de los que te ignoraban. Entonces, precisamente por eso era que le extrañaba su comportamiento. Entrecerró sus ojos grises y buscó algún indicador que develara el porqué de su inesperado reaccionar, pero no encontró nada que le diera una respuesta.
En cuanto a Snape, el pobre hombre no sabía qué decir o hacer. No había querido gritarle de esa forma, no sabía que había pasado con él. Había perdido el completo control de su cuerpo por un momento. Cerró los ojos y apoyó su cabeza en el asiento, tomándose unos largos segundos para inhalar y exhalar hasta que su respiración volvió a calmarse. La presión en su pecho seguía ahí y tensaba su cuello, sus hombros y el resto de su cuerpo.
—¿Qué tienes? —preguntó con recelo, sin apartar la mirada del mayor— ¿Estás bien, padrino? Estás muy pálido.
—Lo siento, no quise gritarte —respondió con la voz ronca. Solo cuando volvió a hablar fue consciente lo mucho que la garganta le ardía debido a la fuerza de su grito. No era en vano que aquellos dos se hubiesen asustado—. Yo… Necesito aire fresco. Discúlpame.
Se bajó del auto y se mantuvo a un lado de la carretera, frente al auto, procurando llenar sus pulmones con el aire fresco y frío de principios de otoño. Sus piernas le pesaban un poco y se mecía de un lado mientras caminaba en círculos con las manos en la cabeza. Había pasado un tiempo desde la última vez que tuvo un ataque de ansiedad como ese.
Tenía que alejar esos pensamientos, tenía que alejarlos ¡ya!
Algo empujó su pierna derecha y lo hizo abrir los ojos. Lamarck estaba frotando su cabeza contra su pierna, tratando de captar su atención. El perro levantó la cabeza buscando su mirada oscura y la inclinó ligeramente a la derecha a modo de saludo. Snape posó sus ojos llorosos en aquel par heterocromático. Su ojo celeste, nubloso y ciego, miraba en su dirección sin realmente ver y su otro ojo, el bueno, lo reflejaba en el marrón de su iris.
—Oh, amigo.
El hombre se arrodilló y abrió los brazos para que su peludo perro se acobijara entre ellos y le diera todo el calor y apoyo que tanto necesitaba ahora. El perro casi se abalanzó hacia él, meneando la cola y lamiendo su rostro, consolándolo como solo él podía hacerlo. Severus se dejó llevar por aquel cariño incondicional que jamás pensó recibir, mucho menos de un animal.
Ya de regreso en el auto, Snape subió en silencio al asiento trasero, bajo la atenta mirada de Draco quien se encontraba en el asiento del piloto. Su padrino se veía muy mal, completamente descompensado e ido. No había dicho palabra desde que había subido al carro, tan solo se había sentado y ahora se encontraba abrazando a su perro con los ojos cerrados, acariciando con delicadeza su pelaje blanco y apoyando su cabeza en la del can.
¿Qué había pasado? ¿Fue algo que él dijo?
—… Tío Sev —llamó girándose hacia él, frunciendo el ceño, preocupado. Snape no abrió los ojos, pero emitió un ruido a modo de respuesta. Draco humedeció sus labios y pensó sus siguientes palabras. ¿Qué debía decir? Quería saber qué pasaba, si estaba bien, pero era consciente de que al pelinegro no le gustaba que lo trataran como una víctima ni que lo miraran con lástima. Tenía mucho orgullo, un orgullo que lo impulsaba a levantarse todos los días de la cama y no quería herirlo por nada del mundo—. ¿Nos vamos?
—Hmmm… —asintió con la cabeza. Draco volvió a encender al carro y estuvo a punto de ponerse en marcha cuando escucho algo tras él—. Espero que no te moleste que me siente atrás. Quisiera descansar un poco.
—¿Te sientes mal? —preguntó con precaución.
—Estoy algo mareado, eso es todo. Voy a estar bien, bajaré la ventana un poco.
—Ok… Vamos, entonces.
Durante el trayecto, Draco se mantuvo en silencio, mirando atento la autopista, escuchando las canciones de la radio y recibiendo una ligera brisa de aire frío en su nuca debido a la pequeña abertura en la ventana de atrás. Snape, por su parte, se pasó el resto del viaje como si estuviese dormido, con los ojos cerrados, la respiración calmada y abrazando a su perro como si se aferrara a la vida.
"¿Dónde va estudiar el niño?"
"En un colegio a unas calles de la casa, padre. Los hijos de los obreros de la fábrica estudian ahí. El Estado los financia".
"¿Un colegio de tercera?... Pensé que iría a Hogwarts. Después de todo, generaciones y generaciones de Prince han estudiado en Hogwarts, incluso tú, Eileen. Sería otra decepción y una completa vergüenza para esta familia si ese niño no asistiera a Hogwarts… Debería prepararse, el examen nacional será en unos meses.
"No podrá".
"¿También es un inútil bueno para nada como su padre? Qué lástima. Con un buen puntaje, habría obtenido una plaza".
"No podemos pagarlo".
"Creo que has olvidado que el director y yo somos buenos amigos".
COLEGIO HOGWARTS
Estimado señor SEVERUS TOBÍAS SNAPE,
Tenemos el placer de informarle que usted dispone de una plaza en el Colegio Hogwarts. Asimismo, el departamento de Bienestar Estudiantil le hace constancia de la BECA COMPLETA que figura en su ingreso. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios. Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su respuesta antes del 31 de julio.
Muy cordialmente,
Albus Dumbledore
Director
(Excelentísima Orden del Imperio británico, CBE,
Orden de los Compañeros de Honor, CH,
Miembro de la Royal Society, FRS,
Orden de Mérito, OM PC)
"Severus fue aceptado en Hogwarts".
"Por supuesto que fue aceptado, es un Prince".
Severus escuchó aquella voz cargada de desdén detrás de la puerta. Su mamá y su abuelo se habían encerrado en el estudio de Prince House para tener una conversación privada. Ya llevaban un buen rato ahí adentro y al pequeño niño le angustiaba el perpetuo silencio instalado en aquella habitación. Bajo la excusa de "ir al baño", un Snape de once años había escapado de la vigilancia de su abuela y su personal de servicio y ahora se encontraba espiando detrás de la puerta.
Sabía que no estaba bien, pero no le agradaba la idea de dejarla a solas con su abuelo.
"¡¿Tuviste algo que ver en esto?!"
No había pasado mucho desde que el cartero llegó con su carta de aceptación a Hogwarts. Había pasado días y noches enteras estudiando con ahínco para el examen nacional desde que su abuelo le había informado que era una tradición familiar asistir a dicho colegio. Él quería ser aceptado por su familia, quería desesperadamente formar parte de ella y, si tenía que quemarse las pestañas estudiando para conseguirlo, lo iba a hacer.
Fue nervioso a rendir el examen en el centro de gestión educativa local junto con, tal vez, otros 30 niños. Hubiese estado confiado si solo hubiese competido contra ellos, pero se trataba de un examen a nivel nacional. ¡Y eran tan pocas vacantes! Para sumarle más presión, él no solo tenía que obtener una plaza, Severus necesitaba de manera urgente una beca completa o, al menos, una parcial si quería cursar, por lo menos, el primer año.
No supo cómo hizo para aguantar aquellos tres días de continuas pruebas de aptitudes matemáticas, científicas, sociales, verbales, deportivas y artísticas —sin mencionar las pruebas psicológicas y de interacción en grupo—, pero de alguna u otra forma, terminó obteniendo un buen puntaje, lo suficientemente alto como para obtener una plaza en Hogwarts.
Pero ¿era lo suficientemente alto como para aplicar a una beca completa?
Para su buena suerte, la respuesta era sí. Severus estaba que no cabía de alegría. ¡Lo había logrado! Tanto esfuerzo no había sido en vano. Por fin podría cumplir su sueño de buscar un mejor futuro no solo para él, también para su madre.
Por fin la vida parecía sonreírle.
Pero eso no parecía ser suficiente para ella, al contrario, la noticia de su ingreso era más una desgracia que una alegría.
Era por ello que se encontraban de visita en Prince House. Desde que había recibido aquella carta, su madre había estado actuando raro, demasiado raro. Siempre parecía alterada, como si estuviera a punto de sufrir un ataque de nervios. Fue una total sorpresa para él cuando, de la nada, la mujer llegó del mercado con la bolsa de comida y dos boletos de tren con destino a Bradford, anunciándole que hiciera su mochila y fuera al baño pues salían en 20 minutos.
"Tengo que hablar seriamente con tu abuelo sobre algo".
Ambos sabían que, si se subían a ese tren y se iban así nomás, al volver a casa los esperaría un iracundo Tobías Snape dispuesto a recibirlos con la paliza de sus vidas. No obstante, poco o nada pareció importarle a la mujer. Ella tomó su bolso y su abrigo y lo arrastró por calles y calles hasta llegar a la estación de trenes. Por un momento, la estúpida idea de una fuga pasó por su cabeza, pero muy en el fondo sabía que eso no iba a ocurrir, tarde o temprano iban a volver.
Y algo le decía que los iban a bañar en sangre en cuanto regresaran.
"No te atrevas a hablarme de esa forma, mucho menos aquí en MI casa", advirtió de manera amenazante, haciendo temblar al niño fisgón tras la puerta. "Al parecer tu niño heredó tu cerebro. Obtuvo uno de los mejores puntajes de este año. Las pruebas en grupo le jugaron en contra, pero retomó bien en la prueba escrita. Debido a la gran cantidad de postulantes este año, tu niño solo obtuvo una beca parcial".
Snape frunció el ceño algo confundido. Él había leído su carta de aceptación más de 100 veces y estaba seguro que su plaza era de beca completa, no parcial, ¡completa! Entonces, ¿por qué su abuelo decía que solo obtuvo una parcial? ¡¿Cómo es que eso era si quiera posible?! No lo entendía.
¿Es que acaso su madre tenía razón y su abuelo había intervenido en esto?
"Entonces, ¿tú le conseguiste la beca?"
"Se dice "gracias", Eileen, y siéntate derecha. No te pagué clases de etiqueta para que seas una irrespetuosa jorobada". Escuchó algunas palabras ahogadas que no pudo comprender; sin embargo, a juzgar por el tono de voz de su abuelo, ellos dos se encontraban peleando otra vez. "No sé qué es lo que te molesta. Ni tú ni el bueno para nada que buscaste como marido pueden pagarle una educación de calidad y eso es obvio. Hogwarts será lo único bueno que tendrá ese niño en su toda su miserable vida. Lo mantendrá lo suficientemente alejado de ambos para que no se le peguen ni tus estupideces románticas ni el asqueroso olor a pobreza y alcohol de ese idiota".
"¡NO LO MANDARAS A UN INTERNADO! ¡NO VAS A MANDAR A MI HIJO LEJOS DE MÍ!"
Luego de los gritos tuvo que salir corriendo de regreso a la "seguridad" de la vigilancia de su abuela pues los pasos acercándose a la puerta lo asustaron.
El resto de la visita a casa de sus abuelos pasó como muy rápido. No pudo disfrutar ni de la buena comida ni de las variadas comodidades y atracciones que ofrecía Prince House debido a que no podía sacarse de la cabeza los gritos de su mamá exigiéndole al Sr. Prince que no lo alejara de ella. ¿Es que acaso eso era verdad? ¿Los iban a separar para siempre? ¿Eso quería decir que no solo tenía que cuidarse de servicios sociales, sino que también de sus propios abuelos?
Tal vez ir a Hogwarts no era tan buena idea después de todo.
—¿Qué dices, niño? ¿Emocionado por asistir Hogwarts? —preguntó su abuelo mientras almorzaban el penúltimo día de su visita. Snape no supo qué decir y, en su lugar, solo se giró a mirar a su callada madre quien se encontraba tan ausente como siempre lo estaba después de recibir una de aquellas palizas patentadas de su esposo—. Es lo mejor para ti, niño. Hogwarts ha albergado a los mejores políticos y académicos de todo el Reino Unido. Tendrás una educación de calidad, tendrás un futuro brillante ahí. Si estudias y te esfuerzas, puede que logres ser alguien en la vida.
Snape volvió la oscura mirada a su abuelo al otro lado de la mesa casi vacía. El hombre sentado a la cabecera parecía un rey en su castillo: elegante, superior, soberbio e inalcanzable. Le inspiraba mucho respeto, pero también miedo. Miedo a no cumplir con sus expectativas, miedo a su reacción si decidía rechazar su generosa oferta después de que se hubiese tomado la molestia de usar sus influencias para conseguirle la beca completa que tanto necesitaba.
Volvió a mirar a su madre.
Sus ojos negros lo observan con súplica, como rogándole que se negara a aceptar aquella plaza en el internado. Era demasiado para un niño de apenas once años. ¡No sabía que elegir! Por un lado, Hogwarts se había convertido en su más grande anhelo, su única meta y sueño hasta el momento. Había dado su máximo esfuerzo estudiando día y noche para ingresar y lo había conseguido. Además, su abuelo tenía razón. Él sería alguien importante si estudiaba ahí. Solo así podría salir de ese hoyo donde se encontraba. ¡Era la única forma! Pero, por otro lado, no quería dejar a su mamá sola en La Hilandera con esa bestia que tenía por padre. No era justo para ella enfrentarlo sola.
—¿Y bien? ¿Qué opinas? ¿Quieres ir Hogwarts? —volvió a insistir el abuelo.
Snape volvió su mirada al plató de sopa frente a él. ¿Por qué tenían que hacerlo elegir? ¡No quería elegir! ¡No era justo! Eran decisiones demasiado importantes y él solo era un niño. Era como poner dos cosas demasiado importantes para él en una balanza, ambas eran indispensables en su vida y lo hacían sumamente feliz.
Pero solo una lo sacaría de ese infierno.
—Sí, señor.
Se arrepentiría de haber respondido en voz alta y frente a ella más tarde, específicamente dos horas más tarde, cuando su mamá tomó prestado su antiguo coche y salió a dar una vuelta por la ciudad con él. Ella iba al volante y él, de copiloto, junto a ella, completamente en silencio. El viejo Ford Mustang aceleraba por el desolado camino de tierra. Fueron al centro por unas malteadas y a ver las tiendas un rato, ahora se encontraban de regreso a Prince House.
El paseo fue incómodo o al menos así lo recordaba él. Al igual que en el almuerzo, Eileen se la había pasado ausente, mirando sin mirar, sonriendo sin ánimos, caminado por inercia. Parecía totalmente desconectada de este mundo. Snape trató muchas veces de animarla. Señalaba a menudo los bonitos escaparates de las tiendas, la tomaba con fuerza de la mano y luego la besaba e incluso intentó hacerla reír con un par de chistes que leyó en el menú para niños de la cafetería a la cual fueron por las malteadas, pero nada parecía ser de su interés. No era consciente de que ese era, hasta ahora, el único momento en todo el año en el cual, por fin, ambos podían actuar como una madre e hijo normales que salían a divertirse sin preocuparse por tener que volver a casa a oír los gritos y amenazas de un enojado hombre.
—¿De verdad quieres ir a Hogwarts?
Snape giró la cabeza a un lado, sorprendido. Eran las primeras palabras que le dirigía después de horas. Por un segundo, pensó que sólo fue un producto de su imaginación pues ella seguía con la mirada al frente y sin expresión alguna en el rostro, pero cuando repitió la pregunta, esta vez más enérgica, supo que no estaba alucinando.
—Sí.
—No vayas —aunque sonaba más a una orden que a una súplica, Snape no pudo evitar tomarla como esta última—. No puedes ir.
—¿Por qué?
—Hogwarts no es lugar para ti.
El auto se sacudió cuando pasaron sobre un bache. No era la primera vez que su mamá conducía por ese camino, ella debería saber que tenía que reducir la velocidad, pero no daba indicios de querer hacerlo. Al contrario, la aguja en el tablero indicaba que estaban acelerando.
—Pero... pero tú estudiaste ahí —susurró aferrándose al cinturón de seguridad—. Siempre hablabas de Hogwarts con tanta alegría, decías que tus mejores años los viviste ahí y decías que, cuando tuviéramos dinero, podría estudiar ahí también... ¿No crees que pueda encajar ahí, mamá? ¿No soy lo suficientemente bueno? ¿Es por qué aún no soy un Prince?
—No, amor, no es eso —apartó la mirada del camino y la posó en los heridos ojos de su único hijo—. Tú eres brillante y muy inteligente, encajaras en cualquier lugar al que vayas... pero no en Hogwarts.
—Pero... pero... ¡¿POR QUÉ?! —exclamó con la voz chillona, frunciendo aquel ceño que todavía era tierno y no estaba marcado por las arrugas del enojo. ¡¿Acaso su madre no se daba cuenta de la magnitud de sus palabras?! No podía simplemente decirle eso, él se había esforzado tanto para ingresar, no podía solo quitárselo y ya y pretender que todo estaba bien— ¿Por qué no puedo ir a Hogwarts? Estudié muy duro para ese examen y fui aceptado. ¡Tengo una beca completa! ¡ES MÍA!
—¡Esa beca no existe! ¡Tu abuelo la consiguió para ti! —la mujer volvió la mirada al frente y murmuró entre dientes— Tú no tienes nada... solo a mí.
—¡¿Y eso qué importa?! —gritó inclinándose adelante, golpeando el tablero con ambas manos— Me prometiste que cuando tuviéramos dinero estudiara en Hogwarts. Eso ya está resuelto y ya tengo una plaza, ¡ya puedo estudiar ahí!
—¡NO IRÁS!
—¡MENTIROSA! ¡ERES UNA MENTIROSA! ¡NUNCA CUMPLES TUS PROMESAS!
—¡NO ESTÁ A DISCUSIÓN!
—¡ME MENTISTE! ¡SIEMPRE ME MIENTES! —gritó haciendo una rabieta— ¡TE ODIO! ¡TE ODIO!
Severus no quiso decir eso, por supuesto que no, pero sus emociones lo traicionaron y solo soltó lo primero que se cruzó por su mente, sin detenerse a pensar en las consecuencias de sus palabras. Tal vez debió hacerlo, pues aquellas palabras solo empeoraron la, ya de por sí, delicada situación.
—¡NO TE VAS A IR, SEVERUS SNAPE! —gritó de forma desgarradora, pisando con fuerza el acelerador, provocando que el motor rugiera— NO TE VAS A IR ¡JAMÁS!
El niño cerró la boca al instante. Era la primera vez que su mamá, aquella mujer pasiva y asustadiza reaccionaba de tal manera. La mujer estaba colérica, sus ojos negros irradiaban furia, sus dientes estaban apretados y rechinaban del enojo; su frente y su nariz estaban fruncidos y las manos, aquellas manos que preparaban deliciosos potajes, apretaban con fuerza el volante.
Esta versión de Eileen le daba miedo.
Mucho miedo.
—¿Mami?
—No me vas a dejar —murmuró llorosa para sí misma, reteniendo aquellas lágrimas de cólera que amenazaban con escapar de sus ojos. Su pie empujó un poco más el acelerador y el motor del carro volvió a rugir—. No me puedes abandonar.
—¿Mamá? —llamó aferrándose al cinturón de seguridad y apegándose todo lo que podía contra el respaldar del asiento. Su labio inferior sobresalió un poco y empezó a temblar, anunciando la venida del llanto— Mamá, ¿qué estás haciendo? ¡¿Mamá?!
—No vas a abandonarme, Severus. No puedes dejarme sola en esa casa... Yo no quiero quedarme sola —su voz se quebró y aquellas lágrimas empezaron a caer con la misma velocidad que el auto aceleraba—. No quiero estar sola… ¡NO PUEDES DEJARME SOLA!
—¡MAMÁ, PARA EL AUTO!
—¡NO ME VOY A QUEDAR SOLA CON ÉL EN LA MISMA CASA! ¡NO VOY A PASAR OTRO AÑO SOLA! ¡NO PUEDES DEJARME, SEVERUS! ¡NO PUEDES DEJARME!
El auto saltó cuando pasaron por otro bache. A su paso, iban dejando una espesa estela de polvo y tierra. Severus apretó más fuerte el cinturón de seguridad contra él y cerró los ojos con fuerza. Su cara estaba roja y un par de lágrimas se le escaparon del miedo.
—¡DETENTE! ¡POR FAVOR! ¡POR FAVOR!
—Eres todo lo que tengo, Severus, eres todo mi mundo. No puedes dejarme. Si te vas a Hogwarts, no volverás a casa. ¡No te veré en un año! —Eileen apartó la mirada del camino y la volvió a su hijo. Sus ojos negros estaban abiertos como platos y lo observaban con locura. No le importó pisar a fondo el acelerador, parecía que ya ni siquiera le importaba que estuvieran yendo a máxima velocidad—. No quiero quedarme sola, no quiero estar sola. ¡NO QUIERO! ¡NO QUIERO! —gritó golpeando el volante con ambas manos— ¡Tengo miedo, Severus! ¡Tengo miedo! Me va a matar si me quedo sola con él. No me quiero quedar sola. No me abandones, por favor. ¡NO ME ABANDONES!
—¡No te voy a abandonar, mamá!
—¡MENTIROSO! —gritó soltando un momento el volante para limpiarse las lágrimas. Como si estuviesen en cámara lenta, el timón giró a la derecha, haciendo girar al carro con él. Un asustado Severus Snape saltó hacia el volante para estabilizarlo y no chocar—. ¡Mi papá quiere alejarte de mí! ¡Los de servicio social quieren alejarte de mí! ¡TODOS QUIEREN ALEJARTE DE MI! Pero yo no voy a dejar que te lleven lejos. ¡No voy a permitirlo! Así tengan que arrancarte de mis brazos, no voy a dejar que te lleven lejos de mí.
—MAMÁ, POR FAVOR, DETENTE. ¡TENGO MIEDO! ¡MAMÁ!
Ante tal grito combinado con llanto, Eileen pareció volver en sí pues colocó ambas manos sobre el volante y frenó en seco. Por inercia, ambos cuerpos se inclinaron con violencia hacia adelante, golpeándose las frentes con fuerza contra el tablero y el volante respectivamente. De no haber sido por el cinturón de seguridad, lo más probable era que ambos hubiesen atravesado el vidrio del parabrisas. El auto se mantenía inmóvil a mitad del camino, envuelto en una ligera nube de polvo.
Solo podía escucharse la respiración agitada de ella y los hipidos del pobre niño. Snape hacía sus mejores esfuerzos para inhalar y exhalar, pero su respiración no parecía colaborar con él. Su corazón le latía con mucha fuerza y su cabeza le daba vueltas debido al golpe. Sus manos cubrían su frente, pero le dolía tocar su piel. El dolor físico era insoportable, pero nada comparado con el susto de muerte que se había llevado. Qué tan mal se encontraría que no se dio cuenta de lo mojado y caliente que se encontraban su ropa interior, sus pantalones y el asiento mismo hasta que por fin se calmó.
No había mojado los pantalones desde que tenía cinco años.
Solo cuando se sintió lo suficientemente seguro para abrir los ojos, Snape retiró sus manos de su campo de visión y buscó a su mamá. La mujer estaba llorando a viva voz recostada sobre el volante, cubriendo su rostro en sus brazos e hipando con tanta fuerza que todo el cuerpo le temblaba. Severus la observó en silencio mientras se secaba las lágrimas con sus propias manos. No podía imaginarse qué era lo que debía estar pasando por la cabeza de su mamá, pero sí sabía qué pasaba por la suya.
¡Debía bajarse de ese auto ya! Su mamá no estaba bien y era muy peligroso para él quedarse ahí.
Ahí con ella.
Su mano se deslizó lentamente hacia el seguro del auto y estuvo por levantarlo cuando la mujer tomó aire y logró formular algunas palabras.
—Pudimos chocar, ¿verdad? —preguntó.
Su voz era pastosa y apagada, como si recién despertara después de haberse pasado horas y horas durmiendo. Apoyó su cabeza contra sus brazos y se giró para verlo a la cara. Sus ojos negros estaban rojos de tanto llorar y se notaba sumamente asustada, casi tan asustada como él. Estaba haciendo sus mejores esfuerzos para no quebrarse frente al niño. Aquel retrato conmovió tanto el corazón del menor que no fue capaz de abrir la puerta por más que quiso. Tan solo se quedó inmóvil sobre el asiento mientras asentía con la cabeza.
—Lo… Lo siento —susurró volviendo a llorar. Sus labios delgados temblaban y su rostro se contraía compungido—. Perdóname, mi amor, lo siento tanto. No quise asustarte, en serio que no —la mujer se enderezó sobre el asiento y se llevó las manos a la boca en un intento de calmarse—. No sé qué me pasó… Yo… Lo siento tanto.
Eileen se tomó una pausa para tomar aire y secarse las lágrimas del rostro. El oscuro rímel corría por sus parpados, dándole una apariencia ojerosa y patética.
—Mami no se encuentra bien, cariño —susurró quedito, pero debido al silencio instalado en el auto, Snape pudo escucharla con total claridad—. Mamá tiene mucho miedo de lo que pasará a partir de ahora.
Snape humedeció sus finos labios y respondió— También tengo miedo.
—Ven aquí —pidió sorbiendo la nariz y abriendo los brazos para envolverlo en un abrazo. Snape se encogió contra la puerta, poniendo distancia entre ellos—. Por favor.
—No.
Eileen lo observó herida y bajó la cabeza, bajando sus brazos a la vez. Temblorosas, sus manos subieron despacio por su cuerpo, abrazándose a sí misma como si tuviera frío. Se estaba autoconsolandose. Subió sus piernas al asiento y se recostó contra la puerta, adoptando la misma posición que su hijo. La distancia entre ellos creció, desoladora e inevitable.
—Sé que soy un desastre… Últimamente todo lo hago mal, ¿verdad? —sonrió con tristeza para sí misma, sin importarle si el niño a su lado la estaba mirando o no— Papá siempre ha dicho que era muy vulnerable, algo estúpida y demasiado emocional, por eso nunca hacía nada bien. Según él, jamás podría conseguir y mantener un esposo… Ahora resulta que tampoco puedo cuidar de mi propio hijo —la mujer cerró los ojos intensificando su abrazo, frotando sus manos sobre sus brazos—. Tengo miedo de lo que está pasando… de lo que va a pasar… Las cosas no están bien en casa. Tu padre… Tengo miedo de lo que pasará cuando regresemos. Sabes lo malhumorado que puede ser cuando hacemos cosas que no le gustan… pero te prometo que no dejaré que te lastime esta vez, lo juro… —le dedicó una última mirada a su hijo, pero solo encontró miedo en sus ojos lo cual pareció hacerla sentir peor—. Lo siento tanto, mi amor. No soy una buena madre… Ya perdí el control de todo.
Snape observó a través del parabrisas. Luego, hacia atrás, por la ventana trasera del Mustang, esperando que algún otro carro apareciera, pero el camino a la casa de sus abuelos era tan desolado que, hasta ahora, no había señales de vida además de ellos. Volvió los oscuros ojos a su madre junto a la puerta. La pobre mujer estaba sumida en una profunda tristeza. Sus ojos fríos miraban a la nada a través del vidrio y sus cristalinas lágrimas corrían libres por sus mejillas afiladas.
—Yo creo que haces un buen trabajo —dijo el joven después de un rato, cortando el silencio—. Mamá… Todo va a estar bien… Te lo prometo.
El niño estiró su mano tímida hacia su mamá y luego se recostó sobre ella, envolviéndola con sus brazos intentando consolarla. La mujer reaccionó ante tal contacto y se acomodó sobre el asiento para abrazarlo, escondiendo su rostro entre sus cabellos negros. Madre e hijo se mecieron de un lado al otro, consolándose mutuamente.
—Prométeme que no vas a dejarme sola, Severus —susurró despacio, depositando un casto beso sobre su frente y limpiando el rostro del niño con sus delicadas manos—. Mami no se encuentra bien ahora. Tiene mucho en qué pensar. Sé que tu abuelo tiene razón y lo mejor para ti es que vayas a Hogwarts y te prometo que lo harás, pero ahora… ahora yo te necesito a mi lado, no quiero estar sola ¿de acuerdo? —sorbió por la nariz y apretó más al niño contra sí— Prométeme que no me vas a abandonar… ¿Lo prometes?
No podía hacerle eso a su mamá. Ella era tan vulnerable. Estaría completamente indefensa si la dejaba a la merced del monstruo de su padre. Ni siquiera sabía si la encontraría viva cuando regresara el próximo junio. Le daba mucho miedo pensar en lo que Tobías sería capaz de hacerle si ella lo hacía enojar y no había nadie cerca para auxiliarla No podía dejarla sola, se sentiría culpable si algo le pasaba y eso jamás se lo perdonaría en la vida.
Pero… pero tampoco podía desperdiciar su beca de esa manera.
—Si realmente me amas… Por favor.
El pelinegro cerró los ojos y suspiró derrotado. Ya pensaría cómo solucionar eso más tarde. Por ahora, solo podía mentirle para que ella se sintiera mejor.
—Lo prometo.
Snape abrazó aún más fuerte al can a su lado, apoyó su mentón sobre su cabeza. El perro jadeaba mirando al frente, en dirección al Dr. Sharpe. El hombre mayor observaba al curioso par a través de sus lentes, desde su cómodo sillón marrón. La jarra de agua yacía medio vacía sobre la mesita al lado de Snape y las amplias ventanas que daban a la calle dejaban entrar luz clara que le daba un aire pacífico al consultorio del doctor.
Hoy era tarde de sesión. Severus la había estado esperando con ansias desde aquel fatídico día con Draco rumbo a Oxford. No había querido decirle nada al rubio para no alterarlo y trató de sacar el máximo provecho a su tiempo de calidad con él. Sin embargo, por más risas y buenos recuerdos que hicieron, Snape apenas pudo pegar un ojo en toda esa noche. Revivir aquellos recuerdos lo tenía muy alterado, tanto así que ahora era él quien no podía ser dejado solo, por lo que llevaba a Lamarck de arriba abajo a donde quiera que iba.
Incluyendo Hogwarts.
Esa mañana, ambos habían ido en taxi al colegio y había metido al perro por la entrada del estacionamiento. Fue toda una odisea. Tantos nuevos olores, ruidos y personas hicieron que el perro se emocionara de más y quisiera explorar todas las instalaciones del "castillo". Sus alumnos enloquecieron en cuanto lo vieron. Se abalanzaron hacia él con sus celulares, dispuestos a sacar alguna foto de él y de su "perrhijo".
A pesar de que estaba permitido traer mascotas a Hogwarts, todos estaban muy sorprendidos al descubrir que el profesor Snape tenía una, especialmente tratándose de un perro tan sociable como Lamarck.
Bueno, todos excepto Lupin y puede que tal vez Dumbledore.
Lamarck se portó bien la mayor parte de la jornada académica. Se mantuvo recostado a sus pies en el laboratorio, en completo silencio para no interrumpir su clase. De vez en cuando solía escabullirse entre las mesas para recibir la comida de contrabando que los alumnos tenían para él. Almorzaron en su despacho, donde ambos observaron sus programas de veterinarios en la pantalla del computador de su escritorio. Tuvo una clase más y luego pasaron directamente a Kensington
Ahora, sentado sobre el sofá marrón, abrazando a su perro, Severus Snape se encontraba a mitad de la sesión, contando todo lo que necesitaba exteriorizar para poder dormir tranquilo.
—Nunca hubiese esperado que tu perro fuera tan tranquilo —habló mientras apuntaba algo en su libreta. Ambos "pacientes" levantaron la cabeza y la mirada en dirección al doctor—. Siempre dices que es muy activo, que solo sabe saltar de aquí a allá, que no puede quedarse quieto —el perro inclinó la cabeza a la derecha y el doctor sonrió—. Empezaré a creer que me estás diciendo mentiras.
—Hoy es un día excepcional —respondió el profesor acariciando el lomo del can—. Se ha portado bien la mayor parte del día. ¿No es así, amigo? ¿Quién es un buen chico? ¿Quién es un buen chico? —solo bastaron esas palabras para que el perro enloqueciera en sus brazos y dirigiera su hocico al rostro de su amo para lamerlo en repetidas ocasiones— Ya basta, déjame. Ya no te diré nada.
El perro ladró y luego se recostó sobre sus muslos, apoyando su hocico entre sus patas.
—Es terapéutico, ¿verdad? —preguntó Sharpe.
—¿Qué cosa?
—Lamarck —señaló como si fuese lo más obvio—. No necesito hacer un seguimiento para darme cuenta de que ese perro tiene un efecto terapéutico en ti. Te calma. Te veo más relajado que en otras sesiones. Es como si le pasarás todos tus males, tus pesares.
Snape dirigió su mirada al can. Su peludo amigo meneaba la cola rítmicamente de un lado al otro al sentir el contacto de sus manos acariciando su pelaje. Pues sí, pensó mientras depositaba unas palmaditas sobre su cabeza. Lamarck tenía un efecto sedante él, lo calmaba y evitaba que pensara en aquellos terribles recuerdos. Lo hacía sentir seguro, como si tuviera su propio guardaespaldas. No hubiese podido sobrevivir las últimas 48 horas sin él y eso era un hecho irrefutable.
—¿Qué pasó después de ambos se calmaron? ¿Volvieron donde tus abuelos?
—Esperamos a que ella se tranquilizara para volver a Prince House. La pobre no dejaba de temblar… Fuimos muy lento. Mamá me sentó sobre sus piernas para que tomara el volante y condujera. Sé que suena peligroso, pero el camino era recto en su mayoría y ella apenas presionaba el acelerador, prácticamente llegamos de noche porque hasta las nubes se movían más rápido que nosotros —respondió sonriendo de lado con tristeza. Recordaba ese viaje como si fuese ayer. Su mamá se aferraba a su delgado cuerpo con ambas manos y mantenía su rostro escondido en la parte trasera de su hombro, dejando al niño completamente a cargo del manejo del auto y de la vida de ambos—. Desde entonces le tengo a miedo a conducir… Me produce pánico.
—Entiendo —el hombre volvió a apuntar algo sobre su libreta y se acomodó sobre su asiento—. Aun así, tienes licencia de conducir, si no me equivoco, ¿verdad?
—Sí. La saqué cuando estaba en la universidad. Lucius me enseñó a conducir. Dijo que lo necesitaría por si se emborrachaba y no podía manejar de regreso a la residencia —ambos soltaron una pequeña risa ante aquel comentario—. La verdad fue que la saqué porque la necesitaba para unos papeles… Fue un completo caos. Ni siquiera podía acelerar, entraba en pánico cada vez que veía a otro auto viniendo en dirección contraria. Conducía demasiado lento, Lucius decía que llegaba más rápido caminando que conmigo al volante—volvió a sonreír—. No sé cómo hice para pasar el examen. Creo que fue porque había alguien a mi lado que me indicaba qué hacer y las reglas que debía seguir.
—Entonces, conducir no es lo tuyo.
—No. Prefiero hacer la fila del metro o caminar.
—Supongo que jamás tuviste un carro, ¿no es así?
—Compramos un auto con Valerie para el uso exclusivo de ella. Ella lo escogió y era su responsabilidad. No era la gran cosa, pero funcionaba bien. Lo pagamos en cuotas. Demoramos como cinco años, creo —hizo memoria de aquel día en la concesionara. Valerie estaba emocionadísima con la idea de tener un carro propio y dejar de tomar el tren. Escogió uno color rojo, demasiado llamativo para el gusto de Snape, pero si a ella le gustaba, él la complacería—. Se lo deje por completo cuando nos divorciamos.
—¿No lo vendieron y repartieron las ganancias?
—No. Era suyo, lo usaba ella. Yo no quería un auto y, en ese momento, le hubiese dado lo que ella quisiera para que se quedase conmigo.
Estaba bien reconocerlo, supuso. Ese tema estaba ya superado y se sentía lo suficientemente seguro como para admitirlo en voz alta. Después de todo, estaba en un ambiente seguro y neutral donde todas las ideas serían bien recibidas… ¿verdad?
—Ya veo —volvió a anotar algo en su libreta, poniendo nervioso a su paciente. ¡¿Qué tanto escribía ahí?! Se sentía como una rata de laboratorio en fase de observación—. Noto que este… que esta tendencia a… que este problema que tenemos con respecto a… a como tomamos el abandono viene de tu madre, ¿no es así? Es algo muy propio de ella por todo lo que me has venido contando a lo largo de las sesiones. La forma en cómo reaccionas al abandono es algo que has aprendido de ella de forma inconsciente —Snape no supo si asentir o no, no estaba seguro de cómo tomar estas declaraciones—. ¿Te gustaría compartir conmigo cómo fue su reacción cuando fuiste a Hogwarts por primera vez? Porque terminaste yendo. Me gustaría saber cómo fue esa… esa experiencia.
Snape se mantuvo callado por unos instantes. Por supuesto que recordaba la reacción de su madre cuando le dijo la verdad, cuando le dijo que tomaría el siguiente tren rumbo a Londres, hacia Hogwarts. Fue un completo drama en el cual su abuelo y hasta el propio director Dumbledore intervinieron.
—No se lo tomó de la mejor manera.
—¿Qué hay de tu papá? ¿Dijo algo?
—Solo preguntó cuándo iba a costar. Como prácticamente era gratis, dijo que hiciera mi maleta, que él mismo me dejaría en la estación de trenes... Creo que ese fue uno de los pocos momentos donde fue amable conmigo —confesó apretando un poco al perro junto a él—. Me dio tres libras para que me comprara algo del carrito de comida... Recuerdo que compré un chocolate en forma de rana. Eran populares en ese entonces. ¿No sé si se acuerda?
—Sí, lo eran —le sonrió—. ¿Tu mamá fue contigo a la estación?
—No, estaba muy resentida. Recuerdo que trató de persuadirme hasta el último minuto.
Hizo una pausa, una muy larga. Había algo que lo molestaba desde hace años y era su último día en La Hilandera antes de irse a estudiar a la gran ciudad. Nunca olvidaría aquella rabieta que su madre hizo para que no se fuera de la casa. Fue tan fuerte que incluso el propio Tobías estuvo sorprendido y por eso se había portado bien con su único hijo durante todo el camino a la estación de trenes. ¡Incluso le había dado un abrazo de despedida! Seguro para compensar el mal comportamiento de su mujer.
Nunca lo había contado en voz alta, ni siquiera a Valerie. Ahora que estaba frente a Sharpe, pensó que sería un buen momento para ello.
—Dijo que se iba a matar si yo me iba —Sharpe se quedó helado, pero trató de mantenerse lo más profesional posible. Al instante, anotó algo en su libreta—. Y sí que lo intentó.
—¿Tu mamá intentó suicidarse? —preguntó con delicadeza, como si estuviera manipulando una bomba.
—Falló por poco —comentó desviando la mirada e intentando mostrarse fuerte, subiendo al máximo sus barreras, resguardándose tras su frialdad—. Dos cortes en las muñecas —el hombre dibujó los cortes en su propia piel, señalándole al doctor el lugar en donde se ejecutaron las dos largas líneas horizontales—. Tobías la encontró y la llevó al Hospital de Obreros justo a tiempo. Al día siguiente, la Sra. Stewart de Servicio Social vino a Hogwarts con la noticia. Mi mamá quería verme así que me fue a buscar para volver a casa... No había pasado ni un mes desde que habían empezado las clases.
—Ya veo.
—Una vez leí... —se tomó su tiempo para continuar. Lamarck movía la cola con suavidad, mientras apoyaba su peso sobre las piernas de su amo—. Una vez leí que el suicidio mediante el corte de las muñecas es solo 5% de los métodos más comunes. La efectividad no es muy alta, a menos que sea un corte profundo o vertical y, aun así, tendría que pasar un lapso de media a una hora para que… —no logró completar la frase, no tenía el valor para hacerlo.
—Pues sí... Me temo que el que tu mamá hiciera eso fue un intento desesperado por llamar tu atención.
—Y lo hizo. Yo regresé a casa durante casi un mes para hacerle compañía... Tal vez fue un poco menos, no lo recuerdo… Fue un periodo largo de calma, ¿sabe? Incluso Tobías se portaba amable con ella y conmigo. Solía levantarse temprano y comprar pan recién horneado. A veces, traía duraznos en almíbar… Ninguno de los tres quería hablar del tema, simplemente fingimos que no pasó.
—Severus... —
El doctor se quitó los lentes y observó a su paciente directo a los ojos. Snape tembló ligeramente. Conocía esa mirada, nada bueno venía cuando el Sr. Sharp se retiraba los lentes. No sabía qué esperar, pero fuera lo que fuera, estaba preparado... o eso creía. Sharpe humedeció sus labios y buscó dentro de su cabeza las palabras apropiadas para comunicar lo que vendría a continuación.
—Lo que te voy a explicar no será fácil. ¿Te gustaría tomarte unos minutos antes de que vaya a decir lo que tenga que decirte?
—Sí, por favor.
Aprovechó ese par de minutos n para ir al baño y mojarse la cara. Como quería salir corriendo de ahí; sin embargo, huir no era una opción. Él estaba ahí para lidiar con todos esos problemas que lo habían marcado, él estaba ahí para comprender mejor a su difunta madre, hacer las paces y por fin sentirse en paz. No obstante, eso no quitaba el miedo que le tenía a la observación del Dr. Sharpe.
¿Y si no le gustaba lo que iba a decir? ¿Y si solo empeoraba las cosas? ¿Y si lo ofendía? Las posibilidades eran tantas.
—En primer lugar, quiero aclararte esto y quiero que quede muy claro, Severus, y es que yo soy TU psicólogo. No el de tu madre, soy el tuyo. Yo no puedo hacer una evaluación de ella porque no la conocí, jamás la he tratado. Mi única fuente de información eres tú y, aun así, no puedo fiarme al 100% de todo lo que me cuentas porque fuiste pro el principal afectado, entonces esos recuerdos están guardados tal y como tú crees que los viviste, envueltos e influenciados por todas las emociones que sentiste en momento. También hay que recordar que muchos de ellos abarcan edades de tu infancia y niñez por lo que, con la perspectiva de un niño, pudiste o no maximizar ese recuerdo. ¿Quedó claro? —el profesor asintió— Bien, entonces, voy a proceder a darte mi análisis sobre el perfil psicológico de tu madre y cómo fue que esto te afectó y te sigue afectando.
Por lo que me cuentas, puedo deducir que tu madre, al igual que tú, sufría de depresión. De nuevo, esto necesita la confirmación de un laboratorio y pruebas químicas, pero tiene todos los indicadores de una persona depresiva o predisposición a la depresión. En algunos casos, este desbalance hormonal que genera la depresión puede ser heredado así que no sorprendería que lo hayas heredado de tu mamá. Ahora, con respecto a ella, creo que es posible que ella sufriera de esto desde hace mucho tiempo. Tenía un carácter débil y creció en un hogar muy autoritario donde la figura dominante era un padre con quien, es obvio, no tenía una buena relación. Sumado al hecho de su "destierro", podemos decir que fueron probables factores que… eh… fomentaron su enfermedad. El ser humano es un animal social por naturaleza. El hecho que, de la noche a la mañana, pierda todos sus lazos familiares, posiblemente amistades, en general, todo vínculo social que ha cultivado a lo largo de su vida, pudo llevar a tu madre que se sumiera en una depresión profunda.
—Me dijo que fue como una ley de hielo sin fecha de caducidad —explicó acariciando al can—. Solo sus padres y tía Margaret le hablaban y eran en muy raras ocasiones.
—El aislamiento o, en este caso, el destierro de una familia podría considerarse un tipo de abuso psicológico —el profesor asintió—. Una persona con esas condiciones fácilmente sería manipulable por la primera persona que le demostrara la más mínima muestra de afecto. En su vulnerabilidad daría lo que fuera para no volver a perder este contacto humano, lo que fuera para no quedarse sola. Esto es lo que me lleva a mi siguiente factor: la dependencia.
Por alguna razón, aquella palabra le daba mucho miedo.
—Otro rasgo muy marcado que veo en ella es la dependencia emocional. Se aferró todo lo que pudo al "amor" que podía darle su pareja, tu padre. Tal vez por eso nunca se atrevió a denunciar, por el temor a quedarse sola —el psicólogo revisó sus notas, concediéndole a su paciente cinco segundos de descanso antes de continuar—. Eventualmente llegaste tú y, pues, lograste ampliar ese pequeño círculo. Compartiste con Tobías toda esa atención y devoción, hasta entonces, exclusiva para él, pero poco a poco, te convertiste en alguien mucho más importante. Su dependencia emocional hacia ti se hizo tan fuerte que por eso enloquecía cada vez amenazabas con irte las cuales, me cuentas, no fueron pocas. Si te perdía… perdía todo. Tobías jamás le iba a devolver el amor que tú sí le dabas.
Si lo pensaba, puede que sí tuviera razón. A veces solía preguntarse si su madre seguía con Tobías por amor o por simple costumbre.
—Era normal que quisiera recuperar tu atención, eres la única persona con la que podía hablar. Te necesitaba de regreso de inmediato. Ese intento de suicidio fue un grito desesperado de ayuda... Eileen debió llevar un tratamiento, pero no lo hizo, ¿verdad? —Snape negó— ¿No se la ofrecieron cuando salió del hospital?
—Los de Servicios Sociales dijeron que sí, pero que ella no colaboraba… Alegaron que no estaba en condiciones para cuidarme. El hecho de que ya existiesen denuncias previas de los vecinos por las peleas con Tobías hizo que Servicios Infantiles quisieran alejarme de ella.
—¿Y darte en adopción?
—Es una forma de decirlo —el hombre desvió la mirada hacia las ventanas. Observó las cabezas de dos transeúntes pasar frente al edificio y seguir su camino, ocupados en sus propios mundos—. Le pedí a Dumbledore que interviniera… No hizo gran cosa, solo pudo darme refugio en Hogwarts hasta que las cosas se calmarán.
—Ya veo.
Sharpe volvió a sumergirse en el mundo de su libreta y Snape se quedó ahí, en silencio, sin saber qué decir. El consultorio estaba tan callado que era capaz de escuchar el sonido del engranaje interno de su reloj de mano haciendo tictac. Lamarck jadeaba sobre sus muslos, aburrido de tanta tranquilidad, por lo que no tardó en revolverse sobre sí mismo y bajar al suelo, buscando algo con qué entretenerse.
—Doctor —llamó el pelinegro. Sharpe levantó la mirada y le hizo un ademán para que continuara—. Usted dijo que estos comportamientos que tuvo mi mamá me afectaron en el pasado y ahora. Es claro que sí lo hicieron cuando era más joven, pero, ¿cómo es que siguen afectándome ahora? Me estoy esforzando para ser la mejor persona que puedo hacer. Vengo a terapia y, pues, trato de construir relaciones sanas con mis amigos.
—Compartes muchos rasgos con tu mamá. Técnicamente, sería imposible que no, ella fue el único ejemplo a seguir para ti. Noto que ambos tienen un serio problema con respecto al tema del abandono debido a este… a esta dependencia que, de cierta forma, ambos comparten. Obviamente, tú lo eres en menor medida que Eileen, pero, al fin y al cabo, noto que ambos tienden a… a idealizar a sus parejas y se vuelven dependientes a ellas.
En… En anteriores sesiones, habíamos dejado muy en claro que tienes un fuerte problema con el abandono en general, sobre todo con el de la pareja. Sin darte cuenta, tiendes a complacer a las personas para que no se vayan de tu lado. Digamos que es como un mecanismo para asegurar que no te quedarás solo —Snape frunció el ceño e intentó replicar, pero fue interrumpido—. Sí, sí. Yo sé que te gusta estar solo, sé que te gusta tu soledad, amas la tranquilidad de tu casa y esas cosas, pero en sí, nunca estás "solo".
—No lo entiendo.
—Puedes vivir solo, puede gustarte hacer tus actividades completamente solo o ser muy reservado con tus relaciones interpersonales y es normal, muchas personas son así. Significa que eres muy autosuficiente, muy precavido y, a primera vista, me da la impresión de que no eres una persona dependiente, pero, cuando vemos el panorama completo, en el fondo tú sabes que no estás solo. Sabes que, detrás de ti, siempre vas a contar con el respaldo de personas como Lucius o Narcisa o tus otros amigos. Sabes que puedes tomar el teléfono y llamarlos y ellos siempre van a estar ahí, listos para lo que necesites. Sabes que cuentas con el apoyo de personas como tus colegas, incluso de tu jefe, creo que me hablaste muy bien de él, que era como una figura paterna para ti.
—Así es.
—Bueno, entonces, sabes que puedes contar con el apoyo de tus amigos, de las personas que consideras tu familia. Sabes que solo están a una llamada de distancia y son incondicionales y que harían lo que fuera por ti —pues, si lo veía de ese modo, tenía razón, no se encontraba solo—. Hasta ahí, no hay gran diferencia con el resto de personas. Ya te dije, somos criaturas sociales por naturaleza y, sabes, yo me alegro que tengas buenos amigos, pero también me he dado cuenta que eres muy complaciente con ellos. Sé que no te das cuenta, pero tú cedes mucho, les das muchas libertades sobre ti. Los dejas entrar en tu vida íntima, haces lo que ellos te piden, cumples los caprichos de Narcisa…—
—Es imposible no cumplirlos. No es como que tenga opción.
—Bueno, sí. Narcisa es todo un caso —respondió a su broma—. A lo que voy es que, de forma inconsciente, siempre terminas complaciéndolos. Nunca tomas partido por ninguno de ellos porque te gusta estar en buenos términos con ambos. Siempre haces todo lo que Draco quiera hacer porque te gusta que te siga buscando. Das la impresión de que no te agrada nadie y que te molestan las personas y puede que sea así la mayor parte del tiempo, al menos con desconocidos, pero con las personas a las consideras tu familia o que son especiales para ti, tiendes a complacerlos de manera desmedida para que siempre estén a tu lado.
—Eso no es cier…—
—¿Cuántas veces has cedido ante Lucius o Narcisa? ¿Qué no eres tú quien siempre acepta lo que ellos quieran hacer, a dónde ellos quieran ir o a las personas con quien ellos creen que debes relacionarte? —Snape hizo memoria y no se atrevió a responder porque sabía la respuesta—. ¿Cuántas veces les has permitido meterse en tu vida privada a pesar de que ya les habías advertido que no los necesitabas para ello? ¿Cuántas veces les has permitido intervenir dentro de tus problemas de pareja o de familia? —Snape se mordió la lengua y se removió en su asiento, molesto e incómodo— ¿Recuerdas alguna sola vez en la cual fuese Valerie quien se disculpara primero durante alguna discusión? ¿Alguna vez ella cedió ante ti, por algo que tú quisieras? ¿Cuántos caprichos le has complicó o cuantos desprecios le has aguantado sin quejarte? —de nuevo, nada. Su cambio de ánimo alertó al perro el cual, al instante se acercó hasta quedar a la altura del sillón— ¿Cuántas veces has cedido ante los deseos de tu madre? Lo que me acabas de contar, lo del carro, es una muestra de este comportamiento. Te enseñaron a ser así… No, perdón, me corrijo. Te forzaron a ser así. A complacer.
Snape negó la cabeza, tensándose.
—Complaces para no perder a las personas que son importantes para ti, Severus, sobre todo con tus parejas o bueno, pareja, porque, de una u otra forma, eres dependiente a ella —Sharpe lo observó a través de sus gafas. Su mirada era serena y segura—. No te culpo. Es algo que haces de forma inconsciente. Los eventos ocurridos durante tu infancia te enseñaron, te condujeron a esto como un método para asegurar tu seguridad y la seguridad de las personas que querías que, en este caso, era tu madre. Si cedías, ella sería feliz. ¿No es verdad?
Snape no fue capaz de responder. Su mente estaba demasiado ocupada procesando los hechos como para pensar en formular una respuesta apropiada.
—Creciste con la idea de proteger a esa persona a tu lado que está "indefensa" por lo que tienes esta costumbre de complacer y ceder porque, al menos es lo que yo estoy interpretando, es tu forma de mantenerla feliz y, por, sobre todo, a tu lado. Aprendiste que, cediendo ante tu mamá, ella iba a estar a salvo, ibas a estar cerca para protegerla de toda esta situación difícil que, de por sí, ya vivías en casa. De una u otra forma, asimilaste su forma de ver la vida. Asumiste que ese estilo de vida era lo que ambos merecían y que no podías aspirar a más porque no lo merecías. Solo estaban ella y tú. Eras un niño, eras manipulable.
Luego, cuando creciste y conociste a Valerie, estas costumbres persistieron. Esto ya lo hemos tratado el año pasado y al anterior a ese. Durante todos los años que llevaste de relación con ella, hubo muchas ocasiones en las que se hace constancia de una fuerte autoridad que ella ejercía sobre ti. Si bien, nunca hubo un maltrato o un abuso físico, eh, me doy cuando de que fácilmente Valerie sabía cómo hacerte sentir culpable de ciertas cosas para que cedieras ante ella. Inconscientemente, traspasaste esa dependencia que tenías hacia tu madre a Valerie y, pues, cuando te pidió el divorcio y se fue del país, ya sabemos cómo lo pasaste.
Todos sabían lo que había pasado cuando Valerie tomó ese avión rumbo a América. Los peores tres meses de su vida. Apenas fue capaz de salir de su cama para ir al baño y tomar agua. De no haber sido porque Narcisa y Lucius mandaron a Dobby y a sus propios guardaespaldas a sacarlo de la casa, probablemente lo hubiesen encontrado colgado del techo.
Tres meses enteros de un completo infierno del cual, pensó, jamás podría escapar.
—Creo que… creo que aún no me siento listo para hablar de eso, doctor.
Snape se hundió el sillón y desvió la oscura mirada hacia la amplia biblioteca de su psicólogo, evadiéndolo por completo. No estaba preparado para hundirse en aquellas aguas misteriosas que eran sus pensamientos más profundos e inconscientes. No estaba seguro si le agradaría lo que podría encontrar ahí. A veces era difícil aceptar que no estabas bien. Había tantas cosas que había ignorado por años, tantas cosas que había enterrado en lo más recóndito de su ser que, simplemente, había olvidado que existían y que seguían ahí, que nunca se fueron y, probablemente, jamás se irían.
Él no era dependiente… ¿verdad?
Porque, si lo era, ¿eso significaría que era como su madre?
¿Por qué sonaba tan terrible? ¿Por qué sonaba como si le acabaran de decir que se iba a morir? Sí, era conformista, tal vez demasiado y, sí, también cedía mucho. No tenía argumentos para refutarlo, su simple vida actual lo confirmaba, pero ¿dependiente?
Es cierto que sintió morirse cuando Valerie le pidió el divorcio. Asumió que se debía por lo inesperado de toda la situación, tal vez porque aún tenía esperanzas de que pudiera cambiar y que todo se arreglara. Sumado a todo ello, también estaba el abanico de emociones que sentía en ese momento: ira, tristeza, traición, vergüenza, rabia, dolor, entre muchas otras. Era cierto que se humilló a más no poder para que ella no se fuera de su lado y sí, en algún momento, admitió en voz alta y entre lágrimas que se prefería morir a que ella lo dejara, pero… ¿Eso lo volvía dependiente?
Pensó en su madre un momento. ¿Cuántas veces había la había visto en esa misma situación? Llorando a los pies de Tobías, frotando la cabeza contra sus piernas mientras que, con sus manos, sujetaba la tela con fuerza, inmovilizando al hombre para que no cruzara la puerta.
¿Que ambos hubiesen preferido morir a dejar ir a sus respectivas parejas los volvía dependientes?
Llevó sus dedos a sus sienes y las masajeó suavemente. Era demasiado para procesar ahora. Prefería esperar un poco, asimilarlo y, luego, consultarlo con la almohada durante la noche.
—Bueno, cambiemos de tema, entonces. Todavía nos queda media hora. ¿De qué te gustaría que habláramos? —preguntó tomando aire y estirando un poco las piernas.
La verdad es que Severus ya no quería estar ahí. Quería levantarse, salir de ahí y caminar sin rumbo hasta que se le cansaran las piernas. Hoy no era un buen día y parecía que no acabaría nunca. Estuvo muy tentado a despedirse y abandonar la habitación, pero sabía que no podía. Primero, porque sería huir y él nunca huía… o al menos eso era lo que se proponía. Segundo, porque sabía que esto era "un mal necesario", era parte de la terapia escuchar tanto lo bueno como lo malo de él, solo de esa forma podría conocerse a sí mismo, podría saber qué era eso que lo hacía fallar y cómo podía mejorar y superarse. Tercero y, tal vez, el que más lo angustiaba, era que esos 30 minutos igual sería cobrados en la factura incluso si él no habría la boca. No le afectaría mucho si él fuera quien pagara ese gesto, pero la factura iría directo a la cuenta bancaria de Lucius Malfoy.
Así que tenía que quedarse y ser valiente.
Meditó por unos minutos sobre cualquier otro aspecto de su vida del cual quisiera hablar, pero su mente seguía tan confundida por su "nuevo" descubrimiento que no podía pensar en otra cosa. Sin quererlo, empezó a asociar ideas y algunos eventos en su cabeza, analizando si estos eran productos de su conformismo y dependencia o no. Es por eso que fue inevitable que, en un determinado momento, se preguntara si esta dependencia podría afectar sus futuras relaciones sentimentales en el caso de que quisiera volver al complicado mundo de las citas y las relaciones.
Por ende, sus pensamientos lo llevaron hasta la joven mujer que había estado rondando en su cabeza durante estos últimos meses: Hermione Granger.
—¿Y bien? ¿Hay algo de lo que quieras hablar?
—De hecho, sí, lo hay.
—Adelante, te escucho.
Snape cerró los ojos y contó hasta diez mientras tomaba aire y algo de valentía para contar todo. No solo estaba a punto de hablar sobre Hermione y lo importante que era en su vida, iba a contarlo todo. Estaba a punto de contarle sobre aquel día hace un poco más de tres años en el metro de Southfield y su algo perturbador hábito de sentarse frente al estudio a verla asomarse por la ventana. También hablaría de esta nueva pasión que había descubierto en el ballroom, de los nuevos amigos que había hecho en el estudio y la montaña rusa emocional que se había convertido esta pseudo-relación con la castaña y como es que ella se había ganado su corazón.
—¿Recuerda que usted me dijo que sería bueno que saliera de mi zona de confort y buscara nuevas actividades? —Sharpe asintió— Pues, eso he estado haciendo casi toda la primera mitad de este año y, bueno, es una larga historia.
—Me gustan las historias, sobre todo si son largas —motivó sonriéndole.
Durante casi todos los treinta minutos, Severus Snape se dedicó a relatar cada aspecto, cada pequeño detalle, cada nueva emoción y cada tierno recuerdo que había desarrollado a lo largo de esos años. Aquellas tardes de amargo café y dulces croissants en Earl's Court Road, aquellos primeros torpes intentos de entablar una conversación con Hermione, aquel frío e injustificado rechazo, la tranquilidad que le brindaba el aprender ballroom, esa nueva faceta de su vida en la cual, dentro de un nuevo ambiente con nuevas actividades y nuevos amigos, podía sentirse como otra persona, una persona sin etiquetas, una persona completamente diferente, libre de toda presión y pasado. Por supuesto, no tardó en llegar al nacimiento de su relación con Hermione, a aquellas tardes de paseos, las noches cocinando para ella, las sesiones de baile, aquella lejana gala en el Bloomsbury y los besos y risas que habían compartido.
Optó por omitir detalles muy íntimos, sobre todo aquellos que involucraban una cama. Esos dulces recuerdos eran solo para él.
Pero no podía contar solo lo bueno, también contó aquellas peleas, los malentendidos, su "engaño" y el rechazo que había experimentado en la estación de tren de Southfields. Contó cómo fue que ella fue a buscarlo y a pedirle perdón, los miles de intentos de recuperar su amistad y hasta su amor. Se abrió por completo ante Sharpe y le contó cosas que ni siquiera a Lucius le había contado.
También le comentó lo confundido que lo hacía sentir. Sabía que no era "normal" enamorarse de una persona que era 20 años menor y tenía la edad para ser su hija, pero que no podía evitarlo. Ella lo hacía sentir bien. Aquella vitalidad propia de la castaña le hacía recordar los días lejanos de su juventud. Le contó lo mucho que le gustaba pasar tiempo con ella, estar cerca, hablar con ella, saber de su vida, conocerla. No necesitaba besarla o hacerle el amor para sentirse bien —aunque no iba a negar que disfrutaba mucho de ambos—, él era feliz con su simple compañía, incluso con sus agradables silencios. De cierta forma, Hermione le daba la esperanza de que, tal vez, él podría tener otra oportunidad para demostrar cuanto podía amar.
A la vez, le comentó lo difícil y doloroso que era para él pensar en ellos como una pareja dado aquellos altibajos. Hermione estaba aprendiendo a perdonarse, estaba intentando rehacer su vida, esta vez, de la forma correcta. Recién estaba subiéndose a la bicicleta y echando a andar a otra vez por lo que no estaba seguro si era lo ideal que ambos iniciaran una relación en ese momento. Ella no necesitaba una pareja, necesitaba concentrarse en su regreso y prepararse para afrontar el renacer de los indiscretos comentarios sobre ella y Weasley en cuanto volviera a poner un pie en los escenarios.
Por otra parte, estaba el hecho de que estaba asustado con la idea de volver a abrirle su corazón a alguien, sobre todo a ella. La primera vez no había resultado nada bien. Ella lo había rechazado sin aparente remordimiento y él había quedado como un tonto adolescente enamorado frente a sus propios amigos, por no mencionar que su cuerpo había sido vilmente ultrajado para saciar los más profundos deseos carnales de la castaña. No era que se quejara, pero quería dejar en constancia ese hecho. ¿Qué le garantizaba que esta segunda vez —si es que había segunda vez— las cosas serían mejores?
Nada.
¡Absolutamente nada!
Salir con Hermione sería como dar un salto de fe al vacío y esperar a ver qué pasaba y, por supuesto, rogar no salir herido.
Asimismo, estaba el hecho de que no se consideraba lo suficientemente bueno para ella. Hermione era brillante, joven, muy hermosa, divertida y talentosa como solo ella podía ser. Tenía grandes aspiraciones para su vida, tenía planes ambiciosos y, aunque el camino para lograrlos fuese díficil, estaba seguro que ella lo lograría. Era joven, tenía mucho por vivir y, si hacía las cosas bien, no dudaba que llegaría lejos.
En cuanto a él, bueno, él era él.
No era atractivo, eso podía asegurarlo. Jamás se había considerado a sí mismo como una persona atractiva. Era muy delgado —o bueno, solía serlo la mayor parte del tiempo—, tenía el cabello graso y opaco, la piel seca y cetrina, su perfil no era el mejor por no hablar de su postura. Tenía un carácter de mierda y era un apático odioso sin remedio. Tampoco podía olvidar el hecho de que su vida se resumía como una serie constante de fracasos tras fracasos en todos los sentidos: fracasó en su carrera, fracasó en su matrimonio, fracasó en su cuidado personal, fracasó en su búsqueda de formar su propia familia, fracasó en sus intentos de empezar de nuevo y fracasó en volver realidad aquellos sueños tontos de infancia.
Realmente no había material con el cual trabajar.
A diferencia de él, Hermione había sido importante en el pasado. A su corta edad, había sido una de las bailarinas de ballroom más importantes de Inglaterra. A los 16 había ganado su primer nacional y a los 19 ya se encontraba en Blackpool, el pináculo de todas competencias, la meta de todos los bailarines de baile de salón. Hermione tenía un futuro brillante y prometedor, mucho más que el suyo. Él era testigo de lo mucho que ella había impactado dentro del mundo del ballroom a pesar de su corto tiempo en él. Aquellos bailarines y maestros que conoció en la gala del Bloomsbury le aseguraban que ella era el "Cisne de Cambridge", la bailarina más talentosa de su generación.
Y él… él era un don nadie.
No era ni miembro de la Royal Society ni un investigador del Museo Británico, ni siquiera era el profesor de Biología de Hogwarts y debía conformarse con la clase de Química y un par de asesorías de Física por las tardes. Ignorado por muchos y opacado por todos, ni siquiera lograba que pusieran su nombre en el proyecto del cual no solo había formado parte, sino que además había liderado. Si no fuera por su relación con los Malfoy, se preguntaba dónde estaría ahora. Realmente era un don nadie.
No era suficiente para Hermione, él no merecía alguien tan buena como ella.
—Creo… creo que eso es todo —concluyó apretando los labios en una delgada línea que le cortaba la circulación de sangre—. ¿Qué opina? ¿Cree que debería apostar por esta… por esta relación? ¿Cree que debería intentarlo?
Sharpe dejó escapar el aire de sus pulmones y se acomodó los lentes sobre el puente de su nariz. Luego, llevó su mano hacia su rostro y pasó sus dedos por su mandíbula en repetidas ocasiones, indicador de que se estaba devanando el cerebro tratando de encontrar la mejor forma de responder a sus preguntas. Cerró su libreta y la dejó a un lado, adoptó una postura más cómoda y, finalmente, respondió, cosa que Severus agradeció pues no era capaz de soportar tanto silencio.
—Pues… Lo que me planteas es un poco, eh, cómo decirlo… Es un poco complejo, Severus —empezó intentando sonar seguro, pero Snape era bueno leyendo personas y le fue fácil detectar aquella duda en su voz—. Por un lado, te voy a felicitar por el hecho de intentar cosas nuevas. Me parece muy saludable y valiente que salgas de tu zona de confort y que tengas nuevas experiencias, es algo que te he sugerido mucho y me alegro que sigas mis consejos. La verdad es que me sorprende un poco que escogieras el baile pues, realmente, no me das la impresión de que seas una persona a la que le guste bailar, pero creo que eso me pasa por prejuzgar.
—La verdad es que no fue fácil. Ni siquiera yo estaba seguro si quería hacerlo, pero a medida que iba asistiendo a las clases, me di cuenta de que me gusta y que soy bueno en ello o al menos eso me han dicho —respondió levantando los hombros de manera descuidada, aunque, por dentro, estaba preocupado por aquella confesión—. No se lo he dicho a nadie aún. Lucius y Narcisa no tienen idea de que sé bailar, así que le pediré que esto se quede dentro de estas paredes, por favor.
—¿Por qué no se lo has dicho? Son tus mejores amigos después de todo, ¿verdad? —cuestionó— ¿Te preocupa que se enteren?
—Un poco… mucho.
—No estás haciendo nada malo. No veo por qué deberías angustiarte por eso. Bailar es una buena actividad, muy buena para el corazón y las articulaciones. Mi esposa hace cardio todos los días, treinta minutos bailando frente al televisor y se conserva muy bien —le comentó sonriendo, haciendo que Snape se relaje un poco—. Además, el ballroom es un baile tan elegante, tan… tan… soberbio, lleno de gracia. Creo que tu estilo de baile. Es… calmado, tranquilo, elegante, distinguido, creo que te sienta bien.
Snape sonrió de lado e inclinó la cabeza. Si supiera, pensó.
—El ballroom es más complejo de lo que parece. No es para cualquiera. Aprendí mucho durante esos meses y es más que bailar vals y portar trajes elegantes —Mucho más. Era una combinación de bailes y estilos exquisitos, era una competencia dura y feroz, era pasión y química entre las parejas, era mucho más que verse bonitos—. Conozco a Cissy y a Lucius como la palma de mi mano, Sharpe. Sé que… sé que se burlarían de mí si lo supieran. No creen que sea capaz de salir de mi zona de confort y hacer nuevas actividades. No lo hacen con maldad, claro que no, y sé que no se burlarían en serio, pero es un tema muy delicado e importante para mí y no me gustaría que alguien se burlara… Además, ya ni siquiera he vuelto a bailar, así que no tendría ningún sentido contárselos. No me atrevo a aparecerme por el estudio. Siento que, no sé, no estoy listo. Fue bueno mientras duró, no quiero arruinar el recuerdo.
—Entiendo —Sharpe volvió a acomodarse sobre el asiento, esta vez, cambiando de posición sus piernas y pasando una mano por su corta cabellera—. Volviendo al punto principal, que es lo que nos interesa, me preocupa un poco este... este tema. Veras, de nuevo, me parece excelente que te des una oportunidad para volver a salir, tener citas y, pues, buscar una mujer buena con la que puedas entablar una relación ya sea temporal o para algo más serio. Sin embargo, lo que más me preocupa, dentro de muchas cosas, es la más... digamos que, eh, digamos que la más notoria, que es la gran diferencia de edades que hay entre ustedes.
—Si sirve de algo, doctor, a mí también me preocupa.
—Severus, tienes 42 años y me dices que ella acaba de cumplir 23. Eso les da una diferencia de 19 años, prácticamente 20 años de diferencia y déjame decirte que eso es una diferencia muy, muy notoria, Severus —exclamó algo sorprendido, no alterado, pero sí sorprendido. No le sorprendía su reacción, él hubiese reaccionado exactamente así si se encontrara en su lugar. Veinte años era toda una vida—. Quiero que entiendas algo. Toda relación es difícil de llevar. Mucho más allá del amor y el cariño que la pareja se tenga, una relación conlleva esfuerzo, dedicación, compromiso, respeto, confianza y mucha paciencia. No son fáciles. Si lo fueran, yo no tendría tantas sesiones programas con parejas en crisis —bromeó aligerando el ambiente. Y tampoco cobraría tanto por sesión, pensó Snape—. En una relación donde los miembros se llevan tantos años hay muchos más factores que se suman a los que ya te mencioné. Entonces, si de por sí tener una relación "normal" es difícil, imagínate el doble esfuerzo que conlleva una relación donde la pareja tiene una diferencia de edad muy alta como es tu caso.
Ya se había imaginado aquella respuesta, pero no evitaba que fuera un poco decepcionante.
—¿Quiere decir que lo mío con Hermione no tiene futuro?
—No, no, no, a ver, no me malinterpretes —corrigió al instante, enfatizando con las manos—. No es que no tenga futuro, dije que sería muy difícil. Todo depende de la pareja, cada una es diferente. Como te digo, hay muchos factores que pueden determinar tanto el éxito el fracaso de esta relación.
—Doctor, dígame, ¿usted cree que es normal que yo sienta atracción por alguien tan... tan joven? —preguntó avergonzado— Digo, yo sé que no. Hermione podría ser mi hija... ¿Esto está mal? ¿Esto que siento por ella está mal?
Sharpe se masajeó el puente de la nariz. Esto sería más complicado de explicar de lo que hubiese esperado.
—No, no... no es malo, pero tampoco diría que, socialmente, sea lo más, eh, ¿apropiado? Lo que quiero decir es que una relación en la cual hay una gran diferencia de edad puede ser muy complicada de sacar adelante y suele ser principalmente por dos factores mucho más allá de lo biológico: el factor social y el factor psicológico. Si decides seguir con esto, es imposible que la gente no hable, Severus, porque lo harán. Socialmente, a pesar de que, en la mayoría de las relaciones, el hombre tiende a ser uno o un par de años mayor, sigue existiendo este "rechazo" a ver parejas con grandes diferencias de edad en lugares públicos haciendo actividades de un pareja "normal". No tardarían en llegar cuestionables rumores hacia ti y hacia ella, sobre todo de sus intenciones.
Snape asintió. No necesitaba ir muy lejos para confirmar eso, a Lucius ya se le había pasado por la cabeza que Hermione pudiera ser una caza fortunas en potencia.
—Y con respecto al factor psicológico, ustedes están diferentes etapas de la vida. Todo lo que esta chica vivirá, tú ya lo viviste. Está comprobado que las personas que apuestan por este tipo de relaciones se ven envueltas en futuros problemas debido a que van a diferentes ritmos. Los jóvenes, por el mismo hecho de que son jóvenes e inexpertos, son más acelerados. Quieren salir, quieren experimentar, son un poco más imprudentes, no se preocupan tanto por los riesgos, y sus planes son más a corto que a largo plazo. En cambio, los "adultos" de la relación son más pausados. A los 40 o 50 años, esta persona ya ha vivido, ya está cansada. Digamos que tiene un ritmo de vida más pausado, no está de fiesta en fiesta porque simplemente no se podría levantar al día siguiente y piensa más las cosas antes de hacerlas porque tiene responsabilidades más grandes, sobre todo si ya tiene o ya ha tenido una familia. No digo que no pueda funcionar, como te digo, depende mucho de la madurez de tu pareja y la paciencia y tolerancia que puedas tener, pero eventualmente terminarás robándole juventud.
—¿Robándole juventud? —preguntó confundido— No entiendo.
—Esta chica, Hermione… Tú, tú la describes como muy madura a veces, pero sigue siendo una adolescente. Tiene 23 años, todavía necesita de una guía, necesita experimentar, caerse, levantarse, necesita pasar por todo lo que significa ser adulto. Eso tú ya lo pasaste. Para que ella pueda llegar a la etapa mental en la que tú te encuentras, tendría que madurar muy rápido. Piénsalo un poco. Tú ya viviste toda esta montaña rusa emocional que son los 20 y los 30, posiblemente todas las crisis existenciales, todos estos cambios radicales que vienen con la edad, porque son cambios muy rápidos, ¿no es así? —preguntó tratando de fomentar la participación de su paciente en la conversación— Yo recuerdo que, cuando cumplí 30, pensé que el mundo se me venía encima. De un día para otro ya no tenía 20, ¡tenía 30! Es chocante cuando te das cuenta por primera vez que esa época ya pasó.
—Ni me lo digas —le siguió él, recordando aquellos años tan lejanos—. Cuando tenía 29, todavía me sentía joven. Si Valerie me decía para salir a bailar o a viajar, yo iba a donde ella quisiera, jamás le ponía excusa, pero cuando cumplí 30 y fui consciente de que tenía esa edad… no lo sé, fue como que todo cambió de la noche a la mañana y ¡solo había pasado un año!
—Ese es mi punto. Esta chica aún no ha vivido eso, recién tiene 23. Toda la sabiduría y experiencia que te da la edad, ella no la tiene. Ella va a otra frecuencia, mucho más acelerada, más atrevida y más arriesgada. Para muchas personas a tu edad, eso puede ser fastidioso. Muchos adultos que tienen relaciones con mujeres menores ya tienen familias, ya tienen hijos adolescentes, incluso adultos jóvenes. Entonces, cuando la chica quiere llevar la relación a otro nivel y se habla de matrimonio o tener hijos, sus parejas ya están cansados, ellos ya han tenido sus propios hijos y, para ser sinceros, ser padre a los 50 no es fácil.
—A los cincuenta no tienes la misma energía y paciencia que a los treinta —Snape estaba completamente de acuerdo. Conocía a algunos amigos de Lucius que ya tenían hijos de la edad de Draco o tal vez un poco más, pero que habían decido tener otros hijos de otros compromisos más jóvenes y casi siempre se les notaba cansados mientras cuidaban a sus ruidosos pequeños de cinco años, aunque solo fuese por un par de horas a la semana—. Entiendo su punto, pero… Yo no he dicho nada con respecto a formar una familia. ¡Ni siquiera estoy seguro si va a funcionar! No me arriesgaría de nuevo con la idea de formar una familia para que, luego, toda esa planeación resulte un fracaso otra vez… No lo soportaría.
—Sí, perdón —contestó avergonzado—. Estaba hablando en general… Eh, sí, eh, como decía, para que una relación de este tipo funcione hay dos opciones: o ella madura para adaptarse a él o el otro acepta lo las cosas tal y como son y trata de adaptarse a su vida de la mejor forma posible, es decir, uniéndosele en sus actividades propias de persona joven. Creo que muchos le llaman "crisis de la edad media" —comentó sonriendo de lado, recordando una anécdota graciosa con un paciente—. En el mejor de los casos, ambos se adaptan, como debe ser toda relación: un intercambio equitativo —Snape asintió, coincidiendo con el pensar del especialista—. No digo que no puedo funcionar, pero la mayoría fracasa porque van a diferentes frecuencias. Mientras uno busca aventura y diversión, otro busca estabilidad y tranquilidad. ¿Me entiendes?
Snape asintió con la cabeza. La verdad era que todo lo que Sharpe estaba diciendo tenía sentido. Su amigo Rabastan era el genuino ejemplo de eso. Hace un par de años, cuando Rabastan seguía casado con su primera esposa, él era completamente diferente a lo que era ahora. Era más pausado, más serio, más como sus otros amigos. Cuando empezó a salir con Regina, aquella chica joven de escultural figura, notó que su amigo había cambiado. Trataba de hacer más cosas de gente joven tal y como lo hacía Sirius Black. Se preocupaba y cuidaba mucho de su imagen, siempre trataba de aparentar que era más joven de lo que en realidad era.
Supuso que era él quien se estaba adaptando a ella.
Ahora, la pregunta era quién se adaptaría a quien si tomaba la decisión de estar con Hermione. No quería obligarla a madurar de la noche a la mañana, pero él tampoco quería pasarse las noches saliendo a bailar a discotecas o haciendo tonterías en público de las que luego podría avergonzarse. Él ya no estaba en edad para eso. Eso era algo que ya lo había vivido en su debido tiempo cuando estuvo en sus 20. Estaba seguro, que la experiencia no sería la misma ahora que tenía 42. Ya lo había comprobado en aquella discoteca en la playa. Más que ir a bailar y a divertirse, había ido a cumplir el papel de padre y vigilar que Hermione y sus amigas estuvieran a salvo.
—No digo que no pueda funcionar, ya te dije que todo depende de la pareja, solo quiero que seas consciente de los retos que, eventualmente, se les van a presentar. Esto no será miel sobre hojuelas.
—Nunca es miel sobre hojuelas —recordó con amargura—, pero debemos arriesgarnos, ¿verdad? —le recordó. Esa era una de las tantas frases que había aprendido estos años en terapia, Sharpe nunca se cansaba de repetirla. Este era un buen momento para ponerla en practicar— Solo así sabremos si valió la pena.
—Exactamente. Yo estoy a favor de que experimentes y si crees que ella es la indicada para una segunda oportunidad, solo me queda felicitarte, Severus. Realmente me da mucho gusto saber que te estás arriesgando y estás recuperando tu vida —le respondió con una sonrisa—. Sin embargo, es mi deber como tu psicólogo informarte de todo lo que podría pasar en un caso como este. De todas maneras, no tiene por qué ser algo serio ahora.
—Exacto —respondió el otro, desviando la mirada hacia su perro. El can inclinó la cabeza a un lado y lo observó con aquellos bonitos y brillosos ojos heterocromáticos—. Ni siquiera sé si lo volveremos a intentar. Por ahora solo somos... amigos.
—Bueno, independientemente de si se vuelve a dar la oportunidad o no, yo te recomiendo que, por el momento, no trates de apresurar las cosas. Si decides darte otra oportunidad y salir con alguien, quien sea, procura que todo vaya con calma. Sal, ten citas, conoce a la persona. Eventualmente, si la situación se presta para formalizar a algo más serio, sabes que siempre puedes consultarme cualquier duda que tengas, ¿entendido?
—Sí, doctor.
—Perfecto. Con esto terminamos —el hombre revisó su bonito reloj de pared el cual marcaba mucho más de la hora límite de la terapia—. ¡Ah! Mira la hora. Nos pasamos 20 minutos. Le diré a Lisa que lo anoté en la factura del Sr. Malfoy.
Hoy era día de ropa casual en Hogwarts.
Un día a la semana, Dumbledore permitía a los estudiantes de Hogwarts usar la ropa que ellos quisiera durante la jornada escolar. Los alumnos guardaban sus camisas blancas, pantalones y faldas negras y sus corbatas coloridas en sus respectivos baúles para sacar sus mejores ropas o, al menos las más cómodas. Muchos de ellos usaban polerones grandes y holgados; otros, camisetas con mensajes raros. Puede que hubiese alguna que otra niña con vestido, pero si había una tendencia en los pasillos era la del uso de pijamas divertidos.
—Boseman —llamó Snape desde su escritorio cuando vio a la joven de cuarto año entrar en su salón de clases—. Creo que se ha equivocado de lugar. Esto es un salón de clases. El zoológico se encuentra en Regent's Park.
La joven pelinegra sonrió de manera forzada y se dirigió a su asiento, meneando la cola de dinosaurio verde que formaba parte de su pijama. La cabeza de peluche del pijama la hacía seis centímetros más alta e incrementaba su torpeza en un 20%.
Pero, en fin, no era por eso que este día era especial en Hogwarts. Por supuesto que no. Hoy era un día importante porque se celebraría el baby shower "sorpresa" de la bebé Andrea.
Desde temprano, justo después de que la campana de inicio de clases sonara, el comité estudiantil y ayudantes se habían encerrado en el Gran Comedor para decorar todo el espacio con globos y serpentinas, además de organizar el espacio asignado para los juegos, la mesa de comida y las de regalos respectivamente. El profesor Lupin tendría que irse en una camioneta muy grande pues sus alumnos le tenían muchos regalos preparados. Los cocineros trabajaban a toda su capacidad para terminar de preparar la comida y los postres que servirían durante la fiesta. Por último, estaba Dumbledore quien se encontraba a entera disposición para lo que sus alumnos quisieran. Ahora, el director se encontraba colgando unas enormes letras rosadas hechas a mano a modo de cartel que ponían:
¡FELICITACIONES, PROFESOR LUPIN! ¡BIENVENIDA, ANDREA!
Se había acordado en la última reunión de profesores —sin Lupin, obviamente— que las clases serían solo hasta la hora del almuerzo para pasar de frente a la fiesta. Todos tenían un rol asignado y cuando decía todos, se refería a todos, incluyendo a…
—¿Por qué tengo que ser yo quien distraiga a Lupin? —preguntó Snape cruzándose de brazos mientras miraba aburrido tanto a Dumbledore como a los miembros del comité estudiantil— ¿Por qué no lo haces tú? Lupin te adora.
—Porque yo voy a ayudar a los del comité a organizar todo.
—Yo puedo hacer eso.
—¡NO!
Gritaron en unísono los miembros del comité. Aquellos delegados y prefectos se encontraban reacios a tener a Snape ayudándolos a colgar serpentinas rosadas y mirándolos con odio mientras inflaban los globos. La sola idea de estar encerrados con Snape en una misma habitación durante horas, rodeados de juguetes, peluches, globos, música y mucho, mucho, mucho rosa, los asustaba.
—Es decir —empezó Timothée Clarke, el delegado del último año—, agradecemos su interés en ayudarnos con las decoraciones, profesor, pero ya habíamos coordinado eso con el director Dumbledore. Hemos hecho el diseño y ya tenemos los equipos asignados —el profesor enarcó una ceja y dejó escapar un bufido de fastidio—. De todas formas, apreciamos su ayuda, señor.
—Así es, profesor Snape —asintió Dumbledore recuperando el control de la reunión—. Además, su salón es el más cercano al del profesor Lupin. Es por ello que, faltando cinco minutos, dejará ir a sus alumnos y usted se dirigirá al salón de biología para esperar a Lupin y hacerlo dar vueltas por Hogwarts hasta que los llamemos para que puedan unírsenos en el Gran Comedor, ¿entendido?
Snape soltó otro bufido y asintió.
Era por eso que, ahora, en ese preciso momento, Snape se encontraba dando vueltas y vueltas junto al pobre profesor Lupin, impidiéndole dirigirse al comedor a almorzar. Remus Lupin entendía claramente lo que estaba pasando, no era estúpido. Sabía perfectamente que sus alumnos le estaban organizando otro baby shower así como también sabía que Snape sabía que él lo sabía. Aun así, ninguno de los dos se atrevía a "arruinar la sorpresa".
—¿Siempre irás a mi otro baby shower? —preguntó mientras se lavaba las manos en el baño del primer piso— Dora y Sirius te estarán esperando.
—Ni siquiera sé si sobreviviré a este —respondió subiéndose la bragueta del pantalón y dirigiéndose al lavamanos más cercano—. ¿Tengo que comprarte otro regalo?
—Siempre aceptamos pañales, es en lo que más se gasta el primer año —contestó sonriendo de lado, tomando una toalla de papel para secarse las manos—. Con Teddy, tuvimos que sacar dinero de nuestra cuenta de ahorros. ¡No nos alcanzaba! No entendía cómo era posible que una cosa tan pequeña pudiera defecar tanto.
—Entonces te alegrará abrir mi regalo.
Lupin le regaló una sonrisa autentica y siguió en los suyos.
Mientras Snape hacia uso de su turno para lavarse las manos, reflexionó un poco sobre esta nueva "familiaridad" que había desarrollado hacia Remus Lupin. Hasta hace tan solo un par de meses, no podía ver a Remus ni en pintura, su relación siempre era muy tensa, forzada, se atrevía a decir que solo se dirigían la palabra por mero compromiso. Llevaban siendo colegas desde hace casi 8 años y esta era la primera vez que se permitía bromearse con total confianza, como si fuesen un par de viejos amigos que almorzaban juntos cada domingo con sus respectivas esposas e hijos.
—Y… ¿Sigues yendo al estudio de la profesora McGonagall? —preguntó de repente.
Snape levantó la cabeza y lo observó algo confundido, frunciendo el ceño y sacudiendo sus manos para retirar aquellas gotitas de agua restantes. ¿Ah?, pensó. Sí, le había dado cierta confianza al castaño y sí, puede que ahora fuese la única persona de su círculo social más cercano que conocía su "terrible secreto", pero tampoco estaban a ese nivel de confianza para tratar temas como esos.
—Me temo que esa actividad está en pausa por el momento —respondió de forma neutral, secándose las manos con una toalla de papel, dándole la espalda para que no pudiera ver su rostro y su incomodidad—. ¿Por?
—¡Oh! Pues, eh, porque Sirius me ha preguntado por ti —respondió pasándose las manos por el cabello, revolviendo aquellas canas grises que cada día parecían ser más notorias—. Quería saber si volverás para participar en el concurso ese del que siempre habla.
—Ya veo.
—Sí. De hecho, todos me han preguntado por ti, incluso antes del regreso a clases. Estaban preocupados. Dijeron que desapareciste de la nada —Lupin procedió a dar una larga y detallada explicación de todas las ocasiones en las que Sirius, Harry, McGonagall e incluso Luna se le habían acercado para preguntar por el paradero de su compañero de clases o, al menos, para saber si seguía con vida. Era una lástima que Lupin y Snape no tuvieran una relación tan cercana como para pasar las vacaciones juntos, pero en cuanto se reencontraron una semana después del inicio de clases, pudo saciar las dudas de sus amigos—. Sabes, Hermione era la que más me preguntaba por ti. De hecho, hasta ahora, cada vez que me la encuentro, pregunta cómo estás.
Snape se giró con brusquedad al escuchar el nombre de la bailarina. ¿Ella preguntaba por él de forma seguida? ¿En serio preguntaba por él? Snape tomó aire y fingió indiferencia. No tenía por qué emocionarse, se dijo, puede que solo lo hiciera por cortesía.
Ay, sí, claro, contestó una voz en su cabeza.
—Y… Y ¿Qué le respondes? —murmuró apenas abriendo la boca—. ¿Hablan de mí?
—Bueno, siempre le digo que te veo en clases —comentó sin darle mucha importancia—. Que te veo en los pasillos y almorzamos juntos. Eso es todo. A veces me pide que te pregunte si piensas regresar a la academia, pero no lo he hecho porque, hasta hace una semana, no sabía cómo acercarme y preguntarte eso. Como no me habías comentado nunca que estabas tomando clases, no me pareció correcto preguntar, no quería hacerte sentir incómodo.
Se lo agradecía en cierta forma, no por ocultarle el hecho de que Hermione estuvo preguntando por él, sino porque no cometió la imprudencia de revelar su secreto en la mesa de profesores a mitad del almuerzo. No sabría qué hacer si eso llegaba a los oídos de sus alumnos o, peor, de Dumbledore. Prefería morirse a sufrir la humillación de los cientos de memes que podrían generar su nuevo pasatiempo.
—Entiendo… y ella… ¿ella está bien?
—Eh, sí —Lupin lo observó algo confundido, entrecerrando los ojos y frunciendo el ceño—. Sí, eso creo. No hemos hablado mucho, se comunica más con Dora, en realidad. Supongo que debe estar ocupada mostrándole la ciudad a su amigo, el chico que presentó en su fiesta.
La imagen del extranjero alto y atractivo llegó a su mente. Aquel joven que tenía la espalda ancha, el cuello largo y las facciones propias de todo gran bailarín.
—Krum —recordó al instante.
—Sí, a Viktor.
Snape caminó en círculos por el baño, cruzándose de brazos bajo la atenta mirada de su colega. ¿Hermione estaba turisteando por Londres con Krum? ¿Solos? Una alerta roja se encendió en su cerebro. No iba a ponerse celoso, no iba a ponerse celoso. ¡No iba a ponerse celoso! Debía racionalizar esto. Viktor Krum era nuevo en la ciudad y empezaría a vivir ahí desde ahora, era necesario que conociera el lugar. Además, era obvio que el joven no dominaba por completo el idioma, necesitaría de una interprete y, al parecer, Hermione conocía el suficiente búlgaro como para darse a entender. Por último, él era su invitado. Como toda buena anfitriona, era su obligación quedarse con él todo el tiempo que fuera necesario hasta que su amigo se sintiera cómodo en este nuevo lugar.
No tenía por qué preocuparse… ¿verdad?
—Y… y, tú, eh, ¿tú conoces a Krum? —preguntó con indiferencia.
—Hablé con él un poco en la fiesta, pero la verdad es que no. Solo sé que es bailarín igual que Herms —Snape asintió sin mirarlo—. Parece un buen chico.
—Sí, eso parece —murmuró.
—Sabes, Hermione es una buena chica, también. Tiene un buen corazón y es muy apasionada con lo que le gusta. Ambos son buenos bailarines y fueron campeones nacionales de sus respectivos países. Creo que harán una gran pareja. ¿Tú qué opinas?
El pelinegro se detuvo. Por supuesto que creía que Hermione y el búlgaro serían una buena pareja, es decir, no había que ser un adivino para averiguarlo. Ambos tenían una trayectoria envidiable para cualquier otro bailarín, ambos eran famosos en las altas esferas del ballroom y estaba seguro que desarrollarían una excelente química pues aquel primer baile frente a todos era una prueba irrefutable de lo bien que podían comunicarse sin si quiera decir una palabra, todo estaba en sus ojos y, saben qué, él era feliz con eso. Le daba gusto que Miss Granger por fin estuviera en el buen camino y luchara por cumplir sus sueños, pero, a la vez, le preocupaba un poco la presencia de ese hombre en su vida.
No eran celos, no eran celos, se repitió.
—También lo creo.
Luego de aquello, se mantuvieron en silencio, cada uno ocupado en sus propios asuntos. Podía percibirlo en el ambiente, acaban de caer en aquel silencio forzado e incómodo que solía existir entre los dos antes de que su relación de colegas mejorara. Ambos sacaron sus celulares y se pusieron a jugar sobre la pantalla con sus dedos. Lupin tecleaba rápido, el sonido de sus dedos presionando sobre la pantalla inundaba el interior del baño. Él, por su parte, solo deslizaba su dedo de arriba abajo fingiendo que estaba haciendo algo y no solo ocultándose tras la pantalla de su celular.
¡¿Por cuánto tiempo más tendría que seguir entreteniendo a Lupin?! Ya se le habían acabado tanto las ideas como la energía para socializar.
[Tú: Dumbledore, ¿ya puedo ir al Comedor?
¡Ya no sé qué más decirle a Lupin!
Estamos en el baño del primer piso
¿Ya están listos?
Por favor, responda]
Pero fue en vano, ni siquiera lo habían dejado en leído. El hombre dejó caer su cabeza hacia atrás y soltó el aire que sus pulmones retenían. Ese anciano siempre lo sacaba de sus casillas. A veces, Dumbledore podía ser insufrible y estar todo el día detrás de él como una sombra, casi respirando en su nuca y, otras veces, tal y como esta, simplemente lo ignoraba como si no existiera.
Esta sería la última vez que le haría un favor a ese hombre senil.
—Por cierto, Severus, tengo una pregunta.
—Dime.
—Tú sabes bailar, ¿verdad? —Snape levantó la cabeza y encontró al castaño observándolo fijamente, apoyado en uno de los lavabos del baño, dándole la espalda al espejo.
—Eso creo.
—Deja la falsa modestia a un lado. ¡Te vi bailar con Hermione en su cumpleaños! —exclamó con una sonrisa— ¡Estuvieron asombrosos! La forma en cómo dirigiste el baile y, y, y esos movimientos con los brazos, se veían tan potentes, pero tan elegantes a la vez. Yo no sé qué estaban bailando, pero fue asombroso.
Snape se permitió inclinar la cabeza para ocultar aquella sonrisa de lado llena de satisfacción. Se sentía orgulloso de sí mismo. De seguro era lo mismo que Miss Granger debió sentir cada vez que la alababan al final de sus performances.
—A Dora le fascinó. Lo grabó en su celular y estuvo a nada de colgarlo en redes, pero yo se lo impedí.
—Y te agradezco que hayas controlado a tu mujer —respondió levantando la cabeza y relajándose—. No soportaría volverme famoso en internet por bailar rumba. Imagínate que alguno de los alumnos lo hubiese visto. No quiero ni imaginarme todo el alboroto que podría ocasionar.
—No te preocupes —rio negando con la cabeza—, pero déjame decirte que me has impresionado. Vaya, vaya, el profesor Snape tiene un pasatiempo además de asustar a los de primer año —esta vez, Snape fue quién rio—. ¡Te lo tenías tan bien guardado! Jamás hubiese esperado que estuvieras estudiando baile. Déjame decirte que McGonagall sabe lo que hace. Digo, eres pésimo coordinando manos y pies, lo dejas muy en claro cada año en los Juegos de Primavera y, de un día a otro, te encuentro convertido en un excelente bailarín de ballroom. ¡Es un milagro!
En retrospectiva, Lupin tenía razón. Hogwarts tenía una tradición desde hace años, el Festival de Primavera, una celebración de todo un día en los jardines del castillo, repleto de juegos para profesores y alumnos donde se competían por colores: rojo, amarillo, azul y verde. Por alguna razón que no sabría decir, él siempre competía a favor del equipo verde y era bueno en los juegos de conocimiento y estrategia, pero era el peor para los juegos de coordinación y velocidad. Era justo por ello que siempre lo mandaban a la banca cada vez que jugaban a las carrera o lanzamientos.
Comprendía la sorpresa de su colega ante tal cambio.
—Oye, ¿crees que puedas enseñarme a bailar?
Aquella pregunta lo sacó abruptamente de sus pensamientos.
—¡¿Qué?!
—¡Sí! Que me enseñes un par de pasos —explicó emocionado—. Verás, a Dora le encantó tanto que está decidida a tomar clases con McGonagall. Obviamente no ahora, seguro en un año o un poco más. Ya hemos trabajado con ella antes, hizo la coreografía de nuestro primer baile juntos como esposos. Hemos pensado en tomar más clases con ella, pero, ya sabes, el trabajo, ella estaba ascendiendo en Scotland Yard y al poco tiempo nació Teddy, así que…
—Sí, comprendo —Lupin dio un paso al frente, quedando en el centro del baño, firme como si fuera un soldado. Snape negó con la cabeza y levantó los hombros—. Bueno, yo no soy el más indicado para enseñar, es decir, yo aún estoy aprendiendo. Realmente no sé qué podría enseñarte.
—No importa. Lo más básico. ¿Por qué no me enseñas el primer baile que aprendiste?
Snape se quedó de pie apoyado sobre una de las paredes, haciendo memoria de aquel primer día en la academia de Earl's Court. Aquel día lleno de altibajos y comentarios agridulces de una agresiva Hermione Granger. Le daba risa aquel primer contacto real entre ellos. En serio pensó que ella lo odiaba, pero ahora se daba cuenta de todo lo que habían avanzado en su relación de amigos y, bueno, amantes. Hace unos meses jamás hubiese imaginado qué decirle si se hubiese encontrado con ella en persona y, ahora, no podía imaginarse su vida sin ella.
Así fuesen solo amigos.
Volviendo al presente, el primer baile que había aprendido fue el vals vienés e, incluso, en aquella primera vez en la estación de Southfields hace casi ya cuatro años, fue el vals vienés el primer baile que contempló. El vienés era el que mejor dominaba por lo que sería el elegido para aquella extraña y muy particular clase de baile privada a mitad del baño de hombres del primer piso.
—Párate derecho, por favor.
—¿Así?
—Sí —Snape se acercó y apoyó su mano en el omóplato del castaño—. Ahora el pie izquierdo será tu punto de apoyo, trata de mantener tu peso sobre ella.
Timothée Clarke, el delegado de último año, caminó a paso veloz por los pasillos del primer piso con dirección al baño de varones. El Gran Comedor ya estaba listo para la fiesta: los alumnos del comité habían terminado con las decoraciones, los cocineros ya habían traído la comida y todos estaban en sus respectivos lugares, listos para sorprender el futuro padre. Solo faltaba que Snape se apareciera junto al festejado, pero no había rastros de ninguno de los dos.
Solo tenía un trabajo, pensó mientras aceleraba el ritmo.
Dumbledore le había asignado personalmente ir a buscarlos pues no importaba cuantos mensajes de confirmación le mandara, el profesor simplemente parecía no recibirlos. Fue cuando recordó que el baño del primer piso tenía pésima señal. No le quedó de otra que aceptar el encargo.
No los encontró en el primer baño, por lo que tuvo que regresar sobre sus pasos y correr en dirección contraria para buscarlos en el segundo. Durante el trayecto, pensó en cómo haría para llevarlos al comedor. No quería ser obvio, se suponía que era una sorpresa. Solo esperaba que el profesor Snape fuera de apoyo. Llegó a la puerta y estuvo a punto de abrirla de un solo golpe cuando escuchó un par de risas con eco y voces apagadas tras ella. Claramente pertenecían a Snape y a Lupin.
¡¿Snape sabía reír?!
Curioso e intrigado por su nuevo descubrimiento, apegó su oído sobre la superficie de madera.
—Respira, aprieta el vientre —escuchó a Snape decir con su fuerte y susurrante voz—. Relaja aquí, no te tenses.
—Oye, esta posición duele un poco.
A Timothée se le cayó la mandíbula y tuvo que llevarse ambas manos a la boca para no gritar. ¡¿Qué estaba pasando ahí adentro?! ¡¿Qué posición le dolía?! ¡¿Qué quería Snape que relajara?! Su mente comenzó a trabajar a mil por nanosegundo y solo encontró pensamientos raros. ¡Debía dejar de juntarse con las fujoshis del salón, por el amor de Dios! Tuvo que morderse la lengua para no soltar una carcajada de puros nervios. Acercó aún más su oído para escuchar que estaba pasando y lo que escuchó casi lo hizo gritar.
—Pon tu mano en mi cintura.
—¿En dónde?
—En mi cintura… Cuida tus manos, Lupin, no te sobrepases.
Snape y Lupin estaban viviendo una de las situaciones más hilarantes de sus vidas en ese preciso momento, justo a la mitad del baño de hombres. Snape había acomodado a su colega en primera posición, frente y junto a él, sujetando su mano con su derecha y su omóplato con la izquierda. Remus, por su parte, tenía su mano posada con delicadeza sobre la cintura del profesor de Química mientras que su otro mano tomaba la de Snape. Al ser de casi la misma altura, ambos tenían que girar la cabeza al lado contrario del otro o terminarían demasiado cerca.
¡Peligrosamente cerca!
—Apóyate bien sobre tus pies, no quiero que te resbales sobre mí.
—Puedo con esto, Severus.
—Perfecto, ahora estira la espalda y el cuello —Snape bajó su mano del omoplato del castaño a su espalda baja por un momento para hacerlo erguir. Lupin casi saltó ante tal contacto—. Bien, creo que ya estamos listos. Vamos a iniciar con el pie izquierdo.
—¿Qué debo hacer?
—Solo sígueme, iremos a mi ritmo —el profesor dio a un paso al frente y Lupin retrocedió—Iniciaremos con el cuadrado.
¡¿Cuadrado?! ¿Qué cuadrado?, pensó Tim detrás de la puerta. ¿Acaso era algún tipo de código secreto que no conocía? Volvió a acercar su oído a la puerta, pero no fue capaz de escuchar nada relevante, solo pisadas.
Un, dos, tres, cuatro. Un, dos, tres, cuatro.
Snape dirigía aquel intento de baile. Apenas se movían de la posición inicial. Seguían realizando el cuadrado básico que conocía tan bien como la palma de su mano. Lupin se equivocaba varias veces al marcar los tiempos, pero estaba bien, era su primera vez. Snape solía comentarle cuales eran los errores, tal y cómo lo hacía McGonagall con él. Luego de cuatro series de cuatro tiempos, le indicó que era momento de hacer una pose. Snape sujetó con fuerza tanto la espalda y cintura del castaño, mientras que este se sujetaba de sus antebrazos. Lupin relajó la espalda y se dejó caer hacia atrás, mirando en dirección del espejo, para poder apreciar aquella pose de ballroom que tantas veces le había visto hacer a Hermione. Por supuesto, no sé parecía en nada, pero al menos lo intentaba.
De manera estrepitosa, Timothée abrió la puerta y se quedó de pie, anonadado, mirando a sus profesores hacer… lo que sea que estuvieran haciendo.
No pasó más de un segundo, pero fue como si el tiempo se hubiese detenido. Los tres se encontraban mirando fijamente, con los ojos abiertos como platos y sin saber qué decir. Snape ni siquiera fue capaz de emitir un chillido, a diferencia del joven delegado. La pregunta que los tres personajes se hacían en ese momento era la misma: ¿Cómo salir de esta incómoda situación?
Para buena suerte de todos, a Lupin se le ocurrió una idea.
El profesor de Biología puso los ojos en blanco y dejó caer todo su peso sobre los brazos de Snape, agitándose y abriendo la boca como un pez fuera del agua por la falta de oxígeno. Snape lo sujetó con fuerza, evitando que cayera. Al hombre solo le faltaba escupir espuma por la boca para cerrar con broche de oro su espectáculo. Al ver a los ojos castaños de su colega, Snape comprendió qué era lo que este intentaba hacer.
—¡No te quedes ahí, Clarke! —gritó Snape, asustando a su desprevenido alumno—. ¡Se está desmayando! ¡Vaya por ayuda! ¡Llame una ambulancia!
—Profe…
—¡CORRA!
—¡Sí, señor!
Timothée Clarke salió corriendo a toda velocidad, casi tropezando con sus propios pies por los pasillos vacíos del colegio. Por su parte, Lupin se encontraba apoyado contra Snape, abrazado a él y riendo al punto que las lágrimas se le salían de los ojos. Snape, quien todavía se encontraba sujetando al castaño, reía en voz baja.
¡No se había divertido así en años!
—¿Viste su cara? —preguntó haciendo sus mejores esfuerzos para lograr vocalizar algo antes de que la risa le ganara.
—Ay, no puedo, ay —rio Lupin poniéndose de pie mientras se sujetaba el estómago—. Ay, me duele.
Cabe decir que aquel incidente no pasó a mayores. Un alterado y muy confundido Timothée Clarke se dirigía de nuevo a los baños en compañía de Dumbledore y madame Pomfrey, pero fue interceptado por ambos profesores. Snape y Lupin se cubrieron las espaldas el uno al otro, desarrollando una mentira magistral digna de aplausos. Así que, luego de una rápida visita a la enfermería, ya estaban listos para pasar el resto del día en el baby shower de la bebé Andrea.
Mientras los alumnos se encontraban compitiendo en equipos contra algunos profesores, averiguando quien era más el rápido cambiando pañales en muñecos de juguete, Snape se encontraba sentado junto a la mesa de bocadillos, disfrutando de aquel divertido espectáculo y, como no, comiendo algunos chocolates. Sin duda, deberían prohibir a los chicos de cuarto y quinto año cargar bebés pues ya se les habían caído dos.
Su teléfono vibró en su bolsillo y lo que vio lo hizo sonreír.
[Miss Granger: Hola! Qué tal?
Me preguntaba si podríamos vernos?
Necesito hablar contigo]
—¡Profesor! —gritó una de sus alumnas de tercer año quien llegaba con su grupito de amigas, riendo de manera traviesa—. ¡Es su turno para jugar!
—¡Su bebé lo está esperando! —anunció otra agitando un muñeco en una mano y un pañal en la otra, provocando las risas de sus compañeras.
—Olvídelo, Díaz —respondió sin mirarla, tecleando sobre la pantalla.
Las chicas se miraron unas a otras y, luego, hacia la izquierda donde el director Dumbledore se encontraba. Este asintió con la cabeza, sonriendo de lado de manera maliciosa, dándoles permiso para lo siguiente.
Las otras integrantes del grupo lo tomaron de los brazos y lo levantaron de la silla, arrastrándolo hacia el centro del Gran Comedor donde el resto de los alumnos y profesores estaban listos para iniciar con la siguiente ronda de juegos. Snape apenas sí tuvo tiempo para enviar su respuesta antes de que intentaran quitarle el celular.
[Tú: Por supuesto.
¿Cuándo?]
Snape se acomodó el cuello del abrigo, protegiéndose de aquellas frías corrientes de aire fresco de otoño y siguió su camino hasta Las Tres Escobas, una cafetería ubicada a unas cuantas calles de Hogwarts. Las Tres Escobas era el lugar sagrado de los alumnos de Hogwarts pues solían reunirse ahí por las tardes cuando tenían permiso para salir por lo que no era raro que la mayoría de clientes fueran adolescentes de entre 13 a 18 años además de jóvenes oficinistas no mayores de 27.
Pero, por supuesto, eso no impedía que limitara su atención a bulliciosos alumnos. Las Tres Escobas también funcionaba como un pequeño pub que compartía su variado menú de cafés, frappes y postres con algunas bebidas alcohólicas ligeras y pequeños aperitivos. Su especialidad eran las cervezas de mantequilla, famosas por contener el suficiente grado de alcohol para que pudieran ser consumidas por los alumnos sin que estos terminaran embriagados y que ellos recibieran una multa por vender alcohol a menores de edad.
Muchas veces, Severus Snape había visto a sus alumnos entrar y salir de dicho establecimiento, pero eran limitadas las ocasiones en las que él había hecho acto de presencia ahí. A pesar de que el ambiente era cálido, había música suave, la atención era buena y tenía un exquisito olor a café recién tostar, no toleraba el bullicio y risas de sus alumnos, sobre todo que se sentía incómodo al saberse observado por ellos. No podía disfrutar tranquilo de su café si tenía que cuidarse las espaldas para que no le tomaran una foto desprevenido. No debía olvidar que no se encontraba en su amado laboratorio, sino en el territorio de aquella manada de brutos barbajanes.
Sin embargo, hoy sería la excepción pues ese era el punto de reunión acordado para su encuentro con Hermione.
No había querido al principio pues prefería tenerla alejada de su vida profesional en Hogwarts, sobre todo de aquel grupito de chismosos de 7mo año, así que propuso que se encontraran en la cafetería frente al estudio de Earl's Court. No obstante, por inexplicables caprichos del destino, Hermione le dijo que Hogwarts le quedaría más cerca pues estaría casi todo el día en el distrito próximo a aquella zona debido a unas audiciones y otros asuntos que debía atender y no le tomaría más de diez minutos llegar hasta allá en metro. Ante eso, Snape no tuvo argumentos para decirle que no, aunque por nada del mundo le hubiese cancelado, se moría por verla y lo haría así tuviera que soportar a sus odiosos alumnos.
Rogaba en silencio que no estuvieran ahí, al menos no por esa tarde.
El olor a café recién tostado golpeó su nariz en cuanto puso un pie en el negocio. El ambiente era cálido, mucho mejor que afuera sin duda, y el sonido de los platos chocando contra la superficie de la mesa, el café siendo servido y la suave música acústica saliendo de los altavoces era agradable al oído. Examinando rápidamente el interior, buscó con la mirada una lacia melena castaña, pero no la encontró. En su lugar, solo encontró los rostros de desconocidos jóvenes en casuales trajes de oficina, charlando entre ellos o trabajando en sus laptops, completamente ajenos a su presencia. Había algunos adolescentes mayores en ropa muy chic, pero no parecían ser de Hogwarts. No pudo distinguir a nadie más pues no lograba ver más allá de algunas mesas, pero el lugar parecía despejado.
Suspiró aliviado. Al menos no había nadie de Hogwarts ahí.
—¡Profesor Snape! —saludó alguien a su izquierda. Snape giró para encontrarse a madame Rosmerta, la dueña de aquella cafetería, detrás de la barra junto a la máquina registradora—. Qué sorpresa verlo por aquí. ¿Y ese milagro? Ya me tenía descuidada. Pensábamos que no lo volveríamos a ver nunca.
Madame Rosmerta era una mujer de mediana edad muy atractiva y descaradamente coqueta. Que no te engañara su belleza y jovialidad, pues no era un secreto para nadie que ella era mucho mayor de lo que aparentaba. Rosmerta tenía un bonito rostro, buena piel pues ni siquiera se le notaban las arrugas y una sonrisa coqueta siempre lista para recibir a los clientes. Su rizado cabello rubio siempre estaba recogido de manera desordenada, lo que dejaba ver sus raíces castañas. Por último, y tal vez lo más notorio de ella, eran sus muy bien definidas curvas las cuales robaban los suspiros de los ingenuos estudiantes frecuentaban su establecimiento. Incluso bajo ese uniforme oscuro y simple, madame Rosmerta destacaba a la vista como la dueña del lugar debido a sus tacones coloridos y su modo particular de andar, siempre seguro y seductor, como una pantera.
Si había una frase para describirla, probablemente sería "antes muerta que sencilla".
—Ross —saludó acercándose y dejándose besar en la mejilla por sus carnosos labios—. Un gusto verte otra vez. Tan bella como siempre.
—Oh, de seguro debes decirle eso a todas, Severus Snape —comentó ofendida, sin perder ese aire coqueto tan característico de ella. Snape se apartó, sonriendo de lado y negando con la cabeza—. Ya te extrañábamos por aquí. Nos has tenido olvidadas.
—He estado ocupado.
—Tus alumnos me dijeron otra cosa —rio dejando el espacio libre para que una de sus empleadas pudiera registrar el siguiente pedido de uno de los clientes—. Dicen que no hacen nada en clases y que te sobra el tiempo y que siempre andas tan amargo como un café sin azúcar —Snape tomó aire profundamente y contó hasta diez. Iba a matar a esos niños—. Yo creo que te hace falta una cerveza de mantequilla, por eso deberías venir más seguido.
—En realidad, no es…—
—¿Me vas a despreciar? —replicó haciendo un puchero, fingiendo estar indignada—. ¿Y eso? No me digas que ya nos has cambiado por otra cafetería. Hueles a café de otra cafetera —añadió de manera dramática, divirtiendo al hombre frente a ella—. Nunca esperé que fuera de esos clientes infieles, profesor Snape, y yo que siempre le tenía listo su café con croissants de chocolate como a usted le gusta. No me merezco esto. Usted era mi cliente favorito.
—De seguro le dices eso a todos tus clientes —comentó sintiéndose ganador de aquella conversación, pero no por nada madame Rosmerta era mayor que él y más sabe el diablo por viejo que por diablo.
—Eso no es cierto, solo a los que vienen con frecuencia —respondió con una sonrisa coqueta en sus bonitos labios—. ¿Cómo te puedo ayudar hoy? ¿Te sirvo lo siempre? ¿Para llevar o para tomar acá?
—En realidad, estoy esperando a alguien. De casualidad, ¿habrás visto a una chica joven por aquí? Como de 23 años, es delgada y bajita, me llega como por acá —explicó señalando hasta un poco más debajo de sus hombros—. Es bonita. Tiene el cabello castaño y lacio, ojos miel, nariz pequeña, unas cuantas pecas, la piel bronceada y labios carnosos. Debería haber llegado hace poco, se supone que nos encontraríamos aquí.
Madame Rosmerta miró hacia arriba, cerrando un ojo y frunciendo los labios, como si intentara recordar.
—Hmmm… Creo que sí, aunque hay muchas clientas que encajan con tu descripción. Últimamente todas las chicas se ven igual. ¿Por qué no entras a echar a un vistazo a ver si la encuentras? Y si aún no llega, puedes esperarla en la mesa libre de allá. Te llevaré un café más tarde.
—Gracias, Ross. Permiso.
Snape zigzagueó entre las mesas y sillas de Las Tres Escobas, levantando la cabeza en busca de la joven Granger y, si bien había muchas mujeres castañas de cabello lacio, ninguna era Hermione. Estuvo a punto de sentarse en la mesa vacía que Rosmerta le había señalado cuando un par de manos suaves y pequeñas subieron hasta su rostro y cubrieron sus ojos por detrás. Asustado, Snape se apartó al instante, dándose la vuelta para encontrar a una sonriente bailarina de cabellos rizados.
—Lo siento, no quise asustarte —comentó riendo, aunque sus mejillas estaban rojas, lo que significaba que también estaba avergonzada—. Hola.
—Hola —regresó el saludo algo inseguro. Debían estar haciendo todo un espectáculo ahí de pie en medio de la cafetería como un par de tontos—. ¿Nos sentamos?
—Sí —se dirigieron a la mesa vacía junto a la pared y se sentaron uno frente al otro—. Lamento la demora, acabo de llegar. No te hice esperar demasiado, ¿verdad?
—No, no, no —respondió apresurado—. Yo acabo de llegar también. De hecho, te estaba buscando. Casi no te reconozco. Tu cabello… —señaló de manera tímida.
La joven abrió los ojos sorprendida y volvió a sonrojarse. Sus manos tocaron al instante sus rizos y los acomodaron tras sus hombros. Hermione no tenía aquel cabello lacio de siempre, ni siquiera su cabello ondeado. Ahora llevaba el cabello completamente rizado y algo alborotado, tal y como solía tenerlo al natural. Snape pensó que se asemejaba ligeramente a un arbusto muy bien podado. Llevaba una diadema gruesa y colorida en la cabeza que mantenía sus rizos lejos de su rostro, un par de pendientes de perlas en los oídos y un abrigo color camello.
Se veía muy bonita. Siempre le gustaría más la versión de Hermione al natural que la post-laceado.
—Oh, sí —comentó levantando los hombros—. Tenía unas cosas que hacer desde temprano, así que no me dio tiempo de plancharme el cabello.
—¿Y cómo te fue?
—Bien, bueno, eso creo. Tuve una audición para un evento de Halloween.
—¿Qué? ¿Un evento de Halloween? —preguntó burlón—. Sé que da miedo cuando se enoja, Miss Granger, pero tampoco es para tanto.
—Qué chistoso, Sr. Snape. Siempre he admirado su sentido del humor —respondió poniendo los ojos en blanco—. En fin, dijeron que me llamarían, pero tengo un buen presentimiento. Quedé entre el grupo finalista.
—¿Y de qué trata? ¿Para qué necesitan a una bailarina de ballroom en un evento de Halloween?
—No vas a creérmelo —comentó con una gran sonrisa—. Parece que habrá una gala benéfica o algo parecido este Halloween y los organizadores del evento quieren hacer un baile de máscaras, un masquerade. Están buscando bailarines para que sean los "bailarines fantasmas" —rio, arrancándole una sonrisa al profesor—. Estuve en la prueba de vestuario. Serán trajes antiguos, pelucas y máscaras. Por un momento, pensé estaba en una gala de Versalles o algo así. Realmente espero que me escojan. Van a pagar muy bien y no me viene nada mal un ingreso extra. Además, me quede enamorada del traje. Es solo un molde, para que seamos conscientes del peso del vestido, pero he visto los bocetos finales y se ve precioso.
—Me alegro. También espero que te escojan, se ve que te emociona.
—Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Las Tres Escobas. ¿Qué les sirvo? —preguntó un camarero.
Hermione pidió un chocolate caliente y un panecillo. Snape, un café y ya; sin embargo, al momento de traer el pedido, había un crujiente croissant de chocolate en la bandeja. "Cortesía de la casa", había informado el mesero. Snape no necesitó mirar hacia el mostrador para saber que madame Rosmerta lo miraba sonriente.
—Dijiste que querías hablar conmigo —inició una vez que estuvieron solos otra vez. Hermione asintió tímidamente con la cabeza—. Bien, te escucho.
—Pues, yo me preguntaba cómo estabas y, pues, quería verte —la joven le dio un mordisco a su panecillo y esperó a pasar para continuar. Aprovechó aquellos segundos para pensar en cómo lanzar su preguntar.
—Pues, estoy bien. Algo ocupado con el trabajo, tengo una asesoría de Física más tarde, pero todo está bien.
—¿Qué hay de Lamarck?
—También está bien. Está más grande —sacó su celular y buscó fotos recientes del can entre su galería—. En su último control con el Dr. Hagrid, todo salió positivo. Su ojo está en buen estado y de aquella lesión de su pata ya no queda rastro alguno. Solo me dijo que controlara lo que come, que está subiendo mucho de peso y pronto tendrá sobrepeso —Hermione sonrió ante el comentario mientras miraba con ternura la galería llena de fotos de Lamarck en el parque, en la casa, en la sala, en el carro y en todos lados—. Creo que me hace falta sacarlo al parque más seguido.
—Ya te he dicho que yo estaría contenta de hacerlo —respondió devolviéndole el aparato—. Siempre estoy disponible.
—Te lo agradezco —sus manos se tocaron de manera torpe y ella aprovechó aquellos segundos de contacto para acariciar sus dedos. Snape observó aquellos delicados dedos de muñeca acariciar los toscos de él. Sonrió ante aquel gesto tan inocente y, al levantar la mirada, encontró a la castaña sonriéndole con ternura—. ¿Eso era todo?
—¿No podemos disfrutar de este momento tan solo un poco más? —preguntó haciendo un puchero. Snape negó con la cabeza y sonrió de lado. Hermione suspiró y reveló sus verdaderas intenciones— Está bien. Como sabes, la profesora McGonagall me está entrenando junto a Viktor, ¿verdad? —el mayor asintió— Pues, todavía pasara un tiempo antes de que empecemos a competir a nivel profesional. Por ahora, solo podemos limitarnos a pequeños Opens y algunas competencias amistosas. McGonagall dice que primero debemos preocuparnos en ver nuestro desempeño, conocernos en la pista, adaptarnos el uno al otro y empezar a desarrollar una técnica y estrategia para las coreografías.
—Ya veo. ¿Y cómo te va? Sé que solo han pasado un par de días, pero supongo que tú y el Sr. Krum ya se conocen de hace tiempo, ¿no es así? —preguntó enarcando una ceja antes de llevarse su taza de café a los labios.
—Pues, sí. Me llevo bien con Viktor. Es un gran amigo —Hermione sonrió, sonrojándose y apartando la mirada hacia cualquier otro lado. Inclinó su cabeza a un lado y su pequeña sonrisa traviesa se mantuvo incluso cuando su sonrojo disminuyó. Esto no pasó desapercibo por parte del profesor, pero se limitó a asentir—. Realmente me sorprendió cuando se ofreció a ayudarme después de que le conté mi problema. Su pareja de concursos, Nadya, está embarazada así que se tomará dos años sabáticos por lo del bebé. Viktor dijo que, como es primeriza, quiere vivir todo el proceso de maternidad, no quiere dejar a su bebé con una nana o su madre.
—Es comprensible.
— Por ende, Viktor no podrá participar en ningún evento oficial de su país a menos que consiga otra pareja y, pues, eso lleva tiempo. Cuando supe que estaba libre, no dudé en comentarle mi problema y le propuse que hiciéramos equipo y, pues, aceptó al instante. Eso es tener suerte, ¿verdad?
—Supongo que sí, pero… ¿cómo vas a concursar con él si son de diferentes países? —cuestionó curioso. Recién caía en cuenta que el famoso Viktor Krum era un extranjero. No era experto en eventos deportivos, pero estaba seguro que los atletas que concursaban en parejas debían ser del mismo país para que pudieran participar o, al menos, así se hacían en las Olimpiadas— Si mal no recuerdo, él es búlgaro y tú, inglesa. Además, competirá en la liga británica. ¿Eso es legal? En primer lugar, ¿siquiera es posible?
—Ya habíamos previsto eso, mi querido Sr. Snape, por eso buscamos los vacíos legales —comentó sintiéndose la más inteligente del lugar por haber estado dos pasos más adelante que su interlocutor. El profesor enarcó una ceja disimulando su asombro y se cruzó de brazos esperando su respuesta—. Verás, según la BCD, Viktor necesita ser necesariamente británico para participar en competencias nacionales. Por obvias razones yo no puedo ir a Bulgaria. Primero, porque ni manejo el idioma ni estoy en facultades económicas para pagar todo lo que eso costaría. Segundo, porque sería prácticamente el mismo proceso y, por último y más importante, yo no soy conocida allá. No soy como Viktor. Aquí, al menos lo conocen, pero allá nadie sabe ni mi nombre. No tengo contactos, tampoco conozco al comité de la liga búlgara. Nuestra única opción está aquí.
—¿Entonces qué harán?
—Volveremos a Viktor británico.
—¡¿Qué?! —exclamó casi ahogándose con el café que acababa de llevarse a los labios. El hombre sintió que aquel líquido había escapado por su nariz y eso dolía— ¡¿Y eso es posible?!
—Pues, sí. La familia de Viktor se dedica a la diplomacia. Su tío materno trabaja en la embajada búlgara aquí en Londres. Hablamos con él y dijo que no habría problemas para sacarle la nacionalidad británica. Él se encargaría de todo. Tendría doble nacionalidad. Tenemos suerte, ¿no crees? Siempre es bueno tener contactos.
Díganmelo a mí, pensó. Severus Snape sabía mejor que nadie que tener buenos contactos en las altas esferas podía facilitar muchas cosas.
—Dice que el proceso puede demorar unos dos meses o un poco más. Viktor necesita mejorar su inglés y dar un examen, pero nos garantizó que la obtendría.
—Pues, entonces déjame felicitarlos a los dos —el profesor levantó su taza de café a medio terminar y brindó por ellos, siendo imitado por la castaña y su chocolate caliente—. Como siempre, logras sorprenderme, Granger. Espero que todo salga bien para ustedes. Me da mucho gusto que superes los obstáculos que se te ponen en frente. Estoy seguro que ambos tendrán mucho éxito.
—Gracias.
Chocaron sus tazas y se llevaron el contenido a los labios. Al retirar la taza, Hermione tenía un bigote de espuma de chocolate sobre sus labios lo que le causó gracia al profesor quien le regaló una burlesca sonrisa. Olvidando por completo que estaban en un espacio público, sintió el impulso de tomar una servilleta y limpiarlo el mismo. Y eso hizo. Aquella acción hizo temblar a la muchacha, provocando que su cerebro se apagara y solo se dejara llevar por la textura suave de la servilleta de tela. Snape se perdió en aquella mirada color miel tan inocente mientras su brazo estirado limpiaba la comisura de esos labios rosados y carnosos.
Se veía tan bonita.
Sus labios se curvaron y le sonrió. Él le devolvió el gesto.
Su íntimo momento de vio interrumpido cuando escuchó una serie de chillidos ahogados tras de él. Al instante, uno de los meseros pasó por su lado con una bandeja llena de temblorosas tazas de té, listo para atender a la mesa tras ellos. Snape apartó su brazo al instante y volvió a poner una segura distancia entre ellos. Hermione apartó la mirada y acomodó su cabello tras su oreja, encogiéndose sobre su asiento algo incómoda.
—Bueno, eh, volviendo al tema, no es que no me interese como les está yendo con todo esto del papeleo del Sr. Krum, pero no veo cómo es que eso tiene que ver conmigo.
—Oh, perdón, me fui por las ramas —se excusó—. Bueno, continuo. Dado que nosotros estaremos bloqueados con esto de la nacionalización por un tiempo, la profesora McGonagall quiere enfocar sus esfuerzos al 100% en preparar a los chicos para el syllabus de Escuelas de Londres. Ahora que tenemos a Viktor con nosotros, él se ofreció a ayudarnos con las posturas para los chicos ya que, como es hombre, creo que se les hará más fácil imitarlo.
—Suena lógico.
—Se supone que las audiciones para la clasificatoria serán en enero, así que tenemos tres meses en total para prepararlos para pasar el primer filtro e iniciar con el resto de los preparativos para el evento oficial en marzo. La idea es tenerlos listos para diciembre y así tener toda la mitad de enero para pulir las coreografías —explicó con calma—. Las inscripciones serán pronto, así que nos preguntábamos si siempre íbamos a contar contigo para participar, ya sabes, para poder hacer la inscripción.
Snape se apoyó en el respaldar y miró fijamente a la joven. En otras palabras, Hermione le estaba preguntando si él volvería a la academia o no. No era la primera vez que estaba en esa posición, ya había pasado por esa misma pregunta cientos de veces frente al espejo y, desde que le había comentado su nueva actividad a Sharpe, había replanteado en más de una ocasión la idea de volver a bailar.
Pero no estaba totalmente seguro si podría hacerlo. Tenía trabajo que hacer, sin mencionar que ahora estaba comprometido con el Dr. Sharpe tres veces por semana. Tendría que volver a ajustar su agenda, por no mencionar que reorganizar su mente para lo que, implícitamente, significaba volver a la academia: volver a aquel juego de coqueteos inocentes con Hermione Granger.
—Aún no lo sé. Ahora tengo la terapia con mi psicólogo. Tres veces por semana. Martes, jueves y viernes por las tardes. Estoy ocupado esos días —explicó mirando a los ojos algo apenado—. Lo siento. Esto también es importante.
—Oh, entiendo —murmuró cabizbaja—. Había olvidado que esos eran los días de tus sesiones. Lo lamento, fue descortés de mi parte.
—No te preocupes. De todas formas, agradezco la oferta y, créeme, no quiero rechazar a la profesora McGonagall, ella ha sido muy amable con todos, pero...—
—Podríamos cambiar los días de los ensayos —sugirió la joven con un halo de esperanza en su voz. Sus ojos brillaban soñadores, entusiasmados ante la idea de tenerlo de regreso en su lugar de trabajo—. Podemos acomodarlas para que puedas unírtenos. Podríamos cambiar los horarios, podrían ser más tarde, saliendo de tus terapias o, si estás libre otros días, podríamos intentarlo para los lunes, miércoles y seguiríamos normal los sábados —propuso—. Podría ser como tú quieras.
Snape abrió los ojos sorprendido— Pero... pero ¿eso no le molestaría a la profesora McGonagall? Hermione, tú me estás proponiendo esto sin consultar a McGonagall. Recuerda que ella es la profesora y es su academia.
—Oh, seguro que no tendrá problemas. Ustedes son sus únicos alumnos además de los chicos del otro grupo y a ellos los entrenamos durante la mañana, así que tiene las tardes libres. Sería fácil convencer a Sirius y a Luna para cambiar los días. Tendría que preguntarle a Neville y a Harry si ellos pueden, pero estoy segura que sí. ¿Qué piensas? ¿Te gustaría intentarlo una vez más?
Severus Snape se encontraba en una encrucijada en esos momentos. Por un lado, tenía su nueva rutina ya establecida, sus horarios perfectamente acomodados, su vida en orden y todo parecía estar yendo viento en popa. No quería arriesgar aquella tranquilidad que había ganado con mucho esfuerzo saliendo de su zona de confort y embarcándose una vez más en aquella aventura de bailes y romances. Por otro lado, tenía a una radiante Hermione Granger esperándolo con sus ojitos miel brillantes, sus mejillas sonrojadas, sus bonitos labios carnosos y esos rizos descontrolados que lo volvían loco, esos rizos que se moría por acariciar y oler.
¡Maldición! ¡Era difícil decidir!
Snape dejó escapar un suspiro y se restregó las manos por el rostro. ¡No quería decidir! Era malo decidiendo bajo presión, sobre todo con el estómago vacío. Aquel croissant de chocolate, cortesía de Rosmerta, fue su salvación. Procedió a comerlo, ignorando completamente la pregunta de la castaña. La joven aguardó pacientemente por su respuesta, pero no la hubo.
—¿Entonces? —inquirió frunciendo el ceño.
—Hmmm… Bueno, creo que deberías consultar primero a McGonagall antes de tomar cualquier decisión, Hermione —respondió limpiándose los labios con una servilleta—. No quiero disponer del tiempo de nadie sin consultarlo. No me parece apropiado.
—Por supuesto que…—
—Espera, aún no termino —la interrumpió levantando una mano—. Además, yo tengo un trabajo, Hermione —le recordó algo apenado pues sabía que tal estaba a punto de romper las pobres ilusiones de la bailarina—. Estoy encargado de los talleres de la tarde los lunes y miércoles en Hogwarts. Tengo la agenda ocupada. Te agradezco el intento de ajustar los horarios, pero creo que el volver a Earl's Court es algo improbable por el momento.
Hermione agachó su cabeza y concentró su mirada en su panecillo a medio comer sobre el plato. Esa no era la respuesta que ella había estado esperando, pero la aceptaba. No estaba contenta, pero la iba respetar. Sabía lo importante que era esto para Severus y lo mucho que lo necesitaba. No iba a ser piedra de tropiezo para él, así que levantó la mirada ya recompuesta y le sonrió asintiendo, demostrando que lo apoyaba en su decisión tal y como él la había apoyado a ella tiempo atrás.
Por su parte, el profesor percibió su cambio de ánimo y sus grandes esfuerzos para mostrarse feliz. Los apreciaba, pero no quería obligarla a sentirse feliz por él si realmente no lo estaba.
—Pero tal vez pueda acercarme los sábados por la tarde e ir a visitarlos —añadió esperando arrancarle una sonrisa verdadera y no forzada—. Además, iré a verlos el día del concurso. Estaré ahí entre el público viéndolos bailar y, cuando levanten el trofeo para la profesora, seré el que aplauda más fuerte. Lo prometo.
—¿En serio? —preguntó otra vez con aquel brillo en sus ojos miel, tan cálido como un abrazo.
—No me lo perdería por nada del mundo.
Snape deslizó sus manos sobre la mesa y tomó una de las de Hermione, sosteniéndola con sumo cuidado. Acarició con sus pulgares aquellos nudillos suaves. Más que una promesa, sentía que le estaba haciendo un juramento. Sus ojos negros encontraron a aquellos de color miel que lo observaban con ternura y se atrevía a decir que hasta con amor. No entendía qué era lo que ella veía en él, pero mientras ella lo siguiera mirando de esa forma, él sabría que era algo bueno.
Hermione estiró su mano libre y sujetó las de él para luego llevarlas a sus labios y besar sus nudillos, dejando una caricia cálida sobre ellos que hizo a Snape temblar.
Los murmullos de los demás comensales parecieron incrementar repentinamente tras aquella acción, tanto así que ambos optaron por separarse. A pesar de que no estaban haciendo nada escandaloso, no debían olvidar que estaba en un lugar público. Tal vez, en otras circunstancias, su inocente acción no hubiese desatado tal alboroto, pero estaban olvidando que ellos eran una pareja muy particular a simple vista. De seguro estaban dando todo un espectáculo. Ambos se giraron para ver a los demás clientes, pero todos parecían ocupados en sus propios asuntos, ignorándolos con magistralidad. Puede que hubiese cruzado miradas con alguno, pero rápidamente se apartaron.
Un hombre mayor actuando muy cariñoso con una jovencita de la mitad de su edad, pero ¡qué escandalo!
Las palabras de Sharpe resonaron dentro de su cabeza y descubrió que tenía razón. Socialmente, sería muy difícil que los aceptaran, por no decir que imposible. No quería sacar conclusiones antes de tiempo, puede que aquellos comensales hubiesen alzado sus voces por otra razón y no necesariamente por ellos, pero tampoco quería engañarse y darse esperanzas, pues era claro que era por ellos. No había nada en Las Tres Escobas que llamara la atención o estuviera fuera de lugar, solo ellos. Si aquel pequeño e inocente acto podía causar tal reacción, no quería ni imaginarse qué otras reacciones podría despertar en la gente algo más "fuerte" como un beso.
Ni él ni Hermione merecían pasar por algo así.
—¿En qué piensas?
Hermione lo observaba atenta, esperando una respuesta. Su interlocutor se había quedado en silencio durante un par de largos minutos después de que ambos soltaran sus manos. Al parecer, la gente en la cafetería lo incomodaba. No sabía si era porque a Snape no le gustaba demostrar afecto en público o si era que se avergonzaba de que la vieran con ella. Miró a las demás personas a su alrededor, estas apartaban la mirada cada vez que ella dirigía la suya hacia ellos. Encontró a un grupo de adolescentes observándola con burla y asombro desde una mesa al otro lado del restaurante. Al verse descubiertos, estos ocultaron rápidamente sus rostros tras la carta del menú y sus propios celulares.
Idiotas, pensó incómoda y molesta.
Snape negó con la cabeza. No quería preocuparla, mucho menos darles importancia a aquellos desconocidos. Revisó la hora en su teléfono. Ya no faltaba mucho para que su asesoría de la tarde iniciara. Tenía suerte de que Hogwarts se encontrara solo a un par de calles, no tardaría en llegar.
—Debo irme —anunció guardando el móvil en su bolsillo—. Tengo clases en diez minutos, una asesoría de Física —el hombre levantó la mano para pedir la cuenta y uno de los meseros asintió antes de acercarse a la caja para hacer el recuento de gastos.
—Entiendo.
El empleado no tardó en llegar con la cuenta. Mientras él recogía los platos y tazas vacías, Snape revisaba que los cálculos fueran correctos. A continuación, procedió a sacar su billetera. La joven buscó en su cartera su propia billetera y, cuando estuvo a punto de sacar un billete, el mayor la detuvo.
—No te preocupes, yo te invito.
—Por favor, no.
—Por favor, déjame tener un detalle contigo. ¿Quieres pedir algo más antes de…—
—Yo te cité, déjame pagar lo mío —le exigió con firmeza poniendo su billete junto al suyo—. Puede llevárselo.
El camarero no se atrevió a refutar a la joven castaña y se llevó al instante el dinero no sin antes anunciarles que ya les traería su cambio. Snape sonrió de lado negando con la cabeza. Sí que tenía un carácter muy fuerte y eso le gustaba. Esa chica podía salirse con la suya cuantas veces ella quisiera y nunca dejaría de sorprenderlo.
—Oye… Antes de que te vayas, me preguntaba si todo estaba bien.
—¿A qué te refieres?
—Estabas como raro hace rato, después de que soltaste mi mano —le recordó tomando su bolso—. ¿Está todo bien? ¿Te hice sentir incómodo?
—No, no —le respondió atropelladamente mientras el mesero dejaba el cambio sobre la mesa junto con la boleta y les deseaba una buena tarde—. Es solo que… Me siento raro entre tanta gente.
—¿También lo notaste?
—Fue imposible no hacerlo.
—Déjalos, son unos idiotas —respondió estirando su mano hacia él, pero Snape la apartó antes de que pudiera, si quiera, rozarla. Hermione sintió que todo lo que el chocolate la había calentado, Snape lo acababa de congelar con su renuencia a su tacto. Retiró su mano y la escondió en su abrigo—. No tienes por qué incomodarte por lo que el resto opine o diga, ya lo sabes, ¿no?
—Ya lo sé, es solo que… Hermione, solo míranos. No es normal ver a dos personas como nosotros, juntas, de esta forma, sin sospechar algo turbio —ambos se giraron un momento hacia el mostrador de la cafetería y encontraron a dos empleados mirándolos fijamente, avergonzados de verse descubiertos—. Deben estar pensando lo peor de ti y de mí y eso que no somos nada aún.
"Sigue existiendo este "rechazo" a ver parejas con grandes diferencias de edad en lugares públicos haciendo actividades de parejas". Las palabras del Dr. Sharpe todavía flotaban en su cabeza. "No tardarían en llegar cuestionables rumores hacia ti y hacia ella, sobre todo de sus intenciones".
—No me importa —respondió al instante, frunciendo el ceño.
—Granger, la diferencia de edades es enorme. ¡Tengo 42 años, maldita sea! —exclamó—. Aquí solo hay dos opiniones. O creen que eres mi hija, lo cual seguro ya descartaron, o creen que te estoy pagando por estar conmigo.
—No me estás pagando por estar contigo —replicó elevando un poco la voz, irritada por su pensar y por la actitud hostil de las otras personas hacia ellos—. Yo estoy aquí contigo porque quiero, porque me gusta estar contigo, la paso bien, me divierto. No me importa qué diga el resto. Quiero pasar el tiempo contigo porque eres mi amigo… ¿Verdad?
Snape dejó escapar un suspiro agotado. Sharpe tenía razón. Esto sería complicado.
—Lo soy, Hermione y me gusta ser tu amigo, pero creo que deberíamos parar con este tipo de contacto —confesó ignorando la mirada indiscreta de dos señoras sentadas en la mesa de al frente. Hermione abrió la boca para replicar, pero el pelinegro no se lo permitió—. No lo tomes a mal, a mí también me agrada tu compañía, pero este tipo de comportamientos, los jugueteos, el tomarnos de las manos, estos coqueteos, no pueden continuar.
—No estamos haciendo nada malo —exclamó haciendo ademanes de levantarse—. Si te molestan las miradas de esas señoras, yo puedo ir y hablar con ellas y…—
—No, por favor —pidió estirando su mano para retenerla por el brazo—. Déjalas. No quiero escándalos, pero esto es a lo que me refiero, Granger. Si nos ven así, ahora que no somos nada más que amigos, imagínate cómo nos verían si fuéramos pareja —la joven lo observó dolida al igual que él—. Yo no podría tomarte de la mano o abrazarte sin que nos miren raro, mucho besarte sin que alguien nos quiera tomar una foto o, que se yo, hablar mal de ti y eso no es algo que quiero.
—No me importa lo que piensen de mí, Severus. Yo ya he vivido la crítica antes, por si te olvida.
—¡Esto es diferente! —murmuró entre dientes para no alzar la voz—. Yo no quiero que te hagan daño, no lo soportaría. Odiaría que alguien, por más mínimo que sea el comentario, te hiciera sentir mal —la joven frunció el ceño y bajó la cabeza—. Puede que al inicio no te moleste, pero eventualmente lo hará y, de por sí, una relación es complicada. Ahora imagínate una relación conmigo, una persona que ya ha vivido, una persona que tiene un pasado, una historia…—
—¡Yo también tengo una historia!
—Pero no tienes 20 años más de experiencia —le recordó. A diferencia de ella, él no había perdido la compostura—. Hermione, es innegable que una relación conmigo sería muy difícil de llevar. Más allá de todos los conflictos que tenemos entre nosotros y los que tengo conmigo mismo, nos llevamos muchos años.
—Para el amor no hay edad —recordó haciendo un puchero.
—Eso es muy romántico, pero no sé si aplique a todos los casos… —
— Mira a… a… ¡Michael Douglas y Catherine Zeta-Jones! Se llevan como 30 años, creo, y son muy felices juntos. Eh, Sir Patrick con su esposa, ellos también se llevan mucho tiempo, como 40 años. Mick Jagger y Melanie Hamrick, también ¡Y van a tener un hijo!
—Y George y Amal Clooney, como 20 años y son felices, sí, lo sé, Hermione —la interrumpió.
—¡Ya ves!
—Pero nosotros no somos ellos, Hermione. Nosotros no somos gente famosa a la que la gente apoyara en su historia de amor. Realmente lo veo muy difícil —explicó cansado del tema.
—Mira, sin ir muy lejos, está tu colega, el profesor Lupin. —reclamó. Hermione acababa de lanzar su mejor carta, la cual lo tomó completamente desprevenido—. Él tiene un sólido matrimonio con Tonks. Los viste en mi cumpleaños —tenía razón. Los Lupin eran una pareja hermosa que rompían con aquellos estereotipos y prejuicios sobre las diferencias de edad. Sin embargo, no estaba seguro si podrían ser cómo ellos—. Podríamos hacer que esto funcione, Severus, solo debemos esforzarnos. Nosotros no nos llevamos tanto como parece. Si ellos pueden, nosotros también.
La joven estiró sus manos para tomar la de él. Sus pequeñas y delicados manos elevaron la de él para posarla sobre su rostro. Su mano, tosca y grande, se sentía cálida junto a su mejilla, acunándola con ternura. Sus ojos miel lo miraban suplicantes, llenos de amor y de esperanza, pero al mismo tiempo, tristes. El mismo halo triste que tenía ella cada vez que miraba a través de la ventana del estudio en Earl's Court, cuando todavía no se conocían, cuando aún no eran amigos.
Snape curvó sus delgados labios en una fina línea que apenas ponía nombrársele como sonrisa. Una triste y tímida sonrisa. Hermione cerró los ojos y se dejó llevar por las sensaciones que despertaba su tacto en ella. Inclinó su cabeza y besó con castidad la palma de su mano para volver a apoyarse en ella, su cabello rizado cayendo a un lado, ocultado parcialmente aquel rostro tan hermoso. El profesor estiró su mano libre y acomodó sus rizos detrás de su oreja. Se sentían suaves tal y como se los imaginó. Sus pestañas rizadas revolotearon al momento que volvió a abrir esos ojos miel.
—Sería muy complicado, Granger. Habrá muchos retos.
—Lo sé.
—Ambos estábamos viviendo diferentes etapas en nuestras vidas. Tú recién inicias, yo ya tengo mucho kilometraje recorrido.
—Lo sé.
—No sé cómo se lo tomarían tus amigos, ni siquiera quiero imaginar qué pensarían tus padres.
—No me importa.
Snape negó con la cabeza y retiró su mano con suavidad. Hermione se reincorporó sobre su asiento y se aferró a su cartera.
—Creo que sería bueno que ambos nos tomáramos un tiempo para pensar esto bien —le indicó entregándole aquellas monedas del cambio las cuales Hermione se rehusó a aceptar en primera instancia, pero que terminó guardando en su bolsillo—. Si queremos que esto funcione, debemos tener claras nuestras intenciones. No quisiera ni lastimarte ni que me lastimaras otra vez, ¿de acuerdo? —ella asintió con vehemencia—. Y quisiera que esto fuera en serio, nada de solo acostones —susurró algo avergonzado, provocando el sonrojo de la castaña—. Quisiera que fuera algo real, conocernos bien, aprender el uno del otro y ver si se puede aspirar a algo más serio. Quiero que esto sea… lo más, eh, lo más sano y apropiado dada nuestra situación.
—Lo sé.
El hombre se levantó y ella lo imitó. Caminaron hasta la entrada no sin antes de que Severus se despidiera de la dueña de Las Tres Escobas con un beso que causó la risa de Hermione. Se quedaron frente a la puerta del establecimiento, ambos mirándose fijamente. Afuera hacía frío y la gente seguía avanzando por la acera, continuando con su vida normal.
—Creo que, por ahora, sería bueno que seamos amigos y, bueno, ver cómo evoluciona esto. Podemos ir con calma y ver qué pasa.
—Pero podré seguir saliendo contigo, ¿verdad? Y podré seguir visitando a Lamarck y llevarlo al parque, también, ¿no?
—No veo por qué no —le sonrió.
—Entonces, está bien para mí —Hermione jugó con sus dedos y se meneó de un lado al otro, como una niña—. Sabes, podríamos empezar más seguido, ya sabes, como amigos. ¡Podríamos ir juntos al baby shower de los Lupin!
—Granger… —regañó conteniendo las ganas de reír—. ¿Qué parte de "con calma, por favor" no entendiste?
Ella rio.
Ambos se quedaron mirando con una sonrisa. Era como si el tiempo se hubiese detenido exclusivamente para ellos. Tal vez era porque ninguno sabía cómo decir adiós. ¿Cómo debían despedirse? ¿Un simple "Hasta pronto"? ¿Un abrazo? ¿Un beso? Había tantas opciones. Sin embargo, Snape solo atinó a mirar su reloj.
—¡Van a matarme! —exclamó abriendo los ojos—. Voy muy tarde, mi clase ya debería haber iniciado. De seguro esos mocosos ya deben estar firmando la hoja de asistencia para pegarla en la puerta. Debo irme ya.
—Perdona si hice que te retrasarás.
—No te preocupes, pero ya debo irme —el hombre se inclinó y trató de besarle su mejilla derecha, pero Hermione también se había movido para hacer lo mismo, por lo que iniciaron aquella danza incómoda de evasión de un lado al otro hasta que el profesor le puso fin cuando la inmovilizó tomándola de los hombros y estampó un beso en su mejilla izquierda—. Nos vemos pronto.
—Eso espero. Llámame, por favor.
—Lo haré. Adiós.
—Adiós.
Hermione se quedó de pie en el mismo lugar mientras miraba al profesor alejarse por la acera, calle arriba. Sus pasos eran zancadas largas que iban a una velocidad constante, rápido, obviamente con prisa. Ella sonrió como una tonta hasta que Snape desapareció al doblar la esquina. Su corazón estallaba de alegría, lleno de felicidad al saber que tenía una oportunidad, por más pequeña que fuera, para recuperar su corazón. Snape tenía razón, debían iniciar de cero, con calma, debían tener una relación de verdad, con citas incluidas y todo.
Y en serio quería que esto saliera bien.
—Disculpe.
—Permiso.
—Disculpe, por favor.
El mismo grupo de adolescentes que estaba en el restaurante acababa de salir de Las Tres Escobas y tres de ellos pasaron corriendo por su lado a toda velocidad, casi tirándola a la pista debido a la brusquedad de sus movimientos. Los tres adolescentes corrieron con sus mochilas y bolsas agitándose tras ellos, haciendo sus mejores esfuerzos para no tropezar tras cada paso.
—¡CORRAN, CHICOS! ¡SÍ SE PUEDE!
—¡SÍ LLEGAN!
—¡CORRAN, PERRAS, CORRAN!
—¡SUERTE! ¡QUÉ NO LOS ATRAPEN!
Hermione se dio la vuelta para encontrar el resto del grupito gritando tras ella, dándole ánimos a sus otros amigos, los cuales ya habían cruzado la calle y siguieron corriendo en línea recta, como si estuvieran corriendo los 100 metros planos en las olimpiadas, compitiendo por quién llegaba al meta primero.
—¿Creen que el murciélago los encuentre en el camino? —escuchó a uno reír mientras pasaban por su lado, obviamente caminando mucho más calmados que los primeros.
—Ojalá que no. Imagínate el castigo que les pondría.
—No pueden castigarlos —exclamó otro—. Él no está en el salón de clases tampoco, él estaba ocupado aquí con su…—
—Shhh… Bajen la voz y caminen.
Hermione enarcó una ceja mientras los observaba alejarse en la misma dirección por la cual el profesor y los otros tres chicos habían salido corriendo. Debían tener entre 16 o 17 años pues llevaban uniforme y mochilas. No tuvo qué romperse la cabeza para deducir que eran alumnos de Hogwarts. Por ende, alumnos de Severus Snape.
Y algo le decía que esos chicos estaban hablando de él.
—Apúrate, Dani —gritó una alumna de séptimo año desde la puerta del baño del primer piso—. Sofía y los chicos nos están esperando.
—Espera, por fis, me quiero lavar la cara y arreglar el pelo.
Nancy soltó un bufido dramático que resonó por el interior del baño de chicas. Habían quedado con algunos amigos para salir de Hogwarts esa tarde e ir a las Tres Escobas, una cafetería a unas cuantas calles, para pasar el rato antes de que tuvieran que regresar para sus clases de la tarde con Snape.
A pesar de que hoy no era día de salida, los de séptimo estaban decididos a escapar de las oscuras paredes de piedra del colegio y tomar algo de aire fresco. Para cumplir su objetivo, debían salir en compañía de Sofía, la otra delegada, así se evitarían serios problemas en el supuesto caso de que algo fuera descubiertos. Ambas eran conscientes de que el castigo no sería la gran cosa pues se llevaban muy bien con el director Dumbledore y él nunca impondría un castigo grave solo porque un par de alumnos salieron a tomar café.
—¡¿YA?!
—¡Ya! ¡Ya! —exclamó Daniela saliendo del baño secándose la cara, aún mojada, con una toalla de papel— Pero que pesada, por Dios. ¡Cálmate!
—Apura que nos están esperando en la puerta y no quiero que Filch nos atrape saliendo.
Ambas castañas doblaron por el pasillo que las llevaría a la salida directa al estacionamiento cuando la peluda figura de la gata mascota del vigilante de la escuela, la Sra. Norris, se apareció ante ellas. La Sra. Norris era una gata adulta, delgada y huesuda, con un largo pelaje gris similar al polvo acumulado en un viejo armario. En varias ocasiones, los alumnos se habían burlado de ella diciendo que parecía un plumero viejo. Pronto, esto se volvería en una broma privada. Parecía que la gata tenía una habilidad única para comprender a los humanos pues, desde que aquellas bromas se esparcieron por Hogwarts, sus ojos amarillos observaban con odio a cada estudiante que se encontraba.
Daniela y Nancy se detuvieron al instante, casi petrificadas por tal encuentro. Si la Sra. Norris estaba ahí, significaba que Filch no debía andar lejos. Esos dos tenían una relación muy estrecha, tal vez demasiado. La gata era prácticamente la sombra de su amo; si ella aparecía, era porque Filch debía estar rondando esos lares y si de por sí a Norris no le agradaba ningún estudiante, a Filch menos.
Argus Filch era el vigilante de Hogwarts, el celador del castillo si preferías —o conserje, si no había nadie más disponible para limpiar los pisos—. Era un hombre ya mayor, su edad seguiría siendo un misterio para todos. Tenía el cabello entrecano, los ojos marrones y una perpetua mueca de odio plasmado en su arrugado rostro. Los alumnos probablemente te lo describirían como un hombre vulgar y gruñón que le gustaba castigar a quien sea por, literalmente, cualquier motivo. Filch se la tenía jurada contra los alumnos y ellos contra él, aunque por el bien todo mantenían una convivencia tranquila y en paz, al menos, la mayor parte del tiempo.
Sin embargo, puede que esa "paz" pudiera arruinarse si las atrapaban tratando de escabullirse del castillo.
—Carajo —susurró Daniela, apretando su mochila contra su pecho—. Ya valió.
—Vámonos por el otro lado —sugirió Nancy, acomodándose un mechón de su corto cabello detrás de su oreja—. Hay que salir por la puerta cerca al taller de carpintería.
La gata se erizó y siseó de forma repentina, asustándolas lo suficiente como para hacerlas correr de regreso por donde habían venido.
—Te juro que, algún día, pondré a esa gata en una caja y la mandaré directo a Suiza —exclamó Nancy en voz alta mientras caminaba con su grupo de amigos por las frías calles inglesas—. ¡Ya estoy harta! Siempre me sigue cuando cambio de salones. ¡Una vez hasta se metió al baño conmigo!
— Qué miedo —le respondió Patrick, uno de sus compañeros, un muchacho pelinegro y uniforme desarreglado—. A veces siento que esa gata está endemoniada. ¿Has visto cómo nos mira? Yo creo que está posesa.
—¡ONE WAY! ¡OR ANOTHER! —cantaba Daniela a viva voz junto a Anne, Lucas, Martin y Ed, sus otros compañeros de clases— ¡I'm gonna find ya!
I'M GONNA GET YA, GET YA, GET YA, GET YA!
Nuestras dos jóvenes alumnillas habían logrado librarse de las garras de la Sra. Norris y los castigos de Filch con mucho éxito. Cual ninjas se habían escabullido por los pasillos hasta lograr escapar por completo de la seguridad del internado y aventurarse por las frías calles de aquel distrito. Sus amigos las esperaban en una esquina. Estaba Patrick, un muchacho de sexto año que siempre andaba desarreglado. Snape lo había calificado en cientos de ocasiones como "el vago del salón", título que defendía con orgullo. Lucas, quien era uno de los mejores amigos del primero a pesar de que no estaban en los mismos grados. Anne y Martin de séptimo, chicos muy inteligentes que formaban parte de la selección de matemáticas del colegio. Ed, también de sexto, que mantenía una relación con la delegada de séptimo, Sofía, a la cual seguía a todos lados y, por supuesto, la misma Sofía quien también formaba parte de la selección del colegio.
Al final habían resultado ser más alumnos de lo que esperaban, pero eso no importaba. Lo que realmente importaba en aquel momento era ese quinteto de tontos no se matara intentando cruzar la calle mientras bailaban al ritmo de sus descoordinadas voces con gallos.
—Ya dejen eso, me avergüenzan —exclamó Sofía mientras se acomodaba el cabello tras la espalda. Cruzaron el paso de cebra hasta la siguiente esquina. Los conductores de los autos detenidos a un lado de ellos los miraban divertidos—. ¡Ya ven! Ya nos están viendo raro.
—Es por el uniforme —exclamó Lucas—. Les dije que nos cambiáramos.
—¿Para qué Filch nos detuviera antes de tiempo? No gracias.
—Dani, has otra vez ese paso, no me sale.
—Es muy fácil. Hazlo así, Ed, con ritmo. One way... or another...
—Dani, cállate —volvió a chillar Anne, agregando dramatismo a sus palabras, fingiendo un llanto lastimero—. Todavía me duele que se hayan separado. Nunca lo voy a superar.
—Aish —bufó Martin.
No tardaron mucho en llegar a Las Tres Escobas. Al ser estudiantes sin un centavo en el bolsillo, no había muchos lugares a los que pudieran ir. Era por esa razón que Las Tres Escobas se había convertido en el lugar favorito de todos los alumnos. Hogwarts tenía una especie de "convenio" con aquella cafetería para que los alumnos tuvieran descuentos a la hora de consumir cualquier producto —lástima que las cervezas de mantequilla no estuvieran incluidas en este acuerdo—. De esa forma, los alumnos estarían contentos y la cafetería tendría muchos clientes, todos ganaban. Pero más allá de la deliciosa comida, la buena música o el ambiente acogedor, había otra razón por la que los chicos siempre preferían Las Tres Escobas por sobre cualquiera otra cafetería.
—¡Hola, mis amores! —saludó madame Rosmerta cuando los vio entrar por la puerta de su local. Al instante, Patrick y Martin sonrieron como un par de tontos—. ¿Cómo les va?
—Muy bien, madame Rosmerta —respondió Sofía al ver que ninguno de sus compañeros hombres se atrevería a contestar.
—¡Vaya sorpresa! ¿Qué los trae por aquí? Hoy no es día de visita —comentó poniendo ambas manos sobre sus caderas y apoyando su peso sobre una de sus piernas. Su linda sonrisa de labios rojos pronto fue reemplazada por una mueca y una mirada sospechosa—. No me digan que se fugaron otra vez.
Los muchachos miraron a cualquier otra, evadiendo la pregunta de manera pobre.
—¡¿Otra vez, muchachos?! —exclamó llevándose una mano a las sienes, negando con la cabeza—. Nunca aprenden la lección, ¿verdad? ¿Qué le voy a decir a Dumbledore si se da cuenta de que no están y venga aquí a preguntar por ustedes, como siempre?
—Por favor, madame Rosmerta, no le avise al director que estamos aquí —rogó Daniela
—Sí, madame, no queremos meter a Sofía en problemas por traernos —complementó Ed, tomando de la mano a la delegada
—¡Le prometemos que será la última vez, madame Rosmerta! —exclamó Martin, poniéndole ojitos a la rubia—. ¿Sí?
—Eso dijeron la última vez —les recordó sonriendo de lado—. ¿Por qué debería creerles ahora?
—¡Porque somos tus clientes favoritos! —rieron en unísono, captando la atención de los demás clientes.
Rosmerta rio y negó con la cabeza. Esos jóvenes siempre podían salirse con la suya.
—Oh, está bien, pequeños rufianes —rio—, pero ya tienen que dejar de escaparse. No me quiero meter en problemas con Dumbledore por culpa de ustedes. Vayan a sentarse a la mesa de al fondo y quédense calladitos ahí, ¿de acuerdo? Ahora enviare a Marco para que les tome el pedido.
—Gracias, madame Rosmerta —Lucas le sonrió y le guiñó un ojo de manera coqueta, arrancándole una carcajada tanto a ella como a sus amigas.
—¿Podría hacernos un favor? —pidió Nancy— Si algún profesor de Hogwarts se aparece…—
—Sí, sí, sí. Ya sé, Nancy, no les diré que están aquí.
—¡Gracias!
El grupito se ubicó rápidamente en la mesa de al fondo de Las Tres Escobas, antes de que madame Rosmerta se arrepintiera y los mandara de regreso a la escuela. Esta mesa era especial pues casi siempre estaba reservada para ellos… o para clientes que querían más "privacidad". Estaba situada en un lugar estratégico: al fondo y junto a la pared lo cual hacía difícil ver a quienes estaban sentados ahí; debajo de un parlante lo que les permitía tener una buena acústica de los covers de canciones pop de moda que la cafetería solía poner para animar el ambiente; cerca a la puerta de la cocina por lo que la comida salía casi al instante y lo suficientemente lejos del baño para que no sentirse incómodos. Además, tenía un plus, era una de las mesas que tenían los asientos más largos y acolchonados, por lo que cabían seis personas con facilidad. Tal vez ocho con un poco de esfuerzo.
Marco no tardó en llegar para tomar su orden y, entre risas y bromas, lograron pedir algo lo suficientemente bueno y barato para compartir entre todos. Ya sea charlando sobre los últimos acontecimientos del mes, chismes de pasillos, tarareando la letra de las canciones o simplemente mirando videos tontos en sus celulares, aquellos adolescentes eran felices con el simple hecho de estar ahí, rodeado del agradable olor de café recién hecho y los mimos de madame Rosmerta.
—¿Sigues jugando eso? —preguntó Sofía sobre las piernas de Ed, ambos mirando atentos el celular que el joven tenía en sus manos.
—Sep. Quiero subir de nivel a mi Snorlax —comentó concentrado en los dibujos que aparecían en la pantalla del móvil—. Mira, hay un gimnasio aquí al lado.
—Dani, ¿ya le pediste a tus padres que firmen el permiso para ir al Victoria Palace? —preguntó Anne.
—Ya lo hice, pero mamá dice que debo subir mis notas. Dice que, si obtengo un Sobresaliente en Historia, hasta me enviará dinero para que me compre un recuerdo. ¡Quiero la camiseta con el poster de Hamilton!
—¡Yo también! ¡Yo también! —exclamó Nancy, uniéndose a la conversación— Nunca había estado tan agradecida con Flitwick por organizar estas salidas. ¡Te juro que voy a cantar todo el musical!
Patrick dio un largo bostezo, estirando los brazos y cerrando sus ojos con fuerza, lagrimeando en el proceso. Tenía sueño pues era hora de su imperdible siesta y el ambiente cálido de Las Tres Escobas, sumado a la angelical y susurrante voz proveniente de los parlantes solo lo arrullaban al punto de querer quedarse dormido sobre la mesa. Era por eso que, en su estado de somnolencia, creyó estar soñando cuando vio a una alta figura oscura, masculina y delgada entrar en la cafetería.
El recién llegado se acercó a madame Rosmerta e intercambió un par de palabras con ella. Patrick entrecerró los ojos y la observó con detenimiento. Tenía un aspecto similar: cabello negro y largo, piel cetrina, nariz ganchuda y contextura delgada. Además, por alguna razón, notó que la ropa que usaba era extremadamente familiar a la ropa que su profesor de Química, Severus Snape, solía usar. De hecho, la camisa era idéntica a la portaba esta mañana. También los pantalones y el abrigo y los zapatos y la cara y probablemente todo él era exactamente igual al profesor.
Patrick se frotó los ojos con ambas manos y parpadeó un par de veces para enfocar mejor.
—Chicos… —llamó pálido, encogiéndose sobre el asiento.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Parece que viste a un fantasma.
—Peor —respondió sin apartar la mirada del hombre—. Vi a Snape.
—¡¿QUÉ?! —exclamaron, dejando sus asuntos olvidados sobre la mesa.
—¡¿Qué hablas?!
—¡Shhhhh! —los silenció al instante y luego señaló—. Está ahí, junto a la puerta.
Los siete alumnos giraron sus cabezas en dirección al mostrador con tal brusquedad que fue un milagro que no se desnucaran. Levantándose ligeramente e inclinándose hacia adelante, buscaron con desesperación la tan conocida figura de la espalda de su maestro. ¡Ahí estaba! Imponente y misteriosos como siempre. Madame Rosmerta estaba hablando con él de manera animada a juzgar por su sonrisa coqueta. Solo rogaban que estuviera haciendo sus mejores esfuerzos para distraerlo y protegerlos del posible castigo que los esperaba en cuanto Snape pusiera sus manos sobre ellos.
—¿Creen que los encantados de madame Rosmerta sean suficientes? —preguntó Martin ya preparado para esconderse debajo de la mesa.
—Mi Rosmerta no me va a fallar —le aseguró Patrick.
—Bueno, con Snape nunca se sabe. Él es más frígido que un tempano de hielo —añadió Nancy.
—Permiso, chicos. Aquí está lo que ordenaron —Marco, el camarero, se acercó con una gran bandeja repleta de delicias en sus manos—. Siete cervezas de mantequilla y tres platos de…—
—¡Ahí viene! —exclamó Anne completamente en pánico.
Al instante, tanto Lucas como Patrick se levantaron para sujetar al pobre empleado y posicionarlo frente a ellos de tal forma que su cuerpo cubría a los ocho comensales, escondiéndolos aún más de la vista de cualquier persona que se atreviera a buscarlos, es decir, de Snape. El confundido Marco hizo sus mejores esfuerzos para no trastabillar y tirar la bandeja sobre ellos. No sabía que estaba pasando y, a causa de las expresiones de terror en los rostros de los adolescentes, tampoco se atrevía a preguntar qué era lo que estaba pasando.
—¡De seguro ya nos vio! —sollozó Anne, pasándose las manos por el cabello—. Ya valió, chicos. Fue un gusto conocerlos.
—¿Qué sucede? —preguntó el camarero, todavía confundido—. ¿Qué pasa?
—Estamos de incógnito, Marco —explicó Sofía—. No se supone que deberíamos estar aquí, no es día de salida, pero nos escapamos de Hogwarts.
—¿Otra vez? Ustedes nunca aprenden, ¿verdad? —el muchacho se giró y rápidamente identificó al profesor Snape deslizándose por el interior de la cafetería, buscando algo o a alguien con la mirada—. ¿Se están escondiendo de Snape?
—¿No es obvio? —respondió Lucas, encogiéndose también en el asiento—. Quédate justo ahí para que no nos vea, por favor.
—¡Sí, Marco! —suplicó Daniela— ¡Por fiiiiis!
El muchacho de cabello ensortijado lo pensó un momento. Igual le iban a pagar así se quedara o no, por lo que no le costaba nada hacerles el favor a los muchachos. Además, ellos le agradaban. Así que, como todo un héroe, Marco se quedó frente a su mesa, sirviendo las cervezas de mantequilla con suma lentitud, haciendo la función de un escudo humano. Mientras tanto, Sofía y Ed hacían las de torres de control humanas y vigilaban de manera disimulada como Snape los buscaba por todo el restaurante.
El hombre se veía algo consternado, tal vez preocupado. Era la primera vez que los muchachos veían esa expresión en su rostro. Ni siquiera cuando había temblores Snape ponía esa cara. ¿Acaso algo estaba pasando? Los ojos oscuros del maestro pasaron fugazmente sobre ellos, pero, por fortuna, no pareció notar sus presencias. Resignado, se dio la vuelta y regresó sobre sus pasos. Los ocho jóvenes dejaron escapar un suspiro de alivio y se mantuvieron callados, sin intenciones de tentar a su suerte.
—De la que nos salvamos —suspiró Ed—. Ya me veía a mí mismo siendo envenenado por las "pociones" de Snape.
—¿Tan malo es su profesor? —preguntó Marco relajándose y poniendo la bandeja bajo su brazo.
—Él es el diablo, Marco. Le gusta meter a los alumnos de primer año dentro de su caldero hirviente.
—Y si te lo encuentras en la noche, se transformará en murciélago y chupará tu sangre.
Aquellos comentarios lo hicieron reír e, inevitablemente, se giró por unos segundos para buscar al mencionado cuando lo encontró de pie, siendo "abrazado" por la espalda por una jovencita de castaños rizos. Ella estaba de puntillas y sus delicadas manos se elevaban para cubrir sus ojos de manera juguetona. El hombre había dado un pequeño saltito, tal vez asustado debido a lo repentino de la acción y, en cuanto volteó a su encuentro, sus ojos negros brillaron aliviados al verla.
—Pues, según yo, no parece un vampiro ahora. Diría que es más como un cachorro.
Dicho esto, se fue a continuar con su trabajo, dejando a los estudiantes muy confundidos en aquella mesa de al fondo. Los siete buscaron a Snape y, tal y como lo hizo Marco antes, lo encontraron hablando con una chica delgada y joven. Ella era mediano tamaño, tal vez de la altura de la propia Sofía. Llevaba el cabello suelto en alocados rizos muy bien definidos, un abrigo de apariencia cálida, bonitas botas negras de pequeño tacón y un bolsón marrón con flecos. No podían decir a ciencia cierta si era bonita o no pues no podían verle el rostro en su totalidad ya que Snape la cubría con su cuerpo, pero daba la impresión de que lo era.
Los siete se amontonaron unos sobre otros para obtener una mejor vista. Ellos estaban hablando y ahora se dirigían a una mesa vacía para sentarse y ordenar algo. El profesor se le veía muy atento y caballeroso hacia ella e, incluso, lo vieron sonreírle lo cual les voló la cabeza por completo.
—¿Y eso? —preguntó Lucas atónito.
—Parece que no nos estaba buscando a nosotros después de todo —anunció Sofía sin apartar la mirada de la mesa que su profesor ocupaba—. Parece que la buscaba a ella.
—¿Y ella de dónde salió? —intervino al instante Daniela, entrecerrando los ojos para poder verla mejor. Snape estaba sentado dándoles la espalda, lo que les dejaba un plano despejado de ella y su rostro pequeño— ¿Quién será?
—No sé, pero es obvio que se conocen.
—¿Y si es su novia? —la hipótesis de Ed los hizo reír, tanto así que sus rostros estaban rojos. Tuvieron que cubrirse la boca con ambos manos y respirar profundo para clamarse y no llamar la atención.
—Tal vez sea algún familiar —sugirió Martin, limpiando sus lentes con una ya que se habían empañado por culpa de sus lágrimas— ¿Saben si Snape tiene hijos?
—Espera, espera, espera —se apresuró a detener Nancy frunciendo el ceño y sujetando su bebida con ambas manos—. ¿Estas sugiriendo que ella puede ser la hija de Snape?
—¡No! —negó Patrick aguantándose la risa— Es imposible que ella sea la hija de Snape. ¿Acaso son ciegos? Es muy bonita para ser su hija.
—Será la hija del cartero en todo caso—añadió Lucas haciendo reír a todos los hombres presentes.
Daniela y Nancy intercambiaron miradas antes de volver la atención a su profesor y aquella desconocida. Hasta ahora solo estaban charlando y comiendo, realmente no parecía haber nada fuera de lo común, excepto tal vez por la apariencia relajada y accesible de su maestro en esos momentos.
—Tal vez es de esos casos donde la hija es más bonita que el padre —sugirió Anne antes de llevarse su cerveza de mantequilla a sus labios.
—O donde la madre tiene genes fuertes porque estoy seguro que salió igualita a ella. A Snape no le encuentro parecido ni la sombra.
—Mira, yo solo sé que nada sé, pero lo que sí sé es que le salen bonitas las hijas al profe —comentó Patrick antes de ahogarse el mismo con su risa.
—Bueno, recuerden que no sabemos mucho de la vida del profesor —intervino Sofía, tratando de calmar aquellas inquietudes como la buena delegada que era—. Tal vez si sea su hija. Recuerden que alguna vez estuvo casado.
—¿Snape estuvo casado? —preguntó Ed atónito ante la nueva información sacada a luz por su novia— ¡¿De verdad?! —ella asintió— Oe, y ¿tú cómo sabes eso?
—Ella sabe la vida de todos —respondió Martin.
—¡Pero qué chismosa!
La desconocida castaña estiró la mano y tomó la del profesor con la suyas. No podían notar de qué color eran sus ojos, pero si podían notar la ternura que estos desprendían cada vez que miraban al rostro del profesor. Sus manos se acariciaron y él sonrió.
—Creo que se ven tiernos juntos —comentó Anne mirando con disimulo antes de volver su atención a sus demás amigos—. Snape luce como un buen padre. Tal vez es diferente cuando está en casa.
—Saben, es raro, porque se me hace muy difícil imaginar a Snape siendo padre de alguien.
—Sofí —llamó Daniela mientras se llevaba tomaba uno de los pasabocas que habían ordenado—. ¿Cómo es eso de que Snape estuvo casado? ¿Se divorció?
—¡Sí, amor! Suelta el chisme.
La joven delegada se rehusó al principio pues no le parecía correcto contar algo de lo que ni siquiera estaba totalmente segura, pero tanta fue la insistencia por parte del grupo, que terminó contando lo poco que sabía.
—La verdad es que no sé por qué se separaron, pero una vez escuché una conversación entre Flitwick, Sprout y Pomfrey, decían que ambos terminaron en muy malos términos. A diferencia de Lupin, Snape es más reservado con su vida privada, por lo que no sabría decirles que tan cierto es eso.
—Pero si lo dijo Flitwick es porque debe ser cierto, ¿verdad?
—No sé. Solo sé que fue por culpa de su divorcio que Snape dejó el colegio cuando estábamos en tercero. ¿Se acuerdan? ¿Recuerdan que tuvimos a un suplente durante tres meses?
—¡Ay, sí! El profe Alex —recordó Nancy—. Él era lindo. Me gustaban sus ojitos.
—Pero ¿qué tiene ver eso con Snape?
—No sé. Supongo que tuvo que ausentarse por el proceso de divorcio.
—Quien sabe y tal vez estuvo peleándose con la mujer por la custodia de su hija —sugirió Anne volviendo a mirar a la pareja—. ¿Creen que se estén reencontrado después de mucho tiempo? ¿Se imaginan lo bonito que sería? ¡Snape siendo el papá del año!
—¡Ay, si! —le secundó Nancy, dándoles otro vistazo— Tal vez pasen el resto de la tarde juntos y hagan cosas de padre e hija. Ya sabes, ir por un cafecito, ir a las tiendas, tal vez al cine...—
—¿Creen que vayan a buscar a su perrito más tarde? Adoré a Lamarck. Snape tiene que traerlo más seguido, en serio. ¡Ese perrito es adorable!
—Saben, yo sigo creyendo que no es su hija —interrumpió Patrick—. ¡No se parecen en nada!
Mientras el grupito de ocho debatía si era o no la hija de Snape, Daniela observaba a la pareja con atención. Había algo en la castaña que le llamaba la atención. Era como si la hubiese visto antes en alguna otra parte, solo que no recordaba dónde ni cuándo. Aunque, tal vez, también podía ser simple invención suya pues la chica tenía un rostro genérico, realmente no había nada que la destacara.
De repente, Lucas emitió un sonido ahogado y luego señaló hacia la mesa de Snape, completamente boquiabierto.
–¿Qué fue? —preguntó Martin.
—¡Miren, miren, miren, miren!
Los ocho chicos asomaron sus cabezas y lo que vieron los dejó helados.
Severus Snape, su profesor de Quimica y el miembro más aterrador y huraño del cuerpo docente de Hogwarts, estaba limpiando con una servilleta la comisura de los labios de su joven acompañante mientras dibujaba una gran sonrisa en el rostro, una sonrisa tonta y avergonzada. Por otra parte, la castaña frente a él se mantenía quieta, observándolo con dulzura mientras el hombre se tomaba su tiempo para limpiar lo que sea que ella tuviera sobre sus labios.
Tal vez fue demasiado para la frágil mente de aquellos adolescentes pues estuvieron a punto de gritar a todo pulmón en la cafetería. Casi todos se cubrieron la boca con ambas manos, Daniela gritó en silencio tal y como solía hacerlo cada vez algo emocionante pasaba en esos libros de romance que solía leer y Patrick no desaprovechó la oportunidad para sacar su teléfono y grabar con torpeza aquella escena tan "bizarra".
Aquel alboroto pareció alertar a la pareja pues, al instante, se separaron. Los chicos volvieron a ocultarse en la seguridad de su mesa hasta que Snape y la chica volvieron a sus asuntos.
–¿Ustedes también vieron lo que yo vi o es que la cerveza se me subió a la cabeza?
—Todos vimos lo que pasó, Lucas.
—Wait, wait, wait... Déjenme ver si mis ojos no me están fallando. ¿Snape estaba limpiándole la boca a su hija?
—Eso parece.
—¡No! ¡No! Ahí estás mal —corrigió Patrick, eufórico—. Ningún padre le limpiaría a su hija la boca de esa forma, mucho menos haciéndole ojitos. ¡¿Qué no lo notaron?! Sus ojos le brillaban como cachorrito. ¡Aquí hay algo sospechoso!
—Confirmo —le siguió Ed—. Para mí que no es su hija. No sé, siento como que algo está mal. Todo esto tienen como un aura como que más… no sé… No es normal.
—Tranquilos, no hay por qué perder la cabeza —razonó Sofía, poniendo orden a aquel alboroto—. Tal vez estamos malinterpretando las cosas. Tal vez así es cómo se tratan.
Su interlocutor puso los ojos en blanco mientras negaba con la cabeza.
—¿Acaso tu papá te trata así? —bufó de mala gana, enarcando una ceja— Para mí que estos dos tienen otro tipo de "relación". Algo más… eh…
—¡Algo más íntimo! —completó Martin
—¿Quieres decir que el profesor Snape tiene una… una amiga? —preguntó Anne de forma inocente.
—Yo no diría "amiga" exactamente —bromeó en voz baja Lucas, con un tono pícaro en su hablar—. Nadie mira así a una simple amiga.
—Por favor, muchachos, respeten —defendió Daniela.
—Fuera, oe.
Las jóvenes siguieron disfrutando de su rato libre en Las Tres Escobas. Cada tanto, miraban con dirección a la pareja para revisar que todo estuviera bien. Eventualmente, a alguno le habría dado ganas de ir al baño, pero tanto era el miedo a atravesar el restaurante y ser descubiertos por el profesor que, por votación general, decidieron que ninguno abandonaría la mesa hasta que Snape y compañía salieran de la cafetería. Anne, Martin y Sofía rogaban que fuera pronto. A juzgar por la hora que marcaban las pantallas de sus celulares, su asesoría de la tarde con Snape iniciarían dentro de poco.
—¡Chicos! ¡Ya no aguanto! —sollozó Ed apoyando su frente contra la mesa. Su respiración estaba ligeramente agitada y un par de gotas de sudor corrían por su cuello— Necesito ir al baño.
—¡No te levantes, Ed! ¡Por favor!
—¡Quiero hacer pipí!
—No pienses en agua.
—Te aguantas.
—Chicoooos… Ya me quiero ir.
—Ellos no se van, pues.
—¡¿Cuánto tiempo más van a estar esos dos ahí sentados?! —exclamó Nancy con desesperación— ¡Solo se están mirando! Literalmente ya no hay nada más que ver.
—¡SE ESTÁN BESANDO!
Aquella exclamación casi los hizo saltar de su asiento. Al instante, como si estuvieran a punto de perderse el más grande evento en la historia de la humanidad, los ocho muchachos se amontonaron uno sobre otro, intentando captar el preciso instante en el cual la joven castaña se llevaba las dos manos de su profesor a los labios para depositar suaves besos sobre estas. Ella lo miraba con ternura e inocencia, sus mejillas estaban sonrojadas y le sonreía de manera calidad. No tenían una clara vista del rostro del pelinegro, pero asumían que debía estar igual de feliz que ella.
—¡Así te quería agarrar, puerco!
—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡AY, DIOS MÍO!
—¡Mira como lo está mirando! ¡MIRA CÓMO LO ESTÁ MIRANDO!
—¡AAHHHH!
—¡SSHHHH!
La conmoción se detuvo cuando la castaña inclinó su cabeza a un lado y los observó fijamente, con el ceño fruncido y, evidentemente, enojada. Los adolescentes volvieron a ocultarse en la mesa, ya sea cubriendo sus rostros con sus manos o con sus teléfonos. ¡Todo estaba pasando tan rápido y tan intenso que ninguno tenía idea de lo que estaba pasando! Primero aparece Snape buscándolos. Luego, resulta que no los estaba buscando a ellos sino a su hija. Después que no es su hija y que es una amiga y, ahora, ¡su "amiga" le estaba besando las manos! ¡¿PERO QUÉ ESTABA PASANDO?!
—Ahora sí, está confirmado, chicos. Ella no es su hija. ¡Así no se mira a una hija!
—A menos que Snape sea…—
—¡CALLATE!
—¡Shhhhhh!
—Chicos, ya llamaron al camarero. Yo creo que ya se van —comentó Ed, señalando a la mesa.
—Se ven molestos. ¿Creen que nos hayan visto?
—Ella sí nos vio, es obvio.
—¡Ay! —sollozó Anne cubriéndose el rostro con ambas manos y apoyando los codos sobre la superficie de la mesa— Le va a decir a Snape y nos van a castigar. Ahora sí ya valimos. Ya me vi en el salón de castigos con Filch.
—¡¿En serio te preocupa un castigo con Filch ahora?! —exclamó Patrick, elevando un poco la voz, pero siendo rápidamente silenciado por Nancy— ¡Hello! ¿Qué no te das cuenta de lo que tenemos entre manos, Anne?
—¡Snape tiene novia! —exclamaron al unísono Martin, Lucas y Daniela. Por supuesto, cada uno con su propio estado de ánimos que variaban entre la burla, el asco y la incredulidad— Y es joven, muy joven.
—¿Se dan cuenta del enorme chisme que nos acabamos de enterar? —preguntó Nancy con una sonrisa pícara en el rostro. Los ojos le brillaban y la boca le salivaba como si tuviera uno de los más grandes y deliciosos manjares frente a ella— ¡Snape está de romance con alguien!
—Jamás pensé que fuera capaz de amar.
—Por dos. De por sí me sorprende saber que alguna vez estuvo casado.
—Pero hay algo que aún no me cuadra —comentó Martin mirando a la pareja que aún seguía hablando. A juzgar por la mirada de la mujer, tal vez sobre un tema serio—. ¿Cómo es que alguien tan bonita y tan joven está con Snape? O sea, ¿no lo ha visto? ¡Es feo del verbo feo!
—Tal vez sea ciega.
—O no muy exigente.
—O puede que le haya encontrado alguna cosa interesante… y grande —rio causando la risa de sus demás amigos hombres. Entre los mismos muchachos se miraron, lanzaron miradas picarescas y volvieron a reír. Solo ellos sabían lo que pasaba en los baños de hombres del sótano.
—La anaconda, bro —bromeó Patrick—. Oe, es que ir al baño con Snape me da miedo. Siento que voy a salir violado.
—No sean así, muchachos, no se burlen —pidió Daniela algo apenada e irritada por el trato que le estaban dando a su maestro con aquellas bromas tan pesadas—. Tal vez haya una explicación.
—¿Qué tal si es su sugar baby y ahora mismo le está pidiendo algo de "azúcar"?
—Puras pendejadas nomás hablas, ¿no? —se quejó Nancy—. Por favor, un poco de respeto.
—Sí, Patrick, cállate —pidió Sofía—. Le bajas el coeficiente intelectual a toda la cuadra.
La propuesta disparata del muchacho hizo reír a sus amigos, pero por más disparatada que esta sonara, no podían descartarla del todo. Toda la situación era hilarante y demasiado irreal como para tomarla en serio. Sofía parecía ser la única angustiada en toda la mesa y miraba cada tanto la pantalla de su teléfono, verificando la hora.
—Ya no vamos a llegar a la clase, Anne. Ya vamos cinco minutos tarde.
—Pero ¿por qué te preocupas, amor? —preguntó Ed rodeándola por la cintura— Si Snape está aquí con nosotros. No se dará cuenta que tú no estás en el salón.
—Me escribieron los chicos de la asesoría —anunció Martin mirando su celular—. Dicen que están esperando a Snape. Les dije que estaba con nosotros y que vayan preparando la hoja de asistencia en el caso de que nos demoremos aquí —el muchacho se giró a ver la pareja y estos seguían hablando—. Se ve que esto tiene para rato.
—Profesor, mi clase —lamentó Daniela de forma burlona—. Despreocúpense, chicos, de seguro ya acaban.
—¿De qué crees que estén hablando? —preguntó alguien.
—Tal vez están fijando el precio de su próximo encuentro —Daniela estiró el brazo y le dio un golpe a Lucas detrás de su cabeza con la palma de su mano lo suficientemente fuerte como para hacerlo chillar—. ¡Ay!
En ese momento, parecía que la pareja se había reconciliado porque la castaña sujetaba la mano de Snape con delicadeza y apoyaba su mejilla contra ella, sonriéndole y haciéndole ojitos.
—"Oh, Snape, me encanta tu olor a zapatos viejos" —dijo Patrick, imitando la voz jadeante de una mujer muy sensual y urgida, lo que hizo reír al resto—. "Espero mi chequecito a fin de mes" —luego, hizo el sonido de un sonoro beso contra su mano.
—Deja de burlarte.
—Entonces tú deja de reírte.
Finalmente, la pareja se levantó y caminaron hacia la salida. Snape rodeaba con un brazo los hombros de la chica y ella lo abrazaba por la cintura. Los muchachos estaban a nada de volver a gritar ante tal escena. ¡Esto era oro! ¡Tenían oro en sus manos y no podían gritarlo a los cuatro vientos aún!
—No se vayan, espérenme un ratito, voy al baño.
—Ve volando porque ya nos tenemos que ir. Snape debe estar dirigiéndose a Hogwarts otra vez.
—Voy a avisar a los de la asesoría.
Todavía podían ver a la pareja hablando frente a la cafetería. ¡¿Qué no se cansaban de hablar?! ¡Ellos tenían una vida que vivir! ¡Tenían una clase pendiente! Necesitaban salir ya si quería llegar al castillo antes de que notaran sus ausencias. Sin embargo, al profesor y su "querida amiga" no parecía importarles eso en lo absoluto.
—¿Qué haces? —preguntó Daniela en voz baja a Lucas.
—Atesoro el momento —respondió tomándoles una foto con su celular.
Algo le decía que esto no traería nada bueno.
—Creo que ya se fue —comentó Sofía asomándose por la puerta. Al frente solo estaba la joven castaña, mirando embobada en dirección por la cual el profesor acababa de irse—. ¡Es nuestra oportunidad, muchachos! ¡Vámonos!
Los jóvenes salieron de la cafetería a trompicones, chocando por accidente con la castaña antes de que Anne, Sofía y Martin salieran corriendo con dirección al castillo, dejando a sus amigos atrás, más preocupados en lograr ganarle la carrera a Snape y llegar a tiempo a clases que fijarse a ambos lados antes de cruzar la calle.
—Lo siento, señorita —se disculpó Nancy al pasar al lado de la castaña, abandonando junto al resto de sus amigos la "escena del crimen". La desconocida solo asintió y se les quedó observando de forma extraña, tal vez, cavilando. Solo cuando estuvieron a una distancia prudente, se atrevió a hablar—. Sí es bonita.
—'Ta guapa la novia de Snape.
—¿Se dieron cuenta de que parece tener más o menos nuestra edad?
—¡Tenemos un profesor asaltacunas! —rio Patrick — Es tu oportunidad, Daniela. Ya la hiciste, también eres castaña.
Mientras el grupito se destornillaba de risa caminando despacio calle abajo, la joven Daniela estaba metida en sus pensamientos. Había algo dentro de su cabeza que se había activado. Ella jamás olvidaba un rostro y estaba segura que había visto el rostro de la acompañante de Snape en algún lado. Pondría las manos al fuego por ello. Tal vez con otro peinado o con otra ropa o puede que tal vez en alguna foto, pero estaba segura que había visto ese rostro antes.
Pero ¿dónde?
—¿Cómo pudiste hacer eso? —preguntó indignado, cerrando la puerta de un solo golpe tras él. Su interlocutor levantó la mirada de los papeles de su escritorio y lo observó en completo silencio, como si no le sorprendiera aquella reacción tan violenta— ¡¿Cómo te atreviste a hacer eso?! —su respiración era agitada, llena de ira, como si estuviera haciendo sus mejores esfuerzos para contenerla y no empezar a gritar. En ese momento, el director pensó que se asemejaba mucho a un toro a punto de embestir—. ¡Contéstame!
—Baja la voz, Severus —pidió con calma Dumbledore, acomodándose las gafas de media luna sobre su nariz torcida—. Esto es una escuela, no un bar.
—¿Qué no te das cuenta de la magnitud de esto? ¿Qué no sabes todo lo que implica que ella vuelva a casa? ¡¿Acaso no te das cuenta de todo el daño que tu decisión le va a causar?! —gritó pasándose las manos por el cabello. Sus ojos negros estaban abiertos casi al máximo y una expresión de desesperación estaba plasmada en su rostro— Pero que vas a saber tú de eso si jamás lo has vivido. ¡Tú jamás has tenido que pasar por un infierno como ese! —escupió con ponzoña.
Dumbledore dejó escapar un suspiro de derrota e hizo a un lado los lentes para frotarse los ojos, notablemente abrumado por la compleja situación que todo el cuerpo docente estaba viviendo. Dejó que su profesor hiciera su rabieta por todo el despacho, escuchó los reclamos llenos de veneno que salían como dardos de su boca y se mordió la lengua cuando Snape lo culpó directamente por cualquier consecuencia que sus decisiones pudieran causar. El hombre estaba enojado, por no decir que furioso, y era por esa razón que le atacaba con tantos reclamos, pero sabía muy bien que había una emoción mucho más compleja debajo de toda esa armadura, una emoción que despertaba demasiados recuerdos de un pasado triste.
Finalmente, una vez que el pelinegro se cansó, tomó la palabra.
—Entiendo tu enojo, Severus, aunque no lo creas —el profesor rodó los ojos, ignorando sus palabras. Caminó despacio hasta la ventana más cercana y se dedicó a contemplar la vista privilegiada de la ciudad que el despacho tenía gracias a la altura de su ubicación—, pero ya sabes que esta no es una decisión mía. No puedo intervenir.
—Claro que podrías, si quisieras.
—Severus, por favor —suplicó con la voz dolida por el peso de su consciencia—. Te he explicado esto durante años. Ya no eres un niño pequeño, ya puedes ver todo el panorama por completo. Tanto tú como todos los demás profesores aquí saben que estoy atado de manos ante esto. Aunque quisiera, yo no puedo meterme en estos asuntos porque yo no tengo autoridad para eso. ¡Yo no soy el tutor legal de nadie!
Era la primera vez que Albus Dumbedore elevaba la voz de esa forma en mucho tiempo. Severus no se atrevió a voltear. Ese no era un espectáculo que él quisiera ver. Conocía a Dumbledore. Esa voz no era de enojo… era de frustración.
—No la mandes de regreso —suplicó apoyando una mano contra el frio cristal, aún con la vista fija en los viejos edificios de Londres. Luego, susurró—, por favor.
—Lo siento, Severus. Los de Servicios Infantiles vendrán en una hora para buscar a la Srta. Bettany y llevarla a King's Cross. Ya hice los arreglos para que aborden el tren con ella y la acompañen hasta su casa. Ella no estará sola.
—¡Servicios infantiles es lo mismo que estar solo! —exclamó el pelinegro volviéndose a él, con los ojos lagrimosos debido a la impotencia que guardaba dentro. Sus manos estaban apretadas en dos puños fuertes que abría y cerraba cada tanto— Nunca hacen nada. En cuanto esa niña cruce la puerta de su casa, la dejarán sola y a merced de esos dos horribles padres que tiene. Helena Bettany no se merece eso… Ningún niño se merece eso, ¡maldita sea!
Hogwarts era un colegio para todos, jamás discriminaba a sus alumnos, ni por clase social, raza, religión, pensamiento, nacionalidad o género. No obstante, así como Hogwarts no los discriminaba en ninguno de esos aspectos, la violencia tampoco. Cada alumno tenía su familia y cada familia tenía sus propios demonios. Algunos mejores, otros peores. Para alumnos como Severus Snape o como Helena Bettany, la violencia domestica era pan de cada día y el único lugar donde se encontraban a salvo de ella era Hogwarts. Era por eso que Snape consideraba una total injusticia que Dumbledore mandara a esa pobre niña de regreso a Manchester, de regreso a ese infierno personal que debía vivir en casa. Tanto él como los demás miembros del cuerpo docente consideraban que lo ideal sería que se quedara dentro de las paredes castillo, donde estaría a salvo de ese abuso que había marcado su triste mirada.
Sin embargo, Servicios Infantiles tenían otros planes.
—Dumbledore… Ella solo tiene doce años —suplicó con la voz quebrada, aguantándose las ganas de sucumbir ante el anciano director. Tenía que ser fuerte. ¡Tenía que ser fuerte!—. Doce años… Es solo una niña… ¿Sabes lo chocante que es vivir algo así a esa edad? ¿Sabes… sabes cómo puede marcarte algo como eso?
Albus Dumbledore lo observó en silencio con aquellos bonitos ojos celeste y negó con la cabeza con sumo pesar.
—No, Severus. Por fortuna, yo no sé lo que es eso —respondió de manera solemne, haciéndose escuchar por todo el despacho—. Sé lo difícil que es para ti hablar de estos temas, lo sé más que nadie. Lamento que hayas tenido que pasar por algo tan horrible y tan doloroso como lo es un ataque, sobre todo de una persona tan importante como lo debe ser un padre. Lamento que no solo fuera una vez, sino varias y, créeme, que lamento no haber podido hacer más —Snape posó su mirada en la celeste del director y encontró dolor, dolor que lo carcomía tanto como a él. Dumbledore estaba hablando desde el corazón—. Pero te prometo que ese no será el caso de Helena Bettany. Yo no la voy a dejar sola.
—¿Y por eso la vas a mandar con Servicios Infantiles? ¿Vas a dejar que esos ineptos se encarguen de algo tan delicado como esto?
—Severus…—
—¡NO! ¡ESCUCHAME, CARAJO! —gritó jalando la silla frente al escritorio y sentándose para estar a la misma altura del director— Ellos no están en capacidad de llevar estas cosas. Dicen que te van a ayudar, que estarás mejor con ellos, pero solo te alejan de las personas que quieres y te dejan por tu cuenta, preguntándote si esa fue la mejor opción —el profesor no aguantó más y se quebró. Todos estos eventos estaban reviviendo sus más profundos traumas de la niñez y no quería volver a pasar por ello—. Por favor, no la dejes vivir eso… Es solo una niña, una niña muy brillante, la más brillante de su salón. Se está esforzando por mantener su beca, por ser la mejor. No dejes que eso se arruine. No la mandes de regreso.
El mayor miró conmovido a su ex alumno llorar en silencio apoyado sobre su escritorio. Con la cabeza apoyada en ambas manos y los codos sobre la superficie de madera, Severus dejó escapar su frustración e impotencia mediante saladas lágrimas que corrían pesadas por sus mejillas, nariz y labios. Él no quería llorar frente a Dumbledore. Los hombres no lloraban, debían ser fuertes, jamás soltar una lágrima, pero él estaba fallando por completo. Había perdido su máscara de frialdad, sus muros impenetrables se estaban desmoronando como arena frente a él. Era demasiado injusto todo lo que estaba pasando. No quería que la historia se repitiera. Nadie merecía pasar por eso.
Dumbledore sabía lo duro que era para Severus todo esto. Ya habían estado en situaciones similares muchas veces en el pasado: cuando Severus Snape llegó a Hogwarts por primera vez, tuvo una plática privada con el director después de que los señores de Servicios Infantiles llegaran al colegio para informarle que habían "problemas" en su hogar en La Hilandera y que debía regresar a casa de inmediato. Cuando estaba en tercer año y le rogaba al director que lo dejara quedarse en el internado durante las vacaciones. No quería volver a su casa, solo había problemas ahí y ya no quería intentar resolverlos. Cuando estaba en cuarto y regresó al colegio con un ojo morado el cual solía cubrir con su cabello largo, rogándole que no permitiera que Servicios Infantiles se lo llevaran lejos de su madre.
Estaba seguro que hubo muchas más, pero ya no quería recordarlas pues era doloroso. Dumbledore no tenía hijos, por lo que sus estudiantes eran lo más cercano a ello y se desvivía por garantizar su bienestar. Severus era de esos casos especiales que marcaban para siempre. No solo era su profesor o director en ese momento, era su amigo, era su modelo a seguir, era la figura paterna que tanto necesitaba y le dolió haberle fallado. Hubiese querido ser más que solo el número de contacto de emergencias en su hoja de registros, pero, al igual que ahora, estaba atado de pies y mano. Él solo era su profesor y esto era trabajo de Servicios Infantiles. A pesar de todas sus influencias, él no podía meterse en la tutela legal de un niño con quien no tenía relación alguna.
Titubeante, estiró una de sus arrugadas manos hacia uno de los hombros de su profesor de Química en señal de apoyo. Snape levantó la cabeza, sus ojos estaban rojos. Al verse descubierto, se alejó al instante, como si su tacto le quemara. Luego, procedió a limpiarse aquellas traicioneras lágrimas con tanta furia que Dumbledore pensó que se lastimaría la piel. Severus Snape ya había dejado salir todas esas emociones que lo lastimaban y, ahora, volvía a ponerse su máscara de frialdad, aquella careta que lo protegía del mundo.
Ya no estaba frente al pequeño e ingenuo niño que no podía defenderse solo. Ahora estaba otra vez frente al hostil y huraño profesor Severus Snape, aquel hombre gruñón, solitario, callado y desconfiado de todo el mundo.
—Severus, no dejaré que le hagan daño.
—¿Cómo? Tú no estarás ahí. Ninguno de nosotros estará ahí —susurró mirando otra vez por la ventana, con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre su pecho—. Solo estará ella, una niña que no puede protegerse a sí misma, intentando defender a un par de mocosos menores que ella. ¿Cómo sé que ella estará bien?
—La abuela de Helena ya puso una denuncia —explicó con cierto tono de esperanza en su voz.
—¡Ah! ¡Excelente! ¡Otra denuncia! —exclamó con sarcasmo—. ¡Ya todo está solucionado!
—¡Esta es diferente! —exclamó el otro, haciendo callar al primero— La abuela ha pedido la custodia completa de Helena Bettany y sus dos hermanos menores —aquella declaración lo hizo girar de regreso a Dumbledore, cambiando poco a poco su enojo por completa sorpresa—. No sé qué fue lo que haya pasado para que ella tomara esas medidas. Los de Servicios Infantiles no me quisieron dar detalles, solo sé que la mamá está internada en el hospital en este momento y que su pareja está… pues, quien sabe dónde —explicó masajeándose las sienes—. Necesitan el testimonio de Helena para completar el proceso legal. Su hermano mayor ya lo hizo. Ahora sus hermanitos se encuentran viviendo con la abuela. Helena no se encontrará en ningún momento con su madre… Estará a salvo.
Snape se recostó sobre el respaldar de la silla y buscó la serena y celeste mirada de su mentor, una mirada sincera que brindaba seguridad y protección.
Confiaba en él.
—¿Quién llevará a Bettany a King's Cross?
—Irá con Sinistra, es su tutora —al instante, la figura imperturbable de su colega se coló por su mente—. Se encontrarán ahí con los de Servicios Infantiles y luego ellos la llevarán de regreso a Cambridge. Cuando todo esto acabe, ella regresará a Hogwarts con nosotros… Todo estará bien.
Snape asintió despacio, procesando la nueva información. Sabía que su colega era una muy buena profesora, siempre dispuesta a ayudar a sus alumnos con cualquier cosa que ellos necesitarán. Sabía que estaba en buenas manos, pero, aun así, no se sentía tranquilo dejando a la Srta. Bettany "sola" con Servicios Infantiles.
—¿Puedo acompañarlas a la estación? —preguntó, tomando por sorpresa a su interlocutor— Me gustaría ayudar a Sinistra. Quiero asegurarme que todo saldrá bien.
Dumbledore lo pensó por un momento. No sabía que tan seguro era mandar a Severus en aquel estado a enfrentarse a una situación tan similar a las que había vivido en el pasado. De por sí, la joven Bettany estaba aterrada con la idea de regresar a casa, se rehusaba a ir. Había sido toda una hazaña convencerla. Si Snape hacía o decía algo que la asustará, ella no se subiría al tren. No estaba feliz con la idea de dejar a su alumna expuesta a una situación tan delicada, pero no había mucho que pudiera hacer además de ofrecerle apoyo psicologico y todas las facilidades que el colegio pudiera brindarle.
Por otro lado, había otra cosa que le preocupaba y era el hombre frente a él. Dumbledore no era un psicólogo, pero había llevado muchos cursos de psicología infantil debido a su trabajo. Algo le decía que Snape estaba proyectándose a sí mismo en la joven Bettany y, por eso, tenía tanto miedo ahora. Estaba reviviendo todo lo que ya había pasado.
—Por favor.
Una hora después, la pequeña Helena Bettany viajaba en una de las minivans del colegio, sentada a un lado de su tutora, la profesora Sinistra, quien la abrazaba y reconfortaba con suaves palabras. Snape estaba sentado un par de asientos más atrás, sujetando la mochila en la que su alumna llevaba algunos objetivos personales y ropa. El hombre miraba por la ventana las calles llenas de gente, cada uno caminando con sus propias preocupaciones en la mente, ocupados en sus asuntos.
Era una buena forma de distraerse, pensó.
Tanto Sinistra como Helena se sorprendieron cuando Snape subió en la van con ellas. Bajo la excusa de ser una orden de Dumbledore, subió en el vehículo y cerró las puertas sin decir una palabra más. Su colega no dijo nada, solo agradeció por el apoyo y se sentó junto a su pupila. La niña, dentro de aquel mar caótico de emociones en su cabeza, optó por asentir y sentarse en silencio junto a su maestra, absorta en sí misma.
Si iban a mandar apoyo, pudieron mandar al profesor Lupin, pensó mientras miraba por la ventana. Al menos a él sí le intereso.
No tardaron mucho en llegar a la estación de King's Cross. Helena caminaba a un lado de la profesora, asintiendo o negando cabizbaja mientras se aferraba a las asas de su mochila. Snape iba tras ella, siempre mirando a los alrededores por si había alguna señal de los de Servicios Infantiles.
La estación no estaba tan llena como otros días, era un día normal como cualquier otro.
—Conoces los números de emergencia, ¿verdad? —preguntó Sinistra mientras seguían caminando. Su larga coleta azabache se meneaba de un lado a otro con cada. Helena asintió— Y sabes el número de contacto del colegio, ¿no? —volvió a asentir— Ya sabes que, cualquier cosa que necesites, puedes contactarnos... Sabes, te daré mi número personal, ¿de acuerdo? Puedes llamarme a cualquier hora, para lo que necesites. Por si quieres asesoría en algo o por si solo quieres hablar... Todo va a salir bien, linda, no te preocupes.
La mujer de oscuros cabellos y piel chocolate acarició con ternura el rostro de Helena con una mano. La niña sonrió con tristeza y asintió.
"Todo va a salir bien, no te preocupes".
¿Cuantas veces había escuchado esa frase? Infinitas. Por eso la odiaba, porque no ayudaba en nada.
Siguieron avanzando por la estación. Helena hacía de eso el recorrido más lento de su vida. Arrastraba los pies en cada paso, se detenía frente a los escaparates de las tiendas para revisar a detalle cada expositor, como si fuese a comprar algo. Incluso de detuvo un momento para ir corriendo al baño, avisando que iba a demorar un poco. Ahora, los dos profesores se encontraban afuera de estos, esperando que la niña saliera para continuar con su trayecto.
—Es obvio que no quiere irse.
—Yo tampoco querría ir si fuera ella —comentó la mujer angustiada, mirando en dirección al baño de mujeres por si su alumna aparecía—, pero no tiene muchas opciones. Helena necesita dar su declaración a la policía de lo que pasaba en su casa y, pues, ver cómo están sus hermanos. Son cuatro. El más pequeño de ellos apenas tiene dos años.
—Un niño no debería pasar nada como eso, Aurora —refutó el más alto. Aurora dirigió sus ojos color canela hacia su pálido colega. Había algo en su voz que lo preocupaba más de lo que ya estaba—. Nadie debería pasar por esta... esta mierda.
Snape no era una persona muy sociable, ni siquiera en el trabajo. Solía hablar lo justo y necesario como para mantener una convivencia armoniosa, pero eran realmente pocas las ocasiones en las que el profesor de Química había compartido una conversación interesante con sus compañeros de trabajo. Sin embargo, dentro de aquel pequeñísimo círculo de amigos del trabajo —conformado en su gran parte por Lupin y Dumbledore—, se encontraba Aurora Sinistra, la tutora de segundo año y maestra de Geografía y del taller de Astronomía.
Aurora Sinistra era una mujer muy inteligente, estricta y seria, casi tanto como el mismo profesor. Tal vez por eso se llevaban tan bien, casi— siempre coincidían en sus opiniones. Ambos eran sumamente objetivos, nunca se iban con rodeos y puede fueran algo sarcásticos, pero, sin duda, la profesora Sinistra era mucho más agradable que Snape. Incluso, podía ser graciosa cuando se lo proponía, aunque, claro, su humor solía ser algo… negro. Estas similitudes hicieron que ambos pelinegros desarrollaran cierta familiaridad, por lo que Aurora notó al instante aquella carga emocional que las palabras de Snape contenían.
Snape no solía soltar insultos, así como así, recordó. Siempre era cuidadoso en su lenguaje.
—¿Hay algo que quiera compartir con la clase, profesor? —preguntó observándolo de reojo. Snape solo se encogió de hombros como respuesta— Sé que te molesta tanto como a mí, pero no podemos hacer nada. Ni siquiera Dumbledore es capaz de hacer algo. Si interviene, se ganará un serio problema con el Departamento de Servicio Social.
—Ya lo sé —susurró cabizbajo—. Es solo que… Es tan injusto.
—Bienvenido a la vida —respondió rodando los ojos.
—Es decir, ella es solo una niña. A esa edad debería estar preocupándose por aprobar sus cursos en el colegio y mantener su beca. No en cuidar a sus hermanos de un par de padres irresponsables.
—A algunos les toca el camino difícil —respondió cruzándose de brazos y volviendo a mirar hacia el baño, esperando ver a la niña salir de ahí, pero no había rastros de ella—. Supongo que los demás solo tenemos suerte.
—¿Tú sabes qué fue lo que pasó? —preguntó de repente, cambiando el tema pues el ambiente ya se estaba tornando muy tenso— Eres su tutora, supongo que Dumbledore te habrá informado algo. Digo, debió ser muy urgente para que la saquen de la escuela y la manden de regreso a casa.
—Pues… sí lo fue —el bonito rostro de la mujer se vio oscurecido por la terrible sombra de un secreto de familia ajeno a la suya, pero que, a su vez, sentía completamente personal—. Al parecer, su mamá se peleó con su pareja o algo así, lo usual. Me dijo que fue frente a los hermanos menores de Helena y las cosas se salieron de control —Snape asintió. Sabía lo serías que podían ser las peleas de una pareja frente, pero no veía aquel factor que diferenciaba esta pelea de cualquier otra al grado de tener que llamar a Servicios Infantiles—. La mamá es adicta, así que luego de que su pareja se fuera, volvió a consumir y, pues, tuvo una sobredosis… Los niños llamaron a Emergencias cuando notaron que su mamá no despertaba.
—¿Consumía frente a sus hijos? —ella asintió.
—Frente a los menores. Helena me dijo que el mayor se fue a vivir con su papá desde hace dos años.
—¿Y no se llevó a los demás con él?
—Él no es el padre del resto.
Snape mordió el interior de sus mejillas mientras analizaba esta nueva información. No podía imaginarse lo duro que debía ser tener un padre adicto. Se preguntó cómo debió ser una infancia junto a alguien así.
—¿Y ella… ella está…? —no fue capaz de terminar la pregunta.
—Está viva, si es lo que preguntas —respondió secamente—. Helena dice que no es la primera vez que sufre una sobredosis, pero que ya había pasado un buen tiempo… Me dijo había estado limpia los últimos seis meses, que en serio había hecho un gran progreso.
—¿No ha ido a rehabilitación?
—Dice que ha estado ahí tres veces —Snape asintió. Algo le decía que la rehabilitación no había funcionado como lo esperaba—. Me contó que pasan la mayor parte del tiempo con sus abuelos. Prácticamente, viven con ellos... "Mamá nunca está en casa".
—¿Y… y qué hay de ella, la mamá? ¿La conoces? —preguntó mirando hacia el baño. Sin rastros de la Srta. Bettany—. Eres su tutora. Supongo que la habrás visto en las reuniones de padres.
—Solo conozco a la abuela. Vino a la primera reunión de este año. Parece una buena persona. Un poco seria, supongo que por todo lo que ha vivido esto años, pero tiene el encanto de toda abuelita —sonrió de lado, con algo de burla—. A los padres jamás los he visto. Helena dice que su padre viene a visitarla a ella y a su hermano menor cada tanto, pero que no hablan mucho.
Pero qué considerado, pensó con sarcasmo.
—Pomona la conoció —añadió de repente, apretando sus gruesos labios—. Dijo que llegó para la última reunión de padres de año pasado... Dice que se parecen un poco, tienen la misma nariz... Le pareció muy normal, interesada por las notas de su hija, incluso divertida… Supongo que deber ser agradable cuando está limpia —la mujer se soltó el cabello y volvió a atárselo, acomodándose un par de mechones con las manos—. Helena dice que no es mala. Es una buena mamá, que en serio lo está intentado. Solo ha tenido "altibajos".
Siempre hay altibajos y siempre lo intentan, pensó al instante, pero nunca es suficiente.
—Pobre niña —se lamentó—. Es muy buena, muy dulce. No merece algo así… No quiero ni imaginarme lo que ha visto, lo que ha vivido… ¿Crees que ella estará bien? —Snape se giró para verla. Sus ojos canela estaban nublados por la angustia—. Digo, yo no sé cómo lo tomaría a su edad. Ni siquiera sé cómo tomarlo ahora y soy una adulta.
Snape se apoyó sobre la pared y se cruzó de brazos. Dejó escapar un largo suspiro y pensó un poco en su respuesta.
—Le dolerá, obviamente —contestó con seriedad—. Va a ser duro. Le costará asimilar el cambio… Va a necesitar mucho apoyo, que la encaminen bien. Tendremos que ayudarla y mostrarle el camino correcto… Me alivia saber que contamos con el apoyo del Dr. Winger.
—¿Talbott? —preguntó a lo que Snape asintió— Hace un buen trabajo, ¿verdad?
Talbott Winger era el psicólogo del colegio. Especializado en psicología infantil y del adolescente, Talbott llevaba casi cinco años trabajando en Hogwarts y venía dos días a la semana. Era un tipo taciturno y algo reservado, pero se llevaba bien con los estudiantes. Había sido alumno de Snape en el pasado, aunque solo por un año. Tal vez por eso era de los pocos exalumnos que no lo llamaba por ese título.
—Helena debe tener tantas cosas que necesita exteriorizar, por su propio bien. Cuento con que Winger sea capaz de eso… Los pensamientos de un niño que ha presenciado ese tipo de violencia en casa pueden ser… caóticos.
Snape dijo aquella última palabra con cierto rastro de dolor, cosa que no pasó desapercibido por la morena.
—Vaya, ¿desde cuando eres un especialista en psicología infantil? —preguntó observándolo de reojo.
—Cállate —el hombre negó con la cabeza y volvió a esconder sus sentimientos—. Va a perder el tren si no sale del baño ahora.
—¡¿Por qué demonios demora tanto?! Iré a ver qué pasa. Espérame aquí.
Finalmente lograron llevar a Helena Bettany hasta el andén correspondiente, aunque fuese a rastras. El tablero electrónico de la plataforma marcaba los itinerarios de los trenes y, según el reloj, el tren rumbo a Manchester debería salir dentro de poco. No fue difícil encontraron a los dos representantes de Servicios Infantiles, eran los únicos en toda la estación que vestían de traje y portaban gafete. La pareja levantó la mano a modo de saludo en cuanto los ubicó. Eran un hombre y una mujer, cosa que ambos profesores agradecieron pues no iban a permitir que esa niña subiera al tren sola con un hombre desconocido. No era que dos desconocidos fueran mejor, pero al menos la presencia de la mujer los tranquilizaba un poco.
En estos días, ya no se podía confiar en nadie.
Los señores se acercaron a ellos. Se veían algo fastidiados, seguro por la larga espera. A Snape se les hizo extrañamente familiares pues le recordaban mucho a aquella mujer que le asignaron cuando fue él quien estuvo bajo la mirada de Servicios Infantiles hace ya muchas décadas. Intercambiaron un par de palabras con los docentes e intentaron mostrarse amables con la niña, pero tal vez fueron las mil y un tareas que debían cumplir lo que los hizo parecer apurados.
—Bien, Helena. ¿Estás lista para subir al tren?
Todos se giraron a ver a la joven Helena. La muchacha de bonitos ojos pardo los observaba con recelo y, de manera inconsciente, se ocultó tras el oscuro pantalón de su maestra de Geografía. Sus manos se agarraban con fuerza a las asas de su mochila y Snape notó que sus rodillas estaban ligeramente flexionadas, la misma posición que adoptaban todos los miembros del equipo de atletismo antes de que le dieran la señal para salir corriendo.
No, ella no estaba lista.
El pelinegro le dedicó una mirada seria a Aurora quien no necesitó de nada más para entender lo que su colega quería decirle. A pesar de no confiar al 100% en las capacidades de Snape para lidiar con los niños, no tenía muchas alternativas en ese momento. Una de sus manos viajó hacia el hombro de la niña y lo apretó con delicadeza, esperando calmarla y que no saliera huyendo por la plataforma.
—Necesito hablar unos minutos en privado con ustedes, señores —anunció la morena con determinación—. Helena, ¿crees poder quedarte unos minutos aquí con el profesor Snape? Te prometo que no me demoro.
—... —la niña levantó su cabeza en dirección a Snape. Parecía un árbol seco y oscuro a su lado. La verdad era que no le agradaba la idea, pero prefería a Snape mil veces por sobre los señores de Servicios Infantiles—. Supongo que sí.
—Perfecto. Entonces, ya vengo. Severus... —sus ojos canela lo miraron suplicante—, con cuidado.
Aurora Sinistra se fue con la pareja bien vestida a un lado del andén, alejándose lo más que podían para tener "privacidad" a pesar de estar en un lugar público y altamente frecuentado. Snape no tenía ni idea de que sería lo que Sinistra hablaría con aquellos señores, pero su amiga era buena improvisando, en más de una ocasión había sido testigo de sus ingeniosas respuestas para zafarse de situaciones complicadas.
Ahora, solo estaban él y la niña, completamente en silencio y sin saber cómo romper la tensión.
Snape no era bueno hablando con los niños. Todo lo contrario, solía asustarnos. Helena Bettany fue una de las pocas alumnas que, en su primer año, no había salido corriendo en dirección contraria cada vez que se topaban por accidente por los pasillos. Ahora que sabía su historia, ya entendía el porqué de su valentía. De seguro había visto cosas mucho peores que él.
Pensó en la forma más apropiada para abordarla. Tampoco quería entrometerse demasiado y hacerla sentir incómoda. La jovencita de por sí ya tenía demasiados problemas dentro de su cabeza como para sumarle uno nuevo. No sabía lo que era tener un padre adicto —bueno, sí, pero no iba a comparar a Tobías con la madre de esa niña—, pero podía imaginarse lo terrible que debía ser para ella y para sus hermanos ser testigos de la terrible situación en la que su madre se encontraba y a la que, poco a poco, los estaba arrastrando.
Pero algo que sí sabía era lo sumamente incómodo que era viajar de regreso a tu ciudad natal con un par de desconocidos que no dejaban de hacerte preguntas y hablar como si fueses un estúpido mocoso de cinco años. Sabía lo frustrante que era no obtener respuestas del estado de salud de tu propia madre y tener que aguantar horas y horas de camino al hospital más cercano a tu casa y ser guiado al ala de recuperación para poder verla y descubrir que ya nada volverá a ser igual.
Snape miró a la niña y ella lo miró a él. A pesar de que trataba de lucir valiente, notaba el miedo en sus ojos tristes. No debía olvidar que era una niña aún, una niña a la que estaban obligando a crecer y enfrentar sus problemas como un adulto, tal y como hicieron con él. Fue entonces cuando Severus Snape se dio cuenta de lo que podría decirle.
Lo mismo que él hubiese querido escuchar cuando se encontró en la misma situación.
—Te preguntarás por qué estoy aquí, ¿verdad? —empezó. La niña lo observó un par de segundos y luego volvió su mirada al tren— Sé que no soy la mejor opción para dar apoyo... En realidad, ni siquiera sé si soy una opción... Apuesto a que hubieses preferido que fuera el profesor Lupin quien estuviera aquí y no yo, ¿no es así, Srta. Bettany?
La joven Helena se tensó y cerró los ojos con fuerza, de seguro maldiciendo internamente. ¿Debía responder? Se iba a meter en problemas si lo hacía. Volvió su mirada a él y contestó con timidez.
—No, señor —Snape arqueó una ceja y, al instante, obtuvo su confesión—. Sí, señor, es decir, ¡no! Eh, bueno, sí, señor. No es que no aprecie su apoyo, señor, pero usted... eh... —
—Yo no doy tan buenos consejos como el profesor Lupin, lo sé.
—Ni chocolate —añadió con una sonrisa algo forzada—. Lo siento, señor. Mi intención no fue ofenderlo… señor.
—No lo hizo, Bettany. Necesitará más que eso para ofenderme —la niña asintió y volteó rápidamente para buscar a la profesora Sinistra. Ella todavía estaba ocupada conversando con los de Servicios Sociales. ¡¿Por qué demoraba tanto?!—. Bettany... —llamó. Una vez más la chica se giró hacia él—. Necesito decirle algo.
—Profesor Snape —lo interrumpió. Los puños de la niña se apretaron con fuerza alrededor de las asas de su mochila y su frente estaba fruncida—, agradezco sus buenas intenciones y no quiero sonar grosera, pero si me dirá que "todo saldrá bien", le pediré que se ahorre su comentario, por favor —refunfuñó tomándolo por sorpresa—. Llevo escuchando eso desde que tengo memoria. "Todo va a estar bien" —vocalizó cada sílaba con dolor, como si fueran pequeñas dagas—. Pues, sabe qué, ¡NO! —gritó casi desgarrándose la garganta, sin importarle que los usuarios de la estación presenciaran su rabieta—. Nada está bien y nada estará bien. Nadie quiere decirme que pasa con mi mamá, nadie me deja hablar con mis hermanos. Ahora quieren llevarme sin ninguna explicación para que un doctor desconocido me haga un interrogatorio. ¡¿Por qué nadie me dice que está pasando?! Yo no quiero irme así, tengo miedo de lo que sea que vaya a encontrar cuando vuelva a casa —sollozó conteniéndose las lágrimas. Era como si la chica hubiese estado conteniéndose todo este tiempo para poder decir eso. Solo necesitaba que alguien la liberara de todo eso y, para su buena suerte, ese alguien fue Snape—. Yo sé que mi familia es asco, créame que lo sé, no necesito que todos hablen de ella a mis espaldas, pretendiendo que no puedo oírlo —Demonios, pensó. De seguro los había estado escuchando—. Pero... pero es mi familia... Es mi mamá... Ella no es mala... Solo está... Solo necesita algo de ayuda.
La mujercita se quedó de inmóvil, apretando con fuerzas las asas moradas de su mochila. Su cabeza estaba agacha y su cabello pelirrojo cubría parcialmente su rostro. No necesitaba verla para saber que estaba llorado, su pequeño cuerpo temblaba con cada hipido. Era solo una niña que estaba cargando con demasiadas emociones y responsabilidades que no eran suyas. Entendía por completo lo doloroso era que alguien hablara de alguien tan querido como una madre a tus espaldas y que dudaran de su capacidad para hacerse cargo de ti.
La comprendía más de lo que ella pensaba.
—Bet…—se mordió la lengua, aventurándose a cambiar la palabra—. Helena.
—Déjeme en paz, por favor —la joven se llevó ambas manos al rostro y se cubrió los ojos—. Yo no quiero estar aquí.
La joven rompió en llanto, ya sin importarle estar haciendo un espectáculo frente a su profesor de Química o frente a los demás pasajeros en un lugar público. A lo lejos, la profesora Sinistra había detenido su plática con los representantes de Servicios Infantiles y los tres observaban preocupados la escena. La profesora hizo un ademán de acercarse, pero desde la distancia, Severus Snape había levantado la palma de su mano para detenerla. La mujer lo observó angustiada, pero con solo un par de miradas, el profesor le dejó en claro que él se haría cargo de la situación.
Snape sacó un pañuelo blanco del bolsillo de su camisa, una vieja costumbre que últimamente le resultaba muy útil, y se puso de cuclillas frente a la niña, tratando de llegar a su altura. Su cabeza estaba por debajo del nivel de ella, pero eso no importaba. Sin dejar de mirarla, le tendió el pañuelo de algodón suave, sacudiéndolo con delicadeza frente a ella. Helena levantó la cabeza, sus ojos estaban rojos y llenos de lágrimas. Lo observó sorprendida por un par de segundo antes de quitarle temerosa el pañuelo y volver a cubrir su rostro con sus cabellos.
—Aunque no parezca, yo sé cómo te sientes —empezó el mayor, apoyando sus brazos sobre sus rodillas para balancear su peso. Humedeció sus labios delgados y procedió a contar su historia—. Cuando yo era niño, tal vez un poco menor que tú, yo... —
¡No podía hacerlo! ¡No podía hacerlo! Tenía miedo de exponerse. No quería exponerse. No quería mostrarse débil, mucho menos frente a su alumna. Helena Bettany levantó la mirada de nuevo y buscó sus ojos negros. Lo miraban expectante.
Ya no podía echarse para atrás.
—Eh, yo tenía un amigo —no sonó muy convencido al principio, pero siguió—. Al igual que tú, tenía muchos problemas en casa, sobre todo con su mamá. Digamos que... digamos que estaban en una situación muy delicada.
Helena se mantuvo en silencio, invitándolo a continuar.
—Y yo estuve con él durante ese proceso, ¿sabes? Estuve con él cuando llegaron los de Servicios Infantiles. Estuve con él cuando hacía su maleta para regresar a casa y estuve con él cuando fue a tomar el tren a su ciudad, exactamente como estoy contigo ahora —la alumna se llevó el pañuelo a los ojos y limpió el rostro con cuidado—. Es curioso porque, al igual que la tuya, su mamá también tenía... problemas.
La joven lo observó desconfiada, pero al final se atrevió a continuar la conversación.
—¿También era...?
—No, no —negó de inmediato—, pero digamos que tenía una adicción enfermiza a otro tipo de cosas —el profesor tomo aire y continuó—. En fin, durante su primer año, hubo un problema muy, eh, muy delicado con ella. Intentó...
No pudo decir la palabra, lo intentó, mas no puedo. Era algo demasiado personal, por más que estuviera bajo la protección de esa mentira que nadie creería, no podía decirlo. Por lo que, en su lugar, optó por dibujar aquellas dos marcas sobre sus muñecas, dándole entender lo que quería decirle.
Una imagen vale más que mil palabras, ¿no?
—Mi amigo sufrió mucho. Los de Servicios Infantiles se lo llevaron. De regreso en su ciudad, la encontró en el hospital, probablemente tal y como tú encuentres a tu mamá. No te alteres —pidió en cuanto el rostro de la niña se modificó en una expresión de pavor—, ella estará bien. Los doctores saben lo que hacen y, en casos como estos, siempre están siendo vigiladas por las enfermeras. A ella no le pasará nada dentro de su habitación, pero tiene que estar bajo supervisión por personas capacitadas, ¿entendido?
La joven sorbió por la nariz y asintió.
—La mamá de mi amigo... Ella no estaba bien y no podía cuidarlo así que pensaron que lo mejor sería separarlo de la familia —la joven tembló. ¿Acaso ese sería su mismo destino?—. Al no tener más parientes que pudieran cuidar de él, optaron que lo mejor sería que pasara a tutela del Estado —por alguna razón, eso sonaba un destino peor que la muerte, pensaron ambos—. Por fortuna, el director Dumbledore pudo acoger a mi amigo en Hogwarts y se quedó la mayor parte del tiempo ahí, así que podía seguir viendo a su madre durante las vacaciones, cosa que es bueno, ¿verdad? —Helena asintió—. Sin embargo, ese no será tu caso. Tú tienes una abuela muy buena que te quiere y va a cuidar de ti.
—Quiero mucho a mi abuela. Desde que tengo memoria, ella nos cuida a mí y a mis hermanos —susurró despacio, dibujando una pequeña sonrisa al pensar en la mujer mayor.
Desde la distancia, Aurora Sinistra contemplaba aquella escena con una mano sobre su corazón, conmovida hasta cierto punto por el accionar de su amigo. A su lado, los señores de Servicios Infantiles los miraban aburridos, esperando que el profesor acabara con lo que sea que tuviera que decirle a la niña. Tenían un tren que tomar y mucho papeleo que hacer ¡Y ya iban tarde!
—Helena, tu mamá no puede cuidarte. Sé que es duro, pero lo sabes. No me imagino el infierno que debió ser para ti y para tus hermanos vivir años así, pero te prometo que... —no iba a decir esa frase, no iba a decirla—. Te prometo que esto pasará pronto. Debes ir a casa, pasar por todo el proceso y pronto pasarás al cuidado de tu abuela y todo va estar mejor.
—Pe-pero... y ¿qué va a pasar con mi mamá? —preguntó angustiada— ¿La enviarán de regreso a rehabilitación?
—No lo sé.
—Ya ha estado tres veces ahí y no funcio...—
—Bettany, escucha... Yo no te voy a tratar como una niña porque lo que va s a enfrentar no es algo por lo que un niño debería pasar, así que te voy a decir la verdad. La rehabilitación no funciona si obligas a alguien a ir. Se requiere de mucha fuerza de voluntad de la propia persona. Tu mamá necesita ayuda, sí, pero no importa cuántas veces vaya a internarse, si no es ella la que decide cambiar, la historia se repetirá una y otra vez —la joven volvió a agachar la cabeza, sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. El labio inferior temblaba y sobresalía ligeramente. Conmovido, Snape apoyó una mano en su hombro, apretando suavemente—. Si no se alejan ahora, tú y tus hermanos se verán arrastrados a ella, ¿me entiendes? —limpiándose las lágrimas, ella asintió— Eres una niña muy inteligente y sé que tienes un gran futuro y también sé que amas a tu mamá, pero no puedes perder todo por su culpa. No es tu responsabilidad cuidar de ella a tu edad. Tu mamá cometió errores, igual que todos, pero no dejes que esos errores te arrastren. Vivir con tu abuela no será tan malo, tú la quieres, ¿no es así? —volvió a asentir— Y estarás con tus hermanos. No perderás a tu familia, solo será algo... diferente.
Puede que el proceso sea algo duro y puede que te preguntes si es lo correcto, pero piensa un poco en esto: ¿Tú y tus hermanos merecen esto? ¿Crees que mereces pasar por todo esto por culpa de la negligencia de tu madre? —ella se tomó un par de segundos y luego negó con la cabeza—. Esto no significa que dejaras de verla, podrás verla cuántas veces quieras, pero ahora estarás bajo el cuidado de una persona que es responsable y se preocupa por tu bienestar y el de tus hermanos —el hombre apretó un poco más su hombro y se tomó unos segundos pensando en sus siguientes palabras—. Piensa en esto como... ¡como otra oportunidad! Te estás dando a ti otra oportunidad para tener una adolescencia normal y le estás dando la oportunidad a tu mamá de reivindicarse con ustedes. Dale una motivación para hacer las cosas bien esta vez, ¿ok?
—... —los ojos pardos de la Srta. Bettany lo observaban hipnotizada, llenos de agradecimiento. Eso era exactamente lo que Helena necesitaba escuchar. La pobre niña estaba tan desesperada por palabras de aliento, pero no necesitaba que le mintieran más. Merecía que la escucharan y que le dijeran la verdad. Que su profesor hiciera eso solo la hizo liberarse de todo ese peso que cargaba en sus hombros— ¡Ok!
Lo que pasó a continuación lo tomó desprevenido por completo. La pequeña Helena Bettany se abalanzó sobre su profesor con los brazos abiertos y rodeó su cuello en un fuerte abrazo. Snape se quedó estático, con los brazos colgando a ambos lados para mantener el equilibrio. ¡Oh! ¡Sus rodillas! Ya no podía aguantar más. Ya no tenía 18 años, sus rodillas crujían cada vez que se inclinaba. De por sí, ya estaban quemándole por todo el tiempo que estuvo en cuclillas. Ahora, había que sumarle el peso de Helena Bettany sobre su cuerpo. ¡Ya no aguantaba!
Snape cayó de rodillas sobre la plataforma bajo la absorta mirada de Aurora Sinistra quien no podía creer lo que estaba pasando. ¡Un alumno se había acercado voluntariamente a Snape y lo estaba abrazando! Este era un momento único en toda la historia de la humanidad y ella era testigo de ello.
Las manos del profesor temblaron a un lado. Los brazos de Bettany seguían envolviéndolo en un abrazo lleno de lágrimas y muchos balbuceos opacados por su llanto. Helena estaba dándole las gracias y contándole retazos de su pobre infancia de forma tan atropellada que, cada tanto, tenía que detenerse para llenar de aire sus pulmones. Snape se quedó inmóvil, escuchando atento sus lamentos y rogando en silencio que la niña no manchará su camisa con sus lágrimas y mocos.
Durante esos minutos, Snape reflexionó un poco. Hace 30 años él estaba en esa misma situación. Despidiéndose de Dumbledore con la mano mientras seguía a la Sra. Stewart hacía el tren para volver a casa. Fue una despedida incómoda. Snape no había aceptado el abrazo del ojiazul pues simplemente no estaba acostumbrado a recibir ese tipo de contacto. Sin embargo, Helena Bettany sí y le estaba dando el abrazo más largo y sincero que alguien la había dado.
Snape giró la cabeza y descubrió que el cabello rizado de su alumna se había transformado en una lacia cabellera negra que le cubría el cuello muy similar a la suya. El delgado cuerpo se apartó de él y descubrió el rostro cubierto lágrimas de un muchacho escuálido y pálido. Sus ojos negros brillaban y una sonrisa rota se dibujó en su rostro, sonriéndole agradecido.
¡Era él! ¡Era él mismo! Era su yo de 11 años que venía a visitarlo desde lo más recóndito de sus recuerdos.
Con sus manos temblorosas y sus propios ojos negros llorosos, Snape se aferró a la espalda de su yo de once años y lo atrajo hacia él para darle un fuerte abrazo. Una mano la apoyó en su espalda y la otra, en su pequeña cabeza, aferrándose a él sin poder creer que eso estaba pasando. ¿En serio real? ¡No podía serlo!
No obstante, no se iba a detener a pensar, solo iba a disfrutar de ese momento y darse el abrazo más consolador que podía darse.
—Te prometo que yo no te voy a abandonar —susurró a su oído—. Voy a cuidar de ti. Me aseguraré que tengas una buena educación. Todos nosotros nos aseguraremos que no te pase nada malo. Hogwarts siempre brinda ayuda a quien lo necesite, tú no serás la excepción… No te vamos a dejar solo… Yo no te voy a dejar solo.
El pequeño cuerpo abrazado a él asintió.
—Ya es momento de que suba al tren, Snape —Aurora Sinistra posó una mano sobre el hombro libre de Snape, rompiendo el momento—. Vamos, Helena, voy a presentarte con los señores de Servicios Infantiles.
Las formalidades pasaron rápido. Al poco tiempo, una más calmada Helena Bettany ya se encontraba dentro de su respectivo vagón, despidiéndose a través de la ventana de su profesora de Geografía mientras que los trabajadores del gobierno estaban muy ocupados revisando sus teléfonos.
—Recuerda llamarme cuando llegues a casa, ¿de acuerdo? —le pidió la morena apretando su pequeña mano— No importa la hora.
—Sí, profesora, se lo prometo.
—Buen, vieja, linda. Cuídate mucho.
La profesora besó la mano de su alumna y se apartó. Snape se le quedó mirando desde la plataforma. Parecía que la niña quería decirle algo, pero no se atrevería. El tren hizo sonar su bocina, anunciando el último llamado para los demás pasajeros antes de dejar la estación. Snape miró una vez más aquellos ojos pardos antes de tomar el valor necesario para acercarse a la ventana. Buscó en su billetera una pequeña tarjeta de presentación algo desgastada por el tiempo y se la entregó a la niña.
—Este es el número privado del director Dumbledore —le dijo con voz seria—. Cualquier cosa que necesites, por más mínima que sea, solo llámalo… él responde a todas las llamadas.
—De acuerdo, señor —respondió mirando la tarjeta con fascinación—. Muchas gracias.
Esas serían las últimas palabras que profesor y alumna intercambiarían hasta nuevo aviso pues, en cuanto Snape se alejó del vagón, todas las puertas del tren se cerraron y este dio su último aviso antes de iniciar su viaje hacia Manchester. Snape se quedó mirando la plataforma incluso después de que el tren desapareciera por completo, siguiendo su camino hacia el norte. Aurora Sinistra se mantuvo a su lado en silencio, reflexionando sobre los recientes acontecimientos y como estos le hacían replantearse su papel como docente.
¿Estaba haciendo lo mejor para esos niños? ¿Realmente era suficiente o podía hacer más por ellos? No estaba segura porque sentía que podía hacer más, mucho más. Tal vez sería buena idea hablar con Dumbledore sobre esto o, tal vez, tener una charla con Talbott para que la ayudara a aclarar sus ideas.
—¿Nos vamos? —la mujer de ojos canela lo observó, expectante por alguna respuesta, pero su colega estaba en uno de sus extraños momentos en los que se encontraba perdido dentro de su mundo— ¿Snape?
—Eh... sí, eh... Necesito usar el baño —respondió saliendo del trance, llevándose una mano a los ojos para frotárselos. En la otra, tenía su propia tarjeta de presentación con su número personal escrita sobre la superficie blanca—. Espérame en el auto, ya te alcanzo.
Aurora Sinistra se le quedó mirando mientras el hombre caminaba lejos de la plataforma, regresando a la estación principal. Algo le decía que el profesor estaba más afectado por la partida de Helena que la misma Helena.
—Pobre niña. Lo que me cuentas es... es sumamente triste y horrible —comentó Sharpe esa misma tarde, sentado como siempre en su sillón marrón.
Snape no había podido pensar en otra cosa que no fuera el caso de Helena Bettany durante todo el día, por lo que tomó un taxi hasta Kensington en cuanto terminó su jornada académica. Necesitaba hablar con alguien de esto y estaba claro que no podía hacerlo con Dumbledore.
—No lo sé... Me preocupa lo que pueda pasar... Yo sé lo duro que es todo ese proceso. Digo, en mi caso no se completó porque no tenía otros familiares a los que pudieran traspasar directamente la custodia, pero, en el caso de Bettany, yo sé que ella estará en buenas manos. Sin embargo, no lo sé, me sigue preocupando. Tengo como una... un mal presentimiento, aquí —explicó tocándose el pecho, justo encima del corazón.
—Creo que estuviste proyectándote a ti mismo en tu alumna —comentó el hombre acomodándose sobre su sofá—. No te asustes, es normal. Los eventos de hoy han despertado viejos recuerdos, por ende, has asociado tu experiencia previa con la situación actual. Lo importante es que eres consciente de eso y te has sabido controlar así que, por esa parte, te voy a felicitar por mantenerte calmado.
El pelinegro asintió, aunque por dentro pensaba que no se merecía ese halago pues había hecho un escándalo en el despacho de Dumbledore.
—En fin, los de Servicios Infantiles dijeron que se pondrían en contacto con Dumbledore en cuanto llegaran a Manchester y mi colega me dijo que Bettany le prometió llamarla así que solo queda esperar por noticias —suspiró agotado. El hombre jugó con sus pulgares unos segundos y luego continuó con su discurso—. Siento que hice lo correcto al darle el número de Dumbledore. Él siempre está dispuesto a ayudar a quien lo necesite, sobre todo si son alumnos.
—Algo me dice que también querías darle tu número de contacto, ¿verdad? —el profesor lo pensó un momento y luego asintió— ¿Por qué no lo hiciste?
—No sabría que responderle en el caso de que me llamara buscando ayuda —respondió cabizbajo—. No soy el mejor dando consejos... pero estoy dispuesto a apoyarla cuando regrese a Hogwarts. Quiero que tenga una experiencia escolar normal, que no se vea afectada en sus estudios y que pueda seguir siendo la niña brillante que es. Es una niña muy inteligente, ¿sabe? Además, es muy buena atleta. Madame Hooch, la profesora de gimnasia, dice que le gusta correr… Solo, solo quiero que ella este bien y que tenga oportunidad para demostrar el gran potencial que tiene.
—Me parece algo muy tierno y muy noble de tu parte, Severus —contestó sonriéndole de manera sincera—. Me da mucho gusto ver cómo empatizas con los demás, con… con… ¡con los niños! Quienes también son tus alumnos, no hay que olvidar, y eso hace que mejores como profesor. Siempre he creído que ser un educador no es solo ir a un salón de clases y mencionar datos y datos para cumplir con una agenda académica. Yo creo firmemente que ser un educador va mucho más allá de eso. Se trata de conectar con los estudiantes, apoyarlos para que sean mejores personas, mejores seres humanos; aconsejar, involucrarse, empatizar y eso es lo que hiciste hoy. Apoyaste a una niña que estaba gritando por ayuda y conectaste con ella. Estoy muy orgulloso, por fin lo estás logrando. Espero que continúes así.
Snape se sintió bien con aquellas palabras. Se sentía bien en general. Había hecho una buena acción, había ayudado a una niña en apuros y se aseguraría de que ella estuviera bien cuando regresara al castillo, tal y como Dumbledore había hecho con él cuando era un niño. Puede que antes no considerara todo lo que hizo como una gran acción, solo la había escuchado desahogarse, pero ahora se daba cuenta que esa mínima acción podría hacer la diferencia en la vida de Helena Bettany.
Ahora sabía que no la iban a abandonar, sabía que no estaba sola. Siempre recibiría ayuda de Hogwarts y, por supuesto, de él.
—Gracias.
—¿Hay algo más de lo que quieras platicar?
Snape miró el reloj de pared en la habitación. Aún quedaba mucho tiempo para que la sesión acabara. Podía jurar que ya había pasado más de una hora, pero al parecer o él hablaba muy rápido o el tiempo avanzaba muy lento. Volvió la oscura mirada a Sharpe y pensó un poco sobre lo que quería hablar. Realmente no había temas nuevos por comentar, no había hecho nada nuevo esta semana, solo lo mismo de siempre. Tampoco quería volver al tema de su madre, hoy no estaba de humor para abrir recuerdos viejos y dolorosos.
¿De qué podrían hablar?
—Creo que no. Últimamente no he hecho mucho desde hace semanas. Ha sido un poco aburrido en realidad —confesó levantando los hombros—. Desde que deje la academia de baile ya no tengo nada qué hacer… Trato de mantenerme activo, ya sabe, más que todo porque Lamarck me obliga a salir de casa para ir al parque. A veces voy donde los Malfoy y pues, matamos el tiempo haciendo cualquier cosa —comentó desganado.
Ahora que miraba en retrospectiva su vida, caía en cuenta que, una vez más, se encontraba atrapado en aquel vórtice infinito de monotonía y aburrimiento. Otra vez había regresado a su simple y muy predecible rutina.
—Para ser honesto, desde que deje el estudio de baile, no me he atrevido a hacer nada nuevo. Es como que, otra vez, volví a esa rutina aburrida que es mi vida. No tengo nada nuevo qué hacer. Solo voy al trabajo, doy mis clases y regreso a casa y eso es todo —explicó algo decepcionado al darse cuenta que aquel viaje en montaña rusa, repleto de emociones y aventuras que le brindó la academia McGonagall se había acabado. Era raro volver a la monotonía después de toda esa experiencia—. No estoy haciendo nada más. No me han salido nuevos proyectos y tampoco estoy interesado en iniciar uno o formar parte de alguno. Creo que voy a dejar esa parte de mi vida en pausa por el momento —Sharpe asintió, dándose cuenta del rumbo que estaba tomando la conversación—. Y, pues, siento que todo esto es muy aburrido. Creo que estoy entrando otra vez a esa zona de… ¿cómo la denominaste? ¿Zona de pausa?
—Zona de estática —le corrigió ahogando una risilla—. Tú mismo le pusiste el nombre. ¿Ya no recuerdas?
—Oh, cierto —respondió avergonzado.
La zona de estática —tal y como Snape la había denominado la primera vez que fue a terapia— era ese periodo de la vida caracterizado por la marcada monotonía en el día a día. Era ese periodo de tiempo en la cual no hay nada resaltante que contar, ese periodo en el que no vas a ningún lado: no avanzas, pero tampoco retrocedes, solo vives y ya, eso es todo. Está bien tener una vida normal y tranquila, pero había una diferencia entre tranquilidad y monotonía. Mientras que en uno podías disfrutar de los pequeños placeres de la vida como una buena comida o una tarde de juegos, en el otro simplemente te ceñías a una predecible rutina en la sentías que nada tenía sentido, en la que nada te emocionaba, en la que no entendías qué estabas haciendo con tu vida.
Pues, Severus Snape consideraba que su estadía en la "zona de estática" se había alargado demasiado.
—Cuando estaba en el estudio, yo me sentía alguien, me sentía yo mismo. Me divertía mucho y aprendía. Realmente era como un escape. Recuerdo que contaba las horas para regresar... Creo que fue la primera vez que algo me había apasionado en mucho tiempo.
—¿Y qué sientes ahora que ya no vas?
—No lo sé. Siento como si... siento como si me faltara un propósito. Como si, de la nada, hubiese perdido el norte. Me siento como... como un rompecabezas incompleto y, sabe, es algo frustrante.
—Entonces, ¿por qué no regresas? —cuestionó cambiando de posición, con la libreta en mano listo para apuntar cualquier información que considerara relevante— Me dijiste que te gustaba bailar, que habías aprendido mucho. Dices que la profesora es muy buena en lo que hace y que te divertías, que te trataban muy bien y que hiciste muchos amigos. Yo opino que deberías darle otra oportunidad y retomar las clases.
—Lo he pensado muchas veces, es solo que... no lo sé... Hay algo que me impide volver.
—¿Qué te impide volver? —inquirió levantando las cejas y tomando el bolígrafo negro para empezar a escribir.
El psicólogo usó aquel bonito par de ojos verdes para ir en buscar de cualquiera alteración, por más mínima que fuera, en el rostro neutral de Snape. Necesitaba pistas para deducir qué era exactamente lo que molestaba a su paciente. Puede que el profesor estuviera poco a poco perdiendo sus habilidades para el engaño porque Sharpe no tardó mucho en encontrarlo.
Estaba perdiendo su toque.
—Por simple curiosidad, ¿podría preguntar si esa "causa" que te impide volver tiene un nombre que inicia con "H" y, además, es bailarina? —Snape asintió, arrancando le una sonrisa a su doctor. Se sentía como un niño pequeño confesando una travesura que lo avergonzaba— Ya veo. ¿Está todo bien?
—Sí, estamos bien o eso creo. Es solo que siento que sería algo incómodo para ella y para mí estar en el mismo ambiente sin saber exactamente qué somos. Yo sé que, dentro de las clases, solo somos profesora y alumno, pero cuando bailamos... cuando bailamos juntos... no puedo describirlo —el hombre se pasó ambas manos por el rostro. Estaba algo ofuscado y genuinamente avergonzado. ¡Maldición! Se sentía como un adolescente—. Cuando bailamos juntos, yo no puedo verla simplemente como mi maestra o como una amiga... Cuando bailamos, ella y yo somos uno.
Sharpe sonrió, sonrojándose ligeramente, dejándose emocionar por aquella historia de amor que su paciente estaba viviendo. Hacía ya mucho tiempo que no lo veía tan ilusionado con algo o, bueno, alguien y le daba gusto ver esta nueva faceta en su vida.
— Entonces, ¿todavía no arreglas tu situación con ella?
—Nos encontramos hace un par de días para tomar un café.
—¿Y bien? —preguntó cuando el otro se quedó callado, alargando el suspenso— ¿Cómo te fue?
—Pues... eh, le comenté sobre lo que hablamos, sobre los problemas que pueden traer las diferencias de edades.
—¿Y cómo se lo tomó?
—Tenía razón, doctor, en todo —confesó en un suspiro lleno de decepción—. Ella dijo que no le importaba, que para el amor no había edad. Debió verla, tan obstinada y eufórica, realmente estaba emocionada, no se daba cuenta de las consecuencias de nuestras acciones. ¡La gente nos miraba todo el tiempo! —Sharpe frunció el ceño y se removió sobre su asiento— Me sentía extraño, casi podía escuchar sus pensamientos. Estoy seguro que muchos se burlaron o, peor, pensaron que yo le estaba pagando a ella por estar ahí conmigo... Había unas mujeres que no dejaban de mirarnos. Fue incómodo. Es decir, al principio no lo fue, todo estaba bien, nos estábamos divirtiendo y, de la nada, fue como si esa burbuja que nos protegía hubiese explotado y me di cuenta de la realidad... Me preocupa mucho que esto pueda afectarla a ella... a los dos.
Sharpe asintió, dejando escapar un suspiro seco. No le sorprendía la reacción, era normal, pero le daba algo de lástima saber que eso le estaba pasando a su paciente. Había trabajado mucho para ayudar a Snape a construir una mejor imagen de él, por no mencionar en aumentar su seguridad y confianza en sí mismo. Le disgustaba saber que todos sus esfuerzos y avances pudieran ser destruidos por culpa de unos desconocidos en una cafetería.
—Entiendo. Bueno, es algo que te advertí que te pasaría.
—Lo sé y eso es lo que me preocupa. No hicimos nada malo, solo nos tomamos de las manos y, aun así, la gente nos miraba como si estuviéramos haciendo algo horrendo. Ahora, si la relación avanzara y, de pronto, yo quisiera besarla en público, estoy seguro que las reacciones serían peores... No sé si estoy listo para enfrentarme a más situaciones como esta más adelante.
—Entonces, ¿desde ahora solo serán amigos?
—... No exactamente —respondió después de un rato, mirando hacia el librero del doctor, tratando de ocultar aquel sonrojo en sus orejas—. Ella está decidida a demostrarme que no le importa lo que los demás opinen, que realmente cree que lo nuestro puede funcionar. Me pidió que nos diéramos la oportunidad de intentarlo de nuevo, de intentarlo de verdad y ver qué pasaba.
—¿Y tú qué opinas frente a esto?
—No lo sé... Es complicado.
Uno de los tantos trabajos de Gregory Sharpe como psicólogo era ayudar a sus pacientes a encontrar soluciones a sus problemas. Cuando estaban enfrascados en una situación complicada y se cerraban a nuevas posibilidades, era su misión ayudarles a encontrar nuevas perspectivas para afrontar las adversidades y avanzar. Los años de experiencia le indicaban que Snape se encontraba frente a uno de esos "callejones sin salida". Era momento de encontrar un nuevo punto de vista y avanzar.
—No tiene por qué serlo, Severus —empezó con voz segura, esperando transmitirle la confianza que tanto necesitaba—. El amor no es asunto fácil, eso está claro, pero no tiene por qué ser complicado. Sé que ella te gusta y, por lo que veo, mucho —Snape sonrió de lado. Sus orejas no podían estar más rojas— y veo que tus sentimientos son correspondidos. Sé que hay muchos factores que pueden ser, eh, desalentadores, por así decirlo. Créeme, lo sé, he leído estudios enteros sobre esto —logró arrancarle una pequeña sonrisa con su improvisada broma—, pero yo creo esta relación te puede dejar una muy buena experiencia si la llevas con madurez y con calma. Ya te dije, no todo es miel sobre hojuelas...—
—Sí, sí, y debemos arriesgarnos, solo así sabremos si valió la pena —completó por el rodando los ojos—. Me sé el discurso, Greg, no necesitas recordármelo —ahora que el turno del psicólogo de poner los ojos en blanco—. Es solo que... me da miedo.
—¿A qué le tienes miedo?
Pues, ¿por dónde empezaba? A cientos y cientos de cosas. Iniciar una relación con Hermione era una aventura para la cual no sabía si estaba preparado. La quería, eso lo tenía completamente claro. ¿La amaba? No lo sabía con total certeza, pero tenía fuertes sentimientos hacia ella y quería que fuera feliz, muy feliz. Y por supuesto que quería ser parte de esa felicidad. En el poco tiempo que la conocía, había comprobado que su vida era mucho más alegre con su presencia. Hermione era como un huracán de nuevas emociones, una siempre más intensa que la otra. Lo hacía sentir joven, importante, querido y, por sobre todas las cosas, vivo.
¡Maldición! ¡Ella lo hacía sentir vivo!
Sin embargo, independientemente de todo lo bueno que Hermione le hacía sentir, también le producía miedo. Miedo a que esto no funcionará, miedo a lastimarla o a que la lastimaran, miedo a salir herido otra vez. Tal y como Sharpe le había explicado, había tantos factores que les jugaban en contra: el tiempo, la sociedad, las buenas costumbres, la experiencia, entre muchos más. Realmente no sabía que pensar con todo esto.
¡¿Por qué el amor tenía que ser tan complicado?!
—Me preocupa que esto termine mal y que me vuelvan a lastimar... Ya sufrí mucho antes, no quiero volver a pasar por eso —confesó después de pensarlo un poco—. Hermione es una chica encantadora y la quiero mucho, en serio, pero tengo miedo de que, si esto avanza y, por alguna razón, terminará mal, yo no sea capaz de volver a levantarme. Ya sufrí mucho por Valerie, la mujer que yo creía sería mi compañera de vida. Hermione es especial y, no soy ciego, siento que poco a poco, con sus pequeñas acciones, ella se está metiendo dentro de mi piel al grado de no sentirme completo si no estoy con ella... Tengo miedo de estos sentimientos. Ya me había hecho la idea de que no los volvería a sentir y, ahora, están aquí de nuevo... Gregory, no quiero que me vuelvan a romper el corazón
Un miedo comprensible para una persona que había pasado por todo eso, sin duda, pensó el doctor.
—Pues… nunca sabrás si eso pasará si no lo intentas —consoló con voz calma—. No tienes por qué abrumarte pensando en el futuro de aquí a diez años. Recién estás iniciando otra vez y yo creo que debes tomar las cosas con calma, ir a tu propio ritmo y pues, con el tiempo descubrirás si es la indicada o no. La vida es una serie constante de ensayo y error. Tú eres científico, sabes muy bien este principio —el hombre asintió. ¡Rayos! Estaba siendo atacado con sus propios principios—. Pues ya te caíste, ahora solo te queda levantarte y volver a intentar. Ya sabes qué hiciste mal, cuales fueron tus principales errores. Ahora debes cambiar tu, eh, ¿tu método? Perdona, estoy tratando de decirlo de la forma más científica para que puedas tomarlo como una analogía.
—Sí entiendo.
—Bien, eh, pues solo te queda volver a intentar. No importa el resultado, creo que lo importante son esos pequeños momentos de felicidad que puedas regalarte.
Le gustaba como sonaba eso. "Los pequeños momentos de felicidad". Últimamente, faltaban de esos en su vida. Ya no recordaba la última vez que había reído tanto hasta que su estómago le doliera, no recordaba la última vez que se había emocionado como un niño por algo, no recordaba la última vez que había hecho algo, lo que sea, por simple placer. ¡No recordaba la última vez en la que se había sentido completamente vivo!
Tal vez era momento de seguir las indicaciones de su doctor.
—Entonces... ¿qué debo hacer? ¿Darle otra oportunidad a Hermione?
El hombre castaño sonrió y se reclinó sobre su asiento.
—Esa pregunta deberías hacértela a ti mismo, Severus —sus ojos verdes lo examinaron de arriba abajo y encontraron un mar calmo de emociones encontradas. Eso era un buen indicador, pensó—. ¿Qué es lo que tú quieres hacer, Severus? ¿Qué es lo que realmente quieres?
Lo pensó unos minutos: ¿Qué era lo que él, Severus Snape, quería hacer?
Pues muchas cosas, había tantas cosas que había dejado en el olvido y que ahora quería retomar. Quería retomar sus estudios, aprender cosas nuevas, ¡totalmente nuevas! Quería enfrascarse en un nuevo proyecto, ya se público o privado. Quería hacer algo propio, algo a lo que pudiera ponerle su nombre y que fuera solo suyo. Quería empezar de nuevo, tener una buena vida. Tal vez estaba lejos de aquel idílico escenario de la casa bonita, la esposa, los dos hijos y la mascota en el patio, pero ya no le importaba. Ahora solo quería tener una buena vida.
Una feliz.
Pero para eso necesitaría tiempo y trabajo, poco a poco llegaría a su objetivo. La verdadera pregunta era "¿Qué es lo que él, Severus Snape, quería ahora, en este momento?"
¿Qué quería?
—¿Qué es lo realmente quieres hacer?
—Bailar con Hermione —susurró para sí mismo.
¡Eso era lo que él quería! ¡Eso era lo que realmente quería en ese momento!
—¿Qué? —contestó el psicológico, confundido. Se inclinó hacia adelante, procurando escuchar mejor a su interlocutor. Tal vez ya estaba perdiendo el sentido de la audición porque podía jurar que escuchó otra cosa— Perdón, no te escuché muy bien. ¿Qué dijiste?
—¡Quiero bailar con Hermione! —exclamó seguro, asintiendo con la cabeza como si con eso pudiera reconfirmar su premisa— Quiero bailar con ella.
Sharpe se acomodó sobre su asiento. La forma en como Snape acaba de expresar su deseo era cautivante, enérgica y segura de sí. Fue fácil para Sharpe dejarse envolver por aquella emoción, como si él también formara parte de todo ese universo. Le dedicó una gran sonrisa y continuó.
—Me parece excelente y creo que... ¿Severus? ¡Severus! —exclamó elevando la voz y poniéndose de pie— ¡Severus, espera! ¿A dónde vas?
—Iré a bailar con Hermione —anunció el pelinegro dirigiéndose a la puerta y abriéndola de un tirón—. ¡Muchas gracias por todo!
—Eh, espera, la sesión aún no acaba —el psicólogo corrió tras él, deteniéndose en el pasillo del edificio al ver que su paciente ya estaba abriendo la puerta principal para irse—. ¡Aún falta una hora! ¡Severus!
—¡Ya no quiero esperar! —fue lo último que alcanzó a escuchar antes de que el profesor cerrara la puerta y saliera corriendo con rumbo desconocido.
El Dr. Sharpe se quedó de pie en medio del pasillo, extremadamente confundido, intentando procesar aquel acto de espontaneidad. Lisa, su recepcionista, salió a su encuentro, tan o incluso más confundida que el propio doctor. Su frente estaba fruncida y, por primera vez en mucho tiempo, aquella impecable blusa blanca se veía arrugada. De seguro, debido a la velocidad con la que se había levantado de su escritorio para intentar detener al Sr. Snape.
—¿Qué sucedió? —preguntó alarmada— Salió corriendo y saltando, gritando algo sobre ¿bailar? No estoy segura. No entendí qué pasó —exclamó de manera atropellada, aún sin poder explicarse qué fue lo que acababa de presenciar—. ¿Qué le dijo?
—No lo sé.
Ambos se quedaron cruzados de brazos mirando aún con dirección a la puerta principal ahora cerrada.
—Sea lo que sea, debió ser algo bueno. Es la primera vez que lo veo así.
—Yo también.
—¿Estará bien? Así como iba, dudo que se fije antes de cruzar la calle
—Pues, esperemos que no se mate intentando cruzarla—comentó en voz baja. Se llevó una mano al rostro y la restregó con cuidado, negando con la cabeza y aguantándose la risa por lo extraño e irreal de la situación—. Lisa, por favor, has que mi siguiente cita entre. La atenderé ahora.
—Pero… pero… —balbuceó la mujer, mirando su propio reloj de pulsera— ¡Aún falta una hora para la siguiente! ¿El Sr. Snape no va a volver?
—Creo que hoy no —respondió volviendo a su consultorio—. Por favor, que pase el siguiente.
Dicho esto, cerró la puerta, dejando a una muy confundida Lisa a mitad del pasillo, preguntándose qué carajos acababa de pasar.
Snape subió al primer tren que llegó a la estación casi a trompicones. Miraba de manera constante su reloj. ¡Aún podía llegar a tiempo! ¡Podía lograrlo! El tren se puso en marcha con destino al sur, siguiendo su mismo recorrido de siempre hasta llegar a su destino: la estación de Earl's Court. Mientras viajaba sentado, mirando el oscuro vacío de las ventanas, no podía evitar que una sonrisa bobalicona se dibujara en rostro. Probablemente estaba llamando la atención de los pasajeros cerca de él, pero ¡simplemente no podía ocultarla!
Se sentía muy emocionado, no cabía en sí mismo de la emoción.
¿Por qué tardó tanto en darse cuenta de lo que realmente quería para sí mismo? ¡¿Por qué demoró tanto en tomar esta decisión?! ¡Estuvo tan ciego durante semanas! ¡Por Newton! Esto no era algo que necesitara como lo era la terapia. ¡Esto era algo que él, Severus Snape, quería!
Y lo quería por sobre todas las cosas.
No podía esperar a poner sus pies fuera de la plataforma y correr hasta el estudio y eso fue exactamente lo que hizo. En cuantos las puertas del tren se abrieron, Snape fue el primero en bajarse, casi cayéndose en el intento. Severus Snape no era de las personas que corrían, es más, a excepción por aquella temporada de trotes en el parque por culpa de Lamarck, sería un completo milagro que vieras al viejo profesor correr. ¡Ni siquiera corría cuando la tierra temblaba!
Entonces ya te podrías imaginar el espectáculo que estaba haciendo por toda la estación. Jadeante, despeinado y con la camisa de colegio algo mojada por el sudor, Severus Snape daba largas y apresuradas zancadas entre las personas, intentando llegar lo más rápido posible a las escaleras y salir de aquel sofocante lugar. Sus ojos negros estaban enfocados en una sola cosa, aquellas puertas dobles azules de la entrada del estudio. Ni siquiera se detuvo a mirar a ambos lados antes de cruzar, solo atravesó la calle a ciegas, como si estuviese en automático.
Al abrir las puertas, se quedó de pie frente a las escaleras, tomándose un par de minutos para tomar aire. ¿Qué iba a hacer cuando llegara al salón? ¿Qué iba a decirles? Las dudas volvieron a atacarlo. Tal vez debía pensar un poco en eso antes de subir. ¿Un simple "Hola" estaría bien? Tal vez necesitaría algo más elaborado. Miró su reloj una vez más. ¡Veinte minutos tardes!
Sí, necesitaría más que un simple "Hola".
Subió los escalones de dos en dos hasta llegar al tercer piso donde ya podía escuchar la agradable melodía de una canción y la voz fuerte de la profesora McGonagall dando indicaciones a sus estudiantes.
—Ahora, estiramos los tobillos, por favor. Dibujamos círculos hacia adentro. Eso es así, sigan así.
Snape caminó despacio hasta llegar a la puerta. Tomó aire y lo dejó escapar en un largo suspiro antes de poner un pie dentro de aquel salón que tanto había extrañado.
Todos estaban ahí. McGonagall, caminando en círculos alrededor de sus alumnos como si fuese una leona vigilando a su manada. Sirius, dándole la espalda, girando sus tobillos tal y como se lo pedían. Luna, a su lado, mirando hacia los ventanales, con ambas manos sobre las caderas e imitando al mayor. Adelante, estaban Harry y Neville, acatando las ordenes de McGonagall y cambiando al otro tobillo para iniciar su respectivo calentamiento. El sol de la tarde a punto de irse filtrándose por las ventanas, poniendo a los bailarines a contra luz frente a él, solo hacía que esa escena pareciera de ensueño.
Su corazón latió rápido en su pecho.
No tenía fuerzas ni para emitir un ruido; sin embargo, no fue necesario. La profesora McGonagall ya había puestos sus ojos gatunos sobre él y le había sonreído, estirando una mano amiga para invitarlo a pasar. Luna fue la primera en voltearse y gritó de alegría al verlo entrar por la puerta. Al instante, los demás se le unieron en sus exclamaciones, olvidando por completo la clase y caminando hasta llegar a él y atraparlo en un fuerte abrazo.
—¡Qué bueno verte! ¡Te extrañábamos!
—Pensábamos que no te volveríamos a ver.
—Bienvenido de nuevo, Sr. Snape.
—Estamos felices de que regresara a la academia, Snape.
El pelinegro se sintió agradecido y tal vez algo abrumado por tantas atenciones, pero se sentía bien con aquel recibimiento cálido. McGonagall se acercó hacia ellos, dando largos y delicados pasos cual pantera, hasta llegar a su altura y estirar su mano hacia él.
—Siempre es bueno verlo, Sr. Snape. Espero que no solo este aquí de visita.
—No, no. Eh, yo… yo vine a la clase —comentó rogando sonar seguro.
—¡Lo sabía! —exclamó Luna, dando un brinco— ¡Sabía que no nos iba a abandonar!
—El equipo McGonagall está de regreso —le secundó Sirius.
La profesora sonrió, dejándose llevar por la emoción del grupo.
—Pues tendré que sancionarlo, Sr. Snape. Llega 21 minutos tardes —rio mientras veía el reloj de pared—, pero supongo que dadas las circunstancias podré dejarlo pasar. Ahora, por qué no mejor va a ponerse cómodo para iniciar con su calentamiento. ¿Qué esperan? ¡Muévanse! —exclamó aplaudiendo en el aire, retomando el control de su clase—. Tenemos que ensayar si quieren estar listos para la audición. Así que, ustedes terminen el calentamiento y usted, Sr. Snape, primero arréglese esa camisa antes de iniciar con los ejercicios. Sí los recuerda, ¿verdad?
—Por supuesto, profesora.
Mientras Snape se dirigía a la pequeña zona de descanso para acomodarse la ropa y los zapatos, se preguntaba dónde se había metido Miss Granger. Estaban los alumnos, la maestra, pero faltaba la aprendiz. Aunque le agradaba mucho el recibimiento de sus nuevos amigos, le hubiese gustado ver a Hermione. Después de todo, él había ido hasta allá por ella.
—Zatova kazakh na Nadya, che nyama znachenie. Tryabvashe da vidite litseto mu, kogato… —
El sonido de objetos tubulares chocando contra el suelo lo hizo que todos los presentes se giraran de inmediatos para ver a los recién llegados. Hermione Granger estaba de pie en el umbral de la puerta, con los brazos extendidos hacia adelante y la boca abierta en una pequeña "o" que dejaba ver ese par de incisivos grandes. A sus pies, debía haber por lo menos unos cuatro tubos largos de color metálico que rodaban por el piso de madera. Sus grandes ojos castaños estaban fijos en él, mirándolo absorta, como si acabara de encontrar un gran tesoro. A Snape le pareció muy gracioso pues, a pesar de que se había quedado sin habla, podía ver la alegría y la ilusión brotando de sus ojos, como si realmente no pudiera creer que esto estaba pasando.
—¿Herrr-mione? —preguntó el muchacho tras ella, quien había dejado sus propios tubos metálicos apoyados contra la pared al lado de la puerta para auxiliarla— ¿Estás bien? ¿Herrr-mione?
—¡¿Pero qué escandalo es ese, Miss Granger? —chilló McGonagall acercándose a ella—. Eh, Viktor, por favor, ayúdame a recoger estos tubos.
Hermione reaccionó al instante cuando tuvo a su contraparte búlgara a sus pies, haciendo chocar aquellos tubos, generando ruidos metálicos que hacían eco por todo el salón. Al otro lado, Sirius estaba haciendo un par de bromas privadas con su ahijado sobre el extraño comportamiento de la castaña. Snape le dedicó una extraña sonrisa —que más parecía una mueca— y se encogió de hombros, sin saber muy bien qué estaba pasando, pero divirtiéndose como nunca.
—Por Dios, Hermione, ¿qué tienes hoy? —preguntó la profesora volviendo al centro del salón— Chicos, vayan y tomen cada uno un tubo, por favor. Viktor, cariño, por favor, repártelos.
—Sí, prrrofesora —exclamó el búlgaro, tomando todos los tubos no sin antes volver a preguntar por la castaña— ¿Herrr-mione? ¿Hello?
Hermione estaba en órbita, sin ser capaz de apartar la mirada del profesor.
—¡Ustedes dos! —exclamó la profesora, aplaudiendo con fuerza en el aire para llamar su atención— Dejen ya de mirarse, por favor. Tenemos una clase que continuar.
—Hermione está vigilando que Snape no se vuelva a desparecer, profesora —bromeó Sirius, mientras que, al lado, Neville y Luna estaban jugando a los espadazos con sus propios tubos.
—Bueno, Hermione, luego le mira todo lo que usted le quiera mirar al Sr. Snape. Ahora, por favor, todo el mundo ¡a ensayar!
HOLA, CHIQUIS!
SI LLEGASTE HASTA AQUÍ, PUES MUCHAS GRACIAS POR SEGUIR LEYENDO, POR EL APOYO Y PUES, POR TODO. ESTE ES UNO DE MIS CAPÍTULOS MÁS LARGOS, TIENE COMO MENOS DE 90 PÁGINAS EN WORD Y, PUES, ME HE DEMORADO TODO UN MES EN ESCRIBIRLO. EN PRIMER LUGAR, GRACIAS POR ESPERARME, YO SÉ QUE HA PASADO MUCHO, PERO RECIEN EL MARTES 19 FINALICÉ MI SEMESTRE DE LA UNIVERSIDAD. HABÍA JALADO (REPROBADO) UN CURSO POR LO QUE TUVE QUE DAR EL EXAMEN SUSTITUTORIO. FELIZMENTE, YA TENGO TODOS LOS RESULTADOS Y APROBÉ MI SEMESTRE POR COMPLETO, ASÍ QUE ESTARÉ DE VACACIONES HASTA MARZO AL MENOS, POR LO QUE PROCURARÉ ESCRIBIR MÁS SEGUIDO Y, POR LO MENOS, ACTUALIZAR TRES VECES EN LO QUE VA DEL MES.
COMO SABEN, LE TENGO MUCHO RESPETO A CUALQUIER TEMA SENSIBLE, SOBRE TODOS LOS QUE SE RELACIONAN A LA SALUD MENTAL O A PROBLEMAS INTRAFAMILIARES. YO, AFORTUNADAMENTE, NO HE VIVIDO NINGUNA DE ESAS EXPERIENCIAS, PERO TENGO AMIGOS E INCLUSO ALGUNOS FAMILIARES QUE HAN PASADO POR ELLO ASÍ QUE TRATO DE ABORDAR EL TEMA DE LA MANERA MÁS RESPETUOSA POSIBLE. SI LLEGUÉ A INCOMODAR A ALGUIEN O A TOCAR ALGO MUY SENSIBLE, POR FAVOR, TE PIDO DISCULPAS.
POR ULTIMO, SÉ QUE ESTA SITUACIÓN DEL COVID SE ESTÁ AGRAVANDO UNA VEZ MÁS O POR LO MENOS EN MI PAÍS SÍ. ESPERO QUE ESTÉS BIEN, QUE ESTÉS A SALVO Y, POR FAVOR, NO SALGAS DE CASA A MENOS QUE SEA NECESARIO. NO SE SABE CUANDO EMPEZARÁN A REPARTIR LAS VACUNAS A NIVEL GLOBAL O CÓMO NOS VA A AFECTAR LA NUEVA VARIANTE, ASÍ QUE TENGAN CUIDADO Y NO SE EXPONGAN.
UNA VEZ MÁS, MUCHAS GRACIAS A TODOS LOS QUE ESTÁN LEYENDO Y APOYANDO ESTA HISTORIA. PARA MÍ HA SIDO UN COMPLETO REGALO Y ESTOY MUY FELIZ DE ENTRETENERLOS. SIEMPRE LEO SUS COMENTARIOS Y TRATO DE RESPONDER TODOS PORQUE ME MOTIVAN MUCHO A SEGUIR, ASÍ QUE MUCHAS GRACIAS POR TOMARTE LA MOLESTIA DE COMENTAR. ESPERO ACTUALIZAR PRONTO Y VOLVER A LEERLOS.
ABRAZOS VIRTUALES!
