CAPÍTULO 24

Tanto Lucius como Narcisa pensaron que la decisión de su amigo había sido un tanto apresurada y para nada metida. Incluso el propio Dr. Sharpe pensó lo mismo cuando se vio en la obligación de informar a ambos aristócratas sobre los últimos acontecimientos. Había sido una total sorpresa y había provocado una pequeña disputa entre Snape y los Malfoy, pero el profesor estaba decidido a cambiar su aburrida rutina una vez más y nada ni nadie lo iba a evitar.

Ahora, puede que se pregunten, ¿por qué Lucius y Narcisa Malfoy tenían que estar al tanto de la asistencia de Snape a sus sesiones de terapia? Pues simple, ellos eran quienes pagaban, por lo que si bien todo lo que ocurriera tras la puerta del consultorio era estrictamente confidencial, ellos tenían derecho a saber si el pelinegro cruzaba esa puerta a la hora y fechas indicadas en las facturas emitidas al finalizar cada sesión. Los Malfoy solo querían lo mejor para Snape y lo mejor en ese momento era Sharpe. Sabían lo mucho que este psicólogo había ayudado a su amigo en el pasado y lo imperativo que había sido su intervención para la recuperación de su estabilidad emocional. Snape había demostrado un gran progreso este último mes, el hombre parecía haber revivido de entre los muertos, lo que significaba que la terapia estaba funcionando tal y como lo esperaban.

Fue por eso que esta inesperada decisión les cayó como un balde agua fría.

—Pero… pero… ¡¿Por qué?! —había exclamado Narcisa dejándose caer completamente ofuscada sobre la silla de escritorio de su esposo en el elegante edificio de cristal de MALFOY CO. — Pensé que la terapia iba bien y que estaba funcionando.

—Lo hace —la tranquilizó Snape con su voz susurrante y clara, la misma que usaba con ella cada vez que la entrar en un cuadro de estrés severo.

Sentado frente a la rubia, el profesor estaba haciendo uso de todo su autocontrol para no explotar como un niño contra ellos. En realidad, él no tendría por qué estar frente a ambos rubios teniendo esta absurda conversación como si fuera un adolescente dándole explicaciones a sus padres por alguna metida de pata. Sin embargo, sentía que debía hacerlo. Ellos no solo le estaban pagando las sesiones, sino que además fueron las primeras personas en estar ahí para él y, actualmente, las más interesadas en su salud.

Eran su familia, habían hecho tanto por él que les debía, por lo menos, una explicación coherente.

—¿Entonces? ¿Por qué quieres dejarla? —la mujer apoyó sus codos sobre la superficie de madera y estiró sus brazos hasta tomar las manos del pelinegro con las suyas. Sus cejas se curvaron hacia arriba en una expresión de angustia y genuina preocupación— ¿Sharpe hizo algo que te molestó? ¿Te sientes incómodo? Sabes que podemos buscar otro…—

—No, no, Cissy —la interrumpió retirando sus manos del contacto de ella—. Sharpe no es el problema, él jamás haría algo para hacerme sentir incómodo, al menos no a consciencia.

—¡¿Entonces?! ¿Cuál es el problema?

—En realidad no hay ningún problema…—

—Pero…—

—Cissy, amor —la voz suave de Lucius Malfoy la interrumpió. Tanto Snape como la rubia enfocaron su atención en el CEO que se encontraba sirviéndose otro vaso de whisky tras ellos—. Por favor…—

—Lucius, ¿cómo quieres…—

—Por favor.

El aristócrata pronunció aquellas palabras de una manera tan firme y solemne que, por primera vez en mucho tiempo, su esposa decidió morderse la lengua y callarse. Narcisa llevaba suficientes años casada con Lucius como para conocer cada uno de sus gestos y tonos de voz. Este último era de advertencia y a buen entendedor, pocas palabras, ¿verdad?

Snape agradeció a su amigo con la mirada. Nadie mejor que él para lidiar con su propia esposa.

—Entonces, Severus —empezó el mayor después de pasar el primer sorbo de su bebida—, ¿podrías explicarnos exactamente qué está pasando aquí? Porque, para serte honesto, estoy… estamos algo confundidos —el elegante hombre caminó hasta su escritorio y se sentó en la silla al lado del pelinegro—. Hace tan solo un par de meses, tú estabas en un estado… eh…—

—Delicado —completó Narcisa por él.

—Sí, gracias… eh… Y bueno, sé que la terapia, que... eh… que Sharpe te ha ayudado muchísimo y nosotros estamos muy felices con eso. ¿No es así, Cissy? —la rubía asintió— Pero la última vez que fuiste a terapia, eh… Mira, yo no sé cómo funcionan estas cosas, yo no estudie psicología, apenas sí pase el curso base en el primer año, pero la última vez que estuviste en terapia, eh, recién empezamos a notar la mejoría como a los cuatro, cinco meses y, y, y ¡tú lo sabes!

Tenía razón. Como alguien que, en ese entonces, no confiaba ni en la efectividad de los psicólogos, ni en sus tratamientos —¡Ni siquiera consideraba a la psicología como una ciencia en general!—, Snape tardó muchísimo en empezar a tomar la terapia en serio. Al principio, estuvo absolutamente reacio a revelar aspectos íntimos de su vida privada y la de su ex pareja. No era la primera vez que el Dr. Sharpe se encontraba con un paciente reservado, pero Severus Snape desafió los límites de su paciencia a niveles que jamás había experimentado. Sin embargo, con mucho esfuerzo, Snape logró sincerarse ante su psicólogo sesión a sesión, pero, tal y como lo recalcó Lucius Malfoy, eso le costó muchos meses.

—Ahora, en esta ocasión, ni siquiera has completado los dos meses —continuó su interlocutor—. Es por esa razón que no puedo evitar preguntarme si dejar a Sharpe, habiendo transcurrido tan poco tiempo, sea la decisión más correcta para ti, para tu salud mental.

Narcisa asintió de inmediato, completamente de acuerdo con las palabras de su esposo, como si dijera: "Eso era exactamente lo que quería decir, pero no sabía cómo".

—Bueno, yo nunca he dicho que la iba a dejar —aclaró el pelinegro llevándose su propio vaso de whisky a los labios, saboreando el embriagante líquido ambarino. Narcisa abrió los ojos como platos y apoyó ambas manos en la mesa, dispuesta a hablar otra vez, mas el profesor fue mucho más rápido—. Puede que mi querida Cissy haya confundido un "poquito" las palabras de mi doctor cuando habló con él por teléfono ayer —la mujer enarcó una ceja rubia, como si no pudiera creer las palabras que salían de la boca de su amigo—. Puede que haya… exagerado un poco.

—Yo jamás exagero, Severus Snape —le reprochó como si fuese un empleado más de su hotel, cosa que lo divirtió—, jamás.

—Ajá, recuérdame, ¿qué no fuiste tú quien me llamó una vez gritando que mi "querida" cuñada Bellatrix se había mutilado la mano cuando, en realidad, solo se había roto una uña? —preguntó su esposo con voz de fastidio, pero con un brillo burlón en sus ojos.

—¡Es que había mucha sangre! —se justificó elevando la voz— Tú no estabas ahí. ¡No tenías idea por lo que estaba pasando!

—Envolviste toda la mano y parte del brazo de tu hermana con manteles de cocina, muy caros, por cierto, y luego la hiciste entrar por Emergencias en silla de ruedas, sin mencionar que armaste un completo escándalo en la recepción para que fuera atendida antes que el resto.

—¡Eso no es…—

—Amenazaste a una pobre enfermera con llamar al director de la clínica, tu, y cito, "amigo personal", si no le conseguía un doctor a Bella en ese mismo instante.

Severus apretó los labios con fuerza y respiró profundo para contener la carcajada que amenazaba con escapar de sus labios. Recordaba ese día, fue una completa locura. La pobre Narcisa Malfoy, quien, a excepción de la sangre de su menstruación, no estaba acostumbrada a verla en lo absoluto, había entrado en pánico en cuanto vio la sangre rojiza de su hermana brotar a chorros desde su uña rota. Al instante, llamó a su chofer y los tres volaron hasta la clínica más cercana. En su desesperación, la noble Lady Cissy había llamado a su esposo, entre lágrimas y gritos, para pedirle que se encontrara con ella en Emergencias. Aterrado, el rubio había dejado todo lo que estaba haciendo en ese momento y corrió a auxiliar a su vulnerable mujer.

Ya se pueden imaginar lo enojado que se encontraba esa tarde cuando, tomando cervezas y viendo el partido de Slytherin contra Ravenclaw en casa de su mejor amigo, le contaba la humillación que su esposa le había hecho pasar esa mañana en la clínica.

No había duda que Draco había heredado su dramatismo de ella, pensó el profesor.

—¡Ese no es el punto! —exclamó la mujer, frunciendo el ceño— Lo que realmente importa aquí es que el señorito aquí presente abandonó su sesión sin ninguna explicación, salió corriendo del consultorio como un loco, sin siquiera importarle mirar antes de cruzar la calle y luego fue a perderse a solo Dios sabe dónde, dejando a Sharpe extremadamente confundido, lo cual fue muy desconsiderado de tu parte, Snape —el mencionado estuvo a punto de protestar, pero la mirada de víbora de Narcisa lo hizo desistir—¿O me equivoco?

Lucius se giró a él y, enarcando una ceja, preguntó— ¿Es eso cierto?

Debió suponer que sus acciones traerían consecuencias, pero jamás imaginó que 48 horas más tarde, se encontraría en la oficina del CEO de MALFOY CO. siendo regañado por los esposos Malfoy como si estos fueran sus padres.

—Lisa me dijo que prácticamente lo vio cruzar el pasillo saltando. "Brincando como un conejo de pascuas" —añadió imitando la voz de la asistente del doctor.

Lucius hizo un ruido extraño y Snape no necesitó girarse para saber que se estaba aguantando la risa.

—Puede que no haya estado muy... consciente de mis acciones en ese momento —empezó, tratando de sonar lo más neutral y calmado posible— y, sí, puede que haya sido desconsiderado de mi parte hacerle algo así al Dr. Sharpe, pero, en mi defensa, yo no salí "saltando como un conejo de pascuas".

—¡Pudieron matarte! —exclamó su interlocutora— Literalmente pudieron arrollarte y hoy serías tortilla de Snape y nosotros…—

—¡Narcisa! ¡Por favor! —volvió a callar el aristócrata, llevándose la mano sus sienes para masajearlos— Deja de regañar a Severus como si fuera un niño pequeño. ¡Tiene 42 años! Ya es todo un adulto. El hombre paga impuestos, trabaja y tiene sexo, ya no es un niño, ¡por amor de Dios!

Ahora fue el turno de Snape para llevarse la mano a su rostro y masajear sus sienes. A veces sentía que esos dos no eran sus amigos, sino sus padres: Narcisa, la madre sobreprotectora y Lucius, el padre consentidor. ¡Lo trataban como si fuese un maldito mocoso de cinco años que era incapaz de cruzar la calle por su cuenta! A estas alturas, comprendía a la perfección por qué Draco solía decir que ser hijo de Lucius y Narcisa Malfoy era uno de los trabajos más exigentes y agotadores del universo. ¡Esos dos podían volver loco a cualquiera!

Volviendo al presente, a Snape solo le quedó intervenir entre la pareja antes de que se sacaran los ojos justo ahí mismo, encima del escritorio, como si fuese un par de cuervos muy bulliciosos.

—Me fui porque me di cuenta que tenía algo muy importante que hacer —explicó poniéndose de pie, como si se encontrara frente a un riguroso jurado—. Y, gracias a Sharpe, me di cuenta de que necesito hacer unos cambios en mi vida justo ahora. Es por eso que he decidido que voy a cambiar los días de la terapia para poder ajustar mis horarios y no echar a perder todo este progreso.

—¿Y se lo dijiste a Sharpe? —preguntó Lucius, convirtiéndose en el vocero de este improvisado "jurado".

—Pensaba llamarlo hoy en la tarde para plantearle la idea, pero luego Cissy me citó aquí y…—

—No me eches la culpa. Yo…—

—Bueno, olvidemos esto, ¿quieren? —pidió el mayor, volviendo a masajearse las sienes—. La situación ya está aclarada, nadie va a abandonar nada y tú no terminaste como un chicle pegado a mitad de la calle —dijo señalando a Snape. El pelinegro puso los ojos en blanco y negó despacio—. Ahora, lo siguiente que tenemos que hacer es, primero, llamar a tu psicólogo, preguntarle si puede hacer un espacio en su ocupada agenda y reacomodarla para que pueda atenderte, pagarle para ello si es necesario, y, segundo, conseguirle un Diazepam a mi esposa para que se calme de una vez por todas —la Sra. Malfoy frunció el ceño y se cruzó de brazos, enojada— y una aspirina para mí porque este dolor de cabeza que ustedes dos me provocaron me está matando. ¡Ya deben estar contentos!

Los ojos negros de Snape y los grises de Narcisa se encontraron. No hubo necesidad de intercambiar palabras, ambos personajes coincidían por completo en sus opiniones.

Estaban indignados.

—Lo único que todavía no me queda claro es esa cosa tan importante que tenías que hacer —prosiguió el rubio, jugando con su vaso ya casi vacío—. Digo, debió ser muy importante como para armar todo este malentendido —Narcisa Malfoy observó disimuladamente al pelinegro, apoyando su barbilla sobre sus manos entrelazadas, curiosa por su respuesta—. ¿Qué era?

En ese instante, Snape empezó a sudar frio.

¿Cómo iba a decirles que salió corriendo de la terapia e hizo la carrera de su vida para ir a tomar una clase de ballroom con tres muchachos de la mitad de su edad, una bailarina profesional retirada, la ex niñera de su perro y el famoso Sirius Black?

Parecía el inicio de un mal chiste.

—Vamos, dímelo, no tengas miedo —dijo en tono burlón—. Tú no corres ni para tomar el autobús, así que obviamente era algo importante y, obviamente, tengo curiosidad por saber qué es.

Si Draco había heredado el dramatismo de su madre, su amor por el chisme lo había sacado de su padre, pensó el profesor de Química.

—No…—

—Severus, respeto tu privacidad "aceptando" ese primer "no", pero reafirmo mi autoridad como tu mejor amigo preguntando de todos modos —Narcisa rio, ocultando sus labios tras una de sus delicadas manos—. ¿Qué era eso que es tan importante que no nos quiere decir, profesor? —preguntó con burla, levantando las cejas con picardía— ¿Acaso será un evento? ¿un compromiso? O tal vez algo más interesante… ¿Acaso fue una mujer, mi querido Don Juan?

La sonrisa gatuna que se dibujó en los labios de su amigo le produjo un escalofrío que recorrió toda su columna vertebral. Lucius no se iba a conformar con cualquier respuesta. Cuando tenía un buen chisme entre sus manos, no lo soltaba hasta obtener todos los detalles posibles y créanme cuando les digo que el rubio había desarrollado un sexto sentido para detectar la veracidad de sus fuentes, por lo que inventarse una mentira en ese momento no eran una opción segura.

Solo quedaba una opción viable: huir

—¡Vaya! Pero miren qué hora es. ¡Ya es tarde! —anunció señalando el reloj de su muñeca y levantándose de su asiento como si este quemara— Tengo que irme. Le prometí a Lamarck prepararle la cena para ver el maratón de veterinarios esta noche.

—¿Qué? —exclamó Lucius boquiabierto, incapaz de creer lo que estaba escuchando— No te puedes ir ahora, ¡no puedes dejarme así!

—Disculpa, pero le hice una promesa a mi perro.

—Severus Snape, no te atrevas…—

—Dejaremos esta conversación para otro día —el pelinegro se acercó a su amiga y plantó un suave beso en su mejilla a modo de despedida. La mujer respondió el gesto enarcando una ceja, como si estuviera diciendo "Really?" con la mirada—. Fue un placer pasar la tarde con ustedes. Deberíamos hacerlo más seguido.

—¡No huyas, cobarde!

—Me tengo que ir, pero nos vemos el domingo, lo prometo. Salúdenme a Draco. ¡Adiós!

Severus Snape cerró la puerta tras él de un portazo y dio largas y apresuradas zancadas a través del elegante suelo pulido del corredor hasta el ascensor más cercano. La pobre secretaria de Lucius Malfoy, Emily, se le quedó mirando muy confundida hasta que las puertas de metal se cerraron de manera hermética. Adentro, de vuelta en la oficina de Malfoy, el millonario se encontraba aún sentado, mirando atónito hacia las puertas dobles por donde su mejor amigo acababa de salir. Su esposa lo observaba divertida detrás del escritorio, con una pícara sonrisa de finos labios rosados.

—¿Puedes creer que acaba de dejarme con la palabra en la boca? ¡A mí! ¡A Lucius Malfoy! —exclamó indignado mientras la mujer se levantaba elegante de la silla y caminaba hacia él— ¿Y ese quién se ha creído que es? Pero que ni crea que esto se va a quedar así, yo no voy a dormir hasta saber qué es lo que está pasando.

—Oh, por favor —pidió en un susurro, parándose detrás de él e inclinándose para rodear sus hombros con sus brazos, acercándose a su oído—. Déjalo en paz. Tú mismo lo dijiste, "no lo trates como un niño".

—Esto es diferente, Cissy. ¡Yo sé que hay algo atrás de todo esto y no me lo quiere decir! Aquí huele a algo grande ¡Lo presiento! Huele a…—

—¿Chisme? —rio. Lucius fue capaz de sentir su sonrisa contra su piel.

—¡Sí! Digo, ¡no! —Lucius giró su cabeza y la apoyó al lado de la de su esposa— Aquí hay algo más y lo voy a descubrir.

—Oh, por favor, Lucius, déjalo pasar por hoy, ¿quieres? —la mujer besó la mejilla de su hombre y siguió esparciendo dulces besos sobre su piel—. ¿Por qué no mejor nos concentramos en otras cosas?

—¿Cómo qué? —le respondió curioso, obligándola a rodearlo para sentarse sobre sus piernas. Con voz cálida y juguetona, preguntó contra la piel sensible del cuello de su esposa, haciéndola reír—. ¿Qué es lo que quiere decirme, Sra. Malfoy?

—Hmmm… Adivina a quien me encontré viniendo para acá —el hombre siguió besando su cuello, subiendo hasta su oreja donde susurró su respuesta—. A Rita Skeeter.

—Oh, la "encantadora" Rita —respondió fastidiado, alejándose—. ¿Por qué siempre que mencionas su nombre significa algo malo? —la rubia rio ante el comentario.

—Espera, mi amor, no te apresures aún —ronroneó, deslizando sus manos por el pecho de su interlocutor, jugando con la corbata roja que llevaba puesta y mirándolo a los ojos de forma burlona e coqueta—. Te tengo un chisme recién salido del horno.

Al instante, recuperó la atención de su esposo quien sonrió de lado hasta formar una sonrisa completa.

—Continua.

—No te imaginas de dónde la vi saliendo y con quién —a la mujer le brillaban los ojos, como si estuviera a punto de cometer la más grande travesura de su vida. Su perfecta sonrisa no podía ser más grande—. ¡Te vas a morir cuando te lo diga!

—Hmmm… Las palabras más hermosas que he escuchado en todo el día —dijo antes de proceder a besarla con ternura, apretándola contra él—. ¡Me tienes que contar todo!


Snape logró librarse exitosamente de los Malfoy, pero de lo que no logró librarse fue de la pesada tarea de reorganizar su agenda por completo. En primer lugar, le costó un poco convencer a Sharpe de cambiar sus sesiones a otros días, puesto que el psicólogo ya tenía otros pacientes que los ocupaban y no podía quitar a uno para poner a otro tan fácilmente. En consecuencia, después de mucho debatirlo, lograron llegar un trato que funcionaría bien para ambos. Eliminarían uno de los tres días y cambiarían la hora de una de las sesiones, por lo que ahora ya no iría a Kensington los martes, jueves y viernes, sino los miércoles y viernes, siendo los miércoles los días en los que tendrían la cita una hora más temprano de lo usual mientras que los viernes quedaban tal y como estaban.

Si bien con este nuevo horario ya tenía solucionado lo de la terapia y la academia, no podía dejar de lado sus responsabilidades con los alumnos de la selección de Hogwarts. Tenía tres talleres que dictar por las tardes y sabía que Dumbledore quería que él personalmente instruyera a esos alumnos pues no consideraba que nadie fuera lo suficientemente capaz para hacerlo además de él, por no mencionar que ya se acercaba la fecha de los concursos interescolares, lo que significaba que abandonarlos no era una opción. A todo eso, había que sumarle el hecho de que, a diferencia de las clases de la mañana, este era un trabajo que sí le gustaba. Era un ambiente tranquilo, chicos inteligentes y callados y un desafío mental que estimulaba su mente dos veces por semana. Además, tampoco quería perder ese ingreso extra, ¡prácticamente le pagaban por dormir!

Sería imposible cambiar algo de los lunes pues tenía dos asesorías seguidas, pero podía mover el horario de los miércoles un par de horas más tarde. Decidido, se acercó al despacho del director Dumbledore una tarde antes de irse a casa y le planteó su propuesta. Discutieron un poco —sobre todo porque el ojiceleste se moría por saber qué había impulsado a su maestro a tomar dicha decisión—, acomodaron itinerarios y, media hora más tarde, ya estaban mandando a imprimir las notificaciones de cambio de horario para los alumnos.

Al parecer volver a la academia no era tan complicado como supuso.

Ahora con la agenda arreglada y una nueva rutina establecida, Severus Snape tenía luz verde para retomar aquella actividad que había despertado una pasión que creía perdida y lo había regresado a la vida: el ballroom.

Al principio, retomar fue algo incómodo pues sentía que había dejado pasar mucho tiempo, pero solo fue cuestión de par de clases para que Snape volviera a sentirse como en casa. Los lazos de amistad no se habían debilitado con la distancia, al contrario, todos parecían muy felices de verlo atravesar la puerta cada dos días. Los pasos que tanto se había esforzado en memorizar seguían ahí, frescos en su memoria, listos para ser usados en cuanto la música sonara a través de los parlantes del estudio. Otra vez se sentía como otra persona, una persona libre, sin etiquetas, sin un pasado horrible o problemas que lo atormentaran.

Era como volver a respirar.

Sin duda, estaba muy feliz.

No obstante, si bien su amado estudio seguía funcionando tal y cómo recordaba, hubo algunos cambios. El primero era la notable ausencia de la Srta. Weasley. Septiembre y el regreso a clases significó el regreso a la universidad para la pelirroja. Muy ocupada con los cursos y prácticas pre-profesionales, Ginny Weasley había tomado la sabía decisión de abandonar el baro hasta nuevo aviso. Un gran alivio del profesor, claro estaba. El segundo cambio y, a su parecer, el más importante, era la integración de un nuevo miembro a las clases: el Sr. Viktor Krum.

Parecía un muchacho amable, aunque no había interactuado con él lo suficiente como para saberlo. Notó que era muy cortés y callado. De cierta forma, le hacía recordarse a sí mismo cuando tenía su edad. No solía hablar con los demás excepto cuando Luna se le acercaba a sacarle conversación. Severus supuso que eso se debía a su poco dominio del idioma. Recordaba claramente cuando se fue del país para hacer su maestría, la barrera idiomática podía ser un problema al principio. Por lo que escuchaba, Viktor se pasaba casi toda la tarde en el estudio. Estaba en el horario del primer turno practicando con los bailarines de la profesora McGonagall y matando el tiempo en la clase del segundo turno, ya sea, practicando con Hermione algún paso demasiado complicado para que Neville o Luna quisieran imitarlo; o intentando mejorar su pronunciación del inglés repitiendo ridículas frases que Sirius y Harry lo obligaban a decir.

"—Di ´Puta madre´".

"—¿Qué significa?"

"—Solo dilo, es algo bueno".

"—Te va a servir en el futuro. Cuando te pregunten: ´¿Cómo está tu nivel de inglés?', tú les respondes: ´De puta madre' ".

"—Pero tienes que decirlo así: ´¡Puta madre!´. Dilo".

"—´¡PutÁAA MÁdRRREi!´".

Otra cosa que notó era la gran cercanía que tenían esos dos. Hermione solía prestarle más atención al búlgaro que a la misma clase, aunque eso no le hacía descuidar sus labores. Podía verlos sentados juntos, hablando de quién sabe qué; compartiendo un par de tazas de café con los demás y, obviamente, bailando juntos, lejos de él y sus compañeros. No sabía si eso le molestaba o no, después de todo, había dejado muy en claro qué tipo de relación quería tener con ella por el momento. Amigos, muy buenos amigos. Sin embargo, la falta de atención de ella hacía su persona lo frustraba un poco. No quería aventurarse a decir que eran celos —él no era un hombre celoso… o eso creía—, pero la relación que ambos bailarines tenían, por más profesional que fuera, lo preocupaba un poco.

En conclusión, Snape no tenía claro si Viktor era de su total agrado o no.

Pero no iba a intervenir, ¡no iba a intervenir!, se repetía a diario. Ellos eran un equipo, era inevitable que fueran cercanos, era parte de su trabajo desarrollar una buena relación. Eso no quería decir que Snape no quisiera volver a ser el dueño de las atenciones de la bailarina durante las clases. Pensó que el volver a la academia podría arreglar las cosas, pero Hermione había puesto cierta distancia que disfraza con cortesía y pequeñas risas. Ni siquiera parecía estar interesada en pedirle permiso para ir a visitar a Lamarck. Snape supuso que debía ser porque ahora ella estaba demasiado ocupada practicando para su regreso y ayudando a Viktor a adaptarse a Londres. No podía molestase por eso, ¿verdad? Después de todo, solo eran amigos, ella no tenía ninguna obligación con él.

Afortunadamente, la oportunidad para acercarse a su castaña llegaría un día como cualquier otro, un jueves de cielo nublado y clima ventoso.

Llegó puntual, como siempre. Subió las escaleras despacio, entreteniéndose al escuchar la música variada que salía de los demás salones, donde adolescentes y jóvenes ensayaban entre risas y gritos las fáciles o complicadas coreografías de sus respectivos géneros. Finalmente, llegó a su salón en el tercer piso. Adentro ya se encontraba McGonagall despidiendo a los alumnos del anterior turno, bellos muchachos de largos cuellos, finos cuerpos y largas piernas.

—¡Señor Snape! —llamó Neville desde su lugar en la zona de descanso. El botánico lo recibió con una sonrisa y le hizo señas para que se sentara a su lado— Justo a tiempo.

—No lo suficiente —respondió relajado después de saludar fugazmente a la profesora y a los otros chicos—. Usted me ganó. ¿Madrugó, Longbottom?

—Un poco. Se suponía que me iba a encontrar con Luna y… Oh, ya llegaron.

Mientras se sentaba junto al menor, Snape vio a una saltarina Luna Lovegood atravesar la puerta a toda velocidad, casi chocando contra a los espejos pegados a la pared. Solo negó con la cabeza y siguió con lo suyo. Ya había aprendido que, tratándose de Luna, había cosas que era mejor no preguntar. Detrás de ella, Sirius Black hacía su aparición seguido de su ahijado, Harry Potter, como si este fuese su mascota. El excéntrico millonario vestía sus típicas ropas oscuras de deporte, esta vez con una camiseta de Guns N' Roses que dejaba ver los tatuajes en sus brazos; el cabello atado en una coleta baja y unos lentes oscuros que ocultaban sus ojos de la vista de todos.

—Parece que alguien estuvo de fiesta ayer —comentó el profesor en tono burlón al ver que el convaleciente Back se acercaba a ellos.

—¿Qué tal estuvo el after party, Sirius? —preguntó Neville— Te vi hoy en la mañana en la portada de The Sun… otra vez.

Harry Potter, aún detrás de su padrino, hizo un repetitivo gesto con una mano sobre su boca, imitando el cerrar de una cremallera. El ojiverde tenía el rostro rojo y algo sudoroso, señal de que acaba de salir de su clase de Hip Hop del anterior turno. Eso, sumado a su siempre despeinada cabellera, le otorgaba al muchacho un aspecto desesperado, como si les estuviera implorando que no preguntaran por la mala apariencia de su padrino, pero ya era tarde pues Sirius estaba decidido a hablar con cualquiera y desahogarse de todos sus problemas.

—¡Horrible! —respondió llevándose una mano a la cabeza, acomodándose algunos mechones de cabello negro que caían sobre su rostro—. Este fue uno de los peores after parties en los que he estado en toda mi vida. Todo iba bien hasta que la perra de Rita Skeeter apareció. ¡Esa mujer es una pesadilla!

—¡Sr. Black! —exclamó McGonagall a lo lejos, completamente indignada— Cuide esa boca o se la lavaré con jabón.

El hombre rodó los ojos y la ignoró por completo— Luna, deja de jugar con el espejo y dame mi botella de agua con mi aspirina, por favor.

Tanto Neville como Snape se giraron alarmados. A estas alturas de su vida, Sirius Black estaba más que acostumbrado a las noches de fiestas alocadas y a las mañanas de portadas en los tabloides ingleses por lo que no debería molestarse tal y como lo estaba ahora. Una portada más, una portada menos, ninguna haría gran diferencia. Sin embargo, Black no estaba hablando de cualquier paparazzi de pacotilla de un periodicucho de cuarta.

No, señor.

Estaban hablando de la mismísima Rita Skeeter, la depredadora de famosos, la reina del chisme de todo el Reino Unido, el terror de cualquier celebrity y la pesadilla viviente de todo socialité. La mujer era implacable, había que reconocerlo. Intrépida, decidida y dispuesta a cualquier cosa —¡cualquier cosa! — con tal de conseguir el más jugoso, oscuro y sucio escándalo que pudiera poner su nombre en la primera plana de los periódicos y revistas para los que trabajaba. Amada por los simples mortales, odiada por los famosos, la Srta. Skeeter era una persona muy ambigua. Realmente no sabría decirles si era una buena o mala persona pues a veces era capaz de llegar demasiado lejos bajo la excusa de "hacer su trabajo".

Solo Dios sabía cuántas carreras casi echa a perder por culpa de sus escandalosos titulares.

Severus Snape no la conocía personalmente —tampoco quería hacerlo—, pero sabía que las hermanas Narcisa y Bellatrix la odiaban, en especial, esta última quien la odiaba con cada fibra de su ser. La relación entre Cissy y la periodista era cortés, mas muy tensa, se notaba en cada evento social en el que coincidían, pero la relación entre Bellatrix Lestrange y Rita Skeeter era prácticamente una bomba nuclear que amenazaba con estallar cada vez que se encontraban juntas en la misma habitación y obligaba a los presentes a tomar bandos. ¡Ambas mujeres se odiaban a muerte! Si tuvieran espadas o pistolas, probablemente se batirían a duelo, pero Severus podía asegurar que, aunque no tuvieran armas, esas dos estarían dispuestas a matarse a puño limpio. Eran archienemigas públicamente declaradas, una enemistad tan épica como la de Superman y Lex Luthor, Batman y el Joker —"Guasón" para los que no hablen inglés—, Spiderman y el Duende Verde, Paris Hilton y Lindsay Lohan, Kim Kardashian y Taylor Swift, Angelina Jolie y Jennifer Aniston, Mariah Carey y , Cardi B y Nicki Minaj.

En fin, creo que ya entendieron el punto.

Era por eso que Snape comprendía el enojo de su compañero. No sabía precisamente qué había escrito la mujer sobre Sirius, pero cualquier cosa en la que Rita Skeeter estuviera involucrada significaba problemas y de los grandes.

—¿Sigues molesto por la foto que publicó Skeeter? —preguntó Luna con aire inocente mientras le tendía la pastilla y la botella de agua— Olvídala. Solo quiere molestarte. Siempre es así.

—Así es, Sirius, solo… solo olvídala, ¿quieres? —pidió Harry, apoyando una mano sobre el hombro de su padrino— Además, yo te lo advertí. Te dije que no fueras a esa fiesta ayer, pero nunca me haces caso. Te lo tienes merecido.

—Cállate, Harry. Tú no entiendes, no es tu rostro el que está por todo internet —se quejó cruzándose de brazos—. Mi hermoso rostro completamente desprestigiado por esa maldita hija de pu…—

—¡BLACK! —volvió a callar la escocesa.

Snape no era de las personas que ocupaban su tiempo leyendo las últimas noticias sobre los famosos. No era el tipo de información que consumía por lo que, simplemente, no le interesaba. Había mejores cosas en las que ocupar su tiempo, solía pensar. Sin embargo, estaba olvidando un factor muy chiquitito, pero muy importante. Era un profesor de un internado lleno de adolescente cuyo mayor ídolo en ese momento era el señor Sirius Black. Teniendo eso en cuenta, sería prácticamente imposible que no hubiera escuchado, aunque sea una vez, el nuevo "escandalo" en el que el excéntrico millonario estaba envuelto.

Pensaba que sería una mañana tranquila, pero en cuanto puso un pie dentro de su amado laboratorio, encontró a toda la clase de séptimo año cuchicheando con teléfonos en manos sobre los últimos acontecimientos de la pasada noche. Escuchó en más de una ocasión el nombre de Sirius Black tanto en el salón como en los pasillos y llegó un punto en el que su curiosidad pudo más y se vio a sí mismo googleando el nombre del pelinegro en su teléfono a la hora del almuerzo.

No había nada que no hubiera visto antes de su fiestero contemporáneo. Otra fiesta más en otro exclusivo club de Londres, nada fuera de lo común. Sin embargo, se atrevía a apostar que era la foto que acompañaba dicho artículo lo que estaba causando tanto revuelo. Con los ojos desorientados y a medio parpadear, el rostro completamente rojo por el alcohol, el cabello despeinado y cayendo hacia un lado y los labios entreabiertos sujetando un cigarrillo, la fotografía de primera plana mostraba a un Sirius Black algo —muy— ebrio, siendo llevado por su guardaespaldas hacia la salida más cercana. El hombre parecía estar en trance pues su empleado lo tenía sujetado por la cintura y por el hombro, porque obviamente era incapaz de mantenerse de pie por sí solo.

A lo largo de la jornada académica, Severus descubrió que había opiniones divididas en cuanto a su comportamiento. Por un lado, sus colegas pensaban que era una mala influencia para sus estudiantes. Por otro lado, algunos alumnos pensaban que era gracioso. Sirius hacía unas muecas muy graciosas, ignorando por completo que estaba siendo registrado por el lente de una cámara, y otros pensaban que Sirius Black borracho era alguien adorable, sobre todo las chicas de séptimo año.

"¡Tan divina, su carita, me la como!" había escuchado en más de una ocasión por los pasillos.

Pero si en algo todos coincidían era que esa fotografía mostraba el ángulo más desfavorecedor de Sirius Black. Algo le decía a Snape que al aristócrata le molestaba más el hecho de haber salido mal en una foto que el escándalo en sí.

—Oh, pobre Sirius —lo consoló Luna, abrazando uno de sus brazos tatuados, sentada a su lado en el área de descanso—. Ya sé qué te hará sentir mejor, un…—

—Luna, ¡ya no quiero más de tus jugos verdes! —exclamó el mayor dejando que su cabeza cayera hacia atrás, chocando con la pared— ¡Por favor!

—Pero son muy buenos para la salud. Tienen zanahoria y espinaca y mango y chía y…—

—Toma —Harry se acercó a él con un vaso de plástico de café recién servido de la máquina de cafés del pasillo—. Le puse un poco de azúcar. Está muy cargado.

—Gracias —respondió recibiendo la bebida y llevándosela a los labios al instante. Los demás se quedaron en silencio, observando el drama de la semana que su compañero estaba viviendo en su cabeza. Eventualmente, el hombre se terminó el café y le entregó el vaso vacío a la rubia a su lado, en total calma, aparentemente, pero solo hicieron falta un par de segundos para que la bomba Black explotara a mitad del salón— ¡VOY A MATAR A ESA PERRA!

—¡SIRIUS BLACK! ¡VUELVES A DECIR ESA PALABRA EN MI ESTUDIO Y YO MISMA LLAMARÉ A LA PRENSA PARA QUE VEAN COMO TE SACO A PATADAS! —gritó la profesora McGonagall, acercándose a toda velocidad como si fuera una leona tras sus presas. Aquella reacción tan inesperada hizo saltar al pobre Neville de su asiento, al igual que a Snape— Ya deja de perder el tiempo con esas tonterías de Skeeter. Te lo tienes bien merecido por andar haciendo espectáculos a mitad de la noche sabiendo que eres un banquete para la prensa —lo regañó estirando el dedo índice frente a su nariz como si fuese un niño pequeño y ella, la mamá—. Ahora, todos ustedes, miren la hora. Ya hemos perdido diez minutos, así que pónganse de pie y vayan al centro. Vamos a iniciar con el calentamiento —los demás alumnos se quedaron mirándola embobados, sin saber qué hacer o decir—. ¿Qué están esperando? ¿Una invitación escrita? ¡Muévanse!

—¡Sí, profesora! —respondieron al unísono, corriendo a sus respectivas posiciones.

Después de tal regaño, los alumnos de la academia McGonagall dieron por pausado el tema de Rita Skeeter hasta nuevo aviso. Ahora debían despejar sus mentes y concentrarse en las claras y muy precisas instrucciones de la ex bailarina escocesa. Hoy era turno de aprender Pasodoble, una danza de la categoría latina, muy similar a una marcha que constaba de 120 pasos por minutos. Un buen ejercicio para las piernas, si me lo preguntan, sobre todo para los glúteos.

—Sr. Snape, mantenga erguida su columna—corrigió la profesora pasando a un lado de él, estirando una mano para posarla en la parte trasera de su cintura, provocando que el químico casi saltara ante tal invasión a su espacio personal—. Solo debe haber una curva en su espalda y debe ser la que forma su trasero, no la joroba.

Algo avergonzado, Snape recuperó su postura inicial, ignorando las risillas de Luna y Harry a un lado de él. Qué bueno que estuvieran en fila y no en columnas pues no soportaría otra broma de Black sobre sus posaderas.

—Luna, trata de que la parte delantera de tus pies sean las que soporten tu peso, no tus talones —pidió agachándose hasta llegar a los pies de la joven y señalar sus metatarsos. Luego se giró para ver a Neville a su lado y, al instante, lanzó su observación—. Usted, Sr. Longbottom, está tensando sus rodillas. Relájelas. No podrá desplazarse si tiene tablas en lugar de piernas. Todo está en las caderas, no en las rodillas. Úselas.

Snape siguió con las indicaciones, concentrándose en marcas los tiempos en su propia cabeza. Esto no era tan difícil como esperaba, pero no se parecía en nada a la presentación de Pasodoble que había visto en la gala del Bloomsbury, cuando una emocionada Miss Granger observaba embelesada los rápidos movimientos del campeón Diego Caplan.

—Minnie, no entiendo —interrumpió Sirius unos minutos más tarde, probando la paciencia de la escocesa una vez más—. Esto no se parece en nada al pasodoble que bailan en los concursos —explicó el hombre dando un par de pasos adelante—. Cuando Lila y Johnny bailaron el pasodoble en el Albert Hall hacían pasos muy diferentes. Hacían así, mire.

A continuación, Sirius ejecutó una serie de movimientos rápidos y muy mal hechos que parodiaban lo que quería ser una perfecta coreografía de pasodoble. Snape tuvo que morderse el interior de las mejillas para no reír cuando Sirius levantó uno de sus pies y golpeó con su mano la punta de su zapato antes de elevar ambas manos al cielo, dibujando círculos con ellas. Por un momento, pensó en sacar su teléfono, grabarlo y etiquetar al mismísimo Diego Caplan para que se riera de esto, pero pensó que Sirius ya había pasado demasiada humillación por un día.

Tal vez el sábado.

—Todo a su tiempo, Sirius. Aún no tienes la habilidad ni la resistencia necesaria para hacer esos pasos —explicó llegando a su altura, con un brillo burlón en sus ojos verdes—. Además, para este concurso no los necesitarás.

—Pero yo quiero aprender, me quiero lucir ante los jueces.

—Bueno, si para el final de la semana logras dominar los pasos básicos y marcas bien el tiempo, yo personalmente le pediré a Viktor que te enseñe algo.

Fue inevitable que, ante la mención del Sr. Krum, Snape asociara su nombre con el de la castaña.

Observó la puerta abierta una vez más. Otra vez, no había señales de Hermione Granger. Ya llevaba un buen tiempo preguntándose dónde estaba. Le había enviado un mensaje más temprano, cuando tuvieron su primer descanso, pero la castaña no había respondido. Se preguntó dónde estaría, nadie quería darle razón de ella. Fue por eso que, después de esperar unos prudentes cinco minutos, preguntó en voz alta sobre el paradero de la bailarina.

— ¿Y Miss Granger? —dijo como si realmente no le importara el asunto, tan solo como un signo de cortesía que, en realidad, no lograba engañar a nadie.

—Cierto, ¿dónde está Hermione? Nunca falta a las clases —le siguió Neville al ver que nadie respondía. Snape agradeció internamente al torpe pelinegro, jamás se atrevería a preguntar de manera tan directa por su propia cuenta—. ¿Le pasó algo?

—¿Acaso se encuentra enferma? Espero que no sea grave —se aventuró a preguntar.

—Admiro y agradezco profundamente su preocupación por la salud y el paradero de la Miss Granger, Sr. Snape —interrumpió la profesora McGonagall caminando hasta el centro de la habitación con paso firme, haciendo resonar sus tacones bajo sobre el suelo de madera—, pero usted está aquí con el fin de aprender a bailar pasodoble, lo cual no logrará si no endereza su espalda y aprieta el abdomen en este preciso instante. Así que, por favor, hágalo.

Si las miradas pudieran matar, la veterana bailarina ya estaría en un ataúd sepultada tres metros bajo tierra. ¡¿Quién carajos se creía que era ella para hablarle de esa manera?! Ni que fuera su madre. La última vez que alguien le regañó de esa forma fue cuando estaba en el colegio, siendo un estudiante, un mocoso. ¡Él ya no era niño! Era un hombre hecho y derecho y no iba a permitir que nadie le regañara como si lo fuera.

Escuchó la risa de Sirius a su lado. El pelinegro se estaba forzando por aguantarse la risa, apretando los labios con fuerza. McGonagall pasó por su lado y, con un periódico enrollado en un tubo, le dio un golpe en la cabeza. Luna río y le agradeció a la profesora por eso, Neville y Harry también, aunque se callaron en cuanto la profesora se les acercó.

—No fue gracioso —reclamó el millonario.

—Bueno, las risas dicen lo contrario. Ahora, ¿por qué no mejor me ayudas a guardar las plantillas de guía? Vamos a iniciar con el paso base, las series de ocho.

Resignado, al aristócrata no le quedó de otra que obedecer las órdenes de su maestra, siguiéndola hacia el pequeño armario donde guardaban los demás implementos de enseñanza.

—Hermione está… ay… Ella debe estar en camino —dijo Luna llevando una pierna hacia atrás y sujetándola con firmeza para estirar los músculos de sus muslos a modo de descanso—. Tengo entendido que su prueba debió haber terminado hace media hora más o menos.

—¿Prueba? —preguntó confundido el químico.

¿Una prueba? ¿Qué prueba? ¿Se refería a una prueba académica o algo parecido? No recordaba que Hermione le hubiese comentado algo acerca de una prueba en estos últimos días. ¿Acaso se había arrepentido y ahora se encontraba dando la prueba para la universidad que tanto le rogaban sus padres? Dudaba que eso fuera posible, ya había avanzado mucho como para echarse atrás, pero no podía descartar esa posibilidad.

Con Hermione, todo era una sorpresa. Ella era una completa caja de Pandora.

— Para Blackpool.

"Blackpool es la capital del baile de salón en todo el mundo", le había dicho Hermione una vez hace mucho tiempo. "Todo el año hay eventos, pero solo seis son los importantes: el Sequence Dance Festival, el Junior Dance Festival, el Campeonato de Estilo Libre, la Competencial Anual Profesor y Alumnos, las nacionales y, el más importante de todos, el Blackpool Dance Festival. Si quieres alcanzar el cielo y ser alguien en el mundo del ballroom, debes concursar en ahí".

Al escuchar aquel "aterrador" nombre, Snape casi se cae de espaldas. ¡¿Blackpool?! ¿Para qué demonios quería una prueba para Blackpool? Dijo que quería ir despacio con lo de su regreso y ensayar distintas coreografías hasta que se resolviera el asunto de la doble nacionalidad del Sr. Krum, pero ahora le estaban informando que la señorita Granger se había lanzado con todo y estaba apuntando a lo alto, para ser exactos, a la cuna de los concursos internacionales más importantes de ballroom de todo el país, por no decir, del mundo.

Una decisión muy apresurada en su opinión.

—Piensa volver a competir y el Sequence Dance Festival es el evento más próximo en este año. Se supone que las audiciones serán entre hoy y mañana —Harry intentó aclarar sus dudas, pero Snape era un virgen en cuanto a estos temas, necesitaría más que esa simple información para entender qué era lo que Miss Granger se traía entre manos—. El Sequence Dance Festival es una competencia de quincena de octubre, podría decirse que es el segundo festival de ballroom más importante de Inglaterra. Ella y Viktor han estado ensayando durante las tardes para ir a probar suerte en la audición, ¿no es así, profesora?

La profesora, quien ahora se encontraba en el habitual lugar de Hermione junto a los ventanales lo ignoró por completo. Parecía angustiada, como si supiese que algo que el resto no. Harry tuvo que llamarla varias veces antes de que ella respondiera.

—Eh… sí. Sí, Blackpool. Chicos, formen parejas, vamos a iniciar.

El grupo siguió las indicaciones. No se atrevieron a preguntar por la extraña actitud de la mujer escocesa, pero era claro que la molestaba. Había estado muy irritable desde que llegaron y no dejaba de mirar por la puerta, de seguro esperando que alguien se apareciera por ahí. La mujer simplemente no lograba quedarse quieta en un solo lugar y cuando lo hacía, lo cual no era por mucho tiempo, su pierna derecha temblaba de manera errática.

Esto no le gustaba, no le gustaba para nada.

La música salió de los parlantes del salón. Severus tenía a Luna al frente; Sirius a Harry y Neville estaba emparejado con McGonagall. Las tres parejas tenían que recorrer de ida y vuelta el largo del salón haciendo los mismos movimientos que habían estado practicando, solo que mucho más rápidos y coordinados tanto con la música como con ellos mismos.

—Luna, Harry, entren por la derecha y rodeen a su pareja. Caballeros, como lo practicamos la clase anterior: hagan girar a su pareja, den tres vueltas, vuelvan a hacerla girar y empezamos con el traslado, recuerden, ustedes son los que guían.

Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho. Rápido, rápido, giro y se repite, se decía a sí mismo, mirando hacia abajo, asegurándose de no pisar los pies de su compañera esta ocasión.

—Hermione lleva casi dos semanas completas ensayando con Viktor para esta prueba —le susurró la Lovegood después de la tercera vez que dio vueltas sobre sí misma—. Él ya ha estado en Blackpool tres veces, aunque no sé para qué concursos. Es realmente un muy buen bailarín, ganó la plata en Rusia el año pasado y el oro en Bulgaria hace tres. Herms me dijo que McGonagall los está entrenando para otros concursos de menor categoría, pero ella dice que, como ya han estado en Blackpool antes, solo tienen que armar nuevas coreografías y pulirlas para volver a las grandes ligas, así que probarán suerte en las audiciones del festival de Secuencia para ver si tienen una oportunidad para mayo del próximo año.

—¿Qué hay en mayo del próximo año?

— ¡El Blackpool Dance Festival! —explicó como si fuese lo más obvio del mundo mientras daba pasos cortos hacia él— La profesora McGonagall ha ganado dos veces ese evento… ¡Ay! —gritó interrumpiéndose a sí misma. El profesor no había forjado un buen agarre con la rubia por lo que, al momento de un giro, Luna se soltó.

— Snape, Lovegood. ¿Seguimos con el mismo problema?

—Lo siento, profesora.

Mientras las tres parejas seguían practicando, Luna ilustraba a Snape en todo lo relacionado con los festivales de danza celebrados en el país. No era que ella fuese una experta, pero era más que obvio que está familiarizada con el tema. Incluso la profesora se animó a complementar la información con ciertos datos relevantes. La pobre mujer los recitaba como si leyera un libro. Snape supuso que lo hacía para distraerse de sus propios pensamientos.

No obstante, por más información que le daban, había algo que no le quedaba claro. ¡¿Por qué demonios Hermione y Viktor se estaban arriesgando tanto yendo a uno de los concursos profesionales más importantes del país?! Sí, ambos eran bailarines profesionales —por lo menos, Krum lo seguía siendo—, pero ¿estaban preparados para eso? Hermione no había bailado de manera profesional desde el accidente y, en cuanto a Viktor, pues no tenía la menor idea.

Fue por eso que le fue inevitable preguntar.

—Profesora McGonagall —llamó acercándose hacia ella, aprovechando que Luna había hecho una pausa para ir al baño.

La mujer, quien otra vez estaba frente a los ventanales, dejó de mirar a través del cristal y se giró para verlo a los ojos. Si bien todavía tenía esa mirada severa, había algo diferente ella: preocupación.

—Dígame, Sr. Snape.

—… Eh… Me preguntaba... Me preguntaba si cree que Hermione está lista para volver a competir. Es decir, a volver a competir de manera profesional en algo tan importante como lo es un evento de Blackpool. Digo, yo no sé mucho de esto, pero se ve que es muy importante y, pues, ella me ha dicho que ha estado alejada de los escenarios desde hace un par de años —explicó sonando seguro de lo que hablaba, pero hubo una o dos veces en las que sus palabras salieron tan atropelladas de su boca que delataron su preocupación por la castaña—. ¿No le parece que es algo muy… apresurado? —la mujer enarcó una ceja y no apartó sus ojos verdes en ningún momento— Quiero decir, creo que una competencia tan grande como el Sequence Dance Festival es… demasiada presión, eh, para alguien que está retomando esto después de algo tan fatídico como lo fue el accidente de Miss Granger.

La profesora dejó escapar un suspiro mientras balanceaba su peso de una pierna a otra. Se le notaba cansada y muy angustiada. Volvió a mirar por la ventana, en dirección al café que frecuentó durante los últimos tres años.

—Por lo que veo, no soy la única que piensa eso —dijo cruzándose de brazos. Su voz era baja, casi un susurro intencionado como si no quisiera ser escuchada por los demás—. Ya le he dicho a esa niña mil veces que se tome las cosas con calma, pero no quiere hacer caso. ¡Es tan necia! Ni siquiera Viktor ha logrado convencerla. El "Si no puedes contra ello, únetele" nunca había tenido una representación gráfica hasta que Viktor Krum se convirtió en la pareja de Hermione Granger.

Podía imaginarlo sin ningún problema. El Sr. Krum estaba en total desventaja ante ella. En primer lugar, jamás podría ganarle una discusión en un idioma que no era suyo con ese nivel de inglés que manejaba. Si alguien como Black podía confundirlo tan fácilmente con un par de palabras difíciles, con Hermione no tendría oportunidad. Segundo, Miss Granger podía ser muy terca, tal vez demasiado para su propia bien. Cuando algo se le metía algo en la cabeza, podía cerrarse en ello e insistir e insistir hasta conseguirlo. Lo había comprobado el mismo cuando ella le propuso tener una relación y, por experiencia, sabía que casi siempre se salía con la suya.

Hacer entrar a razón a Hermione era como discutir con una pared.

— Él cree que le hace un bien complaciéndola, pero…—se humedeció los delgados labios y prosiguió—. Siempre le he dicho que la prudencia es una virtud, pero ella es tan… tan…—

—Tan joven —la mujer se giró, encontrándose con ese par de pozos negros y profundos—, por ende, imprudente e inexperta —McGonagall sonrió de lado y volvió su atención a la ventana, esperando—. Conozco una o dos cosas sobre tratar con adolescentes y adultos jóvenes. Les doy clases de lunes a viernes y he trabajado con un par de recién graduados en el pasado. Sé que pueden ser algo… pretenciosos. Creen que pueden hacerlo todo, que lo saben todo y no miden las consecuencias de sus acciones, sobre todo cuando se les mete algo en la cabeza…. A veces olvidan lo fácil que es caer.

—Tengo miedo por ella, Sr. Snape. Hermione está abarcando tanto de una sola vez. Está corriendo antes de siquiera haber vuelto a caminar. Apenas acabamos de empezar con nuestros ensayos, Krum y ella no son una pareja profesional constituida, no aún —su entrecejo se arrugó y su tono de voz cambió a uno más serio—. Parece que no se da cuenta de que ya no está trabajando con su anterior equipo. ¡Krum no es el Sr. Weasley! —exclamó llamando ligeramente la atención de los demás— Ellos funcionaban muy bien porque ambos eran altamente competitivos y ambiciosos. Yo los he visto competir, les encantaba lucirse en los escenarios, sobre todo el Sr. Weasley. Se pavoneaba como un pavo real, pero Miss Granger no se quedaba atrás. Ambos amaban presumir. Mientras más complicado era el concurso, más se empeñaban en ganar. Amaban que los miraran, amaban los aplausos y no querían irse hasta que el jurado reconociera públicamente sus talentos. Sabían que eran los mejores y querían dejarlo en claro siempre —McGonagall tenía razón. Cuando bailaba, a Hermione le gustaba ser admirada, siempre tenía ese brillo especial en sus ojos ante los aplausos y solo le fue suficiente ver bailar una sola vez a Ronald Weasley para descubrir que le gustaba presumir. Puede que sí fueran tal para cual—. Es por eso que funcionaban tan bien. Eran iguales en ese aspecto. Se unían para sacar lo mejor del otro y trabajaban día y noche para alcanzar sus metas... Krum no es así, para nada.

—No he tratado mucho con el Sr. Krum para saberlo y me temo que jamás lo he visto bailar en público a excepción de esa vez en la fiesta de cumpleaños de Miss Granger.

—Puede parecer duro y muy serio por fuera y lo es por momentos, pero no tiene tanto carácter como aparenta —declaró con una sonrisa tierna en los delgados labios—. Viktor es una persona muy dócil cuando sabes cómo tratarlo. Nunca duda de una orden, siempre hacen lo que le pide. Es muy disciplinado y le gusta seguir la estrategia. Es prudente, no se arriesga, va a lo seguro. Tiene un bajo perfil. Sabe que es un excelente bailarín, pero no le gusta presumir. Es consciente de todos podemos fallar un día y que él no es la excepción por más bueno que sea —la descripción que McGonagall daba de Krum revelaba el profundo respeto y admiración que sentía hacia el búlgaro. Viktor sonaba como un verdadero profesional, uno ampliamente experimentado y humilde—. Viktor es de esos bailarines que bailan porque les gusta bailar. No lo hace tanto por los premios, los patrocinadores o la publicidad que puedan ganar, sino porque de verdad le gusta. Si lo vieras, cobra vida cuando está dentro de una pista de baile. No lo reconocerías, se convierte en una persona completamente diferente.

—Al igual que ella —susurró fijando su atención al frío ventanal.

McGonagall tomó una pausa y reflexionó un poco sobre el comportamiento de su joven aprendiz dentro y fuera de los escenarios. Quería a Hermione como una hija, pero ella tenía hábitos nada saludables fuertemente establecidos dentro de sí que debía erradicar si querían que esto funcionara.

—Es una buena chica, una bailarina muy talentosa y una deportista muy disciplinada, pero tiene que aprender a no forzar las cosas, tiene que aprender que en este deporte se participa en parejas, no de manera individual. Ella y Krum son un equipo ahora y, como equipo, deben trabajar juntos, encontrar esa "unión" que tiene cada pareja y desarrollarla hasta encontrar su propia estrategia de baile. Ambos son disciplinados, sí, pero mientras que a ella le importa ganar, a Viktor le importa el proceso y qué tanto puede aprender de la experiencia para crecer como profesional —explicó la mujer, desahogándose por fin de todos esos miedos e inseguridades que su nueva pareja de aprendices había traído a su calmada vida—. Tiene que aprender a aceptar que no puedes ganar todo el tiempo,

Ella piensa que, porque ya estuvo una vez en Blackpool, puede volver allá como si nada hubiese pasado, como si… si el tiempo se hubiese detenido y ella siguiera teniendo ese… ese "nivel" y prestigio que solía tener… Es como si hubiese olvidado lo que significa ser una bailarina profesional —la mujer arrugó el entrecejo y apretó los labios, trazando una mueca de impotencia y angustia en su angular rostro. Sus palabras salían desde lo profundo de su corazón, iluminadas por los años de experiencia dentro de este mundo—. Esto no es un trabajo como los otros, no es como ser recontratado, no hay un puesto de trabajo al que cual volver. Ninguno de nosotros tiene el lugar asegurado. Cada uno de los bailarines debe ganárselo con su trabajo duro y si lo descuidas, habrá alguien más que lo ocupe hasta que ocurra otro descuido y la historia se repita con otras personas. Siempre es así. Hermione se equivoca si cree que hay algo esperándola en Blackpool. Ella tiene que volver a empezar como todos nosotros, desde cero. Ir a competencias amistosas, pequeños syllabus, opens, podría ir a algún concurso internacional o puede que hasta las nacionales y, pues, eventualmente la oportunidad de ir a un Blackpool se le presentará —la escocesa sonrió para sí misma llena de nostalgia, recordando algo de su pasado lejano—. Ser un artista significa ser paciente. La paciencia, junto a la disciplina, son nuestras mayores virtudes.

Snape repitió aquellas palabras en su mente, como si fuese un mantra— Eso es muy sabio, profesora.

—Lo sé. Mi maestro… él solía decírmelo todo el tiempo —sonrió para sí misma, recordando aquellas épocas en las que tenía un poco menos de la edad de su actual aprendiz y no era más que una ingenua jovencita intentando forjarse un nombre entre los tantos otros bailarines de un pequeño estudio escocés en Glasgow—. Quiero ser una buena maestra para Hermione, pero me temo que ella está abarcando demasiado. Se la pasa las mañanas ensayando para un evento este fin de mes y las tardes practicando aquí con Viktor hasta el cansancio. Me preocupa que sufra otra decepción cuando las cosas no sucedan como ella lo planea.

—¿Cómo sabe que las cosas no resultarán como ella las planea? —interrogó al escucharla tan segura.

—Experiencia —confesó confiada—. Todo lo que ella está por vivir, yo ya lo he vivido. En este mundo te caes y te levantas muchas veces. Ella lo aprenderá con el tiempo, yo solo puedo aconsejarla.

A Snape solo le quedó asentir, dándole la razón. Puede que McGonagall no supiera que tan sabías eran sus palabras. Ahora que él estaba en sus cuarentas, se daba cuenta de que, efectivamente, la vida era un constante ensayo y error del cual debías aprender. Los errores te ayudaban a mejorar, la experiencia te ayudaba a aprender. Hermione recién iniciaba su vida, habría muchas caídas en el trayecto. No tenía por qué correr, no tenía por qué apresurarse, solo debía vivirlas. Las cosas llegarían a su debido momento, siempre lo hacían.

—Vuelva a la clase, Sr. Snape. Su pareja ya regresó —ordenó la profesora alejándose de la ventana.

Veinte minutos más tarde, mientras la profesora McGonagall les enseñaba a sus alumnos a realizar elegantes movimientos con los brazos, la puerta del estudio se abrió de un solo golpe y una mata de cabello castaño con forma de arbusto pasó frente a ellos a la velocidad de un rayo, sin siquiera detenerse a saludar, y fue directo a encerrarse en el pequeño armario al fondo del salón donde guardaban los implementos de la clase. Snape intentó ir tras ella, pero el brazo firme de la pequeña Luna fue más rápido y lo retuvo, negando en silencio con la cabeza. Lo mejor era dejarla sola, pensó. En fin, los presentes estaban tan estupefactos por la actitud de la castaña que no se molestaron en ver al otro bailarín que llegaba tras ella, un tipo alto y varonil que cargaba dos mochilas de gimnasia.

—Serrrrá mejorrr que no le hablen porrr ahorrra —anunció Krum dejando las mochilas en el suelo.

El muchacho se veía cansado, Severus se atrevía a decir que hasta fastidiado. Hacía sus mejores esfuerzos para disimular su mal humor, pero aquellas cejas pobladas y fuerte mirada no lo ayudaban mucho. El atlético bailarín caminó cojeando hacia el área de descanso y se sentó con cuidado, reprimiendo una mueca de dolor al inclinarse hacia adelante. Viktor Krum estaba a leguas de ser aquel esbelto y gallardo bailarín que conoció en la fiesta de cumpleaños de Miss Granger. Ahora solo parecía un pájaro muy triste.

—No les fue tan bien, ¿verdad? —McGonagall se acercó al búlgaro a paso veloz y se sentó a su lado. La veterana bailarina tomó el rostro de su nuevo aprendiz con ambas manos para verlo a los ojos y, conmovida por lo que encontró, le dio un abrazo reconfortante— ¿Qué pasó?

—Ay, prrrofesora McGonagall —correspondió el abrazo y luego se apartó, evitando a toda costa mirarla a los ojos. La mujer percibió como esa aura triste y herida crecía más y más—. Todo estaba saliendo tan bien y entonces… ¡agh!

Viktor emitió un chillido apagado. Apretó sus dientes con fuerza en una mueca de evidente dolor y, apoyando la espalda contra el sofá, se llevó una mano a la cadera izquierda, presionando con mucho cuidado. Los otros presentes se fueron acercando poco a poco, rodeando al extranjero, preocupados al ver su reacción. Snape fue el último de ellos en acercarse puesto que el profesor seguía mirando en dirección al pequeño armario en donde la castaña se mantenía encerrada.

—Oye, ¿estás bien, bro? —preguntó Harry, incapaz de contener su curiosidad— ¿Qué te pasó?

—Sí, Viktor, has estado cojeando desde que llegaste —replicó Luna. Sus cejas rubias se curvaron hacía arriba, preocupada—. ¿Te golpeaste?

—Es parrrte del oficio —respondió acomodándose sobre el mueble.

—¿Es por eso que Miss Granger vino tan… enojada? —habló Snape, rompiendo su silencio. Todos se giraron a verlo, convirtiéndolo momentáneamente en el centro de atención—. ¿Qué? Podría ser…

—Habla, hijo, ¿qué fue lo que pasó? —exigió Black chasqueando sus dedos— Nos tenían a todos preocupados y ahora Hermione llega furiosa y se encierra en el armario. ¿Qué está pasando?

—Sirius, por favor, no lo presiones —pidió McGonagall tomando la mano de su aprendiz, como si fuese una madre cuidando de su niño—. Muy bien, Sr. Krum, relájese y cuéntenos todo.

Viktor tomó aire y lo pensó un par de segundos antes de abrir la boca.

—Nos confiamos —admitió en un suspiro desalentador—. Nos equivocamos en las corrreogrrrafías, Herrr-Mione entrrró en pánico, los otros bailarines nos, eh, ¿bloquear? y… No salir bien, no como lo esperrrabamos.

—Oye, lo lamento, amigo —Harry le brindó su apoyo dándole unas palmaditas en su espalda, sentándose al lado libre del pelinegro—. Dieron lo mejor, eso es lo importante.

De pronto se escuchó el fuerte sonido de un cristal haciéndose trizas contra el suelo, así como también el de algún objeto no identificado estampándose contra la pared. A continuación, un grito ahogado proveniente del armario llegó a los oídos de todos, provocando muecas incómodas en Neville y Sirius y miradas avergonzadas en Harry y Krum. McGonagall dejó escapar un suspiro agotado y luego de pedir perdón, fue a la habitación donde Hermione se había encerrado.

Severus había visto rabietas muy pocas veces en su vida. La mayoría tenían lugar en los supermercados, en especial cuando los padres se negaban a comprarles el cereal de chocolate alto en azúcar a sus pequeñas monstruosidades. Probablemente debería considerar los berrinches de Draco como parte de estas, pensó. De regreso en la realidad, Luna y Sirius trataban de mantener la compostura, pero a Neville se le notaba la evidente sorpresa por el comportamiento de su joven instructora. Harry cubrió su rostro con sus manos, avergonzado y Viktor Krum, al parecer ya acostumbrado a ello, solo se mantenía en silencio revisando su celular.

—Hmmm… Creo que alguien debería aprender a controlar su mal carácter.

—Cállate, Black —pidió el profesor sin apartar la mirada de la puerta de la habitación, esperando escuchar algún ruido o algo más—. No creo que ninguno esté de humor para tus comentarios.

—No te prrreocupes, Sirrrius. La reacción de Herrr-Mione no me sorrrprende, debió serrr muy malo para ella —admitió apagando el aparato móvil y concentrando su atención en los otros—. Sí estuvo jodido. Herrrr-Mione estaba muy nerrrviosa y los jueces no ayudar —el chico se veía cansado, seguramente, destrozado—. Estábamos en la fase de quickstep cuando Herrr-Mione pisó mal y, eh, tras- tras… ¿trastabillar? No se cayó, perrro… crrreo que eso fue mi culpa, no la guíe bien. Chocamos contra los borrrdes de la mesa del jurrrado y yo me… eh… ¿cómo se dice cuando tú te… —no logró terminar la frase, pero hizo un gesto con sus manos, golpeando su puño cerrado contra su palma abierta.

—Golpear —completó Neville por él.

—Sí, eso. Aún me duele la caderrra —su mano se posó con delicadeza sobre la parte mencionada, como un acto involuntario—. HerrrMione es una muy bueno bailarina, perrro se… ¿abru-abrumar? ¿se dice así? —su público asintió—. Sí, eh, ella se abrumar cuando ver jueces. En mi opinión, ella aún no… ¿recuperar? ¿recuperarse?... de su última competencia.

—Lo superará, Viktor. Solo dale tiempo —le pidió el ojiverde—. Ella te necesita, eres el único que puede llevarla a Blackpool de nuevo… Solo necesita una oportunidad.

—Le dije que no estábamos listos, pero no me quiso escucharrr —respondió cabizbajo—. Ni siquiera sé cómo vas a desarrollar una estrrrategia. Ella y yo tenemos ideas muy diferrrentes…. Solo espero que la prrrofesora McGonagall ayudarla a darse cuenta que Blackpool tendrá que esperar.

Esa sensación de desesperanza no duraría mucho pues escucharon un par de gritos ahogados detrás de la puerta del armario. No necesitaron escuchar mucho para saber que la dueña de esos gritos era la castaña. Sonaban desesperados y llorosos, llenos de rabia. Snape se preguntó que le habría dicho McGonagall para desatar ese tipo de reacción.

—¿Te sigue doliendo, Viktor? —preguntó Luna para romper la tensión en el ambiente— ¿Quieres que te traiga una bolsa de hielo? Puedo ir al frente a comprar una.

—¿Quieres que revise el golpe? —ofreció Neville, secundando las intenciones de la rubia— Tomé un curso de primeros auxilios en la universidad. Déjame echarle un vistazo.

—Hay un botiquín en el primer piso. Iré a traerlo —anunció Harry antes de salir del salón.

Sirius ayudó al bailarín búlgaro a levantarse bajo la atenta mirada de los demás. El muchacho, algo incómodo, desató el listón de sus pantalones de chándal negros y bajó ligeramente el lado derecho, para revelar parte de su abdomen marcado y los huesos afilados de su cadera. Un moretón de considerable tamaño contrastaba contra su piel blanquecina. Podía ver las venas delgadas sobre la piel morada y un perturbador color verdoso empezaba a teñir el área alrededor del golpe. Neville y Snape aspiraron con los dientes cerrados, espantados por el aspecto de la lesión del Sr. Krum.

Sin duda, se veía doloroso.

Por su parte, la joven Luna trataba de obtener una mejor vista de la parte superior del abdomen de Krum. El chico hacía ejercicio, eso estaba claro. Sirius estiró su mano hacia los ojos de ella y los cubrió, empujándola lejos del bailarín. Snape no necesitó girarse para saber que Sirius no estaba nada contento con esa actitud.

—Ve a conseguir hielo, Luna —pidió con voz firme—. Toma dinero de mi cartera. Está en mi mochila

—Pero…—

—¿Qué no ves que le duele? Necesitamos hielo —la rubia frunció los labios, haciendo una rabieta—. ¡Corre!

La ojiazul soltó un bufido y obedeció, saliendo por la misma puerta por la que Harry estaba entrando.

—¡Aquí está el botiquín!

—Genial. Fíjate si hay alguna crema para golpes, un antiinflamatorio o algo que diga antitrombótico. Que sea en crema, no en gel.

Mientras Krum se mordía el labio inferior y lanzaba su cabeza hacia atrás para aguantarse el dolor de los dedos de Neville presionando contra el moretón, esparciendo el ungüento, Snape seguía mirando hacia la puerta cerrada. Sea lo que sea que ambas mujeres estaban discutiendo parecía haberse calmado pues ya no lograba escuchar nada de nada. El único sonido de la habitación eran los insultos en búlgaro del extranjero, siendo ahogados en su garganta y las mil y disculpas que ofrecían Harry Potter y Neville Longbottom. Ni siquiera Sirius se animaba a decir algo que pudiera romper la tensión.

Lástima, este sería un buen momento para un chiste.

Snape se preguntó qué pasaría ahora. La última vez que habló con Hermione —que hablaron de verdad—, ella se veía muy ilusionada con esto de volver a competir, pero después de una decepción tan grande como esta, no estaba seguro de cuál sería su siguiente movimiento. Volvió su mirada a Krum y a su moretón cubierto por una espesa capa de crema blanca. No iba culparlo de todo lo que estaba pasando, él estaba dando lo mejor de sí. Tal y como lo dijo McGonagall, era Hermione quien estaba apresurando las cosas. Si alguien debía recibir unas disculpas era Krum.

—Por favor, no la abandones —Snape suplicó sin darse cuenta. Ambos pares de ojos oscuros se encontraron. Snape encontró muchas emociones dentro de los ojos de Viktor además de la sorpresa, pero la que más destacaba era la incredulidad y un poco de desconfianza. Los otros presentes se giraron a ver a Snape en silencio, confundidos por sus palabras. El profesor tragó hondo y continuó—. Como dijo Potter, ella te necesita. Es muy buena, solo necesita…—

—Sr. Snape, yo jamás, JAMÁS, dejarrría a Herrr-Mione sola. Somos un equipo y yo no abandono a mi equipo. Estamos juntos en esto, le di mi palabrrra.

Se mantuvieron en silencio luego de esas declaraciones. Ambos hombres se quedaron observándose fijamente, ambos con el ceño fruncido y las narices aguileñas en lo alto. Viktor parecía ligeramente indignado por lo que Snape estaba insinuando sobre él. Snape tenía la misma expresión de siempre por lo que a nadie le pareció extraño, pero por dentro, el profesor se mantenía alerta en el caso de que fuera necesario defenderse.

— Harry, por favor, pon música y pónganse a practicar —la voz de la profesora McGonagall sobresaltó a todos. La mujer tenía media cabeza sobresaliendo de la puerta y los miraba como un gato curioso—. No soporto verlos ahí, inmóviles y sin hacer nada. Ah, y, Viktor, querido, cuando termines, por favor, ¿puedes venir? Necesito hablar contigo… con los dos —le ordenó antes de desaparecer.

Reunión de equipo, pensaron todos.

—¡Aquí está el hielo! —exclamó Luna con voz cantarina, entrando al salón con una bolsa de papel en la mano. Frunció el ceño al sentir tanta tensión en el lugar. Dirigió su mirada hacia los chicos y preguntó con aire inocente— ¿De qué me perdí?

Ya con la compresa de hielo contra su cintura, Viktor Krum atravesó el salón dando largas y elegantes zancadas casi al compás de la música y se unió al resto de su equipo dentro del pequeño armario.

Al parecer podrían suspender la práctica de hoy, el ambiente había perdido su encanto, así como sus alumnos, las ganas de bailar. Aburridos y sin ganas de intentar nada nuevo, cada uno de los miembros del McGonagall's Studio optó por divertirse a su manera: Sirius Black tomó su teléfono y empezó a mandar audios y mensajes a sus múltiples amigos, molestando a quien sea que tuviera que molestar. Luna jugaba con Neville a los bailarines, haciendo raros pasos de baile que eran un mal intento de algún vals o foxtrot, no lo sabría definir a ciencia cierta. Harry había ido a comprar algunos dulces de la máquina de expendedora del primer piso y ahora comía unas papas mientras veía videos desde su celular. Por último, Snape estaba sentado junto a la ventana, mirando alternativamente a la calle y al armario, esperando que algo pasara.

Lo que sea.

No sabría decir cuánto tiempo pasaron esperando, pero finalmente la puerta del armario se abrió y salieron desfilando exactamente en este orden: Viktor Krum, Hermione Granger y Minerva McGonagall. Krum salió alto, serio y callado, con sus piernas largas pisando firme. McGonagall tenía el ceño fruncido, pero se le notaba más calmada, como si se hubiese quitado un peso de encima. Por último, Hermione salió con la cabeza agachada, el cabello cubriéndole el rostro y evitando mirar a todos, en especial a Severus Snape.

El mencionado se puso de pie, queriendo ir a su encuentro, pero Harry fue más rápido y se acercó a ella al primer segundo que su equipo la dejó sola. Intercambiaron algunas palabras y luego de un par de minutos, Harry fue en busca de los lentes oscuros de su padrino para entregárselos a la castaña y acompañarla a la salida como si fuese su propio guardaespaldas. La muchacha se limpió los ojos con la manga de su suéter y se puso los lentes, ocultando sus ojos llorosos tras ellos.

A Snape se le partió el corazón al verla así.

Krum se encontró con el dúo de mejores amigos en la puerta y después que Hermione le dijera un par de palabras en búlgaro, asintió con la cabeza ante su propuesta. Viktor se acercó a su maestra y le dio un beso en la mejilla. Snape no supo el motivo de esto hasta que el bailarín se dirigió a él y a sus demás compañeros en voz alta para despedirse.

—Nos vemos el sábado. Muchas gracias por todo. Buenas noches.

—Buenas noches, chicos —siguió Hermione, despidiéndose también.

—¡Chicos, esperen! —llamó Sirius, levantándose del sofá del área de descanso— Kreacher, mi mayordomo está abajo —el aristócrata se removió incómodo sobre su mismo sitio cuando se convirtió en el centro de atención. Sí, a Sirius le gustaba la atención, pero no de ese tipo—. Pueden ir en mi auto, él los puede llevar. Se supone que vino a recogerme porque no quiero encontrarme con ningún otro paparazzi, pero yo puedo esperar aquí.

—Oh, Sr. Black, no es nece…—

—No, no, Viktor, yo insisto —el hombre se acercó a la pareja, rodeando sus hombros con cada uno de sus brazos—. Todavía no quiero irme a casa, así que puedo esperar. Además, le prometí a Ginny que llevaría a Luna al departamento así que no esperaré solo. Tal vez llevaré a la profesora, si es que me deja —la mencionada sonrió de lado y negó con la cabeza. La actitud juguetona del mayor se contagió rápidamente al bailarín búlgaro, pero a la castaña apenas sí logró arrancarle una sonrisa forzada—. Vamos, le diré a Kreacher que los deje en sus casas —Sirius se llevó a los dos muchachos, aún sin soltarlos de los hombros. Harry los seguía de cerca, apoyando a su amiga al sujetarla de la mano—. ¿Dónde estás viviendo, Viktor?

—En la casa de mi tío...

Los cuatro salieron del salón, sin molestarse en cerrar la puerta. Los presentes se despidieron con palabras queditas y movimientos de la mano, excepto el profesor Snape quien se quedó en silencio, mirando como la castaña desaparecía tras la puerta. Lo último que fue capaz de ver fue la mirada sin vida de Hermione. Sus ojos rojos e hinchados, llenos de tristeza, desaparecieron tan rápido que no fue capaz de ver como se levantaba los lentes para limpiaba una lágrima traicionera de sus pestañas.


—¡Ya llegué! —anunció abriendo la puerta y sacando la llave del cerrojo—. ¿Lamarck? ¡Ven aquí, amigo! ¡Ya llegué!

El cachorro de samoyedo solo necesitó escuchar el sonido de la puerta cerrándose para asomar su cabeza por las escaleras y correr como un loco para reencontrarse con su amo, casi cayéndose a mitad de carrera. Snape sonrió para sí mismo y se puso de cuclillas, con los brazos abiertos, listo para recibir el ataque de besos de su cariñoso perro.

—Hola, amigo. ¿Cómo estás? ¿Me extrañaste? —preguntó contento, acariciando el pelaje del perro que se retorcía entre sus brazos, moviendo la cola de un lado al otro— Yo también… Ya, déjame.

El hombre se levantó y dejó su mochila sobre uno de los muebles para dirigirse a la cocina. Tal y cómo hacía siempre, empezó a encender luces, televisor y otros aparatos que hicieran ruido para generar la sensación de compañía dentro de su enorme y vacía casa.

—¿Qué hiciste hoy? ¿Jugaste en el jardín? ¿Dormiste en el sofá? ¿Espiaste a los vecinos por la ventana otra vez? —el perro ladró, siguiéndolo de cerca, casi enredándose entre sus piernas—. Espero que no hayas entrado a mi habitación. No quiero encontrarme otro zapato destrozado debajo de la cama. Por tu culpa he tenido que crear un presupuesto exclusivamente para zapatos en los gastos del mes —llegó a la cocina y empezó a revisar sus alacenas, buscando algo para comer—. Hmmm… No tenemos mucho, ¿verdad? Hay que hacer mercado… ¿Quieres cenar, amigo? Tengo algo de hambre.

Después de aquel "espectáculo" protagonizado por Hermione Granger en el estudio de Earl's Court, los demás alumnos se quedaron en el salón hasta que Kreacher, el mayordomo, tocó la bocina de la camioneta de Sirius, indicando que ya había regresado y, por fin, podía llevarlos a sus respectivas casas. Lo que pudo ser una muy bonita clase de pasodoble se convirtió en un repaso de lo aprendido en anteriores sesiones puesto que la profesora McGonagall no tenía cabeza para enseñar algo nuevo. Apenada, la mujer pidió una sincera disculpa antes de que todos se fueran y declinó la invitación de Black para llevarla a casa. En su lugar, prefirió pedirle que le buscara un taxi.

Algo le decía que McGonagall estaba demasiado avergonzada como para soportar un viaje de 20 minutos rodeada de sus alumnos.

Neville se fue con ellos, aprovechando que quedaba un espacio libre en la camioneta de lunas polarizadas. Le ofrecieron la misma invitación al profesor, pero este la también declinó con amabilidad, prefirieron usar el metro, como siempre. Durante el trayecto de regreso a Southfields, reflexionó mucho sobre lo ocurrido. No podía imaginarse cómo debería sentirse la pobre Miss Granger en ese momento. Conociéndola como creía conocerla, de seguro se encontraba o llorando bajo su almohada o tratando de tragarse toda su frustración, ira y veneno sin morir en el intento.

—No quiero hacer sopa, eso comí ayer… ¿Qué tal arroz? —preguntó en voz alta, revisando que ingredientes tenía para hacer una cena decente—. Podría freír un huevo… Hmmm… No. Puedo hacer algo mucho mejor que eso y lo sabes.

Mientras llenaba una olla con agua para cocinar el arroz, se preguntó si Hermione habría comido algo. La pobre chica se veía tan triste cuando salió del establecimiento que dudaba que estuviera de humor para preparar una cena, ni siquiera para ordenarla. No había visto esa mirada triste y decepcionada desde hace siglos. Era la misma que solía tener cuando miraba por los ventanales del McGonagall's Studio por las tardes, cuando él solía observarla sentado en el café de al frente.

Dejó escapar un suspiro cansado mientras terminaba de cortar trozos de pollo para macerarlos.

—¡Ay! ¡Lamarck, ven aquí! ¡Necesito hablar de esto con alguien o voy a explotar!

Fue así que, mientras cortaba en pequeños cuadraditos los pimientos rojos y cebolla china que le darían sabor a su comida, Snape narraba en voz alta todo lo que le había pasado en el día a su perro. Le contó absolutamente todo desde que llegó al colegio y descubrió la nueva primicia de la semana de Sirius Black hasta el espectáculo que había protagonizado Miss Granger durante la tarde en el estudio de la profesora McGonagall. Contó todo con lujo de detalles, puede que exagerara un poco y puede que se desviara del tema un par de veces, pero al finalizar su narración sintió que se había quitado un peso de encima.

Lamarck, por su parte, solo podía mirar a su amo inclinando la cabeza hacia la derecha, sin haber entendido ni una sola palabra de su monologo de casi media hora.

—Entonces, Krum nos mostró un moretón del tamaño de una pelota. ¡Era enorme! —exclamó mientras batía un par de huevos para freírlos— Sé que fue un accidente, pero estoy seguro que Miss Granger debe sentirse terrible por haberle hecho algo así. Bueno, en realidad, quien debe sentirse mal es él, eso se veía doloroso. Estaba morado y verde y… bueno, el punto es que, ahora, no me puedo sentir tranquilo. Digo, debiste verla. Ella se fue sin decir una palabra. Tenía los ojos rojos, de seguro estuvo llorando, y… ¡Ah! ¡Simplemente no estaba bien! exclamó frustrado.

—¡Guau!

—Sí, lo sé, lo sé. Necesita un poco de espacio

—¡Guau!

—Mucho espacio —se corrigió, vaciando el contenido amarillo en la sartén—, pero no quiero dejarla sola, no así —el perro volvió a ladrar, esta vez, sentándose— ¡Oh! ¡¿Tú qué sabes?! ¡Tú no estabas ahí! Te recuerdo que el humano aquí soy yo, yo soy quien tiene pulgares opuestos.

Al terminar, Severus admiró su obra. Un bonito mar de arroz frito adornado por pequeñas islas de pollo, arrecifes amarillos formados por trozos de huevo revuelto y peces verdes y rojos representados por las verduras cortadas. Aún dentro de la enorme sartén, la comida olía deliciosa y se le hacía agua la boca por probarlo. Observó el reloj. Lo mejor sería darse un baño para cenar fresco.

Casi media hora más tarde, ya bañado, con las pantuflas puestas y oliendo a jabón, Severus Snape se encontraba cenando en la pequeña mesa de su cocina, haciendo zapping frente al televisor y teniendo a Lamarck de compañía junto a sus pies. Estaba de más decir que la cena estaba deliciosa, mucho mejor que cualquier comida grasosa proveniente de algún fast food cercano. Mientras ambos habitantes del 71 de Trentham Street terminaban sus respectivas cenas, el recuerdo triste de la bailarina castaña rondó por su mente una vez más.

¿Habría comido algo hoy o se habría ido a la cama sin cenar?

No podía simplemente no preocuparse por ella. ¡Necesitaba saber que estaba bien! Hermione era una persona muy importante y muy querida para él, necesitaba saber que se encontraba bien, consolarla de ser necesario, darle palabras de aliento y asegurarse de que… necesitaba asegurarse de que no estuviera llorando otra vez. Ella estaba muy vulnerable ahora, para colmo, vivía en completa soledad. No había nadie que le estuviera haciendo compañía justo en el momento en el que más necesitaba tener el apoyo de alguien.

Sabía lo terrible y dura que era la soledad, no quería eso para ella.

—La voy a llamar —anunció un par de bocados más tarde, limpiándose los labios con una servilleta y levantándose para buscar su celular.

Miss Granger

Llamar

Presionó el botón verde y esperó. Después del tercer pitido, ya cuando sus esperanzas estaban por desaparecer, Hermione Granger se dignó a contestar su llamada o eso era lo que le indicaba la pantalla del celular puesto que la castaña ni siquiera dijo "Aló". Solo podía escuchar su respiración pausada dentro de un incómodo silencio que Snape tuvo la valentía de romper.

—Hola.

—Hola.

—Hola… Eh, te llamaba porque… porque quería saber cómo estabas… Eh, tú, eh…—

Ese fue un mal momento para sufrir de un calambre cerebral. La mente de Snape se quedó completamente en blanco. ¡No sabía qué decirle! Balbuceaba como un si fuera un bebé, abriendo la boca sin lograr emitir ni un solo sonido coherente. Al otro lado de la línea, Hermione chasqueó la lengua y lo interrumpió, cortando con aquel humillante intento de comunicación.

—¿Siempre eres así de solidario con todas las personas o solo conmigo? —preguntó a la defensiva, sorprendiendo al profesor por su actitud tan fría y altanera— No pareces ser de los que se preocuparan por los demás. Es más, ni siquiera pareces ser de los realmente le interesa alguien.

Ella estaba molesta, no había duda. Su voz estaba cargada de veneno y parecía atacar a diestra y siniestra, sin importarle quién fuera el que recibiera el impacto. Snape frunció el ceño y apretó los labios con fuerza. Entendía que estuviera molesta, pero no tenía que molestarse con él. ¡Él no tenía la culpa de todo lo que le había pasado hoy! Solo estaba intentando ser una buena persona y un buen amigo. Ella no tenía derecho a atacarlo de esa forma.

Activando sus barreras de frialdad para protegerse, se atrevió a responderle de la misma manera.

—¿Siempre le dices a todos lo primero que piensas o solo a mí? —retó con frialdad, imponiéndose ante ella—. Solo quería ser amable.

—Lo sé, lo siento, lo siento —se excusó de manera atropellada, sintiéndose muy mal por hablarle de esa manera—. No quise decir eso, en serio, es solo que… he tenido un día difícil. Usualmente no soy así de insufrible ni contigo ni con nadie.

— Es bueno saberlo. También es bueno saber que parece que no me intereso por nadie.

—Lo siento, ¡¿está bien?! —exclamó. Severus se quedó en silencio mientras escuchaba los sollozos de la jovencita al otro lado de la línea. No parecía estar bien. Cuando finalmente se calmó, logró hilar una pregunta coherente con la voz ronca— ¿Te parece si iniciamos de nuevo?

Por un segundo, pensó que aquellas palabras tenían mucha más carga emocional de lo que parecía, pero no quiso sobrepensar las cosas.

—De acuerdo… Hola.

—Hola.

—¿Cómo te sientes?

—Fatal, una mezcla entre rabia y autodesprecio, gracias por preguntar. ¿Y tú?

—Cansado. Hoy tuve tres clases dobles y, después, la clase de McGonagall que de por sí es muy exigente, sobre todo al inicio... Pobre Luna, debí dejarle los pies hinchados de tantos pisotones.

—Tenemos que trabajar en eso, Sr. Snape —respondió aclarándose la garganta para no sonar como si recién acabara de despertar o, en este caso, de llorar—. No querrá arruinar sus perfectos giros y elegantes deslizamientos con un descoordinado y mal visto pisotón. Por no decir que su futura pareja se lo agradecería desde el fondo de su corazón.

—Espero que pueda ayudarme en eso —Snape pudo sentir una sonrisa forzada al otro lado. Podía imaginarla a la perfección. La castaña curvaría sus carnosos labios hacia arriba, provocando que su labio inferior sobresaliera un poco y un hoyuelo se dibujara en su mejilla izquierda—. Her…—

—Lamento mi comportamiento de esta tarde, estoy terriblemente avergonzada —lo interrumpió antes de que pudiera terminar su nombre. La chica había tomado su silencio como una invitación para explicarse y eso era lo que haría pues necesitaba reivindicarse después de haber salido huyendo como una completa cobarde—. Es solo que… No debí hacer esa rabieta tan infantil, menos delante de ustedes... ¡Dios! Pobre Viktor, le debo una gran disculpa. Estuve insoportable todo el camino de regreso al estudio, debió pensar que estaba molesta con él… Me siento terrible, ni siquiera pude dirigirle la palabra cuando estábamos en el auto.

Encontró sinceridad en sus palabras. Estaba muy apenada.

—Compadezco la pobre suerte del pobre Sr. Krum, Granger. Ya tuvo suficiente con el golpe en su cadera como para soportar a un demonio castaño a punto de explotar.

—¡Oiga! —exclamó tratando de contenerse la risa. Snape sonrió para sí mismo, al menos la había hecho reír—. Así que les contó todo, ¿verdad?

—No dio muchos detalles porque no sabía cómo decirlo en inglés, pero sí, nos contó un poco… Lamento lo de la audición, Hermione. ¿Tan mal estuvo?

—Fue un asco. Esperaba un buen regreso, llevo tres años fuera de esto, pero solo fracasé, otra vez—admitió desilusionada—. Y no contenta con ello, arrastré a Viktor conmigo. Ni siquiera me atreví a verlo a los ojos cuando mencionaron a los clasificados. ¡Por Dios! ¡Debiste ver la cara de los jueces! No podían creer que nosotros, ¡nosotros!, Viktor Krum, el campeón búlgaro, y Hermione Granger, el ex cisne de Cambridge, tuviéramos una presentación tan… ¡tan espantosa! —lo supuso. Krum lo había dejado claro con su testimonio sobre el pobre desempeño de la castaña durante su performance. Ya podía imaginarse la reacción de los jueces, de seguro no fue la más alentadora—. Me trajo muchos recuerdos, ¿sabes?

Ya calmada, ahora su voz se oía nostálgica y distante.

—¿Sobre tus anteriores competiciones?

— Sí.

—¿Quieres contarme sobre eso? —no hubo respuesta por parte de la castaña, solo el sonido de su respiración—. Está bien si no, podemos hablar de cualquier otra cosa.

—¿Sobre qué quieres hablar?

—Sobre lo que tú quieras, pero, por favor, que no sea sobre el clima —bromeó arrancándole una risilla. Sintiéndose más confiado por esa respuesta, divagó un poco—. No entiendo porque todos aquí usan el clima como tema de conversación, es decir, me parece increíble que existan personas que pueden hablar sobre el clima durante media hora. Digo, estamos en Londres, siempre está nublado, no hay mucho de qué debatir.

— En eso coincido, pero debo admitir que encuentro gracioso la cantidad de frases que puedes crear sobre el clima —la castaña se mordió el labio inferior y pensó en cómo continuar esta extraña conversación—. ¿Qué haces?

—Terminaba de cenar. Preparé algo de comida para Lamarck y para mí. Tengo una boca que alimentar y a veces puede ser muy quisquilloso.

—¿Lamarck ya se cansó de las galletas?

—No, pero no quiero que solo se acostumbre a comer galletas—explicó mirando hacia el can el cual se encontraba lamiendo el contenido de su plato, limpiando por completo—. Además, no me gusta cocinar solo para mí. Ahora que Lamarck vive aquí conmigo, suelo preparar cosas un poco más elaboradas para ambos.

—Es afortunado —susurró quedito—. Hmmm… Yo solo tengo cereal para cenar.

—¡ESO NO ES UNA CENA! —le regañó casi sintiéndose ofendido ante las palabras de la castaña.

Así que tenía razón, Hermione no había cenado. La pobre muchacha debería tener el estómago vacío y quemándole por dentro. Esa chica debería comer más, pensó. Había notado que la bailarina había perdido peso estas últimas semanas. Antes podía verle las costillas, ahora podía verle hasta los huesos de la columna. Escuchó la risa jocosa de ella impactando directo en su oído.

¿Acaso le divertían sus regaños?

—Lo siento, Sr. Chef entusiasta, —se burló. El hombre puso los ojos en blanco y se llevó una mano al rostro. Iba a matar a Draco por poner esa descripción en su perfil—, pero no todos sabemos cocinar ni tenemos dinero para pedir delivery.

—Entonces voy a asumir que no has cenado.

—¡No he cenado en cuatro días! —confesó riendo— Casi nunca ceno desde que empecé a vivir sola.

—¡Hermione! ¡Necesitas comer! —casi gritó, completamente estresado por las declaraciones de la bailarina—. Si estuvieras aquí, te haría prepararía una cena digna de reina y no te dejaría abandonar la mesa hasta que te la terminaras.

—¿Me darías de comer en la boca de ser necesario? —preguntó juguetona.

"Eso había sonado tan… ¡Mantén la cabeza fría, Severus! ¡MANTÉN LA CABEZA FRÍA!"

—Probablemente —respondió sonando neutral. Se dio cuenta que estaba sudando, su corazón latía rápido contra su pecho e incluso tuvo que respirar profundo para sonar lo más calmado posible. Ya podía sentir sus orejas calentándose por culpa de la sangre viajando a toda velocidad hacia sus mejillas. Hermione estaba jugando con él como si fuese una gata con su bola de estambre y no sabía si lo hacía por accidente o a propósito—. Si vivieras conmigo, te haría de cenar todas las noches.

"¡¿Por qué nunca piensas lo que dices, maldita sea?! ¡Deja de actuar como un adolescente!"

—Hmmm… ¿Me está haciendo una propuesta, Sr. Snape? —preguntó coqueta. Ella dominaba la conversación y lo sabía y estaba sacando provecho de ello— Porque, si es así, permítame decirle que es muy indecente. Yo soy una niña de su casa.

"Niña".

—No.

—Hmm… Una lástima. Te aceptaría la cena ahora. Tengo hambre.

Snape observó su plato vacío y el de Lamarck. Ellos habían tenido una buena cena. Recordó aquellas noches de su niñez en La Hilandera. Él tuvo la fortuna de nunca haberse ido a la cama sin cenar, su mamá siempre le preparaba algo delicioso para llenar su estómago, no importara si era el platillo más sencillo del mundo, la comida nunca faltaba en su mesa.

Todos tenían derecho a una buena cena.

Hermione también.

—Sabes, cociné demás —dijo algo tímido— y no quiero tirarlo a la basura porque mi madre me enseñó que la comida no se bota. Pensaba dárselo a Lamarck porque parece que le faltó, pero creo que me haría más feliz que te lo comieras tú —pudo percibir la sonrisa de la bailarina después de tal ofrecimiento—. Podría enviártelo, si es que se te antoja, por supuesto.

—Sabes que nunca rechazaría tu comida, Severus, es mi nueva debilidad, aunque me temo que ya es algo tarde para enviar delivery. No creo que encuentres algún servicio disponible ahora.

—Oh… pero…—

—No te preocupes, Severus, no es necesario.

—Pero…—

—En serio, no es necesario. Gracias por la oferta, pero no quiero molestarte, ya es tarde.

Snape no iba a aceptar un "no" por respuesta. Quería compartir su comida con ella.

—Mándame tu dirección —pidió con total seguridad, tomando por sorpresa a la joven—. Yo te lo llevaré.

—¡¿Qué?! No, por favor, no quiero molestarte.

—No es molestia, yo quiero llevártelo. Puedo pedir un taxi y…—

—En serio…—

—Insisto.

Entre risas y jugueteos estuvieron discutiendo sobre si debería llevarle la cena o no, pero Hermione no contaba con la buena habilidad de persuasión del profesor. Snape era un buen orador y dominaba muy bien el arte de enredar a las personas con sus mismas palabras para que al final accedieran a sus peticiones. La bailarina había quedado tan confundida con la conversación que terminó accediendo sin darse cuenta. Para cuando quiso retractarse, el profesor ya se encontraba terminando de preparar un tupper con la comida que había sobrado.

—Estaré allá como en diez minutos, tal vez.

—OK. Muchas gracias otra vez.

—Bueno, entonces te veo en diez.

Antes de que Snape colgara, la castaña lo interrumpió una vez más, dudosa.

—Severus.

—Dime.

—… ¿Crees… crees que puedas traer a Lamarck?

—¿A Lamarck? ¿Por qué?

El profesor observó a su perro recostado a sus pies, tranquilo y dormitando debido a toda la comida que había ingerido. Snape se puso de cuclillas para acariciar su cabeza y el perro cerró los ojos.

—Es que yo, eh…. —la joven hizo una pausa y suspiró, sintiéndose ridícula por lo que estaba a punto de confesar— Es que necesito abrazarlo… En serio necesito un abrazo.

Snape se quedó en silencio, escuchando como aquella oración retumbaba en su cabeza.

"En serio necesito un abrazo".

Su corazón se apretujó contra su pecho, conmovido. ¿Cuántas veces él mismo había necesitado tanto de un abrazo, pero tampoco tuvo a nadie cerca para pedírselo? Cientos de veces. Vivir solo era increíble, pero había algunos momentos de vulnerabilidad en los cuales solo querías el cálido abrazo reconfortante de un ser querido. Había pasado muchas de esas crisis solo con sus demonios hasta que Lamarck llegó a su vida y esa sensación de soledad desapareció.

Miró al can quien, al sentir una perturbación en el ambiente y en su amo, había levantado la cabeza, atento, listo para levantarse por completo en el caso de ser necesario.

"Ese perro tiene un efecto terapéutico en ti. Te calma".

Snape acarició la cabeza del perro y volvió a la realidad.

—Está bien. Ya vamos.


El taxi aparcó frente a un edificio de ladrillo con puertas dobles de cristal y escalinata. Sobre la superficie transparente, se leía en grandes letras grises el número del edificio por lo que, confiado, se bajó del auto, no sin antes sujetar con fuerza la correa del perro pues sería cuestión de segundos para que Lamarck se pusiera en modo aventurero y quisiera salir corriendo a explorar esta nueva zona. En su otra mano, sostenía la lonchera oscura con la que Narcisa Malfoy le había llevado el almuerzo a Hogwarts durante aquellos primeros días de terapia. Aunque en esta ocasión no había un delicioso Sunday Roast dentro, el contenido de la lonchera seguía siendo igual de exquisito.

Se detuvo frente a la puerta y observó a través del cristal aquel pasillo largo que daba directo a los dos apartamentos del primer nivel —uno al fondo y otro a la derecha— y a la escalera, la cual se ubicaba a la izquierda. A diferencia de otros edificios, no había señal de un vestíbulo, solo había una pared repleta de buzones de correo y algunas plantas. Si no había vestíbulo, significaba que tampoco había portero alguno que le avisara a Hermione que él estaba ahí, pensó algo desanimad.

Se giró y encontró el intercomunicador.

Bueno, debí pensarlo antes, se dijo mientras hacía malabares con la correa y la lonchera para sacar el teléfono. Estaba seguro que ella le había mandado un mensaje con el número de departamento.

¡Oye, genio! ¿Por qué no mejor la llamas y le dices que estás abajo?, razonó su cerebro por él.

Para ser un cerebrito, a veces te olvidas que tienes uno, le reprendió

—Ya estoy abajo. ¿Me abres?

—¡¿Ya llegaste?! —exclamó sorprendida. Al instante, Snape escuchó unos pasos apresurados y algunos golpeteos a través del celular, como los de una persona que está levantándose a trompicones—. No te muevas. ¡Espera! Ya bajo.

Dicho esto, le colgó.

Confundido, Snape esperó pacientemente que la castaña hiciera su aparición. Por su parte, Lamarck olfateaba a todo lo ancho de las puertas de cristal, detectando al instante el olor de la bailarina y empezando con su ronda de ruidosos ladridos. Hermione no tardó en aparecer, prácticamente, la había visto saltar de la escalera y correr hasta él. En sus manos llevaba unas llaves, unos lentes oscuros y una cosa tubular y metálica que no sabría describir.

La castaña abrió la puerta y salió del edificio para saludarlo en la escalinata.

—Hola

—¡Hola! —respondió ella dándole un fuerte abrazo, casi tirándolo al suelo en el proceso. El profesor tuvo que usar toda la fuerza de sus piernas para no caerse— Gracias por venir. Perdona las molestias —añadió apenada.

—No te preocupes —Snape aprovechó aquellos segundos de cercanía para oler su cabellera.

Olía a shampoo.

La joven se soltó y le sonrió. Tenía el cabello suelto en descontrolados rizos y notaba que se había puesto un poco de maquillaje en los ojos. No pudo apreciar más pues, al instante, se agachó para llenar de mimos al can quien no podía estar más contento de ver a la castaña otra vez. Se levantaba en dos patas y acercaba su hocico a su bonito rostro para lamerlo. Era el reencuentro de dos grandes amigos que no se habían visto desde hace meses y que se extrañaban mucho.

Los ojos de ambos seres brillaban llenos de alegría, conmoviendo el frio corazón del pelinegro.

—¿Para qué es eso? —preguntó luego de un rato cuando el saludo de reencuentro por fin terminó. La castaña estaba desdoblando los lentes negros para colocarlos sobre la nariz del profesor— Hermione, es de noche. No necesito lentes de sol.

—Ya lo sé —rio divertida mientras abría la puerta, invitándolo a entrar.

—¿Y qué es esa cosa de metal? —señaló.

La joven estiró su brazo hacia adelante, sosteniendo en alto aquel objeto de metal que llevaba en su mano. Tomándolo por sorpresa, aquel tubo corto y grueso de metal se desdobló en uno largo y delgado que tenía una punta negra circular en un extremo y, en el otro, un asa de tela que se ajustaba a la muñeca de la persona que lo usara.

¡Un bastón para ciegos!

Snape observó a Hermione muy confundido a través de los lentes oscuros, no entendía qué estaba pasando. La castaña tomó la pesada lonchera de su mano y la intercambió por el bastón. Lamarck estaba sentado a sus pies, mirando atento cada acción que realizaban sus dos humanos favoritos.

—Hermione, ¿qué es esto? —preguntó frunciendo el ceño. Solo obtuvo una risilla por parte de ella— ¿Por qué me estás dando esto?

—Shhh... Baja la voz —suplicó quedito, poniendo su delicado índice sobre sus labios, revoloteando como una mariposa a su alrededor—. No se admiten animales en el edificio.

–¡¿Qué?! —gritó frunciendo el ceño, muy preocupado por sus palabras— Debiste decírmelo antes, Herm...—

—¡Shhhh!

—¡No! nada de "Shhhh" —dijo él retirando su dedo de su boca de mala manera—. No quiero meterme en problemas, no quiero que nos corran a Lamarck y a mí.

—No lo harán —replicó frunciendo su ceño—. Aquí no se admiten animales a menos que sean animales de asistencia, por lo que Lamarck podría entrar sin problemas si fuera un perro guía.

—Pero Lamarck no es un perro guía y ¡yo no soy un ciego! —el hombre se sacó los lentes ante la expresión de pánico de Hermione quien intentó regresarlos a su lugar de inmediato—. ¡No! Yo no me haré pasar por un ciego. Me parece una falta de respeto.

—Es la única forma —refutó apoyando ambas manos sobre sus caderas como si fuese un jarrón antiguo—. Solo es por si alguno de mis vecinos decidiera aparecerse por ahí. Ya es tarde, ellos no deberían salir a esta hora, pero siempre hay que ser precavidos. No quiero tener problemas con el casero, aún no le he pagado la renta.

—Yo tampoco quiero tener problemas con tu casero.

— ¡Oh! ¡Vamos! ¿Dónde está tu espíritu aventurero, anciano?

Hermione dijo tal expresión con tanta alegría que terminó contagiándosela a su interlocutor. Era algo extraño, saben. Hasta hace tan poco ella había estado tan triste, pero ahora irradiaba alegría por donde sea que la mirase. Lo pensó un minuto. Él había viajado a mitad hasta Wimbledon para hacerla feliz y ella sería feliz si solo si él se ponía esos lentes y la ayudaba a montar esta farsa hasta llegar a las puertas de su departamento.

¡Demonios! ¿Por qué nunca podía decirle que no? ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!

Snape se sintió como un estúpido todo el trayecto hasta el tercer piso. Con los lentes oscuros cubriéndole los ojos y moviendo de izquierda a derecha su bastón, Hermione lo guiaba por las escaleras y los pasillos de su edificio. Lamarck iba al frente, subiendo las escaleras a la velocidad que la correa le permitía. Cabe resaltar que el pobre samoyedo no era el mejor perro guía del mundo. Solía sentarse en la escalera impidiendo su avance o simplemente se quedaba atrás, haciendo que el verdadero guía fuera Snape y no él.

Solo un tonto se tragaría ese mal intentó de mentira.

Pronto llegaron al apartamento la castaña, el número 301 B. La muchacha sacó sus llaves para abrir la puerta y justo en el preciso momento en el que insertaba las llaves, una voz muy conocida y chillona los asustó a ambos, casi haciéndolos salta a mitad del pasillo.

—¡Oiga! ¡No se admiten perros!

¡Mierda! ¡Mierda! ¡MIERDA!, pensaron ambos, quedándose completamente inmóviles como si estuvieran siendo rodeados por policías. Severus Snape no recordaba la última vez que alguien lo había atrapado "quebrantando la ley". No había tenido que preocuparse por la policía desde que era un universitario y lo más arriesgado que había hecho era colarse en una fila.

—¿Hermione? ¿Eres tú? —dirigieron su atención a la derecha, para ser más precisos, a la mujer de mediana edad del segundo departamento de al lado. Ella asomaba la cabeza desde su puerta entreabierta, como toda vecina chismosa sabía hacer.

—Sí, Sra. Expósito —saludó Hermione con una sonrisa fingida, apresurándose en abrir la puerta—. Buenas noches.

—Buenas noches, linda —respondió la mujer, ya saliendo por completo de su apartamento. Estaba en pijama y tenía un chal sobre los hombros el cual sujetaba con una mano—. ¿El señor es tu invitado? Te recuerdo que no se admiten...—

—Sí, Sra. Expósito, lo sé —le interrumpió la castaña, saliendo a defender al hombre tras ella—, pero como puede ver, mi amigo necesita la ayuda de su perro para movilizarse.

Snape se quedó inmóvil como una estatua, sin saber qué hacer. Si la saludaba, podría ponerse en evidencia, pero si no lo hacía, quedaría como un completo descortés. Por lo que solo se limitó a decir un simple "Buenas noches" en voz alta y mirando a un punto fijo tras la seguridad de los lentes oscuros. La mujer enarcó una ceja y miró en dirección al perro. Lamarck estaba muy tranquilo, sentado sobre el suelo, rascándose el lomo con su hocico, ignorando todos los problemas que parecían estar a punto de estallarles en la cara.

—Oh, ya veo —respondió no muy convencida—. Mis disculpas, linda. Había olvidado que tienes muchos amigos cie... con perros —se corrigió al instante. La castaña sonrió de manera forzada y finalmente abrió la puerta, revelando el interior de su pequeño apartamento—. Linda… ¿Qué no los perros guías tienen un tipo de correa especial?

¡Ya valió!, pensó el mayor controlando esa apariencia neutral, aunque, por dentro, estaba por entrar en pánico.

—Hay diferentes modelos, Sra. Expósito —la castaña se hizo a un lado y empujó al profesor adentro, ocultándolo de la ponzoña de su chismosa vecina—. Bueno, fue un placer verla otra vez, Sra. Expósito. Que pase buena noche.

—Buenas noches a ti también, linda —Severus no necesitó ver la cara de la Sra. Expósito para saber que no estaba nada contenta con su presencia y la de Lamarck en su edificio. La mujer le dedicó una mirada fría a su perro y arrugó la nariz, como si acabara de oler algo que le diera mucho asco, antes de volver a ocultarse dentro de su propio departamento.

No le agradaba la Sra. Expósito, para nada.

Hermione apoyó su cuerpo contra su puerta como si fuese una especie de barricada humana, bloqueando toda vía de acceso o salida. ¡No soportaba a la Sra. Expósito! ¡En serio que no! Dejó escapar un suspiro de alivio y se reincorporó, encontrando al profesor de pie en medio de su pequeña salita, ya sin los lentes ni el bastón de ciegos.

—Eso fue...—

—Extraño, lo sé —completó ella, acercándose para tomar ambos objetos y guardarlos en su respectivo lugar—. Tienes que disculpar a la Sra. Expósito. Ella es un tanto...—

—¿Desagradable?

—Iba a decir chismosa, pero sí, también lo es —río mientras doblaba el bastón y lo guardaba en el contenedor de paraguas a un lado de la puerta—. Siempre ha sido insoportable. Es la que más habla en las reuniones de vecinos y siempre se queja de todo. Nuestro casero la tiene entre ceja y ceja, pero es puntual en los pagos, así que no puede hacer nada —no le sorprendía su declaración. Apenas había intercambiado una sola palabra con ella, pero la Sra. Expósito ya le desagradaba por completo. Odiaría tenerla como vecina—. Ya puedes soltar a Lamarck. Puedes dejar la correa donde quieras. ¿No es así, mi amor? Tú quieres ser libre, ¿verdad?

¡Guau!

—Oye, ¿a qué se refería tu vecina con eso de "tener varios amigos con perros"? —preguntó curioso mientras seguía las indicaciones de la castaña y dejaba a Lamarck vagar libre por el departamento— Y, por cierto, ¿porque tienes un bastón para ciegos en tu apartamento? Entendería que tuvieras un par de muletas, pero ¡¿un bastón?!

—Oh, bueno —la joven se pasó una mano por el cabello y sonrió avergonzada—. Lamarck no es el primer perro que viene a mi casa. Verás, a mí me encantan los perros y tengo algunos amigos que tienen los suyos. Muy rara vez vienen aquí con ellos, pero cuando lo hacen, siempre hacemos esto para evitarnos problemas.

—¿Y cómo se te ocurrió?

—Pues… —la joven se sonrojó y soltó una risilla traviesa—, no se me ocurrió a mí, sino a Sirius.

—¡¿Sirius?! ¿Sirius Black?

—Él mismo. Cuando vino por primera vez aquí, hubo varios inquilinos que lo reconocieron, entre ellos, la Sra. Expósito. Fue por eso que, para la segunda vez, vino disfrazado con esta farsa del ciego. Por supuesto, tenía un sombrero y el cabello corto cuando hicimos eso, así que nadie se dio cuenta, pero luego empecé a usarlo para cuando quería recibir a mis otros amigos y a sus mascotas.

—Ya veo. ¡Qué ingenioso! —comentó sonriendo de lado—. Por lo que veo, la creatividad siempre surge cuando se quieren romper las reglas. Eres toda una chica mala, ¿no es así?

Siempre he pensado que no hay palabra mal dicha, sino mal interpretada, por lo que me veo en la obligación de aclarar que Severus Snape nunca dijo aquellas palabras con una doble intención; sin embargo, Hermione Granger no lo entendió de esa forma. Sintió como la sangre corría a toda velocidad desde sus pies hacia sus mejillas y oídos. En cuestión de segundos, se puso roja como un tomate maduro. Sus mejillas le quemaban y una nerviosa carcajada escapó de sus carnosos labios, asustando al pelinegro.

Snape enarcó una ceja y se abstuvo de comentar.

"¡Maldición!", pensó Hermione. "Esto se puso extraño. Aleja esos pensamientos, Hermione, ¡ALÉJALOS!".

—Eeeehhhh... ¡Bien! —exclamó luego de un rato, mirando en cualquier dirección hasta que sus ojos se posaron en la lonchera abandonada sobre su sofá—. ¡Oh, cierto! La comida. Iré a calentarla—tomó el objeto con cuidado y se dirigió a su pequeña cocina, específicamente a su microondas— ¡Ay! ¡¿Dónde están mis modales?! Siéntate, Severus, por favor.

—¿Segura que no quieres ayuda?

—No, no, no te preocupes, yo puedo sola —dijo apoyando la lonchera sobre su encimera y abriendo el cierre—. Tú siéntate y ponte cómodo. Más bien, perdona el desorden —añadió algo avergonzada—. Intenté arreglar un poco, pero necesito hacer una limpieza profunda en estos días. ¿Se te ofrece algo de beber? Tengo jugo, té... agua.

Apenada, se detuvo al darse cuenta de que no tenía mucho para ofrecerle a su invitado. Ni siquiera sabía si le gustaría el jugo de naranja comprado en tienda, lleno de preservantes y embotellado. De seguro Snape solo tomaba jugo de naranjas frescas y recién exprimidas.

¡Oh! Estaba tan avergonzada.

— Un vaso de agua estaría bien, gracias.

—Ok. Dame un minuto.

Mientras Hermione se encontraba demasiado ocupada haciendo lo que estuviera haciendo en su cocina, Snape se mantuvo en silencio sentado sobre el sofá, dedicándose a contemplar el apartamento de su anfitriona.

El lugar era pequeño —muy pequeño—, pero lo justo y necesario para una persona que vivía sola. Constaba de una pequeña salita que tenía el espacio preciso para un sofá gris en forma de "L" repleto de almohadas coloridas y dos sillas acolchonadas muy bonitas, una de color mostaza y otra, verde Persia. El televisor estaba al frente, empotrado en la pared. Había una mesita de cristal al lado del sofá que soportaba una moderna lámpara y un montón de chucherías como esmaltes, llaves, lapiceros y una laptop blanca. También había plantas a modo de decoración: dos macetas grandes y alargadas en el suelo, justo en la esquina izquierda al lado del televisor. Las paredes estaban cubiertas por pequeños cuadros de gatitos muy graciosos y parecían ser la única decoración a la vista, además de un estante flotante abarrotado con libros. Debajo de este, encontró una barra de madera con ruedas, como las barras para ballet que tenían en la academia. La barra jugaba el papel de su perchero personal pues había un par de abrigos colgando de ella. Por último, entre las macetas y la barra, descubrió un tapete de yoga rosado enrollado y apoyado contra la pared.

Unos pasos a la derecha, se encontraba la cocina. Era la única parte de la casa que parecía tener ventana, pues alcanzaba a vislumbrar la luz amarilla del alumbrado público. Más que una cocina, parecía ser una simple kitchenette: una cocina de cuatro hornillas al lado de un lavabo, una encimera, un refrigerador pequeño, algunas alacenas arriba y abajo y el microondas sobre una mesita de madera con almacenamiento debajo. Un espacio muy reducido, al menos, para él, pensó. El profesor estaba acostumbrado a desplazarse a lo largo y ancho de su amplia y funcional cocina. Eran sus dominios y él, el rey. Necesitaba fluir en el ambiente, sentirse en total libertad y no podía hacerlo si su espacio de trabajo se limitaba a dos zancadas de ancho y dos de largo.

Le recordaba muchísimo a la cocina de una casita de muñecas.

Habia un mini pasillo atrás el cual, supuso, debía conducir a la habitación de Miss Granger y al baño por lo que no se atrevió a curiosear más allá. Concluyó que el apartamento era pequeño y acogedor, ideal para una persona soltera que recién está iniciando su independencia y que no contaba con suficientes recursos para buscar algo mejor.

Sonrió para sí mismo.

Sí, era pequeño, estaba seguro que era capaz de recorrer todo el lugar en tan solo seis segundos, pero al menos era mucho mejor que su antiguo dormitorio compartido de la universidad.

—Toma —dijo la joven acercándose con un vaso de agua en una mano.

—Gracias.

El microondas hizo un pitido anunciando que la comida estaba lista y Hermione corrió de regreso a su kitchenette— Por cierto, ¡me hiciste limonada! ¡Muchas gracias! En serio no lo esperaba.

—No podía traerte solo la comida sin algo con que digerirlo. Perdona si no traje acompañamiento.

—¿Bromeas? De por sí estoy ya agradecida de no irme a la cama con el estómago vacío —la joven volvió con el tupper de comida en una mano y una botella de vidrio llena de limonada que Snape había preparado especialmente para ella. Se sentó a su lado, dejando la botella en el suelo y cruzándose de piernas para apoyar el tupper sobre ellas—. Me estás consintiendo demasiado.

—Ya encontraras como pagármelo —bromeó mientras acariciaba la cabeza de Lamarck quien, por fin, había terminado de explorar—. Ahora, explícame cómo es eso que no estás comiendo bien.

—Estoy a dieta —rio abriendo el tupper—. Necesito bajar de peso, estoy gorda.

—¡¿Gorda?! —exclamó abriendo los ojos al máximo— ¡¿Por dónde?! Hermione, si bajas más de peso, vas a desaparecer.

—Estoy pesando 53 kilos, necesito bajar a 50. Me he engordado mucho en estos tres años. Cuando me conociste, pesaba 56.

—¿Cuánto mides? ¿1.65? —ella asintió— Entonces estás bien o, al menos, yo te veo bien. ¿Para qué necesitas bajar tanto?

—Ya no entro en mis vestidos —se lamentó avergonzada, cubriéndose el rostro con una mano, ocultando su sonrisa nerviosa—. Fueron hechos a la medida, pero a la medida que tenía hace 3 años, cuando pesaba 50. Tuve que fajarme esta tarde para poder entrar en uno y concursar. ¡Casi me asfixio!

—¿Y si te compras otro?

—¿Con qué dinero? —replicó algo alterada— No le voy a pedir a Sirius que me preste dinero otra vez, acabo de pagarle un préstamo la semana pasada —el solo pensar en cuanto dinero tendría que gastar para comprar un nuevo vestido de ballroom, por más barato que fuera, le daba dolor de cabeza—. No. La única opción que tengo es recuperar mi antiguo cuerpo a como dé lugar. A-Además, tengo una colección entera, están en perfecto estado y son de muy buena calidad, la tela es buena. Si me deshago de ellos, perdería cientos de libras. No, no, no, esos vestidos me tienen que entrar sí o sí, así tenga que comer hielo durante semanas otra vez.

—¡¿Has estado comiendo hielo?! —preguntó indignado, reacomodándose al instante sobre el mueble— ¡Hermione!

—¡Solo en el verano! Y fue para matar mis antojos de helado —replicó sintiéndose una niña pequeña que estaba siendo regañada por sus mayores—. Necesito bajar de peso y rápido.

—¿Qué no se supone que tienes que hacerlo con la ayuda de un nutricionista?

Hello. ¿No escuchaste? No tengo dinero, no puedo pagar un nutricionista. Antes los tenía gratis porque los patrocinadores los pagaban, pero ahora como no tengo ninguno, pues, tampoco nutricionista. Los de Viktor se quedaron en Bulgaria y, aunque nos mandaran el dinero, no lo aceptaría. Son SUS patrocinadores, no los míos. Así que me las voy a arreglar como pueda.

Snape humedeció sus labios y abrió la boca después de pensar un par de segundos— Yo podría…—

—No voy a aceptar ni tu dinero, ni el de Sirius, ni el de McGonagall ni el de nadie, Snape. Gracias, pero no gracias —lo interrumpió al descubrir sus intenciones—. Tengo mi dignidad y, sobre todo, mi orgullo. Es lo único que me queda.

El profesor negó con la cabeza y forzó una sonrisa de lado.

—¿Sabes qué? Mejor come que se enfría.

La muchachita puso los ojos en blanco mientras negaba con la cabeza. Una bonita sonrisa se dibujó en sus carnosos labios. De cierta forma, Snape le recordaba a su mamá. Ella también se preocupaba así o incluso más por su alimentación. Solía prepararle pequeños aperitivos de frutos secos y siempre se encargaba de hacerla cumplir su dieta con comida balanceada y rica.

Era bonito tener a alguien que se preocupara tanto por ti otra vez.

—Hmmmm —suspiró tras el primer bocado, cerrando los ojos para disfrutar aún más el sabor de la comida que Snape había preparado para ella—. ¡Esto está delicioso! —masculló cubriéndose la boca con una mano mientras se giraba a verlo— Severus, en serio, tienes que abrir un restaurante. ¡Por favor! —suplicó haciéndolo reír— Yo sería tu más fiel clienta, lo prometo. ¡Por favor!

—Lo voy a pensar —susurró dedicándole una pequeña sonrisa.

Verla comer con tanta devoción lo hacía feliz. Era como si por fin hubiese llenado un vacío en su vida, como si por fin hubiese cumplido un propósito que tenía pendiente y casi había olvidado. Siempre había querido que alguien alabara su comida tanto como Hermione lo estaba haciendo. La comida era algo sumamente importante en su vida. Aprendió a cocinar porque quería ayudar a su mamá en la cocina. Su comida siempre lo hacía sentir mejor cuando tenían un mal día, era como comer rayos de luz y esperanza de un exquisito sabor. Luego, cuando tuvo que cocinar por necesidad ya que su madre no estaba en condiciones para hacerlo, a Severus le gustaba poner todo de sí mismo en cada uno de sus platillos. Quería devolverle todo ese amor a su pobre madre por medio de la comida. Tal vez buscaba darle más que amor, tal vez buscaba darle esperanza porque eso era lo que significaba la comida para él, por eso que le gustaba tanto cocinar. Le gustaba trasmitir luz, amor y esperanza por medio de sus comidas, quería compartirlo con todo aquel que probara de su buena sazón y se esforzaba tanto en cada platillo que cuidaba desde la selección de ingredientes frescos hasta la presentación final del plato.

Cuando se casó con Valerie y se convirtió en el chef oficial de su casa, pensó que todos los almuerzos y cenas estarían repletos de halagos hacia su talento culinario y en parte así fue, pero poco a poco lo extraordinario se volvió ordinario y, para alguien que se había acostumbrado a comer siempre bien, las obras de arte que Severus preparaba en la cocina se convirtieron en simples aperitivos para matar el hambre del día al día.

¡Oh! ¡Cómo había anhelado tanto que alguien comiera con tanta alegría su comida como lo estaba haciendo Hermione justo ahora!

—Hmmm... Está realmente muy bueno. ¿Cómo se llama esto? —masculló ntes de volver a llevarse el tenedor a la boca.

—Arroz chaufa. Es una receta peruana que vi en un programa de cocina. Es pollo macerado con salsa de ostión, sillao, sal y pimienta. Tiene algo de jengibre para darle sabor. Todo eso se fríe y luego se le echa encima el arroz para que se mezcle y adquiera el sabor. Después, se añade pimientos rojos y cebolla china. Algunos le ponen trozos delgados de carne de cerdo, pero yo no tenía. Tengo que hacer mercado pronto. Por último, haces huevos revueltos y esparce los trozos y listo, tienes una cena decente en menos de veinte minutos.

—Hmmm... se parece a algo que yo preparó —comentó estirando su brazo para tomar la botella con limonada—. Obviamente no es tan elaborado como esto, pero se parece un poquito. Es freír dos huevos y echarle arroz encima. Ya sí quiero que sea medio gourmet, le pongo un poco de carne molida y lo revuelvo todo en la sartén.

Snape levantó las cejas, sorprendido, y se llevó una mano a los labios para ocultar su sonrisa. Eso sonaba... muy diferente a lo que él estaba describiendo, pero... la intención es lo que cuenta, ¿verdad?

—Entonces, ¿prácticamente es arroz con huevo?

—Hmm... en realidad es arroz ahuevado —susurró aguantándose la risa lo mejor que podía para que la limonada no se le saliera por la nariz y muriera ahogada por accidente.

Snape soltó una carcajada— ¡¿Qué?! ¿Es en serio? Debes estar haciéndome una broma.

—En serio, se llama "arroz ahuevado" —río mostrando todos los dientes, en especial ese par de incisivos grandes—. Sirius le puso el nombre.

—Debí suponerlo.

—Sí. Era lo único que sabía cocinar y a veces preparaba eso cuando vivía con Sirius y Harry en Grimmauld Place. Nos gustó el nombre y se quedó. Creo que le queda bien.

—Sin duda.

Siguieron conversando a medida que la castaña iba avanzando con su cena. Sin embargo, la conversación se volvió tan amena y divertida que Hermione se ocupaba más en mover la boca para hablar que para comer. Charlaron de diversos temas, muchas tonterías que no vale la pena mencionar. Incluso hablaron de la nueva portada de su amigo Sirius Black en los tabloides ingleses. No había ningún rastro de que ella quisiera abordar el tema de su fallida audición al Sequence Dance Festival ni nada relacionado con el ballroom por lo que Snape optó por respetar su decisión y disfrutar de su tiempo de calidad juntos.

—¡Nooooo! —gritó la castaña cuando sintió que su recipiente de comida pesaba más de lo que debería. Había estado tan entretenida en su conversación con el profesor que, cuando se giró para ver el tupper en sus manos, se encontró con el hocico de Lamarck metido dentro de este, comiéndose lo poco que quedaba de su comida— ¡No! ¡No!

—¡No! ¡Lamarck, no! Eso no se hace. ¡Perro malo! — regañó Snape poniéndose en pie y acercándose al perro para tomarlo del collar y alejarlo de la bailarina y su cena— Eso no se hace, no nos comemos la comida de los demás. Eres un perro muy malo.

—¡No le grites! —saltó a defender al cuadrúpedo, olvidando que acababa de comerse su cena.

—No le estoy gritando, le estoy corrigiendo —replicó el pelinegro, intentando bajar al can del sofá hasta que Hermione se lo impidió.

—Pero es solo un bebé, no sabe lo que hace. Lo hizo sin querer, ¿no es verdad, amor? —Lamarck ladró en respuesta, bajando las orejas y poniendo ojos tristes, la misma cara que solía poner cuando quería salirse con la suya—. Además, es mi culpa por no invitarle nada. De seguro tenía hambre.

—Él ya comió, Hermione.

—¡Todavía está chiquito! Está en formación, necesita comer para crecer. No lo hizo de malo, solo es un bebé, no sabe lo que hace.

El perro abrió aún más aquellos ojos heterocromáticos tristes y brillantes. Incluso de acercó a lamerme la mano a su amo en modo de disculpa. Snape frunció el ceño.

—Ni creas que haciendo eso te vas a salvar, perro manipulador.

—Ya déjalo, Severus —pidió acariciando su cabeza y acercando la comida a su hocico—. Ven aquí, bebé. No le hagas caso a ese hombre malo. Tú puedes comer todo lo que tú quieras.

Dándose por vencido, Snape soltó al perro y volvió a sentarse al lado de Granger, soltando un bufido, esperando conseguir, aunque sea una pizca de la atención que la castaña le daba a su perro. Sin embargo, Hermione estaba muy ocupada sosteniendo el tupper donde el perro comía con devoción. Lamarck había vuelto al sofá y ahora estaba hundido en el mueble, comiendo feliz de la vida mientras recibía los mimos y caricias de la bailarina. Una vez más se había salido con la suya.

Estúpido perro, pensó.

—Lo engríes demasiado —regañó rodando los ojos.

—Claro que sí, es mi bebé, debo engreírlo —admitió divertida, evitando girar su cabeza para no verlo malhumorado—. Es lo mínimo que puedo hacer, he sido una madre muy negligente estas últimas semanas. Ni siquiera lo he ido a visitar.

Ambos se quedaron en silencio, sin decir nada. La sangre viajó rápido de regreso a las orejas del profesor. Había muchas formas de interpretar aquellos enunciados y cientos de cosas que se podían deducir de ellos. Si ella era la mamá de Lamarck, significaba que él sería el... ¿papá? Y si ambos eran los padres, significaba que… ¿eran pareja?

—Creo que... creo que ya terminó —dijo la joven, retirando el tupper ya vacío. Lamarck no había dejado ni un arroz. Sí que tenía hambre—. Gracias por la comida. Iré a lavarlo.

—No, no, por favor. Yo lo lavo.

—No, por...—

—Por favor. Mi perro se comió tu comida, es lo mínimo que puedo hacer.

Snape se dirigió a la pequeña kitchenette para lavar todo, dejando a Hermione en compañía del perro. Ahora que estaba en el pequeño espacio, se daba cuenta de que él era demasiado grande para ese departamento o, por lo menos, para esa cocina. No demoró mucho por lo que, a los pocos minutos, ya estaba secándose las manos con un trapo de cocina cuando escuchó a la bailarina hablarle en voz baja a Lamarck. Se detuvo al instante, fingiendo estar ocupado en cualquier otra cosa, y agudizó el oído lo más que pudo.

—A veces quisiera ser tú, ¿sabes? Tú no tienes que preocuparte por hacer las cosas bien, eres un perro. Nadie tiene expectativas de ti —le susurraba bajito, rodeándolo con ambos brazos y apoyando parte de su mentón en su cabeza, aspirando el aroma característico del perro—. Tú no tienes pasado. Nadie espera que vuelvas a ser el de antes, que ganes concursos ni que te conviertas en un verdadero adulto. Solo tienes que preocuparte por comer, jugar y lucir adorable.

Su voz se escuchaba distante y rota; sin embargo, llena de ternura a la vez, como si le estuviese hablando al ser más valioso en su vida. Snape agachó la cabeza y regresó al lavabo, decidido a darle algo de espacio y privacidad a la muchacha. Ocupó su tiempo en secar platos y cubiertos, guardarlos en sus respectivos cajones y explorar algunos armarios para ver qué tan bien equipada estaba esa cocina. No quería escuchar lo que Hermione estaba confesándole a su perro, pero no pudo evitar capturar algunas palabras.

Era como si mientras más se esforzara en no escuchar, más fuerte se volvía el sonido de su voz.

Hermione estaba contándole los detalles de su fallida audición, desde el proceso de preparación de coreografías y selección del vestido hasta el momento en el que anunciaron a los seleccionados para el concurso de este mes en Blackpool. Le contó lo decepcionada que estaba de sí misma, de lo patético que fue su performance y el ridículo que había hecho frente a sus ex colegas. Le confesó lo mal que se sentía por Viktor. El hombre tenía una reputación que cuidar. No era cualquier bailarín, era un campeón internacional, acababa de ganar el plata en Rusia, no podía bajar de categoría tan radicalmente como lo había hecho hoy al bailar con ella.

Se suponía que hoy iba a ser un buen día, pero por desgracia la realidad fue muy diferente.

—No sé qué pasó. Cuando vi al jurado, yo... Me sentí una novata otra vez. Era como si hubiese olvidado todo lo que aprendí durante años y entre pánico —abrazando al perro, Hermione empezó a mecerse de un lado al otro, sollozando contra su albo pelaje—. Pensé que podría hacerlo. Estaba confiada, pero cuando entré a la pista de baile esta se veía... ¡enorme! De la nada, los otros bailarines empezaron a rodearnos y nosotros dábamos vueltas y yo... No lo sé —suspiró agotada—. Tengo miedo, Lamarck. Tal vez no estoy lista para volver, tal vez ni siquiera debería volver —se limpió unas lágrimas con una mano mientras la otra aún se aferraba al perro—, pero si no vuelvo... si no vuelvo habré desperdiciado mi vida entera. Llevo 20 años bailando, Lamarck, ¡veinte! Le he dedicado toda mi maldita vida a este deporte. ¿Sabes cuánto han gastado mis padres en cada vestido? ¿Sabes cuántas veces se me han caído las uñas por pasarme horas ensayando? ¡¿Tienes idea de cuántas cosas me he perdido por pasarme los días encerrada en un estudio?! —Hermione ya no podía hablar con claridad, se estaba ahogando con su propio llanto— ¿Qué voy a hacer si no puedo ser bailarina profesional otra vez? Ya es muy tarde para echarme para atrás. Estoy arrastrando a Viktor y a la profesora McGonagall conmigo y ellos no se merecen esto, no es justo... No sé si pueda hacerlo, tal vez mis papás tenían razón y esto ya se acabó... Lamarck, no sé qué hacer... No sé por qué cada vez que intento hacer bien las cosas siempre termino fallando, una y otra y otra y otra vez... ¿Por qué nada puede salirme bien, aunque sea una vez?

Snape se quedó en silencio, escuchando los sollozos disimulados de la muchacha. Sabía perfectamente lo que se sentía vivir con esa sensación de fracaso todos los días, ese miedo a no saber qué hacer con tu vida, a llegar a un punto en el que se tiene tanta ansiedad por todo lo que estás viviendo, las decisiones que ya tomaste y por tu futuro incierto que puedes entrar en pánico y paralizarte y solo desear esconderte hasta que las cosas se solucionen mágicamente.

Pero no puedes hacer eso porque nadie más que tú puede arreglar tu mierda.

—Ya ni siquiera sé si esto es lo que quiero hacer el resto de mi vida. No tiene sentido. Mírame, tengo 23 años. ¿Sabes cuál era el plan? Se suponía que a los 25 iba a estar graduada con honores, hasta le prometí una tesis laureada a mi papá. Iba a ser una bailarina profesional e iba triunfar en Blackpool. Luego, a los 27, iría a competir a Estados Unidos y hasta pensé que participaría en Dancing with the Stars antes de los 30 y haría dupla con alguien famoso en televisión —río con tristeza, como burlándose de su mala suerte—. Tenía grandes planes, pero, así como van las cosas, será un milagro si por lo menos llego a pagar la renta este fin de mes sin ayuda de Sirius... Hmmm, lo siento, Lamarck, merecías una mejor mamá, no un completo caso perdido.

Al escuchar esas palabras, Snape salió de su escondite y se acercó con paso firme hacia ella, sentándose a su lado. Hermione se reincorporó al instante, soltando al perro para llevarse las manos a los ojos y limpiarse el resto de sus lágrimas con furia, estrujando su delicada piel bronceada.

—No eres un caso perdido, Granger —le dijo extendiendo su mano hacia su rostro para acunarlo con ternura, obligándola a girarse y verlo a los oscuros ojos—. Tal vez un poco llorona y algo vulnerable, pero no un caso perdido —con su mano libre, acomodó un mechón detrás de su oreja y le regaló una pequeña sonrisa—. Eres una chica asombrosa y una gran bailarina. Solo necesitas convencerte de eso.

Hermione levantó aquellos preciosos ojos color miel y se mantuvo observando los de Snape en silencio por de segundos, bajando todas sus barreras, su orgullo tonto y enojo mal disimulado que la hacían lo suficientemente fuerte para enfrentar el mundo cada día, y se mostró vulnerable y herida ante él.

Desnudando su alma por completo.

—Tuve mucho miedo, Severus —sollozo con la voz pastosa, como si tuviera la garganta seca después haberse pasado horas durmiendo—. Mientras me preparaba para entrar a la pista de baile, yo... yo sentí que todo estaba sucediendo de nuevo. ¡Absolutamente todo! Podía verme a mí misma siendo arreglada por mi madre y Ginny, viendo cómo trataban de ocultar toda mi miseria con maquillaje; como mi ex maestro me arrastraba por todo el edificio hasta llegar al Empress Salon; como discutía con Ron mientras bailábamos y él caía sobre mí y mi pierna y... —se mordió el interior de sus mejillas y dejó escapar todo el aire de sus pulmones—. Todo estaba pasando de nuevo.

Dos gruesas lágrimas cayeron por sus rosadas mejillas, mojando las manos de Severus.

—Cuando empezamos a bailar, todo iba bien. Sí, estábamos algo desconcentrados y puede que nos equivocamos un par de veces, fue mi culpa, lo admito, pero íbamos bien... hasta que llegó la ronda de quickstep —sus manos subieron hasta las de él y, con delicadeza, las apartó para alejarse y evitar seguir mirándolo a la cara—. Cuando empezó... cuando empezó, yo sentí que los demás bailarines venían hacia nosotros y nos cerraban una y otra vez. Fue como revivir aquella caída. Podía verme en el suelo y los otros concursantes volvían a abalanzarse sobre mí, todos hablando al mismo tiempo, gritando como locos. Mi pierna... Fue un asco, Snape. Dimos asco... ¿Recuerdas a la maestra Kaminski, la mujer que conocimos en la gala del Bloomsbury? —Snape asintió. Era imposible olvidar a esa mujer, todo un personaje— Ella estaba ahí. Era uno de los jurados invitados.

Snape frunció el ceño, sorprendido— ¿Y te reconoció? ¿Te dijo algo?

—Obvio que me reconoció —respondió fastidiada—. Al acabar el evento se dirigió a nosotros. Le presenté a Viktor y todas esas formalidades. Luego nos dijo que no nos sintiéramos mal, que la competencia estuvo fuerte y "mejor suerte para la próxima".

¡Cómo odiaba esa frase! Siempre procuraba ganar para no tener que escucharla.

—No se escucha tan mal. En parte, tiene razón. Era una competencia fuerte, todos eran profesionales.

—No me molesta lo qué dijo. Me molesta cómo lo dijo —bufó dejándose caer para atrás en su sofá—. Debiste verle la cara. Se le notaba incómoda y apenada. O sea, se notaba que quería decirnos más cosas, pero no se atrevía. Seguro no quería hacernos sentir peor de lo que ya nos sentíamos —suspiró derrotada—. Se pasó toda nuestra ronda anotando en un papel. Lo más probable es que haya apuntado nuestras fallas. Se lo dio a Viktor antes de despedirnos. Él no me quiso decir que contenía, dijo que no estaba en condiciones para leerlo, que primero tenía que calmarme... Nos peleamos por eso.

—No se veía molesto cuando hablé con él.

Al contrario, Viktor Krum estaba triste cuando llegó. Se había alejado de todos para lamerse las heridas en silencio. Sin embargo, también había saltado como una fiera cuando se sintió amenazado por sus comentarios sobre Hermione. Parecía estar más dispuesto a protegerla a ella que a él mismo.

—Es que no está molesto, solo discutimos porque yo estaba molesta —murmuró entre dientes—. Debo pedirle una disculpa. Me porté como una niña malcriada con él.

—Sin mencionar el hecho de que casi le rompes la cadera —añadió con sarcasmo.

—No me hagas sentir peor de lo que ya me siento. Se supone que estas aquí para apoyarme —se quejó frunciendo el ceño—. Pero tienes razón. Me disculparé mañana, Viktor tiene razón, primero debo calmarme.

El hombre asintió, quedándose callado al igual que de su interlocutora. Frente a ellos, Lamarck olfateaba entre las macetas de la castaña, jugando con las hojas verdes que le provocaban cosquillas en el hocico. Snape contuvo la respiración cuando descubrió al can lamiéndolas pues pensó que, en cualquier momento, terminaría comiéndoselas.

—Debí hacerle caso a la profesora McGonagall y no haber ido. Tenía razón, no estamos listos para bailar juntos, al menos no en competencias grandes. Ambos somos buenos y no es como que no nos entendiéramos en la pista, es solo que… todavía no somos una pareja formalmente constituida. Nos quedó mucho por aprender el uno del otro, aprender a leernos, aprender el estilo de cada uno. Viktor es mucho más lento que yo en algunos bailes, es como que si detuviera a posar para una fotografía. Yo voy más rápido, trato de aprovechar al máximo todo el minuto y veinte que nos dan para la performance… Esa era la estrategia que desarrollé con Ron. Bailábamos rápido para evitar que nos cerraran y tratábamos de hacer la mayor cantidad de piruetas en los solos —de pronto, una sonrisa triste se formó en sus labios, como si hubiese recordado algo hermoso—. La gente se volvía loca.

—¿Presumían? —preguntó enarcando una ceja, recordando las palabras que la escocesa le dijo durante la tarde.

—Un poco… mucho —admitió—. A Ron siempre le gustó la atención. Es el último hijo hombre de una familia muy numerosa. Le gustaba hacerse notar. Adoraba que el público supiera que estaba participando. Por eso le pusieron "King Weasley". Se creía el rey de la pista.

—Pero… pero a ti también te gustaba, ¿verdad?

—Sí, supongo que sí. Me gustaban los aplausos, las flores, los peluches, los regalos. Era bonito tener tanta atención. Creo que por eso nos obsesionaba tanto ganar. Mientras más concursos ganábamos, mejores cosas obteníamos: mejores patrocinadores, más invitaciones a mejores concursos, más fans, más fama… más… más…—

—¿Atención?

—Atención —repitió ella, asintiendo con la cabeza, como si saboreara cada una de las letras que componía dicha palabra—. Cuando conocí a McGonagall… cuando empecé a trabajar para ella, me dijo que había notado que yo era muy… que estaba muy obsesionada con la idea de ganar, llamar la atención del jurado, volverme la favorita del público. Una estrategia muy ingeniosa, pero peligrosa a la vez. De doble filo —estiró la mano para que el perro se le acercara y, así, poder acariciar su cabeza—. Un día estás en la cima y todos te adoran, pero haces algo mal, aunque sea la cosa más pequeña, y todos te tiran hate hasta que terminas lapidada y deshaciéndote de todas tus redes sociales para no tener que leerlos nunca más.

Para alejar los recuerdos de aquellos horribles comentarios en su Instagram y otras cuentas, Hermione se inclinó hacia adelante y depositó un beso en la cabeza del perro. Pasos sus bonitas manos por su pelaje, jugando con la perfecta cabellera blanca. Lamarck movía la cola de un lado a otro, feliz de volver a recibir la atención de la castaña. Snape estiró un dedo y dio ligeros golpecitos en la punta de la húmeda nariz de su perro, jugando con él mientras pensaba en sus siguientes palabras.

—¿Qué te dijo McGonagall cuando hablaron esta tarde? —la chica levantó la cabeza al escuchar el nombre de su mentora— Si se puede saber, claro.

Hermione suspiró y se acomodó sobre el asiento.

—Me dijo que no me estaba comportando como una profesional y que había sido desconsiderada tanto con ella como con Viktor. Somos un equipo y yo lo olvidé por completo —suspiró derrotada, hundiéndose en el mueble—. En parte tiene razón. Teníamos un plan: íbamos a practicar juntos medio año para conocernos y desarrollar una estrategia, luego practicaríamos en syllabus locales y, en un año, estaríamos compitiendo en Opens internacionales otra vez dado que ambos ya tenemos experiencia y cierta fama.

—Suena como un buen plan.

—Y lo es, pero yo lo olvidé por completo —levantó los hombros como si ya no le importara y exhaló con fuerza—. Pensé que estaría lista para volver. Volver a lo grande. ¡A Blackpool! Pero solo entré en pánico en cuanto vi la mesa de jurados… Patético —dijo para sí misma—. Viktor tiene una reputación que mantener; la profesora McGonagall, una carrera que quiere finalizar con dignidad y ninguno de los dos podrá cumplir con sus objetivos si yo no soy capaz de pararme en una pista de baile y realizar una coreografía sin caerme o tropezar cada dos pasos —la joven tocó la oscura nariz de Lamarck con el dedo pulgar de su pie y volvió a cruzar las piernas una sobre otra, hundiéndose más y más sobre el sofá—. Cuando debuté en Blackpool en Adulto I, Viktor estaba compitiendo en el nivel C de la misma categoría. Yo estaba en el E, que son los de 19 y 20 años. Él y su ex compañera, Nadya, eran asombrosos. Recuerdo que solía verlos ensayar y eran magníficos … Fueron muy amables conmigo, ¿sabes? Era la segunda vez que habían sido invitados al concurso y se dieron cuenta al instante que era carne fresca. Me ayudaron mucho, fueron unos excelentes anfitriones todo el tiempo que pasamos juntos antes de la final… Creo que son lo único bueno que recuerdo de toda esa experiencia.

Frunció los labios, negando despacio con la cabeza, perdida en sí.

—¿Por qué es tan importante Blackpool? —Snape preguntó, volviendo a llamar su atención. Esta era una pregunta que llevaba horas y horas rondando dentro de su cabeza y sentía que era el momento para soltarla. Hermione frunció el ceño y se giró confundida hacia él.

—¡Ya te lo dije! —exclamó fastidiada—. Blackpool es la cumbre de todo. ¡Todos quieren ir! Solo serás un gran bailarín de ballroom si vas a Blackpool.

—¡No! —exclamó tan fuerte que asustó a Lamarck hasta hacerlo huir despavorido hacia cualquier lado del pequeño departamento—. Me refiero a que "por qué es tan importante Blackpool para ti". Digo, debe haber algo más que solo el prestigio de haber participado. Algo más… personal.

Ella agachó la cabeza y meditó un poco sobre eso. ¿Había algo, además de la fama y el prestigio, que la motivara a regresar a Blackpool? No estaba segura. Blackpool era una etapa muy agridulce en su vida. Por un lado, lo amaba. Le encantaba la organización, la elegancia y la magia que solo se vivía en el Empress Salon. Su primera y única vez ahí la había dejado anonadada. Era como estar dentro de un cuento de hadas. Por otro lado, le aterraba. Blackpool era el recordatorio constante de su fracaso, el sinónimo de su derrota, el punto de quiebre y colapso de su carrera, por no mencionar la ruptura de su relación y de su pierna.

Pero volviendo al punto, ¿existía algo personal que realmente la motivara a regresar a Blackpool?

No estaba segura de ello.

— La profesora McGonagall me dijo que tú crees que hay algo allá esperándote… ¿Eso es verdad?

Hermione frunció el ceño y se mordió el labio inferior con fuerza, casi tornando blanquecino debido a la obstrucción del paso de sangre.

—Mi revancha —susurró avergonzada. Era una respuesta demasiado infantil, pero era la única que se le ocurría. Al menos, sería sincera—. Es lo único… Se suponía que iba a ser MI momento, pero… —se calló, dejando la idea a medio terminar.

Severus Snape jamás sabría hubiesen sido las siguientes palabras de la bailarina pues, luego de unos minutos atrapados en un silencio muy incómodo, Hermione cambió radicalmente de tema, tomándolo desprevenido.

—¿Me abrazas? ¿Por favor?

Snape se giró para encontrarla mirándolo fijamente. Sus ojos miel, todavía hinchados y algo rojos, pero por fin secos, brillaban bajo la luz de la sala, revelando aquel mar de emociones encontradas que Hermione estaba experimentando. Se veía tan pequeña y vulnerable, pero a la vez tan fuerte y hermosa. Ella era una guerrera en un momento de debilidad. Un momento de debilidad que podía tener cualquier persona en este mundo, incluso él.

—Está bien.

Algo inseguro, el profesor abrió los brazos y Hermione no perdió el tiempo esperando una invitación. Se abalanzó hacia él, casi quitándole el aliento a causa de la violencia del impacto contra su cuerpo. La muchacha castaña rodeó su torso con sus brazos y se aferró a la suave tela de su ropa con ambas manos, tocando toda la extensión de su espalda. Su pequeño rostro se restregaba contra su pecho y su cabello rizado se encargaba de ocultarla de su mirada.

Snape se quedó inmóvil, aún con los brazos extendidos, impresionado por la reacción de la castaña. Parecía que necesitaba ese abrazo más de lo que él hubiese imaginado. Tragó hondo y, cuando se sintió listo, bajó sus manos temblorosas para rodear el cuerpo de la bailarina, devolviéndole el abrazo. Se acomodó mejor sobre el sofá, arrastrando a Hermione con él, de modo que se encontraban con las piernas recogidas y apoyadas unas sobre el otras. El profesor llevó una de sus manos hacia la cabeza de la castaña, permitiendo que sus dedos se perdieran entre sus rizos, y la otra, a su espalda, donde la movió de arriba abajo, acariciando la zona como un intento de consuelo. Por último, apoyó su mejilla sobre la coronilla de Hermione y empezó a mecerla con suavidad, ambos uniéndose en un vaivén similar al de un botecito en medio del mar.

Lamarck, el samoyedo blanco, asomó la cabeza desde su escondite, vigilando a sus humanos. Las cosas parecían más calmadas por lo que no dudó en acercarse y recostarse justo frente a ellos en completo silencio. El can observaba con atención a su amo abrazando a su amiga, susurrando palabras que no lograba comprender, pero en las que sí percibía con una fuerte carga emocional. En un determinado momento, los ojos negros de Snape se encontraron con los heterocromáticos de Lamarck, el castaño bonito y el celeste ciego. El can estuvo tentando a levantarse e ir hacia ellos, ya hasta había levantado la cabeza del piso, pero —como si fuera capaz de hablarle por telepatía— el pelinegro le suplicó con la mirada que se quedara quieto en su lugar.

Tan fuerte fue el deseo que, por primera vez en muchísimo tiempo, Lamarck obedeció a su amo y se quedó completamente quieto.

Sus respiraciones se acompasaron como si bailaran un suave vals. Hermione era capaz de escuchar los latidos fuertes y constantes del corazón de Snape. Era un sonido hipnótico que, de alguna forma, la tranquilizaba. Sentir la mano del profesor frotando su espalda y el suave aroma de su colonia le brindaban la seguridad que tanto necesitaba. Cerró los ojos y se dejó arrullar por aquel suave balance, aferrándose aún más a su espalda.

A él.

—¿Puedo pedirte algo? —preguntó Snape.

—… Mmm-Hhhh.

—Prométeme que no vas a abandonar tu sueño—susurró despacio, también cerrando los ojos—. No lo hagas porque... porque llegarás a una edad como la mía y te preguntarás qué hubiese pasado si tan solo hubieses tenido el valor de hacerlo. Cuando llegue la noche y a veces no puedas dormir, mirarás al pasado y te arrepentirás de hacerlo hecho.

Hermione se revolvió entre sus brazos y la apretó más fuerte, depositando un casto beso en su cabello.

—Tienes un extraordinario equipo apoyándote. McGonagall es una mentora increíble y Krum, pues, es un multicampeón internacional, mundial, de Europa, Bulgaria, Rusia —se enredó con sus propias palabras, arrancándole una risilla a la bailarina—. Él es... tiene un currículum muy impresionante.

—Lo sé.

—Y, y, y también tienes a muchas personas muy buenas que creen ti: Potter, Longbottom, Lovegood, la Srta. Weasley, Black... y yo. Creemos en ti —sus dedos acariciaron sus rizos, tratando de peinarlos y no quedarse atrapados en el intento—. Volver a levantarse nunca es fácil, sobre todo cuando pasó algo tan traumático como lo de tu pierna, pero tienes que hacerlo, Hermione. No puedes quedarte aquí, escondida en tu sala el resto de tu vida, lamentándote por algo que pasó hace tres años, ya casi cuatro.

"¡Mira quién habla!", se burló su consciencia.

El profesor apretó los labios y tomó aire, silenciando esos pensamientos.

—Lo que quiero decir es que... no quiero que pases por lo mismo que yo cuando tengas mi edad. No quiero que cometas mis mismos errores.

Hermione hizo un ademán de alejarse y Snape aflojó su agarre, permitiéndole levantar la cabeza en su dirección. Sus ojos miel se mostraban grandes y curiosos.

—¿A qué te refieres?

Snape se mordió el interior de las mejillas y desvió la mirada hacia la derecha, buscando a Lamarck como punto de apoyo. Sentía que estaban tocando un tema muy delicado en una faceta muy confusa de su vida. Los 40 eran su crisis, ese momento de su vida donde todavía se preguntaba todas las mañanas si esa aburrida rutina era todo lo que le esperaba de aquí en adelante. No obstante, si bien sentía que había pasado una eternidad, no olvidaba lo que se sentía tener 20 y estar en esa etapa de tu vida donde te lanzan sin paracaídas a la vida adulta, sin un manual de instrucciones y con cero experiencia tanto en el mundo laboral como en la vida privada.

No puedo evitar preguntarse si los 20 eran la antesala a los 40 y si, en 20 años más, sufriría la crisis de los 60.

—Me refiero a no arriesgarte. Me refiero a que vivir con esa sensación de fracaso el resto de tu vida por no haber logrado tus metas —explicó pasando una mano por su cabello—. Mírame a mí. Tenía todo para triunfar y llegar lejos: me gradué con honores, tuve muchas cartas de recomendaciones, obtuve una beca para ir a estudiar una maestra y hasta un doctorado en Francia. ¡Maldita sea! ¡Soy un doctor, Granger! Un maldito doctor y lo único que he podido conseguir es un trabajo como profesor en un colegio. Ni siquiera en una universidad, sino en un colegio lleno de adolescentes hormonados que no son capaces de distinguir un polisacárido de un oligosacárido —la joven ocultó su sonrisa escondiendo un poco la cabeza—. A veces me veo al espejo y no me reconozco. No sé dónde quedaron mis sueños, no sé dónde quedaron todos esos planes y estudios y diplomas.

Snape negó con la cabeza y suspiró agotado.

—No eres la única que tiene crisis existenciales, niña. Al final del día, a veces no importa cuántos estudios, diplomas, premios o condecoraciones tengas. Eso no va a determinar tu éxito en la vida. Estudiar es importante, sí. Para cualquier cosa a la que te quieras dedicar, siempre es importante estudiar y perfeccionarse, pero lo que nunca te dicen es que no solo basta con tener un certificado para poder alcanzar tus metas —todavía sentados, Snape tomó a Hermione por los hombros y se armó de valor para hablarle de corazón—. Debes ponerle mucha voluntad y arriesgarte. No es por el simple hecho de tener un título universitario o, en tu caso, una medalla de primer puesto lugar, que tu vida se solucionará y todo será perfecto otra vez. Debes ser persistente, arriesgarte. Te van a cerrar las puertas, una y otra vez. Te vas a caer y te vas a levantar y volverte caer y otra vez te levantaras. Lo importante aquí es que no te des por vencida. Puede que el plan no haya salido a la perfección, puede que ya ni siquiera exista un plan, pero si te rindes ahora... si te rindes ahora te arrepentirás el resto de tu vida.

Los ojos grandes de Hermione parpadearon un par de veces. Se mantuvo en silencio mientras bajaba la mirada para volver a esconderse en su pecho, aflojando poco a poco su agarre.

—Recuerda que no estás sola. Hay muchas personas apoyándote y tienes mucho talento, solo te falta confiar un poco más en ti misma. Habrá muchas oportunidades más, muchos concursos en los que podrás participar. Con cada uno te irás haciendo más y más fuerte hasta que vuelvas a ser tan buena como antes. Me atrevería a decir que hasta mejor —Snape inclinó su cabeza sobre la de ella y la buscó, haciéndole cosquillas cada vez que su nariz rozaba con sus mejillas o su cabello—. Solo te quiero que aconsejar que no hagas esto porque todos esperan que vuelvas a bailar o porque crees que debes hacerlo porque no tienes más opciones. No lo hagas por la atención, la fama, los patrocinadores y el dinero. No hagas esto para demostrarle nada a nadie. Si algo he aprendido estos 42 años de mi vida es que debes hacer las cosas porque quieres, porque te hacen feliz. Al final, todos podrán opinar sobre lo que elijas o decirte que decisión tomar, pero serás tú quien viva las consecuencias, ya sean buenas o malas.

Logró que Hermione levantara el rostro y lo tomó con ambas manos para no dejarla volver a escapar. Esto era muy importante y tenía que estar presente en todos los sentidos.

—Haz esto porque amas lo que haces. Hace un tiempo tú me hablas de pasión. No iba a poder bailar si no encontraba mi pasión. Ya la encontré y fue gracias a ti —le sonrió con ternura. Hermione reaccionó como un espejo y lo imitó, sonriendo conmovida por su declaración—. No solo me ayudaste a encontrar pasión para bailar, sino que también para vivir. Ahora disfruto ir al parque, disfruto salir a correr, disfruto bailar, disfruto sentir el sol mientras camino... Me has hecho revivir pasiones que creía perdidas —con una mano, acarició su mejilla derecha, disfrutando del contacto de su cálida piel—. Quiero que tú también revivas la tuya, que te reencuentra con tu pasión y la sigas, ¿de acuerdo? No importa qué sea. No importa si es bailar o estudiar una carrera o lo que sea, solo quiero que hagas lo que sea que te haga feliz y recuerda que yo siempre, siempre, siempre te voy a apoyar.

La castaña sonrió, mostrando aquel par de incisivos ligeramente grandes. Una sonrisa preciosa, tan propia de ella. Sus ojos color miel brillaban llorosos, conmovida hasta la médula por aquellas palabras llenas de amor y ternura que acababan de salir de la boca de su alumno. Ella lo miraba con devoción, incapaz de apartar la mirada. Era como si estuviese frente a un ángel salvador que la envolvía con luz y paz. El pelinegro, hipnotizado por la belleza de sus ojos miel, se inclinó hacia adelante, lentamente, casi conteniendo la respiración. Sujetó con firmeza su rostro, elevándolo hacia él. Hermione cerró los ojos, mostrando sus castañas pestañas. No pudo ver la sonrisa que Severus le dedicó mientras admiraba su rostro el cual consideraba perfecto.

Finalmente, se inclinó lo suficiente para que sus labios tocaran la piel de la castaña.

Hermione tembló cuando sintió los labios fríos del profesor besar su frente con ternura. Sus manos se elevaron para sujetar las muñecas del mayor, impidiendo que se alejara cuando este finalizó su beso. Snape apoyó su frente contra la de ella. Sus narices chocaron. Le gustaba la agradable sensación de su piel sensible contra la suya. Los vellos de su nuca y de sus brazos se erizaron. Hermione recorrió con sus manos todo el camino desde sus largos brazos hasta llegar a sus hombros en donde rodeó su cuello con sus brazos, acercándose aún más. Sus narices jugaron una contra otra.

Le hacía cosquillas.

—Te quiero, Severus —susurró con calidez.

Ambos tenían los ojos cerrados y solo se dejaban llevar por sus otros sentidos. La suavidad de sus pieles, el dulce aroma de sus perfumes, el sonido de sus respiraciones y el sabor de sus labios, los cuales bailaban uno encima de otro, casi rozándose, separados por tan solo un par de milímetros.

—Yo también, Hermione.

Finalmente, después de hacerse esperar tanto tiempo, Severus Snape encontró el valor necesario para inclinarse un par de grados hacia adelante y posar sus finos labios sobre los carnosos de ella. A pesar de que ya lo esperaba, es más, lo ansiaba, Hermione respondió aquel beso con timidez. Sin embargo, Snape se encargó de disipar esos miedos y dudas cuando deslizó sus manos grandes por su torso y la atrajo hacia él, casi obligándola a sentarse sobre sus piernas.

Algo en su mente, muy en el fondo, le advertía a Snape que esto no era correcto. Hace tan solo un par de semanas le había dicho que lo mejor era ser solo amigos; sin embargo, esto no era un beso de amigos. ¡Los amigos no se besaban en la boca! También estaba seguro que le había pedido ir despacio, conocerse bien antes de cualquier interacción física si es que hubiese una, pero ahora se la estaba comiendo a besos.

Tenía que empezar a seguir sus propias reglas.

¡Ay! ¡¿Ya qué?! Ya no iba a seguir intentando engañarse a sí mismo con esa tontería de "solo amigos". ¡Era inútil! Era obvio que no eran "solo amigos". Aquella jovencita de desordenada cabellera e incisivos grandes se le había metido dentro de la piel, de la cabeza, del corazón y del alma.

Acéptalo, Severus Snape. Tú estás enamorado.

Jodidamente enamorado.

Lentamente, el pelinegro acomodó a la castaña sobre sus piernas, ayudándola a posicionar sus piernas una a cada lado de sus caderas. Los rosados labios de Hermione seguían bailando sobre los suyos, despertando sensaciones que estuvieron dormidas por mucho tiempo. Sus manos grandes la sujetaban con cuidado. Una apretando su pequeña cintura y la otra, sosteniendo su hermoso rostro. No era un beso apasionado, por supuesto que no, pero amenazaba con convertirse en uno. Sus delicados besos le estaban arrancaban ahogados suspiros a la bailarina y podía jurar que estaban a nada de pasar a algo mucho más… intenso.

¡Oh! Había extrañado besarla, ¡cuánto había extrañado besarla!

Hermione tenía los brazos rodeando su cuello, evitando que escapara. Podía sentir su respiración contra la piel sensible de su rosto y su nariz grande le hacía cosquillas en su mejilla. Se sentía como una adolescente en su primer beso, torpe y nerviosa, pero ansiosa. No quería que acabara, no quería que él rompiera el beso y se alejara de ella. Necesitaba sentir su tacto, su calor, sus brazos rodeándola de forma protectora, su olor a colonia de hombre y sedosa voz susurrándole palabras traviesas al oído.

Sin embargo, existía algo llamado "pulmones", dos órganos súper importantes que le estaban pidiendo oxígeno a gritos por lo que, de mala gana, se vieron obligados a separarse.

Tanto profesora como alumno tenían los ojos cerrados y sus frentes se apoyaban una contra la otra, de forma que ambos sentían la calidez del aliento del otro. Hermione recordaría para siempre el momento exacto en el que Severus Snape tomó su rostro con ambas manos y procedió a esparcir pequeños besos sobre este, llenándolo de mimos y cuidados exclusivos que la hacían sentir especial.

Que la hacían sentir sumamente amada.

—Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero.

Snape levantó las cejas sorprendido ante lo que estaba escuchando, pero al mismo tiempo, sintió cierta calidez creciendo dentro de su recién recuperado corazón. Subió sus manos y la abrazó, escondiendo parte de su cara en el espacio vacío entre su hombro y su cuello. Hermione aprovechó este descanso para jugar con el lóbulo de la oreja del profesor de Química, mordisqueando con suavidad.

¡Eso se sentía tan bien!

Sus pequeñas manos subiendo sensualmente por su cuerpo lo estaba volviendo loco y su perfume. ¡Oh, su perfume! Ese aroma tan característico de ella lo estaban arrastrando dentro de un vórtice del cual nunca podría escapar.

Amaba esto.

No obstante, cuando abrió los ojos, no esperó encontrar lo siguiente: A Lamarck observándolo fijamente desde donde encontraba, echado sobre el suelo.

Para ser sinceros, eso era algo perturbador.

—¿Qué sucede? —preguntó la castaña en un suspiro ahogado al sentir que su pareja estaba ausente. Se alejó un poco, buscándolo con la mirada— ¿Severus?

Snape tragó hondo y contestó— Lamarck nos está mirando.

—¿Qué?

Hermione se giró para ver de qué rayos estaba hablando su pareja, encontrándose con la misma imagen que Snape acababa de presenciar. Un bonito perro samoyedo tirado en el suelo y mirándola fijamente con aquellos ojos brillantes, inmóvil y curioso. Al instante, la sangré corrió a toda velocidad hasta sus mejillas y, como si el contacto con el cuerpo de Snape le quemara, Hermione se apartó, arrastrándose por el sofá lejos de él.

¿Se habían estado besando frente a Lamarck todo este tiempo?

¡Guau!, ladró el perro.

Parece que sí.

Eran unos padres tan irresponsables. ¡Qué vergüenza!


—Realicen la lectura de las páginas 56 y 57 y resuelvan las preguntas de la página 58. En unos... 15 minutos las corregiremos todo juntos —anunció volviendo a su escritorio, sentándose sobre su cómoda silla giratoria—. Quiero la intervención de todos. Voy a poner nota de participación pronto y hay varios alumnos que no tienen ni un solo punto en mi registro —el profesor estiró su brazo para alcanzar una carpeta negra donde tenía archivados todos los registros de los alumnos que llevaban su curso, separados de acuerdo al año por sencillas pestañas de colores—. Hmmm... Abernathy, Collins, Johnson, voy a empezar por ustedes, así que más vale que estén listos.

Los tres mencionados temblaron sobre sus pupitres y, más rápido que inmediatamente, todos los alumnos de tercer año se lanzaron sobre sus libros a leer sobre Mendeleviev y su aporte a la química, la actual tabla periódica de los elementos.

El profesor estuvo tentado reducir el tiempo a tan solo 10 minutos, pero, aunque le divirtiera muchísimo la idea de ver a sus alumnos trabajar desesperados como abejas obreras, se sentía demasiado cansado mentalmente como para ponerse a responder las preguntas de opción múltiple una por una. Así que solo se recostó sobre su escritorio y abrió su periódico para resolver el crucigrama que no pudo terminar durante la clase anterior.

Hoy era uno de esos días ridículamente largos y muy, muy lentos

Bueno, en realidad tal vez no tanto, al menos no lo fue durante las primeras horas de la mañana. Había pasado por muchas locuras esa mañana y tal vez fue la adrenalina del momento, en contraste con la situación actual, lo que le hacía creer que el resto de su día era aburrido y extremadamente lento.

Pero, ¿qué fue aquello tan emocionante que pasó en la mañana en la vida de Severus Snape?

Pues simple, llegó tarde.

Lo sé, lo sé. No suena muy impresionante, lo admito. Es decir, ¿quién no ha llegado tarde a clases al menos una vez en toda su vida? Pero no estamos hablando de cualquier persona. ¡Estamos hablando del mismísimo profesor Snape! ¡Él jamás llegaba tarde a una clase! El hombre era prácticamente un reloj suizo con patas. Siempre llegaba temprano o simplemente no llegaba, pero jamás ¡jamás! se rebajaría a hacer su aparición sabiendo que iba tarde.

Fue por eso que todos los habitantes del castillo —todos, sin excepción, incluyendo a la Sra. Norris— se quedaron boquiabiertos cuando vieron al profesor de Química atravesar la puerta principal sin su clásico portafolio de cuero, vestido con ropas casuales y con cara de pocos amigos, dando largas zancadas a toda velocidad hacia la sala de profesores para marcar su entrada, aunque esta fuera dos horas después de la hora de ingreso establecida.

"Se le pegaron las sabanas", bromearon algunos alumnos que deambulaban por ahí y puede que no estuvieran tan equivocados.

Sí se le pegaron las sábanas, pero no las suyas.

Sino las de Hermione Granger.

Y es que después de aquel beso interrumpido por Lamarck —y de muchos otros más—, el profesor y la bailarina habían terminado en la cama de esta última, dejándose arrastrar por la llama de la pasión. Ninguno sabía cómo fue que un inocente beso se había trasformado en algo tan intenso, pero tampoco iban a detenerse a preguntar.

Sea como sea, Severus Snape se vio a sí mismo envuelto entre los brazos de la bailarina, ambos recostados sobre su pequeña cama de una plaza y media. Ella se apretaba contra él, rodeando sus caderas con sus bonitas piernas para acercar su hombría a su centro. Snape empujaba lento, pero con fuerza y profundidad. Aún con la ropa puesta, una tienda de campaña de considerable tamaño se había formado en los pantalones del mayor y, a juzgar por los gemidos roncos que se quedaban atorados en su garganta, de seguro debía dolerle mucho.

Ninguno de los dos estaba pensando. Lejos habían quedado las preocupaciones. Ya no les importaba si esto era lo correcto, si estaba bien o mal o si esto podría afectar su relación. Ya nada importaba. Esto era lo que ambos querían y ninguno pensaba detenerse así ambos cayeran al suelo debido al reducido espacio que tenían para moverse.

Quien no pensaba igual era Lamarck quien, afuera, rascaba la puerta con sus patas, asustado de haberse quedado completamente solo en un lugar aún desconocido para él.

Nadie podrá decir que el perro no tocó antes de entrar porque sí lo hizo, es más, a la mañana siguiente, cuando Hermione salía del baño, encontró la puerta blanca de su habitación completamente rasguñada.

"Respeto tu privacidad tocando la puerta..."

Uno imaginaría que después de tanto tocar y tocar, el perro eventualmente se cansaría e iría a dormir al sofá, pero no estábamos hablando de cualquier perro. Estamos hablando de un can que, probablemente, destruiría tu casa tratando se gastar energía corriendo por todos lados si no lo sacabas a pasear al menos una vez al día. Por lo que, no dispuesto a rendirse, hizo su máximo esfuerzo hasta que la puerta cedió.

"... pero reafirmo mi autoridad como tu perro entrando de todos modos".

Lamarck empujó la puerta con ambas patas delanteras y cayó de bruces a la habitación de Hermione, sorprendiendo a los dos amantes con las manos en la masa... o en otros lugares más específicos que no me tomaré la molestia de mencionar.

—¡Pensé que habías cerrado la puerta! —bufó el profesor, reincorporándose al instante.

—La cerradura está rota, no cierra bien —contestó Hermione cubriéndose el rostro con ambas manos, irritada y fastidiada por lo que estaba pasando—. Se supone que tienes que empujarle con fuerza.

—Pues no sé si te has dado cuenta, pero este perro tiene la suficiente fuerza como para tirarte al suelo —respondió a regañadientes. Lamarck se levantó, sacudió su cabeza y caminó hasta las piernas de su amo. Frotó su rostro peludo contra su pantalón y esperó pacientemente a que el profesor se inclinara sobre él para que rascara su cabeza—. Qué voy a hacer contigo, ¿eh? Esta es la segunda vez que nos interrumpes así... te prometo que no habrá una tercera.

El samoyedo movió la cola y se impulsó sobre sus patas traseras para apoyar las delanteras sobre las rodillas de su humano y lamer su rostro.

Obviamente, Snape lo apartó al instante.

—Hmmm... Entonces... ¿Qué hacemos ahora? —preguntó la castaña juguetona, arrodillándose sobre la cama y estirando sus brazos para abrazar al pelinegro por detrás, apoyando su cabeza sobre su hombro—. Podríamos dejar a Lamarck aquí y continuar con lo nuestro en la sala. Mi sofá es cómodo.

Horas más tarde, Snape descubriría que eso era una completa mentira.

El hombre giró la cabeza y su nariz rozó con la mejilla de la bailarina, captando el típico olor de su shampoo.

— No... Lo siento —susurró con pesar, estirando una mano para jugar con sus rizos. —. Ya no tengo ganas.

—Hmmm... Yo creo que el Severus de abajo piensa otra cosa —comentó pícara, deslizando una de sus manos por su abdomen para llegar hacia el sur, donde su miembro a media erección presionaba contra la tela de sus pantalones— Hola, viejo amigo.

—Hmmm... —suspiró dejando caer la cabeza hacia atrás, casi dejándose llevar por las caricias de los dedos de su pequeña bailarina sobre su miembro. Sin embargo, su autocontrol hizo acto de presencia y lo ayudó a resistirse—. Por más que quisiera, no puedo ahora, Granger —la joven retiró la mano y se acomodó detrás de él para mirarlo a los ojos sin dejar de abrazarlo—. Lo siento.

Hermione se inclinó hacia adelante y depositó un tierno beso sobre sus labios.

—No importa.

—En serio, quiero hacerlo, Granger —le dijo con total honestidad, mirándola a los ojos—, pero creo que esto está yendo demasiado rápido. Por algo Lamarck nos ha estado deteniendo tantas veces.

Los dos se giraron a buscar al perro, el cual había desaparecido de su campo de visión. No tardaron mucho en encontrarlo, Lamarck estaba echado en la cama detrás de ellos, revolcándose sobre las sábanas, marcando territorio.

—Puede ser muy inoportuno, ¿verdad?

—A veces creo que solo lo hace para fastidiar.

De vez en cuando, Snape pensaba que Draco había entrenado a Lamarck exclusivamente para que este evitara que el profesor metiera la pata.

—Tienes razón, esto va muy rápido —ella se acomodó sobre la cama y se sentó, apoyando su cabeza sobre la espalda del maestro—. Mejor dejémoslo así.

—Mejor —Snape estiró su mano y tomó la de ella, entrelazando sus dedos y llevándoselos a los labios para besar sus nudillos—. Quiero hacer las cosas bien esta vez, que podamos tener una relación formal y segura para los dos. Una relación de verdad. Sin prisas, sin miedos, sin incomodidades, sin nada que nos pueda lastimar —ella asintió, mirándolo a los ojos—. Tomemos las cosas con calma, nadie nos apresura. Lo haremos cuando los dos nos sintamos totalmente cómodos, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Te voy a respetar, lo prometo —el hombre beso su mano otra vez y se apoyó sobre ella—. Pero tú también tienes que respetarme a mí. Ya no pienso caer en tus encantos, Hermione Granger. Esta vez necesitarás más que un tango para convencerme.

Hermione soltó una carcajada que fue música para sus oídos. Sin embargo, su risa se fue apagando poco a poco al darse cuenta de la magnitud de todas las declaraciones que su amante acababa de decir. Su mano libre viajó a su muslo derecho y pellizcó con suavidad para asegurarse que no estaba soñando. No estaba loca, había escuchado a Severus decir esas palabras. Eso quería decir que...

—¿Quiere decir que ahora tú y yo estamos... juntos? —preguntó con la esperanza en la mano, mirándolo inocente y emocionada— ¿Quieres decir que ahora tú y yo somos... novios?

Dijo aquella última palabra con la emoción de una adolescente traviesa que experimentaba el flechazo de cupido por primera vez.

Snape le sonrió con ternura, acercándose para darle otro beso en los labios.

—Yo no usaría el término "novios" exactamente —añadió, apoyando su frente contra la de ella, con los ojos cerrados y una sonrisa sincera en sus delgados labios—, pero creo que estamos en camino a serlo.

—Eso es suficiente para mí.

Y con un beso, cerraron el tema.

No hubo otro suceso resaltante el resto de la noche. Severus había querido irse a casa, pero ya era muy tarde para hacerlo. El metro ya debería haber cerrado, no era hora para pedir un taxi y no consideraba seguro caminar de regreso a Southfields a tan altas horas de la noche. No obstante, para su buena suerte, su nueva "novia" le dio asilo en su casa, más precisamente en su cama, pero el profesor iba a seguir sus propias palabras y "la iba a respetar".

—¿Seguro que estás cómodo en el sofá? —preguntó pasándole una frazada y una almohada—. Siempre puedes dormir conmigo.

—Dormir contigo es un peligro, Granger —contestó acomodando sus largas piernas bajo una frazada color rosa muy suave—. Sé de lo que eres capaz cuando quieres algo y yo tengo que despertarme temprano mañana porque tengo clases a primera hora. Además, tu cama no es lo suficientemente grande para los dos.

—Bueno, cualquier cosa, ya sabes dónde estoy —la joven se inclinó sobre él y besó su frente—. Descansa… novio mío.

—Ve a dormir, Granger, ya es tarde.

Hermione puso los ojos en blanco y se retiró a su habitación.

El profesor llamó a su perro golpeando con suavidad sus manos contra sus piernas, esperando que el can subiera a su lado para dormir juntos. Sin embargo, Lamarck solo lamió sus manos a modo de despedida y siguió a la bailarina de regreso a su habitación donde, de seguro, dormiría cómodamente sobre la cama de ella, calentito y bien acompañado.

Eso le pasaba por querer ser un "caballero".

En fin, lo que pasó durante la noche no importaba. Lo que importaba fue lo que pasó en la mañana. Está demás decir que el profesor jamás logró levantarse temprano. No había escuchado su alarma y, de no ser por la lengua húmeda del samoyedo y la voz fuerte y clara de la bailarina, Snape jamás hubiese logrado tomar el siguiente tren rumbo a Hogwarts. Probablemente, la mentira del amigo ciego se cayó en cuanto el profesor salió corriendo a toda velocidad del edificio. No se había encontrado con la Sra. Expósito, pero sí con otros inquilinos que salían impecables rumbo a su centro laboral. Si los otros vecinos de la jovencita eran igual a la Sra. Expósito, no dudaba que la noticia de su presencia correría de boca en boca.

Esperaba que Hermione tuviera mejor suerte cuando saliera con Lamarck para llevarlo de regreso a casa.

Mientras el vagón del metro se sacudía de un lado al otro, deteniéndose de estación en estación, Severus Snape intentaba contactar con la oficina de su jefe, el director Dumbledore. Ya podía dar por perdida su primera clase, pero si se apresuraba, podría llegar justo a tiempo a Hogwarts para pedirse un café y tal vez un pan con queso antes de correr hacia la segunda.

Al llegar al colegio, todo el mundo se le quedó mirando. ¡Demonios! Seguía con la misma ropa de ayer y debía tener un aspecto horrible —más de lo normal— debido a la mala noche que pasó al haber dormido en el sofá de Miss Granger. La bailarina era una mentirosa. ¿Cómodo? ¡De cómodo no tenía nada! Un sofá bajo y estrecho comprado en una tienda por departamento no podía compararse con su cama queen size de sabanas de 400 hilos de algodón de alta calidad. ¡La espalda lo estaba matando! Atrás habían quedado los días en las que hasta podía quedarse dormido en un autobús o en el suelo y despertar al día siguiente como si nada.

Ahora necesitaba de una cama ortopédica.

Marcó su entrada y revisó su agenda en el teléfono. Hoy era viernes, tenía clase con los de quinto, séptimo y ter… ¡SEPTIMO! ¡Carajo! ¡¿Por qué con ellos?! No estaba de humor para las clases con los de séptimo año. No hoy que se había despertado con la espalda contracturada y un dolor de cuello de los mil demonios. ¡Encima ni siquiera había logrado tomarse su desayuno! El tren se había demorado más de lo esperado en una estación anterior a la suya por lo que ni siquiera pudo pasar por el comedor y ahora tenía el estómago quemándole y retorciéndose, exigiendo comida.

En serio agradecía que tenía terapia con Sharpe al final del día. La iba a necesitar.

Y sí que la iba a necesitar más de lo que imaginaba pues, al abrir la puerta de su salón de clases, supo que este no iba a ser un día fácil.

"Girl, you'll be a woman soonPlease come take my hand"

Las voces bien entonadas de sus alumnos lo recibieron al instante y ni siquiera se tomaron la molestia de callarse hasta que el hombre se sentó detrás de su escritorio. No iba a dar explicaciones de su tardanza porque, técnicamente, no iba tarde para esta clase, pero era obvio que todos los estudiantes estaban al tanto de su reciente "atraso". Empezó la teoría con total normalidad, desarrollando el tema que tenían programado para esta semana; sin embargo, había algo que lo molestaba y era el constante murmullo de sus alumnitas que, sonrientes, entonaban en voz baja la letra de diferentes canciones.

"Girl, you'll be a woman soon…Soon, you'll need a man"

Al principio, intentó ignorarlo. Las mocosas eran discretas, cantaban muy bajito, solo para ellas. Además, no se sentía en capacidad para reclamarles algo. Ya había tenido suficiente lidiando con el resto de ellos por los pasillos en cuanto arribó al colegio como para perder su tiempo con un par de canciones. Al mismo tiempo, tenía mejores cosas qué hacer, como mandar a Clarke a que le comprara un café y algo para calmar el hambre al Gran Comedor.

"Now you're so cute, I like your styleAnd I know what you mean when you give me a flash of that smile… But girl, you're only a child!"

No obstante, eso no quitaba de lado el hecho de que todavía había algo que lo molestaba un poco.

"Well, I can dance with you honey if you think it's funnyDoes your mother know that you're out?"

Más bien, le incomodaba… y mucho.

"Young girl, get out of my mindMy love for you is way out of line"

Y era el contenido de todas esas canciones.

"Beneath your perfume and your make-up, you're just a baby in disguise"

Snape no era tonto, mucho menos sordo. Entendía perfectamente cada una de aquellas palabras cantadas bajito a su alrededor. Entendía las referencias, entendía las indirectas, entendía las intenciones, ¡lo entendía todo! Todas y cada una de esas canciones hablaban sobre una relación entre una persona mayor, en este caso, un hombre, con una mujer mucho menor que él.

"Porque a mi edad yo puedo ser tu padre. A ti te faltan los años no cumplidos…"

La primera la pasó por alto, ni siquiera la notó. La segunda, también. A la tercera, empezó a prestar atención a la letra. A la cuarta, empezó a extrañarse y, a la quinta, a preocuparse. Su sexto sentido le advertía que había algo sospechoso en la actitud de todos ellos. No estaba loco, mucho menos paranoico. No había pasado casi 10 años dando clases sin haber aprendido nada. Él podía leerlo en la mirada de esos mocosos. ¡Algo ahí olía mal!

Decidido a averiguar qué pasaba, esperó a la siguiente canción y, esta vez, escuchó con sumo detalle la letra.

"Le diría que el tiempo no existeSi es amor de verdad, aunque doble mi edad"

¡Sabía leer entre líneas! ¡Esos mocosos les estaban mandando indirectas!

¡Y sí que eran bien directas!

"Yo te adoro, te quiero y no me importa que tú seas menor que yo"

Snape empezó a sudar en frío. ¡Maldita sea! Esos brutos barbajanes se estaban burlando de él descaradamente justo frente a sus narices y no podía hacer o decir nada porque sería ponerse en evidencia y eso sería aún peor. Lo único que podía hacer era callarlos cuando el sonido parecía ser lo suficientemente alto para ser notado. Lástima que solo pudiera hacerlo dentro de su salón de clase porque, afuera de este, la historia era completamente diferente.

"You walked in caught my attention. I've never seena MAN with so much dimension"

Parecía que todos los de séptimo, absolutamente todos ellos, se habían puesto de acuerdo para cantar aquellas escandalosas canciones con el único objetivo de hacerle la vida imposible ese día. Era un plan maquiavélico, digno de una mente asesina porque estaban matando sus oídos y su paciencia. ¡Incluso se encontró con algunos alumnos de sexto haciendo lo mismo!

Parecían estar en todos lados.

"Elle est jolie, comment peut-il encore lui plaire... Elle au printemps, lui en hiver"

En los pasillos.

"I haven't seen my ex since we broke up. Probably 'cause he didn't wanna grow up
Now I'm out and wearing something low-cut. 'Bout to get attention from a grown up"

En las esquinas.

"Pensé 'este todavía es un niño', pero qué le voy a hacer"

¡Incluso en el gran comedor!

"Nobody stands in between me and MY MAN… It's me and Mr. Jones"

Y estaba seguro que no se salvaría ni siquiera en el baño.

"You're screwed up and brilliantLook like a million-dollar man"

Debía admitirlo, eran creativos. A él jamás se le hubiese ocurrido hacer algo así. ¡¿Quién lo diría?! Esos brutos no eran tan brutos después de todo. Refugiarse tras la seguridad de las letras que otras personas habían compuestos era la mejor forma de molestarlo sin que realmente lo estuvieran molestando. Nadie sospecharía nada, ¡solo eran canciones! Canciones con una maquiavélica intención oculta. Al mismo tiempo, le parecía sorprendente la cantidad de canciones que hablaban sobre las diferencias de edades e, incluso si no hablaban exactamente de ello, sus ingeniosos alumnos se las habían ideado para cambiar la letra fuese sea un poco.

"Amor prohibido murmuran por las calles... porque somos de distintas 'edades' ".

Para eso sí eran inteligentes, ¿verdad? ¡Ah!, pero en los exámenes la historia cambiaba, ¡¿no es así?! ¡Malditos mocosos de mierda!, pensó mientras huía por los pasillos para esconderse en su despacho antes de que fuera hora de almorzar. Cálmate, Severus, cálmate. Recuerda, lo haces porque necesitas dinero. Hacemos esto porque necesitamos ese cheque al final de mes o tú y Lamarck se morirán de hambre.

No podía evitar preguntarse cuánto tiempo se habrían pasado sus alumnos buscando todas esas canciones. Habían hecho un trabajo de investigación notable. Lástima que solo fuera para molestarlo. Si tan solo se esforzaran así cuando les mandaba a investigar a la biblioteca para sus tareas y exposiciones, él no tendría que poner las notas con bolígrafos de tinta roja, aunque, si lo hicieran, le quitaría lo divertido a sus obligaciones como docente.

¡¿Por qué había tantas canciones?! ¿Acaso enamorarse de alguien más joven que tú era más normal de lo que imaginaba? Porque, a lo largo del día, había escuchado todo tipo de letras en todo tipo de canciones para todos los tipos de gustos. Todas con el mismo mensaje

"Para el amor ni hay edad".

Algunas tenían letras muy sutiles, a veces envueltas en ritmos pegajosos que te invitaban a bailarlas. Realmente no eran tan alarmante, solo algo fastidiosas. Algunas ni siquiera se hacían notar.

"Mi niña, mi niña mujer... Mi niña, mi niña mujer"

Otras eran un poco más claras, con un mensaje más conciso, uno que todo el mundo podía entender.

"40 y 20... 40 y 20... Es el amor lo que importa y no lo que diga la gente".

Otras eran mucho más explícitas, con mensajes directos que dejaban muy en claro a todo quien la escuchara las intenciones de su autor.

"A mí me gustan mayores, de esos que llaman señores... de los que te abren la puerta y te mandan flores"

Y otras simplemente se pasaban de la raya.

"Amo su inocencia, 17 años... Amo sus errores, 17 años"

Iba a matarlos, en serio, iba a matarlos a todos. Era mejor renunciar y desaparecer ahora que podía controlarse porque si alguno de esos mocosos volvía a abrir la boca, él iba a incendiar este lugar desde los cimientos, cometiendo el mayor genocidio infantil que se pudiera registrar en los libros de historia.

"No me importa que usted sea mayor que yo... yo 'lo' quiero en mi cama"

Snape soltó un suspiro desesperanzador y se dejó caer sobre su escritorio, olvidando por un segundo que se encontraba a mitad de una clase con los chicos de tercer año. Estaba agotado, tanto física como mentalmente. Sabía que debió haberse quedado en la cama —bueno, sofá— esa mañana cuando su despertador no sonó. Sabía que debió haber faltado todo el día después de haberse perdido su primera clase. Sabía que debió decirle a Dumbledore que llamara al suplente por esta vez, pero ¡no! ¡Él quería ser el profesor responsable!, pensó con sarcasmo mientras alejaba el cansancio de su cuerpo y volvía al aquí y al ahora.

Pero no se iba a dejar vencer por un par de niñatos hormonados. ¡No se iba a dejar vencer!

Volvió su oscura mirada hacia al frente. Los alumnos seguían trabajando en silencio, inmersos en sus tareas o al menos eso era lo que hacía la mayoría de los que estaban sentados en las primeras filas. Los del medio estaban más ocupados conversando entre ellos y los de atrás estaban tomando la siesta vespertina después del almuerzo.

Sí, esos muchachos eran el futuro del país.

Algo llamó su atención. Un grupito de cuatro alumnos se había sentado a cuchichear al fondo del aula. Ellos hablaban con papeles en la mano y, a juzgar por sus expresiones, estaban muy concentrados. Los reconoció al instante y, por ende, sabía que al menos la mitad de ellos no se sentaban ahí, sino en la segunda fila. Los había visto sentados junto a la puerta cuando recién ingresó al salón. ¿En qué momento se habían cambiado de sitio? ¿Tan distraído estuvo como para no darse cuenta?

—Cole, Murphy, ¿qué están haciendo allá atrás?

Las alumnillas casi pegaron un brinco hasta el techo cuando fueron descubiertas por su profesor. Todos se giraron a ver al grupito de cuatro con miradas confusas y sonrisas burlona. Las dos niñas tragaron profundo y se miraron una a la otra para luego mirar a sus compañeros sin saber qué hacer o decir.

—¿Qué? ¿Les comió la lengua el gato de Filch o qué? —pregunto Snape desde su escritorio, frunciendo el ceño hacia ellos. Uno de los alumnos escondió el papel que sostenía en sus manos dentro de su bolsillo, cosa que no pasó desparecido para Snape— ¿Qué son esos papeles? ¿Qué está escondiendo, Sr. Riggs?

Snape ya tenía una idea de lo que podía ser, pero quería que fueron ellos mismos quienes se lo dijeran. Quería verles sus pecosas caras cuando descubriera frente a todos que el contenido de esos papelitos eran más letras de canciones.

Ahora sí tendría motivos para castigar a alguien ese día.

—Son unos apuntes, señor —respondió la Srta. Murphy con su voz temblorosa y chillona.

—¿Apuntes de qué? Si se puede saber.

—... Del curso —eso había sonado más a una pregunta que a una respuesta.

Snape dibujó una pequeñísima, casi imperceptible, sonrisa de lado. ¡Ya los tenía!

—¿De este curso?

—Sí, señor —intervino la Srta. Cole, una chica alta que siempre usaba una diadema en la cabeza—. Es que estamos repasando algunas cosas que no entendimos la clase pasada, pero ya nos regresamos a nuestros asientos —añadió apresurada, levantándose. Su amiga la siguió. Los otros dos chicos de su grupo sólo se quedaron callados, rogando que a Snape se le pasara el mal humor.

—Entonces, ¿le estaban pidiendo ayudar a los Sres. Riggs y O'Malley?

—Sí, señor —Snape dirigió la mirada a los mencionados. Estos estaban escondidos tras sus libros de trabajo.

—Riggs, O'Malley, ¿acaso ustedes no faltaron a la clase pasada? —la Srta. Cole abrió los ojos como platos y palideció en el acto. Cerró los ojos y solo esperó a que sus demás compañeros se les ocurriera algo para salvarla— Y también a la antepasada según mi registro... Sí, aquí lo dice. Estaban en práctica del taller de deporte. Ah, por cierto, aún falta que justifiquen la anterior inasistencia.

Todo intento de rescate quedó en nada.

—Tiene razón, Cole, qué buena idea pedirles a los únicos dos alumnos que no estuvieron en la clase anterior ni la anterior a esa que te expliquen la clase pasada—dijo con sarcasmo, haciendo resonar su voz sedosa por toda el aula—. Qué mala mentirosa es usted. Si no fuera porque no me gustan las mentiras, diría que hasta estoy decepcionado. No por mentir, si no por haber mentido tan mal que hasta un niño de cinco se habría dado cuenta —la jovencita bajó la cabeza y apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas de su mano—. Qué decepción, Murphy. Esperaba más de usted.

Los otros alumnos la seguían mirando fijamente, algunos contenían un par de risas. Mientras tanto, sus otros tres amigos se quedaron callados, esperando que el profesor se olvidara de ellos, pero estaba claro que eso no iba a pasar ni en sus más locos sueños.

—Vengan los cuatro para acá con sus papeles. Quiero ver qué es eso tan importante que está interrumpiendo mi clase.

Resignados y tal vez con algo de miedo en el cuerpo, los cuatro alumnos caminaron rumbo al matadero, digo, rumbo al escritorio del profesor Snape donde el verdugo los esperaba para ponerles un castigo que, probablemente, no olvidaran jamás. Ninguno de sus otros compañeros sintió compasión por ellos pues esos cuatros habían olvidado la primera y más importante regla de todo el colegio:

Nunca interrumpas la clase del profesor Snape.

—Entréguenmelos.

Los niños suspiraron derrotados y sacaron sus papeles de sus respectivos bolsillos, dejándolos sobre el mueble de madera entre ellos y su profesor. Snape observó en silencio como diversos papelillos cuadriculados, seguramente arrancados de sus cuadernos, se apilaban unos sobre otros. Algunos estaban completamente arrugados, otros con las marcas de haber sido doblado en pequeños cuadrados. Unos estaban escritos con un solo tipo de tinta y había uno en especial que parecía haber sido vomitado por un arcoíris.

El profesor estiró su mano para tomarlos y empezar a leerlos, esperando encontrar el coro de alguna canción odiosa. Sin embargo, lo que encontró fue incluso mucho peor. En cuanto sus ojos leyeron la primera línea, su piel cetrina palideció aún más —si es que eso era posible— y sintió que el suelo debajo sus pies había desaparecido y ahora solo caía al vacío sin paracaídas.

Principales atractivos turísticos de Blackpool

Snape levantó la mirada hacia los cuatro alumnos frente a ellos y enarcó una ceja. ¿Qué estaba pasando aquí? Siguió leyendo.

Historia de Blackpool

Economía de Blackpool

Personajes ilustres de Blackpool

Festividades y eventos importantes de Blackpool

Geografía de Blackpool

Blackpool y el deporte

Sus ojos pasaron rápidamente sobre los apuntes, escaneando rápidamente las palabras resaltadas con marcador amarillo. ¿Por qué todos los papeles tenían escrito el nombre de la ciudad? Más importante aún, ¿por qué sus alumnos estaban hablando de Blackpool? ¡Ya estaba harto de escuchar ese nombre! Solo significaba problemas. Problemas para Hermione...

¡Para Hermione!

¿Acaso ellos...?

No, no, no. Eso sería imposible. Él jamás había hablado de ella con nadie del colegio además de Lupin. Además, estaba claro que él no sospechaba nada o al menos eso era lo que creía. Hermione tampoco había hecho apariciones públicas en la escuela, ni siquiera era una ex alumna, por lo que tampoco tenía sentido que supieran de su existencia. Él jamás había sido descuidado para mostrar algo de ella y, a no ser que lo estuvieran espiando o que hubiesen instalado cámaras ocultas en su casa y el departamento de la castaña, no entendía cómo es que ellos conocían de la existencia de su relación con la bailarina.

¡ELLOS SABIAN ALGO!

Y no iban a parar hasta volverlo loco.

—¡¿Qué significa esto?! —preguntó tirando los papeles sobre el escritorio bajo la atenta mirada de los niños. El profesor se levantó de su asiento, casi tirando la silla en el proceso. Su mirada echaba fuego e hizo temblar a más de uno. Snape estaba molesto, demasiado— ¿Riggs? ¿Cole? ¿Murphy? ¿O'Malley? ¿Qué están esperando? ¡Respondan! Hace un par de segundos no paraban de hablar y ahora todos están mudos.

Los chicos se miraron entre ellos y, como si pudieran hablar por telepatía, se rifaron entre ellos para ver quién sería el valiente que respondería todas las interrogantes de Snape. Mandaron a Riggs.

"Claro, el burro por delante, ¿no?", pensó este con sarcasmo antes de abrir la boca.

—¿Y bien?

—Estábamos practicando para nuestra exposición, señor —empezó el muchacho, procurando mirarlo a los ojos y sonar seguro—. Tenemos una presentación para la clase de la profesora Sinistra y nosotros seremos el primer grupo.

Snape entrecerró los ojos y analizó cada uno de ellos, esperando encontrar aquel eslabón débil que terminara confesando todo— ¿Y tenían que hacerlo justo ahora? ¿A mitad de mi clase?

—Sí, señor. Es que no tenemos más tiempo para practicar —complementó Riggs—. La clase de la profesora Sinistra es la siguiente a esta —los otros tres asintieron con la cabeza al instante, apoyando las palabras de su compañero.

No totalmente convencido, se dirigió al resto del salón— ¿Es eso cierto? ¿Todos tienen clase con la profesora Sinistra saliendo de aquí?

—¡Sí, señor! Sí —respondieron varios al unísono.

—¿Y todos tienen exposiciones?

—Sí, profesor.

—Sí, señor.

—Sí, eh, profesor Snape —llamó uno de los alumnos que estaban en las primeras filas—. La profesora Sinistra nos está enseñando sobre las ciudades más importantes del Reino Unido y ahora estamos estudiando las ciudades costeras por medio de exposiciones grupales —explicó, calmando un poco al alterado profesor de Química.

—¿Y todos van a exponer hoy?

—Eso se espera, pero la profesora dijo que hoy debían exponer, por lo menos, tres grupos. Los que escogieron Blackpool, Brighton y Liverpool.

Snape respiró profundo un par de veces, mirando con el ceño fruncido a todos los alumnos de tercer año. Sus miradas demostraban verdadera sinceridad por lo que dedujo que ninguno estaba mintiendo. Al parecer, que el nombre de Blackpool saliera de la boca de sus alumnos había sido pura coincidencia. Sin embargo, eso no lo tranquilizaba del todo. Aunque los de tercero estuvieran fuera de esta campaña del terror para acabar con su paciencia, eso no quería decir que el resto de los grados no estuvieran inmersos en esta, tal y como lo demostraban los chicos de sexto y séptimo.

Tomó aire y se calmó. No iba a ponerse a pelear con cuatro mocosos de 13 años. Estaba demasiado alterado como para hablar sin que se le escapara algún detalle de su vida privada.

—Bien. Si esa exposición es tan importante como para interrumpir mi clase, ¿por qué no pasan al frente y exponen para mí y sus demás compañeros? —sentenció volviéndose a sentar mientras masajeaba sus sienes con sus dedos—. Adelante, el salón es ustedes.

—Profesor, señor, no…—

—No. Exponga, Srta. Cole, por favor, se lo ruego —murmuró entre dientes, cansado—. Si una exposición le parece más importante que mi clase, supongo que el resto de ustedes pensaran lo mismo. Adelante, exponga, la escucho, digo, los escucho a los cuatro.

El fallido intento de ensayo de sus cuatro compañeros le costó al resto de los alumnos su nota de participación en clase puesto que tuvieron que pasarse el resto de ella escuchando a Cole, Murphy, Riggs y O'Malley hablar sobre las maravillas turísticas que tenía Blackpool como si la misma municipalidad de Blackpool les hubiera pagado para promocionar el turismo de su ciudad. La mayoría de los alumnos se aburrió al cabo de un rato dado que, primero, no había un acompañamiento visual que pudiera aportar a la presentación y, segundo, sus compañeros no eran los mejores oradores.

Sin embargo, Snape la encontró interesante en cierto punto.

Dejando de lado la geografía, el deporte, los personajes de ilustres y la historia, Blackpool llamó su atención por la gran cantidad de eventos de baile profesional que se desarrollaban en sus costas. Tal y como sus amigos de la academia McGonagall le habían explicado, Blackpool era la capital mundial del ballroom, pero al mismo tiempo, la ciudad tenía otros atractivos que no tenían nada que ver con el baile como, por ejemplo, su gran variedad de festivales musicales y, por supuesto, el evento más grande y de más larga duración en todo el condado de Lancashire, un evento que movía miles y miles de visitantes cada año.

El Blackpool Illuminations es un festival anual de luces que se celebra cada otoño. Es el mayor espectáculo de luces gratuito de toda Inglaterra. Fue fundado el 18 de septiembre de 1879 y tiene una duración aproximada de 66 días, iniciando a finales de agosto y concluyendo a principios de noviembre. Cada año, la noche de apertura de Illuminations o The Lights, como también se le conoce, se lleva a cabo en una arena especialmente construida para la celebración con la participación de una celebridad que acciona un interruptor para encender las seis millas de luces. Usualmente hay un concierto previo al encendido con bandas de pop, cantantes y comediantes.

Sí había escuchado del Blackpool Illuminations antes, es decir, ¿quién no? Si hasta existía una frase muy famosa haciendo referencia al evento, pero ya hasta había olvidado que existía. Su reciente descubrimiento de Blackpool como la capital del baile de salón había opacado por completo el recuerdo de la existencia del festival de luces anual en la ciudad costera.

Había visto un par de fotos del evento. Era realmente muy bonito.

Snape supuso que esa debía ser la parte bonita de Blackpool que Hermione ignoraba. Detrás de esa pantalla de elegantes bailes en salones sacados de cuentos de hadas, se escondía un divertido festival lleno de luces, colores y música.

El Blackpool Illuminations.

"—¿Por qué es tan importante Blackpool?

¡Ya te lo dije! Blackpool es la cumbre de todo. ¡Todos quieren ir! Solo serás un gran bailarín de ballroom si vas a Blackpool.

¡No! Me refiero a que "por qué es tan importante Blackpool para ti". Digo, debe haber algo más que solo el prestigio de haber participado. Algo más personal... La profesora McGonagall me dijo que tú crees que hay algo allá esperándote… ¿Eso es verdad?".

Hermione pensaba que lo único que la esperaba allá en Blackpool era su revancha. Una revancha contra un enemigo imaginario que tardaría muchos años en llegar. Era tóxico y nada saludable para ella pensar que lograría arreglar su vida en cuanto volviera a competir en alguna de esas galas en la ciudad costera. Ya habían hablado del tema ayer, pero no la sentía tan segura de sus respuestas. Puede que le tomara un poco más de trabajo y tiempo convencerla de abandonar esa tonta idea de buscar su revancha durante los próximos meses, pero estaba decidido a lograrlo por el bien de su castaña.

Su novia.

Bueno, no aún, no formalmente, pero entienden la idea.

Snape quería lo mejor para ella, quería ayudarla a sanar y levantarse y construir algo bonito juntos los dos y lo iba a lograr así tuviera que combatir fuego contra fuego, es decir, Blackpool contra Blackpool.

—¿Severus? —llamó Sharpe mientras lo miraba preocupado desde su cómodo sofá marrón en su consultorio en Kensington— Severus, ¿estás aquí conmigo? ¿En esta sala? —el psicólogo se acomodó las gafas sobre el puente de su nariz y se inclinó hacia adelante, moviendo una mano frente a su paciente para llamar su atención— ¿Hola? Severus, ¿estás bien? ¡Severus!

El profesor parpadeó un par de veces, volviendo en sí. Había estado tan inmerso en sus propios pensamientos que hasta había olvidado que se encontraba a mitad de la sesión de terapia con Sharpe. Sacudió la cabeza, alejando aquellas ideas extrañas de ahí.

—Me estás preocupando. ¿Necesitas aire? ¿Quieres que abra la ventana? —preguntó preocupado.

—No, no… Estoy bien. Solo estaba pensando un poco —respondió masajeándose las sienes—. Discúlpame, no he tenido un día fácil.

—¿Quieres hablar de ello? —el psicólogo lo miraba sorprendido y algo asustado a la vez. Poco a poco se estaba convenciendo a sí mismo de redactar una orden para mandar a su paciente a que se realizara un encefalograma urgente en su clínica de más confianza—. ¿Qué es eso que te tiene tan distraído?

—Ufff… Pues, muchas cosas —respondió acomodándose sobre el sofá, dejando caer su cabeza hacia atrás.

—Pues, empieza por el comienzo.

El profesor sintió como la sangre corría hasta sus orejas. ¡Ay! No quería decir nada aún, sentía que era demasiado irreal para contarlo. Ni siquiera él mismo podía procesar todo lo que había pasado estas últimas 24 horas o menos. ¡Tenía novia! Había conseguido novia anoche y ¡era preciosa! Estaba orgullo de decirlo, pero aún le costaba creerlo. Esas cosas no le pasaban a él, no era tan suertudo, pero al parecer el destino, el universo, las probabilidades, Dios o lo que sea que controlara el espacio-tiempo estaba a su favor el día de hoy.

No quería tentar su suerte.

—Sharpe, necesito un consejo —soltó afligido después de contar todo lo que pasó ayer… Bueno, omitiendo algunos detalles penosos, claro está.

—Claro, ¿sobre qué? —preguntó con una sonrisa.

—Estoy a punto de cometer la locura más grande de mi vida y necesito que me convenzas de que estoy haciendo lo correcto.


—Hmmm... A ver, vuelve a ponerte el otro. Creo que ese te quedaba mejor.

—No, no, Herms, olvida el vestido. Escucha. Tú tenías un pantalón negro súper bonito que te formaba bien el trasero, ¡busca ese!

Las voces de Luna Lovegood y Ginny Weasley salían del altavoz interno de la laptop blanca que descansaba sobre la cómoda de Hermione Granger. La castaña estaba de pie frente a la pantalla, un par de pasos más alejada para que sus amigas pudieran ver su outfit completo a través de la cámara frontal. Hermione iba descalza, con el cabello hecho un caos, pero con un precioso vestido corto color zafiro de falda vaporosa. Era sencillo, pero bonito, aunque las tres concordaban que ese vestido era perfecto para un almuerzo casual durante el verano y no para una cena elegante a mitad del otoño.

Hermione Granger estaba a punto de enloquecer. ¡No tenía nada en su armario que fuera apropiado para la ocasión y solo le quedaba una hora para estar lista! Esta vez, el "No tengo nada que ponerme" era completamente cierto.

—¡Chicas! Entonces, ¿qué me pongo? ¿El pantalón o el vestido?

—¡Vestido!

—¡Pantalón!

Sí, sus dos asesoras de moda tampoco eran de mucha ayuda. Por un lado, tenían a la tierna Luna quien insistía que la mejor opción para una cena elegante era un vestido sencillo y algo de joyería discreta, secretos de belleza que había aprendido de tanto tiempo conviviendo con Sirius Black y sus asesores de imagen. Ella quería algo que dijera "Muchas gracias por invitarme". Por otro lado, Ginny Weasley decía que lo mejor sería portar un estilo más profesional, algo que la empoderara como un buen par de pantalones a la medida y algún blazer combinado con aretes largos y collares delgados. Algo que dijera "Yo soy tu patrona".

—¡Agh! —exclamó, cubriéndose la cara con ambos manos, descargando su frustración en una queja que, de seguro, fue escuchada en todo el edificio—. ¡¿Por qué a mí?! ¡Justo ahora! ¿Por qué? ¿Por qué? ¡¿POR QUÉ?!

Pero ustedes, mis queridos lectores, se estarán preguntado, ¿por qué Hermione estaba armando todo este drama por una simple cena?

Es que no era cualquiera cena. Hermione Granger iba a cenar con Severus Snape esta noche.

—Oye, Herms, ¿me repites a qué restaurante te invitó? —preguntó Ginny, llevándose unas palomitas a la boca desde la comodidad de su sofá.

—No lo sé, dijo que era una sorpresa.

—¿Y no tienes alguna idea de cuál podría ser?

—Hmmm… Creo que podría ser el Searcys, aunque no estoy segura.

—¿El restaurante arriba del Gherkin? —preguntó Luna elevando la voz pues se encontraba haciendo una posición de yoga muy difícil frente al sofá donde se encontraba la pelirroja.

—Ajá.

Ginny Weasley soltó un silbido abriendo los ojos ante la mencionada del nombre del restaurante— ¡Uy! Lugar fino.

—Sí —confirmó la rubia dejando lo que estaba haciendo y yendo a sentarse al lado de su amiga para poder aparecer en pantalla una vez más—. Sirius nos lleva a comer allá a Harry y a mí en ocasiones especiales. Es muy elegante y tiene una vista espectacular. ¡Snape tiene buen gusto!

—Y una billetera fuerte —bromeó la otra—. Escuché que el plato más barato cuesta como 30 libras y no puedes entrar así de fácil. ¡No! Se tiene que hacer reservación y todo eso.

Sí, Hermione Granger tenía una cena con Severus Snape esta noche en un restaurante elegante y las apuestas indicaban que el lugar elegido sería nada más y nada menos y nada más que el Searcys, el restaurante arriba del edificio 30 St. Mary Axe.

El mismo edificio que habían prometido visitar algún día juntos.

Grande había sido su sorpresa cuando recibió aquella inesperada invitación por parte del profesor. ¡Jamás lo hubiese esperado! Había ocurrido hace tan solo dos días, pero Hermione sentía como si hubiesen pasado años, ¡incluso siglos! y, por fin, dentro 50 minutos más, la espera llegaría a su fin.

El pasado miércoles, Hermione estuvo casi toda la mañana en el centro de Londres, específicamente, en el salón de ensayos donde practicaba con sus temporales colegas para el próximo número musical que presentaría este Halloween en un intento de ganar dinero extra. Durante la tarde, estuvo dictando una clase de ballet para las adolescentes de 12 a 15 y luego, ayudando a la profesora McGonagall a entrenar a los chicos del primer turno, las parejas conformadas por Emy y Alex, Lila y Johnny, Julia y Edmond y Sophie y Ben.

Por supuesto, Viktor también estuvo ahí. Ahora que el estudio contaba con la presencia de un campeón actual de ballroom, la profesora le había encomendado la extraordinaria tarea de asesorar a sus jóvenes bailarines masculinos para pulir sus técnicas y coreografías. Solo Viktor podría enseñarles movimientos propios de su género mucho mejor de lo que McGonagall podría hacerlo.

En fin, esa tarde, mientras ayudaba a Emy con sus estiramientos previos a los ensayos, uno de los maestros de los pisos inferiores se asomó por la puerta de salón y tocó tres veces para captar la atención de los bailarines profesionales y Hermione.

—Herms —llamó—, aquí hay un mensajero que te está buscando. Pase, amigo.

Acto seguido, un joven delgado que vestía un uniforme marrón de mensajería apareció cargando un ramo de flores conformado por, al menos, una bonita docena de rosas rojas. La jovencita se levantó de un salto y corrió a su encuentro, completamente sorprendida por el detalle. Atrás, sus alumnos la observaban con sonrisas picarescas, codeándose entre ellos y molestando a la castaña con bromas sobre admiradores secretos.

—Disculpe, señor, ¿sabe quién envía las flores? —preguntó mientras terminaba de firmar el formulario de recepción de envío.

—No, señorita. Yo solo me encargo de entregar los paquetes, pero seguro lo dice en la carta que acompaña el envío—explicó después de verificar que todo estuviera en orden. A continuación, extrajo un sobre color blanco con su nombre escrito en preciosas letra doradas sobre la superficie—. Bueno, eso es todo, muchas gracias. Que pase un buen día, ¡disfrute sus rosas!

Dicho esto, se fue por donde llegó, dejando a una emocionada Hermione Granger oliendo el aroma dulce de su regalo.

—¿Y eso, Herms? —preguntaron las chicas acercándose entusiasmadas como las adolescentes que eran—. ¡Qué bonitas!

—¡Están preciosas!

—¿Quién las envía?

—No lo sé. No tiene remitente, solo una carta.

—Seguro su club de fans —molestó uno de los muchachos, causando la risa de los otros.

—¡Ya! ¡Ya, muchachos! ¡Por favor! —exclamó la profesora McGonagall acercándose a su aprendiz y captando la atención de sus demás estudiantes— Ya no la molesten y regresen a ensayar —espantó a las niñas con un movimiento de su mano, quedándose a solas con Hermione a un lado del salón—. Ahora, usted, Miss Granger, por favor, abra esa carta y acabe con esta duda.

—¡Profesora! —exclamó divertida, ocultando su sonrisa traviesa tras las rosas— No esperaba esto de usted.

—No todos los días pasa algo interesante por aquí —respondió con una sonrisa de lado—. ¿Puedo?

—Por supuesto.

La joven le entregó el ramo de rosas a su maestra y esta las sostuvo con delicadeza, admirando la belleza del arreglo floral, en especial, el bonito listón negro que mantenía juntas a todas las rosas envueltas en el fino papel de tela blanco. Mientras la profesora se entretenía oliendo la fragancia de las flores, Hermione dio un par de pasos hacia los ventanales para poder leer su carta en completa privacidad —si es que eso existía—. La carta estaba doblada en dos partes, una arriba y otra abajo, y tenía dos botones en cada pestaña, los cuales estaban unidos por medio de un delgado hilo blanco, protegiendo el contenido de las miradas curiosas.

A Hermione le hizo recordar mucho a las elegantes invitaciones para las galas que solía recibir cuando aún era una bailarina profesional.

¿Acaso el British Dance Council la estaba invitando a algún evento a ella y al estudio?

Nada más lejos de la realidad pues, al empezar a leer, descubrió que el remitente era otro.

Mi querida Hermione,

Aquella conversación en tu departamento me hizo reflexionar a profundidad sobre algunas cosas, principalmente, sobre lo importante que es este deporte para ti y lo mucho que este baile me ha regalado a lo largo de este año. Asimismo, me hizo reflexionar sobre nuestra relación y hacia dónde se dirige. Me he dado cuenta de que, probablemente, te has convertido en una de las personas que más me importan en este mundo y tu felicidad se ha convertido en parte de la mía. Es por eso que me he propuesto apoyarte tanto como tú me has apoyado a mí e intentar regresarte un poco de toda la felicidad, color y emoción que le has dado a mi vida desde que entraste en ella.

Tengo algo muy importante que decirte en persona y espero que no sea muy atrevido de mi parte invitarte a cenar este viernes a las 20:00h para hacerlo. El lugar no te lo diré porque es una sorpresa, pero te garantizo que te encantara. Espero tu llamada para confirmar.

Nos vemos mañana en clases,

Con cariño,

S.S.

Con una sonrisa tonta adornando su bonito rostro y un brillo singular en sus ojos miel, Hermione apretó la carta contra su pecho, sonrojada a más no poder. En su estómago, sentía el aleteo de cientos de mariposas, revoloteando de aquí a allá, casi tan emocionadas como ella. Atrás, las bailarinas mujeres se peleaban por ver quién sería la afortunada en quedarse con el ramo de rosas mientras que los hombres ignoraban el asunto por completo, encontrando mejores cosas qué hacer con sus celulares o simplemente estirando.

Por su parte, Viktor Krum y Minerva McGonagall observaban con profunda curiosidad las variadas reacciones en el rostro de la castaña mientras esta releía su carta una y otra vez.

Esa misma tarde le había llamado, confirmando su asistencia. Tal y como había anunciado en su carta, el profesor no le dio ni una sola pista del lugar al que irían a cenar el viernes, solo le dijo que sería elegante. El humano es curioso por naturaleza, pero Hermione llevaba eso al extremo. La joven no iba a dormir tranquila hasta averiguar cuál sería el restaurante al que irían; sin embargo, tuvo que conformarse con esa simple respuesta. No obstante, esta tarde mientras se bañaba, una revelación llegó a su mente, casi haciéndola gritar de emoción.

Severus le había prometido que algún día visitarían juntos el restaurante arriba del Gherkin.

—¿O sea que es solo una suposición? —preguntó Ginny trayéndola de regreso a la realidad.

—Pues sí.

—Lo que quiere decir que no tienes pruebas de que te va a llevar al Searcys.

—No tengo pruebas, pero tampoco dudas —respondió alejándose de la laptop para buscar sus peines y su plancha para lacearse el cabello y poder arreglar ese arbusto que tenía en la cabeza—. La verdad es que me importa poco cuál sea el restaurante, solo me interesa saber qué es eso tan importante que tiene que decirme... ¿Segura que no debería que usar vestido?

—¡No!

—¿Y qué hago con mi cabello? ¿Suelto o recogido?

—Depende de que aretes vas a usar. ¿Te pondrás algún collar? Yo te regalé uno de oro para tu cumpleaños. Podrías usar ese.

La bailarina corrió de aquí para allá, mostrando frente a la cámara su pequeña colección de joyería, seleccionando las más apropiada para su outfit con la ayuda de su pelirroja amiga. Fue algo difícil encontrar todo lo que necesitaba dado que, prácticamente, ella estaba nadando en un completo caos. Si tan solo fueran capaces de ver su habitación, probablemente entrarían en un cuadro de estrés crónico tal y como me pasó a mí. Diferentes tipos de prendas amontonadas una sobre otra en una silla, en la cama y sobre algunas cajas; una plancha de ropa sobre la cama junto a dos pares de blusas todavía calientes por el planchado express; varios pares de tacones esparcidos por el suelo de su habitación; el neceser de maquillaje abierto de par en par y su contenido ocupando casi toda la superficie de su cómoda; los peines y accesorios descansando sobre la cama y la castaña caminando en círculos mientras terminaba de humectar su pelo, ahora lacio, para eliminar el frizz.

La belleza tomaba su tiempo y, al parecer, también implicaba mucho desorden.

—Oye, tengo que admitirlo —interrumpió Ginny después de un rato—, ese Snape está haciendo sus puntos. Mira, no solo te invita a cenar, sino que también te puede hacer la cena.

—Y así decías que no te gustaba —Luna se burló fuera de cámara.

—¡Eso era antes! —replicó frunciendo el ceño— Snape ha demostrado ser una buena persona. No es una perita en dulce, pero es una buena persona… Lo juzgué mal —añadió quedito.

—Qué bueno que te des cuenta —comentó Hermione comenzando a peinarse.

—Oye, la próxima vez que Snape te invite a salir, dile que me invite también —pidió, haciendo un puchero. Aún con las manos en su cabello y bobby pins en la boca, Hermione levantó la mirada al instante y enarcó una ceja en su dirección, sin creer lo que estaba escuchando—. ¡¿Qué?! Necesito salir. Me compre una blusa la semana pasada, súper bonita, por cierto, y no tengo dónde lucirla. No he salido a un lugar decente en semanas. No he podido ir a ni una sola conferencia de prensa para poder estrenarla. ¡Todavía tiene la etiqueta de la tienda! ¡Necesito salir, Hermione!

—¿La blusa bonita de puntitos azules?

—Sí, esa misma —le respondió a su roomie, casi olvidando por completo que aún estaba en videollamada con Hermione—. Por eso quiero ir a un lugar bonito como el Searcys. ¡Prométeme que le dirás a Snape que me invite para la próxima! ¿Síiiii? ¡Necesito salir! ¡Necesito ser libre!

La castaña rio mientras terminaba de acomodarse un par de mechones con unos pasadores para que no le cayeran en la cara—. Lo pensaré… ¿Está bien así o mejor suelto? Saben, podría hacerme un par de ondas adelante para que no se vea muy simple.

—Hmmm… No, yo creo que así está bien… A ver, párate y muéstrame todo para darte el visto bueno.

Después de muchas poses frente al espejo para ella, frente a la cámara para sus amigas y varios cambios de outfit de último minuto porque sentía que era "demasiado", Hermione por fin encontró su atuendo ideal para reunirse esta noche con Severus Snape. Estaba algo nerviosa, quería lucir muy bien para él. ¡Era su primera cita! ¡Su primera salida oficial como novios! Bueno, no novios, pero sí novios. ¡Ay! Definir esta relación era más difícil de lo que hubiese esperado. No le había dicho absolutamente nada ni a Ginny ni a Luna exactamente por esa misma razón, porque no sabía cómo decírselo sin desatar una avalancha de preguntas sobre la seriedad de su relación.

Además, quería llevar esto con calma. Severus le había pedido ir lento y le había advertido que "la iba a respetar" o lo que sea que eso significara. Le parecía un poco anticuado, pero lo comprendía. Ambos pertenecían a una generación diferente, con diferentes formas de pensar. El hombre estaba yendo con cuidado, a su propio tiempo y le iba a dar el gusto. Quería que lo suyo con Severus Snape fuera en serio, muy en serio, y quería hacer de esta nueva experiencia la más cómoda para los dos. En serio le gustaba mucho, por eso iba a hacer las cosas bien esta vez. Iba a abrirse con él y darle su corazón, iba a tener citas, salidas, iba a conocerlo, tenerle confianza, darle la atención que se merecía. Iba a ir despacio y construir algo beneficioso para ambos.

No iba a cagarla esta vez.

¡No está vez!

Su teléfono vibró llamando su atención. Lo tomó con rapidez, sintiendo millones de mariposas revoloteando dentro de su estómago.

—¡Ya llego! —exclamó después de leer el mensaje, callando a sus amigas al otro lado de la pantalla— Me está esperando abajo. ¡Debo irme!

—¡Mucha suerte, Herms! —gritó Luna, despidiéndose frente a la cámara con ambas manos— Diviértete y salúdame a Snape.

—No te olvides tu abrigo y tu bolso, por favor —le recordó Ginny, actuando como una madre preocupada—. Y recuerda: ¡No seas fácil! —la castaña enarcó una ceja apoyándose frente a la laptop, moviendo el cursor para cortar la llamada— Tus padres te enseñaron a respetar a tus mayores, no a comértelos.

—Adiós, Ginevra.

Hermione cerró la laptop con fuerza y se paró frente al espejo una vez más para verificar que se veía bien. Se arregló un poco el cabello para asegurarse de que no hubiese ni un solo cabello fuera de lugar y alisó su traje para que se acomodara mejor a su figura.

Sí, se veía bien… ¡Más que bien! ¡Se sentía empoderada!

Solo esperaba que a Severus le gustara.

Tomó su abrigo y su bolso de mano. Guardó su teléfono en él y salió de su departamento, no sin antes asegurarse que todo estuviera desconectado y/o apagado. No quería volver a su casa y descubrir que ya no tenía casa. Tomó sus llaves y bajó las escaleras intentando no matarse en el intento. Amaba sus tacones, pero sin lugar a dudas prefería los tacones bajos de baile que los altos para salir. Finalmente, llegó a la puerta de cristal a la entrada de su edificio desde donde podía vislumbrar una silueta en la calle, a los pies de la escalinata.

Era él, era Snape.

Algo ansiosa, tomó un poco de aire y se relajó para salir y dar su mejor impresión de ella al mundo y a su cita. Afuera hacía frío, lo sintió al instante. Al tener los pies descubiertos, el frío subió por sus bien formadas piernas hasta llegar a su espalda. Hermione tuvo que reprimir un escalofrío para no quedar en ridículo a mitad de la calle. ¡Qué suerte que se había puesto el abrigo antes de salir!

Bajo la suave luz amarilla del alumbrado público, Sevrus Snape estaba apoyado sobre el lateral izquierdo de un auto color negro. Llevaba un abrigo negro y largo con muchos botones que se veía bastante formal, al igual que sus zapatos. Estos eran de vestir y estaban perfectamente lustrados. "¿Nuevo peinado?", pensó ella cuando se dio cuenta de que el profesor había dejado su habitual peinado de cortinas negras y había optado llevar su cabello hacia atrás, permitiéndole tener una mejor visión de su rostro alargado.

Se veía algo raro, pero le gustaba.

Snape posó sus ojos en ella en cuanto puso un pie fuera de su edificio. El hombre se había quedado boquiabierto en cuanto la vio. Hermione había optado por seguir el consejo de su pelirroja amiga y elegir un traje de dos piezas. Una bonita blusa blanca de mangas largas, la mejor que tenía, y un pantalón negro ajustado, que la hacía parecer más alta y estilizada. Llevaba un blazer color crema, muy profesional, y unos zapatos de tacón a juego. Su abrigo color camello cubría gran parte de su outfit pero permitían ver una delicada gargantilla de oro que reposaba en su cuello. Su cabello castaño estaba recogido en una bonita coleta alta que aparentaba ser descuidada pero muy chic. Un par de mechones de ondeado cabello enmarcaban su rostro ligeramente maquillado —o, al menos, él lo consideraba ligeramente maquillado—, lo que le daba un aire más casual sin quitarle lo elaborado de todo el conjunto.

Realmente se veía muy bonita.

No bonita. Preciosa.

—¡Hola! —saludó Hermione, bajando la escalinata y llegando hasta su altura para darle un beso fugaz en uno de sus mejillas— Espero no haberte hecho esperar mucho.

—No te preocupes, valió la pena —contestó, correspondiendo el gesto. Se apartó para darle un mejor vistazo a su cita y se quedó maravillado con lo que vio—. Te ves radiante.

—Gracias —contestó sonrojada, inclinando la cabeza a un lago algo apenada—. Tú tampoco te ves mal. Me gusta lo que hiciste con tu cabello. Es… diferente.

—Eh, gracias, supongo —respondió pasándose una mano por la cabeza con sumo cuidado, como si tuviera miedo a despeinarse. Hermione nunca lo sabría, pero el pelinegro se había pasado casi una hora entera tratando de peinarse y no morir en el intento. No obstante, Snape aún no se encontraba muy seguro de su imagen por lo que los halagos de su cita, por más bien intencionados que fueran, solo lo hacían dudar más —. ¿Te parece si nos vamos?

—Sí, por supuesto —aceptó dándose cuenta de su error y sintiéndose torpe por ello. Prefirió cambiar de tema lo más rápido que pudiera y lo primero que se le ocurrió fue hablar del auto tras su interlocutor—. ¿Y eso? No me digas que alquilaste un auto para ir —dijo entusiasmada.

—¡¿Qué?! ¡No! —exclamó al instante, ligeramente abrumado, mientras abría la puerta del pasajero para hacerla entrar— Solo pedí un Uber.

Adentro, el conductor se giró y saludó tímidamente con una mano.

—Oh, por supuesto... Buenas noches, señor.

"¡Mejor cállate, Hermione!", gritó su consciencia. "Solo lo estás empeorando".

Maldición, ¡¿por qué las primeras citas siempre eran tan difíciles?!

La pareja subió al carro e iniciaron su recorrido. El interior era agradable y cálido, era un auto muy moderno y cómodo, incluso olía bien. ¡Le gustaba este auto! El conductor había puesto la radio y ahora escuchaban una estación de música suave que, fácilmente, detectó como jazz o tal vez, un blues. Él se mantuvo en silencio, respetando la privacidad de la pareja y dándoles la oportunidad de conversar un poco mientras se desplazaban rumbo al norte, cruzando el Támesis.

—Me gustan tus aretes —comentó el profesor para romper el silencio.

Hermione se tocó las orejas de manera involuntaria, jugando con los aros dorados que adornaban sus orejas— Gracias. Fueron un regalo de mi mamá.

—Tiene un buen gusto.

—Sí, lo tiene.

Primer intento de entablar una conversación: fallido

—¿Y qué hay de Lamarck? —preguntó la castaña, esperando tener mejor suerte— ¿No se volvió loco al saber que no ibas a cenar con él esta noche? ¿Se enojó?

—Fue un poco difícil dejarlo solo, pero al final lo distraje no suficiente como para poder escaparme —bromeó relajándose sobre el asiento— Por ahora está tranquilo, jugando en la cocina.

—¿Y cómo sabes eso?

—Porque lo puedo ver por aquí —contestó. Hermione enarcó una ceja mientras veía como el profesor extraía su teléfono del bolsillo interior de su abrigo y prosiguió a acercar la pantalla del móvil hacia ella. La bailarina abrió los ojos sorprendida cuando vio un video grabado en tiempo real de Lamarck jugando con uno de sus tantos juguetes para mover en el piso de la cocina—. Compré uno de esos robots con cámara por internet y llegó hace un par días. Funciona muy bien. Detecta el movimiento y lo sigue, así me aseguro de que Lamarck siempre esté a salvo.

—Entonces, prácticamente, ¿compraste un monitor de bebés?

—Prefiero llamarlo "inteligencia artificial multifuncional para la asistencia, entretenimiento y vigilancia de animales de compañía" —corrigió con seriedad, enfatizando cada una de las palabras como si estuviese presentando un importante proyecto a un crítico grupo de expertos ingenieros—. Esta cosa está equipada con una base con ruedas, cámara IP de alta definición, cápsula de tratamiento, brazo robótico y un potente software. Puede lanzar juguetes como pelotas y es capaz de dar golosinas a modo de recompensas cada cierto tiempo de acuerdo a la programación le haya puesto. Además, cuenta con cámaras e incluso un micrófono para interactuar con Lamarck cuando no estoy en casa —añadió, presumiendo con orgullo su nueva adquisición—. Si presiono este botón, puedo hablar con Lamarck justo ahora. Inténtalo, dile algo.

Hermione se inclinó algo desconfiada hacia el celular y, después de dedicarle una extraña mirada al profesor, saludó— ¿Hola, Lamarck?

De seguro, en casa de Snape, el robot-monitor debió haber algún ruido pues, al instante, Lamarck levantó la cabeza, dejando su juguete olvidado en el piso, y buscó por todos lados a la dueña de la voz. Sorprendida y algo entusiasmada, la castaña volvió a hablar. Esta vez, dedicando unas frases más largas con un tono dulce. El perro se acercó al nuevo robot, olfateándolo con esmero, acercándose y alejándose como si estuviera jugando con este. A través de la pantalla del celular de Snape, Hermione solo era capaz de ver un primerísimo primer plano de la nariz oscura del can.

—No hagas travesuras, Lamarck —habló el profesor acercando el aparato a los labios—. Nos vemos más tarde. Adiós —luego de eso, lo guardó—. Como puedes ver, Granger, esto es más que un simple monitor de bebés. Esto es la más avanzada tecnología para el cuidado de mascotas que 230 dólares puede comprar.

"O un monitor de bebés ridículamente caro", pensó la joven.

Mientras el auto seguía recorriendo las calles londinenses y el profesor de Química contaba con sumo detalle cada artilugio y función que su nuevo robot tenía, Hermione lo miraba divertida, dándose cuenta de dos cosas muy importantes. La primera, que Snape parecía un niño pequeño con un nuevo juguete cada vez que compraba algo que captara todo su interés y, la segunda, que por fin estaban teniendo una conversación decente y esta parecía evolucionar muy bien.

¡Por fin las cosas estaban saliendo como ella quería!

—¿A dónde iremos? —preguntó luego de un rato, cuando el silencio volvió a instalarse en el auto. Snape sonrió de lado y se quedó quieto, mirando por la ventana— ¡Oh! ¡Vamos! —pidió estirando su brazo hacia él para sacudirlo juguetonamente— Dime, por favor... ¡Por favor! No he podido dormir pensando dónde es. ¿Qué te cuesta decirme?

—No —respondió escondiendo una sonrisa—. Te dije que sería una sorpresa.

—No me hagas adivinar —se recostó junto a él, apoyando su cabeza castaña contra su hombro y mirándole hacia arriba con los ojos brilloso, imitando la misma expresión que Lamarck ponía cada vez que quería llamar su atención—. Puedo ser muy buena en eso.

—No te lo diré.

—Entonces adivinaré —contestó picándole la mejilla con su dedo índice—. Hmmm... ¿El Searcys?

—¡¿Cómo supiste?! —grito exaltado, girándose hacia ella con el ceño fruncido tal y como solo él sabía hacer—¿Quién te lo dijo? ¡¿Fue Black?!

—No, no, solo lo adivine. Una vez me dijiste que iríamos al Gherkin juntos y pensé que esta era una buena oportunidad... ¿Se lo contaste a Sirius? —el profesor hizo un gesto con su mano para indicar que le había contado la verdad a medias al aristócrata—. ¿Y tú desde cuando le tienes tanta confianza a Sirius?

—Él me hizo la reservación. La habría hecho yo, pero me pusieron en lista de espera, así que le pedí un favor a Black para que me consiguieran una mesa —contestó levantando una ceja con actitud ganadora—. Por fin Black sirvió para algo.

El auto se detuvo un par de minutos después, luego de haber logrado evadir con éxito el tráfico de un viernes por la noche de la pequeña City de Londres. Snape ayudó a la castaña a bajar del vehículo y cruzaron la calle para llegar a su destino final: la fachada del edificio 30 St. Mary Axe o El Gherkin para abreviar.

El escenario era precioso. Era como estar atrapado dentro de una ciudad de cristal, llena de luces amarillas y blancas que brillaban reflejadas en los vidrios de la estructura bajo el cielo nocturno. El interior era casi tan impresionante como el exterior, solo que menos brillante y cálido. Dominaban los colores fríos y neutros como el blanco, el gris y el negro en todas sus variaciones. Las paredes base eran blancas en su mayoría, pero eran fácilmente opacadas por las paredes de grueso cristal recubiertos por vigas de acero que hacían de soporte y decoración exterior del edificio. Adentro, todo estaba muy limpio y tan bien señalizado que les fue imposible perderse.

Hermione no sabía que debían pasar por todo un protocolo para entrar al edificio por lo que fue toda una aventura para ella. Era como pasar los filtros de seguridad del aeropuerto. A continuación, una agradable señorita tomo sus abrigos dándole a Snape una tarjeta para recogerlos más tarde. Luego, los guio hasta el elevador más cercano y lo tomaron hasta el último piso, donde se encontraba el restaurante. Compartieron el trayecto hacia arriba con algunos desconocidos quienes no pudieron evitar raro a la castaña dado que la joven estaba tan emocionada que no podía controlar los ligeros espasmos de su cuerpo.

El elevador hizo un tintineo cuando abrió sus puertas y todos bajaron de él. Hermione casi se cae de espaldas cuando vio frente a ella la preciosa vista panorámica de la Londres nocturna en todo su esplendor. Estaban a muchos, muchos, muchos metros del suelo y, desde ahí, podía ver casi toda la City de Londres, un mar de edificios de todas las formas, tamaños y materiales que pudiera imaginar. Hermione caminó hipnotizada hasta la pared de cristal, a paso lento, hasta que sus manos tocaron el frío material. Había luces de todos los colores: amarillas, blancas, moradas, rojas, azules, era como ver una pintura hecha solamente de pequeñas luces. La mayoría de ellas provenían del interior de los edificios, iluminando cada una de las ventanas. Algunas luces parpadeaban intermitentes, como si le estuvieran guiñando un ojo. Otras se movían de un lado al otro, recorriendo un circuito cerrado de calles y avenidas, dándole vida a la ciudad, como si fuesen sangre corriendo por las venas.

Era tan bonito.

—Hermosa, ¿verdad? —Hermione se giró al escuchar la voz sedosa de Snape a un lado de ella. El mayor la estaba mirando con una tímida sonrisa de lado. Hermione parpadeó de veces, sonrojada— La vista... Vale la pena subir hasta aquí por ella.

—Sin duda.

—Vamos, nuestra mesa debe estar esperándonos.

Snape la tomó por la cintura y caminaron juntos por el largo pasillo curvo decorado con una alfombra azul. Hermione estaba tan impresionada por la vista del exterior que no se dio cuenta cuando llegaron a un par de puertas dobles de madera abierta en su totalidad que mostraban el interior de un bonito y moderno restaurante.

"Searcys at the Gherkin", decía el elegante cartel arriba de la pequeña recepción del restaurante, donde un hombre bien vestido, de pie tras un podio ayudaba a los clientes a buscar su reservación.

—Buenas noches, bienvenidos al Searcys —saludó al verlos aproximarse. A Hermione que dio la impresión de ser uno de esos hombres estirados que no te permitían ni siquiera sonreír sin previamente juzgarte con la mirada—. ¿Tienen reservación?

—Sí, eh, para Snape —respondió seguro, mirando de reojo la tableta instalada en el podio sobre la cual el hombre tenía anotado los nombres y números de las mesas—. Mesa para dos.

—Snape, Snape, Snape... —murmuró el hombre mientras bajaba por los nombres de su lista—. ¡Oh! Aquí está. ¿Sr. Snivellus Snape, mesa para dos a las ocho? ¿Es usted?

Hermione se llevó rápidamente una mano a la boca para cubrir aquella risa que amenazaba con escapar. Snape frunció el ceño y apretó los labios y puños con fuerza, tragándose el enojo y la vergüenza. El señor recepcionista enarcó una ceja y esperó pacientemente su respuesta.

"¡Sirius!", pensaron ambos. Una, divertida y el otro, molesto.

—Sí, Snape, ese soy yo —respondió a regañadientes.

Hermione ya no pudo aguantar la risa y tuvo que esconder el rostro en el brazo del profesor para que el empleado del restaurante no la viera toda roja.

—Perfecto —al hombre ni siquiera pareció importarle, solo presionó un botón de su tableta y, después de unos segundos, un joven veinteañero ataviado con uniforme y delantal rojo y negro se aproximó hacia ellos—. Él los llevara a su mesa. ¡Qué disfruten la velada!

—Buenos noches, síganme por aquí, por favor.

Snape colocó una mano entre los omóplatos de la Granger y la hizo avanzar entre las mesas, siguiendo de cerca al joven camarero.

El interior del restaurante era mucho mejor que la recepción. ¡Era impresionante! Había, por lo menos, medio ciento de mesas cubiertas de finos manteles blancos, cada una con sus respectivos comensales, elegantemente vestidos. A un lado había una barra negra donde un barman vigilaba una muy bien equipada selección de vinos y otras bebidas de apariencia costosa. A un lado, dos puertas se abrían y cerraban de forma constante: una de entrada y la otra de salida. Parecían ser la unión entre el restaurante y la cocina pues Hermione vio a varios camareros entrar con sus bandejas vacías y salir con las mismas, esta vez, llenas de deliciosos manjares.

Sin embargo, eso no era lo mejor del lugar, ese puesto se lo llevaba la increíble vista. Las mesas estaban dispuestas, en su mayoría, junto a los bonitos ventanales que permitían ver la ciudad en todo su esplendor. Hermione levantó la vista emocionada, esperando encontrar un despejado cielo nocturno arriba de ella. No obstante, encontró las luces artificiales que iluminaban el restaurante. Estas no eran simples luces blancas, tenían una característica muy especial y era tornarse moradas debido al reflejo de los cientos de cristales que conformaban la estructura del edificio, dándole un aire mágico y misterioso al ambiente, como si estuvieran en un moderno castillo de cristal encantado.

—Por aquí, por favor —señaló el camarero, llevándolos a una mesa vacía junto a la pared de cristal—. Esta es su mesa, la número 23. Por favor, permítame, señorita —pidió haciendo un ademán para ayudarla con la silla, pero Severus fue más rápido y se la ganó.

—Yo lo hago, muchas gracias.

Hermione le sonrió y asintió con la cabeza, sentándose con delicadeza.

—Buenas noches, bienvenidos al Searcys. Soy Alfred y esta noche seré su camarero. Cualquier cosa que necesiten me lo pueden pedir presionando el botón que está ahí —indicó con su dedo, señalando un aparato al lado del pequeño centro de mesa—. Aquí están sus menús y volveré en unos minutos para tomar su orden. Con permiso.

—Gracias, Alfred, sigue.

Tanto Snape como Hermione se contuvieron hasta que su camarero se fue y una vez que estuvieron solos, soltaron unas ligeras risillas, cubriéndose las bocas con las cartas de los menús. Sus ojos brillaban al verse el uno al otro. Todo era tan raro, pero se estaban divirtiendo mucho.

—Así que reservación para el señor Snivellus, ¿eh? —preguntó burlona.

—Cállate —pidió cubriéndose el rostro con una de sus manos—. Voy a cobrarle a Black su bromita, ya verás.

—Ya sabes cómo es Sirius, le encanta molestarte. Es su forma de ser amable contigo —defendió aguantándose la risa.

Snape enarcó una ceja y se le quedó mirando, observando cada detalle de su bonito rostro. ¡Demonios! En serio era muy bonita. Era un tipo con mucha suerte. Esto no le habría pasado jamás cuando estaba en el internado o en la universidad y eso que, en ese entonces, era joven y se veía mucho mejor que ahora. ¿Quién diría que las cosas mejorarían a sus 40 años?

— Este lugar es precioso, Severus. En serio, me encanta —susurró emocionada, estirando una mano sobre la mesa para tomar la suya. Sus ojos miel brillaban y sus mejillas se tiñeron de color carmín—. Oye, esta sería nuestra primera cita. Me refiero a una cita de verdad… ¿verdad?

Snape apretó su mano con ligereza y asintió— Eso supongo… ¿Cómo lo hago? ¿Lo estoy haciendo bien? No he tenido mucha experiencia en citas antes y han pasado décadas desde la última.

—Yo creo que vamos muy bien —le sonrió.

Las luces de la ciudad resplandecían a su derecha.

—¿Listos para ordenar? —preguntó Alfred, acercándose a la mesa sobre la cual dejó algunos pasabocas—. Esta noche tenemos una fina selección de carnes de res y corderos, criados por ganaderos británicos certificados por el Red-Tractor. Asimismo, tenemos salmón ahumado que, permítame decirles, está delicioso. En todo caso, les recomiendo que prueben el especial del chef —explicó sonando como todo un conocedor. Hermione se preguntó cuántas veces habría dicho las mismas frases a lo largo del día—. ¿Pedirán algo especial para tomar? ¿Desean que les traiga nuestra carta de selección de vinos?

Hermione se giró a ver al profesor quien recién abría su menú. Algo nerviosa por toda la elegancia y el protocolo del restaurante ella lo imitó, esperando encontrar algo de su agrado, pero en cuanto empezó a leer los nombres de los platillos, supo que ella no iba a ordenar nada esa noche. Dejando de lado los precios que —para ser honesta— le parecían un completo abuso, ella no tenía ni la más mínima idea de qué eran esos platillos.

¡¿Qué eran esos nombres?! ¿A qué sabe la malta? ¿Qué es la terrina de calabaza? ¿Y ese plato que estaba en francés? ¿Foie? ¿Qué es Foie? No sabía qué era "Foie", pero no sonaba delicioso, ni siquiera sabía cómo se comía eso.

Los únicos platos que reconocía eran el Ratatouille y el salmón.

Levantó la mirada esperando encontrar la de Snape para pedirle ayuda, pero este se encontraba demasiado ocupado preguntándole al camarero si el pescado estaba fresco, que de dónde venían los pollos, que si esto, que si aquello.

—Bien, yo quiero el salmón curado con jerez para la entrada y el solomillo de cordero con tomillo y reducción de vino tinto —sentenció finalmente, dejando el menú frente a él— y para la señorita… Hermione, ¿qué vas a pedir?

—Ah… —la castaña volvió a mirar el menú. No sabía qué pedir, pero tampoco quería preguntar frente a Alfred porque le daba vergüenza—. Lo mismo.

Ambos hombres se le quedaron mirando y la joven se encogió sobre el asiento. Sospechando que era lo que pasaba, Snape volvió a abrir su menú y empezó a leer en voz alta para ella, dándole algunas recomendaciones respaldadas por la ayuda de Alfred, el camarero.

—¿Por qué no prueba el salmón en rodajas de pan de centeno? —le sugirió el joven—. A todos les gusta.

—Para tu plato principal podrías pedir el filete de pollo. Es bajo en grasas y Alfred me dice que son pollos de granjas alimentados únicamente con maíz.

Después de una master class express de cómo ordenar comida en un restaurante caro, Hermione se sintió lista para ordenar. Snape pidió una botella de vino y se quedaron solos en la mesa, esperando pacientemente que Alfred volviera con sus platos. Ambos miraron hacia la ventana, admirando la bonita vista que les había tocado. A lo lejos, podían ver la silueta iluminada del Puente de Londres, tan majestuoso e imponente como siempre, a pesar de verse casi tan pequeño como los que aparecían en las fotografías de las postales.

—Me siento una tonta —contestó tomando un sorbo de su copa—. Se nota que no sé nada sobre comida. Lo más "sofisticado" que he ordenado alguna vez ha sido una pizza con piña.

—Ya aprenderás —respondió confiado, volviendo a mirar hacia el horizonte—. Al principio yo tampoco sabía de estas cosas y los restaurantes elegantes me aterraban, pero para eso están los camareros. Si tienes dudas, pregúntales a ellos, es su trabajo. No te van a morder —el profesor levantó su copa en su dirección y esperó a que ella lo imitara—. Salud.

—Salud.

La comida no tardó en llegar. Los platos tenían una presentación impresionante, parecían haber sido sacados de las fotos de las revistas. Se dio cuenta de que cada uno era una obra de arte única. La forma en como todo había sido acomodado en el plato era armoniosa y orgánica. Incluso le daba ganas de tomarle una foto y subirlo a su Instagram, pero este era un evento muy especial y privado por lo que se abstuvo. Ese recuerdo solo viviría en su mente y en la de Snape.

—Oye, ¿qué era eso tan importante que querías decirme? —preguntó después de haber acabado la entrada y las típicas conversaciones de sobremesa— Espero que sea algo bueno —añadió con timidez, intentando sonar despreocupada.

—Hmmm… lo es —masculló cubriéndose la boca con la servilleta de tela—. O eso es lo que espero.

—Ay, no me dejes con la curiosidad, por favor —pidió sonriente—. Ya me has torturado dos días enteros. ¿Tienes idea de lo díficil que es concentrarse cuando te dicen "tengo algo que decirte"? —ella se mordió el labio inferior y esperó—. Vamos, dímelo.

—¿Siempre eres tan impaciente con todo, Granger?

—Es parte de mi encanto.

El profesor sonrió, negando con la cabeza.

—Estuve pensando mucho sobre esto, Hermione, y lo consulté con mi terapeuta la semana pasada —empezó, dejando sus cubiertos de lado para mirarla a los ojos. Hermione borró su sonrisa cuando notó la seriedad con la que hablaba su pareja—. Me dijo que, si yo me sentía en las facultades de hacerlo y tú estabas de acuerdo, que lo hiciera, que podría ser bueno para ambos.

—No me asustes, Severus. ¿Qué cosa quieres hacer? —preguntó frunciendo las cejas hacia arriba, arrugando la frente— ¿E-Es sobre nosotros? —el profesor asintió y el miedo empezó a recorrerle el cuerpo. De pronto, el lugar empezó a hacerse demasiado pequeño para ella y necesitaba volver a la tierra, al primer piso, a la calle, a la seguridad de los 0 metros sobre el nivel del mar—. No me has traído hasta aquí para decirme que te arrepentiste y siempre no somos nada, ¿verdad? —se apresuró a decir con la voz temblorosa— Digo, apenas vamos a iniciar y…—

—No, no, no, no, nada de eso, no te asustes —la interrumpió, tranquilizándola—. No rompería contigo, ni siquiera es oficial —sus palabras tuvieron el efecto contrario a lo esperado, ahora Hermione lo observaba con sus enormes ojos tristes de venado a punto de morir—. Es decir, sí quiero estar contigo y sí estamos juntos y… ¿Sabes qué? Olvida esto, bórralo de tu mente... Empezaré de nuevo.

Primer intento de hacer su propuesta: Fallido

—Lo que quiero decir es que, eh, voy a hacer un viaje —explicó más calmado, sin dejar de ver a su cita pues tenía miedo de que esta saliera corriendo en cualquier momento—. Uno muy importante por unos cuantos días y yo me preguntaba… eh, quería saber si tú quisieras acompañarme.

Hermione parpadeó un par de veces, aliviada. Sentía que el alma había regresado a su cuerpo.

—¿Eso era todo? —graznó— ¿Tenías que ser tan dramático para eso? —Snape se encogió de hombros. La joven se llevó la copa de vino a los labios y se acabó su contenido de un solo sorbo. El pelinegro se quedó quieto, asombrado por la capacidad de beber de la joven. Estaba seguro que ni siquiera había saboreado el vino. Hermione hizo una pausa, cerrando los ojos y aferrándose a la mesa con fuerza. ¡Había tomado muy rápido! — No lo sé. Yo estaría encantada, pero no sé tú. Dijiste que querías ir despacio con esto.

—Sí, ya sé lo que dije, por eso mismo se lo consulté a mi psicólogo. Quería ver si esto es una buena idea y me dijo que estaba bien, que podría ser beneficioso para mí salir de la ciudad unos días. No he tenido vacaciones, vacaciones de verdad, en un largo tiempo y pues, hay un lugar al que quiero ir y me gustaría ir contigo… los dos…juntos.

Hermione lo observó sin una expresión definida en el rostro. Acababa de casi recibir la peor noticia del mundo y puede que estuviera un poco demasiado alterada e insegura como para demostrar más animo ante la propuesta de Snape, aunque, en el fondo, estaba brincando de alegría. Eso no quitaba todo lo extraño y sumamente incomodo de la situación, pero le parecía tierno que Snape quisiera viajar con ella… a donde sea que quisiera ir.

— Ah… Eh, claro —logró articular, saliendo de su trance—. Quiero decir, sí, me encantaría, pero tú…. ¿Estás seguro que quieres que vaya contigo? Porque no quiero que te sientas presionado ni nada por el estilo. Si sientes que es muy rápido o que, si es demasiado pronto para hacer un viaje juntos, pues, no te sientas comprometido a llevarme.

—Granger, si no estuviera seguro de esto, no te estaría pidiendo ir conmigo.

La sonrisa del profesor le otorgó la seguridad que ella tanto necesitaba.

—¿Y adonde quieres ir? —Snape se quedó callado, meditando unos segundos su respuesta. Después de esto no habría marcha atrás— No pretenderás que me suba a un tren sin saber a dónde voy —añadió juguetona para motivar al profesor a responder.

—¿Dónde está tu espíritu aventurero? —bromeó sacándole una risilla— Solo prométeme que no te vas a enojar cuando te lo diga.

—Me voy a enojar si no me lo dices ya.

Snape tomó aire y se lanzó al vacio— A Blackpool.

El profesor se quedó mirando fijamente a la jovencita bien vestida frente a él puesto que parecía estar a punto de sufrir un ataque cardíaco justo ahí mismo. Se giró a ver a los demás comensales, estos ni siquiera les estaban prestando atención, estaban demasiado ocupados en sus propias conversaciones como para notar la dramática reacción de la castaña.

—¿Blackpool?

—Blackpool.

—Blackpool —repitió ella tomándose su tiempo, como si estuviera saboreando cada una de las letras de la palabra. Su rostro estaba contraído en una expresión de angustia, como si el solo nombrar a la ciudad fuese un mal presagio—. Y… ¿Por qué Blackpool? ¿Hay algún motivo en especial para elegirla?

—No en realidad —respondió con calma, tomando un poco de su copa—. Solo quería ir a un lugar lejos de Londres y me pareció que una ciudad costera sería una buena idea.

—¿Una ciudad costera? —preguntó enarcando una ceja— Severus, estamos a mitad del otoño. La temporada de playas ya terminó. ¡¿Por qué querrías ir a una ciudad costera?!

En cierta forma tenía razón. Hacía demasiado frío como para ir a la playa.

—Bueno, como en nuestro primer viaje juntos en grupo fuimos a la playa, pensé que podríamos repetir la experiencia, esta vez, solo los dos como pareja.

—¿Y por qué no escogiste otra ciudad costera? ¡Hay cientos! Inglaterra es una isla, ciudades costeras hay por montones—exclamó algo alterada—. Podríamos ir a Liverpool. Me han dicho que es bonita en esta época. ¿Por qué exactamente Blackpool?

—Bueno, hace unos días unos alumnos hicieron una exposición sobre Blackpool y me pareció una ciudad muy interesante —explicó y no era mentira, así que no le estaba mintiendo a su pareja—. Quiero ir al Blackpool Illumination. Jamás he estado en ahí y me da curiosidad saber cómo es.

Hermione hizo una pausa, mirándolo sin realmente mirarlo. Más parecía que la chica estaba haciendo memoria sobre todo lo que conocía con respecto al evento.

—¿Y cuándo exactamente quieres ir a Blackpool?

Acaba de hacer la pregunta crucial, aquella que podría marcar un antes y un después para esta cita y su historia juntos.

—… El domingo.

—¿Este domingo?

—Sí.

—¿En dos días?

—Sí —el profesor se acabó su copa de vino y continuó—. Verás, pensaba llegar el domingo en la mañana y pasarme el lunes, martes, miércoles allá y regresar el jueves por la tarde. Hablé con Sharpe y me dio permiso de faltar a una sesión. Serían tres días enteros para nosotros solos.

Esperaba convencerla con esa frase, pero Hermione no era ingenua.

—¿Y por qué ahora? El Blackpool Illumination dura hasta noviembre. Podrías ir a finales de mes si quisieras —la joven jugó con su comida y chasqueó la lengua—. ¿Esto tiene algo que ver con el Sequence Dance Festival? Porque que coincidencia que los días que elegiste son justo los mismos días en los que se lleva a cabo el festival.

Atrapado.

—Snape, no soy estúpida —continuó frunciendo el ceño—. ¿Quieres llevarme a Blackpool justo en la época del Festival? Sabes lo que Blackpool significa para mí, ya sabes por las horribles cosas que pasé allá y, aun así, ¿quieres que regrese? Hace una semana todos me decían que lo olvidara y ahora tú personalmente quieres llevarme de regreso allá… ¡No te entiendo!

El profesor observó de reojo al resto de comensales en el restaurante puesto que, sin darse cuenta, la castaña había levantado la voz. Los otros clientes los observaban curiosos, preguntándose si es que estaban peleando o no. Logró divisar a Alfred a un lado del restaurante y el muchacho le hizo una seña, como si le estuviera preguntando si debía acercarse. Snape negó con suavidad y regresó su atención a la castaña. La joven también había observado al resto de personas dentro del restaurante y se avergonzó al instante por su actitud siempre a la defensiva. Snape no estaba haciendo esto para molestarla, solo quería ayudarla. Ella estaba exagerando las cosas y lo sabía, se estaba comportando muy grosera con él sin razón alguna.

Él no tenía la culpa de lo que había pasado hace cuatro años en Blackpool.

Ya más calmada, soltó un suspiro.

—Perdón.

—No te preocupes —dijo estirando su mano para tomar la suya—. No fui consciente de lo mucho que esto podría afectarte

—No, no, no te disculpes, por favor. Soy yo la que está mal… Perdón por hablarte así —ella aceptó su tacto y apretó su mano con la suya—. ¿Qué pretendes lograr con esto, Severus?

—Solo quería… Solo pensé que sería bueno para los dos hacer este viaje… Para iniciar de nuevo —confesó—. Sharpe piensa que enfrentar tus miedos es sumamente importante para poder soltar aquello del pasado que te detiene y no te permite continuar con tu vida. Hemos hecho muchos ejercicios de sobre ello a lo largo de estos años y han funcionado muy bien para mí —el hombre tamborileó sus dedos sobre la mesa y desvió la mirada hacia otro lado—. Creí que, si te llevaba a ese lugar como espectadora y enfrentabas tus miedos, podría ser más fácil para ti volver a bailar —Snape humedeció sus labios y ordenó sus ideas antes de continuar—. No tienes porqué asociar siempre a Blackpool con una tragedia o de una derrota. Blackpool no significaba ni una competencia ni una medalla ni una caída, mucho menos una revancha. Blackpool es solo una ciudad costera más. Tiene mar y playa y eventos al aire libre como cualquier otra. Es solo un pedazo de tierra que no tiene la culpa de nada de lo que te pasó —sus palabras dichas con calma calaron dentro de su ser, haciéndola reflexionar sobre ello—. Creo que tienes que sacar esa idea de tu mente. Es momento de dejarlo ir y continuar. No tienes que asociar siempre a esa ciudad con tu caída o con la ruptura con tu ex. Puede ser más. Puede ser un equipo de futbol y una hinchada que canta y llora siguiendo a su equipo. Puede ser un espectáculo de luces de casi tres meses que atrae a cientos de turistas cada año o puede ser… puede ser un viaje junto a una persona que quieres mucho.

Dijo aquella última frase tan bajito que Hermione dudó haberla escuchado. Observó sus ojos y encontró profundo un profundo interés y cariño por ella. Cariño. De ese cariño que te hace proteger a la persona amada, del cariño que te hace ayudarla a crecer y alcanzar sus metas. Sus palabras eran sinceras, sin una pizca de maldad. Estaba realmente conmovida. Era un hombre que le había demostrado infinitas veces cuanto la quería y qué tan dispuesto estaba para apoyarla en todas sus decisiones. Había organizado todo esto para ella lo que le expresaba una vez más lo mucho que ella significaba para él. Él no la quería incomodar ni forzar a nada, solo quería ayudarla a sacar la mejor versión de ella y estaba dispuesto a acompañarla de regreso a la ciudad de sus pesadillas solo para demostrarle que no había nada a qué temerle.

A demostrarle que podían crear nuevos recuerdos felices, juntos, los dos.

Sería una estúpida si no le daba una oportunidad a alguien que le había dado tantas en el pasado.

—¿Qué opinas? —preguntó una vez más, apretando su mano—. Sería bueno para ti y para mí. Tú cerrarías tus asuntos allá y yo me tomaría unas vacaciones. Últimamente he tenido uno días difíciles en el colegio y me vendría bien un descanso, alejarme de todo.

—… No lo sé. Tengo ensayos para mi evento de fin de mes —le recordó dudando un poco de su decisión—. Además, ¿seguro que no tendrás problemas en Hogwarts por irte casi una semana?

Snape negó.

— Tengo todo organizado. Ya hablé con el director y tengo las reservaciones ya hechas. Tengo todo listo, solo me falta tu respuesta —contestó sonriendo con timidez—. Y con respecto a tus ensayos. Solo serán 4 días porque no creo que ensayes el domingo. Estoy seguro que puedes ponerte al día con los ensayos para el 31.

Pues sí, podía hacerlo. Sí, sus jefes eran estrictos y extremadamente perfeccionistas, pero podía enviarles un mensaje pidiéndole permiso para faltar 4 días de ensayos por motivos personales y volver con todo el viernes. Ellos lo comprenderían. La profesora McGonagall no tendría problemas en darle algunos días libres, solo debía avisarle con tiempo. Realmente no había algún obstáculo que le impidiera ir, solo su miedo e inseguridad.

—¿Y qué hay de Lamarck? ¿Lo vas a dejar solo o iremos con él?

—Por más que quiera a Lamarck, esta vez no nos acompañara —respondió sonriendo de lado, sintiendo como sus orejas se ponían rojas—. Tengo unos amigos que estarán encantados de cuidar de él un par de días por lo que estaremos tú y yo solamente.

Sí, Snape tenía planeado todo. Prácticamente tenía todo listo. Solo le faltaba su confirmación.

Tal vez debía aceptar ese salvavidas y solo dejarse llevar de la mano por su pareja.

Después de todo, confiaba en él.

—¿Y bien? ¿Qué dices? —preguntó mirándola a los ojos, con sus esperanzas colgando de un hilo— Hermione Granger, ¿quieres ir conmigo a Blackpool de vacaciones?

Hermione se llevó las manos a la boca, cubriéndose los labios para controlar sus emociones. Esto significaba mucho para ella. No solo iba a ser un respiro, sino también un nuevo inicio, no solo en su carrera, sino también para una relación. Ese viaje significaría el punto de inicio oficial en la historia de su relación con Severus Snape.

Sus ojos se tornaron llorosos y asintió con la cabeza antes de chillar un sonoro— ¡SÍ!

Snape sonrió y ella correspondió esa sonrisa.

Segundo intento de hacer su propuesta: Éxitoso

De manera inesperada, los otros comensales del Searcys empezaron a aplaudir en dirección a ellos, sacándolos de aquella burbuja tan íntima en donde solo existían ellos dos. Snape y Hermione se giraron asustados hacia la izquierda, buscando quienes eran los dueños de esos aplausos. Grande fue su sorpresa cuando descubrieron que todos estaban aplaudiéndoles. Confundidos, se miraron el uno al otro antes de que la castaña saludara tímidamente hacia los demás, acallando los aplausos.

Al poco tiempo, Alfred llegó con dos copas delgadas, un recipiente de metal con hielo y una botella de champaña adentro. Una bonita sonrisa se formó en sus labios.

—Felicitaciones por su compromiso —el chico destapó la champaña la cual hizo un sonoro "Plop" al descorcharse y luego sirvió las dos copas—. Esto es cortesía de la casa. Disfrútenlo y felicidades otra vez.

La pareja esperó a que Alfred estuviera lo suficientemente alejados para empezar a reír, mirándose sin poder creer lo que estaba pasando. ¿Es que acaso todos creían que ellos…? ¡No! ¿O sí?

—Supongo que ahora estamos comprometidos, ¿verdad? —rio la castaña, tomando su nueva copa con delicadeza, mirando divertida como las burbujas se elevaban desde la base de la copa hasta desaparecer.

—Supongo que sí… Eso estuvo raro.

—Lo sé, pero no rechacemos el champagne, es gratis —rio. La joven levantó la copa en su dirección y propuso un brindis—. Bueno, salud por… por las segundas oportunidades y los nuevos comienzos.

Snape sonrió, una sonrisa completa y levantó su copa.

—Por las segundas oportunidades y los nuevos comienzos.

Algo le decía que este viaje sería catártico.


HOLIIIIIS CHIQUIS!

PREPAREN SUS MALETAS, GUARDEN SUS MEJORES TRAJES DE GALA, ALISTEN PASAPORTE Y LA GUÍA TURISTICA PORQUE NOS VAMOS DE VIAJE! PASAJEROS CON DESTINO A BLACKPOOL, POR FAVOR, ABORDAR POR LA DERECHA.

YA QUE NO NOS PODEMOS IR DE VIAJE DE VERDAD POR LA PANDEMIA (PUTO VIRUS VETE) YO ME LOS VOY A LLEVAR CON TODOS LOS PROTOCOLOS DE BIOSEGURIDAD. NO SÉ QUE HAY EN BLACKPOOL, JAMÁS HE ESTADO AHÍ, PERO LO AVERIGUAREMOS XD

SI ALGUIEN SABE QUE HAY POR AHÍ, ME AVISA :3

¡¿QUÉ TAL?! ¿CÓMO ESTÁN? ESPERO QUE ESTÉN MUY BIEN. LAMENTO EL RETRASO DE LA ACTUALIZACIÓN, LO QUE PASA ES QUE SE ME HA HECHO MUY DÍFICIL ESCRIBIR ESTE CAPITULO. EN PRIMER LUGAR, EN ESTE CAPITULO HABLAMOS MUCHO DE COMIDA Y YO NO SÉ NADA DE COCINA NI DE COCINAR NI DE NADA. LO MÁS ARRIESGADO QUE HE HECHO ES HERVIR AGUA ASÍ QUE NO TENGO IDEA DE CÓMO HICE PARA DESCRIBIR LA COMIDA. SOLO QUE EL CHAUFA ES RICO, ME ENCANTA, ES LO ÚNICO QUE SÉ HACER Y POS, POS NADA. LA COMIDA DEL SEARCYS LA SAQUÉ DE SU PÁGINA OFICIAL, DE SU MENÚ Y DE MUCHAS CRITICAS DE TRIPADVISOR, SO YO NO SÉ QUÉ FUE LO QUE PUSE, PERO SE OÍA BIEN. SEGUNDO, QUE ME MORÍ BUSCANDO BROMAS PARA ESTE CAPITULO. NO SÉ CÓMO SE ME OCURRIÓ LO DE LAS CANCIONES, PERO ESPERO QUE FUESE DIVERTIDO. TERCER Y LO ÚLTIMO, LAS REFERENCIAS. ES QUE YO NO SÉ CÓMO HAGO ESTO.

BUENO, YA TENEMOS A NUESTROS TORTOLITOS JUNTOS, TENEMOS VIAJE, TENEMOS LA VACUNA, PARECE QUE TODO ESTÁ ASÍ QUE HASTA AQUÍ LA ACTUALIZACIÓN DE HOY, ESPERO QUE LA HAYAN DISFRUTADO. MUCHAS GRACIAS POR EL APOYO, POR LOS COMENTARIOS TAN BONITOS Y PUES, POR TODO PORQUE EL ÉXITO DE ESTE FIC SE LO DEBO A USTEDES. MUCHAS GRACIAS, LOS QUIERO MUCHO. CUIDENSE Y NOS LEEMOS PRONTO.

BESOS! TOMEN AGUA :3