CAPÍTULO 26
A la mañana siguiente, los tenues rayos del sol de otoño se filtraron por su ventana, apenas iluminando la habitación. Aun así, había suficiente luz como para determinar que ya era de día. En la enorme cama king size, yacían los cuerpos calentitos de nuestros dos dormilones amantes, enredados tanto bajo las frazadas como entre ellos mismos. Sus piernas cubrían las del otro y sus brazos se aferraban al cuerpo junto al suyo para obtener un poco del calor que emanaba.
La escena era tierna: Hermione Granger y Severus Snape completamente dormidos, abrazados uno al otro. Ambos con los cabellos alborotados; los cuerpos, cansados y los pijamas, arrugados. Otra cosa que compartían además de ese aspecto desaliñado de la mañana era aquella expresión pacífica que decoraba sus rostros completamente ajenos de la realidad, del aquí y del ahora.
Todavía perdido en el mundo de los sueños, Severus Snape frunció ligeramente el ceño antes de estirarse un poco, buscando acomodarse en una posición mucho más agradable para seguir durmiendo. Intentó darse la vuelta para extenderse con total libertad, pero algo se lo impidió.
Más bien, alguien.
Sintió un par de brazos delgados rodeando su cuello, deteniéndolo a medida que se movía. Snape tuvo que parpadear numerosas veces antes de que sus ojos somnolientos pudieran enfocar bien lo que sea que tuviera al frente. Una mata inmensa de rizado cabello castaño completamente enredado obstaculizaba todo su campo de visión. Hermione Granger dormía aferrada a él, pegada a su cuerpo como una lapa, escondiendo su pequeño y pecoso rostro entre su pecho y su propio cabello. La joven se removió sobre él, restregándose contra su pecho sin cuidado, y se aferró más a él, dejando escapar un gemido adormilado.
Snape frotó sus ojos cansados con sus dedos para despertar por completo, quitando aquella tenue capa nebulosa que le impedía ver la belleza de su amante aún dormida. Dejándose llevar por la pereza y el sueño, deslizó de manera inconsciente sus manos por su cintura, bajando hasta el redondo trasero de la joven, sintiendo tanto la suavidad de su piel como la textura de su ropa interior. Su mente traviesa y todavía adormilada no se resistió a apretar ligeramente sus glúteos, abriendo sus manos por completo para atrapar aquellos tersos pedazos de carnes tan apetecibles. Sus dedos apretaron la piel, masajeándola lentamente. Su parte pervertida se estaba dejando llevar por sus instintitos básicos y más primitivos. Su erección matutina no tardó en aparecer, haciendo acto de presencia como todos los días. Su bella durmiente emitió un ahogado quejido que logró arrancarle una sonrisa tonta.
¡Oh! Eso había sonado tan erótico, pensócerrando los ojos. La mejor forma de despertar, sin duda.
Sus manos siguieron subiendo por su cuerpo, metiéndose debajo de la parte superior de su pijama y recorriendo la piel cálida de su espalda. Como si actuara por efecto de un reflejo involuntario, Hermione arqueó su espalda al sentir los dedos de su amante recorrer su columna vertebral, curvándose como un gato que deseaba ser acariciado. Se giró hacia la derecha, liberando al profesor de su agarre. La bailarina tomó lo primero que sus brazos tuvieron a su alcance, en este caso, una de las tantas almohadas que adornaban la cama y la abrazó dándole la espalda al profesor, quien por fin tuvo la libertad para estirarse a gusto sobre la cama.
Por alguna razón que no lograba comprender le dolía un poco el cuerpo, sobre todo la parte de la pelvis y las rodillas. Hay una determinada edad en la vida de todo ser humano en la cual las rodillas empiezan a rechinar. Por desgracia, él ya estaba en esa edad por lo que no estaba acostumbrado a exigirle tanto a su cuerpo. ¿Qué era lo que había hecho anoche que le dolían tanto las rodillas? Estiró la pierna izquierda para acomodar su miembro dentro de sus pantalones.
Ahí estaba erección matutina, tan puntual como siempre.
¡Ah! ¡Sí! Estuvo haciendo... "eso".
Sus soñolientos pensamientos viajaron de regreso a la noche de ayer cuando, entre gemidos y besos apasionados, Hermione le juraba amor eterno mientras le daba total acceso a su cuerpo, a su feminidad y a su alma. Fue fantástico. Fue como tocar el cielo con las manos, flotar en una nube, volar hasta las estrellas o hasta el infinito y más allá. Tal vez, el Dr. Sharpe tenía razón al decir que el estar en una relación con una persona mucho más joven hacia que adquieras parte de su juventud pues se sentía más joven que nunca. Es decir, no recordaba la última vez que había tenido tantos "rounds" en una sola noche. Por más que le avergonzara admitirlo, él no era de aquellos que soportaran más allá de una segunda ronda, pero con Hermione todo era diferente. Sentía que tenía la fuerza y el vigor de un muchacho en sus veintes y podía pasarse toda la noche amándola, haciéndola suya hasta que la castaña gimoteara su nombre completamente embriaga de placer.
"Te amo, Severus Snape, te amo como nunca pensé que podría volver a amar a alguien", había dicho mientras la acariciaba con delicadeza después de su tercer encuentro. La jovencita lo abrazaba de manera posesiva mientras él descansaba su cabeza sobre su pecho, el cual subía y bajaba de forma errática, siguiendo los latidos de su agitado corazón.
Sintió que su corazón se llenaba de alegría cuando escuchó esas palabras salir de la boca de su amada. Esas fueron las mejores palabras que pudo haber escuchado en ese viaje, ya no quería escuchar nada más por el resto de su vida. Hermione había dicho eso y mucho más de una forma tan sincera que le creyó por completo y, si bien aún había algo dentro de su cabeza que le decía que debía tener cuidado y no dejarse llevar tan rápido —otra vez—, él quería creerle. ¡Maldita sea! ¡Quería creerle con tanta desesperación porque la amaba! Porque quería que esto funcionara, quería creer que él era digno de su amor y de ser amado. Quería creer que tenía todo el derecho del mundo a volver a enamorarse y ser correspondido esta vez.
Iba a darse esa segunda oportunidad y le alegraba que fuera con ella.
Snape se giró a la derecha para ir tras a su castaña y rodear con sus brazos su estrecha cintura, aquella bonita cintura que había mordisqueado anoche mientras sus dedos se encargaban de hacer su trabajo allá abajo entre sus piernas. La atrajo hacia él y cerró los ojos para hacer uso de sus otros sentidos. Quería percibirla más allá de lo que sus oscuros ojos podían ver. Quería tocarla, sentirla, olerla, escucharla, saborearla. Se acomodó detrás de ella, apartando ligeramente sus enredados rizos castaños para enterrar su rostro en aquel espacio entre la parte trasera de su cuello y su hombro.
La famosa "cucharita".
Ya entendía porque todos —y no me lo nieguen— se morían por dormir de esa forma junto a su ser amado en algún momento de sus vidas.
Se sentía tan... tan pacífico.
Se sentía feliz.
Se sentía amado.
—Hmmm… Eso se siente bien —murmuró la joven con voz adormilada. Snape abrió ligeramente los ojos al escuchar la voz ronca de su amada llamándolo, pero terminaría de despertarse por completo cuando sintió su redondo trasero restregándose sensual y descaradamente contra su entrepierna—. Veo que ya estamos despiertos.
—Había olvidado lo libidinosa que es usted por las mañanas, Miss Granger —susurró en su oído, haciéndole cosquillas con su aliento cálido y voz aterciopelada.
Al ser las primeras palabras que decía en voz alta después de haberse pasado no sé cuántas horas durmiendo, su voz sonaba ronca, pastosa, seca y, a los oídos de Hermione, demasiado sensual. Fue inevitable que su sangre corriera a sus mejillas y sonriera.
—¿Yo? ¿Libidinosa, yo? —chilló divertida, fingiendo una falsa indignación. Agradeció mentalmente que Snape estuviera detrás de ella y no fuera capaz de verla. No quería darle la satisfacción de saber que la estaba haciendo sonreír— Creo que se está confundido de persona, Sr. Snape. Yo no soy libidinosa por las mañanas.
—Claro que sí —contestó juguetón, apretujándose más contra ella con la intención de envolverla aún más entre sus brazos para que no pudiera escapar de sus mimos.
—No es cierto.
—Sí lo es.
—Que no.
—Que sí.
—¡Qué no! —exclamó riendo mientras pegaba su oreja hacia su hombro derecho para evitar que el pelinegro siguiera haciéndole cosquillas con su cálido aliento sobre aquella zona. —. A ver, ¿quién es el que está teniendo una erección justo ahora?
Divertido por su osadía, Snape sonrió de lado y preparó su contragolpe— ¿Y quién es la que está empujando su trasero contra mi erección?
La castaña abrió la boca completamente indignada y lista para protestar. No podía creer lo sucio que su hombre estaba jugando. ¡Ella no estaba empujando su trasero contra su erección! Lo estuvo haciendo, que es diferente. Era tiempo pasado, no contaba. A-Además, era culpa del pelinegro por no poder controlar su libido matutina. Ella no tenía la culpa de su cuerpo reaccionara de esa forma ante su presencia. Por otro lado, Snape solo podía disfrutar de aquel momento tan divertido e íntimo que estaban compartiendo. No estaba seguro cuando fue la última vez había estado así con una mujer, ya no lograba recordarlo.
Tal vez podría considerar este momento como la primera vez, ¿verdad?
—Yo no estoy haciendo eso, Sr. Snape, no se confunda —dijo interrumpiendo sus pensamientos, trayéndolo de regreso a la realidad—. Yo solo… estoy… tratando de... ¡liberarme! —murmuró haciendo enormes esfuerzos para soltarse del agarre del mayor, pero este puso resistencia, enfrascándose ambos en una tonta lucha infantil para demostrar quién de los dos era más fuerte, aunque está de más decir quién lo era. La joven se contorsionaba y reía entre sus brazos mientras que él solo dejaba caer su peso sobre la bailarina. Al final, Hermione logró liberarse y se dio la vuelta para ver a su amante cara a cara, con una bella sonrisa en sus labios un tanto pálidos y algo resecos—. ¿Ya ve?
—Ya lo veo, Miss Granger. Fue mi error asumir que usted haría algo como eso. Le ruego me disculpe, mi intención no fue ofenderla —contestando enfatizando cada una de sus palabras de una forma tan ridícula que hizo reír a la mujer frente a él—. Procuraré que no vuelva a pasar.
Tal vez tenía el rostro ligeramente marcado debido a la presión que había ejercido su mejilla contra su pecho durante toda la noche; tal vez tenía los labios resecos y ligeramente agrietados por la falta de hidratación y, sí, puede que incluso tuviera algunas legañas decorando las comisuras de sus ojos, los cuales apenas era capaz de mantener abiertos, pero para Snape, la Hermione recién despierta y con el cabello más desordenado que un nido de pájaros era las versión más bonitas de la castaña. La muchacha cerró los ojos y emitió un largo bostezo que cubrió con una de sus manos. Sus ojos lagrimearon un poco y volvió a estirarse, despertando el resto de su cuerpo. Estiró sus pies, sus piernas, la parte interna de sus rodillas, su espalda y cuello, eliminando todo rastro de pereza de ellos.
Le pareció tierno.
—Buenos días —saludó en voz baja. Sus mejillas, hasta ahora, pálidas se colorearon de un precioso tono rojizo volviendo a la vida.
—Buenos días —saludó el mayor a modo de respuesta mientas acomodaba su cabeza sobre la almohada para no cansar a su brazo—. ¿Cómo dormiste?
—Hmmm... bien... muy bien. Me encanta dormir en tus brazos —susurró dibujando una sonrisa boba y somnolienta en sus carnosos labios. Su boca volvió a abrirse, dejando escapar un bostezo rebelde que, por más que lo intentó, no pudo contener—. Lo siento… Estoy cansada. Siento que no dormí nada anoche.
—Yo tampoco. Alguien me mantuvo despierto hasta muy tarde —contestó con cierto descaro. La joven se sonrojó y se ocultó bajo las sábanas, algo avergonzada al recordar todo lo que habían hecho a noche. Tantos besos compartidos, tantas caricias seductoras, tantos gemidos roncos y cómo olvidar aquellos embistes fuertes y firmes. Se lo habían pasado muy bien anoche—. Eres insaciable. Ya me estaba preguntando en qué momento te ibas a cansar.
El profesor estiró su mano para retirar la fina tela del rostro de Hermione, revelando tras de ella una encantadora sonrisa de incisivos grandes.
—Hmmmm... —se quejó con un brillo travieso en sus ojos miel. Snape le dedicó una tierna sonrisa solo para ella antes de estirar nuevamente su mano para acomodar un rizado mechón de cabello detrás de su oreja. Fue un acto espontáneo—. Me duele todo.
—Lo siento. ¿Te hizo daño? —cuestionó tiñendo su voz con un leve tono de preocupación.
—No, tranquilo. No es nada que no pueda soportar —río bajito. Sus ojos miel se posaron sobre él, examinando por completo su rostro pálido, pero relajado como el de una persona que había descansado sus ocho horas diarias. De pronto, posó su mirada en sus propios brazos, dándose cuenta de que estaban envueltos en la delicada tela de su pijama de algodón—. ¡Me vestiste! —exclamó sorprendida.
—Hacía frío anoche, no quería que te resfriaras —respondió mientras observaba a la castaña levantar el resto de las sábanas y cobertores para revisar si llevaba más ropa debajo—. ¿Sabías qué tienes el sueño pesado? Parecías muerta cuando intentaba ponerte los pantalones.
—Pero no me los has puesto —anunció levantando la cabeza.
—Dije que lo intenté —aclaró acomodando la cabeza sobre la almohada y llevando sus manos hacia atrás de su cabeza, adoptando una postura despreocupada—. Fue difícil. No colaboraste para nada, incluso intentaste patearme —añadió burlón, bocetando una imperceptible sonrisa—. Por eso ya no te los puse. De todas maneras, aumenté un poco la calefacción por si acaso te daba frío en la madrugada. Creo que ha bajado la temperatura afuera.
—Hmmm... Aun así, gracias.
Severus pensó que podría quedarse así para siempre: recostado al lado de su hermosa bailarina castaña, envueltos en suaves sabanas y cobertores oscuros, compartiendo aquella enorme cama de hotel en Blackpool a una agradable temperatura de 18 °C según el termostato de la pared. Sonaba como un buen futuro para una buena vida. Una tranquila y encantadora vida.
Una nueva vida.
El profesor usó la fuerza de sus delgados brazos para acercarse e inclinarse su joven amante con el único objetivo de estampar un tierno beso sobre sus carnosos labios, pero ella fue más rápida y lo detuvo poniendo las puntas de los dedos de manos encima de sus delgados labios, arqueando su espalda lo más que podía para alejarse de su rostro.
—¡No! —refunfuñó girando su rostro hacia cualquier otro lado.
Snape se retiró al instante, algo confundido por aquel repentino rechazo.
—¿Qué? —preguntó sorprendido, completamente fuera de lugar y con el siempre presente temor a que la historia volviera a repetirse creciendo dentro su cabeza— ¿Hice algo mal? ¿Por qué no?
—No, no, no —respondió al instante, poniendo paños fríos al asunto—. Es que… Recién me he despertado y tengo aliento de dragón —río avergonzada, ocultando su rostro con sus propias manos.
Aquella confesión, por más ridícula que sonara, alivió la frágil y lastimada estabilidad mental del mayor quien ya se encontraba a nada de sufrir un ataque de pánico. El pensar que Hermione podría rechazarlo una segunda vez era un miedo que seguía arraigado ahí, dentro de su inconsciente, siempre escondido entre sus pensamientos positivos. Era un miedo que todavía era necesario trabajar tanto con ella como en terapia.
—No me importa —susurró luego de unos segundos mientras retiraba las pequeñas manos del rostro de Hermione y la obligaba a levantar la cabeza para mirarlo a los ojos—. Estamos igual.
Hermione parpadeó un par de veces, exhibiendo ante él aquel par de enormes ojos miel en todo su esplendor. Snape acarició el contorno de su rostro con la yema de sus dedos, subiendo y bajando por cada una de las curvas que componían su cara antes de que la bailarina cerrara los ojos y entreabierta ligeramente sus labios, aguardando en silencio por aquel primer beso del día.
—Hmmmm... —suspiró cuando sintió los labios de su amado bailando sobre los suyos.
Los besos eran suaves, dados con sumo cuidado y repletos de amor. Snape había tomado a la castaña entre sus brazos, una mano sujetando su pequeña cintura y la otra, su rostro, y la besaba con una devoción casi religiosa, como si fuese la última vez que pudiera besarla. Hermione deslizó sus pequeñas manos por sus brazos, subiendo por estos hasta acunar su rostro alargado entre sus dedos. Inconscientemente, elevó la pierna derecha sobre las del profesor y acarició la tela de sus pantalones con sus pies descalzos, apretándola juguetonamente entre sus dedos. Ambos estaban tan concentrados en el deleite de sus labios besándose que, cuando se separaron, estaban jadeantes y colorados por la falta de aire.
Que lastima que un beso consumiera tanto oxígeno, pensaron.
Snape dejó escapar un sonoro suspiro. El suspiro de un alma enamorada, el suspiro de una persona que añoraba el calor de un ser amado. Hermione solo sonrió.
—Te amo, Severus —susurró de repente sin soltar su rostro—. Te amo como no pensé que volvería a amar a alguien.
Sé que puede sonar muy cursi —y, en realidad, sí lo es—, pero al escuchar aquellas palabras, Snape sintió a cientos de mariposas revoloteando dentro de su estómago. Suspiró una vez más. Él sentía exactamente lo mismo y agradecía a lo que sea que estuviera arriba que ella, por fin, fuera capaz de corresponder sus tiernos afectos. Con esas nuevas sensaciones recorriendo su cuerpo y una confianza más estable, se atrevió a juntar su frente con la de ella, cerrar los ojos y corresponderle el gesto.
—Y yo a ti.
Y la escena podría haber terminado ahí y todo hubiese estado bien, ¿verdad?
Pero ya me conocen. Yo no soy de la que deja las cosas tranquilas ni por un maldito segundo.
Si bien fue una respuesta aceptable, romántica y tal vez podríamos decir que perfecta para cualquiera, no lo fue para Hermione Granger. No estaba mal, en serio, pero ella esperaba algo más… íntimo.
Algo especial.
Al escuchar ese simple "y yo a ti", su cerebro activó una señal de alerta, una señal que hacía ruido dentro de su cabeza como si fuese una alarma de incendios o la sirena de una ambulancia.
¿Eso era todo? ¿Solo eso? ¿Solo un "y yo a ti"?
Tal vez era mucho drama innecesario, tal vez estaba exagerando las cosas demasiado, pero para una persona como Hermione, que estaba plagada de inseguridades y miedos no con respecto a su pareja, sino en cuanto a ella, un simple "y yo a ti" no bastaba. Y era que Hermione Granger tenía una imagen tan distorsionada y rota de sí misma que no importaba cuanto amor y seguridad pudiera darle alguien, jamás sería suficiente. Esa irritante vocecita dentro su cabeza siempre estaría ahí, perturbando aquellos preciosos momentos de felicidad, haciéndola sentir estúpida al creer que podría existir alguien que pudiera amarla a pesar de todos sus defectos.
De cierta forma, no era tan diferente a Snape.
Ella también tenía mucho que trabajar.
La muchacha se acomodó entre los brazos de su pareja, abriéndolos para hacerse un lugarcito en ellos y esconder su cara en el espacio entre sus hombros y su cuello. Necesitaba oír aquellas dos palabras que tanto le había costado decir en el pasado. Lo necesitaba con tanta desesperación que pensaba que se ahogaría si no las decía. Solo así podría creerle. Podía soñar estúpido y patético, tal vez incluso tóxico, pero Hermione pensaba que cualquier persona podía decir "Y yo a ti" —literalmente cualquiera podría decirlo—, pero un "Te amo" era diferente, totalmente diferente.
Uno no le decía "Te amo" a cualquiera, ¿verdad?
Sus padres solían profesar su amor al otro con un silencioso "te amo". No solían decirlo muy a menudo, pero había algo en la calidez de sus voces y en el brillo de sus miradas que indicaban que el sentimiento era autentico.
Un repentino y aterrador pensamiento invadió su mente, agravando aún más aquellas inseguridades: Ron también solía decirle "Te amo" incluso cuando se encontraba teniendo un amorío con Lavender Brown a sus espaldas. No pudo evitar preguntarse si esos "te amo" habrían sido de verdad. ¿Cómo puedes decir aquella frase tan especial a dos personas distintas al mismo tiempo? Era cierto que el corazón era grande como para enamorarse varias veces, pero esto era muy diferente. Ella era su pareja en ese momento. Si amaba a otra, eso quería decir que ya no la amaba a ella.
Eso quería decir que ese "te amo" era falso.
¿Eso significaba que los "te amo" también podían ser de mentira?
Asustada, alejó esos pensamientos de su mente lo más rápido que pudo. No. ¡NO! Snape era diferente. Él era bueno, era un buen hombre, un buen amigo, un buen amante. Conociéndolo tal y como creía conocerlo, sabía que él jamás le diría "Te amo" sino fuera verdad. Después de todo lo que habían pasado juntos, él no sería capaz de jugar con esas cosas. Por eso, decidió intentarlo una vez más.
—Te amo, Severus... y mucho —susurró aferrándose a su pijama, procurando esconder su miedo su miedo en la tela oscura y afelpada.
—Yo también, nena —respondió jugando con sus cabellos y depositando su casto beso en su coronilla, apretándola más contra él para mantenerla junto a su corazón—. Te amo mucho.
La castaña suspiró aliviada.
¡Lo había dicho!
Era consciente de que también lo había dicho con total sinceridad anoche. Ambos habían sido sinceros anoche. Sin embargo, aquel silencio casi eterno antes de su declaración formal había impactado tan profundo en ella que, incluso ahora, sentía que era una cruel broma del destino. Supuso que se lo tenía merecido. Ella había hecho lo mismo con Severus en su debido momento, cuando no fue capaz de responder su "te amo" y no se le ocurrió nada mejor que fingir quedarse dormida para evadir la respuesta. ¡¿Así era como él se había sentido aquella primera vez que le declaró su amor y ella simplemente decidió ignorarlo?!
No, seguro se sintió peor.
¡Ay! ¡¿cómo pudo ser tan insensible y estúpida?! Los sentimientos de las personas son delicados, sobre todo sentimientos como el amor. No llevaban ni 24 horas desde que se habían dicho "te amo" y ella ya estaba sufriendo una crisis nerviosa.
¡Ay! Si tan solo no sobrepensara tanto las cosas, todo sería más fácil.
—¿En qué piensa, Miss Granger? —preguntó al notarla ausente entre sus brazos, ajena a las delicadas caricias que esparcía sobre su espalda— ¿Hay algo que quiera compartir con la clase, señorita?
Hermione negó con la cabeza al instante. No, no había nada que quisiera compartir. Solo estaba pensando en tonterías que no debería estar pensando. ¡Estaban de vacaciones! Habían hecho el amor toda la noche. Habían dormido juntos abrazados hasta el amanecer ¡Se habían dicho "te amo" cientos de veces! No debería preocuparse por tonterías como esas ni dejar que sus miedos e inseguridades se apoderaran de ella.
Debía disfrutar del momento
— Hey, ¿sucede algo?
Snape se había reincorporado, apoyándose contra la cabecera acolchonada de la cama. Una de sus manos se había acercado al rostro de su amada para acunarlo y obligarla a salir de su escondite pues deseaba que lo enfrentara cara a cara. El profesor sentía que algo había cambiado dentro de la atmósfera de la habitación y no sabía que era, pero estaría dispuesto a averiguarlo.
—¿Está todo bien? ¿Dije algo malo?
—No, no, no es eso. Son sólo cosas mías.
El mayor frunció el ceño e inclinó la cabeza a un lado— Sabes que puedes decirme lo que quieras, ¿verdad? Si dije o hice algo que te molestó, solo dímelo y ya.
Podía confiar en él, lo sabía. El problema era que se iba a sentir la mayor ridícula del mundo si decía sus preocupaciones infantiles en voz alta. La joven tomó una profunda inhalación y luego, suspiró. Era momento de sacar a relucir aquella fortaleza y valentía que alguna vez había tenido.
—... Lo que dijiste ayer... Fue cierto, ¿verdad? —preguntó después de un rato, luego de haber reunido todo el valor necesario para formular la pregunta en voz alta, aunque esta última le temblase— No lo dijiste por la simple emoción del momento, ¿verdad? En serio me amas… ¿no?
Snape frunció el ceño con severidad como si acabaran de ofenderle profundamente.
¿Y eso? ¿De dónde venía esa pregunta tan tonta?
—Por supuesto que sí, nena —respondió al instante, acariciando su mejilla con una de sus manos, observando aquel par de ojos miel repletos de miedo—. ¿Cómo puedes dudar de eso? ¿Qué no he hecho suficiente para demostrarte cuanto te amo? Creí que estábamos bien.
—Lo estamos.
—Entonces, ¿a qué se debe esa pregunta? ¿Por qué esa duda?
—No —lamentó sintiéndose la persona más imbécil del mundo—. No es que dude de eso, jamás podría hacerlo, es solo que... —la joven desvió su mirada un par de segundos, avergonzada—. Es solo que yo... yo necesito oírlo. Necesito que lo digas porque... porque solo así me siento segura de que esto es real, ¿me entiendes?
Snape frunció el ceño algo extrañado, pero asintió en silencio.
De cierta forma, comprendía lo que la castaña intentaba decirle. Cuando él era joven y recién iniciaba su primera relación, tenía una necesidad imperial por escuchar aquellas dos dulces palabras salir de la boca de su ex constantemente. Pensaba que todo lo que estaba pasando era demasiado bueno como para ser verdad, por lo que aquellas palabras se convirtieron en un continuo recordatorio de que todo era real, que de verdad estaba en una relación, que amaba y era correspondido en su totalidad. Esa fue una dura época en la que necesitaba que le ratificaran una y otra y otra vez ese sentimiento porque su autoestima estaba tan destrozada que no creía que alguien tan dulce fuera capaz de amar a alguien como él, un miserable y triste despojo de ser humano.
Entendía esa tóxica inseguridad de sentirse indigno de recibir amor, incluso cuando la persona amada te demostrara mil veces que se iba a quedar contigo pase lo que pase. Era una sensación tan horrible y autodestructiva que no se la deseaba ni a su peor enemigo.
Era por ello que comprendía perfectamente a Hermione.
—¿Todo esto es por lo que pasó ayer? ¿Por qué no te respondí? —preguntó abrazándola. Hermione hizo una pausa, apretando sus carnosos labios en una delgada línea, para luego asentir, abriéndose ante él y arriesgándose a parecer una patética mujer cuya inseguridad era tan grande que podía poner todo en riesgo por haber malinterpretado un simple silencio que no era nada más que eso. Snape curvó sus cejas hacía arriba y se mostró preocupado— Oh, nena, lo siento tanto.
Snape se acercó y procedió a esparcir pequeños y tiernos besos por todo su cabello y rostro en un minucioso intento por consolarla. Hermione se aferró a él con devoción y se dejó cuidar, cerrando los ojos para sentir sus besos cálidos cubriendo su piel. No iba a llorar, no iba a llorar. No iba a hacerlo. No quería arruinar una mañana tan perfecta. Habían despertado abrazados y habían estado jugando hasta hace no mucho, ¡no quería arruinarlo! Solo necesitaba quitarse esa horrible sensación aplastante de su pecho para poder continuar como si nada hubiese pasado.
—Lo siento, mi amor, no fue mi intención, lo siento —el hombre tomó su rostro entre sus manos y plantó un suave beso sobre su pequeña nariz—. Fue mi culpa, no debí quedarme dormido en un momento tan importante como ese.
—No seas ridículo —murmuró levantando la cabeza—. Estabas cansado. Soy yo la que está haciendo una tormenta en un vaso de agua. Perdóname, sé que la estoy cagando.
Snape frunció sus labios y dejó escapar un suspiro agotado. Tal vez, sacar adelante esta relación iba a ser más difícil de lo que supuso, pero no iba a darse por vencido. Ella valía la pena.
—Sabes que jamás haría algo que te lastimara, al menos no a propósito —susurró despacio, acariciando su cabello—. Te prometo que no volverá pasar, ¿está bien, mi amor?
Hermione asintió de inmediato, con vehemencia, incapaz de apartar su mirada de sus oscuros ojos pues se encontraba demasiado impresionada como para siquiera intentarlo. No era que sus palabras o incluso su promesa hubiesen calado hondo en ella. Bueno, tal vez sí, un poco, pero no lo suficiente como para ser los causantes de su asombro. Por supuesto que no. Hermione Granger, la bailarina de la academia de danza de McGonagall, estaba impresionada porque aquel maravilloso hombre pelinegro frente a ella acababa de decirle aquellas palabras que tanto había anhelado escuchar en sus anteriores relaciones.
¡Le había dado un apodo! Y ese apodo era "mi amor"
"Mi amor"
Le había dicho "mi amor".
Mi amor.
MI... AMOR.
¡MI AMOR!
Adoraba como sonaba. ¡Era perfecto!
Snape había usado aquel adjetivo posesivo en primera persona singular para reclamarla como suya. Así que ahora ella le pertenecía a él. Probablemente sus padres se sentirían algo decepcionados. Ellos la habían educado para que fuera una mujer independiente de manera que nunca tuviera que "pertenecerle" a ningún hombre, pero —para ser honestos— a Hermione no le molestaba pertenecerle a Severus. Es más, no había otra persona en el mundo a quien quisiera pertenecerle más que al hombre que yacía en la cama junto a ella.
Quería pertenecerle en cuerpo y alma, en mente y espíritu. Quería ser suya en todos los sentidos.
Además, había usado la palabra con A otra vez: "Amor". Por supuesto, no era como que conociera a Snape como la palma de su mano, ellos aún se encontraban en la etapa de conocerse y eso, pero algo le decía que lo había dicho de manera inconsciente en un gesto totalmente espontaneo. Eso es bueno, pensó. ¡Eso era una buena señal! Significaba que era sincero, significaba que todo lo dicho había salido del corazón. No pudo evitar preguntarse si Severus era de esas personas que les gustaba poner apodos cariñosos a sus parejas. Desde su punto de vista, no lo parecía.
¡Para nada!
De cierta forma, eso también es bueno, pensó, pues quería decir que él la amaba tanto que su subconsciente ya no la veía como la mujer que alguna vez había lastimado su corazón y había pisoteado sus ilusiones de la forma más cruel y fría posible. Por fin podía quitarse aquellas etiquetas de la frente y vivir como lo que era ahora.
Su amor.
Una bonita sonrisa se formó en sus labios, revelando sus incisivos grandes.
—Mi amor —repitió ella en un susurro, inclinando su cabeza hacia a un lado para plantar un tierno beso en la punta de su nariz, tal y como él había hecho hace tan solo unos instantes. El profesor arrugó la nariz en protesta y le regaló una pequeña sonrisa—. Me gusta cómo suena en tus labios.
Ronald Weasley jamás había permitido que ambos se llamaran por algún apodo tierno por más que ella le insistió en reiteradas ocasiones usar uno. No se consideraba una persona romántica, mucho menos melosa, pero le gustaba ver como algunas parejas se tenían agendadas en sus teléfonos con apodos lindos y emojis divertidos, incluso le gustaba verlos abrazados dentro de los autobuses cuando iba de regreso a casa, siempre al frente de ella, abrazados mientras se susurraban palabras cursis. Pensaba que era estúpido, pero por alguna razón que no podía explicar, ella también quería vivir eso.
Ron también pensaba que eso de los nombres era algo estúpido o, al menos, eso era lo que le decía cara a cara. Aun así, le había permitido a Lavender llamarlo "Won-Won".
" ¡Qué asco de apodo!", pensó la primera vez que lo escuchó, justo en ese preciso instante en el que daba vueltas y vueltas a lo largo del Empress Salon, a dos bailes de terminar la final del Blackpool 2013. ¡Sonaba horrible! Era como si alguien estuviera ahogándose con comida por no haberla masticado bien. No tenía punto de comparación con el hermoso apodo que Snape acababa de darle.
"Mi amor"
Incluso sonaba aterciopelado en su boca.
—¿Me vas a poner un apodo? —preguntó el mayor con una sonrisa traviesa en su rostro antes de desaparecer entre su cuello, besando su piel delicada y sensible. Snape jamás pensó que alguna alguien volvería a llamarlo de esa forma cariñosa, mucho menos alguien tan encantadora como Hermione. No estaba seguro si ese tipo de apodo le quedaba a él, pero si esa era la voluntad de su castaña, la iba a aceptar. Aspiró profundo el suave aroma de su piel y plantó un beso sobre la piel sensible— ¿Tan rápido, nena?
—¡Tú me lo acabas de poner a mí! —exclamó divertida mientras se aguantaba la risa pues el aliento cálido del pelinegro le producía cosquillas—. Hmmm... Severus, ahí no, me da cosquillas.
Snape hizo caso omiso a sus quejas y continuó con el jugueteo en su cuello, acomodándose sobre la cama de modo que una de sus pesadas piernas ahora estaba sobre el cuerpo de la bailarina, inmovilizándola debajo de él.
—Hmmm… ¿Quién le dio permiso de ser tan deliciosa por las mañanas, Miss Granger? —murmuró succionando un pedazo de su piel, dejando una marca rojiza seguramente. Hermione soltó un chillido que se escuchó por toda la suite. La acción la había tomado completamente desprevenida y ahora sus sentidos se había despertado por completo. Su cerebro emocionado enviaba descargas eléctricas por todo su cuerpo y su corazón latía acelerado— ¿Sabes? Estuve pensando y, puede que suene algo atrevido, perdóname si es así, pero creo que, tal vez, debería adelantarme el desayuno... mi amor.
Hermione río, sonrojándose por completo. Sentía como la sangre iba subiendo poco a poco por su cuerpo, invadiendo su pecho hasta llegar a su rostro. Sus mejillas le ardían. Sus delicadas manos subieron lentamente hasta llegar a la cabeza del mayor, enterrando sus dedos entre su finísimo cabello negro. Snape tenía el pelo tan delgado que se escurría fácilmente por sus dedos, a diferencia del de ella que se enredaba todo el tiempo, atrapando a cualquier objeto que tuviera a su alcance.
Snape levantó la cabeza y se encontró a una preciosa Hermione Granger recostada debajo él, con los ojos brillantes, las mejillas coloradas y el cabello desordenado cubriendo parcialmente su frente. Divina por donde sea que se la mirara. Por su parte, Hermione tuvo un primer plano del rostro pálido de su hombre cuyos cabellos oscuros caían sobre su rostro como un par de cortinas negras, indicando que necesitaría un corte de cabello muy pronto si quería seguir conservando aquella apariencia más juvenil. La joven estiró la mano y le apartó un mechón lacio del rostro, colocándolo detrás de su oreja. Acarició su mejilla afilada con sus nudillos y se inclinó hacia adelante para darle un beso en los labios.
—Te amo, Severus.
—Y yo te amo a ti —susurró de regreso, correspondiendo a su beso, acomodándose encima de ella. Sus piernas se apoyaban abiertas una a cada lado de sus caderas y su prominente erección, hasta ahora olvidada, se preparaba silenciosa para pronto salir a escena— y creo saber a dónde se dirige esto.
La joven frunció el ceño y enarcó una ceja. ¿Acaso era capaz de leer sus pensamientos o qué?
—Así que te voy avisando desde ahora, Granger, que si vuelves a preguntarme si te amo, aunque sea una sola vez más —susurró de manera seductora, subiendo por su rostro hasta llegar a su oreja donde mordisqueó el lóbulo con sus dientes. Hermione tembló. Había algo dentro de todo ese juego que le encantaba. Tal vez era la forma en cómo lo decía o tal vez que su voz era gruesa y hasta algo ronca, tal vez era incluso que la posición de poder de Snape le parecía intimidante, no lo sabía. Pero fuera lo que fuera, aquel pequeño juego erótico la estaba excitando y mucho—, te voy a hacer el amor tan fuerte que no podrás levantarte de esta cama hasta nuevo aviso —amenazó con firmeza. La joven abrió los ojos, sorprendida, y ahogó una risa nerviosa en su garganta, incapaz de creer lo que escuchaba—. Así no volverás a dudar de mí nunca más.
La pequeña Hermione dentro de su cabeza empezó a saltar de alegría, ansiosa por todo lo que vendría después.
Snape se retiró lentamente, apoyándose sobre sus brazos para ver que la joven debajo de él. Suspendido en el aire, la castaña notó un brillo extraño en sus ojos que llamó su atención. Un brillo travieso y peligroso. En ese preciso momento, Hermione Granger descubriría algo maravilloso, algo que nadie conocía a excepción de la ex Sra. Snape, y eso era que, durante las primeras horas de la mañana, Severus Snape podía ser sumamente juguetón y cariñoso en la cama, sobre todo cuando había dormido bien y despertaba de buen humor.
La castaña se mordió el labio inferior, dejándose llevar por aquel juego, y luego se acomodó debajo de su hombre, abriéndole las piernas sin ningún reparo.
Esa promesa sonaba tentadora, demasiado.
—Hmmm... —suspiró levantando las cejas de manera pícara, dándole tiempo a su pareja de prepararse mental y físicamente para lo que vendría a continuación—. Entonces... Tú… ¿Me amas?
—Yo te lo advertí —anunció fuerte y claro. Su voz resonó dentro de la habitación y de la cabeza de Hermione. La joven quería reír del puro nerviosismo pues Severus había empezado a descender por la cama y por su cuerpo para retirar las sábanas de un solo tirón, arrojarlas lejos hacía atrás y descubrir el sensual cuerpo de su pareja. Hermione junto las piernas y las dobló a un lado, estirando su torso para que su cuerpo creara la ilusión de tener más atributos de los que tenía en realidad. Snape se irguió imponente frente a ella, sentándose sobre sus rodillas y talones—. Prepárate, Granger. Abre las piernas.
Hermione sintió casi desfallecer cuando escuchó esa frase salir de sus delgados labios.
—¡No! —chilló como una niña pequeña mientras apretaba más las piernas y las llevaba a su pecho, rodando de risa mientras veía a Snape fruncir su ceño y labios, fingiendo un falso enojo. El mayo estiró sus manos hacia sus rodillas intentando separarlas y así acceder a su feminidad, la cual sentía humedecer poco a poco, pero Hermione ponía resistencia como nunca antes en su vida lo había hecho, sujetando sus propias rodillas con sus manos— ¡No! ¡No!
Con la nueva postura, Hermione no parecía darse cuenta de que estaba exponiéndose más que nunca ante Snape. El profesor no pudo evitar que sus ojos oscuros se desviaran hacia abajo, justo hacia aquel pequeño paraíso que tenía la muchacha tenía entre sus piernas. Sus bragas apenas cubrían su zona íntima, revelando aquellos preciosos glúteos suaves y firmes que se morían por apretar y mordisquear. La tela de su ropa interior se humedecía poco a poco, anunciándole que estaba más que dispuesta a continuar con su pequeño juego previo.
Snape la tomó por el interior de su pierna derecha, levantando la pierna frente a él para besar desde sus tobillos, subiendo por su cicatriz, hasta llegar al interior de su rodilla las cual logró separar de su homóloga haciendo uso de un viejo y sucio truco: las cosquillas. Con su pierna derecha sobre su hombro y su mano presionando su cadera izquierda, Hermione no tenía escapatoria alguna de aquel "monstruo" de agiles dedos que invadía su cuerpo con sus "malévolas" cosquillas.
—Jajajajaja… ¡No! ¡Para! ¡Para! —logró articular descendiendo su pierna para contraerse y hacerse bolita en un intento de defenderse del ataque— ¡Severus!
—¿Quién le ha dado permiso para hablar en clase, Miss Granger? —contestó mientras ambas manos atacaban su torso, sus pulgares cada tanto rozaban el nacimiento de sus senos aún escondidos tras su pijama— No puede dirigirse de esa forma a un profesor.
—Se supone que yo soy la maestra aquí —regañó divertida—. ¡Tú eres mi alumno!
Snape sonrió de lado y se defendió— Y ¿quién de los dos tiene un título de profesor aquí?
—¡Tú no! —replicó al instante— Eres investigador, no docente.
Rayos. Odiaba cuando tenía razón.
—Hmmm... ¡Ah!
Un gemido agudo escapó de sus labios cuando sintió la respiración del mayor sobre su ropa interior, haciéndola temblar al tenerlo tan cerca de su zona intima, aquella zona vulnerable y húmeda que se contraía vacía esperando ser llenada. Hermione contuvo la respiración cuando sintió las manos del profesor viajar hasta sus caderas para tomar el elástico de sus bragas y quitárselas lentamente como si la torturara. Al ver su camino por fin libre de aquella prenda, Severus volvió a sentarse sobre sus tobillos y rodillas, se quitó la parte superior del pijama para mayor libertad de movimientos y procedió a reptar hasta llegar al tesoro prohibido que ocultaban las piernas de la bailarina. Hermione solo podía observar hipnotizada los músculos de la espalda y brazos del pelinegro contraerse a medida que se acercaba hacia su entrepierna.
Se sentía como una presa a punto de ser devorada… Y tal vez no estaba tan lejos de la realidad.
— Despacio —suplicó en un suspiro, llevándose una mano a la boca para ahogar los gemidos que probablemente empezaría a soltar si Severus continuaba con sus actividades. El mayor ya había metido uno de sus dedos largos dentro de ella y ahora amenazaba con meter un segundo.
El mayor levantó la cabeza al escuchar su voz sofocada y retiró aquel dedo su interior, dejando que bailara sobre sus hinchados labios inferiores, humedeciéndolos más y más con los fluidos de su interior. La vista no estaba nada mal desde donde se encontraba. Hermione cubierta únicamente con la camisa semiabierta del pijama, sus pezones erectos marcándose contra la fina tela, sus mejillas sonrojadas de un intenso color carmín y sus bonitos ojos miel nublados por el fuego de su pasión.
Una diosa.
Una diosa solo para él.
—Shhh, tranquila —la calmó mientras bajaba a su rostro hacia donde estaba su dedo, sin atreverse jamás a perder aquel excitante contacto visual—. No haré nada que no quieras.
Hermione no podría explicar en simples palabras qué fue lo que había pasado después aquellas palabras pues fueron tantas sensaciones placenteras recorriendo su cuerpo a la vez que lo único que pudo guardar dentro de su mente era aquella erótica visión de su hombre lamiendo con delicadeza su entrada antes de empezar a explorar más a fondo. Su cabeza cayó hacia atrás sobre la almohada y solo se dejó llevar, ahogando gemidos tras su mano y rogando en silencio que los demás huéspedes de ese piso no se encontraran en sus habitaciones.
Ahora sí podía decir que nunca había tenido un mañanero tan placentero como ese.
El ligero aumento de temperatura dentro de la habitación hizo que Hermione se removiera incomoda sobre la cama mientras se rascaba la parte inferior de su nuca, tratando de calmar el escozor que le producía su abundante cabello y el calor. Snape, a su lado, estaba sentado sobre la cama apoyado contra la cabecera acolchonada, admirándola dormir. Enfundado en la bata oscura del hotel y con su iPad reposando en su regazo, Severus Snape se mantenía ocupado escribiendo en el aparato, haciendo uso del teclado que venía en la funda protectora. Había despertado hace apenas media hora —o tal vez un poco más— de su pequeña siesta post-mañanero y no había querido despertar a su amada por lo que simplemente la dejó dormir mientras él mataba el tiempo ya sea explorando el mundo del ciberespacio o escribiendo cualquier tontería en la aplicación de notas.
Mientras tanto, Hermione solo respiraba pausadamente todavía atrapa en el mundo de los sueños. Su bonito cuerpo desnudo se mantenía calentito bajo las sábanas y, cada tanto, Snape se animaba a observarla de reojo para asegurarse que todo se encontrara en orden.
Estas últimas horas habían sido maravillosas y, por ende, demasiado difíciles de creer. De hecho, después de despertar por segunda vez, tuvo que pellizcarse la piel del brazo pues aún pensaba que estaba durmiendo y que aquella hermosa bailarina dormida a su lado no era más que un sueño del cual despertaría pronto. ¡No recordaba la última vez que se había sentido tan relajado y feliz como ahora! Tampoco recordaba la última vez que había dicho las palabras "te amo" y "mi amor" en una misma oración y de manera tan repetitiva.
Bueno, puede que sí, pero esos eran recuerdos que no deseaba revivir. No quería arruinar los bonitos momentos que estaban compartiendo justo ahora. Sin embargo, un ligero sabor agridulce llegó a su boca al repetir mentalmente el nuevo apodo que Hermione había designado para los dos.
"Mi amor"
Wow, sí que había pasado mucho tiempo desde la última vez que había dicho esas dos palabras juntas e incluso muchísimo más tiempo desde que alguien lo había llamado así.
Durante los primeros años de su relación con Valery, ella solía llamarlo de esa forma ya sea en público o en privado. Siempre le sorprendió la facilidad con la que la pelirroja era capaz de decirlo. Desde el primer día, la ex Srta. Kay no había presentado inconvenientes para tomarlo del brazo y decirle "mi amor" mientras caminaban por el campus universitario. Él no fue tan directo. Demoró casi un año entero en lograr llamarla "cariño" y un año más para por fin decirle "mi amor". Parte de ello se debía a su pobre confianza y baja autoestima. La otra parte, al hecho de que no era una persona romántica.
Pero a Valery jamás pareció importarle, jamás lo forzó a decirlo. Ella le dio todo el tiempo que necesitó… Tal vez demasiado.
Snape giró brevemente la cabeza para observar a su castaña dormir. Sus delicados brazos abrazaban una de las mullidas almohadas oscuras y su cabello castaño caía hacia a un lado sobre la almohada en la cual reposaba su cabeza. Desde esa posición, podía ver sus rizadas pestañas descansando sobre sus párpados y sus carnosos labios semiabiertos revelando la silueta de sus incisivos primarios.
Ella seguía durmiendo y todo parecía estar en orden.
Regresando al hilo de sus pensamientos, cayó en la conclusión de que no estaba seguro si "mi amor" sería el sobrenombre cariñoso adecuado para ellos. Al menos, no lo era para él. Tendría que sincerarse con la bailarina y decirle que, por más que ella estuviera encantada con su nuevo apodo, era momento de buscar otro.
—¿Qué escribes? —preguntó una voz ronca y adormilada a su izquierda.
Snape se giró y encontró a Hermione Granger frotándose los ojos con un mano, recién despertando de su pequeña siesta. Snape sonrió de lado al verla bostezar. Se veía tan adorable. Sus mejillas estaban sonrojadas y sus ojos apenas eran capaces de mantenerse abiertos. Su cabello despeinado se rizaba hacia todos lados de manera descontrolada y unos rizos caían sobre su frente, dándole una apariencia infantil. Sus pies descalzos se movieron bajo las sábanas y se deslizaron con pereza sobre sus propias piernas desnudas.
Hermione rio suavemente cuando sintió los vellos del profesor haciéndole cosquillas en los dedos.
—Nada —susurró guardando el contenido antes de apagar la tableta y dejarla a un lado sobre la mesita de noche. Hermione lo observó adormilada, sin moverse, demasiado aturdida aún como para que su curiosidad la obligara a interrogar al mayor—. Ven aquí.
Hermione sonrió y se arrastró por la cama para acostarse sobre el regazo de su amado, abrazándolo con cariño y apoyando su mejilla en su abdomen. El profesor llevó una de sus manos hacia las de ella y entrelazó sus dedos, negándose a soltarlos. Su otra mano viajó por su brazo y hombro hasta terminar en su cabeza, donde peinó delicadamente su cabello como si este no fuese una maraña de pelo castaño imposible de peinar. Hermione ronroneó bajo su contacto, sintiéndose plena y feliz.
Como si por fin estuviese en su hogar.
—Me duele todo —murmuró luego de un rato, levantando su cabeza para ver al pelinegro. Snape enarcó una ceja y bocetó una pequeña sonrisa de lado—. Lo que me hiciste debería ser considerado ilegal —añadió riendo.
—Lo siento —respondió ligeramente avergonzado, sintiendo de inmediato como la sangre corría a toda velocidad hacia sus orejas y mejillas. Tal vez sí había exagerado un poco en cuanto a la fuerza de sus embestidas durante su pequeña sesión de sexo matutino. En su defensa, los gemidos de la bailarina no parecían ser de dolor en ese momento y él estaba demasiado distraído dándolo todo como para notarlo—. ¿Te lastimé mucho?
Hermione se mordió el labio inferior y se removió sobre la cama, reincorporándose para recostarse sobre la cabecera, tal y como lo hacía el mayor. En el proceso, la sabana que cubría su desnudez resbaló varias veces, otorgándole a Snape la oportunidad de ver sus bonitos pechos desnudos en repetidas ocasiones. Por supuesto, él intentó no mirar, pero sus instintos básicos lo traicionaron en todos los intentos. Hermione se inclinó sobre él para besar su mejilla y luego apoyó su cabeza sobre su hombro. Sus dedos volvieron a entrelazarse sobre las sábanas.
—No, estoy bien. Soy una chica fuerte —rio para sí misma—. A-Además, me gustó. No tenía idea de que usted sabía moverse taaaaan bien en la cama, Sr. Snape. Me ha sorprendido mucho —ahora fue el turno de él para reír—. ¿Te puedo pedir un favor?
Snape apoyó su cabeza junto a la de ella y asintió— Dime.
—La próxima vez que quieras ponerte creativo o "rudo" en la cama, por favor, si no escucha molestia, te pediré que me avises antes —pidió sonrojada, mirando en dirección a sus manos entrelazadas. Sus mejillas le ardían y una sonrisa avergonzada se dibujó en sus carnosos labios—. Así me darás tiempo para estar mentalmente preparada.
Snape abría y cerraba la boca como si fuese un pez fuera del agua. Una risa nerviosa estaba atrapada en su garganta. Jamás esperó escuchar algo así en su vida. Estaba completamente avergonzado de aquellas declaraciones tan fuertes.
—¡Pero si yo te avisé!
—¡Pero pensé que era una broma! —exclamó con voz chillona— Tú casi siempre eres tranquilo y tierno. ¡No pensé que lo decías en serio! —en esta ocasión, debía darle la razón. En el poco tiempo juntos, él la había malacostumbrado al sexo suave, a los mimos cariñosos y a los cuidados especiales que le brindaba después de hacer el amor. Lo que habían hecho esta mañana se alejaba abismalmente de eso. Tal vez era momento de variar un poco el menú, pensó divertido—. ¿Quién iba a decir que detrás de esa apariencia tranquila y seria, se escondía toda una fiera, Sr. Snape?
Snape apretó sus delgados labios con fuerza para contener una nerviosa risa y luego rodeó a la castaña con uno de sus brazos para mayor comodidad. Hermione levantó la cabeza frotar su pequeña nariz contra su mejilla, pero lo que se suponía era un momento tierno e íntimo terminó convirtiéndose en uno muy divertido cuando Snape, en un acto de pura espontaneidad, soltó un pequeño rugido similar al de un cachorro de león. Hermione abrió los ojos sorprendida y una carcajada aguda y descontrolada llenó la silenciosa habitación.
—Vuélvelo a hacer. ¡Vuélvelo a hacer! ¡Por favor! —decía entre bocanadas de aire, aferrándose a su brazo mientras seguía riendo— ¡Hazlo otra vez!
—Olvídalo, Granger —respondió con seriedad mientras se cruzaba de brazos y miraba hacia al frente.
Nadie se reía de Severus Snape mas que Severus Snape, pensó.
Aunque, bueno, podría hacer una excepción por ella solo por esta vez.
En fin, el enojo no le duraría mucho pues Hermione no tardó ni un segundo en sentarse desnuda sobre su regazo y atraparlo entre la cabecera de la cama y su atlético cuerpo, exponiéndose desnuda cual estatua griega. Snape posó ambas manos sobre sus redondas caderas y Hermione usó sus hábiles dedos para meterse dentro de la bata oscura y hacer cosquillas sobre la pálida piel cetrina de su pareja. Creo que esta demás decir que aquel pequeño juego no tardaría en convertirse en una escena calenturienta más de las múltiples fantasías eróticas que habitaban en la mente de la castaña.
Mientras la pareja se estaba dando amor, un par de golpes en la puerta principal los sacó de su burbuja de felicidad. Hermione levantó la cabeza y se quedó inmóvil y en silencio, agudizando su oído intentado averiguar si no había sido una falsa alarma. Al verla con el cuello estirado y los brazos pegados a sus costillas, justo debajo del busto, Snape pensó por un momento que Hermione parecía una curiosa suricata que observaba alerta el horizonte de la sábana africana.
Otra vez, unos cinco golpes en su puerta.
El profesor se deslizó por la cama y puso ambos pies sobre el suelo, buscando a tientas sus pantuflas.
—¿Quién es? —preguntó la muchacha cubriendo su cuerpo con las sábanas, asegurándose que nada que no debiera verse saltará a la vista— ¿Esperamos a alguien?
—Hmm... Supongo que debe ser nuestro desayuno —respondió el profesor ahogando un bostezo en su garganta—. Supuse que ninguno de los dos tendría ánimos para bajar a desayunar, así que pedí servicio a la habitación mientras dormías.
Hermione asintió complacida. ¡Qué bueno que pensaban igual!
Ya de pie, el hombre se inclinó sobre la chica y depositó un suave beso en su frente. La joven capturó una de sus manos y se la llevó a los labios para besar sus nudillos y luego apoyar su mejilla cálida sobre ella, frotando su cara con delicadeza. Snape sonrió de lado y acomodó con su mano libre uno de sus mechones rebeldes detrás de su oreja.
—Iré a abrir —susurró ajustando bien la bata con ambas manos mientras caminaba—. Vístete.
Luego de eso, abrió la puerta corrediza y la cerró tras él, dejando a la castaña en la soledad y el confort de la alcoba. Hermione sonrió para sí misma aún sentada sobre la cama. Una sonrisa tonta e infantil. Unos segundos después se dejó caer hacia atrás, estirándose como un gato y dando vueltas de un lado al otro, completamente feliz de poder despertar al lado de Snape otra vez. Se mordió el labio inferior, cerrando los ojos para recordar aquellas vívidas imágenes de su hombre jugando entre sus piernas hace tan solo unas horas.
Una risilla traviesa escapó de su boca y tuvo que cubrirse el rostro con el lado frío de la almohada pues sus mejillas le ardían de lo rojas que estaban.
Snape abrió la puerta principal después de que la persona tras ella tocara cinco veces por tercera vez. Afuera, un mayordomo vestido con un impecable uniforme blanco y negro se apoyaba aburrido detrás del carrito metálico en el cual transportaba sus desayunos. El muchacho era joven, tal vez de la misma edad de Hermione o un par de años mayor, y parecía algo irritado debido a la larga espera. Saludó con cortesía y pidió permiso para entrar en la suite. Snape se hizo a un lado y lo dejó pasar sin decir palabra alguna.
—Buenos días, Sr. Snape. Aquí está todo lo que ordenó —anunció colocándose en medio de la sala, destapando la bandeja para revelar su contenido.
El delicioso aroma de un buen desayuno inglés inundó sus fosas nasales, haciéndosele agua la boca.
—Gracias.
El muchacho revisó la suite completa paseando sus ojos de izquierda a derecha, poniendo especial atención a las dos puertas corredizas que unían las habitaciones de ambos huéspedes. No había pasado más de dos horas desde que su turno había empezado, pero el joven mayordomo sentía que habían pasado demasiadas cosas para tan pocas horas. Se suponía que hoy sería un día normal, un día cualquiera, un día más en su "fabuloso" empleo como camarero en el hotel The Heir, pero parecía que el universo tenía planeado muy algo diferente para él.
"—¡Tony!¡Tony!¡Tonyyyy!"
Desde que había puesto un pie en las instalaciones del hotel esa mañana, supo que ese grupillo de gallinas culecas que tenía por compañeras no iba a dejarlo en paz. No debió sorprenderse. Desde que el Sr. Snape y su joven acompañante se habían registrado, ni él ni sus compañeros habían logrado tener una jornada laboral "normal". Y era que, a falta de celebridades, el invitado especial de la patrona, la Sra. Malfoy, se había convertido en el huésped más importante dentro del edificio. No había ni un solo tema de conversación dentro de la sala de descanso que no involucrara al tacaño Sr. Snape y a la escandalosa Srta. Granger. Puede que algunos de sus compañeros simularan mejor que otros su interés hacia la pareja, pero el premio a los chismes de corredor mal disimulados se lo llevaban sus compañeras mucamas y camareras del piso 17.
¡Ese grupo de viejas cotorras llevaba el arte de chismear en la sangre!
Habían estado muy raras por la mañana, sobre todo Eve y Marisa, las dos mucamas que habían ocupado el último turno de anoche. No entendía qué hacían esas dos en el hotel tan temprano, usualmente tomaban el turno de la tarde, no deberían estar ahí; sin embargo, sus dudas serían resueltas cuando escuchó que el Sr. Andrews, el gerente del hotel, había convocado a todo el personal a una reunión urgente a primera hora de la mañana.
Las reuniones urgentes de personal a primera hora de la mañana nunca significaban algo bueno. La última vez que tuvieron una, uno de sus compañeros perdió su empleo. No pudo evitar preguntarse si alguien habría robado equipaje otra vez. ¿Acaso alguien habría tenido algún problema con los huéspedes actuales? O, peor, ¿acaso iban a recortar personal?
Sea lo que sea, era mejor saberlo ahora y de la boca del gerente y no dejarse llevar por los rumores.
"— Necesito saber quiénes han atendido al Sr. Snape durante su estadía aquí con nosotros" — comenzó el hombre de pie frente a ellos en la sala de descanso—. "Quiero que todos aquellos que hayan tenido contacto ya sea con el Sr. Snape o con su acompañante den un paso al frente y formen una fila" —aquella inesperada declaración provocó cierta confusión dentro de la sala la cual se manifestó en forma de murmullos ahogados—. "Si han entrado a sus habitaciones, si les han llevado servicio a la habitación o si solo los han escuchado conversar en los pasillos, deben venir conmigo. ¿Quiénes son las encargadas del piso 17? Quiero que todas ellas vayan a mi despacho de inmediato".
Por supuesto, a nadie le gustó tanto misterio. ¿Qué habría pasado para que el Sr. Andrews actuara de esa forma? Debía ser algo terrible pues nada solía perturbarlo de esa manera. ¿Acaso el Sr. Snape era un potencial "huésped peligroso" que podía meter al hotel en problemas? ¿Acaso estaban ante algún caso policiaco de alto riesgo? O peor, ¿acaso el Sr. Snape y compañía tenía alguna terrible y extraña enfermedad y ahora todos estaban infectados?
Los recuerdos de su último resfriado lo invadieron: ¡No quería más días en cama!
En fin, fuera lo que fuera, Tony se alegraba de no verse envuelto en ese asunto. Él no había tenido el "gusto" de atenderlos, al menos no hasta ahora… Lástima que dos horas más tarde se encontraría así mismo subiendo un consistente desayuno para los huéspedes de la suite Kensington en el piso 17.
Se había quedado en silencio un par de minutos mientras barría la habitación con la mirada. A Snape no le gustó eso para nada, pero en lugar de reclamarle, solo se le quedó mirando con cara de pocos amigos mientras su pie derecho se movía de arriba abajo marcando el tiempo con impaciencia. A pesar de que daba algo de miedo, Tony no se dejó atormentar por aquella mirada. En cambio, decidió concentrarse en la tarea que le habían encomendado el Sr. Andrews por lo que continuó con su trabajo.
—¿Desea que le preparé su mesa o prefiere tomar su desayuno en su habitación, señor? —preguntó señalando la mesa frente a los ventanales con vista al mar.
—Sí, por favor.
El muchacho procedió a prepararla mesa, extendiendo sobre la superficie un finísimo mantel blanco que había sacado de la parte inferior del carrito. Snape se quedó de pie al lado de la puerta corrediza de su habitación en todo momento, observando al mayordomo hacer su trabajo. Sin duda, podía estar haciendo algo mucho mejor que solo esperar en silencio. Podía estar adentro ayudando a Hermione a "vestirse", pero por alguna razón que no podía explicar, había algo en el comportamiento del muchacho que había llamado su atención y era exactamente por esa razón que se obligaba a sí mismo a quedarse en su sitio, vigilándolo como un halcón.
Desde que le había abierto la puerta, el joven no había dejado de observar su suite como si estuviera buscando algo. Había observado de derecha a izquierda, de arriba abajo, incluso lo había escaneado a él con la mirada sin siquiera molestarse en disimular. Snape apretó los labios, incómodo, y luego se ajustó las cintas de la bata oscura, asegurándose de que esta no pudiera abrirse bajo ninguna circunstancia. El mayordomo siguió trabajando en silencio, procurando hacer el menor ruido posible con los platos para así poder escuchar lo que sea que estuviese pasando dentro de las habitaciones privadas del huésped estrella.
En su mente, aún resonaban las palabras de sus compañeras Eva y Marisa: "Observa, analiza, procesa y reporta" y, por supuesto, las de su jefe: "Averigua qué tipo de relación tienen esos dos y, por favor, hazlo con discreción".
Arriesgarse a convertirse en el objeto de furia del Sr. Snape no valía el sueldo mínimo, pensó.
—¿Está disfrutando su estadía en el Heir, Sr. Snape? —preguntó de repente, terminando de acomodar la tetera en medio de la mesa circular.
—Sí —respondió secamente—. La encuentro… agradable.
—Me alegro —contestó con un aire despreocupado en su voz—. En The Heir siempre nos esforzamos por hacer de la estadía de nuestros huéspedes lo más placentera posible. Después de todo, nuestros huéspedes son lo más importante.
La sonrisa ensayada que finalizó la frase solo le indicó a Snape que el muchacho estaba tratando de hacer puntos con él recitando el lema del hotel de Narcisa. De seguro estaba esperando que hablara bien de ellos cuando se reencontrará con la jefa de su jefe, por ende, su jefa.
Pobre, Cissy, pensó. Todo el mundo quería ganarse su favor solo para su beneficio.
Bueno, ella podría llorar sobre sus millones más tarde en la comodidad de su avión privado.
La puerta corrediza se abrió tras de él sorprendiendo a ambos varones. La cabeza castaña de Hermione se asomó tras él, tímida y avergonzada. El mayordomo se quedó observando a la pareja fijamente y, de no haber sido porque la muchacha estaba distrayendo a Snape tirando de su brazo, probablemente el profesor hubiese visto como Tony echaba un vistazo disimuladamente hacia el interior de su habitación, tomando notas mentales de todo lo que podía ver.
Hmmm… ¿En bata, despeinados y en la misma habitación? Sin duda esos dos se habían divertido mucho anoche, pensó divertido mientras recordaba los "escandalosos detalles" que Marisa le había comentado en la mañana después de salir de la oficina del jefe.
—¿Qué pasa? —susurró Snape inclinando su cabeza para que ella pudiera susurrar a su oído.
—Necesito ropa interior limpia. ¿Puedes traerme unas bragas de mi habitación?
—¿Y las qué tenías puestas?
—No me voy a poner lo mismo de ayer —respondió haciendo un puchero. Sus ojos miel se desviaron momentáneamente en dirección al mayordomo quien saludó tímidamente con la mano, gesto que la bailarina respondió con la misma o mayor timidez—. ¿Ya está el desayuno?
—Sí, ya lo está —el hombre se enderezó y se puso frente a la joven, escondiéndola con su cuerpo de la mirada indiscreta del muchacho. Hermione, en su "inocencia", parecía haberse puesto solo la camisa blanca que había utilizado ayer para la gala y, a juzgar por la silueta de su torso, era obvio que no llevaba nada debajo. ¡No iba a permitir que un completo desconocido la viera de esa forma tan íntima!—. El joven ya se estaba retirando… ¿verdad?
Eso había dado miedo.
Tony reprimió un temblor al escuchar la imponente y sedosa voz del profesor. No recordaba la última vez que había sentido miedo por el simple hecho de que alguien le hiciera una pregunta. Al parecer, el Sr. Snape había logrado hacer lo que nadie más había hecho. El empleado asintió atónito y volvió a su lugar detrás de su carrito de metal para empujarlo en dirección a la salida.
—Ve a abrirle la puerta —susurró la castaña empujando a su pareja ligeramente hacia adelante.
Snape puso los ojos en blanco, pero terminó accediendo— Permítame abrirle la puerta.
El profesor acompañó al mayordomo hacia la salida y abrió la puerta para implícitamente invitarlo a retirarse de su vista. Tony se despidió de Hermione con un entusiasta "qué tenga buen día", el cual fue correspondido por la joven aún escondida detrás de las puertas corredizas. Snape frunció el ceño y apretó los labios, amenazando al mayordomo con la mirada por seguir mirando a su poca vestida pareja. Tony apresuró el paso y empujó el carrito por el umbral no sin antes detenerse frente a Snape para estirar su mano derecha y sonreír con nerviosismo.
Snape conocía ese gesto: era el gesto universal para pedir propina.
Snape frunció el ceño y esa fue la única "propina" que Tony recibiría antes de que le cerraran la puerta en la cara. Soltó un suspiro y continuó su camino por el pasillo, considerándose suertudo por haber salido vivo de esta. El hombre parecía querer matarlo por el simple hecho de respirar. Tal vez no debió pasarse de listo intentando mirar el escote de su acompañante.
La imagen de la joven Srta. Granger volvió a su mente. Bonita, sí. Buen cuerpo, sí. Cabello, horrible.
—¡Tony! ¡Psss! ¡Tony!
El mencionado levantó la cabeza y buscó con la mirada a las dueñas de esas voces. No tardó en encontrarlas. Escondidas detrás de la pared de uno de los pasillos, sus compañeras Eve y Marisa le hacían gestos con las manos para que notara sus presencias. El chico puso los ojos en blanco y negó con la cabeza, empujando su carrito vacío para reencontrarse con las mucamas del piso 17.
Ahora tenía que ir a reportar.
—Bien, hoy es nuestro último día en Blackpool. ¿Qué quieres hacer? —preguntó la castaña antes de darle soplo a su taza de té—. Podríamos tomar un tour. Vi en recepción que organizan tours por los principales puntos de interés de la ciudad.
—Podría ser.
—¿Qué hay del muelle? —sugirió al instante— ¡Podríamos ir a la feria!
—Creo que se llama Pleasure Beach, Granger.
—Da igual —rio codeándole, dejándose llevar por sus fantasías—. Quiero subir a la montaña rusa. No pude subir la última vez que estuve aquí y la verdad es que me encantan.
—Nunca he subido a una—contestó mientras picaba uno de sus huevos con un tenedor—. Me parecen peligrosas.
—¡Tonterías! Será divertido —insistió entusiasmada con la idea—. No te pasará nada. Estás conmigo, estás con Dios.
En otras circunstancias, Snape le habría refutado todas y cada una de sus palabras. En primer lugar, con 1.65 cm de estatura, dudaba que Hermione fuera capaz de cuidar de él. Apenas era capaz de alcanzar la repisa alta de su alacena sin tener que saltar como una ardilla en el intento. Lo más lógico es que fuera al revés. Segundo, podía pasar horas debatiendo la existencia de un ser celestial omnipresente y todopoderoso, pero si algo había aprendido con el paso de los años es que uno nunca debe hablar de temas polémicos mientras está comiendo por lo que esas ideas quedaron inmediatamente descartadas. En su lugar, prefirió negar con la cabeza y seguir comiendo.
—Ya lo veremos.
—Sabes, quiero ir al centro. La última vez que estuve aquí no pude comprarme ni un solo recuerdo —lamentó mientras dejaba la taza sobre la mesa—. Mamá compró unas bolsas preciosas cuando vino aquí —aún las recordaba. Eran de tela, tenían la imagen de la Torre de Blackpool en medio y su madre las guardaba en la entrada de la casa pues las usaba para hacer las compras y, a veces, para ir a la piscina— ¡Quiero comprar imanes! —añadió de repente.
—¿Imanes?
—¡SÍ! Me encantan los imanes. Solía llenar el refrigerador de la casa de mis padres con ellos. Siempre compraba uno en cada ciudad a la que iba a competir —recordó con una sonrisa algo tristona. El refrigerador blanco más grande que ella exhibía con orgullo los miles de imanes que Hermione fue acumulando con el paso de los años. Unos sostenían las tarjetas de algunos restaurantes; otros, la lista del mercado y había uno en especial comprado en Londres que sostenía una foto de la familia Granger en el Concurso Nacional de Baile de Salón del cual la castaña había salido victoriosa aquella vez—. Ya te puedes imaginar lo lleno que estaba... El mío está algo vacío.
Snape notó aquel cambio en el tono de voz de su interlocutora. Si bien parecía completamente normal y seguía disfrutando de su desayuno, notó cierta sombra oscura en sus bonitos ojos. Una sombra que amenazaba con arruinar su, hasta ahora, perfecto día juntos. Eso no iba a pasar, no en su guardia, pensó mientras arrastraba un poco su silla para estar más cerca de ella.
—Sabes, tal vez puedas comprar algunos imanes para mi refrigerador también. Últimamente, lo he notado algo vacío —dijo antes de darle un sorbo a su taza de té y mirar hacia al frente. El mar calmo y frío se lograba divisar a través del ventanal—. Podrías ayudarme a elegirlos, si quieres.
A lo largo de mis pocos años en esta desventura llamada vida, me he dado cuenta de que existen infinitas formas de decir "te amo". Está el delicioso almuerzo preparado por las devotas manos de una madre; el beso inesperado sobre la frente de un padre después de un largo día de trabajo; aquella propina escondida que te da tu abuelita al momento de despedirse, la lonchera que tu amigo comparte cuando no tienes qué comer, el silencio agradable que comunica a dos hermanos o la alegre colita de una mascota al verte llegar.
Snape no era bueno expresando sus sentimientos en voz alta, pero tal vez, y solo tal vez, esa era su forma de decirle a Hermione que la amaba.
La bailarina sonrió y asintió enérgica antes de dale un mordisco a uno de los panes— ¡Me encantaría!
Un par de horas más tarde, enfundados en enormes abrigos y bufandas de lana, ambos adultos se mezclaban a la perfección entre el grupo de turistas del cual formaban parte. Los empleados del hotel habían sido muy amables de comunicarlos con la agencia turística mejor recomendada de la zona y no pasó mucho tiempo para que los fueran a recoger. A los pocos minutos, ya se encontraban en medio de un multicultural grupo de viajeros frente la icónica Torre de Blackpool, el punto de partida de este recorrido.
Hago una pausa para abrir la siguiente sección la cual me gustaría llamar: "El tour full-day de Hermione y Snape por la ciudad Blackpool o el más alto cringe que alguna vez he tenido por haber escrito algo, pero que igual lo publico porque me da flojera reescribir todo y estoy retrasada *carita feliz que oculta mi vergüenza* :D"
Buen título, ¿verdad? Me pasé veinte minutos pensándolo.
La vista desde lo más alto de la torre era maravillosa. Podías ver casi toda la ciudad y un poco más. El mar se veía tranquilo, algo gris y frío, completamente propio de un típico paisaje inglés en estación fría. Había algunas aves graznando cerca de la playa, Snape podía verlas con claridad desde donde se encontraba. Se acomodó la bufanda sobre el cuello cuando sintió una corriente de aire frío golpear contra su rostro. El aroma a sal se colaba por su nariz.
—Esto no está tan mal… Me gusta —anunció mientras tomaba una foto del paisaje con su teléfono— ¿Tú qué opinas, Granger?... ¿Granger?... ¿Granger?
El profesor se giró buscando con la mirada a la castaña por el resto de la plataforma. Su acompañante se encontraba recostada contra una de las paredes cercanas al centro del mirador, aferrada a uno de los tubos metálicos que formaba parte de la estructura. La castaña miraba por arriba del horizonte hacia el cielo, procurando evitar los bordes que le dejaban ver la distancia de la plataforma hasta el suelo. Snape conocía esa mirada aterrada en sus ojos, la había visto en múltiples ocasiones en todo tipo de personas: Hermione tenía miedo a las alturas.
—¿Qué haces aquí?
—Aquí estoy bien… Es más seguro —contestó fingiendo normalidad, apretando aún más la barra.
—¿Acaso tienes miedo?
—¡Claro que no! —exclamó arrugando su nariz. El viento volvió a soplar en su dirección, haciendo revolotear los extremos de su bufanda roja y su cabello suelto. Un folleto salvaje apareció volando en el aire frente a ellos. Al parecer, había escapado de la mano de algún desafortunado turista por culpa de la fuerza del viento. Hermione observó atenta como el pedazo colorido de papel revoloteaba hasta desaparecer de su vista, cayendo hacia el suelo por fuerza de la gravedad. Algo le decía que si fuera ella quien estuviera revoloteando por el cielo, no caería tan lento como el folleto. Ella se estrellaría y moriría en cuestión de un parpadeo. Tragó hondo, tartamudeando—. No se veía tan alto desde abajo.
—Tranquila, esto es completamente seguro.
—¿Cómo sabes?
—Física —respondió como si fuese lo más obvio del mundo.
—Oh —se quejó sintiéndose avergonzada. Sin embargo, la sensación de hormigueo nervioso en la punta de sus dedos era más fuerte que su fuerza de voluntad—. Igual me siento más segura aquí. Sigue tomando fotos, luego me las muestras.
—No digas tonterías, te perderás la vista —dijo extendiendo su mano para tomar el brazo de la joven—. Vamos, estás conmigo. No pasará nada.
—No, no, no, no, no, Severus, por favor, no quiero —Hermione se aferró más al tubo de metal como si su vida dependiera de ello. Su cabello castaño se erizó con cada uno de sus movimientos, adoptando la apariencia de un gato asustado listo para defenderse—. Nos vamos a matar, Snape.
—Tranquila, estás conmigo —dijo empujándola hacia el borde del mirador, sujetándola por ambas muñecas pues Hermione no dejaba de removerse—. Solo agárrate de la baranda.
—¡No, Severus! Esta mierda se va a caer. ¡No!
—No se va a caer, recuerda lo que te enseñé —la ayudó a poner ambas manos sobre la baranda de metal. Hermione cerró los ojos con fuerza, sintiendo como sus piernas empezaban a temblar y un fuerte hormigueo se instalaba en la punta de sus dedos. Sabía que sus manos no tardarían en empezarle a sudar—. Tiene refuerzos diagonales en su estructura como la Torre Eiffel. No se va caer ni aunque empezara un huracán… Mira esta vista, es preciosa. Vamos, Granger, abre los ojos.
—Si abro los ojos, ¡miraré abajo!
—Claro que no. Yo estoy aquí contigo, no te dejaré caer —susurró posicionándose tras ella para hablar a su oído—. Vamos, abre los ojos, por favor. No hemos subido hasta aquí para que te pierdas todo esto… Solo no mires abajo.
La voz sedosa y cálida de Snape cerca de su oído la hizo temblar… aunque tal vez fue una mezcla de eso y su creciente miedo a las alturas. Su voz grave se colaba dentro de sus oídos, provocando un cortocircuito en su sistema nervioso. ¡Oh! ¡Maldición! Nota mental: dejar de perder la cabeza por una voz masculina grave y un par de manos grandes.
Sus pestañas rizadas temblaron, luchando contra su cerebro para abrirse y ver aquella vista de la que su pareja tanto hablaba. El olor del mal golpeaba con fuerza su nariz, ya podía sentir la sal en su boca. Los graznidos de las gaviotas se oían a lo lejos, así como el romper de las olas contra el malecón. Sus dedos estaban adormecidos por la fuerza que ejercía al apretar la baranda con ambas manos. Si no fuera porque tenía miedo de abrir los ojos, Hermione se hubiese tomado el tiempo de disfrutar de aquellas otras sensaciones ajenas al sentido de la vista.
De pronto, la luz blanca del día inundó sus pupilas, cegándola un par de segundos. Después de eso, solo tuvo frente a ella una maravillosa vista panorámica de la ciudad costera de Blackpool, de sus solitarias playas, su enorme parque de diversiones y el inmenso mar de Irlanda moviéndose al compás del viento. El paisaje, sumando al resto de las sensaciones que estaba experimentando, generó una paz y un placer tan grande en Hermione que podía compararlo con la calma del post orgasmo.
Dejó escapar un suspiro propio de los enamorados y se apoyó un poco más sobre el barandal, dejándose seducir por sus sensaciones. Snape hizo lo mismo y apoyó su barbilla sobre la cabeza castaña mientras cerraba los ojos, disfrutando del momento.
Hasta que…
—¡SNAPE, YA MIRÉ ABAJO!
*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*
El viaje en el autobús turístico de dos pisos fue mucho más agradable que su experiencia en la torre. Iban en la parte descubierta de arriba la cual era lo suficientemente alta como para ver la ciudad y sus alrededores, pero lo suficientemente baja como para que Hermione no volviera a sufrir una crisis nerviosa por culpa de su acrofobia. Había sido un verdadero show allá arriba, una anécdota más que podría contar en un futuro a sus nietos.
… Si es que algún día llegaba a tener nietos.
En fin, dejando eso de lado, Snape se entretenía mucho mirando a las personas pasar de un lado al otro mientras escuchaba atentamente todas y cada una de las palabras del guía quien, usando un micrófono y un pequeño parlante, explicaba algunos datos curiosos de su ciudad natal. Hermione, por otro lado, se entretenía más tomando fotos y grabando videos que escuchando lo que sea que el guía tuviera que decir. Con la cámara de su celular, documentaba todo lo que estaba pasando a su alrededor. Moviendo su brazo de arriba abajo, capturaba tanto los pequeños negocios locales como a sus demás compañeros turistas.
A diferencia de Londres, Blackpool no tenía tanto turismo arquitectónico que explotar. No tenía los impresionantes museos ni los altos edificios modernos. Tampoco los puentes o monumentos históricos dignos de ser llamados "patrimonio nacional", pero lo que sí tenía era un parque grande.
Uno muy grande.
¿Tienen idea de cuántos son 104 hectáreas? Porque yo no.
El Stanley Park era un parque público ubicado al sudeste de la ciudad junto al zoológico. Era el parque principal de Blackpool e incluía importantes áreas deportivas, jardines ornamentales, un lago para botes y un área boscosa que llamaba a sus visitantes a explorarla. Según el guía, el lugar había sido diseñado y construido en la década de 1920 y estaba inscripto en el Registro de Parques y Jardines Históricos de Especial Interés en Inglaterra. El autobús avanzó por la casi vacía carretera, adentrándose más y más en aquel mar verde de árboles y otras plantas hasta detenerse justo en un gran parking lleno de otros autobuses como el suyo.
Al parecer, esto era la joya del tour.
—Ahora, por aquí tenemos el café Parks —dijo el guía mientras caminaban por el suelo de grava marrón, llegando a la altura de una enorme mansión de campo frente a una fuente circular llena de coloridas flores—. Es uno de los cafés más importantes aquí en Blackpool. Aquí se llevan a cabo una divertida serie de eventos musicales, incluidos una fiesta de té casi todas las tardes. Tal vez, podamos echar un vistazo más tarde —añadió con una sonrisa—. Como pueden ver, está construido con ladrillos de piedra arenisca y tiene puertas de caoba y ventanas con marcos de acero. El interior está completamente inspirado en el Art Deco. De hecho, el interior de nuestro hotel más famoso, el Heir, está inspirado en esta joya arquitectónica.
Snape frunció el ceño al escuchar eso. Realmente dudaba que Narcisa fuera tan minuciosa con los detalles pequeños como ese, aunque conociendo a su amiga, debería esperar lo imposible.
"Lo más probable es que este lugar hubiese sido inspirado en el hotel", pensó divertido.
—Estos que ven aquí son los jardines italianos. Todas las fuentes de aquí están hechas por mármol italiano importado. La fuente de allá y los cuatro caballitos de mar fueron donados por Magee Marshall —dijo señalando con las manos la vasta extensión de tierra fértil que tenía frente a él, en especial, en dirección a unas enormes estatuas de mármol blanco muy realistas con forma de caballitos de mar—. Y por aquí están nuestros dos leones de Medici.
Al escuchar aquella palabra, la curiosidad de Hermione pareció encenderse. De repente, se sentía en sus lejanos años de estudiante cuando, en clase de historia, siempre mantenía la mano en lo alto, lista para responder las preguntas de su profesor.
—¿Medici? —preguntó pensando en voz alta, captando la atención de los demás— ¿Se refiere a la familia?
—Exactamente, señorita. Los trajeron hace tres años, en el 2013 —explicó mientras caminaban en dirección a una pareja de majestuosos leones mucho más grandes que ella.
La castaña frunció el ceño al ver las estatuas. Había visto imágenes de esos leones en sus libros de historia del colegio. Se suponía que debían ser de mármol, no de acero.
—¿Son replicas? —preguntó incapaz de contenerse.
—Lamentablemente, por culpa del vandalismo, tuvimos que reemplazarlas.
—Oh… Es una pena.
El grupo siguió por el camino que el guía indicaba, acercándose a las fuentes para tomar fotos y leer las pequeñas inscripciones que decoraban el lugar. Hermione se quedó de pie frente a los dos leones que flanqueaban el camino, observando atentamente las figuras inmóviles de ambos depredadores. Hace mucho tiempo, cuando estudiaba el Renacimiento y todos los personajes ilustres que vivieron en Florencia, recordaba su extraña fascinación por aquellas estatuas de león. Jamás pensó llegar a verlas en persona. Ahora que las tenía al frente, pensaba que se veía más impresionantes en su libro.
—¿Qué sucede? —preguntó Snape plantándose detrás de ella silenciosamente.
—Es solo que… Es solo que siempre quise ver estas estatuas y, pues…—
—¿No son lo que esperabas?
—Exacto.
—Bueno, si algo aprendí es que la vida no siempre es lo que esperamos.
—Qué inspirador —murmuró con sarcasmo cruzándose de brazos—. Lo que quiero decir es que sé que estás no las originales, son solo una réplica, pero saber que estuvieron aquí hace tres años y que no pude verlas, pues, no lo sé, creo que me decepciona un poco... Estuve aquí hace tres años también y, pues, no vine a verlas.
—No lo sabías.
—Ya lo sé, es solo que si hubiese tomado un tour cualquiera durante las pocas horas que tenía libre, yo…—
—Hermione —la interrumpió girando su cabeza hacia ella. Desde la distancia, la figura pequeña y grácil de Hermione contrastaba enormemente con la tosca y grande de Snape. Ambos seguían flanqueados por aquellos dos leones de acero en medio del paisaje verde y tranquilos de los jardines—. A veces debes dejar de lamentarte por el pasado y concentrarte en el ahora.
Hermione parpadeó un par de veces, observándolo con aquellos enormes ojos mieles. Snape tragó hondo y continuó.
—No sirve de nada lamentar lo que pudo ser. He aprendido que solo pierdes el tiempo, no puedes cambiar el pasado. Lo que sí puedes hacer es concentrarte en el ahora y tratar de hacerlo mejor para el futuro. No pudiste hacer nada tu primera vez aquí, eso no puedes cambiarlo, pero ahora estás aquí, conmigo, y estamos pasando un buen rato, ¿no lo crees?
—Claro que sí.
—Entonces —dijo inclinándose ligeramente hacia ella, destilando aquel aire seductor que reservaba solo para ella—, te sugiero que solo disfrutes el momento.
"Oye, qué gran consejo. Deberías seguirlo", le regañó su mente siempre pesimista.
—… Tienes razón —susurró estirando su mano para tomar la de él—. Estoy aquí ahora y no podría desear un mejor compañero para ver estos leones que tú, Severus… Gracias.
—¡Grupo Azul! Vengan por aquí —llamó el guía haciéndolos girar, rompiendo el momento— ¡Grupo Azul! Síganme por aquí, por favor, gracias.
*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*
Luego de que el tour terminará y que el autobús los volviera a dejar en la Torre de Blackpool, Hermione arrastró a Snape por la costa hasta llegar al muelle sur, el lugar donde se encontraba el Blackpool Pleasure Beach, el parque de diversiones ideal para todos aquellos que buscaran experiencias extremas y un pasar un buen rato. Con la "amenaza" de la puesta del sol pisándole los talones, los juegos y pequeños negocios empezaban a encender sus luces, otorgandole vida a toda la ciudad.
El Blackpool Illumination nunca se había visto tan animado como esa noche.
—¡Vamos a la rueda de la fortuna! —chilló la castaña mientras tiraba de su brazo, abriéndose paso entre la multitud de muchachos que venían a disfrutar de la tarde-noche al igual que ellos—. ¡No! ¡No! ¡Vamos a la montaña rusa! ¡Quiero subir a esa!
—Calma, calma.
—¡Ah! ¿Podemos ir a las sillas voladoras? —exclamó al girarse a ver aquella espeluznante atracción que hacía gritar a tantos adolescentes mientras los mantenía suspendidos en el aire, girando como lavadora en centrifuga— ¡No! ¡No! ¡Mejor al tagadá! Amo ese juego.
Snape observó horrorizado aquel juego mecánico que se erguía frente a él, un enorme plato giratorio que se sacudía con violencia de arriba abajo y a todos lados mientras que sus usuarios se sostenían de las barras tras ellos para no caerse por tantos saltos y rebotes. El plato giraba y giraba, luego se detenía abruptamente, se sacudía como si quisiera sacárselos de encima y los adolescentes adentro gritaban mientras se sostenían con todas sus fuerzas para no salir volando.
Snape tragó hondo y frunció el ceño. Por supuesto que recordaba ese juego, era su viejo enemigo. Ya se había humillado demasiadas veces ahí cuando tenía la edad de Hermione. Ahora que tenía 42 años, no pensaba volver a ser el hazmerreír porque no era capaz de sostenerse bien de una barra.
—No, gracias. Paso —anunció antes de darse la vuelta y buscar otra cosa que hacer.
"¡Pasen! ¡Pasen! Cinco personas más. ¡Pasen! ¡Pasen! Cinco, cinco. Señor, su pulsera, por favor… Perfecto. ¡Pasen! ¡Suban! ¡Suban! Se cierra el juego. Dos más. Pasen…"
No sabía cómo fue que terminó en la fila para subir al tagadá. No sabía cómo fue que la castaña, con sus 50 kilos y 1.65 cm, logró empujarlo hasta hacerlo sentarse en el juego y, desde luego, no sabía cómo era que ahora se encontraba en medio de Hermione y una chica de 16 años cualquiera esperando a que la música de feria empezara a sonar, pero lo que sí sabía era que no quería que ese plato giratorio empezara a moverse por nada del mundo.
Qué mal momento para que le suden las manos.
—¡Ah! ¡Ay! ¡Auch! ¡AUCH!
Después de sentir que le habían partido el trasero, que su columna vertebral se desarmara y que casi perdiera el brazo cuando Hermione se soltó de la barra y terminó sujetándose de él, Severus sentía que ya estaba listo para regresar al hotel. No recordaba haber quedado tan adolorido de un juego desde que fue a jugar paintball con Draco cuando este tenía diez años.
—¿Ya nos podemos…—
—¡VAMOS A LA MONTAÑA RUSA!
Uno pensaría que ya tenías suficiente diversión con una buena montaña rusa, es decir, ¿a quién no lo gusta aquella arrolladora sensación de vacío en el estómago, risa nerviosa incontrolable, lágrimas de miedo al borde de los ojos y una dosis potente de adrenalina corriendo por la sangre? Pues, a los blackpudlianos les encanta y parecía que nunca tenían suficiente pues, en lugar de una montaña rusa, tenían diez. Sí, ya sé qué estás pensando: ¿qué tan grande es ese lugar? Pues, solo te diré que las luces de la montaña rusa más grande pueden verse desde el espacio.
—Yo te espero aquí abajo —dijo el profesor mientras la acompañaba a la fila para subir a la Big One, la montaña rusa más grande y rápida que tenía Blackpool Pleasure Beach—. Vi un puesto de comida y creo que iré por algo de beber.
—¡No, Severus! Me lo prometiste, dijiste que irías conmigo —reclamó apretando su mano para que no pudiera salirse de la fila la cual empezaba a llenarse tras ellos—. Tienes que subir conmigo.
—Ya me subí a tres. Ya no siento el estómago, Granger.
—¡Pero está es la más grande! —hizo un puchero rodeando su cintura con sus delgados brazos y escondiendo su rostro en su pecho— ¡Por favor, Severus! Tienes que subir conmigo.
Atrás de ellos, las demás personas que esperaban estaban ocupadas en sus propios asuntos a excepción de dos parejas de adolescentes inmediatamente detrás de ellos. La primera se mantenía en silencio, incomoda, intercambiando un par de miradas mientras trataban de contener la risa. No es que fuera algo de otro mundo, pero no era taaaaan común ver parejas con tal diferencia de edad en su ciudad. La chica parecía de su edad o tal vez un poco más, pero el señor… él fácilmente podría ser amigo de sus propios padres pues parecían ser de la misma edad.
Bueno, cada quién con sus gustos raros, ¿verdad?, pensaron.
La segunda pareja, en cambio, era la otra cara de la moneda. Sus miradas de fastidio demostraban al instante su absoluta desaprobación hacia los de adelante. Snape y Hermione eran algo que, por supuesto, no shippearían.
—Por favor, mi amor —pidió escondiendo su cara en su pecho— ¿Sí? ¿Subes conmigo? Esta es la última, lo prometo. Luego haremos lo que tú quieras.
¿Alguna vez han visto a esas parejas melosas por las calles y se han sentido incomodos cuando la chica habla de manera infantil mientras mueve su cabeza de un lado al otro para captar la atención de su novio? ¿Sí? Pues Snape las detestaba. Las veía por todas partes: en el parque, en el metro, incluso en los pasillos de Hogwarts. Las odiaba porque les parecía ridículas. Era por eso que no entendía por qué carajos le estaba permitiendo a Hermione comportarse de esa manera.
"Respeta tus principios, Snape", gritó su razón. "No cedas. ¡No cedas!"
—¿Lo que yo quiera? —repitió su pasión.
—Lo que tú quieras —finalizó Hermione sonrojándose pues sabía lo que eso quería decir—. ¿Por favor?
A veces un hombre frío y callado puede perder la cabeza por culpa de una mujer cálida y graciosa. Créanme, he visto arboles más grandes caer.
"Querido usuario, asegúrese de que su cinturón de seguridad esté insertado en la ranura. Un supervisor pasará por su asiento para garantizar su seguridad antes del juego. Mantengan sus manos y brazos dentro del carrito en todo momento y se les recuerda que la empresa no se responsabiliza por la pérdida de cualquier objeto personal durante y después del recorrido. Muchas gracias. Disfrute el juego".
—Sabes, lo estuve pensando bien y creo que ya no quiero —dijo sujetándose con fuerza de las dos barras de seguridad a cada lado de sus brazos, aferrándose a ellas tal y como Hermione se había aferrado de la estructura de la Torre de Blackpool en la mañana—. Yo me bajo, tú puedes seguir a partir de aquí sola.
—Pero ya estamos en el juego.
—Sí, pero me acaba de dar ganas de ir al baño y he escuchado que es malo aguantarse —se excusó sacudiendo las barras para poder levantarlas y así bajarse antes de que el juego iniciara—. ¡Joven! ¡Joven! Me quiero bajar.
—¡Severus! —se quejó a su lado, arrugando la frente y curvando las cejas hacia arriba— Lo prometiste. Además, ya va a iniciar, no te puedes bajar.
—¿Cómo qué no? Me voy a bajar porque…—y antes de que pudiera terminar su frase, el sonido de una alarma opacó sus palabras. Los carritos de la montaña rusa dieron una ligera sacudida y luego empezaron a avanzar lentamente, dejando atrás la estación de la cual partían—. No, no, no, esperen.
—Ya es tarde… —canturreó divertida mientras esperaba ansiosa a que terminaran de subir para luego bajar de manera estrepitosa— ¡Ay! ¡Ya lo ansío! ¡Ya lo ansío! ¡Ya lo ansío!
Snape solo podía apegar su espalda contra el asiento mientras sus manos se aferraban con fuerza a las barras de seguridad, manteniéndolas cerca de él. A la izquierda, podía ver los letreros circulares azules que indicaban la altura a la cual iban ascendiendo con lentitud.
15 m.
30 m.
45 m.
60 m.
Ya sentía que el aire le hacía falta. Sus manos habían empezado a sudar y su corazón latía desbocado contra su pecho, intentando escapar de su caja torácica y volver a la seguridad de la tierra firme. Las puntas de sus dedos estaban heladas y sentía un hormigueo intenso en ellas. Podía escuchar el ruido de música y risas a lo lejos, abajo, muy abajo. Atrás de ellos, los demás pasajeros estaban igual que Hermione: ansiosos porque el carrito llegara a la cima y luego caer en picada por los rieles rojos de la curvilínea estructura.
El carrito se detuvo en lo más alto de la montaña rusa y se mantuvo ahí unos segundos, dejando colgados a sus pasajeros. Snape cerró los ojos y trató de no mirar hacia abajo, pero el aire nocturno golpeando su rostro no ayudaba mucho.
—¡Ay, Dios mío! —chilló la castaña mirando hacia arriba y dejando escapar aire por la boca— ¡Ay Dios mío! ¡Ya!
Y, de pronto, sintió como caía en picada a toda velocidad. El zumbido del aire se colaba por sus oídos y su estómago se aferraba con todas sus fuerzas a la base de sus intestinos para no salir volando por su boca. Arriba, abajo, derecha, izquierda, giro, de nuevo arriba, abajo, giro a toda velocidad, el carrito parecía que en cualquier momento se saldría de las vías y todos morirían estrellados contra el suelo. Los gritos no se hicieron esperar, Hermione gritaba como loca a su lado mientras levantaba los brazos para sentir el poder de la inercia en sus manos.
Severus solo fue capaz de gritar cuando quedó colgando de cabeza en la tercera curva.
¡AAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHH!
*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*
Después de haber vomitado hasta su primera papilla y de haberse quedado sentado casi media hora en una de las tantas bancas junto a un puesto de palomitas de maíz, Severus Snape se sintió lo suficientemente estable como para intentar ponerse de pie. Hermione susurraba disculpas cerca de su oído y frotaba su mano de arriba abajo sobre su espalda con suavidad, creando un ambiente de calma en medio de todo ese caos.
—Perdón, Severus. No pensé que te iba a chocar tanto —murmuró mirándolo con preocupación—. ¿Quieres más agua?
—No… Estoy bien —respondió con la voz cansada. El aroma a sal y mantequilla de las palomitas se colaba por nariz y eso le volvía a remover el estómago.
—¿Quieres que nos vayamos? —preguntó al ver como cerraba los ojos y dejaba colgar su cabeza hacia atrás— Podemos irnos si te sientes muy mal. No tengo problema, solo me lo dices y ya.
Snape levantó la cabeza y posó sus ojos oscuros sobre los grandes orbes de la castaña. Quería irse, sí que quería irse. Las ferias no eran lo suyo. Los lugares concurridos y ruidosos en general no eran lo suyo. No toleraba el ruido estridente de la música ni las luces brillantes y dolorosas de ver de los juegos mecánicos. Tampoco le gustaba aquella miscelánea extraña de olores que golpeaba su delicado sentido del olfato y, por sobre todo, no toleraba la desorbitante cantidad de personas que los rodeaba. ¡Cómo odiaba a los niños! Odiaba sus agudos chillidos, sus violentas carcajadas y que corrieran de un lado a otro golpeándolo a cada paso. No entendía cómo era que aún no había enloquecido con tantos niños y adolescentes yendo y viniendo como si sus vidas dependieran de ello.
Quería irse.
Quería irse ya.
Pero al recordar el entusiasmo de su joven pareja cuando le propuso ir a la feria, cayó en cuenta de que ella pertenecía a ese grupo de odiosos jóvenes que solo querían divertirse sanamente. Sabía que no había sido su intensión que las cosas terminaran así, pero él ya no tenía fuerzas para subirse a otro juego más. Sus ojos volvieron a posarse sobre los de ella. Una tierna sonrisa lo esperaba.
¡Maldición! No podía decirle que no a eso.
—Estoy bien… Solo tratemos de mantener los pies en el suelo por el resto de la noche, ¿te parece?
—Trato hecho —sonrió rodeándolo por el cuello con sus brazos y plantando un beso en su mejilla—. Haremos algo más tranquilo… ¿Quieres subir a los juegos para niñitos? Podríamos ir al carrusel.
—Si vuelves a sugerir algo así, tomaré un taxi y me iré.
—Ok, ok —rio—. Ya se me ocurrirá algo.
Y, eventualmente, se le ocurrió algo. Tal vez no era un juego y puede que no a muchos les gustara, pero para ser honestos, era mucho más tranquilo que una montaña rusa e incluso que un carrusel.
—Pero sonríe.
—Estoy sonriendo, Granger.
—Esa no es una sonrisa, es una mueca —sentenció posicionándose detrás de él para usar sus dedos como ganchos y mover las comisuras de los labios de su pareja hacia arriba—. Esto es una sonrisa.
Una serie de sonoros clicks inundó la pequeña cabina fotográfica en la cual Snape y Hermione se encontraba apretujados uno contra otro. El ambiente era pequeño, un espacio reducido de unos dos metros cuadrados o tal vez un poco más. Había una pequeña banca forrada por terciopelo rojo, una larga cortina negra que cubría la entrada y varios bombillos de luz blanca que iluminaban la estancia para que la foto saliera "bien".
No sabía cómo fue que terminó sentado en medio de esa pequeña cabina, pero lo que sí sabía era que Hermione ya había metido unas cinco o seis monedas por lo menos, intentando sacar una buena foto de los dos. Cada sesión arrojaba una tira de tres fotos a color, por lo que ya llevaban unas 18 mini fotografías de las cuales había cerrado los ojos en cuatro y salido borroso en seis. El resto no era de su agrado. Se veía demasiado narizón o su cabello muy graso, incluso había uno donde, en lugar de sonreír, parecía que estaba tratando de asustar a alguien.
No era alguien fotogénico, eso estaba claro.
A decir verdad, no le sorprendía. Jamás había tenido una buena foto. Sus fotos de pasaporte y carnet de identidad no eran las mejores. Ni hablar de las fotos de sus graduaciones. Había algunas que Valery y Narcisa habían logrado rescatar poniéndolas en uno que otro cuadro sobre las repisas de sus hogares y recordaba tener un pequeño álbum de fotos de su infancia en el cual no salía tan mal, pero en sí, no recordaba tener ni una sola buena foto que pudiera usar como foto de perfil o para llenar su vacío Instagram.
—Oh, cerré los ojos —lamentó la castaña volviendo a entrar en la cabina, ahora con la novena tira de fotografías en sus manos—, pero mira esta otra. Esta me gusta, sales bien.
Hermione puso la fotografía prácticamente frente a su nariz. El profesor tuvo que tomarla de la muñeca para alejarla un poco. Ahora podía ver con claridad la imagen de ellos dos en miniatura. Hermione tenía su rostro apegado al de él mientras lo abrazaba por atrás. Portaba una radiante sonrisa, una de las que usaba en sus competencias, y era tan grande que la forzaba a cerrar los ojos. Él, por su parte, en lugar de mirar a la cámara frente a ellos, miraba en dirección a la castaña, observándola como si fuese lo más valiosos del universo. No se veía tan mal, a decir verdad. Desde ese ángulo, puede que su nariz no se viera tan grande.
Esa sí era una buena foto, pensó esbozando una pequeña sonrisa para sí mismo mientras devolvía la foto.
—A mí también me gusta.
—¡Tomemos una más! —pidió volviendo a introducir una moneda más dentro de la ranura.
—¿Otra? Granger, ya me duele la cara de intentar sonreír.
—Una más, una más —pidió sentándose sobre sus piernas— Estas son las primeras fotos que nos tomamos juntos, Severus. Es nuestra primera sesión de fotos y no quiero irme hasta tener una buena —batió rápidamente sus pestañas y apoyó su cabeza en su hombre.
En serio,¿por qué nunca podía decirle que no?
Click. Click. Click.
Más tarde, mientras se encontraban paseando por los últimos puestos de juegos cerca del muelle mientras buscaban algo de comer, Hermione encontraría algo que llamaría su atención más que la cabina fotografica o las bonitas fotos que guardaba en su bolso. Había pasado mucho tiempo desde que había visto un puesto de juegos como ese. Pensaba que ese tipo de juegos clásicos de feria ya no existían pues eran muy antiguos para la nueva generación. Ya nadie quería ir a lanzar pelotas o atinarle a los aros si tenías maravillas electronicas como los arcades y los juegos mecanicos.
Fue por eso que su corazón latió emocionado al ver el juego de derribar botellas con sus cientos de animales de peluche colgando del techo esperando a ser ganados.
Recordar el pasado fue inevitable.
Su mediana habitación en el segundo piso de la casa de sus padres en Cambrigde estaba repleta de peluches de animales. Tenía estantes empotrados repletos de ellos. Ositos, perritos, gatitos, ratoncitos, ovejitas, conejitos, patitos, hamstercitos, leoncitos, jirafitas, pingüinitos y practicamente todo el reino animal. Incluso tenía a su pequeño osito Paddington descansando en la cabecera de su cama. Sí, ese bonito osito de abrigo azul y sombrero rojo que amaba la mermelada. Su papá se lo había regalado cuando tenía seis años. A esa edad, era más que un buen regalo.
Claro, su papá siguió pensando que era un buen regalo incluso cuando cumplió 18.
Tal vez fue por eso que la ex habitación de Hermione Granger se asemejaba mucho a mini zoologico de animales de felpa. Solo faltaban las jaulas y el letrero que ponía "No alimente a los animales".
Thomas Granger le había regalado un animal de peluche por cada una de sus competencias y presentaciones de baile. Tal vez era su forma de decirle que estaba orgulloso de ella y que la amaba o, tal vez, solo le parecía un buen regalo, uno apropiado para su única hija. Sea como sea, Hermione solía asociar estos juguetes de felpa con su padre y aquellos años felices de su infancia, años en los que su mayor preocupación consistía unicamente obtener buenas notas en sus examenes del colegio o lavar los platos después de la cena.
Era feliz y no lo sabía.
Snape se giró con un par de manzanas acarameladas en ambas manos después de haber hecho una fila de casi cinco minutos pues la mujer que atendía el negocio de dulces estaba muy ocupada. La bailarina no estaba por ningun lado lo cual le extrañó pues podía jurar que, hasta hace un minuto, ella estaba justo detrás de él. La encontró unos pasos más allá, mirando hipnotizada hacia el puesto de animales de peluches. Se acercó silenciosamente y se paró a su lado, esperando con ambas manzanas todavía en sus manos a que Hermione notara su presencia.
El aire frío y salado del mar soplaba despacio en su dirección. La luna brillaba en lo alto iluminando el cielo nocturno. Más allá, las luces coloridas, las risas y música de feria terminaban de decorar la escena, creando una atmosfera agradable.
—¿Quieres uno? —preguntó rompiendo el silencio.
Hermione dio un pequeño saltito volviendo su atención al aquí y al ahora. Sus mejillas no pudieron evitar sonrojarse ligeramente por su enajenación.
— Oh, sí, por favor —respondió tomando una de las manzanas acarameladas que el profesor sostenía en su mano—. Hmmm… Me encantan, muchas gracias —luego de eso, procedió a darle una mordida.
—Me refería a los premios de allá —explicó volviendo su mirada al puesto de juegos—. ¿Quieres un peluche? Puedo comprarte uno.
—Eh, no, no, está bien —contestó de inmediato, casi atragantándose con la comida—. Solo estaba mirando. ¿Nos vamos?
Snape se le quedó mirando a los ojos, escaneándola a profundidad. Hermione se sintió pequeña ante él, pero no se dejó intimidar por ello y se mantuvo imparcial tal y cómo lo venía haciendo hasta ahora. Después de unos segundos, Snape dibujó una pequeña sonrisa de lado antes de dirigirse al puesto de peluches que su pareja tanto estuvo mirando. Hermione lo siguió de cerca, rogando en voz alta que no era necesario y que mejor era irse de regreso al hotel a empacar sus cosas para mañana.
—Buenas noches, señor —saludó el hombre dueño del puesto—. ¿Desea probar su suerte y su puntería? —preguntó levantando tres pelotas pequeñas y amarillas en sus manos— Una libra y media por tres intentos.
—¿Cuál quieres? —preguntó el profesor mientras le tendía su postre para sacar su billetera. Hermione lo observó atónita sin ser capaz de decir algo— ¿Cuál quieres, Granger?
—No es necesario.
—Tome —dijo extendiendo aquella libra y media hacia el hombre. Al instante, recibió las tres pelotas amarillas para dar inicio al juego—. Solo debo derribar todos los pinos para que me dé cualquier peluche, ¿verdad?
—Así es, señor. Cualquier peluche que su linda hija desee.
La pareja se le quedó mirando en silencio, poniendo incomodo al hombrecillo. ¿Alguna vez han pensado "¡Oh! ¡Rayos! ¿Por qué dije eso?"? Pues, el dueño del negocio lo pensó en ese instante.
—No tienes que hacer esto si no quieres hacerlo y lo sabes —susurró sosteniendo ambos dulces, incapaz de sujetar al mayor.
—Quiero hacerlo —finalizó preparándose mental y físicamente para lanzar.
El juego era simple, muy simple. Solo tenía que apuntar aquella pirámide de pequeños pinos que estaba al otro lado del puesto y derribar todas y cada una de esas latas blancas con la pelota. ¡Simple! Hasta un niño de cinco años podría hacerlo. Lo único que necesitaba para ganar era un buen brazo y, después de haberse pasado meses en el parque jugando con Lamarck a lanzar la pelota, podía dar por sentado que tenía el brazo lo suficientemente desarrollado como para ganar un patético animal de peluche para Hermione.
Por supuesto, estaba olvidando que todos los juegos de feria estaban trucados.
—Deme otro intento —pidió volviendo a sacar una libra y media de su billetera.
—Snape… Ya para.
—Quiero otro.
—Ya vas tres —se quejó antes de darle el último mordisco a su manzana.
—Tú tomaste como diez fotos y no me tenías quejándome por ello —contestó de mal humor antes de tomar impulso y lanzar la pelota con todas sus fuerzas, derribando la mitad de la pirámide de pinos esta vez—. Además, ya casi lo logro.
—Eso dijiste las últimas dos veces —Snape tomó aire y calculó mentalmente la velocidad y fuerza correcta con la que debía lanzar la pelota amarilla para que pudiera derribar el resto de los pinos—. ¿Me puedo comer tu manzana?
—Silencio. Me distraes.
Hermione se mantuvo callada mientras le daba una mordida a su segunda manzana acaramelada. Sus ojos castaños se posaron sobre la masculina silueta del profesor de Química mientras este se preparaba para dar su octavo tiro de la noche. Se veía seguro de sí mismo, fuerte y reacio. La tenue luz de las luces artificiales de la feria le daba cierto aire hipnótico que encontraba sumamente interesante. Snape llenó sus pulmones de aire y luego lo soltó, relajando los músculos tensos de sus hombros para poder tener un mejor lanzamiento.
Esto no debía ser tan complicado. ¡Era física! A groso modo, podía decir que la distancia que lo separaba de aquella pirámide de pinos rodeaba los tres metros o tal vez, los dos metros y medio, y dado a la información recopilada en sus otros siete lanzamientos previos, podía decir que el tiempo que la pelota tardaba en llegar al otro lado variaba entre un segundo y un segundo y medio, lo que a su vez quería decir que si aplicaba la física y dividía la distancia entre el tiempo, tendría una velocidad media de 2.5 o 3 m/s2.
Claro, en el caso de que todo fuese constante, pero esto era la vida real y había factores externos como la gravedad, el peso y la aceleración que jugaban en su contra.
Entonces —siguiendo las normas del Movimiento Rectilíneo Uniforme Variado—, si esa pelota partía con una velocidad de 2.5 m/s2 y aplicaba la fórmula [d = Vo. t + ½ a. t2] para hallar la aceleración, y si "d" era 3 y la "t", 1; eso arrojaba un resultado de aceleración negativa de [a = 1 m/s2]. Ahora, si aplicaba la Segunda Ley de Newton, [F= m.a], podría descubrir fácilmente cuanta era la fuerza necesaria para que su lanzamiento fuera el correcto. La pelota debía pesar unos 500 gramos o un poco menos, lo que hacía que la fuerza requerida fuese de unos 0.5 N.
Era un maldito genio.
—¿Ya va a lanzar? —preguntó el señor desde la distancia, ya cansado de ver al hombre de pie frente a su negocio aún con la pelota amarilla en su mano, completamente abstraído de la realidad.
—No lo desconcentre —pidió Hermione con sus labios rojos y brillantes debido al caramelo—. ¿Qué no ve que él está…—
Y antes de que Hermione fuese capaz de terminar su oración, Snape ya había lanzado la pelota. Había sido solo cuestión de parpadear pues, en cuanto volvió a abrir los ojos, los pinos restantes de la pirámide ya no estaban sobre el pedestal que las exhibía. En cámara lenta, volvió sus ojos miel hacia el pelinegro quien todavía se encontraba con el brazo estirado por el lanzamiento. De perfil a ella, el profesor observaba el rumbo que su pelota había tomado, atónito de por fin haber logrado su objetivo, incluso cuando ya había perdido cuatro libras y media en el intento. Snape se giró lentamente hacia la castaña quien se mordía el labio inferior para contener un grito de alegría que, al final, terminó escapando de su garganta.
—¡Aahhh! —gritó dejando caer la manzana acaramelada a medio comer y corriendo a sus brazos para lanzársele encima— ¡Lo lograste! ¡Lo lograste! Sabía que lo harías.
Snape sintió que se le salía el aire de los pulmones cuando el delgado cuerpo de la bailarina impactó contra el suyo, golpeando sus costillas como un proyectil. Su contestación fue parecido más a un chillido que a una respuesta— Lo hice.
—¡SI! ¡Lo hiciste! —la joven lo rodeó con ambos brazos y se paró de puntitas, tirando de él, para besar su nariz— Fue asombroso.
—Hubiese sido más impresionante si hubiese sido a la primera.
—Sigues teniendo mejor puntería que yo.
Snape apegó su frente a la de ella y cerró los ojos— ¿Vamos por ese tonto premio?
—Vamos.
Se pararon frente a la gran variedad de peluches de todos los tamaños y tipos de animales que pudieran imaginar. Snape observó las ovejas, las ardillas y los gatos y pensó que alguno de ellos podría ser un buen regalo. Todos le recordaban a Hermione. Las ovejas tenían su cabello rizado y esponjoso; las ardillas, sus divertidos dientes incisivos y los gatos, sus bonitos ojos miel. Sin embargo, la castaña no pareció entusiasmada con la idea de llevarse ninguno de esos muñecos. Los osos tampoco eran de su agrado, ya tenía demasiados en casa de sus padres. Ni hablar de los perros. El único perro que quería en su cama era a Lamarck, no a otro.
—¿Escogerá uno, señorita? —preguntó el dueño del negocio ya algo irritado de tanta espera— Tengo otros clientes esperando.
—Dele un minuto —pidió el profesor fulminándolo con la mirada.
Nadie apresuraba a Hermione.
—Hmm… ¿Cuál es ese que está allá? El de la derecha —preguntó señalando hacia un pequeño peluche escondido entre un oso polar gigante y un chanchito muy rosado. El hombre caminó hasta el objeto y usó un palo con un gancho en un extremo para poder bajarlo. Con gran agilidad, logró enganchar el lazo que mantenía al peluche marrón suspendido en el techo, revelando su verdadera forma— ¡Una nutria! —exclamó sonriente.
Se trataba de un peluche de tamaño mediano con forma de nutria. Tenía ojos negros brillantes y nariz marrón oscuro. Su cabeza era de un color beige claro, con orejas pequeñas marrón oscuro al igual que el resto de su pelaje. Su estómago tenía el mismo color que su cara y sus patitas superiores se juntaban como si estuviera dando una oración. Por último, su cola larga y gruesa colgaba inmóvil hacia abajo.
Hermione se veía encantada con su nuevo juguete en cuanto lo tuvo entre sus manos. Sus ojitos miel brillaban mientras observaban con devoción al animal de felpa. Nunca antes había tenido una nutria, era de esos pocos animales que no podía encontrar en su antigua habitación. No quería que Snape le regalara ninguno de los peluches que su papá le había regalado alguna vez. Ella quería algo nuevo, algo especial, algo que pudiera tener un significado propio. Estuvo a punto de rendirse pues no encontraba nada que le gustara y, por un momento, se sintió apenada pues pensó que todo el esfuerzo del profesor iba a ser en vano, pero gracias al cielo había logrado encontrar algo que cumplía con todas sus expectativas.
—¿Te gusta? —susurró cerca de su oído, apoyando una mano sobre sus huesudos hombros.
—Me encanta.
*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*
Después de una cena rápida en uno de los tantos puestos de comida callejera que se extendían a lo largo del Blackpool Pleasure Beach, la bailarina y su no tan joven alumno caminaron sin rumbo calle arriba, alejándose cada vez más de los ruidos alegres de feria, perdiéndose en la costa iluminada por las luces de colores del Blackpool Illumination y el alumbrado público. De alguna forma, terminaron deambulando entre los tantos muelles que adornaban la playa y ahora se encontraban en el final de uno de ellos, internados en el oscuro mar calmo de Irlanda, suspendidos sobre las suaves olas por medio de la larga estructura recta que era el muelle número 3.
Los faroles que decoraban el lugar eran la única protección que tenían ante la oscuridad de la noche.
Hermione se encontraba apoyada contra las barras de seguridad del muelle, mientras Snape estaba de pie detrás de ella, abrazándola por la espalda mientras apoyaba su barbilla sobre su cabeza. En sus manos, la castaña seguía sujetando su peluche de nutria, jugando con sus patitas tal y como solía jugar con las patas del samoyedo blanco de Southfields. El agradable silencio de ambos amantes se veía interrumpido constantemente por el suave bramido de las olas y las manos de Snape se aferraban más a su estrecha cintura cada vez que sentía el viento golpear sus piernas.
—¿Tienes frío? —preguntó el mayor algo adormilado.
—No, estoy bien. Tú me das calor —susurró haciendo brincar a la nutria de felpa sobre el barandal—. ¿Tú tienes frío?
—No —las pequeñas manos de la castaña elevaron a la nutria hasta la altura de sus labios carnosos para depositar un suave beso en la nariz oscura y luego llevar la pequeña cara adorable y feliz del peluche al rostro de Snape, esperando pacientemente a que este correspondiera su beso indirecto. Snape tardó un buen tiempo antes de imitar la acción de su novia pues le parecía algo estúpido y cursi, pero como siempre, terminaría complaciéndola. Simplemente no podía negársele. Sus delgados labios besaron la nariz oscura y con eso la castaña fue feliz—. Fue un buen día, ¿verdad?
—Lo fue. Me divertí mucho —Hermione estiró su cuello y giró su rostro 45° para besar la mejilla del profesor con delicadeza—. Gracias, mi amor.
Snape sonrió sin mostrar los dientes y ocultó parte de su rostro en la curvatura de su cuello haciéndola reír. Albergaba una agradable sensación cálida en la base de su cabeza la cual electrificaba cada partícula de su ser. Era algo extraño volver a sentirse a sí. En la tranquilidad de la noche acompañado por sonido de las olas, Snape pensó que esta era, probablemente, una de esas simples conversaciones de media noche que hace mucho tiempo había dejado de tener. Esas conversaciones en bajito volumen en las cuales los murmullos roncos eran como un bálsamo que curaba todas las malas experiencias ocurridas durante el día y arrullaba a sus interlocutores hasta que cayeran en los brazos de Morfeo.
—Gracias a ti, nena —susurró aspirando el casi imperceptible aroma de su perfume de lavandas.
La luna brillaba en lo alto y Hermione seguía jugando con las patitas de su pequeña nutria. Snape observaba atontado cómo aquella tonta y adorable nutria bailaba gracias a las manos de su castaña, dando giros y torpes saltitos como si tratara de seguir una coreografía que solo existía en la cabeza de Hermione. Cada tanto plantaba un beso cerca de su oreja o su cuello, haciéndola soltar una suave risilla que se perdía en el viento y en sus oídos.
En medio de aquella tranquilidad, Snape se dio cuenta de que esto era lo que tanto había estado buscando, esto era exactamente lo que quería para su vida o, al menos, para lo que quedaba de ella: pasar noches tranquilas junto a una persona que lo amara hablando de tonterías en voz baja mientras el aroma salado y las olas del mar los rodeaban.
Quería eso para él.
Y lo quería junto a ella.
—¿Sev? —su suave voz lo sacó de sus pensamientos.
—¿Sí?
—No quiero irme —susurró girándose para verlo a la cara—. Me gusta aquí. Todo es tan tranquilo, nadie nos conoce ni nos mira extraño o, al menos, no que yo haya notado —empezó deslizando su mano hasta tomar una de las de él. El peluche de nutria colgaba de su otra mano—. No tenemos que preocuparnos por el trabajo o por tonterías complicadas de la gran ciudad como el tráfico, los impuestos altos o perder el último tren de la tarde. Puedo pasar el tiempo contigo sin tener que sentirme incomoda por la gente que me rodea y, lo mejor de todo, es que en todo el tiempo que he estado aquí contigo, no he tenido que preocuparme ni por el estudio de baile ni por McGonagall ni Viktor ni mis padres ni mi carrera ni nada —finalizó apoyando su frente contra su pecho, dejando en evidencia aquella enorme diferencia de estaturas—. No quiero irme, soy feliz aquí. ¿Podemos quedarnos, por favor?
Realmente deseaba con todas sus fuerzas no tener que volver a esa horrible realidad de vida adulta desempleada llamada Londres.
—Supongo que podemos quedarnos —respondió el mayor luego de un rato, tomando por sorpresa a su interlocutora pues no esperaba para nada esa respuesta. La joven frunció el ceño y levantó la cabeza de golpe—. ¿Qué? Yo tampoco quiero volver a horrible mi vida repleta de odiosos mocosos de 15 años e impuestos que pagar cada fin de mes —añadió con una ligera sonrisa de lado que Hermione no supo cómo interpretar—. ¡Quedémonos para siempre!
—¿En serio? —preguntó incapaz de creer lo que estaba escuchando.
Su corazón latió emocionado y el fantasma de una sonrisa se asomaba por las comisuras de sus labios.
—Sí, en serio —repitió manteniendo la misma calma e imparcialidad de siempre en su rostro—. Podemos quedarnos en nuestra suite en el Heir. Pediríamos servicio a la habitación todas las mañanas para desayunar y vendríamos al muelle por las tardes, ¿qué te parece? Por supuesto, ¿tienes cuenta en el banco? Porque tendrías que sacar todos tus ahorros de ahí y yo los míos para cubrir nuestra estancia. Supongo que podría poner en alquiler mi casa o, en todo caso, venderla y tú tendrías que dejar de pagar tu departamento si queremos lograrlo —continuó adentrándose más y más aquel peligroso mundo del sarcasmo. Hermione ya podía notar ese molesto cambio en la modulación de su voz—. Podría renunciar a mi trabajo y pedir mi compensación por el tiempo de servicio. No es mucho, creo que el seguro de desempleo solo te da el equivalente a un salario, pero servirá para algo, ¿verdad? Luego, los dos podríamos aplicar al JSA que da el Estado para ver si nos dan esos 74,70 euros quincenales. Tampoco es mucho, pero supongo que podríamos pagar la comida de la semana con eso —cerró uno de sus ojos y miró hacia el cielo poniendo una mueca pensante mientras hacía cálculos imaginarios—. Con todo ese dinero nos alcanzaría para vivir tranquilamente un mes y medio o un poco más antes de que los dos nos declaremos en banca rota. Por supuesto, luego de todo eso tendríamos que ir a pedirle un préstamo a Sirius para sacarnos del apuro financiero por un par de días y después, tendrías que ir a rogarle a mi futuro ex jefe que me devuelva mi antiguo empleo, pero en sí me parece un brillante plan. ¿Tú qué opinas?
Hermione parpadeó un par de veces antes de dibujar una mueca en su rostro— ¿Tenías que ser tan sarcástico?
—Creí que estábamos jugando —respondió divertido.
—No estaba jugando —contestó ofendida—. Sé que es una locura, pe…—
—Una gran locura —interrumpió—. Hermione, a mí también me gusta aquí, pero no podemos quedarnos. Me temo que la idea de vivir aquí por los siguientes tres o cuatro años está muy lejos de nuestro presupuesto actual —explicó acomodando tras su oreja uno de sus mechones castaños que, por la fuerza del viento, se había escapado de su diadema—. Además, aunque tuviéramos el dinero suficiente para vivir aquí por el resto de nuestras vidas, sabes que estaríamos huyendo, ¿verdad?
Hermione se quedó en silencio, cabizbaja.
—Tenemos nuestra vida en Londres o, bueno, al menos yo la tengo —murmuró desviando su mirada hacia cualquier otro lado—. Tengo amigos que son como mi familia; un trabajo que odio, pero que me da de comer y me mantiene ocupado y un perro torpe que adoro y que depende de mí.
La imagen de Lamarck apareció en su cabeza. Su cara de peluche blanca le mostraba sus expresivos ojos heterocromáticos, aquel par azul cielo cubierto de neblina y el castaño claro que brillaba cada vez que lo veía atravesar la puerta. Su cola esponjosa se mecía de un lado al otro, demostrando lo feliz que era su lado, haciéndolo feliz a él también. No había otra opción. Jamás podría abandonar a ese torpe y bullicioso perro. Se había acostumbrado tanto a su compañía que no sabría qué hacer si, algún día, llegara a faltarle. Nunca pensó que terminaría amando tanto a un animal como si fuese un miembro más de su familia, pero gracias a Lamarck, había aprendido que todo era posible.
Ya ansiaba verlo de nuevo.
—Y yo tengo a la profesora McGonagall y a Viktor —completó ella apretando más el juguete de nutria contra su pecho—. No puedo hacerles esto. Son mi equipo… No puedo dejarlos colgando.
—No puedes.
—Ah —suspiró agotada, llevándose una mano al puente de su nariz para masajearlo—. Lo siento, lo dije sin pensar… es solo que quiero que esto dure un poco más… No quiero volver a los problemas.
—Nadie quiere eso, pero es parte de crecer.
—Lo sé.
Ambos adultos volvieron su atención al mar, apoyándose cada uno sobre el barandal, manteniéndose sumergidos en el agradable silencio de la noche. Hermione reflexionó un poco sobre todo lo dicho. Odiaba admitirlo, pero Snape tenía razón, era una estúpida idea. No podía simplemente pedirle que abandonara toda su vida solo por un capricho infantil, sobre todo cuando él sí tenía responsabilidades que cumplir y personas —o seres— que dependían de él. No podía ser tan egoísta. Ya lo había tenido para ella durante cuatro maravillosos días, era momento de regresarlo al mundo.
Asimismo, tampoco podía seguir evadiendo sus responsabilidades. Penny tenía razón: a veces las cosas se escapan de nuestro control y nos frustramos y no está mal pedir ayuda a personas más sabías, personas que pueden guiarnos hasta volver a encontrar nuestro camino. Tenía a McGonagall quien fue la primera en creer en ella y tenderle la mano y, ahora, tenía a Viktor quien había volado cientos de kilómetros solo para apoyarla y demostrarle que no estaba sola. Y no solo estaban ellos; estaban Harry, Ginny, Sirius, Luna, Neville y sus otros amigos. No podía fallarles.
" Y recuerda que tú no le debes nada a nadie, ¿de acuerdo, linda? Si algún día decides que ya no quieres hacer esto, recuerda que no debes culparte por sentir esas cosas. Llega un momento en la vida de todos donde nos cansamos y queremos un cambio, no te sientas mal por sentirlo, es lo más natural" —los recuerdos de Penny hablando con ella en aquel pequeño museo en el interior de los Winter Gardens asaltaron su mente, haciéndola reflexionar aún más—. "Tómalo como una oportunidad para descansar y pensar un poco en ti. Puedes probar cosas nuevas, aprender un poco más de ti, descubrir quién eres y qué es lo que realmente quieres para tu vida. Tal vez descubras que quieres hacer otras cosas o tal vez, te des cuenta de que estás en el camino correcto y ese descanso te ayudará a tomar impulso y retomar con más fuerzas. Sea lo que sea que quieras hacer, recuerda que tiene que hacerte feliz. Eso es lo más importante. ¡Es tu vida! Nadie más la va a vivir más que tú y solo lo harás una vez. No tienes por qué mortificarte por las expectativas que los demás tengan de ti. No le debes nada a nadie".
Tal vez esta era la oportunidad a la que Penny Haywood se refería. Si volvía a Londres, tendría que dejar de lado esa autocompasión y resentimiento contra el mundo, hacer una reflexión interna y enfocarse en buscar qué es lo que ella realmente quería, buscar su propio camino en la vida.
No lo que sus padres esperaban de ella.
No lo que la profesora McGonagall esperaba de ella.
No lo que sus amigos esperaban de ella.
Y definitivamente no lo que el mundo esperaba de ella.
Si no lo que ella quería para ella, buscar algo que la llenara y la hiciera sentir feliz.
Pero, ¿qué?
—Tal vez podamos volver en un futuro —susurró el mayor a su lado, haciéndola girar—. No pronto, pero sí en un futuro… ¿Qué opinas?
Hermione apoyó su cabeza contra su brazo y sostuvo el peluche de nutria contra su pecho— Sería maravilloso.
Snape rodeó con su brazo los hombros de la bailarina, generando un agradable peso sobre ellos, uno que la obligaba a erguirse para apoyar su cabeza contra su pecho y dejarse envolver por su calor. Su mano grande acariciaba su hombro izquierdo, apretando con delicadeza, como si estuviera diciéndole que estaba ahí para ella, para apoyarla en lo que sea que ella decidiera hacer a partir de ahora. Su otra mano viajo hasta su pecho y, con un hábil movimiento, le arrebató la pequeña nutria de las manos para llevársela a los labios, besar la pequeña nariz marrón y luego posarla sobre los labios de Hermione, imitando el gesto que ella había tenido para con él hace rato.
Hermione soltó una risilla mientras arrugaba su nariz, cerrando los ojos para besar al peluche.
" Espero que te reencuentres con tu pasión muy pronto. Se nota que eres una buena chica a la que le espera un gran futuro, solo tienes que ordenar tus prioridades. Te aseguro que, cuando la vuelvas a encontrar, ella te dirá el camino que debes tomar".
Snape depositó un suave beso en su cabello y volvió su mirada hacia el océano. La pequeña nutria colgaba de su brazo libre y los brazos firmes de la bailarina rodeaban su cintura.
Fue ahí, en medio de la soledad de un muelle en Blackpool por la noche, que Hermione se dio cuenta de que, probablemente, su pasión se encontraba más cerca de lo que ella hubiese imaginado. Tal vez, su pasión podía encontrarse a solo unos centímetros de distancia. Tal vez, su pasión medía mucho más que ella y tenía un carácter de mierda, pero tenía un buen corazón. Tal vez, su pasión tenía un perro que amaba con la vida y unos ojos negros en los cuales solía perderse si los miraba por mucho tiempo. Tal vez, y solo tal vez, puede que su pasión fuese un hombre de mediana edad al cual le daba clases tres veces por semana en un pequeño estudio venido a menos en Earl's Court Road.
Tal vez, ya la había encontrado y no se había dado cuenta.
—Te amo.
—Y yo te amo a ti.
"Narcisa, cálmate, por favor".
A lo largo de la vida de la ilustrísima Lady Narcisa Malfoy, la frase "cálmate, por favor" había estado presente en incontables ocasiones.
"Señorita Cissy, por favor, cálmese… ¡Por favor!"
Cuando tenía cinco años y no era más que una pequeña niña con listones en el pelo, su nana Alicia siempre solía ponerse de cuclillas hasta llegar a su nivel para tomarla por los brazos y sujetarla con fuerza, deteniendo sus berrinches de niña consentida. Ya sea porque no la dejaban salir a jugar al jardín, porque se le había caído el helado o porque simplemente estaba aburrida, la pequeña Narcisa Malfoy solía hacer berrinches del quíntuple de su tamaño cuando la ocasión lo ameritaba, poniendo en aprietos a su abnegada nana quien se veía obligada a ocultar a la menor antes de que sus estrictos padres escucharan sus chillidos y se pusieran de mal humor.
"Narcisa, cálmate… Tranquila. No te va a hacer nada".
La frase adquiriría más peso cuando cumplió los nueve años y su querido padre, Lord Cygnus Black III, la introdujo en el mundo de la equitación y las carreras de caballos. Aún recordaba su primer contacto con estos preciados equinos, aquellos cuarto de milla que vivían felices dentro de los envidiables establos del aristócrata. Vestida con sus pantalones de montar blancos, sus botas negras altas y su elegante chaqueta de igual color, la joven de larga trenza rubia se acercaba tímidamente hacia el corpulento corcel, respirando de manera acelerada por el creciente miedo que invadía su delgado cuerpo. A pesar de que sabía a la perfección que los cuarto de milla eran una raza dócil y sumamente tratable, también sabía que eran muy sensibles y, por ende, capaces de percibir las emociones de sus jinetes al instante. Obviamente, el caballo percibió su miedo en cuanto intentó ponerle una mano encima por lo que empezó a moverse nervioso, incrementando el miedo en la ya asustada mujercita. Gracias a la paciencia de su padre y a que ella deseaba con todas sus fuerzas seguir compartiendo más tiempo con él, la joven aristócrata logró montar su primer caballo sin ayuda para el final del día.
"¡Cissy! Cálmate, carajo. Si se quiere ir, ¡qué se vaya!".
Esta frase en específico había sido dicha por su hermana mayor, Bellatrix, aquel lejano y fatídico día en el que su tonta hermana había huido de casa. Andrómeda era la hermana del medio y, como tal, había crecido en las sombras, siendo ignorada casi por completo por sus padres. Y es que, bajo el punto de vista de Cygnus y Druella Black, Andrómeda no era lo suficientemente importante como para ser tomada en cuenta. No era lo suficientemente implacable y peligrosa como su hermana mayor, Bella, a la cual criaron con mano de hierro, exigiéndole siempre apegarse al estilo de vida estricto y protocolar que llevaban. Tampoco parecía ser lo suficientemente pequeña como su hermana menor, Cissy, a quien sus padres habían engreído a más no poder. Probablemente, nadie hubiese notado su ausencia si no fuera porque la entonces adolescente Narcisa había encontrado su carta de despedida al entrar a su habitación para invitarla a salir. Entre lágrimas, le narraba a su hermana el contenido del escrito, sufriendo un ataque de pánico al pensar en las peripecias y desventuras que su pobre hermana tendría que pasar de ahora en adelante tras haber abandonado la seguridad y comodidades de su hogar. Lagrimas cristalinas arruinaban su bonito rostro y sus pulmones luchaban para encontrar algo de oxígeno. La cabeza le daba vueltas y sentía que se iba a desmayar en cualquier momento. Su hermana, más fría e insensible para estos temas, solo la ignoraba mientras le arrebataba la carta para leer con sus propios ojos lo escrito por el puño y letra de su hermana. La muy estúpida había abandonado su vida y sus principios por un romance infantil, pensó indignada mientras planeaba la mejor forma de comunicarles la noticia a sus padres sin que estos murieran de un derrame cerebral en el proceso.
Esa sería la última vez que Bellatrix se interesaría por su hermana fugitiva.
"Cissy, cariño, por favor, solo cálmate"
Jamás pensó que un hombre —a excepción de su padre— fuera capaz de decirle esa oración. Tal vez era porque jamás había conocido un hombre lo suficientemente valiente o lo suficientemente estúpido como para hacerlo. Los empleados de la casa de su padre siempre se habían dirigido a ella como "Señorita Cissy" o, en su defecto, como "joven Cissy". Sus amigos hombres —los que tenía en ese entonces— tampoco se habían atrevido a decirle algo como eso bajo ninguna circunstancia. No eran lo suficiente cercanos como para hacerlo, además de que, siendo honestos, Narcisa Malfoy ya sea enojada o irritada no era un personaje al que quisieran enfrentar directamente por lo que solo se limitaban a callar y escuchar.
Sin embargo, todo cambió cuando Lucius Malfoy entró en su vida.
Nunca, ni en sus más locos sueños, habría imaginado que ese estúpido rubio platinado, patán sin vergüenza, petulante aristócrata con complejo de superioridad hijo de mami que tenía como amigo terminaría convirtiéndose en su esposo y muchos menos habría imaginado que tendría las agallas suficientes como para tomarla por ambos hombros y masajearlos con ternura mientras se inclinaba detrás de ella para susurrarle al oído: "Cálmate, por favor".
Todavía recordaba ese día.
Aún estaban comprometidos y se encontraban paseando juntos por las frías calles londinenses una tarde de invierno. Hacía frío, como siempre, y ella portaba un hermoso abrigo color blanco. Habían ido a tomar un café y estuvieron sentados en la mesa charlando un rato. Cuando estaban dispuestos a irse, la joven aristócrata entró al baño para retocar su maquillaje y usar el sanitario. Si no fuera por el solidario aviso de una desconocida que se le acercó frente al espejo, Narcisa jamás se habría dado cuenta de que su periodo había decidido llegar unos días antes. ¡Vaya suerte!, se lamentó. Nunca falta alguien por ahí que tenga una toalla higiénica extra o un tampón que pueda sacarte de apuros, pero por más que ya tuviera ese problema resuelto, tenía otro mucho más grande: parte de su ropa estaba manchada, incluyendo su fino abrigo.
Avergonzada, tuvo que llamar a Lucius por teléfono para que fuera a buscarla a la puerta del baño. Parándose de espaldas a una pared para que nadie pudiera verla, le explicó la situación con las mejillas ardiéndoles debido a la vergüenza. El rubio había tomado su mano con delicadeza y la había tranquilizado pidiéndole que no se preocupara por nada, que él resolvería todo. Le pidió que se quedara en el baño y que no se moviera de ahí hasta que él regresara. A los pocos minutos, Lucius Malfoy ya tenía el auto esperándolos afuera del establecimiento. Su novio se quitó el largo abrigo negro y lo intercambió por el de ella, de esta forma, Narcisa estaría cubierta hasta llegar al vehículo. Incluso después de eso, el rubio tuvo la brillante idea de caminar detrás de ella, siempre asegurándose de cubrir su pequeño trasero con su propio cuerpo para que nadie pudiera verla.
Podría sonar tonto, pero había significado mucho para ella. Tal vez era por eso que, hasta la fecha, Narcisa seguía permitiéndole decir aquella frase que tanto la irritaba.
Pero había otro hombre su vida —uno completamente ajeno a su familia— que alguna vez tuvo la valentía de pedirle que se calmara.
"Cissy, cálmate, por favor"
Conoció a Severus Snape gracias a Lucius. La dupla tenía una sólida amistad que cultivaban desde el internado en Hogwarts y que había trascendido hasta los años compartidos en el dormitorio universitario en Oxford. El aristócrata se lo había presentado en una pequeña reunión que había organizado en su departamento de soltero en Londres y, aunque al principio no le agradara por su cara de pocos amigos y su actitud huraña, Severus Snape no tardaría en convertirse en uno de sus amigos más cercanos, por no decir que "su mejor amigo". Prácticamente, le había robado el compañero de aventuras a su pareja. Y era que había algo que el pelinegro tenía que hacía que ella se sintiera cómoda a su lado. Fue cuestión de tiempo para que Severus se convirtiera en el hermano varón que nunca pudo tener, su compañero de travesuras y confidente.
Probablemente, después de Lucius, no había otro hombre sobre la tierra en el que más confiara que en el mismísimo profesor de Química. Basta con decir que Snape estaba registrado como su segundo contacto de emergencias dentro de sus registros médicos.
Incluso había profundos secretos que jamás se atrevería a compartir con nadie más que con Snape.
Teniendo en cuenta todo esto, ya se pueden imaginar lo indignada que debió sentirse el día que descubrió que su entonces joven amigo pelinegro estaba saliendo con alguien desde hacía aproximadamente un año y que jamás tuvo la confianza de decirle que ya tenía novia.
Severus la había invitado almorzar por alguna razón que no quiso especificar en un inicio. No había razón alguna para sospechar que él quería algo pues siempre solían tener ese tipo de almuerzos espontáneos. Le divertía comer con sus amigas, sí, pero siendo honestos, prefería comer con el muchacho de ojos negros. Sus amigas eran divertidas y probablemente entendían mucho mejor sus referencias, pero Snape tenía mejores temas de conversación además de buenas sugerencias a la hora de elegir restaurantes. Tal no eran tan exclusivos como a los que ella estaba acostumbrada, pero preparaban unas delicias que estaban para chuparse los dedos.
Aunque claro, no para para ella, Narcisa siempre usaba tenedor y servilletas.
En fin, ese almuerzo había sido como cualquier otro. La pareja comía el especial de la casa de un restaurante de comida tailandesa y charlaban despreocupados sobre un poco de todo. Narcisa jamás habría imaginado la bomba que estaría a punto de caerle ese día.
—Oye, Cissy, necesito tu ayuda con algo.
—Por supuesto. ¿En qué te puedo ayudar?
—Pues, ya sabes que no soy bueno eligiendo regalos. Desafortunadamente, no tengo tu buen gusto.
—Darling, nadie tiene mi buen gusto —presumió—. Yo te ayudo a elegirlo, no te preocupes. ¿Para quién es? ¿Tu mamá? ¿Estará de cumpleaños pronto?
—No, no, no, eh, no es para mamá —dijo desviando la mirada hacia su plato, disimulando su vergüenza mientras jugaba con su comida. Agradeció no haberse cortado el cabello pues el largo de este le permitía esconder sus orejas rojas—. Es para alguien más, pero también es una chica así que creo que tú, como mujer, podrías orientarme a elegir algo más, eh, apropiado para ella. Quiero algo que pueda usar y que le sea útil, pero que sea femenino y bonito. Me entiendes, ¿verdad?
La joven y aún no Sra. Malfoy frunció el ceño mientras se llevaba el tenedor a la boca.
—¿Y para quién es? —preguntó cubriéndose los labios con una servilleta— ¿Alguna amiga o familiar? Tal vez, ¿una prima? —la rubía siguió comiendo como si no le importara, pero en el fodo estaba esperando ver qué tipo de reacción tendría su taciturno amigo si lo presionaba. Por desgracia, Snape era demasiado listo para caer en esa trampa. Él sabía que Narcisa sabía que él no tenía familia cercana pues él mismo se lo había dicho en el pasado por lo que se mantuvo impasible cual estatua— ¿La conozco al menos?
—Digamos que la has visto.
—Tienes que decirme quién es, Sev. No podré darte un consejo de lo que le podrías regalarle si no me dices quién es o que es lo que le gusta —razonó. Snape puso los ojos en blanco y soltó un suspiro, como si realmente le costara revelar la identidad de la persona desconocida—. ¡Oh! ¡Vamos! —insistió poniendo la voz más aguda de lo normal y batiendo sus largas pestañas rizadas y perfectamente maquilladas— ¿Me dirás? ¿Sí? ¡Anda! Dímelo. ¿Quién es la mujer a la que le vamos a hacer un regalo?
Snape hizo un intento de responder, pero sus palabras se quedaron atrapadas en su garganta a tal punto que necesitó hidratarse un poco antes de continuar. Conocía a Narcisa desde hace ya un buen tiempo y siempre le había tenido la suficiente confianza como para contarle sus cosas privadas pues era mucho más discreta que Lucius para esas cuestiones. Sin embargo, el tema que estaba a punto de revelar era demasiado personal y delicado. Se había esforzado mucho manteniéndolo en secreto por casi todo un año y quería que siguiera manteniéndose así hasta que fuera seguro exhibirlo al mundo.
Lástima que la mirada gris y suplicante de Narcisa fuese más fuerte que su fuerza de voluntad.
Eso y que una parte de él también anhelaba por fin gritar su secreto a los cuatro vientos.
—Bueno… ¿Recuerdas a una de las chicas de mi grupo de estudio? Valerie Kay —la rubia frunció el ceño y los labios, tratando de hacer memoria. La verdad es que no recordaba a nadie del grupo de estudio de Snape, casi nunca solía tratar con ellos y no les parecía lo suficientemente interesantes como para tomarse la molestia de memorizar sus nombres—. Pelirroja, alta, ojos verdes bonitos…
Nada en su base de datos.
En fin, no necesitaría recordarla pues Snape se pasaría los siguientes diez minutos hablando únicamente sobre la "maravillosa" estudiante de ingeniera Valerie Kay, una "encantadora" muchacha pelirroja que se había vuelto muy cercana a él y por la cual, obviamente, su pelinegro amigo guardaba sentimientos de índole romántico. Y ¿cómo dudarlo? Sus ojitos brillaban cada vez que la mencionaba.
Narcisa jamás se habría imaginado a Snape enamorado, es decir, ¡era Snape! Snape no era de los que se enamoraban. Tal vez fue por eso que la noticia de que su amigo podía tener tiernos afectos hacia una chica le cayó como un balde de agua helada en un día de invierno. ¿Snape enamorado? ¡¿Acaso eso era posible?!
Era divertido, pero muy bizarro de creer.
—Bueno, creo que un buen regalo para declararse a alguien podría ser algo simple, pero que tenga un valor especial. No queremos abrumarla con algo inmenso y que luego se sienta presionada —empezó dibujando una sonrisa tierna y sincera en sus rosados labios. Si bien le había costado un par de minutos asimilarlo, le entusiasmaba la idea de poder ayudar a su amigo. Declarar tu amor a alguien podía dar mucho miedo y era consciente que Snape no era el mejor expresando sus sentimientos, así que se sentía honrada de ser su guía en el camino del amor—. A las chicas nos gustan los detalles. Tal vez podrías darle algo hecho a mano o, tal vez, podríamos preparar un paseo bonito para que te puedas declarar. Sabes, me acabo de acordar que acaban de abrir un restaurante buenísimo en…—
—Cissy —interrumpió el menor mirándolo divertido y algo avergonzado. Nunca antes le había dedicado ese tipo de mirada a excepción de aquella vez cuando ella había sido su pareja de baile en un improvisado concurso organizado por el grupo estudiantil para el aniversario de la Facultad de Ciencias de Oxford, por lo que sabía que debía callarse. Esto era serio—. No estoy buscando un regalo para declararme, eso ya lo hice. Estoy buscando un regalo de aniversario. Valery y yo cumpliremos un año como pareja en dos semanas.
Si el saber que Severus estaba enamorado le había caído como un balde de agua helada, saber que tenía novia y que llevaban todo un año juntos fue como si le hubiesen quitado el suelo bajo sus pies, como si le hubiesen sacado el aire de sus pulmones o como si le hubiesen vaciado el estómago. Fue un completo milagro que no se atragantara con el último bocado que se había llevado a la boca.
—¡¿QUÉÉÉÉÉ?!
Está de más decir que todos los comensales dentro del restaurante se giraron a verlos.
Tal vez estaba exagerando las cosas, tal vez estaba siendo dramática —solo un poco—, pero la reacción de Narcisa no fue la que Snape hubiese esperado… bueno sí, era lo que había esperado, pero elevado a la "n" potencia.
La rubia empezó a darle una larga y muy intensa charla sobre el valor de la amistad, la confianza y por qué carajos no le había dicho absolutamente nada sobre su novia y su relación. ¡Eran amigos desde hace años! Habían compartido muchas cosas, él le había contado cosas muy fuertes de su pasado y ella le había confesado secretos muy dolorosos que, hasta la fecha, no había sido capaz de repetir en voz alta. ¡Incluso lo había dejado dormir en su apartamento! Y su sofá era sagrado.
Teniendo en cuenta todo ese trasfondo, le sorprendía en demasía que su Snape se hubiese "olvidado" de decirle algo tan importante como eso.
—Cissy —la interrumpió estirando su mano sobre la mesa para tomar la de ella—, cálmate, por favor.
—¡¿Calmarme?! ¡Snape! ¡Tienes pareja y soy la última persona en enterarme! —chilló apretando las servilletas con ambas manos— ¿Lucius lo sabe?
—… Sí.
—¡¿Lo sabe?!
—¡Es mi mejor amigo, Narcisa!
—¡¿Confías más en Lucius que en mí?! ¡¿Es en serio?! —exclamó indignada, casi levantándose de su asiento para posar ambos brazos sobre la superficie de la mesa, queriendo adoptar una posición de poder. Y digo "casi" porque su institutriz le había repetido una y mil veces que hacer escándalos en lugares públicos no era propio de una señorita—. Severus, estamos hablando de la persona más chismosa que conocemos después de mi hermana. Lucius no podría mantenerse callado ni aunque le cosieran la boca.
—¿Eres consciente de que estás hablando de tu prometido?
—No me interrumpas —calló sorprendiendo a su interlocutor. Su delgado dedo índice acusador se mantenía erguido en el aire en un gesto de autoridad— ¿Por qué no me lo dijiste? —Snape se quedó callado, incapaz de encontrar una respuesta. Lo único que pudo hacer fue soltar un desolador suspiro— Creí que éramos amigos. ¿Qué no confías en mí?
Sé que puede sonar como un chantaje y puede que inconscientemente lo fuera, pero Snape ya no era un niño, él sabía reconocer un chantaje cuando lo escuchaba. No había pasado tantos años luchando contra la manipulación emocional de su madre como para no darse cuenta.
De aquí a que decidiera caer en ello o no era una cosa muy diferente.
—Claro que confío en ti, Cissy. Eres mi mejor amiga.
—No parece. ¿Por qué esconderlo?
Antes de que empiecen a juzgar a Narcisa por meterse tanto en la vida sentimental de Snape —porque no me engañas, sé que quieres hacerlo—, creo que sería un buen momento para reabrir aquella puerta cerrada con llave desde hace décadas. Sí, aquella misma que estaba escondida en lo profundo del subconsciente de la aristócrata.
¡Es momento de reabrir heridas y revivir traumas! ¡Síííí! *nótese el sarcasmo*
Es momento de abrir esa puerta llamada: Andrómeda.
Por más que Bella y ella parecieran ser hermanas muy unidas, no siempre fue así. Cuando Narcisa era una niña, Bellatrix solía jugarle bromas pesadas y, a veces, algo crueles, siempre abusando de su autoridad como hermana mayor. Cinco años de diferencia eran notorios, sobre todo cuando te obligan a madurar a la tan corta edad de ocho años: clases de etiqueta, de música, de oratoria, de cálculo, de gimnasia, club de lectura, clases de francés y chino. La lista de actividades que sus padres le imponían para no tenerla en casa era larga, casi tan larga como las horas que pasaba junto a sus institutrices.
Por suerte, no estaba sola: sabía que siempre podía contar con la compañía de Andrómeda.
Andrómeda era la hermana del medio y con la que mejor se llevaba en ese tiempo. Solo se diferenciaban por dos años, por lo que eran más cercanas. Solían compartir las pocas horas libres que tenían ya sea merendando o paseando por los jardines de la casa familiar, conversando de cualquier tontería típica de niñas pubertas. En más de una ocasión, la castaña había logrado "secuestrar" a su hermana pequeña para liberarla de aquella abrumadora agenda estudiantil así sea solo un par de horas. Andy era divertida, risueña, algo torpe y no tenía problema alguno en jugar con ella a las muñecas, cosa que Bellatrix se negaba a hacer rotundamente. Narcisa jamás le perdonaría la vez que decapitó a tres de sus Barbies solo para dejar en claro que NO quería jugar con ella.
En lugar de Barbies, ahora tenía una pequeña colección de Marías Antonietas.
Lo bueno de Andrómeda era que, a pesar de que había sido enviada al internado al igual que Bellatrix, ella jamás perdió la conexión con Cissy. Tal y como recitaba un viejo programa de televisión, más que hermanas por coincidencia, eran amigas por elección. Tenían una muy buena comunicación, siempre se contaban todo, se apoyaban en las buenas y más en las malas y sabía que nunca tendría una mejor amiga como su querida hermana Andrómeda.
Fue por eso que la noticia de que ella la había abandonado por vivir un romance prohibido le explotó como una bomba en la cara, destruyendo todo lo que estuviera a un rango de 1000 km a la redonda.
¿Cómo no pudo darse cuenta? Eran hermanas. ¡Eran amigas! ¡Se contaban todo! ¡¿Cómo fue posible que no se diera cuenta?! ¡¿Cómo pudo ser tan ciega?! Andrómeda había estado enamorada frente a sus ojos y jamás había percibido sus sentimientos.
Tal vez no eran tan amigas como pensaba. Tal vez, no le tenía tanta confianza como solía profesarle. Tal vez, nunca confió en ella en realidad. Tal vez, solo había sido linda con ella porque entre Bellatrix y ella, Narcisa era la mejor opción. Tal vez solo se volvió su amiga por obligación, era su hermanita pequeña después de todo. Puede que tal vez nunca tuvo interés alguno en ser su amiga, tal vez solo estuvo con ella porque pasar tiempo con tu tonta hermana menor era mejor que pasar el tiempo sola junto a tus odiosas institutrices.
¡Já! ¿Amigas? Sí, claro, cómo no. ¿En serio le ocultarías a tu "mejor amiga" un romance de tres años tan grande e intenso como el que ella estaba viviendo? No, ¿verdad?
"—¿La encontraste?" —escuchó decir a su madre una noche sin luna, una noche en la cual la rubia se encontraba sentada a mitad de las escaleras adyacentes al salón, espiando temerosa a sus progenitores—. ¿Dónde está?
"—En Wiltshire. Al parecer, se quedaron sin dinero y ese fue el destino más lejos para el que les alcanzó".
Narcisa escuchó atenta aquellas palabras. Su hermana siempre había adorado la historia y los lugares históricos eran su obsesión. No era de extrañar que eligiera Wiltshire como destino para escapar. Las ruinas de Stonehenge siempre despertaron su curiosidad.
"— Esa niña estúpida —susurró madre dejándose caer delicadamente sobre el sillón junto a la chimenea—. ¿Cómo se le ocurre hacernos esto? ¿Qué van a decir nuestras amistades? Tenemos que traerla de regreso antes de que cometa una locura como casarse o peor, embarazarse".
"—¿Para qué quieres traerla? ¿Para que traiga a vivir aquí a ese pobre diablo? Te aviso desde ahora, Druella, que ese muchacho Tonks no va a recibir ni un solo centavo de mi parte".
"—¿Entonces qué? ¡¿Debemos dejarla irse, así como si nada?! —chilló elevándola voz— ¡Está mancillando nuestro apellido, Cygnus!
"— Sí quiere dejar de ser una Black para ser una Tonks, que haga lo que quiera, pero que ni crea volverá a poner un solo pie en mi casa —Narcisa tembló y se cubrió la boca con ambas manos para reprimir un grito de horror al escuchar la crueldad con la que su querido padre hablaba. Había estado una semana lejos de casa buscando a su hermana, no esperaba que sus primeras palabras al volver estuvieran cargadas de tanto desprecio hacia ella—. Hablaré con el abogado. A partir de ahora, está fuera de mi testamento".
"— Y del árbol familiar —añadió al instante su interlocutora, sonando más fría que su pareja—. Será lo mejor para todos".
¿Un muchacho llamado Tonks? ¿Andrómeda la había abandonado por un muchacho llamado Tonks? ¿Cómo? ¿Cómo pudo pasarlo por alto? Ella conocía a todos sus amigos, sabía que ella no conocía a nadie con ese apellido. ¡Esto debía ser una maldita broma! ¿Cómo pudo haberse encontrado con él a escondidas? Las únicas veces que salía de la casa era con ella, siempre con ella como si fuese su sombra o su maldito perro faldero.
A no ser que…
"— ¿A dónde vas, Andy? —preguntó la menor mientras se sentaba en una de las filas de en medio de la sala del cine— La película va a iniciar".
"—Oye, princesa, discúlpame, pero mis amigos están aquí —le susurró poniéndose de pie y tomando su bolso para irse—. Están allá arriba, en el fondo —la rubia se giró para ver hacia donde su hermana señalaba, pero estaba tan oscuro que apenas sí podía divisar algunas siluetas—. Voy a estar sentada con ellos, ¿ok? —la rubia frunció los labios y se cruzó de brazos, molesta— Oye, no pongas esa cara.
"— Dijiste que la veríamos juntas".
"— Y lo haremos, yo estaré aquí".
"— No es lo mismo, Andrómeda".
"—¡Anda! ¡Por favor, Cis! —rogó la mayor rodeándola con sus brazos— Sabes que casi nunca salgo. Solo estaré un par de filas arriba de ti. Te prometo que te lo voy a compensar, ¿sí? Te voy a llevar de compras a esa tienda que te gusta, ¿ok?"
Nunca podría haberle dicho que no. No importaba que 6 de cada 10 veces que salieran juntas le hiciera lo mismo, jamás podría decirle que no. Sabía lo mucho que sus amigos significaban para ella.
"—Ok".
"—¡Eres la mejor, princesa! Nos vemos a la salida. No me esperes aquí. Quédate en las bancas, yo te busco".
Dos horas más tarde, una adolescente de largo cabello rubio y diadema oscura se encontraría sentada cruzada de brazos muy enojada, esperando hace más de media hora a su hermana mayor la cual no aparecía por ningún lado. Había estado esperando en la entrada del cine todo ese tiempo y no había señales ni de ella ni de sus amigos. ¡Ni siquiera parecían haber estado ahí!
¿Dónde demonios estaría?
De pronto, en la soledad de la antigua habitación de su hermana, un miedo repentino invadió su desgarradora tristeza. ¿Acaso solo la había usado como una pantalla? Andrómeda solía llevarla de paseo a la ciudad de manera seguida, siempre iban al mismo mall para ir al cine y ver una película. No pudo evitar dudar de sus verdaderas intenciones. ¿Cuántas veces habría "pedido permiso" para salir con su novio refugiándose siempre bajo la simple excusa de salir con su hermana menor?
Ni siquiera se había tomado la molestia de despedirse, pensó dolida cerrando la puerta con llave.
Un romance secreto le había arrebatado a su hermana y mejor amiga. Ahora, una vez más, la historia parecía querer repetirse, amenazándola otra vez con quitarle a su mejor amigo y casi hermano.
Obviamente, no era lo mismo, le dijo la parte racional de su cerebro. Snape no iba a desaparecer de su vida solo por tener una novia secreta. Él no era así.
¿Verdad?
—Creí que estarías feliz por mí.
La voz decepcionada de Severus Snape la trajo de regreso a la realidad. Al levantar la mirada gris, encontró a su mejor amigo sentado frente a ella, jugando taciturno con el tenedor entre sus dedos, revolviendo el contenido a medio terminar de su plato. Había adoptado una postura cabizbaja y evitaba mirarla a toda costa. El corazón de piedra de Narcisa pareció contraerse al escuchar aquel reclamo. Había sonado dolido y desconsolado por su infantil reacción.
De repente, parecía que a los dos se les había quitado el hambre.
—Lo estoy —susurró ella intentando enmendar su error y estirando su mano para tomar la suya; sin embargo, Snape le retiró al instante, escondiéndola bajo la mesa— En serio…—
—No parece —reclamó secamente, frunciendo el ceño. Narcisa se sintió cómo la sensación de culpa la invadia. La estaba atacando con sus propias palabras—. Cissy, esto es importante para mí. Valery es muy importante para mí. La amo. Por primera vez en mi vida, siento que amo a alguien de verdad… Pensé que, como mi amiga, estarías feliz por mí.
—Y lo estoy, Severus, es solo que… —la rubia suspiró dejándose caer sobre el respaldar de su silla. Estaba haciendo un tsunami dentro de un vaso de agua, estaba siendo sumamente estúpida y no podía evitar sentirse avergonzada de ello. Su amigo estaba justo ahí confesándole algo extremadamente importante para él y ella estaba saboteándolo de la peor manera. Sabía lo mucho que le costaba abrirse con las personas, sobre todo con el sexo opuesto. Ella, como su amiga, debería sentirse feliz y orgullosa de que por fin pudiera tener una relación. Con ese comportamiento, solo estaba demostrando que era una amiga muy egoísta—… No me gustan los secretos.
La mesa se vio sumergida en un profundo silencio durante un par de minutos. El ambiente era tenso, se atrevería a decir que podría cortarse con un cuchillo. Más allá, el sonido de platos chocando contra las mesas se escuchaba fuerte y claro pues, de la nada, todos los comensales parecían haberse quedado en silencio tal como ellos.
Realmente eres una pésima mejor amiga, Narcisa, se regañó.
—Sabes que yo no voy a irme, ¿verdad? —dijo después de un tiempo, levantando la mirada oscura. Hizo un ademán de querer continuar, pero las palabras murieron en su boca. Aun así, no fue necesario, su interlocutora sabía perfectamente a lo qué se refería.
—Lo sé —susurró esbozando una sonrisa rota que se esforzaba por ser una feliz—. Me quieres demasiado como para irte. Te morirías sin mí. Me adoras.
Sin quererlo, terminó robándole una sonrisa torcida al menor quien pareció comprender que esa era la única forma de disculparse que la "Señorita Cissy" conocía.
—Por desgracia, así es.
Su mano se asomó tímidamente por sobre la mesa y se deslizó despacio por la superficie, tomándose su tiempo para crear un puente que pudiera conectarlos. Narcisa albergó una cálida sensación en su pecho, justo donde estaba su corazón. Descubrir que Severus tenía novia era como descubrir que tu hermano pequeño —sí, ese mocoso menor que tú con quien de pequeños peleaban por el control del televisor o con quién regresabas del colegio jugando a adivinar qué habría cocinado mamá para el almuerzo, sí, ese mismo— tenía su primera novia. Primero te sorprendes porque te preguntas cuándo fue que creció tan rápido y por qué no te diste cuenta. Luego, te asustas. ¿Quién es ella? ¿Cómo se llama? ¿Es buena? ¿Lo quiere? Porque, por más que peleen y niegues tu afecto en público, en el fondo sabes que harías lo que fuera por asegurarte de que esa muchacha no le fuera a romper el corazón. Por último, terminas aceptándolo porque quieres que sea feliz, porque tiene derecho a ser feliz y si ella lo hace feliz, solo te queda aceptarlo y rogar que no lo lastimen demasiado.
Narcisa sentía todo eso y mucho más. Severus Snape era el hermano que nunca pudo tener y ahora se sentía como esa hermana mayor que no estaba lista para aceptar que su hermanito ya era un adulto.
Pero debía aceptarlo.
—Bien —susurró apretando su mano y sonriendo—. ¿Por qué no me cuentas un poco más de ella? Los regalos de aniversario siempre deben ser especiales, sobre todo si es el primero. ¿Hay algo en especial que a ella le guste? ¿Alguna actividad o algo en específico?
—Le gusta leer, nadar, está en el club de natación. Le gusta la pasta… eh… No le gusta mucho la naturaleza, prefiere la ciudad que el campo.
—¡Vaya! Necesitas más ayuda de lo que pensaba —bromeó relajándose—. Dime, ¿sabes sus tallas? Tal vez podamos comprarle un vestido bonito o un abrigo para el cambio de estación. Dijiste que querías que fuera útil y lo usara… Hmmm… ¿le gustan los perfumes?
Narcisa jamás habría imaginado que aquella mujer para la cual estaba escogiendo un regalo de aniversario esa tarde sería la misma a la cual, casi 15 años después, estaría tirando de los cabellos a mitad de un pasillo de una de las tantas comisarías de Scotland Yard.
Colérica, furiosa y con una sed insaciable de sangre pelirroja, la rubia dejaría de lado las clases de etiqueta y las arraigadas enseñanzas de sus institutrices para convertirse en una salvaje fierecilla platinada, una venenosa serpiente albina que escapaba del control de su marido y que buscaba, a toda costa, lastimar a la ex Sra. Snape. Sus manos inmaculadas, suaves y delicadas se cerrarían alrededor de las raíces de Valery y jalaría sus cabellos como si intentara arrancárselos de un tirón. La pelirroja se desgarraría la garganta gritando mientras daba manotazos al aire, intentando tirar de los propios cabellos lacios de la Malfoy sin tener éxito en sus intentos.
Nunca antes Lucius había visto a su esposa perder el control de esa manera. Siempre pensó que la serpiente ponzoñosa de la familia era su cuñada Bellatrix, pero al parecer, su esposa lo era.
De verdad que sintió su corazón quebrarse cuando, sentada junto a su esposo en el salón, este se levantó de un golpe diciéndole que debían ir a buscar a Snape pues se encontraba detenido en la carceleta del Scotland Yard más cercano a Camdem Town. La llamada de un número desconocido había arruinado su tranquilo día libre y antes de que lograra chasquear los dedos, la pareja se encontraba conduciendo como locos por las calles rumbo a rescatar al soldado caído.
Angustiada y con el corazón en la boca, la rubia se abalanzó sobre Snape cuando lo vio salir media hora más tarde de un pasillo lejano, siendo escoltado por un policía con cara de pocos amigos. Lo abrazó como nunca lo había abrazado y sujetó su rostro con ambas manos, escaneándolo a toda velocidad para asegurarse que el pelinegro se encontrara en una sola pieza —solo Dios sabía qué horrores debió pasar en esa fría y oscura carceleta—. Puede que físicamente estuviera bien. Un simple dolor en los nudillos por propinar un golpe era algo que podía soportar, pero por dentro, Snape estaba tratando de sobrevivir una explosión nuclear más grande que la de Hiroshima y Nagasaki.
Aquellos ojos color ónix que solían observarla brillantes y cálidos ahora se mostraban fríos cual profundos pozos negros, oscuros y sin vida. Jamás sería capaz de reparar todo el dolor que su amigo estaba sufriendo. La mujer que amaba, la mujer que le había prometido amor eterno un día en el altar, su esposa, esa maldita bruja pelirroja lo había traicionado de la forma más cruel y vil que pudiera imaginar. No contenta con eso, tenía la osadía de exhibirse con su amante frente a ellos como si fuese un premio que se mereciera.
En ese momento, maldijo el día en que ayudó a Snape a conseguir un regalo para ella. Maldijo el momento en el que decidió ignorar a su instinto y arrojar a su hermano a las garras de esa despiadada cara de pez. Maldijo cada momento en que la tuvo bajo su techo y cada uno de los desplantes que su amigo tuvo que soportar por parte de ella. En silencio mientras regresaban a Malfoy House en el auto, Narcisa Malfoy juró al universo que haría pagar a Valery Kay cada una de las humillaciones que le hizo al hombre al cual le sujetaba la mano en ese instante.
Cueste lo que cueste.
Caiga quien caiga.
Y duela a quien le duela.
Después de unos largos meses de batallas legales, su "venganza" —si es que así se le puede decir— llegaría un frío día de otoño en una oficina vacía del juzgado de conciliación a puerta cerrada. No estaba orgullosa de lo que le hizo a Valery Kay, pero si tuviera que volverlo hacer, lo haría una y otra vez sin dudarlo ni un segundo. Tenía prioridades y esas eran cuidar lo poco que quedaba de su destrozado mejor amigo. Tal vez la hubiese odiado en ese momento si hubiese sabido todo lo que hubo detrás de su divorcio, pero no tenía por qué saberlo: todo había sido por su bien.
Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra, dice la Biblia. El único pecado de Narcisa Malfoy había sido proteger a su familia y, para ser honestos, no le importaba seguir pecando mientras eso le garantizara que nunca nadie iba a lastimarlos otra vez.
Ni a Lucius.
Ni a Draco.
Ni a Snape.
La sensación de algo caliente y húmedo mojando su mano la sacó violentamente de sus pensamientos. Narcisa levantó la cabeza y encontró a la mascota de su mejor amigo lamiendo su mano. El cachorro de samoyedo restregaba su hocico contra el dorso de su mano y su cola esponjosa se movía de un lado a otro con desbordante energía. La rubia frunció el ceño y retiró la mano con brusquedad, removiendo por completo el agua jabonosa que la rodeaba. Splish, splash. Un movimiento tosco más y el agua de la bañera terminaría rebalsándose, mojando al pobre can. Lamarck inclinó la cabeza hacia abajo y sus bonitas orejas se apegaron a su cráneo, indicando que aquella "horrible" reacción por parte de su tía Cissy lo había herido profundamente.
La rubia puso los ojos en blanco y soltó un pesado bufido que hizo eco dentro de las acústicas paredes del baño de su habitación.
—Supongo que Snape no te ha enseñado que es de muy mala educación entrar sin tocar, ¿o sí? —cuestionó enarcando una ceja, mirando fijamente al perro. Lamarck elevó ligeramente el hocico, pero sus mantenía sus orejas agachadas, esperando la continuación del regaño—. No, es obvio que no.
Su voz femenina y clara resonó dentro del elegante cuarto de baño. Su cuello se mantuvo erguido y su cabeza, alta, balanceando el peso de su larga cabellera recogida en un abultado moño. Sus piernas suaves y blanquecinas se movieron bajo el agua tibia, provocando un concierto acuático que relajaba su atormentada mente. Lamarck levantó la cabeza, curioso, e intentó meter el hocico dentro de la bañera, pero las fuertes manos de la rubia se lo impidieron. La piel sensible de sus brazos se erizó en cuanto se vio fuera del agua. Como siempre, el cambio de temperatura parecía jugarle en contra.
—No querrás beberte esta agua. El jabón te hará mal y luego tendremos que llevarte a lavar el estómago —susurró acariciando detrás de su nuca con pereza. Lamarck cerró los ojos mientras disfrutaba de las caricias—. No lo entiendo, tienes un gran tazón de agua solo para ti en la cocina, ¿por qué querrías beber esta? —Lamarck sacó la lengua y se dedicó a mover la cabeza al compás de las caricias de la Sra. Malfoy— Hmmm… Supongo que no eres muy listo, ¿verdad?
—¡Guau!
Había llegado de trabajar hacía tan solo una hora o tal vez menos. Había sido un día ocupado en el hotel. Uno pensaría que trabajar como gerente general, cabeza y dueña de una cadena hotelera sería fácil, pero con la gala de beneficencia de Halloween a la vuelta de la esquina, la cabeza de Narcisa Malfoy estaba más que al borde de un ataque de pánico. A pesar de qué tenía a Charles para ayudarla, no era suficiente. Bárbara, la pasante, había sido de gran ayuda estos últimos días. Siempre serían bienvenidas las manos extras, sobre todo a la hora de contestar llamadas. Pero, a pesar de que su equipo era eficiente y bueno trabajando bajo presión, la rubia sentía que su perfecto y tranquilo mundo pendía de un hilo.
Un hilo muy delgado y tenso.
No estaba preocupada por la decoración, eso ya estaba preparado desde hace días, solo faltaba instalarlo en el salón de recepciones principal. No estaba preocupada por los invitados, ya tenía confirmados a todos y los que no, fueron rápidamente reemplazados por otros. No habría ni un solo asiento vacío. Tampoco estaba preocupada por el entretenimiento, tenía confirmado ya al espectáculo principal, un popular DJ inglés que animaría el evento, algunos cantantes que lo respaldarían, un talentoso elenco de baile que abriría el evento y el permiso firmado de la municipalidad para encender fuegos artificiales hasta la hora que le diera la gana. ¡Ni siquiera estaba preocupada por los donativos! —los cuales deberían ser su principal preocupación— Estaba trabajando con bancos de alta confianza, reconocidas instituciones y familias cuyo pasatiempo consistía en mostrarse sonrientes en galas y subastas mientras extendían enormes cheques con sus nombres firmados en ellos para que las cámaras de la prensa pudieran tomar una foto digna de la página central de la sección "sociales" de los periódicos y revistas londinenses.
Entonces, si la gala de Halloween no era lo que atormentaba a Narcisa, ¿qué era?
Un hombre.
Como siempre, la vida o el universo da giros inesperados y, a veces, divertidos. Para desgracia de la aristócrata, el karma parecía estar ahí mismo, al pie de su bañera, burlándose de ella. La mujer que alguna vez había jurado jamás —¡JAMÁS!— angustiarse y perder el sueño por culpa de un "vil y despreciable" hombre, ahora se encontraba a mitad de una crisis existencial provocada por, quién lo diría, ¡un hombre! Un hombre que tenía nombre y apellido: Severus Snape.
¡Maldición! ¡Ni siquiera se preocupaba así por su marido!
¡¿Cómo era que posible que Snape, su Snape, su mejor amigo, su hermano de otra madre, tuviera ese efecto en ella?!
Cissy soltó un suspiró cansado y chasqueó la lengua. Movió sus hombros en círculos hacia atrás para relajar un poco su adolorido cuerpo. Lamarck asomó la cabeza una vez más, mirando fijamente a la mujer madura con su brillante ojo color miel. Al ver esto, la aristócrata se movió dentro de la tina, asegurándose de que la parte superior de su torso jamás saliera del agua, y se inclinó sobre el borde de la bañera para tomar la cara de peluche de Lamarck con sus manos. El perro movió la cola con energía, feliz de que por fin su tía Cissy le brindara la atención que tanto le había negado durante las últimas 48 horas.
—Cuando tu papá regrese de su viajecito de placer, tú y yo vamos a tener una conversación muy seria con él, ¿de acuerdo? —susurró suavemente, casi sonando amenazante. Su aliento cálido golpeó contra la oscura y húmeda nariz del can. De hecho, estaban tan cerca que su propia nariz respingada se encontraba a centímetros de la de su cuadrúpedo interlocutor. Lamarck sacó la lengua y lamió la mejilla de la rubia. Narcisa se alejó al instante— ¡Agh! No hagas eso. No me gusta.
—¡Guau! ¡Guau! —ladró antes de bajar el hocico y mirar hacia arriba con sus ojos brillantes y tiernos.
—No creas que lograras manipularme con esa mirada de perrito triste —sentenció la rubia volviendo a hundir su cuerpo desnudo dentro de la bañera—. Yo no me dejo manipular por nadie, ¿entendido?
—¡Guau! ¡Auu! ¡Guau!
—No, claro que no. ¿Por qué crees que Snape me manipuló? ¡¿Porque me engañó y consiguió un viaje todo pagado para la mocosa Granger esa?! —espetó cruzándose de brazos y apoyando su espalda en la superficie resbaladiza de la tina, asegurándose de que su cabeza siguiera en alto para no mojar su cabello. Lamarck volvió a ladrar— Para tu información, cuadrúpedo, nadie me engaña a mí, a Narcisa Malfoy, ¿de acuerdo? Nadie puede engañarme, nadie se burla de mí y nadie me hace quedar como estúpida más que yo. Solo yo puedo hacerme quedar como estúpida. ¡Nadie más! ¿Quedó claro?
—¡GUAU!
—Más te vale —malhumorada, tomó la esponja y empezó a tallar la piel de sus brazos y hombros, descargando su mal humor sobre su blanquecina piel—. ¿Qué se ha creído ese hombre? ¿Con qué derecho se atrevió a engañarme a MÍ y al pobre de Charles? ¡Nadie manipula a Charles! Solo yo, ¿quedó claro? ¡Solo yo! —su mano chapoteó sobre la superficie, salpicando un poco de agua sobre la nariz del can— Pero olvida a Charles, él no es importante aquí. Es un tonto por dejarse engañar, debería despedirlo por eso.
—¡Auu! ¡¿Guau?! ¡Guau! Hmm…
—Sí, sí, sí, lo sé, lo sé. ¿Dónde conseguiría un reemplazo tan rápido? —preguntó para sí misma mientras estiraba sus piernas para apoyarlas en el borde de la tina y empezar a lavar— Barbie es buena en lo que hace, sabe seguir ordenes, pero recién está iniciando, le falta mucho por aprender y no me gusta lidiar con incompetentes. Charles, en cambio, lleva trabajando conmigo desde hace años. Sabe cómo me gusta que se hagan las cosas y ni siquiera tengo que decirle que lo haga, ya sabe lo que quiero, cómo lo quiero y cuándo lo quiero… Además, solo él sabe hacer el café como me gusta.
Y vivir una vida entera tomando un mal café no estaba dentro de sus planes.
—Tienes razón. Charles se queda —si no fuera porque Narcisa sabía que Lamarck no tenía ni la menor idea de quién era Charles, habría jurado que el perro pareció aliviado al escuchar su nueva decisión—. ¿Crees que pueda a despedir a Snape? Ser mi mejor amigo no es un trabajo exactamente, pero implica confianza y transparencia y Snape ya me ha demostrado no una, sino dos veces que no es capaz de confiar en mí para contarme sus cosas —su intento de mostrarse indiferente había iniciado bien, pero una sensación agridulce llegó a su boca de la nada, cortándola abruptamente y haciéndola sentir peor—. Tal vez no me considera lo suficientemente importante en su vida como para contarme que está enamorado —Lamarck agachó la cabeza y la observó con su lloroso ojo color miel como si suplicara silenciosamente que no se enojara con su "inocente" amo—. Dime, ¿debería despedirlo? Necesito despedir a alguien, me haría sentir mejor.
Lamarck parpadeó dos veces antes de sentarse sobre sus patas traseras y proceder a rascarse detrás de su oreja. Narcisa frunció el ceño mientras miraba al perro morder con esmero la parte baja de su lomo.
—¿Por qué demonios estoy hablando con un perro? —suspiró para sí misma mientras se llevaba las manos a las sienes para masajearlas en un intento de aliviar su dolor de cabeza— Necesito una aspirina… o un naproxeno… o un sedante. ¿Sabes de algo que pueda aliviar el dolor de cabeza? Siento que me va a explotar.
—¿Sabes que es bueno para los dolores de cabeza? —dijo una voz masculina a sus espaldas.
Narcisa, al igual que Lamarck, giró su cabeza y parte de su torso buscando al dueño de aquella sedosa voz. Sus manos viajaron al instante hacia sus pechos, tratando de proteger su intimidad de una potencial amenaza. Sus bonitos ojos grises viajaron a la entrada del baño donde encontró a un hombre alto de largo cabello platinado, impecable camisa blanca y lasciva mirada color gris. Una sonrisa burlona se dibujó en sus finos labios mientras la miraba indefensa y sorprendida en medio de su costosa bañera. Narcisa soltó un sonoro suspiro y se acomodó dentro del agua, dándole la espalda a su esposo, ignorándolo por completo.
—¿Qué?
—El sexo.
La aristócrata puso los ojos en blanco y negó con la cabeza mientras volvía a lo suyo. Lucius miró a Lamarck en silencio al pie de la bañera y completó su sonrisa burlona, animándose a caminar hacia su mujer y arrastrar uno de los taburetes del tocador del baño para sentarse. Lamarck caminó en dirección a su tío Lucius, sus pisadas resonaron sobre el brillante piso de loseta, y luego apoyó su hocico sobre uno de sus muslos, esperando pacientemente a que le diera algo de atención.
—En serio, cariño —continuó el mayor inclinándose sobre la bañera para acercar su rostro a su cuello. Narcisa contuvo el aliento, procurando no temblar al sentir el aliento cálido de su esposo sobre su piel mojada—. El sexo es el mejor remedio para cualquier dolor de cabeza. No sé por qué ustedes, las mujeres, lo usan como excusa. No hay nada que me alivie más rápido un dolor de cabeza que el buen sexo. Te quita el estrés e incluso te ayuda a despejar la mente.
—¿Me está pidiendo sexo, Sr. Malfoy? —preguntó con indiferencia, acomodándose uno de sus mechones rubios detrás de la oreja— O, ¿me está dando a entender que tiene sexo fuera de nuestra cama?
Lucius frunció el ceño y se retiró al instante como si sus palabras le hubiesen quemado la piel— ¿Por qué siempre tienes que estar a la defensiva conmigo? Solo trato de animarte.
Narcisa se mordió el interior de las mejillas y agachó la cabeza. Aunque le doliera aceptarlo, su esposo tenía razón. Él no había hecho nada para ganarse su mal humor. Puede que fuese algo idiota a veces, pero últimamente no había hecho nada como para que ella descargarse su frustración en él. No debía molestarse con Lucius. Ella estaba molesta con Snape, no con él. Dándose cuenta de su error, se dio la vuelta dentro de la bañera para ver a su esposo a la cara, estirando tímidamente su mano para tomar la suya la cual estaba posada en el borde de la tina.
—Lo siento, cariño. Tienes razón, no debí hablarte así —susurró trazando pequeños círculos con su índice sobre el dorso de su mano. Un par de gotas mojaron sus visibles venas—. Es solo que he tenido un día muy… cargado. Estoy algo ofuscada, eso es todo.
—¿Por el trabajo? Pensé que Charles y Bárbara te estaban ayudando —Cissy se mantuvo cabizbaja, incapaz de dar respuesta alguna. Lamarck todavía mantenía apoyado su hocico sobre el muslo del peliplata esperando que se dignara en posar su mano sobre su cabeza y rascara detrás de su oreja—. No estás así por el trabajo, ¿verdad, linda? —le tomó unos segundos, pero finalmente Narcisa negó con la cabeza— ¿Estás así por Snape?
Narcisa tomó aire y apretó los labios con fuerza, buscando dentro de su mente las palabras apropiadas para responder a la pregunta.
—Estoy preocupada por él —susurró levantando la mirada—. Ha estado actuando tan extraño últimamente. Ya ni siquiera nos reunimos los fines de semana para almorzar —exclamó dolida—. Sé que ha pasado por muchas cosas últimamente: hace apenas un par de meses perdió a su mamá, luego lo de la publicación de su trabajo y por no mencionar las sesiones de terapia de las cuales Sharpe no me quiere informar absolutamente nada.
—Bueno, cariño, él hizo un juramento hipocrático —trató de calmarla.
—¿Qué no solo lo hacen los médicos? Sharpe es un psicólogo.
—Sharpe es… —¡Demonios!, pensó mientras su mente se quedaba en blanco. Ahora Narcisa lo acababa de hacer dudar de sus escasos conocimientos sobre medicina—. Bueno, se dedica a la salud, ¿no? Es un doctor —el hombre se acomodó sobre el taburete, alejando al pobre perro de su lado—. El punto es que no puedes obligarlo a decirte qué es lo que pasa dentro de su consultorio. Es la privacidad de Snape.
—¡Ya lo sé! No me hagas sentir peor de lo que ya me siento por querer entrometerme en la vida de nuestro mejor amigo —dijo cruzándose de brazos. El agua de la bañera se removió, salpicando un poco fuera de esta—. Es solo que me preocupa todo esto que está pasando. Snape debería estar en sesión son Sharpe justo ahora, no de "vacaciones" en quién sabe dónde con quién sabe quién. ¡Para colmo nos está mintiendo! —chilló llevándose las manos al rostro— Esto me asusta, Lucius. Severus no es así, él jamás nos mentiría de esa forma. ¡Nos está ocultando algo! Si no fuera así, ¿para qué molestarse tanto en crear elaboradas mentiras? —exclamó con dolor al vacío— Severus no nos tiene la suficiente confianza para decirnos qué carajos está pasando con él —la rubia soltó un suspiro desalentador y trató de recuperar su templanza—. Es como si ya no formáramos parte de su vida.
Lucius apretó los labios y dejó escapar un silencioso suspiro.
Puede que su esposa fuera algo dramática —tal vez, demasiado—, pero ella tenía un punto importante: viera por donde se le viera, Severus Snape les había mentido sin escrúpulo alguno y eso le había dolido en lo profundo de su ser. Era su mejor amigo, ¡los mejores amigos no se ocultaban ese tipo de cosas! Aun así, Severus no tuvo la confianza ni para decirle que estaba iniciando una relación ni con quién. En su lugar, había preferido mentirle descaradamente. No. No solo le había mentido, había manipulado información y a gente de confianza para escaparse con una jovencita que en más de una ocasión lo había lastimado. ¿Cómo se supone que debería sentirse ante ello? No era su vida, pero Severus era su amigo y, por ende, familia.
Y los Malfoy siempre cuidan a la familia.
Lucius se acomodó sobre el taburete apoyando ambos codos sobre sus rodillas, mirando con dirección a la hermosa silueta inmóvil de su esposa. Cissy le devolvió la misma mirada apagada que él portaba. ¿Por qué era tan difícil hablar con ella a veces? Llevaban casi 25 años de casados y, aun así, había momentos como estos en los que las palabras simplemente se quedaban atoradas en el fondo su garganta, incapaces de transmitir aquellos revoltosos pensamientos que tanto le costaba hilar.
El no poder comunicarse abiertamente era una de las experiencias más frustrantes de su vida.
—Creo… —dijo finalmente. Su voz había sonado ronca, su garganta estaba tan seca que no pudo evitar sorprenderse—. Creo que Snape está buscando algo que no podemos darle.
—¿Y qué es?
—Compañía.
—No digas tonterías —dijo frunciendo el ceño, procediendo a terminar de quitarse los restos de jabón que aún cubría parte de sus brazos. El agua quieta de la bañera poco a poco se iba enfriando y perdiendo el volumen de espuma que la cubría. Ahora solo parecía agua jabonosa, algo grisácea y empozada—. Nosotros siempre vamos a estar aquí para él, se lo hemos demostrado en infinitas ocasiones. ¿Qué no olvidas esos meses que se quedó a vivir aquí cuando se divorció? Sin ir muy lejos, estuvimos ahí con lo de su mamá. ¿Quién más estuvo ahí? ¡Nadie! Solo nosotros —argumentó con rapidez—. Tú, yo, Draco, Bella, Rodolphus, Alecto, Rabastán, nuestros amigos, todos estamos aquí para él… Es él quien se está aislando solo.
—No me refiero a ese tipo de compañía, Cissy —el rubio tomó la base de taburete con ambas manos y usó sus piernas para arrastrarlo con la intención de acercarse a la bañera. Desbrochó los botones de sus muñecas y se remangó las mangas hasta casi la atura de los codos mientras terminaba de decir sus ideas—. Me refiero a algo más íntimo… Alguien que pueda pasar las tardes y las noches con él.
—Tiene a Lamarck —respondió como sin parpadear, como si fuese lo más obvio del mundo. La pareja aristócrata giró sus cabezas buscando al samoyedo con la mirada. Lamarck estaba demasiado ocupado hurgando con su hocico dentro del cesto de ropa sucia, buscando alguna sandalia o pantufla con que jugar. Lucius volvió sus ojos grises a su esposa y enarcó una ceja—. Está bien, olvida eso. Estoy hablando con el hígado.
—No lo entiendo, Cissy —bufó apoyándose en el borde la tina—. Nos hemos pasado meses enteros arreglándole desastrosas citas a ciegas a las que ni siquiera quería ir y ahora que finalmente parece intentar reconstruir su vida amorosa, tú no quieres que haga eso.
—Es diferente, Lucius. ¡No sabemos nada de ella! Podría ser una asesina en serie o algo…—
— Severus tampoco sabía nada de las mujeres que le presentábamos y no reaccionó como tú. Y eso que era él el afectado —argumentó usando aquel tono de voz presumido que usaba exclusivamente cuando sabía que tenía razón—. Además, ¿has visto a Snape? Es un árbol. Dudo que esa niña pueda hacerle algo. La viste en las cámaras de seguridades. Snape la puede poner su hombro como si fuera un abrigo.
—No me refiero a que le haga algo físico, pero su corazón está en juego… otra vez.
—Cariño, no puedes protegerlo de un corazón roto —la rubia apretó los puños bajo el agua, pero se mantuvo callada—. Sabes, creo que deberíamos estar feliz por él, ¿no lo crees? Se veía muy feliz con ella. Tal vez no es ella no es lo que esperábamos ni queríamos para él, pero me da gusto saber que es feliz… Al menos, por ahora.
—… Supongo que tienes razón —admitió en voz baja, aunque no sirvió de nada pues el eco del baño hizo que su voz se escuchara más fuerte de lo que realmente quería—. Aun así, me molesta que nos mintiera. Somos amigos… si tanto quería pasar tiempo con su nueva "novia", pudo habérnoslo dicho sin tantas mentiras tan complicadas, ¿no te parece?
—Bueno, cariño, admitir que por fin vas a dejar a Soledad y a la Manuela por alguien de verdad puede ser "vergonzoso" para algunos —bromeó el mayor mostrando una sonrisa encantadora y burlona como un mal intento de animar el ambiente.
Narcisa lo observó confundida— ¿Soledad y Manuela? ¿Acaso Snape estaba saliendo con latinas?
"No lo intentes, Lucius, solo pierdes tu tiempo", le advirtió su mente.
—Olvídalo —rio—. Lo que quiero decir es que ya sabes que Snape es alguien que aprecia muchísimo su vida privada. Tal vez, y solo tal vez, nosotros lo orillamos a esto al tratar de meternos dentro de ella tantas veces —sus manos viajaron en dirección a sus brazos, acariciándolos con delicadeza—. Las citas a ciegas, los encuentros forzados con tus amigas, el Tinder… ¿Quieres que siga?
A veces, cuando se esforzaba, Lucius podía ser un genio de lo obvio. Sin embargo, debía darle la razón. Ellos habían cruzado el límite demasiadas veces.
—No lo hicimos con mala intención.
—Y estoy seguro que él lo sabe, mi amor —interrumpió—, pero debemos dejarlo tomar sus propias decisiones como el adulto que es. Narcisa, Snape tiene 42 años, ya no es un adolescente y, aunque no lo quieras aceptar, puede tomar decisiones él solo. Serán buenas o malas, pero serán sus decisiones.
—No me preocupan sus decisiones, Lucius —contestó frunciendo los labios—. Me preocupa que decida darle su corazón a la persona equivocada… otra vez.
El elegante hombre se levantó del taburete y tomó una de las toallas que descansaban a un lado de la tina. Limpió el borde de esta y se sentó, balanceándose incomodo solo para poder acercarse más a su esposa. Narcisa levantó la cabeza, su moño abultado se tambaleaba gracioso sobre su cráneo. Lucius estiró su dedo para tocar la punta de su respingada nariz; Narcisa cerró los ojos, dejándose llevar por las sensaciones que el rubio despertaba en ella. Una corriente eléctrica recorrió su columna vertebral, haciéndola temblar y generando calor dentro de su corazón y mejillas.
¿Acaso esto era lo que su amigo anhelaba sentir? ¿La acaricia inocente de su ser amado? ¿La paz de una vida hogareña y familiar? ¿La seguridad de saber que, al final del día, habría alguien esperándote para decirte buenas noches mientras plantaba un casto beso en tu frente?
—No lo sabremos hasta que eso pase —dijo en un susurro, acercándose hacia ella. Su aliento golpeaba su piel mojada y fría—, pero hasta entonces, solo podemos estar ahí para él y demostrarle siempre lo apoyaremos, ¿de acuerdo?
Finalmente, la frente del CEO se juntó despacio con la de su esposa. Sus narices respingadas y definidas se rozaron, creando ángulos simétricos por donde se le mirasen. Dos piezas perfectas de un rompecabezas, unidas a través de un vínculo que el tiempo no podría romper. Muy en el fondo, sabía que su Lucius tenía razón. Snape estaba buscando algo que ni ella ni sus amigos podían darle: compañía de índole sentimental.
Cómo odiaba cuando él tenía razón, pensó dejando escapar una bonita sonrisa.
—¿Desde cuándo mi esposo es tan listo? —susurró divertida antes de terminar la distancia que los separaba y plantar un suave beso en sus delgados labios— Te estás volviendo más sabio con la edad.
—Soy como el vino —bromeó retirándose con una sonrisa descarada plasmada en su rostro. Sus dedos viajaron hacia un mechón de cabello platinado que le enmarcaba la cara e intentó acomodarlo tras su oreja, no sin antes tomarse su tiempo para sentir su textura—. ¿Quieres que te lave el cabello?
—Hmm… Solo si me dejas usar tu shampoo —rio.
El aristócrata desharía el moño abultado que sostenía el cabello de su esposa y dejaría que este cayera libremente por su espalda desnuda. Se recogería mejor las mangas de la camisa y acomodaría el taburete en una posición más cómoda que le permitiera lavar la cabeza de Narcisa. Sus dedos bailarían entre sus raíces, esparciendo la sustancia fría y escurridiza que era su shampoo de almendras mientras que su mujer disfrutaba de aquel delicioso masaje en su cuero cabelludo.
Lamarck miraría esa escena echado en la entrada del baño mientras destrozaba uno de los tantos zapatos del dueño de la casa con sus dientes.
Temprano en la mañana del día siguiente, Severus Snape se encontraba terminando de vestirse mientras llamaba en voz alta por séptima vez a la bailarina castaña que dormía profundamente en su cama. Los boletos del tren se encontraban sobre la pequeña mesa de cristal de la suite y los documentos importantes y pasaportes, al lado. Su pase de abordar ya estaba como primera imagen de la galería de su teléfono y sus maletas ya estaban empacadas y esperando junto a la puerta a que el botones viniera a recogerlas.
Lo único que faltaba era alistar a su castaña.
—Hermione… Hermione, linda… ¡Hermione! —llamó por enésima vez, moviendo su tobillo derecho con su mano— Ya despierta. Perderemos el tren por tu culpa.
—Hmmm…
Se habían acostado tarde anoche y, ¡no! ¿Qué tienes? No pienses mal. Afedo, camate, poh favoh.. Controla esas hormonas. No se acostaron tarde por culpa de lo que estás pensando. ¡Claro que no!
Guiño, guiño.
Así te quería agarrar, puerco.
Pero la verdad es que, después de un día entero lleno de divertidos juegos mecánicos, paseos turísticos por la ciudad costera y de tomar fotos como si no hubiese un mañana, la pareja llegó tan cansada al hotel que lo único que pudieron hacer antes de desmayarse sobre la cama fue quitarse los zapatos y los abrigos. Y aunque habían planeado una gran "despedida" que incluía usar la bañera de la suite y un par de preservativos que compraron en el camino de regreso, al final del día ninguno de los dos tenía las fuerzas necesarias como para disfrutar de su última noche en Blackpool como era debido.
Lo siento, Herms, el delicioso tendrá que esperar hasta nuevo aviso, pensó agotada antes de cerrar los ojos y desmayarse al lado del profesor.
Ahora, ocho horas más tarde, Hermione se encontraba durmiendo con la cabeza enterrada bajo las almohadas, un brazo colgando de la cama y las piernas enredadas entre las sábanas. De su cabello, mejor ni hablemos. Ese era todo un tema aparte. No les voy a contar de los rizos enredados que cubrían su cara, tampoco les de los mil nudos enmarañados en las puntas y mucho menos les hablaré de aquel mechón delgado de pelo que estaba pegado en su labio inferior y casi casi dentro de su boca.
Un desastre matutino, diría mi abuelita.
Sin embargo, Snape pensaba que era adorable… a su modo, claro está.
—Hermione… —llamó arrastrándose sobre la cama para reclinarse a su lado, apartando las almohadas de su rostro. Al verse expuesta a la luz de la mañana, la durmiente bailarina giró su cabeza enterrándola nuevamente en el colchón. Snape puso los ojos en blanco y volvió a insistir—. Vamos, nena. Arriba. Nos iremos sin desayunar si sigues durmiendo.
—No quiero… irme.
—Vamos —Hermione volvió a girarse, tirando de las frazadas para cubrirse la cabeza.
Cansado de este circo pues Snape no era una persona muy paciente por la mañana —ni durante el resto del día en realidad—, el profesor de Química se levantó de la cama sin insistirle más. En completo silencio, caminó por la habitación terminando de vestirse y peinarse para presentarse al mundo. Se sentó al pie de la cama para ponerse los zapatos y luego tomó el teléfono de la mesita de noche para llamar a recepción y avisar que ya podían llevarse su equipaje.
Hermione, mientras tanto, seguía descansando los ojos bajo las sábanas.
—Muy bien, Granger, aquí es donde usted y yo nos despedimos —anunció mientras tomaba su abrigo para colgarlo en su brazo—. Fueron unas vacaciones muy deliciosas, si me permite decirlo, pero me temo que tengo un tren que tomar. Tengo un trabajo y un perro que me esperan en Londres y no puedo prescindir de ninguno —Hermione se removió bajo los cobertores, despertando abruptamente de aquel estado de letargo—. Tu boleto está en la mesa de afuera y te dejaré pagado el taxi para que llegues a la estación. Dudo que puedas tomar el avión de regreso, pero estoy seguro que no se te hará difícil tomar un tren de Liverpool a Londres. Bueno, supongo que este es el adiós. Me llamas cuando llegues a Londres.
Luego de eso, Severus ni siquiera tuvo tiempo de ponerse el abrigo antes de que Hermione saltara de la cama como alma que lleva el diablo y corriera hacia el baño para lavarse la cara, usar el toilet y proceder a alistarse para abandonar el hotel antes de que su pareja la abandonara a ella.
Snape hizo su mejor esfuerzo para reprimir una carcajada mientras la veía correr como loca de un lado al otro, mascullando maldiciones e improperios en voz baja.
El viaje de regreso a Londres no fue tan divertido como el de ida y usualmente es así, ¿verdad? La idea es interminable, pero el regreso es como un abrir y cerrar de ojos. Desayunando un batido concentrado en la estación, Hermione logró abordar el tren rumbo a Liverpool de la mano de su pareja. Al poco tiempo de haberse sentado, las puertas se cerraron en definitiva y el vehículo dio inicio a su recorrido hasta la siguiente ciudad costera. Blackpool se quedaba atrás, así como el lujoso hotel The Heir, sus curiosos empleados y su "pequeña" suite privada; el Sequence Dance Festival, el Blackpool Illumination y los Winter Gardens y, por supuesto, también se quedaba atrás su romántica escapada de cuatro días todo incluido.
Snape observó por la ventana como la Torre de Blackpool se iba encogiendo más y más a medida que se alejaban. Con algo de nostalgia, deseó repetir esta experiencia en algún momento en el futuro.
Hermione se reclinó a su lado apoyando su cabeza sobre su hombro y subiendo sus pies al asiento. Su pequeña mano se deslizó suavemente por su pierna hasta entrelazar sus dedos con los de él.
"… Últimos pasajeros del vuelo MBA584 con destino a Londres, por favor, abordar por la puerta de embarque número 13… Severus Snape y Hermione Granger, últimos pasajeros del vuelo MB584 con destino a Londres, POR FAVOR, abordar por la puerta de embarque número 13…"
—¡Corre! ¡Nos van a dejar! —exclamaba la castaña mientras sus piernas se movían a toda velocidad, corriendo en línea recta por la abarrotada terminal de salidas nacionales del aeropuerto de Liverpool. Sus manos estaban demasiado ocupadas tratando de cerrar su abarrotada mochila repleta de postrecitos y frutas robadas de la mesa de bufet de la sala de espera VIP— ¡Corre, Severus!
—¡Ya voy! Lo siento, perdón, discúlpeme…. ¡Ya voy! —gritó el otro mientras avanzaba a trompicones detrás de ella, chocando sin querer con los demás usuarios del aeropuerto. Su propia mochila se sacudía tras él, golpeando su interior. Gracias al cielo su iPad tenía protector, si no ya la hubiese dado por rota—. ¡Te dije que dejarás esos postres donde estaban!
—No iba dejarlos. ¡Eran gratis! —exclamó trastabillando, pero recuperándose al instante—. ¡Permiso! ¡Muévanse!
Las asistentes de vuelo que los esperaban en la entrada del enorme corredor metálico que conectaba el avión con el aeropuerto se veían algo —muy— enojadas detrás de la línea de seguridad. Probablemente su deber era sonreír a todos los pasajeros, pero eso no significaba que estuvieran de humor para hacerlo, sobre todo cuando tenían un vuelo programado retrasado 15 minutos por culpa de ellos. El recibimiento frío se repitió cuando lograron abordar el vehículo volador. Los pasajeros de la clase económica no se veían muy felices de verlos, ni que decir de los de la clase ejecutiva. Felizmente los asientos estaban separados pues estaba seguro que viajar con un grupo de pasajeros malhumorados no era la mejor experiencia del mundo.
Sin duda, Severus debería agradecer que los pilotos tuvieran la orden directa de no abandonar el aeropuerto hasta que él estuviese sentado en su asiento asignado, si no, la historia sería muy diferente.
No estoy segura si Malfoy's British Airlines te permite comer comida comprada fuera del avión durante el vuelo, pero eso no pareció importarle a la castaña pues, durante todo el trayecto, se pasó metiendo su mano dentro de su mochila sacando diferentes tipos de aperitivos que no dudó en compartir con su acompañante. En fin, después del retraso, comer una botana era algo insignificante.
Quería decir que el cambio de clima de Blackpool a Londres fue notable para ambos, pero no fue así en realidad. Ambos lugares eran igual de fríos, nublados y húmedos que, a excepción del ruido de la gran ciudad, no había gran diferencia. Creo que, por primera vez en lo que iba de sus vidas, aquel par de ingleses se quedaron sin frases ni adjetivos para describir el clima.
Tomaron su equipaje y luego un taxi que los llevaría de regreso a sus respectivos hogares. Primero se desviaron por Worple Road para subir hasta los tranquilos suburbios verdes de Wimbledon, lugar de residencia de la joven bailarina. El auto aparcó al frente del edificio y el chófer fue lo suficientemente amable como para bajar y ayudar a sus pasajeros con el abultado equipaje de la castaña. Si bien solo había sido un viaje de cuatro días, la maleta llena de ropa y recuerdos pesaba demasiado.
—¿Estás segura que no quieres que te ayude a subirla? No hay ascensor aquí —dijo el profesor cargando la maleta con ruedas por la pequeña escalinata de la entrada del edificio mientras Hermione sostenía la puerta de cristal— ¿Podrás tú sola?
—Claro que sí. Si puedo subir las compras del mercado, una maleta será pan comido, Severus —rio mientras lo empujaba de regreso a la salida, poniendo su cuerpo como barricada para impedirle el pase—. Además, ambos sabemos que si subes conmigo terminarás quedándote hasta mañana y se supone que tienes que ir a recoger a Lamarck. El pobre debe estar extrañándote.
Snape dibujó una pequeña sonrisa. Sí, pensó, había una probabilidad del 85% de que tuviera razón.
—Además, tengo que algunas cosas qué hacer. Todavía no son las 6, así que aún tengo algo de tiempo para ir al centro y ver las cosas de la presentación de fin de mes.
—Entonces no te retengo más —anunció inclinándose para darle un beso de mejilla a modo de despedida—. Ve con cuidado, ¿de acuerdo?
—Ok —dijo ella rodeando su cuello con sus brazos para quedar colgando de él. Sus bonitas manos se enterraron en su cabello y sus labios se posaron cerca de su oído haciéndolo temblar—. Gracias por todo, Severus. En serio, muchísimas gracias. No me había divertido tanto en mucho tiempo. Fue tan relajante. Siento como si me hubiese quitado un enorme peso de encima.
—Gracias a ti —dijo correspondiendo el abrazo—. No había tenido vacaciones en años.
—Hmm… Te amo.
—Y yo te amo a ti, nena.
Se despidieron con un largo y tierno beso que se vio interrumpido cuando un inquilino del primer piso se aclaró la garganta pidiendo permiso para poder salir. La chica rio mientras se despedía con la mano del profesor quien correspondería el gesto desde el interior del taxi.
—Ahora, ¿a dónde? —preguntó el chofer observándolo desde el retrovisor.
—A Trentham Street en Southfields, por favor.
Su corazón palpitó con alegría cuando vislumbró su hogar tras la ventanilla del auto. Aquella enorme casa solitaria y triste nunca se había visto tan calidad y familiar como ahora. Sin duda, eran una hermosa postal para dar por terminar sus vacaciones: un viaje tranquilo para ver una competencia de baile de salón profesional en una bonita ciudad costera, un reencuentro con su antigua y muy querida alumna, comida deliciosa las 24 horas, una cómoda habitación de hotel y lo más importante, tiempo de calidad junto a Hermione, SU novia.
No había nada más que pudiera desear.
Una hora más tarde, mientras se encontraba en la tranquilidad de su habitación desempacando sus cosas, haría una llamada en altavoz hacia su viejo amigo, Lucius Malfoy, quien contestó desde la comodidad del asiento trasero de su auto, atorado en medio del tráfico de la pequeña City de Londres.
—¿Vendrás a recoger a Lamarck está noche?... Ajá… Ajá… Excelente —dijo sosteniendo el teléfono contra su oreja, mirando aburrido por la ventana los otros autos que tenía al frente—. Claro, ya quiero escuchar todo lo de tu viaje. Espero que hayas disfrutado la primera clase. Le pedí a Emily que reservara personalmente tu vuelo de regreso… Sí… Ok, ok... Oye, ¿te quedas a cenar? Dobby hará Sunday Roast… Sí… Perfecto, entonces, enviaré a alguien a que pase por ti, ¿ok?
—Gracias, amigo.
—No hay de qué. Te esperamos… Sí, hasta la noche… Adiós.
Lucius Malfoy colgó la llamada y dejó escapar un agotado suspiro mientras se llevaba los dedos índice y pulgar al puente de su nariz para masajearla. Había sido un día largo y parecía no terminar.
—¿Se quedará a cenar? —preguntó una voz femenina a su lado. El rubio asintió— Perfecto. ¿Crees que deberíamos abrir un Priorat? La última vez que Snape tomó uno terminó durmiendo en nuestro baño —dijo cubriendo su sonrisa con una mano—. O, ¿mejor deberíamos tomar una botella de jerez? Sugeriría whisky, pero no quiero que Snape sospeche que trato de embriagarlo.
—¿Vas a seguir con esta tontería? ¿Qué no te bastó con todo lo que ya te dijo tu gente de Blackpool? —se quejó hastiado ya de este tema— Deja a Snape en paz y no intervengas.
—Y no voy a intervenir, ya te lo dije —exclamó poniendo los ojos en blanco—. Solo quiero saber un poco más de ella. Edad, antecedentes, intenciones… Yo sé lo que hago —finalizó cruzando las piernas con elegancia una sobre otra—. Perkins, conduce, por favor. Quiero llegar temprano a casa.
—Sí, señora.
Lucius cerró los ojos y volvió su mirada gris de regreso a las frías calles londinenses, húmedas y repletas de taxis negros. A veces ni siquiera sabía por qué se tomaba la molestia de tratar de convencer a su mujer de hacer lo moralmente "correcto" si sabía que, cuando algo se le metía en la cabeza, era imposible hacerla cambiar de opinión.
Algo le decía que esta noche sería más parecida a un interrogatorio que a una cena.
HOLIIIIIII!
YA LLEGÓ POR QUIÉN LLORABAN UwU
OTRO MES MÁS Y OTRA ÚNICA ACTUALIZACIÓN XD YA ME DI CUENTA DE QUE SOY MALA PARA ESTO DE CUMPLIR CON LAS PROMESAS DE SER PUNTUAL CON LAS ACTUALIZACIONES, ASÍ QUE HAGAN COMO MIS PROFES Y NO ESPEREN NADA DE MÍ JAJAJAJAJA *rio para no llorar*.
PERDÓN POR LA CRISIS PASADA, YA ME SIENTO MUUUUUUUCHO MEJOR QUE ANTES. AHORA ESTOY RETOMANDO TODAS MIS CLASES QUE DEJE COLGANDO Y, PUES, CUANDO TE PIERDES TRES SEMANAS HAY MUCHAS COSAS QUE SE ACUMULAN Y SE ACUMULAN Y SE ACUMULAN Y SE ACUMULAN… ASÍ QUE DECIDÍ SER RESPONSABLE POR PRIMERA VEZ Y EN LUGAR DE QUEDARME HASTA LAS 3 AM ESCRIBIENDO EL FIC, LO HICE HACIENDO MIS TRADUCCIONES Y ENSAYOS. SIEMPRE RESPONSABLE, NUNCA IRRESPONSABLE :D
EN FIN, GRACIAS POR LEER EL CAP DE HOY. COMO VEN, ESTÁ MÁS CALMADITO. DESPUÉS DE ESTE YA SE VIENE LO INTENSO. NARCISA OBVIAMENTE NO LOS VA A DEJAR EN PAZ. PUEDE QUE HERMIONE NO TENGA QUE PASAR POR LA SUEGRA, PERO SÍ POR LA CUÑADA JAJAJAJA Y PUES, CREO QUE ESO ES TODO. ME DIVERTÍ BUSCANDO TODAS LAS REFERENCIAS Y LUGARES MENCIONADOS Y, PUES, CREO QUE POR FIN NUESTRA PAREJITA ESTÁ ESTABLE :3
ME ACABO DE DAR CUENTA DE QUE ESTE CAP ES PURO FAN SERVICE Y RELLENO XD SORRY. AH, POR CIERTO, POR FORMATO CREO QUE SE MOVIERON ALGUNAS COSAS, COMO LOS SIMBOLOS Y NÚMEROS DE LAS FÓRMULAS. BUENO, YO ASUMO QUE NO SE DIERON CUENTA XD
POR CIERTO, ESOS RECUERDOS ACERCA DE PENNY Y LO QUE DECÍA SON LOS POCOS FRAGMENTOS QUE PUDE RESCATAR DE LO QUE QUEDÓ DEL CAPÍTULO PASADO. TAL VEZ, ALGÚN DÍA, CUANDO EDITE TODO ESTO —SI ES QUE LO LLEGO A HACER— AGREGARÉ LA CONVERSACIÓN ENTERA, PERO HASTA ENTONCES, POS NADA XD
GRACIAS A TODOS POR SUS BONITOS MENSAJES Y COMENTARIOS, EN SERIO ME HICIERON SENTIR MÁS ANIMADA Y QUIERO QUE SEPAN QUE LOS QUIERO, SON IMPORTANTES PARA MÍ. CUIDENSE MUCHO, TOMEN AGÜITA Y UN ABRAZO VIRTUAL MUUUUY FUERTE!
BESITOS! LOS AMOOOOO!
