CAPÍTULO 27 - PART I

Después de sus breves vacaciones en Blackpool, las cosas parecieron mejorar para la pareja.

Era como si hubiesen cambiado el chip dentro de sus cabezas y ahora vieran el mundo con otros: de una forma nueva y parcialmente optimista. Tal vez no precisamente llena de colores y lentejuelas, pero sí de una forma mucho menos complicada. Ambos agradecieron al cielo —en el caso de Snape, a las probabilidades— por esta reciente paz y rogaron en secreto que se mantuviera presente en sus rutinas por el resto de octubre y casi todo noviembre.

Por un lado, me da mucho gusto decir que Snape había notado cierta mejoría dentro de su vida durante las siguientes semanas. Por lo menos, sentía que ya no estaba atrapado en el mismo punto en el que estaba a inicios de año y eso era todo un logro para alguien que apenas lograba salir de casa más que para ir al trabajo o comprar comida en la esquina.

Ahora tenía una mascota que lo obligaba a salir de casa casi a diario para dar largas caminatas por el vecindario, ir a jugar al parque y tomar su necesaria dosis de vitamina D los fines de semana. Según Lamarck, no había nada mejor que un necesario baño de sol y él no podía estar más de acuerdo —siempre y cuando no sobrepasara los 30 minutos—. Asimismo, cada vez se sentía más enérgico y con más ganas de hacer sus cosas. Tal vez se debía a las buenas vibras que le transmitía aquel cuadrúpedo cada vez que lo recibía moviendo la cola al llegar a casa.

Nunca había visto a su mascota de tan buen humor como ahora y no era para menos. Desde que se había convertido en el novio de Hermione, la castaña había retomado su vieja rutina de ir a su casa alrededor de las 10 a.m. para llevar al cachorro al parque y pasar el resto de la mañana jugando mientras él trabajaba.

Esos dos eran tal para cual, solía pensar durante el almuerzo, cuando se tomaba unos minutos para revisar su teléfono y ver las fotos que la bailarina le mandaba de ellos dos jugando a la pelota. Simplemente no podían vivir lejos el uno del otro.

Desde luego, esta era una situación que le beneficiaba en gran medida, le agradaba que se llevaran tan bien. Le proporcionaba una extraña sensación de alivio. Lamarck conformaba una parte fundamental en su vida, básicamente era uno de los principales pilares que mantenían en pie su frágil estabilidad emocional. Saber que esos dos se querían le traía paz.

Por otro lado, esperaba poder decir lo mismo de sus amigos, los otros "pilares" de su vida.

No quería ser pesimista —está bien, tal vez solo un poco—, pero había una pequeña vocecita en su interior que le repetía una y otra vez que Hermione tendría que dar su máximo esfuerzo si quería que sus criticones amigos la vieran con buenos ojos, sobre todo cierta rubia aristocrática hija de la alta nobleza de todo el Reino Unido.

Sí, ya sabes de quién hablo.

Solo le bastó con poner un pie en la capital inglesa para que la "encantadora" Narcisa Malfoy saltara sobre él cual león a su presa, lista para bombardearlo con un arsenal completo de preguntas mal disimuladas acerca de su "interesante conferencia de física en Blackpool".

¿León?

No.

No diría que Narcisa fue precisamente un león esa noche. Si le preguntaban, Snape diría que su amiga se asemejó más a una serpiente cascabel que a uno de esos enormes gatos salvajes. Cada vez que estaba a punto de lanzar su letal mordida, agitaba su cascabel anticipando su ataque. En varias ocasiones, la vio contenerse mientras observaba atenta cada uno de sus movimientos en la mesa, esperando verlo flaquear o decir algo que, inconscientemente, lo delatara mientras conversaba con Lucius. Cada diez minutos o tal vez menos, solía lanzar preguntas que podían ponerlo en aprietos, preguntas sobre cosas muy específicas y difíciles de responder si es que no eras una persona hábil con las palabras o un buen mentiroso.

En otras palabras, lo mismo.

Qué suerte que Snape había pasado años mejorando dichas habilidades.

"¿Qué tal estuvieron las exposiciones? Escuche que la IOP acaba de firmar un nuevo convenio con su homólogo alemán, por lo que estarán organizando eventos para celebrarlo a lo largo de todo el año. ¿Fue este uno de ellos?"

"¿Qué tal el salón de conferencias? Me imagino que debió ser enorme para albergar a tanta gente, sobre todo para los invitados internacionales y las cenas que, de seguro, organizaron. ¿Dónde fue? ¿Los Winter Gardens? Creo que tenían el salón de recepciones más grande de Blackpool. Lo sé porque fui personalmente a medirlo cuando hice las remodelaciones del hotel. Quería que el mío fuera el más grande, pero la arquitectura me jugó en contra".

"¿Te divertiste en el Heir? ¿Te gustó tu habitación? Espero que no hayas tenido problemas. Verás, me llamó el Sr. Andrews, el gerente. Me dijo que tuvieron un pequeño malentendido con la suite reservada, pero que al final lograron resolver todo. Espero que no te hayan incomodado. A veces pueden ser tan incompetentes".

"Y, ¿qué tal es Blackpool en esta época? Espero que hayas tenido tiempo para salir a turistear un poco. Todo el mundo habla del Blackpool Illumination. Me imagino que debió ser divertido. Dime, ¿pudiste tomar algún tour o pasear por el muelle? ¡Ver el mar es tan relajante!".

—Todo bien, Narcisa. Blackpool es un gran lugar para descansar y despejar la mente. Te vendría bien ir algún día. Pareces estresada.

¡¿Para qué dijo eso?! Narcisa Malfoy no volvió a hablarle por el resto de la noche.

Aunque, por una parte, tal vez fue lo mejor.

Y es que Snape no era tonto. Podían decir que él era de todo, pero jamás un tonto.

Él no había nacido ayer. No era una jirafa recién nacida a la que podrías engañar fácilmente de una forma tan obvia como ella lo estaba haciendo. Es más, no sabía qué le ofendía más: si el que Narcisa intentara manipularlo o que lo hiciera tan mal que hasta le daba vergüenza. ¿En serio lo creía tan incrédulo como para caer ante los efectos de una botella de jerez? ¡Por favor! Él había aprendido a tomar con whisky. El jerez en pequeñas cantidades apenas sí le hacía cosquillas. Además, era una cena, no una reunión casual con amigos para beber un par de cervezas al final del día. No tenía por qué embriagarse ni nada por el estilo.

Y ella debería saberlo.

Ahora —por si se lo estaban preguntando—, ¿dónde quedó Lucius? ¿Por qué no intentó controlar a su impulsiva esposa y salvar a su mejor amigo de un aprieto como ese? Pues, digamos que sí lo intentó, pero en ese momento, Lucius Malfoy era más como una de las tantas pinturas que decoraban el comedor que el verdadero dueño de la mansión. En más de una ocasión se vio interrumpido por su querida esposa mientras intentaba desviar la conversación hacia cualquier otro lado. Prácticamente, era como ver a un jinete tirar de su caballo cada vez que este quería salirse del sendero.

Y creo que todos aquí sabemos quién era el equino.

Pero, dejando de lado toda la puesta en escena ocurrida en Malfoy House, esa noche Severus Snape se dio cuenta de algo de vital importancia: los Malfoy ya sabían que él les había mentido.

Sabía que la mentira tenía patas cortas, pero no esperaba que fueran tan cortas.

No debía sorprenderle. Con esa calidad de trabajadores vigilándolo las 24 horas del día durante toda su estancia en el hotel, tenía que ser muy ingenuo para creer que sus poco usuales conductas no pasarían desapercibidas por ellos y, por ende, por Narcisa. Antes pensaba que las paredes tenían oídos, pero después de su breve estadía en The Heir, quedaba demostrado que también tenían ojos, narices, bocas, manos, brazos, piernas, pies y carritos de limpieza metálicos.

"Sabías que este día llegaría tarde o temprano, Severus", trató de tranquilizarle su razón cuando se fue a acostar cansado esa misma noche.

"Sí, pero esperaba que fuera más tarde que temprano", contestó en voz baja antes de llamar a Lamarck para que se metiera a la cama con él.

Bueno, todavía no tenía por qué alarmarse y perder la cabeza, ¿verdad? Es decir, sí, era obvio que ellos sabían de la existencia de una mujer en su vida, pero ninguno de los dos había dado indicios de saber su nombre o cualquier otra cosa respecto a ella, si no lo habrían mencionado. Conocía demasiado bien a sus amigos. Simplemente eran incapaces de mantenerse callados cuando algo era de su interés.

Pero era exactamente porque los conocía que también sabía que esos dos ya debían haber averiguado el nombre completo de Hermione, edad, dirección, número de seguro social, centro de trabajo, registro de deudas, apartado postal, etc.

—¿Qué vamos a hacer, amigo? —preguntó ahogando un bostezo mientras se acomodaba a lo ancho de la cama. Lamarck levantó la cabeza ante tanto ruido y se le quedó mirando, cerrando los ojos lentamente como si tratara de decirle algo— Supongo que no podíamos mantenerlo oculto por tanto tiempo, ¿verdad?

A los pocos segundos, el can bostezó. Snape dejó escapar un ligero suspiro y supuso que eso era todo lo que su perro tenía que decir al respecto. Decidió no tomarlo como una ofensa, había sido un largo día después de todo y ambos estaban cansados. En su lugar, optó por acariciar su cabeza peluda con su mano derecha.

Su teléfono vibró sobre la mesita de noche. Se trataba de un mensaje muy simple, pero que logró tranquilizarlo lo suficiente como para tener una buena noche de sueño y renovar sus esperanzas y apuestas hacia su nueva relación.

[Miss Granger: Gracias por todo, Sev. Descansa. Te amo❤]

Snape dejó escapar un suspiro de aquellos que te dejan una sonrisa tonta de recuerdo. ¿Acaso esa sería la primera de muchas noches con ese tipo de mensajes antes de terminar el día? Esperaba que sí. No quería admitirlo porque podía arruinar su imagen, pero se sentía bonito poder recibir ese tipo de palabras —en este caso, mensajes— otra vez. Así no fuera en persona, no le importaba. Le gustaba la sensación de compañía y eso le bastaba y sobraba.

Su corazón latió emocionado, repartiendo calor a cada rincón de su cuerpo.

Fue así como tomó la sabia decisión de mantenerse callado al menos hasta que sus propios amigos pusieran el tema sobre la mesa. Haría lo que siempre hacía cuando quería ignorar algo: se haría el loco y haría como si no existiera, como si nada hubiese pasado. Era bueno para fingir desinterés. Ya hablaría de Hermione cuando la oportunidad se lo permitiera. Por el momento, lo único que podía hacer era preparar el terreno para cuando tuviera que presentarla formalmente.

Por supuesto, ese día llegaría mucho más pronto de lo que hubiese imagino, específicamente, en la oscura noche del 31 de octubre de ese mismo año.

Qué mejor que una noche de Halloween para ambientar el terrorífico encuentro entre Hermione y el mismísimo demonio, digo, Narcisa Malfoy.

Pero para llegar a ese fatídico momento, primero debemos contextualizar un poco la situación para que no se pierdan ningún detalle, así que empecemos por el comienzo.

"En el principio creó Dios los cielos y la tierra…"

¡No, estúpida!Te fuiste muy atrás. Ese comienzo no, el otro.

Ah, ese comienzo... Ok, sorry.

*¡Toma dos! ¡Se repite! ...1…2…3… ¡Acción!*

Ese día comenzó como cualquier otro día normal. El profesor de Química se despertó a la misma hora de siempre, justo un par de minutos después de que su alarma sonara. Somnoliento, bajó las escaleras seguido de cerca por Lamarck y se dirigió a la cocina para darle sus medicamentos. Puso a calentar la cafetera y le dio rienda suelta al cachorro para que este corriera libre por el patio trasero, estirando las patas y buscando dónde hacer del baño. Encendió la televisión para que hiciera ruido mientras se preparaba el desayuno: un par de huevos revueltos, unas cuantas especias que le dieran sabor, pan recién tostado y algo dulce para despertar el paladar.

Lamarck tiró de su pantalón de dormir mientras terminaba de servir sus alimentos en la pequeña mesa de la cocina como si le estuviera diciendo:"Yo también tengo hambre".

—Ok, amigo, ya voy, ya voy —se apresuró a decir mientras se tomaba su tiempo para buscar las bolsas de comida que escondía en los armarios inferiores de la despensa—. ¿Qué quieres desayunar hoy? ¿Tus galletas de cordero con prebióticos y 23 vitaminas o las de carne con Omega 6?

Lamarck ni siquiera se tomó la molestia de responder a su llamado pues, en cuanto la comida cayó en su plato, el perro corrió a trompicones hasta este, listo para devorar todo el contenido de un solo bocado. Qué bueno que ya habían superado esa terrible etapa en la que el peludo can se atragantaba con el más mínimo bocado porque "no sabía comer". En ese entonces, no era más que un cachorrito hambriento que tragaba desesperado cualquier cosa comestible —y no comestible— que le pusieran al frente, sin importarle si moría asfixiado o no.

Agradecido eternamente de que ya no tuviera que abrirle la boca cada dos por tres porque el cachorro no sabía masticar.

—Ni siquiera yo como tan bien —rio para sí mismo mientras se sentaba a la mesa.

El televisor frente a él estaba en el canal de noticias. Los dos periodistas conductores vestían sastres muy formales y presentaban la siguiente nota frente a una enorme pantalla digital del doble de sus tamaños. Sus actitudes frías contrastaban abismalmente con la decoración del set. Aquella escenografía simple, minimalista y blanca que veía todas las mañanas estaba invadida por coloridas decoraciones de Halloween: linternas de calabazas anaranjadas, espesas telarañas blancas y murciélagos negros de papel colgaban del techo.

A decir verdad, era algo divertido de ver.

Snape le dio un sorbo a su café mientras la pantalla se dividía para presentar la siguiente entrevista en vivo:

" Buenos días, Richard, Vivian, directo en directo, desde las inmediaciones del hotel The Heir. Nos encontramos aquí con el Sr. Charles Wright, representante del consorcio Malfoy y uno de los principales organizadores de este año de la gala anual de Halloween de la fundación Garfield Weston, la cual se llevará a cabo aquí, en el salón de eventos del hotel, esta misma noche".

Snape levantó la mirada al instante para encontrarse a través de la pantalla con la brillante mirada azul de Charles, el asistente personal de Narcisa. Siempre con sus típicos lentes y su cabello perfectamente peinado, Charles se mostraba sonriente ante las cámaras de televisión, dispuesto a responder cualquiera de las interrogantes de los periodistas; sin embargo, podía notar el cansancio en sus ojos. Ya podía imaginar el porqué. Con un evento tan importante en sus manos, era claro que Narcisa Malfoy no lo habría dejado descansar ni para ir al baño. Aun así, el joven se esforzaba por verse fresco y relajado como una lechuga y no como si su estabilidad mental pendiera de un hilo o como si hubiese necesitado de tres tazas de café súper cargado para poder estar ahí de pie sin desmayarse en el intento.

Sin duda, trabajar para Narcisa Malfoy debía ser el trabajo más exigente del mundo, pero sí que te abría puertas y te recibía siempre con una alfombra roja.

"—Este año, la anfitriona de la gala será una de las mujeres empresarias más importantes de nuestro país, la dueña de la cadena de hoteles The Heir, Narcisa Malfoy. Como ya sabemos, esta gala siempre genera gran expectativa por las ambiciosas metas que se propone cumplir respecto a las causas sociales que apoya y por la misma fiesta en sí. Recordemos que el año pasado, Ewan Castle, el anfitrión anterior, organizó un pequeño desfile para los niños del Hospital Great Ormond Street".

"— Efectivamente, así fue".

"—Nosotros ya conocemos el talento de la Sra. Malfoy organizando eventos, creo que todos lo conocen. Narcisa Malfoy es toda una leyenda cuando se trata de esto. Sabemos que tiene un gusto exquisito y un especial cuidado al detalle, sus decoraciones siempre dan de qué hablar. Usted, Sr. Wright, como su mano derecha, ¿qué puede decirnos o qué puede anticiparnos sobre la gala de esta noche? Me imagino que no piensan quedarse atrás".

Oh, sí, la gala de esta noche, pensó el profesor con pesar, cerrando los ojos y terminando de tragar lo que tenía en la boca.

Hace dos días había recibido la llamada de su encantadora amiga Cissy mientras se encontraba practicando rumba en la clase de McGonagall. Avergonzado, tuvo que abandonar la clase a tan solo media hora de haber iniciado pues la rubia le acababa de informar que necesitaba su presencia urgente en el hotel porque "necesitaba su ayuda para resolver una emergencia de vital de importancia", citando sus propias palabras: "una emergencia que está por poner en riesgo mi vida y mi reputación".

Narcisa siempre había sido dramática, pero esta vez se oía en serio.

Muy en serio.

Por supuesto, Snape había atendido al llamado. Después de una introducción como esa, hubiese sido una falta de consideración no haber ido a su encuentro. Se despidió de todos sin dar mayores explicaciones y bajó las escaleras de dos en dos para tomar el siguiente tren hacia el norte. Hermione lo observó angustiada a través de los ventanales mientras cruzaba la calle y agitó su mano tímidamente a modo de despedida cuando su pareja se giró a darle un último vistazo antes de adentrarse en las entrañas del monstruoso metro de Londres.

Casi 20 minutos más tarde —o tal vez un poco más—, Severus Snape llegó a la sede central del hotel The Heir. Los dos guardias que custodiaban la entrada principal abrieron las puertas de cristal segundos antes de que siquiera hiciera el ademán de querer entrar. Fue como si le hubiesen leído la mente. Aunque, claro, también pudo ser que lo reconocieran, después de todo, él llevaba años frecuentando el lugar. Entró en el opulento vestíbulo repleto de colores claros tales como el dorado del oro o el blanco del mármol. No tuvo tiempo de detenerse a admirar la impresionante araña de cristal que colgaba del techo; tampoco pudo ver las cuatro estatuas humanas que flanqueaban el vestíbulo o el relieve de las paredes que simulaban la arquitectura clásica de los antiguos griegos. Ni siquiera pudo notar su reflejo en el suelo pulido de circulares patrones geométricos dorados y grises pues, en cuanto puso un pie dentro del lobby, Severus Snape se convirtió en el objeto de deseo y furor de todos los trabajadores del hotel.

"— Sr. Snape, gracias a Dios, ya llegó".

"— Sr. Snape, ya está aquí. Informen a la Sra. Malfoy".

"— Sr. Snape, la Sra. Malfoy lleva horas esperándolo".

"—Sr. Snape, por aquí, por favor".

Nunca sabría cómo fue que logró escapar de las mil y un voces de los empleados a la seguridad de las firmes manos de Charles, el joven millenial asistente de Narcisa, pero tampoco iba a tomarse la molestia de preguntar, solo agradecería en silencio mientras lo seguía a paso veloz por los inmaculados pasillos del enorme edificio. Charles le explicó rápidamente lo que estaba pasando y le advirtió que se preparara mental y físicamente para lo que le esperaba una vez que llegaran a la suite ejecutiva reservada por su jefa. Con tal advertencia, sea lo que fuese que le pasara a Narcisa, no debía ser nada bueno.

Al menos, no para él.

Lo primero que vio al llegar fue la sombría figura señorial de Lucius Malfoy apoyado contra una de las paredes de la sala de estar principal. A diferencia de su "pequeña" suite en Blackpool, la sala de estar de esta habitación era muchísimo más grande. Fácilmente podría decir que era del tamaño de la living de su casa. Si así era la sala, no quería imaginarse el tamaño del resto de la suite. En fin, no iba a distraerse con cosas sin importancia como una habitación grande, ahora tenía algo mucho más importante qué hacer: averiguar qué demonios estaba pasando.

Para empezar, la expresión asesina de su platinado amigo no auguraba nada bueno.

—¡¿Dónde está Cissy?! —preguntó caminando hacia él. Sus pasos, al igual que su voz, emanaban un ligero aire precavido, propio de alguien que aprecia demasiado su vida como para ponerla en riesgo ingresando a una habitación repleta de serpientes venenosas—. Me llamó hace rato. Dijo que era…—

—Una emergencia —completó secamente el mayor, poniendo los ojos en blanco y balanceando el peso de su cuerpo hacia su otro pie. Snape conocía esa expresión, Lucius no estaba de buen humor—. Me dijo lo mismo hace media hora. Tuve que dejar una importante reunión con unos inversores y venir aquí o ella terminaría yendo a la oficina para traerme a rastras —bufó frunciendo el ceño—. Dijo que no quería decir nada hasta que estuvieras aquí y luego se encerró en la habitación de allá junto con su equipo de trabajo—señaló en dirección a unas puertas dobles blancas similar que no había notado hasta ahora—. Llevo esperando 15 minutos. ¡¿Por qué tardaste tanto?!

—El tren estaba lleno, tuve que esperar —se defendió parándose a su lado, apoyando su espalda contra la pared al igual que él—. ¿Tienes alguna idea de lo que quiere?

—Llevo casi 25 años casado con esa mujer y saber qué es lo que quiere sigue siendo un misterio para mí —respondió lleno de sarcasmo mientras se masajeaba las sienes con ambas manos—. ¡Narcisa! Snape ya llegó. ¿Ya podemos acabar con esto de una buena vez? ¡Tengo mucho trabajo que hacer! —añadió gritando, esperando que su esposa tuviera la decencia de, por fin, salir de su escondite.

Al otro lado de la habitación, tras las puertas dobles, Narcisa Malfoy tenía una reunión de emergencia con su equipo, un pequeño grupo conformado por unas seis personas. La rubia tomó aire y se acomodó la impecable blusa blanca antes de hacer una seña con la mano para indicar calma. Luego de eso, salió rauda y decidida a enfrentarse a dos de los tres hombres más importantes de su vida actual.

—¡Cariño! —saludó enérgica al ver a Lucius. Sus ojos grises parecían dos faroles brillantes ante la luz blanca de la habitación— Snape, darling —añadió al instante, esta vez, dirigiéndose al pelinegro—. Qué bueno verte, no tienes idea de lo feliz que me hace tenerte aquí.

Ambos varones entrecerraron los ojos y agudizaron sus oídos.

Esa sonrisa falsa, los ojos brillantes esforzándose por estar cerrados, el tono de voz agudo y cantarín…

Narcisa Malfoy tramaba algo.

Algo malo.

—¿Qué hiciste ahora? —preguntó su marido con seriedad. Snape podía ver la determinación y, probablemente, algo de enojo en sus orbes grises. Después de tantos años juntos, Lucius debía estar más que acostumbrado a las locas ocurrencias de su esposa y esta parecía ser una de ellas— ¿Qué esperas? Desembucha. ¿Cuánto me va a costar este chiste?

—Lucius —intentó reprender la mujer—. ¿Qué forma de hablar es esa? No es propio de…—

—Te conozco, querida —interrumpió entredientes. El profesor se mantuvo en silencio, tratando de mantenerse invisible en la pelea de aquel viejo matrimonio. Años de amistad le habían enseñado que era mejor mantener una distancia saludable cuando esos dos discutían. La prudencia era una virtud que practicaba muy seguido—. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué es eso tan importante que nos obligó a Severus y a mí a travesar la ciudad como un par de locos?

Narcisa buscó a Snape con la mirada. Sus ojos suplicantes y sus cejas curveadas hacia arriba parecían gritar por ayudar. Sin embargo, Snape se mantuvo al margen. Quería mucho a su amiga, pero esta vez no iba a poder rescatarla. Él también quería saber qué era eso tan importante que lo había obligado a salir de su clase de baile, dejando plantadas a sus dos instructoras.

Derrotada, Narcisa dejó escapar un sonoro suspiro y se irguió lo más que pudo, recuperando su siempre estilizada y recta silueta, digna de todo miembro de la realeza.

—Quería hacer esto de la forma bonita, pero dado que ninguno quiere colaborar, supongo que lo haremos a la mala.

—Te escuchamos —dijo el profesor finalmente, rompiendo su silencio.

Narcisa tomó aire y se dio la vuelta para abrir las puertas corredizas de un solo movimiento. Dentro de la habitación, un grupo considerable de trabajadores los esperaba con sonrisas nerviosas en sus variados rostros, unos junto a otros como si fuesen un grupo de pingüinos protegiéndose del frío. Destacaban dos personas de uniformes azules, uniformes completamente ajenos a los típicos colores blanco y negro que portaban los empleados del Heir. Estos personajes estaban de pie al lado de dos maniquíes adornados con extrañas ropas antiguas, ropas que probablemente solo verías en una película de época o un museo especializado. Snape era bueno observando y notó que estos hombres de trajes azules llevaban alfileteros en sus muñecas, así como cintas métricas y otros artilugios propios de la sastrería. Más allá, encontró lo que parecían ser pelucas, zapatos, accesorios y muchas fundas protectoras de trajes colgadas en percheros móviles.

Sin entender nada de lo que estaba ocurriendo, Lucius y Snape se giraron a ver a la Sra. Malfoy todavía de pie en el umbral de la habitación. La mujer se dio la vuelta para encararlos mientras sonreía y, un par de segundos después, exclamó extendiendo los brazos:

—¡Sus trajes para la gala ya están terminados! —canturreó fingiendo que todo estaba bien. Sus manos se sacudían como si de sus dedos salieran chispas resplandecientes— Solo tienen que probárselos.

Snape frunció el ceño y enarcó una ceja sin saber exactamente cómo sentirse o qué pensar. Hizo un ademán de querer hablar, pero se contuvo. Todo esto era demasiado surrealista como para que su mente racional pudiera procesarlo en tan poco tiempo. En su lugar, decidió echarle un vistazo a su aristócrata amigo y formar una opinión a base de su reacción. Desde luego, se dio cuenta de que tendría que abandonar ese plan en cuanto vio la vena de la frente de Lucius saltar de su lugar. Su ojo derecho parecía sufrir de un tic nervioso y saltaba de manera errática como si estuviera a punto de darle un ataque. Sus labios delgados se entreabrieron y temblaban tratando de articular una palabra, incluso un sonido, pero simplemente se había quedado mudo.

Snape observó de reojo la salida de la suite, evaluando la ruta de escape más efectiva en el caso de que ocurriera una desgracia.

—¿Un disfraz? —jadeó logrando despejar por fin su garganta. Al otro lado de la habitación, la sonrisa de Narcisa iba desapareciendo poco a poco y los empleados detrás de ella se mantenían cabizbajos, intentando pasar desapercibidos. Este es un buen momento para cerrar esa puerta, pensó la aristócrata sabiendo lo que vendría a continuación— Dejé al inversionista chino… ¡¿POR UN DISFRAZ?!

No iba dar muchos detalles sobre su prueba de vestuario de esa tarde. Nunca en su vida lo habían pinchado tanto con alfileres, así como nunca en sus vidas los empleados del hotel The Heir habían escuchado pelear a los esposos Malfoy a puertas cerradas. Mientras él estaba en la habitación principal rodeado del calificado equipo de sastres que terminaban de ajustarle el traje, Narcisa y Lucius peleaban al otro lado de la suite sobre qué evento era más importante: si la reunión de inversionistas extranjeros del hombre de negocios o la gala de caridad de la empresaria hotelera.

Sin embargo, al final del día, Narcisa Malfoy se salió con la suya —como siempre— y se pasó el resto de la noche jugando a vestir a las muñecas con Severus y Lucius.

Cabe resaltar que, a su criterio, Lucius y Snape le parecían unas muñecas muy feas.

Snape reprimió un escalofrío mientras terminaba su desayuno. Aún podía recordar las manos frías de los dos sastres que tomaban sus medidas y ajustaban su peluca en su cabeza. Nunca en su vida imaginó usar una peluca, pero al parecer tendría que hacerlo esta noche en la gala si no quería morir a manos de una fierecilla rubia de mal carácter. Su disfraz yacía dentro del armario de la habitación reservada en la que se quedaría una vez que la fiesta terminara. El conjunto antiguo aguardaba pacientemente dentro de la funda protectora, esperando a que cayera la noche y fuera momento de mostrarse al mundo. Y como si el traje o la peluca no fueran lo suficientemente ridículos, no quería hablar de los accesorios como la máscara veneciana o el listón para el cabello.

En serio debía querer demasiado a su amiga como para acceder a esto.

En fin, se preocuparía por eso más tarde. Ahora solo debía concentrarse en terminar de alistarse para salir de casa, tomar el tren de la línea District y llegar a Hogwarts a tiempo para marcar su entrada en la sala de maestros.

Con algo de suerte, podría pasar el resto del día ignorando a Dumbledore y a sus odiosos alumnos antes de tener que ir a soportar una tortura lenta y aburrida en la gala del Heir.


Odiaba Halloween.

Odiaba todas las festividades en realidad, pero por alguna razón, Halloween era la que más odiaba. Ni siquiera Navidad con sus horrendos villancicos e irritantes luces de colores le molestaba tanto como Halloween.

Por supuesto, no siempre fue así.

Estaba seguro que lo había disfrutado alguna vez cuando fue niño. Era el único momento del año donde podía tener todos los dulces que quisiera completamente gratis y, lo mejor de todo, no tenía que pedírselos ni a su madre ni a Tobías. Podía conseguirlos él solito. Claro, era algo difícil obtener un buen botín de chocolates y dulces cuando todas las casas de La Hilandera apenas sí te abrían la puerta, pero al menos su suerte mejoraba cuando caminaba algunas calles al oeste, al otro lado del pueblo, pasando la fábrica de enlatados. Cuando salía de su barrio, todo parecía cobrar vida: las luces de las casas se encendían, las decoraciones eran cada vez más notorias y el número de niños con cestas de calabazas colgando de sus manos aumentaba.

Por alguna razón, todos parecían más amables y daban dulces de mejor calidad. Ni siquiera parecían darse cuenta de que siempre usaba la misma sábana blanca con agujeros en los ojos como disfraz todos los años hasta que cumplió los diez.

Ser un fantasma dejaba de ser divertido después del segundo año.

Los Halloween en Hogwarts eran, sin duda, mucho mejores que los que pasaba en La Hilandera. No tenía que caminar cientos de calles para recolectar dulces en una bolsa de tela, podía conseguir los que quisiera en las mesas del comedor. Recordaba claramente como el castillo entero era decorado con telarañas y colores propios de la festividad. Dumbledore siempre ordenaba acomodar las mesas del Gran Comedor en cuatro columnas largas, de esa forma, todos se sentaban juntos y compartían una cena majestuosa seguida por una ronda entera de todos los dulces y postres que pudiera imaginar. Incluso recordaba que un año tuvieron una fuente de chocolate solo para ellos.

Esos sí que fueron buenos años.

Entonces, si tenía tan buenos recuerdos de Halloween, ¿por qué no le gustaba ahora que era un adulto?

Pues, eso se debía a su trabajo como profesor en Hogwarts.

¿Por qué?

Por el código de vestimenta que debía llevar durante ese único día del año.

Desde que Albus Dumbledore había asumido el cargo de director del internado hacía ya muchísimos años, él había dado libertad a todos los estudiantes de usar disfraces durante la cena de Halloween en el caso de que así lo quisieran. Snape no era de los que se disfrazaban y, si lo hacía —lo cual era muy raro—, seguía escondiéndose bajo la seguridad de su fiel sábana blanca de fantasma. Agradecía internamente que esa "regla" no fuese obligatoria. No tenía dinero para comprar un disfraz decente cada año, mucho menos las ganas de disfrazarse.

Por supuesto, esa regla cambiaría para él cuando se convirtió en profesor unos diez años después.

Pues, ¿quién lo diría? Resulta que esa regla sí había sido obligatoria para los docentes de la institución durante todos esos años. El director, profesores de cursos y asociados, cocineros, psicólogo e incluso los conserjes debían "mantener vivo el espíritu de Halloween y esparcirlo por todo el castillo" durante todo el maldito día. Snape había visto a profesores disfrazarse cuando era estudiante, pero pensó que solo les seguían el juego a los alumnos porque eran empáticos. Jamás pensó que él también debería hacerlo cuando aceptó el trabajo.

Esa parte no estaba en la letra pequeña del contrato.

Ya pueden imaginarse cómo fue su primer año. Sin saber que tenía que disfrazarse, Snape había llegado al colegio como si fuese un día cualquiera. En su mente solo tenía dos objetivos: cumplir con sus tareas como profesor y quedarse hasta la cena para disfrutar de los manjares que cocinarían esa noche. Grande fue su sorpresa cuando entró en la sala de maestros y encontró a todos sus colegas disfrazados de la forma más ridícula que pudo haberse imaginado. Todos ellos, desde el profesor de Matemáticas hasta la profesora de Gimnasia, todos y cada uno de ellos portaban coloridos y extraños disfraces de noche de brujas.

¿Se había burlado? Claro que yes. Había reído hasta que el estómago empezó a dolerle. ¡Se veían estúpidos! Aún podía recordar el maquillaje verde de Frankestein de Flitwick o el traje pirata de Hooch. Ni mencionar el traje de Paddington de Dumbledore. Nunca había visto algo tan tonto.

Desde luego, dejaría de reírse cuando le informaron que él también tenía que disfrazarse si no quería que le descontaran el día. Y por más que le rogó y le rogó a Dumbledore, este no daría su brazo a torcer. Todo lo contrario, como sentencia por haberse burlado, le ordenó tener un disfraz antes del almuerzo o tendría que llevar de excursión a los alumnos de primer año el fin de semana.

¿Quién ríe ahora?, se había burlado Aurora Sinistra y Filius Flitwick antes de abandonar la sala de maestros para cumplir sus obligaciones de ese día.

No le quedó más opción que improvisar de último minuto. Por suerte, no se necesita ser un experto para ser un gran artista.

Con algo de maquillaje prestado de la profesora Sprout, un par de tijeras que encontró en su escritorio y mucha mediocridad y autodesprecio de por medio, Snape logró crearse un disfraz que dejaba mucho que desear, pero que cumplía con los estándares del director. Para cuando se miró al espejo del baño, no sabía si reír o llorar. Tenía el cabello alborotado casi cubriéndole el rostro, los ojos maquillados de negro, las mejillas hundidas por las sombras de los polvos oscuros y la basta de los pantalones rasgada como si hubiese estado en medio de un violento incendio. Se suponía que era un zombie, pero todo el mundo pensó que le habían robado en la calle. Sin embargo, nadie se atrevió a decir nada.

No, mentira. Ahora que me acuerdo, la única valiente en hacerlo fue la Srta. Nymphadora Tonks.

"—Profe, ¿está disfrazado de emo?" —preguntó con aire inocente, pero con maquiavélicas intenciones—. "Le faltó el delineado y las calaveras".

A todos les pareció gracioso. A todos menos a Snape.

En fin, uno pensaría que después de tal humillación, Snape habría aprendido la lección sobre usar disfraces para Halloween, pero como siempre, el profesor de Química haría caso omiso a dicha regla todos los años y todos los años tendría la misma conversación con el director Dumbledore en su despacho. Eventualmente cedería y se pondría uno de los tantos disfraces que Albus reservaba para él y el día continuaría como si nada hubiese pasado. Podría sonar aburrido, pero, a decir verdad, Snape se divertía molestando al director y eso compensaba tantas molestias.

Este año no sería la excepción.

— Realmente no me sorprende tenerte aquí, Severus —empezó el hombre mayor disfrazado de mago mientras juntaba ambas manos sobre su escritorio. Sus ojos celestes brillaban tras aquellas gafas de media luna perfectamente traslúcidas. Dumbledore se veía serio y utilizaba ese tono de voz suave y calmado que empleaba siempre con los estudiantes. Por supuesto, la túnica morada con estrellas blancas le quitaba toda la seriedad al asunto.—. Siempre es lo mismo todos los años. Llegas sin disfraz, conversamos sobre eso, te hago recordar las reglas, peleamos, nos arreglamos, te disfrazas y luego sigues como si nada.

—Es una tradición que no pienso romper, director —murmuró el pelinegro acomodándose sobre su asiento. Una sonrisa petulante de medio lado se formaba burlona en su pálido rostro. Dumbledore soltó un suspiro negando con la cabeza.

—Pero ¿tú, Filius? —exclamó girándose para ver al otro profesor sentado junto a Snape, el profesor de Literatura, el profesor Flitwick— Te entusiasma Halloween, siempre tienes las mejores ideas para disfraces de todo el castillo. ¿Qué pasó este año? —preguntó sin poder creer la situación.

Flitwick se acomodó sobre su asiento y se cruzó de brazos, inflando el pecho para parecer más grande de lo que en realidad era. Snape se giró parcialmente hacia a un lado, observando de reojo a su colega. El hombre de baja estatura miraba resentido a su jefe a través de sus gafas circulares. Su cabello negro perfectamente peinado hacia atrás se mantenía inmóvil sobre su cabeza y su bigote se sacudía con cada uno de los movimientos de sus labios. Por lo general, Filius nunca estaba molesto, pero hoy parecía haberse levantado con el pie izquierdo.

—Lo siento, Dumbledore, pero este año no tengo ánimo de usar disfraz —se excusó sin mostrar mayor emoción.

Snape se giró por completo y cruzó los brazos sobre su pecho— Esa es mi excusa. Busca otra.

—Tiene razón, él usa esa excusa todos los años —secundó Dumbledore divertido. Su sombrero morado y puntiagudo con estrellas blancas se balanceaba de un lado al otro sobre su cabeza canosa—. Vamos, ¿qué sucede? El año pasado tuviste un increíble traje. Fuiste el Rey George III y casi ganas el concurso de disfraces.

Desde hace unos siete años más o menos, a Dumbledore se le había ocurrido la "fantástica" idea de organizar un concurso de disfraces para Halloween. La idea era que incentivara tanto a los profesores como a los alumnos a disfrazarse y así pasar un buen momento conviviendo en armonía. A veces tenían años buenos en dónde todos invertían en la creación de sus disfraces. Recordaba especialmente el año en el que uno de sus alumnos se disfrazó del jinete sin cabeza, tenía un caballo de cartón y todo. El Halloween pasado, Flitwick había sido uno de los favoritos para ganar el concurso. Usó un traje de rey inglés antiguo. La capa roja con bordes blancos y la corona de piedras preciosas eran tan realistas que, por un segundo, pensó que su colega había asaltado la Torre de Londres.

Realmente no parecía haberse limitado con el presupuesto.

—Y gasté mucho en ese traje también —recordó dolido—. Y me ganó una calabaza de papel maché.

Era cierto. El año pasado, el profesor Flitwick había perdido contra el disfraz de calabaza de un alumno de primer año. Realmente fue un robo, pero Dumbledore sabía lo mucho que se había esforzado el mocoso haciendo su traje él mismo. No pudo evitar inclinar la balanza un poco.

—¿Cuál es el sentido de invertir tanto dinero en un buen traje si terminará ganándome alguien con un traje hecho con papeles y goma de la clase de arte?

—Espera, ¿estás tratando de decir que estás resentido con Dumbledore, Filius? —cuestionó Snape, metiendo más cizaña al asunto— ¡Ja! Bienvenido al club.

—Severus… Por favor.

—¿Qué? Fue un robo. Todos lo vimos —siguió el químico—. Andersen solo se pintó la cara de anaranjado. No me parece justo.

—Severus, no estás ayudando —reclamó silenciándolo de una vez. Snape puso los ojos en blanco y se reclinó sobre su asiento, cerrando la boca por fin—. Filius, mi querido amigo, vamos. Estamos hablando de una competencia de disfraces para niños. ¡Es un juego! Lo hacemos por diversión.

—Acéptalo, Flitwick. Una competencia implica ganar y perder y el segundo lugar es el primer perdedor…—

—¡Severus! —gritó Dumbledore perdiendo la paciencia. Su sombrero morado cayó de su cabeza por la violencia de su reacción. Ahora sin el sombrero y enojado, Snape pensó que Dumbledore se parecía más a Gandalf del Señor de los Anillos que al mago amistoso que intentaba ser. El hombre cerró los ojos y tomó una profunda inhalación para calmarse. El profesor casi podía ver el mantra que su mentor se repetía una y otra vez dentro de su cabeza—. Perdón.

—Hmm… Repítalo hasta que lo crea.

Snape dibujó una delgada sonrisa burlona en sus labios ante la mirada irritada del director. Dándose por vencido, decidió ignorarlo y seguir su conversación con su profesor de Literatura.

—Filius, vamos, esto es solo un juego. Es para que este día sea más llevadero para todos. Ya sabes que nuestros chicos no pueden salir de Hogwarts, son demasiados como para dejar que se esparzan por las calles, así que muchos se pierden de la diversión de pedir dulces y hacer travesuras —dijo con gran pesar, recordando a los miles de felices niños que pasaban esa noche sueltos por las calles recolectando dulces con sus calabazas de plástico. Niños que, por desgracia, no eran sus estudiantes—. Quiero que esto sea divertido para todos. Tal vez el año pasado no fue tu año, pero estoy seguro de que igual te divertiste —Flitwick apretó los labios e inclinó la cabeza a un lado—. Este año no será la excepción, tengo planeado divertidas actividades para esta noche. No quiero que ninguno de los dos se lo pierda —sus ojos celestes se tomaron el tiempo de mirar a ambos profesores, apelando a lo más profundo de sus corazones—. Vamos, por favor.

Dumbledore tenía una habilidad que Snape y probablemente todos los que lo conocían admiraban: la empatía. Ese rostro amable, esa sonrisa segura y esos ojos celestes brillantes despertaban la empatía de cualquiera y, aunque no lo pareciera, podía ser un arma mortal al momento de tener conversaciones y tratar de convencer a sus interlocutores.

Si así era ahora que ya era una persona entrada en años, no quería imaginarse todo lo que pudo hacer cuando era un joven y pelirrojo mozuelo de brillantes ojos soñadores y mejillas sonrojadas.

—Está bien —aceptaron ambos al unísono, dándose por vencidos en su intento de rebelión.

La sonrisa del director oculta tras la barba nunca se había visto tan radiante.

—¡Excelente! —exclamó enérgico poniéndose de pie—. Entonces supongo que no tendrán problemas en compartir disfraces este año, ¿verdad?

—¡¿QUÉ?!

Un par de minutos después, tanto Flitwick como Snape se encontraban uno frente al otro mirándose con apatía y desagrado. Sentían que esto debía ser una maldita broma, uno más de los intentos del ojiceleste para molestarlos. ¡Los había vestido a juego como si fueran un par de gemelos! El que tuvieran que compartir disfraces no significaba que tenían que verse iguales, pero el vestuario elegido por el director Dumbledore parecía el inicio de un mal chiste.

Se trataba de dos capas negras con cuello, largas y muy oscuras que ondeaban tras ellos cada vez que se movían. A él le quedaba bien, pensó Snape mientras la acomodaba sobre sus hombros. Se sentía ligera, ondeaba con elegancia y tenía el largo necesario como para no parecer un ridículo superhéroe de los cómics que sus alumnos leían.

Le gustaba… Era pasable.

Por otro lado, Fliwitck consideraba que esto era una pérdida de tiempo. En primer lugar, su capa era demasiado grande para él. Snape le llevaba casi dos cabezas de altura, la capa le quedaba tan larga que se acumulaba sobre sus pies, formando un bulto que se asemejaba mucho a unas sábanas desordenadas sobre una cama a primera hora de la mañana. En segundo lugar, se notaba que ese disfraz —si es que podía llamarlo así— había sido adquirido en alguna tienda de segunda. La tela era extremadamente barata, no le gustaba para nada. Se sentía simple al tacto y gritaba "improvisado" por donde sea que se le mirase. Ya entendía por qué Snape nunca era considerado como candidato para el concurso de cada año.

¿Qué no podía ponerle 20 centavos más de voluntad al presupuesto de sus disfraces?

—¿No hay algo más? —preguntó el hombrecillo dedicándole una mirada suplicante a su superior—. Algo que no se vea… feo.

—Confórmate, Flitwick. Es lo que yo hago todo el tiempo —respondió el pelinegro secamente mientras jugaba con su capa negra, ondeándola tras él. Estaba a nada de cambiar de opinión ahora que la observaba con mayor detenimiento. La capa era demasiado liviana para su gusto, la tela se enredaba fácilmente con su mano—. Aunque esta vez le daré la razón, Dumbledore. ¿Otra vez tengo que ser Drácula? Ya lo he sido por dos años, este sería el tercero. ¿Qué no hay otros personajes?

—No tendrías quejas si al menos te tomaras la molestia de comprar un disfraz por tu cuenta.

Snape solo puso los ojos en blanco y volvió a lo suyo. En ese momento, deseó no haber despreciado el costoso disfraz que Cissy le tenía preparado. Ese sí era un disfraz, no como ese pedazo de tela simple y barata.

—Supongo que no habrá problemas por tener dos condes Drácula este año —dijo el anciano "mago" dedicándoles una sonrisa graciosa—. Ambos se ven muy aterradores.

Los dos docentes fruncieron el ceño en dirección a Dumbledore, dejando en claro que no estaban de humor para chistes malos en ese momento.

Para cuando la campana sonó marcando el inicio de la jornada escolar, el profesor de Química y el de Literatura salieron incómodos del despacho del director, acomodando sus capas tras sus espaldas, procurando que no se arrugaran más de lo necesario. No dijeron nada mientras caminaban por los pasillos de piedra rumbo a sus salones, ya habían pasado demasiados momentos incómodos dentro de la oficina de su jefe como para seguir haciendo las cosas incómodas entre ellos. Doblaron juntos a la derecha, bajando las escaleras laterales para seguir de frente hasta llegar a la intersección que llevaría al profesor Snape al sótano y a Flitwick, a la torre oeste donde se dictaba Literatura.

No es tan malo, se animó así mismo mientras daba largas zancadas casi dejando a Flitwick atrás. Eres un personaje imponente, temible, admirado y respetado por todos, así como Lugosi o Lee.

En la sección inferior del castillo muy cercana al Gran Comedor, el movimiento empezaba a notarse. No tardaron en encontrarse a unos alumnos pasando por ahí quienes, al igual que ellos, parecían listos para compartir el espíritu de Halloween con sus trajes de superhéroes y de otros personajes de la cultura pop actual.

—¡Es Drácula! —gritó uno de los chicos que pasó por su lado— Bla, bla, bla.

Por supuesto, la idea del vampiro aterrador había muerto desde que esas tontas películas animadas habían salido.

Snape puso los ojos en blanco y siguió caminando directo hacia el laboratorio, ignorando por completo las burlas de sus alumnos. Estaba más que acostumbrado a ellas, pero seguía considerándolas molestas.

—Yo no digo "Bla, bla, bla" —rio Flitwick deteniéndose un rato para jugar con los alumnos que dejaba atrás.

Snape no se detuvo a escuchar lo que hablaban. Lo consideraba demasiado estúpido y poco digno de su atención. Siguió avanzando, abriéndose paso entre los estudiantes como si trata de una ágil flecha cortando el aire. Su capa negra, a pesar de ser muy delgada, ondeaba con elegancia, dándole un aire intimidante como si fuera un personaje misterioso dentro de una película de fantasía.

Al llegar al salón de Química, todos sus alumnos de primer año ya se encontraban sentados en sus respectivas mesas. Algunos estudiantes ahogaron un par de risillas usando sus manos, la mayoría de ellos ya conocía el carácter de su amargado profesor por las mañanas, pero no podían evitar reírse ante la visión del profesor Snape con una capa de mago. Si antes parecía un murciélago, ahora no dudaban de que fuera uno.

—¿Drácula? —preguntó uno de ellos rompiendo el extraño silencio que se había instalado en el aula.

Estuvo a punto de responder, pero, una vez más, fue humillado por un grupo de mocosos de 11 años.

—¡BLA, BLA, BLA!

—¡10 puntos menos para todos!


Los carísimos tacones Louboutin de Narcisa Malfoy resonaban con ritmo sobre el suelo pulido de los pasillos de su hotel. Uno, dos; uno, dos. Su lacio cabello platinado golpeteaba con delicadeza sobre su espalda recta y el prendedor de esmeraldas en su nuca evitaba se despeinara más de lo estéticamente permitido. Su traje de dos piezas lucía impecable como siempre y aquella falda tubo que le llegaba hasta un poco más arriba de la rodilla era lo suficientemente holgada como para permitir que sus pisadas pasaran a la categoría de zancadas a medida que iba avanzando rumbo a su siguiente destino.

Detrás de ella, dos pares de zapatos también producían su propio eco y ritmo conforme sus piernas aceleraban el paso para alcanzar a la rubia. Uno, dos, tres, cuatro; uno, dos, tres, cuatro. Se trataba de un par de zapatos de vestir y otro juego de tacones, estos últimos un poco más humildes que los primeros. Los dos asistentes personales de la Sra. Malfoy trotaban tras ella intentando no resbalar por el suelo pulido y caer de bruces sobre ella. ¡Eso sería terrible! Prácticamente, sería como firmar sus sentencias de muertes. Gracias a Dios, la Sra. Malfoy parecía estar lo suficientemente distraída como para notar que su nueva asistente, Bárbara, ya había resbalado dos veces y que Charles se estaba quedando atrás al intentar ayudarla.

Como ya se habrán dado cuenta, hoy era un día ocupado, demasiado ocupado. Había tanto por hacer y tan poco tiempo que sería un verdadero milagro que pudieran completar todo el itinerario exactamente en el tiempo programado. Por más que tuvieran a cientos de profesionales trabajando a toda su capacidad para cumplir con las horas planificadas, parecía que esa velocidad constante no sería suficiente para lograrlo.

Tal vez había sido demasiado ambiciosa en sus metas con respecto a la gala, pensó la Malfoy en un momento de debilidad en el cual su ansiedad había llegado a niveles exorbitantes y amenazaba con devorarla entera, destruyendo aquella estabilidad mental que sus ansiolíticos llevaban construyendo desde hace años.

"Al diablo", le dijo su reflejo en el espejo cuando, más temprano esa mañana, se había encerrado en el baño de su suite a llorar sin que nadie la viera. "Tú eres Narcisa Malfoy... ¡Lady Narcisa Malfoy! La mujer empresaria más importante e influyente de todo el maldito país, portada de The Economist no una, sino dos veces y una reina para la organización de eventos. ¡No vas a permitir que un empresario sin gusto para vestir te quite tu título de mejor anfitriona! Así que levanta tu trasero, límpiate las lágrimas y compórtate como lo que eres: The Fucking Queen".

Sus tacones de suela roja siguieron resonando a medida que aceleraba el paso. El pequeño reloj en la parte derecha de su tableta indicaba que le quedaban 20 minutos antes de su siguiente actividad. Todavía tenía tiempo o, al menos eso creía. Si se apresuraba, podría ir al baño a refrescarse un poco y, tal vez, cambiarse el calzado. Amaba sus Louboutin, pero por desgracia, estos no eran los más adecuados para una caminata de aproximadamente una hora y algo más.

—¿El auto ya está listo? —preguntó sin detenerse a ver a sus asistentes— El viaje al hospital infantil dura como 15 minutos. Tenemos que irnos ya.

—Revisé los informes de tráfico de los últimos diez minutos, Sra. Malfoy —dijo la muchacha de alta coleta pelinegra y blazer azul a la medida—. He trazado una nueva ruta que nos ahorrará cuatro minutos, tal vez cinco.

—¿Y estás 100% segura de que es efectiva, Bárbara? —preguntó sin mirarla.

—Eh...

Eso no sonaba bien, no para la rubia.

Se detuvo abruptamente, casi haciendo chocar a sus dos asistentes. Se dio la vuelta con un solo movimiento, su cabello lacio y cepillado voló por los aires un par de segundos. Su mirada gris y fría se posó en los rasgados ojos de su nueva asistente y ella se sintió pequeña e indefensa. Ya le habían advertido que no debía sugerirle opciones a la Sra. Malfoy si no estaba completamente segura de ellas. Charles se lo había advertido desde el primer día, pero una vez más, su emoción le ganó.

La rubia enarcó una ceja y Bárbara apretó los labios en una delgada línea antes de buscar con la mirada la ayuda de Charles, su superior. El castaño se mantuvo quieto, casi conteniendo el aliento. Los ojos grises de su jefa viajaron hacia él y pudo observar de reojo que la punta derecha de sus tacones empezaba a moverse de arriba abajo, marcando cada segundo que la aristócrata iba perdiendo por culpa de ellos. El castaño se aclaró la garganta y, tomando el control de la situación, suplió a su compañera en ese encuentro.

—Yo también he revisado esa información y es totalmente factible, señora —respondió sonando seguro, aliviando el agitado corazón de la pelinegra—. Sin embargo, volveremos a revisar el informe del tráfico antes de que el auto salga.

—Perfecto, entonces continuemos —anunció volviendo a sus asuntos. Dio un par de pasos, pero antes de aumentar la velocidad, giró su cabeza con gracia sobre su hombro, mirando directamente a su nueva y asustadiza asistente—. Bien hecho, Barbie —una elegante sonrisa se dibujó sus rosados labios, pero fue tan fugaz que la mencionada dudó haberla visto en realidad.

Charles observó de reojo a su colega y sonrió de lado, sabiendo perfectamente lo que esa sonrisa significaba. Ella le agradaba, le recordaba mucho a él cuando recién empezó a trabajar para la familia Malfoy. En ese entonces era un joven asustadizo recién egresado de la universidad que solo quería escalar en el mundo de la administración de empresas. Bárbara era igual a él o, al menos eso creía. Solo esperaba que Barbie corriera su misma suerte y agradara lo suficiente a la Sra. Malfoy como para obtener aquel puesto libre de asistente junior.

Necesitaba mucho esa ayuda extra.

—Bien, ¿qué están esperando? ¡Caminen! —exclamó reanudando el paso, enfocándose una vez en sus actividades. Los dos jóvenes millenials con lentes la siguieron cual patitos bebés a su mamá—. Charles, ¿podrías leerme una vez más la lista de pendientes? Tenemos casi 15 minutos antes de que salgamos hacia el hospital infantil. ¿Hay algo que esté olvidando?

—Veamos… —murmuró revisando la pantalla de su propia tableta—. Ya hicimos la coordinación de los depósitos bancarios con el Sr. Denison. Ya repasamos el programa de entretenimiento con el staff. Ya hizo la revisión y repaso del protocolo con los meseros y cocineros. Ya hablamos con los de seguridad y revisamos la lista de invitados. Ellos ya saben a quienes dejar entrar y a quienes no, así como el protocolo para retirarlos.

—¿Ya tienen la lista de nuestros amigos de la prensa? —preguntó con cierto tono sarcástico.

—Sí, señora, yo misma se las entregué y la repasé con ellos —intervino Bárbara, esperando una felicitación que nunca llegó.

—Perfecto —suspiró estirando sus manos para abrir una pesada puerta que la llevaba a las entrañas del hotel, hacia la parte destinada únicamente para el uso y transporte de los empleados—. Entonces, voy a suponer que los de seguridad ya saben que, bajo ninguna circunstancia, pueden dejar entrar a ya sabes quién, ¿verdad?

—Sí, señora.

—Sí.

Las mucamas que se encontraron a medida que avanzaban se hicieron a un lado dejando pasar a su jefa. Ocasionalmente susurraban un pequeño "buenas tardes" antes de asentir con la cabeza y seguir con sus trabajos. La sola presencia de la imponente mujer de negocios influía tanto en ellas que duplicaban sus esfuerzos, mostrándose entusiastas con sus labores a pesar de que solo querían morir de cansancio. Era mejor hacer puntos con la grande jefa, sobre todo hoy que se encontraba tan tensa.

Sin embargo, Narcisa no pareció notarlo. Ella estaba demasiado ocupada luchando con sus propios pensamientos como para notar cómo sus mucamas corrían atropelladamente empujando sus respectivos carritos de limpieza.

Hazme un favor y, por favor, por favor, no aparezcas hoy, rogaba en silencio.

—Mi hermana, la Sra. Lestrange, estará aquí está noche —dijo volviendo a empujar otra puerta, doblando a la derecha esta vez—. Ya saben lo… temperamental que ella puede ser, en especial cuando algo la molesta —sus interlocutores asintieron. Ya conocían a la Sra. Lestrange y las desastrosas consecuencias de alguna de sus "explosiones"—. Esta noche vendrán invitados importantes: celebridades, potenciales inversionistas y las hijas del Duque de York. La crema y nata de todo el país estará aquí esta noche, ¡todo debe ser perfecto! —los tres bajaron rápidamente un par de escalinatas y giraron hacia la izquierda dentro de ese laberinto de puertas y pasillos—. Voy a tener a toda la prensa británica bajo mi techo, así que no quiero ningún escándalo ni nada que pueda arruinar la imagen del Heir, ¿entendido?

—Sí.

—Escúchenme bien los dos —añadió con seriedad, girándose para enfatizar su punto con una fuerte mirada— Por ningún motivo, ¿entendido? Por ningún motivo pueden permitir que Rita Skeeter haga su aparición en el hotel esta noche.

Tanto Charles como Bárbara asintieron al instante. La Sra. Malfoy ya les había hablado de ese tema desde el primer día que les asignó la tarea de organizar la gala de Halloween. El mantener alejada a la Srta. Skeeter de la Sra. Lestrange era la prioridad más importante que encabezaba su lista de quehaceres. Era incluso más importante que la recolección de los donativos para el hospital infantil, el motivo por el cual estaban montando todo este circo.

Y era que esas dos mujeres eran como la lejía y el amoniaco. No sabrían decir cuál de ellas era más peligrosa y combinarlas en un mismo ambiente era un completo error.

"—¿Alguno de ustedes puede decirme por qué nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, se debe mezclar la lejía con el amoniaco?" —solía preguntar Snape en sus clases de cuarto año.

"— Porque la mezcla genera un gas llamado cloramina el cual es altamente tóxico, profesor" —respondía algún alumno por ahí, ya sea uno que había prestado suficiente atención en clases como para recordarlo o que, en el peor de los casos, tenía su cuaderno de notas abierto sobre su pupitre—. Y, si entra en contacto con las mucosas, se descompone para producir ácido clorhídrico el cual es altamente corrosivo y tóxico. También provoca la irritación de las mucosas y quemaduras en la piel".

" Y si entra en contacto con el fuego" —completaba otro—. "Hace ¡Boom!".

Podríamos decir que Bellatrix era como la lejía y Rita, el amoniaco… o tal vez, al revés.

No estoy segura de eso aún.

De lo que sí estoy segura es que Narcisa no iba a permitir que su gala benéfica se convirtiera en el recipiente que contendría dicha mezcla mortal.

No era un secreto para nadie que la intrépida Srta. Skeeter era enemiga acérrima de Bellatrix Lestrange, una de las más distinguidas socialités inglesas. Cualquiera que frecuentara las altas esferas o que leyera las secciones de sociales en las revistas sabría que ambas mujeres se habían atacado de todas las formas habidas y por haber. De hecho, corría el rumor de que, una vez, la Sra. Lestrange había perdido los estribos y había atacado a taconazo limpio a Rita tirándole su zapato derecho justo en la boca. Algo así como cuando Cardi B golpeó a Asia en el reality Love & Hip Hop.

Por supuesto, eso no nunca pudo ser demostrado pues no hubo ni fotos, ni videos, ni siquiera un hematoma lo suficientemente grande como para ser notado, pero Rita jamás se cansó de repetirlo una y otra vez en todas las revistas, periódicos y portales web para los que trabajaba.

La enemistad entre ambas mujeres era tanta que incluso los historiadores estaban reconsiderando la idea de cambiar su definición de Guerra Fría pues, a medida que los meses pasaban, ambas mujeres continuaban aumentando las filas de sus "ejércitos", realizando nuevas alianzas y pactos entre sus allegados, poniéndose en jaque una a la otra y poniendo en tensión a todos aquellos que estuvieran a su alrededor, aguardando por el momento el que alguna de ellas provocara lo suficiente a la otra como para que esa guerra oficialmente no declarada estallará en la cara de todos.

Solo había espacio para una reina en este tablero, pero ¿cuál de ellas lo sería?

—Di indicaciones claras a todos y cada uno de los guardias para que vigilaran las entradas principales y secundarias —advirtió Charles intentando tranquilizar a la rubia—. Además, hemos instalado nuevas cámaras en los pasillos y redoblado al personal en el cuarto de seguridad. El Sr. García no trabajara solo esta noche.

—¿Qué hay de las puertas traseras, las del personal? ¿Están aseguradas?

—Así es, señora. Nadie puede entrar o salir sin ser descubierto —contestó complacido.

Narcisa entrecerró los ojos un momento y se detuvo a pensar para ella. No es que desconfiara del trabajo de Charles, sabía lo meticuloso que era, pero Rita Skeeter era una contrincante de gran nivel. Nunca sabías lo que iba a decir o hacer —en el peor de los casos, escribir—. Era igual a su hermana, nunca sabías cómo iba a reaccionar en una determinada situación, era por eso que debía tenérsele respeto. Rita era una rata, un escarabajo asqueroso que se podía colar en los espacios más pequeños si tenía la oportunidad. Por más que Charles trajera a toda la guardia real para cuidar del evento, dudaba que ellos pudieran detenerla si es que la mujer se proponía realmente ingresar.

Rita Skeeter y su pluma eran de temer y no podía permitir que arruinaran las notas sobre su gala.

—Bárbara, quiero que vayas personalmente y les recuerdes el protocolo de seguridad a todos y cada uno de los guardias que vigilaran la habitación donde recibiremos a los agentes de prensa, ¿entendido? —la pelinegra asintió—. Que no se dejen engañar por los pases de prensa, quiero que lean sus credenciales y las verifiquen con sus documentos de identidad. Diles que presten especial atención a los periodistas de El Profeta. Invité a dos reporteros de la sección de sociales para que cubrieran el evento y algo me dice que Rita intentará entrar con ellos.

—¿Se refiere a Tulip Karasu y su camarógrafo? —preguntó el castaño revisando su celular, buscando rápidamente todos los datos recopilados de los periodistas que vendrían esta noche.

—Creo que el muchacho se llama Denis —comentó la segunda asistente.

—Sí, exactamente —dijo reanudando el paso—. La Srta. Karasu recién se está iniciando en el mundo del periodismo social por lo que es perfecta para este evento. Es una novata, no le permitirían cubrir eventos de esta magnitud a menos de que alguien con influencia se lo pidiera. Es decir, yo —sonrió con autocomplacencia—. Más le vale no morder la mano que le da de comer. Si es inteligente, se mantendrá neutral y solo cumplirá con su labor.

—Disculpe, Sra. Malfoy —preguntó la chica de ojos rasgado con timidez, pero con mucha curiosidad a la vez—, pero ¿cómo sabe que es de confianza?

—Usualmente no me equivoco con las personas, Barbie. Sé que la Srta. Karasu es un poco difícil de tratar y algo problemática, pero tiene el suficiente carácter como para no dejarse influenciar por Rita y eso es suficiente para mí. Fui yo quien la presentó con algunos amigos en el último Fashion Week, así que me debe un favor. Si sabe lo que le conviene, no me hará quedar mal mañana cuando salga la nota —su voz sonaba decidida y fría, el mismo tono de voz que usaba cuando algo le molestaba—. Barbie, te encargas de mostrarle la foto de Tulip y Denis a la seguridad y, por favor, llévame mis alas y mis tenis al auto. Quiero que prepares todo para mi salida, estaré allá en diez minutos más o menos.

—Sí, señora. De inmediato.

La pelinegra de blazer azul asintió y se dio la media vuelta, dejando solos a su jefa y primer asistente. Su coleta alta se balanceaba de un lado al otro a medida que avanzaba. Su mediana estatura se iba haciendo cada vez más y más pequeña a medida que se iba alejando en dirección opuesta a ellos. Narcisa soltó un suspiro agotado y siguió caminando. Charles la siguió de cerca, ajustándose las gafas sobre el delicado puente de su nariz.

—¿Qué más nos queda por hacer antes de partir hacia el hospital?

—Eh, sí…. Hmm… ¡Ah! ¡Sí! Tiene que ir a agradecer al equipo de bailarines del número musical de esta noche —dijo levantando la mirada celeste—. Ellos ya están en los bastidores arreglándose para la gala. Deben estar calentando o, tal vez, en maquillaje y peinado.

Narcisa dejó escapar un suspiro y se pasó las manos por las sienes, acomodando algunos mechones de cabello detrás de sus orejas— ¿Eso es todo?

—Así es.

—¿Quiere decir que tengo tiempo para una parada rápida al baño?

—Si no demora más de cinco minutos con ellos, supongo que puede permitirse tres minutos para usar el sanitario —respondió vislumbrando una sonrisa cómplice y reconfortante—. Aunque, si lo desea, podemos saltearnos eso y les agradece después de la ceremonia.

—Hmmm… Tentador, pero no. Prefiero hacerlo ahora. Quiero que sepan que estaré pendiente de ellos, además, quiero darles unas indicaciones de último minuto.

—Entonces, informaré que estamos en camino —anunció tecleando rápidamente sobre su teléfono antes de reanudar el paso—. Adelante, por aquí.

Después de dar tantas vueltas y pausas por aquel laberinto de pasillos, Narcisa y Charles finalmente llegaron a los salones que habían acondicionado para los bailarines del evento. Eran tres habitaciones grandes ubicadas en la parte posterior del hotel que funcionaban como salón de ensayos y vestidores para hombres y mujeres. En ese preciso instante, el coreógrafo profesional contratado para el evento se encontraba dirigiendo el último ensayo de la tarde. El salón estaba repleto, los bailarines se encontraban corriendo de aquí a allá al compás de la música, dando elegantes saltos y mezclándose entre sí. Cissy había ordenado la contratación de exactamente 26 bailarines, pero estos se movían tan rápido que podría jurar que eran más.

Su presencia alertó al maestro bailarín quien, al instante, apagó la música que salía de los pequeños parlantes a su lao. Los jóvenes se detuvieron abruptamente, trastabillando con sus propios pies o simplemente plantándose con firmeza sobre la superficie de madera. Los 27 pares de ojos multicolores se le quedaron observando fijamente, ya sea por encima de sus hombros o directamente. Las figuras esbeltas de todos ellos humillaban a las de ella y Charles, haciéndolos parecer fuera del lugar.

Narcisa apretó los labios y contuvo ligeramente el aliento. Le gustaba hacerse notar, sí, pero no necesariamente ser el centro de atención, sobre todo cuando nadie se atrevía a hablar.

Tranquila, Cissy, se dijo antes de aclararse la garganta con disimulo.

—Ejem… Eh, buenas tardes a todos —saludó con suavidad, devolviéndoles la mirada a todos.

—¡Oh! ¡Sra. Malfoy! Buenas tardes —saludó el coreógrafo con entusiasmo.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

—¿Qué tal?

—Buenas tardes —saludó el resto del cuerpo de baile.

Los agraciados personajes se encontraban apoyando el peso de sus cuerpos sobre alguna de sus piernas, jugando con sus cabellos, tomando agua o secándose el sudor de sus frentes con alguna toalla de mano. Narcisa echó un vistazo rápido hacia los ocho bailarines masculinos que sobresalían aquel mar de cuerpos femeninos. Eran altos, tenían las piernas bien formadas, las espaldas anchas y cinturas, estrechas. Observó sus rostros y los encontró agradables.

Sí, iban a gustar, pensó recordando el considerable número de invitadas mujeres que tendría hoy.

—Vine a ver cómo iban las cosas para esta noche —anunció mirando al coreógrafo—. Por lo que veo, todo va excelente. Me alivia.

—No se preocupe, Narcisa. Tenemos todo ensayado y cronometrado tal y como lo pidió. Hemos tomado el tiempo y cumplimos con el máximo requerido, incluso nos sobran algunos minutos

—¿Ya saben por dónde deben entrar y retirarse?

—Así es, ya les informé todo a mis chicos.

—¿Ya saben a quienes deben y no deben acercarse?

—Así es, se los dije yo mismo.

La rubia entrecerró los ojos y se giró hacia los 26 bailarines quienes seguían mirándola en silencio— Todos ubican a las hijas del Duque de York, ¿no es así?

Aquel silencio y miradas confusas no la tranquilizó.

—Respondan, niños —pidió el coreógrafo aplaudiendo para llamar su atención—. Lo hemos repasado tres veces...—

—No se preocupe —lo interrumpió ella—. Serán fáciles de reconocer, estarán sentadas en la segunda mesa a la derecha desde la puerta por donde ustedes entrarán. Traten de evitar acercarse a las personas de ahí, es por cuestiones de protocolo. Ya saben cómo es esto con los royals, no quisiera que haya malentendidos —dijo en una risilla nerviosa que fue bien recibida por sus interlocutores—. De todas maneras, me gustaría que revisaran la lista una vez más, ¿está bien?

—Descuide, lo haremos.

La rubia juntó sus manos sobre su vientre y entrelazó sus dedos, balanceando el peso de su cuerpo para verse tan erguida como los demás usuarios de la habitación. Charles, a su lado, se acomodó los lentes y leyó el mensaje recién recibido de Bárbara: ya los estaban esperando en el auto.

—Bueno, me alegra saber eso. En fin, solo vine a decirles que verdaderamente aprecio mucho todo el esfuerzo que cada uno de ustedes está poniendo para esta presentación. Para mí, para mi equipo y para todos los niños del hospital infantil que serán beneficiados de esta gala significa mucho que todos ustedes inviertan horas e, incluso, días valiosos de su tiempo para venir a ensayar, para dar lo mejor de ustedes, para colaborar con el maestro Mike y apoyarnos a cumplir una causa tan noble —la mujer escaneó rápidamente las caras de toda su audiencia esperando ver alguna expresión que le dijera que iba por buen camino, pero a excepción del coreógrafo, no pareció conmover a nadie—. Quiero agradecerles por el interés y la dedicación que han puesto desde el primer momento en el que atravesaron esa puerta para venir al casting. Como ya deben haberse dado cuenta, soy una persona un tanto perfeccionista —intentó bromear a lo que fue secundada por unas ligeras risillas pertenecientes a Charles y el coreógrafo a su lado—. Me gusta ser la mejor y por eso solo trabajo con lo mejor de lo mejor. Ustedes, muchachos, han sido y son los mejores de los 50 bailarines que pasaron el primer filtro. Los felicitó a todos por el prodigioso talento que tienen en sus manos y pies. El maestro Mike me ha informado que muchos de ustedes tienen ya prestigiosas carreras formadas, lo cual aplaudo, y espero que esta presentación aporte, ya sea poco o mucho, en sus carreras —vio algunas sonrisas por ahí, lo que la alentó a continuar—. Y, para aquellos que recién inician, espero que esta sea la plataforma que los ayude despegar y llegar a ser grandes artistas. No duden que tendrán mi apoyo en todo momento y mi carta de recomendación para futuros trabajos.

—Y estoy seguro que todos mis chicos lo agradecerán, Sra. Malfoy —contestó el maestro girándose hacia ella—. ¿No es así, niños?

—Sí.

—Sí.

—Muchas gracias.

—Gracias por la generosidad, señora.

—Es todo un honor.

Su pequeña cabeza giró momentáneamente unos 45 grados hacia la izquierda, buscando de reojo la mirada azul de Charles, pues necesitaba de su apoyo, necesitaba saber que lo estaba haciendo bien. Una sonrisa de labios delgados y rosados la tranquilizó y animó a cerrar su discurso.

—Una vez más, agradezco su interés en trabajar con nosotros. No crean que yo les estoy haciendo un favor al elegirlos. Es todo lo contrario. Les agradezco que nos hayan elegido y que se interesaran en nosotros cuando hicimos la convocatoria. Espero que esta presentación sea una experiencia divertida y enriquecedora para todos, tengo la esperanza de que se hayan divertido y que hayan aprendido del maestro Mike y de sus demás compañeros. Estoy segura que nuestros invitados disfrutarán de su presentación tanto como yo lo haré. Les agradezco infinitamente su apoyo y les quiero recordar que, después de todo el número, se organizará un pequeño compartir aquí para ustedes. Habrá comida y podrán descansar si lo desean antes de entregar los vestuarios y todo lo demás —la idea pareció gustarles pues algunos pares de ojos se mostraron brillantes con la sola mención de comida gratis y los murmullos no se hicieron esperar—. Sus cheques serán emitidos el 02 de noviembre y serán entregados, a más tardar, el 04, ¿verdad, Charles? —el castaño asintió mostrándose serio. Hablar de pagos y cheques siempre era un tema que requería de toda su seriedad y concentración—. Pues, eso sería todo. Muchas gracias y mucha suerte.

—Gracias a usted, Sra. Malfoy —exclamó el coreógrafo estallando en aplausos cuyo sonido rebotó en las paredes vacías de la habitación—. Niños, un aplauso, por favor, para nuestra tan ilustre dama.

Narcisa esbozó una elegante sonrisa de labios cerrados que apenas lograba achinar sus ojos, pero que parecía ser suficiente para cumplir con los estándares de cortesía. Desde luego, no convenció a nadie, estaba tratando con profesionales de las falsas sonrisas, pero los bailarines no se atrevieron a despreciar sus intentos. Sonreír a extraños no era una tarea sencilla y ellos lo sabían.

—Bueno, creo que eso es todo. Ya no los molesto más. Mucha suerte, nos vemos en la noche.

—¡Adiós, Sra. Malfoy!

—Hasta luego.

—Gracias.

—Adiós.

Una vez abandonaron el salón, Narcisa Malfoy dejó escapar un sonoro suspiro mientras se llevaba los dedos a las sienes para masajearlas un poco. Por lo general hablar con los empleados no era una tarea difícil, siempre sabía qué decir, pero su estrés en estos días era tanto que no podía evitar dudar de sus capacidades comunicativas.

Eso había sido incómodo, pensó cansada.

—¿Salió bien? —preguntó mientras volvía a recorrer el camino de regreso lejos de aquel laberinto de pasillos— ¿Crees que fue apropiado?

—Fue lo suficientemente apropiado —respondió Charles detrás de ella—. Dijo exactamente lo que tenía que decir. Los alabó, pero puntualizó que usted es la figura de poder. Fue un discurso políticamente correcto.

—¿Se me notó falsa? —preguntó de repente levantando la cabeza— Yo siento que sí.

Charles entrecerró los ojos y lo pensó unos segundos antes de responder—. No, para nada.

Ella arqueó una ceja sin dejar de mirarlo.

—Tal vez, solo un poco forzada.

—Agh —bufó pasándose las manos por su cabello platinado. Qué pobre desempeño el día de hoy, pensó frustrada. Primero el problema con las flores, luego Lucius que no aparecía por ningún lado, después los malditos niños del hospital ese que no querían usar sus disfraces para el desfile y ahora lo de los bailarines. Hoy no era su día, sin duda, no era su día—. Bueno, no hay tiempo para eso. Tenemos que salir ya para el hospital. Iré al baño, encuéntrame en el auto y, por favor, asegúrate de llevarte unos zapatos que aguanten una hora de caminata. Ya no soporto estos tacos.

—Sí, señora.

Narcisa caminó de regreso a la cima, a su mundo de pisos de mármol, estatuas griegas y asuntos importantes mientras que su pobre asistente corría lo más rápido que sus zapatos le permitían para recoger el calzado de su jefa.

Mientras tanto, dentro del salón de ensayos, el maestro Mike se encontraba terminando de pulir los último detalles en cuanto a la coordinación de la salida de su performance.

—Y corren, corren, corren. Julián, tú eres el último en salir, así que cerramos contigo, ¿entendido? —anunció señalando al bailarín de rizado cabello castaño quien asintió enfáticamente—. Por favor, quiero que todos, absolutamente todos, hayan vaciado la habitación para entonces. No quiero un problema de descoordinación, hemos ensayado esto quinientas veces.

Los chicos asintieron sin decir más.

—Entonces, la salida inicia con Ian y termina con Julían. Todos forman la fila y se van con gracia, como cisnes. Quiero verlos lindos y sonrientes —pidió forzando una sonrisa grande en su rostro—. Hermione, Elena, Paulina, por favor, no quiero que se queden atrás. Ustedes tres, cabezas de caja, las voy a estar vigilando en todo momento.

—Sí, Mike.

—De acuerdo, Mike.

—Despreocúpate, Mike.

—Más les vale, señoritas. Ya he tenido suficientes problemas por ustedes —se quejó haciendo un gesto con la mano indicando a los demás de que ya podían retirarse a sus respectivos vestuarios—. Que no tengo con quién dejar al niño. Que los ensayos no me cuadran en el horario. Que me voy de viaje con mi novio a no sé dónde. Ya tuve suficiente, no vayan a cagarla esta noche, ¿quedó claro?

—Sí.

—Sí.

—Sí.

Las tres bailarinas asintieron cabizbajas ante las miradas burlonas de sus compañeros.

—Bien, vayan a cambiarse. Tenemos tres horas antes de que nos toque, los quiero a todos hermosos y etéreos, así que vayan, vayan, ya, no quiero verlos aquí, ¡vayan! —exclamó espantándolos con sus manos—. Shuuu, shuuu, vayan. Corran.

Los esbeltos artistas salieron corriendo dispersados hacia sus respectivos vestidores. Los varones dieron largas zancadas conversando entre ellos mientras que las mujeres, aún en sus leotardos y puntas rosadas, parecían pequeños ratoncitos escapando risueñas de aquel gato aterrador que era su coreógrafo.

—Hermione, ven, aquí tengo tu vestido.

—¡Ya voy! —gritó una bailarina de alta coleta castaña e incisivos grandes.


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Tienes 17 mensajes en 4 chats

Hermione apartó la mirada de su reflejo en el espejo y la posó sobre el tocador blanco frente a ella. Su celular estaba vibrando desde hace ya un buen rato, alertando a su dueña la cantidad de la mensajes y notificaciones que le iban llegando con el paso del tiempo. Hermione tomó aire y apretó los labios con fuerza. Se sentía algo avergonzada. El estilista que estaba arreglándole el cabello ya debía estar harto de aquel insoportable sonido. De hecho, todos los demás estilistas y bailarines que compartían backstage con ella debían estar cansados de aquella campanilla que sonaba cada vez que le llegaba una nueva notificación. Sus mejillas se colorearon de un rojo intenso y le volvió a ofrecer una silenciosa disculpa a su estilista la cual no estaba segura si llegó a escuchar.

—Será mejor que contestes —dijo finalmente apartando ambas manos de su cabello castaño. Un elegante peine oscuro de mango metálico se balanceaba elegante entre los dedos de su mano derecha y una plancha para cabello, en la izquierda. Hermione se encogió sobre su asiento, mirando al hombre a los ojos por medio del espejo—. Podría ser importante. Contesta.

—Lo siento —susurró muerta de vergüenza estirando su brazo para alcanzar el aparato.

—Qué sea rápido. Yo aprovecharé e iré por un café —anunció dejando las cosas sobre el tocador—¿Tú quieres algo?

—No, gracias, estoy bien.

El hombre asintió y se fue por la puerta de atrás, estirando los brazos y rodando los hombros de adelante hacia atrás.

Hermione acomodó la capa negra sintética que cubría su cuerpo sobre la parte interna de sus codos, sacando ambos brazos para poder contestar los mensajes de su teléfono. Desbloqueó la pantalla y, al instante, se puso a revisar sus mensajes. Ginny le había estado escribiendo. Le estaba preguntando cómo le iba con lo de su preparación para su performance de esta noche y si siempre se reunirían dónde Sirius después de que saliera del trabajo para ir a celebrar la fiesta de Nick, un viejo amigo del millonario. Otro de sus chats era de Harry. El pelinegro le había mandado unas tiernas fotos de su pelirroja novia sosteniendo en sus brazos a la nueva integrante de la familia Lupin.

Desde que la pequeña bebé Andrea había llegado al mundo hace tan solo apenas una semana y unos días, Harry Potter siempre se pasaba por la casa de la pareja cada vez que podía para ayudar en lo que pudiera con el pequeño Teddy quien aún se estaba adaptando a esto de ser un hermano mayor.

La llegada de un nuevo bebé podía significar muchos cambios en la vida de una pareja y, sobre todo, la de su primer hijo. En el caso de Teddy, tener a Andrea viviendo en su casa le había quitado la total atención de sus padres, en especial la de su mamá.

Hermione aún recordaba divertida el día del nacimiento de Andy. Teddy había llorado cuando la vio por primera vez y les pidió a sus padres que no la llevaran a casa porque, según él, "lloraba mucho y le hacía doler los oídos".

La mejor parte llegó después cuando le pidió a Sirius que lo adoptara.

Y, a pesar de que tanto Remus como Tonks se esforzaban por repartir su escaso tiempo con ambos hijos y el trabajo, seguía siendo una tarea tan demandante que ambos adultos terminaban muertos al finalizar el día. Era por eso que agradecían infinitamente tener la ayuda de personas como Andrómeda y Ted Tonks, los padres de Nymphadora y suegros de Lupin. Ellos se volvieron su salvación. Sin ellos, la detective jamás habría sobrevivido a la semana de acondicionamiento. Remus la ayudaba, obviamente, pero no estaba la mayor parte del día pues debía trabajar y quedarse sola con dos niños —uno muy demandante y otro recién nacido— podía enloquecer a cualquiera. Tener a sus padres con ella le otorgaba la tranquilidad que tanto necesitaba.

Desde luego, Sirius y Harry también los estaban ayudando, aun cuando Andrómeda pensara que su primo millonario era más un estorbo que un apoyo la mayor parte del tiempo. Al menos, los dos pelinegros ayudaban a sus amigos distrayendo a Teddy lo mejor que podían. Sirius lo llevaba al colegio por las mañanas y Harry pasaba sus pocas horas libres llevándolo al estudio de McGonagall para que gastara energías bailando en los salones y llegara solamente a dormir.

Con la llegada de Halloween, la fiesta favorita de Teddy, a la vuelta de la esquina, ambos le habían prometido a la pareja llevar al niño a pedir dulces toda la tarde para así darles algo de tiempo a los dos para descansar y dormir un poco. Este iba a ser el primer Halloween de Teddy sin salir con sus padres y nadie tenía idea de cómo saldría. Solo rogaban que fuera una experiencia igual o incluso mejor que las anteriores.

[Harry😋: Foto]

[Harry: Listos para irnooooos!]

Se trataba de una foto de Teddy con su disfraz para esta noche. Este año, el pequeño castaño de ojos claros había decidido disfrazarse de un "aterrador" hombre lobo. Llevaba una capucha de peluche marrón que simulaba ser el pelaje de este monstruo. Le cubría casi toda la cabeza y el cuello, aunque algunos rizos rebeldes se le escapaban por ahí. Tenía dos orejas peludas que le recordaban mucho a las de Lamarck y la nariz pequeña, pintada de marrón para simular los rasgos característicos de un can. El disfraz se completaba con una camisa de franela a cuadros rojas y pantalones jeans rasgados. Divertida, no pudo evitar preguntarse si Teddy llevaba una cola peluda colgando atrás.

[Harry: Sirius dice que también quiere pedir dulces y está llevando su propia bolsa]

*Sticker*

Teddy pregunta por ti]

Quiere que veas su disfraz]

*Nota de voz* Ay, espera, espera… Ya, Teddy, habla… ¡Hola, Mione! ¿Cuándo vienes? Ya vamos a ir a pedir dulces con tío Harry y tío Sirius, te estamos esperando. ¡Apúrate! Te vas a perder de toda la diversión y los dulces… Ah, ¿qué?... ¡No! ¡No! ¡Mione tienes que venir ya! Tío Sirius dice que se va a comer todos tus dulces y ¡no te va a dejar ninguno! ¡Ven yaaaa!

Hermione sonrió para sí misma. Los mensajes de Teddy, ya fuesen escritos o de voz, siempre la llenaban de alegría.

Hermione no tenía sobrinos pequeños, al menos no de verdad. Todas sus primas tenían más o menos su edad y, por obvias razones, no tenían niños. Teddy era lo más parecido que tenía a eso. Agradecía infinitamente a Harry por presentarle a los Lupin y, de esa forma, permitirle formar parte de la vida de aquel niño tan maravilloso.

Admiraba la dedicación y el cariño que la pareja profesaba por su, hasta hace poco, único hijo. Siempre le hacían recordar que era un pequeño muy querido y muy amado. Realmente eran unos padres ejemplares, rara vez podía decir eso. No dudaba que harían lo mismo con la pequeña Andrea.

[Tú: *Nota de voz* ¡Hola, corazón! Te ves tan aterrador en ese disfraz. ¡Vas a asustar a todo el mundo! Jajaja… Oye, cariño, lo siento. Voy a estar trabajando esta noche y no voy a poder ir a pedir dulces con ustedes, pero te prometo que te llevaré una bandeja llena de chocolates cuando salga del trabajo, ¿te parece? Mi jefa nos dará regalos a todos al final de la presentación, te prometo que te llevaré algo bueno. Diviértete con Sirius y con Harry esta noche, ¿de acuerdo? Vayan a pedir muchos dulces. ¡Tienen que romper el record del año pasado!... Guárdame algunos, ¿quieres? No dejes que el tonto de tu tío Sirius se los coma todos… Muchos besos, pequeñín. *Muá, muá, muá*.

Le daba mucha pena tener que decirle que no podría ir con él a pedir dulces este año. Desde que había llegado a Londres, los Lupin y Harry se habían encargado de que ella jamás pasara sola esta fiesta y Teddy había sido la cereza del pastel durante cada 31 de octubre. El pequeño siempre era muy entusiasta en esta fecha. Solía de tomar su mano y la de Harry y los arrastraba por todas las casas del vecindario para gritar el clásico "dulce o truco".

Ahora no solo tendría la ausencia de sus padres esta noche, sino también la de ella.

[Tú: Has que Teddy se divierta, ¿sí?]

Dile que iré a jugar con él pronto ❤️❤️❤️ ]

[Harry: Lo haré ?]

Está algo triste porque no vendrás, pero Sirius se está encargando de eso]

Siento que Teddy terminará con juguetes nuevos esta noche xD]

Siempre vendrás con nosotros a dónde Nick?]

[Tú: Siiiiiii!]

Me esperan, por fa]

Saliendo de aquí, voy para Grimmauld Place]

Vamos bailar hasta el piso jajajajaja]

[HarryJ: Te esperamos entonces :D ]

La joven bailarina estaba emocionada. Cada año, luego de ir a pedir dulces, siempre iban a pasar el resto de la noche en la fiesta de aniversario de Sir Nicholas de Minsy-Porpington —"Nick" para los amigos—. Nick era un viejo amigo de Sirius y no bromeaba al decir que era un "viejo amigo". Nick era mucho mayor que el millonario cuarentón. No estaba segura de qué edad tenía, pero de seguro debía bordear la edad de la profesora McGonagall o algo así.

Ahora, ¿cómo era que un par de jóvenes de 20 años se entusiasmaran con la idea de ir a la fiesta de un señor de cuchomil años que rara vez veían?

Pues, la respuesta era muy simple. Las fiestas de Sir Nicholas eran salvajemente divertidas. Era como si el hombre hubiese vivido mil años y conociera a todo tipo de personas, de todos los países y de todas las edades. Nunca sabías qué clase de peculiar personaje te ibas a encontrar. Sumado a ello, tenía que destacar el gran banquete y buena música que el hombre solía ofrecer. Casi siempre contrataba un DJ de moda o algo así, generalmente por sugerencia directa de Sirius, y la comida era tan deliciosa que siempre repetía el plato. Recordaba claramente que, el año pasado, comió hasta que ya no pudo más e, incluso, se llevó un tupper para calentar al día siguiente en el desayuno.

Se preguntaba qué le esperaba este año.

[Harry: Oye, Sirius me está preguntando si vas a invitar a Snape a lo de Nick]

Lo harás?]

[: No]

Él tiene un compromiso esta noche]

Me dijo que la pasará con sus amigos]

Igual, no le había dicho nada xD]

No había pensado en invitarlo a la fiesta de Nick en primer lugar. No es que no quisiera pasar tiempo con él, todo lo contrario. Lo único que quería hacer todo el día era estar pegada a su espalda como un pequeño koala y no soltarlo por nada del mundo, pero la verdad es que sabía que el hombre necesitaba su espacio. Snape no era una persona particularmente sociable —no es que ella tampoco lo fuera, pero sin duda era más extrovertida que él— y, por lo tanto, después de pasar mucho tiempo con alguien, sus niveles de tolerancia social decaían y necesitaban recargarse.

Darle un breve respiro sería bueno para él, no quería aburrirlo con tanta cercanía. Ya habían pasado mucho tiempo juntos en Blackpool y compartir un rato con sus amigos le haría bien.

Además, ella también quería salir con los suyos.

[Harry: LOL]

Bueno, nos vemos en la noche]

[Tú: Ok ❤️]

El siguiente chat era el de Viktor. Estaba retomando la conversación que habían tenido hasta tarde anoche sobre una serie búlgara que ambos veían. Contestó rápidamente y le informó que empezaría a trabajar y qué tal vez no contestaría pronto.

Por último, tenía el chat de Snape.

La muchacha mordió suavemente su carnoso labio inferior al leer el nombre con el cual tenía agendado a su amado. Un brillo infantil apareció en sus bonitos ojos miel. Un pequeño chillido de alegría se escapó desde fondo de su garganta. Se sentía feliz de por fin poder hacer eso con algún contacto en su teléfono.

Le gustaba.

[Sev Amor❤️: Foto]

Adivina a quién encontré durmiendo en la sala de maestros]

Se trataba nada más y nada menos de una foto muy graciosa del profesor Remus Lupin profundamente dormido sobre lo que parecía ser algún sillón reclinable o un futón. El pobre Lupin se veía algo ojeroso y, a la vez, tan tranquilo que no pudo evitar sentir ternura. Aunque, debía admitir, le daba un poco de risa ver su boca entreabierta. Casi hasta podía escucharlo roncar.

[Tú: JAJAJAJAJAJAJAJAJA]

Pobrecito]

Déjalo dormir, debe estar cansado]

Desde que Andy está en casa, los pobres apenas sí han podido dormir]

[Sev Amor❤️: Algo así me comentó esta mañana antes de quedarse dormido y derramar su café]

[Tú: XD]

[Sev Amor❤️: ¿Cómo vas?]

¿Ya estás en tu trabajo?]

Era hoy, ¿verdad?]

Hermione apoyó su teléfono contra su pecho y se mordió el labio inferior. Atrás de ella, escuchó los pasos de su estilista volver hacia su antiguo puesto. El hombre dejó su café a medio terminar a un lado sobre la mesa del tocador y retomó el peine y la plancha. Fue justo en ese momento cuando a la castaña se le ocurrió una gran idea.

—Bien, ¿lista para continuar?

La joven tomó aire y se atrevió a preguntar— ¿Crees que podrías hacerme un favor?

[Tú: Foto]

Una imagen de sí misma siendo atendida por las hábiles manos de su estilista era mucho mejor que mil palabras.

—Hmmm… Déjame adivinar. ¿Novio controlador? —preguntó curioso el hombre con algo de picardía mientras dividía su cabello en dos para proceder a hacer los delicados bucles del peinado que llevaría esta noche. Hermione levantó los ojos de su teléfono y sus mejillas se sonrojaron. No pudo evitar girarse en su dirección para verlo nerviosa— Tranquila, nena. ¡Es broma!

—Oh… sí, claro —respondió aliviada, volviendo a sentarse en la posición que él deseaba—. Lo siento, usualmente nunca me hacen bromas con eso.

Sí, por lo general a la gente le gustaba más bromear con lo de su edad.

[Tú: Estoy en maquillaje y peinado]

[Sev Amor❤️: Te ves hermosa]

[Tú: Dile eso a mi estilista ?]

Lleva trabajando en mi cabello desde hace más de media hora]

Es un completo caos]

[Sev Amor❤️: Pues, yo creo que es muy lindo]

Algo revoltoso, pero muy lindo]

[Tú: Ay ajá]

Sticker

Ya terminaste de trabajar?]

[Sev Amor❤️: Estoy recogiendo mis cosas de la sala de maestros para irme]

Iré a casa a cambiarme y a ver cómo está Lamarck antes de salir]

Le dije a la niñera que llegara a las 6:45 así que aún tengo algo de tiempo]

¿Crees que debería pedirle un taxi a Lupin y mandarlo a casa?]

[: Nah, déjalo dormir un rato más xD]

Siempre irás dónde tus amigos?]

[Sev Amor❤️: Sí, se los prometí]

La verdad es que no quiero ir, tengo flojera]

Pero me mataran si falto y, últimamente, ya no tengo deseos de morir]

El que no hubiera acompañado este último mensaje con un emoji o un sticker divertido podría ser considerado como una red flag para la mayoría de personas, incluso para mí. Sin embargo, Hermione conocía —o creía conocer— el tipo de humor de manejaba Snape. Esto debía ser normal.

¿No?

[Tú: Espero que te diviertas mucho]

Te lo ganaste ❤️❤️❤️]

Será una fiesta de disfraces?]

[Sev Amor❤️: Algo así]

Aunque no soy fan de disfrazarme]

Será una reunión pequeña]

Irán algunos amigos y otras personas que no conozco]

[Tú: Envíame fotos!]

QUIERO VER TU DISFRAZ!]

[Sev Amor❤️: Ni en sueños]

—Hermione, nena —llamó su estilista mirándola aburrido a través del espejo—. Lamento interrumpir tu conversación, pero me pagan por cabeza y necesito terminar con la tuya ahora. Tengo a dos más esperando —la castaña se giró en dirección a las otras sillas de maquillaje las cuales sus compañeras de elenco ya estaban desocupando para darle paso a las siguientes. Ya habían terminado con el primer grupo, solo faltaba ella para que pudieran iniciar con el segundo y tercero—. Termina, ¿quieres?

—Sí, sí, sí. Lo siento tanto.

[Tú: Ya me están llamando]

Debo trabajar]

Silenciaré mi teléfono, te escribo al rato]

Diviértete!]

Te amooooo ❤️❤️❤️]

—Bien, nena, quiero que gires tu cabeza y la mantengas quieta, ¿sí? No te muevas —dijo el muchacho trayéndola de regreso a la realidad—. Vamos a dejarte preciosa para esta noche. La Sra. Malfoy quiere que todas sus hadas se vean hermosas y perfectas esta noche.

—Ojalá todo salga bien. Necesito ese cheque.

—Todos aquí lo necesitan, nena… Ahora, no te muevas.


Los hábiles dedos del profesor terminaron de acomodar la elegante y, tal vez, demasiado rimbombante cravat sobre la base de su cuello. Se había tomado su tiempo. Para ser algo que solo constaba de dos broches, colocársela correctamente había sido más difícil de lo que esperaba. Si no fuera por la imagen de referencia que tenía al lado, habría estado perdido. Agradecía infinitamente que cada pieza viniera con su nombre y su correspondiente número en las etiquetas, aunque no estaba muy seguro de que esa fuera una cravat propia del Barroco. Ni siquiera sabía qué era una cravat.

Sí, era viejo, pero tampoco tanto.

Dirigió su mirada hacia el espejo de cuerpo entero que tenía enfrente. El susodicho objeto formaba parte del decorado de una de las tantas habitaciones simples del sexto piso del hotel The Heir y, al igual que el resto de toda la habitación, tenía este color clásico de la madera clara barnizada. Su reflejo le devolvió el gesto. Sus ojos negros se notaban profundos y algo dilatados; su piel, más cetrina de lo usual y su rostro; abrumado.

Tal vez no debí tomar ese último vaso de whisky, pensó sin arrepentimiento, después de todo, había sido necesario. Solo alguien lo bastante seguro de sí mismo o lo suficientemente ebrio tendría el valor para ponerse ese traje.

Y, por desgracia, él pertenencia a este último grupo.

Frente a él, la imagen ridícula de sí mismo le hacía muecas de desagrado, las mismas que él ponía al ver a sus alumnos todos los días. Los pantalones oscuros, altos y ceñidos que le llegaban hasta casi el final de sus costillas le cubrían todo el vientre, actuando como una faja ajustada que le impedía encorvarse. A McGonagall le hubiese encantando, pensó mientras trataba de mantener apretado el abdomen para que sus kilitos de más no se notaran.

"Sr. Snape, por favor, ¡apriete el abdomen!", solía repetirle una y otra vez durante sus clases, cuando él hacía su mejor esfuerzo para deslizarse con gracia sobre el suelo de madera pulida. "Si no mantiene la espalda alineada y el abdomen adentro, me obligará a ponerle un corset".

Sacudió su cabeza para alejar esos pensamientos y volvió a su reflejo.

La camisa blanca de abultadas mangas apenas sí era visible, solamente se notaban las extravagantes empuñaduras que simulaban ser las de algún antiguo escribano de la corte real. Solo le faltaba la pluma, pensó con sarcasmo. El chaleco gris oscuro de estampado dorado opaco se ceñía a su cuerpo con gracia, uniéndose a los pantalones también grises y combinando a la perfección. Abajo, unas botas de montar le llegaban hasta el nacimiento de sus rodillas. Eran algo incomodas de usar, no podría rascarse si le picaba, pero esperaba poder aguantarse por el resto de la noche.

Al menos te gusta la levita, trató de consolar su parte optimista, y debía reconocer que tenía razón. No era algo que usaría una segunda ocasión, pero al menos era lo que menos le molestaba de todo el atuendo. Era oscura, de un azul marino tan intenso que pretendía ser negro, y la tela tenía un disimulado patrón de flores de lis y espirales de encaje tan bien hecho que tenías que acercarte para poder notarlos sobre la tela gruesa propia de toda levita. Era un detalle soberbio, pensó mientras se la acomodaba. Para terminar la pieza, enormes botones dorados opacos iban desde el cuello hasta la altura de los bolsillos de la cadera, creando dimensiones en su cuerpo. Snape la traía abierta de par en par por el momento pues sentía demasiado calor como para cerrarla.

Eso y que había comido hace poco.

Si la cerraba, se asfixiaría.

Dejo escapar un suspiro y dobló su cuello para que este tronar ligeramente, dejando escapar toda la tensión acumulada. Nunca se había sentido tan ridículo como hasta ahora. Ya tenía 42 años, esa no era edad para disfrazarse y jugar a ser un antiguo caballero de la corte de Versailles o de quien sabe dónde. Él había estudiado Ciencias Naturales, no Historia de la Moda.

Realmente debía querer demasiado a Cissy para aceptar formar parte de esta tontería.

Y hablando de la reina de Roma (o de Francia, en este caso)…

"Como pueden ver atrás mío, los niños del Hospital Infantil Great Ormond se ven muy contentos. Me comentan, Mónica, que muchos de ellos habían estado preocupados porque pensaron que este año no podrían salir a pedir dulces, pero está claro que la Sra. Malfoy, nuestra hermosa hada madrina, no iba a permitir que eso pasara… No sé si nuestro camarógrafo puede hacer un acercamiento hacia aquel carro que está pasando justo ahora… Sí… Perfecto, gracias".

En la pantalla del televisor de 42 pulgadas de su habitación se veía claramente la imagen en HD de su querida amiga montada en el carro mencionado por el reportero. Sentada en la parte trasera de un convertible clásico muy vintage color azul acero, una sonriente Narcisa Malfoy vestida de hada saludaba a todas las personas por la calle agitando ambas manos alternando de una a otra. A ambos lados, dos pequeños niños disfrazados saludaban también a los transeúntes. Sus caritas redondas y sonrojadas se veían radiantes, sus sonrisas incompletas de todo niño de seis años eran graciosas y sus calabazas del Halloween estaban repletas de todos los dulces que pudieran imaginar. Bajo el amparo de las alas doradas de esta "hada madrina" empresarial, aquellos niños parecían cualquier otra pareja niños normales y no dos pequeños internados en el área de cuidados intensivos por quemaduras y problemas respiratorios respectivamente.

No sabía si esta era una acción sinceridad y desinteresada, si era una estrategia comercial o si era un poco de ambas, pero sea como sea, estaba funcionando. Su amiga estaba proyectando exitosamente la imagen que quería dar ante las cámaras nacionales y se veía feliz por ello.

" Como ven, Narcisa Malfoy va disfrazada de una muy sonriente hada que cuida a nada más y nada menos que a los niños perdidos del País de Nunca Jamás".

"Ah, eso explica por qué Peter Pan estaba conduciendo el auto" —rio la segunda reportera fuera de cámara.

"De hecho, Mónica, me parece muy ingenioso" —defendió el primero—. "No olvidemos que el Great Ormond es dueño de los derechos de autor de Peter Pan. Eso lo dejo ahí para los curiosos".

" Para que lo usen en la noche de trivia familiar".

"Exactamente" —rio—. "Otro dato curioso, me comentan por aquí, es que el auto en el que va la Sra. Malfoy, es decir, el vehículo que encabeza este pequeño desfile, es un Sunbeam Alpine de la serie II. Para los conocedores, esta joya sobre ruedas les recordará sin duda a aquellas primeras películas del James Bond de Sean Connery…"

Snape dejó escapar un silbido agudo mientras le subía el volumen al televisor. ¿Organizar una de las galas benéficas más importantes del año? ¿Cerrar casi cinco calles para un desfile? ¿Disfrazar a todos los niños del hospital infantil más antiguo de Londres? ¿Contratar animadores para entretener a los mocosos y una réplica exacta de uno de los autos clásicos de James Bond? Ufff… Narcisa realmente quería dejar huella y darse a notar esta noche.

Y lo estaba logrando.

No quería ni imaginar la cantidad de ceros que tendría el presupuesto final de esta fiesta.

En fin, no iba preocuparse por eso. Sería en vano, por no decir que una completa pérdida de tiempo. En su lugar, prefirió concentrarse en otras cosas que sí importaban. Tomó su teléfono olvidado encima de la cama junto a su ropa y se puso a revisarlo. Respondió los últimos mensajes que Hermione le había mandado y revisó el chat grupal del colegio en el cual conversaban sobre la cena de Halloween de esta noche en el castillo. Sus colegas enviaban fotos de los ocupados cocineros preparando todos los manjares del menú para esa noche y, como todos los años, se veían prometedores.

Sería una pena perderse el banquete, iban a servir pastel de calabazas como postre…

La llamada de Lucius Malfoy lo hizo olvidarse de la comida y, esbozando una sonrisa burlona, contestó.

"¿Ya vienes? No quiero estar aquí solo".

—"¿Cómo que "solo"? ¿No se supone que te están maquillando?"

"Por eso mismo. No quiero que me dejes solo con ellos. Ven aquí ahora" —ordenó con voz potente—. "¡Ya!".

Luego de eso, colgó.

Snape apretó los labios en una delgada línea conteniendo una suave risa algo perversa. Lo único bueno de toda esta locura era que, si iba a sufrir, al menos no lo haría solo. Si él caía, Lucius Malfoy caería con él. Lo mejor de todo era que, al ser el esposo de Narcisa, él se llevaría la peor parte en esta tontería de los disfraces. Estaba agradecido por no ser él el hombre maquillado y con peluca que posaría frente a las cámaras de toda la prensa londinense esta noche.

Tomó aire y algo de valentía antes de abrir la puerta y cruzar el pasillo hasta llegar a la habitación que estaba ocupando su platinado amigo para arreglarse. Agradeció en silencio que el corredor estuviera vacío en ese momento. Tocó un par de veces y uno de los empleados lo dejó pasar informándome que el Sr. Malfoy lo esperaba en la habitación.

Al entrar, tuvo que hacer su más grande esfuerzo para mantener su cara seria e imperturbable. Si había pensado que él se veía ridículo, Lucius llevaba las cosas a un nuevo nivel nunca antes visto. En su ordenada mente, una vocecita repetía una y otra vez:

No te rías, no te rías, no te rías, no te rías.

Lucius Malfoy, el gran Lucius Malfoy, el CEO de MALFOY CO. y dueño de Malfoy British Airlines, uno de los empresarios más importantes dentro la economía inglesa, influyente representante menor en la cámara del Parlamento, un aristócrata ampliamente respetado en todo el Reino Unido. Él, Lucius Malfoy, su mejor amigo, estaba sentado frente a un espejo con una redecilla oscura en la cabeza conteniendo su cabello mientras una maquilladora terminaba de ponerle un espeso polvo blancuzco en toda su cara la cual, de por sí, ya parecía estar completamente cubierta de harina pastelera.

Enfundado en un traje amarillo verdoso similar al suyo, Lucius Malfoy se mantenía quieto mientras terminaban de pintarle el rostro y los ojos como si fuese un miembro más de la noble corte real del palacio de Versailles de la Francia antigua. A diferencia de él, Lucius llevaba unos pantalones color crema algo abultados que no le llegaban más allá de la rodilla. Luego de eso le seguían unas medias blancas que remarcaba sus delgadas pantorrillas. Al ver su calzado, Snape supo que Narcisa había sido indulgente con él. Lucius estaba usando unos zapatos también crema con enormes hebillas doradas y un ligero tacón en la parte trasera, como aquellos zapatos antiguos que usaban los de la nobleza. La levita y el chaleco parecían ser iguales, la única diferencia era el color. La levita era de un oscuro verde botella con peluche beige en los bordes y el chaleco, color ámbar con un patrón de detalles en dorado. Unas elegantes medallas de plata colgaban de su pecho, otorgándole autoridad, aunque fuese de manera ficticia. La cravat blanca en su cuello le agregaba más humor al asunto pues, desde ese ángulo, se asemejaba más a un babero para un bebé gigante.

Sus ojos negros se posaron en su rostro de marfil. Lucius parecía consternado y molesto a juzgar por su expresión fuerte. Sus labios delgados estaban apretados en una delgada línea tan fina que la sangre había dejado de circular a través de ellos. Su cuerpo sentado sobre la silla temblaba ligeramente, como si estuviera conteniendo todo su enojo para no estallar en gritos frente a sus empleados.

Snape conocía perfectamente esa mirada: el rubio quería hacer una rabieta.

Lástima que esta noche se tratara de su esposa y no de él.

—Le faltó maquillarle el cuello —su voz se escuchó como un susurro burlón que llamó la atención de todos los presentes—. Su cuello está de otro color. Parece una geisha.

—Ahora lo arregló —contestó la maquilladora, cambiando de brocha.

—No me ayudas, Snape —murmuró Lucius malhumorado—. Ya tengo suficiente polvo en la nariz, no necesito más.

—Sí, ya lo noté —contestó acercándose lentamente. Se detuvo a su lado juntando los talones de sus botas oscuras y se inclinó ligeramente hacia él para susurrar a su oído—. Límpiate, adicto.

Lucius lanzó un manotazo al aire, espantándolo tanto a él como a su maquilladora.

—Creo que ya está —anunció la mujer dándole una última mirada al aristócrata, evaluando cada sección de su rostro en busca de alguna imperfección—. Bien, eso es todo, Sr. Malfoy.

—¡Gracias a Dios!

—Recogeré mis cosas, entonces —anunció volviéndose hacia el tocador donde se encontraba una bolsa oscura que, Severus asumió, contenía brochas y todo tipo de maquillaje—. Llamaré a Nancy para que lo ayude con la peluca, ¿ok?

Lucius observó de reojo al profesor y volvió a la mujer.

—Espera, aún te falta maquillar a mi amigo que está aquí —señaló. Snape se irguió al instante, listo para escapar en caso de ser necesario. Una sonrisa maliciosa se formó en el rostro del rubio, la sonrisa de una serpiente malvada que estaba a punto de hacer una travesura—. Siéntate, Snape.

—De hecho... —interrumpió la señorita—. La Sra. Malfoy me dio órdenes de no maquillar al Sr. Snape. Dijo que no sería necesario.

La sonrisa de Lucius desapareció luego de ello y, en su lugar, una mirada asesina que iba directamente hacia la maquilladora se dibujó en sus ojos.

El Sr. Malfoy no estaba contento.

Para nada.

Snape se mantuvo en silencio observando a la muchacha irse y una vez que cerró la puerta, se volvió a su amigo.

—Te odio —susurró el rubio mirándolo fijamente antes de girarse sobre su asiento para verse el espejo. Sus cejas rubias se alzaron sorprendida al ver su reflejo—. Pero, ¡¿qué es esto?! ¿Ya me viste? Parece que hubiese metido la cara en un tazón de harina... ¡Mátame, por piedad! —suspiró dejando caer su cabeza contra la superficie del tocador.

Snape le tendió un pañuelo que encontró sobre la mesita e intentó consolarlo—. No estás tan mal. Al menos ya no se te notan las arrugas.

—No es justo, ¿por qué a mí me maquillan y a ti no? ¿qué no se supone que somos de la misma época o algo así? —preguntó levantando la cabeza, aceptando el pañuelo para retirarse un poco de todo ese polvo blanco— Sabes, a veces pienso que Narcisa te quiere más a ti que mí.

—En eso estas en lo correcto —respondió él conteniendo su sonrisa. Lucius estrujó el pañuelo contra su rostro y empezó a quitar un poco de todas esas capaz de maquillaje—. Sabes que solo lo hace para molestarte. En el fondo, Cissy te ama.

Lucius dejó lo que estaba haciendo y giró su cabeza en su dirección enarcando una ceja.

—Pues, a veces desearía que no me amara tanto.

Un silencio incómodo se instaló dentro de la habitación luego de aquella frase. Lucius apretó los labios en una delgada línea y se volvió hacia el espejo, ocupándose en sus propios asuntos con el pañuelo y el polvo traslucido. Snape frunció el ceño y se quedó ahí, de pie, en completo silencio.

Ay, Lucius…, pensó desalentado el menor.

Lucius no lo había dicho en serio, Dios sabe que no. Él jamás diría algo así de su esposa, al menos no en serio. Sin embargo, su actitud, tono de voz y lenguaje corporal parecían indicar lo contrario. Snape no sabía cómo tomarlo. Por un lado, conocía demasiado bien a su amigo como para saber que esas palabras no eran ciertas y que solo fueron dichas sin pensar, producto de un mal día lleno de estrés. Por otro lado, Narcisa era su mejor amiga y, como amigo —casi hermano—, le molestaba que alguien hablara así de ella. Narcisa era una mujer difícil en todos los sentidos y lo sabía bien. Era muy metiche, muy demandante, muy orgullosa, muy perfeccionista y muy intensa, pero detrás de aquel velo de defectos exagerados, se escondía el alma dañada y melancólica de un hermoso ser humano que tenía mucho amor para dar, pero a nadie con quien compartirlo; que protegía a capa y espada a sus amigos y que era capaz de entregar su vida por aquella familia que tanto se esforzaba por conservar.

A veces, se preguntaba si su amigo era consciente de la hermosísima, virtuosa y devota mujer de preciosos ojos grises que tenía como compañera de vida.

—Sabes que no lo dije en serio —murmuró dándose cuenta de su grave error. Lucius se tomó la cabeza con ambas manos y apoyó sus codos sobre la superficie clara del tocador, adoptando aquella postura de derrota que el pelinegro conocía tan bien. Las empuñaduras abultadas de sus mangas le cubrían el rostro parcialmente—. Jamás lo diría en serio.

Snape dejó escapar un bufido y puso los ojos en blanco—. Ya la cagaste, no intentes arreglarlo.

—Ya lo sé, ya lo sé —dijo estrujándose el rostro con sus manos, sin atreverse a voltear aún. Su voz parecía tener eco debido a sus manos cubriendo su boca y casi podía ver los engranajes de su cabeza trabajando a mil por segundo para intentar hilar una frase coherente—. ¡Carajo! Ya sé que la cagué, pero es que a veces… ¡Agh! A veces Narcisa puede ser… ¡imposible!

—Pero te ama y deberías estar agradecido por ello. De todas las personas con las que pudo haberse casado, te escogió a ti, el idiota más grande que conozco —respondió de forma seca. Su voz calmada resonó haciendo eco en la minimalista habitación de hotel.

No quería pelear con su amigo, no esta noche, era lo último que quería hacer, pero ahora tenía sentimientos encontrados hacia ambos rubios platinados y no sabía por cuál de ellos tomar partido. Ambos eran sus amigos, ambos eran su familia y si tuviera que elegir entre alguno de ellos, simplemente no podría. Ambos eran una parte fundamental dentro de su vida, eran sus pilares por así decirlo. No quería proyectar sus problemas personales en ellos, pero sentía que era como escuchar a tu padre hablar mal de tu madre y luego verlo sonreírle hipócritamente como si nada pasara.

Era una sensación muy fea.

Sí, Narcisa podía ser imposible la mayor parte del tiempo, pero ¡estaba ahí! Siempre estaba a su lado dispuesta a demostrarle las veces que fuesen necesarias que creía en él, que lo apoyaba y que siempre le sería leal. Era una mujer fuerte e independiente y, al mismo tiempo, una esposa presente que se interesaba en los pasatiempos y sueños de su esposo, que se preocupaba por que tuviera una vida social y que se integraras en los grupos; que se esforzaba por llevarse bien con sus amigos y que le secundaba en todo lo que él hiciera.

Sí, tenía sus retos —unos muy grandes—, pero para Snape, Narcisa era el ideal de esposa que todos podrían desear.

Incluso él.

No quería admitirlo, pero en más de una ocasión, se atrevió a comparar a Valerie con la Malfoy y a desear que su ex esposa tuviera, aunque sea, un cuarto de todas esas cualidades que tanto valoraba de su amiga. Quería que fuera atenta como ella, que lo consintiera como ella, que se preocupara por él como lo hacía ella…

Sacudió su cabeza alejando esos pensamientos. No valía la pena pensar en eso.

— Deberías tener más cuidado con lo que dices. Ya sabes que desde que Bella y Cissy se pelearon con Skeeter, las dos se han ganado muchos enemigos dentro de la prensa amarillista. Cualquiera que te escuchara decir eso fuera de contexto podría grabarte y mandárselo a Rita o a sus urracas y luego ambos estarían en todos los tabloides del domingo —dijo de una sola respiración. Lucius se enderezó sobre su asiento y apretó los labios en una delgada línea durante un par de segundos antes de chasquear su lengua, asintiendo ligeramente con la cabeza—. No quiero ser egocéntrico, pero no quiero tener a toda la prensa en la puerta de mi casa queriendo obtener información de "una fuente cercana a ustedes" —añadió fingiendo desinterés.

Lucius dejó escapar un suspiro pesado y dejó caer su cabeza hacia atrás. Ya sabía a lo que su amigo se estaba refiriendo y no quería adentrarse a discutir ese tema, no ahora que faltaba menos de una hora para que la gala iniciaría. Sus ojos grises reflejados en el espejo del tocador le devolvieron la misma mirada de superioridad y desagrado que le dirigía a todo el mundo.

Eres un ser despreciable, Lucius, pensó para sí mismo. Debes ser hombre y reconocer tu error.

—Lo sé… Perdona, no debí decir eso, debí pensarlo. Me dejé llevar por mi enojo —suspiró agotado mientras su mano derecha retiraba con pereza la redecilla oscura de su cabello—. No sé qué me está pasando. Parece que últimamente no sé hacer nada más que empeorar las cosas cada vez que abro la boca —dijo desalentado sin atreverse a ver su reflejo.

Snape sintió el cambio de humor en el ambiente al instante. Lucius estaba encorvado sobre el asiento y jugaba perdido con la redecilla entre sus dedos. Nunca lo había visto tan desanimado por algo, ni siquiera cuando…

El hombre humedeció sus labios y se tomó un par de segundos para ordenar sus pensamientos antes de acercarse con precaución. Usualmente no era del tipo de personas que se aventuraran a preguntar por temas de índole personal, no era el mejor dando consejos, pero se trataba de su mejor amigo. Como tal, era su obligación preguntar y ver si era de ayuda. Ya fuese con un consejo o solo escuchando, esperaba poder aliviar a Lucius de aquel mal que oscurecía su corazón y todo su ser.

—¿Pasa algo?

—No quiero abrumarte con mis problemas. Tienes suficiente con los tuyos.

—Somos amigos. Sabes que puedes contarme lo que quieras, ¿verdad? —preguntó jalando una silla cercana y posicionándola frente a él— Lo que sea.

Lucius levantó la cabeza y la elevó hacia atrás, dejándola reposar sobre el soporte de la silla. Sus piernas estaban separadas y sus manos caían sin gracia a los lados. Snape se quedó en silencio mientras miraba a su pobre amigo entrar en una crisis emocional. Malfoy mantenía los ojos cerrados y el ceño fruncido. Una expresión de tristeza marcaba su rostro, tal vez sin que el rubio se diera cuenta. Finalmente dejó escapar un suspiro cargado de derrota y se reincorporó, tomando fuerzas de lo poco que quedaba de él.

—Las cosas no están bien en casa —confesó escondiendo su vergüenza tras un tono de voz frío y un semblante neutral—. Narcisa y yo hemos estado peleando mucho estas últimas semanas. Hablar con ella es casi imposible. Está demasiado ocupada con la organización de su gala, casi nunca la veo, y cuando estoy con ella, ambos estamos tan estresados que nos terminamos gritando todo el tiempo —explicó sin mirarlo. Parecía que simplemente no tenía el valor de hacerlo—. Estamos durmiendo en habitaciones separadas otra vez.

Snape lo observó con atención, analizando cada curva del perfil de su alargado rostro. A simple vista, Lucius parecería de esas personas hermosas que jamás tendrían problemas en sus perfectas y opulentas vidas. Sin embargo, la realidad era muy lejana a esa fantasía.

—Lo siento, amigo. Tú… ¿Tú estás bien? —preguntó inseguro de si esa sería una pregunta apropiada—. Es decir, con todo lo que ha estado pasando…

—"Bien" no es la palabra que utilizaría para describir como me siento.

Snape humedeció sus labios y volvió a intentar.

—Solo son altibajos. Todas las parejas pasan por ellos —consoló queriendo estirar su mano para brindarle algo de apoyo, pero su inseguridad se lo impidió—. Como dices, debe ser el estrés de este evento lo que está causando todo esto. Aunque rara vez lo demuestra, sabes que Narcisa te ama con locura. Se van a arreglar, ya verás. No es la primera vez que pasa.

—Ya lo sé y me siento estúpido por sentirme mal por esto, pero no puedo evitarlo —confesó masajeándose las sienes con los dedos.

—Tal vez solo debes entenderla. Está pasando por un enorme cuadro de estrés. Creo que hasta se le está cayendo el cabello de nuevo.

—No creas que no la entiendo, lo hago, ¿sí? —exclamó levantando la cabeza— Yo también estoy ocupado, yo también sufro de estrés. Trabajo todo el día y tengo cosas qué hacer. Hace poco cerré un importante acuerdo con unos inversionistas extranjeros. ¿Sabes qué si algo sale mal, perdería millones? Y no solo yo, tengo cientos de empleados que dependen de mí. Si hago algo mal, si algo malo le sucede a la empresa y perdemos dinero, ellos serán los primeros en verse afectados —su mano izquierda subió a su rostro y dos dedos restregaron sus ojos—. ¿Crees que yo no siento presión? ¿Crees que ella es la única estresada? No sabes que es estrés hasta que firmas un contrato y tienes que esperar hasta el día siguiente para ver si los números de tu empresa, a la cual le has invertido toda tu maldita vida, no han bajado en el mercado bursátil.

En la amplia habitación solo se podían escuchar el respirar de ambos hombres. Lucius masajeaba el puente de su nariz con los ojos cerrados y Snape se sentaba encorvado, esperando atento alguna señal de vida por parte de él.

—Solo me gustaría que… que pudiera verme a los ojos y me sonriera —dijo rompiendo el silencio—. Y no me refiero a una sonrisa fría y forzada, de esas que les dedica a todos cuando está incómoda. Quiero una sonrisa real, de esas que hacen que se le arrugue la nariz y sus ojos brillen —Snape observó el perfil de Lucius y sintió pena por su amigo. Se veía tan desanimado y perdido. El aristócrata esbozó una sonrisa rota y siguió hablando para sí mismo—. Quiero que, cuando me hable, no sea para pedirme que me calle. Quiero volver a cenar con mi esposa sin que esta esté pegada a la pantalla de ese maldito aparato, tecleando como loca para coordinar yo que sé. Quiero poder entrar a MI habitación otra vez. Quiero volver a dormir en MI cama con MI mujer.

El hombre tomó aire, lo contuvo por un par de segundos y luego lo dejó escapar mirando a la nada. Snape bajó la mirada y se puso a jugar con sus dedos. Entendía completamente esa sensación desoladora, él mismo la había vivido tantas veces en el pasado. Llegar a una casa enorme y fría en la cual nadie te dirige la palabra más que para pedirte silencio era desalentador en todos los sentidos. Sentarte a la mesa y solo escuchar el sonido de la televisión a pesar de tener compañía a tu lado era patético, por no decir doloroso. La peor parte era cuando llegaba la hora de dormir y ambos tomaban caminos separados después de subir las escaleras.

Ni siquiera un beso de buenas noches o un accidental roce de manos como despedida.

Solo un silencio desolador.

—¿Así se sintió? —preguntó sacándolo de sus pensamientos— ¿Así duele?

—Sí… así duele.

Otra vez, silencio.

¿Cómo podía consolarlo? ¿Cómo podía decirle que todo iba a estar bien cuando él sabía que así era como empezaba el comienzo de todo fin? ¿Cómo podía darle un consejo cuando él mismo había pasado por una experiencia igual y había fracasado como esposo? Sea lo que sea que pudiera decirle, no iba a aliviar las cosas, pues sabía por experiencia propia que no había consuelo ni en esas ni en otras palabras. Él ya había vivido todo ese calvario en carne propia y lamentaba que una pareja tan bonita como ellos tuviera que pasar por algo así.

Sobre todo porque sabía lo mucho que ambos se amaban.

Una vocecilla en su cabeza —una muy parecida a su voz normal— lo hizo analizar un poco más la situación a profundidad:

"Pero ¡¿qué estás haciendo?! ¡Eres su mejor amigo! ¡Su roca! Estás aquí para darle apoyo, no para quedarte callado y fingir ser una estatua. ¡Di algo!".

Si Lucius le estaba contando todo esto era porque estaba pidiendo auxilio.

No sé mucho sobre hombres y tal vez no sea la persona más indicada para hablar al respecto, pero pienso que ya es momento de normalizar la debilidad y el dolor que ellos también experimentan. Cuando se frustran, cuando algo se escapa del control de sus manos, cuando los problemas pesan demasiado y acaban con ellos, generalmente solo hay dos opciones disponibles: o hablar del problema con alguien de confianza o evadir el problema tragándose su propio enojo y frustración.

Y usualmente nunca toman la primera opción.

Snape no podía negarlo, lo sabía por experiencia. Cuando tenía exámenes en la universidad y estaba frustrado y muy estresado por sacar notas altísimas para poder conservar su beca, nunca le comentaba nada al respecto ni a su madre, ni a Lucius ni a nadie. Simplemente solía encerrarse en la biblioteca a ojear los libros hasta que lo echaban. Cuando fue un adulto joven y lo rechazaban en todos los trabajos para los que aplicaba y se veía sin un centavo en sus bolsillos, tenía que tragarse su frustración ahogando sus gritos contra su almohada hasta que la garganta se le desgarraba debido a la fuerza de su accionar. No podía contarle sus problemas a los Malfoy o a Valerie, simplemente era humillante. Más tarde, cuando tenía problemas con su esposa —cuando los problemas apenas iniciaban—, nunca pudo desahogar su enojo y tristeza con palabras. En su lugar, solía sacarle provecho a la membresía Premium del club de los Lestrange y se ponía a golpear el saco de arena de la clase de box hasta que sus manos quedaban rojas y entumecidas.

Incluso cuando Valerie se fue, no quiso hablar de eso con nadie durante un largo, largo tiempo. Solo quería esconderse bajo su cama, comer helado y ver películas románticas para poder gritarle al televisor que eso no era cierto y que el amor no existía.

Fue un largo y duro proceso antes de poder reunir el valor y contarle a alguien que no estaba bien. Siempre atribuyó ese cambio a cuestiones hormonales y propias de la edad. Ya no era el mismo chiquillo de antes, estaba envejeciendo, y mientras más años tenía, más sensible se volvía. Agradeció infinitamente contar con personas como Lucius y Narcisa cuando la gran depresión llegó. Sin ellos, sin sus presencias, sin sus palabras de aliento y sus silencios comprensivos, probablemente jamás se habría animado a tomar terapia y solo hubiese pasado el resto de su vida ahogando sus penas en alcohol tal y como lo hizo la primera semana después de firmar el divorcio.

Al parecer, beber era más fácil que enfrentar tus problemas.

Retomando el hilo inicial de sus pensamientos, era claro que Lucius estaba contándole esto porque ya no podía más con la carga y necesitaba algo de apoyo y consuelo.

Y, como su mejor amigo, eso era parte de su rol.

—Pero, ¿sabes algo? Todo esto no durará para siempre —dijo estirando su mano para apoyarla suavemente sobre su hombro. Lucius levantó la mirada y sus ojos grises se posaron en los oscuros de su amigo—. Estoy orgulloso de decir que conozco tanto a Cissy como te conozco a ti y sé que ambos van a superar esta etapa. Solo es eso, una etapa, un altibajo tonto ocasionado por una tonta gala de beneficencia. Créeme, sé cuándo una relación está a punto de terminar en un divorcio y, agradece al universo, que la de ustedes no lo está.

Lucius esbozó una pequeña sonrisa algo extraña.

—¿Tú crees?

—¡Claro que sí, cabeza hueca! —respondió devolviéndole la misma sonrisa— Cissy te ama. Te ama más de lo que es prudentemente recomendable —bromeó, sacándole una risilla a su interlocutor—. Aún recuerdo cuando ella llegó a Hogwarts solo para interrumpir una de mis clases, sacarme de ahí a rastras y secuestrarme en su auto hasta que le confirmara que no estabas teniendo una aventura. Todavía no entiendo cómo fue que logró entrar sin que la detuvieran.

—Sí, recuerdo eso —murmuró asintiendo lentamente—. Se arruinó la sorpresa.

—En mi defensa, estar en un interrogatorio con Narcisa Malfoy mientras ella conduce a toda velocidad sin mirar al frente es… aterrador —dijo reprimiendo un escalofrío.

"—Tú eres su mejor amigo, Severus. Tienes que decírmelo —reclamó hipando mientras el auto aceleraba por una de las tantas calles desoladas de la zona residencial al norte de la ciudad. La luz amarilla del atardecer le impedía ver con claridad hacia adelante, lo cual era desafortunado pues, dado que Narcisa no se encontraba en las capacidades para conducir, alguien debía ser el piloto de esa nave—. Lucius me está engañando, ¿verdad?"

"—¡Cissy! ¡Mira hacia adelante!"

"—¡Dímelo, por favor! ¡Tienes que decírmelo! No puedo con tanta angustia —la platinada se llevó ambas manos a los ojos y empezó a secar bruscamente sus lágrimas negras producto del rímel que corría por sus mejillas—. No, mejor no me lo digas. No podría soportarlo… Es alguna de sus secretarias, ¡¿no es así?! ¡Dime que no, por favor!"

"—¡NARCISA! ¡MANOS EN EL VOLANTE!"

La experiencia había sido traumática, no lo suficiente como para necesitar terapia o un chequeo médico en su clínica de confianza, pero sí lo suficiente para no volver a subirse en cualquier auto que la rubia manejara. Sin embargo, ahora no era más que solo una anécdota divertida que contar.

—Al final tuve que contarle todo sobre el viaje a Grecia y la sorpresa por su aniversario.

—Me había esforzado mucho en encontrar algo que realmente ella quisiera.

—Y tu asistente personal también… y todo tu equipo de bonitas y altas secretarias.

—Le doy oportunidad laboral a muchas mujeres, ¿acaso está mal? —bromeó sintiéndose parcialmente mejor—. Recuerdo que llegó llorando a mi oficina y me dijo que era una tonta por haber dudado. Debiste ver su cara —susurró poniendo una sonrisa tonta recordando el rostro de su esposa aquella tarde—, estaba roja como un tomate.

—Lo imagino —Cissy jamás mostraba sus sentimientos en público, pero cuando lo hacía, casi siempre era imposible hacerla parar de llorar—. Sin miedo a equivocarme, estoy seguro que esa mujer sería capaz de secuestrar a la mismísima Reina si con eso te demuestra que haría lo que sea por ti y que te ama… Claro, luego se enojaría contigo por pedirte una cosa como esa y te exigiría que le pusieras el mejor abogado para sacarla de prisión o algo así —el improvisado y muy efectivo chiste de Severus fue suficiente para hacer que toda esa tensión, incomodidad y tristeza que reinaba en el ambiente desapareciera por fin. Tal vez no era el mejor con las habilidades sociales, pero al menos había hecho reír a su amigo y eso era todo un logro para él—. Lo que quiero decir es que Narcisa te ama de verdad, haría cualquier cosa por ti y sería una tonta si te dejara ir —se humedeció los labios y tomó aire antes de continuar— y tú, un tonto si dudaras de su amor.

Lucius asintió como si fuese un hecho que ya supiera y, tal vez, así lo era. Él no dudaba de su amor por Narcisa. No lo había hecho durante los casi 25 años que llevaban juntos y no quería hacerlo ahora. La amaba con locura. Cissy era su mejor amiga, confidente, compañera de vida, amante y no podía imaginarse un futuro, ya sea cercano o lejano, en el que ella no estuviera involucrada. Simplemente ya no le era posible concebir su vida sin ella. No era la primera vez que peleaban por tonterías como estas, pero tal vez era el factor edad y distanciamiento lo que hacían que él se sintiera tan angustiado.

Sobre todo porque ya tenía 50 años y, a esa edad, te replanteas muchas cosas sobre tu vida.

Por otro lado, no quería dudar del amor que sentía su esposa por él. Tal y como decía Snape, sabía que ella haría cualquier cosa por él, solo necesitaba pedírselo. Sin embargo, había un miedo escondido dentro de su cabeza que le impulsaba a reaccionar de esa forma ante toda la situación.

¿Y si los había alcanzado la costumbre?

Toda pareja pasaba por eso y lo sabía, era normal, y luego de 25 años juntos, caer en la rutina no sería sorpresa para nadie. No obstante, desde que había pasado lo de Snape y Valerie, caer en la rutina era algo que había evitado en su matrimonio a toda costa y un miedo persistente en su subconsciente.

No quería que esto sonara mal, pero no quería que le pasara lo mismo que a su amigo.

Él no quería perder a Narcisa.

—Tienes que hablar con ella —interrumpió Snape, sacándolo de sus pensamientos—. Tienes que hablar con ella de esto. Tómalo como un consejo de alguien que ya ha vivido todo lo que tú estás experimentando ahora. Es necesario que hables con ella de todo esto, de su actitud hacia ti estos últimos días y de cómo te has sentido. Debes abrirte y ser sincero, expresarle tus sentimientos. Dile qué es lo que te molesta y dialoguen para tratar de resolverlo juntos —Snape junto sus propios dedos y los entrelazó jugando con ellos, intentando disminuir sus niveles de inseguridad por dar su opinión—. Sé que el consejo puede sonar algo hipócrita viniendo de mí, la persona más hermética en lo que respecta a hablar de sus sentimientos —Lucius sonrió—, pero yo ya he pasado ese infierno y no quiero que ni tú ni Cissy lo hagan. No se lo deseo a nadie.

—No sé qué decirle —susurró quedito.

—Mira —suspiró—, si algo he aprendido después de pasar tanto tiempo con Sharpe es que "es importante expresar nuestros sentimientos" —repitió imitando el tono de voz del psicólogo. Lucius esbozó una pequeña sonrisa—. Sé que es difícil al inicio. A veces solo quieres fingir que no hay ningún problema y esperar que el tiempo pase y se solucione por sí solo, pero te diré algo. Cuando se trata de cosas como estas, siempre es mejor comunicar lo que sientes. La comunicación es parte fundamental de toda relación. Es como un acuerdo implícito que se hace entre los dos—el hombre asintió, escuchando atento—. Yo cometí el error de mantenerme callado cuando teníamos altibajos. Yo pensaba que, si lo ignoraba, con el tiempo solo "desaparecían", pero en realidad solo se iban acumulando hasta que simplemente todo me explotó en la cara.

Lucius no se atrevió a interrumpirlo. Snape estaba hablando de corazón y eso era sumamente raro; sin embargo, lo apreciaba.

—Habla con ella. No digo que lo hagas ahora. Ella… Ambos están demasiado estresados por esta absurda gala. Sería una pérdida de tiempo y esfuerzo intentarlo ahora. Espera que todo esto pase y encuentra el momento. Vayan a un lugar neutro, háblenlo en privado. Dile todo lo que has sentido, hazle ver su modo de actuar para contigo y dale la oportunidad de expresarse también. No vayas con el ánimo de reclamarle, mucho menos atacarla. Esto se trata de comunicación, ¿de acuerdo? Ambos son excelentes oradores, estoy seguro que no les será difícil —Lucius asintió, recuperando la compostura y apoyando su espalda erguida en el respaldar de la silla—. Si sirve de consuelo, siempre he pensado que ustedes son el único matrimonio de verdad en la vida real que conozco.

—¿En serio?

—Sí —respondió fingiendo desinterés—. De hecho, son mi tercer matrimonio favorito.

—Ah, ¿sí? Y ¿cuáles son los primeros dos? Si se puede saber, claro.

Snape apretó sus labios delgados y contuvo una sonrisa al girar su cabeza hacia la derecha, mirando hacia el otro lado de la habitación, en dirección a los percheros dorados móviles que contenían las fundas protectoras del disfraz del platinado.

Si abres la boca, Severus, amenazó su subconsciente mientras se tiraba de los pelos por la tontería que estaba a punto de decir, te voy a odiar por el resto de tu vida por ser un completo ridículo.

—¿Recuerdas esa película animada que Draco y Delphi nos obligaron a ver en el cine? ¡La del abuelo que se iba a la selva en una casa con globos? —Lucius abrió los ojos, claramente sorprendido—. Pues, ellos y Morticia y Homero Addams.

No hubo necesidad de girarse para descubrir la reacción de su amigo. La risa jocosa y contagiosa de Lucius Malfoy estalló en sus oídos haciéndolo sentir satisfecho con su conversación. Miró de reojo por encima de su hombro y vio el reflejo en el espejo de aquel preocupado esposo. Su nariz se arrugaba igual a la de Narcisa y sus mejillas pálidas se tornaron rosadas al igual que su frente. Sus ojos estaban cerrados y se sujetaba el estómago con ambas manos.

Fue inevitable que él también soltara una que otra risa. Tal vez fuera que le daba risa su propio chiste o que encontraba el ambiente repentinamente más ligero y agradable. Sea como sea, la seriedad no le duró mucho y terminó riendo con Malfoy, compartiendo un momento entre amigos que hace mucho tiempo no compartían.

Un pensamiento fugaz pasó por su mente mientras se acomodaba en el asiento:

Extrañaba reír.

Extrañaba reír con sus amigos.

Tal vez debería volver pasar más tiempo con ellos. Los extrañaba.

—¿Quién eres y qué hiciste con mi Severus Snape? —preguntó el rubio calmándose un poco, sin perder la deslumbrante sonrisa y limpiándose un par de lágrimas de alegría que se le habían escapado de los ojos— Conozco a mi amigo de toda la vida, él jamás diría algo tan sentimental y estúpido —volvió a reír y siguió así hasta que finalmente se calmó.

Para cuando ambos hombres terminaron y elevaron las miradas, encontraron el rostro de su respectivo interlocutor completamente rojo y una pequeña capa de brillo en la frente que se notaba aún más por la luz blanca de la habitación. Lucius sonrió de lado y se le quedó mirando en silencio. Sus ojos grises tenían un brillo especial que Snape no supo identificar que era, pero que, de cierta forma, lo hacían sentir querido y apreciado.

No hubo necesidad de explicarlo, solo lo sabía.

—Gracias —susurró el mayor.

—Prométeme que hablarás con ella —el pelinegro estiró su puño y lo dejó colgando en el aire esperando por el de él—, ¿sí?

Lucius tomó aire y luego lo dejó escapar sin gracia correspondiendo el gesto con su puño—. Ok.

Un silencio agradable se instaló en la habitación otra vez. Sentados uno frente a otro, los dos varones miraban sus puños chocando con suavidad uno contra otro. La mano de Snape parecía ligeramente más grande que la del Malfoy, pero se veía ligeramente más pálida que la de él. Por su parte, Lucius notó que Snape tenía pequeños vellitos negros en sus dedos, mientras que los de él eran rubios. Su nudillo del medio encajaba perfectamente en el cóncavo espacio que formaban los propios nudillos del profesor. De hecho, podía ver sus venas sobresalientes en el dorso de su mano…

Se me cansa el brazo, pensó Snape.

—Esto es raro —susurró en voz baja.

—Sí… Creo que ya es demasiado —respondió el otro cortando el contacto.

—Sí, fue demasiado —Snape tomó la silla con ambas manos desde el asiento y se apartó lo más rápido que pudo.

—Oye, ¡tampoco te vayas como si tuviera la peste! —bromeó sonriendo de lado— O sea, despídete bien, ¿no? ¿Dónde está mi beso?

—Cállate. Ya no volveré a ser amable contigo.

—Sabes que sí.

Un par de golpes en la puerta hizo que ambos prestaran atención al nuevo acontecimiento. Lucius se quedó en la silla mientras el profesor de Química se levantó para ir a recibir a la persona recién llegada. Se trataba de una muchacha de casi la misma edad que la anterior maquilladora que venía en compañía de otra chica pues cargaban con, lo que parecían ser, enormes bolsas negras de más maquillaje. Las dos sonrieron a modo de saludo, pero algo le decía a Snape que más lo hacían a modo de burla por su ridículo y exagerado disfraz.

—¿El Sr. Malfoy?

Snape abrió la puerta por completo y las invitó a entrar— ¡Lucius! ¡Te buscan!

Las dos muchachas se presentaron como las encargadas de ponerle la peluca y dar los retoques finales al disfraz del CEO y, sin perder más tiempo, instalaron sus cosas para empezar con la "transformación". La primera muchacha peinó el cabello del rubio hacia atrás y lo sujetó con pequeños ganchitos negros antes de ponerle la redecilla otra vez. La segunda, mientras tanto, arreglaba pequeños detalles en la —muy divertida— peluca blanca de juez que pondría en la cabeza de su amigo. Esta tenía dos bucles gruesos a cada lado y una pequeña coleta atada por una cinta voluminosa y de color a juego a su traje.

No obstante, seguía sin entender por qué había dos si solo había un Malfoy.

Tal vez, una es de repuesto, había pensado en un inicio.

—Tome asiento, Sr. Snape —dijo la primera muchacha terminando con el rubio y jalando la silla que hace poco había usado—. Vamos a iniciar.

—¿Iniciar con… qué? —preguntó frunciendo el ceño, manteniéndose seguro y alejado desde el umbral de la puerta de la habitación.

El reflejo en el espejo del rubio lo miraba curioso, aguardando.

—La Sra. Malfoy dijo que le pusiéramos una peluca y algo de brillo en la cara —explicó la joven buscando sus brochas y polvo traslucido. Snape miró hacia la otra niña y esta la saludó señalando la peluca gris similar a la otra, solo que más modesta—. Siéntese, por favor.

Snape abrió los ojos sin saber cómo reaccionar a esto.

Malfoy solo río.

—Eh… paso.

—Sí, la Sra. Malfoy dijo que diría eso —respondió la segunda dejando lo que sea que estaba haciendo y dirigiéndose a la puerta principal de la suite—. Así que nos envió ayuda. ¡Pasen, muchachos!

Snape se hizo a un lado para ver pasar a dos botones del hotel, dos hombres grandes que portaban uniformes rojos y tenían una buena musculatura solo por el hecho de subir y bajar pesadas maletas todo el día. Snape mantuvo su expresión severa y fuerte a pesar de que, por dentro, solo quería salir corriendo. Lucius escondía su risa apretando sus labios y la primera muchacha le sonreía feliz señalando su silla para que se sentara.

Snape tragó hondo y frunció el ceño.

No se iba a dejar intimidar por ellos, no lo haría.

—Bien, Sr. Snape, ¿listo para ponerse su peluca?


—¡Prevenidos, todos!… En vivo en 3… 2… 1…

La luz roja de la cámara se encendió y un hombre chaleco beige les dio el pase a sus colegas de micrófonos y abrigos delgados.

"Directo en directo, reportando desde los exteriores de la sede principal del hotel The Heir, aquí en Londres. Nos encontramos presenciando la alfombra roja de la gala anual de Halloween de la fundación Garfield Weston Este año, la anfitriona de la gala será Narcisa Malfoy, la Lady de las empresas, dueña de la cadena hotelera nacional más grande de los últimos años, The Heir".

"Así es, Robin. La Sra. Malfoy es una de las mujeres más importante dentro del mundo financiero. Ha sido portada de las importantes revistas de economía por el gran manejo de su empresa los últimos diez años. De hecho, revista Forbes la incluyó dentro de su lista de las 100 mujeres más poderosas del 2015".

"Pero eso no es todo. Nuestra querida Narcisa Malfoy no solo tienen un buen ojo para los negocios, sino también para la decoración y organización de eventos. Es por eso que tenemos una gran expectativa de lo que sucederá esta noche puertas adentro, en el gran salón de recepciones del Heir, el cual fue "decorado por ella misma" como nos comentó más temprano el Sr. Wright, el asistente personal de la Malfoy. Ya conocemos el talento de Lady Cissy para la decoración, sabemos que tiene un gusto exquisito, pero ¿será lo suficiente para cubrir uno de los eventos más exclusivos y esperados de la upper class londinense?"

"Pues, hasta ahora todo parece ir de maravilla, ¿verdad, Robin? Tenemos una pequeña alfombra roja como primera parte de la recepción de los invitados. Como pueden ver en pantalla, detrás de nosotros están los distintos invitados posando para la prensa especializada de esta noche".

"Hace poco hemos visto llegar al alcalde Sadiq Khan junto a su esposa, así como algunos invitados especiales: los hermanos Lestrange, Elizabeth y Saskia Rothschild; las socialités Pandora y Poppy Delevingne que, por supuesto, no podían faltar, siempre acompañadas de la cabeza de la familia, Charles Delevingne. El propio Garfield Weston ya ha desfilado por aquí… Realmente es un desfile muy glamuroso, lleno de disfraces extravagantes y creativos. Si no fuera porque estamos en Londres, diría que estamos en la MET GALA".

"Y hablando de desfiles, Robin, ¿por qué no hablamos del adorable desfile de los niños del Hospital Infantil Great Ormond?"

"Oh, sí, el adorable desfile encabezado por la Sra. Malfoy en persona. Toda un hada madrina de cuentos de hadas. Veamos las imágenes".

—Tres… dos… uno… ¡corte! —gritó el mismo hombre de chaleco beige ubicado al lado del camarógrafo. Llevaba audífonos grandes en ambas orejas y el logo blanco de la BBC cubría la mayor parte de su espalda. Los dos reporteros asintieron y dejaron de sonreír, estirándose suavemente y bajando los micrófonos al nivel de sus caderas—. Volvemos en tres.

La prensa especializada se encontraba a las puertas del prestigioso hotel de Narcisa Malfoy y sus distinguidos invitados desfilaban frente al enorme edificio. La mayoría usaban trajes discretos, pero no por ello carentes de creatividad, todo lo contrario. Realmente eran dignos de ser retratados por las cámaras de todos esos fotógrafos que, como locos, trataban de capturar el mejor ángulo posible de todas esas celebridades. Princesas, piratas, superhéroes, hadas, personajes de películas y series de moda, iconos de la cultura popular, la lista se quedaba corta. La variedad de disfraces era asombrosa, nada que envidiar a las grandes fiestas organizadas por famosos.

Los invitados parecían divertirse, parecía ser que les gustaba ser el centro de atención. Los fotógrafos tampoco se quedaban atrás. Mientras más poses obtuvieran de ellos, más les pagarían. Era por eso que se encontraban atentos al más mínimo movimiento. No todos los días tenían a toda la upper class londinense vestidos con tanta extravagancia jugando frente a los lentes de sus cámaras.

Pero mientras los invitados se encontraban jugando a los modelos afuera, los empleados encargados de la seguridad del hotel tenían sus propios problemas adentro.

—¡Revista Cosmopolitan! —gritaba uno de los encargados de revisar los pases de prensa de todos los reporteros que aguardaban en uno de los salones aledaños al salón de recepciones principal—. ¡¿Cosmopolitan?!

—¡Aquí! ¡Aquí!

—Pases, invitación y carnet de identidad a la mano, por favor —gritó otro de los empleados—. Uno por uno. Hagan una fila por aquí, por favor.

La Sra. Malfoy les había advertido que estuvieran preparados para recibir a todos los miembros de la prensa británica esta noche, pero ninguno de ellos habría esperado que fueran tantos. A pesar de que habían limitado el número de representantes de revistas y periódicos a tan solo uno o dos, la habitación destinada a la recepción de ellos estaba repleta. Todos ellos portaban ropa un poco más discreta. Sus trajes apenas sí eran capaces de definirse como disfraces, era como si quisieran pasar desapercibidos entre todos los invitados importantes. Todos hablaban a la vez y trataban de apresurar al equipo de seguridad para que los dejaran entrar antes de que las "celebridades" que querían entrevistar se les escaparan.

—¡The Times! Los de The Times, por aquí, por favor.

—¡Times, aquí!

—Identificación a la mano, por favor.

Bárbara miraba complacida desde una esquina de la habitación, confundiéndose como un miembro más de la prensa. Sus bonitos ojos rasgados escaneaban velozmente la habitación en busca de su objetivo; sin embargo, no había señales de Rita Skeeter hasta ahora. Eso lo aliviaba en gran medida. Si la noche seguía sin inconvenientes como hasta ahora, podría decir que la velada había sido un completo éxito. No obstante, Charles ya le había dicho que no debía confiarse. Ella era una pasante en periodo de prueba aún; él llevaba en este trabajo desde hace años y su experiencia le decía que, cuando se trataba de Rita Skeeter, siempre debía esperar lo inesperado de ese pequeño escarabajo.

Debía mantener los ojos abiertos y seguir vigilante.

—¿Cómo va todo por ahí? —preguntó la amigable voz del castaño a través del audífono que tenía en su oreja.

Bárbara apegó su celular hacia su oreja libre y fingió hablar por teléfono mientras respondía por el intercomunicador. No podía ponerse en evidencia ante todos esos periodistas, no mientras aún corriera el riesgo de que la rubia más chismosa de todo el Reino Unido hiciera acto de presencia.

—Despejado. No hay señales de tú ya sabes quién.

—Gracias al cielo —respondió su interlocutor en un suspiro—. Yo acabo de terminar con los animadores del evento y ya resolví el problema de la pantalla donde se proyectará el monto recaudado.

—Perfecto. ¿Qué hay de la Sra. Malfoy?

—Iré a buscarla ahora. Debe estar terminando de arreglarse —escuchó algunos sonidos indescifrables al otro lado de la línea y, luego, lo que parecían ser jadeos. Seguro Charles estaba corriendo otra vez—. Tú quédate donde estás y sigue vigilando. Me hablas cualquiera cosa.

—Ok —Bárbara apretó sus labios y dio un rápido vistazo a la habitación antes de volver a abrir la boca—. ¿Charles?

—Dime.

—Tú… ¿Crees que lo estoy haciendo bien? —preguntó nerviosa, ocultando parcialmente su rostro ovalado al girar 45 grados hacia la derecha— ¿Crees que la Sra. Malfoy esté contenta con mi trabajo?

—Por supuesto —dijo él disminuyendo la velocidad de su paso y llevándose la mano al oído para acomodar su audífono—. Mira, no esperes que ella te felicité por tu trabajo, jamás lo hace y es algo a lo que debes acostumbrarte si quieres trabajar para ella. Narcisa es así —la pelinegra asintió disimuladamente. No llevaba mucho tiempo trabajando para la rubia, pero eso que le decía Charles le había quedado más que claro durante la primera semana—. Pero, créeme, te darás cuenta de que le agradas con el tiempo. La Sra. Malfoy es más de acciones que de palabras, ¿ok?

—Ok… Gracias, Charles —susurró quedito y avergonzada—. Es que realmente quiero este trabajo y me pone nerviosa el que no me diga nada.

—Tranquila. Esa es su forma de evaluar y lo has hecho bien hasta ahora. No has salido llorando de aquí y eso es una buena señal —rio tratando de mostrarse empático con ella, aunque solo fuese por medio de su voz—. No te preocupes de eso ahora, tenemos trabajo que hacer. No te distraigas.

—Ok, ok.

—¡The Guardian! ¡Los de The Guardian, acérquense!

—¡The Guardian, por aquí!

Bárbara se ajustó el audífono en la oreja con disimulo y luego procedió a hacer lo mismo con la peluca rubia que portaba en la cabeza. No estaba segura de si había escogido un buen disfraz para esta noche. Le gustaba el personaje, era uno de sus favoritos de cuando era niña, pero sentía que desentonaba demasiado con la decoración que su jefa había planeado para esta noche. Solo esperaba no ser la única vestida así. Le serviría de consuelo si Charles o alguno de los demás invitados también hubiese optado por disfrazarse de algún personaje de televisión…

—¡El Profeta! ¡Los de El Profeta, adelante!

—¡El Profeta, aquí!

La aspirante a asistente junior levantó la cabeza al instante y se deslizó lentamente hacia la entrada del salón donde los de seguridad verificaban las credenciales de los agentes de prensa. Se paraba de puntitas a medida que se acercaba para ver mejor y sus ojos escaneaban a toda velocidad la zona en busca de la siniestra figura de Rita Skeeter.

—Pases de prensa y carnets de identidad —pidió el guardia a los dos reporteros frente a él.

Ahí estaban la Srta. Tulip Karasu y su camarógrafo Denis. La chica tenía bonitos ojos rasgados castaños y el cabello rojizo y lacio cepillado a un lado. Llevaba un vestido azul corto con botines, chaqueta negra y un colgante de estrella. Un brillante maquillaje dramático plateado y dorado decoraban su rostro, ayudándola a formar parte de la temática festiva del evento. Denis, por su parte, vestía de negro y llevaba una cámara profesional colgando de su cuello. Llevaba el cabello hacia arriba y las puntas verdes de este se robaban la atención de todo el que lo viera.

Los chicos mostraron sus pases de prensa y esperaron el visto bueno de los guardias.

STATUS: Todavía sin señales de Skeeter.

Todo en orden, pensó aliviada.

—Pueden entrar.

Los chicos asintieron, tomando de regresos sus documentos, y se dirigieron hacia la entrada protegida por un cordón rojo. El segundo guardia dejó entrar a la primera, luego al segundo y, por último, a la tercera reportera.

—¡Oiga! ¡Espere! —gritó el tercer guardia que custodiaba la puerta, estirando su mano para sujetar por el brazo a este nuevo personaje—. ¡Deténgase ahí! ¡Alto!

Los representantes del periódico El Profeta se detuvieron al instante, girándose de regreso al personal de seguridad. El tercer guardia aún mantenía su mano apretando con fuerza el brazo derecho de la última reportera, una mujer alta, delgada y de peluca bicolor al más puro estilo de Cruella De Vil. Otros guardias se unieron a ellos, cerrando las puertas de entrada al salón para impedir el ingreso o la salida de cualquier reportero.

Bárbara se paró de puntitas para ver mejor lo que estaba pasando.

—¿Qué está pasando? —preguntó Tulip asustada, sin entender por qué la estaban deteniendo.

—Ustedes tres, vengan con nosotros —pidió el segundo guardia ordenándole a sus colegas que tomaran en custodia a los tres reporteros—. No se muevan.

La mujer con peluca blanquinegra se giró de lado sin decir una palabra. Sus brillantes ojos azules mantenían una expresión molesta y sus labios rojos carmín estaban fruncidos en una mueca de asco. Los ojos rasgados de Barbie lograron visualizar por un par de segundos el rostro completo de esta misteriosa dama vestida de abrigo blanco con manchas negras. Fue como si todo ocurriera en cámara lenta. Su corazón latió muy rápido y sintió miedo por primera vez en mucho tiempo. Su mano viajó inconscientemente hacia su audífono y, sin pensarlo dos veces, presionó el botón del intercomunicador.

—La puerca está en la pocilga —susurró avanzando directamente hacia el tumulto ocasionado en la entrada—. Skeeter ya está aquí.

*…*…*…*…*…*

En un pasillo aparte, lejos del salón de recepciones de la gala y del cuarto de espera de los representantes de la prensa, Bárbara esperaba pacientemente la llegada de Charles y su jefa mientras vigilaba a la escurridiza reportera de El Profeta de pie frente a ella. Con la ayuda de los guardias, había logrado sacar a los tres periodistas de ahí sin hacer mayor escándalo. No necesitaban la mala publicidad de los otros periódicos. Al instante, tomaron en custodia a Skeeter y la apartaron de la pelirroja y su camarógrafo.

No sabía si estaban juntos en esto, pero no iba a arriesgarse a darle tiempo a Skeeter de planear alguna maldad en confabulación a sus "colegas".

—Por enésima vez, niña —dijo Rita cruzándose de brazos y observándola por encima de sus hombros—. Cometes un error. Estás deteniendo a la persona equivocada. ¿Has revisado tu agenda? El Profeta está invitado a este evento, aquí está mi pase de prensa —añadió como si fuese lo más obvio.

—No, no. El Profeta está invitado, pero no usted —respondió cruzándose de brazos, intentando parecer intimidante, aunque su disfraz no la ayudaba para nada—. Hicimos un acuerdo con el periódico y nos mandaron dos representantes: la Srta. Karasu y Denis. Usted, Sra. Skeeter…—

—¡Señorita! —corrigió frunciendo el ceño.

—Señorita… Skeeter. Usted, Srta. Skeeter, no está invitada a este evento.

—Pero ¡qué falta de respeto! —exclamó elevando las manos al cielo—. Espera a que tu jefa se entere de la idiotez que acabas de hacer. Ya quiero ver cómo te pone de patitas a la calle.

—Al contrario, Rita —dijo una voz femenina proveniente de la derecha. Ambas mujeres se giraron en dicha dirección para observar a la elegante figura de la Sra. Malfoy haciendo su aparición por el pasillo en compañía de Charles—. En realidad, creo que Barbie se ha ganado un bono y un posible contrato esta noche —susurró acercándose hasta quedar a la altura de ambas mujeres—. Ha demostrado una habilidad única para detectar plagas y otros insectos.

Charles —quien al igual que ella, usaba un disfraz esta noche— se deslizó silenciosamente hasta Bárbara y posó una mano amiga sobre su pequeño hombro, indicándole con disimulo que se alejara de la zona de ataque pues la campeona del Heir ya había llegado. La joven de ojos rasgados asintió y se colocó detrás de él, permitiéndole a su imponente jefa tomar el control total de la situación.

Ambas mujeres pusieron una distancia prudente entre ellas, lo suficientemente lejos como para que ninguna pudiera tocar a la otra sin mucho esfuerzo. Los ojos grises y fríos de Narcisa se posaron en el disfraz blanquinegro de su adversaria. Por su parte, la ojiazul hizo lo mismo, concentrándose principalmente en el maquillaje de fantasía en la cara de la aristócrata. Las dos tenían los labios apretados y las narices fruncidas en una mueca de asco, como si percibieran un olor desagradable rondando por ahí. Narcisa elevó la cabeza con sutileza, balanceando su extravagante peluca con maestría. Charles conocía ese movimiento, su jefa estaba tratando de imponer su autoridad dominante en ese duelo de miradas.

—Buenas noches, Cissy —saludó la reportera con una sonrisa fingida, escaneándola de arriba abajo con la mirada—, o debería decir, ¿María Antonieta?

Fue solo cuando dijo ese nombre que Bárbara se percató del disfraz que estaba usando la aristócrata. La Sra. Malfoy portaba un extravagante vestido color blanco plagado de enormes y abultados listones color amarillo pastel y flores rosadas que decoraban el corpiño y la enorme falda cubierta de capas y capas de tela y dobleces. Los encajes y adornos no podían faltar, su sola presencia exageraba el ya de por sí excéntrico disfraz de la Malfoy. Una voluptuosa peluca blanca llena de rizos, plumas y flores la hacían crecer algunos centímetros más y su piel blanca de porcelana nunca se había visto tan pálida como hasta ahora. Unos pendientes de diamantes colgaban de sus orejas, deteniéndose justo a la altura donde un soberbio lazo negro decoraba su delgado cuello.

No bromeaba con lo no limitarse con el presupuesto, pensó.

—Buenas noches, Cruella —respondió con voz sedosa, imitando la misma falsa sonrisa—. Qué buen disfraz, casi ni te reconozco.

—Puedo decir lo mismo, querida.

—Bonito abrigo. Espero que los dálmatas no hayan sido reales.

—Bonita cabeza —respondió al instante señalando en dirección a Charles.—. Ya te hacía falta una nueva. Tal vez ahora sí puedas usar esas neuronas y pensar un poco.

Una sonrisa petulante se dibujó en sus venenosos labios rojos.

Bárbara siguió con los ojos aquella dirección, encontrándose con una réplica exacta de excelente calidad de la cabeza de Narcisa Malfoy en las manos de su colega. La chica casi dio un salto hacia atrás debido al susto. No entendía cómo fue que no se dio cuenta de que eso estaba ahí. ¡Era impresionante! Se veía tan real.

—¿Qué haces aquí, Rita? —preguntó Cissy sin tomarse la molestia de defenderse— Casi nunca vienes a visitarnos —la rubia miró hacia ambos lados detrás de ella, enarcando una ceja y arrugando la nariz—. ¿Dónde está Bozo? Nunca te veo sin tu perrito faldero.

—Ni te molestes, no está aquí. Este evento es para gente de clase. Por desgracia, mi camarógrafo no sabe cómo comportarse. En lugar de estar tomando fotos, se la pasaría devorando todo lo del bufet —Rita miró de reojo hacía a un lado, en dirección a los dos inofensivos asistentes de Narcisa—. Pero veo que tú sí trajiste a los tuyos. Hola, Charles. Siempre es un gusto verte.

—Buenas noches —susurró el mayor para no parecer descortés.

Bárbara, en su lugar, solo se quedó callada, manteniéndose oculta detrás del castaño. Sus ojos rasgados se encontraron un par de segundos con los azules de la reportera y supo de inmediato que sería mejor mantener una distancia prudente entre ellas dos para no salir lastimada.

Rita volvió a dirigir su atención a la Malfoy.

—¿Nueva adquisición? —preguntó burlona— ¿Qué raza es? ¿Pekinés o Shih Tzu?

—Déjala en paz —ordenó cerrando ese tema—. ¿Qué haces aquí? ¿A qué le debo el honor?

—¿Cómo que " a qué"? —exclamó seguida de una falsa risa— Querida, el último evento más importante de la temporada social de Londres se celebra esta noche en tu hotel. Obviamente no podía perdérmelo —sus labios se curvaron en una mueca de aparente tristeza y luego el tono de su voz cambió a uno confundido y ligeramente decepcionado—. Sin embargo, ya te debes imaginar mi sorpresa cuando no recibí tu invitación para la gala. No te preocupes, no estoy enojada. Lo tomé con calma y me dije: "Rita, Narcisa Malfoy jamás te haría eso". De seguro se traspapeló en el correo o algo así.

La Malfoy sonrió de lado, arrugando la nariz y entrecerrando los ojos. Charles y Bárbara balancearon el peso de sus cuerpos de una pierna a la otra, intentando camuflarse con el decorado de los pasillos.

—De hecho, darling, envié las invitaciones directamente a los directores de cada periódico y revista. ¿Qué Barnabas no te dio la tuya? Estoy segura que envié dos.

—El Sr. Cuffle es un hombre senil. De seguro la olvidó.

—¿Entonces por qué envió a, ¡oh, sorpresa!, dos personas? —cuestionó fingiendo falsa sorpresa, ocultando su sonrisa gatuna tras sus delicados dedos— La Srta. Karasu y el fotógrafo, Denis, están aquí en nombre de El Profeta cubriendo la nota de la gala… Si no me equivoco, ellos son dos… Uno más uno es igual a dos —añadió con ese tonito burlón que tanto molestaba a Skeeter—. Ahí está la respuesta sobre qué le pasó a tu invitación, querida. ¡Misterio resuelto!

A su lado, Charles escuchó a uno de los guardias de seguridad contener una risilla apretando sus labios lo mejor que podía. Esta acción no pasó desapercibida por la periodista quien le dedicó su mejor mirada asesina.

—Qué vergüenza, Rita —continuó la Malfoy cambiando a un tono de voz cargado de falsa indignación y arrastrando ligeramente las palabras, desesperando cada vez más a la otra rubia—. ¿Usar a un par de novatos para colarte a una fiesta? ¡Oh, darling! Me sorprendes. Ese no es tu estilo. Tú siempre entras por la puerta principal, haciendo grandes entradas. No recuerdo que te hayas colado antes…—

—Yo JAMÁS me cuelo en las fiestas… darling —respondió entredientes, ensanchando la forzada sonrisa—. Tal y como dices, no es mi estilo.

—Rita, deja la hipocresía de lado, no te queda. Al menos no con esa peluca —la ojiazul la observó desencajada, a pesar de todos sus esfuerzos para parecer neutral—. Hablé con Tulip y Denis en privado. Me confesaron todo. ¿Tenderles una trampa a dos jóvenes novatos? Pero que bajo has caído.

—¡¿Cómo te atre…—

—Los usaste para entrar aquí —acusó—. Los interceptaste en la entrada y los manipulaste con mentiras para entrar en el hotel. Los chantajeaste y los obligaste a distraer a MIS guardias para colarte aquí. Decirles que les harás la vida imposible dentro del periódico es acoso laboral, ¿lo sabes? ¿Qué crees que diría Barnabas si se enterara de esto?

La mujer disfrazada de Cruella abrió la boca ofendida y negó con la cabeza preparando mentalmente una respuesta para tal acusación— No puedes probarlo.

—Ah, ¿no? —preguntó enarcando una ceja— ¿Me estás retando?

—Te recuerdo que soy la escritora estrella del jefe, además de la imagen del periódico.

Jaque.

—Te recuerdo que soy amiga íntima de la mayoría de las esposas de los DUEÑOS de tu periódico y del resto de periódicos del Reino Unido. ¿Qué crees que piensen Lizzie o Saskia Rothschild si les dijera que la periodista más "querida" de toda Inglaterra está jugando a escabullirse como si fuese un ratón? —rio— ¿Sabes qué? ¿Por qué no mejor se lo preguntamos ahora? Ya deberían estar instaladas en el salón.

Jaque mate.

—Oh, me encantaría verte haciendo eso, querida —retó sin temor alguno—. Sobre todo ahora que sé de tu "pequeña" disputa con la encantadora Lizzie —sonrió con maldad tomándola desprevenida. ¡¿Cómo demonios se enteró de eso?!—. ¿Sabías que te considera una falsa y patética niña mimada con complejos de royal? Dijo que le pareces una ridícula creyéndote la gran cosa solo por ser la hija de un barón cuando ni siquiera has heredado su título. No sé si te has enterado, darling, pero prácticamente toda su familia tiene algo de royal también y puedo decir que más que tú —alardeó con un tonito molesto que hizo a la Malfoy fruncir sus labios—. Oh, si tan solo te contara todo lo que ha dicho de ti, ufff… Pero, sabes, no me gusta meter cizaña entre las personas. No soy el monstruo que todos dicen. No permitiría que te humillarás aún más frente a ella, al menos no hoy.

Retiro lo dicho.

Tanto Narcisa como Rita decidieron quedarse en silencio, mirándose fijamente, debatiéndose en un intenso duelo de miradas. Gris contra azul, ambas fuertes como ninguna. El pecho atrapado en el apretado corset de la platinada subía y bajaba despacio con cada una de sus inhalaciones. Su cara de concentración indicaba que estaba haciendo esfuerzos inhumanos para controlar no solo cada fibra de su cuerpo, sino también su respiración. La sonrisa petulante de Skeeter la provocaba tanto que lo único que quería hacer era agarrar el florero tras ella y reventárselo en la cabeza a golpes.

¿Cómo fue que se enteró de su pelea con la otra aristócrata? ¿Quién se lo contó? ¿Qué más sabía? Y ¡¿cómo es que se atrevían a hablar así de ella? ¡Lizzie Rothschild era una malagradecida hija de puta! Pero ya iba a ver, ya se iba a enterar quien era Narcisa Malfoy.

Tranquila, Cissy, respira, se dijo. Esto es lo que Rita quiere, quiere provocarte. No le des el gusto. ¡Mantén la cabeza fría!

Charles observó de reojo a ambas mujeres antes de mirar con disimulo hacia ambos lados del pasillo. Tenía que asegurarse de que no había ojos curiosos mirando por ahí. No necesitaban espectadores ahora, mucho menos cuando tenían a toda la prensa a solo un pasillo de distancia.

Rita cambió el peso de su cuerpo hacia su otra pierna sin dejar de mirar a su oponente.

—Dime, querida —habló la periodista rompiendo el repentino silencio—, ¿cómo está tu linda hermana Bellatrix? ¿Ella está aquí? No la he visto hasta ahora.

Narcisa pensó un par de segundos su respuesta. Después de todo, no podía arriesgarse cuando se trataba de su hermana— Ella está bien. Debe estar junto a los fotógrafos de la alfombra roja.

—Ah, entonces sí vino —respondió decepcionada—. Es una lástima. Cómo ha bajado la exclusividad de estos eventos últimamente, ¿verdad? Ya dejan entrar a cualquiera. Primero vi a los de Corazón de Bruja en la sala de prensa y ahora me entero que tu hermana está aquí también. ¿No es divertido? —preguntó dejando que su risa resonara por el pasillo— En fin, me parece de mala educación no ir a saludar. ¿Por qué no entramos y nos unimos a ella? Me muero por verla. La última vez que coincidimos fue en el Fashion Week y ni siquiera…—

—Rita… Por favor —siseó controlando aquel ligero temblor que nacía en su pierna derecha y que, gracias a Dios, su enorme falda abultada lograba ocultar—. Si este es un intento de provocarme a mí o a mi hermana y estropear mi fiesta, te sugiero que abandones la idea.

—Oh, Narcisa, me ofendes. ¿En serio crees que perdería mi tiempo tratando de arruinar algo tuyo? Oh, darling, no te creas tan importante —Bárbara abrió los ojos como platos al escuchar eso. Se moría por ver la expresión en el rostro de su jefa, pero ella estaba de espaldas y no podía alcanzar a ver nada—. Mira, cariño, no tengo nada en contra tuyo. Este problema es entre tu hermana y yo. Tú solo eres una pared molesta y mal pintada que se interpone entre nosotras. Sé que solo quieres proteger a tu hermana y lo respeto. Si tuviera una, probablemente haría lo mismo. Sin embargo, tienes que entender una cosita, ¿sí, mi amor? —preguntó como si le hablara a un niño de cinco años—. Nuestro encuentro es… inevitable.

—¡¿Por qué estás tan obsesionada con nosotras?! —chilló frunciendo el ceño.

¡Contrólate, Narcisa! ¡Cálmate!, se reprendió.

—¡Ay! Por última vez. ¡No contigo! Mi vida no gira en torno a ti. Ya entiendo por qué Lizzie dijo todo eso. Sí eres una egocéntrica —exclamó rodando los ojos—. Mira, Narcisa, aunque no lo creas, te tengo respeto. Puedes ser algo molesta e irritante a veces, pero te respeto. Es más, te admiro. Es raro encontrar a una mujer tan independiente y buena en los negocios como tú en un mundo dominado por hombres —dijo con seriedad, cruzándose de brazos—. Te admiro. Nunca antes había visto a una mujer dueña de su propio negocio llegar a la portada de The Economist. Te felicito.

—¿Primero me ofendes y ahora me halagas? ¿Qué clase de juego estás jugando, Skeeter?

—¿Por qué tan a la defensiva, Malfoy? Solo te estoy mostrando mis respetos y diciéndote cuanto te admiro y apoyo. Se llama "sororidad", linda.

—Sí, claro —respondió con sarcasmo.

—Vamos, Narcisa, no te molestes conmigo. Al menos yo sí reconozco tu valor, no como otros —lanzó, confundiéndola con sus palabras. ¿Qué? ¿A qué carajos se refería? ¿Qué quería decir con "otros"?—. Siempre he pensado que tú serías una increíble baronesa. Tienes todo: el porte, la apariencia y la educación de una. Sin duda, mucho mejor preparada que tu hermana quien lo único que sabe hacer es tomar champagne y posar para las fotos, por no mencionar su fascinación a agredir a la prensa.

¡Así que de eso se trataba! Quería molestarla, quería herir su ego, quería pisotear su orgullo. Quería provocarla para que se rebajara a contestarle y quedar mal frente a todos. ¡Pues no le iba a dar el gusto! ¡No lo iba a hacer! A ella no le importaban esas tonterías.

No le importaba.

No… le importaba.

—Solo piénsalo. "Lady Narcisa Malfoy, última baronesa de Ellenborough". Mucho mejor que Bellatrix Lestrange. Me parece más melódico —Narcisa se refugió tras sus aires de superioridad, elevando su cabeza y exhibiendo la profundidad de su quijada. Sus ojos grises miraban a Skeeter con frialdad—. Siempre te dolerá, ¿verdad?

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí —susurró haciendo temblar a Charles y a Bárbara—. Lo veo en tu rostro. Te duele.

—Según tú, ¿qué?

—El no haber sido la mayor —respondió como si fuese lo más obvio—. Analízalo un poco. Una vida entera siendo preparada para ser alguien importante. La princesa de la upper class londinense. Papi y mami debieron estar muy orgullosos, ¿no es así? Internados, eventos, presentaciones en la alta sociedad, siempre guardando la compostura y dejando en alto tu apellido. Ser la mano derecha de papi y la principal referente de las hermanas Black. Tanta dedicación y preparación para ¿qué? Para que, llegada la hora, el título que tanto anhelaste pase a manos de tu hermana, la mujer que no es capaz de ir a ningún sitio sin terminar convirtiéndose en el centro de atención y no lo digo como un cumplido —Rita examinó sus uñas, sonriendo para sí misma. No necesitaba levantar la mirada para ver cómo sus palabras habían afectado a su interlocutora. Los músculos del rostro desencajado de Narcisa hacían su mejor esfuerzo para no mostrar debilidad en ese momento—. Al final, nada de eso sirvió porque, aunque las revistas te pongan en su portada y te nombren la mujer empresaria más importante, todo el mundo sabe que todo esto, todo el capital y las conexiones y patrocinadores y contactos, absolutamente toda la base de tu pequeño reino, se debe a tu matrimonio con Lucius Malfoy —sus ojos azules se posaron en los de ella y soltó un suave susurro para acabar con su discurso—. Sin Lucius, tú no eras nadie. Todos conocen a Narcisa Malfoy, pero, dime, ¿alguien se acuerda de Narcisa Black? —sus ojos burlones la escanearon de arriba abajo como si fuese una cosa ordinaria—. Hmmm… yo creo que no.

Narcisa tomó una profunda inhalación, llenando sus pulmones de aire. En ningún momento se atrevió a romper el contacto visual con su enemiga, no le iba a mostrar debilidad. Su cabeza le estaba empezando a palpitar. Probablemente necesitaría una aspirina para poder soportar el resto de la noche. Escondió sus puños en los dobleces de su falda pues no quería que Rita viera sus intenciones de golpearla y le hiciera un escándalo.

"Cálmate, Narcisa. Una señorita no se enoja. Una señorita no se enoja. No la dejes ganar, no la dejes ganar. Esto es lo que ella quiere, ¡no le des el gusto!"

Ya cansada de todo este show innecesariamente largo, decidió tomar la palabra.

—Fue agradable conversar contigo, Rita, pero tengo mucho que hacer esta noche. Mis invitados me están esperando y deben preguntarse dónde estoy, así que te voy a pedir amablemente que te vayas.

—¿Ni siquiera vas a invitarme un trago? —se quejó haciendo un puchero— Qué anfitriona tan descortés.

—Caballeros, por favor —llamó dirigiéndose esta vez a los cuatro guardias de seguridad vestidos de negro que custodiaban ambos extremos del pasillo—, escolten a la Srta. Skeeter a la salida —ellos asintieron y dos de ellos se aventuraron a caminar hacia la mujer de blanco y negro—. Como siempre, fue un placer verte, Rita, pero ya es momento de irse.

Uno de los hombres puso una de sus manos en la espalda de Skeeter y empujó ligeramente hacia adelante, haciendo que la mujer de voluminoso abrigo de piel de dálmata chillara ofendida, haciéndose la víctima de una agresión inventada en su mente.

—Cissy, espera, una última pregunta, por favor, por los viejos tiempos —rogó intentando acercarse a la rubia quien ya se encontraba de espaldas a ella, dispuesta a retirarse de ahí aún con su dignidad intacta—. ¿Cómo está ese hermoso hijo tuyo, Draco?

Narcisa abrió los ojos como platos y, de repente, sintió que su garganta se secaba. Sus pies enfundados en tacones antiguos se plantaron con firmeza en el suelo pulido, como si fuese un poderoso árbol en medio de un campo desolado, y se quedó quieta mirando al vacío. Sus puños estaban cerrados y apretados y su ceño, fruncido. Sus dientes se presionaban con fuerza uno contra otro y, de no ser porque su mandíbula no era lo suficientemente fuerte, estoy segura que pudo habérselos roto. La vena de su frente saltaba debido a la presión y su ojo derecho se movía de forma errática anticipando la llegada del apocalipsis.

Charles sintió que su corazón latía a toda velocidad debido a todo lo que estaba pasando. Sus dedos se sentían fríos, era como si la temperatura entera del pasillo hubiese bajado de un solo golpe. La mirada de fuego en los ojos grises de su jefa desprendía odio, un odio puro que nunca antes había visto en todos sus años trabajando para ella.

La mirada de diablo, dijo para sí mismo.

Había escuchado de ella, pero jamás había estado para presenciarla, al menos, no hasta ahora.

—Ya está en la edad en la que todos los jóvenes salen a divertirse en clubes nocturnos, ¿verdad? —siguió la mujer, incrementando la ira de Narcisa— Dile que se cuide, que no haga nada incorrecto. Nunca se sabe quién puede andar por ahí con una cámara a la mano. Sabes, me encantaría hacerle su primera nota. ¿No sería fantástico? Mejor malo conocido que bueno por conocer.

Una sonrisa triunfante se esbozó en los labios rojos de Rita. Había logrado lo que quería: provocarla.

Narcisa Malfoy se volteó con furia, haciendo tambalear su peluca llena de flores y plumas y ondeando su enorme falta repleta de listones. Sus mejillas y orejas estaban rojas y si las miradas mataran, las cenizas de Rita estarían manchando el impecable suelo que ahora pisaba. Su nariz respingada se arrugaba y sus labios se fruncían dejando ver sus dientes apretados.

Bárbara se vio obligada a reprimir un temblorcillo, producto del miedo.

La empresaria dio un par de pasos fuertes estirando su dedo índice en dirección a la periodista hasta que finalmente llegó a su altura, acercándose tanto que sus caras se encontraban a solo unos escasos centímetros de distancia.

—No te atrevas a meterte con mi hijo —amenazó vocalizando claramente cada una de las palabras—. Escúchame bien, asquerosa cucaracha, no-te-atrevas ni siquiera a acercarte a mi hijo.

—¿O qué? —preguntó sin dejarse intimidar.

Su dedo índice se elevó hasta tocar el pecho de la reportera.

—O te voy a destruir con mis propias manos —murmuró sin dejar de apretar los dientes—. No me quieres de enemiga, Rita. Te voy a aplastar como el insignificante escarabajo que eres. Lo que sea que mi hermana te pueda hacer es nada comparado con lo que yo te hare si te acercas a Draco.

—¿Es una amenaza? —su aliento cálido golpeó su angular rostro.

Había roto los códigos del buen comportamiento, estaba invadiendo su espacio personal. Estaba tan cerca que podría solo estirar la mano y arrancarle la peluca.

Quería hacerlo.

¡Quería hacerlo!

—Es una prome…—

Se detuvo abruptamente, casi mordiéndose la lengua en el proceso. Su pecho subía y bajaba con violencia, las varillas del apretado corset le dificultaban la respiración. Sus labios temblaron y tuvo que juntarlos para que un grito de frustración no escapara a través de ellos. Las fosas nasales de su pequeña nariz se ensancharon, revelando una faceta de ella hasta ahora desconocida. Sus ojos grises seguían mirando a los azules de Skeeter. Encontró determinación en ellos. Esa sonrisa petulante seguía marcada en sus rojos labios.

Ella ya sabía que ella sabía lo que intentaba hacer.

"¡Estás cayendo en su trampa, maldita sea! ¡Te está manipulando! ¡Esto es lo que quiere! Lo usará en tu contra. ¡Cállate!"

Narcisa entrecerró los ojos y se alejó lentamente, sin cortar el contacto visual.

—¿Estás grabando esto? —preguntó rompiendo el pesado silencio.

Rita no contestó.

—Revísenla —ordenó dirigiéndose a sus cuatro guardias.

—¡¿Qué?! ¡No me toquen! ¡¿Cómo se atreven?! ¡Suéltenme!

Narcisa se dio la vuelta y caminó hacia Charles y Bárbara, buscando algo de apoyo y un par de segundos de descanso. Pelear con Rita Skeeter, aun cuando fuera una pelea alturada, era un constante desgasto mental que podía agotar a cualquiera. Los ojos celestes de Charles hicieron contacto con ella y no hubo necesidad de decir palabra, Narcisa entendió claramente el mensaje que intentaba transmitirle:

"No se preocupe, lo está haciendo bien. Ahora usted tiene la ventaja. Manténgase alejada".

—Señora, necesito que me entregue el abrigo y el bolso.

—No olviden revisar el teléfono.

—¡Esto es invasión a la privacidad, Malfoy! —gritó la rubia mientras forcejeaba tratando de soltarse del agarre de los guardias—. Oiga, ¡oiga! No me toque. Si lo hace, lo denunciaré por agresión sexual.

La aristócrata abrió los ojos al oír esto.

— Deténganse —ordenó y, volviéndose hacia Bárbara, le dijo—. Encárgate, Barbie. Revisa todo. Cada bolsillo, cada pliegue, todo. Si tiene algo, quiero que me lo traigas.

La mencionada asintió y, reuniendo toda su seguridad, se dirigió hacia la Srta. Skeeter para empezar a palpar sobre su ropa, revisando con minuciosidad cada parte de su cuerpo. Rita, humillada, con los brazos elevados y mirando enojada a todo el mundo, solo se dejaba tocar inspeccionar el torso, las caderas y las piernas sin poner mayor resistencia.

—Eso es, linda. ¡Busca! ¡Busca! Llévale a tu dueña lo que quiere —se burló—. Uy, veo que la tienes muy bien entrenada, Malfoy —rio—. ¿Eres tú la nueva Charles? Hmmm… te falta altura, pero reconozco el buen gusto —Barbie se contuvo mordiéndose el interior de las mejillas y siguió con su trabajo, revisando los bolsillos posteriores del pantalón de Rita—. Es una lástima que mi pobre Charles sea reemplazado, pero lo entiendo. Los perros se ponen lentos con la edad. Qué bueno que ya decidiste buscar un reemplazo.

Narcisa apretó los labios en una delgada línea.

La odiaba, en serio, la odiaba.

—Señora —llamó uno de los guardias que sostenía el pesado abrigo de dálmata de Rita—. Encontramos esto.

El hombre se aproximó a ella y le entregó un dispositivo plateado y pequeño: una grabadora portátil. El objeto emitía una pequeña luz roja y la pequeña pantalla digital a un lado decía claramente la palabra "REC", lo que indicaba que, efectivamente, estaba grabando.

—Eso no es mío —se defendió inútilmente.

—Sí, ajá —respondió la otra con sarcasmo—. Chicos, traigan el detector de metales. Quiero que le quiten cualquier dispositivo que pueda grabar o tomar fotos —ellos asintieron—. Bárbara, ¿encontraste algo?

—No, señora.

—Que se quite los zapatos. La última vez tenía una grabadora escondida en los pies —la asistente asintió, procediendo a cumplir las órdenes. Rita se mordió el interior de las mejillas y no le quedó de otra que aceptar la inspección—. Charles, toma su teléfono y la grabadora. Elimina todo lo que ha sido grabado aquí o, en su defecto, destrúyelos.

Rita abrió los ojos al escuchar eso y gritó.

—¡NO PUEDES HACER ESO! —exclamó tratando de acercarse, pero uno de los guardias fue más rápido y la inmovilizó al instante, dejándola indefensa— Son material de prensa. ¡No puedes tocarlo!

Narcisa se giró hacia ella elevando la cabeza, sintiéndose más superior que antes. La miró directamente a los ojos y terminó de depositar los objetos en la mano libre de su asistente sin cortar ni un segundo el contacto de sus miradas.

—De hecho, querida, ya lo hice —admitió sonriente.

—Si revisas mis cosas, te demandaré por violación a la privacidad —amenazó iracunda.

—¿En serio quieres jugar a los abogados? Te recuerdo que te colaste a una fiesta sin invitación. Este hotel y cada uno de sus pasillos son de mi propiedad. Tengo derecho a realizar esta inspección y lo sabes. La única que está violando la privacidad aquí, eres tú —respondió con una sonrisa forzada—. ¿No me crees? Pues, estoy segura que a mi abogado le encantaría explicártelo.

—La prensa es libre.

—De hecho —intervino el castaño ajustándose rápidamente los lentes con su índice antes de volver a sujetar con ambas manos la réplica de la cabeza de Narcisa que hasta entonces estuvo descansando en una mesilla de cristal cercana—, el que sus colegas periodistas estén allá abajo siguiendo los lineamientos establecidos para esta noche invalidaría su demanda. La prensa es libre, efectivamente, pero todos ellos han llegado con invitación y han pasado por el debido protocolo de seguridad. El que usted se los haya saltado y esté explorando áreas restringidas hace que nuestra hipotética demanda proceda —Narcisa sonrió victoriosa cruzándose de brazos, sintiéndose ganadora—. Déjeme recordarle el artículo 145 sobre la violación a la intimidad y propiedad privada. Si mal no recuerdo, decía que " quiénviola la intimidad de la vida personal o familiar de una persona ya sea observando, escuchando o registrando un hecho, palabra, escrito o imagen, valiéndose de instrumentos, procesos técnicos u otros medios, será reprimido con pena privativa de libertad no mayor de dos años".

—¿Te tragaste la constitución o qué? —atacó la rubia.

—No. Solo es listo —defendió la otra—. En fin, lo que quiero decir es que, si quieres jugar a las demandas, yo también sé jugar.

—Señora —llamó Barbie levantando la mano en lo alto, agitando lo que parecía ser un pequeño llavero metálico—. Encontré otra grabadora.

—Tiene una pluma grabadora en un bolsillo, señora —dijo uno de los guardias.

—Y su broche de cabello es una cámara —dijo otro.

Rita se giró a Narcisa quien la observó enarcando una ceja y sonriendo de lado, sintiéndose una verdadera y poderosa reina tal y como el personaje que encarnaba. La ojiazul solo elevó la cabeza y se giró con violencia hacia otro lado, manteniendo su dignidad en alto.

Atrapada.

—Decomisen todo eso. Creo que nos ganamos el derecho a ello —ordenó—. Además, necesitaré evidencia cuando redacte mi denuncia a El Profeta.

—No te atreverás a demandarme —anunció la mujer detenida—. Si lo haces, pondré a medio Londres en contra tuyo. El Profeta no es mi único medio. Soy la columnista más leída de todo el país. ¿Tienes idea de cuantas personas leen mi página web? Mi público incluye a personas de todo género, edad y clase social —informó escupiendo veneno en cada de sus palabras—. ¿A quién crees que le van a creer? ¿A ti, una elitista que siempre se ha creído más que ellos solo por ser de noble cuna, o a mí, la periodista que siempre los ha acompañado y que también es "igual a ellos"?

Ella tenía un punto, dijo su realista subconsciente.

—No digas tonterías. Nadie te creería.

—¿En serio? —cuestionó con sarcasmo mientras le arrebata su abrigo a uno de los guardias y volvía a ponérselo con furia— Recuerda que la prensa es el cuarto poder. Nosotros distribuimos la información como mejor nos convenga. Nosotros tenemos el poder de influenciar en el pensamiento de las masas. ¿Cómo crees que se ganan las elecciones? ¿Cómo crees que se forman las opiniones? —retó parándose frente a ella, casi chocando contra la abultada falda de su vestido— No puedes escapar de nosotros. Estamos en todos lados.

—Qué miedo —respondió inexpresiva.

—No me quieres de enemiga, Narcisa —susurró casi inaudible—. Mi problema no es contigo, es con tu hermana, así que no-te-metas.

Ambas mujeres se quedaron viendo una a la otra, frente a frente, María Antonieta contra Cruella De Vil, la más alta nobleza inglesa contra la reina de los tabloides británicos. El pasillo se mantuvo en silencio, ninguno de los trabajadores se atrevió a decir alguna palabra para no interrumpir el encuentro de aquellas dos poderosas mujeres. A pesar de estar sola, Rita seguía siendo un rival intimidante y Narcisa lo sabía y respetaba, por lo que no se atrevió a volver a lanzar otro golpe hacia ella. En su lugar, decidió ser prudente y detener todo esto antes de que volviera a salirse de control.

—Escolten a la Srta. Skeeter a la salida.

—No es necesario. Conozco el camino.

—Y precisamente por eso deben acompañarte a la salida. No quiero más sorpresas —la dama giró su cabeza a la derecha e hizo un pequeño gesto para que sus guardias tomaran en custodia a la reportera—. Háganlo con disimulo, por favor, y asegúrense de que no vuelva a entrar. Páguenle el taxi si es necesario, pero sáquenla de aquí.

—No necesitas echarme, querida. Yo me voy sola y no porque me obligues —anunció acercándose a Charles para arrebatarle su teléfono ahora apagado. Charles lo retuvo de mala gana, pero después de forcejear un rato, tuvo que ceder. La mujer se acomodó la peluca en la cabeza y se giró a Narcisa por última vez antes de ser arrastrada lejos de ahí por dos empleados de seguridad—. Fue un placer, volver a verte, darling. Espero que se repita muy pronto. ¡No te pierdas! ¡Saludos a tu hermana!

—¡Ya! ¡Vete!

Los empleados restantes en el pasillo se cuestionaron la salud mental de la intrepida reportera cuando escucharon su risa burlona haciendo eco por el pasillo a medida que se iba alejando junto a los guardias rumbo a la salida posterior del hotel, lejos de las cámaras y de la prensa.

Solo cuando estuvo 100% segura de que Rita Skeeter estaba lejos de su perímetro de alcance y no podía ni verla o escucharla, Narcisa Malfoy se permitió mostrar… ira.

—¡AAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHH! —gritó encogiéndose sobre sí misma, apretando con fuerza los pliegues de su falda con sus puños y pisoteando el suelo al ritmo de cada una de sus palabras, olvidando por completo que no se encontraba sola. Visto desde cierto ángulo, Narcisa parecía una pequeña niña disfrazada de princesa haciendo una rabieta en medio de un pasillo de algún supermercado—¡La odio! ¡La odio! ¡La odio! ¡LA ODIO!

—¿Esto es normal? —preguntó Bárbara en voz baja.

—No digas nada —susurró Charles a su contraparte femenina quien veía la escena impactada y seriamente confundida.

—Tengo muchas preguntas.

—Olvídalas.

—[…] Esa mujer es tan… ¡despreciable! Y es tan… tan… tan ¡perra! —la oyeron exclamar mientras iba de un lado al otro hablando con ella misma— Como quisiera agarrarle esas cejas mal depiladas y terminar de rapárselas de una vez por todas. ¡Es una maldita hija de... ¡AAAAAAHHHHHH!

—¿Estás seguro que no debemos intervenir?

—Seguro.

—[…] Ay, pero cuando le tenga en mis manos. Va a ver, me va a conocer. Se dará cuenta de quién es Narcisa Black. ¡La voy a hundir! Voy a romperle esos horribles lentes de un puñete. Le voy a quitar la sonrisa a patadas. ¡Voy a drogarla y raparle el cráneo!

—Charles, me está asustando.

—Es solo una rabieta —susurró él jugando con las plumas de la cabeza falsa que sostenía en sus manos—. No es la primera vez que lo hace. Te acostumbrarás.

—OK, Narcisa. Cálmate, cálmate —se dijo así misma deteniéndose por fin, poniendo una mano en su frente y la otra en su cintura mientras le ordenaba a su cuerpo en voz alta mantener la compostura y controlar su agitada respiración—. Recuerda tus modales, lo que te enseñaron. Una señorita no se enoja —cerró los ojos y llevó ambas manos a sus sienes, masajeándolas en círculos con delicadeza—. "Soy perfecta, no me enojo. Soy perfecta, no me enojo. Soy perfecta, no me enojo".

Bárbara observó aquella escena y reconsideró cuánto quería trabajar en realidad para la Sra. Malfoy y la marca The Heir. Tal vez, debería empezar a enviar currículos a otras empresas.

Empresas con jefes más… estables.

—¿Charles…?

—No preguntes —dijo secamente antes de aclararse la garganta y dirigirse a su jefa— Madame.

—¡¿QUÉ?! —chilló la rubia levantando la cabeza.

—Se está despeinando.

Narcisa dejó lo que estaba haciendo y se irguió todo lo que su espalda y el corset le permitían. Como si fuese una autómata, se acercó a uno de los espejos que adornaban el pasillo y procedió a arreglar su alborotado disfraz como si absolutamente nada hubiese pasado. Sus manos delgadas acomodaron los bucles y flores de la blanquecina peluca y usó sus pulgares para limpiar el labial que se había corrido por la comisura de sus labios. Por último, desenredó los aretes colgantes de los rizos blancos y acomodó el precioso lazo negro que rodeaba su cuello.

—¿Cómo me veo? —preguntó dándose la vuelta con gracia, ondeando la enorme falda de su vestido.

—Como una reina —respondió Charles sabiendo que la complacería.

—Ya lo sé —bufó—. ¿Maquillaje?

—Limpie un poco su frente, está brillando —la mujer volvió a mirarse al espejo y pasó rápidamente el dorso de su mano sobre su piel—. Mucho mejor ahora.

La dama avanzó unos pasos hacia ellos y se detuvo frente al castaño para recuperar su cabeza que él sostenía desde hace ya un buen tiempo. Charles se la entregó gustoso pues, para ser honestos, sostener la cabeza decapitada de tu jefa no era la experiencia más agradable del mundo, pero tratándose de la familia Malfoy, debía estar preparado.

—Gracias —respondió sujetándola con sus propias manos, teniendo cuidado de no arruinar ninguno de los elaborados detalles. Sus ojos grises se posaron en la imagen completa de ambos asistentes y no pudo evitar fruncir el ceño ante ello—. ¿Qué están usando?

Con el alboroto de las cámaras, el estrés de la gala y el problema con Rita, Narcisa no había tenido oportunidad de darse cuenta de los disfraces que estaban portando sus jóvenes asistentes. Charles llevaba su cabello castaño algo desordenado y en rizos, muy diferente a lo que solía ver todos los días. Usaba un abrigo largo y negro a cuadros como el que usa alguien en un crudo día de invierno, una bufanda azul aterciopelada y guantes oscuros. Bárbara, por su parte, usaba el clásico uniforme escolar japonés blanco y azul, largas botas rojas, un enorme listón en el pecho de igual color y una peluca amarilla con coletas largas que le llegaban hasta las caderas.

—Se supone que soy Sherlock —dijo el primero.

—Sailor Moon —secundó la otra.

Narcisa solo les dedicó una mirada angustiante mientras evaluaba la calidad de sus disfraces.

—Ya veo… El próximo año, yo elegiré sus disfraces, ¿de acuerdo? —no les quedó de otra que asentir, no deseaban provocarla— Caminen, tenemos una fiesta a la que asistir y ya voy tarde.

Diciendo esto, la mujer procedió a alejarse por el pasillo a paso veloz, balanceando la extravagante peluca con maestría sobre su cabeza y levantando las capas de tela de su vestido para acelerar su andar. Los dos asistentes la siguieron obedientemente y en silencio, como si de su propio sequito real se tratase.

—¿Quiere decir que sí me dará el trabajo? —le preguntó la menor a su superior mientras sus pies trataban de seguirle el paso a la aristócrata— Dijo que me escogería el disfraz el próximo año. Significa que me quedo, ¿verdad?

Charles solo atinó a poner los ojos en blanco y seguir caminando.


La iluminación del principal salón de recepciones del hotel The Heir era tenue y creaba un ambiente íntimo, casi casi acogedor. Se basaba esencialmente en luces amarillas, rosadas y violetas que se superponían una sobre otra, creando bonitos matices anaranjados y dorados. El falso techo blanco de relieves rectangulares ayudaba a generar la ilusión de amplitud, adquiriendo el color que las luces proyectaban. La enorme araña de cristal que colgaba en el medio desprendía una suave y casi imperceptible luz blanca que hacían más notorias las espesas telarañas que colgaban de sus brazos.

Los 12 palcos que conformaban la estructura del salón estaban decorados con sus propias arañas de cristal y linternas amarillas flotantes en forma de vela adornaban los barandales de metal. Abajo, el suelo con patrón de flores marrones y negras se veía oculto debido a la excelente ubicación de las 30 mesas circulares de ocho asientos que Narcisa había dispuesto para sus invitados. No estoy segura de cuántas sillas había exactamente, pero estaban tan bien ubicadas que permitía la libre circulación de los asistentes sin incomodar a los demás. Las mesas tenían manteles que combinaban con el piso y los centros de mesas, unos delgados árboles tétricos y cadavéricos cubiertos de pequeños cráneos amarillos que, rodeados de velas negras, se robaban la atención de todo el mundo.

Al frente, había un escenario de mediano tamaño donde una pequeña banda tocaba algo de música mientras el DJ contratado para el evento se instalaba. Más adelante, una pequeña pista de baile casi del ancho del escenario hacía las de pasarela para que los miembros representantes de la prensa pudieran fotografiar a las celebridades y personajes importantes de la política inglesa invitados por la Sra. Malfoy.

—Sorry, I'm late —anunció la señora Bellatrix Lestrange, acomodándose frente al camarógrafo de Vogue que la esperaba algo impaciente. La mujer de extravagante vestido rojo, dorado y negro tenía una mirada aburrida en su rostro y su mano derecha portaba una copa de vino a medio terminar mientras que la otra sostenía un abanico cerrado que mecía con suavidad—. Asegúrate de capturar mi obvia belleza.

El hombre abrió los ojos sorprendido, pero no dijo nada pues ya estaba más que acostumbrado a tratar con divas como ella o incluso peor, así que solo elevó su cámara hasta la altura de sus ojos y se preparó para la sesión.

—Puedes hacer zoom, puedes moverte alrededor, puedes capturar lo etéreo —continuó mirándolo fijamente, todavía sin posar—, pero hagas lo que hagas y, REPITO, hagas lo que hagas, no captures mi lado malo porque si lo haces, estás despedido. ¡PUNTOS DE INTERÉS! ¡Boca! Ojos. Poder. ¡Fuerza! ¡TALENTO! —la mujer abrió su abanico con un solo movimiento y, agitando la cabeza a un lado y curvando sus labios en una sonrisa gatuna, empezó a posar—. Comienza.

"Divas. Nunca cambian", pensó el muchacho antes de ponerse a trabajar.

Los flashes y el sonido de los disparadores de las cámaras inundaban la enorme habitación. Los ilustres invitados de la Sra. Malfoy se paseaban de aquí por allá buscando a sus amigos para conversar sobre sus disfraces o algo de beber para matar el tiempo. Algunos, como Bellatrix, se dedicaban a entretener las cámaras de los reporteros, exhibiendo sus mejores atributos ante los lentes para tener sus respectivos lugares en las páginas de sociales al día siguiente.

Y otros, como Lucius Malfoy, forzaban a sus mejores amigos a salir a escena.

—Vamos, Snape, no me hagas esto —decía entredientes el rubio tirando de su brazo, intentando moverlo sin éxito—. ¡No seas ridículo!

—Me siento ridículo —susurró Snape plantando sus pies con firmeza de una de las puertas laterales del salón—. Yo te espero aquí, ve a divertirte.

—¡Camina, mierda! —exclamó tirando con brusquedad, logrando su objetivo finalmente— No voy a ser el único hombre con peluca y tacones aquí. ¿Que ya lo olvidaste? Estamos juntos en esto —espetó empujándolo a través de la multitud, usando su cuerpo como escudo humano para que el resto de los invitados no lograra verle el rostro—. "Si tú saltas, yo salto". ¡Lo prometiste!

—Otra vez con eso —susurró para sí mismo poniendo los ojos en blanco—. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Tú te aprovechaste, estaba borracho.

—¿Acaso importa? ¡Lo prometiste! —se ubicaron en una zona lejana al escenario, casi al otro lado de la sala. Estaban junto a una de las enormes decoraciones de flores y calabazas que adornaban el salón por lo que fácilmente podrían esconderse detrás de ella en caso de que la vergüenza volviera a atacarlos. Solo esperaban que aquella estatua humana cubierta de flores, ramas y lámparas de Halloween fuera lo suficientemente grande para los dos— Estamos a salvo aquí —suspiró.

—¿Qué no se supone que el que tiene ataques de pánico en las fiestas con mucha gente soy yo? —preguntó enarcando una ceja— ¿Qué pasa con el gran Lucius Malfoy, el galán de las fiestas, y su arrolladora confianza?

—Está enterrada bajo tres capas de maquillaje —respondió de mala manera estirando la mano para tomar una de las copas que ofrecía un camarero que, convenientemente, pasaba por ahí. Se llevó el contenido a los labios y se acabó la champaña de un solo trago. Cerró los ojos y arrugó la frente, aguantándose el ardor que el alcohol había provocado en su garganta. Snape solo decidió quedarse callado mientras miraba los restos de lo que, alguna vez, fue su mejor amigo—. Lo siento. No sé qué está pasándome hoy… Es mi estrés —suspiró agotado—. Hoy ha sido un día muy raro, ¿sabes?

—Ah, ¿sí? Pues, se pondrá peor —respondió el pelinegro tomándolo por los hombros y moviéndolo a un lado—. Ahí viene un fotógrafo. Saca pecho, párate erguido y cambia esa cara. Necesito al Lucius Malfoy de siempre, no al patético.

—No me presiones. Hago mi mejor esfuerzo.

El fotógrafo mencionado se paró frente a ellos con la cámara en mano, anunció el nombre de la revista para la cual trabajaba y esperó el permiso del rubio para empezar la sesión. Lucius adoptó la misma postura que siempre usaba para todas sus fotos profesionales: mirando con seriedad al trabajador, esperando lucir imponente aún con todo ese maquillaje encima. No había necesidad de decir que sus dotes de artista salieron a relucir pues, al igual que Bellatrix, se negaba a salir mal en alguna foto.

Snape, por el contrario, lo único que pudo hacer fue quedarse quieto y rogar que todo terminara pronto.

El fotógrafo tomó unas dos o tres fotos, agradeció y siguió su camino buscando a sus siguientes "presas".

—Sabes, usualmente disfruto esto. Me gusta la atención y el alcohol gratis, pero hoy no tengo ganas. Mucho menos con este traje.

—Ya somos dos —contestó el menor girándose para tomar una bebida de la mesa de al lado—. Pero recuerda que lo hacemos por Cissy.

—La faja me aprieta.

—¿Te pasarás la noche quejándote?

—Sabes que sí. Tengo derecho a hacerlo. Soy yo quien tiene maquillaje en el rostro, tacones en los pies y ha desembolsado 50,000 dólares en menos de un día. ¡Tengo todo el derecho a hacerlo!

—Entonces será una noche muuuuy larga —respondió llevándose la copa a los labios y saboreando la fina champagne que Narcisa ofrecía—. Y parece que recién empieza. Adivina quién viene por ahí.

Lucius Malfoy, con sus altísimos 1.80, giró con elegancia sobre sus talones, ondeando la cola larga de su levita y la pequeña coleta blanca de su peluca. Su rostro angustiado cubierto de capas y capas de polvo blanco se vio sorprendido cuando, al mirar hacia el otro extremo del salón, vio a Rodolphus y a Rabastán Lestrange acercándose con grandes sonrisas y conteniendo las carcajadas tras esos dientes blancos bien cuidados.

—¡Ay! ¡No! —lamentó forzando una sonrisa y saludando desde lejos.

—Sonríe —murmuró entredientes imitando a su amigo.

Desde luego, era claro que los hermanos Lestrange no se iban a perder por nada del mundo el último evento importante de la temporada social inglesa. Nunca se perdieron una fiesta mientras estuvieron solteros y tampoco pensaban hacerlo ahora que estaban casados —o, bueno, al menos uno de ellos aún lo estaba—. Los solteros codiciados y más fiesteros de los años 80 eran unos invitados fijos para cualquier evento social que valiera la pena, incluso los que no. Ya fuese de día o de noche, si conocían a los anfitriones o no, ellos jamás faltarían a ninguna fiesta en la que hubiera barra libre y chicas lindas.

Y una fiesta organizada por Narcisa Malfoy sonaba prometedora.

—Oh-my-God. Severus Snape —canturreó Rabastán llegando hasta ellos—. Amigo, te ves bien —río parándose a su lado y apoyando su brazo sobre su hombro—. Lástima que no pueda decir lo mismo de ti, Lucius.

—¿Qué haces aquí, Rab? La entrada para los camareros está atrás —contestó cogiendo otra copa y siguiéndole el juego.

—Ja, ja, muy gracioso.

—¿Qué se supone que eres? —preguntó Snape mirándolo de reojo—. ¿Un mago o qué?

—Oh, por favor, no lo hagas empezar —pidió Rodolphus estirando su mano para alcanzar una de las copas de la mesa y brindar con Lucius—. Lo lamentarás el resto de tu vida... Linda peluca, Lucius. Ya me preguntaba cuándo te dejarías de pintar las canas.

—Muy gracioso. Mira como me rio —murmuró con sarcasmo.

—¿Qué no es obvio? —retomó Rabastán apartándose un poco para que todos pudieran ver su traje.

Snape y Lucius escanearon todo el disfraz de arriba abajo. Su querido amigo Rabastán llevaba una capa negra más o menos larga, un esmoquin negro con corbatín a juego, un bastón, un sombrero de copa del cual podría salir algún conejo en cualquier momento, un monóculo y se había dejado un extraño bigote en puntas como si se tratase de algún chef italiano de caricatura. Snape volvió su mirada a Lucius, pero este se veía igual o más confundido que él.

—"Obvio" es el disfraz de Rodolphus —respondió el rubio señalando al mayor de los Lestrange quien iba disfrazado del famoso capitán Jack Sparrow de esa saga de películas de piratas tan conocida—, pero el tuyo… No, no tengo idea. ¿Tú, Snape?

—Tampoco.

—Agh, como se nota que les falta cultura —dijo decepcionado—. ¡Soy Arsène Lupin! —los dos hombres se quedaron callados, aún sin ubicar a dicho personaje— ¡Oh! ¡Vamos! No puedo ser el único que ha leído el libro.

—Acéptalo, hermano —le interrumpió el mayor—. Elegiste el peor disfraz.

—No, no, no. En eso te equivocas, hermano —contradijo el supuesto ladrón de guante blanco meneando uno de sus dedos enguantados de un lado al otro—. El peor disfraz lo lleva nuestro ilustre amigo, el excelentísimo Sr. Lucius Malfoy —rio girándose al mencionado quien solo pudo poner los ojos en blanco—. ¿Qué demonios se supone que eres, Malfoy? ¿Mozart?

—Ten más respeto, Lestrange. ¿Qué no sabes con quién estás hablando? Te estás dirigiendo a tu Rey —respondió ofendido.

El pelinegro enarcó una ceja y se dirigió a Snape pidiendo explicaciones con su sola mirada. Snape, más que acostumbrado a esta tonta dinámica de grupo, soltó un suspiro y siguió con el juego.

—Estás hablando con Su Excelentísima Majestad, Luis XVI de Francia —anunció sin animo—. Narcisa quería que llevaran disfraces a juego —añadió rápidamente al ver la cara de confusión de los dos hermanos.

—Así que te hizo vestirte como a sus muñecas —completó Rodolphus en una carcajada—. ¡No puede ser! Ni siquiera en otra vida puede dejar de mandarte.

Lucius gruñó, molesto.

—¿Y qué se supone que eres tú, Snape? —cuestionó el segundo hermano con una sonrisa burlona en su angular rostro— ¿Su paje? Jajajajaja… "Oh, ¡Allez! ¡Allez! Traedme el pegamento. ¡Allez! Debemos impedir que Su Majestad, Le Roi, vuelva a perder la cabeza".

Los hermanos Lestrange empezaron a reír en voz alta captando la atención de algunos invitados que rondaban por ahí. Snape puso los ojos en blanco mientras mantenía su impasible cara de estatua mientras que Lucius Malfoy fruncía los labios y apretaba los puños bajo las hermosas empuñaduras bordadas de sus mangas blancas.

¡Quería morir!

Quería matarlos y luego morirse.

—De hecho… —interrumpió una voz femenina acercándose a ellos—, es su primer ministro.

Los cuatro caballeros se giraron para ver boquiabiertos a la elegante figura blanca que se acercaba a ellos desprendiendo un aura etérea de encanto y poder. Narcisa Malfoy —o María Antonieta, si lo prefieren— caminó hasta ellos balanceando en su cabeza una extravagante peluca blanca repleta de bucles, flores y plumas largas de colores pastel. Su rostro angular, al igual que el de su esposo, estaba decorado por sombras de ojos rosadas con brillos dorados y su piel clara estaba pintada con polvos blancos resaltando todavía más su palidez. Su figura esbelta, siempre envuelta en aquellos trajes oscuros de negocios, se veía ahora atrapada en un vestido claro de abultada falda repleta de listones rosas. El corset en su torso acentuaba su cintura, creando proporciones exageradamente imposibles de recrear en un cuerpo humanos normal.

Snape se preguntaba cómo era que su amiga podía seguir respirando. ¡Parecía una muñeca de porcelana de tamaño real!

Sin embargo, detrás de toda esa indumentaria tan realista y detallada, lo que se robaba la atención era la cabeza ensangrentada que sujetaba en sus delicadas manos. Una réplica de tamaño de real de la cabeza de Narcisa Malfoy los miraba sin vida desde la altura de la cintura de la susodicha. Sus ojos grises se veían dilatados, la boca estaba abierta en un grito atorado en su garganta e, incluso, sus cejas estaban levantadas en una expresión de horror causada por sus últimos momentos de vida antes de que la guillotina la separara de su cuerpo. El cuello esbelto estaba manchado de sangre y dicha sustancia —ahora seca— manchaba las dos manos de la empresaria.

Realmente era perturbador. Se veía tan real que Snape pensaba que, de verdad, le habían cortado la cabeza.

—¡¿Qué te pasó?! —chilló Rabastán acercándose a la dama para intentar tocar su cabeza— Cissy, te dijimos que no perdieras la cabeza con esto de la gala, pero no era para que te lo tomaras tan literal.

—Creo que, sin duda, este es el mejor disfraz que has tenido en años —dijo el otro Lestrange impactado—. Te luciste.

Ella solo sonrió de lado y asintió con la cabeza, complacida.

—¿Y ustedes no me van a decir nada? —preguntó divertida hacia los otros dos hombres— ¿Snape?

Snape le echó una ojeada a la falsa cabeza una vez más y luego subió para ver a la verdadera. La reina la observaba con una suave sonrisa tierna y esperaba sonrojada alguna palabra.

—Bonita cabeza. Se ve muy real. Me gusta la… la sangre(?).

Ella arrugó la nariz y sonrió mostrando los dientes.

—¿Y tú, cariño? —preguntó ahora dirigiéndose a su marido.

Lucius solo miraba embobado a su bella esposa sin ser capaz de articular alguna palabra.

Siempre había considerado a Narcisa como "una linda chica" desde la primera vez que la vio hace ya muchísimos años, más de los que podía contar con sus 20 dedos. Había sido en una reunión celebrada en su casa por solo Dios sabe qué cosa y habían asistido algunos amigos de la familia, gente importante que apenas conocía. Él no debía tener más de unos 15 o 16 años y, para ser honestos, no estaba interesado en niñatas pequeñas que aún adornaban sus cabellos con listones y diademas. Habían cruzado miradas en una presentación hecha por sus padres y ese fue el único contacto que hicieron esa noche. Ninguno despertó sentimiento alguno en el otro, cada uno estuvo por su lado y Lucius ni siquiera notó que ella y su padre ya se habían ido al acabar la velada.

Hasta entonces, Narcisa apenas había sido un rostro borroso y sin importancia en su memoria. Uno del cual, si lo había visto, no se acordaba.

O, al menos, lo fue hasta ese día casi 5 años después.

La primera vez que pensó en Narcisa como una mujer en todo el sentido de la palabra fue cuando la vio cabalgar por primera vez en el hipódromo al cual su padre solía ir a apostarle a los caballos de Sir Cygnus. Narcisa se encontraba en una de las pistas de entrenamiento del lugar. La joven jinete iba encima de un precioso caballo negro realizando perfectos saltos para el deleite de su padre y de sus tíos, hermanos de su propio padre.

El casco oscuro le impedía ver bien el rostro de la jinete, pero su visión mejoró cuando la amazona bajó del animal y se quitó el artefacto, revelando una hermosa cabellera platinada atrapada en una larguísima trenza y un par de adorables mejillas sonrojadas debido a la intensa actividad física.

En sus pantalones blancos y chaqueta negra, Narcisa Malfoy se movía etérea, pero firme a lo largo del terreno. Una verdadera aparición, sin duda. Fue un milagro que pudiera mantenerse con la cabeza fría y no decir una tontería delante de ella cuando se acercó a saludar. Ahora, con 20 años o un poco menos, Narcisa Malfoy ya no era la pequeña niñita de listones en la cabeza, sino la promesa de una hermosa y fuerte mujer.

Y Lucius supo que estaría prendado de ella hasta nuevo aviso.

Con el paso de los años, Narcisa se volvía cada vez más bonita y el heredero Malfoy aprendió a vivir con eso hasta el punto en que ya le parecía normal. Su esposa era alguien que amaba arreglarse y vestir bien y eso estaba bien. Sin embargo, solo hubo dos ocasiones en las que su apariencia lo dejó sin aliento:

El día de su boda.

Y esta noche.

—¿Y bien? —volvió a preguntar la rubia manteniendo una sonrisa incómoda.

—Eh...

Quería decirle lo hermosa que se veía, pero no pudo. No se sentía en la capacidad de buscar las palabras ahora, no después de haber pasado casi una semana entera sin dirigirle la palabra. La conversación con Snape le había ayudado a identificar el problema, pero eso no significaba que lo hubiera resuelto. Ambos habían dicho mucho y a la vez nada con su solo lenguaje corporal. Este era un asunto de alta tensión que debía ser tratado con pinzas diplomáticas. Hablar con Cissy siempre era una tarea difícil y una gala benéfica repleta de fotógrafos no era el mejor escenario para ello. Además, a eso había que sumarle la presencia de su mejor amigo, su concuñado y al hermano de este. Si decía algo, cualquiera cosa que se pudiera prestar para una potencial broma, no había duda de que lo usarían en su contra y fastidiarían el resto de la noche con ello.

No era algo que él estuviera dispuesto a soportar, no con el nivel de estrés que de por sí ya cargaba su cuerpo.

—Creo que los de caracterización hicieron un gran trabajo. Te ves bien.

Una respuesta... funcional para ellos.

Un momento incómodo para los demás.

Narcisa forzó su sonrisa y cambió su foco de atención hacia uno de los tres pelinegros restantes.

—Rodolphus, necesito hablar contigo urgentemente.

El mencionado frunció el ceño y respondió— ¿Estoy en problemas?

—Eso depende de si me haces esperar o no — sentenció moviendo frenéticamente su pie derecho por debajo de su falda.

—¿Qué sucede?

La rubia escaneó por unos segundos el resto de rostros que la miraban curiosos, expectantes a lo que ella tenía que decir.

—Preferiría que lo habláramos en privado.

—¿Tiene que ser ahora? Estamos en una fiesta.

—Es imperativo.

Rodolphus dejó escapar un suspiro agotado y estiró su mano hacia la mesa de al lado para tomar un trago antes de enfrentarse a la "encantadora" hermana de su esposa. La última vez que habían "hablado", Rodolphus había recibido el regaño de su vida. No quería saber qué le esperaba ahora.

—Vamos.

—Perfecto —exclamó acercándose a su esposo—. Sostén mi cabeza —empujó el mencionado objeto contra él y Lucius lo tomó por inercia, algo sorprendido por la violencia del acto—. No la pierdas y no le dejes caer. Ya vuelvo.

Y dicho esto, la Reina tomó al pirata por el brazo y lo llevó lejos de su grupo de amigos, en dirección a una de las salidas laterales.

Lucius, Severus y Rabastan los siguieron con la mirada hasta que finalmente abandonaron la habitación.

—Está en problemas —anunció Snape en voz alta.

—Está muerto —corrigió Rabastán quitándose el sombrero de copa y colocándolo sobre su pecho—. Pido un minuto de silencio en la memoria de mi querido hermano.

Snape rodó los ojos y volvió su atención a su platinado amigo quien aún se mantenía estático sosteniendo la cabeza ensangrentada de su esposa.

—¿Estas bien?

—Obviamente no. ¿Qué no lo ves? Narcisa lo traumatizó —interrumpió Lestrange señalando hacia el objeto en cuestión—. Oye, Lucius, tranquilízate. Sé que parece real, pero es solo cera. No está viva —se burló—. Tómalo de esta forma: por primera vez, tu esposa se mantendrá callada como una tumba. ¿Crees que ahora esté más relajada? Digo, ahora que se ha quitado ese "peso" de los hombros... ¡Jajajajajajaja!

Mientras Rabastan seguía haciendo chistes malos sobre la ausencia de cabeza de su amiga, Snape se quedó observando en silencio a Lucius y a la cabeza de cera de Narcisa.

Esta era una imagen muy extraña.

Mientras tanto, en uno de los corredores...

Narcisa sujetaba con fuerza el brazo derecho de su cuñado mientras caminaba apresurada por el laberinto de pasillos que era su hotel. Sus uñas cortas se clavaban firmes en la tela delgada de la camisa del pirata y sus pies por poco y trastabillaban debido a la carrera. Sin duda, los tacones antiguos no eran los más apropiados para correr.

—¿Me vas a decir que está pasando? —preguntó Rodolphus irritado por tanta actitud misteriosa. Una mueca de dolor se formaba en su rostro, sus dientes estaban apretados conteniendo un quejido— Narcisa, ¡detente! ¡Me estás lastimando!

—Deja de quejarte.

—Oye, que me agrades no significa que permitiré que me secuestres —se quejó plantando firmemente sus pies sobre el suelo, zafándose del agarre de su cuñada con un solo movimiento. Narcisa se detuvo un par de pasos más adelante de él, apretando los puños, frustrada— ¿Qué carajos está pasando?

La rubia tomó aire y luego lo dejó escapar sin gracia mientras se daba la vuelta lentamente. Se irguió todo lo que pudo para parecer más intimidante y fuerte y su ceño relajado se frunció en una expresión de enojo como si el causante de todos sus problemas hasta ahora fuera él.

Su pequeña nariz se arrugó.

Eso significaba peligro.

—Rita Skeeter estuvo aquí —dijo mirándolo directo a los ojos.

Rodolphus Lestrange se quedó atónito al escuchar el nombre de la periodista de sociales más intrépida de todo el Reino Unido. Fue como si le hubiesen lanzando un balde de agua helada sobre la cabeza, como si le hubiesen dado un contundente golpe en el estómago, como si se hubiesen llevado toda la felicidad del mundo y solo dejaran un frío penetrante en un desierto congelado.

—¿Rita? —jadeó boquiabierto.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había sabido algo de Skeeter. A excepción de su foto en blanco y negro en su columna semanal de El Profeta, no había visto Skeeter desde la última vez que su esposa se había enfrentado a ella hace como aproximadamente un año o un poco menos.

Si la historia entre ellas era tensa, la de él con Skeeter había sido desastrosa, por no decir "intensa".

—¡Sí! Ella misma. ¡¿Qué no escuchaste?! —exclamó irritada llevando ambas manos a sus caderas, sintiendo la enorme presión del corset contra sus costillas— ¿Dónde está Bella?

—¿Dónde está Rita?

—Yo pregunte primero.

—¡Está jugando por ahí con los de la prensa! —respondió rápidamente, queriendo volver a su punto—. ¿Dónde está...—

—¡Tengo que ir a buscarla! —exclamó levantando su falda y dándose la vuelta para regresar por donde vino— Ella podría... —

—¡NARCISA!

El pelinegro estiró su mano para sujetar uno de sus brazos y detenerla con una tremenda sacudida. La rubia se giró, molesta, y abrió la boca para protestar, pero su cuñado fue más rápido.

—Oye, oye —exclamó sujetándola por ambos hombros—. ¿Dónde está Rita?

—La eché de aquí hace cinco minutos —respondió sacudiéndose para soltarse de su agarre—, pero no confió en que se haya quedado tranquila. Conozco a Rita. Si ella quiere estar aquí, no hay nada ni nadie que la pueda detener —dijo soltando un suspiro desalentador—. Si ha logrado pasar los filtros una vez, estoy segura que lo hará una segunda. Esa mujer es un escarabajo. No sé cómo lo hace, pero siempre logra colarse en los lugares menos esperados.

—No puede encontrarse con Bellatrix.

Narcisa rodó los ojos y puso una mueca de fastidio en su angular rostro.

—¡Es lo que te estoy diciendo! ¿Qué no me escuchas? —exclamó enojada, casi chillando por ser incapaz de modular la intensidad de su voz— Rodolphus, tengo invitados importantes esta noche. ¡El Duque de York y sus hijas están aquí! Encima, tengo a toda la prensa social británica afuera. No puedo dejar que Bella tenga otra de sus peleas con Rita, ¡no aquí! —incapaz de quedarse quieta, la mujer empezó a mover ansiosamente sus piernas, balaceándose de un lado al otro, retorciendo sus manos con frenesí— No quiero que MI noche especial se vea opacada porque a mi hermana y a tu ex amante se les antojó agarrarse a taconazos… ¡Otra vez! —gritó pisoteando con fuerza el suelo — Así que necesito que, POR FAVOR, vigiles a tu esposa mientras YO me encargo de la prensa. ¿De acuerdo?

—Cissy…—

—¡¿De acuerdo?! —insistió elevando las manos— ¡Rodolphus, estoy a punto de sufrir un colapso nervioso! ¡Por favor! Necesito que me apoyes y hagas exactamente lo que te digo —los ojos grises de su cuñada lo miraban descolocados, la vena de su frente estaba saltando notoriamente y su actitud calmada de dama había desaparecido para revelar una faceta que jamás había visto. Más que respeto, sintió miedo— ¡¿De acuerdo?!

—De acuerdo, de acuerdo —respondió elevando sus manos, indefenso, rindiéndose para la paz mental de ella—. Está bien. Mantendré vigilada a Bella.

—Gracias —suspiró aliviada, dejando escapar todo su aire y perdiendo toda la elegancia al encorvarse hacia adelante. Rodolphus observó su pecho subir y bajar, siendo presionado por el ajustado corset. Nunca la había visto tan delgada y estresada como ahora, parecía que se estaba consumiendo poco a poco. Narcisa llevó sus manos, hasta ahora en sus caderas, hacia sus sienes y las masajeó adolorida. La pobre estaba sufriendo de un peligroso cuadro de estrés y parecía no estar ni cerca de terminar—. ¿Cómo es que terminé enredada en esta tontería?

—Pues…—

—Cállate. Estaba hablando conmigo —ordenó sin abrir los ojos—. Además, no puedes decir nada. Todo esto es tu culpa.

Su interlocutor abrió los ojos sorprendido y sumamente ofendido— ¡¿Perdón?! ¡¿Mi culpa?!

—¡Sí! ¡Tu culpa! —chilló casi desgarrándose su garganta— Tú y tu incapacidad de controlar tu pene.

Rodolphus abrió los ojos sorprendido ante tales palabras— ¡Narcisa!

—Sabías que Rita nos tenía en la mira y, aun así, te metiste con ella —acusó levantando un dedo hacia él—. Todavía no puedo creer que fueras capaz de estar con alguien como ella. Sé que tú y tu hermano estaban acostumbrados a comerse cualquier cosa, pero ¿Rita? ¡Por favor! Pensé que tenías mejor gusto.

—Oye, tampoco ofendas.

—Pues es la verdad y la verdad duele —se defendió—. Sé que mi hermana no ha sido una santa tampoco, lo reconozco. Es más, fui yo la primera que le reclamó cuando me enteré que se veía a escondidas con ya tú sabes quién, pero serle infiel con Rita Skeeter, su mayor enemiga en todo el mundo, fue una completa idiotez —sentenció fríamente—. Aún me cuesta creer que lo hicieras. De todas las mujeres en Londres, tenías que elegir a la que más nos odia. ¡¿En qué estabas pensando?!

Sus ojos grises lo miraban con severidad, pero el mayor no se dejó intimidar por ello. Narcisa era solo cuñada y no tenía derecho a opinar sobre su vida privada, mucho menos sobre los problemas maritales entre su esposa y él. Sí, él había cometido faltas dentro del matrimonio, pero Bellatrix no se quedaba atrás y, a estas alturas de su vida, ya no sabía quién había sido infiel más veces: si ella o él.

—Ya, ya, ya, está bien —dijo cortando el tema, cansado—. Yo soy el malo de esta historia, yo soy el idiota que metió la pata, ¿contenta? —ella solo enarcó una ceja— Mira, ya perdí la cuenta de la cuántas veces hemos tenido esta conversación. ¿Cuántas veces más voy a tener que disculparme por algo que ya se terminó hace años?

—Por ahora, solo una vez. Tengo una fiesta que atender y no tengo tiempo para esto —la mujer se giró y, levantando su enorme falda, caminó de regreso al salón de recepciones—. Ahora, vamos a fingir que todo está bien. Tú te encargarás de Bellatrix, vigilarás a ese libidinoso hermano tuyo y yo iré con mis invitados y simularemos que está conversación…—

—… Jamás ocurrió —completó de mala gana, siguiéndola de cerca—. Ya lo sé, ya lo sé.


—¿Cómo van mis finanzas, Parkinson?

—Nos excedimos un poco con el presupuesto de este mes, ¿verdad? —respondió el hombre delgado disfrazado del Joker de Heath Legder— Si ajustas un poco la chequera desde ahora, podrás pagar estos dos últimos meses de impuestos acumulados y llegarás tranquilo a fin de año.

—Me darán mi bono de Navidad en la quincena de diciembre —comentó llevándose su vaso de whisky a los labios—. ¿Pusiste eso en...?

—Como todos los años, Severus —respondió imitándolo—. Mira, no te preocupes. Tienes muchos ahorros y estos "gustos" no afectan en gran medida a tu economía, pero teniendo en cuenta los gastos que tuviste con el funeral de tu madre hace unos meses, pues, como inversionista, te sugeriría que no te excedas si no tienes un plan de pagos claro.

Rabastan, sentado a un lado por disposición de los organizadores, miraba aburrido de un lado al otro a los demás integrantes de su mesa. Snape conversaba con Perseus Parkinson, un viejo amigo que no veían hace mucho. Lucius, al otro lado, conversaba con unos conocidos que venían a saludar. Al frente, podía ver a su cuñada todavía jugando con los miembros de la prensa y rodeándose de sus viejas y risueñas amigas casi tan molestas como ella.

De su hermano, ni noticias.

El hombre estaba esperando que la verdadera fiesta comenzara ya. Quería bailar, quería tomar y pasar un buen rato. No estaba enfundado en un incomodísimo traje de gala para quedarse sentado el resto de la noche. Sin embargo, todo parecía estar tomando más tiempo de lo planeado y el que Narcisa, la anfitriona de la gala, no apareciera por ningún lado no arreglaban las cosas.

Al menos tenía la cabeza de ella como consuelo.

Dirigió su vaso de whisky a la aterradora replica decapitada de Narcisa Malfoy que yacía a su lado izquierdo y brindó en silencio antes de acabarse el contenido de su vaso de un solo trago. Cerró los ojos un par de segundos para que el ardor se le pasara y luego se levantó tranquilamente para sentarse más cerca de Parkinson y Snape.

—Por favor, ¿pueden dejar de hablar de números? —preguntó abrazando a Perseus quien pasó a mirarlo extrañado— Oigan, ¡esto es una fiesta! Se supone que deben divertirse, no bajar la alegría hablando de impuestos.

—Es un tema importante, Lestrange —dijo Snape con suavidad.

—Deberías prestar atención a lo que dice —secundó Parkinson—. ¿Has revisado tu historial bancario últimamente?

—Para eso te pago a ti —contestó como si lo más obvio del mundo.

—Pues, déjame informarte que tienes una tarjeta crédito sobregirada —comentó sonriendo de lado antes de llevarse su bebida a sus labios. Snape escuchaba curioso el asunto, escondiendo una sonrisa burlona tras su vaso—. Creo que no es necesario que nombre a la causante de ello, ¿no es así, Rab?

No era necesario pensar demasiado para saber que aquel "pequeño" desbalance financiero era obra de Miranda, la despampanante rubia teñida que su amigo exhibía como trofeo desde hace muchos meses. No pudo evitar preguntarse que sería esta vez. ¿Un apartamento en algún ático en Marylebone? ¿Un afinamiento de rostro? ¿La afiliación del gimnasio o la pensión de la universidad?

Tal vez era algún bolso o zapatos nuevos, después de todo, el famoso Fashion Week había sido apenas hace un mes.

—Oigan, oigan, no estamos hablando de mí. Estamos hablando de ustedes —interrumpió cambiando de tema, evadiendo la responsabilidad de sus actos, como siempre. Para salvar su pellejo de las críticas, decidió enfocarse en ellos—. Tú, Parkinson, necesitas dejar tu calculadora y divertirte un poco —dijo mirándolo burlón antes de pasar al otro pelinegro—. Y tú, mi querido profesor Snape, necesitas buscar una linda chica y tener sexo.

Snape enarcó una ceja y negó con la cabeza.

—De hecho, Pers, tú también deberías tener sexo —continuó con una sonrisa ladina en su rostro—. ¿Hay algún club nocturno cerca del área financiera que te guste? Tal vez podrías llevar a Snape contigo y gastar unos billetes. Yo los patrocino si gustan.

Una risa burlona se escuchó de parte de Lucius y su pequeño grupo de amigos al otro lado de la mesa.

—Por última vez, Rabastan. Mi trabajo no es igual a El Lobo de Wall Street —repitió el hombre mirando hacia el frente—. Esto no es New York.

—Además, la prostitución es ilegal —añadió Snape con seriedad— y, francamente, no tengo la intención de ir a la cárcel.

—Nadie ha ido a la cárcel por tener sexo, Snape —contestó el hombre arrastrando las palabras, aburrido—. No mientras lo hayas hecho con un mayor de edad.

—Prefiero no arriesgarme.

—Lástima. A ustedes realmente les urge acostarse con alguien —Lucius a un lado volvió a reír, esta vez, suavemente pues la compañía que hasta entonces había tenido acababa de retirarse—. ¡Esto es una fiesta! Levanten sus traseros y vayan a conocer mujeres. Ambos necesitan socializar.

—¿Y tener sexo? —preguntó Lucius, burlándose desde lejos, haciéndolos voltear en su dirección.

—Mucho.

Perseus Parkinson y Severus Snape se miraron el uno al otro. Algo les decía que la influencia de Rabastan Lestrange y su incontrolable libido sería perjudicial para ellos.

—¿Quienes tendrán sexo?

Una voz femenina y algo chillona llegó por detrás de ellos, exhibiéndose descarada y sin vergüenza alguna por el uso del escandaloso vocabulario. Los cuatro hombres se giraron para ver llegar a Bellatrix Lestrange, la reina de la alfombra roja y de los paparazzi de esta gala.

Bellatrix era muy diferente y, a la vez, muy similar a su hermana Narcisa. Ambas tenían más o menos la misma altura y complexión de rostro y cuerpo. Sin embargo, las disimuladas cirugías estéticas de Bella, como, por ejemplo, su aumento de senos —aunque ella siempre jurara que eran completamente naturales— podrían confundir un poco a las personas que no la conocieron de joven. La dama Lestrange tenía la piel más bronceada, probablemente producto de todo el tiempo que invertía vacacionando en las costas italianas y no encerrada en una oficina.

No podía culparla, si él tampoco tuviera que trabajar, también pasaría sus días junto al mar.

Tenía el cabello negro y rizado, brillante y lleno de vida. Solía cuidarlo mucho, en especial desde que se había convertido en una mujer casada. Severus aún recordaba con gracia aquellos años mozos en los que siempre lo llevaba despeinado y en un completo caos. Solía enredársele mucho y siempre batallaba peinándolo.

Por último, pero no menos importante, Bellatrix y Narcisa compartían el mismo tipo de nariz: respingada y bonita. No obstante, no solía arrugarla cuando se enojaba. Todo lo contrario, ella solía arrugarla cuando estaba feliz ya sea cometiendo alguna travesura o haciendo pasar un mal rato a alguno de sus amigos.

O ambos.

—Perseus y Snape —respondió Rabastan sonriendo de lado.

—¡¿Como?! ¡¿Entre los dos?! —preguntó la mujer gratamente sorprendida. Una sonrisa gatuna se formó en sus labios rojos con diseño de corazón. La mujer tomó una silla y la arrastró cerca de ellos para sentarse— ¡Uh! Me encantaría ver eso. ¿Puedo ver? ¿Me invitan? No hay nada más excitante que ver a dos hombres coger.

—¡¿Qué?! —chilló Parkinson casi atragantándose con su bebida y, de no haber sido por un par de golpecitos en su espalda por parte del hermano Lestrange, estoy segura que hubiese terminado en la sala de urgencias del hospital más cercano.

—¡No bromees con eso, Bellatrix! —respondió Snape de malhumor mirándola con antipatía—. No es gracioso.

—Para mí, sí —ronroneó sonriendo y arrugando su respingada nariz. Ella estaba sentada al lado de Snape y se recostaba perezosa sobre su cuerpo, usando su dedo índice para jugar con la coleta gris de la peluca de su interlocutor—. Te hace falta acostarte con alguien, cariño, y, en tiempos de guerra, cualquier hoyo es trinchera.

—¡Bellatrix! —chilló Perseus mientras tanto ella como Lucius y Rabastan estallaban en jocosas carcajadas.

Estoy rodeado de idiotas, pensó Snape rodando los ojos.

Algo que debía destacarse de Bellatrix —entre la infinidad de cosas que podían "destacarse" de ella— era su gran capacidad para hablar de temas inapropiados con la gente inapropiada en momentos inapropiados.

Bellatrix siempre había sido una mujer muy abierta y sincera cuando daba su opinión sobre algo, simplemente era como si no tuviera filtro. Temas como el sexo no la avergonzaban, al contrario, le gustaba bromear con ello y contar anécdotas sobre sus "hazañas" en la cama —o cualquier escenario en realidad—. Tal vez por diversión o tal vez por morbo, muchas veces sus interlocutores solían quedarse a escuchar y a preguntar interesados por el tema. Otros, como Perseus Parkinson, solían escandalizarse.

Y luego estaban los que eran como Severus: el blanco de sus burlas solo porque era divertido para ella ver sus expresiones de disgusto.

—Mira, cariño, tú no te preocupes por eso—retomó la pelinegra rodeando con ambos brazos a Snape, pegándose como un gato perezoso a su dueño solo para aumentar su incomodidad—. Estás conmigo y yo conozco a toooodo el mundo. ¡Te conseguiré una linda compañía para esta noche!

Su sonrisa resplandeciente se forzó en su dirección.

Snape solo puso una mueca apartando su rostro de ella lo más que podía.

—Y ¿a quién le piensas presentar? —preguntó Lucius, curioso, interviniendo finalmente.

—Tengo algunas personas en mente.

—Pasó —respondió Snape de forma seca—. No voy a salir con ninguna de tus amigas, Bellatrix. Suficiente tengo con soportar a ti.

Eso y que él ya era una papa casada. No quería salir con nadie, ya tenía una relación con Hermione y la amaba. Jamás le haría eso.

—¿Quien dijo que iban a salir? —preguntó pícara levantando las cejas. Su sonrisa se enganchó más, dejando entrever algo locura en ella—. No creo que a Cissy le moleste que uses una de sus habitaciones. Después de todo, esto es un hotel.

—Como se nota que no conoces a tu hermana —comentó Lucius con una sonrisa burlona.

—Se molestará —canturreó Rabastan.

Ya podía escuchar los gritos de Narcisa si alguna actividad indecente llegase a pasar en su hotel esta noche. Pobre de aquel tonto o tonta que la hiciera enojar por algo así.

—Oye, ¿qué tú no deberías estar por ahí jugando con los fotógrafos? —preguntó Snape cambiando de tema, tratando de salvarse a sí mismo y a Parkinson.

—Ya me cansé —bufó separándose y estirando su brazo para tomar una de las copas de champagne que estaban en la mesa—. Me duele la cara de tanto sonreír y este vestido pesa mucho. Creo que ya me hice suficientes fotos por hoy.

"¿Y ese milagro?", pensó. "¿Bellatrix Lestrange cansada de la atención? ¡¿Es eso posible?!"

—Gran disfraz, por cierto —alabó Lucius—. Es la primera vez que te veo de rojo desde...—

—El Alice's Day —completó por él.

Para aquellos que no los sepan, aquí les va la explicación.

Inicio de espacio cultural

El Alice's Day era una festividad propia de la ciudad universitaria de Oxford que se celebraba cada 04 de julio. Se trataba de un pequeño y colorido festival en memoria al famosísimo cuento infantil "Alicia en el país de las maravillas". El autor de este, Lewis Carroll —o Charles Dodgson para la sociedad— había sido profesor de matemáticas en uno de los colleges de la universidad, el college de Christ Church, y fue exactamente ahí cuando, un 04 de julio de 1862, el profesor y futuro escritor terminaría inventando aquella extraña y fantástica historia para las hermanas Liddell.

Fin del espacio cultural

Volviendo al presente, el Alice's Day se vendía como una celebración para toda la familia que conmemoraba el mundo de imaginación y locura de Carroll. Por lo general, la fiesta ocupaba casi toda la ciudad de Oxford. Las locaciones iban desde las diversas facultades de la milenaria universidad hasta los Jardines Botánicos y el Museo de Historia de la Ciencia, pasando por la gran librería de Blackwell. Las calles de piedra se llenaban de vida y color a través de un desfile temático lleno de marionetas gigantes de los personajes y todo el mundo era bienvenido a participar ya sea como simples espectadores o como participantes en el concurso de disfraces.

Desde luego, a los estudiantes de Oxford les gustaba participar en el festival, sobre todo los de Christ Church. No era obligatorio disfrazarse para vivir la experiencia, pero si has ido Oxford y no te has disfrazado de algún personaje del cuento durante el Alice's Day, ¿realmente has ido a Oxford?

Por supuesto, Snape y sus amigos no se iban a perder de la celebración, no cuando habían estado dentro de la universidad durante tantos años —o bueno, todos excepto Snape—. Era imposible perdérsela, prácticamente cada rincón de la ciudad recreaba alguna escena del libro. Obviamente, la tentación de disfrazarse era demasiada y, cuando estuvo en su cuarto año, Snape terminó cediendo ante ella por culpa de la insistencia de sus amigos, en especial, por culpa de una chica rubia de diadema negra que imitaba a la protagonista del cuento.

—Pensé que sería divertido recordar viejos tiempos —continuó Bellatrix mientras se acomodaba la enorme y muy voluminosa peluca roja en forma de corazón que llevaba en la cabeza. Una pequeña corona dorada se posaba delicada en medio de ella, casi pareciendo ridículamente pequeña en comparación al tamaño del peinado—. Además, combina a la perfección con el disfraz de Cissy. ¿Qué mejor que la Reina Roja para cortar una cabeza?

Todos los presentes se giraron a ver la ensangrentada cabeza de Narcisa Malfoy que descansaba inmóvil sobre la mesa al lado de una copa de champagne vacía.

—Eso explica la enorme cabezota —bromeó Lucius—. ¿Así que se supone que eres la Bonham Carter pretendiendo ser la Reina Roja?

—Obviamente.

—Al menos es mejor que tu anterior versión del disfraz —recordó el profesor sin animo—. Este no deja tu dignidad por los suelos.

—¿Así como cuando tu disfraz de la oruga azul dejó tu dignidad en el subsuelo? —indicó ella con una sonrisa triunfante— ¿O debería decir "submundo"?

Snape reprimió una mueca mientras que el resto de la mesa estallaba en enérgicas carcajadas al recordar aquel horrible disfraz de Oruga Azul que Narcisa lo obligó a usar para ganar el concurso del festival. Aún recordaba las ridículas antenas y los cientos de pequeñitas patas que tuvo que usar como disfraz. ¡Incluso la cola gruesa y redonda era horrible! Nunca había sudado tanto como esa vez, la pintura azul se le escurría por la cara manchándolo todo.

Por lo menos pudo fumar toda esa tarde. No hubiese logrado sobrevivir el resto del día si no hubiese estado lo suficientemente drogado como para creerse invisible.

Un alboroto en el escenario llamó la atención de todos los invitados por completo. La pequeña banda había dejado de tocar y un joven castaño con abrigo negro y bufanda azul se paraba en medio del escenario para acomodar un trípode con micrófono incorporado. El chico comenzó la prueba de sonido haciendo pequeños saludos y contando hasta tres antes de dirigirse al público espectador.

—Parece que la gala ya va iniciar —susurró Perseus.

[…] Y, sin más preámbulos, tengo el honor de dejar con ustedes a la Sra. Narcisa Malfoy.

El público, incluido Snape y su pequeño grupo de amigos, aplaudió con ánimo para recibir de forma calidad a la dueña de la cadena hotelera. Narcisa Malfoy, disfrazada con su enorme y extravagante vestido de María Antonieta, subió las cortas escaleras con la espalda totalmente recta, balanceando con maestría las plumas color pastel de su peluca. Sus manos levantaban la falda para poder moverse con mayor libertad y su rostro portaba una encantadora sonrisa que resaltaba entre todas esas hermosas flores que decoraban su atuendo.

Una verdadera reina, pensó Snape mientras la veía, embelesado, ubicarse frente al micrófono.

—Damas y caballeros, muy buenas noches. Sean todos bienvenidos a la Gala Anual de Halloween de la Fundación Garfield Weston. Muchas gracias por venir, me da gusto verlos —empezó inclinándose con suavidad, mirando con emoción a todos los invitados. Sus ojos grises brillaban y la luz blanca que caía sobre ella le daba un aire fantástico a la escena—. Muchos de aquí ya me conocen, pero para los que no, déjenme presentarme. Soy Narcisa Malfoy y seré su anfitriona esta noche…


No debería profundizar una opinión cuando no sé absolutamente nada respecto al tema, pero —en mi opinión, o sea, mía de mí—, diría que la gala de Garfield Weston de este año era más que un éxito.

O, bueno, al menos, eso es lo que yo creo. Cabe resaltar que nunca he estado en una gala de caridad.

La música era buena. El DJ estaba poniendo canciones de moda y los invitados se animaban a bailar o a circular por el ambiente, socializando al ritmo de sus propios cantos desafinados. Asimismo, uno de los maestros de ceremonia, con la ayuda del dichoso DJ, se las ingeniaba para hacer reír a todos con los chistes y juegos que se inventaba. Ya fuese algo tonto como un concurso de baile o una búsqueda de objetos, al menos la gente se divertía. Por supuesto, Narcisa había tenido que participar en al menos uno de todos los juegos. Ya pueden imaginarse lo difícil que fue para ella no perder el estilo con vestido tan grande y pomposo como el que usaba.

Snape, como siempre, había evitado todo juego que involucrara actividad física, pero estoy segura que disfrutó de la trivia por mesas que se realizó después de la cena. El hombre no dejaba de presionar la campanilla cuando lanzaban una pregunta. Solo se abstuvo de responder en dos ocasiones: cuando cayeron en la categoría de "cultura pop" y cuando decidió repetir plato pues la cena estuvo tan deliciosa que se quedó con hambre.

Y ¿cómo culparlo? ¡La comida estaba para chuparse los dedos!

Fue contundente, de esas comidas sabrosas que se preparan cuando se quiere celebrar algún momento especial en familia. La variedad era extraordinaria y eso se agradecía. Snape no recordaba haber visto tantos platillos tan diversos desde la cena de Navidad en Malfoy House. ¡Lo mejor era que ni siquiera tenías que levantarse si quería pedir algo extra! Si se le antojaba algo en específico, como otra botella de champaña o algo de la mesa de postres o lo que fuera, solo debía levantar la mano y el mesero más cercano se dirigiría a la mesa para satisfacer todos sus caprichos.

Pero yo conozco a mi gente, banda. Ustedes se preguntarán: "¿Y cómo sé que me van a servir bien? Porque yo no quiero comer una cosita chiquitita como cena, yo quiero una buena ración". Pues, mi vida, si tienes esa duda, te puedes parar e ir a la mesa del bufet y servirte tú mismo. ¡Sin roche, sin vergüenza! Yo haría exactamente lo mismo si me hubiesen invitado. Es más, aquí entre nos, si me hubiesen invitado —cosa que no hicieron y me ofende mucho—, hubiese llevado mi tupper para llevarme los chocolates de la mesa de postres que, déjenme decirles, se veían riquísimos.

Obviamente, siempre disimulando, por favor. Tampoco hay que ser huachafos*.

Huachafo, fa (adj.): 1. Persona que pretender ser elegante y refinada sin conseguirlo. 2. Que es pretencioso y de mal gusto. 3. Cursi.

En fin, no culparía a Snape de pecar repitiendo plato. Para serles honesta, los chefs del Heir se habían lucido con la cena y, estoy segura, tal vez habrían inventado algún platillo esta noche. Los cocineros habían sacado sus mejores armas, habían comprado los mejores ingredientes y seleccionado el mejor menú para esta noche. Desde la elaboración de la comida hasta la elección de vajilla y presentación final del plato, todo había sido perfecto.

¡Diez de diez, señores! Se ganaron su bono del mes.

Además, si algo Snape y yo hemos aprendido es a jamás rechazar la buena comida y el trago gratis.

Ahora, los distinguidos invitados de la Sra. Malfoy se encontraban disfrutando de agradables conversaciones con los miembros de sus respectivas mesas mientras que la banda de músicos tocaba animados covers de conocidas canciones para darle al DJ un respiro y el chance de cenar un poco.

—Y ¿cómo están los niños?

Sí, una pregunta infaltable en toda conversación de adultos, sobre todo si ya son padres.

—¡Oh! ¡Mi Delphi está tan bonita y tan inteligente! —exclamó Rodolphus dejando de lado su vaso de whisky a medio terminar—. Deberías verla, está más alta. Ha crecido un poco ahora que está practicando natación.

Delphini era la única hija del matrimonio Lestrange y la sobrina más pequeña de Severus Snape. Era una "dulce niña" de unos 14 años aproximadamente, muy hábil, muy sagaz y de un carácter fuerte y calculador que había heredado de ambos padres, aunque algo le decía que lo había sacado más por parte mamá que de papá.

El profesor asintió con la cabeza sin mostrar mayor emoción. No era que no le interesara el tema —bueno, tal vez no tanto—, pero hablar de Delphini siempre era... Digamos que no era su tema favorito.

Ni el de nadie.

Bueno, no, tampoco hay que ser exagerados.

Sí había una persona que adoraba hablar de Delphini Lestrange y esa persona era su padre.

Como ya habrán deducido, Delphini era la princesa amada de Rodolphus Lestrange. Era la niña de sus ojos, la joya más valiosa de su casa, su única heredera y la razón por la cual el pelinegro se había visto todas las temporadas emitidas de Keeping Up with the Kardashians. Al hombre se le caía la baba por su hija y la consentía más de lo saludablemente recomendado, razón por la cual, a la vista de todos, la "dulce" Delphini no era más que un monstruo malcriado y manipulador.

—Bueno, ya sabemos que, si quiere incendiar su uniforme por tercera vez, al menos habrá agua cerca para poder apagarlo —bromeó Amycus Carrow quien se encontraba también con ellos en la mesa.

El chiste pareció agradar pues incluso Snape se vio obligado a ocultar su sonrisa tras su servilleta.

—Ese colegio tiene la culpa —defendió el hombre acomodándose sobre su asiento para sacar el pecho como si fuese un gallo de pelea—. Ellos limitan la creatividad de mi Delphi. Ella es un alma libre, muy individual, que solo quiere expresarse, pero esas monjas y sus uniformes grises se lo impiden.

—¿Qué no la primera vez casi quema su dormitorio intentando destruir su uniforme? —preguntó Alecto Carrow, quien se encontraba justo a la izquierda de su hermano— Y, si mal no me recuerdo, creo que la segunda vez amenazaron con expulsarla, ¿verdad?

—¡Y me encantarían que lo hicieran! —retó el mayor cruzándose de brazos— Ya le he dicho a Bella cientos de veces que ese colegio no es para ella. Está demasiado lejos y la limitan en todos los aspectos. No entienden que es una niña única y muy talentosa para las artes —Snape y los demás asintieron, no muy convencidos, pero sin ánimos de refutar—. He pensado pedir el traslado a Hogwarts. Sería lo mejor para ella. Estaría más cerca de mí y podría entrar algunos de esos programas artísticos que tiene el colegio.

—¡Uy! —comentó rio Alecto, divertida, mirando en dirección al profesor—. ¿Quiere decir que terminarás de educar al último de los sobrinos, Snape?

—Paso —respondió el aludido antes de llevarse su bebida a los labios—. Ya estoy muy viejo para eso.

Decir eso era mucho mejor que decir que no quería hacerlo. En su experiencia, solo existían dos futuros posibles si se convertía en el profesor de Química de la niña Lestrange: el primero era con ella expulsada de Hogwarts por mal comportamiento y, el segundo, con él internado en un psiquiátrico por un colapso nervioso.

Y no quería vivir ninguno de los dos escenarios.

—Oye, has educado a casi todos nuestros hijos —reclamó el hombre posando su mano en su hombro—. ¡Te falta mi niña! Le vendría bien una asesoría en matemáticas. Últimamente, está teniendo problemas con los polinomios.

Snape se aclaró la garganta y estiró su cuello en otra dirección, buscando una manera ingeniosa de salir de ese tema.

—¿Cómo está Pansy, Parkinson? —preguntó dirigiéndose a su amigo inversionista sentado a la derecha de él— ¿Ya en qué ciclo está?

¡Ah! Esa también es otra pregunta que nunca puede faltar en las conversaciones de padres.

Perseus Parkinson se giró en dirección a su interlocutor, dándose cuenta de que todas las miradas habían recaído sobre él. Sus viejos amigos lo miraban expectantes esperando recibir noticias de su querida sobrina quien ahora estudiaba Negocios Internacionales en Bélgica.

—Pasa a segundo.

—¡¿Qué?! —chillaron al unísono, claramente sorprendidos por la noticia recibida. El padre solo atinó a encogerse de hombros antes de estirar su mano para alcanzar la copa a medio terminar frente a él. Incapaz de controlar su curiosidad, Rabastan Lestrange, el peor tío del mundo, se animó a preguntar — ¿Qué no estaba ya en el séptimo creo? Recuerdo que dijiste que le faltaba como un año y medio o algo así para acabar.

—Cambió de carrera —respondió como si ya hubiese tenido el tiempo suficiente para asimilar y procesar aquella decepción—. Descubrió que no era lo suyo.

Uy, esa también es una otra frase que he escuchado cientos de veces en las conversaciones de padres.

—¿Y ahora qué estudia? —preguntó Alecto.

—Déjame adivinar —interrumpió Snape—. ¿Derecho? —el hombre asintió, mostrándose gratamente sorprendido por la respuesta— Yo se lo dije. Ya le había dicho que Derecho era la carrera perfecta para ella. Tiene todo el perfil y las aptitudes, incluso fue una de las opciones que le arrojó el test vocacional —Perseus asintió—. No sé por qué eligió Negocios.

—Ni yo. Un día simplemente llegó y que quiero estudiar Negocios, que quiero estudiar Negocios y ya, le pagué la de Negocios. Ahora faltándole un año, que quiere Derecho —el hombre negó con la cabeza y dejó escapar un suspiro pesado—. Yo no sé qué tiene esa niña.

Probablemente, el resto de amigos sí, pero ninguno se lo diría a Perseus. No iban a romper su ilusión de ser un buen padre, al menos no hoy.

Y pudieron haberse pasado el resto de la noche hablando de los hijos de sus amigos con breves interrupciones por parte del maestro de ceremonias para informar la actualización financiera del monto recaudado hasta el momento; sin embargo, el destino —y mi intervención divina, obviamente— tenía otros planes para ellos.

—¡Severus! —gritó Bellatrix Lestrange posando de manera súbita ambas manos sobre los hombros de Snape, tomándolo desprevino. Su rostro delgado y angular descansaba al lado del suyo y una sonrisa cargada de locura estaba dibujada en él.

—¡Carajo, Bellatrix! —exclamó llevándose una mano al corazón— Me asustaste.

—Es Halloween, esa es la idea, cariño —rio de manera exagerada, provocando una sonrisa falsa por parte de sus amigos.

—¿Qué quieres, cariño? —preguntó su esposo, divertido por la situación y el comportamiento infantil de su inestable esposa— ¿Qué ha hecho el pobre Snape para merecer tus bromas? Tan tranquilo que estaba aquí con nosotros comiendo su postre.

La intimidante Reina Roja detrás de él portaba una mirada traviesa, cargada de locura, con un ligero brillo que Snape no sabría identificar como algo bueno o malo pues, cuando se trata de Bellatrix, nunca se sabía. Los demás solos los miraban divertidos, esperando por el anuncio de la Lestrange.

—Vine aquí en una misión súper especial —dijo juguetona, llevando su mano derecha hacia la quijada del profesor para apretar sus cachetes utilizando su pulgar y su índice, obligándolo a abrir la boca. Snape tuvo que hacer grandes esfuerzos para mantenerse sereno, pues lo único que quería hacer era gritarle y hacerla desaparecer. Sin embargo, no podía hacer un espectáculo aquí, se lo había prometido a Narcisa—. ¡Vine a secuestrarte, tontito!

Odiaba cuando usaba ese tono infantil.

En serio, lo odiaba.

Pero ahora tenía algo más en lo qué preocuparse.

—Caballeros, distinguida dama —llamó de manera exagerada, dirigiéndose a los otros invitados en la mesa. Rodolphus, Rabastan, Amycus, Perseus y Alecto asistieron divertidos y curiosos ante lo que la Lestrange planeaba hacer. Sea lo que sea que pasara por su maquiavélica mente no debía ser nada bueno puesto que iba dirigido a Snape y todos sabían que el pasatiempo favorito de Bellatrix, después de hacerse las uñas, era molestar al pobre profesor—. Espero que no les importe si me robo a este "carismático" hombre por el resto de la noche.

—De hecho, a mí sí me importa —interrumpió el aludido saltándose del agarre de la mayor. No obstante, su comentario fue ignorado por todo el mundo.

—Sé que Snape siempre es el alma de la fiesta y que le encanta conversar —prosiguió, fingiendo no oírlo—, pero realmente necesito que venga conmigo, así que, si nos disculpan...

—No, tranquila —contestó Alecto, sonriendo cómplice con la Lestrange—. Más bien, ya te iba a pedir que te lo llevaras. Está acaparando toda la conversación.

—Sí, ya llévatelo —le siguió Amycus, riendo—. Ya está fermentando el asiento. Hasta ahora no lo he visto pararse ni para ir al baño.

—No hagas esperar a una dama, Snape —se unió Perseus.

—Traidores —susurró suavemente dedicándole una mirada asesina a todos.

—¡Ya los oíste! —chilló Bellatrix tirando de su silla para obligarlo a levantarse—. Ahora, cosita fea, levanta ese pequeño trasero tuyo y pon una sonrisa. Te prometo que te va a encantar. ¡Vámonos!

No hubo tiempo para poner resistencia, ni siquiera para lanzar un simple "pero". En menos de un parpadeo, Bellatrix Lestrange ya lo estaba empujando lejos de su grupo de amigos en dirección desconocida para mezclarse con personas que jamás había visto en su vida. Bellatrix, en cambio, se veía muy cómoda con esto y no le extrañaba. Su amiga socialité tenía una facilidad para socializar que pocos poseían.

Snape saludó a varias personas con el simple inclinar de la cabeza. Su cuerpo se había puesto rígido y su corazón latía rápido. Nunca se sentía cómodo entre multitudes, sobre todo cuando no conocía a nadie. Estoy segura que hay un término para eso. "Ansiedad social" le dicen y, por supuesto, Snape padecía de eso, aunque, claro, en un grado mucho menor.

Teniendo en cuenta eso, ya pueden darse una idea de lo incómodo que debió sentirse cuando Bellatrix, sin motivo aparente, simplemente le dijo que lo esperara ahí y que no se moviera, que ya volvía. Snape quiso replicar, pedirle —no, suplicarle— que no lo dejara solo en medio de tantas personas, pero Bella y su peluca roja desaparecieron entre la multitud.

Snape miró con disimulo en todas direcciones buscando algún rostro conocido al cual acercarse y, así, poder salir de esta situación, pero al estar todos disfrazados y el no traer sus lentes para ver de lejos hicieron que el "Primer Ministro" francés no tuviera más alternativa que quedarse junto a una de las mesas desocupadas del fondo, junto a una estatua blanca de un hombre empotrada en la pared. Era una imagen muy estética, a decir verdad. Snape en su disfraz de miembro de la corte real de Versailles contrastando con las flores, ramas y lámparas de calabazas que cubrían la estatua.

¿Cómo es que ninguno de los fotógrafos quiso tomarle foto a eso? #MeOfende

—¿Desea una copa, señor? —preguntó uno de los camareros que pasaba por ahí con bandeja en mano.

—Sí, gracias.

El maestro de ceremonias subió al escenario pidiendo un minuto del valioso tiempo de los invitados para informar la generosa donación de un consorcio de bancos que él no usaba. Una mujer disfrazada subió con la réplica de un enorme cheque con muchos ceros y el logo de una compañía en él. Sonrió y pidió un aplauso al cual se unió. La pantalla detrás de ellos aumentó el número de cifras del monto recaudado hasta la noche y con eso concluyó la participación del maestro de ceremonia. La pequeña banda volvió a tocar y los invitados, a circular por el salón.

—¡Snape!

El mencionado se giró para encontrar a la hermana de su mejor amiga, Bellatrix Lestrange, caminando hacia él sujetando fuertemente del brazo a una mujer de mediana estatura al igual que ella. La fémina parecía tener entre unos 40 o tal vez 50 años, no estaba seguro. Llevaba un vestido y una peluca negra, muy propia de los años 20. Snape pensaba que, con esa pluma en la cabeza y el maquillaje dramático en los ojos, la desconocida parecía haber sido sacada de la película de El Gran Gatsby.

La susodicha se veía nerviosa, confundida y algo asustada. Cada tanto jalaba del brazo de la Lestrange y le susurraba cosas al oído, haciendo que la mujer riera y negara con la cabeza, tranquilizandola. Parecían llevarse bien, o eso era lo que él profesor pensaba, aunque tratándose de Bellatrix, uno nunca sabe.

—Snape, ven, quiero presentarte a alguien —dijo la Lestrange cuando estuvo frente a él—. Ella es mi amiga, Lilibeth Evans. Le decimos Lili o Beth o como quieras.

Snape posó sus ojos oscuros en la desconocida quien forzó una sonrisa tímida como carta de presentación.

—Lili está bien —dijo después de unos segundos. Su voz sonaba segura, no había resaltante que destacar salvo esa seguridad. Se aclaró la garganta y estiró su mano en su dirección—. Un placer.

Snape correspondió el gesto por cortesía.

—Y él, Lili, es mi amigo, Severus Snape —explicó Bellatrix con una sonrisa radiante en su maquillado rostro—. Que no te desanime su imagen. Lo conozco de toda la vida y es un graaaan tipo —comenzó empujándola ligeramente hacia él para crear un ambiente más íntimo—. Es profesor, adora a los niños. Le encanta cocinar, hace un asado que es para chuparse los dedos, no te imaginas. También es muy listo, tiene un doctorado.

¿Alguna vez han visto esos infomerciales en televisión que tratan de venderte un producto para el hogar como una olla a presión o alguna máquina para hacer ejercicios? Pues, Bellatrix estaba tratando de vender a Snape como si fuese la mejor licuadora multiusos del mercado. El pobre Snape no recordaba tener tantas cualidades, de hecho, muchas de ellas ni siquiera sonaban a él.

La pelinegra se estaba tomando la licencia creativa más grande de su vida.

—Bien, los dejaré para que se conozcan —anunció tomándoles la mano a ambos, apretándolas entre sus frías palmas. Tanto Snape como la desconocida la miraron con pánico en los ojos. ¿Conocerse? ¡Él no quería conocer a nadie!—. No sean tímidos. ¡Ustedes tienen tanto en común! —la mujer sonrió entrecerrando los ojos, arrugando la nariz, poniendo esa expresión infantil que usaba cada vez que cometía una travesura y/o maldad—. Ambos son divorciados... eh...

La mujer alargó la vocal, llenando el vacío mientras pensaba a toda velocidad que más decir.

Incómodo.

Muy incómodo.

—Ambos... Ambos... eh...

Snape tomó una profunda respiración y cerró los ojos para contar hasta diez antes de explotar. Lilibeth, por su parte, solo forzaba una sonrisa incómoda, deseando que la tierra se la tragará en ese preciso instante.

—Lili está aprendiendo a cocinar, acaba de entrar a una clase de cocina y tú, Snape, eres un magnífico chef. Estoy segura que podrán platicar de eso. ¡Intercambien recetas! —la mujer les dio un beso en la mejilla a ambos y, con eso, dio por terminada su tarea esa noche—. Bien, los dejaré para que se conozcan. Estoy segura que se llevaran de maravilla. No sean tímidos, ninguno muerde, a no ser que quieran, claro. Bueno, ¡adiós!

Luego de eso, Bellatrix se fue movimiento su enorme falda roja cual campana, saludando a todos y cada uno de sus conocidos mientras volvía a internarse en aquel mar de gente extravagante.

Snape y la Sra. Evans se quedaron en silencio uno al lado del otro, mirando en cualquier dirección salvo a ellos mismos para así evitar todo contacto. Lilibeth Evans jugó con los flecos negros de su brillante vestido y Snape aclaró su garganta antes de llevar su copa de champagne a sus labios y beber hasta vaciar el contenido.

Necesitaría todo el alcohol disponible si quería sobrevivir a este incómodo encuentro.


HOLIIIII! CÓMO ESTÁN,CHIQUIS?

ADIVINEN QUIÉN ESTÁ LISTA PARA REVIVIR DESPUÉS DE HABER SOBREVIVIDO A UNA CRISIS EMOCIONAL DE IMPACTO. COMO DIRÍA DADDY YANKEE, UNA DEPRESIÓN "¡MASIVA!" xD

OK, FUERA DE BROMAS, ME DESAPARECÍ UN BUEN TIEMPO PARA ESTAR CONMIGO UN POCO Y NO QUERÍA PREOCUPARLOS, AUNQUE CREO QUE ME TOMÓ MÁS TIEMPO DE LO DEBIDO. AHORA CONSEGUÍ ALGO QUE PODRÍAMOS LLAMAR "AYUDA PROFESIONAL" ASÍ QUE ESPERO SEGUIR CON MI VIDA NORMAL Y PODER TRAERLES MÁS CAPÍTULOS. IGUAL, MUCHAS A GRACIAS A TODOS LOS QUE ME HAN ESCRITO, QUE SIGUEN LEYENDO, QUE SIGUEN APOSTANDO POR LA HISTORIA, ME HACE MUY FELIZ Y ME AYUDA MUCHO.

ME IMAGINO QUE YA DEBEN ESTAR ENLOQUECIENDO POR LA ÚLTIMA PARTE. TRANQUILOS, DON'T WORRY, QUE SE VIENEN COSAS PEORES XD

YA SE VIENE LO PICOSO, SE VIENE EL ENCUENTRO DE LOS DOS MUNDOS DE SNAPE. PROMETO QUE LOS SIGUIENTES CAPS ESTARÁN BUENOS, ME VOY A ESFORZAR PARA QUE QUEDEN DIVERTIDOS Y LLENOS DE ALTO DRAMA, LO PROMETO! uwu

ESTE CAP ESTÁ DIVIDO EN DOS PORQUE ES MUY LARGO (SON COMO UNAS 130 HOJAS POR AHÍ) Y PUES, QUE FLOJERA LEER TANTO XD TOMENLO COMO UN DESCANSITO.

EN FIN, ESO ES TODO, MUCHAS GRACIAS SI HAS LLEGADO HASTA AQUÍ. GRACIAS POR LEER, COMENTAR Y SI TE SAQUE UNA SONRISA O ALGÚN GRITO, PARA MÍ YA ES TODO UN LOGRO Y CON ESO CUMPLI MI OBJETIVO. ¡LOS QUIERO MUCHO MUCHO! ESPERO LEERLOS PRONTO Y ESPERO NO DESAPARECER DE NUEVO.

LO VOY A INTENTAR.

BESOS!