Anteriormente…

Bien, los dejaré solos para que se conozcan —anunció Bellatrix tomándoles la mano a ambos, apretándolas con fuerza entre sus palmas frías. Tanto Snape como la desconocida la miraron con pánico en los ojos. ¿Conocerse? ¡Él no quería conocer a nadie!—. No sean tímidos. ¡Ustedes tienen tanto en común!

Snape tomó una profunda respiración y cerró los ojos para contar hasta diez antes de explotar. Lilibeth, por su parte, solo forzaba una sonrisa incómoda, deseando que la tierra se la tragará en cuanto antes.

Estoy segura que se llevaran de maravilla. No sean tímidos, ninguno muerde, a no ser que quieran —rio—. Bueno, ¡adiós!

Snape y la Sra. Evans se quedaron en silencio uno al lado del otro, mirando en cualquier otra dirección salvo hacia ellos mismos para, así, evitar todo contacto. Lilibeth Evans jugó con los flecos negros de su brillante vestido y Snape aclaró su garganta antes de llevarse su copa de champagne a los labios y beber hasta vaciar el contenido.

Necesitaría todo el alcohol disponible si quería sobrevivir a este incómodo encuentro.

Ahora que ya están al tanto, qué les parece si vemos que pasa…

Cuando Severus Tobías Snape era un tan solo niño pequeño, aprendió una importante lección que dirigiría el rumbo de toda su vida: mantenerse alejado de las situaciones potencialmente peligrosas.

Cosas básicas como no estar cerca de objetos filosos en la cocina o alejarse del borde de la acerca cuando se encontraba en la calle le habían servido para sobrevivir a la difícil vida cotidiana cuando fue un infante. Mantenerse fuera del alcance de su padre cuando este tenía sus "arranques de violencia" lo había salvado de innumerables palizas y, desde luego, mantenerse alejado de las grandes reuniones sociales lo había salvado de quedar en ridículo frente a sus amigos y conocidos.

Era una lástima que hubiese bajado la guardia e ignorado ese único principio precisamente esa noche. De haberse alejado cuando tuvo la oportunidad, no estaría atrapado en esta insípida conversación con la Sra. Lilibeth Evans.

Debiste saberlo, regañó su mente.

¡Maldita sea! Debiste saberlo.

No era un secreto para nadie que Bellatrix Lestrange no era una persona que hiciera las cosas sin querer sacar un beneficio de ellas. Hábil para los negocios y las relaciones humanas, Bellatrix era, lo que podríamos decir, una persona muy interesada —no confundir con "interesante", por favor—. Ya fuese una amistad con beneficios, algún viaje de placer o simplemente una tranquila tarde en el casino con sus amigas, la pelinegra siempre trataba de sacar algún beneficio que pudiera satisfacer sus caprichos. Raras eran las ocasiones en las que la Lestrange hacía algo por iniciativa propia, sin ningún interés y sin esperar algo a cambio.

Un claro ejemplo era aquella vez en la que ayudó a su hermana Narcissa a cometer un crimen pasional.

Pero eso no es relevante ahora, no nos desviemos del tema.

Volviendo al presente, Snape se culpaba por haber sido tan ingenuo. Debió suponer que Bellatrix no querría simplemente "presentarle" a alguien por ser un alma caritativa y una muy buena persona. Era claro que ella estaba buscando un beneficio y ese era molestarlo. Y ¿por qué no? Ella adoraba hacerlo. Desde que se habían conocido, Bellatrix y Severus habían iniciado una pequeña guerra civil no anunciada por el simple hecho de…

Bueno, nadie sabía en realidad por qué no se agradaban.

Era todo un misterio.

¿Han oído eso del "amor a primera vista"? Pues, Bellatrix y Snape experimentaron desagrado a primera vista.

Algunos decían que Bellatrix había sido grosera con Snape en el primer encuentro. Otros decían lo contrario. Narcissa pensaba que era porque a su hermana no le gustaba el rostro de Snape. Bella siempre había despreciado a la gente que consideraba "fea" y Snape no era un Adonis que digamos. Lucius, por su parte, tenía una teoría mucho más interesante y esta se resumía a los simples celos.

La única hermana que tenía Bellatrix era su esposa y ella siempre había estado ahí para ella por el hecho de ser familia. Cuando Snape apareció en su historia y empezó a ocupar el lugar que a ella le correspondería como hermana mayor, fue cuando Bellatrix empezó a molestarlo con mayor intensidad. Al no poder deshacerse del nuevo juguete de su hermana, solo le quedó adaptarse a él. Así que, ya sea a través de simples, pero venenosas palabras o incómodas situaciones preparadas con alevosía y ventaja, Bellatrix Lestrange siempre se las ingeniaba de una u otra forma para molestarlo.

Desde luego, Snape siempre devolvía el golpe. Obviamente no se iba a dejar. No había pasado siete años en Hogwarts sufriendo de bullying para que, ahora que era un adulto, una mujer con complejos de diva le hiciera lo mismo. No obstante, Snape siempre fue un caballero. Sus bromas se limitaban a palabras ingeniosas, chistes pesados, pero inteligentes y puede que uno u otro comentario desubicado, pero de ahí no pasaba. Ya sea por respeto al género femenino o por respeto a Narcissa, Snape solía morderse la lengua al momento de responder a las bromas de Bellatrix y, con el paso de los años, había aprendido a enfrentarlas con elegancia y audacia.

De hecho, ahora encontraba esta pequeña pelea sumamente divertida. No se lo digan a nadie, pero a veces esperaba con ansias los almuerzos de los domingos solo para molestarla y pasar un buen rato a través de ello.

¿Qué puedo decirles? ¡Les gustaba pelear!

Buena jugada, Bella, lo reconozco, pensó con amargura mientras hacía una señal con la mano para que un mesero llegara a recoger su copa vacía. Buena jugada.

—Eh… —Lilibeth Evans intentó aclararse la garganta, pero apenas sí pudo emitir algún sonido aparentemente humano. Snape la observó de reojo. Casi había olvidado que ella aún seguía ahí—. ¿Siempre te hace esto?

Le pareció grosero no contestar así que lo hizo.

—De hecho, es la primera vez.

—Qué suerte —comentó, soltando una risilla nerviosa—. Esta es la cuarta vez para mí —Snape forzó una sonrisa que resultó más una mueca y su interlocutora lo tomó como una señal para mirar al frente—. Supongo que lo encuentra divertido.

—Seguramente.

Entendía que quisiera molestarlo a él, pero ¿qué habría hecho esta pobre mujer para merecer ser una víctima más de las travesuras de Bellatrix? A simple vista, no parecía una amenaza.

—Así que… ¿eres doctor? —preguntó intentando creando una conversación.

—En Ciencias Naturales.

—Ya veo.

La mujer mordió el interior de sus mejillas y se mantuvo en silencio unos segundos, pensando en cómo continuar. Este sería un público difícil, nunca había conocido a alguien tan parco. Snape, por su parte, pensó que sus habilidades sociales habían mejorado un poco. Si bien la respuesta fue muy seca, al menos se había quedado a responder y eso era todo un logro para él.

"No puedes huir, no seas grosero… Espera dos minutos al menos".

—Entonces, supongo que dictas clases de ciencias, ¿verdad? Bellatrix dijo que eras profesor —retomó, intentando establecer algún tipo de contacto, ya sea verbal o visual. La mujer era un genio, pensó con sarcasmo, aún sin mirarla—. ¿En qué universidad enseñas?

Snape sintió como si un jugador de fútbol profesional acabara de patear su ego con la misma fuerza que se utiliza para patear la pelota durante un penal.

Ya había pasado un buen tiempo desde la última vez que se sintió mal por ser un mediocre profesor de colegio, pero la pregunta había reabierto viejas heridas. ¿Enseñar en una universidad? Pues, no, la respuesta era no y no la culpaba por pensar eso, es decir, él tenía un doctorado, ¡era un maldito doctor! Tenía todos los requisitos para poder enseñar en una buena universidad inglesa; sin embargo, no lo hacía. En su lugar, estaba atrapado en el sótano de su antiguo colegio, encerrado junto a un variado grupo de brutos barbajanes de entre 11 a 17 años que no eran capaces de ni recordar la fecha en la que vivían.

Patético.

La Sra. Evans lo observó de reojo y se preocupó ante su mutismo.

Tal vez, su error fue asumir que él enseñaba en una universidad.

—Enseño en Hogwarts —contestó luego de un rato, procurando que su voz sonara tan neutral y sedosa como siempre—. Química.

—Oh —la escuchó exclamar, removiéndose incómoda—Ya veo.

Claramente, esa no era la respuesta que ella esperaba escuchar. Ese tono de decepción dejaba mucho qué desear.

La mujer apretó sus labios y miró hacia cualquier otra dirección, probablemente con la esperanza de encontrar un rostro conocido que lograra sacarla de esa extraña situación. Cuando Bellatrix Lestrange llegó a su mesa tan feliz y entusiasta hace tan solo un par de minutos con la propuesta de presentarle a viejo amigo soltero suyo esa noche, ella esperaba encontrarse con un atractivo y exitoso hombre soltero de mediana edad. Ya saben, el tipo de hombre con el que su querida amiga solía juntarse.

En su lugar, tenía a Snape y a su cara apática.

Bueno, tampoco podía quejarse, claro estaba. Conseguir hombres solteros que buscaran una relación seria era difícil en estos tiempos, en especial si eras una mujer de 44 años divorciada y con dos hijos.

En fin, cuando hay hambre, no hay pan duro, dicen por ahí.

—Así que, ¿está aprendiendo a cocinar? —preguntó el profesor por mera cortesía. No quería ofender a alguien en esa fiesta, sobre todo teniendo en cuenta que, primero, era una fiesta para gente importante y, segundo, la ofendida sería la amiga de Bellatrix. Si algo salía mal y esta desconocida se quejaba con la pelinegra, ya podía imaginarse el infierno que le haría sufrir por el resto de su miserable existencia—. Eso dijo ella —añadió rápidamente.

—Recién voy tres clases.

—Oh —respondió él usando el mismo tono que ella había empleado hace unos instantes—. Ya veo.

No saben cuánta satisfacción personal sintió al decir esas palabras.

No necesitaba de ver a Lili a la cara, él ya podía imaginar la expresión de confusión plasmado en su pequeño rostro. Estaba claro que a la desconocida le había molestado que usara ese tonito con ella, pero le daba igual. Luego de esta noche, no la volvería a ver. Además, se lo merecía por no haberse ido cuando tuvo la oportunidad. Al diablo si eso podía considerarse grosero, ya no le importaba. Es más, lo hubiese agradecido. De esa forma, él no se encontraría atrapado en esta situación tan incómoda y no se sentiría tan ofendido.

¿Snape se sentía ofendido?

Obviamente, ¿no lo ven?

Demasiado ofendido y no con Lilibeth Evans precisamente.

La pobre divorciada no era nada más que otra víctima de esta broma pesada ideada por Bellatrix Lestrange. Probablemente, su intención no había sido recordarle su fracaso como profesional. La mujer no parecía tener ni la menor idea de quién era él. Para ser honestos, incluso se veía decepcionada, podía percibirlo en cada fibra de su ser. Seguramente Bella le había prometido pasar el resto de la velada con algún hombre galán y seductor, de buena apariencia y posición económica.

Era claro que él no encajaba en ese perfil.

Lili era tan víctima como él.

Entonces, si no estaba ofendido con Lili, ¿con quién?

Pues, su nombre empieza con Bella y termina en hija de tu puta madre…

No estaba ofendido con Bellatrix, ¡estaba molesto con ella!

No.

¡Estaba furioso!

No entendía por qué hacía esto. ¡A ella jamás le había interesado su vida amorosa en realidad! Solo le gustaba preguntarle si había tenido alguna aventura por ahí porque sabía muy bien que, a diferencia del resto de sus amigos, él no era de los que se bajaban de inmediato los pantalones ante una mujer.

Sabía que le molestaba que le recordaran continuamente el fracaso de su antiguo matrimonio y sabía que le molestaba aún más que hablaran de su intimidad en público. ¡Esa era la gracia de su relación! El molestarse el uno al otro en público para descubrir quién de los dos tenía más resistencia. No tenía ningún sentido que ella no estuviera ahí con ellos, observándolos, viendo su incomodidad y burlándose de ello.

¡Esa no era la Bellatrix que conocía!

A no ser que...

Entrecerró sus ojos para escanear toda la escena frente a él, pero no encontró rastros de la Lestrange ni de su enorme peluca de Reina Roja.

Ella no estaba ahí o, al menos, eso era lo que parecía.

Se repitió en su cabeza una y otra vez que esto solo era un intento de molestarlo. Conocía a Bellatrix desde hace casi 20 años. Ella nunca, jamás en su vida, bajo ninguna circunstancia, le presentaría un potencial interés romántico, mucho menos si este era amiga suya. ¡Ella no era su hermana! A ella no le interesaba su vida privada lo suficiente como para querer encontrarle una pareja.

Además, él estaba con Hermione.

¡Oh, demonios! ¡Hermione!

Esto estaba mal, muy mal.

La había olvidado por completo. Se volvería loca si se llegaba a enterar de esto. No es que estuviera haciendo nada malo, pero era sorprendente la cantidad de celos que podía albergar ese pequeño cuerpo, ya lo había comprobado en Blackpool y no quería repetir la experiencia. Estaban iniciando una bonita y prometedora relación que había anhelado en secreto durante años y por la cual estaba peleando desde que aquella pequeña llama entre los dos se había encendido una fría tarde en la escuela de baile de Earl's Court.

No, Bellatrix no haría esto. Ella no sería capaz de hacer esta jugada para sabotear su floreciente relación. Además, ella ni siquiera conocía la existencia de su castaña. ¡Nadie sabía de ella!

¿Verdad?

En fin, supongo que primero necesitaremos encontrar todas las piezas faltantes antes de aclarar esta situación. Así que, mientras Snape se devana el cerebro tratando de resolver este rompecabezas, ¿por qué no vemos que piensa Bellatrix de todo esto?

¿Dónde está? ¿Dónde está? ¿Dónde está?... ¡Oh! ¡Ahí está!

La pelinegra los observaba desde una posición privilegiada en uno de los tantos balcones superiores de la derecha. Le gustaba estar arriba —en todos los sentidos—, pues podía ver todo lo que quisiera sin ser notada. Al mismo tiempo, se sentía como una poderosa reina en lo alto: superior e inalcanzable.

Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus finos labios.

Esto estaba saliendo de maravilla y, si se mantenía así, estaba segura que pronto se ganaría el título a la mejor hermana del mundo.

"Este sería un buen momento para tomar una copa", se dijo en un suspiro.

¿Recuerdan cuando les dije que Bellatrix no hacía nada sin intentar sacar un beneficio de ello? Pues, esta era una de esas raras ocasiones en las que, milagrosamente, no lo hacía... más o menos.

Desde el divorcio de Snape, Narcissa Malfoy se había convertido en el ángel guardián que cuidaba cada uno de sus pasos. No sabía si era instinto maternal o simplemente compasión, pero la rubia vigilaba cada uno de los movimientos del profesor, siguiéndolo como si fuese su guardaespaldas, protegiéndolo como solo una madre puede proteger a su hijo. Prácticamente, Narcissa se había convertido en la sombra del profesor y trataba de solucionar cada uno de sus problemas de la mejor manera que el dinero pudiera pagar y sin que el susodicho se diese cuenta.

Y eso estaría bien si solo si no hiciera que Narcissa descuidada sus obligaciones… ¡PARA CON ELLA!

Desde la desafortunada muerte de su padre, Lord Cygnus Black III, Narcissa Malfoy se había convertido en la encargada oficial de arreglar todos y cada uno de sus problemas. Digamos que ella era algo así como la "gerente de limpieza y restauración" de su vida. Cada vez que "la cagaba", su hermana estaba ahí para limpiar todos sus desastres. Siempre cuidaba de ella y se aseguraba que todas sus metidas de patas —por muy graves que fueran— tuvieran solución.

Ahora que estaba demasiado ocupada enfocada en Snape, la había dejado a su suerte, a merced de "al qué dirán" y de sus impulsos de idiotez, los cuales no eran pocos.

Su reputación estaba en riesgo. Necesitaba a su hermana de regreso.

¡De inmediato!

Era por eso que había aprovechado la asistencia de Severus Snape a la gala para cumplir uno de los tantos pendientes de la lista de quehaceres de su hermana: buscarle una buena mujer a Snape. Alguien que —con algo de suerte— lo distrajera lo suficiente como para que, primero, se olvidará de su ex y, segundo, Narcissa dejara de preocuparse por la vida íntima de amigo.

Un minuto...

Olviden lo que dije sobre Bellatrix haciendo esto sin buscar algo a cambio. ¡Es obvio que sí está buscando un beneficio!

Ya no se puede confiar en nadie en estos días...

—¿Qué estás haciendo aquí?

La voz fuerte y clara de su hermana la hizo girarse sorprendida. No esperaba encontrarse con ella justo ahora, mucho menos aquí en las alturas. La rubia la observaba de brazos cruzados, enarcando una ceja. Aquella pequeña vena saltarina en su frente le indicaba que estaba de mal humor. Tal vez había peleado con alguien o algo por el estilo.

No le importaba en realidad.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó alisándose la enorme falda roja de corazones de su disfraz— ¿Que no deberías estar con tus invitados allá abajo?

—El espectáculo principal será en unos diez minutos. Estoy revisando que los ganchos y cables de suspensión estén en orden —se excusó señalando una polea que sujetaba un largo cable de metal que Bellatrix no había notado hasta ahora. Se confundían tan bien con la decoración que, de no haber sido por su hermana, jamás los habría notado.

—¿No tienes gente que haga eso por ti?

La anfitriona soltó un suave suspiro antes de contestar— Si quieres que algo salga bien, debes hacerlo tú misma.

Ambas hermanas se quedaron mirándose un buen rato hasta que la Reina Roja sonrió de lado.

—Eso decía papá.

Narcissa apretó sus labios y trató de formar una sonrisa en respuesta.

Conocía bien esa frase. Su padre se había pasado décadas repitiéndola una y otra vez.

"Tal vez por eso nunca estaba en casa", pensó.

—¿Qué haces aquí, Bella?

—¿Acaso tengo que pedirte permiso para circular por tu fiesta, Srta. Importante? —preguntó burlona poniendo los ojos en blanco. Narcissa frunció el ceño, molesta— Sabes, siempre te pones de mal humor cuando estás estresada. Deberías relajarte, se te formaran arrugas y luego serás una pasa agridulce que nadie querrá —sonrió de manera forzada— Sabes, te vendría bien un masaje.

—No tengo tiempo para esto, Bella. El show comenzará dentro de poco y necesito dar el visto bueno para cumplir con el programa —explicó dando un par de pasos hacia ella para también ingresar al balcón. La mayor apretó los dientes y se opuso dando un paso hacia adelante con la intención de bloquear la entrada con su enorme falda—. Bellatrix, por favor. No quiero jugar.

—¡Oh, vamos! Esto es una fiesta, debes relajarte.

—Me relajaré cuando me dejes pasar para revisar los cables —contestó de mal humor tomándola por los codos para darle la vuelta y, así, pasar—. Permiso.

El tono serio de su voz hizo que la pelinegra apretara los labios y se apartara, dejando libre el acceso para que su hermana siguiera revisando sus malditos cables. Sus ojos negros se desviaron momentáneamente hacia abajo a la derecha, donde Snape y su amiga Lilibeth seguían conversando inmóviles junto a la estatua de hombre empotrada en la pared. Todo parecía tranquilo, ellos seguían hablando o eso creía. No podía ver muy bien desde ahí, pero por su bien y por el de su hermana, esperaba que Lili fuera capaz de encantar a Snape lo suficiente como para que este aceptara una cita.

—¿Te diviertes? —preguntó desinteresada la menor. Estaba demasiado ocupada tirando de una polea incrustada en la pared para revisar su aguante como para tomarse el tiempo mirar a su hermana.

En el fondo, Narcissa se moría por hacerlo, solo que no encontraba valor. No estaba segura de si quería escuchar su respuesta. Este evento era demasiado importante en su carrera como empresaria y, por más tonto que sonara, la aprobación de su familia significaba mucho para ella.

—Sí, la encuentro… agradable —contestó apoyándose en el barandal del palco, mirando a los invitados que circulaban en el nivel inferior—. Digo, no es como las fiestas a las que suelo ir, pero está buena. Tiene clase. Es muy… tú.

—¿Crees que los demás se estén divirtiendo? —preguntó en voz baja aún sin mirarla. Sin embargo, Bellatrix la conocía muy bien y podía detectar ese tono angustiante en su voz. Algo la estaba preocupando— Tal vez, debería decirle al DJ que cambie la música o podríamos cambiar los juegos. Tal vez los estoy aburriendo.

—Yo creo que la fiesta va bien.

—Es que el Sr. Weston no me ha dicho nada en toda la noche —se quejó dejando escapar un suspiro lleno de frustración.

—¿Acaso bromeas? —preguntó la otra, boquiabierta—. Cissy, ¡pasaron todo tu evento en televisión nacional! Hay una alfombra roja afuera. La prensa está aquí y nadie se ha ido aún. La fiesta es buena. Deberías darte más crédito y confiar en ti misma. Realmente tienes problemas de autoestima, cariño, te estás volviendo insegura con los años —bromeó usando ese tono de voz tan petulante característico de ella—. Tu fiesta es un éxito.

—Pero tal vez el Sr. Weston no opine eso.

—Narcissa, estuviste hablando con él toda la noche, ese hombre no dejaba de sonreírte. Lo he visto beber como cinco o seis copas de champagne. Créeme, se está divirtiendo.

—¡Es que no me ha dicho ni un solo cumplido! —hizo un puchero, haciendo resaltar su labio inferior.

—Dijo que se estaba divirtiendo y alabó tus decoraciones.

—Eso es algo estúpido que todo el mundo dice para ser condescendiente —replicó cruzándose de brazos, esta vez, girándose a verla—. ¿Cómo sé que lo dijo de verdad?

—Deberías confiar más —declaró aburrida.

Narcissa abrió la boca, ofendida, y dejó escapar una exhalación cargada de incredulidad.

—¿En serio? ¿Quieres a hablarme de "confianza"? ¿Tú? ¿En serio, Bellatrix? —la mujer se encogió de hombros en respuesta— ¿Sabes qué? Mejor olvidarlo, ¿sí? No debí decirte nada.

—¿Cuál es tu problema? —preguntó con fastidio, arrugando la frente— Has estado insoportable todo el mes. Te las pasado corriendo de un lado al otro, movilizando a cientos de personas para organizar esta estúpida gala y, a la hora de la hora, ¡me dices que no te gusta!

—¡No dije eso!

—Pero lo diste a entender —la cortó fastidiada. Narcissa frunció los labios y se mantuvo tensa, sintiéndose atacada y juzgada por su propia sangre. A Bellatrix le dio igual, esa era su opinión y debía ser respetada—. ¿Por qué te importa que esta fiesta sea más que perfecta? Los medios ya te han besado suficiente los pies. En realidad, todos aquí lo han hecho, incluso el Sr. Weston. ¿Por qué quieres más? ¿Por qué nunca es suficiente?

Los ojos marrones de la Lestrange se posaron en los grises de Narcissa y la rubia se sintió pequeñita otra vez, como si tuviera seis años de nuevo. Sentía una presión en el pecho que no le dejaba respirar y, esta vez, no era por culpa del corset. Tomó aire despacio e hizo todo lo posible para que sus ojos no se abarrotaran de lágrimas.

Estaban pasando demasiadas cosas en tan poco tiempo: tantos cambios a los que adaptarse, tantas críticas que callar, tantos contratiempos que solucionar, tantos comentarios que escuchar y no había tenido ni un solo minuto a solas para descansar.

Ni siquiera en casa.

Ahora, entre tanta gente, entre tantas cámaras y entre tantas máscaras, Narcissa se sentía agotada tanto física como mentalmente. El vestido pesaba demasiado, su cuello la estaba matando por culpa del peso de la peluca y ya no estaba segura si podría mantener su "perfecta" sonrisa por más tiempo sin entrar en una crisis nerviosa.

Solo quería irse a casa y dormir hasta que toda esa locura acabara.

Pero no podía hacer eso.

No podía irse. No podía abandonar a su equipo a la mitad de la velada. ¿Qué dirían de ella? ¿Qué dirían sus invitados si se iba? ¿Qué diría la prensa si notaban su ausencia? Se la iban a comer viva en los periódicos de mañana y estaba segura que Rita Skeeter sería la primera en destrozarla incluso sin haber estado presente en la fiesta.

"Todos conocen a la gran Narcissa Malfoy, pero, dime, ¿alguien se acuerda de Narcissa Black? Hmmm… yo creo que no".

La odiaba.

La odiaba tanto.

Narcissa nunca había sido una mujer insegura, al menos no en público, pero ese comentario había removido todo su confianza y seguridad en sí misma. Había lastimado su orgullo y se sentía estúpida por sentirse mal por eso, por darle importancia a algo que no se lo merecía, por malgastar sus pocas energías en darle vueltas en su cabeza a aquel venenoso comentario. Sin embargo, no podía evitarlo porque, en el fondo, una pequeña vocecita le repetía una y otra vez que era verdad.

Ella no era nadie.

"Permíteme presentarte a mi hija menor. Ella es mi Narcissa, la joya Black más valiosa de mi hogar… Saluda, princesa".

A lo largo de su vida, Narcissa fue acumulando diversos tipos de miedos.

Estaban los típicos miedos de la infancia: miedo a la oscuridad, al monstruo bajo la cama o a cometer una travesura a espaldas de su mamá. Con el tiempo, estos desaparecieron para dar paso a unos miedos más reales. Cuando fue joven, tuvo miedo al qué dirán y a hacer el ridículo, los típicos miedos e inseguridades de todo adolescente que entra en sociedad. Cuando fue madre, surgió un nuevo miedo: miedo a que algo, cualquier cosa, le pudiera pasar a su único hijo, Draco.

Sin embargo, desde el momento en que nació, hubo un miedo que siempre estuvo al lado de Narcissa, acompañando cada pequeño momento de su vida. Un miedo que su madre infundió en ella y que su padre terminaría secundando sin imaginarse todos los problemas que le generarían a su última hija y todo lo que tendría que soportar en completo silencio sin poder siquiera contárselo a su almohada.

Ser una esposa trofeo.

Todos sabemos quiénes son, todos hemos visto una. Ya sea que se encuentre en una convención de negocios, en el estreno de una película o en algún evento social, la deslumbrante mujer con aspecto de modelo que acompaña a un espécimen masculino de aspecto inferior es algo que no podemos dejar de mirar. Ella es la mujer que todos los hombres desean y la envidia de las demás hembras de su especie: la mujer perfecta para exhibir que todo hombre con la billetera correcta podía permitirse.

Así es, el miedo que había atormentado a la encantadora señorita Cissy durante toda su vida era el ser la "esposa trofeo" de un hombre mayor, rico y poderoso.

Y, hasta la fecha, seguía teniendo miedo de convertirse en una.

"Oh, qué encantadora señorita. ¿Ya te presentaron a mi hijo? Permíteme llamarlo".

Una vez, hace mucho tiempo, Jane Austen escribió: "Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa".

Qué sorpresa se llevarían las generaciones futuras cuando descubrieran que esa verdad, a pesar de haber sido escrita hace siglos, seguía estando vigente.

Estoy en contra de cualquier acción que quiera denigrar a una mujer —a cualquier ser humano en realidad—. Sin embargo, no diría que estoy ni a favor ni en contra de las esposas trofeos. Creo que, dependiendo de la inteligencia y habilidad de la fémina, esta puede sacarle un buen provecho a su nueva "posición".

Y ese era el objetivo de Druella Black para con la más pequeña de sus hijas.

Desde el momento en el que la partera anunció el sexo de su hija, la Sra. Black supo que criaría a la esposa perfecta para un hombre de buena familia y poseedor de una cuantiosa fortuna.

Fueron años y años de entrenamiento: cuidados especiales a su imagen, estudios variados que enriquecerían sus conversaciones, desarrollo de habilidades que entretuvieran a sus potenciales parejas, interesantes experiencias de vida para contar como anécdotas en reuniones sociales. Druella Black había invertido cada segundo de la vida de su menor hija en prepararla para conseguir un esposo de alto estatus que pudiera brindarle la vida acomodada a la que siempre había estado acostumbrada, un esposo que pudiera ponerle el mundo entero a sus pies y mucho más si es que ella se lo pedía.

En simples palabras, un esposo digno de una Black.

Era por eso que Narcissa vivía siempre pendiente de la imagen que todo el mundo tenía de ella. La dama quería ser más que una simple esposa trofeo. No quería ser la compañera del hombre rico, ella quería ser el hombre rico. Quería hacerse de un nombre, SU nombre, y de un prestigio, SU prestigio. Quería algo propio, algo que no le pudieran quitar y cambiar a su antojo. Sin embargo, no importaba cuánto se esforzará, siempre sería la hija pequeña de Lord Cygnus Black III o, en este caso, la esposa de Lucius Malfoy.

"Todos conocen a la gran Narcissa Malfoy, pero, dime, ¿alguien se acuerda de Narcissa Black? Hmmm… yo creo que no".

Y, para empeorar las cosas —ya que estaban hablando de Lucius—, tampoco podía contar con el apoyo de su esposo, al menos no por ahora. Estaban peleados y parecía que no habría una tregua hasta nuevo aviso. Él ya no le hablaba ni siquiera para pedir que le pasara el azúcar, estaban durmiendo en habitaciones separadas y rara vez intercambiaban miradas a pesar de vivir bajo el mismo techo.

¡Su mundo se estaba derrumbando ante sus ojos y ella no podía hacer nada más que sonreír frente a sus invitados!

Estaba cansada… tan cansada.

—Porque quiero todo —respondió luego de unos minutos, centrando su atención en su hermana—. Porque yo soy esta fiesta, porque yo soy este hotel. Mi imagen entera es el Heir y quiero que recuerden esta noche como la mejor de toda la temporada social. Quiero que me recuerden ¡a mí!

Tal vez podía sonar ridículo para Bellatrix Lestrange, la mujer conocida por su escandalosa vida nocturna de socialité. Ella no necesitaba más atención por parte de las cámaras, ya tenía demasiada. Pero para Narcissa, su imagen y sus logros lo eran todo. Siempre había vivido a la sombra de alguien, siempre había tenido que ser presentada como la "algo" de "alguien", y ya estaba cansada de serlo.

Esperaba que esta gala fuera su boleto para una vida independiente al legado de su familia y a la influencia de su esposo, aunque, para ser honestos, no tenía muchas esperanzas.

"Todos conocen a la gran Narcissa Malfoy, pero, dime, ¿alguien se acuerda de Narcissa Black? Hmmm… yo creo que no".

—Siempre fuiste ambiciosa, igual que papá —comentó Bellatrix esbozando una bonita sonrisa de lado antes de estirar su mano en su dirección, esperando pacientemente a que ella la tomara—. Ven. Quiero veas algo.

Desconfiada, pero sabiendo que su hermana no aceptaría un "no" por respuesta, levantó las capas de sus faldas y caminó hasta ubicarse junto a la baranda de metal del palco. La Lestrange sostuvo su mano con delicadeza, acariciando con ternura sus huesudos nudillos, y señaló en dirección a la zona inferior del gran salón de recepciones.

Narcissa frunció el ceño y abrió la boca para preguntar qué era lo que quería que viera, a lo que su hermana sólo contestó callándola.

—Solo mira, ¿sí?

La rubia puso los ojos en blanco y volvió su mirada hacia la pista de baile y las mesas redondas que decoraban el salón. Abajo, los cientos de invitados circulaban animados bajo el amparo de la cálida iluminación violácea de los reflectores, conversando entre ellos ya sea de pie o sentados, siempre con una copa en la mano. La pista de baile estaba más o menos llena y un número decente de personas bailaban al ritmo de alguna pegajosa canción de moda llena de beats y sonidos electrónicos producidos por el sintetizador del DJ. Los meseros circulaban con las bandejas en alto, transportando las bebidas para el deleite de los invitados. Estaba agradecida de haber contratado al servicio de catering correcto este año. Su equilibrio era tal que, hasta el momento, ninguna de las copas se había caído.

Sus ojos grises terminaron de recorrer el salón. Un suspiro de alivio escapó de sus finos labios. Había estado tan ocupada organizando todo y asegurándose de que cada invitado se divirtiera que no había tenido tiempo para admirar el gran trabajo que sus empleados habían hecho con la decoración. Se veía mejor que en los planos. Se atrevería a decir que se veía casi igual a lo que había imaginado en su cabeza.

Las suaves luces de colores, las telas de seda traslúcidas, la araña de cristal, las estatuas humanas, las flores anaranjadas, las ramas y velas negras, absolutamente todo le encantaba, incluso las lámparas de calabaza. Realmente se había lucido con su decoración, nada que envidiar a anteriores galas de la Fundación Weston.

Solo desearía no estar tan agotada para poder disfrutar, aunque sea un minuto, de su trabajo.

—¿Lo ves? ¡Todos se están divirtiendo! —exclamó Bellatrix señalando en dirección a la pista de baile— Incluso Perseus está bailando y sabes que él nunca lo hace, excepto cuando...—

—... cuando toma —completó la otra buscando con la mirada a su amigo entre las tantas personas disfrazadas que bailaban—. Bueno, al menos Alecto y Amycus lo están cuidando.

—Dirás que Alecto está cuidando de ellos —corrigió la otra divertida—. Amycus ya está haciendo el paso del robot, significa que ya debe estar ahogado en jerez.

Abajo, en la pista de baile, Perseus y Amycus saltaban alrededor de Alecto mientras sus risas tontas se perdían en el alboroto de la multitud.

Narcissa sonrió de lado. Fue pequeña, pero una sonrisa, al fin y al cabo.

Tal vez no está tan mal después de todo, le dijo su parte optimista.

Y, por un momento, todo se sintió bien.

Sin embargo, esa paz no duraría mucho pues, de repente...

—¿Quién es esa mujer que está hablando con Snape? —preguntó, señalando con disimulo hacia el otro lado del salón, justo en la zona en la que el profesor de Química se encontraba—. La del vestido negro de coctel.

Bellatrix trató de no entrar en pánico y se giró hacia donde su hermana señalaba.

—¿Dónde? Yo no veo nada, no traje mis lentes.

—¡Allá! —volvió a indicar, esta vez, perdiendo toda vergüenza al apuntar con su dedo índice— Junto a la estatua del medio.

—¡¿Cómo?! —exclamó fingiendo sorpresa y entrecerrando los ojos— ¡¿Ese es Snape?! Creí que era una señora.

Al no obtener una respuesta de inmediata, Bellatrix giró su cabeza en dirección a su hermana. La menor la observaba con una ceja arqueada y los ojos caídos. Era claro que no había logrado convencerla de su presunta inocencia y no podía culparla. Narcissa la conocía desde el primer momento en que abrió esos pequeños y virolos ojos grises cuando llegó al mundo. Ella había estado en la misma habitación junto a la partera el día que su hermana nació. Cissy la conocía como la palma de su mano. Conocía cada mueca, gesto, ademán y tono de voz que ella empleaba para una determinada situación.

Había usado un tono de voz agudo.

Estaba fingiendo.

¡Le estaba queriendo ocultar algo!

—Bellatrix —regañó sin cambiar su ceño fruncido y mirada fría—. Suéltalo.

La pelinegra puso los ojos en blanco y soltó un bufido nada propio de una dama.

—Está bien, está bien. ¡Aish! Le quitas lo divertido a la vida —se quejó. Giró su rostro de nuevo en dirección a la pareja que conversaba abajo junto a la estatua y decidió decir la verdad—. Ella es Lili —Narcissa enarcó una ceja, sin tener la menor idea de qué o de quién estaba hablando. Bellatrix abrió los ojos, claramente sorprendida, y exclamó—. ¿En serio? ¡Es Lili!

—Sé más específica.

—¡Lili! Lilibeth Evans. La de mi club de bridge.

—Eso no me dice nada aún.

—De soltera, Somerville —explicó y, con aquel nuevo dato, Narcissa pareció comprender todo pues asintió suavemente en respuesta—. Su esposo es James J. Evans, trabaja para la BBC. Es productor de uno de esos programas de deporte de la BBC Sport. Adora el rugby, créeme, el hombre está obsesionado.

—Oh... —susurró volviendo su atención a la pareja. Lili, vestida con lo que parecía ser un vestido de fiesta de los años 20, se veía feliz o eso creía. Estaba sonriendo y cada tanto miraba al profesor. Parecía estar pasándola bien, aunque no estaba muy segura. Sus ojos ya no eran los mismos de antes y la distancia solo le quitaba nitidez a la imagen—. Y ¿qué hace conversando con Snape? ¿Se conocen?

—Ahora sí, yo los presente —exclamó sonriente, mostrando sus dientes—. Y, con algo de suerte, tal vez en un año o dos, Lili será la próxima señora Snape.

Narcissa, incapaz de creer lo que había escuchado, abrió los ojos horrorizada.

—¡¿QUÉ?! —logró chillar a pesar de sentir un nudo en la garganta— ¿Q-Qué dijiste?

No es que Narcissa no hubiese entendido esas palabras. Al contrario. Las había entendido tan bien que por eso necesitaba volver a escucharlas, para confirmar que no había sido una mala broma producto de su mente cansada.

—Que tu querida hermanita, o sea, yo, acaba de crear la más hermosa historia de amor jamás contada en Londres —comentó satisfecha—. Créeme, esto será mejor que Love Actually.

—Bella, ¿de qué estás hablando? —preguntó angustiada—¿Estás tratando de juntar a Snape con Lili?

—¿Que no es obvio? ¡Hola! ¿Estás ahí? —la Lestrange estiró su mano y dio tres golpes suaves en la cabeza de la Malfoy como si revisara que el interior no estuviera hueco— Estas algo lenta hoy.

—¡¿Por qué hiciste eso?! —chilló agitando las manos para apártala— ¡Bellatrix!

—Siempre dices que quieres encontrarle una pareja a Snape para que no esté solo, así que decidí ayudarte. Esta es la solución —bufó apoyando ambos brazos sobre el barandal de metal. Apartó su mirada oscura y adoptó una postura cabizbaja, triste—. Solo quería ayudar.

Si no fuera porque la noticia había impactado genuinamente a la Malfoy, ella habría estado más atenta al tono de voz y lenguaje corporal de su hermana y habría sabido que esa proposición no era del todo honesta; pero no puedo culparla, Bellatrix siempre fue buena engañando.

Sobre todo, a su familia.

—Pe-pe-pero... ¡¿No está casada?! —exclamó llevándose ambas manos a la cabeza— Dijiste que su esposo es productor de la BBC. ¡Está casada! —su rostro tenía una mueca de desagrado pintada en toda la superficie y no se veía contenta, para nada—. Snape no puede salir con una mujer casada, él no sería un amante. Bellatrix, él sufrió porque la perra de Valerie tuvo un amante, ¿en serio crees que él querría participar de un engaño como éste? ¡Lo destruiría! —la mujer cerró los ojos, adoptando esa postura derrotista que solía tener cuando las cosas se le escapaban de las manos— ¡¿En qué carajo estabas pensando?! Snape no es como tus amigos, Bella. Lo conozco, jamás entablaría una relación romántica con una mujer casada. Él no es así. Él se merece... más.

Sus ojos grises, cubiertos de brillo y maquillaje dramático, se enfocaron en Snape una vez más. El hombre disfrazado con ropas de la nobleza de Versalles levantaba una mano para llamar un camarero y pedir una copa de champagne más.

A su lado, Lilibeth Evans seguía hablando y hablando.

No estaba segura si Snape estaba cómodo o no, pero no podía dejar de preocuparse por ello. No quería que su amigo pasara un mal rato.

—¿Ya terminaste? —interrumpió su hermana, mostrándose fastidiada por su actitud— Había olvidado lo dramática que eres cuando se trata de Snape. Ya hasta parece tu hijo —comentó molesta—. Tranquilízate, "mamita". ¡No soy tonta! Obviamente no le presentaría a alguien casada. Snape es demasiado aburrido como para querer ser el amante.

—Pero...—

—Lili está divorciada —explicó con una sonrisa gatuna en su rostro—. Se separó de James a finales del año pasado. Firmaron los papeles en febrero —comentó restándole importancia al asunto—. Para serte honesta, fue la decisión más sensata que ha tomado esa mujer desde que decidió arreglarse los dientes. ¡El hombre era imbécil! Estoy segura que, si hubiese tenido que elegir entre el rugby y Lili, hubiese elegido al rugby sin dudarlo —Narcissa apretó los dientes, incómoda, pero ligeramente aliviado con aquella nueva información—. Te lo dije, está obsesionado.

—Puedo notarlo.

—En fin, firmaron los papeles y, oficialmente, ella está soltera, bueno divorciada. Claro, conservó el apellido por una cuestión de conexiones. Sugerencia mía. La pobre quería fastidiar a su ex marido, ¿qué mejor que eso? —aclaró riendo—. Y también se quedó con la casa de playa en el sur así que, quién sabe, podríamos tener una linda boda junto al mar en agosto.

¿Una boda?

No sabía qué pensar al respecto, es decir, sí, había pasado casi dos años enteros tratando de encontrarle una pareja adecuada a su mejor amigo y, sí, les había rogado a muchas mujeres para que salieran con él y, sí, en secreto, tenía la esperanza de que Snape consiguiera a una buena mujer con la cual sentar cabeza y, tal vez, casarse. No iba a decir que "formar una familia" porque era consciente de la edad y de la postura del pelinegro respecto a la paternidad, pero quería que consiguiera a alguien dulce y de buen corazón que lo acompañara durante su vejez. Alguien que se sentara con él a tomar chocolate caliente en invierno y que lo acompañara a pasear por el parque los domingos.

¡No quería que su mejor amigo muriera solo en esa enorme casa!

Tal y como decía su esposo, Snape no estaba buscando la compañía de amigos.

Buscaba la de una pareja.

Ahora que se presentaba la posibilidad, ahora que la tenía frente a ella, francamente no sabía cómo sentirse al respecto.

¿Sería egoísta desear que no funcionara a pesar de que sabía que era lo más conveniente?

—Se ven bien juntos —comentó Bellatrix sacándola de sus pensamientos—. Bueno, eso creo yo. Quiero decir, Lili sigue hablando y Snape no ha salido corriendo... aún.

—¿Cuánto tiempo llevan hablando?

—Eh... No lo sé. Como unos ¿diez minutos? Un poco más, tal vez. ¿15?

—Hmmm... No lo sé. Diez minutos no me dicen decir nada. Yo le organizaba citas de una hora y todas terminaron en fracaso —dijo en voz alta, aunque algo le decía a Bellatrix que lo hizo más para sí misma como a modo de recordatorio—. Tendría que escuchar qué están hablando. Hasta ahora, Lili parece acaparar toda la conversación.

—Tonterías. ¡Se están divirtiendo! Ella no ha dejado de hablar y él, de tomar —refutó la hermana volviendo su mirada a la pareja—. Míralos, son el uno para el otro. Ambos son divorciados, buscan pareja y... bueno, estoy segura que tendrán mucho en común una vez que se conozcan —aseguró con confianza—. Créeme, le estuve buscando a Lili una pareja desde que se separó de James. No he tenido suerte porque la pobre es un poquito mojigata en cuanto a las relaciones, lo cual es una lástima. No le vendría mal una buena revolcada, si sabes a lo que me refiero —añadió pícara, haciendo que Narcissa se sonrojara escandalizada—. Pero entonces se me ocurrió presentarle a Snape. Ambos son igual de reservados... ¡Oye! ¡Eso es otra cosa que tienen en común! —río divertida— ¡Ay! Soy buena en esto. Debería abrir mi propio servicio de citas a ciegas. Hmmm, veamos, ¿qué te parece "Bella's Factor" o "Bella's dates"?… Nah, olvídalo, ninguno me gusta.

Narcissa negó con la cabeza y volvió a mirar abajo. Efectivamente, tal y como decía su hermana, Lilibeth Evans seguía hablando. Snape, por su parte... bueno, no estaba segura si estaba contestando o no, no alcanzaba ver desde tan lejos.

Maldita miopía, pensó.

—Ella... ¿Lili es de los Somerville de Staffordshire o de Escocia? —preguntó de repente, tratando de buscar algo, cualquier cosa por más pequeña que sea, que pudiera molestarle sobre Lili— Porque no empezaremos con el pie derecho si tengo que escuchar ese extraño acento Glasgow.

—Creo que su familia es de Irlanda.

—Hmmm... Creo que conozco a un familiar suyo. Su prima, tal vez... ¿Geraldine? Bueno, no recuerdo. Sé que es actriz o algo así. No lo sé.

—Tal vez sea así —contestó—. Una vez me dijo que su familia trabaja en el medio. Fue así como conoció a su esposo... ex esposo.

—Hmmm... debe ser.

Narcissa apoyó sus brazos sobre el barandal de metal y volvió a echarle un largo vistazo a todo el salón. Sus invitados bailaban, la banda tocaba, los camareros circulaban y Snape conversaba con Lili.

Debía admitir que estaba gratamente sorprendida por el logro de Bellatrix. Jamás habría esperado que su hermana conociera tan bien el tipo de gustos de Snape. Para ser sincera, le sorprendía que tuviera más éxito que ella con esto de las citas a ciegas. Snape no era el tipo de hombre que solía quedarse a hablar con mujeres en plan romántico sin que lo obligaran. Sin embargo, él seguía ahí, de pie, al lado de ella, intercambiando palabras sin parecer incómodo.

O eso le parecía.

Tal vez no debió dudar de la capacidad de su hermana. Parecía tener buen ojo para estas cosas, mucho mejor que el suyo. Tal vez tenía razón y debía darle una oportunidad a la tal Lilibeth Evans. ¿Quién sabe? Tal vez podría agradarle. Ella era una respetable mujer de la edad de Snape, también divorciada, que se movía en el mismo círculo social que ellos y que, si no se equivocaba con el apellido, tenía una familia adecuada.

Sí, cumplía con los requisitos básicos para una potencial cuñada.

Además, no era una mocosa cazafortunas de 20 años que pedía hospedarse en hoteles de cinco estrellas por lo que eso ya le otorgaba una enorme ventaja al respecto.

Sí, tal vez Lili era justo lo que Snape necesitaba.

Sí...

—Espera... ¿Somerville? —susurró para sí misma frunciendo el ceño.

—Eh, sí, Somerville. Lilibeth Somerville —declaró Bellatrix como si fuese lo más obvio del mundo—. Con algo de suerte, pronto será Lili Snape. Sí, sé que no es tan impresionante, pero he escuchado peores.

—¡No! —exclamó enérgica— ¡No! ¡No! Esto está mal.

—¿Qué? ¿Su apellido? —respondió confusa— Bueno, no es nada ortodoxo, pero supongo podríamos preguntarle a Snape si desea ser un Somerville. No creo que se niegue...—

—¡No, bruta!

Es bien sabido que, cuando Narcissa Malfoy insulta, es porque ya superó su umbral de estrés.

—¡OYE! No me hables así, soy tu hermana mayor. ¡Respétame! —ordenó Bellatrix, mirándola con enojo— ¡¿Qué te pasa?! Estás loca.

—¡Es una Somerville!

—¡Sí! ¡Lo he dicho unas mil veces!

—¡Es pelirroja! —exclamó buscando con la mirada a la pareja en el nivel inferior. Sus manos se aferraron con fuerza al barandal de metal, sus nudillos perdieron el color debido a la presión que ejercía en ellos y sus bonitas cejas se curvaron hacia arriba en una expresión de angustia— Los Somerville son pelirrojos. Valerie, su ex, era pelirroja. ¡Lo estás haciendo repetir el patrón!

Y, efectivamente, debajo de aquella peluca negra y brillante que intentaba recrear un corte de cabello clásico de los años 20, se escondía una cabellera mediana, lacia y roja como el fuego. Una cabellera pelirroja que Snape ignoraba por completo.

Ahora, se estarán preguntando, ¿qué tan malo es que Lili sea pelirroja? Pues, esa era una excelente pregunta que el Dr. Sharpe se encargó de responder cuando el profesor aún se encontraba hundido en aquel pozo sin fondo llamado "depresión post-divorcio" y sobrevivía a base de helado de chocolate y la caridad de los Malfoy.

"No es que Snape viva traumado por todo el daño causado por su ex esposa —bueno, sí, pero trabaja en ello—, pero tal vez y, solo tal vez, no es una idea prudente iniciar su siguiente relación con alguien que comparta demasiados rasgos físicos característicos de su ex como la estatura o el pelo. No hay por qué preocuparse, pero en el peor de los casos, podría ser un detonante".

—Oh... —musitó la mayor, antes de apretar los dientes—. No lo había considerado.

—Cuando fue a terapia la primera vez, el Dr. Sharpe nos dijo que sería bueno que se alejara de todo lo que le recordara a Valerie porque podría ocasionarle una crisis nerviosa —continuó Narcissa, mirando a Snape levantar la mano para pedirse otra copa—. ¡Ay!, ¿y si le da algo cuando descubra que es pelirroja? Ni siquiera la ha visto y ya se ha tomado no sé cuántas copas. ¡Si le pasa algo será tu culpa!

—¡Ay! ¡ya! Deja de ser tan exagerada, por favor. Snape no es un bebé para que lo estés cuidando de hasta el color de cabello de sus parejas —pidió fastidiada, poniendo una mueca de disgusto en su rostro—. Además, si tanto problema te causa el que sea pelirroja, pues, le pintamos el cabello y ya. ¡Problema resuelto!

—Bellatrix, las cosas no se arreglan tan fácilmen...—

—Es que no conoces a Lili como yo —refutó soltando una risilla—. Mira, la conozco de toda la vida. ¡Ella no tiene personalidad! Si quisiera podría hacer que se tiñera el cabello de negro, rubio, castaño o del color que tú quieras —ella río y luego soltó un suspiro que volvió a convertirse en una carcajada—. Esa chica es taaaan manipulable. Solo tienes que decirle que se ve mal y hará lo que sea para agradarte. Créeme, se pintaría el cabello de verde si se lo pidieras.

—Bellatrix...—

—En serio. Es sumisa y devota como un cachorrito, sabe obedecer muy bien las órdenes. Me sigue ciegamente. Es por eso que pensé que sería perfecta para Snape. Jamás tendrá problemas con ella, le gusta evitar los conflictos —continuó sin escuchar los intentos de su hermana por hablar—. Es más, creo que lo más atrevido que ha hecho es pedirle el divorcio a James. Y ya era hora, en serio, no soportaba verla arrastrándose tras él como una tonta sin personalidad... Aunque, bueno, no puedo culparla, no la tiene —Bellatrix se giró hacia su hermana con una gran sonrisa en el rostro, pero la expresión de horror en la cara de la menor le decía que ella no estaba tan entusiasmada con la idea de Lilibeth Evans como su potencial nueva cuñada—. ¿Qué?

—Lo... Lo que dijiste —murmuró sin ser capaz de creer la frialdad e hipocresía con la que su hermana se refería a esa pobre mujer. Por más que la conociera, le seguía sorprendiendo la mente y forma de actuar de su hermana. A veces, le costaba pensar que eran familia—. Eres maquiavélica, Bellatrix.

La mencionada sonrió, arrugando la nariz.

—Me encanta —declaró con los ojos grises brillando de satisfacción, devolviéndole esa misma sonrisa de autocomplacencia.

Narcissa estiró su mano para tomar la de ella y la acarició con delicadeza.

—Lo sé, cariño. Me adoras —Bellatrix apretó su mano en respuesta y ensanchó su sonrisa hasta que sus mejillas sonrojadas cerraron sus ojos.

—Gracias, Bella. Esto me deja mucho más tranquila.

— Lo que sea por ti, my dear.

Y porque me vuelvas a prestar atención.

—Señora Malfoy —una voz detrás de ellas las hizo girar. Adentro, cruzando el umbral del palco, uno de los asistentes del evento llamaba disimuladamente a su jefa, sosteniendo unos auriculares contra sus oídos y su intercomunicador en la mano—. Disculpe, pero la necesitamos abajo. Es sobre el espectáculo musical.

—Tengo que irme —anunció la reina de cabellos platinados, tomando ambas manos de su interlocutora y llevando sus nudillos a sus labios como una forma de despedirse—. ¿Crees que puedas seguir asegurándote de que todo salga bien entre esos dos? Ser su… cupido, por así decirlo.

—Cariño, los vigilaré como un halcón —sonrió, soltándose despacio—. Anda, ve. Te necesitan allá. Esos tontos no pueden hacer nada sin ti.

—Disfruta la fiesta. Nos vemos más tarde.

La mujer le dio un tierno beso en su mejilla izquierda y se dio la vuelta para encontrarse con su empleado e irse por el pasillo lateral, escaleras abajo. Bellatrix se despidió agitando la mano hasta que su hermana desapareció. Solo cuando estuvo segura de que ella ya no estaba ahí, se giró de regreso al balcón, borrando aquella falsa sonrisa que tanto le había costado recrear de manera convincente.

Su rostro afilado volvió a su expresión habitual y sus ojos fríos y aburridos se posaron en el extremo derecho del salón, justo en la zona donde dos individuos, femenino y masculino, conversaban tranquilamente con copas de champagne en la mano y pelucas convincentes en las cabezas.

Tan tan tarán... Tan tan tarán...

No se lo digan a nadie, pero Bellatrix Lestrange tenía una bonita voz para entonar la marcha nupcial.


Mañana, cuando los primeros artículos sobre la gala de Halloween anual Weston salieran en todas las páginas sociales de los periódicos ingleses, se mencionaría mucho la palabra "champagne".

¿Por qué? Pues porque durante toda la fiesta, en ningún momento dejaron de servir dicha bebida. Las cocinas del Heir estaban repletas de enormes cajas de Chardonnay y Pinot Noir provenientes de la reserva privada del restaurante delhotel. La Sra. Malfoy no había escatimado en gastos para la comida y bebida de sus invitados aquella noche. La falta de alcohol no sería un problema.

¿Saben cuál es el grado etílico del champagne?

En primer lugar, deben saber que el champagne es una especie de vino blanco espumante por lo que, lógicamente, tendrá el grado etílico de cualquier vino: unos 11 o 12 grados. Y eso está bien, ¿saben? Pues, comparado con otras bebidas alcohólicas, el alcohol contenido en el champagne es muy bajo, lo que quiere decir que puedes beberlo sin miedo de que se te suba a la cabeza. Se necesitarían como unas 9 o 10 copas —tal vez la botella entera— para que alguien se emborrachara y, para ser honesta, no creo que nadie sea capaz de terminarse una botella entera por su cuenta estando en público en una gala tan importante como esta.

Ahora que más o menos tienen una idea de lo que quiero decir, tal vez puedan ayudarme con un pequeño problema que surgió de manera imprevista.

No recuerdo cuántas copas de champagne lleva Snape. Perdí la cuenta después de la sexta.

¡Hey! No me juzguen. Sí, sí, yo soy la autora, pero no puedo estar detrás de Snape todo el tiempo, no soy su niñera. Él ya está muy grandecito como para cuidarse solo. Además, tan irresponsable no soy. Sé que va menos de 15 copas... o eso creo.

¡Es que ese hombre no deja de empinar el codo!

Pero tranquilos, no está borracho... creo.

Hay que hacerle una prueba.

La constante de Planck es 6,62607015 × 10 elevado a la -34.

16x15 es... cero, llevo 3, 5 y 3 son 8...

Bueno, tal vez esté un poco mareado, pero ¡solo un poco!

—Entonces, ¿todo está en el fuego? —preguntó Lili Evans, su interlocutora, aún a su lado.

—No, no, no —respondió Snape, enfático, moviendo su mano libre pues la otra seguía aferrada a su copa de champagne—. El secreto está en dejar curtir la carne de un día para otro.

La pareja llevaba aproximadamente unos diez minutos hablando de comida y de secretos culinarios. El tema estaba interesante, al menos para Snape. Hacia sus mejores esfuerzos para mantener alejada aquella bruma provocada por las burbujas del alcohol y, así, poder darle a la Sra. Evans los puntos claves de sus recetas más famosas para preparar un almuerzo familiar digno de reyes. Lili preguntaba, curiosa y fascinada por todo lo que el profesor le planteaba, y Snape respondía, sintiéndose un reconocido catedrático dando una master class en un lujoso auditorio.

¿Cómo es que de haber estado atrapados en una incómoda situación pseudo romántica habían pasado a enfrascarse en una interesantísima conversación sobre tipos de carnes y sartenes para preparar un buen almuerzo?

Para responder eso, tal vez debamos retroceder un poco en el tiempo.

Unos quince minutos estarán bien…

—Así que, ¿está aprendiendo a cocinar? —preguntó por mera cortesía— Eso dijo ella.

—Recién voy dos clases.

—Oh ... Ya veo.

Desde el primer momento en el que Lilibeth Evans y Severus Snape se quedaron a solas, ambos supieron que no tenían química.

Lo notaban en sus miradas, lo percibían en el ambiente, lo podían descifrar a través de su lenguaje corporal. Ellos no tenían química. No había una conexión, no podía sentir esa chispa en su cuerpo, esa corriente eléctrica recorriendo su espalda, las mariposas en su estómago ni a su corazón latiendo a toda velocidad contra su pecho. En resumen, Severus Snape no había sentido nada de lo que sintió cuando vio a Hermione por primera vez en aquella abarrotada estación de tren.

Por su parte, Lili mantuvo una ligera esperanza de algún posible intento de romance durante algunos minutos. La mujer era optimista. Estaba recién divorciada en un mundo de escasos solteros de su estatus social y ella era como una leona cazadora en busca de una presa fácil, compitiendo contra más felinas de su misma especie también al acecho.

Con Bellatrix a su lado, Lilibeth había conocido algunos solteros interesantes. La mayoría eran del tipo de hombre que saldrían con su amiga, perfectos para pasar el rato, pero terribles candidatos para un hipotético segundo matrimonio. Lo recomendable para una mujer en su situación, al menos hasta que se aburriera.

Para su mala suerte, ya se había aburrido.

Salir con tantos hombres no era lo suyo. Ya tenía 44 años y se sentía fuera del juego. No había tenido una cita propiamente dicha en casi 10 años. Ya ni siquiera recordaba cómo seducir. Ella no era Bellatrix, ella no podía ser sexy ni atrevida sin sentirse ridícula por la cantidad de sus años. Por más que se esforzara, simplemente no podía con ese ritmo, no era su estilo. Ella no buscaba un hombre para divertirse una o dos semanas. Más allá del puro contacto físico y carnal, ella estaba buscando alguien con quien hablar, alguien con quién pasar el rato, ir a comer o a ver una película.

Quería compañía.

Y, a pesar de que su amiga le había jurado una y otra vez que el hombre a su lado buscaba lo mismo que ella, Lili podía percibir claramente su rechazo.

Si estaba buscando compañía, era claro que no buscaba la suya.

¡Ni siquiera la estaba mirando! Snape se había mantenido inmóvil como estatua desde que Bellatrix se había ido. Lo único que hacía, además de seguir respirando, era ignorarla casi por completo mientras se tomaba una copa de champagne. ¡Sus mejillas incluso estaban rojas de tanto beber!

No sabía cómo tomar esto, pues era la primera vez que algo así le pasaba. Una parte de ella, su orgullo para ser más específicos, le pedía que lo tomara como una ofensa. ¡Estaba siendo un completo grosero! Si te presentan a alguien es para que socialices e intentes entablar una conversación, encontrar temas de interés común y pasar un buen rato, no para quedarte como una maldita estatua haciendo sentir mal a la otra persona.

Otra parte de ella, la menos conflictiva, le decía que tal vez era un hombre tímido y que, al igual que ella, estaba tan perdido en esto de iniciar nuevas relaciones después de un divorcio.

No obstante, una pequeña voz en su interior, su parte más realista, le decía que, tal vez, no estaba interesado.

Y lo más seguro era que no se equivocara.

—Perdón si te incomodo —musitó luego de pasar un largo rato en silencio—. Le dije a Bellatrix que no sería buena idea hacer esto esta noche, pero ya la conoces. Siempre obtiene lo que quiere.

—No puedo contradecir eso —susurró de manera aterciopelada antes de llevar su copa por enésima vez a sus labios—. Por desgracia, Bellatrix ha desarrollado un don peligroso para la persuasión que perfecciona cada año.

—¿Ella también te ha estado organizando encuentros en fiestas desde que te divorciaste? —preguntó inclinando la cabeza a un lado, buscándolo con aquella bonita mirada de ojos verdes— Por favor, dime que no soy la única. Me sentiría fatal —añadió con una sonrisa amigable.

—No exactamente —contestó luego de pensarlo unos segundos. No se sentía cómodo dando esa información, pero tampoco veía razón para negarse a intercambiar experiencias. Ella estaba pasando exactamente por lo mismo que él había pasado durante casi dos años, era inevitable sentir algo de empatía, incluso si fuera por mera proyección—. Su hermana, Narcissa, es quien me organiza los encuentros a mí. No es mejor que Bellatrix, pero al menos sabe aceptar un "no" por respuesta cuando se dice en serio. Ella no es tan... impulsiva.

Una suave risilla fue su respuesta.

—Entiendo. Supongo que te tocó la hermana buena. Bien por ti —río mostrando los dientes. Snape no pudo resistirse a mirar de reojo a Lili. Pensó que tenía una bonita sonrisa. Tenía los dientes algo chuecos en la mandíbula inferior; sin embargo, no se veía mal. No obstante, seguía prefiriendo la sonrisa de Hermione. Tal vez no era estéticamente perfecta, pero le gustaban sus incisivos ligeramente grandes—. Y ¿cuántas citas te ha organizado hasta ahora? Me imagino que deben ser mucho menos que las mías si dices que sabe aceptar un "no".

Snape se mantuvo en silencio, volviendo su atención al salón y a las personas divirtiéndose en este. Su boca todavía percibía el sabor suave y dulce del champagne, su cabeza estaba empezando a sentirse algo pesada y rogaba en silencio que el alcohol no terminara nublando sus sentidos. Tal vez, su plan de embriagarse para evitar esta conversación no estaba resultando tan bien como lo había concebido en su mente. Ella estaba siendo muy amable y, sorprendentemente, no la encontraba tan molesta como al principio.

En su defensa, no había previsto ese factor. Su error de cálculo había sido asumir que Lili sería una cabeza hueca como todas las demás amigas de Bellatrix.

"Detente", se decía a sí mismo, cerrando los ojos. "Esto no está bien. Tú ya tienes pareja, señor profesor. Hermione se pondrá furiosa si se entera de esto. Ya sabes lo celosa que es".

"Pero no estás haciendo nada malo", dijo una vocecita en su cabeza, una voz que siempre se anteponía a su consciencia. "Solo estás conversando y no en plan romántico. Tampoco hay por qué exagerar las cosas".

Pues sí, era verdad. Ella no estaba coqueteándole y él, tampoco.

"No lo hagas, ¡lo lamentarás!"

"Despreocúpate, no pasará nada".

"Esa mujer parece un algodón de azúcar".

No hagan caso a eso.

Ese último pensamiento vino de su mente borracha. Sus ojos habían divisado momentáneamente el disfraz rosado y esponjoso de una señora mayor sentada en una de las mesas frente a él. Su sentido del humor algo alterado por los efectos del alcohol no pudo evitar lanzar un pensamiento random.

—A mí me ha organizado como cuatro o cinco citas a ciegas en lo que va del año —comentó Lilibeth al no obtener una respuesta por parte de su interlocutor. No le gustaba el silencio y este se estaba alargando demasiado—. Y me refiero a citas verdaderas. Ya sabes, salir a algún café o algo así. Los encuentros improvisados como estos no cuentan, ya he tenido suficientes como para una toda vida y la mayoría han terminado muy mal.

—¿No te llamaban al día siguiente? —preguntó con voz sedosa, mirándola de reojo.

—¿Es tan obvio? —rio tomándolo con humor. ¡Muy bien! Había recuperado su atención— ¿Qué hay de ti? Tu celestina es Narcissa Malfoy. Supongo que ella tiene un gusto más selecto. Siempre me ha gustado como se viste.

—En parte —contestó alargando un poco las sílabas—. Solo he tenido tres o cuatro citas a ciegas.

—¿En lo que va del año?

—En tres años —corrigió mostrándose más accesible al ver la expresión de sorpresa y diversión que Lili tenía en su rostro—. Me divorcié hace unos años y, desde entonces, Narcissa no ha dejado de insistir con esta tontería de las citas. Debo admitir que es muy obstinada, no se rinde fácilmente, pero al menos me da largos periodos de descanso entre cita y cita.

—Ya veo —sonrió—. Y supongo que no ha tenido suerte ¿no es así? Si no, yo no estaría hablando con usted a solas.

—¿No es obvio? —contestó irónico— Digamos que sus elecciones no eran las... adecuadas. Demasiado sofisticadas para mi gusto —ella sonrió— y era claro que yo no era del gusto de ellas.

—Entiendo. Me ha pasado. Lo último, desde luego. No lo de "sofisticado" —aclaró en broma.

—Gracias al cielo ha dejado de intentarlo. Mi paz mental y mi horario lo agradecieron profundamente. Supongo que la pobre finalmente entendió que no es no —movió su copa con delicadeza en sus manos y luego le dio un sorbo, sintiendo el sabor dulzón inundar su paladar—. Por supuesto, no contaba con que Bellatrix tomara la posta en esto. Fue un total giro inesperado de los acontecimientos.

—Un verdadero plot twist —contestó—. Supongo que se decepcionará cuando descubra que sus esfuerzos por juntarnos no están dando frutos, ¿no lo crees?

Aquel comentario terminó por arrastrar a Snape a la realidad. Haciendo a un lado aquel estupor provocado por el champagne, giró su cabeza en dirección a su interlocutora, encontrándose con un par de ojos verdes que lo observaban con curiosidad.

El profesor frunció el ceño y aguardó por una explicación.

Lili sonrió, dejando entrever aquel par de dientes inferiores chuecos.

"¿Eso había sido un coqueteo?", pensó el profesor, consternado. No conocía mucho sobre las mujeres, nunca fueron su fuerte, pero podía percibir unas vibras extrañas por parte de Lili. No estaba seguro de si estaba tratando de ligar con él pues su discurso decía lo opuesto, pero su actitud era tan… no sabría describirla

Tal estás malinterpretando las cosas, se dijo. Después de todo, no podía pensar con claridad ahora por culpa del alcohol. Tal vez solo estás exagerando.

Necesitaba un vaso de agua.

¡Urgente!

Lilibeth se mordió el labio inferior, divertida, y continuó.

—Conozco esa mirada, Severus... Si te puedo llamar así, ¿verdad? —él asintió mostrándose sorprendido por la familiaridad con la que la Sra. Evans le hablaba—. Como te decía, conozco esa mirada, yo misma la he puesto cientos de veces con diferentes personas, y es claro que no estás interesado en mí.

Ahora sí estaba confundido. ¡Le estaba coqueteando o no? ¿O solo quería ser amable?

"¡Ay! ¿Por qué las mujeres son tan difíciles?", se lamentó.

Snape abrió la boca para replicar. Quería inventar una respuesta certera y respetuosa, una respuesta que dejara en claro que no debía hacerse ilusiones de un posible romance entre ellos, pero que a la vez no fuese demasiado grosera como para ser considerada un insulto hacia su persona. No habían conversado mucho, pero Lilibeth Evans no le molestaba tanto como habría pensado. Si bien tenía razón al decir que no estaba interesado en la idea de ellos dos juntos, no quería ofenderla diciendo algo estúpido.

Sin embargo, no se le ocurrió nada bueno.

Ella no pareció molestarse. En su lugar, junto sus labios rojos en una suave sonrisa y prosiguió con su discurso.

—No te preocupes, no eres el primero.

—Espero que no te moleste, no quisiera ofenderte —se disculpó ligeramente avergonzado. ¡Oh! El champagne estaba haciendo efecto. Sus sentidos estaban más receptivos y sus emociones, a flor de piel—. Pero yo ya estoy en una relación. E-Estoy saliendo con alguien.

Lilibeth abrió los ojos, sorprendida. Sus mejillas se tiñeron del mismo rojo escarlata de sus labios y su boca se abrió en una pequeña "o".

Al parecer, ella tampoco esperaba esa respuesta.

—Oh... Lo-Lo siento tanto —se apresuró a decir llevándose ambas manos a la boca, notablemente avergonzada por haberse estado insinuando hasta hace poco—. Perdóname, no lo sabía. Bellatrix dijo que estabas soltero. ¡Oh! ¡Estoy tan avergonzada! Discúlpame, no quise coquetear contigo. Yo no soy así, en serio… Agh, perdona, me tomé un poco antes de venir aquí.

—Descuida —indicó posando su mano libre sobre su hombro izquierdo, tranquilizando a la pobre dama—. No te culpes, no lo sabías. De hecho, nadie lo sabe aún.

¿Han escuchado esa frase que dice que no hay persona más honesta que un niño o un borracho? Pues, eso aplica para Snape en esta situación.

—No estoy ofendido si te sirve de consuelo —prosiguió quitando su mano de inmediato, recordando que esa no era una acción apropiada para dos personas que acababan de conocerse. Tenía que controlarse, por respeto a su pareja y por respeto a la Sra. Evans—. En cierto punto, debería estar halagado. No había tenido una conversación de adultos tan agradable en mucho tiempo.

Lili levantó la mirada y Snape tragó saliva.

Fue en ese momento que, casi como caído del cielo, uno de los meseros que rondaba la zona se acercó a ellos, rescatando tanto a la recién divorciada como al profesor de un momento incómodo que podría malinterpretarse ante los ojos de los demás.

Sobre todo, para los espectadores que se encontraban muy, muy lejos.

—¿Se les apetece una copa?

—¡Sí! —exclamaron al unísono.

Ambos tomaron una de las tantas copas que el mesero sostenía en su bandeja. Snape intercambió su copa vacía por una nueva, sumándole una marca más a su contador de alcohol de esa noche. El empleado asintió al ver su labor hecha y se dio la media vuelta para buscar al próximo invitado que necesitara de sus servicios, dejando nuevamente sola a la improvisada pareja.

—Yo tampoco había tenido una conversación decente en mucho tiempo —comentó Lili, rompiendo el silencio incómodo que se había instalado sobre ellos—. Fue divertido. Hagámoslo más seguido.

—Espero que no te moleste mi rechazo.

—Descuida —susurró levantando con la copa—. Ahora que estamos en confianza y que no podemos arruinar más las cosas, déjame decir que, si no me rechazabas tú, lo haría yo.

Snape levantó las cejas, sorprendido. Lili río con aquel gesto.

—Lo siento, pero por más que me parezcas un sujeto agradable y un conversador excelente, me temo que mis gustos se alejan demasiado de ti.

—Que elegante y sutil forma de decir que no me encuentra atractivo —rio asintiendo con la cabeza.

La Sra. Evans encontró divertido el comentario y puede que ya sea porque sentía cercanía con el profesor o porque se había tomado un vaso entero de jerez antes de su encuentro con él, la mujer se animó a dar unos pasos en su dirección, acortando un poco la distancia entre ellos.

Snape no se alejó. A decir verdad, estaba tan concentrado en su propio chiste que ni siquiera notó aquel sutil movimiento.

—Bueno, dado que ninguno está interesado en el otro, espero que no le moleste si hago un brindis —preguntó levantando su copa en su dirección—. Por usted y por su misteriosa dama.

Snape enarcó una ceja antes sonreir de manera casi imperceptible— Por usted y por su nueva soltería.

Las dos copas de vidrio chocaron provocando un delicado tintineo que fue opacado por la animada música de la fiesta.

Desde lo alto de los palcos en el nivel superior, Bellatrix Lestrange observaba la escena con atención, sonriendo complacida y arrugando su respingada nariz. Su lengua relamió sus labios rojos y, por un par de segundos, se permitió saborear la victoria de su triunfo y el dulzor del champagne.

"Esto está saliendo mejor de lo que pude haber imaginado", se dijo a sí misma, ignorando toda la conversación real que estaba pasando a muchos metros fuera de su alcance.

Y es así como Snape y Evans se enfrascarían en una dinámica conversación que abordaría todos los temas que pudieran abarcar en el poco tiempo que pasaron juntos en aquel extremo solitario del salón.

Ambos estaban en casi la misma situación, eran divorciados que no querían volver a saber nada de sus ex parejas por lo que evitaron cualquier palabra que se vinculara al divorcio o a estos patéticos y fallidos encuentros arreglados por sus respectivas "celestinas". En su lugar, buscaron algún tema en común que pudieran compartir mientras se tomaban una copa.

O dos.

Terminaron hablando de cocina: intercambiaron recetas, puntos de opinión con respecto a los platillos y secretos culinarios que pudieran ayudar a la Sra. Evans en sus futuras clases de gastronomía. Entre palabras, risas, algunos inocentes toques con las manos y muchas bebidas de por medio, la pareja seguía conversando bajo la atenta mirada de Bellatrix Lestrange en las alturas.

Los minutos pasaban y la fiesta seguía con total normalidad el cronograma planeado.

—Oye, Severus —llamó la mujer entrecerrando los ojos para mirar a las personas caminando frente a ella. Cerró los ojos un momento y sacudió la cabeza una vez más, con fuerza, para tratar de despejar su mente del suave efecto de la bebida—. Dado que no seremos nada más que amigos al final de esta velada, ¿no tendrás por ahí algún amigo soltero que quieras presentarme? Para no haberme puesto este vestido en vano. No tienes idea de cómo me aprieta la faja.

"Por dos", pensó el profesor.

—Tengo algunas personas en mente —respondió divertido, buscando con la mirada la mesa en la que había estado sentado durante la cena. Esperaba que Perseus Parkinson y Amycus Carrow aún se encontraran ahí. Le encantaría devolverle la broma a alguno de esos dos traidores—. Dame un minuto y con gusto te los presen…—

No pudo terminar su oración pues, de la nada, el salón empezó a oscurecerse lentamente.

Fue como un anochecer en la playa. Las agradables luces amarillas, anaranjadas, azules y violetas que iluminaba el techo se fueron apagando cual sol en el horizonte hasta que finalmente todo se vio inmerso en una oscuridad tan profunda que ninguno de los invitados se atrevió a moverse por temor a tropezar con algo y caer.

Snape se quedó inmóvil, permitiendo que sus otros sentidos despertaran y reemplazarán a su vista. Podía percibir el ligero aroma del perfume de Lili a un lado suyo, así como también el olor de la comida y cócteles que se servían en la mesa de aperitivos. Podía escuchar los murmullos y movimientos torpes de las personas que lo rodeaban y, por último, pudo sentir claramente como una cosa helada, algo que se asemejaba mucho a una garra, apretaba de manera violenta e inesperada su tobillo derecho.

—¡AAAAAAAHHHHHHH!

Él no fue el único en gritar. Es más, me atrevería a decir que de todos los gritos de pánico que inundaron la habitación en ese momento, el de Snape fue el más bajo y breve de todos.

No estaba loco. Alguien lo había tocado. ¡Podía jurarlo! Había sentido claramente una fría mano humana apretar su pierna y, luego, algo grande y rápido pasar por su lado izquierdo, golpeando parte de su cuerpo en el proceso.

No tuvo tiempo de ponerse a analizar la situación pues, para sorpresa de todos, una de las velas flotantes del salón se encendió abruptamente, generando la única fuente de luz en medio de toda esa oscuridad.

Los presentes pensaron que aquella flama solitaria bailando en lo alto del cielo se veía hermosa e hipnótica a la vez.

A esa primera vela le siguió una segunda y luego, una tercera. Después, una cuarta y una quinta. Una sexta, una séptima y, como si se tratase de un acto de magia, todas las velas flotantes del techo se encendieron, alumbrando de manera parcial el gran salón. Si bien la luz apenas era lo suficiente potente como para iluminar algunas zonas de la habitación, al menos, los invitados ya podían distinguir ciertas sombras y siluetas cercanas a ellos. Por lo menos, Snape fue capaz de distinguir el escenario, los doce palcos superiores y a un par de personas junto a él.

Si este era el plan de Narcissa para hacer un espectáculo sumamente dramático, estaba resultando muy bien, pensó.

—¿Qué está pasando?

—Algo me tocó.

—¿Esto es parte de la fiesta?

—No entiendo qué sucede.

Claramente no era el único confundido. Parecía que el resto de los invitados estaban tan o incluso más desorientados que él. Desde luego, no a todos les pareció divertida esta especie de "broma" del Día de las Brujas por parte de su anfitriona. El profesor alcanzó a escuchar algunos comentarios de gente ofendida que parecía estar molesta por aquellas manos humanas jalando sus piernas. Estuvo tentado a responderles para defender a su amiga si no fuera porque, primero, no sabía dónde estaban y, segundo, él también se había asustado.

Como sea, no pudieron seguir quejándose pues, en un abrir y cerrar de ojos, la luz amarilla y débil que producían las velas cambió a una luz azul difuminada que inundaba, ahora sí, todo el salón, permitiéndole a la gente ver a su alrededor con mayor facilidad.

Todo tenía un matiz azul. Era como usar uno de esos filtros de Instagram que Draco o Hermione le obligaban a probar cuando estaban aburridos. Podía ver la araña de cristal en el techo, las decoraciones de los centros de mesas y las estatuas con flores, ramas y calabazas, cubiertas de luces y sombras azuladas, otorgándole un aspecto frío, tétrico y misterioso a todo a su alrededor.

El profesor, destacando por su altura entre el mar de gente, empezó a buscar con la mirada a su grupo de amigos, esperando encontrar a alguien cerca y preguntar qué pasaba, pero debido a este nuevo juego de luces, era complicado distinguir exactamente quién era quién.

El sonido de un chirrido similar al de una puerta de madera muy vieja abriéndose resonó a lo largo y ancho del salón, asustando a todos los presentes. El ruido había sido imprevisto, súbito, aterrador. Le había calado hasta los huesos. Seguido de eso, se escuchó un fuerte y estruendoso golpe de piano. Las notas mal tocadas, desafinadas y violentas, hicieron que se llevara las manos a los oídos para acallar todo ese ruido.

Era como si alguien estuviera jugando a destrozar un piano y, de paso, su sentido de la audición.

Y de pronto, silencio.

Un profundo y aterrador silencio, de esos que te permiten escuchar el sonido de tu respiración y el palpitar errático de tu corazón.

Sus ojos negros divisaron la extravagante peluca blanca de Narcissa Malfoy casi al otro lado del salón, justo al lado izquierdo de su marido, Lucius Malfoy. No estaba seguro de qué expresión tenía en su angular rostro, pero sí estaba totalmente seguro que la mujer se encontraba tranquila y confiada, lo deducía debido a su lenguaje corporal. Se paraba firme y segura, casi como si estuviera frente alguna junta de negocios o algo por el estilo.

Conocía esa forma de pararse, significaba que se venía algo grande.

Algo muy grande.

—Que entren los bailarines —ordenó Charles afuera del salón a través del auricular, haciendo una seña con su mano para que el espectáculo comenzará.

El silencio aterrador se vio finalizado cuando el sonido de una sinfónica de cuerdas y flautines resonó por medio de los parlantes distribuidos a lo largo del salón. Iba en crescendo, subiendo de intensidad en tres ocasiones y luego, deteniéndose de forma imprevista, pero sin llegar a ser tosca. Era un sonido armónico que despertaba los sentidos como si tratase de una señal de alerta ante algún posible peligro.

El solitario y tétrico sonido de un violín interrumpió en sus oídos, haciéndolo cerrar los ojos y temblar sin saber si era por miedo o placer. El sonido viajó desde las cuerdas más gruesas y graves hasta las más delgadas y agudas, pasando de ser un sonido aterrador a uno juguetón y dinámico.

Las cuerdas de un chelo tomaron la posta del violín, produciendo un sonido más grave que erizó los vellos de todos los presentes. Al fondo, se escuchaban los punteos de las tensas cuerdas de los otros violines. El sonido grave del instrumento se paseaba por sus oídos, vibrando en sus tímpanos, produciéndole cosquillas. Aquel primer violín volvió para hacerle la segunda voz al chelo, mezclándose en una danza sinfónica digna de un cuento de terror.

Por desgracia, el maestro de Química no pudo disfrutar de la música en su totalidad pues unos gritos agudos y provenientes del otro lado del salón interrumpieron el misterioso recital.

—¡Oh!

—¡Ay!

—¡Cuidado!

—¡AAAHHH!

Snape no entendia porque la gente se alejaba completamente aterradas de las paredes y decoraciones hasta que llegó su turno.

Dio un salto hacia atrás cuando sintió a alguien moverse justo detrás de él. La estatua humana cubierta de flores, ramas y lámparas de calabaza que estaba detrás de él empezó a sacudirse, soltando flores y hojas por accidente. Los ojos cerrados de la obra de arte se abrieron de golpe, casi deteniendo su corazón del susto.

Aquellos ojos azules penetrantes lo miraron fijamente, fascinándolo y aterrándolo al mismo tiempo.

El hombre, porque no había duda de que era un hombre, cubierto en pintura corporal blanca, mallas y túnica de seda de igual color, dejó las ramas que sostenía a un lado y dio un salto para bajar de aquella pequeña saliente en la que se encontraba. El público cercano se apartó al instante, chillando ante la inesperada sorpresa de ver una genuina estatua viviente. El hombre cayó con gracia frente a ellos, doblando sus rodillas, elevándose con los metatarsos de sus pies y manteniendo la postura, tensando los músculos de sus fuertes muslos y brazos.

Snape conocía claramente ese tipo de cuerpo. Lo había visto cientos de veces a lo largo de estos meses estudiando danza. Se parecía mucho al tipo de cuerpo que tenía Viktor o los alumnos de la clase avanzada de la profesora McGonagall. A grandes rasgos, podía decir que tenía la cintura estrecha, piernas bien formadas, espalda ancha y cuello largo, todas las características propias de un bailarín.

No había duda. ¡La estatua era un bailarín!

El hombre se mantuvo inmóvil ante la atenta mirada de los presentes. Sus ojos claros parecían brillar en medio de esa tenue oscuridad. Su mandíbula se mantenía apretada para permitir que los músculos de su cuello se marcaran para el deleite de los espectadores. Sus brazos caían con elegancia al lado de sus caderas, exponiendo cada curva formada por sus músculos.

Severus escuchó el suspirar ahogado de algunas mujeres a su lado, seguro anonadas ante tanta belleza física, y esperó a que el bailarín se moviera, parpadeara, hiciera algo, lo que fuera, pero el desconocido seguía en personaje, tan inmóvil como lo había estado hasta hace tan solo un par de segundos.

El rasgar del arco contra la cuerda más gruesa del chelo rompió el momento hipnótico que todos estaban viviendo junto a las estatuas vivientes. El inesperado sonido hizo saltar al profesor al igual que a, por lo menos, 30 personas más. No obstante, el bailarín y sus otros compañeros tomaron aquel sonido como una señal para cambiar de postura, elevando la cabeza y sacando el pecho, cual ave a punto de alzar el vuelo.

Al ritmo del violín agudo que hacía de segunda voz, los bailarines danzaron hacia adelante, moviendo los brazos de forma exagerada para apartar a las personas y doblando sus piernas para realizar largos estiramientos conforme avanzaban al centro del salón donde, inexplicablemente, ya no había mesas que estorbaran la presentación.

No sabía cómo fue que los organizadores del evento habían desaparecido todo en un abrir y cerrar de ojos, pero no se detuvo a pensarlo. Su mente estaba más entretenida en observar lo que los bailarines hacían que en descifrar el misterio de las mesas perdidas.

Sus pies dieron unos pasos hacia adelante, siguiendo a los bailarines para no perderlos de vista. Al igual que él, los otros invitados avanzaron también, tal vez por inercia, tal vez hipnotizados por la magia y misterio del espectáculo. Sin planearlo, se formó un enorme ovalo alrededor del centro lo suficientemente grande como para permitirle a los bailarines realizar su performance. Snape se mantuvo adelante de todos la mayor parte del tiempo pues, a pesar de ser alto, no quería que nada ni nadie obstaculizara su visión.

Estaba tan hipnotizado por los movimientos fantasmagóricos de los bailarines que no le importó ser una pared humana que impedía a los más bajos presenciar el show.

Descubrió que todos los bailarines tenían un vestuario único. Si bien compartían los mismos rasgos generales en sus trajes, había ciertos elementos que los hacían únicos. Unos tenían cráneos de animales en los rostros, otros tenían cuernos de venados en la cabeza y algunos, telas traslucidas que colgaban de sus brazos simulando ser alas de insectos.

Al compás de un duelo de violines y chelos, los hombres bailaban en círculos, saltando uno sobre el otro, simulando lo que parecía ser una pelea a muerte o un ritual antiguo para convocar a un espíritu del más allá. En medio de los colores negros y azules de las luces que iluminaban el salón, aquellos espectros blancos parecían flotar descalzos sobre el suelo.

Tan concentrados estaban todos mirando a los ocho hombres bailar que nadie se dio cuenta de las 18 bailarinas mujeres se iban ubicando alrededor del salón, escondidas tras las columnas y diversas decoraciones. Ataviadas con faldas blancas abultadas y velos traslucidos de igual color, las chicas iban calentando en silencio para entrar en acción. Sus rostros maquillados ocultaban su belleza natural tras capas y capas de pintura fácil blanca y sombras negras y azules que marcaban las características más resaltantes de los cráneos humanos.

Mientras tanto, arriba, en los palcos superiores, los empleados de la Sra. Malfoy terminaban de enganchar el arnés de seguridad a una de las bailarinas fantasmas para pasar a la siguiente fase de la performance.

A cada lado del salón, los empleados esperaban la orden del coordinador para soltar las finas telas blancas que colgarían del techo por medio de las poleas. La bailarina principal estiró su cuello de un lado al otro y movió de manera nerviosa sus piernas, mostrándose algo ansiosa por la acrobacia que estaba a punto de ejecutar sobre el aire.

—Prevenidos… —anunció el coordinador por medio de los auriculares, elevando una mano para llamar la atención de los empleados ubicados en los otros palcos—. ¡Ahora!

Las largas y vaporosas telas cayeron desenrolladas justo en el momento en que la música se detuvo, creando un aire mágico sobre los bailarines hombres inmóviles en el centro del salón. Una exclamación de asombro se escuchó por parte de los invitados cuando, al levantar la mirada, vieron una silueta blanca envuelta en un finísimo velo blanco flotar en lo alto del techo, jugando con sus brazos y piernas como si nadara en el cielo nocturno del salón.

Una luz blanquecina fue concentrándose casi únicamente en el centro de la habitación para iluminar a los bailarines, dejando que el resto se hundiera en la oscuridad. Tal vez por cuestiones de estética, tal vez para esconder los arneses y poleas que sujetaban a la bailarina, eso nadie lo sabría jamás.

El sonido agudo y solitario del violín volvió a inundar la habitación, descendiendo tembloroso al igual que la mujer en el aire.

Snape experimentó una sensación agobiante en su pecho, una presión en su corazón que le ponía los nervios de punta. La escena completa, la imagen junto a la música y estética de los bailarines, estaba escribiendo una historia macabra en su mente. Aquella pobre bailarina cubierta en telas cual cadáver descendía de los cielos, etérea, hacia las garras de los bailarines masculinos allá abajo, quienes seguían estirando sus manos intentando alcanzarla.

Sin duda, esto era mucho mejor que las aburridas presentaciones escolares de la cena de Halloween en Hogwarts.

El salón entero contuvo el aliento cuando uno de estos bailarines con cabeza de calavera tocó con la punta de su dedo el pie de la mujer en el aire. Aquel contacto tan parecido al de La creación de Adán hizo que toda la atmósfera tranquila cambiara a una estridente y caótica que hizo saltar a más de uno. La música, el juego de luces, la actitud de los bailarines, absolutamente todo cambió, dando paso a la segunda parte del espectáculo.

La bailarina trataba de escapar de los ocho varones que giraban y saltaban por todos lados, creando un cercado humano que limitaba su escape. Cada tanto, uno de ellos la tomaba por la cintura y la cargaba. Ella se dejaba llevar, usando sus manos para jugar con la delgada tela del velo que cubría su cabeza, cayendo de nuevo en el suelo, con gracia y sobre las puntas de sus zapatillas de ballet. El chelo volvió a apoderarse de la presentación, llenando la habitación de violentos movimientos de arco y silencios dramáticos.

Finalmente, la muchacha se vio rodeada de todos aquellos demonios blancos quienes, cerrando aquel círculo, terminaron cubriéndola con sus cuerpos, devorándola sin piedad, sumergiendo al salón poco a poco en el silencio y en la oscuridad como si fuese el final de una vida.

Por unos segundos, Snape solo pudo escuchar su respiración.

Nadie aplaudió, no se sentía apropiado aplaudir.

Esto era extraño y, hasta cierto punto, desalentador.

Sin embargo, el esperanzador sonido de un único violín resurgió rompiendo el silencio.

Los invitados al lado derecho del salón murmuraron algunas quejas y se apartaron al instante cuando seis figuras blancas salieron corriendo de entre ellos, deteniéndose al frente y manteniendo una postura erguida y grácil como la de un cisne. Sus brazos se elevaban hacia atrás, estirando sus músculos y levantando la tela traslucida de los velos que cubrían sus cabezas.

A aquel primer grupo se le unió un segundo que provino del lado izquierdo del salón y, finalmente, un tercer grupo de seis salió del extremo derecho del salón, la zona en la que se encontraba Snape.

El profesor giró abruptamente cuando escuchó un par de grititos venir detrás de él. Los invitados se iban apartando, dejando el camino libre a seis siluetas blancas que se arrastraban por el suelo. Snape sintió la piel de su cuello erizársele cuando vio a las seis bailarinas caminar de espaldas en cuatro patas, como si fuesen unas arañas enormes y fantasmagóricas.

Si no fuera por la estética de sus movimientos, habría jurado que esas niñas habían salido de la película de El Exorcista.

Las seis bailarinas arquearon sus espaldas, elevándose del suelo, y luego corrieron en fila para ubicarse al mismo nivel que sus demás compañeras. Adoptaron la misma pose y esperaron inmóviles a que la pequeña sinfónica invisible les diera su entrada.

El inicio de una conocida canción que siempre ponían de fondo en todos los especiales animados de Halloween hizo que las bailarinas corrieran en puntillas hacia los hombros para "rescatar" a su amiga. Dando largos saltos y dramáticos movimientos de brazos rodearon a los hombres quienes, como si fuesen demonios que se amparaban en las sombras, retrocedían ante la luz clara que desprendían sus velos. Ellos se mezclaban entre las féminas en medio de esta danza macabra, intentando alcanzar a las que podían para cargarlas y elevarlas en el aire, haciendo volar sus largos velos blancos.

Snape no sabía absolutamente nada sobre danza clásica a excepción de lo que ya había visto en clases. Sin embargo, no había que ser un gran experto para saber que eso que estaban haciendo era ballet. Esos saltos, piruetas, cargadas y giros eran propios de aquella danza. Si bien nunca había ido a una presentación de ballet, había visto a Hermione hacer ese tipo de pasos una y otra vez en sus clases de ballet de las mañanas.

Las bailarinas hacían los mismos movimientos que hacía ella.

Y también las mismas expresiones dramáticas que hacía ella, pensó divertido.

Una sonrisa tonta se formó en sus labios al recordar a su dulce castaña. Si cerraba los ojos, estaba seguro que podría proyectar en su memoria su pequeño y joven rostro haciendo los mismos gestos que sus semejantes allá en la pista de baile.

Pensó que a ella le encantaría estar aquí viendo esto. ¡Lo amaría! A veces le hablaba de cuánto extrañaba el ballet y lo tentada que estaba en pedirle a McGonagall un puesto permanente como instructora de ballet en los horarios de mañana.

¡Demonios! ¡Cómo desearía que ella estuviera ahí y viera esto!

Tal vez si…

Estiró su mano hacia su bolsillo para buscar su celular, pero recordó que lo había dejado apagado en algún lugar de su habitación en el sexto piso. Una lástima, pensó. Le hubiese encantado grabar la presentación para mostrársela después. Probablemente hubiese proyectado el video en el televisor y la hubiese visto bailotear delante de la pantalla simulando estar ahí.

Tal vez para la próxima.

El pensar en Hermione le hizo preguntarse cómo le estaría yendo en su presentación. Esperaba que bien. Sabía lo mucho que su Hermione se estaba esforzando para cumplir las demandantes expectativas de esa gente estirada que tanto la sobreexplotaba. ¿Ensayar casi 12 horas a la semana? Ni siquiera en sus prácticas de laboratorio de la universidad había pasaba tanto tiempo. ¡Y eso que él llevaba horas extras!

Tampoco podía olvidar los descabellados requisitos que exigía el trabajo.

¿Bajar dos kilos? ¿En serio? ¡Si Hermione bajaba un kilo más, iba a desaparecer!

Tal vez debería hablar con Cissy y recomendársela para la próxima vez que tuviera que hacer un entretenimiento musical como este. Su Hermione estaría contentísima de trabajar para el consorcio Malfoy. Le abriría muchas puertas y, quién sabe, si notaban su talento —el cual, obviamente, notarían—, tal vez podrían conseguirle un buen patrocinador pronto.

Hablaría con Narcissa más tarde.

El baile llegó pronto a su clímax.

Lo pudo notar por la incorporación de un nuevo instrumento: un piano.

Cada género parecía bailar por su cuenta. Las chicas, agrupadas de tres en tres, atravesaban el salón de forma diagonal, dando juguetones saltos con las puntas de sus pies. Sus mentes estaban demasiado concentradas observando todo a su alrededor, contando los segundos mentalmente para no chocar entre ellas cada vez que hacían un cruce, que no se daban cuenta de este extraño fenómeno que pasaba en sus cabezas: ¡No dejaban de repetirse la secuencia de pasos que habían aprendido en los ensayos!

"Petit allegro, petit allegro, petit allegro, grand allegro".

Los chicos, por su parte, estaban divididos en dos grupos: dos de tres y uno de dos. El primer grupo de tres rodeaba todo el interior del óvalo formado por los espectadores. Realizaban magistrales picaderos: una serie de movimientos que se ejecutaban en círculos ya sea con giros o saltos, en este caso, en una combinación de ambos. Los espectadores que estaban más cerca del interior del óvalo se vieron obligados a retroceder unos pasos pues el riesgo de que alguno de los bailarines terminara propinándole una patada sin querer era altísimo.

Snape solo podía ver fascinado a esos atléticos hombres pasar volando frente a él a gran velocidad, esquivando a esos pequeños ratones blancos en tutús.

El grupo de dos se dedicaba a "robar" a las bailarinas que realizaban sus allegros. Eran como duendes traviesos que jugaban a intercambiar a las integrantes de los grupos. Interrumpían sus desplaces colándose en ellos, tomaban a una de las bailarinas por la cintura y se la llevaban cargando con gracia para intercambiarlas con otro grupo.

El segundo grupo de tres se encontraba en el centro haciendo un pas de deux con sus respectivas parejas, tres bailarinas experimentadas que portaban coronas de flores marchitas en las cabezas.

Su danza era totalmente diferente a los elegantes bailes de salón a los que Severus estaba acostumbrado, pero en realidad no parecía importarle. A pesar de que este baile no le impulsaba a querer moverse al ritmo de la música ni entendía nada de lo que cada uno de esos movimientos quería decir, sí podía captar las emociones que intentaban transmitir.

Podía ver la fuerza en los músculos de las piernas cada vez que alguno de ellos saltaba; la concentración en sus rostros cuando tenían que hacer giros o pasos complicados; la delicadeza de cada movimiento, desde la punta de las manos hasta la de los pies.

Era como ser el testigo secreto del baile eterno de las hadas del bosque.

El toque curioso y, aparentemente, complicado de un arreglo de piano hizo que todos los bailarines corretearan al centro del óvalo y se prepararan para la culminación del número musical. Quince bailarinas formaron un circulo totalmente simétrico por medio de clásicas reverencias propias del ballet. Cuatro de los hombres se ubicaron en cada punto cardinal de este círculo haciendo una pose heroica que dejaba ver toda la fuerza y vigor de sus perfectos cuerpos. Dos parejas se posaron a la derecha e izquierda del círculo. Los varones cargaban a sus contrapartes femeninas sujetándolas alrededor del torso con una mano y del muslo izquierdo con la otra. Finalmente, los dos bailarines masculinos restantes cargaron de las axilas a la bailarina principal para sentarla sobre sus hombros, acomodando sus piernas cerradas y manteniéndola en equilibrio usando sus manos.

La música cesó, dando por terminada la performance.

El público estalló en un efusivo aplauso que duró, por lo menos, unos tres minutos. El color azulado de la iluminación fue disipándose hasta volver a aquel bonito juego de luces que simulaba un amanecer. Los tonos ámbar, anaranjados y violetas pintaron el techo y las luces blancas terminaron por iluminar el resto del salón.

Los bailarines siguieron inmóviles y el público, aplaudiendo y vitoreando en voz alta. Snape aplaudió hasta que las manos le ardieron.

¡Había sido fantástico!

—¡Bravo! ¡Bravísimo, muchachos! —la voz agradable del maestro de ceremonias se robó la atención de los invitados quienes lentamente dejaron de aplaudir— He visto muchas presentaciones a lo largo de mi carrera y, déjenme decirles, que esta, en mi humilde opinión, ha sido una de las mejores. ¡Gracias, muchachos! ¡Oh! ¡Venga! Regalémosles otro aplauso, se lo merecen. ¿Dónde están esas palmas? ¡Quiero oírlas!

Ninguno de los presentes se rehusó a una segunda ovación de pie, al contrario, esta fue más entusiasta que la anterior. Los bailarines adoptaron una postura de descanso, relajando los músculos, y agradecieron al público con pequeñas reverencias, escondiendo sus sonrisas de satisfacción.

Severus no podía dejar de verlos, estaba encantando. Le parecían tan magníficos y talentosos que hasta podría considerarlos como seres de otro mundo, un mundo lleno de magia y fantasía en el cual amaría vivir.

—Fue asombroso, ¿verdad? —dijo una voz a su lado. Se giró justo a tiempo para ver a la Sra. Evans aplaudiendo a su derecha.

—¡Fue más que asombroso! —exclamó en voz alta, haciéndose oír en medio de aquel compilatorio de voces.

En ningún momento fue capaz de apartar la vista de aquel grupo de extraordinarios artistas.

— [...] Y es por eso que, antes de despedir a nuestros bailarines, espero que no sea mucha molestia pedirles un pequeño baile para nuestro deleite —dijo el sonriente maestro de ceremonias, guiñando pícaro hacia los mencionados—. Saquen a bailar al homenajeado de esta gala, el Sr. Weston. Lo he visto sentado en casi toda la fiesta. Creo que ya es momento de mover el esqueleto, ¿no lo cree, Sr. Weston? ¿Qué me dice, eh?

Las risas no se hicieron esperar. En alguna parte, el Sr. Weston reía avergonzado, negando con la cabeza.

—Oh, vamos, yo sé que quiere. Chicas, por favor, alguna de ustedes invité a bailar al caballero —pidió el animador. Las bailarinas se juntaban unas contra otras, usando sus manos y velos para ocultar sus sonrisas. Sus faldas se movían graciosas con cada uno de sus movimientos y sus siluetas blancas parecían espectros fantasmagóricos sacados de una historia de terror—. ¿Saben qué? Creo que esto no es justo. Lo estamos obligando a salir solo —continuó hablando, enpleando un tono meditabundo y caricaturesco en su voz—. Si el Sr. Weston sale a bailar, ¿no creen que nuestra hermosa anfitriona, Narcissa Malfoy, también debería hacerlo?

En ese momento, estoy segura que la mayoría de los gritos de apoyo a la idea provinieron de los tres Lestrange presentes en la fiesta.

Divertido, Snape buscó con la mirada a su amiga en medio de la multitud. La encontró a un lado del escenario, sonrojada y avergonzada, escondiéndose detrás de su esposo quien la miraba casi tan divertido como él. Narcissa tenía una sonrisa en el rostro, pero una expresión nerviosa en su frente. Al igual que el Sr. Weston, parecía que ella tampoco estaba entusiasmada con la idea de salir sola a hacer el ridículo.

—¡Vamos, amigos! Como anfitriones del evento tienen que tener el primer baile —prosiguió el animador—. ¿Alguno de nuestros talentosos bailarines quiere sacar a bailar a nuestros anfitriones? ¿Sí? ¿Ustedes dos? ¡Perfecto! ¡Vengan!

Los dos bailarines voluntarios, un hombre con máscara de cráneo de animal y una mujer con velo y vestido blanco, caminaron con elegancia hacia los mencionados anfitriones. El hombre llegó dando saltos hasta Narcissa, haciendo que retrocediera al creer que se abalanzaría sobre ella. La mujer, en cambio, se acercó caminando en puntitas. Sus pisadas eran tan rápidas y consecutivas que podía escucharse el choque de la punta de metal contra el suelo como si fuesen golpes desesperados contra una puerta.

—¿Cómo que "no"? ¡Vamos! No se han tímidos —río el hombre con el micrófono, haciendo guiños a la Malfoy quien se reía nerviosa negándose amablemente a tomar la mano del bailarín—. ¡Qué bailen! ¡Qué bailen!

—¡Qué bailen! ¡Qué bailen!

—¡Que bailen! ¡Que bailen!

Y, como siempre, la presión social hizo su efecto y tanto Narcissa como el Sr. Weston salieron a la pista de baile de la mano de sus respectivas parejas.

—Hmmm... No creo que sea correcto que solo ellos bailen. ¿Saben qué? Tengo una gran idea. Chicos del ballet, sí, todos ustedes, ¿qué tal si buscan una linda pareja entre todos nuestros carismáticos invitados? ¿Sí? Vayan por su pareja. Puedo ver que muchas lindas damas por allá esperando por nuestros apuestos bailarines. ¡Vayan! ¡Vayan!

Eso dio inicio a una divertida cacería de invitados.

Y, no, ningún humano fue lastimado en la realización de este capítulo.

Las pequeñas y graciosas bailarinas corrían en puntillas tras alguna víctima disfrazada que estuviera dispuesta a bailar con ellas. No fue tan fácil como se suponía que sería. Tras bastidores, el maestro Mike les dijo que sólo tomaran la mano de algún invitado y bailarán; sin embargo, todos los invitados masculinos de la fiesta estaban reacios a ir a la pista de baile. Los bailarines masculinos por su parte, tuvieron mejor suerte. Al ser menos, las damas invitadas se pelearon en más de una ocasión para ocupar aquellos codiciados ocho lugares junto a esos hombres de ensueño.

Una bailarina de mediano tamaño corrió directo a Snape. Sus pies en punta hacían ruidos graciosos a medida que se acercaba. A diferencia del resto, el profesor no se hizo a un lado, al contrario, se le notaba relajado y ansioso por querer ser invitado a bailar. Luego de tantos meses como estudiante de una academia de danza, sería raro que sus pies no le duplicarán por bailar cada vez que alguna canción captaba su atención.

Y, por extraño que parezca, esta vez no tenía vergüenza de mostrar sus pasos de baile. Había trabajado muchísimo puliendo su técnica, estaba preparado para hacer sentir orgullosas a sus maestras.

¡Por la profesora y la academia!

Una mujer de bonitos rasgos asiáticos ocultos tras un velo tomó su mano con delicadeza y lo arrastró hasta el centro de la pista con sus demás compañeros. El profesor tembló ante el contacto. No es que estuviera ansioso o nervioso y, mucho menos, cohibido ante la presencia de la joven.

Claro que no.

¡Era que la mano de esta bailarina estaba totalmente congelada!

Era como si la joven estuviese muerta en vida. Sus dedos, sus palmas, sus muñecas, todas ellas estaban totalmente congeladas, como si hubiese estado afuera en un frío día de invierno. Realmente, si no fuera porque podía sentir su pulso, diría que esa joven era un cadáver fresco.

La chica lo ubicó al lado de otras parejas. Snape observó su rostro concentrado. La muchacha de veía "bien", si es que podía usar esa palabra para calificar el estado de salud de una persona basando su diagnóstico únicamente en una mirada rápida. Si bien estaba pálida debido al maquillaje fantasmagórico, se veía normal. Sus ojos se veían lucidos y no daba indicios de que fuese a desmayarse por tener la presión baja. Tampoco estaba tiritando, lo cual era una buena señal.

Había escuchado de personas frías, pero esto era ridículo. ¡¿Cómo era posible que alguien pudiera tener una temperatura tan baja después de haber hecho una rutina de casi 10 minutos que demandaba un gran esfuerzo físico?! ¿Si quiera eso era posible?

Snape se giró para encontrar a Narcissa Malfoy a su izquierda, retirando violentamente su mano del agarre de su respectivo bailarín. La rubia agitó sus dedos, apretándolos y relajándolos de forma rápida. Al parecer, él no era el único sorprendido por la baja temperatura en los cuerpos de los bailarines.

Al percatarse que estaba siendo observada, la rubia se giró hasta dar con Snape. Se veía sorprendida de verlo ahí, pero trató de que su asombro no se viera reflejado en su rostro. Le sonrió nerviosa y se alzó de hombros como si estuviera pidiéndole disculpas por algo que ni siquiera ella sabía qué era.

Severus solo atinó a devolverle el gesto.

Una pieza de música clásica comenzó a sonar por medio de los parlantes distribuidos a lo largo del salón. Era calmada, misteriosa, algo tétrica, pero bonita. Sin lugar a dudas, combinaba a la perfección con la nueva atmosfera de la fiesta. Se asemejaba a una suave, pero dramática melodía de algún ballet o mascarada. Empezaba con unas notas simples de piano, acompañadas de flautines y punteos de violines, para luego pasar a arreglos fluidos y agradables de escuchar.

Agudizó su audición para tratar de encontrar el patrón rítmico de la canción y se debatió entre si era una sinfonía o un vals.

La bailarina frente a él colocó su mano sobre la suya y se acomodó en primera posición. Alineó su espalda en base a su centro de gravedad y estiró el cuello para crecer un par de centímetros. Snape, por costumbre, decidió imitar aquella preparación. Colocó su mano derecha sobre los omoplatos de la joven con sumo cuidado y apretó su mano izquierda a la altura de sus hombros para adoptar la postura inicial del vals.

La muchacha abrió los ojos, claramente sorprendida, y no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa. Raras eran las ocasiones en las que se encontraba a alguien del público que supiera bailar y, cuando eso pasaba, no debía desaprovecharse la oportunidad.

A una señal, todas las parejas empezaron a balancearse con gracia de un lado al otro, ejecutando el "paso básico" de los valses que la gente que no sabía bailarlo trataba de imitar.

En ese momento, el profesor entendió claramente por qué McGonagall puso una expresión de horror en su rostro al verlo "bailar" de esa forma la primera vez que tuvieron esa clase.

Simplemente era inaceptable.

"Es un baile, Sr. Snape. Bailamos, no nos balanceamos. No somos pingüinos".

Snape, engalanado con una polvorosa peluca gris y un traje de época, bailaba suavemente con su pareja fantasma. Tal y como había aprendido en clases, el profesor tomó el control de la pieza y, usando delicados movimientos, guiaba a la bailarina en aquel pequeño cuadrado que iban trazando sobre su mismo lugar.

Un, dos, tres. Un, dos, tres. Un, dos, tres…

A diferencia del resto de parejas que solo se mecían de derecha a izquierda, Severus y su compañera formaban un perfecto cuadrado sobre el suelo. Esta vez no había miedo de que sus pies pisaran las puntas de la muchacha, mucho menos de confundir los tiempos. La preparación de Snape, por más que fuera pobre comparada a la de su nueva pareja, le daba la suficiente confianza como para hacerla girar sobre su mismo eje antes de volver a los pasos básicos.

La falda de la chica ondeaba con cada vuelta, creando un bonito efecto para el deleite del público.

—¿Ese es Snape? —preguntó Rodolphus entrecerrando los ojos desde su posición a un lado del salón.

—No, claro que no —respondió Lucius, frunciendo el ceño. Ese no podía ser su mejor amigo. Lo conocía de toda la vida, ¡él no bailaba! Estiró el cuello para ver mejor y grande fue su sorpresa al reconocer esa nariz ganchuda—. No puede ser… Creo que sí es.

—¿Desde cuándo sabe bailar tan bien?

—La pregunta debería ser "desde cuándo sabe bailar".

Ante el sonido de una floritura en la canción, Snape tomó a su compañera de la cintura y la cargó un par de segundos mientras ella se apoyaba sobre sus hombros como parte del movimiento. Aquel paso elaborado captó la atención de los demás invitados quienes aplaudieron gustosos ante el único "bailarín" que podía hacerle par a esos 26 profesionales.

La muchacha abrió la boca sorprendida, pero no dijo nada. Solo se dejó llevar por los tiempos que marcaba su pareja, completando la improvisada rutina que Snape iba formulando en su cabeza.

—¡Já! ¡Es bueno! —rio Rodolphus, uniéndose a los aplausos— ¡Bravo!

Lo único que pudo hacer Lucius fue quedarse en silencio mientras miraba incrédulo la escena.

Esto le parecía tan irreal que verdaderamente le costaba creer que no se trataba de un sueño. ¡¿Desde cuándo su amigo estaba interesado en bailar?! Conocía a Snape de toda su vida y solo lo había visto bailar en dos ocasiones todo ese tiempo: en su boda y en la de él. Y, en ambas ocasiones, había sido pésimo bailando el vals. Lo único que sabía hacer era mecerse de un lado al otro sobre su mismo sitio, casi como si fuese un metrónomo. Sin embargo, ahora incluso era capaz de cargar a su pareja y robarse el aplauso de los presentes.

¡El hombre tenía un variado abanico de pasos del cual escoger y parecía decidido a lucirse esta noche!

—Pellízcame, no creo que esto sea real.

—Permíteme, yo lo hago —dijo una voz proveniente de atrás.

—¡AY! —exclamó furioso dándose la vuelta para encontrar a una burlona Bellatrix detrás de él aún con sus dedos en forma de pinza sujetando un pedazo de la tela de su disfraz— ¡Bellatrix! ¡Eso duele!

—Tú lo pediste.

Lucius le dedicó una mirada asesina antes volver a centrar su atención en el profesor de Química.

Snape, por su parte, seguía dando vueltas junto a la bailarina fantasma. Sujetaba su mano con ligera fuerza y la hacía girar hacia él para luego desenrollarla hacia adelante, exhibiéndola como si ella fuese la pintura que decoraba su marco.

Tengo que admitir que una gran parte de los presentes se encontraban fascinados con su desempeño, tanto así que, por un momento, lo consideraron como el noveno bailarín masculino.

—Sorprendente —comentó su compañera.

—Gracias. Espero no estar presumiendo.

—Para nada —sonrió—. Ahora prepárese. Empezaremos con las rondas y estoy segura que mis compañeras estarán encantadas de bailar con usted.

—Espere, ¿a qué se refiere con…—

Pero no hubo tiempo para respuestas coherentes pues, en cuanto la bailarina dijo esas palabras, se soltó de su agarre y, a la señal de la música, se desplazó en círculos hacia un lado en busca del bailarín de la derecha, dejando solo al profesor por un par de segundos antes de que otra de las bailarinas fantasma tomara el lugar de su predecesora.

Entonces, a eso era lo que se refería con "rondas", pensó tomando la mano de la siguiente bailarina para hacerla girar y seguir la secuencia de pasos establecida.

Estos movimientos se repitieron a lo largo de la canción y el pelinegro se sintió como si formara parte de una película de fantasía, de esas que tienen extravagantes bailes de salón en castillos encantados en donde la princesa de enorme vestido baila con el príncipe toda la noche a la luz de las velas de una araña de cristal. Si bien en el pasado esto le habría resultado completamente ridículo y un tanto estúpido, puede que ahora ese pensamiento hubiese mutado un poco.

Por lo menos lo estaba disfrutando.

Oculto tras la seguridad del anonimato que le proporcionaba su disfraz y la reciente nueva confianza adquirida gracias a las intensas clases impartidas en el McGonagall's Dance Studio, Severus Snape se sentía en la plena capacidad de bailar una pieza entera de vals en público.

A una señal coordinada que no supo prever, las bailarinas volvieron a desplazarse en círculos en sentido contrario a las agujas de reloj, cambiando de pareja una tercera vez esa noche.

A lo largo de las siguientes seis rondas siguientes, Snape se dio cuenta de dos cosas:

La primera, todas las bailarinas tenían las manos congeladas.

No era una anomalía propia de la primera, era un patrón establecido. ¡Todas tenían las manos heladas! Y realmente no entendía por qué. Era como si hubiesen estado sujetando hielo por un largo tiempo o algo así, una locura en todo el sentido de la palabra si me permiten decir. Sin embargo, todas ellas parecían estar bien. No se veían cansadas y tampoco tenían esa mirada perdida propia de las personas que tenían fiebre.

Todo un misterio el caso de las bailarinas fantasmas.

Lo segundo que notó —o más, le hicieron notar— fue que, tal vez y solo tal vez, conocía mejor de lo que imaginaba a una de esas bailarinas de manos frías.

—¡¿Severus?!

Los oscuros ojos del pelinegro se posaron en los enormes y sorprendidos ojos color miel de la bailarina fantasma que tenía frente a él en ese preciso instante. Su rostro pequeño oculto tras el finísimo velo blanco apenas sí dejaba distinguir sus rasgos, pero supo de inmediato por su expresión que ella no esperaba verlo ahí.

Pero ¿por qué? ¿Acaso se conocían de algo?

—¿Perdón? —preguntó frunciendo el ceño— ¿Te conozco?

Se vio obligado a entrecerrar sus ojos e inclinarse hacia adelante para poder reconocerla. Esos ojos grandes ojos color miel, los labios carnosos y azules, la piel pálida como la luna y los ojos ahumados con ojeras azuladas le hicieron imposible la tarea. No recordaba a nadie con esa apariencia; sin embargo, había que le resultaba extrañamente familiar. No sabía si era la forma de la cara, la altura, la voz o el que ella intentara desesperadamente captar su atención su mirada atónita.

—¡Severus, soy yo!

Esa voz…

—¿Her-Hermione? —preguntó confundido, abriendo los ojos como platos.

El profesor plantó ambos pies firmemente en el suelo, deteniendo a la castaña que se mecía de un lado al lado al ritmo de la música. Sin importarle que todos estuvieran observándolos o invadir el espacio personal de la bailarina, Snape estiró ambas manos hacia su velo para retirarlo con un rápido movimiento y, de esa forma, descubrir el rostro asustado de su castaña y su expresión de confusión y auténtica sorpresa.

Era ella.

De verdad era ella.

Esto estaba pasando.

¡Oh! ¡Maldición! ¡Estaba pasando!

—¡¿Qu-Qué haces aquí?! —exclamó procurando no tartamudear.

—¿Qué haces TÚ aquí? —chilló acomodándose el velo— ¿Qué no se supone que estarías en una fiesta con tus amigos?

—¿Qué no se suponía que estarías trabajando?

—¡¿Y qué crees que hago?!

—Eh, disculpa.

La pareja se giró para encontrarse a una de las colegas bailarinas de Hermione intentando suplantar el lugar de la castaña. Alrededor, las demás parejas estaban cambiando para la siguiente ronda y, a la derecha, había un lugar vacío que, se suponía, Hermione debía llenar.

El pánico en el rostro de los otros bailarines sumado a la presión social por parte de los invitados, hizo que la castaña le dedicara una última mirada a su pareja antes de tomar su respectiva posición junto al siguiente invitado.

—¿Qué está pasando? —preguntó el Sr. Weston quien, justo en ese preciso momento, se encontraba a unas tres parejas de Snape.

—Eh, probablemente nada. No se preocupe—contestó su pareja de esa ronda, la Sra. Malfoy.

No obstante, sus ojos grises no dejaron de buscar en ningún momento a su amigo, el causante de este "inconveniente" con los bailarines.


Su mano apretaba con fuerza la muñeca congelada de la bailarina y tiraba de ella mientras zigzagueaban a través de todo el salón. Hermione corría detrás de Snape, haciendo su mejor esfuerzo para seguir el ritmo de sus largas zancadas. Sin embargo, sus zapatos con punta de metal no eran los mejores para correr y ni hablar del largo velo blanco que terminaba convirtiéndose en un obstáculo que se enredaba en sus manos y en las manos de los invitados que chocaban con ella.

—¡Se-Severus! ¡Oye!... ¡Espérame!

—Disculpe… Permiso… Discúlpeme, por favor —se excusaba el mayor mientras se abría paso entre la multitud de personas disfrazadas—. Permiso, gracias.

Descolocado por los recientes acontecimientos ocurridos esa noche, Severus Snape arrastró a una muy cansada Hermione Granger hasta una de las salidas laterales del gran salón, manteniéndola alejada de la mayor parte de los invitados y, por supuesto, de todos sus conocidos dentro de la fiesta. La castaña, igual de sorprendida que él, se soltó de su fuerte agarre con un movimiento brusco, dejándose caer contra la puerta de madera abierta pues tenía las piernas tan temblorosas luego de su presentación que apenas sí podía mantenerse en pie.

El profesor le levantó el finísimo velo con un solo movimiento y se apartó unos centímetros para escanear su rostro y verificar que no estaba alucinando.

Hermione se quedó quieta —muy quieta—, como si estuviera en medio de una intervención policiaca, y contuvo la respiración sin exactamente saber por qué.

Sus ojos castaños estaban abiertos a toda su capacidad y miraban fijamente a los oscuros del pelinegro. Estos se notaban asustados, como si hubiese visto un fantasma literal y figuradamente hablando. A su vez, se notaban parcialmente dilatados, indicador de que tal vez había estado bebiendo hasta hace muy poco.

"Tiene sus ojos, su nariz, sus labios, sus dientes, su lunar en la mejilla, la forma del rostro. ¡Es ella!".

—¿Qué tanto me miras? —interrumpió la muchacha frunciendo su frente, preocupada—. ¿Soy o me parezco?

"¡También tiene su voz!", gritó su mente saliendo por fin del shock inicial."¡ES ELLA!".

—Eres tú —jadeó sin aliento, dejando caer sus brazos hacia los lados.

—Claro que soy yo. Es lo que te he estado diciendo todo este tiempo —replicó frunciendo el ceño, exaltada, mas no enojada, aunque no podía asegurarlo al 100%. Su mano derecha viajó a la muñeca de su mano izquierda la cual empezó a masajear con cuidado, aliviando la presión que el mayor había ejercido hasta hace unos instantes la había lastimado—. ¡¿Qué te pasa?! ¡¿Estás demente?! Eso dolió.

—Lo siento —se excusó rápidamente intentando acercarse, pero aquel ceño fruncido en la aterradora y fantasmagórica cara de Hermione lo hizo desistir—. Es solo que no… no esperaba verte aquí.

—Puedo decir lo mismo —respondió con voz clara, levantando su fría mirada hacia él—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—¡Yo debería preguntar eso! —exclamó.

—No, no, no. Yo pregunté primero. ¡Responde! —ordenó enfática, dejando al pobre profesor totalmente indefenso.

La pequeña mujer se cruzó de brazos y frunció su ceño. Snape habría pensado que esa actitud enojada en particular era adorable de no haber sido porque aquel maquillaje de calavera fantasma que le quitaba todo el encanto a su bonito rostro.

—¿Qué haces aquí? No puedes aparecerte en mi lugar de trabajo, así como así. ¡Casi me dio un infarto al verte! ¿No que ibas a pasar la noche en casa de tus amigos? Dijiste que tenías planes.

Sí, Snape, qué haces aquí si se suponía que irías a una reunión a la "casa" de tus amigos…

Severus no supo por qué demonios se demoró tanto en contestar. ¡Solo tenía que decir la verdad! Él no la había engañado. Técnicamente, él estaba en una reunión con sus amigos tal y como se lo había informado hace un par de días. No obstante, puede que hubiese exagerado un poco al decir que solo sería una reunión "pequeña". Obviamente, una gala de caridad organizada por una de las fundaciones más famosas del país que reunía a casi toda upper class londinense no se asemejaba en nada a la idea de "reunión pequeña" que Hermione podría tener en la cabeza.

En su defensa, ¿cómo se suponía que le iba a decir que sus mejores amigos Lucius y Narcissa Malfoy, unas de las parejas más ricas de este país, lo estaban obligando a asistir a una gala de Halloween?

"¡Necesito otro trago!", gritó su mente demasiado alterada como para pensar con claridad.

—¿Y bien? —preguntó golpeando el suelo con su pie derecho de manera repetitiva.

—Todo tiene una explicación, Mione, te lo juro.

— Estoy esperando.

—…

¡Ay! Había practicado este momento tantas veces frente al espejo baño, ¡¿por qué carajos era tan difícil decirlo ahora que ya había llegado el momento?!

Cobarde, se reprendió.

Tenía que decirlo, tenía que decírselo ahora que las cosas se estaban acomodando por sí solas. Tenía que decirle la verdad, simplemente no podía seguir alargando el momento. Lucius y Narcissa —y el resto de sus amigos, pero más los Malfoy para ser honestos—, eran un pilar fundamental en su historia. Tarde o temprano, tenía que presentárselos porque, si seguían juntos, sería inevitable que no se encontraran en el futuro. Los almuerzos de los domingos, las cenas de cumpleaños, las reuniones durante las fiestas, las salidas de las vacaciones, ¡no podía simplemente prescindir de esas cosas por no querer que sus dos mundos se encontraran!

Tenía que decirle ya.

Solo debía tener mesura para hacerlo, tampoco podía soltarle una bomba como esa, así como así. Hermione era una persona que se cohibía rápidamente cada vez que hablaban de dinero, no quería que ella se sintiera incómoda al saber su temporal jefa podría ser su potencial cuñada en el caso de que su relación evolucionara a algo más serio con el tiempo.

¡Ay! Ya ni siquiera sabía qué le aterraba más: el que Hermione se sintiera incómoda con sus amigos o que sus amigos la desaprobaran con tan solo mirarla.

Tranquilo, respira. Todo saldrá bien… sí.

—Mis amigos me invitaron a venir aquí. La reunión se trasladó hasta aquí.

Eso no era totalmente falso, pero tampoco verdad, al menos no la verdad que se suponía debía decir.

—¿Ah? —jadeó aún con el ceño fruncido— ¿Cómo que "la reunión se trasladó hasta aquí"? No entiendo. No puedes trasladar una reunión a un hotel, mucho menos al Heir, en especial esta noche que es la gala. ¿Acaso me estás tomando el pelo? Porque no es…—

—La reunión es la gala —se explicó irritado—. Soy un invitado más. Mis amigos y yo somos invitados especiales de los organizadores de esta gala.

La boca de Hermione se abrió ligeramente formando una pequeña "o", quedándose en completo silencio mientras su cerebro se esforzaba por procesar la nueva información: "¿Invitados especiales? ¿Esto era en serio?". Sabía que su pareja era ingeniosa, pero esto era demasiado incluso hasta para él.

Por un momento, Snape temió haberle provocado un colapso nervioso.

—¿De la gala de caridad de la Fundación Weston? —él asintió— ¿La gala más exclusiva del año? ¿La gala que está organizando nada más y nada menos que Narcissa Malfoy, la dueña de este hotel?

—Sí.

—¿Estás tratando de decirme que tú y tus amigos fueron invitados a la gala más importante de la temporada social de Londres por el mismísimo comité que organiza todo esto, el comité presidido por la Sra. Malfoy? —el profesor volvió a asentir— Ok…

Hermione apretó los labios y asintió lentamente con la cabeza, intentó asimilar todo otra vez.

A decir verdad, esa no era la respuesta que él hubiese esperado.

Un silencio incómodo se instaló sobre ellos luego de eso por lo que, con el objetivo de no enredarse más en su propia red, el profesor prefirió esperar a que fuera ella quien decidiera romperlo la tensión.

—¿Es una broma o algo así? Porque no es muy gracioso que digamos —retomó luego de un raro, levantando su mirada de ojos ahumados —. Si me dijeras que estás aquí porque querías sorprenderme en el trabajo te lo hubiese creído más fácilmente, hasta habría pensado que es tierno, pero ¿mentir? Vamos, Severus, eso no es lo tuyo.

¡¿Perdón?!

—¿Mentir? —repitió apartándose al instante, claramente ofendido— ¿Crees que te estoy mintiendo?

—Severus, no quiero ofenderte, pero ¿en serio pretendes que me crea eso? —preguntó negando con la cabeza, curveando sus cejas hacia arriba. No se sentía molesta, pero no le gustaba la idea de que intentaran burlarse de ella con una tontería inventada de último minuto como esa. No era una niña pequeña a la que fácilmente podías engañar— No nací ayer.

—¡Pero es la verdad!

Hago una pausa porque creo que es un buen momento para ver el otro lado de la moneda.

*Tú turú turú* ¡Cortes comerciales!

¿Cansad de que haga pausas innecesarias seriedad a la escena? ¿Cansad de que me demoré milenios en actualizar? ¿Cansad de que tu crush no te haga caso? ¿Leíste esto como un anuncio?

Si la respuesta es sí, pues lamento informarte que todo eso seguirá pasando :D

Pero, ya, poniéndonos serios y volviendo al tema, ustedes se estarán preguntando:

"Pero ¿por qué le es tan difícil creerle? ¡Le está diciendo la verdad! Los Malfoy son casi casi su familia. No hay un Severus Snape sin un Lucius y Narcissa Malfoy".

Pues, sí, pero de seguro piensan eso porque no lo están viendo bajo el punto de vista de ella.

Permítanme iluminarlos.

Todos nosotros, en algún momento de nuestras vidas, hemos conocido a alguien —o, en su defecto, hemos sido ese alguien— que se jactaba de "conocer" a un famoso y lo presumía cada vez que tenía la oportunidad. En mi caso, ese alguien era yo pues paraba diciendo que conocía a varios actores famosos de mi país lo cual no viene al caso, pero que sí es cierto, cabe aclarar.

¡Tengo pruebas físicas!

Pero de nuevo, eso no viene al caso. No estamos hablando de mí.

El punto es que eso es inofensivo —me atrevo a decir que "sin importancia"—, siempre y cuando solo cuentes tu anécdota de cómo coincidieron de casualidad en un restaurante y, después de armarte de valor, le pediste un autógrafo.

Hasta ahí no hay problema.

Otra cosa muy diferente es decir que son "amigos".

Amigos.

AMIGOS.

Perdóname, pero discúlpame, el que te hayas tomado una foto borrosa con Chayanne no significa que ya sea tu amigo, mucho menos tu bro.

Podrá ser tu papá, pero jamás tu amigo.

Aclarado ese punto, creo que ya se puede entender más fácilmente el porqué Hermione era incapaz de créele a Snape.

Decir que tus "amigos" importantes de la upper class, los Malfoy, te habían invitado personalmente al evento social más importante del año era como que decir que tus mejores amigos eran Beyoncé y Harry Styles y que solían ir al cine juntos todos los fines de semana.

Sí, cuñao'… Sí, cuñada… Y yo almuerzo todos los fines de semana con mi tía la Shakira y mis sobrinitos Sasha y Milán en su casa de España.

*Nótese el sarcasmo*

Claro, no faltará alguien por ahí que diga "pero es amiga de Sirius, uno de los hombres más famosos del país".

Pues, efectivamente, lo era, pero a diferencia de los Malfoy, Sirius Black tenía otro tipo de fama. Digamos que Sirius, en comparación a la pareja aristócrata, era por lejos muchísimo más accesible. Prácticamente podías encontrártelo por ahí en cualquier momento si revisabas constantemente sus stories de Instagram y, si tenías suerte, tal vez estaría de buen humor y te haría conversación luego de que te permitiera tomarle una foto.

¿Qué puedo decir? Al hombre le gustaba socializar con todo el mundo en todo momento.

A los Malfoy, no.

A diferencia de Black, los Malfoy eran un poco más reservados en cuanto a sus apariciones. Les gustaba darse a notar, sí, pero con elegancia y cierto grado de exclusividad. Era por eso que esperaban grandes eventos como este para hacer sus apariciones públicas con total esplendor. Creían fervientemente que, si veías algo demasiadas veces, perdía ese je ne sais quoi que lo hacía especial.

Era muy extraño encontrárselos en la ciudad fuera de sus usuales lugares de trabajo. No les gustaba llamar la atención cuando salían. Eran verdaderos maestros del disfraz. Por eso mismo los tabloides pagaban bien cada vez que algún paparazzi lograba tomarle una foto con ángulos desfavorecedores. La pobre Narcissa se había visto obligada a implementar un pequeño gimnasio en su casa ya que no soportaba que le siguieran tomando fotos saliendo sudorosa de su antiguo gym después de una intensa rutina de aeróbicos.

En fin, lo que quiero decir con esto es que ellos eran inalcanzables en muchos sentidos, en especial si solo eras un simple profesor de Química cuya posesión más costosa era una casa promedio de dos plantas dentro de un suburbio familiar accesible al bolsillo de la clase media.

Difícil de creer en todos los sentidos.

—Snape, estamos hablando de la gala Weston y, no de cualquier gala Weston. ¡Es la gala Weston organizada por nada más y nada menos que Narcissa Malfoy! ¿Tienes idea de lo exclusiva que es esta fiesta? Ni siquiera Sirius fue invitado y ¡a él lo invitan a todo! —exclamó llevándose los dedos a las sienes para masajeárselas lentamente— La prensa no ha dejado de hablar de esto desde hace semanas. Cada vez que entro a Facebook, me aparece alguna noticia sobre la gala. Incluso leí que invitarían a miembros de la familia real y, por lo que escuché en los camerinos, no estaban exagerando.

Pues no podía negarle ni lo primero ni lo último, Narcissa había estado como loca toda la noche intentando alejar a los fotógrafos de la prensa de las hijas del Duque de York, sus parientes lejanos.

Énfasis en "lejanos".

—Perdón, Severus, pero por más que quiero creerte, en serio, no puedo. Aunque tus amigos fueran lo suficientemente afortunados como para haber sido invitados por la mismísima Narcissa Malfoy, ¿en serio crees que lograrían obtener un pase extra para ti?

"Eso es porque no sabes quiénes son mis amigos", se dijo internamente.

Hermione soltó un largo suspiro que se oía desalentador antes de estirar sus frías manos para tomar las suyas y apretarlas con suavidad.

—Es más fácil que te crea que te colaste hasta aquí en ese disfraz solo para verme que el que consiguieras una invitación extra —admitió dando un paso hacia él—. Por cierto, ¿qué traes puesto?... ¿Estás usando tacones?

—Eh, disculpen.

Una voz que provenía del pasillo los hizo girar. Se trataba de dos camareros que llevaban bandejas llenas de copas de cristal.

Hermione y Snape se apartaron al instante, sintiéndose avergonzados por aquella imprevista interrupción. La joven ocultó su rostro tras el velo y agachó la mirada, evitando hacer contacto visual con los otros empleados. No se veían molestos, pero era claro que no querían tenerlos por ahí obstaculizando el paso de la cocina al gran salón.

—No pueden estar aquí. Este lugar es exclusivo para el uso del personal —habló el primero con voz clara y firme—. Les vamos a tener que pedir que regresen a la fiesta ahora mismo, por favor.

—Acompáñenos por aquí, señores. Muchas gracias —completó el segundo.

Unos minutos más tarde, la pareja se encontraba en uno de los extremos del salón después de haber sido escoltados por ambos camareros. Hermione se removía nerviosa junto a las decoraciones de calabaza cerca de las columnas clásicas mientras que el profesor trataba de calmar su ansiedad con una gran copa llena de agua recién servida.

Era evidente que ambos se sentían incómodos y fuera de lugar.

Y ni siquiera los elaborados disfraces los ayudaban a disimular su miedo.

Snape dejó su copa medio vacía a la altura de su pecho y buscó tímidamente con la mirada a Hermione quien todavía seguía en silencio y cabizbaja tras su velo. El profesor tomó una profunda inspiración y pasó algo de saliva para refrescar su garganta la cual continuaba seca a pesar de haber sido hidratada hace tan solo un par de segundos.

"¿Cómo dejar de meterse en situaciones potencialmente tensas e incómodas?", esa era una pregunta que le había tomado 42 años contestar y que, por desgracia, seguía sin encontrar respuesta.

—Oye…—

—Sabes, no debería estar aquí —le interrumpió levantando la cabeza, sonando angustiada—. Se supone que mi trabajo ya terminó, el show ya acabó. Debería ir…—

—No te estoy mintiendo, Hermione —le cortó antes de que se explayara más—. Sabes que estoy diciéndolo en serio.

La castaña cerró los ojos con pesar y dejó escapar un suspiro que Snape solo pudo calificar como desesperanzador y preocupante.

—Snape, en serio no quiero hablar de esto ahora —le rogó con una expresión angustiante en su rostro—. Estoy muy cansada. He bailado casi toda la semana, he estado tres horas enteras en maquillaje completamente inmóvil, ¡incluso sostuve hielo durante 20 minutos porque la "brillante" Sra. Malfoy quería que pareciéramos fantasmas de verdad!

Ah, eso explica el misterio de las manos frías, pensó apretando los labios.

Su querida amiga sí que se tomaba en serio eso de "cuidar los detalles". Era algo extremo —demasiado extremo— y probablemente podrían culminar en una demanda colectiva del sindicato de bailarinas por abuso de poder laboral, pero seguía siendo impresionante lo lejos que estaba dispuesta a llegar con tal de sacar a adelante su evento.

¿Genio? No sabría decir. ¿Loca? Probablemente.

—[…] muero de hambre y necesito ir al baño. Por favor, tengamos esta conversación después —continuó dejando escapar un largo suspiro. Snape apretó los labios y llenó sus pulmones de aire para luego soltarlo con brusquedad—. No puedes simplemente aparecerte en mi lugar de trabajo y decirme mentiras. No está bien.

—Te estoy diciendo la verdad, Hermione —exclamó irritado levantando las manos, haciendo saltar a la chica—. ¡¿Qué tengo que hacer para que me creas?!

—¡Dios! No tengo tiempo para esto —se quejó pasándose las manos por la cabeza. Alrededor, algunas personas curiosas los observaban de reojo antes de volver a sus asuntos, ignorando a los extraños de extravagantes disfraces—. ¿Quieres que te crea? Está bien, te creo. ¿Contento?

—No —contestó haciendo un puchero—. No quiero que me respondas solo para librarte de mí, quiero que me creas. No te estoy mintiendo, carajo.

—Baja la voz —murmuró entre dientes, acercándose a él con la intención de cubrirlo con su cuerpo. Cosa que, en realidad, sería imposible dada la gran diferencia de tamaños—. Todos nos miran.

—No me importa —declaró con seguridad, tomándola por los brazos—. ¿Qué tengo que hacer para que me creas, Hermione? ¡Responde!

—Está bien, está bien —explotó—. ¿Sabes qué? Preséntame a tus amigos y terminemos con todo esto de una buena vez, ¿de acuerdo? Necesito volver al camerino.

Snape tragó hondo.

Mierda.

No había esperado que Hermione le pidiera conocer a sus amigos a pesar de que ese era el desenlace más obvio. Es decir, no era algo que esperaba ahora y muchos menos de esa forma tan radical y violenta. Había planeado presentarlos algún día en un algún ambiente neutral como un almuerzo en su casa o algo por el estilo, tal vez acompañando el momento con un buen postre y un par de copas de vino. Quería que el evento se llevara a cabo en un lugar en el cual ella se sintiera cómoda y a la par con ellos.

Sin lugar a dudas, la fiesta de disfraces de la fundación Weston organizada por su entrometida amiga no era el escenario idílico que había imaginado en su cabeza.

El pie derecho de Hermione moviéndose frenéticamente de arriba abajo, apresurándolo indirectamente, lo trajo de regreso a la realidad, obligándolo a responder a media voz.

—Cla-claro.

Oh, mierda. ¿Y ahora qué?

Giró su cabeza a un lado y luego al otro e intentó encontrar un rostro conocido dentro de aquel colorido y variado mar de disfraces que fuese lo suficientemente "correcto" para ser presentado.

¿A quién podía presentarle?

¡¿A QUIÉN?!

Obviamente no a Narcissa.

Hermione era una empleada más dentro de este circo estrafalario llamado gala de Halloween, no sería una buena idea presentársela a su neurótica amiga, su jefa. Si la veía ahí, en medio de sus invitados, y aún en horario de trabajo, lo más probable es que la corriera antes de siquiera poder acercársele.

Lucius también quedaba descartado.

Presentarle a Lucius significaría llevar su relación al siguiente nivel: a la formalización. Dado que Eileen Snape ya no estaba presente en este mundo para cumplir su rol como suegra, Lucius Malfoy se vio en la obligación de ocupar ese puesto vacío que tanto necesitaría su amigo en el futuro —incluso si jamás se lo había pedido—. Era por eso que, lógicamente, él no se atrevería a presentar a su pareja a sus "padres" a menos que estuviera 100% seguro de que esa relación iba en serio.

Además, era demasiado pronto para tal grado de formalidad. ¡Apenas llevaban un mes! No quería asustarla de nuevo. No estaba interesado en pasar otra vez por esa etapa con Hermione.

Bellatrix ni de chiste sería una opción. ¡La mujer acababa de lanzarlo a los brazos de su amiga sin siquiera avisarle! La respuesta simplemente era: NO

¿Los hermanos Lestrange?

Pues, podría presentarle a Rodolphus porque era mucho más discreto que Rabastan, pero presentarle a Rodolphus era sinónimo de presentarle a Bella y, como ya aclaramos, ella no era una opción. No tenía ánimos de lidiar con su molesta presencia el resto de la noche. Ya había tenido suficiente con lo de hace un rato.

¿Amycus? No.

¿Alecto? Mejor, pero no tenía la suficiente confianza con Alecto como para presentarle a Hermione.

¡Demonios! ¿Era en serio?! ¿Su lista de amigos era así de corta?! Debería tener más gente que presentar, no solo siete gatos.

Entonces, vino a su mente la solución a todos sus problemas.

¡Perseus!

¡Claro! ¡Perseus Parkinson sería su salvación!

No era tan cercano con Perseus como con sus demás amigos, apenas sí se veían un par de ocasiones al año en Malfoy House para las fiestas, pero comparado con el resto de su círculo social, Perseus era un hombre discreto, razonable y muy hábil para crear buenas primeras impresiones, después de todo, su trabajo consistía en eso.

Sí, Perseus era el amigo indicado para esta misión.

—Sí, eh, vamos —dijo rodeando sus huesudos hombros con su brazo, poniéndola delante de él para adentrarse de nuevo en aquel laberinto de sillas y personas—. Te presentaré a mi amigo Parkinson. Debe estar por aquí. Te caerá bien, es muy…—

—¡Severuuuus! —gritó una voz masculina desde alguna parte del salón. El profesor plantó ambos pies en el suelo con firmeza, quedándose paralizado en el mismo sitio, al borde de entrar en un ataque de pánico. Hermione frunció el ceño y levantó la cabeza para encontrarse con una expresión de horror en la cara de su pareja. ¿Qué estaba pasando? No entendía nada, pero no se iba a quedar con la duda—¡Severuuus!

—¿Qué fue eso?

—Na-Nada, nada —tartamudeó retomando el paso, buscando una forma de salir de ahí lo más rápido posible—. Es por acá.

—¡Oe! ¡Snape! ¡Espera!

—Severus, detente, te están hablando —ordenó dándose la vuelta y plantándose frente él—. ¡Severus! ¡Te está llamando!

—Claro que no.

—¡Oe! ¡Snape! ¡Voltea!

La castaña enarcó una ceja y se cruzó de brazos y, en ese momento, Severus Snape supo que todo se había acabado.

Ya no podía ocultar el sol con un dedo. La verdad era más que obvia. Había querido pasar totalmente desapercibido y había fracasado épicamente. Jamás en su vida, ni en sus más locos sueños, habría imaginado que un hombre de mediana edad disfrazado de un ladrón de guante blanco podría ser su más grande perdición.

Maldita seas, Rabastán Lestrange.

El pelinegro se dio la media vuelta solo para encontrarse a los inseparables hermanos Lestrange, Rabastan y Rodolphus, caminando en su dirección con enormes sonrisas en los labios y picardía en sus ojos. Casi como si fuese un instinto, el profesor colocó a Hermione detrás suyo, ocultándola con su cuerpo de las —muy probable— oscuras intenciones de sus amigos mayores.

La muchacha no entendía nada de lo que pasaba, pero no se atrevió a moverse pues Snape parecía demasiado alterado como para sumarle una preocupación más.

Además, apretaba con demasiada fuerza.

—Snape, Snape, Severus Snape —canturreó Rabastan acercándose a él, aplaudiendo al ritmo las sílabas a modo de burla—. ¡¿Quién lo diría?! Nos saliste un prodigioso bailarín. Te lo tenías bien escondido, ¿eh? ¡Pillín!

—Vaya, vaya, ¡aquí está el artista! ¡El amo y señor de la pista de baile! El profesor de danza favorito de todos —rio Rodolphus, mordiéndose el labio inferior para contener su risa— ¿O debería decir el "Primer Ministro"? Perdona, pero es que verte bailar con esa peluca fue demasiado irreal.

No sé si estuve soñando o si es que bebí demasiado.

—¡Lo sé! ¡Fue lo que le dije a Dolovoh! —exclamó su hermano— El pobre casi se ahoga cuando se dio cuenta que eras tú. Te juro que hubiese dado lo que fuera tener una cámara para grabar ese momento, Snape. ¡Estuviste asombroso! —gritó llamando la atención de otros presentes— Hacías esas cosas con las manos. Las hacías girar, saltar, parecías un bailarín de verdad. Fue asombroso.

—Ya estabas presumiendo creo.

—Oye, sí, humillaste al Sr. Weston. Te la rifaste —rio codeándolo—. No solo eres como el Heisenberg, ahora resulta que también eres todo un Gene Kelly.

Hermione frunció el ceño y contuvo una risilla nerviosa. Escuchar a ese par de desconocidos hablarle a su novio de esa forma le resultaba muy hilarante, pero ¿Gene Kelly? ¿En serio? Estaba bien que Severus hubiese mejorado notablemente su talento para el baile —por no decir "descubierto su talento para el baile"—, pero compararlo con uno de los mejores bailarines y coreógrafos de la pantalla grande del Hollywood de oro era algo exagerado, ¿no les parece?

Snape era bueno, pero no bailaba tap ni tampoco podía cantar bajo la lluvia.

—Ya, pero fuera de bromas, ¿desde cuándo sabes bailar? Ni siquiera eres capaz de hacer saltos de tijeras porque no sabes coordinar manos y pies, y ahora, de repente, ¡¿bailas?! ¡Es un milagro!

—¡Se viene el Apocalipsis, hermano! Ya escucho las trompetas.

Snape solo atinó a forzar una sonrisa y permitirles seguir hablando mientras que, en su cabeza, ideaba la mejor forma de escapar de ahí sin ser vistos. Cabe destacar que no había que ser un experto en el lenguaje corporal humano para saber que esa conversación estaba incomodando demasiado al severo profesor de Química.

Otra persona quien también estaba muy incómoda con la situación era la Srta. Hermione Granger.

Oculta tras la seguridad de la espalda de su pareja, la bailarina trataba de obtener un buen vistazo de los dos desconocidos que hablaban con el pelinegro. Sus ojos color miel intentaban identificar sin mucho éxito los rostros de aquellos caballeros que veía difusos por culpa de la tela traslucida de su velo. No estaba segura de si se trataba de una ilusión óptica o si estaba tan deshidratada que ahora estaba alucinando, pero podría jurar que esos dos extraños tenían un gran parecido a pesar de sus rasgos más característicos se encontraban camuflados bajo sus respectivos disfraces.

En fin, ser la silenciosa espectadora del intercambio de palabras de esos extraños era una experiencia que recordaría toda su vida. No solo porque Snape continuaba apretando su muñeca con fuerza detrás de su espalda, sino porque también se balanceaba de un lado al otro para asegurarse de que ella estuviera fuera del alcance visual de sus "amigos".

Por otro lado, también era algo bizarro pensar en los amigos de su pareja. Snape no era una persona muy sociable. Para nada. Al hombre no le gustaba hablar ni con sus vecinos y odiaba los espacios cerrados con aforos repletos. No obstante, estaba aquí, en una de las galas más esperadas de la temporada, haciendo vida social con un muy parlanchín y risueño Jack Sparrow y… ¿un mago?

No estaba segura.

Para hacer aún más extraño el asunto, tenía que sumarle el hecho de que su novio estaba disfrazado de… ¿un conde? Eh, ¿un duque? Tal vez alguien de la corte real de algún reino antiguo o algo parecido. Eso era algo que tampoco sabría decir con exactitud. Lo que sí podía afirmar era que el verlo usar un disfraz tan extravagante como ese era algo completamente bizarro. No era que le quedara mal, claro que no. Era que ni en sus más alocados sueños habría imaginado a su pareja usando una peluca blanca con coleta y tacones a juego con su levita oscura y cinturón de hebilla dorada.

De no haber sido por su nariz ganchuda, sus perfectos pasos de baile y la familiaridad que tenía con su cuerpo, estaba segura que jamás lo habría reconocido.

Ok, oficialmente esta noche no podía ser más extraña.

—¿Eh? ¿Y eso? —la castaña levantó la mirada para encontrarse con los grandes e hipnóticos ojos del hombre de elegante sombrero y frac negro— Vaya, vaya. Hola, tú. ¿Qué tenemos aquí? ¿Una fisgona?

—¿Eh? ¿De qué hablas? —preguntó el otro hermano, mirando por encima del hombre de su pelinegro amigo para encontrarse con la pequeña cara avergonzada de Hermione—. Hey, ¿quién eres tú?

—Ya déjenla en paz —pidió el profesor usando su voz grave, la misma que empleaba para amedrentar a los alumnos de primer año durante las clases—. No la molesten.

—Espera, ¿la conoces? —preguntó el pirata, claramente impactado por la nueva información.

—Oye, Snape, no seas descortés, ¿por qué no nos presentas a tu nueva amiga? —dijo Rabastan aparentando estar ofendido. Hizo a un lado al mencionado con un brusco movimiento que lo hizo trastabillar y se quedó frente a Hermione con una sonrisa traviesa y misteriosa en su rostro—. Perdona a nuestro amigo, a veces no sabe cómo comportarse, sobre todo cuando se trata de mujeres. No son su fuerte. Créeme, detrás de ese ridículo disfraz se encuentra alguien muy torpe socialmente hablando —sonrió de manera encantadora, una sonrisa que reservaba solo cuando quería conquistar o, en su defecto, molestar. Estiró su mano de manera galante hacia la bailarina y luego exclamó—. Soy Rabastan Lestrange, mucho gusto, señorita…

Los tres hombres se quedaron mirando a Hermione. El primero con diversión, el segundo con escepticismo y el tercero, con pánico.

Les dejo la tarea de averiguar quién es quién. No es tan difícil si me lo preguntan.

Mientras tanto, Hermione seguía en silencio, dudando de si tomar la mano del Sr. Lestrange y corresponder su saludo o no. El hombre de hipnótica mirada ensanchó su sonrisa y guiñó un ojo. Por alguna razón que no sabría explicar —ejem, sus nervios—, la Granger lo encontró divertido, por lo que decidió corresponder su gesto y dedicarle una sonrisa nerviosa que más parecía una mueca.

McGonagall estaría muy decepcionada de su pobre desempeño para sonreír, pensó.

—Granger… Hermione Granger.

—Encantado, Miss Granger —contestó Rabastan apretando su mano con delicadeza, moviéndola de arriba abajo ante la atenta mirada del profesor—. Qué encantador disfraz. Muy misterioso. Ese velo le da un aire enigmático.

A pesar de que no podía verse a simple vista, Hermione se sonrojó por el comentario. La base de maquillaje blanco y espeso que cubría su rostro impedía que sus mejillas se tiñeran de color carmesí, pero créanme cuando les digo que su sangre caliente recorrió su cuerpo a toda velocidad haciéndola temblar.

Rasbastan Lestrange era un hombre encantador o eso le parecía.

—Oye —llamó el otro desconocido, captando la atención de la muchacha. El hombre disfrazado de pirata la observaba con seriedad, entrecerrando los ojos para examinarla al detalle— ¿qué no eres una de las bailarinas del espectáculo musical? ¿Qué estás haciendo aquí?

—¡Rodolphus! No seas grosero con la encantadora Miss Granger —exclamó su hermano girándose a verlo sorprendido—. ¿Dónde están tus modales? ¿Cómo se te ocurre preguntar algo así?

—Solo estoy preguntando —se defendió dibujando una mueca en su alargado rostro—. Además, lo hago por su bien. Los bailarines no pueden estar aquí en el salón. Cissy enloquecería si lo descubre.

"¡Cissy!", pensó Snape mordiendo con fuerza el interior de sus mejillas, corriendo el riesgo de lastimarse de gravedad. "¡Oh, diablos! Tenían razón, Narcissa se volvería loca si encontraba a Hermione rondando entre sus invitados, sobre todo si se ponía a conversar con ellos tal y como estaba haciendo ahora. Tenía que llevársela de inmediato, no era seguro que ella siguiera paseándose por ahí de esa forma".

"¿Cissy?", pensó Hermione, intrigada. "¿Qué no era ella la amiga especial de Snape de la que tanto solía hablaba? ¿La amiga a la que siempre recurría para todo? Oh, sin duda alguna le gustaría conocer a la encantadora "Cissy". De seguro tendrían mucho de qué hablar…"

—Y ¿cómo sabes qué es parte del elenco? Tal vez solo tenga buen gusto. ¿No es así, Miss Granger?

—Rab, su disfraz es idéntico a los que estaban usando los bailarines hace un momento —interrumpió el mayor, poniendo los ojos en blanco—. Y déjame decirte que un disfraz tan elaborado como ese es difícil ignorar. He estado aquí desde el inicio de la gala y no he visto ningún disfraz parecido hasta que inició el número musical.

Rabastan se volvió de regreso a Hermione y le dedicó una escrutiñadora mirada de ojos entrecerrados. La bailarina, al igual que el profesor, contuvo el aliento en todo momento sin saber el motivo exacto. Rabastan no tardó en darse cuenta de que su hermano decía la verdad por lo que, sorprendido, exclamó:

—Oye, ¡es cierto! ¿Eres una de las bailarinas? —añadió entusiasmado.

La castaña tragó hondo y frunció el ceño, angustiada. No estaba segura de qué responder. Por un lado, el señor Rabastan se mostraba encantado con la idea de que ella fuera una de las bailarinas del espectáculo. Por otro lado, el otro hombre, el tal Rodolphus, no se veía muy feliz con la nueva información. Todo lo contrario. Podría jurar que no hubo ni un solo segundo durante toda la conversación en el que ese señor no dejara de mirarla con desprecio.

Sus ojos se desviaron de inmediato hacia Snape buscando algo de apoyo, pero el hombre se encontraba tan o más nervioso que ella. Incluso parecía que estaba buscando la ruta más rápida para abandonarla y escapar. Hizo gestos disimulados en su dirección, pero no le hizo caso. Solo pretendió no verla y seguir con sus propios asuntos

No obtendría nada de su parte.

¿Qué tal la porquería de novio que me vine a conseguir?, pensó indignada.

—¿Y bien? —insistió Rodolphus, dando un paso hacia ella, obligándola a retroceder al instante.

Y justo cuando Hermione, temerosa de haberse metido en problemas por encontrarse fuera de su puesto de trabajo, estuvo a punto de asentir tímidamente con la cabeza, su caballero de brillante armadura —o grisácea peluca— llegó a su rescate.

—Efectivamente, Rodolphus —interrumpió Snape interponiéndose entre los hermanos y su castaña, usando su cuerpo como un enorme muro de piedra que resguardaba la integridad de su compañera ante aquellas flechas disfrazadas de preguntas—. Miss Granger forma parte del elenco de baile del espectáculo que vimos hace un rato. Me la encontré por accidente y quise felicitarla por su gran presentación. Hizo un trabajo extraordinario —escondida tras el cuerpo de su hombre, Hermione no podía ver las expresiones de los señores Lestrange, pero a juzgar por el tono de voz autoritario de su pareja, ya podía darse una idea de la posible reacción que tendrían sus interlocutores. Había de dos, o lo tomarían como una amenaza y contratacarían o simplemente darían por cerrado el asunto y dejarían de insistir. Está de más decir que rogaba en silencio que fuera lo último—. Es mi culpa que ella esté aquí. La interrumpí cuando estaba retirándose.

Hermione soltó un suspiro aliviada y no pudo evitar estirar su mano para tocar uno de sus omoplatos suavemente. La tela de su disfraz se sentía agradable bajo su tacto y, durante una fracción de segundo, creyó sentirlo temblar bajo su tacto.

—Ya veo —musitó Rodolphus cruzando sus brazos sobre su pecho y dibujando una sonrisa de lado en su rostro. Sus ojos se mostraron desconfiados cuando abandonaron la guerra de miradas que libraba con Snape para buscar el pequeño rostro de la castaña— . Espero que nuestro amigo no haya estado molestándola, Miss Granger. Odiaríamos causarle algún problema durante su horario de trabajo.

Los tres hombres se giraron a ver a la muchacha. Aquellos tres pares de ojos oscuros la ponían más nerviosa, mucho más de lo sanamente recomendable. Buscó ayuda otra vez en Snape, quien la miraba de reojo, pero este se limitó a mantener su máscara de frialdad y seguir jugando al desconocido, cosa que realmente no entendía. ¿Por qué fingía no conocerla delante de sus amigos cuando era claro que sí? ¡Eran pareja, maldita sea! ¿Qué mosca le había picado? ¿A qué carajos estaba jugando?

Jamás entenderé a los hombres, pensó irritada.

—No… No se preocupe, señor —contestó volviendo la atención a Rodolphus, claramente disgustada con el pelinegro—. Severus ha sido muy… eh, muy amable conmigo. Se ha portado bien… supongo.

Hermione nunca sabría la magnitud de sus palabras aquella oscura noche de 31 de octubre. Lo que para ella eran simples balbuceos inseguros y poco empáticos, para los hermanos Lestrange había sido la mayor fuente de información —y de diversión— que obtendrían por el resto de la noche.

Rabastan abrió los ojos divertido y miró a Snape ligeramente boquiabierto. El fantasma de una sonrisa luchaba por invadir su rostro. Rodolphus, por otro lado, se notaba claramente descolocado. Jamás habría esperado ese tipo de familiaridad por parte de Snape con una desconocida, sobre todo con una muchacha tan joven.

Aunque tiene un buen par de piernas, pensó ocultando sus labios tras sus dedos, disimulando el hecho de que había aprovechado el repentino descuido de la castaña para mirar por debajo de su falda.

—¿"Severus"? —repitió Rabastan entrecerrando sus ojos, mirando a Snape— ¿Y desde cuando esa familiaridad con la encantadora Miss Granger, "Severus"? —se burló mostrando una sonrisa descarada— ¿Ya se conocían de antes o algo así?

Snape tomó una profunda inhalación y mantuvo su expresión neutral por más que, por dentro, estuviera a punto de sufrir un ataque de pánico.

Definitivamente esto no se parecía en nada a lo que había planeado para presentar a Hermione para sus amigos.

—Así es —contestó la castaña con inocencia, captando la atención de los varones—. Severus y yo ya nos conocíamos de antes. Fue una sorpresa encontrármelo aquí, realmente no lo esperaba.

—Oh, y ¿de dónde se conocen? —prosiguió animado, dando unos pasos hacia la joven, fascinado con cada una de las palabras que salía de su boca— Si se puede saber, claro.

Rodolphus, mientras tanto, no apartaba la mirada de Snape, buscando cualquier gesto que fuese inusual en su siempre imperturbable amigo.

Si tan solo supiera…

—¡Claro que sí! —sonrió saliendo de su escondite, aferrándose a esa repentina confianza recién encontrada para continuar con la conversación— Nos conocimos en mi clase de baile de salón en…—

—¡En Hogwarts! —interrumpió el profesor con voz fuerte, provocando que ambos interlocutores saltaran del susto. Hermione se giró de inmediato hacia él con una expresión confusa en su rostro, una expresión que el profesor jamás pudo ver pues estaba demasiado concentrado en continuar con su mentira como para notarlo—. Conocí a Miss Granger de Hogwarts. Ella daba una clase de baile para los alumnos del Taller de Danza. Nos conocimos por casualidad.

"¡¿QUÉ DEMONIOS…?!"

—Oh, entonces ¿también es maestra, Miss Granger? —cuestionó Rodolphus balanceando su peso hacia la otra pierna— No sabía que Hogwarts tenía un taller de danza. No había cuando yo estudiaba ahí.

—Eh…—

"Ay, si tú que estudiaste ahí no sabes, menos voy a saber yo que jamás he puesto un pie allá".

—Dumbledore agregó nuevos talleres a la malla curricular —se apresuró a contestar el ojinegro —. Danza es uno de ellos. Ya tiene algunos años. Es muy popular entre los alumnos.

—¡Já! Ese viejo… Esperó a que nos fuéramos para agregar lo bueno —se quejó Rabastan con falsa indignación— ¿Por qué siempre hacen eso? Tal vez querían ahorrarse presupuesto.

—Sí, tal vez—murmuró entre dientes.

—¿Y qué tal Hogwarts? ¿Te gusta? —cuestionó Lestrange por segunda vez— Es un gran lugar, ¿no lo crees? Mis mejores recuerdos de la adolescencia están ahí. ¿Ya probaste la comida del Gran Comedor? Espero que siga siendo tan buena como la recuerda. Los viernes nos dejaban comer pizza.

—Eh…—

"¡¿Qué carajos se suponía que debía responder?! No tenía ni la menor idea de lo que estaba pasando ni por qué Snape estaba mintiendo tanto. ¡Qué alguien la ayudará, por favor!"

—Es maestra suplente —contestó Snape volviendo a cortarla—. Solo ha estado en el colegio unas dos o tres veces, casi siempre por la tarde. Dudo que haya almorzado en el Gran Comedor alguna vez. ¿No es así, Miss Granger?

Una vez más, los tres pares de ojos oscuros se posaron sobre ella. La joven apretó sus carnosos labios en una delgada línea y buscó desesperadamente la ayuda del hombre a su lado. Este apenas sí se movió, pero al menos logró dedicarle una mirada muy peculiar como si, indirectamente, le estuviese rogando para que le siguiera la corriente.

A falta de opciones, Hermione se limitó a decir:

—Eh… sí, es decir, no, creo que… creo que no.

Cabe resaltar que eso último había sonado más como una pregunta que como una negación.

—Ya veo —susurró el mayor asintiendo lentamente—. ¿No es muy joven para ser maestra, Miss Granger?

—¡Rodolphus! —volvió a gritar Rabastan, escandalizado— Deja de ofender a la pobre Miss Granger. ¿Qué no ves que la incomodas? Parece que estuvieras a mitad de un interrogatorio. Te recuerdo que no eres policía.

—Oh, no lo tome a mal, no quisiera ofenderla —se disculpó dirigiéndose a ella—. Es solo que no parece que tuvieras más de 25 y se me hace muy raro porque todos los profesores en Hogwarts tienen más de 30, más o menos. Hmm… Seguro debes sentirte fuera del lugar a veces.

Una vez más, su corazón latió muy rápido al sentir todas las miradas sobre ella.

—Eh… En realidad, yo…—

—Solo pasa tiempo con los alumnos. Creo que jamás la he visto en la sala de maestros —interrumpió al instante—. Dudo que se sienta fuera del lugar entre tantos jóvenes, sobre todo porque sus clases siempre están llenas.

"¡Oh, por Dios! ¡¿Cómo era posible que ese hombre pudiera mentir con tanta facilidad y tan descaradamente?! Las mentiras venían a su cabeza con tanta rapidez que estaría asombrada de no haber sido porque la estaba involucrado directamente en ellas. Aunque, en realidad, no sabía si debía sentirse sorprendida o asustada. Podría estar saliendo con un potencial mitómano y, tal vez no lo sabía"

—Bueno, bueno, dejemos el tema aquí, ¿les parece? —pidió Rabastan desplazando a su hermano a un lado y poniendo una sonrisa amistosa en su rostro para volver a despertar la confianza de Hermione.

—¡Me parece una gran idea! —contestó ella, aliviada.

—Lo más inteligente que has dicho esta noche —secundó el profesor.

—Oh, ¡me gusta esta canción! —exclamó moviéndose de un lado al otro al ritmo de la música ochentera que el DJ había colocado en ese momento—. Miss Granger, ya que usted ya nos ha demostrado que es una gran bailarina, ¿qué tal si aprovechamos que está aquí y bailamos un rato? Espero que sepa bailar más que solo ballet.

Una señal de alerta roja sonó en el interior de la cabeza de Snape. Conocía ese tono de voz y esa sonrisa descarada. Era la misma sonrisa que su amigo usaba cada vez que quería coquetear.

No pudo evitar poner una mueca y apretar los puños con fuerza al oír esto.

—Por supuesto que sí. Conozco muchos más géneros, aunque me desenvuelvo mejor en el ballroom.

—Tal vez luego podamos pedir una canción lenta, ¿qué te parece? Por ahora me gustaría algo más movido, algo que bailarías en tu club favorito.

Oh, oh. Ya había dejado aquel tono formal y ahora la estaba tuteando. Sabía lo que vendría después.

Tenía que detener esto ¡ya!

El hombre de frac negro extendió su mano hacia ella de forma galante y Hermione soltó una pequeña risilla. Sus mejillas sonrojadas pasaron desapercibidas tras el largo velo de tul blanco.

—¿Y bien? ¿Bailamos, Miss Granger?

—Cla…—

—Miss Granger debe irse ahora —anunció tomando a Hermione por el brazo, apartándola al instante de su amigo—. Como dijeron, ella no debería estar aquí. Ya tiene que irse, ¿verdad, Miss Granger?

—Oh, vamos, Snape. Ya está aquí. Que se quede unos minutos más no causarán ningún daño.

—Sí, Snape, no seas aguafiestas —se burló el mayor de los Lestrange— ¿Desea quedarse, Miss Granger? Puede sentarse en nuestra mesa con nosotros. Estoy seguro que todos nuestros amigos estarán encantados de conocerla. Parece una persona muy interesante.

Snape estaba gritando internamente con desesperación. La mirada que los hermanos Lestrange estaban dedicándole a su pareja lo estaba poniendo demasiado ansioso. Sabía el tipo de hombres que eran sus amigos, las pobres jovencitas solteras no tenían oportunidad cuando uno de ellos ponía su atención sobre ellas. Debía sacar a Hermione de ahí antes de que alguno de los dos intentara hacer su "movimiento".

—Miss Granger tiene que irse porque su NOVIO la está esperando afuera, ¿no es así, Miss Granger? —murmuró entredientes, haciéndose énfasis en "novio". Hermione giró la cabeza para verlo y protestar, pero un tirón en su brazo por parte del mayor la hizo contenerse— Miss Gran…—

—Ya oí —dijo secamente, sorprendiendo a sus interlocutores por su repentino arrebato—. Así es, señores. Mi… mi novio está afuera esperándome.

La sonrisa forzada que mostró no convenció a nadie.

—Oh, es una lástima.

—Sí, espero que no haber sido muy atrevido —se disculpó Rabastan retirando su mano—. Odiaría haberla incomodado.

—No se preocupen —dijo ella moviendo su brazo de manera brusca para soltarse del agarre de Snape—. No creo que se moleste por esperar unos minutos más.

—Su novio debe quererla mucho para venir a recogerla a esta hora —continuó el Lestrange, acomodándose las solapas de su traje negro—. Debe ser un buen chico.

Hermione observó de reojo a Snape y decidida a cobrarse todo lo que le había hecho esa noche, contestó.

—Ni tanto, Sr. Lestrange —admitió con voz clara y segura, alejándose de Snape sin siquiera tener reparo de mirar hacia atrás—. Mi novio es un idiota la mayor parte del tiempo.

Desde luego, nadie, absolutamente nadie hubiese esperado una declaración como esa por parte de la bailarina. Los hermanos Lestrange se quedaron boquiabiertos, incapaces de creer la frialdad con la que una chica de mirada tan cálida como Hermione había dicho la frase.

Snape, por su parte, sentía que alguien acaba de propinarle un gancho derecho directo al hígado. Hermione estaba haciendo esto por venganza y lo entendía, él se había comportado como un idiota con ella, pero no tenía por qué ser tan cruel delante de sus amigos.

Aunque, sí, se lo merecía.

—¿En serio? —preguntó Rabastan saliendo del shock inicial— Supongo que debió hacer algo terrible para que usted diga eso de esa forma.

—Así es —continuó la joven sin remordimiento alguno—. ¿Puede creer que no me quiere presentar a sus amigos? Dice que son demasiado "importantes" como para conocerme. Creo que se avergüenza de mí, me cree poca cosa para ellos.

Snape abrió la boca indignado e intentó replicar.

—Eso no fue lo que…—

Pero fue detenido por el Lestrange.

—¡Eso está mal!

¡Qué barbaridad! —dijo haciéndolo a un lado para acercarse y tomar las manos de Hermione entre las suyas—. Pero qué tontería. ¿Cómo puede pensar eso de usted, Miss Granger? ¡Usted es encantadora! Si me permite opinar, creo que es mucha mujer para ese pobre imbécil.

—Lo soy, ¿verdad? —rio ignorando por completo al profesor— ¡No estoy exagerando!

—Desde luego que no, Miss Granger, desde luego que no —la consoló siguiendo el juego—. Di algo, Snape. No te quedes callado. Tu colega debería elegir mejor a sus parejas. Debe buscar a alguien que la trate como la princesa que es, ¿no lo crees?

Ahora los roles se invertían y, por primera vez en lo iba de la conversación, todas las miradas caían expectantes sobre el pelinegro.

—Sí, Sr. Snape, ¿no lo cree? —repitió Hermione, sonriendo de lado, sintiéndose triunfadora. El mencioando solo se limitó a tomar aire y contar hasta diez para tranquilizarse. Un peligroso tic nervioso empezaba a formarse en su ojo derecho, provocando que su párpado inferior saltara casi al ritmo de los beats de las canciones— ¿Qué opinan al respecto, caballeros?

Los ojos color miel de su castaña lo observaban con diversión y cierto aire vengativo. Lo estaba disfrutando. La pequeña sonrisa de lado casi imperceptible lo volvía loco y lo impulsaba a querer responderle y poner fin a todo esto, tomar su mano y llevársela a casa para no volver a dejarla compartir la misma habitación con ese par de pudientes chiflados.

Pero debía controlarse.

—Que no la toma en serio —contestó Rodolphus cruzándose de brazos, usando ese tono de voz para enfatizar lo "obvio" de la situación—. Si no quiere presentarle a sus amigos es porque realmente no quiere nada serio con usted. Solo está perdiendo su tiempo, señorita.

"¡¿Qué?! ¡No! ¡No!", pensó asustado al oír esas palabras. "¡Cállate, Rodolphus!"

—Tal vez no sea así —intervino rápidamente, con un ligero rastro de temor en su voz—. Tal vez…—

—¡No, no, no! Sí es así. Las cosas como son. Se tenía que decir y se dijo —lo calló Rabastan, apretando con más fuerza las manos de Hermione—. Si yo saliera con alguien como usted, Miss Granger, la exhibiría con todos mis amigos sin dudarlo —el mayor le regaló una sonrisa amigable y besó sus nudillos antes de dar un paso hacia atrás todavía sin soltar su mano—¿Con qué clase de idiota sale, eh? Debería darle una lección sobre cómo tratar a una damita tan bonita como usted.

Hermione levantó la mirada encontrándose con los oscuros y preocupados ojos de Severus Snape. Claramente ninguno de los dos estaba bien y, a ciencia cierta, no sabría decir quién estaba peor.

Por un lado, Snape se mostraba obviamente desesperado por el rumbo que estaba tomando la conversación. Solo quería que esa pesadilla acabara y poder salir de esa fiesta ya. Por otro lado, Hermione tampoco estaba pasando por el mejor momento. Su mirada mostraba dolor y decepción. Tal vez sí había obtenido su venganza al darle a Snape una cuchara de su propia medicina, pero las palabras de los señores Lestrange aún resonaban en su cabeza atormentándola con cada eco.

"No la toma en serio. Si no quiere presentarle a sus amigos es porque realmente no quiere nada serio con usted".

¿Y qué tal si tenía razón?

Es decir, sí, Severus le había demostrado cientos de veces que su amor era genuino y que deseaba lo mejor para ella. Acababan de regresar de un viaje hermoso que había planeado con tanto cuidado solo para poder inspirarla y subirle los ánimos. Si eso no era amor, ¡no sabía qué era!

No obstante, fuera de Lamarck y tal vez sus vecinos, ella no conocía a nadie del entorno cercano de su pareja. No sabía el nombre de sus familiares y mucho menos, de sus amigos. Él podría desaparecer un día sin dejar rastros y ella no tendría a quién preguntar por su paradero puesto que, en realidad, no conocía a ni una sola persona de su círculo íntimo.

¿Y qué tal si sí tenían razón y no la estaba tomando en serio? Muchas veces había escuchado a sus propias tías y primas tener conversaciones casuales quejándose sobre lo insistentes que podían ser los hombres si querían algo. Eran capaces de bajar la luna y las estrellas solo por conseguir a la chica que querían. Una vez satisfecho su deseo, desaparecían.

¿Y qué tal si ese era el caso? ¿Y qué tal si solo era un capricho momentáneo?

"No pienses eso, Hermione, deja de autosabotearte, por favor".

Hermione apretó los labios conteniendo la respiración. En ningún momento se atrevió a romper aquel contacto visual que había establecido con su pareja. Snape no pudo evitar sentirse culpable al ver el dolor e inseguridad en los ojos de su amada.

Finalmente, susurró:

—Eso mismo me pregunto yo, señor.

Un silencio incómodo se estableció en la atmósfera el cual ni siquiera la música alegre de la fiesta podía aplacar. El sonido de las conversaciones ininteligible zumbaba en el interior de sus oídos, impidiéndoles pensar con claridad. Los Lestrange se mantuvieron callados mirando en cualquier otra dirección mientras que Hermione se mantenía en silencio, jugando con sus pies, balanceando su peso de una pierna a otra.

En cuanto a Snape, este solo podía lamentarse por lo ocurrido.

La he cagado, la he cagado en grande.

—Entonces… —Rabastan rompió el silencio alargando la última sílaba—, supongo que tendremos que dejar ese baile para otra ocasión, Miss Granger. Es mejor que vaya con su novio. Debe estar congelándose, está haciendo mucho frío afuera.

Hermione volvió su atención a su interlocutor y decidió seguir con ese circo.

—Sí, supongo que sí —respondió cabizbaja.

—Sí, sin duda, lamentable, pero ¿qué se le puede hacer? Debe irse —secundó Rodolphus sin realmente parecer interesado—. Qué tenga una buena noche, señorita.

El mayor intercambió un par de miradas con la castaña dejándole muy en claro que ya no quería verla ahí, cosa que la hubiese hecho sentir mal de no ser porque ya se sentía así. Bailar durante casi 15 minutos seguidos, tener una pelea infundada con su novio y fingir que era una completa desconocida a pesar de ya estar en una relación "formal" podía agotar a cualquiera y ella, por más que lo quisiera, no era la excepción.

—Gracias, Sr. Lestrange —dijo en voz asintiendo con la cabeza—. Igualmente.

El hombre asintió y eso fue la última palabra que le dirigiría por el resto de la noche.

—Fue todo un placer, Miss Granger —Rabastan se acercó haciendo uso de su turno para despedirse. Tomó sus manos frías entre las suyas y acarició sus nudillos con sus pulgares bajo la atenta y amenazadora mirada del profesor de Química—. Sabe, me cae muy bien. ¡Deberíamos reunirnos un día de estos! —exclamó emocionado acercándose aún más a la castaña quien, algo cohibida, dio un corto paso hacia atrás sin apartar la mirada de los oscuros ojos de su interlocutor—. Oye, Severus, deberías invitar a Miss Granger al club con nosotros. Podríamos almorzar juntos. ¿Ha estado en el Roehampton, Miss Granger? Nosotros siempre vamos allá, somos socios. Le aseguro que le encantara. Conozco al chef y creame que no exagero cuando digo que hace magia con las manos.

Rabastan estaba cerca, peligrosamente cerca.

Hermione era capaz de ver sus pupilas y sentir su respiración cálida sobre su piel. Sus piernas se sintieron como de gelatina y era un milagro que todavía pudieran sostenerlas. Su corazón latió con fuerza y una corriente eléctrica que raras veces había experimentado en su vida recorrió su espalda, despertando sensaciones que, hasta ahora, desconocía.

Snape, por otra parte, solo quería propinarle una patada a su "amigo" y alejarlo lo más rápido posible de su mujer. ¡¿Por qué tenía que acercarse a ella?! Había tantas mujeres de su edad en ese salón, ¿por qué tanto entusiasmo por su Hermione?

"Lo voy a matar, lo voy a matar, lo voy a matar…"

—Eh… Gracias, Sr. Lestrange —respondió la castaña tímidamente tratando de retirar su mano de las garras del señor intenso—. Veré mi agenda y le-le avisaré.

El hombre le regaló una sonrisa encantadora, de esas que reservaba para conquistar, y se retiró lentamente sin apartar la mirada de sus bonitos ojos miel.

Snape, quien seguía en silencio a un lado, decidió tomar cartas en el asunto y ponerle fin a todo esto.

"Esto ya fue suficiente".

—Bien, fue agradable, pero Miss Granger ya tiene que irse —anunció tomando a Hermione con fuerza de una mano y apartándola de un tirón de los hermanos pelinegros—. Así que, si nos disculpan, escoltaré a Granger a la sali…—

—¡Snape!

¿Alguna vez te has escapado del colegio hacia a algún lugar en el que no deberías estar y piensas que todo estará bien y pasarás desapercibido, pero de la nada tu mamá —o alguien que conoce a tu mamá— te ve y te pasa la voz y sientes que todo tu mundo se viene abajo y que de pronto no puedes respirar y que sabes que te espera el chanclazo de tu vida en la cabeza al llegar a casa porque se supone que tú no deberías estar ahí y, aun así, lo estabas?

Pues algo así sintió Snape al ver a nada más y nada menos que a Bellatrix Lestrange acercarse a ellos con una sonrisa forzada en el rostro y una mirada que decía "te voy a matar, maldito desgraciado, ahora verás".

"¡¿Por qué a mí?! ¡¿POR QUÉ A MÍ?!"

Hermione giró su cabeza en dirección a la voz femenina que llamaba a su pareja. Grande fue su sorpresa cuando vio a una mujer de mediana edad disfrazada de la sanguinaria villana del País de las Maravillas caminar a paso veloz, directo hacia ellos como si quisiera embestirlos y, luego, devorarlos bajo la enorme falda de su vestido roja.

"Viene a cortarte la cabeza, Hermione", le gritó su consciencia entrando en pánico.

—Severus, querido, ¡aquí estás! —exclamó llegando a ellos, estirando sus manos para rodear posesivamente el brazo libre de Snape y apartarlo de golpe de Hermione. Su extravagante vestido de fantasía formaba una barrera entre la bailarina y el resto de los caballeros, dejándola excluida casi por completo de la conversación— ¿Dónde te habías metido, cariño? Nos tenías preocupadas.

"¿Querido?", Hermione repitió mentalmente, escuchándola boquiabierta y sin ser capaz de apartar su mirada de ella debido a la sorpresa que le había generado sus palabras. "¡¿Cariño?!"

—Oh, Bella —saludó Rabastan poniéndose al lado de su cuñada—. Qué bueno que llegas. Justo estábamos hablando con…—

—Sí, sí, sí, como sea, no importa ahora —lo cortó con rapidez, sacudiendo una de sus manos en el aire como si intentara restarle importancia a lo que sea que el otro Lestrange tuviera que decir—. ¿Dónde estabas? ¡Llevo buscándote desde hace horas! Lili te ha estado preguntando por ti. ¡La dejaste sola! Eso es muy descortés de tu parte, Snape. No es de caballeros, eso no se hace. Te creía más maduro, que eras diferente. La pobre ha tenido que volver a mi mesa porque su "acompañante" de esta noche había desaparecido sin dejar rastros después del baile. ¿Qué tienes que decir al respecto?

Snape, descolocado por lo rápido que había cambiado la situación, apenas fue capaz de articular una palabra. De hecho, ni siquiera me atrevería a denominarla "palabra", más bien, fue una especie de sonido grotesco y gutural de algún tipo de animal agonizante a punto de ir hacia la luz.

—Eh...

¡Demonios! Se había olvidado de Lili por completo. Había olvidado que la había dejado esperando a un lado del salón en cuanto el número musical de los bailarines acabó; había olvidado que le había prometido presentarle a alguien esa noche para pasar el rato y, por sobre todas las cosas, había olvidado que Bellatrix había planeado todo esto y que, por ende, de seguro habría estado atenta a todos sus movimientos desde que dejó sola a su amiga, arruinando sus intentos de juntarlos.

Fuck.

—Vamos, tienes que venir conmigo —retomó Bellatrix intensificando la fuerza de su agarre en su brazo—. Te llevaré con Lili, estoy segura que aún tienen mucho de qué hablar. Por cierto, ¿qué le dijiste? Me dijo que ya no quería que le presentara a nadie más. Espero que sea por las razones que creo, pillín —comentó con una sonrisa, apoyando su cabeza sobre su hombro—. Tú y ella hacen una bonita pareja, hasta Cissy cree eso. Oh, por favor, dime que es por eso. Dime que no la rechazaste, ¿sí? No sabes lo mucho que me ilusiona que estén juntos. ¡Serían una pareja encantadora!

La mujer empezó a dar tirones tratando de llevarlo consigo de regreso a su mesa. Sus manos se aferraban a su brazo como si fuese una serpiente tratando de asfixiar a su presa. Si seguía así, pronto le cortaría la circulación. Parecía estar dispuesto a llevárselo de una u otra forma, ya sea vivo o muerto. Al mismo tiempo, se desbordaba hablando de lo maravillosa que era su amiga Lili, empecinada con venderle la idea de que su mejor opción romántica era la ex Sra. Evans, una mujer divorciada de su edad y con su sello de aprobación personal.

¡Oh! ¡Esto era demasiado! ¡Ya no lo soportaba!

Tenía que parar esto.

Tenía que parar esto ahora.

—¿Lili?

Todos se giraron para buscar a la dueña de la voz dolida que había formulado aquella pregunta.

—¿Qui-Quién es Lili?

Hermione Granger, más pálida y confundida que nunca, seguía mirando atónita en dirección a la recién llegada y a quien, se suponía, era su pareja. Su mirada horrorizada todavía seguía puesta en las manos delgadas de la Sra. Lestrange, quien seguía sujetando de manera posesiva el brazo de su novio, y sus labios oscuros temblaban ligeramente, revelando sus grandes esfuerzos para no llorar o, en su defecto, gritar.

Sus ojos miel ocultados tras aquellos kilos de maquillaje azul, sombras negras y rímel intenso se posaron en los oscuros y sorprendidos ojos de Severus Snape y se quedaron ahí por lo que pareció una eternidad. Estando separados tan solo por apenas un metro, por un vestido abultado de fantasía y una mujer cuestionablemente cuerda, el profesor fue capaz de ver la emoción que dominaba el cuerpo y alma de su amada y, al hacerlo, se le encogió el corazón.

Dolor.

Hermione sentía dolor.

Hermione estaba sufriendo por culpa de su dolor.

Hermione estaba sufriendo por culpa del dolor que él le había provocado, el dolor que había causado al meterla en este enredo de mentiras que él mismo había creado.

Hermione está sufriendo por su culpa.

Él la estaba lastimando.

Él.

Maldición.

—¿Quien-es-Lili? —repitió, esta vez con voz segura y firme.

Su ceño se había fruncido hacia abajo en una mueca que desfavorecía por completo su bonito rostro. El maquillaje dramático y lúgubre de sus ojos marcaban de manera exagerada sus ojeras, provocando un aura oscura en su mirar. Su mandíbula se notaba apretada con fuerza y sus dientes rechinaban. Entre los pliegues de su falda, Hermione ocultó sus puños. Sus uñas se clavaban en las palmas de sus m anos, cortando la circulación de sangre que llegaba a sus nudillos.

Snape sintió que su temperatura corporal bajaba y, de pronto, ya no supo a qué tenerle más miedo: si a que su mentira se cayera, si a que Bellatrix hablará de más o a Hermione y su mirada asesina.

"Hola, Dios, soy de nuevo..."

—¡Nadie! —exclamó apresuradamente tratando de soltarse del agarre de su amiga— No es nadie...—

—¿Disculpa? —interrumpió la Sra. Lestrange, finalmente notando la presencia de la bailarina. Su voz se escuchaba ofendida, estaba usando ese peculiar tono petulante tan típico de ella. Sus cejas afiladas se fruncían hacia abajo, marcando su seño, y su nariz respingada se arrugaba como si acabara de oler algo totalmente apestoso. No se molestó ni en lo más mínimo en disimular su desagrado por la muchacha frente a ella— ¿No te han enseñado que es de gente muy mal educada meterse en conversaciones ajenas, niña?

Las miradas de Hermione y Bellatrix se encontraron. Castaño contra negro, claro contra oscuro. Las dos igual de fuertes y posesivas, preparadas para desafiar y luchar hasta derramar la última gota de sangre. No obstante, por más que Hermione tuviera la vitalidad de su juventud, Bellatrix tenía el ingenio y maña de la experiencia.

La castaña no tenía oportunidad.

Solo le bastó entrecerrar los ojos, poner una mueca de desprecio en sus labios y marcar su territorio apretando el brazo del profesor para hacerle un jaque mate a la bailarina de ojos miel, desarmándola al instante y dejándola en el suelo lista para recibir la estocada final.

Los hombres testigos del acontecimiento prefirieron mantenerse al margen de la situación. Sabían por experiencia propia que, cuando Bellatrix Lestrange ponía sus ojos sobre una presa, era casi imposible que quisiera soltarla.

—Bella… —quiso intervenir Severus, pero por segunda vez en la noche, fue interrumpido.

—¿Qué es esto? —preguntó con voz pausada y petulante, señalándola con el extremo de su abanico rojo como si fuese un objeto en exhibición— ¿Quién eres tú y qué le pasó a tu cara? Te ves horrenda. Deberías tomar más el sol.

—Es suficiente, Bellatrix, ya basta. No la molestes más —ordenó Snape con seriedad, agitando su brazo con brusquedad para soltarse de sus garras—. No es nadie…—

—¡Já! —interrumpió Hermione mirándolo incrédula, con la boca abierta en un gesto de indignación y poniendo sus manos en sus caderas, adquiriendo la postura de un jarrón— ¡¿Nadie?!

—¡No! ¡No! Lo que quiero decir es que…—

—Responde, niña —ordenó la pelinegra haciendo oídos sordos del balbuceo de su amigo.

—Yo…—

—Es parte de su disfraz, querida —dijo Rodolphus, interviniendo finalmente para salvar la situación. Estaba harto de ver a esa pobre niña temblar ante la imponente figura de su esposa y, para ser francos, ya quería ponerle fin a todo esto—. Miss Granger es una de las bailarinas del número musical.

Bellatrix escaneó con la mirada a Hermione de arriba abajo antes de hacer otra mueca.

No le agradaba.

No le agradaba nada.

—¿Y qué estás haciendo aquí? El espectáculo ya terminó.

—Es una amiga de Severus, Bella —explicó su cuñado, siguiendo los pasos de su hermano mayor—. Trabaja con él en Hogwarts, le da clase de baile a los niños. Se encontraron durante la presentación, así que vino a saludar.

Y, por primera vez en esa noche, tanto Snape como Hermione se sintieron ligeramente aliviados por la gran mentira que el primero había creado.

De una u otra forma, el que los hermanos Lestrange se hubiesen creído todo los ayudó a enfrentar a la dama roja. Su palabra contra ella no valía nada, pero la palabra de su esposo y de su cuñado podían, por lo menos, aplacar su paranoia y comprarles algo de tiempo para pensar en cómo escapar de ahí.

Nunca pensó estar agradecido de tener a Rodolphus y Rabastan Lestrange en la misma habitación. ¿Quién diría que aquel par de hermanos que adoraban patearle el trasero cada vez que jugaban tenis terminarían convirtiéndose en su más fiable aval?

Bellatrix barrió con la mirada a la castaña y soltó una risilla burlona antes de comentar:

—Deben pagar muy mal en Hogwarts si está tan desesperada como para hacer esto.

Hermione entrecerró los ojos y apretó los puños mientras veía a la odiosa mujer burlarse de ella con la mirada mientras se refrescaba glamurosamente con su abanico.

La odiaba…

En serio, la odiaba.

—En fin, podrá ser amiga suya o de la mismísima Duquesa de Cambridge, no me importa, pero este es un evento privado y necesita una invitación para estar aquí y es claro, querido, que no la tiene —respondió aburrida, mirando de reojo a la susodicha—. ¿No es así, niña? —la bailarina forzó una pequeña sonrisa de labios apretados y asintió a regañadientes, sintiendo su sangre hervir— Eso creí… Bueno, será mejor que te vayas. No necesitamos más empleados aquí, tenemos suficientes camareros.

—No tienes por qué ser grosera —intervino Snape poniéndose en medio de ellas dos para intentar proteger con su cuerpo a Hermione de la mirada de la mayor—. Ella ya se estaba yendo.

—Sí, ya me iba… señora —dijo la mencionada de mala gana.

La Sra. Lestrange enarcó una ceja en su dirección y rodó los ojos, fastidiada.

—No me hagas quedar como la villana, Severus, solo intento protegerla. Que feo que pienses así de mí —sonrió de lado, inclinando la cabeza para acentuar su mirada maquiavélica—. Ya sabes lo que pasará si Cissy la encuentra rondando por aquí conversando con sus invitados, ¡le cortará la cabeza! —exclamó abriendo los ojos de manera exagerada— Lo cual es irónico ya que soy yo quién debería cortársela porque yo soy la Reina Roja aquí y ella es quien por lo usual pierde la cabeza en la guillotina, pero tú me entiendes.

Los tres hombres intercambiaron miradas durante un par de segundos mientras reflexionaban seriamente sobre lo dicho:

Aunque doliera admitirlo, ella tenía razón.

Si Narcissa —Dios no lo quiera— encontraba a Hermione, una bailarina y, por sobre todas las cosas, su empleada, caminando por ahí y relacionándose con sus invitados, terminaría haciendo un escándalo del tamaño del Buckingham Palace.

La aristócrata llevaba semanas con el estrés a niveles exorbitantes y, esa noche, parecía haber llegado al límite de entre una crisis nerviosa y la locura. La mujer se estaba desviviendo para lograr que este evento saliera bien, su compromiso para con la Fundación Weston era tal que había cronometrado absolutamente todo para que fuera perfecto: desde la llegada de sus invitados hasta las veces en las que los camareros llenaban las copas.

Nada ocurría sin que ella lo supiera.

Si algo, lo que fuera, llegaba a estar fuera de su lugar y ella lo notaba, era muy probable que su querida amiga terminara internada en el psiquiátrico más cercano debido a un colapso mental.

Y era claro que Hermione no estaba donde debería estar.

Es que ya podía imaginarse lo que iba a pasar si es que las dos mujeres más importantes de su vida actual llegaban a encontrar en esa fiesta:

Narcissa tomaría —secuestraría— a Hermione llevándosela lejos de todo público y le daría la gritada de su vida, una que jamás olvidaría. Probablemente le lanzaría esa mirada de diablo que solo ella poseía y la sacudiría con tal vehemencia hasta que las uñas de sus manos se clavaran en su piel. Hermione no tendría oportunidad de defenderse, solo le quedaría esperar a que el huracán Narcissa terminara de pasar y rogar en silencio para que ocurriera un milagro.

Tenía que ponerla a salvo.

Tenía que sacarla de ahí.

¡Tenía que hacer algo ya por el amor a la ciencia!

"¡Ahí estaba otra vez! ¡La tal Cissy! La amiga "especial" de Snape", pensó Hermione desviando su atención del odio que le tenía a la dama grosera a la nueva información obtenida de ella. "¿Por qué me cortaría la cabeza? Que lo intente, yo se la cortaré primero. ¡Ya tuve suficiente de esta tontería! Estos millonarios están locos. ¡Me largo!"

—¡Perfecto! —exclamó la pelinegra cerrando su abanico de un solo movimiento— Esto significa que ya puedes venir conmigo. Tenemos que buscar a Lili antes de que alguien más te gane, travieso —sonrió tomando su brazo una vez más.

—¿Lili? —preguntó Rodolphus— ¿Te refieres a Evans? ¿La mamá de Harriet?

Bellatrix asintió.

—Oh, no puede ser, ¿tratas de juntarlo con la Evans? —rio Rabastan, tiñendo sus mejillas de rojo.

—Así es —dijo complacida—, así que, caballeros, si me disculpan, tengo que llevar a este soltero codiciado con la ex Sra. Evans. Tienen una cita y…—

Bellatrix Lestrange, la reina de la upper class londinense, la socialité que jamás faltaba a un evento de moda, la mujer que nunca se guardaba sus opiniones, se vio obligada a callar cuando sintió un fuerte tirón detrás de ella que le impidió avanzar.

—¿Una cita?

La Lestrange se giró esperando encontrar a su viejo amigo, el profesor, plantado firmemente sobre el suelo como si fuese un árbol, inflexible e inamovible. Y, en parte, así fue como lo encontró. No obstante, eso no fue la fuerza que tiro de ella.

Atrás, oculta tras el cuerpo de Snape, la bailarina castaña de rostro pálido y ojos cubiertos por sombra azul, sujetaba fuertemente el brazo libre del profesor de Química, tirando de él de manera posesiva, como si quisiera arrancárselo de las manos de una buena vez por todas. La menuda muchacha tenía el ceño fruncido y mostraba sus dientes apretados de manera amenazante, cual leona defendiendo su presa de las demás cazadoras de su manada. Sus pies estaban separados y asentados firmemente sobre el suelo y balanceaba su peso sobre sí misma para hacer de ancla y evitar que la pelinegra se llevara al hombre en cuestión.

Por un momento, Severus, en shock por lo que veía, no fue capaz de reconocer a su pareja.

¿A dónde se había ido la tierna muchachita de cálida mirada y mejillas rosadas? En su lugar, solo quedaba un fantasma aterrador lleno de ira y sediento de sangre.

Hermione tomó aire antes de tirar bruscamente del brazo de Snape, atrayéndolo más cerca de ella y haciendo tambalear a la Lestrange quien, debido a lo inesperado de la acción, no le quedó de otra que trastabillar en su dirección.

—¿Una cita? —repitió enojada, esta vez, sin molestarse en ocultarlo— Me quieres explicar que carajos está pasando, Severus —ordenó mirando al mayor.

Los tres Lestrange se mostraron estupefactos ante el cambio de actitud de la pequeña bailarina. No era de acorde a su cuerpo, mucho menos a su estatura comparado con la de Snape. Sin embargo, los dos hermanos no se atrevieron a decir nada. Sabían por experiencia que no era buena idea meterte con una mujer despechada.

En cambio, este era el terreno de Bellatrix, por lo que no tardó en contraatacar.

—¡Qué insolente! ¿Cómo te atreves a…—

—¡Cállese! —ordenó girándose a verla con los ojos encendidos de rabia— ¿Qué no le han enseñado que es de gente muy maleducada meterse en conversaciones ajenas, señora? Lo que sea que yo tenga que decirle a él no le compete a usted, ¿entendió?

Si también estás boquiabierto, ya somos dos.

"¡Miren el tamaño de esos huevos!"

¡Esto era increíble, amigos! Hermione Granger, con sus santos ovarios y apenas 165 centímetros de estatura, acababa de callar de manera épica a nada más y nada menos que a la mismísima Bellatrix "la Madame" Lestrange. Esto era como de película, nadie en su vida había tenido los cojones para hacerlo; sin embargo, esta joven bailarina —quién obviamente no tenía ni la más mínima idea de con quién estaba tratando— había tenido la osadía de por fin gritar lo que muchos se morían por decirle a la pelinegra.

Snape no podía creer lo que pasaba.

Bellatrix no podía creer lo que pasaba.

Los hermanos Lestrange no podían creer lo que pasaba

De hecho, ¡el salón entero no podía creer lo que pasaba!

Sí, exactamente lo que leíste.

Hermione, fuera de control por culpa de toda la rabia contenida hasta entonces, había gritado esas palabras tan fuerte que ni siquiera la música que salía de los parlantes fue lo suficientemente alta como para minimizar el impacto de sus chillidos en el resto de los invitados. Aquellos que estaban más cerca al pequeño grupo de cinco estaban igual o incluso más atónitos que la misma Bellatrix. ¡Podía ver sus mandíbulas casi tocar el suelo!

Incluso, estoy segura de que al menos a uno de ellos se le escapó decir una mala palabra:

"Oh, mierda".

Varias mujeres y hombres vestidos con ridículos disfraces se llevaron las manos a las bocas antes de empezar a murmurar al respecto, provocando un intenso zumbido que se vio finalizado cuando la Sra. Lestrange, saliendo del shock producido por esta "agresión", se giró a mirar rápidamente a su alrededor, observando con furia a todos aquellos que aún tenían sus ojos puestos en ella. Sus orbes oscuros y cubiertos de sombras rojizas se veían amenazantes y su cara tenía una expresión que gritaba:

"Desgraciados, vuelvan a sus asuntos. Ya se acabó el show".

La mujer volvió a enfocar su atención en la desconocida y, por un minuto, no hubo nadie más en el salón más que ella y su oponente. No música, no luces, no decoraciones, no invitados, solo ella y esa maldita asquerosa mal vestida enana y dientona criatura.

Sus sentidos se agudizaron: podía escuchar su respiración agitada e, incluso, su pulso cardiaco, su joven corazón asustado palpitando contra su pecho. Sus ojos negros se dilataron y sus músculos se tensaron, listos para hacerla saltar sobre su presa en cuanto fuese necesario.

Ya era claro lo que iba a pasar, no había necesidad de decir que Hermione estaba en grave peligro. La aristócrata había adquirido esa postura de felina cazadora y solo parecía esperar el momento indicado para lanzar su letal zarpazo y empezar con esa tortura inacabable.

No por nada sus amigos decían que era una "gata satisfecha": le gustaba jugar con sus ratones todo el día antes de comérselos.

Aunque, esta vez, podría saltarse la entrada e ir a por el plato fuerte.

—Tú, maldita mocosa insufrible… —masculló entredientes acercándose muy lentamente, haciendo retroceder a Hermione con cada uno de sus pasos—. No sabes con quién te has metido.

Nota mental: Nunca, jamás, por ningún motivo, molestes a un desequilibrado mental con trastorno psicópata narcisista y antecedentes de violencia. Es muy probable que no sobrevivas para contarlo.

Hermione apretó con fuerza el brazo de Snape casi como una reacción instintiva ante el peligro que representaba la mujer mayor. El cuerpo grande de su pareja era lo más cercano que tenía para usar como escudo y esperaba que, esta vez, dejara de actuar como un idiota y se quedará a su lado para demostrarle su apoyo. No sabía en qué problema se había metido, pero lo que sí sabía era que existía una gran probabilidad de que fuera despedida esa noche antes de siquiera poder cobrar su cheque. Ese par de ojos cargados de locura estaban sobre ella y la miraban con tal intensidad que necesitaría de un chamán para quitarse el susto.

"Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…"

Pero no hay que olvidarnos de los tres hombres alrededor de estas mujeres: Severus Snape y Rodolphus y Rabastan Lestrange.

Hasta el momento, los tres caballeros se habían mantenido en silencio por obvias razones: la primera, por el tremendo shock emocional que había sido para ellos escuchar a una persona completamente ajena a su círculo íntimo hacer ese tipo de comentarios a una de las alfas más poderosas de su grupo de amigos.

Segundo, porque ya tenían cierta experiencia tratando con los arranques de ira de Bellatrix Lestrange.

Dentro de este círculo de amigos dominado por una jerarquía matriarcal liderada principalmente por las hermanas Black, los hombres tenían una regla muy clara que, por nada del mundo, se atrevían romper: tenían permitido hacer de todo —absolutamente de todo—, excepto intervenir en las disputas de las alfas con otras alfas ajenas a la manada. Esto quería decir que ni siquiera Lucius Malfoy podía intervenir en una pelea de Cissy con alguien más ni Rodolphus podía detener los arrebatos de ira de Bella contra alguna alma desafortunada.

Sin embargo, esta vez, enfrentabamos una situación muy diferente.

En el pasado, Snape nunca había intervenido cuando alguna de esas dos mujeres molestaba a su exesposa, Valerie. Más allá de que no quisiera enemistarse con ninguna, ya sabía que a sus amigas no les simpatizaba su esposa y que solo eran corteses por respeto a él. Solía restarle importancia al asunto diciéndole a Valerie en privado que solo eran bromas y ese era el tipo de humor que manejaban.

En más de una ocasión, había minimizado sus sentimientos y eso lo hacía sentir culpable cuando recordaba las veces en las que, su ex, con voz distante, le había rogado no ir a alguna reunión en Malfoy House.

Esta vez no iba a cometer los mismos errores.

Así que, tomando algo de valor de dónde sea que lo tuviera escondido, levantó la vista para encontrarse con las miradas asustadas de sus otros amigos.

Rodolphus estaba en posición de alerta, observando fijamente a su esposa, listo para sujetarla en el caso de que las cosas se pusieran demasiado violentas. Rabastan, por su parte, sintió su pesada mirada sobre él por lo que al instante levantó la vista, haciendo contacto por fin.

A lo largo de la evolución, las mujeres han logrado desarrollar exitosamente una segunda forma de lenguaje basado en un complejo sistema de miradas y gestos encriptados que solo ellas podían comprender. Era universal y altamente eficaz para cuando se quería transmitir mensajes secretos estando en medio de un gran número de personas. Ya sea un movimiento ligero de la cabeza, levantar las cejas o arrugar la nariz, ellas podían comunicar muchas cosas diciendo absolutamente nada.

Sin embargo, los hombres no se quedaban atrás y, por única vez, les mostraré un ejemplo de ello.

Severus le lanzó una mirada a Rabastan e hizo una mueca mostrando los dientes y levantando las cejas al mismo tiempo. Levantó su mano libre para hacer un gesto de corte y con eso dijo todo y nada al mismo tiempo. Puede que el proceso de decodificar el mensaje fuera mucho más lento en comparación al de las mujeres, pero al final del día, Rabastan logró entender lo que su amigo quería decir y, a pesar de que tenía cientos de dudas corriendo por su cabeza, decidió hacerle caso.

—Rodolphus…

—Dime.

—Es momento de una intervención.

—¡¿Qué?! —gritó en un susurro, si es que eso es posible— ¡¿Te has vuelto loco?!

—¿Acaso quieres que se arme una pelea en el evento de tu cuñada?

—… —el hombre se mordió el interior de las mejillas mientras reflexionaba un momento sobre esas palabras que hacían eco dentro de su cabeza—. ¿A las 3?

Uno.

Dos.

¡Tres!

—Bella, amor —dijo el mayor con voz calmada, acercándose a su mujer por detrás y sujetándola por los brazos—. Es suficiente.

—¿Qué ha…—

—Bella, Bella, mi querida cuñada —canturreó Rabastan llegando por el otro lado, sujetando con fuerza el hombro izquierdo de la mujer, inmovilizándola—, creo que estamos proyectando un aura muy negativa, ¿no te parece? Deberíamos relajar esa postura, recuerda el yoga. Inhala, exhala…

—Suéltame, grandísimo idiota —murmuró con los dientes apretados.

La mujer dio un paso hacia adelante, luchando contra la fuerza ejercida por sus familiares. Hermione retrocedió un paso sin soltar a Snape. El profesor retrocedió también, cubriendo a la castaña con su cuerpo, manteniéndola lo más alejada posible de las garras de la Lestrange.

—Cariño —Rodolphus se inclinó cerca a su mujer y susurró—, recuerda lo que le prometiste a tu hermana. Le juraste por la memoria de tu padre que no causarías ni un alboroto esta noche —la mujer se tensó al instante—. Incluso firmaste un acuerdo notarial, ¿recuerdas? "Nada de escándalos esta noche".

—Además, querida cuñada —secundó el otro hermano—, estoy seguro que no quieres hacer esto frente a todas estas personas. Recuerda que todavía nos están viendo —Bellatrix levantó la mirada para comprobar que, efectivamente, su interlocutor tenía razón, todavía estaba bajo la mira de sus demás "amigos" de la upper class londinense. No podía darse el lujo de perder el estilo ahora—. También recuerda que los de la prensa todavía siguen aquí. No quieres otra portada, ¿verdad? Piensa lo que dirían tus primas, las hijas del duque, si provocas una pelea.

—Él tiene razón, cariño. No dejes que una mocosa sin importancia arruine tu noche. Has sido la mujer más radiante de toda la gala.

—Así es, Bella, las cámaras te adoraron.

—¿En serio? —logró formular apartando, por fin, su mirada intensa de la bailarina.

—¡Por supuesto! —exclamaron al unísono—. Mañana, tu bello rostro estará gobernando la sección de sociales de todos los periódicos —añadió su Rodolphus.

No hay nada que más le guste a un narcisista que oír lo bien que hablan de sí mismo.

—Muy bien, amigos, se acabó el show, vuelvan a lo suyo—anunció Rabastan con una gran sonrisa en los labios—. Lamento no poder quedarnos más tiempo, Snape, Miss Granger, pero estoy seguro que disfrutaran la fiesta tanto como nosotros. Buena charla, ¿no creen? Retomémosla en otra ocasión.

—Claro —musitó Snape asintiendo con vehemencia, apresurando el acto final.

—Bien, nosotros tenemos que ir a saludar a algunos amigos —siguió Rodolphus, sujetando a su esposa con firmeza—. Ya sabes cómo es esto: socializar, intercambiar tarjetas, lo típico.

—Sí, bueno, nos tenemos que ir. Qué tenga buena noche, Miss Granger. Espero verla pronto —la muchacha asintió—. Snape… Hablamos luego.

Y eso fue todo lo que pudieron decir en voz alta antes de arrastrar a Bellatrix lejos de ahí, no sin antes lograr vocalizar de manera exagerada un "¡Cuidado con Narcissa!".

La aristócrata pelinegra se dejó llevar sin oponer resistencia. No obstante, su mirada seguía sobre la castaña y no perdió oportunidad para lanzar una última amenaza hacia ella. La señal de un cuello decapitado siempre era alarmante, pero viniendo de Bellatrix, era aterrador.

Eventualmente, los tres Lestrange desaparecieron de su vista y los invitados volvieron a mezclarse entre ellos, conversando y bailando al ritmo de la música, pretendiendo que nada pasó.

Esta debía ser la famosa calma después de la tormenta.

—Eso estuvo cerca... —suspiró aliviado para sí mismo. El ritmo de sus latidos volvía a la normalidad y sus hombros ya no se sentían tan tensos. El que Bellatrix por fin se hubiese marchado fue para él como quitarse un peso de encima—. Crisis evitada.

Llevó su mano libre al puente de su nariz para masajear la zona casi como si fuese un reflejo y se quedó unos segundos así, disfrutando de aquella paz recién llegada que, esperaba, durase al menos un par de minutos.

Un tirón fuerte en su otra mano lo hizo voltear. Hermione —de quien se había olvidado, todavía seguía ahí—sacudió con fuerza la mano que sujetaba la de él buscando soltarse lo más pronto posible. El profesor no opuso resistencia, todo lo contrario, dejó que su mano se deslizará lejos de la suya como si su solo tacto pudiera quemarle.

La castaña dio un par de pasos hacia tras, mirándolo con el ceño fruncido y un tsunami de emociones escondido detrás de sus ojos. Era como si todo ese dolor y decepción que había estado experimentando hasta el momento se refugiara tras una cortina de enojo que hacía de armadura y la protegía de lo que sea que él fuera a decirle a continuación.

Snape tomó una respiración profunda y pasó algo de saliva humedeciendo su garganta antes de juntar el valor para romper el silencio.

—Hermione...—

—¿Lili? —preguntó enérgica, cruzando sus brazos sobre su pecho— ¿Cissy? ¿Bella? ¿Hay algún otro nombre del cual debería saber?

—No es lo que piensas —añadió apresurado.

—¡¿Cita?! —exclamó elevando la voz— ¡¿"Soltero codiciado"?!

—Puedo explicarlo...

Sus ojos mostraban sorpresa e indignación, la típica reacción de toda novia que acababa de descubrir una mentira de parte de su pareja. No pudo evitar empezar a balancearse de un lado al otro, revelando su ansiedad. Sus brazos viajaron directo a sus caderas, adquiriendo esa postura de jarra que tanto lo desesperaba pues significaba problemas.

Problemas muy grandes para él

—¡Oh! Eso quisiera —exclamó usando un tono de voz más agudo de lo normal—. Me encantaría que me explicaras por qué esa mujer tan ¡desagradable! cree que tú, Severus Tobías Snape, estás soltero. Porque yo, sinceramente, ¡no lo entiendo! Hasta donde yo sé, TÚ estás en una relación CONMIGO ahora, Severus, ¡AHORA! —sus cejas se curvaron hacia arriba y una sonrisa desquiciada amenazaba con formarse en sus carnosos labios—. ¿Por qué creen que estás soltero? ¡¿Por qué están tratando de juntarte con alguien más?! ¡¿Quién carajos son esas mujeres?! ¡¿POR QUE ESTÁS MINTIENDO TANTO?!

—Amor, escucha, te lo puedo explicar, te lo juro.

—Pues, hazlo, Severus, ¡hazlo! Porque siento que me voy a volver loca si sigo sin saber qué está pasando —sollozó pasándose las manos por la cabeza, desacomodando su largo velo blanco—. ¿Por qué fingiste no conocerme? ¿Por qué le dijiste a esos hombres que yo era tu "colega" en Hogwarts?

—Pues...—

—¿Por qué permitiste que esa mujer me hablara de esa forma? ¿Por qué dejabas que te agarrara del brazo así como si fuese tu esposa? —preguntó llena de dolor— ¿"Querido"? "Cariño"? Tú me dices "cariño" a mí, ¿qué no lo recuerdas? ¡Sabías lo importante que era el apodo para mí!

Por más que intentaba refugiarse en su enojo para mostrarse fuerte ante su interlocutor, Hermione estaba ahogándose en su propio mar de emociones, incapaz de poder de salir a flote y controlarlas, sintiendo como el dolor, la decepción y la traición inundaban su joven e inexperto corazón lastimado.

"¿Por qué me haces esto, Snape? Estábamos tan bien... ¿Por qué?"

—Lo siento, ¿sí? Lo siento mucho, no debí hacer eso —empezó angustiado. Una bola de nervios se formaba en su garganta, impidiendo le hablar claramente—. Hermione, no quise herir tus sentimientos ni jugar contigo de esa forma, solo...—

—Solo ¿qué? —interrumpió— Solo ¡¿qué?!

—...

El profesor sintió la necesidad urgente de humedecer su garganta, por alguna razón la sentía extremadamente seca. Se había quedado sin palabras, su cerebro estaba en blanco, no tenía ni la más mínima idea de cómo responder a esa pregunta. ¿Cómo se suponía que le iba a decir que había fingido no conocerla porque tenía miedo de saber lo que sus amigos podrían opinar de ella si se enteraban que era su nueva pareja?

Había pasado años desde la última vez que había tenido que darles explicaciones de índole personal a una mujer, específicamente, a una pareja, y, para ser francos, nunca había sido bueno para salir bien librado de estos asuntos.

Cuando estaba con Valerie, pelear era algo usual durante las últimas etapas de su matrimonio. Ya fuese por quién había dejado la ventana abierta durante la noche o quién no había lavado los platos, pelear era pan de cada día. Sin embargo, los temas amorosos como los celos o problemas maritales hacía ya tiempo habían dejado de importar, lo cual hacia que Severus Snape se encontrara demasiado fuera de práctica como para lidiar con esta situación más actual dentro de su nueva relación.

El hombre aflojó la cravatte blanca que portaba en su cuello y se tomó un par de segundos para tomar aire y pensar un poco lo que tendría que decir a continuación.

Mientras tanto, Hermione seguía esperando.

"¿En serio esto está pasando? ¿Si quiera es real?"

Pero cuando sus miradas volvieron a encontrarse, todas sus dudas se disiparon. En ese momento, Hermione entendió que esto era real, que esto estaba pasando. Entendió que Snape no tenía una excusa válida con la cual justificarse, entendió que no le había avisado aún a sus amigos de su existencia y, por sobre todo, entendió que, dentro de su vida, ella no era más que un simple secreto del cual, probablemente, se avergonzaba.

"Si no quiere presentarle a sus amigos es porque realmente no quiere nada serio con usted. Solo está perdiendo su tiempo, señorita".

—Mione... —llamó estirando una de sus manos para tomar la suyas, pero la bailarina se apartó bruscamente, poniendo una distancia segura entre ambos.

—No me toques.

Sus palabras dichas con tal desprecio removieron por completo el interior del pelinegro.

—Hermione, por favor.

—Que no-me-toques —dijo en voz alta, estirando una mano en señal de alto, incrementando la distancia que los separaba—. No lo hagas.

En toda su vida, Severus Snape jamás imaginó que la mirada decepcionada de una joven bailarina de ballroom de 23 años pudiera causarle tanto dolor. Una vez más se le formaba el mismo nudo en la garganta y sentía que sus costillas de iban cerrando poco a poco sobre su corazón, aplastándolo con la culpa de sus acciones recientes. Aquellos ojos color miel que tantas veces habían traído algo de luz a su oscura existencia lo estaban matando en todos los sentidos.

Ni siquiera se sentía capaz de respirar.

"¿Esto era real? ¿Acaso todo esto estaba pasando realmente?"

La música sonando a través de los parlantes, el sonido de las conversaciones ininteligibles a su alrededor y el movimiento de las demás personas en el salón le hicieron saber que sí, que esto estaba pasando ahí y ahora, que esto era real.

Dio un paso hacia en dirección a Hermione y ella dio otro en retroceso.

Su corazón sintió romperse.

—Hermione...

—Me tengo que ir —anunció sorbiendo por la nariz, haciendo grandes esfuerzos para no dejar que sus emociones arruinarán el maquillaje que cubría su rostro—. Tus amigos importantes tienen razón, no debería estar aquí.

—Mione...

—Hablaremos de esto luego. Ya no quiero discutir, ya tuve suficiente.

Y, sin importarle escuchar sus réplicas, se dio la media vuelta y caminó hacia adelante, sin un rumbo definido, pero con toda la intención de poner la mayor distancia posible entre su pareja y ella.

No quería verlo, no quería escucharlo y, sobre todo, no quería saber de él por un tiempo.

Pero el profesor no se iba a quedar tranquilo, desde luego que no. Su relación se estaba fracturando frente a sus propios ojos por un mal entendido, no podía simplemente hacerse de la vista gorda y no actuar. Precisamente por eso se había terminado su anterior compromiso: por el no actuar, por su falta de comunicación.

No podía permitir que eso sucediera por segunda vez. Acababan de regresar de un viaje de ensueño con una relación naciente más que estable, no iba a tirar todo por la borda por falta de comunicación.

Fue así como, sin pensarlo dos veces, el hombre alto vestido de Primer Ministro del Rey siguió a la bailarina fantasma atravesando un salón repleto de extravagantes personajes de la upper clas londinense. Sus pies se movían por sí solos, deslizándose con rapidez a través de todos los invitados, intentando no chocar con ellos y fallando rotundamente en el intento. Sus ojos, casi siempre perspicaces, no era capaces de fijarse en quién tenía al frente, por lo que nunca se percató cuando se topó con figuras como Colin Firth o Julie Andrews.

Ni siquiera se percató cuando pasó justo al frente del Duque de York y de sus hijas.

—Espera, Hermione —llamó alcanzándola por fin.

—¡Déjame en paz!

—Necesitamos hablar.

—¡No quiero!

El afortunado paso de un camarero delante de la castaña hizo que esta tuviera se detuviera para esquivarlo, dándole a Snape la oportunidad de estirar su mano para sujetar su brazo y no dejarla ir.

La Granger sintió un fuerte tirón que azotó su cuerpo, haciendo que la inercia la mandara hacia adelante y, luego, de regreso hacia atrás, directo al pecho del pelinegro ubicado atrás suyo. Su rostro pequeño por poco e impacta en este. Sus brazos reaccionaron a tiempo, apoyándose en el torso del mayor, causando una escena dramática digna de una telenovela o, en su defecto, un k-drama.

Pero, contrario a alguna de estas ficciones audiovisuales, no hubo un encuentro de miradas romántico que pausara el tiempo, tampoco un fondo musical icónico que se quedara en la mente de los espectadores. Ni siquiera me atrevería a decir que se vio bien ante los ojos de los demás, los murmullos de la gente a su alrededor ponían en cuestión las intenciones del profesor, haciéndolo parecer un acosador persiguiendo a una inocente muchacha que solo quería pasar un buen rato.

"¿Esto era real?"

La reacción furiosa de la castaña no se hizo esperar. Se apartó violentamente de él, sacudiéndose de un lado al otro para soltarse de su agarre.

—No me toques, no quiero hablar.

—Hermione, por favor, se razonable —pidió el otro sujetándola de las muñecas—. Estás llamando la atención hacia nosotros. Nos están mirando.

—No me importa lo que piensen tus amigos importantes, Snape —masculló entredientes, observándolo con desprecio—. Ya dejaron muy en claro lo que piensan de mí sin siquiera saber quién soy en realidad.

—Todo es un malentendido.

—¡Hablemos de esto luego, por favor! —chilló exhausta, al borde de la desesperación— Ya, Snape, por favor, no quiero hablar ahora. Estoy enojada y voy a decir algo de lo que después los dos nos vamos a arrepentir. Por favor, ¡ya suéltame!

—¡¿Qué está pasando aquí?!

La voz fuerte y hostil de lady Narcissa Malfoy se hizo escuchar claramente en la escena, interrumpiendo aquella pelea de enamorados.

La dama británica de opulento vestido blanco había aparecido de la nada poniéndole fin a todo el escándalo que su mejor amigo y, quien parecía ser, la hija de alguno de sus invitados estaban causando. Tenía sujetado al hombre por uno de sus brazos y usaba toda su fuerza para mantenerlo inmóvil en su lugar. Sus ojos grises estaban posados sobre los de él fijamente y la expresión plasmada en su rostro revelaban una mezcla de sorpresa, enojo y, sobre todo, pánico.

Lo inevitable estaba ocurriendo, por fin estaba pasando. Ya habían cruzado el punto de no retorno y, no importará lo ingenioso que fuera, ya no había forma de escaparse de esto.

—Severus, ¿qué-estás-haciendo? —masculló entredientes, forzando una sonrisa de perfectas medidas para que las personas a su alrededor no creyeran que las cosas se estaban descontrolando— Se supone que estas aquí para que seas mi apoyo moral, no para armar un escándalo en frente de mis invitados.

Sus ojos se abrían de manera exorbitante y podía ver la locura en ellos. Su estrés se estaba saliendo de control, una cosa más y terminaría explotando ahí mismo en medio del salón y rodeada de las cámaras de la prensa social londinense.

—Cissy —susurró atónito al verla, soltando al instante las muñecas de la bailarina casi como si fuese un reflejo a la situación.

—¿"Cissy"?

Los dos adultos, hombre y mujer, se giraron en dirección a la voz femenina que había repetido el apodo de la aristócrata: el primero con terror en la mirada y, la segunda, con sorpresa y confusión.

Ambos pares de ojos, grises y negros, se encontraron con los de la joven muchacha de mediana estatura envuelta en capas y capas de larga tela de tul blanca. Sus ojos mieles estaban abiertos de par en par, casi parecía que sus globos oculares estaban a punto de salirse de sus cuencas. Su cara, ya de por sí pálida por el maquillaje, ahora tenía la apariencia de un papel bond de 75 gramos: inmaculadamente blanco. Sus labios carnosos se abrieron en una pequeña "o" que dejaba ver aquellos incisivos ligeramente grandes y un grito de horror se ahogó en su garganta, muriendo a tan solo unos escasos milímetros antes de salir por su boca.

La había reconocido, claro que sí, era imposible no reconocerla. Reconocería ese rostro dónde sea que lo viera, no importara que tuviera un millón de capaz de maquillaje cubriéndolo.

"Era ella".

Narcissa dio un paso hacia ella con el ceño fruncido, borrando esa sonrisa forzada que tanto se había esforzado por mantener durante toda la gala. El aura de fantasía que proyectaba su disfraz había desaparecido de repente y todo el encanto de su fino rostro se había esfumado, dejando una mirada consumida por la más genuina desesperación. Su ojo derecho presentaba un tic nervioso, de esos que le daban cuando sus niveles de estrés subían, y una loca y nerviosa risilla se escapó de su garganta, aterrando tanto a la castaña como al pelinegro.

—Sev…—

Quiso llamar por mero nerviosismo, pero el resto de letras se ahogaron en su garganta cuando la mano delgada de Narcissa Malfoy se cerró sobre su muñeca, apretando con todas sus fuerzas y sin dar ningún indicio de querer soltarla.

—Tú...


*Se asoma ligeramente con una banderita blanca para revisar el terreno*

Holi(?)

¿CÓMO ESTÁN, CORAZONES? ¿ME EXTRAÑARON? YO A USTEDES SÍ Y MUCHO. ME HICIERON MUCHA FALTA ESTOS MESES.

POR CIERTO, ADVERTENCIA: MUCHO TEXTO

¡Estoy viva! No me morí por si se lo preguntaban, solo pasé una larga temporada en el infierno (bloqueo creativo, depresión y universidad, un batido nada saludable si me lo preguntan xD). No sé cómo explicarlo, pero supongo que ya estoy "mejor" y puedo seguir trayéndoles más capítulos de esta historia que tanto me emociona y que agradezco que sigan leyendo, que sigan comentando, realmente me da mucho gusto saber que se entretienen leyendo estas locuras escritas a las 3 a.m.

Pero ahora sí, dejando de lado mi desaparición, vamos a lo que nos compete: el fic, la historia, el drama, el salseo, ¡el chisme!

Primero, ya lo sé, ya lo sé, "¿no que solo serían dos partes?" Pues, mentí, son tres xD Lo siento, es que me quedó demasiado largo y no sabía cómo cortar partes sin quitar todo lo que quería poner y ya qué chucha, mejor tres que ninguna, ¿no?

Segundo, ya sé, ya sé: "¡¿Cómo te atreves a dejarlo así?! ¡¿Qué va a pasar?! ¿Narcissa le va a cortar la cabeza o qué?". Pues, todo eso será revelado en el siguiente capítulo. He leído muchos comentarios —por cierto, gracias por eso, en serio— donde me pedían que no complicara las cosas entre ellos, recién estaban iniciando y pues, después de lo de Blackpool, deben empezar una relación bonita y ¡calmada! Y, saben qué, coincido completamente, quiero que los siguientes capítulos sean una descripción de lo que podría ser una relación por lo que, les puedo ir adelantando sin riesgo de arruinar nada, que este "pequeño" malentendido se resolverá pronto. ¡Palabra de niña exploradora! xD

Por otro lado, ya que los siguientes capítulos se concentrarán en su vida diaria y en cómo Hermione se va a introducir poco a poco en la otra vida de Severus, aquella vida donde están sus amigos y familia, me gustaría saber si desean hacer algún tipo de pedido, alguna escena especial que les gustaría ver o algo así. Ya sea con Lamarck, con los Malfoy o solo ellos dos en pareja, lo que quieran. Se aceptan sugerencias :3

Otro punto que quiero tocar es el desarrollo de un capítulo especial. Un grupito muy bonito y parlanchín de personas hermosas —sí, ya saben de quién estoy hablando, no se hagan los que no jajaja— me pidió que hiciera un capítulo especial narrando el día de la boda de Lucius y Narcissa. Voy a confesar que al principio estaba algo reacia a escribirlo porque nunca había escrito sobre esta pareja siendo el foco principal de una historia. A comparación del Sevmione, el Lucissa no es algo que haya explorado tanto; sin embargo, la idea me ha entusiasmado tanto que ya tengo un buen largo del capítulo escrito, así que planeo publicarlo después del Capítulo 27 – parte III. Será un único capítulo, no afectará la trama en gran medida, por lo que aún estoy pensando si publicarlo aquí mismo o aparte con su propia portada y todo, pero es algo que aún no decido, ¿alguna opinión? En fin, sería un paralelo a esta historia, también situada en este AU sin magia y pues, también se aceptan sugerencias si quisieran ver alguna escena especial ahí uwu

Por último, pues, lo mismo de siempre: ¡GRACIAS!

Yo sé que puede ser repetitivo y hasta cansado escucharme —bueno, leerme— darles las gracias todo el tiempo, pero la verdad es que me siento muy agradecida y honrada de que estés aquí, hasta el final, leyendo mi historia, siguiendo mis capítulos a pesar de que actualizó cada 1000 años y dejándome comentarios tan bonitos que, aunque no lo crean, me hacen el día. Tú, personita hermosa que estás al otro lado de la pantalla leyendo esto, me haces muy feliz. No te conozco, pero te quiero muchísimo 3 Gracias por seguir apoyándome, por hacerme sentir especial, por valorar esta loca creación y pues, por hacerme sonreír al ver las notificaciones.

Los quiero muchísimo a cada uno de ustedes, espero leerlos pronto. Cuidense mucho, un beso y un abrazo muy fuerte. Recuerda que todo estará bien y que estoy muy orgullosa de ti. No te olvides de tomar agua y dormir bien.

Te quiero, wawa ("bebé" en quechua).