Anteriormente…
La había reconocido, claro que sí, era imposible no reconocerla. Reconocería ese rostro dónde sea que lo viera, no importara que tuviera un millón de capas de maquillaje cubriéndolo.
"Era ella".
Narcissa dio un paso hacia ella con el ceño fruncido, borrando esa sonrisa forzada que tanto se había esforzado por mantener durante toda la gala. El aura de fantasía que proyectaba su disfraz había desaparecido de repente y todo el encanto de su fino rostro se había esfumado, dejando una mirada consumida por la más genuina desesperación. Su ojo derecho presentaba un tic nervioso, de esos que le daban cuando sus niveles de estrés subían, y una loca y nerviosa risilla se escapó de su garganta, aterrando tanto a la castaña como al pelinegro.
—Sev…—
Quiso llamar por mero nerviosismo, pero el resto de letras se ahogaron en su garganta cuando la mano delgada de Narcissa Malfoy se cerró sobre su muñeca, apretando con todas sus fuerzas y sin dar ningún indicio de querer soltarla.
—Tú...
Ahora que ya están al tanto, vemos qué pasa…
Cuando Hermione Jean Granger era tan solo una niña de alborotado cabello castaño y dentadura incompleta, descubrió lo que era meterse en problemas por desobedecer al adulto a cargo.
Sí, nueve años. Yo lo descubrí a los cinco… Todavía tengo pesadillas.
*Recuerdos de Vietnam*
En fin, nuestra heroína tenía unos cortísimos nueve años en ese entonces y no era más que una jovencísima debutante de ballet.
Era finales de octubre, casi llegando a noviembre, lo cual significaba que la temporada de audiciones navideñas estaba a la vuelta de la esquina, lo que también quería decir que todos aquellos bailarines que deseaban obtener un papel en los grandes teatros de la ciudad deberían terminar de pulir su técnica antes de siquiera pensar en formarse para las filas de la audición.
Algunas personas hacen compras de último minuto. En el caso de ellos, coreografías de último minuto, pero en fin, cada quién con su tema.
El ballet tiene piezas muy variadas para todos los gustos y temporadas. ¿Te gustan las tragedias románticas? Mira Giselle, no te arrepentirás. ¿Te gustan los romances enredados y las fantasiosas aventuras caballeresca? Ve a ver Don Quijote, me lo agradecerás. ¿Te gustan las piezas clásicas que siempre ponen en televisión y que son tan icónicas que se te quedan pegadas en la cabeza por días? Ve a ver el Lago de los Cisnes, terminarás agregándola a tu playlist de Spotify.
Sin embargo, todo quien tuviera un poquito de cultura general y algo de buen gusto, sabría perfectamente que el ballet predilecto para estas fechas navideñas era nada más y nada menos y nada más que el mundialmente famosísimo ballet de El Cascanueces.
Y no hablo de la película de Barbie… aunque, sí, es buena.
Así como todas las primas ballerinas anhelaban ser el Hada de Azúcar de Chaikovski, todas las debutantes querían ser Clara, la pequeña niña que viviría cientos se aventura al lado de su valiente Cascanueces en este reino mágico de Navidad.
Desde luego, Hermione no sería la excepción.
Desde que había visto el afiche de audiciones pegado en la pared de su estudio de danza, Hermione Granger supo que no iba a descansar ni un segundo hasta estar lista para demostrarle su talento a los directores del show. Apenas había cumplido los nueve, todavía le faltaban dos años para estar en el rango promedio de edades para ser Clara; no obstante, sentía que si practicaba día y noche, estaría en condiciones para hacerle frente a su feroz competencia.
Tal vez esos eran los primeros avistamientos de lo ambiciosa que llegaría a ser esta niña con respecto al baile y a su carrera como bailarina profesional en el futuro. Una lástima que nadie los hubiese guiado por el camino correcto, le habría ahorrado cientos de horas de terapia en el futuro.
"Ser la Clara más joven que alguna vez había pisado un escenario de Inglaterra".
Un sueño hecho realidad...
Fue por eso que, a sus cortos nueves años de edad, Hermione se propuso convertirse en la mejor bailarina de su academia de danza en menos de una semana. Sonaba demasiado ambicioso, pero ella estaba decidida a hacerlo.
Ya fuese en los pasillos de su escuela, en los salones del estudio de danza ubicado a dos cuadras del consultorio de sus padres o en la sala de su propia casa, Hermione Granger ensayó cada minuto que tuvo disponible hasta que los pies le sangraron por el esfuerzo. Incluso su único par de zapatillas de ballet terminaron desgastándose de tanto saltar que se vio en la necesidad de romper su alcancía para comprarse un par nuevo antes de que la fecha límite de la audición llegara.
Cualquier padre estaría orgulloso de la determinación y disciplina que su joven hija tenía para con el arte que tanto amaba y, efectivamente, los señores Granger lo estaban, de eso no había duda.
Solo había un pequeñísimo detalle...
"Nada de piruetas locas bajo este techo, ¿me oíste?"
"Hermione, no des saltos en la casa".
"Cuidado, no vayas a romper algo"
"¡Hermione! ¡No saltes en la sala!"
"Mejor me llevo esto, no lo vayas a romper"
"Hermione, ¡los muebles! ¡Por favor!"
"¿Ya ves? Ya te caíste. ¿Qué te dije? Ten cuidado con los giros, te vas a marear".
En conclusión y para no hacerla más larga, los señores Granger tenían una solo condición —además de la de no bajar sus calificaciones en la escuela— con respecto a esta preparación exhaustiva para la audición de su hija:
Nada de saltos ni giros en la casa.
Sí, sí, ya sé lo que pensarán respecto a esto:
"¿Cómo rayos se supone que iba practicara si no la dejan hacer los movimientos básicos que se supone tiene en ballet? ¿Qué debía a hacer? ¿Bailar como si fuese el árbol número 3 sin texto? ¿Qué no ven que la niña realmente quiere estar en el show?"
Por supuesto que los señores Granger están al tanto de los deseos de su hija, notaban su esfuerzo a diario por mejorar y la apoyaban al 100% en cumplir su sueño de ser la siguiente Clara en la obra del ballet municipal de su ciudad.
Sin embargo, ellos tenían sus propias razones.
Bailar en la sala de su casa no era lo mismo que bailar en el ambiente despejado y amplio de un estudio de baile. Si bien tenía un tamaño estándar para ser una sala promedio de una casa cualquiera de un suburbio de clase media, no era el salón vacío con pisos de madera, barras de apoyo ni espejos que su niña necesitaba para practicar las complicadas coreografías del número musical.
En primer lugar, su sala estaba llena de muebles: sillones, sofás, un reclinable, algunas sillas, la televisión, un par de mesitas, lámparas, jarrones, el estéreo, algunas plantas y otros adornos delicados. Un mal movimiento, un salto más ejecutado o un giro fuera de control y Hermione podría romper algo sin querer.
Por no mencionar que podría lastimarse también.
En segundo lugar, no estaban muy entusiasmados con la idea de "bailar hasta que los pies sangraran" que su hija venía manejando en su inocente cabecita.
Y no era para menos.
Es decir, sí, les parecía muy bien que enfocara sus energías y esfuerzo a una actividad artística que le formaría disciplina y sentido de la responsabilidad en el futuro, pero ¿practicar hasta hacerse daño a tal punto que las uñas de sus pies sangraran? ¿No era algo obsesivo?
Pues, la respuesta era un rotundo y firme sí.
No podían simplemente dejar que su única hija se hiciera daño a sí misma solo por querer ser actuar en una obra. Es decir, ¡¿qué clase de padres se supone que eran?! Su principal obligación era protegerla de todos peligros, no alentar sus conductas potencialmente autodestructivas. Es más, si Servicios Sociales o alguna entidad parecida se enteraba de estoo podrían terminar denunciándolos por negligencia paternal, si es que eso existiera.
Era por eso que, cuando estaban en casa, procurarán mantenerla sentada el mayor tiempo posible —incluso si eso conllevaba a atarla a una silla usando trapos de cocina—. Los Granger solo querían "descansara" las piernas y pies un rato.
El mayor posible, cabe aclarar.
Desde luego, Hermione no pensaba igual y he ahí la razón principal del conflicto.
Hermione había sido una "buena niña " desde que tenía uso de razón. Jamás se había metido en problemas con alguien, evitaba los conflictos, era amable, responsable y siempre procuraba obedecer a todo lo que se le ordenara. Había sido una buena hija, una buena nieta, una buena prima, una buena vecina, una buena alumna, una buena amiga, una buena aprendiz, buena bailarina y una buena niña en general. Sin embargo, ante la negativa de sus padres de dejarla practicar en casa para la audición que con tanto anhelo esperaba, la pequeña castaña de nueve años decidió que, esta vez, no sería tan buena que digamos.
Así que, vestida con sus mallas y puntas de ballet, la joven debutante aprovechaba las horas en las que sus padres no estaban en casa para practicar su rutina. Sabiendo que ellos tardarían entre dos a tres horas en salir del trabajo, la castaña montaba su propio estudio de baile en la sala de su casa y pasaba la tarde entera dando saltos y giros por doquier.
Para una niña de apenas nueve años, demasiado madura para su edad, practicar mientras sus padres no estaban era un plan infalible. Siempre se aseguraba de mover todos los objetos frágiles de la sala a la cocina y ponía la alarma 20 minutos antes de que sus padres salieran del trabajo para acomodar todo de regreso, guardar sus ropas, darse un baño y pretender que nada había pasado.
¿Ingenioso? No sabría decirlo.
¿Inteligente? Probablemente.
Pero más allá de salirse con la suya, Hermione Granger se sentía extasiada por otro tipo de emociones que jamás había experimentado hasta la fecha: la entusiasmo de desobedecer, la adrenalina de cometer una travesura, el miedo de ser descubierta por los adultos responsables, el nerviosismo de dejar a su alter ego tomar libremente el control de sus decisiones.
"Portarse mal"
No conocía qué era eso, jamás había sido una niña desobediente en el pasado. Siempre había seguido las reglas, siempre fue la niñita bien portada que todos quieren tener: el orgullo de sus padres, la favorita de sus maestros, la referencia de todos los vecinos de la cuadra, la niña a la que llamarías para que hiciera de niñera de tus hijos más chicos dentro de unos años, la niña que terminaría convirtiéndose en una persona con brillante futuro en lo que sea que decidiera ser más adelante.
Sin embargo, ahora que había probado las mieles de la diversión y la libertad de hacer lo que ella quisiera, no había vuelta atrás.
¿Qué seguía después? ¿Un tatuaje? ¿Dejar la escuela? ¿Robar autos? ¿Nadar con vagabundos?
No lo sabía, pero ya ansiaba averiguarlo.
No obstante, su pequeña prueba del libre albedrío se quedaría en una brevísima y prematura etapa de rebeldía el día en que le falló al cálculo del tiempo que les tomaría a sus padres regresar a casa.
Hay quienes piensan que el destino se rige por las probabilidades, un meticuloso sistema de números y signos: a mayor número de probabilidades de que algo pase, mejor preparado estarás para el futuro.
Siguiendo esta lógica, Hermione había previsto todo para evitar ser descubierta en el caso de que a sus padres se les ocurriera llegar más temprano de lo habitual: tenía los objetos frágiles meticulosamente ordenados para solo trasladarlos en cuestión de segundos; los muebles estaban ubicados de tal forma que solo tenía que empujar un poco para regresarlos a su posición original; sus libros y cuadernos de la escuela yacían abiertos sobre el sofá para crear la ilusión de que había estado estudiando toda la tarde y la terma se mantenía encendida tan solo meterse a la ducha y salir de ahí limpia y fresca como si nada hubiese pasado.
Sin embargo, jamás habría imaginado que la única probabilidad que había descartado se fuese a cumplir: que sus padres decidieran tomarse el resto del día libre después de que algún cliente cancelara su cita.
Sus padres no eran de las personas que tomaran días libres. Decían que el trabajo era una bendición y que cualquier cliente era bienvenido. Lógicamente, uno se imaginaría que, estando a puertas de una de las épocas con mayores gastos del año, no se darían el lujo de rechazar clientes, así como así. Sin embargo, esa tarde, los señores Granger decidieron volver a casa antes.
Demasiado antes.
La pobre Hermione jamás lo habría adivinado.
Sintió sudar frío cuando escuchó el sonido de las ruedas del auto aparcándose frente al garaje de la casa. Su corazón palpitó acelerado contra su pecho mientras corría a empujar los muebles de regreso a su lugar original. Las manos le temblaban; las piernas le fallaban, incluso era capaz de escuchar el sonido de sus latidos en su cabeza.
"Bum, bum, bum".
Un nudo se le iba formando en la garganta y crecía descontroladamente. Su mente empezó a fabricar mil y un escenarios hipotéticos en donde ella sufría las inevitables consecuencias de sus actos. Ya podía escuchar los regaños de su madre reventándole el oído y la mirada desaprobatoria de su padre juzgándola desde lo alto. Su futuro se presentaba como una trágica y gris tarde de lluvia en la que no había un techo para refugiarse: desalentador en todos los sentidos.
Una combinación de adrenalina, miedo, desesperación y culpa se apoderó de su pequeño cuerpo de nueve años.
Había desobedecido y ahora debía afrontar las consecuencias.
"¡Hermione! ¡Ya llegamos!"
Nunca un minuto había sido tan desesperadamente largo como aquel minuto en el que el mundo de Hermione dejó de girar por completo.
Fue casi como si todo se reprodujera en cámara lenta.
La pequeña bailarina, todavía con sus mallas rosadas y zapatillas de ballet puestas, corría de la cocina a la sala con uno de los invaluables jarrones de su madre en sus temblorosas manos. La puerta que conectaba el interior de la casa con el garaje se había abierto de par en par, revelando la figura mediana de su madre. Su nariz estaba roja debido al frio, su grueso abrigo le cubría más arriba del cuello y su bolso marrón sobresalía abultado debajo de su brazo.
Las piernas de Hermione se congelaron en su sitio cuando sintió los ojos verdes de su madre posarse sobre ella. La mujer la observaba atónita, sus labios delgados se abrían en una pequeña "o" que permitía ver sus dientes rectos. Una pesada capa de estupor se instaló en la habitación deteniendo el tiempo, deteniendo el ruido a su alrededor e, incluso, la respiración de ambas féminas.
Era claro que ninguna esperaba encontrar a la otra de esa forma.
Ni Hermione habría esperado que su madre entrara por la puerta trasera en lugar de la principal ni la Sra. Granger habría esperado ver a su hija en mallas de ballet sosteniendo su jarrón favorito entre las manos con una expresión de horror en su pequeño rostro.
"¡CRACK!"
¿Quién diría que, casi diez años después, sería ese mismo sonido el que marcaría —una vez más— una antes y un después en la vida de la bailarina?
El miedo combinado con la culpa, el nerviosismo y, desde luego, el pánico logró que las ya de por sí temblorosas manos de Hermione Granger soltarán el jarrón favorito de su madre —aquel que su tía le había hecho con sus propias manos en su clase de cerámica—, permitiendo que este se estrellara contra el suelo, rompiéndose en miles de pedacitos en cuestión de segundos.
"¡HERMIONE JEAN GRANGER!"
No supo a qué le tuvo más miedo esa tarde: si al grito que pegó su madre al escuchar el objeto explotar contra el suelo, si a los millones de trozos de cerámica rota que yacían a sus pies, si al que la hubiesen descubierto in fraganti o a la mirada colérica que pusieron ambos padres.
La misma mirada que, ahora, más de diez años después, Narcissa Malfoy tenía plasmada en sus ojos.
Volviendo al presente, volviendo al aquí y al ahora, Hermione Granger todavía seguía de pie en medio de una de las galas más esperadas de la upper class inglesa, siendo acorralada por nada más y nada menos que lady Narcissa Malfoy, la organizadora principal de todo el evento y, por sobre todas las cosas, su actual jefa.
¿Cómo estaba segura que era ella?
Pues, fácil, Narcissa era inconfundible.
La había reconocido, desde luego que la había reconocido, podría reconocer aquel rostro angular donde sea que lo viera. Había protagonizado la mayoría de las últimas noticias sociales en el inicio de su cuenta de Facebook, ¿cómo podría no reconocerla?
Hermione tenía una excelente memoria, era capaz de memorizar libros enteros y datos inútiles que probablemente le ayudarían a ganar una trivia en una noche de juegos, ¿qué tan difícil podría ser recordar un rostro para una mente tan privilegiada como la suya?
Adelante, el rostro angular y pálido de la distinguida Sra. Malfoy se enfrentaba al de ella, quedándose a escasos centímetros de encontrarse.
A pesar de estar oculta tras cuantiosos kilos de maquillaje y una base clara seguramente más costosa que la suya, el rostro de su jefa se apreciaba claramente como el agua: la barbilla afilada, los pómulos altos, los enloquecidos ojos grises de largas pestañas, el ceño fruncido y la nariz respingada que se arrugaba en un gesto de asco hacia su persona, quitándole todo el atractivo que alguna vez pudo haber tenido.
Sus ojos estaban abiertos como si fuesen los de un búho a mitad de la noche aguardando por su incauta presa. Estos todavía seguían posados fijamente sobre ella, invadiendo cada rincón de su espacio personal. La bailarina no sabía exactamente cómo interpretar las intenciones de esa mirada, pero a juzgar por la expresión furiosa que abarcaba todo su rostro, algo en su interior le decía que su jefa estaba intentando hacerla desaparecer con el pensamiento.
La expresión "fulminar con la mirada" nunca había tenido tanto sentido como hasta esa noche.
Sin embargo, todo pensamiento coherente que pudo cruzar por su mente en ese instante se vio interrumpido cuando sintió la mano delgada de la mujer cerrándose sobre su muñeca derecha, atrapándola entre su cuerpo y sus más profundos miedos. Sus dedos apretaban con fuerza el contorno de su brazo hasta hacerla sentir sus propios huesos y sus uñas, sus impecables y afiladas uñas, se clavaron como agujas sobre su fría piel, haciéndola soltar un quejido de dolor.
Apretaba demasiado.
¡Le estaba haciendo daño!
—Tú...
Su voz había salido como un susurro aterrador de sus delgados labios, provocándole escalofríos que recorrieron toda su columna vertebral. Sus piernas se volvieron como gelatina y, de pronto, todos esos cabellos castaños que su estilista se había esforzado tanto en alisar terminaron erizándose como si fuese un peludo gato asustado.
Algo le decía que moriría a esta noche, o peor… sería despedida.
"Hola, Dios, soy yo de nuevo..."
— ¿Qué-estás-haciendo-aquí? —preguntó la Sra. Malfoy con apenas un hilo de voz, como si fuese una tortura pronunciar cada sílaba.
Lo más aterrador fue que ni siquiera parecía haber movido los labios.
—Narcissa —llamó Snape con cuatela, haciendo acto de presencia en la escena. El pelinegro posó su mano derecha sobre el hombro de la rubia y la otra, en la mano que se cerraba sobre muñeca prisionera de la bailarina—. Suéltala... —añadió con precaución.
Su voz era apenas un susurro sedoso y grave que se colaba de forma prudente por sus oídos, teniendo especial cuidado de no detonar aquella bomba nuclear que era su temperamental amiga.
No tenía ninguna intención desencadenar una reacción violenta por parte de ella esa noche ni nunca.
—¿Qué está haciendo ella aquí? —volvió a preguntar apretando con más fuerza, debatiéndose entre seguir forzando la sonrisa o empezar a gritar por pura desesperación. Hermione apretó sus dientes con fuerza y volvió a soltar otro quejido de dolor mientras intentaba escapar de la trampa Malfoy. Sin embargo, sus esfuerzos fueron inútiles. Narcissa la tenía sujetada firmemente y no la parecía estar dispuesta a soltarla ni ahora ni en un millón de años— Severus, ¡¿qué está haciendo ella aquí?!
La mujer giró el rostro de manera tan rápida que al profesor le sorprendió que no se hubiese desnucado en el proceso. Su propia respiración se cortó un par de segundos cuando vio sus ojos grises enloquecidos mirando fijamente a los suyos, asustados, desesperados y dejándose consumir por su propio remolino de emociones. Sus labios delgados temblaban sin control, luchando por seguir sonriendo o, al menos, por poner una expresión seria que salvara el poco respeto que su apariencia aún transmitía. Su párpado derecho saltaba erráticamente sin control, alertando una posible descompensación en su salud si no detenía esa locura en ese preciso instante, y la vena en su frente parecía estar a punto de reventar.
Esto no estaba bien, para nada bien.
La mente de Severus Snape era un completo caos, una maraña de mentiras enredadas y emociones encontradas que lo consumían rápidamente y sin ningún reparo.
Todo esto era su culpa.
Su maldita culpa.
¡¿Qué se suponía que debía hacer ahora?!
Por un lado, tenía miedo de que Narcissa se atreviera a hacerle algo a Hermione.
La mujer estaba fuera de sí. Podía ver la locura en sus ojos y los espasmos en sus manos. El estrés y probablemente la falta de sueño finalmente habían consumido la poca cordura que le quedaba y la habían convertido en una horrible bestia de costoso vestido y afilados colmillos que devoraba todo a su paso. Lo que tanto había temido a lo largo de la noche ya había pasado, Narcissa Malfoy había encontrado a Hermione y ahora lo que tanto profetizaron los hermanos Lestrange por fin se cumpliría: iba a decapitarla viva si es que él no hacía nada para impedirlo.
Y no estaba exagerando.
Uno nunca exageraba cuando se habla de Narcissa "Mirada de Diablo" Malfoy.
Si no, pregúntenle a Rita Skeeter y a la demanda millonaria que perdió hace un par de años.
Conociendo a su amiga tal y como la conocía, era muy altamente probable que la rubia ya hubiese reconocido la identidad de la bailarina que tenía al frente y por eso no quisiera soltarla. La aristócrata era peor que el mismísimo MI6. Podría averiguar la identidad de quién se le antojase si se lo proponía lo suficiente. No entendía cómo era posible que no formara parte del Servicio Secreto de Su Majestad, ella sería una excelente agente especial: lo sabía todo y lo veía todo, nada pasaba sin que ella tuviera al menos a un informante vigilando.
Teniendo en cuenta eso, no le sorprendería que, a estas alturas del partido, Narcissa ya supiera la identidad de su nueva novia.
¡Era lógico!
Prácticamente lo había estado insinuando desde que había regresado de Blackpool. La mujer no era tan buena para disimular como ella creía. Quizás se había dado cuenta del cambio repentino de su reservación o, tal vez, sus mismos trabajadores le habrían informado de su estancia para dos cuando dejaron el hotel. Sea como sea, estaba 100% de que ella ya sabía sobre la existencia de Hermione.
¿Existiría alguna posibilidad de que ella hubiese querido hablar sobre el asunto desde hace mucho tiempo, pero que tampoco tuviese idea de cómo sacar el tema al igual que él?
No lo sabría.
Sin embargo, las circunstancias actuales por las que la aristócrata estaba atravesando —la presión social de ser una buena anfitriona, su perfeccionismo crónico, los problemas no hablados que tenía con su esposo y su estrés fuera de control— estaban sacando lo peor de ella haciendo que su pobre novia pagara las consecuencias de sus mentiras.
Podía ver su pequeño y bonito rostro aterrado gracias a la mirada de diablo que tenía Narcissa Malfoy en el rostro. Sus labios carnosos se abrían revelando sus incisivos grandes y estaba seguro que, debajo de todo ese maquillaje blanco fantasmagórico, su piel tostada había adquirido el mismo color de la base que cubría su cara.
Sus ojos color miel se encontraron con los suyos y, por una milésima de segundo, fue capaz de leer el pánico que estos reflejaban. Si bien sus gritos se habían quedado atorados en su garganta, sus ojos lograban expresar todo lo que no era capaz de decir.
Ella estaba pidiendo ayuda a gritos.
¡Tenía que salvarla!
Sin embargo, por otro lado, tampoco podía evitar sentirse responsable de toda la situación.
En gran parte, este desastre era su culpa. Si tan solo no le hubiese omitido información a Hermione sobre su paradero de esta noche, ella no se habría sorprendido al verlo bailando entre el público y no habrían tenido esa estúpida pelea por sobre quiénes eran sus amigos y tampoco esa incomoda conversación con los tres Lestrange. Por ende, no habrían llamado la atención de esa forma tan dramática y no estarían atrapados con la anfitriona del evento en esa absurda pelea generada por una crisis nerviosa mal controlada y un problema de celos y malentendidos.
Ese desastre tenía su firma plasmada por todos lados. Él era el causante de este malentendido y ahora las dos mujeres más importantes de su vida estaban peleándose entre sí por su culpa.
Al mismo tiempo, no podía evitar sentirse culpable por lo que le había hecho a su amiga. El que ella estuviera fuera de control también era en parte su culpa.
Si bien no era completamente culpable de que Narcissa fuese incapaz de mantener a raya sus niveles de estrés, sí había sido la gota que había derramado el vaso. Lo peor era que no podía decir que nadie se lo había advertido. Todo el mundo se lo había dicho, todos quienes la conocían se lo habían repetido hasta el cansancio:
"No molestes a Narcissa Malfoy, está a punto de estallar".
Pero ahí iba él, el único tonto en el planeta que se atrevía a meterle más leña al fuego.
La mujer ya venía atravesando por una crisis laboral y matrimonial, ¿en serio tenía que sumarle una crisis nerviosa? ¿Qué ya no era suficiente con todo lo anterior? La pobre mujer estaba a punto de sufrir un derrame. De hecho, su ojo derecho se estaba tiñendo de rojo por culpa de una vena que había explotado por su furia reprimida.
Ella tenía razón.
Además de pasar un buen rato, se suponía que él —que todos sus amigos en general —estaba ahí para ser su apoyo moral, no para generarle problemas a sus empleados y avergonzarla frente a todos sus invitados. Sabía cuánto se estaba esforzando para que este evento saliera perfecto. Realmente quería impresionar a esos estirados invitados de la upper class y al tal Sr. Weston. Había traído a toda la prensa social británica, había organizado un desfile de beneficencia para los niños, ¡la mujer había estado comiendo solo papilla para bebés durante dos semanas solo para poder entrar en ese vestido!
Su amiga había estado al borde del precipicio del colapso mental todo este tiempo y había sido él quien le había propinado el empujón final.
Debería sentirse culpable por sus acciones y, en efecto, así se sentía: era el peor novio y mejor amigo de la historia.
No obstante, no había tiempo para lamentos. Tenía que tomar cartas en el asunto y arreglar el gran desastre que había contribuido a crear. Debía salvar a la bailarina de las manos de la aristócrata antes de que fuera demasiado tarde. No quería quedarse sin novia antes de siquiera cumplir un mes de relación y tampoco quería tener que visitar a su mejor amiga en la cárcel.
—Narcissa, escúchame —llamó captando toda su atención—. Necesito que te concentres en mi voz.
—Severus, ¿qué está haciendo ella aquí? ¿Qué está pasando? —preguntó asustada, curvando sus cejas hacia arriba y esbozando una sonrisa nerviosa. La pobre mujer todavía estaba tratando de mantener las apariencias a pesar de que toda su estabilidad mental se estaba colapsando frente a sus ojos. — Severus, ¡¿por qué ella está aquí?!
Nunca antes había visto a alguien sonreír con tanta locura como lo hacía la Sra. Malfoy, incluso el tic nervioso en su párpado inferior había empeorado, ahora parecía que el ojo estaba por caérsele. Hermione estaba seguro de que, en su mente, ella ya se había imaginado mil y un maneras de cómo matarla y enterrar su cadáver en alguna fosa abandonada donde nadie pudiera encontrarla.
¡Y eso que solo habían estado juntas por cinco minutos!
¡Oh! Ella no era más que una pequeña y vulnerable ardilla castaña que temblaba aterrada esperando a que este gran depredador la devorara de un solo bocado.
Y algo le decía que esa enorme serpiente no había comido en semanas.
—Severus... —logró articular con apenas un hilo de voz. Los ojos negros de su pareja desviaron su atención de la rubia para enfocarse ella. No sabría decir quién parecía más asustado, si ella o él—. Ayúdame, por favor. Sabes que yo no hice nada malo —la muchacha intentó retirar su brazo una vez más, pero al hacerlo la Malfoy aprovechó para sujetarla por ambos brazos, impidiéndole irse—. Señora, por favor, se lo pido de buena manera. ¡Suélteme! ¡Ya!
—Narcissa...—
—No, no, no, no, no —negó rápidamente casi enredándose con su propia lengua—. Tú no te vas a ir a ningún lado hasta que me digas que estabas haciendo aquí, mocosa desobediente —dio un paso hacia ella, inclinándose para estar a su altura. Aquellos preciosos ojos grises que, en más de una ocasión, habían sido los protagonistas de las portadas de revistas económicas más importantes del país ahora la miraban con una furia reprimida que amenazaba con explotarle en la cara en cualquier instante—. ¿Quién eres tú y por qué no estás en el backstage con los demás?
"Un minuto", pensó Snape escuchando la voz de su amiga hacer eco en su cabeza. "¿Quién era ella?"
¿Acaso era posible que Narcissa Malfoy se hubiese equivocado? ¿Existía la mínima posibilidad de, en realidad, su amiga no hubiese identificado a Hermione aún? Es decir, él tampoco lo había hecho en un inicio y eso que él conocía cada centímetro de su cuerpo. Con tantas capas de maquillaje encima, ¡era casi imposible reconocerla!
Tal vez, y solo tal vez, existía una posibilidad de que no reconociera a la muchacha a la que estaba gritando.
—Tenías un solo trabajo que era bailar e irte al terminar. ¡¿Por qué sigues aquí?! ¡¿Acaso intentas arruinar mi fiesta?!
No la había reconocido.
¡No la había reconocido!, gritó su mente emocionada.
Todo parecía indicar que Narcissa Malfoy aún creía que Hermione era solo una empleada más, una empleada común y corriente. Una empleada que había desobedecido su única orden, pero solo una empleada, al fin y al cabo.
Tal vez sí tenía una oportunidad para salir vivo de todo esto después de todo.
—Señora, se lo explicaré, pero por favor, ¡ya suélteme! —rogó Hermione con los ojos húmedos por culpa de las lágrimas de impotencia no derramadas— ¡Por favor!
—Ah, ¿sí? Me encantaría oír eso. Quiero escuchar cuál es tu patética excusa para abadonar tu puesto —dijo con ironía—. Vamos, ¡habla! ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás con el maestro Mike?
—Señora...—
—Cissy, por favor...—
—¡Cállate, Snape!
—Narcissa, ¡detente! La estás lastiman...—
—No, no, Severus, no —le gritó girando su cabeza en su dirección, silenciándolo al instante. Sus ojos desprendían llamaradas furiosas que amenazaban con carbonizarle y sus dientes se mantenía apretados, corriendo el riesgo de romperse debido a la fuerza de presión que ejercía su mandíbula—. Primero quiero que me responda, ¡quiero que me diga quién es y por qué demonios está aquí!
Su nariz estaba arrugada como si fuese la de un lobo alfa cazador que gruñía a sus débiles omegas.
Las miradas de la bailarina y el profesor se volvieron a cruza por una fracción de segundo y al darse cuenta de que su pareja en realidad no parecía tener ni la más mínima idea de cómo calmar a su jefa, Hermione, presa del pánico, sucumbió ante la desesperación.
—Señora, si no me suelta, voy a gritar muy fuerte —amenazó tratando de mostrarse decidida—. Se lo advierto.
—¿Me estás amenazando? —una expresión extraña se formaba en su rostro, una que no soy capaz de describir—. ¡ME ESTÁS AMENAZANDO!
—¡Sí!¡Sí lo hago!
—¡¿Cómo te atreves a faltarme el respeto de esa forma?! —chilló elevando la voz a frecuencias que solo los niños pequeños podían alcanzar— ¡¿Quién te has creído para faltarme el respeto en mi propia fiesta?!
—Señora, ¡SUEL-TÉ-ME! —gritó silaba por silaba al mismo tiempo que tiraba hacía atrás con toda su fuerza hasta, finalmente, lograr zafarse del intenso agarre de la Sra. Malfoy.
Las fuerzas opuestas que ambas mujeres ejercían una sobre otra hizo que se repelieran cuando el agarre se rompió. Hermione trastabilló hacia atrás, por poco cayéndose sentada. De no haber sido por una mujer desconocida que justo pasaba por ahí, la muchacha hubiese terminado con un enorme hematoma en su trasero. Narcissa, por su parte, también se vio afectada por la inevitable y peligrosa fuerza de la inercia. El poco equilibrio que su gran vestido, tacones y peluca le permitían hicieron que se fuera hacia atrás, estampándose directamente contra el cuerpo del profesor, desbalanceándolo también por un segundo. Fue realmente un milagro que Snape tuviese la agilidad suficiente como para plantar ambas piernas firmemente sobre el suelo, sostener a la rubia por debajo de sus axilas y evitar que ambos cayeran al suelo.
Debería darle las gracias a la profesora McGonagall después de esto. Si no fuera por ella y sus intensas clases para mantener el equilibrio, él no estaría vivo para contar el resto de esta historia.
Humillada, Narcissa se revolvió sobre si misma tratando de ponerse de pie lo más rápido posible. Casi como si fuese un reflejo, su mirada viajó hacia ambos lados para asegurarse de que no hubiese algún curioso mirándola hacer el ridículo.
Incluso con toda esa adrenalina corriendo por su cuerpo, la mujer no se olvidó de sonreír.
—Tú… —susurró con rabia apretando los dientes.
Snape la sostuvo con fuerza de los brazos para evitar que escapara. La aristócrata se sacudió violentamente intentando soltarse y fallando en el intento.
Hermione se reincorporó lo más rápido posible, poniéndose en pie y preparándose físicamente para correr y escapar lo más lejos de ahí. Sin embargo, la mujer desconocida detrás de ella no parecía compartir sus mismos planes pues tan pronto como Hermione se vio libre de una loca terminó cayendo directita en las fauces de otra.
La desconocida, quien iba vestido con un colorido disfraz de Sailor Moon, la había tomado del brazo y se lo había retorcido hacia atrás como si se tratara de alguna redada policiaca. La menor se giró sorprendida, poniendo resistencia a su ataque, pero por más que no tuvieran mucha diferencia de altura o contextura, la desconocida sí que era mucho más fuerte que ella.
—¿Qué cara…—
—Sostenla, Bárbara. ¡No la dejes ir! —escuchó decir a la Malfoy quien, con una sonrisa triunfante en su rostro enloquecido, se irguió en todo su esplendor a pesar de aún ser la prisionera del profesor.
—Sí, señora.
Hermione agitó su brazo libre en el aire intentando alcanzar la cabeza de su captora. Solo quería agarrar esas largas coletas rubias de su peluca y tirar de ella hasta el cansancio. No obstante, el ángulo y la posición se lo impedía por lo que, eventualmente, terminó rindiéndose.
—¡Usted, señorita! ¡Sí! ¡Usted!
Hermione levantó la mirada enfrentándose con coraje a ese par de ojos grises que la miraban con desprecio y superioridad. El ambiente se quedó en total silencio por un par de segundos y toda la atención de los presentes recayó en ellas y en su absurda pelea.
Ya sabía por dónde iba esta conversación, podía presentirlo. No había pasado casi toda su vida detrás de los escenarios y en el backstage por nada.
Esa era la frase clave que todo director te decía antes vetarte para siempre de su pista de baile.
No era que a ella le hubiese pasado algo como eso antes, siempre había sido responsable. Sin embargo, conocía a muchos colegas que habían pasado por esa horrible experiencia e, incluso, había llegado a ser testigo de ella en más de dos ocasiones. Cuando un bailarín arruinaba una presentación o cometía un error imperdonable con los maestros o sus compañeros de elenco, el director del estudio podía reservarse el derecho de admisión a su pista de baile y echarlo del lugar en cuanto se le diera la gana.
Había visto a bailarines muy talentosos ser echados a la calle sin ningún remordimiento por sus propios maestros. Para una niña de apenas unos jovencísimos 12 años, la experiencia había sido tan traumática que se juró a sí misma jamás causar un problema "imperdonable" que concluyera en su expulsión permanente de las pistas de baile.
Desde luego, jamás habría imaginado que, a sus 23 años de vida, terminaría causando un problema imperdonable a nada más y nada menos que la mismísima lady Narcissa Malfoy, la reina de la upper class londinense y actual jefa hasta esa medianoche.
Bueno, ex jefa. Era claro que la iba a despedir.
¡Oh! ¡Caracoles hervidos! ¡La iba a despedir!
En medio del silencio de la habitación, aquellas tan temidas palabras perforaron sus oídos produciendo un daño irreparable con el que cargaría por el resto de su miserable existencia.
—¡ESTÁ DESPEDIDA!
Despedida.
Despedida…
Nunca una frase había tenido tanto peso como "está despedida".
Y es que había que verlo desde dos enfoques muy distintos.
Por un lado, el despedir a su empleada sido un verdadero salvavidas para la pobre rubia.
En ese preciso instante, Narcissa Malfoy era como un géiser bloqueado que necesitaba hacer erupción con urgencia para aliviar toda la acumulación de energía que se producía por debajo de este. El géiser Strokkur en Islandia expulsa intensos chorros de agua hirviente que crean vaporosas columnas líquidas en el cielo cada 14 minutos. En el caso de la aristócrata, ella expulsaba comentarios hirientes y tomaba decisiones impulsivas cada vez que su paciencia llegaba a su límite.
Los despidos eran su especialidad.
Narcissa no solía perder el control en público. Su educación y las estrictas enseñanzas de su madre se lo impedían. Constantemente, había una molesta vocecita en su cabeza que le recordaba una y otra vez la importancia de jamás, bajo ninguna circunstancia, perder las buenas apariencias y la templanza frente a las demás personas. Ella tenía una imagen que cuidar y no podía poner en vergüenza ni a su familia ni a su negocio.
Sin embargo, dentro de las paredes de sus dominios, Narcissa tenía la completa libertad de hacer lo que ella desease. Ya sea en su casa o en la privacidad de su despacho en el Heir, Narcissa Malfoy disfrutaba de "liberar" un poco de la tensión acumulada de semanas mediante el hecho de ejercer su voluntad sobre sus subordinados.
Para alguien que había sido controlada durante la mayor parte de su vida adolescente, el poder controlar a los demás ahora que era una adulta era algo peligrosamente satisfactorio.
Narcissa amaba despedir personas, lo encontraba sumamente placentero y complaciente, como si fuese un bálsamo que refrescante que sanaba sus heridas.
No se lo digan a nadie, pero la rubia disfrutaba de ver las reacciones de sus empleados al momento de escuchar la palabra "despido". Le gustaba ver la sorpresa en sus ojos, la palidez de sus rostros, la expresión contrariada de sus miradas, la forma en cómo sus ceños se curvaban hacia arriba por la angustía y, por sobre todo, adoraba imaginar las voces de sus pensamientos lamentándose lo ocurrido y preguntándose cómo demonios harían para pagar los gastos de fin de mes o cómo comunicarían a sus respectivas familias lo que pasaría con su situación actual a partir de ahora.
Tal vez Bellatrix era la hermana más maquiavélica, temperamental, impulsiva y vengativa de todas las hijas de Lord Cygnus Black III, pero Narcissa no se quedaba atrás.
Solo era más… discreta.
Despedir se había convertido en su más grande vía de escape cuando necesitaba calmar su estrés por tanto trabajo. Debías tener cuidado de no toparte con ella en un mal día. La mujer no dudaba ni un segundo al momento de cortar cabezas. Si te encontraba haciendo algo "imperdonable" que colmara su paciencia, te puedo asegurar que terminarías el día cobrando tu liquidación en la oficina de Recursos Humanos y entregando tu uniforme y credencial a la salida.
No esperes una carta de recomendación o una ceremonia protocolar de despedida, tendrías que caerle bien para eso y era bien sabido que a ella no le caía bien nadie.
Asimismo, lo consideraba todo un arte.
Desde el instante en el que seleccionaba a la pobre alma condenada hasta el momento de firmar la carta de despido, la Malfoy cuidaba todos los detalles. Siempre tenía cuidado. Le gustaba preparar el terreno antes de clavar el puñal. No le gustaba darles a sus subordinados la oportunidad de defenderse y tampoco le gustaba que intentaran refutarla o apelar a su lado más sensible. Era desesperante, patético y una completa pérdida de tiempo.
Y su tiempo era valioso.
Ella era directa como una serpiente.
Una sola mordida y ya.
Problema resuelto.
En fin, el que despidiera a su empleada de manera tan repentina no debería sorprenderle a nadie; sin embargo, despedir a alguien de esa forma tan impulsiva en un lugar lleno de tanta gente, sí. Eso no era propio de ella. ¿Dónde había quedado la preparación? ¿Dónde estaba la discreción? ¿Qué había pasado con la sutileza y la elegancia?
Esto era demasiado inusual.
Por otro lado, Hermione jamás había sido despedida en su vida.
Había renunciado o había quedado descalificada por motivos de fuerza mayor, pero jamás había sido explícitamente despedida. Nunca había escuchado aquellas palabras y, por obvias razones, esperaba no oírlas jamás. Es decir, nadie en su vida desea ser despedido, mucho menos expulsado.
Es por eso que no soy capaz de explicarles cuán dañino fue el impacto que tuvo esa frase en ella.
Fue como si un balde de agua fría le hubiese caído justo en la cabeza, apagando su ira y despertándola de ese extraño sueño en el que se encontraba atrapada. Repentinamente, recordó dónde estaba y con quién estaba: se encontraba en la Gala de Halloween Anual Weston, rodeada de la crema y nata de la upper class inglesa, y estaba peleando con Narcissa Malfoy, la anfitriona y su jefa.
Su jefa.
La persona que le iba a pagar.
SU JEFA.
Bueno, ex jefa, al parecer.
"¡ESTÁS DESPEDIDA!"
Despedida…
…
¡DESPEDIDA!
No podía ser despedida.
No podía perder este trabajo.
¡No podía!
Tenía pagos que realizar, tenía deudas que pagar. Fin de mes se acercaba, los gastos de la luz, el agua, la renta y otros más la esperaban. La época más difícil del año estaba a la vuelta de la esquina, noviembre pasaría en un parpadeo y en cuanto menos se diera cuenta, diciembre le estaría respirando en la nuca y con ello, la inevitable alza de precios de la temporada navideña.
No podía darse el lujo de perder este trabajo, había rechazado dos mini eventos para participar en este porque se suponía que le pagarían mucho mejor. ¡No podía ser despedida antes de que pudiera cobrar ese cheque! Necesitaba ese dinero para sobrevivir hasta el próximo mes.
Y el dinero no crecía en los árboles.
¡Maldita sea! ¡La renta!
No quería parecer una malagradecida, pero lo que ganaba en la academia de la profesora McGonagall apenas le alcanzaba para cubrir el pago de su pequeño departamento en Wimbledon. No tenía ni la cara ni el valor para pedirle un aumento a la veterana bailarina cuando había días en los que ni siquiera trabajaba porque no había alumnos en las clases.
Literalmente, había días en los que todos los salones de la academia estaban vacíos.
Es más, ¡debería ser ella quien le pagara a McGonagall!
La escocesa la había acogido bajo sus alas cuando no tenía nada. Le dejaba usar sus instalaciones libremente cuando se le diera la gana y, encima, le estaba haciendo el favor de ser su mentora y representante en su fallido intento de regresar a las grandes ligas.
¡Todo completamente gratis!
Todos los entrenadores de su primer estudio —como el maestro Barnes, por ejemplo— recibían un bonito cheque superior al sueldo mínimo a fin de mes por parte de todos los padres de los alumnos que estuvieran a su cargo.
La profesora McGonagall le "pagaba" a ella por estar a su cargo.
¡No era justo! No podía evitar sentirse culpable por aprovecharse de la generosidad de su mentora.
Definitivamente, un aumento no era opción.
¿Sus ahorros? ¡Tenía ahorros! No eran mucho, pero podría usarlos…
¡Ni hablar! Esos eran para emergencias y solamente emergencias. Si se enfermaba, si ocurría un accidente o si se quedaba sin un techo sobre su cabeza, ese dinero sería su colchón de protección hasta que pudiera encontrar una solución. Por lo tanto, ese dinero estaba prohibido. No importaba que se pasara el resto del mes comiendo latas de atún y manzanas, ese dinero no se tocaba. ¡No existía!
¿Pedirle otro préstamo a Sirius?
No. Acababa de pagarle el anterior hace apenas una semana. ¿Qué clase de adulta independiente se suponía que era si no era capaz de sobrevivir ni una semana sin tener que pedirle dinero a un "verdadero" adulto?
No, pedir otro préstamo tampoco era una opción viable en este momento. Su orgullo se lo impediría.
Sin embargo, no era una alternativa que descartaría totalmente dentro de tres días.
Y, ¿si se lo pedía a Snape?
¡JAMÁS EN LA VIDA!
Una de las principales razones por las cuales una amistad —o, en este caso, una relación sentimental— terminaba en malos términos era por los problemas financieros. Persona A le pide dinero prestado a persona B y la primera jamás le paga a la segunda. Luego, venían los incomodos rodeos preguntando sobre el dinero, el resentimiento, la confrontación y, al final, terminaban peleados para siempre.
Por algo existía el refrán: "cuentas claras, chocolate espeso".
Era consciente de que, si le pedía dinero a Snape, se repetiría la historia que tenía con Sirius. En fin, el millonario podía darse el lujo de regalar su dinero a quien quisiera, tenía de sobra, pero Snape era un simple profesor de colegio. Tenía sus propios gastos y su propio presupuesto. Mantener a un tercero no formaba parte de su plan de vida. Ya tenía suficiente con los gastos de su perrhijo como para aumentarle los gastos personales de su novia millenial desempleada.
Además, le parecía demasiado apresurado.
No quería pedirle a su novio que la mantuviera. Recién estaban iniciando, todavía no cumplían ni un mes de relación. Habían prometido llevar las cosas con calma. No podía simplemente pedirle que le diera dinero, no era correcto, además de que no quería hacerlo. Se suponía que ya era adulta, se suponía que debía resolver sus problemas por sí sola, no buscarse un hombre con trabajo estable que pudiera mantenerla. Eso iba en contra de todas las practicas feministas en las que tanto creía y bajo las cuales se había criado.
Se suponía que era lo suficientemente capaz para resolver este problema por su cuenta.
O eso creía.
Al mismo tiempo, no debía olvidar que todavía seguía molesta con Snape por haberla negado de esa forma frente a sus amigos. Es más, ¡ni siquiera estaba segura de si todavía seguirían siendo novios después de esto! Snape se había comportado como un verdadero imbécil toda la noche. Si no fuera porque realmente lo amaba, ya le habría dado una bofetada en esa cara de tonto hermoso que tenía.
"Mejor me mato", pensó dándose por vencida.
¿A quién quería engañar? No era una adulta independiente, era una niña tonta que no sabía cómo resolver sus problemas y que no tenía ni un solo plan a largo plazo para su vida. ¡Ni siquiera tenía planes para el fin de semana!
No tenía metas, ni planes, ni estudios, ni dinero y ni comida fresca en el refrigerador.
Un fracaso en todos los aspectos.
Solo quería ponerse su pijama de gatitos y ver películas de Disney mientras tomaba chocolate caliente.
Seguía siendo una niña, pero con deudas… y depresión.
"Los caminos de la vida no son lo que yo esperaba".
—Narcissa… —la voz masculina y calmada de Severus Snape la trajo de regreso al presente, tirando de ella como si fuese su cable a tierra—. Necesitamos calmarnos un poco, ¿de acuerdo? Ya fue suficiente.
El profesor de Química todavía sostenía a la rubia con ambos brazos y se inclinaba sobre ella para hablarle con cautela al oído, como si tratase de domar a una peligrosa bestia. De no haber sido porque Hermione realmente estaba demasiado impactada con todo lo que estaba pasando, se habría detenido a preguntarse extrañada por qué su pareja le hablaba con tanta naturalidad a su agresora.
La Sra. Malfoy aún mantenía sus manos apretadas en puños listos para pelear y su nariz seguía arrugada en esa permanente mueca de asco. No obstante, a pesar de toda la hostilidad que su semblante reflejaba, podía ver el brillo del triunfo en sus ojos grises y una pequeña sonrisa victoriosa se escondía en sus labios.
Tenía que admitirlo, le había ganado limpiamente. La había dejado completamente indefensa, se la había devorado de un solo bocado y ni siquiera había dejado sobras.
Ya no quedaba nada más por hacer que darse la vuelta e irse a casa.
Ya había perdido suficiente dignidad esta noche como para seguir arriesgándose a perder más y terminar más hundida de lo que ya se estaba.
…
Despedida…
…
O, tal vez, aún le quedaba un poco de dignidad que perder.
—Señora…—dijo bajito, saliendo de su trance, captando la atención de los otros—. Lamento…—
—Cállate —ordenó Bárbara intensificando el agarre en su brazo—. No tienes permiso de hablar.
—Suéltame —refutó sacudiéndose en vano, sintiendo la rabia correr por sus venas—. Sra. Malfoy, por favor, podemos discutir esto como dos personas adultas…—
—¡Granger!
La voz potente del hombre mayor la hizo saltar del susto.
Snape la observaba con el ceño fruncido mientras seguía sosteniendo a la rubia entre sus brazos. Había adquirido la misma expresión fuerte que utilizaba para callar a sus alumnos durante las clases. Sus ojos oscuros parecían ordenarle que se callara de una buena vez por todas. Incluso la imagen que proyectaba de sí mismo había cambiado. Antes le parecía un hombre serio con un corazón cálido por dentro, pero ahora entendía por qué era el terror de sus estudiantes: realmente daba miedo.
No le gustaba esta versión de Snape.
No le gustaba para nada.
—Basta, por favor.
Sus labios apenas sí se abrieron, pero su voz fue lo suficientemente potente como para escuchar la advertencia.
La castaña sintió como si le hubiese propinado un contundente golpe en el estómago. Su pareja le había gritado. Su pareja le había gritado en público. Prácticamente, lo que Snape había hecho con eso fue quitarle su apoyo. La mirada furiosa y el que la hubiese llamado por su apellido lo habían dejado muy en claro. Su único "aliado" dentro de este extraño lugar la había abandonado a su suerte y ahora estaba sola, metida hasta el cuello en un grandísimo problema.
¿Por qué había decidido ayudar a esa mujer y no a ella? No lo entendería jamás.
Está bien, le creía. Tenía amigos importantes y, sí, puede que la Sra. Malfoy fuese uno de ellos, pero eso no justificaba que la tratara de esa forma cuando claramente ella era la víctima. ¿Qué no se suponía que debías apoyar a tu pareja en las buenas y en las malas, pero sobre todo en las malas? ¿Por qué era a ella a quien todos quería atacar esa noche? Y, la pregunta más importante de todas:
¡¿POR QUÉ MIÉRCOLES SEGUÍA PRETENDIENDO QUE NO LA CONOCÍA?!
—¿Granger? —la Sra. Malfoy giró su cabeza en dirección a Snape, abriendo los ojos como si acabara de ver un fantasma. Su voz fue como el graznido de un ganso a medio morir y su ceño se mantuvo fruncido en todo momento— ¡¿Cómo?! ¡¿Tú la conoces?! —preguntó con voz autoritaria, no sabiendo si sentirse sorprendida o enojada— ¡¿Ustedes se conocen?!
—Cissy…—dijo el profesor cambiando su voz a una calmada, una que utilizaría para hablar a su perro—. Escucha…—
—¡No! ¡No! ¡Suéltame, suéltame! —exigió sacudiéndose.
Snape alejó sus manos de inmediato como si su contacto le quemara. La mujer dio un paso al costado, despeinándose en el proceso. La rabia que hasta entonces había estado destinada únicamente hacia ella se redirigió hacia el segundo interlocutor, otorgándole un pequeño descanso a la castaña hasta nuevo aviso. Viéndose en latente peligro, el profesor elevó las manos casi por instinto dejándolas casi a la altura de sus hombros como si quisiera dejar en claro su inocencia.
— Snape, ¿ya conocías a esta niña? —preguntó perpleja sin dejar de mirarlo—. ¿Ustedes se conocen? ¿Ya-Ya se habían visto?
Las dos féminas, la castaña y la rubia, se quedaron esperando escuchar una respuesta que nunca llegó.
El silencio de Snape fue dijo más que mil palabras.
—¡Severus! —chilló exasperada— ¿Qué cara...—
—¡Sra. Malfoy! ¡Sra. Malfoy!
En ese momento, casi como si parte de un improvisado plan divino, un ángel salvador llegó justo a tiempo para ponerle fin a esta locura.
Charles Wright, el asistente personal y mano derecha de Narcissa Malfoy, corrió para ponerse en medio de ambas, cortando de raíz todo contacto visual que pudiesen tener. Todavía vestido con su disfraz de Sherlock Holmes, el joven de lentes y apariencia inteligente impuso su autoridad tomando el control de la situación. De espaldas a Hermione y cara a cara con Narcissa, Charles repetía mentalmente una y otra vez todos los pasos necesarios para tranquilizar a la bestia de abultado vestido y temperamento volátil que tenía por jefa.
Que nadie diga que ser asistente personal no califica como un "trabajo de alto riesgo"
—Sra. Malfoy —dijo con voz cauta pero firme, como si le estuviera hablando a un animal salvaje. Tal vez, un toro o algo así—. Baje la voz, por favor.
—Severus, ¿tú-tú conoces a esta chica? —interrogó nuevamente, no dispuesta a rendirse antes de obtener una respuesta coherente—. ¿Es por eso que está aquí? ¿Tienes algo que ver en todo esto?
—Sra. Malfoy.
—Ahora, no, Charles. Estoy muy ocupada —dijo sin siquiera girarse a verlo—. Tengo un traidor con quien necesito hablar personalmente —añadió entrecerrando los ojos en dirección al pelinegro.
No había que ser un experto encantador de bestias para saber que había cambiado el objetivo de su enojo: ya no era la bailarina desobediente, ahora era nada más y nada menos que su amigo.
Próximamente, ex amigo.
Bueno, no en realidad. Su jefa no podía darse el lujo de perder amigos, sobre todo al Sr. Snape —lo adoraba como si fuese un hermano, incluso más que a su propia hermana—, pero estaba seguro de que ya encontraría una forma de amedrentarlo por lo que sea que hubiese hecho ahora.
Decidido a no aceptar un "no" por respuesta, Charles Wright dio un paso hacia adelante quedándose justo al frente de su jefa. La mujer volvió su atención hacia él, todavía con el ceño fruncido y las cejas tan afiladas como navajas de plata. Estaba invadiendo su espacio personal y eso no era algo que estuviese dispuesta a aceptar.
El castaño elevó sus manos y la sujetó por ambos brazos sin antes molestarse en pedir permiso. Sus dedos largos rodearon su delicada la piel blanquecina, teniendo especial cuidado de no presionar demasiado para no dejarle alguna marca.
Tanto Snape como Bárbara se quedaron boquiabiertos al ver esta dramática escena.
Todo quien conociera a Narcissa Malfoy sabría lo importante que era para ella su espacio personal. No muchos tenían permitido transgredirlo más allá de su familia y amigos más íntimos —los saludos fingidos por cortesía no contaban—. Siempre había sido muy recelosa en ese aspecto y no importaba cuántos años pasaran, esa no era una costumbre que fácilmente se cambiara.
Ya sea que fueras su esposo o su hermana, era preferible que pidieras permiso antes de intentar tocarla. Más que todo, por tu propia seguridad.
Por consiguiente, el que Charles Wright, su asistente, tuviera el atrevimiento de acercarse de esa forma a ella y, para colmo, ponerle las manos encima como si fuese algo completamente normal del día a día fue demasiado chocante para ambos pelinegros.
No sabrían decir exactamente si había sido algo muy tonto o muy valiente, pero fuese lo que fuese estaba funcionando. Narcissa estaba demasiado en shock como para recordar la razón por la cual estaba molesta.
Hermione, en cambio, no entendía nada.
La Sra. Malfoy abrió la boca perpleja y batalló internamente para ser capaz de generar algún sonido, el que fuese, así sea solo un quejido, pero nada salió de su garganta. La repentina acción de su asistente la había tomado totalmente desprevenida. Estaba sin palabras, completamente fría. Quería gritar, pero la voz no le salía. Y cuando pensaba que las cosas no podían empeorar, el joven de lentes se inclinó sobre ella, dejando su boca a la altura de su oído izquierdo.
No pudo evitar temblar por más que se resistió.
—¿Qué...? ¿Qué…? —balbuceó.
—Sra. Malfoy, no quisiera importunarla —dijo con voz calmada, pero con cierto tono petulante a la vez, como si supiera un gran secreto que ella no y se jactara de eso—, pero me temo que su actitud está llamando demasiado la atención de nuestros distinguidos invitados.
Ante la mención de los invitados, su interlocutora abrió los ojos horrorizada. Parecía que su mundo acabara de detenerse, como si le acabaran de lanzar un balde de agua helada que, finalmente, había despertado sus sentidos, despabilándola por completo.
Los invitados...
Oh, maldición, ¡los invitados!
¡¿Qué demonios estaba haciendo?! ¿Por qué de comportaba como una estúpida niña malcriada que no sabía controlar sus berrinches? ¡Se suponía que debía dar una buena impresión frente a los invitados del Sr. Weston!
¡Oh, por Dios! ¡¿Qué iban a decir de ella?! De seguro la desgraciada traidora de Lizzie Rotshchild había visto todo. Ahora la muy perra iría a contar el chisme a todos sus contactos. ¡Sería el hazme reír del circulo de damas del club! No podría volver a mostrar su cara por ahí luego de esa noche…
¡¿Qué hay del Duque y sus hijas?! El estómago se le revolvió de solo pensar en lo que sus parientes lejanos pensarían de ella si se enteraban de lo vulgar que se había comportado esta noche.
Oh, maldición, ¡el Sr. Weston!
No quería ni imaginar lo que pasaría si es que el Sr. Weston se llegaba a enterar que había armado un escándalo tan patético como ese en su fiesta solo porque una mocosa bailarina incapaz de mantenerse en su puesto. ¡Creería que era una pésima anfitriona!
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
¡LA PRENSA!
Oh, maldita sea, ¡la prensa! ¡la prensa!
¡¿Los camarógrafos todavía seguían ahí?! Por su propio bien, rogaba que no. Si mañana las secciones de sociales exhibían fotos de ella gritándole a una empleada en primera plana, sería su ruina.
Ni mencionar lo que pasaría si esto llegaba a oídos de Rita Skeeter.
Esa maldita escarabajo se encargaría de recordárselo hasta el día de su muerte. La expondría sin escrúpulos ante todo el mundo. No escatimaría en gastos con tal de terminar de ensuciar su imagen en todos los medios posibles: radio, televisión, prensa escrita, plataformas digitales. ¡Su rostro sería expuesto en cada portal de información que existiera en el país!
Y después de lo que había pasado en el vestíbulo, Narcissa sabía que Skeeter no tendría piedad alguna para con su legado familiar. Hablaría mierda de ella y de su hermana hasta tenerlas a ambas de rodillas suplicando por piedad e, incluso así, dudaba que se detuviera.
Adiós a todo lo que alguna vez había construido.
Sería una paria social, jamás podría volver a mostrar su rostro en público...
Estaba acabada.
Este era el fin.
"¿Por qué a mí? ¡¿Por qué a mí?!"
Asustada, pero sabiendo que la angustia la mataría si no lo hacía, Narcissa Malfoy tuvo que reunir el valor para girar la cabeza y ver a las personas que la rodeaban.
No miento al decir que más de dos docenas de invitados tenían los ojos sobre ella vigilando atentamente cada uno de sus movimientos.
Con sus finas copas de champagne en la mano y los rostros ocultos tras sus respectivas máscaras, los distinguidos invitados de la Sra. Malfoy la observaban con diferentes expresiones en su rostro. Desde el asombro hasta la diversión, pasando por el desprecio y la burla, Narcissa había pasado de ser objeto de admiración al hazmerreír del lugar.
Las miradas de esos desconocidos la estaban volviendo loca y el silencio no mejoraba las cosas. Nunca se había sentido tan humillada en su vida como hasta ese momento.
Y todo por culpa de esa estúpida bailarina desubicada.
Sus ojos grises se posaron sobre los asustados orbes mieles de la bailarina fantasma y los entrecerraron lentamente, canalizando todo su enojo y frustración en una amenazante mirada que parecía gritar:
"Espera a que todos se vayan y verás lo que te voy a hacer, maldita ratona escurridiza".
Hermione respiró profundamente, todavía con las piernas temblándole como gelatina, y se quedó inmóvil en su lugar como toda presa precavida acorralada por su depredador.
Era poco probable, pero tal vez si no se movía, nadie notaría que aún seguía ahí.
—No pasa nada, amigos, descuiden —dijo Charles en voz alta mientras aplaudía para llamar la atención del público y, de esa forma, sacar a su jefa del foco de atención—. Solo se trata un pequeño malentendido que ya está arreglado.
Los murmullos no se hicieron esperar.
¿Malentendido? ¿Qué clase de malentendido? Y lo más importante, ¿por qué y con quién?
—… Esto es una fiesta —continuó con una sonrisa en sus labios—. ¡Vamos a divertirnos hasta que amanezca! ¿Por qué no se piden una ronda más de bebidas? Son gratis, la casa invita —su mano viajó discreta hacia su oreja para presionar el botón del intercomunicador de su audífono y llamar al resto del staff técnico del hotel—. ¡Hey, DJ! Súbame la música, que suenen esos parlantes. Repita la canción que creo que no la gozamos lo suficiente. Sí, ¡vamos a divertirnos!... Sí, sí, gracias, vayan a divertirse. Sí... Gracias, gracias...
Dicen que a buen entendedor, pocas palabras. Algunas personas captaron las intenciones del castaño a la primera por lo que volvieron a sus asuntos sin hacer mayores reclamos. Sin embargo, nunca faltan los chismosos que se quedan preguntando qué pasó, por qué pasó o que todavía seguían atentos a cualquier reacción colateral que pudiera dejar el evento sucedido.
Gracias al cielo que el detallado protocolo planeado para esta noche por el equipo de seguridad del Heir tuviera una sección entera dedicada a estas situaciones.
Apéndice 5, sección 4:
"Si el prestigio de los anfitriones o invitados especiales se ve comprometido por un miembro de la prensa o cualquier otro individuo, los meseros y animadores deberán crear "cortinas de humo" para que el personal de coordinación cercano pueda sacarlos del salón. Se sugieren distracciones como repartición de bebidas masiva, anuncios en el escenario principal, intervención del maestro de ceremonias, juegos programados en la agenda, etc."
Y en menos de lo que canta un gallo, una oleada de camareros vestidos con sus elegantes trajes empezaron a circular por todo lo largo y ancho del salón, llevando en lo alto bandejas repletas de bebidas en sus manos. Los meseros iban y venían por todas partes como si realizaran una coordinada danza previamente preparada cuyo único objetivo era obstaculizar el campo de visión de todo invitado curioso que no entendería que el show ya había terminado.
Como si eso fuera poco, el DJ también tuvo su pequeña cuota de colaboración dentro de esta puesta en escena bien planificada.
—¿Cómo está, mi gente? ¡¿La estamos pasando bien?!... ¡Eso! ¡Vamos a divertirnos esta noche! Hasta las últimas consecuencias, ¿sí o no?... ¿Dónde están las mujeres solteras? ¡Las manitos arriba! Quiero un grito de todas las hermosas solteras que nos acompañan esta noche... ¡Esta canción va para ustedes, princesas!
El anuncio del DJ por el micrófono y la repentina intervención de los meseros pareció ser suficiente como para dispersar a la gente y poner a salvo a la anfitriona de la fiesta de las escrutiñadoras miradas de sus propios invitados.
Charles se alejó lentamente, volviendo a poner una distancia segura y profesional entre él y su jefa, y aguardó obediente por instrucciones.
—¿Hay camarógrafos en el salón? —preguntó Narcissa a media voz una vez que logró salir del shock inicial por la situación— ¿A-Alguien me ha estado grabando durante todo ese tiempo?
—Estábamos retirando a la prensa cuando ocurrió todo esto. No estamos seguro de que lograran capturar algo pues los sacamos por detrás del salón tal y como se tenía planeado, pero ordenaré una inspección rápida de sus cámaras antes de que abandonen el hotel —respondió mientras volvía a presionar en intercomunicador en su oreja—. Permítame un segundo... Sí, ¿Prichett? ¿Todavía tienen a la prensa en el ala este? Sí, sí. Necesito que los retengas unos minutos... Una inspección...
Narcissa tomó aire y se llevó las manos a la cabeza para masajear sus sienes en pequeños círculos. La cabeza la estaba matando. Pesaba y podía escuchar claramente a su corazón latiendo justo en donde debería encontrarse su lóbulo frontal, martillando con fuerza en su cráneo. El estómago le dolía y las piernas apenas podían soportar el peso de su cuerpo y su vestido. Cerró los ojos, agotada, y soltó todo el aire que sus pulmones retenían en un bufido brusco.
Después de eso, sintió que había perdido un kilo entero.
Necesitaba una aspirina con urgencia.
—Cis... —llamó Snape con cautela, intentando tocar su hombro derecho con una mano para llamar su atención—. Cissy, escucha…—
—Cállate —ordenó en voz baja aún con los ojos cerrados y los dientes apretados—. Cállate, cállate, cállate. Ahora no. Estoy muy enojada contigo en estos momentos y los dos sabemos que no te gustará tener esta conversación conmigo en este estado.
Snape retiró su mano.
No podía argumentar nada ante esa lógica.
—Tenemos que irnos, Sra. Malfoy —anunció Charles poniendo paños fríos a la situación—. Podría sufrir un derrame. Su ojo derecho está ensangrentado.
Preocupada al escuchar esas palabras, Narcissa se llevó una mano al ojo en cuestión de inmediato. La piel de sus párpados saltaba con la misma rapidez que sus caballos de carrera galopaban. El globo ocular le ardía al pestañar e, incluso, sentía el párpado algo caído, como si su piel hubiese perdido la firmeza que solía caracterizarla.
Eso, sumado a la torpeza de su hablar y a su repentina crisis nerviosa, perfectamente podrían ser los síntomas de un inminente derrame.
"¡¿Por qué?! ¡¿Por qué justo ahora?! ¿Por qué en la fiesta?"
—¡Oh, por Dios! —exclamó asustada, abriendo los ojos aterrada— ¿Charles?
—Tranquilícese, señora. No le hará bien a su salud si se altera.
—¡¿Cómo no me va a hacer bien?! —chilló enredándose con su propia lengua— ¡Mi ojo está sangrando!
—Respire, respire —pidió poniéndose frente a ella para ayudarla a calmar su respiración agitada—. Inhale y exhale. Inhale y exhale. Eso es… Bárbara, deja a esa pobre chica en paz y ayúdame a llevar a la Sra. Malfoy a su habitación.
Snape se giró a ver a la nueva asistente de su amiga quien seguía manteniendo presa a su novia. La muchacha de ojos rasgados se veía confundida y avergonzada; sin embargo, al mismo tiempo, decidida a no soltar a la bailarina pues sería desobedecer una orden directa de su jefa y eso era algo que jamás se atrevería a hacer.
—Eh... —dijo aflojando su agarre en el brazo de Hermione, lo cual esta última agradeció inmensamente—, pero la Sra. Malfoy dijo que...—
—¡Eso no importa ahora! Llévala a su habitación y asegúrate que esté bien —el chico se giró a ver a su compañera y a la aterrada ex empleada bajo su custodia—. ¡Ahora! ¡Muévete!
De mala manera y contra su voluntad, Bárbara soltó el brazo de Hermione liberándola de su prisión y se adelantó unos pasos hacia su jefa y su superior.
Hermione llevó su brazo hacia su pecho y masajeó el interior de este con su otra mano, justo encima de la zona que la asistente había lastimado.
—No, no, no —ordenó la rubia todavía cubriendose el ojo malo con una mano—. Qui-Quiero que se encarguen de ella. ¡No la quiero aquí! —ordenó señalando a la muchacha con su mano libre. Su voz se escuchaba temblorosa y cada vez se le había más difícil pronunciar las palabras correctamente—. Sáquenla de aquí, por la puerta de atrás y sin escándalos. No la quiero aquí ¡No la quiero aquí!
—Sra. Malfoy, por favor, necesito que respire.
—No la quiero aquí, no la quiero aquí, Charles. Quiero que se vaya. ¡Por favor!
—Madame, por favor, cálmese.
—Señora… — Hermione quiso rogar, pero las tres miradas amenazantes del personal del hotel la hicieron desistir.
—Ni se te ocurra, no te atrevas —le ordenó amenazándola con el dedo—. Estabas fuera de tu puesto. Estabas conversando con mis invitados. Ya te despedí. Te quiero fuera de mi hotel ¡ahora! —ordenó intentando dar un paso hacia adelante—. Toma tus cosas y… ¡Agh! —ni siquiera pudo terminar la frase pues sintió la necesidad de cerrar los ojos y llevarse ambas manos a la boca antes de exclamar—. Quiero vomitar.
Los ojos azules de Charles reflejaron la preocupación que su corazón sentía en esos momentos y, cuando levantó la mirada por una fracción de segundo, Severus Snape también fue consciente eso y entendió la gravedad de la situación.
Por más que le doliera hacer a un lado a Hermione, la prioridad ahora era proteger la precaria salud de su mejor amiga.
—No se preocupe por eso, yo me haré cargo —dijo con calma, sacando un impecable pañuelo de su bolsillo para ofrecérselo. Narcissa no dudo en aceptarlo y lo usó para cubrir su boca—. Bárbara, llévala a su habitación y asegúrate que nadie la vea. Seremos un banquete para la prensa si algo se filtra. Usa el ascensor de servicio si hace falta, nadie debería estar usándolo ahora, ¿está claro?
—Sí, Charles.
—Escúchame, llama al equipo médico para que la revise. Usa el canal 4 y diles que es urgente. Quiero a todo el mundo volando —añadió chasqueando los dedos para apresurarla.
—Sí, señor.
Barbie sujetó a su jefa del brazo y dejó que esta recargara su peso sobre ella. La enorme falda de su vestido la hizo trastabillar un momento y, por un segundo, se preguntó si el extravagante disfraz de su jefa las terminaría perjudicando en su trayecto del salón a la habitación.
—Asegúrate que no sufra un derrame esta noche. No podrá despedir a los invitados si tiene la mitad del rostro inmovilizado —ordenó llamando con gestos a dos meseros para que ayudaran a su colega a escoltar a la rubia invalida—. Y llama a la maquilladora otra vez. Tiene mucho que arreglar.
Su rostro blanquecino por el maquillaje se veía más pálido y agotado que nunca y ni hablar de su peluca. Esta ya no parecía la cabellera de una reina, sino un nido de ratas color crema.
Sus ojos celestes se posaron en los apagados orbes grises. Al verlos, no pudo evitar sentir preocupado por ella. Conocía a la Sra. Malfoy desde hace mucho tiempo, verla en ese estado era algo que nunca antes había pasado y, claramente, no estaba preparado emocionalmente para afrontar eso.
—Ve rápido —ordenó volviendo a tener la cabeza fría, listo para actuar—. Muévete.
Bárbara asintió con la cabeza y procedió a cumplir sus órdenes.
—Por aquí, Sra. Malfoy. Tranquilícese. ¿Puede aguantar?
—Quiero vomitar —dijo con media voz.
—Iremos rápido. Sígame por aquí.
La muchacha de ojos rasgados ayudó a la rubia a girarse y, cuando estuvo a punto de irse, su superior la retuvo del brazo para dedicarle unas últimas palabras.
—Te la encargo—le pidió dedicándole una última mirada a su jefa—. Cuídala con tu vida, por favor.
—Lo haré —respondió antes de proseguir su camino.
El grupito conformado por el asistente, la bailarina y el profesor de Química se quedaron mirando fijamente el rastro que dejaron Narcissa y Bárbara al irse. Los invitados se hacían a un lado a medida que las féminas avanzaban como si ellas fuesen una roca en medio de un caudaloso río.
Desde luego, no faltaron las miradas curiosas hacia la supuesta reina de la gala pues su rostro cansado y mano cubriendo su ojo derecho fallaban magistralmente al intentar ocultar su enfermedad.
Al menos, por primera vez en lo que iba de la noche, Narcissa se permitió no forzar una falsa sonrisa.
Viendo que el evento ya se encontraba fuera de peligro, Charles Wright se giró hacia los interlocutores restantes para encargarse personalmente del asunto que había descompensado a su jefa: el Sr. Snape y la bailarina desconocida.
"¿Por qué siempre soy yo quien termina solucionando los problemas de esta familia? Esto no era parte de mi contrato".
—Hermione, ¿estás bien? —Snape se encontraba al lado de Hermione, debatiéndose entre estirar o no su mano para tocar a la bailarina.
Para Charles, esto le resultó sumamente insólito pues conocía al Sr. Snape desde hace ya un buen tiempo y era la primera vez en todo ese tiempo que veía que su siempre fría y seria mirada cambiaba por una de auténtica preocupación.
— ¿Te hizo daño? ¿Te duele algo? Tranquila, ya pasó. Todo está bien.
A pesar de que el pelinegro la trataba con tanta familiaridad, la muchacha se mostraba desconfiada y no parecía tener intensiones de responder a sus atenciones. Todo lo contrario. Mantenía los labios apretados en una mueca, se encogía en su propio lugar y desviaba la mirada hacia cualquier otra dirección con tal de no ver al profesor. Era claro que se sentía incomoda con su presencia y que quería alejarse lo antes posible.
Charles entrecerró los ojos desconfiado.
Este no era un comportamiento típico en el Sr. Snape y ese rechazo y desconfianza que presentaba la bailarina tampoco era algo normal para alguien que acababa de pasar por una situación tan tensa como la que acababa de vivir con la aristócrata.
Esto olía a gato encerrado. Algo estaba pasando y él iba a averiguarlo.
—Herms.
—No me toques —murmuró en voz baja, dando un paso al costado—. Por favor.
"¿Y esto?", se preguntó el asistente. "¿Acaso el Sr. Snape le ha hecho algo a esa pobre chica para que actué de esa manera? ¿Se habrá propasado o algo así? No, no lo creo. El Sr. Snape nunca haría algo como eso, él no es como los otros amigos de la Sra. Malfoy".
—Perdón —susurró tratando de tomar su mano, fallando en el intento—. Hermione, en serio, lo lamento. No debí hacer eso.
—Ya te dije que ahora no.
"Pero eso no significaba que no se le pegara lo malo", pensó.
Además, bien lo decía su abuelita cada vez que regañaba a sus hermanas por llegar tarde a casa:
"De noche, todos los gatos son pardos".
¿Sería el Sr. Snape uno de estos? Esperaba que no, pero no iba a dejar a esa pobre chica junto a él para averiguarlo.
—¿Cómo te llamas, niña? —preguntó cortando el momento entre esos dos.
Hermione se quedó petrificada en su mismo sitio al escuchar la pregunta.
Después de que la Sra. Malfoy hubiese abandonado el lugar, la muchacha había bajado la guardia pues pensaba que por fin se encontraba fuera de peligro. Desde luego, no había contado con que el Sr. Wright iba a terminar lo que su jefa empezó. El joven de lentes plateados tenía los brazos cruzados sobe el pecho y aguardaba pacientemente por su respuesta. Su mirada, a diferencia de la de Narcissa o su otra asistente, no parecía indicar que fuera a hacerle daño; sin embargo, tampoco parecía indicar que a darle su apoyo.
—¿Mi-Mi nombre? —respondió nerviosa.
Esto se escuchaba mal.
Muy mal.
—Sí, señorita, su nombre—dijo secamente, sin quitar esa expresión seria de su rostro—. ¿Cuál es su nombre? Lo necesito para hacer el memorándum de su despido.
Al parecer siempre sí sería despedida. Ya podía ver su lindo chequecito salir volando por la ventana, dejándola sumida en deudas impagables para una bailarina freelancer sin un currículo decente.
Hermione soltó un suspiro desesperanzador dándose por vencida finalmente. Agachó la cabeza resignada y procedió a contestar la pregunta.
—Hermione Granger.
—¿Sabe el maestro Mike que se encuentra fuera de su puesto de trabajo?
—No, señor.
—¿Tiene alguna excusa válida para estar fuera de su puesto de trabajo?
La castaña levantó la cabeza por un breve instante. Su velo largo y traslucido se mecía detrás de su nuca con cada movimiento, como si fuese una extensión de su cuerpo. Sus ojos color miel se desviaron un segundo en dirección al pelinegro, observándolo de manera acusadora.
El profesor, avergonzado y dolido, agachó la cabeza mientras dejaba escapar un suspiro desalentador.
—No, señor.
Esto no podía ser más raro, pensó Charles.
—Acompáñeme, Srta. Granger. —suspiró el asistente—. Tenemos que hablar con su maestro. Estoy seguro que ambos tendrán mucho qué explicar.
El castaño extendió su mano para ponerla a la altura de su espalda y alejarla del profesor. En ningún momento, su extremidad tocó el cuerpo de la bailarina. Fue muy cuidadoso con respecto a eso.
Al ver que se llevaban a su pareja, el mayor no se resistió a intervenir.
—Charles, por favor, espera —pidió Snape posando una mano en el hombro del mencionado. Ambos castaños se giraron en el acto. La primera, esperanzada mientras que el segundo, escéptico—. La Srta. Granger no tiene la culpa de lo que pasó esta noche. Fui yo quien la entretuvo y evitó que volviera a su puesto. Sería injusto despedir…—
—Sr. Snape, le sugiero que vuelva a la fiesta. Ya hizo suficiente por esta noche.
—Pero…—
—Este es un asunto que le compete únicamente al personal organizador de la gala Weston —le interrumpió con voz autoritaria, atreviéndose a fruncir su ceño solo para proyectar esa imagen dominante que tanto necesitaba para controlar la situación—. La Srta. Granger es una empleada más de este evento, por lo tanto, está bajo mi supervisión. Así que le voy a pedir cordialmente que no me interrumpa y me permita hacer mi trabajo, por favor. Buenas noches.
Y con esto, puso fin la conversación.
Snape se quedó perplejo ante esas palabras, pero entendió el mensaje y, a pesar de que no quería dejar a Hermione con Charles sabiendo que estaba metida en un gran problema ocasionado por su culpa, tuvo que dejarla ir.
El pelinegro se quedó de inmóvil justo donde estaba mientras observaba su pareja y al asistente caminar con disimulo hasta la salida lateral más cercana y se quedó ahí incluso cuando estos desaparecieron después de ser engullidos entre tantos los invitados.
Su corazón se encogió adolorido contra su pecho, sintiéndose desfallecer por toda la culpa y remordimiento que lo aplastaba.
—Lo siento, nena —susurró.
—Realmente, lo lamento tanto, Sr. Wright. No fue mi intención…—
—Srta. Granger, creo que está de más decirle que esas disculpas no servirán de nada ahora.
—Pero…—
—No es conmigo con quien debe disculparse, señorita, sino con SU equipo de trabajo —interrumpió con seriedad, mirándola fijamente a través de sus gafas siempre impolutas—. Creo que fuimos muy claros desde el principio cuando dijimos que ustedes eran un equipo. Todo lo que hicieran de manera individual afectaría al conjunto en su totalidad y eso era para todos.
Hermione frunció el ceño angustiada por lo que esas palabras significaban, e intentó arreglar las cosas una vez más, pero sus esfuerzos fueron en vano. Su interlocutor no iba a dar su brazo a torcer.
—Por favor, no, señor. Ellos no hicieron nada. Yo asumiré…—
—Señorita Granger —la detuvo por enésima vez, casi al límite de su paciencia—. Tiene suerte de que sea yo y no la Sra. Malfoy quien esté a cargo de solucionar el problema en el que, desafortunadamente, nos ha metido a todos. Después de la charla que tuve con su superior, estoy seguro que ni usted ni sus compañeros se salvarán del regaño que les dará su maestro, así como él tampoco se salvará de la conversación que tendrá con la Sra. Malfoy más tarde, cuando se encuentre en mejores condiciones de salud. Así que, por favor, le pediré que no siga tentando a su suerte. La única perjudicada de toda esta situación será usted si no aprende a callarse.
Nadie nunca le había dicho la verdad de forma tan cruda y eso le dolió a pesar de venir de un completo desconocido.
Hermione dio la batalla por perdida y por más que su sentido de la responsabilidad le exigía asumir las consecuencias de sus actos y defender a sus compañeros de un castigo que no merecían, prefirió seguir el consejo y quedarse callada para no hacer enojar más al Sr. Wright. El hombre había sido un santo en comparación a su jefa, sería mejor ya no abusar de su paciencia. Cerró los labios y mordió el interior de sus mejillas, quedándose en silencio y aceptando un regaño que no tardó en llegar.
Tal vez no sea tan malo, intentó consolarse.
Al menos, el Sr. Wright parecía una persona amable en el fondo. El maestro Mike, en cambio, iba a comérsela viva en cuanto tuviera la oportunidad.
—Como bien le hicieron saber allá arriba, usted está aquí únicamente para bailar, no para hacer vida social con nuestros invitados —retomó con voz clara y sin hacer que pareciera un regaño en realidad, pero sintiéndose como tal en todos los otros aspectos—. Usted, Srta. Granger, por poco y arruina un programa detalladamente estructurado y cronometrado, un programa que ha sido planeado a la medida desde hace semanas. Por no mencionar que, además, casi le provoca un derrame cerebral a su jefa en una de las noches más importantes de su vida—añadió entrecerrando los ojos en su dirección, como si quisiera volarle la cabeza con la mente—. Espero que entienda la magnitud de sus actos.
Hermione, avergonzada, agachó la cabeza y contestó— Lo hago y, una vez más, lo lamento muchísimo, señor.
Charles Wright se le quedó observando con severidad. Sus ojos celestes y ceño fruncido la hacían sentir aún más culpable y avergonzada de lo que ya se sentía, como si fuese una niña pequeña que acababa de cometer una terrible travesura frente a sus padres.
Y, en parte, tal vez así era.
No recordaba la última vez en que un adulto que no fuera su padre o su madre la hubiese regañado de esa forma.
Aunque, desde luego, el maestro Barnes, su ex entrenador, podría ser una excepción. A ese hombre le gustaba regañar a todo el mundo y, por lo general, sus regaños eran mucho+ más fuertes que este. En múltiples ocasiones habían sido hirientes y la habían hecho llorar a escondidas en los vestidores.
"No he venido a perder el tiempo contigo. Si vas a bailar así, mejor ni vengas".
En comparación a eso, el regaño del Sr. Wright no era más que una nota de advertencia dada por algún profesor como castigo por haber llegado tarde a clases.
No es tan malo, Hermione, animó su consciencia. Solo discúlpate y sal de aquí. Olvida el pago y olvida todo. Ya no hay que empeorar las cosas.
El asistente debió notar aquel debate interno en los ojos de la ex empleada pues, para cuando la muchacha por fin asintió ante lo último dicho, el hombre prosiguió con su discurso. Esta vez, suavizando tanto la intensidad de su voz como la de su mirada.
—Sin embargo, no puedo ser injusto con usted. Después de todo, ha cumplido con su parte del contrato. Ha hecho una magnífica presentación junto con sus compañeros y, en nombre de la familia de The Heir, se lo agradezco.
Hermione no esperó para nada esas palabras por lo que levantó la mirada de inmediato, permitiéndole a Charles comprobar que su sorpresa era auténtica. El hombre se aclaró la garganta con disimulo y continuó con su disertación sin darle oportunidad a la bailarina de arruinar la situación abriendo la boca otra vez.
—Somos personas civilizadas y dado que "todos" han cumplido casi al pie de la letra las indicaciones planteadas por la Sra. Malfoy en un inicio, no voy a sancionarla ni a usted ni a su equipo.
—Pe-pero... —tartamudeó saliendo de su sorpresa inicial— pero la Sra. Malfoy dijo que estaba despedida.
—No piense en ningún momento que estoy desautorizando a la Sra. Malfoy con lo que estoy por decir, pero creo que fue evidente que ella no se encontraba en capacidad de tomar ese tipo de decisiones tan apresuradas —respondió teniendo especial cuidado con cada una de las palabras que usaba, como si fuese un abogado redactando algún tipo de documento legal importante—. Para su buena suerte, me temo que nadie será despedido esta noche, señorita.
Los ojos color miel de Hermione brillaron aliviados al oír eso y tuvo que hacer su mejor esfuerzo para contener una sonrisa y el respectivo chillido de emoción que acompañaba a esta. No podía creer que esto estuviera pasando. ¡Ese hombre en definitiva era un santo!
—¡Gracias, señor! —exclamó emocionada estirando sus manos para tomar las de él y apretarlas con devoción— ¡Gracias, gracias!
Ya fuese que hubiese simpatizado con ella o que su consciencia no lo dejase en paz al ver tal injusticia, Charles Wright decidió hacer un único gesto noble hacia esa desconocida sin importarle saltarse las ordenes de su pobre jefa convaleciente.
¿Estaba eso mal? Probablemente, pero él también había sido joven e inexperto y comprendía a la perfección la situación de la muchacha. Después de haber pasado por una pesadilla como lo era enfrentarse a la Sra. Malfoy, no le vendría nada mal tener un descanso de todo esto.
Charles retiró sus manos y se aclaró la garganta, volviendo a la normalidad.
—Recibirá su cheque como la ley lo estipula, pero creo que está de más decirle que no podremos darle nuestra carta de recomendación como a sus demás compañeros. Creo que está de más decir el porqué —aclaró apagando un poco el alivio de Hermione, pero dada la situación a la que se estaba enfrentando, el quedarse sin la "anhelada" recomendación de la prestigiosa firma Malfoy no sonaba tan terrible como la idea de perder su cheque—. Asimismo, se agradece profundamente su colaboración para con nosotros esta noche, pero me temo que ya no requeriremos de sus servicios para futuras ocasiones.
Esa era una forma muy educada de decir que ya no la volverían a contratar nunca más.
—Entiendo, señor —contestó asintiendo con cautela. Su vergüenza la frenó de añadir algo más que pudiese echar a perder todo lo que su interlocutor había arreglado. Ya había pasado suficiente esta noche y, tal como Charles se lo estaba pidiendo, no quería tentar a su suerte—. Y una vez más, lo lamento profundamente. Espero pueda expresarle mis más sinceras disculpas a la Sra. Malfoy cuando ella se encuentre mejor. No fue mi intención estropear su evento… Ni provocarle un derrame.
No debí decir eso, pensó arrepentida.
—… Se lo haré saber —contestó de manera forzada.
"Sí, claro", pensó el asistente de manera sarcástica, haciendo grandes esfuerzos para mantener su expresión neutral y no reírse en la cara de la joven bailarina. "Niña, tienes suerte de estar viva. ¿En serio crees que voy a arriesgar mi vida para darle tus disculpas? Confórmate con tu cheque y sal de aquí antes de que se sienta mejor como para echarte personalmente a patadas".
—Ahora, le pediré que vaya a cambiarse y entregue el vestuario a los encargados de utilería, por favor —continuó soltando un suspiro y acomodándose los lentes sobre el puente de la nariz—. Al igual que a sus otros compañeros, le pediré que no se quede con nada. Todo se tienen que devolver.
Hermione frunció el ceño. ¿Acaso le había visto cara de ladrona? En fin, decidió dejarlo pasar pues no se encontraba en la posición de hacerse la ofendida.
—Asimismo, no olvidé entregar sus credenciales a la hora que se retire.
—Lo haré, señor.
—Entonces supongo que eso es todo —anunció metiendo ambas manos dentro de su abrigo oscuro y girándose para abandonar la entrada del salón que se usaba como área de descanso para los miembros del cuerpo de baile—. Gracias por su colaboración, Srta. Granger. Buenas noches y hasta nunca.
Luego de eso, se fue dejando a la pobre bailarina con el corazón latiéndole a mil por segundo.
"Eso estuvo cerca", suspiró aliviada, permitiéndose respirar por fin.
Había estado tan angustiada que ni siquiera se había dado cuenta de que estuvo conteniendo el aliento todo este tiempo.
Charles Wright no parecía un hombre severo, mucho menos violento, pero ella no estaba acostumbrada a recibir regaños de sus superiores. Siempre había seguido una niña buena. Siempre había seguido las reglas, por lo que jamás había sido necesario castigarla por algo.
"La Hermione estudiante de 13 años estaría muy decepcionada", pensó.
Pero ¡no era su culpa!
Ella había tratado de hacer todo bien. Había estado en casi todos los ensayos y había seguido la coreografía a la perfección. De hecho, diría que este había sido uno de sus mejores trabajos. ¡Incluso había sostenido barras de hielo durante 20 minutos sin protestar!
Era innegable, había hecho todo bien. Que hubiese terminado en este enredo no era su culpa.
¡Era culpa de Snape por distraerla!
Ella le dijo claramente que no podía quedarse a hablar con él porque se metería en problemas con sus jefes, pero él no dejó de insistir. Para empezar, ¡ni siquiera se suponía que él iba estar ahí! Se suponía que estaría muy lejos en la casa de alguno de sus amigos en una "pequeña" reunión, no en medio de una exclusiva gala de caridad para gente rica.
Una cosa llevo a la otra y, en menos de lo que podía decir "ballroom", ya se encontraba atrapada en una conversación con personas que jamás había visto en su vida.
Y eso que no estaba mencionado el enorme regaño —probablemente, agresión—por parte de Narcissa Malfoy.
No, señor, eso era un tema completamente diferente. Nunca había tenido tanto miedo en su vida como hasta hace un par de minutos allá arriba cuando la Sra. Malfoy apretaba sus brazos con ambas manos mientras la miraba fijamente con aquellos aterradores ojos grises enloquecidos. Ni mencionar de cuando empezó a reírse nerviosa sin motivo alguno. Por poco y se orinaba del miedo ahí mismo.
Sí que había tenido mucha suerte de haber salido viva de eso.
Pero, volviendo a Snape, no había duda de que esto era su culpa.
No debió haber estado ahí, no debió haberla distraído y, desde luego, ¡NO DEBIÓ METERLA EN ESE TERRIBLE MALENTENDIDO!
—Pinche Snape—refunfuñó regresando al salón de ensayos para irse a desmaquillar y cambiarse.
Empujó la puerta con desánimo y, al ingresar al salón, encontró a la mayoría de sus compañeros descansando en las cómodas sillas acolchonadas que habían dispuesto para ellos junto a una mesa grande llena de comida, postres y bebidas sin alcohol. El pequeño equipo de sonido del maestro Mike estaba encendido a un lado y una canción pop muy conocida sonaba de fondo haciendo ruido mientras sus compañeros conversaban o simplemente estiraban en el suelo ya sea vestidos con sus ropas normales o con parte del vestuario usado durante la presentación.
En cuanto puso un pie en el lugar, todos se giraron a verla. Algunos sorprendidos, otros no tanto. Percibía una sensación ligeramente hostil en el ambiente y, por muy extraño que sonara, lo entendía.
Ella también estaría molesta después de haber recibido un regaño injusto por parte del maestro Mike, lo cual de seguro había pasado pues el Sr. Wright había demorado un buen rato ahí adentro conversando con el coreógrafo y con el resto del staff sobre su pequeña y desafortunada "aventura".
Hermione atravesó el salón, caminando rápido y con sigilo, para llegar a las puertas del vestuario y desaparecer antes de ser interceptada por…
—¡HERMIONE JEAN GRANGER!
Una voz masculina —claramente enojada— la llamó a sus espaldas, haciendo que su sangre caliente por el ejercicio se congelara al instante.
Hermione se detuvo en seco plantando las puntas de sus zapatillas de ballet con firmeza y cerrando los ojos, rogándole al cielo que su situación no empeorara más esta noche. Giró lentamente para encontrarse con la figura esbelta del maestro Mike sentado en una de las sillas, cruzado de brazos y mirándola molesto, por no decir, furioso. Sus ojos claros parecían querer quemarla viva y estaba segura que esa vena en su frente no aguantaría al primer grito antes de reventar.
Nada bueno si me lo preguntan.
Hermione tragó hondo y tomó una profunda inhalación antes de sonreír torpemente.
—Estás en problemas, jovencita.
Después de la presentación musical de los bailarines y del pequeño incidente con aquella bailarina perdida, los amigos de Snape pasarían una breve parte de la noche preguntándose dónde demonios se habría metido.
Como si hubiese sido parte de un elaborado acto de magia, Snape desapareció el resto de la noche y nadie fue capaz de dar razones de su paradero.
En un momento determinado, el hombre estuvo junto a la mesa de los cocteles, bebiendo champagne y conversando con desconocidos, y al otro, ya no. Era como si la tierra se lo hubiese tragado. No había señales ni de su alta estatura ni de su peluca empolvada y mucho menos de su nariz ganchuda.
Severus Snape simplemente había desaparecido sin dejar rastro.
Y la primera en notarlo fue Bellatrix Lestrange
¡Así es! En un giro inesperado de los acontecimientos, Bellatrix Lestrange fue la primera persona en todo el salón en darse cuenta de que su "querido" amigo no estaba. La baronetesa de Ellenborough —y autodenominada "cupido" del profesor Snape— se encontraba conversando y riendo con algunos amigos en su respectiva mesa cuando se le ocurrió la brillante idea de verificar si su plan de unirlo con Lili todavía se encontraba en marcha.
Aún seguía algo inquieta por lo ocurrido más temprano con la muchacha desconocida del elenco de baile por lo que prefería asegurarse de que no hubiese otra ratoncita fantasmagórica corriendo por ahí arruinando sus planes.
Con la excusa de ir al tocador, la mujer disfrazada de Reina Roja recorrió lentamente el salón, buscando con la mirada a sus objetivos. Si mal no recordaba, había dejado a Lili hablando con unas amigas en común al otro lado del salón y, a Snape, con Amycus y Perseus. Sin embargo, tenía la esperanza que ese par de solteros se hubiesen aburrido de sus respectivas compañías y terminaran buscándose entre ellos.
En fin, fue a la derecha, fue a la izquierda, e incluso revisó cerca de la pista de baile y la mesa de los postres, pero no encontró a su amigo pelinegro por ningún lado, cosa que la alarmó en un principio.
"¡¿Dónde se ha metido ese inútil?!", pensó apretando los dientes.
De pronto, un pensamiento fugaz cruzó por su mente. Era una idea loca y totalmente absurda, pero posible y eso bastaba para convertirla en una opción.
Si Snape no estaba y Lili tampoco y ambos se encontraban dentro de un enorme hotel repleto de muchas habitaciones con camas vacías, eso quería decir que…
Snape Lili Cama Sexo Snape con pareja Narcisa libre ¡Recuperar la atención de Cissy!
Una sonrisa triunfante se dibujó en su rostro.
¡Lo había logrado! Su plan había funcionado de maravilla. ¡Era un rotundo éxito!
Quiso saltar y gritar de alegría, pero se contuvo. No era correcto alardear de su genialidad en ese momento, nadie lo entendería y no tendría sentido hacerlo. No obstante, no podía evitar sentirse feliz. Muy feliz. ¿Quién iba a pensar que un plan totalmente improvisado podría ser tan exitoso? Deberían darle un premio por eso.
"Tal vez sí soy lista después de todo", pensó sintiendo que sus mejillas se teñían del mismo color de su vestido. "¡Já! ¡Tome eso madre superiora!"
Sin embargo, aquella sensación de triunfo y satisfacción se fue tan rápido como llegó pues, no le bastó ni dar dos pasos cuando escuchó una jocosa risa femenina provenir de algún lado. Al girarse, encontró a su amiga, la ex Sra. Evans, riendo muy divertida en compañía de nada más y nada menos que el Sr. Perseus Parkinson, su reservado y ergómano amigo corredor de bolsa.
Ambos estaban sentados a la mesa uno muy cerca del otro. Lili cruzaba sus piernas a un lado, revelando aquel liguero negro que rodeaba su muslo derecho e inclinando su cuerpo hacia Perseus, quien se encontraba desparramado sobre la silla, riendo con los ojos cerrados por las ocurrencias de su interlocutora.
Lili bebía con delicadeza de su copa de champagne ya casi vacía. Sus mejillas estaban rojas como sus labios y la brillante peluca que portaba en la cabeza se había movido hacia un lado, revelando la redecilla oscura que cubría su cabellera pelirroja. Perseus, por su parte, tenía un brazo rodeando la cintura de su acompañante y se notaba claramente pasado de copas. Lo conocía demasiado bien como para saber que él no haría algo tan deshambrido como eso estando sobrio.
—No-es-cierto —musitó para sí misma, sintiendo como su ojo derecho empezaba a sufrir de un tic nervioso—. ¡No! ¡No! ¡No!
Y hasta ahí llegaba su brillante plan.
El segundo en notar la ausencia de Snape fue Lucius Malfoy.
Bellatrix había considerado seriamente decírselo a su hermana, pero eso solo sería contraproducente. La idea era desligarla de Snape, no hacer que se preocupara aún más por él. Además, ¡ni siquiera sabía dónde estaba! No la había visto en un buen tiempo, pero algo le decía que de seguro la pobrecita estaba corriendo de un lado al otro tratando de mantener contentos a sus invitados.
Una vez más, quedaba demostrado que Narcisa no podría ayudarla a resolver sus problemas.
Pero al menos tenía a su versión masculina para hacerlo.
Lucius pegó un salto cuando su cuñada se le apareció de manera inesperada para preguntarle si había visto a Snape. La mujer llegó hecha una furia preguntando por el paradero de su amigo, pero el pobre Sr. Malfoy no tenía ni la menor idea de dónde estaba el profesor.
¡No tenía tiempo para eso! Estaba demasiado ocupado tratando de salvar esa fiesta como para preocuparse por dónde carajos se había metido Snape.
Ya que su "querida" esposa no aparecía por ningún lado, le tocaba a él ocupar su lugar de buen anfitrión y a socializar con los invitados, asegurándose de que todos estuvieran a gusto. No era un trabajo fácil, involucraba mucho desgaste mental y físico. ¡No podía forzar por más tiempo su sonrisa! ¡Era agotador!
Asimismo, también involucraba un gran desgaste emocional pues debía simular que eran una pareja unida y sin problemas mientras que, al mismo, solo quería matarla por desaparecerse, así como si nada, y dejarlo solo con esta carga sin manual de instrucciones que seguir ni nada.
Ah, solo deseaba que esto acabara de una vez por todas.
—Bellatrix, no tengo tiempo para esto —masculló entredientes, forzando una sonrisa al ver pasar a uno de sus socios comerciales del brazo de su respectiva esposa—. Deja de preocuparte por él. Debe estar divirtiéndose con alguna chica. Narcissa dijo que le conseguiste una cita.
—Ese es el problema —contestó enojada, llegando a los límites de su paciencia—. SU cita está coqueteando ahora con Perseus Parkinson —señaló mostrando los dientes como si fuese un perro rabioso—. Tenía la esperanza de que ambos estuvieran haciéndolo en alguna de las habitaciones o, en su defecto, en un armario, pero es obvio que no. Y ahora no tengo idea de dónde-está-Snape.
—Tal vez está en el baño —explicó despreocupado como si fuese lo más obvio—. Ha estado bebiendo, es normal que quiera ir al baño a vaciar la vejiga. Tal vez se quedó dormido en el toilet otra vez o algo así. Recuerda lo que pasó en Año Nuevo.
Oh, cómo olvidar Año Nuevo…
Pero por más que quisiera reírse ante el recuerdo, ahora estaba enfocada en algo más importante.
—Además, ¿desde cuándo te interesas por Snape? —preguntó frunciendo el ceño y girándose a verla— Siempre buscas la forma de dejarlo de lado. La última vez casi lo noqueaste jugando tenis y ni hablar de cuando casi lo matas con tu auto. ¿Por qué el repentino interés ahora?
—Tengo mis motivos —respondió secamente.
Lucius entrecerró sus ojos en su dirección, desconfiado.
Esto no le gustaba… para nada.
—¿Qué estás planeando, Bellatrix Lestrange?
Había usado su nombre completo… Significaba problemas.
—Nada que sea de tu incumbencia, Lucius Malfoy —respondió tan rápido como la mordida de una serpiente—. Y si no vas a ayudarme a buscarlo, entonces solo estoy perdiendo mi tiempo.
Lucius abrió los ojos sorprendido y apretó los labios, conteniéndose ante la idea de decirle lo que realmente pensaba. Este no era ni el lugar ni el momento. Le había prometido a su esposa —donde sea que ella estuviese— no hacer ni decir nada que pudiera avergonzarla frente a sus invitados esta noche y, por desgracia, Bellatrix contaba como una invitada más.
En su lugar, tomó aire y pensó en una forma rápida de despachar a su cuñada lejos de ahí.
—Mira, Snape debe estar en el baño tomando un descanso. Ya sabes lo mucho que le incomodan los lugares con demasiadas personas y este salón está repleto —dijo acercándose a ella para no tener que elevar la voz pues la música empezaba a sonar con mayor potencia—. Si tanto te interesa saber el paradero de Snape, ¿por qué no le pides ayuda a Rodolphus? Estoy seguro de que a él, tu esposo, le encantaría ayudarte —sugirió acentuando aquella aclaración con la intención de que entendiera que no la quería ahí con él ahora—. Si me disculpas, tengo cosas que hacer. Nos vemos más tarde.
Y sin más que decir, se fue a saludar a unas personas importantes mientras Bellatrix lo observaba sin quitarle los ojos de encima.
Si las miradas mataran, Lucius habría sido enterrado cinco metros bajo tierra en ese preciso instante. Un poco más y los ojos de Bellatrix Lestrange terminarían disparando rayos láser de la ira que estaba sintiendo.
"Siempre puedes contar con la familia, ¿verdad?"
¿Sí? Pues Bella pensaba que esa era una estúpida mentira.
Los siguientes en enterarse de la desaparición de Snape fueron los hermanos Lestrange, quienes se encontraban tomando cerveza con algunos viejos amigos.
Los varones no le hicieron mucho caso a la dama, lo cual la exacerbó aún más. Ese par de tontos estaban demasiado ocupados con sus amigotes buenos para nada como para querer prestarle atención. Sin embargo, esta vez, al menos Rabastan no fue tan inútil como solía serlo cuando estaba sobrio.
—¿A Snape? Oh, sí. Estaba hablando con la señorita Granger.
—¿La Srta. Granger? —preguntó confundida, pero dispuesta a conectar las piezas con rapidez— ¿Te refieres a la bailarina de hace rato? ¿La chica con la que estaban hablando?
—Sep. Ella misma. La Srta. Granger… Bonito cuerpo, buen trasero, lindas piernas —contestó hablando en voz alta, tal vez, demasiado—. Los vi juntos hablando con Narcissa, pero después alguien se la llevó y ya no la volví a ver. De hecho, justo Snape nos estaba diciendo que tenía que irse cuando nos interrumpiste. Dijo que su novio estaba fuera esperándola o algo así —el hombre extendió su vaso vacío hasta el centro de la mesa indicándoles con un gesto a sus amigos que rellenaran su contenido lo cual no se hizo esperar—. Es una pena que no sea soltera. Creo que Snape quiere con ella.
—¡¿Cómo, cómo?! —exclamó intrigada, acercándose un poco más a su cuñado— ¿Cómo que "quiere" con ella? ¿Con la bailarina?
—Sí, sí, con ella —contestó llevándose su bebida a los labios—. Los vi muy cercanos, más de lo "correctamente" permitido para un par de colegas de trabajo que apenas sí se conocen. ¡Ella hasta lo tutea! Y, no sé, me dio la impresión de que Snape actuaba raro con ella cada vez que me le acercaba, como si estuviera celoso o algo por el estilo… ¿Te lo imaginas? ¿Nuestro Snape enamorado otra vez? Una locura sin duda.
La pelinegra abrió los ojos sorprendida, pero no se atrevió a soltar ningún comentario sobre eso. Esta era nueva información que sería mejor analizar con calma con una copa de vino en casa, no ahora. No debía distraerse de lo importante: encontrar al grasiento murciélago de las mazmorras.
—Y, de casualidad, ¿pudiste ver a dónde o con quién se fue Snape?
—Me dijo que iría a afuera tomar aire y hacer una llamada —gritó dejando casi sorda a su cuñada. Bellatrix prácticamente saltó hacia atrás para que no se le reventaran los tímpanos—. Seguro debe regresar en cualquier momento.
Y eso fue todo lo que obtendría de él pues ni bien terminó esa oración, volvió a enfrascarse en su conversación con su grupo de amigos.
Resignada, no le quedó de otras más que regresar a su mesa para reunirse con sus propios amigos mientras se planteaba la siguiente pregunta:
"¿Dónde demonios estaba Snape?"
"SOLO PERSONAL AUTORIZADO"
Snape entrecerró los ojos para leer el enorme cartel blanco colgado en la puerta que tenía al frente. Por alguna razón que no entendía, las letras se veían borrosas, como si hubiesen sido escritas una sobre otras. Humedeció sus labios y tomó una inhalación profunda.
Oh, cómo deseaba tener desesperadamente sus lentes de lectura ahí con él.
Su mente había puesto en pausa a la mayor parte de cuerpo para permitirle a sus sentidos despejarse y volver a su estado natural de lucidez. Llegar hasta donde había llegado había sido difícil pues todavía sentía la aturdidora sensación de millones de burbujas flotando en su cabeza, confundiéndolo más de lo que estaba.
¡Oh! ¡Cómo se arrepentía de haberse tomado ese último trago de whisky antes de bajar hasta aquí!
A pesar de haberse tomado un vaso de agua en su trayecto hasta ahí —¡Gracias, dispensador mágico de agua que apareciste de la nada!—, estaba seguro que el marcador de su alcoholímetro no había descendido mucho. Lo peor era que eso le pasaba por idiota. Sabía que no debió aceptar todos esos tragos gratis que los meseros le ofrecieron después de que Charles activara el "protocolo" para que Narcissa se fuera.
Sin embargo, los necesitaba.
Necesitaba todo el valor del mundo para hacer lo que estaba a punto de hacer.
Al mismo tiempo, estaba algo decepcionado de su sentido de orientación. Le había fallado un par de veces de camino hasta aquí, pero después de haberse perdido dos veces en los pasillos previos a las escaleras de emergencia, de haber pedido indicaciones a los chicos del servicio de limpieza y de casi haberse matado por culpa de una grada resbaladiza, finalmente se encontraba en su destino: la zona trasera del hotel, el área reservada para el elenco de baile del número musical de la gala.
No sabía cómo fue que había logrado llegar vivo hasta ahí, pero francamente no le importaba. Tenía una misión y nada iba a impedir que la cumpliera.
Era precisamente por eso que un simple cartel pegado en una puerta no iba a detenerlo ahora que estaba tan cerca. ¡No había recorrido como un tonto todos esos pasillos para quedarse a solo una puerta de Hermione!
—Ese letrero no puede detenerme, porque no lo puedo leer —dijo entrecerrando los ojos.
Procurando que sus ojos dilatados lograran enfocar bien lo que tenía al frente, levanto su puño para golpear la puerta tres veces.
Toc, toc, toc.
Al no obtener una respuesta de inmediato, tocó una segunda vez. En esta ocasión, más fuerte.
¡TOC, TOC, TOC!
Un hombre de tamaño promedio abrió parcialmente la puerta luego de unos segundos. El desconocido tenía una expresión muy seria en el rostro, como si hubiese estado refunfuñando por algo desde hace un buen tiempo. Su ceño estaba fruncido y sus labios, apretados, incluso era capaz de escuchar las maldiciones que decía para sí mismo en su cabeza.
Todo indicaba que parecía haber llegado en un mal momento pues notó cierta sorpresa en sus ojos claros, la sorpresa propia de alguien que ve a una persona que jamás esperó ver en su puerta.
"Tal vez era una reacción normal", pensó el profesor tratando de mantenerse sobrio. "Después de todo, yo he tocado demasiado fuerte su puerta. Debí molestarlo".
Y puede que haya sido eso o que, tal vez, ni en sus más descabellados sueños, el maestro Mike habría esperado encontrarse con un hombre extraño sacado de una película de época al otro lado de su puerta.
Es importante recordar que el profesor todavía estaba usando su elaborado y extravagante disfraz de miembro de la corte de Versalles. La peluca gris y empolvada seguía sujetada a su cabeza por unas pequeñas pinzas y su cuerpo aún estaba atrapado en esas capas y capas de ropas rimbombantes llenas de bordados, hebillas, botones y brocados.
Un poco difícil de imaginar si me permiten opinar y eso que yo soy la autora.
Ambos se quedaron viendo fijamente, sin saber exactamente qué pensar o decir.
"Y este, ¿quién es?", se preguntó el coreógrafo.
"Tú no eres Hermione", sentenció Snape.
—¿Sí? —preguntó el treintañero sujetando la puerta con ambas manos, listo para cerrar en caso de ser necesario pues uno nunca se sabe con qué clase de loco te puedes encontrar— ¿Puedo ayudarlo, señor?
—Eh…
Snape se quedó en blanco.
Se suponía que iba a decir algo, pero lo había olvidado por completo, lo cual resultaba irónico ya que lo había estado practicando todo el camino hasta ahí. ¡Ay! Lo tenía la punta de la lengua, pero no era capaz de recordar con que letra iniciaba la primera palabra de su oración.
Este, sin duda, era un mal momento para dejar que su cerebro se reiniciara.
"¡Demonios! ¡Cómo le urgía estar completamente sobrio ahora!"
—Señor, disculpe, esta es un área restringida —prosiguió el maestro Mike al darse cuenta de que su interlocutor no estaba en facultades para responderle de manera coherente. A juzgar por el ligero olor a licor que le llegaba a la nariz, podía deducir que solo se trataba de un invitado más que se había perdido de camino al baño—. La fiesta es arriba. Le voy a pedir amablemente que se retire de aquí. Buenas noches.
Y justo cuando estuvo a punto de cerrar la puerta y dejar al profesor con las palabras en la boca, el maestro Mike se dio cuenta de que aquello sería imposible. Snape finalmente se había aventurado a salir de aquel estupor provocado por la champagne y había deslizado su pie en aquel estrecho espacio entre el marco y la puerta.
El pelinegro mordió el interior de sus mejillas para ahogar aquel gritó de dolor que terminó perdiéndose en el fondo de su garganta. Su pobre pie atrapado en la bota de montar oscura reclamó resentido por el golpe mandando millones de descargar eléctricas que recorrieron cada fibra de su ser.
Eso había dolido.
El bailarín abrió la puerta al instante. Su mirada transmitía un agitado mar de emocione. Para empezar, se veía muy sorprendido por su repentina acción. A su vez, también algo apenado por haberlo golpeando, es decir, no había sido su intención. Asimismo, no debíamos olvidar que todavía estaba molesto por lo que sea que hubiese pasado antes y, por último, era claro que ahora experimentaba lo que comúnmente se llama "desagrado" por culpa de esta visita inesperada.
El desconocido levantó la mirada y enarcó una ceja esperando una respuesta por parte del hombre de nariz ganchuda.
—Estoy buscando a Hermione Granger —anunció retirando lentamente su pie de la puerta—. ¿Está ella aquí?
"Tenía qué ser Granger", pensó Mike, irritado. "¿Acaso esa niña no puede dejar de meterse en problemas ni por un segundo? Ya tuve suficiente con lo de hace rato, no tengo tiempo para esto".
—No —dijo secamente—. Buenas noches.
Y luego de eso, le estampó la puerta en la cara, haciendo retroceder al profesor del susto.
Snape parpadeó un par de veces sin ser capaz de creer lo qué había pasado. ¿Acaso todavía estaba ebrio? Porque estaba seguro que lo había alucinado. En sus 42 años de existencia en este mundo, no conocía aún a alguien lo suficientemente valiente o lo suficientemente idiota que se atreviera a cerrarle la puerta en la cara; sin embargo, ahora llegaba este desconocido bailarín de mal carácter y tenía la osadía de cerrarle la puerta en sus narices.
¿Acaso ese hombre no le tenía miedo a la muerte?
"¿Qué carajos había pasado?"
Sea lo que sea, Snape no iba a permitir que nadie le hiciera quedar como un payaso cerrándole la puerta en la cara. Saliendo del impacto inicial, volvió a levantar el puño y tocó por tercera vez, en esta ocasión, con todas las intenciones de derribar la puerta de ser necesario.
"¡TOC, TOC, TOC, TOC, TOC, TOC, TOC, TOC, TOC, TOC!"
Solo bastaron diez segundos de golpear intensamente la puerta para que el maestro Mike saliera hecho una furia, listo para reclamarle por tanto escándalo.
—¡Oiga! No sé quién demonios sea usted, pero esta es un área restringida. Tiene que irse ahora o llamaré a seguridad —amenazó bloqueando la entrada con su cuerpo— ¡Ya!
—¡Solo quiero que me diga si ha visto a Hermione Granger! —exclamó usando el mismo tono de voz que su interlocutor—. Se supone que esta es el área de descanso para los bailarines, ¿no es así? Ella es bailarina aquí. Debe conocerla. Tiene el cabello castaño y rizado, es como de esta estatura, dientes grandes, ojos miel…—
—Sí, sí, sé cómo es ella —lo calló cerrando los ojos y agitando las manos—. Soy el coreógrafo, he trabajado con esa mocosa durante dos meses enteros, sé perfectamente como se ve, no necesito que me la describa.
Snape frunció el ceño y apretó los puños de ambas manos.
¡¿Mocosa?! ¿Acaso le había dicho "mocosa" a su Hermione? ¿Acaso ese hombre se quería morir? Porque estaba así de cerca de que su cara tuviera una entrevista personal con su puño.
Pero entonces recordó el resto de sus palabras: "Coreógrafo".
¡Maldición! Eso quería decir que era quién estaba a cargo ahí y, por ende, el jefe de Hermione —jefe en segundo grado, pero jefe, al fin y al cabo—. Eso significaba que tampoco podía golpearlo pues terminaría causándole más problemas a su novia y ya había hecho suficiente por esta noche.
Una lástima, a decir verdad, pues se lo merecía.
—Entonces, ¿sí está aquí? —preguntó retomando el tema.
—… —el hombre tomó una respiración profunda y respondió—. Sí, aquí está.
—¿Puede decirle que salga, por favor? Necesito hablar urgentemente con ella, es muy importante.
El maestro Mike abrió la boca incapaz de creer lo que escuchaba. Después de toda la vergüenza que le había hecho pasar en menos de una hora con el Sr. Wright y, por ende, con la Sra. Malfoy, ¿cómo era posible que esa niña siguiera atreviéndose a colmar su paciencia con cosas como estas?
Eso le pasaba por contratar a artistas independientes y con historial dudoso.
—En este momento la Srta. Granger está muy ocupada resolviendo un asunto interno de vital importancia con el resto del equipo así que le sugiero que, si tanto desea hablar con ella, la llamé a su número personal —dijo cruzándose de brazos—. Tal vez tenga suerte y le responda cuando culmine con su horario laboral porque, de hecho, sigue en horario de trabajo.
—Por favor, se lo pido. Es imperativo que hable con ella en este preciso instante —insistió dando un paso hacia él, haciendo más evidente la enorme brecha de alturas entre él y su interlocutor—. Solo me tomará un minuto, lo prometo. Dígale que necesito hablar con ella… Por favor.
Ese hombre no se iba a rendir tan fácilmente, ¿verdad?
Viendo que esta conversación no se dirigía a ningún lado y que el invitado extraño de la Sra. Malfoy no iba a dar su brazo a torcer, el maestro Mike optó por suspirar resignado y cumplirle el capricho al hombre pudiente de upper class para así deshacerse de él lo más pronto posible. Le dolía demasiado la cabeza como para seguir peleando por tonterías.
"La próxima vez, recuerda no contratar a bailarinas menores de 25", se regañó.
—… ¿De parte? —preguntó finalmente, enarcando una ceja.
—Eh, de Severus Snape —el coreógrafo se quedó observándolo en silencio como si esperara que fuera más específico y terminara la oración—, su novio.
"Su novio… Wow, eso había sonado bien. Le gustaba", pensó para sí mismo ocultando una tímida sonrisa. "Severus Snape, su novio… Podría acostumbrarse a eso".
"¡¿SU NOVIO?!", gritó la mente del otro incapaz de creer lo que escuchaba. "¡¿ESE VIEJO ES SU NOVIO?!".
No esperaba escuchar eso, al menos no hoy.
No conocía a Hermione a la perfección —en realidad, a no conocía bien a nadie de su elenco de baile, solo habían socializado dos meses—, pero a groso modo diría que le parecía una persona alegre y joven, por lo que jamás se le ocurriría emparejarla con alguien tan apático y mayor como el hombre que tenía al frente. Si le hubiese dicho que era su padre o su tío, probablemente le hubiese creído. ¡Incluso le hubiese creído si le decía que era su abuelo! Pero, ¿su novio? ¿El novio del que tanto hablaba? ¿El novio que la había llevado de vacaciones haciendo que se perdiera 3 ensayos generales? ¿Ese mismo novio?
"Vaya, Granger, te respeto…"
—... —el maestro Mike le echó una última mirada antes de asentir lentamente con la cabeza y apretar los labios evidentemente incomodo—. Deme un minuto, por favor.
Y, luego de eso, simplemente volvió a cerrarle la puerta.
Snape no supo si sentirse agradecido de que atendieran su petición o indignado por la mala actitud del empleado.
Decidió que mejor lo último.
Mientras tanto, en los vestidores femeninos, una solitaria Hermione Granger se encontraba sentada en silencio frente en uno de los diez tocadores que el hotel había dispuesto para el elenco de baile.
El delicado velo blanco y las flores de fantasía que adornaron su cabeza durante la presentación yacían almacenados en el armario junto con los tocados de sus demás compañeras y las extensiones de caballero que habían formado parte de su larga melena esa noche hace tiempo habían sido recogidas por su estilista.
Las zapatillas de ballet ya estaban guardadas y etiquetadas en su respectiva caja y ahora unas cómodas zapatillas rojas adornaban sus cansados y adoloridos pies. Una larga venda blanca envolvía su extremidad derecha, apretando su tobillo con moderada fuerza para mantener la articulación inmóvil.
Si bien ya había pasado regular tiempo desde su fractura y su pierna se encontraba fuera de peligro, eso no quería decir que su pie no sintiera dolorosas punzadas de vez en cuando, sobre todo después de exigirle tanto a su cuerpo como lo había hecho durante la presentación.
Los saltos habían sido la peor parte. ¡Oh! ¡Cómo habían dolido!
Ya recordaba porque prefería mil veces el ballroom que al ballet.
Ya había devuelto casi gran parte del vestuario, ahora solo le quedaba regresar el body, las medias y la falda abultada que conformaba su tutu. Sin embargo, eso lo haría luego, cuando fuera al baño a cambiarse. Ahora lo único que quería hacer era quitarse ese pesado maquillaje de la cara y arreglarse un poco el cabello que lo traía del asco por culpa de los restos de gel y brillantina dorada.
—Oh... Necesitaré una buena mascarilla después de esto —susurró pasándose un algodón con agua micelar sobre los párpados, extrayendo los último s rastros del polvo azul y rímel negro que cubrían sus ojos—. Tal vez un exfoliante… Y, sin duda, un hidratante.
Por lo menos diez toallitas desmaquillantes descansaban arrugadas sobre la mesa del tocador, todas cubiertas de restos de pintura facial blanca.
Hermione ya llevaba un buen rato sentada frente al espejo tratando de quitarse el maquillaje del rostro y cuerpo. Su cara estaba enrojecida de tanto tallar los pañitos contra su piel. Su nariz le ardía y su frente parecía tener una mancha roja como consecuencia de alguna alergia. Su cuello y brazos todavía seguían algo húmedos por la toalla mojada que había usado para limpiarse; sin embargo, esta no parecía haber sido suficiente. Los restos de pintura blanca aún eran visibles en la base de su nuca.
Necesitaría darse un buen baño para quitarse todo el maquillaje del cuerpo…
La joven pasó otro pañuelo por sus labios y articuló un poco para quitarse el entumecimiento de la boca. Sin ánimos de nada, soltó un bufido abatida al ver todo el desorden que había causado. Desechó el objeto junto con los otros y los empujó con ambas manos hasta que cayeron dentro del cesto de basura al lado del tocador.
Sus ojos miel posaron su mirada en el espejo y el reflejo cansado le devolvió el gesto.
—Agh... Tonto, Snape —suspiró desganada, encorvándose sobre el tocador sin darse cuenta—. Tonta, tú, Hermione.
Estiró su mano para alcanzar la botella de agua fría que habían reservado para ella y la abrió para tomar un sorbo. La sensación de frescura calmó al instante el ardor de su garganta y el mareo en su cabeza. Cerró la botella y la colocó al lado de su rostro, alternando de mejillas a mejilla para bajar su temperatura corporal.
La pobre se sentía en ebullición desde que había terminado su altercado con el maestro Mike. El coreógrafo no había tenido compasión alguna al regañarla, prácticamente le había jurado que ni de chiste volvería a contratarla, aunque le pagaran por ello.
"En todos mis años trabajando en eventos de este tipo, nunca había visto a una bailarina tan poco profesional o tan tonta que se atreviera a desobedecer la única regla impuesta por sus clientes".
Y, desde luego, ella había tenido que morderse la lengua y simplemente aceptar el regaño en silencio mientras sentía las miradas arrolladoras de sus demás compañeros.
Se había descompensado después de eso.
El contener tanto enojo y frustración dentro de su cuerpo tan pequeño y volátil siempre le hacían sentir mal. No tenía idea de cómo fue que no se desmayó de la cólera camino al vestidor. Por lo general, siempre le subía fiebre cuando discutía con alguien y esta vez no había sido la excepción. Sin embargo, por primera vez su cuerpo parecía colaborar con su mente para no humillarla más de lo que ya había sido humillada hasta ahora.
Tal vez tenía más autocontrol de lo que creía.
Se llevó una mano a la frente y la sintió caliente y pesada.
No era fiebre, pero algo le decía que estaba cerca de serlo.
"Te lo tienes merecido por andar de romance", se autoregañó mentalmente. "Estás siendo cero profesional, niña. Vienes a trabajar, no a andar de novia ni a preocuparte por lo que haga o deje de hacer tu pareja".
"No fue mi culpa. No sabía que Snape iba a estar aquí".
"¡Exacto! No sabíamos que estaría aquí. Además, ¿por qué es nuestra culpa? ¡Fue él quien se puso terco e insistió en que nos quedáramos! Nosotras somos la víctima aquí, no él"
"Olvida a Snape. ¡Concéntrate en ti! Se supone que somos profesionales. PRO-FE-SIO-NA-LES. Esto fue un tonto error de novato. Es un milagro que no nos hayan echado a la calle con todo y vestuario".
"Ni lo menciones. ¿Viste la cara de loca que tenía la Sra. Malfoy? Por poco y pensé que nos mataría ahí mismo. Todavía puedo sentir sus uñas clavándose en mi brazo".
"Sí, fue aterrador".
Alejó la botella de agua de su cara, dejándola sobre la mesa, y se humedeció los labios con la lengua. Su reflejo fatigado le devolvió la misma mirada desalentadora.
Ya sin maquillaje que arreglara sus imperfecciones, podía ver sus ojeras oscuras y ojos cansados. Se veía y se sentía horrible, prefería volver a esconderse tras esos kilos y kilos de maquillaje que salir a la calle luciendo así de fea.
Ocultó su rostro tras sus manos y dejó escapar un largo suspiro antes de apretar los dientes con fuerza.
Estaba avergonzada.
Muy avergonzada.
—Mejor me mato —lamentó con voz pastosa, dejando caer su cabeza contra la mesa del tocador.
Un par de golpes en la puerta la hicieron reincorporarse justo a tiempo para ver al maestro Mike abrir la puerta y asomar su cabeza dentro de la habitación. No tardó ni cinco segundos en localizarla. A juzgar por su mirada, ya no parecía molesto, en su lugar, parecía estar ligeramente sorprendido y se atrevería a decir que hasta confundido.
¿Por qué? Ni idea. Qué mosca le habría picado ahora.
La castaña se giró sobre su asiento y esperó en silencio a que su superior hablara.
—Sal —ordenó sin más.
La castaña frunció el ceño y contestó confundida— ¿Qué?
—Que salgas.
—¡¿Por qué?! —preguntó preocupada— ¿Qué sucede?
—Alguien te está buscando —dijo como si fuese lo más obvio del mundo—. Está afuera esperándote, así que sal.
Hermione se puso de pie de un salto, sintiendo su corazón palpitar como loco contra su pecho.
¿Alguien la estaba buscando? ¿Quién? ¿Quién podía estar afuera esperándola? ¡Oh, no!
¡¿Acaso era el Sr. Wright de nuevo?! Tal vez había venido para decirle que siempre no tendría su cheque… ¡¿Y SI ESTA VEZ ERA LA SRA. MALFOY?! No sabía sí la mujer se encontraba mejor, pero sí sabía que la fiesta estaba por llegar a su fin lo que quería decir que ahora sí tendría tiempo para matarla. ¡OH, DIOS MÍO! ¡La Sra. Malfoy había venido para matarla y enterrar sus pobres sueños de bailarina fracasada en el contenedor de basura afuera de su hotel!
Ahora sí ya valió.
"Soy demasiado joven para morir", lamentó. "Todavía no le comprado su casita a mi gato. ¡Ni siquiera tengo gato!".
—¿Qui-quién…. ¿Quién me busca? —preguntó en un chillido debido a los nervios— ¿Es el Sr. Wright otra vez? —añadió temerosa.
"Por favor diga que sí, por favor diga que sí. Qué no sea la Malfoy. ¡QUÉ NO SEA LA MALFOY!"
"¡Contrólate, Hermione!", le gritó su conciencia haciéndola entrar en razón. "¿Dónde quedó tu valentía? ¿Dónde está esa bravura de artista que tanto decías que tenías? ¡Cálmate!"
Al ver la lucha interna que se libraba en la mente de Hermione, el maestro Mike sonrió de lado con cierto aire burlón mientras se acomodaba contra el marco de la puerta antes de responder. Cabe aclarar que el coreógrafo se tomó su tiempo, parecía divertirle verla sufrir por la incertidumbre de saber quién era la misteriosa persona que la estaba buscando.
—Tu novio.
Uff, qué alivio. Solo era su – su – su – su ¡¿SU NOVIO?!
Hermione abrió los ojos tanto como pudo, adoptando la apariencia de un búho asustado. Por un momento, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones y que el suelo bajo sus pies ya no estaba. Sus labios se abrieron formando una pequeña "o" que permitía ver sus incisivos grandes y, de no haber sido porque el maestro ya sabía que ella se había lavado la cara, este habría jurado que su bailarina todavía se encontraba maquillada por lo pálida que se había puesto.
"¿Problemas en el paraíso?", se preguntó viéndola salir del shock.
—¿Qui-quién?
—Severus Snape, tu novio —repitió con una sonrisa divertida en el rostro—. Más vale que salgas ya, parece que le urge verte. Estaba dispuesto a tirar la puerta solo para que le dijera dónde estabas… Encantador, sin duda —añadió con sarcasmo.
La castaña no tardó en darse la vuelta y correr hasta su locker para tomar su casaca y ponérsela a toda velocidad para cubrir la parte superior de su cuerpo. La prenda térmica de color oscuro la hacía ver tan abultada como un malvavisco quemado, lo cual era un tanto divertido ya que la vaporosa falda blanca que colgaba desde su cadera simulaba ser el resto del dulce derretido.
La castaña corrió de regreso al tocador para hacerse una improvisada coleta en el pelo y asegurarse de que ya no tenía pintura blanca en las sienes. Revoloteó la superficie del mueble en busca de su celular y puede que tirara por accidente uno que otro producto desmaquillante en el proceso.
Cuando se sintió lista, se dirigió hacia la salida.
—Oye, ¿no es muy mayor para ti? Creí que se trataba de tu papá.
Todavía apoyado contra el marco de la puerta, el maestro Mike inclinó su cabeza a un lado con una sonrisa burlona en los labios mientras veía a Hermione acercarse.
La bailarina le dedicó una mirada asesina y le respondió sin ser capaz de contenerse— ¿Qué te importa? No es de tu incumbencia.
El hombre apretó los labios y asintió perplejo.
¿Quién lo diría? Esta gatita tenía garras después de todo.
—Deshazte de él y vuelve —ordenó dejándole libre el paso—. Necesito que devuelvas ese disfraz, eres la única que falta. Asegúrate que este completo. Se descontará de tu cheque si entregas esas medias rotas o si la falda desaparece —la muchacha rodó los ojos y soltó un bufido—. No quiero más problemas esta noche.
Hermione se le quedó mirando un par de segundos, creando tal tensión en el ambiente que podría ser cortada con un cuchillo. La pequeña voz de su consciencia la persuadió de responder y le imploró que solo siguiera su camino, cosa que tardó en aceptar, pero que al final, hizo.
—Permiso.
Hermione atravesó el salón de descanso dejando atrás al maestro Mike y sintiendo la atenta mirada de sus demás compañeros sobre ella, vigilando cada uno de sus pasos y susurrando a sus espaldas.
Nunca en su vida pensó que un salón de apenas 6 metros de ancho pudiese ser tan largo. Parecía que con cada paso que daba, la puerta de salida se iba alejando más y más. Era como caminar sobre una banda corredora: no iba a ningún lado y sus pies cansados ya no parecían tener fuerza para apresurar el paso.
Sin embargo, eventualmente, llegó al otro lado.
Giró el picaporte y tiró de la puerta, revelando una figura familiar al otro lado.
Severus Snape la esperaba recostado contra una pared al lado del pasillo. Sus brazos envueltos en aquella elegante levita antigua estaban cruzados sobre su pecho y la peluca gris que cubría su cabeza hacía resaltar aún más ciertos rasgos de su rostro como su nariz ganchuda.
Por lo general, ver a su novio solía tener un efecto positivo en su ser. Estar cerca de él solía tranquilizarla y alegrar su día, pero esta vez no.
Era todo lo contrario.
Ver a Snape esperándola pacientemente al otro lado del pasillo la hizo sentir más enojada de lo que ya estaba.
Había albergado la ligera esperanza de que, tal vez, ahora que el shock inicial había pasado y se encontraba más calmada, tendría la paciencia suficiente como para tener esa conversación con su pareja y aclarar las cosas. Sin embargo, el verlo ahí tan tranquilo como si nada hubiese pasado solo hizo que su enojo se incrementara.
¡¿Cómo podía estar tan tranquilo después de presenciar lo que su "amiga" acababa de hacerle?! Tenía la piel de ambos brazos marcada por culpa de las garras que esa mujer tenía por uñas. ¡Y ni hablar de su brazo adolorido! Era un milagro de que la asistente de esa psicópata no le hubiese roto el brazo de un mal movimiento.
Para colmo, no contenta con casi matarla, la Sra. Malfoy se había tomado la libertad de despedirla sin ningún motivo válido. Es decir, sí, había dejado su puesto de trabajo y, sí, había hecho lo único que tenía prohibido: hablar con los invitados. ¡Pero eso no era un motivo válido para despedirla! ¡¿Por qué se había precipitado de esa manera?! ¿Por qué despedirla en público? ¿Por qué humillar a una desconocida de esa forma?
"Casi le provocas un derrame…", comentó su mente.
"¡Cállate!"
Volviendo a lo importante, esto no iba se iba a quedar así. Ella iba a reportar este abuso al sindicato de bailarines y tomarían cartas en el asunto. A ver si le parecía gracioso cuando la orden de indemnización llegara a su escritorio.
Pero, esperen, todavía no mencionaba lo peor.
Lo peor de todo era que Severus Snape, el hombre que tenía la frente, la persona que se suponía era SU pareja, ¡no había hecho absolutamente nada para intentar defenderla!
Había estado pintado como una pared: inmóvil e inútil.
¡La habían agredido verbal, física y emocionalmente y a Snape le dio igual!
Repito, ¡le dio IGUAL!
"Mejor dime que no te importo", pensó apretando los puños. "Mejor dime que me muera, ¿no?"
No entendía nada. Si tanto decía que la amaba y que ella era lo mejor que le había pasado, ¿por qué mierda permitió que las personas que decían ser sus amigos la humillaran toda la noche?!
Porque no había sido solo la Sra. Malfoy, claro que no. Jamás podría olvidar a la loca Sra. Lestrange ni aunque lo intentara. No entendía cómo es que esa mujer se encontraba en una fiesta y no en una institución mental. ¡Era un peligro andante!
Ni siquiera el dúo de hermanos Lestrange se salvaba. Uno era demasiado intenso y el otro, demasiado mezquino.
¿Qué clase de amigos se suponía que tenía su novio? ¿Por qué todos eran millonarios dementes? ¿No podía tener, aunque sea, un solo amigo "normal"?
"Al menos tiene amigos", dijo una voz lejana en su cabeza. "Por lo menos ya sabes que no estás saliendo con un mentiroso compulsivo. Te dijo la verdad, ahí están. Son raros, pero ahí están"
Pues sí, tenía razón.
Durante todo el tiempo que llevaba conociendo a Snape, nunca había tenido la oportunidad de preguntarle por sus amigos. Al principio no le importaba, en ese entonces no eran nada más que profesora y alumna; sin embargo, ahora que eran pareja, no podía evitarse preguntarse si realmente existían. Es decir, uno nunca sabe con qué tipo de persona puede encontrarse. ¿Qué le garantizaba que su novio no era un rarito asocial que inventaba amigos para parecer normal?
No obstante, después de lo ocurrido, quedaba claro que su novio sí tenía amigos.
Amigos de verdad.
Desde luego, hubiese esperado otro "tipo" de amigos. Unos más... amables.
Y mentalmente estables.
Por más que le doliera, tenía que reconocer que Snape no le había mentido cuando dijo que tenía amigos "pudientes y con influencias". Los hermanos Lestrange o la señora Bellatrix fueron una verdadera sorpresa en su momento. ¿Socios de un club exclusivo y una socialité conocida por sus frecuentes escándalos? Realmente no eran algo que hubiese esperado.
Pero se quedaban en nada comparados Narcissa Malfoy.
Tener de amiga a la mismísima anfitriona de la gala Weston llevaba esta locura a niveles inimaginables.
"Tener de amiga a una potencial psicópata y explotadora laboral llevaba las cosas a otro nivel".
¡La mujer la había obligado a ella y a sus otras compañeras a sostener barras de hielo durante 20 minutos solo por un capricho!
Había escuchado de jefes locos, pero esto era ridículo.
Hermione llegó a la altura del pelinegro quien se reincorporó de inmediato, como si tuviese un resorte en la espalda. Se notaba ligeramente nervioso y puede que algo alterado. Se cruzó de brazos y frunció el ceño mientras recargaba el peso de su cuerpo sobre una de sus piernas.
Snape humedeció sus delgados labios y tomó aire antes de romper su silencio.
—Hola... ¿Te interrumpí? —preguntó cauteloso, pero con voz clara.
Hermione soltó un suspiró agotado antes de contestar.
—¿Tú qué crees? —respondió entrecerrando los ojos.
Snape escaneó su figura de arriba a abajo, encontrándose primero con una gran casaca oscura que parecía ser del doble del tamaño de quien la portaba y luego con las mallas y la falda blanca que contrastaban enormemente con la primera prenda. Incluso se percató de los restos de maquillaje en la parte laterales de sus sienes y de las manchas de brillantina dorada que decoraban su cabeza.
Al parecer el coreógrafo malhumorado tenía razón y sí la había agarrado en un mal momento.
—Lo siento.
—Olvídalo —suspiró con desanimo—. Supongo que lo que sea que tengas que decir debe ser urgente como para ameritar que hagas un escándalo aquí afuera. El maestro Mike dijo que casi tiraste la puerta intentando entrar.
—Ese hombre está exagerando... —la ceja castaña enarcada de Hermione lo hizo morderse la lengua antes de continuar—. Lo siento.
—Sí, yo también —comentó con sarcasmo.
Dándose cuenta de que pedir disculpas por todo lo ocurrido no era más que una pérdida de tiempo, prefirió enfocarse en lo que realmente importaba y decirle a Hermione lo que tanto había estado planeando desde que abandonó el salón de recepciones.
Mejor aprovechaba ahora que estaba calmada…
—Escucha, no pueden despedirte —empezó tomándose el tema con suma seriedad—. Estuve averiguando. Tengo un amigo allá arriba que es abogado y pregunté —por supuesto que lo había hecho, ¿cuál era el beneficio de que Goyle fuera abogado si no podía sacarle provecho a su asesoría legal gratuita?— Dijo que el despido está injustificado por lo que legalmente no debería proceder.
—Snape.
—Sí, sí, yo sé que eso es hipotético porque en realidad Narcissa sí podría despedirte si así lo desea, es tu jefa, pero estamos hablando de una completa injusticia. Además, recuerda que tenemos algo a favor. ¡Tú ya completaste el trabajo! No puede despedirte sí ya cumpliste con tu parte del contrato. ¡Es imposible!
—Snape.
—Espera, estoy hablando —la cortó por segunda vez haciendo que Hermione abriera los ojos sorprendida—. Escucha, no importa todas las rabietas que haga, ella tiene que pagarte por el trabajo que has hecho. Ya bailaste, ya te presentaste, cumpliste con lo que se te pidió. Tienes derecho a cobrar tu pago, ella no tiene por qué retenerlo —el hombre tomó aire y continuó—. Mira, yo sé que las cosas se pusieron feas allá arriba, pero te prometo que voy a arreglar todo, ¿sí? Voy a hablar con Narcissa, la haré entrar en razón y solucionaré todo.
—Snape.
—Escucha, escucha, escucha —pidió estirando ambas manos para tocar sus hombros—. Conozco a Cissy desde hace casi 20 años, te juro que no es así todo el tiempo —valga la pena la aclaración—. Solo estaba pasando por un mal momento…—
—¿Mal momento? —exclamó irónica, sacudiendo ligeramente los hombros para apartarlo— Mis brazos pasaron un mal momento, ¡casi me los rompe!
—Entiéndela, por favor. Está muy estresada por esto de gala y quedó claro que ella no es la mejor cuando se trata de manejar el estrés.
—¿Entenderla? —preguntó perpleja— ¡¿Entenderla?! Snape, casi me mata. ¡Podía verlo en sus ojos! Si la hubiesen dejado, se me hubiese abalanzado encima.
—Sí, sí, lo sé, lo sé —el profesor de pasó las manos con desesperación por la peluca empolvada y luego las dejó caer sin gracia y exasperado—. Mira, yo sé que lo hizo estuvo mal…—
—Más que mal.
Pretendió que no escuchar el comentario y prosiguió.
—Pero solo lo hizo porque no se encontraba en sus cabales. Por lo general, Narcissa es una persona muy razonable y pacífica.
—Ah, ¿sí? —enarcó una ceja y cruzó los brazos— Permíteme que dudé de eso.
—Está estresada por la gala. Ha estado más irritable de lo usual desde que la seleccionaron como la anfitriona de este año. Ni siquiera yo la he soportado este mes, por eso ya no he estado yendo a su casa —explicó esperando que, después de pintarle el panorama completo, Hermione fuera capaz de entender el actuar de su amiga—. Está empeñada que esta sea la mejor fiesta jamás organizada por la Fundación Weston. Está llevando al límite su capacidad y la de todo su equipo de trabajo. Prácticamente se está desviviendo por esto. Es muy perfeccionista con todo lo que hace, igual que tú.
¡Para qué dijo eso!
Si Hermione estaba enojada, ahora estaba furiosa y esa rabia no tardó en manifestarse.
—¡¿Igual que yo?! —chilló indignada.
—No, no. Es decir, eh, no quise decir...—
—¡No te atrevas a comparar esa loca conmigo, Severus Snape! —advirtió levantando su dedo índice de forma amenazante— No te atrevas.
—Hermione, ella no está loca.
—¡Me quiso atacar! ¡¿Que no te das cuenta?! Incluso mandó a alguien a torcerme el brazo —dijo pasándose las manos por el cabello, tirando de él por desesperación—. ¡Está demente!
—Es que no debiste provocarla así, ¿qué te costaba quedarte callada?
Hermione abrió la boca dejando escapar una especie de gemido ahogado cargado de indignación. Sus manos temblorosas se elevaron a la altura de su torso y luego se dejaron caer bruscamente golpeando sus muslos, produciendo el único sonido audible en todo el pasillo.
—No puedo creerlo. No puedo creer lo que estoy escuchando. No-puedo. —dijo después de par de segundos en los que su ira logró a nublar su mente— ¿Por qué te esfuerzas tanto en hacerme parecer culpable? ¡Mira lo que me hizo en los brazos! —al instante, levantó las mangas de su casaca para que el mayor pudiera ver las marcas rojizas que las uñas de la Malfoy le habían dejado en la piel— Tu "amiga" está ¡loca! ¿Por qué te empeñas en ponerte de su lado?
—No me estoy poniendo del lado de nadie.
—¡Sí, sí lo haces, Snape! ¡Sí lo haces! —arremetió— Yo soy tu novia, se supone que deberías defenderme cuando alguien intenta agredirme.
—Por última vez, no fue una agresión.
—Pues yo la sentí como tal.
—Hermione, ¡casi la matas de un infarto! —gritó perdiendo todo rastro de paciencia y autocontrol.
—¡Pero no se murió, maldición! —grito en respuesta casi igual o más exasperada que él— ¡Por Dios! ¿Por qué la sigues defendiendo?
—Porque es mi amiga y me preocupo por ella.
— Claro, y a mí que me atropelle un carro, ¡¿verdad?!
—¡¿Por qué eres tan insufrible e inmadura?!
—¡¿Por qué no puedes darme la razón y apoyarme?! Reconoce que ni siquiera te importó que todos hayan pasado por encima de mí esta noche.
—¡Yo no tengo la culpa de que no les agrades!
Fue muy tarde cuando Snape se dio cuenta de la magnitud de sus palabras. Las lágrimas de importancia que Hermione tanto se había esforzado en contener ya habían resbalado por sus mejillas.
Me gustaría decir que esta pelea no pasó a mayores, que solo fue una pequeña disputa que fácilmente se podría arreglar con un beso y un abrazo, pero la verdad es que la situación se les había escapado de las manos y el daño ya estaba hecho. No importaba cuántas veces intentarán disculparse por este malentendido, en algún lugar muy profundo de sus memorias, el recuerdo de esta noche permanecería escondido esperando un detonante para ser revivido.
El furioso océano de emociones que Hermione albergaba en su corazón finalmente pudo con ella. No importó cuantas veces intentó salir a la superficie, la corriente no dejaba de arrastrarla hasta el fondo. Su mente nublada por el enojo y el dolor sucumbió ante la impotencia de poder manejar la situación, dejando que sus lágrimas fueran el bote salvavidas que aliviaran un poco su malestar.
Snape sintió su corazón encogerse cuando vio a su castaña retroceder lentamente mientras apretaba los labios para contener el llanto. Su pecho subía y bajaba tratando de obtener algo de oxígeno y sus ojos brillaban por culpa de las lágrimas no sollozadas.
—Yo... —murmuró arrepentido de cada una de sus palabras—. Yo no quise decir eso... Perdóname.
La bailarina se llevó ambas manos al rostro y se limpió las lágrimas con brusquedad, esforzándose al máximo para no quebrarse frente al profesor.
—Mi amor, lo siento tanto —Snape rodeó a Hermione con sus brazos, envolviéndola en un forzado abrazo que la castaña no supo cómo evadir—. No debí decir eso. Ssabes que no lo dije en serio. Perdón, perdón, perdón.
—Pero lo dijiste —susurro con voz ronca contra su pecho, inmóvil y rota—. Y si lo dijiste es porque en el fondo lo piensas.
—Hermione...—
—Déjame, por favor.
La muchacha se removió entre sus brazos, intentando romper el contacto lo más pronto posible. El pelinegro no opuso resistencia por más que quisiera pues sabía que solo empeoraría las cosas, así que retiró sus brazos y dio un paso hacia atrás poniendo una corta, pero saludable distancia entre ellos.
Hermione levantó la mirada, enjugándose las lágrimas por última vez.
Ya no había enojo en sus ojos.
Solo decepción.
—Vete —pidió a media voz, sorbiendo por la nariz—. No. ¿Sabes qué? Mejor yo me voy. Después de todo, tú eres el invitado y yo ya no tengo nada que hacer aquí.
Tomó aire y se dio un par de palmadas en las mejillas para despejar su mente antes de dar la media vuelta e alejarse lentamente por el otro lado del pasillo con rumbo desconocido. El profesor pasó sus manos por su cabeza, apretando sus labios y sintiéndose impotente. ¡Nunca antes se había arrepentido por algo como en ese momento!
—Hermione —intentó retenerla.
—Estoy cansada, lo hablaremos mañana, ¿sí? —anunció recogiendo su mano contra su pecho para que no fuera capaz de tocarla— Buenas noches.
El recorrido de un pasillo nunca se le hizo tan largo como este. La peor parte era que sus piernas estaban tan cansadas por el esfuerzo físico durante la presentación que no estaba segura de que pudieran seguir sosteniéndola por más tiempo. No obstante, no quería dejar de avanzar pues significaría quedarse el mismo lugar que Snape y no quería eso.
Todo lo contrario.
Quería alejarse y no volverlo a ver por el resto de su vida.
Puede que tal vez estuviese exagerando y al final terminara buscándolo antes de que acabara la semana, pero por ahora se lo iba a permitir solo porque se encontraba muy dolida con él.
Ella solo quería ganar algo de dinero honradamente y luego pasar una buena noche de Halloween con sus amigos en la fiesta de Sir Nicholas como siempre solía hacer. Sin embargo, ahora todos sus planes se habían echado a perder frente a sus ojos y no le quedaba nada más que cancelar todo y volver a casa a lamerse sus heridas.
Vaya noche, pensó.
—No se suponía que las cosas terminaran así —dijo Snape con la voz dolida desde la misma posición en que lo dejó.
Hermione se detuvo plantando ambos pies sobre el suelo y se giró lentamente permitiéndose añadirle un poco de dramatismo a la escena. Sus ojos miel se posaron en los negros de Snape y se quedó observándolos durante un largo rato en completo silencio.
Por más que amaba a Snape con locura, siempre lo consideró como un hombre de pocas palabras muy poco accesible por lo que, a veces, se le hacía difícil comprender lo que quería decir. Sin embargo, esta vez, podía ver en mucho a través de sus ojos. Podía ver cuán arrepentido estaba de sus decisiones, podía ver cuánto se moría por correr hacia ella y no dejarla ir y, sobre todo, podía ver cómo estaba sufriendo al igual que ella.
Pero no iba a ceder.
No iba correr de regreso a sus brazos y olvidar todo como si fuera tan fácil. Su pelea le había dolido demasiado como para hacerlo y todavía le quedaba algo de orgullo y amor propio.
No iba a volver.
—¿Sabes que es lo que más me duele? —preguntó sin romper el contacto visual— No es que me despidieran o Narcissa Malfoy, ni siquiera es nuestra pelea o todas esas palabras feas que me dijiste… Lo que más me duele es que, en ningún momento, hiciste nada por protegerme ni darme mi lugar entre los tuyos —dijo la voz quebrada, mordiéndose el labio inferior para romper en llanto—. Fingiste que no me conocías desde un inicio. No me negaste una, sino dos veces. Me trataste como una extraña delante de todos tus amigos solo porque no querías presentarme con ellos y cuando ya no te quedó más opción, te inventaste una de las mentiras más elaboradas que he escuchado solo para no decir que yo era tu novia. Para colmo, permitiste que todos y cada uno de ellos me tratara como si fuese un objeto, como si fuese inferior a ellos, como si fuese una niña tonta a la que podían pisotear. En ningún momento se te ocurrió decirles que paren. En ningún momento intentaste defenderme.
Snape abrió la boca para hablar, pero nada logró salir de su garganta. Deseaba desesperadamente decir algo, quería intervenir, quería decirle cuánto lo sentía y cuán arrepentido estaba por todo, pero sabía que ella tenía razón.
No había hecho nada para protegerla y darle su lugar.
—¿Qué pasó? ¿Por qué hiciste eso? —preguntó dolida y con los ojos llorosos— ¿Tanto te avergüenzo como para no querer presentarme?
—No es eso, Hermione —su voz fue un susurró que, no obstante, fue totalmente audible—. Te juro que no fue eso.
—Entonces, ¿qué fue?
Nunca encontrar una respuesta le fue tan difícil como hasta en ese momento.
—… No lo sé.
Hermione Granger asintió lentamente con los labios apretados antes de darse la vuelta y seguir con su camino dejando a Snape solo y con el corazón roto a mitad del silencio pasillo.
Oficialmente el equipo de organización de la Gala Anual Weston podía decir, con satisfacción, que su fiesta había sido un rotundo éxito.
Dejando de lado los pequeños "inconvenientes" ocurridos al inicio del evento y durante el entretenimiento principal, toda la fiesta había sido perfecta: habían cumplido con el itinerario; no había faltado ni un solo invitado; la prensa se mantuvo controlada; la música era buena y el DJ, carismático.
Y no solo eso.
Los camareros y el personal de cocina se habían lucido, todos cumplieron con su trabajo de manera eficaz: no dejaban de llenar las copas ni de distribuir las botellas de alcohol y se mostraban muy atentos con la mesa de aperitivos. No permitieron que esta se vaciara ni por un segundo.
Era un hecho, todos habían cumplido con sus tareas.
No podrían estar más orgullosos.
Cansados, pero complacidos por su desempeño, los empleados del evento pasaron el resto de la noche tomándose un merecido descanso con aperitivos y bebidas mientras yacían escondidos en los palcos superiores del salón, observando aburridos a los invitados circular por el salón:
La mayoría de los invitados más jóvenes bailaban junto al escenario moviendo el esqueleto y lustrando el piso como si no hubiese un mañana. Y aquellos que no estaban bailando, se entretenían conversando con sus amigos o cantando en voz alta en sus respectivas mesas.
Y luego estaban los amigos de su jefa.
—¡SEEECO! ¡SECO! ¡SECO! ¡SECO! ¡SEEECO! ¡SECO! ¡SECO! ¡SECO! ¡SEEECO!...
Al compás de aplausos, Rasbastan Lestrange se terminaba de un solo trago un vaso grande y largo de cerveza. La manzana de Adán en su garganta subía y bajaba conforme el líquido dorado pasaba por su faringe y toda la elegancia y etiqueta del personaje que representaba su disfraz había desaparecido desde hace ya media hora o tal vez un poco más.
Ni siquiera era capaz de recordar dónde había dejado su sombrero de copa, aunque lo más seguro era que estuviera tirado bajo la mesa.
Completando la mesa redonda, Rodolphus Lestrange, Lucius Malfoy, Alecto y Amycus Carrow, Antonin Dolovoh y el Sr. Nott Padre aplaudían animando a su amigo a terminarse la tercera o cuarta ronda de cervezas que pedía el grupo. Sus risas jocosas se extendían por sobre la mesa y puede que uno o dos de ellos ya estuviesen pasados de copas.
—¡Agh! —exhaló el pelinegro al acabarse su bebida. Cerró los ojos con fuerza y esperó a que el efecto del trago se le pasara antes de dejar el vaso sobre la mesa. Finalmente, abrió los ojos y gritó ante la mirada divertida de todos— ¡WOAH!
Los amigos aplaudieron y riendo en voz alta sin impórtale los demás. De todas maneras, no importaba. La música estaba tan fuerte y la gente hablaba tan rápido a su alrededor que dudaban que hubiesen molestado a alguien.
—¡Tu turno, Dolovoh! —exclamó Rabastan señalando a su amigo castaño al otro lado de la mesa.
Antonin Dolovoh era un viejo amigo de la familia Lestrange muy cercano a Rodolphus y Rabastan. Era abogado en un bufete muy importante y respetado de la ciudad y era ampliamente reconocido —por no decir temido— en el medio debido a su intenso carácter. Cuando no estaba ocupado defendiendo casos penales de alta importancia con una peluca blanca en la cabeza, le gustaba reunirse en fiestas exclusivas con sus amigos y tomar tal y como lo estaban haciendo ahora.
Francamente, saldría con él si no fuera porque era un asqueroso y maleducado hijo de puta.
El mencionado sonrió y estiró su mano para tomar el pequeño vaso que contenía una peligrosa cantidad de vodka. Antonin levantó la bebida a la altura de su boca y la sostuvo frente a él por unos segundos, admirando el líquido transparente, mientras buscaba algo de valentía para ingerir eso.
—¡Shot! —gritó Nott a su lado y los demás no tardaron en unírsele— ¡SHOT! ¡SHOT! ¡SHOT!
Tomando aire, el hombre cerró los ojos y se llevó el trago a los labios, dejando que el alcohol casi puro quemara su garganta hasta llegar a su estómago lleno. Sus amigos vitorearon y esperaron su reacción con sonrisas estúpidas en sus rostros sonrojados de tanto beber.
Dolovoh golpeó repentinamente la mesa con su puño y aguardó un par de segundos con los ojos cerrados antes de levantar la cabeza y dejar el vaso vacío sobre la superficie, sintiéndose un completo triunfador.
Creo que alguien debería decirle a este variado grupo de cuarentones y cincuentones que la resaca que experimentarían al día siguiente sería una que recordarían por el resto de sus vidas.
Pero ese alguien no seré yo.
—¡¿Qué-están-haciendo?!
La voz femenina e intrigada de Narcissa Malfoy los hizo saltar asustados.
Salida del mismísimo infierno, resucitada de entre los muertos, la anfitriona de la gala se encontraba detrás de la silla de su esposo, cruzada de brazos y mirando de manera reprobatoria a todos sus amigos y familiares. Una ceja rubia se elevaba afilada en su rostro y sus labios delgados se mantenían apretados en una finísima línea curvada que revelaba cierto disgusto.
Los siete miembros del grupo abrieron sus ojos dilatados y miraron en dirección a la rubia de blanca peluca. Lucius la miraba extrañado, como si no pudiera creer que ella estaba ahí detrás de él. El resto era otra historia, parecía que acababan de despertar de un sueño pesado.
Cabe decir que esas no eran las reacciones que Narcissa hubiese esperado. Estuvo a punto de morir, le habría gustado recibir una bienvenida más cálida.
Claramente, ninguno esperaba verla ahí.
—¿Qué tú no estabas ahí? —preguntó Amycus mirándola descolocado mientras señalaba al otro lado de la mesa, hacia el asiento vacío que la réplica exacta de su cabeza ocupaba.
Sus ojos grises e inmóviles apenas sí podían verse por encima del mantel. La peluca blanca ocupaba la mayor parte del respaldar del asiento; las flores y plumas que adornaban su tocado eran lo que más sobresalía del asiento.
Narcissa frunció el ceño, extrañada, y trató de fingir que esta era una conversación normal.
—No —contestó, aunque más parecía una pregunta que una respuesta propiamente dicha—. Estuve indispuesta todo este tiempo, esperaba que al menos uno de ustedes lo notara —añadió mirando brevemente en dirección a su esposo—. En fin, acabo de dejar al Sr. Weston en el salón mirador para ver el espectáculo de luces, así que no, Amycus, no estaba aquí.
Los siete amigos se giraron totalmente atónitos hacia el asiento con la cabeza de decapitada de Narcissa. Sus mentes nubladas por el alcohol apenas eran capaces de procesar esta nueva información.
—¡Aaah! —exclamó Dolovoh como si por fin acabara de comprender uno de los más grandes secretos del universo. Una sonrisa tonta de borracho se formó en sus finos labios rojizos. Narcisa lo observó confundida, con los ojos rojizos muy abiertos y expectante— ¡Eso explica porque no chupaba, la huevona! —soltó divertido, obviamente influenciado por ese último shot de vodka— ¡Yo pensé que estaba dormida!
La mesa estalló en carcajadas que, por un momento, fueron más fuertes que la propia música.
Narcisa se quedó boquiabierta, arrepintiéndose de haber invitado a esa pila de borrachos a su fiesta.
Como le encantaría que al menos uno de esos siete tontos tuviera, aunque sea, un poquito de empatía y se pusiera en sus zapatos. Acababa de sufrir un derrame. ¡No se encontraba en sus siete sentidos!
…
¡Seis!
¡No!
Cinco, cinco sentidos, cinco.
El doctor del hotel le había dicho que estuvo a nada de sufrir un derrame por tanto estrés. Insistió mucho en que fuera a una clínica o, en su defecto, se quedará en cama y descansara; sin embargo, el show tenía que continuar y ella, invitados que atender, por lo que solo se aseguró de verse lo suficientemente "sana" antes de salir corriendo de regreso al salón de recepciones.
Después de tremenda odisea, cualquiera esperaría que las personas que decían quererla estuviesen, por lo mínimo, un poquitito preocupadas por ella, pero ¡no! Esos siete idiotas estaban demasiado ocupados bebiendo como si fuesen peces en el río.
Un momento, la detuvo su mente antes de que abriera la boca para regañarlos a todos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… ¿Siete? ¡¿Y el octavo?!
Estaba Lucius, estaba Nott, estaba Rodolphus y su hermano, estaban los Carrow, estaba Dolovoh —que no sabía qué hacía ahí, pero no podía echarlo ahora—, pero… faltaba alguien.
¡Faltaba uno de sus pollitos!
—¿Dónde está Snape? —preguntó mirando por todos lados, tratando de encontrar a un hombre alto de peluca ridícula y traje antiguo— Chicos, ¿dónde está Severus?
El grupillo otra vez volvió a mostrarse confundido; no obstante, sus sonrisas bobas no desaparecieron de sus rostros ni por un segundo.
—¿Cómo? ¿No estaba con nosotros? —respondió Lucius con el rostro colorado después de tres cervezas y una botella de champagne— Juraría que estaba aquí.
—¿Snape estaba aquí? —preguntó Nott— No lo he visto.
—¿Qué? ¿Snape venía con nosotros? —preguntó divertida Alecto.
—¿Quién es Snape? —preguntó su hermano, Amycus.
—No recuerdo a ningún Snape —declaró Dolovoh diciendo la verdad pues no recordaba haber visto al profesor en lo que iba de la noche.
—¡Estuvo con nosotros toda la noche! —refutó Rabastan, aguantándose la risa.
—Recordaría haber estado con alguien llamado Snape —respondió el abogado.
—¡Lucius! —chilló la mujer, desesperada, frunciendo el ceño y arrugando la frente, perdiendo ya la paciencia. Su ojo derecho que todavía seguía irritado por la sangre de más temprano volvió a saltar peligrosamente— Se suponía que se iban a cuidar entre ustedes. Sabes que se le dan fatal los lugares con mucha gente —sus manos apretaron el respaldar de la silla y sus niveles de estrés empezaban a elevarse por enésima vez en el día—. Te lo voy a preguntar una última vez: ¡¿Dónde-está-Snape?!
—Ah, ¿sí? Te tengo una mejor —respondió Rodolphus robándose la atención de los presentes—. ¿Quién es Snape?
—Yo tengo una mucho mejor —intervino Amycus, conteniendo una risilla de borracho cargada de locura— ¿Por qué es Snape?
"Estoy rodeada de idiotas", pensó abatida.
Narcisa cerró los ojos, dándose por vencida, y se llevó una mano al puente de su nariz para masajearlo con sus dedos pulgar, índice y medio. Pronto, necesitaría de sus dos manos para masajear en pequeños círculos sus adoloridas sienes y, así, aliviar un poco su pobre y atormentada cabeza.
¡Esto era demasiado! ¡La cabeza la estaba matando! Podía escuchar los latidos de su corazón en su frente, incluso sentía la piel de su párpado derecho moverse de manera acelerada al ritmo de los beats de la música. El doctor tenía razón, no estaba en condiciones para lidiar con esto, pero alguien tenía que hacerlo y ese alguien era ella.
¡Agh! ¿Por qué parecía que todo estaba en su contra? Ella solo quería tener una lujosa gala de beneficencia normal como cualquier otra dama bien portada de alta sociedad, ¿acaso era mucho pedir?
"Soy perfecta, no me enojo. Soy perfecta, no me enojo. Soy perfecta, no me enojo…"
—No tengo tiempo para esto —susurró para sí misma, aunque estaba segura de que alguno de sus amigos la llegó a escuchar—. Ok. ¡Escuchen! —llamó, recuperando la compostura— El espectáculo de fuegos artificiales iniciará dentro de unos minutos. Necesito que todos vayan al salón mirador para poder acabar con esto de una vez, ¿de acuerdo?
—Sí, sí…
—Lo que digas.
—Sí.
Aquellas respuestas apáticas y sin ánimos no la convencieron ni en lo más mínimo.
—¡¿DE ACUERDO?! —volvió a preguntar, esta vez, elevando la voz, apretando sus manos tanto en el respaldar de la silla de Lucius como en la de Rodolphus.
Si amenazaba a los tiburones, ¿qué más podían hacer los pequeños pececillos que obedecer?
—Sí, señora —respondieron divertidos y al unísono los hermanos Carrow, imitando el hablar enérgico de los militares.
—¿Puedo llevar mi trago? —preguntó Rabastan. Narcisa entrecerró los ojos, furiosa, y el Lestrange supo que no sería conveniente preguntar una segunda vez—. Mejor me lo acabo aquí, ¿no?
—¡Vayan! —chilló tratando de contener aquella fierecilla salvaje que amenazaba con emerger si ese grupo de idiotas seguían probando su paciencia— ¡Ya!
El grupo se levantó sin decir una palabra y fueron a unirse al resto de los invitados que también desalojaban el salón de recepciones para ir a disfrutar del espectáculo de luces artificiales que la empresaria había preparado a detalle durante tanto tiempo. Probablemente, los hermanos Lestrange o Dolovoh habrían escondido alguna botella de brandy entre los pliegues de sus disfraces para meterla de contrabando al salón, pero eso no importaba. Solo quería que todo siguiera tal cual lo planeado.
—¿Dónde estabas? —preguntó Lucius con seriedad cuando ya se había quedado solo con su esposa. Separados únicamente por la distancia de una silla, Lucius Malfoy se enfrentaba a su mujer dispuesto a no irse sin tener explicaciones sobre su paradero—. Desapareciste un buen rato. No sabía dónde estabas ni qué decirles a los invitados cuando preguntaban por ti.
Narcissa se quedó callada mientras le dedicaba una gélida a la vez que lo examinaba de pies a cabeza.
La sangre parecía habérsele subido a la cara por culpa del alcohol. Sus mejillas y nariz estaban completamente rojas como si hubiese estado haciendo ejercicio toda la noche. Toda la elegancia de su disfraz de rey se había perdido en algún lugar entre la mesa y la pista de baile y su perfume varonil se había desvanecido por completo dejando solo un ligero olor a cerveza impregnado en su ropa.
—Te ves fatal —comentó mirándolo a los ojos.
Lucius frunció el ceño ante esas palabras. No podía creer lo que escuchaba. ¿Realmente había dicho eso? Desaparecía toda la noche, lo dejaba a su suerte como anfitrión temporal y, encima que le había hecho el favor de atender a sus invitados, ¿se atrevía a juzgar su apariencia? ¿Era en serio?
El aristócrata necesitó restregar sus manos contra su rostro alargado para despejar un poco su visión. Sus ojos dilatados demoraron un par de segundos en enfocar a su ya no tan radiante esposa. No estaba seguro si era la falta de nitidez o del alcohol corriendo por sus venas, pero podría jurar que la mitad de su rostro se veía diferente a la otra mitad. Es más, parecía que su ojo derecho hubiese sido rociado por gas pimienta o algo así de lo rojo que estaba.
—Y tú no te quedas atrás —respondió luego de un rato—. ¿Estás bien? Tu ojo está rojo —indicó señalando con un dedo los suyos. Al instante, la mujer se llevó una mano al rostro para cubrirlo disimuladamente—. Se ve mal. ¿Segura que estás bien?
Narcissa tomó una respiración profunda y giró su rostro hasta ponerlo de perfil, ocultando la mitad de su rostro que se veía mal. No había necesidad de decir que se veía profundamente avergonzada; sin embargo, mantenía la cabeza y la nariz en alto, esforzándose en lucir fuerte.
—No —respondió secamente.
El salón estaba medio vacío, por lo que se veía mucho más grande e intimidante de lo que en realidad era, pero por alguna razón que el pobre Lucius no lograba comprender, sentía que el lugar era demasiado pequeño para ambos. Necesitaba poner distancia entre ellos, pero no quería hacerlo. La tensión aumentaba a medida que el salón se vaciaba y ya habían pasado más de cinco minutos cuando se dio cuenta de que no sabría cómo romper ese silencio.
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que habían hablado como una pareja normal.
Demasiado.
"Solo háblale", escuchó la voz de Snape haciendo eco en sus recuerdos. "Dile cómo te sientes, sé sincero. Solo habla con ella".
Y tal vez fue porque estaba envalentonado por el alcohol o porque era ahora o nunca, pero finalmente decidió abrir la boca e intentar arreglar las cosas con su mujer.
—Cissy —llamó, dudoso de estirar su mano para tomar la de ella—. Lamento lo de…—
—Lucius —cortó apartándose con lentitud.
Su falda abultada se movió pesada y sin vida al compás de sus pasos. Su vestido había perdido toda la magia y encanto que la habían caracterizado desde el inicio de la velada. Su rostro se veía agotado y triste; sus ojos, cansados, como ya si hubiesen vivido miles de años y solo quisieran cerrarse para ponerle fin a tanto sufrimiento. Su peluca blanca, tan graciosa y colorida, ahora lucía desarreglada y opaca, muy diferente a lo que había sido hasta hace un par de horas.
Oficialmente, podíamos decir que el estrés, la presión y el cansancio se habían apoderado de ella, robándole toda la magia, energía y juventud que alguna vez tuvo.
El Malfoy no fue capaz de reconocer a su esposa a pesar de que lo intentó no una, sino tres veces.
¿A dónde se había ido esa bonita mujer con la cual se había casado?
—Estoy cansada, me duele la cabeza, estos zapatos me están matando, el corset aprieta demasiado, la cara me duele de tanto sonreír, el ojo derecho… —
Se mordió la lengua al último segundo. Quería decirle que estuvo a punto de sufrir un derrame, quería decírselo con todas sus fuerzas, pero prefirió callárselo. No necesitaba tenerlo encima el resto de la noche tratándola como si fuese una invalida. Además, era claro que no le importaba. A pesar de notar su ausencia, no se había molestado en buscarla. ¿Para qué contarle, entonces?
—¡Agh! —suspiró desanimada, llevándose la mano a la sien derecha para ocultar su ojo—. Solo quiero que esto se acabe para irme a mi cama a dormir —retomó forzando una sonrisa dulce cuando algunos de los pocos invitados que aún quedaban en el salón accidentalmente posaron su atención en ella. Lucius giró su cabeza a un lado para que no pudieran notar su desanimo—. No tengo tiempo para esto… Hola, ¿qué tal? Sí, sigan a los demás, los alcanzo en un momento.
—Ci…—
—Tengo a casi 100 personas en el otro salón y ya voy retrasada —Narcissa quitó su sonrisa lentamente mientras asentía con la cabeza de manera educada al resto de invitados que poco a abandonaban el salón para unirse a los demás afuera—. Tengo que ir a acabar todo esto.
—Ok.
Otra vez, silencio incómodo.
¿Todo volvería a la normalidad cuando esta estúpida gala acabara o tendría que llamar a los abogados para revisar los prenupciales antes de firmar el temido divorcio?
Rogaba que no.
Rogaba-que-no.
—Ve y averigua dónde carajos se metió Snape. Necesito hablarle, tenemos asuntos que arreglar —la mujer tomó los dobleces de la falda de su vestido y los levantó para caminar a paso veloz rumbo a la salida—. Los veo allá.
Y después eso, se fue dejando a su esposo solo con su soledad.
Ella se había ido y él no había hecho nada para impedírselo.
El orgullo y dignidad de Lucius Malfoy no le permitieron mostrar debilidad en ese momento. En su lugar, solo se mantuvo erguido en su mismo lugar y saludó educadamente con una mano a uno de los tantos invitados que salía del salón. Llenó sus pulmones de aire, lo contuvo un par de segundos, y luego lo dejó escapar de forma desalentadora, tanto mental como emocionalmente.
El alcohol en su sistema parecía haber desaparecido por completo de un momento a otro. Una lástima. Le habría venido bien estar ebrio para haber soportado mejor aquel golpe.
Tomando fuerzas de dónde pudo, se dirigió a la salida más cercana para unirse a los demás mientras su mano viajaba al bolsillo interno de su chaleco en busca de su teléfono celular.
—¿Qué? —preguntó para sí mismo, confundido, rebuscando en el resto de sus bolsillos— ¿Dónde…? ¿Dónde está esa cosa? ¿Dónde? ¿Dónde?... ¡Ah! ¡Cierto! —exclamó llevándose una mano a la cabeza, sintiéndose como el idiota más grande del mundo— Lo dejé en la habitación.
Eso descartaba definitivamente la idea de llamar al profesor.
—¿Dónde mierda estás, Snape? —susurró para sí, saliendo del salón— ¿Por qué nunca estás cuando más te necesito?
El estar completamente en silencio es una experiencia que todo el mundo tiene la oportunidad de disfrutar, pero que muy pocos son capaces de apreciar.
Existen personas que les gusta el sonido del silencio. Les ayuda a relajarse, tal vez a concentrarse, incluso sirve como un descanso de lo agitado que puede ser el día a día. Por ejemplo, yo me siento muy cómoda en el profundo silencio de la noche mientras escribo estas líneas. Por alguna razón que no puedo explicar, lo encuentro útil para avanzar esta historia.
Pero existen otras personas que simplemente no son capaces de tolerarlo.
No pueden soportar el completo silencio perforando sus oídos, penetrando en su cabeza y en sus pensamientos. El estar en silencio solo hacía que sus mentes pensaran en temas que solo querían evadir. Los problemas salían a la luz junto a las preocupaciones, ansiedad y angustia. Empezaban a formularse preguntas que no tenían respuestas, a imaginar escenarios que probablemente jamás pasarían, a rememorar el pasado enterrado, preguntándose por qué no hicieron las cosas diferentes, y a fantasear con futuros inciertos.
Un claro ejemplo era Hermione Granger quien llevaba más de media hora en completo silencio escondida en uno de los pasillos de los pisos superiores del hotel.
No sabía cómo había llegado hasta allá arriba. Después de su pelea con Snape, la muchacha había vagado por el edificio sin un rumbo establecido. Recorrió pasillos, dobló en esquinas, subió y bajó escaleras hasta que finalmente se cansó. Para cuando se percató de qué no sabía dónde estaba, ya era demasiado tarde. Estaba completamente desorientada. Solo sabía que había una maceta a su derecha y una ventana a su izquierda.
Sea como sea, no planeaba moverse de ahí durante los siguientes 20 minutos, al menos. Estaba demasiado cansada y sus piernas ya no podían mantenerla en pie.
Las zapatillas rojas yacían olvidadas a un lado sobre el piso y sus extremidades inferiores descansaban estiradas frente a ella. Apoyada contra una pared y mirando hacia la ventana de al frente, Hermione se mantenía sentada en el suelo del pasillo reflexionando seriamente en lo que había pasado.
Había dejado de llorar apenas hace unos minutos. Su respiración se había normalizado y por lo menos ya no estaba hipando. Sus ojos estaban rojos e hinchados por culpa de las lágrimas y la cabeza le pesaba debido a tanto esfuerzo emocional. Sin embargo, el llorar le había hecho bien. Necesitaba desahogar sus emociones y dejarlas manifestarse con total libertad.
Incluso si eso involucrara tener que limpiar su rostro con su propia falda.
Falda que, se suponía, debía devolver intacta, pero que francamente ya no le importaba.
Después de haber llorado, gritado y hecho pataletas por su discusión con Snape, Hermione se sintió mejor por unos breves minutos. Se había liberado de toda esa frustración y rabia contenida para quedarse con un profundo y extraño sentimiento de tristeza y decepción, un sinsabor en la boca que ni siquiera toda el agua del dispensador junto al ascensor podía quitar.
La decoración del pasillo le gustaba. Todo parecía haber sido cuidadosamente seleccionado de alguna boutique de muebles importados desde el continente. Eran elegantes, discretos y soberbios como la dueña. Hasta las pocas plantas que le daban vida al mobiliario se veían diferente, no se parecían en nada a las que tenía en casa.
Ya entendía por qué todo el mundo se moría por hospedarse, aunque sea una vez, en el hotel The Heir. Realmente parecía una experiencia de otro mundo.
Solto un suspiro desalentador y dejó caer su cabeza a un lado, mirando sin realmente mirar hacia la izquierda.
Estaba avergonzada.
Sumamente avergonzada.
Se arrepentía enormemente de haber reaccionado así en contra de Snape. Se había comportado como una niña berrinchuda y malcriada. Tal vez él tenía razón y todo lo había dicho era verdad. Era una niñata terriblemente necia e inmadura que no era capaz de controlar sus emociones, en especial, su enojo.
Sin embargo, se había sentido bien al hacerlo. Es decir, le había dolido mucho todo lo que Severus hizo y no hizo y poder gritárselo a la cara fue tan liberador que probablemente lo volvería a hacer.
No obstante, era precisamente esa clase de pensamientos los que la hacían sentir culpable y decepcionada de sí misma.
No tuvo por qué haber reaccionado así.
Si bien Snape era teóricamente el culpable de todas sus desventuras de esa noche, ella tampoco salía inocente de esto. No debió haberle hecho caso desde un principio, debió mantenerse profesional y seguir lo estipulado en su contrato.
Tampoco debió haberse peleado con él en público. Su madre siempre le había aconsejado que los problemas de pareja se debían resolver en la intimidad de su habitación, no a mitad de una de las galas más esperadas del año.
Había sido patético y sumamente humillante tanto para ella como para él.
Bueno, más para ella.
¡Oh! ¿A quién engañaba? Había sido humillante solo para ella. Snape había salido bien librado. Ese hombre tenía la ventaja de siempre caer de pie.
"Yo no tengo la culpa de que no les agrades".
Aquellas palabras rebotaron en las paredes de su mente, clavándose cual puñales muy dentro de su corazón.
¿Lo habría dicho en serio? ¿En realidad no era de agrado de sus amigos? ¿La odiaban?
Pues, estaba claro que no era la persona favorita de ninguno de ellos, pero llegar al punto de no agradarle a nadie le parecía algo extremo, es decir, ¡ni siquiera se conocían! Y, por lo que había escuchado de la Sra. Lestrange, Snape ni siquiera parecía haberles hablado de ella.
¡Todavía creían que estaba soltero!
"¡Llevó buscándote desde hace horas! Lili ha estado preguntando por ti".
¡Y estaban emparejándolo con otra!
Lo peor de todo era que él parecía estar de acuerdo. Había estado bebiendo feliz y pasando un buen rato con la tal "Lili" sin acordarse ni por un segundo que él ya no era un hombre libre.
"Tú y ella hacen una linda pareja, hasta Cissy cree eso".
Encima, ella parecía tener la aprobación de todos, incluso de la "maravillosa" Cissy, su incondicional.
¿Era por eso que había estado tan nervioso? ¿Por eso había intentado con tanta desesperación sacarla de ahí? ¿Porque no quería que ella lo descubriera con su nueva conquista? La cual, valga la pena aclarar, tenía toda la aprobación de sus amigos pudientes e importantes.
De pronto, un miedo que jamás pensó tener empezó a instalarse en la base de su pecho, haciendo presión sobre su corazón.
¿Snape sería capaz de cambiarla por la señora "perfecta" y madura con la edad apropiada para salir con él? ¿Sería capaz de hacerle caso a sus amigos y terminar con ella para irse a los brazos de esa desconocida zorra robahombres?
Esperaba que no.
Lo mataría sí lo hiciera.
Ya había pasado por un desengaño una vez, su estabilidad mental no sería capaz de soportar otro.
La haría pedazos y luego ella haría pedazos a Snape y, después de eso, haría pedazos a esa tal Lili por atreverse a ponerle las manos encima a su hombre.
Sí, haría eso.
...
¿A quién quería engañar? No podría. Lo amaba demasiado como para soportar perderlo. Si eso pasaba, lo más probable es que ella fuera arrastrándose hacia él suplicándole que volviera, llorando y haciendo el ridículo delante de todos sus amigos sin importar el qué dirán.
Adiós a todo su orgullo y dignidad.
¡Ok! ¡Basta, basta! Deja de pensar en esas cosas, Hermione. Solo te lastimas a ti misma. Sabes muy bien que Severus te ama con locura. Es un hombre de buen corazón que te ha demostrado su amor cientos de veces. Siempre ha sido honesto con sus palabras y acciones. Te respeta y, por sobre todo, te ama. Serías una imbécil si dudaras de eso"
—¡Agh! —suspiró ofuscada, pasándose las manos a la cabeza—. Tonto Snape.
¡Oh, perfecto! Ahora quería llorar otra vez.
Era un completo desastre.
El sonido de un par de unos pasos provenientes del otro lado del pasillo puso sus sentidos en alerta. Hermione levantó la cabeza, a la vez que se reincorporaba rápidamente para buscar con la mirada al dueño de esas pisadas.
Su corazón latió acelerado contra su pecho y sus manos empezaron a sudar frío por el miedo. Esperaba que no fuera un huésped o algún trabajador, odiaría meterse en más problemas esta noche.
Se tranquilizó cuando se dio cuenta de que solo se trataba de Snape.
El hombre alto y pelinegro se detuvo al notar su mirada sobre él. Se irguió, enderezando su espalda, y se aclaró la garganta para anunciar su innecesaria presencia.
Hermione parpadeó un par de veces con toda la paciencia del mundo antes de volver a su posición inicial en el suelo y girar su cabeza hacia el otro lado para no verle.
Un largo e incómodo silencio se instaló sobre ellos durante un par de minutos.
Eventualmente, el profesor reanudó su camino hasta llegar a su altura, deteniéndose al fin. Desde la posición en la que se encontraba, la castaña sentía la intensa mirada de su pareja sobre ella, haciéndola sentir incómoda; no obstante, no se atrevió a decir palabra. Solo siguió ignorándolo con la esperanza de que se cansara y se fuera.
Pero todos sabemos que eso no iba a pasar.
—¿Me puedo sentar? —preguntó el mayor rompiendo el silencio.
Hermione encogió los hombros sin mostrar mayor emoción.
—Ay —lo escuchó quejarse mientras se arrodillaba a un lado para luego girarse con torpeza y dejarse caer, imitando su postura sentada—. Sabes, algo que no te dicen cuando creces es que, a medida que envejeces, es más difícil ponerse de cuclillas. Las rodillas te rechinan.
Snape se acomodó contra la pared y estiró sus piernas hacia adelante, importándole poco o nada ensuciar su pantalón. Humedeció su labio inferior y dejó escapar un sonoro suspiro con la esperanza de llamar la atención de su interlocutora, pero Hermione no volteó.
—Estas botas son incómodas —dijo intentando llenar el silencio con algunas palabras muy poco meditadas–. Debí haber traído algo más cómodo como esas zapatillas. Solo tengo mis zapatos de vestir con los que vine del trabajo —ella seguía sin girar—. ¿En serio vas a ignorarme toda la noche?
Hermione se cruzó de brazos y enderezó su espalda, poniéndose de perfil para que su interlocutor pudiera ver su ceño fruncido.
"Qué infantil", pensó.
No tenía ni idea de cómo romper el hielo. Siempre había sido malo para las pequeñas platicas, nunca sabía que decir. Era por eso que prefería dejar que sus acompañantes prepararan el terreno y luego meterse en la conversación, saltándose todas las aburridas formalidades.
Lucius era un experto para romper el hielo. Tenía un don excepcional para socializar.
¿Qué haría él en su situación?
—¿Alguna vez te han dicho que te ves encantadora estando enojada?
La gélida mirada que Hermione le dedicó después de decir aquella frase le dejó muy en claro que intentar romper el hielo a la manera de Lucius Malfoy era un completo error.
Era un hecho irrefutable, era pésimo para las pequeñas pláticas.
Decepcionado con su desempeño y con la vida en general, el profesor se llevó las manos a la cabeza para quitarse esa estúpida peluca gris que tanto le molestaba. Su cabello sudoroso se encontraba atrapado dentro de la oscura redecilla negra y los ganchos que lo fijaban en su lugar se le estaban clavando en el cuero cabelludo a medida que las horas pasaban.
Desesperado por la picazón que estos le causaban, empezó a retirarlos uno por uno con la ayuda de sus ágiles dedos. Sus manos iban bordeando todo el contorno de su cabeza, tanteando de arriba a abajo en busca de los condenados ganchitos.
A pesar de haberse arrancado un par de hebras de cabello, exhaló aliviado cuando el primero de ello salió.
—¿De dónde sacaste ese disfraz?
Snape se volteó en su dirección aún con las manos en su cabeza. La castaña sostenía su peluca gris frente a su rostro y la examinaba a detalle con curiosidad. Sus ojos color miel escaneaban cada fina hebra que componía el objeto y uno de sus dedos jugaba con el listón negro de la coleta de atrás.
No era lo que esperaba, pero al menos ya le estaba hablando. Sería mejor que aprovechara esa puerta antes de que volviera a cerrarse.
—Me lo dio ya tú sabes quién —dijo reanudando su tarea. La chica asintió apretando los labios y siguió jugando con el listo de la peluca—. Lo mandó a hacer especialmente para mí.
—No debería sorprenderme —susurró devolviéndosela sin mirar—. Tiene buen gusto. Los detalles son muy realistas, parece cabello de verdad.
—Probablemente lo sea —respondió dejando la peluca a un lado—. A Cissy siempre le ha gustado llevar el "atención al detalle" a otro nivel.
—Sí, los noté en las manos —comentó con sarcasmo—. Cuando dijo que quería que las bailarinas parecieran fantasmas, no bromeaba. Casi nos mata de neumonía.
Snape puso los ojos en blanco y volvió a lo que estaba haciendo.
No tenía argumento alguno para responder a ese comentario.
—¿Cómo está ella? —preguntó con cautela como si estuviera preguntando por un paciente en estado terminal—. Su... su ojo —su dedo índice señaló dicha parte del cuerpo y sus labios titubearon al pronunciar cada palabra—. Ella... ¿Cómo está? Al final, ¿sí fue un derrame?
Aquel par de ojos claros se encontraron con los suyos y pudo ver en ellos señales indiscutibles de auténtica preocupación. Hermione podría ser muy emocional e intensa cuando dejaba que sus sentimientos nublaran sus sentidos, pero en el fondo seguiría siendo la misma buena chica de siempre, una muchacha noble y honrada que no le desearía el mal a nadie, incluso si esas mismas personas le hacían hecho daño. Solo había dicho lo anterior por enojo y lo comprendía. Muchas veces, él también había metido la pata de esa forma.
—Fui a su habitación, pero no pude verla —se sinceró sacudiéndose el cabello con una mano para mayor comodidad —. Pero hable con Charles, su asistente. Fue quien te...—
—Sí, sí, lo conozco, ya tuve el placer —lo interrumpió—. Y… ¿qué-qué te dijo?
—Dijo que sufrió una crisis nerviosa y estuvo a nada de un derrame a causa del estrés. Tuvieron que hacerle un pequeño corte para que la sangre desfogue y liberará presión —la mirada aterrada de Hermione lo hizo apresurarse a dar todos los detalles—. Tranquila, no fue tu culpa. Narcissa llevaba semanas acumulando estrés por culpa de esta gala. No ha tenido un día fácil, ha estado muy ocupada corriendo de aquí para allá además de que estuvo peleando con alguien más temprano. Solo necesitaba un último detonante para colapsar y, por desgracia, ese fuiste tú.
Hermione sintió como la sangre le corría hasta las orejas.
Estaba apenada.
En realidad, estaba apenada y algo molesta pues lamentaba haber sido el detonante para desatar la furia de la Malfoy, lo cual no habría pasado si —nuevamente— Snape no hubiese estado ahí lo cual, a su vez, también la hacía enojar.
—Tengo entendido que le dieron unos medicamentos para tranquilizar sus nervios y le ordenaron estar en reposo. Sin embargo, la conozco. Dado que la fiesta todavía no acaba, supongo que ella debe estar de regreso allá abajo —dijo aflojándose el cuello de la camisa con los dedos—. Si la crisis nerviosa no la mata, estoy 99% seguro que esta gala lo hará.
—Y ¿no tiene gente que la ayude?
—La tiene, créeme. Ha movilizado a más de la mitad del personal de este hotel para esto y este lugar tiene como más de 20 pisos. Ya te puedes imaginar cuantas personas la están ayudando.
—Entonces, ¿por qué se estresa tanto estrés? —preguntó haciendo un pequeño puchero. Su labio inferior sobresalía de forma adorable, haciendo que Snape dibujara una pequeña sonrisa de lado al notarlo—. Le vendría bien saber controlarlo. Al menos así no iría por ahí asustando a las personas.
Snape soltó una risilla y se recostó contra la pared, apoyando su cabeza sobre la superficie plana.
—¿Tal vez porque tiene a toda la prensa británica cubriendo el evento? —contestó como si fuese lo más obvio.
Sus ojos estaban cerrados, pero una ceja enarcada era más que suficiente para agregar ese toque sarcástico a su respuesta.
Hermione apretó los labios y volvió a mirar al frente, cruzándose de brazos.
—Narcissa siempre ha sido muy ambiciosa. Está empañada en ser la mejor en todo lo que hace. Incluso lo era más en el pasado, se ha calmado con la edad —un vago recuerdo de su amiga llegó a su mente, uno de cuando ella apenas llevaba un año siendo la Sra. Malfoy. En ese entonces, nadie habría imaginado que se convertiría en la exitosa mujer de negocios que era ahora—. Por eso te dije que se parecen. Me recuerda a ti en el aspecto de querer ser la mejor en cual sea que sea el campo en el que se desarrolle —Hermione volvió su atención a él, escuchándolo atenta—. No importa qué tan difícil sea el desafío o cuántas personas tenga en su contra diciéndole que no tiene las capacidades o el talento para hacerlo, ella siempre estará dispuesta a ir y enfrentarlos, así salga lastimada de por medio.
Snape abrió los ojos justo a tiempo para atrapar a Hermione observándolo. Las mejillas y orejas de la muchacha se pintaron de un intenso color carmesí y él esbozó una pequeña sonrisa dedicada solo para ella.
No estaba segura, no había nada que lo garantizara, pero muy en el fondo, algo le decía que esas reflexiones habían sido dichas tanto para la rubia como para ella.
Apenada, pero conmovida por las palabras de su pareja, Hermione se removió en su lugar, acercándose apenas un par de centímetros hacia su interlocutor en busca de más contacto sin un motivo en concreto.
—Eso fue muy bonito... —susurró—, significa mucho para mí, digo, para ella. De seguro significa mucho para ella —se corrigió con torpeza, haciendo reír suavemente al profesor—. Que alguien valore tu esfuerzo, incluso cuando está todo en tu contra, es reconfortante.
Snape asintió lentamente, acercándose un apenas un poquito más a ella. Estiró su mano, posándola con suavidad sobre el suelo, a un lado de sus muslos, y esperó pacientemente a que, el algún momento, la castaña se sintiera lo suficientemente cómoda para tomarla. Por su parte, Hermione sentía a su corazón latiendo a toda velocidad dentro de su pecho. Una agradable corriente eléctrica le recorría las manos y los pies y una sonrisa boba de chica enamorada amenazaba con formarse en sus labios.
Sus mejillas eran del mismo color que sus zapatillas.
Afuera, a través de la ventana, el cielo nocturno estaba completamente despejado, permitiendo tener una clara vista de un hermoso océano infinito repleto de estrellas brillantes.
Este tipo de vistas no se consiguen así de fácil, pensaron.
—Hermione…
—Severus…
Sus voces se interrumpieron la uno a la otra y ambos sintieron miles de mariposas en el estómago a causa de ello.
Snape retiró su mano, completamente apenado, y Hermione posó la vista al frente, hacia la ventana, solo para que su pareja no fuera capaz de ver su cara roja de la vergüenza. Se moría por reír, sus nervios la estaban traicionando y no estaba segura cuánto tiempo más podría aguantar antes de lanzarse a sus brazos pidiéndole perdón y llenándolo de besos.
¿Cuándo fue que dejó de estar tan enojada? Ya no lo recordaba.
—Habla tú.
—No, no, no, habla tú, por favor.
—No, tú hablaste primero. Te cedo la palabra.
—Las damas primero.
—No ve vengas con esa excusa tonta y anticuada, Snape —rio.
—Agh, está bien —bufó restregándose una mano por la cara. Hermione lo miraba con curiosidad, conteniendo una sonrisa tonta al verlo nervioso por no saber qué decir—. Eh… Dame un minuto.
¡Ay! Se suponía que ya habían pasado por la adolescencia. Entonces, por qué demonios seguían sintiéndose como un par de adolescentes hormonados en su primera cita.
El minuto duró más de los 60 segundos establecidos, pero ninguno de ellos pareció notarlo. El profesor se encontraba demasiado ocupado maquinando en su cabeza el discurso que diría a continuación, preparando palabras y pausas dramáticas que lo ayudarían a tener fluidez, y la bailarina, por su parte, se encontraba muy entretenida mirando la expresión consternada y ceño fruncido del pelinegro, casi logrando escuchar el caos que se producía en su cabeza.
Zuuum... ¡BOOM! Zuuuum… ¡BOOM!
Severus Snape levantó la cabeza en cuanto escuchó el ruido de unas explosiones. Los fuegos artificiales que su amiga tanto tiempo pasó mencionando finalmente hacían acto de presencia y se dejaban ver a través de la ventana. Puede que no tuvieran la mejor vista del lugar, apenas sí lograba verse la mitad de algunas figuras a la distancia, pero no por eso dejaban de ser impresionantes.
—La fiesta ya debe estar por terminar —señaló rompiendo el silencio—. Cissy dijo que cerraría todo con un show de fuegos artificiales.
—Me duele admitirlo, pero tu amiga sabe cómo cerrar sus eventos con broche de oro —dijo inclinando la cabeza a un lado para posarla suavemente sobre su hombro, sin dejar de mirar adelante—. No es muy original; sin embargo, no deja de ser impresionante.
—Lo sé, pensé lo mismo.
—Estamos conectados.
Su mano pequeña se deslizó habilidosa por su brazo hasta terminar en la mano de él, en donde entrelazó sus dedos con los suyos, apretando con amor.
A medida que el número de explosiones aumentaba, el pasillo y sus paredes se iban inundando más y más de colores. Sentados en el suelo pulido del sexto piso del hotel The Heir, tomados de la mano y con su cabeza en su hombro, Hermione y Snape se mantenían en silencio mirando por la ventana un espectáculo de luces que, si bien no había sido preparado para ellos, lo disfrutaban como si lo fuese.
Cosa rara la vida. Por un segundo, les pareció creer que las explosiones eran opacas por los latidos sincronizados de sus propios corazones.
Y fue así como en medio de tanta tranquilidad, Snape encontró las palabras exactas para sincerarse con su amada y pedirle perdón.
—Lo lamento —dijo acariciando el dorso de su mano con su pulgar—. Tenías razón y entiendo tu enojo. No debí permitir que trataran de esa forma... Nadie debería tratarte de esa forma, no está bien, no es correcto. Y se supone que yo, como tu pareja, debería defenderte y darte tu lugar dentro de mi vida, dentro de mis amigos y familia, no solo hacerme a un lado y dejar que solucionaras las cosas por tu cuenta… Lo siento.
Hermione se quedó en silencio con los ojos cerrados, sintiendo por dentro como todo el dolor que había sentido después su pelea finalmente se disipaba para dar paso al perdón.
—Me comporté como el más grande idiota del país, no, del mundo. Fui un imbécil contigo. Fingí no conocerte, te negué, incluso omití por completo tu existencia delante de mis amigos a base de mentiras y engaños que te lastimaron y, lo peor de todo, es que era consciente de ello —retomó apoyando su mejilla sobre su cabeza, cerrando los ojos—. Sé que hemos acordado que no lo haríamos público aún, pero está más que claro que todos en el estudio lo saben, no son ciegos, nos ven casi todos los días. Además, por la forma en como me trata tu amiguita Weasley y Potter, estoy seguro que les has hablado de mí en más de una ocasión —ella asintió—. Sin embargo, tengo que confesarte que yo jamás he hablado con ellos sobre ti ni una sola vez.
Hermione frunció el ceño, sintiendo como se le formaba un nudo en la garganta.
"¿Por qué decía eso? ¿Por qué no le había hablado de ella a sus amigos? ¿Acaso no era lo suficientemente importante en su vida como para ser, aunque sea, un breve tema de conversación?"
No, no, era el momento para tener inseguridades. ¡Tenía que escucharlo! No era momento para dudar.
—¿Por qué? —preguntó esforzándose para sonar calmada.
Debía tranquilizarse.
No debía dudar, no debía dudar.
No debía tener miedo.
—Creo que... creo que tenía miedo a que... a que nos rechazaran —susurró tan quedito que, por un momento, Hermione pensó que solo lo había imaginado.
No importara cuál fuese la circunstancia, a cualquiera persona le da vergüenza admitir que tiene miedo. Ya sea a un objeto material, un animal, un alguien o, tal vez, a algo más abstracto como un evento o un sentimiento, absolutamente todos le tenemos miedo a algo.
Por ejemplo, yo le tengo miedo a las agujas. No, me corrijo, le tengo pánico a las agujas. Ya se pueden imaginar la preparación psicológica que tuve que tener antes ponerme la vacuna.
En el caso de Snape, admitir que tenía miedo le daba miedo.
Suena raro, lo sé, pero no encuentro mejores palabras para describirlo.
Durante la mayor parte de su vida temprana, Severus Snape había tenido que asumir el papel del adulto valiente y responsable de la familia. Con un padre violento y una madre agobiada por sus propios demonios, Severus no podía permitirse mostrar debilidad, en especial, miedo. Él tenía que ser el pilar de su familia, tenía que proteger a su madre y cuidar la poca integridad y cordura que le quedaba.
No había tiempo para la diversión, para reír por tonterías, para jugar con la imaginación, y, mucho menos, para tener miedo. Era el único niño en una casa de adultos donde se hablan temas de adultos y se vivían problemas de adulto.
Debía crecer.
Debe ser fuerte.
Admitir que tenía miedo sería quedar expuesto a toda la violencia que se vivía dentro de las cuatro paredes de su casa.
Pero vivir fingiendo que no tenía miedo durante 18 años podía dañar a cualquiera y Snape no fue la excepción.
Sin embargo, había algo más a lo que le temía.
Algo casi tan grande como su miedo a admitir que tenía miedo.
Y eso era el rechazo.
Porque, en su mundo, el rechazo significaba soledad.
Cuando era niño, el sentimiento de soledad era algo a lo que estaba muy acostumbrado.
Cada vez que sus padres peleaban, Tobías solía rechazar a su madre con sevicia antes de irse de la casa por un breve tiempo. Era hiriente, aterrador y sumamente violento. Había pasado tardes enteras escuchándola llorar desconsolada en su habitación por culpa de la abrumadora sensación de soledad que tenía en el pecho y en la alcoba.
Y cada vez que su mamá se sentía abrumadoramente sola, él también se sentía así.
No era un secreto para nadie que Eileen Prince no había sido la mejor madre del mundo. Tampoco había sido mala, hizo lo mejor que pudo, pero la mujer tenía problemas mucho más grandes que ella y por esa misma razón, nadie le confiara la tutela de un niño, en especial, la de su propio hijo.
Cuando ella entraba en estas "crisis" —por así llamarlas—, Severus se quedaba solo hasta nuevo aviso. Su madre podía pasarse días enteros encerrada dentro de su habitación pues incluso salir para ir al baño le costaba una gran cantidad de esfuerzo. La mujer no comía, no bebía y no hablaba, lo único que podía hacer era dormir y llorar todo el maldito día.
Era por eso que el niño se encargaba de realizar todas las labores domésticas hasta que ella fuera capaz de levantarse otra vez. No imaginan la cantidad de veces que se quemó las manos intentando prepararle un almuerzo decente a su mamá. Lavar, planchar, limpiar y cocinar, todas esas labores se volvían parte de su rutina durante esos días.
No había tiempo para jugar.
No había tiempo para ser un niño.
Para colmo, tener que quedarse en una casa solitaria y en completo silencio era la tortura más horrible que podía imaginarse. No podía salir pues tenía miedo de dejarla sola y tampoco tenía amigos que vinieran a visitarlo para, aunque sea, matar el tiempo. La televisión era un escape, pero no siempre había señal en la casa y escuchar la estática podía ser enloquecedor.
Pero nada comparado con la abrumadora sensación de soledad que experimentaba cada vez que su propia madre rechazaba su presencia por culpa de la profunda tristeza que sentía.
No importaba lo que hiciera, no importaba cuantas veces le llevara alimento y bebida a la cama, no importaban los abrazos y los besos reconfortantes que le diera, ella siempre lo echaría de su lado.
Eventualmente, Tobías regresaría y todo volvería a la normalidad hasta la siguiente pelea.
Y así una,
Y otra
Y otra
Y otra vez.
Volviendo al presente y al tema en cuestión, se me hace inevitable preguntarme: ¿qué pasaría si combináramos los dos miedos más grandes de Snape?
Pues, obtendríamos lo que sucede ahora: el malentendido de la pareja, el miedo a presentarla, la pelea con sus amigos, el choque de sus dos mundos, el sentimiento de culpa y remordimiento en su pecho, el daño que él mismo le había causado a los que más amaba y esta extraña conversación a mitad de un pasillo desolado con dos corazones lastimados como protagonistas.
—Durante mucho tiempo, mis amigos han sido el equivalente más cercano a una familia. Mis padres ya no están vivos, no tengo hermanos y, para ser honesto, no tengo una relación propiamente dicha con los míos —explicó con calma, procurando no darle demasiada importancia al tema—. Los Malfoy y los Lestrange, más los Malfoy en realidad, han sido como una familia para mí. Lucius es mi mejor amigo desde siempre, conozco a su esposa desde hace casi 20 años, soy padrino de su único hijo. No sé cómo explicarlo, pero mi vínculo con ellos no podría ser más fuerte, incluso si compartiéramos lazos sanguíneos.
Ahora que escuchaba lo que decía, se daba cuenta de la importancia fundamental que tenía los Malfoy dentro de su vida. Eran más que su familia, eran su soporte. Estaban ahí en las buenas y en las malas, siempre dándole un lugar en su mesa y compartiendo las fiestas con él, haciéndolo sentir especial.
No solía hablar así de ellos, sobre todo en voz alta. Realmente no recordaba la última vez en que les había agradecido por adoptarlo y convertirse en esa familia que siempre quiso tener. Daba por sentado que ya lo sabían. Siempre había sido así. No había necesidad de hablarlo.
Tal vez ya era el momento.
—Tal vez es por eso que siempre he tenido algo de recelo al momento de hablarles de mis relaciones —suspiró—. Cuando… Cuando me divorcié de Valerie, ellos no lo tomaron nada bien, prácticamente le pusieron una cruz. Nadie podía hablar de ella, mucho menos nombrarla. Para Lucius fue como si lo hubiesen insultado, se lo tomó muy personal. De Narcissa, ni hablar. Si no la mató fue porque no le gustan los escándalos —dijo recordando aquellos días en los que la pareja solía acompañarlos al tribunal de conciliación para ver a su ex. Una campaña campal jurídica en todos los sentidos—. Fue como si le hubiesen querido arrancar de mi vida, borrar todo rastro de ella y pretender que jamás existió. Sin embargo, eso no evitaba que hablaran de ella a mis espaldas cuando pensaban que no los estaba escuchando. Sé que no lo hacían con malas intenciones, pero yo aún estaba muy dolido por lo de Valerie y el divorcio, y el que hablaran mierda de ella no me sentía sentir mejor, todo lo contrario. Me dolía porque aún la amaba, porque todavía me costaba aceptar que lo nuestro se había terminado.
Había sido difícil.
Demasiado.
Valerie había marcado un antes y un después de tal modo que, incluso hasta el día de hoy, era un tema sensible del cual no se podía hablar en Malfoy House.
Ya no le dolía, al menos ya no como antes. La terapia y el tiempo habían ayudado y ahora con Hermione en su vida, ya no pensaba en eso. No obstante, el que sus amigos no fueran capaces de soltar el pasado y dejar de tratarlo como si fuese la víctima no lo ayudaba a progresar y seguir adelante.
—Cuando apareciste en mi vida… La primera vez que apareciste en mi vida, jamás se me pasó por la cabeza que tú y yo terminaríamos juntos —dijo con una suave sonrisa en sus labios, recordando aquel día lejano en la estación del metro—. No eras más que un rostro borroso que veía a través de la ventana cada vez que me sentaba a tomar café.
—Entonces tenía razón, no estaba loca —susurró la castaña dejando escapar una suave risilla.
Snape frunció el ceño y se giró a ella— ¿Qué? ¿De qué hablas?
Hermione se reincorporó un momento, mirándolo con ese par de grandes ojos brillantes que tenía, y contestó con las mejillas sonrojadas de la vergüenza.
—Solía decirle a la profesora McGonagall que a veces me sentía observaba cuando me acercaba a la ventana. Ella decía que no me preocupara, que las ventanas no eran polarizadas por lo que la gente de la calle podía mirar en ocasiones, pero yo insistía que había algo más. Juraba que alguien me estaba vigilando —explicó con una sonrisa extraña en los labios y las cejas fruncidas—. Recuerdo que me decía que solo estaba en mi cabeza y que si ya no quería sentirme así, que simplemente me alejara de la ventana... Pero se equivocó. Sí pasaba algo, ¡eras tú!
Snape sintió claramente como la sangre acumulada en sus piernas subía rápidamente hasta su cabeza, tiñendo sus mejillas y orejas del mismo color de las zapatillas de su interlocutora.
¡Oh! ¡Rayos! Había sido descubierto.
Esto era vergonzoso.
¿Cómo se suponía que le iba a explicar que la había estado acosando durante 3, casi 4 años? ¡Pensaría que era un maldito pervertido! Él y su maldita boca, ya tenía suficientes problemas esta noche. No necesitaba añadirle uno más.
—Sabes, el que terminara saliendo con mi "acosador" puede sonar algo perturbador ahora que lo pienso —dijo poniéndose a la altura de su cara, acomodando un mechón de su cabello tras su oreja—, pero me tranquiliza saber que eres tú –añadió plantando un travieso beso en su mejilla.
—Deberías tener cuidado, Granger. Tienes un concepto muy extraño de "tranquilizar —respondió inmóvil, viéndola apartarse.
Ella río.
—Continúa.
Volvió a acomodarse en su antigua posición y llevó la mano de su hombre hasta su pecho donde la sostuvo con las propias.
Snape inclinó su cabeza sobre la de ella y siguió.
—Entonces empecé a tomar clases con McGonagall, nos volvimos amigos, eventualmente empezó a surgir algo, y yo estaba tan extasiado con todas las cosas nuevas que me estaban pasando que, por un momento, pensé que estaba listo para contarles sobre ti. Juro que sí.
Y lo estuvo.
Les había contado vagamente sobre la "niñera" de Lamarck, pero siempre omitiendo su nombre por cuestión de protección.
Tal vez en el fondo, sabía lo que pasaría.
—Pero entonces, comenzaron a notar los cambios. Empezaron a preocuparse, decían que no era un comportamiento normal en mí. Eso me hizo dudar, me hizo preguntarme si era una buena idea, si no estaba dejándome llevar muy rápido por todo. Luego, pasó lo de la primera vez, cuando dijiste que no deberíamos estar juntos —hizo una pausa después de eso, angustiando los nervios de la castaña—. Estaba tan dolido después de eso que necesitaba hablarlo con alguien, así que se lo comenté a Lucius como cosa mía y puede que, sin darme cuenta, terminara predisponiéndolo a tener una idea equivocada de ti y ponerlo en tu contra.
No había sido a propósito, claro estaba.
En ese momento estaba herido. Le acababa de abrir su corazón y su hogar a una mujer que había idealizado durante casi cuatro años y ella solo había jugado con sus sentimientos, pisoteando y desechándolos como si fuesen basura.
No era de piedra, aunque muchas veces lo pareciera. Necesitaba hablarlo con alguien.
Además, en ese entonces, no estaba juntos.
—Debí suponer que tarde o temprano terminaría contándoselo a los demás. Es imposible que guarde un secreto —admitió con pesar, pasándose una mano por la cabeza—. Luego, ocurrió lo de mamá... —una vez más, realizó otra pausa, esta vez, un poco más larga. Esta era la primera vez que hablaba de su madre en un buen rato. Se sentía raro hablar de ella en pasado—. Creo que debieron verme tan vulnerable en ese momento que prefirieron no dejarme expuesto otra vez a nada que fuera potencialmente dañino para mi bienestar mental.
Y por supuesto que lo hicieron.
Recordaba perfectamente esa breve temporada viviendo en Malfoy House alejado de todo lo dañino del mundo exterior.
Desde exponerse a sufrir la decepción del nulo reconocimiento del trabajo de su vida hasta pasar por el luto inminente por la pérdida de su único familiar vivo, los Malfoy se habían encargado de proteger su salud mental y emocional en todo momento. Lo habían encerrado en una burbuja a prueba de balas, en una jaula de oro donde nada ni nadie pudiera terminar de romper su fragmentada alma.
—Eso te incluía a ti —admitió en voz baja—. Nunca supieron exactamente quién eras, pero sabían que había una mujer por ahí y no querían que se volviera a acercar.
Desde luego que no, sobre todo después de que Lucius se fuera de boca y empezara a decirle a todos que Hermione era una cazafortunas.
—Wow... Ni siquiera mis propios padres me han protegido tanto —comentó la castaña más para ella que para él.
—Exacto... En fin, arreglamos las cosas, volvimos y ahora somos una pareja —dijo llevando la mano de Hermione a sus labios para besar sus nudillos con ternura—. Quería decírselos, pero todo pasaba tan rápido que pensé que sería mejor esperar. Además, ni siquiera yo podía creer que estaba con una mujer tan encantadora como tú.
Ella sonrió, mostrando ese par de incisivos grandes que le gustaba.
—Luego salió lo del viaje y, pues, les mentí respecto a eso.
—¿Cómo que "les mentiste al respecto"? —preguntó frunciendo el ceño— ¿Qué les dijiste?
—...
¡Oh! ¿Ya qué más daba? ¿Qué daño podría hacer más ser completamente honesto por una vez? Estaba teniendo una crisis de sinceridad extrema ante ella, finalmente estaba confesándole todas las verdades que llevaba meses guardándose por culpa de sus inseguridades. ¡No podía detenerse ahora! Este era el momento que tanto tiempo llevaba esperando. Tal vez no tendría otra oportunidad para explicar las cosas en el futuro.
¡Era ahora o nunca!
—Puede que les dijera que iba a convención científica —admitió en un susurro sedoso que Hermione escuchó claramente.
Sabía que admitir eso era arriesgado, que Hermione podría formarse una mala idea respecto a eso y arruinar el poco progreso que había conseguido, así que solo cerró los ojos y esperó un regaño que jamás llegó.
—¡No! —exclamó llevándose ambas manos a la boca para acallar su ruidosa y descontrolada risa— ¿En serio les dijiste eso? Jajajaja. ¡Ay!¡No puedo creerlo! Es como si fueras un adolescente que se escapa de la casa de sus padres con la excusa de ir a dormir a casa de un amigo. Jajajajaja...
Al escuchar la risa de la castaña, el profesor se sintió como el hombre más tonto del planeta por haber tenido miedo a confesarle todo. ¡Ella se lo había tomado súper bien! Tanto así que estaba rodando de risa a su lado. Su cara entera estaba roja como un tomate maduro, sus carcajadas hacían eco por todo el pasillo y tenía que sujetarse el estómago por culpa de las contracciones que sufría su diafragma a medida que reía. Y es que imaginarse a un hombre tan serio y maduro como Snape atrapado una situación como esa en la que tenía que mentirle a gente importante como los Malfoy sobre su paradero solo para poder pasar el tiempo de calidad con ella era demasiado divertido.
No podía parar de reír, ya hasta se le estaban saliendo las lágrimas. Si seguía así, necesitaría ropa interior limpia pronto.
Snape solo pudo poner los ojos en blanco mientras escuchaba las burlas de su interlocutora a un lado. No obstante, muy en el fondo, puede que también le causara un poco de gracia todo esto, aunque jamás lo admitiría.
¿Quién lo diría? Decir la verdad no fue tan difícil después de todo.
—No te rías —le ordenó luego de un rato, cruzándose de brazos—. Yo no hacía esas cosas antes de conocerte. Ahora, ellos creen que eres una mala influencia para mí.
Eso solo aumentó su risa.
—Sí, sin duda —dijo divertida, recostándose a su lado y rodeando su brazo con sus manos—. ¿Qué sigue después, Sr. Snape? ¿Renunciar a su empleo? ¿Dejar la escuela? ¿Robar autos? ¿Nadar con vagabundos?
El profesor soltó un bufido y rodó los ojos.
—Sí, sí, claro, búrlate todo lo que quieras, búrlate del tonto de Snape —contestó con sarcasmo—. Como tú no tuviste que hacer malabares para que la dueña del hotel donde nos quedamos no nos descubriera, te parece gracioso, pero si hubieses estado en mi lugar, se te habría caído el pelo por culpa del estrés.
—Hmmm… Yo te veo con mucho cabello aún —señaló pasando una mano por su cabello oscuro, acariciando con ternura cada mechón—. Pero no te preocupes, te seguiré queriendo, aunque te quedes calvo.
—¡Hermione!
—Está bien, está bien, ya paro —anunció apoyando su frente contra su hombro—. Pero, ya en serio, apreció que hayas hecho todo eso por mí, realmente disfruté del viaje. Me imagino que no debió ser nada fácil ocultárselo a tus amigos.
—No lo fue.
—Aunque te habrías ahorrado todos esos problemas y malentendidos si tan solo me hubieses sido dicho la verdad desde un inicio —canturreó golpeteando su enorme nariz con la punta de su dedo índice—. Es decir, no soy una loca, no me abrí enojado… no mucho.
—Que se noté el "mucho" —dijo el mayor atrapando aquel dedo juguetón con los suyos para llevárselo a los labios y plantar un beso—. Lo sé, debí serte honesto desde el principio… Lo siento.
Ambos se acomodaron sobre el frío suelo pulido de aquel desolado pasillo en el sexto piso del hotel mientras las luces de colores de los fuegos artificiales seguían iluminando las paredes color crema del interior. Snape tomó ambas manos de la bailarina y, tomando una profunda bocanada de aire, se preparó para pedir disculpas.
—Lo lamento, nena. Me equivoqué. No debí mantenerte en secreto y, sobre todo, no debía permitir que te trataran de esa forma allá abajo. Como dijiste, eres mi pareja, eres la mujer que más quiero en mi vida, te adoro...y no te cuide bien esta noche —apretó sus labios en una delgada línea y continuó—. No hice nada para defenderte y te hice sentir mal. Si yo fuera tú, estaría furioso.
—Pero no eres yo —le dijo entrelazando sus dedos con los suyos.
—Gracias al cielo porque no tengo la paciencia para salir conmigo mismo —ella sonrió, negando con la cabeza—. No estoy seguro de cómo podré compensarte, de si siquiera si podré arreglarlo, pero quiero que sepas estoy profundamente arrepentido. Me siento el más grande idiota del país.
—Del mundo.
—Del mundo —se corrigió—. Prometo que no volverá a pasar. Voy a hablar con ellos y dejaré las cosas claras. No voy a permitir que nadie más vuelva a pasar sobre ti, no me importa lo que puedan decir u opinar.
—Pues, déjame decirte que yo sentí que ya tenían una opinión muy clara de con quién deberías estar —dijo ella fingiendo indiferencia, todavía sosteniendo sus manos—. ¿Qué tal estuvo tu cita con la misteriosa señora Lili? ¿Lograste conseguir su número? —añadió con picardía.
—No hagas eso, por favor. No imites a Sirius, esto es un momento serio —pidió dejando escapar un bufido—. Ellos no son yo, no pueden elegir por mí, es mi vida. Quiero estar contigo, te elijo a ti… Te amo.
—Awww —estiró su mano para acariciar su mejilla y acomodar uno de los mechones negros de su cabello detrás de su oreja—. Y yo te amo a ti… incluso si eres un tonto a veces.
Hermione se sentó sobre sus piernas para crecer un par de centímetros y así inclinarse hacia adelante y plantar un tierno beso justo en los finos labios del pelinegro. El profesor se dejó besar sin poner resistencia. Solo cerró los ojos y se dejó embriagar por el delicado sabor de los labios de su mujer. Hermione gateó un poco hasta quedar sobre él y profundizó el beso, convirtiéndolo en uno más intenso que le arrancaba suspiros al mayor.
Si esto era un beso de reconciliación, entonces debería pelearse con ella más seguido.
Le estaba gustando.
Prometía mucho.
Lástima que cuando les hizo falta oxígeno, tuvieron que separarse. La bailarina se sentó a un lado, recuperando el aliento y él hizo lo mismo, dejando caer su cabeza hacia atrás contra la pared. Su corazón latía acelerado y, por un minuto, pensó que había tocado el cielo con las manos.
Esa muchachita sería su perdición. Lo traía loco.
—Voy a hablar con ellos. Ya es momento de que sepan de ti —sentenció luego de un rato, rompiendo el silencio—. Voy a pedirles que respeten mi decisión y a exigirles que te pidan una merecida disculpa. Es lo mínimo que deben hacer. Eres mi novia y estarás en mi vida un largo tiempo si así lo quieres, así que ellos deben acostumbrarse a la idea de que estarás a mi lado —se giró en su dirección y levantó una mano para acariciarle una mejilla sonrojada—. Ya es momento de que te conozcan.
—¿Intentas decirme que quieres presentarme ya? —preguntó asombrada. No esperaba que tomara una decisión tan radical de la nada.
—… Esperemos que se enfríen las cosas, ¿te parece? —pidió con calma— No creo que Narcissa me perdone pronto por lo que pasó allá abajo y no quisiera arriesgarme a que te agarre más cólera.
—Mejor. No quiero que intente matarme otra vez —suspiró, curvando sus cejas hacia arriba—. Pero prométeme que no me presentarás con ella primero, ¿sí? No me siento cómoda con la idea de estar cerca de ella.
—Pero es mi mejor amiga.
—Ya lo sé, pero no quiero que la primera persona a la que me presentes sea alguien que me odia —murmuró haciendo un puchero, dejando que su labio inferior sobresaliera de forma tierna hacia adelante—. Preferiría que sea menos… intenso. ¿Me puedes prometer que me presentarás a alguien más antes que a los Malfoy? Me gustaría tener al menos a alguien de mi lado antes de enfrentarme a tus mejores amigos.
Snape apretó los labios y asintió lentamente con la cabeza.
Podía entenderlo, claro que sí.
La primera impresión que su pobre novia había tenido de Narcissa Malfoy había sido lo suficientemente mala como para dejarle la imagen de mujer loca y desequilibrada tatuada en su memoria por el resto de su vida. A pesar de que sabía que su amiga no era así la mayor parte del tiempo, prefería no exponerla al juicio apresurado de Hermione en estos momentos. Sería mejor dejar que se calmara, arreglar las cosas entre ellos y preparar el terreno antes de presentarle a la bailarina.
Tendría que buscar a alguien más a quien presentarle, cosa difícil pues no tenía la menor idea de a quién, pero eso lo solucionaría luego.
—Entiendo… Está bien, será como tú quieras —ella asintió—. Entonces, ¿ya estamos bien?
Hermione se giró a verlo y entrecerró esos bonitos ojos color miel en su dirección.
—Hmmm… déjame pensarlo —pidió mirando hacia el techo un par de segundos antes de responder con una gran sonrisa en los labios—. Sí, te perdono. Me gustas demasiado como para permitir que esto arruine nuestra relación, tonto hermoso.
Se acomodó a su lado y depositó un beso sobre su hombro antes de apoyar su cabeza sobre este. Snape se sintió aliviado al oír eso y ya con la conciencia más tranquila, se permitió cerrar los ojos en paz.
Todo va a estar bien.
Todo iba a estar bien.
—Sabes, yo también lo lamento —la escuchó susurrar.
—¿Qué?
—Que lo lamento —repitió la castaña sacándolo de sus pensamientos—. No mentías al decir que te habían invitado los mismos coordinadores de la gala
—Pues no.
—Ya lo veo —Hermione levantó la cabeza y estiró su cuello, acomodándose en una mejor posición—. Admito que sigue siendo un poco difícil de creer. Siempre he escuchado que los Malfoy no son una familia muy accesible. Son como la crema y nata de la sociedad. Solo se juntan con personas de su mismo entorno —sus ojos claros se encontraron con los de Snape y esbozó una extraña y apenada sonrisa de lado—. Que seas el padrino de sus hijos me parece sacado de un cuento. Es tan irreal.
—¿Y por qué te parece tan irreal? Sirius Black es el padrino de tu mejor amigo, por no mencionar que le das clases de ballroom tres veces a la semana.
—Touché —río volviendo que apoyar su cabeza contra su hombro—. Pero estamos hablando de Sirius. Nunca sabes dónde o con quién va a estar. Además, estoy segura que más de la mitad de las mujeres en Londres han compartido algún espacio con él, en especial, la cama —añadió pícara.
—Ni siquiera se lo insinúes porque solo harás que se le suba el ego a ese perro pulgoso —bromeó.
Snape plantó un suave beso en la coronilla de la castaña y apoyó su cabeza sobre la de ella, volviendo a mirar por la ventana en dirección a los fuegos artificiales que seguían explotando allá afuera.
El silencio entre esos ya no era incómodo o tenso, todo lo contrario, ahora era agradable y se atreverían a decir que confortable. Hermione se deslizó por el suelo, usando sus manos para acomodar al profesor en una posición que le permitiera colarse entre sus brazos y recostarse sobre su cuerpo. Pasó sus piernas por encima de sus muslos, sentándose sobre su regazo. Su falda de tul cubría sus piernas dobladas y las zapatillas rojas sobresalían juguetonas, contrastando con la tela blanca.
Snape acarició la prenda con sus dedos, alisándola y extendiéndola con ternura. Se sentía suave al tacto y le daba ganas de comprarle cientos de ellas a su amada aun cuando supiera que no eran de su estilo.
Hermione rodeó su torso con sus manos y recostó su cabeza contra su pecho, haciéndose pequeñita para que él pudiera abrazarla y llenarla de mimos. El pelinegro acarició su espalda, trazando pequeños círculos invisibles con sus dedos, antes de depositar otro suave beso en su cabeza.
Y, así, meciéndose de un lado al otro, mirando el gran final de los fuegos artificiales y escuchando los latidos de su corazón, Severus Snape y Hermione Granger se sintieron optimistas con respecto a lo que el futuro les deparaba a los dos. No sabían exactamente qué pasaría los próximos días, semanas o meses, pero sea lo que sea, sabían que iba a ser bueno.
Y que se tendrían el uno al otro.
—¿Me puedes soltar ya? Tengo que ir a devolver el resto del disfraz antes de que se den cuenta de que no estoy.
—Solo… Solo un rato más, ¿ok?
—Ok
—¡Wow!
—Espectacular.
—Qué bonito… ¡Amo!
—Me encanta… ¡Oh! ¡Mira, mira, mira…!
—Tómame una foto, ¿sí? Que se vean los fuegos artificiales… ¿Está bien mi vestido?
—¡Hola, mis moonies bellos y hermosos! Les habla Kimmy desde el mismísimo mirador del The Heir donde podemos ver este bellísimo espectáculo de luces. Si viven por la zona noreste de Londres, seguro podrán verlos… Wow, miren todos esos colores. Narcissa Malfoy nos voló la cabeza, uno de los mejores eventos a los que he asistido este año… Sí, sí, estoy leyendo todos sus comentarios y…
Arriba, en el despejado cielo nocturno cubierto por un infinito manto de estrellas, un incontable número de fuegos artificiales explotaba en total sincronía llenando el firmamento de todos los colores y formas que se pudieran imaginar. El sonido agudo de los cohetes ascendiendo en el cielo se colaba en los oídos de las personas ubicadas en el gran balcón y luego el estallido característico terminaba arrancándoles unas cuantas sonrisas que iluminaban sus rostros desenmascarados.
Una calabaza, una fantasma, un murciélago, un sombrero de bruja y un gato negro. Quienquiera que fuese el o la encargada del espectáculo de luces de la gala Weston debió haber movido cielo y tierra para conseguir este tipo de fuegos artificiales de tan alta calidad y variedad.
Pero, sin duda, el esfuerzo había valido la pena.
Todo era hermoso.
Creo que hablo en nombre de todos los invitados cuando digo que esta fue la mejor parte de toda la fiesta y, probablemente, la única que quedaría grabada en el interior de sus retinas hasta el último día de sus vidas.
El diverso grupo de miembros de la upper class y celebridades del momento caminaban de un lado al otro por el mirador con sus copas y celulares en sus manos, dedicándose a disfrutar del espectáculo preparado especialmente para ellos. Era raro ver fuegos artificiales en Londres los días no festivos, por lo que debían aprovechar cada segundo que tuvieran junto a estas maravillas de la invención y creatividad humana.
Ya sea a través de fotos, transmisiones en vivos, animadas charlas o simples contemplaciones al cielo estrellado, todos podían disfrutar de las luces de colores de la forma en la más desearan.
Narcissa Malfoy pertenecía a este último grupo.
Alejada de todo el mundo, apoyando sus brazos en el frío barandal de metal y perdida en sus propios pensamientos, Narcissa Malfoy miraba a la nada con el ceño fruncido. Su nariz respingada y mejillas de porcelana se encontraban pintadas de un intenso color rosado debido al frío del aire nocturno.
El viento de mediados de otoño corría con fuerza al nivel del suelo y se filtraba por debajo de su falda, congelando sus piernas y erizando sus escasos vellos rubios. El corset apretado apenas le dejaba respirar con normalidad, pero el aire frío golpeteando su rostro contenía el suficiente oxígeno para evitar que se desmayara. El doctor le había recomendado fervientemente tomar aire fresco, dijo que le haría bien a su salud.
Para ser sinceros, hubiese preferido cualquier medicamento para que el efecto fuese de inmediato.
La peluca blanca llena de flores aún se mantenía en lo alto de su cabeza, pero las plumas que al inicio la estuvieron decorando se habían perdido desde hace ya mucho tiempo y probablemente ahora se encontraban esparcidas en el suelo del salón, pisoteadas y olvidadas al lado de las mesas.
Al menos aún contaba con una buena capa de maquillaje recién retocado. Esperaba que eso le devolviera algo de vigor y belleza a su cansado rostro.
La aristócrata tomó una profunda respiración y cerró los ojos dejándolos descansar un par de segundos con la esperanza de que ese ardor que tanto la molestaba por fin se detuviese.
No le vendría nada mal volver a echarse esas gotas que el doctor le recetó.
El sonido de la música y las conversaciones indistinguibles a su alrededor apenas era un eco lejano en sus oídos. La única voz clara en su cabeza era la de su conciencia repitiéndole una y otra vez que abriera los ojos o se terminaría durmiendo sobre el barandal por culpa del cansancio.
¡Oh! Sus pobres pies la estaban matando.
Quería sus pantuflas.
Daría lo que fuera por sus pantuflas.
Estaba tan concentrada en sí misma que no fue capaz de escuchar al hombre alto que arrastraba una silla de metal tras de ella.
Lucius Malfoy colocó el asiento con sumo cuidado sobre el suelo y se mantuvo mientras aguardaba a que su ausente esposa notara su presencia. La pesada mirada gris del Sr. Malfoy sobre su nuca obligó a Narcissa a darse la vuelta, cortándosele la respiración cuando sus ojos se encontraron.
No sabía si era la falta de oxígeno en su cerebro, el cansancio de estar todo el día de pie, los síntomas restantes del derrame o el zumbido ensordecedor de las voces de sus invitados, pero por un momento, todo lo que la aristócrata pudo escuchar fue el sonido agudo e infinito de un pitido en sus oídos.
Sus miradas fijas el uno en el otro construyeron un puente etéreo que, por miedo, ninguno de los dos se atrevió a cruzar.
Las manos del aristocrata apretaron con fuerza el respaldar de la silla, tensando los músculos de los brazos, hombros y, desde luego, cuello.
¡Oh! ¡Demonios! Sus pobres nervios le debían estar jugando una mala broma. ¡¿Por qué se sentía como un maldito adolescente hormonado justo ahora que necesitaba de todo su valor y seguridad?! Podría jurar que sus piernas empezarían a temblar en cualquier momento, traicionándolo de una vez por todas.
Pero el Sr. Malfoy no era el único nervioso.
El corazón de hielo de Narcissa Malfoy latía a toda velocidad contra su pecho, bombeando la sangre roja que recorría sus venas a toda velocidad, calentándola en el proceso. Sus mejillas siempre pálidas se tiñeron de un intenso color carmesí y rogó que la oscuridad de la noche fuera lo suficientemente oscura para que su esposo no pudiera notar su sonrojo.
El pitido agudo en sus oídos había desaparecido y ahora era reemplazado por el rítmico galopar de su corazón enamorado.
Pum pum, pum pum, pum pum, pum pum, pum pum…
A la distancia, los fuegos artificiales seguían explotando en el despejado cielo nocturno, el viento frío de inicios de otoño seguía soplando y los invitados seguían hablando en voz alta.
Lucius abrió la boca ligeramente con la intención de establecer un primer contacto, pero su voz usualmente segura y galante se había quedado atorada en su garganta y se negaba a salir de ahí. Apenas sí logró emitir un ruido extraño que solo un fonólogo podría considerar como una vocal.
Narcissa, con el corazón en la boca y mariposas en el estómago, contuvo el aliento, expectante.
"¿Casi 25 años de casado y no eres capaz de iniciar una conversación con tu esposa? Qué patético"
"¿Por qué se detuvo? ¿Debería empezar yo? ¿Qué le digo? No sé qué decirle. Lo traté muy feo allá dentro… Lo he tratado muy feo todo el mes en realidad… ¡Ay! Mejor dejo que él hable primero… Sí, sí. Eso haré".
La enorme falda ornamentada de la Sra. Malfoy se mecía suavemente hacia la derecha por el viento y los pequeños cabellos rubios que la peluca no podía ocultar se erizaron en cuanto su cuello se irguió por simple costumbre. Su nariz respingada sorbía por culpa del frío y su afilado rostro volvió a acomodarse en una posición de tres cuartos para ocultar de forma parcial el lado derecho de su cara.
Lucius sintió un leve temblor en su mano, un temblor que le hacía sudar, un temblor que le producía calor. Se vio en la necesidad de sacudir discretamente su extremidad para alejar esa sensación de fuego que lo hacía sentirse débil ante su fuerte esposa.
—Te traje una silla —dijo finalmente después de aclararse la garganta—. Pensé que te gustaría sentarte un rato después de haber estado toda la noche de pie.
Los ojos grises y cansados de la mujer bajaron hacia el objeto en cuestión. Era una de las sillas que habían formado parte de las mesas del salón. Asiento acolchado, estructura de metal y respaldar compuesto por barras delgadas del mismo material.
No había nada de especial en ella; sin embargo, no podía dejar de sentir una sensación cálida en la base de su nuca.
—Gracias —susurró.
Con miedo y, a la vez, anhelo, Narcissa Malfoy cortó la distancia que los separaba y le dio la espalda para sentarse con gracia sobre el asiento que su marido le ofrecía. Se tomó su tiempo para acomodar su falda. El armazón que traía debajo era algo —muy— incómodo de usar, pero necesario para darle forma al vestido. Su espada se mantenía recta y pegada al respaldar pues las varillas del corset evitaban que se encorvara, cosa que ella amaría hacer justo ahora. Ya le dolía la espalda de tanto mantener su postura.
—Me gustan los fuegos artificiales —comentó el varón rompiendo el silencio. Sus ojos se elevaron al cielo y presenciaron la reciente explosión naranja en forma de calabaza de Halloween—. ¿Hasta qué hora te dieron permiso?
—La Municipalidad dijo que tenía hasta la media noche como máximo, pero hablé con el alcalde y llegamos a un jugoso acuerdo para que me conceda unos diez minutos más.
Como se arrepentía de su decisión. Preferiría que esto acabara ahora y no diez minutos más tarde.
—Entonces, ¿es por eso que él está aquí?
—En parte —contestó en un suspiro—. El Sr. Weston dijo que invitara a una lista de políticos específica, pero decidí cambiar a uno por otro. Como sea, de todas formas, las 15 invitaciones se repartieron y creo que nadie se dio cuenta —juntó sus manos una sobre otra sobre su regazo y giró su cuello para inclinar su rostro y mirar a su esposo por sobre su hombro—. Punto para mí, supongo.
El rubio asintió y ella volvió su vista al balcón— ¿A quién cambiaste? ¿Algún conocido?
—… —Cissy tomó aire como si tomara valor antes de responder en voz baja—. A Tom Riddle.
Lucius contuvo la respiración y cerró los ojos con pesar. Sus dedos largos se enroscaron alrededor de las delgadas barras de metal de la silla, sujetando con fuerza, tensando sus hombros.
Riddle… Había pasado un tiempo desde la última vez que había escuchado alguna noticia de él.
—Hiciste bien —respondió dejando escapar su aire abruptamente—. Hubiese sido un completo desastre si tu hermana se encontraba con el buen Tom estando Rodolphus tan cerca.
—Hmmm… ni imaginar lo que habría pasado si la estúpida de Rita Skeeter se hubiese llegado a enterar que esos dos asistirían al mismo evento —contestó llevándose una mano a las sienes, frunciendo el ceño—. ¡Ay! Me duele la cabeza de solo pensarlo. Esto es una gala de caridad, no un reencuentro de amantes —lamentó en voz alta, permitiéndose tener un poco de compasión para sí misma—. En mala hora mi hermana decidió enamorarse ese psicópata.
Lucius asintió mientras colocaba una mano sobre uno de sus huesudos hombros en señal de apoyo.
—Dios los cría y ellos se juntan —susurró desganado.
Narcissa se giró frunciendo el ceño y le dedicó una mirada tan dura que solo podía interpretarla como una advertencia.
—¿Intentas decirme algo?
Traducción: "¿Qué fue lo que dijiste sobre mi hermana?"
—Nada —respondió retirando su mano.
—Eso creí.
Otra vez, silencio.
Ninguno de los dos entendía por qué estaban haciendo esto. ¿Seguir evadiendo el tema del que tanto querían hablar yéndose por tangentes y entrando en conversaciones que poco o nada tenían que ver con ellos? Sí, muy maduro de su parte.
Lucius humedeció sus labios y cerró los ojos, haciendo presión con sus manos en las barras de metal. ¡Maldita sea! ¡¿Por qué esto era tan difícil?! Solo tenía que seguir el consejo de su amigo y hablar. HA-BLAR. Se ganaba la vida hablando, hacía dinero convenciendo a las personas de hacer negocios con él. Su arma más letal siempre había sido su buen dominio de la palabra. ¿Por qué ahora que más la necesitaba no podía formular ni siquiera una frase relacionada al tema?
¿Acaso era por qué tenía miedo de hablar de sus sentimientos? ¿O por qué sabía que era un completo torpe cuando se trataba de abrirse sentimentalmente? ¿Era por qué su orgullo estaba herido por la indiferencia de su esposa? ¿O por qué, en el fondo, seguía esperando una disculpa por su parte?
Es decir, él era la victima aquí, él no había hecho nada. La que debía disculparse era ella. No él.
"Recuerda lo que te dijo Snape. Debes decirle cómo te hizo sentir. Debes hablar. HA-BLAR".
Maldito sea Snape y sus consejos baratos de terapia. Si tanto servían, ¿por qué no los usó para salvar su propio matrimonio?
No, no, no, no debía pensar así. Era muy bajo de su parte
—¿Pudiste a Snape?
La pregunta lo sobresaltó. ¿Acaso podía leer su mente?
—No lo encontré por ningún lado. Tal vez ya se fue a casa —dijo aclarándose la garganta con torpeza. Narcissa soltó un bufido y se revolvió incomoda sobre el asiento—. ¿Todo bien con él?
—… Sí —musitó sin mirarle.
Su respuesta no fue lo suficientemente firme como para convencerle.
—¿Pasa algo entre ustedes dos?
La rubia se enderezó su espalda y contestó— Te contaré más tarde, no quiero hablar de eso ahora.
Esa fue una forma contundente de hacerle entender que no obtendría una respuesta por parte de ella hasta nuevo aviso. Había usado un tono de voz serio y prácticamente indiferente. No iba a lograr que tocaran el tema. Resignado, no le quedó más que aceptar su realidad.
—Ok.
Qué envidioso el silencio. Por tercera vez en lo que iba noche, volvía a interponerse entre ellos.
"Habla", gritó su mente. "Habla, por favor. Di lo que sea, pero habla".
No podía hacerlo, era demasiado difícil. No sabía qué decir, ni siquiera por dónde empezar.
Era un completo fracaso.
Un verdadero tonto.
—Lo siento.
El hombre levantó la cabeza al instante.
¿Había escuchado bien? ¿Ella realmente se había disculpado o solo había sido un producto de su imaginación? La oración había sido dicha de manera tan rápida que no estaba seguro de si verdaderamente lo había oído o si solo era un vago recuerdo que había aflorado justo ahora.
Narcissa seguía inmóvil mirando los fuegos artificiales explotando en el cielo, aún dándole la espalda.
Incapaz de soportar esa agonía de saber o no si sus sentidos no le estaban jugando una broma cruel, el Sr. Malfoy se aventuró a preguntar.
—Perdón, ¿dijiste algo? No escuché, hay demasiado ruido.
—No me hagas repetirlo, por favor —pidió La figura elegante de su esposa apenas sí se movió más que para tomar aire y soltarlo—. No te burles de mí.
—En serio, no lo escuche, lo siento. ¿Qué dijiste?
La espera fue agonizante, pero eventualmente, logró escuchar las mismas palabras una vez más.
—Lo siento.
Aquella voz que apenas sí podía catalogarse como un susurro había r8esonado tan claro en sus oídos esta vez que el corazón de Lucius Malfoy empezó a palpitar emocionado contra su pecho.
—Lamento haberte tratado de esa forma tan fea allá adentro —continuó después de despejarse la garganta la cual, repentinamente, sentía seca—. No fue nada considerado de mi parte. Te traté muy mal sin motivo alguno y ni siquiera te di la oportunidad de defenderte… Lo siento mucho.
El hombre apretó los labios y se permitió unos segundos para pensar qué responder. Por un lado, agradecía que tuviera la decencia de disculparse. Por otro lado, sentía que todavía había mucho más por abordar: muchos desaires por los que pedir disculpas y muchos temas por los que debían hablar.
—Gracias… No era necesario, pero lo agradezco mucho.
—Debía hacerlo —continuó—. No tenía derecho a tratarte de esa forma. Te ataque sin ningún motivo. Perdóname. Estoy muy avergonzada —la dama se giró de lado para revelar los tres cuartos de su perfil a su esposo y, de ese modo, poder mirarlo a los ojos. Sus orbes grises brillaron iluminados por las explosiones coloridas en el firmamento y Lucius sintió millones de mariposas revolotear en su estómago—. No puedo prometer que no volverá a suceder porque me conozco… porque me conoces.
—Lo hago.
Ella esbozó una pequeña sonrisa y continuó.
—Pero lo que sí te puedo prometer es que siempre estaré dispuesta a reconocer mi mal carácter, agachar la cabeza y tragarme mi orgullo y pedirte disculpas las veces que sean necesarias.
Lucius se quedó en silencio mirando con ternura la pálida piel de su mujer y le devolvió el gesto.
—Lo sé.
Narcissa elevó su mano para posarla con suavidad sobre la de su interlocutor, acariciando con su pulgar sus marcados nudillos. Su dedo iba saltando los valles que formaban sus huesos y se detuvo en más de una ocasión para acariciar el grueso anillo de oro que decoraba su dedo anular. El símbolo de aquella promesa que le hizo hace tantos años aún resplandecía con la misma intensidad con la que lo hizo aquel día lejano.
A lo lejos todavía se escuchaba el murmullo de los invitados y las explosiones de los cohetes en el cielo.
—Tenemos que hablar.
Las dos voces se combinaron en una sola, provocando que los dos corazones lastimados palpitaran al unísono emocionados.
¿Cómo es que dos personas tan orgullosas como Lucius y Narcissa Malfoy podían poner sus principios a un lado y agachar la cabeza para pedirse perdón el uno al otro?
Pues, simple, con mucha, muchísima fuerza de voluntad.
¿Sería su amor impuesto por sus familias y consolidado gracias a su convivencia lo suficientemente fuerte como para tragarse sus respectivos dolor y victimismo y poder hacer las paces?
Solo ellos lo sabían.
La tensión en el ambiente era tal que podía cortarse con un cuchillo. Por unos segundos, ambos rogaron en silencio que alguien llegara a interrumpirlos, el que sea; sin embargo, nadie lo hizo.
Ni un invitado.
Ni un sonido estridente.
Ni una ráfaga de viento helado.
Nada.
Lo único que los detenía de dar el siguiente paso era sus propios orgullos y, tal vez, el miedo.
—Empieza tú.
—No, no, está bien. Empieza tú.
—Yo fui quien lo dijo primero.
—Yo insisto.
—Las damas primero.
—Pues te cedo el turno, no tengo prisa.
Esto tenía para rato, ninguno iba a ceder y ninguno daría su brazo a torcer. Eran tan malditamente cobardes y orgullosos que ninguno quería arriesgarse a romper esta incómoda tregua con el fin de buscar algo mejor.
—Esto no nos llevara a ningún lado —reconoció finalmente la rubia.
—Lo sé.
Narcissa soltó un suspiro desesperanzador y apretó la mano derecha de su compañero con fuerza. Su cuello siempre erguido finalmente cedió al peso de la peluca y de su consciencia, adoptando una pose vulnerable de derrota, una que muy pocas veces había visto a lo largo de estos últimos 20 años.
El corazón de Lucius se encogió dolido en su pecho.
No deseaba verla sufrir de esa forma.
No podía.
—Ya no quiero pelear —sentenció con voz quebrada, levantando la cabeza y limpiándose los lagrimales rápidamente con la punta de los dedos—. Ya no quiero…
—Yo tampoco —Lucius estiró sus dedos para sujetar los de su mujer y apretarlos con delicadeza— Es agotador en todos los sentidos.
—Lo es, ¿verdad? —la aristócrata soltó una risilla nerviosa que acompañó a una expresión angustiada en su mirar. Humedeció sus finos labios formando una delgada línea y suspiró agotada por enésima vez—. Te extraño… y mucho.
Narcissa elevó la mirada y sus ojos llorosos cubiertos de maquillaje de fantasía se encontraron con los sorprendidos orbes grises de su interlocutor.
Ya no podía aguantar más manteniendo esa fachada de mujer fría e impasible. Simplemente ya no podía. ¡Ya no le daban las fuerzas! ¡YA NO PODÍA MÁS!
Ya estaba cansada de usar ese vestido, estaba harta de esos zapatos, ya no podía forzar su sonrisa así lo intentara, ni siquiera estaba segura de si podría ser capaz de aguantar las lágrimas durante los siguientes cinco minutos.
¡Ya estaba harta! ¡Harta!
Había pasado toda la anoche atendiendo a cientos de hipócritas estirados que eran tan falsos como sus propios peluquines y a escurridizas arpías traicioneras que adoraban hablar a sus espaldas. Había tenido que evadir en su propio hotel a sinfín de periodistas chismosos que solo querían captar, aunque sea, el más mínimo sus errores para publicarlo en las páginas de sociales de mañana. Había tenido que lidiar personalmente con errores de coordinación de sus empleados día y noche, sin contar la disputa que había tenido más temprano con aquella bailarina atrevida, conocida de su amigo Snape.
¡Por Dios! ¡Estuvo a punto de sufrir un derrame! ¡Un derrame!
Esto se le había salido de las manos. Ya no podía más. Iba a enloquecer si esta gala no se acababa ya.
Ya no quería continuar guardando las apariencias.
Ya no podía.
No podía.
—Estas últimas semanas han sido… ¡horrendas! —exclamó tomando aire, intentando que sus palabras no se quebraran al hablar— Extraño estar contigo. Extraño desayunar juntos, pasar el fin de semana en el jardín, tomar café frente a la ventana. Extraño ir a tu oficina y sentarme en tu silla. Extraño que me arropes al dormir y extraño que estés en mi cama y, por sobre todas las cosas, extraño que me abraces —chilló mirando hacia arriba y tomando profundas y erráticas bocanadas de aire todo con el fin de no llorar frente a él; sin embargo, puede que dos o tres lágrimas se escaparan victoriosas por sus mejillas—. Extraño que me hables y que me digas que todo va a estar bien… Te extraño a ti, Lucius.
El mencionado sintió que se le cortaba la respiración y, en ese momento, solo quiso inclinarse y envolverla entre sus brazos para protegerla de todos los males de este horrible mundo.
—Sé que me he portado muy mal contigo. He sido una mala horrible… Me doy asco.
—No digas eso.
—¡No me interrumpas! —lo cortó casi haciéndolo saltar del susto— Me estoy disculpando y estoy inspirada, así que no me cortes porque pierdo la idea y no quiero repetir todo otra vez. ¡No tendría el mismo sentimiento! —añadió enjugándose las lágrimas no lloradas con furia.
Lucius enarcó una ceja divertido mientras miles de emociones encontradas lo embriagaban.
Ahí estaba. Esa era la mujer de la cual se había enamorado.
—De acuerdo —murmuró esbozando una rara sonrisa.
Ella asintió y volvió a tomar aire.
—Te decía que estas semanas han sido muy estresantes para mí con todo esto de la organización de la gala —retomó—. Que si los invitados han confirmado, que si las decoraciones llegaron, que si el entretenimiento está preparado o que si la prensa… ¡Agh! Todo se juntaba y parecía que nada estaría listo a tiempo y, cuando por fin sentía que todo estaba en calma y tenía el control, los problemas volvían a aparecer y Charles y Bárbara solo llegaban para decirme que había un malentendido con los del decorado o que el depósito para las mesas había rebotado o que los encargados de la publicidad se habían equivocado al contactar a las agencias. ¡Era una completa locura! —exclamó tomando una ruidosa bocanada de aire después de haber dicho todo lo anterior de una sola respiración— Mi nivel de estrés llegó a un punto en el que hasta mi cabello empezó a caerse —sus ojos llorosos se encontraron con los del mayor y, con las mejillas sonrojadas, claramente avergonzada, admitió—. Ya ni siquiera puedo atarme el cabello porque tengo un enorme hueco en la nuca… Me estoy quedando calva, Lucisu… Tienes una esposa pelona.
Lucius quiso tomarlo en serio, les juro que realmente quiso tomárselo en serio, pero escuchar a su esposa decir esas palabras de manera tan infantil y apenada le resultaba tan irreal que tuvo que usar todo su autocontrol para no reír.
—Eso es algo muy serio.
—Lo sé. No quiero quedarme calva —lamentó haciendo un puchero—. Solo tengo unos cuarenta y… tengo cuarenta —concluyó evitando por completo el tema de la edad—. Es decir, soy muy joven para perder cabello por el estrés… Y eso que ni siquiera te hablo de mi estómago. Básicamente, he sobrevivido estás dos últimas semanas a base de papilla de frutas Heinz y ni siquiera me gustan. No tienen sabor. Lo peor de todo es que mi estómago ya no soporta el resto de comidas. Está tan sensible que solo aguanta tres bocados antes de regresar todo —Lucius arrugó la nariz e hizo un gesto de desagrado, genuinamente preocupado—. Me han tenido que medir el vestido tres veces porque no dejaba de bajar de peso.
—Pensé que estabas haciendo dieta. Dijiste que empezarías hace un mes.
—Créeme, esta no es la dieta que tenía en mente —musitó acomodándose sobre el asiento. Solo cuando la mujer apoyó sus manos en sus rodillas encogiendo sus hombros, Lucius pudo darse cuenta de que, efectivamente, su esposa había perdido mucho peso. Podía ver la piel que cubría sus clavículas hundirse profundamente al punto de poder albergar algún objeto en ella casi como si fuese un pequeño contenedor humano, incluso podía ver las vértebras de su columna sobresalir de su espalda como si fuesen parte de la indumentaria de su vestido—. He estado demasiado frustrada por tantas cosas que no fui consciente de que me estaba desquitando contigo cada vez que tenía la oportunidad. Llegaba a casa tan cansada y frustrada que solo estaba esperando a que alguien, cualquier persona, me hablara para poder sacar todo mi enojo afuera… Y tú fuiste el blanco perfecto.
El viento sopló en contra ellos, haciendo temblar al aristócrata, aunque este no sabía exactamente si lo hacía por el frío o por las palabras de su mujer.
—Sé que puede sonar mal y cualquiera que escuche esto podría pensar que soy un monstruo, pero cada vez que te gritaba y peleábamos después de que tenía un día pesado, yo… ¡Maldita sea! ¡Se sentía tan bien! Yo me sentía bien… —admitió dejando escapar una exhalación desesperanzadora—. Realmente no quise hacerlo. Tú nunca me hiciste nada malo, solo querías ser amable conmigo y yo te traté peor que a un perro. Te hablaba de forma grosera, te ignoraba, te gritaba por cualquier cosa insignificante, incluso te eché de la habitación. Realmente me porté horrible contigo y lo siento.
Cissy levantó la mirada y sus ojos rojizos volvieron a llenarse de lágrimas.
—¡Realmente lo siento! —sus labios temblaron y su voz se quebró—. Perdóname… Por favor —sus manos se dirigieron a tomar las de él, apretándolas con fuerza, usando sus pulgares para acariciar sus dorsos—. ¡Lo siento, lo siento! Yo no quise que esto terminara de este modo. Yo solo… Solo quería probarles que sí podía hacerlo, quería que reconocieran que yo, YO, podía hacerlo —su cabeza cayó hacia adelante, su frente tocó sus manos y se quedó ahí, apoyando su peso sobre ellas, permitiendo que sus lágrimas se deslizaran libremente y mojaran la piel de ambos—. ¡Perdón!... Perdón…
Ajenos a todo lo que pasaba en el balcón del hotel; lejos de todo el bullicio que producían las conversaciones indistinguibles de los invitados, las explosiones a su alrededor y del sonido de la ciudad londinense, Lucius Malfoy se dedicó exclusivamente a acariciar la espalda de su esposa mientras esta lloraba a voz en cuello, dejando todas sus emociones libres al fin.
El mayor consolaba silenciosamente a la rubia a la vez que mantenía un ojo alerta a posibles miradas curiosas de intrusos. Por desgracia, conocía a la clase de gente que estaba compartiendo el techo con su mujer esta noche. Sabía que mostrarse frágil ante ellos era un completo error, así que no iba permitir que unos completos desconocidos se aprovecharan de un momento de debilidad para luego convertir a su esposa en el nuevo chisme de temporada.
Asegurándose de posicionarla de espaldas a los invitados para que nadie pudiera ver su rostro, Lucius se ubicó al frente de Narcissa, hincándose en una rodilla con el fin de estar a su altura, y sostuvo sus manos entre las suyas. Acomodó su cabeza sobre su hombro izquierdo y dejó que llorara cerca de su oído mientras le tarareaba una suave melodía que ni siquiera él reconocía, pero que le salía desde el fondo de su corazón.
—Shhhh… Shhh… Tranquila. Todo va estar, ¿de acuerdo?
—… L-Lo… ¿Lo pro-prometes? —formuló hipando.
—¿Alguna vez te he mentido? —contestó soltando una de sus manos para acariciar su espalda.
La sintió sonreír y supo que, efectivamente, todo estaría bien.
—¿Recuerdas lo que te dije cuando nos casamos? —preguntó de forma calidad, esbozando una pequeña sonrisa para sí mismo—. No importaba que tan buena o mala fuese nuestra convivencia, desde ese momento, tú y yo seríamos un equipo, el mejor equipo, y no iba a dejarte caer porque yo nunca dejo caer a mi equipo.
Ella asintió, hipando.
—Pues eso sigue en pie, ¿me oíste? Lamento no haber estado ahí para ti —dijo en voz baja, mirando hacia adelante para asegurarse que nadie se acercara a interrumpirlos—. Tú siempre estás detrás de mí para garantizar que no vaya a meter la pata y haga una estupidez. Debe ser un trabajo pesado.
—Lo es —soltó una risilla nerviosa—. Pero lo acepté cuando firmé el acta de matrimonio.
—Rayos —dijo divertido—. Deberías leer lo que firmas.
—Lo sé… Sin embargo, ya le agarré el truco a esto y cada año se hace más fácil.
—Entonces, supongo que debes prepararte para cuando entre a mi crisis de mediana edad —bromeó el mayor, volviendo su atención a ella—. Tendrás que tenerme paciencia, no te haré las cosas fáciles.
La rubia se alejó un par de centímetros, volviendo a erguir su espalda, y se le quedó mirando a los ojos con una sonrisa tierna en el rostro.
—Lucius, tú nunca me haces las cosas fáciles.
—Eso también formaba parte del acta cuando la firmaste, ¿lo olvidas?
Ella rio con elegancia, cerrando los ojos y llevándose una mano a los labios para ocultar su sonrisa. Desde donde estaba, Lucius tenía el asiento perfecto para apreciar esas bonitas mejillas sonrojadas y el rímel negro que, por culpa de su llanto, había manchado sus párpados.
Era hermosa, pensó. Sin duda, era un hombre con suerte.
—Te amo.
Narcissa abrió los ojos. Estos brillaban bajo las luces de colores de los fuegos artificiales en el cielo. La mujer sorbió por la nariz y apretó sus labios conteniendo una sonrisa. Sus orejas se tiñeron del mismo color que sus mejillas y la cara empezó a arderle de la vergüenza. Solo Lucius Malfoy era capaz de hacerla sentir como una tonta chiquilla de 15 años otra vez, incluso cuando estaba a mitad de una crisis nerviosa o de extrema sinceridad.
—Y yo a ti —contestó acariciando su mejilla derecha con una mano—. Entonces, ¿todo arreglado?
—Creo que aún hay cosas de que las que debemos hablar, pero lo haremos en casa, ¿ok? Creo que ninguno de nosotros le gustaría que todo el mundo se enterara de nuestro pequeño drama familiar esta noche —Narcissa asintió, completamente de acuerdo—. Tengamos esta conversación más tarde, ¿te parece? Que sea después de que acabemos con esto, te des un baño, duermas un poco.
Sonrió dulcemente y asintió.
Lucius acunó la cara de su esposa con ambas manos y plantó un casto beso en su frente. Narcissa esbozó una suave sonrisa y dejó escapar todo su pesar en un suspiro.
Todo iba a estar bien.
Todo va a estar bien.
—Voy a descansar los ojos un minuto, ¿ok? —susurró la mujer dejando caer su cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldar de la silla—. Me avisas cuando termine, ¿ya?
—Ok, pero no te quedes dormida. Ya falta poco para medianoche y para que todos se vayan.
—No me dormiré —murmuró adormilada—. Solo… ah… Hmmm… Solo voy a cerrar los ojos un ratito y nada más.
El hombre sonrió y se ubicó detrás de ella para vigilar sus sueños.
—Te despertaré cuando el espectáculo acabe.
—Que no me dormiré…
—Shhh… Dulces sueños.
—No me voy… Ahh… Hmmm… a dor…mir…
Alerta de spoiler: Narcissa Malfoy sí se durmió. Fueron apenas unos breves cinco minutos, pero unos cinco minutos muy bien aprovechados.
Los pies entaconados de Bárbara Ishiguro se movían erráticos de arriba abajo, haciendo temblar sus cortas piernas. Sus bonitos ojos rasgados alternaban su atención del reloj de pared frente a ella al cocinero de turno de la cafetería del Heir y viceversa. Permitió que sus pulmones se llenaran de aire y luego dejó escapar un pesado suspiro que infló sus mejillas.
El reloj seguía avanzando, burlándose de ella y de su prisa. El segundero mantenía su ritmo constante y, dentro de poco, marcaría las doce, aumentándole un minuto más a su agónica espera.
Rápido… Rápido, por favor, pensaba volviendo su mirada al joven rubio de delantal blanco que terminaba de preparar su pedido.
Sabía que este momento algún día llegaría, simplemente era inevitable.
Como parte de la pasantía para el puesto de asistente junior de Narcisa Malfoy, Bárbara había tenido que sacar copias, revisar libros de contabilidad, calcular presupuestos, contestar llamadas, organizar calendarios, programar citas con socios, coordinar entrevistas con reporteros, reunirse con personal, ir a la lavandería, pedir almuerzos, correr como loca por toda la ciudad buscando los caprichos de su jefa y pelearse con clientas enfurecidas en boutiques de ropa cara cuando había nuevo stock y su jefa no podía ir personalmente a comprar la nueva línea de tal diseñador.
Pero ni siquiera la pelea más violenta o la carrera más larga la habían preparado para esta tarea:
Llevarle el té de la tarde a su jefa.
Lo sé, lo sé, lo sé, pero por más ridículo que sonara, los ingleses jamás bromeaban cuando se trataba del té.
"Tranquila, Barbie, puedes hacerlo, puedes hacerlo", se animó no muy convencida. "Tienes un título en Asistencia de Dirección. ¡Puedes hacerlo! No es tan difícil. Solo… ¡concéntrate!".
—¡Barbie! —llamó una voz amistosa justo antes de que el sonido de una campanilla tintineara, capturando su atención por completo— Tu orden está lista.
Casi como si tuviera un resorte en la espalda, Bárbara Ishiguro saltó de la silla y corrió hasta la barra que separaba la cocina de la zona destinada para los clientes. Si bien sus tacones bajos hacían que creciera un par de centímetros, estos aún no eran lo suficientemente altos como para no parecer una pequeña pulga al lado del chef que la miraba sonriente al lado de una bandeja.
—Gracias, Chris —chilló casi suplicando a su interlocutor—. ¡Eres un ángel!
—Ya lo sé.
—¿Está todo lo que te pedí? —preguntó sin ni siquiera darle a su interlocutor la oportunidad de contestar pues, al instante, sus ojos oscuros escanearon el contenido de la bandeja, enumerando en voz alta todo lo que veía— ¿El Earl Grey Tea…? ¡Ah! Sí, ahí está. La leche, azúcar… las cucharas… Son panquecitos de canela, ¿verdad? Ya sabes que a la Sra. Malfoy no…—
—Barbie —interrumpió Chris inclinándose sobre el mostrador para acercar su alargado rostro al redondo de ella. La joven aspirante a asistente se calló al instante, inclinando su cabeza y parte de su torso hacia atrás como una forma de autodefensa. Sus miradas se encontraron y, por un par de segundos, no pudieron dejar de mirarse—. Llevo preparando el té de la Sra. Malfoy desde hace dos años. Conozco la receta de memoria, siempre toma lo mismo. He hecho esta orden unas 500 veces y hasta ahora no he tenido quejas. Tranquilízate, Sailor Moon.
El muchacho sonrió mostrando los dientes, esperando una respuesta igual de amable, pero solo obtuvo una oscura ceja enarcada como respuesta.
—Para ti es fácil decirlo. Tú no eres quién le irá a dejar esto a ella —se quejó estirando ambas manos para tomar la bandeja por los extremos y retirarla con sumo cuidado—. Y ya voy tarde.
—¿Primera vez?
—¿No es obvio?
—¿Dónde está Charles? Usualmente es él quien viene a recoger todo lo que esté relacionado con la comida de la patrona —preguntó apoyando ambos codos sobre el mostrador y reclinándose sobre este mientras miraba divertido a la pobre mujer balaceando temblorosa la bandeja en sus manos como si esta fuese lo más preciado del mundo.
—Está ocupado viendo algo sobre unos pagos de la gala. Parece que faltaron algunas firmas en unos papeles y se suponía que debían estar listos para hoy para que los bancos puedan emitir los cheques lo antes posible —confesó mirando a la bandeja, rogando internamente que el té no se derramara con tanto movimiento—. El pobre ha estado haciendo llamadas como loco desde hace unas tres horas.
—Así que te envió a ti a cumplir esta misión "fundamental"—concluyó él, sonriendo de lado.
Barbie puso los ojos en blanco y se dio la vuelta, decidida a dejar de perder el tiempo con el chico de la cafetería y centrarse en lo importante: el té de su jefa.
La Sra. Malfoy era una persona extremadamente quisquillosa con su comida. Una vez la obligó a devolver un filete entero porque no le gustaba la salsa que acompañaba el platillo y, otra, a viajar al otro lado de la ciudad solo porque el servicio de delivery del restaurante estaba inoperativo ese día.
No quería ni imaginarse lo que podría pasar si no recibía su té de la tarde tal y como le gustaba,
— Oye, ¿quieres ayuda con eso?
—Estoy bien, gracias —contestó secamente, avanzando muy lento, un paso a la vez—. Puedo sola.
—Barbie, no es por subestimarte, pero te esperan tres pisos hasta la oficina de la Malfoy. Son muchas escaleras, derramarás el té.
—Tomaré el ascensor de servicio.
—Han pasado cinco minutos y ni siquiera has llegado a la puerta —le hizo notar sin cambiar su postura detrás de la barra. Bárbara se detuvo y se giró para ver cuando había recorrido desde que había tomado la bandeja. Grande fue su decepción al darse cuenta de que había perdido más tiempo hablando que caminando—. Oye, que quieras impresionar a la gran jefa, no significa que tengas que hacer las cosas como Charles. Recuerda que él lleva haciendo esto desde hace años y tú, solo un par de meses —animó el muchacho dándole la vuelta al mostrador y caminando hacia ella. Limpió sus manos en la tela de su delantal y luego las extendió hacia ella—. Venga, yo te ayudo.
—En serio, puedo hacerlo sola —se negó una vez más retirándola la bandeja de su alcance. Uno de los panecillos de canela rodó lejos del plato debido al brusco movimiento, alterando más a la ya de por sí alterada mujer—. No quiero impresionar a Malfoy, solo quiero ser eficiente para ella.
—Pues, no creo que te considere muy eficiente si descubre que tiraste su juego de tazas favorito en recepción o, peor, si le llevas su té… frío —rio acentuando esa última palabra.
Bárbara curvó sus cejas hacia arriba algo preocupada y meditó sus opciones un par de segundos.
No tenía opciones.
—Está bien —murmuró entregando la bandeja de mala gana—, pero solo hasta el ascensor de servicio. No quiero que la Sra. Malfoy te vea rondando por ahí.
—Lo que digas, Barbie Girl.
Está demás decir que Chris, el de la cafetería, la acompañó más allá del ascensor de servicio.
Unos minutos más tarde, en el pasillo del tercer piso, Bárbara caminaba con mucho cuidado sosteniendo la bandeja de té frente a ella. Se detuvo a unos escasos centímetros de las puertas dobles de la oficina de su jefa, tomó aire y luego lo dejó salir, procurando no exhalar sobre los panecillos aún calientes. Giró su cabeza a un lado para mirar a Chris quien se mantenía en silencio a la derecha, mirándola sonriente. El cocinero tenía sus nudillos sobre la superficie de la puerta, listo para tocar en cuanto tuviera la señal.
Bárbara hizo un gesto con su cabeza y el cocinero asintió antes de tocar tres veces.
—Adelante —la voz clara de la Sra. Malfoy dio paso para que el rubio girara el picaporte, abriendo la puerta.
—Gracias —susurró en voz baja entrando en la oficina y cubriendo al cocinero con su pequeño cuerpo en un vano intento por ocultarlo de su jefa.
Chris esperó a que Bárbara estuviera a una distancia prudente para cerrar y desaparecer para siempre de la escena.
Bárbara cerró los ojos y retuvo el aliento mientras colocaba la bandeja de té en el escritorio de vidrio. Ya estaba más que preparada mentalmente para recibir su respectivo regaño por la tardanza o por traer a alguien del personal de servicio hacia esta zona del hotel; sin embargo, este nunca llegó. En su lugar, una alegre y entusiasta voz femenina se manifestó ante ella.
—Gracias, Barbie. ¡Eres un sol! —dijo sin apartar la mirada de la brillante pantalla de su computadora. Bárbara abrió los ojos y los posó sorprendida en el perfil de tres cuartos de su jefa. La mujer platinada se veía muy feliz leyendo lo que sea que estuviera leyendo en pantalla, una elegante sonrisa de perfectos dientes era prueba de ello—. Siéntate, darling. ¿Tienes hambre, corazón? Toma un panecillo, hay muchos. Hubieses traído algo de la cafetería para ti también. Hace algo de hambre a esta hora.
—Eh…
Bárbara no sabía exactamente qué decir ante eso.
La Sra. Malfoy jamás la había tratado de esa forma antes y estaba segura que Charles nunca le había mencionado nada de estos extraños cambios de humor. Sus ojos cafés escanearon rápidamente toda la habitación en busca de alguna cámara escondida o de alguien escondido, pero todo parecía normal.
Normal en lo medianamente posible.
¿Acaso esto era un efecto colateral del pseudo derrame que tuvo su jefa en la gala? O ¿es que se trataba de un síntoma más de una crisis nerviosa no medicada? No lo sabía y le asustaba.
Narcisa Malfoy apartó su mirada gris de la pantalla y los posó en su nueva asistente. Su sonrisa de finos labios rosas seguía igual de radiante que al inicio.
Oficialmente, Bárbara Ishiguro tenía miedo.
Mucho miedo.
—¿Todo bien, darling? Estás distraída. ¿Pasa algo hoy? ¿Te sientes bien? —rio estirando una mano para acercar la bandeja y empezar a preparar su té—. Siéntate.
—S-sí —chilló arrastrando la silla a un lado de ella y acatando las ordenes.
—En fin, te decía que… —se detuvo frunciendo su ceño en su dirección. Bárbara se enderezó sobre el asiento, cerrando tanto sus piernas como sus labios y disimulando su confusión—. Hmmm… Deberías tomar más el sol, corazón. Le haría bien a tu cutis, te ves terrible —sonrió mientras vaciaba un poco de leche dentro de su té—. En fin, ¿estás libre ahora?
—Eh… —¿esto era una pregunta truco?, se preguntó. Si decía que no, pensaría que era una floja, pero si decía que sí, ¿le daría más trabajo? ¡Ay! ¿Qué debía contestar?—. Supongo.
¿Era una buena respuesta? Lo sabría dentro de un segundo.
—¡Excelente! Entonces te puedo compartir mi felicidad —exclamó con una alegría casi infantil mientras volvía hacia el monitor de su computadora, el cual mostraba lo que parecía ser un artículo de esas tantas páginas web de sociales—. Perdona que robe unos minutos de tu tiempo, pero Charles está ocupado y no tengo a nadie con quien hablar de esto y, como puedes ver, estoy MUY emocionada.
Se nota, quiso decir, pero prefirió ahorrarse sus comentarios. No quería arruinar el buen humor de su jefa y tentar a su suerte.
Desde que esta locura de la gala había terminado, la paz había regresado a su vida y al hotel. No sabía si era el dormir, el volver a comer o que por fin parecía haber resuelto sus problemas con el Sr. Malfoy, pero sea lo que haya sido, estaba agradecida que la Sra. Malfoy por fin se hubiese calmado. ¡Por fin podían volver a la normalidad!
Y, para ser francos, todo el mundo prefería mil veces a una Narcissa Malfoy feliz que a una Narcissa Malfoy histérica.
—Ya han pasado cuatro días y, por fin, terminaron de salir todos los artículos sobre la gala —anunció cliqueando rápidamente sobre su pantalla, seleccionando entre los tantos artículos que tenía abiertos—. ¡Les encantó! Han escrito muy buenas reseñas. ¡La amaron! —exclamó emocionada, arrugando la nariz en el proceso—. Escucha: "Una vez más, Narcisa Malfoy demuestra por qué posee el título de la Reina de la organización de eventos". Este es de The Guardian: "Como si fuese sacado de un cuento de hadas, Narcisa Malfoy se convirtió en la encantadora hada madrina hacedora de deseos de todos los niños del hospital infantil Great Ormond". Y Vanity dice: "Narcisa Malfoy deslumbra con un "look" muy royal y nos invita a disfrutar dentro de su castillo encantado lleno de fantasmas y diversión" —sus suaves manos tomaron la pantalla y la giraron en dirección a la pelinegra, mostrándole que todo lo que leía no era un invento—. ¡Lo hicimos, Barbie! ¡Lo hicimos!
Bárbara se acomodó los lentes sobre el puente de su nariz y se inclinó en dirección a la brillante pantalla para leer el artículo del portal web de El Profeta que su emocionada jefa le mostraba.
"El evento del año: Narcisa Malfoy reúne a la upper class inglés y cierra con broche de oro la temporada social de Londres".
—¿Es el artículo de la Srta. Karasu? —Narcisa asintió con los ojos brillando de alegría—. Wow… —suspiró casi sin aliento, incapaz de creerlo. Después de todo el escándalo de anoche producido por culpa de Skeeter, jamás habría esperado una nota como esa por parte de El Profeta—. Lo logramos… ¡Lo logramos!
—¡Lo sé! —chilló regresando la pantalla a la normalidad— ¿No es increíble, Barbie? Todo salió de acuerdo al plan.
—¡Felicidades, Sra. Malfoy! —respondió aplaudiendo con delicadeza, juntando las puntas de sus dedos rápidamente.
—¡Ay! Por fin podré descansar y dormir tranquila sin pensar que la prensa va a comerme viva —exclamó tomando su cuchara y revolviendo la taza de té que tenía al frente—. No tienes idea de lo agotadores que han sido estos últimos días —lamentó con cierto aire dramático antes de llevarse la taza a los labios—. Que si las flores, que si los bailarines, que si los pagos… ¡Agh! Ya quería que esto acabara. Esto de correr por aquí y por allá no es para mí.
¡¿Correr?! Pero si hemos sido Charles y yo quienes estuvimos correteando por usted, pensó forzando una sonrisa.
—Toma un panquecito, Barbie, y siéntate conmigo a disfrutar de mi éxito por un par de minutos.
Ambas mujeres se mantuvieron en silencio mientras degustaban los deliciosos postres que Chris había preparado para la rubia platinada. Narcisa mantenía sus ojos cerrados mientras disfrutaba del aroma y sabor de su infusión y Bárbara comía en silencio uno de los panquecitos de canela dando pequeñas mordidas para hacer que este durara.
Esto era tan… surrealista, pensó la menor.
—Hmmm… —suspiró Narcissa alejando la taza de sus labios—. Sabes, esta semana nos hemos maltratado mucho, ¿no lo crees? Es decir, mira mi cabello. Ya ni siquiera tiene brillo —lamentó mirando sus puntas con cierto aire despectivo—. Agh, y ni mencionemos el desafortunado accidente con esto —añadió señalando su ojo derecho el cual ya se veía mucho mejor desde la fiesta—. ¿Qué te parece si nos tomamos el resto del día? Ya hemos trabajado mucho por hoy.
Bárbara levantó la mirada y lo observó atónita, incapaz de creer lo que estaba escuchando.
—¿Qui-Quiere decir… un día libre, madame?
—Sí, supongo que sí —contestó sonriendo de lado—. Creo que iré al salón. Me vendría bien un facial y creo que podría hacerme un tratamiento reparador para mis puntas.
—¿Quiere que le agende una cita?
—Me leíste el pensamiento, darling. Pregunta si está atendiendo Alonso. Creo que también me vendría bien un corte, ¿tú qué piensas? ¿Debería hacerme otro corte o lo dejo así?
—Ah…
No sabía qué decir. Su jefa jamás le había pedido su opinión personal para este tipo de cosas. A lo mucho alguna vez le había pedido ayuda para elegir el color de las cortinas de su oficina y ni siquiera le había hecho caso.
No estaba preparada para aconsejarla sobre algo tan importante como el cabello.
Sus ojos rasgados se toparon por un par de segundos con los grises brillantes de la Malfoy. Nunca antes los había visto así, tan cálidos y lindos. Le generaban una sensación agradable en el pecho, como si fuese un casto beso en su frente. Ya entendía por qué todo el mundo le hablaba de los "preciosos" ojos de su jefa.
Eran bonitos.
Le gustaban.
No pudo evitar sonrojarse.
—Creo que se ve bien así.
—Aww, tan linda tú —sonrió cliqueando en la pequeña "x" roja de su pantalla—, pero pregunta de todas maneras. Tal vez me anime más tarde.
Bárbara asintió y sacó su teléfono, buscando en su agenda el número del salón que la rubia solía frecuentar.
Narcisa empezó a teclear en la computadora, preparándose para cerrar todo y apagar. Había sido un día largo lleno de firmas y autorizaciones de pagos y lo único que quería hacer ahora era descansar mientras profesionales de la estética la mimaban con elaborados fáciles y masajes en los pies. Levantó la mirada momentáneamente y vio a su concentrada pasante muy ocupada cumpliendo sus órdenes.
Barbie ha sido buena estas semanas, le dijo su mente. Se merece un descanso también, ¿no lo crees?
Sí. Sí, tenía razón. La niña nueva había hecho un buen trabajo y se había esforzado mucho para la organización de la gala. Esas ojeras que el maquillaje apenas lograba cubrir le indicaban que, al igual que ella, tampoco había pasado buenas noches de sueño y no era para menos. La pobre Bárbara había estado encargada de toda la decoración y coordinación de invitaciones. Un trabajo muy pesado, pero que alguien debía hacer.
Vamos, solo será por hoy, volvió a tentar su mente. Sabes que se lo merece, canturreó.
Está bien.
—Barbie —llamó captando la atención de la chica quien ya tenía el teléfono en la oreja—, ¿quieres venir al salón conmigo? Te vendría bien un facial también. Tienes la piel toda seca —Bárbara abrió los ojos sorprendida e intentó vocalizar alguna palabra, pero la rubia fue más rápida—. No te preocupes por nada, yo invito. Será mi… mi forma de agradecerte por tan buen trabajo.
Narcisa inclinó la cabeza ligeramente hacia la derecha y sonrió con ternura, esperando pacientemente la respuesta de su empleada.
Bárbara seguía sin salir de su asombro. Su corazón latía apresurado dentro de su pecho y una cálida sensación se formaba justo debajo de su nuca.
Por fin era notada, por fin era apreciada por su jefa. ¡Finalmente sus esfuerzos rendían frutos!
—Top One Beauty Salon, buenas tardes, ¿en qué podemos ayudarle? —dijo la voz de la recepcionista del lugar al otro lado de la línea, obligándola a salir de sus pensamientos abruptamente.
—¡Eh! Eh… Sí, eh… Hola… Buenas tardes… —
Narcisa negó con la cabeza y volvió a su té de la tarde, concentrándose en el suave aroma de este. Quería disfrutar estos minutos de tranquilidad y calma y estaba decidido a hacerlo. ¡Por fin! ¡Paz interior! ¡Paz mental! No quería que nada ni nadie lo arruinara.
Sin embargo, el destino parecía tener planeado algo más para ella esa tarde.
Un par de golpes en la entrada le hicieron abrir los ojos, encontrando a su fiel asistente Charles abriendo la puerta con sumo cuidado. En sus manos llevaba algunos folios que parecían importantes y sus ojos celestes ocultos tras sus gafas se veían cansados.
Como últimamente solían estar, penso.
El joven le sonrió y caminó hacia ella rodeando su escritorio con la intención de acercarle los documentos y una pluma.
Charles también merece tener un día libre, le dijo su mente. Siempre trabaja muy duro. Se lo merece.
—¿Ya terminaste con los pagos? —preguntó recibiendo el papeleo.
—Sí, solo falta que firme esta autorización para que el banco habilite los cheques de los bailarines —respondió señalando un documento de cinco páginas lleno de palabras, números y el logo del banco con el que hacían negocios—. En la página dos encontrara todos los nombres de los bailarines junto al monto que recibirán. También están incluidos el maestro Mike y sus dos ayudantes. Necesito su firma en la página cuatro y cinco.
—Perfecto. Gracias, Charles.
Mientras Bárbara hablaba al otro lado de la habitación organizando la cita de su jefa en el salón, Narcisa leía rápidamente todo el contenido del contrato. Ya sabía que no debía hacerlo, para eso estaba Charles, para eso le pagaba. Siempre hacía un buen trabajo, jamás se equivocaba con los números y confiaba en él. Sin embargo, este era un viejo hábito.
"Si quieres que algo salga bien, tienes que hacerlo tú misma, Cissy", solía decirle su papá.
"[…] Mike Rogers, Sofía Cuadros, Nicole Suzuki, Kiran Patel, […] Julián McAdams, Jean Granger, Catalina López, Parminder Nayyar […] Páguese cheques equivalentes a 1520 libras esterlinas, 2000 libras esterlinas y 2500 libras esterlinas […]".
Todo parecía correcto.
—¿Eso sería todo?
—Eso sería todo.
La mujer asintió y procedió a firmar el documento.
—¿Tienes algo que hacer luego?
—No —contestó el joven, algo confundido—. ¿Por qué? ¿Se le ofrece algo?
Narcisa estampó su firma sobre última línea punteada de la página cinco y con eso cerró todos los quehaceres del día de hoy.
—Es que estaba pensando en darnos a todos el resto de la tarde libre. Justo le comentaba a Barbie que nos merecíamos un descanso después de nuestro gran éxito con la gala. ¿Ya leíste las páginas de sociales? ¡Les encantó!
—Sí lo hice. Estoy muy orgulloso al igual que usted —respondió entusiasta, recogiendo los documentos.
—Es por eso que pensé que podríamos darnos un pequeño descanso, ¿qué opinas? —preguntó sonriente, sintiéndose como una niña pequeña proponiéndole planes disparatados a sus muñecos de peluche antes de hacer una travesura—. ¿No suena tentador?
—Mucho —sus labios rosados se ensancharon en una gran sonrisa sincera—. De hecho, me encantaría.
—Entonces, está decidido. Todos tendremos la tarde libre —exclamó aplaudiendo brevemente—. ¿Quieres venir al spa con nosotras? Te haría bien un masaje, créeme, te sentirás como nuevo.
—Creo que me haría mejor dormir —contestó divertido arrancándole una risilla a su jefa—. Después de trasnochar tanto, una siesta no suena nada mal.
—Que aburrido —bromeó riendo—. Y yo que pensaba que saldrías a divertirte esta noche. Ya sabes, ir con tus amigos a comer, a bailar o lo que sea. Hacer vida social.
—¿Vida social? ¿Qué es eso? —el comentario volvió a arrancarle otra risa a la platina quien, al parecer, estaba particularmente risueña el día de hoy— Pero supongo que lo puedo considerar si me dan ganas de salir más tarde.
—Entonces tienes mi permiso para llegar tarde mañana —el ojiceleste puso una expresión de sorpresa divertida en su rostro, aceptando gustoso lo planteado por Narcisa—, pero que no se te haga costumbre, ¿de acuerdo? Es solo por hoy.
—Entonces, madame, lo aprovecharé —sonrió—. Enviaré esto al banco y luego me iré a casa a descansar. ¿Desea algo más antes de que me vaya?
—No, no, todo está en orden —contestó dándole otro sorbo a su té ahora tibio—. Puedes irte. Gracias por todo, Charles.
—No hay de qué. Diviértanse las dos en el spa.
—Disfruta tu siesta —canturreó.
Narcisa se despidió con la mano de su asistente quien se quedó unos segundos esperando que su colega le correspondiera el gesto. Sin embargo, Barbie estaba demasiado ocupada coordinando la cita en el salón como para notarlo. Charles le lanzó una mirada cómplice a la rubia quien sólo atinó a encogerse de hombros mientras dejaba la taza vacía a un lado.
Suspiró para sí misma, cerrando los ojos, sintiéndose en paz con el universo.
¡Qué día tan bonito!
Qué lindo era no tener trabajo, debería no tenerlo más seguido. Tal vez luego del spa, podría ir de compras un rato o podría ir al cine. ¡Hace años que no iba al cine! No sabía qué película estarían estrenando esta semana, pero no importaba. Estaba dispuesta ir a la aventura y dejarse llevar como hace mucho tiempo no lo hacía.
"[...] Julián McAdams, Jean Granger, Catalina López [...]"
"Jean Granger"
"Granger"
"¡Granger! Basta, por favor"
...
La rubia abrió los ojos de golpe.
¡¿GRANGER?!
—Sra. Malfoy, ya hablé con los del salón, dicen que nos esperan en una hora y... —
—CHARLES, ¡ESPERA! —gritó la rubia poniéndose de pie tan abruptamente que la tetera aún en la bandeja casi se volcó por culpa del brusco movimiento.
El castaño, quien ya se encontraba con la mitad del cuerpo fuera de la oficina, se detuvo asustado y se quedó inmóvil, mirándola fijamente y esperando instrucciones. Bárbara, a un lado, se mantenía en silencio todavía con el teléfono en la mano. Su radiante sonrisa había desaparecido al igual que el buen humor de Narcisa. Ahora solo quedaban dudas.
Demasiadas dudas.
—¿Pu-Puedes mostrarme esos documentos una vez más? —dijo aclarándose la garganta. El grito que había pegado había sido tan fuerte que había irritado sus cuerdas vocales— Necesito ver algo.
—Eh... Claro.
Charles deslizó los papeles de vuelta a Narcisa quien se los arrebató de manera apresurada, casi como si su vida dependiera de ello. Volteó la primera página, arrugándola en el proceso, y se enfocó en la segunda. Ambos manos sujetaban el papel a centímetros de su rostro y sus ojos grises escanearon rápidamente nombre por nombre, buscando aquel apellido extraño que había rondado su mente desde que había descubierto la gran mentira de su amigo Snape.
Ex amigo, seguía enojada.
"Granger, Granger, Granger... ¡Ahí está!"
"Páguese la cantidad de 2000 (DOS MIL) libras esterlinas a HERMIONE JEAN GRANGER".
Ahí estaba. No estaba alucinando, ¡ahí estaba!
Parpadeó un par de veces para asegurarse de que su vista no le estaba jugando una mala pasada, pero por más que abriera y cerrara los ojos, ese nombre seguía ahí.
El nombre era el mismo. ¡No estaba viendo mal! ¡El nombre era el mismo! La famosa Hermione Jean Granger que Snape tanto se molestaba en esconder, aquella mujer que no tenía redes sociales disponibles y que prácticamente era un fantasma en el mundo de internet había estado ahí, en su hotel, como parte del cuerpo de baile de su gala de Halloween.
Y ahora estaba generándole un cheque por 2000 libras.
—¿Sra. Malfoy? ¿Sra. Malfoy?... ¡Sra. Malfoy! —la lejana voz de Charles Wright finalmente logró penetrar en sus oídos. Narcisa parpadeó un par de veces y volvió su atención hacia sus dos jóvenes asistentes quienes la observaban con suma precaución. Bárbara aún tenía su teléfono en sus manos y Charles aguardaba por alguna respuesta con los ojos entrecerrados—. ¿Está todo bien?
Su voz se oía genuinamente preocupada.
Narcisa volvió su mirada al papel.
"Páguese la cantidad de 2000 (DOS MIL) libras esterlinas a HERMIONE JEAN GRANGER".
—Eh… Sí, eh, sí —dijo estirando su brazo para regresarle el documento al castaño mientras su mano libre viajaba hacia su frente para frotarse ambos párpados. Charles no tardó en recuperar el permiso de pagos, era mejor no dejar esperando a su jefa—. Solo… Solo me duele la cabeza —respondió con desdén masajeando sus sienes ahora con ambas manos—. Charles, tráeme una aspirina. Ahora —la rubia se dejó caer sin gracia sobre la silla y colocó ambos codos sobre la superficie de cristal de su escritorio para apoyar su, repentinamente, pesada cabeza entre ambas manos—. Y un coñac.
Charles miró preocupado a Barbie quien le devolvió la misma mirada y, luego, se volvió hacia su jefa— Eh… Madame, recuerde que no debe mezclar medicamentes con alcohol.
—¡Entonces tráeme un coñac doble! —chilló casi tirándose de los platinados cabellos.
Barbie dio un pequeño saltó hacia atrás, refugiándose tras la seguridad del esbelto cuerpo de su superior.
Charles frunció el ceño y se mantuvo en silencio sin apartar la vista de la dama. Llevaba mucho tiempo trabajando con la Malfoy, estaba más que acostumbrado a sus raras rabietas explosivas; sin embargo, eso no significaba que a veces no lo sorprendieran. A diferencia de su hermana, la Sra. Lestrange, su jefa no se enojaba por tonterías, casi siempre tenía un buen motivo. Sea cual fuese esta vez, debía estar en el documento que sujetaba en sus manos.
Incapaz de resistirse, le dio una mirada rápida a la primera y segunda hoja, pero no encontró nada que llamara su atención.
—¿Dónde está ese trago? —preguntó esta vez más calmada.
Charles retomó la compostura y, por su bien, decidió acatar la orden— Deme un minuto.
Así que eso era lo que tanto ocultaba anoche, se dijo mentalmente mientras escuchaba a los menores moverse por el interior de su oficina. ¿Quién lo diría? Una bailarina… ¡Una bailarina profesional!
O, bueno, eso se suponía, pero… ¡Agh! ¡Debía ser! Le estaba pagando 2000 libras por una presentación, tenía que ser una bailarina profesional en todo el sentido de la palabra. Si fuese una debutante, una amateur, una simple aspirante a artista con poco o nada de experiencia, le tendría que pagar las 1520 libras establecidas, pero le estaba pagando las 2000 libras que la ley dictaba, el casi casi equivalente a un sueldo mínimo.
¿Debería buscar su currículo? Es decir, estaba segura que debían tenerlo archivado en algún lado. Archivaba todos los currículos de las personas que contrataba, seguro el suyo debía estar por ahí escondido, pero ¿debería buscarlo? ¿Sería correcto hacerlo? ¡Necesitaba saber a qué clase de profesionales estaba contratando!
¿Qué tal si se trataba de una bailarina exótica profesional o algo así? ¿Acaso Snape estaba saliendo con una stripper? Ellas eran un tipo de bailarina, deberían contar.
¿Verdad?
Oh, santos cielos, estaba demasiado alterada como para pensar.
Era demasiada información nueva que procesar.
…
Snape estaba saliendo con una bailarina.
Una bailarina.
Una de SUS bailarinas de SU evento.
¿Quién? ¿Quién? ¿Quién? ¡¿Quién?!
—¡Ah! —emitió una inhalación ahogada al atar todos los cabos sueltos y llegar a la respuesta que tanto buscaba—. La ratona escurridiza…
Era una mala elección de palabras, lo sabía, pero no encontraba otra forma de llamarla.
¡Esa niñata estúpida que por poco la había matado de un derrame era la misma ratona escurridiza que Snape se esforzaba tanto en ocultar! La misma bailarina incompetente que por poco había arruinado su cronometrado programa por quedarse a conversar con sus invitados, ¡la misma que se había atrevido a gritarle y hacer un escándalo delante de todo el mundo para humillarla en una de las noches más importantes de su vida!
¡Esa rata!
¡¿Se lo podían imaginar?! ¡Qué osadía! Tenía un solo trabajo, UN SOLO TRABAJO, y ni siquiera podía hacerlo bien. Tenían un contrato firmado, le estaba pagando por bailar, no para hacer vida social, pero, desde luego, la ya no tan misteriosa Srta. Granger no parecía pensar así pues, sin descaro alguno, se había detenido a conversar con sus amigos sin importarle permanecer en el salón aún cuando todos sus compañeros ya se habían ido.
Pero claro, qué le iba a importar si tenía a su tonto perfecto para protegerla en caso de que las cosas se pusieran feas.
¡Agh! Si no la había matado en la fiesta, ¡lo haría ahora!
Sin embargo, había algo que no entendía aún. ¿Por qué iba a pagarle? ¿Por qué le estaba generando un cheque por 2000 libras? ¿Qué no la había despedido esa noche?
Oh, no podía recordar nada. Todo estaba muy borroso.
Sus dedos masajearon su frente, bajando por su nariz hasta sus párpados los cuales le quemaban.
Su cabeza la estaba matando…
Jamás, ni en sus más locos sueños, se le ocurriría pensar en Snape saliendo con una bailarina. ¡Simplemente no eran su tipo! Conocía a su amigo desde siempre, él no era de las personas que salieran con ese tipo de gente: artistas jóvenes seguramente muy extrovertidos.
Snape era más de las personas que prefería juntarse con otros introvertidos como él, sus grupos de estudio en la universidad lo dejaban claro. Todos eran muy parecidos a él: muchachos discretos y estudiosos que se reunían al interior de la facultad en sus ratos libres a jugar las primeras versiones de Mario Kart.
Incluso Valerie, su ex esposa, era así. Por supuesto, era mucho más sociable que el pelinegro, ella sí tenía una gran variedad amigos, pero en sí pertenecía a ese mismo grupo.
Discreta y estudiosa.
Cuando la conoció por primera vez le pareció alguien "correcta y agradable". La consideraba alguien con quien podría llegar a llevarse bien si el tiempo se lo permitía. Calmada, centrada, con metas realistas y temas de conversación parcialmente interesantes, Valerie encajaba perfecto en el tipo de persona con la que Snape saldría.
Claro está que todo ese concepto cambiaría más adelante cuando cayó en cuenta de que no le agradaba la pelirroja y su cara de pez, pero eso era otra historia.
Volviendo a lo importante, saber que la nueva mujer que había robado el corazón de su amigo era una artista joven era algo novedoso que despertaba tanto su curiosidad como su preocupación.
¿Qué se suponía que debía esperar de ella? ¿No eran muy diferentes para estar juntos? O, mejor dicho, ¿ella no era demasiado menor para que estuvieran juntos? ¿Estaría Snape pasando por alguna crisis de la mediana edad o algo así?
No sería el primero de sus amigos en sufrir de una.
—"¿No dijiste que esa desgraciada cazafortunas le había roto el corazón?"
—"Sí"
Cazafortunas...
La imagen nítida de Miranda, la actual "pareja" del hermano de su cuñado, Rabastán Lestrange, apareció en su mente como si fuese un fantasma. La hermosa muchacha de 26 años, 1.77 cm de altura, ojos grandes, pómulos altos, labios carnosos y medidas perfectas era una piedra molesta en el zapato de todos sus amigos.
No hablaba con nadie, miraba por encima del hombro a todos y gastaba como si no hubiese un mañana. Siempre traía un vestido nuevo, un bolso a juego o el último modelo de iPhone de la temporada. Podría describirla como bonita cual reina de bella, pero molesta en todos los otros sentidos. En más de una ocasión, había tenido que forzar una sonrisa falsa en su dirección mientras intercambiaban una que otra palabra.
Totalmente incómodo.
Ni a ella, ni a Bella, ni a Alecto, ni a ninguna de sus amigas de su círculo le agradan Miranda y no era porque fuera bonita o porque tuviera el cuerpo de una modelo de Victoria Secret's.
Claro que no, eso sería inmaduro de su parte.
¿Quién estaría celosa de una hermosa mujer joven con la piel tersa y suave, sin manchas, flacidez o estrías de embarazo, que tenía un cabello sacado de un comercial de shampoo, las medidas perfectas del busto, cintura y caderas, unas piernas largas como de las de una amazona, la juventud y energía que tanto le hacían falta y que robaba suspiros por donde sea que pasara?
Obviamente ella no.
Qué tontería, sería muy inmaduro.
… Sí.
Pero, como decía, no le agradaba no porque fuera bonita.
No le agradaba porque solo veía a con-cuñado como una billetera andante.
O una tarjeta de crédito andante, si así lo prefieren.
Desde que se había puesto de moda esta tontería humillante de los sugar daddies y sugar babies o que lo que sea que fuese, el número de estas cazafortunas de cara bonita y hambre de dinero habían aumentado dramáticamente de la noche a la mañana. Ya no era raro ver a este tipo de especímenes dentro de los lugares que solía frecuentar como el club campestre o los salones de belleza. Ahora que la mayoría de sus conocidos ya no tenían tanto miedo de pasear con la amante de turno, sus jovencísimas parejas parecían haber perdido la prudencia y discreción al momento de pedir su generosa retribución económica por el tiempo de calidad juntos.
Una práctica muy vulgar, si se lo preguntaban.
En fin, Miranda no importaba. No era como si se fuera a quedar para siempre. La nueva muñequita de Rabastán era una molestia pasajera que se iría con el cambio de estación y el inicio de la próxima temporada social. Conocía a su amigo demasiado bien, se desharía de su juguetito en cuanto se aburriera de este.
Ya lo había hecho con su anterior "novia", la anterior a esa, con su ex esposa, y la anterior a esa. Miranda no sería excepción.
Solo era cuestión de tiempo.
Pero Snape era diferente.
Él no era Rabastán.
Si Snape elegía una pareja, probablemente lo haría para toda la vida. Valerie había sido prueba de ello y tres años de conflictos legales y una temporada intensa de terapia no eran fácil de olvidar.
"Ya le rompió el corazón una vez. Jugó con sus sentimientos y cuando se dio cuenta de que Snape quería algo más serio, simplemente se desapareció"
La voz de Lucius todavía resonaba en sus oídos, preocupándola más.
Ya lo habían lastimado lo suficiente una vez, no iba a soportar otra…
El sonido que produjo Charles al colocar el vaso de coñac sobre la superficie de cristal de su escritorio la sacó de sus pensamientos. Su asistente ojiceleste estaba frente a ella mirándolo con precaución. A su lado, más al fondo, Barbie aún se encontraba de pie en silencio, esta vez, con la bandeja de té en ambas manos, lista para salir corriendo de ser necesario.
¡Oh, cierto! Ellos siguen aquí.
—Ya pueden irse, muchachos —despidió desanimada con un gesto de su mano antes de estirarla para alcanzar el vaso—. Disfruten su día libre.
Charles se le quedó mirando un par de segundos antes de asentir reacio con la cabeza, sin esperar por más explicaciones.
—Sra. Malfoy —interrumpió la pelinegra con timidez. Estaba muy confundida por todo lo que estaba pasando y no estaba segura si sería correcto abandonar la habitación con su jefa en ese estado—, ¿qué hay de la cita en el salón?
Narcisa alejó el vaso de sus labios. El alcohol había quemado su garganta, pero al menos ahora tenía la mente un poco más despejada para pensar. No tenía tiempo para perder esos segundos de lucidez con las tonterías de Bárbara, debía pensar en cómo salvar a su mejor amigo de un futuro sin amor y sin dinero.
—Ah, cierto... Olvídalo, creo que no iré —dijo dando otro sorbo—. Tengo una "ratoncita" castaña que cazar.
Primero fue un "pez dorado", luego un perro y ahora una "ratón". ¿Este hombre pensaba abrir su propio zoológico o qué?
—¿Quiere que llame a control de plagas? —preguntaron al unísono.
Algunas personas pecan de inocente, pero estos se pasaron, pensó poniendo los ojos en blanco.
—¡Ya váyanse! —exclamó con una sonrisa forzada—. Vayan a por su día libre antes de que me arrepienta —pidió espantándolos con sus manos, tratando de mantener la calma a pesar de que las venas de su frente ya el estaban palpitando por el estrés—. ¡Ya! ¡Fuera!
Charles asintió y se dio la media vuelta para abrir la puerta. Bárbara, en cambio, se quedó de pie esperando por algo más.
—Ishiguro, vámonos —llamó el castaño tirando de su brazo, casi haciéndola trastabillar y soltar la bandeja de té.
Solo cuando Narcisa Malfoy se quedó en la soledad de su silenciosa y minimalista oficina, pudo dejar escapar toda su frustración a través de un agudo grito que ahogó usando uno de los lados de su bolso negro de cuero de Chanel. Sus delicadas manos tomaron con fuerza los costados del accesorio y los estrujó con fuerza. La cadena dorada colgaba hacia a un lado, chocando contra la mesa de cristal, produciendo un tintineo.
Quien quiera que dijera que gritar no era una buena forma terapia se equivocaba.
—Soy perfecta, no me enojo… Soy perfecta, no me enojo… Soy perfecta, no me enojo.
HOLIIII! Buenas noches, gente linda de internet
Primero que nada, ¡FELIZ NAVIDAD Y FELIZ AÑO NUEVO! Espero que hayan pasado una linda temporada de fiestas junto a su familia y todos sus seres queridos. Que este año sea de provecho para ustedes y que solo les espere cosas buenas, mucha salud, mucho éxito en sus proyectos y sobre todo felicidad. ¡Sean felices, corazones!
Ahora, sí, a lo que veníamos.
PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN! Sé que me demoré la vida para traer la actualización, ¡lo sé! y es que decidí cambiarla a último minuto. Se suponía que habría una escena +18 en este cap, iban a hacer el delicioso en un armario para su reconciliación, pero al final me arrepentí porque por más que lo leía y lo leía, sentía que no quedaba con todo lo que pasaba, así que lo cambie.
Estoy conforme con el resultado, a pesar de que no he tenido tiempo para editarlo por completo. Siento que es más orgánico y me da pie a continuar con la trama tal y como la tenía planeada al inicio. En fin, les debo una disculpa y caps más cortos pa poder actualizar más rápido. Escribir 100 hojas por capítulo demora mucho.
Algo que también he notado es que no tengo la menor idea de lo que hago con mi vida y con este fic, como siempre xD. Creo que tengo que replantear algunas cosas, sobre todo como estoy retratando a Snape, siento que estoy perdiendo la esencia del personaje. El estar con Hermione lo está afectando. De todas formas, espero que no. Esto es un sevmione y tiene que ser fiel a los personajes. Si tienen sugerencias en cómo podría mejorar o que le falta, me lo pueden hacer saber con total libertad :D
Y ya, bueno, podría seguir y seguir hablando, pero no lo hago más larga que ya quiero actualizar. Son las 00:00 en punto y ya es hora. Espero que hayan disfrutado el capítulo y que les haya sacado alguna sonrisa al menos. Saben que los quiero mucho, son muy importantes para mí y espero seguir leyéndolos. ¡Los amo!
Por último, este cap va dedicado a una personita hermosa que me dejó un review hermoso el capitulo pasado. No he podido responder por mensaje directo como siempre hago porque es invitada y creo que no tiene cuenta, pero muchas gracias por tu review, me hizo el día. Tus palabras fueron muy bonitas y no te preocupes por tu español que fue perfecto! Yo me emociono mucho cuando la gente que no habla español como lengua nativa lo intenta. Es más, no puedo creer que me lean en Brasil, gracias!
Cuídense mucho, un fuerte abrazo, muchos besos y no olviden tomar agua.
P.D.: ¿Ya vieron el especial De Regreso a Hogwarts? Es que necesito hablar de lo hermoso que fue! Me hizo llorar como una magdalena XD Ver a Emma y Tom juntos otra vez me dio 1000 años de vida. ¡SON TAN LINDOS!
