CAPITULO 28

Un día más y otro mes se terminaba.

Noviembre empezó como cualquier otro; sin embargo, se sentía muy diferente.

Tal vez era porque el paisaje otoñal ya había invadido por completo la fría ciudad.

Las hojas secas se iban desprendiendo poco a poco de los árboles, dejando como única decoración a un par de tétricos troncos desnudos en medio de los rojizos mares de hojas muertas que se formaban en los parques.

O, tal vez, porque el clima empezó a cambiar radicalmente.

Los últimos rayos del sol desaparecieron de la noche a la mañana, dejando fuertes ráfagas de viento pre-invernal recorriendo las calles de la capital inglesa. Durante las horas más tempranas de la mañana, una espesa neblina apenas sí dejaba ver a las personas al otro lado de la calle y, durante las noches, fuertes lluvias cubrían la ciudad, tomando desprevenidos a los transeúntes que corrían hacia los pubs o bares más cercanos buscando refugio luego de una ardua jornada laboral.

Aunque, tratándose del clima de Londres, un poco de frío y humedad no debería ser una sorpresa para sus habitantes.

O tal vez y solo tal vez, porque repentinamente parecía que el tiempo pasaba más rápido de lo normal.

El tiempo no daba tregua a nadie y eso se podía notar en todas partes. Ya fuese en la lenta muerte de las plantas debido al frío de la nueva estación o en las pequeñas y casi imperceptibles canas que iban brotando de las patillas del profesor Snape, el tiempo iba reclamando su respectivo lugar en el ciclo de la vida y traía con él cambios que, con algo de suerte y mucha fe, serían para el bien de nuestros protagonistas.

El primer cambió resaltante que Severus Snape notó durante ese mes fue que, a diferencia de los otros, la cantidad de ropa para lavar había aumentado considerablemente en su cesto de lavandería. Eso significaba que cada vez había menos espacio para tender sus prendas y, por consecuencia, que cada vez era más difícil lograr que todo secara a tiempo.

Y eso que no estoy mencionando el factor clima jugando en su contra. Con la pronta llegada del invierno, la creciente oleada de frío causaba que la ropa tardara por lo menos dos días en secar, cosa que no le convenía para nada pues se estaba enfrentando a una inminente escasez de camisas limpias.

Tal vez era momento de considerar invertir en una secadora.

Al principio no entendía por qué pasaba esto.

Él no había comprado ropa nueva en las últimas semanas. Es más, la última vez que había ido de compras fue cuando Lucius Malfoy lo obligó a conseguirse un par de trajes nuevos para su compromiso en el Bloomsbury.

Tampoco era porque estuviera mezclando su ropa de verano con la de invierno. Si bien todavía quedaban algunas camisetas de mangas cortas y puede que uno o dos pantalones frescos, estaba seguro que la mayoría de su ropa de verano ya se encontraba guardada en sus respectivas cajas con naftalinas en el armario del ático.

Ni siquiera podía decir que sus cajones estaban repletos. Tenían la cantidad de ropa necesaria para ser ocupados sin que parecieran atiborrados. ¡Por lo menos cerraban! Realmente no había gran diferencia en el número de prendas que había usado en la estación pasada con la de ahora.

Entonces, si no era ninguna de las anteriores, ¿por qué estaba lavando más ropa de la que en realidad tenía?

—¿Severus? —llamó Hermione asomándose por la puerta del cuarto de lavandería. Snape dejó de prestarle atención a Lamarck, quien se encontraba junto a él, y se enfocó en ella y en la prenda aún húmeda que sostenía en sus manos. Sus ojos color miel se veían temerosos y su frente lozana se fruncía debido a la angustia mezclada con vergüenza—. Lo siento, creo que por accidente metí una de tus camisas junto a mi ropa de color y se tiñó. Perdón.

El profesor posó su mirada en el trozo de tela sin forma que la muchacha sostenía lejos de su cuerpo. De no haber sido porque ya sabía que era una de sus camisas, habría jurado que se trataba de algún vestido rosado desteñido. Casi toda la parte superior de la prenda estaba pintada de un intenso color rosa que iba empalideciendo a medida que llegaba a las últimas extensiones de tela blanca, incluso las empuñaduras de las muñecas se encontraban completamente teñidas de rosa.

Snape apretó los labios y retuvo el aliento un par de segundos antes de dejarlo salir sin gracia en una exhalación. Lamarck frotó su hocico contra sus piernas esperando que el pelinegro retomara las caricias en su cabeza, pero este ya no parecía de humor. En su lugar, se levantó y caminó hasta llegar a la altura de su pareja parar tomar la camisa y examinarla en completo silencio.

Nada se había salvado. Desde el cuello hasta las mangas, toda la prenda era una explosión rosada.

Y el rosado no era su color.

Obviamente.

—Lo siento —susurró apenada, haciéndose pequeña contra la puerta—. Te compraré otra, lo prometo.

—No, no. Está bien, déjalo así —la interrumpió entrando en la habitación para dejar la prenda junto a la demás ropa húmeda recién sacada del ciclo de lavado—. No me gustaba esa camisa de todas formas. No tenía bolsillo.

Aquella mentira blanca era preferible a confesarle que esa era una de las tantas camisas nuevas que Lucius le había comprado la última vez que fueron al centro. Hermione se veía demasiado avergonzada como para aumentarle más carga a su consciencia.

"En fin, tampoco es como que tengas muchos lugares elegantes a los que ir bien vestido", se consoló saliendo de la habitación.

—En serio, lo siento muchísimo —se disculpó estirando su mano para sujetar su brazo y apegar su frente contra este—. No fue mi intención, te juro que revisé antes de meter la ropa. Te voy a comprar otra camisa, ¿ok? Por favor, no te molestes.

—Tranquila, nena, no estoy molesto —susurró posando su mano libre en su cabeza, acariciando con delicadeza su nuca—. Esas cosas pasan. Solo ten más cuidado la próxima vez.

—Me sigo sintiendo mal —murmuró contra su brazo, evitando todo contacto visual. Snape mantuvo su mano sobre los cabellos castaños de la muchacha y siguió acariciándolos con ternura—. ¿Hay algo que pueda hacer para compensártelo?

Por supuesto que habían formas de compensárselo, se dijo mentalmente. Se le ocurrían un par de ideas muy creativas para cobrarse el daño de su camisa nueva. Tal vez un baño caliente para dos, un buen masaje en la espalda o una noche divertida maratoneando alguna serie en Netflix.

Sin embargo, se le ocurrió algo mucho mejor.

—Saca la basura y a Lamarck esta noche. Tengo frío y no quiero hacerlo —sentenció sonriendo de lado, sintiéndose triunfante—. Oh, y compra una botella grande de suavizante la próxima vez que vayas al supermercado. Compré una la semana pasada, pero no sé quién se está acabando mis detergentes tan rápido.

El misterio del excedente de ropa en la lavadora ya estaba resuelto: Hermione estaba lavando su propia ropa en su casa y ocupaba su plancha y tendedero cada vez que podía.

Tal vez salir con un hombre maduro y estable como Snape tenía más beneficios de los que la bailarina pudo haberse imaginado.

Desde que estaban juntos, la muchacha de alborotada cabellera castaña aprovechaba los electrodomésticos de la casa de su novio para ahorrarse algunas libras de su presupuesto mensual en lavandería. Solía dejar y llevar ropa una o dos veces por semana —dependiendo de qué tan agitada hubiese estado esta— y le gustaba sentarse en el suelo de loseta frente a la máquina escuchando música y acariciando a Lamarck mientras aguardaba a que el ciclo de lavado terminara.

Por su parte, a Snape no le molestaba en lo absoluto que usara su lavadora, al contrario, lo encontraba fascinante, incluso agradable.

Le gustaba llegar a casa luego de una agotadora jornada de clases en Hogwarts y encontrarse a su hermosa bailarina acariciando a su perro mientras movía su cabeza al ritmo de las variadas canciones que sus audífonos reproducían, perdida en su propio mundo lleno de fantasías y melodías que jamás lograría terminar de conocer. Él solía quedarse de pie junto a la puerta durante largos minutos observándola descansar en silencio. Adoraba verla tan relajada y en paz. Eventualmente, Hermione sentiría su mirada sobre ella y abriría los ojos, dedicándole una tierna sonrisa antes de pedirle dulcemente que se acercara.

***.***.***

Otro cambio que notó durante ese mes —y en los siguientes que vendrían— fue que, finalmente, le estaba sacando provecho a su suscripción mensual a las plataformas de streaming que, hasta la fecha, rara vez había usado.

Aún recordaba la cara de confusión que puso la primera vez que había escuchado sobre el famoso "streaming". Fue durante las vacaciones de verano de hace unos cuatro años más o menos. Era el primer verano que pasaría solo desde el divorcio y Draco se había ofrecido a ser su "roomie" por el resto de la estación, incluso cuando él no había solicitado su compañía ni la quería.

—"¿Cómo puedes vivir sin Netflix?" —había exclamado atónito mientras jugaba con el control remoto del televisor, buscando no sé qué en quién sabe dónde— "Necesitas actualizarte. Te estás perdiendo de buenas películas, a veces encuentras unas joyitas que ni te imaginas. Lo voy a descargar y usaremos mi cuenta, ¿ok? Pero hazme recordar para suscribirte pronto".

Al principio, estuvo escéptico.

Muy escéptico.

Severus Snape venía de una generación muy —demasiado— diferente. Estamos hablando de una generación que solía ir al videoclub más cercano para alquilar una película si quería ver algo que no estaba proyectándose en cines. Lo más sofisticado que había alcanzado a entender fueron los discos de formato Blu-ray. Tenía una humilde colección de estuches azules guardados en un compartimento debajo del centro de entretenimiento que soportaba su televisor y solía ver alguno de ellos de vez en cuando, solo cuando realmente se le antojaba.

Sin embargo, la limitada variedad aburría, además de que ocupaba mucho espacio que podría ser útil.

Ya pueden imaginarse lo maravillado que estuvo cuando le agarró el truco a esto de "el Neflick" y ni hablar de cuando descubrió que existían más plataformas con mucho más contenido.

—"Ay, Draco, mi hijo, ¿qué es esta maravilla?" —dijo la primera vez que revisó el catálogo de películas y serie que tenía disponibles— "Regala ese Blu-ray de mierda, ya no lo necesito".

Si tan solo supiera que van cambiando el contenido de las plataformas cada temporada…

—¡¿Ya lo pongo?!

—Espérame, ¡le estoy dando de comer a Lamarck! —gritó la castaña desde la cocina. Se apresuró en verter las croquetas del can en su plato y corrió de regreso a la sala mientras se limpiaba los restos de comida en los muslos de sus pantalones—. ¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Ya voy!

Hermione se lanzó sobre el sofá justo al lado de Snape, quien la esperaba ansioso con el control remoto en la mano, listo para darle play a la serie que ambos estaban viendo desde hace algún tiempo. No obstante, por más que esperó, la castaña jamás escuchó el inicio de la tan ansiada intro.

—¿Qué pasa? —preguntó sin entender su comportamiento. Snape frunció el ceño y entrecerró los ojos en su dirección haciendo que la joven retrocediera más confundida que nunca— ¡¿Qué?!

—No te has lavado las manos —acusó señalando a las mencionadas con el control remoto—. Puedo olerlo. Hueles a comida de perro.

—¡Ay! ¡Severus! ¡No fastidies! —exclamó intentando arrebatarle el control, pero el mayor fue más rápido y puso el aparato en lo alto, fuera de su alcance—. ¡Severus!

—Ve a lavarte las manos —ordenó con autoridad—. Con jabón.

—¡Pero sí me lavé!

—Ve a lavarte.

—¡Seve…—

—Con jabón.

Hermione frunció el ceño y apretó los labios haciendo un puchero de una niña pequeña. Sus ojos mieles desprendían fuego y su pequeña nariz se arrugaba como la de un conejo. Aun así, eso no fue suficiente para intimidar a Severus Snape quien se mantuvo firme frente a ella, observándola con su gélida mirada patentada de profesor, la misma que obligaba a sus alumnos a hacer lo que él quisiera ya sea a las buenas o a las malas.

A Hermione no le quedó otra opción que rendirse.

—¡Aish! ¡Qué molesto! —exclamó levantándose de un brinco para ir al baño dando pisotones.

— ¡Y no vuelvas hasta que estén bien limpias! —gritó divertido, viéndola irse.

Snape esperó a que ella desapareciera por el pasillo para retroceder rápidamente el episodio que verían hoy hasta el inicio del capítulo, bajándole todo el volumen al televisor para que sus intentos de ocultar su delito no se escucharan por ningún motivo. Dejó todo listo para cuando la castaña regresara y suspiró aliviado al ver el fruto de sus esfuerzos.

Prácticamente, sería imposible que Hermione descubriera que había estado avanzando episodios sin ella.

Cuando abrió los ojos, se encontró a Lamarck mirándolo fijamente desde una esquina de la habitación. El perro de abundante pelaje blanco se mantenía inmóvil, casi como una estatua, y su aura transmitía cierto aire perturbador. No es que estuviese loco, pero podía jurar que el perro lo estaba juzgando con la mirada.

Intercambiaron miradas esperando que alguno de ellos reaccionara primero. Los ojos negros de Snape se entrecerraban en su dirección mientras que los enormes y brillantes ojos de Lamarck seguían tan perdidos como siempre. Su ojo celeste brilló detrás de la delgada capa nebulosa que cubría su visión y Snape sintió sus manos sudar debido a la ansiedad de enfrentarse al único testigo de su delito.

—Shhh… —pidió poniendo un dedo contra sus labios.

Observó a su mascota de forma suplicante y rogó para este no fuera de soplón con Hermione, aun sabiendo que las probabilidades eran nulas pues los perros no hablaban.

—¡GUAU! ¡GUAU!

—¡SHHHHHHHHHH!

—¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU!

Unos minutos más tardes, el profesor y la bailarina se encontraba sentados uno al lado del otro frente al televisor. Uno de sus largos brazos rodeaba los huesudos hombros de la muchacha y un bol de vidrio repleto de papitas fritas descansaba sobre los muslos cerrados de esta. El crujir de las papas siendo trituradas inundaba la habitación y, por casi media hora, el único indicio de que alguien habitaba esa tranquila casa de Southfields era el sonido que emitía el televisor.

Para ser más exactos, el sonido de los diálogos de la novela que ambos veían completamente concentrados.

—Hmm… ¡No, no, no! ¡Qué feo! —exclamó Hermione apresurándose en tragar los snacks que tenía en la boca. Se acomodó sobre el sofá y se inclinó hacia adelante como si así pudiera estar más cerca de los actores que se mostraban en pantalla. En ningún momento apartó los ojos del televisor— Ahora Betty abrirá la puerta y verá a Don Armando haciéndolo con la modelo. ¡Ay! ¡No! ¡Qué incómodo!

—¡Shhh! Esta es la mejor parte —acalló Snape llevándose unas papas a la boca.

Y tal vez fue porque el cerebro de Hermione se encontraba más alerta de lo normal al intentar leer los subtítulos o, tal vez, porque Snape estaba tan concentrado en la serie que en realidad no fue consciente de la magnitud de sus palabras. Sea cual sea haya sido la razón, parecía que por más que el pelinegro se hubiese esforzado en borrar todas las huellas de su crimen, la verdad siempre terminaría saliendo a la luz, rompiendo la paz y tranquilidad a la que estaba tan acostumbrado.

—Espera, espera, espera —reclamó la joven estirando su mano para tomar el control y poner pausa—. ¿Has estado viendo sin mí? —preguntó entrecerrando los ojos en su dirección.

—¡¿Qué?! ¡Eso jamás! —contestó ofendido, intentado arrebatarle el control solo para no tener que verla a los ojos— Oye, vuelve a ponerlo. Quiero ver qué pasa.

—No mientas, Severus. ¡Te quieres reír! —acusó con una sonrisa en su rostro, dejando entrever aquellos incisivos ligeramente grandes que tanto adoraba. Snape giró la cabeza a un lado, evitando todo contacto con ella. Normalmente, habría hecho uso de su gran dominio para controlar aquella pequeña sonrisa que amenazaba con formarse en la comisura de sus labios, pero la situación le resultaba tan graciosa que no pudo evitar flaquear— ¡Ajá! Sí lo hiciste ¡traidor! Te estás riendo. Solito te estás delatando.

—Solo vi un pedacito —admitió apretando los labios en una mueca para no reír—. Te lo juro.

—¡¿Un pedacito?! Mira qué mentiroso. ¡Si vamos más de la mitad del capítulo! —rio dejando el bol con snacks a un lado para evitar un futuro accidente.

—Es que necesitaba hacerlo, era cuestión de vida o muerte.

—Por Dios, ¡qué exagerado!

—En serio, Granger. No podía concentrarme en clases, no dejaba de pensar en qué le iba a pasar a Betty —se defendió procurando sonar serio y razonable—. Además, todo esto es tu culpa.

—¡¿Mi culpa?! —chilló abriendo los ojos sorprendida— ¿Por qué es mi culpa?

—Porque yo vivía feliz hasta antes de conocer la novela —rio nervioso, provocando una risa también en la bailarina—. Todo fue que tú quisiste ver y ya no me puedo concentrar en nada. Es tu culpa.

—No, no, no, no te quieras hacer la víctima —rio la joven subiéndose encima de sus muslos, sentándose sobre su regazo y acorralando entre sus brazos—. Aquí la victima soy yo. ¡Acabas de romper la regla más importante de todas las relaciones! No puedes avanzar capítulos sin el otro.

—Ah, ¿sí? ¿Y quién dice que es la regla más importante? —preguntó elevando sus manos para rodear su cintura y apegar su esbelto cuerpo al suyo— ¿Cuál es la fuente? Y cítala en formato APA.

—La fuente soy yo, lo digo yo. Granger, Hermione. 2016. Londres, Inglaterra —sentenció inclinando su cabeza sobre la de él, apoyando su frente contra la suya, obligándolo a cerrar los ojos. Sus narices se encontraron. La pequeña y pecosa nariz de la castaña le hacía cosquillas a la grande y ganchuda del pelinegro, provocándole un temblorcillo que recorrió toda su columna vertebral—. Quién lo diría. El siempre serio y responsable Severus Snape descuidando sus obligaciones porque está enganchado con una novela sobre secretarias y jefes gritones —sonrió. Snape, todavía con los ojos cerrados, le devolvió el gesto al sentir el aliento cálido de su amada golpeando su rostro—. Tú no eras así. Eras un buen chico.

—Yo era un adulto responsable antes de conocerte, Granger…. No hacía estas cosas —contestó subiendo sus manos hasta sus omóplatos en donde las mantuvo por un buen rato—. Mira lo que me has hecho.

Hermione depositó un suave beso en la punta de su nariz y susurró bajito— Tienes que ordenar tus prioridades.

Snape dejó escapar un extraño bufido combinado con una risa y negó lentamente con la cabeza.

—Mira quién habla —se burló—. No me hagas hablar de prioridades, niña, porque vas a salir perdiendo y lo sabes.

La castaña se apartó ligeramente de él, abriendo aquellos preciosos ojos mieles para ver a detalle el rostro cetrino del misterioso hombre de corazón noble que yacía debajo de ella. A pesar de no haber cambiado drásticamente desde que se conocieron, lo veía diferente. Ya no tenía esa perpetua expresión enojada en su ceño e incluso su piel se veía más lozana y fresca debido al buen ejercicio y la dosis constante de vitamina D.

Pero, por sobre todo, se veía feliz.

Sus brazos rodearon su cuello, sus dedos jugaron con los cabellos de su nuca y, unos segundos después, le sonrió mostrando esos incisivos ligeramente grandes que tanto le enloquecían.

—Dame un beso.

Los dos abrieron los ojos sorprendidos al escuchar sus voces mezclándose en una sola. No habrían esperado que algo como eso pasara, mucho menos ahora. Por lo general, ninguno de los dos solía pedir una muestra de afecto al otro, simplemente se acercaban y la tomaban sin siquiera pedir permiso.

Actuar sin preguntar era mucho más fácil que pasar por aquel extraño e incómodo momento en el cual los miedos los cohibían y no sabían qué decir ni a dónde mirar.

Sin embargo, esta extraña coincidencia había sido tan espontánea, casi casi como si sus corazones y mentes hubiesen coordinado el momento por telepatía, que solo pudieron reír tontamente para no caer en un eterno silencio.

—Ven aquí —susurró el maestro posando su mano derecha en la nuca de la bailarina para atraerla y darle un suave beso.

Sus labios danzaron con delicadeza unos sobre otros. Un soñador suspiro escapó de la garganta de la muchacha quien se dejaba llevar por la ternura con la cual su amado besaba sus labios, teniendo especial cuidado en cada movimiento. La mano izquierda del pelinegro abandonó su espalda para posarse en su mejilla y Hermione se acomodó sobre su regazo con toda la intención de continuar el beso en una posición mucho más cómoda para ambos.

Besar a su pareja era como flotar entre las nubes, sentir que cientos de suaves pétalos de rosas le acariciaban el rostro. Era como si millones de mariposas multicolor revolotearan en la base de su estómago y ascendieran hacia su corazón, haciéndole cosquillas. Era experimentar una agradable corriente eléctrica en la base de su cabeza, una que adormecía sus sentidos y no le permitía hacer nada más que dejarse llevar.

En conclusión, besar a Hermione Granger era su más grande nuevo vicio.

Solo cuando sintieron que sus pulmones se quedaban sin aire, rompieron el contacto.

Los ojos negros se encontraron con los mieles y brillaron reflejando a la fémina en ellos. La menor sonrió y él estiró su mano para acomodar un rizo rebelde detrás de su oreja.

—¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!

Los amantes se giraron para encontrar a la enorme y peluda figura de Lamarck olfateando a un lado de ellos, frotando su negra húmeda nariz contra las piernas trabajadas de Hermione, pidiendo un poco de la atención que ella le brindaba a su amo.

La castaña apoyó su mejilla sobre el hombro de su aprendiz y estiró una mano para acariciar la cabeza del can, observándolo cerrar sus brillantes ojos, dejándose llevar por la calidez de sus mimos. Snape se sumó a las caricias y luego golpeó el asiento del sofá un par de veces para indicarle a su cachorro que se subiera y se les uniera en ese íntimo abrazo.

Esta demás decir que Lamarck obedeció gustoso la orden.

***.***.***

El tercer gran cambio que notó fue uno que, en su momento, lo descolocó por completo.

Por primera vez en muchísimo tiempo, Severus Snape se preocupaba por su apariencia física.

Durante años, Lucius Malfoy le había pedido millones de veces que cuidara, aunque sea un poco, su apariencia. Le había aconsejado de todo. Ya fuese usar un buen shampoo —de preferencia sin sal para solucionar su problema de cabello graso—, aprender a elegir bien su ropa, hidratar la piel, dormir ocho horas para no tener ojeras o simplemente peinarse, el rubio platinado había intentado de todo para convertir esa amenaza humana a la estética y al buen gusto en una persona agradable a la vista y que no pareciera estar muerto por dentro.

Sin embargo, no importara cuanto lo intentara, Snape seguía siendo un crimen contra la moda por donde quiera que se le mirase.

Pero esta vez, las cosas parecían ser diferentes. Había hecho falta 42 años, un matrimonio fallido, un doctorado, un divorcio, una nueva novia y mucha, mucha terapia para que Severus Snape finalmente se animara a hacer algo con respecto a la imagen que proyectaba de sí mismo al mundo.

Y es ahora que quería verse bien.

Ya lo había dicho el Dr. Sharpe en anteriores ocasiones: por más el margen de éxito de este tipo de relaciones fuese muy pequeño, el salir con una persona menor tenía sus ventajas.

Una de ellas era esta imprevista inyección de vitalidad y juventud.

Las personas jóvenes estaban llenas del vigor de su corta edad. Eran intrépidas pues tenían ganas de "comerse al mundo". Eran abiertas a los nuevos temas, tenían muchísima curiosidad por todo lo nuevo, y, sobre todas las cosas, tenían energía.

Prácticamente, era imposible que esas ganas de vivir no se contagiaran.

Hermione lo hacía sentirse joven en cada uno de los aspectos de su vida. Cada día le inyectaba más vitalidad con sus disparatadas ocurrencias y le gustaba esta nueva sensación de ser, al fin, el héroe de alguien. Ella solía escuchar fascinada sus historias. Encontraba interesante todos sus logros, su trabajo y, en general, todas sus experiencias de vida, por lo que constantemente le recordaba lo mucho que lo admiraba y lo orgullosa que se sentía por tener a un gran hombre a su lado.

Puede que ella tuviera mucho que enseñarle sobre el baile, la cultura actual o cualquiera de esas cosas divertidas de la juventud, pero él también tenía mucho que ofrecer y eso lo hacía sentir importante.

Sin embargo, había una verdad innegable escondida detrás de esta bonita pantalla de amor creada por las ilusiones y esperanzas de dos corazones lastimados que buscan una segunda oportunidad.

La edad.

Salir con alguien menor que tú no debería ser nada de otro mundo, pero salir con alguien que tenía la mitad de tu edad y que todo el mundo confundía con tu hija era una cosa completamente diferente.

Desde que estaba con Hermione, había surgido esta agobiante necesidad de verse bien. Se preocupaba demasiado por su aspecto, por la forma en cómo su compañera percibía su imagen y en cómo las personas a su alrededor podían hacerlo.

Ahora solía verse continuamente en el espejo solo para asegurarse que "no estaba tan mal". Había cambiado su dieta y la balanza se había convertido en su enemiga. Odiaba aquellos kilos de más que hacía que sus camisas se le marcaran en los lugares incorrectos y deseaba con todas sus fuerzas que sus brazos no estuviesen tan fuera de forma pues le vendría bien tener unos bíceps más musculosos. Quería verse atlético, atractivo, elegante y en forma para su chica.

Y todo esto tenía una razón de ser.

Hermione era una chica que, hablando en términos socioeconómicos, era altamente "rentable" dentro del mercado de los solteros de entre 20 y 40 años, incluso era atractiva dentro de mercados para un público más "mayor". Era joven, guapa, amable, pasional, inteligente y probablemente cumplía con la mayoría de los atributos más apreciados al momento de buscar una pareja. La competencia para estar a su lado era alta estadísticamente hablando y, aunque no pudiese verla, sabía que había una larga fila de hombres esperando el momento apropiado para pasearse frente a sus ojos e intentar robársela con sus encantos.

Con Snape, el panorama cambiaba radicalmente.

Para empezar, el mercado de solteros asignado para él era muy escaso. Simplemente no era rentable. Tenía más de 40 años y era divorciado. A simple vista, uno diría que estaba bien, que todavía tenía lo suyo y podía levantar algunos suspiros y, sí, tal vez podría… si fuese un galán de cine como vemos en las pantallas y alfombras rojas.

Pero Snape no era nada de eso.

No era carismático, no era amable, no era un galán, no era atractivo, no era divertido, no era un buen conversador, no le gustaba salir de casa, no podía hacer demasiado esfuerzo físico porque si no le dolía la espalda, no le gustaba el ruido, no le gustaba las tonterías adolescentes, no tenía la solvencia económica suficiente para permitirse grandes lujos y, más allá de saber cocinar y tener un perro adorable, realmente no era un buen partido. No tenía ninguna de las características que esos hombres perfectos del espectáculo sí tenían.

Socioeconómicamente, su público objetivo abarcaba un rango pequeño de mujeres solteras o divorciadas entre los 40 y 50 años. Con algo de suerte, tal vez podría conseguirse a alguien de 36 o 37 años, no menos.

Y eso que no hablamos de la inminente verdad que tenía que aceptar si escogía el camino que la vida le tenía preparado para él: si salía con alguna de estas mujeres, existía una alta probabilidad de que terminara convirtiéndose en el padrastro de alguien.

Era por eso que salir con alguien como Hermione podía ser considerado el milagro más grande de la historia de la humanidad.

Por lo menos, el más grande de su vida.

Y como tal, dudaba que le volviera a pasar una segunda vez.

No podía permitir que este milagro se arruinara.

No la iba a cagar.

¡No la iba a cagar!

Y para asegurarse de no echar a perder esta divina oportunidad que le regalaba la vida, iba a hacer algo que jamás pensó hacer: volverse un hombre atractivo.

Estaba decidido a hacer lo que sea para lograrlo.

Lo que sea.

Incluso si eso implicara ir arrastrando de regreso a Lucius Malfoy para pedirle consejos.

[Snape: Lucius

Lucius

¿Estás?

Oye, contesta, te veo conectado.

LUCIUUUUUUUS

L

U

C

I

[Tú: QUÉ QUIERES?!

Estoy trabajando, tengo reunión

Qué pasa?

Más vale que sea de vida o muerte]

[Snape: ¿Qué shampoo me dijiste que debía comprar?

Ya estoy en el supermercado

*Foto*

Estoy asustado, hay demasiados]

Desde la comodidad del asiento de su oficina en MALFOY CO., Lucius entrecerró los ojos y alejó su teléfono celular lo suficiente para que la imagen en la pantalla se viera clara.

Esto era una broma, ¿verdad? Esto gritaba "broma" por donde sea que se le viera.

Se habría reído de no haber sido porque realmente estaba asustado por el reciente comportamiento que su amigo había mostrado estas últimas semanas.

[Snape: *Foto*

Este dice que es usado por profesionales, pero no conozco la marca

Y el otro dice 2 en 1 y está en oferta

¿Qué hago? ¿Cuál llevo?]

Debía ser una broma… Una extraña broma.

[Snape: Oye, deja de dejarme en visto

CONTESTAAAA]

¿Por qué Snape estaba pidiendo su consejo para comprar productos de belleza?

—Sr. Malfoy, la junta lo espera en…—

—Ahora no, Emily, estoy ocupado.

—Pero…—

—Estoy ocupado. Di que me morí o algo, para eso te pago.

—Eh… Está bien, señor.

Se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz y procedió a teclear sobre el teclado de su pantalla para sacar a su mejor amigo de este problema de "vida o muerte" en el que se había metido.

[Tú: En primer lugar, me ofende que no conozcas la marca

Segundo, eso es un acondicionador, no un shampoo

Y tercero,

NO TE ATREVAS A TOCAR ESO QUE DICE OFERTA!

SAL DE AHÍ!

AHORAAAAAAAAA!

"Ay, este niñito, por Dios", pensó enviándole el nombre y la dirección de la tienda en la que compraba todos los productos de cabello y piel que utilizaba para verse tan bien. "Tengo que enseñarle todo"

[Snape: ¿Qué es eso?]

[Tú: Tú ve nomás.

Estoy en camino, nos vemos allá.

Te voy a enseñar a elegir productos de calidad]

***.***.***

El cuarto gran cambio del cual se percató fue un poco más difícil de notar a simple vista pues se sentía tan natural que podría jurar que había formado parte de su rutina diaria desde el inicio de su vida.

Fue solo durante su sexto viaje de regreso a casa cuando Severus Snape se dio cuenta de este:

El metro.

—¡Adiós, chicos! —se despidió Hermione con la mano antes para cruzar corriendo la calle para llegar al otro lado donde el profesor de Química la esperaba—. ¡Nos vemos el sábado! ¡Bye-bye!

—¡Adiós! ¡Cuídense! ¡Hasta el sábado!

—¡Vayan con cuidado! ¡Nos vemos!

—¡Bye! ¡Nos vemos el sábado! No se olviden su ropa, recuerden que iremos al Rivoli.

—¡Vamos a bailar hasta que nos echen! ¡No falten!

Al otro lado de la calle, frente a las puertas azules del estudio de baile de la profesora McGonagall, Luna, Neville, Harry y Sirius se despedían respectivamente de la pareja con el mismo entusiasmo de siempre:

Luna daba pequeños brinquitos mientras agitaba sus manos. Su largo cabello suelto se sacudía con cada uno de sus movimientos, creando ondas rubias en el aire que interrumpían la visión de sus dos contemporáneos.

Neville se acomodaba la bufanda roja en su cuello con una mano, mientras que la otra se agitaba tímidamente a modo de despido. Su mochila negra de gimnasio colgaba de uno de sus brazos y sus mejillas y nariz se teñían de rosa debido al frío.

Harry, el más bajo de todos, levantó una mano lo más alto pudo y se despidió con una bonita sonrisa en el rostro. Sus ojos verdes brillaron detrás de sus gafas redondas y su abundante cabello azabache se agitó con la fuerza del viento nocturno.

Y último, pero no menos importante, estaba Sirius quien simplemente asintió con la cabeza sonriendo de lado. Había una chispa juguetona en sus ojos oscuros la cual no desapareció incluso después de haberle lanzado un guiño a la castaña. El irreverente casanova se acomodó el cuello del grueso abrigo y se despidió con una mano antes de seguir su camino. Rodeó los hombros de la rubia y de su ahijado con sus brazos y los guió por la acera calle arriba como si fuesen dos niños pequeños que necesitaban de su ayuda para cruzar la calle.

—¡Adiós!

Hermione se giró para encontrarse con Severus Snape quien la miraba en silencio con las mejillas rosadas por el aire frío. Su largo abrigo parecía una capa oscura que cubría la mayor parte de su cuerpo como si se tratase de dos largas cortinas negras semejantes a su cabello. El hombre enarcó una ceja, mirando aquellos bonitos ojos claros, y luego sonrió de lado, estirando su mano grande para tomar la de ella y apretarla con ternura mientras caminaban calle abajo rumbo a la estación de metro.

Desde que el profesor había regresado al estudio, Hermione solía acompañarlo a tomar el tren de regreso a casa tres veces a la semana después de clases. Luego de intensas y muy divertidas sesiones bailando con la profesora McGonagall, la pareja solía cruzar la calle para descender tomados de la mano por Earl's Court Road hasta llegar a la estación de metro unos negocios más abajo.

Además de las personas que iban en la misma dirección, las nubes oscuras que cubrían el cielo eran sus únicos testigos junto con los faroles del alumbrado público.

Solían llegar al molinete de entrada como a las 20:15h. aproximadamente y luego, pasaban la Oyster Card por el sensor para que las pequeñas puertas metálicas se abrieran y, así, ingresar. Primero entraba ella y luego él, siempre vigilando que ningún extraño se acercara demasiado a la muchacha. Bajaban por las escaleras eléctricas mientras conversaban de cualquier tema, casi siempre ignorando a todos los demás usuarios del metro que se mezclaban como abejas obreras dentro de un bullicioso panal.

Casi siempre les tocaba tomar el tren de la hora punta por lo que solían quedarse de pie un buen rato en la fila de la línea District, avanzando poco a poco a medida que los trenes entraban y salían de la plataforma.

La espera no era tan mala. Antes, solía ser insoportable. Odiaba quedarse de pie, solo, en medio de tantos desconocidos, esperando un tren que parecía nunca llegar. Sin embargo, ahora que tenía a Hermione a su lado, la espera era mucho más amena. Ella solía ubicarse adelante de él y tomaba sus largos brazos para colocarlos sobre sus hombros para obligarlo a abrazarla.

Ya podían imaginarse lo raro y, a la vez, tierno que se veía a alguien tan alto como Snape apoyando su peso en un ser tan pequeño y delgado como Hermione.

Por supuesto, el momento sería mucho más adorable si no hubiera tantas personas viéndolos raro.

En fin, casi nunca se quedaban callados. La bailarina solía hablar y hablar hasta que, sin darse cuenta, ya se encontraban al inicio de la fila, frente a las puertas del vagón vacío. En cuanto estas se abrían, la muchacha corría adentro para sentarse mientras que Snape se tomaba su tiempo, deslizándose con elegancia en el estrecho pasillo que se iba llenando rápidamente tras él. Finalmente, ella se sentaba junto a la ventana y él, al pasillo. A veces compartían una agradable conversación; otras veces, los audífonos pues mataban en tiempo escuchando alguna playlist de moda que a Hermione le gustara.

Puede que Snape pudiera enseñarle cosas importantes de adulto independiente como responsabilizarse de sus decisiones o pagar los impuestos, pero Hermione no se quedaba atrás. Ella le enseñaba la importancia trascendental de conocer la música de Ariana Grande o Lady Gaga viviendo en pleno siglo XXI.

La cultura pop es sumamente importante y estoy dispuesta a agarrarme a putazos para defender mi opinión, lo digo en serio.

En serio.

Realmente era fascinante este cambio en su vida. Se sentía tan natural que no podía creer que había tomado el metro solo durante años.

"Próxima parada: estación Parsons Green".

—¿Vas a comprar comida para cenar? —preguntó el profesor mientras apoyaba su cabeza contra la de ella, todavía sentado en la cuarta fila del vagón número tres— Recuerda que debes cenar. No almorzaste bien hoy y estás tomando vitaminas. Necesitas tener algo en el estómago.

—Hmmm... tengo fruta en casa, pensaba hacerme una ensalada o algo —comentó aburrida, mirando en dirección a la gente de pie en el pasillo al lado de Snape—. Hmmm… tengo cereal, creo.

—Esa no es una cena, Granger. Tienes que comer —replicó, girándose a verla. Sus ojos negros se encontraron con los de ella y los vio tan grandes y cansados que lo alentó a continuar—. ¿Por qué no vienes a casa esta noche? Puedo pedir comida china para ambos o, si deseas, puedo preparar algo rápido. Lo que tú quieras.

—No tienes que hacerlo, no quiero molestarte —desistió volviendo a apoyarse sobre su hombro, tomando su brazo izquierdo y rodeándolo con los suyos—. Comeré en casa, te lo prometo.

—No hay problema, en serio —volvió a insistir—. Si vienes, tendré una razón para cocinar la carne de mi refrigerador. No me gustaría gastarla en una cena para uno.

"Próxima parada: estación Putney Brigde".

—Además, ¿cómo sé que vas a comer? —continuó inclinándose un poco a la izquierda para evitar que los demás usuarios del metro lo golpearan al intentar aproximarse a la puerta— Siempre dices que sí vas a comer y al final no lo haces. Me engañas.

—¡Que sí voy a comer! —rio, escondiendo su rostro en el abrigo de su novio— Además, mañana tienes que trabajar.

—¿Y eso que tiene que ver?

—Pues, cada vez que me quedo en tu casa nos desvelamos haciendo ya tú sabes qué —musitó sonrojada, sintiendo sus mejillas arder, e incapaz de contener su sonrisa. Snape apretó los labios y miró hacia el frente, conteniendo una sonrisa de adolescente, también—. Y, pues, tienes que levantarte temprano mañana, así que no. Alguien tiene que ser el adulto responsable de la relación.

—Te prometo que no nos desvelaremos haciendo "eso" —dijo inclinando su cabeza hacia ella, buscándola con la mirada—. Preparare una cena rápida y nos sentaremos frente al televisor mientras comemos. Veremos la novela y no pasará nada, lo prometo.

Hermione se le quedó mirando un par de segundos en silencio, entrecerrando los ojos y haciendo esfuerzos sobrehumanos para no reírse.

"Próxima parada: estación East Putney".

—Tú quieres que vaya a tu casa solo porque quieres ver la novela, ¿verdad? —rio mostrando sus dientes y negando con la cabeza. Los ojos le brillaban divertidos y Snape se sintió indefenso ante ellos— ¡Qué barbaridad, Sr. Snape!

—Eso no es cierto.

—¿Cómo qué no? Todos los días me dices "Ay, ¿cuándo vamos a ver a Betty? Que qué pasó con la peliteñida, que Don Armando, que el otro…". ¡Te has convertido en un novelero! —rio abrazándolo, llamando la atención de algunos de los demás pasajeros cercanos a ellos— Un novelero mentiroso.

—¡¿Mentiroso?! —exclamó ofendido.

—Sí, mentiroso. Dices que me quieres alimentar, pero en el fondo tienes tus "oscuras intenciones".

Snape apretó los labios y trató de pensar en cosas serias para no dejar escapar esa sonrisa traicionera que se formaba en la comisura de sus labios. No podía creer lo bajo que había caído. Le era imposible aceptar que, a estas alturas de su vida, 42 años y con un perro a su cargo, había llegado a este punto: obsesionarse con una telenovela extranjera emitida hace poco más de 16 años.

Pero más que eso, le avergonzaba admitir que se había convertido en una señora.

Más aún, le avergonzaba admitir que Hermione tenía razón y que, sí, la estaba invitando a su casa solo "tenía oscuras intenciones" que incluían desvelarse viendo la televisión.

—Es que necesito saber qué pasa —dijo con seriedad, aunque en el fondo solo quería esconderse bajo su cama—. A-Además, recuerda que todo esto es tu culpa. Tú me metiste en esto, así que debes asumir lo que hiciste.

La risa bulliciosa de Hermione hizo que la mayoría de los pasajeros se girara en dirección a ella para mirarla con cierto desagrado. No sabría decir si lo hacían porque era muy ruidosa o porque estaba siendo demasiado cariñosa con su "papá", pero eso no importa ahora.

—¡Vamos, por favor! Comerás bien y si quieres te voy a dejar mi cama para ti sola para que duermas más cómoda.

—Hmmm… no sé, tengo que pensarlo.

"Próxima parada: estación Southfields".

La voz robótica proveniente del altoparlante del vagón le indicó a la pareja que ya había llegado el momento de despedirse. La gente empezó a moverse lentamente en dirección a la puerta de salida, caminando como pingüinos uno tras otro para no chocar entre ellos. Snape esperó a que se abriera un pequeño espacio para levantarse y unirse a la fila. Tomó su mochila de gimnasio y se aseguró de tener todas sus cosas antes de hacer el ademán de levantarse.

—Última oportunidad, Granger. ¿Vienes conmigo? —preguntó mirando a la joven castaña.

—Lo siento, Sr. Snape, pero creo que tendrá que comer solo esta noche —sonrió inclinándose para depositar un suave beso en sus labios a modo de despedida. Fue fugaz, casi imperceptible, pero tierno, al fin y al cabo—. Descansa, ¿sí? Qué pases buenas noches.

—Tú también. Llámame cuando llegues a casa para avisarme que estás bien, ¿de acuerdo?

—Lo haré —el tren empezó a disminuir la velocidad poco a poco hasta indicar que encontraba a escasos segundos de detenerse en la estación—. Ya, anda o te vas a pasar la parada otra vez. Salúdame a Lamarck.

—Adiós.

En cuanto las puertas automáticas se abrieron, Snape no perdió tiempo en unirse a los demás y bajar a la plataforma para irse a casa. Esperó pacientemente a que la gente se dispersara para avanzar con tranquilidad. El tren partió con un último pitido de advertencia antes de cerrar las puertas dobles y abandonar la estación hasta nuevo aviso. El frío aire nocturno golpeaba suavemente su rostro, agitando su cabello a medida que avanzaba por la plataforma descubierta y bien iluminada.

"Unos diez minutos más o menos y ella estará en Wimbledon. Más otros diez o quince hasta que llegue a casa y luego unos cinco o seis hasta que entre a su departamento, darían como resultado…"

Un cuerpo extraño impactando a toda velocidad contra el suyo casi lo hizo caer de cara contra el suelo. Su corazón latió desbocado contra su pecho y su vello corporal se erizó cual gato asustado. Una jocosa risa infantil y un par de manos cálidas rodeando su abdomen se hicieron presentes en la escena. Estas se pasearon por cada centímetro de sus oídos y torso respectivamente. Snape se giró rápidamente tratando de apartarse por simple instinto y grande fue su sorpresa cuando encontró la castaña cabellera de su novia a escasos centímetros de él.

—¡¿Qué haces aquí?! —exclamó abriendo los ojos estupefacto y rodeándola con ambos brazos de forma protectora— ¿No que querías ser el adulto responsable y no venir?

—Cambié de opinión —murmuró de forma ahogada contra su ropa, cerrando los ojos para aspirar su aroma—. Quiero acompañarte y cenar contigo.

—¿En serio? —preguntó ocultando la alegría de su voz para no alentar su comportamiento infantil. Una mano subió hasta la cabeza de la bailarina y la peinó suavemente, dejándola ocultarse contra su pecho—. ¿En serio quieres cenar conmigo?

—Sí —sin apartarse, levantó su rostro, apoyando su barbilla contra su pecho y observando hacia arriba. Sus labios cerrados y carnosos parecían formar un pequeño corazón que Snape guardaría para siempre en su memoria—. Y también quiero ver la novela.

La suave y masculina risa del profesor se dejó escuchar brevemente por la plataforma, perdiéndose en el soplar del viento otoñal de una noche de noviembre. Apenas duró un par de segundos y fue algo extraña de escuchar pues Snape no era una persona de risa fácil, pero por alguna razón, la confesión de la muchacha le había sacado una sonrisa. Hermione sonrió complacida y se paró de puntillas para estampar sus labios contra los suyos, obligándolo a inclinarse para poder alcanzarlo.

—¿Vamos?

—Vamos.

Y con un brazo rodeando su estrecha cintura, Snape y Hermione caminaron abrazados hasta la salida de la estación, subiendo las escaleras mientras conversaban, una vez más, de tonterías y cosas que solo tenían sentido para ellos dos en su pequeño gran mundo.

—¿Qué me vas a cocinar?

—Algo delicioso.

—Qué informativo —se burló—. ¿Me cargas hasta la casa? No quiero caminar seis cuadras, me da flojera

—Estás loca, ¿no? Si te cargo, me voy a quebrar la espalda.

—¡Por favoooor!

—No.

A lo largo de noviembre, diciembre y los meses que vendrían después, la pareja seguiría tomando el tren de regreso a casa tres veces por semana en la estación de Earl's Court Road, casi siempre a la misma hora. Hermione se sujetaría del brazo del pelinegro y apoyaría su cabeza sobre su hombro todo el camino hacia el sur hasta que llegara la hora de despedirse. Severus, por su parte, rodearía protectoramente a la bailarina con su brazo, apartándola de las demás personas que pudieran invadir su espacio personal. Siempre se aseguraría de que jamás estuviera de espaldas a algún desconocido y aprovecharía cualquier oportunidad de ocupar un asiento vacío para que ella pudiera sentarse y, así, se mantuviera a salvo de cualquier peligro hasta que llegara a su paradero.

A veces, cargaría su bolsa; otras veces, tomaría su mano; pero, en ningún momento, le importaría que los demás pasajeros lo miraran raro por eso. Lo que ellos pensaran no era de su interés o eso era lo que se repetía constantemente mientras miraba a la bailarina sonreírle con ternura.

¿Quién lo diría? Repentinamente, ya no le desagradaba tanto viajar en metro.

***.***.***

Pero no todos los cambios tenían que ser necesariamente tan grandes y notorios.

Había cambios que eran muy pequeños, casi imperceptibles, y que solo las personas que coexistían a su alrededor podían notar.

Como sus amigos o colegas.

—Hola, Severus. ¿Me puedo sentar? No está ocupado, ¿verdad?

Al levantar la mirada de su plato, Severus Snape se encontró cara a cara con nada más y nada menos que el siempre agradable profesor Remus J. Lupin, el profesor más popular de todo el castillo. El castaño le sonreía con todos los dientes, llevaba una bandeja roja de plástico en las manos y, en ella, se veía el menú del día que la escuela proporcionaba para todos los estudiantes.

Snape parpadeó un par de veces antes de mirar el resto del Gran Comedor.

Era hora de almuerzo en Hogwarts por lo que la larguísima habitación que funcionaba como comedor estaba repleta de alumnos que devoraban platillo tras platillo para recuperar un poco de la energía quemada durante la jornada académica. La verdad era que nunca tenías idea de cuán grande era la cantidad de alumnos que albergaba la institución hasta que llegaba la hora de la comida.

Esos mocosos simplemente no dejaban de aparecer.

Sin embargo, la sección de profesores al otro extremo del salón estaba parcialmente vacía. Además de Snape y algunos profesores de talleres electivos o personal administrativo, realmente no había nadie hoy, lo cual le pareció extraño pues estaba seguro que vio a todos en la mañana cuando fue a la sala de maestros a marcar su entrada.

"Habiendo tantas mesas vacías, ¿en serio tienes que sentarte en la mía?", pensó dejando escapar un suspiro desalentador antes de volver a su almuerzo.

—Adelante —contestó viéndolo retirar la silla contraria después de haber colocado su bandeja sobre la mesa—. Ya te sentaste de todos modos.

—Día largo, ¿no lo crees? —preguntó ignorando el frío recibimiento típico de su colega.

Conocía a Snape desde siempre, no debería sorprenderle su falta de empatía; sin embargo, desde que iba a clases de baile con Sirius, esperaba que fuera un poco más amable. ¡Hasta habían ido de día de campo con su familia! Esperaba al menos una invitación para comer juntos en el Gran Comedor, pero no. Él siempre tenía que dar el primer paso.

Si no fuera porque tenía fe en lo que su mejor amigo decía de Snape, diría que él parecía el único interesado en hacer que esta relación de amigos-colegas funcionara.

—Por lo menos, para mí lo es —retomó al no obtener una respuesta inmediata—. Parece que todo el mundo tuviera sueño hoy. He tenido tres clases y, en las tres, al menos dos alumnos se han quedado dormidos a mitad de la sesión.

—Tal vez los estás aburriendo —comentó dibujando una disimulada sonrisa de medio lado antes de llevarse su vaso a los labios y beber un poco de la infusión que había pedido—. ¿Qué sucede, Lupin? Todavía no acaba el año y ¿ya estás perdiendo el toque? Me sorprende. Creí que eras el profesor favorito de todos.

—Ja-já. Voy a ignorar esos comentarios pasivo-agresivos y fingiré que no los escuché, Snape —dijo centrando su atención en su plato. Una ligera cortina de vapor adornaba la parte superior de su comida, lo cual indicaba que estaba recién preparada pues todavía estaba caliente—. Pregunté y todos me dijeron que era por el frío. ¡Está helando fuera! Tengo puesto dos pantalones.

—¿En serio? —preguntó divertido.

—¡En serio! —exclamó muy expresivo— ¡Mira!

A continuación, el profesor de Biología estiró una pierna al lado de la mesa y levantó el largo de su pantalón de vestir para revelar un calentador térmico negro que se amoldaba a sus delgadas piernas como una segunda piel.

Al ver esto, Snape abrió los ojos muy sorprendido y apretó sus finos labios para contener una risilla.

Esto no era algo que se viera todos los días.

—Pedí que pusieran la calefacción, pero Flich me dijo que ya estaba encendida —continuó acomodándose sobre el asiento y tomando su respectivo tenedor—. Lo peor fue que no quiso subirle, aunque se lo pedí. Dijo que la luz aumentaría el siguiente mes si lo hacía y no quería meterse en problemas con Dumbledore por mi culpa.

—No te sorprendas. Llevo más de una década aquí y siempre hace lo mismo —respondió antes de llevarse un bocado a la boca—. Cada… Hmm… Cada vez que le escribo para que venga a limpiar el desastre que hacen esos mocosos en el laboratorio, me deja en visto.

Ambos se giraron para ver disimuladamente tres mesas a la derecha donde se encontraba el conserje del colegio, el Sr. Filch, comiendo tranquilamente su almuerzo en compañía de su gata, la Sra. Norris. Incluso relajado, Filch se veía vulgar y repulsivo. Era muy fácil comprender porque era el terror de la mayoría de alumnos de primer año.

El hombre parecía ser sacado de un calabozo de torturas medievales.

—¿Y qué haces cuando eso pasa? —preguntó intrigado.

—Los obligo a limpiar el desastre que provocaron —contestó sin más.

No era la respuesta que el profesor Lupin estaba esperando, no era fan de torturar a sus ya de por sí ocupados alumnos con más tareas, pero tratándose de Snape, siempre podía esperar algo peor.

—No me mires con esa cara. Solo los hago ser responsables de sus desastres, no los estoy matando —dijo como si pudiera leer su mente—. Créeme, conozco a mis alumnos. Ser el profesor amable no funciona con ellos. Les das la mano y te agarran el codo, los hombros y hasta el cuello.

—No exageres.

—No exagero.

—Son niños.

—Que no son tontos —le recordó—. Debemos imponer nuestra autoridad y dejarles claro quién está a cargo. Es la única forma de que esos niñatos nos respeten. Por favor, no seas como Dumbledore y deja de defenderlos —el pelinegro se llevó el tenedor a la boca y siguió comiendo, cubriéndose la boca parcialmente con una mano—. ¿Tú crees que las promociones pasadas eran así? Los habría expulsados antes de que siquiera pensaran en hacer un meme de nosotros —Lupin no pudo evitar esbozar una sonrisa. Todo el mundo sabía que ese por "de nosotros", se refería a "de mí"—. Dumbledore se ha vuelto demasiado permisivo con los años. Ya ni siquiera sé quién dirige este colegio, si él o el grupo estudiantil.

—Solo quiere que los niños tengan una experiencia escolar única. Hogwarts es el segundo hogar de muchos estudiantes, incluidos nosotros —le recordó mientras hacía lo mismo con su propio tenedor—. La opinión de todos cuenta. Todos son importantes, todos son especiales.

El castaño no pudo evitar mirar de reojo a los cientos de alumnos que comían a lo largo del Gran Comedor. El masivo grupo de niños y adolescentes en edad escolar conversaban y reían mientras convivían como hermanos dentro de esta gran familia llamada Hogwarts en dónde ellos, los profesores, tenían el papel de padres. Él les había enseñado a todos, desde el más pequeño hasta el más grande. Prácticamente los había visto crecer.

Era imposible no sentir una conexión.

Una sensación cálida se instaló en su pecho y sonrió.

—Tonterías —intervino su colega rompiendo el momento—. Estos niños se les escaparon de las manos hace mucho tiempo, pero ninguno quiere admitirlo.

—¿Siempre tienes que arruinar todo? —preguntó irritado— Estaba teniendo un buen momento.

—Sí, tengo que hacerlo. Alguno de nosotros tiene que ser el adulto responsable aquí y si nadie se ofrece a hacerlo, supongo que lo haré yo —Lupin dejó escapar un pesado suspiro, negando con la cabeza, y volvió a su almuerzo—. Esos mocosos no pueden ir por el mundo creyendo que todos son especiales y que siempre obtendrán un sí por respuesta. El mundo no es así. Se requiere de mucha disciplina y autocontrol si quieres sobrevivir al mundo real. Yo los estoy preparando, les formo carácter. Sin mi mano dura, no sobrevivirían ni un día.

—No seas dramático. Son niños. Les falta mucho para salir al mundo real.

—Sí, con esas notas, por lo menos les hará falta un par de años más si es que no repiten el curso —contestó con sarcasmo—. Otra vez —añadió.

—Sí, ¿ya ves? —dijo limpiándose las comisuras de los labios con una servilleta— Esa es la razón por la que no le agradas a los alumnos, Severus. Eres muy negativo —posó sus ojos claros sobre los oscuros de su interlocutor y apuntó con su tenedor—. Después no te estés quejando cuando seas el nuevo meme de la semana.

Una sonrisa burlona amenazó con formarse en sus labios hasta que finalmente apareció, dándole al rostro cansado del profesor de Biología un brillo rejuvenecedor que no veía desde hace tanto tiempo, un brillo especial que solo poseía durante sus años mozos, cuando era su compañero de clases en el mismo colegio y solía jugarle bromas molestas tal y cómo lo estaba haciendo ahora.

Era increíble pensar que habían pasado casi 30 años desde entonces.

En fin, quiso responder.

Por supuesto que quiso responder.

Quería quitarle esa sonrisa petulante de la cara, quería que dejara de burlarse de él de forma tan astuta, quería que se retractara, quería que le diera la razón y, sobre todo, ¡quería sacarlo de su mesa para que lo dejara terminar su almuerzo en paz!

Sin embargo, no pudo hacerlo.

No pudo.

Y es aquí donde viene el quinto cambió más importante en Severus Snape:

El ligero aumento de empatía.

Y es que, desde la posición en dónde se encontraba, Severus Snape tenía una vista privilegiada de quien era Remus J. Lupin en realidad en esta etapa de su vida.

El castaño siempre había sido larguirucho y delgado, incluso cuando era joven, pero desde que su pequeña hija Andrea había nacido, el profesor de Biología no había hecho otra cosa más que adelgazar.

Y no era para menos.

La llegada de un nuevo integrante a la familia nunca era una experiencia sencilla, sobre todo si se trataba de una recién nacida que lo único que sabía hacer era llorar todas las noches a las 2 a.m. A eso había que sumarle el pesado trabajo de ser el profesor de más de cien alumnos y el cuidar las 24 horas del día a un pequeño de seis años que todavía no podía valerse por sí solo y a una esposa hiperactiva recién cesareada e inmovilizada hasta nuevo aviso.

Esta nueva carga de responsabilidad le estaba pasando factura y eso se reflejaba en su estado físico.

Lupin siempre había tenido una apariencia "frágil", pero ahora bordeaba peligrosamente en lo que podíamos calificar como "enfermiza". Era como si todo el peso del mundo recayera sobre sus huesudos hombros, consumiéndolo poco a poco y sin compasión.

Últimamente, había notado que su piel estaba más pálida y sin el brillo saludable que toda piel debería tener —de hecho, se parecía a la de él antes de que empezara a hacer ejercicio—. Sus ojeras habían aumentado, probablemente a causa de tantas noches sin dormir por culpa de los llantos de su nuevo bebé. Tomaba más cafeína de lo saludablemente recomendado. En más de una ocasión, lo había encontrado cayéndose de sueño junto a la máquina de café de la sala de maestros mientras esperaba que su pedido estuviera listo. Algo le decía que no sería capaz de terminar ni una sola de sus clases si no consumía antes una dosis regular de café cargado con mucha azúcar.

O, en su defecto, una dosis normal de chocolate caliente.

Eso le recordaba que también lo había visto más friolento que nunca.

Lupin siempre había suéteres, incluso cuando era un niño. Tenía suéteres rojos, verdes, marrones, azules, incluso amarillos. ¿Quién se viste con amarillo? ¿A alguien le queda bien? Porque a él no. Cuando Snape usa amarillo, parece un limón con peluca: agrio y ridículo.

Pero, para su sorpresa, a Lupin, sí.

A él sí le quedaba bien.

El punto es que al hombre le gustaban los suéteres y eso está bien. Usar un suéter cuando hace frío es una decisión muy acertada… pero usar tres al mismo tiempo le parecía algo exagerado.

Y es que, desde que habían entrado en los meses fríos del invierno inglés, Lupin se había paseado por los amplios pasillos de Hogwarts usando diferentes outfits para el frío: suéteres, calentadores, abrigos, guantes, bufandas, incluso gorros de lana. A estas alturas, el hombre estaba más que preparado para irse a vivir al Ártico.

Y, es decir, sí, hacía frío, pero según él no era para tanto. Aunque, claro, Snape llevaba años encerrado en los sótanos —las "mazmorras" del castillo—, la zona más fría de todo el edificio, por lo que ya estaba más que acostumbrado a las bajas temperaturas.

Pero Lupin no.

Su repentina pérdida de peso y bajas defensas hacían que su cuerpo no generara el calor necesario para soportar el frío habitual de Londres, incluso si su salón se ubicaba en el tercer piso del castillo y tenía calefacción incluida.

A todo eso, había que sumarle la infaltable taza humeante de chocolate caliente recién preparado para calentar su tembloroso cuerpo.

Lupin se estaba muriendo de frío ante sus ojos y nadie hacia nada para evitarlo.

Si así estaba ahora que recién iniciaban el invierno, no quería imaginarse como estaría cuando llegaran a los meses más fríos.

Por último, y no por ello menos importante, se encontraban sus ojos.

Desde que tenía uso de razón, el muchacho conocido como Remus J. Lupin siempre se había caracterizado por su mirada castaña. Era cálida y amigable, pero al mismo tiempo, triste y melancólica, como si escondiera un secreto trágico tras ella. A medida que pasaron los años, toda la apariencia de Lupin cambió a excepción de su mirada. Esta seguía siendo la misma de siempre: una mirada que despertaba ternura y, sobre todo, empatía.

Pero ahora, 30 años después y con dos hijos de por medio, esa mirada se mostraba agotada con la vida. Se le notaba cansado, como si no hubiese dormido bien en semanas, lo cual era muy probable. Sin embargo, ahí estaba él. Siempre llegando temprano y esforzándose al máximo para dictar la mejor clase que sus alumnos pudieran tener en el día.

Siempre sonriendo, siempre amigable.

Lo admiraba.

¡Santa ciencia! Realmente lo admiraba.

Él no podría hacer ni la mitad de las cosas que el castaño hacía aún si se lo propusiera, en especial si tenía que hacerlo con esa actitud radiante que siempre reservaba para sus alumnos. Sonaba agotador en todos los sentidos y posiblemente así lo fuera, pero jamás lo había escuchado quejarse, al menos no en voz alta.

Realmente lo admiraba.

Y era por eso que, por esta única ocasión, iba a permitir que Remus Lupin, el profesor de Biología y su más grande rival laboral, ganara esta absurda e infantil conversación plagada de chistes malos y comentarios sarcásticos.

Pero solo por esta vez.

—Hmmm.

—¿No vas a responder? —preguntó el castaño asombrado, abriendo los ojos mostrando algo de vida por fin—. Eso es nuevo. ¿Y ese milagro? ¿Está todo bien?

—No me hagas arrepentirme, Lupin.

***.***.***

Finalmente, el sexto y, tal vez, el cambio más destacable que había notado a lo largo del último mes era aquel que afectaba directamente a su rutina de los fines de semana, en concreto, al que concernía al horario de la mañana y, a veces, del almuerzo.

Y era que, ahora, debía adaptar su rutina para dos personas.

Por lo general, las mañanas de Snape eran siempre la misma.

Al ser fin de semana, se permitía levantarse un par de horas más tarde lo habitual, casi siempre entre las 8:30 y las 9:00h. Bajaba a la cocina todavía en pijama y procedía a prepararse un delicioso desayuno mientras escuchaba las noticias de fondo. Luego de reposar un poco y revisar el reporte del clima, solía ponerse las zapatillas y colocarle la correa al perro para salir al parque a correr un rato o, al menos, hasta que alguno de los dos se cansara.

Por lo general, casi siempre era él quien terminaba muerto luego de la primera vuelta.

Después de eso, ambos solían almorzar en un pequeño restaurante familiar de la zona y finalmente volvían a casa a darse un baño, descansar y planear cómo pasarían el resto de la tarde. A veces se animaban por ver una película; otras, por ir a tomar el té con los Malfoy y, mayormente, por matar el tiempo disfrutando del aire fresco en el jardín trasero mientras leía un libro.

Pero ahora todo era diferente.

Hermione solía pasar las noches de los sábados en su casa para quedarse con él todo el domingo. Así que, al momento de despertar a la mañana siguiente, Severus Snape solía encontrarse exiliado en un rincón de su cama mientras que la bailarina y su perro ocupaban el resto de esta. Hermione, profundamente dormida, solía descansar en extrañas posturas cual si fuese una contorsionista: a veces tenía las piernas dobladas y, otras, la espalda arqueada y, siempre, los brazos cubriendo su rostro. Lamarck, por su parte, dormía a gusto al lado de ella, con las patas estiradas a un lado y la cola peluda doblada hacia un extremo, calientito entre las sábanas y el cuerpo de ella.

Jamás habría imaginado que aquella cama queen que, en su momento, le había parecido inmensa y vacía, ahora le quedaría demasiado pequeña para albergar a su novia y a su can.

La mejor parte de los domingos —además de que no había correo— era despertar y encontrarse con el cálido cuerpo de su amada durmiendo pacíficamente a un lado suyo. Su pecho subiría y bajaría lentamente, su respiración apenas sí podría escucharse, sus labios carnosos estarían entreabiertos, revelando sus incisivos, y sus pestañas oscuras descansarían inmóviles sobre sus párpados, dándole un aire angelical a su bonito rostro.

A su izquierda, Lamarck dormiría al otro extremo de la cama. Sus patas se ubicarían al borde de la cama y su cabeza y lomo se apoyarían contra al cuerpo esbelto de Hermione. El can luciría tranquilo y consideraría un completo milagro el que siguiera tan dormido a pesar de que el sol se estuviese filtrando por las ventanas, lo que indicaría que ya eran más de las nueve. Eventualmente, movería su pata trasera unos segundos y luego seguiría durmiendo como si nada hubiese pasado.

Una bonita imagen por la cual despertar, pensaría cerrando los ojos y sintiéndose pleno.

Todavía recordaba la primera vez que la castaña se quedó a dormir en su casa oficialmente como su novia.

Y cuando me refiero a "dormir" es dormir.

Cuando despertó, se encontraba al borde de la cama, apenas con unos cuantos centímetros disponibles para moverse. Hermione ocupaba más de dos tercios del colchón pues dormía con las extremidades estiradas cual Hombre de Vitrubio. Y, a pesar de que tenía el rostro graso y los labios secos por tantas horas de sueño, Snape no la pudo encontrar más bonita.

Somnoliento, reptó suavemente por la cama, subiendo por el esbelto cuerpo de la bailarina para rodearla con sus brazos y apoyar su cabeza contra su pecho. Su mejilla izquierda se frotaba contra la suave tela de algodón del pijama blanco de Hermione, percibiendo la textura agradable que lo había motivado a comprar la prenda en primer lugar. Su mano derecha se deslizó a lo ancho de su cintura, sus dedos largos descansaron sobre el lomo peludo de Lamarck. El can apenas pareció percibir el contacto pues no dio mayores señales de vida que su respiración acompasada y una ligera patada.

Envueltos con sus dos cobertores, la temperatura dentro de la cama era agradable. En general, gracias al sistema de calefacción de la casa, todo el interior se mantenía calentito durante los meses de intenso frio londinense, cosa que la castaña agradecía pues, comparado con su pequeño departamento en las entrañas de Wimbledon —que más parecía un congelador que departamento—, la casa de Severus Snape era perfecta para pasar el otoño y, por ende, el invierno.

Los pequeños ronquidos provenientes de la joven y del samoyedo confirmaron lo anterior.

"Me levantaré dentro de un rato y pondré la tetera", pensó aún con la cabeza apoyada en el pecho de la muchacha. "Tal vez podría preparar panqueques. Creo que quedó algo de mezcla de la vez pasada. En todo caso, siempre puedo hacer un omelette… ¿Habrá pan? Tal vez pueda tostar un poco... Hmmm, parece que será un día frío. Mejor busco un pantalón más grueso para ir al parque más tarde. Hermione y Lamarck suelen tardar mucho cuando se ponen a correr y esperar sentado en una banca da frío. Supongo que luego podremos ir a pasear por ahí antes de venir a cambiarnos para ir al estudio. Aunque hoy no tengo ánimos de salir, tal vez podríamos volver más temprano…"

Una mano suave empezó a peinar perezosamente sus cabellos desde la coronilla hasta la nuca, provocándole una sensación adormecedora. Snape se aferró más al cuerpo caliente de Hermione y se dejó llevar por aquellos masajes en su cabeza que lo hacían temblar de placer.

—Hmm… ¿En qué piensas? —murmuró de manera casi inentendible. El profesor levantó la cabeza, frotando su mejilla contra el pijama blanco en el proceso, y se concentró en el rostro fruncido de la bailarina quien siempre hacía esos gestos cuando despertaba.

—¿Cómo sabes qué estoy pensando? —preguntó Snape con el mismo tono pastoso y ronco de una persona que recién despierta. Tuvo que despejar su garganta en más de una ocasión para hacerse entender— ¿Acaso puedes leer mi mente o algo así?

—Tu cabeza pesa, eso quiere decir que estás pensando mucho —el pelinegro no supo si cuestionar su lógica o atribuir sus argumentos sin sentidos al sueño. En cualquier caso, prefirió mantenerse callado y ahorrarse sus comentarios—. ¿En qué piensas?

—…

Sus ojos negros examinaron todo el esplendor de aquel rostro lleno de pecas y nariz pequeña. Sus labios carnosos se notaban secos y algo pálidos debido a todo el tiempo que había pasado con la boca abierta; su cara se contorsionaba en una mueca a causa de su lucha interna por escapar del sueño y su piel brillaba ligeramente por culpa de la grasa natural que el cuerpo producía al dormir. Aun así, despeinada y recién despertada, Hermione le parecía la mujer más hermosa que había visto jamás.

—En lo hermosa que eres al despertar.

—¿En serio?

—Sí… incluso con tus lagañas y rastros de saliva en la boca —Hermione abrió los ojos por completo al escuchar eso, quitando aquella capa nebulosa que le impedía ver con claridad—. Ni siquiera voy a mencionar tus ronquidos.

—Pero yo no ronco —murmuró con una sonrisa tonta en sus labios, retirando la mano que acariciaba su cabeza para frotarse el ojo derecho y limpiarse.

—Claro que sí, estuviste roncando toda la noche—se burló reptando para llegar a su altura. La castaña frunció la nariz y el ceño haciendo una mueca graciosa. Snape sonrió tontamente y frotó su nariz con delicadeza contra su mejilla—. Roncas mucho, Granger, no dejas dormir.

—Pero si el que ronca eres tú… Hmm… Roncas feo. Parece que te ahogaras.

—Yo no ronco —musitó bajito, inclinándose hacia adelante para plantar un beso fugaz en sus labios, el cual Hermione aceptó gustosa—. Buenos días.

—Buenos días, mi amor —su mano derecha volvió a viajar hasta la nuca del profesor, donde empezó a peinar con flojera por segunda vez—. ¿Dormiste bien?

—Sí, y ¿tú?

—Bien.

Hablaron y se abrazaron como solían hacer cuando compartían el lecho. Snape se mantenía aferrado al cuerpo de Hermione como si fuese un pequeño bebé koala buscando un poco de calor. La castaña acariciaba su cabeza con pereza, produciendo —sin darse cuenta— un sonido tan relajante que adormecía poco a poco al mayor, quien no pudo evitar temblar ante la intimidad del contacto.

—Te amo —susurró la Granger de manera inesperada, haciendo a su corazón palpitar con rapidez.

—Y yo te amo a ti.

El llanto agudo de Lamarck los hizo girar al instante.

Afuera de su burbuja de felicidad, al otro lado de la cama, Lamarck Snape, el samoyedo mestizo de un año, miraba a la pareja con curiosidad, inclinando su cara peluda a un lado. Sus orejas estaban agachadas, tristes, y sus enormes ojos hetecromáticos los observaban suplicantes como si estuviera rogando para que lo incluyeran en sus actividades y le regalaran, aunque sea, un poquito del amor que ambos se compartían.

—Aww…—sonrió Hermione sintiendo como su corazón se derretía de ternura. Snape, al ver perdida toda la atención que hasta entonces estuvo recibiendo de forma exclusiva, solo se limitó a entrecerrar los ojos y observar a su perro con fastidio—. Ven aquí, chiquito. Ven aquí, mi amor hermoso —añadió con voz aguda y estirando la mano.

"¿Su amor hermoso?, pensó Snape frunciendo el ceño. "¿Qué no se suponía que el "mi amor hermoso" era él? ¿Qué clase de estafa era esta?"

El can movió la cola emocionado y se irguió en sus cuatro patas sobre la cama para introducir su hocico en el espacio vacío entre el hombro y el largo cuello de la bailarina. La mano libre de Hermione acarició enérgica el abundante pelaje blanco del cachorro y este correspondía el afecto lamiendo con fervor el rostro de la menor, llenándolo de besos torpes e inocentes.

—¡Ay! ¡Ya, ya! —rio tratando de apartar la nariz húmeda de su cara, el cual brillaba ya no solo por su grasa natural, sino que además por culpa de los besos de Lamarck—. Me-Me haces cosquillas.

—Oye, oye, quieto, amigo, quieto —ordenó Snape estirando sus brazos en dirección a la cabeza del cuadrúpedo para apartar su hocico de la cara de Hermione—. Ella es mía, búscate la tuya.

La risa descontrolada de Hermione Granger se perdía en medio de la pequeña "pelea" infantil entre el profesor de Química y su hijo perruno quien, al no entender lo que estaba pasando, seguía jugando entre ambos adultos, feliz de despertar en medio de tantos abrazos, mimos y palabras bonitas.

Sin duda, ninguno podría desear una mejor forma de despertar que esta.


Sin embargo, Severus Snape no era el único que estaba experimentando cambios en su vida.

Me da mucho gusto decir que, oficialmente, Hermione había entrado en una extraña zona de confort en la cual, si bien no hacía gran cosa con respecto a su carrera como bailarina, al menos se mantenía ocupada concentrándose en otras actividades tales como su trabajo de instructora de baile en el McGonagall's Dance Studio o consiguiendo presentaciones esporádicas que aliviarían algunas semanas de gastos en comida y transporte.

Asimismo, había retomado sus viejas rutinas de ejercicio una vez más: salía a correr al parque casi todas las mañanas en compañía de Lamarck, siempre asegurándose de abrigarse bien para no pasar frío. Por las tardes, trabajaba con Viktor en el estudio desarrollando rutinas básicas que les ayudaran a coordinarse y entenderse mejor como pareja dentro de la pista.

Por más que estuviéramos hablando de dos bailarines profesionales del mismo género que, además, contaban con una amplia trayectoria artística tras ellos, era evidente que ambos jóvenes poseían métodos muy diferentes a la hora de trabajar en equipo, lo cual hacía que se sabotearan accidentalmente en múltiples ocasiones.

Sí, eran muy buenos amigos, pero jamás habían sido compañeros de trabajo. Los por menores de sus respectivas rutinas de entrenamiento no era un tema de conversación recurrente durante el tiempo que se mensajeaban cuando Viktor aún vivía en su país. Ese era un terreno virgen que, hasta el momento, no se habían atrevido a explorar.

No obstante, Minerva McGonagall no iba a permitir que esta falta de comunicación tuviera lugar bajo su techo por lo que ordenó de forma fulminante que ninguno de los dos pudiera trabajar en una coreografía de ballroom hasta que estuvieran tan sincronizados como los engranajes de un reloj.

Fue así como Hermione descubrió gratamente que, al igual que ella, el joven búlgaro había iniciado su formación en el baile con la danza clásica, específicamente, el ballet. Con este nuevo factor jugando a su favor, no era raro encontrarlos en alguno de los salones vacíos del estudio ensayando dramáticas coreografías de danza clásica o estirando las piernas sobre las barras fijas de madera.

Dicen que para avanzar, a veces es necesario retroceder un poco para tomar impulso. Pues, a la dupla Krum-Granger les hacía falta retroceder muchísimo si es que querían ser reconocidos como un equipo competente. Había química, por supuesto; pero hacía falta más que eso sí es que deseaban regresar a las grandes ligas inglesas. Fue por eso que, después de haberlo discutido meticulosamente, acordaron de forma unánime volver a sus raíces y combinar sus escuelas para crear su propio método y desarrollar una estrategia.

La limpieza y precisión técnica de la escuela inglesa en perfecta sincronía con las apasionantes interpretaciones y movimientos de la escuela rusa.

Hermione adoraba lucirse con la pureza y exactitud de sus pasos, siempre dispuesta a demostrar que era la mejor. Krum prefería ser más reservado, no le importaba lucirse pues conocía perfectamente sus capacidades, pero sí se preocupaba por hacer una buena interpretación e ir tras el puntaje perfecto. Si bien ambos tenían claro que el objetivo era ganar, ponerse de acuerdo en cuanto a qué estilo utilizarían al bailar todavía era algo difícil de decidir, por lo que preferían entrenar con ejercicios básicos hasta que se supieran cómo resolverlo.

Ya pueden imaginarse cómo iba eso.

—Un, dos, tres; un, dos, tres; un, dos… ¡Auch! ¡Me volviste a pisar!

—Tú serrr muy rrrápido. No sentirrr múzika. ¡Yo no puedo bailarrr así!

—Esto es chachachá. Tiene que ser rápido.

—¿Y la interrrprrretación? No es un carrera. No corres. Bailas.

Aunque debo admitir que era algo entretenido de ver.

De hecho, en varias oportunidades, McGonagall y los estudiantes de la academia habían espiado estas sesiones detrás de la puerta, siempre conteniendo la respiración para no ser descubiertos. No querían tener que enfrentarse a una furiosa Hermione Granger y a un irritado Viktor Krum, sobre todo cuando ambos tenían el estómago vacío.

Makhaĭ se! —gritaba el búlgaro saliendo como una bestia del salón de ensayos—. Vŭn ot tuk!

—¡Fuera de aquí! —solía secundar Hermione echando a las pequeñas bailarinas de ballet que corrían lejos de ellos muertas de risa— ¿Qué no tienen nada qué hacer? Vuelvan a sus clases. ¡Ya!

Las risas jocosas e infantiles de las pequeñas ballerinas todavía resonaban con fuerza incluso cuando desaparecieron por las escaleras del estudio. Viktor fruncía el ceño, haciendo destacar sus pobladas cejas, y adoptaba esa tétrica figura de ave de presa tan característica de él. A Hermione solo le quedaba poner su mano en su hombro y tratar de calmar su poco paciente temperamento.

—No me agrrradan esas niñas.

—Solo tenles paciencia.

—Ya no tengo paciencia.

—… ¡Agh! Yo tampoco.

—Granger, Krum —el marcado acento escocés de la profesora McGonagall siempre solía traerlos de regreso a la realidad, disipando su frustración y cambiándola por la intriga de saber cuáles serían sus siguientes palabras. Ambos jóvenes se quedaban completamente inmóviles al verla pasar y esperaban atentos por nuevas instrucciones. La mujer de ojos gatunos se detenía un momento frente a ellos y les daba una breve escaneada antes de comentar cualquier corrección que creyera apropiada—. Sonrían.

La dupla acataba las ordenes sin dudar, incluso si el resultado obtenido no fuese el esperado.

—Hmmm… Hay que practicar esa sonrisa, ¿les parece? Agréguenlo a su lista de tareas, por favor.

Un pendiente más a la interminable lista de tareas que ya les había asignado.

—Sí, señora —respondían al unísono antes de volver a sus asuntos.

La veterana bailarina no bromeaba cuando les dijo que entrenarían duro bajo su mando. No solo les había programado intensas sesiones de enteramiento por las mañanas, también les había encomendado una serie de tareas que les ayudaría a integrarse como equipo. La más destacable era la de aprender a leerse mutuamente, adivinar cuál sería el siguiente movimiento de su compañero y estar listos para ejecutar una respuesta acorde con lo que se quería realizar.

Era como si trataran de leer sus mentes… solo que no tanto.

Uno de los ejercicios que más realizaban era el del espejo. Se ubicaban uno frente al otro en medio del salón y repetían sus acciones lo mejor que podían como si se fuesen sus respectivos reflejos.

Sin hablar y sin perder el contacto visual ni por un segundo, Viktor realizaba elegantes deslices y sorprendentes giros que Hermione se esforzaba por imitar a la perfección, procurando igualar la velocidad, la fuerza y los tiempos.

Si Viktor iba por la izquierda, ella iba a la derecha. Si él retrocedía, ella avanzaba. Si él giraba, ella también. Incluso iba perdiéndole poco a poco el miedo a usar su pierna derecha como soporte para realizar los saltos. Su deseo de estar a la par con su compañero era tan grande que ya no le importaba arriesgarse cada vez que realizaban movimientos que exigieran una mayor destreza física. Le gustaba ver la sonrisa ganadora en la cara de Viktor cada vez que ambos lograban ejecutar a la perfección algún pas de deux o una simple coreografía del ballroom de competencia.

Viktor no sonreía mucho así que era una buena señal que lo hiciera: significaba que mejoraban.

Y, a pesar de que el progreso era lento y que estaban demasiado lejos de empezar a bailar ballroom de forma apropiada, McGonagall estaba muy complacida con su desempeño al igual que ellos. Iban lento, sí, pero ir lento es mejor que no moverse en lo absoluto. Hermione al menos tenía la esperanza de que iba en una dirección, hacia adelante, y esperaba que las cosas siguieran así.

Lentas, pero seguras.

Sin embargo, pasear a Lamarck y entrenar con Viktor no eran las únicas cosas que Hermione hacía durante toda la semana.

También se entretenía buscando nuevas actividades que pudieran despertar su interés. Hablar de forma tan personal con Penny Haywood había sido una de las cosas más épicas que le había pasado en la vida, por lo que quería seguir su consejo al pie de la letra y tratar de encontrar su pasión experimentando cosas nuevas, específicamente, "actividades que pudieran enriquecer su mente y espíritu, que la hicieran crecer y que la ayudaran a definir el camino que debía tomar en su vida".

A veces, cuando no podía dormir por las noches, solía revisar aquellas páginas de cursos online y trataba de encontrar alguno que llamara su atención. Le gustaba la idea de tener un certificado que avalara alguna habilidad —que no fuese bailar— que pudiera serle útil a la hora de conseguir un mejor empleo en el caso de necesitarlo.

Y es nunca estaba de más tener un plan de respaldo.

Tal vez sus opciones de empleo podrían aumentar si sabía cómo editar videos o usar Photoshop. También le tentaba la idea de comenzar su propio emprendimiento vendiendo suéteres tejidos a mano o muñequitos de crochet hechos por ella misma. Tal vez incluso podría intentar con bisutería o cosas artesanales. No era muy buena en casi nada que involucrara habilidades manuales, pero podía aprender. Había sido muy buena en la escuela, ¿por qué un curso online iba a ser diferente? ¡Puede que incluso intentara incursionar en el mundo del dibujo o el marketing digital!

¡Las posibilidades eran infinitas!

Solo esperaba encontrar su pasión pronto, no quería seguir buscándola mientras hacía cursos básicos para aprender Excel.

Pero más allá del querer salir adelante económicamente, Hermione sabía que debía mantenerse productiva el mayor tiempo posible pues eso la alejaba de algunos pensamientos muy peligrosos que tenía relacionados a su vida íntima.

El primero de ellos se vinculaba directamente a la fracturada relación que tenía con su familia.

Su madre y ella no se hablaban más de lo estrictamente necesario dos veces por semana. Era algo difícil encontrar temas de conversación sin caer en el típico silencio telefónico en el intento y ninguna se sentía cómoda con eso.

De su padre, ni hablemos. Ella era demasiado orgullosa para admitir que se había equivocado y él, demasiado sobreprotector como para considerar otras alternativas que aseguraran el futuro de su hija.

Sin embargo, la castaña se había propuesto a sí misma tratar de alargar esas breves llamadas con el objetivo de construir puentes que, algún día, fuesen lo suficientemente estables como para sacar a la luz la posibilidad de realizar alguna reunión presencial en un futuro.

Un futuro lejano, claro está.

En lo que concernía al segundo, estos eran menos grave, pero de todas maneras alarmantes pues radicaba directamente en todos los comentarios inapropiados hechos por aquellos tres dolores de cabeza andantes que tenía por amigos:

Harry Potter, Luna Lovegood y Ginny Weasley, siendo esta última, la peor de todos.

Podría incluir a Sirius, pero él parecía disfrutar mucho más molestando a Snape que a ella, cosa que agradecía infinitamente.

Nadie quiere tener a un intenso Sirius Black haciéndote bromas todo el día.

Era agotador.

Demasiado agotador.

Desde que había regresado de Blackpool, esos tres estuvieron sobre ella a lo largo de casi todo el siguiente mes, siempre preguntando cómo la había pasado en sus "idílicas" vacaciones y haciendo énfasis en los "sucios detalles" que, de seguro, tendría para contar. Por lo menos Ginny y Luna se veían demasiado interesadas en ese aspecto de su vida.

Harry, por otro lado, había omitido el tema por completo, pero eso no significaba que intentara detenerlas cada vez que las otras dos preguntaban. En el fondo, parecía querer saber tanto como ellas.

Desde luego, Hermione se había visto obligada a contestar al menos un 60% de sus preguntas.

Había comentado de forma detallada cómo fue la experiencia de volar en primera clase, el trayecto en el tren, la llegada al hotel The Heir y lo impresionante que fue hospedarse en un lugar donde los baños tenían perfumes de reconocidas marca y jabones tan hábilmente decorados que no sabías si eran de adorno o si tenías que usarlos. Por no mencionar que, por primera y única vez en su vida, tuvo un mayordomo a su entera disposición las 24 horas del día para cualquier cosa que necesitase.

—Te lo juro, Ginny. El baño tenía el tamaño de mi apartamento —le dijo una vez cuando almorzaban a unas calles de la universidad de la pelirroja—. Es que, literalmente, podría haber metido todas mis cosas ahí dentro y de seguro hubiese sobrado espacio —bromeó con torpeza mientras picaba el contenido de su plato—. Tenía una bañera para mí sola. ¡Nunca había tenido una bañera en mi maldita vida! ¡Ni siquiera una compartida! Me sentía como en una película.

—Y, ¿había papel higiénico del bueno o era del normal? —masculló soltando una risilla y cubriéndose la boca con una mano, pues acababa de probar bocado.

—¡Sí! Había papel y ¡era del suavecito! —estalló en risa, provocando que a la menor de las Weasley casi se ahogara con su comida—. Mucho mejor de los que tengo en casa, en serio.

—Claro, ¿cuándo no? El rico humillando al pobre. En mi universidad, ni espejo hay, mucho menos papel —rio bulliciosamente llamando la atención de los demás—. ¿Y el toilet? ¿Es verdad que el Heir solo tiene baños inteligentes? ¿De esos que tienen en Japón?

—No, esos eran normales.

—Ah, le falta entonces —respondió fingiendo indiferencia, pero conteniendo la risa tras el vaso de agua que presionaba contra sus labios—. Qué tacaño Snape para llevarte a un hotelucho como ese.

—No hables así, Gin —advirtió la otra frunciendo el ceño—. Mi bebé gastó regular en ese viaje y…—

El sonido de las manos de Ginevra Weasley golpeando sobre la mesa la hizo saltar de su asiento de forma abrupta.

La acción inesperada de su amiga la había hecho derramar la mitad del contenido de su vaso sobre su almuerzo. Sus piernas fuertes empujaron la silla hacia atrás, apartándose de la mesa lo más rápido posible para no mojarse. Molesta, levantó la mirada para reclamarle, pero desistió cuando la encontró mirándola boquiabierta y con una expresión de total sorpresa y diversión en sus bonitos ojos claros.

Diría que los demás comensales las miraban intrigados, pero se trataba de un restaurante para bolsillo universitario y todos tenían más o menos la misma edad, por lo que fueran rotundamente ignoradas.

—¿Qué pasa? —preguntó mirándola fijamente, manteniéndose tan alerta como si fuese un pequeño venado asustado en medio de la carretera, listo para salir brincando lejos de ahí— ¡Ginny!

—¡¿Tu qué?! —exclamó riendo— ¡¿Tu "bebé"?!

Su escandalosa carcajada se burlaba de ella y su rostro pecoso se tornó casi del mismo color de su cabello.

Hermione solo atinó a cruzarse de brazos, mientras sentía como sus orejas se enrojecían.

—¿Snape, un bebé? Jajajajajajajaja ¡Ay! No puedo. Me duele. ¡Me duele! —chilló tomando una gran bocanada de aire con los ojos cerrados mientras sus manos viajaban a su estómago para sujetarlo— Perdona. JAJAJAJAJAJA. ¿"Bebé"? Bebé, Andrea, la hija de Tonks y Lupin, pero ¿Snape? Snape será todo lo que tú quieras menos un bebé. Diría que más parece un vampiro y no de los sexys.

—¡Ginevra!

—¡En serio! Snape es tan sexy como las ojeras que tengo por culpa de mi tesis.

La Weasley volvió a reír inclinándose sobre la mesa, apoyando su frente sobre su brazo para ocultar su rostro rojizo de la mirada enojada de su amiga. Hermione solo podía mantenerse seria, frunciendo sus labios carnosos, mientras esperaba a que su amiga se le pasara el ataque de risa.

—No es gracioso, Ginny —contestó fastidiada, volviendo a acomodar su silla junto a la mesa—. No es el mejor apodo del mundo, lo admito, pero tampoco es para que te burles.

—Hermione, no puedes decirle "bebé" a alguien que tiene la edad para hacerte un bebé —comentó con una sonrisa, calmándose al fin—. No, déjame reformular. No puedes decirle "bebé" a alguien cuando tienes la edad para ser SU bebé… literalmente.

—Ginny —se quejó avergonzada.

—O sea, está bien, te lo estás tirando, pero siempre pensé que sería un gusto pasajero. No esperaba que llegara a tanto —volviendo la atención a su plato, usando su tenedor para revolver el contenido a medio terminar—. Sabía que te gustaba la estética vintage, pero nunca pensé qué tanto.

—¡Ginevra!

¡Aish! Odiaba cada vez que se ponía en ese modo burlón pasivo-agresivo Weasley. Le hacía recordar tanto a Ron y a su incapacidad de mantenerse callado cuando la ocasión lo ameritaba.

—Está bien, está bien. No más chistes sobre la edad —dijo levantando las manos en señal de derrota. El fantasma de su sonrisa traviesa todavía decoraba su rostro. Hermione podría jurar que nunca había visto a su amiga parecerse tanto a sus hermanos mayores como hasta ese instante—. Entonces, ¿lo tuyo con Snape…? —sugirió cambiando de tema. Sus ojos brillaban picarescos— ¿Ya es oficial?

Hermione no pudo evitar sonrojarse mientras inclinaba la cabeza ligeramente hacia la derecha, todavía sintiéndose algo ofendida.

—Pues, sí —respondió de forma seca—. Hemos viajado juntos y fue muy lindo conmigo todo el tiempo. Me llevó al Sequence Dance Festival, me presentó a Penny Haywood, me ayudó a ordenar mis prioridades… Realmente se portó como un caballero —se giró para devolverle la mirada y, con algo de timidez, anunció—. Y, ahora somos novios.

Era raro decir esas palabras en voz alta por primera, pero al menos le habían dejado una agradable sensación cálida en los labios.

—La verdad es que no me lo hubiese esperado —admitió asintiendo lentamente con la cabeza—. Después de la forma en como lo trataste la primera vez, pensé que te mandaría a la mierda.

Si bien no lo dijo con mala intención —jamás lo haría—, aquellas palabras calaron hondo en la consciencia de la castaña. Su ceño se frunció, poniendo en evidencia sus inseguridades y culpa. Ya había hablado de este tema con su pareja y, hasta donde sabía, estaba solucionado y cerrado, pero eso no quería decir que a veces se sintiera mal al recordar lo insensible que había sido en el pasado.

Si la historia hubiese sido distinta, ¿realmente la habría mandado a volar?

—Bueno, eso hubiese hecho yo, pero tú ya me conoces. Soy Leo con ascendente Escorpio. Tengo un genio de los mil demonios y jamás olvido. Agradece que Snape no sea así.

Y lo hacía.

Gracias a Dios que Snape no era así.

Él era un buen hombre con un corazón inmenso que era capaz de perdonar todas sus pendejadas y amarla tal y cómo era, con todos sus defectos.

—Pero me da gusto que al menos hayan arreglado las cosas —continuó, cambiando el tono de su voz a uno más serio y calmado—. No conozco mucho a Snape, apenas sí nos hablamos, pero no me desagrada del todo si eso te sirve. Al menos es mejor que Cormac y el idiota de mi hermano.

Eso no se lo iba a negar. Cualquier persona era mejor que el idiota de su hermano.

"Perdonar y soltar, Hermione. Perdonar y soltar", le recordó su mente.

—[…] Sí, es algo callado y tétrico, en general. También tiene un carácter fuerte, cara de pocos amigos, comentarios sarcásticos y es obvio que yo no le agrado nada demasiado.

La bailarina soltó un suspiro y negó— No digas eso.

La pelirroja enarcó una ceja perfectamente delineada, poniendo esa mirada que siempre usaba cuando sabía que tenía razón. A Hermione no le quedó de otra que arrugar la nariz y apretar los labios, dando por perdido su mediocre intento de diplomacia.

No podía negarlo: A Snape no le agradaba.

—Pero creo que es una buena persona —continuó.

Hermione esbozó una pequeña sonrisa de lado y sintió sus mejillas calentarse.

—Lo es.

—Y lo ha demostrado muchas veces. Nadie soporta las bromas de Sirius con tanto temple como lo hace él. Realmente es perturbador verlos juntos.

—Lo es.

En el pasado, Severus Snape habría declarado a Sirius Black su archienemigo sin pensarlo dos veces. Sin embargo, ahora que llevaba casi un año conviviendo con él en las clases de la profesora McGonagall, puede que esa idea hubiese mutado un poco.

Resulta que, sin proponérselo, había hecho uno de los más grandes descubrimientos de la historia de la humanidad:

Sirius y él no eran enemigos; eran amienemigos por naturaleza.

Cada vez que uno de los dos daba un paso para afianzar su amistad, el otro lo echaba a perder y viceversa. El dicho "lo que haces con una mano, lo borras con la otra" podía explicar fácilmente su relación. No obstante, tampoco podían vivir el uno sin el otro pues se extrañaban. Estaban tan acostumbrados a su nueva dinámica en el estudio de baile que se aburrían facilmente si el otro faltaba a clases.

No le digan a Lucius, por favor. Se pondría celoso.

—Estoy muy feliz por ti, Herms —Ginny estiró su mano sobre la mesa para tomar la suya y apretarla con delicadeza—. Me alegra que por fin te sientas en la capacidad de reconstruir tu vida y empezar una relación. Has pasado por cosas muy fuertes estos últimos años, a decir verdad. Yo he sido testigo de todo eso. Es por eso que sé que ya es momento de que algo bueno te pase, ¿no lo crees?

Hermione asintió cabizbaja, albergando una cálida sensación en la base de su cabeza que la hacía sentir segura y querida.

—Puede que él y yo no nos llevemos muy bien, pero he visto el efecto que ha tenido a ti. Has cambiado y para bien. Otra vez te veo sonreír y disfrutar del baile, que es lo que más amas y creo que Snape te está ayudando a lograr eso de una forma en la que ni yo ni los demás podemos —sonrió dejando ver esos bonitos dientes y sus pecas resaltaron sobre su piel colorada—. No tienes idea de cuántas noches he rogado por un milagro como este.

Ambas soltaron una suave risilla.

—Si crees que Snape es la persona indicada para ti y de verdad lo amas y ambos quieren lo mismo, pues, no me queda nada más que felicitarte y desearte lo mejor, desearte que seas muy feliz y que encuentres lo que estés buscando. Eres mi mejor amiga, casi mi hermana. Nos conocemos desde niñas, no podría haber sobrevivido sin ti… Te amo y quiero que seas feliz.

La menor apretó su mano una vez más y Hermione correspondió el gesto. Ambos pares de ojos brillaron húmedos al encontrarse y no hubo necesidad de que la pelirroja siguiera poniendo en palabras lo que sentía pues su interlocutora la conocía tan bien que ya sabía lo que quería decir.

—Lo sé… Gracias.

Ambas jovencitas tenían una larga historia juntas. Desde que el primer instante en que sus miradas se encontraron en un estudio de baile en Cambrigde hace ya tantos años, supieron que sus destinos estarían entrelazados de una u otra forma.

Y, eventualmente así fue.

Hermione se volvió en la pareja de su hermano tanto en la pista de baile como en lo sentimental. La posibilidad de convertirse cuñadas estaba solo a un par de años de hacerse realidad.

Sin embargo, el destino tuvo una idea diferente.

Aun así, eso no fue motivo para que su conexión se rompiera.

Tanto Ginny como Hermione habían encontrado en la otra la hermana que nunca pudieron tener. La hija única y la hija que creció rodeada de seis hermanos varones tenían un vínculo tan fuerte que simplemente no podía romperse por más que golpes que recibiera.

No se rompió por la traición de su hermano y mucho menos se rompería por algo que, ahora, era en beneficio de su amiga.

—Ya basta —pidió la pelirroja batiendo sus pestañas a gran velocidad a la vez que dirigía su mirada al techo. Sus manos empezaron a abanicar sobre sus párpados para evitar que aquel par de lágrimas que tanto aguantaba escaparan de sus ojos y le fue necesario tomar grandes bocanadas de aire para calmarse—. Me harás llorar.

—Siempre has tenido un corazón sensible.

—Y por eso nadie debe saberlo —rio limpiándose los lagrimales con una servilleta. Hermione devolvió el gesto, encantando a todos con su suave risa—. Cambiando de tema, Snape y tú lo hicieron en The Heir, ¿verdad?

—¡GINNY!

—¡¿Qué?! Nunca lo he hecho en un hotel caro. Quiero saber cómo es —rio poniéndose más colorada—. ¿Las camas son cómodas? ¿Qué tal el tamaño? Y me refiero al de la cama, no a otra cosa.

—¡GINEVRA MOLLY WEASLEY!


Sin embargo, así como los Malfoy no eran los únicos dentro del círculo social de Snape que tenían algo que opinar sobre su actual pareja, Ginny Weasley tampoco era la única persona dentro de la vida de Hermione que tenía una opinión sobre su nuevo novio.

Últimamente, parecía que todo el mundo tenía algo.

Cinco, seis, siete, ocho. Un, dos, tres y cuatro… Cinco, seis, siete y ocho. Un, dos, tres y cuatro… cinco, seis, siete y ocho. Un, dos…

La clase de ballroom del sábado en el McGonagall's Dance Studio parecía ir muy bien hasta el momento. El salón estaba lleno o, por lo menos, parecía haber más gente hoy además de los cuatro aprendices de siempre.

A un lado del salón, sentada de forma elegante sobre una silla alta cerca de la zona de descanso, la profesora McGonagall observaba muy atenta cada uno de los pasos que realizaban sus inexperimentados alumnos del turno de la tarde. Por su parte, Luna, Neville, Harry, Sirius y Snape trataban de ejecutar de la mejor manera posible todos los pasos que indicaba la instructora de baile junior, Hermione Granger, al ritmo que las palmas de sus manos marcaban.

Rock-step, Tri-ple step… Rock-step, Tri-ple step… A-trás, tres-al-lado… adelan-te, tres-al-lado…

Los cinco estudiantes se ubicaban de forma equidistante a lo largo de una línea horizontal frente a los ventanales del estudio, lo que le permitía a la veterana bailarina tener una vista completa de la parte trasera de todos ellos, en especial de Sirius y el Sr. Snape, pues los tenía exactamente al frente.

Minerva McGonagall era una persona que, por ningún motivo, bajaría la vista para ver un trasero ya fuese femenino o masculino, incluso si se tratase de un buen trasero. Era demasiado pudorosa y chapada a la antigua como para hacerlo. Lo creía vulgar y extremadamente escandaloso. Sin embargo, ahora, no podía evitar ver los traseros de sus cinco estudiantes mientras bailaban.

Es más, ese era el único motivo por el cual se encontraba sentada justo donde estaba: para verlos.

—No me gusta la postura del Sr. Longbottom —comentó en un susurro tan suave que solo las personas que estuviesen a un par de centímetros de ella podrían escuchar—. La parte de atrás se ve fatal. No está sacando bien el trasero, lo que no le permite tener una buena postura. Si yo fuese anotadora, le habría quitado puntos por ello. ¿Tú qué opinas, Viktor?

—Concuerrrdo con usted, prrrofesorra —contestó el bailarín búlgaro sentado a su izquierda—. No está doblando las rrrodillas. No permitir que sus caderrras… eh… se-se ¿suelten? ¿liberrrar? Eh, muy duras, no moverrr bien —su interlocutora asintió, entendiendo de inmediato lo que quería decir—. Eso hace que no, eh, no ¿a-asiente? ¿pisarrr? No pisarrr bien… No ponerrr bien los pies sobrrre suelo. Puede desbalancearrr su equilibrrrio.

Desde que Viktor Krum había llegado a Inglaterra para convertirse en el nuevo compañero de la castaña, este solía dividir su tiempo libre en dos actividades: estudiar para obtener la ciudadanía y complementar la formación artística de los alumnos profesionales del estudio.

Adaptarse a un nuevo país con un idioma y costumbres tan diferentes a las suyas no había sido una tarea fácil, en especial cuando no contaba con una red de amigos propios con quienes pasar el rato.

Era por eso que agradecía enormemente que Hermione y su nueva mentora, la profesora McGonagall, lo hubiesen recibido con los brazos abiertos en aquel pequeño estudio en medio de Earl's Court Road. De hecho, ahora pasaba tanto tiempo con la veterana bailarina que poco a poco estaba adquiriendo un particular acento inglés que mezclaba sus fuertes "R" búlgaras con unas incomprensibles contracciones escocesas propias de las Highlands.

—Cada día hablas mejor, Viktor —solían decirle.

—Oh, grrracias. Es muy motivadoro.

Y era que su nueva maestra le había caído mucho mejor de lo que hubiese esperado.

La profesora le parecía una persona seria y severa, sí, pero altamente competente y profesional. La mujer tenía tantos años de experiencia dentro y fuera del mundo de los concursos de alto rendimiento que cada minuto junto a ella era como una masterclass. Tenía tantas anécdotas y conocimiento acumulado que podía pasarse tardes enteras escuchándola hablar sin descanso.

Al mismo tiempo, sentía una gran admiración hacia ella.

Había sido bailarina profesional una gran parte de su vida y, ahora, se encontraba detrás del escenario, en los salones de ensayos, formando a la siguiente generación de bailarines, una noble labor que todo bailarín profesional estaba destinado a realizar en un futuro si es que todavía seguía en el medio.

No era una labor sencilla, Dios sabía que no, pero alguien tenía que hacerlo.

Cada aprendiz era un mundo por lo que cada uno necesitaba una preparación diferente. Algunos eran talentosos, pero no tenían la disciplina necesaria para encaminar su talento. Otros eran disciplinados, pero carecían de las capacidades físicas, mentales y/o artísticas para pisar un escenario. Unos carecían de espíritu de competencia y otros, tenían demasiado. Era el trabajo del maestro encontrar cuales eran sus respectivas fortalezas y debilidades y trabajar en ellas para poder sacar lo mejor de sus estudiantes.

A veces, Viktor pasaba las tardes observando como la dama trabajaba con su pequeña generación juvenil de bailarines profesionales. Había visto algunas demostraciones y, con eso, tuvo suficiente para determinar que la profesora tenía un buen equipo. Por lo menos, podía detectar unas futuras dos o tres medallas de plata entre ellos.

Los muchachos tenían talento, pero al ser tan jóvenes, no sabían para dónde enfocar sus energías.

Era ahí donde la profesora intervenía.

Tenía una metodología personalizada para cada uno de ellos y se preocupaba de que no solo supieran "bailar bien", sino que, además, pudieran reconocer sus fallas y, en base a eso, pudieran trazar un plan de entrenamiento para convertir esos "errores" en "accidentes felices". Jamás la había escuchado hacer una crítica que no fuera constructiva, tenía un talento especial para hacer que cada palabra que saliera de su boca sumara a la formación personal y profesional de sus aprendices.

Y eso era algo que le había impactado en lo profundo.

No era algo que hubiese visto con frecuencia en el pasado.

En los escasos meses que había compartido con ella, había descubierto que, escondido tras esa imagen severa y metódica que tanto se esforzaba en proyectar, la ojiverde albergaba en su interior el corazón cálido de una madre: tierno y protector.

Cuando llegó a Londres, solía preguntarse a menudo por qué Hermione seguía trabajando con una profesora poco conocida en el mundo de las competencias, en una compañía de danza venida a menos y con cero oportunidades de lograr ser admitida en las grandes ligas. Ella decía que era porque se sentía en deuda con la escocesa. Había sido la única persona que había creído en ella cuando nadie más lo hizo y quería devolverle el favor de alguna u otra forma, incluso si eso significara quedarse en aquella caja de zapatos que se atrevía a llamar estudio.

Puede que ahora ya entendiera lo que su nueva compañera intentaba decir.

El estudio en Earl's Court Road no era para nada a lo que estaba acostumbrado en su país natal. No es que estuviera menospreciando el lugar pues era muy funcional, pero en Bulgaria, él solía entrenar en una villa deportiva grande muy bien equipada y con una gran variedad de profesores con una amplia trayectoria dentro del género ballroom. Esta academia, en cambio, solo contaba con McGonagall pues el resto de clases que se dictaban pisos abajo ni siquiera pertenecían al género.

Tal y cómo le había anticipado la castaña, solo eran clases para atraer alumnos y tener ingresos.

Y era que, además de las condiciones del estudio, había otro problema: la poca o nula asistencia de alumnos nuevos a las clases de ballroom.

¿Cómo se suponía que un estudio especializado en ese género saldría a adelante si no tenía alumnos inscritos precisamente en esas clases?

Ya podía entender por qué Hermione no se iba.

No quería abandonar a la profesora.

Si lo hacía, probablemente ella jamás volvería a tener una oportunidad de entrenar a una campeona.

Con un estudio de baile venido a menos y tan poca popularidad entre las altas esferas actuales del baile de salón inglés, sería cuestión de tiempo para que academias más prestigiosas, los "tiburones empresariales" del ballroom, empezaran a robarse a sus escasos alumnos una vez que estos comenzaran a ganar medallas.

Y así acabaría la historia.

Con un estudio cerrado, una bailarina retirada y, probablemente, algunas esperanzas rotas.

Sin embargo, él no iba a permitir que eso pasara.

—Y… ¿qué opinas de Black? —preguntó después de unos segundos, entornando sus ojos verdes hacia el millonario playboy frente a ella—. Si fueras anotador, ¿cuál sería tu evaluación?

—Hmm… Creo… Creo que… bueno, esto es subjetivo, pero en mi opinión, creo que "menos" es "más". Yo le quitarrría uno o dos puntos por la exagerrración de los pasos. Es demasiado —contestó frunciendo el ceño en dirección al mencionado, quien seguía bailando moviendo de forma llamativa los brazos, como si quisiera acaparar toda la atención de los presentes—. También está el prrroblema de las caderras un poco, marca demasiado el ritmo, pero se nota que tiene mejorrr equilibrrrio… Hmmm, se puede trabajar… Sí.

—Hmm… Sí, yo estaba pensando en lo mismo. Creo que podemos ponerle unas pesas en las caderas para que sea consciente del movimiento. ¿Tú qué dices?

—Sí, justo iba a sugerrrir eso. Mi maestro, mi uchitel, me puso lo mismo cuando recién iniciaba. Me ayudó mucho.

—Sí… Creo que tengo de esas pesas guardadas abajo. Voy a tener que buscarlas.

Ahora que formaba parte del equipo McGonagall, estaba decidido a no permitir que este estudio cerrara. No solo era su nuevo aprendiz, no solo era el nuevo compañero de Hermione, ahora era parte de la familia de Earl's Court Road y, como tal, no podía hacer la vista a un lado mientras veía a su barco hundirse.

Era por eso que ya no era raro verlo intervenir durante las clases de baile de salón, independientemente de si se tratase de las clases para los alumnos profesionales de la división juvenil o de las clases para los cuatro aprendices amateurs de McGonagall. Solía pasearse por los salones observando en silencio el desempeño de los bailarines dirigidos por Hermione o la escosesa y, cada tanto, dejaba escapar algún comentario en voz alta corrigiendo un movimiento o una postura.

Viktor tenía mucha experiencia en concursos de baile internacional, mucha más que Hermione, obviamente. Había sido campeón nacional de su país un par de veces y se había llevado el oro en al menos unas tres competencias internacionales. Todo consejo que pudiera aportar, así fuese grande o pequeño, era bien recibido, tanto así que McGonagall lo veía más como un asesor que como un aprendiz.

Y no saben cuánto agradecía contar con la ayuda de un asesor en esos momentos.

—¿Harry competirá también en el concurrrso de Escuelas de Londres? —preguntó.

—No, no está interesado. Está estudiando en la academia de Scotland Yard. Esto no es algo que aprobarían sus superiores. No quisiera meterlo en problemas.

—Es una pena, coordina mejor que el resto.

—Tiene que —aclaró con una suave y casi imperceptible sonrisa—. Enseña hip-hop a los niños durante el verano. La coordinación es fundamental para ese baile… En todos los bailes, en realidad.

[…] Y agregamos una vuelta de lado… cinco, seis, siete y ocho. Vuel-ta, chachachá… Tres, cuatro, chachachá […]

Hermione seguía al frente de todos, moviéndose lentamente de un lado al otro, marcando bien los tiempos al ritmo de su voz. Las suelas de sus zapatos de baile hacían eco al chocar contra el piso de madera, uniéndose al sonido acompasado que sus aprendices producían con su propio calzado. Los cinco alumnos seguían practicando la pequeña coreografía improvisada de rumba que la castaña había creado en su cabeza y que ejecutaba inspirada en la música que sonaba de fondo.

Era otra tarde productiva dentro del McGonagall's Dance Studio.

Los ojos oscuros de Viktor desviaron su atención de los alumnos a la joven instructora de danza que bailaba con una sonrisa cálida en su bonito rostro, una sonrisa que le hacía recordar aquellos viejos días de gloria cuando solían encontrarse tras bambalinas durante las competencias para compartir algún dulce o una taza de té.

Ella era una niña llena de vida en ese entonces y él, un tonto bailarín que no sabía lidiar con la fama.

No pudo evitar sonreír al recordar esos días.

— Y ¿qué hay de Snape? —preguntó la escocesa interrumpiendo sus pensamientos, obligándolo a apartar su vista de Hermione.

Viktor Krum frunció el ceño y se volteó hacia ella— ¿Del Sr. Snape, profesora?

—Exactamente. ¿Qué me puedes decir de él? ¿Te parece bueno? Yo creo que es a quién más he visto progresar a lo largo de estos meses. Cuando llegó era un desastre. Su crecimiento me sorprende. No es perfecto aún, lo sé, pero tiene potencial —lo observó de reojo antes de volver su vista a adelante, fingiendo no haber visto la sorpresa de su mirar— ¿Qué opinas de él?

Viktor volvió la mirada al frente encontrándose al profesor de Química de Hogwarts, Severus Snape, al extremo derecho de la fila, bailando concentrando al ritmo que marcaba Hermione Granger.

¿Qué podía decir? Cuando se trataba de Snape, nunca sabía qué pensar.

Para ser honestos, tenía muchos sentimientos encontrados con respecto al mayor. Todos ellos muy variados y para nada relacionados al aspecto profesional.

Y es que, tratándose de Snape, sentía que absolutamente todo era personal.

—Así, mira —escuchó a Hermione indicarle al mayor a la vez que se paraba a su costado, apenas dejando uno escasos centímetros de distancia para que sus cuerpos se rozaran—. Uno, dos, tres y cuatro… Cinco, seis, siete y ocho…

—¿Así?

—Sí, sí, perfecto… Ahora, repite conmigo. Uno, dos, tres y cuatro… Rock-step, Tri-ple step…

Cuando recibió la llamada de Hermione Granger invitándolo a venir a Londres para embarcarse junto a ella en este viaje hacia las grandes ligas inglesas, no dudó ni un segundo en aceptar. Conocía a la bailarina desde hace años, tenía muy gratos recuerdos a su lado y era una de las pocas amigas del medio con la cual se hablaba casi a diario.

En pocas palabras, le tenía un gran aprecio.

Hermione Granger había marcado un gran antes y después tanto en su carrera como en su vida privada, por lo que estaría dispuesto a seguirla hasta el fin del mundo de ser necesario, siempre apoyándola en lo que sea que ella quisiera hacer.

En especial ahora que estaba tratando de rehacer su vida.

Jamás perdonaría a Ronald Weasley por lo que le había hecho a su pobre amiga antes y durante esa última competencia en el Sequence Dance Festival.

Hermione era una chica maravillosa que debía ser protegida, no expuesta de esa forma tan vil y cruel como él lo hizo. La había convertido en el hazmerreír del ballroom dance, en el nuevo chisme de vestidores del que los artistas hablaban antes de salir a escena. El nombre que alguna vez había sido sinónimo de innovación y talento ahora yacía olvidado en lo más profundo de las mentes de quienes, en algún momento, la habían alabado con tanto ahínco.

Nunca se lo había confesado a Hermione —y, probablemente, jamás lo haría—, pero mientras ella estaba siendo traslada de emergencias al hospital más cercano, él se encontraba en los vestuarios de los Winter Gardens propinándole la paliza de su vida al pelirrojo. Todavía recordaba ese momento, había sido un completo pandemónium lleno de gritos en inglés e insultos en búlgaro. Todo el mundo estaba sorprendido, nadie entendía por qué demonios el campeón internacional búlgaro, Viktor Krum, actuaba de esa forma tan salvaje por un problema totalmente ajeno a su persona.

Y es que de ajeno no tenía nada.

Desde la primera vez que había visto a Hermione Granger en la sala de ensayos del edificio sede del Open Internacional de Londres, con la cara roja de tanto entrenar y una técnica tan impecable que dejaría boquiabierto a cualquiera, Viktor Krum supo de inmediato que había algo especial en esa niña, por lo que se animó a hablarle.

Quedó fascinado con la soltura con la que esa jovencita de pelo alborotado hablaba. Él era un pésimo orador, pero ella, siendo menor, hablaba como si estuviese dando una conferencia internacional en la ONU. Era amable, divertida, algo presumida con respecto a su inteligencia y destrezas, pero lo compensaba con la sencillez y humildad con las que aceptaba las críticas y consejos de sus mayores.

También era bonita.

Muy bonita.

Y eso lo terminó de comprobar cuando empezó la semana de competencia.

A pesar de ser una muchachita de no más de 16 años en ese entonces, Hermione, una vez maquillada y vestida de gala, era posiblemente una de las mujeres más hermosas que jamás había visto, nada que envidiar a sus contrapartes rusas o italianas. Tenía el encanto de un hada, la gracia de un cisne y la fuerza de un caballo que quería ganar el primer lugar.

Cualquiera se sentiría afortunado de tenerla como pareja dentro y fuera de la pista.

Incluso él.

¡¿Qué decía?!

¡En especial él!

Hermione Granger le parecía la muchacha más perfecta del universo y, de no haber sido porque sabía que ella estaba saliendo con alguien en ese momento, puedo asegurarles que habría intentado algo, por supuesto que sí. Según su punto de vista, Hermione le parecía una mujer que podía sacar lo mejor de cualquiera tanto en el ámbito personal como profesional. Era disciplinada, segura de sí misma, hábil con la palabra y tenía la capacidad de esperar siempre lo mejor de las personas.

Ella podría ser la pareja ideal de cualquier hombre.

Pero era claro que Ronald Weasley no pensaba igual.

Durante todo el tiempo que llevaba siendo su amigo, Viktor Krum nunca permitió que sus sentimientos románticos por la castaña salieran a flote. Respetaba muchísimo la relación profesional y amorosa que tenía con el pelirrojo, jamás se interpondría entre ellos dos. Sin embargo, cuando se enteró de la terrible traición que había destrozado a su amor imposible, no pudo evitar salir colérico, cuál gallo de pelea, a defender el honor de su dama.

Se le partió el corazón al verla postrada en cama, tan débil y destrozada, con una barra de metal incrustada a lo largo de su pierna derecha y los ojos hinchados de tanto llorar por aquel imbécil que le había engañado a tan solo un par de horas de la competencia más importante de su vida.

Ella estaba sufriendo y él no podía hacer nada para consolarla.

Puede que, en ese preciso instante, a un lado de la cama plegable de la habitación de la castaña en el área de post-operatorio del hospital general de Blackpool, Viktor Krum confirmara de una vez por todas sus sentimientos hacia la lesionada bailarina. Quería quedarse a cuidarla, quería estar en cada paso de su recuperación, quería cargarla fuera del hospital y llevarla de regreso a su casa en Cambridge para asegurarse de que estuviese bien. Quería sostener su mano y ser el hombro sobre el cual pudiera llorar hasta quedarse dormida.

Sin embargo, no pudo.

Su visa expiraba y él tenía que regresar a Bulgaria antes de la fecha límite.

La visitó unas tres o cuatro veces durante los siguientes tres años. Las ocasiones en las que viajaba al país británico eran limitadas pues se debían casi exclusivamente al trabajo, así que no podía permitirse dedicarle un día entero pues los patrocinadores que pagaban su estancia querían que se enfocara únicamente en ganar las competencias. Sin embargo, siempre era grato poder verla, así sea solo desde lax butacas del coliseo deportivo.

Luego de un año y medio de lleno de videollamadas y contadísimas oportunidades para verse en personas, Viktor Krum decidió abandonar toda mínima esperanza de tener una posible relación romántica con la muchacha de ojos color miel.

Y es que todo parecía estar en su contra.

Para empezar, no le entusiasmaba esto de las relaciones a distancia.

Inglaterra estaba a 2.634,22 km de Bulgaria, lo que vendría a ser un equivalente de 31 horas en auto, 47 horas en tren, casi 6 horas de vuelo o 21 días de caminata, todas sin parar. Tenía que atravesar 5 países —sin contar el suyo—, además del Canal de la Mancha a través del Eurotúnel. Realizar ese viaje estaba completamente fuera de su presupuesto. ¡Era un gasto abismal! Por no mencionar que, con su carrera artística en ascenso, su itinerario estaba repleto de futuras competencias al otro extremo del continente que sus patrocinadores le exigían ganar.

Y si viajar de Bulgaria a Inglaterra le parecía difícil, viajar desde Rusia era algo imposible.

Sus posibilidades de viajar al país inglés se hacían cada vez más y más lejanas.

Por otro lado, había algo en su interior que le decía a gritos que tener una relación con ella a estas alturas de su vida sería un gravísimo error.

Y era que Hermione Granger había cambiado.

Demasiado.

Con un poco más de 20 años, una pierna fracturada, la confianza destruida y sin el respaldo de un estudio o patrocinadores que salvaran lo poco que quedaba de su arruinada carrera y reputación, Hermione Granger no era nada más que la sombra de lo que alguna vez había sido.

El accidente la había cambiado en todos los sentidos. Había marcado un antes y un después dentro de su existencia y el futuro que se alzaba ante ella no se veía para nada favorecedor.

Más allá del dolor físico que era tener una pierna rota y un yeso enorme que provocaba comezón y heridas en la piel al menor contacto, Hermione Granger estaba pasando por una fuerte etapa depresiva en la que, básicamente, no tenía ánimos de nada: ni de comer, hablar, bañarse, moverse o cualquier esfuerzo que involucrara respirar.

Solo quería dormir.

Y, tal vez, morir.

De preferencia, morir, pero se conformaba con una noche de sueño completa.

Según sus padres, la joven estaba así por la fuerte impresión que era tener una pierna enyesada.

Hermione jamás había estado en cama por enfermedad, siempre había gozado de muy buena salud. De hecho, ni siquiera se quedaba en cama cuando llegaba a casa con los pies ensangrentados y llenos ampollas por las miles de horas que se pasaba ensayando en el estudio. Su hija no era de esas personas que simplemente podían quedarse quietas.

Siempre tenía que estar bailando, siempre tenía que estar preparándose para el siguiente concurso.

Eso, sumado a que sus doctores le hubiesen informado que las probabilidades de volver a bailar eran bajísimas, había provocado que entrara en un severo cuadro depresivo que ni siquiera la mejor taza de té podría aliviar.

Sus amigos decían que era porque su carrera como bailarina profesional se había terminado de la forma más abrupta posible.

Su maestro ya no respondía sus llamadas, sus patrocinadores habían dejado de depositar sus cheques, ningún miembro de su compañía de baile la había llamado y, a estas alturas, estaba segura que su nombre ya no figuraba en la lista de competidores profesionales del estudio. Sin un compañero de baile que completara su dupla, con una reputación destruida a ojos de los suyos y cero capacidades motrices en su pierna —su herramienta de trabajo—, el panorama laboral de Hermione Granger dentro del mundo del baile de salón profesional no era nada alentador.

Por no mencionar el asunto del video.

Sería una mentira decir que nadie vio el tremendo escándalo que la dupla Weasley-Granger había armado esa noche en el hotel de la villa deportiva de Blackpool.

Todos —incluido él— habían visto a la muchacha colapsar en llanto mientras su madre la llevaba moribunda de regreso a su habitación. Todos vieron a su mejor amiga pelirroja perseguir a la amante secreta de su hermano por los pasillos del edificio mientras la amenazaba en voz alta con acabar su vida con sus propias manos. Todos vieron al padre de la Granger pelear con los propios padres del chico Weasley porque, de la rabia, había golpeado al pelirrojo en el rostro.

Los jóvenes finalistas habían montado el espectáculo más grande de sus vidas en los corredores del hotel y no habían tenido ni una sola pizca de mesura al momento de culparse el uno al otro por el fin de su relación amorosa y profesional.

No solo avergonzaron a su estudio y a su maestro esa noche, también a la federación entera.

En fin, puede que no todo fuese tan malo si tan solo hubiese terminado ahí: en un simple mal recuerdo. Pero la verdad era que, viviendo en el siglo XXI, en pleno auge de la tecnología y los teléfonos celulares con cámaras de alta resolución, era técnicamente imposible que tanto esa pelea como el accidente no hubiesen sido grabados.

Y, efectivamente, así había sido.

Ahora tanto su humillación pública en el hotel como en la pista de baile circulaban libremente en plataformas digitales como YouTube, Facebook o Instagram, perpetuando su tragedia por toda la eternidad en cortos y mal grabados videos de formato 720 pp.

Lo peor fueron los comentarios.

No le sorprendía que su amiga hubiese eliminado todo rastro de sus antiguas redes sociales.

A veces la gente podía ser muy cruel.

En especial si estaban escondidos tras la seguridad de una pantalla de un celular.

Y puede que todos los factores mencionados con anterioridad fuesen los principales causantes del gran cambio de Hermione Granger, pero Viktor Krum estaba un 98% seguro de que había algo más que la estaba afectando.

Un corazón roto.

Ron Weasley no solo había sido su pareja de baile, sino también su novio. No tenía muchos detalles sobre su relación pues realmente nunca estuvo interesado en saber los pormenores de esta, pero podía afirmar con total seguridad que su amiga estaba muy enamorada. Ron significaba más para ella de lo que podía imaginarse. Hasta donde sabía, llevaban bailando juntos casi nueve años, básicamente toda una vida.

Habían crecido biológica y profesionalmente juntos, incluso sabía que estaban planeando un futuro uno al lado del otro pues, hasta donde tenía entendido, la pareja había recibido una propuesta para ir a América a participar en la liga norteamericana de baile de salón.

Habían estado tanto tiempo juntos que ya no podía imaginarse su vida sin él.

Y eso era algo que Viktor Krum comprendía perfectamente.

Por más que lo negara mil veces, que maldijera en voz alta su existencia o que se hubiese desecho de cualquier objeto que le recordara su persona, era una verdad absoluta que Hermione Granger seguía enamorada de Ronald Weasley.

No habían tenido ese respectivo cierre que tanto necesitaban. El pelirrojo simplemente había desaparecido de su vida sin decir más, seguramente atormentado por la culpa de sus acciones. Hermione ni siquiera tuvo la oportunidad de enojarse antes de que la metieran en una ambulancia rumbo al hospital más cercano.

Su corazón ya estaba ocupado.

Ya había alguien más viviendo ahí —o mudándose de ahí, mejor dicho— y hasta que ella no curara sus heridas y le pusiera fin a su historia, él no iba a intentar nada que, eventualmente, terminaría lastimándolos a los dos.

Optó por dar un paso al costado y poner una saludable distancia entre ellos.

Necesitaba olvidarla.

Claro, eso no quería decir que fuera a dejar de ser su amigo.

Quería a Hermione dentro de su vida. Valoraba demasiado su amistad como para si quiera pensar en perderla. Quería estar a su lado para siempre, así fuese como un simple amigo o un compañero de trabajo más. Sin embargo, él también tenía sentimientos. Necesitaba sanar su corazón herido, irse lejos a lamerse las heridas y enfocarse en lo que realmente importaba.

Tenía salud, juventud, una carrera muy prometedora, muchas propuestas de trabajo y una visa que le permitía recorrer libremente todos los países de la Unión Europea.

Podía hacer lo que quisiera.

Iba a estar bien.

Tal vez solo necesitaba tiempo y algo de buena suerte.

Quién sabe y tal vez, en unos años, las cosas podrían salir a su favor. Tal vez Hermione finalmente estuviese disponible o, tal vez, apareciera alguien más. El mundo era muy grande, había más de 7 mil millones de personas en el planeta, era imposible que no hubiese alguien destinado para él.

Los búlgaros se caracterizaban por ser unas personas muy supersticiosas, tenían creencias para casi todo. Su abuela, al igual que la mayoría de los ancianos de su ciudad natal, solía decir a menudo que, si perdía el botón de una prenda, un nuevo amor llegaría a su vida.

Durante los siguientes dos años, Viktor Krum revisó cada uno de los botones de sus camisas todos los días solo para asegurarse de que estuviesen en su lugar. Cada día tenía la esperanza de que alguno faltase, incluso intentaba aflojar los hilos que los sujetaban con el fin de acelerar el proceso.

Sin embargo, nunca se cayeron.

Una lástima, a decir verdad.

Le hubiese venido bien un nuevo amor.

En fin, no iba a permitir que tonterías sin sentido que inventaban sus ancestros definieran su futuro. Él iba a superar ese pequeño crush que tenía con Hermione de una forma u otra y todo volvería a la normalidad. Otra vez la vería como una amiga y ya no volvería a sentirse incomodo al quedarse a solas con ella.

Todo volvería a ser como antes.

Estaba decidido a lograrlo.

Para cuando se cumplieron casi cuatro años de la tragedia de Blackpool, Viktor Krum se convenció a sí mismo de que ya no estaba enamorado de la castaña. El tiempo había pasado, la distancia había hecho lo suyo. El concentrarse en el trabajo le había ayudado a curar sus heridas y, gracias al cielo, su corazón ya no latía frenético de la emoción cada vez que recibía alguna llamada de su parte.

Todo parecía indicar que aquellos sentimientos que llevaba ocultando tanto tiempo finalmente habían desaparecido.

Ahora, se encontraba de vacaciones indefinidas en su natal Bulgaria.

Acababa de completar una exitosa gira por Asia Oriental que le había sumado cuatro medallas más a su, ya muy de por sí, abarrotado estante de trofeos: dos medallas de plata obtenidas en el Open Internacional de Shanghái en China, una medalla de bronce en el Open de Osaka, Japón y una de oro obtenida en los Juegos de Primavera de Seúl.

Y, como si las cosas no pudieran ponerse mejor, su compañera de baile, Nadya Kostadinova, estaba en la dulce espera de su primer hijo. Se sentía muy feliz por ella. Estaba al tanto de los fuertes deseos que tenía Nadya por ser madre, por lo que no tuvo ningún problema en aceptar su retiro temporal de las grandes competencias para dedicarse a esta nueva etapa de su vida. Según la bailarina, solo sería hasta que el bebé tuviera la edad suficiente para separarse de ella, así que podía decir que se encontraba en descanso hasta nuevo aviso.

Con 26 años ya cumplidos y un futuro prometedor por delante, a Viktor Krum no le quedaba nada más que disfrutar de su éxito mientras descansaba sus adoloridos pies.

No obstante, parecía que el universo tenía otros planes para él.

De haber sabido lo que vendría a continuación, ¿realmente le habría dicho que sí?

Faltaba una semana y media para el cumpleaños número 23 de Hermione Granger cuando recibió una llamada muy importante de su parte. Se encontraba sentado frente a su computadora comprando su boleto a Londres cuando su teléfono empezó a sonar. El regalo que tanto tiempo se había demorado en escoger yacía guardado delicadamente en el fondo de la maleta que llevaría para el viaje.

Todo estaba listo para irse.

Zdravey!

Zdravey, Viktor! Kak si? —saludó ella al otro lado de la línea. Su voz se oía animada y alegre, lo cual una buena señal. Significaba que tenía buenas noticias que quería compartir—. ¿Es un buen momento o estás ocupado?

—Siempre es un buen momento, Mione.

De haber sabido lo que vendría a continuación, ¿realmente le habría dicho que sí?

—[…] Quiero volver a bailar, Viktor. Esta vez, es en serio. Ya estoy cansada de no hacer nada y, aunque enseñar es divertido, después de un tiempo se vuelve aburrido, sobre todo cuando casi no tienes estudiantes —le dijo durante la llamada—. Todavía tengo algo de miedo cada vez que entro a una pista, es como revivir todo, pero estoy trabajando en ello. Conocí a alguien que me hizo entender que aún tengo una oportunidad para volver y tengo mucha fe en lo que dice. Tal vez tenga razón.

—Por supuesto que sí. Eres talentosa y tu pierna está mucho mejor ahora. Solo tienes que prepararte.

—Y es exactamente lo que planeo hacer. Hablé con la profesora McGonagall y me ha dicho necesito conseguir un compañero para comenzar con el entrenamiento. Estamos revisando algunas opciones con alumnos locales, pero realmente no siento que conecte con ninguno.

—Entiendo.

—La idea es que "debute" otra vez en el Open Ballroom Dance Interschool Competition de Londres el próximo año. Habrá una sección para los profesores de las respectivas academias que se inscriban y yo representaría al estudio de la profesora… Solo necesito un compañero.

—Creo que ya sé a dónde va esto.

—¿Qué opinas? —susurró contra el auricular. Su voz aterciopelada le provocó una corriente eléctrica que recorrió toda su columna vertebral, haciéndolo temblar. Su corazón emocionado latió acelerado, esperando su propuesta— ¿Bailamos, Sr. Krum?

De haber sabido lo que vendría a continuación, ¿realmente le habría dicho que sí?

—Desde luego, Srta. Granger.

Una semana y media más tarde se encontraba volando a Londres con una maleta llena de sueños al lado y un corazón confundido en el pecho.

¿Estaría listo para volver a verla? Es decir, la veía seguido a través de sus videollamadas semanales, pero ¿estaría preparado para volver a verla en persona? Había pasado un buen tiempo desde la última vez que había pisado el país inglés. Con tantos viajes y concursos, realmente no había tenido mucho tiempo para pensar en ella como lo hubiese hecho en el pasado.

Tal vez por eso estaba convencido de que ya no la amaba de forma romántica.

Ella ya no vagabundeaba por su mente como antes.

Sin embargo, había llegado la hora de la verdad, la prueba final.

Pasaría los siguientes meses al lado de Hermione trabajando, conviviendo y bailando como una pareja profesional. Pasaría los siguientes meses averiguando si todo el tiempo y esfuerzos invertidos en superarla habían dado su fruto. Pasaría los siguientes meses descubriendo si todavía seguía enamorado de ella.

Él esperaba que no.

De hecho, rogaba que no.

Ya estaba listo para dejarla ir y esperaba que su corazón también.

Ya no estaba enamorado.

¡La había superado!

La había superado.

La había superado…

¿La había superado…?

La había… superado.

¿Verdad?

Lo descubriría en su fiesta de cumpleaños.

De haber sabido lo que vendría a continuación, ¿realmente le habría dicho que sí?

—"Quiero agradecerles por venir. Los extrañaba a todos. Gracias a mis amigas de Cambridge que están aquí, gracias por hacer el viaje. A mis chicos de la academia, la profesora McGregor, a mis amigos de las competencias. Gracias, Viktor, yo sé que vienes desde muy lejos, así que muchas gracias por venir".

Hasta el momento la fiesta parecía ir bien. El lugar era agradable, la comida buena, la gente estaba animada y Hermione acababa de terminar un bailar una animada danza latina en compañía de sus amigos londinenses. Realmente parecía estar pasándosela bien y eso le alegraba, le aliviaba saber que era feliz. Ahora, se encontraba dando su discurso de cumpleaños y, con ello, el tan esperado anuncio sobre su próxima colaboración juntos.

[…] "También quería agradecer a una persona especial que está aquí y que, bueno, eh, ha sido de mucha ayuda durante estos últimos meses. No voy a decir nombres, ella sabe a quién es".

Por supuesto que sabía quién es, no era tonto. Probablemente se tratará de la misma persona que la había motivado a regresar a bailar, aquella persona de la cuál le habló por teléfono, la misma que le hizo entender que "aún tenía una oportunidad para volver".

Sus ojos color miel brillaban con un resplandor tan puro que iluminaba toda la habitación con una luz casi tan cálida como la de su propia respiración. El solo verlos tan llenos de vida otra vez le daba ganas de llorar de felicidad. Sin embargo, por más que se engañara diciéndose que ese brillo era para él, Viktor sabía que Hermione estaba mirando a la tan "misteriosa" persona en cuestión pues la encontró desviando su mirada a un extremo del salón, posándose específicamente en hombre alto y pelinegro de mediana edad.

Algo le decía que era el hombre con el cual estuvo bailando hasta hace solo un par de minutos antes.

— "Esta persona una vez me dio un consejo que creo que es el mejor consejo que me han dado en toda mi vida después de "no uses zapatos nuevos cuando bailes… Y fue "sé responsable" —los siguientes minutos se los pasó explicando lo importante que había sido dicha lección para ella, en lo mucho que había impactado en su perspectiva de ver la vida y cómo se suponía que la había ayudado a tomar decisiones más responsables y apropiadas para su "nueva" vida—. "He decidido retomar mi carrera de bailarina y quiero informarles que, oficialmente, ya tengo a las personas que me ayudara con mi regreso a las grandes ligas".

El gran anuncio, por fin.

Había estado tan concentrado en las palabras de la castaña que ni siquiera se había dado cuenta de que estaba por anunciar su nombre. No pudo evitar removerse ansioso sobre su lugar mientras escuchaba el enorme barullo que se había armado en el club.

—"Por favor, quiero presentarles a mi maravilloso equipo. Mi entrenadora y maestra, la profesora Minerva McGonagall" —Hermione señaló a la dama y sus invitados le aplaudieron. La mencionada sonrió e hizo una ligera inclinación con la cabeza a modo de agradecimiento—. "Y mi pareja, el hombre que me acompañará en esta aventura. Damas y caballeros, y para los que no los conocen, quiero presentarles al campeón nacional búlgaro y mi amigo personal, Viktor Krum".

Los aplausos llenaron el animado ambiente del restaurante. Algunas personas cercanas que ya lo conocían de antes se giraron en su dirección para aplaudir su presencia, como si estuvieran dando el visto bueno a esta decisión. El bailarín búlgaro solo pudo asentir humildemente con la cabeza mientras sentía sus orejas arder de la vergüenza.

Al frente, la castaña sonreía en la cima del escenario, deleitando a todos con su risa infantil.

—Ven aquí, Viktor, ¡sube! —le invitó y él no dudo en aceptar aquella delicada mano que se estiraba en su dirección aguardando por él.

De haber sabido lo que vendría a continuación, ¿realmente le habría dicho que sí?

Cuando bailaron por primera vez como pareja esa tarde, se sintió pleno. No sabría decir exactamente cómo fue que sus piernas no se enredaron durante la ejecución de los pasos, estaba realmente nervioso. Sus manos sudaban y su corazón latía desbocado, contrastando de forma impresionante con el temple de acero de Hermione, quien solo sonreía mientras fluía al ritmo de la música.

No obstante, tomó eso como una buena señal.

A pesar de que su reacción corporal no era la que tanto tiempo estuvo planeando, estaba contento con los resultados. Se había comportado a la altura de la situación y, al ojo público, ya no parecía que estuviera enamorado de ella, cosa que era completamente cierto.

Sí.

Comprobado.

No podía ser más claro:

Ya no le gustaba.

O eso fue lo que se repitió todos los días por los siguientes dos meses.

De haber sabido lo que vendría a continuación, ¿realmente le habría dicho que sí?

Practicar con Hermione no era para nada lo que se había imaginado en su cabeza.

Al principio, pensó que sería algo así como un juego. Ambos eran talentosos bailarines reconocidos por sus respectivas federaciones y, aunque nunca habían bailado formalmente en un evento oficial, había quedado claro desde el inicio de los tiempos que esos dos tenían mucha química: siempre se robaban las miradas de los invitados cuando bailaban en las galas pre-competencia.

Era un completo deleite visual el poder verlos.

Sin embargo, su castaña era demasiado impaciente con todo. Más que ansiosa, era como si estuviese desesperada por volver a bailar o, mejor dicho, por probarle al mundo entero que estaba lista para volver a bailar. No le importaba apresurar el proceso, pocas veces parecía tomarse en serio sus sugerencias cuando trataban de armar sus coreografías, pero por más que esas cosas fuesen molestas, no eran algo que lo sacara de quicio.

Lo que sí lo hacía eran las constantes distracciones que les impedían complementarse como pareja.

Específicamente, las distracciones de carácter interpersonal/romántico.

Es decía, las distracciones provocadas por el Sr. Severus Snape.

—Ahora, todos, empezamos desde arriba —llamó Hermione en voz alta, dándose la vuelta para quedar de espaldas a ellos y, así, facilitarles el trabajo de imitarla—. Snape, Neville, atentos a esta parte, por favor, sobre todo tú, Severus. Concéntrate en mí.

No podía verlo, pero algo le decía que el mencionado había sonreído disimuladamente al oírla.

—Ya lo está, Mione —bromeó Sirius codeando al profesor pelinegro a su lado, molestándolo como siempre solía hacerlo—. Ya no le exijas más. No seas codiciosa, no lo quieras solo para ti. Deja al pobre hombre respirar.

Los demás estudiantes ahogaron unas pequeñas risillas antes de que la castaña los mandara a callar.

El búlgaro dejó escapar un bufido fastidiado al ver la escena.

No quería parecer grosero pues él era nuevo en la ciudad y todos en general habían sido muy amables en acogerlo, pero desde que se había enterado de la existencia de este individuo poco empático llamado Severus Snape, Viktor no había hecho otra cosa que no fuese considerarlo una molestia.

¡Él era insufrible!

Siempre estaba por ahí, dando vueltas alrededor de los salones, interrumpiendo sus sesiones de entrenamiento de la forma más inoportuna posible. Ya fuese en la mañana o en la tarde, de forma presencial o virtual, incluso si llovía o granizaba: ¡él-siempre-estaba-ahí!

Y, cuando no lo estaba, lo cual era muy raro, ¡era ella quien estaba detrás de él!

"—Hoy salgo temprano, Vik, iré a comer con Severus".

"—Espera, espera, tengo que contestar… ¿Aló, Sev? No, no, no estoy ocupada, dime…"

"—¿Ah? ¿Qué? Sí, sí, ya voy. Déjame contestarle este mensaje a Severus y empezamos".

"—Oh, mira qué lindo, me envió flores. ¿Te importa si me tomo unos minutos? Voy a escribirle".

"—Bien, creo que podemos agregar un giro a… ¡Oh! ¡Hola, amor! Qué sorpresa, no esperaba verte aquí. No me avisaste que venías".

Iba a volverse loco.

¡En serio!

Iba a enloquecer si esos dos seguían saboteando sus sesiones de entrenamiento día tras día.

Llevaba casi 16 años practicando este deporte y jamás se había encontrado con tales obstáculos a la hora de entrenar. Nunca había conocido gente tan poco profesional como la pareja Snape-Granger. Verlos coquetear todo el día era demasiado estresante para su propia mente. Jamás habría imaginado que tendría que trabajar bajo esas condiciones.

Y, lo entendía, ¿está bien? ¡Lo entendía!

Hermione estaba enamorada del Sr. Snape y él de ella y le daba gusto. Era bueno saber que su querida amiga por fin era capaz de rehacer su vida amorosa con alguien que correspondía sus sentimientos y que la respetaba y daba a respetar. Probablemente, un profesor de mediana edad que conocía desde hace tan solo inicios de ese año no hubiese sido la opción que tenía en mente, pero, aun así, se sentía feliz por ella y por su nueva vida.

Si Hermione era feliz, él también.

Pero había algo que no iba a tolerar y eso era la falta de compromiso para con el arte que tantas veces había puesto un plato de comida en su mesa y en la de su familia.

Tenía que deshacerse del Sr. Snape a como diera lugar. No importaba que fuese el alumno estrella de la profesora o el actual novio de su nueva compañera, tenía que sacarlo de su lugar de trabajo antes de que terminara cometiendo una locura en nombre de las sagradas leyes del baile de salón.

Además, ya no quería seguir viéndolo tan cerca de Hermione.

Había sido un tonto al creer que ya no sentía nada por la castaña. Aquellos sentimientos románticos que tanto tiempo se había esforzado por eliminar todavía seguían ahí, olvidados en lo más profundo de su corazón, esperando por una oportunidad, completamente deseosos de salir y poder expresarse con total libertad, sin miedo de experimentar el duro rechazo y, de paso, causarle problemas para la joven bailarina.

Pero no podía.

Ella tenía una pareja a la que amaba y, además, se había convertido en su actual compañera de baile por lo que debía mantener las cosas profesionales entre los dos, no quería que la historia se repitiera.

Una vez más, la vida le decía que el amor no era para él.

Había llegado tarde otra vez.

La oportunidad volvía a escapársele.

Vaya suerte.

En fin, no iba a permitir que eso le bajoneara el buen ánimo con el que llegó a Londres. Él tenía una misión e iba cumplirla. No importara cuantas veces viera a la feliz pareja besarse por los pasillos o caminar calle abajo agarrados de la mano a la hora de irse a casa, él siempre estaría ahí para Hermione apoyándola en cada una de las decisiones que tomara de ahora en adelante.

Él iba a estar bien.

Incluso si le doliera por dentro.

Así que, volviendo a la pregunta oficial, ¿qué opinaba de Snape? Él tan solo podía limitarse a decir:

—Yo… Yo crrreo que el Sr. Snape es un…—

—¡HOLA! ¡YA LLEGUÉ!

Un energético e inesperado saludo interrumpió la tranquilidad del salón de clases haciendo que todos se giraran en dirección a la puerta para descubrir quien era el o la recién llegada que hacía tanto alboroto. Ginny Weasley yacía apoyada en el marco de la puerta, sosteniendo su bolso abultado con una mano y quitándose la bufanda con la otra. Su enorme abrigo de invierno le cubría hasta las rodillas y sus mejillas estaban tan enrojecidas que, de no haber sido por el frío de afuera, habría jurado que la chica había abusado del rubor de su maquillaje.

—Hola, Gin —saludó Luna enérgica mientras abandona su puesto para correr a abrazar a su amiga—. Qué bueno que ya llegaste.

—Sí, estábamos preguntándonos si siempre ibas a venir.

—¡Perdonen la demora! El metro es un completo caos —anunció quitándose el pesado abrigo en el proceso—. Parece que uno de los trenes tuvo una falla y todas las líneas Circle y District están como locas. La gente estaba muy irritada.

—¿Dijiste District? —preguntó Snape olvidando lo que estaba haciendo— ¿En qué estaciones?

—Relájate, Snivellus —dijo Sirius con una sonrisa en la cara mientras rodeaba los hombros de su interlocutor con su brazo—. Seguro lo solucionarán rápido. Y si no, siempre puedo decirle a Kreacher que te lleve —Snape forzó una sonrisa antes de volver a su expresión apática de siempre y sacudirse el brazo del millonario lo más lejos posible—. ¡Listo! Se acabó la clase, muchachos.

—¿Qué cree que está haciendo, Sr. Black? —cuestionó la profesora levantándose de su silla a un lado del salón— ¿Con qué autoridad detiene mi clase?

—Por favor, Minnie. Es mi cumpleaños, tenemos que celebrar.

—Tu cumpleaños fue hace una semana, esta es la tercera vez en el mes que "celebramos" —le recordó la mayor.

—Y aún nos faltan dos más —bromeó sonriendo con descaro—. Así que no perdamos más tiempo. Todo el mundo a cambiarse porque esta noche iremos a bailar. ¡Vayan, vayan, vayan! Usted también, profesora. Retóquese ese maquillaje que bailaré con usted las primeras canciones.

Sirius Black prácticamente tuvo que salir corriendo del salón de ensayos antes de que la furiosa escocesa lo convirtiera en un tapete de tantos pisotones que quería darle. Los demás estudiantes solo pudieron reír divertidos mientras tomaban sus cosas antes de salir rumbo a los baños para prepararse para la celebración de esta noche.

Camino a los sanitarios, vio pasar a Hermione y a su novio tomados de la mano. Él no dijo nada, solo procedió a sujetar con fuerza sus cosas y continuar su camino para unirse a los demás.

¿Que qué pensaba del Sr. Snape?

"Creo que es un hombre con suerte".


El Rivoli Ballroom era un lugar ideal para ir a bailar, en especial si querías ir a bailar con amigos. Era amplio, cómodo y los cócteles estaban buenos. Si se te antoja vivir una experiencia única y divertirte un buen rato, te recomiendo que vayas los sábados por la noche. Es cuando se celebran las famosas fiestas temáticas Rivoli:

Las Rouge Disco, las jive parties, las noches de cine y las noches con Jacky.

Esta última era la favorita de la pequeña familia de bailarines del McGonagall's Dance Studio. De hecho, todos se encontraban ahí, justo ahora, celebrando por tercera vez en el mes la fiesta de cumpleaños número 43 del siempre carismático Sirius Black.

Sí, ahí estaban, moviéndose al ritmo de la música y cantando en voz alta las ininteligibles letras de canciones que tal vez nunca en su vida habían escuchado, pero que igual disfrutaban como si no existiese un mañana.

En medio de la pista de baile, rodeada de un colorido mar de personas muy alegres, Ginny Weasley bailaba con una gran sonrisa en el rostro colorado junto a Neville Longbottom, quien trataba de sacar a relucir sus mejores movimientos a pesar de estar completamente perdido cuando se trataba seguir ritmos latinos.

Al otro lado, cerca al escenario donde DJ Jacky se encontraba mezclando sus pistas, Sirius Black hacia acto de presencia bailando en compañía de la siempre entusiasta Luna Lovegood, quien lo animaba a seguir moviéndose al ritmo de la música, dejando que su cuerpo fluyera libremente, inventando coreografías raras que solo una persona con mucha confianza o con un par de tragos encima sería capaz de realizar sin sentirse avergonzado.

Pero, por más que fuese divertido ver a Ginny dándolo todo en la pista, a Neville intentando copiarla, a Sirius bailando como si no hubiese un mañana o a Luna haciendo lo que sea que estuviese haciendo, ellos no importaban.

Lo que importa es aquella parejita que danzaba cerca del borde de la pista, aquella parejita que se movía al ritmo que marcaban sus propios cuerpos, aquella parejita que bailaba tan cerca el uno del otro que no sabrías decir dónde terminaba él y dónde empezaba ella.

Lo que realmente importaba era aquella parejita conformada Hermione Granger y Severus Snape.

¿Alguna vez han ido a bailar y, de casualidad, se han encontrado con alguna persona o pareja que se nota a leguas que sabe bailar y se encuentra ahí, en medio del club, moviéndose como si fuese parte del elenco musical del evento, humillando a todos a su alrededor con sus sorprendentes y muy bien coordinados pasos de baile? ¿Les ha pasado?

Pues, a los clientes del salón Rivoli les pasó esa noche.

Las manos de Hermione Granger descansaban de forma grácil alrededor del cuello de su pareja. Las yemas de sus dedos tocaban suavemente los finos cabellos de su nuca, enviando ligeras descargas eléctricas al imponente cuerpo masculino junto a ella. Su espalda, siempre recta y estirada, por primera vez en mucho tiempo se arqueada en una muy pronunciada curva que le permitía exhibir ese bonito trasero bien tonificado que sus pantalones jeans envolvían.

Pero ella no era la única que tenía algo que lucir.

Severus Snape se mecía con calma de un lado al otro como si se tratase de una ola en medio del mar. Marcaba el ritmo con sus caderas, siguiendo los acordes de la guitarra, los bongos y las maracas. Sus manos se deslizaban con total descaro por la espalda de su amada. Los dedos largos de su extremidad derecha reposaban relajados justo en el límite en donde la espalda cambiaba de nombre, mientras que los de su mano izquierda la sujetaban por debajo del omóplato, abriendo su palma en su totalidad para atráela lo más cerca posible de su cuerpo, obligando a sus caderas casi chocar contra las de ella debido a la fluidez de sus movimientos.

El profesor se inclinaba sobre ella, acortando la diferencia de altura que los separaba. Ella tenía los ojos cerrados y una sonrisa deslumbrante en su rostro. Su nariz pequeña rozaba la suya, quedándose a tan solo un par de centímetros de poder tocarla. Podía sentir su respiración cálida golpear contra la piel sensible de su rostro.

Estaba caliente.

Tal vez, incluso más caliente que la propia temperatura de su cuerpo.

Pero un lugar todavía más caliente era aquel pequeño espacio triangular que se formaba al unir las entrepiernas de ambos.

La pierna derecha del pelinegro se colaba en medio de las de la castaña, invadiendo su espacio personal. Sus caderas se mecían sensualmente de un lado al otro, dibujando un perfecto ocho que hipnotizada a todo aquel que se atreviera a mirar la íntima escena.

Cualquiera pensaría que se encontraba en medio de una especie de danza de apareamiento.

Y probablemente así lo fuera.

—¿Desde cuándo Snape sabe bailar bachata? —Harry Potter preguntó en voz alta sin apartar su mirada distraída de la pareja que bailaba frente a él— No recuerdo que hayamos enseñado ese baile en el estudio.

El ojiverde apartó su mirada de la pista de baile, volviéndose a las personas restantes que quedaban en su mesa habitual de siempre. Minerva McGonagall y Viktor Krum apenas sí parpadearon al oír su comentario. Lo único que podían hacer era llevarse sus respectivos vasos de whisky a los labios y acabarse el poco contenido de un sorbo mientras sus ojos mantenían vigilados al profesor y a su compañera.

A juzgar por sus duras miradas de halcón, me atrevería a decir que estaban asegurándose de que el mayor no se propasara demasiado con los toqueteos en la espalda baja de la castaña.

—Me parece, Potter, que el Sr. Snape ha estado recibiendo clases extracurriculares estas últimas semanas —opinó en voz alta la escocesa, contestando finalmente la pregunta de su empleado de medio tiempo—. Y, por lo que veo, se ha animado a descubrir un nuevo género.

Y sí que lo había aprendido.

Bachata.

Un ritmo musical de percusión y cuerdas originario de la República Dominicana, que tiene sus raíces en el son cubano y los ritmos africanos. Ese que empezó siendo un baile prohibido y propio de las clases bajas y que terminó convirtiéndose en una de las danzas más sensuales y populares del momento. Ese que se baila pegadito junto a tu pareja, ese que cantan grandes como Juan Luis Guerra, ese mismo que alguna vez —y no vale mentir— has intentado bailar, pero que has terminado abandonando ya que crees que no tienes ritmo porque tus caderas están muy tiesas ya que nunca doblas tus rodillas.

Sí.

Bachata.

Esa mismo.

No había sido una tarea sencilla, desde luego que no. Snape apenas sí tenía la inteligencia kinestésica suficiente para dar giros sin caerse y la flexibilidad necesaria para doblar las rodillas sin fracturarse el coxis en el intento, pero de una u otra forma, lo había logrado.

Lo logró, ese maldito bastardo lo logró.

Pero ¿cómo no lograrlo si tenía a la mejor maestra de baile que la vida podía ofrecerle?

—Supongo que Hermione se habrá divertido enseñándole algunos movimientos. Últimamente ha estado pasando mucho tiempo cerca de él —contestó el pelinegro volviendo su atención a la pista de baile pareja solo para ver cómo Snape tomaba a su amiga de las manos para hacerla girar y desplazarse alrededor de él en fluidas vueltas que cada vez parecían llevarla más cerca de su cuerpo—. Muy cerca —añadió extrañado.

Al frente, Hermione seguía moviendo sus caderas como si trazara un infinito con ellas y Snape todavía mantenía su pierna derecha escondida entre las de ella. Sus caderas rebotaban cada dos tiempos, marcando el ritmo tan característico de la danza en cuestión.

El sonido seco de un vaso golpeando la mesa llamó la atención de los dos ojiverdes.

Viktor Krum acababa de dejar su vaso vacío sobre la superficie del mueble y ahora estiraba su mano en busca de la botella a medio terminar para servirse su tercer vaso de la noche.

—El Sr. Snape no es el mejorrr bailarín de bachata que he visto, pero no lo hace tan mal. Porrr lo menos se ve que disfrrruta de ello —anunció sirviéndose hasta la mitad antes de proceder a hacer lo mismo con el vaso de la escocesa, quien se lo agradeció con un suave gesto de su cabeza.

Mientras servía el vaso, los ojos oscuros y fríos de Viktor se desviaron un par de segundos en dirección a la mencionada pareja solo para observar con atención cómo las manos del profesor de Química subían por la espalda de Hermione, recorriendo la suavidad de la piel desnuda que su blusa carmesí descubierta revelaba.

"Y también de otras cosas más", pensó volviendo su atención a sus manos y a las bebidas.

La castaña, sintiéndose la diosa más grande y sensual del universo, se permitió reclinarse hacia atrás, totalmente confiada de que su novio jamás la dejaría caer. Su cabello largo colgaba en despeinadas ondas hacia abajo, meciéndose lentamente antes de volver a subir para continuar con aquel meneo de caderas interminable.

—Por lo menos baila mejor que Black, y eso lo agradezco —dijo McGonagall rompiendo el repentino silencio sepulcral que se había instalado entre ellos—. Él está haciendo cualquier cosa menos bachata.

El trio se giró en busca del mencionado.

Cerca al escenario, el millonario se encontraba bailando...

Dejémoslo en que bailaba y punto.

—Ya, Krum, es suficiente, no me sirvas mucho —pidió la mujer mayor sacando a Viktor de sus pensamientos, trayéndolo de regreso al presente—. Me vas a embriagar si sigues llenando mi vaso.

Izvinete —se disculpó retirando la botella avergonzado.

Creyó que nadie lo notaria, pero se equivocó. Harry Potter había girado en su dirección justo en el momento exacto en el que su mirada seria cambiaba a una dolida, delatando sus traicioneros sentimientos amorosos no correspondidos.

El aspirante a detective de Scotland Yard soltó un suspiró desalentador antes de llevarse su propio vaso a los labios y volver su vista hacia las cientos de personas que abarrotaban la pista de baile.

"Pobre, Viktor", pensó aún con el sabor de la cerveza inundando sus sentidos del gusto y olfato.

Harry no conocía a Viktor Krum lo suficiente como para decir en voz alta que eran buenos amigos. De hecho, hasta hace tan solo unos dos meses, ninguno de los dos había compartido una conversación que durara más de cinco minutos o que no involucrara las palabras "Hola", "Competencia", "Hermione" y "Adiós, buen viaje". No obstante, a pesar de su apariencia intimidante y su casi nula habilidad para conversar en inglés, Viktor Krum siempre le pareció un buen sujeto.

Muy contrario a lo que Ron solía pensar después de conocerlo.

El ojiverde no conocía mucho sobre este mundo de bailes y concursos, a las justas era capaz de identificar los nombres de algunos bailarines ingleses que sus amigos solían admirar; sin embargo, el nombre del campeón internacional búlgaro Viktor Krum no pasaba desapercibido en su radar.

Ron lo adoraba.

No dejaba de hablar de él.

Es más, me atrevería a pensar que lo idolatraba.

"Una medalla de plata en el Open de menores en Francia el año pasado y otra aquí en su debut internacional en la liga inglesa. Krum es asombroso. ¡Es un artista!"

Realmente le profesaba una gran admiración. Alababa día y noche tanto sus habilidades como por su carrera. Algo le decía que su amigo deseaba con fervor ser como su ídolo en secreto.

Sus hermanos, los gemelos Fred y George Weasley, tenían una teoría mucho más interesante.

"¿Otra vez estás hablando de tu novio Viktor, Ronnie?

"Vas a aburrir al pobre Harry. Perdónalo, cuando empieza a hablar de él ya no hay quien lo pare".

Es más, a veces solían canturrear una tonta canción por los pasillos solo para molestarlo.

"Viktor, te amooo..."

"Eres mi héroeee..."

"Contigo me voy a casar".

La admiración "secreta" de Ron hacia Viktor Krum se había convertido en una broma interna de la familia que, con el tiempo, había aprendido a disfrutar. Los Weasley solían jugar diciéndole a Hermione que debía cuidarse de Krum o terminaría robándole el novio. De hecho, él mismo le había comentado en más de una ocasión que la única persona por la cual debería sentir celos era Viktor.

La castaña siempre se lo había tomado bien, es decir, ¿cuál era la probabilidad de que eso pasara?

Pues, el destino puede ser algo irónico a veces.

¿Quién habría adivinado que las cosas terminarían siendo al revés?

La primera vez que la pareja Weasley-Granger interactuó con el campeón búlgaro, quedó muy en claro que el extranjero sentía muchísimo más interés por la castaña que por el pelirrojo. Solo le hablaba a ella y, más allá de firmarle un autógrafo a Ron, no había intercambiado palabras con este ni una sola vez.

Los "sentimientos" de Ronald no eran correspondidos con la misma vehemencia con las que él los profesaba.

Aunque era probable que otros sentimientos estuviesen formándose en el corazón del bailarín inglés.

Los celos.

—¿Has visto como le habla? ¿Qué se cree? —le había dicho una vez que estaban viendo al mayor estirar con Hermione en la sala de entrenamientos previo a un evento— Es un pelón odioso.

Era claro que Viktor estaba interesado en Hermione y no se molestaba en disimularlo a pesar de que sabía que ella ya estaba en una relación. La miraba con ojitos de cachorro cada vez que se encontraban, la sacaba a bailar por lo menos tres canciones en cada gala en la que coincidían e, incluso, estaba aprendiendo el idioma para poder tener conversaciones más fluidas con ella.

Y no se trataba de una simple exageración de Ron, el mismo había podido comprobarlo una vez que se encontraron en la final de un concurso en el que él estuvo de espectador.

Viktor Krum vivía y moría por Hermione Granger.

Era una lástima que su amiga fuese demasiado despistada respecto a los aspectos amorosos como para notarlo.

En fin, él nunca intentó nada y eso fue un verdadero alivio pues, en ese entonces, ella estaba con Ron y el que Viktor estuviese rondando seguido alrededor de ella solo hubiese sido un obstáculo para la felicidad de sus amigos.

Aun así, no podía evitar sentir lástima por el pobre bailarín búlgaro. Sabía lo que era tener un amor no correspondido.

No era nada bonito.

Cuando la relación de Hermione y Ron llegó a su fin, Harry pensó que el búlgaro aprovecharía para hacer su movimiento ahora. Ella estaba soltera, él también y, dado que todo había acabado en tan malos términos, nada le impedía a Hermione aceptar al taciturno bailarín.

Pero sí había algo que impedía el inicio de esa historia de amor correspondido:

Un resentimiento tóxico y la añoranza por el pasado que viviría en el corazón de su amiga durante los siguientes casi cuatro años.

A estas alturas, solo le quedaba sentir lástima por el muchacho. En serio parecía una buena persona, pero su amiga tenía que sanar sus propias heridas antes de aventurarse a iniciar cualquier tipo de proyecto o relación a largo plazo.

Los años pasaron, Hermione se recuperó tanto física como emocionalmente —tal vez, más física que emocional—, y ahora, después de muchísimos altibajos, crisis existenciales y procrastinación de por medio, parecía que por fin le había puesto orden a su desorganizada vida. Con 23 años ya cumplidos y las responsabilidades de una adulta independiente sobre sus hombros, su amiga finalmente se enfocaría en lo que realmente había venido a hacer a Londres: retomar su olvidada carrera.

Y puede que también en otras cosas.

O personas.

Volvió a su vista hacia Hermione y Snape. Ellos seguían desplazándose de un lado al otro, dando vueltas en su sitio, fluyendo sensualmente conforme la música inundaba el salón de baile.

Le costaba admitirlo pues tenía una marcada imagen de Severus Snape en su mente —frío, margado y poco amable—, pero pondría las manos al fuego jurando que, de no haber sido por él, su querida amiga probablemente seguiría atrapada en ese hoyo sin fondo que había sido su vida durante los últimos años.

Y era que el profesor de Química había sido un elemento clave en la recuperación emocional de Hermione. Había sido la sacudida que tanto había necesitado, aquel punto de reflexión para tomar impulso y continuar con su vida. Por más increíble que pareciera, el alma fría y hostil de profesor Snape había sido el bálsamo que había ayudado a sanar el alma herida de la bailarina.

O puede que ambos se hubiesen sanado mutuamente.

Sea como sea, se lo agradecía.

Y mucho.

—Gente hermosa de Londres, ¿cómo la están pasando? ¡Quiero escucharlos gritar!

La voz energética de DJ Jacky lo sacó momentáneamente de sus pensamientos. Al frente, los asistentes en la pista de baile aplaudían y vitoreaban el nombre de la DJ a viva voz.

Hermione aplaudía con una gran sonrisa en su rostro colorido y Snape la rodeaba por la espalda, apoyando ambos brazos sobre sus delgados hombros y su mentón sobre su cabeza.

Era extraño, pero se veían bien juntos.

De igual forma, debía acostumbrarse a la idea.

Ahora eran pareja.

—¿Qué les parece si tomamos un descanso de tanta fiesta, eh? —preguntó quitándose los audífonos de los oídos— Una canción lenta para todos los enamorados de esta noche. Disfrútenla.

Una canción lenta y romántica para las parejas enamoradas, ¿en serio?

Últimamente, era como si el universo entero estuviera confabulando a su favor para otorgarles pequeños momentos románticos cualquiera que fuera el tiempo, el lugar, la hora o la situación.

—¿Ya se cansaron? —preguntó McGonagall con las mejillas enrojecidas por el alcohol. Sus ojos verdes se posaron en los recién llegados y puede que una chispa de diversión cruzará por ellos— ¿Tan rápido? Creí que tenía más resistencia, Sr. Longbottom.

—Mis piernas están temblando, profesora —admitió avergonzado mientras retiraba una silla para poder sentarse—. Ya no puedo seguir doblando las rodillas —ella rio—. Además, no creo que esta canción sea apropiada para nosotros. No quisiera meter en problemas a Ginny —añadió mirando en dirección a la pelirroja quien acababa de sentarse junto al ojiverde.

—Tranquilo, Neville —contestó con una sonrisa, rodeando el brazo de Harry con los suyos antes de apoyar su cabeza sobre su hombro como si fuese un gato anaranjado buscando algo de atención—. Harry no es nada celoso, ¿verdad, amor?

Harry sonrió de lado arrugando la nariz antes de negar con la cabeza, mirando divertido a los recién llegados.

—Exacto, qué bueno que lo reconozcas. Deberías aprender más de mí, así no asustarías a la gente —bromeó dándole palmaditas en la cabeza—. Podría enseñarte una o dos cosas.

—Ja, já. Qué gracioso. Dame eso —la pelirroja estiró su mano para alcanzar el cuenco de botanas a medio terminar que yacía olvidado sobre la mesa—. Hmm… No están tan buenos como otras veces.

—Sí, por eso no nos lo hemos acabado.

—Pide otros. Black los paga.

—Oh, también pídeme una botella de agua. ¡Tengo sed!

Los ojos de Harry buscaron a su padrino entre las pocas parejas que quedaban en la pista de baile. Ahí se encontraba, balanceándose de un lado al otro, inclinándose sobre el delgado cuerpo de Luna. A decir verdad, no sabría decir con total exactitud si todavía estaba bailando o no. Más bien, parecía que estaba durmiendo sobre ella, pues estaba recargando todo su peso sobre su delgado cuerpo al punto que la chica movía sus temblorosas piernas con sumo cuidado para no colapsar debido a los casi 80 kilos extra.

"Pobre", pensó chasqueando la lengua. "Le tocó la parte difícil de la noche, pero el lado bueno es que ya no tengo que hacerme cargo del Sirius Black borracho y loco".

—¿Se está quedando dormido mientras baila?

—Es la edad —contestó mirando distraído hacia el mencionado—. Después de los cuarenta, ya no puedes celebrar tu cumpleaños durante tres noches seguidas.

—Y eso que este año ha sido tranquilo —recordó McGonagall—. Al menos esta vez no ha aparecido en las noticias.

—Aún — completaron todos al unísono.

Ya podía imaginarse los titulares de los tabloides de este año.

Mucho papeleo del que encargarse.

—¿Crrreen que la vaya a aplastarrr? —pregunto Viktor ligeramente preocupado al ver cómo la espalda de la rubia se iba curvando cada vez más y más al intentar sujetar al millonario.

—Nah, ella estará bien —calmó Ginny estirándose perezosamente sobre su silla—. Quien creo que necesitará ayuda es Hermione. Snape parece un pulpo con esos brazos toqueteando por todos lados. ¡Já! Quien diría que el tan indiferente Sr. Snape sería peor que un adolescente en pleno ataque hormonal. Por eso siempre digo que hay que cuidarse de los que tienen apariencia tranquila, esos son los peores. Lo sé por experiencia.

Cuando todos se giraron en dirección a la pareja, efectivamente encontraron a Severus "Manos Largas" Snape bailando lentamente junto a la chica de cabellera castaña, deslizando sus manos por todo lo largo de su espalda y otros lugares más.

Pero me parece injusto que solo hablemos de la necesidad de Snape por tocar el cuerpo de su amada. ¿Por qué no mencionar el hecho de que Hermione tampoco se quedaba atrás? La muchacha tenía una mano aferrada a la nuca del profesor mientras que la otra vagaba libre por su pecho, recorriendo con plenitud la tela suave de su camisa oscura.

Sus frentes se juntaban, sus respiraciones se mezclaban y sus caderas seguían meneándose al ritmo lento de la música, desbordando pasión y sensualidad a la vez.

Algo le decía que esto terminaría con resultados sexuales.

Lo entendía.

En serio, los entendía.

Eran una pareja que recién estaban iniciando, que no pudieran quitarse las manos de encima era normal, incluso él mismo se había comportado de esa forma cuando empezó a salir con Ginny.

Pero eso no quería decir que se sintiera cómodo viendo este tipo de situaciones en terceros.

—Deberían conseguirse una habitación... —comentó Ginny cerrando su botella de agua para proceder a limpiarse las gotas restantes de las comisuras de sus labios— o terminaran haciéndolo aquí mismo.

—¡Ginny!

—¡Miss Weasley! ¡Qué barbaridad!

— Oh, ¡mlǎkní! ¡por favor!

—Agh, agh, agh, acabo de tener una imagen mental —exclamó llevándose las manos a la cabeza en un claro gesto de disgusto— ¡Agh ¿En serio tenías que decirlo?

—Sí, Gin, ¿no podías guardarte tu comentario?

—¿Pero acaso estoy mintiendo? ¡Mírenlos! Prácticamente, se están comiendo. Se devoran con la mirada. Desde aquí puedo sentir el fuego que emana de esos dos.

Por enésima vez esa noche, las miradas de esa mesa enfocaron su atención en la pareja cariñosa que se mecía de un lado al otro.

Ginny podría ser exagerada a veces y, probablemente, esta no fuese la excepción, pero sí había una cosa que era cierta: desde ahí, todos podían sentir el fuego que emanaba de esos dos.

Desde la forma en como Snape la sujetaba por el talle hasta la intensidad de la mirada color miel de Hermione, la pareja desprendía chispas de pasión por donde sea que se le mirase. Era como si el mundo a su alrededor hubiese dejado de existir, como si solo fuesen ellos dos en medio de una pista infinita llena de tenues estrellas que iluminaban su camino en la oscuridad de la noche, contando como única compañía a la suave melodía de la canción lenta que DJ Jacky tocaba para ellos.

No había nadie.

No Ginny.

No Harry.

No invitados.

No empleados.

Solo él y ella y una canción lenta.

—Quien diría que esos dos terminarían juntos, ¿verdad? —comentó Neville llevándose unas botanas a la boca— Al principio no podían verse ni en pintura y ahora no pueden dejar de tocarse entre clase y clase. Vaya plot twist.

—Ni me lo diga, Sr. Longbottom. Ya no sé qué decirle a esa niña para que se concentre en lo que realmente importa. Entiendo que esté enamorada, es joven y está llena de ilusiones, pero desde que está de novia, parece que estuviera atrapada en su propio mundo: siempre distraída y perdiendo el tiempo —bufó la mayor llevándose su bebida a la boca—. Estoy considerando seriamente negarle la entrada a Snape por el resto de la temporada. Por su culpa, ella no puede concentrarse y eso está perjudicando a sus sesiones de entrenamiento con Viktor, ¿no es así, querido?

La mujer de mirada gatuna se giró a ver al búlgaro quien todavía se encontraba mirando fijamente en dirección a la pareja Snape-Granger.

Los ojos oscuros de Viktor miraban melancólicos la escena frente a él. No parecía estar dispuesto a perderlos de vista ni por un segundo. Vigilaba todos sus movimientos: sus deslices, sus respiraciones, sus caricias y sonrisas, incluso parecía intentar leer los murmullos románticos que sus labios profesaban el uno al otro.

Harry no estaba seguro de qué era lo que estaba pasando por su cabeza en esos momentos, pero sí tenía una idea de lo que probablemente el campeón estuviese sintiendo.

Dolor.

Desengaño.

Tal vez, celos.

Y, definitivamente, tristeza.

Cualquiera pensaría que, después de casi cuatro años, de tanta distancia, tantos países y tantas personas, sería fácil olvidar a aquel amor de verano con el cual jamás viviste un romance en realidad, pues nunca tuviste el valor de declararte y tampoco estuvo disponible para ti en ese momento.

Pues para Viktor no lo era.

No importa cuántas veces siguiera engañándose a sí mismo negando en voz alta una y otra vez que ya no sentía nada por su compañera de baile actual, su corazón todavía parecía albergar una pequeña esperanza de un posible "tal vez" juntos en algún rincón en lo más profundo.

"Oh, amigo... Lo siento, muy tarde. Mejor suerte para la próxima".

—¿Viktor? —le pasó la voz la mujer escocesa ligeramente preocupada— ¿Todo bien?

Aquella frase pareció sacarlo del trance pues, violentamente, el extranjero volvió al aquí y al ahora.

—¿Ah? Sí, sí, eh, no, eh, eh... ¿What's the question? ¿De qué hablar? Sorry.

Harry volvió la mirada hacia la pareja y se reflexionar en lo siguiente.

Evaluando todo lo dicho anteriormente, el que Hermione estuviera ahora con Snape era la mejor decisión que su amiga pudo haber tomado con respecto a su vida amorosa. El profesor era un adulto responsable que parecía saber lo que quería, que le brindaba una noción de seguridad y estabilidad y, por sobre todo, la apoyaba a seguir sus sueños.

Sabiendo todo eso y el gran efecto positivo que había tenido en su amiga durante estos últimos meses, ¿sería egoísta desear que fuese Viktor y no Snape quien estuviera su lado? ¿Sería de buen amigo querer que la castaña renunciara a Snape para darle una oportunidad a Viktor solo porque él sentía lástima por el bailarín?

Realmente respetaba a Viktor. Él jamás podría hacer todo lo que el campeón búlgaro estaba haciendo por su amiga mientras fingía estar bien ante todos cuando pasaba día y noche viendo a la mujer que amaba ser feliz con otro.

Simplemente no podría ni aunque lo intentara.

No le gustaba meterse en los asuntos de los demás, pero deseaba un buen final para el extranjero, incluso si eso significara volver a casa y dejar a su amiga con tal de cuidar su sanidad emocional.

"Ay, Hermione, qué dilema, qué dilema", pensó dejando escapar un suspiro. "Pero, bueno, no es tu culpa, jamás lo habrías adivinado".

—¿Vamos a bailar, Viktor? —preguntó la pelirroja al notar que la canción había cambiado a una más animada— Has estado sentado casi toda la noche. Ven, vamos a bailar.

—Sí, Viktor, vayan —animó Neville—. Tienes que divertirte.

—Oh, me gustarrría —contestó ligeramente avergonzado—, pero Harry tampoco ha bailado en la ronda anterior. Tal vez, deberrrías bailar con él —sugirió posando sus oscuros ojos en los verdes de él.

Viktor se le quedó mirando expectante y Harry sintió todo el peso de su mirada sobre él. Sus orejas se tiñeron de un intenso color carmesí.

—Eh, no tengo ningún problema con eso.

—¡Glupost! Un novio debe bailarrr con su novia —se negó dibujando una pequeña sonrisa en sus labios—. Vayan.

Harry abrió la boca para protestar, pero Ginny se le adelantó.

—Ya, Harry, no insistas —le cortó—. ¿Qué dices? ¿Vamos a bailar? Esta canción es suave y me gusta. —extendió su mano para entrelazarla con la de él y acariciarla con suavidad— ¿Vamos?

El ojiverde se giró a ver a su novia y le sonrió entrecerrando los ojos tiernamente.

—Vamos... Vas a tener que enseñarme, este baile no lo conozco.

La joven pareja se dirigió a la pista de baile desapareciendo entre las tantas que se sumaban de nuevo a la diversión, dejando solos en la mesa a la profesora y sus dos alumnos.

—Levántese, Sr. Krum —anunció la profesora McGonagall en voz alta luego de unos minutos en silencio.

El mencionado se giró confundido, frunciendo el ceño en todo momento.

—¿Qué?

—Levántese —ordenó poniéndose de pie—. Miss Wealey tiene razón. ¿Cómo es posible que un bailarín profesional haya pasado casi toda la noche sentado? Como su instructora, no puedo permitirlo —la veterana bailarina extendió su mano en su dirección y formuló la tan conocida pregunta— ¿Bailamos, Sr. Krum?

A Viktor le tomó un par de segundos procesar la pregunta antes de esbozar una linda sonrisa en sus labios y tomar la mano de su entrenadora.

—Será un honor, profesora.

Y así, ambos se dirigieron a la pista de baile dispuestos a divertirse por lo que quedaba de la noche.

—Y yo, mientras tanto, me quedó aquí, cuidando sus cosas —comentó Neville para sí mismo, mirando con desanimo hacia adelante, así como yo suelo mirar mi futuro. Aburrido, levantó su vaso en lo alto y esperó que alguno de los empleados atendiera a su llamado—. Camarero, otro, por favor.


HOLA CHIQUIS!

QUÉ TAL? CÓMO ESTÁN? ESPERO QUE MUY BIEN, LOS EXTRAÑÉ MUCHO.

STORYTIME!

BASICAMENTE, ME ENCUENTRO ATRAPADA EN UNA SITUACIÓN MUY INCOMODA AHORA: POR UN DESCUIDO MIO, MI MAMÁ LEYÓ MI FANFIC —ESPECIFICAMENTE, ESTE CAPITULO MIENTRAS LO EDITABA— Y AHORA TODA MI FAMILIA SABE QUE ESCRIBO…

MATENME, POR FAVOR.

DADO QUE MI HERMANO ENCONTRÓ LA HISTORIA EN ESTA PLATAFORMA, NO SÉ SI CREARÉ OTRO PERFIL O SI LE CAMBIARÉ EL TITULO. POR AHORA NO TENGO NADA CLARO, PERO SI NO PASA A MAYORES, SUPONGO QUE TODO SEGUIRÁ TAL Y CÓMO HA ESTADO HASTA AHORA. DE TODAS FORMAS, LES IRÉ AVISANDO SI PASA ALGO.

POR OTRO LADO, HE ACORTADO MUCHAS COSAS QUE QUERÍA PONER EN ESTE CAPITULO —*cof, cof* +18 y dramas familiares *cof, cof*— POR OBVIAS RAZONES, ASÍ QUE SI LO VEN MÁS COMO RELLENO QUE COMO DESARROLLO ES PORQUE, EFECTIVAMENTE, ES MÁS RELLENO XD LA VERDAD POR DELANTE.

TOMENLO COMO UN MOMENTO DE FANSERVICE PARA DELEITAR LA MENTE. POR CIERTO, SI LES GUSTA ESTO, ME PUDEN SUGERIR SITUACIONES PARA VER SI LOS INCLUÍMOS MÁS ADELANTE.

HE ESTADO PASANDO POR UNA ETAPA DE BLOQUEO FUERTE, HAN ESTADO PASANDO MUCHAS COSAS DELICADAS DENTRO DE MI VIDA PERSONAL QUE REALMENTE ME QUITAN LOS ANIMOS DE HACER, LITERALMENTE, CUALQUIER COSA, PERO LE ESTOY ECHANDO GANAS PARA SEGUIRLE Y NO PIENSO ABANDONAR LA HISTORIA ASÍ QUE POR ESO LADO NO DEBEN PREOCUPARSE. TAL VEZ DEMORE, PERO LLEGO.

ESTOY EVALUANDO HACER LOS CAPITULOS MÁS CORTOS PARA QUE SE ME SEA MÁS FÁCIL ACTUALIZAR, AÚN ESTOY REVISANDO ESO ASÍ QUE VEAMOS QUÉ TAL.

PUES, POR LO GENERAL HAGO UN ANALISIS DEL CAP, PERO NO TENGO CABEZA PARA ESO AHORA ASÍ QUE AQUÍ MI MENSAJE FINAL PARA TI:

SEA LO QUE SEA POR LO QUE ESTES PASANDO HOY, SEA UN BUEN O MAL DÍA, TENGAS MUCHA ENERGIA O ESTÉS MUY CANSADO AL IGUAL QUE YO, TE PROMETO QUE TODO VA A MEJORAR, CORAZÓN. VAS A VER ESTAR BIEN. ESE PROYECTO QUE NO LOGRAS CONCRETAR, ESE TRABAJO PENDIENTE, ESE PROBLEMA QUE AÚN TIENES QUE RESOLVER LO VAS A SOLUCIONAR, TE LO PROMETO. RECUERDA QUE ERES LA PERSONA MÁS ASOMBROSA QUE CONOZCO, QUE TIENES UN GUSTO EXQUISITO, QUE ERES GENTIL Y MUY INTELIGENTE, QUE EL MUNDO TIENE MUCHA SUERTE DE TENERTE.

TODAS ESAS METAS QUE QUIERES ALCANZAR LO VAS A LOGRAR, PUEDE QUE DEMORE MUCHO TIEMPO Y TAL VEZ TE FRUSTES AL NO VER LOS RESULTADOS, PERO TE PROMETO QUE TODO TU ESFUERZO SERÁ RECOMPENSANDO. SOLO DEBES SER VALIENTE E INTENTARLO. ¡INTENTANLO, BABY!

ESTE ES TU RECORDATORIO DE HOY. ERES SUFICIENTE, ERES SUFICIENTE Y NO TIENES IDEA DE CUÁN SUFICIENTE ERES. ERES AMADO, ERES QUERIDO Y SI NADIE TE LO HA DICHO HOY, PUES YO LO HARÉ: TE AMO, COSITA LINDA. BRILLAS COMO NADIE.

TE AMO. CUIDATE MUCHO. NOS VEMOS EN LA SIGUIENTE ACTUALIZACIÓN. RECUERDA TOMAR MUCHA AGUA Y DORMIR BIEN.