ADVERTENCIA: Un 1/3 del capítulo es básicamente yo a las 3 a.m. escribiendo tonterías con sueño y quejándome sobre mi vida porque, ya saben, crisis. Me da flojera corregir, borrar todo, reescribir, así que no está editado al 100%. Los siguientes no serán tan reflexivos, lo prometo. ¡Disfruten!
CAPÍTULO 30
Hace mucho tiempo, un día cualquiera del año '77, en un estudio de grabación de la Fania Records en la ciudad de Nueva York, el gran músico panameño Rubén Blades le dijo a su productor, Willie Colón, lo siguiente:
"La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. ¡Ay, Dios!".
Y ninguno de los dos tendría ni idea de cuán impactantes serían esas palabras para las generaciones futuras.
Más allá de convertirse en una de las canciones de salsa más icónicas y revolucionarias de todos los tiempos, uno pensaría que solo se trataba de un enunciado cualquiera, de un coro pegadizo para una buena canción bailable o, tal vez, una buena frase para un tatuaje, pero piénsalo un segundo, ¿de acuerdo? Tómate un segundo para reflexionarlo.
"La vida te da sorpresas... Sorpresas te da la vida".
¡Es sabiduría! ¡Sabiduría pura!
Y un buen juego de palabras, claro está.
Además de la muerte, creo que lo inesperado, aquello que no sabemos que pasara, las "sorpresas" —independientemente de si sean buenas o malas— son lo único que podemos dar por garantizado a lo largo de nuestra existencia en este mundo.
Cuando todos los días parecen previsibles, de pronto surge algo que los hacen cambiar. Aunque te hayas tomado la molestia de planificar exhaustivamente cada pequeño detalle para evitar cualquier percance, siempre existe la posibilidad de que la infalible Ley de Murphy haga acto de presencia y que todo lo que pueda salir mal salga mal.
Y fue exactamente eso lo que le pasó a Severus Snape una tarde cualquiera del año 2016, en un estudio de danza de Earl's Court Road en la ciudad de Londres:
La vida le dio sorpresas, sorpresas le dio la vida.
Jamás, ni en sus más salvajes sueños, habría imaginado que, algún día, su ahijado, Draco Malfoy, estaría de pie frente a él, en medio del salón de baile en el que llevaba casi un año ensayando junto a sus nuevos amigos. Es más, me atrevo a decir que era mucho más fácil convencerlo de la existencia de un dios todopoderoso a que aceptase el que Draco Malfoy estuviese justo ahí, respirando el mismo aire.
Esto no podía ser real.
No podía ser cierto.
¡Simplemente era imposible!
Nadie, absolutamente nadie sabía de la existencia de este lugar. No le había contado a nadie de su ubicación, mucho menos que solía tomar clases ahí tres veces a la semana. Tampoco recordaba que Draco viniera a la ciudad durante los días laborales. El chico tenía clases obligatorias a las que asistir por las tardes casi a diario. Entre sus prácticas profesionales y los cursos electivos, era imposible que tuviera tiempo para estar ahí.
Tal vez estaba alucinando.
Tal vez, estaba sufriendo una crisis nerviosa, un ataque psicótico provocado por el estrés de fin de año.
Eso debía ser, ¡no había otra explicación!
Todo esto era una pesadilla.
¡No podía ser real!
Parpadeó una vez, parpadeó dos veces, parpadeó cuántas veces fuesen necesarias para despertar de aquella alucinación, pero no importaba cuando se esforzara, Draco seguía ahí, de pie, mirándolo atónito como si acabase de ver un verdadero fantasma.
Fue entonces cuando cayó en cuenta de que no era un sueño, que era real, que estaba pasando y que estaba pasando ahora.
Su ahijado estaba ahí.
Su ahijado había descubierto su oscuro secreto.
—¡Señor Snape! ¡Qué barbaridad! —exclamó la profesora McGonagall, trayéndolo de regreso al aquí y al ahora. La mujer tenía una mano en el corazón y una expresión ofuscada en el rostro. Su ceño estaba fruncido, nada bueno si me permiten opinar— Casi me da un infarto.
—Ay, mi corazón —se escuchó suspirar a Luna mientras se tumbaba completamente boca arriba sobre el suelo. Su mano izquierda sobaba su pecho y Neville la observaba con preocupación—. No vuelvan a hacer eso, ¿sí? Por favor.
Los reclamos parecieron surtir efecto en él pues, cual bisagra de pivote, Snape se inclinó hacia adelante de inmediato para recoger el desastre que había provocado con su torpeza. Agradecía para sus adentros que su cabello estuviese lo suficientemente largo como para cubrirle las orejas pues, dado al intenso ardor que sentía en ellas, tenía la certeza de que estaban demasiado rojas como para pasar desapercibidas.
—Lo siento —susurró quedito.
Enfocó sus esfuerzos en recoger las pesas a sus pies. En todo momento, evitó levantar la mirada porque no quería encontrarse con Draco. No se sentía listo ni física ni emocionalmente para hacerle frente a este encuentro.
—Sev, ¿estás bien? —Hermione preguntó preocupada mientras se ponía de cuclillas para ayudarle— Amor, estás pálido. ¿Te pasa algo?
—Estoy bien —sentenció con firmeza, alejándose lo más rápido posible—¿Do-Dónde pongo esto, profesora? ¿Allá?
—Tráelas acá.
La chica lo miró extrañada, mas prefirió no insistir pues no deseaba incomodarlo aún más.
A decir verdad, no entendía nada. Habían estado hablando con total normalidad hasta hace tan solo unos minutos y, ahora, parecía que de pronto hubiese adquirido la peste o alguna enfermedad contagiosa por el estilo. ¡Nunca lo había visto huir tan rápido, en especial de ella! Su tono de voz había cambiado, su estado de ánimo había cambiado, incluso estaba segura que su frecuencia cardíaca había cambiado.
¿Acaso había dicho algo que pudiese molestarlo? ¿Fueron sus malos chistes o el que hubiese preguntado por sus amigos hace un rato mientras buscaban las pesas? Siempre se había mostrado muy reacio a discutir el tema. Desde lo ocurrido en la gala, hablar de sus amigos había sido un completo tabú en la casa. No obstante, sentía que eso no era el verdadero causante de su abrupto cambio de humor.
¿Acaso estaba siendo demasiado molesta en su relación? ¿Estaba siendo muy melosa?
¡Podía ser! Existía la posibilidad.
Últimamente había estado muy pegada a él casi todo el tiempo por lo mismo que ahora, por culpa de su pelea con los Malfoy —la cual, inconscientemente, ella había causado—, toda su vida social se había reducido a ella y a Lamarck. Tal vez ya lo estaba cansando. No era su intensión, solo estaba intentando ser una buena novia. Quería que se sintiera incluido dentro de su grupo de amigos hasta que arreglara las cosas con los suyos. Había mantenido su agenda ocupada todo este último mes. La semana pasada había tenido una sesión de fotos para Lamarck con Luna y mañana cenarían con Harry y Sirius en Grimmauld Place.
Tal vez, debería cancelarles antes de que su pareja se ofuscara aún más. Él no era tan sociable y algo le decía que la idea no le entusiasmaba tanto como a ella.
¡Ay! ¡¿Ahora qué hacía?! No tenía una respuesta para ninguna de sus preguntas. Solo sabía que algo le estaba pasando a Snape. Algo o alguien lo estaba incomodando e iba a averiguarlo.
Incluso cuando no tuviera ni idea de por dónde empezar.
Quien tampoco tenía ni idea de por dónde empezar era Draco.
¿Cómo se suponía que iba a confrontar a su padrino si este lo había ignorado rotundamente desde que entró por esa puerta?
Había imaginado este momento muy diferente en su cabeza. Mientras manejaba por las calles de Londres, Draco se había planteado, por lo menos, unos ocho distintos escenarios de lo que probablemente pasaría cuando se encontrara cara a cara con su ex profesor. Todos terminaban más o menos igual: con él haciéndolo entrar en razón y con Snape abandonado por fin esa locura del baile para volver a su tranquila vida hogareña en Southfields junto a Lamarck y a sus padres.
Sin embargo, nada estaba pasando.
Vaya decepción.
¡Pero no importaba! Él tenía una misión. Había hecho una promesa, un juramente inquebrantable. Tenía deberes sagrados que cumplir y los cumpliría hasta quemar el último de sus cartuchos. Una primera mala impresión no lo iba a detener. Ya estaba cansado de toda esta tontería llena de secretos familiares y dramas innecesarios. Ya tenía suficiente con su propia como para preocuparse por la de los demás.
Iba a ponerle fin a esto de una buena vez por todas.
Envalentonado, dio un paso adelante, aclarándose la garganta para captar su atención.
—O-Oye…—
—Draco —Harry Potter llamó a sus espaldas, todavía detrás del mostrador y con las hojas de inscripción en la mano—, sí vas a querer ver lo de las clases y horarios, ¿verdad? Aquí tengo los formularios.
Draco cerró los ojos y apretó sus labios ahogando un quejido cargado de frustración.
¡Ese enano entrometido! ¿Por qué tenía que hablar justo ahora que ya había reunido el valor necesario para enfrentar a su padrino? ¡¿Qué no se daba cuenta lo mucho que le costaba hacer esto?! ¡Estaba por sufrir una migraña! ¿No podía escoger otro momento para ser más inoportuno? Había estado planeando este enfrentamiento durante casi 24 horas, ¡no tenía tiempo para que un completo desconocido con problemas para contener la risa lo echara a perder!
"Estúpido San Potter"
Sin embargo, por más que quisiera, no podía hacer un espectáculo, al menos no ahí. No era ni el lugar, ni el momento adecuado y dado que estaba en un sitio que no era su elemento, lo más probable es que saliera perdiendo. No quería sonar como un cobarde, pero la maestra McGonagall se veía como una fuerte contrincante a la que no podría vencer. Sonaba como escocesa y era bien sabido que toda pelea contra ellos siempre terminaba en masacre total.
Tampoco podía olvidar a la extraña rubia de ojos raros. Había algo en ella que lo mantenía alerta. Sentía que en cualquier momento terminaría haciéndole un hechizo vudú o algo por el estilo.
No. No era tonto. No iba a arriesgarse.
En su lugar, prefirió respirar profundamente y dar la media vuelta para enfrentar al tal Potter.
Soy perfecto, no me enojo. Soy perfecto, no me enojo. Soy perfecto… No me enojo.
Mientras tanto, por culpa de esa repentina interrupción, los demás habían puesto el ojo en el recién llegado o, al menos, Hermione lo había hecho.
Tal y como venía ocurriendo desde mucho antes que Snape y Neville se convirtiesen en miembros oficiales del estudio, la castaña había activado su radar para detectar acosadores chismosos que solo venían a hacerles perder el tiempo y ya andaba escaneando la zona, decidida a encontrar al nuevo intruso. El muchacho desconocido había activado sus alarmas. Podría parecer inofensivo, pero desde que habían atravesado la puerta, no había hecho otra cosa que no fuese mirar fijamente a su novio, como si de repente a este le hubiese salido una segunda cabeza o un tercer ojo. Parecía que estuviese viendo un espíritu, ¡se había puesto blanco como el papel! Snape también parecía haberse dado cuenta de ello, pues había evitado mirarlo a toda costa, poniendo una segura distancia física entre el extraño y él.
Hermione entrecerró los ojos y se quedó inmóvil observando al rubio hablar con su amigo detrás del mostrador. Se veía inquieto y su pierna izquierda temblaba nerviosa de arriba abajo.
Sospechoso, sin duda.
No quería sonar paranoica, pero había algo en ese chico que le advertía una cosa: ¡peligro!
—Entonces, nada de ballet, ¿verdad? —bromeó el pelinegro, lo cual no fue tan bien recibido por parte de su interlocutor.
—Obviamente.
—Bien, eh, aún tenemos cupos en la clase de salsa por si te interesa —comentó mientras señalaba una tabla con horarios—. Y abriremos un nuevo horario para Hip Hop Adultos después de las vacaciones de fin de año. Será de tres a cuatro. Es una de nuestras clases más populares, ¿sabes? —añadió orgulloso, levantando la mirada para observarlo a través de sus pestañas—. Yo la dicto.
Draco, quien hasta el momento se había mantenido sumamente atento a los movimientos de su ex profesor, se giró de pronto al escuchar el último enunciado del ojiverde. Lo había dicho con tal ilusión que le fue imposible ignorarlo. Parecía algo importante, algo que verdaderamente significaba mucho para él, y, aunque no le interesara en lo más mínimo, sus modales lo obligaban a, por lo menos, aparentar empatía hacía su contemporáneo de cabello alborotado.
Lo escaneó de arriba abajo frunciendo el ceño y masculló un frío y casi imperceptible "enhorabuena" antes de volver a sus asuntos.
—Empezamos en dos minutos, tenemos mucho qué hacer hoy —anunció la profesora captando la atención de sus estudiantes—. Prepárense para el calentamiento. No quiero otro incidente con calambres, por favor.
Todos corrieron al centro de la pista a trompicones y buscaron la postura más cómoda posible para empezar a estirar. Ya conocían de sobra lo terrible que podían llegar a ser los espasmos musculares producidos por culpa de un calentamiento inadecuado y no querían volver a pasar por ello otra vez, en especial, no hoy que tenían planeado pulir los últimos detalles de sus coreografías para la audición al concurso.
—Ya vuelvo —anunció el maestro de Química a la asistente castaña a su lado, quien continuaba aún con la mirada fija en el potencial nuevo miembro del estudio—. Voy al baño.
—¿Ah? ¿Qué? —preguntó confundida, volviendo a la realidad— ¿Snape?
—Profesora, un minuto, voy al sanitario.
—Agh… Está bien, pero no demore. Ya estamos tarde —ordenó.
Hermione se quedó con la palabra en la boca y las pesas en las manos mientras veía al mayor abandonar la habitación a toda velocidad, dejando tras él el sonido ahogado de sus zancadas. Confundida e intrigada, no pudo evitar preguntarse si todo estaría bien.
—Hermione, trae eso para acá y pon la música. Vamos a iniciar.
—Sí, profesora.
Draco sintió su corazón latir aliviado cuando vio a Snape salir del salón. Esta era su oportunidad para confrontarlo lejos de todo ojo u oído que osara espiarlos. No tenía ni idea de cómo saldría eso, pero era ahora o nunca. No quería avergonzarlo frente a todos estos desconocidos, no quería hacerlo sentir mal y empeorar aún más las cosas, pero era su deber hacerlo, por su propio bien.
Además, tampoco quería inscribirse en una clase de baile. No era lo suyo.
—Draco, eh, ¿Draco? —llamó Harry frunciendo el ceño, ya un tanto irritado por el descaro con el que su interlocutor lo ignoraba— ¿Me estás escuchando? ¿Hola?
—¿Dónde está el baño? —bramó golpeando ambas manos sobre el mostrador. Harry pegó un brinco y se alejó lo más que pudo pues, debido al caos de sus pensamientos, el Malfoy no notaba que estaba invadiendo el espacio personal de su interlocutor, inclinándose sobre él, con los ojos tan abiertos que asustaban— ¡El baño!
—Segundo piso, primera puerta a la derecha —chilló señalando hacia algún lugar, asustado.
—Gracias.
Draco salió corriendo del salón como alma que lleva el diablo. Si algo había heredado de sus dos padres —además del dramatismo e interés por los chismes— era ese par de piernas largas que le permitían recorrer grandes distancias en tan poco tiempo. No le tomó ni un chasquido desaparecer de la habitación, unas cinco o seis zancadas y ya estaba casi frente a las escaleras.
Los presentes quedaron aturdidos. Ya habían visto a clientes salir volando de ahí antes, pero ninguno tan rápido como el misterioso Draco Malfoy.
—Voy a suponer que no logró hacer que se inscriba a una clase —comentó en voz alta la profesora, rompiendo finalmente el silencio. Su mirada gatuna todavía se mantenía sobre la salida y sus brazos se apoyaban en sus caderas como las asas de un jarrón—, ¿verdad, Potter?
—¿Qué le dijiste? —preguntó Neville, asomándose por la puerta para revisar si el rubio aún seguía ahí, pero el pasillo estaba desierto— ¿Se asustó con el precio o qué?
—¡No! —exclamó reponiéndose— Ni siquiera llegamos a ver los horarios. No le dije nada, ¡se los juro! —se defendió, mirando con decepción todos los folletos y formularios esparcidos por la mesa—. ¿Por qué nunca puedo lograr que alguien se inscriba a esta clase?
—Es lo mismo que me pregunto todos los días, señor Potter —suspiro la profesora volviendo su mirada a él— Si lo supiera, no tendríamos tantos números rojos en los libros contables.
—¿Acaso es el precio? A mí me parece justo. ¡Los de Murray cobran el doble por una clase!
—¿Creen que estemos haciendo algo mal? —se preguntó en voz alta el joven botánico, volviendo al centro de la pista— Pensé que la nueva publicidad nos ayudaría. Los folletos que hizo Luna están muy bonitos. Si yo los viera por la calle, definitivamente tomaría la clase.
—Gracias, Neville. Eso es muy lindo de tu parte —sonrió la mencionada.
—Creo que nunca tuvo intenciones de tomar una clase con nosotros —interrumpió Hermione, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula apretada. Los demás se le quedaron viendo expectantes, curiosos por conocer sus argumentos para dar tal afirmación—. No lo sé, había algo en él que no me gusta. Siento que no estaba siendo sincero.
—¿A qué te refieres?
—Es que no sé cómo explicarlo —se mordió el labio inferior brevemente, tomando una profunda respiración para ordenar sus ideas y continuar—. Era como si estuviera buscando algo, ¿no lo creen? Como si supiera algo que nosotros no y quisiera ocultarlo. No sé, se veía sospechoso y no confío en él.
—Hermione, tú no confías en nadie nuevo —rio el pelinegro de ojos verdes— Ya, deja de ser tan paranoica.
—Yo también noté algo extraño —declaró Luna con su voz delicada y soñadora de siempre— ¿Creen que haya sido un ladrón o algo así? Miraba mucho hacia Snape. Tal vez quería llevarse su reloj o el estéreo. Estaba junto a él.
Esto llamó la atención de Hermione al instante, pues no pudo evitar sentirse inquieta ante la posibilidad de que esa descabellada teoría fuera cierta.
Un ladrón. ¡¿Un ladrón?! ¡No podían permitirse reponer los destrozos causados por un ladrón! Apenas acababan de pagar la última letra del nuevo sistema de calefacción, ¡no había presupuesto para más gastos inesperados este mes!
—Chicas, chicas, tranquilas. Estudio el comportamiento de los criminales y, créanme, ese chico no era un ladrón, al menos no uno con experiencia o, siquiera, intenciones de robar. No representa ni la más mínima amenaza. Podría inmovilizarlo con un solo movimiento de mi mano —la castaña puso los ojos en blanco y negó con la cabeza, todavía fiel a su concepción del presunto ladrón—. Tal vez solo estaba buscando el baño. Cuando lo encontré, estaba merodeando los salones del segundo piso con una expresión extraña. Se veía nervioso y asustado —añadió con una sonrisa burlona en el rostro—. Creo que no esperaba que lo descubrieran.
—¡Ja! Tal vez tenía una emergencia y se estaba aguantando —rio Neville, contagiando su alegría a los demás, incluida la profesora quien se vio obligada a ocultar su sonrisa con el dorso de su mano derecha—. Seguro estaba demasiado avergonzado como para interrumpirnos.
—Sí, probablemente.
—Es lo más seguro.
—Bueno, basta —pidió la escocesa aplaudiendo con fuerza para ponerle fin a esa conversación—. Independientemente de si nuestro extraño desconocido era un ladrón o simplemente buscaba el baño, nosotros tenemos trabajo que hacer. Tienen que concentrarse en este ensayo. Falta poco más de una semana para las audiciones y no voy a permitir que dejen a mi estudio en ridículo frente a todas esas escuelas. Así que pónganse en sus posiciones y a calentar —la escocesa codeó ligeramente a su joven aprendiz para sacarla de su trance y la alentó a moverse y trabajar—. Adelante, vamos.
—Sí, profesora.
—Ah, y, Potter, por favor, no te olvides de revisar que no falte nada antes de cerrar. No quisiera enterarme que nos volvieron a robar el papel de baño… otra vez.
—Ja, lo haré, profesora.
Y mientras los jóvenes estudiantes de la profesora McGonagall calentaban sus articulaciones para una demandante sesión de ballroom estandar, abajo, en el segundo piso, Draco Malfoy tenía sus propios problemas tratando de localizar el baño.
Lo cual me parece una completa tontería, el edificio no es tan grande.
Eventualmente llegaría a su destino y mantendría la mano en el picaporte por un buen rato antes de abrir la puerta e ingresar. Necesitaba despejar su mente y ordenar sus palabras porque librar una batalla verbal con su padrino nunca era fácil.
El baño de varones era más grande lo que habría imaginado. Desde luego, no era tan grande como él de su antigua escuela, pero tenía dos baños y lavaderos adecuadamente distanciados, lo que de por sí ya era mucho pedir para un edificio tan mal distribuido como ese.
Las losetas blancas —o que alguna vez fueron blancas— reflejaban las luces de los fluorescentes del techo y el espejo rectangular sobre los lavabos, las puertas metálicas de los baños. No encontró nada que indicara la presencia de alguien más en la habitación, ni un sonido ni un par de pies asomándose por debajo de los cubículos. En simples palabras, no había rastros del profesor.
—¿Snape? —llamó empujando una de las puertas con la punta de sus dedos— ¿Snape, estás aquí?
De la nada, un par de manos grandes y frías lo tomaron por el cuello de la camiseta y lo empujaron con violencia dentro del cubículo, estampando su cuerpo contra la pared helada de loseta. El dolor en su espalda producto del golpe fue tan intenso que lo hizo expulsar el aire de sus pulmones en un agudo quejido que resonó por todo el baño. Al abrir los ojos, encontró la figura oscura e intimidante de su padrino a contra luz. Estaba cerca, demasiado cerca. Tenía una expresión amenazante en su rostro, su entrecejo estaba fruncido y mostraba los dientes como un perro rabioso. A decir verdad, le recordaba mucho a las caras que ponía durante sus años escolares.
Sus ojos fríos, aquellos mismos que solían mirarlo con simpatía cuando era niño, ahora desprendían fuego, un fuego abrasador que quemaba todo a su paso.
Era ira, ira de la más genuina.
Enojo.
Rabia.
Snape estaba molesto y que el cielo nos ampare si nos lo encontramos molesto.
Por lo general, nunca termina bien.
—¡¿Qué estás haciendo aquí?! —su voz usualmente sedosa no era más que un murmuro grave y profundo que se colaba por sus oídos con total claridad. Por más que lo tuviera a escasos centímetros de su rostro, Draco podría jurar que no lo había visto mover los labios en ningún momento. Era como si la voz proviniera de algún rincón de su cabeza, como si el hombre hubiera desarrollado el raro don de la telepatía de la noche a la mañana— ¿Qué haces aquí? ¡Responde!
—¿Qué "qué hago aquí"? ¡¿Qué haces tú aquí?! —saliendo del shock inicial, Malfoy frunció el ceño y arrugó su nariz a la vez que se reincorporaba lo más rápido que podía parar soltarse de su agarre— ¿Qué carajos es esto, Snape? ¿Un estudio de baile? ¿En serio? ¡¿Es en serio?! ¿Bailar? ¿Tú? ¡¿Qué demonios pasa contigo?!
—Cuida tu tono —amenazó vocalizando cada sílaba con precisión. Sus manos se ciñeron con más fuerza a su ropa, inmovilizándolo, acorralándolo como un cazador a su presa. La respiración de Draco se aceleró, su pecho subía y bajaba y, aunque se estaba cagando de miedo, dio su mejor esfuerzo para no hacerlo notar—. Recuerda que yo aún sigo siendo tu mayor y, por ende, me debes respeto, mocoso —siseó—. Podré no ser tu sangre, pero soy tu padrino y, más importante, fui tu profesor, así que no voy a permitir que me hables de esa forma como si fuésemos iguales porque no lo somos. No te equivoques.
Pocas habían sido las veces en las que Snape lo había regañado. De hecho, podía contarlas con los dedos de sus manos. Casi nunca le había levantado la voz cuando fue niño, solía controlarlo con la simple mirada. Durante los siete años que había sido su alumno en Hogwarts, sus castigos —los cuales no fueron muchos gracias a su innegable favoritismo— nunca habían sobrepasado los regaños en voz alta y las tardes limpiando salones o áreas comunes.
Sin embargo, esta vez era diferente.
Finalmente lograba comprender por qué sus compañeros le tenían tanto miedo a su ex profesor de Química: la expresión sombría en su rostro, la vena en su cuello a punto de explotar, su voz susurrante que producía escalofríos y su figura imponente que te aislaba del mundo aterraban, causaban verdadero pavor.
Por primera vez en su vida, Draco Malfoy tuvo miedo de Severus Snape, su padrino, su ex profesor, su tío favorito, el hombre que consideraba un segundo padre, su amigo.
Quería llorar.
¡Oh, por Dios! Quería llorar.
Estaba asustado, muy asustado, pero por sobre todas las cosas, estaba dolido, mejor dicho, herido.
Su labio inferior temblaba y los ojos le ardían a causa de su lucha interna por contener las lágrimas. Se le había formado un nudo en la garganta que le impedía emitir sonido alguno. Nunca nadie le había hablado de esa forma antes, ni siquiera su madre. No estaba seguro de si se sentía mal por el regaño en sí o porque este proviniera de Snape, pero lo que sí sabía era que había sido un completo error ir ahí.
Debió quedarse en Oxford.
Fue un error abandonar la residencia universitaria.
Quería llorar, pero no iba a hacerlo. Por más que le doliera la forma en como su padrino le estaba hablando, no iba a llorar. Era un Malfoy y un Malfoy jamás, bajo ninguna circunstancia, permitía que alguien lo hiciera sentir inferior. Su padre estaría decepcionado, su abuelo estaría decepcionado, hasta la pintura de su tatarabuelo estaría decepcionada si lo viera atrapado en tan penosa situación.
Fue por ello que se hizo a un lado tan pronto como sintió al pelinegro aflojar su agarre.
—Suéltame —ordenó, aunque más se asemejaba a una petición—. Ahora.
Sin dejar de fruncir el ceño o apretar los labios, el pelinegro soltó la ropa del menor, retrocediendo un poco para darle espacio. Tomando profundas inhalaciones para calmarse, Draco levantó su mirada gris y la posó fijamente sobre su interlocutor, esperando que este sintiera, por lo menos, algo de culpa por lo que le había hecho.
Se quedaron así durante unos cuantos segundos, enfrascados en una intensa guerra de miradas. Gris contra negro. Resentimiento contra traición.
—Mi padre se enterará de esto —masculló entre dientes, sintiendo su propio enojo recorrer su cuerpo y concentrarse en sus puños apretados—. Te lo prometo.
Snape dejó escapar una pesada exhalación y se llevó una mano a los ojos para masajear la zona con sus dedos índice y pulgar. Tal vez se había excedido. No había querido gritarle, esa jamás fue su intención. Simplemente era que toda la situación lo sobrepasaba. No esperaba que su secreto saliera a la luz tan rápido, en especial, no hoy y, desde luego, no por Draco.
—Hablemos, ¿sí? —pidió retirándose del estrecho cubículo sanitario, pero quedándose en el marco de la puerta para no dejarlo salir aún.
—¡Ah! ¡¿Ahora sí quieres hablar?! Después de casi matarme, ¿eh?
—Perdóname, no debí gritarte.
—¡Así es! No debiste. ¡¿Qué te crees?! —exclamó acomodándose la ropa. Su nariz arrugada le hacía recordar inevitablemente a la de su madre, Narcissa. Probablemente ella hubiese reaccionado de igual manera si estuviese en su lugar—. ¿Qué rayos te pasa? ¿Cuál es tu problema?
—¿Qué estás haciendo aquí, Draco? —cuestionó por segunda vez ignorando sus reclamos— Es jueves. Se supone que deberías estar en la universidad. ¿Qué no son tus finales? Deberías estar estudiando en la biblioteca, no merodeando por lugares que ni conoces.
—Lo mismo puedo decir de ti —le contestó con firmeza—. Es jueves, ¿qué no se supone que deberías estar en sesión con el Dr. Sharpe? —Snape se removió incómodo en su sitio, obviamente desconcertado por la mención de su terapeuta… ex terapeuta— No has estado yendo, ¿verdad?
—Eso no es de tu incumbencia, niño.
—Te seguí —continuó, haciendo caso omiso a sus interrupciones—. Te seguí desde que saliste de Hogwarts y ¡en ningún momento te vi dirigirte a Kensington!
—¡¿Qué tú qué?! —exclamó horrorizado, con la cara desencajada por la confesión— Esto es increíble… ¡Felicitaciones, Draco! Oficialmente te convertiste en un acosador —añadió con sarcasmo—. Felicidades, ya calificas para una orden de restricción.
—Se supone que tienes que ir a tus citas con el psicólogo. Aún no acabas la terapia, no te han dado de alta —acusó levantando un dedo como si regañara a un niño pequeño—. Llamé al consultorio de Sharpe de camino a aquí. Su secretaria me dijo que no has asistido a ninguna de las sesiones desde hace más de un mes, ¡un mes! Me dijo: "Ah, ¿el señor Snape? No, señor Malfoy, lo siento. Él ya no está viniendo. No contesta nuestros mensajes ni devuelve las llamadas, no sabemos nada de él desde octubre. No se ha aparecido por aquí ni su sombra" —el rubio levanto las manos y realizó movimientos bruscos en el aire conforme hablaba. Mientras más se movía, más mareaba al profesor—. ¡Y ya te imaginarás cómo estaba yo! Ahí, todo idiota, sin saber nada de nada, preocupándome por ti, por saber qué pasaba, por cómo estabas y ¿qué me encuentro? Un pigmeo de salud mental dudosa que me dice que mi padrino está tomando clases de baile con un montón de gente joven y… ¿Sirius Black? —sus ojos estaban abiertos como platos y lo observaban con intensidad, la misma intensidad que exhibían su madre o su tía cuando experimentaban uno de sus "ataques" de locura— ¡No lo sé! ¡No entiendo nada! Primero actúas raro, luego te peleas con mamá y ahora desapareces. ¡Necesito que me expliques qué está pasando aquí o voy a enloquecer!
En otras circunstancias, el profesor Snape jamás hubiese permitido que alguien —quien sea— le hablase de esa forma. Es más, en otra situación, ni siquiera se hubiese quedado a escuchar cómo le faltaban el respeto. Se habría ido. Se habría ido sin mirar atrás. Se habría ido teniendo la satisfacción de haberlo humillado, de haberle dejado las palabras en la boca, de haberle ganado.
Sin embargo, no lo hizo.
Y no lo hizo porque se tratara de Draco —bueno, en parte sí— o porque se sintiese culpable de haberlo violentado en el baño como si fuese un matón de colegio de tercer año. Se quedó ahí porque, le gustase o no, el muchacho tenía razón. Odiaba admitirlo, por supuesto que sí, pero de todos los idiomas que existían, Draco había elegido hablar con la verdad y había sido contundente. Ese mocoso rubio al que le había cambiado los pañales cuando niño tenía todo el derecho del mundo a reclamarle por su comportamiento errático de estos últimos meses.
¿Por qué?
Porque estaba en falta con él, con su madre, con su padre y, en general, con la familia que siempre le tendía la mano cuando nadie más lo hacía, la familia que se quedaba cuando todos los demás se iban, la familia que le había ayudado a limpiar su mierda cuando no tenía a quién más recurrir, la familia que, sin esperar nada a cambio, le había abierto las puertas de su hogar, adoptándolo como uno más y otorgándole los hermanos y hermanos que jamás pensó tener.
¡Por Galileo! Incluso tenía sobrinos, sobrinos que lo trataban como un tío y, algunas veces, como un padre.
Seamos honestos. De no ser por ellos, ahora él estaría completamente solo. Ya no tenía parientes vivos. Estaba divorciado, no tenía hijos y su mamá había muerto. Los Malfoy y sus allegados eran lo único que le quedaba, los únicos que sabía que llorarían su muerte cuando el momento llegara.
Amaba a Hermione con locura, ella era aquella pizca de aventura y emoción que llevaba buscando desde hace un tiempo, pero los Malfoy eran la única constante en su vida. Habían estado ahí antes que ella. Habían estado ahí antes que sus amigos en el estudio o en el trabajo, antes que Lamarck y antes que Valerie. En realidad, habían estado ahí antes que todos. Eran su lugar seguro, la casa familiar a la que podía correr a refugiarse cuando todo se ponía feo, aquellos que se encargaban de reparar lo que él echaba todo a perder, el hogar amoroso que nunca había tenido.
Estaba en deuda con ellos y estaba siendo un completo imbécil al alejarse así, sin dar explicación.
—Quiero entender qué está pasando, en serio —las palabras de su ahijado lo trajeron de vuelta a la realidad. Draco todavía seguía en el mismo lugar en donde lo había dejado, inmóvil y con una expresión confusa en sus ojos—, pero no puedo hacerlo si no te comunicas, si sigues desapareciendo sin dar explicaciones, si sigues ocultando cosas. Snape, te conozco desde que tengo memoria, somos familia. Puedes hablar conmigo, puedes confiar en mí.
El pelinegro se pasó una mano por el cabello y cerró los ojos soltando un bufido. Se deslizó suavemente para salir del cubículo y se quedó en el centro del cuarto mientras Draco se quedaba atrás, siempre cauteloso, siempre procurando mantener una distancia segura entre su persona y su ex profesor.
—Es complicado. No lo entenderías.
—Y ¿por qué no me dejas intentarlo? Nunca lo sabremos si no me dejas intentar, ¿no crees? —cuestionó dando un paso hacia él— ¿Qué es eso tan complicado que no puedes decir? ¿Qué es tan terrible como para hacerte pelear con mamá? ¿Acaso te estás muriendo o qué?
Snape tomó una profunda respiración y se mordió el interior de las mejillas.
¿Cómo se suponía que le explicaría los acontecimientos de casi todo un año en apenas un par de minutos? ¿Con una presentación PowerPoint? ¡Era una tontería! Un completo caso perdido.
Tal vez si fuese otra la persona que tuviese al frente, las cosas serían diferentes…
Tenía todo un discurso preparado para Lucius y Narcissa para cuando llegara el día de tener esa conversación, pero en el caso de Draco, estaba completamente desprevenido. Sin duda sería mucho más fácil explicarle que había llegado a la edad en donde necesitaba salir de la rutina y probar cosas nuevas, hacer nuevos amigos, vivir nuevas experiencias y, tal vez, darse una nueva oportunidad para rehacer su vida amorosa. A diferencia de sus padres, él era más abierto a los cambios, entendía mucho mejor esas cosas de la inteligencia emocional y otras tonterías de las que hablaban los jóvenes de su generación.
Lo que no sería fácil sería hacerle entender que había encontrado el amor en una joven bailarina de ballroom de su misma edad.
Ya podía escucharlo decir: "¡¿Estás bromeando?! ¡Podría ser mi prima!"
—Por qué no mejor empezamos por algo más fácil, ¿te parece? —irrumpió sus pensamientos, acortando tímidamente la distancia entre los dos. Snape asintió luego de unos segundos— ¿Qué es este lugar? Y no digas "un estudio de baile" porque ya me di cuenta —ambos esbozaron un par de sonrisas nerviosas—. ¿Cómo es que terminaste aquí? No recuerdo que te gustara bailar… o la actividad física en general. Ni siquiera eres capaz de correr para tomar el metro y eso viajas en él todos los días.
El cambio de preguntar lo hizo sentir aliviado. No podía darle una respuesta apropiada ahora para la primera pregunta, pero sí podía contestar a esta. Más calmado y con menos peso sobre sus hombros, Snape se mostró abierto a continuar dialogando.
—Es una larga historia, pero para ser breves, me inscribí a una clase de baile de salón y ahora participaré en un concurso contra todas las escuelas de baile de salón en Londres —Snape caminó lentamente hasta los lavabos y apoyó su cuerpo en la fría superficie de loseta, usándolo como soporte para descansar un rato—. La audición es la semana que viene. Me duelen los pies de tanto practicar, pero todos están dando lo mejor de sí para que la presentación salga bien así que no me quiero quedar atrás… Este concurso significa mucho para los que trabajan aquí. No quisiera defraudarlos.
Draco levantó las cejas, sorprendido. Apretó sus labios en una delgada línea mientras asentía con la cabeza, probablemente procesando esta nueva información que, aunque no lo pareciera, ataba muchos cabos sueltos y aclaraba aquellas dudas que habían rondado por su cabeza desde hace semanas. No era la respuesta que hubiese esperado, pero sin duda era mucho mejor que las teorías paranoicas de Pansy y su madre.
Por lo menos estás venían de una fuente fidedigna.
Snape aguardó por su respuesta y la espera le pareció interminable.
—Wow —exclamó finalmente.
Snape enarcó una ceja y contestó.
—¿"Wow"? ¿Eso es todo lo que dirás?
—Pues, no lo sé. No es tan terrible como pensé que sería —admitió esbozando una sonrisa que Snape interpretó como una buena señal—. Cuando dijiste que era complicado, pensé que te referías a un laboratorio de metanfetamina oculto tras la fachada de un salón de baile, no esto —Snape dejó escapar un extraño sonido que, si bien no podía calificarse como "risa", estoy segura de que esa era su intención—. Para ser franco, de todas las respuestas que esperaba, esta es la más rara de todas, pero también la que más alivio y risa me causa.
—Ah, ¿sí?
—¡Por supuesto! —exclamó apoyándose a su lado, también sobre los lavabos— Aunque no entiendo por qué tanto misterio —rio—. No estás haciendo nada malo, solo estás aprendiendo a bailar. Digo, no es como que estuvieses robando autos o secuestrando menores.
Algo le decía que cambiaría de opinión con respecto a eso último si supiera la edad de Hermione.
—Padrino, perdóname la sinceridad, pero no estás haciendo nada que valga la pena preocupar a media familia. ¿Tienes idea de cómo se pone mamá cada vez que mencionan tu nombre? ¡Y ni hablar de papá! Se pasa las tardes suspirando y diciendo en voz alta que está de luto por la súbita "desaparición" de su mejor amigo quien, en vida, fuiste tú —el pelinegro no pudo evitar sentir cierta presión en su pecho, justo en la zona donde se encontraba el corazón. Supuso que sus amigos tampoco debían estar pasándolo muy bien, en especial Lucius. El hombre siempre había sido un sentimental y eso parecía ir empeorando con la edad—. Todos están muy desconcertados con esto, incluso Pansy está considerando venir a ver qué pasaba. Le preocupas mucho… Lo sabes, ¿verdad?
Pansy, Pansy, oh, dulce Pansy. La pequeña y testaruda Pansy. La hija de ojos tristes de la difunta Genevieve, la niña olvidada de Perseus Parkinson. Pansy, su sobrina Pansy Pats.
Sería un mentiroso si dijera que quería a todos sus sobrinos por igual. Todos conocían de sobra su favoritismo por el único hijo de los Malfoy, su ahijado Draco, pero pocos sabían de su preferencia por Pansy Parkison, la más independiente de todos sus sobrinos.
Era cierto que ella no solía ser muy apegada a él cuando era niña. Realmente, no recordaba haber tenido un trato familiar con ella durante sus primeros diez años de vida. No era más que su tío Snape, aquel pariente lejano que veía siempre, pero con quien nunca hablaba. Fue en Hogwarts que recién empezaron a construir un vínculo más estrecho: primero como profesor alumna, luego como padre e hija.
No fue fácil, por supuesto que no. El haber pasado tantos años al cuidado de Bellatrix provocó que la niña adquiriera ciertos rasgos poco agradables como su exagerado dramatismo, su desatino a la hora de hablar o su gran complejo de superioridad, pero dejando de lado esos defectos, encontraba en Pansy una pequeña versión femenina de sí mismo: alguien académicamente brillante, que se esforzaba demasiado por encajar en su círculo social y que, sobre todo, todavía luchaba contra todos aquellos traumas infantiles que sus respectivas familias les habían dejado.
Fue sencillo identificarse con ella y, probablemente, también lo fue para Pansy.
A la fecha, la Parkinson era la más apegada de sus sobrinos solo después de Draco. No tenía hijos, pero ellos dos eran lo más parecido y, así como Draco se preocupaba por él, Pansy se preocupaba el doble, no importara cuál fuese la situación. Si tenía que ver con Snape, probablemente ella estaría ahí detrás preguntando qué pasaba y cómo podía ayudar, celándolo —digo, cuidándolo— de todos aquellos que se le acercaran con dobles intenciones, velando por su salud física y mental.
En otras palabras, una mini Narcissa.
Y no es que lo hiciera por molestar, claro que no. Simplemente esa era su forma de ser y no se quejaba del todo de eso. Le gustaba tener a alguien que se preocupara por él, pero agradecía que no fuera su verdadera hija porque sería imposible sobrevivir a tanta intensidad. Desde ya compadecía al pobre infeliz que tuviera que aguantar ser el objeto de sus tiernos afectos, tendría mucha suerte si sobrevivía a tales celos.
—Lo sé —susurró después de reflexionarlo unos segundos—. No fue mi intención preocupar a nadie, en serio.
—Sí, ya sé que no, pero eso no quita el hecho que nos preocuparas —contestó el muchacho pasando una mano por su cabello, el cual se había despeinado por culpa del altercado—. Primero nos mientes durante meses, luego desapareces y ahora te peleas con mamá. Es difícil intentar seguirte el paso, en especial después de todo lo que ha pasado este año.
No tenía ni que decirlo. Había sido un año horrendo en muchos aspectos, pero también uno estupendamente bueno en otros sentidos. Si bien algunas experiencias fueron y seguían dolorosas, sentía que había ganado mucho más de lo que había perdido.
—Estaba algo avergonzado supongo —el profesor admitió soltando un suspiro largo, de esos que expulsan hasta el alma. Draco lo observó curioso esperando que continuara—. Yo no hago estas cosas. No bailo, no hago ejercicio, no hago viajes improvisados ni me salgo de la rutina. No soy alguien "espontáneo".
—Confirmo, no lo eres.
—Nunca hago nada nuevo y creo que estaba tan acostumbrado a mi zona de confort que, de un momento a otro, me resultó demasiado aburrido estar, pues, conmigo —explicó mirando hacia abajo, a sus zapatos oscuros que contrastaban con las losetas blanquecinas del suelo—. Todo era lo mismo, todo el tiempo: la misma casa, los mismos muebles, los mismos lugares, las mismas actividades, los mismos rostros, las mismas personas. La misma aburrida e insoportable rutina todos los días —lamentó—. No significaba que ya no disfrutara pasar tiempo con tus padres o tus tíos o que estuviera quejándome de mi vida. Me divierto con ustedes y, para ser francos, no vivo mal. Tengo una casa propia, un trabajo decente con un buen seguro y un excelente plan de jubilación, ahora tengo un perro… No vivo mal.
—¿Pero…? —lo alentó el rubio luego de unos segundos, al ver que la idea se quedaba en el aire— Siento que viene un "pero". "No vivo mal, pero…"
—Pero faltaba algo —susurró quedito—. No sabía qué era, pero sí qué faltaba algo. Cuando te haces viejo y llegas a cierta edad en donde ya "alcanzaste" esas metas que te impone la sociedad, ya sabes, la casa, el trabajo, la familia, todas esas cosas, cuando llegas a una edad en donde ya tienes todo eso y cumpliste con lo que la gente esperaba de ti, te empiezas a cuestionar si eso es todo, si se acabó. Si esa rutina, esa estabilidad, todo eso que has construido, será todo lo que te esperará a partir de este momento hasta el día en que, pues, mueras.
Admitirlo fue liberador, pero implicó derribar muros emocionales que lo protegieron durante tantos años y quedar expuesto a sea cual fuese la opinión de Draco.
Por su parte, solo podía esperar lo mejor.
—Y no tienes idea de lo aterradora que me apareció la idea —retomó enderezándose para sentirse un poco más confiado—. Después de trabajar tantos años, ¿eso sería todo? ¿así es como sería mi vida a partir de ahora? ¿Tomar el tren todas las mañanas, dictar clases a mocosos que cada año se vuelven más idiotas, corregir interminables exámenes pretendiendo que algún día desaparecerán del escritorio, volver a tomar el tren, llegar a casa y esperar a que sea el siguiente día para volver a tomar el tren y repetir lo mismo una y otra y otra vez? ¿Rogar todos los días que fuese el fin de semana solo para no hacer nada y luego volver a empezar? ¿Y qué pasaría cuando me jubilara? ¡¿Qué iba a hacer?! ¿Quedarme solo en una casa que es innecesariamente grande a esperar que se hiciera de noche para repetir todo al día siguiente? —cerró los ojos y se llevó una mano al puente de la nariz— Tal vez estaba siendo muy fatalista o tal vez no, pero el solo pensar que eso sería mi vida me aterraba. No tienes idea del pánico que sentía cada noche cuando esos pensamientos me invadían y no me dejaban dormir. ¡Sentía que el pecho se me cerraba y no podía respirar!
Draco tragó saliva sin dejar de mirar a su interlocutor. Jamás habría imaginado su padrino sentiría a los 40 los mismos miedos que alguna vez él experimentó al llegar a sus 20. Entendía perfectamente la sensación espantosa de no tener ni la más puta idea de lo qué pasaría con tu futuro. Es decir, sí sabía qué tenía qué hacer, vivía en sociedad, existía todo un sistema socioeconómico establecido que te indicaba los pasos que debías seguir para tener un futuro "exitoso": estudiar mucho, graduarte, trabajar y establecerte, casarte, tener hijos, educarlos, trabajar hasta quemar todos tus años laborales y jubilarte a disfrutar de tus nietos.
Era sencillo en la teoría, pero en la práctica… esa era una historia muy diferente.
Nadie nunca te dice que, cuando llegues a los 20 y estés a punto de salir al mundo laboral después de haberte quemado las pestañas estudiando cinco, seis, siete o diez años, te darás cuenta de que no sabes absolutamente nada de la vida adulta.
Entenderás muy tarde que te mataste día y noche intentando sacar las mejores notas posibles, creyendo ingenuamente que tu éxito sería proporcional a tus calificaciones, cuando lo que en realidad debiste priorizar era la construcción de una red de contactos que, en el futuro, te ayudarían a encontrar un buen trabajo porque sí, las empresas quieren gente profesional, pero "con experiencia". ¿Cómo carajos voy a tener experiencia si acabo de terminar mis estudios? Pues, no lo sé, ese no es mi problema. Tu currículo vacío de recién egresado está muy bonito con esa plantilla, pero no me sirve. Gracias por venir, nosotros te llamamos. ¡Siguiente!
Te preguntarás qué será de ti ahora y qué harás con tu futuro. Verás que todos a tu alrededor parece irles mejor que a ti. Algunos ya terminaron sus prácticas, otros acaban de conseguir trabajo; algunos empezarán sus propios negocios y puede que muchos ni siquiera ejerzan lo que estudiaron, pero se ven fabulosos y todo parece irles como viento en popa. Te empezarán a comparar con ellos e inevitablemente tú mismo también lo harás. Comenzarás a sentir la presión de tu familia y de la sociedad cada vez que te pregunten: "Bueno, ya acabaste. ¿Y ahora qué? ¿Qué piensas hacer? ¿Cuáles son los planes?". Y te sentirás como una mierda cuando te digan: "Tienes que echarle ganas, nomás. Debes tocar puertas, mandar tu CV. No pierdas el tiempo. Lo bueno es que tienes una carrera, algo saldrá pronto".
Y te sentirás culpable porque no sabrás cómo decirles que ya no basta con solo tener el título... o que ya perdiste el tiempo, tiempo que no va a volver.
Y eso que solo hablamos de lo académico y laboral. Todavía te falta experimentar la magia de las crisis financieras y de identidad, las relaciones fallidas, la devastadora sensación de soledad, los falsos amigos, el estrés y otras enfermedades mentales, las crisis familiares y sociales, el sistema corrupto impidiéndote progresar y, en fin, un sinfín de cosas más que vienen en el paquete de adulto independiente, pero que nadie nunca advierte.
Empezarás a cuestionarte todo: desde qué estás haciendo con tu vida hasta quién eres y si realmente vale la pena seguir intentándolo.
Nadie te hablará nunca de esa "bonita" etapa de tu vida llamada crisis existencial y tampoco te notificarán que será la primera de muchas crisis que tendrás a lo largo de tu existencia. Nadie te comentará de todas las noches que pasarás despierto por culpa del insomnio, preguntándote si hiciste las cosas bien, si no la cagaste al tomar las decisiones que te llevaron hasta ahí en primer lugar, si no te equivocaste al hacer esto y no aquello y así hasta que eventualmente todo pase y termines acomodando tu vida, pretendiendo que tienes el control aun cuando ni siquiera sepas cómo fue que llegaste a ahí.
Con algo de suerte, tendrás un trabajo que logré cubrir con el costo de tus necesidades básicas y tal vez un poco más. Si eres afortunado, te gustará lo que haces y te sentirás bien haciéndolo, te motivarás a levantarte todas las mañanas para continuar con tus proyectos y conseguirás un ascenso, tal vez un mejor puesto con buenos beneficios y una linda oficina. Y si no, bueno, solo son 25 años de arduo trabajo hasta que puedas exigir tu pensión de jubilación.
La vida debería venir con un manual de instrucciones, uno bien detallado para evitar todo eso.
Si a veces él —que tenía mejores oportunidades, juventud y un futuro asegurado gracias a los beneficios que su noble cuna le ofrecía— se sentía atrapado en una constante crisis de monotonía, no quería ni imaginarse lo que debía sentir Snape. A diferencia de él, el panorama de su padrino no era alentador. Draco recién iniciaba la vida adulta, aún tenía que superar muchas pruebas que podrían llevarlo por un rumbo distinto. En cambio, Snape ya estaba llegando a la meta. Una vez que terminara la carrera, ¿qué seguía?
Nadie te dice que hay después de el "Y vivieron felices para siempre".
¿Qué pasaría cuando llegara ahí? ¿Qué seguía? ¿Qué procedía? ¿Quedarse atrapado en la misma rutina hasta que su corazón dejara de latir? ¿Eso era todo? ¿Tanto correr, tanto esfuerzo, tanto trabajo, para eso?
Vaya futuro.
—Suena espantoso —comentó luego de un rato, sintiéndose tan desalentado como el pelinegro en un principio—. Para ser sincero, aterrador. Pensaba que era un miedo propio de mi edad o algo así, pero ya veo que no... No creí que te sintieras así… Lo siento.
Snape asintió cabizbajo mientras dejaba escapar un largo suspiro por la nariz. Se humedeció los labios y jugó con sus dedos sobre el lavabo mientras meditaba un poco en sus siguientes palabras.
—Después del divorcio y que tu tía me dejara —reanudó—, yo estaba dispuesto a aceptar que lo que seguiría para mí a partir de ese momento sería una vida simple. Una vida tranquila, trabajando, tal vez investigando, esas cosas. No aspiraba a nada más. Ya tengo 42, las rodillas me duelen, no entiendo cómo funciona la mayor parte de las cosas y sin duda mi paciencia se agota… El mundo necesita gente joven, no viejos como yo.
—No digas tonterías, aún hay mucho que puedes hacer —replicó el rubio—. No creas eso.
—Pues lo pensé por mucho tiempo y supongo que eventualmente lo terminé creyendo… pero entonces, un día, algo cambió. Fue casi como si hubiese caído del cielo, bueno, no, ya sabes que no creo en esas cosas, pero lo sentí así, como si el destino me estuviera enviando una señal —Draco sonrió con suavidad al notar el brillo juguetón en los ojos oscuros de su mentor. Estaba hipnotizado por ellos. Muy pocas fueron las veces que lo vio emocionarse al contar algo y verlo como un niño pequeño narrando una gran aventura le conmovió el corazón—. Fue en el metro. Una escuela de baile estaba haciendo una presentación y me quedé a observarlos. No sé cómo describir lo que vi. Fue como si de pronto todo hubiese cobrado vida, como si los colores se intensificaran y mis sentidos se agudizarán. La gente se detenía solo para ver cómo esos bailarines cobraban vida al ritmo de la música. Sus movimientos eran delicados y elegantes, parecía que flotaban en el aire. Fue hermoso… Recuerdo que mi corazón latía emocionado de solo verlos, como si quisiera escapar de mi pecho —sonrió tímidamente ante el recuerdo y sus orejas enrojecieron—. Una joven bailarina se acercó a mí. Me sonrió y me invitó a bailar. Nunca me había sentido tan vivo como hasta ese momento, ahí, rodeado de desconocidos, bailando tan descoordinado de la mano de profesionales que de seguro lo encontraron gracioso. Cuando acabó, me entregó un folleto y me dijo que me esperaba ver en clases.
—Y supongo que fue así como llegaste aquí, ¿cierto?
—No fue fácil, demoré un buen tiempo, pero sí —admitió encogiéndose de hombros—. No pensaba venir en realidad. El baile no lo es mío, mucho menos la interacción social y el baile de salón requiere de ambas, pero pensé: "¿Y por qué no?". Ya estaba teniendo ciertos cambios en mi vida. Es decir, acababa de adoptar un perro, me había convertido en "papá". ¿En qué afectaría un cambio más?
—Que más daba, ¿no?
—Exacto, qué más daba. Solo sería una hora y media y no tenía que volver si no me gustaba, así que me armé de valor y me inscribí a una clase. Admito que estaba muy nervioso. Me sentí demasiado abrumado, fue muy extraño salir de mi zona de confort y, por un momento, quise salir corriendo y nunca volver, pero solo era una hora y media. Quería sobrevivir y decir que lo había logrado, que por fin me había atrevido a probar algo nuevo… Me terminé quedando casi todo el año —se giró a ver al menor y, con voz sincera, dijo—. Y fue la mejor decisión que tomé en mi vida. Todo cambió. Deje de sentirme como un idiota, ya no me costaba levantarme de la cama, mi autoestima mejoró notablemente e incluso esperaba ansioso los días que teníamos ensayo solo para ver a mis compañeros. Hice muy buenos amigos que cambiaron mi forma de ver las cosas, de percibir mi estado actual. Ahora me siento mejor conmigo mismo, con mi cuerpo, con mi imagen, con mi salud… hasta me abrí a la posibilidad de intentar construir algo duradero con alguien otra vez. Algo serio y sano que puede o no funcionar, pero por lo que estoy dispuesto a pelear… —la voz le tembló ligeramente con esta última confesión. Estaba nervioso por ser tan sincero, pero no se iba a echar para atrás porque esto era importante y Draco tenía que saberlo tarde o temprano y prefería que se enterara por su misma boca—. La verdad es que no cambiaría nada de lo que ha pasado este último año, ni siquiera las cosas malas. Me han hecho crecer y, de una u otra forma, me han conducido a este punto de mi vida en donde puedo decir que me siento feliz… que soy feliz.
¿Alguna vez has sentido que tu corazón se estremece porque aquella persona que tanto quieres y aprecias finalmente es feliz? Si es así, entonces conoces perfectamente lo que sintió Draco al escuchar tales palabras cargadas de tanta ilusión.
No podía evitar sentirse feliz por él. Desde el divorcio —e incluso, tal vez, desde antes—, Snape no había sido el mismo hombre que había conocido cuando niño. Los últimos años de su matrimonio lo habían transformado en un hombre sin voluntad que se dejaba arrastrar por la corriente, una carcasa vacía de lo que alguna vez fue. Ni hablar de cuando se separó. Hasta sus propios padres admitían que a veces era incómodo planear actividades juntos pues volvía a ser la tercera rueda de la bicicleta y era evidente que eso lo hacía sentir mal. Sin embargo, ahora, era como ver a una persona completamente diferente, una llena de vida, revitalizada, con nuevas metas y formas de ver la vida, abierto a los cambios y optimista con su futuro.
Realmente estaba muy feliz por él.
—No sabes cuánto me alegra oir eso por fin —murmuró estirando su mano para tocar su hombro en señal de apoyo—. Aunque pudiste decírmelo desde un principio y así nos habríamos ahorrar tantos malentendidos. Sabes que puedes confiar en mí. ¿Recuerdas? Si saltas, yo salto.
Snape esbozó una pequeña sonrisa de medio lado. Por momentos, Draco le recordaba tanto a Lucius: ambos eran tontos sentimentales.
—No sabía si podrías soportar...—
—¿Soportarlo? Ay, ¡debes estar bromeando! Snape, sí eres consciente de quienes son mis padres, ¿verdad? Mi mamá es una… ¡Agh! ¡Una desquiciada mandamás obsesionada con el control y nula tolerancia a la frustración! —explotó llevándose las manos a la cabeza—. La amo, la adoro, daría mi vida por ella, sabes que sí, pero es que a veces es… demasiado. Este último mes ha estado ¡insoportable! Ni siquiera Charles y Bárbara la soportan y eso que ¡ella les paga para que lo hagan! No quiero echarle la culpa de todo a la menopausia, pero… estoy tentado a hacerlo —masculló entredientes—. Y mi padre pues…
—Él es un caso perdido —bromeó.
—¡Ni me lo menciones! —se lamentó llevándose una mano a la sien— ¡Toda la situación me parece ridícula! Soy la única persona en todo el mundo que tiene un padre cuya crisis de mediana edad se resume en aprender repostería y malgastar mi herencia en un negocio de pasteles cuando ni siquiera es capaz de hacer un soufflé sin que este se desinfle. ¡Y el terco no quiere aceptar que no sabe hornear! —Snape lo observó quejarse en silencio. En el fondo, solo quería burlarse— Mi herencia…
—Lamentable… —le siguió la corriente.
—Sabes, estaba preparado para otro tipo de cosas. Estaba listo para, no sé, un innecesariamente costoso auto deportivo nuevo, una motocicleta que solo manejaría una o dos veces, malas inversiones, apuestas arriesgadas, un cambio de look radical que me provocara cringe, ¡incluso estaba mentalmente preparado para cuando apareciera la joven amante de otro país! Blaise, Theo, Gregory, Pansy, hasta Delphini, todos ellos han pasado por algo así con sus padres. No tengo que explicártelo, ¡estuviste ahí! —eso era cierto. Las crisis de mediana edad de sus amigos fueron…. memorables—. Tenía los consejos, tenía las soluciones, sabía qué hacer, pero ¡no! Al gran Lucius Malfoy se le ocurrió ser "único y diferente".
Snape enarcó una ceja y preguntó confundido— ¿No deberías estar agradecido de que no apareciera la joven amante extranjera? Digo, tu madre lo estaría… y la Junta General de Accionistas de MALFOY CO.
—Pues sí, no me emociona la idea de sacar a mamá de la cárcel o sepultar a mi padre, pero habría agradecido que al menos uno de ellos se ciñera a lo "normal", así no me sentiría tan perdido.
Snape frunció el ceño y miró hacia adelante, tratando de procesar esas últimas declaraciones.
—Tú hablas porque tienes boca, ¿verdad?
Luego de un incómodo silencio en el que ninguno de los dos sabía cómo sentirse respecto al otro, la quietud del ambiente se vio interrumpida por un par de risas nerviosas que poco a poco se convirtieron en unas auténticas. La acústica de la habitación provocó que estas rebotaran por todos lados, produciendo cierto eco que se extendió por fuera del baño, llamando la atención de una joven asistente castaña que había bajado al segundo piso, preocupada por la ausencia prolongada de su alumno.
"¿Qué tanto hace ahí adentro?", se preguntó mientras se acercaba con cautela al baño de varones para pegar su oreja a la puerta. "¿Está hablando solo?"
—Sabes, cuando te pedí que tuvieras una crisis de mediana edad "normal", como la de todos los adultos, esperaba que, no sé, aparecieras con una novia un par de años menor —comentó el rubio una vez que las risas cesaron. Ahora que el ambiente era más ligero y Snape se mostraba abierto a tener una conversación más profunda, pensó que sería una buena idea sacar a relucir el tema de su nueva pareja. Solo tenía que ser cuidadoso con sus palabras—. No sé, pensé que al final te animarías a pedirle una cita a la profesora Sinistra o algo así —rio—. En el mejor de los casos, a Madame Rosmerta.
—¿Qué? —preguntó el mayor, confundido.
—Bueno, ya que no te gustó ninguna de las opciones que te hemos ofrecido por años, pensé que te sentirías más cómodo con alguien que ya conocías —se explicó el ojigris—. No me quejo si empiezas a salir con Madame Rosmerta, ¿sabes? Es sexy para su edad y podría tener cerveza de mantequilla gratis de por vida… Es ganar-ganar.
"¿Quién carajos es Madame Rosmerta?", se preguntó Hermione intrigada mientras fruncía el ceño y apretaba el picaporte con fuerza. "¿Con quién está hablando Snape?"
—No, no, no —lo interrumpió el profesor, poniéndose tenso—. Me refiero a por qué el tema. ¿Por qué ese repentino interés en mi vida amorosa otra vez?
Draco se hizo pequeño al percibir el cambio de actitud abrupto de su padrino. Las sonrisas tímidas habían desaparecido y otra vez era aquel hombre gruñón y desconfiado que siempre había sido. Se había dado cuenta, ¡maldita sea! Intentar abordar el tema ahora había sido una decisión estúpida y arriesgada de su parte. No solo había echado a perder todo su progreso, sino que también había hecho enojar a Snape.
Está bien, está bien, pensó. No hay por qué entrar en pánico, puedes salir de esta si usas la cabeza. Solo… juega bien sus cartas.
—¿De qué hablas?
—Otra vez estás haciendo suposiciones sobre mi vida sentimental —anunció parándose erguido—. ¿Hay algo que quieras preguntarme, Draco? Porque algo me dice que no te tomaste la molestia de seguirme hasta aquí solo para preguntar por mi nuevo pasatiempo o hablar de mi altercado con tu madre.
"¿Su madre?", murmuró Hermione para sí misma, curiosa, pero a la vez, preocupada. "¿Estará hablando de mi suegra que en paz descanse?"
¡Demonios!, lamentó Draco sintiéndose acorralado otra vez. ¡Qué terrible desventaja era tener de padrino a sujeto tan paranoico como Snape! Pero eso no importaba, todavía tenía un escape. Siempre podía aplicar la infalible estrategia de sus padres para cuando todo salía mal: negarlo hasta la muerte.
—¡¿Qué?! ¡No! ¿De qué hablas? —añadió rápidamente— Yo solo estaba preguntando porque habías mencionado algo sobre una joven amante extranjera.
—Ese fuiste tú.
—No, claro que no. ¡Fuiste tú! ¿Qué no te acuerdas? Dijiste que querías construir algo serio con alguien, algo así —acusó señalándolo con el dedo índice mientras que, mentalmente, batallaba por encontrar algo que pudiera salvarlo—. A-Además, creo que una vez hablamos de esto. Sí, ahora que recuerdo, sí. Dijiste que te irías de viaje al Caribe, vivirías de tus ahorros, te conseguirías a una linda guía de turistas y luego volverías a casa a vivir al sillón de mis padres cuando estuvieras en bancarrota —Snape se mostró poco convencido ante sus argumentos, mas no dijo nada, solo mantuvo su mirada escéptica sobre él—. ¡En serio! Deberías recordar esa conversación… Oye, ¿no estarás perdiendo la memoria? Deberías hacerte ver eso. Recuerda que tienes antecedentes de Alzheimer en tu familia, debes tener mucho cuidado. ¿Has estado olvidando cosas últimamente? ¿Has perdido tus llaves u olvidado fechas importantes?
—No intentes distraerme, Draco —ordenó cruzándose de brazos—. No soy tu mamá, no voy a caer tan fácil.
El sentido común de Draco comprendió muy tarde que no podría hacerle frente a esto. El entrecejo de su ex profesor estaba fruncido otra vez y una mueca desagradable empezaba a dibujarse en su cara. Desesperado y frustrado consigo mismo, no le quedó de otra que aceptar su derrota.
Quién también se encontraba en desesperada y frustrada era Hermione Granger quien, detrás de la puerta, se mordía el dorso de una mano para no soltar un grito o, en su defecto, un insulto. Su mente era un completo caos; su corazón, una tormenta furiosa de emociones recién encontradas y viejas inseguridades. No entendía qué estaba pasando, pero sí que no le gustaba.
No le gustaba nada.
"¿Irse al Caribe? ¿Severus tenía planeado irse al Caribe antes de conocerme?", pensó angustiada, sintiendo su corazón apretarse contra su pecho. "¿Acaso estoy interrumpiendo su vida y sus planes con mis propias ambiciones? ¿Lo estoy reteniendo en Londres, obligándolo a hacer cosas que no quiere, en lugar de dejarlo irse de aventuras a alguna isla paradisiaca?".
Y, entonces, una idea más aterradora invadió su mente:
"¡¿CÓMO QUE "GUÍA DE TURISTAS"?! ¡¿Acaso Snape quiere dejarme por una guía de turistas?! ¡Eso no va a pasar! ¡Es imposible! Snape la amaba y ja más le haría, él no desparecería al otro lado del mundo por un capricho de mediana edad… ¿No?
—Quien quiera que sea el que le estaba metiendo esas ideas en la cabeza no sabe con quién se ha metido… —susurró apretando el picaporte con fuerza, lista para entrar en cualquier momento.
—Draco, tengo cosas que hacer. Ya perdí mucho tiempo, tiempo que no tengo, y estoy haciendo perder el tiempo a otros —retomó el hombre apartándose de su ahijado—. Lo repetiré una sola vez, así que esta es tu última oportunidad antes cerrar el tema. ¿Hay algo que quieras preguntar?
Draco tomó una profunda respiración mientras recargaba su peso sobre el lavabo. Sus dedos largos se aferraron a la superficie curva del objeto y los vellos rubios de sus brazos se erizaron, no supo si por frío o por nervios.
La verdad es que sí tenía algo que preguntar, en realidad, mucho que preguntar. Ya había hallado la pieza faltante del rompecabezas, pero todavía quedaban muchas dudas por aclarar. La primera y tal vez más importante de todas era conocer de primera mano los pormenores de la riña entre su padrino y su mamá. Pansy decía que era por culpa de la nueva y desconocida novia de Snape, pero conocía de sobra a su madre como para saber que ella no rompería una amistad de años por una recién aparecida cualquiera, lo que lo llevaba a su segunda gran duda: ¿quién demonios era esa tal Hermione y cuáles eran sus intenciones para con Snape? ¿Por qué se estaba aprovechando descaradamente de la billetera de su padrino y por qué había atacado de esa forma tan brutal a su querida madre durante la gala?
Había hecho su investigación —bueno, Delphini lo había hecho por él— y si algo podía decir de esa "ratona", como su madre la llamaba, era que tenía completamente idiotizado a Snape, casi casi comiendo de la palma de su mano. No tenía pruebas suficientes para dudar de la autenticidad de su amor, pero sí de la de sus intenciones. Sería mejor tomar sus precauciones antes de que algo malo pasará y terminará fragmentado aún más a su padrino y a su familia.
Por algo dicen que más vale malo conocido que bueno por conocer.
—¿Y bien?
—Ah, pues…—
—¿Severus, amor? ¿Está todo bien allí adentro?
La repentina interrupción los hizo saltar del susto. Pese a que la voz de Hermione Granger se oía opaca debido al grosor de la puerta, fue lo suficientemente fuerte como para ponerle los pelos de punta al profesor. Su corazón se aceleró y sus manos empezaron a sudar frías de puro nerviosismo. ¡Maldita sea! Hermione estaba afuera. De seguro la había preocupado, después de todo, se suponía que solo demoraría unos minutos, pero ya había pasado un buen tiempo.
Por su parte, Draco tampoco lo estaba pasando bien y no era precisamente por culpa de la bailarina castaña. En otras circunstancias, el heredero Malfoy jamás habría permitido que sus emociones lo desviaran de sus objetivos como, en este caso, lo era averiguar quién era la mujer que le decía "amor" a su padrino. No obstante, la voz misteriosa tras la puerta le había tal susto que no fue consciente de todo el peso que terminó recargando sobre el lavabo hasta que fue demasiado tarde.
¡Crack!
Tanto Snape como Draco abrieron los ojos como platos cuando escucharon el sonido del lavabo quebrándose. La base convexa que se sujetaba al soporte de la cañería había cedido, ahora pendía peligrosamente de las conexiones de agua fría y caliente.
—¡Mierda! —exclamaron en conjunto y entredientes, ambos corriendo a sujetar la loza para evitar que se cayera y rompiera en mil pedazos— No, no, no, no.
—¿Amor? —tocaron a la puerta, tres golpes limpios— ¿Severus, está todo bien?... ¿E-Estás con alguien ahí adentro?
—¿Quién es ella? —preguntó Draco usando toda su fuerza para evitar que el lavabo terminara en el suelo. El agua empezaba a filtrarse por las delgadas expuestas, por lo que fue inevitable que sus manos y parte de su ropa terminara empapada de por medio— ¿Y por qué te dice amor?
—Oh, cállate, ¿quieres? No tengo tiempo para esto —respondió el otro intentando poner presión para detener la fuga— ¡E-Está todo bien! —gritó procurando conservar la calma en su voz— ¡Ya salgo! ¡Dame unos minutos!
—S-Snape… Se me resbala.
—¡Aguanta! —el lavabo finalmente cedió y ahora lo único que impedía que se destrozara en mil pedazos eran los brazos de Draco — ¡Maldita sea!
—¡Me estoy mojando!
—¡¿Qué fue eso?! —exclamó Hermione— Snape, ¡¿qué está pasando?!
—¡Nada! ¡No pasa nada!
—¡Voy a entrar!
—¡No, no, no! ¡No! ¡No!
Cuando Hermione abrió la puerta, esperó encontrar a su novio enfrascado ya sea en una fuerte pelea o conversación intensa con algún otro hombre adulto que ella no conociese. En su lugar, se topó con el espectáculo más ridículo y desastroso que alguna vez tuvo lugar en el estudio de baile de la profesora McGonagall en la ruidosa Earl's Court.
¡Y eso que una vez hubo una invasión de palomas!
Solo diré que aprendieron a nunca más volver a dejar una ventana abierta antes de irse a casa. Las plumas son difíciles de limpiar.
Severus Snape, el serio profesor de Química de Hogwarts, se encontraba de espaldas a ella, intentando sujetar uno de los lavabos blancos para que evitar que se destroce en el suelo. La miraba avergonzado por encima de su hombro, muy ocupado como para girarse a verla por completo. A su lado, el muchacho rubio que Harry había estado atendiendo más temprano se encontraba en la misma situación. Tenía por lo menos dos tercios de la ropa completamente empapada. La tela del pantalón se le había oscurecido desde la cintura hasta un poco más arriba de las rodillas y ni hablar de su camiseta, esta se pegaba a su abdomen como una segunda piel, permitiendo distinguir su vientre plano.
Un charco de agua de regular tamaño se formaba debajo de sus pies, salpicando sus zapatos y, probablemente, mojando sus calcetines.
Describir la mirada del desconocido era algo complicado, pues Hermione no sabría cómo explicarla en simples palabras. Notaba en sus ojos grises una mezcla de curiosidad y miedo, específicamente, el tipo de miedo que tiene todo niño pequeño al ser descubierto por sus padres haciendo una travesura. Al mismo tiempo, era obvio que sentía curiosidad por ella pues tenía los ojos fijos en su persona y no parecía tener intenciones de apartarlos. La castaña casi podía ver los engranajes de su cabeza girando a toda velocidad, elaborando complicadas preguntas y teorías sobre quién era ella, por qué estaba ahí y qué relación tenía con el hombre que lo estaba ayudando.
Para ser honestos, eso la hacía sentir un poco (muy) incómoda.
Por su parte, Draco también estaba analizando a la recién llegada tal y como sabía que ella lo estaba haciendo con él.
Para empezar, ya tenía sus primeras impresiones.
Su madre se había equivocado completamente respecto a la imagen de la tal Hermione. La chica no parecía una ratona. ¡Parecía un castor! Tenía los dientes incisivos grandes, ligeramente grandes, pero muy notorios. Sobresalían de su boca y chocaban un poco con su carnoso labio inferior. El cabello era un desastre, ¡no entendía cómo es que no se había dado cuenta antes! Ahora que lo llevaba suelto y ligeramente esponjado por la humedad característica de Londres, parecía un arbusto seco, el adorno de peluche de algún abrigo viejo, el pelaje despeinado y tosco de un castor gordo. ¡Qué volviera a sujetarse el pelo, por favor!
Sus ojos, esos ojos color miel abiertos cual búho a media noche, lo miraban sorprendida, alternando entre él y el lavabo roto en sus manos.
Algo le decía que estaba metido en serios problemas.
—¿S-Severus? —habló, finalmente saliendo del estado atónito en el que se encontraba.
—Hola, amor —saludó entredientes el profesor, aparentando tener el control—. No puedes estar aquí, este es el baño de…—
— Pe-pero… Qué le… ¡¿Qué le pasó al lavabo?!
—¡Puedo explicarlo! —la interrumpió dándose la vuelta, dejando a Draco solo con el lavabo roto a pesar de sus protestas. Por primera vez en mucho tiempo, el profesor sintió su voz quebrarse por los nervios. Un sonoro y vergonzoso graznido invadió la habitación, sorprendiendo aún más a los tres—. Te lo juro.
—¡Te escucho! —exclamó dando unos pasos hacia adelante para examinar mejor el desastre que esos dos habían causado—. Más vale que sea una buena excusa porque McGonagall estará furiosa cuando vea…—
—Lo sé, lo sé. Tranquila, se lo voy a pagar, lo…—
—¡¿Cómo fue que pasó?! —chilló— Snape, ¡eso estaba incrustado en la pared!
—¡Lo sé, lo sé!
—¡Todo se está inundando!
—¡Y lo voy a limpiar! ¡Lo prometo!
—¡Snape! —Draco bramó su nombre, haciendo voltear a ambos—. Perdona que te interrumpa, pero esto ¡pesa!
El rubio de ojos grises los observaba enojado, con la cara completamente roja por la fuerza que ponía en sus brazos y rodillas para seguir cargando el objeto. Todo él temblaba. Parecía que estaba exigiéndole a su cuerpo más de lo que podía dar.
El agua seguía fluyendo.
Hermione y Snape se quedaron atónitos ante tal reclamo, pero fue únicamente la castaña quien tuvo la suficiente lucidez como para intentar responder.
—¡¿Y tú quién eres?! —interrogó tan o incluso más enojada que el propio muchacho— Ni siquiera deberías estar aquí. Este lugar es una escuela, no un baño público.
—¿De qué mierda hablas?
—¡DRACO!
—¡¿Cuál es tu problema?! —gritó la bailarina ignorando los reclamos de su pareja— ¡Para colmo vienes a destruir propiedad privada! ¿Qué no te bastó con interrumpirnos el ensayo?
—Mira, niña loca, no sé de qué mierda estás hablando, pero está claro que no sabes con quién te estás metiendo —escupió con rabia acomodando sus manos resbalosas sobre la loseta curva y mojada del lavabo—. Así que bájame ese tono porque no voy a permitir que una completa desconocida me hable de esa forma. ¡¿Qué te has creído?! ¡No te lo permito!
—¡Draco, ya basta! Yo no te permito que le faltes al respe...—
—Pero qué cara… —chilló ofendida, alternando su mirada entre el profesor y su contemporáneo—. Vo- ¡Voy a llamar a la policía!
—Hermione, ¡no! Espera —el profesor tomó a la castaña por ambos hombros y la alejó lo más que pudo de su interlocutor, asegurándose de esa forma que siempre hubiese una distancia segura que evitara cualquier potencial enfrentamiento entre ellos. Como medida extra de seguridad, se ubicó en medio de ambos para usar su cuerpo como una especie de barrera humana que bloqueara a uno del campo de visión del otro—. No lo hagas, por favor. Es solo un malentendido.
—¿Malentendido? Severus, este tipo acaba de romper el baño.
—¡Yo no lo rompí! —chilló el mencionado— Y no es un baño, es un lavabo.
—¿Quieres callarte? ¡Intento ayudarte! —bramó haciendo saltar a ambos jóvenes del susto. El profesor se volvió hacia su pareja, tomó una profunda respiración para calmarse e intentó razonar con ella— No hay porqué llamar a la policía. No fue su culpa, no quiso romper nada. Fue un accidente.
Hermione estiró su cuello a un lado y observó a Draco. El muchacho frunció la nariz mientras le dedicaba su mejor mirada de pocos amigos. Para ser francos, Hermione no sabía cómo sentirse al respecto. Por un lado, quería reírse de lo infantil que estaba siendo. Por otro, solo quería quitarle la arrogancia de un puñetazo limpio.
¿Sería correcto golpearlo? Ella estaba en contra de todo tipo de violencia, pero sentía una enorme necesidad de hacerlo.
—Snape, ¿conoces a este tipo?
—Por desgracia, sí. Descuida. No es una amenaza. Solo es torpe.
—Te estoy escuchando.
Hermione volvió a posar sus ojos miel en Snape y él debió percibir su preocupación pues de inmediato se apresuró a calmarla.
—Yo me encargo, ¿sí? Tú vuelve arriba.
—No te voy a dejar aquí solo con él —respondió sujetando su brazo en un intento desesperado por retenerlo a su lado—. ¡Está demente! ¿Ya viste lo que hizo? Solo ha traído problemas desde que llegó. ¿No escuchaste lo que me dijo? Es peligroso... A-Además, los chicos creen que puede ser un ladrón —añadió lo último en un susurro sin apartar la vista del muchacho, vigilando atenta sus movimientos—. Snape, tenemos que sacarlo de aquí. Ese loco podría matarnos a todos.
—Granger, tranquila, eso no va a pasar.
—¿Cómo estas tan seguro?
—Porque ese loco es mi ahijado.
¿Recuerdan ese sonido horrible que hacía su televisor o su computadora cada vez que intentaba agarrar señal, pero aparecía "error"? Pues el cerebro de Hermione emitió un sonido muy similar al escuchar tal declaración. Fue como si le reiniciaran todo el sistema, pero eventualmente, logró procesar lo dicho por su novio.
—... ¡¿Ahijado?!
Snape asintió.
Hermione parpadeó.
—É-Él... Él es... ¡¿tu ahijado?! ¿ESE ahijado? ¿Del qué me contaste?
—Ese mismo.
Puede ser debatible, pero en mi opinión, las primeras impresiones son muy importantes. Por lo general suelen hacernos encasillar rápidamente a las personas en etiquetas que pueden o no ser ciertas, pero que sí creeremos durante mucho tiempo hasta que comprobemos lo contrario.
Hermione ya tenía una idea preconcebida de Draco Malfoy incluso antes de conocerlo aquella tarde. Snape le había hablado tanto de él que la castaña se imaginaba a un joven universitario maduro, inteligente, cordial y de buen aspecto. Ya pueden imaginar su sorpresa —o decepción— cuando descubrió que el tan famoso ahijado de su pareja no era más que un idiota descortés destroza baños que le gustaba ningunear y faltar el respeto a las personas.
La bailarina examinó al rubio de pies a cabeza una vez más y cuestionó —¿En serio?
Snape solo atinó a encogerse de hombros y asentir.
—¡Sí! ¡Sí! Ese soy yo. SU ahijado, SU familia —exclamó enérgico y con los brazos temblorosos— ¿Tú quién eres? Si se puede saber, claro.
Hermione lo observó desencajada por unos segundos, sin saber exactamente qué decir.
—Yo…—
—Sabes, ni siquiera tengo que preguntarlo. Esa cara y esa ropa usada y vieja, debes ser una…—
—Draco —el hombre adulto llamó con voz calmada, poniendo esas típicas miradas de fastidio que le dedicaba a sus alumnos todo el tiempo durante las clases. Draco se mostró atento a sus palabras, aunque no del todo confiado en ellas—. Ella es Hermione… mi novia.
El heredero Malfoy no supo qué fue más impactante: si escuchar a su padrino decir "mi novia" o si verlo estirar su mano para tomar la de la muchacha 20 años menor a su lado.
¡CRACK!
Los alumnos de McGonagall se vieron obligados a interrumpir su último ensayo de forma repentina cuando escucharon el sonido seco de algo estrellándose contra el piso seguido de un par de gritos indistinguibles provenientes del piso de abajo. Las miradas asustadas de la profesora como de sus bailarines se encontraron por un segundo antes de que el mismo terrible pensamiento cruzara por sus cabezas, obligándolos a salir corriendo escaleras abajo para ver qué pasaba.
Harry Potter lideraba el grupo. Sus piernas fuertes, aunque cortas, se apresuraban por terminar de bajar las escaleras sin caerse en el intento. Los años en la academia de Scotland Yard finalmente parecían rendir sus frutos. Neville iba detrás, con una de las varas de madera de la profesora en la mano, listo para propinar un golpe de ser necesario. Las otras dos féminas iban atrás, demasiado preocupadas por la integridad de la asistente castaña como para siquiera preocuparse en resbalar con aquellos zapatos de tacón bajo.
Abajo, en el segundo piso, algunos alumnos curiosos de otras clases asomaron sus cabezas por las puertas de sus alumnos, claramente preocupados por tal escándalo.
El ojiverde pateó la puerta del baño como si estuviese en una de las simulaciones de la academia de policía y, con los puños en alto listo para atacar, buscó a Hermione y el potencial peligro que la hizo gritar. Neville apareció detrás de él, sujetando la vara con ambas manos como un bate de béisbol, preparado para golpear cuando se lo indicaran. Atrás, McGonagall buscaba desesperada a su aprendiz con la mirada mientras que, con un brazo, contenía a una energética Luna que en sus manos llevaba un taser rosado cargado y listo para disparar.
—¡Alto! ¡Policía! ¡No se muevan!
—¿Qué pasó? ¡¿Qué pasó?!
—Hermione, ¡¿estás bien?!
Adentro, en el baño, encontraron tal desastre que fue imposible que la mujer escocesa no sintiera la necesidad de desmayarse en el acto al imaginarse la cuantiosa cantidad de libras que tendría que desembolsar para arreglar el estropicio causado por el muchacho rubio parado en medio de los restos de lo que alguna vez fue un lavabo perfectamente funcional.
¡Oh! Su pobre baño haber sido escenario de una pelea en una película de acción de Liam Neeson.
Sus ojos verdes se posaron sobre el muchacho empapado al lado de la improvisada pileta que las cañerías rotas de la pared habían formado. El rubio parecía asustado, sus manos todavía temblaban a una altura un poco más arriba de sus caderas, y a juzgar por su ubicación en la habitación, todo parecía indicar que él había sido el culpable de todo esto.
McGonagall apretó los labios y frunció el ceño angustiada, pensando en la mejor forma de cómo romper este pesado silencio.
—Vas a tener que pagar eso —anunció Luna con su voz soñadora de siempre.
Al sentir la presión social de todas las miradas de los demás miembros del estudio sobre él, a Draco Malfoy no le quedó otra opción más que resignarse y suspirar.
—¿Aceptan transferencias?
No hubo respuestas.
—¿Y cheques?
¡HOLA CHIQUIS!
¡AY! ¡QUÉ BONITO SE SIENTE VOLVER! ¡LOS HE EXTRAÑADO A TODOS Y CADA UNO DE USTEDES! NO SABEN CUÁNTA FALTA ME HAN HECHO DURANTES ESTOS MESES. *Abrazo de oso virtual*
¡PROMETO NO VOLVERME A IR TANTO TIEMPO! NO SE IMAGINAN LO HORRIBLE QUE HA SIDO PARA MÍ NO PODER ESCRIBIR LO QUE ES NADA. NO PODÍA CONCENTRARME EN CLASES PORQUE MI MENTE NO DEJABA DE CREAR Y COMO NO PODÍA ESCRIBIR POR FALTA DE TIEMPO Y ENERGÍA, MI CABEZA ERA UN COMPLETO CAOS, TODO UN DESASTRE.
¿CÓMO HAN ESTADO? ESPERO QUE MUY BIEN. ¿ME EXTRARON? PORQUE YO A USTEDES SÍ. ¿CÓMO VAN SUS VIDAS? ¿SUS LECTURAS? ¿HAN ESTADO VIENDO LAS NOTICIAS? ¿VIERON EL JUICIO DE MI PAPI JOHNNY DEPP Y LA AMBER H.? ¡GANAMOS! ¡TE AMO CAMILLE VASQUEZ, DE GRANDE QUIERO SER COMO TÚ! ESE DÍA SERÁ RECORDADO COMO EL DÍA EN EL QUE CASI LE GANAN EL JUICIO AL CAPITÁN JACK SPARROW XD
Y NO ES QUE ME GUSTE EL CHISME, PERO AHORA ESTOY VIENDO LO DE SHAKIRA Y MI PRIMO EL PIQUÉ (DESGRACIADO) Y OTROS MÁS XD
EN FIN, POR MI PARTE, CÓMO YA HABÍA MENCIONADO ANTES, AHORA ESTOY EN MI ÚLTIMO AÑO DE UNIVERSIDAD POR LO QUE AHORA ESTOY CON ESAS COSAS DE LA TESIS, LAS PRÁCTICAS, EL VOLUNTARIADO Y ENCIMA QUE AHORA EL PRÓXIMO SEMESTRE HEMOS VUELTO A LA PRESENCIALIDAD, TODO SE COMPLICA.
POR TAL MOTIVO, ME VEO OBLIGADA A DECIRLES QUE ME HE TOMADO EL TIEMPO PARA PROGRAMAR BIEN ESTO DE LAS ACTUALIZACIONES. Y, CUANDO DIGO "PROGRAMAR BIEN" SIGNIFICA QUE HE ESTADO HACIENDO MALABARES ENTRE CLASE Y CLASE PARA ESCRIBIRLOS JAJAJAJAJA
AL FINAL, DECIDÍ HACERLOS MÁS CORTOS PARA PODER SER CONSTANTES. VAMOS A PERDER CONTENIDO Y LA TRAMA PARECERÁ ALARGARSE, PERO EN SÍ ES EL MISMO CONTENIDO. ME GUSTARÍA QUE ME DIGAN QUE OPINAN AL RESPECTO. ESTE CAPÍTULO ES UN CAP MODELO DE CÓMO SERÍAN LOS OTROS EN LO QUE RESPECTA AL TAMAÑO. ME DICEN SI ESTÁ BIEN O SI QUIEREN CAPS MÁS LARGOS. PODEMOS ARREGLARNOS.
YA PARA CONCLUIR, SOLO DECIRLES QUE LOS QUIERO MUCHO. MUCHISIMAS GRACIAS POR ESTAR PENDIENTES, POR ESCRIBIRME POR INTERNO, POR PREGUNTAR SI IBA A CONTINUAR. HAN SIDO UN GRAN APOYO TODO ESTE TIEMPO Y ESPERO SEGUIR HACIENDOLOS REIR Y HACERLOS PASAR UN BUEN MOMENTO TAL Y CÓMO USTEDES ME LO HACEN PASAR A MÍ.
LOS AMO.
P.D.: ¡TENGO MIEDO, MANO! EL LUNES ES EL REPECHAJE. TODA MI ESTABILIDAD EMOCIONAL DEPENDE DE 11 WEBONES VESTIDOS DE ROJO Y BLANCO CORRIENDO TRAS UN BALÓN EN UN PAÍS AL OTRO LADO DEL MUNDO. ¡TENGO MIEDO!
