CAPÍTULO 31
Si alguien le hubiese avisado a Snape que el día que tanto tiempo estuvo evitando finalmente había llegado, lo más probable es que jamás hubiese salido de la cama. De hecho, estoy segura que se habría tomado todo el frasco de pastillas para dormir que escondía en lo más profundo de su cajón de ropa interior para no tener que enfrentarse a su terrible destino.
Y es que nunca es fácil presentar a tu pareja a tus hijos.
¡Incluso cuando ni siquiera tienes hijos!
Pero ahí estaba, en un McDonald's a dos cuadras del estudio, haciendo la fila correspondiente para ordenar un par de hamburguesas con papas mientras veía a su novia y a su ahijado de la misma edad sentados a los lejos frente a frente, viéndose con cara de pocos amigos.
¿Cómo es que había llegado a esta situación? Pues, no es una historia muy larga. Verán…
—Entonces, ¿estás diciendo que ese chico, Draco, es en realidad el "sobrino" de Snape? —preguntó Neville más temprano ese día cuando ayudaba a limpiar el desastre causado en el baño de varones junto a Luna y Hermione. La castaña asintió soltando un suspiro desanimado mientras terminaba de exprimir su trapeador rojo en un balde que solía guardar en el armario del primer piso— Wow… Quién lo diría, ¿no? Resulta que Snape sí tenía familia después de todo.
—Y de la nobleza —añadió Luna pasando su trapeador azul de un lado a otro cerca de los muros—. Jamás habría imaginado que Severus estaría emparentado con los Malfoy. Sirius dice que son de esas familias de aristócratas arrogantes que no se acercan a nadie que no sea su igual porque creen que se les pegara lo corriente —comentó recordando las palabras de su amigo, censurando una que otra para no sentirse tan mal al repetirlas—. El papá es dueño del consorcio MALFOY CO., los que manejan esas aerolíneas de primera clase, ¿recuerdan? Sirius dice que viene de una larga línea de nobles que antes eran terratenientes en el norte, pero que empezaron a dedicarse a la industria luego de la Segunda Guerra Mundial. La mamá es Lady Narcissa Malfoy, la dueña de la cadena de hoteles The Heir. Sirius la conoce en persona, sus familias solían pasar los veranos juntos. ¡Dice que es mil veces peor que su esposo!
"Oh, y puedo dar fe de ello", pensó la castaña sin poder evitar echarle un vistazo su brazo derecho. Las marcas de las uñas de su ex jefa habían desaparecido hace mucho tiempo, pero el recuerdo de sus gritos esa noche todavía seguían intactos en su mente.
—Dice que es casi tan arrogante como su propia madre —en teoría, eso no fue lo que dijo Sirius aquella vez que había dado su "humilde opinión" respecto a la Malfoy, pero la versión de Luna Lovegood sin duda era muchísimo más compasiva que la del aristócrata—. Todavía conserva los títulos de su familia. Su padre fue Lord; su abuela, baronesa y su bisabuela, condesa. Incluso dice que está emparentada a la familia real. Según Sirius, le gusta recordarlo en voz alta cada que tiene oportunidad… Realmente son unas joyitas.
—Ni me lo digas —lamentó Hermione trapeando con furia para descargar toda esa rabia que sus recuerdos habían removido—. Solo he conocido a la señora Malfoy, pero después de aquella primera impresión en la gala, estoy 100% segura que no quiero conocer al resto de la familia. ¡Y mucho menos luego de esto!
Tanto Neville como Luna decidieron ahorrarse sus respectivos comentarios relacionados a la ex empleadora de su amiga. Lo ocurrido en la gala de Halloween de la Fundación Weston era un tema prohibido hasta nuevo aviso, pero estaban seguros que si Ginny, Harry o el mismo Sirius hubiesen estado ahí habrían aprovechado la oportunidad para recordarle que casi mandó a la señora al hospital —o a la morgue— esa noche.
—¿Y cómo así fue que Snape terminó convirtiéndose en el padrino de uno de los herederos más importantes del país? —preguntó Neville luego de un rato, cuando ya hubo terminado de exprimir su trapeador por décimo cuarta vez— Digo, si Sirius dice que los Malfoy son de esas personas que no se acercan a nadie que no sea de su misma clase y Snape es un profesor de colegio, pues, no lo sé. Siento que algo no cuadra.
—Tal vez Snape sea familiar de alguno de ellos —sugirió Luna—. ¿Tú qué opinas, Mione?
—Hmmm, hasta donde sé solo son amigos —respondió dejando el trapeador a un lado para botar el agua del balde por uno de los inodoros—. Severus me dijo que conoció al señor Malfoy en Hogwarts. Los sortearon en el mismo grupo, él era su prefecto. Se volvieron mejores amigos a pesar de que se llevaban unos años, incluso compartieron dormitorio en Oxford.
—Oh, qué tierno —sonrió la rubia.
—Luego conoció a la señora Narcissa porque ella era la prometida de Malfoy y supongo que debió caerle bien porque se tratan de hermanos. De hecho, fue en el padrino de su boda y es el padrino de su único hijo —los oyentes asintieron sorprendidos—. Creo que hasta ellos son sus contactos de emergencia y viceversa. Realmente se tratan como si fuesen una familia... una familia muy extraña —añadió en un susurro.
Al notar la ligera decepción en la voz de su amiga, Luna dejó a un lado su trapeador y se acercó para abrazarla por la espalda, apoyando su barbilla sobre uno de sus hombros en un intento de reconfortarla. Hermione acarició uno de sus brazos con su mano libre y soltó un suspiro que mezclaba el cansancio y la desesperanza a la perfección.
—Ni modo, Herms —resopló Neville dejando su trapeador a un lado—. Tal vez no tendrás una suegra, pero sí cuñados y, no es por hablar mal, pero algo me dice que serán jodidos.
—¡Agh! No me lo recuerdes —lamentó restregándose una mano por el rostro—. Lo peor es que no puedo decirle nada sobre sus amigos. Son su familia, Snape realmente los aprecia mucho y sé que lo quieren mucho… pero no sé si me querrán a mí —apretó sus labios carnosos en una mueca y suspiró—. Tampoco lo quiero hacerlo elegir, no podría.
—No tienes que hacerlo, Mione —consoló Luna. La rubia la dejó libre de su abrazo y se puso al frente para tomarla por los hombros y sonreírle tiernamente—. No te dejes llevar por una primera mala impresión…—
—Dos —corrigió la mayor—. Dos malas primeras impresiones.
—Bueno, dos primeras malas impresiones —la muchacha estiró su mano y le acomodó un mechón rizado de cabello detrás de su oreja, haciendo a la bailarina temblar ante el inocente e inesperado gesto—. No dejes que eso te desanime, ¿sí? Todavía no se conocen bien. Estoy segura que no son tan malos. Apuesto que terminarán siendo amigos.
—Oh, lo dudo —exclamó—. Jamás podría ser amiga de gente tan arrogante y superficial como esa. Ni siquiera me conocen y ya me han juzgado de todas las formas posibles… Sin mencionar que me gritaron.
—Hmm… Bueno, tú también los estás juzgando ahora…
—Pero yo tengo motivos razonables. Ellos, no —refunfuñó orgullosa.
Luna suspiró y negó con la cabeza buscando las palabras apropiadas para arreglar esto.
—Dales una oportunidad, ¿sí? Por Snape —le recordó con voz suave—. Recuerda que son importantes para él… Además, estoy segura que te amarán cuando te conozcan bien. Eres linda, inteligente y sabes tejer bonitos gorritos de lana. ¡Podrías hacerles algunos! Seguro los adorarían.
Neville, a un lado, terminaba de atar la bolsa de basura con los restos de la loseta rota, dando por concluida la limpieza. El baño tenía mejor aspecto. Habían cerrado la válvula de agua de la habitación y un improvisado tapón creado con cinta impermeable para fugas de agua comprada en la ferretería de la esquina impedía que las tuberías rotas siguieran goteando. Sin embargo, era claro que ni toda la cinta impermeable del mundo lograría arreglar el desastre visual que era ver la pared de loseta rota. Todavía podían verse las marcas de óxido en donde alguna estuvo el lavabo número uno, por no mencionar las conexiones de agua que saltaban a la vista.
Necesitarían un buen servicio de reparaciones si querían dejar ese lugar como antes.
—Espero que McGonagall consiga una buena compensación por todo esto —pensó Neville en voz alta mirando hacia las chicas—. Arreglarlo no será barato.
—Menos por estas fechas. Diciembre hace que todo aumente.
—Tal vez consiga algo más, después de todo, lo que le sobra a Malfoy es dinero.
—¡Oigan! Dejen de ver al pobre chico como una billetera andante.
—Oh, Luna, él será todo, menos pobre.
Mientras tanto, arriba, en el pasillo del tercer piso, Draco Malfoy esperaba sentado afuera del salón de la clase de ballroom a que su padrino y la dueña del estudio, la profesora McGonagall, terminaran de discutir sobre la sanción apropiada para su reciente comportamiento. La verdad es que se sentía como si tuviera 11 años de nuevo y estuviera en Hogwarts otra vez. La única diferencia era que, en lugar de que Snape negociara con Dumbledore sobre su futuro castigo, esta vez lo hacía con una desconocida mujer escocesa a la que claramente no le agradaba.
"Ya estoy muy grande para estas cosas", pensó mientras se cerraba el enorme abrigo de su tío para conservar todo el calor que su cuerpo ya seco lograba emanar.
Luego de una breve, pero muy incómoda conversación en la que recibió más regaños por parte de un profesor que durante todos sus años de estudiante, Draco Malfoy tuvo su propia charla con su ex maestro de Química. Le dijo que hablaría con McGonagall para llegar a un acuerdo monetario justo, pero que hasta entonces, él tendría que quedarse en el estudio para no causar más problemas.
—Pero, ¿cómo me voy a quedar aquí? ¡Mira mi ropa! Estoy empapado, me quiero cambiar.
—Tendrás que esperar unos minutos. No te puedes ir.
—¡Pero tengo frío!
—Espera en el tercer piso, hay un radiador encendido ahí.
—Me voy a resfriar por tu culpa —refunfuñó subiendo las escaleras siguiendo a su mayor—. Estar con la ropa mojada tanto tiempo me dañara los pulmones y tendré neumonía por tu culpa.
—En primer lugar, ni siquiera te mojaste el pecho. Espérame aquí —ordenó entrando en el salón para hacer sabe Dios qué cosa. No demoró mucho, al cabo de unos segundos ya estaba de vuelta con un banquillo de madera y su abrigo—. En segundo lugar, si te fueras a enfermar, sería del estómago, no de los pulmones, y una diarrea no ha matado a nadie… que yo sepa.
—Oh, eso me tranquiliza, no sabes cuánto —contestó con sarcasmo.
Snape ubicó el banquillo a una distancia prudente del radiador y le indicó que se sentara ahí mientras le ponía el abrigo encima para mantenerlo calentito.
—Quédate aquí. Hablaré con McGonagall y luego entrarás.
—Espera, espera, espera. ¡Me quiero cambiar!
—Draco, no tengo tiempo para…—
—¡Tengo ropa! —interrumpió elevando la voz, captando la atención de las dos personas reunidas dentro del salón principal del estudio— Es mi ropa de gimnasio. Está en la maletera de mi auto. ¿Puedes ir por ella, por favor? —pidió sacando el control remoto del vehículo de su bolsillo, un pequeño aparato color negro con tres botones plateados— De paso que traes mi chequera…
—Draco…
—¡Por favooooor!
—Snape.
Ambos se giraron a ver al muchacho de baja estatura que se asomaba por la puerta. Harry, quien había estado ayudando a la profesora a recoger las cosas del ensayo fallido, acababa de salir cargando algunos de los materiales usados. Posó sus ojos verdes en el rubio antes de dirigirse a Snape. En todo momento, mantuvo una expresión neutral en su rostro.
—McGonagall dice que ya puedes entrar. Te está esperando.
—Ya voy.
Antes de pudiera dar un paso, Draco estiró su mano para tirar de la tela de su pantalón, impidiéndole irse. El profesor de Química miró a su ahijado a los ojos, aquellos ojos grises idénticos a los de sus amigos que lo hacían sentir culpable. ¿Cómo era posible que ese mocoso todavía pudiese manipularlo con esa mirada de cachorrito abandonado? Ya no era un niño, tenía 23 años. ¡Había dejado de ser tierno desde hace mucho tiempo!
Y, entonces, el rubio usó su arma mortal: empujó ligeramente su labio inferior hacia adelante, haciéndolo sobresalir de manera infantil.
¡Maldita sea!
Sabiendo que lo iba a lamentar más tarde, se giró a ver a Harry y dijo:
—Eh, Potter, ¿crees que puedas hacerme un favor?... Por favor.
Nunca antes la palabra "por favor" había sido tan difícil de pronunciar.
Y fue así como, diez minutos después, Draco Malfoy todavía seguía esperando a que el tal Potter volviera con sus cosas. Francamente no entendía por qué el muchacho demoraba tanto. Había aparcado el Mercedes a tan solo unos puestos de aquí. ¡Se suponía que sería fácil de reconocer! Era negro, grande y muy limpio, acababa de mandarlo a lavar, por lo que básicamente era el vehículo más reluciente de toda la cuadra. ¡Era imposible no encontrarlo!
—Además de enano, ciego —masculló acercándose aún más al radiador—. Inútil Potter…
Y justo como si lo hubiese invocado con el poder de la mente, la cabellera despeinada de Harry Potter se asomó por las escaleras, dando paso a un par de ojos grises ocultos por unas gafas circulares con tanto aumento que hasta podrías ver tu futuro.
Inmediatamente, Draco rogó no haber sido escuchado.
Draco se puso de pie de inmediato y aguardó pacientemente a que el pelinegro llegara hasta a él.
En ningún momento se atrevió a soltar la protección que el abrigo de su mentor le brindaba.
—Perdona la demora —dijo alcanzándole los objetos solicitados, una pequeña maleta de gimnasio color verde oscuro y una chequera de cuero negro—. No lo encontraba.
—¿El auto? Es el único Mercedes de la calle.
—No, no, me refería a la chequera —le corrigió haciéndose a un lado—. Tienes todo un desastre ahí adentro.
¡Carajo! ¡Era cierto! De la prisa, había dejado toda su comida y materiales de estudio regados por los asientos. Su auto podría verse espectacular por fuera, pero por dentro, estaba peor que la habitación de Crabbe y Goyle en el dormitorio universitario.
¡Y Potter lo había visto todo!
Qué vergüenza…
En su defensa, no podían culparlo, había pasado muchas horas dentro de ese carro vigilando. ¡Era la evidencia de su arduo trabajo como espía!
—No me digas —masculló arrebatándole las cosas de mala gana.
El ojiverde se mostró sorprendido, mas no dijo nada, solo atinó a dar un paso al costado para evitar seguir fastidiar a su interlocutor. Ahora con la ropa en su poder, Draco necesitaba un poco de privacidad para poder vestirse pues no pensaba hacerlo en medio del pasillo. El problema es que no sabía dónde. Supuso que podría tomar prestado alguno de los salones desocupados, pero Snape le había pedido encarecidamente que se abstuviera de estar husmeando.
No le quedaba de otra que tragarse su orgullo y pedirle permiso al enano para poder irse de ahí. Fue en ese preciso instante que se arrepintió de haberle gritado antes. De haber sabido que seguiría necesitando de su ayuda, se habría abstenido de ser tan grosero.
Yo y mi gran bocota, pensó sintiendo como sus orejas se teñían de rojo.
—Eh, Potter —llamó dándose la vuelta para que no pudiera verle el rostro sonrojado—. Dónde… ¿Dónde me puedo cambiar?
Harry se cruzó de brazos y se dejó caer sobre la pared, apoyándose en esta. McGonagall le había pedido en privado que vigilara de cerca al desconocido mientras estuviese dentro del estudio. No le inspiraba mucha confianza y Harry era el más capacitado de todos los presentes para hacerle frente en el caso de que las cosas se pusiesen "intensas". El pelinegro no se negó a tal petición, pero después de un rato examinando el interior del auto y al dueño del auto, confirmaba su teoría de que el heredero Malfoy no suponía ningún tipo de pelinegro más allá de destrozar los baños o interrumpir clases.
Y, a juzgar por la forma en cómo se aferraba a su mochila como si su vida dependiera de esto, algo le decía que estaba más asustado que un ciego en una balacera.
—Allá, en la puerta de la derecha —le señaló apuntando con su índice, sin moverse de su posición actual—. No te demores, te llamaran en cualquier momento —Draco asintió y se dirigió hacia dicha habitación a paso veloz. Justo antes de cerrar la puerta, alcanzó a escuchar como el muchacho cuatro ojos de cabello despeinado le lanzaba un último comentario en tono burlón—. Y, Malfoy… no rompas nada, ¿quieres?
Ofendido, el rubio arrugó la nariz y azotó la puerta para dejarle en claro que no le simpatizaba.
—Puedo entender que un ensayo se cancele por un problema familiar de gravedad como la muerte de un padre, hijo, abuelo, hermano, hasta la de una mascota —anunció la profesora con la voz clara y calmada—. Puedo entender que un ensayo se interrumpa por culpa de un accidente fatal como una lesión en los huesos o un infarto en el corazón o el cerebro. Incluso creo que podría admitir que un ensayo se suspendiera por culpa de un desastre natural de magnitudes catastróficas como, no lo sé, un terremoto que destruya toda la ciudad, una lluvia de fuego o ¡el mismísimo Apocalipsis si hace falta!
A medida que hablaba, su voz se hacía más fuerte y enérgica, revelando aquel marcado acento escoces propio de las highlands que siempre procuraba controlar. Snape no era una persona que se dejara intimidar fácilmente, es más, por lo general, era él quien solía intimidar con la sola mirada, pero si algo había aprendido durante estos meses en el estudio era que, si a McGonagall se le salía lo escocesa, no habría lugar en el mundo que podría protegerte de la venganza de los ancestros de las tierras altas.
Aunque siempre era divertido escucharla mascullar frases icónicas como: "Haud yer wheesht!" (¡Cierra la boca!), "Yer bum's oot the windae" (Deja de decir estupideces) y, su favorita, "Glaikit" (Tonto).
—Pero lo que jamás he admitido y jamás admitiré en los pocos o muchos años que me queden de vida es que un ensayo programado se suspenda por culpa de una tonta pelea adolescente y, mucho menos, por una tonta pelea adolescente sobre relaciones sentimentales —sentenció frunciendo el ceño, plantando ambas manos sobre el pequeño mostrador que hacía las de escritorio cada vez que inscribían a los nuevos alumnos. Snape, al otro lado, solo podía resignarse a agachar la cabeza y esperar a que el regaño terminara—. Esto es un estudio de baile respetable, señor Snape. No un colegio y mucho menos un reality show. Usted y todos los que trabajan aquí vienen a bailar, no a hacer un drama exagerado sobre su vida amorosa, así que no voy a permitir que comportamientos tan infantiles como esos se repitan bajo mi techo, ¿entendió?
—… Sí, profesora.
—Ya conoce mi postura respecto a su relación con mi aprendiz y aunque admito que no me agrada del todo la idea que sus sentimientos se interpongan en su conducta profesional en las clases, Hermione se ve feliz y una bailarina feliz es mil veces mucho más productiva que una bailarina triste, por lo que he sido lo suficientemente permisiva con ustedes dos dejándolos actuar como una pareja de adolescentes enamorados durante los descansos, cosa que no debería hacer ya que le pago para ayudarme, no para besuquearse, pero después de esto… —
—Lo entiendo, profesora, entiendo perfectamente cuál es su punto. Yo también soy maestro, también tengo que lidiar con estas cosas todos los días con adolescentes de verdad.
—¡Pero ni usted ni Hermione son adolescentes! —le interrumpió enderezándose todo lo que su columna le permitía, estirando aquel frágil, pero elegante cuello que se escondía tras la tela de cachemir de su suéter—. Ambos son adultos y, por más diferencia de edad que se tengan, deberían actuar como tal y eso significa nada de dramas familiares exagerados porque usted convenientemente "olvidó" mencionarle a su familia sobre la existencia de su actual pareja, la cual, no obstante, ha estado presumiendo aquí, frente a todos, todas las sesiones, durante casi un mes y medio —la mujer se cruzó de brazos y encarnó una ceja. Por un momento, Snape se sintió como si su propia madre lo estuviera regañando por ser un patán con las mujeres—. Más vale que la oficialice después de esto porque es lo mínimo que Hermione se merece: algo de respeto por quién es y por lo que significa para usted.
—Lo sé.
—Debería estar avergonzado, señor Snape.
—Lo estoy.
—Como adultos y como la pareja de mi aprendiz, espero que ambos den el ejemplo. Después de todo, Hermione ya sabe perfectamente lo que pasa cuando deja que sus sentimientos nublen su razón profesional….
—Lo sé, profesora, tiene razón. Lo siento.
—¿Volverá a pasar?
—Por supuesto que no, se lo prometo —respondió con voz solemne—. Los dramas familiares se quedan en casa, ya lo entendí —la mujer levantó una ceja e, indirectamente, lo alentó a continuar—. Y presentaré a Hermione a mi familia… como debe ser.
—Más le vale —sentenció dando por finalizado el asunto. A continuación, estiró su mano para tomar uno de los cuadernos anillados que guardaba en el mostrador y abrirlo en alguna página en blanco. Tomó un bolígrafo azul y empenzó a realizar cálculos que, para el bolsillo de un estudiante o un latino, serían sumamente aterradores—. Ahora, ¿quién va a pagarme mi lavabo? Y, la instalación, desde luego.
—Mi ahijado lo hará —contestó mirando de reojo como la cifra inicial aumentaba cada vez más—. Está muy avergonzado por lo que pasó así que correrá con todos los gastos.
—Entonces incluiré la reparación de las tuberías y la pared.
Qué bueno que sus amigos nunca fueron tacaños a la hora de depositar dinero en la cuenta personal de su hijo.
"Una cosa más que les deberás a los Malfoy", le recordó su consciencia.
£ _600_
PAGUESE POR ESTE CHEQUE A _MINERVA MCGONAGALL_.
LA SUMA DE _SEISCIENTAS_LIBRAS ESTERLINAS.
—¿Solo 600? —preguntó la bailarina veterana en el momento exacto que Draco terminaba de escribir la cifra sobre el cheque en blanco. El rubio levantó la mirada, sorprendido, y asintió.
—Es lo que acordó.
—Es que ahora que lo pienso mejor, ese monto no alcanzará —respondió tomando el papel donde había hecho los cálculos para verificar los resultados. En el fondo, solo esperaba que ni Snape ni su sobrino se dieran cuenta de que solo lo hacía para evitar el contacto visual con ellos—. Es fin de año, todos los precios suben. Tengo que pagar todo lo que se va a comprar, los materiales que utilizaran los de mantenimiento y a los trabajadores… Va a costar.
Draco se giró a ver a su pariente quien solo atinó a encogerse de hombros y dejarlo a su suerte.
¿Qué tal la porquería de padrino que sus padres le fueron a conseguir?
El rubio soltó un bufido y procedió a emitir un nuevo cheque, esta vez, asegurándose de poner un par de ceros más en el monto. Finalmente, arrancó el papel de un solo tirón y se lo entregó a la profesora de mala gana, como si realmente le doliera soltar tal cifra.
—Espero que al menos le dé una buena propina al trabajador, madame.
La escocesa tomó el cheque y forzó una sonrisa antes de responder.
—Lo haré, señor Malfoy, se lo aseguro.
£ _1000_
PAGUESE POR ESTE CHEQUE A _MINERVA MCGONAGALL_.
LA SUMA DE _MIL_LIBRAS ESTERLINAS.
Y fue así como, luego de eso —y de una conversación enérgica con Hermione en la que Snape casi le rogó de rodillas que los acompañara—, el profesor, el universitario y la bailarina terminaron en el restaurante de comida rápida de al lado con la intención de aclarar todo su drama familiar y, finalmente, poner los puntos sobre las íes.
Ni Hermione ni Draco se habían dirigido la palabra durante el trayecto y la tensión entre ellos era palpable. Snape se había visto obligado a permanecer en medio para evitar cualquier reacción en cadena que pudiera lamentar más adelante, pero ahora que se encontraba demasiado lejos haciendo su orden, solo podía confiar que ese par de mocosos posesivos y gruñones no hicieran una escena en medio de tanta gente.
Ya había pasado demasiada vergüenza en su solo día como para sumarle algo más.
—Buenas noches, bienvenido a McDonald's. ¿Cuál será su orden?
La voz aguda de una chica en uniforme rojo lo hizo volver a la realidad. Sin darse cuenta, ya había llegado al inicio de la fila y ahora tenía que concentrarse en hacer el pedido pues, por estar vigilándolos, no había pensado en qué ordenar.
—Eh, sí, eh… ¿Qué- Qué hay?
Mientras tanto, en una de las mesas del área de comidas, el Malfoy observaba fijamente a Hermione y ella hacía lo mismo por su parte.
Ahora que estaba más calmada, había mejor luz y, pues, estaba solo una silla de distancia, Hermione tenía una mejor vista de Draco Malfoy, el tan famoso ahijado de su nueva pareja. Como ya se había mencionado antes, Snape le había hablado mucho de él. No en conversaciones extensas, sino pequeños comentarios que fueron lo suficientemente precisos como para que la castaña formara su propia idea sobre quién era este chico y si existía la mínima posibilidad de que el tan querido sobrino se convirtiese en un posible aliado a la hora de conocer a su familia.
Pero después de lo de hace rato, había quedado claro que eso no pasaría.
¿Cómo podía una persona tan hermosa —físicamente hablando— ser tan soberbia y grosera?
Luego recordó con quién era su madre y su duda se disipó.
—¿Te vas a pasar toda la noche mirándome? —preguntó cuándo finalmente se sintió cansada de tener su pesada mirada gris sobre ella. El muchacho se sorprendió, no esperaba que ella fuera la primera en hablar— Porque si es así, lo encuentro muy molesto.
—No estoy mirándote —se defendió enderezándose sobre el asiento—. Tú estás mirándome.
—No es cierto.
—Sí es cierto.
—No lo es.
—¿Acaso tu madre no te enseñó que es de mala educación mirar fijamente a las personas? ¿O solo te enseñó a ser grosero?
—De hecho, solo me enseñó lo primero. Ella es demasiado educada, incluso cuando es grosera jamás pierde la compostura —contestó frunciendo la nariz— ¿Qué hay de ti? ¿Tu madre te enseñó a provocar infartos a tus empleadores o es una habilidad que desarrollaste por tu cuenta?
—No te metas con mi madre.
—Tú no te metas con la mía.
—Basta los dos —la voz potente y severa de Snape los hizo callar de inmediato. Habían estado tan enfrascados en su pequeña pelea que nunca notaron cuando el profesor se acercó con el pedido en las manos. Fue necesario que colocara la bandeja de comida con fuerza sobre la mesa para que ambos volvieran a sus respectivos extremos, dándose un descanso de tanta agresividad—. ¿No pueden llevarse bien por un momento? Solo me fui diez minutos.
—Ella empezó —acusó el rubio.
—¿Qué? ¡No es cierto! —la bailarina se giró hacia su pareja y exclamó enojada— ¿Vas a creerle?
—No me interesa quien haya empezado, me interesa que ambos se callen —ordenó jalando una silla y sentándose en uno de los lados de la mesa cuadrada, en medio de ambos jóvenes para poder ser el árbitro en este encuentro—. Esta es para ti, hamburguesa de doble queso —indicó repartiendo los pedidos, sirviéndole a Hermione una caja pequeña con el alimento mencionado—. Otra de doble queso para mí y, para ti, tu cajita feliz.
Draco observó con horror cómo su padrino colocaba la tan famosa caja roja del menú infantil frente a él con la mayor tranquilidad del mundo. ¡¿Qué no se daba cuenta de la tremenda humillación que acababa de hacerle?! ¡¿Cómo se le ocurría darle una cajita feliz frente a su nueva adversaria?! Al levantar la mirada, encontró el rostro burlón de Hermione Granger retorciéndose de la risa. La muchacha trataba en vano de ocultar su sonrisa dientona detrás de una servilleta, pero en cuanto se sintió observada, dejó de intentarlo.
¡Esa ratona!, pensó apretando los dientes.
—¿Qué es eso? —murmuró cabizbajo señalando la comida. Sus pómulos altos estaban sonrojados y ni siquiera mirar hacia el otro lado lograba disimular su vergüenza.
—¿Cómo que "qué es eso"? Es lo que siempre pides.
—Claro que no. Estás confundido —masculló sacudiendo la cabeza y sentándose derecho, recuperando todo su orgullo—. No lo quiero.
—Draco.
—No pedí eso.
Snape puso los ojos en blanco y soltó un bufido. ¡Cómo odiaba cuando se ponía así de especial! Era igual a su padre, una mula que no daba ni para atrás ni para adelante.
Sin ánimos de pelear, decidió buscar la opción más diplomática, por lo que tomó su hamburguesa y la intercambió por el menú infantil, poniendo fin al asunto. Draco pareció estar de acuerdo pues su sonrojo desapareció inéditamente.
Sé que es extraño imaginarse al temido profesor Snape comiendo una Cajita Feliz con Nuggets y juguetito incluido, pero prefería eso a tener que lidiar con los berrinches de su ahijado en un lugar público… otra vez.
Además, no pensaba desperdiciarlo, había pagado 2.68 libras por él.
Y el dinero no estaba para regalarlo.
Hermione no podía creer lo que veía. ¡Ese chico en serio era un niño mimado! Con razón no le caía bien. Además de grosero y soberbio, era un niñito de mamá que de seguro necesitaba de sus cincuenta criados para atarse los zapatos. Nunca había sentido tanta vergüenza ajena por alguien de su misma edad y ¡eso que ella muchas veces se había dejado en vergüenza a sí misma!
Y había evidencia audiovisual de eso.
¡¿Y qué hay de Snape?! ¡¿Por qué se estaba dejando mandonear de esa forma?! ¿Dónde estaba ese carácter fuerte del que tanto presumía?
Si así era el hijo, ¡no quería saber cómo era el padre!
—Bien —empezó el profesor luego de un largo silencio, en el que aprovechó para comer un poco y calmar sus nervios—. Me alegro que por fin se conozcan.
Tanto Hermione como Draco se giraron en su dirección y enarcaron una ceja.
Esa frase no era cierta. No eran tontos. No habían nacido ayer.
—Hermione, él es Draco, mi sobrino y ahijado —presentó por segunda o tercera vez en el día. La castaña volvió su mirada al mencionado y asintió—. Es el hijo de mis amigos, los Malfoy. Lo conozco de toda la vida. He sido su profesor cuando estudió en Hogwarts y ahora estudia Economía en Oxford, mi alma máter. —el dato no pareció impresionarla—. Él fue quien encontró a Lamarck cuando era cachorro. De hecho, es con quien has estado compartiéndolo todo este tiempo además de mí.
Eso sí era interesante.
Todo este tiempo, siempre creyó que Snape era quién había rescatado al enérgico samoyedo. Se conocía la historia de memoria. Era un día de invierno, estaba regresando a Londres después de haber pasado toda la mañana en su ex facultad en una reunión con antiguos colegas, cuando por accidente el auto en el que venía pasó por encima de un bulto blanco que había salido de la nada. Cuando bajó a revisar qué era, se encontró con la criatura más preciosa del mundo, un pequeño cachorrito de samoyedo que apenas sí podía caminar correctamente.
Y así era como había llegado Lamarck a su vida.
O bueno, eso había creído hasta ahora.
Resulta que a su novio se le olvidó mencionar el nombre de la persona que conducía.
—Draco me convenció de quedármelo. Fue él quien lo llevó a mi casa y compró todos los juguetes que ves en ella. Todos los peluches, pañoletas, correas y la mayoría de cosas de Lamarck las compró él, incluido aquel peluche de pato que quiere tanto.
¡Ja! ¿Quién lo diría? Los unía su amor inmenso por el perro de Snape.
—Interesante…
El rubio infló el pecho orgulloso. Sí, ella podría quitarle el amor de su padrino, pero al menos seguía siendo el favorito de su perro.
Ella jamás podría superar eso.
—Antes, cuando Draco estaba de vacaciones, solían pasar las tardes juntos. Lo llevaba al parque, al veterinario, jugaba con él. Básicamente, todo lo que tú sueles hacer con él ahora.
—Ya veo —respondió tajante.
No sé si Snape estaba tratando de ponerlos celosos el uno del otro o si trataba de buscarles cosas en común. Personalmente, espero que sea la segunda opción. De por sí esos dos ya tenían mucho compitiendo por su atención como para ahora competir por la atención del perro.
—Draco, ella es Hermione, mi instructora de baile y mi novia. Llevamos juntos un mes y medio —acompañó lo dicho con un suave gesto. Posó su mano izquierda sobre la mano derecha de la castaña y la apretó con ternura, entrelazando sus dedos, sin miedo de exponer su afecto a los ojos de quien quisiera verlo. La bailarina correspondió el gesto y apretó sus dedos largos con los suyos—. Nos conocimos en marzo, cuando me inscribí en la academia. Ella trabaja como asistente para McGonagall, así fue cómo nos hicimos amigos. Ella tiene asignado nuestro grupo.
El dato no pareció sorprenderle, pero sí el gesto afectuoso entre ellos. Le recordaba ligeramente al trato que se tenían sus padres: discreto, pero tierno.
Aunque claro, no debía fiarse aún.
Miranda solía comportarse así con su tío Rabastan al inicio de su "relación", cuando recién comenzó a acompañarlo a las reuniones familiares de los domingos. Inocentes roces de las manos y sonrisitas tontas, ese tipo de cosas. Un año después, con un ático en Londres y un trabajo bien remunerado como modelo en Burberry gracias a las conexiones de su pareja, el comportamiento Miranda estaba muy lejos de parecerse al de aquella jovencita callada que se sentaba en la esquina de la mesa, bajo la protección del tío Rab.
—Hermione es una increíble bailarina, realmente extraordinaria —retomó el profesor aclarándose la garganta—. Lleva toda su vida bailando, desde los tres años, ¿verdad? —ella asintió—. Empezó con la danza clásica en Cambridge y luego, cambió al baile del salón. Siempre ha sido muy disciplinada, básicamente es una deportista de élite. Representó a su ciudad en diversos concursos y ganó el título nacional con solo 16 años. De hecho, es la bailarina más joven en ganar las Nacionales —añadió con orgullo, acariciando sus lindos nudillos con las yemas de sus dedos—. Ahora nos está preparando para el Syllabus de las Escuelas de Londres, un concurso importante para los bailarines de ballroom principiantes.
La pareja se le quedó mirando, esperando por su respuesta. Draco asintió lentamente y apoyó su mandíbula afilada sobre sus manos entrelazadas, adoptando una postura de pensador que pondría en vergüenza a cualquier réplica de la obra maestra de Rodin.
Finalmente, preguntó.
—Entonces, ¿no eras una stripper?
Hermione abrió los ojos, horrorizada. Se había quedado boquiabierta. Por su rostro pasaron miles de emociones, pero estoy segura que la indignación y el enojo fueron las que más predominaron.
Snape, casi tan sorprendido como la muchacha, solo atinó a realizar un contundente movimiento.
— ¡Auch! ¡¿Me pateaste?! —chilló el Malfoy sobándose la pierna izquierda— ¿Qué te pasa?
—¡¿Qué te pasa a ti?! —reprendió— ¿Cómo se te ocurre decir algo así?
—¿Qué? Delphini me dijo que era bailarina exótica.
Si su objetivo era empeorar todo, pues déjenme decirles que lo logró pues no sabría decirles quién estaba más molesta: si Hermione por tal mal trato o yo por tanta estupidez.
—¡Basta! ¡Yo me voy! —anunció la joven levantándose de golpe—. No voy a seguir tolerando tal humillación… Nos vemos en la casa.
—Hermione, cariño, no —trató de detenerla, pero fue en vano—. ¡Agh! ¡¿Ya ves lo que hiciste?!
—¡Pero no dije nada malo! —se defendió mientras lo veía levantarse y salir corriendo tras la muchacha—. ¡No hay nada de qué avergonzarse! ¡Ser stripper es un trabajo como cualquier otro!
Al menos puedo decir que los demás comensales del restaurante pudieron escuchar chisme gratis.
Si alguna vez Snape pensó ingenuamente que el que su relación se hiciera pública haría las cosas más fáciles para él y para su precario manejo del estrés estaba en un rotundo error.
No había sido un alivio, al menos no uno por completo.
Convencer a Draco de aceptar a Hermione como parte de su vida tomaría un tiempo, pero al menos tenía la certeza de que pasaría tarde o temprano. Probablemente más tarde que temprano. Solo tenía que introducir a la castaña poco a poco en su rutina. Sin embargo, ahora que todo había salido a luz y de la peor forma posible, cada día estaba más seguro que la pobre bailarina jamás sería aceptada ni por Narcissa ni por Lucius. No hay necesidad de explicar los motivos de la primera, creo que son bastante obvios. En cuanto al segundo, pues, solo diré que, en este tipo de asuntos, Lucius casi siempre elige ceñirse a lo que diga su esposa.
Una decisión muy sabia, si me permiten decirlo.
Y, como si las cosas no pudieran empeorar, al lunes siguiente, actualizaron el blog estudiantil.
¡Ah! ¡Sabía que no debió levantarse de la cama esa mañana!
Y es que supo que todo saldría mal hoy desde el segundo que abrió los ojos.
Para empezar, no había escuchado la maldita alarma… ¡Otra vez!
Se había desvelado la noche anterior en una videollamada con Hermione, por lo que casi no había descansado. Estuvieron viendo los siguientes capítulos de su telenovela y la trama debía estar interesante pues recién se fueron a acostar alrededor de las tres de la madrugada, cuando ambos se estaban cayendo de sueño a mitad del episodio 56.
Por lo general, Snape solía tener el sueño ligero, pero esta vez había quedado noqueado. Para cuando despertó, ya estaba 30 minutos tarde para ir al trabajo.
Y si había algo que había aprendido a lo largo de esos 42 años de existencia en la Tierra era que, si no se aprovechaba la mañana, el resto del día sería insufrible.
No solo llegó tarde, sino que además se llevó la sorpresa de su vida cuando vio la nueva entrada en el blog de noticias del colegio.
—"Buenos días, Severus" —saludó la profesora Sinistra durante las primeras horas de jornada, cuando se toparon accidentalmente en la máquina de café del primer piso—. "Oh, ¿qué te pasó? ¿Se te pegaron las sábanas otra vez? Algo me dice que nos desvelamos toda la noche, ¿eh?"
—"Muy graciosa".
—"Tienes unas ojeras más grandes que mi apartamento" —bromeó mientras presionaba los botones del aparato—. "¿No quieres que te preste un poco de maquillaje? Podrías asustar aún más a los niños si te ven así… Tranquilo, no hay nada que una buena base no solucione".
—"¿De casualidad desayunaste un loro está mañana, Aurora? Porque te encuentro más parlanchina que nunca".
—"Oye, oye, tranquilo" —rio levantando ambas manos de forma inocente, pero con una sonrisa traviesa en el rostro—. "Sí que te pones de mal humor cuando no duermes tus ochos horas, ¿verdad? Qué tanto habrás estado haciendo para desvelarte de esa forma, ¿eh?" —añadió pícara jugando con sus cejas.
Snape frunció el ceño y se hizo a un lado para dejarla sacar su café. La morena continuó observándolo de forma burlona, como si supiera algo que él no. Realmente no entendía qué mosca le había picado. Por lo general, no era así.
Algo raro estaba pasando hoy.
—"Creo que está pasando más tiempo del que debería con los alumnos, mi estimada profesora. Se te está pegando su estupidez"—el maestro presionó uno de los botones y la máquina empezó a preparar su pedido —. "A este paso, terminarás convirtiéndose en Simons o en su amiguita".
—"Oh, ¡vamos, Severus! Llevamos trabajando juntos muchos años, ¡pensé qué éramos amigos!" —se quejó simulando un puchero mientras se recostaba sobre la pared. Su tasa caliente humeaba en sus manos, creando espirales blanquecinas en el aire—. "Anda, cuéntamelo todo, ¿sí? Y quiero detalles, ¡todos los detalles! Esto no pasa todos los días. Si no lo hubiese visto con mis propios ojos, jamás lo habría creído".
Más confundido que nunca, el profesor dudó un poco antes de responder.
—"No sé de qué estás hablando".
—"¡Ay! No te hagas el inocente, por favor. No te queda" —bufó dejando caer su cabeza a un costado—. "Ya todos lo saben".
—"En serio, no sé de qué estás hablando, Aurora. Y ¿sabes qué? No tengo tiempo para esto. Tengo que dar una clase ahora" —retiró su café del dispensador y lo sostuvo con mucho cuidado de los bordes para no quemarse—. "Así que, si me disculpas, tengo que ir a ganarme mi quincena porque tengo un perro que mantener. Nos vemos".
Se dio la vuelta dispuesto a irse haciendo una gran salida, pero todo intento de escape glorioso quedó en el olvido cuando la profesora de Geografía soltó un último comentario burlesco justo antes de seguir su propio camino de regreso a su salón.
—"¿Qué no leíste la última entrada del blog del colegio? Los chicos del taller de periodismo se lucieron. Fue divertidísimo" —rio—. "Chismeamos en el almuerzo, ¿ok? Bye".
Snape se quedó pensativo después de eso.
¿Para qué les voy a mentir? ¡Jamás leía el blog del colegio! No estaba interesado en nada de lo que esos mocosos pudiesen escribir, así que no tenía ni idea de a qué se refería. No obstante, debió suponerlo. Ahora que lo miraba en retrospectiva, era claro que debió suponerlo.
¡¿Cómo es que no se dio cuenta antes?! ¿Acaso estaba tan ciego?
Para empezar, todo el mundo lo observó raro cuando llegó tarde ese día. Desde los alumnos más jóvenes hasta el mismísimo director Dumbledore, todos lo miraron como si le hubiese salido un tercer ojo en la frente. Él asumió que era porque iba tarde. Siempre había sido motivo de conversaciones cada vez que llegaba un poquito fuera de la hora de entrada, por lo que no le tomó mayor importancia. Sin embargo, debió sospechar algo cuando se percató que los alumnos de su primera clase no dejaban de silbarle.
Sí, "silbarle", de esos silbidos desagradables que los idiotas con medio cerebro les lanzan a las mujeres que van pasando por la calle, de esos mismos hablo.
Jamás se había sentido acosado hasta ese momento, pero podía soportarlo…
¿Verdad?
"No hagas nada estúpido, Snape. Ya estás en falta, no puedes arriesgarte a perder este trabajo".
Una vez estaba bien.
Dos, era soportable.
Para la tercera, quería arrancarles la cabeza ¡a todos!
"Amo mi trabajo, mi amo mi trabajo, amo mi trabajo"
Sinceramente, no sabía qué estaba pasando.
No sabía qué había pasado con él, con su autoridad, con su vida entera. ¡Ni siquiera era capaz de reconocerse a sí mismo! En más de una década trabajando ahí, nunca nadie le había faltado el respeto de esa forma y, ahora, esos malditos mocosos de 13 años se atrevían a silbarle como si se tratara de una muchacha en minifalda.
¿Qué estaba pasando? ¿A dónde había ido el temido profesor Snape que imponía respeto con tan solo una mirada? ¿Dónde estaba aquel hombre que se había convertido en la pesadilla de más de un alumno? ¿Qué había sido del docente más severo que en la historia del colegio Hogwarts?
Ahora no era más que la sombra de lo que alguna vez fue, un pobre hombre demasiado viejo como luchar contra la nueva generación de adolescentes con libre acceso a internet, una parodia patética creada por una chica tercermundista de veinte años con mucho tiempo libre que no tiene ni la más puta idea de lo qué está haciendo.
Lamentable.
Volvió a entrar en su amado laboratorio para su segunda clase. Adentro, sus alumnos de cuarto año ya lo esperaban sentados en sus respectivos pupitres dobles. Hacían mucho ruido con sus murmullos. Supuso que la conversación debía estar interesante pues ni siquiera se detuvieron cuando él entró dando zancadas con su actitud solemne de siempre.
Era como si fuera invisible, ¡como si no existiera!
—Buenos días. Saquen sus libros, empezamos en dos minutos —anunció mientras se sentaba en su escritorio. No recibió mayor atención más que la de algunos estudiantes que sacaron sus cosas en automático sin dejar de hablar. Frunció el ceño, indignado, y optó por volver a intentar—. Hoy vamos a ver la unidad 12, así que saquen solo lo necesario porque vamos a usar los matraces y… —otra vez, ignorado. ¡Qué desesperación!—. Silencio… Silencio… ¡Silencio!
—Y entonces el profe le plantó unos besotes que…—
¿Alguna vez han vivido ese incómodo momento en el que alguien más o incluso tú mismo está hablando de otro alguien y, de la nada, todo el mundo se queda callado como para que se escuche de forma muy clara todo lo que se está diciendo?
Pues, precisamente eso fue lo que pasó en el aula cuando el profesor Snape escuchó el momento exacto en el que uno de sus alumnos les contaba a sus amigos el mayor chisme del momento.
Snape frunció el ceño y posó su mirada dura en el muchacho, cosa que todos los demás imitaron. El adolescente estaba pálido como las hojas de su cuaderno, sudaba frío y probablemente lo que más quisiese en ese instante era morirse. ¡Qué vergüenza! Su profesor la había atrapado hablando mal de él. Puede que les causara risa a sus compañeros, pero él no sabía si reír o llorar.
El mayor, por su parte, no sabía qué estaba pasando, pero no iba a permitir que esos mocosos hablaran mal de sus demás colegas.
Así no supiera de quién se trataba.
—Si tiene algo que compartir con la clase, Souza, por favor, hágalo de una vez. Estoy seguro que todos estaremos complacidos de escucharlo —el chico se quedó callado, pero algunos de los alumnos que lo rodeaban no pudieron evitar ahogar unas risillas—. ¿No? Qué lástima… Cinco puntos menos por hacernos perder el tiempo —el chico agachó la cabeza, avergonzado, dejando expuestas sus orejas rojizas—. Ahora, si no hay nada más que merezca nuestra atención, abran sus libros y guarden silencio.
La clase continuó con la misma normalidad de siempre; no obstante, Snape no dejó de preguntarse el porqué de la extraña actitud de todos. A pesar de no oírlos con claridad, estaba 100% seguro de que sus estudiantes seguían hablando, así como también estaba seguro de que alguien le estaba viendo el trasero mientras escribía en la pizarra.
¡Qué desagradable!, pensó removiéndose incómodo, tratando de cubrirse disimuladamente con un mano. ¡¿Esto es lo que sienten las mujeres cada vez que suben al transporte público?!
Para colmo, todavía tenía la voz de Aurora Sinistra rondando en su cabeza, advirtiéndole de forma burlona que revisara el blog de noticias del colegio.
¿Se estaba perdiendo de algo?
Cuando tomó su primera pausa para descansar mientras los chicos trabajaban, decidió ponerle fin al asunto de una vez por todas. Tomó su teléfono, otro sorbo de café y procedió a buscar el nuevo contenido del blog estudiantil.
Al principio, no notó nada fuera de lo común.
Que si el equipo de fútbol había sido pasado a la siguiente etapa del campeonato interescolar, que si se habían abierto nuevos cupos para el taller de audiovisuales, que si el coro anunciaba un recital para las fiestas de Navidad o que si el taller de teatro presentaría alguna obra especial para fin de año. En realidad, no había nada destacable más allá del nuevo calendario de actividades para diciembre y la oferta de 2x1 en cerveza de mantequilla en la cafetería Las Tres Escobas.
Hasta que, de pronto, encontró algo que llamó su atención.
¿Víspera de romance navideño?
Después de tantas cartas rogándole a Santa por un milagro de Navidad, ¿finalmente nos trajo ese alguien que logró conquistar el impenetrable corazón de nuestro querido "Grinch"? ¿Será que acaso el amor por fin ha llegado a las mazmorras? Preparen sus muérdagos y descúbranlo en el siguiente enlace.
Él no era chismoso.
¡Se los juro!
Pero en serio quería saber quién era ese "Grinch" que finalmente había encontrado el amor.
Aunque, dada la información que le daban, ya podía deducir de quién se trataba.
Que no digan mi nombre, que no digan mi nombre, que no digan mi nombre…
Con miedo, cliqueó en el enlace correspondiente para entrar al tan famoso artículo.
All I want for Christmas is... ¿a bat?
(Todo lo que quiero para Navidad es… ¿un murciélago?)
Escrito por: Diane Dashwood
Fotografías de: Peter Parker
La nieve empieza a caer y, una vez más, el castillo se viste con sus típicos pinos verdes y guirnaldas doradas. La Navidad se acerca y los preparativos comienzan. La lista es larga, todavía queda mucho por hacer: organizar la cena, terminar las decoraciones, envolver los regalos y entregar los últimos trabajos antes de fin de año.
Sin embargo, aún falta algo.
¡Exacto! Un buen romance navideño.
Si algo nos han enseñado las películas es que no hay Navidad perfecta sin un beso bajo el muérdago y, aunque estoy segura de que muchos esperan ansiosos la ocasión para pasar un buen momento junto a su ser amado, un par de tortolitos —o debería decir, murcielaguitos— se nos adelantaron este año.
Lo que Snape vio a continuación casi le provocó un colapso nervioso fulminante, un paro cardíaco que estuvo a nada de llevarlo a conocer a San Pedro. Sus orejas y mejillas se pusieron tan rojas como la nariz de Rodolfo, el reno. Sus ojos no podían crear lo que veían.
¡Esto no estaba pasando! ¡No estaba pasando!
Sus alumnos saltaron del susto cuando, de la nada, su serio profesor de Química escupió su café antes de empezar a toser desesperado, tratando de no ahogarse con el líquido amargo. En sus manos, todavía sujetaba su teléfono en donde claramente se apreciaba una fotografía de él besando a una chica castaña que sostenía la correa roja de un perro blanco y peludo.
Atrapadaaaa…
—¡Profesor Snape! ¡Profesor Snape! ¿Se encuentra bien? —gritó uno poniéndose de pie.
—¡Claro que no! Se está ahogando —exclamó otro— ¡Está rojo!
—¡Rápido! ¡Llamen a Madame Pomfrey!
—No, mejor hay que llevarlo a la enfermería.
—Profesor, profesor, tome —dijo una chica acercándose para tenderle un pañuelo.
—Cuidado, el piso está mojado.
—Creo que ya se enteró —susurró alguien al fondo.
La nariz le ardía, el café se le había metido por las fosas nasales. Sus ojos lagrimeaban y la cabeza le daba vueltas por culpa de la violenta reacción. De pronto, se vio rodeado por las miradas preocupadas de sus alumnos, quienes estaban a tan solo unos pasos de distancia de su escritorio, esperando por alguna señal que les indicara que ya estaba bien.
Tal vez antes les hubiese creído.
Tal vez, y solo tal vez, el tonto Severus Snape enamorado de estas últimas semanas les hubiese creído, pero ese hombre ya no estaba, se había ido, estaba de año sabático.
Ahora, el viejo Snape de siempre, el profesor de Química que imponía los peores castigos jamás imaginados estaba de regreso y no se iba a detener hasta saciar su sed de sangre y venganza.
Pero, a pesar de que quería matarlos a todos por haberse guardado el secreto solo para ellos, primero tenía que terminar de leer ese maldito artículo.
Con miles de emociones nublando su cordura, reanudó su lectura.
¡Así es, queridos amigos!
Se nos hizo el milagro, señores, se nos hizo ¡por fin!
Después de tantas cartas rogándole a Santa por un milagro de Navidad, finalmente el amor ha llegado a las mazmorras y es que todo parece indicar que el eterno Grinch del castillo por fin ha encontrado a ese alguien especial que hará crecer su corazón.
Nuestros cámaras captaron esta tierna escena afuera del colegio donde uno de nuestros docentes fue descubierto a plena luz del día con las manos en la masa (y en otros lugares más). Bañados con ese filtro frío propio del invierno y vigilados por aquel pequeño angelito peludo de cuatro patas, nuestra "misteriosa" pareja nos regalaba una escena de película que ni siquiera el mejor guionista de Hollywood pudo haber escrito.
No les voy a mentir, amigos, incluso para esta intrépida reportera acostumbrada a las cosas raras, esto fue bizarro de ver, pero no pueden negar que es una tierna postal. Solo nos queda hacernos una pregunta, ¿este milagro nos hará los exámenes de fin de año más fáciles?
Roguemos que sí.
P.D.: Por favor, ya no dejen muérdagos en las mazmorras, parece que ya tenemos suficiente amor en el aire por hoy.
Y así era como terminaba: con un mal chiste y un video corto sin sonido de Hermione saltando a sus brazos para robarle un beso aquel pasado miércoles que fue a recogerlo para almorzar.
Dejó el teléfono a un lado y se agarró la cabeza, perplejo.
¿El mejor acontecimiento en los últimos meses de su maldita vida se resumía en un mal chiste y un artículo escolar de pobre redacción y contenido escrito por una mocosa de 17 años? ¿En serio?
Se llevó un par de dedos a los ojos antes soltar un sonoro suspiro que dejó a más de uno preguntándose por la estabilidad mental de su profesor. La cabeza le dolía demasiado. La sentía pesada y caliente, como si fuera una tetera a punto de hervir. Incluso era capaz de escuchar los latidos de su propio corazón en la parte inferior de la frente.
Necesitaba una aspirina.
¡Necesitaba la farmacia entera!
"Escrito por: Diane Dashwood
Fotografías de: Peter Parker"
No.
No necesitaba eso.
¡Necesitaba matar a esos mocosos!
De repente, la vena de su frente dejó de latir y su presión arterial descendió. Su ceño se relajó y los músculos de sus hombros se relajaron. Su metódico cerebro había puesto en orden a sus emociones y finalmente era capaz de ver las cosas con claridad.
Necesitaba hacer algo.
Necesitaba hacerlos pagar por esta maldita broma de mal gusto. Necesitaba que esos malditos niños aprendieran de una buena vez por todas que nadie podía meterse en su vida privada, que nadie podía venir y burlarse en su cara, mucho menos un par de brutos barbajanes que ni siquiera sabían limpiarse el trasero. Iba a ponerle un alto a todo esto. Nadie saldría vivo de ahí hasta que tuviera a los dos responsables de todo ese circo limpiando cada inodoro del castillo con sus lenguas. Los iba a bañar en sangre, ¡no iba a parar hasta que lo llevaran a la cárcel!
Estaba decidido a reponer todo su almacén de químicos con sus lenguas y orejas por andar de chismosos jugando a la prensa amarillista.
Y no estaba exagerando.
El Snape "buena onda" se había acabado.
No quería una disculpa.
¡Quería venganza!
—¿Profesor? —preguntó con cautela el delegado de la clase, debatiéndose entre si acercarse o quedarse cerca de la seguridad de su asiento— ¿Profesor, se encuentra bien?
Snape levantó la cabeza. Su cabello largo se sacudió violentamente enmarcando ambos lados de su cara. Sus ojos negros y, por lo general, fríos, ahora echaban llamaradas de fuego infernal que podrían derretir hasta la mismísima Patagonia. Solo existía una palabra en el mundo para nombrar lo que aquella mirada transmitía:
Ira.
—Olvídelo.
Asustados, los alumnos de cuarto año retrocedieron presos del pánico, atrincherándose al otro extremo del salón, asegurándose de poner la mayor distancia posible entre ellos y el demonio de pelo graso que tenían por profesor.
—¡DAAAAAAASHWOOOOOOD!
He visto cosas muy dramáticas a lo largo mi vida. Ya saben, casi tres años de pandemia, el posible inicio de la tercera mundial, la tiradera que Residente le dedicó a Balvin y el juicio de Johnny Depp y Amber Heard, cosas así. Sin embargo, creo que nada podrá superar la vez en la que el profesor Snape enloqueció por completo a mitad de su segunda clase de Química de los lunes.
El hombre había pegado un grito que de seguro se escuchó hasta el otro lado de la ciudad. Dicen las malas lenguas que todos los perros de Londres ladraron ante la amenaza de peligro ese día y que un pequeño sismo de magnitud 1 en la escala de Ritcher hizo temblar las ventanas del colegio, alertando a más de un estudiante.
Sea como haya sido, solo hubo dos verdades innegables ese día:
La primera, el profesor Snape ya había leído el artículo en el que se desmentía el mito de su eterna soltería.
La segunda, que Diane Dashwood estaba en un grave peligro.
—Oh, no.
—Te dije que no publicaras ese artículo.
—¡Cállate y escóndeme!
Recuerdo ese día como si fuese ayer.
Snape salió a toda velocidad del laboratorio dejando atrás a toda su clase, todavía asustados y ocultos tras sus pupitres al fondo del salón. El suelo inmaculado era un completo desastre por culpa del café derramado y la taza de plástico todavía seguía rodando sobre el escritorio, terminando de mojar unos papeles sueltos que eran nada más y nada menos que el registro de notas del mes.
Salió de las mazmorras y se dirigió a los pisos superiores en busca de la causante de sus desgracias. Pisaba con fuerza haciendo temblar el suelo bajo sus pies. Sus zancadas eran largas y fluidas y abarcaban más distancia de lo acostumbrado. Su abrigo negro y sin cerrar hacía las de capa y ondeaba tras él creando una silueta oscura y tenebrosa que auguraba el comienzo de una masacre. Los curiosos que se encontró en el camino se apartaron conforme avanzaba pues temían convertirse en el nuevo objeto de su cólera. Más de uno contempló con terror la imponente figura del profesor deslizándose por los pasillos en busca de la joven reportera, todos contuvieron el aliento cuando por fin puso sus ojos sobre ella.
Ese día, los alumnos más pequeños finalmente entendieron por qué su profesor se había ganado el apodo de "el murciélago de las mazmorras". Con tales "colmillos y alas", sería cuestión de tiempo antes de que descubriera cómo volar por encima de sus víctimas.
Solo quedaba rezar por el eterno descanso de esa pobre alma.
—¡Lo siento, profesor! Yo no hice nada, no hice nada, ¡se lo juro!
—¡Severus, no! ¡La junta de padres nos va a denunciar!
—¡Snape, no le hagas daño! ¡Fue un accidente!
—¡Dashwood, le juro que jamás permitiré que se gradué! ¡Lo juro por Dios!
—Corre, Diane, ¡correee!
—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo sientoooo!
Visitar la oficina de Dumbledore no era algo extraño para Severus Snape. Desde que era pequeño, solía aparecerse por ahí de vez en cuando cada vez que lo encontraban medio muerto después de perder alguna pelea con los bullies del colegio.
Cuando creció, esas cosas cambiaron para bien. Ya no lo citaban por ir a clases con los ojos morados o la nariz rota, sino por sus excelentes notas académicas y constante representación a nombre de su colegio en los concursos interescolares de matemáticas y ciencias.
Pero ahora que trabajaba ahí como profesor, ir al despacho del director se había convertido en una costumbre que no sabía si le desagradaba o no del todo. Al principio, solo iba para firmar su constancia de recepción de pago o para justificar ausencias o tardanzas. Con el tiempo, empezó a ir solo para matar el tiempo cuando estaba aburrido entre clase y clase.
No tenía nada que ver que Dumbledore lo llamara para compartirle los últimos chismes del mes.
Sin embargo, esta era la primera vez que Dumbledore lo citaba a su despacho específicamente por "atacar" a un alumno.
Sí, sé que suena impactante. Si eso hubiese pasado en mi país, probablemente ya estaría en todos los noticieros y ahorita mismo lo estarían despidiendo y expulsando del Magisterio, pero cálmense. Todo tiene una explicación, por eso las comillas de más arriba.
*Guiño*
—¿Mejor? —preguntó el anciano de larga barba blanca y ojos celestes.
Él estaba sentado en su silla acolchonada de escritorio, observando fijamente a su profesor de Química que estaba sentado justo al frente, jugando con una de esas pelotas anti estrés en cada mano. El director estaba agradecido de tener todo un cajón llena de esas. Sabía que algún día serían útiles, aunque no esperaba que de esta forma.
—¿Ya te calmaste?
—No.
—Muy bien, muy bien. Tómate tu tiempo. Yo espero.
Después de perseguir a la joven Diane Dashwood como un perro galgo a un conejo durante casi diez minutos seguidos a lo largo de tres pisos hasta el campo de fútbol del colegio, Snape finalmente se rindió. No podría atraparla nunca, ella era demasiado rápida y él estaba demasiado fuera de forma. De hecho, cuando se cansó, tenía un dolor punzante en la costilla izquierda, como si alguien le estuviera pinchando aquella zona, y apenas sí podía respirar entre jadeo y jadeo. Nunca antes había sentido tanto el peso de sus 42 años como hasta ese momento.
Además, ¿qué ganaba alcanzándola? ¡Igual no podía hacerle nada! Los derechos de los niños la protegían y no valía la pena enfrentar 10 años de cárcel por una mocosa como ella.
Por desgracia, su honor no podría ser vengado ese día.
Y tampoco su reputación.
Después de tal grito, todos los alumnos y maestros habían abandonado las aulas para ir a ver el espectáculo que Snape y Dashwood estaban montando. Entre risas y gritos y una que otra persona grabando todo para la posteridad, las reacciones fueron variadas. Los docentes trataban de detener a su colega y poner a la muchacha a buen resguardo. Los estudiantes, por su parte, solo alentaban a su compañera a seguir corriendo todo lo que sus piernas le permitiesen.
"¡Corre, perra, corre!"
La profesora Sprout se encargó de llevar a una ceceante Diane hacia la enfermería con Madame Pomfrey para rehidratarse y descansar un poco. Entre lágrimas y lamentos, la muchachita con sueños de ser reportera suplicaba a viva voz por el perdón de su profesor, pero este nunca se dignó a contestar, ni siquiera cuando comenzó a llorar de forma horrible, de esos llantos que te contorsionan la cara, te hacen hipar y producir moco.
En cuanto a los alumnos, estos fueron automáticamente conducidos hacia sus respectivos salones con la ayuda de los demás profesores liderados por el profesor Flitwick.
—Muy bien, se acabó el shor. No hay nada que ver aquí. Regresen a sus aulas… Ramírez, deme ese teléfono. Más vale que no tenga nada grabado ahí.
¿Y Snape? ¿Qué pasó con Snape?
Pues, él fue "amablemente" escoltado por Lupin y Sinistra hacia el despacho del director.
—Respira, Severus, respira —decía Lupin mientras lo guiaba hacia adelante sujetándolo por los hombros—. Inhala, exhala. Inhala, exhala. Cálmate, ¿sí? La violencia no es la solución.
—Cállate, Lupin. No estoy de humor para tus charlas de yo no rompo un plato —gruñó mientras continuaba caminando, sintiendo como si la policía estuviera llevándolo a la comisaría de nuevo por pelear en la vía pública—. Y suéltame. Puedo caminar solo.
—Oye, tampoco le hables así —defendió Sinistra, la única valiente capaz de hacerle frente—. Todo esto es tu culpa por comportante como un matón. ¿Cómo se te ocurre querer ponerte al mismo nivel que un alumno? ¡¿Estás demente?! Ahora todos corremos peligro si es que la junta de padres se entera de esto y, oh, créeme, se van a enterar… Van a rodar cabezas por tu culpa.
—¿Mi culpa? ¡¿Mi culpa?! —bramó haciendo brincar a sus interlocutores— ¿Qué no viste lo que esos mocosos me hicieron? ¡Se burlaron de mí! ¡Me humillaron! Soy yo quien debería ser la víctima, no ellos. Fue a mí a quien le faltaron el respeto, ¡a quien invadieron su privacidad!
—Oye, oye, no me grites. ¿Quién te crees? ¿Mi marido? —respondió con la misma potencia de voz— Ni mi padre me ha gritado, mucho menos tú.
—Claro, cómo no eres tú quién está por todo internet…
—¡Eso te pasa por estar besándote al frente del colegio! ¡¿Cómo pudiste ser tan descuidado?! Todo el mundo sabe que esas cosas no se hacen frente a tu lugar de trabajo.
—Oh, por cierto. Gracias… ¡por apuñalarme por la espalda! —exclamó deteniéndose para verla a los ojos pardos y reclamar—. ¿No que "éramos amigos"? ¿Qué clase de amigo se olvida de avisarle al otro que está en la primera plana de una página de chismes del lugar donde trabaja?
—Ok, ok, basta los dos —Lupin se interpuso entre ambos antes de que los ánimos de pelear de su colega regresaran y recayeran en la profesora de Geografía. Ambos tenían un carácter fuerte y una batalla entre ellos implicaría demasiadas pérdidas para un solo día—. Sinistra, ya déjalo en paz. Es inútil razonar con él ahora.
La morena apretó los labios y, resignada, se hizo a un lado. Su colega tenía razón. Snape estaba demasiado alterado como para ser razonable… y ella también.
—Severus, necesitas calmarte —prosiguió, esta vez, enfocándose en su contemporáneo—. Vamos por un café, a tomar algo de aire fresco y luego te llevaré con Dumbledore, ¿te parece? Pero debes prometerme que vas a estar calmado, ¿ok?
—Lupin, deja de hablarme como si tuviera tres años.
Ni el café ni el aire fresco lograron calmar en gran medida al profesor de Química. Parecía que dentro de él hubiese un fuego incontrolable que devoraba todo a su paso. Solo cuando llegó a la oficina del director, hubo un cambio. Al verlo tan irascible, el director Dumbledore tomó una de sus pelotas anti estrés de colores y se la entregó a su ex alumno con la esperanza de que pudiera descargar su frustración en el objeto.
¿Para qué lo hizo? Solo le creó una nueva adicción. No pasó ni un minuto para que le pidiera otra para su mano libre. Al final, tuvo que darle todo el cajón pues mientras más pensaba en el asunto, más fuerte apretaba y más pelotas destrozaba.
Así estuvo un buen rato. El hombre sí que se tomó su tiempo para aplacar su ira. Podían dar por canceladas sus futuras clases, era claro que no estaba en condiciones para ver a ninguna persona que usara el uniforme escolar.
Dumbledore fue muy paciente todo ese tiempo. Se mantuvo en silencio en su propio asiento detrás del escritorio, dándole su propio espacio mientras aguardaba a que se apaciguara. Sabía de primera mano que su docente tenía un carácter muy volátil y que hacía sus mejores esfuerzos para controlar su mal genio cada día; sin embargo, ese artículo en el blog escolar fue la gota que derramó el vaso, haciéndolo explotar como pocas veces lo había en el pasado.
Lo entendía. No lo justificaba, pero lo entendía.
Aunque tenía que admitir que se había divertido mucho leyendo lo que la encantadora señorita Dashwood tenía para decir. En realidad, había sido una agradable sorpresa saber que ese hombre finalmente había tenido una cita… o, al parecer, más que solo eso.
—¿Y ahora? ¿Te calmaste? —volvió a preguntar con voz serena después de unos diez minutos— Puedo seguir esperando hasta que te relajes si lo deseas. No tengo problema en esperar. No tengo nada qué hacer así que tranquilo que no iré a ningún lado… Tú tómate tu tiempo, yo te espero.
Snape puso los ojos en blanco antes de lanzar su cabeza para atrás, fastidiado.
—Eres irritable, ¿te lo han dicho? —respondió luego de unos segundos, todavía apretando con fuerza la pelota anti estrés de la mano derecha— ¿Cómo se supone que me voy a relajar si no dejas de preguntar?
—Bueno, creo que estás haciendo un gran trabajo. Ya no tienes el ceño fruncido. Eso es un progreso —comentó con una suave sonrisa en su alargado rostro— ¿Un caramelo de limón? Son muy buenos para calmar los nervios.
—Paso.
—Qué lástima. A mí me encantan —el hombre de animados ojos celestes sacó una gran bolsa llena de los dichosos caramelos de limón de uno de los cajones del escritorio. Abrió uno y se lo llevo a la boca, tomándose su propio tiempo para saborear aquel sabor tan familiar que amaba—. Bueno, ahora que ya estamos más calmados, creo que podemos hablar sobre lo que pasó.
—¿Tú crees? —contestó con sarcasmo.
Dumbledore eligió ignorar aquel último comentario.
—Mientras el profesor Lupin te acompañaba amablemente a tomar aire, fui a la enfermería a hablar con la señorita Dashwood. Intercambiamos algunas palabras y me dijo que no pensaba decirle nada a la junta de padres en el caso de que abrieran una investigación sobre esto. Ella dijo, y cito, que entiende "el motivo de tu enojo" y que entiende perfectamente que estés molesto con ella y con todos los demás involucrados. También me pidió encarecidamente que te dijera que lo siente mucho y que está muy arrepentida por todo lo que pasó. Nunca fue su intención permitir que esto llegara tan lejos.
Puede que omitiera y parafraseara cierta información pues sí obtuvo toda la confesión de la estudiante y también sus motivos tontos para publicar tal artículo, pero a Snape le había tomado tanto tiempo calmarse que no quería arruinarlo tan rápido sin antes lograr escuchar su versión.
Omitir uno que otro detalle nunca haría daño, en especial, en estos casos.
—No quiero sus disculpas ni las de nadie. ¿Qué voy a hacer con ellas? El daño ya está hecho —dijo enderezandose sobre el asiento, tomando otra pelota al sentir ya muy desgastada la de la mano izquierda—. Y que no espere que le dé las gracias por no denunciarme porque yo sí lo haré. ¡La voy a llevar a juicio por difamación y abuso psicológico!
—Severus, hijo, ¿no crees que estás exagerando?
—¿Exagerando? ¿Yo? Lo que esa mocosa me hizo fue una violación a mi vida privada. ¡Una completa humillación pública! ¡¿Cómo quieres que no me enoje?!
—Hijo, te entiendo, pero no puedes llevarla a juicio. Es una menor de edad, esto no llegará a ningún lado —intentó razonar—. Solo perderás tu tiempo.
—No me importa. ¡Es mi tiempo y yo decido cómo lo pierdo! —exclamó golpeando los posabrazos de la silla con fuerza. Una de las pelotas anti estrés salió rodando de la fuerza, quedándose olvidada por quién sabe dónde—. Tengo un abogado y mucho tiempo libre. Que sus padres se preparen, los veré en los tribunales.
Eso no era del todo mentira. Snape sí tenía un abogado, su amigo Goyle, aquel que lo había representado durante todo el proceso de divorcio. El problema es que el señor Goyle era un abogado especializado en divorcios y patria potestad, no en casos de difamación.
¿Eso tenía relevancia? Claro que sí, pero los padres de Dashwood no tenían que saber eso.
—Snape, por favor. Solo son niños, ya sabes cómo son. Podrías ser un poquito más tolerante…—
—¡¿"Tolerante"?! ¡Mi tolerancia está aquí! ¡Mi tolerancia está aquí! —gritó elevando una mano por encima de la cabeza, estirándola todo lo que podía como si así Dumbledore pudiese darse una idea del nivel de tolerancia que había alcanzado— Quiero que bajen ese maldito artículo del blog, de internet, de todos lados. ¡Exijo que lo eliminen!
—Ok, ok, lo vamos a borrar, lo vamos a borrar. Te lo prometo, pero necesito que te calmes, ¿sí? —apaciguó mostrándole las palmas de las manos de forma inocente, observándolo directo a los ojos a través de sus gafas de media luna—. Voy a hablar con los chicos de periódico escolar, les diré que bajen todo el contenido y que no vuelvan a publicar nada relacionado.
—Deberías cerrar ese condenado taller. ¡Solo publican tonterías!
—Les pondré un castigo apropiado, lo prometo.
—¿Y qué hay de los que ya lo vieron? Todo el colegio lo sabe. ¡Mi reputación está en la ruina por esto!
—Vamos a encontrarle una solución, ¿de acuerdo? No vamos a permitir que este tema se haga más grande.
—Júramelo, Dumbledore —ordenó acusándolo con un dedo.
—Te doy mi palabra —respondió al instante.
Aquello pareció tranquilizarlo. Dumbledore solía prometer muchas cosas como si nada, pero eran raras las ocasiones en las que daba su palabra. Era un hombre hecho a la antigua, la palabra y el honor todavía significaban mucho para él.
Snape se relajó poco después de eso. La tensión en sus hombros disminuyó y aquel eterno ceño fruncido finalmente desapareció. Se recostó en el respaldar de la silla y adoptó una posición mucho más cómoda, todavía con la mirada fija en los ojos celestes de su mayor. La pelotita anti estrés ya no parecía ser necesaria, pero se mantendría cerca solo por si acaso.
—Está bien —susurró con voz sedosa—, pero lo quiero fuera de la red para antes de las 6.
—Dalo por hecho.
El despacho recayó en un largo silencio que no era ni agradable ni incómodo. Simplemente, eran un par de viejos amigos sentados frente a frente, esperando en silencio a que los minutos pasaran. Albus Dumbledore volvió a comerse otro caramelo de limón y, una vez más, le ofreció uno a su interlocutor por simple cortesía, pero él se negó otra vez.
Snape se preguntó si ya podría irse, aunque tampoco tenía mucha prisa. No sabría a dónde ir. No quería dar su siguiente clase porque ver a sus alumnos después de lo ocurrido podría significar otra pérdida de control, pero tampoco quería pasarse toda la tarde en su despacho hasta que fuera hora de volver a casa, se aburriría demasiado ahí.
No debí hacer, pensó para sí mismo.
—Bien, ahora que ya llegamos a un acuerdo, supongo que por fin podremos hablar de lo que realmente importa —anunció en voz alta captando su atención.
Snape enarcó una ceja y cuestionó —¿Y qué es lo que realmente importa, según tú?
El hombre de mayor de largo cabello cano apoyó ambos codos sobre su escritorio y su barbilla sobre sus dedos entrelazados. Lo observó directo a los ojos con una sonrisa imposible de disimular en los labios. Sus orbes celestes como el cielo más puro brillaban ilusionados como un niño pequeño en Navidad.
Snape conocía perfectamente esa mirada: el viejo tenía algo que preguntar.
—¿Por qué recién me entero que tienes novia?
El profesor de Química no podía creer lo que escuchaba. De hecho, Dumbledore tuvo que repetir la pregunta porque parecía no haberlo comprendido a la primera.
—Ay, hijo, llevo años esperando para oír esto y me tengo que enterar por un blog y por ti —reclamó haciendo un puchero—. No quiero decir que estoy decepcionado, pero lo estoy. Creí que nos teníamos confianza, quería la exclusiva. ¿Sabes cuánto tiempo he estado rezando para que esto pasara? ¡Y ni siquiera voy a la iglesia! Debiste contarme…
—Primero Sinistra, ahora ¿tú? —preguntó indignado— ¿Por qué todo el mundo está tan interesado en mi vida privada? ¿No tienen nada mejor qué hacer?
—Pues no, no ha pasado nada interesante estas últimas semanas, así que vivimos la emoción a través de ti —contestó como si fuese lo más obvio del mundo—. Por cierto, felicitaciones. Vi la foto, es muy bonita. Parece una chica agradable y tierna. Estoy ansioso por conocerla. ¿Cuándo me la presentas? Tengo mucho qué preguntarle, quiero saber todo.
Snape parpadeó un par de veces y automáticamente se reinició.
¿Qué él qué?
Se llevó una mano al rostro y se frotó los ojos con los dedos. Su corazón retumbaba en su cabeza como un tambor. Habían pasado demasiadas cosas en un solo día como para ahora aguantar la curiosidad de su jefe.
—Sabes, me voy a tomar el resto del día libre, ¿de acuerdo? —anunció levantándose e inclinando la cabeza ligeramente— Y, para que conste, te lo estoy informando, no pidiendo permiso —Dumbledore ensanchó su sonrisa hasta que sus ojos se cerraron. Snape no supo cómo interpretar el gesto—. Por cierto, ¿firmaste mi solicitud de ausencia para el miércoles?
—Uy, cierto. Lo había olvidado —dijo llevándose las manos a la cabeza— Ahora lo firmo.
—Fírmalo, en serio —recordó por décimo tercera vez en lo que iba del mes—. Igual no voy a venir ese día.
—Sí, sí, lo voy a firmar —lo vio darse la vuelta y dirigirse a la salida—. Sabes, mejor toma toda la semana. Creo que necesitas descansar hasta que tu mal humor se…—
Ni siquiera fue capaz de completar la oración antes de que un portazo estridente lo interrumpiera.
—…calme.
Dumbledore se quedó un rato en silencio jugando con sus dedos mientras esperaba a que el profesor estuviese demasiado lejos como para querer volver. Una vez que unos respetables cinco minutos pasaron en el reloj de pared de su oficina, tomó el teléfono inalámbrico de a un lado y marcó un número que ya conocía de memoria de tantas veces que lo había llamado.
—¿Aló? —contestaron al otro lado de la línea.
—Hola, Gellert, ¿cómo estás? ¿Te agarro ocupado?
—Nah. Estaba viendo el canal del Parlamento. Están debatiendo otra vez esa tontería de propuesta de ley que… ¿Antonio? Ven aquí, Antonio. Antonio está molestando a Fawkes otra vez.
—Saca a Antonio al patio, ya sabes que se altera cuando Fawkes empieza a cantar —le reprendió.
—¿Vas a venir a almorzar? Aurelius traerá tacos al pastor. Se me antojaron.
—No. No voy a ir, tengo trabajo, pero ¿adivina qué? Te tengo un chisme.
—¿De quién? ¿Lo conozco? Cuenta, ¡cuenta!
—¿Recuerdas a mi ex alumno, Severus Snape? ¿El profesor de Química? Siempre te hablo de él.
—¿El deprimido? ¿Al que dejaron?
—Sí, ese mismo. ¡Consiguió novia!
—¡Yo te dije! ¡Yo te dije! Si aumenta su productividad de la nada es porque está teniendo sexo. ¡Me debes 10 libras!
HOLAAAA!
QUÉ TAL? CÓMO ESTÁN? ESPERO QUE SE ENCUENTREN MUY BIEN Y QUE HAYAN TENIDO UNA SEMANA MUY BONITA. ESTA ES LA ACTUALIZACIÓN DE LA SEMANA, ME QUEDÓ ALGO CORTA, PERO CREO QUE ESTÁ BIEN. ME DIVERTÍ ESCRIBIENDOLA. ESE DRACO ES UN LOQUILLO XD
GRACIAS A TODOS LOS QUE SIGUEN LA HISTORIA, ESPECIALMENTE A SERENASTONS Y A LAURARICKMAN POR LOS COMENTARIOS :D
POR CIERTO, ALGUIEN ME COMENTÓ QUE DICEN QUE FANFICTION VA A CERRAR O SE DARÁ DE BAJA LA PÁGINA, NO ESTOY MUY SEGURA, PERO EN EL CASO DE QUE PASARA, TAMBIÉN SUELO PUBLICAR EN WATTPAD. DE HECHO, ESTA HISTORIA TAMBIÉN ESTÁ ALLÁ. TIENE EL MISMO NOMBRE Y MI USUARIO ES NatAliVic, ASI QUE ME PUEDEN BUSCAR AHÍ TAMBIÉN EN CASO DE QUE ALGO PASE.
EN FIN, ESTAMOS RETOMANDO ESTO DE PUBLICAR Y LA HISTORIA. SI BIEN TENGO UNA ESTRUCTURA YA HECHA, ME GUSTARÍA SABER SU OPINIÓN, SI LES GUSTARÍA ALGUNA ESCENA EN ESPECIFICA, ALGO DE FANSERVICE, ME LO HACEN SABER. AQUÍ SE ACEPTAN SUGERENCIAS, TENEMOS DE TODO. SI QUIEREN MUSICAL, METEMOS MUSICA. SI QUIEREN CHISME, METEMOS CHISMES, LO QUE USTEDES QUIERAN
BUENO, NOS VEMOS LA PRÓXIMA SEMANA. LOS AMO UN MONTÓN! RECUERDEN SIEMPRE TOMAR AGUA Y SI SON DE AMERICA DEL SUR, PUES, ABRIGUENSE PORQUE ESTÁ HACIENDO FRIO :3
BESOS!
