PARTE 1

::: REALEZA Y NOBLEZA :::



8

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Sólida como la Arena


Una pequeña ventisca les dio de llano a Zuko y Aang, también les regaló algo de tiempo para reflexionar por sí mismos sobre la situación antes de retomar la plática. Esta vez, tomando un ángulo no tan conspiranoico.

―¿Sabes, Zuko? Los monjes solían decir que la unión de un hombre y una mujer estaría siendo eternamente probada en constantes retos que unificarían o dañarían dicha unión.

El actual Señor del Fuego hizo una mueca.

—¿Qué? —Zuko le miró extrañado, no entendiendo lo que su amigo acababa de decirle.

—Bueno, dado a que, sea como sea, pareces aceptar el compromiso, creo que puedo darte algunos consejos sobre cómo podrías hacer de esto algo más llevadero. No solo para ti, sino para Toph.

—Ah —el Señor del Fuego aflojó su expresión facial, cambiándola por una más relajada—. Continúa.

—Una de esas pruebas, es el tiempo.

―¿Tiempo?

―Algunos lo llaman "amoríos pasajeros", es lo que a veces sucede cuando una de las partes de la pareja engaña a la otra, con un tercero, creyendo que en ese tercero está la verdadera felicidad. Es algo efímero que no tarda en morir tan rápido como nació ―informó Aang; sintiendo tanto asco como Zuko por lo que llevaba una infidelidad―. El tiempo estimado para que una pareja se desmorone es de tres a cinco años. Si se trascurre ese lapsus se puede decir que el asunto va más allá de una atracción pasajera y puede comenzar a tomarse con más seriedad.

Zuko contó los días, semanas, meses y años. Su relación con Mai apenas había alcanzado los cuatro años, en un par de meses hubiesen sido cinco. ¿Lo habrían logrado? ¿Habrían pasado esa dura etapa con los años venideros?

Algo muy en el fondo de él rugía que sí. Un lado suyo muy obstinado, le decía que ellos dos pudieron haber sido muy felices. Juntos, odiando al mundo. Pero, luego venía el estado de calma y con él volvía al presente.

A sus constantes desplantes y citas olvidadas por ambas partes; a sus discusiones sin sentido; el hecho de que él odiaba profundamente que Mai no apreciase ni siquiera un poco sus logros como el nuevo Señor del Fuego, atribuyendo todo a "es tu deber, no deberías vanagloriarte por hacerlo bien". De acuerdo, ella no era tan expresiva, nunca lo fue y Zuko así la amaba, ¿pero en serio es necesario que sea tan estoica todo el maldito tiempo?

El Señor del Fuego ya comenzaba a comprender que la realidad no era tan sencilla.

―La otra prueba es la monotonía.

―Déjame adivinar. ¿Aburrirse del otro?

―Es parecido al anterior, pero si lo piensas, son diferentes. El tiempo y la monotonía no siempre van de la mano. El tiempo a veces te permite ver lo que te va gustando o no de una persona, puede ayudarte incluso a acomodarse a ciertos aspectos, aceptar sus defectos incluso.

»En este caso a veces el tiempo no tiene nada que ver ya que no hay siempre un qué específico que influya en los sentimientos, en lo aburrido que puede ser ver a la misma persona todos los días y hacer lo mismo que el día anterior. En el hecho de que la rutina puede ser aún más devastadora que el propio tiempo, pues la monotonía puede hacer del amor más puro y bello, el más asfixiante que te puedas imaginar.

Zuko sabía que preguntar podría hacer que Aang lo estampase contra la pared, pero tenía que hacerlo.

―¿Tu relación con Katara ha pasado por esas pruebas?

Contra todo pronóstico violento, Aang se rio.

―Esas y muchas más ―aseguró un poco tenso―. Constantemente pasamos por pruebas que nos unen o nos distancian. Por ejemplo, ¿cómo crees que sé que debo dejarla golpear a Sokka cuando se molesta con él?

―No lo sé.

―Es lo que significa "fuerte unido", Zuko. Independientemente de si mi esposa fue la que inició el pleito con su hermano, es mi deber apoyarla a ella. Y sólo a ella. Pues la acepté como parte de mí, así como yo soy parte de ella.

―¿Es decir que si en algún momento Katara le rompe la cabeza a Sokka también recibirás la culpa? —Zuko no vio el sentido en eso.

―Sí. Pero volvemos a lo mismo. Es mi pareja, Zuko. Sus errores también pueden ser los míos.

―¿Pueden? ―sonrió aún con la cabeza baja, mirando el suelo.

―Sabes que todo en esta vida es acción-reacción. Lo que ella hace, ella lo paga. Bueno o malo, lo importante es estar ahí para Katara aún si ella no me quiere cerca. Como su esposo es mi compromiso detenerla cuando esté a punto de hacer algo peligroso o indebido…

―En resumen: algo estúpido.

Juntando sus hombros, Aang asintió.

―Sin embargo, detenerla por la fuerza es algo innecesario ya que, si Katara tiene dos dedos de frente como yo sé que los tiene, ella sola sabrá si se equivocó o no. Me basta con que ella lo reconozca o haya hecho lo correcto. Y no necesito decirle nada para que ella sepa si yo tuve la razón o no… aunque… —se rascó la mejilla con el dedo índice—, admito que decirle que, a veces decirle que se equivocó, es algo tentador. Sobre todo después de que ella me dice: "¡Aang, tú no sabes lo que dices!" —Zuko se rio ante la imitación de Aang—. En serio es muy tentador no reírme en su cara cuando yo tengo la razón.

Conociendo a Katara como la conocía, Zuko podía creerse que Aang tuviese problemas con detenerla cuando la mujer se aferraba a hacer algo que creía, saldría bien. También conocía la tentación de decir "te lo dije". pues varias veces pasó lo mismo con Mai.

Si algo jamás compartió con Mai era la organización perfecta.

Él se creía un maniaco del control, pero en realidad no sabía nada del tema. Mai anticipaba absolutamente todo, hasta el más mínimo detalle. Zuko prefería no preocuparse tanto con pequeñeces que nadie notaría. Es decir, los detalles son importantes, pero no era necesario pulirlos todos de arriba abajo y hacer un maremoto si no quedaban a la perfección, algo que Mai hacía constantemente, en especial con los trajes de gala que Zuko usaba para sus reuniones con sus consejeros.

―Lo mismo se aplica a mí ―volvió a decir Aang―. Aunque a veces mis decisiones no le hagan feliz, me deja tomarlas. Si me equivoco y fracaso, es mi fracaso. Pero a veces también es el suyo, lo que me hace reflexionar más sobre qué hacer y qué no. ¿Entiendes? Esta parte es un depende dé. Y de no olvidar a quien le juraste lealtad eterna.

Zuko asintió.

―Supongo que sí.

Si algo Zuko debía halagarle a Mai era que ella en su tiempo fue muy atenta con él. Preguntaba constantemente si comía o no, si había descansado o no, si había tomado té para relajarse o no. Incluso se aseguraba de que sus aposentos estuviesen en perfecto orden para mandarlo a dormir a la hora justa.

Él por su lado no recuerda haber hecho lo mismo. Tan centrado en su trabajo y en sí mismo, a veces olvidaba que Mai era un ser humano que también tenía sus necesidades primordiales como dormir, salir a pasear, juntarse con sus amigas y hacer… no lo sabía, ¿cosas de chicas?

Aunque él nunca la obligó a atenderlo tanto, tampoco se sentía libre de culpa por no haberle dicho que se tomase al menos un día para sí misma. Parcialmente porque ya estaba comenzando a sofocarle tanta atención hacia su persona.

―¿Qué es lo que te gusta de Toph, Zuko?

―¿Disculpa?

—CONTINUARÁ—


Gracias por leer.


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