Hola, bienvenidos al nuevo capítulo, el penúltimo capítulo ahora sí.
Ya estamos a solo un capítulo y un epilogo para llegar al final (Espero no cambiar de planes, je).
¿Celebraron el cumpleaños de Cora-san este pasado día 15?
Por mi parte hice unos cuantos dibujos y cosplay, creo que algunas personas lograron verlo en mi Tumblr y twitter. Ya son siete cumpleaños que celebro de este hermoso personaje, lo amo demasiado y creo que ya han podido apreciar lo mucho que me ha inspirado y cuanto significa para mí.
Quería agradecerles su apoyo en esta historia, son geniales. Fue un alivio poder actualizar antes de mi cumpleaños, jeje, me siento con un poco menos de pendientes y me quite algo de estrés de encima.
Espero que les guste este episodio.


[Año 2024]

—Buen día, ¿en qué puedo ayudarle?—saludo una mujer que trabajaba en la recepción de un lujoso resort de descanso.

—Buenos días, disculpe… ¿Podría dejar aquí correspondencia para alguno de sus huéspedes?—pregunto Rosinante Donquixote con un evidente voz nerviosa.

—Por supuesto que sí, solo será necesario que me brinde alguno de sus datos para anotarlo en el registro, por favor—indico la recepcionista mientras tecleaba con habilidad un par de cosas hasta que volvió a dirigir su vista hacia el hombre de cabello rubio— ¿Cuál es su nombre, señor?

—Rosinante Donquixote.

— ¿Podría brindarme una identificación?

—Sí, aquí la tiene.

—Muy bien… Gracias—y termino de anotar en el teclado para tomar de una vez por todas el sobre que Rosinante estaba dispuesto a dejar ahí—. Una misiva para el señor Sengoku, ¿es correcto?

—Sí, así es.

—Muy bien, listo, señor Donquixote. ¿Algo más en lo que pueda ayudarle?

—No, gracias, es todo. Que tenga buen día, con su permiso…—Rosinante, echo una última mirada hacia el fondo del edificio, preguntándose en donde se encontraría el señor Sengoku. Se dio media vuelta y se retiró de aquel vestíbulo.

Al salir del edificio, detuvo sus pasos por un momento, pues una parte de él no quería irse sin tratar de ver al señor Sengoku, pero después de unos minutos, tuvo que admitir que aún no era capaz de hacer un avance como ese después de tanto tiempo; tendría que esperar alguna respuesta a su carta o saber si había sido ignorado y con base en ese resultado decidiría su siguiente intento.

Por un instante, se imaginó al señor Sengoku rompiendo la carta al tan solo leer el remitente…
Una punzada de culpa y tristeza invadió el pecho de Rosinante, su expresión reflejo de inmediato su malestar.

Llego a un parque cercano en donde esperaría el transporte que había solicitado para regresar a la zona cercana a su departamento.
Tenía que ir a comprar algunas cosas para su despensa de la semana, así que al terminar su viaje llegó a un negocio de autoservicio cercano y de manera rápida empezó a llenar la pequeña canasta con varios víveres de su lista de pendientes.
Al dirigirse a las cajas registradoras, pasó por un estante de revistas en donde alcanzo a ver de reojo un rostro familiar, detuvo su andar y en cuanto su vista se enfocó más en la portada de la revista su corazón sintió un vuelco que provoco que su cuerpo empezará a inquietarse.

Un hombre de cabello oscuro peinado hacia atrás, de mirada hostil y un tanto seductora, posaba con un elegante traje y fumaba un grueso puro de tabaco; era Crocodile, el hombre al que había herido hace años y con quien trato de construir un romance que fue totalmente en vano y destructivo.

Rosinante, con su mano derecha temblorosa, tomo la revista y decidió que la compraría.

En cuanto llegó a casa, dejo las bolsas de papel con sus compras sobre la mesa del comedor y tomo asiento para abrir aquella revista.
Su corazon seguía latiendo agitado, sentía un nudo en la garganta y un vértigo estómago, volver a ver la imagen de Crocodile fue suficiente para hacerlo sentir atormentado por los errores que cometió en su contra.

Hojeo con temor hasta que se topó con las páginas que trataban sobre Crocodile, el artículo hablaba sobre el éxito de sus famosos casinos y un nuevo proyecto (que sorprendió tanto a la sociedad como a Rosinante), Crocodile había fundado una marca de ropa de alta costura.
En cierta página habían puesto una fotografía en donde Crocodile lucía elegantes trajes adornados desde los hombros por diferentes abrigos de gruesa y suave textura.

—Crocodile…—musito sin dejar de ver la fotografía con culpa.

Cuanto se arrepentía de haberse atrevido a relacionarse con él de manera deshonesta, realmente le dolía haberlo herido y admitir que nunca podría volver a ver a ese hombre para tratar de hablar con él una última vez…
Crocodile había sido muy claro en su decisión y palabras, Rosinante tenía que respetar aquello y aceptar que no tendría derecho alguno de ir en contra de ese último mandato.
Era inevitable sentir un torrente de culpa al pensar en cualquier cosa relacionada a Crocodile; había sido otro error tan dañino que cargaría por el resto de su vida. Era seguro que hablaría de esto en su próxima sesión de terapia.

El sonido de una llamada entrante a teléfono celular comenzó a resonar por el departamento.

— ¿Hola? Ah, Ivan… Sí, por supuesto que iré. ¿Cómo podría olvidarlo? Ja, ya veremos. Bien, hasta la noche, nos vemos.

Rosinante tenía una invitación para asistir a un espectáculo en donde acontecería una pasarela de modas organizada por sus amigos Ivankov e Inazuma.

El timbre de una llamada entrante volvió a surgir del teléfono.

—Law, hola… ¿Cómo has estado? Sí, yo estoy bien… Ya veo… Law, perdona, pero ya tengo un compromiso esta noche, lo lamento en serio… Me hubiera gustado ir. Sí… Nos vemos luego, cuídate mucho.

Law le había invitado a un evento de última hora: Una pelea de boxeo en donde participarían un par de amigos suyos.

—Gracias por invitarme, Law—dijo Penguin mientras se ajustaba el cinturón de seguridad dentro del automóvil de su amigo.

—No te preocupes, pensé que podías distraerte un poco ahora que Shachi está fuera de la ciudad. ¿Qué clase de observación tenía por hacer?

—Iba a una reserva de leones marinos. Oye, ¿entonces quién peleará esta noche?

—Luffy. Pero el tonto se le ocurrió invitarme a último minuto, apenas esta mañana.

—Ja, que despreocupado.

Llegaron al edificio en donde se llevaría a cabo dicho evento deportivo, Law tuvo problemas para encontrar estacionamiento.

— ¡Ahí hay un sitio!

Bajaron del vehículo y fueron hacia la entrada principal, en donde tardaron en ingresar debido a la fila de asistentes que ya se encontraban esperando su turno para pasar.
Cuando finalmente entraron, Penguin y Law tardaron un poco en orientarse hacia el pasillo indicado para ir hacia la arena del evento.

—Disculpe—Law había chocado contra un hombre de complexión musculosa que dejaba entrever a través de su chaqueta abierta, de cabello grisáceo y semblante intimidante adornado por unas gafas oscuras.

Debido al impacto, Law dejó caer de sus manos los boletos que indicaban el número de sus asientos. Aquel hombre se dispuso a levantar dichos papeles del suelo para después dárselos a Law.

—Gracias…

El sujeto se quitó las gafas por un segundo para ver a Law con algo de indiferencia.

—Descuida, fue mi culpa—contesto con voz grave y marcho sin decir más.

Law le observo con curiosidad mientras se alejaba.

— ¿Estas bien, Law? Creo que debemos darnos prisa…—le dijo Penguin

—Sí, discúlpame. Vamos…

Entraron al abarrotado recinto y finalmente se acercaron a la fila en donde estaban sus asientos.

— ¡Hola, Law! ¿Cómo te ha ido?—saludo un muchacho de nariz larga y espeso cabello rizado y oscuro.

—Buenas noches, Ussop. Estoy bien. ¿Y ustedes?—pregunto Law dirigiéndose al resto de conocidos que estaban sentados al lado de Ussop.

— ¡Hemos estado apoyando tanto a Luffy estos últimos días, creo que tiene todas las de ganar!—respondió el muchacho de cabello rubio y ondulado cuyo nombre era Sabo.

Penguin le dirigió una tímida sonrisa al rubio, pues recordó aquella lejana ocasión en donde se había sentido atraído por él.

—Seguro que sí—soltó Law cruzando sus piernas y dirigiendo su mirada hacia el ring. Admiraba esa capacidad de Luffy de haberse comprometido a cumplir su meta en el mundo del boxeo mientras que al mismo tiempo cuando se le requería podía desempeñar como voluntario del cuerpo de bomberos, en definitiva tanto Luffy como él habían avanzado demasiado en su vida desde aquella época en donde ambos tenían que asistir a ese campamento juvenil para mejorar su comportamiento.

La pelea se desarrolló sin contratiempos y tal como esperaba aquel grupo de animados muchachos, Luffy fue el ganador en su respectiva pelea, brindando una gran sonrisa a pesar de los golpes recibidos.

—Oigan, Law, Penguin, vamos a ir a celebrar al restaurante de Sanji, ¿¡Qué dicen!?

—Iré con ustedes, ¿Y tú, Penguin?

— ¡Claro que sí!

—Bien. Entonces nos vemos allá.

El evento termino, una multitud comenzó a salir del edificio y para cuando Law y Penguin volvieron abordar el vehículo del primero, se llevaron la fastidiosa sorpresa de que el auto no lograba encender.

—Debe ser la batería—comentó Law con una ligera molestia en su voz.

— ¿Tienes cables pasa corriente?

—Sí, en la cajuela, pero tendré que ir a buscar a alguno de los chicos para que puedan ayudarnos, espero que no se hayan ido ya… Ahora vuelvo—y Law salió de su auto en busca de auxilio, no sin antes sacar los cables pasa corriente del portaequipaje.

Para su mala suerte, ya no encontró a nadie conocido, así que regreso de nuevo al estacionamiento, esperando encontrar a alguien que accediera a ayudarle por un momento.

—Oye, tú, niño.

— ¿Disculpe?—se extrañó Law al ser referido con un adjetivo como ese.
Quien le hablaba era aquel hombre de cabello gris y semblante rudo con el que había chocado en el vestíbulo del evento.

—Necesitas ayuda con tu batería, ¿no?

—Así es.

— ¿En dónde está tu auto?

—Por acá… Y mi nombre es Law Trafalgar.

—Smoker.

— ¿Se supone que eso es un nombre?—soltó Law sarcásticamente.

El hombre llamado Smoker le ignoro por completo y continuaron su camino hasta el vehículo amarillo del muchacho de cabello oscuro.
Law no pudo evitar notar con cierta avidez el bien formado cuerpo de aquel sujeto y tuvo que admitir que su particular estilo había captado su atención de una manera que no esperaba sentir después de tanto tiempo.
Smoker termino por traer una gran motocicleta, acercándola lo más posible al cofre del auto de Law para poder pasarle un poco de corriente. Al cabo de unos minutos el problema se resolvió y aquel vehículo amarillo pudo encender.

—Gracias…

—No es nada. Ve con cuidado y consigue una nueva batería pronto—le indico Smoker con voz grave.

—Sí, iré a conseguir una ahora mismo.

Smoker estaba a punto de irse en su llamativa motocicleta para cuando Law le detuvo haciéndole un gesto con la mano.

— ¿Qué sucede?—inquirió el hombre de cabello gris.

—Quería decirte que puedes contar conmigo si algún día necesitas atención médica, como agradecimiento. Mi número de teléfono…—y Law le brindo un pequeño pedazo de papel en donde había escrito dicha información.

— ¿Eres médico? ¿Tan joven?—soltó el hombre, escéptico y mirando a Law con un toque calculador.

—Estoy en la universidad, pero tengo contacto especial y continúo con algunos centros médicos—explico el muchacho enfocando su grisácea mirada sobre el hombre fornido de cabello gris.

—Ya veo… Lo tendré en cuenta. Buenas noches.

Y finalmente Smoker se retiró, dejando a Law con una confusa sensación dentro de su pecho.

—Señor Crocodile, su cita de las siete pide confirmación.

—Cancela, tengo un imprevisto. Si quieren re agendar, busque una nueva fecha conveniente, señorita Robin.

— ¿Necesitará que llame al chofer?

—No, manejaré por mi cuenta. Daz…—llamo Crocodile dirigiéndose a su otro asistente—. Mantén todo en orden hasta que regrese.

—Sí, señor.

Crocodile salió de su oficina, bajo hasta el estacionamiento en donde abordo un auto de lujo de reluciente color negro.
Condujo hasta una zona céntrica de la ciudad y llegó a frente a un edificio con marquesinas llamativas llenas de luces de distintos colores.
Bajo del vehículo para entrar con paso decidido en la vistosa propiedad.

—Bienvenido, señor Crocodile.

Un anfitrión lo dirigió hasta su asiento especial y alejado de la mayoría del público que iría a ver la pasarela de modas de su viejo conocido Ivankov.
Hacía mucho tiempo que no asistía a un evento de este tipo pero desde que había fundado su línea de moda de alta costura decidió que hacer acto de presencia en eventos relacionados al ámbito era un movimiento necesario.

Crocodile observo con detenimiento su entorno y su mirada se detuvo al notar a un hombre de espeso cabello rubio y piel pálida.

"No puede ser…" pensó con asombro, porque aunque aquel rubio tuviera sus labios pintados de un rojo carmesí y estuviera vestido de una manera totalmente distinta a lo que acostumbraba a vestir cuando lo conoció, no había duda de que se trataba de Rosinante Donquixote.
Aunque su rostro pudo disimular el impacto de verlo, su pulso no pudo evitar alterarse al reconocerlo, su mano derecha apretó con más fuerza el puro que había sacado para fumar.

— ¡Ese labial te queda tan bien, niño Rosinante!—exclamo Ivankov, halagando la apariencia del mencionado.

—Tú me lo recomendaste, creo que el mérito es tuyo, además solo lo usaré por esta noche, je—respondió el rubio, que estaba sentado al costado izquierdo de la pasarela.

— ¡¿Qué?! ¿¡Cómo vas a desperdiciar tal lápiz labial de esa forma!?

—Ja, bueno, quizá luego pueda encontrar otra ocasión para usarlo.

El evento continúo sin ningún contratiempo y al final todos los asistentes iniciaron un sinfín de charlas entre ellos, dando una retroalimentación de la colección de atuendos que se habían presentado.

Crocodile decidió irse de inmediato pero enseguida fue abordado por Ivankov.

—No pensé que vendrías, pequeño Croco.

—Quería ver tus propuestas—respondió el hombre del garfio con voz indiferente y grave.

—Entiendo, tu nueva línea hubiera sido estupenda para lucirse en este desfile.

—Ja, no lo creo.

— ¿Qué? ¿Crees que eres demasiado para algo como esto?—inquirió Ivankov mirando con reproche al hombre de semblante hostil.

—Tal vez. Bien, si me permites, quería ir al tocador antes de largarme.

— ¿Te irás tan pronto?

—Sí. No me ha agrado parte de tus… Invitados. Con permiso, luego hablaremos.

Crocodile siguió caminando hacia el tocador, entro a un cubículo y al salir de este su mirada se topó con la persona menos indicada.

—Crocodile…—musito el rubio de ojos color ámbar que estaba despintando sus labios de aquel labial rojo con una toalla de papel.

Rosinante le observaba con una terrible mezcla de estupefacción y temor, de inmediato sus labios comenzaron a tambalearse entre hablar o permanecer en silencio.
El hombre de cabello oscuro de inmediato le dedico una fría mirada cargada de un intenso resentimiento.
Se miraron en un doloroso y amenazante silencio por casi un minuto.

—Vaya, ya eres libre—dijo Crocodile finalmente—. Me pregunto a qué clase de persona estarás engañando por ahora.

—Crocodile, yo…

—No te molestes en excusarte. Todo lo que hiciste, el por qué lo hiciste y todo lo que implicaba… No creí que alguien como tú pudiera esconder tantas mentiras. Fuiste muy bueno en ocultarlo, lo reconozco, en eso fuiste más hábil que Doflamingo.

Rosinante se mantuvo en silencio, bajando su mirada hacia el piso.

— ¿Al menos valió la pena? ¿Estás ahora con ese mocoso? Law, se llamaba, ¿no es así?—cuestiono Crocodile con una fría voz llena de menosprecio— ¿O acaso resultaste igual o peor que tu hermano y ese muchacho solo fue un pasatiempo para ti?

—Law no fue y nunca será algo así—declaro Rosinante con una potente voz, que llego a tomar por sorpresa a Crocodile. Sus ojos reflejaban su indignación ante tales palabras por parte de aquel hombre del garfio; un nudo se hizo en su garganta y un ligero temblor comenzaba a gobernar su cuerpo.

Crocodile siguió mirándolo con repudio y rencor.

—Sé que nadie lo cree, que casi nadie podría creerlo, pero no me importa… Puedo jurar que realmente Law significa mucho para mí, en distintos sentidos, él es lo que más me importa en este mundo y siempre estaré velando por su bienestar—declaro Rosinante sosteniendo su mirada hacia Crocodile, llenándose de valor y convicción ante aquella intimidante y fría expresión—. Realmente lo amo… Y siempre lo haré.

Otro momento de lacerante silencio.

—Estás más desquiciado de lo que pensé…—soltó Crocodile—. Si tan fuerte es tu amor, que lo disfrutes.

—Crocodile… En verdad lamento todo lo que hice. Fui un completo idiota… Cometí un terrible error que nunca podrá ser enmendado, el haberte herido de esa forma... Sé que no te interesa escuchar esto pero realmente me arrepiento de ello, es algo que siempre me atormentará. Nunca lo olvidaré. Siempre esperé tener la oportunidad de asegurártelo…—musito el rubio con una voz ahogada y algo pausada.

Rosinante esperaba otra dura respuesta por parte de Crocodile, pero quedo confundido al ver que este último solo se limitó a marcharse sin decir o hacer algo más. Se quedó solo en el tocador, viendo su afectado y pálido rostro en el gran espejo de la estancia. Su pecho subía y bajaba con más notoriedad a causa de su alterada respiración.

Crocodile conducía a gran velocidad hacia una zona periférica de la ciudad.
El encuentro con Rosinante le había causado un torrente de emociones; quería dejar salir un enorme rencor, enfado, sentimientos de frustración, dolor y lamentable tristeza que lo hacía avergonzarse tanto consigo mismo.
Pronto llego frente a una residencia algo descuidada.
Bajo del vehículo, fue hacia la entrada principal, no toco algún timbre y se adelantó a empujar violentamente la puerta principal.

—Me has tomado por sorpresa. Después de tanto tiempo… Nunca espere volver a verte, querido Croco—saludo Doflamingo Donquixote, que estaba sentado en un sofá individual de color rosa pálido que lucía algo desgastado y parchado—. Y mucho menos aquí, me has atrapado, ja. Bienvenido… A este maldito lugar—añadió con un deje de menosprecio por su alrededor.

El aspecto de Doflamingo había cambiado en estos últimos años, su cabello ya no tenía abundantes mechones de cabello rubio, si no que había sido recortado y se podían apreciar como unas entradas empezaban a notarse desde el nacimiento de frente hasta su rubio cabello.
Aun sus ojos se mantenían resguardados detrás de unas gafas de cristal rojo.

—Parece que vienes molesto, ¿Qué te ha pasado?

—He recordado la mala fortuna que tuve al conocer a dos tipos con el apellido Donquixote—respondió Crocodile mirando con rabia la figura de aquel rubio del abrigo rosa.

—Ah, ya veo… Entonces te has tenido que topar con mi querido hermanito, eso explica por qué estás aquí ¿no es así? ¿Qué ocurrió? ¿Cómo se encuentra?

— ¡Me importa una mierda…!—grito Crocodile soltando un violento gesto con su garfio, encajándolo sobre un costado del sofá—. Solo tuve el desagrado de verlo en el mismo lugar al que asistí esta noche.

—Por eso mismo he pensado en irme de la ciudad pero como tú lo sabes, querido Croco, no es fácil ahora que estoy limitado en recursos y contactos… Y todo gracias a ti, ja. Parece que ahora tendrás que sufrir con la posibilidad de vernos a los dos en cualquier día o momento.

Crocodile se acercó demasiado a Doflamingo, amenazando con su garfio el cuello del rubio que seguía sonriendo con un deje de crueldad y burla.

—Vamos… Sabes que hay una mejor forma de desquitarse conmigo, ¿no quisieras olvidarte de todo por un buen rato?—soltó el hombre de las gafas rojas—. Será mejor que dejar mi cadáver desangrándose desde el cuello… O bueno, tal vez no. Apuesto que eso te haría muy feliz, ja.

—Maldito infeliz… Debiste seguir en prisión o terminar igual que todos los imbéciles que conformaban tu pandilla.

Doflamingo dejó de sonreír por un instante después de esas últimas palabras.

—Me iré de esta maldita ciudad lo más pronto posible—continuo Crocodile—. No volveré a toparme con ustedes dos, espero nunca tener que verlos de nuevo.

—Bueno, creo que si podrás cumplirlo, irte de aquí es tan fácil para ti… Y ahora qué dices esto, aprecio que hayas venido a despedirte—dijo con una voz suave y con una afección que oscilaba entre la cruel burla y un retorcido cariño.

Los ojos de Crocodile se quedaron fijos sobre aquella sonrisa maliciosa que tanto le había fastidiado.
Doflamingo se levantó del sofá y se acercó mucho al hombre de cabello negro, hasta al punto de restregar su pecho contra el del otro, mientras colocaba sus manos de venas marcadas sobre el rostro que lucía la gran cicatriz horizontal.

— ¿Quién te crees que eres…?—musito Crocodile con una amenazante y profunda voz sin dejar de mirar directamente hacia los cristales rojos.

—Vamos… Por los viejos tiempos, una última noche…—y una mano de Doflamingo se movió hasta el robusto pecho de Crocodile, empezando a jugar con uno de los botones de la ropa de este último—. Desquita un poco esa frustración y dame una despedida apropiada.

Crocodile empezó a sentir esa confundible atmosfera sofocante y tentadora que surgía cuando una punzada de pasión empezaba a palpitar en su mente y corazón.
Cuanto odiaba reconocer que su pulso se había alterado al ver a Doflamingo tan cerca, tocándolo y dirigiéndose a él de esa forma, después de tanto tiempo.
Aquella mano bronceada comenzó a quitar el primer botón…

Los labios de Crocodile se posaron violentamente contra la boca del rubio.
Un apasionado beso inicio y continúo hasta que Doflamingo se separó un poco para soltar una ahogada risa de satisfacción.

—Vamos, mi habitación está arriba, es el sitio más cómodo de este maldito lugar—suspiro Doflamingo tomando la mano derecha de Crocodile para dirigirlo a tal estancia.

Subieron las escaleras y llegaron a la habitación de Doflamingo que, tal como lo había dicho el anfitrión, era muy distinta al resto de la residencia, luciendo un aspecto más cuidado, lujoso y limpio.

El hombre de cabello rubio se echó inmediatamente sobre la cama, empezando a quitarse su prenda superior, en espera de que Crocodile se le uniera pronto.

El hombre de cabello negro se quedó plantado en el umbral de la puerta, observando a Doflamingo en silencio.
Su corazón seguía latiendo con gran apuro pero su mente se había despejado lo suficiente para comenzar a recapacitar sobre la acción que podría llegar a concretar.

— ¿Qué sucede?

—Me largo—y Crocodile dio vuelta, alejándose de la habitación.

— ¡¿Qué!? ¡No bromees, Croco, por favor…!—Doflamingo se levantó con agilidad de su cama, tomando su ropa de nuevo, yendo detrás del mencionado que estaba cerca de las escaleras.

— ¿No me escuchaste? Me voy.

—Croco, piénsalo un poco…—ambos ya se encontraban bajando por la escalera.

—Ya lo pensé suficiente. Hubiera sido un imbécil si hubiera caído de nuevo contigo. No lo haré.

— ¡Pero sentiste lo mismo que yo al principio, no lo puedes negar!

— ¿¡Y qué más da!? Solo por sentir una punzada de pasión crees que bastaría para volver a acostarme contigo, después de todo lo que hiciste… No seré como los estúpidos que siempre tenías a tu alrededor, que podían ignorar la tremenda basura que puedes llegar a ser—declaro Crocodile terminando de bajar el ultimo escalón.

— ¡NO PUEDES IRTE, CROCODILE, MIRAME…!—exclamo Doflamingo alcanzando

— ¿Acaso tantos años de rodearte de idiotas que te obedecían en todo lo que pedías te hicieron olvidar el significado de un rechazo?

— ¡¿Entonces para qué carajo viniste en primer lugar!?—reclamó el rubio tomando firmemente a Crocodile por un hombro—. Ya ha pasado bastante tiempo desde que ocurrió todo aquello… ¿¡Que importa ahora?!

—Deberías seguir en prisión, lo sabes, tuviste el cinismo y el poder suficiente para escapar de tu verdadera sentencia.

— ¿Y? Tú y yo sabemos que tú también tienes las manos manchadas, tu camino a la cima no está libre de pecados… Somos de la misma clase.

—No, nunca seremos iguales, entiéndelo de una vez—afirmo el hombre del garfio, dándole de nuevo la espalda.

Doflamingo le miro receloso por un instante, en que una mueca de indignación y enfado se había apoderado de su semblante. Al cabo de unos segundos, volvió a sonreír con intención malvada.

—Muy bien, querido Crocodile, lárgate si es lo que quieres. Tal vez Rosinante pueda darte un poco de consuelo, supongo que también sabes donde vive, si, apuesto que sí, pero probablemente él ya esté muy ocupado con el pequeño Law…—y una suave pero sumamente cruel risa surgió de Doflamingo.

Los ojos de Crocodile se abrieron demasiado en expresión atónita, el cinismo de Doflamingo había ido demasiado lejos...
Su mano derecha busco en el interior de su saco una pequeña pistola.
Un par de disparos se escucharon y dos heridas surgieron en el cuerpo del hombre de apellido Donquixote.
Un par de hilos de sangre brotaban del cuerpo del rubio, que se había desplomado sobre el piso.

Los ojos de Crocodile seguían en una expresión de aterrador asombro y hostilidad. Sostenía con gran fuerza el arma. Desde la distancia en donde se encontraba, no le era posible comprobar si Doflamingo seguía vivo y consciente.
Poco a poco se acercó al cuerpo herido, ya alcanzaba a ver que aún seguía respirando.
Crocodile le miraba con una mezcla de menosprecio y melancolía…
Por fin sentía que podía vengar un poco de todo el dolor que Doflamingo le había causado.

—Espero que esto sea prueba suficiente…—musito Crocodile dando un último vistazo para retirarse de una vez por todas.

Un débil quejido provino de Doflamingo, como si intentara decir algo, Crocodile no le tomo importancia y siguió su camino hasta que un impacto llego hacia su espalda y detuvo su marcha.
Dos disparos habían perforado el cuerpo de Crocodile.
Doflamingo disparo por tercera vez, pero este último tiro falló y la bala que iba contra su viejo amante terminó destruyendo una lámpara.

—Maldito…—jadeo el hombre de cabello negro, que ya había caído al piso por igual. Con gran fuerza busco su teléfono y marcó a la única persona que podía rescatarle—. Daz... Búscame… Con… Dofla…mingo…—indico con gran esfuerzo para no desfallecer.

Finalmente los cuerpos heridos de Crocodile y Doflamingo se quedaron a solas en un sepulcral silencio.


Bien, aquí termina este penúltimo capítulo. Espero que les haya gustado y espero no cambiar los planes a último minuto.
Muchas gracias por venir a leer, por dejar sus comentarios y espero de todo corazón que me acompañen hasta el final de esta historia.
Cuídense mucho, les deseo lo mejor.
Atte. Levita Hatake