¡Buenas!

Ya me tienen de nuevo con otro fanfic xD En esta ocasión es Omegaverse...y bueno, va a ser un poco más largo y asqueroso que los otros fanfics (si es posible). Muchisimas gracias por todo el apoyo que me han dado en mis otros dos fanfics :,,,,,) leo todos sus comentarios y la verdad, me han conmovido!

Una aclaración antes de arrancar: la línea temporal del canon está un POCO modificada porque algunos acontecimientos que ya sucedieron en el manga me convenía ocurrieran luego, así que no se asusten xD

Jujutsu Kaisen y sus personajes no me pertenecen, son obra de Gege Akutami. Sólo escribo por diversión.


Episodio 1

— ¿Realmente crees que ese hechicero va a venir a rescatarte?

Sukuna ni siquiera aguardaba una respuesta, Itadori lo sabía. Su risa resonando en aquella cueva, volviéndose más sonora y grotesca conforme la maldición reía con más fuerza retumbaron también dentro de los oídos, del cráneo de Itadori.

La posición en la que se hallaba producto de su propia debilidad física le confería gran desventaja frente a Sukuna dentro de aquel lugar espantoso, oscuro y sombrío; su cuerpo boca abajo, su rostro golpeando la superficie dura y filosa del suelo pedregoso y sus piernas separadas siendo el espacio ocupado por el cuerpo más robusto y ancho detrás suyo no consiguieron sino que sus ojos se aguaran, su visión se tornase aún más borrosa producto de la frustración, de la ira y por qué no, del miedo que sentía.

Porque aquella situación no era nueva, pero sí era la primera vez que Itadori había llamado inconscientemente a Gojo en el momento de mayor debilidad, justo después de que Sukuna hubiese desgarrado su ropa, separado sus piernas e introducido en su interior lo que él consideraba habían sido más de tres dedos a la vez; ni siquiera había podido levantar la cabeza, el torso. Una mano - o dos, ya no lo sabía ni le importaba realmente - lo tenía sujeto, aplastado contra el suelo.

¿O lo has llamado porque quieres que sea él quien esté en mi lugar?

La voz oscura, el tono lascivo apenas susurrado contra su oído hicieron temblar a Itadori, la rabia y la vergüenza acumulándose mientras sentía el ardor y la sensación incómoda de aquella mano hurgando entre sus piernas, entre sus glúteos. Itadori forcejeó con todas sus fuerzas, sobre todo cuando el movimiento circular en su interior se hizo cadente, más paciente, su cuerpo acostumbrándose a él.

Incluso...incluso sus caderas se alzaron buscando mayor contacto.

¡¿Por qué su cuerpo se amoldaba a lo que quería ese hijo de puta?!

— Yo te diré por qué.

Nuevamente, la voz de Sukuna surgió lasciva, casi íntima contra su oreja generándole escalofríos. ¿Había hablado en voz alta? Creía que había sólo un pensamiento. El peso de su torso aplastaba parcialmente a Itadori, dificultándole la respiración.

— Porque tu instinto te puede, Yuuji.— otra vez, la risa se dejó oír más cerca que nunca, su pecho temblando y vibrando sobre su espalda.-— ¿Qué ocurre?

— No me llames así.

— Oh, cierto. Sólo te gusta que ese hechicero te llame así, ¿verdad?

— ¡Cállate!

Itadori lo sabía incluso sin que Sukuna se lo dijese en voz alta, su lenguaje corporal más claro que mil palabras. No sabía a ciencia cierta si Sukuna podía leer sus pensamientos, pero los intuía de una forma irreal, irrisoria que a Itadori le generaban ganas de reírse y llorar al mismo tiempo.

Debía haber sabido que aquello, Sukuna también podría notarlo. Se lo había estado callando demasiado tiempo, quizás gozando del sufrimiento que impartía sobre él con otras cuestiones cada vez que Itadori perdía la conciencia de una u otra manera. Sin embargo, parecía que había llegado el momento de sacar la carta del triunfo, aquella con la que sabía podía jugar hasta cansarse sin piedad alguna.

Sus sentimientos.

Porque Itadori podía soportar que hiciera con su cuerpo lo que quisiera, podía sobrellevarlo porque jamás sufría lesión permanente alguna. Pero otra cosa totalmente diferente iba a ser que empezara a joder con sus emociones, a escarbar sus debilidades al punto de volverlo loco.

Y Sukuna ya estaba entendiendo que Gojo Satoru era una de ellas, una de las más profundas y delicadas de tocar.

— ¿Por qué lo niegas? ¿Te da pena que tu cuerpo al fin se sienta atraído por alguien? Maldito Omega mal desarrollado...17 años y aún no has tenido tu primer celo. Patético.

— Seguramente tú eres la causa, maldito imbécil.

— Yo no intervengo sobre tus hormonas. Salvo para alterarlas.

Los dedos se separaron en su interior y, como si de una verdadera maldición se tratara, un gemido mal contenido surgió de la garganta de Itadori, la penetración volviéndose más profunda.

— Quieres que te esté dentro, ¿verdad?

— ¡No!

— Vamos.— Sukuna se irguió repentinamente, la presión sobre la espalda de Itadori cediendo.— Estás deseoso porque te llene. Admítelo y voy a sentirme más tranquilo, Yuuji.

— Te he dicho que…

La réplica quedó atorada en su garganta siendo reemplazada por un quejido, sus manos cerrándose en sendos puños al sentir como los dedos de aquella bestia eran reemplazados por algo más grande, más firme y menos piadoso. El ardor dio paso a la incomodidad, a la presión y al dolor; sin poder hacer nada y más impotente que nunca, Itadori sintió en carne propia como aquella cosa ingresaba en su cuerpo lenta, pausadamente...y al cabo de un par de minutos, el dolor se transformó en otra cosa, el calor gobernando cada extremidad de su cuerpo, el sudor cubriendo su piel rápidamente.

— Pídemelo.

— No.

— Siempre lo haces.— Itadori sintió los dedos, las garras de aquel monstruo tocando la piel de su espalda, de sus caderas, de sus muslos.— ¿Sabes? Si estuvieses en celo ahora mismo, podría follarte con ambos.

Itadori suspiró odiándose a sí mismo. Las palabras y el tono en el que Sukuna soltaba todo aquello lo enardecían en vez de hacerlo rabiar y, como muchas otras veces, su cuerpo ya había perdido la batalla antes que su mente dentro de la ilusión que Sukuna creaba para torturarlo.

Con ese tipo de frase, ¿Cómo era posible que Itadori olvidara que Sukuna tenía dos penes?

— Ahora sólo te mataría, una pena, la verdad.

— E-Esto es sólo un sueño, no puedes matarme.

— ¿Un sueño?

Sukuna embistió profundo y firmemente sin previo aviso obligando a Itadori a gemir tan fuerte que el sonido retumbó en la cueva; sin compasión alguna, sus cuatro manos se aferraron a sus caderas y comenzaron a penetrarlo a una velocidad que debería haberle hecho daño, más aún no fue así. Fue en ese instante que Itadori notó con vergüenza que hacía ya tiempo Sukuna lo había soltado, su torso libre.

Había sido él mismo quien se había quedado en aquella posición lamentable e indigna.

— Esto no es un sueño, mocoso. Lo único...lo único bueno que tienes es...lo apretado que estás…

— ¿Cómo que no es un sueño, si lo haces cuando no estoy consciente?

— Porque estás conmigo aquí en mi área innata, no porque yo me meta en tu mente, estúpido. ¿Acaso nadie te ha enseñado nada en estos años?¿Tengo que hacerlo todo yo?

Una embestida particularmente profunda y certera hizo que Itadori se sostuviera del cráneo de algo que había allí cerca en un intento por aferrarse a lo que fuera, su cuerpo friccionándose contra el suelo; sentía las garras clavándose en su piel, enterrándose mientras los movimientos se volvían más rápidos, más salvajes.

¿Cómo que aquello no era un sueño?

— Si fuera un sueño no lo recordarías porque estaría en tu mente, no en la mía. Aquí, yo puedo decidir qué sensación, que visión puede quedarse grabada en ese cerebro atrofiado que tienes, mocoso.

— Entonces…

— Sí, así es.— la risa quedó parcialmente sofocada por la agitación que tenía Sukuna ya en esos momentos.— Esto es tan real como tu día a día. Y te gusta. Sino ya se lo habrías dicho a…¿cómo se llama? ¿Quieres llamarlo de nuevo, ahora que estás en este estado sólo por mi?

— No, no quiero esto…

— Sí, sí lo quieres. Sólo que no conmigo. Ese detalle me lo paso por el culo.

Las penetraciones siguieron sin que Itadori pudiese hacer demasiado. Estaba seguro que no era una cuestión de instinto sino la brujería de Sukuna actuando sobre su cuerpo, porque no había forma alguna que él se prestara para aquel tipo de acto deleznable sin oponer resistencia. Aún así, cada una de sus palabras quedó grabada en su cerebro mientras su cuerpo experimentaba uno, dos, tres orgasmos seguidos. Sukuna parecía no cansarse más de profanar su cuerpo y él, de recibirlo.

Si habían pasado minutos, horas o días, Itadori no lo sabía bien. Había creído que era un sueño porque el tiempo y el espacio allí parecían transcurrir diferentes. Al fin, Sukuna se cansó de él y lo soltó dejando su cuerpo magullado, sus piernas temblando. Aún así, logró sentarse como pudo dándole la espalda mientras percibía con desagrado como un líquido caliente se filtraba entre sus piernas, ensuciándolo.

— ¿Sabes?

Itadori retuvo el aire cuando la voz de Sukuna se oyó demasiado clara sobre su oído, casi tanto como si se hubiese metido en su cerebro; sin embargo, aquella ilusión era sólo la cercanía del otro a su cuerpo, su torso de nuevo casi pegado a su espalda. Con espanto, notó que dos de sus manos se posaron sobre sus hombros desnudos mientras sus otros dos brazos rodeaban su cuerpo, su cintura, una mano de largas garras acariciando su vientre.

— En todo este tiempo no he podido preñarte. No creo que falte mucho igual.

— ¡¿Qué dices?!

— Eso.— los brazos presionaron más en torno a su cuerpo, una mano tomando su mentón y obligando a voltear el rostro en su dirección, los ojos carmesí observándolo con diversión, la sonrisa instalada en su rostro.— Aunque te falle el celo, eventualmente serás fértil. Ya se…

— ¡No!

No supo si fue la fuerza con la que empujó a Sukuna, la violencia de su grito o la crisis que explotó en su cerebro lo que logró sacarlo de aquella cueva, de aquel lugar oscuro, de aquel ambiente pesado. Pese a que no veía nada, supo que había vuelto a su realidad porque el cuerpo le dolía como los mil demonios, especialmente su abdomen.

Y abrió los ojos tan grandes como pudo.

Lo siguiente que sintió fue un golpe; cayó de la cama producto de la conmoción. Logró reincorporarse rápidamente sentándose sobre el colchón. Con el ceño fruncido, retiró la camiseta de su cuerpo notando con asco las uñas marcadas de aquel demonio sobre la piel de su vientre, los arañazos profundos surcandolo.

Probablemente el cambio había sido lo suficientemente rápido como para que su cuerpo no pudiese regenerarse del todo y Sukuna no había colaborado nada para hacerlo. Chistó la lengua, levantándose y quitándose del todo la prenda empapada de sangre. Se dirigió hacia el baño y…

Percibió una sensación resbaladiza entre las piernas que lo hizo tambalear al punto de aferrarse del marco de la puerta del baño. Como si la presión sanguínea bajara de repente en su cuerpo, sintió calor, sudor y una sensación de mareo dominándolo.

Claro, aquello no había sido un sueño, Sukuna ya se lo había dicho.

Sus oídos zumbaban producto de la ansiedad en el silencio de su cuarto; sus ojos se deslizaron hacia el reloj de pared. Las 4 AM.

Recostó la espalda en el marco de la puerta intentando tranquilizar su respiración, hecho imposible mientras más y más frases volvían a su mente, una tras otra. Volvió a agitarse sintiendo como una fuerza invisible comprimía su pecho progresivamente. Mientras se revolvía los cabellos intentó inspirar profundamente, sin éxito.

Parpadeó rápidamente cuando su visión se tornó borrosa, su mentón temblando.

Sukuna había tenido razón. Era un Omega, pero su cuerpo no había dado señales de serlo cuando aquello solía suceder con el primer celo alrededor de los 15 años. Tenía 17 y todo seguía igual, tal y como si se tratara de un Beta. Aún así, su cuerpo sí había sufrido pequeños cambios que le daban a entender que no iba a tener esa suerte, menos con las palabras seguras de aquella bestia asesina.

Y el terror se apoderó de él, también sabiendo que Sukuna hablaba con la verdad.

No era estrictamente necesario que él estuviese en celo para que…

No, no podía ser cierto. Era imposible que Sukuna pudiese fecundarlo sin tener un cuerpo físico, sólo dentro de su área innata. Ni siquiera era humano a esas alturas, maldito sea…

Pero la duda estaba allí. ¿Y si no mentía y aquello efectivamente podía suceder?

Prefería la muerte a aquel destino.

Con un tirón seguido de una sensación ardiente, Itadori miró nuevamente su vientre. Las heridas comenzaban a cerrarse ante sus ojos desesperándolo todavía más.

Eran las únicas heridas que estaban sanando. Los rasguñones de sus brazos, los moretones de su cintura e incluso el dolor que indicaba que en su espalda también había lesiones seguían allí, tan presentes como cuando había despertado. Y en su vientre ya no había marca alguna que indicara que allí había estado herido.

Y sucumbió a su propia desesperación como nunca lo había hecho hasta ese momento.

Olvidándose del baño corrió hacia la mesita de noche, la luz aún encendida. Como un poseso, tomó el teléfono celular en sus manos y marcó siquiera sin pensar en lo que estaba haciendo, sus ojos anegándose otra vez producto del odio que estaba sintiendo.

La voz grave pero intranquila del otro lado de la línea luego de un par de tonos le hizo dar cuenta lo que acababa de hacer.

¿Yuuji?¿Estás bien?


No se asusten, no se asusten...¿o sí?

Nos leemos!