— Qué desagradable.

Itadori tosió varias veces intentando aclararse la garganta. Desde su posición desventajosa en el suelo del baño podía ver las piernas de Fushiguro cruzadas, su compañero apoyado en el marco de la puerta. Se aclaró la garganta una vez más, aún abrazado al retrete.

— ¿Y qué quieres que haga? Se me da vuelta el estómago, ni siquiera alcanzo a…

Por favor.

Y otra vez irremediablemente estaba vomitando por tercera vez aquella mañana. Se había levantado más temprano de lo habitual porque su estómago ya estaba revuelto incluso en la cama; de casualidad había alcanzado a enviar un mensaje a Fushiguro preguntándole si aquello era normal antes de salir disparado al baño y no poder salir de allí en casi media hora.

Al no recibir respuesta, el otro se había preocupado y había ingresado directamente al cuarto de al lado descubriendo la escena lamentable.

— ¿Le has consultado a Shoko-san? No es normal que los supresores te provoquen tanta descompostura.

— Me dijo que...probablemente deba tomarlos un par de días más antes de probar con otros. Yo ya no aguanto más, qué quieres que te diga.

Finalmente suspiró percatándose que la sensación de pesadez de su estómago cedía, su vientre entero relajando la contractura provocada por las arcadas. Regularizó la respiración hasta que estuvo seguro no iba a volver a sucumbir y se incorporó, enjuagándose ante la mirada inquisidora del otro a sus espaldas.

— ¿Cuánto hace que las estás tomando?

— Desde ayer.

El silencio que siguió sólo fue interrumpido por el agua del grifo.

— ¿Qué?

— Itadori...hace meses que los estoy tomando y no he sentido la más mínima molestia. No es normal, tienes que cambiarlos.

— Sí, le comentaré después de clases.

— No, ahora.

Itadori volteó hacia Fushiguro quien lo observaba con una mezcla de preocupación y fastidio. Probablemente al ver su expresión confundida suspiró, descruzando los brazos. Se rascó la cabeza y volvió a suspirar. Itadori podía sentir el enojo creciendo en él, aunque no entendía muy bien el motivo.

— Apestas. En el mal sentido. Quiero decir.— levantó ambas manos hacia Itadori cuando éste torció el gesto y comenzó a olfatearse en busca de algún mal olor.— Son tus feromonas. Tú no las percibes, pero para el resto, incluso para mi...disculpa, pero es asqueroso. No puedes concurrir a clases así.

— ¿Y qué hago?¿Voy directo de Ieiri-san?

— Es lo más recomendable. Itadori…

— ¿Mmh?

— ¿Realmente no sientes nada?

— No.

Era el turno de Fushiguro de torcer el gesto mientras Itadori se recargaba en la bacha del baño. Pensando seriamente en su pregunta y sabiendo a qué se refería — porque había recibido el mismo cuestionamiento una vigésima de veces por parte de Fushiguro, Gojo y Ieiri — analizó las respuestas de su cuerpo en esos últimos días de aparente paz sin la presencia molesta de Sukuna. Y la respuesta seguía siendo negativa, salvo algún que otro sofocón extraño que había sufrido pero que no habían durado más que unos minutos.

Bueno, eso y la atracción fuerte y lamentable que estaba sufriendo hacia la voz y el aroma que desprendía Gojo, cada vez más intenso y picante. Incluso había llegado al punto de evitar contacto con él fuera del cuarto o de alguna charla en solitario en los corredores del colegio si es que lo encontraba por temor a pasar vergüenza frente a otras personas.

Y a dormir con él. Hacía una semana del incidente con Sukuna y dos noches que dormía solo sin custodia, como a él le gustaba llamarle; como no había habido un nuevo rebrote de la crisis que querían evitar y hasta nuevo aviso Itadori dejara de emanar semejante cantidad de feromonas, ambos habían acordado mantener una distancia prudencial, acuerdo que no habían respetado en lo más mínimo porque sino era Itadori quien buscaba a Gojo por cualquier tontería, era Gojo quien le llamaba por teléfono o se cruzaba en su camino. Aún no comprendía bien por qué el distanciamiento si el Alfa parecía compuesto y sin problemas al hablar con él, no es que fuese a…

La sola idea le generaba una mezcla de gracia, preocupación y ansiedad que no podía definir muy bien.

— No sé si envidiarte o preocuparme.

— ¿Tan malo es?

— Malísimo.— ambos fruncieron el ceño, molestos.— Los supresores combaten la gran mayoría de los síntomas, pero aún así es muy molesto.

— ¿Fue por eso que no apareciste esos días del mes pasado, verdad?

— Ajá. Te invalida totalmente.

— Carajo.

¿Y se suponía que él tenía que pasar por eso?

— ¿Necesitas que te acompañe?

— No, así estoy bien. Ah, Fushiguro...gracias.

El aludido se limitó a dar un saludo con la mano mientras salía del cuarto. Itadori se sentía más repuesto luego de expulsar absolutamente nada, porque en realidad sólo había estado vomitando bilis; no se lo había comentado a Fushiguro para no alarmarlo, pero además de los vómitos también se había estado sintiendo mareado e incluso afiebrado, tal y como si estuviese deshidratado. De nuevo, el pensamiento temeroso y ridículo de que aquel análisis realizado días atrás hubiese estado equivocado se asomó por su mente, atormentándolo. Lo pateó a lo más profundo de su cerebro diciéndose una y otra vez que Ieiri no cometería un error así y que probablemente había repetido la prueba varias veces antes de llegar a un resultado definitivo.

Mientras se cambiaba para ir al ala médica del colegio Itadori sufrió repentinamente uno de esos extraños sofocones que venía padeciendo cada cierto período de tiempo; al ambiente estaba relativamente fresco y le daba la impresión que afuera hacía frío al ver lo abrigado que había ingresado Fushiguro al cuarto minutos atrás. Sin embargo, ya con los pantalones y el chaleco puestos, de un momento a otro tuvo que quitarse tanto el chaleco como la camiseta, su piel caliente y sudorosa. Chasqueando la lengua molesto por ese repentino e inesperado cambio, fue al baño sólo para descubrir que estaba sonrojado y sudando, sus ojos con un tono brilloso indescifrable.

¿Aquello también se debía a los supresores...o era el fracaso de su efecto?

Aún más nervioso, tuvo que esperar unos minutos a que su cuerpo se controlara otra vez y la temperatura descendiera. Por suerte, pudo colocarse la ropa y visitar a Ieiri más rápido de lo que había previsto, encontrándola sola.

— ¿Y dices que vomitas casi instantáneamente?

— Así es. De ayer a hoy creo que he vomitado unas 5 veces.

— Eso es demasiado. ¿Has estado hidratándote bien?¿Tienes algún otro síntoma?

— Mmh...bueno…

Ieiri posó una mano suave sobre el antebrazo de Itadori, en esos momentos sentado sobre una de las camillas metálicas; habían ido al sector subterráneo por una cuestión de privacidad y allí Itadori se sentía más confiado, aunque aún algo inseguro.

— Puedes decirme lo que sea. Aquí nadie va a oírte.— Itadori sonrió y suspiró, inhalando profundamente antes de proseguir mientras intentaba ordenar sus ideas.

— Bueno, he sufrido unos calores extraños. De la nada, siento el cuerpo muy caliente y empiezo a sudar. Y no sólo eso, también me he sentido mareado.

— ¿Te ha estado pasando seguido?

— No tanto, pero cada vez se da más frecuentemente.

— Itadori-kun, quiero que seas sincero conmigo.— la mujer lo observó con una intensidad que preocupó y amedrentó un poco a Itadori.— ¿Alguno de estos síntomas te ha sucedido cerca de Gojo?

— No. Estoy seguro que no, ni de él ni en relación a otra persona.

— Gracias al cielo.

— ¿Mmh?

Ieiri parecía un poco más calmada cuando Itadori había respondido con tanta seguridad aquella pregunta y no mentía; si bien se sentía extraño en presencia de Gojo, no era para nada la misma sensación desagradable que estaba experimentando aquellos días. Lo que Gojo le provocaba lo relajaba y la fascinaba a un punto que le daba pena admitir abiertamente porque aún no podía definir bien de qué se trataba, pero aquellos mareos y sofocones no tenían nada de placentero y podía establecer una diferencia franca entre ambos.

Al ver que la médica sonreía las cejas de Itadori se contrajeron levemente en una expresión contrariada que esperaba ella no notase, porque casi al segundo de pensar en eso recordó la charla que había oído a escondidas entre Ieiri y Gojo aquella madrugada. El estómago se le contrajo nuevamente al rememorar el contenido de la conversación y supo que no tenía nada que ver con los vómitos de la mañana.

Quizás por eso Ieiri se había aliviado tanto. Porque seguramente Gojo tenía a alguien más, una persona que lo había estado esperando, que lo esperaba probablemente cada noche. ¿Cómo es que no se le había ocurrido antes? Estaba bien que era ingenuo pero ya había pecado de idiota. Una persona como él probablemente no sólo tenía pareja, sino quizás varias; jamás había comentado absolutamente nada, pero…¿qué esperaba, que su profesor comenzara a ventilar su vida privada con sus alumnos? Nuevamente, aquel muro alto y macizo se levantó delante suyo. Gojo siempre había tenido un trato preferencial con Itadori pese a que se lo había negado al resto, hecho que en un principio no había dado importancia pero que con el paso del tiempo había atesorado como una relación más cercana, más amistosa.

¿Qué tuviese un trato preferencial le había hecho creer a Itadori que tenía privilegios y que podía cruzar alguna línea más en su relación? Lastimosamente la respuesta era afirmativa. Había pensado o más bien, delirado, que Gojo podría llegar a verlo con otros ojos algún día si él demostraba autonomía, independencia y la fuerza que el mayor esperaba. Como en todo, había mezclado conceptos y sentimientos, haciéndole querer hacerle sentirse orgulloso de sus logros y al mismo tiempo, que no sólo lo viese como un igual sino también como algo más que un compañero de trabajo o una amistad.

Y claro, su cabeza hueca no había sido capaz de pensar hasta ese momento en la posibilidad de que ya existiese otra persona ocupando el lugar que él ansiaba apenas acariciar con la punta de los dedos. Otra vez, darse cuenta lo tonto que había sido le produjo náuseas y llegó a pensar que efectivamente iba a empezar a vomitar otra vez.

¿Por qué tenía que pasarle todo eso a él? Y aquella estupidez del celo, que no había aparecido en años y surgía ahora para joderle la vida, no había hecho más que empeorar la vorágine de emociones que ya de por sí no había sabido controlar. ¿Gojo se había marchado nuevamente porque realmente le afectaban sus feromonas, o habría percibido algo de todo aquello?

No. Era porque tenía un hogar al cual regresar y en el que probablemente lo estaban esperando.

— ¿Itadori-kun?

— ¿Sí? Disculpa, me distraje.

— ¿Estás bien?¿Sukuna estuvo molestándote? No tienes buen color ahora mismo.

La expresión en el rostro de Ieiri era de preocupación mientras examinaba su rostro. Itadori parpadeó un par de veces percatándose que se había perdido en sus propios pensamientos fatalistas.

— Tengo náuseas.— soltó rápidamente, lo cual no era una mentira.— Pero no te preocupes, no voy a vomitar.

— Si tu lo dices...mira, no vamos a esperar dos días más. Cambiemos la medicación ahora, ¿si?

— Gracias. No creo que hubiese aguantado dos días más vomitando así.

Mientras Ieiri empaquetaba las nuevas píldoras de un color celeste e Itadori la observaba con la mente en blanco, la ansiedad subió de repente otra vez desde su estómago hacia su pecho, de allí a su garganta. Cuando quiso darse cuenta, ya estaba abriendo la boca.

— Ieiri-san.

— Dime.

— ¿Por qué te alegraste cuando te dije que...bueno, que no era lo mismo?

La mujer frunció el ceño mientras probablemente intentaba entender y recordar lo que Itadori mencionaba; al cabo de unos segundos, caminó en su dirección con la pequeña bolsa, entregándosela.

— Porque significa que no estás entrando en celo, son sólo los síntomas de las píldoras.

— ¿Y eso...eso es bueno?

— No lo sé. Al menos tus hormonas nos están dando tiempo a que éstas sí surtan efecto.

Y con eso, despidió a Itadori con más preguntas que respuestas. Mientras volvía a los cuartos, Itadori tuvo el leve presentimiento que Ieiri había esquivado la pregunta. No había percibido mentira en sus palabras sino la omisión de la verdadera razón de su alivio. Nuevamente, su mente comenzó a trabajar por senderos inhóspitos e irreales sólo para generarle aún más ansiedad.

Bufando, se quitó la chaqueta y abrió la pequeña bolsa dispuesto a tragar la primera píldora del día con algo de desconfianza. Se sirvió un vaso con agua y se sentó en la cama, píldora en mano.

— Espera, mocoso.

La voz de Sukuna sobre su rostro lo hizo jadear; el vaso tembló en su mano y luego fue presionado casi al punto de romperse, lo mismo la píldora. Hacía días no sabía nada de Sukuna y ya se había acostumbrado a la agradable sensación.

— ¿Y ahora qué quieres?

— Tenemos que hablar.—su tono de voz no era agresivo sino más bien cansino, lo cual le resultó extraño porque siempre estaba buscando pelea.

— No tengo nada que hablar contigo. Ahora, vete.

— Ni se te ocurra tomar eso. No va a hacerte efecto y nos estas cagando la existencia a ambos.

— ¿Qué?

Durante un segundo, Itadori pensó que Sukuna mentía, que aquello era una artimaña más de las suyas para hacerlo sufrir, para obligarlo a sufrir el celo sin ningún tipo de preparación y posteriormente burlarse de él. Sin embargo, algo en el tono de voz y en las palabras que había usado le generaron cierta duda, como si de repente estuviese hablando con la verdad.

— Estamos compartiendo cuerpo. Esa porquería me está afectando a mi porque soy Alfa, estúpido. Y como me afecta a mi y me descompone, lo hace contigo porque compartimos parte del núcleo espiritual.

— ¿Qué, cómo? Entiendo la mitad de lo que dices.

— No entendiste nada, mejor dicho.

— ¿Cómo puede afectarte, si no tienes cuerpo? Me dijiste que no tenías injerencia en mis hormonas. O algo así.— la risa de Sukuna lo obligó a fruncir el ceño, molesto.

— Así es, efectivamente. Pero desgraciadamente tú sí puedes afectarme a mí, justamente porque no tengo cuerpo pero la esencia de mi ser está dentro de ti. Si sigues tomando esas porquerías vas a terminar quebrando el leve equilibrio que tenemos, y la vas a pasar mucho peor.

— Tiene que haber otra manera.

— ¿Otra manera para qué?

— Para...bueno, para no sufrir el celo.

Un breve silencio se estableció entre ellos; Itadori pensó que Sukuna se había retirado sin contestar su última pregunta pero, desgraciadamente seguía allí.

— Mocoso, ¿qué es lo que te preocupa de tu necesidad?¿Temes quedar preñado de ese hechicero?

— Claro que no.— inevitablemente, los calores se subieron a su rostro incendiándose. Como para que Sukuna no se diera cuenta…

— ¿Por qué no? Le gustas, y mucho. Se vuelve loco cuando está cerca de ti, no sabe cómo refrenarse.

— Gojo-sensei no es así, él…

— Mocoso, por favor. Tú estás desesperado porque él se meta entre tus piernas y él está a punto de hacerlo. Si tu temor es ese, olvídalo. No puede preñarte.

— ¿Por qué...por qué no?

— Por mi. Ja.— la risa de Sukuna no tuvo ninguna gracia. Itadori intentaba procesar lo que le estaba diciendo entremedio de la confusión y la vergüenza.— Te dije que compartimos núcleo espiritual. No voy a ponerme a darte explicaciones que no vas a comprender, pero piensa como si tuvieses ambos géneros a la vez, y uno neutraliza al otro.

— Qué es el núcleo espiritual.

Otro silencio. En esa ocasión, Itadori sí sintió un poco de pena al preguntar aquello porque probablemente alguien ya se lo había explicado y él lo había olvidado. Ya había perdido completamente la batalla con el marco teórico del colegio y sólo se enfocaba en las prácticas y técnicas de batalla.

— Haz de cuenta que es tu alma. No lo es, pero no lo vas a entender.

— ¿Mi alma…? Espera. No puede ser.

— Increíble, lo vas entendiendo.

— ¡¿Nos estamos fusionando?!

— Bienvenido a mi infierno, mocoso.

El corazón de Itadori comenzó a latir más veloz, más fuertemente contra su pecho intentando escapar. Tragó saliva mientras apoyaba una mano en su torso, el mareo llegando a él nuevamente. ¿Fusionándose con Sukuna? Aquello debía ser una broma que le estaba gastando la maldición, una muy pesada. Aún así, los silencios incómodos y la voz hastiada del otro le decían lo contrario, su intuición se lo decía. ¿En qué momento había comenzado a suceder aquello, cómo es que no se había percatado antes?

— Comenzó cuando empezaste a abusar de mis poderes.—soltó repentinamente Sukuna casi en un susurro.— Me pareció entretenido y bastante liberador cuando me percaté que al usarlos tú, yo podía experimentarlo como si el cuerpo fuese mío. No vas a entenderlo porque tendrías que estar en mi situación, pero para una persona muerta como yo, es un placer.

Itadori guardó silencio, atento a lo que estaba diciendo Sukuna. Nunca lo había oído hablar tanto y tan tranquilo y, por primera vez, se sintió interesado en aquello que pudiese expresar.

— Yo no soy el verdadero Sukuna, creo que eso ya lo sabes. Aún así te lo explicaré. Soy el resto de él, sus memorias y poderes. Ahora mismo soy una maldición y por ende, sólo represento el odio y el rencor que Sukuna vivió en sus momentos finales. Imagínate lo fuertes que fueron esos sentimientos que sobrevivieron y se acrecentaron a lo largo de los siglos.

— Entonces, ¿qué es lo que se está fusionando conmigo? ¿La maldición, o los recuerdos?

— Si estuvieses muerto, la maldición. Como estás vivo y gozas de buena salud, los recuerdos. Y probablemente los poderes.

— Y eso...es definitivo, ¿verdad?

— Así es. Probablemente notes un par de cambios, nada más. Y bueno, no me oirás más.

Increíblemente, Itadori se sintió extrañamente incómodo al oír aquello. Se había acostumbrado a la voz de Sukuna, a sus amenazas y burlas, a sus abusos durante cuatro años. ¿Estaba desarrollando algún síndrome de esos que sufrían las víctimas con sus secuestradores? ¿Cómo se llamaba? No quería hacerlo, pero sentía cierta empatía por Sukuna en esos momentos.

— Esto ha estado sucediendo hace tiempo, mocoso. Es...supongo que era inevitable.

— ¿Tú sabías que esto iba a suceder?

— No. Era una de las posibilidades.

— Sukuna.

— Qué.

— Me llamo Itadori, no mocoso.

Al oír la risa burlona del otro, Itadori repentinamente se sintió un poco mejor. Suspiró, soltando el aire que había estado reteniendo.

— No te aflijas por mi, estúpido. Ya te lo dije, yo ya estoy muerto.

— ¿Cuándo va a suceder?

— ¿La fusión completa? Supongo que cuando completes los 20 dedos, por algo no ha sucedido hasta ahora.

Ambos guardaron silencio mientras Itadori reflexionaba sobre las posibilidades. Todos aún seguían en la búsqueda del último objeto maldito de categoría especial que quedaba por encontrar pero nadie sabía a ciencia cierta qué era lo que iba a ocurrir cuando Itadori finalmente lo consumiera; bueno, ahora él lo sabía. En sus peores pesadillas, sobre todo luego de los últimos acontecimientos, Sukuna se apoderaba de su cuerpo y los asesinaba a todos al no ser capaz de controlarlo. En los delirios más tranquilos, seguirían igual que hasta ese momento, compartiendo por tiempo indeterminado el mismo cuerpo, quizás hasta la muerte de Itadori. Ahora existía una nueva perspectiva en donde Itadori podría hacerse de los recuerdos y los poderes de Sukuna y, aunque no terminaba de creer en las palabras del otro, temía por sí mismo. ¿Esa fusión cambiaría lo que él era actualmente?¿Su personalidad, su cuerpo, su manera de relacionarse con el resto?

— Itadori.

La voz de Sukuna lo sobresaltó en medio de sus cavilaciones. No sabía si había sido su voz o el hecho de que lo había llamado por su nombre lo que lo había sorprendido más en ese momento.

— ¿Si?

— ¿Vas a tomar eso?

— ¿El supresor?

— Ajá.

Itadori miró la píldora aún en su mano. Parpadeó un par de veces antes de incorporarse, dejar el vaso de agua sobre el escritorio y colocar la píldora dentro de la pequeña bolsa nuevamente. No sabía si lo que Sukuna le decía era realmente cierto, pero si lo era, un sentimiento extraño además del temor a descomponerse otra vez lo habían impelido a no tomar aquel medicamento. Si todo aquello era cierto y a Sukuna le quedaba tan poco tiempo...era ridículo, completamente estúpido lo que estaba pensando, pero no quería ser justamente él quien le hiciese pasar un mal momento justo en sus últimos tiempos.

Y allí iba Itadori, preocupándose por una maldición que le había hecho la vida imposible…

— No voy a disculparme por lo que te hice. Lo disfruté, y tú también.

— Basura, me obligaste.

— Te presioné, pero no abusé de ti. Tú también lo deseabas, y creo que es momento de que reconozcas tu propio instinto. Ahora, ve y llama al hechicero.

— ¿Qué? Estás loco.

— Tú estás más loco por no hacerlo. Él está esperando a que lo busques. Lo vi en sus ojos, lo percibí en su aroma. Siente culpa, teme que luego te arrepientas. Vamos, llámalo y dile que quieres que te folle hasta que te haga una decena de hijos.

— ¡Cállate! No seas ridículo, él...él ya tiene a alguien más.

Aquello sí era ridículo.

Itadori había guardado silencio sobre sus inseguridades todos aquellos días, carcomiéndose la cabeza y temiendo las mil y una posibilidades nefastas que había barajado, una peor que la otra. No se lo había comentado a nadie porque sus propios pensamientos le generaban vergüenza, incluso le había costado admitirlos consigo mismo.

Y ahora venía y se lo decía a Sukuna. ¿Es que acaso estaba soñando o había sido transportado a otra dimensión en la que se habían convertido repentinamente en amigos?

— ¿Alguien más?¿Te refieres a un Omega? Estás equivocado, no está con nadie.

— Sí, sí lo está. Lo…— inhaló profundamente antes de proseguir.— lo oí en una conversación que tuvo con Ieiri-san.

— Itadori, no. No lo está. Está bien que a ti te falle el olfato o el cerebro, pero yo puedo percibir las cosas a través de tu cuerpo. Sobre él no hay el más mínimo aroma a ningún Omega vinculado, olvídalo.

— ¿Estás...estás seguro?

— Claro. Ahora, llámalo.

— ¿Por qué estás tan desesperado con que lo llame?¿Acaso tramas algo?

— Porque no te soporto más. Tengo que aguantarme tus nervios y la ansiedad que te carcome por pensar todo el puto tiempo en ese Alfa estúpido, ya me tienes harto. Déjanos un poco de paz a todos, mocoso.

— Soy Itadori.

Se hizo otro silencio mientras Itadori se acercaba a la ventana de su cuarto. Afuera efectivamente hacía bastante frío; ya estaban en febrero y aún así…

— Entonces dices que…¿que no hay problema?

Su voz había surgido en un susurro tembloroso, casi tan ansioso como sus pensamientos. No quería aferrarse a lo que Sukuna le decía porque podía estar equivocado, podía no ser cierto y estaba jugando con él nuevamente, pero...la perspectiva de que en realidad Gojo no estuviese con nadie, que hubiese malinterpretado aquella conversación...lo llenaba de una felicidad que le hacía sentir más culpa de la que ya experimentaba. Y si a eso le sumaba la perspectiva de un celo diferente a los demás Omegas sin las consecuencias nefastas…

— Absolutamente ninguno.

— Bien.

— Itadori.

— Dime.

— Haznos un favor a los dos. No le menciones lo que hablamos. Lo del celo si quieres sí, pero lo demás resérvatelo hasta que consigas el último dedo.

Itadori sopesó sus palabras seriamente mientras retiraba el celular de su bolsillo. Las 11 AM. Mientras luchaba contra su propia ansiedad y decidía si era mejor enviarle un mensaje o llamarlo directamente, pensó en ese momento que no iba a mentirle si omitía la conversación con Sukuna, al menos gran parte de ella. En realidad, el problema con la maldición de categoría especial era algo que le competía sólo a Itadori porque era él quien convivía con aquello todos los días de su vida y, si bien sabía perfectamente que los demás se preocupaban por su bien y querían resolver el problema de la mejor manera posible, quizás existía la posibilidad de que nadie tuviese que intervenir directamente entre ellos dos.

Iba a tomar una conducta expectante y analizar las circunstancias a ver cómo se iban dando.

— Está bien, no diré nada.

— Bien. Ahora, me cansé de hablar contigo. Haz tus porquerías.

— ¡Pero…!

Supo el momento en el que Sukuna ya no iba a responderle porque literalmente había dejado de sentir su presencia. Suspiró, chasqueando la lengua. Iba a tener que pensar y darle vueltas a todo lo que le había dicho, con tiempo y calma. Por lo pronto, su estómago había mejorado mucho y ya tenía hambre.

Sintiéndose un poco mejor, guardó la pequeña bolsa en el cajón del escritorio mientras salía del cuarto. Seguramente Fushiguro y Kugisaki entrarían pronto en el receso del almuerzo, podría unirse a ellos…

Mientras salía del cuarto, envió el mensaje que había escrito rápidamente, esperando que las palabras de Sukuna fuesen realidad.


¿Quién tiene la razón respecto a Gojo...Itadori o Sukuna? Mmh...

¡Nos estamos leyendo!