A fin de cuentas, Sukuna había tenido razón.

Y Gojo también, manteniendo su palabra.

Itadori levantó el rostro hacia el cielo; aquel día de marzo ya próximo a su cumpleaños número 18 era un día pesado, húmedo. No hacía calor pero el ambiente estaba cargado, las nubes arremolinándose sobre su cabeza progresivamente conforme el mediodía y la tarde iban pasando. En esos momentos, el sol ya se encontraba oculto tras una nube especialmente densa, oscura y amenazante.

Iba a llover, el clima se lo decía y él no había siquiera mirado el pronóstico antes de salir sin un abrigo extra, sin un paraguas para resguardarse en el camino de regreso.

Caminó más rápido hacia su destino, una cafetería pequeña en aquella zona no tan concurrida. Si bien no conocía aquel sector de la ciudad, sí había concurrido un par de veces el local porque los panecillos que allí horneaban eran los mejores de la región.

O eso era lo que siempre le había dicho Nanami Kento cada vez que lo iba a citar fuera de su horario de trabajo, lejos de la oficina o del colegio. Itadori apuró el paso viendo por quinta vez la hora en su reloj de muñeca. Eran las 18:10 PM y Nanami le había pedido fuese puntual, citándolo a las 18:00 PM, justo en el horario en el que finiquitaba su trabajo.

¿Acaso Itadori no había aprendido en todos aquellos años lo importante que era para Nanami el compromiso y el respeto? Porque para aquel hombre, aquello era una falta total de ambas.

Sin embargo, si se ponía a explicarle el por qué había demorado tanto...iba a ser peor, porque iba a tener que relatarle como se había entusiasmado con Gojo dentro de un aula vacía durante más tiempo del que habían previsto.

Doblando un recodo que conducía a un atajo, Itadori se sonrojó al recordar los labios del Alfa sobre los suyos devorándolos casi con desesperación, sus manos debajo de su camiseta recorriendo la piel de su espalda, sus cuerpos estrechamente juntos en un abrazo que parecía necesitado, casi urgente…

Y lo era, por muchas razones.

Mientras esquivaba gente y aceleraba el paso, Itadori rememoró cómo su relación con su ex profesor había ido avanzando a paso lento, pero seguro. Gojo se lo había dicho, iban a ir despacio; el evento acuciante que los había mantenido en vilo nunca sucedió o pasó tan desapercibido que Itadori no lo notó. Incluso en eso estaba demostrando ser diferente a los demás Omegas; su celo nunca se expresó como Fushiguro o Kugisaki se lo habían anunciado, como los libros que Ieiri le había prestado o como ambos lo habían aguardado. Incluso Sukuna se había sorprendido cuando los síntomas que no habían tenido relación alguna con las píldoras comenzaron a espaciarse en el tiempo y a volverse infrecuentes al punto de casi desaparecer.

De tanto en tanto, Itadori sufría sueños húmedos que adjudicaba normales para la edad y para la situación que había estado viviendo ese último mes. Gojo había cumplido y lo había visitado casi religiosamente luego de aquella llamada nocturna que había provocado un antes y un después en la manera en la que se manejaban. Primero, las visitas habían sido cortas, períodos de tiempo en los que se concentraban en acercarse el uno al otro en la privacidad del cuarto de Itadori cuando no había nadie cerca, cuando Gojo podía escaparse de sus obligaciones con los de primer año. Luego, cuando aquello y las llamadas habían dejado de ser suficientes, habían comenzado las visitas nocturnas casi de madrugada en donde Itadori se despertaba agradablemente con el calor del cuerpo ajeno sobre el suyo, con el aroma intenso pero embriagador sobre su piel.

Sin embargo, nunca habían traspasado la línea que Gojo había impuesto sobre su relación, hecho que Itadori comprendía parcialmente; los besos y caricias habían ido subiendo de nivel al punto en el que ya frustraban a Itadori porque sabía no estaban dando el paso definitivo. Gojo había explorado él mismo aquella zona sensible que Itadori tímidamente ansiaba poseyera, pero nunca había hecho el amago de hacerlo. No podía quejarse, nunca quedaba insatisfecho con sus encuentros con el Alfa porque más allá del contacto físico disfrutaba de su compañía, de su voz, de los roces más nimios.

Pero aún así, Gojo le había dicho que aún no era el momento, y la incertidumbre de que estuviese esperando un celo verdadero por parte de Itadori comenzó a atormentarlo al pensar que aquello posiblemente no iba a darse hasta que completara su fusión con Sukuna...y aquello podía tardar incluso años.

Y a eso tenía que sumarle otro problema más que tendría que haber visto venir antes de todo eso.

Fushiguro sospechaba algo.

¿Y cómo no hacerlo, si desde que los encuentros fortuitos con Gojo habían comenzado, el muchacho había ingresado dos veces en su habitación frunciendo el ceño y la nariz, sus ojos entrecerrados sin decir nada? Y no era sólo su cuarto, sino también Itadori mismo. Por mucho que se bañara, por mucha loción que se echara encima, lo único que parecía evitar que Fushiguro o alguien más detectara y reconociera el aroma de Gojo sobre él era el mismo Sukuna, quien surgía y se apoderaba de su cuerpo durante varios minutos dejando la piel del otro impregnada con sus propias feromonas.

Mareando y asqueando a Itadori, aunque era algo que debía agradecerle.

Fushiguro no había preguntado nada, pero la duda estaba allí, la teoría seguramente ya formada en su cabeza. Al pensar en eso, Itadori se preguntó por cuánto tiempo debían mantener oculta aquella relación que supuestamente estaba prohibida, ¿hasta que cumpliese la mayoría de edad, hasta que egresara del colegio? Le generaba ansiedad esconderse por algo que no consideraba malo pero no quería causarle problemas a Gojo…

La puerta del local estaba al fin frente a sus ojos; resoplando, Itadori cruzó la calle corriendo y con espanto visualizó la cabellera rubia de Nanami dentro del local, sus lentes sobre la mesa. Incluso tenía el nudo de la corbata desajustado y se preguntó si iba a golpearlo por su tardanza.

— 20 minutos tarde.

— L-Lo siento, Nanamin. Me atrasé con otras cosas.

— Al menos tuviste la decencia de avisarme. Siéntate, Itadori-kun. Tenemos varios temas de qué hablar.

— Claro.

Itadori tomó asiento frente a Nanami sintiendo los nervios fluyendo por sus extremidades. Mientras Nanami hacía seña a la dependienta del local, Itadori estudió sus facciones, su lenguaje corporal. Como siempre, todo en él irradiaba calma, tranquilidad, mesura y control. No parecía alterado ni molesto, tampoco cansado. Una taza de café ya descansaba frente a él, una libreta a su lado. Itadori inhaló el aire descubriendo una leve fragancia proviniendo del hombre.

Era Alfa, estaba seguro, pero su olfato le impedía distinguir bien el aroma que le llegaba de él.

— ¿Cómo has estado, Itadori-kun?

— Bien, un poco más ajetreado que de costumbre.

— Es normal, pasas de año y tienes más misiones, más tarea, más responsabilidades.

— Sí, apesta. ¿Tú cómo has estado? Hace meses que no sé de ti, me alegró que me escribieras.

Ambos guardaron silencio y se retiraron hacia atrás cuando una camarera dejó los pedidos sobre la mesa, los panecillos favoritos de Nanami de estandarte en el centro. El hombre aguardó a que la mujer se retirara, apoyando ambos codos sobre la mesa, su mirada fija en los panecillos.

— No los mires así, come, Nanamin.— el aludido parecía estar en otra dimensión pero aún así extendió la mano y tomó uno al tiempo que Itadori bebía un sorbo del capuccino que se había pedido.

— Preocupado.

— ¿Mmh?¿Por qué?

— Por ti, Itadori-kun.

— ¿Eh?¿Por qué por mi?

Itadori tragó saliva cuando la mirada fija de Nanami se clavó sobre él. Podía sentir incluso que le traspasaba a un punto irreal, casi como si pudiera leer sus pensamientos. Intentó rememorar si había ocurrido algún hecho importante durante aquellos meses que pudiesen haber llegado a oídos del hombre pero nada acudió a su mente, por lo que procuró relajar la expresión compungida y nerviosa de su rostro. Tomó uno de los panecillos y fingió demencia mientras intentaba no delatar su ansiedad.

Y de repente se golpeó mentalmente la cabeza, percatándose que a diferencia suya, al resto si le funcionaba bien el olfato.

Por supuesto, comenzó a sudar, delatándose. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? El olor de Gojo debía de estar sobre su ropa, su piel, incluso sobre su cabello. Acababa de estar con él, maldita sea. Y justo después tenía que ver a Nanami…

Y no podía echarle la culpa a Gojo, porque nunca le había dicho que tenía aquella cita con el hechicero. Los tiempos habían sido cortos y todo muy apresurado, aquel encuentro en la cafetería también. Ahora que lo pensaba, probablemente tendría que habérselo dicho antes de partir…

— Toma un poco de agua, no te ahogues.

— S-Sí.— Itadori aceptó de buen grado el vaso que le extendía Nanami, intentando no ahogarse también con el agua.

— El por qué hueles asquerosamente a Gojo no es de mi incumbencia, aunque debo decir que también me preocupa bastante.— por supuesto, Itadori se ahogó y casi tosió al oírlo.—Te he llamado por otra razón un tanto más importante.

— ¿Qué...qué sucede?

Itadori decidió esquivar la primera parte de la frase por el bienestar mental de ambos. Nanami se tomó su tiempo para contestar; primero, terminó el panecillo y tomó otro mientras terminaba su café y encargaba otro; luego, abrió aquella agenda reposando sobre la mesa al lado de la taza y pasó algunas hojas hasta dar con lo que estaba buscando. Itadori estudiaba cada uno de sus movimientos aguardando el veredicto.

— Se ha descubierto actividad inusual que sugiere la presencia de una maldición de categoría especial en Kanto.

Otro sorbo de café y Nanami dejó la taza sobre el pequeño plato, Itadori parpadeando sin aguantar la ansiedad.

— ¿Y qué tiene? Debo ir contigo a exorcizarla, ¿verdad?

— En realidad, ni siquiera deberías de saber de ésta misión. Gojo no lo sabe porque también se lo han estado ocultando.

¿Qué?

De repente, Itadori tuvo un mal presentimiento. El rostro de Nanami seguía estando igual de impasible, pero un leve fruncimiento en sus cejas le hizo saber a Itadori que algo le preocupaba o como mínimo, le fastidiaba. Intranquilo, aguardó a que continuara.

— Itadori-kun...si te lo estoy diciendo, es porque tienes derecho a saberlo. Tú más que nadie.

El muchacho tragó saliva pesadamente ante sus palabras, temiendo lo que diría a continuación.

— Creen que esa cosa tiene el dedo de Sukuna, ¿verdad?

Nanami recargó su espalda sobre el asiento, suspirando. Parpadeó un par de veces, su mirada clavada en aquellos panecillos recién horneados. El silencio se instaló entre ellos, el sonido de un trueno cercano anunciando que la tormenta ya estaba allí.

— Esos panecillos son realmente buenos.

— Lo son.

— Así es.

Itadori presionó su mandíbula sin poder agregar nada más, sentimientos encontrados chocándose en su cerebro a punto de estallar. Hasta ese momento, no se había percatado de que había estado apretando sus manos en puños sobre su regazo; abrió y cerró sus dedos agarrotados por la fuerza que había estado haciendo e intentó tomar la taza, la cual tembló sobre el platillo apenas la había sujetado.

Aquella noticia, en otras circunstancias lo habría puesto feliz. ¿Por qué? Porque significaba el fin de un martirio de casi cuatro años. Sukuna finalmente se iría para siempre. Si había hablado con la verdad, terminarían fusionándose tal vez para beneficio de Itadori. La sentencia de muerte sobre su cabeza no le preocupaba realmente porque Gojo se había cansado de explicarle que aquello podría haber sido posible en un principio, más no lo era ahora. Con su poder creciente y el apoyo no sólo de Gojo sino de otros hechiceros, la presión era suficiente como para que la sentencia quedara finalmente sin efecto de manera permanente si realmente Itadori demostraba poder controlar completamente los poderes que había dejado Sukuna a su paso.

Eso, y la renovada esperanza de que su cuerpo probablemente comenzaría a funcionar normalmente como él quería.

Sin embargo, la noticia no le generó ningún tipo de sentimiento positivo, conmoviéndolo. Sukuna ya se lo había dicho: estaba muerto hacía un milenio, y lo único que quedaba de la persona que alguna vez había sido eran sólo odio y rencor. Sukuna ya no sentía como un humano, ya no sufría como tal. El que estaba sufriendo por ambos era Itadori.

Si consumía aquel dedo, finalmente tendría en su cuerpo los 20 dedos que conformaban la maldición completa. Itadori y Sukuna se fusionarían, y Sukuna desaparecería para siempre. Nunca más volvería a oír su voz, jamás volvería a molestarle.

Sin previo aviso, sintió la mano de Nanami sobre la suya.

— Lo siento Itadori-kun, no pensé que pudiera afectarte tanto la noticia.

— N-No, estoy bien. Quiero decir, no me lo esperaba.

Con la mandíbula aún presionada, su mano un tanto temblorosa tomó la de Nanami sintiendo como éste la presionaba suavemente. Encontró consuelo en el calor de su palma, en lo tranquilo de su apriete. Parpadeó un par de veces, la mente en blanco, su mirada fija en las manos sobre la mesa.

Y sin poder contenerse, sus ojos se empañaron, su visión tornándose borrosa de repente. Su mentón tembló débilmente y cuando parpadeó, sus mejillas se mojaron empeorando la situación.

— Lo siento, Nanamin.

— Ven aquí.

Itadori no opuso resistencia cuando Nanami jaló de su mano instándolo a sentarse junto a él. El mayor rodeó sus hombros con un brazo al tiempo que le pasaba una servilleta; Itadori rió por el espectáculo estúpido que probablemente estaba dando y su llanto se hizo aún más fuerte.

Al cabo de un par de minutos pudo calmarse. Limpió su nariz e intentó concentrar su mente, controlar sus ánimos. En ese momento, sintió la mano suave de Nanami sobre su hombro, apenas presionando. Levantó el rostro hacia el otro; el Alfa lo observaba otra vez con aquella combinación de fastidio y preocupación, su ceño levemente fruncido.

— ¿Estás mejor?

— Sí. Gracias, Nanamin. Quiero decir, por todo. Por contármelo, por soportar esto, yo…

— Es natural. No puedo imaginarme lo que es convivir con esa maldición día y noche durante años, es normal que la posibilidad de que realmente termine todo te genere sentimientos encontrados.

— ¿Es...es normal?

— Claro. La cotidianeidad debe haber superado al horror en muchos aspectos y te acostumbraste a Sukuna, tanto que es parte de ti. Que deje de estar presente debe sentirse como si te faltara una extremidad, una parte de ti.

Itadori suspiró, aliviándose al darse cuenta que Nanami lo comprendía mejor de lo que él mismo lo hacía. El hecho de que le dijera que aquello era normal le había quitado un enorme peso de encima. No estaba loco por temer perder a Sukuna, al menos no del todo.

— Aún así, creo que tienes mucho en qué pensar al respecto. No sé a quién enviarán a esa misión. Probablemente terminen confiándoselo a Gojo y él te lo cuente luego. Son muy cercanos ahora, ¿verdad?

De un instante a otro Nanami había logrado que su conmoción se volviese a transformar en nervios renovados, esquivando su mirada. Oyó a Nanami suspirar con cansancio, soltándolo finalmente. Itadori percibió el calor en su rostro, inclinándose hacia la mesa para que el otro no viese su sonrojo. Sus ojos se desviaron hacia los ventanales del local, en esos momentos mojados por la lluvia que se había vuelto torrencial.

— Algo así.

— Itadori-kun. Mírame.

El aludido contuvo el aire antes de encarar a Nanami. No es que le temiese, pero lo respetaba lo suficiente como para que cualquier regaño proveniente de sus labios sonara a sentencia letal, la justicia divina volviéndose una realidad. Aún avergonzado, parpadeó un par de veces y volvió a recostarse en el asiento amplio y mullido que había elegido Nanami contra la pared, a su lado.

— Te he dicho que no es de mi incumbencia. No voy a regañarte, ya estás grande para saber tomar tus propias decisiones. Gojo no es de mi agrado pero por cuestiones personales que nada tienen que ver con la relación que hayas entablado con él. Sólo que…

Nanami detuvo su discurso y sus ojos se desviaron a la taza humeante; la tomó y dio dos sorbos, quizás buscando las palabras adecuadas.

— No sé cómo decirte esto sin incomodarte, pero para cualquiera que te ronde es...llamativo lo que sucede contigo.

— ¿Qué cosa?

— Hueles fatal, y hueles a más de un Alfa. El aroma de ambos es tan intenso que me obliga a fruncir la nariz, me satura las fosas nasales.

— Lo siento.

— No lo sientas, es algo normal. Lo que no es normal es que juegues a dos puntas, Itadori-kun. No es bueno que estés saliendo con dos Alfas, puede traerte muchos problemas.

Itadori parpadeó procesando las palabras de Nanami, comprendiendo finalmente a qué se refería. Sonrió, confundiendo al otro.

— Ya sé a qué te refieres, Nanamin. No tienes de qué preocuparte, el otro olor es de Sukuna.

— ¿De...de Sukuna?

— Así es. Cuando él sale, su aroma queda impregnado en mi piel y en la ropa. Es bastante molesto, pero me ayuda a disimular el aroma de Satoru.

Carraspeó deteniéndose abruptamente al darse cuenta de que había soltado más información de la que hubiese querido; sorpresivamente, la expresión de Nanami se relajó e incluso le sonrió, en apariencia más aliviado.

— Es curioso. Gojo sabe que es Sukuna, me imagino.

— Claro, tuve que aclarárselo porque la primera vez casi destruye el cuarto al sentir su olor.

— Me...me hago una idea. Itadori-kun, por favor, cuídate cuando intimes con ese sujeto. Eres demasiado joven para arruinarte la vida con un hijo suyo.

Itadori abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir, un balbuceo extraño surgiendo de su garganta sin poder soltar una sola palabra coherente. Al final, carraspeó y tomó aire, controlando su propia estupidez.

— No creo que sea arruinarme la vida, pero si, no te preocupes.— tampoco iba a estar aclarándole a Nanami que no habían llegado tan lejos...

Nanami hizo señas a la camarera y pidió la cuenta; ambos se incorporaron luego de unos minutos más de charla insustancial donde Nanami se quejó de esto y aquello. Pasadas las 19 PM, la lluvia seguía tan fuerte como cuando había empezado, Itadori maldiciendo no haberse fijado el pronóstico.

Al abrir la puerta del local, Itadori sintió un peso extra sobre su cabeza. Al tocar con sus dos manos, sintió la chaqueta del traje de Nanami sobre su cabeza y hombros.

— Camina hacia la izquierda, mi auto está a una cuadra. Te llevaré de regreso.

— No es necesario, de verdad…

— Yo te hice venir hasta aquí. Lo mínimo que puedo hacer es devolverte lo más seco posible. Vamos, camina.

Y sin más, Nanami salió antes que él evitando que Itadori siguiera replicando. Este refunfuñó un poco más pero lo siguió, el paso ligero hacia el vehículo. El camino hacia el colegio no era largo, pero fue silencioso, tranquilo. Itadori se sintió adormilado por la calefacción del vehículo, el asiento mullido y el sonido de la lluvia golpeando el parabrisas. Incluso cerró los ojos y de no haber sido porque Nanami había estacionado el vehículo y apagado el motor, Itadori se habría dormido allí mismo.

— Hemos llegado.

— Genial. Gracias, Nanamin.

— Es mi deber. Itadori-kun…

Itadori se había desabrochado el cinturón de seguridad y estaba a punto de abrir la puerta del carro luego de devolverle la chaqueta a Nanami. Volteó al oír su nombre antes de hacerlo notando cierta inseguridad en la voz grave del otro. Aguardó a que continuara y en ese momento, notó la duda en Nanami, tal y como si se arrepintiera de lo que había estado por decir.

— ¿Qué sucede? Dime.

— Dije que no iba a entrometerme, pero...sólo te daré un consejo, Itadori-kun.

— Claro.

— Habla con Gojo. Creo que hay cosas que él aún no te ha comentado y deberías de saber. No es nada malo.— se adelantó al ver la expresión extraña que Itadori no pudo disimular en ese instante.— Pero sí importante.

— Me asustas. Pero seguiré tu consejo.

— Gracias. Y piensa en lo que hablamos. Si me entero algo más te lo haré saber.

— Gracias, Nanamin.

Y antes de que Itadori cayera en la tentación de preguntarle a Nanami qué era aquello importante que Gojo probablemente tenía que decirle y con ello ponerlo en un compromiso, salió del automóvil y corrió hacia el interior del colegio, refugiándose en un pequeño techo y caminando hacia los cuartos mientras intentaba esquivar lo más posible la lluvia que apenas le dejaba ver el camino.

Al cabo de algunos minutos logró llegar a destino más empapado de lo que tenía previsto. Bufando y maldiciendo por el frío que comenzaba calar sus extremidades, se quitó los zapatos y caminó hasta su cuarto. Al menos había dejado la ventana cerrada y el lugar no estaba tan fresco. Se quitó la chaqueta húmeda, la camiseta fría, los pantalones. Iba a ser mejor darse un baño a ver si lograba recuperar temperatura y no enfermarse…

Pero unos brazos largos se lo impidieron. Supo que era Gojo antes incluso de verlo, de voltear y buscar sus labios como ya estaba acostumbrado a hacerlo, su aroma embriagándolo totalmente. Sin embargo, el abrazo repentinamente se volvió asfixiante a un punto en el que se tornó casi doloroso; Itadori frunció el ceño, confundido por la actitud un tanto agresiva del otro. De repente, el aroma potente de Gojo se triplicó en el ambiente, la nariz picándole por lo intenso y pesado que se había puesto el aire del cuarto de un momento a otro.

Yuuji, ¿con quién carajo has estado?


Acercándose, el peligro viene ya

Y para llorar, no es el tiempo ahora...