¡Buenas!
Acá vamos con dos capítulos más...en serio, muchisimas gracias por todo el apoyo y los comentarios! Los leo todos y me hacen el día jajaja
A ver cómo...cómo la pueden seguir cagando UN POCO MÁS.
— Yuuji, ¿con quién carajo has estado?
Satoru supo el momento en el que había cruzado esa delgada línea que había estado queriendo evitar desde el principio sólo con ver el rostro de Yuuji.
Estaba asustado. Le temía a él.
Aún así, no pudo soltarlo. Sus brazos se habían convertido en tenazas fijas alrededor del Omega quien apenas forcejeaba, quizás intentando entender la razón de su agresividad. Vio como Yuuji fruncía el ceño, luego arqueaba las cejas, abría ampliamente los ojos y un brillo extraño de reconocimiento surcó su mirada, volviendo a fruncir el ceño y los labios, su cuerpo entero tensándose en el proceso contra el torso de Satoru.
— Responde. Ahora.
— Cálmate, creo saber por qué estás así pero, ¡estás sacando todo de quicio!
— No estoy sacando una mierda de quicio, sé bien lo que huelo.
Satoru literalmente no podía contenerse; la parte racional de su mente, la que siempre había dominado en todos los aspectos de su vida hubiese hormonas de por medio o no, se había encontrado tranquila incluso cuando un mal presentimiento lo había atravesado más temprano aquella tarde cuando, luego de estar a solas con Yuuji por un breve período de tiempo, se había percatado del olvido tonto que había tenido. Esa noche sí iba a poder quedarse a dormir con él como el Omega tantas veces le había pedido antes y pensó luego que sería una agradable sorpresa para el otro enterarse de primera mano.
Por eso, cuando había enviado aquel mensaje diciéndole que iría a su cuarto más tarde, le extrañó sobremanera que Yuuji no hubiese contestado sino de forma inmediata, al menos dentro de la hora desde que lo había enviado. Sabía perfectamente que aún le sucedía lo mismo que a él, que ante cualquier mensaje o llamada el otro respondía casi de forma instantánea, sea lo que estuviese haciendo.
Había decidido restarle importancia porque sinceramente no sabía adónde se había dirigido Yuuji y probablemente había estado lo suficientemente ocupado para responderle. Terminó de redactar informes y se cercioró que los alumnos de primero y segundo año estuviesen dentro de las instalaciones del colegio, la barrera levantada y todo en su lugar.
Y luego de más de una hora, el silencio seguía allí. Pensó en llamarlo pero como siempre, su raciocinio había ganado sobre el instinto y se dijo a sí mismo que aquello podría ser de más invasivo. No quería que Yuuji empezara a pensar que se trataba de un celópata en potencia porque nunca lo había sido, no iba a transformarse en eso ahora de viejo por una tontería como aquella.
Yuuji siempre había sido un chico genuino, amoroso y responsable, demasiado maduro para su edad. En la mayoría de las situaciones, Satoru había confiado en su buen juicio y en muy contados momentos había tenido que intervenir, sobre todo en el período que le había tocado ser responsable de su educación.
¿Y si le había sucedido algo, y si no había sido capaz de comunicarse a tiempo?
Cuando aquella duda había surgido fue que se había percatado que Yuuji había salido de los terrenos del colegio. Una punzada de inquietud e incomodidad se instaló en su pecho. ¿Por qué no se lo había dicho? No es que tuviese que comentarle cada maldita cosa que hiciera, él no lo hacía, pero ya eran casi las 19 PM y aún era marzo, ya estaba anocheciendo.
Una vez más, decidió confiar en el buen juicio de Yuuji. La especie de circunstancia que se había parecido en algo a su primer celo había pasado sin penas ni gloria y todo había vuelto a la normalidad; Yuuji ya no despedía demasiadas feromonas ni presentaba los síntomas molestos e invalidantes de un Omega cercano a un celo por lo que en ese sentido, no había necesidad de preocuparse.
Aún así, el recuerdo de saber que por mucho que Yuuji estuviese interesado en él no significaba que estuviesen vinculados le hacía hervir la sangre de manera irracional, casi irrisoria. Sabía perfectamente que no era el caso porque él mismo lo había decidido así, aplazándolo en favor de no tomar decisiones apresuradas más que nada por Yuuji.
Porque no quería que el chico cometiera los mismos errores que él había cometido a su edad, menos si era su responsabilidad evitarlo.
Al recordar aquel pasado un tanto desdichado, se percató que hacía días no llamaba a su hijo. Chasqueó la lengua al darse cuenta que, pese a que el niño de casi 11 años poseía ya un teléfono celular, tampoco le había escrito. Era su culpa, por supuesto. Desde que había nacido, el parecido con su padre había sido tal que lo había rechazado casi en forma instantánea aunque nadie, ni siquiera Shoko, pareció sorprenderse por eso. Satoru participó en su crianza desde un lugar seguro visitándolo, aportando el dinero pero no criándolo directamente.
Y pese a eso, el niño sí se había apegado a él...tanto como él lo había hecho con su hijo. La biología y el instinto habían sido más fuertes que el rechazo al recuerdo de su padre, sobre todo cuando éste había fallecido unos años atrás. Así, los meses y los años se habían ido sucediendo en una relación un tanto tirante y extraña entre ellos.
Al menos Mei Mei había ayudado haciéndose cargo del niño. Aunque nada era gratis, por supuesto.
Había sacado el teléfono celular dispuesto a llamarlo, a saber aunque sea cómo estaba por mucho que le costara entablar una conversación normal con él. Incluso había llegado hasta el contacto, su número sobre la pantalla.
Pero en ese instante, el aroma de Yuuji le había llegado fuerte desde su posición. Había regresado al colegio en medio de aquella lluvia torrencial.
¿Por qué nadie le había dicho que esperara, que no se dejara dominar por la ansiedad y que no saliese corriendo directo hacia su habitación? La necesidad de saber que se encontraba bien había prevalecido sobre cualquier otro tipo de argumento sólido y así, había ido hacia el cuarto del Omega.
Era imposible para él explicar lo que había sucedido en cuanto había ingresado allí. El lugar entero estaba impregnado del aroma de Yuuji, un poco mezclado con el suyo propio. Sin embargo, una vez puso un pie dentro del lugar, Satoru había percibido otra fragancia, suave pero intensa al mismo tiempo, repelente para sus receptores nasales.
Era el aroma de un Alfa y Satoru conocía ese olor.
El reconocimiento había sido como recibir un golpe directo en el rostro, casi de manera literal. Se había sentido mareado casi al borde de perder la estabilidad física mientras su cerebro trabajaba a todo lo que daba intentando reconocerlo, porque le resultaba familiar pero al mismo tiempo no daba con su dueño.
Claramente no era el aroma de Sukuna. Ese olor era tan potente que resultaba incluso tóxico y Satoru lo conocía muy bien. Comparado con el aroma que percibía ahora, podía estar contrastando alcohol y agua por la diferencia abismal que había.
Ingresó un poco más al cuarto dando uno, dos, tres pasos. Yuuji se estaba desvistiendo de espaldas y parecía hablar solo; no se había percatado aún de su presencia pese a que Satoru sabía, su aroma estaba inundando todo el cuarto.
Y lo abrazó por detrás. Ante el contacto, Yuuji se sorprendió pero reaccionó enseguida buscando sus labios, reclamando mayor contacto con él. Mientras Yuuji estiraba el cuello hacia su rostro, Satoru sintió sus rodillas temblando, la estructura sólida de su razonamiento, su juicio desmoronándose por completo.
Aquel aroma estaba literalmente sobre Yuuji, sobre su cuerpo, sobre su cabello. En el acto, el instinto había literalmente pateado a su parte racional dominando completamente la situación. No podía creerlo, se negaba a hacerlo, Yuuji no era así.
Su nariz se había enterrado sobre el cuello de Yuuji pese a la reticencia que éste había tenido en un principio; el Omega había intentado sostener su rostro, mirarlo a los ojos, pero la necesidad de reconocimiento de su propio aroma sobre el de Yuuji había sido más fuerte, incluso llegando a jalar de su cabello para exponer su cuello sin marca alguna. Respiró profundamente percibiendo aún sus feromonas sobre él, pero aún así, un leve dejo del otro aroma se entremezclaba en el aire, desesperándolo.
— Es...es un malentendido.— la voz de Yuuji sonaba suave, casi en un murmullo. Satoru presionó más su cuerpo contra el suyo, sus manos acariciando su espalda de manera tosca, sus dedos enterrándose en su piel.— No seas bruto, Satoru.
— ¿Con quién estuviste?
Yuuji tardó en contestar. Ansioso como se hallaba por una respuesta, Satoru tironeó aún más de su cabello ganándose un quejido por parte del otro.
— Me estás haciendo daño, ya para.
— No lo haré hasta que me contestes. ¿Por qué no quieres que sepa con quién estuviste revolcándote?
— ¡¿Qué?!
Y bueno, claramente aquello había salido de la misma nada. Los celos que nunca había sentido de repente se habían acumulado y estallado en forma instintiva, desesperada. Se arrepintió en el acto de lo que había dicho pero ya era tarde; Yuuji parecía realmente enfurecido con sus palabras al punto de que había logrado separarse de él de un sólo empujón.
— Quién piensas que soy. No sé cómo serás tú, pero si yo estoy con alguien, es en serio.
— Yuuji...maldita sea, lo siento. No sé qué...qué acabo de decir.— hubo un silencio incómodo en el que Satoru no intentó acercarse a Yuuji y éste no hizo amago de hacerlo, el enojo aún a flor de piel.
— Estuve con Nanamin.— soltó más calmado.— Él me llamó hace un rato, quería hablar conmigo. Nos juntamos en una cafetería del centro y luego me trajo en auto. Por la lluvia.
— ¿Nanami?¿Nanami Kento?¿Qué quería?
Yuuji presionó sus labios sin separarlos, la ansiedad volviendo a ascender dentro de la mente de Satoru. Bufó, otra vez molesto.
— Te habló mal de mi, ¿verdad? Eso es lo que quería.
— ¿Eh? No, no me dijo nada malo sobre ti. Sólo que teníamos que hablar tú y yo.
— ¿Hablar?¿Hablar de qué? No me hagas reír.
— No te entiendo. Estás actuando muy raro.
— ¿No te das cuenta, Yuuji? Nanami se comporta siempre serio y tranquilo, pero en realidad es un maldito depredador. Sabe que no te he marcado, sólo está buscando una oportunidad contigo.
— ¿Qué?¡Estás loco! ¡Nanami no es así!
— Yuuji, eres demasiado ingenuo.
Un golpe en la puerta los alertó a ambos, aunque ninguno hizo amago de ir a ver de quién se trataba. En ese momento, Satoru se percató que él había empezado a gritar y Yuuji lo había secundado, probablemente alertando a alguien cercano al cuarto.
— En todo caso, la culpa es tuya.— Satoru jadeó ante sus palabras.— Es tu culpa si otro Alfa me busca. De casualidad sí percibo tu olor sobre mi.
— ¿Es eso lo que quieres?¿Quieres que te marque? No tienes idea de lo que estás diciendo.
— ¿Y vas a decirme tú a mí las ideas que tengo? Nanami tiene razón, me estás ocultando algo, por eso no quieres marcarme. Hay alguien más, ¿verdad?
— ¿Qué? Yuuji, ¿qué estás diciendo?¿Cómo habría alguien más?
— Te oí aquella noche. A ti y a Ieiri-san.
Satoru frunció el ceño, la venda aún en su lugar. Mientras intentaba recordar de qué carajo estaba hablando Yuuji, la puerta del cuarto se abrió, Megumi asomándose con expresión contrariada. Al verlo de pie alzó las cejas, mirando luego a Yuuji. Los tres guardaron silencio mientras Megumi fruncía la nariz, tapándose luego con su antebrazo.
— Itadori, ¿estás bien?
— Ah...si, estoy bien.
— No lo parece.
— Megumi, vete. Esto no te incumbe.
El aludido volteó hacia Satoru, su mirada indescifrable.
— Los gritos de ambos se escuchan desde el otro corredor. Entro aquí y siento tu olor asqueroso por todas partes y veo a Yuuji al borde del llanto.
— Oye, yo no estoy por llorar.
— ¿Qué quieres que piense, Gojo-sensei?
Megumi ignoró olímpicamente a Yuuji quien bufó, un poco más calmado. Incluso Satoru pareció calmarse al oír el panorama de la situación.
— No tienes que pensar nada, sólo irte.
— Entonces, vete tú. Lo estás alterando, tú estás demasiado alterado.— Megumi titubeó antes de continuar.— No te he visto así desde que…
— Ni se te ocurra…
— Megumi, ¡sal de aquí!
El grito desesperado de Yuuji se mezcló con la advertencia en la voz de Satoru mientras se aproximaba hacia Megumi. Ambos, Satoru y Megumi, voltearon hacia Yuuji al oír el tono histérico de su voz.
Aún así, aunque ambos hubiesen corrido en ese momento, no habrían podido escapar de la expansión territorial que surgió desde el punto exacto en donde Yuuji estaba de pie, en medio del cuarto. ¿Cómo es que Satoru no había percibido el otro aroma fluyendo por la habitación, lar marcas en el torso y rostro de Yuuji apareciendo repentinamente? Porque había estado enfocado en pelear a Megumi.
Ambos habían quedado envueltos en aquel territorio nefasto y pesado. Megumi jadeó y se aproximó a Satoru en una clara señal de temor que el mayor nunca le había visto antes. Sorprendido y alerta, comenzó a retirar su venda.
— Alto ahí, hechicero.
La voz grave y venenosa de Sukuna se dejó oír en aquel lugar lleno de huesos de animales y personas, su eco retumbando. Satoru no tuvo demasiados problemas en ubicarlo allí en lo alto, sus piernas cruzadas y una expresión de los mil demonios en el rostro.
— Tu expansión territorial no va a neutralizar a la mía. Debería molerte a golpes ahora mismo, pero no lo haré. No voy a ser yo quien haga sufrir a los niños.
— ¿Ah,si? No sabía que eras capaz de sentir compasión. Me siento halagado.
— Primero que nada.
Sukuna se puso de pie y Satoru sintió su energía maldita fluyendo, la amenaza más presente que nunca. En su condición actual creía poder hacerle frente, al menos evitar que causara demasiados daños. Podría resguardar a Megumi por un tiempo, pero si Sukuna se ponía serio en la pelea…¿en qué momento todo se había distorsionado así?¿Había sido su culpa?
— Efectivamente es tu culpa. Alteraste tanto al mocoso que terminé despertando por los gritos que daban. Buen espectáculo, pero lamentable.
Sukuna habló con desprecio pero de forma pausada, sin agresividad. De un momento a otro se encontraba de pie delante suyo, sus ojos carmesí llenos de fastidio.
— ¿Quién piensas que eres, hechicero? ¿Que eres el único Alfa con derechos sobre el mocoso? Pues te voy avisando que si ese es el caso, incluso yo tengo más derechos sobre él que tú.
Satoru reaccionó a su provocación directa apartando a Megumi e intentando atacar a Sukuna; oyó el jadeo contenido de Megumi a sus espaldas, alguna advertencia, el choque de sus fuerzas sin resultado alguno. La risa de Sukuna se dejó oír como el silbido de una serpiente a punto de atacar. La maldición le sonreía, sus brazos cruzados, su expresión corporal relajada.
— ¿La verdad te duele? Ese hechicero que estuvo con el mocoso es un buen partido, ¿sabes? Podría cuidarlo bien.
La danza asesina se repitió otra vez; ninguno de los dos era capaz de asestar un golpe sobre el otro, no así sobre los huesos que se quebraban, volaban y pulverizaban con cada impacto levantando una nube densa de polvo blanco.
No iba a admitirlo abiertamente, pero las palabras de Sukuna eran dagas letales y certeras porque era justamente lo que intentaba sepultar en su inconsciente. La verdadera razón de su ansiedad y agresividad estaba fundamentada en el miedo; Satoru temía que Yuuji se percatara de lo que Sukuna ya sabía. Por supuesto que Nanami era mejor partido que él. Era mucho mejor a él en demasiados aspectos. Era más joven, más responsable, más tranquilo. No llevaba el título de hechicero más fuerte por lo que no vivían persiguiendolo para asesinarlo ni encargándole las peores tareas. Tenía una vida tranquila casi sin sobresaltos y lo peor de todo...no tenía hijos. Nanami no estaba atado a nada ni nadie.
Claro que Nanami era mejor que él para Yuuji, pero eso no significaba para nada que Satoru estuviese dispuesto a ceder un sólo milímetro.
— Deja a Yuuji en paz. Devuélvele su cuerpo.
— Me pregunto con quién podría tener más hijos, ¿contigo o con él?.— Satoru soltó el aire que estaba reteniendo intentando no caer en su provocación.
— Gojo-sensei…
La voz trémula de Megumi se dejó oír detrás de ellos y repentinamente, la atmósfera cambió. Satoru volteó de Megumi a Sukuna viendo como la expresión contrariada de éste cambiaba drásticamente al oír la voz del otro. Alzó las cejas, las comisuras de sus labios elevándose en una sonrisa que no parecía ser burlona.
— Megumi, tanto tiempo.
El tono suave y malicioso de Sukuna le dio escalofríos mientras Megumi adoptaba una actitud un tanto defensiva cuando Sukuna se adelantó, dando un paso hacia atrás. Satoru no intervino, pero el lenguaje corporal de ambos era muy claro.
Cualquiera que pudiese verlos podría afirmar que se trataban de la presa y el depredador. En ese instante, Satoru ató cabos rápidamente y cubrió la visión de Megumi con su cuerpo, anteponiéndose.
— Puedo decirte lo mismo, Sukuna.— su sonrisa se ensanchó y su tono se volvió más frívolo cuando notó el fastidio de Sukuna volviendo más fuerte que nunca.— ¿Crees que puedes acercarte a Megumi?
El ataque fue rápido, la violencia inusitada. Satoru no pudo esquivar el golpe a tiempo, el puño de Sukuna impactando sobre su rostro en forma tan agresiva que pensó le había fracturado varios huesos, la mandíbula incluida; su cuerpo fue arrastrado hacia atrás por la fuerza de la colisión casi chocando contra Megumi.
— ¡Gojo-sensei!¿Estás bien?
— No vuelvas a decirme lo que puedo y no puedo hacer, mocoso ridículo.— Satoru rió al oír la agresividad que había despertado en Sukuna con tan pocas palabras. ¿Y el Alfa estúpido y territorial era él?
— Entonces no vuelvas a meterte tú tampoco.
Ambos se gruñeron pero la cosa no pasó de allí. Satoru percibió el ambiente relajándose entre ellos, Sukuna abandonando la postura ofensiva.
— Por esta vez te lo perdonaré. El mocoso realmente te quiere, no sé qué te vio. Pero un error más y no tendrás tanta suerte, estúpido.
Satoru no alcanzó a replicar porque la expansión territorial desapareció; ambos volvieron al cuarto luminoso, tranquilo. Tanto Satoru como Megumi clavaron su vista en Yuuji, las marcas desapareciendo de su cuerpo. Al cabo de unos segundos, el muchacho parpadeó fijando la vista en ambos.
Y volvieron los gritos.
— ¡¿Qué te pasó en el rostro?! Dime por favor que yo no te golpeó, por Dios, ¡no lo recuerdo!.— Yuuji jaló sus propios cabellos, nervioso.— Lo último que recuerdo fue la voz de Sukuna diciéndome que iba a romperte la cara si no te callabas y...fue Sukuna, ¿verdad?
— Ajá.
Satoru y Megumi contestaron a la vez, ambos desinflándose en el lugar, relajados. Satoru había perdido todas las ínfulas de pelea, su espalda recargada sobre la pared. Yuuji jadeó y gimió acercándose a él, sus manos sobre su rostro tan rápido que Satoru no tuvo tiempo ni ganas en recordarle que Megumi seguía allí de testigo, aunque con todo lo que había oído no creía necesitara más pruebas.
— Megumi…
— No te preocupes, no diré nada.
— ¿Eh?¿De qué?
— Gracias. Tú…
— Déjalo ahí.
Yuuji los observaba a ambos sin comprender cuando Megumi se sonrojó levemente y chasqueó la lengua, ofuscado. Satoru le sonrió y burló de él un poco más antes que el muchacho abandonara la habitación de un portazo, dejándolos solos otra vez.
— ¿Qué fue eso?.— preguntó Yuuji mientras Satoru tentaba su suerte y lo rodeaba otra vez con sus brazos, ganándose un par de besos como recompensa.
— Vamos a decir que Megumi la tiene más jodida que tú. Yo al menos me controlo un poco más.
— Claro.
— Oye, es verdad.
— Satoru…
El Omega dijo su nombre y sin agregar nada más, buscó sus labios de forma casi tímida; lo que había comenzado en un beso tranquilo y reconciliador pronto subió de temperatura, las manos de ambos acariciando el cuerpo del otro de manera cada vez más desesperada. Antes de darse cuenta de lo que había hecho, Satoru ya estaba sobre Yuuji, ambos sobre la cama de éste. Lejos de resistirse, el menor lo atrajo hacia él con brazos y piernas mientras intentaba quitar la ropa molesta.
— Yuuji…
— ¿Mmh?.— La chaqueta y la camiseta de Satoru volaron al suelo, lo mismo su cinto.
— Despacito.
— Ajá...qué bien hueles…— el suspiro placentero que soltó Yuuji cuando su nariz se hundió en su pecho hizo titubear un poco la firmeza de Satoru, quien hizo lo mismo buscando su cuello.
— Tú hueles mejor, mucho mejor.
La risa de Yuuji no se hizo esperar mientras su cuerpo tenía pequeños espasmos provocados por las cosquillas que él causaba con su nariz y manos sin proponérselo; sin previo aviso, la mano del Omega viajó un poco más y se introdujo en su ropa interior haciéndolos jadear a ambos.
— Yuuji…¿qué dijimos?
— No puedo esperar más.— su tono tenía un dejo de indignación que en otras circunstancias habría hecho reír a Satoru.— Necesito que lo hagamos. Ahora.
— Pero…
Las inseguridades volvieron, su propio pasado haciéndose presente como si estuviese ocurriendo frente a sus ojos otra vez.
El que le había insistido a Suguru en aquella oportunidad, más de diez años atrás había sido él. El otro había tenido reticencias, incluso inseguridades que Satoru se había pasado por el culo cuando le había dicho que quería tener un hijo suyo, que no le importaba que ambos fuesen Alfa porque sabía que su cuerpo podía adaptarse bien a un cambio temporal.
Y lo había hecho por amor, se había entregado completamente confiado de que Suguru sentía lo mismo por él. Tan convencido estaba, que cuando el cambio en su cuerpo efectivamente se había dado y se había enterado por Shoko que esperaba un hijo suyo, no había sentido más que alegría, sólo para enterarse a los pocos meses que a Suguru nunca le había importado absolutamente nada.
Ni él, ni el niño que nunca conoció y que nació pocos meses después.
Yuuji lo miraba en esos momentos con anhelo y expectativa, con amor. Aguardaba nervioso su respuesta, su decisión. Satoru no iba a dejarlo, no iba a ser ese tipo de hijo de puta. Sin embargo, ¿realmente era correcto que…?
— Por favor...no tengo nada más que esperar. Te he elegido a ti.
Las palabras susurradas estaban cargadas de deseo y ansia, también de amor genuino. Yuuji lo atrajo abrazándolo por el cuello, buscando sus labios otra vez. Satoru cerró los ojos dejándose envolver por aquella sensación maravillosa que hacía demasiado tiempo no experimentaba.
— Está bien, Yuuji. Yo también te elijo a ti por sobre todas las cosas.
