Una vez ambos habían duchado juntos, habían acomodado varias cosas dentro del cuarto de Itadori y éste había buscado otra muda de ropa para el día siguiente, habían partido hacia la casa de Satoru ya pasadas las 9 PM. El resto de las luces de los cuartos estaban apagadas e Itadori intuyó que todos estaban cenando en esos momentos, por lo que ninguno de los dos se había topado en la incómoda situación de tener que dar explicaciones.

Eso, o Satoru había elegido los corredores correctos adrede.

Por supuesto, no podían aparecerse de repente en la vivienda del mayor como Itadori hubiese deseado; en algún momento, Satoru le había explicado que aquella capacidad para transportarse de un lugar al otro instantáneamente tenía muchas limitaciones y no podía abusar de ello, necesitando ciertas condiciones que debían cumplirse de manera obligatoria; así fue como Itadori descubrió que Satoru poseía un automóvil que nunca le había visto usar estacionado dentro del colegio.

Y así, se habían subido al auto con una leve llovizna aún cayendo sobre el parabrisas. Ambos viajaban en silencio pero Itadori no se sentía incómodo ni nervioso sino más bien, impactado.

Confiaba en Satoru y sabía que había hablado con la verdad cuando le había afirmado que no había ningún otro interés amoroso en juego; al descartar aquel gran temor latente en el subconsciente de Itadori se había esperado cualquier cosa, menos lo que le había soltado como si se tratase de una bomba.

No es que...le hubiese molestado, simplemente jamás se lo habría esperado. Mientras Satoru aceleraba con la mirada clavada hacia delante, Itadori se rompía la cabeza intentando recordar algún indicio, alguna señal que hubiese pasado por alto aquellos años. Nada, no recordaba nada que hubiese podido interpretar como la presencia de un niño en su vida.

¿Cuántos años tendría, se parecería a él?¿Cómo se llamaba, con quién estaba viviendo, con él? Y más acuciante aún, ¿de quién era? Si Satoru no estaba emocionalmente ligado a otra persona significaba que nunca había concretado un vínculo con un Omega…¿había sido un accidente…?

¡¿Un hijo?!

— Yuuji, por favor, di algo. Lo que sea. Tu silencio me está enloqueciendo.

— Ah, lo siento. Yo...aún lo estoy procesando.

— ¿Quieres volver al colegio? Aún puedo…

— ¡No! Quiero decir, estoy bien.— Itadori suspiró mientras procuraba ordenar sus ideas.— No estoy molesto, ¿sabes? No me incomoda que tengas un hijo, sólo no me lo esperaba.

— Entiendo.

Otro silencio se instaló entre ellos y en esa ocasión, sí fue incómodo. Itadori vio por el rabillo del ojo como Satoru presionaba el volante de forma anormal, tenso.

— Tengo...tengo preguntas.

— Hazlas. Pregúntame todo lo que quieras.— soltó ansioso.

Otro silencio, e Itadori tomó aire listo para arrancar el interrogatorio. Justo en ese momento, Satoru detuvo el auto en un semáforo en rojo, la lluvia comenzando a volverse más intensa otra vez. El Omega volteó hacia Satoru casi encarándolo, éste mirándolo de reojo antes de arrancar de nuevo con la luz verde.

— ¿Cómo se llama?

— Samuru.

— ¿Cuántos años tiene?

— Está por cumplir 11 en abril.— Itadori intentó sacar la cuenta. ¿Cuántos años tenía Satoru cuando había sido padre...19?

— ¿Vive contigo?

— No, Mei Mei lo cuida. Casi nunca estoy en casa y...bueno, me es más fácil.

— ¿Más fácil?

— Ella puede cuidarlo mejor que yo.

— ¿Es la madre?

La pregunta había surgido con cierto temor al tiempo que Satoru desviaba el rostro hacia él, el ceño fruncido y la expresión de fastidio más presente que nunca.

— Tampoco para tanto, Yuuji. No te pases.— Itadori suspiró un tanto aliviado al saber que, aunque no estuviesen juntos, no tenía que competir con aquella mujer de curvas pronunciadas.— Sólo lo cuida. Le pago por ello.

— ¿Por qué piensas que puede cuidarlo mejor que tú? Eres su padre.

— Es...complicado. Tendrías que saber todo el contexto para entenderlo.

— Tengo tiempo y ganas de escuchar.

Satoru suspiró pesadamente soltando el volante con una mano; volteando levemente el rostro en su dirección, la mano buscó la suya sobre la palanca de cambios. Itadori no dudó en tomarla, entrelazando sus dedos en señal de apoyo.

— Fue hace mucho tiempo. Tenía tu edad, de hecho. Suguru y yo siempre habíamos sido muy unidos pero la verdad, no esperaba que termináramos juntos. La relación se hizo más íntima antes de graduarnos y...bueno, yo era joven y a diferencia de ti, estúpido. Le dije que…

Guardó silencio mientras parecía buscar las palabras adecuadas mientras Itadori aguardaba pacientemente, jugando con sus dedos. El golpeteo de la lluvia y el limpia parabrisas servían de distracción mientras Itadori asimilaba lo que el otro le contaba. ¿Suguru?¿Estaba hablando de Getou Suguru, su compañero de colegio? Claro que lo recordaba, incluso Ieiri le había contado sobre él, le había visto en fotografías…

Ese recuerdo le heló la sangre, sus dedos presionando la mano del otro en forma inconsciente. Jadeó casi imperceptiblemente al darse cuenta de varias cosas a la vez, la más importante que Suguru estaba muerto. Por lo que sabía, había sido el propio Satoru quien había dado fin a su vida hacía unos cuatro o cinco años atrás, antes de que ellos se conocieran.

La otra cuestión es que Itadori estaba seguro, Suguru había sido Alfa.

¿Cómo…?

— Le dije que no me importaba cambiar, que no me importaba que ambos fuésemos Alfa. Que...que yo podría tener el niño que ambos queríamos tener.

Itadori volvió a jadear cuando la atmósfera dentro del auto se enrareció producto de la tensión del momento. Supo que había muchos sentimientos de por medio chocando dentro de la mente y los recuerdos de Satoru, tan presentes como si los estuviese viviendo otra vez allí mismo. Itadori se sintió conmovido por la decisión que había tomado, algo que debía ser muy difícil de aceptar pero que seguramente había estado motivado por el amor que sentía por Suguru. Y aún así…

— Y lo tuve. Más pronto de lo que hubiese esperado, mi cuerpo se adaptó y me embaracé en pocos meses. Luego...bueno, el resto de la historia ya la conoces.

— No puede ser. Es decir, no. Yo...espera que estoy intentando procesarlo.— Itadori tenía un lío en su mente mientras procuraba unir los hilos.

— Lo sé, es difícil de asimilar. Fui tan idiota…

— No creo que hayas sido idiota. Tú lo amabas, eso no es idiota. El hijo de puta fue él por traicionarte, en todo caso.

Otro silencio. Itadori se sintió un poco nervioso por lo agresivo que había sonado pero no se arrepentía, así se sentía. Claro que conocía el resto de la historia. Suguru se había marchado del colegio, había asesinado a mucha gente, incluso a sus propios padres. Se había transformado de la noche a la mañana en un enemigo que Satoru se había visto obligado a eliminar más adelante; Itadori sabía que todo aquello había sido duro, incluso volver a ver su rostro nuevamente aunque no fuese el mismo hombre. Sin embargo, saber el contexto entero de la historia era...demoledor…

— ¿No te sientes un poco incómodo al saber que...bueno, que parí un niño?.— la pregunta lo sacó de eje, confundiéndolo.

— ¿Qué?¿Por qué eso me incomodaría?

— ¿No te molesta?

— Espera. ¿Crees que a mi pueda molestarme que hayas parido un niño porque eres Alfa y yo soy Omega y que eso te quita algo de valor? Al contrario, es el acto más valiente y amoroso que puedo llegar a imaginar que una persona podría hacer.

— ¿De verdad piensas eso?

— Claro.

Otra breve pausa hizo reflexionar un poco más a Itadori mientras sentía la mano ajena presionando sobre la suya, sus dedos aún entrelazados.

— Satoru…

— Dime.

— El niño no vive contigo porque...porque te recuerda a él, ¿verdad?

Un resoplido molesto fue la respuesta que obtuvo a su pregunta.

— Me atrapaste.

— Satoru, es tu hijo. Entiendo que...que bueno, que haya sido todo una mierda, pero sigue siendo tu hijo. Tú lo pariste. Se parece a él, ¿no es así?

— No se parece. Es idéntico a Suguru.

— Con más razón. Mira.— Itadori forcejeó con el cinturón de seguridad desabrochándolo y sentándose de costado, la concentración más presente que nunca.— Ese niño representa lo bueno que te quedó de Suguru. No pienses en lo malo que hizo el padre, tu hijo no tiene la culpa.

— Ya sé que no tiene la culpa, Yuuji. No soy tan obtuso, y no miento cuando te dije que casi no estoy en casa. Entre lo que sucedió en su momento con Suguru y las misiones casi constantes que tuve en esa época literalmente no podía criarlo. Mei Mei se ofreció y acepté sin pensarlo demasiado. Me da vergüenza admitirlo, pero me sentí liberado. Luego...bueno, los años empezaron a pasar y nunca me acostumbré a la idea de llevarlo conmigo definitivamente.

— ¿Lo ves con frecuencia?

— Todo lo que puedo.

— ¿Él vive ahora con Mei Mei?

— Así es.

— Y ella...ella te llamó hace un rato por algo referente a tu hijo, ¿no es así?

— Sí, así es. Samuru...bueno, le había prometido que iría en estos días y no he podido, se puso intenso. Me recuerda a alguien.

Satoru ladeó el rostro en su dirección sonriendo. Itadori se sintió aludido por el comentario y fingió indignación pero sintiéndose más aliviado al notar que Satoru estaba más tranquilo.

— Entonces, vamos.

— Estamos yendo a casa, Yuuji.

— A buscar a tu hijo. Si te quiere ver, te verá. Incluso puedes traerlo a casa con nosotros.

Mientras conducía, Satoru ensanchó su sonrisa y rió otra vez frenando el automóvil en un semáforo con un movimiento suave, casi silencioso. Parpadeó un par de veces mirando alternativamente el semáforo y a Itadori, que aguardaba una respuesta.

— No lo estarás diciendo en serio.

— Lo dije muy en serio.

— Estás loco.— el semáforo dio verde y Satoru aceleró, su ceño fruncido.—Te volviste completamente loco.

— ¿Por qué?¿No quieres que conozca a tu hijo?

— Yo...pero...claro que quiero que lo conozcas.

— ¿Entonces? No veo cuál es el problema.

Otro silencio, prolongado e incómodo. Itadori no agregó nada al percibir la atmósfera tensándose otra vez, pensando que había arruinado el buen momento que se había generado después. Separó los labios dispuesto a disculparse por algo que realmente no sentía, cuando el carro dobló bruscamente por otra calle, un par de bocinazos perdiéndose por la velocidad que había tomado en la avenida.

— Si nos apuramos, quizás lo agarremos antes de que Mei Mei lo mande a dormir. Es un poco estricta con los horarios.

— ¡¿De verdad?!

— De verdad, Yuuji.

— ¡Bien!

Itadori pudo afirmar en esos momentos que se sintió orgulloso con el cambio de pensamiento y de decisión que había logrado en Satoru. Luego, conforme los minutos pasaban y supo se estaban acercando a destino, otros sentimientos que no eran muy agradables comenzaron a instalarse en su mente.

Había sido demasiado impulsivo y no había pensado en absolutamente nada más que su curiosidad y el deseo de que Satoru viera a su hijo. ¿Iba a presentárselo, así sin más?¿Quién le iba a decir que era Itadori, un alumno del colegio?¿Y Mei Mei, qué iba a pensar de su presencia allí?

Comenzó a marearse con su propia estupidez, incluso más cuando Satoru aminoró la marcha frente a un edificio monstruosamente alto y luminoso y se peleaba con el conserje para ingresar al estacionamiento privado. Debía haberlo sabido, iban al departamento de Mei Mei después de todo.

— ¿Arrepentido?

— Para nada.

— Se nota, estás tieso y ya no siento la mano.

Itadori soltó su mano de repente como si ésta quemara la suya casi al punto de comportarse un tanto agresivo, aún dentro del vehículo en el estacionamiento subterráneo gigante de aquel edificio aún más grande todavía. Allí abajo no se oía ya el ruido de la ciudad y lo único que Itadori podía ver frente a sus ojos eran más vehículos estacionados, aquí y allá.

Todos carros importados, como el de Satoru. Algunos incluso con matrículas extranjeras.

— Mira, aún no le he dicho a Mei Mei que veníamos, así que podemos pegar la vuelta, Yuuji. No es necesario que te fuerces a esto, es muy pronto.

— No me estoy forzando, realmente quiero conocerlo y quiero que lo veas. Sólo me dio miedo de repente.

— ¿Miedo?

— ¿Y si se asusta de mí, si no le caigo bien?

No puede ser.

Satoru destrabó las puertas del vehículo con un sonido mecánico y abrió la suya, saliendo cuan largo era del carro; Itadori lo imitó para seguir la conversación afuera del vehículo mientras Satoru se colocaba las gafas oscuras aún con la sonrisa burlona en el rostro.

— Pensé que como mínimo ibas a decirme que le temías a Mei Mei, no a un niño de 11 años.

— Bueno, a Mei Mei también, ahora que lo dices.¿Qué se supone que voy a decirle que hago aquí, en su casa?

Ambos caminaron hacia el elevador subterráneo mientras Satoru marcaba el número de Mei Mei; con cierta timidez pese a lo que habían hecho hacía un rato atrás, Itadori se aproximó un poco más a Satoru y buscó su mano nuevamente, acariciando su palma con las yemas de sus dedos. El mayor sonrió casi imperceptiblemente mientras entrelazaba otra vez sus dedos a los suyos, presionando suavemente.

— Al final vine. ¿Qué? Y bueno, ponte algo decente porque no vine sólo. Qué te importa.

Itadori sonrió un tanto confundido por la relación extraña que parecía tener con la mujer; la llamada había finalizado casi tan rápido que no había tenido tiempo de asimilar lo que había dicho que ya se encontraban en el elevador. Satoru pulsó el botón con el número 9 y las puertas se cerraron, el subidón típico de los elevadores y el sonido metálico pero sutil que indicaba que se estaba moviendo. Los ojos de Itadori se quedaron fijo en la parte superior de la puerta.

0,1,2,3…

De repente, su cuerpo fue empujado hacia una de las paredes espejadas del ascensor; Satoru soltó su mano y lo rodeó con sus brazos en un abrazo que no tenía nada de inocente, sus manos introduciéndose bajo su camiseta oscura. Al mismo tiempo, sus labios fueron asaltados con vehemencia en un reclamo mudo de atención.

— E-Espera, ésta cosa tiene cámaras, ¿no?

— Que miren.

— Pero…

El beso se volvió más profundo y la mente de Itadori se relajó demasiado al percibir el aroma del otro fluyendo en aquel espacio tan reducido; lo atrajo por el cuello de manera un tanto brusca buscando profundizar el contacto, permitiendo que una de aquellas manos de largos dedos se introdujera ahora en sus pantalones, acariciando su trasero.

— Me pregunto…

— ¿Mmh?

— Si voy un poquito más allá, ¿aún estará húmedo por mi allí abajo?

El susurro grave estaba cargado de intención, de deseo y de picardía. Itadori empujó a Satoru al comprender lo que había querido decir, las mejillas encendidas. La risa de Satoru no se hizo esperar, avergonzando más a Itadori.

— ¿Por qué tienes que decir ese tipo de cosas en un lugar como éste?

— No puedo evitarlo.— Satoru se aproximó nuevamente hacia él aplastándolo con el peso de su cuerpo, su nariz rebuscando sobre su cuello en un suspiro placentero.— Me agrada la idea de que aún estés lleno, Yuuji.

Itadori se limitó a abrazarlo enterrando el rostro en el hueco de su cuello. Por suerte, la cosa no pasó de allí porque estaba seguro que no iban a poder controlarse y la verdad, a diferencia de Satoru, él sí sentía aún algo de vergüenza. Repentinamente, el elevador se detuvo con un pequeño golpe seco y el corazón de Itadori comenzó a golpear fuertemente contra su pecho mientras las puertas se abrían.

— ¿Listo?

— No, pero vamos.— la risilla de Satoru lo distrajo mientras ambos salían del elevador, aún tomados de la mano.— Esto es un penthouse, verdad.

— Creo que es incluso más grande. Yuuji.

El recibidor fuera del elevador era gigantesco y allí había sólo una puerta bastante grande, blanca y ornamentada. Por supuesto, era el único departamento del piso. Al oír su nombre, Itadori salió de la ensoñación que aquel lugar luminoso le produjo, clavando la mirada sobre el rostro de Satoru; éste lo miró por encima de las gafas, su mirada más serena de lo que hubiese esperado.

— Déjame hablar con Mei Mei, ¿si? No te alteres innecesariamente.

— No tengo nada que ocultar.

— Lo sé, pero eres impulsivo y vas a decir algo de lo que después probablemente te arrepientas.— Itadori suspiró, devolviéndole la sonrisa y el apretón de su mano.

— Está bien. Peléate tú con ella.

— Allá voy.

Satoru se adelantó y tocó un botón en medio de cientos que había a un lado de la puerta, aguardando. Itadori se entretuvo inspeccionando el techo de aquel lugar tan lujoso, luces colgando por todos lados.

Un sonido extraño surgió de aquel portero y antes de que Mei Mei pudiese decir una sola palabra, Satoru ya estaba a los gritos, sobresaltando a Itadori.

— ¡Mei Mei, qué sorpresa! No he llegado demasiado tarde, ¿verdad? ¡Soy un hombre muy ocupado pero cumplo mis promesas!

— Eres detestable.

El tono sarcástico en la voz de Satoru no se le había pasado por alto ni a Itadori, quien torció el gesto en su dirección mientras oía a la mujer resoplando del otro lado de la línea.

— Has tenido suerte, aún está prendido con ese jueguito estúpido. No me dio el corazón para decirle que su padre no iba a visitarlo como él tanto quería.

Itadori jadeó al notar como Mei Mei respondía con el mismo tono falso, cargado de resentimiento.

— Eso nunca va a suceder, tía Mei Mei.

— ¿Con quién has venido, Satoru?.— el tono de la mujer cambió completamente, tornándose serio pero al mismo tiempo curioso.— Nunca traes a nadie y me intriga. ¿Ya tienes otro hijo que necesitas que te cuide?

— Aún no, tal vez pronto.

Satoru le guiñó un ojo a Itadori y éste, impelido por el impacto de la declaración volvió a ponerse rojo, cubriendo su boca para no soltar un improperio contra el otro. El Alfa se limitó a sonreírle haciendo un ademán de disculpa con las manos, todo en un mudo intercambio.

— Espero que ésta vez te hagas cargo de tus hijos, sabes.

— Si, ya, ya. No te quejes con lo que te pago. Ahora, déjanos entrar.

— No me has dicho con quién has venido, ¿lo conozco?

Pese a la pregunta, se oyó el sonido específico del portero eléctrico al activar la opción para abrir la puerta; Satoru jaló de la aldaba y la puerta se abrió con un movimiento un poco brusco mientras le hacía señas a Itadori para que lo acompañe.

No contestó a la pregunta de la mujer, sino que ingresó directamente al lugar, Itadori prácticamente pegado a su espalda como si se tratase de un escudo protector.

Si pensaba que el exterior era lujoso…

Se sentía fuera de lugar allí dentro. Mientras sus ojos repasaban algunos de los muebles más cercanos, supo que un par de ellos costaría mínimo lo que había conseguido al vender el departamento que había ocupado antes de ir al colegio.

El sonido de unos tacones alertó a Itadori; Mei Mei acababa de asomarse desde otra habitación apenas cubierta por una bata fina, sus curvas acentuadas debajo de la delicada tela. Pese a parecer recién salida de la ducha llevaba zapatos de tacón alto en apariencia bastante incómodos para tratarse de un calzado de entrecasa.

La mujer ni siquiera miró a Satoru sino que su cuello se estiró directamente para ver a Itadori, aún detrás del otro. Ante el intenso escrutinio, el Omega no pudo hacer otra cosa que ocultarse todavía más detrás de Satoru en una postura vergonzosa que no podía evitar.

— ¿De quién es ese olor? Lo conozco, pero no lo reconozco bien.

— Es Yuuji. Itadori Yuuji, del colegio de hechicería.

— ¡Ah! Oh...mmh.

Mei Mei soltó una exclamación en apariencia alegre, luego sorprendida y...el murmullo que siguió a aquello fue difícil de descifrar, pero si Itadori tuviese que ponerle un nombre al sonido extraño que había surgido de la mujer, sería picardía.

— Eres un vicioso, Satoru. Con que pervirtiendo a tus alumnos, ¿eh?

— Yuuji ya no es mi alumno. Y tú estás peor con tu propio hermano, así que cállate.

— Pero eso es amor puro, no puedes compararlo...Itadori-kun, ¿vas a salir de allí?

— Ah, si...buenas noches, Mei Mei.

Itadori suspiró y finalmente surgió de su refugio temporal; sabía que el sonrojo iba a delatarlo pero aún así, intentó adquirir la postura más relajada y despreocupada que pudo frente a la mujer. Ésta le sonrió y pareció estudiarlo un poco más, su mirada yendo de sus pies a su cabello. Itadori conocía a la mujer pero nunca había compartido una misión con ella, quizás porque Satoru así no lo había querido, quién sabía. Su personalidad era como mínimo, extraña. Itadori no podía definir bien cuáles eran sus objetivos o valores salvo el dinero...o si había alguno más aparte de ese.

— Qué...interesante.— su sonrisa se amplió e Itadori supo que se le estaba escapando algo, pero su mirada rápidamente pasó hacia Satoru.— Qué enternecedor, ¿has traído a tu amante a la casa de tu hijo?

— No es mi amante.

— ¿No?¿Y qué es? Si puedo saberlo, claro.

Satoru resopló y bufó dando algunos pasos hacia Mei Mei; su postura no era agresiva, pero Itadori de repente se sintió un poco incómodo al notar que se avecinaba una pelea.

— ¿Debería decírtelo? Puede afectarte emocionalmente que el resto de las personas tengamos pareja estable.

— ¿Pareja estable?

De nuevo, los ojos de Mei Mei se posaron en Itadori y éste intentó no desviar la mirada del curioso escrutinio. Luego, su atención volvió hacia Satoru.

— ¿Tanto te gustó follártelo?

— ¿Tanto como a ti te gusta follarte a tu hermano? Quizás más. Igualmente, las cosas no van por ahí, Mei Mei.

— Vaya. En fin, ¿a qué has venido tan tarde? ¿Vas a quedarte a dormir aquí con Itadori? No tengo problema siempre y cuando no hagan ruidos.

— En realidad, pensaba llevarme a Samuru.

— Llevarlo dónde.

— A mi casa, al menos un par de días. Hoy es viernes, te lo traigo el lunes.

— Por mí, quédatelo. Es tu hijo, no el mío.

— Mei Mei, escucha…

Satoru bajó el tono de voz e Itadori ya no pudo comprender qué era lo que decían, aunque parecían seguir discutiendo. Una risa áspera de Mei Mei volvió a llamar su atención mientras fingía estudiar los enormes cuadros de las paredes. Sus pasos lo guiaron a una habitación contigua con más cuadros y muebles delicados, las voces de los otros dos amortiguadas.

— Hola.

Itadori jadeó y casi dio un respingo al oír otra voz detrás suyo; al darse la vuelta, se sorprendió al percatarse que no había sentido ninguna presencia en el lugar aparte de la de Mei Mei.

De pie en medio de aquel salón un niño lo observaba curioso, los ojos grandes, las cejas alzadas, el cabello un poco largo revuelto sobre su cabeza y rostro. Tenía puesto un pijama azul y llevaba lo que parecía un mando de playstation en la mano derecha.

Itadori se petrificó en su lugar sabiendo de quién se trataba sin preguntar. El niño lo saludó y no agregó más nada, parpadeando y observándolo con extrema curiosidad.

— Ho-Hola, tú debes ser Samuru, ¿verdad?

— Así es. ¿Cómo sabes quién soy?¿La tía te habló de mi?

— Eh...no, tu papá me habló sobre ti.

Una especie de tic apareció en una de las cejas del niño, casi imperceptible. De repente, sus ojos parecieron brillar de forma diferente, una sonrisa tímida apareciendo en su rostro de rasgos perfectos.

— ¿De...de verdad?

— Sí, de verdad.

Itadori se contagió de la alegría implícita en el rostro del niño y tomó coraje, acercándose a él y posando una mano sobre su cabello intentando acomodarlo un poco. El niño no lo rechazó ni pareció temerle cuando Itadori se agachó hasta su altura, aún sonriéndole.

— ¿Eres amigo de papá? Así es. Está allá, peleándose con tu tía.

— Se pelean todo el tiempo, ya me acostumbré. No te preocupes, no es por ti.- Itadori frunció el ceño confundido por las palabras del otro.- Digo, porque tienes cara de susto. Siempre encuentran algún tema para pelearse un rato, después se les pasa. Mi tía a veces da miedo, pero no es mala. Papá tampoco.

— Ah. Ya veo.

— Pensé que no vendría. Tú le dijiste que venga, ¿no es así? Gracias.

El niño no sólo era más despierto de lo que Itadori era actualmente, sino que era bastante verborrágico y confianzudo, cualidades que no se esperaba. Parecía hablar y contestarse solo mientras se alejaba de Itadori y tomaba asiento en un amplio sofá, aún sonriéndole. Los temores infundados del Omega se esfumaron cuando el chico hizo el trabajo por él, restándole importancia a la mayoría de las cosas que él hubiese supuesto podrían afectarle. Ni siquiera parecía querer ahondar en saber sobre por qué se hallaba allí, qué clase de amistad tenía con su padre, por qué…

— Tampoco lo obligué, supongo que iba a venir de todos modos.

— No te creas, le da muchas vueltas a las cosas. No lo obligaste, pero sí lo convenciste. ¿Quieres jugar? Aún no me has dicho tu nombre.

— ¿A qué? Me llamo Itadori. Itadori Yuuji.

Samuru se limitó a señalar detrás de Itadori con el mando que aún tenía en la mano; recién se percataba que detrás suyo había un televisor...gigante. ¿Cuántas pulgadas tenía aquella monstruosidad? La pantalla estaba pausada, pero aquello parecía un videojuego de esos donde se disparaba y mataba constantemente.

— Claro.

Se sentó pesadamente al lado del niño hundiéndolos a ambos en el sofá mullido, Samuru perdiendo el equilibrio por el movimiento de los almohadones y golpeando su costado derecho. Mientras el niño le pasaba su propio mando y sacaba otro de una mesita delantera, Itadori notó que no se había alejado de su lado; no le había molestado la invasión de su espacio personal pese a que no conocía de nada a Itadori, enterneciéndolo un poco.

Al pasar un brazo por los hombros del niño y atraerlo hacia su cuerpo un poco más en un acto inconsciente lo oyó suspirar.

— Hueles a papá.— la declaración dicha en apenas un murmullo no incomodó a Itadori porque no creía tener nada que ocultar.

— ¿Eso te molesta?

— No, yo también huelo a papá...pero lo tuyo es diferente.

El niño le dedicó una mirada indescifrable como si estuviese estudiándolo mientras presionaba el botón que quitaba la pausa a aquella cosa; Itadori recordaba que en algún momento había jugado a algo parecido y el mando no era muy diferente, los controles iguales, por lo que no le fue difícil encontrarle el ritmo al juego una vez Samuru le explicó lo básico; por encima del ruido de los disparos, Itadori seguía oyendo las voces de los otros dos del otro lado del salón.

— ¿Son novios?

La pregunta directa del niño logró que Itadori presionara el mando más fuerte de los normal y golpeara al más pequeño con el antebrazo; desde que se habían sentado allí no habían cambiado de posición, aún prácticamente abrazados. El niño se limitó a reír acomodándose los cabellos y presionándose más a su costado, los brazos de Itadori rodeándolo mientras intentaba manejar aquella cosa en una posición un tanto incómoda.

— ¿Qué te hace pensar eso?

— Que el olor de papá sobre ti es diferente...además, te acabas de poner rojo, Yuuji.

Por supuesto, Itadori se puso todavía más rojo cuando soltó aquello. ¿La falta de respeto con los nombres era hereditaria, acaso? Ignoró la pregunta y siguió jugando; Samuru no agregó nada más mientras demostraba una destreza anormal para aquel jueguito.

— Bueno, algo así.

Itadori lo había dicho casi en un susurro inaudible sabiendo que estaba jugando con fuego. No habían aclarado nada con Satoru, pero dedujo que aquello era algo serio, al menos para él. El niño pausó el juego y levantó la vista hacia él, sonriendo.

— Qué envidia.

— ¿Por qué dices eso?

— Porque seguramente pasas más tiempo con él.

La sonrisa de Itadori flaqueó en su rostro, una leve incomodidad instalándose en su pecho ante la sinceridad del niño; sin decir nada más, lo presionó más entre sus brazos apoyando la barbilla sobre su cabeza. Esperando que el olfato no le fallase tanto, olfateó sus cabellos. Sí, olía parecido a Satoru, casi igual. Samuru se acomodó en apariencia cómodo con aquello.

— Ya deja de discutir, estoy cansado.

— Cansado de qué estarás.

Dios, qué pesada.

Las voces más cercanas alertaron a Itadori; Satoru ya había ingresado al salón cuando Itadori volteó la vista hacia ellos, la sorpresa reflejada en sus facciones. Quizás había ido demasiado lejos en explorar la casa sin permiso, en hablar con el niño sin que nadie los presentara y en tenerlo allí, entre sus brazos, sin ser nada de él. Un poco cohibido por el espectáculo que estaba dando, Itadori presionó un poco más a Samuru entre sus brazos como si aquello le reconfortara. El niño soltó el mando del juego y le devolvió el abrazo.

— Veo que ya se conocieron.— el tono suave en la voz de Satoru y la sonrisa que le dedicó alivió a Itadori, tenso hasta ese momento.

— Ajá, tu novio es muy lindo.

Satoru torció el gesto mientras Itadori se asfixiaba en su sitio, Mei Mei estallando en carcajadas detrás de ellos. Samuru los miró a todos alternativamente sin entender las reacciones desmedidas que estaban teniendo.

— ¿Dije algo malo? Lo siento.

— No, es verdad. Yuuji es muy lindo, pero es mío.

El tono había sido bromista pero aún así Itadori frunció el ceño en dirección a Satoru cuando éste se limitó a sonreírle y sentarse a su lado en el sofá, abarcándolos a ambos con un brazo y atrayéndolos contra su pecho.

— ¿Vamos?

— ¿Vamos a tu casa?¿De verdad?

— Ajá, de verdad.

— ¡Bien!

El niño pareció sumamente emocionado con la noticia y había salido prácticamente disparado de los brazos de Itadori; antes de que pudiese preguntar si estaba todo bien con la decisión, el Omega se vio tironeado hacia delante, obligado a incorporarse del sofá.

— ¡Vamos, Yuuji! Ayúdame a empacar algo. Tengo más juegos en la habitación.

— ¿Está bien?

La pregunta iba más dirigida a la dueña de la casa que a Satoru, pero ambos le hicieron un gesto afirmativo y Samuru terminó de jalar su mano, arrastrándolo hacia el interior de la casa.

Antes de abandonar aquel salón de lujosos y luminosos muebles, Itadori pudo ver la expresión pacífica y complacida de Satoru, sus ojos brillando más que el resto de las cosas que allí había.

Estaba haciendo lo correcto, lo sabía.