UFF
Bueno, ya conocieron al hijo de Satoru, MÁS VALE que se encariñen con él porque será parte muy importante de la historia luego (?)
De nuevo, tengo el AGRADO de poner la advertencia otra vez por aquí: Este capítulo contiene cochinadas...pero ya no es GoYuu...jeje
Leo sus opiniones luego e.e
Fushiguro Megumi chasqueó la lengua entre dormido, su ceño fruncido, su rostro parcialmente enterrado en la almohada. Quería dormirse de una vez, mañana tenía clases y la asignación de una misión de categoría 1...pero su oído tenía otras intenciones; hacía un par de horas atrás había dejado de oír el escándalo que habían causado Gojo con Itadori, no porque se hubiese quedado a escuchar el despliegue de sonidos y ruidos extraños a través de la pared luego del estruendo que se había oído en un momento, sino porque había huído de allí y cuando había vuelto, la luz del cuarto de al lado había estado apagada, el silencio indicando que allí ya no había nadie.
Tendría que haberse sentido tranquilo de que al menos iba a poder descansar en paz sin gemidos de por medio, pero no. Tristemente, aquellos sonidos indecorosos que había querido olvidar por descarados y ajenos a su incumbencia habían seguido allí, retumbando en su cerebro agotado. Se había dado una ducha rápida, había leído unas páginas más del libro de hechicería que descansaba sobre su mesita de noche y había apagado la luz con la esperanza de que el peso de sus párpados hiciera todo el trabajo. Dio una, dos, tres vueltas, cuatro, cinco. No supo si había sido el cansancio de convertir la cama en un revoltijo de sábanas o su propio sueño, pero al fin se había podido dormir.
Y ahora, de nuevo, algo lo había despertado en mitad de la noche.
Dio una vuelta más, acomodándose de espaldas a la puerta del cuarto, de cara a la pared. ¿Itadori habría vuelto y el profesor Gojo lo acompañaría otra vez? No sabía bien qué era lo que lo había despertado pero temía que hubiese sido la puerta del cuarto de al lado; sin querer hacerlo realmente, Megumi agudizó el oído para captar algún sonido nuevo.
Nada. Todo estaba en completo y absoluto silencio.
Pero estaba seguro que lo que lo había despertado había sido un ruido…
Sus párpados pesaron, sus extremidades también. Por un momento incluso pensó que hasta había dejado de respirar, agradecido por no haber perdido el sueño, durmiéndose otra vez. Suspiró, relajándose…
Y el ruido se repitió, alertándolo.
Se incorporó bruscamente sentándose en la cama, sus ojos abiertos y atentos a su alrededor; apenas distinguía los contornos de los muebles y las paredes. Parpadeó un par de veces, fregó sus ojos porque simplemente algo no estaba bien en la imagen que el cuarto le devolvía.
Aquel era su escritorio, aquella la estantería con todos los libros y recuadros que había ido acumulando. Más allá, la silla de madera donde descansaba la ropa que solía usar al día siguiente, la sombra de los pantalones proyectándose en el suelo.
Volteó hacia el otro lado, descubriendo qué era lo que estaba terriblemente mal en todo aquello.
El ventanal de su cuarto estaba frente a él, lo cual era físicamente imposible porque la cama, como en todas las habitaciones del colegio, estaba en el rincón contrario de la misma pared. Era absolutamente irreal que la ventana ahora se hubiese corrido a su lado, a unos 2 metros de distancia...cómo que dos metros, si la cama siempre había estado pegada a esa pared…
Era la cama lo que se había movido y no el resto del mobiliario. Megumi tragó saliva, inmóvil entre las sábanas, su respiración agitada mientras se percataba de que la cama estaba literalmente en la mitad del cuarto.
Lo que había oído no había sido un ruido sordo, sino el rechinar de la cama al ser arrastrada desde su sitio.
Exhaló el aire que había estado conteniendo dispuesto a poner un pie en el piso y averiguar qué carajos estaba sucediendo; gracias a la barrera que rodeaba todas las instalaciones, era inviable que una maldición de categoría 2 o superior ingresase en los terrenos y causase algo como aquello. Pese a que aquel hecho debería haberle causado alivio, Megumi se vio aún más alterado al comprobar que no podía salir de la cama.
Por mucho que intentaba poner un pie en el suelo, parecía haber una barrera invisible que se lo impedía.
De repente, sus dos pies fueron jalados violentamente hacia los pies de la cama acostándolo bruscamente de nuevo, la parte superior de su pijama levantándose y dejando parte de su torso al descubierto por la fricción contra el colchón.
Y en ese instante lo oyó. Una risa profunda, grave, oscura que aumentaba de intensidad conforme Megumi luchaba contra las ataduras invisibles sin éxito alguno, poniéndose aún más nervioso.
¿Cómo es que no se había percatado…?
— ¿Por qué? Porque es sólo un sueño, Fushiguro Megumi.
El aludido jadeó al reconocer la risa, el tono de voz socarrón y altanero. Cerró los ojos e inspiró profundamente intentando calmarse un poco. ¿Sukuna había podido ingresar a sus sueños?¿Cómo era eso posible?
— De hecho, no. Estoy fuera. Sólo puedo rasguñar la superficie de tu paisaje onírico porque para ingresar, necesito tu permiso. Vas a dármelo, ¿verdad, Megumi?
— Estás loco.
— Oh, vamos. Sólo quiero conversar un rato.
Otra vez, la risa se dejó oír con mayor intensidad y Megumi se percató de que la oía por todos lados, en el aire, pero fuera de aquel espacio reducido que era su cuarto. Si Sukuna decía la verdad, no podría entrar allí sin su permiso, por el momento estaba a salvo.
Por el momento.
¿Y si realmente aquello era un sueño, y se había despertado dentro de su propia pesadilla y no corría ningún peligro real porque Sukuna no estaba allí? No podía dejar de admitirse a sí mismo que el aroma de Sukuna lo había alterado sobremanera horas atrás cuando habían sido atrapados dentro de su expansión territorial; con horror, había notado como su cuerpo había reaccionado favorablemente ante su perplejidad...excitándose.
¿Acaso se había percatado de ello…? No, no podía ser posible.
— Bueno…— Megumi oyó un silbido suave seguido de aquella risa malvada.— Sí, esto es un sueño pero yo soy muy real, pero eso tú ya lo has notado. A diferencia del resto, eres inteligente.
De nuevo, una carcajada se dejó oír erizando los vellos de Megumi por el tinte oscuro que poseía su voz.
— Y claro que me di cuenta, Megumi. Puedo olerte incluso desde aquí. Vamos, déjame entrar así puedes olfatearme tú también, sé que te gusta.
— Olvídalo. Déjame despertar, ¿dónde está Itadori?
— ¿El mocoso? Está muy tranquilo en brazos de ese hechicero. No va a molestarnos. Tampoco va a enterarse, que no te dé pena.
Su voz se había transformado en un susurro casi etéreo volviéndose todavía más grave; Megumi habría jurado que Sukuna estaba hablándole sobre el oído, un escalofrío recorriendo su piel al notar el tono íntimo y cómplice de su voz. Sin poder evitarlo, su cuerpo se relajó ante aquel sonido casi como si lo deseara; su mente, su lado racional le gritaba que no sucumbiera pero a esas alturas le estaba resultando muy complicado...al olfatear el ambiente, detectó un leve cambio, un aroma suave que comenzaba a filtrarse por la puerta, la ventana e incluso las rejillas de la ventilación como humo tóxico, un gas venenoso que se impregnaba sobre todas las superficies, las paredes, el techo, su piel.
Inconscientemente, Megumi inspiró profundamente para que aquel aroma que se volvía cada vez más intenso ingresara en sus fosas nasales, su garganta, sus pulmones; con sólo una inhalación, se había saturado completamente de aquella fragancia cáustica, casi intolerable pero adictiva a un punto que había pasmado, su cerebro en cortocircuito mientras su cuerpo había el resto. Había sido como una bofetada directo a su rostro, un gemido instintivo y satisfecho escapando de su garganta cuando sus vellos se erizaron, cuando su piel comenzó a arder ante el reconocimiento de las feromonas de Sukuna invadiéndolo todo, rodeándolo, metiéndose bajo su piel, dentro suyo.
Estiró las piernas, luego flexionó las rodillas, sus manos acariciando el colchón percatándose de que sus palmas y plantas se habían vuelto más sensibles, más susceptibles al roce de la tela. Megumi entreabrió apenas los ojos pese a que la penumbra lo dominaba casi todo porque su instinto se lo pedía a gritos, casi como si algo más hubiese cambiado en esos escasos segundos en los que se había relajado de aquella manera tan placentera.
Y en efecto, sí lo había hecho.
Dos pares de ojos del color de la sangre lo observaban desde arriba, casi a la altura del techo; no había un cuerpo que los acompañara, pero su presencia era suficiente para ocupar toda la atención del lugar, grandes, poderosos, depredadores; los cuatro estaban fijos en su figura, en sus movimientos, sin parpadear. Al verlos, Megumi no sintió miedo, ni siquiera incomodidad; simplemente los observó sin que éstos clavaran su mirada en la suya, atentos a su cuerpo, a sus reacciones. Recién en ese momento Megumi se percató que Sukuna había dejado de reír, de hablar; no había vuelto a emitir sonido alguno desde que aquel aroma tan intenso comenzara a filtrarse en su habitación y eso sí llamó su atención.
Una nueva oleada de aquella fragancia ponzoñosa se instaló sobre su rostro, imposible no percibirla; nuevamente, Megumi la hizo suya al inspirarla profundamente, su cuerpo aceptándola de manera tan natural que llegaba a asustarlo. Nunca se había sentido tan atraído a las feromonas de un Alfa y que su primera vez fuese tan vehemente y exagerada le sorprendía sobremanera. Los pantalones de su pijama comenzaron a presionar otra área sensible de su anatomía que también estaba reaccionando favorablemente, demasiado para su gusto; lo estaba delatando ante el enemigo, sobre todo cuando otro gemido quiso huir de sus labios fuertemente presionados, ésta vez ansioso y frustrado.
— Déjame entrar, Megumi.— ahora, la voz grave y orgullosa había adquirido un tinte ansioso, casi ávido.— Mira cómo estás, déjame aliviarte.
— ¿No querrás aliviarte tú conmigo, acaso?
— También.
Los ojos carmesí viajaron por su figura completa, Megumi los vio escrutando cada centímetro, cada ínfimo movimiento tan concentrado que llegó a inhibirlo un poco. Si hubiese podido verle el rostro, estaba seguro que sobre sus labios estaría pasando una lengua ansiosa, remojándolos.
— Si ese hechicero estúpido no hubiese estado hace unas horas, podría haberte hecho mío. Eso te hubiese agradado, ¿no es así, Megumi?
— Claro que no. Jamás permitiría que me pongas un sólo dedo encima, Sukuna.
— ¿No?¿Ni uno sólo?
— No te necesito.
Su declaración pareció confundir y descolocar a Sukuna, quien guardó silencio, sus ojos entrecerrándose sobre su cuerpo. En un acto de ridícula valentía y provocación absoluta, Megumi estiró una de sus manos sobre su abdomen, sobre la piel de su vientre previamente descubierta; las yemas de sus dedos erizaron otra vez su piel al hacer un mínimo contacto mientras su mano se deslizaba más y más hasta toparse con el elástico de aquellos pantalones tan molestos. En ningún momento había perdido de vista la atención del otro, quien había vuelto a enmudecer y estudiaba sus movimientos con increíble concentración.
— Qué estás haciendo.
Su voz había surgido en un murmullo fastidiado, casi sin aliento cuando los dedos se atrevieron un poco más, su mano introduciéndose dentro del pantaloncillo. Cuando hizo contacto con su erección, Megumi se sonrojó por su propio descaro al sentir su miembro duro y húmedo, un suspiro placentero dejándose oír adrede. Sus dedos se cerraron firmemente sobre toda aquella extensión necesitada, apenas acariciando, tanteando el terreno. No sabía si era la situación o el aroma de Sukuna lo que lo había enajenado hasta ese punto, pero Megumi se sentía extasiado sólo con intuir el caos que aquella imagen suya estaba produciendo en la mente de Sukuna, su aroma volviéndose más fuerte.
Su mano se movió bajo la ropa con un ritmo cadente, suave, tranquilo; Megumi separó más las piernas mientras su otra mano también se introducía bajo los pantalones, acariciando un poco más allá.
— Bájate la ropa, déjame ver.
— Así estoy bien.
Megumi oyó un resoplido molesto, una presión invisible proveniente desde fuera de su habitación o mejor dicho, de su sueño. Aquel cuarto representaba el refugio que inconscientemente su mente había creado y que Sukuna no podía atravesar, sus poderes quemando, horadando e intentando penetrar aquella protección. Sabía que aquella actitud de provocarlo no estaba bien, ni siquiera la de sentir el más mínimo deseo por aquella bestia aunque fuese todo causado por las hormonas...pero aún así, la situación se le había vuelto repentinamente irresistible
— Quién iba a decir que...el Rey de las maldiciones no iba a poder traspasar una simple barrera.— aquella frase había salido entrecortada entre suspiros contenidos, su rostro sonrojado, su respiración un tanto agitada mientras se atendía a sí mismo.
— Mide tus palabras, mocoso.
Sukuna se oía realmente furioso. Aún así, Megumi no le temía no sólo porque se sentía seguro en aquel lugar sino porque una parte de su mente le aseguraba que aquel no era un enojo real, Sukuna no se sentía realmente ofendido por sus palabras. Estaba frustrado, se estaba sintiendo sexualmente desgraciado por la falta de control que estaba teniendo de la situación. Había ido hasta allí, hasta lo más profundo de su sueño con el objetivo poco claro de amedrentarlo o de impresionarlo y las cosas parecían no haber salido como a aquel hechicero maldito hubiese planeado; la situación se le había invertido y era Megumi quien tenía el control de lo que sucedía, a qué ritmo, de qué manera.
Y aquello estaba volviendo loco a Sukuna, acostumbrado a dominar cualquier tipo de circunstancia.
Megumi aceleró el ritmo de sus caricias, su otra mano viajando entre sus glúteos levemente húmedos; un dedo travieso hurgó y rozó su entrada de forma circular, suave. Flexionó una pierna y la separó un poco más, la tela de los pantalones y su ropa interior tensándose del todo por su nueva posición. Cuando parte de aquel dedo ingresó en su interior, sus caderas se movieron inconscientemente hacia delante, un quejido anhelante dejándose oír.
— ¿En quién estás pensando, Megumi?¿Quién te está acariciando en tu mente?
— ¿Realmente...quieres decepcionarte?
— Dime quién es.— el tono de Sukuna anunciaba más que peligro, una desgracia inminente si Megumi no controlaba lo que decía.— Quién es el hijo de puta. Lo haré pedazos.
Megumi no contestó su pregunta sino que aceleró la velocidad de sus caricias, el dedo introduciéndose más profundamente. Lo cierto era que se sentía más infalible que nunca al comprobar que Sukuna podía intuir las preguntas más superficiales de su mente pero realmente no podía escarbar en lo más recóndito y secreto de sus pensamientos. Aquellos ojos inhumanos se posaron sobre su entrepierna sin parpadear, atentos al movimiento rápido de sus manos.
Sukuna se había distraído y caído en la trampa de sus palabras, celoso y posesivo. Ni siquiera había pensado un sólo segundo que Megumi lo había timado y que en realidad, estaba deseando que fuese Sukuna quien estuviese entre sus piernas, aunque intuía que la experiencia probablemente sería muy diferente a lo que podía llegar a imaginarse. No conocía su verdadero rostro, su cuerpo; siempre había utilizado el cuerpo de Itadori para manifestarse, pero la esencia, el poder y el aroma habían sido siempre completamente diferentes.
Su mente fue un poco más allá imaginando a un hombre grande, corpulento, el doble de su tamaño. Seguramente sería rudo, salvaje en la cama, un animal que sólo se guiaba por el instinto y el placer...si Megumi siquiera osaba darle el permiso que el otro tanto ansiaba, incluso si se trataba de un simple sueño, ¿podría…?
— Tú no sabes lo que es un hombre de verdad, mocoso. Apostaría incluso a que aún eres virgen, ¿no es así?
— No vas a tener la suerte de ser el primero, ya es tarde.
Megumi sintió una presión casi asfixiante y por un momento creyó que Sukuna había logrado romper la barrera que le impedía acceder a él, preso de la ira; sin embargo, aquella sensación nefasta la habían provocado las feromonas del otro, aturdiéndolo. Se preguntó cómo se sentiría aquel aroma impregnado en su piel producto del roce de sus pieles, de sus fluidos sobre su cuerpo…
— Mientes. Nadie te ha tocado, ningún simple y estúpido humano ha tenido ese privilegio.
— Y si fuera así, ¿qué?¿qué vas a hacer al respecto?
Se sentía abochornado por estar provocándolo de aquella manera, pero le agradaba sobremanera sentir el deseo y la ira del otro entremezclados, ávido de su cuerpo.
— Te haría conocer el verdadero placer de estar con un hombre experimentado. Y bien dotado.— la risa que había estado extrañando un poco se dejó escuchar con un tono más grave de lo normal.— Aunque quizás un niño como tú se asustaría de mi apariencia, de mi tamaño.
— No te temo. ¿Crees poder impresionarme?
— Sé que lo haré. Déjame entrar y te lo demostraré.
— No.
Otra risa frustrada y un resoplido hicieron sonreír a Megumi dentro de su excitación; ahora, dos dedos hurgaban en su interior mientras imaginaba que Sukuna no exageraba su situación y que realmente estaba bien dotado como alardeaba; Megumi nunca había tenido contacto íntimo con ningún Alfa, ni siquiera durante los celos más intensos donde los supresores no lo habían ayudado demasiado. Aún así, eso no significaba que no sintiera curiosidad por saber qué se sentía, más con un sujeto como Sukuna.
— Entonces, al menos déjame verte.
Sukuna había soltado aquello mitad anhelo, mitad resignación. Megumi realmente lo oyó frustrado pese a que ambos sabían, Megumi lo deseaba. Presa de la lujuria y sin importarle realmente demasiado acató el pedido ante los ojos sorprendidos y hambrientos de aquel demonio; al liberar su erección de aquella prisión sofocante se sintió un poco más aliviado, pero al hacerlo se sintió más expuesto y por ende, más encendido y agitado.
— Quítalos. Ahora.
Había sido una orden directa, franca y sin lugar a réplicas. En el estado en el que se hallaba Megumi accedió a cumplir sus necesidades al pie de la letra. Los pantaloncillos volaron a los pies de la cama y aquello le permitió separar del todo las piernas, la penetración más sencilla y rápida.
— Estoy...estoy muy mojado…
— Estás listo para mi, ¿verdad?
— Sí…— Sukuna inspiró aire ruidosamente al escuchar su afirmación en medio de un suspiro que procuraba no convertirse en un gemido necesitado sin demasiado éxito.
— Antes de prepararte para mi, me saciaría de todo ese fluido que está saliendo de ahí, Megumi. Y saldría mucho más, me haría un festín metiendo mis lenguas ahí, porque tengo más de una.
Los dedos que tenía en su interior aceleraron el ritmo de sus penetraciones mientras Megumi intentaba imaginarse aquello sin mucho esfuerzo, calentándose más y percibiendo como, efectivamente se sentía más húmedo.
— Ni siquiera necesitaría usar mis dedos para dilatarte, con mi lengua bastaría.— Megumi gimió ya sin poder contenerse, su pelvis meciéndose al ritmo de la voz ajena.— No sabes cuánto te haría gritar, Megumi. Te haría llorar pidiéndome más, y no me canso fácil. Puedo follarte todo el día y toda la noche sin parar, por algo te dije que estoy bien dotado allá abajo.
— ¿Tan...tan grande dices que la tienes? .— Megumi gimió aquella pregunta mitad sorna, mitad anhelo. La risa no se hizo esperar al oírlo, también un poco sofocado.
— Las dos son grandes y quieren estar en tu interior.— el Omega jadeó al entender lo que acababa de decir. ¡¿Dos penes?!.— ¿Me dejarías follarte con ambas a la vez? Prometo no matarte.
— ¿Crees que…?
— ¿Que entrarían a la vez? Claro. No sólo tengo mucha resistencia, también gozo de paciencia infinita. Megumi, déjame entrar.
La frase había comenzado en un tono tan erótico e íntimo que Megumi realmente se había sentido seducido por las bestialidades que Sukuna le estaba prometiendo; sin embargo, el pedido final había sido casi una súplica frustrada, una solicitud afligida que tocó una fibra sensible en la mente y el cuerpo de Megumi.
No, no podía ceder; no sabía qué podía llegar a suceder si lo hacía aún si se trataba de un sueño del que no podía despertar.
— Por favor, déjame estar sobre ti, entre tus piernas, en tu interior. Sé que lo deseas tanto como yo.
Otra vez, la voz había sonado prácticamente pegada a su oído, un murmullo oscuro y lleno de promesas que Megumi ansiaba que el otro cumpliera. Sus dedos entraban y salían con facilidad de su interior y, por un momento, se preguntó qué podría sentirse algo de mayor tamaño. Sukuna probablemente podría satisfacer hasta la fantasía más turbia que alguna vez hubiese tenido...
— Excelente.
Megumi jadeó, sorprendido y en parte arrepentido por el pensamiento que acababa de tener; sin proponérselo realmente, su mente había cedido y se había distraído lo suficiente como para que aquel refugio que lo mantenía a salvo de Sukuna finalmente se derrumbara, todo colapsando a su alrededor. En realidad, creía que era él mismo quien se estaba elevando desde la cama, aquellos ojos carmesí sonriéndole mientras Megumi comenzaba a sentir una presión para nada imaginaria tomando sus brazos, sus piernas con una fuerza inusitada; volvió a jadear cuando sus brazos fueron sujetados por encima de su cabeza sin que pudiera moverlos, sus piernas separadas sin que pudiera cerrarlas ya.
Ahora se hallaba en la completa penumbra, ni siquiera podía distinguir su propio cuerpo en el nuevo lugar donde se hallaba; ya no reconocía las dimensiones de su propio cuarto, la cama debajo de él, la ventana…
Y un gemido placentero, fuerte y sobrecogido escapó de su garganta cuando sintió algo húmedo, caliente y amplio atacando su entrepierna, entre sus glúteos. Aquella cosa estaba en todas partes al mismo tiempo, el torso de Megumi arqueándose entre suspiros y gemidos cuando aquella lengua desproporcionada invadió y literalmente se removió en su interior buscando, dilatando, devorando.
— Eres delicioso, lo sabía.
Miserablemente — o sorprendentemente, no sabía cómo reaccionar — Megumi logró llegar a un orgasmo explosivo sólo con aquella —v o aquellas — lengua haciendo estragos en su entrada, ya bastante dentro de su cuerpo. Su cuerpo convulsionó mientras percibía como aquella cosa blanda y húmeda abandonaba su interior y lamía toda la extensión de su miembro y su vientre, limpiándolo todo. Mientras aquella lengua anormalmente grande seguía humectando toda la piel que tenía a su alcance Megumi intentó regularizar su respiración, el calor sofocándolo.
Y sin previo aviso, aquella cosa volvió a introducirse en él, rápida y brusca despertando un quejido mezcla de incomodidad y satisfacción.
— Te lo he dicho. Soy muy resistente.
Su cuerpo no tardó demasiado en reaccionar de nuevo, los gemidos y jadeos llenaron el lugar en segundos. Tuvo otro orgasmo y el asalto a su interior se repitió una, dos, tres veces. Megumi no podía quejarse, incluso creía que su cuerpo podría entrar en celo en ese mismo momento, el aroma de Sukuna volviendo a llenar el lugar nuevamente, un círculo vicioso del que no podía ni quería salir.
¿Así era lo que se sentía ser atendido por alguien? No, estaba seguro que no. Con el orgullo un poco herido tuvo que admitir que Sukuna tenía razón. Probablemente ningún humano podía compararse con él.
Y su cuerpo se relajó de repente, la sujeción de sus miembros desapareció y su cuerpo colisionó contra el colchón otra vez. Megumi jadeó y rodó sobre la cama, cayendo al suelo y golpeándose con el piso frío y duro.
Parpadeó un par de veces, agitado y desorientado. Al arrodillarse, vio el borde de la cama y su mesita de noche; al voltear, la ventana se hallaba en su sitio, la cama también. Con esfuerzo se incorporó y encendió la luz.
Todo estaba en orden, tal y como lo había estado siempre.
¿Acaso eso había sido un sueño húmedo?¿Con Sukuna?
La vergüenza lo invadió de lleno, el rubor cubriendo sus mejillas. Recordaba cada tramo de aquel sueño como si hubiese sucedido en verdad; incluso miró el techo esperando encontrar aquellos ojos inusualmente malignos observándolo, pero allí no había nada más que una lámpara encendida.
Bufando se sentó en la cama, levantándose de un respingo otra vez.
Un calor extraño recorrió su cuerpo por su columna cuando se percató de que estaba malditamente húmedo entre las piernas. Molesto y preocupado, hizo un viaje corto al baño para verificar y horrorizarse con la cantidad de fluidos que había entre sus piernas, limpiando todo rápidamente en un afán por borrar cualquier prueba de aquel acto lujurioso y pervertido.
¿Aquello había sido realmente un sueño?
— Yuuji, ¿estás bien?
— No. Espera.
Itadori se había literalmente caído de la cama, hecho asombroso considerando que Satoru dormía en un colchón que medía al menos 3 metros de ancho. ¿Cómo carajo había rodado, llegado hasta el borde y caído en picada hacia el suelo, golpeándose con la mesita de noche en el proceso?
Se agarró la cabeza allí donde se había golpeado, dolorido. Recostado en el suelo, vio el rostro de Satoru asomado desde lo alto, sobre la cama. El mayor encendió la luz, la preocupación en cada facción de su rostro, sus cabellos despeinados en todas direcciones.
— Me golpeé en la cabeza, pero ya estoy bien.
— ¿Seguro?
— Sí.
Como pudo, lo ayudó a incorporarse y volvió a la cama, bajo las sábanas. En realidad, Itadori no se sentía bien, tampoco mal. Se sentía extraño pero no podía definir la causa. Instintivamente, se había refugiado en el pecho de Satoru inhalando su aroma en un intento por tranquilizarse, los brazos rodeándolo posesivamente. Ninguno de los dos dijo nada por varios minutos en los que Itadori logró controlar la ansiedad con la que había despertado, pero sabía bien que Satoru había intuido algo más.
— Te separaste de mí y...pensé que tenías calor, por eso no le di importancia.— la voz grave de Satoru contra su cabeza lo espabiló de sus pensamientos, oyendo atentamente.— Pero luego supe que algo no estaba nada bien. Fuiste más rápido y rodaste sobre el colchón antes de que yo lograra sujetarte. Bueno, tú no. Sukuna.
— ¿Sukuna?¿Qué dices?
Itadori se separó de Satoru y estudió su rostro, la preocupación y un dejo de fastidio dejándose entrever en su mirada.
— Sí, Yuuji. Sukuna estaba ocupando tu cuerpo, pero estaba tan dormido como tú. Fue casi a lo último que algo lo despertó y rodó lejos de mi. Probablemente notó que lo reconocí. ¿Nunca te había sucedido antes?
— Bueno...ahora que lo dices así, no lo sé. Siempre utiliza mi cuerpo sin previo aviso, así que no me sorprendería.
— ¿Tú te sientes bien?
— Claro.
Cuando Satoru finalmente volvió a apagar la luz, su mente estaba hecha un caos por muchas razones distintas. El recuerdo de saber que se hallaba en la casa del Alfa y que su hijo dormitaba feliz y tranquilo en la habitación de al lado sumado al torbellino de imágenes que había tenido antes de despertarse en el suelo se habían transformado en una madeja de ideas y preocupaciones que intentó apartar cuando finalmente el sueño lo poseyó de nuevo. También recordó lo que había hablado aquella tarde con Nanami y que no le había contado a Satoru acerca de aquella charla reveladora que había tenido con Sukuna tiempo atrás.
Cansado como estaba, su último pensamiento antes de caer dormido había sido que, al día siguiente, debía llamar a Fushiguro. No sabía por qué, pero debía hacerlo.
Bueno...este es como el final de un arco y el 11 será como el inicio del siguiente xD ya están más o menos apostadas las primeras cartas del juego, así que...xD
Nos leemos!
