— No sé absolutamente nada.
— Bueno, cálmate...quizás están esperando, como piensa Nanami.
— No, lo están haciendo adrede. Otra vez.
Itadori realmente se preguntó si había sido una buena idea hablar con Satoru acerca de su charla con Nanami en aquella cafetería. Había oído el relato entero en forma tranquila una vez se trasladaran nuevamente al cuarto después de cerciorarse que habían perdido a Samuru inmerso en sus jueguitos. Sin embargo, una vez en la privacidad de la habitación y cuando Itadori había concluido los detalles, Satoru realmente parecía enfurecido, su aroma penetrante y picante saturando las fosas nasales de Itadori.
El omega se sentó a su lado en la cama intentando relajarlo con su propio aroma. No sabía muy bien cómo funcionaba aquello, pero se dedicó a presionarse contra el otro en busca de mayor contacto; había resultado, al menos parcialmente. Satoru buscó el hueco detrás de su oreja, olfateando y haciendo reír a Itadori por las cosquillas. No sabía si había sido su aroma o su risa, pero sintió al Alfa relajar un poco el agarre de sus brazos.
— Es por eso que no soporto más a esos malditos viejos de mierda. Me lo están ocultando a propósito. Sino, ¿por qué Nanami que es un hechicero de categoría inferior a la mía lo sabría antes que yo?
— Oye, que Nanami es fuerte.
— Pero no tanto para enfrentar sólo a una maldición de categoría especial que tiene el último dedo de Sukuna.— Otra vez, el enojo afloró en forma de feromonas. Itadori rodó los ojos, abrazándose a él.
— Bueno, eso no importa.
— Yuuji, sí importa. Es por éste tipo de manejos irresponsables que luego hay tantas muertes.
— Ya lo sé, a mi también me indigna y lo sabes.
— ¿Hay algo más?
Itadori guardó silencio, ahora sí sin saber cómo continuar. Desde que había tenido aquella charla con Sukuna donde la maldición le había explicado que ambos estaban fusionándose sin que Itadori lo notase y que el proceso sería definitivo cuando obtuvieran el vigésimo dedo, las dudas habían comenzado a atormentarlo. Desde un principio su misión era clara: obtener todos los dedos...y morir o sellar para siempre a Sukuna, exorcizándolo. Había intentado hacerse a la idea de por fin ser libre de aquel sujeto que lo había fastidiado durante más de 3 años...pero se descubrió alterado al saber que desaparecía para siempre.
Y había llegado a la conclusión que su mente aceptaba más la idea de convivir con él que la de eliminarlo.
— ¿Yuuji? Sea lo que sea, puedes decírmelo.
— Es difícil, sobre todo porque...bueno, tú no estás en mi lugar y no comprendes la relación extraña que manejo con él.
— Lo sé. Pero eso no me impide preocuparme por ti y tus deseos. ¿Qué es lo que quieres decirme?
Armándose de valor, Itadori presionó la mano de Satoru e intentó ponerse firme en su propia decisión.
— ¿Podrías...podrías conseguir ese último dedo?
— Es lo que pienso hacer, les guste o no.
— ¿Y podrías ocultarlo?
— ¿Qué? No te entiendo.
— No voy a ingerirlo. No quiero exorcizar a Sukuna.
Ahora sí se había hecho el silencio sólo interrumpido por el ruido lejano del televisor, el sonido de los disparos de fondo. Satoru se había quedado callado sin parpadear, sus ojos estudiando el rostro de Itadori mientras éste contenía el aire.
— Vamos de nuevo porque creo que te entendí mal. ¿Me estás diciendo que prefieres vivir con esa cosa dentro de ti el resto de tu vida?
— Sí, te estoy diciendo eso.
— Yuuji, creo que no estás comprendiendo la dimensión de tu decisión.— Satoru parecía más que molesto, perplejo por lo que le decía y otra vez, su firmeza comenzó a tambalear.— En primer lugar, Sukuna es una maldición, Yuuji. No es una persona, no te confundas. Está hecho de maldad pura, no tiene sentimientos.
— Pero yo sí. Créeme, intenté hacerme a la idea pero no puedo. Me angustia saber que voy a arrepentirme.
— Has exorcizado a muchas maldiciones y nunca habías tenido tanta reticencia, ¿acaso le has tomado cariño a esa bestia?
— ¿Y si es así, qué? Sabía que no lo entenderías, no estás en mi lugar.
Itadori intentó zafarse de su agarre pero Satoru fue más rápido, sujetándolo y atrayéndolo nuevamente hacia su pecho. El Omega suspiró esforzándose por no llorar a causa de la impotencia que ascendía dentro de su mente.
— Lo siento, fui un poco brusco. Yuuji.— Satoru tomó su rostro entre sus manos, en apariencia más tranquilo.— Eres fuerte, muy fuerte. Sólo tú sabes lo que has tenido que soportar estos años y es verdad, no puedo siquiera magnificarlo...pero puedo intentar entender tu decisión, porque es tu cuerpo, tu vida.
— Gracias, yo…
— Sin embargo, creo que has tomado una decisión precipitada. Como siempre, antepusiste al otro sobre tus propios intereses.
— ¿A qué te refieres?
— Bueno...esto va a sonar egoísta de mi parte…— Satoru dudó un poco pero se recompuso rápidamente.— pero en un futuro, quiero formar una familia contigo.
El Omega se sonrojó, el calor ascendiendo desde su pecho hacia sus extremidades. Satoru pegó sus frentes y acarició su rostro con la nariz, besándolo suavemente.
— Quiero vincularme a ti y tener hijos. Estoy hablando del futuro, proyecto a largo plazo, no quiero que pienses…
— Yo también quiero eso.— Itadori susurró aquello con cierta pena por el cambio de conversación y buscó sus labios, refugiándose en ellos. El beso se profundizó un poco más hasta que se separaron, sus rostros aún pegados.
— ¿Comprendes que no podremos hacerlo si Sukuna sigue ahí? Tú mismo me lo acabas de decir.
Satoru tenía razón. Él mismo acababa de explicarle que sus celos y la posibilidad de un embarazo estaban alterados por la presencia de Sukuna, sus propias hormonas afectándole a él. La decisión que había tomado flaqueó enormemente al percatarse de que no había considerado eso.
— No me había dado cuenta. Carajo.
— Y además, yo no quiero vivir bajo tu sombra, mocoso.
Satoru se separó de él repentinamente cuando la voz de Sukuna intervino en la conversación; como siempre, Itadori percibió tarde el cambio en su rostro, el otro maldito ya instalado en su mejilla. Estuvo tentado en golpearse a sí mismo pero se contuvo.
— ¿Prefieres morir, acaso?
— Así es.— la respuesta los sorprendió a los dos.— Si pudiera apoderarme de tu cuerpo, ya lo habría hecho. Pero no puedo, esa es la realidad que me toca afrontar. Es un asco, pero es lo que hay.
— ¿Entonces?
— No quiero seguir así y que mi vida termine cuando tú mueras. Si tanta empatía tienes, ponte un segundo en mi lugar. Ninguno de los dos soporta al otro, mocoso. Imagínate eso, pero el resto de tu existencia.
Bueno, Sukuna tenía un buen punto. Itadori sí había pensado en eso. Sukuna vivía la mayor parte de su tiempo en su área innata y sólo podía salir e interactuar con el entorno cuando Itadori perdía el control de su cuerpo. El resto de los días, semanas y meses, estaba destinado a vivir recluso en un ambiente limitado, tal y como si se tratara de una cárcel. Sí había pensado en aquello y el trato le parecía justo; él lo soportaría para no sentir culpa y Sukuna pagaría recluido por todo el daño que había causado.
La idea le había parecido fantástica hasta que Satoru y el mismo Sukuna se la habían derrumbado hacía segundos.
— Bueno, no lo sé. No sé qué hacer. ¿Sukuna?
Itadori aguardó una respuesta que no llegó; se tocó con la yema de los dedos a ambos lados del rostro notando que allí ya no había nada. Había notado la tensión en el aire incluso antes de que Sukuna apareciera, pero ahora…¿qué se suponía que iba a hacer?Exorcizarlo parecía la mejor opción visto y considerando que su plan magistral interfería con su proyecto de vida y que Sukuna se negaba a seguir así. No sabía por qué se preocupaba tanto, si al fin y al cabo Satoru tenía razón: era sólo una maldición, no un ser humano, tendría que dejar de pensar en Sukuna como una persona independiente de él.
— Yuuji.— la voz suave de Satoru lo abstrajo de sus pensamientos.
— Dime.
— ¿Podría hablar con Sukuna un momento? Será corto.
— Pero se acaba de ir, yo…
"Déjame ocupar tu cuerpo un minuto, mocoso."
La voz de Sukuna se había oído fuerte y clara en su cabeza y fue por eso que supo que Satoru no la había oído; era la primera vez que sentía el retumbar de la voz cansina del otro en su cerebro, jodiéndolo incluso en plena conciencia.
"No voy a pelear ni intentar matar al crío que está en la casa. Sólo quiero conversar."
¿Conversar?¿Conversar, qué? Itadori no estaba seguro de si podía hablar con Sukuna directamente en su mente y no en voz alta, pero creía saber que la maldición notaba su reticencia, sobre todo por Samuru, no tanto por Satoru que sabía podría controlar la situación en caso de ser necesario.
— ¿Yuuji?
— Ah, sí…¿realmente quieres eso? No parece querer volver en la forma habitual que lo hace, va a tener que ocupar mi cuerpo completamente.
— No te preocupes, seré breve y estaré atento.
El tono con el que Satoru le había hablado había sido suave pero Itadori detectó ese dejo de cansancio habitual en su voz cuando se hartaba de repetir algo obvio. Con desconfianza y reserva, Itadori siguió preguntándose qué era lo que podría querer hablar con el otro en esos momentos.
— ¿No confías en mí?
— ¡No! Quiero decir, sí confío en ti, es sólo que...no me gusta cambiar. Se siente raro.
— Lo sé, me lo has dicho.
Y no agregó nada más.
Itadori suspiró y miró sus propias manos un momento. Chasqueó la lengua, también un poco cansado de la situación.
Y todo se volvió negro.
Aborrecía esa sensación de vacío, de caída inminente. En realidad ni siquiera podía definir si estaba de pie, recostado o flotando en la misma nada. Todo a su alrededor era oscuro, tan oscuro que dudaba que allí hubiese algo más, la sensación de estar encerrado en un lugar al que se le acababa el oxígeno más presente que nunca; aún así, pese al malestar que le generaba esa sensación abstracta, se sentía adormilado. Le ponía nervioso pero al mismo tiempo no le importaba; el tiempo no parecía correr allí, tampoco el espacio cambiaba.
¿Así se sentiría Sukuna todo el tiempo? No lo creía. La maldición ocupaba un área innata que sólo le pertenecía a él y en donde parecía sentirse bastante a gusto. Conocía bien ese lugar y, por un momento, agradecía que su mente no fuera transportada allí cuando Sukuna ocupaba su cuerpo.
¿Qué estaría sucediendo afuera, realmente estaban conversando?¿Sobre qué, o quién?¿Estarían hablando de él? Por un momento se le pasó por la cabeza que Satoru estuviese amenazando a Sukuna y temió por un posible enfrentamiento. Pensó en Samuru, ingenuo a la situación en la otra habitación. ¿Había sido una decisión acertada cederle el lugar a Sukuna con un niño inocente tan cerca?
No podía oír nada, olfatear nada. Allí literalmente no había absolutamente nada y se preguntó cuánto tiempo había pasado ya. ¿Minutos, horas? Incluso cuando se lo preguntara, Sukuna tampoco le dejaría saber de qué habían hablado si él no lo deseaba. El terreno de los recuerdos ajenos era muy selectivo e Itadori sólo recordaba las cosas cuando el otro así lo quería, y casi siempre de manera incompleta.
— ¿Yuuji?¿Estás ahí?
— ¿Eh?
Itadori abrió los ojos; parpadeó un par de veces, su vista clavada en el techo. Lo reconoció enseguida, era el techo de la habitación de Satoru. Éste se hallaba prácticamente sobre él, su rostro demasiado cerca como para que sus cabellos le hiciesen cosquillas en la piel. Se le partía la cabeza; frunció el ceño y cubrió sus ojos con su antebrazo, presionando. Tragó saliva varias veces, su garganta seca, la lengua incapaz de moverse bien para contestar adecuadamente. Rodó hacia un lado, el dolor de cabeza intensificándose.
— ¿Te sientes bien?
— No. Me duele mucho la cabeza.— chasqueó la lengua cuando su voz sonó rasposa, volviendo a tragar saliva.— ¿Qué sucedió?
— Te desmayaste. Yo tampoco sé bien qué fue lo que sucedió.
—¿Sukuna?
— Se fue hace rato. Hace al menos veinte minutos que estás inconsciente. Ya estaba por llamar a Shoko.
Itadori rodó nuevamente y quedó de espaldas sobre el colchón; Satoru aprovechó su posición ventajosa sobre él y lo abrazó, atrayendo su cuerpo y buscando sus labios; pese al mareo que Itadori estaba manejando respondió al beso aferrándose a su cuello. Su aroma logró tranquilizarlo y orientarlo bastante, el dolor de cabeza comenzando a ceder.
— Qué olor espantoso que tiene Sukuna.
— ¿Está sobre mí?.— Satoru abrió ampliamente los ojos y arqueó las cejas en una expresión consternada.
— Yuuji, ya sabía que te fallaba el olfato, pero no tanto. Está por todos lados, no sólo sobre ti. Lo primero que hizo apenas ocupó su cuerpo fue intentar asfixiarme con sus feromonas.
— ¿Pudieron hablar, no quiso atacarte?
Satoru ayudó a Itadori a incorporarse sentándose ambos en el borde de la cama. Aún un poco inestable, Itadori buscó refugio en el Alfa apoyándose en él; Satoru lo rodeó con sus brazos, presionándolo.
— Ni siquiera lo intentó. Quería preguntarle sobre algunos rituales que sé que existen y podrían ayudarnos en esta ocasión especial.
— ¿Ocasión especial?¿A qué te refieres?
— Yuuji.— Satoru resopló sonoramente y se rió, el temblor de su pecho trasladándose a Itadori aún apoyado en él.— Tu no quieres que Sukuna viva dentro tuyo pero tampoco quieres exorcizarlo, ¿o me equivoco?
— Bueno…
— Eres demasiado bueno con la gente. Incluso con una maldición como él.
— Siento que te estás burlando de mi.
— Oh, no.— sí, lo estaba haciendo.— Pero bueno, visto y considerando las circunstancias...supuse que podríamos intentar una tercera alternativa.
— ¿Y esa cuál es?
— Separar a Sukuna de tu cuerpo.
Itadori arqueó las cejas, luego frunció el ceño. Satoru no agregó nada más e Itadori no sabía realmente qué preguntar sobre aquello, no entendiendo a qué se refería.
— ¿Cómo separar?¿Es eso posible?
— Sí. No se ha hecho hasta ahora porque no hay registros de alguien como tú que no haya querido exorcizar a la maldición en cuestión. Pero hay descritos varios métodos. Como son todos antiguos y sólo he oído de ellos, estaba seguro que Sukuna los conocería.
— ¿Y los conoce? Espera.
Se separó de Satoru sólo para ver su rostro, evaluar su mirada. Éste parpadeó, curioso por la expresión dudosa en el rostro de Itadori.
— Si Sukuna se vuelve independiente de mi cuerpo…¿no sería demasiado peligroso?
— No será independiente de ti. La conexión que tienes con él no va a cortarse porque el proceso de fusión ya comenzó. Sí, me lo contó.— Itadori desvió la mirada avergonzado al oír el reproche en la voz ajena.— Es por eso que sé que no se volverá un peligro. Será independiente hasta cierto sentido.
— ¿Y no es lo mismo?¿Él aceptó algo así?
— Sí, lo acepto.
— ¿No rechistó, ni pidió nada a cambio?
— Para él, esto es mejor que nada.
Itadori guardó silencio, no agregando más nada. No conocía de aquellos rituales ni sabía en qué consistían, pero Satoru parecía convencido no sólo de poder llevarlos a cabo sino también de que no corrían peligro por la unión que ellos dos ya tenían. No había mucho qué pensar, en realidad; al verlo en perspectiva, era una opción mucho mejor que la de vivir confinado a su cuerpo y aún mejor todavía que la de exorcizarlo y que desapareciera. Tomó la mano de Satoru entre las suyas, presionándolas.
— Está bien, hagámoslo.
Mmmm...PIENSO...XD
