Satoru apretó sus puños con fuerza dentro de los bolsillos de la chaqueta de cuero que había tenido a bien no quitarse apenas había ingresado a ese claustro asqueroso con olor a viejo, rancio y anticuado. ¿Acaso era porque no aireaban lo suficiente aquellos salones subterráneos, había demasiada humedad imposible de quitar de las paredes...o era el aroma natural de aquellos dinosaurios de mierda que lo observaban desde arriba con arrogancia y aires de indignación?
Suspiró, aún manteniendo una postura despreocupada; en realidad, Satoru no estaba en sí intranquilo o inquieto por los pensamientos o caminos de acción que aquellos viejos detestables tuviesen en mente, pero su paciencia tenía un límite y en aquellos últimos meses se había visto a prueba demasiadas veces percatándose de que su umbral de tolerancia para aquella gente había descendido en forma alarmante.
Podía soportar sus órdenes imposibles, sus consejos ridículos. Incluso las advertencias y sutiles amenazas sobre su conducta y faltas de respeto, bastante reiterativas en aquellos años, tanto que se habían vuelto una retahíla cansina que Satoru ya desoía en la mayoría de las ocasiones. Sin embargo, y sobre todo en aquel último mes donde las hormonas lo estaban volviendo loco de celos y el instinto de conservación y protección estaba más arraigado que nunca...no podía soportar que aquella gente estúpida e inferior siquiera nombrara a Yuuji.
Oír su nombre en labios de aquellos decrépitos buenos para nada le hacía hervir la sangre al punto en el que su cerebro comenzaba a dejar de funcionar correctamente, el deseo de asesinarlos más presente que nunca.
"Contrólate, aún no puedes matarlos. Aún no, piensa en Yuuji."
Con aquella letanía casi constante que se había transformado en un rosario de calma para Satoru apagó en su mente aquellos pensamientos siniestros que empujaban a los racionales a cometer un acto del que luego iba a arrepentirse.
— Gojo, no has respondido.
— Todo bien, no ha habido ningún cambio.
Su voz había sonado despreocupada y jovial restándole importancia al asunto; el eco de sus palabras se perdió dentro del murmullo de aquellos viejos de mierda, imposible de descifrar. Satoru suspiró imperceptiblemente queriendo largarse de allí de una maldita vez.
— No hemos hallado señal alguna del último dedo de Sukuna. Es extraño.
— ¿Eso significa que la maldición aún está controlada?
— ¿Aquel niño puede hacerlo?
Más murmullos, las mismas preguntas y exactamente las mismas respuestas desde hacía cuatro años. Mientras los dinosaurios deliberaban la misma cuestión por enésima vez, Satoru se preguntó qué estaría haciendo Yuuji más arriba, probablemente en los jardines del colegio. Sonrió para sí mismo al recordar lo ansioso que había estado la noche anterior y lo exaltado que se había despertado aquella mañana por mucho que hubiese intentado disimularlo; lo había emocionado hasta volver a colocarse aquel uniforme horrible del colegio y la alegría se la había contagiado a Samuru, quien había aprovechado la situación para iniciar una ronda masiva de interrogatorio a Yuuji que había estado más que predispuesto a contestarle todo.
Por supuesto y luego de haberlo deliberado bastante - sólo había sido un poquito, porque entre Mei Mei y Yuuji le habían propinado una patada mental lo suficientemente fuerte para que se decidiera rápido - había decidido que no era mala idea llevar a Samuru al colegio. Satoru se había percatado de lo tonto que había sido al ocultar a su propio hijo todo aquel tiempo, sobre todo cuando se sentía orgulloso de él…
Aquello era una mentira y él lo sabía mejor que nadie. Había sido Yuuji quien le había hecho cambiar de la mentalidad cerrada y protectora que tenía con Samuru a una más abierta y holgada. Yuuji le había hecho dar cuenta de un montón de actitudes que Satoru había manejado con su hijo que no había hecho más que alejarlo de él por un pasado que lo había estado persiguiendo sin necesidad alguna...y como si de una cuestión liviana y sin importancia para su vida actual, Yuuji había ocupado un lugar preponderante y único en su existencia, iluminándolo todo.
Había dejado a Samuru a su cuidado porque por supuesto, Yuuji lo hacía mucho mejor que él con el niño. Se preguntó si Nobara o Megumi habrían interrogado a Yuuji acerca de su hijo o qué opinión tendrían con respecto a su relación; se rió al pensar que Megumi probablemente se habría encontrado con un obstáculo social cuando Samuru hubiese ganado confianza y las preguntas incómodas se hubiesen desviado hacia él…
— Gojo, esto es serio. No sé qué es lo que te causa gracia.
— Ustedes. Siempre lo mismo, una y otra y otra y otra….
— Ya. Encárgate de vigilarlo, Gojo. Y ten cuidado con involucrarte sentimentalmente a él. Sabes el final que le espera.
Las luces del lugar se apagaron antes de que Satoru pudiese responder a aquella última advertencia. Contrario a lo que cualquiera hubiese pensado, el Alfa sonrió en la oscuridad, sus puños abriéndose, sus manos relajándose.
Aquellos vejestorios no tenían porqué saber o inmiscuirse en su vida privada por lo que sus advertencias lo tenían sin cuidado; lo que le había causado gracia y quizás un poco de alivio era saber que vivían en una burbuja de egocentrismo y soberbia lo suficientemente gruesa como para no notar los cambios que se habían ido suscitando en diferentes partes del país.
Claro que sabía el final que le esperaba a Yuuji en todo aquel asunto, él mismo lo había escrito. Sonrió una vez más mientras salía de aquella cueva con olor a viejo.
Aquellos ancianos no se lo esperaban, para nada.
Ansioso, comenzó a caminar hacia la salida mientras se colocaba las gafas oscuras. Había podido presenciar la ceremonia de graduación pero apenas ésta había terminado, los peces gordos lo habían convocado y sin remedio, no había podido quedarse más tiempo con Yuuji. Aún así era temprano, podrían…
— Hey, Satoru.
Una voz femenina lo distrajo de sus cavilaciones. Sorprendido al reconocer su silueta delante de la luz exterior, resopló mientras aminoraba el paso.
— Tanto tiempo, Yuki.
Satoru correspondió a su saludo en el mismo tono ausente de emoción que había usado la hechicera de categoría especial; al llegar a su lado, ésta le sonrió y Satoru notó las pequeñas marcas cerradas debajo de sus ojos, tan sutiles que quien no las hubiese visto con anterioridad cuando estaban en todo su esplendor no notaría, para nada.
El Alfa le sonrió a su vez al recordar que, en efecto, la información que había manejado Nanami meses atrás había sido falsa. Muy probablemente, aquellos viejos de mierda habían hecho la conexión directa entre Yuuji y Nanami y habían soltado aquel informe sobre la maldición de categoría especial que tenía el último dedo de Sukuna y...palabrerío. La maldición sí existía pero no era de categoría especial ni tampoco había tenido en su poder ningún objeto maldito. Aquellos tipos habían estado seguros de que Yuuji iba a ir por cuenta propia a atacar una maldición que en teoría desconocía su existencia, también poniendo a prueba las fidelidades de Nanami.
Había que ver lo infelices y rastreros que podían llegar a ser...menos mal que él había esperado a que la información que Yuuji le había contado se dispersase un poco más para actuar, ya cuando la cuestión era de conocimiento público.
Lo que aquellos viejos no habían sabido, era que Satoru sí conocía la ubicación real del último dedo de Sukuna. Siempre había estado allí frente a ellos, incluso mucho antes de que Yuuji se tragara el primer dedo hacía ya cuatro años atrás. Yuki Tsukumo era una hechicera de categoría especial al igual que él. Si bien era fuerte, había mantenido un perfil bastante bajo realizando pocas apariciones frente a otros hechiceros, sobre todo después de lo que había ocurrido con Suguru.
Y claro, aquello se debía a que Yuki tenía algunas cuestiones que ocultar del resto, como el hecho de que había consumido un objeto de categoría especial con la esperanza de ganar poder.
Los hechiceros de categoría especial habían demostrado ser eso, bastante especiales. ¿En qué cabeza cabía que aquello podía ser una buena idea? Aquello no sólo era una tontería sino que también un suicidio. Se sabía que nadie podía asimilar semejante carga de energía maldita y sobrevivir para contarlo...pero aún así lo había hecho. ¿El objetivo? Satoru no lo sabía ni le importaba realmente. Lo bueno de aquello había sido que, como se esperaba, Yuki no había podido asimilar el dedo en su interior y éste había quedado en una especie de suspensión casi permanente, fusionado parcialmente a su cuerpo.
Por lo que, cuando Satoru al fin se había enterado de ello, no había sido cosa seria extirparlo sin matar a la mujer en el proceso. Ella había dado su consentimiento, por supuesto. Cuando aquella noche que se había reunido con Kamo ella había llegado poco después y oído lo que aquel sujeto tenía para decirle - siempre muy correcto, muy convincente en sus palabras - Yuki había estado de acuerdo incluso de forma divertida a participar en todo aquello.
Ambos salieron de aquel lugar espantoso, la luz del sol golpeándolos de lleno cuando el primer jardín del colegio se dejó ver frente a ellos.
— Hizo un muy lindo día para la graduación de los chicos.— canturreó la mujer de forma casual colocándose unas gafas oscuras, al igual que él.
— Sí, y la verdad todo bastante tranquilo.
— ¿Cómo te fue ahí adentro?
— Como siempre. Para la mierda.— ambos rieron de su comentario mientras descendían unas escaleras, las voces de los chicos y demás estudiantes dejándose oír cerca.— No sospechan nada.
— Nunca lo hicieron, no hay que preocuparse por ello. ¿Suguru se comunicó contigo?
Caminaron un rato más en silencio hasta que al final vieron a un grupo bastante concurrido de gente apostado debajo de los árboles más frondosos. Con alivio, Satoru distinguió enseguida a Yuuji tirado en el piso entre Megumi y Nobara, Samuru entre ellos. Todos estaban a los gritos y al parecer discutiendo. Todo en orden.
— Primero, no es Suguru. Segundo, no. Por suerte me ha dejado en paz un tiempo.
— Ah. Oh, tu novio no sabe nada, ¿no?
— No.
— Menos mal que te pregunté, ya veo que metía la pata. Ah, Yuta vino conmigo.
— Seguro lo vas a hacer igual, Yuki.
Satoru arqueó las cejas, sorprendido por la revelación. El otro hechicero de categoría especial había vuelto a Japón hacía un par de años; si bien sus poderes habían aumentado mucho, su confianza no lo había hecho tanto. En apariencia deprimido y taciturno, Yuuta seguía en esencia siendo igual que siempre...y a Satoru le había costado un poco convencerlo de lo de Sukuna y todo el tema en sí. No le había contado todo, pero sí lo suficiente para que Yuuta empatizara con la situación; Satoru sabía que en eso se parecía a Yuuji y por fin, luego de varias semanas de incertidumbre, Yuuta le había confirmado que si bien no intervendría en el asunto, tampoco se pondría en su contra.
Y eso era más que suficiente. Que Yuuta se abriera del conflicto era importante para él simplemente porque no quería ponerse en contra a otro de los cuatro hechiceros de categoría especial vivos. Con dos a su favor, ya tenía más que suficiente.
De repente, Yuuji lo vio. Su sonrisa se amplió mientras le hacía señas con un brazo para que se acercara; Satoru respondió al saludo mientras golpeaba a Yuki con el codo instándola a seguirlo.
— ¿Todo bien?
— Claro.
Satoru se arrodilló sobre el mantel entre Nobara y Yuuji; fingió perder estabilidad y en el proceso, empujó a Nobara y terminó prácticamente sobre Yuuji y su hijo entre medio de maldiciones, quejas y risas. Megumi se apartó un poco para que ninguno de ellos pudiese tocarlo.
Además de apartar la mirada y sonrojarse cuando Satoru besó a Yuuji directamente en los labios frente a todos. Oyó la risita de Yuki detrás suyo, también agachándose.
— Qué lindo niño, ¿cómo te llamas?
— Samuru.
— ¿Él es tu papá?
La pregunta iba dirigida intencionalmente hacia Yuuji; Satoru se refrenó haciendo un esfuerzo titánico para no reírse de la expresión consternada primero y luego aterrorizada que había puesto el Omega en esos momentos cuando había comprendido la pregunta mientras Yuki fingía aguardar una respuesta que ya conocía, parpadeando y sonriendo.
— Bueno, sí y no.— había contestado Samuru mientras Yuuji aún intentaba recuperarse.— No lo era, pero ahora sí lo es.
— Bien.— Yuki acarició la cabeza de Samuru mientras desviaba la atención hacia Satoru.— Tu hijo es más inteligente que tú.
— Es mi hijo, tiene obligación de superarme.
— Fushiguro, ya puedes mirar, no pasa nada.— agregó Nobara de repente.
Todos rieron del comentario de la muchacha, sobre todo cuando Megumi chasqueó la lengua y pareció ponerse aún más nervioso. Satoru lo había notado extraño desde que habían llegado al colegio; parecía más belicoso y taciturno que de costumbre aún cuando su rostro se había despejado un poco de las preocupaciones que parecía tener cuando Yuuji lo había atosigado hablándole sin parar.
¿Se le estaba escapando algo, acaso?
— Oigan, se nos terminó la bebida. No me voy a levantar.— terció Nobara desparramándose sobre el mantel.
— Vamos nosotros. Vamos, Fushiguro.— sentenció Yuuji levantándose con esfuerzo.
— ¿Y por qué tengo que ir yo también?
— Porque no voy a ir solo. Samuru, espérame aquí con papá, ya vuelvo.
— Claro.
Y ahí, Yuuji terminó arrastrando a Megumi hacia el interior de uno de los salones, perdiéndose de vista mientras el otro seguía quejándose. Samuru suspiró, recostándose al lado de Nobara.
— Se va a cansar de que lo persigas.— soltó la muchacha de repente al aire. Satoru frunció el ceño sin saber a quién se refería, pero igualmente sintiéndose tocado por el comentario.
— Me ha dicho que no le molesta.— respondió Samuru, a su lado.
— Sí, bueno, pero déjalo respirar un poco.
— ¿Respirar? Respirar respira sólo.
— Dios, no puede ser…
Satoru se apoyó en sus manos oyendo la discusión a su lado. Tranquilamente aquello también podía aplicarse en él, pero Samuru se estaba defendiendo mucho mejor. Yuki también se recostó en el amplio mantel, suspirando.
— Satoru.
La voz de Shoko lo descolocó por un segundo, sobre todo porque no la había reconocido sin la bata blanca. Ese día estaba medianamente decente, incluso maquillada y sin las ojeras.
— ¿Podemos hablar un momento?
— Hola, Shoko, ¿cómo estás? Yo muy bien intentando disfrutar de la graduación de mis alumnos preferidos.
La mujer resopló mientras Yuki reía, rodando sobre el mantel.
— Hola, Shoko.
— Qué tal, Yuki.— la había saludado más por cortesía que por ánimos reales.-— Es un momento. Y es importante.
Satoru se incorporó pesadamente intuyendo que lo que iba a oír no le iba a agradar una mierda. Colocando las manos de nuevo en sus bolsillos, se alejó con la mujer en el sentido contrario en el que habían desaparecido los otros dos, el mal presentimiento volviendo a su mente de repente.
— ¿Qué sucede?
— Últimamente es imposible ubicarte y casi no vienes, así que si no te lo digo ahora no sé cuándo lo voy a hacer.— Satoru chasqueó la lengua, retiró sus gafas y se fregó los ojos, comenzando a ponerse de mal humor.
— Qué pasa.
— Se trata de Megumi.
— ¿Megumi?
De imprevisto, el mal presentimiento se unió en un sólo eslabón con la sensación extraña que había sentido apenas lo había visto esa mañana. No sólo lo había notado preocupado y ansioso por algo que se le estaba escapando sino que había habido algo más, algún dato que estaba allí frente a sus ojos pero se le estaba pasando por alto.
— Sí, mira...era mi obligación decírtelo porque en sí siempre fuiste su tutor legal y él era un alumno...ahora te lo estoy diciendo porque esto es...
— Shoko, maldita sea, dímelo de una vez.
— Megumi está embarazado.
El silencio más incómodo que Satoru había experimentado en su vida se instaló entre ellos sólo interrumpido por el sonido de las risas a sus espaldas. En un acto reflejo, Satoru se pasó una mano por el cabello, despeinándose. No quería admitirlo, pero le estaban temblando las rodillas.
Así que...así que había sido, eso. Vaya. Eso era lo que lo mantenía tan preocupado, un embarazo...Megumi...Megumi embarazado...qué…
¿Cómo que embarazado?¡¿De quién?!
— Eso no es posible, ¿Megumi no estaba tomando supresores?
— Me juró varias veces que nunca los dejó...pero los análisis de laboratorio no mienten. Lo repetí cinco veces en distintas oportunidades.
— Pero…¿me estás diciendo que el hijo de puta que se lo folló logró preñarlo incluso tomando esa mierda?
— Cálmate. Y sí, es lo que te estoy diciendo.
— ¿Cómo es eso posible?
— Porque probablemente se acostó con un Delta, Satoru. Deja de levantar la voz.
Ah bueno, aquello no hacía más que empeorar. ¿Un Delta? Claramente no era alguien del colegio, sino Satoru lo habría reconocido en el acto. Un Delta era básicamente un Alfa más fuerte, más idiota y probablemente mucho más agresivo que la mayoría de los Alfa; si Megumi se había enredado con uno, no sólo era un tonto sino que también un suicida. Aquello sujetos solían ser demasiado conflictivos, de dónde mierda…
— No es del colegio.
— No, claro que no. Quizás lo conoció en alguna misión, no lo sé. No pude sacarle mucha información y tampoco me corresponde, ya es mayor de edad y tiene derecho a tener su privacidad.
— Entonces, ¿por qué carajo me lo cuentas? ¿Para que vaya y mate al padre del niño?
— Porque Megumi no está bien.
Shoko tomó del brazo a Satoru y clavó sus uñas en él, el Alfa torciendo el gesto e intentando liberarse.
— Contrólate, maldito animal. Las hormonas de Megumi están un poco descontroladas, tal y como si estuviese cursando un embarazo de término y no uno que recién comienza.
— ¿Es eso peligroso?
— Si siguen aumentando, sí.— se hizo otro silencio mientras Satoru intentaba conectar ideas.
— ¿Hay algún tratamiento, o algo?¿No sería mejor sacarle esa cosa de adentro antes que lo mate?
— Satoru…¿acaso piensas que no se lo pregunté? No quiere abortarlo. Y sí, hay tratamientos, pero su resultado puede ser incierto.
— Genial. La verdad, Shoko, una noticia fabulosa. Gracias.
— De nada. Me alegra saber que ahora somos dos la que lo estamos pasando para la mierda.
Satoru resopló mientras se colocaba las gafas otra vez.
— ¿Adónde vas?
— A hablar con Megumi.
— Satoru...te recomendaría que no lo hagas, no es buen momento.
— ¿Y sino, cuándo? ¿Cuando nazca el niño? No me hagas reír. Lo hubiese pensado antes.
— Controla tus palabras. Y cuidado con Itadori, son muy amigos y la vas a cagar con él también.
Satoru hizo ademán de que la había escuchado mientras caminaba hacia el sector donde los otros dos habían desaparecido hacía unos minutos. Intentó enfriar su mente pensando en lo que Shoko le había dicho; si Megumi realmente se encontraba en un estado delicado no iba a ser la mejor oportunidad para empezar a recriminarle cosas, mucho menos cuando no era realmente su asunto. Shoko tenía razón, Megumi de hecho ya era mayor de edad.
¿En qué maldito momento había crecido tanto?
Cuando ingresó a aquel corredor donde estaban las máquinas expendedoras y no divisó a ninguno de los dos supo que algo estaba mal. Respiró profundo mientras sentía como sus propias feromonas salían descontroladas. Conocía el colegio, cada recoveco, cada rincón. Era imposible que hubiesen salido de los límites de sus instalaciones, no tenía sentido. Además, las barreras estaban bastante lejos, aún no podrían haber llegado hasta allí.
Comenzó a caminar rápidamente por uno de los corredores alternos cuando, ansioso, percibió el aroma de Yuuji por ese lugar. Resopló agradecido por el rastro que el Omega había dejado y que, de hecho, conducía a las habitaciones que Megumi y él habían ocupado antes.
Detuvo en seco sus pasos cuando oyó un sollozo; preocupado, aguzó el oído y se tranquilizó cuando se percató de que no era Yuuji, sintiéndose malditamente egoísta.
El que lloraba era Megumi.
La agresividad y ansiedad que había sentido hasta ese momento descendieron hasta el suelo, la preocupación y una leve congoja instalándose como un nudo en su estómago. Se animó a avanzar un poco más encontrando la puerta del cuarto entreabierta.
La escena ante sus ojos como mínimo lo había conmovido. Yuuji estaba de espaldas a él, Megumi sosteniéndose de sus hombros presionando fuertemente, su torso agachado mientras su espalda temblaba débilmente; Yuuji intentaba sostenerlo al parecer para que no cayera al suelo, abrazándolo.
La puerta hizo ruido cuando el picaporte chocó suavemente contra la pared; Yuuji volteó el cuello hacia él, la expresión más angustiada y confusa que Satoru le había visto en mucho tiempo. Negando con su cabeza de forma silenciosa, Yuuji detuvo sus pasos dentro de la habitación mientras Megumi seguía en un estado lamentable, impropio de él. Ahora que lo veía bien, Yuuji también estaba al borde de las lágrimas.
¿Acaso estaría conmovido por lo que Megumi probablemente le había confiado?
¿O había algo más que él no sabía?
Se re pudrioooooó
Jajajant
¡Nos leemos!
