6 meses después

— ¿Quieres que salga?

Itadori había mantenido hasta ese momento los ojos cerrados, el cuerpo parcialmente relajado sobre el colchón; el susurro contenido contra su oído despertó un cosquilleo extraño y renovado en su cuerpo, sus piernas afianzando el abrazo sobre la cintura ajena, sus brazos atrayendo más el torso del Alfa sobre él, aplastándolo.

— Mmh...no.

La risilla de Satoru se oyó en su oído pero también sobre su torso, el retumbar de su voz transmitiéndose a través de su cuerpo; Itadori suspiró mientras la lengua húmeda y ansiosa del otro recorrió su oreja, su cuello. Ladeó la cabeza hacia un lado dándole lugar, aún distendido.

— ¿Sabes? Puedo volver a entrar. Todas las veces que quieras.

— Satoru…

En el momento en el que Itadori buscó sus labios, la presión que había sentido hasta ese instante entre sus glúteos disminuyó y tras un leve movimiento dejó de sentirla; en su mente no tenía espacio para la vergüenza y se sentía decepcionado de que Satoru no permaneciera en su interior por más tiempo, el nudo aflojándose de repente.

— ¿Por qué te saliste?

— Lo siento, no pude evitarlo.

Otra risa más sonora se escapó sobre sus labios; Itadori finalmente abrió los ojos. El rostro de Satoru estaba sobre el suyo, sus cabellos rozando su piel y haciéndole cosquillas. Estaba sonriéndole y la alegría le llegaba a los ojos, a aquella mirada tan magnética y cautivante. No sólo lo miraba con felicidad y diversión, sino también con abnegación. Itadori le devolvió la sonrisa y lo atrajo otra vez reclamando sus labios. Se besaron tranquilamente en forma lenta, contenida durante varios minutos, ninguno de los dos cediendo el abrazo sobre el otro.

Era el segundo celo que Itadori vivía ya con Satoru; luego de los dos anteriores, había logrado encontrarle el ritmo a su cuerpo y a los síntomas previos para que lo que había sucedido la primera vez no volviese a ocurrir. Por suerte, aquel descontrol súbito de sus hormonas parecía haber sido cosa de una sola vez y, pese a que Satoru había tenido que moverse rápido para acomodar a Samuru y Fushiguro en otro lado que no fuera la casa, nadie había salido herido ni traumatizado, mucho menos ellos dos.

Los labios de Satoru soltaron los suyos y reiniciaron el recorrido por su mandíbula, su cuello. Al cabo de unos segundos, Itadori lo sintió lamiendo la marca que yacía en la base de su cuello; hacía ya seis meses de aquello y aún la sentía fresca, intensa. Satoru no había dudado en marcarlo durante su primer celo vinculándose a él de forma definitiva e Itadori no había podido estar más contento, de hecho. Luego de aquel evento, las cosas parecían en su lugar como si algo en sus vidas se hubiese acomodado del todo. Itadori se había sentido más seguro de sí mismo en su relación con Satoru y más estable emocionalmente, también con Samuru; hasta ese momento no se había percatado de que todas las piezas del rompecabezas habían estado juntas pero desordenadas y, luego del vínculo, el puzzle se había armado sólo de manera natural.

Increíblemente había seguido sin cuidarse y no había quedado embarazado. Ieiri le había aclarado que no era obligatorio que un embarazo se diera en el celo y que si tantos deseos de arruinarse la vida tenía, que tuviese un poco de paciencia.

Aunque a Itadori no le había quedado claro si lo decía por él o por Satoru, con quien parecía enemistada desde…

Un quejido escapó de los labios de Itadori cuando una nueva ola de calor asaltó su cuerpo obligándolo a arquear el torso hacia Satoru; las manos de éste acariciaron su espalda sujetándolo mientras Itadori se removía bajo su cuerpo, ansioso.

— Shh, tranquilo, estoy aquí.— el murmullo, lejos de tranquilizarlo empeoró la situación, su voz adquiriendo un rol fundamental dentro de su excitación.— Ya voy, Yuuji.

El tono de su voz sonaba a un consuelo que ponía más impaciente a Itadori; sus piernas afianzaron el abrazo a las caderas ajenas presionándolo contra su cuerpo y ya sin pudor alguno, tomó la erección que ya comenzaba a despertar entre sus manos y la guió él mismo hasta su entrada, empujando. La risa de Satoru no se hizo esperar, tampoco la embestida brusca que le propinó, penetrándolo completamente de una sola vez. Itadori gimió y soltó un grito ahogado, fascinado con la nueva invasión.

Hacía horas que estaban así; Itadori no había podido siquiera tomar su teléfono olvidado en la mesita de noche de su cuarto en el ajetreo; era dormir o follar, otra cosa no podía hacer desde que aquello comenzaba y con cierto fastidio había comprobado que ni Satoru ni Fushiguro habían exagerado cuando le habían dicho que no podría salir del cuarto en al menos tres días. Por suerte el baño estaba allí adentro, porque sino…

Itadori frunció el ceño al percatarse que Satoru no estaba yendo tan profundo como él necesitaba; bufó fastidiado ante la mirada sorprendida del otro, las cejas albinas arqueadas en una expresión de confusión.

— ¿Qué sucede, Yuuji?

En un momento de inspiración, Itadori no contestó a su pregunta sino que había actuado por cuenta propia, un poco cansado de su pasividad; con la fuerza que lo caracterizaba y utilizando el factor sorpresa, había logrado invertir posiciones, volteando a Satoru que ahora descansaba de espaldas sobre el colchón; molesto por la interrupción que había sido inevitable, Itadori se sentó a horcajadas sobre él, el miembro de Satoru volviendo a ingresar en su interior; cuando logró hacer tope notó aquella penetración más profunda que las anteriores...ahora sí se sentía lleno. Un suspiro placentero abandonó sus labios mientras empujaba un poco más pese a saber que ya había entrado todo.

— Lamento no...tener más para...ofrecerte…— Satoru había intentado burlarse de él, como siempre, pero su voz había quedado estancada entre su respiración agitada y los suspiros que intentaba disimular, su mirada felina sobre Itadori.— Yuuji, si sigues moviéndote así…

Con cierto placer culposo, Itadori había descubierto que Satoru era débil a ese tipo de movimientos; en ningún momento había cambiado de posición, su pelvis realizando movimientos circulares sobre la entrepierna del otro, sus pieles rozándose todo el tiempo. Las manos de Satoru se posaron sobre las caderas de Itadori en un intento por moverlo, pero fue en vano. Itadori colocó las suyas sobre las de Satoru y evitó con su propio peso que el otro pudiera moverse mientras disfrutaba del roce que provocaba aquello en su interior. Increíblemente, las caderas de Satoru empujaron hacia arriba pese a que ya no podía penetrarlo más; aún así y con sólo la intención, Itadori gimió empujándose hacia abajo, la presión de sus cuerpos ya insostenible.

Perdió un poco de estabilidad, apoyando sus manos en el abdomen de Satoru para no caer hacia un costado. En el proceso había apretado también las piernas en torno a las caderas ajenas, despertando un gemido estrangulado por parte de Satoru; Itadori tardó varios segundos en percatarse de que también había contraído otros músculos más comprometedores, torturándolo.

Y repitió lo mismo, dos, tres veces mientras el movimiento circular continuaba. No le daba pena admitirlo a esas instancias pero Itadori estaba disfrutando mucho de refregarse de aquella manera mientras el Alfa lo llenaba por completo.

— Yuuji...ven aquí.

El tono enfebrecido combinado con aquel dedo haciéndole señas para que se acercara fueron más de lo que Itadori podía llegar a rechazar; su torso se agachó y finalmente recostó sobre el de Satoru, el otro incurvándose hacia él para alcanzar sus labios. Mientras Itadori se perdía en su mirada encendida en lujuria, Satoru acarició su espalda, sus caderas, su trasero. Sus manos se posaron allí aferrándose firmemente…

...Y salió de su interior casi por completo, embistiéndolo con fuerza. Como pudo, Itadori se sostuvo de sus hombros cuando las penetraciones se volvieron rápidas, vigorosas, sus gemidos llenando la habitación. Podía sentir los dedos del otro enterrados en su piel, en su carne, su boca mordisqueando su cuello al tiempo que Itadori soltaba un quejido ronco cuando una embestida particularmente certera había golpeado de lleno en su interior, enardeciéndolo más.

Finalmente, volvieron a rodar sobre la amplia cama quedando Itadori otra vez abajo; no se quejó sino que por el contrario, exigió más vehemencia mientras sus manos resbalaban en la espalda ajena húmeda por el sudor. Luego de varios minutos sus dedos se entrelazaron sobre la almohada por encima de sus cabezas, sus frentes pegadas mientras el orgasmo detonaba a Itadori nuevamente, los espasmos residuales afectando a Satoru.

— Te amo.— susurró Itadori acariciando los dedos del otro mientras acababa en su interior, aquella presión ya conocida instalándose allí de nuevo. Satoru le sonrió y besó su frente, su mejilla, sus labios aún agitado.

— Yo también te amo, Yuuji. Más que a nada en este mundo.

Con un resoplido final, Satoru se había literalmente desplomado sobre Itadori. Su peso no le molestaba, para nada; mientras el Alfa escondía el rostro en el hueco de su cuello, Itadori se dedicó a cerrar los ojos nuevamente, relajándose. De forma inconsciente, se distendió acariciando la espalda del otro con sus dedos mientras sentía su respiración regularizarse y volverse más profunda a los pocos minutos.

Sonrió al percatarse de que Satoru se había quedado dormido. De nuevo.

Su mente comenzaba a aclararse un poco y ya podía pensar con mayor coherencia, lo que indicaba que finalmente el celo al fin estaba cediendo; como su cuerpo y su instinto había dominado toda la situación, Itadori realmente no estaba seguro de cuánto tiempo había pasado aquella vez, pero si se guiaba por las ocasiones anteriores...había pensado que había pasado sólo una tarde cuando en verdad habían pasado días allí dentro; los malestares previos a su necesidad no sólo eran un anuncio del peligro cercano sino también una preparación para semejante acometida. Luego de estar tres días encerrados sin hacer otra actividad más que dormir, tener sexo e ir al baño, Itadori se sorprendió al comprobar que si bien se sentía agotado, no tenía demasiada hambre ni la obligación de salir de aquel cuarto.

Otro caso había sido Satoru. Mientras las horas pasaban se había cansado cada vez más frecuentemente e incluso se había quedado dormido en varias ocasiones a los pocos minutos, como en ese momento; al finalizar los tres días en las dos ocasiones anteriores, el Alfa había estado literalmente detonado. Itadori había logrado incorporarse de la cama a las pocas horas, pero Satoru había necesitado dormir casi un día entero sin mencionar que, con horror, Itadori había notado que había perdido peso. Para los Omegas aquello parecía más un trámite de sus hormonas, pero para los Alfa era un período donde se consumían demasiado, dejándolos casi sin energía.

Suspiró notando que el calor de su cuerpo se disipaba lentamente….

Abrió los ojos, los párpados un poco pesados. Frunció el ceño cuando la oscuridad del cuarto lo desorientó un poco...si era de día y las cortinas habían estado corridas, cómo…

Sus ojos se desviaron hacia la ventana. Las cortinas seguían descorridas pero afuera sólo se veía oscuridad. ¿Se había quedado dormido? No le hubiese extrañado tampoco; luego, se percató de que Satoru estaba recostado a su lado y no sobre él, dormido profundamente. Itadori se sentó despacio en la cama evaluando su situación; estaba un poco mareado, pero por el resto se sentía bastante bien. Suspiró, desplazándose hacia el borde del colchón dispuesto a levantarse y averiguar en qué año estaban, porque así como estaban…

Una luz sobre la mesita de luz llamó su atención; reconoció rápido el brillo de la pantalla de uno de los celulares olvidados. El aparato no emitía sonidos probablemente porque lo había silenciado antes de que aquello comenzara...frunció el ceño al percatarse de que era el celular de Satoru el que se había encendido.

Y no lo había hecho una sola vez, sino que en la pantalla había múltiples notificaciones. Mensajes, llamadas perdidas.

Lo tomó en su mano luego de voltear y comprobar que Satoru estaba aún dormido.

Un mal presentimiento se instaló en su mente cuando vio la cantidad inmensa de llamadas perdidas que tenía, tanto de contactos registrados como de números desconocidos. La cantidad de mensajes era aún mayor. Sin embargo, todas habían comenzado hacía poco menos de media hora...eran las 21 PM, con razón todo estaba oscuro...

Preocupado y un poco fastidiado por la situación, volteó y estiró el brazo después de encender la luz. Satoru no se inmutó ni con la luz ni cuando él le tocó el brazo varias veces; chasqueó la lengua gateando hasta él, sacudiéndolo un poco más fuerte.

— Satoru, despierta.

— Mmh..no, es temprano…

— Es de noche, no es temprano. Escucha, creo que ha sucedido algo malo.

Al decir aquello estaba exteriorizando su temor y el mal presentimiento instalado ahora en la boca de su estómago se intensificó cuando Satoru finalmente volteó de espaldas, tapándose los ojos con el antebrazo. Estiró la otra mano en su dirección e Itadori no dudó en tomarla, apretando.

— ¿Tú estás bien?

— Sí, yo sí...oye, tienes ojeras.

— ¿Qué esperabas?

Al sentarse como él, Satoru descubrió su rostro y sonrió ante la expresión preocupada de Itadori. Tenía los cabellos disparados en todas direcciones, los ojos entrecerrados y dos pozos oscuros debajo de sus ojos. Ubicándose como él, tardó en detectar su celular en manos de Itadori; su sonrisa flaqueó un poco, inseguro.

— ¿Qué pasó?

— Bueno, no sé. El celular estaba en silencio y...fíjate. Tienes miles de llamadas perdidas.

Satoru tomó su celular rápidamente; mientras desbloqueaba la pantalla y comenzaba a leer los diferentes mensajes, Itadori notó con aprensión como la expresión de su rostro se tornaba más oscura, su ceño fruncido al igual que sus labios.

De repente, el celular comenzó a vibrar mientras aún estaba leyendo los mensajes y no había dudado en contestar la llamada.

— Dime que tú estás bien.— Satoru se incorporó y comenzó a caminar en círculos dentro de la habitación revolviendo más sus cabellos.— Shoko, sabes bien dónde estoy, sabías que era el celo de Yuuji…¡Claro que dejé silenciado el teléfono, estúpida!

De repente el grito de Satoru hizo saltar a Itadori en la cama mientras lo observaba sorprendido y cada vez más atemorizado por la creciente ansiedad en el otro.

— Está claro que la barrera del colegio no lo iba a soportar...y yo qué sé. No, no me eches la culpa así como si yo tuviera algo que ver...sí, sí, ya sé. Ya voy para allá.

¡¿La barrera del colegio?!

Satoru colgó la llamada y lanzó el teléfono a la cama como si éste le quemara la mano, chasqueando la lengua.

— Debo irme.

— ¿Qué?¿Cómo irte, qué pasó? Satoru.

Itadori prácticamente había tenido que gritarle para que le prestara atención; como disparado por un resorte invisible, Satoru ya comenzaba a vestirse con la ropa que había quedado tirada en el suelo; con más preguntas que respuestas y la preocupación ascendiendo, Itadori notó que estaba un poco inestable por el cansancio. Finalmente, Satoru volteó hacia él, sorprendido por su grito.

Por un momento, el Alfa detuvo sus movimientos luego de colocarse la camiseta; la intensidad con la que observaba a Itadori lo asustó. Gateó sobre la cama hacia él y Satoru fue a su encuentro, abrazándolo. El abrazo era tan fuerte que Itadori se sintió asfixiado entre sus brazos; luego, tomó repentinamente su rostro y lo besó. Itadori lo imitó colocando sus manos en las mejillas de Satoru, separándolo para ver sus ojos. Su mirada parecía haber envejecido en segundos; allí había angustia, desasosiego, enojo, todo mezclado en un remolino tan profundo que cohibió a Itadori, perdiendo parte de la seguridad que había ganado producto de la ansiedad.

— Te lo diré si prometes quedarte aquí. Esta casa es segura, yo mismo me aseguré de eso cuando Samuru y tú se mudaron aquí.

— Pero…¿de qué hablas? No te entiendo.

— Prométeme que no vas a salir.

— No puedo prometerte eso.— Satoru rodó los ojos y bufó presionando más su rostro.— Menos si está ocurriendo algo malo afuera.

— Escucha, Yuuji. Grábate esto en la cabeza: no puedes hacer nada. ¿Está bien? Si sales de aquí, lo único que vas a conseguir es preocuparme a mi, y yo no voy a poder pelear libremente si tengo que tener un ojo sobre ti.

Su voz había sonado segura, fastidiada y un poco harta. Itadori no comprendía qué cosa tan grave podría haber ocurrido en tan poco tiempo y sin ninguna señal previa, pero el lenguaje corporal de Satoru era claro: no se lo estaba diciendo para molestarlo sino porque la situación realmente era lo suficientemente peligrosa como para pensar que él podría ser un estorbo. Eran contadas las ocasiones en las que una cosa así había sucedido y en todas ellas, las alarmas habían estado más que justificadas...pero aún así, Satoru parecía asustado. Era la primera vez que notaba ese sentimiento en su mirada y ante una circunstancia extraordinaria no hacía más que alterar a Itadori dentro de su incertidumbre.

— ...Está bien, me quedaré aquí.

— Bien.— el semblante de Satoru se relajó parcialmente después de aquello. Suspiró y su expresión se endureció otra vez.— Sukuna ha dado señales de vida. Y de la peor manera. Ha destruido la barrera del colegio y...bueno, fue directamente hacia Megumi.

Ahora era turno de Itadori de palidecer ante sus palabras.

Hacía unos meses Satoru había comenzado a tener diferentes reportes sobre las actividades de Sukuna, que básicamente se habían basado en mediciones anormales de energía maldita en el punto donde se suponía estaba adaptándose a su nuevo cuerpo; como la actividad de un volcán inactivo, habían registrado los crecientes y alarmantes niveles de poder que se habían ido concentrando a tal punto que había comenzado a llamar la atención de otros hechiceros…

...hasta que repentinamente, en vez de hacer erupción, el volcán se había apagado. Todo rastro de energía maldita se había disuelto en el aire, la presencia atemorizante de Sukuna desapareciendo del mapa. En un primer momento, Satoru había llegado a la conclusión de que el experimento había fallado y que Sukuna no había podido adaptarse del todo a su nuevo cuerpo. Sin embargo, al cabo de pocas semanas otros rumores habían comenzado a instalarse en sitios lejanos y distantes entre sí, la suciedad residual de los hechizos sin dejar lugar a dudas de quién se trataba.

Pero hasta ese momento no había dado señal alguna de vida y ambos habían estado esperando el momento de su aparición triunfal...y qué momento acababa de elegir el maldito…

Un escalofrío recorrió la espalda de Itadori al pensar en el poder descomunal que tenía aquella bestia, en la barrera del colegio siendo destruída y...en las personas que probablemente había asesinado...pero aún más acuciante...Fushiguro...

Hacía poco más de un mes, la situación de Fushiguro se había vuelto insostenible. Un día como cualquier otro, el Omega simplemente no había podido despertarse a tiempo para el desayuno...ni tampoco para el almuerzo, alertándolos. Les había costado horrores despertarlo sólo para que a los pocos minutos volviese a caer dormido profundamente.

Considerando el estado avanzado de su embarazo y las pocas posibilidades que Satoru e Itadori tenían para cuidarlo en la casa, habían decidido dejarlo en manos de Ieiri completamente.

Desde aquel día, Fushiguro no había despertado de nuevo, su embarazo irónicamente siguiendo su curso normal. Si la teoría de Ieiri era cierta y Fushiguro sólo podía recibir energía maldita del padre de los niños...habían esperado en vano a Sukuna hasta ese momento y Fushiguro había entrado en una especie de coma sin saber que probablemente aquella bestia volvería con todo, como lo estaba haciendo ahora.

— Dime que no lo mató.— Itadori aferró los brazos de Satoru con ambas manos, presionando y hundiendo sus dedos temblorosos en los brazos del otro.

— No...se lo ha llevado.

— ¿Qué?

— Aún así, han detectado suciedad residual demasiado fresca cerca del colegio, por lo que no se ha movido demasiado, tengo que…

— Satoru, Fushiguro está a punto de parir...o bueno, de terminar su embarazo.

— Lo sé. Claro que lo sé, por eso debo ir. No sé qué intenciones tiene Sukuna con él, no me fío de...no te preocupes, solucionaré esto. Aguárdame aquí, ¿si?

A Itadori le había costado mucho soltar a Satoru luego del beso casi interminable que le había dado. Se quedó en completo silencio cuando lo oyó salir por la puerta de entrada de la casa, los latidos de su corazón resonando en su cuello, en sus oídos.

Aquello era su culpa.

Él había insistido en no exorcizar a Sukuna, en no fusionarse con él y en separarlo de su cuerpo como si aquello no contemplara ningún tipo de complicación. Itadori se había confiado en forma egoísta en que Satoru iba a poder resolver cualquier tipo de situación y no había pensado en la cantidad de gente que podría quedar involucrada en todo aquello. Si lo hubiese pensado mejor, aquello no estaría ocurriendo...quizás y Fushiguro ni siquiera tendría que estar pasando por una situación de indefensión tan fuerte como aquella…

Se recostó en la cama mirando el techo. No tenía deseo alguno de tomar su propio celular; cerró los ojos, volteó hacia uno y otro lado. Cuando los minutos pasaron y sus propios pensamientos comenzaron a aturdirlo, se levantó, se duchó rápidamente y se vistió. Finalmente, tomó su celular y fue hacia la sala, encendiendo todas las luces de la casa en el proceso.

Samuru le había escrito hacía un rato, le había enviado un par de fotografías desde la casa de Mei Mei junto al hermano de ésta y le había preguntado cuándo podría volver a la casa. También tenía varias llamadas perdidas de Ieiri, probablemente intentando ubicar a Satoru a través suyo cuando éste no había contestado ninguno de sus mensajes.

Encendió el televisor para no quedarse en completo silencio e intentó distraerse contestando los mensajes de Samuru, quien aún estaba despierto.

"Yuuji, ¿sabes qué sucedió? La tía salió hace un rato y parecía un poco nerviosa, ¿papá está contigo?"

El estómago de Itadori se contrajo nuevamente ante aquel mensaje. Barajó la posibilidad de mentirle pero no tenía sentido. Samuru ya tenía 12 años y según Satoru, ya estaba en una edad sana para empezar a integrarse en los problemas de los adultos, cuestión que Itadori no compartía demasiado.

"No, también salió. Pero no te preocupes, seguro lo resuelven pronto."

Envió y contestó un par de mensajes más hasta que la ansiedad lo había hecho levantarse de nuevo de una de las sillas de la cocina; comenzó a deambular por la casa pensando en qué podría hacer. Para colmo, Satoru había dejado el teléfono sobre la cama por lo que ni siquiera podía comunicarse con él…

Y los minutos se amontonaron uno sobre otro transformándose en horas. Al cabo de un rato volvió al living y, por primera vez, le prestó atención a la pantalla del televisor, su mente en blanco viendo la transmisión ya a medianoche.

Las imágenes parecían tomadas desde un helicóptero a juzgar por la altura y el ruido ensordecedor que produjo el noticiero cuando Itadori subió el volumen; lo que veía era parte de la ciudad...o lo que había quedado de ella.

Lo que antes habían sido edificios, casas y calles estaba reducido a escombros, parte derrumbada y parte incendiada; el periodista hablaba de una onda expansiva provocada por una explosión subterránea de las instalaciones de gas, de un fallo inconmensurable que se había cobrado un número incontable de vidas y que aún seguía propagándose…

Aquello no había sido un accidente, estaba más que claro.

Se sentó en el futón frente al televisor, oyendo atentamente lo que se especulaba mientras intentaba contener sus pensamientos fatalistas otra vez. ¿Cuántas personas…?

De repente, su teléfono comenzó a vibrar. Sorprendido casi lo había soltado por la ansiedad, sólo para descubrir que era Ieiri quien lo estaba llamando.

— Ieiri-san, lo vi en las noticias...dime que está todo bien.— del otro lado de la línea se oía mucho ruido.

— Itadori-kun...estás en la casa, ¿verdad?

— Sí, así es.

— Vamos para allá con Kugisaki.

Y la llamada se cortó tan rápido como había iniciado, el mal presentimiento creciendo en forma exponencial e insoportable.

Comenzó a dar vueltas otra vez aguardando la llegada de las mujeres. Más temprano que tarde, Ieiri volvió a llamarlo.

Al abrir la puerta y verlas a ambas en un estado más que deplorable, sus ropas parcialmente destruidas y manchadas con sangre, Itadori supo que debía esperar lo peor. Aún así, no se sentía listo para oír nada más, su cerebro al borde del colapso. Ieiri pasó primero y comenzó a caminar como él lo había hecho antes; por el contrario, Kugisaki se había quedado a su lado, una mano apoyada en su brazo.

— ¿Qué sucedió?

— Itadori-kun, escucha…

— Díganlo de una vez.— la interrumpió sin poder controlarse, un nudo en la garganta impidiéndole seguir hablando.

— Primero, siéntate. Lo único que nos falta es que tú te desmayes y te rompas la cabeza contra el suelo.

Kugisaki lo regañó y empujó hacia el sofá, Itadori dejándose hacer en forma mecánica, perdido en sus propios pensamientos. Ieiri los siguió, sentándose a su lado.

Cuando la mujer tomó su mano y presionó suavemente, Itadori supo que estaba perdido.

— No sé si Satoru alcanzó a decírtelo, pero Sukuna recuperó su cuerpo en circunstancias que van a empezar a investigar, Itadori-kun.- su tono no era recriminatorio, sino cauteloso.— Él...atacó el colegio.

— Lo sé, me lo dijo antes de salir. ¿Fushiguro?

Un momento de silencio respondió su pregunta sin que necesitara siquiera una palabra para entenderlo.

— Sukuna se lo llevó. Satoru no pudo...nadie pudo hacer nada para evitarlo.

— Lo...lo entiendo.

Y nadie agregó nada más mientras Itadori se cubría el rostro con las dos manos, la culpabilidad golpeando su mente una y otra vez...sabiendo, intuyendo que aquello no era todo.

— ¿...Y Satoru?¿Dónde está?

Tanto Ieiri como Kugisaki se miraron entre sí, sus rostros preocupados e inseguros. Al final, Kugisaki había repetido la acción de apoyarse en su brazo mientras Ieiri se aproximaba un poco más a él, su voz convirtiéndose en un susurro.

A Itadori no le pasó por alto que su voz había temblado, al igual que la mano que aún descansaba sobre la suya.

— La situación fue muy confusa. No sabemos si fue Sukuna o el clan Kamo...o quizás el clan Zenin, todos estaban allí y las circunstancias eran propicias, todo era un caos…

— Ieiri-san, por favor...sólo dilo

La mujer resopló; extrajo un paquete de cigarrillos y sin consultar nada encendió uno, soltando el aire en una larga exhalación.

— Satoru se confió y alguien lo selló, Itadori. Él...él también está desaparecido ahora mismo.

¿Fin?