— Itadori, tienes que irte. Ahora.

— Kugisaki-kun, espera.

— Disculpa, Shoko-san, pero ¿qué es lo que quieres que espere? No hay tiempo.

Itadori se sentía como debajo del agua; aturdido y sintiendo la presión del ambiente que lo rodeaba, las voces de Ieiri y Kugisaki le llegaban amortiguadas, hasta incluso casi distorsionadas. Su rostro seguía oculto detrás de sus manos y su cerebro parecía haberse quedado en blanco, un zumbido molesto en sus oídos.

Fushiguro había sido secuestrado por Sukuna casi en el peor momento de su embarazo; cuando pudo pensar en eso, Itadori alcanzó a ver el lado bueno de la cuestión: sino lo había buscado para asesinarlo lo había hecho por los hijos que aún crecían y se desarrollaban dentro de Fushiguro y seguramente, él que era un hechicero milenario captaría el problema enseguida y lo solucionaría, si es que realmente le importaba algo el Omega y no se pusiera a esperar que…

¿Y si se lo había llevado justo por eso, porque quería aguardar a que llegara la terminación del embarazo para simplemente arrancarlos del interior de Fushiguro...y nada más? Las dudas se entremezclaban con las certezas, con su propia experiencia y con las inseguridades que le generaba toda la situación en sí; por lo que le había comentado Ieiri su paradero actual era desconocido porque simplemente había desaparecido sin dejar siquiera basura residual a su paso.

Bueno, sí la había dejado, pero en el colegio...donde había quedado en pie poco y nada.

Ubicarlo iba a ser una tarea imposible, más en esos momentos cuando Itadori se percató de que no tenía forma alguna de encontrar a Sukuna...tanto tiempo conviviendo con aquel hijo de puta para nada, para que ni siquiera pudiera hacer eso…

Y si lograba hacerlo, ¿qué, iba a hacerle frente a Sukuna? Evidentemente Satoru no había podido detenerlo, ¿qué esperanzas tenía él de llegar a frenarlo? Ni siquiera pensaba en la posibilidad de eliminarlo, sólo de recuperar a Fushiguro a tiempo porque la realidad es que no sabía qué opción era peor: si esperar a que el embarazo terminara, realizar una cesárea y rezar porque el cuerpo y la mente de Fushiguro se recuperaran una vez que el foco de su conflicto hubiese desaparecido...o rogar porque Sukuna tuviese algún rastro de empatía y ayudara a Fushiguro en vez de matarlo.

Resopló mientras las mujeres seguían discutiendo, Ieiri con el celular en la mano, el televisor a un volumen demasiado fuerte para su cabeza que ya comenzaba a estallar de nuevo.

Con las palmas de sus manos, presionó fuertemente sus ojos cuando un ardor se instaló allí pese a tener los párpados cerrados, su barbilla adquiriendo un leve temblor. Comenzó a respirar pesadamente intentando que las lágrimas no lo traicionaran, hecho básicamente inevitable. Sin que nadie le prestara atención, Itadori sucumbió al llanto silencioso, presa de la angustia y la incertidumbre.

Sellado. Desaparecido.

En la mente de Itadori aquello sonaba básicamente a muerte, los pensamientos fatalistas atravesando su cabeza a una velocidad inaudita; una opción era peor que la otra y a ese paso, terminó incluso pensando que Satoru ni siquiera estaba muerto y estaba corriendo un destino peor. ¿Y si habían sellado sólo sus poderes y...y lo estaban torturando? La idea despertó una vena histérica en sus pensamientos, el llanto deteniéndose parcialmente cuando comenzó a faltarle el aire.

Como con Fushiguro, parecían no tener la más mínima idea de dónde se encontraba Satoru...o lo que quedara de él.

Y el ardor otra vez instalándose en sus ojos, ya desesperado.

— Itadori-kun, ¿adónde vas?

El aludido se había incorporado del sofá y sin mediar palabras, había iniciado un lento recorrido por el living hacia el corredor de las habitaciones. Se sentía literalmente perdido y fuera de lugar; conocía perfectamente la casa, cada rincón, cada mueble...pero le resultaba extraña, fría, apagada. Como si el aire lo supiera, como si las paredes pudieran hablar, Itadori percibió un silencio extraño, desconocido para él. Parte de la calidez de aquel lugar al que llamaba hogar se había perdido, pero no sabía si era real o sólo una cuestión de su mente.

No pudo responder la pregunta de Ieiri porque su mente estaba más allá, la voz lejana y su garganta cerrada. Sus pasos lo guiaron por el corredor; no se detuvo en la puerta de Fushiguro pero sí en la del cuarto de Samuru. Con angustia, recordó que hacía unos momentos atrás le había asegurado que no tenía nada de qué preocuparse pese a que ese mal presentimiento ya se había instalado en su mente tiempo atrás. ¿Qué iba a decirle al niño ahora, que su padre había desaparecido, que lo habían asesinado? Se le contrajo el pecho de pensar en su rostro, en la imposibilidad de darle una razón decente para todo aquello. ¿Y si no le permitían verlo, si se lo arrancaban de las manos porque biológicamente no era hijo suyo y aún era menor de edad?

Presionó su frente con una mano, desbordado por la situación. Itadori no era tutor legal del niño, no estaba casado con Satoru y mucho menos llevaban conviviendo el tiempo suficiente para que aquello tuviese algún valor. Retenerlo por la fuerza no era una opción, lo que menos quería era seguir traumatizando a Samuru después de...lo que sea que hubiese ocurrido con su padre.

Finalmente, sus pasos se detuvieron frente a la puerta del cuarto principal. La puerta estaba cerrada e Itadori tardó varios segundos en animarse a ingresar; apenas puso un pie allí dentro, el aroma del Alfa lo golpeó de lleno y la angustia atenazó su mente nublando su juicio, su garganta asfixiándolo. Pese a las puñaladas que sentía atravesándole el cerebro no pudo evitar llorar; tampoco se animaba a aproximarse a la cama, las sábanas revueltas aún.

¿Cómo era posible que en tan poco tiempo, todo lo que él consideraba perfecto y suyo se hubiese roto, esfumado, desaparecido de su vida? La respiración comenzó a dificultarse cuando se percató, de hecho, que era probable que no volviese a ver a Satoru nunca más.

Al menos con vida.

— Itadori-kun, respira por la nariz y suelta por la boca.— la voz de Ieiri sonó un tanto amortiguada a espaldas de Itadori. De repente, una mano suave se posó sobre su hombro, apenas presionando.

— No...no puedo…

— Sí, sí puedes.

Itadori nunca había logrado ingresar a la habitación por lo que había quedado literalmente atascado en la puerta del cuarto; Ieiri se acercó más a él y lo abrazó por detrás, sus brazos rodeando su torso presionándolo fuertemente.

No tardó en darse cuenta por los espasmos en el cuerpo de la mujer que ella también estaba llorando. Ambos lloraron en silencio mientras Itadori intentaba regularizar su respiración.

— Ieiri-san...dime por favor que...que no van a llevarse a Samuru…

La mujer aflojó el agarre y lo obligó a voltearse, sus manos ahora sobre su rostro. Si Itadori lucía así estaba hecho un completo desastre; Ieiri aún tenía rastros de sangre sobre el rostro, su cabello un tanto desordenado y sus ojos rojos, llorosos. Al verlo pareció ponerse peor, gruesas lágrimas cayendo por sus mejillas.

— Haré...todo lo posible, pero...Itadori-kun, Samuru no es tu hijo. Comprendes la situación, ¿verdad? Entiendo tu angustia, pero…

— Lo sé, soy consciente. No puedo creer que...no puede ser.

— Confío ciegamente en que Satoru está bien.— soltó de repente Ieiri después de un resoplido extraño.— Sólo...démosle tiempo a él y a nosotros. El tema ahora eres tú. Tenemos que sacarte de aquí.

— No quiero irme de aquí, ¿cómo voy a irme de ésta casa?

Ieiri presionó sus mandíbulas intentando contener otra ola de llanto pese a que parecía querer imitar la desesperación de Itadori. Como un acto reflejo, acomodó los cabellos del Omega mientras procuraba tranquilizarse.

— Itadori-kun, no sé qué fue lo que hicieron Satoru y tú. No, no me interesa.— interrumpió a Itadori cuando éste ya había abierto la boca.— Pero es un hecho de que Sukuna está liberado y eso no ocurre de la nada misma. Tu cuerpo le servía de recipiente, es imposible que por cuenta propia haya encontrado otro. A mi no me importa, pero a los viejos sí que lo hará. Por eso debes irte.

— ¿Si me doy a la fuga no voy a empeorar las cosas?

— ¿Más? No creo, ya deben estar pensando en matarte. Al menos deberías desaparecer un tiempo prudencial hasta que las cosas se calmen un poco...cosa que sinceramente no creo suceda pronto.

Claro. Itadori comprendía perfectamente el punto de vista de Ieiri e incluso lo compartía; siempre había estado en la mira de lo que Satoru llamaba "los peces gordos" o simplemente "los fósiles de mierda" y conocía de primera mano la cantidad de veces que su sentencia había estado en la cuerda floja, a punto de cumplirse. Si no hubiese sido por Satoru, Itadori probablemente estaría muerto, por lo que ahora desgraciadamente nada lo podría salvar al menos sin el uso de la fuerza.

Y eso lo llevaba a entender que su única solución era salir de allí, esconderse. Abandonar la casa, el hogar que ya consideraba suyo...y dejar en otras manos a Samuru. Itadori lo tenía más que claro: en aquellas circunstancias, el niño corría más peligro con él que con Mei Mei quien probablemente se hiciera cargo de nuevo. Había ilusionado a Samuru con la idea de una familia, de convivir en forma permanente con su padre para que…

Una cosa era reconocer que Ieiri tenía razón y saber lo que tenía que hacer, otra muy distinta era hacerlo. Se había aferrado tan fuertemente a esa vida que soltarla era lo mismo que dejar atrás gran parte de su cuerpo, de su mente. No sabía si Itadori iba a poder con eso.

— Shoko-san, creo que va a ser mejor que atiendas el teléfono.

La voz de Kugisaki estaba en el mismo corredor que ellos; Itadori levantó la mirada hacia ella, a unos metros de distancia. Tenía el celular en la mano y lo observaba bastante concentrada. Gracias al brillo que emitía la pantalla del aparato pudo ver que también había estado llorando.

— ¿Y ahora qué…?¿Qué?

Como si de una repetición macabra se tratase, Itadori vio a Ieiri tomando su teléfono con fastidio y su rostro desfigurándose hacia la incredulidad al ver los mensajes y las llamadas perdidas.

— ¿Quién? Esto no puede estar pasando. ¿Estás segura que era él?

— ¿Qué pasó?

— Espera, deja que lo confirmo. Esto…

La mujer se alejó hacia el living con el celular apoyado en la oreja. Kugisaki e Itadori quedaron ambos de pie recostados contra la pared, en silencio. Aquello, para Itadori, no podía empeorar todavía más, por lo que la posibilidad de que otra situación catastrófica estuviese ocurriendo lo tenía sin cuidado.

— ¿Fushiguro estará bien?

Itadori levantó el rostro hacia Kugisaki. La muchacha miraba hacia un punto en el suelo sin prestar atención a él, por lo que supuso que su pregunta había sido más para ella misma que para Itadori.

— ¿Tú sabes quién es el padre de los niños que Fushiguro tiene dentro?.— ahora sí la pregunta iba dirigida directamente a él. Itadori suspiró, cerrando finalmente la puerta del cuarto.

— No, no lo sé.

No sólo le dolía la cabeza, sino que también el cuerpo.

El vientre.

Megumi realizó un esfuerzo titánico para levantar una mano y posarla sobre su abdomen hinchado. Lo acarició suavemente al darse cuenta de que lo que le había molestado y lo que había logrado que despertara había sido una patada particularmente fuerte justo de lleno en su vejiga. Megumi se quejó, incapaz de abrir los ojos. Estaba demasiado cansado, sentía el cuerpo demasiado pesado.

Pero aún así, sus sentidos sí estaban empezando a funcionar mejor, y lo primero que notó fue el olor.

No podía ser, seguramente debía de estar soñando. Megumi era consciente de que hasta el último día que había estado en casa de Gojo e Itadori había dormido mucho más de lo normal; incluso ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que se había despertado, ya bajo los cuidados de Ieiri. Por eso, tampoco le hubiese resultado extraño que se hubiese despertado dentro de un sueño, ya tenía experiencia en eso.

De forma inconfundible Megumi reconoció el aroma de Sukuna en el aire, alrededor de él, sobre él. Estaba tan presente, tan intenso y tan tóxico que incluso era más potente que en los sueños que había compartido con la maldición. Pese a la ansiedad que aquello le provocaba, Megumi no podía abrir los ojos. Removió un poco el torso acomodando su espalda sobre la superficie mullida, cálida en donde se hallaba recostado. Con la otra mano, tentó la tela debajo suyo y no la reconoció.

Aquellas no eran las sábanas de la cama que había estado ocupando. Aquel lugar no era el colegio. La mano que aún descansaba sobre su vientre abultado se abrazó a él en un intento inútil por proteger a sus hijos. La situación lo confundía a un nivel que no lo dejaba pensar con claridad, ¿aquello era un sueño?

— No te asustes. Al fin estás a salvo.

Al oír aquella voz ronca pero a la vez suave contra su oído en un susurro contenedor, Megumi terminó logrando separar los párpados, aunque fuese un poco. Su visión estaba un tanto borrosa pero no distinguía nada conocido delante suyo, la oscuridad cerniéndose sobre él; en ese instante, un brazo acunó su cuerpo sosteniéndolo por la cintura, una mano más grande posándose sobre la suya, sobre sus hijos.

Y en ese momento, Megumi se sintió más liviano, el peso de su cuerpo cediendo parcialmente. Incluso pudo flexionar las piernas hacia su vientre en otro intento por resguardar a los niños en su interior; aún adormilado, su mente se relajó un poco mientras intentaba voltear el torso hacia un costado para ganar una posición más cómoda…

Su nariz dio de lleno con aquella superficie cálida y reconfortante llenándose por completo de aquella fragancia tan intensa pero embriagadora al mismo tiempo; una de sus manos se posó sobre la tela, acariciando y luego aferrándose a ella como si de eso dependiera su vida. Un suspiro placentero escapó de sus labios cuando logró girar del todo enterrando el rostro entero allí, olfateando.

Y una suave risa se dejó oír, retumbando también contra su oído.

Megumi abrió los ojos otra vez, ahora un poco más. Su rostro se elevó sólo para descubrir lo que su cuerpo ya le estaba gritando; los cuatro ojos de aquel color carmesí tan intenso lo observaban desde una distancia reducida, la expresión en el rostro de Sukuna llena de autosuficiencia y arrogancia. Pese a eso, Megumi volvió a apoyar la mejilla contra su amplio pecho mientras sentía los cuatro brazos rodeándolo, presionándolo contra su torso.

— ¿Qué...esto es…?

— No, no es un sueño. Ahora sí soy muy real.

El Omega se hallaba en la encrucijada entre creerle y alegrarse, creerle y temer, o no creerle y decepcionarse al saber que aquello podía tratarse de una mala pasada de su propia mente obnubilada y maltratada. Decidió dejarse llevar por un pensamiento entre las dos primeras opciones, aliviado y feliz de que hubiese vuelto contra todo pronóstico y temeroso por la idea de cómo lo había hecho y cómo había logrado llegar hasta él.

— ¿Qué…?

— Shh.— una mano enorme acarició su espalda, las demás sosteniéndolo.— Debes descansar. Estoy orgulloso de ti, aguantaste mucho por ti mismo. Ahora, ya estoy aquí.

Megumi tenía dudas, preguntas que necesitaban ser respondidas, la incertidumbre en alguna parte perdida de su mente entremezclada con muchos otros sentimientos que no podía definir muy bien, aún desorientado. Ni siquiera sabía dónde se encontraban porque no reconocía el lugar, ni siquiera por el olfato. Tampoco quería descansar, había dormido ya demasiado tiempo...pero sus ojos seguían pesando y la sola idea de forcejear contra Sukuna en aquellas circunstancias le hacía pesar todavía más el cuerpo.

— ¿Dónde estamos?

— ¿Acaso importa? Estamos muy lejos , demasiado lejos de todos esos estúpidos. Ya ajustaré cuentas con ellos. Por el momento, tú eres mi prioridad.

Sukuna parecía molesto pero al mismo tiempo su voz se había suavizado al final de la frase; Megumi sintió un beso sobre su cabeza, algo delicado pero firme. Relajó su cuerpo nuevamente sobre el otro tratando de recordar si alguna vez había sido así de amoroso con él en algún sueño lejano. ¿Lo hacía por él, o por los hijos que sabía tenía en su interior? No quería pensar en la posibilidad de que aquella actitud abnegada fuese en realidad algo más bien egoísta y con objetivos más siniestros, pero tampoco podía olvidar que Sukuna era una maldición de categoría especial, era…

— Oh no, ya no soy una maldición, Megumi.— su voz había sonado como un ronroneo complacido y Megumi se preguntó si había hablado en voz alta. ¿O también podía leer sus pensamientos en la realidad misma?.— No, no puedo leer tus pensamientos pero intuyo por dónde van. No pongas esa cara.

Una mano de largos dedos se posó sobre su frente; cálida y sutil, deseó que no saliera de allí...los párpados de Megumi volvieron a pesar y, pese a que realmente no tenía sueño, su cuerpo volvió a sentir ese letargo ya tan conocido.

Su último pensamiento coherente antes de volver a perder el conocimiento fue el rostro de Itadori. ¿Él sabría que Sukuna había vuelto? Probablemente incluso tenía algo que ver...pero…

¿...aquellas exhalaciones y exageraciones por parte de Ieiri tendrían que ver con Fushiguro, o había sucedido algo más?

Al final, Kugisaki e Itadori habían seguido a Ieiri hasta el living; la mujer había adquirido la costumbre de caminar alrededor del futón mientras conversaba por teléfono. No sabían quién estaba del otro lado de la línea, pero sonaba bastante molesta.

Luego de lo que pareció una eternidad pero en realidad sólo fueron un par de minutos, Ieiri colgó la llamada. Sin decir nada, tomó asiento en el futón observando la televisión aún encendida. Como ninguno de los dos se animaba a preguntar, esperaron a que fuese ella misma quien hablara luego de apagar el noticiero.

— Bueno, Itadori-kun...parece que por el momento no tienes necesidad de moverte de aquí.

— ¿Qué? ¿De verdad?.— por un momento Itadori experimentó alegría y algo similar a la esperanza, pero al oír el tono macabro con el que Ieiri le había dicho aquello comenzó a dudar.— ¿Qué pasó?

— Están muertos. Todos muertos.

— ¿...Quiénes serían "todos", Ieiri-san?

Ieiri suspiró recostándose en el respaldo del futón. Pese a lo que acababa de decir, la mujer se notaba un poco más distendida, lo cual a su vez relajó un poco a Kugisaki e Itadori.

— Casualmente, todos los que te querían muerto. No se salvó ni uno sólo, encontraron los cadáveres de los peces gordos cada uno en su vivienda...como si ésto hubiese sido premeditado.

De repente, la mujer se volteó hacia ellos mirando directamente a Itadori. En sus ojos no había enojo pero si suspicacia.

— Itadori-kun, ¿tú sabías algo?

— ¿Qué? Claro que no. ¿Cómo voy a participar de una cosa así?

— ¿A Satoru no se le escapó nada contigo? Se cuidó bastante, al parecer.

— Oye.

Itadori se adelantó hacia ella y la encaró; de repente tenía ánimos para iniciar una pelea, más cuando entendía menos de la mitad de lo que sucedía y de lo que oía. Ieiri no se turbó cuando Itadori se paró frente a ella, sino que pareció más bien curiosa por su actitud.

— No sé de qué hablas, pero estás haciendo demasiadas acusaciones juntas. Ni Satoru ni yo tenemos que ver con esas muertes.

— De ti no lo dudo, eres demasiado bueno e ingenuo para ser partícipe de algo así. De Satoru...te diría que hasta pensaría que fue él mismo quien los mató, salvo que está desaparecido.

Ambos guardaron silencio mientras Ieiri encendía otro cigarrillo. Itadori torció el gesto cuando el humo le llegó al rostro, tosiendo.

— ¿Por qué piensas eso de él?.— la mujer parpadeó como si la pregunta que Itadori había formulado fuese obvia.

— Porque lo conozco hace mucho y porque sé que es capaz de hacer cualquier cosa por ti...y asesinar a alguien no creo que entre dentro de lo más complicado. Da igual, ¿quién se va a atrever a acercarse a ti ahora? Nadie, al menos no los que piensen que tienes una conexión con Sukuna.

— Pero…

— Aún así deberías tener cuidado, sobre todo si vas a frecuentar al hijo de Satoru. Uno nunca…

El celular de Itadori comenzó a sonar en ese mismo momento, asustándolos. Mientras luchaba contra sus propios pantalones para sacarlo del bolsillo, Itadori gimió sorprendido al ver el nombre del contacto que lo llamaba.

— ¡Nanamin, menos mal que estás bien!

Buenas noches, Itadori-kun.— la voz rasposa y fastidiada del otro lo devolvió a un momento de su vida con menores complicaciones. Itadori hizo un amago de sonrisa al escucharlo del otro lado de la línea, una voz conocida y amiga.— ¿Por qué no lo estaría? ¿Dónde estás? Creo que a estas alturas ya conoces más o menos lo que sucedió.

— Sí, bastante. Estoy en casa.

¿Qué casa?

— En...en mi casa, Nanamin, ¿dónde quieres que esté?

Oyó un bufido por parte del otro e Itadori terminó sonriendo al imaginar su expresión hastiada; hacía meses que no sabía nada de Nanami porque el hechicero de grado I había tomado una misión bastante lejana y desde esa ubicación había tomado otras y...no había regresado.

No sé dónde estás viviendo actualmente, Itadori-kun.

— Ah, en casa de Satoru. ¿Quieres venir?

— Itadori, espera.

El aludido volteó hacia Ieiri; la mujer se había incorporado y estaba ya detrás suyo, una mano sobre su hombro. Itadori alejó un poco el teléfono, interrogante.

— ¿Quién es?

— Nanami Kento.— Ieiri entrecerró los ojos y luego inhaló violentamente, asustándolos a Kugisaki y a él.

— ¿Qué quiere?.— Itadori frunció el ceño ante el tono desconfiado.

— No lo sé, quería venir aquí, supongo.

— Dile de encontrarse en otro lugar. No le des ésta dirección. Hazme caso.

El murmullo de Ieiri era violento, casi farfullando todo aquello con expresión contrariada. Itadori, que no entendía demasiado por qué no podía darle la dirección, optó por seguir el consejo de la mujer; terminó la charla con Nanami entre los apurones de Ieiri y volteó hacia ella un tanto molesto.

— ¿Se puede saber qué pasa?

Ieiri rodó los ojos, al parecer más cansada que él mismo de todo aquello.

Un momento de paz, pido. Nada más. Ve y habla con Nanami, luego decidimos qué hacer contigo.