Era la segunda vez que Itadori se encontraba en el hall de entrada de aquel penthouse ridículamente lujo; la primera vez que lo había visitado con Satoru había sido de noche y todas las luces habían estado encendidas dándole un aspecto majestuoso, casi irreal. Ahora, siendo cerca del mediodía la sensación que daba era un tanto diferente pero no por eso menos intimidante. Las luces estaban apagadas pero la luz del sol se filtraba por los amplios ventanales haciendo destellar los múltiples objetos dorados que allí había; pese a que el sol alumbraba y brindaba cierta sensación cálida a través de los cristales, Itadori no pudo dejar de sentir que igualmente se hallaba en un lugar un tanto frío, indiferente.
Delante de aquella gran puerta imponente, Itadori dudó en tocar el portero de múltiples botones frente a sus ojos. Revisó su teléfono celular por quinta vez aquella mañana para cerciorarse que Mei Mei le había citado a aquella hora y él no se había equivocado. No, el día y el horario eran correctos.
Lo que no era correcto era la cantidad de nervios que recorrían su cuerpo en esos momentos.
Ya había pasado casi un mes desde lo que ya se sabía había sido el ataque a gran escala más violento y efectivo que había sufrido no sólo el mundo de la hechicería sino también el de las personas que no poseían energía maldita; la cantidad de víctimas había alcanzado los tres dígitos días después de aquella noche cuando al fin habían podido cuantificar los daños materiales y las pérdidas humanas. No sólo el colegio donde él había vivido y estudiado durante cuatro años había quedado reducido prácticamente a ruinas inutilizables sino que varias manzanas a la redonda habían quedado involucradas dentro de lo que se creía había sido una batalla entre clanes. Lo de Sukuna parecía haber sido un aliciente más a la cuestión pero en realidad se pensaba que no había sido el daño mayor, de hecho.
Increíblemente, aquella bestia no había sido quien se había cobrado la mayor cantidad de muertes. Él sólo había destruido la barrera del colegio, volado varios edificios de las instalaciones y secuestrado a Fushiguro. El resto era otro cantar...uno un poco confuso y difícil de dilucidar completamente; días después de que las cosas comenzaran a enfriarse, tanto el clan Zenin como el clan Kamo habían comenzado a echarse la culpa entre sí sin asumir ninguna culpa en el incidente. Injurias, calumnias y nuevos ataques a menor escala habían acontecido mientras aquel mundillo había quedado acéfalo sin que nadie tomara el poder ni se atribuyera el logro de haber exterminado sin más a los sujetos a los que Satoru había soportado durante tantos años.
Aún así, todo sucedía entre las sombras y no había pruebas claras para inculpar a nadie en concreto. Sin embargo, Itadori sospechaba que él poseía información parcial; Ieiri había tenido razón: aquella noche, los tres habían permanecido en la casa que compartía con Satoru sin sufrir ningún tipo de incidente ni evento extraño que les indicara que irían directamente a Itadori y así, los días habían comenzado a pasar sin ningún acontecimiento importante que sugiriera que el Omega estaba en peligro inminente.
Se había negado a abandonar la casa pese a las reiteradas advertencias de Ieiri de no confiarse demasiado. Para Itadori, aquel lugar físico representaba el ancla donde su mente se había alojado y resguardado para no caer en el pozo profundo que se hundía frente a él, a unos pasos de distancia. Pese a que su mente sabía lo que había sucedido, su corazón se había negado rotundamente a asimilarlo, mucho menos a aceptarlo. Como con Fushiguro, tampoco sabían nada acerca de Satoru. Ieiri le había comentado a grandes rasgos - cuando Itadori había estado con las capacidades mentales suficientes para comprender lo que le explicaba, días después - que sabían que Satoru había sido sellado por un objeto maldito de categoría especial prácticamente milenario, pero que no sabían realmente quién lo había logrado porque en el confuso episodio, Satoru se había perdido de la vista de todos por breves minutos y luego había desaparecido.
Lo cual no cerraba del todo el relato e Itadori sabía, Ieiri ocultaba algo más. Creía que la mujer conocía la identidad de la persona que lo había hecho pero no comprendía por qué no se lo decía; aún así, luego de que las semanas comenzaran a sucederse una tras otra las cosas se habían enfriado a un punto en el que estaban viviendo algo que Itadori denominaba "nueva realidad".
Y aquella nueva realidad había iniciado con ciertos eventos para los que él no estaba especialmente listo.
Con sorpresa y cierta angustia, había descubierto que Satoru había dejado todo a su nombre ante la eventualidad de su defunción o desaparición física. En ningún momento habían hablado de una situación extrema como aquella pero a Itadori no le había sorprendido realmente que Satoru tomara aquella decisión sin consultarle. Así, no sólo la casa que había estado ocupando ahora era suya, sino también un par de propiedades más de las que Itadori no tenía conocimiento.
Eso...y la lectura de una especie de testamento que había dejado a un testaferro en presencia de un abogado donde lo convertían automáticamente en tutor legal de Samuru. Itadori había respirado un poco al oír aquello; su mayor miedo luego de saber que Satoru ya no se hallaba de cuerpo presente era el futuro del niño y el mismo padre lo había solucionado sin siquiera estar allí, con ellos.
Los trámites y el papeleo habían llevado sus buenos días e Itadori comprobó una vez más, como cuando había fallecido su abuelo, que la vida seguía, los engranajes de la existencia continuaban moviéndose indiferentes a los eventos particulares como la muerte. Para Itadori, su vida se había detenido parcialmente aquella noche, parte de su mente atascada en el instante de recibir aquella noticia nefasta que lo había cambiado todo; sin embargo, la otra parte, la que siempre salía adelante pese a lo que se cruzara en su camino había hecho todo lo posible por acomodar un poco las cuestiones que lo involucraran a él y Samuru directamente…
...y allí estaba, incapaz de tocar el timbre de la casa donde sabía que estaba el niño que había ido a buscar.
Chasqueó la lengua apartando los pensamientos negativos y aplastando el fatalismo dentro de su mente. Desde hacía casi un mes no había vuelto a ver a Samuru por cuestiones de seguridad y pese a que se había comunicado con él por teléfono sabía bien que no era lo mismo, para nada. Afortunadamente y sintiéndose un poco cobarde por su alivio, Itadori no había sido la persona que le había informado a Samuru sobre la desaparición de su padre. Le angustiaba siquiera imaginar su reacción y la imposibilidad de poder consolarlo; aún así, a los dos o tres días había sido el mismo niño quien lo había llamado prácticamente desesperado para saber si él se encontraba bien. Había hecho preguntas, las que se había animado aún en el estado de ansiedad, miedo y tristeza que manejaba un niño de 12 años; luego había llorado, se había enojado y se había preocupado por él nuevamente preguntándole una y otra vez cuándo podría volver a verlo.
¿Por qué le costaba tanto tocar aquel maldito botón, entonces?
Itadori sabía que conocía la razón, pero su mente también la había sepultado, pero qué…
El sonido de una voz metálica lo sorprendió haciéndole saltar en su sitio.
— Yuuji, ¿piensas entrar? Hace 10 minutos que estás ahí de pie.— Itadori bufó dándose cuenta de que la mujer tenía cámaras de seguridad por todos lados.
— Ah, sí. Lo siento.
El chasquido mecánico de la puerta le permitió abrirla despacio, sin hacer demasiado ruido. Otra vez, lo primero que sus ojos detectaron fue el lujo frío e impresionante del interior de aquel hermoso departamento…
...y algo sólido, macizo y fuerte había chocado de lleno a Itadori por un costado, casi lanzándolo al suelo. Había logrado recuperar el equilibrio a tiempo, justo cuando los brazos rodearon su torso presionando tan fuerte que incluso le costó respirar.
No pudo evitar sonreír tristemente al percatarse de que Samuru había hundido su rostro en el abdomen de Itadori y por los pequeños espasmos de su espalda, supo que estaba llorando. Acarició su cabello, su espalda; lo abrazó y besó su cabeza sin decir nada esperando que el niño se recompusiera de la conmoción.
Mei Mei aguardaba más allá, al final del corredor. Con un saludo de su mano desapareció dentro de uno de los salones internos, el sonido de sus tacones perdiéndose en aquella inmensidad.
— Pensé que no vendrías por mí nunca más.— la voz congestionada de Samuru se dejó oír aún contra su torso.
— ¿Cómo que no? No la tuve tan fácil tampoco, sabes…
— ¡Ya lo sé!
El grito asombró a Itadori cuando el niño separó su rostro de su cuerpo aún sin aflojar el abrazo. Tenía el ceño fruncido y una expresión de fastidio que Itadori no le conocía; limpió las lágrimas de su rostro, sus ojos rojos e hinchados. Ya había estado llorando antes de que él llegara.
— Ya sé que...bueno.— Itadori lo notó enseguida, las aguas ascendiendo peligrosamente a sus ojos otra vez. Como Samuru parecía harto de llorar, había cortado el tema de tajo, cambiando el tono de su voz.— Ahora nos vamos, ¿verdad?
La ilusión en sus ojos habría destruido a Itadori si la respuesta a aquella pregunta no hubiese sido afirmativa. Ahora que lo recordaba, aquella era una de las razones por las que no había vuelto al departamento de Mei Mei en aquellas semanas, ni siquiera a visitarlo. Si Itadori tenía que terminar una visitar sin poder llevarse al niño, ni Samuru ni él habrían podido soportarlo.
— Claro. Déjame hablar un poco con tu tía y nos vamos.— la sonrisa en el rostro de Samuru se amplió dejándole a Itadori la sensación cálida de que al menos estaba haciendo algo bien.— Ve a buscar tus cosas.
— ¡Sí!
El niño corrió dentro de la sala donde Itadori lo había conocido hacía ya más de un año, casi dos. Caminó con las manos en los bolsillos en forma precavida buscando a Mei Mei.
— Aquí. ¿Cómo estás, Yuuji?
La voz suave y meliflua de Mei Mei le llegó desde dentro de una sala. Itadori ingresó con un poco de inseguridad, sintiéndose repentinamente fuera de lugar tal y como si estuviese invadiendo su territorio. La mujer se limitó a sonreírle ofreciéndole una copa de vino que Itadori rechazó. Últimamente su estómago no estaba aceptando bien algunos alimentos probablemente por los nervios y no quería hacer un papelón dentro de aquel lujoso lugar.
— Estoy...como se puede. Gracias por hacerte cargo de Samuru.
— Lo crié toda su vida, unas semanitas más no iba a hacer un problema.
Mei Mei guardó silencio mientras terminaba su copa, observando por una amplia ventana. Itadori no tenía trato con ella y sus interacciones con la mujer habían sido en presencia de Satoru por lo que el silencio le resultó un tanto incómodo; luego de un par de minutos, Mei Mei caminó tranquilamente hasta una mesilla y depositó la copa allí, mirando finalmente a Itadori con una sonrisa.
— Acompáñame.
Itadori siguió a la mujer hasta una puerta lateral, casi tan lujosa con la puerta de entrada; la abrió pero no pasó, dándole una seña a Itadori para que lo hiciera. Un tanto inseguro, el Omega ingresó mientras Mei Mei aguardaba en la puerta.
— Dame un momento, le diré al mocoso que no nos interrumpa.
Mei Mei cerró la puerta a sus espaldas mientras Itadori sentía un dejo de ansiedad ante las palabras de la mujer. ¿Qué quería hablar con él? Se paseó por lo que parecía ser un despacho personal; allí las cosas parecían desentonar al resto de la casa, los muebles de un color más oscuro, los libros llenando las paredes. A diferencia del resto de las salas, en aquella habitación no había ventanas, la única puerta por la que había ingresado. El aroma de Mei Mei se sentía más intenso allí dentro y por un momento, Itadori se sintió levemente asfixiado.
Antes de lo que hubiese previsto la mujer había vuelto. Ingresó y cerró la puerta del lugar con llave, y a Itadori no se le pasó por alto que al hacerlo, algún hechizo se había activado en el lugar, la sensación sutil de la magia flotando en el aire.
— Es una precaución más. Quiero hablar contigo tranquilamente y Samuru está insoportable. Toma asiento.
— No lo culpes, la situación lo amerita. Yo estoy igual.— Itadori imitó a Mei Mei sentándose en uno de los sofás negros de cuero delante suyo.
— Ni tanto. Mira, seré breve.
Otra vez, Mei Mei se sirvió un vaso de otra bebida alcohólica que Itadori no conocía; el aroma intenso de la misma le llegó de lleno a las fosas nasales, incomodándolo.
— Dos cosas. Primero, sé que te están ocultando algunas cosas porque...porque bueno, así son.— bebió un sorbo de aquel líquido amarillento y prosiguió.— La persona que selló a Satoru es conocida en el medio. Supongo que Shoko no te lo dijo para que no te alteres, aunque creo que no lo conoces en persona. No, no lo haces, es imposible.
— ¿Quién es?¿Dónde está?
Itadori se reclinó hacia delante en el sofá, repentinamente interesado y ansioso. Mei Mei hizo bailar la bebida dentro de su vaso mientras cruzaba las piernas, suspirando.
— Si te lo estoy diciendo, es porque espero que no hagas ninguna estupidez.— su tono se volvió duro, intransigente.— Su paradero actual es desconocido, aunque se cree que tiene que ver con el clan Kamo.
— ¿Es miembro de ese clan?
— Tal vez.
— ¿Tal vez? Mei Mei, por favor, sé más clara.
— La persona que selló a Satoru fue Getou Suguru. Fuerte, ¿no?
— ¿Qué? Pero…
— ¿Está muerto? Sí, eso pensábamos. O eso pienso, realmente. Si me lo preguntas, para mi es sólo una fachada.
Si podía definir su estado actual, Itadori podía afirmar que estaba en shock. ¿Getou Suguru...el padre de Samuru? Se había esperado cualquier cosa menos algo así. Su mente, la parte racional al menos, quiso aferrarse a las palabras de Mei Mei. Satoru había sido muy claro en su relato tiempo atrás, Suguru estaba muerto, Itadori lo sabía y no sólo por él sino por todo lo que había sucedido incluso antes de que él ingresara al colegio. Habían pasado tantos años y…¿justo reaparecía ahora? Aquello era una broma de muy mal gusto. Sí, seguro Mei Mei tenía razón y alguien estaba utilizando su apariencia para…
— Aún así, el sujeto que tomó prestado su rostro utiliza los mismos hechizos que Suguru, así que no sabría decirte realmente qué carajo pasó allí. Como nadie sabe si es él, qué pretende, qué poderes está manejando actualmente ni dónde se encuentra, mucho no se puede hacer.— un nuevo silencio se instaló entre ellos mientras Itadori sentía sus neuronas quemándose, armando diferentes teorías.— El objeto que se utilizó para sellarlo se llama Gokumonkyo. Es un objeto maldito antiquísimo del que poco se conoce. Satoru está desaparecido porque Suguru lo tiene en su poder, no porque lo haya asesinado.
— ¿Con qué objetivo lo selló?
— Supongo que con el mismo objetivo por el que asesinó a todos los viejos. Sí, también fue él. Ni siquiera se molestó en ocultar su basura residual.
Itadori bufó recostándose en el sofá nuevamente. Pese a la nueva y nefasta información que estaba recibiendo, se sintió agradecido porque Mei Mei se la estuviese brindando. Sentía que era la primera vez en semanas que alguien era completamente sincero con él.
— La situación es una mierda, pero confío en que tiene solución. Es más, estoy esperando a que Satoru me patee la puerta en cualquier momento.— la mujer sonrió, bebiendo. Itadori no pudo evitar imitarla sintiéndose un poco más liviano.
— Gracias por contármelo. Si no sé dónde se encuentra, tampoco puedo ir a romperle la cara.
— Bien dicho.— Mei Mei levantó el vaso en su dirección y luego terminó de beber el líquido en su interior.— Si sé algo más, te lo haré saber. Creo que más que nadie tienes derecho a saber lo que está pasando. Ahora, otra cosa.
— Estoy listo.
Ahora, la mujer se tomó su tiempo para volver a hablar. Itadori la vio acomodando algunos papeles y adornos sobre la mesilla entre ellos en un acto mecánico, un poco más ansiosa que antes.
— Se trata de Samuru. No sé si Satoru te lo contó, pero heredó sus poderes. O bueno, los del clan Gojo.
Itadori se sintió repentinamente ansioso e incómodo con aquella aseveración. Nunca había intervenido realmente en la enseñanza mágica del niño porque de eso se encargaba Satoru personalmente. Sin embargo, pese a que habían platicado varias veces acerca de sus progresos, el Alfa no le había mencionado algo así y de imprevisto se sintió un poco desplazado.
— No, no lo sabía.
— Bueno, por ahora es algo secundario. Estas semanas que ha estado aquí ha estado un poco...intenso. Es normal que por su edad tanto sus hormonas como sus poderes se descontrolen un poquito. Si fuese un niño normal hijo de personas normales no te haría ésta advertencia, pero me veo en la obligación de avisarte que ha estado agresivo y confrontativo.
En ese instante, Itadori recordó el grito que Samuru le había dado hacía minutos atrás. No lo había tomado como una agresión directa hacia él, pero sí había notado cierta inestabilidad y confrontación que a Itadori le parecieron normales por el momento que estaba viviendo; nunca les había levantado la voz, ni a Satoru ni a él, siempre demasiado educado para la edad que tenía. Aún así, sólo lo estaba adjudicando a los nervios y la angustia de aquellas semanas, y a eso sumado que Itadori no había estado para él…
— No te ofendas por lo que voy a decirte, pero sé que hay un Alfa rondándote. Sí, Nanami es...perspicaz.
— ¿Me has estado vigilando?
— Shoko me lo contó.
Itadori bufó sintiéndose bastante expuesto y avergonzado por aquello. Aquella noche nefasta de hacía tres semanas atrás, el Alfa lo había llamado sólo para conocer su estado y si podía ayudar en algo. A Itadori, como siempre, su accionar le pareció surgido desde la preocupación más genuina que podía conocer en el otro, pero para el resto no había sido así. Sin embargo, Itadori se había aferrado un poco a Nanami porque también representaba cierta estabilidad y seguridad dentro de la vorágine de descontrol en el que se había convertido su vida. Él había sido quien lo había asesorado con la casa y el niño, quien lo había acompañado al abogado y quien había intercedido por él cuando los términos difíciles que manejaban los profesionales lo habían mareado un poco.
Por eso, no le veía nada de malo a que lo estuviese ayudando actualmente. Al contrario, le debía ya demasiados favores como para seguir sumando otro más…
— No entiendo qué les pasa con Nanamin. Sólo me está ayudando.
— ¿Nanamin? Qué tierno, ya tiene apodo.— Mei Mei le sonrió, al parecer divertida.— No me importa qué relación de amistad tengas con él...pero a Samuru no le va a gustar, para nada.
— ¿A Samuru? Si no lo conoce, no entiendo…
— Va a verlo como una amenaza y va a generarte problemas. Ojalá esté exagerando y no suceda nada malo, pero...ten cuidado, vigílalo. Y sobre todo, ponte firme con él, no lo consientas tanto.
— No lo hago.— el tono de su voz y su expresión lo delataron, sonrojándose mientras Mei Mei le sonreía.
— ¿Sabes? No puedo tener hijos. Cuando Satoru se apareció con éste niño...bueno, tampoco tengo lo que llaman instinto maternal, pero lo quiero. Cuídalo, Yuuji.
— Claro que sí, tengo por seguro.
La charla no había durado ni diez minutos pero Itadori se sentía nuevamente desbordado. Cuando salieron de aquel despacho Samuru ya estaba más que listo para partir; mientras se despedía de su tía, varias de las cuestiones que había hablado con la mujer se entremezclaban en su mente, confundiéndolo.
Y poniéndolo un poco incómodo.
¿Realmente debería tener cuidado con Nanami? Si Mei Mei no le hubiese hecho aquella advertencia con respecto a Samuru, Itadori jamás habría desconfiado de que el niño podría ponerse complicado con un hombre tan correcto y responsable como lo era Nanami. Ahora, sin embargo, las dudas lo atacaban un poco más porque, de hecho, el Alfa los estaba aguardando abajo, en su auto.
Suspiró, rogando porque aquello fuese sólo una exageración y no un problema más.
Cuando Samuru finalmente juntó sus cosas con ayuda de Itadori, el niño tomó su mano fuertemente y le sonrió. El Omega se le quedó mirando...su rostro, su sonrisa, su cabello. Satoru le había dicho tiempo atrás que Samuru era una copia de su padre y, al recordar nuevamente que aquel sujeto al parecer había resurgido de la muerte sólo para cagarles la vida...no pudo evitar que se le revolviera el estómago y el nuevo temor de que quisiera buscar a su hijo se instaló en su mente, de repente.
¿Y si aquel sujeto en verdad era Suguru y se enteraba de la existencia de Samuru? Itadori no había ahondado en detalles de aquel pasado medio escabroso, pero por lo que había entendido Suguru no había alcanzado a enterarse del embarazo ni tampoco del nacimiento de su hijo. Si tenían suerte y su accionar sólo había sido contra Satoru...pero no podía estar seguro de qué era lo que realmente buscaba…
¿Qué era lo que realmente quería ese estúpido sentimental?
Kamo Noritoshi comenzaba a convencerse del todo de que la última elección de cuerpo que había hecho, a la larga, no le estaba beneficiando demasiado. Sí, Getou Suguru había sido un hechicero maldito y al igual que él se especializaba en la manipulación de maldiciones; las semejanzas y la oportunidad de ocupar su cuerpo hacía unos años atrás había sido tan tentadora que en ese momento no se le ocurrió pensar que tal vez, su usuario anterior, no iba a estar muy contento con ese hecho.
¿Por qué seguía con vida? O mejor dicho, ¿por qué sus recuerdos lo atormentaban de aquella manera, mezclándose con los suyos al punto en el que ya le costaba discernir cuáles eran sus recuerdos y cuáles los de Getou? Porque era imposible que un humano, por muy fuerte que hubiese sido como hechicero sobreviviera a aquella usurpación, sobre todo cuando encima había tenido que reconstruir parte de su cuerpo cercenado.
Había intentado ignorarlo, luego suprimirlo. Todo en vano, nada había dado resultados; por el contrario, aquella esencia del usuario anterior se volvía cada vez más fuerte, más violenta y confrontativa, sus recuerdos y sentimientos propios golpeándolo y confundiéndolo al punto en el que a veces perdía parcialmente el control de su mente, de sus objetivos.
Y eso era lo que había ocurrido aquella noche, hacía ya casi un mes.
Kamo suspiró intentando relajarse mientras presionaba el puente de su nariz. En aquel cuarto oscuro e inmenso, incluso podía sentir que los gritos de aquel sujeto retumbaban fuera de las paredes de su cráneo volviéndose casi real. Ira, tristeza, impaciencia, todo se mezclaba en un torbellino que ya no estaba pudiendo soportar.
El plan había sido simple, pero eficaz. La idea principal había sido esperar la resurrección de Ryomen Sukuna con el objetivo de aprovechar la conmoción para exterminar los blancos que habían elegido y, si tenían suerte, adjudicarle las muertes al hechicero milenario. Aquello había funcionado parcialmente porque Kamo había soltado un rastro de la basura residual que había dejado atrás la hechicería del cuerpo de Getou, cuestión que no le había importado demasiado en su momento. Sukuna había hecho una aparición magistral que había superado incluso sus más amplias expectativas porque, increíblemente, aquella bestia asesina había demostrado tener sentimientos y se había dejado guiar por ellos.
Y él que le había dicho en confidencialidad a Gojo Satoru que vigilara a Fushiguro Megumi porque pensaba que Sukuna querría utilizar su cuerpo con algún otro fin...y no con ese. Vaya cosas de la vida, le había solucionado otro dilema.
Sin embargo, su mente había perdido parcialmente el control cuando se había topado con él. ¿Por qué justo en esa situación, si antes…? Kamo no podía mentirse a sí mismo; en las contadas ocasiones en las que había osado citar a Gojo más para comprobar que él poseía el control de aquel cuerpo que porque realmente necesitara verlo en persona, la había tenido bastante difícil cuando la conversación que había tenido con el hechicero de los seis ojos se había entremezclado con recuerdos de un pasado un tanto lejano. Sin embargo, no había pasado a mayores y no le había traído contratiempos.
¿Qué había tenido de diferente aquella noche, en la cual sólo ver a Gojo enardecido por la situación había disparado un sinfín de mecanismos en su cerebro que casi habían hecho que perdiera el control? En ese momento se había percatado que Getou Suguru era peligroso, pero Gojo Satoru lo era aún más al despertar aquella clase de desesperación residual en un alma rota, dañada permanentemente.
Y fue así como había tomado, según él, la mejor decisión al sellar dentro del Gokumonkyo a Gojo. No tenía nada contra el hechicero y realmente le había traído otro dolor de cabeza tener que llegar a ese punto. Traicionarlo realmente no le había afectado en el plano personal, pero sí en sus planes. Gojo había resultado ser un aliado inesperado al que ahora había transformado en un enemigo, por muy sellado que estuviese.
No se arrepentía de haberlo hecho pero aquella otra parte de su ser con la que había tenido que aprender a vivir a regañadientes le había hecho saber su descontento. Lejos de ser el remedio se había transformado en una enfermedad agravada, insoportable. Ahora, ya no eran sólo los recuerdos de ese sujeto los que lo atormentaban al punto de haberlo hecho desaparecer del plano público al no estar pudiendo controlarse correctamente, sino que ahora se le agregaba su voz.
O Kamo estaba empezando a delirar, a Getou estaba empezando a despertar.
De nuevo, ¿cómo era aquello posible?
Sus pasos lo guiaron hasta el único mueble en aquel amplio recinto. La pequeña mesilla negra frente a él estaba vacía salvo por el objeto que levitaba inerte sobre ella. Aquellos ojos enloquecidos miraban hacia todas direcciones sobre la superficie del Gokumonkyo, la energía maldita contenida en él.
Extendió su mano hacia el objeto sin atreverse a tocarlo. Sus dedos quedaron a escasos centímetros de su superficie y aún así, logró sentir el poder que emanaba. Si sellar a Gojo no había sido la solución, quizás eliminarlo del todo era el alivio que Kamo estaba buscando. Ya lo sabía: Gojo era más peligroso que Getou por su sola existencia, alterándolos a ambos de forma inaudita. Y Kamo no podía permitirse aquello.
— ¿Qué debería hacer, Suguru?
