— Vas a...tener que disculparlo, Nanamin.
— No hay problema. Es sólo un niño.
Itadori aún se encontraba sentado en el asiento del acompañante, dentro del automóvil de Nanami. Aquel lugar olía tanto a él que de alguna manera, su fragancia lo ponía un tanto nervioso. Desde que había comenzado a percibir las feromonas ajenas con mayor intensidad que en toda su vida, el olor de otro Alfa que no fuese Satoru le molestaba al punto de incomodarle, y aquella era una prueba clara de que su olfato seguía funcionando ahora demasiado bien. Oía el ruidito incesante de las balizas del vehículo estacionado frente a la casa sin atreverse a voltear hacia el mayor; ambos permanecieron en completo silencio, sobre todo después de que Samuru hubiese literalmente huido de la parte trasera del auto.
Samuru no había hecho comentario alguno cuando Itadori le había dicho casi al pasar que un amigo de su padre y suyo los ayudaría a llevar sus pertenencias hasta la casa otra vez; claro estaba que la ausencia de reacción se había debido a que el niño había estado aguardando para conocer al tal amigo. Por suerte, no había sido maleducado ni grosero con Nanami, pero sí sorpresivamente silencioso a un punto en el que para Itadori ya había resultado sospechoso. Durante el viaje, el Omega le había preguntado sobre algunas cuestiones triviales sólo para sacarle conversación y Samuru había demorado varios segundos en contestar, casi forzado a hacerlo.
Y no había sido sólo su silencio, sino también su lenguaje corporal. Se la había pasado todo el trayecto reclinado contra la puerta casi abrazando la mochila que llevaba a cuestas además del resto del equipaje; a Itadori no se le escapó el hecho de que cada tanto observaba a Nanami con algo parecido a la desconfianza y que éste, lo estudiaba por el espejo retrovisor con aquella mirada severa que Itadori ya conocía demasiado bien.
Ambos estaban molestos con la presencia del otro, y él había quedado en el medio en un espacio reducido del que no había podido salir hasta que Nanami había llegado a destino. ¿Y si se lanzaba por la puerta en medio de la calle…?
Sin embargo, Nanami había acelerado probablemente sintiéndose tan fuera de lugar como Itadori. Éste no había podido atajar a Samuru en cuanto habían llegado a la casa, haciéndole pasar más vergüenza de la que ya había sentido todo el viaje.
Encima que Nanami le estaba haciendo ese favor…
"Es sólo un niño" había sonado más a un pretexto para no decir abiertamente que no iba a enojarse ni comenzar una pelea por un mocoso, pese a que Itadori sabía que en el fondo estaba fastidiado. Si había algo que Nanami parecía apreciar por encima de todas las cosas - bueno, del pan no - era la educación de las personas y para él probablemente aquello había sido una falta de respeto.
Suspiró, un poco apesadumbrado. Ya habían comenzado con el pie izquierdo aquel día.
Finalmente, Itadori se quitó el cinturón de seguridad y amagó a bajarse del vehículo; las balizas seguían encendidas. Abrió la puerta y volteó para agradecer y pedir disculpas por quinta vez en cinco minutos, pero Nanami ya había abierto su propia puerta casi al mismo tiempo que Itadori, sorprendiéndolo.
— Te ayudo.
— N-No es necesario, Nanamin, ya demasiado has hecho por mi hoy.
— Insisto.
No hubo lugar a réplicas. Itadori estaba agradecido con la predisposición de Nanami, sobre todo porque el equipaje "liviano" que había seleccionado Samuru tenía de todo menos liviano. Había bolsas en la parte trasera del auto y dos valijas en la cajuela. Luego de varios segundos de silencio, Nanami tomó ambas valijas sin opinar nada al respecto, cerró la cajuela de su vehículo y puso la alarma, todo casi al mismo tiempo demostrando una destreza que evidenciaba la pericia del hombre para manejar varias cosas a la vez.
Con aprensión y mayor incomodidad aún, Itadori fue detrás de Nanami hacia la puerta de la casa con el resto del equipaje notando que el traje blanco impoluto del Alfa se estaba arrugando en ciertas partes culpa de las valijas.
Ingresaron al living silencioso; la luz del sol ingresaba plenamente por las ventanas de aquella habitación y por las de la cocina. Nanami dejó las valijas a un lado cerca de la puerta y luego aflojó el nudo de su corbata; Itadori lo miraba por el rabillo del ojo mientras intentaba descifrar dónde se había metido Samuru. ¿Ya se había encerrado en su cuarto?
— Dime dónde las quieres.— la voz ronca de Nanami sacó a Itadori de sus pensamientos. Al voltear, el hombre se había quitado el saco y arremangado la camisa, levantando ambas valijas otra vez.
— ¡Está bien así, de verdad! Luego las llevo a su cuarto.
Nanami analizó sus palabras y finalmente dejó de nuevo el equipaje en el suelo. Itadori suspiró imperceptiblemente aliviado con el hecho de que no hubiese insistido en aquella ocasión. Si Samuru estaba generando alguna especie de rechazo hacia Nanami, aunque no lo comprendiera Itadori tenía que respetarlo; como él, el chico estaba pasando por una especie de duelo y encima no comprendía ni manejaba toda la información como para darse una idea de la situación real de su padre, del que sólo sabía estaba desaparecido con proyecciones siniestras a futuro. Si a esa angustia e incertidumbre tenía que sumarle la presencia de un sujeto que no se estaba aguantando y para colmo lo llevaba hasta su cuarto...no quería iniciar una guerra innecesaria a minutos de haber llegado de nuevo a la casa que habían compartido con Satoru.
Pero que respetara los sentimientos y el territorio físico de Samuru no significaba que él sí fuese maleducado con Nanami. Le sonrió y le hizo señas hacia la cocina mientras Itadori caminaba en sentido contrario.
— ¿Quieres un café? No soy tan bueno como en aquella cafetería, pero me doy maña.
En ese momento, increíblemente Itadori lo notó. Ya sabía que no era muy bueno captando indirectas ni percatándose del doble sentido que podían tener ciertas actitudes o expresiones en el resto de las personas, por lo que le resultó curioso notar el leve temblor que se instaló en el ceño un tanto fruncido de Nanami, al igual que sus labios. Pese a tener los lentes aún puestos allí dentro, Itadori percibió cierta duda antes de contestar aunque, por supuesto, no llegó a vislumbrar qué era lo que la generaba.
¿Acaso temía que Itadori lo envenenara?¿Qué tan mal concepto tenía de sus habilidades en la cocina?
— Está bien. Acepto.
— Genial. Ponte cómodo, voy a ver dónde se metió Samuru.
Sin esperar respuesta y un poco más aliviado, Itadori caminó por el corredor de las habitaciones derecho hacia el cuarto de Samuru; bufando y pensando en qué reprimenda darle sin sentirse aún como una autoridad real para el niño, abrió la puerta de la habitación para descubrir que no se encontraba allí. Parpadeó un par de veces un tanto confundido, parado en el marco de la puerta. Estaba seguro de que Samuru había corrido hacia la casa, incluso había oído el portazo que había dado al entrar...dónde…
Y el entendimiento le llegó más rápido que la misma conclusión. Acongojado y algo conmovido, Itadori pasó una mano por sus cabellos, ansioso. Cerró despacio la puerta del cuarto y deshizo sus pasos hacia su propia habitación; la puerta estaba entreabierta. Con delicadeza e intentando no hacer ruido, Itadori la empujó suavemente con una mano, ingresando a paso lento.
Samuru estaba recostado en la amplia cama, sus cabellos desparramados en la almohada que utilizaba Itadori. El Omega se apoyó en la pared y cruzó los brazos sintiéndose impulsado a acercarse y abrazarlo; el placard se hallaba con las puertas abiertas e Itadori no necesitó pensarlo demasiado. Samuru había rebuscado entre las prendas de su padre y había escogido una camisa que utilizaba frecuentemente, arrastrándola con él hacia la cama.
Sintiéndose más sensible de lo que realmente creía que estaba a esas alturas, Itadori parpadeó rápidamente intentando que las lágrimas no se acumularan en sus ojos esforzándose por no llorar delante del niño; finalmente se acercó hasta la cama y se subió a ella despacio notando que Samuru estaba llorando otra vez. Se recostó a su lado y lo abrazó por detrás envolviéndolo entre sus brazos; al sentirlo, Samuru se pegó a él y volteó, encarándolo aún con la camisa en sus manos. Itadori percibió el aroma característico de Satoru pero se entristeció un poco al notar que perdía intensidad con el paso de los días.
— ¿Por qué tenía que pasar esto?.— la voz un tanto estrangulada de Samuru se dejó oír en el hueco de su cuello, congestionado. Itadori besó su frente y lo atrajo más a él al tiempo que Samuru lo abrazaba.
— No lo sé. Pero escucha.
Itadori lo alejó lo suficiente como para poder tomar el rostro de Samuru entre sus manos; el niño parpadeó, sus ojos brillosos y el rastro de lágrimas en sus pestañas y mejillas.
— Tu padre es fuerte, muy fuerte. Es el más fuerte, de hecho.— Samuru sonrió tímidamente al ver el gesto fastidiado en el rostro de Itadori.— Seguro se encuentra bien, sólo que no puede llegar hasta acá. Por eso seguimos buscándolo.
— ¿Tú crees?
— Claro.
Samuru se limpió él mismo las lágrimas e Itadori respiró aliviado cuando vio que su semblante abatido se despejaba un poco.
— Te creo. Papá se hubiese puesto insoportable si te oía decir que es el más fuerte.
— Lo sé, ya lo ha hecho.— ambos rieron mientras Samuru suspiraba profundamente.
— Hueles mucho a papá. ¿Has estado durmiendo con esto?
A Itadori se le subieron los calores cuando Samuru preguntó ingenuamente aquello señalando la camisa entre sus manos. Incluso sintió el fuego instalándose en sus mejillas, pensando. Desde hacía más de una semana había dejado aquella costumbre atrás; antes, como en la época en la que se hallaba en el colegio había optado por dormir con alguna prenda de Satoru más que nada para poder conciliar el sueño, tarea que los primeros días después del suceso se había vuelto titánica. Luego, cuando las cosas se habían enfriado un poco había decidido dejar de depender del aroma de Satoru aunque aquello significara una especie de separación que su mente aún no podía asimilar, casi como si lo estuviese dejando atrás por su propio bienestar mental.
Por eso, que Samuru le dijese aquello le había resultado un tanto extraño. Inconscientemente se tocó la marca en la base de su cuello.
— No, debe de ser...ah, la marca ésta que tengo en el cuello, yo…
— Yuuji, ya sé qué es eso. Respira.
— Bueno, ¿y tú cómo sabes de esas cosas?
Itadori repentinamente se sintió un poco asfixiado por el rumbo que había tomado la charla; Samuru rodó sobre la cama y se sentó entre las almohadas, aún sonriéndole. Iba a tener que darle crédito al padre por aquello. Podría parecerse mucho a Suguru, pero la sonrisa socarrona la había heredado de Satoru.
— Porque escucho y leo. Presto atención a esas cosas porque...bueno, me he estado sintiendo un poco mal y creí que podría ser algo relacionado con las hormonas.
Era el turno de Samuru de sentirse incómodo con Itadori. Éste lo observó un poco confundido con sus palabras mientras intentaba sacar cuentas. Samuru tenía 12...estaba por cumplir los 13 en un par de meses...aún así todavía era demasiado joven para esas cosas…
— Pero aún eres muy joven para eso.
— Yuuji, ¿te has dado cuenta que crecí varios centímetros desde que me conociste? No, tu cara me dice que no.— de nuevo estaba riéndose de él.
— Bueno, no le presto atención a ese tipo de cosas hasta que no son muy notorias, sabes.
— Está bien, no tienes por qué hacerlo. Lo que quiero decirte es que estoy creciendo y bueno, las hormonas también se me disparan un poco.
— Pero…
Itadori hizo mala cara y Samuru lo observó un tanto confundido. Luego pareció comprender por qué derroteros iban sus pensamientos, agrandó los ojos y comenzó a realizar aspavientos con ambas manos, al parecer más acalorado que Itadori.
— ¡No, eso no, Yuuji! Qué asco.
— ¡Bueno, yo qué sé! Yo...no sé cuánto pueda ayudarte con esas cosas, tuve el ciclo hormonal bastante alterado hasta hace poco así que…
— Gracias, Yuuji, pero no creo que puedas ayudarme mucho. Soy Alfa.
— Qué. Y cómo sabes ya eso.— Samuru le sonrió de nuevo pero ésta vez Itadori no notó sorna en su expresión.
— Generalmente uno lo sabe alrededor de los 10 años. Ya estoy por cumplir 13, así que…
— Aún eres demasiado joven para esas cosas.
— ¡Pero ya te dije que no!
Ambos rieron por el malentendido; Itadori despeinó a Samuru mientras éste se recostaba de nuevo en la cama. Repentinamente el Omega recordó que Nanami aún aguardaba en la cocina.
— Oye, Samuru…
— Dime.
— ¿Qué pasó mientras veníamos hacia aquí?.— cuando Samuru frunció el ceño un poco confundido, Itadori aclaró.— ¿Por qué le hiciste ese desplante a Nanamin? Tú no eres así.
— ¿Por qué lo llamas así? Ese no es su nombre.
Otra vez, Itadori había notado un cambio sutil en su tono de voz. No se había vuelto agresivo, pero Itadori percibió la confrontación latente en la pregunta ansiosa.
— Es un apodo que le puse hace mucho porque Nanami sonaba muy formal. Y no respondiste mi pregunta.
Samuru dudó; en ese momento, desvió la mirada esquivando los ojos de Itadori, su expresión un tanto cabizbaja. Tardó varios segundos en contestar e Itadori notó un poco de temor envolviendo sus palabras.
— No te enojes, ¿si?
— No lo haré.
— ¿Me lo prometes?
— Claro.
— Bueno…— Samuru respiró profundo y soltó todo de repente.— No me mires raro, pero ese tipo quiere algo más contigo.
Itadori rió y se ahogó con su propia saliva; mientras tosía, le fue imposible seguir riéndose mientras Samuru entrecerraba los ojos, molesto.
— Es verdad, no te rías.
— ¿Cómo...cómo vas a pensar eso de Nanami? No es así.
— ¿Ah no?
— No, él no es ese tipo de personas, Samuru.— el chico entrecerró más los ojos con suspicacia e Itadori supo que no estaba para nada convencido.— ¿Por qué crees eso?
— Porque vi cómo te mira. No es normal...¡no te rías!
A la larga Samuru se unió a la risa de Itadori, aún un tanto fastidiado porque seguramente pensaba que el Omega se lo estaba tomando como un juego...que de hecho, era más o menos así. De sólo imaginar a Nanami en una situación así no sólo se le subía todo el calor producto de la vergüenza, sino que su mente en sí bloqueaba aquella posibilidad por remotamente imposible.
— No sólo te mira raro, sino que también huele raro. ¿No lo has sentido? ¡Yuuji, deja de reirte, basta!
— ¿Cómo es que una persona te mire raro?
— Te mira como te miraba papá antes de encerrarse contigo aquí dentro. Es un espanto.
— ¡Pero…!
Itadori detuvo su risa en seco, abochornado. Bueno, nunca había notado aquello que Samuru le estaba diciendo, pero el sólo hecho de saber que el chico sí lo había hecho y que estaba relacionando cosas...no, tenía que detener aquello ya.
— Bueno, mira. Supongamos que Nanamin tenga alguna...intención extraña.— al decir aquello una leve risilla escapó de sus labios sin poder contenerse.
— No lo llames así, es horroroso.
— ¿Por qué? A mi me parece lindo.— Samuru rodó los ojos pero no agregó más nada.— Supongamos que ese sea el caso. ¿Piensas que yo voy a ceder así nomás porque tu padre no está ahora?
— ¡No! No quise decir eso...pero ponte un poco en mi lugar, ese tipo te anda rondando y por mucho que tú no le prestes atención es...es incómodo. Y un poco triste.
— ¿Por qué triste?
— Si lo digo, te vas a enojar. Así que déjalo ahí.
El Omega iba a insistir un poco más pero decidió dejarlo así como estaba. Tampoco quería presionarlo cuando sabía que el tema lo ponía susceptible.
— Bueno. Más allá de ello, no vuelvas a hacer algo así. Fue grosero, y por mucho que no te agrade Nanami me ha ayudado mucho. Nos ha ayudado, porque él también intervino para que pudieras volver aquí.
— ¿En serio?
— En serio.
— Algún objetivo tendrá para haberlo hecho.
— Samuru, basta.— Itadori endureció el tono de su voz y Samuru frunció el ceño, un poco cohibido por el regaño.— Que sea la última vez que lo tratas así.
— Espera, ¿va a seguir viniendo?
— Así es, todavía tengo algunos asuntos que resolver.
— Dios. Ni se te ocurra dejarlo entrar aquí, la habitación aún tiene el aroma de papá.
— ¿Por qué Nanami entraría aquí?.—la mirada que le dio Samuru había sido demasiado elocuente, molestando a Itadori.— Basta, lo dije en serio.
— No le haré ningún desplante siempre y cuando él se comporte.
— No puede ser. No me hagas pasar vergüenza, contrólate.
— Haré lo posible.
— Bien.
Itadori podía conformarse con eso por el momento. Seguramente, cuando los días pasaran y Samuru comprobara que sus ideas eran sólo delirio podrían respirar en paz todos en la misma habitación.
Se incorporó de la cama y se estiró, suspirando un poco más relajado.
— Luego acomodamos tus cosas. Dejé a Nanami sólo en la cocina.
— Y sigue aquí.— de nuevo, ambos entrecerraron los ojos, desafiándose con la mirada.— Ya vas a darme la razón. Avísame cuando se vaya, Yuuji.
— No puedo creerlo.
No iba a iniciar otra discusión por lo que volvió a pensar que lo mejor era dejarlo así. Chasqueó la lengua mientras negaba con la cabeza ante la mirada divertida de Samuru, saliendo de la habitación.
— ¿Todo bien?
Itadori sonrió a modo de disculpa al ingresar a la cocina. Lo primero que percibió fue el aroma fuerte del café; luego de un escaneo visual rápido, comprobó que Nanami se había puesto manos a la obra mientras lo esperaba…¿cuánto tiempo había estado con Samuru para que decidiera preparar el café él mismo? Qué vergüenza. Nanami pareció percibir la duda en su semblante.
— Me tomé el atrevimiento. Lo lamento.— dijo levantando una taza y ofreciéndosela. Itadori la tomó entre sus manos aún un poco avergonzado.
— No, está bien. Yo me entretuve.
— ¿Todo bien con el niño?
— Sí, sí. Está un poco...susceptible, es todo. Lamento lo que sucedió.
— No te disculpes por algo que escapa de ti. ¿Cómo está?
Nanami hizo una seña con la cabeza refiriéndose al café. Itadori apenas le había dado un sorbo pero comprobó con algo de fastidio que estaba delicioso. Seguramente tenía alguna técnica secreta para batirlo, o algo así.
— Excelente.— le sonrió mientras seguía bebiendo a su lado, ambos apoyados en la mesada. Nanami le sonrió sutilmente como respuesta.
— Bien. ¿Y tú, cómo estás? Siempre antepones al resto a ti mismo.
— ¿Yo? Pues…
Itadori pensó en su pregunta; esas últimas semanas si bien había estado un tanto angustiado, se sentía bajo una especie de sopor emocional en el que no había sufrido altibajos. Ocupado como había estado en otras cuestiones, trataba de enterarse de nueva información pero al mismo tiempo procuraba despejar la mente con otras cosas. Como le había dicho Mei Mei, Itadori realmente confiaba en que Satoru se encontraba bien. Sellado, pero vivo...y que era sólo cuestión de tiempo para que volviese a él.
Recordó la conversación con Mei Mei; por un momento, estuvo tentado en comentarle lo que la mujer le había revelado acerca del sello y Suguru. Luego se arrepintió, la duda y la desconfianza volviendo a instalarse en su mente. Nanami probablemente sabía lo mismo que Mei Mei, lo mismo que el resto intentaba ocultarle. Sabía o quería creer que no se lo estaban diciendo para protegerlo un poco, al menos a su mente conflictuada. Aún así, le generaba un poco de fastidio que lo creyeran tan débil como para no poder lidiar con aquella información.
— Estoy bien. Sí, yo…
En ese momento, Nanami se aproximó a él, su altura proyectando una sombra sutil sobre Itadori. Éste parpadeó un poco confundido al ver la mirada concentrada del otro sobre él; como Itadori no podía retroceder y la cuestión estaba sucediendo en escasos segundos, tampoco pudo prever la mano que se acercó a su rostro y rozó sutilmente la comisura de sus labios.
El contacto quemó su piel pese a que el dedo apenas lo había tocado; sin pensar en si podía ser grosero al hacerlo, Itadori arqueó hacia atrás el torso, un poco descompuesto por la situación y el aroma asfixiante de Nanami sobre él, la fragancia de la canela concentrada saturándole las fosas nasales.
— Lo siento, tenías un poco de café y...Itadori-kun, ¿estás bien?
— Dame...dame un segundo.
No, no estaba nada bien.
No sabía si había sido la sorpresa de aquel acercamiento repentino o el aroma de Nanami, pero se sentía mareado; apoyó una de sus manos en la mesada sintiéndose realmente descompuesto. Miró hacia el suelo y fue peor. El piso se movía y cambiaba de posición debajo suyo mientras sus rodillas flaqueaban, un calor para nada agradable extendiéndose por su espalda, comenzando a sudar…
Un brazo con agarre fuerte lo sostuvo de la cintura antes de que las rodillas de Itadori terminaran de ceder; aún así, la taza resbaló de su mano y se estrelló contra el suelo.
Oyó otra voz y luego de nuevo la de Nanami. Sonaba molesto, seguramente se había fastidiado porque había dejado caer la taza…
— ...Itadori-kun, ¿estás consciente?
— S-Sí, creo que sí.
Lentamente fue recuperando el control de su cuerpo; pronto ganó estabilidad otra vez y se descubrió con el rostro cubierto de sudor. La voz que había sentido era la de Samuru, quien se encontraba a su lado prácticamente abrazado a él.
— Es tu olor el que lo puso así, aléjate un poco.— Itadori jadeó al oír el tono defensivo con el que le hablaba a Nanami quien no le había hecho caso, por supuesto.
— Itadori-kun, ¿es la primera vez que te sucede algo así?
— Sí, nunca me había pasado...pero no me desmayé, no sé qué fue eso.
— Sufriste una lipotimia.— ante la expresión confundida de los dos, Nanami aclaró.— Te bajó la presión.
— Ah.
— ¿Cuándo fue la última vez que te hiciste un chequeo médico?
— Bueno...no lo recuerdo, pero fue hace bastante. Igual no pasa nada, ya me siento mucho mejor.
— Ni hablar.
Itadori se sujetó a la mesada con ambas manos creyendo que iba a bajarle la presión de nuevo al escuchar a ambos decir lo mismo al mismo tiempo. Mientras se desafiaban con la mirada, Itadori caminó hacia una de las sillas de la cocina y se sentó allí, sintiéndose más estable.
¿Qué había sido eso?
