Itadori recordó aquella época lejana, cuando aún vivía en el colegio, cuando dormía en el cuarto contiguo al de Fushiguro.

Rememoró los tiempos en los que se le ocurrió parecerse al resto de los Omega y comenzar a tomar aquellas píldoras que en teoría, regularizarían su ciclo, suprimirían los síntomas y evitarían un posible embarazo. Y también recordó lo mal que le habían caído, el dolor de estómago y los vómitos casi incoercibles por los que había decidido directamente suspenderlas bajo el consejo un tanto dudoso de Sukuna.

Bueno, la sensación y los síntomas eran prácticamente los mismos que estaba viviendo en ese instante. Sentado en el suelo con el estómago hecho una piedra y sintiendo fuego en el esófago, lo único que había cambiado era el retrete en donde se hallaba aferrado, la frente apoyada en el borde de porcelana y el rostro fruncido en una expresión de fastidio.

Ya habían pasado tres semanas más desde aquel casi desmayo en la cocina, el primer síntoma de que algo no estaba funcionando bien; Itadori había tenido la esperanza de que aquel suceso hubiese sido un evento aislado, pero no.

Lejos de mejorar, las cosas habían empeorado.

Nanami había insistido, Samuru también. Increíblemente, ambos habían unido fuerzas para hostigarlo y convencerlo de que lo conveniente luego de aquella descompostura era visitar a Ieiri. Sin embargo, Itadori se había negado a hacerlo.

¿Por qué? La respuesta era en su mente más compleja de lo que había expresado abiertamente. A Nanami y al niño les había dicho que no tenía caso, que aquello nunca le había pasado y probablemente era producto del estrés que había estado viviendo últimamente. Después de recuperarse del todo, prácticamente había echado a Nanami de la casa y mandado a Samuru a su cuarto con el único objetivo de que ninguno de los dos siguiera insistiendo con el tema. Había limpiado el suelo, lavado la taza que había sobrevivido, preparado algo para que Samuru almorzara...y nada más. El niño era mucho más perspicaz de lo que Itadori podía imaginar y, lejos de seguir instigándolo con preguntas había optado por guardar silencio y en su lugar, estudiarlo de cerca desde ese momento.

Por lo tanto, no había sido tarea fácil para Itadori camuflar sus pérdidas de apetito por un lado, sus atracones por el otro; su insomnio por un lado, las siestas eternas por el otro. La ausencia de desmayos, pero el regreso implacable de los vómitos matutinos que eran lo único que podía esconder en la seguridad del baño del cuarto.

¿La verdadera razón de por qué evitaba un chequeo médico pese a que durante semanas los síntomas no remitían?

Simple y llanamente porque tenía miedo.

Itadori se había descubierto a sí mismo en la soledad de su cuarto en penumbras, cautivo de la angustia, la ansiedad y las lágrimas de sólo pensar las posibilidades. Era un cobarde, lo sabía. Luego del incidente del colegio que ya se había enfriado del todo sin réplicas del mismo, Itadori no sólo no había podido recuperarse mentalmente sino que su desesperación encubierta por una fachada de aparente calma no hacía más que empeorar. No sabían nada de Fushiguro, menos de Satoru. Por casi dos meses, ambos parecían haber desaparecido de la faz de la tierra sin dejar el más mínimo rastro; Ieiri le había comentado que Sukuna parecía también haberlo hecho, sin registro alguno de actividad ni de basura residual. Mei Mei tampoco tenía novedades y, al pasar los días, en la mente de Itadori se hacía cada vez más presente la idea de que aquello podría llevar más tiempo del que su mente podía tolerar.

Si es que era una cuestión de tiempo.

Por eso, la sola idea que rondaba su mente se le hacía insoportable llevándolo casi al punto de la histeria. Itadori se había olvidado por completo de sí mismo durante aquellos meses; se había enfocado en el papeleo, en la casa y en Samuru. Le había dado vueltas a lo que Mei Mei le había dicho y había intentado llevar una rutina más o menos decente para que el niño no cayera tampoco en su depresión. Quizás esa había sido la razón por la que por la conmoción, Itadori había olvidado su reciente celo, el último momento que había alcanzado a vivir con Satoru.

Y la idea de estar embarazado en una circunstancia así le aterraba desde todos los puntos de vista.

¿Que si lo deseaba? Claro que sí. En realidad, pese a la charla que habían tenido meses atrás, Satoru e Itadori nunca se habían cuidado en las épocas de celo de éste. No había quedado encinta antes de casualidad y no iba a ser extraño que lo hubiese hecho ahora. Itadori quería un hijo y sabía perfectamente que, pese a que no lo había expresado con la ansiedad que sabía tenía encima con el tema, Satoru también.

Sin embargo, la felicidad plena con la cuestión iba de la mano de un panorama totalmente diferente. Itadori jamás había llegado a pensar, ni en la más terrible de sus pesadillas, que podía llegar el día en el que Satoru no estuviese con él. Se había confiado tanto en sus poderes que esa idea siempre había sido descartada con displicencia considerándola algo imposible por lo que su mente no estaba lista para unir los dos sucesos en uno sólo.

Pese a que no quería saberlo, era muy posible que estuviese esperando un hijo de un hombre que no se hallaba presente...y que no sabía si volvería a ver.

Aquella incertidumbre lo llevaba a los pensamientos más fatalistas; como un círculo vicioso, cada vez que alguno de los síntomas que habían estado atacándolo aquellas últimas semanas aparecía, su mente seguía el mismo hilo de pensamientos y recuerdos entremezclados. Del fastidio pasaba a la emoción, luego a la ansiedad. Posteriormente - y si tenía el tiempo suficiente para taladrar su cabeza - su mente traía a colación fragmentos de recuerdos que no venían al caso, como el momento en el que Satoru le había contado sobre el nacimiento de Samuru o cuando le había dicho, tiempo atrás, que le había sido inevitable percatarse de que Itadori tenía la misma edad que él cuando Samuru había llegado a su vida.

Y bueno, su mente también agregaba el extra de que tenía la misma edad que cuando Suguru había desaparecido. Al igual que Satoru lo había hecho ahora.

Sabía perfectamente que los motivos y las circunstancias eran completamente diferentes, pero aún así no podía dejar de notar las tristes coincidencias.

Claro que iba a querer a ese niño si en efecto estaba embarazado...pero mantenerse en la duda le dejaba un margen de seguridad para que todos aquellos pensamientos dramáticos estuviesen a raya y no fuesen una realidad. Sabía que se estaba comportando de forma tonta y un tanto infantil, pero sencillamente no podía evitarlo.

Itadori se sentía solo. Solo y abrumado por una situación que literalmente se le venía encima, lo que le hizo darse cuenta de cuánto dependía de Satoru en realidad, física y emocionalmente. El Omega sólo se hacía cargo casi de forma exclusiva de la casa y de Samuru, pero el resto de las cosas las había desconocido totalmente. De repente, había tenido que aprender a la fuerza y por obligación algunas cuestiones que hasta ese momento le eran completamente ajenas y eso le había sumado un poco más de estrés a su ya de por sí atribulada mente.

Un golpe suave en la puerta del baño lo alarmó; como pudo se incorporó notando que la descompostura había cedido en su gran mayoría. Aquellos vómitos no solían durar más de 10 minutos pero aún así, tenía ese tipo de precauciones.

— ¿Sí?

Yuuji, ¿estás bien?

La voz adormilada de Samuru le respondió desde el otro lado de la puerta mientras tiraba de la cadena del retrete y se enjuagaba la boca en tiempo récord; carraspeó un par de veces mientras observaba su semblante maltrecho. Estaba despeinado, un poco pálido y con ojeras. Se había levantado corriendo al baño a eso de las seis de la mañana y la última vez que había visto la hora aquella noche habían sido las tres.

Resopló mientras se secaba el rostro, abriendo finalmente la puerta.

— Claro, ¿qué haces despierto? Es súper temprano.

Itadori le dio al niño la mejor sonrisa que pudo, pero ésta pareció no convencer del todo a Samuru. Lo observó aún con el pijama, el cabello revuelto y los ojos entrecerrados por la luz del baño; su ceño se frunció un poco más al ver el rostro de Itadori. Probablemente había visto sus ojeras, maldita sea. Luego de unos instantes de silencio, Samuru se acercó a él y apoyó la frente contra su torso , los brazos alrededor de su cintura. Como no había agregado nada más, Itadori se limitó a peinarlo con los dedos, a acariciar su espalda. El abrazo se intensificó cuando sintió las manos de Itadori sobre él en el silencio del cuarto.

— ¿No puedes dormir?.— preguntó Itadori en un susurro suave. Aquello parecía haberse vuelto una costumbre de los dos.

— Estás más delgado.

El murmullo le llegó fuerte y claro haciéndole fruncir el ceño; Itadori se echó un vistazo rápido a sí mismo. Bueno, quizás Samuru tenía razón; había estado comiendo bastante mal culpa de las náuseas que le provocaban ciertos alimentos y de los atracones desproporcionados que le generaban otros, por lo que tal vez su peso corporal sí había variado algo.

— ¿Te parece?

— Yuuji, ¿por qué no quieres ir al doctor?.— Samuru descubrió su rostro hundido en su abdomen para verlo directamente a los ojos. Itadori vio la profunda preocupación en ellos.— Te prometo que si vas, voy a tratar bien a Nanami.

El comentario le hizo un poco de risa a Itadori, pero al mismo tiempo lo obligó a percatarse de cuán serio era el asunto para Samuru. No es que se estuviesen llevando mal precisamente porque Nanami había evitado bastante ingresar a la casa, pero...inconscientemente, Itadori ya estaba esperando algún encontronazo entre los dos cada vez que el Alfa traspasaba la puerta, Samuru listo para llevarle la contraria en cualquier asunto, hecho que había empeorado drásticamente desde que se había descompuesto en la cocina. Samuru le echaba la culpa a Nanami de su casi desmayo pese a haberle explico decenas de veces que no había sido así, aunque Itadori ya tenía sus propias dudas.

Si podía mejorar un poco aquello…

— Deberías tratarlo mejor vaya al médico o no.

— Yuuji, hablo en serio.

— Yo también.

El niño atenazó aún más la cintura de Itadori mientras apoyaba el mentón contra su pecho. Mientras Itadori lo observaba y podía casi ver los engranajes de su cerebro yendo a mayor velocidad para averiguar cómo podía llevarle la contraria, se percató de que en efecto estaba creciendo. Cuando lo había conocido apenas y le había llegado a la altura del estómago. Ahora, su barbilla estaba apoyada bastante más arriba y sus rostros ya no estaban tan distanciados. ¿Cuánto había crecido, 10 centímetros, más?

Si seguía así, en un par de años iba a pasarlo. Estaba claro desde el vamos que iba a tener la altura del padre si seguía creciendo de aquella manera.

— Has perdido peso, pero no es sólo eso.— cuando Samuru abrió la boca, Itadori supo que iba a perder antes incluso de dar batalla.— No has estado comiendo bien, y sé que estás vomitando seguido. No entiendo por qué te niegas tanto a ir a ver al doctor, es un ratito. Te da un medicamento y ya. Yo te acompaño.

El último comentario lo había agregado de imprevisto y había sonado como el plus que Itadori podía necesitar para animarse a dar el paso. No quería admitirlo, pero se había sentido observado y al mismo tiempo regañado por un mocoso de 12 años. Casi 13.

Itadori acarició sus cabellos mientras Samuru aguardaba expectante alguna respuesta, probablemente con algún otro argumento listo bajo la manga por si Itadori se negaba de entrada. No era la primera vez que tenían aquella conversación, pero si la primera ocasión en la que Itadori se sentía sin fuerzas para discutir.

— No es…—su voz salió rasposa. Aclaró su garganta un par de veces mientras su mente quedaba repentinamente en blanco.— No es tan fácil.

Aquella frase no tenía el más mínimo sentido porque estaba sacada de contexto, sobre todo porque Samuru hablaba de una cuestión seria como era su salud. Itadori se sintió incapaz de agregar algo más porque eso conllevaba tener que explicar pensamientos y situaciones que no quería desenterrar, menos delante del niño por temor a no poder contener la marea de emociones que lo asediaban.

Aún así, Samuru guardó silencio, observándolo. Luego, volvió a enterrar el rostro contra su pecho sin agregar nada más. Un tanto incómodo con la falta de respuesta, Itadori se limitó a abrazarlo en medio de su habitación.

El reloj de pared anunciaban las 6:23 AM.

Inconscientemente, Samuru parecía comprender el cariz de la frase que Itadori había soltado sin ponerlo en situación. No necesitaba los detalles e Itadori agradeció enormemente que no indagara sobre aquello. Para las cosas sencillas, Samuru parecía tener un sinfín de interrogantes en la cabeza listos para ser disparados sin respirar. Para los asuntos más delicados, solía ser más precavido y mencionarlos cuando ya no pudiese soportar la situación. Mientras pensaba aquello, Itadori miraba un punto fijo en la pared, el sonido de las manecillas del reloj sirviéndole de distracción.

— Es temprano, volvamos a la cama.— Samuru tardó en separarse de él. Finalmente lo hizo, suspirando.— Más tarde llamaré a Ieiri para saber si puede atenderme, ¿si?

Samuru frunció el ceño y luego arqueó las cejas, la conexión de ideas realizándose en menos de un segundo. Itadori contuvo el quejido cuando el semblante del niño se aclaró totalmente, la sonrisa aliviándolo.

— ¡Sí!

Mientras Samuru iba a su cuarto e Itadori se sentaba en el borde de la cama, supo que ya no tenía sentido seguir dilatando aquella cuestión por mucho temor que le tuviese a la verdad. De hecho, sabía que iba a ponerse mal con cualquier respuesta, fuese negativa o no.

En ese momento, le hubiese gustado contar con un poco de apoyo. No es que la gente que lo rodeaba en esos momentos no fuese de ayuda ni mucho menos, pero extrañaba contar con Fushiguro aunque no lo reconociese abiertamente. No tenía a ningún Omega cerca que pudiese aconsejarlo y le hubiese agradado y aliviado poder hablar con su ex compañero de colegio para saber si debía preocuparse realmente por aquellos síntomas, él que era conocedor de causa. Incluso, estaba seguro que lo habría obligado a ir con Ieiri semanas atrás, aunque fuese a la fuerza.

Recostándose y cerrando los ojos, se preguntó cómo se encontraría en esos momentos. Como con Satoru, alberga la esperanza latente de que se encontrara a salvo. Sukuna no había dado señales de vida nuevamente, pero Itadori anhelaba realmente que su conducta violenta en el colegio y su desaparición repentina estuviesen fundamentadas en la preocupación y el cuidado del otro; después de todo, Fushiguro ya había estado al borde de sus fuerzas y la teoría más arraigada para su recuperación era, irónicamente, la presencia de Sukuna.

Seguramente todo estaba bajo control...pero carajo, cómo dolía aquello.

Hacía...días, semanas, meses que a Megumi le dolía cada milímetro del cuerpo del estómago para abajo. No es que las extremidades estuviesen de por sí involucradas, pero cada vez que intentaba flexionar las piernas indefectiblemente terminaba forzando el vientre y...el dolor prácticamente lo dejaba sin respiración. Voltear en aquella enorme cama mullida también era una tarea titánica por lo mismo. El abdomen le molestaba en todo momento, pero cuando intentaba cambiar de posición se las veía negras.

Eso si Sukuna no estaba allí para socorrerlo, cosa que ocurría la mayor parte del tiempo.

Una de sus manos se posó sobre su vientre dolorido. Acarició la superficie apenas cubierta por las sábanas aunque sabía que debajo había vendajes en los que él no tenía injerencia, la herida profunda aún sanando.

Aún no se acostumbraba a tocar su abdomen plano. Hacía tanto tiempo que se sentía hinchado que volver a su estado natural le resultaba incluso extraño, desconocido.

Mientras presionaba suavemente, recordó el fatídico momento donde pensó seriamente que iba a morir, hacía ya unos días. De la nada misma, su abdomen abultado se había puesto completamente duro, un dolor lacerante atravesándolo impidiéndole incluso la respiración. Pese a su evidente sufrimiento, Sukuna siempre se había mantenido relativamente tranquilo; Megumi no recordaba muy bien qué rayos había sucedido después, pero sabía que él se había hecho cargo de la situación. De un momento a otro había perdido la conciencia, la voz suave de Sukuna diciéndole al oído que todo iba a estar bien funcionando como el placebo que necesitaba antes de desmayarse.

Cuando había despertado, efectivamente la tormenta había pasado dejándole a él un dolor que si bien era insufrible, no tenía comparación con el que había experimentado antes. El entendimiento le llegó cuando notó los cambios en su cuerpo; el momento de dar a luz había llegado y su cuerpo no había estado a la altura. De no haber sido por Sukuna probablemente habría muerto en el intento...él...bueno, no quería saber realmente cómo lo había hecho y con qué conocimientos, pero había abierto su abdomen y sacado a los niños sin permitir que Megumi muriera en el proceso.

No sabía exactamente cuánto tiempo había pasado, pero felizmente había notado que sus temores habían sido un tanto infundados; Megumi había temido que Sukuna se desentendiera de él en cuanto los niños nacieran, cosa que no había ocurrido. Por el contrario, parecía actuar más suave y medido que antes ayudándolo en todo momento, brindándole una atención que Megumi desconocía había necesitado todo ese tiempo. Incluso había tenido la delicadeza de acondicionar aquella gran cama donde Megumi descansaba y se recuperaba día y noche, las sábanas impregnadas del aroma tóxico y penetrante de aquella bestia salvaje y sanguinaria que ahora parecía un humano común, tranquilo y amoroso.

Abrió los ojos mientras estiraba una mano hacia un costado; sus dedos no tardaron en toparse con el bulto que sabía que allí estaba, a unos centímetros. Mientras su mano inspeccionó y tanteó las prendas suaves y cálidas, el movimiento entre las telas lo relajó, dejando la mano allí sobre el envoltorio vivo sobre la cama.

Sonrió suspirando cuando un leve gorjeo surgió de entre las mantas, luego un lloriqueo suave que le anunciaba lo que se avecinaba. Así que era eso lo que lo había despertado…

Durante aquellas horas lo único que solía servir como alerta para su cerebro era el llanto de sus hijos, a su lado en la amplia cama. Chasqueó la lengua, intentando incorporarse para sentarse al menos entre las almohadas mientras el lloriqueo se acentuaba y se multiplicaba. Un poco ansioso, notó que uno había terminado despertando al otro y ambos exigían atención; aquella conducta ya se había repetido antes y Megumi se resignó a que se volviera una costumbre.

Apoyó el codo en el colchón intentando impulsarse hacia arriba sin mucho éxito; al no poder conseguir la altura deseada, rodó hacia un costado, volteando de frente al revoltijo de mantas que había a su izquierda. Estirando el cuello y ayudándose con la mano, hizo a un lado parte de la manta para observar las dos bolitas rosadas en su interior. Ambos lloriqueaban y daban pequeños manotazos al aire con los puños pequeños cerrados. Con los segundos comenzaron a llorar más intensamente disparando su ansiedad; como Megumi no podía aproximarse ni sostenerlos, quizás debía atraerlos...

Tomó la manta más grande que envolvía a sus hijos y jaló despacio, atrayéndolos poco a poco. Cuando logró acercarlos lo suficiente como para atraerlos con el brazo los aproximó a su torso, olfateando el aire. Los bebés no olían a nada en especial, sólo una mezcla superficial de su propio aroma con el de Sukuna, casi irreconocible por lo suave que era. Aventurándose un poco más, acercó el rostro y tocó con la nariz el rostro sonrojado de uno de los dos niños sin percibir nada en particular.

En ese momento, el lloriqueo cambió sutilmente. Megumi no quería darle demasiadas vueltas a la cuestión, pero a diferencia de Sukuna él podía definir casi con una claridad abrumadora qué era lo que los niños necesitaban dependiendo del tono de su llanto. Aquel sonido específico le indicaba que tenían hambre; no recordaba la última vez que los había alimentado pero hacía ya horas atrás.

Suspirando, descubrió parte de su torso haciendo a un lado la prenda blanca que llevaba puesta. Como en los últimos meses de su embarazo se la había pasado durmiendo, recién apenas cuando logró despertarse gracias a la energía maldita que Sukuna le transmitía se percató de que el vientre no era lo único que le había estado creciendo durante su letargo; con bochorno, notó dos protuberancias sutiles en su pecho, sus pezones un tanto más oscuros y sensibles que antes. No le había dado mayor relevancia porque su embarazo no era de los más convencionales y había oído alguna que otra cosa al respecto, y más por instinto que por pensarlo demasiado, apenas había despertado por primera vez luego del nacimiento de sus hijos los había acercado allí y...todo había sido tan natural que Megumi se sorprendió de lo satisfactorio que se sentía poder alimentar él mismo a sus hijos.

Con un poco de esfuerzo, pudo abrazar a uno de los niños y acercarlo a su pecho. La posición era un tanto incómoda pero logró su objetivo; luego de varios intentos fallidos en los que el bebé olfateó y buscó, logró hallar su pezón rápidamente, el cual desapareció entero dentro de su pequeña boca. La presión fuerte y enérgica no se hizo esperar, el pequeño quejido satisfecho detrás. El sonido suave y sutil de la succión relajó a Megumi mientras ayudaba al niño a no separarse de él, abrazándolo de costado.

Por el rabillo del ojo y con cierta desazón, notó que el otro bebé lloraba exactamente igual. Evaluó sus posibilidades y todas incluían una movilización dolorosa que no sabía si iba a poder lograr, pero tenía que intentarlo, al menos…

De repente, su cuerpo se elevó de la cama junto con el bebé; no tardó demasiado en percatarse de que no había levitado sino que un brazo - o varios - los había levantado del colchón como si pesaran menos que una pluma.

— Oí lloriqueos y vine a controlar.

La voz áspera de Sukuna le llegó por detrás. Megumi ladeó el cuello en su dirección mientras aquel hombre de cuerpo imposible se asentaba en la cama y acomodaba al Omega sobre él sin esfuerzo, acunando al niño que ni se había inmutado en uno de sus enormes brazos. Recibió en su mejilla el calor de la respiración ajena que olfateaba su piel, dejándolo hacer sabiendo que su camino descendería hasta su cuello. Con un ronroneo suave, la lengua caliente y húmeda lamió detrás de su oreja hasta la base de su cuello, los brazos rodeando su cuerpo y presionando suavemente mientras Megumi cerraba los ojos, distendiéndose.

— No te sobreesfuerces. Tu herida aún no sanó del todo.— susurró contra la parte posterior de su oreja casi como si leyera sus pensamientos.— Déjame ayudarte hasta ese momento.

Por supuesto, el tema de tener cuatro brazos era ventajoso en grado sumo, sobre todo si el cuerpo que los poseía tenía una fuerza colosal. Para Sukuna, remover al otro niño de entre las mantas y acomodarlo sobre Megumi no había sido para nada difícil; con una mano, colocó y acopló el cuerpo pequeño sobre el brazo derecho de Megumi, permitiéndole sostener al niño aunque fuese un poco pese a que otro de sus brazos hacía la mayor parte del trabajo. Luego, y antes de que el Omega tuviese siquiera tiempo de estirar la otra mano - ocupada en mantener en su lugar al otro bebé - Sukuna había hecho el trabajo por él, descubriendo completamente su pecho cuando Megumi lo había mantenido discretamente tapado.

— Que no te dé pena, Megumi. Eres perfecto.

Mientras Megumi oía el tono melifluo de su voz sus ojos se enfocaron en los movimientos de aquella mano ascendiendo sobre su torso, las uñas un tanto afiladas rozando su piel. De imprevisto se desvió a su pecho derecho, la yema de uno de sus dedos acariciando el pezón que aún continuaba libre; Megumi gimió percibiendo como una corriente eléctrica recorría su piel cuando el movimiento se repitió varias veces, aquella zona sensible reaccionando a la caricia. Dos de aquellos enormes dedos finalmente presionaron aquel botón un tanto más oscuro que de costumbre y con cierta pena Megumi vio la punta llenarse del líquido blanquecino el cual luego resbaló en forma de gota por su torso.

Ladeó el rostro de nuevo hacia Sukuna buscando sus labios; los brazos fuertes presionaron su cuerpo menudo mientras aquella boca ávida de él se topó con la suya, un gemido por parte de ambos al reconocer la necesidad latente entre ellos. Pronto, Megumi percibió la succión de su otro hijo, más hambrienta que el primero. El Omega no tenía idea de dónde estaban ni cuánto había pasado desde que se había despertado por primera vez; tampoco conocía los detalles de qué sucedía allá fuera, pero dentro de su mente hacía ya días tenía un mal presentimiento, un dejo de preocupación hacia cierta persona que no se despejaba de sus pensamientos.

— ¿Has visto a Itadori?

— ¿Al mocoso? No, por suerte no. ¿Qué?.— Sukuna rió ante la expresión fastidiada de Megumi, su risa retumbando en su pecho y transmitiéndose en el torso de Megumi.

— Te soportó cuatro años. Casi cinco.

— Espera. Yo lo soporté a él, no él a mi.

Megumi no agregó más nada. No tenía ánimos de iniciar una pelea, menos en aquellas circunstancias. Ladeó el rostro hacia sus hijos para cerciorarse que todo estuviese en orden, ignorando completamente la mirada penetrante sobre él.

— ¿Ahora qué?

La pregunta fue ignorada nuevamente, el silencio sólo interrumpido por el sonido suave de las succiones. Megumi relajó el cuerpo y cerró los ojos, su ceño fruncido un tanto fastidiado.

Megumi.— el tono de voz descendió un poco volviéndose más grave, un dejo de peligro filtrándose en él. El aludido se acomodó sobre su amplio torso, suspirando.— Te hice una pregunta.

— ¿Cuál era? Ya la olvidé.

Lo oyó inspirar profundamente y por varios segundos, nada más. Luego, la risa profunda se repitió mientras Sukuna mordía sin fuerza la piel de su cuello mientras Megumi intentaba zafarse, aún más molesto.

— ¿Estás preocupado por él?

— No lo sé...tengo un mal presentimiento. Y me molesta no saber qué es.— el fastidio se filtró en la voz de Megumi porque en realidad lo que le incomodaba era eso, no saber por qué se sentía preocupado en torno a la figura de Itadori.

— ¿Quieres que me cerciore que esté todo bien?

— ¿Puedes hacerlo?

Megumi volteó el rostro hacia Sukuna, su voz más suave y aguda por la ansiedad. Si Sukuna podía salir y evaluar la situación, asegurarse de que todo estuviese bien allá dónde sea que se encontrara Itadori…

Los ojos carmesí lo observaron con suspicacia, sus párpados entrecerrados. Finalmente, Sukuna suspiró, en apariencia derrotado.

Las cosas que estoy haciendo por ti no las hice ni cuando estaba vivo.