Itadori había sabido en el preciso instante en el que le había hecho aquella promesa a Samuru que no iba a volver a pegar un ojo, no sólo porque tenía el estómago un poco revuelto luego de estar vomitando a las seis de la mañana sino también porque se había hundido solo en una cuestión que venía esquivando hacía semanas.

¿Cómo carajo creía que de repente iba a reunir el valor suficiente para llamar a Ieiri y pedirle una cita de imprevisto sin sonar al borde del colapso? Para colmo había tenido que hacerlo en presencia de Samuru, quien sutilmente se había literalmente pegado a él desde que se habían levantado, a eso de las nueve.

Por suerte, había logrado una pequeña victoria; tras explicarle con toda la paciencia del mundo a Samuru que aquel tipo de visitas al doctor era cosa de gente grande, había podido convencerlo de que quedarse con la tía Mei Mei era una opción más potable que aguardar fuera en una sala de espera solo sin que Itadori pudiese vigilarlo - cuando en realidad no quería que el niño lo acompañara por terror a que presenciara un colapso en vivo - y por suerte, luego de explicarle a grandes rasgos la situación, la mujer había accedido riéndose de él.

¿Era aquello una costumbre de los Alfa?

Para su suerte - o su desgracia - todos aquel día parecían disponibles y predispuestos a lograr que sus planes de último momento salieran a la perfección; Ieiri tenía la mañana libre, Mei Mei se había ofrecido a buscar a Samuru y éste no había puesto casi peros ni hecho preguntas escabrosas durante el desayuno. Mei Mei había acordado pasar por Samuru a eso de las diez y Ieiri lo había citado cerca de las once de la mañana por lo que los horarios deberían darle margen para llegar a tiempo…

...en realidad, el tiempo le había sobrado. En el instante en el que Samuru se había marchado luego de abrazarlo en reiteradas oportunidades y confirmarle con seguridad absoluta que todo iba a salir bien - en ese momento, Itadori había tenido que prácticamente subirlo al vehículo de Mei Mei antes de que sufriera el colapso allí mismo producto de la conmoción y los nervios - Itadori se había quedado completamente solo y en silencio dentro de la gran casa que compartía con el niño. Se dedicó a ordenar la ropa, a lavar algunos platos, a revisar que todos los aparatos estuviesen apagados y...eran las 10:20 AM. Le quedaba un margen de 40 minutos cuando sabía que al colegio llegaba en menos de quince.

Por supuesto, esos 25 minutos de tiempo los había utilizado para desesperarse y arrepentirse de la decisión que había tomado para luego volver a reafirmarse que no era una cuestión tan grave y que de una vez por todas tenía que ponerle un fin a su incertidumbre.

Cuando pudo calmarse un poco para no parecer un desquiciado salió de la casa y llegó al colegio incluso más rápido de lo que creía. Su estómago se retrajo cuando vio parte de los edificios destruidos, tal y como si algo gigante y voraz hubiese devorado algunos sectores; Ieiri había mudado su despacho y el laboratorio a otra área un poco más estable ya que su edificación era la que más daños había terminado sufriendo luego del ataque de Sukuna, aún en reparación.

Que se hubiese cambiado de lugar no había logrado que aquel sector no oliese a desinfectante y a medicamentos. Itadori puso un pie allí dentro y se arrepintió, casi devolviendo lo poco que había desayunado; bufando e insultándose mentalmente, se obligó a ingresar del todo sabiendo que allí sólo trabajaba la mujer. El corredor largo, blanco e impoluto tenía un par de asientos, una planta y nada más. No había rastro de ningún ser humano vivo y al final, para no golpear puerta por puerta en busca de Ieiri, decidió guiarse por el tenue y casi imperceptible aroma que desprendía la mujer y que surgía de la última puerta.

— ¿Ieiri-san?

Itadori había golpeado la puerta suavemente y abierto sólo un poco; la mujer estaba sentada de espaldas a él, la bata blanca colocada. Parecía acomodar unos papeles y unos pequeños probines cuando el Omega la había llamado; volteó a verlo y pese a la ansiedad, a Itadori le agradó ver su rostro confundido, sus ojeras más pronunciadas que nunca. Parpadeó un par de veces hasta que lo reconoció, sonriéndole.

— Itadori-kun, no pensé que vendrías.

— ¿Por qué?

— Sonabas muy nervioso y casi parecías obligado a llamarme.— Itadori ingresó al pequeño cuarto que parecía un consultorio improvisado y cerró la puerta, apoyando la espalda en ella. Sonrió un poco apenado de que la mujer hubiese notado aquello.

— Es un poco de las dos cosas.

— Siéntate.

Y ahí venía la tarea más difícil de todas.

Ieiri señaló un asiento libre cerca suyo mientras volteaba en el suyo dejando de lado lo que estaba haciendo, toda su atención centrada en él. En ese momento, Itadori comprendió realmente por qué había ido y los nervios le entumecieron las piernas y le cerraron la garganta; mientras intentaba caminar como una persona normal, tragó saliva varias veces intentando deshacer el nudo que le impedía respirar.

— Itadori-kun, ¿estás bien? Pareces un poco...enfermo.

— S-Sí, sólo estoy un poco nervioso.— Ieiri frunció el ceño y en su rostro apareció algo parecido a la pena.

— Bueno…¿está todo bien con el niño?

— ¿Eh? Sí, claro. En realidad, él se está adaptando bastante bien...soy yo el del problema.

— Los niños son más plásticos que nosotros. A la gente grande le cuesta soltar más que a un niño.

— Tienes razón, aunque no tengo que soltar nada.

— ¿Seguro?

La pregunta había sido demasiado frontal y por razones que Itadori no comprendió en ese momento, se sintió atacado. Quizás algo en su rostro había alertado a Ieiri en ese instante, sus cejas arqueadas y sus manos frente a ella en posición defensiva.

— No me malinterpretes, no estoy hablando de Satoru como si estuviese muerto. Pero bueno, la vida sigue y tú eres la prueba de ello.

— ¿A qué te refieres?

— Tengo una idea de por qué has venido.

Increíblemente, Itadori no experimentó ansiedad en ese momento sino más bien alivio. Ieiri se acercó arrastrando con los tacones la silla giratoria y tomó su mano, presionándola suavemente. Ambos se sonrieron e Itadori exhaló el aire que había estado reteniendo.

— ¿Qué síntomas tienes?

— Bueno...principalmente, vómitos. A la mañana, el resto del día estoy bien si no huelo algo que me desagrade.

— ¿Son aromas que ya conocías?

— La mayoría, sí.— dudó en decirlo, pero continuó.— El aroma de Nanami, por ejemplo.

Ieiri se había incorporado rebuscando entre los papeles; al oír aquello, una risa ahogada surgió de la mujer, dándose vuelta y encarándolo. Lo miró por un lapso corto y comenzó a reír pese a la mirada confusa y un poco fastidiada de Itadori.

— ¿Qué hay de malo?

— Oh, nada. Todo lo contrario. Satoru estaría orgulloso de tu olfato.

— Pero…

— ¿Algo más?

— Tengo insomnio y...creo que eso es todo.

— Has perdido peso. Ven.— la mujer lo guió hasta una pequeña balanza y lo pesó. Luego suspiró, metiendo las manos en sus bolsillos.— Has perdido casi cuatro kilos desde que te vi por última vez. Tendrías que estar ganando, no perdiendo.

— No estoy comiendo muy bien que digamos.

— Mmh...bueno, vamos a hacer esto. Te sacaré una muestra de sangre y veré si algo no anda bien, ¿si?

— Sí...ah...Ieiri-san…

— Sí, no te preocupes. Eso también.

Y ahí comenzó el calvario de la espera. Como Ieiri se encontraba bastante desocupada en su área luego de que las cosas se calmaron, le había informado que aguardara los resultados, que no iba a demorar más de una hora. Como la ansiedad se le había disparado por las nubes, Itadori había salido de allí proyectado como una bala de cañón ni bien la mujer hizo su trabajo. Se dedicó a pasear por los terrenos del colegio intentando mantener la mente en blanco mientras los edificios y otros destrozos le recordaban lo que había sucedido por allí. Su mente se enfocó en Fushiguro por un momento; como el resto no conocía en realidad el trasfondo de su embarazo, tampoco habían podido atar cabos sobre el secuestro repentino y en apariencia sin sentido de Sukuna. Sólo Satoru, Ieiri y él conocían la verdad tras aquel incidente en particular y eran probablemente los más preocupados al respecto.

Itadori tenía sus dudas pero conservaba la esperanza de que Sukuna, por una vez, se comportara decentemente. La maldición nunca había compartido ningún recuerdo de Fushiguro con él e Itadori creía que no los necesitaba visto y considerando cómo habían terminado las cosas; aún así, la ansiedad por obtener un cuerpo propio por parte de Sukuna había aumentado exponencialmente con el tiempo y coincidentemente con los encuentros cada vez más frecuentes con Fushiguro, por lo que Itadori quería creer que aquello no tenía una finalidad maligna sino que por el contrario, aquella bestia sí tenía sentimientos por ahí y por eso quería recuperar con tanta desesperación su anterior forma física.

Aunque por otro lado, Itadori tenía que admitir que se sentía levemente decepcionado por el silencio de Sukuna. No había esperado que una vez ambos se separaran se convirtieran en los mejores amigos porque Itadori era ingenuo, pero no estúpido. Habían convivido a la fuerza durante más de cuatro años y el que peor parado había salido de aquello había sido él. No aguardaba una relación de lo más sana, pero se sorprendió ante la ausencia total de aquel sujeto luego de su despertar. Hubiese pensado que, como mínimo, iba a intentar molestarlo de alguna manera, pero no había sido el caso. Fushiguro parecía ser ahora su prioridad absoluta...qué suerte tenía su ex compañero

Al cabo de cuarenta minutos de deambular sin rumbo fijo y de dar la vuelta tres veces a los edificios principales, Itadori juntó coraje y volvió hacia el ala donde se encontraba Ieiri. Por suerte no se había cruzado con nadie en el camino y no había tenido que contestar con mentiras a cualquier pregunta capciosa...ahora que lo pensaba, si Suguru no hubiese exterminado a los viejos que dirigían todo aquel mundillo, Itadori no podría siquiera pensar en salir de la casa sin ningún tipo de protección...ni siquiera podría estar en esa casa ni ver a Samuru.

Bueno...no, no iba a estar agradecido con ese sujeto. Él era el principal responsable de que su vida se hubiese dado vueltas patas para arriba.

— Ah, Itadori-kun, pasa.

Como si del matadero se tratase, Itadori había recorrido aquel pasillo a paso lento cuando Ieiri se había asomado por la puerta al oír sus pasos; suspiró intentando controlarse mientras tomaba asiento, presionando la tela de sus pantalones con ambas manos.

— Dilo de una vez, Ieiri-san.

— ¿Eh? Ah, está todo bien. No tienes ningún problema, al menos no en los análisis generales.

— Ah, bueno...yo...Ieiri-san…

— Estás muy saludable, Itadori-kun. No hay de que preocuparse. ¿Qué sucede?

Itadori cubrió su rostro con ambas manos espantado con la idea de que la mujer hubiese malinterpretado su visita. Le parecía que con sus palabras y los síntomas que le había relatado, tendría que haberse dado una idea de cuál era su duda…

— Ieiri-san...dime que...que has hecho la otra prueba.— la mujer parpadeó varias veces, frunciendo el ceño. Repentinamente arqueó las cejas en una expresión consternada.

— Itadori-kun, no me digas que has venido aquí sin hacerte ningún test antes.

Vine aquí sin hacerme ningún test antes.

— Ah. Oh.

Ieiri se incorporó de su asiento frente a él y se acercó a una de las mesadas de aquel reducido espacio. Revolvió entre algunos papeles ante la atenta mirada de Itadori hasta que finalmente pareció encontrar lo que buscaba. Se aproximó nuevamente, tomó asiento y extendió el papel en su dirección.

Itadori lo tomó entre sus manos como si se tratase de una bomba, sus ojos deslizándose por la hoja blanca a través de sus datos personales.

Un nombre extraño seguido de un número todavía más extraño se encontraban casi en la mitad del papel.

— ¿Qué es eso?

— Ah, esa es la hormona que normalmente se eleva en el primer trimestre del embarazo.— un jadeo quedó atascado en la garganta de Itadori cuando sus ojos repasaron con más ansiedad aquel nombre indescifrable.— En tu caso, está elevada el triple del valor normal...ah...felicidades.

La seguridad en la explicación que estaba dando Ieiri perdió vigor a medida que la frase terminaba, los ojos de Itadori aún clavados en el resultado de laboratorio. Oyó lejana la felicitación de la mujer pero fue incapaz de contestarle, la confirmación de sus sospechas frente a su rostro.

— ¿Itadori-kun…?¿Estás bien? Estás un poquito pálido.

Oyó las rueditas del asiento de Ieiri acercándose aún más, sus rodillas chocando con las suyas. De repente, tuvo el rostro de la mujer casi por delante de la hoja interponiéndose en su visión.

— Ah, sí. Sí, estoy bien.

— ¿No...no esperabas el resultado, acaso?.— percibió temor e incomodidad en la voz de la mujer, casi como si tuviese miedo de haber metido la pata.

— Sí...yo...sí, lo esperaba.

Y las pocas fuerzas que Itadori había tenido hasta ese momento lo abandonaron completamente. Su visión se tornó borrosa, su mentón temblando exageradamente cuando soltó la hoja y sus manos cubrieron su rostro, el llanto incontrolable atacándolo de la peor manera. Mientras sentía los brazos de la mujer rodeándolo, las emociones se entremezclaban entre sí con una violencia que Itadori no podía manejar. Felicidad, angustia, ansiedad, satisfacción, terror...Itadori lo sabía, siempre lo había sabido. Su mente y su intuición no habían fallado.

Estaba absolutamente feliz de saber que iba a tener un hijo de la persona que amaba...pero completamente desdichado por saber que no estaba allí para enterarse y ser feliz con él. Ni siquiera sabía si alguna vez volvería a verlo.

— ¡Itadori! Pon la cabeza entre las piernas, eso. Agáchate.

No supo en qué momento el suelo se convirtió en el techo y éste en el piso. Si no hubiese sido por el grito de alerta de Ieiri, Itadori habría terminado de bruces contra el suelo, todo el mobiliario distorsionándose a su alrededor. ¿Iba a desmayarse?¿Tan patético era?

— ¿Desayunaste?

— No, casi nada. Tenía...tenía el estómago cerrado.

— Espera, te traeré...no sé, lo que encuentre. No, no te levantes.

Aunque lo hubiese deseado, tampoco hubiese podido. Itadori se sentía inestable, física y emocionalmente. Esa mañana apenas y había probado el café que había hecho preparando el desayuno más para Samuru que para sí mismo. Nunca pensó que no comer nada le jugaría en contra de aquella manera...debió haber tenido en cuenta que iba a ponerse más nervioso en cuanto llegara allí…

Ieiri salió por la puerta luego de cerciorarse de que Itadori no iba a caerse de la silla. El Omega le hizo señas con la mano de que no se preocupara, firmemente apoyado en la mesada detrás suyo. Cuando la mujer cerró la puerta tras de sí Itadori bufó, cerrando los ojos, las cosas aún moviéndose un poco a su alrededor.

Hey, mocoso.

Del susto casi se había caído de la silla.

Itadori jadeó intentando descifrar si la voz de Sukuna había sido un delirio creado por su mente atormentada o algo real. La risa maligna que siguió a sus palabras no sólo le confirmó lo segundo, sino también el origen de la voz. Con espanto, golpeó su rostro al percatarse de que se había manifestado como lo hacía antaño.

La cachetada sólo le había dolido a él, porque la boca de Sukuna había reaparecido en la palma de su mano.

— Hijo de puta.

— Oye, ¿el embarazo te puso más agresivo?.— Itadori jadeó y Sukuna volvió a reírse de él.— Olvídalo, no oí una mierda pero lo siento en tu interior.

— ¿Se puede saber qué haces en mi interior de nuevo?

— Bueno….en tu interior, interior, no estoy.— al oír el tono sugerente que había usado, Itadori no pudo sino sonrojarse inconscientemente recordando traumas pasados.— ¿El hechicero no te dijo que algo de la unión que manteníamos iba a subsistir? Déjalo ahí, no respondas. Seguro te has olvidado o ni lo entendiste.

Ese fue el momento de Itadori para reírse. Creía recordar que Satoru le había mencionado algo, pero...bueno, no lo recordaba. No quería admitirlo, pero algo en él había extrañado a ese maldito.

— Bueno, así es como me estoy comunicando contigo.

— ¿Dónde estás?¿Dónde está Fushiguro, qué le has hecho, cómo está su embarazo…?

Aguanta ahí. Ve al baño.

— ¿Qué?

— Alguien se acerca. Rápido.

Itadori colapsó en cuestión de segundos. Sus ojos se desviaron hacia las paredes, incluido el techo. Tardó un poco más en recordar que la única puerta allí dentro era la que había utilizado para entrar...y si Ieiri se estaba acercando…

No lo pensó demasiado; cerrando su mano en un puño y más repuesto de lo que él mismo pensaba, se incorporó del asiento y abrió la puerta rápidamente, saliendo al corredor. Como Sukuna le había anticipado, Ieiri venía a mitad de camino con una pequeña bandeja en las manos; al verlo se sorprendió e Itadori tuvo que improvisar velozmente.

— Ieiri-san, ¿dónde está el baño? No me siento bien.

— Ah...oh...allí.

La mujer señaló una puerta mientras ponía cara de preocupación. Itadori prácticamente corrió hacia ella notando que era un baño público al entrar. Seguramente había estado todavía más pálido desde que se había marchado producto de la conmoción. Puso el seguro a la puerta principal, suspirando mientras se volvía a marear.

Eso fue rápido. ¿Desde cuándo sabes mentir así?

— Ya estaba descompuesto, no tuve que mentir.

Itadori se aproximó al espejo notando que, en efecto, estaba pálido y ojeroso. Con la mano libre que no estaba usurpando Sukuna, activó el grifo y mojó un poco su rostro, su cabello. Al cabo de un pequeño período de tiempo se sintió mejor; abrió una de las puertas de los individuales y se sentó en el retrete, bufando.

— ¿Y bien?

— ¿Y bien, qué?

— ¿Piensas responder algo de lo que te pregunté?

— No.— Itadori volvió a jadear, consternado.— Bueno, Megumi está preocupado por ti, no sé por qué. Por eso estoy aquí.

¿Megumi…?¡¿Fushiguro?! ¿Cómo está?.— Itadori había gritado dentro del baño y había hecho eco. Chasqueó la lengua, arrepentido.

— Se encuentra bien.— se hizo el silencio mientras Itadori aguardaba a que Sukuna continuara. Luego de que la tensión se volviese insoportable, Sukuna agregó.— Los críos también. Basta. Tú cómo estás.

— Ah…

El Omega sonrió pese a que supuso que Sukuna no podía verlo. Sin concebirlo, parte de la tensión que había estado acumulando se disipó repentinamente; no sabía por qué se sentía inclinado a creerle a aquella bestia pese a todas las malas pasadas que le había jugado. Si Fushiguro se encontraba bien…

— Espera, ¿dónde los tienes?.— Sukuna resopló, molesto.

— Tienes algún tipo de retraso, ¿no? Siempre todo tarde.

— Cállate.

— Están conmigo. Lejos de todos ustedes, tan lejos que ni siquiera se te ocurra intentar ubicarnos. Y no, no te hagas ideas estúpidas. Eventualmente Megumi querrá verlos y yo no voy a impedirlo, no lo tengo secuestrado.

Itadori entrecerró los ojos, suspicaz. La voz de Sukuna era la misma de siempre. Grave, rasposa y arrogante. Aún así, Itadori la notó más...suave. No sabía cómo definirlo, pero lo notaba más predispuesto a la charla que antes.

— Pídele a Fu...a Megumi que me envíe alguna fotografía. Debe tener su celular, prácticamente te llevaste hasta la cama donde dormía.

— ¿Puede hacer eso?

— Qué cosa.

— Eso que dijiste recién.— Itadori tuvo que recalcular qué había dicho.

— ¿Sacarles una fotografía y envíarmela? Las dos cosas, si tiene el aparato.

— Y eso...no les absorbería el alma o algo así, ¿verdad?

— ¡Ay no! ¡Eso es creencia de viejas!

No pudo evitar reírse ante el escepticismo de Sukuna. Por momentos y pese a que había convivido con él durante tanto tiempo, se olvidaba de que Sukuna no pertenecía a aquella época y había cuestiones que se le escapaban totalmente. Sabía lo que era un celular y sus funciones básicas, pero aquello parecía haber sido demasiado.

— Le diré. Te hago responsable directo si algo sucede.

— Claro, claro.

— No has respondido mi pregunta.

— ¿Cuál era?.— un silbido por parte de Sukuna le hizo saber que estaba empezando a perder la paciencia.

Esto es contagioso o qué mierda.— farfulló más para sí mismo que para Itadori.— Que cómo carajo estás. Megumi está preocupado por ti.

— Estoy...bien. Bien para la mierda.

— Somos dos. Pero, ¿no están contentos el hechicero y tú con tu preñez? Pensé que eso querían.

Las palabras de Sukuna cayeron como un balde de agua fría recorriendo la espalda de Itadori. Tardó varios segundos en contestar, impactado y confuso.

— ¿Mocoso?

— ¿No...no sabes lo de Satoru?.— Sukuna guardó silencio repentinamente.

— Qué pasó. No sé nada.

¿Iba a tener que...explicar aquello otra vez, y sin llorar? Inspiró aire profundamente mientras Sukuna parecía aguardar una respuesta al borde de la impaciencia. Claro, Sukuna no tendría porqué haber sabido nada si su objetivo real había sido en todo momento buscar a Fushiguro. Estaba claro que se había perdido la otra parte de la cuestión…

De repente, Itadori jadeó sorprendido por la conexión neuronal que acababa de sufrir. Sukuna era un hechicero milenario...maldito, pero milenario. Si había algo que podía saber acerca de semejante tipo de hechicería, tenía que ser él.

¿Itadori-kun?¿Estás bien?

— Ah, ¡sí!¡Ya salgo!

— Mocoso, contéstame.

— Te lo diré rápido, ¿bien? En una de esas...quizás puedas ayudarme.

— Veremos. Habla.

Bien...¿Sukuna servirá para algo en esta ocasión? xD

Muchas gracias por todos sus comentarios y los ánimos que me dan, realmente los estoy necesitando porque se me ha ido la inspiración para escribir x,D...Con este fanfic no se preocupen, ya está escrito por completo...pero si ven que no actualizo los demás, es justamente por eso.

Nos leemos!