— Detente, mocoso. A ver si entendí, ¿me estás diciendo que al idiota de tu hechicero lo sellaron así de fácil?
— Por lo que entendí, no fue "así de fácil".
— ¿Qué hechizo u objeto utilizaron? Ya sé, no lo recuerdas.
— ¡Espera, lo tengo anotado!
— Por favor….
Itadori había contenido el tono elevado de su voz porque sabía que Ieiri aún seguía apoltronada detrás de la puerta del baño. Hacía un par de minutos le había vuelto a aclarar que se encontraba bien y que ya iba a salir, Ieiri y Sukuna igual de impacientes hostigándolo. Increíblemente, Itadori había logrado comentarle a Sukuna lo que había sucedido hacía casi dos meses sin colapsar en el proceso, hecho que consideraba un logro a esas alturas. Rebuscando en las notas de su teléfono celular, encontró las palabras extrañas que había tenido a bien anotar los primeros días tras el incidentes porque sabía que pasado un tiempo se iba a olvidar y, efectivamente, eso había sucedido en cuanto Sukuna le había cuestionado aquello.
Finalmente, reconoció la palabra en cuestión, leyéndola varias veces en su mente antes de decirle en voz alta.
— Gokumonkyo.
— ¿...estás seguro?
— Sí, estoy seguro.
La voz de Sukuna había sonado un tanto insegura, no porque hubiese oído mal sino porque evidentemente había reconocido el nombre, alterando un poco a Itadori. Aguardó a que agregara algo más, pero no sucedió.
— ¿Qué es?
— Es un objeto maldito más viejo que yo. Sí, lo que estás oyendo. Lo reconozco porque sé que en algún momento intentaron sellarme con eso, pero logré asesinar antes al hechicero.
— Veo que le tienes respeto a la cosa esa.
— Yo no diría respeto, usaría la palabra temor.— Itadori se ponía cada vez más nervioso conforme Sukuna lo hacía, alterándose ambos en el proceso.— Esa cosa como tú la llamas tiene la capacidad de anular todo tipo de energía maldita y para colmo, se alimenta de ella. ¿Cuánto hace que Gojo está ahí dentro?
Era la primera vez que Sukuna nombraba a Satoru por su nombre, sorprendiendo a Itadori momentáneamente. Ante su pregunta, volvió a desbloquear la pantalla del teléfono y fue al calendario, sacando bien la cuenta de las semanas que habían pasado desde entonces.
— Siete semanas y cuatro días.
— Y dices que es el más fuerte.
— Claro.
— Bueno...eso debería darnos algo de ventaja antes de que se muera.
— ¡¿Cómo antes de que se muera?! Sukuna, maldita sea, ¿de qué estás hablando?
— Te lo acabo de decir. El Gokumonkyo absorbe energía maldita para continuar con el sello, es un círculo vicioso. Como el hechicero que está dentro no puede salir ni tampoco recuperarse apropiadamente, termina perdiendo más energía que la que gana y eso a la larga lo destruye.
— Dime que sabes cómo romper ese objeto. Por favor.
— No. Nadie conoce método alguno para destruirlo.
Bueno, el logro de no haber colapsado antes se había ido a la mierda ahora. Itadori apoyó ambos codos en sus muslos cuando sintió que le faltaba el aire y el cubículo del baño comenzaba a dar vueltas otra vez. Su pesadilla mayor estaba haciéndose realidad; si Sukuna, que tenía un gran poder y mil años de experiencia desconocía el método para sacar a Satoru de allí dentro…¿quién más podría hacerlo…?
El vehículo frenó de repente, asustando a Itadori. Cuando su mirada se enfocó hacia delante vio el semáforo en rojo, varias personas cruzando por la senda peatonal delante suyo. Parpadeó varias veces, sorprendido y avergonzado por haberse perdido de aquella manera en sus pensamientos; por el rabillo del ojo y sin querer ladear el cuello para no llamar la atención del conductor, procuró estudiar la postura corporal de Nanami, al volante. Finalmente aquello no fue suficiente y efectivamente tuvo que voltear para mirarlo directamente. Como siempre, su lenguaje corporal era inquebrantable e inmutable. Se hallaba sentado con la espalda derecha, rígido en su asiento, la mirada hacia delante y las manos sobre el volante.
Sin embargo, no se le pasó por alto que sus nudillos estaban un tanto pálidos por la fuerza con la que sostenía el volante pese a que en su rostro no había el más mínimo rastro de molestia.
Hacía poco más de quince minutos Nanami había ido por él al colegio ante la amenaza de un nuevo desmayo luego de que Ieiri le hubiese advertido varias veces que tenía que alimentarse bien, tomar unas píldoras que le había dado y no sabía qué más, la mente de Itadori aún en el cubículo del baño rememorando la conversación con Sukuna que había terminado abruptamente por parte de éste entre promesas y amenazas...y como sinceramente estaba en otro mundo, no le había importado no discutirle a Ieiri cuando con cierta inseguridad le había propuesto llamar a Nanami para que lo pasara a buscar, si es que podía.
Al oír esas palabras, la frase "como si no pudiera" cruzó por la mente de Itadori tan veloz y con tanta seguridad que se sorprendió a sí mismo de lo despreciable que podía ser él también, sobre todo con aquel hombre que no le había hecho mal alguno. Estaba pensando en forma egoísta y probablemente empujado a esos pensamientos por la situación actual y todos los berrinches que le había hecho Samuru a lo largo de aquellos días.
Pero bueno, efectivamente, Nanami sí podía pasar a buscarlo. Al leer su confirmación en la pantalla del celular se arrepintió de no haber llamado un taxi, pero ya era demasiado tarde. Por suerte, el aroma de Nanami ya no lo afectaba tanto como antes, pero visto y considerando la noticia del embarazo, el regreso de Sukuna, lo que habían conversado y todo lo que tenía para hacer y pensar iba a explotar dentro de ese vehículo si aquel Alfa no apuraba el paso hasta su casa. ¿Por qué era tan malditamente interesado en esos momentos cuando nunca lo había sido?
— Ah...Nanamin…
— Dime.
— ¿Estás molesto por algo?
No había mayor prueba que el silencio que le siguió a su pregunta, llevando a la mente de Itadori por nuevos derroteros y abriendo una nueva temporada de la ansiedad otra vez. ¿Por qué estaba molesto con él? El Omega comenzó a romperse la cabeza en cuanto el vehículo comenzó a marchar otra vez, doblando por la esquina. ¿Acaso le fastidiaba que le hubiese hecho ir al colegio, o era tal vez su mutismo repentino lo que lo traía incómodo? No, eso no podía ser, Nanami era peor que él en ese aspecto.
Entonces…
— Itadori-kun.— su tono endurecido acobardó a Itadori en mitad de sus elucubraciones.
— Sí.
— ¿Sabías que estabas embarazado? Antes de venir aquí hoy, digo.
El tema que había sacado Nanami a relucir no sólo había llamado la atención a Itadori porque no se lo esperaba, sino que lo había alterado de forma exagerada. Por alguna razón que no supo definir, su corazón comenzó a latir más fuerte, más velozmente; imperceptiblemente su cuerpo también se había movilizado en forma sutil, alejándose de la posición de Nanami y acercándose a la puerta del coche como si estuviese dispuesto a lanzarse del vehículo en pleno movimiento con mil coches más alrededor listos para arrollarlo. ¿Pero qué carajos…?
— No, no lo sabía.— Nanami no agregó nada más, pero Itadori notó que la tensión de la cabina del vehículo se despejaba bastante, haciéndolo suspirar un poco más aliviado.
— ¿Por eso estás tan callado?
Su tono de voz volvió a cambiar, alterando nuevamente a Itadori quien se percató de que nada le estaba cayendo bien en aquel momento. Estaba percibiendo todo como una posible amenaza y no sabía si era él, si era Nanami o si era la situación en sí lo que lo tenía en aquel estado de alerta permanente. Ahora, su voz parecía sedosa, suave, un dejo de preocupación surgiendo y envolviendo sus palabras dichas casi en un murmullo grave, con delicadeza. Bueno, Itadori no estaba callado precisamente por eso porque aún no había tenido tiempo de asimilar bien del todo la noticia culpa de Sukuna, pero ya había tenido al menos dos descomposturas en la mañana provocadas por el embarazo, no quería una más que incluyera vomitar lo poco que había comido de lo que le había ofrecido Ieiri más temprano en el carro costoso y limpio de Nanami.
Aún así, Itadori separó los labios y mientras hablaba, recordó las palabras de Sukuna. Se le estaba dando demasiado fácil el mentir últimamente, al menos con cosas pequeñas y del momento sin delatarse a sí mismo.
— Sí, yo...no me lo esperaba. Quiero decir...podía suceder, pero…
Itadori comenzó a ponerse nervioso él mismo mientras se hundía en detalles que no venían al caso. Fijó su mirada al frente intentando distraerse, pero fue imposible; recordó que mientras él seguía pensando y dándole vueltas a todas las cosas que le había dicho el otro estúpido en el baño, Ieiri había hablado rápidamente con Nanami en el corredor mientras Itadori se alistaba para partir. Probablemente ella le había dicho lo del embarazo porque Itadori no recordaba habérselo mencionado ni a la salida ni en lo poco que iban de viaje en el auto.
De repente y para empeorar la situación, Itadori percibió el calor de la mano ajena sobre la suya, sobresaltándolo. Su rostro se enfocó en su falda, sus manos apoyadas allí, la mano grande y firme de Nanami sobre la suya. Los dedos presionaron su mano suavemente sin que Itadori tuviese reacción alguna, demasiado confundido y sorprendido para saber qué hacer. Nanami no tenía malas intenciones, probablemente estaba preocupado por la noticia y su evidente nerviosismo al respecto...seguro pensaba que iba a ser demasiado para él considerando las circunstancias...al sentir otro apretón suave, Itadori volteó la mano y tomó la de Nanami presionando suavemente en señal de reconocimiento y agradecimiento. Aún así, si bien el silencio que siguió no debía de ser incómodo, fue extraño. No se sentía natural e Itadori tenía la ligera impresión de que algo se le estaba escapando.
— ¿Tienes pensado qué harás?
— ¿Cómo?.— Nanami soltó su mano y la colocó sobre el volante mientras daba un giro un poco más complicado eludiendo el tránsito, su tono de voz aún contenedor.
— Hacerte cargo tú solo de dos niños, siendo tan joven...no digo que seas incapaz, pero no es tarea fácil.
— Ah...bueno, en realidad no lo había pensado así. Samuru es bastante autosuficiente y...bueno, acabo de enterarme del embarazo. No pensé en estar solo con los niños tanto tiempo.
— ¿No?
— No.
Luego de la conversación deprimente que había tenido con Sukuna, Itadori había entendido que de una vez por todas y ahora con pistas un poco más claras debía dejar atrás la pasividad con la que se había estado manejando aquellas semanas. El tiempo apremiaba más que nunca ahora que conocía el mecanismo de acción del Gokumonkyo; pese al mal trago, Itadori agradecía infinitamente que Fushiguro lo recordara y hubiese obligado a Sukuna a interceder por él, porque de otra manera Itadori no creía posible que Sukuna hubiese accedido a aquello. Con los conocimientos vastos de aquella bestia y si lograba que cooperara con él...no iba a tener que esperar tanto tiempo para que Satoru pudiese liberarse de aquel confinamiento.
Y es que tampoco podía esperar, si aquella cosa succionaba su energía maldita. Confiaba en Satoru y sus poderes, pero ahora Itadori tenía que lidiar con la nueva incertidumbre de no saber si el tiempo se le estaba agotando más rápido de lo que él creía…
— No sé qué planes tienes en mente, pero estoy para ti. Para lo que sea.— la voz de Nanami lo distrajo, sus palabras haciéndole sonreír.
— Lo tengo muy en cuenta. Gracias, de verdad, Nanamin.
Itadori rodó los ojos cuando Nanami hizo el último giro antes de llegar a la casa. El auto de Mei Mei estaba estacionado unos metros más adelante, las luces encendidas. No podía ver en su interior porque los vidrios polarizados eran bastante oscuros, pero supuso que por un poco de decoro ambos, Mei Mei y Samuru estaban aguardando en el vehículo.
O tal vez no, ninguno de los dos tenía vergüenza.
Repentinamente, la situación se tornó incómoda. Nanami estacionó el carro casi adosado al de Mei Mei sin apagar el motor, la tensión en el aire. Itadori estaba ansioso y aquello no estaba previsto; hacía casi media hora atrás, Samuru le había preguntado si ya podía volver a la casa porque Mei Mei estaba insoportable y quería saber cómo se encontraba él. En un primer momento había sopesado la posibilidad de negarse y descansar un poco a ver si podía acomodar alguna idea, pero luego la culpa lo asaltó y por qué no, la expectativa de contarle las buenas nuevas al niño.
Más rápido que los bomberos, Mei Mei parecía haberse subido al carro y volado hacia su casa.
Sin embargo, lo que Itadori quería hacer apenas llegara a la casa antes de sentarse a descansar un poco la cabeza requería de absoluta discreción, no podía permitir que Mei Mei o Nanami ingresaran con ellos.
Con un dejo de culpa suspiró y estiró la mano hacia Nanami posándola en su brazo, apenas presionando. Su mano se deslizó sobre el traje cuando Nanami soltó el volante, volteándose hacia él.
— Nanamin...me gustaría estar a solas con Samuru ahora.
Había hablado en el tono más delicado que le había salido considerando que su cerebro ya estaba dentro de la casa, su mente repasando todos los lugares dentro de su habitación donde podría haber escondido lo que debía buscar apenas ingresara. Nanami parpadeó un par de veces e Itadori por un momento pensó que le había contagiado su enajenación mental, el mayor incapaz de responder.
— ¿Nanamin?¿Estás bien?
— Yo...ah...sí, estoy bien. Itadori-kun, no es...no sabía que podías utilizar la voz. Igualmente no es necesario que la utilices conmigo. Entiendo perfectamente.
— ¿La voz?¿De qué hablas?
Itadori se perdió en medio de la conversación sin comprender a qué se refería Nanami. Había utilizado su voz, la única que tenía. Nanami sacudió la cabeza y pareció recomponerse sonriéndole sutilmente.
— Suerte con eso.
— Gracias.— Itadori le sonrió genuinamente, aliviado por no tener que empezar a meter otras excusas pero un poco confundido con lo que acababa de pasar.— Te llamaré más tarde, ¿si? Gracias por lo de hoy.
— No hay de qué. Espero tu llamado.
Con una última sonrisa, Itadori descendió del auto, resoplando. Estaba claro que la señal de ataque era cuando la puerta del vehículo se abriera; tanto Mei Mei como Samuru descendieron del auto y al menos Itadori se distendió al saber que no habían entrado a la casa, una persona menos que sacar.
— Recién llegamos también.— dijo Mei Mei acercándose mientras Samuru se aferraba a Itadori y lo observaba como si le hubiese salido un tercer ojo.
— ¿Por qué viniste con él?.—preguntó el niño haciendo que los dos adultos rodaran los ojos.
— Nanami amablemente me trajo del colegio. Yo lo llamé.— aclaró Itadori antes de que Samuru comenzara a replicar. Al oírlo, Samuru cerró la boca y bufó, fastidiado pero sin soltar a Itadori.
— Hueles mal.
— Samuru, basta. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Controla tu temperamento con Nanami.
— Sí, sí.
En ese momento, Mei Mei se aproximó a Samuru agachándose a su altura. Itadori percibió el peligro en su presencia y probablemente Samuru también, pero no alcanzó a escapar de su mano. Mei Mei había apoyado su mano izquierda sobre el hombro de Samuru e Itadori notó como sus dedos presionaban sobre la camiseta. En forma casi instantánea, Samuru torció el gesto tranquilo en uno de molestia, luego de dolor. Itadori quiso intervenir pero Mei Mei fue más rápida.
— Ahora, vas a entrar a la casa. Vas a dejarnos solos porque los adultos tenemos que hablar y los mocosos como tú tienen que ir a jugar. ¿Estamos claros?
— ...Sí.
— Mei Mei…
— Ahora, ve.
Samuru tenía un juego de llaves en su poder; miró alternativamente a Itadori y a Mei Mei cuando ésta lo soltó, pero Itadori no agregó más nada. En ese momento entendió que aquella era la dinámica que manejaba la mujer y pese a que la violencia no era algo que él aprobara abiertamente, en esa oportunidad le pareció algo sensato. Cuando Samuru se alejó de ellos en silencio, el vehículo de Nanami retrocedió, Itadori despidiéndolo con la mano.
— No se rinde, ¿eh?
— No sé de qué hablas.— la mujer sonrió, apartándose el cabello parcialmente del rostro.— Lo de recién…
— Te dije que está insoportable. Y no es que no entienda, no quiere hacerlo. No creas que lo golpeo o lo maltrato todo el tiempo, pero a veces tengo que recurrir a la violencia porque no hace caso.
— Ha estado un poco fastidioso, eso sí. Con Nanami no te digo nada.
— Te lo dije. No me sorprendería que haya sido grosero con él. Era algo que se veía venir, el padre era peor a su edad. En fin, ¿Cómo te fue?
— Bien, muy bien.— la mujer arqueó las cejas y señaló su cuerpo con el mentón, sonriendo.— ¿Qué?
— ¿De cuánto estás? Estás embarazado, ¿verdad? Las feromonas te delatan bastante.
— Ah.
Itadori tartamudeó y viró a todos los colores posibles antes de recomponerse ante la mirada paciente de la mujer, frente a él.
— Dos meses, no es mucho.
— ¿Dos…? Oh. Claro, lo había olvidado. Lo siento.
Itadori suspiró y sonrió a Mei Mei restándole importancia cuando la mujer torció el gesto, arrepentida por su comentario. Itadori también lo había olvidado, cuando su celo estaba próximo, Satoru había discutido y arreglado con ella para que el niño se quedara en su casa aquellos días y el Alfa no le había ocultado la razón, por lo que seguramente ella había atado cabos. Su celo y la desaparición de Satoru habían sido uno casi consecutivo del otro.
— Descuida, incluso yo lo había olvidado. ¿Te has enterado de algo más, Mei Mei?
— No, sólo que Getou ha literalmente desaparecido. Imagínate el escándalo.— pese a que la situación no era graciosa, aún así Mei Mei se rió de ello.— Los que podrían ocupar el cargo de los viejos muertos están aterrados de que el estúpido ese aparezca y los asesine también, así que todo mucha incertidumbre y caos para variar la rutina.
— Claro, divertidísimo.
— ¿Tú sabes algo?
El Omega miró a Mei Mei un par de segundos, parpadeó y desvió la mirada hacia la casa. No sabía si iba a poder mirarla a los ojos y mentir descaradamente; le generaba culpa mentirle porque había sido ella quien le había contado lo que sabía e Itadori intuía le ocultaban pero ahora Sukuna estaba involucrado y la verdad, quería evitar cualquier tipo de interrogatorio incómodo que tuviese que ver con él y con cómo había vuelto a la vida, preguntas de las que venía salvándose milagrosamente. Y si empezaba a preguntar por Fushiguro...bueno, la realidad era más aterradora que la ficción.
— No, nada.
— Bueno, me retiro entonces. Suerte con el mocoso. Y felicidades, si eso es lo que se dice.
— Claro, gracias.
Itadori aguardó a que la mujer siguiese camino; cuando el vehículo se perdió de vista, suspiró y se preparó mentalmente, no sabiendo qué encarar primero.
Ingresó a la casa y por supuesto, Samuru no estaba allí. En ese momento recordó el pequeño incidente con Mei Mei y supuso que luego de aquello se había encerrado en su cuarto otra vez; Itadori revisó la cocina y el living sin hallazgos, el silencio reinando en la casa. Caminó despacio por el corredor viendo que la puerta de su habitación estaba entornada.
Bien.
Podría dejar la noticia para después.
Con paso rápido se dirigió hacia su propia habitación, su mente enfocada en el placard.
— Sin embargo.— agregó Sukuna probablemente al verlo colapsando en aquel cubículo deprimente.— La persona que lo utilizó debe conocer el mecanismo inverso. O al menos sospecharlo, si supo activarlo.
— ¿De verdad?
— ¿Quién lo usó?¿Mocoso?¿Te desmayaste?
— No, aquí estoy.
— Entonces contesta.
La mente de Itadori quedó parcialmente en blanco ante la pregunta de Sukuna. Sopesó la posibilidad de ocultar la información que le había brindado Mei Mei, pero la descartó rápidamente. No tenía caso esconderle aquello a Sukuna, sobre todo porque no lo conocía y tampoco tenía injerencia en aquel otro escollo del pasado. Además, necesitaba que el hechicero maldito poseyera toda la información posible, a ver si en una de esas podía resolver aquello, una nueva luz de esperanza sobre lo que parecía imposible.
— Getou Suguru fue quien lo selló.
— ¿Getou?¿Lo traicionó, acaso?
— ¿Qué? .— la voz de Itadori se volvió más aguda por la sorpresa. Carraspeó, intentando aclararse.— ¿Lo conoces?
— Conocerlo, no. Pero fue una de las personas que contribuyó a que el experimento con mi cuerpo fuese exitoso. Mocoso, ¿estás bien?
— No.
— Ah.
— Creo que...creo que entendí mal algo.
— Qué.
Itadori guardó silencio, otra vez al borde de las lágrimas. De nuevo en menos de media hora se sentía colapsado por la información que estaba recibiendo, pero un nuevo sentimiento nacía entre todos los demás, aquellos que venían acechándolo tiempo atrás.
La traición.
— ¿Satoru y Getou cooperaron para que tú pudieras tener tu cuerpo?
— Y sí, estúpido. Tu hechicero carecía de los recursos y ese tipo se los dio. Qué pasa con eso.
— Nada.
— Claro.
— Déjalo ya. Entonces, si logro contactar con Getou...espera, ¿cómo mierda voy a convencerlo de que me diga como se rompe esa cosa si fue él quien lo selló allí dentro?
— ¿Realmente tengo que decirlo?
— Sí.
— Tortúralo, arráncale algún pedazo, pero no lo suficiente como para que se muera antes de que…
— Ya. Ya entendí tus métodos. No puedo hacer eso.
— ¿Ni siquiera con la vida de tu Alfa en juego y un mocoso en camino? No me hagas reír.
Ambos guardaron silencio y por un momento pensó que Sukuna ya no agregaría más nada. Itadori se incorporó finalmente del retrete, su semblante un poco más colorido en el espejo. Apoyó ambas manos en la bacha y suspiró, pensando qué carajo iba a hacer a continuación. El tiempo corría ahora a contrarreloj y la única persona que parecía capaz de ayudarlo era justamente la que había provocado el problema. Primero, ¿cómo iba a ubicar a Suguru, si ni siquiera sabían dónde estaba? Mei Mei había sido clara cuando le había confirmado que había desaparecido del mapa. Si ellos que eran hechiceros con mayor experiencia y que encima lo conocían de antes no podían encontrarlo…
...y si lo encontraba…¿qué iba a hacer, seguir los consejos de Sukuna y convertirse en alguien como él? No se veía en una situación así, sin embargo...
Sin embargo había algo peor en su cerebro taladrando sus pensamientos, golpeando su razonamiento como un martillo insistente y doloroso. Satoru sabía que Suguru había estado con vida y se lo había ocultado deliberadamente; no sólo era supuestamente un hechicero maldito, sino...toda la historia que había tenido con él, Samuru, todo lo que había sucedido con él…¿por qué no se lo había dicho? Itadori no pudo sino sentir cierta responsabilidad en aquello. El que calla, otorga. Nunca le había preguntado en detalle qué era lo que estaba haciendo para recuperar el cuerpo de Sukuna ni tampoco quienes eran esos "colegas" con los que había contactado para lograrlo…
No, él no tenía la culpa. No era posible que si Itadori no preguntara, Satoru tampoco soltara la lengua en algo tan delicado como aquello. Había algo más y no era negligencia.
Se lo había ocultado adrede, con intención.
¿Por qué?
— Mocoso. Escucha, debo irme.— la voz de Sukuna lo trajo de nuevo a la realidad.
— Está bien.
— Acabo de recordar algo. No sé si sirva, tú entiendes mejor estas cosas.
— ¿Qué es?
Sukuna guardó silencio por breves segundos hasta que finalmente suspiró, al parecer harto.
— Gojo me dijo en una de las ocasiones que pude hablar directamente con él que se comunicaba con éste otro tipo por el artefacto que ustedes suelen usar, el teléfono.
— Ah, sí…¡Ah, crees que puedo ubicarlo por ahí!
— No me grites. Y sí, es lo que intento decirte. No sé, quizás te sirva. Adiós.
— Sukuna, espera.
— Qué quieres.— con cierta duda, Itadori tragó saliva y prosiguió, inseguro.
— Volveremos a hablar, ¿verdad?
— Claro. No creo que aquí me dejen opción.
Itadori no se lo había aclarado a Sukuna en ese momento porque no venía al caso, pero la noche en la que Satoru había sido sellado...había dejado su teléfono celular sobre la cama, olvidado. Luego de todo el despliegue que siguió, a la mañana siguiente Itadori lo había apagado y guardado sin mencionarle a nadie que lo tenía consigo.
No supo por qué en ese momento le pareció oportuno ocultar esa información y ahora agradecía a su mente del pasado por esa acción salvadora.
Efectivamente, el teléfono estaba donde lo recordaba. Había cambiado de ubicación varias veces al aparato cuando supo que Samuru revolvía en los cajones las primeras semanas en busca de la ropa de su padre que aún conservara su aroma. Su última locación se había dado en el tercer cajón de su lado del placard, donde sabía que Samuru no metería las manos ingenuamente.
Tomó el cargador y se sentó de su lado de la cama, enchufando el aparato. Tardó unos segundos en encenderse, procesando. Nadie había cancelado la línea porque Itadori había pagado la última cuenta con un número ligeramente exorbitante para tratarse de un simple teléfono celular, por lo que aquello debería funcionar bien...
— ¿Qué haces?
La voz de Samuru lo obligó a soltar un jadeo sorprendido. No lo había oído entrar, de pie casi a su lado. Itadori dejó el teléfono con la pantalla hacia abajo sobre la mesita de noche y le hizo señas al niño para que se acercara a él; éste se aproximó y se sentó a su lado, sonriéndole tímidamente y apoyándose en su costado. Itadori lo atrajo con un brazo, besando su cabeza.
— Lamento lo de ahí afuera. Prometo que...bueno, ya prometí muchas veces que iba a tratar mejor a Nanami, pero haré más esfuerzo por hacerlo.
— Bueno, me alegra oír eso.— Itadori sonrió mientras apoyaba la mejilla en la cabeza del niño quien lo abrazaba, su rostro enterrado en el costado de Itadori.
— ¿Te fue bien con la doctora?
— Sí, más que bien. Hay...bueno, hay algo que tengo que contarte.
— ¿Sí?¿Qué es?
Itadori suspiró mientras lo abrazaba un poco más presionándolo contra su cuerpo, el aroma propio de Samuru fluyendo hacia su nariz. Era parecido al de Satoru, pero ligeramente diferente. Con su rostro aún apoyado en la cabeza de Samuru, Itadori tomó el teléfono de la mesita de noche y lo volteó. La pantalla se encendió, varias notificaciones ingresando.
Sintió frío recorriéndole la espalda y una sensación opresiva en el estómago cuando vio el nombre que había estado planeando buscar, en primera plana sin que fuese necesario ubicarlo con otro nombre. Había pensado que Satoru lo había agendado de alguna otra manera, pero no.
El nombre de Suguru estaba escrito correctamente. Había varios mensajes...y llamadas perdidas, todos posteriores al incidente.
Y la última llamada había sido aquella misma mañana.
Solo una aclaración: "La Voz" es una propiedad de los Alfas, Itadori no debería tenerla...pero bueno, recuerden que él no se separó del "todo" de Sukuna y hay propiedades que se les entremezcló un poco. Entre que Sukuna no sabe y no le importa e Itadori no entiende, es solo un dato de color xD
¡Perdón por la demora y muchas gracias por su apoyo!
