¿Era posible realmente que Itadori no pudiese tener un sólo momento de paz en esa casa?

Había solucionado una, dos cuestiones...para que aparecieran tres problemas nuevos.

Sentado en el living mientras Samuru buscaba entre cientos de series para ver juntos, Itadori volvió a mirar la pantalla de su celular. Un número desconocido le había marcado hacía poco más de una hora. Y luego, de nuevo. Paranoico y sin esperar ese nuevo movimiento, Itadori se había acobardado y no había atendido las llamadas. El número era largo y raro, el prefijo del inicio ni siquiera pertenecía al país. Sintiéndose tonto, no había querido molestar a Megumi con aquello y se había limitado a sufrir en silencio, como siempre.

Ese era uno de sus nuevos problemas, juntar coraje para responder la llamada la próxima vez que su teléfono sonara. El otro problema era que el otro teléfono no lo hacía; ya habían pasado horas desde que lo había encendido y Suguru no había intentado comunicarse otra vez. Para eso sí había molestado a Megumi, quien le había dicho simplemente que tuviese paciencia. Tampoco había sido tarea fácil revisar el celular por temor a no haberlo escuchado sonar con Samuru literalmente adosado a él; luego de contarle lo de su embarazo, el niño había tenido la mejor de las reacciones. Incluso parte de aquella sombra de preocupación y tristeza que no se había borrado aún de su rostro se había iluminado, aferrándose a Itadori sin soltarlo en…¿cuatro, cinco horas?

Se había cansado de hablar hasta por los codos sobre posibles predicciones del niño que Itadori llevaba en su interior. Bueno, cansado no porque seguía. Había realizado sólo un par de pausas nada más porque Itadori necesitaba aire y porque había recibido un par de llamadas que no había podido dejar de atender pese al fastidio del niño.

Y una de ellas había sido la llamada de Nanami, hacía poco más de una hora.

En la cual Itadori mismo se había sumado otro problema más.

Más distendido, se había confiado en que tenía varias situaciones bajo control y se había animado a invitar a Nanami a cenar. Lejos de rechazarlo...Nanami había aceptado, y no es que Itadori desconfiara de sus habilidades culinarias, todo lo contrario, pero...no había pensado en Samuru, en la llamada que esperaba ansiosamente y que podía suceder en cualquier momento y en sí mismo, ahora sumándole ese otro número desconocido.

Ya había pensado más o menos qué cocinar y se dijo a sí mismo que tampoco estaba tan mal. Nanami era alguien de confianza y lo había ayudado bastante, obviamente iba a tener que retribuir de alguna manera, y...sorpresivamente, Samuru no había hecho escándalo en cuanto le había dicho que esa noche el Alfa iba a ir a cenar a la casa, quizás aún entretenido y entusiasmado con la noticia del embarazo.

Sólo esperaba que la emoción perdurara en el niño y se renovara conforme los meses comenzaran a sucederse, porque sino…

De repente, Itadori tomó real dimensión de su propio pensamiento. Había utilizado la palabra meses porque había pensado en los cambios propios del embarazo además de los síntomas desagradable que lo habían alertado; su vientre iba a crecer más y más conforme el niño creciera en su interior...recordó el vientre que tenía Megumi antes de dormirse permanentemente...aquello había tenido el aspecto de una bomba a presión, era demasiado enorme, la piel demasiado estirada…¿él pasaría por lo mismo? Esperaba que no…

Dentro de su cuerpo tenía un sólo niño, ¿verdad? Si llegaban a ser dos…

— Yuuji.

Y ese era nomás el tema para arrancar a hacerse la cabeza otra vez. ¿Cuánto tiempo tardarían en poder dar con el Gokumonkyo, romper el sello y liberar a Satoru? Itadori sabía que ahora el tiempo era realmente limitado, no podían darse el lujo de esperar meses. Había pensado en la emoción renovada de Samuru, pero no en la posibilidad latente y cada vez más cercana de que Satoru también viviese el proceso de su embarazo…¿cómo se lo tomaría, qué reacción tendría?

— Yuuji…

Seguramente iba a ponerse contento. Itadori sonrió ante el pensamiento, una sensación cálida recorriendo su cuerpo al imaginarse cómo darle semejante noticia y delirar sus posibles reacciones, incluso sopesando la posibilidad de un desmayo.

— ¡Yuuji!

— ¡Qué!

— ¡Dios, qué manera de estar en las nubes!

Itadori lo observó con cara de pocos amigos, Samuru devolviéndole el gesto. Mientras la mente del Omega se había ido lejos de allí, Samuru había estado llamándolo y había tenido que recurrir al grito y el zarandeo para que Itadori bajase de la estratosfera en donde había hecho nido casi permanente en esos últimos días. Al volver a la realidad, Itadori comprendió la desesperación del niño.

Su teléfono estaba sonando otra vez.

Y era ese número desconocido. De nuevo.

Tomó el celular en sus manos y se incorporó rápidamente del sofá, otra vez ansioso. Le hizo una seña a Samuru para que no lo siguiera y se dirigió a la cocina, caminando en círculos alrededor de la mesa.

Era sólo una llamada, nadie iba a matarlo por ahí...un poco de coraje…

Pulsó el botón, atendiendo y llevando el aparato a su oreja.

— ¿...Hola?

Ah...mmh…¿Itadori-kun?

El aludido frunció el ceño. No reconocía la voz, para nada. Era un hombre, pero a juzgar por el tono suave y la inseguridad en sus palabras se trataba de alguien joven, quizás de su edad. No oía nada de fondo por lo que no sabía si estaba sólo o acompañado, en la calle o en una casa particular. Increíblemente, Itadori sonrió al percatarse de que el sujeto que lo había estado llamando estaba tan o más nervioso que él.

— Sí, soy yo. ¿Quién habla?

Ah, qué alivio.— la otra persona suspiró y el tono de su voz cambió a uno más fuerte y seguro.— Lamento lo repentino de mi llamada, soy Yuta. Yuta Okkotsu, no sé si…

— ¡¿Yuta?! ¡Wow, Megumi me ha hablado de ti! Y Panda, Maki e Inumaki, claro.

Un breve silencio seguido de una especie de jadeo estrangulado se dejó oír del otro lado de la línea asustando un poco a Itadori.

— ¿Estás...estás bien?

¿De...de verdad me han mencionado?

Ambos hablaron al mismo tiempo pero Itadori creyó que los dos habían comprendido la pregunta del otro. Resopló, un poco más distendido mientras se sentaba en una de las sillas. Claro que le habían contado acerca de Yuta, incluso Satoru se lo había mencionado varias veces. No le había errado cuando por su voz había deducido que tenían la misma edad; Yuta sería uno, dos años mayor que él, pero ya se había convertido a temprana edad en un hechicero de categoría especial. Categoría especial, maldita sea, como Satoru. Itadori no conocía su técnica ni mucho menos qué nivel había alcanzado en la actualidad, pero sí conocía su entrenamiento en el exterior. ¿Acaso había vuelto al país?

Y lo más importante, ¿por qué lo estaba llamando a él, cómo había obtenido su número? Alguien se lo había facilitado, pero ¿quién?

Sí, estoy bien. Lo siento, ese ruido fue...ah...Rika-chan.

— ¿Rika-chan?¿Quién es?

De nuevo, el mismo ruido extraño del otro lado. Itadori comprendió enseguida que no era Yuta el autor de aquel sonido extraño y un tanto incómodo. La persona o la cosa que lo estaba produciendo estaba prácticamente adosada a Yuta porque incluso podía sentir su respiración sobre el teléfono, poniendo un poco nervioso a Itadori. Yuta soltó algo ininteligible y el sonido se controló, disminuyendo hasta desaparecer.

¿Qué rayos…?

Es un poco...difícil de explicar. Itadori-kun, si le cuentas a alguien que has hablado conmigo, por favor, no nombres a Rika-chan.

— Ah...está bien, supongo.

Acababa de conocerlo, para colmo sólo por teléfono y ya se estaba comprometiendo a guardar un secreto que ni siquiera tenía idea de qué consistía.

Gracias.

— Ah...eh...Yuta-san, un gusto conocerte, pero ¿puedo saber por qué me estabas llamando?

Ah, sólo dime Yuta. Me da pena que me trates con tanta formalidad.

De fondo se oyó un sonido extraño, diferente al anterior. Itadori presionó el teléfono contra su oído y oyó la voz de Yuta a lo lejos, tal y como si se hubiese alejado del aparato.

Había sonado como "es sólo un amigo, no te pongas celosa", pero a esas alturas Itadori ya creía tener una maestría para malinterpretar las cosas.

De imprevisto, Yuta pareció volver al teléfono ganando la atención de Itadori nuevamente.

Lo siento, está un poco insoportable desde que volvimos a Japón. Megumi alcanzó a contarme algunas cosas y bueno, cuando quise comunicarme con él hace un par de semanas no lo conseguí y tuve un mal presentimiento. Llamé a Maki y me contó a grandes rasgos lo que había ocurrido...lo que me llevó a llamar a Shoko-san, quien me dio tu teléfono. Lamento si fue descortés de mi parte.

— Ah...no, no lo fue, no te preocupes.

Menos mal...yo...ah…¿cómo estás?

Itadori todavía estaba intentando armar el esquema mental de conexiones interpersonales que Yuta acababa de hacer cuando la pregunta lo agarró desprevenido. Al volver a oír el tono inseguro, Itadori no necesitaba que Yuta aclarara a qué se refería; esas últimas semanas Itadori se había acostumbrado a recibir esa pregunta como si se tratase del familiar más cercano de un fallecido, y la comparación no hizo más que ponerle los pelos de punta.

— Bien, estoy bastante bien.

Itadori-kun...no soy entrometido. No me gusta meterme en los asuntos de los demás, pero creo que hay cosas que debes saber.

— Te escucho.— repentinamente interesado, Itadori se inclinó hacia delante en el asiento de la cocina, ansioso y expectante.

Por este medio no. No sé si tu teléfono o el mío no se encuentran intervenidos, así que preferiría que...basta, Rika...disculpa, preferiría que fuese en persona.

— Oh…

El Omega sopesó las posibilidades.

De todas las personas que alguna vez le habían mencionado o contado algo sobre Yuta, ninguna había hecho malos comentarios, la admiración y el cariño siempre presentes en las conversaciones que involucraban su nombre. Satoru y Megumi siempre habían hablado bien de él y por lo que Itadori conocía, ambos habían mantenido un contacto bastante estrecho con el muchacho.

No tenía por qué dudar de su palabra, ¿no? Especialmente cuando no percibía ningún indicio de peligro o amenaza en su voz.

Si te molesta, no hay…

— Ven a casa. Preferiría que sea aquí, no quiero dejar a Samuru solo.

¿Samuru…? Ah, claro. Oh. Lo siento, no conozco al hijo de Gojo y ya había olvidado su nombre. ¿Seguro que no hay problema?

— Claro.

Y así, la llamada finalizó pocos segundos después. Itadori le proporcionó la dirección por mensaje de texto y se preguntó por enésima vez si había hecho bien en confiar en su intuición. Si Yuta llegaba a tener otro tipo de intenciones, la cuestión se le iba a complicar…¿cómo iba a hacer para retener a un hechicero de categoría especial si llegaba a atacarlo, más allí dentro?

— Itadori-kun.

No sabía si era un buen respaldo de su parte, pero en las contadas ocasiones en las que Megumi se lo había mencionado, un halo de confianza y respeto lo envolvía y contagiaba al resto. Si Megumi, que era la persona más escéptica que conocía confiaba y admiraba a Yuta, ¿por qué él debería…? Aún así, por razones que ni el propio Itadori comprendía, luego de coordinar con el hechicero de categoría especial no le había escrito a Megumi para comentarle lo que había sucedido.

— Itadori-kun.

— ¿Eh?

De repente ya no estaba en sus pensamientos sino en la cocina de su casa. El televisor se oía fuerte y claro desde el living. Itadori parpadeó un par de veces, avergonzado por su falta de atención aquella noche; Nanami había llegado a eso de las ocho y como siempre, se había ofrecido para ayudar a Itadori a preparar la cena y comprar en la despensa un par de ingredientes que le faltaban. Por suerte para él, Samuru parecía haberse subido a la misma nube de idiotez en la que Itadori se había instalado y, aún enajenado por la felicidad de la noticia no había ni siquiera intentado discutir con Nanami, situación que había alarmado un poco al Alfa para sorpresa y gracia de Itadori.

Era increíble, pero un hombre adulto había estado reticente y a la defensiva frente a un niño de 12 años; no se lo había preguntado directamente, pero Itadori había sabido distinguir el alivio sutil en su rostro cuando Samuru había pasado de él durante la cena. Como si se tratasen de dos niños que estaban peleados y obligados a convivir en el mismo cuarto a la fuerza, Nanami y Samuru se habían comunicado indirectamente a través suyo pero nunca en forma directa, como si hicieran de cuenta que no se encontraban sentados en la misma mesa, en el mismo lugar y en el mismo instante.

Varios suspiros, resoplidos y regaños leves de Itadori después, la cuestión protocolar había concluido sin heridos y Samuru había salido prácticamente disparado hacia el living con la esperanza de instalarse allí a ver alguna película, la promesa de un postre de por medio que había evitado se encerrara en su habitación en forma definitiva. Mientras tanto, Nanami había socorrido a Itadori a la hora de levantar la mesa y ambos se habían quedado allí hablando de nimiedades, ya pasadas las 11.

Por supuesto y como venía sucediendo aquellos días, Itadori había pasado a otro plano astral en el preciso momento en el que Nanami había comenzado a mencionar detalles de su trabajo que Itadori no comprendía demasiado bien porque sencillamente no se le daba la burocracia. Con vergüenza, había tenido que ser el mismo Nanami quien lo llevara a aquella dimensión nuevamente, abstraído por la ansiedad de las llamadas que había y no había recibido.

— ¿Te sientes bien? Estás un poco pálido.

— No te preocupes, sólo estoy un poquito cansado. Lamento que siempre tengas que bajarme de las nubes.

— Lo hago con gusto.

Itadori rió con algo de pena y volteó fingiendo acomodar el filtro del café; creyendo que iba a ser suficiente, se encontró con la sorpresa de que entre los dos habían consumido el café que la máquina había producido luego de la cena; pese a que no estaba muy convencido de seguir bebiendo por temor a no poder pegar un ojo aquella noche, Itadori volvió a cargar el filtro de la cafetera con más café molido.

Quizás había sido el ruido que comenzó a producir el aparato mientras se calentaba o que Itadori ya tenía un pie de nuevo bien lejos en sus pensamientos, pero no había oído a Nanami acercándose; no era que el Alfa hubiese estado demasiado lejos de su posición porque a esas alturas ninguno de los dos había estado sentado en la mesa, pero el Omega tenía el leve recuerdo, antes de voltear, que al menos los había estado separando un metro de distancia.

Por eso, cuando lo sintió prácticamente adosado a su espalda no pudo más que dar un respingo, sorprendido por el sigilo del otro. Aún así, fingió indiferencia mientras sus manos se dedicaban a la tarea mecánica de acomodar las tazas y otras chucherías sobre la mesada. En ese momento, sintió la mano grande de Nanami sobre su hombro...primero una, y luego la otra. Un escalofrío extraño recorrió la espalda de Itadori al percibir el contacto del otro sobre sus hombros, su presencia imponente detrás suyo; en otras circunstancias le habría restado importancia porque no era la primera vez que posaba sus manos en sus hombros...pero sí era la primera vez que lo sentía diferente.

Los dedos presionaron su piel a través de la tela con movimientos rítmicos, pausados y lentos. Itadori ladeó el cuello hacia un lado más distendido, la contractura por la tensión de sus músculos cediendo un poco. Mientras su espalda se relajaba y sus ojos quedaban fijos en la cafetera que ya comenzaba a soltar vapor, sintió las manos abandonando sus hombros para descender a sus brazos en forma suave, un contacto casi efímero. En un acto reflejo, Itadori cerró los ojos cuando las manos volvieron a sus hombros y el masaje se repitió, el torso de Nanami ya sobre su espalda.

Itadori suspiró profundamente soltando el aire que había estado reteniendo. Las palmas de nuevo viajaron hacia sus brazos y presionaron allí también, su cuerpo distendido y a merced de sus movimientos. De imprevisto, Itadori percibió la respiración pausada de Nanami demasiado cerca de su oreja, el aire caliente golpeando su cuello.

— Hueles muy bien, Itadori-kun.

El susurro de su voz grave disparó una alarma en su cabeza...pero el Omega estaba demasiado relajado y sin deseo alguno de interrumpir la sensación placentera de sus manos.

Aún así, sin embargo, algo dentro de su cabeza le exigió que detuviese aquello, que estaba al borde de un abismo y que en cualquier momento iba a poner un pie en el vacío.

Y supo que el pie ya se había topado con ese abismo en el momento en el que las manos cambiaron de rumbo y abandonaron su posición inicial, los brazos fuertes rodeando su cintura y presionándolo contra su cuerpo.

— Oye...

Itadori reaccionó lo más rápido que pudo y lo que el decoro le permitía sin ser demasiado brusco; volteó parcialmente el torso hacia Nanami y, en ese mismo instante, el Alfa hundió el rostro en su cuello, olfateando. Itadori soltó un jadeo que expresaba más que nada asombro y algo de indignación...y el otro pareció malinterpretarlo, sus labios buscando los suyos.

El beso fue corto pero aún así, Itadori supo en el momento en el que empujó a Nanami lejos de su cuerpo que sino lo detenía en ese mismo segundo, las cosas hubiesen terminado bastante mal. Al final, sí había tenido que ser grosero con el mayor porque sencillamente no había sabido interpretar la rigidez de su cuerpo ni su lenguaje corporal esquivo cuando había volteado hacia él, las manos en su pecho intentando impedir que se acercara todavía más.

Por suerte - o por desgracia - el empujón lo había apartado bastante pero no lo suficiente para Itadori, que deseaba en ese momento hubiesen al menos 10 metros de separación entre ellos. El ambiente de la cocina cambió drásticamente, el aire enrareciéndose.

— Yuu..¿Yuuji?

Samuru había ingresado a la cocina justo en ese momento. Gracias al cielo, Itadori comprobó que apenas lo había hecho y no había sido testigo de la escena anterior. Golpeándose mentalmente por haber sido tan estúpido, ahora lo único que podía sentir en ese momento era enojo y frustración.

— ¿Estás…?

— Vete a tu cuarto. Ahora.

— Pero…

— Y ni se te ocurra salir hasta que yo te lo diga.

El niño amplió sus ojos, arqueó sus cejas e Itadori vislumbró el asombro en sus facciones, un poco de temor e inseguridad asomándose en su mirada mientras parpadeaba y sus ojos se alternaban entre Nanami y él. Quizás había sido el tono cortante que había utilizado con él o tal vez había percibido la atmósfera incómoda, pero Samuru acató su orden luego de cerciorarse que Itadori se encontraba bien; raudo, huyó de la puerta de la cocina hacia el corredor de las habitaciones y el silencio sepulcral de aquel lugar sólo era interrumpido por el sonido del televisor en el living.

— Itadori-kun…

— ¿Cómo…?.— Itadori se detuvo, su mirada pasando de la puerta a Nanami. Resopló, las palabras y el aire faltando de imprevisto. Restregó su rostro con ambas manos bruscamente, también despeinándose en un intento por medir sus palabras.— ¿Qué te hizo pensar que podría querer algo así?

Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Nanami lo observó durante algunos segundos, su rostro impertérrito.

— Interpreté erróneamente tus actitudes. Lo lamento.

— Interpretaste bastante mal. Nanami.— inspiró aire profundamente, soltándolo de nuevo en un resoplido exasperado.— Estoy en pareja. Que Satoru no se encuentre ahora presente no significa que no lo hará, y que en unas semanas yo haya dejado de amarlo.

Itadori había hablado con la verdad y había utilizado el tono más contenido que había podido hallar dentro de su furia. Aún así, comprobó que sus palabras habían sido puñales en la mente de Nanami y, por un momento, se arrepintió de haber sonado tan agresivo. Sin embargo, si Nanami hablaba con la verdad e Itadori le había dado falsas señales durante aquellas semanas, era su culpa y su misión dejarle las cosas claras de una vez por todas.

Sintiendo un poco de desilusión, supo que todas las advertencias que él había obviado, incluso las de Samuru a las que le había restado importancia habían sido ciertas. Con pesar y algo de dolor, se percató de que si bien Nanami era una buena persona y probablemente lo había estado ayudando de buena fe, también había habido un interés oculto que Itadori no había sabido apreciar a tiempo.

Chasqueó la lengua ahora enojado consigo mismo, con la situación, con todo. Había dejado de mirar directamente a Nanami porque su presencia le incomodaba, pero por el rabillo del ojo lo percibió moviéndose en torno a la mesa; al posar su mirada en él, lo vio colocándose el saco del traje y ajustándose la corbata, todo con movimientos pausados, tranquilos.

— Lo comprendo. Realmente...lamento haberte puesto en ésta situación. Yo...

— Vete.— la palabra había sonado suave pero firme. Itadori no quería oír más ninguna excusa, su cabeza estaba a punto de explotar.— Luego...luego hablamos.

— Cuídate, Itadori-kun.

Nanami posó su mirada sobre él un par de segundos más y partió hacia la puerta. Cuando Itadori oyó el sonido seco de la cerradura bloqueándose otra vez, supo que se había marchado. Con la mirada fija en el suelo, la incomodidad y un sentimiento similar a la tristeza invadió su pecho. Las palabras de Nanami habían sonado a una despedida e Itadori no había tenido corazón para detenerlo, no ahora.

— Maldita sea. Soy un imbécil.

Poco a poco, su mente se fue enfriando y comprendió que había hecho lo correcto en sacarlo de la casa. Primero que nada, Itadori tenía que aclarar sus propios sentimientos con Nanami antes de intentar tener una conversación civilizada con el hombre sin que terminara de nuevo con el ambiente caldeado; probablemente Itadori no se había percatado de aquellas situaciones porque era Nanami quien las había malinterpretado buscando algo más y en ese instante, recordó con culpa la pelea que había tenido con Satoru hacía ya un año atrás. No quería reconocerlo porque eran los celos y la posesividad del Alfa el que había hablado por él, pero ya en esa época lo había vislumbrado.

¿Cómo era posible que hubiese sido tan obtuso, tan ciego para no darse cuenta de que Nanami siempre había expresado cierto interés en él? Eso lo hacía sentir molesto, pero más furioso lo hacía sentir la situación que acababan de vivir. ¿En qué cabeza cabía que una persona en pareja, atravesando una especie de luto parcial por su ausencia, correspondería a otro sujeto en menos de...tan pronto? Nanami no sólo había malinterpretado sus actitudes, sino también la situación en sí. Había actuado de forma ansiosa y egoísta, cómo…

— ¿Yuuji?

La voz tímida de Samuru lo sacó momentáneamente de sus pensamientos. Aún recargado sobre la mesada, elevó el rostro hacia el niño apoyado en el marco de la puerta. Le sonrió, pero la comisura de sus labios flaquearon un poco debido a los nervios. Samuru no era tonto, sabía que algo había ocurrido con Nanami...pero lejos de sentirse aliviado, parecía asustado.

— Entra, no pasa nada.

Itadori estaba listo para abrazarlo y hacerlo sentir tranquilo, sobre todo porque aquel nuevo problema no lo involucraba directamente a él; sin embargo, Samuru parecía tener otros planes. Llegó corriendo hasta detenerse bruscamente a su lado. En ese momento, al tenerlo más cerca de su rostro pudo ver que el niño parecía haber estado llorando y además, su expresión denotaba consternación y más miedo del que Itadori pudiese concebir sintiese por la situación que acababa de sucederse.

Había algo más. Otra cosa había alterado y dejado en ese estado a Samuru.

Y cuando extendió sus manos hacia él, Itadori sintió que le fallaban las rodillas.

Era el teléfono de Satoru...y estaba vibrando, la pantalla encendida.

El nombre de Getou Suguru en la pantalla en una llamada entrante.